Juventudes en fronteras : identidades, cultura y violencia
 9786074793499

Table of contents :
INTRODUCCIÓN
Coordenadas y geografías de las violencias sociales 9
Alfredo Nateras Domínguez y Salvador Cruz Sierra

ESTRUCTURA Y SINGULARIDAD
DE LA VIOLENCIA JUVENICIDA
Reflexiones teórico-metodológicas en los territorios
y en los bordes de los conflictos, las tensiones
y las violencias sociales 29
Alfredo Nateras Domínguez
Juventudes: Fronteras, transitividades y femi-juvenicidio 47
José Manuel Valenzuela Arce
Los resortes subjetivos de la dominación
policial: El asesinato de jóvenes de sectores
populares de Córdoba, Argentina 63
Andrea Bonvillani

JUVENICIDIO EN AMÉRICA LATINA Y ESPAÑA
Juventudes fronterizas, ¿juventudes sin fronteras?
Identidades juveniles en los bordes del Mediterráneo 95
Carles Feixa Pampols y José Sánchez García


Juventudes marginadas: Vivir en la frontera
de la identidad masculina 131
Laura Talina Hernández Baca

Ser joven en tiempos violentos: Los casos
de Matamoros y Ciudad Juárez 153
María Eugenia De la O Martínez

DE SEXUALIDADES Y CUERPOS
Sexualidad e identidad masculina en jóvenes cholos 195
Salvador Cruz Sierra
Del emocionar en jóvenes chilenas: Un habitar fronterizo 217
Genoveva Echeverría Gálvez y Sally Reiss
Repensar las masculinidades:
Experiencias radicales en la cultura del fitness 247
Matilde Margarita Domínguez Cornejo

DESDE LA PRODUCCIÓN
Y LA ACCIÓN CULTURAL
Configuración y reconfiguración de subjetividades,
saberes, prácticas y territorios juveniles en Medellín 277
Alexandra Agudelo López, Rodrigo Villada López
y Lina Marcela Patiño

¿Por qué no hay maras en Nicaragua? 313
Carlos Mario Perea Restrepo

ACERCA DE LOS AUTORES 345

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JUVENTUDES EN FRONTERAS Identidades, cultura y violencia

Salvador Cruz Sierra Alfredo Nateras Domínguez (coordinadores)

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Juventudes en fronteras Identidades, cultura y violencia

Salvador Cruz Sierra Alfredo Nateras Domínguez (coordinadores)

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Juventudes en fronteras : identidades, cultura y violencia / Salvador Cruz Sierra, Alfredo Nateras Domínguez, coordinadores. – Tijuana : El Colegio de la Frontera Norte, 2020. 3.5 MB (352 pp.) ISBN: 978-607-479-349-9 1. Juventud – Aspectos sociales – América Latina. 2. Juventud y violencia – América Latina. I. Cruz Sierra, Salvador. II. Nateras Domínguez, Alfredo. HQ 792.2 .V56 J8 2020

Esta publicación fue sometida a un proceso de dictaminación doble ciego por pares académicos externos a El Colef, de acuerdo con las normas editoriales vigentes en esta institución.

Primera edición, julio de 2020 D. R. © 2020 El Colegio de la Frontera Norte, A. C. Carretera escénica Tijuana-Ensenada km 18.5 San Antonio del Mar, 22560 Tijuana, Baja California, México www.colef.mx ISBN: 978-607-479-349-9 Coordinación editorial: Érika Moreno Páez Corrección y formación: Irene Sanz Cerezo Última lectura: Diana Melissa Valdez Palacios Diseño de cubierta: Irene Sanz Cerezo Imagen de cubierta: Alex Proimos from Sydney, Australia - Chill, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=25650473 Hecho en México/Made in Mexico

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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN Coordenadas y geografías de las violencias sociales

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Alfredo Nateras Domínguez y Salvador Cruz Sierra ESTRUCTUR A Y SINGULARIDAD DE LA VIOLENCIA JUVENICIDA Reflexiones teórico-metodológicas en los territorios y en los bordes de los conflictos, las tensiones y las violencias sociales

29

Alfredo Nateras Domínguez Juventudes: Fronteras, transitividades y femi-juvenicidio

47

José Manuel Valenzuela Arce Los resortes subjetivos de la dominación policial: El asesinato de jóvenes de sectores populares de Córdoba, Argentina

63

Andrea Bonvillani JUVENICIDIO EN AMÉRICA LATINA Y ESPAÑA Juventudes fronterizas, ¿juventudes sin fronteras? Identidades juveniles en los bordes del Mediterráneo

95

Carles Feixa Pampols y José Sánchez García

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Juventudes marginadas: Vivir en la frontera de la identidad masculina

131

Laura Talina Hernández Baca Ser joven en tiempos violentos: Los casos de Matamoros y Ciudad Juárez

153

María Eugenia De la O Martínez DE SEXUALIDADES Y CUERPOS Sexualidad e identidad masculina en jóvenes cholos

195

Salvador Cruz Sierra Del emocionar en jóvenes chilenas: Un habitar fronterizo

217

Genoveva Echeverría Gálvez y Sally Reiss Repensar las masculinidades: Experiencias radicales en la cultura del fitness

247

Matilde Margarita Domínguez Cornejo DESDE LA PRODUCCIÓN Y LA ACCIÓN CULTUR AL Configuración y reconfiguración de subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en Medellín

277

Alexandra Agudelo López, Rodrigo Villada López y Lina Marcela Patiño ¿Por qué no hay maras en Nicaragua?

313

Carlos Mario Perea Restrepo ACERCA DE LOS AUTORES 345

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INTRODUCCIÓN COORDENADAS Y GEOGRAFÍAS DE LAS VIOLENCIAS SOCIALES

Alfredo Nateras Domínguez / Salvador Cruz Sierra A lo largo de la historia de la humanidad, uno de los ordenadores y articuladores socioculturales que han definido y delineado las relaciones intersubjetivas entre una gran diversidad de actores sociales han sido las violencias, circunscritas a determinados contextos, épocas, culturas y circunstancias, involucrando a una serie de instituciones y sujetos en relaciones asimétricas de poder, como los judíos; los grupos indígenas; las minorías sexuales; los migrantes; las negritudes; los marginados; los excluidos; los usuarios de drogas ilegales; los pobres; los habitantes de zonas populares; los disidentes políticos; los activistas sociales; los defensores de derechos humanos; las mujeres; los periodistas; los estudiantes, y las juventudes, entre los más significativos. Sin duda, las violencias son relaciones sociales desiguales en el ejercicio del poder –¿el patriarcado?– que determinadas instituciones –como la familia o los cuerpos de seguridad del Estado– llevan a cabo en contra de sus integrantes o sobre ciertos grupos o movimientos juveniles específicos (como puede verse en el capítulo «Los resortes subjetivos de la dominación policial: El asesinato de jóvenes de sectores populares de Córdoba, Argentina» de Andrea Bonvillani) e, incluso, de grupos políticos contra otros grupos sociales, a fin de controlarlos, [9]

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reprimirlos, intimidarlos y hasta desaparecerlos, o simplemente ejecutarlos extrajudicialmente (asesinarlos). Tal fue lo que aconteció en los sucesos terribles en Ayotzinapa, municipio de Iguala, en el estado de Guerrero, México, en contra de 43 jóvenes estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos1 (Juárez y Aduna, 2015; Valenzuela, 2015) y en Tlatlaya, en el Estado de México.2 Estas violencias sociales –hay que remarcarlo– adquieren determinados rostros, tesituras, matices, grosores y densidades, es decir, se expresan y manifiestan en un entramado complejo de relaciones intersubjetivas, a partir del género al que se pertenezca; el color de piel; la clase social de origen; el lugar o territorio que se habita; las inclinaciones o preferencias sexuales –por lo común, no hegemónicas–; la adscripción identitaria a la que se pertenezca –ya sea política, religiosa, de género o juvenil–, e, incluso, al rediseño de las estéticas corporales no convencionales –tatuajes, perforaciones– (Bercovich y Cruz, 2015). La situación de las juventudes precarizadas en América Latina muestra el evidente fallo en los derechos humanos, no sólo por la exclusión de la educación, la salud o el empleo, en la que se han encontrado estas poblaciones por varias décadas, sino particularmente por la violencia directa proveniente de la discriminación, agresión o exterminio. La interseccionalidad de la condición juvenil con otras categorías de distinción social hacen de ésta un grupo en estado de delicada vulnerabilidad. No es solamente la pobreza la que enmarca esta situación, sino Como el lector recordará, entre el 26 y el 27 de septiembre de 2014, se dio la masacre y la desaparición forzada de jóvenes normalistas rurales de Ayotzinapa, llevada a cabo por policías municipales y presuntos miembros de la delincuencia organizada del cártel Guerreros Unidos; también se sospecha que miembros del ejército mexicano intervinieron. El resultado: asesinaron a 3 estudiantes y a 3 civiles, 6 en total; hirieron a 25 y desaparecieron –hasta la fecha– a 43. 1

2 En este hecho, 22 jóvenes fueron ejecutados extrajudicialmente por integrantes del ejército mexicano y tampoco se ha esclarecido el suceso.

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Introducción

también su cruce con etnia, color de piel, discapacidad, dependencia adictiva, gustos, creencias o tendencia ideológica. Así, los chicos de las favelas, los negros o indígenas en Brasil, los cholos3 o narcomenudistas en México, los maras en Centroamérica, los niños de los combos colombianos, los migrantes africanos en España son sólo algunos de los ejemplos donde se sitúan las coordenadas de discriminación más severas en jóvenes, hombres principalmente. A ello podemos agregar si son usuarios de drogas, si viven con VIH, tienen una discapacidad o son disidentes de la norma heterosexual. Las violencias marcan las fronteras, delinean bordes, circunscripciones, uniones y escisiones. En las juventudes se conforman diversas topografías territoriales, institucionales, simbólicas, e identitarias, que delimitan y limitan prácticas culturales y corporales, pero se comparten sentidos y se disputan los significados de ser hombres o mujeres jóvenes. Este volumen pretende dar cuenta de algunas realidades que viven estos sujetos sociales no sólo en los contextos fronterizos o en los propios de una nación, sino en las tesituras de otras fronteras culturales, política o simbólicas, y hasta en el mismo cuerpo material y carga afectiva. Con ello, se pretende mostrar algunos escenarios y entramados socioculturales en México, Centroamérica, Sudamérica y España, que denuncian la violencia letal y la alta vulnerabilidad de la población joven más desfavorecida, pero también dar cuenta de otras experiencias que contienen dicha violencia y la propia capacidad de resiliencia de estas poblaciones juveniles, al igual que posibilitar espacios de lucha, autodeterminación y bienestar emocional. En este documento se comparten experiencias de Argentina, Brasil, Colombia, Nicaragua, España, México, El Salvador y Honduras, porque en estos países, aunque no exclusivamente, se El término cholo deviene como una identidad juvenil estigmatizada y que, de acuerdo a José Manuel Valenzuela, aparece en las ciudades fronterizas del norte de México y Los Angeles, California, entre la década de 1950 y 1960, y como sucesiva de los llamados Pachucos. 3

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ve severamente golpeada la población joven precarizada. Un ejemplo lo constituye la mortalidad temprana y el homicidio doloso contra niños y jóvenes. En 2014 murieron por agresiones 29 830 jóvenes brasileños, 5 847 mexicanos y 1 773 guatemaltecos. Hay varias rutas ensayadas que están dando sus frutos –como en los casos de Brasil y Colombia e, incluso, en El Salvador y Honduras– aunque no con la rapidez y la prontitud que se requeriría, ni tampoco con la intención de resolverlas o de extinguirlas totalmente, sino para desmontarlas, disminuirlas y, en todo caso, regularlas, a fin de que no se desborden o no sigan estallando, en el entendido de que las violencias sociales son consustanciales a las relaciones humanas, es decir, a las relaciones intersubjetivas. En lo que atañe al caso mexicano, a partir de la supuesta guerra contra el crimen organizado –ya que ha sido pura simulación– instaurada por el expresidente Felipe de Jesús Calderón Hinojosa (2006-2012), las violencias de muerte, simplemente se han desbordado, es decir, han estallado, dando por resultado una crisis humanitaria y arrojando cifras realmente aterradoras y escalofriantes: se calcula que de 2006 a la fecha han muerto más de 240 000 personas, de las cuales la mitad son jóvenes y de esos, 45 000 matándose entre sí; sin contar las desapariciones forzadas –que arrojan una cifra de 33 000 desaparecidos– y a los desplazados, lo cual ha incrementado los flujos inmigratorios y migratorios, provocando una crisis humanitaria de amplia envergadura, que claramente ha impactado principalmente en las juventudes. No sólo en aquellas que se han enrolado en las filas del crimen organizado –como puede verse en «Ser joven en tiempos violentos: Los casos de Matamoros y Ciudad Juárez» de María Eugenia De la O Martínez– y que en el ejercicio de esas violencias, ligadas a sus masculinidades exacerbadas, han delinquido, siendo algunos menores de edad y privados de su libertad, algo que aborda Laura Talina Hernández Baca en «Juventudes marginadas: Vivir en la frontera de la identidad masculina». 12

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Introducción

Es cierto que las violencias no definen a las juventudes del momento actual, nada más alejado de ello, pero si constituyen un eje paradigmático que las atraviesa y las pone como epicentro de la devastación de los sistemas económicos y sociales más agresivos. La privación de empleos y educación de calidad; la inseguridad pública y humana; el crimen organizado; el racismo y clasismo renovado; el miedo como forma de control y la precaria socialidad, entre otros aspectos, constituyen ejemplos irrefutables de móviles que devastan y aniquilan (Nateras, 2016a, 2016b). Desde las narrativas contemporáneas de la sociología y de la antropología de la juventud empieza a decirse, nombrarse y categorizarse como juvenicidio (Valenzuela, 2012, 2015). Las violencias sociales, sus rostros, tesituras, formas y estéticas adicionan expresiones del pasado, como la violencia política, la intrafamiliar, la del noviazgo o la interpersonal, lo que genera nuevas denominaciones como el feminicidio, la homofobia o el mismo juvenicidio. Dichas violencias asisten en los umbrales o en las fronteras de los espacios geográficos, corporales, institucionales, simbólicos o subjetivos, como expone José Manuel Valenzuela Arce en «Juventudes: Fronteras, transitividades y femi-juvenicidio», y adquieren maneras simples y cotidianas o grotescas y persistentes; la avidez por el consumo de bienes materiales y culturales; la demanda de figurar en un mundo centrado en el yo y desestimar lo público, lo colectivo y lo comunitario; la vacuidad de la emocionalidad con los otros, son algunas de ellas. Estas violencias se manifiestan y se despliegan tanto en el espacio público –la calle, el barrio, la esquina, la comunidad, la ciudad– como en el privado y el de la intimidad –la familia, la sexualidad, el noviazgo–. Una de las articulaciones entre lo público y lo privado de las violencias sociales es en el territorio del cuerpo o, mejor dicho, en las corporalidades (Muñiz, 2010), las cuales adquieren una centralidad muy importante, ya que es el lugar y el espacio en lo real como en lo simbólico, donde también se inscriben las exaltaciones de las masculinidades o se remarcan las emociones 13

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o las afectividades –depresión, tristeza, rabia, enojo, amorosidad, felicidad, alegría–, y se registran los actos más devastadores de las violencias de muerte; a partir de su aniquilamiento, su mutilación, su desmembramiento, su exposición pública o sus cicatrices con armas de fuego o punzocortantes. En este tenor, el actor social juvenil y el objeto de estudio de las juventudes se ha posicionado como un tópico central en el espacio sociocultural y en las narrativas académicas de nuestras sociedades contemporáneas y latinoamericanas. Tal actor y sujeto social, particularmente, ha sido vulnerado por los proyectos económicos neoliberales ensayados principalmente en nuestras Américas, a partir de finales de la década de 1970 y en las décadas de 1980 y 1990, que están marcados por las precariedades (Saraví, 2009, 2015) y han generado una diversidad tanto de violencias reales como simbólicas, laceración de hombres y de mujeres jóvenes, que los aniquilan física, económica, moral o políticamente. No todas las violencias se tiñen de rojo, hay otras, regularmente simbólicas, donde el aniquilamiento es emocional o moral, como en el caso de los jóvenes pandilleros vigilados y sancionados para acallar otras formas de identidades y sexualidades no heterosexuales. Si el concepto de opresión supone alguna limitación en las facultades para desarrollar y ejercer las capacidades o expresar necesidades, pensamientos y sentimientos (Young, 1990), entonces el silenciamiento del deseo o la identidad por el orden de la sexualidad heteronormada, como el caso de los jóvenes cholos no heterosexuales –algo que se trata en el capítulo «Sexualidad e identidad masculina en jóvenes cholos» de Salvador Cruz Sierra–inmoviliza y oprime a quien debe de ostentar derechos de libertad y seguridad. El marco y los cimientos de la representación de la juventud y de la precariedad, cada vez más acentuada y que la caracteriza, adquieren bases globales y formas delineadas por el mercado, como los llamados millennials, sujetos masa a quienes la industria dota de rostro y les hace parecer como lo más cercano a una realidad. Es cierto que el devenir de ciertas formas de ser joven 14

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Introducción

son efecto de la interdependencia global y local, donde factores económicos, socioculturales y políticos generan desplazamientos subjetivos/simbólicos, pero también movimientos migratorios, movilizaciones humanas como las de mujeres transexuales latinoamericanas que piden asilo al país vecino del norte, reconfiguraciones de identidades, resistencias y nuevas formas colectivas emergentes de ser y de expresarse de las nuevas generaciones. En «Repensar las masculinidades: Experiencias radicales en la cultura del fitness», Matilde Margarita Domínguez Cornejo plantea que las exaltaciones de las masculinidades, o de las hípermasculinidades, en formatos de machismo recargado, pueden cobrar al menos dos vertientes: por un lado, la del rediseño estético, a través de su intervención usando las tecnologías del yo, como los artefactos culturales del gimnasio y el uso de drogas como los anabólicos, a fin de esculpir el cuerpo hasta los límites de lo saludable, alimentados desde el imaginario individual y colectivo de la fuerza y de la hombría; y por otro, bajo el mismo esquema de la masculinidad dominante se activan y detonan las violencias contra otros, con la intención de poner a prueba ante los demás y, ante sí mismos; la hombría, la virilidad, el arrojo, la valentía y lo temario, que redunda principalmente cuando se está adscrito a una identificación de la grupalidad, ya sea mara, pandilla, latin king, bato loco o cholillo, para obtener respeto y prestigio social, tanto en los registros de lo simbólico –lo que representa y lo que significa– como en lo real –ser temido por los demás–. Si en el cuerpo o en las corporalidades también se anidan y se instalan las subjetividades y las emociones o emotividades –como apuntan Genoveva Echeverría Gálvez y Sally Reiss en «Del emocionar en jóvenes chilenas: Un habitar fronterizo»–, entonces podemos leerlas de igual manera que los reservorios de las identidades individuales o de las identificaciones colectivas, a determinados agrupamientos o adscripciones sociales juveniles –Lolitas, entre otros–. Dichos rasgos identitarios se ven y se observan en las corporalidades, en su diseño estético o en su fenotipo –como galerías ambulantes– por lo que algunas 15

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son más desacreditadas o deterioradas (Goffman, 1993) que otras, como lo son las negritudes –los afro descendientes–, los de las zonas populares o los excluidos y marginados de siempre. En «Reflexiones teórico-metodológicas en los territorios y en los bordes de los conflictos, las tensiones y las violencias sociales», Alfredo Nateras Domínguez plantea las siguientes cuestiones: ¿qué hacer ante las violencias sociales? ¿Qué dispositivos teórico-metodológicos y de inmersión son más potentes y eficaces, contemporáneamente hablando, ante las violencias, en particular, las de muerte? Interrogantes que por lo común se dirigen a las academias de la investigación, los intelectuales; las instituciones del Estado –a sus funcionarios–; los partidos y sus políticos; las organizaciones de la sociedad civil; la pastoral urbana (Martínez, 2015) y a todos aquellos actores y sujetos sociales que, de alguna u otra manera, están relacionados en sus avatares. Las viejas tradiciones emanadas de mediados del siglo XX en adelante diseñaron políticas y programas específicos bajo la lógica de la integración social del individuo, la persona, el joven o el pandillero, cuyo espíritu funcionalista, iba encaminado a una serie de estrategias bajo las narrativas de la seguridad pública y ciudadana, de la dicotomía víctima-victimarios de la delincuencia, que decantaron los discursos de la prevención temprana o mejor referida como prevención primaria –llegar antes de–, la prevención secundaria –el tratamiento– y la prevención terciaria –la rehabilitación– de todas aquellas conductas anómicas o comportamientos individuales y colectivos antisociales, asociados al delito, la criminalidad o la denominada delincuencia juvenil (Vanderschueren y Lunecke, 2004). Cabe mencionar que dichas estrategias partieron –y todavía lo hacen– de las lógicas narrativas de la salud mental o la salud social, dictadas por organismos supranacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS). A finales de la década de 1970 y 1980, particularmente en América Latina, las regiones se convulsionaron de una manera demasiado violenta, tanto por las experiencias terribles de las dic16

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Introducción

taduras militares –en Argentina, Chile, Guatemala y Uruguay, incluyendo la dictadura perfecta que mencionó Vargas Llosa para el caso mexicano–, como por los estallidos sociales en formatos de revoluciones, que configuraron un enfrentamiento brutal entre los ejércitos nacionales y los movimientos sociales o guerrillas revolucionarias locales en El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Argentina, Brasil, Perú y, Uruguay, donde el sujeto social más afectado y diezmado fueron las juventudes, en su gran mayoría hombres. Desde principios de la década de 1990, teniendo como paradigma, por una parte, la transición a la democracia y, por la otra; los acuerdos de paz, que formalmente daban por terminadas las guerras en Centroamérica (Armijo y Toussaint, 2015), se empezaron a construir las narrativas y los dispositivos de intervención, a partir de lo que se mencionó como la educación para la paz, y que posteriormente evolucionó bajo la denominación de la cultura de la paz (Carazo, 2001), ahora muy en boga en El Salvador, Honduras, Guatemala, Colombia y México, principalmente. Uno de los principios de la cultura de la paz se basa en la pedagogía, es decir, en enseñar a los sujetos y a los diversos actores sociales el valor de la democracia, el respeto a los derechos humanos, la tolerancia a la diferencia cultural del otro o de los otros, anclados en la justicia social, la equidad de género y, sobre todo, la construcción de ciudadanías (juveniles), cuyo pivote es generar acción social y participación colectiva de la comunidad. Ligado con lo anterior, se han promovido agencias juveniles en formatos de colectivos culturales y movimientos sociales, que articulados con la comunidad y las organizaciones de la sociedad civil, desde dispositivos dialógicos, colaborativos y artísticos, están haciéndole frente a las violencias sociales –de muerte– como puede verse en «Configuración y reconfiguración de subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en Medellín» de Alexandra Agudelo López, Rodrigo Villada López y Lina Marcela Patiño. 17

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De aquí se ha desprendido una estrategia, cada vez más socorrida, en lo referente al uso del arte y la cultura como un posicionamiento en el orden de lo político y una intervención en los registros de lo real y lo simbólico, a fin de mediar las tensiones y los conflictos sociales, como pueden ser las violencias, a través del arte callejero o urbano; ya sean grafitis , esténciles, murales, instalaciones, performances; teatro; música –hip hop, rock, rap–; danza; videos y filmes. Por ejemplo, en El Salvador, a partir de la firma de los acuerdos de paz en 1992, se crea un colectivo o asociación denominada Tiempos Nuevos Teatro (TNT), formada por jóvenes vinculados a los esfuerzos de la educación popular; o en San Pedro Sula, Honduras, está Jóvenes Hondureños Adelante, Juntos Avancemos (JHA JA), asociación civil de jóvenes que trabaja haciendo comunidad, bajo el eslogan de «Sin armas ni violencia», a través de enseñar el grafiti y el muralismo a los integrantes de las maras y las pandillas, en el intento de disminuir las violencias en los barrios. La gran aspiración de la academia de la investigación, que es una intervención en lo real y en lo simbólico de las asociaciones de la sociedad civil, los colectivos culturales y los movimientos sociales (juveniles), es influir en el diseño de las políticas públicas, los gestores culturales y la voluntad de los políticos; a fin de transitar de políticas de gobierno, en lo que atañe a las violencias sociales, a políticas de Estado, lo cual implica imaginar, qué tipo de nación o de país queremos ser, para formar a las juventudes que deseamos tener, en espacios más democráticos y justos socialmente, algo de lo que habla Carlos Mario Perea Restrepo en «¿Por qué no hay maras en Nicaragua?». Juventudes en fronteras. Identidades, cultura y violencia pretende delinear algunos de los trazos de los discursos y las narrativas que enmarcan determinados escenarios geográficos, políticos, económicos y socioculturales, donde viven los y las jóvenes en Latinoamérica y España –como, por ejemplo, las vivencias de las migraciones forzadas e ilegales en «Juventudes fronterizas, ¿juventudes sin fronteras? Identidades juveniles en 18

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Introducción

los bordes del Mediterráneo» de Carles Feixa Pampols y José Sánchez García–, que reimprimen configuraciones identitarias, afectivas, eróticas y políticas diferenciadas con respecto a generaciones anteriores. Es en los países con mayores desigualdades e índices de pobreza y rezagos insultantes en materia de desarrollo –como sucede en América Latina– donde las violencias y las violaciones a los derechos humanos son una realidad más dolorosa, inapelable e inaceptable. El presente documento es un esfuerzo colectivo que aporta, desde diferentes disciplinas y metodologías, insumos para una reflexión sobre la condición juvenil en contextos de alta violencia. No se pretende victimizar ni mostrar únicamente el dolor, ni mucho menos mantener un cómodo pesimismo, sino poner en primer orden la urgencia de parar el asesinato físico y moral de hombres y mujeres jóvenes. En este esfuerzo, producto de una reunión de discusión académica, colaboran investigadores e investigadoras con productos de investigación rigurosa, trabajos de tesis de posgrado y resultados de experiencias de intervención. Todo ello, fruto de un seminario internacional sobre jóvenes en fronteras, realizado en Ciudad Juárez, Chihuahua, en el mes de marzo de 2016, seis años después del asesinato de 17 jóvenes que departían en una fiesta privada en la colonia Villas de Salvárcar.4 Estructura del documento El presente volumen se organiza en cuatro apartados: Estructura y singularidad de la violencia juvenicida; Juvenicidio en América Latina y España; De sexualidades y cuerpos y Desde la producción y la acción cultural. A las 00:03 horas del 31 de enero de 2010, 15 hombres armados descendieron de 4 vehículos para dar muerte a 17 hombres y mujeres jóvenes, y dejando lesionados a un número similar, que convivían en una fiesta privada en la colonia Villas de Salvárcar, según lo reportaron los medios periodísticos locales. 4

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En Estructura y singularidad de la violencia juvenicida se proporciona un panorama regional, global y fronterizo de los factores económicos, sociales, culturales y migratorios que han conformado las bases de la actual violencia juvenicida, que se padece, al menos de forma más aguda, en los países no desarrollados y por ciertas identidades deterioradas/desacreditadas (Goffman, 1993). A su vez, se hace una reflexión desde la academia de la investigación como modalidad de intervención acerca de las tensiones y los conflictos cuando se trabaja en estas situaciones y con sujetos al límite, en los bordes y en las fronteras de la paralegalidad 5 y de las violencias (de muerte). En este apartado, el capítulo de Alfredo Nateras Domínguez, «Reflexiones teórico-metodológicas en los territorios y en los bordes de los conflictos, las tensiones y las violencias sociales», hace una reflexión crítica con respecto al posicionamiento y a la parte subjetiva del investigador o investigadora, cuando estudia e interviene lo correspondiente a las violencias sociales –en particular, las de muerte–. Señala, además, los aspectos relevantes e importantes a problematizar en los dispositivos teórico-metodológicos a utilizar o emplear, en la investigación sociocultural compleja, entendida como una intervención tanto en los registros de lo real como en lo simbólico. La aportación de José Manuel Valenzuela Arce con «Juventudes: Fronteras, transitividades y femi-juvenicidio» marca la importancia de situar a las juventudes en sus contextos, en este caso el de la frontera entre México y Estados Unidos. Reflexiona sobre la transición juvenil como fronteras y su construcción está relacionada con las categorías de género, generación, lo étnico, lo racial y lo nacional. A su vez, estudia los agrupamientos juveniles fonterizos o trasnacionales, como los pachucos, los cholos y la Mara Salvatrucha, y agrega como casos analíticos y paradigmáticos del patriarcado y lo adultocrático, el feminicidio y el juvenicidio, respectivamente. 5 La paralegalidad alude a todas aquellas prácticas sociales con otro registro o lógica de verdad, por ejemplo, el comercio informal.

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Introducción

Desde Argentina, Andrea Bonvillani aborda en «Los resortes subjetivos de la dominación policial: El asesinato de jóvenes de sectores populares de Córdoba, Argentina», cómo la recepción y la representación de una parte de la sociedad cordobesa de las manifestaciones juveniles se basa en percepciones claramente racistas, clasistas y xenofóbicas de esta expresión juvenil, pues atribuyen a esta un comportamiento anómico, violento y desagradable. Para esta sociedad, los jóvenes manifestantes son vinculados con la negritud, la criminalidad y el desecho social. En el apartado, Juvenicidio en América Latina y España, se concentran aportaciones que abordan contextos sociales y relaciones específicas de violencia de la población joven y marginada en diversas ciudades de México y otros países. Los escenarios de violencia, de conflictos de pandillas adheridas o no a grupos criminales locales o transnacionales, la migración ilegal y forzada, entre otros fenómenos, son generadores de transformaciones y de procesos culturales transfronterizos y transnacionales. De igual manera, las identidades, las prácticas culturales y corporales de los jóvenes varones en contextos de violencia son temas debatidos en esta sección. En el capítulo de Carles Feixa Pampols y José Sánchez García, «Juventudes fronterizas, ¿juventudes sin fronteras? Identidades juveniles en los bordes del Mediterráneo», se plantea la paradoja entre la juventud como condición fronteriza y a la vez como condición sin fronteras, al analizar la migración ilegal en el mar Mediterráneo, las bandas latinas en Barcelona y los movimientos juveniles más recientes en Europa y África. Por su parte, Laura Talina Hernández Baca trae al análisis la situación de los menores infractores desde una perspectiva de los estudios de las masculinidades. En su trabajo: «Juventudes marginadas: Vivir en la frontera de la identidad masculina», muestra el peso del estigma y las condiciones de precariedad económica en la configuración de la identidad masculina ligada, pero distante con el modelo dominante, de estos jóvenes que construyen su ser hombre en razón de las disputas entre sus 21

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pares por el sentido de lo masculino al incurrir en prácticas criminales, y que finalmente les ha llevado al castigo penal y a pagar su sentencia en situación de privación de la libertad. María Eugenia De la O Martínez, en «Ser joven en tiempos violentos: Los casos de Matamoros y Ciudad Juárez», proporciona un marco explicativo de la condición de marginalidad, criminalización y violencia a la que está expuesta la población joven precarizada en estas ciudades vinculadas fuertemente con el crimen organizado. Para esta investigadora, los jóvenes varones de la frontera norte de México son mercancías con precio, víctimas circunstanciales y producto de un sistema que los excluyó del bienestar social y de los beneficios del capitalismo, que los engloba pero los despoja de sus posibilidades de vida. En el apartado De sexualidades y cuerpos, se aborda el tema de la sexualidad como una categoría que engloba diversos aspectos, incluidas las prácticas eróticas, los sistemas afectivos, el cuerpo y la identidad sexual; interactúan, se combinan y adquieren primacía en diversos momentos del desarrollo individual y grupal dentro de contextos sociales específicos. La forma de entender la sexualidad considera tanto aspectos psicofisiológicos como socioculturales y simbólicos, por ello, su complejidad y particularidad. Salvador Cruz Sierra, en su capítulo «Sexualidad e identidad masculina en jóvenes cholos», analiza la forma en que la identidad del joven cholo se configura a partir no de la categoría de juventud per se, sino de ese sujeto social estigmatizado y criminalizado, pero que se erige desde la heteronormatividad y representado bajo la figura del macho hípermasculinizado; donde la violencia y el desafío hacia el otro enmascaran la emocionalidad más sentida. La masculinidad resultante es, por demás, misógina y homofóbica, pero que a la vez oculta la renuencia a la dependencia afectiva de las mujeres y a las prácticas homoeróticas, que en algunos casos forman parte de la experiencia y construcción de estas masculinidades. Por su parte, Genoveva Echeverría Gálvez y Sally Reiss en «Del emocionar en jóvenes chilenas: Un habitar fronterizo», 22

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Introducción

analizan los vínculos afectivos de jóvenes chilenas para pensar el lugar de lo afectivo-emocional como un componente central en el despliegue de lo juvenil, y donde el cuerpo es un medio privilegiado para la socialidad y cercanía afectiva o para la distancia y dificultades para la intimidad. Al cuerpo-emoción se le sobre-escenifica, se le dota de agencia y se toma como herramienta cotidiana para el ejercicio poder-resistencia en las relaciones que establecen con los hombres. El tema del cuerpo juvenil masculino, de aquellos que se adhieren a una estética atlética y de belleza según los estándares dominantes, atiende a una tecnologización y administración de suplementos que lo construyen y modelan a costa de contravenir la salud y los patrones de la masculinidad hegemónica. En este orden de ideas, Matilde Margarita Domínguez Cornejo aborda los efectos identitarios, afectivos y patógenos en el cuerpo masculino desde los estudios de género en «Repensar las masculinidades: Experiencias radicales en la cultura del fitness». En el último apartado, Desde la producción y la acción cultural, se ofrecen experiencias y políticas sociales dirigidas a las juventudes, para fomentar una cultura de la paz y que constituyen un campo de trabajo que pretende, entre otros aspectos, construir y desmontar las formas en las que se han conformado diversas expresiones de la violencia social y personal, por ejemplo, el hacer de los colectivos culturales juveniles y sus implicaciones en las relaciones entre sociedad civil y gobierno. En este sentido, esta sección pretende abrir un espacio para la difusión y la reflexión de la importancia de la configuración de una cultura de la paz y proponer formas de convivencia fuera de la coerción, la opresión y los daños físicos y psicológicos entre las personas. Bajo esta tónica, se presenta la experiencia de Colombia en el ensayo de Alexandra Agudelo López, Rodrigo Villada López y Lina Marcela Patiño, denominado «Configuración y reconfiguración de subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en Medellín», donde exponen el trabajo desarrollado en 2015 con el proyecto Configuración y reconfiguración 23

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de subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en América Latina y el Caribe, como un medio, a fin de visibilizar las activaciones territoriales juveniles y poner a discusión las políticas públicas sobre juventud, así como ponderar las luchas que emprenden los colectivos y organizaciones juveniles en esta ciudad, para abatir las situaciones de violencia a que está expuesta la juventud colombiana. La comprensión de la condición juvenil, el trabajo político y el uso del arte como medio de intervención representan en esta experiencia un camino para favorecer el respeto de los derechos humanos y la cultura de paz en las poblaciones que han sido devastadas por la violencia. El trabajo presentado por Carlos Mario Perea Restrepo, «¿Por qué no hay maras en Nicaragua?», plantea las particularidades de la expansión de la identidad de los jóvenes de las maras en Centroamérica, las políticas de seguridad implementadas por los gobiernos, el papel de la policía y la sociedad civil, así como los procesos culturales trasnacionales. Desde una perspectiva histórica y global, se analizan los factores económicos y políticos que posibilitaron ciertos flujos migratorios que propiciaron a su vez el asentamiento de las maras en El Salvador pero no, al menos en la misma intensidad, en Nicaragua. Por último, se quiere expresar lo siguiente: si este libro como tal le dice algo a los lectores anónimos –sean quienes fueren– o les crea cierto sentido y significado algún autor, tema, capítulo o incluso varios, principalmente a las y los sujetos sociales más afectados por las violencias sociales –de muerte–, es decir, a las juventudes transfronterizas/trasnacionales, entonces valió la pena coordinarlo y escribir lo que nos correspondió, ya que en el imaginario académico nos llevamos la fantasía de que su lectura podría tener cierta utilidad social y, al menos creer, que un mundo donde quepan todos los mundos es realmente factible y posible, en el aquí y en el ahora social.

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Introducción

Referencias Armijo, N. y Toussaint, M. (Coord.). (2015). Centroamérica después de la firma de los acuerdos de paz. Violencia, fronteras y migración. México: Instituto de Investigaciones Dr. José Mª Luis Mora. Bercovich, S. y Cruz, S. (Coords.). (2015). Topografías de las violencias. Alteridades e impasses sociales. Tijuana: El Colef. Carazo, R. (Comp.). (2001). Violencia y paz en América Latina. Costa Rica: Libro Universitario Regional. Goffman, E. (1993). Estigma. La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu Editores. Juárez, J. y Aduna, A. (Coords.). (2015). Alzando la voz por Ayotzinapa. México: Ediciones del Lirio/UAM-Iztapalapa. Martínez, L. (Ed.). (2015). La pastoral de las grandes ciudades. México: PPC Editorial. Muñiz, E. (Coord.). (2010). Disciplinas y prácticas corporales. Una mirada a las sociedades contemporáneas. México: Ediciones del Lirio/UAM-Azcapotzalco. Nateras, A. (Coord.). (2016a). Juventudes sitiadas y Resistencias afectivas. Tomo I: Violencias y aniquilamiento. México: GEDISA/UAM-Iztapalapa. Nateras, A. (Coord.). (2016b). Juventudes sitiadas y Resistencias afectivas. Tomo II: Problematizaciones (embarazo, trabajo, drogas, políticas). México: GEDISA/UAM-Iztapalapa. Saraví, G. (2009). Transiciones vulnerables. Juventud, desigualdad y exclusión en México. México: CIESAS/Publicaciones de la Casa Chata. Saraví, G. (2015). Juventudes fragmentadas. Socialización, clase y cultura en la construcción de la desigualdad. México: FLACSO/CIESAS. Valenzuela, J. (2012). Sed de mal. Feminicidio, jóvenes y exclusión social. México: UANL/El Colef. Valenzuela, J. (Coord.). (2015). Juvenicidio. Ayotzinapa y las vidas precarias en América Latina y España. Barcelona/Guadalajara/Tijuana: El Colef/NED/ITESO. 25

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Vanderschueren, F. y Lunecke, A. (Coord.). (2004). Prevención de la delincuencia juvenil. Análisis de experiencias internacionales. Chile: Universidad Jesuita Alberto Hurtado/BID/ Gobierno de Chile/Ministerio del Interior. Young, I. M. (1990). La justicia y la política de la diferencia. Madrid: Ediciones Cátedra.

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Estructura y singularidad de la violencia juvenicida

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REFLEXIONES TEÓRICO-METODOLÓGICAS EN LOS TERRITORIOS Y EN LOS BORDES DE LOS CONFLICTOS, LAS TENSIONES Y LAS VIOLENCIAS SOCIALES

Alfredo Nateras Domínguez Planteamiento Preguntarse hoy por las ciencias sociales, humanísticas y culturales, como lugares de análisis y comprensión, en este siglo XXI, especialmente violento, desbordante, confuso y convulsionado –independientemente de las narrativas y los discursos disciplinares de enunciación a los que se pertenezca– conlleva necesariamente tener que reflexionar qué hacer, tanto en lo que corresponde a los andamiajes teórico-teoréticos, así como en lo referente a los dispositivos y las estrategias metodológicas-técnicas utilizadas, armadas y diseñadas en su amplitud en el siglo XX. Parece ser que estamos atrapados en los preceptos de la modernidad tardía –que aún habilitan la inmersión y la interpretación, en el todo social complejo (Morin, 1990), aunque cada vez más, con serias dificultades y varios predicamentos–. Para ir desmontando tal atrapamiento, quizás valdría evocar y parafrasear al psicoanalista, psiquiatra y filósofo francés, Jacques Lacan1 (1901-1981) quien postulaba, por una parte, el retorno a Para más información acerca de los postulados, se puede consultar: El psicoanálisis del lenguaje y del imaginario de Jacques Lacan (2017) y Lacan de Anika Rifflete-Lemarire (1981). 1

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Freud, es decir, volver a leerlo a la luz del avance de las ciencias sociales, humanísticas y culturales; por ejemplo, en su momento, desde el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss o a partir de la lingüística y la antropología estructural. Por la otra, poner a prueba/poner a trabajar los presupuestos teóricos, las categorías y las dimensiones de análisis –junto con los autores correspondientes– frente a los nuevos contextos –sociales, culturales, económicos, políticos e históricos– a fin de ver la vigencia, la pertinencia, la potencia de explicación y de comprensión de esos referentes o corrientes teórico-metodológicas, frente a esas realidades sociales complejas; estrategia para alejarse de los dogmatismos, de los conocimientos y saberes cristalizados o estancados, fijos e inamovibles. Y, quizás, es necesario también utilizar las estrategias y los dispositivos desconstruccionistas –armar y desarmar, constantemente, esos conocimientos y esos saberes–.2 En gran medida, las realidades socioculturales que se están viviendo y sintiendo, particularmente en América Latina, son muy complejas (Morin, 1990) y, algunas demasiado dolorosas a nivel de lo social,3 que conllevan ciertas emociones, afectividades y estados de ánimo individuales como colectivos, ya sean de tristeza, melancolía, de desesperanza, indignación, rabia, enojo o miedo ante la inmigración y la migración forzada; el aniquilamiento de las pandillas trasnacionales; o la constante violación a los derechos humanos; la homofobia; las desapariciones, también forzadas; la violencia de género –el feminicidio–; la pobreza extrema; la corrupción e impunidad galopante; el horror y la brutalidad del 2 Para el psicólogo social español Tomás Ibáñez (1994), la patrona de la disciplina desde un dispositivo deconstruccionista es Penélope; ya que deshacía/destejía en la noche, lo que tejía en el día, es decir, construir y deconstruir. 3 Con respecto al interesante concepto del dolor social, consultar el trabajo de Salvador Arciga y Octavio Nateras (2002). Los autores sostienen que la teoría del dolor social está inserta dentro de la psicología colectiva. Dicha teoría, en términos amplios, alude al dolor de una época que a todos afecta –aunque diríamos, de manera diferenciada– y configura el tono y el matiz del ánimo colectivo.

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crimen organizado; el descrédito de los partidos políticos –con todo y sus políticos–; los asesinatos –especialmente de periodistas, líderes o activistas sociales y de derechos humanos–; las ejecuciones extrajudiciales; o el juvenicidio (Valenzuela, 2012, 2015). En este sentido, a la luz de tales problemáticas –sólo por mencionar éstas– tendríamos más interrogantes, tensiones y conflictos, desde lo teórico-metodológico, que posibles respuestas y casi ninguna certeza. Por lo que el anclaje, o la centralidad de este ensayo, será desde el lugar de quien investiga o interviene en los registros de lo real como en lo simbólico, en lo correspondiente a las violencias sociales –a los conflictos y a las tensiones colectivas– en el entendido de que la academia de la indagación, es en sí misma, una intervención de lo real complejo. Ese anclaje o centralidad, a partir del sujeto que investiga e intervine siguiendo a Vasilachis (2006), conlleva a situarse desde una epistemología del sujeto que conoce, articulada con una epistemología del sujeto conocido, en tanto relación social/relación dialógica de sujeto a sujeto. Tal vínculo intersubjetivo se entretejerá, en función de las siguientes preguntas que le darán los tonos, los ritmos y las tesituras a la estructura de exposición de este texto: a) ¿Cuál es el sitio de enunciación teórico-metodológico del sujeto que investiga? b) ¿Cuál es su posición política? c) ¿Para qué investigamos lo que investigamos e intervenimos lo que intervenimos? d) ¿Cómo objetivar la parte subjetiva de quien investiga y cómo sería su manejo teórico-metodológico? e) ¿Cuál sería la utilidad social de lo que investigamos y, por consiguiente, de lo que intervenimos? f) ¿Qué hacemos con eso de lo que investigamos y de lo que intervenimos? g) ¿Cuáles serían los aspectos a considerar con respecto a la ética cuando nuestros sujetos están en los umbrales, en los límites de la paralegalidad 4 y, además, cargando con una identidad deteriorada o desacreditada? (Goffman, 1993). 4 La paralegalidad se concibe como un registro colateral de la legalidad con sus propios códigos, normas y lógicas de verdad como, por ejemplo, el comercio informal.

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Acerca del posicionamiento Lakoff y Johnson (1980), sostienen que a través de las metáforas que empleamos en la vida cotidiana podemos pensar y sentir la realidad social. En este tenor, se ha construido una a fin de reflexionar las violencias sociales, denominada el mercado y el festival de las violencias, con la idea de dar cuenta –decir una cosa para dar a entender otra– de algunas de sus características: el estallamiento, el desborde, lo grotesco, lo burdo, lo absurdo, el horror o lo siniestro,5 así como de los distintos protagonistas o actores sociales que están ejerciéndola y llevando a cabo, nombrados por Tilly (2003) profesionales de las violencias, que podemos reconocer y ubicar con claridad como delincuentes comunes, sicarios, narcotraficantes, policías, militares, paramilitares, mercenarios, escuadrones de la muerte, agrupamientos de limpieza social y fuerzas especiales o de élite. En este sentido, el investigador o investigadora que se enfrenta al escenario de el mercado y el festival de las violencias y a las estéticas de lo siniestro (Freud, 1978), por ejemplo, quienes están trabajando en la reconstrucción de historias de vida de sicarios,6 o desde los estudios de caso de los dealers –vendedores de drogas al menudeo–, o aquellos o aquellas que abordan el asunto del feminicidio, tendrían que preguntarse, por lo menos, lo siguiente: a) ¿Cuál es el lugar de su enunciación, a nivel teórico-metodológico? –epistemología del sujeto cognoscente– b) ¿Cuál sería su posicionamiento político como sujetos 5 Para Freud (1978), lo siniestro tiene que ver, en términos generales, con una estética de lo angustiante, lo espantable, lo espeluznante, e incluso, lo demoníaco. 6 Existe una amplia literatura en América Latina de colegas y periodistas al respecto, por ejemplo, pueden consultarse algunos de los siguientes trabajos: No nacimos pa’semilla. La cultura de las bandas juveniles en Medellín de Salazar (2002); La Virgen de los sicarios de Vallejo (1994); Balas por encargo. Vida y muerte de los sicarios en Colombia de Álvarez (2013); y Sicariato juvenil en Juárez, narrativas en crisis de Chacón (2016).

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que investigan a los sujetos de la indagación? –epistemología del sujeto conocido–(Haraway, 1991; Vasilachis, 2006). Esto conlleva a reconocer que como académicos, investigadores o etnógrafos tenemos ciertas adscripciones, abrochamientos o afiliaciones teórico-metodológicos, con respecto a determinados enfoques y corrientes de pensamientos, así como a ciertos autores, intelectuales o librepensadores, que influirán y marcarán, sin duda alguna, la manera en que definamos nuestra temática y la particular construcción de nuestros sujetos y de nuestro objeto de estudio; en otras palabras, implica contar con una concepción ontológica –la concepción de la naturaleza de la realidad social–; una postura epistemológica/epistémica –el tipo de vínculo del investigador con respecto a lo estudiado–; lo axiológico –los valores de quien investiga– y lo metodológico –implica el proceso de investigación– (Vasilachis, 2006). Por lo que, derivado de lo anterior, no existe una posición neutra, aséptica y pulcra del investigador, ya que ese lugar de la enunciación o del posicionamiento –sea cual sea éste– deriva inevitablemente en un elemento/cualidad –a nivel de lo político– en el tipo de relación social que se establezca con el sujeto conocido. Esto es de vital importancia, ya que implica tener que situarse, en primera instancia, en el entramado de la relación social –la intersubjetividad– que se vaya estableciendo y construyendo, entre el sujeto que investiga con respecto a los sujetos de la indagación, es decir, de la epistemología del sujeto cognoscente a la epistemología del sujeto conocido (Vasilachis, 2006). Esto es importante e interesante, ya que conlleva la idea del establecimiento de un vínculo de sujeto a sujeto, lo que marcará en gran medida tanto una relación horizontal y un anclaje al contexto –económico, político, cultural, social– como a los sujetos situados en esos contextos; los cuales hay que entenderlos no como principios estructurales/deterministas sino como claves hermenéuticas/interpretativas, que facilitarán de la mejor manera posible, la comprensión de las realidades socioculturales complejas (Morin, 1990), de las que se trate y de las que haya lugar. 33

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Este aspecto de situarse en ese entramado de la intersubjetividad orillará al investigador, en algún momento, a tener que reflexionar, reflexionándose –la autorreflexividad– lo siguiente: ¿Por qué investigo lo que investigo y no otra cuestión? ¿Por qué intervengo lo que intervengo y no otro asunto? ¿Qué tiene que ver lo que hago con respecto a mi género, mi clase social, mi nacionalidad y al lugar geográfico o a la etnicidad a la que pertenezco? ¿Qué hay con mi yo individual (lo personal) y mi yo social (lo colectivo) en la relación social –la intersubjetividad– con el sujeto conocido? Esto, invariablemente, lleva a apuntar, de nueva cuenta y más definido, a la parte subjetiva del investigador o de quien interviene determinada realidad, en el proceso de la reconstrucción de la subjetividad social de las y los otros; o como refería Clifford Geertz (1994), desde la doble hermenéutica: reconstruir o interpretar la interpretación que da el otro a su mundo social, a su mundo fenoménico (Schütz, 1993); más que nada, o sobre todo, ¿cómo manejar la subjetividad? Tanto desde las coordenadas de su reflexión –la autorreflexividad– como a su uso teórico-metodológico, en la prosa o la narrativa que se esté construyendo, o del texto que se ande escribiendo, o la tesis que se está por concluir. Entre otras cuestiones, George Devereaux (1977) afirmaba que el dato, o la parte más importante de la investigación, es precisamente el investigador (actualmente esta idea puede ser discutida desde una postura epistemológica). Por su parte, desde los planteamientos de la teoría antropológica de la reflexividad, Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant (1995) se preguntaban cómo objetivar la parte subjetiva del sociólogo, el etnógrafo o el investigador. De igual manera, hay un debate en torno a los límites de la reflexividad/autorreflexividad. El gran epistemólogo Gastón Bachelard (1982) refería acerca de la vigilancia epistemológica que debería guardar siempre todo hombre de ciencia en sus ideas acerca de la formación del espíritu científico. Y Tomás Ibáñez (1994), desde la psicología social –como 34

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ya se había comentado líneas atrás–, propone la metáfora de Penélope, como la patrona de la disciplina, en el entendido de que el psicólogo social tendría que tejer determinado tipo de conocimiento y saber para luego destejerlo –construir y deconstruir– interminablemente, es decir, considera a la psicología social como un dispositivo deconstruccionista. En este tenor, no dudaría en señalar que hasta ahora todo lo aquí planteado cobra una gran relevancia y trascendencia, a partir del gran auge y la amplia presencia de las estrategias teórico-metodológicas de la investigación cualitativa, interpretativa o comprensiva (García y Manzano, 2010), que una gran parte de las disciplinas sociales, humanistas y culturales están empleando –dado el agotamiento y el retroceso de la metodología cuantitativa de corte experimental y de pensamiento positivista– en virtud de que la tendencia es claramente apuntar a reconstruir las subjetividades sociales de los sujetos conocidos desde una relación social horizontal, dialógica y colaborativa con los otros. Se trata también de reconstruir los sentidos, los significados, la significación o las representaciones sociales (Moscovici, 1979; Jodelet, 1986) –pensamiento construido en común o colectivo– que las personas edifican y otorgan a su mundo social o fenoménico (Schütz, 1993), en colaboración entre el sujeto que conoce con los actores conocidos. En términos de los planteamientos vertidos de manera general con respecto a la idea del quehacer u oficio del sociólogo (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 1987) y, por extensión y amplitud, del psicólogo social, del antropólogo, del historiador de ciencia política o simplemente del científico social (Bourdieu, 2003); aunado a una visión instrumental, práctica, o de procedimiento teórico-metodológico-técnico, se sugiere a los investigadores: vaya a donde está el actor; vaya a donde está la gente; reconstruya su punto de vista, los sentidos y los significados que le otorga a su realidad, a su vida cotidiana (Taylor y Bogdan, 1992). Para esto, se apoya utilizando todo un arsenal de técnicas, instrumentos y herramientas para la construcción del dato o 35

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la edificación de la evidencia empírica, a saber: etnografía unisituada o multisituada (Marcus, 2001); observación directa o indirecta; diarios de campo; entrevistas en profundidad; historias de vida; análisis de conversaciones; estudios de caso; análisis de datos personales; grupos focales; grupos de reflexión o de discusión; mapas mentales; fotografías, videos o films. Aquí, el valor a destacar es que estamos ante situaciones o contextos naturales, es decir, donde se construyen y se tejen las vidas cotidianas de los actores sociales sin desatender el matiz en el aspecto epistemológico, en otras palabras, la cualidad de cómo se va con la gente/el sujeto y, más que nada, resaltar el tipo de relación intersubjetiva construida. Es claro, que a través del andamiaje teórico-metodológico-instrumental que se haya edificado –desde la academia, la investigación y la intervención– lo que hacemos en primera instancia es construir determinado tipo de saberes y de conocimientos, junto con nuestros sujetos conocidos de una forma colaborativa, que posiblemente nos ayudarán a entender y comprender de mejor manera, cómo se producen y reproducen los sujetos o los actores sociales, en el complejo entramado sociocultural que nos haya interesado indagar y, así incidir, de una manera concreta, en esa realidad social, sea cual sea ésta. Lo ideal o la aspiración, de una parte de las academias, es que en algún momento esos conocimientos y saberes edificados con nuestros colaboradores impacten en la hechura de las políticas públicas, aunque hay que decirlo y reconocer que eso depende no de la cualidad o la calidad de la investigación o la intervención correspondiente sino de la voluntad política de los funcionarios en turno que, en su mayoría, son unos analfabetos funcionales con cargos y poder de decisión. Y, a veces, su moral privada, pretenden hacerla política o convertirla en programas públicos, situación totalmente inaceptable. Incluso, mediante supuestas posturas inclusivas y, al momento de conocer los respectivos materiales culturales solicitados, como por ejemplo libros, tienden a censurarlos y controlarlos. 36

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Por consiguiente, se podría preguntar lo siguiente: ¿qué utilidad social tendría la indagación o la intervención que hemos llevado a cabo? y ¿qué hacemos con eso de lo que hemos investigado? Hay que construir una heterogeneidad y diversidad de narrativas, discursos y argumentos teóricos subalternos, lo suficientemente sólidos y robustos y con solvencia etnográfica o empírica, que entren en el interjuego de la disputa en la creación de sentidos y de significados, con respecto o en relación, a las narrativas y los discursos hegemónicos/dominantes del decir y del nombrar, cuando se dice, o se nombra, por ejemplo, a través de los medios masivos de comunicación –ya sean escritos (periódicos, revistas) o electrónicos (radio, televisión)– incluyendo ahora a las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), las redes sociales pues; acerca de las violencias, el feminicidio, el uso social de drogas, el aborto, los tatuajes, o alguna adscripción identitaria juvenil deteriorada o desacreditada (Goffman,1993). Por lo común, tales discursos están plagados de prejuicios, estigmas y estereotipos. En lo que atañe propiamente a la investigación-intervención,7 de esas realidades socioculturales complejas, duras y dolorosas, por ejemplo, cuando se está trabajando en los albergues o en la casa de migrantes; con los familiares de las desapariciones forzadas; en los espacios del encierro con los privados de libertad; con las pandillas trasnacionales –cholos, maras y barrio 18–; o con minorías sexuales – LBGTI –; lo que hace el investigador, entre otras consideraciones, es acompañar los procesos que ahí están dándose y, quizás, facilitar la gestión o la agencia de esos actores y sujetos sociales, para que sean ellos 7 Parafraseando al psicólogo social Kurt Lewin: No hay nada más práctico que una buena teoría (1976), lo cual implica que no hay tal disociación entre la teoría y la práctica, es decir, cuando se interviene la realidad, siempre se hace desde determinados dispositivos teórico-metodológicos; y, a su vez, a partir de la realidad/la evidencia empírica se construye teoría. Actualmente, este principio es uno de los presupuestos claves de la teoría fundamentada.

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quienes resuelvan sus conflictos y problemáticas socioculturales y afectivas, si fuera el caso. En estas circunstancias, un aspecto un tanto olvidado en las coordenadas y el eje de la investigación-intervención, de lo real complejo, es el asunto de la sinceridad/la franqueza; la ética que debe guardar el investigador o quien interviene, en varios niveles o planos de análisis y de consideración (la sinceridad/la franqueza; la confianza; la sensibilidad social o teórica; el respeto; el cuidado del sujeto conocido, en el entramado de la relación intersubjetiva que se construye con respecto a sus actores sociales y a los contextos de tales sujetos conocidos). A mi entender, el núcleo o la matriz más importante de significación, en relación con la ética, es la sinceridad/la franqueza, así como el tipo o la cualidad del vínculo o la relación social y afectiva que se vaya estableciendo con el otro conocido. Esto implica de inicio no mentir con respecto a la identidad profesional que se tenga como investigador, ni tampoco en lo que atañe a los objetivos y la finalidad de la indagación o la intervención como tal; ya que, incluso, éstos tendrían que negociarse y convenirse con los sujetos a conocer. Recordar, que hay otros actores sociales en el campo temático, que también están investigando, o interviniendo, lo cual quiere decir que nos jugamos constantemente, a partir de la creación de nuestra propia presencia (Díaz, 2002), ante, por ejemplo: los ministros de culto o la pastoral urbana; empleados del gobierno y de varias instituciones; miembros de las organizaciones civiles –nacionales o internacionales–; otros académicos; periodistas y reporteros –que, por cierto, son los más desprestigiados por descontextualizar y ser amarillistas–; los cuerpos de seguridad del Estado, que tratan de infiltrar a determinados agrupamientos o adscripciones identitarias juveniles, como pueden ser la Mara Salvatrucha (MS-13) o la pandilla del Barrio 18 (B-18). Recordar, también, que fue muy común –y todavía quedan resabios– que desde los dispositivos cuantitativos/experimentales de laboratorio y del positivismo lógico, los investigadores 38

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eran, o son encubiertos, es decir, no se decía la verdad de la estrategia de investigación utilizada y se mentía bajo la fantasía, o el imaginario de alcanzar la pretendida neutralidad y objetividad a ultranza, costara lo que costara, hasta la ética. Ligado con lo anterior, está la confianza, que no se da por hecha, sino que va haciéndose en el camino de la trama de la investigación y la intervención sociocultural. Se sustenta en el compromiso de la palabra dada, es decir, de respetar y llevar a cabo los acuerdos contraídos entre las partes como, por ejemplo: devolver algo a los sujetos o actores de la investigación o de la comunidad –si así fuese el caso–; entregar el material fotográfico; el impreso de las entrevistas en profundidad que se hayan realizado; el reporte de investigación; el artículo o libro que de ahí emane; o no escribir o publicar lo que los actores o sujetos hayan solicitado o pedido no difundir, a cambio de otorgar la entrevista y colaborar en la información correspondiente. Esto es clave y sustancial, ya que la persona que investiga debe reconocer que hay fronteras inquebrantables e infranqueables a riesgo de su propia seguridad física y emocional, que tendrían que alejar o descentrar de los protagonismos o, más aún, de la omnipotencia que por lo común están siempre presentes en el imaginario de una parte de los investigadores que intervienen determinadas realidades socioculturales complejas. Otro aspecto a considerar, no menor, es la sensibilidad social o la sensibilidad teórica del investigador (Glaser, citado en García y Manzano, 2010),8 o de quien interviene, en relación con los contextos –económicos, políticos, sociales y culturales– y de los actores y los sujetos situados o anclados a esos contextos. Esto no implica la consabida enunciación recurrente, como lugar común y vacía de sentido, de ser empáticos/ponerse en el lugar del otro; ya que es un deseo inviable, en el entendido de que aunque se comA partir de los principios de la teoría fundamentada, la idea central estriba en que el investigador requiere tener determinadas habilidades para llevar a cabo una investigación cualitativa, entre ellas: análisis crítico de las situaciones y pensamiento abstracto. 8

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parta una situación similar, por ejemplo, la pobreza o la pérdida de un ser querido, la representación social (Moscovici, 1979; Jodelet, 1986) o la vivencia de esa experiencia es individual/personal, por lo que no sería idéntica, a la de las otras personas y actores. Un aspecto es conmoverse, no ser indiferente o ajeno al sufrimiento de los demás como investigadores, por ejemplo: al dolor insoportable de una madre o un padre por la desaparición forzosa de su joven hija; otro, es imaginar que desde la empatía uno va a sentir lo mismo que el otro o que los demás. También es importante el respeto que uno brinde, tanto al contexto en el que se esté, como a los sujetos y a los actores sociales de los que se trate, en esa situación específica; ya sea de pobreza extrema –las favelas, por ejemplo–; caminando los barrios más álgidos o rudos en Ciudad de México; o contactando con los personajes más emblemáticos o protagonistas en el ejercicio de las violencias de muerte –los sicarios colombianos–. Tal respeto se juega a partir de no pretender imitar, o tratar de copiar, el uso que hacen del lenguaje y de las maneras particulares de expresión de la localidad, o de los sujetos con quienes se está interactuando, es decir, de intentar hablar igual que ellos, incluyendo el tono, los matices del habla y las inflexiones de voz. Aunado a lo anterior, está lo relacionado con la estética corporal y la vestimenta, que simplificando la realidad social, una parte de los discursos y de las narrativas emanadas principalmente de las estrategias de intervención –la investigación acción-participante y el trabajo social– sugiere vestirse como el actor a investigar y a conocer; llevar los atuendos similares a la comunidad con la que se está interviniendo, en el imaginario académico de ser aceptados o de ser iguales a ellos, aspectos totalmente descolocados y falaces, ya que por lo común, los sujetos, el barrio y la comunidad, lo consideran, lo viven y lo sienten como un agravio. De igual manera, lo relacionado con proteger a nuestros informantes, colaboradores, sujetos de la investigación y la intervención o al sujeto conocido cobra gran trascendencia, 40

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sobre todo cuando estamos trabajando en escenarios y con actores al límite, al borde y en los umbrales de la paralegalidad (Valenzuela, Nateras y Reguillo, 2007); o también con todas aquellas identidades deterioradas o identidades desacreditadas (Goffman, 1993). Proponemos entonces, hablar de un dispositivo y de una estrategia que bien podríamos denominar como antropología, sociología o psicología social del anonimato, incluyendo lo relacionado a la construcción de la evidencia empírica de los datos, ya sean orales, escritos o iconográficos (imagen fija/fotografías e imagen móvil/video y films). De inicio, habría que dialogar y negociar con los actores y los sujetos sociales correspondientes, a fin de llegar a acuerdos –en el tiempo y en el momento del tratamiento de la información– en el sentido de quedar claro: ¿cómo se resolvería la coautoría de los conocimientos o los saberes producidos colectivamente? ¿Qué sería lo que sí se escribe y lo que se podría publicar y lo que no?, incluyendo el asunto de las iconografías. Por lo común, no se ponen los nombres y apellidos verdaderos; ni datos de lugares o sitios que ubiquen la residencia o el hábitat de las personas; tampoco fechas o días precisos. Y en cuanto a las imágenes, principalmente se obvian los rostros de los sujetos, así como los espacios públicos, fáciles de reconocer. En contextos y situaciones donde nuestros informantes-colaboradores o sujetos de la investigación y la intervención estén siendo perseguidos o exterminados, o tratando de ser infiltrados por los cuerpos de seguridad del Estado, por ejemplo, los integrantes de la Mara Salvatrucha (MS-13), la pandilla del Barrio 18 (B-18), la Mara Mao, la Mara Máquina –en El Salvador, Honduras y Guatemala– (Nateras, 2015) o exintegrantes de la guerrilla –como en Colombia–, el manejo y la protección de la información oral e iconográfica, que se vaya levantando, es de vital importancia tanto para nuestros informantes, colaboradores o sujetos conocidos como para los propios investigadores. Actualmente, se utilizan tecnologías digitales, ya sean grabadoras, cámaras fotográficas o de video, celulares, tabletas o 41

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cualquier otro dispositivo, donde se va almacenando la información con respecto al trabajo de campo y la investigación o intervención correspondiente. Por lo común, traemos las grabaciones de todas las entrevistas en profundidad, las sesiones de los grupos focales o el cúmulo de fotografías –si fuera el caso– y nos vamos desplazando de barrio en barrio, de comunidad en comunidad, de una región a otra o, incluso, pasamos fronteras –vía terrestre– de un país a otro, a lo largo de nuestro quehacer de la investigación. Por lo anterior, y máxime si se está trabajando con lo que se ha denominado sujetos y actores en los límites, en los bordes y en los umbrales de la paralegalidad –sicarios, secuestradores, narcotraficantes– o de ciertas identidades deterioradas o desacreditadas –cholos, latin kings, pandillas trasnacionales– se pone en serio peligro y altísimo riesgo a todos los informantes o colaboradores, si nuestros dispositivos son revisados por los cuerpos de seguridad del Estado, o por todos aquellos sujetos denominados como los profesionales de las violencias (Tilly, 2003). En este sentido, es de vital importancia ir descargando toda esa información conforme se vaya levantando –día tras día– en otro dispositivo, es decir, trasmitirla a otros artefactos vía Internet, de tal manera que si intervienen o desaparecen nuestros equipos, difícilmente encontrarán algo que sea utilizado en contra de nuestros informantes o colaboradores. Incluso, en situaciones extremas, una vez terminadas las entrevistas correspondientes o el levantamiento fotográfico en los barrios densos y peligrosos se podrían quitar los chips de los equipos, como grabadoras y cámaras fotográficas. Por otra parte, hay que tener claro que en algunos contextos, circunstancias y en relación con determinados sujetos y actores sociales con los que se esté trabajando, el investigador no está exento de correr determinados riesgos. Por lo que es necesario establecer una serie de protocolos de seguridad para los que investigan e intervienen en esas situaciones sociales complejas. Desde cuestiones elementales como avisar siempre a alguien de la actividad que se va a llevar acabo o lo que se va a 42

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hacer, por ejemplo, caminar el barrio o establecerse un vínculo y contacto; hasta ir acompañado; evitar salir tarde del lugar o de la comunidad de la que se trate; traer un celular con crédito y batería; llevar una identificación institucional o personal e, incluso, copia del pasaporte; no ser ostentoso en la forma de vestir; portar con discreción el equipo a utilizar; y llevar algo de dinero para cualquier eventualidad. Aunado a lo anterior, y apuntando a atender la parte de reflexión teórica-metodológica y la subjetiva del que interviene, o de quienes estén realizando la investigación en la relación social que se establece con los sujetos conocidos, así como de ir ventilando las emociones y las afectividades que el propio trabajo de campo pueda despertar, se requiere diseñar y utilizar un dispositivo teórico-metodológico de contención, que bien podrían ser grupos de discusión o de reflexión.9 Este dispositivo –coordinado por un académico, o asesor, o director de la investigación/intervención– tendría la finalidad de ir acompañando ese proceso en el momento mismo en el que se está investigando/interviniendo determinada realidad sociocultural compleja y, a su vez, sirve también para plantear las dificultades que hubiese, las dudas, los posibles problemas y conflictos, así como los estados de ánimo del equipo de trabajo. A manera de cierre A partir de la metáfora que se ha construido: el mercado y el festival de las violencias, de referir acerca de las identidades Hay que reconocer que, en términos generales, en las ciencias sociales y las humanidades se carece de este tipo de dispositivos, no así en las ciencias médicas y en la salud mental, donde los médicos se reúnen para discutir los casos clínicos de sus pacientes, a fin de tomar decisiones colectivas en cuanto al proceder; en los ámbitos de la psiquiatría y la terapia psicológica, el mecanismo que se emplea es el de la supervisión, es decir, cada terapeuta expone sus casos ante un supervisor, a fin de que le ayude y pueda ver cosas teórico-metodológicas-afectivas ante su paciente que de otra manera no podría conocer. 9

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deterioradas o desacreditadas (Goffman,1993), de situar a determinados sujetos/actores sociales en los umbrales, en los límites y en los bordes, o en coordenadas de la paralegalidad (Valenzuela, Nateras, Reguillo, 2007), es importante repolitizar la parte política de tales contextos, a partir de los cuales se configuran las situaciones y los actores/los sujetos, en el entramado de las tensiones, los conflictos y las violencias sociales y, en particular, las de muerte. Preguntarse por cómo se produce/ se construye la desigualdad social; las inequidades de género; la miseria/la pobreza; la marginación y los sujetos olvidados de siempre es clave y fundamental para todos aquellos que investigan e intervienen las realidades socioculturales complejas. Así mismo, hay que replantear la relación social que se construye desde una epistemología del sujeto cognoscente hacía una epistemología del sujeto conocido (Vasilachis, 2006), en tanto que ya no se trata de conocer al otro, sino de conocer con el otro, lo cual implica un tipo de vínculo que privilegie una relación horizontal, dialógica y colaborativa en la construcción mutua del conocimiento sociocultural. Referencias Álvarez, J. (2013). Balas por encargo. Vida y muerte de los sicarios en Colombia. México: Rey Naranjo. Arciga, S. y Nateras, O. (2002). El dolor social. Psic. Soc. Revista Internacional de Psicología Social, 1(1), 83-91. Bachelard, G. (1982). La formación del espíritu científico. Contribución a un psicoanálisis del conocimiento objetivo. México: Siglo XXI. Bourdieu, P. (2003). El oficio de científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad. Barcelona: Anagrama. Bourdieu, P. y Wacquant, L. (1995). Respuestas por una antropología reflexiva. México: Grijalbo. Bourdieu, P., Chamboredon, J. C. y Passeron, J. C. (1987). El oficio del sociólogo. México: Siglo XXI. 44

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Reflexiones teórico-metodológicas

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JUVENTUDES: FRONTERAS, TRANSITIVIDADES Y FEMI-JUVENICIDIO

José Manuel Valenzuela Arce En este texto se presenta una perspectiva interpretativa sobre las y los jóvenes, desde la condición juvenil, como construcciones situadas en tiempo y lugar, sólo entendibles en tiempos y contextos históricos específicos. De manera particular, se identifican algunos elementos y procesos que definen las condiciones juveniles en la frontera entre México y Estados Unidos y su dimensión prefigurativa, que refiere a la expresión y representación de fenómenos sociales vinculados a las condiciones de frontera que anticipan su expresión y recreación en realidades no fronterizas. Se utiliza críticamente el concepto de transitividad juvenil para discutir las culturas juveniles en contextos fronterizos, ejemplificada en expresiones que emergieron en la frontera, como los pachucos, los cholos y las maras; y feminicidio y juvenicidio, como conceptos que permiten interpretar los dolientes entramados de violencia y muerte que han marcado a la frontera, a México y a otros países latinoamericanos. Condición juvenil: cronotopos y transitividad Hablar de juventud nos obliga a colocarnos dentro de cronotopos particulares, situaciones específicas de tiempo y espacio [ 47 ]

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que definen la condición situada e histórica de las juventudes. Además, pensar a las juventudes en contextos de frontera nos lleva a colocar su condición transitiva, pero esta característica no implica, como muchos han pensado, que la transitividad juvenil se refiere al mero paso de la niñez a la adultez como un recorrido carente de repercusiones, o como caminar de un lugar social a otro sin mayores implicaciones en los sentidos vitales e identitarios de estos grupos poblacionales. Contrario a quienes piensan a las identidades juveniles desde el curso terso de la transitividad, la condición transitiva se inscribe en contextos histórico-culturales específicos, en los cuales se construyen elementos que marcan y enmarcan los proyectos de vida y de muerte de las y los jóvenes. Los sentidos de vidas de las y los jóvenes se encuentran significados por influencias económicas, sociales, culturales y psicológicas determinantes, influencias que no sólo definen a la condición juvenil, sino al conjunto de las personas y de los grupos etarios, por lo cual, parece inapropiado pensar la condición transitiva como un elemento exclusivo de las y los jóvenes (niños o adolescentes), dado que la juventud es una etapa de la trayectoria de vida signado por múltiples factores y eventos que dejan huellas profundas que acompañaran con mayores y menores intensidades, pero de manera significativa e insoslayable, a la vida de las personas. Es necesario considerar que toda identidad es transitiva, y ninguna es cristalizada, ni esencialista, ni permanece inamovible en el tiempo. Sin embargo, el hecho de que toda identidad sea cambiante, no implica que los procesos juveniles (ubicados en las dimensiones transitivas y numinosas entre la niñez y la adultez), no sean centrales e insoslayables en la significación de las vidas juveniles. Colocar el tema de lo transitivo nos obliga a pensar la transitividad como frontera y a las fronteras como dispositivos socioculturales de clasificación social1 (Valenzuela, 1 Se definen las fronteras como sistemas y dispositivos políticos, económicos y socioculturales de clasificación, basándose en la definición de Gilberto Giménez (2009) sobre las identidades sociales.

