Revista De Historia Iberoamericana 17

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HIb. Revista de Historia Iberoamericana

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Semestral

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Año 2010

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Vol. 3

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Núm. 2

http://revistahistoria.universia.net

Artículos La conformación política del peronismo 1945-1955 Carolina Barry

To Educate and Protect: Politicians, Nurses and Poor Women in Rio de Janeiro, 1930-1945 Melissa E. Gormley Pobreza y nación en Colombia, siglo XIX Juan Carlos Jurado Jurado The Novelty of the New World: The Challenge of Describing the Marvel of the Americas Olaya Sanfuentes Echeverría

La sermonaria novohispana y su influencia en la arquitectura religiosa de Aguascalientes: prácticas de lectura y simbolismo mariano en el Camarín de la Virgen (1792-1797) Marco Alejandro Sifuentes Solís

Reseñas The Development of Mexico’s Tourism Industry: Pyramids by Day, Martinis by Night. Dina Berger. Sylvia Dümmer Scheel Nixon, Kissinger, and Allende: U.S. Involvement in the 1973 Coup in Chile. Lubna Z. Qureshi. Sebastián Hurtado Durante la Reconquista. Alberto Blest Gana (Edición, prólogo y notas de Iván Jaksić y Juan Durán). Nicolás Ocaranza Pacheco Estación Final. La emocionante y desconocida historia de los peruanos que salvaron centenares de vidas en la Segunda Guerra Mundial. Hugo Coya. José Ragas Bankrupt of Empire: Mexican Silver and the Wars Between Spain, Britain, and France, 1760-1810. Carlos Marichal Karin Sánchez Manríquez

HIb. Revista de Historia Iberoamericana Historia Iberoamericana nace con la misión de contribuir a la reflexión sobre el espacio cultural iberoamericano, ampliar el horizonte de las historiografías nacionales, generar un mayor grado de integración entre los historiadores iberoamericanos y aportar a los debates de nuestras sociedades. Historia Iberoamericana aparece dos veces al año y cada uno de sus números contiene artículos de investigación histórica original de alta calidad, garantizada por la evaluación anónima de los pares. Historia Iberoamericana, publicada en español, portugués e inglés, no tiene restricciones temáticas, metodológicas ni cronológicas, tampoco respecto del carácter monográfico o general de sus artículos y números. Su sello distintivo está en una perspectiva y un enfoque que sitúa el objeto de estudio en su relevancia contemporánea. Historia Iberoamericana está dirigida a todos los historiadores especialistas en historia iberoamericana y busca integrar, asimismo, a las nuevas generaciones doctoradas o en vías de doctorarse en universidades de la región.

Comité de Dirección | Executive Board | Comitê Executivo Sol Serrano, Directora

Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile [email protected] Patricio Bernedo, Editor

Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile [email protected] Fernando Purcell, Co-Editor

Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile [email protected] Luz María Díaz de Valdés

Secretaria de Redacción [email protected]

Comité Científico | Scientific Board | Comitê Científico Manuel Burga

Escuela de Historia, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú. Elisa Cárdenas

Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad de Guadalajara, México.

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Manuel Chust

Departamento de Historia, Geografía y Arte, Universidad de Jaume I, España. Carlos Alberto de Moura Zeron

Departamento Historia, Universidad de Sao Paulo, Brasil. Eduardo Devés

Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile, Chile. Roberto di Stefano

Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Javier Donézar

Departamento de Historia Contemporánea, Universidad Autónoma de Madrid, España. Pilar González Bernaldo

Département d’Espagnol, Etudes Interculturelles de Langues Appliquees, Universidad de París VII, Francia. Jorge Hidalgo

Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, Chile. Iván Jaksic

Stanford University, Estados Unidos; Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile. María Dolores Luque

Departamento de Historia, Universidad de Puerto Rico, Puerto Rico. Carlos Malamud

Facultad de Geografía e Historia, Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), España. Florencia Mallon

Departamento de Historia, University of Wisconsin-Madison, Estados Unidos. José Luis Martínez

Departamento de Ciencias Históricas Universidad de Chile, Chile. Pedro Martínez Lillo

Departamento Historia Contemporánea, Universidad Autónoma Madrid, España. Alicia Mayer

Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, México. Antonio Fernando Mitre

Departamento de Ciencias Políticas, Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil. Raúl Navarro

Escuela de Estudios Hispano-Americanos (EEHA), Sevilla, España. Marco Antonio Pamplona

Departamento de Historia, Pontificia Universidad Católica de Rio de Janeiro, Brasil. Pedro Pérez Herrero

Departamento de Historia II, Universidad de Alcalá, España.

HIb. REVISTA DE HISTORIA IBEROAMERICANA |

ISSN: 1989-2616 |

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Semestral |

Año 2010 |

Vol. 3 |

Núm. 2

Héctor Pérez-Brignoli

Escuela de Historia Universidad de Costa Rica, Costa Rica. Eduardo Posada-Carbó

Latin American Centre, Oxford Saint Antony’s College, Inglaterra. Inés Quintero

Instituto de Estudios Hispanoamericanos, Universidad Central de Venezuela, Venezuela. Luis Alberto Romero

Departamento de Historia, Universidad de Buenos Aires; Centro de Estudios de Historia Política, Universidad Nacional de San Marcos, Argentina. Hilda Sábato

Departamento de Historia, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Guillermo Zermeño

Centro de Estudios Históricos Colegio de México, México.

Selección | Procedure | Procedimento Normas para Autores

I.- HIb publica artículos originales que contribuyan al conocimiento de la historia de Iberoamérica, y que fomenten el debate y el intercambio entre los investigadores. Las temáticas están abiertas a todos los aspectos históricos, sean sociales, culturales, religiosos, políticos y económicos, abarcando cronológicamente desde el período prehispánico hasta el contemporáneo. HIb se publica en español y portugués, aceptándose también artículos escritos en inglés. II.- Los autores deberán enviar sus artículos en formato Word al correo electrónico: [email protected] universia.net III.- Los artículos deberán tener una extensión máxima de 50 páginas, tamaño carta, a doble espacio -en letra Arial Regular 12-, incluyendo notas, gráficos, cuadros, ilustraciones, citas y referencias bibliográficas. IV.- Las citas irán a pie de página y deberán ajustarse a las siguientes indicaciones: 1) Cuando se cite por primera vez una obra, deberá figurar nombre y apellido del autor, título (cursiva), ciudad, editorial, año de edición y páginas (p./pp.). Todos estos datos deberán aparecer separados por comas. Las referencias siguientes a esa obra se harán citando el apellido del autor (en mayúsculas), seguido de op.cit. Ejemplos: 1.a) Marcello Carmagnani, El otro occidente. América Latina desde la invasión europea hasta la globalización, Fondo de Cultura Económica, 2004. 1.b) Carmagnani, op. cit., pp. 38-98. 2) Se escribirá en cursiva solamente el título del libro o de la revista en la que se incluya el artículo que se cite, yendo éste entre comillas. En este caso, junto al nombre la revista, se añadirá el volumen, número, año y páginas. Ejemplos:

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2.a) Emilia Viotti da Costa, “1870-1889”, Leslie Bethell (editor), Brazil: Empire and Republic, 1822-1930, Cambridge, Cambridge University Press, 1989, pp. 161-215. 2.b) José Alfredo Uribe, “Economía y mercado en la minería tradicional mexicana, 1873-1929”, Revista de Indias, Vol LXI, N° 222, Madrid, 2001, pp. 47-94. 3) Idem e Ibidem (sin acentuar y en cursiva si se refiere a un artículo o un libro. Si se refiere a una fuente documental no irá en cursiva) se utilizarán para reproducir la cita anterior. Idem cuando es exactamente igual e Ibidem cuando contiene alguna variación como número de páginas, capítulos, etc. V.- Junto a los artículos se enviará un resumen de entre 6 y 10 líneas, además de entre 4 y 8 palabras claves. En el resumen se especificarán los objetivos, las principales fuentes y resultados de la investigación. VI.- El nombre del autor(a) y el de la institución a la que pertenece se deberán indicar claramente. Con un llamado a pie de página al final del título se podrá indicar si el texto es el fruto de algún proyecto de investigación concursable. VII.- Los autores deberán estar en disposición de ceder los beneficios derivados de sus derechos de autor a la revista. VIII.- El Editor Responsable de HIb acusará recibo de los artículos en un plazo de quince días hábiles a partir de su recepción. La aceptación de las colaboraciones dependerá de los arbitrajes ciegos y confidenciales de a lo menos dos especialistas. A partir de sus informes, la Comisión Editora decidirá sobre la publicación e informará a los autores. En caso positivo, el plazo máximo transcurrido desde la llegada del artículo y su publicación es de un año. Al final de cada artículo figuran las fechas de recepción y publicación del mismo. IX.- HIb se publica dos veces al año. X.- HIb publica regularmente reseñas de libros, de no más de tres años de antigüedad, editados en español, portugués o inglés. Las reseñas no deben extenderse más de tres páginas, tamaño carta, y deben ser escritas a doble espacio, en letra Arial Regular 10. Las reseñas deben ser enviadas al correo electrónico: [email protected] XI.- Declaración de privacidad. Los nombres y direcciones de correo electrónicos introducidos en esta publicación se usarán exclusivamente para los fines declarados por esta revista y no estarán disponibles para ningún otro propósito u otra persona e institución.

Instructions for Authors

I.- HIb publishes original articles that contribute to knowledge of the history of Latin America, and to encourage discussion and exchange among researchers. The topics are open to all historical aspects, whether social, cultural, religious, political and economic, ranging chronologically from the prehistoric period until today. Hib is published in Spanish and Portuguese, also accept articles written in English. II.- The authors should send their articles in Word format to e-mail: [email protected] III.- The articles must have a maximum length of 50 pages, letter-size, double-spaced in-point Arial Regular 12- including notes, graphs, charts, illustrations, quotations and references.

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IV.- The appointments will go to footer and must comply with the following: 1) When is acknowledged for the first time a work, must bear full name of author, title (italics), city, publisher, year of release and pages (p / pp.). All these data should appear separated by commas. The following references to that work will be quoting the author’s surname (in capital letters), followed by op. Examples: 1.a) Marcello Carmagnani, El otro occidente. América Latina desde la invasión europea hasta la globalización, Fondo de Cultura Economica, 2004. 1.b) Carmagnani, op. cit., pp. 38-98. 2) It is written in italics only the title of the book or magazine to be included in the article that cited, it going in quotation marks. In this case, the magazine next to the name is added to the volume, number, year and pages. Examples: 2.a) Emilia Viotti da Costa, “1870-1889”, Leslie Bethell (editor), Brazil: Empire and Republic, 1822-1930, Cambridge, Cambridge University Press, 1989, pp. 161-215. 2.b) Jose Alfredo Uribe, “Economy and mining market in traditional Mexican, 1873-1929”, Revista de Indias, Vol LXI, No. 222, Madrid, 2001, pp. 47-94. 3) Ibid e Ibid (non-accented and in italics if it refers to an article or book. If you’re referring to a source documentary does not go in italics) will be used to reproduce the above quotation. Idem when exactly the same and when Ibid contains some variation as number of pages, chapters, etc. V.- Along with articles will be sent a summary of between 6 and 10 lines, as well as between 4 and 8 keywords. The summary specifies the objectives, the main sources and research results. VI.- The author’s name (a) and the institution to which it belongs should be clearly. With a call to footer at the end of the title may indicate whether the text was the fruit of a research project contest. VII.- The authors must be willing to cede the benefits of their copyright to the journal. VIII.- The editor in charge of HIb acknowledge receipt of articles within fifteen working days of receiving it. Acceptance of contributions will depend on arbitrations blind and confidential at least two specialists. From their reports, the editorial board decide to publish and inform the authors. If yes, the maximum period elapsed since the arrival of the article and its publication is one year. At the end of each article contains the date of receipt and publication. IX.- HIb is published twice a year. X.- HIb regularly publishes book reviews, not more than three years old, published in Spanish, Portuguese or English. The profiles should not extend more than three-page letter size, and must be written double-spaced, Arial Regular 10 point. The profiles should be sent to e-mail: [email protected] hib.universia.net XI.- Privacy Statement The names and email addresses entered in this publication will be used solely for the purposes declared by this magazine and will not be available for any other purpose or another person and institution.

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Normas para Autores

I.- HIb publica artigos originais que contribuem com o conhecimento da historia de Ibero-América, e que propiciem o debate e o intercâmbio entre os pesquisadores. As temáticas estão abertas a todos os aspectos históricos, já sejam sociais, culturais, religiosos, políticos ou econômicos, abrangendo cronologicamente do período pré-hispânico até o contemporâneo. HIb é publicada em espanhol e em português, sendo também aceitos artigos escritos em inglês. II.- Os autores deverão enviar seus artigos em formato Word para o e-mail: [email protected] III.- Os artigos deverão ter uma extensão máxima de 50 páginas, em papel tamanho carta, entre-linha duplo, com letra Arial Regular 12-, incluindo notas, gráficos, quadros, ilustrações, citas e referências bibliográficas. IV.- As citas irão no pé de página e deverão estar ajustadas às seguintes indicações: 1) Quando for citada uma obra pela primeira vez, deverão aparecer o nome e o sobrenome do autor, o título (itálico), a cidade, editora, ano de edição e páginas (p./pp.). Todas essas informações deverão estar separadas por vírgulas. As referências posteriores sobre essa obra serão realizadas citando o sobrenome do autor (em caixa alta), seguido de op.cit. Exemplos: 1.a) Marcello Carmagnani, El otro occidente. América Latina desde la invasión europea hasta la globalización, Fundo de Cultura Econômica, 2004. 1.b) Carmagnani, op. cit., pp. 38-98. 2) Será escrito em itálico apenas o título do livro ou da revista na qual for incluída o artigo a ser citado, figurando o mesmo entre aspas. Nesse caso, junto ao nome da revista, será acrescentado o volume, número, ano e quantidade de páginas. Exemplos: 2.a) Emilia Viotti da Costa, “1870-1889”, Leslie Bethell (editor), Brazil: Empire and Republic, 18221930, Cambridge, Cambridge University Press, 1989, pp. 161-215. 2.b) José Alfredo Uribe, “Economia e mercado na mineração tradicional mexicana, 1873-1929”, Revista de Índias, Vol LXI, N° 222, Madri, 2001, pp. 47-94. 3) Idem e Ibidem (sem acentuar e em itálico se for a respeito de um artigo ou de um livro. Se for a respeito de uma fonte documentária, não estará em itálico) serão utilizadas para reproduzir a cita anterior. Idem quando for exatamente igual e Ibidem quando contém alguma variação como número de páginas, capítulos, etc. V.- Junto com os artigos será enviado um resumo de entre 6 e 10 linhas, além de entre 4 e 8 palavraschave. No resumo serão especificados os objetivos, as principais fontes e os resultados da pesquisa. VI.- O nome do autor(a) e o da instituição à qual ele pertence deverão estar indicados claramente. Com uma nota no pé da página, no final do título, poderá ser indicado se o texto é o resultado de algum projeto de pesquisa sujeito a concurso. VII.- Os autores deverão estar dispostos a ceder os benefícios derivados de seus direitos de autor à revista. VIII.- O Editor Responsável pela HIb acusará recebimento dos artigos dentro de um prazo de quinze dias úteis a partir de seu recebimento. A seleção das cooperações vai depender das arbitragens cegas e confidenciais de pelo menos dois especialistas. A partir de seus relatórios, a Comissão Editora

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definirá a publicação e informará os autores. Em caso positivo, o prazo máximo transcorrido desde a chegada do artigo até sua publicação é de um ano. No final de cada artigo aparecem as datas de recebimento e publicação. IX.- HIb é publicada duas vezes ao ano. X.- HIb publica regularmente resenhas de livros, com,. no máximo, três anos de antigüidade, editados em espanhol, português ou inglês. As resenhas não devem ir além das três páginas, folha tamanho carta, e devem ser escritas a espaço duplo, com letra Arial Regular 10. As resenhas devem ser enviadas para o correio eletrônico: [email protected] XI.- Declaração de privacidade Os nomes e endereços de correio eletrônico introduzidos nesta publicação serão utilizados exclusivamente para os fins declarados por esta revista e não estarão disponíveis para nenhum outro propósito ou outra pessoa ou instituição.

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Sumario | Summary | Sumário 1

La conformación política del peronismo 1945-1955

10-21

The political conformation of peronismo, 1945-1955 A conformação política do peronismo 1945-1955

Carolina Barry

2

To Educate and Protect: Politicians, Nurses and Poor Women in Rio de Janeiro, 1930-1945 Educar y proteger: políticos, enfermeras y mujeres pobres en Río de Janeiro, 1930-1945 Educar e proteger: políticos, enfermeiras e mulheres pobres no Rio de Janeiro, 1930-1945

22-46

Melissa E. Gormley

3

Pobreza y nación en Colombia, siglo XIX

47-71

Poverty and Nation in Colombia, Nineteenth Century Pobreza e nação na Colômbia, século XIX

Juan Carlos Jurado Jurado

4

The Novelty of the New World: The Challenge of Describing the Marvel of the Americas Las novedades del Nuevo Mundo: El desafío de describir las maravillas de América A novidade do Novo Mundo: O desafio de descrever as maravilhas das Américas

72-89

Olaya Sanfuentes Echeverría

5

La sermonaria novohispana y su influencia en la arquitectura religiosa de Aguascalientes: prácticas de lectura y simbolismo mariano en el Camarín de la Virgen (1792-1797)

90-123

New Spain Sermons and its Influence in Aguascalientes’ Religious Architecture: Reading Practices and Marian Simbolism in Virgin Mary´s Niche (1792-1797) O sermonário novo-hispano e sua influência na arquitetura religiosa de Aguascalientes: Práticas de leitura e simbolismo mariano no Camarím da Virgen (1792-1797)

Marco Alejandro Sifuentes Solís

6

The Development of Mexico’s Tourism Industry: Pyramids by Day, Martinis by Night. Dina Berger. Reseña

124-127

Sylvia Dümmer Scheel

7

Nixon, Kissinger, and Allende: U.S. Involvement in the 1973 Coup in Chile. Lubna Z. Qureshi. Reseña

128-130

Sebastián Hurtado

8

Durante la Reconquista. Alberto Blest Gana (Edición, prólogo y notas de Iván Jaksić y Juan Durán). Reseña

131-134

Nicolás Ocaranza Pacheco

9

Estación Final. La emocionante y desconocida historia de los peruanos que salvaron centenares de vidas en la Segunda Guerra Mundial. Hugo Coya. Reseña

135-137

José Ragas

10

Bankrupt of Empire: Mexican Silver and the Wars Between Spain, Britain, and France, 1760-1810. Carlos Marichal. Reseña

138-140

Karin Sánchez Manríquez

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La conformación política del peronismo 1945-1955

The political conformation of peronismo, 1945-1955 A conformação política do peronismo 1945-1955

AUTORA Carolina Barry

Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), Buenos Aires, Argentina [email protected]

RECEPCIÓN Mayo 2010 APROBACIÓN Septiembre 2010

Uno de los aspectos menos abordados por la historiografía ha sido la conformación política del peronismo. Es probable que el énfasis puesto en las características del liderazgo de Perón hayan opacado, por no decir mutilado, su estudio. Los análisis abundan en publicaciones referentes a la estructura sindical y obrera como columna vertebral del movimiento, pero descuidaron a las otras dos ramas, es decir, a las que hicieron al peronismo político propiamente dicho. Este trabajo propone analizar cómo se llegó a dicha conformación y cuál fue el criterio utilizado para concluir que la mejor manera de organizar al peronismo y respetar sus diferencias era la división en Partido Peronista (PP), Partido Peronista Femenino (PPF) y Confederación General del Trabajo (CGT). Palabras clave:

Peronismo; Argentina; Partidos políticos; Organización Política



One of the topics that has been neglected by historians has been the political conformation of peronismo. Probably, it has been the emphasis put on Perón’s leadership what has obscured other political aspects. There are plenty of analysis regarding labor union and workingmen structures of peronismo, but these have overlooked the political conformation of the movement. This article analyses the stages towards this conformation and the criteria used to determine that the best way of organizing the movement was dividing it into Partido Peronista (PP), Partido Peronista Femenino (PPF) and Confederación General del Trabajo (CGT). Key words:

Peronismo; Argentina; Political Parties; Political Organization



DOI 10.3232/RHI.2010. V3.N2.01

Um dos aspectos menos abordados pela historiografia foi a conformação política do peronismo. É provável que o ênfase colocado nas características da liderança de Perón tenham ofuscado, para não dizer mutilado, seu estudo. As análises aparecem em grande número de publicações referentes à estrutura sindical e operária como coluna vertebral do movimento, mas descuidaram as ouras duas ramas, quer dizer àquelas que fizeram o Peronismo político propriamente dito. Este trabalho propõe analisar como foi que se chegou a essa conformação e qual foi o critério utilizado para concluir que a melhor maneira de organizar o peronismo e respeitar suas diferenças era a divisão no Partido Peronista (PP), Partido Peronista Feminino (PPF) e Confederação Geral do Trabalho (CGT). Palavras-chave:

Peronismo; Argentina; Partidos Políticos; Organização política

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La conformación política del peronismo 1945-1955. Carolina Barry

Hacia el peronismo La jornada del 17 de octubre de 1945 tuvo varias derivaciones, entre ellas, la restitución del coronel Juan Domingo Perón al centro de la escena política, convertido en un visible líder popular y candidato a la presidencia de la nación. Lo más importante fue la súbita revelación de esa base social cultivada por Perón y su transformación en nuevo actor político que le valió un apoyo diferente del que hasta entonces le habían dado los dirigentes sindicales, que se vieron obligados a encabezar una movilización obrera que los superaba1. Esto derivó en un conflicto por la apropiación de la resurrección de Perón y el manejo de las bases. Esta disputa se mantuvo, en esencia, a lo largo de los años, y se contrapone con la imagen de un campo rígido y uniforme de las fuerzas del peronismo inicial. El ascendiente sobre la masa lo tenía Perón; el resto era la construcción política. De allí que su reposicionamiento también dejara en claro la necesidad de organizar y amalgamar a los heterogéneos apoyos ante el súbito llamado a elecciones realizado por el presidente Edelmiro J. Farrell, que obligó a los sectores allegados a Perón a organizarse y limar rápidamente posibles asperezas a fin de conformar una alianza que lo llevara a la presidencia de la nación. En torno a él se nuclearon fuerzas de distinto origen social, composición, ideología y número, que buscaban perpetuar las políticas sociales y laborales implementadas durante su gestión. La coalición que llevó a Perón a triunfar el 24 de febrero de 1946 estaba integrada por una triple estructura compuesta, por un lado, por el Partido Laborista (PL); por otro, la Unión Cívica Radical Junta Renovadora, y una tercera fuerza menor, denominada Partido Independiente. La activa participación de los sectores obreros el 17 de Octubre, y su consecuente afianzamiento, fortalecieron la idea de crear una estructura política sindical permanente que incorporara sectores más amplios2. La reunión fundacional del PL se efectuó el 24 de octubre de 1945 en la ciudad de Buenos Aires. Participaron de ella unos cincuenta dirigentes sindicales provenientes del socialismo, el radicalismo, integrantes de la CGT, de la Unión Sindical Argentina y de sindicatos autónomos tanto de la Capital Federal como del interior del país. La afiliación indirecta al estilo del laborismo inglés, que suponía que los sindicatos podían ingresar y formar parte del partido, fue una de las innovaciones. De esta manera, sus miembros quedaban automática e indirectamente afiliados a él, salvo que manifestaran su voluntad en contrario3. Con su creación se buscaba generar una correa de transmisión con el movimiento sindical en la arena política. La incorporación orgánica y masiva de la clase obrera a la vida política argentina implicó, también, un replanteo de las reglas de juego. En pocos meses, el PL se transformó en la organización más fuerte de la coalición peronista y en una de las fuerzas políticas más importantes del país. ¿Qué influencia y gravitación tuvo Perón, tanto en la creación del PL como en su desarrollo posterior? Aunque se plantean distintas versiones, pocas dudas existen sobre dicha influencia, y esto de alguna manera pesó en el desarrollo posterior del partido. La actuación de Perón no fue ajena a su formación, sino su razón de ser. Es probable que haya sido él mismo quien tuviera la iniciativa, para luego dejarlo organizarse con aparente autonomía. Su única potestad, aparentemente, era la de ser el “Primer Afiliado”4, que no es lo mismo que ser un jefe de partido; aunque hubo –dentro del Comité Directivo Central– quien considerara la conveniencia de que

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La conformación política del peronismo 1945-1955. Carolina Barry

lo fuera. Estas potestades entrañaban otras discusiones y la búsqueda de un equilibrio entre el predominio de la persona o el partido acompañó a los dirigentes sindicales durante las distintas instancias organizativas que se sucedieron en el peronismo. Respecto del apoyo de la UCR a la candidatura, se trataba de un grupo de dirigentes sin mayor envergadura nacional, pero bien conocidos y respetados dentro del partido, que aceptaron la propuesta de integrarse al gobierno surgido de la Revolución de Junio y que fueron expulsados del radicalismo. Con miras a las futuras elecciones presidenciales, resolvieron la organización y estructuración de una línea dentro de la UCR que actuaría con prescindencia absoluta del Comité Nacional. Se la denominó UCR Junta Renovadora (JR)5, y su propósito era mantener el ideario yrigoyenista y los postulados de justicia social inspirados por el coronel Perón6. Presuntamente, los renovadores podrían canalizar el voto peronista no alineado con la estructura sindical, aportar máquinas electorales y ese conocimiento del quehacer político que tan bien sabían manejar. Además, como señala Juan Carlos Torre, esta alianza permitiría quitar a la candidatura de Perón el tinte clasista-obrerista que estaba adquiriendo, lo cual le posibilitaría captar el apoyo de otros sectores del electorado7. Otras fuerzas provenientes del radicalismo disidente fueron algunos de los jóvenes intelectuales de Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA) y un pequeño grupo radical compuesto especialmente por santafesinos, santiagueños y riojanos provenientes de la Concordancia8. Perón también sumó el apoyo de la Guardia de Restauración Nacionalista y la Alianza Libertadora Nacionalista, que le permitió, a través de sus voceros, influir en sectores reducidos de las clases media y alta. Prestigiosos caudillos conservadores se incorporaron a la alianza electoral, aunque el Partido Conservador no tuvo una actitud uniforme y esto provocó una escisión en sus filas9. También se logró el apoyo de los llamados Centros Cívicos que, si bien era habitual que surgiesen antes de una elección para apoyar a un candidato, en ese momento adquirieron una relevancia significativa. Estos formaron el Partido Independiente.

Los conflictos El único acuerdo indiscutible fue la candidatura de Perón a la presidencia, de ahí para abajo todos los lugares en las listas fueron cuestionados: los laboristas objetaron la inclusión de los radicales y la consecuente distribución de candidaturas. Estos no querían aceptar una alianza con quienes de alguna manera encarnaban la vieja política caracterizada por exclusiones y fraudes, situación que se sentían llamados a desterrar. Ambas fuerzas se mostraban irreconciliables respecto de varios puntos. El contraste se daba entre los laboristas que, aun siendo vírgenes en política, habían protagonizado ásperas luchas sindicales y se sentían representantes de un fenómeno original, renovador, revolucionario, exento de ataduras y compromisos con el pasado. En cambio, los renovadores sólo podían aportar la reiteración, ya fatigosa, de formas cívicas utilizadas anteriormente, además de la exaltación de la tradición yrigoyenista10. Pero también, tupidas redes clientelares en el interior del país. El 4 de junio de 1946 Perón asumió la presidencia de la nación en medio de una importante crisis dentro de la coalición electoral. Sólo los unía un imperativo de fidelidad al

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líder. Estos conflictos no lo involucraron directamente –dado que tuvieron como objetivo los segundos, terceros o cuartos puestos del poder– pero podían llegar a afectar la gobernabilidad. Los constantes choques lo convencieron de la necesidad de crear un partido que las unificara: el Partido Único de la Revolución Nacional. Esta decisión tampoco estuvo exenta de nuevos y muchas veces violentos conflictos, que derivaron en la creación del Partido Peronista (PP) propiamente dicho en enero de 1947. Esto implicó no sólo un cambio de nombre, sino también la discusión en torno a afiliaciones, la Carta Orgánica y un nuevo reparto de poder. El hecho de llamarse “Peronista” buscaba dejar en claro que su existencia se debía a la acción de un único líder y su configuración era un instrumento de su expresión política y no de un partido o coalición de partidos. Perón dejó de actuar como el Primer Afiliado y pasó a ser el Jefe Supremo del Movimiento, dejando en claro quién era el verdadero vencedor de la elección de febrero. También quedó definido que las rivalidades en el partido podían producirse entre tendencias, pero siempre en un nivel inferior, sin implicarlo directamente a él. Si bien Perón parecía disponer de un poder casi absoluto sobre el PP, dentro de éste existió una conformación más compleja durante sus primeros años de existencia, y él se vio en la necesidad de negociar con actores partidarios que, también, controlaban recursos de poder. El PP se hallaba en medio de una nebulosa de grupos y organizaciones, de fronteras mal definidas e inciertas, entre organizaciones formalmente autónomas que integraban el movimiento. Todas las decisiones aparecían teñidas por las distintas instancias organizativas que buscaban lograr un equilibrio entre las fuerzas coaligadas. La decisión de que fuera en última instancia quien determinase la línea a seguir desfavorecía un reforzamiento de la organización que, de existir, inevitablemente sentaría las bases para una “emancipación” del partido de su control11. Un líder carismático de las características de Perón tiende a desalentar, por vías y motivos diversos, la institucionalización12. Esta actitud ambivalente signa los primeros años del PP al manifestar un divorcio entre, por un lado, una actitud aparente en la búsqueda de una fuerte organización, contrarrestada por una acción de mayor control. Los enfrentamientos internos para las elecciones de 1948, tanto para la renovación de diputados como de convencionales para la reforma constitucional, dan cuenta de la generación de una nueva, aunque tímida, forma de acatamiento a la existencia de las otras subunidades dentro del partido. Antes de estas elecciones, señala Moira Mackinnon, el enfrentamiento se expresaba en términos de la construcción de un partido obrero con base en los sindicatos versus un partido más clásico con base en los comités políticos; para aparecer –a mediados de ese año y aunque las diversas fuerzas internas siguiesen enfrentadas– mecanismos de transacción alternativos dentro de la estructura del partido. Ésta estuvo atravesada por una bochornosa elección interna que devino en la intervención del partido en todo el país. En las elecciones comienza a delimitarse más definidamente la representación por sectores: trabajadores y políticos. Se produce una mayor aceptación de una representación proporcional. Es decir, poco a poco se fue perfilando la existencia de dos caminos en torno de la representación partidaria. Por un lado, los sindicalistas comenzaron a presionar por sus intereses en tanto trabajadores; los políticos, en tanto políticos y no como representantes de los laboristas o renovadores respectivamente. Mientras tanto, se hacía cada vez más visible un nuevo actor constitutivo de las bases de representación peronista:

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las mujeres, primero de forma espontánea y luego organizándose en centros cívicos femeninos, al tiempo que se perfilaba cada vez con más fuerza la presencia de Eva Perón.

La nueva actriz política Algunas características de su liderazgo ayudan a entender las claves de organización del peronismo femenino. Eva Perón alcanzó un poder impensado para una mujer a mediados del siglo XX. El liderazgo de Perón ya estaba establecido cuando asumió la presidencia de la nación, y el de Eva se fue desarrollando a lo largo de su mandato. Ella ejerció un fuerte liderazgo carismático dentro del movimiento peronista a partir de una serie de roles informales y fuera de toda estructura política, pues no ocupó ningún puesto oficial en el gobierno. Era la persona de mayor confianza del líder, su delegada y celosa guardaespaldas. Mientras él se ocupaba de los asuntos del gobierno, ella tomaba a su cargo la actividad política del peronismo. El único que tenía poder sobre Evita era Perón, y ella sólo reconocía su autoridad. Eva Perón podría haber circunscrito su rol de Primera Dama a acompañar al presidente o a realizar tareas de beneficencia. Pero dio un paso más y organizó y presidió una fundación de ayuda social cuyo objetivo era paliar las necesidades del pueblo, aunque constituyera, también, un instrumento político invalorable y se convirtiera en una fuente de disputas políticas y de conflictos con otros poderes del Estado. Desde mediados de 1947, el peronismo, a diferencia de otros movimientos y partidos pudo albergar en su seno un liderazgo doble y compartido, situación por demás novedosa. La situación política de la mujer cambió notablemente durante el primer gobierno peronista a partir de dos hechos esenciales. El primero, la aprobación de la Ley de Sufragio Femenino en 1947 –y la consecuente oportunidad de que las mujeres votaran y fuesen votadas– tuvo una implicancia simbólica para el peronismo: la coronación de Evita como la promotora indiscutida del ingreso de las mujeres a la política; el segundo, la creación del Partido Peronista Femenino (PPF), que buscó su incorporación masiva. Las mujeres votaron recién cuatro años después debido a una mezcla de diversos factores, tanto culturales como organizacionales y políticos, sin despreciar, tampoco, el hecho de que el gobierno hiciera lo suyo para que las mujeres votaran por primera vez cuando considerara que estaban “preparadas” para hacerlo. Es decir, organizadas fuertemente en un partido que las incluyera y que no generara sorpresas en una elección. La ley no dejaba de ser una suerte de salto al vacío, pues no se sabía cuál sería el comportamiento electoral de quienes conformarían el cincuenta por ciento del padrón. Además, era probable que se buscara establecer como un hito histórico que la primera vez que las mujeres votaron, lo hicieron (y masivamente) por Perón. Pero para eso era necesario realizar una reforma en la Constitución nacional que lo habilitara a ser elegido para un segundo mandato consecutivo. Si la sanción de la ley de sufragio había sido la coronación de Evita, la reforma de la Constitución fue el signo más acabado del poder y la influencia que llegó a tener. Ella no era una convencional constituyente; sin embargo, acerca de determinadas cuestiones tomó decisiones como si lo hubiera sido, ejerciendo su poder, incluso, por arriba de la misma Asamblea; a lo que se sumó la inclusión de un articulado propio en la Nueva Constitución13.

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El peronismo femenino En 1949 se organizó la primera Asamblea Nacional del PP, que buscaba proyectar las bases para la organización definitiva del partido. La cuestión principal era el espacio que se les asignaría a los distintos sectores que integraban el peronismo, es decir, a políticos y los gremialistas14; aunque, en un primer momento, nada se decía sobre el que ocuparían las mujeres. En las etapas previas a la organización del PPF se aprecian acuerdos y conciliaciones que desembocaron en lo que sería la futura organización femenina. Las formas de elección de los representantes dan la pauta de los mecanismos de poder que se utilizaban hacia mediados de 1949: los delegados del PP fueron elegidos directamente por los interventores partidarios, y en su mayoría eran diputados provinciales, ex convencionales nacionales, afiliados con cargos en los organismos partidarios provinciales y hombres con actividad partidaria que pudieran hacer un “aporte positivo a la asamblea” 15. En cambio, las delegadas eran mujeres conocidas de Evita o de gente cercana; en general, obreras, empleadas, presidentas e integrantes de los centros cívicos femeninos, de la Fundación Eva Perón, universitarias y profesionales. El 25 de julio de 1949 se realizó la ceremonia inaugural en el Luna Park, y Eva Perón se sentó en la primera fila junto a las principales personalidades del gobierno, pero no en su rol de primera dama sino en el de la líder de una fuerza política en ciernes. Lo más importante y sustancial del acto fue que las mujeres compartieron una actividad partidaria con los mismos derechos y obligaciones que los hombres, tal como Perón se ocupó de destacar al inicio de su discurso16. Como corolario se acordó que el PPF se desarrollase autónomamente dentro de las fuerzas peronistas y desvinculado del Consejo Superior; aunque Evita, su presidenta, participara de dicho Consejo, y aunque el PPF formase parte del movimiento peronista junto con el PP y la CGT. No se denominaría “rama” sino “partido”, para evitar ser considerado una parte accesoria o una derivación del PP. Las mujeres debían organizarse políticamente siguiendo un único camino: la unidad del movimiento femenino peronista al servicio del líder y de la Nación, y sólo podían aspirar a convertirse en sus colaboradoras. Por otra parte, no existirían corrientes internas, y debía ser depuesta toda ambición personal, pues “atentaría contra la unidad, contra la revolución, contra el pueblo y por ende contra Perón”. La experiencia de los fuertes conflictos dentro del PP motivó la toma de algunas decisiones que sólo se entienden en ese contexto. Evita, en su discurso de apertura, encuadró y marcó los límites de la actividad partidaria femenina y la primera circular organizativa dio cuenta de ello: las mujeres peronistas debían tener como “gran ideal el de la Patria; como único líder, Perón, y como única aspiración política: servir a las órdenes de Evita”17. Las mujeres ingresaban a la política con las limitaciones propias de su género y la pertenencia a un partido de características carismáticas. ¿Por qué se las sumó separadas de los hombres? ¿Hubieran tenido cabida como sector sindicalizado dentro de los laboristas, o como sector político, dentro de los renovadores? Desde el ámbito sindical era poco probable que se las incorporase, si tenemos en cuenta que el censo del año 1947 marcaba que sus niveles de participación en el mercado de trabajo y en los sindicatos no eran significativos, por lo cual mal podrían encuadrarse en el ámbito laborista-sindical. Pero tampoco podía asociárselas con los renovadores; no podían quedar presas de estas luchas intestinas entre sectores. Sin embargo, el PPF podría haber quedado circunscripto a una entidad

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más o menos organizada y presidida formal o simbólicamente por la esposa del presidente de la nación. Pero esto no sucedió, pues también entró en juego el liderazgo que había adquirido Eva Perón a lo largo de estos años, que la llevó a organizar un partido político exclusivo de mujeres, desvinculado del CSPP y que le respondería sin ningún tipo de miramientos. ¿Cuál fue la táctica de organización empleada tanto en el ámbito nacional como en el provincial, y sobre qué base se decidió la selección de las que serían dirigentes del partido (teniendo en cuenta que no contaban con una tradición y experiencia de participación política, como sucedía con los hombres)? No era una tarea sencilla comenzar de cero. ¿O sí?

La organización El PPF se caracterizó por tener una estructura centralizada, dominada por el principio de obediencia al mando, en la que la simbiosis entre la organización y la líder fundadora fue total y absoluta. Ella decidió cómo sería la formación y la estructura del Partido y quiénes ocuparían los puestos clave. Esto disipó la posibilidad de divisiones faccionales susceptibles de un encuadramiento promocionando a tal o cual persona para ocupar el puesto de delegada. La elección se hizo a partir de la selección personal que realizó Eva Perón de cada una de ellas y del establecimiento de lazos personales, otra de las características del liderazgo carismático, lo que obligó a desarrollar actitudes fuertemente conformistas y reverenciales para obtener su favor. Estas conductas iban desde el exceso en los ditirambos hasta la constante y detallada información sobre el partido femenino y masculino, los gobiernos provinciales, comunales, etc. Evita buscó que estas mujeres se adecuaran a su voluntad y le fueran absolutamente leales. Ninguna delegada censista era enviada a su provincia o lugar de origen, para evitar así la conformación de caudillas, y hasta tenían prohibido estar en contacto, aunque más no fuera telefónico, con las delegadas de otras provincias. Las delegadas eran una suerte de interventoras y llegaron a tener, en algunas circunstancias, más influencia que el gobernador de las provincias donde trabajaban. Se autoproclamaban representantes directas de Evita más que del partido, lo que era cierto, pues habían sido elegidas directamente por ella para que la representasen personalmente: allí radicaba la naturaleza de su poder. Las afiliadas y simpatizantes las seguían en tanto se las identificaba con la líder. El PPF, a diferencia del PP, se organizó a partir de una táctica política de penetración territorial consistente en un “centro” que controlaba, estimulaba y dirigía el desarrollo de la periferia; es decir, la constitución de los mandos locales e intermedios del partido. Este tipo de desarrollo organizativo implica –por definición, y siguiendo a Panebianco– la existencia de un “centro” suficientemente cohesionado desde los primeros pasos de la vida del partido. Con esta estrategia de penetrar el territorio, a mediados de octubre de 1949, Evita eligió 23 mujeres, una por provincia o territorio. A diferencia de lo que sucedió con el partido de los hombres, el PPF se organizó con una rapidez llamativa, producto del trabajo frenético de Evita, pero también del buen ojo que tuvo al elegir a sus infatigables colaboradoras.

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Eva Perón impidió, con éxito, cualquier posibilidad de línea interna o de formación de caudillas, como ella las llamaba, a partir de una serie de medidas. De cualquier manera, más allá del control que Eva Perón ejercía, tampoco estaba en el ánimo ni de las delegadas ni de las subdelegadas formar líneas o facciones que pudieran remotamente disputarle el poder a Evita; de existir este tipo de nucleamientos, era con el fin de ganarse una mayor preferencia de la líder. En definitiva, la única aspiración política que podían tener estas mujeres era servir a las órdenes de Evita, dejando de lado cualquier tipo de aspiración personal, aunque el contacto estrecho o contar con su confianza y sus bendiciones constituían una aspiración en sí misma. La naturaleza de este liderazgo generó también diferentes percepciones sobre las prácticas políticas entre el PP y el PPF. Mientras los hombres “hacían política”, las mujeres se sentían parte de una especie de misión mística. Esta situación era alimentada por la presidencia del partido, que empleaba un vocabulario rayano al religioso. Las delegadas –“apóstoles de la doctrina peronista”– predicaban la “verdad peronista”. Las censistas, imbuidas por este celo misionero, no reparaban en horarios y soportaban extenuantes jornadas de trabajo. Los lazos de lealtad que unían a la líder con delegadas y subdelegadas produjeron una relación política derivada del “estado de gracia”; así, ellas formaban parte de la misión que, según sus seguidoras, la líder estaba destinada a cumplir: salvar a las mujeres y a los humildes. Hubo una política diferenciada para hombres y mujeres, y sus prácticas en las unidades básicas fueron muy diferentes. Las femeninas fueron el ámbito de socialización y congregación de mujeres peronistas, y formaban parte, además, de la táctica política de penetración territorial del PPF. Su composición y jerarquía interna, sus estructuras edilicias, los estilos de captación de prosélitos eran bien diferentes de los masculinos. El partido masculino se ajustaba a las formas tradicionales de hacer política: afiliación, discusiones, asados, etc. Las mujeres apuntaban a la afiliación pero también a la capacitación y la ayuda social. Si bien se las interpelaba en tanto madres, al mismo tiempo se las convocaba a participar activamente fuera del hogar, sin descuidar sus deberes femeninos y potenciando su rol desde la unidad básica con tareas domésticas. Sin lugar a dudas, se encaró una tarea netamente política, por más que se la intentara teñir con otros aditamentos y que la misma Evita –probablemente sabiendo las resistencias que provocaba– buscara disimularla llamándola sólo “acción social”. El ingreso de hombres estaba prohibido en estos gineceos modernos. Este celo buscaba impedir cualquier injerencia del PP en el PPF y al mismo tiempo para resguardar la reputación de las mujeres. El PPF buscó movilizar e incorporar a la vida política a las mujeres como grupo social específico, más allá de sus condiciones de clase. No era ésta una tarea sencilla, y comenzó a tallar un discurso artificioso18 que, con arte y habilidad, a través de la sutileza generaba cautela. En él se intentó suavizar el impacto que provocaría su ingreso en la vida política: así, las mujeres no estaban en un partido sino en un movimiento; no se las afiliaba, se las censaba; ellas no hacían política sino acción social. La principal función de las mujeres, siempre, era ocuparse del hogar; sin embargo, las funciones partidarias y políticas muchas veces prevalecieron sobre las hogareñas. Lo cierto es que estaban convocadas a afiliarse a un partido justamente para hacer política en una organización celular partidaria, llamada unidad básica femenina: una “prolongación del hogar”.

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¿El treinta y tres por ciento? El PPF contó con una estructura política propia, compuesta por una Comisión Nacional que comenzó a funcionar dos años después de su creación y de la que Evita era presidenta, pero que en los hechos carecía de poder. El PP masculino tenía también su propia estructura organizativa, el Consejo Superior del PP (CSPP), del que formaban parte Evita y Perón, por supuesto. Sin embargo, el CSPP no tenía ningún tipo de injerencia sobre el PPF, salvo cuando adoptaban medidas en conjunto, como ser las listas de candidatos para las elecciones. En el PPF, el único modo de hacer carrera era adecuarse a la voluntad de la líder. Así lo demuestra la selección de candidatas para ocupar puestos de legisladoras nacionales y provinciales en la primera elección de 1951. La estructuración separada por sexos llevó a resolver el problema de las candidaturas y la ocupación de cargos electivos de maneras diferentes. Los candidatos de ambas ramas no surgieron por votación directa de sus afiliados. En el partido masculino, las pujas internas y el control de zonas de poder permitían dirimir los puestos en las listas. Las censistas ocupaban dentro de la estructura partidaria el mismo lugar que los demás miembros, y el hecho de ser delegadas no significó que fueran jefas de ninguna sección o grupo que les permitiese postularse electoralmente. Las candidatas fueron elegidas en pos de un cupo acordado por la misma Evita con la autoridad del Consejo Superior Peronista, es decir, Perón. Y una vez establecido ese cupo se incluyeron sus nombres. Se las buscó leales, peronistas, obedientes, trabajadoras y sin ambiciones personales. Además, a diferencia de los hombres, cada mujer fue estudiada hasta en sus “mínimos detalles”19, vale decir, lealtad y cualidades morales. El número de mujeres electas fue altísimo y excepcional si se lo compara con otros países. Aunque no se llegó al mentando 33%, esas cifras no volvieron a producirse hasta fines del siglo y bajo el amparo de la Ley de Cupos. Las mujeres ocuparon puestos en las listas con posibilidades reales de ser elegidas, pues todas las candidatas resultaron electas. Sin embargo, fueron considerablemente menos, comparadas con los candidatos varones. Evita, por su parte, remarcaba que las mujeres no debían aspirar “a los honores sino al trabajo”. Si la líder había renunciado a la candidatura a la vicepresidencia de la nación, cargo por demás merecido, en pos de “objetivos políticos más importantes”, con “su ejemplo”, ayudó a justificar la selección de determinadas mujeres y no de otras para ocupar los cargos de legisladoras nacionales y provinciales que en muchos casos pelearon por un puesto. Esta situación las dejaba, de hecho, fuera de todo tipo de competencia. En menos de dos años de ardua tarea, el PPF logró su objetivo político más importante: la reelección de Perón para un segundo período presidencial. Las mujeres superaron en cantidad de votos peronistas a los varones en todos los distritos. Estos altos índices fueron superados en las elecciones de 1953 y 1954. La muerte de Evita en 1952 cambió las reglas de juego, no sólo del PPF sino del peronismo. El tema principal que se planteaba era cómo sustituir todos los roles que ella había desplegado, y los mecanismos de decisión absorbidos por ella. Su muerte hizo entrar en juego de manera más acabada el ejercicio del liderazgo de Perón en el partido de las mujeres, zona

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reservada en exclusividad a Evita. Buscó frenar el proceso de institucionalización del partido mostrándose como cabeza de éste, intentando anular las posibles rivalidades internas en la organización femenina en disputa por la sucesión. Pero la imposibilidad de conducir el partido como lo había hecho Evita, sumada a la tarea gubernativa y la inminencia de un nuevo acto eleccionario, obligaron a Perón a recurrir a una dirección colegiada que llevara adelante las huestes femeninas. En 1954 Delia Parodi asumió como presidenta y debió salvaguardar el espacio ganado por las mujeres que tanto los integrantes del PP como de la CGT, ansiosos, querían aprovechar. En sus últimos años, el peronismo experimenta un lento, sinuoso, confuso y pronto truncado proceso de institucionalización de las tres ramas, que cobra, incluso, una fuerza simbólica. Esta integración se reflejó en la asignación de cargos en las cámaras. En 1953, Delia Parodi fue nombrada vicepresidenta primera de la Cámara de Diputados, una de las primeras mujeres en el mundo en ocupar un cargo de tan alto nivel20. El presidente era Antonio J. Benítez, por el PP; el vicepresidente segundo, José Tesorieri, por la CGT. En forma simultánea, en el Senado, Ilda Leonor Pineda de Molins ocupó el cargo de vicepresidenta segunda, también primera mujer en ocupar ese cargo. La presidencia provisional la ocupó Alberto Iturbe y la vicepresidencia primera, Juan Antonio Ferrari, por la rama política y gremial respectivamente. Durante la campaña electoral para la vicepresidencia de Alberto Tesaire, el candidato recorrió el país entero junto al delegado general de la CGT, Eduardo Vuletich, y a Delia Parodi. Los tres aparentaban tener la misma jerarquía política y daban la pauta de ser las cabezas visibles de los tres sectores, aunque Tesaire, en tanto vicepresidente de la Nación, tenía otras prerrogativas.

Consideraciones finales Una de las características del peronismo es haber sido integrador de sectores antes ausentes de la escena política. La integración política de los trabajadores fue posible gracias a la formación del Partido Laborista y luego del PP; y de las mujeres, a través de la sanción la Ley de Sufragio Femenino y la creación del PPF. Sin embargo, los sumó separados, producto de varias circunstancias. Por un lado, el conflictivo escenario que presentaba el PP en sus años iniciales hacía casi impensable integrarlas en dicha estructura; por otro, y simultáneamente, el ascendente papel protagonizado por Eva Duarte de Perón como una dirigente política poderosa. Su liderazgo, la inexperiencia política de las mujeres y la difícil situación imperante en el PP, llevaron a la conformación de un partido político singular que como tal funcionó poco más de dos años. El PP nació a partir de una coalición heterogénea cuyo fin político era la lucha electoral que llevaría a Perón a la presidencia de la nación. En cambio, el PPF nació como rama de este partido originario, pero con dos fines: encauzar la emergente movilización política de las mujeres, que aún no habían votado y lograr la reelección de Perón para la segunda presidencia.

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El peronismo político, luego de conflictivas instancias organizativas, quedó constituido por el PP, el PPF y la CGT. Las tres fuerzas eran independientes unas de las otras, pues en lo inmediato se ocupaban de sectores diferentes y de problemas distintos, aunque persiguieran los mismos objetivos generales. La acción política se comenzó a desplegar en conjunto con los presidentes de las tres ramas. La posibilidad de crear una organización que pudiera contener la diversidad social y política de los integrantes se resolvió apelando al reconocimiento de sus diferencias. Pero también, a la aceptación de los nuevos liderazgos que surgieron en el seno del peronismo. El Partido Laborista y el Renovador fueron desapareciendo y su lugar fue ocupado por los sindicalistas, los políticos y las mujeres.

Bibliografía • Amaral, Samuel. “Historia e imaginación: ¿qué pasó el 17 de octubre de 1945?”. Ecos de la Historia. Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana. Año I, Octubre-Noviembre 2009. • Barry, Carolina. Evita Capitana, el Partido Peronista Femenino, 1949-1955. Buenos Aires, Eduntref, 2009. • Democracia, Buenos Aires, 24 de febrero de 1951. • El Día, La Plata, 6 de junio de 1949. • Fayt, Carlos S. La naturaleza del peronismo. Buenos Aires, Virachocha, 1967. • Gay, Luis. El Partido Laborista en Argentina. Editorial Biblos, Buenos Aires, 1999. • La Nación, Buenos Aires. 12 de mayo de 1949. • La Razón, Buenos Aires. 23 de octubre de 1945. • Luna, Félix. El 45: Crónica de un año decisivo. Buenos Aires, Sudamericana, 1971. • Mora y Araujo, Manuel e Ignacio Llorente (comp.) El voto peronista; ensayos de sociología electoral argentina. Buenos Aires, Sudamericana, 1980. • Panebianco, Ángelo. Modelos de partido, organización y poder en los partidos políticos. Madrid, Alianza, 1990. • Juan Carlos Torre, Perón y la vieja guardia sindical. Sobre los orígenes del peronismo. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1990. • Zabaleta, Marta. O partido das mulheres peronistas; história, característica e conseqüências, Argentina 1947-1955. São Paulo, Universidade Estadual de Maringá, 2000.

Notas 1

Samuel Amaral, “Historia e imaginación: ¿qué pasó el 17 de octubre de 1945?”, Ecos de la Historia, Boletín del Instituto

de Historia Argentina y Americana, Año I, Octubre-Noviembre de 2009. 2

Juan Carlos Torre, Perón y la vieja guardia sindical, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1990, p. 149.

3

Por otra parte, la incorporación de un sindicato caducaba si más del 50% de los asociados se oponía a la afiliación.

Fayt, 1967, p. 134.

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4

Sobre la forma y el por qué se designó a Perón como primer afiliado, véase Luis Gay, El Partido Laborista en Argentina,

Editorial Biblos, Buenos Aires, 1999, p. 91. 5

En un principio utilizaban indistintamente Junta Renovadora o Junta Reorganizadora, pero luego sólo el primero.

6

La Razón, 23 de octubre de 1945. Todos los diarios que no llevan mención de ciudad entre paréntesis son de Buenos

Aires. 7

Torre, op. cit., p. 157.

8

Félix Luna, 1971, p. 415.

9

Ignacio Llorente, 1980, pp. 289-290.

10

Félix Luna, op. cit., p. 397.

11

Ángelo Panebianco, 1990, p. 136.

12

Ibídem.

13

Sobre este tema, ver Carolina Barry, Evita Capitana, el Partido Peronista Femenino, 1949-1955, Buenos Aires, Eduntref,

2009, cap. 2. 14

La Nación, 12 de mayo de 1949.

15

El Día (La Plata), 6 de junio de 1949.

16

Esta cita y todas las referentes al discurso de Perón del día 25 de julio de 1949 fueron extraídas de La Nación, 26 de

julio de 1949. 17

Movimiento Peronista Femenino. Presidencia. Circular N° 1. Octubre de 1949.

18

Carolina Barry, Evita Capitana, p. 248.

19

Democracia, 24 de febrero de 1951.

20

Marta Zabaleta, 2000, p. 15.

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To Educate and Protect: Politicians, Nurses and Poor Women in Rio de Janeiro, 1930-1945 Educar y proteger: políticos, enfermeras y mujeres pobres en Río de Janeiro, 1930-1945 Educar e proteger: políticos, enfermeiras e mulheres pobres no Rio de Janeiro, 1930-1945

AUTORA Melissa E. Gormley

University of Wisconsin-Platteville, Wisconsin, United States

[email protected] edu

RECEPCIÓN Agosto 2010

This research examines articles in various public health journals that surrounded the issue of infant and maternal mortality in Brazil from 1930-1945. It uses the increased professionalization and supervision of nurses as a lens in which to fully analyze various policies and programs that were debated within the medical community and Vargas administration. The corporatist state, in conjunction with doctors, consistently looked to nurses as a viable solution to this problem. Key words:

First Vargas Era; Nursing Education; Infant and maternal mortality



Esta investigación examina artículos publicados en diversas revistas dedicadas a la salud que abordaron el problema de la mortalidad materno-infantil en Brasil entre 1930 y 1945. Se utiliza el creciente proceso de profesionalización y supervisión de las enfermeras como una ventana para analizar en profundidad variadas políticas y programas que fueron debatidos dentro de la comunidad médica y en el seno de la administración de Vargas. El estado corporativista, en conjunto con los doctores vieron de forma consistente a las enfermeras como agentes que podían hacer viable la solución de los problemas de la mortalidad materno-infantil. Palabras clave:

APROBACIÓN Octubre 2010

Primera Era de Vargas; Educación de Enfermeras; Mortalidad Infantil; Mortalidad Materna



DOI 10.3232/RHI.2010. V3.N2.02

O texto originou-se em base à análise de várias revistas de saúde pública que trataram a questão da mortalidade infantil e das mães no Brasil entre 1930 e 1945. Usa-se a crescente profissionalização e supervisão das enfermeiras a respeito desses aspectos, como uma janela a partir da qual podem ser analisados, de maneira complexa, as várias políticas e programas que foram debatidos pela comunidade médica e a administração de Getúlio Vargas. O estado corporativo, em conjunto com os doutores, viram nas enfermeiras, de maneira consistente, a via de solução para os problemas em discussão. Palavras-chave:

Primeira era de Getúlio Vargas; Educação de enfermeiras; Mortalidade infantil; Mortalidade materna

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To Educate and Protect: Politicians, Nurses and Poor Women in Rio de Janeiro, 1930-1945. Melissa E. Gormley

Introduction In Brazil, during the First Vargas Era, 1930-1945, state policy makers, administrators, and the medical community recognized that maternal and infant mortality was one of the biggest obstacles in constructing a cohesive national identity as part of a larger modernization project. If a woman’s role in national development was to produce healthy children, the future of the nation, then any medical risk to a mother’s health and a child’s well-being needed to be conquered. This undertaking had a dual purpose: it would guarantee the next generation of Brazilians would actively participate in the future of the nation and helped foster the ideal of one unified race, nossa raça. This article examines the concrete issue of astonishingly high infant and maternal mortality rates through the lens of public health initiatives, with a focus on the role of nurses. If the state saw children and mothers as an important part of the national identity, how could Brazil build itself into a strong and developed nation with such high numbers of children and mothers dying? It was this dilemma that inspired the state to look to public health programs and policies informed by the increased professionalization of nurses.

Maternal and Infant Mortality: A Health and Social Problem Infant and maternal mortality were recognized as a threat to building a cohesive nation very early in the Vargas Era. The medical community and government officials sought to discover the reasons and a cure for the problem that was costing the nation1. The poignancy of the problem was explicitly addressed by President Vargas in his Christmas Speech of 1932. Children are a patriotic task with the power to perfect the race and progress of the nation. The state must assume the direction of children’s health and well being when parents are unable2. Vargas’s words generated supportive responses from politicians and doctors, who applauded his efforts to resolve the poor quality of life for children and their families. Statistics of 1932 show that for every 1,000 births in the nation’s capital, 180.36 resulted in death at the time of delivery or before one month of age3. Without a comparative context these figures did not seem so ominous, but when compared with other urban centers in Table 1, it became obvious that infant mortality was a severe problem in Rio de Janeiro4. Table 1: Co-efficient of Infant Mortality in Comparison with other Urban Centers City

1920

Berlin

1930

157

73

New York

85

57

Paris

97

87

London

75

59

154

162

Rio de Janeiro

Source: Dr. João Vieira, “Higiene prenatal e infantil”, Folha Médica (September 5, 1934): 293

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Two factors, intertwined and not so easily separated, emerged as reasons for the high rates of infant disease and death. First, there were concrete medical threats to newborn and infant children, carefully documented and debated throughout the medical literature. Coincidental to this were the social problems caused by ignorance and poverty that doctors called attention to. In the editorial section of Folha Médica, the journal further explained and quantified causes behind the problem of infant mortality in Rio de Janeiro. It was calculated that of all the deaths of children under the age of two, 45% died from nutrition and digestive disorders including diarrhea, 15% due to prenatal, natal and neonatal problems, which included congenital illness and difficult labor, 15% from respiratory infections, another 15% from transmittable illness, including syphilis, and the final 10% was attributed to other vague factors5. In another article from the Folha Medica, Dr. Olinto de Oliveira, Inspector of Infant Hygiene in the Federal District, focused on social dimensions of infant and maternal mortality and the role of nurses. He openly argues that ignorance and extreme poverty were the leading reasons for high rates of infant and children death and disease. Furthermore, he believed that digestive and respiratory diseases, infections and problematic labor and delivery were a result of these issues. In his opinion, visiting nurses, who were professionally trained and morally well prepared, could combat the ongoing problem of ignorance. Their work would be concentrated in poor zones and they would take note of each house and counsel mothers and pregnant women to take their children, sick or not, to the closest health post to get medical advice and attention6. In the health post, doctors would hand out pamphlets containing instructions on food preparation, rules of hygiene and the best way to care for their children. Future mothers needed particular attention by “specialists” on how to avoid the risks of labor. Dr. Olinto de Oliveira also recommended that a school of puericulture would help combat ignorance by preparing young women to be future mothers. They would learn how to bathe, feed and dress their children. He admitted the fight against poverty was more difficult and would need to be taken up by the state through various programs that offered economic assistance to poor women. For example, the Inspector of Infant Hygiene should distribute milk, sugar and flours7. In December 1934, Dr. Pedro de Alcântara published an article that also addressed the problem of infant mortality. He touched on Dr. Oliveira’s ideas of direct and indirect causes for infant death and expanded on social factors that contributed to the problem. For him, poverty forced mothers to work outside of the home, depriving children of her care. In combination, ignorance exposed the women and their children to disease, inadequate diet and accidents. Scientific knowledge was the answer to these problems and he looked to the mother as both culprit and resolution8. Implicitly, women were accused of being unable to understand the principles of modern medicine and good hygiene. Dr. Oliveira’s ideas were echoed one year later, when Dr. Ernesto Gonçalves Carneiro argued that the government needed to be more concerned with support and treatment of poor women, whose lives were at greater risk. Protecting poor women before, during, and after pregnancy would guarantee that the unborn child would not enter the world as diseased and impoverished9.

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Growing consciousness of the importance of the mother’s health prompted Vargas to confront the issue. In December 1939, he again devoted his Christmas Speech to the well being of children, but this time showed more concern for the health of mothers. Despite attempts to implement public health programs that were focused on lowering the incidence of childhood death and disease, Vargas recognized that the desired results had not been achieved. He drew special attention to the high rates of infant and maternal mortality and their cost to the nation, and emphasized that the state needed to turn its attention to women as mothers. Throughout our vast territory, from urban centers to small nucleuses of population, we have not succeeded in installing an efficient network of maternity and infant welfare services (…) We all know the precarious treatment of pregnant women and the elevated coefficient of newborn mortality above all in the less fortunate classes. [This] problem is directly linked to the progress and the future of the nation10.

Later, in 1941, Dr. João Maurício Moniz de Aragão explained that it was indispensable to

educate women within strict norms under the rubric of “conscious maternity.” It was necessary for future mothers to understand the value and significance of their roles in continuing the species. In his opinion, the goal women should strive for was to have a normal pregnancy, a happy labor, and a healthy child. To achieve this end, education within the modern concepts of mental hygiene would guarantee success11. A system of preconception education would be complimented by prenatal hygiene and assistance at the moment of labor by a specialized technician. In this model of care, the woman would feel comfortable and protected. Following labor and delivery, the child should be raised by an educated and instructed mother and watched over by a competent puericultor. Dr. Aragão concluded, “[t]his child will be a robust adolescent and a strong, vigorous young man. A healthy man constitutes the greatness of a people and the power of a nation”12. In the same year, 1941, Dr. Arnaldo Moraes weighed in again on the problem of infant as well as maternal mortality. He cited numerous statistics that attested to the continuous high rates and argued that the best way to overcome them was to offer comprehensive assistance to poor women. “It is imperative that the men of government show compassion to the impoverished and unsupported woman and child”. The high mortality rates were a national problem and thus deserved action and cooperation between central and state governments in establishing health centers and medical training for doctors, nurses and midwives13. In general, doctors offered simplistic solutions to very complicated and entrenched problems. What emerged was a distinct rupture between how the medical community conceptualized poverty and the daily life of the working poor. Upper class educated, male doctors proposed humanitarian solutions, but had no idea of the harsh realities of daily life throughout lower income neighborhoods of the capital city. During this period, many policies and programs only saw the larger objective of a strong healthy unified race working towards the betterment of Brazil through the lens of abstract national pride. Many articles written by the medical establishment elaborated the ideological project of corporatism and nationalism but did not realistically address

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daily existence of the people. At the societal level, survival meant fending off disease, starvation and homelessness, a reality that was completely foreign to wealthy doctors and politicians. Notwithstanding this rupture, the state and medical establishment did make concrete steps toward the improvement of infant and maternal health. This should not be seen as monolithic response, but involved three broad sets of initiatives, which were bound together by the common thread of the professionalization of nursing: creation and centralization of infant and maternal medical services, promotion of milk banks and teaching kitchens, and the eradication of untrained midwives. These policies and programs loosely paralleled changes in the political sphere, gaining and losing priority in accordance with redefinition of the political structure and its ideological context. These strategies were managed and defined by a complex administrative structure that was also in a state of constant change. With the Revolution of 1930, the new administration created, under the umbrella of the Ministry of Education and Public Health (Ministério da Educação e Saúde Pública, MESP), departments and divisions, whose main goal was to help govern prenatal and natal services. By 1934, the Administration for the Protection of Maternity and Infancy (Diretoria de Proteção à Maternidade e à Infância, DPMI) was established. In 1937, under the auspices of the Estado Novo, DPMI became the Division of Protection of Maternity, Infancy and Adolescence (Divisão de Amparo à Maternidade, à Infância e à Adolescência, DAMIA). And in another set of reforms in 1940, the National Department of the Child was created (Departamento Nacional da Criança, DNC), in conjunction with the National Institute of Puericulture (Instituto Nacional de Puericultura, INP), to oversee all policies, programs and issues related to maternal and infant mortality, child health and well-being14. Aside from the various managerial entities created, there were a number of important changes made in the clinic structure of the Federal District.

Creation and Centralization of Infant and Maternal Health Services Prenatal care in the early years of the Vargas era was characterized by insufficient services and lack of resources. For example, there were not enough beds and clinics to accommodate the number of annual births. It was estimated in 1931 there were 200 beds available to pregnant women in Rio de Janeiro, however, according to Dr. Jorge Santa Anna, the city population required approximately 1,300 beds15. In March of 1933 Dr. Arnaldo Moraes brought attention to the shortage of services in the capital city. He affirmed that prenatal dispensaries were only beginning to be built in sufficient numbers, the money allocated to prenatal and infant hygiene was precarious and the teaching of clinical obstetrics was mediocre. He also pointed out that due to lack of funds, no Chair for Clinical Obstetrics had been hired16. His overall assessment was short but harsh and called into question the sincerity of the state’s commitment to fight infant mortality.

Dr. Moraes’ arguments were substantiated. As the Director of the Vila Isabel Prenatal

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Hygiene Dispensary, he saw first-hand the problems associated with lack of services and maternity support. In his annual report for 1932 a number of problems arose that pointed to these lack of services. For example, he noted seven out of ten stillborn deaths were assisted by unlicensed midwives. Labor began at home and only when the mother started to suffer did these women seek medical assistance at the dispensary. He also found most of the patients had not been to the dispensary for pre-natal check-ups and did not return for follow up exams17. He believed that if more dispensaries and clinics were available to women they would be more diligent about prenatal exams, doctor assisted delivery and follow up medical appointments for themselves and their children. In May of 1933, Dr. Olinto de Oliveira conducted a survey of the prenatal and infant hygiene services available in the Federal District. He strongly urged Vargas to allocate more money in order to enlarge prenatal and delivery services. At the time the survey was conducted, there were four active maternity wards: Laranjeiras with 80 beds, Hospital Pro-Matre with 70, Suburbana Maternity had 40 and Pedro Ernesto or Rural Maternity Hospital had 20, for a total of 210 beds. In addition, some beds were allocated to pregnant women at the Catholic hospitals; Santa Casa de Misericórdia, São Francisco de Assis and São João Batista. There were also 20 short term care beds available in a number of small delivery homes scattered throughout the city18. An auxiliary branch of the system was twenty-one small posts primarily outfitted with four beds, staffed by a nurse and an assistant, and equipped with a phone for emergencies. In these posts, patients were treated and moved to a maternity hospital. Their locations included: Guaratiba, Santa Cruz, Ilha do Governador, Ilha de Paquetá, Catumbi, Linha Auxiliar, Realengo, and dispersed throughout the favelas. Another critical component that came to light in the survey was the Home Service. This sector was supposed to organize a census of pregnancies, distribute instructive propaganda and conduct visitations to verify the conditions of the home and living situation. It was created to offer emergency assistance during labor by specialized nurses19. The underlying issues that emerged from the survey and letter of explanation were immediate lack of funding and trained staff, and more importantly a general lack of properly trained nurses. While the infrastructure was comprehensive in theory, what became apparent in later studies was the lack of money to sustain services and the poor condition of many of the clinics, dispensaries and maternity wards. The issue of economic efficiency was also raised. After these surveys were conducted, it was clear that building larger and more modern maternity wards was time consuming and expensive. The solution to this problem was the creation of prenatal and infant hygiene posts, which in addition to labor and delivery support, would better serve the capital city’s poor population. These clinics offered medical exams, dental services, civil record registration, dietary classes and child welfare courses for new mothers. By 1934 their number had doubled from 10 to 2020. In June of 1936, Drs. Olinto de Oliveira and Joaquim Martagão Gesteira appealed to Gustavo Capanema, Minister of the MESP, to create the Getulio Vargas National Institute

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of Puericulture (Instituto Nacional de Puericultura GetulioVargas, INP-GV). Justifying the establishment of a centralized office devoted to child welfare, they argued that “the salvation of our small patriots addressed the larger question of the defense of our race” 21. The proposed structure would be composed of numerous and diverse services comprised of: a pregnancy clinic to teach the practice of prenatal hygiene, a clinic for new mothers to disseminate standards of infant hygiene, a nursery, an annex for laboratories and x-rays, a teaching kitchen to demonstrate to new mothers how to prepare infant meals, and a maternal cafeteria. Another section of the Institute would provide a space where poor women could rest before labor. There would be a maternity ward, maternity shelter and a night nursery. The last section of the plan would include a museum and library. Three courses would be offered at the INP-GV: A three-month elementary course instructing school girls to make dolls and other crafts; a mid-level course for normal school graduates and women of society; and a superior course for doctors and persons with a higher degree22. No suggestions were made regarding funding the new program, but a sense of urgency was made apparent in order to eradicate the problems of infant mortality and disease. Oliveira affirmed “the structure would offer moral and material assistance to a large number of destitute mothers and poor children and would facilitate the practices of social and individual hygiene”23. Here emerged the conceptualization of hygiene as both an individual and social issue. The very core of corporatism was the reciprocal relationship between the state and society. Initiatives, programs and services were created and implemented with the expressed concern of bettering society. Added to this was how individual identities were subsumed into broader categories, such as profession, gender, familial relations, and age groups. Public health was an integral part of this complicated scenario because it focused on improving the health of the individual for the benefit of the nation. In this context, childbirth was also harnessed as an activity that was encouraged for social benefit. While many of the proposals of Oliveira and Gesteira were vague, the driving principles of the Institute were in accordance with state thinking. A National Institute of Puericulture was a centralized approach to the increasingly obvious problem of the ineffective labyrinth of services dedicated to women and children’s health. Just as the political arena was becoming standardized and centralized under the auspices of the corporatist ideology, so was health care. Following the suggestions of Oliveira and Gesteira, a National Institute of Puericulture (Instituto Nacional de Puericultura, INP) was created by law 378 on January 13, 1937, under article 54, of the new organizational format of MESP. Dr. Joaquim Martagão Gesteira was appointed its Director and later that year in December the INP was incorporated into the newly formed federal university under law 9824. Within the umbrella of service and programs there was also a specific department dedicated to the federal capital, the Puericulture Service of the Federal District (Serviço de Puericultura do Distrito Federal, SPDF). The main goal of the INP was to study and investigate health and hygiene problems of children. Moreover, it was responsible for the organization of puericulture courses at the medical

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school, as well as the educational preparation of Brazilian mothers. The Institute was composed of three sections: 1) research and investigation, 2) assistance services – eugenics and prenatal puericulture, post natal puericulture and pediatrics and pathology, and 3) educational - superior course for doctors, mid-level course for nurses and women of society and an elementary course for girls. This course had speakers and films and was free of charge25. The INP hoped that material and observations collected would lead to research and publication in the annual journal, Revista do Instituto26. Nevertheless, the structure of the Institute was more complex than just a few medical offices and exam rooms. There was a belief at many administrative levels that the state should offer a number of services guaranteeing the health of the child from pre-conception to school age. In the drafted “Project of Regulation,” Capanema took into consideration Oliveira and Gesteira’s early suggestions to establish a comprehensive set of services and health centers that not only sought to battle against infant and maternal disease and death, but was also reflective of the Vargas Administration’s dual objective, to centralize and standardize federal authority in every aspect of daily life and improve the Brazilian population, for the greater good of the nation. Above all, the INP was established as a model and dictated policy, which remained true to the Vargas model of central bureaucratic management from the top down. Even though the INP was established in Rio de Janeiro and initially sought to incorporate the clinic at Gamboa, the Puericulture Service of the Federal District (SPDF) was established shortly after and became the governing body of services and clinics open to the public in the capital city. The SPDF was inaugurated in May of 1937 and headquartered at the Arthur Bernardes Children’s Hospital, in Flamengo, near downtown, with Dr. Mario Olinto de Oliveira as its Director. Its staff included, among others, prominent doctors with a long history of work in the field of infant mortality and disease in the capital city, Dr. Clovis Corrêa da Costa, Inspector of Maternal Hygiene and Medicine, and Dr. Arnaldo de Moraes27. The SPDF was made up of puericulture centers, health posts, outpatient clinics, food assistant posts, a section of maternity hygiene and medicine, and maternity clinics. The puericulture centers were the most comprehensive and well staffed with 20 pediatricians, 10 ear nose and throats specialists, 10 dentists, a 20 person maintenance staff, 20 guards and 20 servants. The health posts constituted the next level of care and were staffed by 10 pediatricians, 10 maintenance personnel, guards and servants. The outpatient clinics, focused on less complicated medical procedures, were staffed with eight clinical supervisors, students and groundskeepers, guards and servants. The food services sector provided nutritional support to poor women and their children. and consisted of a supervisor, two assistants, eight maintenance personnel and 16 servants. The Division of Maternity Hygiene and Medicine represented a new direction in the battle against infant death and diseases. The focus of this division was on pre-conception health and delivery. There was one technical inspector, a supervisor of prenuptial exams, 20 labor and delivery specialists and a total support staff of 20 maintenance personnel, guards and servants. The last line of services offered included maternity wards, which were staffed with four chiefs and eight assistants28.

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SPDF was illustrative of the micro-management approach of the Vargas Era. It was designed to fit into the centralized model as were many of the other changes implemented throughout the period. MESP would supervise the INP which in turn would manage the SPDF. Within the SPDF, the Director and his board would supervise the eight divisions. While the eight divisions would interact with the public and make medical decisions based on these interactions, the guiding policy and management decisions would come from the top with each level referring to the one above them for approval. The thinking was that with centralization efficiency would follow, resulting in lower rates of infant disease and death. This idea was not new or unique to Brazil but took on new meaning in the corporatist regime. As evidenced in the writing of Brazilian and international public health administrators, economic efficiency was the answer to fiscal issues and health concerns29. However, the SPDF suffered from a number of problems early on. In September 1938, Dr. Oliveira wrote to Gustavo Capanema to complain about some of the problems he was encountering in trying to set up the SPDF. Most importantly, Arthur Bernardes Children’s Hospital, which was shut for renovations three and a half years before, had still not reopened and the 20 health centers and posts had been reduced to 18 because of lack of money and trained personnel. Food service centers had not even been constructed and the one existing center in Gamboa was near collapse. The maternity centers were non-existent and lacked any type of funding for home delivery assistance. The hospital maternity ward in São Cristóvão had encountered numerous difficulties in daily operations and the only other maternity ward, part of the Arthur Bernardes Children’s Hospital was closed due to lengthy renovations. Additionally, Dr. Oliveira’s other proposed services, such as social assistance to poor mothers and home obstetric service, had not been taken into serious consideration30. He was outspoken about these concerns and even suggested at one point that the INP and all lower sectors should be privatized and not fall under the supervision of the MESP31. In July of 1939, Dr. Clovis Corrêa da Costa drafted a formal report to Minister Capanema bringing to light a number of problems with the puericulture centers. The state was confronted with the general lack of services and poorly defined policies that needed to be more concretely defined. First, it was clearly articulated that many doctors who worked in the health centers did not understand poverty that women who frequented the centers lived under. Also a major obstacle was lack of space throughout maternity wards in the city32. Although some women were coming to the health centers to seek treatment, many were being turned away because their medical needs could not be met. Corrêa da Costa cited the poor condition of health centers as another reason for a lack of professional service. The fourteen health posts that he visited were in various states of decay and some presented dangers to pregnant women. For example, the center at Tiradentes was located on the 2nd floor of an old condemned building whose only access was a long and dark staircase, which had already provoked accidents among pregnant women. The Teodoro da Silva Center had termites and urgently needed general repairs and the one on Rua Visconde de Jequitinhonha proved to be too hot in the summer and had a particularly steep and dangerous staircase which was a danger pregnant women and children33.

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Clinic bureaucracy, or lack thereof, also raised issues of competency. While some doctors were very detailed in their record keeping others were not, leaving many of the records incomplete. Examination of the patients was not professional and lack of equipment proved to be another obstacle. Absence of competent records, poorly made exams and faulty and missing equipment made it difficult to keep track of women who were utilizing these services. It was impossible for the centers to maintain an ongoing relationship because the course of treatment for pregnant women was inconsistent. Postpartum exams were not even considered feasible because there was no way of knowing how the pregnancy had ended. According to Dr. Corrêa da Costa, the clinics needed to be more closely supervised34. He made a number of important observations and suggestions, most importantly, was the lack of financial resources and trained medical staff. In his opinion nurses were the answer to this problem. Many in the medical community were in agreement with him. Irene Drummond, a nonpracticing medical doctor, wrote an article in Brasil Médico that offered her support to this problem and called on the state to develop a visiting nurse program. She cited poor distribution of beds for obstetric patients and felt that home birth, with the presence and supervision of a visiting nurse, was a good alternative. It was her experience that women in labor went to the health centers only to be sent home again. While large central maternity wards were the best answer, they were expensive and took a long time to build. In the meantime, “ignorant” pregnant women not seeking out services in the smaller clinics throughout the city due to lack of space and were giving birth at home solely with the help of an untrained midwife. To guarantee the success of the program, it was indispensable to have a specialized team of visiting nurses, which included an obstetric nurse, a trained midwife and social assistant. It was not possible to separate one from the other. Since someone should educate the pregnant women and new mother and assist in the necessities, it was preferable all the attributes be conferred in the same person. A visiting nurse had a double role to educate and investigate35. The role of the nurse in prenatal care and assistance during labor would become a state focus later on, but in the meantime the state turned its attention to better understanding lack of services in the federal capital. Capanema and other members of the state medical community continued to sing the praises of puericulture and services offered in the Federal District. Instead of addressing Oliveira’s criticisms, the state re-focused its attention on resolutions to problems that were less expensive and already established. It was a move to ignore obvious faults of the system and only focus on what was being done right. There was continued theorizing on the best system to meet the needs of the public through more economical means. By 1941 the medical community agreed that the state’s measures to implement and establish medical services were not working. The city of Rio de Janeiro was still plagued by high rates of infant mortality. According to Dr. Carlos Abreu, in 1938 23.3% of all children died before the age of one and 42.5% died before reaching the age of nine. Of those who died before the age of one, 20% were victims of gastro-intestinal disease while the countless others who escaped death still suffered from malnutrition36.

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The state did not immediately shift its focus away from building a medical service structure to accommodate poor pregnant women. Instead, a number of bureaucratic changes followed. In January 1940, all 20 puericulture posts were transferred to the Rio de Janeiro’s Mayor’s office in accordance with decree-law 1040 of January 11, 1939. They were eventually subordinated to the Department of Puericulture, which was created by decree-law 6641 March 14, 1940. The posts were: Botafogo, Central, Catumbi, Copacabana, Engenho Novo, Estrela, Gamboa, Gávea, Ipanema, Laranjeiras, Morro do Pinto, Missão de Cruz, Madureira, Piedade, São Cristavão, Santa Teresa, São Francisco Xavier, Triagem, Vila Isabel, São Vicente de Paula. A few years later, another survey was conducted in order to best assess what services were available and what needed to be done37. The 1943 Survey illustrated lack of medical services available to poor pregnant women, despite the state’s diverse attempts to lower infant mortality through increased medical services available. Health posts and clinics were in constant need of repairs, money and trained staff. The administration grappled with what model was best suited for the capital city, large central maternity wards or smaller neighborhood clinics. What transpired was a confusing web of services caught in a constant state of renovation that was never able to meet the needs of poor mothers. In addition, the survey illustrated a change in direction from an emphasis on medical services to food programs and nursing. According to the survey, written by Dr. Carlos Abreu, official measures undertaken by the state were envisioned to elevate the economic and cultural level of people through the improved dietary and nutritional standards of children under one year old. He pointed out that ignorance and poverty were prevalent in the city and the most adequate method to combat these problems was the distribution of milk, flour, juice, vegetable stews and soups. He also recognized that the current public health system while targeting the “unprotected” portions of the city’s population still only managed to serve 50% of the needy38. Focusing on the poor and ignorant was one way the medical establishment, in concert with the state agenda, could close the societal divide and promote the idea of a cohesive national identity while at the same time opening a larger space for nurses to work. The Mayor’s office had immediate plans to build more teaching kitchens in order to disseminate food preparation lessons. There was a continued movement to register women in the puericulture posts in order to keep tabs on them throughout their pregnancy, but the move was away from providing medical services instead focused on teaching them practical skills of motherhood based on scientific and modern principles of child welfare39. The city government turned its attention to the construction of new puericulture posts in suburban areas. According to Abreu, the new posts were more economical and did not require costly medical equipment. He believed puericulture posts could be modestly installed with simple construction of wood and would be staffed by visiting nurses, not doctors”40. The use of nurses also represented a new direction in the state’s thinking. Nurses were less expensive to educate and, as women, they may have gained more acceptance in the field of obstetrics and gynecology. They could also function as social workers enlarging the field of state influence into homes and private lives of poor women.

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The National Institute of Puericulture and the Puericulture Service of the Federal District looked good on paper and in theory should have been able to confront many, if not all of the problems that were impacting children in the capital city. Yet Capanema and his fellow politicians and doctors found reality to be much more complicated. An enduring lack of resources, staff and an inefficient public health system directly affected the quality and outcome of medical services. Early in the Vargas Era, the state relied on already existing public health posts and dispensaries to make up the medical service infrastructure. These health posts and clinics were inadequate, and prior to the founding of INP and SPDF there was no infusion of monetary resources to bring them into line with demands for a new centralized governing body. Also, with the state focused on establishment of the INP, many other aspects of public health services were ignored. Detailed surveys that came later in the period recognized the weaknesses of the public health system and began to focus primarily on nutrition and feeding of women and children and the role of visiting nurses. Although neither of these fields were new to the administration, renewed emphasis on them changed the course of action to combat infant mortality and subsequently construct a new national identity centered on a healthy and prosperous Brazilian. Also, within this new direction, puericulture in Brazil became intimately and narrowly associated with diet, nutrition and the increasing importance of nurses.

Milk Banks & Teaching Kitchens: A Nurses Proper Place Doctors and politicians were aware of sub-standard dietary habits of poor populations and knew malnutrition was one of the reasons that young children, under the age of two, were dying in such high numbers. A milk bank was a centrally located kitchen that prepared healthy meals for poor women and also pasteurized milk for newborn consumption. In addition, women were educated about the preparation of healthy meals and practical notions of hygiene. The essential role of milk banks was recognized within the medical community and the state as an answer to infant disease. Similar to public health centers, the federal capital had a large number of milk banks and was an optimum place to experiment with the implementation of the teaching kitchens. The milk bank program was developed in June 1931 and was managed by the National Department of Public Health. It was funded by state money but also received a large portion of its financial support from the Association of Society Women for the Protection of Infancy, who campaigned for private donations. It was initially a rural program with its headquarters in Jacarepaguá41.

Dr. Olinto de Oliveira was an ardent supporter of food service programs and advocated

very early on in the Vargas Era to expand such initiatives. He argued that “the basic principle in combating infant mortality was to protect the women and the home in order to ensure a happy child”. In his opinion, the best way to promote a robust and happy child was to provide poor

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families with good quality milk, flour, fruits, and vegetables. While his call for material support did not outline any concrete plans, his line of thinking can be seen in support of the milk bank program. As with the medical service infrastructure, many of his suggestions were later incorporated into state policy42. In early 1933, the role of milk banks in the fight against infant mortality began to reach a larger audience. In Folha Médica, Dr. José Savarese, Director of Rural Sanitation in the Federal District, argued that, in rural zones in particular, children were born into ignorance and were the victims of insufficient maternal feeding. In his view, it was the responsibility of the public health system to organize the largest number of milk banks possible. According to his calculations 30% of children died from gastro-intestinal illness within the first two years of life. The number of deaths for children enrolled in the milk bank dropped to 1%43. In September of the same year, Dr. Savarese presented his work at the National Conference for the Protection of Infancy, in Rio de Janeiro. While his speech reiterated the role of ignorance and poverty in the lack of nutrition and proper diet, he took his plan further and made many concrete suggestions to expand and enhance the milk bank service. Based on the work of milk banks in Penha, Campo Grande, Anchieta, Bangu and Ilha do Governador with poor families; he outlined a plan of action. First, the state should construct milk bank centers throughout the Federal District, mostly in the favelas, factory centers and rural zones. Within these centers, diverse services should be offered, such as prenuptial and eugenic counseling, prenatal and infant hygiene clinics as well as nurseries. In addition, infant hospitals, a central maternity ward and small centers in conjunction with health centers for pregnant women should also be erected. A shelter for homeless mothers, a maternal school and laws protecting domestic and factory workers should also be part of the state’s plan to protect women and children44. Dr. Savarese continued to campaign for the expansion of milk banks. He argued, “in part the ignorance of mothers in the feeding of newborns is the known cause as determining infant mortality in the first 2 years of life”. But he took the role of the state and food distribution programs even further. In his opinion, “poverty was incompatible with order, discipline, morality and education”. In establishing the relationship between poverty and morality, Savarese also drew attention to larger issues such as the “powerful factors like bad heredity conditions of the parents whose union in general is made without attending to the rules of eugenics and as such resulted in precarious births”. According to him, “milk banks could resolve poor and inadequate diets, a major cause of infant mortality”, but could also cure Brazilian society of many of the social ills that impacted the lives and health of children45. Dr. Savarese’s comments hinted at the other side of the medical establishment’s concerns. In spite of the many state initiatives supporting the betterment of the Brazilian race, they did not explicitly engage in a discourse about the racial and biological factors that determined health and well being. Savarese ultimately couched his concerns in the language of eugenics which had the ability to overcome these issues. In this sense, while he came close to engaging the debates over scientific racism that the Vargas administration had been so careful to avoid, there was still a way to resolve the problem, through medical and social programs like the milk banks.

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There was renewed focus on the care and feeding of children, through which the state could meet numerous demands with little output, hopefully attain better results and open up a larger sphere of influence for nurses. Early years of the Vargas administration focused on medical services and even though other social programs were not ignored they were not given priority. In the later years, instead of trying to rebuild and start from scratch in the construction of large central maternity wards and prenatal and infant hygiene clinics, the medical community and state picked up the banner of poor diet and nutrition as the leading cause of infant death and disease and showed renewed interest in trying to eradicate this problem. In January of 1937 under law no. 378, chapter 9, article 116 the federal government took over policy implementation and management of milk banks. This shift was part of the larger centralization of authority in the sphere of public health46. Moreover, it was representative of the general move to centralize services in order to make programs more efficient. Just as medical services for women and children were being brought together under the umbrella of the INP and SPDF, milk banks and other food distribution programs were being brought together under federal control. In late 1937 Dr. Savarese wrote to President Vargas urging him to recognize the important contributions of a large scale milk bank system. In his letter, he made reference to his presentation at the conference from four years earlier and reiterated many of the same points. Savarese was also critical of the government for not taking his proposals seriously. He argued that there was no such thing as infant hygiene in Brazil because so many children were still dying of avoidable causes. In the capital city, infant mortality rates were 200 for every 1,000 births. In his point of view an infant milk bank system was still the best option to lower these figures47. Vargas directed his response in a memo to Capanema a few days later on October 23, 1937. He asked that the Minister take a closer look at the value of milk banks as a weapon in the fight against infant mortality. Capanema’s reply to the President accounted for 252 milk banks that served 835 Brazilian municipalities and were organized by the National Department of Health. He affirmed that he would undertake a careful study of the infant feeding problem, to better understand the role of milk banks48. The writings of Savarese, and correspondence between Vargas and Capanema, point to an important juncture in public health policy and local programs. While the national government was moving to centralize programs and services in order to guarantee efficiency, such moves did not always promise success. Dr. Savarese, like Dr. Olinto de Oliveira, was critical of the state’s actions, but such debates were not open to the general public and made by individuals not a collective majority. The state evaluated new programs and if they were deemed beneficial to the nation they were incorporated into the larger public health structure. Programs and policies that combated infant death and disease were linked to the larger project of societal improvement and national development. In 1940, the federal government began to transfer many maternal and infant services to municipal governments. While no mention of milk banks was specifically made, other food

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distribution programs emerged and were under the direction of the capital city’s Mayors office and included small milk distribution sections as part of their larger structure. In particular, teaching kitchens became an important focal point within the field of maternal and infant support services. The March 29, 1941 issue of Brasil Médico was dedicated to covering the ceremony commemorating Children’s Day. Mayor Henrique Dodsworth, Dr. Carlos Abreu, Director of the Department of Puericulture, Dr. Mario Ramos, Chief of the 4th District of Puericulture in Botafogo and a number of other medical doctors were present and made speeches that shed light on many of the new directions of public health programs. Dr. Jesuíno de Albuquerque, Secretary of Health and Assistance of the Federal District, in his opening remarks, praised Puericulture Service of the Federal District for supporting expansion of the teaching kitchen program and added that such accomplishments were integral to the “formation of the future potential of the Brazilian Man”49. Teaching kitchens emerged as an economical tool in helping teach women how to be good and competent mothers. As infant malnutrition became viewed as a serious health problem the state redirected its energies toward teaching women how to cook healthy and nutritious meals. But the state’s objective was much broader and not viable. Drawing women into food programs helped reinforce the ideal role of mother that the state had constructed. Yet, at the same time the implementation of food programs illustrated how unrealistic state thinking was. Politicians and doctors assumed that handing out milk and other essentials and teaching women how to prepare it was the answer. No consideration was given to the absence of running or clean water, electricity or deficiencies in living conditions. The new kitchens, relatively simple with a small area to prepare meals and staffed by nursing students, were opened in Botafogo on Rua General Severiano, in Copacabana on Rua Rainha Elizabeth, and in Vila Isabel, on Rua Teodoro da Silva. These facilities would also include milk banks that would furnish 3,000 bottles of milk a day and adhere to the latest scientific methods of feeding. The objective of the teaching kitchen and milk banks was to assist in regular feeding of children by keeping their food intake under strict control. The medical community believed that the establishment of a standard diet in accordance with the child’s age was an indispensable tool in the fight against infant mortality. A speech by Dr. Salvio Mendonça, Chief of the 8th District of Puericulture, claimed that teaching kitchens represented a contribution of great medico-social significance, representing “a truly new path to reduce infant mortality that above all weighed heavily on death rates of the general population”. He continued that “the severity of our demographic statistics is really disquieting in the capital because not only is it a threat to progress but all methods to lower infant and mortality have been ineffective”. For Dr. Mendonça, the primary function of the public health system was to guarantee proper feeding of Brazilian children in order to lower infant death and disease and amplify the vitality of the nation. Teaching women to cook and providing them and their children with proper nutrition was the most successful avenue to pursue50. Dr. Carlos Abreu also participated in the commemoration, and said that the role of the kitchen was very important in the fight against infant mortality with the objective of reducing

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death of children enrolled in these services. Each of these centers was to be guided by scientific principles and it was the “noble task of puericulture to assist the poor mother in raising her child”. He recognized that the web of services was sometimes confusing due to lack of funds and staff, a duplication of services at the federal and municipal level and lack of centralization for diverse services51. Within the maternal and infancy support system the kitchen was proving to be the most effective way to draw poor women in to the system and was also cost effective. The three new kitchens that were being inaugurated were to be followed by five more, in Gamboa, Penha, Bangu, Rua da Relação, and Praça da Bandeira. In the opinion of Dr. Abreu the role of the kitchen would not only “combat infant mortality but also better the race”52. Aside from the role of the teaching kitchens, Dr. Abreu superficially alluded to other weapons in the fight against infant mortality. First, he called on the state to make a census of all pregnant women in the Federal District. Second, he appealed for stricter management of unlicensed midwives, concentrating on prenatal and obstetric education and services. In his opinion, more obstetric beds needed to be made available as well as expanded prenatal hygiene and obstetric education. Abreu vaguely conceded that more could be done to improve the health of newborn children but offered very little in the way of concrete plans. This show of concern with little action was typical of the later Vargas Administration53.