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2015). La condición fronteriza atraviesa el sentido de lo juvenil, en virtud de que la condición juvenil se construye desde una dimensión relacional, ya que también se define desde lo no juvenil que le interpela y le constituye. Pensar a las y a los jóvenes desde marcos transitivos y procesos fronterizos obliga a colocar otros elementos que inciden en la dimensión fronteriza del propio concepto de juventud y también a incorporar la condición de género y las fronteras generacionales. Las fronteras de género y generacionales marcan y enmarcan el sentido de lo juvenil, pero pensar a los jóvenes también implica tener en cuenta las fronteras étnicas, raciales y nacionales. A partir de estos elementos, se puede afirmar que el concepto de juventud se construye y se define implicando distintas fronteras, las cuales determinan los diferentes repertorios que significan la vida, las culturas y las identidades juveniles. Una mención particular de lo que significa ser joven en la frontera entre México y Estados Unidos se interpreta desde la condición prefigurativa de culturas y movimientos juveniles fronterizos, que emergen como expresión de la condición generativa de los mundos fronterizos y luego se presentan o son apropiados y recreados en otros lugares no fronterizos. El primer fenómeno que mostró la irrupción masiva de lo juvenil como identidad construida por los propios jóvenes en contextos transfronterizos se dio con la aparición de pachucos y pachucas en el barrio de la Chaveña, Ciudad Juárez, y en el Segundo Barrio, El Paso, Texas, donde emergieron asumiendo códigos simbólicos e identitarios reconocibles, actitudes desafiantes, tatuajes anclados a lealtades y afectos, rencor implícito o explícito generado por el racismo, reconocimiento de la condición juvenil y urbana, destreza en el baile del swing, el boogie y el mambo, una estética extravagante y seductora, una visible transgresión de las formas convencionales de las relaciones de género que incluyeron la apropiación de espacios públicos por parte de las pachucas, quienes desafiaron las formas tradicionales de pasividad asignadas a las mujeres por los ordenamientos patriarcales. 49

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El pachuquismo incorporó dos dimensiones muy claras que atraviesan su cuerpo-frontera: la dimensión social, en México y a lo largo de toda la frontera mexicana, donde los pachucos y las pachucas eran criminalizados y ridiculizados; y la dimensión racializada del lado estadounidense, donde fueron objeto de persecución, discriminación y estereotipamiento como epítome de la supuesta crueldad de los mexicanos (Valenzuela, 1988, 1998, 2009), así pues, el cuerpo-frontera del pachuco estaba fuertemente marcado por un racismo exacerbado que criminalizó a las y los jóvenes mexicanos y chicanos, al grado de que algunos jefes de policía de Los Ángeles les consideraran más peligrosos que los enemigos en el frente de batalla durante la Segunda Guerra Mundial. El pachuco se enfrentó a un racismo institucionalizado que tuvo como evento límite el famoso caso de Sleepy Lagoon, en 1942 en Los Ángeles, donde la policía angelina acusó a un grupo de 17 jóvenes pachucos y pachucas de haber irrumpido en una fiesta y asesinar a una persona y, tras un juicio sumamente irregular y cargado de prejuicios y estereotipos racistas, varios de esos jóvenes fueron recluidos en las cárceles de San Quintín (San Quentin) y Los Ángeles, hasta que fueron liberados en 1944, mediante apelación de la defensa y una importante movilización social y de intelectuales que evidenciaron los sesgos racistas del juicio (Carey Mc Williams, 1990 ). Otro incidente de gran trascendencia que ilustra los prejuicios y animadversión racista contra las y los jóvenes mexicanos y afrodescendientes fueron los llamados Zoot Suit Riots, conocidos como los motines de los pachucos de junio de 1943, cuando una muchacha mexicana caminaba por una calle de Los Ángeles y fue piropeada por unos marineros anglosajones, lo cual provocó la indignación de los hermanos, quienes reaccionaron y se enfrentaron a los marineros, lo que sirvió como pretexto para que salieran muchos camiones repletos de marineros y coches con policías a buscar y agredir a mexicanos en los barrios, los parques públicos, los restaurantes y otros sitios de encuentro de mexicanos. Al encontrarlos, los golpeaban, los 50

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desnudaban, violaban a las mujeres y, al final, los encarcelaban. Estos eventos tuvieron como corolario las declaraciones de un teniente de la policía del Condado de Los Ángeles, quien presentó un documento ante el gran jurado donde llamó la atención acerca de la predisposición biológica de los mexicanos hacia la delincuencia y el crimen, diciendo que todo lo que el mexicano siente es el deseo de matar, utilizar un cuchillo o cualquier otra arma letal o por lo menos, ver sangre; también habló de los sacrificios humanos de los aztecas para demostrar que una innata crueldad anidaba en el corazón de los mexicanos (Madrid, s. f.; Diego, 1988; Monsiváis, 1977). Desde finales de la década de 1930 y hasta 1960, el pachuco, como expresión juvenil fronteriza, definió gran parta de los procesos sociales y culturales en los barrios populares de ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Luego, a partir de la década de 1960, se fue desvaneciendo, recreando o transmutando como el axolotl, en la figura del cholo. A partir de entonces, el cholismo se expandió por todo el país, así como en España con los Latino Kings, las Latino Queens y los Ñetas (Feixa, 1998). Posteriormente, en la década de 1990, la Mara Salvatrucha abrevó del cholismo y se implantó en Estados Unidos, El Salvador, Honduras y Guatemala (Nateras, 2015). Lo anterior, ilustra la condición prefigurativa de la frontera como elemento claramente articulador de identidades e identificaciones juveniles, que posteriormente tuvieron diversas apropiaciones en ámbitos no fronterizos, como ocurrió con los cholos de Ciudad Nezahualcóyotl (Neza), en el Estado de México, y de muchos otros lugares del territorio nacional, como Jiquilpan de Juárez, Michoacán, donde durante los períodos vacacionales llegaban los cholos de Estados Unidos o de la frontera para visitar a sus familias o a pasar los períodos vacacionales. Al fin de las vacaciones, regresaban a Estados Unidos y regalaban las garras (la ropa) a primos y hermanos, quienes luego salían imitando el andar pausado y la actitud desafiante de los carnales que se fueron pal’ norte. 51

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Los cholos de Neza tuvieron una forma de apropiación afirmativa de la cultura chola a partir de películas como Zoot Suit de Luis Valdez (1981), American Me de Edward James Olmos (1992), Mi vida loca de Allison Anders (1993), My Family de Gregory Nava (1995). Estas películas sirvieron como referentes desde los cuales se reconfiguraron los procesos identitarios de grupos juveniles en otros contextos nacionales no fronterizos. De esta manera, lo que se ha definido como cultura pachoma –pachucos, cholos y maras–conlleva una serie de referentes identitarios desde los cuales se han conformado sentidos de pertenencia transfronteriza que significan y definen procesos de vida juvenil modelados por las figuras desafiantes de pachucos, cholos y maras. El pachuco representó la primera gran expresión juvenil transfronteriza identificada en el cuerpo-frontera del pachuco e inició la cultura pachoma, ya que existe una fuerte continuidad simbólica generacional que involucra a pachucos, cholos y maras. Después, el cholismo también se desplegó por ambos lados de la frontera y marcó de manera importante gran parte de la gestualidad, el habla, los rituales de iniciación, la simbología, los códigos de conducta y los imaginarios de la Mara Salva Trucha, ya no sólo en contextos transfronterizos sino también trasnacionales y translocales (Valenzuela, 1983 1988, 2007; Nateras, 2015). La muerte tiene permiso El desafío que se enfrenta al interpretar las culturas e identidades es (re)conocer la constitución de fronteras que inciden en los procesos de cambio de la niñez a la juventud y de la juventud a la adultez, así como los grandes componentes que participan en la construcción de los sentidos de vida juveniles. Lo anterior resulta de mayor relevancia para comprender las condiciones que apoyan o inhiben la posibilidad de que niños y niñas lleguen a la adultez en contextos como los que vivimos 52

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en América Latina, con más de 200 millones de personas en condiciones de precarización y pobreza, así como desbordados escenarios de violencias que arrebatan las vidas juveniles y han convertido a la violencia en la principal causa de muerte de población joven y que en México deja un infame saldo de cerca de 200 000 personas asesinadas y 33 000 desaparecidos y desaparecidas durante los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Esto obliga a señalar que los procesos transitivos juveniles están marcados por condiciones de precarización social, urbana, ciudadana y de las instancias de procuración de justicia, con lo cual la muerte artera recorre impune a nuestros países con especial relevancia en los espacios fronterizos, como ha venido ocurriendo con el feminicidio y el juvenicidio, como expresiones de violencias criminales que culminan con el asesinato de mujeres y jóvenes. Los escenarios recién descritos son parte importante de las condiciones que posibilitan la continuidad avasallante del feminicidio, que emergió desde representaciones que carecían de actores responsables y de acto homicida. En 1993, se dio visibilidad a algo que ya estaba presente bajo el nombre de las muertas de Juárez, un concepto que no señala al crimen ni a los responsables. Posteriormente, Julia Monárrez (2009), Marcela Lagarde (2008) y otras recuperaron el concepto femicide de la literatura del siglo XIX, que Diana Russel (2006) había redefinido para aludir al asesinato de mujeres por el hecho de serlo. La traducción que hace Marcela Lagarde del término femicide no resultaba del todo convincente en español. Femicidio sería el homicidio de una mujer equivalente al homicidio de un varón, mientras que feminicidio conlleva la dualidad de asesinato de una mujer, al tiempo que alude al asesinato sistemático de mujeres. No obstante, en el Cono Sur latinoamericano se ha utilizado femicidio para referir asesinato sistemático de mujeres por el hecho de serlo, asesinato frecuentemente precedido de agresión y violación sexual (Segato, 2016). De esta manera, feminicidio en el norte y femicidio en el sur latinoamericano, 53

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así como las consignas «¡Ni una más!», en el norte, y «¡Ni una menos!», en el sur, aluden a una misma realidad de lucha y resistencia contra el asesinato de mujeres. Considero al feminicidio como el acto misógino al límite que arrebata la vida de la mujer, como figura socialmente subalternizada, asesinato que no ocurre en un vacío social, sino que se inscribe de manera directa en el orden patriarcal y en procesos situados de precarización económica, social, cultural, identitaria y simbólica. Sin embargo, es imprescindible entender que el orden patriarcal es sólo el punto de partida para interpretar femicidios y feminicidios, pues ordenamientos patriarcales existen en todas las sociedades del mundo, pero no en todos los lugares están matando a las mujeres con la frecuencia, la violencia y la impunidad con que ha venido ocurriendo en algunos países entre los cuales México posee infame notoriedad (Valenzuela, 2012, 2015, 2019). A las mujeres las están matando porque el orden patriarcal capitalista produce intensos procesos de precarización que les afectan de manera específica. La articulación de ámbitos sociales precarios y repertorios identitarios desacreditados ha definido los rostros de la vulnerabilidad de las mujeres, con peculiar expresión en la zona fronteriza a partir de la Ley Volstead, promulgada en 1919, cuando el senador Andrew Volstead, de Minnesota, propuso la famosa ley seca y, con ella, inició la proliferación de destilerías, casas de juego, casinos y prostíbulos diseñados para atender las necesidades de un amplio número de estadounidenses que cruzaban la frontera para evadir la infortunada ley prohibicionista y regodearse en los placeres terrenales de la frontera norte mexicana representada de forma hipostasiada como lugar de perdición y prostitución, zona de vicio y hasta Sodoma (Valenzuela, 2002, 2012, 2012a). En el marco social adulterado de la frontera producido por la ley seca, se folklorizó la vida fronteriza bajo las etiquetas de las leyendas negras, alimentadas de forma importante por la trata humana. Después, se vivieron amplios procesos de preca54

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rización urbana derivados de los fuertes procesos migratorios de distintas partes del país a la frontera, especialmente a Ciudad Juárez y Tijuana, que crecían aceleradamente por el efecto migratorio. En estas ciudades, la gente llegaba y se asentaba de manera irregular, generando altos niveles de precarización urbana y de las redes comunitarias (Valenzuela, 1991, 2012a). A partir de 1965, con el Programa de Industrialización Fronteriza, se vivió un marcado fenómeno de precarización laboral, que incluyó una fuerte ofensiva contra los contratos colectivos de trabajo, un uso intensivo de la fuerza del trabajo, el incremento de enfermedades laborales, abatimiento de las condiciones de seguridad social, así como una nueva figura-estigma de las mujeres trabajadoras, quienes fueron llamadas maquilocas o maquilarañas. También se les imputó una moralidad sospechosa que se fue desvaneciendo en la medida que las trabajadoras conformaban nuevas redes sociales en la frontera (Iglesias, 1985; Arenal, 1986; Fernández-Kelly, 2007; Valenzuela, 1989). Este conjunto de ámbitos o zonas de precarización produjeron un incremento en la vulnerabilidad de las mujeres y las colocó en la zona de muerte del feminicidio. A ello contribuyó la precarización de las instancias de procuración de justicia y los servicios de muchos funcionarios y actores de la política, quienes no sólo fallaban en su responsabilidad de garantizar la seguridad de las personas, sino que conformaron un fuerte entramado de complicidad que derivó en el incremento de los actos feminicidas, alentados por las profundas deficiencias, corrupciones y complicidades de los sistemas de procuración de justicia, que garantizaban la impunidad a los autores de estos crímenes. En este punto, destacan múltiples discursos de los personeros de la política justificando el asesinato de las mujeres argumentando los reales o supuestos yerros morales de las víctimas. Asociado al feminicidio se encuentra lo que ha venido definiéndose como juvenicidio para dar cuenta del asesinato persistente de jóvenes, con la complicidad directa u omisa de 55

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los diferentes niveles de gobierno y de personajes adscritos a las instituciones encargadas de garantizar la seguridad de los ciudadanos. En este escenario podemos ubicar el homicidio de más de 200 000 personas y cerca de 33 000 desaparecidos desde el inicio de la llamada guerra contra el crimen organizado decretada por Felipe Calderón Hinojosa. El saldo es el despliegue de un crusing de muerte artera, un despliegue de muerte innecesaria donde fallecen principalmente jóvenes. Otro ejemplo doliente del juvenicidio es el de los jóvenes precarizados del campo y las comunas colombianas, asesinados de forma artera y presentados de manera falsa como si fueran guerrilleros caídos en combate, lo cual generaba prebendas para los soldados que lo hacían (Muñoz, 2015). Son principalmente jóvenes y niños quienes mueren de forma artera e impune en las favelas de Brasil. Las víctimas del juvenicidio también son jóvenes afrodescendientes, quienes padecen el odio racializado que cobra forma de limpieza social, como lo ha mostrado el trabajo de Marisa Fefferman (2015). En Centroamérica, principalmente son criminalizados y asesinados los y las jóvenes como producto de las políticas de limpieza social de los barrios organizados en pandillas, como ha documentado Alfredo Nateras (2015, 2016). En muchas sociedades latinoamericanas se atisban perspectivas distópicas para los jóvenes, quienes participan como actores centrales de los escenarios de muerte. Si el orden patriarcal es el punto de partida del feminicidio, el orden adultocrático lo es del juvenicidio. Sin embargo, como ya se ha señalado, feminicidio y juvenicidio son expresiones límite definidas por el asesinato, pero las necrozonas donde se presentan estos crímenes se construyen a partir de diversas formas de precarización de la vida, donde identificamos principalmente a jóvenes y mujeres pobres. A esta situación de clase se añaden otras adscripciones sociales precarizadas, como son la condición indígena o afrodescendiente, los escenarios urbanos y laborales precarizados o la pertenencia a grupos, culturas o identidades estigmatizadas, desacreditadas y criminalizadas. 56

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Palabras finales no concluyentes Se ha enfatizado que la articulación de condiciones sociales y repertorios identitarios precarizados amplían la indefensión y los riesgos de ser víctima de feminicidio o de juvenicidio, condiciones que resulta importante destacar, frente a quienes cuestionan estos conceptos afirmando que habiendo más asesinatos de hombres que de mujeres deberíamos utilizar el concepto de hombrecidio, posición que olvida que el feminicidio refiere a la condición misógina que arrebata la vida de la mujer por el hecho de serlo, dentro de relaciones patriarcales que las subalternizan y oprimen, al mismo tiempo que se las veja y abusa sexualmente, condición que, salvo algunas excepciones, no se presenta en sentido inverso, donde las mujeres agredan sexualmente y asesinen a los hombres por el hecho de ser hombres, pues hablamos de relaciones sociales y de poder estructuradas, donde prevalece el dominio patriarcal. Algo similar ocurre con el juvenicidio, donde observamos el incremento de muerte artera de jóvenes, pero, a diferencia del feminicidio, donde son hombres quienes asesinan a mujeres, o en los crímenes homofóbicos, donde son heterosexuales quienes asesinan a homosexuales o transexuales, o en el racismo, donde usualmente son las personas de tez clara quienes oprimen y asesinan a los de piel oscura, o en las minorías nacionales, donde son los miembros de los grupos dominantes quienes subalternizan y matan a los integrantes de las minorías, en el juvenicidio, participan muchos jóvenes asesinando a otros jóvenes. Es necesario insistir en la conformación del riesgo y la posibilidad de ser un target en la necrozona, destacando la articulación de identidades precarizadas, pues las personas a quienes se asesina portan esta diversidad de pertenencias y adscripciones identitarias y el asesinato de una misma persona puede incluir –en su condición relacional–, el asesinato de un hijo, un padre, un hermano, un compatriota, una persona con determinada identidad sexual, un obrero, un indígena, un afrodescendiente, 57

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etcétera; por ello, ante preguntas que inquieren sobre la denominación del asesinato de una mujer joven perteneciente a una pandilla que muestra alguna de las causales que tipifican al feminicidio, la respuesta es que puede implicar tanto al feminicidio como al juvenicidio, ya que ambas son adecuadas. Si es asesinada por su rol y conflictos interbarriales pierde peso explicativo el concepto de feminicidio y, tal vez, adquiera relevancia su condición juvenil. Si es asesinada para abusar de ella o simplemente la levantan al salir de su trabajo para vejarla y luego asesinarla, hablamos principalmente de feminicidio, pero no podemos olvidar que es la misma persona y que, independientemente de las razones por las cuales se la asesina, hablamos de sujetos con adscripciones sociales precarizadas (pobre, pandillera, mujer). Podríamos ampliar este ejemplo señalando que, tal vez, la razón principal no se inscribe en el feminicidio o en el juvenicidio, sino en ser afrodescendiente en sociedades racistas, como ocurre en Estados Unidos, o ser pobres. El punto es la identificación de elementos que definen las vidas precarias, su vulnerabilidad, indefensión y condición sacrificable y luchar para que esos crímenes no sigan ocurriendo. Cierre El feminicidio y el juvenicidio están inscritos en un orden social definido por la precarización general de la vida a partir del capitalismo tardío neoliberal. En el capítulo 24 de El capital, «La llamada acumulación originaria», Marx (1988) presenta una imagen que sigue retumbando: «El capital chorrea sangre y lodo» (p. 950). La necropolítica capitalista chorrea sangre y lodo y sus principales víctimas son los pobres, los indios, los afrodescendientes, las minorías nacionales, los jóvenes y las mujeres (Valenzuela, 2019).

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LOS RESORTES SUBJETIVOS DE LA DOMINACIÓN POLICIAL: EL ASESINATO DE JÓVENES DE SECTORES POPULARES DE CÓRDOBA, ARGENTINA

Andrea Bonvillani Introducción En 2014, en la provincia de Córdoba1 (Argentina), se documentaron 17 casos de gatillo fácil, es decir, muertes por armas de fuego producidas por fuerzas policiales que, generalmente, se presentan como una acción accidental o en el contexto de un enfrentamiento, encubriendo que se trata de asesinatos en el marco de un ejercicio criminal de la autoridad policial. Según los pocos y desactualizados datos oficiales con los que se cuenta, en la misma provincia la policía detiene por día y sin una causa demostrable a 200 jóvenes de entre 18 y 25 años. Las escasas estadísticas con las que se cuenta, indican que casi en su totalidad se trata de varones. Sin embargo, en distintas instancias de investigación cualitativa, las jóvenes relatan experiencias en las cuales son víctimas de miradas o palabras que incomodan y que tienen un claro contenido sexual de parte de los agentes policiales (Bonvillani, 2017). Justamente porque forman parte de un sistema de violencia simbólica machista, Segunda en importancia en Argentina, después de Buenos Aires, está ubicada en el centro del país y tiene 3 304 825 habitantes (Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas, 2010). 1

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estas prácticas policiales tienden a no ser reconocidas como tales por las propias víctimas, y suelen invisibilizarse como ejercicios de seducción. Menos aún ingresan en la estadística de detenciones o situaciones de abuso policial. Se trata de una dimensión a ser profundizada en futuros estudios. Todos provienen de barrios populares y son víctimas de la aplicación del llamado Código de Faltas (en adelante, CDF), normativa local que ha regulado las contravenciones en el ámbito provincial por más de veinte años.2 El CDF constituye, desde la perspectiva aquí asumida, «una expresión de política pública de seguridad del Estado de la provincia de Córdoba» (Bonvillani, 2015a, p. 86) que adquirió un protagonismo creciente desde el segundo mandato del gobernador provincial De la Sota, en 2003.3 Desde ese entonces, se desarrolla una política de gobierno basada en una mirada punitiva sobre la seguridad, reducida a la protección de bienes privados y desconociendo garantías constitucionales básicas (Plaza Schaefer y Morales, 2013). Son innumerables las medidas asumidas en esta dirección que incluyen desde destinar grandes partidas presupuestarias a rubros vinculados a las fuerzas de seguridad, hasta prácticas cotidianas de violencia estatal, configurando lo que Wacquant (2000) denomina «estado policial penal». El CDF se propone como una herramienta jurídica que formalmente permitiría instituir bases para la convivencia urbana. 2 Desde el 1 de abril de 2016 está en vigencia el nuevo Código de Convivencia Ciudadana, que reemplaza al CDF sancionado en 1994. Los avances que logra el primero desde la óptica del gobierno provincial frente a la norma anterior no son evaluados del mismo modo por organismos de derechos humanos locales, quienes lo consideran una salida superficial que no aborda las violaciones flagrantes de derechos básicos, a las cuales se hará referencia más adelante.

La provincia de Córdoba es gobernada desde el año 1999 por José Manuel de la Sota, en distintos mandatos que se fueron intercalando con los de Juan Schiaretti, actual gobernador. Ambos provienen del Partido Justicialista. 3

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Su alcance es contravencional, siendo aplicable a las conductas que se pueden tipificar como delitos menores, producidos generalmente en la vía pública. Su aplicación configura una práctica que viola sistemáticamente los derechos humanos básicos, porque faculta a la policía para detener, acusar y juzgar en aplicación de figuras jurídicas ambiguas y prescindiendo del concurso de un abogado en dicho trámite. Entre los artículos más polémicos, se encuentra el denominado de merodeo. Su aplicación permite el arresto «de los que merodearen edificios o vehículos, establecimientos agrícolas, ganaderos, forestales o mineros, o permanecieran en las inmediaciones de ellos en actitud sospechosa, sin una razón atendible» (Ley 9.444, 2008, p. 10). Al no estar explicitados en la letra de la norma los criterios que permitirían tipificar una actitud como sospechosa, lo que se entenderá en la práctica como merodeo dependerá del criterio subjetivo del agente policial que la ejecuta en la vía pública. De este modo, se habilita la detención arbitraria de los jóvenes de sectores populares, no como consecuencia de la efectivización del delito, sino por la valoración discrecional del policía que se basa –de acuerdo con múltiples indicios detectados– 4 en estereotipos raciales y de clase social para hacerlo. Los propios jóvenes de sectores populares de Córdoba han acuñado la expresión portación de rostro, para designar este enlace discriminatorio entre apariencia física y peligrosidad, metáfora que resignifica la canónica portación de antecedentes, como criterio de sospecha en relación con la producción de un delito. Podría concluirse entonces que el CDF es la expresión institucionalizada de un pre4 Recientemente, se analizaron las argumentaciones que una muestra de policías de Córdoba utilizan para justificar la práctica de detención de jóvenes por aplicación de la figura de merodeo. En este estudio, se concluye que las mismas apelan a categorizaciones que previamente tienen respecto al potencial infractor, específicamente la posesión de «determinadas características (rasgos físicos, vestimenta, lenguaje) estables en el tiempo» (Martínez y Sorribas, 2014, p. 436).

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juicio social: el que permite que se justifique la violentación cotidiana, la detención, la desaparición y, a veces, la muerte, de los jóvenes cordobeses de determinadas procedencias sociales. En tanto se leos construye como los únicos responsables directos de la inseguridad, a través de su captura, el gobierno provincial tranquiliza a la clase media en el reaseguramiento de su propiedad privada. Con Wacquant (2000) podemos afirmar que se trata de una «limpieza de clase del espacio público como panacea universal de la inseguridad urbana» (pp. 12-13). El propósito de este trabajo es avanzar argumentativamente en la siguiente conjetura: estos prejuicios que orientan el accionar policial en la aplicación del CDF muestran la eficacia de determinado imaginario social, entendido como un conjunto articulado de significaciones que operan como supuestos naturalizados desde los cuales se percibe, siente y evalúa el mundo social (Castoriadis, 2010). El imaginario social es un organizador de sentidos que establece líneas de demarcación entre lo lícito y lo ilícito, lo permitido y lo prohibido, lo bello y lo feo. Consecuentemente, es posible afirmar que existe una ligazón entre el imaginario social y la dinámica de las desigualdades, en la medida en que el primero implica procesos de clasificación social, al definir jerarquías, inclusiones y exclusiones. Este orden de jerarquías que el imaginario social impone encuentra su justificación en argumentos de tipo racional, pero fundamentalmente afectivo y emocional, lo que los torna resistentes a ser cuestionados o revisados. Se trata, además, de discursos instalados como verdades autoevidentes, absolutas e inmutables, constituyéndose así en soporte ideológico del poder: representaciones, símbolos y emblemas que lo legitiman, asegurando su pervivencia. Las relaciones entre el imaginario social y la producción de hegemonía en el sentido gramsciano es evidente, ya que este conjunto de creencias arraigadas y relativamente estables representan a los sectores sociales dominantes de la sociedad, es decir, aquellos que tienen más poder para imponer como fuerza de verdad 66

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absoluta lo que es, en realidad, una parte interesadamente construida de verdad, de acuerdo con los objetivos de ese sector. Partiendo de esta conjetura, se avanza en la definición de lo que denominó resortes subjetivos de la dominación5 que se activan para lograr no sólo el consentimiento, sino la celebración de normas contravencionales que al ser aplicadas permiten el hostigamiento y asesinato cotidiano de jóvenes de sectores populares cordobeses, configurando un «genocidio gota a gota» (Muñoz, 2015). Además, en la base de estos resortes subjetivos de la dominación se encuentra una forma particular de ejercicio del racismo que combina distintas dimensiones (biológicas, psicológicas, culturales y sociales) y que anida en la producción de un imaginario social cordobés. Asumir la existencia de una instancia colectiva de este tipo resulta problemático puesto que puede estar sugiriendo cierto esencialismo. En ese sentido, resulta pertinente explicitar que cuando se propone la idea de un imaginario social cordobés se está aludiendo a las significaciones propias de grupos hegemónicos, a partir de las cuales se sustentan procesos de dominación cultural. Por otra parte, existen varias razones que justifican asumir tal imaginario, a partir de la identificación de algunos rasgos diferenciales. Entre ellas: a) la presencia de una cultura propia nutrida de expresiones lingüísticas, musicales y estéticas que le imprimen una identidad dentro del ethos cultural argentino; b) la fuerte presencia de la inmigración europea gringa, a la cual se asocia determinado fenotipo puesto en valor –piel blanca, pelo rubio y ojos claros–, como así también un estilo de vida vinculado con el sacrificio, necesario para producir en la explotación agrícola-ganadera actividad económica principal, sobre todo al sur y al este del territorio provincial; y c) cierta impronta conservadora de cuño clerical (Tcach, 1999). 5 Se retoma, para ampliarla, la argumentación de Dejours (2006) respecto a los «resortes subjetivos del consentimiento».

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Resulta evidente que los alcances de las argumentaciones que aquí se ofrecerán distan mucho de tener carácter conclusivo. El objetivo es más modesto: ejercitar conjeturalmente un conjunto de indicios e interpretaciones que permitan avanzar hacia formas más precisas de indagación sobre la problemática. Algunas precisiones sobre la estrategia metodológica adoptada Desde el propósito planteado en la sección anterior, las opciones metodológicas asumidas se encuadran en la denominada etnografía virtual (Hine, 2004). Parte del supuesto de que aquello publicado y debatido en Internet puede considerarse un campo para la recolección de datos cualitativos. Como sostienen algunos especialistas, es fundamental tener en cuenta el tipo específico de modalidad de intercambio virtual que se trate (chat, blog, etc.), ya que el mismo condiciona fuertemente las características de la información que provee. Específicamente, los foros de opinión, son «un espacio virtual al cual acceden un determinado número de usuarios en la red, con el fin de conocer, producir e intercambiar conocimientos, colaborar y/o aportar puntos de vistas individuales sobre una temática interesada y comúnmente compartida» (Arriazu Muñoz, 2007, p. 7). Tiene la característica de ser un soporte de comunicación asincrónica, es decir, que los intercambios que promueve no son en tiempo real, lo cual tiende a producir discursos alejados de la instantaneidad (como el chat, por ejemplo) y con ello más reflexivos, en tanto no sujetos a la urgencia de la respuesta. En el caso considerado en este trabajo, se trata de un foro secundario, es decir, que está «diseñado previamente y abierto a todo el público donde el investigador se dedica a recopilar los discursos y argumentaciones referentes a su objeto de estudio» (Arriazu Muñoz, 2007, p. 9). En este marco, se presenta el seguimiento y análisis de comentarios a noticias publicadas en el foro de la edición digital

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de un diario cordobés,6 que aluden a los jóvenes alcanzados por la aplicación del CDF y que se han movilizado a lo largo de casi una década para reclamar su derogación a través de la Marcha de la Gorra,7 una acción de protesta multitudinaria que se realiza en las calles céntricas de la ciudad de Córdoba todos los 20 de noviembre desde 2007 hasta la actualidad. Entendiendo que se trata de una forma de investigación social cualitativa, no se pretende satisfacer la representatividad numérica de los datos, sino más bien ilustrar cómo las comunidades virtuales de sentido pueden pensarse como uno de los escenarios en los que actualmente se procesan y modelan imaginarios sociales. Como muestra el trabajo de Grimson (2014), resulta muy dificultoso metodológicamente acceder a las posiciones de sentido común a través de las cuales se legitima la desigualdad social, sobre todo porque se trata de tópicos que bordean la discriminación y cuya declaración pública pudiera resultar objeto de autocensura, en la medida en que se ubican en un tipo de discurso políticamente incorrecto. Consecuentemente, el uso de la etnografía virtual se fundamenta en el relativo anonimato que permite, lo cual podría conducir a cierta liberación de censura autoimpuesta, Se trata de La Voz del Interior, el más reconocido y con mayor tiraje de la provincia de Córdoba. Se puede conceptualizar a este medio como contexto de producción del texto considerado, es decir, que algunas de sus características imprimen huellas en la producción de los discursos que allí serán vertidos. Este diario se caracteriza por ser un aglomerado mediático cuya imagen se vincula con sectores conservadores de la sociedad cordobesa, en el cual se han expresado las voces más afines al gobierno provincial, reforzando su oposición durante doce años a la administración nacional de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner. Un eje de conflictividad lo supone la clara confrontación por la aplicación de la Ley Nacional de Medios, que buscó limitar dicha concentración mediática. Estas notas buscan justificar la elección de este espacio comunicacional virtual en tanto se lo puede asumir como representativo de los sentidos hegemónicos a nivel local. 6

Su denominación hace referencia a uno de los elementos que forma parte de la presentación cotidiana de los jóvenes de sectores populares cordobeses y cuyo uso los constituye en objeto de discriminación. Para un detalle al respecto, véase Bonvillani (2013, 2015b). 7

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a diferencia de lo que sucede en otros contextos, como las entrevistas cara a cara. El corpus está integrado por fragmentos textuales de intervenciones de usuarios del mencionado blog de opinión,8 realizadas a posteriori de tres ediciones de la mencionada Marcha de la Gorra (2013-2015) y forma parte del trabajo de campo de una investigación finalizada recientemente.9 Trama de significación emergente: narrativa racista en el imaginario social cordobés El análisis realizado se dirigió hacia las categorías utilizadas con mayor recurrencia10 para dirigirse a los jóvenes potencialmente alcanzados por el CDF. Una de las líneas de sentido que se revela con mayor evidencia discursiva es la atribución de una condición de vagancia: Seba_6969 21/11/2013 | 17:5311 Vayan a laburar!!!!! ¿Y la policía? Bien gracias… Para participar en el foro, los usuarios deben registrarse en el sitio web del diario, utilizando opcionalmente un nombre de fantasía y una imagen que los identifique. Si bien esto es necesario para intervenir en el blog de opinión, el acceso a los comentarios es público. La figura del moderador regula las intervenciones que resulten abusivas, los mensajes ofensivos, groseros o que se desvíen del tema, de acuerdo con lo especificado en las normas de comunidad y participación publicadas en el propio portal. Debajo de cada noticia publicada, hay un espacio previsto para el despliegue de las opiniones de los lectores registrados. 8

9 La Marcha de la Gorra como experiencia de subjetivación política de jóvenes de Córdoba (Argentina). Subsidio Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad Nacional de Córdoba (2014-2015). Dirección: Andrea Bonvillani. 10 Cabe aclarar que se observan comentarios que ofrecen matices respecto a estas líneas de sentido, pero los mismos son excepcionales dentro de los intercambios considerados.

El formato de citación adoptado en este trabajo es el siguiente: nombre o seudónimo, fecha y hora de la intervención, y finalmente el registro propiamente dicho. Se utilizará una letra más pequeña a los fines de facilitar la diferenciación de los registros en el cuerpo del texto. 11

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Ofelia 17/11/2014 | 17:13 ¿Marcha de la Gorra?… ¡Marchen a trabajar! Hacheche 20/11/2014 | 17:36 Está bien, estamos en democracia… pero… ¿y si prueban laburando? Hegeliano 20/11/2014 | 20:56 Yo disperso la manifestación en 3 minutos, una pala, clasificados y jabón. Letal cab 19/11/2015 | 09:39 ¿De trabajar ni hablar no?

(La voz del Interior, 2012). En las intervenciones virtuales analizadas, el carácter ocioso desde el cual se califica a estos jóvenes se complementa con la atribución de ignorancia o falta de educación: Bisturi 21/11/2013 | 10:08 Gracias por hacerme llegar tarde a mis compromisos (¿ustedes saben lo que es un compromiso?, bah, en realidad dudo mucho que sepan leer). Gn Berman 20/11/2014 | 20:24 Al final, los que trabajamos (no sé si definir trabajo por las dudas que alguno con gorrita esté leyendo… ahora tampoco sé si definir leer) y tratamos de hacer las cosas bien… sufrimos por culpa de ellos. Juana de los Palotes 17/11/2015 | 12:06 Son todos unos vagos, que en vez de estar trabajando o estudiando, sólo gastan el tiempo molestando a la gente que tiene que cumplir con sus obligaciones.

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Mario González 19/11/2015 | 15:08 Esta gente automarginada (porque bien podrían emplear su tiempo en estudiar y trabajar).

(La voz del Interior, 2012). La combinación de falta de apego al trabajo y al estudio, que decanta en ignorancia, constituye un núcleo de prejuicio que sirve para justificar las distancias culturales entre una clase media adaptada y responsable porque estudia y trabaja y los otros inmeritorios. Un entramado de significaciones imaginarias y simbólicas atravesada por una valoración moral: las expresiones describen-despreciando a los jóvenes, siendo el eje de este repudio la falta de cumplimiento del canon meritocrático, cuya efectividad hace impensable vivir sin trabajar o estudiar. De este modo lo que no se tolera –por lo menos a nivel del discurso aquí analizado– es la falta de compromiso con los que se consideran valores fundamentales de una sociedad, es decir, el esfuerzo personal que permite obtener de manera honrada el sustento. Aparecen, entonces, viejos tópicos desde los cuales la clase media argentina ha juzgado el comportamiento de los sectores pobres, imputándoles que esa vagancia y carencia de espíritu de sacrificio decantan de modo necesario en comportamientos delictivos o en el cobro de planes sociales, configurando una forma cómoda y fácil de vivir. En la década de 1990 y de manera específica durante la crisis cuasi-terminal de 2001 en Argentina, los diversos gobiernos otorgaron a los sectores más vulnerabilizados distintos planes sociales tendientes a contener posibles estallidos sociales. En muchas lecturas, no sólo las de sentido común sino las de expertos, estas políticas sociales aparecen vinculadas con prácticas de clientelismo político y son, en consecuencia, objeto de fuerte repudio de las clases medias no alcanzadas por ellas. En el último tiempo, se ha consolidado en la jerga local el uso despectivo de la palabra planeros para dar cuenta de aquellos ciudadanos que, según un pensamiento hegemónico, vivían a costa de los impuestos que el 72

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gobierno kirchnerista le sacaba a los que sí trabajaban. De este modo, este significante remite a un núcleo de denostación de la administración de Fernández de Kirchner, elemento que se aprecia en las expresiones que aquí se recogen, como cuando se habla de la Sra., en referencia a la entonces presidenta: Raúl Cima 21/11/2013 | 10:38 Amparados en el populismo de las dádivas, los bolsones, el oportunismo y el choreo,12 etceterá. Dionisio 21/11/2013 | 14:56 Aquí hay mucha gente que vive de fiesta y delinque cometiendo faltas y delitos graves! Esteban Harris 21/11/2014 | 08:09 ¿Y los derechos humanos para los humanos derechos? ¿Para cuándo? De última somos los que trabajamos y mantenemos a los planeros y los políticos. Rebelión de la clase media: que se empaque y no trabaje más. A ver quién los mantiene. Parásitos. Kukin1969 20/11/2014 | 19:16 Indignante, y todo gracias a la Sra. que cada día le da más sin pedirles nada, lo único que les exige es que se reproduzcan como cucarachas.

(La voz del Interior, 2012). Otra de las líneas de sentido que está en el corazón de las opiniones analizadas es la que caracteriza a los jóvenes desde una suerte de déficit civilizatorio: lumpenes asociales, carentes de valores y principios, marginales, inadaptados que no respetan la propiedad ajena y rechazan el orden social: ymcba 21/11/2013 | 12:04 No se entiende el mensaje… déjennos hacer lo que queramos, 12

Categoría local, robo.

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destruir todo, robar tranquilos, no tener obligaciones, faltar el respeto a los demás… Ciudadano crítico 22/11/2013 | 12:23 Hace falta más escuela y trabajo y menos cuarteto y subsidios. La ausencia de valores y principios hace estragos en ciertos sectores del cuerpo social. Tienen que suceder cambios demasiado grandes para que eso mejore un poco. Hegeliano 21/11/2013 | 12:44 Lumpenes asociales que medran gracias a la sociedad que critican. ¿No les gusta la policía, el orden y las reglas? Sencillo: a crear tu propio mundo, anda a hacer a las sierras una comunidad, planta marihuana, come pasto, sin médicos, hospitales o dinero. Salí de mi ciudad y de mi vida. Maga Álvarez 21/11/2014 | 02:48 Además de educarlos, deberían explicarles que viven en una sociedad donde hay leyes y que deben ser cumplidas como cualquier vecino! Juan de los palotes 17/11/2015 | 19:31 Si quieren derechos primero entiendan cuáles son sus obligaciones como ciudadanos responsables y respetuosos de la propiedad ajena. No pueden pedir comprensión e inclusión cuando a simple vista se autodiscriminan y autoexcluyen de la sociedad al vivir al margen de toda norma. Tomás 17/11/2015 | 13:17 ¿¿¿Por qué quieren arreglar todo por el lado de modificar las normas y las instituciones para que no se les limite y sancione la conducta antisocial??? Tomás 18/11/2015 | 22:42 Discutible en condiciones de respeto hacia la sociedad en su conjunto, de otro modo es inviable, es patrioterismo en estado puro, violento y anárquico…

(La voz del Interior, 2012). 74

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La atribución de anomia e incivilidad se encuentra estrechamente vinculada con la violencia,13 como si se tratara de una esencia de los jóvenes que marchan: Ciudadano crítico 21/11/2015 | 19:33 Todo esto de los daños y el vandalismo era sabido que iba a ocurrir. Se trata de gente que no puede con su genio, los dejas un rato que se manifiesten y como no saben hacerlo de forma civilizada, terminan rompiendo cosas, dañando, hiriendo, etcétera. Imagínate, todos juntos y en su salsa, no podían volverse a la casa sin hacer algún estropicio.

(La voz del Interior, 2012). La atribución de anomia e incivilización se acompaña con otra imputación: la perversión en el uso legítimo de la libertad que los jóvenes manifestantes estarían encarnando, lo cual se expresa en el uso del significante libertinaje para caracterizar la motivación por la cual se demanda la derogación del CDF: Omar Pellegrino 20/11/2013 | 21:28 En otros tiempos, no sólo que te paraban para averiguar en qué situación se encontraba la persona sino también debía mostrar la documentación personal y si andabas movilizado también la del vehículo, y me parece perfecto. Yo creo que el que se siente molesto, por algo debe ser, lo que pasa que hace 30 años empezamos con una libertad, comparado con lo que vivíamos, pero esto se transformó en un libertinaje.14 13 Desde estas construcciones simbólicas, el comportamiento anómico y violento tiene como punto culminante las pintadas producidas en la iglesia catedral durante alguna de las marchas, ya que se considera a ésta la mayor afrenta al patrimonio cultural de Córdoba. Esto es comprensible, si se considera que se trata del locus donde se concentra la condición conservadora en clave clerical de la ciudad, a la que se hizo referencia anteriormente. 14 Este fragmento discursivo resulta especialmente significativo en orden a las resonancias siniestras que evoca: de algún modo justifica la persecución y represión política de la última dictadura cívico-eclesiástica-militar en Argentina

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Max Power 21/11/2013 | 09:23 ¡No confundir libertad con libertinaje! En tu casa vestí y usá cómo se te antoje, pero en la calle existen normas y reglas preestablecidas de convivencia. Yo Glorioso 21/11/2013 | 13:08 Ya no es libertad… es libertinaje esto… quieren vía libre, impunidad y derechos humanos… Ofelia 21/11/2013 | 17:05 Una medida muy buena del gobierno provincial. No se debe permitir el libertinaje de los marginales.

(La voz del Interior, 2012). Desde esta construcción argumentativa que subyace a las opiniones analizadas, está allanado el camino para el rechazo a un ethos cultural (sub)alterno: aquel que se define justamente en la medida en que no es el de la posición hegemónica y, consecuentemente, es inferior, despreciable y debe ser tutelado, reprimido o suprimido. La violencia simbólica que se manifiesta claramente en las intervenciones analizadas muestra la existencia de un orden del deber ser que, al modo de un fascismo en la construcción del sentido atribuido al otro, opera ultrageneralizando unas características contingentes para constituirlas en rasgos esenciales de los jóvenes de sectores populares, sin dejar ningún espacio para el matiz de la particularidad. A los improductivos para la sociedad, incivilizados, violentos que viven a costa de los que sí trabajan y respetan las normas, no les cabe más que una sanción, un insulto que se torna apelación performática hacia la represión material de sus comportamientos como única forma de mantener el orden social y la convivencia.15 (1976-1983). Incluso en el modo de construir el enunciado, hay un parecido de familia con una frase frecuentemente usada en esa época: algo habrán hecho, que resulta muy cercana a el que se siente molesto, por algo debe ser. 15 Sentido que parece haber sido capitalizado en la denominación actual de la norma contravencional, trocando la falta por la convivencia.

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En los fragmentos discursivos que se analizan aparece una galería detallada de prejuicios dirigidos a los modos de vestir o presentarse frente al otro en la vida cotidiana que se consideran propios de los jóvenes populares. El marcado rechazo a estas modalidades de ataviar el cuerpo devela las distancias culturales con aquellos que las evalúan desde una posición hegemónica y, por ende, se constituyen en «diferencias desigualadas» (Fernández, 2009). Pero, fundamentalmente, esta estimación prejuiciosa permite poner en visibilidad que determinada apariencia se considera un indicador inequívoco de la pertenencia a un grupo social, al que se responsabiliza por la violencia urbana y los delitos. Portar algunos atributos visibles en la vestimenta es una de las vertientes que alimenta la equivalencia simbólica joven pobre=peligroso (Bonvillani, 2015a), lo cual sirve como argumento justificatorio para la aplicación del CDF, ya que son considerados signos indubitables de que se está en presencia de un delincuente: Omar Pellegrino 20/11/2013 | 21:17 Es simplemente una cuestión de respeto a los demás, así que no sé qué tantas marchas, lo que pasa ahora es una cuestión de seguridad porque muchos usan gorra para ocultar la cara porque andan en cosas raras. Maga Álvarez 21/11/2014 | 02:52 Y no me vengan con el verso de que no pueden ni ir a trabajar porque cuando uno va por la calle es fácil distinguir que pibe viene de estudiar o de trabajar, se los puede ver sucios y con una mochila al hombro cansado. Ese sí que viene del laburo! Los choros y ratas16 no usan mochila ni bolso porque es muy llamativo y sería un motivo para que la policía los revise. Semental 18/11/2015 | 23:31 Y aseguro que más de uno de los gorritas tiene los dedos pintados y antecedentes. 16

En ambos casos, categorías locales para designar ladrones.

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Emily de Thorm Thorm 19/11/2015 | 14:27 Cuanta negra en calzas y negro con gorras había… ahí tenía la cana17 la oportunidad de esclarecer delitos por docenas !!!

(La voz del Interior, 2012). Como se ha referido anteriormente, los jóvenes que son víctimas de esta construcción social estigmatizante utilizan el sintagma portación de rostro para denominar este enlace prejuicioso entre un tipo de cara y la condición de peligrosidad que se les atribuye. Esto aparece con toda claridad en varias de las opiniones encontradas en el blog: Nanndo reis 21/11/2013 | 11:59 Me robaron un par de bicicletas del patio de casa y no entraron a la casa de milagro. Antes de que aparezca la policía les vi la cara (y la pinta) a estas lacras y daban con el perfil de los que se manifestaron ayer. Armando Barreda 21/11/2013 | 12:27 ¡Jajaa! Como se nota que los que marchan nunca sufrieron un delito… es más… no sé si no están en la otra vereda, por las caripelas que se ven… lamentable!! Después se quejan de la inseguridad! Ramiro Vega 21/11/2013 | 15:25 Ayer estaba a la hora que se estaba armando la marcha en Colón y Cañada… ¡Mamita las caritas que se veían, era cantado que iba a terminar en lío…! Santiago López 19/11/2015 | 10:45 Miren las caras de los manifestantes, por Dios, en este país se le da lugar a cualquiera para reclamar. Gran parte de esta gente es el problema de nuestra sociedad! Cárcel a todos! (La voz del Interior, 2012). 17

Categoría local: policía.

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El uso del apelativo negro como rasgo desde el cual se caracteriza a los jóvenes manifestantes se vuelve en varios fragmentos un modo de dirigirse a ellos estigmatizándolos: Emily de Thorm Thorm 18/11/2015 | 22:24 Cuánta negra planera… en calzas. ¡¡¡Ninguno blanquito… todos tizones!!! Calcio y potasio 18/11/2015 | 23:46 Espero que se largue a llover, a ver si lava el olor a negrx que quedó en la plaza. (La voz del Interior, 2012).

Estas formas de desprecio enunciadas en el blog se completan con referencias que denostan prácticas recreativas y formas de sociabilidad que, desde esta mirada social dominante, identifican a los jóvenes de estos sectores poblacionales y a su cultura: Somos los Borg 21/11/2013 | 09:44 Los cuartetos y la gorra, lo peor de Córdoba. Polibio_13 18/11/2014 | 00:05 ¿A qué expresiones culturales de los jóvenes se refieren? ¿A tomar alcohol y gritar en las veredas alterando la tranquilidad de los vecinos? ¿A circular con los gronchófonos 18 de los coches a todo trapo? ¿A correr picadas? ¿A salir de los bailes de a tres por moto, borrachos y con los escapes libres atronando el aire…? Celeston17/11/2015 | 13:50 No sólo se trata de salir de caravana y no ser detenido, sino Groncho es una expresión de uso local que designa a quien es vulgar y ordinario o carece de modales debido a su baja condición social. Por extensión, esta palabra se refiere a los equipos de música que se colocan en los autos a alto volumen, en una muestra de exageración y ostentación que hace parte de la actitud grosera e irrespetuosa que se les adjudica. 18

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sumar como seres sociales. Si no hacen nada, aparecerían sólo como resentidos. (La voz del Interior, 2012).

La cultura popular juvenil no es sólo objeto de rechazo. En algunas intervenciones analizadas es negada en su condición de tal, en la medida en que lo que se considera cultura queda reservado a las prácticas y los estilos de vida propios de las clases sociales hegemónicas: El violero 17/11/2014 | 14:36 Criminaliza, hostiga y persigue a determinadas expresiones culturales juveniles [cita una de las consignas de la Marcha de la Gorra]. ¿Expresiones culturales? ¿Cuáles? (La voz del Interior, 2012).

Algunos autores han avanzado en afirmar que, desde la visión más consolidada de la clase media cordobesa, estos componentes observados conforman el estereotipo del negro cordobés (Crisafulli, 2013). Podría decirse que la construcción local de la negritud resulta de una compleja factura, puesto que no sólo remite a rasgos físicos rechazados (color de ojos pardos, piel morena, cabellera enrulada y oscura), sino a la atribución de disvalores como la vagancia, la ignorancia, la comodidad, el descompromiso, al libertinaje y la vulgaridad, que componen un estilo de vida reprobable y asociado a la pertenencia a un grupo social marginal. Si se entiende por racismo un odio irrazonado basado en el color de la piel y/o rasgos vinculados con la posición social y cultural, que son evaluados como deficitarios desde un lugar de poder (Grasfoguel, 2012), entonces es posible ubicar lo descrito como una narrativa racista que opera justificando que sean estos jóvenes y no otros los blancos preferentes de la aplicación del CDF. 80

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Considerar al otro como una entidad inferior a ser despreciada puede alcanzar extremos tales que lleven a substraerle su condición de humanidad, categorizándolo como animal o basura: El chacal 21/11/2013 | 14:45 Realmente espero que agarren a estos inadaptados, indomesticados e inhumanos y los condenen con la peor pena… Juan de los palotes 17/11/2015 | 19:31 Muy bueno lo de pedirle a Francia un par de aviones para desratizar de una vez! Monaur 18/11/2015 | 19:35 Cuánta lacra amontonada Emily de Thorm Thorm 18/11/2015 | 20:24 ¿Dónde estaba Lusa19 que no juntaba la basura? Néstor Rodríguez 18/11/2015 | 21:20 Nadie dice la cantidad de kioscos, comercios y negocios que saquean estas ratas después de cada marcha y nadie les puede decir nada porque les hacen un piquete en la puerta. Marcha de delincuentes y ratas. (La voz del Interior, 2012).

Reducir a la animalidad o a un deshecho es claramente una estrategia que apela a la performatividad del lenguaje para lograr una diferenciación radical, que niegue cualquier posibilidad de pensar y sentir al otro como un semejante. Además, torna esperable la aparición de unas afectaciones emocionales extremas: odios encarnizados y rencores vehementes, que llevan a desearle la muerte al otro, a anhelar y reclamar su exterminio. Se trata de un uso particular del discurso, un «lenguaje del odio» (Butler, 2004) que, a la vez que produce unos efectos 19

Empresa local recolectora de residuos.

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subjetivos desbastadores, rinde tributo a la trama argumental por la cual se fundamentan todas las prácticas de control –y aniquilamiento– sobre aquello repudiado. Negar la condición de humanidad es en sí una forma de borramiento subjetivo en el plano simbólico, pero opera estratégicamente como construcción para fundamentar su destrucción material. En este orden, no resulta casual que aparezcan en la escena discursiva analizada apelaciones a la muerte de estos jóvenes que se enlazan con evocaciones siniestras, tales como las de la dictadura militar en Argentina y uno de sus personajes más sangrientos: Omar Pellegrino 21/11/2013 | 23:46 Esto es una verdadera vergüenza, estas pintadas, lo peor de todo esto es el mal ejemplo que están viendo nuestros hijos, yo no sé qué pensar. Si esto es una cuestión política o si realmente son los verdaderos protestantes. Sean unos o los otros voy a expresar lo que siento: esta gente realmente necesita que vuelvan los años 76. José Peirano 22/11/2013 | 09:03 La única solución al merodeo es abrir la puerta de casa, que entren y coserlos a plomo. Kukin1969 20/11/2014 | 19:16 Palos para todos!!! Ema Barrionuevo 20/11/2014 | 19:16 Fusilar a todos y que Dios me perdone. Emily de Thorm Thorm 18/11/2015 | 19:11 Napalm en el medio y se acabaron los delitos en la ciudad!!! Leonardo Dickus 19/11/2015 | 00:20 Manga de vagos y drogadictos, ¿por qué no piden un trabajo y respetan las leyes?, ¿hasta cuándo el viva la Pepa en este país?

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Luciano Benjamín Menéndez20 quedás vos, cuando quedés libre está vez hace una limpieza a fondo. Cosme Fulanito 19/11/2015 | 12:33 Esto tiene solución, que los juanes21 practiquen puntería. Juana de los palotes 19/11/2015 | 17:58 Qué lástima que cuando estaban en la plaza, no se levantó el viento y se les cayeron todos los árboles encima. Nos hubiéramos ahorrado muchos problemas a futuro. Mister No 20/11/2015 | 14:42 Una granada al centro de la manifestación y se acabó la delincuencia en Córdoba. (La voz del Interior, 2012).

Múltiples dimensiones de la narrativa racista El análisis de las intervenciones en un blog de opinión de un reconocido diario cordobés revela «la relevancia histórica y contemporánea de la racialización y la raza en tanto mecanismo y patrón de clasificación y categorización social» (Caggiano, 2015, p. 159), en este caso dirigido a jóvenes populares de Córdoba. A la hora de la utilización de esta categoría, no se puede dejar de reconocer cierta incomodidad si se considera su adhesión inicial a la raza, desde su raíz etimológica y desde su propia génesis conceptual. Más específicamente, la relativa reticencia a usar el concepto racismo deriva de su matriz fundacional vinculada a la cuestión de los denominados afrodescendientes. Sin 20 Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, es uno de los más reconocidos genocidas que actúo en la Argentina durante la dictadura cívico-eclesiástica-militar antes referida. Ha recibido numerosas condenas por delitos de lesa humanidad: secuestro, tortura, asesinato y apropiación de bebés. 21

Categoría local: agentes policiales.

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embargo, aún en la contemporaneidad cordobesa, en apariencia alejada de estos imaginarios racistas, se encontró un comentario que remite a esa clave originaria: Hegeliano 20/11/2014 | 20:56 Si derogan el código de faltas, prepárense: tierra de nadie como el congourbano en tres meses. (La voz del Interior, 2012).

El juego de palabras combina el cono urbano (un sector poblacional cercano a la ciudad de Buenos Aires) con el Congo (una región africana). No obstante, como sostiene Margulis (1999) «la palabra racismo no apela ya exclusivamente al concepto de raza sino que se refiere a la gama de rasgos y manifestaciones discriminatorias centradas, real o imaginariamente, en el cuerpo, el lugar de origen, la cultura u otra variable social» (Margulis, 1999, p. 46). En Córdoba22 el uso de negro como insulto no se reduce a una cuestión racial en sentido biológico, sino que funciona acompañando una atribución de inmoralidad, incivilidad y mal gusto que se considera característica de sectores poblacionales pobres. En el contexto local es común también que se utilice el sintagma negros de alma (Blázquez, 2008), como indicativo de una condición que, intentando eludir el desprecio por aquello visible (negro de cuerpo), se inscribe en una supuesta esencia del ser: aquel que es internamente negro produce comportamientos repudiables tanto por su inmoralidad como por su ilegalidad y cultiva ciertas prácticas estéticas y artísticas contrarias a las pautas de la cultura hegemónica. Es necesario poner en diálogo este registro local de los prejuicios raciales con lo que ocurre a nivel nacional, lo cual debería incluir una genealogización tendiente a mostrar la sedimentación histórica de los imaginarios sociales racializados en Argentina. Aspiración que excede los límites de este trabajo. 22

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Se trata, en consecuencia, de un racismo en múltiples dimensiones (Caggiano, 2015).23 En la narrativa racista inscripta en el imaginario social cordobés pueden observarse prejuicios que se nutren de distintas fuentes –biológicas, psicológicas, sociales y culturales– y que actúan apoyándose los unos en los otros. De este modo, la asignación de esencias culturales que connotan valores despreciados a partir de la pertenencia a una condición social, utiliza la diferenciación fenotípica como marcador de identificación en la vida cotidiana. Más allá del énfasis de algunas de estas dimensiones en la producción de la narrativa racista, lo que persiste es la esencialización que queda encubierta en el proceso de hegemonía del que hace parte y a través de la cual se justifica la dominación y la opresión de un grupo sobre otro.24 Evidentemente, el racismo no consiste en un ejercicio estéril de producción de imaginería social, sino que tiene consecuencias prácticas, ya que sustenta clasificaciones sociales que mantienen la desigualdad. En este sentido, desde el denominado Proyecto Modernidad/Colonialidad 25 se señala el peligro de rotular como cultural al racismo para invisibilizar sus efectos materiales en un sistema jerárquico que se remonta al propio 23 Desde otra perspectiva, Wieviorka (2007) propone diferenciar entre un racismo biológico, característico de la expansión colonial europea, y otro simbólico o cultural, que emerge en 1980 en Europa.

Margulis (1999) ha designado como racialización de las relaciones de clase a este núcleo argumental por el cual se justifica la posición desventajosa en la estructura social, a través del uso de categorías raciales. 24

Tradición de pensamiento desde la cual distintos autores latinoamericanos (Mignolo, Quijano, Dussel), consideran al racismo como el discurso que avaló la expansión colonial europea en el mundo, a partir de los siglos XVI y XVII, con el propósito de justificar el uso sistemático de la fuerza de trabajo esclava en las colonias. La particularidad del caso americano combinó una narrativa racista en clave religiosa con otra basada en el color de la piel, lo que posibilitó que «mientras los indios hacían trabajo forzado en la encomienda, el trabajo esclavo se asignaba a los africanos que eran clasificados como pueblos sin alma» (Grosfoguel, 2012, p. 91). 25

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del poder colonial y que sirvió para justificar la explotación del blanco sobre el negro y el indio. A modo de cierre El uso recurrente del significante negro como agravio, a través del cual se caracteriza a los jóvenes alcanzados por la aplicación del CDF y se justifica/celebra su uso para reprimir ciertos comportamientos considerados anómicos, violentos y desagradables, muestra un rasgo de racismo inscrito de modo particular en el imaginario social cordobés. Así ha resultado del análisis de la dinámica enunciativa del espacio mediático virtual considerado en este trabajo. La narrativa racista que se construye localmente resulta ser de muy compleja factura. Si bien el núcleo del repudio se sitúa en el uso de significantes que remiten a unas condiciones alojadas en el cuerpo biológico –negro en alusión al color de la piel– puede afirmarse que éste no funciona sino en la medida en que designa unas condiciones de origen y procedencia social pobre que constituyen una suerte de marca encarnada: un estigma. Unos cuerpos y unos modos de ser puestos en visibilidad desde la falta o el rechazo de sus apariencias. Interesa puntualizar aquí que lo atribuido es un modo de ser, una manera particular de habitar el mundo, esto es: una subjetividad desacreditada y estigmatizada por su distancia o diferencia con un patrón hegemónico. En este punto resulta fértil la noción de seres abyectos (Butler, 2004). Aunque el contexto de producción de dicha noción es diferente ya que la autora lo inscribe en el sistema sexo-género, del mismo modo la abyección de los cuerpos de los jóvenes de los barrios populares de Córdoba los arroja como desechos a «aquellas zonas invivibles, inhabitables de la vida social que, sin embargo, están densamente pobladas por quienes no gozan de la jerarquía de los sujetos, pero cuya condición de vivir bajo el signo de lo invivible es necesaria para circunscribir la esfera de los sujetos» (Butler, 2004, p. 20). De este modo, 86

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lo abyecto como esencia que amerita la exclusión del otro, opera al modo de un exterior constitutivo que hace posible que los sujetos en su plenitud de tales, puedan quedar a salvo de todo aquello que no es humano y por lo que se sienten profundamente amenazados. El repudio a estos cuerpos-jóvenes-pobres resulta un derivado lógico de su condición cuasi animal, así como la justificación para exterminarlos. En el caso cordobés, es posible percibir un plus de sentido en el uso peyorativo de la construcción discursiva negros de alma. Mientras la utilización del apelativo negro, a secas, se afirma en una condición biológica, y por eso no elegida por el sujeto que la porta. Decir de alguien que es un negro de alma, inscribe la cuestión en una dimensión cultural, en un estilo de vida, en síntesis: en el dominio de elección y responsabilidad personal. Negro se nace, negro de alma se elige: entonces, en el último caso, se trata de un argumento de culpabilización y, por ende, de reproche social. A lo largo de este trabajo es posible distinguir una traza en la producción de sentidos sociales vinculados al otro, construyendo otredades despreciadas, improductivas, peligrosas, en fin: exterminables. En esta línea se actualizan sedimentaciones de sentido del pasado reciente de la Argentina, como las que claman por el concurso de genocidas de la última dictadura militar para poner orden frente a la anomia de estos jóvenes, aún a costa de su propia desaparición física. En la compleja multiplicidad de dimensiones que se articulan produciendo una imaginería racializada en el contexto cordobés se encuentra la actualización de algunos rasgos identitarios locales. Repudiar la equivalencia simbólica esencializada los negros-pobres-vagos-violentos-delincuentes parece estar mostrando la eficacia de construcciones racializadas que han sedimentado en el imaginario social cordobés, a partir del aporte de la inmigración europea gringa, connotada positivamente desde su blancura, espíritu de sacrificio y laboriosidad, méritos que les permiten ganarse la vida o, incluso, acumular de manera inhe87

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rentemente justa la riqueza. Se trata, en síntesis, de diacríticos biológico-culturales que permanecen en latencia por más de cien años alimentando narrativas racistas. En este trabajo se ha intentado explicar y comprender psicosocialmente la dinámica del odio que justifica y celebra la sistemática persecución y muerte de jóvenes pobres por su condición de tales. El odio es el sentimiento que late en el corazón del racismo y que da sustento a una paradoja: la justificación irracional del establecimiento de una jerarquía social a partir de la esencialización de una correspondencia unívoca entre unos rasgos físicos y unas valoraciones sociales, culturales y psicológicas. El odio que parece salir de las entrañas vuelve a quien lo encarna refractario a cualquier contraargumentación racional, constituyéndose en una coraza protectora del senti-pensamiento racista. Los discursos aparecen habitados por un desprecio visceral y el despliegue de la crueldad en estado puro: aquella que reclama sin pudores el borramiento subjetivo y material del otro sólo porque no es como yo/nosotros. El racismo tiene un uso: sirve para justificar la muerte. En el caso aquí considerado, aparece un fuerte repudio hacia un grupo social al cual se le asignan características que desacreditan su modo de vivir o de ser. Las atribuciones de violencia o improductividad se enlazan semióticamente con las figuras de amenaza a la concordia comunitaria o incapacidad de integración a la sociedad. Todas ellas se articulan con un mismo operador de sentido: la indeseabilidad de lo negro, en la piel o en el alma. Desde esta mirada social hegemónica, la indiscutida asociación que se establece entre las características fisonómicas y fenotípicas del rostro de los jóvenes de sectores populares cordobeses y sus disposiciones hacia el delito se constituye en un argumento racista que está en la base de los resortes subjetivos de la dominación por los que se justifica y, a veces, se reclama la aplicación de normas a través de las cuales se les reprime y se les mata. Como se ha afirmado, tanto el CDF como el actual Código de Convivencia Ciudadana de la Provincia de Córdoba (Argentina) 88

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necesitan para hacerse efectivos del criterio discrecional del agente policial, quien no escapa de la captura racializante en los modos de mirar y evaluar como sospechosos los comportamientos de algunos jóvenes, por el sólo hecho de que tienen cara de delincuentes. En consecuencia, ambas normas contravencionales, tal como se plantean, se constituyen en instrumentos jurídicos que vuelven legal y legítimo un discurso racista alojado en el imaginario social local. Este tipo de piezas jurídicas se constituyen en síntomas de un pensamiento racista que necesita de chivos expiatorios para estabilizar un orden societal estructuralmente injusto. Desde esta consideración, es posible interrogar finalmente si su derogación garantizaría por sí sola liquidar los efectos persecutorios y potencialmente letales que las mismas tienen para los jóvenes pobres de Córdoba. Referencias Arriazu Muñoz, R. (2007). ¿Nuevos medios o nuevas formas de indagación?: Una propuesta metodológica para la investigación social on-line a través del foro de discusión. Forum: Qualitativ Social Research, 8(3), 1-17. Blázquez, G. (2008). Negros de alma. Raza y procesos de subjetivación juveniles en torno a los Bailes de Cuarteto (Córdoba, Argentina). Estudios en Antropología Social, 1(1), 7-34. Bonvillani, A. (2013). Cuerpos en marcha: emocionalidad política en las formas festivas de protesta juvenil. Nómadas (39), 91-103. Bonvillani, A. (2015a). El Código de Faltas de la Provincia de Córdoba (Argentina) como dispositivo de poder. La construcción de la seguridad a partir de la equivalencia simbólica joven pobre=peligroso. Controversias y Concurrencias Latinoamericanas, 7(11), 81-101. Bonvillani, A. (2017). Emocionalidad y espacio público: Detenciones arbitrarias de jóvenes de sectores populares de Córdoba (Argentina). Cuaderno Urbano, (23), 107-124. 89

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Juvenicidio en América Latina y España

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JUVENTUDES FRONTERIZAS, ¿JUVENTUDES SIN FRONTERAS? IDENTIDADES JUVENILES EN LOS BORDES DEL MEDITERRÁNEO1

Carles Feixa Pampols / José Sánchez García

Fuente: José Palazón, Paisajes de desolación, © José Palazón 2015. Ponencia presentada el 3 de marzo de 2016 en el Seminario Internacional Juventudes en Fronteras: violencias, cuerpos y cultura, en Ciudad Juárez, México. 1

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Introducción

El pensamiento/sensibilidad/hacer fronterizos están, por consiguiente, estrictamente interconectados, aunque la descolonialidad no puede ser ni cartesiana ni marxiana; la descolonialidad emerge de la experiencia de la colonialidad, ajena a Descartes e invisible para Marx. En otras palabras, el origen tercermundista de la decolonialidad se conecta con la «conciencia inmigrante» de hoy en Europa occidental y Estados Unidos. La «conciencia inmigrante» se localiza en las rutas de dispersión del pensamiento descolonial y fronterizo se localiza en las rutas de dispersión del pensamiento descolonial y fronterizo. (Mignolo, 2014, p. 26).