The Midwife Problem and the Professionalization of Nurses In the later years of the Vargas Era, the administration, at many levels, took a closer look at the persistence of the midwife problem and its relationship to nursing. Initially, the state took official steps to supervise any person who wanted to practice medicine. In doing so, midwives, who had only gained the attention of a few doctors, became a larger target of many reforms to remove them from power. Moreover, with the creation of a public health and hygiene certification course and curriculum, coursework of the nursing school was revamped to include gynecology, labor and delivery courses. The medical community and politicians felt these changes would help them overcome a losing battle in the fight against infant mortality, with the midwife centered squarely in the middle of the problem. There was a sharp distinction made between a nurse, a trained midwife and an untrained midwife. The first two had some degree of education and more importantly were under the supervision of the medical establishment and the state. In order to better a child’s chances of survival, the state wanted to control and manage a woman’s labor. However, the reality was women in the Federal District were having their babies at home assisted by an untrained and uneducated midwife. Further professionalization of the nurse and more education seemed to be a logical answer to this problem.

In January of 1937, the federal government created the National Service of the Supervision

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of Medicine (Serviço Nacional de Fiscalização da Medicina, SNFM) under law 378, article 33, with the explicit purpose to centralize and professionalize the practice of medicine54. It called for immediate supervision of all persons practicing medicine, pharmacy, dentistry, veterinary medicine, nursing, and many other medical professions. Article 9 sec. 1 of the new law required that people in all of the professional categories had to register their diplomas with state authorities55. The new resolution had an immense impact on the Ana Nery School of Nursing (Escola de Enfermagem Ana Nery, EEAN) and the role of nurses working with prenatal and infant hygiene. While Bertha Pullen, from the United States, the schools director, had campaigned for stricter control over who was considered a nurse, her pleas were never directly addressed. The centralizing move of the state incorporated many of the concerns that had been expressed before. Closer state supervision provoked dramatic changes in the administrative structure of the school. The first major change to come about after the creation of the SNFM was renovation of the nursing school curriculum. In 1937, two new courses were available for nursing students. First, there was the “Fundamental Principles of Public Health Nursing”. This was a basic course that did not focus on women and children. The second course was geared to visiting nurses who worked in puericulture, with the explicit goal of protecting the infant and the mother. Protection of the infant was usually at the exclusion of the mother as nurses were seen as scientifically trained and knowledgeable. Protection of the pregnant woman focused on prenatal visits made to the home and offered courses for future mothers on breastfeeding, care and nutrition. There was also a series of lectures devoted to the special vigilance of mothers who worked as they posed a danger to the health and well being of their child56. Course descriptions were relatively superficial and did not offer students any hands on training or practical experience. As the debate heated up about lack of services and staff, and the problem of untrained midwives, many male doctors agitated for new courses to better prepare nursing students for specialized care. Also at this time, the nursing school underwent a number of administrative changes that weakened its autonomy. In January 1937 the school was moved to the Director of Port Health of the Federal District and then in March of the same year it was relocated to the Director of the Health of the Federal District. And finally in July 1937 under law 452,the EEAN was transferred to the University of Brazil, which was administered by the Department of Education, MESP57. The nursing school administration felt that each change “reflected considerably in the efficient management of the school”. However, the enrollment of new students continued to be low58. In November 1937, Ms. Mary Elizabeth Tennant, from the Rockefeller Foundation’s Division of Nursing, arrived in Rio to study the nursing situation. One of her major concerns was the poor training many of the nurses received. She also complained that public health nursing skills were superficial. By the end of 1937, there were 258 graduates and 11 certified practical nurses59. In addition to poor performance, Bertha Pullen, who was considered a knowledgeable leader and expert from the United States, and who had the support of the Rockefeller Foundation resigned as of August 31, 1938 and no permanent replacement was appointed60. These changes coincided with increased participation of medical school professors and students from the public health course in the EEAN.

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In May of the same year, J. P. Fontenelle, Professor of Sanitary Organization and Hygiene and Public Health Administration, published an extensive report on prenatal services in the Federal District. Part of the report presented statistics of the services yet rendered with no in-depth analysis. The the other half was focused on problems related to untrained midwives. According to Fontenelle, hundreds of unlicensed, uneducated and illiterate midwives assisted in a high number of deliveries in Rio de Janeiro and posed a threat to expecting mothers61. Even though sanitary regulations prohibited these untrained women from practicing, they assisted 95% of all deliveries throughout the city. Fontenelle’s studies show among 3,798 pregnant women who completed the services of the health centers in 1935 and 1936, 2,429 (86.20%) were assisted by untrained midwives, 248 (8.8%) by doctors at home and 141 (5%) gave birth in hospitals and maternity wards. He recognized that it was impossible to eliminate untrained midwives and felt surveillance by public health nurses and supervision by the medical establishment was the best way to resolve this problem62.

His plan was vague and unstructured yet outlined how visiting nurses would collect names

and addresses of women enrolled in health centers and prenatal dispensaries. They would then make home visits to verify the mother’s health and disseminate educational material including lessons about prenatal and pregnancy hygiene. The overall objective was to ensure that the woman returned to the dispensary for labor and later infant medical exams63. While Fontenelle’s report did not offer a detailed solution, it did illuminate the seriousness of the untrained midwife problem. Future state inquires investigated this issue further and had more concrete solutions. In July 1939, Dr. Clovis Corrêa de Costa once again advocated for the development of a home delivery service. He wrote a report on the condition of maternal and infant hygiene in the federal city. As he had done before, he emphasized the “precarious nature of labor and delivery service in the capital city”. This time, however, he verified that there were only 350 beds to accommodate the 33,674 deliveries. The current number of beds attended to 9,100 deliveries per year. The remaining 27,674 deliveries occurred outside of the hospital. He went on to say that only 10,000 of these women could have afforded adequate medical attention. The rest lacked proper housing, hygiene and lived in abject poverty, and would have benefitted from medical attention in maternity wards had there been space64. Costa reoriented his proposal to include an examination of midwives and their involvement in pregnancies of poor women. He noted that untrained midwives were the only option for women not served by the maternity ward system. He estimated for every 200 deliveries untrained midwives assisted in 132 times. He believed the solution was to build more maternity wards and create a Home Obstetric Service (Assistência Obstétrica Domiliciar, AOD), with the latter receiving more attention as the entire program of support for maternity could not be executed simultaneously due to financial reasons. Internment was reserved for those with toxemia, complicated labor and substandard living conditions. Home assistance was ideal for a healthy patient who had no complications and satisfactory living conditions. According to his plan, patients under the care of the AOD did not require food, clothing, light, medications, nursing services, and there would be no disruption to the home life of other family members. Taking away the care of the mother and wife, who attended to the domestic economy, was disruptive to the moral order of the household65.

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People in charge of deliveries were the fundamental cornerstone of AOD and were supervised by the medical infrastructure. Criteria for selecting the midwives was problematic. Dr. Corrêa de Costa proposed an open certification program for midwives. They would be obliged to complete an internship in one of the city’s maternity wards and remain under constant supervision of a medical doctor. Because of the lack of trained midwives and a certification program, he suggested the service utilize nurses who specialized in obstetrics66. The AOD would provide visiting nurses with necessary materials for a natural birth - alcohol, mercury, silver nitrate solution, cotton, gauze, coconut soap, thermometer, scissors, stethoscope, and string to tie the umbilical cord. He estimated that 1,000 bags containing theses vital items would be needed for the inauguration of this service. Transport of the midwife to the residence during the night would necessitate a few automobiles and removal, in case of complications, would require ambulances. Dr. Corrêa de Costa stipulated that only women previously enrolled in puericulture clinics were eligible for AOD services. In summary, Dr. Corrêa de Costa proposed that lack of services and staff in the maternity services could be resolved in two ways. First, as discussed earlier, was the costly construction of new clinics and maternity wards. Second, recognizing the financial constraints, the creation of a home labor service comprised of visiting public health nurses trained in obstetrics and certified midwives67. Like others before, Dr. Corrêa de Costa’s plan looked good on paper but did not realistically assess financial and physical restrictions of the maternal and infant hygiene infrastructure. The state, despite valiant attempts to accurately quantify its poor population, never had a complete picture of the problem. While estimates were made in good faith, their final tabulations were probably much lower. In addition to a lack of numerical understanding, the state and medical community never fully understood how impoverished many of the city’s residents were. To assume only 17,000 plus women out of an estimated 27,000 had the material conditions to give birth at home was a gross miscalculation. While there was no hard data, lack of success of previous programs pointed to the overwhelming number of people who needed assistance. The creation of the AOD called on the state to provide more staff and resources, at a time when lack of such funds was recognized as a serious threat to the development of a comprehensive plan to reduce the high infant mortality rates. In light of this, state and medical attention turned to nurses to shore up the lack of available maternal and infant health services. In line with this focus, the plan for the AOD was not immediately accepted, but it was followed by a renovation of the coursework at the nursing school. It was unlikely that the EEAN administration would welcome a contingent of untrained midwives into what they thought of as nursing territory. Earlier management changes and emerging concerns of the medical community provoked a number of important changes in the nursing school. By early 1940, Dr. Sylvio L. Sertã, arguing that the nursing students needed more hands on experience, suggested development of a new course in obstetrics and gynecology. The new course would have a theoretical foundation in order to expand knowledge and function of the obstetric nurse.

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The obstetrics portion of this class would cover issues such as understanding anatomy and physiology of the female genitals, development of the egg and fetus, conducting a pregnancy exam, hygiene of pregnancy and mechanics of normal delivery. Nursing students would also learn the procedures to follow in the event of an abnormal delivery. These would include: premature births, use of anesthesia, mothers with syphilis, tuberculosis, and those who presented obstetric hemorrhaging, infection or required surgical intervention. As affirmed by Dr. Sertã, “the objective was to prepare ‘true midwives’ with the capacity to attend to pregnant women and women in labor in their homes”. He believed that home birth was more economical and rational but should always be in connection with a central maternity ward68. Total hours for this section was 30, including exams. The gynecology portion of the new course was 10 hours plus one hour for exams and should follow or be taken at the same time as obstetrics. Topics covered were disorders and infections of the female genitals such as fistulas, deformities, benign cystic tumors, and cancer. It also addressed problems with ectopic pregnancy, gynecological accidents, operations and general care69. In addition to the new obstetrics/gynecology course, the required class in puericulture was expanded and became the specialized focus the nursing school and medical school aimed for. The ob/gyn class centered more on women, labor and delivery. The newborn was the focus of the third course and covered subjects such as the history of the protection of infancy, the importance of preconception and prenatal hygiene and eugenics. A large emphasis was also placed on care and feeding of the newborn, and working with the mother to meet her older child’s needs. The idea of protection against disease and mortality was a central theme throughout the class70. Once the state began to acknowledge the weighty threat of untrained midwives, substantial changes were made in coursework reflecting a new direction of learning for nursing students. These changes also illustrated the emerging involvement of the medical school in the education of nurses. In the earlier years, doctors had no direct interest in the school’s curriculum or the breadth of knowledge, or lack thereof, in the courses offered. However, as nurses became an essential part of the fight against infant death and disease, the medical establishment and the state took a more diverse and active role in this field. Aside from developing new courses offered at the EEAN, the state and medical community pushed for more policy changes to protect pregnant women and newborns from midwives. In his speech commemorating Children’s Day, Dr. Carlos Abreu called for expansion of midwife certification. He qualified himself and argued that only those who had attained a certain “cultural level” would be enrolled in such a course. Through such education the untrained midwife, who was illiterate, had no concept of hygiene, and was unable to learn, would be eradicated. Certified midwives would take the place of untrained and uneducated women who assisted in 80 – 90% of births in the capital71. Other members of the medical establishment also took an interest in training nurses and midwives. In mid 1941, J. P. Fontenelle, published two extensive articles in Folha Médica

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reviewing the history of nursing throughout Brazil. The first article, published on July 5th, traced the trajectory of nursing education and legislation that created the EEAN and the supervisory role of the DNS in this field72. This article outlined basic responsibilities of the visiting nurses and opened the door for future works that would analyze and expand on specific functions of visiting public health nurses in latter years of the administration. In the article published in the July 25th issue of the journal, he acknowledged that visiting nurses were an integral part of the public health infrastructure in Rio de Janeiro73. These two articles highlight the work of visiting nurses in part because the profession needed more financial resources and nurses. They were an important part of the fight against infant mortality but the demand far outstripped the supply. By early 1943, the medical establishment was firmly entrenched in resolving the midwife problem. According to a report, despite that fact that all health clinics had prenatal services, they had not produced desired results. The culprit was the untrained midwife. Dr. Bichet de Almeida Rodrigues declared that prenatal hygiene was of utmost importance to ensure a healthy child. It was imperative that medical services teach pregnant women how to care for themselves and their newborns. Ignorance and lack of hygiene posed one obstacle and untrained midwives another. Ideally the system could inter poor women who lacked education and hygiene, however, educating and monitoring midwives was a more immediate and less expensive solution74. Dr. Jorge de Rezende, Chief of Service of the Obstetric and Prenatal Hygiene Services of the Medical and Surgical Assistance to the Municipal Employee Clinic (Assistência MédicoCirúrgica dos Empregados Municipais – Prefeitura do Distrito Federal, AMCEM), wrote about services offered by the clinic in 1942. His scathing report shed further light on the untrained midwife problem. He stated, “the large majority of patients hospitalized had never been seen by a doctor. It was common for the mother and newborn to be under the care of a “dishonest” midwife. The mother’s health was normally in a precarious state and the fetus was close to death or dead”. Moreover, the obstetric division cared for a number of women who had attempted abortion through voluntarily ingestion of some type of tonic, portrayed as clearly a criminal work, most likely provided by the untrained midwives, were increasing75. Some women were naïve enough to confess to intentional abortion, and others showed sure signs of the work of an abortionist. Such measures were, as the author argued, a complex social problem, and a popular resource of the single mother and adulterer. Abortion was a lucrative industry practiced by untrained midwives, certified midwives, and even doctors76. But it was the untrained midwife who became the target for the problem of abortions and poor prenatal care. In this article, the midwife was criminalized by her relation to abortion. The administration responded to the report reassuring the medical community it was undertaking a number of programs and changes to address the issue. It recognized the problem and persistence of untrained midwives in the federal capital acknowledging 94% of pregnant women were assisted by them. The state proposed the expansion of maternity wards throughout the city. Thirteen of the established health posts would be given more space for labor and

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delivery and furthermore, a number of newer, smaller maternity clinics would be considered for construction77. This report marked the final concrete debate about maternal and infant policies and programs. After 1943 the Vargas Administration fell silent and while it did not argue against the harsh realities of infant and maternal mortality it did not prioritize the problem as it had done in earlier years. Throughout the fifteen years of the Vargas Administration, various sectors of the medical establishment, sometimes in conjunction with politicians, tried various ways to combat the high rates of infant mortality and disease. Despite concerted efforts in building a comprehensive and efficient system of prenatal, maternal and infant hygiene services, expanding milk and food distribution programs, more closely supervising the education and participation of nurses, and attempts to eradicate untrained midwives, infant death and disease continued to hamper state efforts to build a healthier, stronger Brazilian society.

In late 1943, the Society of Pediatricians argued to expand the visiting nurse program.

The Society, which had been absent from earlier debates, argued that rates of infant mortality in the first year were rising, the majority of deaths occurred in the first and second weeks of life followed by deaths within the first month of life. Meeting minutes focused primarily on high rates of newborn death due to tetanus, in districts served by untrained midwives78. The Society’s concerns emerged late in the Vargas Era and took a back seat to political changes and the end of corporatist policies. In 1945 Vargas was removed from power by the military and his administration was dismantled. Infant and maternal mortality would continue to impact the nation but would not garner state attention and policy focus as it had done earlier.

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Notes 1

Infant mortality was defined as children who died during delivery or before their first birthday. This broad definition also

included stillborn deaths and death before one month of age. At times, the Vargas administration arbitrarily extended the age range to two years old. 2

Arquivo Nacional: Gabinete Civil da Presidência de República 1930-1945: Ministério da Educação e Saúde Pública, box

33: folder 05 doc. Hereafter referred to AN/GCPR/MESP. In this quote “syphilitic” was not a reference to having syphilis but was a way to signify general illness. 3

Figures are cited from João Vieira, “Higiene prenatal e infantil”, Folha Médica, September 5, 1934, pp. 293-295.

4

Rio de Janeiro was the administrative center of the nation. As the nation’s capital it was home to the executive, legislative

and judicial branches of the federal government, but was also administered by a municipal political infrastructure. 5

Folha Médica, October 15, 1931, p. 348.

6

Folha Médica, March 5, 1933, p. 126-127.

7

Idem. Also the milk banks (lactários) should supply poor women with milk for their children and offer cooking classes and

classes on the basics of caring for children. 8

Pedro de Alcântara, “Causas de mortalidade infantil”, Pediatria Prática, December, 1934, pp. 465-484.

9

Ernesto Gonçalves Carneiro, “Aspectos Hospitalares no Rio de Janeiro”m Brasil Médico, December 14, 1935, pp. 118-

119. 10

Getulio Vargas, A nova política do Brasil, Vol. 7: “No limiar de uma nova era”, José Olympio, Rio de Janeiro, 1938, p.

157. 11

João Maurício Moniz de Aragão, “Mulher e Raça”, Brasil Médico, May 10, 1941, pp. 341-342.

12

Idem.

13

Arnaldo Moraes, “Trabalhos Originais”, Folha Médica, January 5, 1941, pp. 3-5.

14

Marismary Horsth de Seta, “Instituto Fernandes Figueira: Delineamento de 50 anos de história institucional” (M.S.

Thesis, Universidade Estadual de Rio de Janeiro, 1997), p. 56. 15

Revista Gynecologia e Obstetrícia, March 1931, pp. 99-100.

16

Arnaldo de Moraes, “Dispensário de higiene prenatal”, Folha Médica, March 15, 1933, p. 129.

17

Ibid., pp. 130-131.

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44

To Educate and Protect: Politicians, Nurses and Poor Women in Rio de Janeiro, 1930-1945. Melissa E. Gormley

18

Arquivo Nacional: Gabinete Civil da Presidência da República 1930-1945: Ministério da Educação e Saúde Pública,.

box 33. Correspondence between Olinto de Oliveira and Getulio Vargas dated May 4, 1933. Hereafter referred to AN/ GCPR/MESP. 19

Idem.

20

Centro de Pesquisa e Documentação de História Contemporânea do Brasil, Gustavo Capanema Collection, roll 62, pp.

294-300. Hereafter referred to CPDOC/GC. 21

CPDOC/GC, roll 60, pp. 417-418.

22

Idem.

23

Idem.

24

CPDOC/GC, roll 60, p. 457.

25

CPDOC/GC, roll 60, p. 687.

26

CPDOC/GC, roll 60, p. 442.

27

CPDOC/GC, roll 60, p. 460.

28

CPDOC/GC, roll 60, pp. 462-464.

29

João de Barros Barreto, “Normas Para Uma Organização Estadual de Saúde Pública”, Arquivos de Higiene. Vol. 7, No

2, November 1937, p. 349. 30

CPDOC/GC, roll 60, pp. 539-540.

31

CPDOC/GC, roll 60, pp. 541-542.

32

CPDOC/GC, roll 60, pp. 433-441.

33

Idem.

34

Idem.

35

Irene Drummond, “Algumas sugestões em torno do problema da maternidade”, Brasil Médico, September 20, 1941,

pp. 649-650. 36

Brasil Médico, March 29, 1941, p. 248.

37

CPDOC/GC, roll 62, pp. 294-300.

38

Idem.

39

Idem.

40

Idem.

41

José Savarese, “Lactários infantis”, Folha Médica, March 5, 1933, pp. 125-126.

42

Folha Médica, September 5, 1931, p. xiv.

43

José Savarese, “Serviço de Lactários no Distrito Federal”, Folha Médica, March 5, 1933, pp. 125-126.

44

AN/GCPR/MESP box 121 package 2, doc. 33637.

45

José Savarese, “Trabalhos Originais – O lactário na campanha contra a mortalidade infantil”, Folha Médica November

25, 1933, p. 575. 46

Diário Oficial da União (Rio de Janeiro) January 15, 1937, p. 1210.

47

AN/GCPR/MESP, box 121, package 2, document 33637.

48

Idem.

49

Brasil Médico, March 29, 1941, p. 245.

50

Ibid., p. 246.

51

Ibid., p. 248.

52

Ibid., pp. 249-250. In this article race only referred to the idea of a singular unified Brazilian race. It was not a recognition

of racial difference. 53

Ibid., p. xxiii

54

CPDOC/GC, roll 58, p. 142.

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ISSN: 1989-2616 |

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To Educate and Protect: Politicians, Nurses and Poor Women in Rio de Janeiro, 1930-1945. Melissa E. Gormley

55

CPDOC/GC, roll 58, p. 147.

56

Arquivo de Escola de Enfermagem Ana Néri, box 63, folder 54, year 1937. Hereafter referred to as EEAN.

57

EEAN, box 61, folder 02, document, Annual Report 1937, p. 1.

58

Ibid., p. 7.

59

Ibid., p. 8.

60

EEAN, box 68, folder 30.

61

Many of the medical journals at this time, both official and unofficial, provided a venue to publish official reports. In this

case, Fontenelle was the editor for Folha Médica and his 1935-1936 report was published in the following issues: No. 33 11/25/1937, No. 34 12/5/1937, No. 36 12/25/1937, No. 1 1/5/1938, No. 2 2/5/1938, No. 3 2/15/1938, No. 4 2/25/1938, No. 5 3/5/1938, No. 6 3/15/1938, and No. 7 3/35/1938. 62

J. P. Fontenelle, “Trabalhos Originais – Serviço prenatal nos centros de saúde, 1935-1936”, Folha Médica, May 5, 1938,

p. 154. 63

Idem.

64

CPDOC/GC roll 60, pp. 433-441. “Relatório apresentado pelo Inspetor Técnico de Higiene e Medicina da Maternidade

do Serviço de Puericultura do Distrito Federal.” 65

Idem.

66

Idem.

67

Idem.

68

EEAN, box 71, folder 95. Memo from Dr. Sylvio L. Sertã to D. Lais Netto dos Reyes (Interim Director of EEAN) regarding

the Development of a New Ob/Gyn Course dated Feburuary 15, 1940. 69

Ibid.

70

EEAN, box 71, folder 96.

71

Brasil Médico, March 29, 1941, p. 248.

72

J. P. Fontenelle, “Visitadoras na saúde publica”, Folha Médica, July 5, 1941, pp. 150-156

73

J. P. Fontenelle, “Visitadoras na saúde publica”, Folha Médica, July 25, 1941, pp. 160-168.

74

Bichet de Almeida Rodrigues, “Trabalhos Originais – Luta contra mortalidade maternal e mortinatalidade”, Folha

Médica, January 5, 1943, p. 5. This was a report presented to Professor J. P. Fontenelle in the Public Health Course at the Oswaldo Cruz Institute in Rio de Janeiro. 75

Jorge de Rezende, “A propósito da Estatística Anual do Serviço de Ambulatório de Obstetrícia e Higiene Prenatal da

Assistência Médico-Cirúrgica dos Empregados Municipais”, Revista de Ginecologia e d’ Obstetrícia, February 1943, p. 95. 76

Ibid., pp. 96-97.

77

CPDOC/GC, roll 62, pp. 294-300.

78

Jornal de Pediatria, No 9, October-November 1943, p. 498.

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Pobreza y nación en Colombia, siglo XIX

Poverty and Nation in Colombia, Nineteenth Century Pobreza e nação na Colômbia, século XIX

AUTOR Juan Carlos Jurado Jurado

Universidad EAFIT, Medellín, Colombia [email protected]

RECEPCIÓN Septiembre 2010 APROBACIÓN Octubre 2010

La pobreza de amplios sectores sociales durante el siglo XIX colombiano estaba signada por las herencias de desigualdad y exclusión social y económica heredadas de la época colonial, entre las elites criollas y los grupos plebeyos conformados, principalmente por mestizos, mulatos, indígenas y negros esclavos. La pobreza estuvo marcada por los diversos patrones socioeconómicos regionales y fue un problema central en relación con la formación de la nación colombiana, la ampliación de la ciudadanía a los sectores populares y de la esfera estatal sobre asuntos que habían sido competencia de la Iglesia católica. Este artículo ofrece una visión panorámica sobre el fenómeno, con énfasis en la región de Antioquia, al occidente de Colombia. Palabras clave:

Pobreza; Vagancia; Regiones; Conflicto Social; Ciudadanía

Poverty in a wide range of social sectors during the 19th Century in Colombia, was characterized by inequality and social exclusion. This was inherited from colonial times when differences between Creole elites and commoners such as Mestizos, Mulattoes, Indians and Black Slaves were established. Poverty was marked by diverse regional socioeconomic patterns and was a main issue regarding the conformation of the Colombian State, the extension of citizenship to popular sectors and the State influence over topics that had been handled by the Catholic Church. Key words:

Poverty; Vagrancy; Regions; Social Conflict; Citizenship



DOI 10.3232/RHI.2010. V3.N2.03

A pobreza de amplos setores sociais durante o século XIX colombiano estava marcada pelas heranças de desigualdade e exclusão social e econômica herdadas da época colonial, entre as elites crioulas e os grupos plebeus conformados, principalmente por mestiços, mulatos, indígenas e negros escravos. A pobreza esteve marcada pelos diversos padrões socio-econômicos regionais e foi um problema central em relação com a formação da nação colombiana, a ampliação da cidadania para os setores populares e da esfera estatal sobre assuntos que tinham sido competência da Igreja católica. Este texto oferece uma visão panorâmica sobre o fenômeno, com ênfase na região Antioquia, ao ocidente da Colômbia. Palavras-chave:

Pobreza; Vadiagem; Regiões; Conflito Social; Cidadania

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Pobreza y nación en Colombia, siglo XIX. Juan Carlos Jurado Jurado

Introducción En 1906, Isidoro Silva afirmaba en el Primer Directorio General de la ciudad de Medellín, que en Antioquia existía la pobreza, “ella es todavía la suerte de una parte muy importante de toda la población”, pero aclaraba que la miseria era absolutamente desconocida, pues las personas podían ganar su existencia sin ninguna dificultad, al cultivar una tierra libre que les produciría, sin cuidado especial, entre dos y tres cosechas por año, al explotar los ríos y quebradas ricos en minas de oro de aluvión, o contratándose como obreros en las compañías de minas1. Con ello, Silva afirmaba que los pobres eran parte del panorama social y destacaba las amplias oportunidades de trabajo y ascenso que la economía regional ofrecía, y la gran disposición e iniciativa de los campesinos para trabajar. Sin embargo, este escrito, como los de muchos nacionales y extranjeros que resaltaron el carácter igualitario de la sociedad antioqueña, su vitalidad económica durante el siglo XIX y el espíritu empresarial que rondaba por el comercio y la minería, y que crearon la imagen del antioqueño como el “Yankee de Suramérica”, ha contribuido a hacer invisible la situación de profunda precariedad material y de exclusión social y política, que vivieron los sectores populares de mestizos, mulatos, negros y blancos pobres. Ellos son parte de la historia de Antioquia y de Colombia, y también tienen su propia historia. Acá nos acercaremos a algunos de sus rasgos, concentrándonos en la situación de Antioquia, con algunas referencias a otras regiones de la Nueva Granada, hoy Colombia.

Condiciones de la pobreza Con respecto a las versiones oficiales que idealizaron las posibilidades económicas y de desarrollo empresarial de Antioquia durante el siglo XIX, es necesario decir que los generadores de la pobreza en la región fueron los mismos factores que potenciaron su desarrollo económico. De esta forma, la riqueza no es lo contrario de la pobreza, sino su condicionante, pues en medio del dinamismo y crecimiento económico de la región durante la centuria, la sociedad antioqueña heredó de la época colonial un marcado carácter jerárquico y una gran desigualdad económica y social, entre las ricas y poderosas élites blancas y criollas y la gran masa de mestizos, mulatos, negros, indios y blancos pobres. No obstante las transformaciones políticas y los nuevos lenguajes de libertad, igualdad y ciudadanía que trajo consigo la Independencia de España, en toda Hispanoamérica las realidades sociales, económicas y culturales siguieron ancladas en la época colonial hasta muy entrado el siglo XIX. Hacia 1821, el extranjero Carlos Steuar Cochrane adujo que las condiciones de las clases bajas granadinas no habían cambiado para nada con respecto al pasado. Ello a pesar de que muchos de sus integrantes se sintieron partícipes de las transformaciones del momento, que fueron más políticas que de otro orden. Muestra de ello son los sentimientos de un bodeguero del río Magdalena hacia 1824, quien le expresó su orgullo de hombre libre al primer diplomático sueco en el país, Carlos Augusto Gosselman, por haber logrado expulsar del país a los “pendejos” españoles; además le replicó que cómo podían ser libres los de su país si no eran republicanos como en la Nueva Granada2. Sin embargo, aún las transformaciones eran más formales que reales, y por el contario, las mismas guerras de independencia agudizaron la crisis económica que ya vivían algunas regiones, entre ellas el

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Cauca, hacia el Sur occidente del país, como resultado del reclutamiento masivo de esclavos para los ejércitos y del despojo que sufrieron las haciendas para sostener a los ejércitos, en medio del saqueo, los robos y el pillaje. En todo caso, para conocer la precariedad material de los sectores bajos de la Nueva Granada, y particularmente los de Antioquia, es necesario conocer sus factores estructurales. Hay que recordar que en aquella sociedad campesina y agraria la tierra era el bien más preciado para la supervivencia y el bienestar de las personas. A pesar de que la tierra fue accesible a una amplia capa de medianos y pequeños campesinos, desde finales del siglo XVIII existió una gran concentración de la propiedad en manos de unos pocos, de modo que muchos campesinos no pudieron acceder a ella y engrosaron las filas de desocupados del campo3. De igual forma, y como resultado del sucesivo traspaso de la tierra de las generaciones de padres a hijos, del dinámico crecimiento demográfico que presionaba sobre la tierra y de la carencia de baldíos para colonizar, en los principales centros urbanos como Santafé de Antioquia, Rionegro y Medellín, una capa importante de campesinos no tuvo tierra o no poseyó la suficiente para sostener a sus familias. Don Pedro Rodríguez de Zea, Comisionado para el Valle de Aburrá (donde está localizada la actual ciudad de Medellín) por el Gobernador Francisco Silvestre, cuyas administraciones tuvieron lugar entre los años de 1775 a 1776 y de 1782 a 1785, decía que aquel estaba muy habitado y estrecho, resultando de ello, que: […] siendo muy crecido su vecindario carece la más parte de sus moradores de tierras suficientes para alimentarse y vestirse, y mucha de la gente parda no la tiene en poca ni en mucha cantidad; y aunque los primeros tienen sus casillas, el que no es en un terreno ajeno, apenas tiene un corto plan en que fundar la casilla, cocina y patio, otros medio almud de tierra, y el que más tres o cuatro, y serán raros los que tengan algo más, de suerte que se hallan destituidos de todo medio para poder mantener sus familiares; y como no tengan tierras en donde trabajar, se ha colmado el vecindario de ociosos, ladrones, vagos, y pordioseros, siendo éstos los zánganos que se mantienen del sudor ajeno y la mayor parte de las repúblicas […]4. Es necesario aclarar que la desposesión de tierra por parte de muchos campesinos no ocurrió sin más y fue el resultado de complejas y conflictivas relaciones entre hacendados y pequeños propietarios presionados por diversos medios para que las vendieran o entregaran. Aunque hubo grupos localizados de pequeños y medianos campesinos en diversas regiones de la Nueva Granada (principalmente en Santander, la región de Pasto, la Costa Caribe y la misma Antioquia) los grandes propietarios usaron artimañas legales y medios violentos para el despojo. Los mismos campesinos fueron conscientes de ello y de las conflictivas relaciones de clase en que estaban involucrados, que hacía más indeseable su condición de pobres. Esta situación la puede ilustrar un caso de la región de Buga, en el Sur occidente del país, a principios del siglo XIX, cuando proliferaron los conflictos por la tierra. En 1840, Pedro Simón Bahesa denunció los atropellos y desposesión de tierras de que había sido víctima por parte del hacendado Luis Quintero: Desde tiempo inmemorial teníamos los interesados en el terreno indiviso de Chambimbal […] un camino por el cual caminábamos todos […] El señor Quintero en el año de

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1828 nos echó a mi madre y a mí de las estancias que teníamos, cometiendo las mayores injusticias y causándonos un violento despojo, pues que nos dio por lo que valía doscientos cincuenta; y para este despojo se valió de un juez ignorante de sus deberes, el que nos obligó a vender por lo que el señor Quintero quiso, y nos intimó la inmediata salida de nuestras posesiones. Mi madre y yo como personas tímidas y faltos de recursos, tuvimos a bien por la violencia que se nos hizo, ceder a todo […] porque temimos no sólo la prisión con que se nos conminó […] sino también las amenazas y ofrecimientos de azotarnos que a cada paso nos hacía el señor Quintero; qué desgracia es señor Juez ser pobre y no tener medios de hacer valer nuestros derechos, cuando ellos se hayan encontrado con los del poderoso […] En aquella época nadie reclamó el atentatorio paso del señor Quintero, bien que por entonces no había garantía ninguna en la administración de justicia […] pero ¿hoy en día podemos guardar silencio […] cuando se nos ha quitado la única vía de comunicación que teníamos para salir a vender los productos de nuestro trabajo?5 La precariedad e insuficiencia de una pobre parcela fue un claro desestímulo para la agricultura por parte de los pequeños y pobres propietarios6. Muchos de ellos cultivaron maíz, fríjol, papa, yuca, plátanos, caña de azúcar y algunas verduras y frutas, criando allí algunos cerdos y gallinas, pero sus huertas eran tan pequeñas y estaban tan intensamente explotadas, que sus vidas estuvieron permanentemente marcadas por la escasez, el hambre y las enfermedades7. Para complementar sus pobres víveres, hombres y mujeres de la región antioqueña trabajaron las minas de aluvión de los ríos cercanos a sus poblados o viajaron a las zonas mineras del Nordeste en verano, o a las del Norte en invierno, cuando se podían explotar. Mientras tanto, sus cultivos crecían y sus familias esperaban su regreso con algo de oro en polvo que mejorara su condición. Otros permanecieron en sus hogares en las inmediaciones urbanas y se ocuparon en las huertas de localidades vecinas en oficios tan variados como labradores, arrieros, cargueros, mineros asalariados o en sus propios hogares como artesanos8. Estos oficios y la agricultura fueron los mayores empleadores en la región de Antioquia, hacia la década de 1870. En situaciones extremas, y dada la gran concentración de población en los principales centros urbanos, la falta de tierras y su alto costo, muchos pobladores de capas medias y bajas migraron a las zonas de colonización que se abrían en todas las direcciones de la provincia, principalmente en el Sur y Suroeste. Allí escaseaba la mano de obra, los salarios eran más altos que en los centros urbanos y había la esperanza de convertir el monte y la selva en una prometedora finca y al campesino pobre en un próspero colono. El hecho de que muchos de estos campesinos fueran en gran parte mestizos y mulatos, es decir, jurídicamente libres, facilitó su movilidad social y geográfica por los campos y poblados, pues no estaban atados a rígidas relaciones de dependencia y servidumbre con los grandes propietarios de la tierra, como sucedió en las tierras altas del centro Oriente de la Nueva Granada con los indígenas, o con ésta y la población negra, en la región del Cauca9. Este conjunto de trabajadores heterogéneos y flotantes estuvo conformado en gran parte por jornaleros y labradores del campo, es decir, asalariados rurales, que con su forma de vida no arraigada en un mismo lugar, por largo tiempo contribuyeron a construir el mito del antioqueño andariego, pícaro y avispado. De ellos se decía en un documento de la época que eran “inaprensibles al público”, lo que significa que escaparon al control de las autoridades civiles y religiosas10. La amplia libertad de movimiento de la población trabajadora en Antioquia es una

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muestra de la debilidad de su sistema de haciendas, que no desarrolló los efectivos mecanismos de coacción y control de la mano de obra de las regiones mencionadas, derivadas de sus antiguas encomiendas y resguardos. Así, los trabajadores pobres e itinerantes de la agricultura, la minería y el comercio fueron confundidos y vistos como vagabundos, nómades y delincuentes, pues sus formas de vida móvil contradecían el modelo de poblamiento de los centros urbanos, donde las autoridades civiles y religiosas no lograron sujetarlos al trabajo regular, la vida familiar estable, la asistencia a los ritos religiosos, la pertenencia a un gremio de artesanos o una cofradía y al control moralista de la vecindad11. Otro elemento estructural que explica la precariedad material de la plebe urbana del siglo XIX se deriva del importante peso de la minería en la economía regional, pues esta actividad sustrajo muchos trabajadores de la agricultura y de los oficios artesanales, lo que hizo que estos renglones de la producción fueran débiles y deficitarios, sobre todo a principios del siglo. En consecuencia, los artículos manufacturados y algunos víveres requeridos en la provincia de Antioquia, y particularmente en Medellín, se importaban del exterior o de otras provincias de la Nueva Granada a precios muy altos por los fletes del transporte. A ello se agrega que los alimentos podían ser más caros en Antioquia como efecto del exceso de moneda (oro en polvo) circulante, derivado de las muchas minas de la región. Así lo testimonió un viajero nacional hacia mediados del siglo XIX, al decir que “los víveres son caros i también las habitaciones, pero no con el exceso con que lo exajeran algunos viajeros en sus relaciones inexactas”12. En este contexto, el comercio era una lucrativa actividad económica que emularon los sectores populares, de manera que en la ciudad de Medellín abundaron ventorrillos, pulperías y comercios al menudeo que tenían por efecto encarecer los víveres y generar focos de sociabilidad popular que derivaron en peleas y tropelías callejeras, y por ello las autoridades trataron de controlarlas y suprimirlas13. Según una petición del Procurador General de la ciudad en 1817, para remitir hacia nuevos poblados a los vagos de allí, éstos trataban de mantenerse con ocupaciones insuficientes para su supervivencia, como las pulperías: […] no siendo menos reparable el que por tal indolencia se hallan abandonando el trabajo y tomando destinos odiosos y perjudiciales al público tales son el grueso de pulperías que han establecido surtiéndoles acaso de las compras que hacen en las ferias públicas para luego rebender por precios más subidos en que no sólo dañan al pueblo sino también sus propias conciencias y es de adonde resulta que deven suprimirse semejantes pulperías extinguiéndolas absolutamente de la plaza y sus quadras inmediatas concediéndose solamente las que estaban localizadas en los barrios, con especial vigilancia de los jueces14. Entre los factores coyunturales que contribuyeron al deterioro social y económico de las clases bajas se encuentran las periódicas guerras civiles del siglo XIX, que trajeron la pérdida de cosechas y animales (saqueados por los ejércitos para su manutención), el desalojo de casas y fincas para huir de las partidas de bandoleros que asolaban todo a su paso, y el pago de empréstitos forzosos para financiar al bando gobiernista o al triunfante en la contienda. La literatura y las memorias de los viajeros y dirigentes de la época dejaron vívidos registros en los que la figura del pobre campesino convertido en un descamisado soldado o recluta sintetiza el

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drama de las guerras de ese siglo15. Valga citar el desgarrador testimonio del viajero francés Pierre D´Espagnat hacia 1897, cerca de la localidad de Honda, para tener una idea de tal fenómeno: He ido a ver hacer el ejército a esos pobres peones transformados en guerreros. Era la misma carne de cañón de siempre […], resignada, indiferente. Sus mujeres sin las que se morían de hambre, porque el gobierno no les mantiene, esperaban acurrucadas por los alrededores, la hora de comer. No era la primera vez que veía a esas desgraciadas siguiendo de lejos, retaguardia de miseria, al batallón en marcha de sus maridos o de sus amantes. Me considero incapaz de expresar el estremecimiento que a su paso me sacudía. Pobres bestias de carga, admirables, que llevan sobre sus sufridas espaldas las míseras ropas, el incompleto menaje, sin contar, además, cabeza abajo, coronando la carga, al rorro que vino al mundo en la cuneta del camino; y así siguen con constancia, ayudando, abasteciendo, animando con su alegría y su sacrificio, la fatiga y el desamparo de la jornada, dando con lo que les queda de juventud, un poco de amor a su compañero, un poco de leche a su hijo. Sí, son Santas estas sublimes miserables [...]16. Los sectores populares no ignoraron su papel como carne de cañón en las guerras civiles, y conscientes de ello evadieron reiteradamente las levas de los ejércitos al refugiarse en los montes, desertar del servicio militar o al reclamar que los ricos y las élites también pusieran de su parte los sacrificios respectivos. José María Caballero, digno integrante de los sectores populares de Santafé de Bogotá decía al respecto, en medio de los enfrentamientos de la Patria Boba (1810-1816): En esto hallo una gran injusticia, pues por qué hemos de ser los pobres, los labradores y los artesanos los que nos hemos de poner a recibir las balas, y los señores del gobierno, los ricos y tanto currutaco que se estén paseando, y muchos con rentas crecidas; no señor, el que come la papa que rece el Padrenuestro17. Durante el siglo XIX se presentaron nueve guerras civiles en la Nueva Granada (1830, 1839-1842, 1851, 1854, 1859-1862, 1876, 1885, 1895 y 1899-1902) como parte de los procesos de formación de la nación, que significaron un drama de dolor y sangre para la masa del pueblo llano, pero también una oportunidad de ascenso social, ya fuera por acciones heroicas ligadas a la carrera militar o por medios menos santos como el robo y el saqueo. Para asegurar la participación generalizada de las clases bajas, a veces la propaganda política manipuló las posibilidades de la guerra para mejorar la repartición de la riqueza nacional. En medio de la denominada Guerra de Los Supremos (1839-1842) María Martínez de Nisser comentó que el partido Ministerial (posteriormente llamado Conservador) estaba conformado por la “gente decente”, mientras que la plebe pertenecía a “la facción”, es decir, al bando sublevado, a virtud de que han trabajado mucho diciendo: […] que Córdova y su partido se han armado para defender la religión; que los bienes de los ricos serán distribuidos entre los pobres, y que sus jornales serían aumentados y mejor pagados, razón por la cual toda esa gente ignorante ha abrazado ciegamente ese odioso partido18.

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En decenas de “reclamos y representaciones” que reposan en los archivos locales, muchos reclutas argumentaron sus obligaciones laborales y familiares como impedimento para el servicio militar, que ante las autoridades tenían poco valor, por la urgente necesidad de formar el contingente de soldados19. Otro factor coyuntural que condicionó la pobreza durante el siglo XIX fueron los desastres naturales, con frecuencia cíclicos. Debido a que la sociedad colombiana del siglo XIX era eminentemente campesina y agraria, literalmente se vivía al ritmo de las estaciones, de modo que los fenómenos naturales como las sequías, fuertes temporadas de invierno, terremotos y plagas de langostas podían arrasar con cultivos y animales del campo, y como consecuencia traían hambre, pobreza y destrucción. De igual forma, la precariedad tecnológica, médica y de la institución estatal para combatir las epidemias y el contagio de enfermedades tenía efectos devastadores sobre la población y sus recursos, de modo que estos eventos catastróficos se podían convertir en crisis de sobrevivencia20. En algunos documentos históricos se sugiere que en medio de estas situaciones calamitosas, sujetos de baja condición social y económica estaban más dispuestos a cometer robos de alimentos y abigeato. En 1820, en la ciudad de Antioquia, Bernardo Agudelo fue acusado bajo los cargos de vago y ladrón. Casado, tenía una hija, de oficio jornalero dijo tener alrededor de 30 años. Por las declaraciones de los vecinos, Agudelo y su mujer eran reconocidos ladrones de gallinas, cerdos y maíz. Según el Regidor, aunque las cantidades de especies robadas parecían mínimas, se deducía la holgazanería de Agudelo “pues el que se aplica a hacer tales robos, se conoce que es un individuo absolutamente ocioso. Éste debe ser separado de su vecindario para quitarles a aquellos vecinos, semejante polilla para que así puedan vivir”. Sin embargo, en una de las declaraciones se relacionaron los robos del acusado con la situación calamitosa por la que pasaba la provincia, pues “[…] en el año pasado [1820] hubo calamidad por haber faltado los víveres, por cuyo motivo nos hallábamos aflixidos de hambre, pero ahora no”, y que sí ha robado, “aunque no sabe si en tiempo de necesidad”21. Frente a estos acontecimientos fueron comunes los Autos de los Cabildos, “para que no se extraigan los maíces de la jurisdicción en tiempos calamitosos” y de este modo evitar alzas exageradas en sus precios, y el hambre y muerte de los más afectados. Las autoridades también trataron de estimular la agricultura y controlar la mendicidad, confiriendo permisos especiales para ejercerla22. Las enfermedades endémicas y epidémicas fueron muy comunes en la época; las llamadas “pestes” que hasta bien entrado el siglo XX hicieron verdaderos estragos en el campo y entre los sectores populares de los principales poblados. En la correspondencia de Enriqueta Vásquez con sus familiares, y en especial con su esposo Mariano Ospina Rodríguez, informaba periódicamente la sucesión de distintas “pestes” a lo largo del país, referidas como tifo, fiebre amarilla, cólera, “fiebre de humor negro”, disentería, tosferina y viruela23. Estas enfermedades afectaron con más fuerza a los pobres, cuya escasa alimentación y sus precarias prácticas de aseo y tratamiento los incapacitaban para resistir sus embates. A ello coadyuvaron el hacinamiento en casuchas e inquilinatos y la falta de adecuados acueductos y alcantarillados.

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Panorama nacional, entre la pobreza y la política Durante el siglo XIX, la nación que hoy es Colombia era un conjunto de regiones débilmente articuladas debido a su fragmentación geográfica, de modo que las diferencias sociales, étnicas y económicas configuraron diversas culturas regionales. Al contraria de otros países de América Latina, Colombia se hizo un país de ciudades, lideradas por sus élites, configuradas como centros de poder regional. A finales del siglo XIX Bogotá, la capital, gobernaba un gran espacio de tierras altas y frías donde la agricultura fue muy activa, lo mismo que la nutrida burocracia estatal que fundamentalmente habitaba el casco urbano. Allí, las clases bajas de fuerte ascendencia indígena habían interiorizado las formas de control social herederas de grandes haciendas y formas de dominación nobiliarias, por lo que era una sociedad muy jerárquica. Cali era un precario poblado, corredor de tránsito en toda la zona occidental con un incipiente desarrollo artesanal y agrícola, un centro urbano muy marcado por las formas de vida de los mestizos y mulatos con ansias de emancipación y libertad, en una región dominada tradicionalmente por la élite de Popayán, con rígidas formas de dominación sobre los esclavos y los indígenas. Mientras que Barranquilla sustentaba su economía en el activo comercio que movilizaba hacia el interior y exterior del país por el río Magdalena y en sus industrias navieras, principalmente. Al igual que en Cartagena, la población negra de ascendencia esclava marcó profundamente la cultura regional en medio de haciendas y espacios vacíos de dominio estatal y eclesiástico, que significaron un amplio margen de autonomía para las clases pobres. Por su parte, Medellín, en el Occidente, derivaba su estatus de la minería regional, su dinámico comercio y una naciente estructura industrial, que pudo aprovechar la considerable mano de obra con fuertes tradiciones de libertad, pues en la región no se desarrollaron las grandes haciendas y encomiendas de la época colonial que sometieran a las clases bajas a rígidas formas de dominio y explotación. En la región de Santander, hacia Venezuela, sobresalieron los medianos y pequeños propietarios de tierra y un activo y extendido sector de artesanos, que le dieron autonomía y oportunidades al grueso de los sectores populares, en una región donde las élites no desarrollaron un carácter aristocrático muy marcado. En este contexto, la pobreza, y por lo tanto los pobres, revelan las características sociales y económicas de cada una de las regiones y de sus estructuras internas, y expresan el tipo de interacciones entre sus distintas clases o grupos sociales. Un ejemplo podemos verlo en el Suroccidente. Desde mediados del siglo XIX, la región del Cauca y, particularmente la ciudad de Cali, expresó el polarizado conflicto racial y económico de la sociedad esclavista con la violencia de los sectores populares contra las élites de hacendados esclavistas que se había apropiado los terrenos comunales para ampliar sus haciendas. Allí, los pobres y pequeños propietarios, muchos de ellos mestizos, mulatos y negros manumisos tenían cultivos, criaban sus animales y recogían leña y recursos para su subsistencia. El conflicto entre los hacendados y los sectores plebeyos se politizó con la adhesión de los hacendados al naciente partido conservador y la plebe urbana lo hizo al lado del liberalismo, que le prometía recuperar los ejidos y les concedía derechos políticos como si se tratara del “pueblo” de ciudadanos. Este “movimiento plebeyo” fue heterogéneo en su composición social, de modo que fue integrado por sectores medios como artesanos, pero principalmente por sectores de baja extracción, verdaderos desheredados, pobres y miserables que politizaron su venganza y humillación contra la aristocracia local. Hacia los años de 1850 y 1851, y en medio de la radicalización del conflicto, la plebe echó mano del “perrero” o “zurriago” para castigar a los hacendados y a sus opositores en lo que se ha venido

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en llamar los “retozos democráticos”. En una sociedad nobiliaria de amos y esclavos como el Cauca, aquello expresaba la inversión de las jerarquías sociales, lo que se constituyó en un verdadero “apocalipsis” para las élites esclavistas24. De este modo, la pobreza y el malestar se expresaron con una fuerte carga política en aquella sociedad de profundas desigualdades sociales y económicas. Según un testigo de la época, el gobernador liberal de la provincia de Buenaventura, Ramón Mercado, muchos pobres y miserables hicieron parte de tal movimiento: Más de mil individuos pertenecientes a la case desvalida que mantenían sus vacas de leche, ganado menor de cría i sus bestias de labor en los terrenos de ejidos; infinidad de familias indijentes que, haciendo carbón i cortando leña en los montes de los mismos terrenos, se proporcionaban con este trabajo el escasísimo producto de medio o un real diario para su subsistencia i la de sus hijos, viéndose despojados de repente, i privados por los mismos de beneficios tan escasos pero a los cuales vinculaban su existencia, sujetos ahora a la mendicidad, sin esperanza, condenados tal vez a ver perecer de hambre objetos tan queridos, i a soportar la desnudez i la intemperie, porque ya no tenían como antes donde construir una cabaña miserable, ni medios de adquirir, cultivando un pedazo de tierra con que comprar algunas varas de lienzo que les sirviesen para cubrir su desabrigo; estado tan aflictivo hacía que lanzando un grito de dolor i tomando la postrera actitud desesperante del que sintiéndose desfallecer hace el último esfuerzo para conservar la vida, invocasen la revolución i sus horrores como que se embriaga para ahogar los sufrimientos entre los desvaríos de su cerebro25. Las condiciones de pobreza y exclusión marcaron profundamente la vida política de la región del Cauca, de modo que las clases bajas respondieron con una activa “insurgencia social”, mientras que sus élites buscaron en la política y en las guerras civiles las oportunidades de ascenso que no les ofreció la estancada economía regional26. Por su parte, la ciudad de Bogotá expresó los síntomas más dramáticos de la pobreza hacia la década de 1860, con el deterioro de las condiciones de vida de la plebe urbana y particularmente de los artesanos. Este problema se ha hecho leyenda con el emblemático artículo del comerciante y político liberal radical, Miguel Samper, “La miseria en Bogotá”, publicado en 1867. Samper escribió el texto con motivo del décimo aniversario de la Sociedad de San Vicente de Paúl y en él calificó la pobreza como un problema social, con sus peligros y soluciones. El estudio de Samper es uno de los primeros intentos sociológicos de la época, dirigidos a desentrañar las condiciones estructurales de la miseria urbana, con la carga política propia de la época. Para Samper, la pobreza, mendicidad y miseria de la ciudad eran un verdadero síntoma de atraso y decadencia, una vergüenza pública y un hecho alarmante en un país rico y de igualdades ante la ley, que eran más formales que reales. De igual manera, la calificó como una preocupante causa de malestar social y enfrentamiento clasista entre pobres y ricos, pues “la limosna se exige, y quien la rehúse queda expuesto a insultos” por parte de los insolentes pordioseros, además porque “la inseguridad ha llegado a tal punto, que se considera como acto de hostilidad el ser llamado rico”27. El análisis de Samper no era neutral, y por el contrario, allí se advierten sus divergencias políticas e ideológicas con los artesanos liberales, en medio del conflicto intra-partidista e “interclasista” con los liberales radicales como él, pues habían frustrado y traicionado las promesas que hicieran a sectores medios y bajos de la sociedad por una democracia popular que los incluyera en condiciones de

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igualdad y protegiera sus producciones de la competencia extranjera. No era gratuito que, para Samper, los artesanos fueran víctimas de la pobreza, pero también culpables de ella, “auxiliares de la inseguridad” que con sus actos y opiniones eran un “obstáculo para el progreso nacional”. De modo que, según sus palabras, en muchos de los obreros de Bogotá […] predomina una fuerte antipatía contra las clases más acomodadas, a cuyo egoísmo atribuyen la penosa situación en que se encuentran, y un odio reconcentrado contra todo lo que se llama gólgota o radical, porque el partido que lleva ese nombre luchó contra la dictadura de Melo en 1854 y se opone a las ideas de protección a favor de los artefactos nacionales28. Las clases bajas y, en este caso, los mismos artesanos tuvieron su propia concepción de lo que pasaba, pues adujeron que ellos no eran responsables de la miseria, tal como los acusó Samper, al argumentar que la decadencia de los talleres artesanales y el desempleo no se debía a los supuestos vicios de alcohol, juegos de azar y disolución moral que se les achacaban; luego la causa de la miseria no estaba allí, sino en otra parte y era la empecinada y egoísta creencia de los liberales en las teorías del libre cambio, lo que les imposibilitaba ver la realidad y las virtudes del trabajo manual29. Para los artesanos, era el odio expuesto por las clases altas respecto al trabajo manual el verdadero problema para llevar el país por la senda de la civilización30. En Antioquia el trabajo manual no tuvo el desprestigio que mereció entre las élites de otras regiones (Cauca, Cartagena y altiplano cundiboyacense) desde la época colonial, debido a que sus dirigentes no dispusieron de una considerable población indígena y negra que les permitiera tener un estilo de vida aristocrático. Sin embargo, el trabajo estuvo en el centro de los debates públicos como una forma de abordar el problema de la pobreza y, particularmente, las relaciones entre pobres y ricos. En el artículo “Trabajo y economía”, publicado en 1855 en un periódico conservador de Medellín, La Situación, el columnista se preguntaba cómo habían llegado a acumular su posición social y sus riquezas los capitalistas de la ciudad. Allí se enfatizaba la forma como esos hombres que antiguamente vestían alpargatas, andaban descalzos, comían frijoles y mazamorra, y vivían en chozas miserables, ahora eran ricos, vestían regularmente, poseían casas magníficamente amuebladas y tenían una alta posición social. En el mismo artículo se daba por respuesta que el ahorro había sido el mecanismo de ascenso social, al afirmar que los ricos de entonces, que antaño vivían como cualquier humilde jornalero, habían logrado ascender a tal posición, no por el juego, las apuestas, ni el robo, sino trabajando sin cesar, moderándose en sus gastos, economizando y ahorrando cuanto podían. De esta forma el trabajo se constituía en un mecanismo de contención de las clases pobres y se matizaba el conflicto entre ricos y pobres, al decir que tales fortunas no se habían logrado por la envidia, es decir, “pidiéndole al rico, puñal en mano, la bolsa o la vida, ni por medio de trampas y estafas”. Según la publicación, el camino que quedaba a los pobres para la resolución de su preocupante situación era adoptar los valores imperantes del capitalismo comercial de la élite regional y un “ascetismo mundano” hecho de hábitos de orden, moderación, sacrificio y ahorro, es decir, la racionalidad capitalista. Para el columnista, “Estas fortunas colosales que hoi son sorprendentes, son el fruto de copiosos sudores, de largos años de trabajo i de templanza, i de una conducta arreglada. Esa misma operación la pueden practicar los pobres de hoi, como la practicaron los ricos de hoi, pobres de ayer”31. De acuerdo con este discurso legitimador de una ética burguesa del trabajo y la

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riqueza, las diferencias y conflictos de clase quedarían atenuadas por la acogida de los pobres a esas mismas prácticas que facilitaban su ascenso social, garantía de autonomía y gobierno para sus familias, al salvaguardarlas de las intervenciones penales y asistenciales del Estado y la sociedad. De igual forma, con la idealización de la riqueza y la proscripción de la ociosidad se condenaban las formas de vida de las clases bajas, resistentes a los afanes productivistas del capitalismo en boga. En todo caso, la acogida de los pobres a la ética burguesa era el camino para conquistar la anhelada civilización de la nación: Así, pues, los pobres de hoy tienen más facilidad que los de antaño para mejorar su fortuna. Trabajo, economía, ahorros, moralidad, buena conducta, conciencia arreglada. He aquí los medios que conducen a una situación feliz. He aquí los verdaderos elementos para proporcionarle al pueblo independencia, libertad e ilustración32. De esta forma se legitimaba una ética individualista del trabajo, que logró desarrollos importantes en Antioquia y que compartieron de forma compenetrada las diferentes clases sociales, lo que desactivó, en gran medida, el conflicto social en la región.

Los vagos, pobres y mendigos Con la Independencia, los dirigentes granadinos, apremiados por formar las nuevas instituciones republicanas del Estado y la Nación retomaron la legislación colonial bajo los nuevos moldes de leyes y decretos, de manera que les facilitara la formación del nuevo orden. Las élites cultas y poderosas de la Nueva Granada se creyeron portadoras de la “Civilización”, es decir, de unos valores de modernización social, política y económica importados de Europa. Éstos eran una herencia de la época colonial, particularmente de las Reformas Borbónicas de finales del siglo XVIII, inspiradas en la Ilustración, en la burguesía capitalista y su ideología de ciencia, progreso, utilitarismo, uso riguroso del tiempo, lucro, productividad, trabajo disciplinado y eficiencia. En su afán de civilizar a las clases bajas de la Nueva Granada, los tradicionales hábitos y costumbres de éstas se tornaron la cara monstruosa de tal ideología de productividad, de manera que las creyeron portadoras de la “barbarie”, es decir, en un estado de atraso e ineptitud moral que debía transformarse a toda costa. En consecuencia, los sectores populares fueron vistos como “bárbaros”, ganados por la pereza, la ociosidad y la dejadez, dentro de una concepción jerárquica del orden social, que los juzgaba incapaces de gobernarse y tomar decisiones sobre su propio destino, cuando en realidad el modelo oficial de los dirigentes republicanos violentaba su tradicional modo de vida. Las leyes nacionales acogieron y regularon estas representaciones de las clases bajas, y de allí que las definiciones jurídicas de algunos de sus comportamientos fueran declarados delitos, tales como la vagancia, el ocio, la mendicidad, los juegos prohibidos y la prostitución. Las leyes republicanas tuvieron por objeto hacer más efectivo el control de la población flotante, al delimitar las fronteras entre los pobres forzosos (vistos como “pobres verdaderos” merecedores de la limosna) y los falsos, es decir, los vagos, delincuentes, falsos mendigos, prostitutas, jugadores y toda una variedad de marginados y licenciosos de la plebe urbana. Debido al carácter jerárquico y al catolicismo predominante en la sociedad decimonónica,

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problemas como la vagancia (que hoy asociamos fundamentalmente con el desempleo), la mendicidad y la pobreza fueron interpretados como el origen de muchos males, antes que la manifestación de ellos, y su mirada fue ante todo moral. De allí que la definición de la vagancia fuera muy ambigua y amplia, pues como podrá verse a continuación, incluía una gran diversidad de comportamientos prohibidos y grupos sociales, que no necesariamente tenían que ver con la ausencia de trabajo o con el ocio33. En este sentido se trataba de una categoría no precisa en términos sociológicos, pero sí muy amplia en su semántica. La vagancia se asumió como una espacie de anomalía moral, un desorden opuesto al orden social imperante, cuando en realidad era resultado del mismo orden social y económico de la época. En palabras del momento la vagancia era “una plaga, tan ruinosa para la moral como para la riqueza del país”, y los pobres y vagos fueron calificados de hombres viciosos y “malos ciudadanos”, que por la “desfavorable influencia de las circunstancias, por los vicios de la educación, por falta de estímulos o por natural indolencia habían contraído el hábito funesto de la ociosidad”, cuya situación se debía a la “depravación de sus costumbres”34. Esta connotación del problema venía de la época colonial, pero con el avance del siglo XIX se centró, en parte, en el control de la mano de obra esclava en proceso de liberación, debido a la crisis del sistema esclavista que era inconciliable para una república de hombres libres35. La vagancia y la pobreza no eran problemas nuevos para la joven república de la Nueva Granada, pero ésta los reasumió al dictaminar la Ley de 8 de marzo de 1825, sobre Organización y Régimen Político y Económico de los Departamentos y Provincias (Artículos 30 y 61), y otras tantas de las primeras décadas de vida republicana. Como una muestra de las leyes del siglo XIX, se puede citar la Ley 29 de mayo de 1842, adicional a la de manumisión de los esclavos (1821)36. En ésta se consideraba como vagos a los individuos que no tenían “oficio, ni beneficio, renta o hacienda”, por lo que se sospechaba que acudían a medios ilícitos y deshonestos para subsistir. También eran reputados de vagos los que aun teniendo rentas con qué subsistir, tenían por ocupación habitual “la compañía y amistad de hombres vagos y criminales, o la frecuencia de casas de juego, o mujeres tenidas y reputadas por prostitutas”. De igual forma, en aquella época en que la sujeción de los jóvenes a los adultos era un elemento de orden social, se criminalizó como vagos a los “hijos de familia” que no acataban la autoridad de sus padres. En la sociedad granadina del siglo XIX, como en toda Hispanoamérica, el predominio de la autoridad masculina sobre las mujeres y la subordinación de éstas a los roles católicos de madres y esposas mediante al matrimonio católico, también contribuyó a definir como vagas, delincuentes o prostitutas a las mujeres que se mostraran reacias a aceptar este orden de cosas. Esta connotación la recibía fácilmente cualquier mujer que se emancipara de la autoridad de sus hermanos, padres o esposo y expresara una vida independiente y contestataria. De igual forma, las leyes consideraron como vagos a los jornaleros, oficiales y aprendices de un oficio artesanal que no trabajaran regularmente, por lo cual se presumía que se dedicaban a la ociosidad y el crimen, pero en el fondo se trataba de una forma de control de la mano de obra libre e independiente como los esclavos manumisos. Los forasteros, que merecieron tanta desconfianza en las sociedades campesinas del siglo XIX, donde todos sus integrantes conocían hasta la intimidad de sus vidas, también fueron calificados de vagos, en caso de andar “prófugos, errantes o sin destino”37. Finalmente, la ley abría un espacio para los jóvenes y niños, pues dictaminó como vagos aquellos que no reconocieran la autoridad de sus padres y no cumplieran con sus obligaciones escolares. Los mendigos fueron considerados pobres con derecho a la limosna, lo que significaba que podían ejercer la mendicidad de manera pública, pero con permisos especiales emanados de las autoridades locales.

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Como puede verse, cada época y cada cultura construye su propia noción de pobreza a partir de umbrales sociales y económicos mínimos, mediante “estándares de vida aceptables”, y de delincuencia a partir de fronteras de comportamiento consideradas legítimas o legales38. Estos mínimos determinan “no sólo quién es pobre, sino qué tipo de ayuda requiere”, y se definen informalmente en la cotidianidad de la vida comunitaria o de manera formal por parte de las instituciones. Para efectos legales, el Estado neogranadino definió un mínimo de ingresos económicos que permitiera calificar la situación de pobreza de muchos pobladores, pues según la Ley 2 de junio de 1846, “Sobre Amparos de Pobreza”, se consideraba como pobre al individuo que no tuviera bienes raíces, o aquellos cuya industria, profesión, trabajo personal o bienes muebles y semovientes no le produjeran “una renta de ciento cuarenta pesos” anuales39. De igual forma se consideraba pobre quien, por interdicción judicial, no pudiera disponer de sus bienes. La ley tenía como objeto exonerar a los considerados pobres de cualquier costo económico derivado de un litigio judicial, ya fuera como actor o reo. El amparo sólo tenía vigencia de un año y particularmente durante el pleito judicial que lo había motivado. Evidentemente, era sólo un criterio económico que resultaba muy restringido para definir la situación de pobreza de alguien, pues ésta misma también implicaba la pérdida de los vínculos sociales más primarios de orden familiar, grupal o local. Este umbral de ingresos para definir la situación de pobreza del grueso de la población se dimensiona mejor si se sabe que para mediados del siglo XIX, cuando la ciudad de Medellín ya era un activo centro comercial nacional. De hecho, 200 de sus más prestantes pobladores constituían parte del grupo económicamente más poderoso y rico en la nación granadina. Para entonces, la ciudad contaba con unos 13.000 habitantes y entre ellos se puede destacar a Eugenio Uribe, Julián Vásquez y Vicente Villa, prestantes comerciantes locales, cuyas fortunas reunidas no bajaban de un millón de pesos, lo que en promedio daba unos $300.000 por cabeza40. Para la época, una fortuna de $15.000 pesos le daba fama de “acomodado” a su dueño41. Los registros históricos indican que para esta misma época, el ingreso diario de un artesano podía ascender a cuarenta centavos, de manera que esta información nos ofrece un indicio de la profunda brecha económica entre ricos y pobres42. Algunos amparos de pobreza tenían por enunciado: “Expediente para que se dé amparo de pobreza y de esta forma poder litigar”, “proceso en el que se pide amparo de pobreza para litigar y defender derechos en una vivienda”, “petición de amparo de pobreza por parte de un reo porque no tiene dinero para pagar costos y costas del proceso”, o “pedimento para que se ampare como pobre de solemnidad”43. Todo ello significaba poder acceder a la administración de justicia o a las dependencias del gobierno local como cualquier ciudadano de la República para la defensa de sus derechos. Como está dicho, la estimación social de la pobreza y por lo tanto de la condición de “pobre”, no se reducía simplemente a lo económico (aunque este elemento fuera fundamental), pues comprometía una amplia variedad de principios ligados a la ética del trabajo imperante en la época y a la noción de estatus social. Este aspecto puede resultar fundamental para explicar muchos de los rasgos culturales de la sociedad antioqueña, que hoy en día cobran una dramática actualidad. La historiografía sobre Antioquia, al igual que los testimonios de los viajeros y críticos de las costumbres regionales, han destacado hasta el exceso y la apología, la importancia del comercio y la minería y la forma como estas actividades agenciaron una sociedad profundamente mercantilizada y empresarial, donde los valores burgueses cobraron una agresiva vigencia en medio del sentido pragmático y del catolicismo imperante. Hacia 1860, viajeros como Charles Saffray dejaron sus testimonios al respecto, y en particular sobre la fuerte estima social del dinero

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en Medellín, al que parecían reducirse muchos de los valores sociales y morales. Saffray decía: El término único de comparación es el dinero: si un hombre se enriquece por la usura u otros medios por el estilo, se dice de él: ¡Es muy ingenioso! Si debe su fortuna a las estafas o las trampas en el juego, sólo dicen: ¡Sabe mucho! Pero si piden informes sobre una persona que nada tenga que echarse en cara sobre este punto, contéstase invariablemente: Es buen sujeto, pero muy pobre44. Este tipo de declaraciones revela lo que han mostrado los estudiosos de la historia del capitalismo, que en una sociedad mercantilizada (como la antioqueña), es prácticamente imposible sostener la idea de que alguien sea virtuoso pero pobre. Allí, la persona menos materialista sentiría la necesidad de ser rico y de demostrar que lo es para escapar del oprobio, el estigma público y la culpabilidad de no poder serlo45. De allí que vicios personales como la ambición, el egoísmo y la picardía podían elevarse fácilmente a la condición de virtudes, como sucede en el mito de la “verraquera paisa”. Todo ello nos da pistas acerca de la baja estima en que se tenía la pobreza en la Antioquia del siglo XIX, donde pululaba el afán de hacerse propietario y la riqueza pesaba bastante como forma de reconocimiento social. Esta expresión secularizada de la sociedad mercantil que se extiende hasta nuestros días fue objeto de agudas críticas por parte de intelectuales y políticos como el liberal Camilo Antonio Echeverri, quien anunció la muerte de la ciudad porque allí no había más goces que comprar y vender, prestar dinero a interés y capitalizar las ganancias propias. De modo que la urbe era un verdadero “cementerio de vivos” encerrados en sus casas “a contemplar sus doblones, a bendecirlos y a besarlos y a regarlos con sus lágrimas”. Sobre el empobrecimiento de la vida social, cultural e intelectual de Medellín, debido a que el progreso sólo se asociaba con la pululación de capitales, el comercio y las profesiones útiles y prácticas, el mismo Saffray replicó: En Medellín no hay más aristocracia que la del dinero […] la cual no existe y la del talento es desconocida […] En aquel pueblo, sólo ocupado en buscar progreso material, los sabios, los artistas y los poetas quedan siempre pobres sin poder construir una clase separada; el dinero es lo único que da a cada cual su valor46. Al respecto vale la pena recordar al historiador Germán Colmenares quien apuntó que: “Lo que la sociedad repudia con más ahínco nos proporciona mejor su retrato de aquello que loaba o que establecía como un ideal de comportamiento social”47. De modo que las representaciones morales y estigmatizadoras respecto de los pobres y grupos delictivos determinaron el espacio donde se debatían ciertas valoraciones sociales: una ética religiosa sobre el trabajo libre e independiente, el matrimonio católico y la familia como instituciones fundamentales del orden social, la pertenencia a una comunidad, lo cual tenía implicaciones en la ética del individuo, y la racionalidad económica capitalista ligada a una vida disciplinada de previsión, austeridad y ahorro. Todos ellos son valores propios de la sociedad burguesa, que se constituyeron en elementos básicos del ordenamiento social y de la identidad de la sociedad antioqueña, y que supuestamente no eran acogidos por la población flotante. En este sentido la vagancia se definía de forma ambigua, no por lo que era en verdad, sino por algo de lo que se carecía48. Entre estos valores pesó bastante el trabajo independiente sobre la base de la pequeña propiedad,

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pues tenía importantes implicaciones políticas, debido a que se consideraba que facilitaba la autonomía del individuo, su identidad con el Estado y su competencia para participar de los asuntos públicos. Como el trabajo tenía efectos moralizantes sobre el individuo ayudaba a su dignificación, a la riqueza nacional y a la estabilidad política del Estado, y de allí que se adujera reiteradamente, y no sin razón, que la ociosidad y la vagancia eran causas de las guerra civiles. Así lo indica un informe oficial de 1838: No hai otra medida conocida de la población que los medios de existencia, ni mejor garantía de orden i estabilidad, que la riqueza acumulada. La pobreza es inquieta i movediza de ordinario, i el que tiene una heredad i la cultiva, une su suerte a la del Estado que le da protección i seguridad, adquieren la virtud que el hábito del trabajo inspira i el sentimiento de su propia fuerza i dignidad, que le hará oponerse a las agresiones esternas i a las conmociones del interior49.

Como puede verse en esta cita, el ejercicio de la ciudadanía estaba profundamente

ligado a la propiedad, pero sobre todo a la autonomía política derivada de ella. La mayoría de las constituciones nacionales, en particular las de tendencia conservadora, sólo otorgaron la condición de ciudadanía a los casados, mayores de 21 años, a quienes supieran leer y escribir y tuvieran la “subsistencia asegurada sin depender de otro en calidad de sirviente”, jornalero o concertado. De allí se desprende que los vagos y quienes fueran objeto de causas criminales o no tuvieran rentas suficientes para ser considerados hombres honestos y propietarios no fueron considerados ciudadanos, lo cual les incapacitaba, excepto por la constitución liberal radical de 1853 (que aprobó por poco tiempo el voto masculino universal directo), para el ejercicio del voto y para ejercer cargos públicos como el de representante50. En consecuencia los vagos, pobres, mendigos, prostitutas, beodos, jugadores y delincuentes fueron tratados como actores políticos de segunda categoría y, de igual forma sucedió con las mujeres, quienes también fueron consideradas incapaces y faltas de la racionalidad necesaria para la política y los asuntos públicos. Durante el siglo XIX predominó esta tendencia como resultado de la democracia restringida a las clases altas, educadas y propietarias, lo que algunos llamaron en la época una “democracia de gente decente” o “letrada”. La noción de pueblo era entonces bastante restringida o simplemente se apelaba al pueblo para gobernar sin él. Sin embargo, hubo iniciativas modernas para integrar a los pobres y delincuentes como actores políticos de derecho, al hacerlos propietarios de tierra mediante la adjudicación de lotes. Los líderes de la Independencia de Antioquia fueron conscientes de que la Nueva Granada no podía ser una nación de pleno derecho mientras su territorio no tuviera una densidad demográfica consistente, pues todavía existía la idea de que gobernar era poblar el territorio. Fue así como en la provincia de Antioquia, por medio de la Ley de Realengos de 1812, aprobada por Senado y Cámara, se pretendió darles tierras a las familias pobres o a quienes no tuvieran las suficientes51. Sin embargo, durante el siglo XIX, y sobre todo hacia mediados, cuando surgieron los partidos políticos Liberal y Conservador, entre éstos se presentaron serias desavenencias respecto al tratamiento que debía darse a los vagos y pobres. Ello se explica en gran medida a partir de sus proyectos de nación y sus intereses de clase, pues los conservadores consideraban que la sociedad debía regirse por la religión católica y las tradiciones históricas del pasado, las cuales daban legitimidad a la férrea autoridad jerárquica de las élites sobre las masas populares, y que la ciudadanía política se derivaba de la condición

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católica de las personas. Para los liberales más radicales el Estado debía ser neutro en asuntos de moral, por lo cual la Iglesia católica no debía tener un lugar rector y privilegiado en la sociedad, y por lo tanto el fundamento del orden social eran las libertades del individuo, las leyes civiles y los valores laicos. De allí que los liberales consideraran las normas (conservadoras) contra la vagancia como “draconianas”, es decir, como expresión de un excesivo papel rector del Estado en los asuntos individuales, lo que constituía una verdadera afrenta contra las libertades del ciudadano. Los desacuerdos políticos al respecto fueron más evidentes durante el periodo Radical de 1849 a 1885, cuando predominó la hegemonía liberal en casi toda la nación granadina. De todo ello se puede colegir que la determinación de las clases bajas y, por lo tanto, de los pobres, tuvo un importante lugar en el concierto de los problemas políticos del siglo XIX, pues comprometía la formación de la nación y la amplitud y el carácter de la ciudadanía. A la conciencia nacional emergió de manera más directa el problema de la pobreza y la vagancia con la presencia de viajeros extranjeros que dejaron ricos testimonios de sus viajes, con su sesgada visión de las costumbres y realidades locales. Debido a que estaban más familiarizados con el mundo urbano e industrial de Europa, con sus valores de exactitud, productividad, trabajo fabril y la máxima mercantilista “el tiempo es oro”, interpretaron muchas de las costumbres y los hábitos laborales locales como verdaderas muestras de pereza, lentitud e indolencia, muy ligadas al clima tropical y a la supuesta decadencia moral de los campesinos. Un ejemplo de ello lo ofrece nuevamente el diplomático sueco Gosselman, para quien muchas de las rutinas de las gentes de Cartagena y los excesivos días de fiesta de la Nueva Granada les generaron toda una “pérdida de tiempo”: Los días festivos que seguían a la Semana Santa, sumados a la pereza y la lentitud de los habitantes evitaron que lográramos realizar muchas cosas en ese tiempo. Puedo decir con razón que los colombianos durante la mitad del año tienen días de fiesta y el otro medio año no hacen nada. No se necesita ser muy exaltado para perder la paciencia cuando después de haber corrido durante largos días detrás de un tal señor, éste, moviéndose en su hamaca, pronuncie su palabra favorita: “vuelva mañana”; y al insistir en un nuevo retorno recibe la categórica respuesta, “Hoy es día de fiesta”, pronunciada con alegre seguridad, como si hubiera estado esperando todo ese tiempo para decirla, ya que en este día nada puede acerca de su inactividad. Quizá el clima ayude a que así sea52. De esta forma, los viajeros se constituyeron en la “avanzada modernizante” que pretendía convertir a América en un eficiente escenario de mano de obra asalariada y producción de bienes de consumo para sus industrializados países, de modo que sus observaciones no eran neutrales, sino que estaban atravesadas por el interés capitalista que vio en América una sociedad por civilizar y gobernar, pero subordinada a Europa y a los Estados Unidos de Norteamérica53.

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La cuantía de los vagos, pobres y mendigos54 Como muestra de la irritación que los pobres causaban con su creciente presencia en los centros urbanos como Medellín, don José Manuel Restrepo, uno de los principales dirigentes republicanos manifestó con repudio hacia 1808: ¿Quién creyera que Medellín, un lugar pequeño, había de alimentar en su seno más de doscientos pordioseros? Ellos por todas partes nos atacan, nos rodean, nos importunan y nos hacen faltar a uno de los más augustos preceptos de nuestra religión. ¿Quién creyera que Envigado y Medellín habían de tener más de quinientos vagos cuya sola ocupación es vegetar, robar los frutos ajenos y fomentar todos los vicios?55 Para aquel año, la jurisdicción de la Villa de Medellín contaba con 30.982 habitantes, siendo Medellín y Envigado los lugares más poblados del Valle de Aburrá, con 14.182 y 9.556 habitantes, respectivamente56. En la única lista conocida de cabezas de familia clasificadas como vagos en la Villa de Medellín, correspondiente al año de 1808, fueron registrados numerosos hombres y mujeres pobres, muchos de ellos sin tierras y con cuentas pendientes con la justicia, sobre quienes recaían apelativos asociados con la delincuencia o conductas moralmente reprobables: “dañinos”, “viciosos”, “ladrones” o “sospechosos”. Otros no especifican un perfil sicológico sino la condición socio-económica del individuo cabeza de familia, por ejemplo: “sin tierras”, “con tierras y no las trabaja”, “con mucha familia y nada siembra”, “en una total miseria”, o “sin donde vivir y abandonados”. Algunos de éstos se identificaron como casados, con hijos o con otras personas a su cargo, o como viudos y solteros. En total fueron 309 familias, un porcentaje considerable (15,8%), si se tiene en cuenta que en aquel año residían en todo el Valle de Aburrá 1.958 familias57. Para mediados del siglo XIX se cuenta con un indicio de esta población, correspondiente al censo de 1851, en el que se catalogaron como “desocupados, indigentes e inhábiles” para toda la provincia de Antioquia 394 personas, cifra que parece restringida a los más miserables e incapacitados para el trabajo, con serios impedimentos para su integración social. Allí se incluyeron inhábiles, limosneros, mendigos, valetudinarios, enfermos, ancianos y pordioseros, entre otras categorías como ciego, demente, idiota, loco, retirado y tullido, sin que sea clara la diferenciación entre muchas de ellas y los criterios que se tuvieron en cuenta para hacer tal clasificación58. Estas cifras son apenas un indicio del fenómeno, pues no incluye a los pobres con trabajo, que fueron la mayor parte de la población durante todo el siglo XIX. Según el historiador Frank Safford, en 1870 en algunas de las regiones colombianas (como Santander, Bolívar, Cauca, Cundinamarca o Antioquia) se llegó a contar hasta 6.000, lo que equivalía al 1,5% de la población nacional, con variaciones sociales y étnicas según el caso59. Para entonces la Nueva Granada contaba con 2.916.703 habitantes, entre los cuales el censo calificó de vagos a 10.672 mujeres y 10.224 hombres60. Hasta las décadas de 1870 y 1880 la población considerada pobre tenía por ocupación la agricultura, la minería, los oficios artesanales o se ocupaban como sirvientes domésticos en casas urbanas y campesinas, y en una larga serie de oficios menores que, aunque eran considerados trabajos, no daban lo suficiente para vivir con decoro, como fabricar tabacos, vender arepas, vender leña, pescar o ser carguero en los caminos, chasqui o arriero61. En 1884, cuando en la ciudad de Medellín se manifestó un proceso de modernización económica con la proliferación de talleres artesanales, pequeñas fábricas de artesanos y obreros

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e instituciones de educación técnica y beneficencia, se dijo que unas 3.000 personas, de los 37.000 habitantes, “vagaban por las calles sin techo ni alimentación regular”, lo que implicaba un nada despreciable porcentaje del 8,1% de la población local62. Se puede dimensionar mucho mejor la situación de esta población si se sabe que el 4% de los pobladores de más alto estatus eran los más ricos y acaudalados comerciantes, mineros y dirigentes políticos de la región. Hacia 1918, cuando Medellín todavía era un pueblo grande, pero donde ya era evidente un proceso de industrialización y urbanización, la mayoría de los calificados como pobres y delincuentes eran artesanos, trabajadores de la incipiente clase obrera (muchos de ellos mujeres), sirvientes domésticos y desempleados urbanos. Para tal época, y particularmente entre el decenio de 1915 a 1924, se calculaba que a la ciudad llegaban por año 2.000 a 3.000 habitantes, provenientes de sus campos vecinos y de otras localidades de Antioquia, mientras que el crecimiento vegetativo sólo ascendía a 872 por año. Debido al dinámico crecimiento demográfico asociado a la migración de sectores medios y prósperos de los pueblos de la región en busca de trabajo y educación para sus hijos en Medellín, y a la crisis cafetera que arrojó a muchas mujeres del campo a la ciudad en busca de trabajo y protección, la vivienda urbana escaseó y sufrió una gran presión demográfica. Se calcula que, para entonces, se estaban construyendo unas 500 casas cada año en la ciudad, las que albergaron a los obreros, oficinistas, maestros, profesionales y trabajadores urbanos63.

Civilizar las clases bajas para la formación de la nación Desde las últimas décadas de la época colonial, la pobreza fue vista como un problema de policía, es decir, que comprometía el desarrollo de las potencialidades del Estado y la sociedad. Al estar asociada con comportamientos delictivos, la pobreza y, por tanto los pobres, perdieron algo de su inveterado significado religioso, de modo que fueron vistos como un problema del orden público que no correspondía enfrentarlo solamente a la Iglesia católica. Así, el tratamiento de la pobreza y la vagancia estuvo en el centro del escenario político nacional como problemas que comprometían la formación de la nación y la extensión de la soberanía estatal hacia asuntos que anteriormente habían sido de la competencia de la esfera religiosa. Con mecanismos de control social dirigidos a los pobres y delincuentes, las élites pretendieron tres objetivos básicos64. Primero, inculcar la ética del trabajo vigente, que tenía dos vertientes: una en el orden religioso, según la cual el trabajo, como mandato divino, moralizaba al individuo, y otra de orden profano, la utilidad económica del individuo en la sociedad, con lo cual el trabajo se constituía en un factor de progreso social y económico. Segundo, administrar el mercado de la fuerza de trabajo para hacerla dócil y explotable, pues era evidente que los mecanismos de subordinación y acatamiento social sobre los sectores populares no eran del todo efectivos. Tercero, asignar roles sociales específicos y salvaguardar el lugar legítimo de los pobres en la sociedad cristiana. Los múltiples oficios que desempañaron muchos trabajadores en la agricultura, la minería, los oficios artesanales y otros tantos para enfrentar su precariedad material producían una mezcla confusa de roles sociales que era necesario aclarar. En consecuencia, era necesario superar la confusión social y saber quién era ciertamente pobre forzoso o verdadero pobre y diferenciarlo del falso, del trabajador disoluto y del holgazán voluntario, calificados de delincuentes y de mendigos. Ello facilitaría a las autoridades republicanas lograr que los delincuentes fueran castigados, los trabajadores

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indisciplinados fueran corregidos con hábitos de laboriosidad, los enfermos fueran destinados a los hospitales para su asistencia y los mendigos, jóvenes y mujeres desprotegidas fueran reintegrados a sus familias y amparados en instituciones de beneficencia o mediante la limosna espontánea. Para lograr estos tres objetivos las leyes nacionales, las ordenanzas provinciales y los códigos de policía locales estipularon diversos castigos a los vagos y delincuentes, como el servicio en los contingentes de milicias y en la marina nacional. En consecuencia, se trazó una política de levas y reclutamiento de vagos, con fines utilitarios y de reforma social de los conscriptos, que debían ser de buena condición física para el servicio militar. Se pensaba que su ingreso al ejército era el camino para reintegrarlos a la sociedad, pues la disciplina castrense los convertiría en hombres “útiles” al Estado y a sí mismos. Los sistemas punitivos permitían hacer del ejército una institución de disciplina que se prestaba para la penalidad correctiva de los individuos, normalizándolos para adiestrar sus cuerpos con un régimen de hábitos y normas regulares e inculcarles la idea de orden y jerarquía65. Otra pena aplicada a los vagos fue el trabajo forzado en las obras públicas de la provincia o de la nación. Como a cada delito correspondía una pena, se pensaba que a los supuestos holgazanes y vagabundos se les debía condenar a trabajar. La pereza, considerada el origen de todos los vicios y malas costumbres, se combatía con el trabajo. Concordante con estas directrices, la pena tenía dos fines: producir trabajo, utilidad económica del reo para el Estado y para sí mismo, y el efecto ejemplarizante sobre los demás, utilidad moral del reo. Caminos nacionales como el del Quindío fue construido por presidiarios de distintas provincias del país condenados por diversos delitos. En 1844 llegaron a ser más de 160 reclusos, quienes vivían bajo un régimen de trabajo obligatorio, que se suponía corregiría a los penados y garantizaba ahorros económicos para el Estado66. El concierto fue otra de las penas aplicadas a jóvenes sin trabajo, artesanos sin herramientas y mujeres desprotegidas. Los concertados eran entregados como trabajadores, sirvientes o aprendices a propietarios de tierras, jefes de hogar o artesanos, respectivamente, quienes aprovecharon su trabajo y a cambio se obligaron a pagarles un salario, inculcarles disciplina y hábitos de trabajo, y proporcionarles vestido, albergue e instrucción religiosa67. La vida de los concertados transcurría en espacios domésticos donde eran comunes las prohibiciones y restricciones en el trato con los del sexo opuesto, para evitar amancebamientos y concubinatos. En 1842, la Ley del 29 de mayo prescribió el concierto para los esclavos nacidos libres, después de los 18 años y hasta los 25. El manumiso que desertase podría ser acusado de vagancia68. Hacia 1851, cuando se dio la liberación definitiva de todos los esclavos en la Nueva Granada, se pensó en concertar a muchos de ellos para garantizar la oferta de mano de obra negra, así como su estabilidad e integración social. El concierto pretendía restaurar el homo economicus, reconstruir la conciencia religiosa del individuo y prepararlo para ejercer un lugar específico en la economía, donde fuera más “útil”. La familia fue otra de las instituciones que sirvieron de correctivo para concertar y disciplinar a los jóvenes y mujeres que hubieran desertado de ella, pues la seguridad económica y los vínculos de contención que ésta les ofrecía, facilitaba su fidelidad al orden social. Muchos jóvenes incorregibles o muchachas cuya conducta se cuestionaba fueron concertados con sus familiares antes de aplicárseles otras penas que los alejaban de sus hogares. Integrantes de los ilustrados alentaron las ocupaciones agrícolas frente a las que tenían altos ingredientes de movilidad geográfica como la minería, promoviendo el arraigo familiar como un ideal social. Lo que pudiera sugerir una “estrategia de familiarización”,

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fue expresado por don José Manuel Restrepo en 1808, con opiniones muy positivas sobre la vida familiar y sedentaria: Sin embargo, si los moradores de este país conocen sus verdaderos intereses, diariamente irán abandonando el trabajo de las minas y entregándose al cultivo de los campos. Aquellas se han retirado mucho de las poblaciones; y las abundantes de metal existen en las selvas más remotas […] el que se dedique a explotarlas tiene que abandonar a una esposa querida, a unos hijos que ama tiernamente, y retirarse a los bosques […] al fin, cuando piensa enriquecerse, sus halagüeñas esperanzas salen fallidas, y el agricultor es el que saca la utilidad de todos sus padecimientos. ¡Cuánto mejor es pasar una vida deliciosa entregado a la agricultura en el seno de su familia!69 Con los mendigos e inválidos la ley tenía previsto que, antes de concederles licencias o permisos para mendigar públicamente o ingresar al hospicio, serían devueltos a sus familiares o allegados con capacidad de trabajar, para que velaran por ellos. De esta forma se esperaba integrar a los desvinculados a sus funciones sociales haciéndolos “útiles”, ya fuera como trabajadores, padres de familia, artesanos, madres o esposas. Hacia mediados del siglo XIX, la moral sexual sobre la mujer se fortaleció, pues se observa una mayor insistencia en que las mujeres se destinaran al matrimonio y al hogar. La casa, entonces, era señalada de manera más explícita como el lugar ideal de la mujer, espacio para el recogimiento y la crianza de los hijos, en contraposición a la calle, asociada a los comportamientos livianos y desabrochados de las mujerzuelas o de los hombres. El destierro a vivir en las nuevas poblaciones de las zonas de colonización de distintas regiones fue otro de los castigos para los vagos, pobres y delincuentes por deudas. El confinamiento se adoptaba como una medida drástica contra personas que habían burlado otros correctivos como el concierto. Ángela Lorxa, una mujer “vaga y sin destino” en Medellín, fue acusada en 1843 porque “su conducta reprobada tiene perdido el matrimonio de Félix Mejía”. El concierto fue rechazado de plano, pero no su destierro a la nueva población de Caramanta porque, según el alcalde: […] en este caso es más necesario separarla del lugar para alejarla de aquellas personas con quienes ha tenido tratos ilícitos y que al paso de que con estas medidas se evita la continuación de los males, se logra al mismo tiempo que se haga laboriosa, con cuyo medio es de esperarse su enmienda70. Empresas agrícolas y exportadoras de la región del Santander, en las fronteras del Carare y del Opón, tuvieron a su favor la legislación nacional, que les permitió disponer de mano de obra barata y dócil por medio del concierto de vagos, mendigos y prostitutas. Muchos de ellos eran trabajadores sin empleo, debido a la crisis de las artesanías de la región, causada por la libre importación de productos fabriles aprobada por los liberales radicales hacia mediados del siglo XIX71. Con el pretexto de liberar a la sociedad de sujetos indeseables, hacia los años de 1840, hacendados del suroeste antioqueño se ahorraron los salarios de los trabajadores libres o sortearon la escasez de mano de obra en la zona, al explotar vagos y delincuentes, a los que se llamó “esclavos blancos”72. El presidente conservador del Estado Federal de Antioquia, Pedro Justo Berrio (1864-1873) aplicó leyes draconianas contra los vagos y prostitutas de Medellín, que

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desterró al valle del Nús, a “la mortífera colonia penal de Patiburú”, donde, según sus críticos liberales, “las fiebres acababan con los desgraciados que caían en manos de la policía”73. Se trataba de roturar las tierras malsanas de allí para facilitar el tránsito del ferrocarril por la zona. Sin embargo, muchas de estas medidas no surtieron los efectos esperados, pues las instituciones estatales fueron débiles para controlar una población movediza, dispersa y enquistada en poblados y aldeas en medio de una quebrada geografía. Los dirigentes republicanos, imbuidos de la cultura católica, no tenían el afán de suprimir el ejercicio de la caridad con los pobres, sino que se practicara racionalmente con los merecedores de ella concebidos como “verdaderos pobres”, “pobres limosnables” y/o “pobres vergonzantes”. Con ello se pretendía guardar su lugar legítimo en la sociedad cristiana, haciéndolos funcionales al orden social, pues su utilidad salvífica aseguraba a quienes los asistían, la acumulación de méritos para ganar el cielo y un envidiable estatus social en la sociedad local por su actitud filantrópica. Como en otras latitudes de Hispanoamérica, se trató de desestimular el ejercicio de la caridad indiscriminada y espontánea, para facilitar el gobierno del orden público. De ahí que el tema de la caridad cristiana no fuera exclusivo de la esfera religiosa, pues tenía claras consecuencias en el orden civil, competencia del Estado.

Archivos y fuentes primarias • Archivo Histórico de Antioquia (AHA). Fondos: Visitas, Empleos, Policía, Gobierno Provincial (Documentos), Criminal, Documentos Generales, Milicias, Orden Superior, Real Orden, Leyes y Decretos. Prensa: El Constitucional de Antioquia, Gaceta de la Nueva Granada. • Archivo Histórico de Medellín (AHM). Fondos: Actas del Cabildo y Guerras Civiles. • Archivo Judicial de Medellín (AJM). Fondo: Criminal. • Biblioteca Central Universidad de Antioquia. Sala de Prensa. Sala Patrimonio Documental: Hojas Sueltas, Folletos Misceláneos, Varios. • Biblioteca Nacional de Colombia (BNC). Fondos: Pineda, Antiguo y Hojas Sueltas. Gaceta Oficial y Hemeroteca. • Centro Cultural Biblioteca Luís Echavarría Villegas. Universidad EAFIT. Archivo Patrimonial. Folletos y Carteles.