Cuando vemos las fotografías de jóvenes norteafricanos tras la valla de Melilla, esperando el momento de cruzar el muro, como la provocadora imagen de José Palazón, titulada Paisajes de desolación, ganadora del Premio Ortega y Gasset de fotografía en 2015, en la que aparecen retratados al fondo, tras otros jóvenes jugando al golf en primer plano, nos asalta la duda sobre la necesidad de redefinir las nociones de frontera y de juventud. Con las fotografías de jóvenes harraga –literalmente quemados– esperando la patera que los conducirá al otro borde del Mediterráneo o que los condenará a morir en sus profundidades, pero también cuando reaparecen las imágenes menos visibles de jóvenes latinos pandilleros en las calles de la periferia de Barcelona, trabajando en empleos precarios, en las cárceles o en Centros de Internamiento para Extranjeros (los famosos CIE) la duda asalta de nuevo nuestras reflexiones: ¿jóvenes, fronteras, identidades…?, ¿qué significan estas palabras? Las imágenes de jóvenes indignados ocupando las plazas de las ciudades españolas hace siete años –en mayo de 2011– proclamando su rechazo

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a ser considerados ninis 2 y su orgullo por ser sisis (estudiantes, trabajadores precarios y activistas, todo ello a tiempo parcial), jóvenes en la sala de espera para poder ser adultos, eternamente infantilizados, que pese a provenir a veces de sectores medios o altos y tener estudios superiores, se ven también forzados a emigrar a ciudades como Londres, Berlín, o incluso Sao Paulo y Santiago de Chile, agrupándose en la marea granate (un sector del 15M identificado por el color del pasaporte español, que les conduce a un exilio forzoso). Todas estas representaciones de cuerpos juveniles cruzando o intentando cruzar fronteras territoriales, sociales e identitarias nos interpelan para que problematicemos nuestras seguras categorías académicas. La cita que encabeza este apartado propone la metáfora de lo decolinial para abordar esta condición fronteriza de la juventud en nuestro tiempo. A principios de siglo XX, José Ortega y Gasset concibe la coexistencia y la sucesión de generaciones como una caravana que va recorriendo el desierto en busca de oasis (en busca de nuevas fronteras a traspasar). A principios del siglo XXI, Ulrich y Elizabet Beck ven en la juventud migrante la vanguardia de la generación global, que se concibe como una juventud sin fronteras, movediza. Unas juventudes que, aunque tengan muchas dificultades para cruzar las fronteras físicas estatales, protegidas por los nuevos guardianes del Muro, y las fronteras simbólicas sociales, protegidas por los viejos imaginarios colectivos etnocéntricos y adultocéntricos, construyen saberes que pertenecen a lo que Mignolo concibe como una experiencia y un pensamiento de frontera, un pensamiento en los bordes que permite «enfrentar al colonialismo de la epistemología occidental» que convierte a los 2 Nini es el acrónimo de «ni estudia, ni trabaja», habitual en los medios de comunicación para categorizar a aquellos jóvenes que ni estudian, ni trabajan y, por tanto, aparentemente, no producen. En contraste, utilizamos el acrónimo sisi para destacar las múltiples tareas que los jóvenes, en un mundo global precarizado e incierto, realizan constantemente, en especial las de aquellos que simultanean estudios y trabajos (además de múltiples actividades de voluntariado social).

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jóvenes entre dos mundos en subalternos casi sin presencia ni voz (Mignolo, 2014, p. 66). El presente texto propone considerar la juventud como una condición y experiencia fronteriza que, al mismo tiempo, paradójicamente, se presenta como una condición sin fronteras (ya sean éstas territoriales, sociales o identitarias). Por una parte, la juventud aparece como una fase de transición, movediza, liminal (como un rito de paso). Por otra parte, la contemporaneidad la convierte en una fase intransitiva, inmóvil, de espera (como un rito de impasse). Dicho en otros términos: la juventud es un estado de migración permanente (a la búsqueda de lugares y espacios sociales mejores para vivir) y al mismo tiempo un campo de refugiados duradero (que acoge a los que huyen del caos, pero no tienen salvoconductos para cruzar las fronteras que los separan del paraíso). Para ello, nos proponemos analizar la construcción de imágenes juveniles conseguida en algunos proyectos de investigación, llevados a cabo en la última década en los bordes del Mediterráneo, un mar convertido en frontera según las epistemes occidentales. Se trata de dos proyectos nacionales (uno centrado en las llamadas bandas latinas y otro en la generación indignada) y un proyecto europeo (sobre los jóvenes del Magreb y del Máshreq después de la Primavera Árabe). Los casos revelan una doble tendencia de cambio. En primer lugar, la evolución desde los estudios sobre subculturas juveniles a los estudios sobre estilos de vida (que incluyen prácticas e imaginarios culturales que afectan a la mayor parte de los jóvenes). En segundo lugar, la evolución de las etnografías locales, centradas en una subcultura determinada, a las metaetnografías transnacionales, que suelen abordar varias escenas y redes juveniles y una diversidad de dimensiones culturales. Además, estos proyectos han situado a los jóvenes en el centro de la investigación, para decolonizar los estudios de juventud y salvar el adultocentrismo propio de este tipo de aproximaciones. Para ello, no dejamos de tener en cuenta lo que Walter Mignolo, siguiendo a pensadores chicanos y pensadoras chicanas como 98

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Gloria Anzaldúa (1987) y José David Saldívar (1997), llama el «pensamiento fronterizo crítico» (Mignolo, 2000). Dicho pensamiento es la respuesta epistémica de lo subalterno (juvenil) al proyecto adultocentrista de la modernidad. De ahí la necesidad de situar a las juventudes en el centro, considerando su voz y sus saberes en plano horizontal. Esta orientación epistemológica fronteriza redefine el discurso de la modernidad desde las cosmologías y las epistemologías de lo subalterno (aquí entendidas como los mundos juveniles), localizado en el lado oprimido y explotado. Sin embargo, el pensamiento fronterizo no es un fundamentalismo antimoderno. Es una respuesta descolonial transmoderna de lo subalterno a la modernidad eurocéntrica, una respuesta que las juventudes del siglo XXI construyen cada día al enfrentarse al mundo territorializado y estrictamente definido de la modernidad impuesta. Jóvenes de origen latinoamericano en España: de bandas latinas a organizaciones juveniles El 28 de octubre de 2003 fue asesinado en Barcelona el adolescente colombiano Ronny Tapias, a la salida del instituto donde estudiaba, tras sufrir una agresión por parte de un grupo de jóvenes. Según la investigación policial posterior, el asesinato fue un acto de venganza de los miembros de una banda (los Ñetas), que supuestamente confundieron a Ronny con un miembro de otra banda (los Latin Kings) con el que se habían peleado días antes en una discoteca. El caso supuso el descubrimiento mediático del fenómeno de las bandas latinas, y despertó una oleada de pánico moral que no ha cesado desde entonces. Al cabo de un mes fueron detenidos nueve jóvenes de nacionalidad dominicana y ecuatoriana. Tres eran menores y fueron juzgados y condenados (entre ellos el supuesto autor material del crimen). El juicio a los otros seis (mayores de edad), realizado en abril de 2005, se convirtió en un acontecimiento seguido con gran atención por parte de los medios de 99

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comunicación. A raíz de este acontecimiento y de otros que se sucedieron después en Madrid y Barcelona, y de las alarmas del Ministerio del Interior y de los medios de comunicación, se fue creando una imagen estigmatizada de la juventud latinoamericana. Tras el fantasma de las bandas, una presencia ignorada: la de miles de muchachos y muchachas, llegados a Barcelona desde fines de la década de 1990 (gracias fundamentalmente a diversos procesos de reagrupación familiar), (des)terrados de sus lugares y redes sociales de origen en uno de los momentos más críticos de sus vidas (la siempre difícil transición a la vida adulta), y enfrentados en su lugar de destino a adultos (a)terrados (madres superocupadas, padres a menudo ausentes, profesores y asistentes sociales inseguros, vecinos con miedo) frente a su liminaridad jurídica e institucional. Tras esta presencia inquietante, un espectro: el de nuevas formas de sociabilidad que cruzan fronteras geográficas y temporales para reconstruir identidades globales que seguimos confundiendo con pandillas tradicionales. Y, sin embargo, en las latitudes de destino, siguen habitando la frontera, pensando desde la frontera (no están ni allí ni aquí) y haciendo en la frontera. El proyecto de investigación se desarrolló en tres etapas y tuvo una importante dimensión aplicada: pretendía tener influencia en las políticas públicas hacia esta comunidad. La primera etapa de la investigación se centró en los itinerarios de los adolescentes latinoamericanos que migran. El trabajo de campo se llevó a cabo en 2005 en el marco del proyecto Jovlat, encargado por el Ayuntamiento de Barcelona y luego financiado por el Plan Nacional de Investigación. La metodología consistió en la triangulación de técnicas diferentes: la técnica principal se basó en 30 historias de vida de los adolescentes de ambos sexos procedentes de doce países diferentes de Centro y Sur América; también se llevaron a cabo grupos de discusión y entrevistas en profundidad a informantes adultos clave (profesores, padres, trabajadores sociales, periodistas, policías, etc.); observaciones en espacios escolares, públicos y de ocio; y un seguimiento de cómo fueron retratados 100

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en los medios. El resultado del análisis consistió en la comparación de las experiencias de migración de acuerdo con la edad, el sexo y el lugar de origen, la reconstrucción de la etnogénesis de una nueva identidad latino en el lugar de destino (Jovlat, 2008; Feixa, Porzio y Recio, 2006). La segunda etapa de la investigación se centró en la organización social urbana de esta comunidad, especialmente en la aparición y transformación de las llamadas bandas latinas, lo que causó una gran alarma social en el pasado, y todavía lo hace hoy. El trabajo de campo se llevó a cabo entre 2006 y 2008, dentro del proyecto europeo Tresegy. Consistía en el seguimiento de algunos temas vinculados a estos grupos, identificados en la etapa 1, y la etnografía del grupo más grande, la Todopoderosa Nación de los Reyes y Reinas Latinos (ALKQN, por sus siglas en inglés), comúnmente conocido como Latin Kings, una pandilla transnacional nacida en Estados Unidos en la década de 1960, que se extendió a algunos países de América Latina en la década de 1990 y llegó a España en 2000. La metodología utilizada fue la observación participante, entrevistas en profundidad con los líderes y miembros de base y el estudio de la literatura sobre este grupo. El análisis de los resultados consistió en la elaboración de narrativas sobre pertenecientes al grupo (entendidas como las pandillas, la familia, la subcultura, la organización y la nación transnacional). En una asamblea de ALKQN España celebrada en 2006 en Barcelona, se reunieron los datos sociodemográficos de 118 miembros que respondieron a una encuesta (de los aproximadamente 300 miembros del grupo): 68.6 por ciento son hombres (81) y 31.4 por ciento mujeres (37). La edad media es de 18.5 años, los hombres son un poco mayores que las mujeres con edades 18.81 y 17.83 respectivamente. Alrededor de 70 por ciento son de Ecuador, y entre 30 por ciento restante, la mayoría son españoles (fondo de la clase obrera y migrante en España, con más mujeres que hombres), seguido de otras nacionalidades latinoamericanas. En general, presentan niveles bajos de finalización de estudios y puestos de trabajo de baja remuneración a menudo 101

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sin un contrato (Tresegy, 2008; Feixa, Canelles, Porzio, Recio y Giliberti, 2008; Feixa y Romaní, 2010). La tercera etapa de la investigación se centra en los dilemas de la transición biográfica de estos temas en la vida adulta, y en la transición social de sus formas de organización, como una respuesta a las alternativas ofrecidas por la sociedad de acogida (su legalización como asociaciones juveniles y su persecución como grupos criminales o asociaciones ilícitas). El trabajo de campo de esta etapa se llevó a cabo entre 2009 y 2012, junto con la eclosión de la crisis financiera internacional y sus efectos entre los jóvenes inmigrantes, en el marco de otros dos proyectos europeos: Eumargins y Yougang. La metodología consistió en 30 entrevistas en profundidad a jóvenes adultos inmigrantes de diferentes orígenes (no sólo América Latina); entrevistas de seguimiento biográficos con algunos de los informantes de las etapas anteriores (incluyendo algunos de los líderes) y una serie de talleres que culminó en un documental y una película de ficción basada en sus experiencias (Eumargins, 2011; Yougang, 2013; Genind, 2016; Feixa, et al., 2010; Feixa, Scandroglio, López y Ferrándiz, 2011; Romaní, Feixa y Latorre, 2012; Soler, Planas y Feixa, 2014). Nuestro estudio sobre los jóvenes latinos de Barcelona (Feixa, Porzio y Recio, 2006) permitió documentar que, pese a que sólo una minoría de jóvenes de este origen pertenecían a bandas, en el imaginario colectivo se había establecido una fuerte identificación entre latinos, bandas y cultura hip-hop (de hecho la estética rapera –ir de ancho– empezó a confundirse con ser de bandas). El estudio también puso de manifiesto la inmensa capacidad de creatividad cultural existente entre estos jóvenes migrantes transnacionales, que estaban construyendo una nueva latinidad de frontera en Europa. A raíz del estudio, el ayuntamiento, con el apoyo de entidades como Fedelatina (una federación de entidades latinoamericanas), y el Instituto Catalán de Derechos Humanos, impulsó un diálogo entre las dos principales agrupaciones, que se concretó en la creación de dos nue102

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vas entidades juveniles, reconocidas por el gobierno autónomo catalán: la Organización Cultural de Reyes y Reinas Latinos de Cataluña (constituida en agosto de 2006) y la Asociación Sociocultural, Deportiva y Musical Ñetas (constituida en marzo de 2007). Una vez legalizadas, las asociaciones querían mostrar que, más allá de los problemas de violencia que los habían estigmatizado, eran capaces de generar propuestas sociales y culturales para el conjunto de la ciudad. La más exitosa fue Unidos por el Flow (VV. AA., 2008). En palabras de uno de los latin kings participantes en el proyecto: Ahora estamos unidos, no como enemigos, como si nos hubiéramos conocido de toda la vida ¿sabes? Cuando tú vas ahí no vas como un latin king y cuando un ñeta va allí, no va como un ñeta sino que vamos unidos por el flow, o sea, vamos a lo que a mí me gusta. Yo me metí en este proyecto porque también estoy montando y como llevo mi propio grupo, entonces, me gusta la música y me gusta esto de la producción musical. Es el proyecto que, desde montar una base, desde montar una pista hasta que los artistas puedan cantar y rimar las letras. Y que la letra sean mensajes o críticas constructivas ¿me entiendes? (VV. AA., 2008, p. 94).

Y en palabras de uno de los ñetas: Para mí lo importante es que llegue el mensaje. Estoy allí para representar a mi gente. Quiero que llegue al mundo entero. Que puedan ver que estamos juntos, que no todo es guerra y peleas. Todos los inmigrantes luchamos por un mismo propósito. Y el mensaje es que no hay diferencia entre nosotros (VV. AA., 2008, p. 90).

La iniciativa se apoya en cuatro actores colectivos. El primer actor es el Kasal Juvenil de Nou Barris, entidad que gestiona un equipamiento del ayuntamiento ubicado en una antigua zona marginal convertida en espacio de acogida de varias oleadas 103

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migratorias: la interna de la década de 1960 y la transnacional posterior a 2000. El Kasal tiene vocación comunitaria: es municipal pero esta gestionado por una entidad privada comprometida con el movimiento cívico del barrio, muy combativo desde fines del franquismo, agrupado en torno al Ateneu Popular de Nou Barris (entidad intergeneracional pero con fuerte protagonismo juvenil). El segundo actor es la Organización Cultural de Reyes y Reinas Latinos de Cataluña, versión local de la Todopoderosa Nación de los Reyes y Reinas Latinos (ALKQN, por sus siglas en inglés), de los que ya hemos hablado. El tercer actor es la Asociación Sociocultural, Deportiva y Musical Ñetas, versión catalana de la Asociación Ñetas pro Derechos del Confinado, fundada en Puerto Rico por un militante independentista en la década de 1970 para defender los derechos de los presos, saltando luego a las calles de Nueva York y de allí a otros enclaves de Estados Unidos y de América Latina. Aunque en Estados Unidos Latin Kings y Ñetas tienden a ser grupos aliados, cuando llegaron a Ecuador se produjeron algunos altercados que los convirtieron en supuestos enemigos. El cuarto actor son otros jóvenes del barrio, no necesariamente latinos ni miembros de estas agrupaciones, como una joven gitana que canta flamenco y un rapero nigeriano llegado hace poco a Barcelona, que participa del proyecto mientras busca trabajo e intenta regularizar sus papeles. El proyecto se basó en los principios de la investigación participativa, incluyendo una técnica de terapia de grupos –denominada refleacción– tendente a la resolución de conflictos a través de la música (surgida en las favelas de Brasil en torno al hip-hop intercultural). Fue madurando a partir de la interacción entre los animadores que creyeron en él y lo impulsaron inicialmente, los jóvenes de la asociación ñeta y de la nación king, algunas entidades que dieron su apoyo material y moral (el Kasal de Roquetes, el Casal de Prosperitat, el Ateneu), y otros compañeros de viaje que colaboraron puntualmente, como algunos académicos, artistas y militantes políticos. Los contactos iniciales se establecieron a fines de 2005, en un clima todavía de gran suspicacia 104

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entre ambos grupos. El punto de inflexión fue un concierto que tuvo lugar en el Ateneu Popular de Nou Barris en junio de 2006, en el que participaron medio millar de latin kings y ñetas que acabaron bailando juntos un rap gritando «¡paz, paz!», sin que se produjera ningún incidente. Ello convenció a los educadores de la posibilidad de proponer un proyecto colectivo que involucrara a ambos grupos. El proyecto se formalizó a fines de 2006, pero paradójicamente no recibió ninguna subvención institucional y tuvo que acudir a una financiación privada a cargo de una discográfica (K Industria Cultural), en la que colaboran reputados artistas alternativos como Manu Chao y la Mala Rodríguez. La discográfica se hizo cargo del equipo de formadores (técnicos de sonido, músicos, profesores de baile y teatro), además del proceso técnico de elaboración del disco. La creación de las canciones fue un complejo proceso de interacción entre la inventiva de los jóvenes participantes en los distintos talleres (las letras y la base melódica son suyas), los recursos técnicos aportados por los formadores y un posterior proceso de producción y masterización a cargo de la productora. Algunas canciones contaron con la colaboración de músicos profesionales como uno de los componentes del grupo catalán Dusminguet. A los jóvenes les costó entender que cumplir con el objetivo requería un intenso trabajo, con clases y ensayos semanales, y muchos abandonaron, pero otros siguieron y se fueron incorporando nuevos y entusiastas chicos y chicas de procedencias diversas. El producto final, presentado públicamente y a los medios de comunicación en la Casa de América de Madrid en diciembre de 2007 y en el CCC de Barcelona en enero de 2008, fue un CD que contiene 16 canciones con ritmos hip-hop, rap, reguetón, con algún toque de flamenco, cumbia, salsa e incluso de música electrónica. Aunque como es lógico la calidad de las canciones sea desigual, el nivel general es notable, y la que da nombre al proyecto es un ritmo pegadizo que combina raps individuales con coros, y que en su momento incluso generó la ilusión de competir como candidata a ser el representante espa105

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ñol de Eurovisión. Además de la música, se produjo un libro multimedia que, además del CD, incluye las crónicas de la experiencia, relatos biográficos y fotos de los protagonistas, textos académicos, dibujos rompedores, amén de un DVD documental donde se visualiza la experiencia. El tercer resultado del proyecto fue una representación teatral –Mas que tres: teatro cultural de hip-hop– creada colectivamente por los propios participantes, con la asesoría de una directora colombiana comprometida con el teatro comunitario, en la que los jóvenes dramatizaban su experiencia migratoria, desde el viaje inicial y los riesgos de la clandestinidad, acabando haciéndose fotos ante la estatua de Colón y estableciendo un diálogo con el conquistador y de paso con la sociedad de acogida. La cuarta pata del proyecto se centró en la cultura digital, con la creación de una página web, de un espacio en Youtube, de foros de contacto entre los miembros de la asociación e, incluso, de descargas de politonos para teléfonos móviles. El libro fue presentado apoyado en una campaña de prensa: la principal agencia de noticias española – EFE – distribuyó el evento por todos los medios; uno de los programas musicales de mayor solera –Radiópolis– le dedicó una de sus emisiones y el suplemento de tendencias de El País publicó una elogiosa crónica de la experiencia. ¿Cuál fue el impacto de la iniciativa en la cultura juvenil? Desde un punto de vista interno, los jóvenes se sintieron protagonistas, pero su compromiso fue irregular y necesitaron el apoyo más o menos regular de los educadores; el objetivo de crear espacios profesionales –que permitieran a algunos convertir la formación recibida en medio de ganarse la vida como cantantes, DJs, etc.– sólo se concretó en un caso, aunque se hicieron algunas giras. Desde un punto de vista externo, la iniciativa tuvo una gran repercusión mediática y ayudó a que la imagen de las bandas latinas en Barcelona mejorara, aunque cada vez que pasaba algún suceso trágico volvían las imágenes estigmatizadoras clásicas. Desde el punto de vista del producto cultural, se demostró que la falta de 106

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profesionalidad no tenía por qué ir reñida con la calidad: el disco no fue un gran negocio, pero tampoco un fracaso comercial. Desde el punto de vista organizativo, se constituyó la Asociación UPF, presidida por un joven latino que no era de ningún grupo, pero su actividad quedó aletargada tras la marcha del educador que estuvo detrás desde el principio y el traslado de la sede a otro local en el centro de Barcelona, con un teatro de formato reducido en el que se querían hacer actuaciones teatrales y musicales. Quizá la principal repercusión se dio en el plano simbólico: los jóvenes se empoderaron de su imagen a través de la cultura, contribuyendo significativamente a gestionar mejor los conflictos internos –por ejemplo, entre ñetas y reyes– y, sobre todo, las tensiones con la sociedad de acogida. Por último, merece destacarse que el proyecto tuvo una dimensión europea y transnacional no desdeñable: en otra ciudad europea con presencia de latin kings y ñetas –Génova, en Italia– se llevaron a cabo iniciativas paralelas, impulsadas en este caso por un centro social ocupado y por la misma universidad. Y en Ecuador –tierra de origen de muchos de los protagonistas– lo sucedido en Barcelona facilitó un cambio en las políticas de mano dura hacia las bandas, permitiendo la constitución de la Corporación de Reyes Latinos de Ecuador, que fueron recibidos por el mismo presidente Correa. Incluso en Madrid se dieron cuenta de que las políticas meramente policiales que estaban aplicando no estaban dando buenos resultados: invertir en cultura es casi siempre más rentable que hacerlo en seguridad, como forma de prevenir la violencia y favorecer la inclusión social. Pese a sus buenos resultados y su impacto mediático, social y político, la investigación tuvo un final algo amargo: a fines de 2008, cuando el proyecto estaba en un momento álgido, se presentó otro más ambicioso en la convocatoria I+D+i para dar continuidad al mismo, pero fue denegado con argumentos discutibles. El Ayuntamiento de Barcelona dejó de apoyar el estudio, surgieron conflictos internos dentro de las pandillas y entre los investigadores y el equipo se desintegró. Con el inicio de la crisis, la situación de los jóvenes migrantes empezó 107

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a empeorar, al no tener acceso al mercado de trabajo. La sentencia de la audiencia de Madrid declarando asociación ilícita a los Latin Kings sentó un precedente, que con la reforma del código penal de 2010 se convirtió en lugar común, al introducir las figuras de grupo criminal y asociación criminal, simplificando los criterios para aplicar tales tipos, que en la práctica totalidad de las ocasiones se aplicarán sólo a las bandas latinas y casi nunca a las autóctonas.3 Con el cambio de gobierno en Cataluña la línea preventiva de los Mossos d’Esquadra también se acabó, empezándose a aplicar una política de mano dura, centrada en macrorredadas constantes, en un tratamiento penal sistemático y en la reducción cuando no la eliminación de los programas sociales, situación que dura hasta hoy (Feixa, 2014). ¿Una generación indignada? Espacio, poder y cultura en los movimientos juveniles de 2011 La mozambiqueña Alcinda Honwana llamaba la atención sobre el protagonismo juvenil en 2011 con estas palabras: Young people’s struggle to attain freedom from want often allows them to achieve freedom from fear. From more or less spontaneous street riots and protests in Mozambique, Senegal, Spain, Chile, Greece, UK and the USA to the revolutions in Tunisia, Egypt and Libya, this generation in waithood appears to be losing fear and openly defying dictatorships, autocratic governments and political repression (Honwana, 2012, p. 26).

De esa manera, situamos la repercusión para la investigación en ciencias sociales de los movimientos políticos encabezados, fundamentalmente, por jóvenes de procedencias sociales heterogéneas en cada una de esas geografías de la indignación. 3 La Reforma de la Ley del Menor de 2007 preparó el terreno, al introducir la pertenencia a bandas como agravante en la comisión de delitos.

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El descontento de las generaciones jóvenes hacia las políticas sociales impulsadas por organizaciones transnacionales favoreció la emergencia de formas de protesta insólitas desde hacía años. La generación nini se convertía súbitamente en generación sisi. Los jóvenes indignados dedicaban su tiempo a un compromiso político que causaba sorpresa entre los investigadores en ciencias sociales. Así, más allá de sus dilemas estratégicos y sus errores tácticos, los movimientos sociales y políticos desde el ya lejano 2011 se han convertido en uno de aquellos objetos culturales que Lévi-Strauss consideraba buenos para pensar. Cuestiones como ¿qué tienen en común todos estos movimientos?, ¿cuáles son las extrañas galerías que conectan sus actores, motivaciones y propuestas? o ¿qué lecciones plantean a nuestras sociedades democráticas?, se situaban en las agendas de investigación. En esta línea, el proyecto Genind, bajo el impulso del Centro de Investigación sobre Juventud y Sociedad de la Universidad de Lleida (actualmente Jovis.com), animaba a aportar luz sobre la naturaleza, tomando el caso español como punto de referencia, a través de un trabajo comparativo con las movilizaciones en otros cuatro países del área mediterránea (Portugal, Italia, Grecia, Egipto), y con otros referentes internacionales donde también hubo movilizaciones (Inglaterra, Estados Unidos, Chile, Brasil). A diferencia de otros tipos de proyectos de investigación similares, Genind contaba con el trabajo etnográfico realizado durante años por miembros del equipo en movimientos sociales y políticos protagonizados con jóvenes, con el objetivo de pensar colectivamente formas teóricas y metodológicas adecuadas para posteriores investigaciones en el ámbito de la participación y el activismo juvenil. Sin embargo, al mismo tiempo, animaba a la participación en ese proceso de reflexión teórica a miembros de los diferentes colectivos juveniles que participaron en los movimientos de protesta pero, a un tiempo, también científicos sociales. De esa manera, el proyecto ha facilitado una co-construcción teórica entre investigadores y activistas, situando a los jóvenes no sólo como sujetos de investigación, para conseguir 109

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contrastar los elementos constituyentes de tales movimientos, sino también sus aspectos innovadores y continuadores respecto a movimientos anteriores, así como su impacto en la juventud y en la sociedad. Como primera conclusión, y de manera general, podemos afirmar que desde las semánticas y gramáticas políticas generadas en los espacios centrales de numerosas ciudades del planeta se prefiguraron nuevas maneras de entender la política, la ciudadanía y el activismo político que han cristalizado y diseminado entre el resto de ciudadanos. El punto de partida de Genind fue asumir que son los cambios socioeconómicos, políticos y culturales en las postrimerías del siglo XX los que han modificado la trayectoria vital de los categorizados como jóvenes en el sistema-mundo. Los afectados, especialmente jóvenes, por su precaria situación económica, constituyen formas de sociabilidad totalmente nuevas para las que no encuentran prototipos en generaciones anteriores. En el mundo laboral, puesto que los cambios reconocidos como efecto de la globalización han transformado en todas partes la mano de obra, disminuyen sus posibilidades de empleo (Sennett, 1998). Respecto a esta última dimensión, si bien ciertos procesos de homogeneización asociados a la globalización parecen producir similitudes supranacionales en las respuestas políticas, al mismo tiempo, el contenido específico de la categoría a partir de las realidades locales afianza diferencias en estas respuestas. Estas creaciones permiten establecer formas de relación similares en zonas muy distantes del planeta, afectadas por el flujo cultural global, incidiendo en las morfologías y en las dinámicas de los procesos políticos locales. De esa manera, se formularon cuestiones e hipótesis de trabajo para interrogar los datos etnográficos de cada uno de los investigadores o grupos de investigación del proyecto en la misma dirección. Significativamente, en el primer encuentro de investigadores realizado en Lleida en la primavera de 2013, una primera conclusión del análisis comparativo sugería que la anteposición a escala global de diferentes maneras de hacer política

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–la nueva frente a la vieja– 4 corresponde a una eclosión en las esferas públicas de los respectivos países de un choque generacional, es decir, entre jóvenes y su generación ascendente, aunque en muchos casos con un pacto intergeneracional entre jóvenes e integrantes de la llamada tercera edad. Así, se constataba la existencia de una cierta intergeneracionalidad en los órganos asamblearios de los diferentes movimientos de protesta (juvenil), incorporando, por tanto, la memoria de la práctica política de generaciones anteriores en estos movimientos. Así, se apuntaba a la posibilidad de transformación del malestar ciudadano en una fuerza política activa –cuyo rango no podría ser valorado a ciencia cierta como consecuencia de la falta de perspectiva histórica hasta el momento–, pero que indicaba ciertos movimientos de fondo en la articulación política de la ciudadanía en relación con nuevas formas de contestación al orden social y político establecido. Sin embargo, Genind proponía también un reto metodológico fundamental: ¿cómo trabajar con datos provenientes de tan dispares situaciones sociales y campos de disciplinas dispares? Se abrían varias posibilidades: utilizar el método de casos extendidos (Buroway, 1998, 2007), entender los datos etnográficos como un trabajo a partir de la llamada etnografía multisituada –aunque en sentido estricto es ese un método que debería ser aplicado por un sólo investigador– (Hannerz, 2003) o proponer un trabajo meta-etnográfico (Britten et al., 2002). Como horizonte general, el método escogido fue el metaetnográfico, que permite una síntesis cualitativa de los datos empíricos proponiendo un enfoque interpretativo más que agregativo. Se trata de 4 Como es de dominio público en estos momentos, ese contraste entre nueva y vieja política se ha convertido en uno de los debates académicos más significativos para obtener contenidos de esas dos maneras de entender y practicar la política en España. Además, la cuestión ha transcendido a la primera línea de los debates políticos, sobre todo con la irrupción del grupo Podemos a escala nacional y de las CUP a nivel catalán, orientando opciones electorales y pactos entre grupos políticos.

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utilizar el principio de la traducción recíproca de los significados de un caso buscando ese significado en otros casos. Cuando se usa el término síntesis, se refiere al proceso de sintetizar los datos de los diferentes investigadores para generar temas (metacódigos/metáforas) que tienen un significado a nivel transnacional. Sin embargo, esta síntesis no reemplaza el análisis de los diferentes investigadores sino que proporciona una capa adicional de análisis que se puede presentar como el valor añadido de la realización de varios estudios de caso en un gran número de contextos. Los estudios de casos, por lo tanto, pueden ser únicos en cuanto a su ubicación geográfica, la sustancia o la naturaleza del activismo de los involucrados. Sin embargo, con el fin de facilitar el análisis transnacional, se estableció un procedimiento común para el análisis de los datos a través de un proceso de co-colaboración entre todos los miembros del grupo de investigación del proyecto, del campo a la mesa de análisis. De esa manera, el proyecto ha trabajado con cuatro campos principales de clasificación de los datos para establecer luego los metacódigos para el trabajo de comparación etnográfico. Estos campos obedecen a distintas dimensiones del activismo político juvenil que han permitido establecer marcos teóricos y metodológicos, así como campos de indagación específicos para investigaciones y tesis en curso de distintos miembros del equipo de investigación.5 De forma resumida estas dimensiones son: 1) Geografías e historias de la generación de los movimientos intentando establecer dialécticas que tengan en cuenta los referentes tanto particulares como globales. 5 En ese sentido, podemos citar el concepto de evento cronotópico para designar acciones masivas realizadas en tiempos y espacios específicos, apareciendo como representaciones culturales complejas que permiten a los participantes expresar sus mensajes simbólicos a las audiencias mediante la creación de una asamblea donde se produce y experimenta como un ritual. Se trata de un concepto aparecido a partir de un trabajo metaetnográfico (Feixa, Sánchez y Nofre, 2014).

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2) Imaginarios y representaciones emanados tanto de los medios de comunicación como desde el interior de los propios grupos. 3) Discursos y redes teniendo en cuenta tanto las ideologías como las formas de organización de las asociaciones políticas juveniles. 4) Gramáticas y actores implicados en los movimientos donde se establecen las dimensiones sociales –interseccionalidades identitarias– de los jóvenes implicados y los códigos culturales que usan para expresar sus discursos en las diversas actividades políticas. Siete años después de aquel 2011 indignado, atendiendo a las reacciones frente a la indignación marcadas por la penalización de la protesta anteriormente, es necesario poner el foco en los efectos que todo ello ha tenido en los jóvenes como un resultado de la investigación. En primer lugar, se ha observado la necesidad de introducir una pluralidad de espectros explicativos y no provocar con ello una excedente dosis de homogeneización y totalización: las motivaciones, experiencias y saberes puestos en común en las plazas son herederos directos de diferentes heterogeneidades estructurales según el concepto que hace algunos años acuño el peruano Quijano. Aun así, durante el proceso de investigación se han podido detectar ciertos patrones comunes para englobar, aunque entendiendo las diversidades de la geografía indignada, procesos generacionales más o menos comunes marcados por las políticas económicas que, desde hace ya años, ya no dependen de los Estados nación. Uno de ellos, posiblemente el más destacado en estos tiempos que vivimos, es la asunción de la precariedad como un escenario de vida perpetuo e indefinido, algo nuevo para las clases medias occidentales pero bien conocido para los jóvenes árabes o latinoamericanos. En el caso occidental, junto con el proceso de penalización de la protesta, se ha implantado un marco estructural de precarización que parte, primero, de los cambios en los marcos reguladores de la relación capital/trabajo, pero que, poco a poco, y sobre todo a través de la larga recesión de 2007, ha ido impregnado otras partes de la vida social como la política o la cul113

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tura. Dicha precarización generalizada, que se materializa y se asume también en los propios cuerpos (Butler, 2017), afecta de forma específica y especial a todos aquellos sujetos sociales que viven en una situación variable de subalternidad. Entendiendo que la subalternidad, la «falta de capacidad o de espacio para hablar y ser» (Spivak, 1994, p. 69), es una condición que inexorablemente se relaciona con los marcos de opresión solapados –las intersecciones de clase, género, etnia, edad, etcétera– (Sánchez y Hakim, 2014; Yuval Davis, 2006), podemos observar cómo ésta actúa de forma específica y marcadamente en las juventudes (Duarte, 2000). Frente a estas situaciones estructurales, los distintos grupos de jóvenes (re)negocian su situación en el mundo a través de la conexión/desconexión permanente con estos marcos de lo establecido. Es decir, buscan, hacer política salvando los medios de policía impuestos por las estructuras biopolíticas para escapar a ellas. Es en las brechas que deja el poder en la estipulación de lo normal, lo establecido o lo correcto, cada vez más acotado por las actuaciones represivas legislativas y la reducción de la libertad de expresión, donde los jóvenes expresan su ser político de formas cada vez más complejas, heterogéneas y cotidianas. Así, aunque podamos ser pesimistas frente a los éxitos a corto plazo de aquella revolución indignada, y hayamos topado crudamente con la realidad del rearme del poder, existen espacios de fuga que plantean una expansión de las nociones de lo político asumidas hasta el momento. Como se ha detectado en el marco del proyecto Genind, los jóvenes de la generación marcada por los acontecimientos de 2011 buscan nuevas formas de participación política, rechazando los liderazgos en el sentido de un héroe que lucha por el cambio en el nombre de una ideología. En ausencia de ideología y líder, el desafío para la generación indignada es encontrar una forma adecuada y alternativa de organización para seguir fieles al evento de 2011. En ese sentido, el repliegue hacia formas de disidencia política casi contraculturales como el grafiti, 114

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la música, el teatro activista o la participación en redes de solidaridad para enfrentarse a las políticas austericidas compone un paisaje revolucionario cotidiano como nuevos espacios para la política directamente herederos de la indignación. Los ideales de 2011, muchas veces irrealizables pero que exigen de su realización, pueden proporcionar un asidero firme en un mundo incierto. Junto al liberalismo y el lawfare de los Estados, la revolución se une como gran esquema elevando la disidencia a una especie de principio moral de actuación cotidiana. Después de este recorrido, pretendidamente evaluativo de Genind, y a modo conclusivo, podemos considerar que el conocimiento interdisciplinario –incluyendo la propuesta de co-construcción de este conocimiento desde y con los propios agentes– combinado con aportaciones de distintos espacio-tiempos juveniles constituye un valor añadido para las investigaciones sobre juventud. De esa manera, los llamados Estudios de Juventud donde tradicionalmente se han cruzado perspectivas que tienen en cuenta tanto el trabajo social con jóvenes y las políticas públicas como la investigación básica sobre juventud se ve ampliado con otras perspectivas procedentes de la significativa presencia de los jóvenes. Investigando la juventud en los países árabes mediterráneos: ¿hacia un nuevo contrato social? Si en los casos antes presentados nos encontrábamos frente a una internacionalización de los estudios de juventud, a partir de la manera de acercarse al objeto de estudio desde tradiciones académicas surgidas en el contexto occidental, la presentación del proyecto Sahwa permite ilustrar cómo los grupos de investigación e investigadores de los estudios de juventud participan en proyectos transnacionales, favoreciendo el diálogo entre epistemologías diferenciadas que sitúan al proyecto en eso que Mignolo (2000) llamó epistemología fronteriza. 115

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Una de las motivaciones principales para la investigación que propone el proyecto Sahwa6 fue la sorpresa que causó entre los académicos en el año 2011 la participación masiva de jóvenes árabes en las protestas políticas en Oriente Medio. Esta puede ser una de las razones por las cuales en la investigación sobre Oriente Medio y el Magreb, la pertinencia de los estudios sobre juventud ha saltado como un elemento fundamental en las agendas de investigación debido a la sorpresa provocada por su participación en la llamada Primavera Árabe y por el protagonismo juvenil en los movimientos yihadistas transnacionales. Las causas de estos fenómenos habría que buscarlas en las condiciones de vida de los jóvenes, convirtiendo a la juventud en un tema relevante para entender la situación social, económica y política en los países árabes, y para la política exterior de las agencias gubernamentales europeas. Sin embargo, se apreciaba una carencia en relación con investigaciones en las cuales la juventud fuera el foco y no una mera variable. Por otro lado, un segundo asombro inundó las agendas de investigación. Los perfiles de los protagonistas de las revueltas no eran los esperados por los investigadores especialistas en el área. De hecho, el compromiso político juvenil durante los años previos a las revueltas, se centró en lo que se definió como sospechosos habituales. Es decir, los jóvenes que participaban en organizaciones no gubernamentales y organizaciones benéficas seculares o religiosas, por lo general de clase media. Sin embargo, en los levantamientos destacó la presencia y el compromiso político de sectores socialmente marginados y en particular de jóvenes procedentes de barrios pobres (Knickmeyer, 2011; Alwazir, 2012; Sánchez García, 2014; Poupore, 2014). En las sociedades árabes del Mediterráneo, hasta la primera década del siglo XXI, la juventud era una variable fundamental en 6 El proyecto resultó evaluado positivamente y, por tanto, financiado por la Unión Europa en el marco del Seventh Framework Programme for Research, Technological Development and Demonstration.

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los análisis sobre educación, empleo, política, género o movilidad. Sin embargo, pocas obras se produjeron focalizando como variable de investigación explícita en los países árabes del Mediterráneo desde donde explicar los cambios sociales que se estaban produciendo. En ese sentido, investigadores procedentes de diferentes disciplinas dentro de las ciencias sociales, sostenían –y sostienen– un punto de vista crítico hacia esa carencia de una perspectiva desde los estudios de juventud en la construcción de la juventud en el mundo árabe como categoría en los discursos y proyectos académicos y políticos. Son autores que exigen atención a la cultura material de la juventud, la negociación del espacio juvenil, las relaciones de género, la participación económica y política, y la construcción de la realidad social por los jóvenes.7Así, Sahwa se nutre de la existencia previa a los sucesos de 2011 de una tradición Estudios de la Juventud en contextos árabes y/o musulmanes que nos permite abordar la compleja dinámica de la construcción social de la juventud, sus oportunidades y sus aspiraciones. Estos reveladores datos exigen, en una agenda de investigación de la juventud árabe, desmantelar la representación metonímica y dicotómica de los chicos y chicas árabes intentando focalizar en las culturas juveniles a partir de la tradición de los estudios de juventud. Eso es lo que el proyecto Sahwa realizó: una aproximación a las experiencias, performatividades y saberes de los jóvenes árabes a partir de un método combinado para la obtención de datos cuantitativos y cualitativos. De esa manera, este proyecto parte del ánimo metodológico de la aplicación combinada de un marco asentado en los estudios de juventud junto con una perspectiva fundamentalmente situada. Esto es, lo que Donna Haraway (1988) definió como conocimiento situado: un enfoque que nos permite una descolonización del conocimiento establecido sobre las realidades diferenciadas de las realidades occidentales que, en Aunque con diferentes orientaciones teóricas y procedencias diversas, entre otros podemos citar a Assaad, Roudi-Fahimi, Meneley, Schielke, Konig, Peterson, Sukarieh, Tannok, Salehi-Isfahani, Dhillon, Haenni, Al-Momani, Roudi, Deeb, Swedenberg o Singerman. 7

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este caso, dialoga con lo que se ha definido como estudios decoloniales que permiten un fructífero encuentro para los estudios de juventud abriendo nuevos caminos teóricos y metodológicos.8 Esa orientación permitió, además, combinar la perspectiva macro (cinco países árabes del Mediterráneo en su contexto regional específico) con el micro (sus respectivos contextos locales y nacionales). Sin embargo, la recogida de datos se llevó a cabo por separado, ya que el objetivo del proyecto principal fue que el marco teórico-metodológico que produjo las preguntas de investigación, similares en ambas formas de recogida de datos y los análisis posteriores, se llevarán a cabo en un método coordinado y combinado. Sahwa ha producido un proceso de investigación mixto aplicando a la recogida de datos métodos cuantitativos y una variedad de métodos cualitativos (entrevistas narrativas, grupos focales, observación participante y métodos virtuales en línea) para responder a las mismas preguntas de investigación. El uso de este método permitió, a un tiempo, la captura de algunos patrones más generales y co-construir conocimiento desde los propios jóvenes de dos maneras. En primer lugar, recogiendo las voces de jóvenes árabes e integrando en los diferentes equipos de investigación a jóvenes investigadores de las distintas localizaciones, construyendo un pensamiento fronterizo. Eso permitió una comprensión y fenomenología de las formas de vida, estilos, valores, estrategias, representaciones y prácticas que las juventudes árabes están proponiendo para hacer frente a su realidad social, con el fin último de aportar ideas y 8 En ese sentido, un buen ejemplo de este diálogo creativo y enriquecedor para los estudios de juventud tradicionalmente asentados en contextos occidentales es la conceptualización de la transición a la vida adulta y de los propios jóvenes situados en ese espacio social liminal como adult-waithood. Se escapa del alcance de este artículo una discusión sobre el concepto que considera, además, un espacio social que facilita la creatividad prefigurativa de los jóvenes durante ese período para reclamar su juvenibilidad. Se trata de un concepto alternativo a los conocidos adultez emergente o joven-adulto. Pueden consultarse para el debate Sánchez García (2009), Singermann (1995, 2007) y Honwana (2012).

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propuestas para reorientar las políticas activas de jóvenes en el nivel micro. Además, el enfoque propuesto permitió aplicar un sentido de complementariedad entre las tendencias generacionales y las trayectorias individuales. Ciertamente, el uso de un método mixto implica ciertas oportunidades cuando se trata del análisis de datos de campo. La parte cuantitativa de la investigación permitió establecer una base firme cuando se presentan tendencias generales. De esta manera, los resultados estadísticos fueron utilizados en diferentes niveles de precisión para validar el proceso de investigación y los resultados de los estudios cualitativos y viceversa. El objetivo fue tanto comparar los estudios nacionales como identificar variaciones y conclusiones entre ellos, susceptibles de utilización en los análisis de las diferentes estrategias y formas de enfrentarse a las presiones sociales y culturales que sufren los jóvenes. Al final del proyecto –después de haber accedido a todo el material empírico– se ha podido dibujar un panorama más general y global de la situación de la juventud en los países árabes del Mediterráneo, sin perder de vista las situaciones concretas recogidas con técnicas cualitativas. Así, la ventaja de utilizar una combinación de métodos cuantitativos y cualitativos ha sido, por un lado, tener la posibilidad de responder a las preguntas clásicas cuánto y cómo; y, por otro lado, profundizar en cuestiones específicas relacionadas con la percepción de los jóvenes de su propia realidad. Por su parte, el análisis final, en la mezcla de lo cuantitativo y lo cualitativo, ha permitido estimar cómo las variables socioeconómicas, rural/urbano, de género, ideológicas, familiares o étnicas afectan y se correlacionan con las actitudes hacia los planes de futuro, las aspiraciones y los estilos de vida de los jóvenes árabe-mediterráneos. La estrategia de investigación diseñó un método de análisis basado en clusters. Es decir, la agrupación de los datos recogidos en temas pero de forma más significativa, a través de categorías conceptuales utilizadas por los propios jóvenes en el transcurso de las entrevistas en profundidad o en los grupos de discusión. 119

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Eso asegura el uso de metáforas comunes a los distintos estudios de casos locales, estableciendo marcos referenciales teóricos para la interpretación de otros casos particulares relacionados con el contexto en que se desarrolla la investigación. La investigación ha mostrado cómo es de significativo acercarnos a los jóvenes del Mediterráneo árabe usando categorías conceptuales saturadas de significados locales recogidas empíricamente. En las investigaciones que hemos llevado a cabo, la condición juvenil en las sociedades musulmanas se ha revelado como una categoría atravesada por un conjunto de intersecciones –transaccionalidades del poder en el lenguaje epistemológico del sur– entre clase, género y etnia que se unen a categorías construidas en las relaciones sociales entre los jóvenes propios del universo de investigación. Como hemos señalado en las investigaciones de la indignación, se ha observado la potencialidad y la función que cumple el grafiti como herramienta comunicativa de los incomunicados, tal y como se autodenominan algunos jóvenes tunecinos. Es decir, cómo la reducción del espacio de expresión otorgado a los jóvenes de Túnez después de la revolución potencia la necesidad de crear nuevos espacios de expresión, discusión y formación; espacios que buscan perturbar las mentes de los transeúntes y luchan contra la invisibilización de la marginalidad en la que estructuralmente están situados (Sánchez García y Sánchez-Montijano, 2018). También, se ha detectado cómo las perspectivas de futuro, que construyen a partir de la incertidumbre y la discriminación, pueden ser vistas o vividas como una limitación o un recurso en la construcción de estrategias de futuro. Al mismo tiempo, los jóvenes árabes se encuentran impactados por las revueltas que se produjeron en 2011, vividas de forma transnacional, lo que también modifica sus caminos. Con ello, se evalúa el impacto de la llamada Primavera Árabe y, como punto alternativo, el fracaso de dicho movimiento en cuanto a lograr libertad y democracia en un período de tiempo más amplio; una mezcla de entusiasmo y 120

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desilusión que impacta en la construcción de proyectos de futuro transnacionales de dichos jóvenes. Además, la investigación ha proporcionado el material necesario para producir una reflexión en torno a las categorías que tradicionalmente se han utilizado para analizar movimientos sociales y su pertinencia para analizar otros contextos. En ese sentido, teniendo en cuenta el trabajo realizado por el sociólogo iraní Asef Bayat, la manera en que los jóvenes árabes perciben la política institucionalizada como ajena a sus agendas políticas ha producido la vuelta hacia participaciones más activas en el ámbito local a través de organizaciones no gubernamentales principalmente, y replegándose –que no desmovilizándose de nuevo– a las luchas cotidianas. De manera general, la investigación ha permitido descubrir las estrategias que se producen en los mundos juveniles árabes para escapar de la marginalización. Sin embargo, como se ha señalado, para entender las múltiples caras de los procesos de desmarginalización que afectan a los jóvenes árabes es necesario comprender que sus identidades son afectadas por mecanismos interseccionales. No todos los jóvenes responden de la misma manera: el género, el lugar de residencia, la clase social, el capital económico y cultural familiar es decisivo. En este sentido, las diferencias entre los jóvenes exacerban la fragmentación y las desigualdades, donde los caminos innovadores (en la mayoría de ocasiones informales) parecen ser una de las escasas salidas que tienen en todos los casos. Así, si las clases bajas masculinas usan vías informales para lograr cierta independencia económica; las mujeres de clase media y alta están tratando de escapar de la marginación de género manejando sus propios proyectos económicos, tal y como hemos señalado. Aunque la situación económica y política es ciertamente compleja, dados los altos niveles de desempleo, también es cierto que, en términos generales, están mejor educados, más conectados y tienen mayores niveles de libertad, como se desprende de la investigación. Esto significa que también tienen una capacidad mucho mayor para diseñar sus 121

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propios caminos que les permitan salir del estado de marginación. Sin embargo, los discursos hegemónicos sobre la juventud permanecen alejados de una realidad que se construye día a día en los márgenes del sistema establecido, en las fronteras del pensamiento. Las juventudes árabes promueven sus propias iniciativas para escapar de la marginalidad, estableciendo agencias que utilizan los procesos de marginalización a los que están sometidos en su propio beneficio al poder activar discursos y prácticas muchas veces transgresoras con las formas sociales hegemónicas, precisamente por situarse en los márgenes de la vida social. Por tanto, la supuesta pasividad de los jóvenes en las sociedades musulmanas no corresponde con los resultados obtenidos de los análisis de los datos obtenidos en el transcurso de nuestras investigaciones, sugiriendo que los jóvenes no sólo están únicamente esperando. Por el contrario, los jóvenes aparecen proactivamente implicados en serios esfuerzos para crear nuevas formas de ser e interactuar en sociedad. Es en el proceder cotidiano, cuando los chicos y chicas árabes toman ventaja de su marginalización y activan sus capacidades para vindicar su derecho a ser jóvenes. Analizar el impacto de estas agencias performativas sobre el sistema establecido podría ser un siguiente paso a dar en nuestra agenda de investigación futura. Conclusiones De las investigaciones recientes podemos extraer algunas orientaciones para las investigaciones futuras. En primer lugar, la concepción de los jóvenes como agentes activos que contribuyen a la producción, reproducción y transformación de los valores culturales, normas y significados de la sociedad en que viven. Y eso implica el uso de enfoques centrados en las dinámicas contemporáneas de producción, consumo y participación de los jóvenes en sus actividades culturales y simbólicas. El objetivo es permitir comprender cuán diferentes son las personas clasificadas como jóvenes, cómo negocian, dan sentido y manejan las limitaciones 122

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y oportunidades relacionadas con su posición estructural. Es una perspectiva que se centra en el cambio en los valores, las subjetividades y las formas de expresión cultural de los jóvenes en un momento de aceleración del tiempo social (Leccardi, 2012). Por último, pero no menos importante, este enfoque presta especial atención a la cuestión clave de la diferencia. Su objetivo es describir cómo las diferencias relacionadas con el género, la clase, la etnia, la religión o la orientación sexual hacen que las expresiones culturales de los mundos juveniles deban ser analizadas a través de una visión interseccional. De esa manera, no podemos dejar de lado el papel crucial de la agencia juvenil en la creciente incertidumbre que caracteriza a las sociedades complejas. Por eso, como marcos referenciales deberían ser tenidos en cuenta las tendencias a la prolongación, fragmentación e individualización del proceso de transición a la edad adulta, más allá de las especificidades locales y las diferencias sociales y culturales. Es necesario trabajar con conceptos que tengan en cuenta la convergencia de los elementos estructurales y políticos que enmarcan la transformación contemporánea de la juventud. En el mundo actual, los jóvenes se ven obligados a dar sentido a su presente (en relación con su experiencia pasada) y proyectarse hacia el futuro, para averiguar sus posibles trayectorias de vida, en contextos donde los marcadores institucionales de la transición a la vida adulta son borrosos, y donde la posibilidad misma de hacer proyectos a largo plazo es débil. Las biografías juveniles ya no se adhieren a los modelos lineales de transición y están cada vez menos inspiradas por narraciones arraigadas en la tradición o alimentadas por la transmisión intergeneracional de valores e imaginarios. Los jóvenes están desarrollando sus propias estrategias para afrontar su vida cotidiana y construyendo sus propios proyectos biográficos sobre la base de los recursos culturales disponibles, luchando por co-construir la posibilidad de controlar su propio mundo social. Por tanto, necesitamos una decolonización de las epistemologías eurocéntricas propias de los estudios de juventud que pasa por la articulación de un pen123

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samiento fronterizo, resultado de la experiencia fronteriza en la que viven los cuerpos jóvenes del siglo XXI para componer una epistemología también fronteriza. Es necesario, entonces, que los estudios de juventud en las próximas décadas contemplen estos marcos estructurales para avanzar en la dirección correcta. Como hemos visto, la implicación que para los estudios de juventud proponen los referentes epistemológicos mixtos, como el del proyecto Sahwa, es la de producir marcos conceptuales enriquecidos a partir de un diálogo establecido entre los teóricos poscoloniales, los teóricos de la juventud y los datos empíricos. Esa combinación permite realizar contribuciones significativas para nuestra comprensión de las formas identitarias emergentes, desde contextos no occidentales, en un tiempo de cambio social y cultural, y también en los mundos juveniles occidentales. Estos marcos teóricos y metodológicos sitúan más allá de los paradigmas reductivos y permiten dar sentido a las nuevas identidades, subjetividades descentradas y culturas híbridas características de la contemporaneidad (Spivak, 1988; Bhabha, 1990; Gilroy, 1993). Este diálogo permite conceptualizar las respuestas a los cambiantes procesos identitarios de los jóvenes percibiéndolos como un conjunto de narrativas dispersas a través de una multiplicidad de relaciones de poder. Además, la integración de jóvenes en los propios equipos de investigación permite el diseño de métodos coparticipativos como el propuesto por Genind. En ese caso, el compromiso político de algunos integrantes de los equipos de investigación proporciona la capacidad de descubrir importantes cuestiones empíricas y generar conocimientos teóricos críticos, no accesibles a través de métodos objetivistas tradicionales. Referencias Alwazir, A. Z. (2012). Youth Inclusion in Yemen: a Necessary Element for Success of Political Transition. Arab Reform Initiative. Arab Reform Brief, (64). Recuperado de https:// archives.arab-reform.net/en/node/452 124

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JUVENTUDES MARGINADAS: VIVIR EN LA FRONTERA DE LA IDENTIDAD MASCULINA

Laura Talina Hernández Baca Soy malo porque soy desdichado. ¿No soy acaso rechazado y odiado por toda la humanidad? Tú, mi creador, me despedazarías y lo considerarías un triunfo; recuerda eso, y dime ¿Por qué tendría yo que compadecerme del hombre más que él se compadece de mí?… ¿Deberé respetar yo al hombre cuando él me condena… Vengaré mis ofensas: si no puedo inspirar amor, seré motivo de miedo… (Shelley, 1818, p. 65).

Introducción En el imaginario colectivo de las ciudades latinoamericanas del siglo XXI, la categorización de los sujetos considerados peligrosos se construye, casi siempre, sobre tres categorías sociales: edad, género y clase. En otras palabras, son los jóvenes varones marginados quienes cargan el estigma de la violencia social. La autopercepción de estos jóvenes se encuentra delimitada por la imagen que la sociedad construye sobre ellos y les dificulta comprenderse a sí mismos de otra forma. Además, como se pretende mostrar en este artículo, el peso del estigma y sus propias condiciones [ 131 ]

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materiales de existencia los colocan en la frontera de la identidad masculina que separa al ideal de la masculinidad hegemónica del resto de los hombres que no tienen los medios para acceder a ella. Estas condiciones materiales y simbólicas de existencia limitan las relaciones sociales de los jóvenes en diferentes planos; en este texto se abordarán tres que se relacionan con la identidad de género y la manera en la que estos jóvenes se comprenden a sí mismos como hombres: el ámbito laboral, la resistencia al cambio en los roles de género y los derechos de los jóvenes. El tema de la identidad masculina ha sido discutido ampliamente por los estudios de masculinidades; en este trabajo se abordará específicamente su relación con la marginación y se explicará cómo ese nexo puede llegar a configurar una autopercepción negativa. Para ese fin, retomaré la propuesta teórica de Raewyn Connell respecto a las relaciones de poder al interior de las masculinidades, lo que me permitirá analizar la imagen que tienen de sí mismos un grupo de adolescentes en conflicto con la ley de la Ciudad de México. Adolescente en conflicto con la ley es el término aceptado por la legislación nacional, así como por instancias internacionales como Unicef, para referirse a las personas de entre 12 y 18 años, a quienes se les atribuya o compruebe la realización de conductas tipificadas como delito. Este término se implementó en México a raíz de las reformas legislativas del año 2005 que crearon el Sistema Integral de Justicia para Adolescentes y abrogaron el sistema tutelar para menores. Entre las modificaciones más importantes de esta reforma destacan la especificación y uniformización de las edades mínimas y máximas para la aplicación de las sanciones, la diferenciación del tipo de medida por grupos etarios, así como la limitación de la acción penal en contra de los adolescentes sólo cuando hubieran incurrido en una conducta expresamente tipificada como delito.1 Además de la pertinencia 1 Para un análisis más profundo sobre las implicaciones del concepto, sugiero revisar el informe La Justicia para adolescentes en México. Análisis de las leyes estatales, elaborado por Rubén Vasconcelos Méndez para Unicef en 2009.

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legal del término, considero que el uso de la frase conflicto con la ley permite mostrar que la relación entre las leyes y los adolescentes que atraviesan por un proceso judicial es una confrontación estructural en dos sentidos: por un lado, los jóvenes que comparten entornos criminalizados se desenvuelven bajo códigos de reconocimiento social que desafían los estatutos de una sociedad de la que se sienten excluidos; por otro, el estigma construido entorno a su condición de juventud, masculinidad y marginación convierte a estos jóvenes en sujetos sospechosos para las autoridades que constantemente los acosan y discriminan. Los testimonios para esta investigación fueron recopilados en 18 grupos de discusión realizados de marzo a diciembre de 2012, en los que participaron 84 jóvenes varones que cumplían una sentencia en la Comunidad Externa de Atención para Adolescentes, perteneciente al Sistema Penitenciario del Gobierno del Distrito Federal. Como describen Canales y Peinado (2007), los grupos de discusión permiten observar a los sujetos en el contexto de una situación discursiva, por lo que resultaron ser una estrategia ideal para conocer los discursos sociales de la masculinidad en el contexto del grupo de pares. Las discusiones se desarrollaron con una intervención mínima de la investigadora, cuyo papel se limitó a establecer los temas, hacer preguntas abiertas que provocaran debate, mantener viva la conversación y delimitar los tiempos. Los adolescentes tuvieron oportunidad de elaborar sus propias preguntas y de incluir temas que consideraran relevantes para el debate. También compartieron experiencias personales y materiales significativos sobre el tema en discusión, como música o recortes de periódico. Según datos del sistema penitenciario del Gobierno de la Ciudad de México, durante 2012 –período en el que se realizó el trabajo de campo para esta investigación– 90.5 por ciento de los menores de edad en las comunidades de atención para adolescentes fueron procesados por robo, 3.13 por ciento por violación y 2.73 por ciento por homicidio. La mayoría de los 133

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adolescentes que participaron en los grupos de discusión dijeron haber sido detenidos por cometer asaltos, riñas con grupos rivales o porque estaban consumiendo o portando algún tipo de droga. Los jóvenes provenían de un contexto de marginalidad múltiple (Diego Vigil, 2013). El porcentaje más alto (17.9 %) vivía en barrios marginados de Iztapalapa. Según el Consejo Nacional de Población (Conapo, 2010), esta delegación tenía para esa fecha el mayor índice de marginación urbana de la Ciudad de México: 20.6 por ciento de la población (369 716 personas) vivía en niveles de marginación altos o muy altos. La población masculina en esta zona de la ciudad estudiaba un promedio de 8.7 años y el porcentaje de desempleo masculino estaba por encima del promedio nacional, en algunas colonias alcanzaba hasta 25 por ciento. El resto de los participantes provenía de diferentes delegaciones de la ciudad y de la zona conurbada del Estado de México, sobre todo de colonias relacionadas en el imaginario colectivo con el crimen, la inseguridad y el comercio informal. En el momento de la realización de los grupos de discusión, la mayoría de los jóvenes trabajaba con familiares en algún empleo temporal. Ayudaban en los puestos de ropa de los tianguis, vendían dulces en el transporte público, eran choferes de tráiler o de microbús, o trabajaban como aprendices en algún oficio. Algunos estudiaban la secundaria o la preparatoria, aunque la mayoría expresaba una relación tensa con el sistema educativo al cual sentían que no pertenecían o que no estaba hecho para ellos. Para los adolescentes en conflicto con la ley, estas condiciones de marginación representan obstáculos materiales y simbólicos en la construcción de una identidad masculina que coincida con el modelo hegemónico; mientras que, por otro lado, incentivan la resignificación de formas alternativas y contestatarias de ejercer la masculinidad, que otorgan reconocimiento social, poder y prestigio entre quienes comparten ese entorno de desigualdad y marginalidad. 134

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Las fronteras de la identidad masculina Para Connell (2003), la masculinidad no es una esencia producto de la biología exclusiva de los varones, sino un lugar en las relaciones de género que forja prácticas y tiene efectos en la experiencia corporal, la personalidad y la cultura. No debe ser suficiente con reconocer que la masculinidad es diversa, sino que también debemos reconocer las relaciones entre las diferentes formas de masculinidad: relaciones de alianza, dominio y subordinación. Estas relaciones se construyen a través de prácticas que excluyen e incluyen, que intimidan, explotan, etcétera. Así que existe una política de género en la masculinidad (Connell, 2003, p. 61).

La propuesta de Connell demuestra que las relaciones de género desiguales no aplican solamente en la relación hombres-mujeres. También existen divisiones sociales del trabajo, distribuciones desiguales del ingreso y el poder e, incluso, labores domésticas distintas para los hombres según el lugar que ocupen en la jerarquía masculina. Existe una división entre las diferentes categorías que convergen al interior de la noción de masculinidad y estas desigualdades sociales también están regidas por la estructura de género (Connell, 2011). Así, es posible observar las relaciones de poder y el conflicto al interior de la masculinidad, ya que no es un ente homogéneo sino un escenario donde convergen diferentes tipos de relaciones. La masculinidad hegemónica es definida como «la configuración de la práctica de género que incorpora la respuesta aceptada, en un momento específico, al problema de la legitimidad del patriarcado, lo que garantiza (o se considera que garantiza) la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres» (Connell, 2003, p. 117). No debe entenderse como la manifestación más tradicional de la masculinidad, sino como la que es reconocida y fomentada por las instituciones, respetada 135

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socialmente y que otorga prestigio a quienes logran cumplir con las normas que exige. Aunque pocas personas tienen los medios para cumplir con las exigencias de la masculinidad hegemónica «estos modelos expresan, de varias formas, ideales comunes, fantasías y deseos» (Connell y Messerschmidt, 2005, p. 838). El ideal de la masculinidad hegemónica construye identidades virtuales, es decir, que existen en el discurso, pero difícilmente se cumplen. Las masculinidades específicas se analizan a partir de relaciones de dominación/subordinación entre la masculinidad hegemónica y el resto de las masculinidades. Por lo tanto, la masculinidad hegemónica excluye de los privilegios del poder a quienes no cumplen con sus normas. Como todas las relaciones de género, la masculinidad no está aislada de otras categorías sociales y la clase es una de las más importantes. Específicamente para referirse a la relación entre las masculinidades de las clases subordinadas, Connell habla de las masculinidades marginadas. Éstas han perdido la mayor parte de los privilegios del patriarcado debido a su condición de clase, por lo que se ubican en una situación de marginación y exclusión respecto a la masculinidad hegemónica (Connell, 2003, p. 122). Esta frontera entre la masculinidad hegemónica y la masculinidad marginada establece el marco para definir la idea social de lo que significa ser un buen hombre, generalmente relacionada a la condición de clase, pero también a la adquisición del estatus de adulto: La hombría […] es un estatus que todo hombre debe alcanzar para ganar el título de hombre de bien, respetable, honorable. Se obtiene al ingresar al orden institucional del trabajo y de la familia. Es decir, que un joven se vuelve hombre cuando trabaja y es padre de familia (Fuller, 2003, p. 73).

El fracaso en la adquisición de este estatus tiene serios efectos en la estabilidad emocional, la seguridad y la construcción de la 136

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identidad de los varones que no logran cumplir con los mandatos del orden de género. Los varones marginados generalmente muestran culpa, inseguridad, miedo al fracaso (Seidler, 2008), desesperanza, tensiones y «un sentimiento masculino de ineptitud» (Flood, 2008, p. 168), exaltado por la falsa promesa de la posibilidad de la movilidad social: «El fracaso en términos de clase puede ser interpretado como una debilidad de carácter y también puede tener una connotación de género (falta de ambición, alcoholismo, etc.)» (Morgan, 2005, p. 171). Esta relación de marginación respecto a la masculinidad hegemónica pone en jaque la idea que los varones marginados tienen sobre sí mismos. Principalmente hace que se cuestionen si pueden ser considerados buenos hombres y se encuentran constantemente en esta frontera que separa a los hombres verdaderos de los malos hombres, irresponsables, malos padres, malos hijos, deshonestos o delincuentes. La construcción de la identidad de los varones marginados está entonces conectada a una autopercepción negativa que determina sus relaciones con las instituciones, otros hombres y las mujeres. Autopercepción negativa La identidad es una categoría que se modifica, se transforma y se reelabora constantemente. Podemos ubicar tres elementos básicos para la construcción de las identidades: la percepción que los individuos hacen de sí mismos, el impacto que tienen los otros en la construcción de esta percepción y los atributos culturales que les dan significado a estas relaciones (Taylor, 1993; Giménez, 2004). Las condiciones de vida, de desigualdad y dominación, moldean las explicaciones que cada grupo tiene sobre el entorno, sobre el otro y sobre sí mismo. Tanto para el grupo dominante como para el dominado se establecen discursos sociales compartidos que les dicen a quién temer, a quién rechazar, quién tiene derechos y quién no. Los sujetos de cada grupo conforman 137

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sus identidades a partir de esos discursos –o formas de ver el mundo– y de sus propias experiencias. Goffman nombró «estigma» a la serie de relaciones que se construyen entorno a un atributo «profundamente desacreditador» (Goffman, 2006, p. 13). Aclara que lo importante es identificar que cada cultura puede comprender de diferente manera a los mismos atributos; más que el atributo en sí, lo que realmente interesa es observar el lenguaje de relaciones que se presentan en la interacción social con los sujetos estigmatizados. La propuesta de Goffman demuestra la importancia de la heteropercepción en la conformación de una autodefinición. En otras palabras, la manera en la que los otros observan y definen al individuo o al grupo al que pertenece, constituye un papel fundamental en la percepción que éste tendrá de sí mismo y de su papel en el mundo. Por lo tanto, como sostiene Charles Taylor, el reconocimiento negativo que los discursos sociales hegemónicos y las instituciones hacen sobre los sujetos marginados genera autopercepciones negativas: La tesis es que nuestra identidad se moldea en parte por el reconocimiento o por la falta de éste; a menudo, también, por el falso reconocimiento de otros, y así, un individuo o un grupo de personas puede sufrir un verdadero daño, una auténtica deformación si la gente o la sociedad que lo rodean le muestran, como reflejo, un cuadro limitativo o degradante o despreciable de sí mismo. El falso reconocimiento o la falta de reconocimiento puede causar daño, puede ser una forma de opresión que aprisione a alguien en un modo de ser falso, deformado y reducido (Taylor, 1993, pp. 43-44).