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Cibergrafía • Restrepo, Lucio A. Apreciaciones sobre la última guerra en el Estado de Antioquia. Bogotá, 10 de mayo de 1879, http:// biblioteca-virtual-antioquia.udea.edu.co/pdf/11/11_515294175.pdf Consultada el 29 de septiembre de 2009.

Notas 1

Isidoro Silva, Primer Directorio General de la ciudad de Medellín para el año de 1906, Medellín, Instituto Técnico

Metropolitano, 2003, p. 69. 2

Carl August Gosselman, Viaje por Colombia, 1825-1826, Bogotá, Publicaciones del Banco de la República, 1981, p. 181.

3

Archivo Histórico de Antioquia (AHA) tomo 76, doc. 2104, fol. 110. Beatriz Patiño Millán, “La provincia de Antioquia

durante el siglo XVIII”, Jorge Orlando Melo (dir.), Historia de Antioquia, Medellín, Compañía Suramericana de Seguros, 1988, pp. 70-78. 4

A.H.A., tomo 76, doc. 2104, fols. 109-110. Otro testimonio similar para el caso de la región de los Osos al norte de

Antioquia, y del mismo Rodríguez de Zea, en: Emilio Robledo, Bosquejo biográfico del señor Oidor Juan Antonio Mon y Velarde, Visitador de Antioquia 1785-1788, 2 tomos, Bogotá, Banco de la República, 1954, tomo I, pp. 75-76. 5

Eduardo Mejía Prado, Origen del campesino vallecaucano, Cali, Universidad del Valle, 1993, pp. 132-134.

6

Un ejemplo puede consultarse en: A.H.A. Criminal B-27, legajo 1800-1810, doc. 10, fols. 5v-6.

7

Archivo Histórico de Medellín (AHM). Criminal B-26, años 1780-1790, Doc. 5, 23 folios; Criminal B-31 A, 1810-1840.

8

Archivo del Cabildo de Medellín (ACM). Tomo 68, año 1803, doc. 8, fol. 5. AHA. Criminal B-87, años 1800-1810, doc.

15, fol. 8v. 9

Patiño Millán, op. cit., p. 78.

10

ACM. Tomo 74, año 1808, fol. 17.

11

A.H.A. Tomo.76, año 1784, doc. 2102, fol. 10.

12

Juan Francisco Ortíz, “Observaciones de viaje a la provincia de Antioquia”, Angélica Morales Pamplona (comp.), De

viajeros y visitantes. Informes de descubrimiento, relación de visita y relatos de viaje. 1541-1984, Medellín, Instituto Técnico Metropolitano-ITM, 2003, p. 62. (ortografía del original) 13

AHA. Documentos, año 1845, tomo 1530. No 2, fols. 250-272. Juan Carlos Jurado Jurado, Vagos, pobres y mendigos.

Contribución a la historia social colombiana, 1750-1850, Medellín, Editorial La Carreta, 2004a, pp. 104-110. 14

AHM. Tomo 88, fols. 211-212. (ortografía del original)

15

Juan Carlos Jurado, “Reclutas, pobres y soldados en las guerras civiles colombianas”, Revista de Indias, Vol. LXIV, No

232, Madrid, 2004b, pp. 673-696. 16

Pierre D’ Espagnat, Recuerdos de la Nueva Granada, Bogotá, Biblioteca Shering Corporation U.S.A. y Biblioteca de

Cultura Colombiana, 1971, pp. 186-187. 17

José María Caballero, Diario de la Patria Boba, Bogotá, Editorial Incunables, 1986, p. 204.

18

Roberto Tisnes Jiménez, María Martínez de Nisser y la revolución de Los Supremos, Bogotá, Biblioteca Banco Popular,

1983, p. 324.

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19

AHM. Guerras Civiles. Tomo: 1854-1864. Legajo: Disposiciones referentes a asuntos militares. 1863-1864, fol. 594.

20

Juan Carlos, Jurado, “Desastres naturales, rogativas públicas y santos protectores en la Nueva Granada. Siglos XVIII

y XIX”, Boletín Cultural y Bibliográfico, Vol. XLI, No 65, Bogotá, 2005, pp. 59-80. Álvaro, Restrepo Eusse, Historia de Antioquia (departamento de Colombia) desde la Conquista hasta 1900, Medellín, Imprenta Oficial, 1903, p. 99. 21

AHA. Criminal, B-31 A, 1810-1840.

22

Jurado Jurado, 2005, op. cit., pp. 59-80.

23

Archivo Mariano Ospina Rodríguez (AMOR). Sala Patrimonio. Centro Cultural Luis Echavarría Villegas, Universidad

EAFIT. 24

Francisco Gutiérrez, Curso y discurso del movimiento plebeyo. 1849/1854, Bogotá, El Áncora Editores, Universidad

Nacional de Colombia, 1995, pp. 117-119. Margarita Pacheco, La fiesta liberal en Cali, Cali, Universidad del Valle, 1992. 25

Ramón Mercado, Memorias sobre los acontecimientos del sur, especialmente en la provincia de Buenaventura, durante

la administración del 7 de marzo de 1849, Bogotá, 20 de julio de 1853, Biblioteca Nacional de Colombia (BNC), Fondo: Pineda, fol. XLVI. 26

Alonso Valencia Llano, Dentro de la ley. Fuera de la ley. Resistencias sociales y políticas en el Valle del Cauca. 1830-

1855, Cali, Centro de Estudios Regionales Región y Universidad del Valle, 2008. 27

Miguel Samper, La miseria en Bogotá y otros escritos, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1968, pp. 8ss.

28

Idem., pp. 89-90.

29

Biblioteca Central Universidad de Antioquia. Sala Patrimonio. Fondo: Hojas Sueltas. La teoría y la realidad, de

Ballesteros, Cruz. Presidente de la Sociedad Democrática de Bogotá. Bogotá, 17 de diciembre de 1851, reimpreso en Medellín, Imprenta de Manuel A. Balcazar, enero de 1852, pp. 4-5. 30

Cristina Rojas, Civilización y violencia. La búsqueda de la identidad en la Colombia del siglo XIX, Bogotá, Pontificia

Universidad Javeriana, Grupo Editorial Norma, 2001, pp. 203-204. 31

AHA. Sala de publicaciones impresas. La Situación, trimestre I, núm. 6, 1855, p. 21.

32

Idem.

33

María Teresa Uribe de Hincapié y Jesús María Álvarez, Poderes y regiones: problemas en la constitución de la nación

colombiana. 1810-1850, Medellín, Departamento de Publicaciones Universidad de Antioquia, 1987, pp. 249-262. 34

Biblioteca Central Universidad de Antioquia. Sala de Patrimonio. Fondo: Folletos Misceláneos. No 113, doc. 2.

35

Uribe De Hincapié, 1987, op. cit., pp. 227-248.

36

Respecto a las leyes decimonónicas sobre la vagancia: Jurado Jurado, 2004a, op. cit., p. 44.

37

Jurado Jurado, 2000, op. cit., pp. 9-11.

38

Beatríz Castro Carvajal, Caridad y beneficencia. El tratamiento de la pobreza en Colombia. 1870-1930, Bogotá,

Universidad Externado de Colombia, 2007, p. 16. 39

Codificación Nacional de todas las leyes de Colombia desde el año 1821, hecha conforme a la Ley 13 de 1912 por la

Sala de Negocios Generales del Consejo de Estado. AHA. Sala de Publicaciones Impresas. Tomo XI, Bogotá, Imprenta Nacional, 1924, pp. 337. Número de orden 1689. 40

BNC. Fondo: Pineda A mis conciudadanos, de Henao, Braulio. Bogotá, 20 de junio de 1852, p. 7.

41

Luis Fernando Molina, “La economía local en el siglo XIX”, Jorge Orlando Melo (ed.), Historia de Medellín, Tomo I,

Medellín, Suramericana de Seguros, 1996, pp. 210-211. 42

AHA. Sala de Publicaciones Impresas. La Situación. “Trabajo i economía”. Medellín, Trimestre I, No 6, 1855, p. 21.

43

AHA. Sala de Publicaciones Impresas. Codificación Nacional de todas las leyes de Colombia desde el año 1821, hecha

conforme a la Ley 13 de 1912 por la Sala de Negocios Generales del Consejo de Estado. Tomo XI, Bogotá, Imprenta Nacional, 1924, p. 337. Número de orden 1689. 44

Charles Saffray, “La provincia de Antioquia”, Viajeros extranjeros en Colombia. Siglo XIX, Cali, Carvajal & Compañía,

1970, p. 175. 45

Alain De Botton, Ansiedad por el estatus, México, Taurus, 2004, p. 203.

46

Citado por María Teresa Uribe de Hincapié, “Estructura social de Medellín en la segunda mitad del siglo XIX”, Jorge

Orlando Melo (ed.), Historia de Medellín, Tomo I. Medellín, Suramericana de Seguros, 1996, p. 220.

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70

Pobreza y nación en Colombia, siglo XIX. Juan Carlos Jurado Jurado

47

Germán Colmenares, “La ley y el orden social: fundamento profano y fundamento divino”, Boletín Cultural y Bibliográfico,

Bogotá, Banco de la República, Vol. XXVII, No. 22, 1990, p. 7. 48

Uribe De Hincapié, 1987, op. cit., pp. 249-262.

49

Biblioteca Central Universidad de Antioquia. Sala de Patrimonio. Fondo: Folletos Misceláneos. No 112, doc.42.

50

Manuela Antonio Pombo y José Joaquín Guerra, Constituciones de Colombia. 4 tomos. Bogotá, Biblioteca Popular de

Cultura Colombiana, 1951. 51

Patiño Millán, 1988, op. cit., p. 126.

52

Gosselman, 1981, op. cit., p. 42.

53

Rojas, 2001. op. cit., p. 57.

54

Este apartado se basa en tendencias estadísticas generales, debido a la precariedad de los censos durante el siglo XIX

y a la incipiente institucionalidad estatal responsable de ellos. 55

AHA. Tomo 343, doc. 6.538, fol. 9.

56

José Manuel Restrepo, “Ensayo sobre la geografía, producciones, industria y población de la provincia de Antioquia

en el Nuevo Reino de Granada”, Francisco José de Caldas, Semanario del Nuevo Reino de Granada, tomo I, Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Historia, Editorial Minerva, 1942, pp. 243-285. 57

ACM. Tomo 74, fols. 1-32.

58

AHA. Tomos 2.698-2.702.

59

Frank Safford, El ideal de lo práctico. El desafío de formar una elite técnica y empresarial en Colombia, Bogotá,

Empresa Editorial Universidad Nacional, El Áncora Editores, 1989, p. 55. 60

Fernando Gómez, “Los censos en Colombia antes de 1905”, Miguel Urrutia y Mario Arrubla (eds.), Compendio de

estadísticas históricas de Colombia, Bogotá, Universidad Nacional, 1970, pp. 9-30. 61

A.C.M. Tomo 68, año 1803, doc. 8, fol. 5.

62

Marco Palacios, Entre la legitimidad y la violencia. Colombia 1875-1994, Bogotá, Editorial Norma, 1995, p. 54.

63

Agapito Betancur, La ciudad. 1675-1925, Medellín, Instituto Técnico Metropolitano, 2003, p. 210.

64

Jurado Jurado, 2004a, op. cit., pp. 111-114.

65

Orden Superior para que se remitan a Cartagena los que tengan delitos para aplicarles justicia, AHA. Tomo 580, docs.

9274 y 9248, año 1781, y Real Cédula relativa al servicio de las armas. Dada en Aranjuéz el 3 de abril de 1794. ACM. Tomo 56, doc. 35, año 1794. 66

A.H.A. Sala de Publicaciones Oficiales. Gaceta de la Nueva Granada, Nos. 560 y 567. D.O. (1842). No. 673, marzo de

1844. D.O. 22 (1843-1844). No. 656, 3 de diciembre de 1843, D.O. 22 (1843-1844). 67

A.C.M., tomo 164, año 1845, doc. 5, f. 50.

68

A.H.A. Leyes y Decretos, i 551 (1842-1843), pp. 42-47.

69

Restrepo, 1942, op. cit., p. 267.

70

AHA. Tomo 1.542, 1843, Doc. 4, fol. 136.

71

Arístides Ramos Peñuela, Los Caminos al Río Magdalena. La frontera del Carare y del opón. 1760-1860, Bogotá,

Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, 1999, pp. 114-117. 72

Restrepo Eusse, 1903, op. cit., p. 172.

73

Lucio Restrepo, Apreciaciones sobre la última guerra en el Estado de Antioquia, Bogotá, 10 de mayo de 1879, pp. 8-9.

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The Novelty of the New World: The Challenge of Describing the Marvel of the Americas Las novedades del Nuevo Mundo: El desafío de describir las maravillas de América A novidade do Novo Mundo: O desafio de descrever as maravilhas das Américas

AUTORA Olaya Sanfuentes Echeverría

Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile

The Discovery of America revealed the main characteristics of the forms of acquisition of knowledge and description that prevailed in the world until the Sixteenth Century. It revealed also the difficulties and weaknesses of the traditional epistemological model when Europeans approached the novelties of the New World. For this reason the first literary and visual descriptions of the Americas and their people are charged with the necessity of getting insert into a world that became known from “a priori” categories. Key words:

Era of Discoveries; Description of the Americas; New World, Chronicles of Discovery; Image of the Americas

[email protected]

RECEPCIÓN Julio 2010 APROBACIÓN Octubre 2010

El descubrimiento de América evidenció las características de las formas de adquisición de conocimiento y descripción del mundo vigentes hasta el siglo XVI, al tiempo que desplegó las dificultades y debilidades de ese modelo epistemológico tradicional frente a la novedad del Nuevo Mundo. Por esta razón es que las primeras descripciones literarias y visuales de América y sus habitantes están cargadas de la necesidad de insertarse en el mundo conocido a partir de ciertas categorías “a priori”. Palabras clave:

Época de descubrimientos; Descripción de América; Nuevo Mundo; Crónicas de descubrimiento; Imagen de América



DOI 10.3232/RHI.2010. V3.N2.04

O descobrimento da América deixou em evidência as características das formas de aquisição de conhecimento e descrição do mundo em vigor até meados do século XVI, ao mesmo tempo em que expôs as dificuldades e fraquezas desse modelo epistemológico tradicional face à novidade do Novo Mundo. É por essa razão que as primeiras descrições literárias e visuais da América e seus habitantes estão carregadas com a necessidade de inserir-se no mundo conhecido a partir de certas categorias “a priori”. Palavras-chave:

Época de descobrimentos; Descrição da América; Novo Mundo; Crônicas do descobrimento; Imagem da América

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The Novelty of the New World: The Challenge of Describing the Marvel of the Americas. Olaya Sanfuentes Echeverría

Introduction When we establish a considered classification, when we say that a cat and a dog resemble each other less than two greyhounds do, even if both are tame or embalmed, even if both are frenzied, even if both have just broken the water pitcher, what is the ground on which we are able to establish the validity of this classification with complete certainty? On what ‘table,’ according to what grid of identities, similarities, analogies, have we become accustomed to sort out so many different and similar things? What is this coherence—which, as is immediately apparent, is neither determined by an a priori and necessary concatenation, nor imposed on us by immediately perceptible contents?1 In his book The Order of Things, Foucault offers some very intriguing reflections that, I believe, may help to begin to explain a most complex phenomenon: that of describing the world. From this quote, we can quite clearly infer the cultural nature of the exercise of comprehending the reality before us in order to be able to describe it in words and images that give it meaning. After reading and reviewing the European chronicles and visual images that describe the New World, I found it necessary to put myself in the place of all those men and women who, when they first came to these lands, laid eyes on a landscape that was beyond anything they had ever dreamt of, a whole world that very few of their familiar visual references could come close to describing. Practicing the empathy that French historian Henri Marrou recommends in the exercise of the historian’s craft, I can imagine how difficult it must have been to share, through the description of the new, all the wealth of this new continent that had suddenly materialized before the eyes of the Europeans. When we are able to empathize with these men who crossed the Atlantic and found themselves on lands that they had never dreamed of, we can begin to seek out the specific contextual framework that can help us to understand the words with which they recorded their impressions. With regard to this first group, it is once again Foucault who gives us some hints as to how we may understand the way in which knowledge was acquired in the 15th and 16th centuries, a period that predates what he designates to be the start of the modern age, in the 17th century. It is what he calls the search for epistemological fields that characterize different eras and men. This epistemological field contains the elemental codes of a given culture—those codes that govern a culture’s language, its perceptive frameworks, its changes, its methods, its values, the hierarchy of its practices—and these codes are what establish, for each and every man within that culture, the empirical imperatives with which he is involved and within which he may recognize his own belonging.

The approach that is suggested herein is one that attempts to discern the ‘a prioris’ of that

culture, because they are the elements that will determine everything else.

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The Novelty of the New World: The Challenge of Describing the Marvel of the Americas. Olaya Sanfuentes Echeverría

Describing the World at the Age of Discovery

Among the most important basic postulates accepted in the era of the 15th and 16th centuries is the notion of knowledge within a closed system in which everything is connected to everything, either by attraction or repulsion, sympathy or antipathy, contiguity or separation, or rather similitude or difference. In the end, everything is interconnected. The earth resounds in the heavens, faces are reflected in the stars and painting imitates space. The similarities propose proximities that, in turn, reinforce the sense of similitude. It is for this reason that people believed the sun engendered metals where its rays fell with greater force, or that there were as many fish in the water as there were birds in the sky. This was a pre-established world in which relationships were there for man to seek out, understand them and embody them through shared language and symbols. To know the world was to recognize it, to situate the new within the traditional framework that was already known. In this context, the act of describing meant placing all new things in the great framework of the world. This great framework had been formulated from the “same” to understand its “sameness” and so that the “other” might enter the realm of the “same”. This framework was erected by the authority of texts. As Anthony Grafton points out in his fascinating book New Worlds, Ancient Texts2, medieval culture in the West was a text-oriented culture in which the assertions of the classics and the Bible gave people the fundamental tools needed to understand the world and its history. It was in this vast context that the “discovery” of America challenged people to assimilate an entirely new continent, a new landscape with new flora and fauna, but most importantly a new kind of humanity. It is this important challenge and the European difficultness to face it with its own tools what pushes us to the statement that more than a discovery of a new world, what the European experienced was a process of discovery of America. One of the first exercises undertaken by the explorers of the 16th century, in their efforts to confront this radical newness, was the search for similarities and differences. In the case of our protagonists, the decision to focus on the similarities and/or differences between what was known and what was expected is, as we will see, a way of finding that place in the world that fit within the known framework. This was a common practice but, as we will see, the intent, the vocabulary and the referents will vary depending on the author of the description. Columbus, for example, had to make sure that his description somehow evoked an image that was as similar as possible to the Europeans’ image of the Asian world. After all, that was the reason he had been able to secure the financing for his undertaking in the first place: to reach the Orient. Because of this, he found himself somewhat forced to view everything through an Asian lens. Other explorers who were less beholden to such obligations were more interested in showing the great differences between everything they saw and everything they had previously known, whether European or Asian. Because of this, we find ourselves with quite a broad array of descriptions that constitute a treasure trove of documentary material that speaks as much about the subject carrying out the description as the objects described. In the end, it is all a matter of perspective, nobody has the last word.

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Rather than reproducing the object, the image recreates it, creates it anew in a new image that is not the initial object that inspired it. The words that describe a given reality, just like the visual images that illustrate those words, are not that reality, and we would be well-advised to avoid that particular confusion. It is in the difficulty of description that we witness the emergence of signs and symbols, elements that the interlocutor might understand more easily and which, as such, become tools for approaching what is being represented. The words that Italo Calvino employs for the imaginary conversation between Marco Polo and the Great Kublai Khan are among the most eloquent examples of this practice to be found in contemporary literature. Returning from the missions on which Kublai sent him, the ingenious foreigner improvised pantomimes that the sovereign had to interpret: one city was depicted by the leap of a fish escaping the cormorant’s beak to fall into a net; another city by a naked man running through fire unscorched; a third by a skull, its teeth green with mould, clenching a round, white pearl. The Great Khan deciphered the signs, but the connection between them and the places visited remained uncertain; he never knew whether Marco wished to enact an adventure that had befallen him on his journey, an exploit of the city’s founder, the prophecy of an astrologer, a rebus or a charade to indicate a name. But, obscure or obvious as it might be, everything Marco displayed had the power of emblems, which, once seen, cannot be forgotten or confused. (Translated from the Italian by William Weaver)3. This quote is rich in meaning, for it shows and underscores the need to create new language, nomenclatures and images when we have to describe something we have never seen before. Even so, the description inevitably only recounts, in a most fragmentary manner, one part of that reality—the reality that the describer has chosen to talk about, in the specific way he has chosen to describe it. And when he decides to use images, those images become immobilized as emblems, embedded forever in an individual and collective memory that will only be satisfied when, upon pondering that reality, it recognizes what it has seen before through these initial images. When Christopher Columbus first laid eyes on this continent, which he believed was Asia, his imagination was already imbued with a number of preconceived notions regarding what he was expected to discover in the Orient. Columbus had read the classics, he had read religious literature and travel writing about the Orient, he had immersed himself in Oriental imagery and was the inheritor of a tradition that had hoped to find all the great wonders of creation, as well as wealth and all sorts of marvels in those faraway lands. It was with this baggage that Columbus approached his exploits and their consummation. He did not wish to accept that these lands were a new world, and in fact his descriptions confirm this, making constant reference to his readings and their imaginary corpus. His descriptions do not describe the real America. They describe the America that resembles his notion of the Orient. In this context, both the American man and the American landscape are described through the Columbian filter of those aspects that jibe with his preconceived idea. And he eliminates all those things that do not function as Oriental. To describe the landscape, for example, he carries out the inter-textual and visual exercise of referring to images of earthly paradise, a very established tradition in Western literature and art. Supposedly

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located somewhere in the Orient, it was possible to suggest that the mythical garden was located in America, with its naturally lush vegetation, perennial green, and favorable air and climate. Despite his preconceived notions, the panorama that Columbus confronted was so remarkably different from anything he had ever seen before in Europe, that he could not help but leave record of how hard it was to render an accurate description of what he saw. “No one who had not seen it would believe it”4 was his observation of the alterity of these lands. Kirkpatrick Sale is most emphatically underwhelmed by Columbus’s inability to describe all that he saw, finding it inconceivable that he spoke so very little of the spectacular landscape that lay before him5. In the middle of a tropical rain forest, the likes of which he had never seen before in Europe, with colossal trees and many varieties of new species, he said nothing. On the first day of his encounter with these lands, Columbus devoted not one single sentence to the physical landscape. The scant attention Columbus paid to the natural world of the Americas, coupled by his lack of vocabulary for describing the newness of this New World landscape, seems almost to turn the natural landscape into a kind of backdrop against which the savage Indians confronted the European explorers who had come to “civilize” them. According to John Elliott, the lack of importance ascribed to the natural world in the earliest European descriptions of the New World may be explained, precisely, by the Europeans’ lack of interest in their own natural surroundings. This indifference toward the landscape would naturally be reflected in the lack of precise vocabulary to describe it. However, while Elliott’s observation is interesting it is nonetheless worthwhile to note that the earliest European representations of singular natural elements of American flora and fauna are in fact more realistic and less laden with fantasy than their depictions of the Indians, which were done earlier. This is logical because insofar as the depiction of the Indian because the European was more involved in the process of determining his identity, and as such it would take the European more time to achieve accuracy and verisimilitude in those representations. In defense of Columbus, we may heed the words of Antonello Gerbi, who argues that, on his first day in the Americas, Columbus had more important things to focus on than nature6. In phenomenological terms, we might say (as would Gaston Bachelard)7 that in these cases of extreme bewilderment, any kind of objective description is ultimately secondary to the sensation of interior immensity that Columbus must have experienced. The individual details of the new could never articulate the essential landscape that is experienced when one confronts an utterly and entirely new world. When Columbus finally succumbed to the charms of the American landscape and decided to leave an explicit record of this process, he continued to do so through an Asian lens. This is why his descriptions are so abundantly filled with Asian analogies. Regarding his voyage to Cuba, for example, he lingers over a description of the very fertile terrain, in which trees and plants produce fruit twice a year, just as in ancient India. In order to leave a record of the tremendous awe and wonder he felt when he suddenly found himself in such a perennially green and abundant natural world, Columbus also relied on the comparison with what Europeans knew in order to communicate with his interlocutors and make

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himself understood to them. To this end he compared what he saw to April in Andalusia, where weather is always pleasant and the atmosphere one of total lush abundance and heady perfume. Other chroniclers described things in a similar way. Hernán Cortés, for example, described the natural environment of Mexico by comparing it to his own world: “In this land there are all kinds of animal and game, similar to those of our natural world, such as stags, deer, fallow deer, wolves, foxes, partridges, pigeons, two and three different kinds of turtle doves, quail, hares, rabbits, and as such in terms of birds and animals there is no difference between this land and Europe. There are also lions and tigers”8. We know that these species, with these names, did not exist in America then. The explorer was, in fact, adjusting his new reality to that of the European animal species. The Spaniard López Medel, when describing a native plant, could not help but compare it to what he was familiar with: “In the provinces of Quito, toward the north, quite separate from Quito itself, there are a number of trees that bear a certain kind of fruit that is comprised of little berries and cavities, and when they are seasoned and cured they turn black, making a kind of food that has the same flavor and, I believe, effect as cinnamon”9. To continue with the theme of the descriptions of species, Fernández de Oviedo10 described the pineapple by explaining that the fruit’s name was similar to that of the pine nut, and when he described its flavor, he referred to the peach and the apricot as a way of evoking the pineapple’s mild flavor11. To describe cacao he said that it “is like almond”12 and the cinnamon tree was “as tall as the olive tree and its leaves like laurel”13 . When speaking of something as novel as the tuna, he compared it to the fig, as did Girolamo Benzoni who, in addition, compared Andean potatoes to truffles, and llamas with camels14. The German Schmidel described sweet potatoes as white roots that looked and tasted like apples, and said that mandioca tasted like chestnuts15. According to Fernández de Oviedo, the puma was like a lion “both in ferociousness and might as well as in size”16. This practice of comparing things to the familiar worked as a model in the popular travel literature of the day, as well. In the descriptions of his voyages to the Orient, Marco Polo frequently employed this technique in order to describe what was different to his eyes. His writings abound with expressions like “just like ours” or “unlike ours”, which took for granted that European things were the standard by which all things were to be measured, an immutable paradigm for confronting the world and understanding it. Rodrigo de Albornoz defined what was foreign to him in relation to all that was European, as when he compared the Higueras River to the Rhine. Others compared the Popocatépetl volcano with Mount Etna, and Bernal Díaz del Castillo declared that Cholula, from far away, resembled the city of Valladolid. Américo Vespucio compared a town with ocean-front houses to Venice17. According to Cortés, Tenochtitlán was as large as Seville and Córdoba, its main pyramid taller than the tower of the main church in Seville and its central square larger than that of Salamanca. Ulrico Schmidel described a Paraguayan river, known to the local indigenous people as Xexuy, as wide as the Danube and as deep as half a man18. Bartolomé de las Casas compared the island of Hispaniola to England: “In its entirety this island of Hispaniola seems neither smaller nor less rich or precious in comparison to England”19. Ginés de Sepúlveda claimed that the city of

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Tlaxcala was comparable to the largest European city “in terms of area, buildings and number of inhabitants”20. The search for similarities with what was known sometimes reached real extremes. Hernán Cortés, for example, actually wrote to Charles V that “there is no difference between this land and Spain”21. This remark deserves a bit more consideration given that it reveals not only a kind of knowledge and its description but also a value judgment regarding the thing being described. When described as similar to Spain, the place in question merited acceptance because it was likened to what was normal, familiar and rational. For Antonello Gerbi, within this act of acknowledging similarity within difference there is an implicit act of conquest and subjugation22. Joaquín Yarza suggests that it might be helpful to place this attitude in perspective when he argues that likening the foreign to the familiar is not necessarily an indication of disdain for what is different and strange, and that it may simply stem from a simple acceptance of one’s own known world23. Not all descriptions of the Americas, however, followed the path of comparison with the known universe. Some observations were formulated on the basis of other criteria. This, for example, is the case of Columbus, who quite masterfully described the natural environment of the New World in terms of its utility. His descriptions are full of comments that refer to the use and potential of the so-called Indies. For Columbus, nature was just one more treasure, strictly subordinate to his ambitions as well as those of the Spanish crown24. Fernández de Oviedo often exhibited the same pragmatic style of Columbus when talking about the novelties he encountered: For without a doubt I believe, as many people do, that if a prince had no patrimony other than this land, in a short time it would be so great that neither Sicily nor England could compare to it […] Because in addition to possessing more abundant mines, with better and greater quantities of gold than has been found or discovered in any other part of the world, nature produces such quantities of cotton that if one were to cultivate it and make a living from it, it would be better and more abundant than in any other part of the world25. He continues to name other useful species: the golden shower tree and many other species that survive far better in the New World than in Europe. Given all these examples, it seems clear that a description is always the reflection of a very particular point of view that determines its nature and character. Once again, the eloquent words of Italo Calvino in Invisible Cities may shed some very interesting light on the idiosyncrasies of the exercise of description. Marco Polo, when describing the cities of the empire to the great Khan, cannot help think of beloved Venice all the while, both in terms of the resulting comparison, and as a sign of the great nostalgia he feels for his native land: “Every time I describe a city I am saying something about Venice […] To distinguish the other cities’ qualities I must speak of a first city that remains implicit. For me it is Venice”26.

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In this light, the different chronicles of the things that occurred in the Indies necessarily varied from country to country, stratum to stratum, person to person. In his descriptions of the conquest, Girolamo Benzoni accused the Spanish of being cruel and greedy. He was Italian, and in the middle of his country’s dispute with Spain, he would often describe the Indians in the most benevolent light. The perspective of Bartolomé de las Casas, as a man of the church, was not the same as that of the conquistador Hernán Cortés, because their baggage and motivations for action were entirely different. And when it came to describing the natural environment, the chronicler’s relationship to nature also had a considerable influence upon the description. Columbus liked to linger over the potential use of the natural landscape of the Americas, but he lacked the vocabulary required to properly manifest his own wonder and awe at the marvels of his tropical surroundings. His perspective was that of a pragmatic man who needed to justify his voyage and identify sufficient reasons for the financing of future trips. In general terms, however, we might venture to say that the European descriptions and images of the American realm stem from two basic viewpoints: firstly, the European vision of nature is rather hostile. Unlike other cultures, the European culture during this period was not terribly fond of its environment and the landscape was a victim of the civilizing process that so motivated the European explorers27. Toward the 15th century, a period that is particularly interesting, Europe’s geography and natural systems underwent considerable alteration, and during this time the continent also reveled in a literary celebration of nature28. Secondly, we have the relationship of man with other cultures; in this context the European believed himself to be the master of a superior civilization, often because he considered Christianity to be the one valid religion that possessed the key to truth. In this light, we see how the descriptions of all that was not European were peppered with nuances of paternalism and condescension. As such, both the Europeans’ relationship to their natural environment as well as their interactions with other cultures serve as backdrops to their descriptions.

Naming the Space and other Tools to Describe Newness Another tool for familiarizing the foreign was that of baptizing places on the American map with place names from Europe. Christopher Columbus carried out this practice from the very start, showering the Americas with place names that were related to Spain and the dominant Christian world. The very first island he discovered was given the name San Salvador, and the other islands he encountered would be given names that paid tribute to the monarchy that had financed his journey. And so Isabela, Fernandina, Española were names that spoke, yet again, of the spirit of superiority that fuelled the Europeans’ relationship to the New World. Giving European names to places that already had their own names was an act of conquest and domination that would forever alter the identity of these islands. The same thing occurred with the denomination of “Indian” for the inhabitants of these lands.

When they named different things, the Europeans took their nomenclatures and adapted

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them to their new circumstances. The new reality was made to enter within the traditional framework of the known language. It is for this reason that the puma was a lion without a mane, the tiger was similar but cowardly, the buffalo was a cow with a hump and the iguana a dragon but just a little bit smaller. Lizards were small crocodiles and the ají a kind of watered-down pepper. The names of things represent a projection of the European mentality on the American realm29. These descriptions also opened the door to ambiguities, and also to the device of using European situations that were perceived as similar. In order to conjure up an image of the streets of the city of Tenochtitlán, Hernán Cortés said that they were so wide that they could accommodate a row of ten horses—despite the fact that at the time there were no horses in America30. Cortés availed himself of a European cultural situation in order to establish a familiar standard of measurement to describe something different. A few sentences farther along, in an attempt to evoke the atmosphere and products at an Aztec market, Cortés said that “they sell chicken pies and fish empanadas”31, a comment that reveals his lack of vocabulary for properly describing Mexican dishes. He also described certain houses as being “like those of barbers” and certain men as “the kind of men like the ones known in Castile as ganapanes” among many other inaccuracies that reveal his need to understand and be understood. Another ingredient of the New World descriptions that helps to understand the resulting images is the indiscriminate use of fantasy fused with reality. The mental world of the medieval man was comprised of both concrete, scientifically real facts as well as fantasies that were not necessarily any less real. Both dimensions enjoyed equal importance in his mental universe32. When the 15th century explorer embarked on a trip to the Orient, he was certain that he would find great riches and awe-inspiring marvels. Even when they were not provable, the explorer firmly believed in their existence. “The principal faculty at work in the generation of European representations was not reason but imagination”33, Stephen Greenblatt emphatically states. It is in this context that we ought to understand those details that might seem fantastic and that abound in the chronicles and descriptions of the day. What we have at work here is imagination and even more, reduction. Certainty was not what anyone was attempting or expecting from these descriptions: what they wanted was the stereotyped confirmation of a centuries-old reality that had been envisioned and shaped by the Europeans. Even Pedro Mártir, the court’s celebrated humanist who had his doubts about these thrilling tales, did not dare deny their truth—he simply argued that this was how they were recounted to him. Even Gonzalo Fernández de Oviedo, who had a scientific and somewhat skeptical mind, could not help but turn to the world of the fantastic to describe phenomena that he found strange. In a world in which the hand of God and the devil left physical evidence in his environment, Fernández de Oviedo was nonetheless awed. He was terrified by the hurricanes of the Caribbean and treated them as part of that demonic natural world. “Without a doubt they seem to be the work of the devil”34, he exclaimed with horror. He finished by remarking that in those places where “the blessed sacrament has been placed,” there never existed such calamitous natural phenomena.

This context, in which a man’s mental world was comprised of both fiction and reality, was

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fertile ground for stereotypes. The image of the cannibal, for example, finds its origins in certain real elements that were somewhat dispersed throughout the American stage, but ultimately gained legitimacy through a strong, highly stereotyped image. These icons coexisted with another one, that of the good savage. This imaginary-real geography populated the space and was perpetuated over time. To confront all these differences, the explorers also employed the device of expressing their shock. Expressing wonderment and surprise was another way of reacting to the newness, and this intellectual and emotional experience had a decisive effect on the descriptions. Columbus himself employed the technique of very clearly recording the awe he felt, and seems to have entered a state of permanent shock and wonder as a result of the new world that had opened up before him. The fruits of these lands smelled “absolutely marvelous”; the diversity of birds was so great that it could only be termed “marvelous”; trees and fruits had the most “marvelous flavor” and the uniformly green terrain that unfolded before him was similarly “marvelous”. And so Columbus expressed the astonishment he felt when contemplating such a great variety of species, Dürer admired the riches contained in Montezuma’s treasures, Cieza de León spoke of the very admirable things to be found in the kingdom of Peru, and everything to him seemed to be of great variety and diversity. Hernán Cortés spoke of how very marvelous he found the Aztec weavings and the works with feathers, saying that without “our own eyes we would not see them nor would our intellect be able to comprehend them”35.

Describing Reality through Visual Images When words fell short, the explorers turned to images. According to Gombrich, they rummaged around in the vast bin of stereotypes in order to be able to illustrate that which could not be seen in person. We should remember that their editors were in Europe receiving the chronicles of the travelers and explorers who were taking notes of their adventures and descriptions, which would later have to be illustrated for the benefit of their readers. It did not matter if the story accompanying an illustration was not true. What mattered was that the visual element referred to certain categories that corresponded to a stereotyped form. The stereotype was not a carbon copy but rather something that adapted to a given function by selecting distinguishing characteristics that bore some relation to the storyteller’s reality. This was the beginning of the adapted stereotype. There was, for example, a certain way in which islands had always been represented; the specificities of each island were irrelevant. It was irrelevant if one image was used to illustrate two islands separated by an ocean. What mattered was that the island’s insular nature was recognizable (See Figures 1 and 2).

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Figure 1. Map of the islands recently discovered. Italian edition of Columbus´s Letter, Rome, 1493

Figure 2. Islands of the Caribbean. Isolario, Benedetto Bordone, Venice, 1547

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Even when the artist himself had the chance to see the object being represented in person, he would nonetheless guide his hand down the road already traveled. He gazed not exclusively with his eyes, but rather through a form that had already taken root in his mind and that determined his style and composition. The familiar continued to be the starting point for describing the unfamiliar. An image cannot be composed out of nothing. This is the case of the mythical Blemayes. They had appeared very early in travel literature, illustrating the narratives of legendary heroes like Alexander the Great as well as several editions of Marco Polo. Blemayes with their characteristic shapes became a symbol of far away otherness and as so, they will reappeared in American chronicles as sir Walter Raleigh´s. In his work Travels, edited by Levinius Hulsius in Nuremberg by 1599, they appeared under the name Ewaipanomas from Guyana (See Figure 3). Figure 3. Ewaipanomas from Guyana. Travels, sir Walter Raleigh. Edited by Levinius Hulsius, Nuremberg, 1599

A lovely illustration that takes the topic of comparison to a most explicit level is one that appears in Juan de Castellanos` work entitled Primera parte de las elegías de varones ilustres de Indias (First part of the elegies of illustrious men of the Indies)36. It is a rather peculiar figure, and it has not been reproduced before. The piece was created after the era discussed in this essay, but it reveals a more comprehensive knowledge of the natural landscape of the Americas, which allows a more interesting comparison with the European (See Figure 4).

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Figure 4. Primera Parte de las Elegías de varones ilustres de Indias, Juan de Castellanos, Madrid, 1589. Biblioteca Nacional de Chile

The illustration that accompanies the chronicle is divided into two sections, left and right. The former represents the American realm while the latter depicts the known universe—in other words, everything that has to do with the Old World. If we read from the bottom up and from left to right we will notice a vegetable species known as maguey (American agave), facing a rabbit. Then we have a turkey, which is an animal native to the lands of North and Central America, facing a peacock, which represents the realm of the Orient. A bit further up we find a puma, a species native to the Americas that was, at first, scornfully described as a lion without a mane. The European, in this case, is symbolized by a lion with a great mane. The composition is framed by large trees representing the two worlds described within. The American realm includes a palm tree. The trees are filled with birds. The papagayo, at this point already a recognizable symbol of the Americas, faces a kind of vulture and another bird with a long neck. Above and at the center of the print we see the emperor’s crest with the columns of Hercules bearing the now-legendary inscription Plus Ultra. Below and also in the center, a medallion features the image of St. James the Apostle. To the left, we see arrow-bearing American Indians like the ones described by Gonzalo Fernández de Oviedo, and to the right we may admire the very civilized landscape of a medieval city. The two worlds are separated by waters traversed by ships that seem to be bringing civilization to these naked Indians. The apostle has one foot in each hemisphere, which reveals the evangelical weight of the European enterprise. http://revistahistoria.universia.net

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A given foundational event could be visually described and represented in very different ways. Such is the case of the Cajamarca event (See Figures 5 and 6).

Figure 5. Francisco Pizarro and the priest Valverde at Cajamarca, Seville, 1534

Figure 6. Encounter at Cajamarca according to Felipe Guamán Poma de Ayala, 1615

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Dating back to the 15th century, this woodcut shows father Valverde ceremoniously handing the Bible to the Inca Atahualpa. This image is tremendously valuable because it is among the few images we have that may allow us to document the European image against Andean America in the first years of the discovery and conquest. This print also has great historic value because it offers a visual record of one of the key moments of the encounter between the Spanish and the Incas—the now-celebrated episode in which Europeans presented the Incas with the Gospels, followed by the Indians’ subsequent refusal to accept the Christian religion. The would have served as the excuse the Spanish needed to evangelize them and bring them “real faith”. The woodcut, moreover, also has a certain value with respect to the contemporaneity of the stories it tells: the woodcut, which dates to 1534, pretends to tell the story of something that happened in 1532. In this image, we see the Inca sitting on a tiana, an object that was used for carrying royal dignitaries. The royal dignitary was the earthly representative of divinity, and as such was expected to travel in a state of repose as a symbol of his responsibility for maintaining the planetary balance. In Andean mythology, the world had been created not by “creation” but by organization. Things already existed, and the gods simply did a better job of organizing them. The god of the Christians had done his work first and then rested on the seventh day. The Andean gods first walked, and moved around destroying what previously existed, and then rested. Only once they were sitting down, in a restful state, did they give the world a new order. It is for this reason that the dignitary’s rest was so important, so that the world would not be destroyed again. The tiana was the main emblem of his contemplation and ethical stance, and it was for this reason that Atahualpa sat as he waited for the Spanish: to show them that he was the authority, that the cosmic and social balance depended on him. The Spanish, however, saw the Inca as nothing more than a local king who refused to accept the Christian religion, and as such they did not realize the gravity of the offense represented by their attempt to impose another belief system upon them and deny the Inca’s authority. “From an Andean position, Fray Vicente Valverde’s attempt to convince the Inca of the existence of kings and gods that were superior to the Andean kings and gods, and the total lack of respect for Atahualpa”37 were what precipitated the armed conflict that later ensued. The illustration presented here reveals a considerable level of ethnocentrism. The Europeans are shown in their full regalia, with all their weapons, while the indigenous Andeans appear naked, which is historically incorrect. The only identifiable figure is the Inca, because he is traveling on the tiana, but his traditional symbols of power, such as the mascapaycha, the llauta and the suntur paucar, are nowhere to be found in this picture. Some years later, the Andean chronicler Felipe Guamán Poma de Ayala would draw a picture of the very same scene from his point of view, which depicted the Indians dressed, the dignitary occupying the center of the composition and, in addition to his traditional unku, carrying the previously mentioned headdress ornaments symbolizing his power and authority.

The reflections and examples presented in this paper do not pretend to offer anything close

to a complete vision of the problem regarding the acquisition of knowledge and its description. On the contrary, we have seen that we are dealing with a universal topic that can assume different characteristics according to different epistemological tools and cultural backgrounds. As

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a corollary, doors are open to make similar exercises or to broaden this. Nevertheless, we can conclude that the tools and mechanisms to deal with all kinds of otherness are quite universal and recognizable. Looking for similarities and differences with the familiar, naming the other, exaggerating the difference with superlative adjectives or focusing on the possibilities of the described subject are all forms of managing differences at the encounter. What is particular on the epoch we are dealing with is the text-oriented focus of the exercise of facing reality and describing it. In this sense, the terms of reference in which description lays, are those inherited from the Biblical message and the Classical texts. Everything that is written in those texts has the rank of authority both to understand the world and to represent it. Experience has not gained yet enough space to be the critical mean to acquire knowledge. This mean of acquiring knowledge would constitute the tools as well as the obstacles to describe the marvel of the New World. Useful at the beginning, the approach of quoting the Bible and the Classical would prove not to fit with such a different reality, one never seen by any canonical writer before.

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Notes 1

Michel Foucault, Las Palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Siglo veintiuno editores, Buenos

Aires, 2002, p. 5. Anthony Grafton, New Worlds, Ancient Texts. The power of scholarship in an age of science, 1450-1800. Harvard

2

University Press, England, 1992. 3

Italo Calvino, Las Ciudades Invisibles, Editorial Siruela, Madrid, 1994, p. 36.

4

Translated from Cristóbal Colón, La Carta de Colón anunciando el descubrimiento. Edición de Juan José Antequera

Luengo, Alianza Editorial, 1992, p 46. Kirkpatrick Sale, The Conquest of Paradise. Christopher Columbus and the Columbian Legacy, Alfred A. Knopf, New

5

York, 1990, p 101. 6

Antonello Gerbi, Nature in the New World. From Christopher Columbus to Gonzalo Fernández de Oviedo, University of

Pittsburgh Press, Pittsburgh, 1975, p 12. 7

Gastón Bachelard, La Poética del espacio, Fondo de Cultura Económica, segunda edición, México, 1975, p.223.

8

Translated from Cortés, Hernán, Primera Relación, en Cartas de Relación, Edición de Angel Delgado Gómez, Editorial

Castalia, Madrid, 1993, p.139. 9

Translated from Tomás López Medel, De los Tres elementos. Tratado sore la naturaleza y el hombre del Nuevo Mundo,

Edición de Berta Ares Queija, Alianza Editorial, Madrid, 1990, p.167. 10

Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) was a Spanish chronicler who stayed at the Western Indias for many years,

after which he wrote an important literary work. 11

Translated from Gonzalo Fernández de Oviedo, Sumario de la Natural Historia de las Indias, Fondo de Cultura

Económica, México, 1950, pp. 153-154. 12

Translated from Gonzalo Fernandez de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias, Real Academia de la Historia,

Madrid, 1855, Tomo IV, p. 36. 13

Ibidem, p. 387.

14

Translated from Girolamo Benzoni, Historia del Nuevo Mundo, Alianza Editorial, Madrid, 1989, p. 313 and 321.

15

Translated from Ulrico Schmidel, Relato de la conquista del río deLa Plata y del Paraguay, 1534-1554, Alianza, Editorial,

Madrid, 1986, p.44.

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16

Translated from Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias, Real Academia de la Historia,

Madrid, 1852, Tomo II, p. 331. 17

Translated from Américo Vespucio, carta a Lorenzo de Médicis, Julio 1500, p. 61

18

Schmidel, op. cit., p.83.

19

Translated from Bartolomé De Las Casas, Apologética Historia Sumaria I, in Obras Completas. Tomo 6, capítulo 20,

Alianza Editorial, Madrid, 1992, p. 366. 20

Juan Ginés de Sepulveda, Historia del Nuevo Mundo, Alianza Editorial, segunda edición, Madrid, 1996, p. 142.

21

Cortés, op. cit., p. 139.