Una buena parte de la investigación sobre el reconocimiento, en la cual participa Taylor, se ha enfocado en las relaciones multiculturales; sin embargo, la exclusión social ha establecido divisiones también entre los grupos sociales que habitan en las diferentes zonas de los centros urbanos. De acuerdo con Rubio y Monteros (2002) éste es un proceso social que separa indivi138

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duos o grupos según sus posibilidades laborales, económicas, políticas y culturales. Las pautas predominantes de la sociedad utilizan términos como desviación, inadaptación o segregación para referirse a las conductas y estilos de vida de quienes son excluidos históricamente según el imaginario colectivo. Las identidades de los jóvenes varones marginados de la Ciudad de México están condicionadas por la percepción negativa que se tiene de ellos desde las conceptualizaciones hegemónicas. Como describe Bourdieu: «La lógica de la relación de dominación es la que consigue imponer e inculcar […] todas las propiedades negativas que la visión dominante imputa a su naturaleza» (Bourdieu, 1998, p. 46). Los jóvenes varones se perciben bajo los propios esquemas de la dominación y se comprenden desde una compleja combinación de atributos estigmatizados: pobreza, masculinidad, delincuencia y violencia. Juventudes marginadas Las condiciones actuales de la desigualdad establecen un panorama desolador para los jóvenes de las zonas marginadas, quienes se suman al gran porcentaje de excluidos de las relaciones de producción del capitalismo. Los campos laborales para estos jóvenes se reducen cada vez más a la criminalidad y la informalidad (Organización Internacional del Trabajo [OIT], 2013). Las condiciones estructurales de marginación histórica y la condición inestable de la economía mundial generan altos índices de desempleo y condiciones laborales precarias. Esto afecta a los hombres adultos, pero también dificulta las trayectorias de vida de los jóvenes varones que observan con desconfianza el futuro laboral. Hay que sumar, además, la imposibilidad de abandonar el hogar paterno ante la falta de solvencia económica, lo que pone en jaque a la propia identidad masculina que se mantiene subordinada a la autoridad paterna (Pérez Islas, 2010). Estos varones jóvenes, en teoría, deberían encontrarse en una posición privilegiada respecto a las mujeres jóvenes; sin 139

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embargo, como describe R.W. Connell, los hombres se ven tan afectados como las mujeres (aunque de maneras distintas) por la turbulencia del orden de género global: La investigación internacional sobre la situación de las mujeres lo documenta ampliamente, aunque las consecuencias que todo esto tiene en los hombres han sido ignoradas. Tales dividendos no son equitativos para todos los hombres: algunos obtienen mucho y otros poco o nada (Connell, 2006, p. 203).

Es necesario comprender la condición de juventud en el nuevo contexto histórico que ha tenido consecuencias en la economía, pero también en las relaciones sociales y en los significados simbólicos de la existencia. Las responsabilidades sociales del estado de bienestar fueron trasladadas a los individuos, de quienes se espera ahora que se hagan responsables de su propio éxito o fracaso. Se crean «biografías normales que cada vez corresponden menos a la realidad» (Beck, 1998, p. 170), en otras palabras, se construyen identidades virtuales a las que cada vez menos individuos tienen posibilidades de acceder, sin importar los esfuerzos biográficos que hagan. Los discursos oficiales culpan a los individuos de su propia incapacidad para cumplir con los modelos hegemónicos y sitúan sobre ellos las responsabilidades sociales e institucionales: Por consiguiente, se abren las compuertas para la subjetivización y la individualización de los riesgos y contradicciones originados socioinstitucionalmente. Para el individuo, las condiciones institucionales que le determinan ya no son sólo sucesos y relaciones que se le imponen, sino también consecuencias de las decisiones tomadas por él y que ha de ver y asumir en cuanto tales. Esto también lo facilita el hecho de que varíen las típicas circunstancias que marginan al individuo. Si antes lo que le ocurría era un golpe del destino enviado por Dios o por la naturaleza […] hoy las circunstancias se interpretan como fracasos personales, desde el suspenso en un examen hasta el paro o el divorcio (Beck, 1998, p. 172). 140

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Bauman (2007) dice que, a diferencia de épocas anteriores, la definición social del individuo ya no llega como regalo, sino que es su responsabilidad convertirse en lo que uno es. De acuerdo con el mismo autor, la perversidad del sistema neoliberal radica en que los logros personales que antes daban prestigio y estabilidad ahora son volátiles e inalcanzables. Las transiciones de la juventud a la vida adulta ya no son tan claras, lo que complica la elaboración de trayectorias de vida para los jóvenes.  La preocupación principal y que más destroza los nervios no es cómo encontrar un lugar dentro del sólido marco de una clase o categoría social, ni –una vez encontrado– cómo conservarlo y evitar el desalojo; lo que causa preocupación es la sospecha de que ese marco, arduamente conquistado, pronto se romperá o se fundirá (Bauman, 2007, p. 169).

Se responsabiliza al individuo de sus fracasos biográficos, pero también de las condiciones estructurales que lo acechan. Los problemas sociales se abordan desde explicaciones simplistas como la pérdida de valores morales, la modificación de las estructuras familiares tradicionales, la irresponsabilidad de los sujetos, la indiferencia de los jóvenes o su inmadurez. Los individuos marginados terminan buscando las causas de la desigualdad en su propia existencia y su falta de capacidad. Los jóvenes ahora deben hacerse responsables de sí mismos, de su propia educación, su propia capacidad adquisitiva y su salud; sin embargo, como describe Bauman en la cita que aparece a continuación, es imposible (y frustrante) dar «soluciones biográficas a las condiciones sistémicas», es decir, resolver con los actos individuales las contradicciones del sistema: A uno por una parte le hacen responsable de sí mismo, pero por otra «depende de unas condiciones que escapan constantemente a su aprehensión» (Beck, 1995) (y en la mayoría de los casos también a su conocimiento); en dichas condiciones, «la manera en que uno vive se convierte en la solución biográfica de las contradicciones sistémicas» (Beck, 1998). El apartar la 141

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culpa de las instituciones y ponerla en la inadecuación del yo, ayuda o bien a desactivar la ira potencialmente perturbadora o bien a refundirla en las pasiones de la autocensura y el desprecio de uno mismo o incluso a recanalizarla hacia la violencia y la tortura contra el propio cuerpo (Bauman, 2007, p. 16).

Siguiendo esta misma línea de pensamiento, Rossana Reguillo propone comprender la condición juvenil en el México contemporáneo bajo el concepto de la «desapropiación del yo», el cual hace referencia a la continua tensión por constituirse que padece la subjetividad juvenil. De acuerdo con la autora, en su lucha por «reapropiarse» del yo, los jóvenes mexicanos buscan nuevas instancias de reconocimiento más estables como «1) las estructuras del crimen organizado o narcotráfico; 2) la diversidad de ofertas y ofertadores de sentido; y 3) el mercado a través de sus ofertas de identidad» (Reguillo, 2010, p 20). La relación de los jóvenes varones marginados con la masculinidad hegemónica gira en torno a dos categorías definidas por Connell: la subordinación y la marginación. Por un lado, su condición de juventud los ubica en una posición subordinada respecto al resto de los varones, ya que no han logrado completar los ritos de paso para cruzar la frontera de la infancia y empezar a ser considerados hombres en lugar de niños. Pero, por otro lado, la condición de marginación y precariedad les plantea un panorama desolador que les hace suponer que la masculinidad hegemónica está fuera de su alcance, a causa de lo que comprenden como su incapacidad individual para acceder a ella. Como se revisó en las páginas anteriores, la identidad es un proceso de definición de los sujetos que depende de las condiciones materiales de existencia, los códigos culturales y la definición que grupos hegemónicos hacen de ellos. Las nuevas condiciones de desigualdad, el modelo de privatización neoliberal y el consumismo impuesto desde los medios de comunicación representan retos importantes para la conformación de las identidades juveniles. Las condiciones económicas establecen nuevos desafíos para 142

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las masculinidades marginadas, les despojan de las posibilidades de acceder a la masculinidad hegemónica y, al mismo tiempo, modifican dramáticamente los modelos tradicionales de las relaciones de género, sin ofrecer nuevas vías más equitativas. Vivir en la frontera de la identidad masculina. Juventudes marginadas de la Ciudad de México Los jóvenes que participaron en esta investigación percibían la masculinidad hegemónica como un modelo lejano que no correspondía a sus propias vidas, sin embargo, aparecía constantemente en sus discursos como una imagen ideal de lo que consideraban un hombre de bien. Por otro lado, mostraban una autopercepción negativa que se extendía a otros varones marginados con los que compartían espacio geográfico o relaciones familiares. Cuando se pidió en los grupos focales que definieran la masculinidad, la mayoría de los participantes utilizó categorías estigmatizadas como ladrones, rateros, drogadictos, borrachos o peleoneros: Adolescente A: Los hombres quieren que digan que ellos son cabrones, machos, no se dejan, son golpeadores. Prefieren llevar eso a que digan: ese chavo qué trabajador. En lugar de ser un hombre de bien para que no les digan nada, se dedican a robar para que les digan mucho, que son aquellos, que son buenos rateros y nada más para ganar su respeto (Grupo de discusión 1, comunicación personal, 18 de agosto de 2012). Adolescente B: ¿Y cómo te lo ganas? (Grupo de discusión 2, comunicación personal, 27 de noviembre 2012). Adolescente A: Muchos de ellos así lo llevan por el robo, las peleas, la venta de drogas, nada más así (Grupo de discusión 1, comunicación personal, 18 de agosto de 2012). Adolescente B: Bueno, en mi colonia, la verdad, al ver a todos los chavos, todos son iguales, todos han crecido con esa menta143

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lidad de que por vivir en ese barrio vamos a ser iguales. Ahora sí que por querer llevar como la tradición de los grandes, de los padres, los tíos, los abuelos. Como crecen y ven que todos ellos ora [sic] sí que roban, venden, pelean, matan, discuten; pues el hijo, el sobrino quiere ser igual que ellos por pensar que van a ser mejores o para ganar un respeto (Grupo de discusión 2, comunicación personal, 27 de noviembre 2012).2

La función de proveedor, la autonomía económica y el poder adquisitivo han sido algunos de los elementos pilares de la identidad masculina hegemónica en el capitalismo. La autoestima y el reconocimiento social de los varones dependen en gran parte del éxito que tengan para cumplir con estas características. En ese sentido, el trabajo ha sido observado como una herramienta para la conformación de la identidad masculina pero, además, el ingreso al mercado laboral formal es una de las transiciones más importantes para dejar de ser niños y convertirse en hombres. Con la inestabilidad del mercado laboral en el neoliberalismo, la identidad masculina tradicional se vio retada y tuvo que asimilar nuevas realidades como la necesidad de compartir con otros miembros de la familia la función de proveer, la posibilidad de que las mujeres o los hijos fueran los principales proveedores, o de depender totalmente del ingreso de otros y otras para su propia subsistencia mientras se mantuviera desempleado. Las dificultades para acceder al trabajo formal estable tienen fuertes impactos en la conformación de una identidad masculina que tradicionalmente se encuentra ligada a la capacidad de ser (o llegar a ser) el principal proveedor o de tener autonomía económica. Aunque la transición a la vida adulta se observa desde lejos con recelo e inseguridad, la promesa social de conseguir un trabajo estable sigue presente en el discurso y el imaginario de los jóvenes marginados. Es la característica que los distingue a ellos 2 La identidad de los adolescentes en conflicto con la ley está protegida por las leyes mexicanas, por lo que no es posible brindar datos personales de ningún tipo.

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de los hombres honrados y responsables, los separa de los buenos hombres que llevan vidas decentes: Ser honrado es ser alguien que trabaja y que guarda su dinero (Grupo de discusión 3, comunicación personal, 19 de octubre de 2012). Un hombre honrado sabe repartir su dinero, una parte para su esposa, una parte para sus hijos. Tener su dinero bien repartido y él que organice bien su vida (Grupo de discusión 3, comunicación personal, 19 de octubre de 2012). El dinero mal habido mal se va. Luego, luego se te va. Con el dinero bien habido se lo das a tu mamá y no tienes que andarte escondiendo de la policía (Grupo de discusión 4, comunicación personal, 21 de noviembre de 2012).

Los adolescentes que se acercan a la mayoría de edad y los primogénitos manifestaron la necesidad de cumplir con la exigencia de aportar económicamente al hogar para poder considerarse un buen hombre. Aquellos que tenían hijos se sentían incómodos de vivir en la casa de sus padres y que fuera el papá, en lugar de ellos mismos, quien aportara la mayor cantidad de dinero para la manutención de la esposa e hijos del adolescente. La precarización del trabajo, la exclusión y la falta de oportunidades dificultan las posibilidades de obtener dinero por la derecha, es decir, legalmente. Porque yo desde chiquito, como no tengo a mi papá y tengo un hermanito discapacitado: no habla, no camina. ¿Sí entienden? O sea, ¿se imaginan la situación en la que me encuentro? Pero yo día tras día trato de luchar, de darle la vuelta. Muchas veces la gente no se da cuenta de las cosas […] yo rejuntaba cartones, botes de disco, quitaba puestos. Yo le chambeaba con mi mamá y no nada más para mí, más me daba cuenta por mi hermano. Yo quiero cambiar y quiero comentar mi vida tal vez de cómo fue y por qué fue, pues porque nací en un lugar donde mis tíos eran drogadictos […]. Andaban buscando en 145

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la basura, unos están en la cárcel, mi papá está en el [reclusorio] oriente, lleva diez años. O sea, no es cualquier cosa y nada más estoy yo solo, mi mamá y mis hermanos nada más dependen de mí porque soy el mayor (Grupo de discusión 5, comunicación personal, 27 de septiembre de 2012).

El cambio de prácticas en los roles de género también está presente de manera virtual en los discursos de los jóvenes. La mayoría coincidía en que para ser buenos hombres debían comunicarse con sus parejas para compartir los gastos y que cada vez es más común que las mujeres participen en la economía del hogar. Pero una gran parte de ellos veía las cosas diferentes cuando se trataba de llevarlo a la práctica; decían que, aunque ellos lo entendieran, la sociedad veía mal que no se siguieran los roles de género en cuanto al aporte de dinero y las actividades en el hogar. No siempre es el hombre el que sostiene a la familia, pero cuando lo hace la mujer, lo vemos mal (Grupo de discusión 6, comunicación personal, 26 de septiembre de 2012). Otra cosa es que tu chava te discuta los helados, eso ya sería diferente. Yo pago el cine, yo pago todo, ¿cómo que va a poner la mitad mi chava? ¡Pos [sic] no! Si para eso está el hombre, para pagar. Para eso se hicieron [las mujeres], para tratarlas con ternura, con amor. Mi chava nunca ha pagado, hasta la fecha, pero no estaría mal porque es un apoyo (Grupo de discusión 6, comunicación personal, 26 de septiembre de 2012). Así como una mujer se ve mal tomando cerveza, un hombre se ve mal lavando los trastes. ¿Qué van a pensar los vecinos si me ven? (Adolescente en conflicto con la ley 1, comunicación personal, 26 de septiembre de 2012).

Estos testimonios demuestran que, aunque tienen conocimiento de las desigualdades que implican las relaciones de género para las mujeres y cuentan con información sobre los tipos de violencia de género (gracias a las constantes intervenciones edu146

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cativas por parte del gobierno y las organizaciones de la sociedad civil), los jóvenes presentan una fuerte resistencia al cambio fundamentada en la preocupación respecto al impacto que tendría sobre su imagen la desobediencia a los roles tradicionales de género. En un contexto donde las instituciones sociales han dejado de funcionar como escalones para alcanzar el éxito personal, la imagen individual se ha convertido en un bien preciado para los jóvenes que sobreviven gracias a su reputación masculina. Los discursos de los jóvenes que participaron en los grupos de discusión muestran una tensión entre la imagen de la masculinidad hegemónica y su propia condición de marginación. Es posible observar un cruce constante de un lado a otro de la frontera simbólica que marca los límites de las categorías internas de la masculinidad; sin embargo, definirse como un buen hombre o un hombre de bien se complica cuando no existen los medios para cumplir con los requisitos impuestos. Esta imagen negativa de sí mismos y de su entorno limita las posibilidades de concebirse como sujetos de derecho, sobre todo cuando se ha infringido la ley. Este proceso histórico de criminalización hacia los jóvenes varones marginados ha logrado justificar las detenciones arbitrarias y el uso excesivo de la fuerza. Está presente en los medios de comunicación, las autoridades escolares, el sistema de justicia, los elementos de seguridad pública y la opinión pública, pero también se encuentra incorporado en los discursos de los propios adolescentes y sus familias. Muchas de las familias se mostraron indignadas y molestas por las detenciones arbitrarias. Algunas buscaron recursos legales para denunciarlas, otras simplemente no tenían los recursos para hacerlo; sin embargo, en algunos casos, los adolescentes y sus familias no denunciaron los abusos porque no se consideran sujetos de derecho debido a sus condiciones de marginalidad o a que consumen drogas o alcohol con frecuencia. Se culpaban a sí mismos y asumían la responsabilidad de su detención, como muestran los siguientes testimonios:

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Cuando estaba detenido le dije a mi mamá que me sacara de ese lugar, pero mi mamá me dijo que no iba a estar conmigo y que no me iba a apoyar porque me dijo: eso te pasa por estar drogándote en la calle (Adolescente en conflicto con la ley 2, comunicación personal, 30 de marzo 2012). Cuando me detuvieron no lo esperaba, puesto que me iba a ir de fiesta saliendo de la escuela. Fue en ese momento cuando los policías me interceptan y me revisan. Cuando encontraron la marihuana y me llevaron, me sentí triste, pues me habían quitado mi libertad. Allá adentro, mientras empezaba mi proceso, estaba triste, decepcionado, no lo podía creer. Y un gran dolor que es al ver a tu padre ahí, dando la cara por algo que yo me gané (Adolescente en conflicto con la ley 3, comunicación personal, 15 mayo de 2012).

Pagador es el término que utilizaban los adolescentes para referirse a las personas que fueron detenidas sin haber cometido un delito. Casi siempre sucede cuando los policías consideran a alguien sospechoso por encajar en la imagen colectiva de sujeto peligroso. Pagan con su libertad las culpas sociales, los estigmas y la criminalización que se hace sobre otros sujetos que lucen como ellos y comparten las categorías que se han construido sobre sus condiciones de vida. El simple hecho de ser un joven varón marginado y estar en la calle de algún barrio pobre te hace sospechoso y corres el riesgo de ser detenido. Como muestra el siguiente testimonio, tanto los adolescentes como las autoridades han llegado a normalizar esta situación: Luego los de las patrullas ya no les hacen nada a los chavos, nada más les dan unas vueltas y los dejan. Como que se acostumbran a ir por ellos, como si fuera una rutina. Nada más los suben, les dan una vuelta, les quitan el dinero y ya, los sueltan (Grupo de discusión 7, comunicación personal, 29 de octubre de 2012).

La carga negativa del proceso de identificación y de asignación de significados hacia los sujetos marginados se deter148

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mina a partir del modelo hegemónico considerado positivo, sin embargo, los testimonios de los adolescentes muestran que el acto de retar a las instituciones en un modelo económico, político y social desgastado, termina siendo motivo de reconocimiento social y otorga prestigio entre los sujetos que se desenvuelven en el entorno criminalizado: Tu vida es distinta ya cuando sales [del proceso judicial de internamiento], a veces porque la gente te ve diferente y piensa que por haber estado ahí ya eres peor, o no sé. A veces tus amigos, algunos piensan que está padre o no sé, quisieran estar ahí, pero ya cuando vives eso, ya ves que es diferente (Adolescente en conflicto con la ley 4, comunicación personal, 25 de noviembre de 2012). Hay muchos que roban por sentirse Superman, asociados o acoplados entre sus amigos. Por tener la mejor ropa, el mejor carro, porque quieren lo mejor para su novia (Grupo de discusión 8, comunicación personal, 11 de noviembre de 2012). Mis amigos, cuando supieron que iba a salir, decían que iba a salir bien parado de culo3 (Adolescente en conflicto con la ley 5, comunicación personal, 20 de octubre de 2012). En varias de las colonias se ve cómo las distintas bandas que se juntan en las esquinas se pelean con los de otras colonias para ganarse su respeto. También algunos sólo se dedican a robar o a vender droga, por lo que a mucha gente luego les da miedo pasar por donde están ellos. Pero a veces los niños más chicos los ven como sus ídolos y quisieran ser igual que ellos (Grupo de discusión 9, comunicación personal, 10 de julio de 2012).

Conclusiones En este texto se ha mostrado cómo se delimita la autopercepción de los jóvenes varones marginados a partir de la imagen 3

Engreído.

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social que se ha construido sobre ellos. Esta imagen negativa los sitúa en una frontera simbólica que se dibuja entre su condición de masculinidad marginada y el modelo de la masculinidad hegemónica. Aunque estos jóvenes no se sientan parte de él e, incluso, construyan resistencias identitarias, el modelo hegemónico está presente en el imaginario colectivo y define trayectorias de vida ideales que exigen condiciones materiales de existencia que los jóvenes marginados no tienen. En los grupos focales, los adolescentes coincidieron en que la manera más certera de alejarse de la delincuencia era convertirse en padres o encontrar a una buena mujer que los motivara a cruzar la frontera y convertirse en buenos hombres. Ser padre implica cumplir con la definición medular del patriarcado, significa que vas a trabajar para mantener a tu familia, que vas a dejar de caer en provocaciones del grupo de pares. Además, es la única razón para alejarse del delito que puede ser respetada por el resto del grupo. En muchos casos se cumple, sin embargo, en otros casos las dificultades económicas y culturales impiden que los jóvenes ejerzan una paternidad o una vida en pareja como la que esperaban. Es urgente construir análisis sobre las juventudes marginadas que incluyan a los estudios de masculinidades en sus marcos teóricos. En este texto se ha mostrado cómo la construcción de una autopercepción negativa se traduce en expresiones culturales de resistencia hacia el modelo hegemónico de masculinidad que en el contexto de marginalidad se manifiestan en términos de protesta masculina, lo que Connell (2003, p.166) ha definido como una demostración exagerada de los códigos masculinos, generalmente relacionados con el ejercicio de la violencia. Como formas de resistencia, los jóvenes varones marginados realizan actos performativos que demuestran valentía o fuerza física y pueden llegar a traducirse en delitos o en situaciones de riesgo. Esto representa un importante reto para las sociedades contemporáneas que luchan por encontrar soluciones a la violencia social. Mientras se mantenga la condición de margina150

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lidad y precarización –material y simbólica– una buena parte de los jóvenes varones marginados continuarán recurriendo a la violencia para acceder al poder del patriarcado. Referencias Bauman, Z. (2007). La sociedad individualizada. Madrid: Cátedra. Beck, U. (1998). La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. Barcelona: Paidós. Bourdieu, P. (1998). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama. Canales, M., y Peinado, A. (2007). Grupos de discusión. En J. M. Delgado y J. Gutiérrez (Coords.), Métodos y técnicas cualitativas de investigación en ciencias sociales (pp. 141-173). Madrid: Síntesis. Connell, R. (2003). Masculinidades. México: PUEG/UNAM. Connell, R. (2006). Desarrollo, globalización y masculinidades. En G. Careaga y S. Cruz Sierra, Debates sobre masculinidades. Poder, desarrollo, políticas públicas y ciudadanía (pp. 185-210). México: PUEG/UNAM. Connell, R. (2011). Gender and Social Justice: Southern Perspectives. South African Review of Sociology, 42,(3), 3-115. Connell, R. y Messerschmidt, J. W. (2005). Hegemonic Masculinity. Rethinkingthe Concept. Gender&Society, 19(6), 829-859. Consejo Nacional de Población. (2010). Índice de marginación urbana 2010. Recuperado de http://www.conapo.gob.mx/ en/CONAPO/Indice_de_marginacion_urbana_2010 Diego Vigil, J. (2013). Marginalidad múltiple: un marco comparativo para comprender a las pandillas. En J. M. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo (Coords.), Las maras. Identidades juveniles al límite (pp. 63-81). México: UAM/El Colef/Juan Pablos Editor. Flood, M. (2008). Prevención de la violencia masculina: estrategias y retos. En J. C. Ramírez Rodríguez y G. C. Uribe Vázquez (Coords.), Masculinidades. El juego de género de los 151

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hombres en el que participan las mujeres (pp. 163-186). México: Plaza y Valdés. Fuller, N. (2003). Adolescencia y riesgo: reflexiones desde la antropología y los estudios de género. En J. Olavarría (Ed.), Varones adolescentes: género, identidades y sexualidades en América Latina. Santiago de Chile: FLACSO -Chile/FNUAP/ Red de masculinidades. Giménez, G. (2004). Culturas e identidades. Revista Mexicana de Sociología, 66(Especial), 77-99. Goffman, E. (2006). Estigma: la identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu. Morgan, D. (2005). Class and Masculinity. En R. Connell, J. Hearn y M. Kimmell (Coords.), Handbook of Studies on Men & Masculinities (pp. 165-177). Londres: Sage Publications. Organización Internacional del Trabajo. (2013). Informe sobre tendencias mundiales del empleo juvenil. Recuperado de https://

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SER JOVEN EN TIEMPOS VIOLENTOS: LOS CASOS DE MATAMOROS Y CIUDAD JUÁREZ

María Eugenia De la O Martínez Introducción En México, miles de jóvenes viven en un contexto de deterioro de sus condiciones sociales y económicas ante la ausencia de instituciones y políticas públicas que los incorporen al sistema de manera efectiva. Sobre todo, estos jóvenes enfrentan una coyuntura de intensa violencia en el país que los ha tornado en mercancías con precio, en víctimas circunstanciales y en productos de un sistema que los excluye. Viven con desencanto la falta de oportunidades educativas y laborales, y para muchos la violencia ha sido un factor presente en sus breves biografías. Se trata de jóvenes sin la capacidad de ejercer tal condición ya que deben sobrevivir y transitar por un sendero azaroso para descifrar qué es ser joven en contextos violentos y precarios. A este panorama se suma la presencia del crimen organizado y de una política de seguridad del Estado que se basa en la militarización de la vida civil, lo que da una idea del futuro que espera a estos jóvenes mexicanos. En este capítulo se propone un marco de interpretación sobre las situaciones de riesgo que viven los jóvenes en la frontera norte del país. Para ello, en la primera parte del escrito se expo[ 153 ]

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nen algunos de los principales estudios sobre el significado de ser joven y, en la segunda, se analizan datos estadísticos y hallazgos empíricos sobre los jóvenes en contextos de violencia en la frontera norte, destacando las ciudades de Matamoros y Ciudad Juárez. Finalmente, se plantean algunas conclusiones con respecto a la condición juvenil en las ciudades referidas y su articulación con la acumulación de violencias en la vida de los jóvenes. Ser joven en tiempos violentos A los jóvenes se les define comúnmente como un grupo etario sin reparar en la importancia del contexto social, cultural e histórico que los rodea. Así mismo, se ha otorgado escasa importancia a dimensiones analíticas que influyen en la construcción de la categoría de juventud como son la clase, el género, la etnicidad, la generación y el territorio. Es decir, definir a los jóvenes implica realizar un ejercicio de comprensión de sus identidades sociales y condiciones concretas, y de cómo llevan a cabo sus procesos de adscripción simbólicos, que resultan en culturas juveniles –en plural– (Pérez Islas y Maldonado, 1996; Valenzuela, 1997; Reguillo 1998, 2003; Feixa, 1998). En México, el interés por los jóvenes fue más visible en la década de 1990, cuando se estudió principalmente a quienes habitaban en espacios urbanos y pertenecían a sectores populares. El enfoque se orientó a la comprensión de sus representaciones, adscripciones simbólicas y marcas identitarias, recibiendo especial atención los grupos juveniles emergentes como los chavos banda, los darks, los punks, los rockeros, los grafiteros y los cholos (Valenzuela, 1988; Urteaga, 1992; Feixa, 1995; Marcial, 1997; O´Connor, 2003). Estos jóvenes expresaron su pertenencia a determinadas culturas juveniles a través de murales, placazos, grafitis, tatuajes, expresiones musicales, estilos de vestir, lenguajes y otros tantos códigos. Estos símbolos y prácticas de sociabilidad juvenil se materializaron principalmente a través de sus cuerpos y de 154

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procesos de resignificación de la realidad, que se dieron mayormente en contextos de discriminación y desigualdad de oportunidades (Bonfil, 2001; Durston, 1998). Otro grupo importante de investigaciones se orientó al estudio de la sexualidad y los derechos reproductivos de los jóvenes ante al impacto del VIH/sida, el creciente embarazo adolescente y la violencia hacia mujeres jóvenes (Gayet et al., 2007; Stern, 1998; Rodríguez, 2000; Riquer y Tepichin, 2001). Más tarde, el enfoque de las masculinidades aportó nuevos elementos a la comprensión de las identidades juveniles y a las nuevas formas de socialización de los varones jóvenes. Especialmente fueron relevantes los temas de la diversidad sexual, las nuevas paternidades y la crisis del modelo de masculinidad hegemónica (Kaufman, 1997; Connell, 2003; Kimmel, 1997; Fuller, 1997 y 2001; Valdés y Olavarría, 1997 y 1998; Montesinos, 2002; Vendrell, 2002). Este modelo de masculinidad respondía a la imagen de un proveedor económico principal en la familia, heterosexual y con fortaleza física y emocional. Pero no todos los jóvenes respondían o deseaban responder a dicho modelo, encarando una compleja situación de vulnerabilidad económica y de violencia que puso a prueba su hombría. En el presente milenio, el vínculo entre pobreza y desigualdad social se convirtió en un eje relevante para comprender la realidad de los jóvenes. Esta articulación dio sentido a la exclusión económica y a la discriminación social y cultural que viven miles de jóvenes en México. Un ejemplo de ello es la precariedad laboral en la que están insertos (Román, 2013; Román y Cervantes, 2013); en numerosas ocupaciones no se cuenta con protección social, especialmente entre los varones del sur de México (Vargas-Valle y Cruz, 2014), y el desempleo y la migración hacia Estados Unidos son dos características de la empleabilidad de los jóvenes (Botello, 2013). Para Martín Hopenhayn (2006), la juventud representa una categoría moderna con tiempo histórico específico cuyo 155

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tránsito a la adultez se ha ido prolongando, lo que afecta su incorporación al mundo del trabajo y a la movilidad social. Para Saraví (2006), la exclusión social que viven los jóvenes impacta directamente su tránsito a la adultez, que se asume como una cadena con eslabones de desventajas en la cual un eslabón sustantivo es la violencia. Ésta representa un punto de inflexión en la biografía de los jóvenes en un plano de desventajas sociales y económicas que los desvincula de espacios institucionales, y los pone bajo riesgo de inserción en actividades al margen de la ley o los expone a grupos que ofrecen una integración alternativa pero peligrosa (Saraví, 2006). En este contexto emergió la cuestión de los llamados ninis –definidos como jóvenes que ni estudian ni trabajan– que despuntó en varias investigaciones. En un diagnóstico reciente sobre dicho grupo para América Latina (De Hoyos, Rogers y Székely, 2016) se identificó que uno de cada cinco jóvenes entre 15 y 24 años no iba a la escuela ni trabajaba, y entre 1992 y 2010, el número absoluto de estos jóvenes se incrementó en unos dos millones. En México, los ninis provienen fundamentalmente de hogares pobres y, de no cambiar las condiciones de desigualdad en las que viven, podrían contribuir a la transmisión intergeneracional de la pobreza. Se calcula que más de 60 por ciento de los ninis son mujeres, quienes además podrían perpetuar la disparidad de género y de ingresos de una generación a otra, lo que impediría su movilidad social y la reducción de la pobreza. De esta forma, la desigualdad en la distribución del ingreso, un desarrollo institucional débil y una fuerte presencia del crimen organizado, alentó interpretaciones sobre la participación de los ninis en actividades delictivas (Gutiérrez y Vargas, 2015, citado por De Hoyos, Rogers y Székely, 2016). Por ejemplo, entre 2008 y 2013 se triplicaron las tasas de homicidios y se identificó una correlación significativa entre la proporción de jóvenes y la tasa de homicidios, especialmente en los estados fronterizos del norte de México. Esto sugiere que la relación 156

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entre los jóvenes y la violencia en México se deriva del incremento de la proporción de jóvenes varones sin oportunidades laborales y una demanda de trabajadores para el mercado ilegal del crimen organizado (De Hoyos, Rogers y Székely, 2016). Pero en otros estudios el fenómeno de los ninis se refiere a un complejo tránsito a la adultez de jóvenes en diversidad de condiciones, muchos de los cuales están marcados por la exclusión económica (Bermúdez-Lobera, 2014). Se considera a los ninis como una población en riesgo al ser jóvenes desempleados estructurales que no han sido objeto de políticas públicas adecuadas (Aguilar, Mejía, Pérez, Rivera y Ramírez, 2015). En suma, lo que se observa son factores sociales y económicos que favorecen la reproducción y acentuación de las desventajas de los jóvenes pobres, quienes han experimentado privaciones desde la niñez y, en pocos años, se convirtieron en sujetos excluidos de toda alternativa (Mora y De Oliveira, 2014). A la exclusión social y económica pronto se sumó una creciente violencia, que se convirtió en el centro de la conflictividad social para los jóvenes (Arzate, Castillo y García, 2010). A fines de la década de 1990, la violencia empezó a afectar a los jóvenes de entre 15 y 24 años, especialmente a jóvenes varones de barrios marginales quienes se enfrentaban a la violencia en contextos precarios y de paralegalidad (Reguillo, 2008, p. 210). La violencia dio un giro al significado de futuro de los jóvenes en México. Por un lado, la exclusión se vivió como una transgresión que se cristalizó en el desempleo, la falta de ingreso y la volatilidad económica. Por otro, la violencia se materializó en asesinatos, secuestros, torturas y desapariciones de jóvenes, lo que generó miedo y cambios sustantivos en sus formas de asumir la cotidianidad. Hoy, la articulación entre violencia y precariedad es innegable en un amplio contexto de conflictividad social, política y cultural del país. La Organización Panamericana de la Salud (2006) consideró que miles de jóvenes se encontraban en un alto riesgo social y que se les habían arrebatado sus derechos en poco tiempo. 157

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Miles de ellos viven en condiciones de pobreza y en situaciones de riesgo al pertenecer a pandillas o a grupos de la delincuencia organizada. Moro (2006) identificó fuertes vínculos entre la exclusión y la violencia en diferentes grupos de jóvenes; desde los que vivían violencia institucional asociada a organizaciones públicas como la policía, el sistema de justicia penal o a las escuelas; a los que encontraban la violencia fuera de las instituciones y asociada al crimen organizado, que ha ido imponiendo sus propias reglas y un ambiente social signado por el miedo. Rossana Reguillo (2008) identificó tres elementos que permiten entender a los jóvenes en contextos de violencia: primero la erosión de los imaginarios de futuro, seguido del aumento de la precariedad estructural y subjetiva, y finalmente, la crisis de legitimidad política del Estado. Por un lado, los jóvenes que son incorporados al narcotráfico encuentran un mecanismo de empoderamiento en contextos en los que no tienen acceso al mercado formal de trabajo. Y por otro, el poder del narcotráfico reside en su capacidad de alterar y quebrantar distintos órdenes sociales y establecer una ley paralela con códigos, normas y rituales propios. Finalmente, las violencias juveniles que tienen lugar en donde hay un vacío de legitimidad del Estado –o de su complicidad– ponen fin a un proyecto colectivo de futuro. La brutalidad de la violencia responde a una lógica de un capitalismo tardío en el que se agrava la exclusión social pero se permite la expansión de fenómenos como la narcocultura (Reguillo, 2012). Para Valenzuela (2009, 2010 y 2012) el narcomundo es un referente que ofrece proyectos de vida a los jóvenes que han vivido en la pobreza, el desempleo, la precariedad laboral, la deserción escolar, la inmovilidad social, la informalidad y la desigualdad. En contraste, el crimen organizado les ofrece la ilusión de tener oportunidades inmediatas a través del sicariato, el trasiego de drogas, de armas, el secuestro, el levantón, el cobro de piso y otras narcoactividades remuneradas. Frente a esta violencia extrema se encuentra un Estado despreocupado por las necesidades de los jóvenes, pero que en lo inmediato ofrece dis158

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cursos retóricos de política punitiva y estigmatizante hacia los jóvenes que criminaliza (Cisneros, 2014; Pérez Cazares, 2014). La violencia ha generado nuevas racionalidades sobre lo que es ser joven ante el quiebre de lealtades y adscripciones forzadas al narcotráfico, pero también ante la represión y el control del ejército y la policía sobre los jóvenes. De esta forma, los cuerpos de los jóvenes son objeto de resignificación de la masculinidad, la sexualidad y la emocionalidad frente al otro violento. No es extraño que los jóvenes en contextos violentos traten de afirmar su masculinidad a través de la violencia, lo que deja huellas visibles y dolorosas en sus cuerpos. Se trata de un ejercicio de poder que les permite tomar decisiones en momentos difíciles, ya que si muestran emocionalidad, debilidad física o carencia de alianzas podrían ser más vulnerables (De la O y Medina, 2012). Desde la perspectiva de género, la violencia se vincula con el feminicidio y la construcción de la masculinidad entre grupos emergentes juveniles (De León, 2008). En 2010, a raíz de la intensa violencia que se vivió en Ciudad Juárez, la socióloga Teresa Almada denunció el asesinato de cientos de jóvenes, niños y niñas refiriéndose a este hecho como un juvenicidio; al igual que lo hiciera Víctor Quintana, relator de derechos humanos de la ciudad, quien reveló desapariciones forzadas, matanzas y excesos de los militares sobre los jóvenes, incidiendo en un juvenicidio (Turati, 2010). Para Valenzuela (2015), el juvenicidio no sólo se refiere al incremento de las muertes arteras contra los jóvenes sino también a las condiciones de precariedad económica, laboral, educativa y de salud, que expulsaron a los jóvenes hacia un destino incierto. El vínculo entre los jóvenes y las drogas también puede entenderse desde la biopolítica y el biopoder, conceptos elaborados por Michael Foucault, al existir un discurso sobre los jóvenes como criminales o usuarios de drogas y bajo la modulación de dispositivos de control social, pero cargando la responsabilidad a la esfera personal, lo que disculpa al Estado (Vergara, Sánchez y Sterza, 2011). 159

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En suma, entender la violencia representa un reto analítico urgente en la medida en que los jóvenes están asumiendo la mayoría de sus consecuencias fatales. Nos hemos acostumbrado a visualizar a la violencia sin entender el entramado social involucrado en un contexto de pobreza, exclusión y legitimidad impugnada. Jóvenes, violencia y vulnerabilidad en México De acuerdo con información de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) de 2014, la población del país entre 15 y 29 años era de 29.9 millones (Inegi, 2015a). De este total, 36.8 por ciento eran adolescentes de entre 15 y 19 años, 34.1 por ciento eran jóvenes de 20 a 24 años y 29.1 por ciento tenían entre 25 y 29 años de edad. Durante el primer trimestre de 2015, los adolescentes de 15 a 19 años y los jóvenes de 20 a 24 concentraron los mayores niveles de desocupación (8.6 % y 8.3 % respectivamente). Y entre los jóvenes ocupados de 15 a 29 años, 7.1 por ciento declaró estar subocupado y 61.1 por ciento dijo tener un empleo informal. Como se sabe, en la informalidad las remuneraciones suelen ser bajas, de tal forma que 18.2 por ciento de estos jóvenes recibieron como pago un salario mínimo; 33.5 por ciento recibió más de uno y hasta dos salarios mínimos y 16.4 por ciento no obtuvo remuneraciones. De esta forma, más de la mitad de estos jóvenes (68.1 %) están ocupados en la informalidad y reciben bajos (Inegi, 2015a). Así mismo, los jóvenes suelen presentar patrones de muerte específicos. Según las estadísticas de defunciones de 2013, fallecieron 34 509 mujeres y varones jóvenes, lo que representa 5.6 por ciento de las defunciones totales en México. En dicho año y a nivel nacional, fallecieron 316 hombres por cada 100 mujeres, cuyas principales causas de muerte fueron por agresiones (28.7 %); accidentes de transporte (17.2 %) y lesiones autoinfligidas intencionalmente –suicidios– (7.2 %). Estas causas de

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muerte se clasifican como violentas1 y representan más de la mitad (53.1 %) de las defunciones de este grupo de población. Cabe señalar que los varones presentan sobremortalidad 2 masculina debido a que es una característica demográfica de las defunciones de este grupo de edad. Entre las mujeres jóvenes las causas de fallecimiento son similares: por agresiones (11.2 %), accidentes de transporte (10.3 %) y lesiones autoinfligidas intencionalmente (6.2 %) aunque en menor magnitud, ya que en conjunto representan 27.7 por ciento de las causas de muerte femenina. Estos patrones han ido cambiando debido a la violencia que desató tanto el crimen organizado como la estrategia militar del Estado para combatirlo. Según cifras oficiales recabadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) entre diciembre de 2006 y noviembre de 2012 se cometieron 102 696 homicidios en el país, en tanto el Alto Comisionado de las Naciones Unidas calculó 51 233 homicidios para agosto de 2015. Lo que contrasta con las cifras del Informe de víctimas de homicidio, secuestro y extorsión de 2015 de la Secretaría de Gobernación y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, que reportó tan sólo 14 973 homicidios (dolosos y culposos) en México. Siendo el Estado de México (1 545), Guanajuato (1 132), Guerrero (1 079) y Michoacán (932), los estados con mayor número de homicidios. En tanto los secuestros se concentran en Tamaulipas, el Estado de México y Guerrero, y las extorsiones en Jalisco, el Estado de México y el Distrito Federal, como puede observarse en la gráfica 1. De acuerdo con la CIE-10 (Lista general de enfermedades que ocasionaron la defunción), a las muertes violentas se les denomina causas externas y abarcan todos los accidentes, suicidios, homicidios, lesiones por intervención legal y de guerra así como aquellas que se ignoran si fueron accidentales o intencionalmente infringidas. Esta nomenclatura de adopta en las estadísticas de mortalidad del Inegi. 1

2 La sobremortalidad es el cociente de las tasas de mortalidad masculina y femenina según grupos de edad y multiplicada por cien.

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Fuente: Secretaría de Gobernación y Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (2015).

Gráfica 1. Porcentaje de víctimas de homicidio, secuestro y extorsión en averiguaciones previas y carpetas de investigaciones iniciadas por el Ministerio Público de cada entidad federativa, enero-mayo de 2015

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Así mismo, de acuerdo con datos del Inegi (2015), entre 2013 y 2014 siete mujeres eran asesinadas diariamente en México, y entre 2011 y 2013, las entidades con las tasas más altas en homicidios de mujeres en orden de importancia fueron Guerrero, Chihuahua, Tamaulipas, Coahuila, Durango, Colima, Nuevo León, Morelos, Zacatecas, Sinaloa, Baja California y el Estado de México (CIDH, 2015). Los homicidios de los varones si bien habían disminuido entre 2000 y 2004, a partir de 2008 se incrementaron hasta un punto máximo en el año 2011, mientras que los homicidios de las mujeres se mantuvieron en un rango constante entre dos y tres homicidios por cada 100 000 mujeres con repuntes entre 2008 y 2012. Posteriormente, la tasa de defunciones por homicidio de los varones descendió desde 2011, pero la tasa para las mujeres no se redujo sino hasta 2013 (CIDH, 2015). En el caso de niños, niñas y adolescentes víctimas de muertes violentas o víctimas de ejecuciones extrajudiciales no existen datos sistemáticos oficiales. Aunque la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en su Informe del relator especial sobre las ejecuciones extrajudiciales de abril de 2014, calculó cerca de dos mil asesinatos de niños, niñas y adolescentes entre los años 2006 y 2014, de los cuales casi la mitad ocurrió en enfrentamientos en los que participaron las fuerzas de seguridad pública (CIDH, 2015). Otro hecho que aumentó la vulnerabilidad de los jóvenes fueron las desapariciones; en septiembre de 2015 el Estado mexicano reportó 26 798 personas no localizadas o desaparecidas a nivel nacional. Especialmente en abril del mismo año se calculó que las desapariciones del fuero común sumaron 7 060 mujeres desaparecidas o extraviadas desde 2011, de éstas, 1 170 desaparecieron en Tamaulipas; 1 007 en el Estado de México; 579 en Baja California y 549 en Nuevo León, entre los estados con más casos (CIDH, 2015). Las desapariciones forzadas de niños, niñas y adolescentes fueron documentadas por la CIDH a través de la Relatoría sobre los Derechos de la Niñez en octubre de 2014, identificando un 163

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crecimiento alarmante en el número de niños no localizados. Según información del Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas en México, hay más de 7 016 niñas, niños y adolescentes de 0 a 17 años que están desaparecidos y representan 30 por ciento del total de las desapariciones en el país (CIDH, 2015). A este panorama se suman abusos y torturas de autoridades federales y de miembros de las fuerzas armadas, lo que ha generado una grave crisis de derechos humanos, inseguridad y violencia, especialmente entre migrantes, desplazados, mujeres, niños y adolescentes (CIDH, 2015). Además de la acción de los cárteles del narcotráfico cuyo impacto afectó especialmente a los jóvenes, al convertirse en víctimas del crimen organizado. Según las estadísticas judiciales de México de 2010, a unas 199 812 personas se les dictó auto de término constitucional3 relativo a delitos por los que fueron consignados. Es decir, más de 156 000 personas fueron procesadas y recibieron una sentencia; de éstas, casi la mitad (48.6 %) eran jóvenes de 18 a 29 años de edad, y nueve de cada diez procesados o sentenciados eran varones (92.4 %). Entre los jóvenes sentenciados de 18 a 29 años en los juzgados del fuero común,4 un poco más de la mitad cometió robo (56.5 %); 13.9 por ciento incidió en golpes y lesiones; 4.7 por ciento eran homicidas y 4.5 por ciento habían realizado daños a propiedad ajena. En los delitos del orden común los jóvenes homicidas no constituían la mayoría, pero el panorama cambia cuando se trata del fuero federal: 62.2 por ciento de los infractoSe refiere al auto de formal prisión, que es la resolución judicial de término constitucional dictada cuando se comprueba la comisión de un delito, la presunta responsabilidad de un sujeto, y el delito merece pena corporal. 3

4 El fuero del delito se refiere a la jurisdicción común o federal de validez y sanción de las normas que sancionan a la conducta típica, antijurídica y culpable en cuestión. El fuero común es el ámbito espacial de validez y sanción de las normas de las entidades federativas y el fuero federal es el ámbito espacial de validez y sanción de las normas generales de aplicación en todo el país.

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res que recibieron sentencia en juzgados federales fue por tráfico de narcóticos; 28.6 por ciento por actos ilícitos con armas; 1.7 por ciento por tráfico de indocumentados y 1.1 por ciento por robo (véase gráfica 2). Del total de jóvenes sentenciados, la mayoría eran solteros (53.1 %); con estudios de secundaria (65.1 %) y una gran mayoría trabajaban (84.7 %). Gráfica 2. Distribución porcentual de la población de 18 a 29 años sentenciada por tipo de delito según tipo de fuero, 2010 Fuero común

Otros: 17.5

Golpes y lesiones: 13.9

Robo: 56.5

Homicidios: 4.7 Daños a los bienes ajenos: 4.5 Actos ilícitos con armas: 2.9

Fuero federal Contra la ecología y el medioambiente: 0.8

Otros: 5.6

Robo: 1.1 Tráfico de indocumentados: 1.7

Actos ilícitos con armas: 28.6 Narcóticos: 62.2

Fuente: Inegi (2011a). 165

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No es extraño identificar en la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública de 2011 (Envipe) de Inegi (2011b), que los jóvenes de 18 a 29 años estén preocupados por la inseguridad y el desempleo (58.1 % y 51.7 %, respectivamente); además de la pobreza (28.6 %), el narcotráfico (27.5 %) y la corrupción (27 %). Para estos jóvenes, la inseguridad provenía de la presencia de las drogas (38.4 %), la corrupción (37.8 %) y el desempleo (37.3 %). Así mismo, 26.9 por ciento de los jóvenes encuestados habían sido víctimas de algún delito, especialmente los varones (55.4 %) con respecto a las mujeres (44.6 %). Si bien el homicidio es la expresión extrema de la violencia –en tanto priva de la vida a la víctima– las desapariciones y las violaciones sistemáticas de los derechos humanos de los jóvenes tienen un profundo significado social en la medida en que es un reflejo de graves problemas sociales como la desigualdad, la impunidad y la corrupción. Jóvenes y violencia en la frontera norte En un estudio sobre los homicidios en México se reportó su incremento a partir de 2009, aunque la tasa masculina fue casi nueve veces mayor que la femenina, y casi dos tercios de los homicidios fueron por arma de fuego (González et al., 2012). En este estudio se incorporaron variables como la impunidad, el narcotráfico, el consumo de alcohol y drogas y la deserción escolar, encontrando una asociación con las tasas más elevadas de homicidios (más de 35 por 100 000 habitantes) en cuatro estados del norte del país –Chihuahua, Durango, Sinaloa y Baja California– y uno al sur en Guerrero. Para los autores del estudio, el incremento de las tasas de homicidios se relaciona con el aumento de las tasas de desempleo, los niveles de pobreza y la reducción del producto interno bruto per cápita. A lo que se añade la corrupción e impunidad de las policías y de carencias en los sistemas de impartición de justicia locales. Si se observa el comportamiento de las tasas de mortalidad por homicidios a 166

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nivel nacional con respecto a las tasas de los estados fronterizos, se puede identificar un claro repunte de los homicidios desde 2007 a nivel nacional, pero este promedio nacional lo superan las tasas de los estados fronterizos desde 2008 como se aprecia en la gráfica 3. Gráfica 3. Tasas de mortalidad por homicidios de los estados de la frontera norte (Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas), 2000-2010

Fuente: Elaboración propia con base en datos de Inegi (s. f.) y Conapo (2012).

La violencia en gran parte de los estados fronterizos del norte –Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas– se relaciona con el narcotráfico, actividades diversas del crimen organizado y la presencia de fuerzas militares y policiacas. Además del tránsito de migrantes hacia Estados Unidos y la trata de personas por el estado de Tamaulipas (CIDH, 2015), que es por mucho la entidad federativa que registra el mayor número de personas desaparecidas y con mayor presencia de fuerzas armadas en tareas de seguridad ciudadana, lo que 167

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ha propiciado impunidad y violación de derechos humanos con escasos procesos penales (CHDH, 2015). Si bien después de 2012 la violencia comenzó a disminuir tuvo un repunte en 2015 en cuanto a número de homicidios y ejecuciones, especialmente en Baja California, Guerrero, Michoacán y Sinaloa. En algunos estudios se atribuye este comportamiento al uso de rutas del occidente de México para actividades del narcotráfico, que van desde el puerto de Lázaro Cárdenas en Michoacán hacia diferentes zonas portuarias de Colima, Sinaloa, Baja California y Baja California Sur. Lo que se observa hoy es una bajada relativa de la violencia en los estados del norte pero con un repunte en el centro del país (Guerrero, 2015). En el período más agudo de violencia en México (20082010), las ciudades más afectadas fueron Ciudad Juárez, Tijuana, Culiacán, Monterrey, Torreón, Chihuahua, Durango y Reynosa, donde se dio la presencia de cuerpos militares y la fragmentación de los principales cárteles de la droga. En tanto, en el Estado de México, Morelos, Jalisco, Colima, Guanajuato, Puebla, Veracruz, San Luis Potosí y Zacatecas se observó la migración de células del narcotráfico y nuevas mafias que ampliaron las actividades delictivas– como el robo de combustible– y buscaron reclutar jóvenes (Guerrero, 2015). Actualmente, la llamada delincuencia organizada no sólo participa en el mercado de las drogas sino también en la extorsión, el secuestro, el tráfico de personas, el contrabando y el robo de hidrocarburos, además del control de las rutas de migración; lo que implica un mayor reclutamiento de jóvenes e, incluso, niños por los diferentes cárteles y células en el norte y en centro del país como ocurre en Matamoros y Ciudad Juárez. Matamoros: jóvenes, violencia y exclusión El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (2014) señaló que en el estado de Tamaulipas 37.9 por ciento de la población estaba en situación de pobreza, 24.4 por 168

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ciento era población vulnerable con carencias sociales y 11.2 por ciento por ingresos; sólo 26.5 se consideraba población no pobre y no vulnerable. Así mismo, 16 por ciento estaba en rezago educativo, 15 por ciento carecía de servicios de salud, 45.5 por ciento no contaban con seguridad social, 8.2 por ciento carecía de acceso a calidad y espacios en la vivienda y 19.5 por ciento carecía de acceso a la alimentación. Específicamente, en Matamoros 37 por ciento de sus habitantes estaba en condiciones de pobreza y 4.5 por ciento en pobreza extrema. En Tamaulipas se vive una violencia relacionada con el crimen organizado, la presencia de fuerzas militares, el tránsito de migrantes y la trata de personas. En esta entidad se registra el mayor número de personas desaparecidas y con mayor presencia de fuerzas armadas en tareas de seguridad ciudadana, lo que incrementa los casos de violación de derechos humanos cometidos por autoridades y que permanecen en la impunidad (CIDH, 2015). En años recientes, el estado de Tamaulipas registró un incremento de homicidios especialmente en el grupo de edad de 15 a 39 años, de tal forma que entre 2000 y 2010 se pasó de una tasa de mortalidad por homicidios de 13.5 personas por cada 100 000 habitantes, a una de 49.2. Si bien a nivel nacional las tasas de mortalidad reflejaron esta tendencia en el estado de Tamaulipas el punto de inflexión fue en 2007 (véase gráfica 4). A pesar de estas cifras oficiales, la Secretaría de Seguridad Pública del estado entre enero y julio de 2010 reportó la detención de tan sólo 246 personas en delito flagrante en la ciudad, y los delitos más denunciados fueron el uso de armas prohibidas y el robo a domicilio. En tanto el Bando de Policía y Buen Gobierno de Matamoros reportó 3 858 detenciones con delitos menores asociados a estados de ebriedad y la alteración del orden público (Gobierno Municipal de Matamoros, 2011). Estas cifras reflejan las pocas denuncias que se hacen debido al miedo a represalias, por falta de confianza en las autoridades y por los escasez de recursos humanos y materiales para cumplir con las tareas de protección de la ciudadanía. 169

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Gráfica 4. Tasa de mortalidad por homicidios en Tamaulipas, 2000-2010

Fuente: Elaboración propia con base en datos de Inegi (s. f.) y Conapo (2012).

Pero la violencia se exacerbó en la última década en Matamoros debido a la disputa del Cártel del Golfo con Los Zetas, además de la presencia de la policía federal y el ejército, que complicó aún más el escenario. Cientos de jóvenes fueron enrolados por los cárteles de manera voluntaria e involuntaria para ser utilizados como vigilantes en los puntos de narcomenudeo o en las llamadas tienditas. Las cifras oficiales de denuncias por secuestro y extorsión son bajas con relación a los dichos de los ciudadanos de la ciudad. También se sabe que existe una especie de Estado paralelo debido a que el crimen organizado controla las funciones de seguridad y vigilancia sobre la ciudadanía, que como muda testiga ve desaparecer a sus familias por el secuestro, el asesinato y la trata de humanos. El reto de ser joven en Matamoros: violencia y cuerpos En Matamoros se vive un estilo de vida asentado en el miedo, la inseguridad y el deterioro de la calidad de vida. Los jóvenes 170

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articulan sus biografías con la violencia que ha dejado el narcotráfico, pero que también han vivido en su entorno familiar, laboral y de barrio. Por un lado, la violencia que ejerce el crimen organizado alteró el orden social al desgastar los símbolos institucionales y crear un orden paralelo con códigos, normas y rituales que rigen a la sociedad local. Pero también la violencia emana de los hogares en donde los jóvenes crecieron, al experimentar episodios de maltrato en su infancia, después al salir de sus viviendas y atravesar por sus barrios rumbo al trabajo, en donde se topan con narcomenudistas y halcones. En sus trabajos, comúnmente en las maquiladoras de la ciudad, reciben sueldos insuficientes y viven el disciplinamiento cotidiano de sus cuerpos ante la línea de producción. Recorrer los barrios populares de Matamoros profundiza el sentimiento de inseguridad; sus habitantes saben cuáles son los puntos de venta de drogas, los caminos habituales de los consumidores y cómo operan las rondas de vigilancia al mando de jóvenes casi niños, quienes se desempeñan como estacas, halcones, tienderos, guardias, mañosos o piedreros (Flores, 2010). Al respecto una joven expresa: [En Matamoros] no había tanta violencia, mucha droga en la calle no se veía, se escondían más, bueno, al menos yo nunca veía eso, pero ahora sí, ya lo veo donde quiera, en cualquier calle, aquí por donde vivimos, en todas, y pues así vive uno con temor, no sabe uno cuándo habrá una balacera, una bala perdida (De la O y Flores, 2012, p. 23).

Los padres de estos jóvenes saben el peligro que representa vivir en barrios populares, desde la posibilidad de que sus hijos se vuelvan adictos hasta que sean levantados por los mañosos (narcotraficantes) o se enrolen en algún grupo delictivo. En el barrio se sufren constantes agresiones armadas, ya sea por el ejército, la policía o los grupos asociados al narcotráfico. No es raro que muchas familias busquen refugio en la oferta religiosa 171

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de las varias iglesias que hay en Matamoros –pentecostales, bautistas, presbiterianos, entre otras– como una estrategia para resguardar a los más niños de la violencia. También se acrecentaron las creencias hacia lo esotérico como un medio de sanación a los malestares que les produce el miedo cotidiano en sus cuerpos. En el centro de la ciudad se multiplicaron los establecimientos que ofrecen limpias, amuletos, protecciones y ofrendas para la Santa Muerte y Chuy Malverde. Aún en la peligrosidad de los barrios, la casa es un refugio ante la guerra que ocurre afuera, se sabe que no hay que dejarla a ciertas horas y se debe contar con suficientes víveres para no tener que salir por la noche, además de evitar dormir cerca de puertas y ventanas (Flores, 2010; Medina, 2010). Una extrabajadora de la maquila narraba al respecto: Yo pienso que aquí sí hay mucha inseguridad y sí corremos bastante peligro. Porque nada menos la semana pasada [hubo] una balacera bien grande aquí en la noche. Aquí nomás nos levantamos las niñas y nos metimos allá a ese cuarto, […] mataron a no sé cuántas personas acá atrás, aquí pararon una camioneta, [eran] bastantes camiones con armas y se levantaron tres y se los llevaron (De la O y Medina, 2012, p. 185).

Los sábados por la noche es evidente la disminución de la vida nocturna de la ciudad, sólo unos restaurantes y discotecas están abiertos, muchos otros lugares están cerrados o fueron abandonados. No obstante, algunos jóvenes logran divertirse en Brownsville, la ciudad vecina de Estados Unidos, y otros resuelven encarar los riesgos de salir por Matamoros, ya que se niegan a dejar de vivir por culpa de la violencia: «Los jóvenes se la rifan cuando van a la disco, porque hay mañosos homosexuales que andan jalando y si les gusta alguien lo pueden obligar a que baile o salga con ellos, si no, lo levantan» (De la O y Medina, 2012, p.186). Las violencias de las que son objeto los jóvenes, ya sea como víctimas o como victimarios, adquieren diversas dimensiones 172

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especialmente para los varones. Para éstos, su cuerpo es un espacio de contradicción social y de significación del género; a través del cuerpo se provoca miedo al daño físico, al ultraje y al maltrato. Los jóvenes de Matamoros temen ser tableados o levantados, ambas acciones son torturas que los llevan al límite de la desaparición. Estos jóvenes son mercancías con precio, víctimas circunstanciales y producto de un sistema que los excluyó. Viven con desencanto la falta de seguridad, de oportunidades educativas y laborales, ya que para muchos la violencia ha conformado sus biografías. La violencia fue adquiriendo diferentes significados para los habitantes de la ciudad; el narcotráfico, los militares, los cuerpos mutilados y expuestos acompañados de mensajes constituyen una fuerte carga simbólica que advierte a los ciudadanos de lo que les puede ocurrir. La crueldad de la muerte no alcanza, se trata de destruir al enemigo a partir de su cuerpo como un espacio de sufrimiento para advertir a otros de su fragilidad. El disciplinamiento del cuerpo en el mundo del narcotráfico se da a través de castigos como tablear, levantar, empozolar, encajuelar, entambar, encobijar,5 colgar, desmembrar, para después desecharlo. Pero también el cuerpo es fuente de placer y de poder. Algunos jóvenes entrevistados en Matamoros reportaron prácticas homoeróticas para obtener dinero y comprar drogas. No se trata de homosexualidad sino de prácticas asociadas a las adicciones y muchos jóvenes pagan con sus cuerpos el precio de la droga. En los barrios se suele llamar chacalones a aquellos varones o mujeres adultos que prefieren a los muy jóvenes para tener relaciones sexuales aprovechándose de sus adicciones. 5 Tablear: uso de una tabla plana para golpear a una persona con el fin de torturarla. Levantar: secuestro que ocurre en la calle. Empozolar: disolver los cuerpos de las víctimas con sustancias químicas en tambos de metal. Encajuelar: secuestrar a una persona y contenerla en la cajuela de un automóvil. Entambar: ocultar el cuerpo de un ser humano muerto en tambos o contenedores. Encobijar: envolver el cuerpo de un ser humano muerto en una cobjija.

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Igualmente, algunos miembros del narcotráfico conocidos como mañosos –sean estos homosexuales, heterosexuales o bisexuales– buscan apropiarse de los cuerpos de los jóvenes mediante levantones para probar con ellos su hombría frente a sus pares. Se trata de un modelo de masculinidad emanado de la cultura de la violencia que se ejerce mediante la manipulación del cuerpo subordinado. De una virilidad puesta a prueba pero que puede ser vulnerada si no se cuenta con poder. La violencia permite poseer al otro como explica Foucault (1993), se trata de la inscripción y exhibición de fuerzas dominantes sobre los jóvenes varones pobres. Conocí lugares que les darían miedo: ver […] cómo avientan a una persona a un pozo […] cosas así, ver cómo tienen [en] lugares [encerrada] a la gente, ver lo que comen, los tienen encadenados, encuerados, así como animales. Son los que les dan levantones que los tienen así, no sé, pero yo con eso no me metía, nunca me metía, pero los acompaño, que vamos a dejar una camioneta, de que está el jefe y te tenías que meter con ellos, no te puedes quedar afuera. Volteabas y mirabas todas las cosas. Hombres, mujeres, había de todo, jotos que les daban levantones por fastidiosos, huercos, juniors que tenían ahí también, de todo tenían, y de comer no se diga, les daban pura comida de marranos, pura revoltura, se la daban y se la comían, daba asco. También miraba cuando los tableaban, si te portabas mal te daban una tabliza… (De la O y Flores, 2012, p. 25-26).

No hay que olvidar que el Estado ha permitido el sacrificio de sus jóvenes con las connotaciones políticas que implica este acto, al permitir que los agresores actúen bajo impunidad. Se trata de juvenicidios al existir culpa del Estado, ya sea por omisión o por acción, y no cumplir con su obligación de proteger a los jóvenes (De León, 2008). Además, se refiere a este fenómeno en el mismo sentido que fueron entendidos los actos violentos contra la mujer por la Organización de las Naciones Unidas en 1994, al 174

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definirlos como feminicidios u homicidios realizados por razones de género, y en este caso de género y edad. El narcotráfico recluta a los menores para diferentes tareas –vigilantes, correos, cobradores o extorsionadores– pero un alto porcentaje será asesinado por sus vínculos con estos grupos. La incorporación de jóvenes a la Maña, el grupo de narcotráfico más conocido en Matamoros, es una respuesta a las condiciones precarias de vida que no permiten vislumbrar un futuro esperanzador; pero también se trata de un camino para lograr autonomía y poder frente a otros varones, aunque sea un hecho fugaz. Cuando llegué [a la secundaria] empezaron a introducir droga adentro, entonces nos agarraban y nos decían: «Mete tanto», porque la vendían adentro, y maestros que vendían, vendían ahí, y la teníamos que meter y ya la metíamos nosotros y ya teníamos nuestro diez… Fue cuando aprendí a ponerme al tiro, a defenderme, a distinguir a la gente, quién es buena onda, quién es mala onda, y me di mis chingas bien dadas, ojos morados y todo. Allí aprendí a hacerme lo que soy, a defenderme de que nadie me hiciera y deshiciera conmigo (De la O y Flores, 2012, p. 24).

En Matamoros se han ido construyendo lo que podríamos denominar masculinidades circundantes de jóvenes en torno a la violencia, no se trata de niños sicarios o gorras brillosas6 , que son los estereotipos más difundidos por los medios de comunicación, sino de jóvenes pobres de barrios urbanos populares ubicados en las jerarquías más bajas de las organizaciones delictivas. No son muchachos vestidos con ropas caras de lentejuela y pedrería, como se describen en las letras de las canciones del Movimiento Alterado, son jóvenes que han vivido una espiral de violencia a lo largo de sus vidas. El modelo de masculinidad en estos jóvenes se asocia con la valentía, la lealtad al grupo, la pro6 Gorras brillosas se refiere a jóvenes varones que utilizan gorras deportivas con terminados de lujo para distinguirse de las gorras comunes.

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tección y el anhelo de poder para sobrevivir. Se desempeñan en las labores más bajas de la pirámide del narcotráfico y los ingresos que logran les permiten enfrentar el desempleo y la pobreza. Del feminicidio al juvenicidio En el caso de Ciudad Juárez, a inicios del nuevo milenio se atravesó una intensa crisis económica debido a que el principal sector generador de empleos de la ciudad estaba en problemas, es decir, el maquilador. Posteriormente, la crisis internacional de 2008 volvió a impactar a dicho sector reportando la pérdida de miles de empleos y cambiando las condiciones laborales de miles de trabajadores. A lo que se añadió el crecimiento de la economía informal y que un gran número de comercios sufrió extorsiones y varios empresarios fueron secuestrados, lo que impacto en el desarrollo económico y social de la ciudad (Almada, 2009). El 28 de marzo de 2008 se puso en marcha en la ciudad el Operativo Conjunto Chihuahua, que fue una estrategia militar inspirada en la declaración de guerra hecha por el presidente Felipe Calderón contra los cárteles de la droga (2006-2007) bajo la promesa de ofrecer seguridad para la población y sus familias. Pero el crimen organizado respondió de manera violenta y los excesos de fuerza por parte de militares y los cuerpos de seguridad pública se hicieron notar sobre la población. Pronto, Ciudad Juárez se convirtió en uno de los municipios del país con más homicidios: para 2011 se llegaron a calcular 1 400, pero en 2015 se reportaron sólo 200 según las estadísticas del Sistema Nacional de Seguridad Pública de la Secretaría de Gobernación. En tanto el Inegi (2016) reportó en 2010 un total de 3 798 casos, de los cuales 89.3 por ciento fue de varones y 10.5 por ciento de mujeres. Siendo el período más álgido de homicidios en el país entre 2007 y 2011, al pasar de 8 867 personas a más de 27 000 muertas por homicidio; Ciudad Juárez reflejó dicha tendencia pero fue más intensa la tasa de homicidios entre 176

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los varones al superar los niveles nacionales, en tanto las mujeres presentaron picos en la intensidad de los homicidios superando también las cifras nacionales (véase gráfica 5). Gráfica 5. Tasas de homicidios por sexo, 2005-2015. Total nacional y Ciudad Juárez (porcentaje anual)

Fuente: Elaboración propia con base en datos de Inegi (2015a).