22

Gerbi, op. cit., p. 7.

23

These ideas were taken from a personal conversation with Art Historian Joaquín Yarza, Barcelona 2001.

24

… “ ni se me cansan los ojos de ver tan hermosas verduras y tan diversas de las neustras, y aún creo que en ellas

muchas yervas y muchos árboles que valen mucho en España para tinturas y para medicinas de especiería”. Cristóbal Colón, Textos y documentos completos. Edición de Consuelo Varela, Alianza Editorial, segunda edición, Madrid, 1992, p. 120. 25

Gonzalo Fernández de Oviedo, Sumario de la Natural Historia de las Indias, op. cit. , p. 85.

26

Italo Calvino, Las Ciudades Invisibles, Editorial Siruela, Madrid, segunda edición, 1995, p. 100.

27

Kirkpatrick Sale, op. cit., p. 82

28

Beatriz Fernández Herrero, La utopia de la aventura americana, Editorial Anthropos, Barcelona, 1994, p. 83.

29

Angel Rosenblat, La primera vision de América y otros estudios, Publicaciones del Ministerio de Educación, Caracas,

segunda edición, 1969, p. 37 30

Hernán Cortés, Segunda Relación, op. cit., p. 234.

31

Ibidem, p. 236.

32

To get more information on the importance of fantasy in the mental world of medieval man, see Jacques Le Goff, Lo

maravilloso y lo cotidiano en el Occidente medieval, Gedisa, Barcelona, 1996; Vladimir Acosta, Viajeros y Maravillas, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1992; John Friedman B., The Monstrous races in Medieval Art and Thought, Harvard University Press, Cambridge, MA and London, 1981; Stephen Greenblatt, Marvelous Possessions. The Wonder of the New World, Clarendon Press, Oxford, 1991; Claude Kappler, Mosntruos, Demonios y Maravillas a fines de la Edad Media, Ediciones Akal, Madrid, 1986. 33

Stephen Greenblatt, op. cit., p. 170.

34

Gonzalo Fernández de Oviedo, Sumario de la Natural Historia de las Indias, op. cit., p. 130.

35

Hernán Cortés, op. cit., p. 232.

36

Juan de Castellanos, Primera parte de las elegías de varones ilustres de Indias, Madrid, En casa de la viuda de Alonso

Gómez, 1589, p. 10. 37

José Luis Martínez, “Rituales fallidos, gestos vacíos: un desencuentro entre españoles y andinos en 1532”, en Revista

del Museo Chileno de Arte precolombino, Número 1, Santiago de Chile, 1994, p. 38.

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La sermonaria novohispana y su influencia en la arquitectura religiosa de Aguascalientes: prácticas de lectura y simbolismo mariano en el Camarín de la Virgen (1792-1797)* New Spain Sermons and its Influence in Aguascalientes’ Religious Architecture: Reading Practices and Marian Simbolism in Virgin Mary´s Niche (1792-1797) O sermonário novo-hispano e sua influência na arquitetura religiosa de Aguascalientes: Práticas de leitura e simbolismo mariano no Camarím da Virgen (1792-1797)

AUTOR Marco Alejandro Sifuentes Solís

Universidad Autónoma de Aguascalientes, Aguascalientes, México [email protected] mx

RECEPCIÓN Abril 2010 APROBACIÓN Septiembre 2010

Este artículo persigue mostrar cómo la producción sermonaria barroca ejerció una decisiva influencia en la elección de los programas iconográficos y arquitectónicos de los recintos de culto del período novohispano, a partir del análisis narratológicoargumentativo de un corpus de once sermones marianos existentes en el Fondo Antiguo de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (México) y que pertenecieron al acervo del antiguo convento de la Purísima Concepción, casa de religiosos descalzos dieguinos existente desde el siglo XVII en la villa de Aguascalientes (hasta la ley de desamortización de los bienes eclesiales de 1856), en cuyo templo se localiza el camarín de la virgen. El análisis demuestra la estrecha conexión entre la estructura geométrica que organiza el espacio de dicho camarín y el simbolismo astral con que María Inmaculada aparece en aquellos sermones. Palabras clave:

Sermón; Análisis narratológico-argumentativo; Analogía; Contrapunto, Semejanza de ralación; Principium vinculans

This article attempts to show how sermonic baroque production exerted a decisive influence on the choice of architectural and iconographic programs of the venues of worship for the period of New Spain. The article considers the narratologicalargumentative analysis of a corpus of eleven existing Marian sermons found in the Old Fund Autonomous University of Aguascalientes (Mexico) which belonged to the acquis of the former Convent of the Immaculate Conception, where a barefoot Diegans religious house existed since the seventeenth century in the town of Aguascalientes (until the law of confiscation of church property in 1856). Here is where the chapel of the Virgin is located near the temple. The analysis shows the close connection between the geometrical structure that organizes the space of the dressing room, and astral symbolism in which Mary Immaculate appears in the sermons. Key words:

Sermon; Narratological-argumentative Analysis; Analogy; Counterpoint; Similarity Relation; Principium Vinculans

DOI 10.3232/RHI.2010. V3.N2.05



Este texto visa mostrar como a produção sermonária barroca exerceu uma decisiva influência na eleição dos programas iconográficos e arquitetônicos dos locais de culto do período novo-hispano, a partir da análise narratológica-argumentativa de um corpus de onze sermões marianos existentes no Fundo Antigo da Universidade Autônoma de Aguascalientes (México) e que pertenceram ao acervo do antigo convento da Puríssima Conceição, casa de religiosos descalços dieguinos existente a partir do século XVII na vila de Aguascalientes (até a lei de desamortização dos bens eclesiais de 1856), em cujo templo está localizado o camarim da virgem. A análise demonstra a

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La sermonaria novohispana y su influencia en la arquitectura religiosa de Aguascalientes: prácticas de lectura y simbolismo mariano en el Camarín de la Virgen (1792-1797). Marco Alejandro Sifuentes Solís

estreita conexão entre a estrutura geométrica que organiza o espaço de dito camarim e o simbolismo astral com que María Inmaculada aparece naqueles sermões. Palavras-chave:

Sermão; Análise narratológica-argumentativa; Analogia; Contraponto; Semelhança de relação; Principium vinculans



Introducción En la actual ciudad de Aguascalientes, en el centro de la República Mexicana, existe desde 1792-1797 un edificio extremadamente singular y único: un camarín dedicado a la Virgen María en su advocación Inmaculada (Imagen 1), cuya excepcionalidad regional, e incluso nacional (pues es uno de los más tardíos camarines construidos en tiempos virreinales), reside tanto en la conjugación de orientaciones teológicas orto-heterodoxas como en un pragmatismo piadoso, circunstancias cuya simultaneidad y expresión en este edificio son por lo menos sorpredentes para el momento en que se erigió, en plena fase de consolidación del régimen borbónico y la consecuente transformación de los sistemas de creencias, doctrinas y prácticas religiosas, obligadas por la racionalidad ilustrada. En este artículo se hace énfasis en los fundamentos de la organización espacial y geométrica de dicho camarín y en cómo se corresponde con toda una narratividad que liga a María con un simbolismo solar y estelar, codificado en cierto tipo de sermones panegíricos de los siglos XVII y XVIII que ilustran las prácticas de lectura de estas obras y su influencia en la arquitectura. Imagen 1. Vista general del Camarín del templo de San Diego, Aguascalientes. Foto del autor: 2006

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La sermonaria novohispana y su influencia en la arquitectura religiosa de Aguascalientes: prácticas de lectura y simbolismo mariano en el Camarín de la Virgen (1792-1797). Marco Alejandro Sifuentes Solís

Las prácticas religiosas y la producción sermonaria, siglos XVII y XVIII Entender y comprender la arquitectura religiosa novohispana entraña múltiples acotamientos, uno de ellos es el de la temporalidad. El asunto se dificulta con obras de transición o a medio camino entre dos grande fuerzas, particularmente las fechadas en la segunda mitad del siglo XVIII, que oscilan entre la todavía sólida atracción hacia el “reino dinástico jerárquico, divinamente ordenado” de la comunidad imaginada cristiana1 y la influencia del polo opuesto, el de un nuevo tipo de comunidad en ciernes: la comunidad nacionalista regida por el Estado y por nuevas prácticas de convivencia social e institucional, esto es, dentro del marco de una empresa estatal de racionalización de las prácticas2. En la tensión entre ambos polos se localiza también la producción sermonaria; sin embargo, en Nueva España el peso específico de la Iglesia como institución, sin el contrapeso de movimientos cismáticos, matizó lo que en Europa era ya una plena realidad (esto es, la coexistencia de hasta tres comunidades: la católica, la protestante y la nacionalista); probablemente ello se deba a la considerable influencia del pensamiento escolástico novohispano en la formación de una elite intelectual de ministros diocesanos y regulares, que por cierto se encargaron de la producción, circulación y predicación de sermones. Con todo, el pensamiento ilustrado ejerció un considerable influjo que se tradujo en una escolástica novohispana modernizada, especialmente cultivada por los jesuitas. Para contextualizar un poco lo anterior, habrá que recordar que Michel de Certeau y otros autores plantean un cambio sustancial en el siglo de las Luces con el advenimiento de la Revolución Francesa y la caída del Antiguo Régimen: un movimiento, bastante extendido en el país galo, de “descristianización” que (¡por supuesto!) supone una fase previa de “cristianización”3. Sostiene de Certeau que en el lapso que transcurre entre los siglos XVII y XVIII, “vemos constituirse como distinto del sistema ‘religioso’ un sistema político y después económico, en un tiempo en que […] el cristianismo condiciona todavía el curso general de la filosofía”4. Así pues, siempre según de Certeau, el funcionamiento de la sociedad religiosa y de la experiencia cristiana de los siglos XVII y XVIII pasó de la organización de un tipo religioso de certeza (grosso modo hasta 1700) a un tipo no religioso que es la participación en la sociedad civil, momento en el que nace la nación5. Y como corolario de lo anterior, en el XVII las instituciones eclesiales promovieron prácticas devocionales en las que, según de Certeau, interesaba más la certeza de pertenecer a una confesión dada que su contenido de verdad: el saber se convirtió en un “medio para definirse”, en donde lo que cuenta es la “manera de representar, de difundir y de centralizar lo que se es”; de ahí la importancia de la educación catequética, que transmitirá la idea de que las verdades así asumidas se amoldarán a las condiciones impuestas por la sociedad civil o bien funcionarán ahí de un modo nuevo, ajustándose a él6. Al influjo de todo lo anterior, la Iglesia emprende entonces un “reparto de los conocimientos” y una “redefinición del conocimiento”, en virtud de los cuales vemos cómo “una «teología mística» se desolidariza de la teología para convertirse en «la mística» y después en la «piedad»”. Por otra parte, y más en la dirección de la literatura religiosa que tiene que ver con la producción, circulación y recepción de los sermones, de Certeau consigna que también desde el siglo XVII se observa cómo los tratados de espiritualidad se organizan según los “estados de vida”, respondiendo a un modelo

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social7. Y esto último tiene que ver, asimismo, con lo que este autor llama un desplazamiento en los marcos de referencia, desde la religión a la ética, pero en un sentido muy preciso, por lo menos válido para Francia en el tránsito del XVII al XVIII: lo moral, que tiene como marco de referencia el orden social o la conciencia, aunque en el caso novohispano esto admitiría muchos matices: en Francia, “ciencia de las costumbres”, en Nueva España, Teología Moral. En el terreno de las elaboraciones intelectuales y ministeriales del clero, el siglo XVIII ve trazarse una dicotomía que opone dos tipos de polarización, una “sacramental” y otra “devocional”, tendencias que pueden reducirse a una sola denominación: la piedad8. La moral y la piedad, pues, abundan como materias eclesiológicas en los repertorios sermonarios. A este dominio pertenece la literatura sermonaria de la que estaban repletas las “librerías” en los conventos de las distintas Órdenes religiosas novohispanas. La moral cristiana de los siglos XVII y XVIII, así, comienza a circunscribirse alrededor del “deber de estado”. Cito extensamente a de Certeau: Toda una literatura religiosa se le consagra, en general obras de vulgarización a medio camino entre la otra propiamente literaria y el folleto populachero. Este tipo de literatura recorre por turno los “deberes de los príncipes”, los de las gentes del mundo, de los maestros, de los soldados, de los artesanos, de los campesinos, de los criados, de los “pobres” y también de los esposos, de los padres de familia, de las viudas, de los estudiantes, etcétera. En esta literatura, la palabra “estado” llega cargada de una tradición teológica y espiritual ya que el término designa una “disposición del alma” habitual, un “grado” o un “orden” de la gracia, una de las etapas o de las “vías” que se distinguen en un itinerario cristiano o místico dividido en tres, cuatro, cinco “estados” o más. El análisis de los “estados” de oración o de los “estados” de perfección ocupa a principios del siglo XVII un lugar que nunca había tenido: una escolástica del itinerario espiritual sustituye a la de los seres y de las nociones, participa en el trabajo de una sociedad en tránsito que busca un orden nuevo9. Esta tensión se expresa también en las relaciones entre la oralidad y la escritura: el orden introducido por un Estado racionalizador modifica dichas relaciones y el clero mismo se ve arrastrado en esa vorágine, aunque en Nueva España esto no es tan visible sino hasta finales del siglo XVIII. Desde comienzos de esta última centuria, la clericatura –dice de Certeau– se coloca en la difícil situación de defender o difundir, como fin explícito, las creencias religiosas, pero tomando como medio “una administración técnica cuya lógica es contraria al fin que se ha fijado”10. Como resultado de lo anterior, los clérigos se convierten en “funcionarios de una ideología religiosa”, de tal modo que en sus discursos predominan tres materias: explicación de la Sagrada Escritura, virtudes eclesiásticas y Teología práctica o moral11 (lo que contrasta un poco, por cierto, con el caso de las “librerías” conventuales novohispanas, en donde predominan las obras de Homilética, seguidas de las de Teología Moral)12. Es pues en este contexto de la tensión establecida entre las creencias, la doctrina y las prácticas cultuales durante los siglos XVII y XVIII, en donde se ubica la producción sermonaria. Para el caso que nos ocupa, toda esta “intersección de series de conjuntos de dimensiones variables” (para decirlo en palabras de Ginzburg)13, nos conduce a cuestionarnos

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cómo las prácticas de lectura de los sermones marianos quedaron abiertas a interpretaciones acordes a las circunstancias vividas a finales del siglo XVIII en el virreinato novohispano. En este sentido, nuestra hipótesis de trabajo en este texto es que la apertura del símbolo mariano a lecturas heterodoxas no es que obedeciera propiamente a desviaciones canónicas, sino que estaba determinada por la necesidad de la Iglesia postridentina de reforzar una mariología política que insuflara vida al alicaído cuerpo doctrinal de la Escolástica tradicional para hacer frente a la nueva comunidad nacionalista en ciernes, con el silencio cómplice del Santo Oficio. Semejante estado de cosas cristalizó en el centro-norte novohispano, en el sistema geográfico que sirvió de gozne entre el norte minero y la capital del virreinato, y que comprende los estados actuales de Querétaro, Guanajuato, parte de Jalisco, parte de Michoacán, Aguascalientes y Zacatecas. En este ámbito territorial, la villa de las Aguas Calientes experimentó la particularidad de que desde mediados del siglo XVIII y hasta su conclusión, estuvo hegemonizada por una casta de indianos montañeses de Cantabria, a la que pertenecía el patrón del Camarín de nuestra historia, cuya particular devoción por la Inmaculada Concepción se incrustó en el contexto del fomento de aquella mariología política, pues sirvió tanto a los intereses de la Iglesia bajo el nuevo estado impuesto por la racionalización de las prácticas promovida por la Corona, regida ahora por la dinastía Borbónica, como a la necesidad de remarcar una filiación identitaria montañesa diferenciadora de otros criollos y peninsulares de la región.

La sermonaria novohispana La cultura novohispana de estos siglos tuvo una influencia irrecusable en todos los aspectos de la vida, particularmente en el campo de las creencias, las doctrinas y las prácticas devocionales. De ahí la importancia de conocer lo que en la época se leía, lo que en el púlpito se oía y aquello que fijaba en letra impresa el mundo de imaginarios subyacente a la práctica piadosa: los repertorios sermonarios. El sermón ha sido un género de la literatura religiosa poco estudiado en México, aunque su consideración como posible fuente viene de tiempo atrás. Las razones del desaire se deben en parte a los prejuicios, ya que se consideraba a los sermones como “obrillas de poca monta”14, y en parte a las mismas limitaciones que esta fuente ostenta, que la habían hecho poco fiable para los historiadores, quienes la juzgaban peyorativamente en términos de discurso “retórico” (durante mucho tiempo desacreditado), más que como un “relato que contribuyera al imaginario simbólico cultural”15. Y ello a pesar de la abundante existencia de sermonarios en las “librerías” conventuales novohispanas. No es sino hasta los últimos tiempos que ha cobrado cierta notoriedad y relevancia, nacidas de la mayor atención que sus contenidos han merecido y que han corrido parejas con la proliferación del análisis textual o argumentativo desde diversas perspectivas hermenéuticas: ya filosóficas, ya semiológicas, ya filológicas o hasta retóricas, etc. Lo importante en el mundo del sermón no se reduce, como dice Mariana Terán, a papel y tinta, sino que es “un juego complejo

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de sujetos sociales que escriben, editan, imprimen, coleccionan, compilan, venden, transmiten, oyen, buscan, censuran, aprueban bajo diferentes circunstancias y lecturas”16. No sólo es modelador virtuoso de vida, sino expresión de la sociedad que lo encarga, sufraga, escucha, lee e interpreta17. No es sólo un artificio para convencer sino para “ascender” en la sociedad. En efecto, la literatura sermonaria habla de las maneras de construir imaginarios centrados en el mundo de la fe y las devociones, ya que la oratoria o la escritura sagradas producen imágenes, y las imágenes son también un dispositivo de representación tanto en el ámbito público como en el privado. No en balde el del sermón fue uno de los géneros de “mayor relevancia en la cultura novohispana”, esto debido a que: 1) los sermones eran producidos por el clero, que representaba a “uno de los grupos de mayor incidencia política y social en el mundo cultural colonial”; 2) eran pronunciados dentro del marco de un espacio ceremonial en el que se pregonaba un modelo de virtud; 3) y porque formaban parte de una tradición que privilegiaba la palabra pública para la consolidación de la fe18, esto es, una serie de costumbres o rituales –artificios– que implicaban ciertas prácticas de recepción colectiva de sus contenidos en un ambiente solemne y en un espacio ad hoc, cuyo último fin consistía en enseñar, deleitar y mover19. Y en un medio en el que la mayor parte de la población católica era analfabeta, la predicación del sermón –la oratoria sagrada– sin duda constituía una forma muy efectiva de transmisión de los contenidos religiosos, pues el púlpito “era la escuela gratuita del pueblo llano, que no conocía más horizonte cultural que el constituido por las verdades religiosas”20. En el sermón21 se distinguen a) los propios contenidos de las piezas, b) sus formas de transmisión, “que pueden observarse desde la óptica formal en que se articula la maquinaria barroca en el discurso: su estilo, sus imágenes, su propuesta argumentativa, hasta la forma concreta en que se transmiten, sea oral o textual”; c) y quienes participan en diverso grado, desde los polos del productor hasta el auditorio, pasando por quienes lo predicaban, quienes lo aprobaban y quienes lo patrocinaban22. Para Terán Fuentes, una característica esencial que los distingue de los lenguajes formales propios de las ciencias lógicas y exactas, cuyas estructuras tienden a ser unívocas, es que el sermón se abre a diversos significados y, por lo tanto, a diversas interpretaciones que dependen de los contextos en que se mueven los distintos sujetos que hacen uso o se apropian de él. En este tenor, por ejemplo, en la producción y en la recepción sermonarias encontramos dos categorías correlacionadas: el sermón mariano y –derivado de éste– el sermón guadalupano; cada uno vehículo de expresión y devoción, respectivamente, de la elite peninsular y de la elite criolla novohispana, sobre todo en espacios geográficos concretos y en estamentos específicos de la sociedad virreinal. El sermón novohispano de estas características sirvió a otros fines más allá de los estrictamente religiosos, pues contribuyó al “afianzamiento de relaciones de poder o el despliegue de lazos que, mediante el apadrinamiento de determinado culto, edificaban una identidad socio-política”23. Aun siendo escasa la bibliografía, Terán Fuentes establece tres rutas generales de la historiografía sobre el sermón: 1) el sermón como fuente de apoyo para otros objetos de estudio,

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algunos de cuyos trabajos son de la autoría de David A. Brading24 y de Jaques Lafaye25; 2) el sermón contemplado como fuente de apoyo para la historiografía del culto guadalupano, del que sí existe una amplísima bibliografía, destacando los trabajos de Francisco de la Maza26 y de Ernesto de la Torre Villar en coautoría con Ramiro Navarro27; y 3) el sermón como objeto de estudio en sí mismo, advirtiéndose en este caso dos direcciones de los estudios: los que resaltan la relación religiosidad-patriotismo, como la obra de Brian Connaughton28; y los que atienden a los propios mecanismos internos de estas piezas sagradas para dar cuenta del mecanismo de la sociedad virreinal desde el punto de vista religioso. Destacan los trabajos de Edelmira Ramírez Leyva29 y de Carlos Herrejón30; en una de cuyas obras el autor identifica tres períodos: de 1584 a 1665, en que se observa la tendencia a la integración del sermón novohispano a las tradiciones sermonarias europeas; de 1666 a 1766, que ve proliferar sermones de acción de gracias y el tópico de la Guadalupana, que va “reasumiendo el misterio de la Inmaculada”; y de 1767 a 1821, en que el sermón guadalupano adquiere una “preeminencia inusitada”31. Por supuesto, las obras señaladas son sólo algunas de las más representativas de cada ruta. De su examen se desprende, sin embargo, que la mayor parte de estos estudios, si no es que todos, está centrada en los contenidos y significados de los sermones desde el punto de vista de lo que su propia estructura permite, puesta en relieve por el analista, y, a lo más, en los sentidos larvados por los productores en tales piezas. Incluso una tesis doctoral relativamente reciente, siendo pionera para la región centro-norte de México, no se sacude completamente de esta tendencia, aunque su gran mérito es haber acotado su estudio a la “pragmática y uso social del sermón”32, lo que le permitió aproximarse a diversas apropiaciones de la literatura sermonaria en un contexto cultural preciso. En efecto, desde este último punto de vista poco se ha considerado el sermón, es decir, desde una óptica que incluya las “lecturas” del auditorio, tratándose de piezas oratorias o aun de obras manuscritas o impresas, que constituyen las dos tradiciones que conforman el mundo del sermón. Por ello, Terán Fuentes advierte que contra los sentidos universales, absolutos o unívocos, está la hermenéutica de la apropiación cultural, ya que los sermones “existen y cobran sentido no sólo cuando son escritos y publicados, sino cuando son escuchados, cobran sentido cuando son pedidos y comprados, o cuando son representados en un púlpito y escuchados por alcaldes, regidores, corregidores, familias nobles sentadas en las bancas importantes de una parroquia”33. En este sentido, el sermón visto como artificio “es también una fábrica construida en la producción, circulación y lectura” de esta pieza retórica, ya que se elabora “con el modo en que culturalmente los grupos se [lo] apropian”34. Habrá que aclarar que la tradición sermonaria no mostró, por lo menos en Nueva España, una única vía en una de sus dimensiones esenciales: la predicación. Ésta podía anteceder o ser consecutiva a la presentación de los sermones en forma escrita, ya fueren manuscritos o impresos35. La predicación desde luego implicaba una forma de lectura colectiva que de uno u otro modo incorporaba la propia interpretación del predicador, sobre todo a partir de San Agustín, para quien no bastaba “decir” el contenido de un sermón o de su predicación como acto comunicativo, sino que había que saber cómo decirlo, recuperando con ello la tradición retórica ciceroniana36; pero además, permitía “lecturas” llenas de imágenes mentales –y, ¿por qué no?, visuales– del propio auditorio. Por otro lado, los contenidos de los sermones podían atender al propio contexto litúrgico o bien a motivos y actores concretos. A los primeros los denomina Terán Fuentes “sermones formales” y a los segundos “sermones de circunstancia”. Los primeros forman parte del año litúrgico

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y pueden desglosarse en cristológicos, mariológicos, hagiográficos y teológicos, en los que no hay referencia concreta a situaciones particulares, sino a situaciones y personajes modélicos y universales. Terán Fuentes afirma que suelen ser manuscritos y previos a la predicación, aunque en el Fondo Antiguo de la Universidad Autónoma de Aguascalientes revisé algunos que están impresos. Los segundos sólo dependen del contexto cultural y remiten a personas, localidades o acontecimientos específicos, tanto naturales como humanos (guerras, sequías, fundaciones de ciudades, patrocinios, etc.) dentro de una “hermenéutica de las circunstancias en relación con los textos sagrados”; éstos suelen ser más bien impresos y pueden clasificarse en sermones de rogativa, de dedicación, de aniversario, de honras fúnebres37. Ahora bien, el acto de la predicación de un sermón, independientemente de que le preceda o suceda a su forma manuscrita o impresa, supone dos actos de lectura, dos performances orales (para usar una expresión de Chartier): el de la interpretación del predicador y el de la apropiación del oyente. En ambos casos ocurre en un contexto público o colectivo y en un espacio sagrado. Al respecto, Margit Frenk afirma que “La mera presencia virtual de un grupo de oyentes tiene que haber determinado aspectos importantes de la escritura. Los autores escribían oyendo el efecto sonoro de sus palabras y dándoles un movimiento y una organización que correspondieran a lo que un público auditorio podía captar y gozar”38, lo que introducía el problema de la emergencia del “lector implícito”, eventualmente convertido en “autor implícito” en la medida que sus apropiaciones daban nueva vida al texto original, más allá del sentido supuestamente depositado en él por el productor del sermón. Para los religiosos regulares o diocesanos encargados de instruir dogmáticamente a sus súbditos, la lectura reflexiva y en silencio era condición para asimilar y luego poder transmitir las enseñanzas a los demás en orden a persuadirlos de las bondades de la vida recta, lo que tenía lugar mediante prédicas hechas a través de la lectura colectiva de la escritura sermonaria. La lectura silenciosa, personal e introvertida ayudaba a afianzar la fe por la conciencia; la lectura colectiva y en voz alta, a encarnar la fe por el ministerio piadoso y la solidaridad de grupo, aunque también aquí existía un reducto de ambigüedad comunicacional, pues como dice Mariana Terán: “En la conversación personal el interlocutor puede preguntar sobre algún fragmento de la plática que no se entendió, pero en la predicación el auditorio no tiene la posibilidad de preguntar al orador”. Este reducto pudo haber determinado interpretaciones poco ortodoxas o haberse convertido en un resquicio retórico por donde pudieron haberse colado algunos excesos, tanto por parte del predicador como por parte del oyente, pues si bien “la intención era sembrar la buena palabra, el sermón fue también pretexto para expresar o mezclar otros sentidos que se alejaban del canon conciliar”39, ya que los fines de la predicación instaurados por el Concilio de Trento (enseñar, deleitar y mover) “se convierten en territorios de frágiles fronteras que las autoridades deben vigilar, pues el desequilibrio entre las partes podía ocasionar el naufragio del discurso en las playas de la herejía o la traición”40. Por supuesto que la predicación presuponía una sólida preparación del predicador en materia de oratoria y escritura sermonarias, por lo que eran necesarios en la formación y en el ministerio diversos manuales y obras de preceptiva retórica, por lo regular basados en la tradición ciceroniana o quintiliana, recuperadas por San Agustín, y por lo tanto deudores de la transformación medieval del arte de la memoria, que se desplazó desde la retórica clásica del trivium a la tradición medieval agustiniana de las Potencias del Alma (Memoria, Entendimiento, Voluntad) y a la virtud cardinal de la Prudencia (Memoria, Inteligencia, Providencia). Y sin duda, el abanico de opciones para el performance oral de un sermón estaba determinado por las posibilidades que ofrecían los acervos de las librerías conventuales, entre otro tipo de repositorios,

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pletóricos de obras de Homilética, Teología Dogmática, Teología Moral, Mariología, los propios repertorios sermonarios y los manuales de preceptiva retórica, etc. Una de estas colecciones fue la del Convento de hermanos franciscos de San Diego (o “dieguinos”) de Aguascalientes.

La definición del corpus sermonario Un trabajo relativamente reciente de catalogación fue el del Fondo Bibliográfico de la Diócesis de Aguascalientes (FBDA)41, que deriva de un proyecto general de “rescate de los archivos de bibliotecas que contienen libros del periodo [sic] novohispano de los siglos XVI al XIX”, y cuyo propósito era “contribuir a la conformación de un catálogo actualizado de las obras existentes en la entidad y facilitar la investigación bibliográfica del periodo colonial”. Estos libros se encuentran actualmente, para desgracia del historiador, en dos repositorios distintos que dificultan un poco el trabajo, aunque su volumen –un total de 462 libros, considerando sólo las obras de los siglos XVII, XVIII y XIX– hace relativamente manejable y al mismo tiempo relevante esta colección, pues, de acuerdo con Maxime Chevalier, casi alcanza el criterio numérico (500 libros) que la hace digna de consideración, y al parecer también por la variedad de sus temas42. Los dos repositorios mencionados son: el de la Biblioteca “Eduardo J. Correa” del Seminario Conciliar (BEJCSC) y el del Archivo Histórico de la Diócesis de Aguascalientes (AHDA), también conocido como Archivo Parroquial de Aguascalientes (APA). Otra tarea del proyecto de recuperación de la bibliografía novohispana, paralelo al referido arriba, consistió en la catalogación del Fondo Antiguo de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (FAUAA), constituido en buena proporción por los libros de lo que fue el Convento franciscano de San Diego. Esta otra colección cuenta además con títulos que obraban en poder del Convento de los mercedarios, de los agustinos e incluso de los dominicos, así como con algunos pertenecientes a la Biblioteca estatal y la del Instituto de Ciencias y Tecnología43. El fondo está constituido por un total de 308 libros, lo cual de entrada pareciera desaconsejar un estudio medianamente profundo, habida cuenta del criterio antes señalado que considera como colección digna de análisis aquélla compuesta por al menos 500 obras; sin embargo, no debe perderse de vista que estos son los libros que han llegado hasta nosotros, por lo que nada autoriza a sentenciar categóricamente que fueran los únicos. De ese volumen, el 33.77% (104 títulos) corresponde a las obras del antiguo Convento de la Purísima Concepción (o de San Diego), que es el que nos interesa. Es verdad que 104 obras no parecen una cifra que asombre mayormente a un estudioso de las obras antiguas, mucho menos si de ella se pretenden deducir las vicisitudes particulares de un fenómeno dado. Por el idioma en que están escritos, el 58.65% (61 libros) lo está en español; el 33.65% (35 libros) en latín; el 6.74% (7 libros) en portugués; y el 0.96% (sólo 1 libro) en francés. Estos datos son elocuentes en el sentido de que a pesar de todo en el Convento de San Diego los frailes seguían atados a la cosmovisión premoderna del universo, pues el español y el latín representan un peso considerable, del orden del 92.3%, tomados juntos; como ha dicho Anderson, la lengua sagrada se vio debilitada aún más por el propio español, pues la

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lengua vernácula no sólo competía con el latín sino que era fuente de doctrinas tanto ortodoxas como heterodoxas, contribuyendo con ello a la “decadencia de la comunidad imaginada de la cristiandad”44. Así pues, las obras de este repositorio en particular sirvieron para transmitir ideas, conocimientos y prácticas más propios del mundo regido por horas canónicas, por sermones y reglas de vida y de comportamiento austerísimos, por enseñanzas teológicas sometidas intelectualmente a la filosofía escolástica y todavía escasamente abiertas a los nuevos avances científicos del mundo moderno, si bien algunas de sus obras permiten señalar que Aguascalientes “no estuvo al margen del proceso civilizador universal” y que, pese a la distancia de los centros hegemónicos, “estaba al tanto de los avances científicos” de su época. Agrupando por siglos, el 45% (47 libros) corresponde al siglo XVII, 49% (51 libros) al siglo XVIII. Por el momento poco se puede colegir de estas proporciones, pues la colección presenta casi el mismo número de obras de ambos siglos y como la fecha de adquisición no necesariamente coincide con la de edición, es difícil determinar en qué época fueron incorporadas al claustro dieguino; es más, ni siquiera he podido hacer un estimado del número de libros que llegaron a sus estantes. Tendremos que esperar a encontrar otras fuentes y documentos de las remesas que, como se recordará, estaba mandado que llegaran a los conventos franciscanos mediante compra encargada al síndico en turno. Por materias, el cuadro siguiente nos expresa la composición del acervo del Convento de la Purísima Concepción resguardado por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, aunque supongo que no era toda la colección existente, sino lo que sobrevivió de ella. Cuadro 1. Número de obras por materias. Fondo del Convento de la Purísima Concepción

Materias

Número de Obras

Homilética

22

Teología Moral

13

Derecho Eclesiástico

10

Miscelánea

10

Historia Eclesiástica

7

Biblia

6

Mariología

5

Teología Dogmática

5

Pastoral

4

Religiosos

4

Hagiografía

3

Derecho Civil

3

Obras Generales

2

Diccionarios

2

Historia Civil

2

Apologética

1

Ascética

1

Filosofía

1

Literatura

1

Liturgia

1

Fuente: Elvia Carreño Velásquez (Integradora), Catálogo Colonial Bibliográfico de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, México, UAA, 1999, pp. 141-142. HIb. REVISTA DE HISTORIA IBEROAMERICANA |

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Este cuadro merece varios comentarios; comencemos por lo existente. En primer lugar, constatamos que la suma total es 103; sin embargo, en el Catálogo sí se registra la obra faltante, por lo que es probable que se trate de un error de imprenta. Casi el 80% corresponde a obras teológicas y el 20% restante a las no teológicas. Las obras misceláneas representan casi el 10% de la colección; otro tanto las obras de Derecho Eclesiástico; el mayor porcentaje se lo llevan las obras de Homilética (el 21%), seguidas de las de Teología Moral (casi el 13%), de Historia Eclesiástica (casi el 7%) y Biblias (casi el 6%), entre ellas por cierto una edición de 1754 de la “La Vulgata” de San Jerónimo, que era la versión considerada como canónica45, aunque un tiempo estuvo prohibida por el Santo Oficio. Siguen obras mariológicas (casi el 5%) y de Teología Dogmática (también casi el 5%). En menores proporciones obras pastorales, crónicas de órdenes religiosas, vidas de santos, obras de Derecho Civil y todas las demás materias restantes del cuadro superior (diccionarios, obras históricas, obras generales, Apologética y Ascética, la obra filosófica aludida supra, una obra literaria y una litúrgica). Lo que muestran estos “datos duros” es una tendencia que ya había detectado para los casos del Fondo Bibliográfico de la Diócesis de Aguascalientes y la parte del Fondo Antiguo de la Universidad Autónoma de Aguascalientes que no corresponde al convento de San Diego; asimismo, he encontrado que dicha tendencia también es recurrente en varias bibliotecas conventuales de la ciudad de México del período virreinal46, y que es, a saber: por un lado, el predominio de una literatura para la predicación y por otro, para la vida virtuosa (en suma, en ambos casos, una Teología Práctica)47. Si lo primero, dicho predominio es comprensible debido a que la literatura homilética, la más numerosa, está conectada con la historia eclesiástica y con la Biblia, dado que las reglas para la práctica de la escritura sermonaria exigían la persistente invocación de la escritura bíblica y la de los Doctores de la Iglesia, en cuanto fuentes de autoridad indiscutibles. Si lo segundo, debido a que las obras de moral eran necesarias para enseñar a los frailes –y ellos a su vez a sus feligreses– a llevar a la realidad cotidiana lo que el conjunto de las obras de Teología Teorética establecía como doctrina. Incluso es notable que sean más numerosas las obras de Teología Moral que las de Apologética o Ascética, lo que nos habla del peso que en la formación de los hermanos descalzos tenía la doctrina y el ministerio que lleva a la vida virtuosa en el siglo, observando y practicando en la tierra las leyes de Dios y de la Iglesia. En parte, lo que explica este predominio (nada fortuito, a juzgar por lo persistente de dicha tendencia en los acervos conventuales novohispanos, por lo menos en los franciscanos) es, en el caso del acervo del convento dieguino de Aguascalientes, el peso de los autores jesuitas que, aunque no demasiado numerosos, ejercieron una influencia determinante cuya lógica no puede explicarse sino en relación a los avatares de la política contrarreformista postridentina, por lo menos hasta la expulsión de la Compañía de Jesús de territorio novohispano.

En los siglos XVI, XVII y un poco más de la mitad del XVIII, varios de los escritores más

afamados eran jesuitas y sus obras estaban dedicadas a proporcionar a sus cuadros una sólida formación doctrinal pero sobre todo ministerial, para la labor misionera a la que estaba destinada la Orden a efecto de conquistar y preservar almas sustrayéndolas de la herejía (cualquiera que

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ésta fuese). Ésta, como se ve, es una tarea más acorde a los contenidos de la Teología Práctica (y por sus resultados, política) y a los de su modalidad pastoral “retórica” (homilética), cultivada de manera especial por los predicadores por excelencia: los dominicos, que sin embargo complementaba admirablemente a la Teología Teorética (en su modalidad mística) desarrollada por los Padres y Doctores franciscanos. En esta colección, que es la que heredamos, y en donde son escasísimas las obras filosóficas, predominan títulos y autores religiosos, pues la Escolástica no dejó de imprimir su huella; así, encontramos a autores como el mismísimo Santo Tomás, del que existe un ejemplar de su Summa Theologica y otro de sus Quaestiones quolibetales duodecim; y a seguidores suyos como el ya citado Antonio Goudin, un escolástico del siglo XVII “que estudiaba a los modernos para polemizar con ellos”; así como a otros autores, tales como Melchor Cano, el autor “clásico” para la tópica metodológica de la teología (ausente en esta colección de San Diego pero presente en el Fondo Antiguo de la UAA); o como el padre Pablo Segneri (o Señeri), un famoso orador jesuita del siglo XVII, “muy leído por los que querían introducir el pensamiento moderno en la enseñanza de la filosofía”; y también como Benito Jerónimo Feijoo con su Teatro Crítico Universal, famosa obra literaria “que fue medio de difusión de la filosofía y la ciencia moderna en España y sus colonias”48 y de la que existen varios tomos (aunque no en la sección del Convento de la Purísima, sino en la colección del FAUAA). El convento poseía asimismo dos obras de Agustín Barbosa, un notable canonista de los siglos XVI-XVII; otros jesuitas representados en la colección son: Hermann Busembaum, teólogo del siglo XVII; Nicolás Causino, sacerdote y moralista jesuita del siglo XVII; Antonio de Escobar y Mendoza, otro jesuita de este mismo siglo; Vicente Houdry, jesuita de los siglos XVII-XVIII. Otros grandes escritores que poblaron las estanterías de San Diego fueron: Ambrosio Calepino, fraile agustino de los siglos XV-XVI49; Francisco Toledo, filósofo, teólogo y exegeta jesuita de la decimosexta centuria; Antonio de Molina, cartujano, escritor ascético de los siglos XVI-XVII; Julio Lorenzo Selvaggio, sacerdote y canonista italiano del siglo XVIII; los libros de Tertuliano parecerían ser una curiosa rareza en el convento de San Diego, por su pasado pagano (aunque luego se convirtió), pero es más probable que fuesen conseguidos para el Instituto de Ciencias en el siglo XIX, a juzgar por el ex libris que contiene. La biblioteca del convento de la Purísima de Aguascalientes contenía en su estantería algunas obras que por estar prohibidas debieron quedar conclusas50, como la mencionada de Calepino; también estaba la Suma de casos, de Manuel Rodríguez (o Emanuel)51; algunos tomos de la de Luis de Bavia, Historia pontifical, y católica, prohibida en el Índice de Zapata de 1632, y la de Marcos de Guadalajara, Historia pontifical, y católica, prohibida en el Índice Romano de 1667 “hasta que se expurgue”52. Asimismo, obras de Santa Teresa de Jesús (o de Ávila) y de la Venerable Madre de Ágreda. Las obras se Santa Teresa (Vida, Camino de perfección, Las Moradas) cayeron bajo sospecha y fueron vigiladas por el Tribunal de la Suprema53, quedando prohibido “que ninguno escriba sobre esta materia de aquí adelante, ningún impresor imprima ningún papel desta materia so pena de descomunión [sic] mayor latae sententia y doscientos azotes”54.

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Respecto a la Madre de Ágreda, franciscana concepcionista, fue una mujer que “comenzó a ser conocida no sólo por su devoción temprana, sino, esencialmente, por sus frecuentes arrebatos místicos” (como Santa Teresa), que la llevaron a que la Inquisición enderezara dos investigaciones contra la sospechosa capacidad de esta monja de estar en dos lugares al mismo tiempo (ubicuidad o bilocación)55. Sabemos que de ella existía en la villa de Aguascalientes un ejemplar de su obra cumbre (Mística ciudad de Dios), y que perteneció precisamente a uno de los benefactores de la Iglesia en Aguascalientes: el filántropo burgalés Francisco de Rivero y Gutiérrez56. Todo lo anterior conduce a pensar acerca de la extremadamente sutil y delgada línea divisoria entre la ortodoxia y la heterodoxia y, desde luego, en la matriz pagana de varios de los misterios y dogmas de la Iglesia Católica, por más que los niegue: la misma Inquisición es prueba fiel de ello. También, lo visto parece apoyar sólo débilmente la idea de que el pensamiento moderno tuvo alguna resonancia en la villa entre los religiosos, tanto regulares como seculares; no niego esta posibilidad, y la misma composición del acervo dieguino aconseja no lanzarse alegremente a favor de un anacronismo total; más bien me acojo a un argumento más prudente que es sólido con respecto a la evidencia disponible, a saber, que los religiosos de la época aceptaban aquella parte del pensamiento moderno que no entraba demasiado en conflicto con la fe57; o a la posición defendida por Beuchot, en el sentido de que “Ni siquiera al final del siglo [XVIII] se encuentra un pensamiento moderno totalmente alejado de la escolástica”58, opinión convergente con la de Sanabria, quien afirma que se recurría a la lectura de las fuentes originales “para conocer el pensamiento genuino de Aristóteles”, pero también a la historia y a los autores modernos “para aprovechar lo bueno que tuvieran”59; es decir, conciliar lo antiguo y lo nuevo, actitud plenamente escolástica de la que incluso los jesuitas no pudieron sustraerse. Hablemos ahora de las ausencias. La colección es pobre en obras científicas y filosóficas y carece por completo de títulos de la Tratadística arquitectónica y del hermetismo renacentista, lo que en ambos casos cabría esperar, sobre todo en el segundo, en razón de las prohibiciones in totum, las versiones expurgadas y las prohibiciones específicas que pesaban en primerísimo lugar sobre los ministros de los cleros secular y regular. Pero precisamente, como sugiere Beuchot en el caso del dominico del siglo XVIII Cristóbal Mariano Coriche (con respecto a que atacaba pero no dejaba de leer a Juan Jacobo Rousseau), si la Inquisición combatía fuertemente a los libros “peligrosos” puede que sea porque los tomaba en cuenta y se les daba peso a sus ideas, así fueran “erradas”. Y para ello los censores del Santo Oficio tenían que leerlos. Como en todos los archivos y fondos que examiné, también en el del Convento de la Purísima Concepción es notoria la ausencia de libros de Matemáticas, Geometría, Artes y Arquitectura, y la escasez de obras de Medicina, Geografía, Astronomía, Física y otras. Este inconveniente presentó desde luego algunas dificultades e interrogantes para la investigación. Pero como había señalado, ésta es la colección de la “librería” conventual de la Purísima de San Diego que nos ha llegado, aunque no es del todo inútil reiterar que no creo que fueran los únicos libros en esta “santa casa” de religiosos descalzos. Si esto fuere así, cabría preguntarse ¿dónde quedaron los libros, si acaso poseyó más el convento dieguino? No lo sabemos.

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A falta de documentación sobre las lecturas y los libros que leyeron real y efectivamente los autores intelectuales y materiales del Camarín, el examen de la literatura sermonaria, asimilada y apropiada a diario por los católicos practicantes, podía dar pistas para conocer las motivaciones de orden simbólico que definieron a dicho edificio como un artificio (como un orden de lugares para recordar, ascender y trascender), y a su fábrica “espiritual” y “material” como una auténtica virgofanía, aspecto que desarrollaré en el siguiente apartado.

El análisis narratológico-argumentativo La tradición escriturística, tanto la bíblica como la retórica sacra posterior (la Homilética), autoriza la asociación de María y su Hijo con un simbolismo solar y especialmente estelar60, central en la tradición cristiana. La literatura concepcionista, tal como aparece en los sermones escritos, tal como la predicaron sus panegiristas, tal como seguramente la leyeron o escucharon el patrón y el constructor del Camarín, tal como con toda probabilidad se la apropiaron para sus propios fines, todo ello conforma el marco de referencia inmediato de cara al significado de María Inmaculada como principium vinculans, como el vínculo que ligaba la actitud piadosa de las personas y su anhelo de salvación, o como el nexo sublimado entre las tradiciones paganas y cristianas que informaron el diseño y la fábrica del camarín61. La concepción y nacimiento de María la vinculó con la salvación humana, pues de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, es desde los cielos donde “cuida de la salvación y es canal de todas las gracias que llegan a los hombres”62. Pero es su asociación con atributos solares y con los fulgores que del astro se desprenden, en donde he encontrado elementos para ligar, asimismo, a la Inmaculada tanto con Cristo como sol, como consigo misma en tanto estrella iluminada por el sol (mujer “vistiendo al sol” y mujer “vestida de sol”) y, en este sentido, su asociación con la estrella de ocho puntas. De los libros que poseía el convento de religiosos descalzos de San Diego, revisten especial importancia los de Homilética y Mariología, y de manera particular los dedicados a la Virgen María o a la Inmaculada Concepción. Su examen me permitió confirmar la idea de la literatura religiosa como una de las fuentes directas de la “delineación” y la construcción del Camarín, así que en los párrafos que siguen analizo el contenido de algunos sermones marianos, significativos desde el punto de vista de lo que aportan para la comprensión del vínculo de María no sólo como “intercesora de los hombres ante Dios”, sino como motivo simbólico que rigió el discurso geométrico e iconográfico del recinto. Como se había señalado en su oportunidad, las obras de Homilética (22 libros) que pertenecieron a la “librería” del convento dieguino representan el mayor porcentaje del acervo, el 21% para ser precisos, mientras que las de Mariología (5 libros) casi el 5%. Los títulos respectivos son los siguientes:

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Cuadro 2. Obras de Homilética y Mariología del Convento de la Purísima de Aguascalientes

Materia

Homilética

Materia

Autor

Obra

Juan de Cartagena

Homiliae catholicae in universa christianae religionis 1615 arcane

Juan de Estrada

Primera parte de la Cuaresma

1670

Carlos van Horn

Cornucopiae concionum sacrarum, et moralium formatarum

1688

José de Olivera

Sermoens varios

1700

Francisco Silvestre

Discursos morales para las ferias principales de quaresma

1681

Sin autor

Año christiano ó exercicios devotos para todos los domingos…

1774

José de Barcia y Zambrana

Despertador christiano de sermones doctrinales

1719

José de Barcia y Zambrana

Despertador christiano quadragesimal de sermones doctrinales para todos los dias de la quaresma

1724

José de Barcia y Zambrana

Despertador christiano quadragessimal

1724

César Calino

Discursos morales y consideraciones familiares para todos los dias del año

1786

Juan Croiset

Año Christiano, ó exercicios devotos para todos los dias del año

1767

Francisco de la Encarnación

Sermones quadragesimales, morales y politicos

1724

Juan Franco

Sermoens varios

1738

Simam de Gama

Sermoens varios

1712

Juan Bautista Donet

Clypeus Theologiae thomisticae

1772

Manuel de Govea

Sermones varios

1723

Manuel de Govea

Sermoens varios

1742

Manuel de Govea

Sermoens varios

1761

Manuel de Govea

Sermoens varios

1743

Juan de San Miguel

Panegyricas reliquias… sermones varios

1762

Nicolás de Segura

Platicas panegyricas y morales sobre el cantico del Magnificat

1742

Pablo Señeri

Cuaresma

1717

Autor

Obra

Año

Antonio de Aguirre

Inmortal aplauso del triumpho original de la inmaculada concepcion de nuestra señora de la sacratissima virgen Maria

1697

Antonio de Aguirre

Sermón sobre el glorioso tránsito de la Virgen María 1698

Alonso Avila

Sermón para la fiesta de los dolores de la santísima 1697 virgen María

Mariología Manuel de Guerra y Rivera José de Nogales Dávila

Año

Ave Maria: oraciones varias consagradas a Maria señora nuestra, madre de Dios, y de pecadores

1718

Mistica casa de la mejor saviduria erigida sobre siete columnas sumptuosas, coronadas con siete Soberanos Principes Angelicos, quienes con siete diversas Ciencias publican los titulos mysteriosos de Maria Santisima en la antiphona de la salve, y Asumpcion á los Cielos en Cuerpo, y Alma gloriosa

1720

Fuente: Elvia Carreño Velásquez (Integradora), Catálogo Colonial Bibliográfico de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, México, UAA, 1999

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De este subgrupo de 27 obras de Homilética y Mariología analicé de modo particular aquellas que de una u otra forma refieren aspectos que remiten al simbolismo de la Inmaculada Concepción, que son las siguientes (en orden ascendente, por años)63: 1. Manuel de Guerra y Rivera, Ave Maria. Oraciones varias consagradas a Maria Señora Nuestra, Madre de Dios y de pecadores, T. VII, Francisco Martínez Abad, Madrid, 1718. 2. Fray José de Nogales Dávila, Mistica casa de la mejor saviduria erigida sobre siete columnas sumptuosas; coronadas con siete Soberanos Principes Angelicos, quienes con siete diversas Ciencias publican los titulos mysteriosos de Maria Santisima en la Antiphona de la Salve, y Asumpcion á los Cielos en Cuerpo, y Alma gloriosa, impresor D. Antonio Nogales, con licencia de la viuda de Miguel de Ortega, Puebla, 1720. 3. Manuel de Govea, Sermones Varios, y discursos predicables, políticos, panegíricos y morales ofrecidos a la Siempre Excelsa, Siempre Augusta y Serenísima Majestad de la Virgen María Nuestra Señora en el primer instante de su Purísima, Sacratísima y Gloriosísima Concepción, Sexta Parte, Oficina de Antonio Pedrozo Galram, Lisboa, 1723. 4. Manuel de Govea, Sermoens varios…, Primera Parte, Oficina de Juan Bautista Lerzo, Lisboa, 1742. Asimismo, analicé otras obras que no pertenecieron originalmente a la biblioteca conventual de San Diego, pero que eran libros que circularon en la época y que trataban tópicos similares; actualmente pertenecen al Fondo Antiguo de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, a saber (en el mismo orden anterior): 5. Enrique de Benavides y Bazán, Memorial, 1676. 6. Alonso López Magdaleno, Descripcion historica y panegirica del Capitulo general, que la religión serafica celebró en Toledo este año de 1682, Madrid, Juan García Infanzón, 1682 (ver ilustración 146). 7. Francisco Garau, Deiparae eluciditae ex utriuque theologiae placitis sanctorum patrum et sacrae paginae luminibus, ed. Mathevat, Barcelona, Jacobo Cays, 1686. 8. Juan de Mora, Pensil eucharistico, José Rami, Madrid, 1686. 9. Fray Damián Esteban, Symbolo de la Concepcion de Maria, sellado en la caridad, y religion mercenaria, revelado, y fundado por la misma Virgen, y su Madre, en primero de Agosto de 1218, Imprenta del Convento de la Merced, Madrid, 1728. 10. Juan de Sylveira, Commentariorum in Apocalypsim B. Joannis Apostoli, Tomo II, Tipografía de Domingo Lovisa, Venecia, 1728.

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11. Nicolás de Segura, Exhortaciones Demesticas a la Perfeccion de su Instituto, dichas a los Reverendos Padres y Hermanos de la Compañia de Jesus, Tomo Quarto, imprenta de Joseph Gonçalez, Madrid, 1729. Para el examen de los sermones he empleado algunos elementos metodológicos del análisis argumentativo de Perelman64, según como ha sido aplicado por Mariana Terán65, quien refiere que usualmente el sermón novohispano utilizó la analogía y la comparación como recursos retóricos para lograr persuadir a un auditorio –en el caso de la predicación en el púlpito– o a un grupo de lectores que individual o colectivamente hacían la lectura de este tipo de piezas oratorias; la materia de la persuasión dependía del tipo de sermón y de lo que éste pretendía, ya fuera ensalzar una imagen o una devoción; agradecer a Cristo, a María o a algún santo un favor recibido; hacer comentarios de algún pasaje bíblico para adecuarlo a una circunstancia específica; resaltar la generosidad de algún patrocinador para con la Iglesia, etc. En este sentido, la construcción de la comparación y de la analogía como elementos retóricoargumentativos pasa por considerar cómo se usaba el sermón y cómo servía para construir referentes; cómo remitía a criterios de autoridad; cómo implicaba una “construcción paralelística de significados que se corresponden en la narración desde referentes culturales lejanos en tiempo y en espacio”66. Sin duda el modelo referencial por excelencia de los sermones fue la Biblia (el criterio de autoridad), a la que frecuentemente recurrían los predicadores, o bien las obras de los grandes escritores teológicos (los Padres de la Iglesia o los grandes doctores escolásticos). Con frecuencia la comparación y la analogía procedían por relaciones de oposición que resaltaban las diferencias para contribuir a conformar las identidades (o, mejor, similitudes), y se basaban en modelos proporcionales de cuatro elementos (A es a B, lo que C es a D) o bien de tres (A es a B, lo que B es a C), de ahí la necesidad, incluso para los predicadores, de conocer la teoría de la proporción matemática. Perelman llama a los primeros dos términos (A y B) “tema” y a los segundos (C y D, o bien el término común B y el término C en el modelo de tres términos) los denomina “foro”67. En los manuales de geometría tema y foro son llamados “razones” (compuesta cada razón por un antecedente y un consecuente, resaltando un medio geométrico proporcional cuando la proporción es de tres términos), y los términos son denominados “términos proporcionales” cuando las razones que los integran son iguales68. En Lógica, el tema y el foro, o el antecedente y el consecuente de las razones matemáticas, se transforman en analogados (primero, segundo, etc.) o más o menos, de modo semejante69, en término mayor, término menor y término medio. Recordemos que matemáticamente la proporción o analogía es la comparación de dos razones iguales (y de la misma especie). El modelo de cuatro términos era llamado antiguamente “de proporción discontinua”, y el de tres era nombrado “de proporción continua”. En las propuestas del análisis argumentativo de Perelman encontramos que la proporción o analogía puede ser entre entidades de diferente especie, lo que lo lleva a refrendar la propuesta de M. Cazals de una “semejanza de relación” en lugar de la “relación de semejanza” del campo matemático70. La primera preserva la independencia de los términos al pertenecer a especies diferentes, aunque no evita ni anula la posibilidad de la comparación; la segunda vincula a los términos de un modo armónico (con mayor razón si se trata de una proporción continua).

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Más allá de la discusión acerca de la manera en que Perelman entiende la analogía y la forma en que era concebida antiguamente, lo importante es que la analogía es un factor de invención y de prueba, pues no sólo permite refrendar y reactualizar un posible sentido original en una situación histórica dada, sino que, lo más importante, permite crear nuevas situaciones, nuevas lecturas y apropiaciones inéditas de los oyentes del sermón, y hasta de los predicadores mismos en el púlpito o en el escritorio a la hora de construirlos mediante la preceptiva retórica. Para que se dé la analogía en el análisis argumentativo, Perelman establece que el tema y el foro deben pertenecer a campos diferentes, lo cual es evidente y claro cuando la semejanza de relación se lleva a ámbitos ajenos a las entidades abstractas de las matemáticas; así, como ejemplo de campos diferentes, tenemos la expresión “la arena es al desierto lo que el humano al cosmos”, que es una analogía de proporcionalidad propia, de cuatro términos; o bien, “María es una estrella, así como Cristo es el sol”, también de cuatro términos, aunque en este caso se trata de una analogía de atribución, en la que la luz, condición que comparten los dos astros, se aplica de un modo propio a éstos, mientras que a las personas divinas les es atribuida secundariamente; o incluso, “respecto de Dios Padre, María es su hija, del mismo modo en que Dios Hijo lo es respecto de María” (una analogía también de proporcionalidad propia, pero de tres términos, en donde el término común es María). El recurso comparativo y el recurso analógico se complementan con lo que Mariana Terán denomina como “contrapunto” (que en música sigue la secuencia no causal “canto mayor-canto menor-reunión de voces”, o que en el sermón aparece como una sucesión circular –y yo diría más bien espiral– del motivo, sus razones y su reunión final, siempre recuperando, a la manera de un eco o de una fuga, el motivo principal), lo que tiene que ver con una relación de apertura del símbolo en su proceso de significación, es decir, el símbolo “vela revelando y revela velando”, artificio que congenia perfectamente con la sensibilidad barroca71. El primer texto analizado72 es un impreso del año de 1720 que contiene seis sermones “de Quaresma” y uno de la “Asumpcion de Maria Santissima à los Cielos”, escritos y predicados en la Catedral de Puebla de los Ángeles por Fray José Nogales Dávila, miembro de la Orden de Nuestra Señora de la Merced y Redención de Cautivos, dados a la estampa por Antonio Dávila, Prebendado en “dicha Santa Iglesia”, quien los dedicó al Ilustrísimo Señor don Pedro de Nogales Dávila, “del Orden de Alcantara; del Consejo de su Magestad, y dignisimo Obispo de la Puebla, de quien es actual Limosnero Mayor”, siendo publicados con licencia, en esa ciudad, por la viuda de Miguel de Ortega. Su contenido es muy interesante73, ya que en él se aprecia con profusión el recurso retórico de la analogía para exaltar las glorias de María. Desde luego, el modelo referencial del sermón son las escrituras sagradas, esto es, la Biblia (Ezequiel 1:28 y el Apocalipsis 12:1-18), y algunos exegetas y doctores escolásticos. Pero para ello el predicador se vale de la analogía de María con uno de los signos zodiacales. Dice: “Entre las hermosas constelaciones, lucidos signos, y admirables planetas, que adornan, y componen con variedad vistossa el cielo: consideran los Astrologos doze, que llaman casas”; y agrega: “Uno de los signos mas favorables, que ai en el cielo, es el de Virgen [Virgo]”, y así como virgo reparte sus beneficios cuando lo acompaña un planeta favorable, pues “en qualquiera casa que asista, reparte á los hombres con abundancia veneficios”, del mismo modo María es comparada con esta casa astral.

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La analogía se lleva incluso más allá, pues si virgo se halla en la segunda casa, “que es en el puncto medio del cielo, y a quien llaman casa regia, influie, sabiduria, ciencia entendimiento, y cátedras”, entonces María, por esta suerte de permutaciones analógicas, es una casa de sabiduría “que haze al hombre docto, y savio”, y siendo esta Señora la casa regia del cielo, reparte con abundancia honras, riquezas, reinos e imperios, “pues es precisso que con la sabiduria, que influie como Virgen bengan juntos todos los bienes, que por casa regia comunica”. Tenemos, entonces, que el “modelo proporcional” detrás de esta analogía es que María con respecto a su condición de casa regia divina, es tan dadivosa como lo es Virgo con respecto a su condición de casa regia astral: cuatro términos de los cuales dos son aparentemente idénticos (la casa regia), aunque en campos diferentes (el astrológico o celeste, y el divino o supraceleste); una y el otro reparten beneficios cuando los acompaña un astro favorable, que en el primer caso es Dios y en el segundo el sol u otro planeta. Pero eso no es todo; el sermón continúa con otra analogía, pues María no sólo es como Virgo, sino que es como una casa (una morada), y no cualquiera, sino la del misterio de su purísima concepción; así pues, el misterio es como la casa regia. Y para que como casa regia, con el signo de Virgo en su concepción, haga doctos y sabios a los hombres, “la lebantó sobre siete hermosas Columnas (…), mas sublimes”; ahora el predicador hace uso de una analogía edificatoria: una casa se sustenta en fuertes columnas, una casa divina como María se tiene que sustentar en siete “portentos”, que según San Germano son los siete príncipes o arcángeles “para la custodia de los hombres” (esto es, esotéricamente los siete planetas), o bien, según San Alberto Magno, las siete ciencias o artes liberales; aunque pudiera pensarse que estas siete ciencias o artes son el trivium y el quadrivium, en realidad son las ciencias que definen la beatitud de María (ver infra). Una casa de sabiduría debe estar compuesta por la “universalidad de las ciencias”. San Pedro Damián entendió que las siete columnas eran los siete Príncipes Angélicos, “pero concurriendo á la fabrica, y Concepcion de la Purissima casa de Maria”; y para que ni los siete Príncipes Angélicos, concurriendo al bien y fábrica de la concepción en gracia de María, falten en esa casa, “mejor univercidad de ciencias”, con lo que se reitera la analogía edificatoria. Luego el sermón pasa a otra analogía que consiste en comparar a Dios con el sol, por lo que este último adquiere la categoría de “Divino Sol”; de la regia casa de Maria, suponiendo favorable el signo de Virgo (como primera columna, según San Alberto Magno), salgan los hombres “doctos, sabios, cathedraticos en todas ciencias, y llenos todos los bienes de naturaleza, y gracia”. Es decir, el motivo de esta parte del sermón vuelve a aparecer, reiterando la construcción en contrapunto como una sucesión elíptica en que los “cantos menores” (las subsecuentes analogías: el sol, las columnas) reverberan como un eco del “canto mayor” (la analogía de inicio: Virgo y la casa de sabiduría). Y como el Salve de María está conformado por seis “títulos” (ya que columna, “en frase de la Escriptura es lo propio, que titulo”), éstos se pondrán en seis columnas; pero como éstas son siete (puesto que siete son los arcángeles), la columna restante será María en el centro, “dejando para clave, y fin de la obra el dia de la Assumpcion”; así pues, dejándola como otra ciencia y como otro ángel más. María, pues, se va transformando sucesivamente de Virgo en casa y en columna, envuelta en la tensión establecida por su inmaculada concepción (terrestre, mortal, humana) y su asunción gloriosa (divina, inmortal); aquí la columna desempeña el papel no sólo de soporte, sino de vínculo vertical entre la concepción sin mácula y la asunción.

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El signo, para hacerse inteligible y cobrar otros sentidos en una situación histórica concreta, se remite a realidades extralingüísticas intrínsecas para convertirse en un símbolo: la asociación, en este sentido, es clara con la geometría espacial del Camarín: tres niveles espaciales, de los cuales el elemental (subnivel terrestre) es el de la humanidad de María, concebida el ocho de diciembre (ocho es el cubo de dos porque 23 = 8; el cubo es símbolo terrestre; María fue hija terrena de dos: Santa Ana y San Joaquín); mientras que el último nivel, el supraceleste, es el de su divinidad gloriosa tras su asunción (María, a la vez, fue Madre terrena y Madre divina de Jesús-Cristo, así como hija divina de Dios). Pero también es clara con la geometría de las imágenes: ocho planos iconográficos, de los cuales los planos segundo al sexto son los de la vida terrena de María (su familia, los personajes que la exaltaron: evangelistas, doctores, santos y venerables), mientras que los planos séptimo y octavo son los de su vida divina. El propio sermón confirma este planteamiento, pues José Nogales Dávila afirma que los arquitectos notarán el exceso de esa séptima columna como un “defecto de fábrica”, dado que: […] enseñando Vitrubio (2: Lib. 3. cap. I) que todas las obras han de constar de Symetria, y proporcion á correspondencia: como en el cuerpo humano se registran las proprias partes al lado diestro, que al siniestro, aedium compositio constat ex Symetria ::: ea autem á proportione paritur::. Proportio est ratae partis membrorum in omni opere, totius que commodulatio, ex qua ratio effecitur Symetriae se nos ha de quedar una columna de nones, y sin correspondencia: Pues no por esso ha de parar la obra; que la columna, que sobre, se pondrá en medio de la casa, ó ya esta se lebante en perfecto circulo, simbolo de la eternidad, en que Maria fue concebida, y ordenada la saviduria (3) ad aeterno ordinata sum; ó ya en triangulo mysterioso, que denote igual concurso, que todas Tres Divinas Personas tubieron en la fabrica. Esta idea es congruente con la elección en el Camarín de un cilindro o un círculo en planta para resolver las necesidades tanto del programa arquitectónico como del iconográfico (Imagen 2), aunque su “esqueleto” geométrico remita a los cuadrados cruzados como principio que funda y al octágono y la estrella de ocho puntas como principio que vincula lo terreno con lo divino74. Asimismo, encaja con la disposición tripartita (tres niveles) y la configuración espacial en triángulo de las imágenes. Si en el Camarín la “columna” es María Inmaculada, […] esta propria septima columna, como que es el centro, á donde tiran todas las lineas, y clave en que todos los arcos finalizan75, será la Assumpcion de Maria, en que acabó la admirable obra de su vida: por esso la llamó San Buenaventura piedra angular, que dá termino á la obra (…). Concurriendo entre si admirablemente unidos, y hermanados en una columna, como principio, y fin, estos dos mysterios de la Concepcion, y Assumpcion de Maria, dice Nueros […]76.

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Imagen 2. Planta del Camarín al nivel del 4º plano iconográfico (tetramorfos/tetrasomia). Dibujo original cortesía del Dr. J. Jesús López García. Edición digital: Arq. Eduwiges Hernández Becerra

En el Camarín se aprecia cómo desde el suelo profundo van “ascendiendo” simbólicamente los soportes (aunque estructuralmente desciendan al transmitir los esfuerzos al subsuelo) a través de: el complejo entramado de muros y nervaduras del subnivel de las catacumbas (nivel elemental), de columnas en pares del gran cilindro, y nuevamente por las nervaduras de la gran cúpula, hasta llegar a la linternilla y su capulín, como cúlmen de la asunción gloriosa de María. Esta doble valencia de un mismo elemento, que en sentido literal transmite cargas al suelo para enraizarse firmemente en la tierra, y que simbólicamente señala la asunción, para asirse firmemente en el cielo, era un recurso retórico muy socorrido en el barroco, pues, como se dijo, el símbolo simultáneamente oculta y manifiesta; en un caso, la ley mecánica es de suyo muy evidente; en el otro, la verdad revelada, sólo viene por la fe y la enseñanza (como funciones del sermón); y comprendiendo ambas, un solo método: el anagógico, por el cual lo material sirve como medio para llegar a lo espiritual: un procedimiento que “desmaterializa” la corporeidad de los elementos y los transforma en materia incorpórea espiritualizada77. El juego de analogías, que a veces parece interminable, prosigue en modelos de cuatro o de tres elementos. Las “artes” o “ciencias” a las que se refiere este sermón, son las directamente relacionadas con la oración del Salve de María. Y como cada columna es en realidad un príncipe o arcángel, la primera de ellas, San Miguel, demuestra con “Theologia”, “el imperio universal del Reyno de Maria”. En el Camarín San Miguel aparece justamente al lado izquierdo de la imagen de la Purísima, y su imagen es la única que porta atributos reconocibles. La segunda columna

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es San Gabriel, “persuadiendo con Phylosophia, ser Maria Madre soberana de la misericordia”. La tercera corresponde a San Rafael, “provando con Medicina en Maria, el mejor titulo de vída”. La cuarta a Jeudiel, “estableciendo con la Musica, que en Maria esta el titulo de dulzura en la mayor consonancia”. La quinta a Barachiel, “obserbando por la Astrologia el titulo de la mejor Esperanza”. La sexta a Saltiel, “arguiendo en Leyes, quan proprio es en Maria el titulo de Abogada”. Hasta este punto las ciencias se corresponden con el Salve, “pero porque la obra aun no queda acabada, registraremos en la septima columna, que es la clave, fin, y termino de aquesta casa, al Principe Uriel enseñando con la Geometria, las distancias [simbólicamente la serie 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128; o bien, los números razón √2 y θ]78, que Maria en su Assumpcion midió gloriosa”. Para mí fue asombroso y altamente significativo encontrar esta analogía de María con la geometría, aunque fuese a través de Uriel. Como se ve, sólo la música y la geometría pertenecen al quadrivium de las artes liberales paganas, aunque lo mismo podría decirse de la astrología, que en tiempos antiguos aparecía en estrecho maridaje con la astronomía79. En esta parte del sermón se ve claramente cómo se desarrolla un tipo de analogía sustitutiva por permutaciones sucesivas, pues de acuerdo con el motivo principal de la estrategia contrapuntística, María como Virgo-casa de sabiduría (el canto mayor) es también la séptima columna (canto menor); y esta séptima columna es al mismo tiempo Uriel (otro canto menor); y como éste es simbólicamente la Geometría, así tenemos que María es como Uriel y es como la séptima columna que es a su vez geometría. Así pues, la geometría del Camarín es la geometría de María; es la que vincula el origen pagano de los cuadrados cruzados (la tetrasomia o doctrina de los cuatro elementos y sus respectivas cualidades) y su posterior desarrollo cristianizado (el tetramorfos), con el ministerio práctico en la fábrica de dicho recinto y con los valores superiores de lo eterno y la divinidad. Es, entonces, la geometría de la estrella de ocho puntas (Imagen 3). Imagen 3. Estructura geométrica del Camarín basada en los cuadrados cruzados (ars quadrata), el círculo (ars rotunda) y la estrella de ocho puntas. Dibujo digital: L.D.T. Delia López Romero

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En este sermón mariano, que se puede clasificar dentro del tipo de los sermones formales panegíricos80, se puede reconfirmar una idea expresada previamente: la de la delgada línea divisoria entre los linderos de lo dogmático y lo profano, pues desde el título mismo asoma furtivamente una doctrina astrológica que refiere la constitución de los cielos por la serie de “casas místicas” o astrales81 coronadas con siete “Soberanos Principes Angelicos”, que como vimos no son otros que los arcángeles. La Inquisición creía que el culto a estos príncipes provenía de fuentes paganas, para ser precisos de Tritemio y de Cornelio Agrippa, los conocidos magos y alquimistas del Renacimiento; o hasta de la tradición cabalista hebrea; en cualquiera de los casos, todas estas fuentes tenían en común la idea de que los siete arcángeles representaban, desde una angelología heterodoxa, a los siete planetas: una idea inaceptable para la Iglesia pero que sin embargo fue asimilada por ella desde la Edad Media, debido al enorme peso de la tradición y devoción populares82. Lo anterior se reafirma en el sermón que estoy analizando, ya que los nombres de los arcángeles “no canónicos” (Jeudiel, Barachiel, Saltiel y Uriel) aparecen tachados manualmente, lo que hace suponer que la obra fue expurgada con posterioridad, pues desde los Edictos de 1742 y 1745, así como de los Índices de 1747 y 1790, el culto a los cuatro príncipes heterodoxos había sido prohibido por el Tribunal del Santo Oficio, que ordenó que no podían ser invocados sus nombres o representadas sus imágenes en papeles, estampas, esculturas y pinturas83. La sola representación, mediante esculturas de bulto, de los siete arcángeles en el Camarín (a quienes se añade el ángel custudio para completar la óctada angelológica) a tan sólo dos años del Índice de 1790, debería ponernos en la pista de la “lectura” heterodoxa de la angelología amadeísta84 de quien ideó el programa iconográfico, quizá al influjo del jesuita intersecular (XVII-XVIII) Andrés Serrano, del que el sermón de Nogales parece una transcripción. Un claro ejemplo de la mecánica barroca de envolver en el misterio una verdad religiosa revistiéndola con un lenguaje asaz florido, preciosista y epidérmico, es este ir y venir entre lo canónico y lo heterodoxo, o entre lo oculto y lo manifiesto85, como es también evidente en una de las escritoras místicas más señaladas de la Iglesia católica. En efecto, Santa Teresa, con su obra Las Moradas (también llamado Castillo Interior) pudo haber dado ocasión al asesor espiritual, o al benefactor mismo, para establecer una analogía del Camarín con ese castillo interior, “que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma”, y que la santa de Ávila asemejaba con “un aposento de un rey o gran señor, o creo camarín los llaman, a donde tienen infinitos géneros de vidrios y barrios y muchas cosas, puestas por tal orden, que casi todos se ven en entrando. Así acá, estando el alma tan hecha una cosa con Dios, metida en este aposento de cielo empíreo, que debemos tener en lo interior de nuestras almas”. El Camarín de la Purísima de San Diego no tenía “infinitos géneros de vidrios y barrios”, pero sí muchas imágenes del franciscanismo –e incluso de otras religiones– en un orden tal que revela, como dice Thomas Calvo, la importancia y función del camarín en relación con la mística y la concepción sacra españolas86.

No es de extrañar que una doctrina como la de la santa de Ávila llegara a ser sospechosa

al Santo Oficio, pues lindaba con la tendencia hacia un espiritualismo independiente e intimista, muy cercano al “febril espiritualismo” de la “segunda oleada de alumbradismo”, herejía que sí fue condenada y perseguida por la Iglesia y que confundía recogimiento con dejamiento87.

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Nuestro sermón habla diáfanamente de este artificio barroco de lo oculto y lo manifiesto, cuando se refiere a María como una columna “que era clara, y obscura; de luz, y de nube (…); ó para demonstrar: que la Theologia es clara, y obscura: clara, por proceder por demonstraciones; obscura, por fundarse en principios rebelados de fee: ó para denotar los dos conocimientos de la Patria, que los Theologos llaman matutino, y vespertino; ó las dos ciencias de Dios, practica, y especulativa: pues la practica perteneze al govierno, y la especulativa al lucir”88. Así pues, en el juego de analogías la relación de los opuestos (la coincidentia oppositorum neoplatónica) también sirve para transmitir verdades superiores. Esta misma lógica, este artificio retórico abundante en permutaciones, comparaciones, analogías, lo encontré también en los otros sermones del corpus, lo que me permitió ofrecer más evidencias y argumentos en apoyo de la idea de ligar a María Inmaculada con la estrella de ocho puntas, en particular a partir de la problemática de la “mujer vestida de sol” y la “mujer que viste al sol”, tópico clásico del Apocalipsis de San Juan. Así, retomando el modelo bíblico de San Juan, María aparece simultáneamente con los atributos opuestos de luz-oscuridad o de interior-exterior, cuya unidad le viene por la reunión de los extremos en el Sol. Dios Hijo es el Sol y su Madre es una estrella cuyo propio fulgor le viene por el hecho de ser iluminada por Dios Padre, que también es el Sol; su ser completo reverbera en miles de luceros al ser iluminada por el Sol: aparece así como la “mujer vestida de Sol” (mulier amicta Sole); al mismo tiempo, María encubre a su Hijo en sus entrañas, que es un Sol por nacer y que ilumina desde el interior del útero, esto es, la “mujer que viste al Sol” (facta est amictus solis). Como dice Mariana Terán, “la Señora vistiendo al Sol lo oculta y vestida de Sol lo manifiesta”89. He forzado un poco la interpretación al proponer que el brillo de María proviene de la luz que le proporciona Dios Padre como Sol, por contraposición a la idea de que dicho brillo le viene por su mismo hijo desde dentro de su vientre. Alonso López Magdaleno90 avala mi interpretación, pues dice en su libro de 1682: No ay claridad mas grande, que la del Sol; y de esta, dize mi gran Padre San Bernardino, estuvo vestida en el primer instante de su ser: Primus flatus Beatae Mariae Virginis fuit suae Conceptionis, & tune fuit Beata Virgo: sicut Sol: assi tambien la vio en su Apocalypsis Iuan: Amicta Sole; ceñida toda, y estofada de Sol. Con que se dexa entender, que aunque mas anduvo en ronda la sombra, como estava toda vestida de Sol, no la halló modo para poder entrar En este Lugar, pues, tan claro de su Immaculado principio la veo Coronada de Estrellas, como a Reyna Soberana de todo el Cielo: Et in ca[p]ite eius Corona Stellarum duodecim. De estrellas? Si, que en ellas, dize el entendido Bustos, se symbolizan todos sus Mysterios Soberanos […]. En efecto, López Magdaleno se pregunta “[¿] El Sol no es quien dá luz a toda essa inmensa multitud de Estrellas?”, “Quien las ilustra con sus rayos? Quien las hermosea con sus resplandores?”. En una clara construcción analógica de tres términos, especula y luego afirma: “Luego si quando se representa Sol en su principio Immaculado, sus Mysterios aparacen como Estrellas en el Cielo, esso será dezir, que assi como las Estrellas del Cielo reciben del Sol aquel hermoso, y refulgente baño, assi los Mysterios de Maria, del Sol de su primer principio

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reciben mucho de su luzimiento hermoso”, que dicho de otra manera significa que el refulgente baño de sol (B) es con respecto a las estrellas (A), lo mismo que los misterios de María (C) con respecto a dicho refulgente y ahora inmaculado baño solar (B), en donde el elemento común se encuentra en el tema y en el foro, o, en la terminología de la geometría especulativa y práctica, se encuentra en el antecedente de la primera razón y en el consecuente de la segunda, haciendo la diferenciación semántica a partir de la jerarquía que tiene el sol en relación con las estrellas y los misterios de María91. Manuel de Guerra y Rivera incluso fue más allá, pues simple y llanamente comparó a María con el Sol, aunque, a diferencia del sol de los cielos, que con su privilegio de astro solar alumbra cuatro días antes de nacer, de modo que nacido dilate sus rayos para que lo veneren, el Sol de María tuvo en cambio ocho días “porque excede tanto el Sol de Maria al Sol del Cielo, que bastan quatro dias anticipados de luz, que celebren el nacimiento de un Sol muerto; pero se requieren ocho, que festejen el nacimiento de un Sol vivo”92. Manuel de Govea confirma esta apreciación y lo dice muy claramente: “O Sol he Maria Santissima na sua Conceiçao gloriosa: Electa ut Sol e justamente se diz Sol, que nasce: Oriri facit, porque na sua Conceyçao comença a nascer Maria e a resplandecer como Sol: Sol, id est Maria, quae Sol, est”93. Juan de Mora, un autor del siglo XVII, en un libro de Teología Dogmática94 confirma asimismo mi interpretación al tenor de sus siguientes palabras: “Crió Dios la luz en el primer dia del mundo, dia en que fueron criados con gracia original todos los nueve Coros de los Angeles, y apenas los celestes Espiritus contemplaron en la creacion de la luz la Concepcion en gracia de MARIA, quando celebraron concepcion tan pura con la fiesta mas solemne, que hasta entonces se havia visto en lo luzido del Cielo”. María es, pues, luz cuyo fulgor le viene de fuera, aunque lleve en su seno la luz de Dios Hijo: “Sola MARIA en su Concepcion es escogida como el Sol sola luziendo para todos […] porque vestida de los rayos del Eucharistico Sol, nunca padeció el eclipse de la culpa original de los humanos”. Juan de Mora, incluso, dice que el nombre del arcángel Uriel se interpreta como “luz de Dios”, coincidiendo en este punto con la prédica de José de Nogales Dávila respecto de su analogía de María con la columna y con este arcángel. María, entonces, viste de “brocado de tres altos de los hilos de oro de el Sol: Mulier amicta Sole” y “Coturnos de plata con laços purpureos de rubies” lanzados a sus pies como rayos de Luna, mientras “Ayrones de gyrasoles radiantes de el Firmamento […] ofrecian á su tocado las Estrellas”. María “lució en su Concepcion inmaculada Cielo estrellado de virtudes con tantos ojos de gracias como estrellas”. Y habría que hacer hincapié precisamente en esto: los escritores teológicos se refieren a su tocado o corona de doce estrellas, aunque no he encontrado en ningún texto sagrado, ya bíblico, ya patrístico, ya escolástico, ninguna referencia al número de rayos o puntas que cada una de esas doce estrellas tenía, cosa que contrasta sorprendentemente con la abrumadora evidencia (si bien no absoluta) que representa a las estrellas de María precisamente con ocho puntas cada una. Con todo, Juan de Mora cita una referencia bíblica que me ha ayudado en este aspecto. Al referirse a la visión de Ezequiel, cuando habla de la “rueda sobre la tierra junto a los seres vivientes, a los cuatro lados” (Ezequiel, 1:16), Mora cree ver que el Espíritu Santo “tenia su trono

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colocado en las ruedas del Sol de la carroza”. ¿Por qué?, “porque las ruedas figuravan la gracia original de la Concepcion de MARIA”. Y Mora sigue preguntando “Que aspecto tenian dichas ruedas?”, respondiéndose a sí mismo: “Semblante puro de mar (…). Esso quiere dezir MARIA: Estrella rueda de el mar (…). Luego tenian las ruedas lucido aspecto virgineo de MARIA”. En múltiples representaciones iconográficas del pasaje de Ezequiel en la Biblia, que sería punto menos que imposible reseñar, vemos con frecuencia cómo la carroza presenta ocho rayos; de este modo, propongo proseguir la analogía diciendo que los ocho rayos de la rueda de la carroza de Ezequiel son como los ocho rayos o puntas con que se representa el fulgor estelar de la concepción de María. Los lazos radiantes de las ruedas prendían la joya de la concepción de María en su pecho, luego, “en el punto primero de la Concepcion graciosa de MARIA estampada en las ruedas de la carroza de Dios vistió el Espiritu Santo la librea misma de ojos de muy linda estrella, con que brilló la gracia original de la Virgen triunfadora de la serpiente”. Existe mucha evidencia del empleo de la estrella de ocho puntas como símbolo pagano y cristiano, que Heinz Götze se ha encargado ya de proporcionar, tanto en Europa como en Medio y Lejano Oriente95, si bien la asociación con María Inmaculada no es definitiva. Aquí, pues, interpreto la estrella de ocho puntas como un desarrollo del simbolismo pagano, terreno y cósmico (perteneciente al orden natural) de los cuadrados cruzados como expresión, a su vez, de la doctrina de la tetrasomia. Esta parte del simbolismo no abandona el ámbito del mundo elemental, tal como María en su humanidad. El simbolismo complementario, aquel que “corrige”, esto es, que anagógicamente sublima los contenidos paganos del primero es, según mi interpretación, el nacido de la doctrina del tetramorfos, que transforma una condición terrenal en sustancia espiritual, de modo análogo a María terrena en su divinización posterior como Reina de los Cielos, pertenecientes a los mundos celestial y supracelestial; de modo análogo, también, a la estrella de ocho puntas como forma octagonal que vincula el cuadrado y el círculo, lo contingente y lo eterno, la humanidad y la divinidad; de modo pues que el recurso artificioso del símbolo que reúne los opuestos, o que vela develando y devela velando, toma expresión aquí en la idea de que si la concepción de María tiene lugar en un cuerpo sin intervención de otro cuerpo (esto es, la materia que no es materia), así la estrella de ocho puntas, como símbolo concepcionista, es a la vez expresión de una condición “terrena” y otra “divina”. Y en esta interpretación no hay ninguna ciencia oculta que no sea la de la analogía, pues no estoy siguiendo más que el mismo método que usaron los antiguos.

Consideraciones finales En los siglos XVI, XVII y XVIII la religiosidad popular y la doctrina teológica se desplazaron hacia el problema de la salvación (y por ende, la vida recta y virtuosa en la tierra)96, abandonando el problema de la creación o relegándolo a un plano secundario. María fue erigida como la Madre protectora contra todos los vicios del mundo elemental (infierno y purgatorio) y como la mediadora por excelencia para alcanzar la gracia. Y como las elites dirigentes en Nueva España estuvieron conformadas en su mayoría por peninsulares, incluso hasta el segundo tercio del

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siglo XVIII, era natural que su filiación religiosa saliera a relucir como un mecanismo más para legitimar su praxis social y para alcanzar el prestigio y la condición preeminente en la sociedad, aunque ahora bajo las nuevas condiciones impuestas por la Casa de los Borbones. El nuevo estado de cosas determinó, pues, que un grupo de hombres concibiera un monumento religioso cuyo discurso puso en juego una compleja teología ternaria, nacida un poco al calor de los acomodos de las creencias y las doctrinas en el incómodo molde del pragmatismo religioso borbónico, a saber: una teología mística para la constitución y defensa del misterio concepcionista, de raíz platónico-agustiniana-escotista, sostenida por los franciscanos97; una teología política contrarreformista para la defensa del culto mariano, en la lógica del proyecto cosmológico y universal habsbúrgico que alió a franciscanos y jesuitas con la Corona; y una teología “retórica” u “homilética” para la práctica de las virtudes religiosas en un medio crecientemente sometido a las “virtudes civiles”. Se observa, pues, un movimiento que Michel de Certeau ha descrito admirablemente para el caso europeo, pero perfectamente extensible a la Iglesia novohispana: la “politización” de la Jerarquía eclesial determinó el desplazamiento de la “escolástica de los seres y las nociones” de la espiritualidad franciscana (el artificio para recordar), por una “escolástica del itinerario espiritual” más propia del jesuitismo (el artificio para trascender), pero ahora en un sentido muy preciso: el de la Teología práctica o moral que “somete necesariamente la acción emprendida a la organización de tareas civiles y políticas” (el artificio para ascender en la escala social)98. María Inmaculada, la Madre protectora (la “perfecta mediadora”), constituía la motivación adecuada para trascender y alcanzar la salvación; el Camarín, como un artificio, como un orden de lugares de esta memoria, era la desembocadura natural de semejantes muestras piadosas. Por otro lado, María y su Camarín eran la mejor legitimación (en los entresijos del poder) para ascender en la escala social, verdadera finalidad de la elite de comerciantes a la que perteneció el benefactor del recinto. El anónimo autor intelectual del programa iconográfico (y del discurso teológico tras él) permaneció fiel al proyecto imperial habsbúrgico; el patrón material (el montañés carredano Juan Francisco Calera), con un notable sentido de la oportunidad y una buena dosis de pragmatismo, lo materializó bajo sus propios intereses inmanentistas en un “ambiente” definido en buena medida por una suerte de “axiomática de la utilidad social”, enmarcada ya en el proyecto racionalizador estatal de las prácticas lanzado por la dinastía francesa de los Borbones en España99. Las preferencias devocionales de Calera –al margen de si recibió dicha asesoría– lo sitúan a medio paso entre el sistema antiguo de identificación colectiva y la sujeción del discurso religioso a las solicitaciones de orden práctico que anunciaban el futuro derrotero de la catolicidad bajo la presión de una nuevo tipo de organización: la comunidad imaginada nacionalista. El Camarín mismo quizá fuera el artefacto cultural que cerraba una época y al mismo tiempo abría otra.

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Notas * Este texto es un subproducto de una investigación presentada como tesis doctoral en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México, defendida el 27 de noviembre de 2009. 1

Benedict Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México,

Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 25 y 31. 2

Michel de Certeau, La escritura de la Historia, México, Universidad Iberoamericana, 2003. p. 158.

3

Ibidem, pp. 121-122 y ss.

4

Ibidem, p. 127. Cursivas en el original.

5

Ibidem, p. 131.

6

Ibidem, pp. 131-132.

7

Ibidem, p. 147.

8

Ibidem, p. 169.

9

Ibidem, p. 170 (cursivas en el original).

10

Ibidem, p. 194.

11

Ibidem, pp. 196-197.

12

Ver mi texto “Los sermones barrocos como fuente histórica para la investigación de la arquitectura colonial en América”,

ponencia aceptada para el Seminário Latino-Americano Arquitetura e Documentaçao, Belo Horizonte, Brasil, 10-12 de septiembre de 2008, p. 5. 13

Carlo Ginzburg, “Reflexiones sobre una hipótesis: el paradigma indiciario, veinticinco años después”, en Contrahistorias

La otra mirada de Clío, No. 7, septiembre de 2006-febrero de 2007, p. 13. 14

Según opinión de Conde y Oquendo (1794), recogida por Francisco de la Maza, citado en Mariana Terán Fuentes,

“Sermones y tradiciones. Estado de la cuestión y propuesta de análisis”, en Caleidoscopio, Año 2, No. 3, 1998, p. 56. 15

Ibidem, p. 40.

16

Ibidem, p. 38.

17

Salvador Bernabéu Albert, Prólogo, en Mariana Terán Fuentes, El artificio de la fe. La vida pública de los hombres del

poder en el Zacatecas del Siglo XVIII, México, Universidad Autónoma de Zacatecas-Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde”, 2002, p. 16. 18

Terán, “Sermones…”, op. cit., p. 38.

19

Terán, El artificio…, op. cit., p. 39.

20

Francisco Aguilar Piñal, citado por Bernabéu en el Prólogo de Terán, Ibidem, p. 14.

21

La palabra “sermón”, del latín sermo-ónis, es la traducción latina de la palabra griega homilía (de hómilos, reunión),

que es a su vez una explicación o una traducción y paráfrasis de los textos sagrados que, desde Orígenes, se torna en comentario moral de las Escrituras; el sermón, sobre todo el formal, es un comentario ampliado de los pasajes bíblicos y se sitúa en el ámbito litúrgico, pero puede tener por objeto alguna materia religiosa no relacionada directamente con dichos pasajes, sino con circunstancias específicas del contexto cultural de los productores, transmisores y receptores. En suma, el sermón es el artificio y el modo de narrar lo predicable. Ver a este respecto Ibidem, pp. 23, 40-41, 53 y 90-91. 22

Terán, “Sermones…”, op. cit., p. 39.

23

Terán, El artificio…, op. cit., p. 95.

24

David A. Brading, Orbe indiano. De la monarquía católica a la república criolla, 1492-1867, México, Fondo de Cultura

Económica, 1991; del mismo autor, Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, Ediciones Era, 2004. 25

Jacques Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de la conciencia nacional en México, México, Fondo de

Cultura Económica, 2002. 26

Francisco de la Maza, El guadalupanismo mexicano, México, Fondo de Cultura Económica, 1984.

27

Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro (Comps.), Testimonios históricos guadalupanos, México, Fondo de Cultura

Económica, 1982. Ver también Nueve Sermones Guadalupanos (1661-1758), Selección y estudio introductorio de David A. Brading, México, Centro de Estudios de Historia de México, Condumex, 2005. David A. Brading, “Presencia y tradición: la Virgen de Guadalupe en México”, en Carlos Alberto González y Enriqueta Vila Vilar (Comp.), Grafías del imaginario. Representaciones culturales en España y América (siglos XVI-XVIII), México, Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 238-271.

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La sermonaria novohispana y su influencia en la arquitectura religiosa de Aguascalientes: prácticas de lectura y simbolismo mariano en el Camarín de la Virgen (1792-1797). Marco Alejandro Sifuentes Solís

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Brian Connaughton, “La sacralización de lo cívico: la imagen religiosa en el discurso cívico-patriótico del México

independiente: Puebla 1827-1853”, en su libro Dimensiones de la identidad patriótica: Religión, política y regiones en México. Siglo XIX, México, Miguel Ángel Porrúa-Universidad Autónoma Metropolitana, 2001. De Connaughton ver también “El sermón, la folletería y la ampliación del mundo editorial mexicano, 1810-1854”, en Secuencia, No. 39, 1997, pp. 55-60. 29

Edelmira Ramírez Leyva, Persuasión, violencia y deleite en un sermón barroco del siglo XVIII, Vol. 1, México, INBA-

UAM, 1986. 30

Carlos Herrejón Peredo, “El sermón en Nueva España durante la segunda mitad del siglo XVIII”, en Nelly Sigaut

(ed.), La Iglesia católica en México, México, El Colegio de Michoacán y Secretaría de Gobernación, 1997, pp. 251-264; asimismo, “La oratoria en Nueva España”, en Relaciones, Vol. XV, No. 57, 1994, pp. 62-73. 31

Terán, “Sermones…”, op. cit., pp. 40-49.

32

Terán, El artificio…, op. cit., p. 29. De la misma autora pueden consultarse “Análisis narratológico de un sermón

barroco”, en María Isabel Terán Elizondo (Coord.), Saber Novohispano III, México, Universidad Autónoma de ZacatecasEl Colegio de Michoacán, 1999; “Analogía y comparación: el uso de imágenes en un sermón novohispano”, en Revista del Seminario de Historia Mexicana, Época 2, Vol. 1, No. 2, 2000. 33

Terán, El artificio…, op. cit., pp. 72 y 96-97.

34

Ibidem, pp. 25 y 94-95.

35

Señala Terán Fuentes que “el texto sermonario puede ser un acto de improvisación en el púlpito y quedarse en ese acto

oral, o puede iniciarse como una serie de apuntes y terminar en la publicación, o empezar en la publicación y actualizarse cada vez que se vuelva a pronunciar en el púlpito […]. Es la oralidad que constantemente se recompone a partir de la escritura, pero es también la escritura que se recompone a partir de la oralidad”. Ibidem, p. 92. 36

Terán, “Sermones…”, op. cit., p. 50.