Un rasgo característico de las muertes violentas en Ciudad Juárez es que el mayor número de víctimas son jóvenes de entre 21 y 30 años de edad. Cuando inició la guerra entre bandas criminales en la ciudad, de 2006 a 2007 la mayoría de los muertos habían sido varones de 31 a 40 años y sólo 4 por ciento eran jóvenes. Pero este perfil cambió en 2010 cuando 30 por ciento de los ejecutados fueron jóvenes de 21 a 30 años de edad (Solera, Coria, Luna y Gudiño, 2011). El origen de este cambio fue la pugna entre dos cárteles en disputa por la ciudad –El Cártel de Sinaloa y el Cártel de Juárez– lo que multiplicó las muertes, extorsiones 177

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y enfrentamientos a través de grupos armados conocidos como La Línea y Gente Nueva, y pandillas como Los Mexicles, Los Artistas Asesinos y Los Aztecas. Las actividades ilegales, como el trasiego de droga, tráfico de migrantes, falsificación de documentos, contrabando y secuestros, crecieron a la luz de estos grupos (Solera, Coria, Luna y Gudiño, 2011). Al respecto, la Policía General de la República y la Secretaría de Seguridad Pública de Ciudad Juárez reportaron otros tantos grupos de la delincuencia organizada como Los Aztecas y Pura Raza Mexicana, aliados al Cártel de Juárez y a su brazo armado conocido como La Línea y Los Artistas Asesinos (AA o doblados) y los Mexicles, socios del Cártel de Sinaloa. Estos grupos han sido dirigidos desde Ciudad Juárez y las cárceles texanas a fines de la década de 1990, quienes buscan vincularse con jóvenes que tratan de sobrevivir económicamente (Castillo, 2009; Alarcón, 2014). Tan sólo algunos años antes, la ciudad había padecido numerosos feminicidios que visibilizaron la violencia por razones de género. Para fines de la década de 1990, la ciudad vivió una gran inseguridad y los organismos nacionales e internacionales de derechos humanos tuvieron que intervenir ante la escasa efectividad del Estado mexicano para dar solución al problema. Un gran número de los asesinatos de mujeres con violencia sexual y de mujeres desaparecidas eran resultado de la falta de prevención, investigación y sanción de los crímenes, además del escaso acceso a la justicia para los familiares (Monárrez, 2006). Pero también la pobreza urbana, el estado precario de la estructura de la vivienda, la falta de servicios y los bajos ingresos fueron elementos que contribuyeron a extender la violencia de género en Ciudad Juárez. En los primeros años del nuevo milenio la inseguridad pública en Ciudad Juárez ya era un problema alarmante, con una incidencia delictiva de 14 111 delitos por cada 100 000 habitantes, cifra muy por encima del promedio nacional que era de 11 246 por cada 100 000 habitantes (Fuentes, 2006). Lo que muestra una síntesis de la violencia económica con la vio178

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lencia por razones de género y la violencia patrimonial que se expresan en secuestros, extorsiones, asaltos a comercios y casas. Este contexto aumentó la vulnerabilidad y riesgo para los jóvenes de Ciudad Juárez, y debido a sus cifras de muertes y desapariciones se llegó a hablar de una condición de juvenicidio, que tiene lugar en un contexto de crisis económica, falta de oportunidades para los jóvenes, inseguridad y violencia. Estos jóvenes están atrapados en un ciclo de deserción escolar, incorporación a las pandillas, conflictos con la ley y el narcotráfico (Almada, 2009). Para otros autores se trata más bien de masculinicidios, al representar violencias letales que proclaman asimetrías de género y de clase social en un contexto marcado por un creciente número de asesinatos de hombres con relación al resto del país (Cervera y Monárrez, 2010). Estos autores coinciden en el peso de las condiciones estructurales de la desigualdad social, pero enfatizan la importancia de la división sexual del trabajo y una cultura histórica de impunidad e ilegalidad en este proceso. Así mismo, en la conformación de la masculinidad intervienen el logro de recursos simbólicos y materiales para obtener prestigio entre iguales, lo que lleva a la valoración cultural de la fuerza vinculada a la hombría y al ejercicio de la violencia. Por lo que el homicidio masculino es reflejo de elementos de género, históricos e ideológicos propios de las comunidades (Cervera y Monárrez, 2010). Para M. Wright (2013) es evidente el juvenicidio o asesinato de jóvenes con impunidad en Ciudad Juárez, que expone la sinergia de procesos simbólicos y materiales dentro de la guerra contra las drogas y cuya consecuencia ha sido el exterminio de poblaciones enteras, especialmente de mujeres pobres y de sus familias. La victimización de los jóvenes pobres por el neoliberalismo y el Estado reduce sus opciones al suicidio u homicidio, de ahí que el término juvenicidio expone la impunidad del Estado sobre los jóvenes residentes de bajos ingresos de la ciudad que los identifica como desechables (Wright, 2013). En 2008, y a raíz del Operativo Conjunto Chihuahua, en Ciudad Juárez miles de jóvenes varones fueron criminalizados 179

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y sujetos de sospecha; en dicho año, la policía detuvo a 10 343 personas y para finales de 2011, 4 por ciento de la población total de la ciudad había sido detenida y más de 8 por ciento de hombres jóvenes de entre 15 y 29 años. Al respecto, en 2011 la Comisión Estatal de Derechos Humanos emitió un informe en el que identificó que más de 20 por ciento de los juarenses había sido objeto de detenciones injustificadas. También se llevó a cabo una limpieza social a través de operativos en prostíbulos, restaurantes y cantinas, cuyo resultado fue la detención de docenas de menores que trabajaban en dichos establecimientos. Para Wright es importante el proceso simbólico discursivo que se dio en torno a los jóvenes como cuerpos signados por la raza, la edad y la clase, de lo que resultaron acciones violentas dirigidas a los más marginados en espacios urbanos de la ciudad (2013). La estigmatización de clase fue vivida intensamente por los jóvenes, quienes además de sufrir las sanciones de los cuerpos armados y del crimen organizado tuvieron otros efectos en sus vidas. En un estudio realizado por Balderas (2012) con jóvenes estudiantes de Ciudad Juárez durante 2010, se logró identificar cómo los jóvenes comparaban su vida antes de la violencia y cómo había cambiado su concepción sobre vivir la juventud: Antes podías andar en fin de semana hasta las dos de la mañana, incluso cuando estabas más chico, pero ahora a las nueve quieres andar en las calles y ya (está) ¡todo solo!… te sientes hasta solo, solitario…a mí me ha afectado en lo emocional, porque es mi plena juventud, y yo antes pensaba «cuando esté en la juventud, ya podré andar de aquí para acá», y pues, pasa lo de la violencia y ¡todo se viene abajo!… Últimamente muchos de nuestros amigos de repente se fueron así sin nada, y empezamos a sentirnos solos, vino una depresión…Yo recuerdo que mis hermanas a mí edad se iban a Juárez a los bailes, y ahora a las nueve de la noche tienes que estar en tu casa o con tus amigos… La violencia… nos robó la juventud… prácticamente ¡ya nos robó la juventud! (p. 250).

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También Balderas (2012) identificó que entre los jóvenes de zonas marginadas de las orillas de Ciudad Juárez era difícil identificar a los jóvenes de los sicarios; numerosos entrevistados afirmaron que se trataba de jóvenes como ellos pero que habían tenido menos oportunidades educativas y laborales. Entre los jóvenes no existe una condena moral hacia el otro, sino comprensión sobre las vidas que tuvieron que asumir por la falta de oportunidades: Podías platicar con ellos y no parecían personas distintas. Socializan igual… Entre nosotros puede estar una persona que sea sicario y nosotros no saberlo […] No son diferentes… Pero a la hora de traer un arma, el arma les da más valor, les da más autoridad, les da ¿no sé? poder… (Balderas, 2012, p. 250).

Además de la cifra de homicidios de los jóvenes en Ciudad Juárez, subsiste un universo de redes de complicidad y contradicciones económicas y políticas, suscitando que la violencia tome diversos matices y expresiones con respecto a los jóvenes. De tal forma que la categoría de hombre joven responde a experiencias específicas de la violencia, pero también a la vivencia del género, la sexualidad, la clase, la etnia y la edad. Ser hombre implica una toma de posición frente a la masculinidad dominante (Cruz, 2014). Al respecto, Cruz (2014, 2011) analizó a hombres jóvenes pobres como víctimas de la violencia, quienes han sido estigmatizados por sus actividades ya sea como narcomenudistas, drogadictos, pandilleros, sicarios o criminales. No obstante, se trata de figuras de masculinidad subordinadas en pleno contexto de exclusión social en Ciudad Juárez. El autor aborda el tema del ejercicio de la masculinidad en una cultura de género alterada por la violencia a través de narrativas de jóvenes expandilleros. Los relatos de éstos delatan la importancia de la pandilla en la conformación de su identidad como hombres, que luchan por el reconocimiento y estatus que se asocia al modelo dominante o hegemónico de ser hombre en tal contexto. 181

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Pero al insertarse las bandas criminales en los barrios, se despojó a los jóvenes del control de sus territorios hasta fragmentarlos; sin líderes y sin territorios y con el poder paralelo de los cárteles el significado del control y del prestigio masculino cambió. Ahora el barrio era un espacio de reclutamiento, a veces no voluntario, de niños y jóvenes con atributos potenciales para el ejercicio de la violencia extrema bajo nuevos códigos y normas (Cruz, 2014). Después de los años de mayor intensidad de la violencia en Ciudad Juárez, se encuestó a jóvenes estudiantes de bachillerato y universidad sobre la violencia, sus prácticas y representaciones sobre la vida. Chacón y Salazar (2015) identificaron que a pesar de la violencia, la educación y el trabajo formal continuaban siendo las principales aspiraciones de los jóvenes de estos sectores, en donde la familia era un importante referente de aprobación. Así mismo, existe una profunda preocupación por la violencia que los llevaba a momentos de incertidumbre sobre las posibilidades de sus proyectos de vida. Las expectativas de los jóvenes de sectores medios distan profundamente de los jóvenes pobres, así como su relación con la violencia y formas de exposición. A pesar de las evidencias sobre las violencias y su articulación con las carencias estructurales, profesionalización del crimen organizado e impunidad de las fuerzas armadas y policiales en Ciudad Juárez, los programas de prevención de la violencia fueron superficiales. Desde 2013 se recibieron alrededor de 80 millones de pesos anuales en subsidios por medio del Programa Nacional de Prevención del Delito (PRONAPRED), orientados a programas de prevención destinados al equipamiento de tres bibliotecas públicas, la creación de una orquesta juvenil, el financiamiento de un centro de tratamiento de la drogadicción para niños y adolescentes y campañas contra la conducción bajo los efectos del alcohol y el bullying; además de una campaña de juguetes didácticos para niños a cambio de armas, y financiamiento a diversas ONG para la creación de talleres destinados a niños, jóvenes y mujeres con el objetivo de adquirir habili182

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dades laborales o promover la no-violencia mediante la danza o el teatro. Estos proyectos fueron de corto plazo con claros problemas de continuidad y seguimiento, pero sobre todo de un contenido adecuado para jóvenes en condición de violencia (International Crisis Group, 2015). A pesar de la disminución de los índices de homicidios en Ciudad Juárez, continúa siendo un importante mercado regional para las drogas y la trata de personas. Los niveles de educación de la ciudad continúan en los mismos niveles y la calidad del empleo no ha mejorado. Los jóvenes pobres permanecen con escasas oportunidades de obtener una educación superior o un buen empleo y continúan siendo vulnerables ante los grupos criminales. Mientras subsistan las desigualdades sociales los jóvenes corren riesgos, más aún ante la debilidad institucional y la existencia de paralegalidad (International Crisis Group, 2015, p. 25).

Conclusiones En este capítulo se reflexionó sobre la condición de los jóvenes en México, centrando la atención en dos ciudades de la frontera norte: Matamoros y Ciudad Juárez. Para ello se analizó los principales impactos de la violencia estructural en la vida de estos jóvenes y se argumentó que la condición juvenil está atravesada por la precariedad económica, la incertidumbre sobre el futuro y el ejercicio de distintas violencias acumuladas en el tiempo biográfico de los jóvenes. La violencia en las ciudades de estudio implica un discurso del Estado sobre el uso de la violencia legítima sobre los jóvenes para recobrar la justicia y el sentido de seguridad, también resulta en miles de muertes artificiales provocadas tanto por las fuerzas públicas como por el crimen organizado, y el deterioro de la vida pública de los ciudadanos a través de una existencia precaria como resultado de la institucionalización de la inseguridad (Monárrez, 2012). 183

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Los jóvenes de estas ciudades enfrentan esta condición etaria como un elemento de vulnerabilidad, y en diferentes momentos de su vida han experimentado violencia, ya sea en sus propias familias, en la escuela, el barrio o el trabajo. Se trata de violencias entrelazadas en un amplio contexto de desigualdad social, discriminación y exclusión. Dicha violencia ha logrado fragilizar y fragmentar a estas sociedades y construir un modelo de jóvenes vulnerables que articulan sus proyectos de vida a la sobrevivencia aunque con consecuencias funestas. Se reseñaron algunos estudios sobre jóvenes de la región, lo que permitió identificar líneas de interés a través del tiempo acerca de los jóvenes y la violencia tales como la construcción de identidades, las experiencias de subjetivación y la corporalidad juvenil y ser joven en tiempos violentos. No obstante, pareciera que todo interés en estudiar a los jóvenes se ha visto eclipsado ante el brutal peso de la violencia, donde destacan fenómenos asociados como el feminicidio, el masculinicidio y el juvenicidio. Hoy en día, hay por lo menos dos generaciones de jóvenes han crecido bajo una intensa violencia, muchos han sido torturados, desplazados de sus hogares o son hijos de padres desaparecidos y viven en medio de una gran fractura social. Son jóvenes que carecen de la capacidad de ejercer esta condición porque deben de sobrevivir y transitar un sendero azaroso en el que deben descifrar qué es ser hombre, joven y pobre en contextos violentos como los de la frontera. Referencias Aguilar, E., Mejía, N., Pérez, F., Rivera, A. y Ramírez, E. (2015). Pobreza y vulnerabilidad en México: El caso de los jóvenes que no estudian ni trabajan. Estudios Económicos, 30(1), 3-49. Alarcón, C. (2014). Ciudad Juárez: Sociedad, criminalidad y violencia transnacional. En A. M. Jaramillo y C. M. Perea (Eds.), Ciudades en la encrucijada: Violencia y poder cri184

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Ser joven en tiempos violentos

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De sexualidades y cuerpos

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SEXUALIDAD E IDENTIDAD MASCULINA EN JÓVENES CHOLOS

Salvador Cruz Sierra El sistema de género y el régimen de la sexualidad constituyen dos órdenes que se cruzan y traslapan apareciendo, generalmente, bajo una misma fisonomía, en el sentido de los géneros inteligibles que entablan una sincronía entre sexo, identidad de género, orientación sexual y práctica erótica (Butler, 1990). En la identidad de los jóvenes cholos dicha inteligibilidad de género afirma la afanada heterosexualidad, elemento definidor de la masculinidad hegemónica y para la significación de su ser hombres. Sobre esta base identitaria descansan otras identificaciones, prácticas corporales de violencia (Muñiz, 2011) y culturales, que van dotando de sentido al ser un joven de barrio, que a través de su actitud retadora, estilo en el atavío, gustos musicales o consumo de narcóticos, interpela a otros para el combate, la intimidación o la simple confrontación. La sexualidad, como reguladora de las prácticas sociales que construyen la reglamentación sexual,1 ha dado figura al homosexual y, por ende, al heterosexual, que ostenta el lugar de privilegio y legitimidad. Pero, además, el género y la sexualidad Weeks (1998) señala que el impacto de dichas prácticas sociales dan sentido a las actividades corporales, configuran definiciones y limitan y controlan el comportamiento humano. 1

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concretizan en el cuerpo material y simbólico los significados de lo masculino y lo femenino y orientan el comportamiento de hombres y mujeres con relación a su práctica erótica, sus vínculos amorosos y los significados que permiten identificarse con unos y diferenciarse de otros. Si la identidad incluye la manera de nombrarse y desde allí relacionarse con los otros, entonces el sujeto cholo se inviste en la heterosexualidad como una tautología que remarca su circunscripción a una normalidad marginal y estigmatizada pero puesta en la hombría, lo que le deslinda de las masculinidades asimiladas a la feminidad. Así, en este ensayo se aborda la sexualidad para plantear la heterosexualidad como un elemento constitutivo de la identidad del joven cholo, el elemento definitorio por excelencia, que genera la ficción de una identidad inexpugnable y sin hendiduras. Pero, como toda ficción, encubre el fingimiento de ser algo de lo que se presume pero de lo que no se puede nunca dar por certero. Por otra parte, las rupturas, los quiebres, los deslices de dicha heteronormatividad también se presentan en el propio cuerpo, espacio donde se llevan a cabo acciones dóciles a la cultura dominante y homogenizante, pero también operaciones, denominadas por Beatriz Preciado (2002), políticas de contraproducción de placer. Y es aquí donde este trabajo pone en debate las esencialidades, las fronteras intraspasables, las dicotomías y los sobrados determinismos. El objetivo de este ensayo es pensar la sexualidad y los vínculos afectivos de los jóvenes varones con las mujeres, como un dispositivo de la heteronormatividad, a la manera foucaultiana, que reafirma la categoría hombre y permite la inteligibilidad de género; esto es, la correspondencia entre identidad sexual y de género, el deseo y la práctica erótica (Butler, 1990), en la identidad de los jóvenes cholos que están en la disputa por los significados de ser hombre y el reconocimiento de ello por los otros. Es decir, que la identidad chola se constituye como tal en tanto denota sin cuestionamiento la virilidad y su gusto por el género opuesto. 196

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Para la presente reflexión se analizan las narrativas de 10 jóvenes que en algún momento de su vida se identificaron como cholos y que participaron en pandillas de barrio. Al momento del estudio, los participantes se dedicaban a diversas actividades, como promotores culturales, trabajadores de maquila y estudiantes. Se realizaron entrevistas en profundidad a varones entre 18 y 30 años, con una duración de entre dos y tres horas. Las entrevistas fueron realizadas durante 2013 y 2014. Sexualidad e identidad chola La sexualidad se ha constituido en un elemento que no solamente lubrica y tensiona las relaciones humanas, sino que, como parte de una tecnología, constituye el recurso uniformador de la heteronorma; misma que posibilita la reproducción de subjetividades representadas bajo la dicotomía masculino-femenino; categoría hombre-categoría mujer (Witting, 1978). La identidad masculina, particularmente, se ve sujeta a la observación y escrutinio social, pues sobre ella se sustenta la dominación masculina y convoca a diversas subjetividades a la disputa por los significados de lo que a cabalidad pueda entenderse por ser hombre. La identidad es vista como una figura poliédrica o caleidoscópica, plural y fracturada, resultante de múltiples referentes identitarios (Cabrera, 2001), como edad, color de piel, origen social, género, sexo, e incluso, la ocupación, pero es la sexualidad una de las formas de distinción social más decisivas para la identidad masculina; heterosexualidad y virilidad constituyen los referentes del ser un hombre por antonomasia. Para Cabrera (2001), la identidad no es una mera expresión de una posición del sujeto en las relaciones sociales, sino «el efecto de una particular articulación metanarrativa de dicha posición y de la experiencia de ella» (p. 114). En el caso de la juventud, como categoría social, también se configura como diferencia estructural al mismo tiempo que da forma dinámica en los intersticios de los vínculos intersubjetivos. 197

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Modela los sentidos y percepciones que los sujetos atribuyen a la condición juvenil, los discursos y significaciones de ser hombre joven, así como su escisión de la niñez y la adultez. Pero en la cultura de género heteronormada, patriarcal y adultocéntrica, al hombre joven se le pone la adultez como horizonte, al mismo tiempo que con ello pareciera alcanzar el modelo dominante de masculinidad (García e Ito, 2009). Kimmel (1997) refería como característica de la masculinidad las relaciones asimétricas de poder entre hombres y mujeres, pero también las relaciones asimétricas entre hombres por la interseccionalidad de la etnia, la sexualidad y la edad, entre otros aspectos. En el imaginario social, el joven ha dejado de ser niño, pero no llega aún a alcanzar la categoría de hombre. Esto lleva inherente la idea de que ser joven es sinónimo de transición, de inmadurez, de no ser un hombre a cabalidad. Para Valenzuela (2009), las identidades o identificaciones juveniles son transitorias, un proceso intersubjetivo de conformación de límites de adscripción no estáticos ni esencialistas y, en algunos casos, como el de los cholos, adquieren la cualidad de proscritas. Por ello, la identidad del joven cholo aparece siempre inaprensible a entramados y formas fijas; se es cholo porque se es joven, se es joven porque se ponen a prueba los límites, se arriesga, se palpa el desenfreno, el vicio, se deleita el sexo y se engolosina con la violencia; se delimitan territorios, se participa en la pandilla, se comparten gustos musicales, estéticas y prácticas corporales de violencia; pero el cholo también puede participar en la criminalidad; ser cholo se ve como el delincuente que roba, vende droga o asesina, como el período de la vida propicio para sobrepasar los límites, vivir intensamente y dejar huella en la memoria individual y colectiva (fui cholo, lo cholo lo llevo por dentro, parecía cholo, me juntaba con los cholos, ahí se miraban los cholos). La existencia de dicha identidad parece enunciar un lugar común, el de la marginalidad y lo degradado, pero se difumina en identidades, cuerpos y prácticas diversas. 198

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Todo el repertorio de sentidos vinculados a la identidad chola reafirma una disputa, además de lo juvenil, por ser hombres y, por ende, por la masculinidad. La identidad masculina heterosexual, puesta en los jóvenes cholos, valora el sexo con las mujeres y espera de ello el reconocimiento para su validación en la categoría hombre. Otras masculinidades ligadas a lo femenino, como el ser gay, aún ahora, no tienen cabida en el contexto local ni de manera abierta. Sin embargo, las prácticas contradicen el deber ser, como aquellas que algunos cholos tienen en lo privado y en el anonimato con otros hombres en momentos de cotorreo, por conseguir dinero o droga. La imagen masculinizada, viril o hipersexualizada de jóvenes marginales, como los cholos, es contrariada ante su disponibilidad para el sexo con otros hombres por un intercambio monetario. La sexualidad como dispositivo de subjetivación (Foucault, 1993) incluye discursividades que sustentan en lo colectivo, en las prácticas culturales y corporales, formas de lo que Guattari y Rolnik (2006) denominan cultura-mercancía; como un nivel territorial producto del capitalismo mundial integrado (Guattari y Rolnik, 2006) que construye objetos semióticos para consumo y conformación de las subjetividades capitalísticas. Es decir, que la sexualidad y el sexo no escapan a la lógica del mercado y el consumo. Dentro de éstos se encuentra la industria del sexo, por ejemplo. La sexualidad no se reduce a la práctica erótica, pero tampoco constituye un universal que habla de toda la experiencia humana en la vida social. La sexualidad, en su dimensión y práctica erótica, no es ajena a la tecnología que moviliza el deseo sensual, particularmente el masculino, a la fetichización, fragmentación del cuerpo, lo perecedero y corto del orgasmo, que han hecho de ella un producto de consumo y desecho individual. Los anclajes culturales, así como la industria del porno, entre otros factores, muestran lo artificioso, básico y manejable del deseo erótico masculino y con ello lo moldeable de la identidad. 199

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La pornografía dirigida al mercado masculino heterosexual muestra el gusto diverso y subversivo de las buenas prácticas y conciencias morales (sexo heterosexual con mujeres ancianas, niñas y colegialas, embarazadas), además de incesto, pederastia, estupro, violación, y todas las filias ya bien descritas por la sexología. Pero también la industria porno atiende a un importante mercado dirigido a hombres con prácticas o fantasías homoeróticas; así se observa el gusto por el sexo bareback, por la mujer transexual fálica o los latinos expuestos como bisexuales, que comparten elementos comunes como el estrato social, rasgos étnicos o componentes culturales, que en conjunto se asemejan a los jóvenes cholos de los que se mencionan en este texto; hombres de ascendencia mexicana o latina, de piel morena, tatuados, con experiencias carcelarias, pobres y marginales. Cabe decir que la población joven, pobre y marginalizada, tanto masculina como femenina, es la presa más fácil para fines de explotación y comercialización sexual, al erotizarse la marginalidad y convertirse en objeto de consumo sexual. Aunado a todo este dispositivo de la industria del comercio sexual, de las prácticas eróticas clandestinas o tradicionales que se basan en la cultura, la sexualidad traspasa la práctica erótica y se instrumentaliza para fines de control social, pues se constituye como un elemento discursivo que trasmite mensajes, reprende o incentiva, regula, mantiene la naturalidad de la heterosexualidad, delinea la identidad masculina y define la identidad del joven cholo. Pero no es solamente la industria del sexo la que ofrece estas rupturas o quiebres respecto a la identidad masculina, sino también la práctica del homoerotismo que ocurre en lo privado, en el marco del secreto o de situaciones ajenas a la razón. Prácticas homoeróticas que escapan a una política de la identidad pero que dan cuenta de la complejidad de la subjetividad masculina. En conjunto, estas prácticas cuestionan las esencialidades, traspasan las identidades y objetan la supuesta pasividad de los sujetos receptores de los dictados consumistas o de las prescripciones sociales con relación al ser hombre y masculino. Además 200

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de pensar las prácticas transgresoras, los espacios privados o íntimos como irruptores de los preceptos normalizados de la heterosexualidad o la industria del sexo que muestra las rupturas de la heteronorma se agrega a este orden de ideas otro elemento que también acompaña a la sexualidad: la violencia vista no solamente en la práctica erótica, sino también en la industria cultural, los crímenes y la práctica lingüística que denotan la injuria y el castigo para otros hombres heterosexuales, a través de un lenguaje simbólico, misógino y homofóbico. La sexualidad en occidente ha estado matizada por su forma asimilada a la violencia y a la misoginia. En el campo social, la cultura mercancía contribuye a la producción de una subjetividad capitalística (Guattari y Rolnik, 2006), que a pesar de ser algunas de ellas minorías producidas en los márgenes sociales, como por ejemplo la del joven chacal rudo y varonil que se posiciona como objeto del deseo homosexual masculino, reivindica la supremacía masculina como recurso para el reconocimiento y la validación social. Por una parte, se tiene el marco social y cultural en que se inscribe la experiencia personal y, por otra, la significación psicológica que el individuo otorga a dicha experiencia. En ambos niveles sobresale que la sexualidad masculina que sobrevalora la penetración, el rol activo, el rendimiento y el tamaño del miembro viril se vincula con la violencia, es misógina y homofóbica, pero a nivel de la subjetividad puede experimentarse el regocijo en la sumisión, en la pasividad o en la ignominia. Las rupturas, quiebres o fracturas en los modelos dominantes de la sexualidad pueden dar cuenta también de formas de resistencia, contrapoderes o reconfiguraciones emergentes de formas de poder. De Certeau (2000) cuestionaba la supuesta pasividad del individuo, pero por el contrario, proponía que justo allí se da la resistencia, la contrapropuesta, la práctica cotidiana que transgrede la norma al no ser vigilada. En este sentido, la ficción de la íntegra identidad heterosexual masculina no significa una identidad acabada y fija, sentida solamente como auténtica o 201

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única, como tampoco se puede sustentar que dicha identidad es una mera artimaña perceptiva, imaginería, impostura o fantasía, sino que tiene materialidad en tanto tiene efecto en el cuerpo, adquiere forma en el cuerpo y alma masculina. Muñiz (2011) habla de las prácticas corporales y, particularmente, de prácticas corporales de violencia, por lo que se podría plantear que ésta, en su vertiente sexual, es parte constitutiva de la forma en que se reedita la cultura de género en el marco de una moral sexual hipócrita y simulada. La violencia derivada de una identidad polarizada y acartonada en dos categorías –lo masculino y lo femenino– tiene expresiones particulares a través del lenguaje misógino y homofóbico. Más allá de la simbolización del acto sexual, de la erotización de la violencia en el coito, la expresión cruda y bizarra de ésta en el campo social muestra su uso instrumental y expresivo (Segato, 2004) para sosegar, reprender e intimidar a hombres que luchan por el control y poderes diversos. Así, se observa en la narcoviolencia la feminización del cuerpo masculino exhibido en el espacio público. Muerte pública que exhibe lo inerte de la materialidad biológica con la humillación simbólica por la sodomización del cuerpo y el ego masculino. Una nota periodística publicada en Chihuahua señalaba en uno de sus últimos párrafos: «Sus verdugos le quitaron la ropa y lo dejaron encuerado bocabajo. Los pantalones se los bajaron hasta los tobillos y los calzones por debajo de las nalgas al estilo clásico del hampa» (La Polaka, 2016). Otro referente son los comentarios que los lectores de las notas rojas escriben sobre ello. En una nota periodística titulada «Sicarios ejecutan a joven en Guerrero… abusan de él», se describe: «Los sicarios le bajaron los pantalones y la ropa interior al ejecutado. En el lugar se encontraron casquillos percutidos y varios condones usados, por lo que las investigaciones apuntan a que los pistoleros martirizaron sexualmente a su víctima» (Blog del Narco, 2011, párr. 2). En respuesta, los lectores escriben lo siguiente:

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Estos pendejos cojiendose unos a otros, no estamos lejos de sodoma y gomorra.... ojala les lluevan carbones encendidos sobre sus cabezas, que sus cuerpos nunca salgan de los abismos y sus almas en la perdicion eterna, amen [sic] (Blog del Narco, 2011, párr. 2). Encima de lavaperros, putos, no si nomás [sic] eso les faltaba (Blog del Narco, 2011, párr. 2). ¿No será que a un puto sicario le fue infiel su macho y se vengó? (Blog del Narco, 2011, párr. 2). Ese compa se cogio a varios sicarios pero como no les gusto el jale se lo quebraron. Decia que se andaba cogiendo a varios sicarios que le pagaban con loquera y que era una bronca cogerselos porque les sacaba la maruchan y parecia que les sacaba el alambrado jajajaja. Si compa pero murio con satisfaccion bien deslechado de averse cogido tantos jotos de narcos y te aseguro que han de aver sidio maruchanezzzz pero pinches mendigos de perdido le ubieran arrancado la verga a mamadas pa que se la queden como consolador no creen [sic] (Blog del Narco, 2011, párr. 2).

La lectura e interpretación plasmada en los comentarios descritos, habla de un mensaje y su sentido configurado en el lenguaje homofóbico de una sexualidad heteronormada y androcéntrica. En esta lógica de ideas, la sexualidad no se enuncia desde el erotismo, desde el hecho sensual, sino parece más bien como escena de disputa y negociación no sólo de la identidad masculina sino también del poder fáctico de unos grupos sobre otros. Si se ha pensado en la instrumentalización de los sentimientos, de la violencia, también podría plantearse la instrumentalización de la sexualidad. Es así que tanto la pornografía heterosexual hegemónica, como la violencia sexual vista en el narcoviolencia, muestran la permanente disputa y negociación estratégicas de la identidad masculina, misma que se sustenta en una supuesta naturalidad de los géneros binarios y de la sexualidad misógina, 203

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pero que sirve de marco para las prácticas culturales y corporales constitutivas y constituyentes de subjetividades que reproducen en las narrativas discursivas el orden hegemónico del sistema de género. El sistema de género y el régimen de la sexualidad, heterocentrista y patriarcal, tiene un peso relevante en la identidad del joven cholo. Para su acercamiento y reflexión se retoman dos aspectos que aparecen en las narrativas: la sexualidad y afectividad con las mujeres y la homosexualidad y el homoerotismo. Sexualidad y reconocimiento de las mujeres Como parte de la identidad de los cholos, la heterosexualidad es inherente al ser varón y requisito indispensable de la masculinidad dominante (Seidler, 1995). En el marco de las prácticas performativas de género (Butler, 1990) que hacen ser al joven varón un hombre, al menos algunas que subyacen en la praxis en la pandilla, como la iniciación sexual temprana o la diversidad de parejas sexuales, buscan reconocerse a sí mismos y ante los otros como hombre, «el sexo en relación con los jóvenes se erige como un referente de prestigio y poder, pertenencia y afirmación del ser» (Sáenzs, 2009, p. 54). En la narrativa de los hombres entrevistados, la sexualidad hace presencia en la reiteración de la atracción por las mujeres, pero ausente todo tono de erotismo. En este sentido, la sexualidad no se analiza con base en su expresión erótica-comportamental, sino en el ordenamiento social de género que privilegia la heterosexualidad. Una lectura de la reafirmación verbal de la heterosexualidad es silenciar u ocultar su contraparte puesta en la homosexualidad, pues los conflictos siempre involucran identidad y alteridad (Dube, 2010, p.271). Así se observa, ante la reiterada afirmación del gusto por el sexo opuesto: Algunos días no tengo ánimos de nada, entonces creo que lo que me mantiene de pie es mi amor a las mujeres, me gustan 204

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mucho las mujeres. Es como lo que yo digo: «deam yo me muero por esa baby». Creo yo que es lo que me mantiene vivo; mi jefita y el sexo opuesto (M., 24 años, promotor cultural, comunicación personal, 2012).

La reiteración del gusto por las mujeres podría, en primer plano, leerse como una expresión franca del objeto de su deseo y del gusto por éste; en un último, podría interpretarse como una forma de ocultar debilidad. Además de ello, también da cuenta de los estereotipos, de la reproducción de patrones heredados sin cuestionamiento alguno o de la expresión de una adherencia-pertenencia a cierto grupo. El vínculo erótico afectivo de estos jóvenes cholos con las mujeres habla de las tensiones entre su arquitectura sentimental y el modelo de masculinidad dominante. Pensar la exacerbación del gusto por el sexo o el amor heterosexual es demarcar o delinear también la alteridad; en su afirmación se hace presente la imagen del otro. En la narrativa masculina del vínculo con las mujeres aparecen discursos siempre diversos, complejos y ambivalentes. Por una parte, se enuncia a la mujer claramente por su servicio sexual o afectivo, por ser el vehículo para acceder a la paternidad o, incluso, por el apoyo económico o doméstico que éstas brindan, pero este nexo está atravesado por la relación hombre-hombre; donde la mujer aparece como una mediación, aliada o botín, pero excluida de lo que compete al vínculo y pacto entre varones. Por ejemplo, para andar con una chica de otro barrio requieren pelear por ese derecho, «darse un tiro para poder ir a ver a una muchacha», dice un entrevistado, un combate entre hombres por sus mujeres. Si querías entrar a otro barrio a ver a una morrita te tenías que dar un tiro, y ya si te dabas el tiro ya no te decían nada, eso era lo chido. A mí se me hacía chido, porque dos o tres veces me toco ir a otros barrios, me toco darme un tiro para poder ir a ver a la muchacha (J., 24 años, obrero de maquila y artista urbano, comunicación personal, 2012). 205

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Linda se retiró y no les gustó a esa gente [crimen organizado]. Porque las chavas eran de ellos y no permitían que muy fácilmente salieran o las soltaban. Entonces yo me eché muchos enemigos, muchos enemigos directos. Mucha gente de ese ambiente se molestó conmigo porque les quité un elemento […] Gente con la que trabajaba Linda, fui a hablar con ellos directamente. Me conocían a mí y yo los conocía a ellos. Fui y les dije: «¿Sabes qué? Yo no le estoy diciendo a ella que se aleje de ustedes». Y a mí se me respetó, yo dije, ahorita me van a matar estos cabrones, pero también no lo hacían, porque sabían con quién estaban tratando (A., 32 años, artista urbano, comunicación personal, 2012).

La idea o percepción de ser un hombre con poder es una trampa que atrapa a hombres y mujeres, particularmente a los jóvenes. Desde la perspectiva masculina, estos hombres resultan atractivos para las mujeres al hacerles adquirir seguridad, pues no sólo es la competencia entre mujeres, la misoginia entre las féminas, sino también el ser tomadas por los poderosos o respetables; lograr un lugar, reconocimiento y protección de los otros varones, aunque a su vez ésta también se convierta en su presa y objeto, como puede verse en el siguiente testimonio: Pues llama la atención que lo principal es de que [ingresa a la pandilla] también por las morras Para conseguir morrita, ellas ya viéndonos ahí, uno llama la atención (P., 22 años, estudiante y obrero de maquila, comunicación personal, 2012). Fueron muchas novias, una tras otra, una tras otra […] porque eras el jefe de pandilla estaban contigo por sentirse chingonsotas […] Entre más mujeres tienes eres más chingón. Es que eso lo digo porque antes teníamos mucho esa idea equivocada. Nos íbamos a los salones de baile y ahí las muchachas agarran al más malo siempre, o al que se mira que tiene tamañotes… porque he oído de mujeres: «contigo me siento protegida» (J., 24 años, obrero de maquila y artista urbano, comunicación personal, 2012). 206

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En las narrativas de los jóvenes de barrio, las mujeres no aparecen como compañeras para el combate, como estratega en el control del barrio, sino como el acompañamiento en las batallas, en la festividad de la pandilla o en servicio del sexo. Preciado (2002) retoma a Butler (1990) para referirse a la práctica de los hombres «de medirse sin cesar con el ideal del falo, estando obligados a demostrar su virilidad de manera compulsiva, bajo la premisa de que todo sexo heterosexual es fálico y todo lo fálico es heterosexual» (Preciado, 2002, p. 62). En este sentido, la sexualidad masculina da cuenta de sí por medio de su ejercicio impetuoso, insistente y, en ocasiones, considerado irrefrenable. Al parecer, aún hoy en los jóvenes varones el artificio erótico parece privilegiar la penetración y la genitalidad antes que otras formas de sensualidad erótica. Por la forma en que es descrito por algunos entrevistados, pareciera ser un compromiso u obligación el responder a la demanda sexual; como una acción de desahogo de un ímpetu carnal o de un descongestionamiento emocional. En el cotorreo del barrio me saltaba una chava, tenía relaciones con ella y ya, me valía madre. Está mal que lo diga pero yo la veía como una prostituta del barrio, de la clica. Hubo esa parte en la que sentía cierta repugnancia con una mujer que se metía con varios hombres. Yo decía, bueno ¿dónde está la mujer que necesito? No puede ser ésta, no puede ser aquella. No había un control en tener relaciones sexuales. Si en un día me tenía que meter con tres chavas en un cotorreo lo hacía, no había un límite, no había una pareja estable. Hasta que llegó esta chava, pero de todos modos, yo fui muy culero porque estando con ella, la que me apoyó mucho ante mi adicción, sufrió mucho esa chava a mi lado, yo tenía relación como con otras tres chavas. Discutía con ella y me iba a mi casa. Me encontraba una amiga en el barrio y me metía con ella nada más para sacar ese pinche coraje, ese desestrés, esa ira. Como hombre, según esto, yo a los 15 años ya estaba abierto a las pinches relaciones, ya sabía que pedo […] Ya está completada esa parte del pandillero o del niño, o del muchachito hombre. Porque ya tuve relaciones sexuales. Si era un descontrol de relaciones sexuales 207

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porque yo era el hombre indomable, y tenía mi pegue en el barrio. Y aparte la droga, pues era una necesidad dentro del sexo para chavas que consumían droga por sexo. Entonces era cualquier mujer la que podía tener uno en la cama y a veces decía: «pinche zorra ya te drogaste, ya tienes sexo, ya vete» (A., 32 años, artista urbano, comunicación personal, 2012).

Por una parte, la separación que hacen los hombres entre afectividad y sexo, aún en edades tempranas, parece que lleva a un sentimiento de malestar e insatisfacción. Al parecer, hay un gusto por el sexo sin compromiso, pero a la vez también hay una añoranza por el amor que no llega. El vínculo de los hombres con el tema del amor romántico, aunque negado y desdeñado pero finalmente presente e idealizado, da la apariencia de la reproducción de la división sexual del afecto, donde los hombres temen y rehúyen el vínculo afectivo y la intimidad, contrario a la demanda femenina; sin embargo, hay un extrañamiento con relación al mismo o un sentimiento que lo liga con esa ausencia: ¿Dónde está la mujer que necesito? ¡No puede ser ésta! ¡No puede ser aquella! Pues primeramente eran con chicas que se juntaba ahí en el barrio, y ya yo decía está linda, arre ya la trato, le tiraba rollo, si quería bien, si no pues no. Pero la mayoría han sido chicas raterillas del barrio, de mi edad, hasta el momento también he estado con puras chicas de mi edad y abiertas a relaciones, porque a mí la verdad me gustan las relaciones abiertas, no me gusta que sean… no me gusta ponerle nombre de que ay eres mi novia o así, a mí me gusta así como que amigos con derechos o amigos y nada más, yo no le encuentro el sentido de poder decir novia (F., 20 años, obrero de maquila y estudiante licenciatura, comunicación personal, 2012). Cuando estás en el momento ni lo piensas, pero cuando pasa el momento viene la cruda, la cruda moral, es cuando así que ¡ya la regué! A ver si esta no me hace menso, si se entera y me las empieza a hacer, o esta mocosa me empieza a engañar y te empiezas a… Como juzgas vives, todo lo que hagas piensas que 208

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ella también lo va a andar haciendo, y eso es lo que te queda (J., 24 años, obrero de maquila y artista urbano, comunicación personal, 2012).

El malestar masculino manifiesto en el ejercicio de la sexualidad refleja a su vez el malestar social ante los ajustes en las prescripciones de género, específicamente por los cambios en relación entre hombres y mujeres. Por otra parte, el testimonio anterior ilustra también el manejo de la doble moral; la aceptada poligamia masculina y el castigo a la promiscuidad femenina. Otra vez esta situación lleva a los miedos y temores masculinos: ¿qué representa para el hombre el sexo de su pareja con otro hombre? ¿Contaminación por los fluidos corporales? ¿Abandono afectivo de la pareja? ¿Dejar de ser amado por las mujeres? Pareciera que el sentido que tiene el lazo afectivo en el entramado cultural y social de la masculinidad hegemónica, para el caso de estos jóvenes varones, también sería el no lograr la posición de la masculinidad dominante, o la pérdida de prestigio y de estatus ante los otros hombres. En el siguiente testimonio se ilustra el significado que adquiere, por la propia biografía del entrevistado, la ambivalencia en el vínculo afectivo con las mujeres: No, no, ¿sabe por qué no? Porque no quiero hacerles daño, porque yo digo que si yo llego a quedar con alguien va a estar sufriendo conmigo nomás, porque a mí me gustan demasiado las mujeres, que no me puedo estar con una sola y cuando les agarro cariño o siento que me estoy clavando o me estoy enamorando de esa persona mejor empiezo a desafanarlas, porque, porque no quiero que sufran y no quiero hacerles daño, porque está más feo estarles haciendo daño y es mejor seguir tu camino (J., 24 años, obrero de maquila y artista urbano, comunicación personal, 2012).

Los hombres asimilados a las masculinidades subordinadas incorporan los discursos dominantes de género y exhiben en su narrativa la tensión entre sexo-afectividad, amor-monogamia, 209

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intimidad-sexualidad, no fuera de un marco de privilegio masculino, misógino y de violencia. Para Ramírez y Uribe (2008): Los muchachos marginados socialmente resurgen desde ahí con una nueva significación de lo masculino: la violencia, las armas, la venta de drogas, el dinero fácil producto de la extorsión y el robo, el automóvil ostentoso como símbolo del poder, la heterosexualidad vista como acceso a mujeres, las cuales representan trofeos intercambiables y desechables; la homofobia y la misoginia (p. 90).

Otro de los parámetros de la sexualidad masculina heterosexual lo constituye la homosexualidad. Preciado ve en una lectura de Deleuze y Charlus que «el homosexual funge como una figura pedagógica, un espejo en el que el heterosexual observa sin peligro el devenir del signo y la separación hermafrodita de su propio sexo, como si de otro se tratara» (Preciado, 2002, p. 151). En el siguiente testimonio se observa no solamente cómo la etiquetación de gay se asignan a un compañero heterosexual a quien le gusta el Libro Vaquero–historieta que tiene como elemento central el romanticismo de los vaqueros por las mujeres– sino cómo el advertir en otro hombre la cachondez implica la mirada en la excitación, es decir, en la materialidad concreta del cuerpo, en la erección del miembro viril; pero que, sin embargo, puede servir de mascarada para negar su propia sensualidad al ver cachondo a su par. Hubo un rato en que si teníamos un amigo que le decíamos el gay, y éramos bien cargados con ese wey. Como que siempre tuvo la etiqueta, pero en si no es gay, nada más le decíamos. Es que el wey antes se encerraba en una pila, teníamos una pila, estábamos bien pequeños y éramos los malillas que nos gustaba leer las de vaqueros. Entonces pues lo mirábamos, le gustaban las de vaqueros al wey y se ponía bien cachondillo, y luego le decíamos que puto: «tú andas bien cachondo con las de vaqueros wey, no mames, eres gay», y de ahí se le empezó a quedar gay. Gay porque se ponía bien 210

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calientillo con las revistas de vaqueros (M., 24 años, promotor cultural, comunicación personal, 2012).

El vínculo entre erotismo o autoerotismo con la homosexualidad, que muestra este testimonio, al designar el calificativo de gay, habla de la homofobia como mecanismo inherente a la sexualidad masculina dominante. A nivel discursivo se reafirma, en esta como en otras prácticas, la homosexualidad como una amenaza que aleja de una supuesta normalidad. Esta figura pedagógica del homosexual hace que se vea en él (gay) el desvío y se escinda la identidad sexogenérica de las prácticas en que incurran hombres heterosexuales. La idea recurrente de que se es hombre mientras se juegue el rol activo en un encuentro homoerótico se basa en posicionar al homosexual en el lugar de lo femenino por su papel de ser penetrado en el acto sexual, es decir, práctica e identidad van por separado. Sin embargo, el inicio sexual de algunos jóvenes y adolescentes es a través del individuo homosexual –joto, maricón– generalmente de mayor edad, con recursos económicos, materiales o simbólicos, que propicia el encuentro sexual como un intercambio de bienes y placeres deseados. El intercambio que suaviza el encuentro homoerótico cruzado por la identidad dicotómica heterosexual-homosexual. Relación entre erótica y poder que se juega en cada encuentro o acto social entre hombres, aunque no llegue a consumarse propiamente un episodio erótico, pues la homosexualidad se juega incluso en el lenguaje que posiciona al otro en el lugar de la pasividad y la feminidad. Había un gordito que se ponía a pistear con los morritos. A mí no me tocó pistear con él, pero se juntaba con mi carnalito y otros de la misma edad que él, más chicos que yo. Les daba coca, les ponía birrias y les daba para que fueran a comprar droga. Se ponía a pistear con ellos y ya cuando estaban pisteados el bato les decía: «¡Qué güey! los morrillos estaban picados». «¡Picha un pase!». «Si te lo picho pero quiúbole que»… y ya los morrillos le sacaban esa madre para darle una 211

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probadita y ya el chavo les pichaba. Y ya cuando los morrillos ya estaban buenos y sanos al siguiente día, pues todos agarraban su cura: «¡Qué güey! Ayer que te estaba mame y mame». «Pues a ti también, no te hagas güey te la mamó a ti… y la chingada: «Si güey pero aquel güey se lo estaba cogiendo»… y cosas así. Pero si era parte del cotorreo del barrio también… no lo excluían… Sabían que traía dinero, que pichaba las birrias: «¡Vamos a loquearla acá!» (H. M., albañil, comunicación personal, 2017).

Otro asunto corresponde cuando algunos jóvenes cholos con prácticas homoeróticas se adscriben a una identidad disidente, como la gay. La imagen de lo masculino, de la hombría, la virilidad y la parte de dominación y temeridad que conlleva, no da cabida a la homosexualidad en la fisonomía del cholo, cuando ésta es asumida como identidad. El rechazo a los modos no viriles impide la integración de jóvenes femeninos en las pandillas, así como la falta de identificación de jóvenes por los modos y estética chola. La exclusión, autoexclusión o expulsión de bandas, gangas o pandillas, de masculinidades contrahegemónicas pareciera obedecer a los valores, normas y capital simbólico que caracterizan a estas agrupaciones. G.: Es que pues mi familia no me apoyaba, como te dije anteriormente, y la neta siempre me levanto tarde para los jales, entonces, pues les dije: «Eh, güey, quiero ser parte del barrio», le dije al jefe, ya vez que él traía el barrio, era el chingón, y pues me dijo que sí, sólo que le tenía que saltar por el barrio en las riñas y verme más hombre cuando salíamos todos. H.: ¿A qué se refería? G.: Pues vestirme tumbado, güey; tener la voz más ronca, caminar bien bule, agarrarme a putazos, pistear de caguama y así, pues tú sabes que cómo son los machos acá bien vergas. H.: ¿Qué hiciste ante dicha petición? 212

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G.: Pues por un rato, güey, si hice más o menos lo que querían, pero pues, tú sabes que a veces a uno se le sale lo puto y se encabronaba el jefe, como que le daba vergüenza y me agarraba a putazos; comúnmente me amenazaba que si seguía joteando, me iban a sacar del barrio. H.: ¿Por qué crees tú que el jefe tomaba esa actitud? G.: Porque para ser cholo, güey, hay que ser hombre así bien chingón, y pues yo no soy hombre, güey, no puedo ser cholo así. Le daba la razón hasta eso (Martínez, 2017).

Las identidades LGBT+ son proscritas en las agrupaciones juveniles como los cholos o los jóvenes de pandillas. Arévalo (2018) ha documentado cómo las maras, en El Salvador, rehúyen al vínculo de sus integrantes con la diversidad sexual, particularmente sobre aquellos o aquellas que asuman deseos homosexuales abiertamente o, en el caso de los hombres, que sean contrarios al rol activo, de penetrador, que contradicen la imagen hipervirilizada, dominante y violenta que recubre la identidad del marero; llegando incluso a propinar la muerte de cualquiera de sus integrantes que transgredan estas reglas. En la ficción de la identidad masculina que valida la categoría de hombre, como una entidad coherente y libre de fisuras, particularmente masculinidades duras, algunas de ellas subalternas al modelo hegemónico, se mantienen bajo una tensión permanente entre las prescripciones sociales, la significación que cada integrante otorga a la experiencia de estar o sentirse integrado a agrupaciones de tipo pandilleril y las prácticas sexuales (homoeróticas) que han formado parte de su ser mismo como hombre y como cholo. Conclusiones La identidad masculina, como toda identidad, dota de sentido de ser y estar en un mundo de múltiples relaciones sociales. La identidad hace asemejarse a unos y diferenciarse de otros, 213

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pero siempre en constante lucha por el reconocimiento y disputa por los sentidos de mismidad y diferencia. Como los jóvenes cholos, los que participan de la vida del barrio y de la banda, se presentan y representan ante el otro mediante una ficción creada que protege y resguarda el sentimiento interno de ser hombres y estar en búsqueda del reconocimiento de los otros, veteranos, mujeres, padres, pares u homosexuales. La máscara que cubre el rostro se erige mediante narrativas que el sujeto mismo se cuenta, pero también aquellas que le van atribuyendo. Un proceso histórico no sólo de nuestra propia biografía, sino también de una historia social y una cultura dada. Por eso no se está nunca neutro, sino se es y se está desde un lugar de enunciación, como hombre, como mujer, como joven, como gay, como cholo. Mucho se ha insistido en pensar las identidades fuera de toda idea de esencialidad o fijeza, pero tampoco se niega su carácter de coherencia y estabilidad que permite al individuo dar sentido a lo que hace, le gusta o le produce placer y seguridad, pues se entiende a la identidad como aquello que dota de coherencia y estabilidad a las experiencias contradictorias, múltiples e inestables (Aquino, 2013). Los discursos y significados culturales sobre la sexualidad hegemónica posibilitan y validan identidades masculinas recias, como los jóvenes pandilleros, que dotan de sentido y quedan inscritos en cuerpos naturalizados como heterosexuales. Implicaciones que sobrepasan lo individual y más bien se conforman en lo colectivo y en las acciones e interacciones sociales. Así, los jóvenes de barrio dotan de sentido y coherencia sus experiencias de vida desde el marco heterocentrista. El exacerbado gusto por las mujeres forma parte de un marco más amplio que un mero gusto personal, pues el modelo dominante de masculinidad parte del supuesto de la heterosexualidad. Así, construirse como hombre implica la lucha por el reconocimiento de los otros, más allá de las prácticas subsumidas en lo privado, lo clandestino, el anonimato o la experiencia de la droga. La identidad masculina heterosexual da cuenta de las fracturas, la 214

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fluidez y las inconsistencias de toda ficción identitaria. La sexualidad, como sistema articulador en la vida social, conforma determinadas subjetividades, como la de los hombres pandilleros. Referencias Aquino, A. (2013). La subjetividad a debate. Sociológica, 28(80), 259-278. Arévalo, A. (23-26 de mayo de 2018). Deseos proscritos: violencia, maras y diversidad sexual en El Salvador [conferencia]. En Congress of the Latin American Studies Association. Barcelona: LASA . Blog del Narco. (2011). Información sobre el narcotráfico en México. En El Blog del Narco. Recuperado de www.blogdelnarco. com/2011/07/sicarios-ejecutan-joven-en-guerrero.html Butler, J. (1990). Performative Acts and Gender Constitution: An Essay and Phenomenology and Feminist Theory. En Case, S., Performing Feminisms: Feminist Critical Theory an Theater (pp. 270-282). Baltimore y Londres: JHU Press. Cabrera, M. (2001). Historia, lenguaje y teoría de la sociedad. España: Ediciones Cátedra. De Certeau, M. (2000). La invención de lo cotidiano. Artes de Hacer. México: Ibero/ITESM. Dube, S. (2010). Identidades culturales y sujetos históricos: estudios subalternos y perspectivas poscoloniales. Estudios de Asia y África, 45(2), 251-292. Foucault, M. (1993). Historia de la sexualidad. Tomo I: La voluntad de saber. México: Siglo XXI Editores. García, J. e Ito, E. (2009). Hombre joven: propuesta de una categoría para la investigación social. La Ventana, (29), 67-108. Guattari, F. y Rolnik, S. (2006). Micropolítica. Cartografías del deseo. Madrid: Traficantes de Sueños. Kimmel, M. (1997). Homofobia, temor, vergüenza y silencio en la identidad masculina. En T. Valdés y J. Olavarría (Eds.), Masculinidad/es: poder y crisis (pp. 49-62). Santiago de Chile: ISIS-FLACSO/Ediciones de las Mujeres. 215

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La modernidad se sitúa en un marco de predominio de la racionalidad como distinción entre lo humano y lo animal, siendo éste el vector que ha conducido a la ciencia y que se ha instalado como impronta hegemónica desde una colonialidad noroccidental que, a su vez, ha negado, exiliado y desvalorizado los elementos emocionales, afectivos y corporales de los sujetos. Estas dimensiones fueron relegadas y han sido adjudicadas como propias de las alteridades que la modernidad sólo incluye de manera subalternizante, en tanto grupos a los que se debe ayudar a vivir desde los lugares e identidades en que se los sitúa. En este marco, la emocionalidad y el cuerpo se ubicaron como evidencia de la fragilidad humana, aquello que se debe controlar. La razón, se constituyó en el megarrelato que da el soporte a las sociedades para poder responder a sus preguntas, desde la ciencia, a fin de poder controlar los fenómenos naturales y sociales. Por lo mismo, la sociología despreció –al menos desde sus autores y teorías más conocidas y hegemónicas– lo afectivo, priorizando las grandes preguntas sobre la sociedad; estableciendo así, desde la ciencia, una jerarquización de los sujetos y grupos sociales marcada desde un orden y una lógica logocéntrica. [ 217 ]

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Se habla de otredad como aquello que difiere del nosotros, aquello que desafía y se opone al modelo imperante, interpelándolo y cuestionando las normativas y usos hegemónicos que reinan y definen en un marco social determinado (Gnecco, 2008). Un lugar de otredad que aparece durante el siglo XX y se ha subrayado en las últimas décadas de manera creciente, refiere a los jóvenes. En este sentido, algunos autores señalan que se ha construido un imaginario que marca y describe a los jóvenes como violentos e incontrolables (Zarzuri, Aguilera y Contreras, 2007). En esta línea, los estudios de juventudes también mencionan que existe una visibilidad negativa de los jóvenes, es decir, sólo son nombrados y aparecen en medios en relación con conductas que van contra las normas sociales: delincuencia, drogadicción, problemas de sexualidad y deserción escolar (Krauskopf, 2015). Por otra parte, desde el discurso androcéntrico también la mujer aparece como una alteridad que amenaza el mundo racional: «La mujer es carnal, animal y más cercana a lo terrenal, debe ser protegida. Protegida de ella misma. La mujer es lo extraño, la otredad. Es un reconocido fragmento de las pesadillas del hombre, es su Bestia de la Sombra» (Anzaldúa, 2004, p. 74). Entonces, desde una óptica interseccional (cruzando el lugar de ser joven con el de ser mujer) encontramos que la misma academia ha privilegiado –en estudios de jóvenes en el cono sur– la visibilización y el estudio de un sujeto joven particular: varón, urbano, pobre o de clase media, dentro o fuera de la escuela y del mercado de trabajo, como imagen universalizante y hegemónica. En esta línea, Silvia Elizalde (2006) denuncia el androcentrismo en los estudios de juventudes, indicando que «las mujeres permanecen invisibilizadas como productoras de prácticas y sentidos específicos de juventud, subsumidas en esta hegemónica y restrictiva representación de lo juvenil-masculino [y que cuando las] mujeres aparecen como centro de atención, lo hacen casi exclusivamente de la mano de indagaciones basadas en el análisis de los cuerpos biologizados» (Elizalde, 2006, p. 95). En un artículo posterior, Elizalde (2015) indica que se ha dado un incipiente 218

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giro en el cono sur en los estudios de juventudes, observándose una tenue articulación con la teoría feminista. En suma, las jóvenes aparecen como sujetas alterizadas y descartadas en tanto agentes de construcciones subjetivas o sociales, se invisibilizan como campo de estudio, salvo cuando las investigaciones se orientan a una versión patologizadora y reificadora de la corporalidad y sexualidad femenina. Por lo mismo, se opta por desarrollar una línea de investigación que se orienta a indagar acerca de las jóvenes1 chilenas, a fin de poder conocer y describir sus propias lecturas e inserciones como sujetos sociales. El marco e intencionalidad investigativa asumida (Street, 2003) refiere a trabajar por la superación de las prácticas colonizadoras y patriarcales asentadas también dentro de las ciencias sociales. En coherencia con esta postura, se eligió como objeto de estudio el ámbito de las afectividades y corporalidades, particularmente pertinentes al considerar como campo de estudio a las jóvenes. Avanzando en este contexto de reflexiones, los estudios de juventudes han resaltado a las afectividades como los recursos y tácticas que privilegian a los y las jóvenes en la construcción de sus subjetividades, en sus sociabilidades, en su acercamiento al mundo social, en las articulaciones de la participación en el espacio público y en sus formas de construir alternativas de participación política y cultural (Nateras, 2004; Urteaga, 2011). Frente a la caída de los marcos –megarrelatos–, la alta desconfianza en las instituciones y el distanciamiento del mundo adulto en general, los y las jóvenes otorgan hoy, más que nunca, gran primacía a las microsocialidades como espacios desde donde articular sus opciones y encontrar los sentidos cotidianos. Y será a través de la praxis, y no de modelos ni prescripciones, que los y las jóvenes irán construyendo sus subjetividades y afianzando sus derechos (Pérez Isla, 2011; Urteaga, 2011). El concepto de juventud y el tramo que comprende es y seguirá ampliamente discutido. Para este equipo de investigación –tomando referencias del Instituto Nacional de la Juventud Chile (Injuv)– se considerará como jóvenes a las y los sujetos comprendidos entre 13 y 25 años. 1

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Estas prácticas de socialidades juveniles requieren y han utilizado la apertura e indeterminación que ofrecen la calle y la ciudad, con sus espacios públicos, donde se posibilita el instalar sus praxis en entornos menos normativizados y que permitan ser moldeados desde sus sentires. Por ello, la calle aparece como soporte de las prácticas juveniles, en tanto espacio intersticial (extrainstitucional) que permite a las y los jóvenes salir del espacio privado, a fin de probar libremente experiencias y acercamientos con sus pares como anclaje cotidiano de sus mundos, liberados de las instituciones tradicionales de socialización –familia, iglesia, sistema educativo– (Fuica-Rebolledo y Vergara-Andrades, 2016). Es pertinente añadir que, desde el llamado giro espacial, la dimensión territorial ha tomado un creciente protagonismo en los modos de analizar y comprender las dinámicas sociales (Souto, 2011; Vommaro y Daza, 2017). Los y las jóvenes habitan espacios públicos, generando prácticas de apropiación o territorialización, instalando sus órdenes desde su experienciar cotidiano (Altschuler, 2013). Sin embargo, contradictoriamente, el espacio público al mismo tiempo de connotarse como lugar abierto y de mayor indefinición, se encuentra también atravesado por lógicas de poder y mediado por dinámicas de exclusión (Berroeta y Vidal, 2012). Es así que, la tradicional dicotomía de lo privado y lo público, se sigue imponiendo en tanto estructura que jerarquiza y generiza los espacios, relegando a las mujeres al espacio privado (Amorós, 1994). En esta perspectiva, si bien jóvenes –hombres y mujeres– toman las calles y se apropian de plazas y parques, siguen siendo los varones quienes utilizan con mayor frecuencia la calle y el barrio como espacio de sociabilidad (Fuica-Rebolledo y Vergara-Andrades, 2016). En este marco, se eligió preguntarse por aquellas jóvenes que igualmente utilizan y se apropian de estos espacios citadinos y se planteó la siguiente pregunta de investigación: ¿cuáles son y cómo se desarrollan las prácticas de socialidad que despliegan las jóvenes que habitan espacios públicos de Santiago de Chile? 220

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Pregunta que se sustenta en la consideración de estos espacios intersticiales como lugares donde el cuerpo expone y habla por la persona, materializando su ciudadanía en estos territorios que habita (Enríquez y Martínez Díaz, 2016). Sumado a esto, también asumimos lo que Lindón (2009) indica en cuanto a la potencia de las corporalidades de moldear los lugares, así como éstos mismos generan marcas en los sujetos; gestionando transformaciones y transgresiones en la vida cotidiana de la ciudad y sus barrios (Aguilar y Soto, 2013). Desde allí es posible acotar un sistema, donde se formula como objetivo general: conocer y analizar las prácticas de socialidad que despliegan algunas jóvenes en su habitar corporalizado en espacios públicos de Santiago de Chile. Mientras los objetivos específicos se abocan a identificar las prácticas desplegadas por estas jóvenes en espacios de socialidad citadina; analizar el lugar y sentido del cuerpo dentro de sus praxis en estos lugares; y revisar y dar cuenta de la forma en que se posicionan y circulan sus afectividades como recurso de este habitar. Este estudio se realizó entre finales de 2015 y comienzos de 2016, dando inicio a un trabajo que busca ampliar tanto las lógicas epistemológicas dominantes en las ciencias sociales como también trabajar contra la hegemonización académica que subraya ciertos tipos sujetos y los ancla a determinadas problemáticas. Así mismo, se toma como hipótesis o reflexión investigativa los nuevos usos y sentidos de las afectividades en los ciudadanos, apostando por la relevancia de la dimensión corporal y afectiva como elementos articuladores de los sentidos cotidianos para estas jóvenes y para los sujetos en general (Echeverría, 2018). Para el acercamiento al campo, en esta investigación, se eligió dentro de Santiago a la comuna2 de Ñuñoa y sus plazas, como espacios intersticiales donde –dada la alta existencia de colegios y actividades culturales– se dan cita muchos jóvenes en sus espacios 2 En Chile, se llama ‘comuna’ a la división administrativa de ciudades y regiones equivalente a municipios. 

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verdes. Esta comuna congrega a familias de profesionales o técnicos, con alto nivel de educación y desarrollo cultural, con un nivel socioeconómico medio, más bien progresistas y críticos con el sistema socioeconómico imperante (Stillerman, 2016). Algunos autores en la literatura chilena han descrito a Ñuñoa como la comuna del idealismo, de revolucionarios y de hippies (Del Pino, 2008; Lemebel, 2006). En esta consideración, y en función del problema, se eligió esta comuna como contexto territorial ejemplar para el ámbito temático y la pregunta de investigación. En el trabajo cualitativo, el investigador elige la muestra desde una identificación y caracterización de los grupos y sujetos que forman parte del contexto, a fin de ir seleccionando sujetos que se ajusten a criterios ligados a la comprensión del problema que se ha planteado (Rodríguez, Gil y García, 1999). En esta perspectiva metodológica, en el acercamiento al campo –como paso inicial– se realizaron recorridos etnográficos por dos plazas,3 para tener un mapeo inicial; luego, a través del muestreo de bola de nieve, se contactó con ocho mujeres jóvenes, de 14 a 20 años,4 de clase media, estudiantes de educación media,5 que viven en Ñuñoa. Otro criterio de inclusión fue que estas jóvenes utilizaran las plazas como espacios de sociabilidad. Considerando lo afirmado por González (2000), para definir una muestra, lo que se requiere es una comprensión de la subjetividad social de la población estudiada, y desde allí se sustentan las decisiones acerca de las personas que se seleccionan; siendo el número de sujetos un tema de baja relevancia en la investigación cualitativa, teniendo en cuenta la densidad del material recogido y su posterior análisis, como claves para poder generar conclusiones y generalizaciones teóricas. Plaza Ñuñoa y plaza Ramón Cruz, que concentran alta presencia de jóvenes. 3

4 Se consideró que estuvieran dentro del tramo predefinido en esta investigación como categoría jóvenes.

Categoría que corresponde a los últimos cuatro años del colegio en Chile.

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Se realizaron entrevistas abiertas, las que se efectuaron en el mismo contexto de las plazas o en espacios y cafés cercanos. Las entrevistas se abocaron a tres grandes ejes: vivencia de emociones, el lugar del cuerpo y la relación con sus pares. Jóvenes urbanos y contexto cultural Es posible afirmar que hoy se evidencian profundos cambios culturales y políticos que redundan en nuevas y diversas condiciones para la formulación de identidades y prácticas de orden sexual y genérico (Elizalde, 2015). Así, se puede apreciar que la juventud chilena muestra cada vez con mayor fuerza discursos de equidad, apertura sexual y tolerancia, así como una práctica más activa de defensa de derechos humanos y sociales (Injuv, 2014). Sin embargo, estos mismos jóvenes viven y se desenvuelven dentro de un marco neoliberal que impone valores propios de la masculinidad hegemónica tales como la competitividad, la noción del éxito individual y el necesario ocultamiento de fragilidad para sobrevivir socialmente (Echeverría y Liberona, 2005; Gutiérrez y Osorio, 2008). Lo anterior se complejiza al estar situados en un marco estructural que no porta un fuerte lazo social sino más bien un nosotros fragilizado, dificultando que los individuos se sientan parte de un sujeto colectivo; se promueven así vivencias de desconfianza que alimentan actitudes con visos paranoides; todo lo cual redunda en vínculos debilitados entre los individuos y las diversas formas de asociación (Lechner, 2005; Grau, 2013; Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo [PNUD], 2002). En suma, las y los jóvenes chilenos construyen sus días y opciones en un marco de incertezas, aperturas y altas exigencias que tensionan y aíslan a los individuos. Nateras (2004) es enfático en señalar que hablar de jóvenes implica asumir que éstos son diversos, heterogéneos, múltiples y variantes; por lo mismo, que no existe una juventud, ni una sola forma de instalarse en la práctica cotidiana de ser joven. Sin perjuicio de lo anterior, pensando en los elementos comunes 223

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que los cruzan, ¿qué podemos decir de los jóvenes urbanos de Santiago de Chile? Zarzuri (s. f.) plantea que nuestros jóvenes se tienden a ubicar en tanto sujetos con autonomía –la que puede darse incluso en situaciones de dependencia económica–, que buscan tomar sus propias elecciones sin considerar a los adultos como referencias, que optan por elecciones acotadas y transitorias y que evidencian un fuerte carácter autorreferencial para sus construcciones de prácticas y subjetividad. Este alejamiento del referente adulto puede entenderse como ligado a las fuertes críticas que plantean los jóvenes al mundo en general (Duarte, 2013). Los adultos se les aparecen como agotados, agobiados, estancados y, por esto, lejanos y aburridos; la antigua promesa de la libertad de la vida adulta parece haberse transformado en una certeza de la carga de angustia vital que conlleva el llegar a la adultez. Por lo mismo, todo lo que huela a ser adulto genera cierta desconfianza, rechazando ese mismo futuro para ellos, así como se desvalorizan sus estructuras y formatos. Los jóvenes aparecen con una suerte de convicción en cuanto a la necesidad de buscar otras vías, distanciándose no sólo de los adultos, sino también de lo público, lo formal, la política y sus formas de participación tradicionales. En el ámbito de lo público-político es posible leer el alejamiento de los jóvenes del mundo de la representación y participación no como un desinterés, sino como un interés por participar pero situándose como agentes activos en las tomas de decisiones y en la acciones públicas (Zarzuri, Aguilera y Contreras, 2007). En este ámbito, los jóvenes evidencian que sus referentes y prácticas deben estar cercanos y ser parte de su vida cotidiana (Cárdenas, Parra, Picón, Pineda y Rojas, 2007); por tanto, visualizan el participar en la política como una posibilidad con sentido, siempre y cuando se generen formas alternativas y significadas como propias de expresar y trabajar por lo que creen. Así, ellos necesitan ser parte, no simples espectadores y tener una cuota de control en los procesos que se gestan. En esta línea, es posible reconocer la existencia de una demanda juvenil en cuanto a la necesidad de resignificar los 224

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espacios y conceptos, la urgencia de ser actores, la desconfianza por los modelos existentes y la importancia de la integración de la afectividad como dimensión de la vida social y cultural. Lo anterior se puede leer como una tendencia de los jóvenes a afectivizar los espacios (Nateras, 2004; Urteaga, 2011). Jóvenes como sujetos encarnados De acuerdo con Urteaga y Sáenz (2012), los jóvenes visibilizan sus estilos de relación con el mundo en las diversas fórmulas con las que viven y despliegan su corporalidad. Cuerpo como centro de la expresión de la persona, que se ve complejizado atendiendo a las lógicas de una modernidad donde, hasta el día de hoy, se evidencia un predominio de la racionalidad como distinción entre lo humano y lo animal. La ruta de la colonialidad noroccidental ha negado, exiliado y desvalorizado los elementos emocionales, afectivos y corporales de los sujetos (Gnecco, 2008). Esta maniobra moderna no sólo ha invisibilizado y denostado aquellas expresiones que vienen de lo afectivo y lo corporal, sino que también ha fragmentado la idea de sujeto, precarizando a los individuos que son identificados desde su cuerpo. Así, es sólo el cuerpo universal y colonial –masculino, blanco y adulto– el que define a los cuerpos otros, marcados por la clase, la raza, el género y otros lugares culturalmente devaluados; marcas que dejan fuera y fijan a los sujetos desde lugares sociales determinados (Mora y Montenegro, 2009). El cuerpo, entonces, aparece como un archivo (Parrini, 2012) desde y hacia donde se han instalado distintas lógicas del poder y el deseo; cruce que carga con las posibilidades de lo abyecto y las prohibiciones de las normas morales. Por esta razón, ha sido propio de la modernidad el persistente esfuerzo por la normalización de los cuerpos, con la consecuente reclusión y negación de aquello temido e indomable. El cuerpo generizado aparece como uno de los primeros espacios sujetos a control, pero también a partir del cual se 225

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ofrece resistencia. A lo anterior, se le pueden sumar los cuerpos jóvenes, a los que se les asignan una serie de cargas simbólicas marginalizantes y que fijan estereotipos; pero a la vez este mismo cuerpo se ha ido convirtiendo en un territorio donde los jóvenes generan prácticas identitarias y expresivas (Urteaga y Sáenz, 2012). Por lo cual es posible pensar a los jóvenes, y en especial a las mujeres jóvenes, como sujetos encarnados y excéntricos (De Lauretis, 2000); es decir, ubicados en una posición periférica, sujetos raros y fuera de categorización, dada su distancia del centro, por tanto, en constante disputa con las estrategias de poder que operan desde las regulaciones que buscan inscribirlos en ciertos lugares (Butler, 2002). Se puede ubicar entonces a los jóvenes, en un contradictorio lugar de alteridad, como corporalidades: ya que mientras ellos intervienen y posicionan sus cuerpos de manera disidente, la sociedad sitúa los cuerpos jóvenes como el modelo más excelso que la norma de belleza aspira a atrapar. Sujetos encarnados que posibilitan otras experiencias en el territorio que comienzan a habitar. Cuerpo reivindicado Es posible señalar que los jóvenes se instalan hoy en sus cuerpos de manera distinta que otras generaciones. Por lo mismo, parece pertinente desplegar algunas versiones y lecturas posibles de las corporalidades juveniles. Se puede reconocer el cuerpo como propiedad y reducto de libertad, en tanto existe una defensa y conciencia bastante difundida en muchos jóvenes en torno a que ellos pueden disponer de su cuerpo como propiedad irrefutable en tanto sujetos (Nateras, 2004). Este derecho aparece disputado con los biopoderes, léase políticas públicas, discursos e instituciones diversas que buscan el control y la sujeción de los cuerpos. Un enclave para ejercer la capacidad de agencia, desplegando recursos y saberes provenientes del deseo o del imaginario, que posibilitan su deserción, oposición y/o rechazo (Urteaga y Sáenz, 2012). 226

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Cuerpo como disidencia y resistencia entonces, lo corporal aparece también como un espacio desde donde los jóvenes se singularizan, resistiendo a las normativizaciones a través de prácticas corporales disidentes, para ejercer otras prácticas de anarquismo o participación social, cultural y política. Otra categoría que es posible proponer es el cuerpo como expresión, ya que los jóvenes construyen su decir desde el movimiento y una estética propia o apropiada para así manifestar deseos, expresiones diversas; es ahí y desde allí donde también puede expresarse el arte y diversas prácticas performativas. Cuerpo también como marcaje identitario, en tanto pertenencia a ciertas grupalidades o estéticas, adscripciones encarnadas que permiten visibilizar y ser reconocido por ciertas opciones y oposiciones frente a sus pares. Cuerpo que si bien es un territorio o espacio individual de singularización, es así mismo construido social y colectivamente (Nateras, 2004). Existe también la noción de los cuerpos sobre-escenificados, ya que al materializarse de manera insistente y obscena en los medios e imágenes de libre circulación (Facebook, Instagram, WhatsApp, Youtube, etc.), se establecen como forma de sociabilidad, reconocimiento y construcción identitaria, donde los cuerpos excedidos son sobreexpuestos desde y para una visualidad moderna que, en una lógica de onscene,6 evidencia y fetichiza al mismo tiempo que niega cuerpos que rebalsan las imágenes de la norma somática cultural. Este término refiere a que existen cuerpos que se corresponden con una supuesta norma compartida, que alude a un cuerpo universal y colonial; desde donde se define y excluye a los otros cuerpos, aquellos que parecieran estar fuera de lugar, ya que poseen marcas étnicas, etarias o genéricas que los sitúan como invasores desde esa mirada normativa oficial dominante (Mora y Montenegro, 2009). Vidiella (2014) refiere a Williams quien llama onscene a la nueva situación donde se pasó de una sociedad donde todo lo relacionado con la sexualidad y el cuerpo era obsceno, ‘fuera de campo y de escena’, a un giro visual donde todo es público y visible, del dominio público y político. 6

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Un habitar afectivizante Se presenta un distanciamiento de aquellas miradas desarrollistas y psicologicistas que enuncian a los jóvenes como sujetos ubicados en un momento del ciclo vital donde les corresponde llegar a constituirse realmente en sujetos, teniendo que, entre otras tareas: dominar sus impulsos corporales y emocionales, lograr una clara identidad sexual y personal, en suma, alcanzar una madurez cognitiva, afectiva y moral. Por lo mismo, se comulga con la idea de que las adolescentes están viviendo un desorden hormonal/emocional que linda con lo patológico, y menos aún que esto es un obstáculo propio de la crisis normativa vital que les tocaría vivir. Se considera que los jóvenes son sujetos plenamente constituidos y que no están llegando a ser. Por otra parte, se valora el lugar de lo afectivo/emocional como central en el despliegue juvenil, pero dándole otro énfasis y claramente otra connotación. Para las y los jóvenes lo afectivo se constituye en un vector trasversal de las formas de tramitar sus relaciones consigo mismos y los otros e, incluso, un eje que se incrusta en ciertas opciones de prácticas cotidianas, adscripciones identitarias y preferencias estéticas y hasta éticas. Con esto se quiere afirmar que los jóvenes sean muy emocionales, en tanto seres impulsivos, irracionales y con bajo desarrollo moral. La apuesta presente se asienta más bien en una lectura del habitar afectivizante 7 de los y las jóvenes; donde lo afectivo se vincula con lo privado/cotidiano, con lo propio/manejable, con el ámbito de la escala pequeña, de los valores creíbles porque son comprobables directa y empíricamente. Este habitar afectivizante se expresa y sostiene probablemente en relatos racionalizados diversos, que organizan y permiten sustentar estas opciones. Este habitar afectivizante también se vincula con el asumir y optar por ubicarse y reconocerse en cierto lugar de alteridad 7 Esta noción se construye desde este equipo investigativo, pero se basa en las propuestas de investigadores de jóvenes tales como Maritza Urteaga, Alfredo Nateras y Silvia Elizalde.

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que se les aparece como más cómodo, creíble y controlable. Y son precisamente estas alteridades, donde la modernidad depositó lo emocional y corporal como vías subvaloradas y relegadas, las que son apropiadas y actualizadas por los jóvenes, con una nueva impronta y destino. El situarse en este otro lugar, permite también a los jóvenes distanciarse del mundo adulto, al generar otros lenguajes, otras vías y otras prácticas alternativas. Así pues, el optar por situarse en estas formas alternativas que se alejan de lo normativamente prescrito y reificado, aparecería en estas jóvenes más como una táctica, siguiendo a De Certeau (1990), que como un destierro victimizante. Se sitúan así como sujetos excéntricos, asumiendo la imposibilidad de situarse fuera de las redes de poder, sujetos raros y fuera de categorización en relación con su distancia del centro. De la socialidad afectivizante a una intimidad esquiva Parece pertinente tomar la noción de intimidad o intimismo a la hora de revisar el emocionar de las chicas jóvenes. Salvador Cruz Sierra (2011) desarrolla el tema desde Richard Sennett y lo estudia en un grupo de varones, señalando lo complejo de la instalación central que tiene el intimismo hoy en la sociedad y en la construcción de las subjetividades; ya que se habría situado el intimismo como un valor per se, incuestionable y un fin en sí mismo. Así también se instituye hoy como un parámetro para evaluar las relaciones significativas, deviniendo en exigencia. Se erige entonces desde un moralismo del sentir y expresar que por muy bien intencionado que parezca, suma tensiones no siempre fáciles de manejar. En esta línea, el intimismo y su vivencia se connotarían como experiencia seudosagrada y que marcaría una cierta meta de vivencia trascendente, dentro del marco de lo humano. Aquí Cruz Sierra nos recuerda cómo antaño las experiencias trascendentes se ubicaban en otros espacios, pero hoy todo esto se vuelca hacia la vivencia y experiencia íntima y emocional, conllevando un psicologicismo donde se sobrevaloran las conexiones internas consigo 229

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mismo y los otros, las búsquedas de desarrollo personal se exageran y se proponen muchas veces desde una exagerado énfasis por encontrar un ser esencial que logre a su vez conectarse con las esencialidades de los otros cercanos. Sin embargo, desde Lipovetsky (1996) el individuo estaría hoy fragilizado y desestabilizado porque tiene que llevarse a cuestas y construirse completamente solo; y Lasch (1999) señala que esta nueva búsqueda de intimidad resulta inalcanzable por las mismas razones que llevan a los individuos a buscarla, es decir, el repliegue de los sujetos en sus preocupaciones puramente personales; dado que lo que se busca es una intimidad instantánea, entendida como un estremecimiento emocional sin compromiso ni dependencia. Los individuos piden de las relaciones íntimas con los demás una satisfacción y seguridad emocional mucho mayores que las que nunca exigieron; al mismo tiempo que, defensivamente, cultivan el desapego (Lasch, 1999). Análisis y lecturas de las socialidades de las jóvenes chilenas en espacios públicos. Coherencia como marco de regulación Frente a este mundo diverso y pleno de incertidumbre, parece que para las jóvenes chilenas entrevistadas el emocionar operaría como una suerte de ancla de sentido y coherencia. Es así como se singularizan desde el ser coherente y dejarse fluir, así como desde el derecho de ser como ellas sienten que realmente son. Estas chicas se reconocen a sí mismas en cuanto a ciertas coherencias del sentir, que devienen en formas de subjetivaciones que operan en el afirmarse desde una congruencia entre lo que sienten y lo que manifiestan y expresan a los otros: Me da lo mismo, así, la gente. Como que puede sonar súper cruel, pero… de hecho, de repente soy súper pesada con la gente, pero no sé, no tengo por qué limitarme; si quiero estar enojada, estoy enojada; si quiero estar triste, estoy triste, como que me importa muy poco (Antonia, comunicación personal, febrero de 2016). 230

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Se podría proponer, entonces, que la noción de identidad propia tiene un peso fuerte para ellas, y ésta se orienta principalmente a una congruencia entre lo que sienten dentro y lo que expresan fuera, en su mundo social; esto se podría parafrasear así: «Yo soy lo que siento y, por tanto, debo mostrar precisamente esto que siento, para así ser quien soy también en mi mundo de pares, incluso sin importar las consecuencias» (Antonia, comunicación personal, febrero de 2016). El ser coherente estaría sobre los vínculos muchas veces, ya que parece más relevante que el efecto que puede causar expresar emociones u opiniones negativas. Y esta coherencia identitaria se convierte para ellas también en un valor para juzgar a los otros, y con una vara muy alta: «Esa persona realmente es sincera y que es verdadera, que es como un humano-humano, que es una persona que se descubrió y te descubre, y que te das cuenta de que sí vale la pena» (Tania, comunicación personal, febrero de 2016). Así, sólo quienes evidencian esa congruencia entre el decir y el hacer serán dignos de confianza y, por tanto, sólo con ellos se hace posible el vincularse y abrirse; quienes muestran incoherencia o inconsecuencia reciben una sanción moral fuerte y determinante: «Porque el discurso es diferente a la acción, son personas falsas» (Antonia, comunicación personal, febrero de 2016). Nuevamente el discurso, el logos, es engañoso y no da certeza; mientras la materialidad de la acción y la cercanía afectiva posibilitan el tener evidencias y claridades desde donde fundar sus decisiones y vínculos. En este marco de incertidumbre, el cuerpo y su autogestión se posicionarían como una suerte de certeza material, más aun considerando que hoy los individuos son llamados a sentirse constantemente responsables tanto de lo que hacen como de todo lo que les pasa. Así, desde Martuccelli (2007) hoy existiría un modo de inscripción subjetiva que opera desde los parámetros de las transformaciones socioculturales, donde el costo recae en un enorme esfuerzo personal: ahora todo está centrado en mí, en mis decisiones, mis opciones; sin caminos trazados, sin redes de 231

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seguridad. En esta línea, las entrevistadas consideran a su cuerpo y sus claves como elementos que les puedan hacer sentir qué deben hacer, lo que las orienta y confunde a veces: «Mi cuerpo me da tristeza, como no ser lo que yo quisiera ser» (Tania, comunicación personal, febrero de 2016). En este marco, centrarse en el cuerpo aparece precisamente como una vía de autogestión y de construcción de sí mismo a la medida de sus deseos, desde el propio control, tal como ha señalado Muñiz (2014): «De este modo, los años ochenta inauguraron la noción del cuerpo como una confección de sí mismo convirtiéndose en uno de los objetivos personales más relevantes en las sociedades posindustriales» (p. 419). Y la autora agrega que esto se da de una forma distinta y más fuerte en las mujeres, ya que ellas suponen que sus cuerpos son la única verdad de su ser, su muy personal espacio de decisión y acción (Muñiz, 2014). Vemos el vector corporal generizado desde las mismas entrevistadas al señalar, por ejemplo, que «la mujer está muy conectada con su útero, su útero es su segundo corazón» (Tania, comunicación personal, febrero de 2016), aludiendo a tomar al cuerpo como guía y a cuidarlo. En congruencia con lo propuesto, la capacidad de agencia de las entrevistadas se dibujará desde el ser coherente y dejarse fluir, desde el derecho a ser como son, tramitado desde el cuerpo y el emocionar. Agenciamiento desde una rabia que estructura El emocionar de estas jóvenes aparece como un elemento que ayudaría a sostener y conformar al sujeto, en este caso en la vía del uso y sentido de la rabia. Emoción que moviliza a las chicas, las que reafirman su expresión como ya se vio en el apartado anterior en la clave de coherencia estructurante; pero también el emocionar se va a situar como fuerza y poder: «Cuando me enojo me pongo muy hiriente y dejo la cagada, dejo la cagada, como que soy capaz de con un par de palabras quebrar a mucha gente» (Camila, comunicación personal, febrero de 2016). 232

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Se reivindica así el derecho a dejarse fluir, a pesar de que esto dañe a otros. Sin embargo, si bien pareciera que tener la fuerza de quebrar a otro es vivido como un poder, no se lee esta expresión de la rabia principalmente movilizada por un afán destructivo, sino que esto tiene relación con dos niveles de su procesos de subjetivación: por una parte con la coherencia que ya mencionamos, del vivirse siendo ellas tal cual son; pero también, por otra parte, el fluir de la rabia les permite contactarse con su fuerza, que las sitúa como sujetos con agencia. Así, sus prácticas de expresar rabia operarían más bien como tácticas de resistencia (De Certeau, 1990) en cuanto a poder insertar sus propias posturas y límites, frente a un marco social lapidario, competitivo y muchas veces hostil, a fin de instalarse socialmente mediante los instrumentos y formas que son validados en el presente contexto social. Y esta fuerza se vive en tanto potencia de cierta energía vital que expresan al mencionar la rabia: Me siento súper poderosa así, con rabia, como que siento que soy más fuerte que la… no sé, que la mierda; perdón por la palabra. Y como que sacas mucha fuerza, también mucha energía; siento que todo el fuego está en mí, entonces soy lo más poderosa, capaz de todo, capaz de todo, como que, no sé, me siento más fuerte que Hulk (Antonia, comunicación personal, febrero de 2016).

Es así como la potencia de la rabia se articula como motor del sentir intenso y la acción de la protección. De esta forma, se puede pensar que la rabia se constituye en un estructurante corporal, desde una musculatura que se activa, un cuerpo que se energiza, una postura que se yergue; posibilitando así sentir poder y agencia: permite contactarse con su fuerza y capacidad de hacer en tanto jóvenes mujeres. Por lo tanto, surgen nuevas formas de usar la rabia como agenciamiento y recurso para las jóvenes mujeres desde el cuerpo.

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Encuentros y conexiones vinculares intimistas El argumento de búsqueda del intimismo ya señalado, aparece en el discurso de estas jóvenes cuando narran sus experiencias de conexión con otros con una connotación de vivencia trascendente: «Hacer una conexión con otra persona, sí es algo completamente espiritual, es algo como uno, no sé, del alma» (Javiera, comunicación personal, febrero de 2016). Esto lleva a pensar que la vinculación adquiere un carácter superior y que necesita de este nivel de espiritualidad o alguna cualidad especial para ser considerado verdadero. En otras palabras, dicen buscar que su ser esencial se logre conectar con las esencialidades de los otros y que en esto se juega la incondicionalidad: Un amigo es una persona que se inserta en tu vida y que vive contigo constantemente, o sea, está en la mañana, está al mediodía y está en la noche, y que tú puedes decirle lo que sientes y te va a ayudar, te va a entender, te va a escuchar, y está en las buenas y en las malas y está contigo a pesar de (Antonia, comunicación personal, febrero de 2016).

Es así como las jóvenes sitúan en un lugar de gran relevancia el establecimiento y vivencia de estas conexiones, significándolas como parte de los procesos no sólo de sociabilidad, sino de subjetivación a través de un otro que se conecta con ellas desde dentro, y que puede acompañarlas íntimamente: «De repente hay enganches súper potentes, con alguien que da confianza así, ¡flash!» (Camila, comunicación personal, febrero de 2016). Sin embargo, estas conexiones vinculares no van de la mano con un trabajo de conocimiento y construcción de una intimidad, sino que se darían más de manera misteriosa, intensa y casi mística, desde un nivel afectivo-espiritual como guía para poder reconocer en quién confiar y con quién abrir su intimidad. En consecuencia, no es posible para ellas explicitar argumentos que 234

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fundamenten por qué alguien es cercano y confiable; lo cual dificultaría que este ámbito sea manejado por ellas desde una racionalidad que les permita evaluar y sostener su mundo afectivo. Así, el logro de esta suerte de conexión inconsciente y espiritual se impone como valor y normativiza las posibilidades de sus relaciones, construyendo altas exigencias –«sentir algo especial», «vivir una conexión»– para poder considerar un vínculo como relevante, exigencias que sin parámetros claros van a ser determinantes en sus vivencias afectivas. Por otra parte, estas mismas características –en tanto condiciones y exigencias– para sus vínculos íntimos van a desmarcar y desdibujar los límites de cada sujeto: «Se genera una relación tan bonita que como que lo sienten, como que te ven, te escuchan, y hasta ellos sienten tu pena, como que a veces las palabras sobran» (Fernanda, comunicación personal, enero de 2016). Así, se apela a un estar permanente e incondicional y a una conexión desde dentro donde se apuesta a una cierta fusión con el otro; donde la diferencia se difumina para poder encontrarse. ¿Hacia la fusión o la diferenciación? Siguiendo la línea de la conexión íntima, parece aportador discutir este espacio del afectivizar juvenil cruzándolo con algunos argumentos propuestos por Nancy (2013). Como se desarrolló en el punto anterior, estas jóvenes valoran y buscan encuentros afectivos que se viabilicen a partir de conexiones ancladas desde claves emocionales y lo que ellas llaman espirituales; dejando bastante fuera el análisis racional para la construcción de sus vínculos y relaciones. En esta línea, apelan a sentirse casi en conjunción con el otro, lo que puede leerse en clave de búsqueda de una suerte de fusión, que trascienda las individualidades. Nancy (2013) propone pensarnos como seres tocado/tocante y trabaja el tema de las relaciones a través del sentido del tacto como clave. En esta línea, el autor señala que los encuentros afectivos y eróticos deben fundarse en la diferencia y el reconocimiento de 235

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las singularidades; así los vínculos que provocan este tocar no van hacia la fusión sino por el contrario reafirman la separación: «La relación no busca restaurar una indistinción: celebra la distinción, anuncia el reencuentro, es decir, precisamente el contacto» (p. 14). Si se leen desde esta propuesta los discursos de las entrevistadas, se puede señalar que sus relaciones tienden a moverse entre la necesidad de autoafirmar sus derechos de singularización con vehemencia y claridad –desde la idea desarrollada de la coherencia como marco de regulación, así como del agenciamiento desde la rabia– pero también se articulan hacia unas conexiones intimistas que apelan a la indiferenciación de encuentros afectivo/místicos. «Sólo un cuerpo separado puede tocar» (Nancy, 2013, p. 13), sería precisamente la posibilidad de estar separados la que permite el contacto; pero esto implica al mismo tiempo afectar a otro y dejar ser afectado, impactado, tocado por este otro sujeto. Entonces, leyendo los dichos de las chicas, si bien ellas subrayan una conexión muy potente, por otro lado esto no pareciera necesariamente ampararse en el marco de un acercamiento que permita afectar y afectarse: «Yo igual soy más cerrada. Me cuesta expresar mis sentimientos a la otra persona» (Daniela, comunicación personal, febrero de 2016). También relatan sus fuertes defensas y temores al abrirse a otros: «A mí me da miedo querer a las personas. Como que cuando siento que quiero mucho a alguien, como que automáticamente como que me alejo» (Tania, comunicación personal, febrero de 2016). La entrega del dejarse tocar/tocando, del afectar/afectando genera entonces atracción y temor: «Yo siento que doy mucho, doy como… doy demasiado, yo como que me enamoro de mis amigos, yo amo a la gente con la que estoy» (Laura, comunicación personal, enero de 2016). La diferencia que toca atemoriza –«me da miedo también creerle a la gente» (Fernanda, comunicación personal, enero de 2016)– a estas jóvenes encarnadas que viven la hipersensibilidad de sentirse tocantes/tocados, pero que rehúyen del contacto que puede fragilizarlas, a la vez que sueñan con el encuentro. 236

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Sobrescenificaciones de cuerpos y afectos La promesa que surge desde la noción y búsqueda de conexiones intimistas apela a pretensiones tales como: «Hacer una conexión con otra persona… algo como… del alma» (Tania, comunicación personal, febrero de 2016), de encontrarse con alguien que siempre «te va a ayudar, te va a entender, te va a escuchar y está en las buenas y en las malas» (Catalina, comunicación personal, enero de 2016), con la expectativa no menor de que ellos «te ven, te escuchan, y hasta ellos sienten tu pena, como que a veces las palabras sobran» (Fernanda, comunicación personal, enero de 2016); es decir, de lograr un contacto íntimo interno que no se mediatiza por la razón y a veces tampoco por la voluntad. Además de la dificultad ya indicada acerca de los temores y defensas que dificultarían esta concreción, también creemos que una suerte de escenificación afectiva que se tramita desde lo visual y propio de la mirada moderna, dificulta a los jóvenes el logro de encuentro que tocan. La sociabilidad de los jóvenes se ve ahora anclada en lo visual, lógica de la imagen y la distancia. Así los cuerpos aparecen ahora sobrescenificados de manera concreta en múltiples imágenes expuestas en las redes sociales, generando sentires y desconfianzas en estas jóvenes mujeres: «No eres tú, es lo que tú quieres ser y lo que los otros vean de ti. O sea, es como yo en mi Facebook, voy a ser yo, pero manipulado, o sea, no va a ser todo de mí, va a ser lo que yo quiero que los otros vean de mí y crean de mí» (Daniela, comunicación personal, febrero de 2016). Esta vía de contacto virtual, de presentación y construcción identitaria ante los otros, las seduce y atrapa, a la vez que les genera distancia por el poco poder que ellas sienten ante esta forma de tramitar sus identidades, cuerpos y afectos: «Estamos todos controlados, como queda registro de todo […], no me gusta por eso, puedo haberme equivocado y no me gusta eso, que quede registro» (Daniela, comunicación personal, febrero de 2016). La modernidad tiene su asiento en la visión como sentido privilegiado, y el despliegue de la mirada trajo implícita 237

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la supresión del sentido del tacto y el olvido del cuerpo. En este marco, Hernández (2008) dialogando con Benjamín y Virilio, entre otros, expone el estatus de la fotografía en tanto episteme escópica moderna; así la fotografía establece una nueva noción de verdad, que se asila en la visión, situándose la fotografía misma como una prótesis escópica ante la insuficiencia de la visión. Aquí añade que «este “inconsciente óptico” no sólo se hace patente en la captación del detalle, como observa Benjamín, sino también, y sobre todo, en la “fijación” y captación del movimiento» (Hernández, 2008, párr. 13). El cuerpo –el ojo– pierde frente a la tecnología, que construye e instala una mirada que va a posicionar los sujetos, las escenas y sus verdades desde una óptica cyborg que va a visibilizar lo que a la mirada se le escapa, elementos que no son tramitados por el ojo y los cuerpos en sus intercambios, sino que será a través de la cámara y de la virtualización mediática, que se establecen, fijan y evidencian otras verdades. Entonces, estos nuevos espacios obscenizan a los cuerpos, fragmentando momentos, sobredimensionando situaciones, evidenciando lo que se desea y lo que se teme; como tribunal de la verdad que expone sin piedad reiterando una y otra vez aquello que ya no se podrá resignificar, sin pausas ni matices, con el foco que alumbra y deja ciego; todos son víctimas, quitando agencia a la vez que jugando a dar poder. Discusión: un afectivizar fronterizo Es posible reconocer dentro de los hallazgos algunos que aparecen como de mayor relevancia y potencial teórico siguiendo a González (2000), quien afirma que la generalización es un proceso teórico, caracterizado como un proceso de naturaleza constructiva, donde no existe como certeza absoluta, así el potencial explicativo se deriva de las nuevas relaciones e integraciones que se logran establecer con otras categorías, en un mismo espacio de significación: 238

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1) Estas jóvenes aparecen con un cuerpo parapetado y guerrero, dispuesto a la lucha de la interpelación constante con el fin de ocultar aquello que la gestualidad tiende a evidenciar, para proteger lo íntimo ante una mirada que no cesa y que ilumina todo, en un contexto de prótesis escópicas y obscenas. 2) Otro elemento a destacar dice relación con el lugar y sentido de la rabia da estructura corporal, fuerza y poder; agenciamiento éste que ayuda y entrampa. Entonces, si bien ellas seguirían el marco moderno que las ubica como sujetos encarnados, dan un giro y subvierten el lugar corporal de lo femenino, cuando toman desde el cuerpo una potencia y rasgo que el logos más bien ha ubicado en los varones. Se apropian de la rabia,8 emoción marcada y asignada como masculina, y la toman como herramienta cotidiana, desde el cuerpo. 3) El cuerpo como eje de confianza: se dialoga desde allí, en un alejamiento del logos como referente, aunque igual construyen discursos otros, que aparecen e insinúan, pero no se recogen en tanto instrumento. El rechazo al mundo adulto y al logos dificulta entonces utilizar la racionalidad como arma apropiada. El lugar de las emociones aparece como guía estructurante y que moviliza desde sus cuerpos sus opciones, por sobre argumentaciones racionales, que también pareciera ser un vector de coherencia identitaria y valórica para estas chicas chilenas. Posteriormente a esta investigación, se tomó el emergente de la rabia, para profundizar –en un estudio posterior presentado en el Congreso ALASS de 2017– donde se buscó conocer cómo se sitúa y qué rol tiene la rabia en jóvenes mujeres, así como también se exploró cómo dialogan estas rabias personales con el uso de la violencia como forma de expresión política. En este estudio aparecen como resultados: una mayor aceptación y valoración de la emocionalidad y sus formas de expresión, la superación de las culpas, el validar demandas contra la violencia sexual y de género, el subrayar la necesidad de no tolerar más malos tratos ni inequidad. Todo esto aparece como antecedente claro de lo que en 2018 se evidenció en todo el mundo, y en Chile, como una nueva oleada feminista, movimientos universitarios feministas que instauran tomas separatistas, en un marco de demandar protocolos y acciones contra el acoso sexual. 8

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4) Por otra parte, a pesar de la búsqueda de una aformación desde su cuerpo, la rabia y la congruencia del fluir emocionalmente, también aparecen sus vínculos tramitados tanto hacia la fusión como a la reclusión autorreferencial. Cuerpo y logos no logran dialogar, se reiteran las dicotomías, que no logran ser tramitadas desde una mayor integración. 5) Se puede considerar el afectivizar de estas jóvenes como articulaciones fronterizas (Echeverría, 2018). Se parte de la noción de lo fronterizo como un ámbito de tensión, contradicción y apertura, donde no se instalan lugares fijos ni definiciones dicotómicas en el vivenciar. Lo fronterizo como espacio donde las categorías normalizadas no calzan o no resultan; una condición de indeterminación y que, por lo mismo, posibilita lo emergente; espacio de desregularización, donde se despliegan relaciones de poder diferentes y contradictorias (Vidiella, 2014); un territorio o una oportunidad que interpela y cuestiona lo fijo y normalizado, donde se puede asumir el mestizaje y la multiplicidad con formas no reductoras (Anzaldúa, 2004). Desde esta perspectiva, el afectivizar de las entrevistadas puede ser caracterizado por prácticas que pueden leerse como tácticas de resistencia y apertura, a la vez que también emergen nuevas formas de intimismo que se vehiculizan a momentos desde la rabia, y otras desde el amor. Retomando la hipótesis planteada, se puede proponer que una articulación del cuerpo y ciertas afectividades, desde lugares de la alteridad a otredades fronterizas, facilita que las jóvenes ubiquen sus protagonismos con una autonomía que las impele a circular fuera de lo normado. Destaca la reivindicación de la fuerza y potencia que les aporta la rabia, así como la legitimidad de la expresión emocional, con menos tramitación racional de lo exigido por el mundo adulto. Así, a la vez que dialogan y se construyen desde las regulaciones que se les imponen, se sitúan en el centro del escenario sobreexponiendo sus sentires, utilizando territorios abiertos que permiten mayor ductibilidad para imponer sus propias prácticas. 240

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Entonces, desde los márgenes, ensayan tácticas de resistencia, demanda y autoafirmación, donde los cuerpos se exponen y expresan. Cuerpos otros que, aun cegados por la fuerte luz encandilante de la modernidad y sus amarres, van buscando caminos posibilidades, y a tientas… se tocan. Referencias Aguilar, M. A. y Soto, P. (2013). Cuerpos, espacios y emociones. Aproximaciones desde las ciencias sociales. México: UAM-Iztapalapa/Miguel Angel Porrúa. Altschuler, B. (2013). Territorio y desarrollo: aportes de la geografía y otras disciplinas para repensarlos. Theomai, (2728), 64-79. Amorós, C. (1994). Espacio público, espacio privado y definiciones ideológicas de lo masculino y lo femenino. En Feminismo, igualdad y diferencia (pp. 23-52). México: UNAM/PUEG. Anzaldúa, G. (2004). Los movimientos de rebeldía y las culturas que traicionan. En B. Hooks, A. Brah, C. Sandoval y G. Anzaldúa, Otras inapropiables. Feminismos desde las fronteras (pp. 71-80). Madrid: Traficantes de Sueños. Berroeta, H. y Vidal, T. (2012). La noción de espacio público y la configuración de la ciudad: fundamentos para los relatos de pérdida, civilidad y disputa. Polis, Revista Latinoamericana, 11(31), 57-80. Butler, J. (2002). Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del «sexo». Buenos Aires: Paidós. Cárdenas, M., Parra, L., Picón, J., Pineda, H. y Rojas, R. (2007). Las representaciones sociales de la Política y la Democracia. Última Década, (26), 53-78. Cruz, S. (2011). Sentido y práctica de la intimidad masculina. Una mirada desde los hombres. Sociológica, 26 (73), 183-207. Recuperado de http://redalyc.org/articulo.oa?id=305026708007 De Certeau, M. (1990). La invención de lo cotidiano. I Artes de hacer. México, D. F.: UIA/Iteso. 241

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REPENSAR LAS MASCULINIDADES: EXPERIENCIAS RADICALES EN LA CULTURA DEL FITNESS 1

Matilde Margarita Domínguez Cornejo Resumen El objetivo del texto es realizar una reflexión en torno a las prácticas corporales realizadas por hombres jóvenes en la Ciudad de México para adquirir rasgos de masculinidad hegemónica por medio de la práctica del bodybuilding: una forma de modificación corporal que se caracteriza por el ejercicio, las dietas y el consumo de esteroides anabólicos. Estas prácticas producen corporalidades fuera de la norma debido al aumento desmedido de la masa muscular y a los efectos secundarios que producen las sustancias anabólicas. El consumo de éstas ocasiona problemas de salud (esterilidad, problemas metabólicos, amputación de extremidades), rebasando los límites culturales de lo que se considera un cuerpo masculino, sano, bello y natural. El análisis girará en torno a las maneras en que los jóvenes buscan adquirir ciertos rasgos de la masculinidad dominante por medio de esta disciplina deportiva a la vez que negocian su masculinidad ante los efectos adversos de las sustancias que Los resultados de campo de este texto forman parte de la investigación doctoral intitulada: El cuerpo (de) formado: «Experiencias radicales» en la cultura del fitness y la cirugía cosmética». 1

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consumen. El texto está organizado de la siguiente manera: en la primera parte se desarrolla el contexto de la cultura del fitness, para después explicar por qué el bodybuilding es una experiencia radical y, en la última parte, se narran las experiencias de los hombres jóvenes que incursionan en esta práctica para modificar su cuerpo. Introducción En la actualidad, las modificaciones corporales –tatuajes, cirugías cosméticas y ejercicio, entre otras– han ido en aumento dentro de la población.2 Cada día más personas desean modificar sus cuerpos de acuerdo con los cánones y estereotipos que impone la cultura de masas a través de la moda; éstos sitúan el cuerpo como un objeto de consumo basados en la división cartesiana cuerpo-mente, donde el primero está supeditado al segundo, produciendo que todos tengamos la posibilidad de transformarnos a nosotros mismos. En la segunda mitad del siglo XX se empezaron a propagar imágenes de figuras masculinas y femeninas con un cuerpo atlético, proporciones gráciles y una musculatura bien torneada. Fue alrededor de la década de 1970 cuando proliferaron en Estados Unidos revistas y publicaciones en torno a cómo mantener el cuerpo en un buen estado de salud, promoviendo la delgadez como una forma de bienestar y la obesidad como una condición patológica (Smith, 2002). Se empezaron a gestar las primeras acciones estatales, en materia de políticas públicas, para reducir el aumento de la obesidad, las enfermedades cróAunque no existen datos de todas estas prácticas de modificación corporal, las estadísticas de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (ISAPS, por sus siglas en inglés) presentan una idea del aumento del número de personas que quieren cambiar su corporalidad. Según sus estadísticas, aumentó el número de tratamientos cosméticos de 20 % a 25 % por cada lustro. México ocupa el quinto lugar a nivel mundial en procedimientos estéticos como liposucción, aumento de senos y blefaroplastía (cirugía plástica del párpado), entre otros (ISAPS, 2011). 2

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nicodegenerativas (diabetes e hipertensión) y crear consciencia en la población sobre los riesgos de tener una vida sedentaria. Bien entrada la década de 1990, estos discursos, originarios del mundo anglosajón, exportaron imágenes de hombres y mujeres con proporciones atléticas, facciones gráciles y una vida exitosa, que promovían, bajo estrategias de marketing, estilos de vida basados en el lujo, la salud física y el deporte. Mantener cierta imagen corporal se convirtió en una condición de estatus para una clase media y trabajadora que buscaba a toda costa obtener los beneficios del éxito que sólo se lograrían mediante el esfuerzo individual. Los estilos de vida basados en el éxito personal (be yourself o you can do it) se consolidan para promover la libertad y la capacidad de producir nuestra propia identidad a través de la transformación corporal (Gilman, 1999). La felicidad y el éxito a través de la imagen corporal se proclaman como el objetivo central de la modificación corporal, basados en la autonomía de cada persona y el poder de decisión que él o ella tengan para transformase (Gilman, 1999). En este discurso subyace cierta autenticidad, como parte fundamental del sujeto moderno, promesa hecha por la Ilustración sobre la capacidad individual de elegir nuestro propio destino corporal. Dicha autenticidad se rebasa cuando se moldean los cuerpos de acuerdo con estándares establecidos por la cultura de consumo que impone una versión de la masculinidad o la feminidad hegemónica. Los sujetos, entonces, se encuentran en un tensión irresoluble entre su capacidad de decidir su destino corporal y seguir los esquemas culturales de género que imponen formas sobre cómo debemos vernos y comportarnos (Davis, 2007; Gilman, 1999). La industria cosmética dedicada al cuidado del cuerpo y la imagen corporal ya no es exclusiva de las mujeres, en recientes fechas los hombres se han incorporado como un consumidor potencial de distintos productos e imágenes de figuras hegemónicas de la masculinidad. Sobre todo por la exportación de estilos de vida anglosajones, en especial el culto al fitness, 249

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que promueve aspiraciones de cómo llegar a ser como la imagen de la revista de moda, estrategia de consumo capitalista que produce pedagogías públicas de moralidad corporal; se debe consumir y disfrutar, al mismo tiempo que se deben vigilar las proporciones corporales para no subir de peso (Saltman, 2003).3 Los gimnasios, las nuevas técnicas de entrenamiento, marcas de ropa deportiva y campañas publicitarias para atacar la obesidad desde una visión de la salud pública promueven nuevos modelos de corporeidad de la mano de un estilo de vida saludable; por ejemplo, en los programas de televisión matutinos se transmiten cápsulas que recomiendan la ropa de moda, rutinas de ejercicio y dietas. Además, está vigente la Estrategia Nacional para la Prevención y Control del Sobrepeso, la Obesidad y la Diabetes dirigida a crear campañas para disminuir el sobrepeso y la obesidad en el país.4 Por ello, siguiendo a Jennifer Smith (2002), se considera que el boom contemporáneo de actividades de acondicionamiento físico –fitness– y el consumo surgen en la intersección de estas dos preocupaciones: la salud y la apariencia (2002, p. 449). La apropiación de estilos de vida saludables, promovidos por estrategias de marketing, y las alarmantes cifras de sobrepeso, obesidad y enfermedades crónicodegenerativas, han fomentado en la población el interés por las actividades físicas de la forma (fitness) para modelar la figura.5 Sobre todo en individuos de clase social alta y media que buscan obtener una corporalidad 3 Las traducciones de los textos en inglés son de la autora en todas las citas del texto.

Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) en 2012, 35.8 % de la población de 12 a 19 años tenía sobrepeso y obesidad. Así mismo, el porcentaje de los mayores de 20 años era: mujeres 73 % y hombres 69.4 % a nivel nacional (Instituto Nacional de Salud Pública, 2012). 4

Se utiliza actividades físicas de la forma para hacer una distinción con el deporte, ya que el objetivo principal de estas no es la competencia, sino mantener y mejorar la forma física, «concepto que tiene un contenido tanto físico como psicológico y social» (Buñuel, 1994, p. 99). 5

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que represente su poder adquisitivo, donde el cuerpo es una «expresión del espíritu de una época en la que el abdomen de lavadero, en el caso de los varones, y el ombligo perfecto que requiere la moda femenina, se convierten en la persecución itinerante tras ese cuerpo juvenil convertido en una nueva deidad del consumo» (Reguillo, 2002, p. 152). Estos estilos de vida constituyen una cultura del fitness que involucra el cuidado del cuerpo y la salud de acuerdo con los modelos hegemónicos de feminidad y masculinidad y que se constituye (Zarco, 2009) como un «campo cultural que incluye una red de productores, consumidores, productos y prácticas que se enfocan en el entrenamiento físico» (Smith, 2002, p. 449). Muchos hombres jóvenes, guiados por el anclaje entre la salud y la apariencia, se preocupan por su imagen corporal en busca, también, de alejarse de aquello que se considera nocivo y peligroso como el consumo de tabaco, drogas y alcohol. Es común ver a estos jóvenes desde los 16 años haciendo CrossFit, spinning o pesas, entre otras formas de entrenamiento, para moldear su figura. Es por medio del esfuerzo y el sacrificio de ir todos los días a entrenar al gimnasio y seguir una dieta rigurosa, que consiguen la corporalidad deseada. Algunos hombres jóvenes insertos en estas dinámicas deciden seguir sus entrenamientos para convertirse en físicocontructivistas6 y obtener una figura musculosa e hipermasculinizada. El físicoconstructivismo es una forma radical del fitness, ya que para lograr ese tipo de aumento de masa muscular se recurre, en ocasiones, al uso de sustancias anabolizantes, proteínas, suplementos alimenticios, aminoácidos y dietas rigurosas. Esta práctica se considera preferentemente masculina porque produce cuerpos atléticos asociados a la fuerza, la agresividad, el vigor y la juventud. Es sancionada por la comunidad médica y deportiva por severos daños a la salud que los esteroides anabólicos pueden causar además de estar considerados detonantes de la agresividad. A lo largo del texto se utilizarán indistintamente físicoconstructivismo o bodybuilding para hacer referencia a una forma de entrenamiento físico basado en el crecimiento de la masa muscular por medio del consumo de esteroides anabólicos. 6

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El presente texto es una reflexión del trabajo de campo que se realizó de febrero de 2014 a marzo de 2016 con hombres jóvenes que acudían regularmente a gimnasios para aumentar su musculatura, tenían dietas estrictas y adquirieron un estilo de vida saludable.7 Se hizo observación participante en distintos gimnasios de Ciudad de México y cuatro entrevistas en profundidad que se grabaron en formato digital para su análisis. La interpretación va dirigida a considerar el bodybuilding como una experiencia radical porque produce corporalidades que salen fuera de la norma por medio de prácticas que se consideran ilegales. En especial, se analiza, desde esta perspectiva, cómo los hombres jóvenes resignifican su masculinidad al adquirir una figura musculosa por medio de extenuantes rutinas de ejercicios, dietas y administración de sustancias anabolizantes. Algunas consideraciones sobre el bodybuilding El bodybuilding es una forma de modificación corporal que tiene sus orígenes en el levantamiento de pesas (weightlifter) y los espectáculos que mostraban al hombre más fuerte del mundo a finales del siglo XIX y principios del siglo XX (Chapman, 2006). Se mostraban ante el público cargando la mayor cantidad de peso posible, y eran hombres corpulentos que se dedicaban a comer y beber cerveza. A medida que cargaban peso empezaron a moldear sus cuerpos de tal forma que adquirieron una imagen masculina y musculosa. A la par se crearon los espacios (gimnasios) y aparatos para realizar ejercicio, así como el surgimiento de los primeros empresarios en la naciente industria del deporte. Por ejemplo, A.G. Spalding & Brothers8 que pusieron 7 En concordancia con los objetivos de la investigación sólo se entrevistó a hombres jóvenes que utilizan sustancias anabólicas aunque algunos no recurren a ellas para lograr una corporalidad musculosa. 8 En la actualidad, la marca se llama Spalding (fundada en 1896) y se especializa en la producción de balones para distintos deportes como béisbol, futbol, softbol, voleibol y futbol americano.

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a la venta de equipos para los deportes de la época, patrocinaron eventos deportivos y concursos, publicaron libros sobre deporte y publicitaron su marca a nivel nacional en Estos Unidos. En la década de 1940, se llevó a cabo el primer concurso de bodybuilding en Estados Unidos y esto marcó el desarrollo de competencias y espectáculos para mostrar, por medio de distintas poses, un cuerpo construido a base del levantamiento de pesas (Schwarzenegger y Dobbins, 1985). A mediados de la década de 1970, el bodybuilding empezó a tener fama mundial. Esto sólo pudo ser posible después de la Segunda Guerra Mundial, con la comercialización, el reacomodo geopolítico global y el desarrollo de las industrias culturales, pues el deporte se popularizó como una forma de entretenimiento y consumo de masas (Vigarello, 2006). Además, ambas guerras trajeron consigo el desarrollo de investigaciones que buscaban opciones para mejorar la calidad de vida de los soldados que habían resultado heridos, con secuelas de por vida o deformaciones durante los combates (Backstein y Hinek, 2005). A la par de estas nuevas aportaciones al ámbito médico empiezan a surgir investigaciones sobre la innovación de nuevos materiales y hormonas para el tratamiento de ciertas condiciones físicas como la intersexualidad.9 Gracias a la sintetización de las hormonas sexuales, en especial la testosterona, el bodybuilding toma un segundo empuje, dado que gran parte de sus objetivos es aumentar el volumen de la masa muscular, la calidad del músculo y la simetría de los cuerpos. Durante la década de 1980, se desarrolla toda una industria alrededor del bodybuilding gracias a que los esteroides anabolizantes aún no estaban prohibidos, antes bien, se consideraba un potencializador del rendimiento físico y la fuerza muscular; éstos empezaron a ser utilizados por muchos deportistas de alto rendimiento como formas de mejorar sus aptitudes deportivas. 9 La intersexualidad se utiliza para nombrar a las personas que debido a deficiencias congénitas nacen con características sexuales ambiguas de tal forma que sus cuerpos no pueden definirse como femeninos o masculinos.

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Durante esa época, los esteroides anabolizantes, se convirtieron en la fórmula para lograr las figuras musculosas que buscaba el bodybuilding. Esos cuerpos mostraban fuerza, virilidad, juventud y agresividad en las competencias. Encarnaban todo un modelo de masculinidad que representaba al hombre estadounidense, en el american way of life, con rostros como Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger. Ambos con figuras musculosas lograron entrar a la industria del cine en Hollywood con películas representativas de esa masculinidad como Conan the Barbarian (1982), Rocky (1976), Terminator (1984 y 1991), Predator (1987) y Rambo (1982 y 1985). En estas cintas se ponía en escena una masculinidad que, además de tener una figura atlética y musculosa, mostraba los valores que debía tener un hombre comprometido con causas sociales y familiares. Se convirtieron en los íconos de la masculinidad y en la invocación implícita de una idealización del cuerpo masculino heterosexual blanco (Martin, 1998). Los íconos de la masculinidad han cambiado con el paso del tiempo, pero estas figuras, principalmente la de Arnold Schwarzenegger, se ha convertido en un modelo a seguir entre los jóvenes que se quieren dedicar al bodybuilding. Él fomentó todo un estilo de vida, pues no sólo se trata de una estrella de cine, también ganó siete veces el premio Mister Olympia,10 creó su propia empresa de suplementos alimenticios, ropa y competencias y hasta llegó a ser gobernador del estado de California. Es común ver, en los gimnasios de la ciudad, pósters de su figura recordando el lugar donde entrenó toda su carrera como bodybuilder en God´s Gym, en Venice Beach, California. Este personaje encarna todo lo que algunos hombres jóvenes buscan: un cuerpo musculoso y masculino, éxito y recursos materiales para lograr el estilo de vida de una clase privilegiada. Así, el bodybuilder «adquiere una función productiva de la 10 Mister Olympia es la máxima competición de bodybuilding profesional que se celebra anualmente y alberga a los mejores culturistas de todo el mundo y es organizado por la Federación Internacional de Fisicoculturismo.

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movilización de consumo dentro de la economía capitalista, ya que expande una moral capitalista del trabajo duro, la meritocracia, la disciplina, la competencia y el progreso que se definen a través de resultados cuantificables y empíricamente constatables» (Saltman, 2003, p. 50). El bodybuilding tiene poca popularidad, sin embargo, en su nicho de seguidores es esta moral la que guía sus acciones a realizar para convertirse una estrella de ese mercado. Las personas que se dedican profesionalmente a este deporte empiezan a practicarlo y a asistir regularmente a gimnasios desde jóvenes, pues, tener el cuerpo para competir en concursos es el resultado de varios años de entrenamiento y administración de sustancias anabólicas. Experiencias radicales: de suplementos alimenticios al consumo de testosterona El bodybuilding como experiencia radical tiene como particularidad jugar con límites de lo que está permitido cultural y legalmente, marcando la pautas para catalogar lo que se considera un riesgo o no (Vigarello, 2006). Se basa en el consumo de sustancias consideradas como peligrosas para la salud, que se comercializan en cafeterías de gimnasios o las venden los mismos entrenadores personales, que indican las dosis y la dieta que debe llevar cada persona para lograr sus objetivos corporales. Entre estas podemos encontrar suplementos alimenticios, hormonas y sustancias anabolizantes (no derivadas de la testosterona), que la mayoría de las veces afectan la salud. Los suplementos alimenticios pueden dividirse en los que otorgan energía (inosina, piridoxina-alfa-cetoglutarato), antioxidantes (vitaminas C, E y B6, ácido panotéico), proteínas (aminoacidos y caseinato de calcio), regeneradores de músculo (óxido nítrico, N, N-dimetilglicina) y quema grasas (L-carnitina, ácido inoleico conjugado). Los primeros son para adquirir energía antes, durante y después del entrenamiento para poder concluir las aparatosas rutinas de ejercicios; los 255

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segundos son sustancias que protegen el cuerpo de los radicales libres que producen el envejecimiento y el cansancio; las proteínas sirven para aumentar el volumen de la masa muscular; los regeneradores de músculo sirven para que, una vez que las fibras musculares se rompan por el ejercicio físico, el músculo pueda regenerarse a mayor velocidad y, por último, los quema grasas son utilizados para disminuir el tejido adiposo. Todos estos se consumen en cápsulas, licuados o snacks y forman parte de la dieta diaria de un hombre joven que quieren aumentar su masa muscular. Resulta importante señalar que aún se discute si el consumo de suplementos alimenticios causan daños a la salud. Sin embargo, la US Food and Drug Administration (FDA , por sus siglas en inglés) ha advertido del daño irreversible que puede causar el consumo de estas sustancias en dosis altas. Este organismo, así mismo, alerta sobre las marcas que comercializan sustancias anabólicas en forma de suplementos alimenticios (National Institute on Drug Abuse [NIDA], 2007). El consumo de hormonas y sustancias anabólicas está penado legalmente por las instituciones deportivas. Las hormonas que más se consumen son la del crecimiento (GRH) y la testosterona. La primera, somatotropina, estimula el crecimiento, la reproducción celular y la regeneración e incrementa el número de células en el cuerpo, lo cual incluye al músculo esquelético, la tasa de síntesis de proteínas y el transporte de aminoácidos y provoca la disminución de la grasa y el incremento de la masa muscular. Estas hormonas del crecimiento no se consideran anabolizantes como la testosterona. Por otro lado, la testosterona es el ingrediente principal para aumentar el volumen de los músculos, su nombre común es esteroides anabolizantes o androgénicos. Pertenece a la familia de los andrógenos, hormonas sexuales masculinas, que se producen en los testículos en varones y en los ovarios y suprarrenales en las hembras. Son tres andrógenos los que se encargan del desarrollo de los caracteres sexuales masculinos: testosterona, androsterona y la androstenediona. Se les llama 256

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andrógenos por sus efectos masculinizantes y son anabólicos porque construyen tejido durante la pubertad y la fase adulta en los varones (Yesalis y Cowart, 1999). Los andrógenos son utilizados para resolver problemas de disfunción eréctil u hormonales y aumentar la masa muscular y la resistencia física (bodybuilding y deportes de alto rendimiento). Los esteroides anabólicos funcionan a través de la producción de proteínas que formarán nuevas células en el sistema músculoesquelético. Debe ir acompañado de ejercicio anaeróbico que produzca hipertrofia muscular, es decir, crecimiento de las fibras de células musculares sin que exista división celular. Esto dará mejores resultados para lograr masa muscular (Yesalis y Cowart, 1999, p.37). El peligro que se atañe al consumo de cualquier derivado de testosterona radica en que masculiniza a las personas (sobre todo a las mujeres), aumenta la agresividad y se tienen cambios de comportamiento. También al consumirlos por años y en distintas dosis producen reacciones adversas11 como infertilidad, desarrollo de senos, encogimiento de los testículos y calvicie, poca estatura (cuando se usa en la adolescencia), rotura de los tendones, presión arterial alta, ataques al corazón, agrandamiento del ventrículo izquierdo del corazón, cáncer de hígado, tumores, peliosis hepática,12 acné severo, quistes, cuero cabelludo grasiento, ictericia,13 retención de líquidos (National Institute on Drug Abuse [NIDA], 2007; Saltman, 2003). 11 Algunos efectos adversos en mujeres son: crecimiento del clítoris, crecimiento excesivo de vellos corporales, calvicie, agrandamiento de la mandíbula. Razón por la cual se consideran peligrosos para ellas pues se masculinizan. 12 Presencia de cavidades llenas de sangre en el hígado, que pueden llegar a revestirse de endotelio y encontrarse en pacientes infectados con el virus de inmunodeficiencia humana o que usan anticonceptivos orales o esteroides anabólicos. 13 Coloración amarillenta de la piel y las mucosas que se produce por un aumento de bilirrubina en la sangre como resultado de ciertos trastornos hepáticos.

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Por estas razones se encuentran prohibidas por la FDA y pertenecen a la clase III de la clasificación de drogas14 de la Drug Enforcement Administration (DEA , por sus siglas en inglés). Según estas legislaciones, sólo se puede comercializar la dehidroepiandrosterona (DHEA)15 (NIDA , 2007). Las legislaciones y la preocupación por el consumo de sustancias ilegales en el deporte empezaron a prosperar en la década de 1970, pero no fue hasta que se formó en 1999 la Agencia Mundial Antidopaje (WADA , por sus siglas en inglés) que los deportistas que utilizaban sustancias prohibidas fueron perseguidos y criminalizados. En muchos casos, si se confirma el dopaje, pierden su estatus como deportistas, se suspenden de por vida y se les retiran sus títulos.16 Para el caso de México, el Reglamento de Control Sanitario de Productos y Servicios prohíbe la procaína, la efedrina, la yohimbina, el germanio y las hormonas animales o humanas en suplementos alimenticios. Aunque requieren contar con registro sanitario, no pasan pruebas exhaustivas para demostrar su eficacia, calidad y seguridad antes de ser comercializados. Su vigilancia se realiza cuando ya están en el mercado, pues se espera que los productores actúen de buena fe (Secretaría de Salud, 1999). La prohibición de los esteroides anabolizantes ha generado otras dinámicas para los jóvenes que los consumen, pues se hace en clandestinidad, sin control y con un alto riesgo de Esta clasificación se refiere a que sólo se permite su consumo bajo prescripción médica y su potencial adictivo es muy alto. 14

15 La dehidroepiandrosterona (DHEA) es una prohormona endógena secretada por las glándulas suprarrenales. Es un precursor de andrógenos y estrógenos.

Un ejemplo de esto es el caso Lance Armstrong, ciclista estadounidense siete veces ganador del Tour de Francia. Representante, por un tiempo, de la ideología de los valores deportivos al superar un cáncer testicular y seguir compitiendo hasta que en 2012 fue acusado de dopaje sistemático por la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (USADA, por sus siglas en inglés), se le retiraron sus títulos y quedó suspendido de por vida. El deportista admitió haber usado testosterona y transfusiones de sangre para mejorar el rendimiento durante su carrera de ciclismo. 16

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tener reacciones adversas si se toman en exceso. Además, produce estigma hacia los practicantes del deporte, ya que se considera que no modifican su cuerpo sanamente, sino con ayuda de sustancias ilegales. Esto produce una ambigüedad en torno a la consideración del bodybuilding como deporte, pues, por un parte, es considerado una experiencia radical por el consumo de anabólicos esteroides y otras sustancias prohibidas lo que no le permite ingresar como deporte olímpico y, por la otra, como en todo deporte se realiza actividad física de alto rendimiento y dietas rigurosas. Así se involucra al bodybuilding en una dinámica entre la legalidad/ilegalidad dentro de las normas establecidas de lo que es propio suministrarle al cuerpo. Los hombres jóvenes que deciden someterse a este tipo de prácticas, en busca de aumentar su masa muscular, asumen los efectos adversos que produce el consumo de esteroides anabolizantes y su posible estigmatización por considerarse sustancias peligrosas para la salud y el comportamiento. Es común encontrar tutoriales en Youtube, páginas de Internet y revistas, entre otros, donde se dan consejos, se indican las dosis y se recomienda qué marcas son las mejores para obtener resultados a corto plazo. A pesar de esto, el uso de estas sustancias es un tabú entre las personas que las consumen quienes se niegan a hablar abiertamente,17 «es lo que te digo, como es un tipo tabú hay muchas personas que no te quieren decir» (Informante 1, comunicación personal, 2015). Existen dos prácticas reconocidas y extendidas dentro del fisiconstructivismo para disminuir los efectos no deseados de los esteroides anabolizantes: los ciclos y el stacking. Los primeros tienen una duración de 6 a 12 semanas y los consumen en pirámide que consiste en pasar de una dosis diaria baja a una más alta a final del ciclo. Se realiza de esta manera para desinDurante el trabajo de campo algunas personas mencionaron que sabían de la muerte de varios hombres jóvenes debido al consumo de esteroides anabólicos, sin embargo, no existen estadísticas que puedan confirmar estos datos. 17

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toxicar el cuerpo de las sustancias que tienen efectos no deseados: «Llevo dos ciclos. Tres meses cada ciclo con espacio de un mes entre ellos, y durante ese mes he tomado otro medicamento para contrarrestar los efectos de la testosterona; se llama choragon18» (Informante 4, comunicación personal, 2015). El stacking es una forma de consumir al mismo tiempo varios esteroides anabolizantes y suplementos alimenticios para que el organismo no genere tolerancia a los productos y se logren mejores resultados. Alternan el consumo, tomando diferentes esteroides anabolizantes en una dinámica de solapamiento o dejando de tomar uno y empezando a tomar otro. No existe una fórmula única para producir ese tipo de musculaturas, cada quien tiene su propia técnica dependiendo de los resultados que se quieran obtener. Por eso, los hombres jóvenes interesados empiezan a ir a cursos sobre entrenamiento físico y consumo de sustancias ergogénicas,19 entre otros, para poder saber qué dosis tomar y cómo hacerlo. Las sustancias anabolizantes no derivadas de la testosterona tienen uso veterinario (engordar ganado), como el clembuterol o Synthol.20 Ambos inhiben la acumulación de grasa en el cuerpo y sirven para favorecer el crecimiento muscular. El uso de clembuterol sólo está permitido bajo prescripción médica y es muy común encontrar su consumo en deportistas de alto rendimiento y entre físicoculturistas porque sus efectos son inmediatos. Por su parte, el Synthol es un aceite compuesto por ácidos grasos y pocas cantidades de alcohol bencílico y lidoHormona derivada de la progesterona que sirve para el control de la fertilidad en las mujeres. 18

19 Las llamadas ayudas ergogénicas o ergógenos (ergo=fuerza, génicos=generadores, es decir, sustancias generadoras de fuerza) se definen como aquellas sustancias o tratamientos que están diseñados para mejorar el rendimiento físico más allá de los efectos del entrenamiento normal. 20 En Cuba se ha documentado el uso de aceite de cacahuate para aumentar el volumen muscular en hombres que realizan bodybuilding (González, 2013).

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caína y su propiedad es el crecimiento rápido de la masa muscular; se utiliza en pequeños grupos de músculos, por ejemplo, tríceps, bíceps, deltoides o músculos de la pantorrilla. Los efectos secundarios son daños en nervios, embolias, oclusión de la arteria pulmonar, infarto de miocardio, ictus cerebral, tumores y atrofia muscular (Pupka et al., 2009). El uso de estas sustancias está prohibido, además de estar castigadas por la comunidad deportiva y el gremio de los físicoculturistas. Es habitual encontrar toda clase de advertencias en la red sobre el uso de estos anabolizantes; resaltan los videos donde se observan las complicaciones: músculos que truenan y explotan supurando una sustancia blanca, el synthol. Muchas personas que abusan de esta sustancia terminan con algunas extremidades amputadas o con desfiguraciones en el cuerpo.21 Cómo se llega a ser un bodybuilder Para muchos jóvenes, el bodybuilding es la forma de obtener la masculinidad que no desarrollaron durante su infancia. Empiezan a asistir a gimnasios por recomendación de algún amigo o familiar, pues no se sienten con los marcadores de masculinidad para poder desarrollarse en su entorno y con sus pares. Buscan bajar de peso, marcar su musculatura y encontrar una actividad física para los tiempos que le dedican al ocio. Son los entrenadores los que indican las rutinas de ejercicios para lograr sus objetivos, así mismo, les incluyen una dieta, quemadores de grasa y proteínas para que los resultados sean en corto plazo. Al inicio mal, porque en ese tiempo tenía una novia y me agarró la depresión, porque primordialmente fue por eso, o sea, bueno hice la comparación, ella no me dijo te cambio Un ejemplo de esto es el caso de un joven brasileño que se infiltro alcohol y synthol para aumentar el tamaño de sus músculos. Las consecuencias fueron la solidificación de sus extremidades pero, por suerte, lograron extirparle los cristales de synthol (El metro, 2015). 21

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por gordo, ¿no? Pero, ya, cuando conocí al chavo por el que me había cambiado, pues, era un chavo flaquito, altito y pues te quedas así [realiza una mueca]. La única diferencia que yo sentía era mi peso y de ahí, o sea, como que le entré más de lleno al gimnasio y bajé como 60 kilos (Informante 2, comunicación personal, 2015).

Los jóvenes encuentran en el bodybuilding una forma de cambiar las percepciones sobre ellos, pues debido a su corporalidad eran percibidos como afeminados y débiles: «Me decían la gorda, chichis guangas, panza estriada» (Informante 1, comunicación personal, 2015). Esto lo asocian a la «debilidad, a la fragilidad y al sentimentalismo, es decir, les remite simbólicamente a la feminidad y a las mujeres» (Cruz, 2006, p. 4). Razón por la cual, tener el peso, la figura y las proporciones ideales es de vital importancia para la socialización con otros y otras. Dejan de ser el blanco de los sobrenombres, las bromas y el rechazo de sus pares, además de lograr prestigio al tener éxito con personas del sexo de su preferencia 22 y ser fuente de deseo para otros. Al experimentar estos cambios en su apariencia física adoptan el estilo de vida de la cultura del fitness, es decir, comienzan a adquirir una nueva dieta y forma de vestir, ingieren suplementos alimenticios y se alejan de conductas que se consideran peligrosas como salir de fiesta o ingerir drogas y alcohol. La finalidad de estos jóvenes varones es incrementar la masa muscular para competir de manera profesional. Para lograrlo necesitan invertir años en entrenamiento físico, consumo de suplementos alimenticios y/o sustancias anabólicas e invertir grandes cantidades de recursos económicos para solventar los gastos que emanan de estas prácticas. Decidir continuar con esta actividad física implica dedicarse de lleno como profesioVale decir que el objetivo de este trabajo no es hacer un análisis sobre la preferencia sexual de los individuos, sin embargo, es indispensable hacer notar que estos estilos de vida han sido apropiados por la comunidad gay como una forma irónica de resistir a los estereotipos femeninos al desarrollar cuerpos atléticos y musculosos (Martin, 1998). 22

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nal para ganar dinero por medio de patrocinios, como stripers y modelos para ciertas marcas de ropa, revistas o publicaciones en Internet. La remuneración económica es poca hasta que logran convertirse en campeones nacionales o internacionales. Los jóvenes que acuden al gimnasio de manera regular adquieren estatus a través del deporte al reproducir esquemas sociales de cómo, por medio de la disciplina y perseverancia, pueden lograr una vida de éxito. Mi incursión ya al gimnasio comenzó a los 13 años, cuando uno de mis maestros de educación física me dijo que tenía capacidades físicas que no eran normales, que era muy fuerte y que tenía mucha velocidad, etcétera, etcétera. Pero bueno, yo era muy flaco, pesaba, a los 13 años, menos de 50 kilos. Entonces, pues él tenía un gimnasio y él me invitó al gimnasio. Y bueno, desde ahí nunca más lo dejé. O sea, yo te puedo decir que no soy de esos atletas o seudoatletas que van un rato al gimnasio y luego no van durante meses. O sea, desde que entré, no he dejado de ir ni una semana al gimnasio. Se volvió un estilo de vida para mí, y ahora es, pues, mi vida en realidad ¿no? (Informante 3, comunicación personal, 2015).

Conforme van notando los cambios en su corporalidad, su autopercepción se modifica, adquieren más confianza en sí mismos, dejan de sentirse rechazados y se sienten incluidos en su grupo social. De cierta forma, empiezan a adquirir prestigio por llevar a cabo cabalmente una masculinidad hegemónica, es decir, cuentan con las marcas de género necesarias para tener aquellas características asociadas a la masculinidad como, fuerza, vigor y delgadez. Para muchos la meta es llegar a estar grandes, toscos y fuertes: «A lo mejor se va escuchar machista, pero, decía quiero estar grande, fuerte, me quiero poner así muy tosco» (Informante 1, comunicación personal, 2015). Una vez que deciden que quieren aumentar de masa muscular, empiezan ya no sólo a tomar proteínas o suplementos alimenticios, sino también algún tipo de sustancia anabólica. 263

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Estas sustancias se consiguen en el mercado ilegal, Internet y gimnasios, que comercializan productos exclusivos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader) –antes Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa)– y de farmacéuticas que provienen del extranjero. Las razones para no hablar de forma abierta sobre la administración de estas sustancias se debe al estigma que recae sobre estos jóvenes, pues se les tilda de tramposos por necesitar ayuda para ganar en una competencia y por los efectos secundarios que se asocian a características femeninas devaluando la masculinidad ganada con los músculos. Se encuentran inmersos en lógicas del secreto, es decir, situaciones sociales en donde los individuos saben lo que sucede pero es difícil articularlo de forma verbal debido a la prohibición de dichas prácticas (Taussig, 2008). Sin embargo, una vez que empiezan a incursionar de lleno en el bodybuilding y a participar en competencias buscan un mayor crecimiento de la masa muscular adquiriendo una corporalidad que sale de la norma de lo saludable. Son cuerpos demasiado grandes que encuentran su campo de acción dentro del mundo del fisicoconstructivismo. Al mismo tiempo, surgen algunos efectos no deseados o secundarios a corto, mediano y largo plazo de los cuales no se habla abiertamente. Uno de los efectos que tiene más críticas, cuestionamientos y devaluación de la masculinidad es la disminución del tamaño de los testículos, la esterilidad y la disfunción eréctil, pues uno de los rasgos más importantes de la masculinidad es la capacidad de tener descendencia y potencia sexual para poder estar con varias mujeres. Resulta paradójico que a la vez que buscan adquirir fuerza, musculatura y tener un cuerpo sano, pierden una de las atribuciones que mayor peso simbólico tiene para la construcción de su identidad masculina dentro de los esquemas dominantes de la cultura mexicana: «O sea, sí, de repente siempre sale el comentario, que pus [sic] bueno, es que no vas a poder tener hijos, es que no sé qué, y te empie264

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zan a atacar en una infinidad de cosas que pues ni al caso» (Informante 1, comunicación personal, 2015). Aunque los hombres jóvenes no están pensando en convertirse en padres, estas ideas sobre la perdida de masculinidad rondan el uso de sustancias anabólicas. Por ello, utilizan las técnicas del staking y los ciclos para disminuir los efectos adversos del consumo de esteroides. Otros efectos adversos que preocupan a estos jóvenes son el acné y el aumento del tamaño de los pectorales. El primero aparece en el rostro y en la espalda; para muchos, este efecto es bastante desagradable puesto que produce asco en las personas. El segundo efecto cosiste en la producción de una especie de líquido muy parecido a la leche materna. Llegas a segregar como calostro de los pezones […]. Es lo que te digo, es un sacrificio. La primera vez que me pasó me estaba bañando y me empiezo a tallar el pecho y veo que me sale como algo […], ya me agarro el pezón y me apachurro, sale, y me dolía, porque me hice sensible (Informante 2, comunicación personal, 2015).

La producción de un líquido similar a la leche materna y la sensibilidad de los pezones, recuerdan a la maternidad, principal eje simbólico de la feminidad. Este tipo de efectos son soportables mientras su cuerpo obtenga los músculos que nunca tuvieron. Es por ello que este tipo de práctica se considera como un autosacrificio. De esta forma, estos jóvenes negocian la adquisición de rasgos masculinos con aquellos efectos que se consideran desagradables y degradantes de la masculinidad. Se encuentran en una tensión entre su imagen musculosa frente al espejo y los efectos que se consideran femeninos. El aumento de masa muscular y la transformación corporal es tan radical que después de seis meses o un año de estar entrenando son cuestionados por sus familiares, amigos y círculo social. Pasan de verse sanos, naturales y fuertes a tener un cuerpo artificial, con crecimiento desmedido. Les dicen que tienen vigo265

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rexia 23 o asocian estas corporalidades con la monstruosidad y con la deformidad, ya que salen de la normalidad, de lo que es considerado sano y bello. A mi familia siempre les ha gustado el deporte, lo que no les gusta es ver personas grandes porque se ven deformes, que se ven feos […]. Hasta la fecha, he subido al Face o a una red social mis fotos, si las llega a ver un familiar me dice: «¡Ay! Es que ya así estás bien» o, este, «ya te ves como tosco». Pero, pues yo, en la mente no traigo la idea de estar de este tamaño [se señala a sí mismo]. A mí me gustaría estar más grande (Informante 1, comunicación personal, 2015).

El bodybuilding dentro de la cultura del fitness se configura como una experiencia radical al pasar los límites culturales de lo que se considera un cuerpo masculino sano, en armonía, que se debe mostrar. Además, rompe con los lineamientos de lo que se considera un deporte pues para poder competir se necesita utilizar sustancias prohibidas. Por ello se devalúa a las personas que lo practican, muchas veces los llaman drogadictos, enfermos, deformes y se les asocia con la ilegalidad. Las corporalidades producidas por esta actividad física sólo son valoradas en contextos específicos como el de las competiciones que producen un campo cultural, con sus instituciones, prácticas de consumo y consumidores. Las competencias: el espectáculo del cuerpo perfecto  El bodybuilding como práctica física de la forma se ha desarrollado a nivel mundial, pero es en Estados Unidos donde se llevan a cabo las competencias más importantes, además de haber dominado el mercado y las competencias en los últimos años. La Federación Internacional de Fisicoculturismo y Fitness (IFBB, por sus siglas en inglés) es la encargada de regular 23 Trastorno del comportamiento que se caracteriza por la obsesión de conseguir un cuerpo musculoso.

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a nivel internacional los concursos y organizaciones nacionales. Las competencias más populares son Mister Olympia y Arnold Classic. La primera se lleva a cabo cada año desde 1965 y compiten los deportistas más importantes del mundo por ver quién es el que tiene mejor figura. La segunda debe su nombre a su creador Arnold Schwarzenegger, la primera vez que se llevó a cabo fue en 1989 y se considera la competencia más redituable en recursos económicos. En México, la organización encargada de realizar competencias, cursos, además de preparar a los jueces, es la Federación Mexicana de Fisicoconstructivismo y Fitness A. C. (FMFF) junto con la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade). Entre las competencias que realizan se encuentra Mr. México en todas sus modalidades: veteranos, amateurs, profesionales y juveniles. Éstas se llevan a cabo en Ciudad de México y acuden personas de todo el país; en ellas se muestran los últimos avances en cuanto a suplementos alimenticios, ropa para entrenamiento; también asisten las figuras más importantes del fisicoconstructivismo (femeninas y masculinas) y se dan pláticas sobre los entrenamientos y los reglamentos para concursar en esta actividad. Dichos eventos forman un espacio de socialización para las personas que se dedican profesionalmente al fisicoconstructivismo y para aquellos que quieren iniciarse. Por otro lado, lo que se califica en las figuras masculinas son «físicos armoniosos y clásicos, buscando también buena postura, disposición atlética y estructura armónica correcta. Buena constitución, amplios hombros, pecho amplio, curvas espinales fisiológicas, miembros y tronco en buena proporción, piernas con bombeo muscular» (IFBB, 2012, p. 7). Así mismo, se califica la calidad y crecimiento del músculo y la ausencia de grasa. Para que los jueces puedan observar la figura masculina se realizan prácticas que consideran femeninas o se clasifican como prácticas de embellecimiento. Los hombres jóvenes que compiten deben estar perfectamente depilados, broncearse y usar trajes de baño que cubran 267

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tres cuartas partes del glúteo. Es decir, tienen que mostrar las horas de gimnasio, la dieta estricta y el consumo de esteroides anabólicos y suplementos alimenticios en la pasarela. Las poses son las siguientes: de frente (doble de bíceps y expansión dorsal), de perfil (expansión pectoral), de espalda (doble de bíceps y expansión dorsal), de perfil (extensión de tríceps), de frente (abdominales y muslos). Mediante estas poses muestran su musculatura; cuando están en el estrado siempre permanecen con una postura rígida, mientras el juez los observa o les da la indicación de estar relajados. Sin embargo, «mientras no están posando, los bodybuilders se someten a la regular atención y autoinspección de sus músculos» (Saltman, 2003, p. 51). En el bodybuilding no se califica la fuerza, potencia, destreza o velocidad al hacer una actividad, es un espectáculo de apreciación donde gana él que tenga la mejor figura de acuerdo con los estándares antes mencionados. En este sentido, es un espectáculo como todos los deportes, sin embargo, no obedece a los cánones deportivos de mostrar las habilidades de los competidores, sino que de lo que se disfruta es de observar las figuras que salen de la normalidad. Las competencias de bodybuilding, están más cerca del freek show, pues «estos cuerpos espectaculares son obras de arte, constantemente rehechos y mostrados, flotando entre exceso de la monstruosidad y la restricción de la belleza» (Martín, 1998, p. 91). Reflexiones finales Los hombres jóvenes que incursionan en el bodybuilding lo hacen pensando en adquirir las marcas de género. Es decir, la construcción de su masculinidad está ligada a la transformación corporal que puedan lograr por medio del ejercicio y el consumo de sustancias anabólicas y suplementos alimenticios. Sienten que han adquirido los rasgos de la masculinidad que les faltaba y por los cuales sufrían burlas y eran feminizados por sus pares y familia. 268

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Estas marcas de género están institucionalizadas por medio de la heterosexualidad obligatoria que impone formas y maneras de ser hombres o mujeres. Todos aprenden a percibir cuáles son las partes corporales que signan los cuerpos como femeninos y masculinos y los hacen inteligibles socialmente (Butler, 1998). El bodybuilding está basado en construir figuras que exalten aquellas partes del cuerpo que se consideran masculinas y atractivas para las mujeres como la adquisición desmedida de musculatura. En este sentido, el género es performativo, ya que a través de la repetición ritualizada de la feminidad y masculinidad se construye una identidad de género. La performatividad debe entenderse no como un acto singular y deliberado, si no, «como la práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso produce los efectos que nombra» (Butler, 2002, p. 18). Estos efectos del discurso se materializan y encarnan en el cuerpo por medio de la repetición ritualizada de las normas de género arraigadas en la estructura cultural. El género, por tanto, es «la estilización repetida del cuerpo, una serie de actos repetidos –dentro un marco regulador muy rígido– que se congela en el tiempo para producir una apariencia de sustancia de una especie natural de ser» (Butler, 1998, p. 67). Es así cómo mediante la estilización del cuerpo y la repetición de los actos corporales se muestra la identidad de género. Los hombres jóvenes adquieren características masculinas por medio de la performatividad del género masculino y el uso de la tecnología que les concede la posibilidad de producir sus cuerpos musculosos, dentro de una «biopolítica 24 del consumo, Se llama biopolítica al ejercicio de poder y control sobre los cuerpos de los sujetos para hacerlos útiles y obedientes, donde ya no se tenga que ejercer control por medio del castigo sino por medio de la vigilancia y la interiorización de las estructuras de poder(Foucault, 2009). La biopolítica no sólo reside en hacer el cuerpo de los individuos útiles sino en controlar los mecanismos de la población como nacimientos, mortalidad, índice de la salud, esperanza de vida y longevidad, todas ellas reguladas a través de la intervención y el control de los cuerpos en la sociedad (Foucault, citado en Héller y Fehér, 1995, p.10-11). 24

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entendida como la clasificación disciplinaria de los cuerpos juveniles a través del acceso y frecuentación a ciertos bienes materiales y simbólicos» (Reguillo, 2002, p. 158). El acceso a tecnologías corporales, como el uso de aparatos sofisticados para hacer ejercicio, la administración de sustancias anabólicas, el consumo de suplementos alimenticios y la dieta son las formas en que pueden adquirir esa masculinidad de la que carecían. Para Beatriz Preciado (2007) el género ya no es sólo un efecto de la performance sino un proceso de incorporación de los avances tecnológicos que modifican de manera permanente el cuerpo para la formación del género. Con esto se quiere decir que la tecnología permite y da la posibilidad de generar por medio del cuerpo nuevos campos de acción en donde la reapropiación de los significados de género están en constante disputa por los significados impuestos por dichas normas. Es en este sentido, se considera que se puede decir que la identidad de género «opera como un scrip, una narración, una ficción performativa en la que el cuerpo es al mismo tiempo el argumento y personaje principal» (Preciado, 2007, p. 30). Los hombres jóvenes que incursionan en el fisicoconstructivismo lo hacen con el fin de ajustar sus cuerpos a los requerimientos sociales de lo que debe ser un hombre masculino en México. De tal forma que reproducen, por medio de la disciplina y la intervención de sus cuerpos, las normas culturales de género que los hacen inteligibles socialmente, se les reconoce por sus pares y familia y adquieren un estatus social que antes no tenían. Es importante resaltar que las ideas sobre la masculinidad y la feminidad dominantes están embebidas de cómo debe ser un cuerpo sano, atlético y saludable. Así, los hombres jóvenes no sólo buscan resaltar los atributos de la masculinidad, sino también dar la impresión de que practican un deporte y están sanos. La paradoja es que, por una parte, buscan una masculinidad dominante, por medio de la actividad física y el consumo de sustancias anabólicas y, por la otra, adquieren rasgos femeninos (se sensibilizan) o pierden rasgos masculinos (disfunción 270

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eréctil). Además, alcanzan un crecimiento muscular que para los cánones occidentales de belleza y género sale de la norma, acercándose más a lo que se considera deforme o anormal. El bodybuilding transgrede, en la medida que reproduce la masculinidad dominante, los límites de lo que está permitido consumir para modificar el cuerpo dentro de la cultura del fitness. Al transgredir esos límites entran en el campo de la abyección, pues son cuerpos que si bien se reconocen como masculinos, también son el ejemplo de lo prohibido, el exceso y la radicalidad en la misma práctica. Lo abyecto es aquello que no es humano, que se encuentra fuera del reconocimiento de las corporalidades que marcan los géneros. Lo abyecto es «lo otro del sujeto, que incluye a aquellos otros que presentan características sexuales o raciales diferentes del sujeto hegemónico» (Soley-Beltran, 2009, p. 45). Ser parte de lo abyecto es aquello que no puede ser cognoscible para los discursos hegemónicos, pues dictan, normalizan e instituyen formas de pensar, de ser, de construirse como sujeto. De ahí que se cuestionen cuáles son los límites marcados culturalmente para transformar la corporalidad. Referencias Backstein, R. y Hineck, A. (2005). War and Medicine: the Origins of Plastic Surgery. Medical Journal, (82), 217-219. Buñuel, A. (1994). La construcción social del cuerpo de la mujer en el deporte. Reis: Revista Española de Investigaciones Sociológicas, (68), 97-117. Butler, J. (1998). Actos performativos y construcción del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista. Debate Feminista, 18, 296-314. Butler, J. (2002). Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del sexo. Buenos Aires: Paidós. Chapman, D. (2006). Sandow the Magnificent. Eugen Sandow and the Beginnings of Bodybuilding. Chicago: University of Illinois Press. 271

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CONFIGURACIÓN Y RECONFIGURACIÓN DE SUBJETIVIDADES, SABERES, PRÁCTICAS Y TERRITORIOS JUVENILES EN MEDELLÍN1

Alexandra Agudelo López / Rodrigo Villada López / Lina Marcela Patiño Introducción La expresión formación social abigarrada fue inaugurada por el sociólogo René Zavaleta para intentar describir la complejidad de la sociedad boliviana. En los últimos años, el denominado Grupo Comuna conformado por intelectuales como Álvaro García, Raúl Prada y Luis Tapia, entre otros, ha retomado la noción para leer la configuración contemporánea del Estado plurinacional de Bolivia y algunos otros contextos latinoamericanos signados por la multiculturalidad social y política. De acuerdo con Luis Tapia (2008), la noción de Zavaleta refería «una sobreposición desarticulada de varias sociedades, es decir, de varios tiempos históricos, de varias concepciones del mundo, de varios modos de producción de subjetividad, de socialidad y sobre El presente artículo constituye uno de los resultados de la 1.ª etapa del Programa Latinoamericano de Estudios sobre Juventud «Configuración y reconfiguración de subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en América Latina y el Caribe», realizado durante el año 2015 en la Universidad Autónoma Latinoamericana, específicamente en la línea de investigación sobre subjetividades y subjetivaciones políticas de la Maestría en Educación y Derechos humanos. 1

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todo varias formas de estructuras de autoridad o de autogobierno» (p. 48). Por lo que esta noción resulta hoy de bastante utilidad para comprender lo que acontece en Medellín y de manera particular las tensiones entre legalidad-ilegalidad, violencia-resistencias en medio de las cuales se inscribe la acción colectiva juvenil. Es por ello, que la Maestría en Educación y Derechos Humanos de la Universidad Autónoma Latinoamericana (UNAULA), y de manera directa la línea de investigación subjetividades y subjetivaciones políticas, implementa el Programa Latinoamericano de Estudios sobre Juventud «Configuración y reconfiguración de subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en América Latina y el Caribe» como una alternativa de investigación para el período 2015-2019, que permita abordar las complejidades que enfrentan los jóvenes de la ciudad, sus apuestas de resistencia y transformación, tanto en las iniciativas públicas como privadas cuyo foco sea esta población. En tanto investigación, está fundamentado en la concepción lakatosiana de programa, en el sentido de núcleos de discusión y categorías centrales que permiten el avance en un campo de saber específico, al tiempo que fortalecen las teorizaciones y aprendizajes sobre lo investigado. Categorías, núcleos y tiempos se conjugan para lograr la problematización de condiciones históricas, subjetivas y colectivas sobre sujetos en particular que, en este caso, han sido descritos desde la categoría condición juvenil. Por la amplitud y expectativas frente al programa, su estructura y alcance han sido pensados en el corto, mediano y largo plazo, con la participación directa de docentes, estudiantes de la maestría, investigadores de América Latina y el Caribe y jóvenes implicados en procesos organizativos y comunitarios comprometidos con la producción de saberes y el desarrollo de acciones en los territorios. De ahí que el programa se materialice como una iniciativa interdisciplinaria, intersectorial e internacional que favorece, con la participación activa de jóvenes, la producción de pensamiento y el desarrollo de prácticas académicas, investigativas y de relacionamiento nacional e internacional. 278

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La primera etapa del programa de investigación se desarrolló durante 12 meses y en ella se articularon 11 estudiantes de posgrado y ocho proyectos de investigación. Los resultados de esta primera etapa están contenidos en los dos apartados del presente artículo. El primero sitúa los desplazamientos teóricos y metodológicos logrados durante el proceso; y el segundo se detiene en los hallazgos, interpretaciones y discusiones sobre las cuatro categorías centrales del programa: subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles. Concluida la primera etapa del programa, se encuentra en curso una segunda fase orientada a la dinamización de redes de cooperación, formación, investigación y movilización entre jóvenes, organizaciones sociales y de investigación, en la perspectiva de apoyar y fortalecer los colectivos juveniles y robustecer el compromiso político de los investigadores de América Latina y el Caribe. Por lo que se espera que el programa de investigación permita a la universidad, a la escuela de posgrados y en especial a la Maestría en Educación y Derechos Humanos la reflexión y la acción con los jóvenes de la ciudad, de cara a la oportunidad histórica que representa la adopción de la nueva política pública y plan estratégico de juventud en la ciudad y a lograr materializar las aspiraciones de participación y cogestión que se requieren para responder a las necesidades y potencialidades de la población en la ciudad y en la región. Finalmente, culminada la segunda etapa, en un lapso de 40 meses, se aspira formalizar la propuesta del Centro de Estudios Latinoamericanos sobre territorios, movilizaciones y cuestiones juveniles de la ciudad de Medellín, con sede operativa en la Escuela de Posgrados de la Universidad Autónoma Latinoamericana. Trayectos y desplazamientos teóricos y metodológicos El desarrollo de la primera etapa del programa se realizó en simultáneo con la explosión de una categoría que evidencia la precaria condición de vida que experimentan muchos jóvenes 279

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del mundo y en especial en América Latina y el Caribe. Se trata de la categoría juvenicidio, propuesta por el investigador mexicano José Manuel Valenzuela y adoptada ampliamente por otros expertos en juventud como Rossana Reguillo, Alfredo Nateras, Maritza Urteaga, Marisa Feffermann, Germán Muñoz y Carles Feixa, entre otros. La discusión central de esta categoría versa sobre las condiciones de precarización de la vida juvenil producto de la expansión del modelo económico y de la dramática reducción de posibilidades para la construcción de proyectos de vida digna. Se trata de afectaciones materiales en los campos del trabajo, la educación, la vivienda, etcétera, pero también, como lo señalan Feixa, Cabasés y Pardell (2015) de «un proceso moral, que afecta tanto a los individuos (cuya subjetividad se vuelve cada vez más vulnerable y precaria) como a toda la generación (cuya conciencia colectiva es cuestionada y sitiada)» (p. 264). Los intensos debates sobre la categoría juvenicidio y el apocalíptico fenómeno que ella describe representan un mayor desafío para las políticas públicas en materia de juventud y despiertan importantes inquietudes respecto a los logros que estás han tenido durante los últimos 10 años en la región latinoamericana y en especial en Colombia. Y es que pese a la emergencia de la juventud en el escenario político y estratégico de los gobiernos de lás décadas de 1980 y 1990, las condiciones políticas, sociales, económicas y culturales en que habitan los jóvenes no se han modificado sustancialmente, por el contrario, parecen haber perpetuado su exclusión, confinándoles a lo que Tapia (2008) denomina desigualdad sustancial y otros autores como Wacquant (2014) marginalidad avanzada. Situar el juvenicidio en el centro del debate ha obligado a que muchos esfuerzos de carácter investigativo y político se orienten enfáticamente en denunciar las problemáticas que afectan a los jóvenes, la reducción flagrante de trabajo digno, la imposibilidad de un ingreso que satisfaga sus necesidades básicas, la incontestable y avasalladora privatización de secto280

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res como la educación y la salud, que somete a condiciones de marginalidad absoluta, pero también, la inflación del Estado penal con su «gestión punitiva de la marginalidad a través de la unión de políticas sociales disciplinarias y de una justicia penal neutralizante» (Wacquant, 2014, p. 178) que tiene un directo interés en los jóvenes. A esta condición juvenicida que caracteriza las sociedades contemporáneas y especialmente las latinoamericanas, se responde desde una perspectiva programática y remedial que mediante transferencias condicionadas pretende resolver los problemas estructurales de empobrecimiento y marginalidad de la vida juvenil. Se trata de medidas que, como señala Reguillo (2013), están signadas por la atemporalidad y ahistoricidad que estigmatiza a los jóvenes mediante una atención coyuntural basada en una concepción de ellos como sujetos desprovistos de postura y planes de vida. Esta es la característica que define en parte la política de juventud de Medellín, una oferta institucional coyuntural que no afecta significativamente las condiciones de violencia, precarización y violación de derechos que experimenta un gran número de jóvenes de la ciudad. En ese sentido, podría decirse que las políticas con enfoque poblacional han sido inferiores al desafío que representa la generación de condiciones de vida digna para los jóvenes, esto por su carácter superfluo que sitúa las problemáticas exclusivamente en función de la condición de ser joven y por la incapacidad para comprensiones y compromisos de más amplio raigambre en la transformación de las estructuras sociales que afectan a la población en general. Contraria a esta miopía de las políticas públicas y en respuesta a la falta de oportunidades para configurar su proyecto de vida, muchos jóvenes se inscriben hoy en interesantes movilizaciones a escala mundial e intergeneracional que rechazan las condiciones del sistema financiero y político, formulando alternativas viables para la economía, el medio ambiente, la convivencia y la sobrevivencia de las especies en el planeta. Se trata de colectivos, 281

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agrupaciones u organizaciones que promueven el trabajo solidario, el empleo digno y la producción cultural con base comunitaria, en tanto formas de lo social que trascienden la mirada poblacional y se concentran en nuevas ideas sobre lo común. Esta categoría de juvenicidio y el reconocimiento de los abigarramientos en que se produce lo social en la ciudad de Medellín ha implicado para el programa de investigación una postura crítica frente a la política pública de juventud, el enfoque de la seguridad y el emprendimiento que están en la base del propósito de «garantizar el reconocimiento cultural, la inclusión social, la participación política, la equidad económica y, en general, el goce efectivo de los derechos» (Conscejo de Medellín, 2014, p. 3). Esta política, como muchas otras que soportan la idea de innovación social y transformación de la ciudad, pretende ocultar los problemas estructurales de violencia, paralegalidad, expansión del narcotráfico y desigualdad que continúan definiendo las dinámicas sociopolíticas en las comunidades y que, de muchas maneras, son la causa de la muerte y precarización sistemática de la vida de los jóvenes. Es esta negación de las problemáticas de la ciudad y la obstinada apuesta cultural de la innovación, lo que ha ocasionado falta de credibilidad y desconfianza de los jóvenes de la ciudad por la administración municipal y en algunos casos por la academia, y que se demuestra en la exigua participación juvenil en la política de juventud y sus diversas instancias, tanto como en algunos de los procesos de investigación que desarrollan las universidades. En atención a lo anterior, la expansiva precarización de la vida juvenil que lleva a diversas formas de juvenicidio, sumada a la incapacidad de los gobiernos y las políticas para generar condiciones de vida digna para los jóvenes, se fue convirtiendo con los días en el problema central del programa de investigación, expresado en un alejamiento e inconsistencia entre las aspiraciones de inclusión diseñadas por Estados, organismos internacionales, entidades privadas y academia y las prácticas configurantes y reconfigurantes de los jóvenes de la ciudad de Medellín, eso 282

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que Valenzuela denomina «lucha por la semantización de las diferencias y la representación juvenil» (2009, p. 51). Por ello, el primer desplazamiento que debió realizar la primera etapa del programa, fue detenerse en la pregunta: ¿cómo aportar desde los procesos investigativos y en general desde la academia a la comprensión y contención del creciente fenómeno del juvenicidio en América Latina y en especial en Medellín? Esta pregunta condujo a cada uno de los proyectos articulados al programa a pensarse condiciones particulares de la vida juvenil, algunas de las cuales se expresan a continuación. De las teorías sobre juventud a la concepción de la condición juvenil Hablar de jóvenes en América Latina significa reconocer que 35 por ciento de la población total está dentro de esta condición (Celade, 2013), cifra que aumentará de manera incontrolada en los próximos años, sobre todo en países donde la pobreza y la desigualdad permanecen como signo nefasto de los procesos de desarrollo. En el caso de Medellín, según la Secretaría de Juventud de Medellín (2015) el número de jóvenes por rango etáreo, es decir, entre los 14 y los 28 años, asciende aproximadamente 23 por ciento de la población y despierta interesantes cuestionamientos frente a los dispositivos políticos que deberían responder por sus derechos y garantías de vida digna, ya que las condiciones de precarización en materia de empleo, educación y salud avanzan sin que al parecer la política pública de juventud pueda resolverlo. De ahí que pensar en los jóvenes implique mucho más que la definición de rangos etáreos o procesos de moratoria social, un cuestionamiento a las condiciones en las que hoy se produce la vida en el planeta y los contextos de mercantilización de derechos, libertades y dignidad de las personas, afectando de manera más profunda a quienes están en proceso de consolidación de sus proyectos de vida. Esto toda vez que como señala Valenzuela, «la juventud no es un campo social autocontenido, 283

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sino que se construye desde las diversas articulaciones con otras áreas de la realidad que participan en la conformación de los sentidos de la condición juvenil» (2009, p. 34). Lo anterior implica que pensar la condición juvenil requiere un abordaje amplio de la realidad, de sus cambiantes condiciones y de una postura ético-política que se atreva a disputar otras formas de existencia desde cada uno de los contextos en los que ella se produce. Dicho de otro modo, hablar de condición juvenil implica abandonar la idea de una juventud como expresión generalizada, universal y hegemónica y atreverse a situarla política, social, económica e históricamente para que intersubjetivamente puedan abrirse las compuertas de su definición y defensa. Debido a esto, revistió un especial cuidado para esta investigación, las movilizaciones y fluctuaciones categoriales que transitarán entre los significantes joven y juventud; pues como lo precisa Valenzuela (2015) son meras palabras que refieren relaciones sociales históricamente situadas y representadas que conforman umbrales semantizados de adscripción y diferencia, inmersos en redes y estructuras de poder. De tal manera, para Valenzuela la construcción de la noción de condición juvenil implica serias disputas entre la autoadscripción y autopercepción y la heterorepresentación y el heterorreconocimiento, que no son más que las posibilidades de ser sujeto en el marco de dimensiones sociales, políticas, económicas y culturales. En abono podría señalarse con Urresti y Margulis (2012) que la condición juvenil implica una manera particular de estar en la vida: potencialidades, aspiraciones, requisitos, modalidades éticas y estéticas, lenguajes. De ahí que no pueda definirse con criterio de inmutabilidad, sino como expresión de la polisemia de construcciones culturales que se producen en un contexto y que dan origen a múltiples manifestaciones y formas de crear identidad, por lo que la condición de edad resulta insuficiente para definirla. Trasegar estas nociones implica, para el caso colombiano, un asunto que despierta interés hace apenas tres décadas, momentos en los que la violencia, incertidumbre y desesperanza 284

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empiezan a configurar nuevos estereotipos de jóvenes marginales que habitaban las urbes y periferias y que se valían de la fuerza y sus múltiples representaciones para la consecución de sus propósitos inmediatos. De ahí la importancia que ello revestiría en una ciudad como Medellín, sintomática por excelencia de una historia de horror, cuyos principales protagonistas fueron los jóvenes que, en medio de ciclones devastadores, eran eliminados de manera sistemática. Ciudad en la que sólo hasta el año 1990 se presentan las primeras investigaciones documentadas por universidades que dan cuentan de la intervención realizada con jóvenes y sus experiencias vitales. Sin embargo, y pese a la cantidad de información desde entonces producida y la variedad de temáticas abordadas, existe una polifonía dispersa de ejercicios de análisis, que no permiten comprender de manera amplia y compleja, a modo de mapa de actores y procesos, lo que academia, instituciones estatales, organizaciones sociales, organismos de cooperación y los mismos jóvenes han logrado desarrollar en los últimos 20 años en la ciudad de Medellín. Este esfuerzo está siendo asumido hoy por la Red de Conocimiento sobre Juventud, como una estrategia de articulación entre las diferentes organizaciones, colectivos y agrupaciones juveniles, con académicos, investigadores y funcionarios públicos de la Secretaría de Juventud, como alternativa para la producción de saber y la construcción de rutas de acción conjunta. No obstante, se trata de un esfuerzo inicial sobre el que todavía falta camino por trasegar. Ahora bien, por razones más que obvias, una de las categorías sobre las que más trabajó el programa fue juventud. Sin embargo, lo primero que habría que reconocer es que no se trata de una categoría simple y despejada, por el contrario tiene muchos significados e interpretaciones, y no sólo se refiere a criterios de ciclo vital, identidad o edad, sino que representa, fundamentalmente, la posibilidad de asumir la vida a partir de una subjetividad creativa, alternativa, propositiva y profundamente crítica. 285

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Por ello, el programa se refiere a la condición juvenil como a una disposición vital de carácter performativo sobre la realidad a partir de la construcción con otros. De ahí que la condición juvenil implique una voluntad política con inmensas posibilidades para la construcción de horizontes de vida compartidos. En esta dirección, Valenzuela (2009), Reguillo (2000), Nateras (2002), Leccardi y Feixa (2011) y Domínguez, Ospina-Alvarado y Vásquez (2018) resaltan, en sus investigaciones sobre juventud, la potencia del concepto de juventudes, en plural, y proponen aproximaciones a los jóvenes desde una mirada crítica del contexto que habitan y desde el que le dan sentido a su acción. Por lo anterior, se trata de localizar histórica y geográficamente las acciones juveniles y los procesos subjetivos que las alimentan, como alternativa para no homogeneizar, estandarizar ni encapsular lo que los jóvenes producen como sentidos de realidad, y para potenciar la construcción compartida de futuro. Se trata de decidirse por estudios de juventud que no generalicen ni estigmaticen a los jóvenes, sino que permitan comprender cada una de sus particularidades. Con esta convicción el programa asumió una perspectiva biográfica-narrativa y política que rescató el valor de las historias singulares, los testimonios y los proyectos de vida de los jóvenes de la ciudad de Medellín, a partir de la generación de relaciones de mutuo aprendizaje, colaboración y reconocimiento en las que, además, los investigadores fueran movilizados por compromisos éticos y políticos con sus luchas, más que por el extractivismo de saberes que tanto ha afectado las relaciones entre ambos actores. Se hizo necesario generar espacios para la conversación y la comprensión de los procesos de acción colectiva y resistencia a partir de la experiencia vivida y de la capacidad de reconstruirla por medio de la narración; dando espacio para la reflexión sobre la acción en tanto actuación con otros. Se construyeron relatos de vida intergeneracionales a manera de puentes entre el pasado, el presente y el futuro, lo que permitió resaltar las 286

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formas en que los jóvenes encuentran sentidos en sus procesos de resistencia, avanzando a su vez en la construcción de otros escenarios de vida posible en sus comunidades. Las comprensiones sobre los jóvenes y, especialmente, sobre su condición juvenil obtenidas a partir del trabajo biográfico-narrativo y la postura política, discutieron con la categoría juventud, desarrollada por diferentes autores y grupos académicos, en especial los vinculados al grupo de trabajo (GT): Juventudes, infancias: Políticas, Culturas e Instituciones Sociales en América Latina, avalado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso). El citado GT ha enfatizado la necesidad de reconocer y visibilizar las voces y acciones de los jóvenes como grupo humano que resulta especialmente afectado por las complejas dinámicas sociales en los ámbitos locales, nacionales y globales; al tiempo que señala: Los nuevos sentidos, prácticas y discursos que van emergiendo en torno a la ciudadanía de jóvenes en América Latina y sus nuevas formas de hacer política desde lo juvenil, profundizando en las maneras particulares como los y las jóvenes se vinculan a la construcción del orden político, para identificar y fortalecer aquellos sentidos, prácticas y discursos más inclusivos, democráticos y participativos (Documento del GT, 2007, citado por Alvarado y Vommaro, 2010, p. 7-8).

Es de resaltar que la experiencia biográfico-narrativa del programa coincide con la idea de una profunda cercanía de los jóvenes a la reflexión y la acción política, sobre todo aquella que promueve una férrea crítica a los modos hegemónicos, colonizantes y corruptos de la polítiquería, al tiempo que exhorta a la generación de relaciones basadas en la solidaridad, la confianza y la construcción de horizontes de sentido intergeneracionales, interdisciplinarios y multiestamentarios. Sin embargo, contrario a los hallazgos del GT respecto a la categoría ciudadanía que reivindican los jóvenes en América Latina, durante el desarrollo de la 287

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investigación en Medellín emergieron exiguas referencias a este concepto, y en ellas, fue evidente un profundo desprestigio ocasionado por lo que denominan la falsedad de la función del Estado. En la misma dirección, Feixa, otro autor con el que se establecieron interesantes discusiones durante el desarrollo del programa de investigación, permitió avanzar en la construcción de la categoría condición juvenil de manera situada e históricamente referenciada para el caso de Medellín; esto es, comprender que las dinámicas sociales, económicas y políticas en las que ha sido construida la ciudad, sus imaginarios y dispositivos, han producido un cierto modo de ser joven y unas ciertas características que, sin ser generales y absolutas, impregnan los procesos de subjetivación de los jóvenes. Así, de la mano con Feixa, cuando advierte que no se trata de «estructuras compactas, sino sólo referentes simbólicos que identifican vagamente a los agentes socializados en unas mismas coordenadas temporales» (2000, p. 87), fue posible instalar en la definición de condición juvenil, más que características cerradas, tensiones que han permitido comprender las plurales formas de ser joven en la ciudad. A continuación se señalan dos de las más discutidas durante la investigación. La primera de estas tensiones está definida por un patrón que comparte con la ciudadanía paisa y que brevemente se nombra al comienzo del presente artículo; se trata de la legalidad-ilegalidad. Para muchos de los que participaron en la investigación esta tensión está asociada a prácticas culturales que intentan responder al menos a tres factores: la desigualdad persistente, el desprestigio del Estado y la ambición desmedida que impulsan ciertos procesos socializadores en Medellín. Esta tensión emergente en los relatos tanto de los jóvenes que participan en procesos comunitarios, como en aquellos que se encuentran privados de la libertad, devela que las generaciones de jóvenes que han vivido en la ciudad entre la década de 1980 y el presente se han enfrentado con la posibilidad de participación en alguna de las formas de ilegalidad que operan en las comunas de la ciudad (insurgencia, paramilitarismo, organizaciones 288

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delincuenciales vinculadas al narcotráfico) y a su vez con la oferta de legalidad proveniente del Estado, de las comunidades o sus familias. Esta tensión ha marcado y continúa definiendo la vida de un gran número de jóvenes de la ciudad. La segunda tensión, muy asociada a la anterior, ha sido definida como acción violenta-acción no violenta y refleja la consecuencia directa que el conflicto armado tiene en la vida de los jóvenes. Para ellos, imposiciones como el servicio militar obligatorio que demanda el Estado se han convertido en un escenario de luchas y reivindicaciones, por tratarse de una forma de vinculación legalizada a la guerra. Esta forzosa opción por las armas y la guerra constituye, para algunos, la opción para alcanzar mejores condiciones en materia de empleo y educación, mientras para otros, se instala como la razón fundamental de objeción de conciencia. En adición, señalan que la incorporación a la policía se ha convertido para muchas mujeres jóvenes en una alternativa de ubicación laboral o de escapar a las condiciones de violencia, abuso y domesticación que viven en sus familias o comunidades. Lo anterior, acuerda con Valenzuela la idea de la juventud como «un concepto vacío de contenido fuera de su contexto histórico y sociocultural» (2009, p. 19) y que refleja con claridad las paradojas y tensiones que enfrentan las sociedades en que viven, por lo que asumirse en condición juvenil implica una disposición para interactuar por aceptación o profundo rechazo con lo que acontece en el medio. Esta definición resulta útil, además, en el sentido de poder comprender cómo los jóvenes se mueven a partir de acatamientos a las matrices societales, pero también por profundas distancias a lo que la sociedad les marca como camino a seguir. Es en esta segunda acepción en la que la investigación ha encontrado su lugar, ya que los jóvenes que se esfuerzan en procesos de formación y participación política han tomado distancia de los contextos de violencia, de los individualismos que promueve el consumo y se arriesgan a construir relaciones de 289

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solidaridad y afecto con sus comunidades para lograr la transformación de los entornos. Y es que precisamente en ese proceso de construcción de la condición juvenil es donde los jóvenes de Medellín manifiestan que han ido generando sentidos, discursos y prácticas políticas nuevas para hacerse reconocer e incluir en los procesos participativos y políticos en sus barrios, comunas, municipios, países e, incluso, en el contexto global, desarrollando estrategias individuales y colectivas que rompen con patrones en la forma de hacer política y que contribuyen a la generación de otras relaciones en los territorios. Estas prácticas bien pueden asociarse a conceptos como biocultura propuesto por Valenzuela y que configura una centralidad corporal que media procesos o disputas sociales, en el sentido de una «semantización del cuerpo y disputa por su control, pero también por su participación como elemento de resistencia cultural o como expresión artística» (2009, p. 24). Y también a categorías como biorresistencia, que hace alusión al «conjunto de formas de vivir y significar el cuerpo por parte de personas o actores y grupos sociales en clara resistencia, disputa o desafío de las condiciones biopolíticas» (Valenzuela, 2009, p. 27). Ambas definen, de manera bastante cercana, las prácticas que esta investigación encontró en los jóvenes de Medellín, en el sentido de comprometer sus propias vidas, cuerpos y proyectos con la transformación de los territorios que habitan y de sus pobladores. Las exigencias polifónicas en la investigación con jóvenes El Programa Latinoamericano de Estudios sobre Juventud se organizó a partir de procesos de investigación, formación y apropiación social del conocimiento y se ocupó de la reflexión epistemológica y metodológica sobre los estudios de juventud y del diseño de proyectos de acción con los jóvenes desde las categorías subjetividades, saberes, prácticas y territorios. Fue 290

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concebido para ser desarrollado a corto, mediano y largo plazo con compromisos de producción en cada una de sus etapas. El primer componente del programa contribuyó a la formación de magísteres en Educación y Derechos Humanos desde la perspectiva de los estudios de juventud, lo que representó una posibilidad de comprensión y acción en relación con las condiciones que afectan la garantía, promoción y disfrute de los derechos de los jóvenes en América Latina y, especialmente, en la ciudad de Medellín. En materia de investigación, los trabajos académicos de docentes y estudiantes de la línea se orientaron al trabajo con jóvenes, lo que contribuyó a la construcción de bases investigativas para el programa y se convirtió en una forma de expresar la vocación política y, específicamente, en derechos humanos de la universidad y de la maestría. En este componente, el programa aportó al grupo de investigación en educación y derechos humanos de la escuela de posgrados la articulación con grupos de investigadores y colectivos juveniles de la región y de América Latina permitiendo la dinamización de redes de colaboración y cooperación. Aunque estaba contemplado como un propósito de la segunda etapa, se logró un avance importante en relación con el componente de apropiación social del conocimiento, en el sentido de generar y fortalecer el trabajo con jóvenes, concretando espacios para la participación en escenarios de ciudad y región y afianzando la relación con redes como el Grupo de Trabajo Clacso sobre Juventudes, Infancias: Políticas, Culturas e Instituciones Sociales en América Latina y el Caribe, el Grupo de Trabajo jóvenes, culturas y poderes de la Universidad de Manizales y la Red de Conocimiento sobre Juventud de Medellín. Esta última, con un gran protagonismo por parte de la maestría y con proyecciones interesantes para el período 2016-2017. En términos del enfoque metodológico, el Programa Latinoamericano de Estudios sobre Juventud se desarrolló teniendo como núcleo central una perspectiva hermenéutico 291

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ontológico política fundamentada en las aportaciones de Heidegger, Ricoeur, Gadamer y Arendt, que permitió la categorización, tematización, deconstrucción, resemantización y reformulación de las categorías, subjetividades, saberes, prácticas y territorios, sugeridas como heurísticas para abordar las diferentes problematizaciones y situaciones relacionadas con la condición histórica y a la vez situada de los jóvenes en América Latina y el Caribe. Lo cual se presentará a detalle en los hallazgos. La elección de la perspectiva hermenéutica-política retomó los postulados heideggerianos en tanto la producción como sujeto joven, las relaciones intersubjetivas y las relaciones con el saber constituyen procesos que se dan en la relación con el mundo, lo que resulta de mucha importancia para desnaturalizar la condición juvenil y situarla en un contexto de producción histórica. Para Heidegger, se trata de fenómenos no originarios, sino más bien coproducidos en medio de la vivencia en el mundo, por lo que afirma: El análisis ha hecho ver que el coestar es un constitutivo existencial del estar-en-el-mundo. La coexistencia se muestra como un peculiar modo de ser del ente que comparece dentro del mundo. Por el mero hecho de ser, el Dasein tiene el modo de ser del convivir. Éste no puede concebirse como consecuencia del hacerse presente de varios «sujetos». Sólo es posible encontrar un cierto número de «sujetos» cuando los otros, que comparecen primeramente en cuanto coexistentes, son tratados meramente como «números». Semejante «número» de sujetos sólo se descubre por medio de un determinado ser con y para los otros (Heidegger, 2009, p. 129).

Esta postura heideggeriana resultó muy conveniente para la comprensión de los procesos de configuración y reconfiguración de las subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en Medellín y, de manera especial, para la comprensión de los procesos de formación y participación política juvenil por varias razones; en primer lugar, impidió una mirada solip292

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sista de los jóvenes en su configuración como sujetos y obligó a un ejercicio de interpretación siempre en interrelación con los otros, las circunstancias y los contextos que habitan. Lo anterior generó, en materia de formación, una consecuencia directa en tanto abrió una posibilidad de irse haciendo también en profunda relación con los saberes, no sólo en la capacidad de acumularlos, sino más bien de situarlos, aprehenderlos y transformarlos. Y respecto a la participación, la perspectiva heideggeriana posibilitó ejercicios de mediación entre jóvenes y de ellos con actores académicos y comunitarios que participaron de la investigación. Lo que hermenéuticamente hablando implicó una posibilidad de interpretar las acciones de los jóvenes especialmente en su cotidianidad, contextualidad e historicidad y no por fuera de ellas como actividad sin implicancias; y permitió comprender la dimensión política de sus acciones, un asunto de significativa relevancia para el contexto en el que se desarrolló la investigación. Adicionalmente, se retomaron otros postulados de Heidegger, cuando señala que: La interpretación del coestar y del ser-sí-mismo en el uno queda contestada la pregunta por el quién de la cotidianidad del convivir. Estas consideraciones han aportado, a la vez, una comprensión concreta de la constitución fundamental del Dasein. El estar-en-el-mundo se ha hecho visible en su cotidianidad y medianía (2009, p. 133).

Esta alusión refiere adicionalmente a la mediación como coproducción de la realidad, es decir, en tanto alternativa para la consolidación de mundos compartidos en función de los sentidos, historias y empatías construidas. Pero también hace visible que es sólo en la cotidianidad del convivir donde se hace factible la transformación del sujeto y de sus realidades. Enlazado con estos postulados, el programa consideró relevante la incorporación de posturas de Hannah Arendt, sobre todo en lo relativo a sus concepciones sobre acción, política y 293

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pluralidad. Para dicha autora, un primer aspecto a tener presente en la comprensión de la política está asociado a una necesaria advertencia sobre la facilidad con que esta puede instrumentalizarse y trivializarse, por lo que afirma: Nuestra vida política, a pesar de ser el reino de la acción, también se ubica en el seno de procesos que llamamos históricos y que tienden a convertirse en procesos tan automáticos o naturales como los procesos cósmicos, a pesar de haber sido iniciados por los hombres (Arendt, 1991, p. 2).

Para el caso del programa y las investigaciones que formaron parte de él en esta primera etapa, sobre todo por los contextos geográficos, históricos y subjetivos en que se desarrollaron, resultó de significativa importancia desautomatizar las prácticas políticas de los jóvenes, precisamente como un modo de comprenderlas, interrogarlas y transformarlas, mucho más cuando éstas han sido asociadas a modos de actuación que deslindan la posibilidad de interacción con otros. Modos que tienen un profundo rechazo entre los jóvenes y que en algunos casos han acentuado su exclusión de las instancias de participación y decisión. Se trató, insistentemente, de situar la política como una acción que acontece entre sujetos, de manera intersubjetiva y profundamente cotidiana, que resalta el valor de las pequeñas cosas y es capaz de situarlas en la perspectiva de lo que puede ser. No se trata, por supuesto, de una minimización entendida como superficialidad, sino más bien de otorgarle la potencia que sólo tienen los acciones llevadas a cabo con la participación sentida por muchos y pertinente a la experiencia cotidiana de la vida. Esta pluralidad que se da en la política, es descrita por Hannah Arendt (1997) como una condición vital, sin la cual no tendría su potencia performativa: La acción, única actividad que se da entre los hombres sin la mediación de cosas o materia, corresponde a la condición humana de la pluralidad, al hecho de que los hombres, no el 294

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Hombre, vivan en la Tierra y habiten en el mundo. Mientras que todos los aspectos de la condición humana están de algún modo relacionados con la política, esta pluralidad es específicamente la condición –no sólo la conditio sine qua non, sino la conditio per quam– de toda vida política (p. 23).

La pluralidad emergió de manera evidente en el programa y sus proyectos de investigación, como una posibilidad articuladora de comprensiones de lo que los jóvenes hacen con otros, pero sobre todo de aquello que realizan mediante la conjugación de distintas apuestas de estar en el mundo. Además de estos referentes, se tuvieron en cuenta los postulados de Ricoeur (1995), quien, en el mismo sentido, afirma que en cuanto seres históricos construimos relatos en los que el pasado, el presente y el futuro se mezclan de manera intersubjetiva con los tiempos de muchos otros, por lo que al realizar la interpretación hermenéutica de las narraciones –juveniles en este caso– siempre se convoca al plural de la humanidad. Para Paul Ricoeur (2004), la narración constituye una forma privilegiada de construcción de historia por parte de los sujetos, ya que al relatar representan lo vivido, lo evocan y lo tiñen con la tinta de lo configurante; esta relación de vitalidad del tiempo que les hace existir y persistir como aporte de la incorporación del sujeto a la historia, la expresa dicho autor cuando afirma: ¿En nombre de qué afirmamos el derecho del pasado y del futuro a existir de alguna forma? Una vez más, en nombre de lo que decimos y hacemos a propósito de ellos. Pero, ¿qué decimos y hacemos a este respecto? Narramos cosas que tenemos por verdaderas y predecimos acontecimientos que suceden como los hemos anticipado. Por lo tanto, es el lenguaje, así como la experiencia y la acción que éste articula, los que resisten el asalto de los escépticos. Predecir es prever, y narrar es discernir con el espíritu (cerneré) (p. 48).

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La postura de este autor revela la importancia que tiene el lenguaje en la construcción de la subjetividad, pero también en los modos en que los sujetos tejemos relaciones con otras personas a partir de acciones y decisiones que poco a poco componen la historia. En esta construcción se exalta el valor del tiempo y de las mímesis (representaciones) como posibilidad de proyección de escenarios futuros. Es por todo ello, que la perspectiva ricoeuriana se convirtió en una apertura a la comprensión de los procesos de configuración subjetiva, formación y participación política de los jóvenes, desde la narración, la acción y la relación de los sujetos con los demás. Por la elección de enfoque y autores, el programa y sus investigaciones reconocen una relación inseparable entre sujeto y objeto y la necesidad de develar lo singular/particular en el ámbito de lo público, a través de la narración. En definitiva, estas perspectivas constituyeron un campo epistemológico y metodológico lo suficientemente amplio para convocar intereses investigativos de docentes, estudiantes, redes de trabajo, programas académicos y proyectos de intervención durante esta primera etapa del programa. Hallazgos, interpretaciones y discusiones Como ya se ha mencionado, el programa fue elaborado desde la perspectiva de la investigación para atender a las aspiraciones de formación académica e investigativa de cara a los contextos, los sujetos y sus cotidianidades, que permitieran abordar en profundidad y críticamente las realidades en materia de derechos humanos y educación que experimentan los sujetos que habitan la ciudad y la región latinoamericana. En tanto estructura fundada en el abordaje heurístico de la realidad y los problemas que en ella emergen, el programa de investigación sobre juventud se desarrolló a partir de iniciativas que articulan esfuerzos de la academia, las organizaciones juveniles, el sector público y las organizaciones no gubernamentales como apuesta por la comprensión e interpretación de los desa296

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fíos sociales, culturales, económicos y políticos que experimentan hoy los jóvenes del país y en especial de la ciudad. El programa conjugó en una misma estrategia procesos de formación, investigación y apropiación social del conocimiento que, mediante la cooperación entre docentes, estudiantes, Estado y diversos colectivos de jóvenes de la ciudad, permitió abordar de manera crítica las problemáticas y situaciones altamente complejas que experimenta la población en condición juvenil de la ciudad y que requieren innegablemente de la intersectorialidad y la interdisciplinariedad para comprenderlas y atenderlas. Metodológicamente, el programa se fundamentó en la idea de programas de investigación formulada por Lakatos (2007) que ha derivado en múltiples aplicaciones y trasformaciones en el campo de las ciencias sociales, sobre todo cuando se les piensa despojados de «una racionalidad instantánea» (Lakatos, 2007, p. 16) y se asumen como trayectos de construcción constante, vertiginosos a veces, y parsimoniosos también, pero que al final facturan importantes comprensiones sobre los fenómenos que se estudian o los sujetos con los que se construye el saber, como en este caso. Contrario a lo que se había pensado como una dificultad para insertar el programa en los escenarios de debate juvenil, puede decirse que uno de los mayores logros se dio en la vinculación directa, permanente y crítica de los jóvenes de la ciudad en las diferentes estrategias que se desarrollaron, tanto desde la generalidad del programa como desde las particularidades de los proyectos de investigación. Esto permitió que en una ciudad como Medellín, que se ha caracterizado por procesos de participación permanente de los jóvenes y una oferta institucional creciente, las y los jóvenes fueran los principales protagonistas en los procesos de semantización, representación y participación política. Por otro lado, se abrió un espacio académico e investigativo para la socialización de herramientas epistemológicas y metodológicas a quienes trabajan el campo de juventud, dando mayor continuidad y sostenibilidad al programa y a las investigaciones; abriendo nuevos escenarios para la discusión teórica, la reflexión 297

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política y la formación de personas –docentes, investigadores, actores sociales, operadores de políticas pública, funcionarios del Estado y jóvenes– interesadas en conocer nuevos enfoques y perspectivas de abordaje de la condición juvenil en América Latina. Por lo que de manera directa, el programa permitió el relacionamiento con amplios sectores de la sociedad civil, el Estado, organizaciones no gubernamentales, la empresa privada y otros actores comprometidos con el trabajo con jóvenes y la política pública de juventud. Finalmente, se considera importante señalar que el Programa Latinoamericano de Estudios sobre Juventud «Configuración y reconfiguración de subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en América Latina y el Caribe» se instaló en escenarios tan importantes como la Red Municipal de Conocimiento sobre Juventud, alcanzando protagonismo y adquiriendo para el año 2016 la secretaría técnica de dicha instancia, lo que no sólo lo visibiliza sino que permite un mayor despliegue de acciones. En ese orden de ideas, las categorías emergentes del programa de investigación en esta primera etapa, y derivadas de cada uno de los proyectos, están relacionadas con lo siguiente que se expone. Subjetividad juvenil, resistencia y territorio La resistencia es un modo de vida, configura un estilo propio de aquellos que se oponen a la violencia como única vía resolutoria de los conflictos. La resistencia es movimiento, es construcción colectiva, es arte, alegría y solidaridad. Resistirse es un modo de encontrarse con otros y esto es lo que han logrado los jóvenes de las comunas 3, 5 y 15 de Medellín. La violencia ha generado en cada joven de estas comunas una reacción distinta y, en especial, en quienes han decidido vivir sin participar en la violencia, cada acción con otros representa un desafío particular. Es por ello que realizar esta investigación con ellos y ellas representó una travesía interesante, al 298

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menos, por dos motivos: de un lado, por las condiciones históricas de violencia que ha enfrentado estas comunas; y de otro, por los crecientes y significativos procesos de participación política que los jóvenes desarrollan desde hace muchos años. También se debe indicar que la investigación permitió reconocer otras opciones de vida, las cuales resaltan la condición de lucha y reivindicación de los derechos, procesos educativos, apropiación del territorio y rescate de la dignidad humana, que apuestan por una clara transformación de las dinámicas sociales. El grupo de investigación del programa se insertó en las comunas para conocer a los jóvenes y conversar durante mucho tiempo con ellos, y así poder emprender proyectos que trascendieran la inmediatez de la pregunta investigativa, comprometiendo a investigadores en acciones de articulación de larga duración. En la investigación social, esta decisión está relacionada con tres aspectos importantes: comprender la realidad desde las voces y vivencias de los sujetos; impedir el forzamiento de la realidad a la teoría y evitar a toda costa el extractivismo de saberes y la instrumentalización de la experiencia humana, dejando a las comunidades sin las prometidas herramientas para la transformación de su realidad. Teóricamente, la investigación tuvo que reflexionar sobre la categoría de juventud, especialmente en lo que respecta a la condición juvenil, los procesos de resistencia y las acciones colectivas. Al hablar de condición juvenil se hace referencia a personas que, sin estar en el rango de edad que típicamente define a los jóvenes (entre 14 y 28 años), mantienen las características subjetivas de apertura a nuevas posibilidades y, sobre todo, de disposición hacia la transformación que tienen los jóvenes. El término resistencia está asociado a una actitud de indignación y profunda oposición hacia la violencia, acompañada de capacidad para formular alternativas de vida (Nieto, 2008). Finalmente, con la frase acción colectiva se señala la voluntad y la decisión de trabajo, que se opone al individualismo y que defiende la potencia del encuentro con otros. 299

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Por último, es importante indicar que, precisamente por las amplias posibilidades interpretativas que ofrece este enfoque de investigación, es posible afirmar que estos relatos dan cuenta de otra realidad que se contrapone abierta y decididamente a las prácticas de violencia emprendidas por diversos actores en la Comuna 5, y representan una alternativa clara y consistente de resistencia política con sello juvenil. Violencia, acción colectiva y prácticas de resistencia juvenil Como ya se ha mencionado, Medellín es una ciudad que no escapa a las complejidades del crecimiento económico, la desigualdad y la violencia que ha enfrentado el país; a la vez, tampoco es ajena al creciente número de opciones que se construyen desde los territorios para formular alternativas de transformación, de cara a una mayor defensa de la dignidad, los derechos y las libertades. Específicamente, hay que reconocer que desde mediados de la década de 1970, la ciudad enfrenta un grave problema relacionado con la presencia de diferentes grupos armados que se disputan los territorios y, en especial, el control del negocio del narcotráfico, lo que ha colapsado la garantía y defensa de los derechos humanos; y ha afectado directamente a los jóvenes, opacando sus posibilidades de disfrute del presente y de construcción del futuro. Las comunas 3, 5, 13 y 15 de Medellín han sufrido una importante afectación por el conflicto, la presencia de combos del narcotráfico, el paramilitarismo, la delincuencia y la guerrilla urbana. Lo anterior ha generado históricos y violentos enfrentamientos que han cobrado la vida de niños, jóvenes y adultos en los diferentes barrios, lo que ha sometido a las comunidades a un clima de zozobra permanente y de miedo. Aunque se trata de zonas de la ciudad en las que se han realizado interesantes procesos de intervención por parte de la administración municipal, en la actualidad los espacios resultan insuficientes para contrarrestar la violencia. 300

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En el momento en que se inició el programa, y pese a los esfuerzos de la comunidad, organizaciones sociales y algunas secretarías del gobierno local, estas comunas, sobre todo la número 5, continuaba presentando el más alto índice de criminalidad y violencia, con un incremento de 23 por ciento en los homicidios entre 2013 y 2015. Paradójicamente, esta grave situación desencadenó el protagonismo de algunos jóvenes, quienes a través de diferentes colectivos, organizaciones y actuaciones independientes se resistieron al miedo y se movilizaron para construir alternativas de pacificación, recuperación de los territorios y exaltación del derecho a la vida. Prácticas juveniles de formación y participación política La referencia a participación política se ha hecho muy común en las últimas tres décadas; Colombia, y en especial Medellín, no son ajenas al fenómeno y a la búsqueda por parte del Estado y los entes gubernamentales de impulsar dicha participación. Sin embargo, para comprender la participación política juvenil habría que comenzar por decir que la misma hace referencia a un proceso intencionado de involucramiento y transformación de los contextos, que depende en gran medida de la formación de los participantes, de ahí que sea imposible deslindar ambos procesos. Dado que la cuestión política referida en este momento está asociada a aquello que construimos juntos, a aquello que nace no de la esencia del hombre, sino entre los hombres desde su relación con el mundo (Arendt, 1997). Resulta importante decir que la participación política juvenil se conjuga con procesos de participación y acción que se realizan de manera colectiva. Y es que la participación política de los jóvenes en los diferentes espacios les ha permitido tener un poco más de acceso a las decisiones del gobierno, sin necesidad de formar parte de la administración pública o de un partido político especifico, generando mayor reconocimiento y ayudando a debatir e incidir en 301

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los temas de su interés en la ciudad, lo que posibilita que tengan repercusión en el curso de acontecimientos políticos, además de que se concienticen de su papel como parte de la sociedad y aporten en la construcción de ciudad. Es necesario aclarar que los jóvenes no necesariamente buscan su inclusión en la democracia liberal, pero luchan por sus derechos (sobre todo aquellos que les permitan devenir otra cosa) y demandan atención a su diferencia, es decir, construyen una noción de ciudadanía, o mejor de política, en la que se combinan igualdad y diferencia. Ahora bien, lo que pretendió el programa en esta categoría fue mostrar otra cara de lo que podría llamarse la juventud-política, pensada esta última en un sentido más amplio que lo meramente institucional. En esta línea, Alvarado y Botero (citado en Alvarado y Vommaro, 2010) hablan de la acción, asumida como la capacidad de afectar y participar en una construcción social que guarde más relación con el vínculo social que con los sistemas políticos; que apueste por una clara adhesión a la democracia, basada en procesos organizados y colectivos de confianza social y reciprocidad; y que recoja dimensiones del ámbito privado, pero no se reduzca a él. En el mismo sentido, Alvarado y Agudelo y Alvarado mencionan que «la acción colectiva se funda en una racionalidad moral que activa procesos de participación política en función de la búsqueda de (re)establecer dinámicas sociales de mayor equidad, reconocimiento y dignidad de la vida humana» (2013, p. 11). Por consiguiente, los procesos alternativos de participación política en algunas y algunos jóvenes de la ciudad de Medellín son muestra de su subjetividad política, pero también de que influyen y son influidos por procesos que expresan los cambios que viven y otros que buscan las sociedades, por ello se quiere mostrar a los jóvenes, en tanto sujetos sociales con capacidades y potencias y no sólo construidos desde las voces de las y los intelectuales. En cuanto a la formación política juvenil el programa tuvo muy presente la tesis de Paulo Freire, según la cual «ya nadie 302

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educa a nadie, así como tampoco nadie se educa así mismo, los hombres se educan en comunión, y el mundo es el mediador» (1970, p. 61). La pertinencia de esa afirmación es fundamental, en tanto evidencia que los jóvenes participantes de él reflejan una idea de educación-formación que va de la mano con el fondo de ese argumento; en la medida en que éstos sienten que su formación esta permeada y se construye con sus acciones diarias en el mundo y su interacción con los otros; en ese sentido, hay una multiplicidad de prácticas, reflexiones y filosofías, que no se parcializan o sectorizan, sino que buscan la construcción de su formación política en su cotidianidad. En el mismo sentido el método de concienciación de Freire rehace críticamente el proceso dialéctico de historización y no pretende ser un método de enseñanza sino de aprendizaje; con lo cual se identifican los jóvenes participantes de estas investigaciones porque viven la educación como un proceso constante de enseñanza-aprendizaje y con él, los jóvenes no crean su posibilidad de ser libres sino que aprenden a hacerla efectiva y a ejercerla, evidenciando su formación política. Precisamente por lo anterior es muy relevante visibilizar las alternativas de formación política, creadas por los jóvenes de la ciudad de Medellín, para fortalecer los procesos de participación ciudadana y para que desde ellos nazcan acciones o iniciativas que impulsen el desarrollo local y la participación a través de la integración de la comunidad al ejercicio de la política. Teniendo en cuenta, además, que son procesos sociales y democráticos que necesitan de la participación política de los jóvenes para que, en mayor o menor medida, se legitimen ante la comunidad. Un ejemplo de esta relación entre la participación en el barrio con la configuración subjetiva juvenil la expresa Valenzuela (2009) cuando afirma: El barrio participa como espacio donde se configuran diversas culturas juveniles y participa, de manera importante, en la educación de los jóvenes y, muchas veces, su fuerza constituye 303

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una argamasa identitaria más poderosa que la que se genera en el interior de los espacios escolares (p. 31).

Lo que muestra la experiencia de los jóvenes con quienes trabajó el programa es que, efectivamente, su identidad se ha construido desde el barrio, de sus vivencias allí, desde lo que quieren para éste y para el fortalecimiento de los procesos que han generado en él, transformando sus espacios de ciudad; porque desde su cotidianidad han logrado fortalecer su formación y participación política, haciéndolos conscientes de su proceso de formación, pero también de su papel de formadores. En el mismo sentido, José Manuel Valenzuela señala que: Los jóvenes forman parte de la sociedad y participan en el complejo entramado social del cual son (re)productores y (re) creadores y (re)presentadores; por ello, los problemas de los jóvenes se encuentran concomitantemente vinculados con los grandes problemas de nuestras sociedades y sólo tendrán atención adecuada mediante la conformación de proyectos sociales y civilizatorios que asuman no sólo que los jóvenes son un recurso para el desarrollo, sino que el desarrollo social debe ser un recurso para las juventudes y para la humanidad en su conjunto (2009, p. 51).

Porque las marcas de la historia ya están inscritas en los jóvenes, en sus vidas, sus cuerpos, sus carencias, en sus procesos de envejecimiento, sus expectativas y sus escenarios disponibles. Como dice Valenzuela (2009) para ellos el futuro es ahora, para ellos, como el angelus novus, el futuro ya fue y es en su cotidianidad, en cada una de las decisiones que toman de forma consciente, que crean su futuro hoy y que se forman políticamente. Vida cotidiana y prácticas políticas juveniles La categoría emergente en el programa, especialmente en una de las investigaciones, denominada cotidianización de la política está 304

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asociada a procesos de formación y participación política juvenil, y es evidenciada en la mayoría de definiciones de los jóvenes sobre lo que es la política, ya que en ellas demuestran que están abordándola de forma abierta y general, que las y los jóvenes no tienen una mirada reducida del término sino que, por el contrario, su visión al respecto es amplia; están comprendiendo que ésta se vive y se hace desde su cotidianidad, pero que además se necesita de una interacción con los otros para poder construirla. Estas concepciones se articulan con postulados como los de Heidegger cuando plantea que «estar-en-el-mundo, quiere decir: absorberse atemática y circunspectamente en las remisiones constitutivas del estar a la mano del todo de útiles. Una ocupación que es, en cada caso, como es, sobre la base de una familiaridad con el mundo» (Heidegger, 2009, p. 84). Se trata pues de una cotidianización de la política como involucramiento total del sujeto joven con las circunstancias que acontecen en todos los momentos de su acción, lo que resalta un compromiso que trasciende también la participación en tanto artificialidad y formato. De la misma manera, puede relacionarse esta categoría con la definición de política formulada por Arendt cuando afirma que «el punto central de toda política es la preocupación por el mundo» (1997, p. 132) toda vez que en dicha afirmación deja ver la finalidad de la política y su carácter cotidiano en la medida en que el mundo que nos rodea y del cual hacemos parte es afectado positiva o negativamente por todos a cada momento de acuerdo con las decisiones que se toman. Se halló de manera recurrente que los jóvenes proponen nuevas prácticas sociopolíticas definidas por la participación equitativa en la cotidianidad, la creación de nuevos procesos barriales y comunales e, incluso, de ciudad, el asambleísmo, la autogestión, el pluralismo y la culturalización de la política desde sus prácticas; ello es lo que permite abordar nuevos espacios desde los cuales leer el lugar de la política en las prácticas juveniles, analizándolo más desde las identidades, organizaciones, movimientos de jóvenes y sus historias de vida; centrándose 305

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en la interpretación de sus vivencias y acciones cotidianas como expresiones políticas juveniles. Ejemplo de ello fue lo expresado por un joven en uno de los grupos de discusión: Los jóvenes supuestamente tenemos una gran apatía por la política, pero desarrollamos ejercicios de participación y desarrollamos relaciones cotidianas y sociales, incluso nuestras relaciones de pareja, y sin darnos cuenta, tienen carácter político; ese es el nivel de la contradicción y esas son las implicaciones de entender la política asociada solamente a unos espacios formalizados y de no entenderla en la cotidianidad (Sujeto 4, comunicación personal, junio de 2015).

Esto sugiere que los jóvenes están comprendiendo la política, como lo que se constituye desde abajo con la comunidad y no sólo la expresión de la democracia representativa; partiendo de la realidad y el entramado de las relaciones que se dan en la cotidianidad entre los sujetos, que pretenden construir una noción diferente donde puedan hacer y ser. Subjetividad política juvenil y conciencia en el actuar Otra categoría emergente en el programa fue conciencia en el actuar. Se reconoce a los jóvenes como protagonistas de los acontecimientos frente a los que han decidido actuar, como sujetos con experiencias, conocimientos, sentires, discursos y prácticas legítimas, capaces de interpelar y reconfigurar los sistemas de orden que los preceden. Por eso, la intencionalidad del programa fue comprender diferentes experiencias de participación política (pública), pero también en su cotidianidad y las acciones solidarias que realizan en sus comunidades logrando configurar escenarios para importantes debates, interesantes acciones y que, con seguridad, tuvo efectos en sus procesos y las acciones comunitarias futuras. Como afirmaran Sabucedo y Rodrn sus Sabuceo (1998) es muy importante entender la participación política juvenil como 306

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un proceso social, que radica en la «la posibilidad que tienen los ciudadanos de incidir en el curso de los acontecimientos políticos» (p. 165). Es decir, las acciones que realizan los jóvenes para incurrir en los asuntos del Estado, y en el ámbito político, social y cultural en el que están inmersos. Pero como ya se evidenció, no necesariamente se ve en los espacios institucionales, sino en la cotidianidad, por lo que también depende del grado de conciencia con el que se actúa. Por ello, se recomienda una mayor inversión en los procesos barriales, pero también educativos, tanto en colegios como en instituciones de educación superior, que busquen generar conciencia en las personas de la trascendencia de sus actuaciones en la cotidianidad. Prácticas juveniles y construcción de ciudad En cuanto a la categoría construcción de ciudad, ésta ha sido reseñada por Alvarado y Vommaro, cuando refieren que: Los jóvenes son seres políticos que hacen y transforman la política y los sentidos de lo político en sus prácticas cotidianas, como una manera de adueñarse de su destino, darle sentidos propios a su vida, lograr una aparición pública propia, agenciar otras maneras de construir sociedad y, así, aparecer claramente en las políticas públicas locales y nacionales, incluso desde su formulación, mediante formas diversas de resistencia que, en últimas, pueden constituir también maneras alternativas de ejercicio de poder (2010, p. 8).

Lo anterior, permitió comprender que muchas de las prácticas que realizan los jóvenes de las comunas 3, 5, 13 y 15 de la ciudad de Medellín están asociadas a procesos de formación, participación política y resistencia que se realizan en otras ciudades y contextos de Colombia y el mundo. Sin embargo, contrariamente a la noción de participación política que frecuentemente se asocia con los sistemas de gobierno y modelos políticos y socioeconómicos formales, el programa de investigación devela que las expresiones 307

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de participación juvenil se dan según las circunstancias contextuales de los escenarios cotidianos en que habita cada grupo de jóvenes y desde donde también se construye ciudad. Por lo anterior, como mencionan Meza Rueda &y Herrera Beltrr, como Aguilar, Romero, Herrera y Reyes (2012), «los jóvenes, deben ser reconocidos como sujetos de derechos y como actores principales en la vida comunitaria, en el ejercicio de la democracia y en la actividad social y económica» (p. 5). Lo que implica reconocer la importancia de la juventud como agente de cambio, de mejora de sus propias condiciones de vida y de la gobernabilidad en sus comunidades, porque son base para una construcción de ciudad. Acción colectiva, participación política juvenil en los territorios Los desarrollos metodológicos del programa permitieron comprender que las comunas 3, 5, 13 y 15 de Medellín experimentan procesos significativos de formación, participación política y resistencia motivados por los mismos jóvenes, con una marcada diferencia entre las comunas 15 y 3, en el sentido de un mayor movimiento, iniciativa, formación política y convicción en la primera y un proceso que recientemente inicia en la otra, caracterizado por una mayor participación en espacios institucionales, pero con una desventaja a la hora de creación de redes o procesos juveniles de largo plazo. Por otro lado, María Eugenia Pico Merchán y José Hoover Vanegas García (2014), nos dicen que: La condición juvenil ha emergido como una categoría central en los estudios socioculturales de Iberoamérica y empieza a ser reconceptualizada, a partir de los desarrollos teóricos de diferentes científicos sociales (Feixa, 2011; Reguillo, 2010; Urteaga, 2009; Valenzuela, 2006; Pérez Islas, 2008; Aguilera, 2006; Muñoz, 2010; 2011); quienes han incursionado desde las experiencias de los y las jóvenes en los contex308

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tos situados de América Latina y de algunos países de habla hispana que han permitido su continua reflexión e indagación desde aquellas opacidades o cisuras que comúnmente han pasado desapercibidas (p. 9).

En estos procesos se evidenció que en la Comuna 3 hay más personas –por lo menos en los espacios trabajados en esta investigación– que participan en los espacios juveniles, que se acomodan a los rangos establecidos por la normatividad colombiana (ley 1622 de 2013) para participar como jóvenes (entre los 14 y los 28 años); mientras que en la Comuna 15 se evidenció que había un gran número de personas empoderadas y consolidando procesos juveniles, que están por debajo o por encima de ese rango, por lo que en esos casos ya no sólo se habló de la juventud, sino de la categoría emergente de condición juvenil o incluso de generación, concepto abordado por Carmen Leccardi y Cales Feixa (2008), y se hace especial acento en la idea que mencionan de que las generaciones son el medio a través del cual dos calendarios distintos, el del curso de la vida y el de la experiencia histórica, se sincronizan. Porque esas personas que hoy se salen de ese rango de edad, pero que continúan en la lucha por el reconocimiento de derechos juveniles, que buscan una mayor participación de otros que si están entre esos rangos establecidos, que exploran e incluso generan espacios de participación diferentes; alguna vez estuvieron entre esos rangos y aunque hoy no lo estén, siguen siendo jóvenes. Pese a los esfuerzos de la pasada Secretaría de Juventud de Medellín es muy importante mantener el acompañamiento a los procesos de formación y participación política de las y los jóvenes, realizar nuevas investigaciones y que la Maestría en Educación y Derechos Humanos de la UNAULA continúe con su línea de investigación en juventud. Se espera que con los resultados de las diferentes investigaciones del programa, la universidad, la Escuela de Postgrados y en especial la Maestría en Educación y Derechos Humanos aporte significativamente a la reflexión y la acción con las y los 309

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jóvenes de la ciudad, de cara a la oportunidad histórica que representa la adopción de la nueva política pública de juventud en la ciudad y a lograr materializar las aspiraciones de participación y cogestión que se requieren para responder a las necesidades y potencialidades de la población en la ciudad y en la región. Referencias Agudelo-López, A. y Alvarado, S. V. (2013). Configuraciones en movimiento. Densidad histórica de la acción política de jóvenes en América Latina. Perfiles de la Cultura Cubana, (11), 1-14. Alvarado, S. V. y Vommaro, P. (2010). Jóvenes, cultura y política en América Latina: Algunos trayectos de sus relaciones, experiencias y lecturas (1960-2000). Buenos Aires: Homo Sapiens Ediciones/Clacso. Arendt, H. (1997). ¿Qué es la política? Barcelona: Paidós. Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía. (2013). Principales cambios en las boletas de los censos latinoamericanos de las décadas de 1990, 2000 y 2010. Santiago de Chile: CEPAL-UNFPA. Concejo de Medellín. (23 de octubre de 2014). Acuerdo 019 Política Pública de Juventud de Medellín. Recuperado de https://w w w.medellin.gov.co/irj/go/km/docs/pccde sign/SubportaldelCiudadano_2/PlandeDesarrollo_0_10/ ProgramasyProyectos/Shared%20Content/Documen tos/2015/Pol%C3%ADtica_P%C3%BAblicadeJuventud_ Medell%C3%ADn.pdf Concejo de Medellicano y Caribeño de Demografía. (2013). División de Población de la CEPAL . Recuperado de https:// w w w.medel l in.gov.co/ir j/go/ k m/docs/pccdesign/ SubportaldelCiudadano_ 2/ PlandeDesarrollo_0_10/ ProgramasyProyectos/Shared%20Content/Documen tos/2015/Pol%C3%ADtica_P%C3%BAblicadeJuventud_ Medell%C3%ADn.pdf 310

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¿POR QUÉ NO HAY MARAS EN NICARAGUA? 1

Carlos Mario Perea Restrepo Introducción 2 Las maras hacen presencia en más de un país. Se encuentran en Los Ángeles, al suroccidente de Estados Unidos, la ciudad donde tuvieron su origen; pero también se las haya en el triángulo norte de Centroamérica, en Guatemala, Honduras y El Salvador. Tal condición transnacional desempeña un papel primordial en el proceso de su construcción. De un lado, da cuenta de una forma de identidad que se sostiene sobre un conjunto de intercambios más allá de las fronteras nacionales, llegando al punto de generar respuestas estatales coligadas entre los países donde están insertas o donde podrían

Este documento es una parte del texto Un extremo de nosotros. Lo público y la paz en El Salvador y Nicaragua (2015), escrito para el proyecto Exclusión social juvenil en contextos de creciente violencia dirigido por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL). El texto completo se encuentra en el repositorio de la CEPAL . 1

Este trabajo contó con el invaluable aporte de Nadine Lacayo en Nicaragua y Walter Murcia en El Salvador, quienes desarrollaron el trabajo de campo y escribieron un informe sobre el conflicto de su país. 2

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implantarse.3 Del otro, la condición más allá de las naciones cimienta una poderosa historia compartida que nutre las mitologías sobre las que se funda la quizás más sólida –pero más sangrienta– cultura pandillera del planeta. El rasgo globalizado de las maras resulta evidente. No obstante, a partir de la pregunta por su ausencia en Nicaragua –un país con todas las condiciones para que las maras se hubieran reproducido–, el foco del presente texto se traslada a las condiciones internas (esto es nacionales) que explican la presencia o la ausencia de las maras en uno y otro país. Si Nicaragua y El Salvador comparten una historia regional, ambos países venidos de la guerra, ¿qué hace que el primero no haya sido terreno fértil para las maras, mientras el segundo está cruzado por una intensa conflictividad donde los mareros desempeñan un destacado papel? América es el continente más violento del planeta, el último reporte mundial sobre el homicidio lo certifica (Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito [UNODC], 2014). Su tasa de homicidio de 16.3 por ciento casi triplica la media mundial, con un valor de 6.2 por ciento en 2012. Latinoamérica es la región más cruenta, con la subregión de Centroamérica a la cabeza con una tasa de 26.5 por ciento, seguida por Suramérica con 22.5 por ciento.4 Entre las ciudades el panorama es aún más desolador: 40 de las 50 ciudades más violentas del mundo están situadas en suelo latinoame3 Cuando se desataron las políticas represivas centroamericanas a comienzos de 2000, se coordinaron acciones conjuntas de los ejércitos de Estados Unidos, México y Centroamérica, compelidas por la supuesta invasión que hacían los mareros en su huida hacia el norte. 4 El Caribe tuvo una tasa de 16 % y Norteamérica de 4.8 % (UNODC, 2014). Hasta 2011, Centroamérica fue la subregión sin guerra civil más violenta del mundo (Geneva Declaration, 2008); a partir de ese año viene siendo sustituida por la subregión Sur de África (compuesta por Botswana, Lesotho, Namibia, Suráfrica y Suazilandia), en 2012 con una tasa de 31 %. Las tasas de homicidio son por 100 000 habitantes.

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ricano (Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, 2013).5 No obstante, el drama violento de Latinoamérica se circunscribe a determinadas zonas (UNODC, 2014; Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo [PNUD], 2013). El impacto de los agentes violentos se hace sentir en ciertos países mientras otros permanecen al abrigo de su presencia. Es el caso de Suramérica, donde tres naciones jalonan el homicidio hacia arriba (Venezuela, Colombia y Brasil), mientras las diez restantes se ubican de los rangos medios hacia abajo, incluso con cuatro por debajo de la media mundial.6 Pero también es el caso de Centroamérica, subregión donde el homicidio crítico toma cuerpo en México y el triángulo norte, al tanto que el sur se mantiene igual dentro de la violencia media7 (Perea, 2016a). Latinoamérica es un continente pródigo en actores armados, pero lo es también en zonas liberadas del homicidio y la muerte. El presente escrito se hace eco de dicha diferenciación posando la mirada sobre su área más crítica, América Central, escindida entre dos zonas por completo diferenciadas: la del norte violento, cruzada por el conflicto y la turbulencia, frente a la del sur apaciguado, liberada de grandes confrontaciones sangrientas.8 El Salvador representa a justo título el norte, y durante los años recientes no deja de ocupar la penosa posición de la nación más violenta (después de Honduras), mientras Nicaragua hace otro tanto por el sur investido de dos 5 Pertenecen a Brasil 16 ciudades, 9 a México, 6 a Colombia, 5 a Venezuela, 2 a Honduras, 1 a El Salvador y 1 a Guatemala.

Se trata de Chile, Uruguay, Surinam y Argentina, todos con una tasa de seis o menos (UNODC, 2013). 6

7 El triángulo norte está conformado por Honduras, El Salvador, Guatemala y Belice. El sur por Nicaragua, Costa Rica y Panamá.

El triángulo norte produjo entre 2000 y 2013 una tasa promedio de homicidio de 53 %; entretanto el triángulo sur puntuó en el mismo período un valor de 13 %. Centroamérica en su conjunto tuvo una tasa promedio de 33 %. 8

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condiciones particulares: su violencia media se preserva pese a la vasta frontera que tiene con Honduras y El Salvador –dos países dominados por las maras–, y pese a la condición de ser, junto a Honduras, el país de mayor precariedad económica y social del istmo (Estado de la Región, 2014). Se trata de dos naciones atravesadas por la marca de la pobreza y la inequidad –El Salvador también padece penurias económicas–, en cuyo caso la comparación pasa por los factores que en un país conducen a la violencia y en otro a la relativa tranquilidad.9 Desde el telón de fondo de la injusticia y la desigualdad, ¿qué mediaciones desatan la violencia salvadoreña y cuáles imponen la tramitación no violenta nicaragüense? Cuatro factores ayudan a construir una respuesta: la naturaleza de los patrones de migración y deportación; el lugar del crimen organizado y en particular del mercado de la cocaína; el camino seguido por la institución policial durante el posconflicto; y la relación siempre tensa entre movilización social y Estado. Antes de entrar en materia considerando uno a uno los cuatro factores señalados, es preciso hacer una aclaración. No todo está resuelto en Nicaragua. El notable desarrollo de la relación sociedad y Estado –lo que aquí se llamará el equilibrio de la esfera pública– está cruzado por el peligro que entraña un Estado empeñado en controlar todo trance social. El viejo y temido fantasma de la concentración del poder en una familia –como fue el caso de la larga dictadura somocista–, vuelve y resurge en el gobierno actual de Daniel Ortega. Las reformas constitucionales de 1995 y 2005, empeñadas en recortar los alcances del ejecutivo a favor del legislativo, no bastaron para detener la postración de 9 En 2013, El Salvador tuvo una población de 6 290 000 habitantes, 63 % habitando la ciudad. Por su parte, Nicaragua tuvo en el mismo año 6 134 000 habitantes, 57 % urbanizados. Las dos poblaciones son casi idénticas, con la salvedad de que El Salvador tiene nada más 21 041 km2 de extensión, mientras Nicaragua –el más grande del istmo–, posee una extensión de 129 494 km2 (Dirección General de Estadística y Censos [DIGESTYC], 2015).

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los partidos y el parlamento en favor de la figura presidencial y sus poderes discrecionales. Las muchas organizaciones de la sociedad no afiliadas al gobierno y su partido están desprovistas de reconocimiento y apoyo efectivo. A los ojos de una buena parte de la sociedad, los Consejos y Gabinetes de Poder Ciudadano –impulsados desde la actual administración– operan como instrumentos de legitimación del presidente y su proyecto. Hipótesis previas La pregunta por la excepcionalidad de Nicaragua no es nueva, otros trabajos la han abordado sugiriendo hipótesis a tener en cuenta, sea para reafirmarlas o para discutirlas. José Luis Rocha (2010) la plantea en la óptica de sus estudios sobre pandillas. ¿Qué factores juegan para que las maras no se implanten en Nicaragua y sus pandillas se abstengan de la violencia intensa? Los nicaragüenses no fueron objeto de las masivas deportaciones que pusieron una cantidad importante de mareros en los países del triángulo norte, los que portaban la cultura marera que trasladó el conflicto y cimentó su conexión transnacional. «De los 310 884 centroamericanos deportados entre 1992 y 2007, sólo 3 % era nicaragüense» (Rocha, 2010, p. 31). El principal país de destino fue y sigue siendo Costa Rica –donde va 56 por ciento de los migrantes–, no Estados Unidos. Por demás, los que se desplazaron a Estados Unidos lo hicieron principalmente a Miami –no a Los Ángeles–, donde fueron acogidos por la resistencia cubana que los vio como refugiados de una dictadura comunista, propiciando condiciones que permitieron su integración a la vida estadounidense. El papel de los deportados en el nacimiento de las maras, así como el de las redes transnacionales en su desarrollo, quizás hayan sido sobrevaluados; sin embargo, sea cual sea su peso, resulta incuestionable la función desencadenante que cumplieron en el origen de las maras, un acontecimiento inexistente en Nicaragua en razón de sus distintos patrones migratorios. 317

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Heidrun Zinecker (2012), en un artículo dedicado a la discusión de la singularidad nicaragüense, plantea un tipo de causal que llama estructura posibilitadora de la violencia. Las altas cuotas de remesas generan, entre quienes no tienen acceso a ellas, sentimientos de frustración que conducen al ejercicio de la violencia como una especie de mecanismo de compensación. La autora encontró en el triángulo norte una correlación positiva entre altas tasas de remesas y elevadas tasas de homicidio. En Nicaragua, por el contrario, esa estructura posibilitadora está ausente, los montos de sus remesas son bajos cuando se comparan con el norte; los nicas migran preferentemente a Costa Rica, ganan menos y, por tanto, envían poco. Sin embargo, la hipótesis no termina de ser convincente, al menos en términos de volver evidente la correlación en sentido contrario –a bajas remesas menos violencia–. Más bien resalta la condición de Nicaragua como una sociedad con menos desigualdad10 y más mezcla social (Managua es una ciudad no segregada espacialmente).11 La más reducida inequidad en medio de un país pobre constituye una condición estructural que, de seguir la hipótesis, presupone menos expectativas de obtención de ingresos mediante el uso de la violencia. De igual modo, la hipótesis de la conexión de la violencia actual con el antecedente de un conflicto armado no se sostiene. Al igual que El Salvador, Nicaragua fue escenario de una cruenta guerra. El Frente Sandinista de Liberación Nacional desplegó la resistencia armada a lo largo de la década de 1970, logrando derrocar la dictadura de Anastasio Somoza en 1979; apenas un año después se vio enfrascada en la contienda con los Contras, un ejército promovido y financiado por Estados Unidos a lo largo de la década de 1980. Incluso, la guerra en El Salvador fue más En 2012, Nicaragua tiene el índice de Gini más bajo de la región, 0.33 %; Costa Rica 0.52 %, Salvador 0.4 % y Honduras 0.57 % (Estado de la Región, 2014). 10

11 Managua carece de la segregación espacial entre sectores ricos y sectores pobres, los unos se mezclan con los otros a lo largo de la ciudad.

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corta, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional desató su ofensiva en la década de 1980 hasta que firmó el acuerdo de paz con el gobierno en 1992. Así pues, ambos países vienen de la guerra, cada uno siguiendo trayectorias disímiles. Pese a las dos décadas de confrontaciones armadas en Nicaragua –con todo lo que ello arrastra en términos de fragmentación y dislocación–,12 la transición hacia la paz que selló el proceso electoral de 1990 significó la disolución de los actores armados y la contención de la violencia. En El Salvador, de manera distinta, los acuerdos de Chapultepec se vieron seguidos de la explosión del homicidio, configurando una tendencia que al día de hoy no se detiene ¿Cómo terminar de dar cuenta de una trayectoria tan contrastante una vez pasada la guerra? El crimen organizado En dirección opuesta a la tan vitoreada imagen de la nación liberada del narcotráfico, El Salvador es cuna de más de una organización conectada al negocio de la droga ilegal. Es el caso de los Perrones y el Cártel de Texis, la una con centro de operaciones en una zona del oriente del país y la otra en el extremo opuesto, el occidente. Ambas comenzaron en la década de 1980 como bandas de contrabando de bienes e indocumentados, que luego mutaron en organizaciones de tráfico de cocaína conectadas a sus redes transnacionales. El Cártel de Texis es el más sofisticado, dotado de una estructura que le posibilitó convertir el lavado en un negocio que no sólo blanqueaba el dinero propio sino el de otras empresas ilegales.13 12 La guerra Contra fue de buen modo subvencionada por el narcotráfico, un antecedente que podría haber dado lugar a la irrupción de una variada gama de formas criminales (Rocha, 2011).

En términos de UNODC (2012), los Perrones son una organización de corte contratista en tanto rentan su zona bajo domino para servicios de transporte; Texis es de corte empresarial, ya que la guía la diversificación de las inversiones. 13

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Las dos se caracterizan por sus potentes lazos con la sociedad y el Estado. Parte de sus cabecillas son empresarios con inversiones en una variada gama de actividades económicas, otras son funcionarios estatales con importantes puestos locales.14 Así mismo, poseen conexiones con la esfera política, como lo testifican las numerosas acusaciones llovidas sobre miembros de la Asamblea Legislativa y de las cúpulas de la política; y tienen infiltrados los cuerpos de seguridad y justicia a los más variados niveles, una pieza sustancial de sus engranajes de captura de las instituciones. Esta variada y amplia inserción social, política y estatal posibilita uno de los rasgos que caracterizan el crimen organizado salvadoreño: su reducido recurso a la violencia. En efecto, en lugar de desarrollar férreos poderes territoriales mediante el recurso a la violencia y la confrontación con el Estado, las organizaciones ilícitas salvadoreñas han acudido a los jugosos sobornos y la participación en los negocios. De tal suerte, su efecto disolvente sobre la sociedad no reside tanto en la administración directa de la violencia, como en la captura de las instituciones propiciando su corrupción y marcada ineficiencia. En Nicaragua también existe crimen organizado. Roberto Orozco (2012) habla de la existencia del tráfico ilegal de maderas provenientes de la costa del Caribe –con organizaciones infiltradas en las instituciones que controlan el negocio de maderas preciosas–, así como de estructuras entregadas al robo de tendidos telefónicos y eléctricos a lo largo del país. El narcotráfico, así mismo, tiene sus avanzadas, en particular en la costa del Caribe, donde el traslado de cocaína desde la isla de San Andrés genera grupos con grados diversos de inserción social e institucional. Existe un 14 Los iniciadores del Cártel de Texis bien lo muestran: José Adán Salazar, alias «Chepe Diablo», es un empresario dueño de una variedad de negocios (de los hoteles al futbol, pasando por productos agrícolas); Juan Umaña era alcalde de Metapán y miembro del Partido de Conciliación Nacional (PCN); y Roberto Antonio Herrera, alias «el Burro», expresidente de la Feria Ganadera de Santa Ana (Arauz, Martínez y Lemus, 2011; Silva, 2015).

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registro de 25 organizaciones. En el Caribe norte destacan: los Kelvin Morris – preso en 2012–, los Müller, los Mendoza y los Fagoth; en el Caribe sur: los Reñazco, los Herrera y los Aragón. El poderoso grupo de Ted Hyman tenía controlado Bluefields, hasta que fue desarticulado en junio de 2012. Entre 2009 y 2010, fueron capturadas 9 518 personas ligadas al narcotráfico, cada vez con mayor participación de nicaragüenses. Los efectos sobre las instituciones ya se dejan sentir. La captura de Henry Fariñas, un prestigioso empresario reconocido en toda Centroamérica, sacó a la luz la existencia de una estructura dentro de la policía untada con sus negocios ilegales. La institución lo negó de manera enfática, mientras en Bluefields eran destituidos 58 policías a causa de sus actividades ilícitas (Orozco, 2011). Más de un operativo de allanamiento de ventas locales de droga –la ciudad es la segunda plaza en la materia después de Managua– se fueron al traste por fugas de información desde la policía y el aparato judicial. Los 33 homicidios de la zona en 2010 están asociados al narcotráfico y las autoridades de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS) han sido objeto de amenazas. Se presume también que Nicaragua viene siendo lugar de lavado de dinero, y la construcción de conglomerados residenciales en extremo lujosos parece comprobarlo.15 Elvira Cuadra resume la transformación anotando que Nicaragua ha pasado de ser «un simple corredor para el transporte de la droga a una estación de servicio para el almacenaje temporal, abastecimiento de combustible y otras operaciones logísticas de los cárteles narcotraficantes» (2013, p. 106). En los dos países existen expresiones del crimen organizado, muchas conectadas al narcotráfico. Con todo, los alcances son distintos en cada caso. En Nicaragua no faltan las empresas ilegales que controlan mercados (la madera), que hacen presencia Rocha (2011) menciona otros acontecimientos. Un vasto arsenal hallado en una casa del capo hondureño Pedro García Montes provenía de Nicaragua, e iba con destino a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Así mismo, asegura que Nicaragua ha sido vinculada con el tráfico de anfetaminas. Véase también Cuadra (2013). 15

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nacional (los tendidos eléctricos), amén de los cárteles ligados al narcotráfico (25 organizaciones); sin embargo, en ningún caso, hasta donde la información permite sustentarlo, acumulan los montos de capital del Cártel de Texis, una organización conectada al narcotráfico, desdoblada en una agencia de lavado de activos y con inversiones en una multiplicidad de actividades económicas.16 Los niveles de penetración de las instituciones son también tan distintos como contrastantes. Pese a las voces que denuncian la infiltración de la policía y otras entidades en Nicaragua (con realidades como la destitución de 58 policías), jamás se llega a los niveles de infiltración estatal que ha logrado la criminalidad salvadoreña. Lo mismo sucede respecto a la irrigación de la sociedad. Si en ambos países el narcomenudeo se riega por una multiplicidad de barrios, ciudades y regiones proveyendo el grueso de los ingresos de porciones importantes de la población17 –como sucede en toda Latinoamérica–, la inserción social de las organizaciones criminales salvadoreñas contrasta con la reclusión regional de las empresas ilegales nicaragüenses –en mucho centradas en la costa del Caribe, aunque también se habla de varias en el Pacífico–. Nicaragua, como el resto del continente latinoamericano, no está puesta al abrigo de la incidencia de las economías ilícitas; tiene razones para preocuparse, como lo vienen insistiendo diversas voces (Cajina, 2012; Orozco 2011, 2012; Rocha, 2013). Empero, el panorama dominante no es, hasta hoy, el de una economía y unas instituciones capturadas por las mafias –en el sentido de Garay y Salcedo (2012) de disposición a sus intereses–, mientras que todo indica que sí es el caso de El Salvador. El anotado comportamiento de la tasa de homicidio 16 Tampoco hay que exagerar el alcance de las organizaciones criminales de El Salvador, una vez se les pone al lado de los cárteles mexicanos resultan insignificantes. El punto es que en el contexto del tamaño de la economía salvadoreña esas organizaciones tienen marcada importancia. 17 Un exdirector de drogas de la policía afirma que en Nicaragua hay cerca de 10 000 expendios de droga Rocha (2011).

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de Nicaragua, liberada del salto experimentado por el resto de Centroamérica a raíz de la guerra mexicana iniciada en 2007, sugiere con propiedad los niveles de blindaje que aún posee. Ni el tamaño de la economía ni el funcionamiento del sector financiero crean los incentivos para que Nicaragua se convierta en un eslabón del tráfico de la cocaína (Zinecker, 2012). De lo contrario, sin la menor excusa, habría entrado en el punto de mira de los intereses de un negocio que no escatima oportunidad, padeciendo los efectos devastadores que hoy todavía sufre Colombia y que de unos años para acá destrozó un país con el Estado y la sociedad de México. En América Latina la contienda por la apropiación y usufructo del cuantioso dinero flotante de las economías ilegales –esto es desprovisto de regulación instituida–, entró por desfortuna en una incesante y cruel espiral de violencia.18 Sus coletazos, menores en Nicaragua, no llegan hasta sus pandillas diseminadas en los barrios; en El Salvador, por el contrario, alcanzan a las maras. La dominación territorial violenta (la forma propia de inserción social marera) está conectada a un país donde las prácticas criminales y su apetito insaciable de rentas circulan sin mayor tropiezo entre el tejido social y las instituciones; de manera distinta el control territorial –la forma de las pandillas–, se implanta en una nación donde la criminalidad se estrella con unas barreras con capacidad de contener su difusión indiscriminada. La policía La relativa ausencia de dineros ilegales y expresiones criminales no basta para dar cuenta del control territorial. Bogotá lo prueba, ya que redujo de manera más drástica el homicidio, pese a ser la capital de un país con enorme ilegalidad y a su extendida criminalidad; Las mafias de otros rincones del planeta no pasan por los mismos niveles de violencia ligados a la constitución de férreos brazos armados, como los ejércitos paramilitares colombianos y los Zetas mexicanos (Lupo, 1996; Gayraud, 2005). 18

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allí entra en juego la eficacia de una política pública construida sobre el cuidado de lo público y la cultura ciudadana.19 El caso de Nicaragua tiene similitudes: su violencia media se conecta con una política pública de seguridad construida con una perspectiva sociológica desde la policía; entretanto, en El Salvador, en abierto contraste, su cuerpo policial no sólo no terminó de transformarse una vez terminada la guerra, sino que además fue hegemonizado por un chato enfoque represivo. Tanto Nicaragua como El Salvador venían de una guerra civil, en los dos casos precedidos de largas dictaduras militares.20 La presencia acechante de los militares hacía la renovación de las fuerzas armadas es el emblema de los nuevos tiempos, en Nicaragua de la revolución y en El Salvador de la paz. Los excesos de la Guardia Nacional somocista fueron indecibles y la Comisión de la Verdad para El Salvador (2006) dictaminó que la policía cometió las tres cuartas partes de las violaciones a los derechos humanos durante la guerra (Ferrero, 2012). El mandato hacia la refundación de las fuerzas de seguridad tenía un denso peso histórico en ambos países. En El Salvador las esperanzas fueron frustradas, y lo siguen estando todavía.21 Como lo describe con detalle Héctor Silva (2015), el cuerpo policial de la paz fue tomado por un cuestionado grupo de oficiales de los antiguos organismos de seguridad lanzando por la borda el proyecto de una institución renovaLa política pública de la cultura ciudadana en Mockus y otros (2009 y 2012). 19

20 El Salvador fue gobernado por militares entre 1931 y 1979; la primera elección democrática tuvo lugar en 1984 en el marco de la guerra. En Nicaragua, los Somoza se mantuvieron en el poder entre 1934 y 1979, cuando fuera derrocado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) el tercero de la familia en el poder.

Pese a las profundas dificultades que se describirán a continuación, la policía salvadoreña se ha profesionalizado y emprendido iniciativas para orientarse hacia la ciudadanía. El proceso institucional y las tentativas de implementar una policía comunitaria puede consultarse en Prevenir (2014) y Amaya (2012). 21

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da.22 Congregados por el polémico mayor que ocupó el primer cargo de subdirector de la Policía Nacional Civil (PNC), desde los años de la inmediata posguerra hasta hoy, el grupo viene repartiendo los más destacados cargos de dirección de la nueva institución.23 Poco y nada ha importado que varios de sus miembros y de las dependencias que han regentado hayan sido puestos en la picota pública, asediados por una variada gama de acusaciones. Por caso, circulan las noticias sobre los negociados de la División de Finanzas con organizaciones criminales de alto cuño, implantando una corrupción que cobijó el salto de los contrabandistas de lácteos, cigarrillos y armas a sofisticadas organizaciones al servicio del narcotráfico. Es uno entre otros de los muchos episodios que evidencian la sombra de la comandancia que vino a hegemonizar la policía salvadoreña, más de uno señalado por sus estrechos lazos con reconocidos narcotraficantes.24 Resonando con la corrupción en las altas cumbres, el cuerpo policial en su conjunto ha sido objeto de una avalancha de señalamientos: vínculos con el narcotráfico, ocultación de pruebas y manipulación de escenas de los crímenes, levantamiento de retenes que permiten los libres flujos ilegales, soborno y asociación con cabezas de asociaciones criminales. 22 Cuando iniciaba la reconstrucción, varias voces alertaron de los peligros que corría la paz con la permanencia de un grupo corrupto venido de la antigua policía. Lo hicieron la Misión de Observadores de Naciones Unidas en El Salvador (ONUSAL), así como algunos diplomáticos que participaron en el proceso de creación de la nueva institución (Silva, 2015). 23 Entre los oficiales del Acuerdo 121 –haciendo alusión al acto administrativo mediante el que se licenciaba tardíamente al grupo– «hay dos directores generales, dos subdirectores, seis jefes de la DAN, un jefe de la DIC y varios jefes regionales, además de dos jefes de la División de Fianzas» (Silva, 2015, p. 29).

Por ejemplo, Luis Ernesto Núñez era amigo cercano de José Natividad Luna, alias «Chepe Luna». En cuatro oportunidades se desplegaron vastos operativos para capturar a Luna, todos fallidos por fugas de información desde las cumbres de la institución. Igual el nombre de Ricardo Menesses, otro miembro del Acuerdo 121, carga un historial similar. 24

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La desmedida atención sobre las maras, llevada al punto de reducir la acción pública de la seguridad en las políticas de mano dura, afianzó el encubrimiento de la corrupción de una institución infiltrada en los más diversos niveles. Desde la firma de los acuerdos de paz en 1992, ninguno de los gobiernos tuvo la voluntad de emprender la inaplazable reforma y depuración de la policía.25 La excepción vino a ser la administración de Mauricio Funes, un presidente que avaló el proceso de revisión de los archivos judiciales emprendido por Zaira Navas, a la sazón directora de la Inspectoría General.26 Se abrieron 20 expedientes contra oficiales de alto rango, incluyendo un amplio espectro de funcionarios y dependencias.27 Todo indicaba que al fin se emprendía la depuración por largo tiempo aplazada. Las presiones, sin embargo, terminaron por echar al traste la tentativa. Algunos partidos políticos conformaron una comisión especial con la misión de investigar a la inspectora Navas, argumentando que representaba meros intereses políticos del gobierno de izquierda en el intento de perseguir a prestantes oficiales de los cuerpos de seguridad. En agosto de 2012, el sucesor de la inspectora anunció que, por falta de pruebas, los casos contra los mandos de la policía quedaban cerrados. La ofensiva fue total, al tiempo que se clausuraba 25 Héctor Silva (2015) dice que sólo los presidentes Armando Calderón y Hugo Barrera, en medio de los caóticos años de la transición, se refirieron a los problemas de corrupción de la policía. 26 Ante la Asamblea General de Naciones Unidas de 2010, Funes reconoció por primera vez que el narcotráfico se había metido en las entrañas del Estado, proponiendo la conformación de la Comisión Internacional contra la Impunidad para El Salvador, ya operante en Guatemala (Silva, 2015). 27 Dos directores, tres subdirectores, dos jefes de la División de Investigación Criminal (DIC), un jefe del Centro de Inteligencia Policial (CIP), tres directores de la División Antinarcóticos (DAN), dos jefes del Grupo Especial Antinarcóticos (GEAN), el jefe del Centro Antipandillas Transnacional (CAT) y varios jefes regionales, un grupo conformado en su mayoría por oficiales del ejército y los antiguos cuerpos de seguridad (Silva, 2015).

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la acción judicial el presidente Funes entregó la conducción de la Secretaría de Defensa y la Policía Nacional a militares, posibilitando la continuidad de los cuestionados oficiales en los puestos claves de la dirección policial (Instituto Universitario de Opinión Pública [IUDOP], 2014). La impunidad que cruza la historia de la policía desde los acuerdos de paz, sostenida sobre el silencio sepulcral, quedó una vez más sellada y garantizada. Héctor Silva sintetiza la situación en una sentencia implacable: «Fue por la PNC por donde el crimen organizado transnacional, sobre todo organizaciones de narcotráfico y lavado de dinero, penetró el sistema de partidos políticos y el tejido social» (2015, p. 3). La trayectoria de la policía en Nicaragua es otra bien distinta.28 El curso que tomó tras el triunfo de la revolución se enmarcó en el proyecto que enfrentaron las nuevas fuerzas en el poder: la reconstrucción del Estado en su conjunto, dadas las gravosas condiciones en que lo dejó la dictadura somocista. En lo tocante al orden público, el primer paso consistió en la separación de las funciones de la defensa y la seguridad –antes fundidas en la Guardia Nacional–, proveyendo a cada una de una institucionalidad autónoma.29 La primera policía estuvo marcada por su franca filiación sandinista, un sesgo que debió ser revisado ante el inesperado triunfo de la Unión Nacional de Oposición (UNO) en las elecciones de 1990, las que marcaron el término de la guerra y el tránsito hacia la paz. Los sucesivos cambios de signo en la conducción del Estado forzaron la construcción de la autonomía del cuerpo policial frente a la escena política, una actitud No es del caso abundar en el proceso de configuración institucional de la policía de Nicaragua, el tema ha sido desarrollado en varios trabajos. Cuadra (2002, 2005 y 2013); Cajina (2012); Prevenir (2014). Rocha (2005a) analiza el marco institucional de las políticas públicas hacia la población joven. 28

29 Para la tarea de la defensa se crearon el Ministerio de Defensa y el Ejército Popular Sandinista; para la seguridad el Ministerio del Interior y la Policía Sandinista (Cuadra, 2013).

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mantenida hasta la actualidad.30 A mediados de la década de 1990, la policía inició un proceso de reforma y modernización mediante la redefinición de su marco legal, la reestructuración institucional y la profesionalización de sus miembros. En 1996, se expidió la Ley 228, que daba forma jurídica a ese propósito y, en 1999, se emprendió el plan de desarrollo quinquenal, bajo el nombre de Programa de Modernización y Desarrollo de la Policía Nacional de Nicaragua para el Fortalecimiento de la Seguridad Ciudadana (Prevenir, 2014). De cara a las pandillas y su control territorial, tres acontecimientos marcan el destino de la institución policial. En primer lugar, el elevado grado de desmilitarización; en segunda instancia, los mecanismos de reinserción de los combatientes; y, por último, el desarrollo del enfoque preventivo y comunitario. El primero desempeña un papel esencial una vez que se compara con los países del triángulo norte, donde los militares todavía hoy están dotados de poderes discrecionales que les permiten el control de diversos planos de la institucionalidad. No es necesario ir lejos, ahí está la situación recién narrada de la policía salvadoreña. La hegemonía del antiguo grupo criminalizó la institución, obstaculizando la marcha de procesos decisivos para la democratización de la sociedad. En Nicaragua, por el contrario, la desmilitarización se cumplió en varios planos. Elvira Cuadra (2013) anota que la naturaleza del proceso que precedió la paz –una votación y no una negociación entre fuerzas contendientes– marcó el desplazamiento de los militares hacia el protagonismo de los civiles en lo que vendría de ahí en adelante. No sólo las instituciones salieron de su control, sino que además las de su resorte –como la policía– terminaron realizando su labor en medio de una intensa conexión con la sociedad. Tal conexión con las dinámicas sociales impulsa lo que Roberto Cajina (2012) nombra como el desencuartelamiento, vale decir, una policía que no se esconde en los cuarteles 30 Luego de su derrota en 1990, los sandinistas retoman el poder hasta el año 2006.

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amasando una identidad institucional por fuera de los flujos de la sociedad, sino que, de manera distinta, se mantiene en constante intercambio con los ritmos de la población y la vida civil.31 La adecuada reinserción de los excombatientes es un eje primordial de la construcción de la paz. La prolongada guerra colombiana, salpicada de intentos de paz, encuentra uno de sus resortes en los recortados e inconclusos procesos de reintegración de los desmovilizados a la vida civil. Nicaragua resolvió con mayor éxito el proceso, en cualquier caso atiborrado de dificultades. Siguiendo de nuevo a José Luis Rocha (2010), la elevada disponibilidad de tierras estatales –en un país de baja densidad poblacional y relativa menor concentración de la tierra– hizo posible la entrega de considerables porciones de terrenos a los combatientes que se desmovilizaban, tanto del sandinismo como de los contras. El primer protocolo de desarme entregaba 25 000 hectáreas al sur de Nicaragua a los desmovilizados de la contrarrevolución. En sus palabras, «ambos bandos mantuvieron un protagonismo político y fueron premiados con pingües parcelas de tierra: hasta más de cien hectáreas por cabeza» (Rocha, 2010, p. 32). La paz no se edifica tan sólo con el cese bilateral del fuego y las hostilidades, sino que demanda la incorporación social de las gentes que dejan las armas bajo la garantía de poner en marcha una vida digna. La repartición de tierras, aún entre las enormes dificultades en medio de las cuales se verificó –una gran cantidad de excombatientes volvieron a armarse–, representó un paso firme en la tarea de desmilitarizar un país azotado por una larga y sinuosa guerra. El tercer acontecimiento, la perspectiva sociológica de la labor policial, se constituye en el factor crucial de un trámite 31 La desmilitarización se expresa así mismo en la reducción del tamaño del ejército, en Nicaragua la más drástica de Centroamérica. Tan pronto subió al poder el nuevo gobierno abolió el servicio militar obligatorio y licenció a 36 000 soldados (de un ejército de 120 000). La política de reducción se mantuvo, para 2002 el ejército había bajado a 12 187 miembros (Rocha, 2010).

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del conflicto que mantiene a Nicaragua en un nivel medio de violencia. Desde él, la desmilitarización del Estado y la sociedad terminan de cobrar sentido. Lejos de una política que estigmatice el conflicto, la intervención policial se atiene a un enfoque preventivo que introduce una perspectiva distinta en la relación Estado y criminalidad: antes que la represión y la acción reactiva, el acercamiento estatal antepone la virtual condición ciudadana de toda expresión social (incluyendo los agentes violentos y criminales), haciendo del trabajo con la sociedad el eje del trabajo policial. Todo nicaragüense, así sea el pandillero, es un ciudadano que debe ser integrado a las redes de pertenencia del orden social. El enfoque comunitario está presente ya en la época sandinista de la década de 1980, siguiendo la impronta de los comités locales de vigilancia y protección de la revolución cubanos (como era de esperarse, el modelo socialista de seguridad fue el primer patrón adoptado). El cambio de régimen político tras los comicios de 1990 no modificó el espíritu de relación con la comunidad, antes bien lo profundizó. No fue sin más la respuesta, el nuevo marco político dio origen a dos posturas divergentes, una abogando por un modelo represivo –traducida en el Plan Pandillas puesto en marcha en 1999–, otra defendiendo el enfoque de acercamiento y negociación con la sociedad (Rocha, 2005a; Prevenir, 2014). La segunda visión se impuso.32 En 1993, se creó la primera Comisaría de la Mujer y la Niñez por iniciativa conjunta de la sociedad y la policía, armada con el fin de atender a las víctimas de la violencia intrafamiliar y sexual. La sensibilidad hacia esas olvidadas expresiones del conflicto está instalada en la conciencia de la policía, pero también de la ciudadanía. En 2001, se expidió la Política Integral de

Aunque no faltan las irrupciones de la otra visión. En 2004, se presentó una iniciativa de ley titulada Ley que regula los delitos y faltas cometidas por las pandillas, que pretendía eliminarlas metiendo a la cárcel a sus miembros (Rocha, 2005). 32

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Relaciones Policía-Comunidad y Derechos Humanos,33 puesta en marcha en paralelo con el programa de policías voluntarios, las asambleas locales de consulta comunitaria y los comités de prevención del delito (Prevenir, 2014).34 En 2002, se formalizó el proceso de planificación de abajo hacia arriba –la consulta de las visiones y los problemas en los barrios–, asumido desde ese entonces como procedimiento de diseño de los planes de acción. La arquitectura institucional que dio la policía es coherente con dicha visión comunitaria: el organigrama incorpora las divisiones de la mujer y la juventud como instancias con el mismo estatuto de las demás, dando piso al enunciado de un modelo de actuación policial de corte comunitario, proactivo y preventivo.35 El modelo fue elevado al rango de principio de la carta fundamental, según lo consagró la reforma constitucional de 2014 (Prevenir, 2014). Al modelo se le critica el olvido de la dimensión preventiva, que pasa por la captura y el castigo, traducido –al decir de los opositores–, en una policía entregada al trabajo social y la mediación comunitaria (Zinecker, 2012). Habría que mirar el alcance de la crítica, pues en el concierto de las estadísticas centroamericanas, Nicaragua es el país que reporta el mayor número de incautaciones de droga y una de las más grandes capturas en todos los delitos, incluido el homicidio (Secretaría de Integración Centroamericana [SICA], 2010, 2013). En el tema de interés en estas páginas, el modelo ha resultado eficiente en 33 Sus lineamientos dejan ver el ánimo de la política: prevención del delito con base comunitaria; enfoque preventivo para la niñez y adolescencia; adaptabilidad y respeto a la particularidades multiculturales y étnicas; y profesionalización de la policía. 34 Las iniciativas dieron lugar a la constitución de los Comités de Prevención del Delito, reconvertidos por el gobierno de Ortega en los Consejos de Poder Ciudadano.

Comunitario por la sostenida presencia de la policía en la comunidad; proactivo por la capacidad de anticipar los conflictos; y preventivo por la incorporación de los vínculos policía-sociedad en todos los niveles de la arquitectura institucional. 35

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la contención de las pandillas, al practicar una acción local con los miembros, sus familias y los moradores, impidiendo su desborde.36 No las ha podido eliminar, ellas van y vienen regidas por el rasgo de la intermitencia, pero las ha mantenido en el rango del control territorial. El enfoque sociológico contrasta con las políticas represivas –patentes en las oleadas de mano dura– y la mediación comunitaria de Nicaragua contrasta de todo a todo con la intervención violenta de El Salvador. La polarización en la naturaleza de la acción policial se deja sentir con todo su peso en la disparidad entre maras y pandillas. La acción de la sociedad y sus nexos con el Estado sugieren la clave final de la comparación, el tema del último apartado. El equilibrio de lo público Se ha puesto en escena la configuración de la esfera pública del barrio oponiendo la dominación y el control. Esa esfera localizada, por supuesto, mantiene una estrecha conexión con la esfera pública ampliada, ese espacio donde convergen el Estado y la sociedad en la definición y redefinición de aquello que debe ser considerado lo común, lo manifiesto y lo de acceso generalizado en los términos de Nora Ravotnikof (2005). Para cerrar esta reflexión, ¿qué luces arrojan los vínculos entre sociedad y Estado a la discutida diferenciación entre dominación y control? La sociedad civil nicaragüense tiene una trayectoria histórica de participación en la gestión del conflicto. Pasadas las elecciones de 1990, numerosos excombatientes volvieron a las armas, al grado que se calcula en 20 000 el número de personas en las nuevas agrupaciones armadas (Cuadra, 2005, 2013).37 La 36 En 2004, se introdujo la distinción entre grupo juvenil en alto riesgo social y pandilla juvenil, una distinción que declara una mirada atenta a los mundos juveniles. 37 Fue un período de intensa convulsión política. El rearme se acompañó de una vasta movilización social, como bien lo muestran los indicadores de las marchas, las protestas, las tomas (Cuadra, 2013).

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sociedad desempeñó un papel crucial en el desarme y reintegración de esa enorme masa de combatientes, nutrida de reinsertados, campesinos y delincuentes, que asolaron las montañas del norte y el sur durante varios años.38 Investidos del título de promotores de paz se movilizaron en torno a la búsqueda de la reconciliación, sentando las bases de un ampliado proceso de resolución de conflictos que todavía se mantiene vivo. La Red de Promotores de Paz del Centro de Estudios Internacionales activó numerosos grupos que «provenían de las comisiones de paz creadas por las iglesias evangélicas y católicas durante la década de 1980» (Cuadra, 2013, p. 117), dando continuidad a una experiencia que congregó a desmovilizados de los dos bandos, a fin de canalizar, por la vía democrática, el descontento que les llevó a las armas. La acción preventiva, la educación para la paz, la resolución de conflictos y la atención a las víctimas forman parte de una conciencia pública traducida en la proliferación de organizaciones comprometidas con esas tareas. La mediación comunitaria de la policía no proviene tan sólo de una simple decisión institucional, sino también de una sociedad que toma la iniciativa en la intervención del conflicto. Las comisarías de la mujer, la niñez y la adolescencia tuvieron su primer impulso en la sociedad organizada en redes de mujeres, retomadas por el Estado y reproducidas hasta las 162 comisarías distribuidas por numerosos rincones del país (Prevenir, 2014). Lo mismo, la temprana intervención de la sociedad en la mediación de conflictos fue recogida por el Estado impulsando la creación de la Dirección Alterna de Conflictos y el establecimiento de una red nacional de facilitadores judiciales, integrada por 2 670 facilitadores ubicados en 153 municipios, quienes entre 2003 y 2011 atendieron 113 221 casos judiciales (Cuadra, 2013; Prevenir, 2014). Se trata, pues, de la reciprocidad entre Estado y sociedad, lo que bien puede llamarse el equilibrio de la esfera pública. 38 El Estado, naturalmente, también intervino. Se hicieron 52 acuerdos que terminaron con las últimas bandas a comienzos de la década de 2000.

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Según un estudio sobre las organizaciones de la sociedad civil, la participación ciudadana tiene en Nicaragua sólidas garantías constitucionales y legales –de las más progresistas en materia legislativa–, aunque la teoría jurídica tropieza en la realidad con serios problemas operativos (Programa de la Unión Europea en Nicaragua, 2012). Los tropiezos tienen lugar sobre todo en los intercambios a nivel nacional, puesto que una vez se desciende al nivel local «los actores son más orientados a buscar soluciones a los problemas, cualquiera que sea el grado de institucionalidad» (Programa de la Unión Europea en Nicaragua, 2012, p. 12). En Nicaragua la sociedad se moviliza, parece cruzarla la conciencia de la eficacia de la acción colectiva toda vez que enfrenta situaciones problemáticas.39 El ámbito político tiene plena conciencia de ello, no sólo porque los antagonismos que escinden la nación fragmentan en bandos desencontrados las organizaciones no estatales –las liberales versus las sandinistas, esa referencia que en medio de su agotamiento no deja de cruzar las categorías de representación de lo político–, sino también porque el Estado las reglamenta y las pretende controlar forzándolas a encasillarse en el debate político. Hasta 2011, estaban registradas ante el Instituto de Fomento Cooperativo (Infocoop) un total de 4 020 entidades, agrupando a 1 029 220 personas, organizadas en 79 uniones, 33 centrales y 10 federaciones; de ese total, las dos terceras partes fueron creadas entre 2007 y 2011, en el marco del gobierno de Daniel Ortega (Programa de la Unión Europea en Nicaragua, 2012). No de modo gratuito, la creación de los Consejos de Poder Ciudadano desató una verdadera guerra constitucional marcada por los proyectos y los anteproyectos, inflamada por quienes sostenían que la ley que los reglamenta modifica las competencias del eje39 Sin embargo, como señala el mismo estudio, las organizaciones no estatales en Nicaragua proliferan con gran desorden y descoordinación entre sí.

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cutivo.40 No es del caso mirar el contenido de la polvareda que levantó, interesa relievar el lugar estratégico que desempeña la fuerza de la sociedad civil en la política y el Estado nicaragüenses –de seguro en otro país el proyecto pasa por un inobjetable gesto democrático–. Como dice el citado estudio, «la sociedad civil y sus organizaciones se desmarcan de la esfera del Estado y existen en sí, sin referencia particular al Estado, a no ser el marco jurídico que define sus modalidades de organización, de registro y de rendición de cuentas» (Programa de la Unión Europea en Nicaragua, 2012, p. 56). En la encuesta de 2012 del Latín American Public Opinión Project (Córdoba, Cruz y Seligson, 2013), puesta en el contexto centroamericano, Nicaragua saca los mayores porcentajes en las preguntas relativas a la participación política y el interés en los asuntos públicos: tiene el mayor índice de participación electoral, entiende más los asuntos del país, da mayor apoyo al sistema político y manifiesta más interés en la política. Todo indica que la esfera pública de Nicaragua está configurada por una fuerte y contradictoria convergencia de una sociedad civil activa e interesada, pero también por un Estado comprometido en la tarea de consultarla y enriquecerla. En este contexto cobra cuerpo el enfoque comunitario de la policía. El Salvador, por su lado, exhibe un cuadro contrastante. Paul Almeida (2011), un estudioso de los movimientos sociales salvadoreños, describe tres oleadas de movilización, entendidas como momentos en que la organización y las protestas sociales cobran particular intensidad. La primera tuvo lugar en la década de 1930; la segunda en el período inmediatamente 40 Los Consejos se crearon por decreto, el gobierno ganó la batalla, constituyendo al mismo tiempo los Gabinetes de Poder Ciudadano. Como una evidencia más del lugar de la sociedad, en el Plan Nacional de Desarrollo Humano se especifica que «la participación ciudadana se efectuará a través de Consejos Comunitarios, Congresos Barriales y Comarcales, Congresos Municipales, Congresos Departamentales y un Congreso Nacional» (Programa de la Unión Europea en Nicaragua, 2012, p. 47).

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anterior al estallido de la guerra; y la tercera durante los años finales del siglo XX. La última es digna de mención, ya que la resistencia contra el intento de privatizar el sistema de salud desató una movilización sin precedentes que llegó a constituir uno de los más significativos actos de resistencia contra las políticas de ajuste neoliberal, con multitudinarias movilizaciones en distintos países de Latinoamérica. El Salvador ha sido ejemplo de organización social, los nicaragüenses comprometidos en el movimiento popular lo dicen. Sin embargo, la falta de movilización organizada de la sociedad salvadoreña frente a su agravada crisis de seguridad desdice de su notable historia. Pese a que la criminalidad es reconocida como el problema nacional más apremiante,41 la sociedad está paralizada y cede sin resistencia a la implementación de nefastas políticas de mano dura que desconocen la perentoriedad de intervenciones integrales, mientras ocultan una importante parte de la naturaleza de la crisis. La contradictoria percepción de la que son objeto las maras pone al descubierto la sesgada mediación pública del Estado y los medios de comunicación: se las percibe de un modo en lo local y de otro en lo nacional. Efectivamente, en lo local las opiniones se dividen (en 2004, 31 % y en 2009, 52 % las ve como un problema); en cambio, una vez se pasa al país, la visión que las condena sube como espuma a 98 por ciento en los dos años. ¿Qué media entre la percepción media de la comunidad y la decididamente negativa en lo nacional? Cuando se trata de la relación directa en la comunidad, los mareros no acosan como cabría esperarse; en lo nacional, de manera distinta, son los pandilleros desalmados de la televisión y la prensa. El contraste con Nicaragua es visible. La esfera pública salvadoreña, en el tema de la seguridad, se presenta desprovista de En las encuestas, entre 2004 y 2012 –aplicadas cada dos años– la criminalidad ocupa en cuatro ocasiones el primer lugar entre los cinco problemas del país (en el otro año ocupó el segundo lugar) (Estado de la Región, 2014). En contraste, en Nicaragua dominan los problemas de la economía, el desempleo y la pobreza. 41

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sociedad, sustituida por unos medios masivos que le hacen eco a un Estado infiltrado por el crimen y carcomido por la corrupción. La prensa fue deslegitimando progresivamente la reciente tregua con las maras –un espacio abierto en medio de la inmovilidad–, según lo indican los análisis de la prensa sobre el suceso (Vázquez y Marroquín, 2014). Es cierto que muchas y prominentes voces se vienen pronunciando sobre las adversas consecuencias del reduccionismo represivo de las políticas públicas, denunciando el silencio cómplice del Estado y señalando los elevados grados de criminalización de la sociedad.42 Con todo, esas voces no han logrado desatar una movilización de la sociedad capaz de colocar el tema de la paz en el centro de la agenda pública. Para concluir Los indicadores económicos y sociales de Latinoamérica dan muestras claras de mejoría. Durante los últimos años, su producto interno bruto aumentó por encima de Europa y Estados Unidos, mientras se logró mantener la contracción del desempleo y el déficit fiscal.43 Al igual que acontece con los indicadores sociales, tanto la pobreza como la desigualdad mostraron reducciones significativas durante el curso de la década reciente.44 No obstante, pese a los avances materiales y sociales el Tampoco han faltado los intentos de la sociedad en variadas direcciones (Cruz, 2006). 42

43 En 2014, el PIB de los países en desarrollo creció 4.4 % (el más bajo desde 2007), los países desarrollados 1.6 % y EE. UU. 2.1 %. En el mismo año, el PIB de Latinoamérica aumentó 1.1 % (también el más bajo en varios años), jalonado hacia abajo por la desaceleración de economías grandes de la región (Venezuela y Argentina bajaron, 3 % y 0.2 % respectivamente, Brasil subió apenas 0.2 %). La tasa de desempleo regional bajó a 6 % y el déficit fiscal se mantuvo en 2.7 % del PIB (CEPAL, 2015).

Entre 2002 y 2013, la pobreza bajó de 44 % a 28 % y la indigencia de 19 % a 12 %. Por su parte, la desigualdad cayó 10 % al pasar, entre los mismos años, de 0,54 % a 0.48 % (Comisión Económica para América Latina y el Caribe [CEPAL], 2015). 44

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continente continúa siendo el más violento del planeta, con Centroamérica a la cabeza. Es la paradoja latinoamericana: los avances en materia de desarrollo no logran exorcizar la criminalidad y la muerte. Frente a la evidencia a todas luces abrumadora, sin embargo, no ha sido posible constituir un bloque de poder latinoamericano investido de la capacidad de presionar el diseño de una política mundial alternativa frente al narcotráfico. Mientras ese poder regional siga sin ser constituido, las crisis de varios lugares del continente –representadas en toda su profundidad por El Salvador– amainan aquí pero resurgen allá. La tramitación alternativa del fenómeno del narcotráfico representa la base sobre la cual será posible encarar el problema de la criminalidad latinoamericana, una tramitación que deje de considerarlo como asunto de mera criminalidad.45 Como lo evidencia Nicaragua desde la ausencia –y El Salvador desde la presencia–, uno de los fundamentos de la paz pasa por la erradicación de las criminalidades poseídas del poder de infiltrar y corromper, de construir ejércitos e imponer su ley. La práctica preventiva y proactiva de la policía nicaragüense pone de manifiesto la conciencia de un Estado que renunció al lenguaje de la violencia y la represión como mecanismo directriz de la gestión del conflicto. Tal renuncia, al mismo tiempo, da cuenta de un encuadramiento civilista de las fuerza armadas frente a la institucionalidad. No es un tema que compete sólo a la esfera estatal, la desmilitarización involucra también la sociedad. Es preciso desarmar la cultura política, comenzando por la renuncia a las armas como vía para imponer los intereses sentidos de sectores de la sociedad. Así mismo, la paz estable y duradera es impensable sin la reconstrucción de la esfera pública. La gestión democrática de la vida colectiva requiere una sociedad civil organizada y comprometida con la esfera pública, al tiempo que un Estado genui45 El comercio de cocaína no es ni mucho menos el único problema de la criminalidad latinoamericana, pero sí es la actividad sobre la que se construyen los más poderosos centros mafiosos.

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namente interesado en escuchar y negociar con las voces que vienen de la sociedad. El tratamiento del espinoso tema de la seguridad en Nicaragua tiene su fundamento en ese principio esencial de una esfera pública en equilibrio: la sociedad se organiza e intermedia la gestión del conflicto, mientras el Estado no criminaliza la desviación, hace parte de las contradicciones locales y traza sus planes desde la consulta a las dinámicas en juego en la base de la sociedad. La paz es impensable sin una sociedad movilizada que hace escuchar su voz, una voz que se sabe en interacción contradictoria con una institucionalidad que reconoce el legítimo derecho al disenso y la resistencia. La paz en El Salvador ha de pasar por muchas esferas, Nicaragua muestra más de un camino. De cara a las muchas regiones de Latinoamérica azotadas por la guerra y la violencia, Nicaragua muestra que la llave maestra de la paz reside en la reconstrucción de lo público: una franca participación organizada de la sociedad frente a un Estado que entra en diálogo con esa movilización. Referencias Almeida, P. (2011). Olas de movilización popular: movimientos sociales en El Salvador, 1925-2010. San Salvador: UCA Editores. Amaya, E. (2012). Militarización de la seguridad pública en El Salvador, 1992-2012. Urvio. Revista Latinoamericana de Estudios de Seguridad, (12), 71-82. Arauz, S., Martínez, O. y Lemus, E. (16 de mayo de 2011). El Cártel de Texis. El Faro. Recuperado de http://www.elfaro. net/es/201105/noticias/4079/ Cajina, R. (2013). Seguridad en Nicaragua: ¿la excepción en Centroamérica? Working paper, 1-18. Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2015). Panorama económico y social de la comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños 2014. Santiago de Chile: Autor.

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Cruz, J. M. (2006). Maras y pandillas en Centroamérica. Las respuestas de la sociedad civil organizada. San Salvador: UCA Editores. Cruz, J. y Portillo, N. (1998). Solidaridad y violencia en las pandillas del Gran San Salvador. San Salvador: UCA Editores. Cuadra, E. (2002). Nuevas dimensiones de la seguridad ciudadana en Nicaragua. En F. Carrión (Ed.), Seguridad ciudadana, ¿espejismo o realidad? Quito: Flacso/OPS/OMS. Cuadra, E. (2005). Seguridad ciudadana y Políticas de Estado: el reto de las fuerzas democráticas y progresistas en Centroamérica. El caso de Nicaragua. Managua, Nicaragua: Mimeo. Dirección General de Estadística y Censos. (2015). Estimaciones y proyecciones de población nacional 2005-2050. El Salvador: Autor. El Salvador al día. [Luisa Moncada]. (17 de julio de 2014). Entrevista Viejo Lin [archivo de video]. Recuperado de https:// www.youtube.com/watch?v=FmDA9NLvI-M Ferrero, M. (2012). La Nicaragua de los Somoza. 1936-1979. Managua, Nicaragua: IHNCA/Universidad de Huelva. Garay, L. y Salcedo, E. (2012). Narcotráfico, corrupción y Estados. Cómo las redes ilícitas han reconfigurado las instituciones en Colombia, Guatemala y México. Bogotá: Random House Mondadori/Debate. Gayraud, J. (2005). El G-9 de las mafias en el mundo. Geopolítica del crimen organizado. Barcelona: Tendencias Editores. 340

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un nuevo país. Hacerlo posible. Diagnóstico y propuesta. San Salvador: Autor. Rabotnikof, N. (2005). En busca de un lugar común: El espacio público en la teoría política contemporánea. México: UNAM. Rocha, J. (2005). El traído: clave de la continuidad de las pandillas. Revista Envío Digital, (280). Recuperado de http:// www.envio.org.ni/articulo/2982 Rocha, J. (2005a). La economía política del marco institucional y organizacional para enfrentar la violencia juvenil en Nicaragua. Encuentro, (76), 87-101. Rocha, J. (2010). Un debate con muchas voces: pandillas y Estado en Nicaragua. Temas, (64), 29-37. Rocha, J. (2011). Los jinetes del desarrollo en tiempos neoliberales (2): Primer jinete: los narcos. Revista Envío Digital, (353). Recuperado de http://www.envio.org.ni/articulo/4385 Rocha, J. (2013). Violencia juvenil y orden social en el Reparto Schick. Juventud Marginada y Relación con el Estado. Nicaragua: Banco Interamericano de Desarrollo/Oficina de Evaluación y Supervisión. Secretaría de Integración Centroamericana. (2010). Anuario Regional de Estadísticas Policiales. Canadá: OBSICA/CECI. Secretaría de Integración Centroamericana. (2013). Anuario Regional de Estadísticas Policiales. Canadá: OBSICA/CECI. Silva, H. (2015). Infiltrados. Crónica de la Corrupción en la PNC (1992-2013). San Salvador: UCA editores. Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito. (2012). Delincuencia organizada transnacional en Centroamérica y el Caribe. Una Evaluación de las Amenazas. Nueva York: Autor. Recuperado de http://www.unodc.org/docu ments/data-and-analysis/Studies/TOC_Central_Ameri ca_and_the_Caribbean_spanish.pdf Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito. (2014). World Drug Report. Nueva York: Autor. Recuperado de http://www.unodc.org/documents/wdr2014/World_ Drug_Report_2014_web.pdf 342

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United Nations Office on Drugs and Crimen. (2013). Global Study on Homicide. Viena: Autor. Recuperado de http:// www.unodc.org/documents/gsh/pdfs/2014_GLOBAL_ HOMICIDE_BOOK_web.pdf Vázquez, O. y Marroquín, A. (2014). Entre gritos y silencios. La narrativa de la prensa salvadoreña sobre la tregua entre pandillas. Nueva Sociedad, (249), 86-96. Zinecker, H. (2012). El bajo índice de violencia en Nicaragua: ¿Mito o realidad? Resultados empíricos, causalidades y enseñanzas. México/Centroamérica/Caribe: Heinrich Boll Stiftung.

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ACERCA DE LOS AUTORES

Alexandra Agudelo López Magister en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana (PUJ). Candidata doctora en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud de la Universidad de Manizales y la Fundación Centro Internacional de Educación y Desarrollo Humano (CINDE). Desarrolla investigaciones con jóvenes en los temas de: resistencias, objeción de conciencia y antimilitarismo, formación y participación política, violencia y uso político del miedo, construcción de paz territorial y sistema de responsabilidad penal para adolescentes en Colombia. [email protected] Andrea Bonvillani Doctora en Psicología por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Profesora a cargo de la cátedra de Teoría y Técnicas de Grupo y profesora asistente en la cátedra de Psicología Social de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba. Coordinadora académica de la carrera de Maestría en Intervención e Investigación Psicosocial (MIIPS) de la Facultad de Psicología de la UNC. Directora de distintos proyectos de investigación a nivel local e internacional en el cruce de temáticas: juventudes-política-subjetividades, entre los que se destaca su participación de varios años en el grupo de trabajo [ 345 ]

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Acerca de los autores

del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso): Juventudes, Infancias: Instituciones Sociales, Políticas y Culturas en América Latina. [email protected] Salvador Cruz Sierra Postdoctor de Investigación en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud en la Universidad de Manizales; doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco (UAM-X) y maestro en Psicología Social por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), nivel II. Su publicación más reciente se titula «La violencia del tráfico de drogas en Ciudad Juárez y su impacto en las pandillas juveniles» (CIESAS, 2018). Es profesor-investigador en El Colegio de la Frontera Norte (El Colef), adscrito al Departamento de Estudios Culturales. [email protected] María Eugenia De la O Martínez Doctora en Ciencia Social con especialidad en Sociología por El Colegio de México (Colmex). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), nivel II. Entre sus publicaciones se encuentran los capítulos: «La violencia del narcotráfico en México y Centroamérica y las principales rutas del transporte de marihuana y cocaína hacia Estados Unidos» (2015) y «La adjetivación de la violencia del narcotráfico en la cultura de México: religión, arquitectura, música, novela y periodismo» (2015). Es investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), Unidad Occidente. [email protected] Matilde Margarita Domínguez Cornejo Estudiante de doctorado en Ciencias Sociales y Humanidades en la Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa (UAM-C). Maestra en Estudios Culturales por El Colegio de la Frontera 346

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Acerca de los autores

Norte (El Colef). Antropóloga Física en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y en recientes fechas se desempeñó como docente en materias como Sociología, Antropología y Estudios Culturales en distintas universidades. [email protected] Genoveva Echeverría Gálvez Actualmente es académica de la Universidad San Sebastián, Chile. Forma parte del equipo que organiza los Congresos de Intervención y Praxis Comunitaria. Participa en el grupo de trabajo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso): Territorialidades, espiritualidades y cuerpos. Sus líneas de investigación son: feminismo; juventudes y afectividades; cuerpo y afectos; y metodologías cualitativas críticas. Su publicación más reciente es: «Análisis crítico del discurso de políticas públicas en diversidad sexual en Chile» (Universitas Psychologica, 2015). [email protected] Carles Feixa Pampols Doctor por la Universidad de Barcelona (UB). Especialista en el estudio de las culturas juveniles, llevando a cabo investigaciones sobre el terreno en Cataluña y México. Entre sus libros se puede destacar De jóvenes, bandas y tribus (Barcelona, 1998; 4.ª ed. 2008). Ha sido asesor para políticas de juventud de Naciones Unidas y vicepresidente del comité de investigación Sociología de la Juventud de la International Sociological Association. Catedrático de Antropología Social en la Universidad de Lérida (UdL). [email protected] Laura Talina Hernández Baca Licenciada en Antropología Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y maestra en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa (UAM-C). Especialista en estudios de 347

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Acerca de los autores

género, violencia y políticas públicas. Ha sido profesora titular de diferentes asignaturas en la ENAH, la Universidad del Claustro de Sor Juana y la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). [email protected] Alfredo Nateras Domínguez Doctor y maestro en Ciencias Antropológicas por la UAMIztapalapa (UAM-I); maestro en Psicología Social por la UNAM. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), nivel II. Entre sus más recientes publicaciones se encuentran: Juventudes sitiadas y resistencias afectivas. Tomo I: violencia y aniquilamiento y Juventudes sitiadas y resistencias afectivas. Tomo II: problematizaciones (embarazo/trabajo/drogas/políticas) (Gedisa/UAM, 2016). Actualmente es profesor-investigador en la UAM-I. [email protected] Lina Marcela Patiño Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia. Estudiante de la maestría en Educación y Derechos Humanos de la Universidad Autónoma Latinoamericana (UNAULA). Integrante del Programa Latinoamericano de Estudios sobre Juventud «Configuración y reconfiguración de subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en América Latina y el Caribe». [email protected] Carlos Mario Perea Restrepo Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es maestro en Historia por la Universidad Nacional de Colombia. Sus líneas de investigación versan entorno a la movilización colectiva y violencia en México y Colombia, democracia, nación y guerra, violencia urbana, cultura política y tejido social. Actualmente es profesor-investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia. [email protected] 348

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Acerca de los autores

Sally Reiss Magíster en Desarrollo Organizacional en la Escuela de Psicología, Pontificia Universidad Católica de Chile. Licenciada en Psicología y Psicología Organizacional por la Universidad Central de Chile. Licenciada en Letras por la Facultad de Letras, Pontificia Universidad Católica de Chile. Su publicación más relevante: Construcción de discurso de masculinidad a través de un medio de comunicación masivo radial (Universidad Central, 2010). Actualmente en ejercicio clínico privado de la profesión. [email protected] José Sánchez García Doctor en Antropología Social por la Universidad de Barcelona (UB). Especializado en el estudio de las culturas juveniles en sociedades árabes, ha llevado a cabo investigaciones sobre el terreno en Egipto y Marruecos. Ha sido coordinador científico del proyecto Genind y actualmente es coordinador etnográfico del proyecto Sahwa. Investigador posdoctoral del Grup de Recerca sobre Joventut i Societat (JOVIS) del Departamento de Geografía y Sociología de la Universidad de Lérida (UdL). sanchez.garcia.josé@geosoc.udl.cat José Manuel Valenzuela Arce Doctor en Ciencias Sociales con especialidad en Sociología por El Colegio de México (Colmex). Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), nivel III. Su más reciente publicación es: Jefe de jefes. Corridos y narcocultura en México (2011). Es profesor-investigador del Departamento de Estudios Culturales de El Colegio de la Frontera Norte (El Colef). [email protected] Rodrigo Villada López Abogado de la Universidad Autónoma Latinoamericana (UNAULA). Magister en Educación y Derechos humanos de la UNAULA . Integrante del Programa Latinoamericano de 349

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Acerca de los autores

Estudios sobre Juventud «Configuración y reconfiguración de subjetividades, saberes, prácticas y territorios juveniles en América Latina y el Caribe». [email protected]

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Juventudes en fronteras. Identidades, cultura y violencia Edición al cuidado de la Coordinación de Publicaciones de El Colegio de la Frontera Norte, 15 de julio de 2020 Para comentarios, enviarlos a: [email protected]

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La condición de exclusión política y económica de las y los sujetos jóvenes tanto en México como en Latinoamérica y otras latitudes, se ha convertido en un generador de miedo, reproduciendo violencia. Aunado a ello, los sectores juveniles menos favorecidos también tienen el temor de perder la vida y sus vínculos afectivos, de salir del modelo dominante de masculinidad, de no lograr el éxito y no tener ocupación en una sociedad trabajadora y consumista, que no genera empleos dignos para poder construir un futuro prometedor en sus vidas. Una gran parte de las juventudes resiste al sistema imperante, como actores y sujetos sociales activos, que emergen en otras formas y tienden a cuestionar el orden dominante. La diversificación de la condición juvenil ha tomado distintas expresiones, pero aquí se atienden principalmente a aquellas juventudes precarizadas, criminalizadas y violentadas. La población joven, particularmente masculina y pobre, carga con el estigma de ser la causante y portadora de sospecha del delito y, en general, de encarnar el mal, ligado a los estereotipos de rebeldía, transgresión, impulsividad, irreflexividad, carencia de límites o moralidad. Sin embargo, no hay que olvidar que una parte del comportamiento juvenil se caracteriza por acciones divergentes, alternas y de resistencias culturales, que cuestionan y tensionan las normas sociales, aunque hay que aclarar que esto no es sinónimo de delincuencia sino una reacción a las condiciones de opresión que genera el propio sistema.