37

Terán, El artificio…, op. cit., pp. 80-98.

38

Citada en Ibidem, pp. 133-134.

39

Ibidem, pp. 45 y 60.

40

Bernabéu, Prólogo, en Terán, Ibidem, p. 15.

41

José Acevedo Acosta, Sergio Lucio Torales y Tomás Ramírez Herrera, “Fondo bibliográfico del archivo histórico de la

diócesis de Aguascalientes”, en Memoria del XIII Encuentro Nacional de Investigadores del Pensamiento Novohispano, México, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2001, pp. 67-77. 42

Para Maxime Chevalier, una biblioteca digna de análisis, en esta época, debía contar al menos con unos 500 libros,

entre obras de devoción, obras antiguas, tratados científicos, poesía y novelas. Citada en Lawrence Coudart, y Cristina Gómez Álvarez, “Las bibliotecas particulares del siglo XVIII: una fuente para el historiador”, en Secuencia, No. 56, mayoagosto de 2003, p. 180. 43

En los siguientes párrafos me referiré al catálogo integrado por Elvia Carreño Velázquez, Catálogo Colonial Bibliográfico

de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, México, Universidad Autónoma de Aguascalientes,1999, pp. 11 y ss. Cabe hacer notar que el Catálogo publicado tuvo como origen el trabajo de Arturo Flores Reza, José Acevedo Acosta, Sergio Lucio Torales y Tomás Ramírez Herrera, al que por esas ironías crueles de la vida no se da crédito por ningún lado. Un antecedente aún más remoto fue la iniciativa de Marcelo Sada Villarreal, quien desde 1988 comenzó esta labor. Se puede consultar una primera descripción de esta colección en la ponencia presentada por Tomás Ramírez Herrera, “Acervo bibliográfico novohispano de la UAA”, en la Memoria del IV Encuentro Nacional de Investigadores de la Filosofía Novohispana, México, Universidad Autónoma de Aguascalientes-Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, 1991, pp. 101-111. 44

Anderson, op. cit., p. 70.

45

Terán, El artificio…, op. cit., p. 41. Aunque el Índice de 1707 prohibía en su quinta regla la Vulgata. Ver Diego Sarmiento

y Valladares y Vidal Marín, Novissimus Librorum Prohibitorum et Expurgadorum Index pro Catholicis Hispaniarum Regnis, Philippi V. Reg. Cath. Ann. 1707, s.p. 46

Como parte del trabajo de búsqueda de información, analicé los catálogos de cuatro librerías conventuales franciscanas

y el catálogo de la librería de un convento mercedario, todos de la ciudad de México, cuyo análisis presenté recientemente en la ponencia “Los sermones…”, op. cit.

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La sermonaria novohispana y su influencia en la arquitectura religiosa de Aguascalientes: prácticas de lectura y simbolismo mariano en el Camarín de la Virgen (1792-1797). Marco Alejandro Sifuentes Solís

47

La Teología Práctica es una rama de la Teología que se ocupa de preparar a los ministros para el desempeño de su

labor; la Teología Teorética, en cambio, se encarga de proporcionar los elementos de doctrina necesarios a tal fin. Ambas comprenden varias teologías: moral y pastoral en el primer caso, dogmática, mística y ascética en el segundo. Cfr. The Catholic Encyclopedia, de la edición del Vol. I, por Robert Appleton Company, 1907, edición on line por Kevin Knight, 1999. 48

M. Beuchot (Introducción, selección y notas), Filósofos mexicanos del siglo XVIII, México, UNAM, 1995, p. XVII.

49

De quien sus Dictionarii octolinguis altera pars estuvieron bajo llave en la cámara del secreto de la Inquisición de

México durante el siglo XVII. Ver a este respecto Archivo General de la Nación (AGN), Inquisición, Vol. 1135, Exp. 14, F. 317f-322f., en particular F. 319v, año de 1659. Aristóteles tampoco se salvó del delirio persecutor, quedando en la cámara del secreto una “Obra trunca” (cursivas mías); cfr. AGN, Inquisición, Vol. 1135, Exp. 14, F. 310f-313v (septiembre 18 de 1772). 50

En 1786, tan sólo seis años antes del comienzo de la fábrica del Camarín, a solicitud de fray Agustín de Morfi, Guardián

del convento de San Francisco de la ciudad de México, la Inquisición libró una licencia “para que los Guardianes de dicho Convento puedan leer, y tener libros prohibidos mientras exercen solamente su empleo; y además se retengan en la libreria del convento los libros que huviere prohibidos, con tal que en caxon separado se tengan cerrados con llave, para que nadie los lea, sino los que solamente tuvieren lisencia por el Santo Oficio para leerlos”. AGN, Inquisición, Vol. 1301, Exp. 25, sin foliación. No tengo evidencia de cuántos más, aparte de los que menciono, debieron estar encerrados en cajón separado en el convento dieguino de Aguascalientes, pero eso era lo que mandaba la Inquisición. 51

AGN, Inquisición, Vol. 1135, Exp. 14, F. 320f, año de 1659.

52

Ver Ángel Alcalá, Literatura y Ciencia ante la Inquisición Española, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2001, p. 37.

53

Ibidem, pp. 57-58.

54

AGN, Inquisición, Vol. 389, Exp. 3, F. 118f., 10 de noviembre de 1618.

55

Fernando Negredo, “Sor María de Ágreda. Mel Gibson se inspira en una monja del siglo XVII”, en Clío, Año 3, No. 30,

abril de 2004, pp. 70-71. Ver también Vicente Ribes I Borra, “La Dama Azul”, en Vertiente, Segunda Época, Año 3, No. 11, verano de 2004, pp. 3-4. 56

Vicente Ribes I Borra nos informa que una de las primeras bibliotecas particulares que existieron a finales del siglo

XVIII en Aguascalientes (calificada por él como “bastante exigua”), fue precisamente la de este personaje; entre sus volúmenes estaban las obras de sor María de Jesús de Ágreda, escritora del Siglo de Oro español. Ibidem, pp. 3-4. Ver el testamento en la edición facsimilar de la obra Don Francisco de Rivero y Gutiérrez. Documentos relativos a la fundación de la primera escuela de instrucción primaria en Aguascalientes, recogidos y publicados por el Lic. Luis Villa y Gordoa, Aguascalientes, Imprenta de J. T. Pedroza e Hijos, 1910, pp. 23-50 (facsímil) y pp. 51-61 (versión moderna), particularmente p. 55, décima cláusula. 57

Elías Trabulse, Historia de la ciencia en México (Versión abreviada), México, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología-

Fondo de Cultura Económica, 2005, pp. 203-210. 58

Beuchot, op. cit., p. XXXIV.

59

José Rubén Sanabria, “Cristianismo y Filosofía en México”, en Cuaderno de Filosofía, No. 19, México, Universidad

Iberoamericana, 1993, p. 24. 60

Y por lo tanto con sus respectivas configuraciones geométricas: las diversas modalidades y variantes de la estrella de

ocho puntas. 61

Ver mi artículo “Una hermenéutica del Camarín de la Inmaculada”, en Palapa, Vol. III, No. II [07], julio-diciembre de

2008, pp. 5-18. 62

Fausto Zerón-Medina, Felicidad de México. Centenario de la Coronación de María Señora de Guadalupe, México, Ed.

Clío, 1995, pp. 10-12. 63

Este corpus de piezas de oratoria sacra resulta muy significativo por la serie de analogías marianas que contiene; es

posible que los sermones que lo componen fueran leídos por los frailes descalzos de San Diego, pues no he encontrado prevención alguna contra su lectura, a pesar del tufillo cuasi-hermético de algunas audaces metáforas. 64

Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca, Tratado de la argumentación. La nueva retórica, España, Ed. Gredos,

España, 2006. 65

Quien a su vez se apoya en Perelman y Olbrechts-Tyteca. Ver Terán, “Analogía…”, op. cit., pp. 41-56.

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La sermonaria novohispana y su influencia en la arquitectura religiosa de Aguascalientes: prácticas de lectura y simbolismo mariano en el Camarín de la Virgen (1792-1797). Marco Alejandro Sifuentes Solís

66

Ibidem, p. 41 y ss.

67

Perelman y Olbrechts-Tyteca, op. cit., pp. 569-583.

68

Principios de Algebra y Geometria práctica, Manuscrito 1509, Col. Manuscritos del Fondo Reservado de la Biblioteca

Nacional de México, siglo XVIII, F. 17f-22f. 69

En cuanto que el fundamento del razonamiento deductivo es la relación entre una premisa mayor, una premisa menor y

un elemento que las vincula, o término medio. Cfr. Nicola Abbagnano, Diccionario de Filosofía, México, Fondo de Cultura Económica, 2004, pp. 72-75 y 971. 70

Perelman y Olbrechts-Tyteca, op. cit., p. 570. Ver también Terán, “Analogía…”, op. cit., p. 47.

71

Sobre este tópico ver Terán, “Análisis…”, op. cit., pp. 258-261.

72

No guardo aquí el orden de sucesión referido anteriormente.

73

En adelante, este sermón será referido como Nogales, doc. cit. (documento citado).

74

A pesar del sustrato geométrico del Camarín, no es casual que, desde la parte fenoménica, el edificio esté resuelto en un

volumen cilíndrico, por lo tanto, con el ars rotunda que fue tan caro a la arquitectura romana y renacentista. Recordemos que, de acuerdo con Cirlot, si trazamos la estrella de ocho puntas dentro de los cuadrados girados (ars quadrata), y si a su vez inscribimos esta configuración geométrica dentro de una circunferencia, obtendremos dos cuaternarios materiales y dos cuaternarios espirituales en la totalidad (universo o infinito); a este respecto ver Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, España, Ediciones Siruela, 1997, pp. 227-230. Habrá que añadir que semejante configuración estaba fundada en la concepción neoplatónica del cosmos. Plotino mismo, refiriéndose al círculo, decía que “Fuera de él [se refiere a “el Primero”], se encuentra la razón y la inteligencia, que lo rodean tocándolo y se cuelgan de él; o más bien ella sólo es inteligencia porque lo toca […]. Es sabido que un círculo extrae sus propiedades del centro, porque lo toca; en cierto modo, de ahí recibe la forma, igual que sus rayos, al converger en el centro, son, por la de su extremidad que está cerca del centro, como el centro mismo en el que termina y del que salen”. La cita de Plotino, en Perelman y Olbrechts-Tyteca, op. cit., p. 585 (cursivas mías). 75

La similitud de la anterior tesis neoplatónica con el diseño circular del Camarín y con el sermón de Nogales Dávila

es impresionante. A su vez, el sermón de Nogales parece casi una transcripción literal de algunos pasajes de la obra de angelología heterodoxa del jesuita Andrés Serrano, Los siete principes de los angeles, validos del Rey del Cielo. Misioneros, y Protectores de la tierra, con la practica de su devocion, obra de 1707 (p. 93). Sobre esto, ver Ramón Mujica Pinilla, Ángeles apócrifos en la América virreinal, Lima, Perú, Fondo de Cultura Económica, 1996, pp. 89-104, especialmente la p. 144. 76

Aquí se reitera, por medio de la concepción/asunción de María la estrecha relación entre la tierra y el cielo, entre lo

humano y lo divino, entre el cuadrado y el círculo, entre el cubo y la esfera, entre lo elemental y lo celeste y supraceleste. 77

Ver Juan Pérez de Moya, Philosophia secreta, donde debaxo de historias fabulosas se contiene mucha doctrina

provechosa a todos estudios. Con el origen de los ídolos o dioses de la gentilidad. Es materia muy necesaria para entender poetas y historiadores, Alcalá de Henares, Sánchez de Ezpeleta, 1585, cap. II, párrafo 20.2., tomado de José Fernández Arenas, Renacimiento y Barroco en España, Vol. VI, España, Ed. Gustavo Gili, 1982, p. 79. Sin duda, la espiritualización de lo corpóreo, aunque sólo supone el movimiento en sentido ascendente, de una u otra manera debe mucho a la problemática medieval del ascenso y descenso del alma, tratada por el beato Ramón Lulio y otros escritores y Doctores escolásticos, que a su vez estaba enraizada en antiguas doctrinas herméticas y hebreo-cabalísticas, reactualizadas en el neoplatonismo renacentista. Sobre este punto son muy sugerentes las investigaciones de Frances A. Yates, El arte de la memoria, España, Ediciones Siruela, 2005, pp. 197-220, particularmente p. 203. 78

La progresión geométrica 2-4-8-16-32-64-128 es en la que están dispuestos tanto los elementos arquitectónicos como

las imágenes del Camarín. Las razones √2 y θ están a la base de las figuras geométricas que lo definen: los cuadrados y los octágonos (regular y estrellado), en una progresión 1-√2-θ. 79

De modo análogo a la tradición de la Memoria grecolatina, que se transformó desde su original carácter retórico (al

pertenecer al trivium), hasta un carácter ético en la Edad Media, al ubicarse como una de las partes de las Virtudes Cardinales (la Prudencia), o bien como parte de las potencias del alma de San Agustín, así, en este caso, las siete artes liberales paganas se transforman en “siete ciencias o artes liberales” cristianas, que adornan a María. 80

Para una tipología de los sermones ver Terán, El artificio…, op. cit., particularmente pp. 59-98.

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La sermonaria novohispana y su influencia en la arquitectura religiosa de Aguascalientes: prácticas de lectura y simbolismo mariano en el Camarín de la Virgen (1792-1797). Marco Alejandro Sifuentes Solís

81

Lo cual es todavía perfectamente explicable en el siglo XVII, cuando lo astronómico y lo astrológico estaban hermanados

y eran parte consustancial de la ciencia de entonces. Sobre este punto ver Trabulse, op. cit., pp. 66-76. 82

Afirman Aguilera y Martínez que “los septenarios, novenarios y demás escritos devocionales, así como los tratados

dedicados a los siete arcángeles, nos ofrecen un indicio de un culto y una devoción extendida tanto en Europa como en las Indias”. Ver a este respecto Ramón Aguilera Murguía, y Xóchitl Martínez Barbosa, “Libros, Inquisición y devoción”, en Noemí Quezada, Martha Eugenia Rodríguez y Marcela Suárez (editoras), Inquisición Novohispana, Vol. II, México, UNAM-UAM, 2000, especialmente el apartado “Devoción de los siete príncipes a través de la iconografía”, pp. 376-378. 83

A raíz de un proceso inquisitorial que tuvo lugar en España en 1644, y de otros similares en Nueva España entre 1742 y

1747, el Santo Oficio prohibió que en papeles, estampas y estatuas se pusieran los nombres de los cuatro arcángeles no canónicos (no reconocidos por el dogma), esto es, de Uriel, Baraquiel, Jeudiel y Saltiel, lo que incluía su representación en imágenes, aceptando sólo los tres más conocidos (Miguel, Gabriel y Rafael). Ibidem, pp. 369-378. 84

La tradición cristiana dice que los nombres de los arcángeles no canónicos le fueron revelados al beato Amadeo de

Portugal en 1460 y que fueron difundidos en el libro de Antonio Ducca Septem angelorum principibus, a partir de 1516, aunque el culto angélico había comenzado con Juan Evangelista, a quien posteriormente siguieron algunos Padres de la Iglesia. De entre estos arcángeles heterodoxos, Uriel había sido mencionado en el cuarto libro de Esdras (considerado no canónico), y hablaron de él San Ambrosio, San Isidro, Orígenes, San Alberto Magno y San Buenaventura, entre otros. Ver Mujica, op. cit., pp. 89-147 y 149-193. 85

Como señala Calvo, “Las cortinas, las paredes de vidrio, la separación, la segregación, son otros elementos con

los que juega la sensibilidad barroca para reforzar la sacralidad del cuerpo santo”. Thomas Calvo, “El zodiaco de la nueva Eva: el culto mariano en la América septentrional hacia 1700”, en Clara García Ayluardo y Manuel Ramos Medina (Coord.), Manifestaciones religiosas en el mundo colonial americano, Vol. 2, México, Universidad Iberoamericana-INAHCondumex, 1994, p. 120. 86

Al Camarín de Ocotlán, según el jesuita Francisco de Florencia, se le tenía como un “remedo del Parayso celestial”.

Ibidem, p. 119. 87

Alcalá, op. cit., pp. 57-58.

88

Nogales, op. cit., F. 1f-4v.

89

Terán, “Analogía…”, op. cit., p. 48.

90

Alonso López Magdaleno, Descripcion historica y panegirica del Capitulo general, que la religión serafica celebró en

Toledo este año de 1682, Madrid, Juan García Infanzón, 1682, F. 61. 91

Sigo aquí a Perelman, tal como es aplicado por Terán, “Analogía…”, op. cit., p. 47.

92

Ver Manuel de Guerra y Rivera, Ave Maria. Oraciones varias consagradas a Maria Señora Nuestra, Madre de Dios y de

pecadores, T. VII, Madrid, Francisco Martínez Abad, 1718, p. 19. 93

Manuel de Guvea, Sermones Varios, y discursos predicables, políticos, panegíricos y morales, ofrecidos a la Siempre

Excelsa, Siempre Augusta y Serenísima Majestad de la Virgen María Nuestra Señora en el primer instante de su Purísima, Sacratísima y Gloriosísima Concepción, Sexta Parte, Lisboa, Oficina de Antonio Pedrozo Galram, 1723, p. 2. 94

Juan de Mora, Pensil eucharistico, Madrid, José Rami, 1686, p. 93 y ss.

95

Heinz Götze, Castel del Monte. Geometric Marvel of the Middle Ages, Munich-New York, Germany, Prestel-Verlag,

1998, pp. 115-146. 96

A lo que contribuyó, entre los franciscanos, la doctrina de Duns Escoto, quien se pronunció por una religiosidad más

práctica, “dirigida, no hacia el conocimiento, sino a servir de guía al hombre hacia su propia salvación”. Véase Abbagnano, op. cit., p. 74. 97

Es probable que dentro del franciscanismo novohispano, los Dieguinos estuviesen más cerca de las posiciones jesuitas,

pues se trataba de franciscanos reformados (alcantarinos, por su fundador, San Pedro de Alcántara) que nacieron prácticamente en el siglo XVI, siendo contemporáneos, por tanto, de los jesuitas, y que fueron conocidos como Dieguinos cuando en 1602-1603 lograron fundar en Nueva España la Provincia de San Diego de Alcalá. 98

De Certeau, op. cit., pp. 166 y 170.

99

Ibidem, pp. 175-186, particularmente pp. 177-178.

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The Development of Mexico’s Tourism Industry: Pyramids by Day, Martinis by Night Dina Berger Nueva York, Palgrave Macmillan, 2006, 164 páginas, ISBN: 9781403966353

RESEÑA Sylvia Dümmer Scheel

Freie Universität, Berlin, Alemania

[email protected]

El libro de Dina Berger analiza el desarrollo del turismo internacional en México desde 1928 -año en que comienza su promoción por parte del Estado- hasta la consolidación de la industria en los años 50. Su estudio viene a complementar otros ensayos acerca de la imagen turística mexicana en la primera mitad del siglo XX, entre los cuales se encuentran “The Selling of Mexico: Tourism and State, 1929-1952” de Alex Zaragoza, “Discovering a Land ‘mysterious and obvious’” de Eric Zolov y “‘Down Mexico Way’. Expresiones populares y estereotipos culturales en México” de Ricardo Pérez Montfort. Pero a diferencia de estos trabajos que se centran en la creación de un imaginario mexicano para el turista que visita el país, Berger aborda el tema desde una perspectiva mucho más amplia, y ése es quizás el mayor aporte del libro. Tal vez no profundiza tanto en la imagen turística del país, pero sí analiza, además del papel de los promotores del turismo, las iniciativas privadas y gubernamentales en pro del desarrollo de la industria, la implementación de infraestructura como carreteras y hoteles, la creación de una oferta de entretención para el visitante y los desafíos que representaron para el turismo mexicano hechos de la contingencia nacional e internacional, tales como la expropiación petrolera de 1938, las elecciones presidenciales del país o el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Así, el turismo es entendido como una suma de partes en que la imagen turística no flota por sobre los factores materiales o contingentes que lo rodean, sino que está íntimamente ligado a ellos. En ese sentido, la autora inserta su análisis en los estudios sobre turismo desarrollados por cientistas sociales en los años 70 (Valene Smith, John Urry, Dean MacCannell).

DOI 10.3232/RHI.2010. V3.N2.06

El libro tiene 164 páginas, cuatro imágenes y una tabla. Los primeros cuatro capítulos relatan en orden cronológico el desarrollo de la industria turística en el país, mientras el último analiza el período completo de la investigación con un análisis basado en el contenido de guías turísticas y afiches promocionales, de la evolución de la imagen de México impulsada por sus diversos promotores. Dos ideas centrales guían el argumento del libro. En primer lugar, la autora entiende el desarrollo del turismo en México como parte del proceso de creación del “México moderno” que surgió en los años 40 y 50 gracias al programa

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The Development of Mexico’s Tourism Industry: Pyramids by Day, Martinis by Night. Dina Berger Reseña: Sylvia Dümmer Scheel

modernizador y capitalista de los gobiernos de la Revolución (“capitalismo revolucionario”, ha sido llamado). Las inversiones, infraestructura e incluso la incorporación de nuevos hábitos implícitos en la industria turística habrían cooperado a crear dicho escenario. Berger relata así la importante transformación de la industria entre 1928 y la década del 40. En los años 30, el escenario era adverso para México no sólo por la imagen de violencia que tenía ante los norteamericanos, sino también por la escasa infraestructura turística que existía en el país: falta de carreteras, hoteles, restaurantes y lugares de entretención. Incluso tras la crisis de 1929 el gobierno, que ya había creado una institucionalidad encargada de desarrollar la industria, pidió que no se promocionara todavía el país como destino turístico por no contar con las acomodaciones necesarias. Ello comenzó a cambiar con la apertura, en 1936 y después de ocho años de construcción, de la carretera Laredo-Ciudad de México que unía Estados Unidos con la capital. Su inauguración impulsó la creación de moteles y restaurantes a lo largo de la autopista, así como de hoteles de lujo en las grandes ciudades. Los promotores de la industria también entendieron que debían desarrollar una oferta de entretención con actividades nocturnas para los viajeros. Fue así como en 1938 un titular de la revista Mexican Art & Life anunciaba “We are ready!”: el país se asumía por fin listo para recibir a gran cantidad de turistas. El segundo gran argumento del libro es el del turismo mexicano entendido como una instancia de fortalecimiento del nacionalismo, objetivo que también era central en el programa revolucionario. La autora sostiene que la razón por la que la calurosa invitación extendida a los norteamericanos para visitar el país no se contradecía con el nacionalismo económico presente especialmente bajo Cárdenas (quien expropió tierras e industrias petroleras a estadounidenses), era que dicho llamado se hacía desde una retórica nacionalista que evocaba el orgullo por las cosas propiamente mexicanas. Así, para promover el turismo “sin vender el espíritu de la revolución”, se apeló a un lenguaje patriótico y un simbolismo nacional. El Comité Nacional de Turismo (CTNT) propuso que para que el turismo no deteriorara el “alma nacional” con su influencia foránea, se debía explotar lo típico mexicano y que la propiedad de la industria, a diferencia del modelo cubano, debía quedar en manos de “compatriotas”. Con todo, aunque en este proceso se intentará dejar fuera los capitales norteamericanos, sí se incorporó su experiencia y know how.

La imagen turística de los años 40 y 50 que explotaron los promotores de la industria

surgió de las dos premisas mencionadas: antigüedad (folklore, ruinas, tradiciones) y modernidad (hoteles, carreteras, entretención). Con este binomio era definido México en afiches y guías turísticas. Si en los años 20 y 30 había sido descrito como un lugar barato, romántico y especialmente educacional, donde era posible encontrar muestras de antigüedad (“el Egipto de América”) pero escasa entretención, hacia 1946, en cambio, las guías ya prometían gran vida nocturna en las ciudades y la capital era promovida como un lugar cosmopolita que mezclaba antigüedad y modernidad. El mismo cambio de énfasis era posible observar en los afiches confeccionados por el conocido artista Jorge González Camarena. La representación de la mujer mexicana -como estereotipo de quien da la bienvenida el visitante- pasó de ser la sumisa mujer indígena rodeada de nopales y edificios coloniales en los años 30, a una mujer de rasgos mestizos que miraba al espectador directamente a los ojos y vestía ropa más refinada y cosmopolita en los 40. Este cambio respondía, evidentemente, a la real modernización de la infraestructura, la

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construcción de lujosos hoteles y la aparición de cabarets y clubes nocturnos ocurrida en esos años. Ahora ya era posible prometer al turista pirámides de día, martinis de noche. Con todo, el trabajo de promoción no sólo publicitó los adelantos materiales, sino que tuvo que adaptar su relato a hechos de la contingencia nacional e internacional que afectaban la llegada de turistas. La expropiación petrolera de 1938, por ejemplo, generó una intensa campaña de propaganda en contra de México en Estados Unidos, con advertencias tales como la deplorable calidad de la gasolina o la existencia de una fuerte hostilidad hacia los norteamericanos. Esto hizo que el número de visitantes cayera a la mitad, por lo que los promotores mexicanos debieron elaborar campañas que tranquilizaran al turista. En cambio, el estallido de la segunda Guerra Mundial fue un impulso favorable para la industria. No sólo por las dificultades que representaba para los turistas norteamericanos vacacionar en Europa sino porque, ante la amenaza fascista, México pasó de ser considerado “bárbaro” a ser “un buen vecino”. En este caso, los publicistas aprovecharon de argumentar que visitar el país era una actitud “patriótica” y “democrática”. Otro tema al que la autora presta atención a lo largo del libro son los diversos promotores de la industria, representados en parte por el Estado con la creación de diversas instituciones para ese fin -Comisión Mixta Pro Turismo (CMPT), Comisión Nacional de Turismo (CNT), Comité Nacional de Turismo (CNTN)-, y por privados mexicanos y norteamericanos asociados en organizaciones como la Mexican Tourism Association (MTA) y la Asociación Mexicana Automovilística (AMA). Diversos personajes del mundo privado participarán también en el CNTN, sentando las bases de un modelo de cooperación con asociaciones estatales. Serán todos estos actores, públicos y privados, mexicanos y norteamericanos, quienes irán creando el escenario turístico mexicano y su imagen a promover. Una de las polémicas que enfrentan los estudiosos del turismo en México es si considerarlo una forma de reafirmación nacionalista o más bien un aumento de la dependencia hacia los Estados Unidos, no sólo por el aporte económico que hacían los turistas norteamericanos sino porque la adaptación del escenario a sus expectativas terminaba por alterar el propio país. Berger considera que efectivamente se trató de una especie de imperialismo, pero, a diferencia de otros autores más críticos, considera que la situación resultó también benéfica para México en tanto desarrolló el capitalismo interno y modernizó el país, al tiempo que ayudó a reafirmar el nacionalismo y disminuir el complejo de inferioridad de los mexicanos. Sin embargo, aunque en el libro se explica cómo la cultura norteamericana afectó la mexicana al proveer un modelo turístico y ciertos hábitos y costumbres, no queda del todo claro en qué medida influyó sobre la imagen nacional y con ello, la propia identidad. En su introducción, Berger cita a John Urry y su idea de que, dado que el turismo es promocionado para cumplir con las expectativas del viajero, las imágenes turísticas se fabrican con los símbolos preconcebidos existentes entre los posibles visitantes. Sin embargo, la autora no se hace cargo de dicha premisa en tanto no analiza las imágenes previas de México que tienen los norteamericanos. Considera las expectativas que el turista tiene en cuanto a comodidad y entretención (además de sus temores y prejuicios), mas no se detiene a ver en qué consiste aquello “diferente” que desea y espera ver en su viaje. Dado que la autora habla de imperialismo, habría sido interesante preguntarse si en este caso efectivamente se trató de una adaptación del relato a las ideas preconcebidas de los visitantes,

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o éstas más bien se desarrollaron de forma independiente reforzando lo considerado “típico mexicano” por los mismos nacionales. Para saber hasta qué punto el interés de fortalecer “lo nacional” por parte de los promotores del turismo estuvo condicionado por la visión que de ello tenían los norteamericanos, habría sido necesario adentrarse primero en las ideas preconcebidas de México que circulaban al norte del Río Grande.

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Nixon, Kissinger, and Allende: U.S. Involvement in the 1973 Coup in Chile Lubna Z. Qureshi Lanham, Lexington Books, 2009, 192 páginas, ISBN: 978-0739126554

RESEÑA Sebastián Hurtado

University of Ohio, Athens, Ohio, Estados Unidos

[email protected]

Nixon, Kissinger and Allende: U.S. Involvement in the 1973 Coup in Chile, publicado en 2009, es el resultado de la tesis doctoral de la historiadora Lubna Qureshi de la Universidad de California, Berkeley. Utilizando un marco conceptual muy cercano a la clásica interpretación marxista de la política exterior norteamericana, Qureshi sostiene que intereses económicos nacionales y privados determinaron la política del gobierno de Richard Nixon hacia Chile entre 1970 y 1973. La política de Nixon hacia América Latina, en el contexto de la cual tuvo lugar la intervención en Chile, se basó en la necesidad de Estados Unidos de obtener materias primas a bajo costo. Consideraciones ideológicas y políticas propias de la Guerra Fría ejercieron una influencia secundaria en el diseño de la política estadounidense hacia América Latina y Chile. La caída de Allende y la dictadura militar que lo sucedió fueron, según la tesis propuesta por Qureshi, consecuencia directa de la intervención norteamericana en Chile. Qureshi basa su argumento en varios comentarios realizados por Nixon en algunas de sus conversaciones telefónicas con sus asesores y en los contactos sostenidos por el mismo Nixon, Kissinger y agentes de la CIA con representantes de grandes corporaciones estadounidenses con intereses en Chile, especialmente la ITT. Sin embargo, la evidencia provista por la autora para sostener su argumento es escasa. Aunque los contactos entre empresarios y funcionarios del gobierno estadounidense (entre ellos Kissinger

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y el mismo Nixon) sin duda demuestran la existencia de una relación impropia entre intereses económicos privados y el aparato estatal norteamericano, la evidencia documental presentada por Qureshi no prueba que las decisiones de Nixon y Kissinger hayan sido determinadas por dichos intereses. Por el contrario, Kissinger y la CIA rechazaron los ofrecimientos de ayuda de la ITT en las operaciones encubiertas destinadas a impedir el ascenso de Allende al poder y posteriormente a desestabilizar su gobierno. Además, muchos documentos, hoy ampliamente accesibles, muestran que la afiliación ideológica de Allende y su coalición fueron el motivo principal tras la política estadounidense hacia la Unidad Popular. La intervención estadounidense en los asuntos políticos chilenos comenzó durante la presidencia de John Kennedy y fue continuada con

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gran celo por la administración de Lyndon B. Johnson. Si bien Qureshi no discute en profundidad este punto, su exclusiva dedicación al gobierno de Nixon y su énfasis en motivaciones económicas oscurecen las continuidades en la política estadounidense hacia Chile y la relevancia de la atmósfera de la Guerra Fría en las decisiones tomadas por el ejecutivo norteamericano entre 1963 y 1973. Además de la debilidad de su argumento sobre la política exterior norteamericana, Nixon, Kissinger and Allende presenta otro problema metodológico e intelectual relevante. Qureshi sostiene que la intervención estadounidense fue la principal causa de la polarización política en Chile y de la caída de la Unidad Popular. Por supuesto, es indudable que la política hostil de Nixon contribuyó enormemente a incubar la situación de polarización y violencia política que se adueñó de Chile durante el gobierno de Allende. Sin embargo, la idea de que la intervención de Estados Unidos fue la causa fundamental, tanto de la crisis política de los años de la Unidad Popular, como de su violenta resolución a través del golpe militar, supone que los actores chilenos jugaron papeles secundarios en el desarrollo y el desenlace de esta historia. Esta tesis podría tener un peso intelectual importante si se fundara en un estudio sistemático de la realidad chilena de aquellos años y de los efectos que en ella tuvo la política exterior estadounidense. Lamentablemente, Qureshi consultó muy pocos libros escritos por autores chilenos y sólo uno en español. Además, aunque su bibliografía indica que revisó documentos en el Archivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores, el aparato crítico de Nixon, Kissinger and Allende denota la ausencia casi absoluta de fuentes primarias chilenas en la elaboración del texto. Prácticamente todo el contexto histórico del relato de Qureshi se basa en un puñado de libros sobre Chile, todos en inglés y muchos de los cuales tampoco se basan en revisión de fuentes primarias chilenas. En otras palabras, el material revisado por Qureshi es útil para un estudio de la política exterior de la administración Nixon—y la autora debe ser elogiada por la utilización de fuentes no exploradas en profundidad previamente—pero no permite un análisis serio de sus consecuencias en Chile. Qureshi dedica considerable espacio a describir la situación interna de Chile durante el gobierno de Allende. Algunos de sus comentarios denotan un conocimiento sólo superficial de algunos aspectos de la historia contemporánea del país. En su descripción de la insubordinación militar de 1969 conocida como Tacnazo, por ejemplo, Qureshi no menciona que la rebelión fue una protesta gremial más que un intento de golpe de estado (p. 39). Asumiendo esto último, Qureshi señala que el Tacnazo fue una advertencia para los futuros gobernantes de Chile de que cualquier tipo de reforma sería posible sólo en la medida que los militares lo permitieran. Si bien esta narrativa parece lógica en retrospectiva, resulta cuestionable en vista del hecho de que la única agrupación política que no condenó la breve insurrección de 1969 fue el Partido Socialista. Más adelante, Qureshi sostiene que el MIR no abandonó su compromiso con la vía armada porque, de algún modo, comprendía que la represión que se desataría tras la caída de Allende sería brutal (p. 122). Dado que la discusión de este punto es más bien general, al lector desinformado le quedará la impresión de que el MIR optó por un discurso extremista por razones defensivas y no por su compromiso con una postura ideológica intransigente.

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Qureshi considera que la intervención del gobierno de Nixon en los asuntos políticos chilenos fue una clara manifestación del imperialismo norteamericano. Tal afirmación es discutible, mas no está lejos de la realidad de las relaciones entre Chile y Estados Unidos en los años 60 y 70. Sin embargo, la metodología de Qureshi deja poco espacio para desafiar tal noción. Tanto sus fuentes primarias como la abrumadora mayoría de sus fuentes secundarias son de origen norteamericano. Por esta razón, no es sorprendente que los efectos de la política exterior estadounidense parezcan determinantes en el curso de la historia de Chile durante el periodo en cuestión. En Nixon, Kissinger and Allende, los actores chilenos y sus visiones de la situación del país juegan un papel secundario. Irónicamente, la propuesta metodológica de Qureshi contribuye a perpetuar, esta vez en el mundo de la academia, el paradigma histórico del imperialismo norteamericano tan vehementemente criticado por ella.

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Durante la Reconquista Alberto Blest Gana (Edición, prólogo y notas de Iván Jaksić y Juan Durán) Santiago, Editorial Universitaria y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2010, 925 páginas, ISBN: 978-956-11-2129-4

RESEÑA Nicolás Ocaranza Pacheco

École des Hautes Études en Sciences Sociales, París, Francia

[email protected] ehess.fr

La reflexión sobre los vínculos entre la historia y los otros géneros literarios tiene una larga data. Desde algunos textos clásicos como la Poética de Aristóteles, pasando por Cómo debe escribirse la historia de Luciano de Samosata, hasta llegar a El texto histórico como artefacto literario de Hayden White y al polémico El Canon Occidental de Harold Bloom, el debate está muy lejos de haberse extinguido. El retorno de algunos historiadores hacia un relato que privilegia la construcción narrativa de los procesos y acontecimientos históricos, frente a un modelo academicista autorreferente y alejado del público no especializado, es una señal potente de la interdependencia cada vez más necesaria entre la historia y la literatura. Es por eso que la reedición de una novela histórica como Durante la Reconquista no sólo debe ser valorizada por su efecto de restauración –el trabajo de anotaciones históricas y lingüísticas a cargo de Iván Jaksić y Juan Durán es impecable y riguroso-, sino también porque nos permite redescubrir la mirada particular del novelista Alberto Blest Gana sobre un determinado período de nuestra revolución de Independencia.

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La novela, publicada en dos volúmenes en París hacia 1897, sobrepasa las dimensiones de las primeras obras de Blest Gana y sus numerosas páginas recuerdan a otras obras cuyos leit motiv también eran la guerra y el enfrentamiento entre naciones rivales. El símil con Guerra y Paz de Tolstoi no es descabellado, especialmente si pensamos que en ambas novelas los personajes de ficción, a quienes se considera tradicionalmente como los auténticos sostenedores de la trama, son acompañados por numerosos personajes históricos que contribuyen a situar el relato en un contexto histórico específico. Si en el caso de Tolstoi los grandes personajes históricos que destacan son Napoleón y el emperador ruso Alejandro I, en la novela de Blest Gana son el patriota Manuel Rodríguez y el realista Vicente San Bruno.

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Durante la Reconquista. Alberto Blest Gana (Edición, prólogo y notas de Iván Jaksić y Juan Durán) Reseña: Nicolás Ocaranza Pacheco

Con todo, Blest Gana no edifica un relato cuyo foco de atención apunta a los próceres de la patria sino a un pueblo que batalla por una causa común: la consagración de la libertad política. Al igual que algunas novelas históricas recientes como 1776, del premio Pulitzer David McCullough, que retrata un año crucial para la historia de las colonias norteamericanas, en el que se redacta el documento de la Declaración de Independencia aprobado por el Congreso Continental el 4 de julio en Filadelfia y en el que se delinean los enfrentamientos bélicos, las tácticas y las estrategias que definirán el curso de la guerra y su final, y Un Día de Cólera de Arturo Pérez-Reverte, que profundiza en la reacción popular de los madrileños frente a la invasión napoleónica en mayo de 1808, Durante la Reconquista también conjuga elementos históricos y ficticios para crear una atmósfera verosímil que otorga un sentido a los acontecimientos narrados. Gracias al uso medido de la conjetura y la imaginación, Durante la Reconquista, al igual que las otras novelas mencionadas más arriba, devuelve a la narración histórica aquel componente humano que muchas veces la historiografía y los historiadores le niegan. Gran parte de este mérito proviene de la escritura de Blest Gana, que de manera magistral construye un relato sobre las intrigas políticas y las peripecias de los enemigos enfrentados, retratando a un conjunto variopinto de personajes que conforman los bandos realista y patriota. Para Blest Gana la causa patriota está muy lejos de consolidarse sin recorrer antes un tortuoso camino. En esta novela, la representación de la Independencia está muy lejos de ser exclusivamente un enfrentamiento de ideas y de modelos políticos contrapuestos, sino que la guerra ocupa un lugar central en el tránsito de colonia a nación de los territorios americanos. El autor sugiere que mientras la represión realista se vuelve más dura, Santiago se transforma en un infierno en el cual domina la delación y la violencia. En el escenario posterior al desastre de Rancagua, que impulsó la llamada contrarrevolución de la Independencia, Blest Gana relata el espíritu de reacción de los patriotas, que tendrá como resultado una oposición cada vez más abierta hacia los españoles. En la novela, las montoneras y guerrillas propician la victoria de un Ejército Libertador que, guiado por José de San Martín y Bernardo O’Higgins, el 14 de febrero de 1817 vence a las tropas españolas en Chacabuco y logra entrar en Santiago. El amor es otro elemento fundamental de la trama elegida por Blest Gana. Las diversas historias sentimentales que aparecen en la novela viven del permanente contraste entre los revolucionarios y los fidelistas; los amantes, generalmente pertenecientes a bandos contrarios, se ven impedidos de concretar su felicidad, ya sea por la incomprensión mutua o como efecto de la suerte y de la situación política de los tiempos que corren. Con un realismo inédito para la literatura chilena de la época, Blest Gana escapa de la epopeya y la gesta heroica, y se adentra sin pompa en las vidas de hombres y mujeres que según las circunstancias se vuelven héroes de una causa colectiva. En algunos momentos el autor entremezcla el humor con el drama en las hazañas de Filiberto Cámara, soldado raso que aparece como imagen visible del anónimo mundo popular y en quien se simbolizan las virtudes combativas de los patriotas.

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El sargento mayor Robles y su ayudante Cámara, sobrevivientes de la derrota de Rancagua, son dos acérrimos defensores de la patria libre. Cámara es un pícaro y típico representante del roto chileno, mientras que el mayor Robles es el soldado que no acepta la derrota y sigue combatiendo una guerra individual por la libertad de la patria con un sencillo heroísmo, que más tarde se encargará de demostrar frente al pelotón de fusilamiento en el momento de su muerte. Tal como lo demuestra en Martín Rivas y en Los transplantados, el conocimiento de las pasiones humanas que posee Blest Gana en Durante la Reconquista es profundo, por eso sus personajes no quedan reducidos a un simple esbozo y son caracterizados íntimamente. Las mujeres, por ejemplo, ya no son esas figuras decorativas de apariencia atractiva, mientras que los hombres son más que títeres del destino. Vicente San Bruno, militar realista y personaje indudablemente antipático, en su condición de soldado fiel al rey es perfectamente construido en una constante tensión entre fanatismo y honradez. Este personaje, vengativo y artífice de múltiples persecuciones contra la familia Malsira, muere como un héroe al negarse a ser salvado cuando los realistas perdían la batalla de Chacabuco. Si bien es cierto que Blest Gana idealiza a los patriotas, especialmente a la familia Malsira y a Manuel Rodríguez, no denigra ciegamente al enemigo. Las caracterizaciones de San Bruno, Mariano Osorio y Marcó del Pont son prueba de ello. En contraste con un camaleónico y popular Manuel Rodríguez, mensajero de la libertad, los salones de la aristocracia santiaguina aparecen siempre ocupados por gente refinada que ostenta sus trajes y baila distraída, sin saber que afuera la revolución prospera mientras que la represión española acecha en cada esquina. Para Blest Gana, el motín de los patriotas recluidos en la cárcel de Santiago y su sangrienta e inútil represión son otra oportunidad para describir con notable brillo los movimientos colectivos en los que destaca el pueblo. Son esas escenas las que configuran un relato coral distintivo de esta obra, las que al mismo tiempo remarcan un cierto tono trágico frente a la violencia utilizada por los enemigos de la causa independentista. En Durante la Reconquista, Blest Gana narra la epopeya de su pueblo, pero sin un tono altisonante. En definitiva, escribe historia describiendo los amores y retratando los conflictos políticos y bélicos que marcan a la sociedad chilena de la época de la Independencia, valiéndose a veces del humor para subrayar lo trágico de este proceso. Entonces, esta obra es, además de una novela histórica, una novela social que saca del anonimato al pueblo y matiza el rol excesivo otorgado por algunos historiadores a la elite criolla en el período de la Independencia. Desde ese punto de vista, Blest Gana no sólo es un creador literario apoyado en la ficción, sino que también se lanza a la tarea de revisar el molde historiográfico de su época, cuyas máximas figuras eran Diego Barros Arana y los hermanos Amunátegui, intentando componer las fisuras del andamiaje historiográfico. En efecto, antes de que los autodenominados “historiadores sociales” reivindicaran al mundo popular en la historiografía chilena, Blest Gana tapó las grietas del relato historiográfico nacional, reconociendo el activo rol desarrollado por el pueblo en este proceso revolucionario y precisando la participación de los diversos actores en la guerra independentista.

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Resulta coherente, entonces, lo que plantea Guillermo Gotschlich, cuando afirma que Blest Gana presenta en su obra “dos tiempos históricos: el fin de la dependencia colonialista y el tránsito hacia la libertad institucional y la constitución de un sentido de nacionalidad” (El realismo en la novelística de Blest Gana. Santiago: RIL editores, 1992, p. 53). Para reforzar este sentido de nacionalidad, Blest Gana utilizó a los defensores de la plaza de Rancagua, quienes, de acuerdo a sus palabras, no sólo habían conseguido “con su arrojo convertir una derrota en una de las más brillantes páginas de la historia chilena”, sino que “habían tramontado los Andes, dejando la patria enlutada y los hogares en lágrimas”. Esa fuga unida al vacío dejado por los militares sobrevivientes, abría la posibilidad de articular una comunidad a partir de la resistencia; comunidad que se ampara, además, en el discurso del retorno de los salvadores de la patria. De esta manera, Blest Gana cumple su intención -revelada en una carta a su amigo José Victorino Lastarria en 1864- de abandonar los cuadros de costumbres y lanzar la imaginación al “estudio de las pasiones inspiradas por ciertos hechos históricos, tratando, por supuesto, de enlazar este estudio con una vasta y complicada intriga, que espero sea abundante y sabroso pasto para los aficionados a las emociones de una trama enredada sin ser inverosímil ni estupenda, como ya no se puede admitirse en sana literatura”. Esa confesión, proveniente de la pluma de uno de los primeros novelistas criollos, parece señalar un camino para sortear el fatídico diagnóstico anunciado por Harold Bloom en El Canon Occidental (Barcelona: Anagrama, 1995) cuando hace varios años señaló que “la historia y la narrativa se han separado, y nuestras sensibilidades no parecen capaces de conciliarlas”. Desde esta perspectiva, la lectura de Durante la Reconquista, no sólo interesa como una representación literaria de la contrarrevolución, sino también para pensar que si la historia está al servicio de la imaginación y de la verosimilitud –lo probable, como decía Benedetto Croce-, necesita de la experiencia literaria para llenar lo discontinuo y ser capaz de entramar un relato coherente y persuasivo.

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Estación Final. La emocionante y desconocida historia de los peruanos que salvaron centenares de vidas en la Segunda Guerra Mundial Hugo Coya Lima, Aguilar, 2010, 158 páginas, ISBN: 978-9972-848-37-7

RESEÑA José Ragas

University of California, Davis, California, Estados Unidos

[email protected]

Para cuando llegaron a rescatarlos, ya era demasiado tarde. Ella llevaba varias horas muerta, luego de que su débil cuerpo soportara los rigores de una caminata que parecía no tener fin. En realidad, debió haber muerto antes, cuando sintió que ya no podía seguir y pidió a sus compañeros que la dejaran para no retrasar su marcha. Pero ellos se negaron a hacerlo y aun cuando no se encontraban en mejor condición física, entre seis lograron cargarla un trecho más, hasta llegar a una granja, donde se percataron de su fallecimiento. Una sencilla ceremonia en la que fueron depositados geranios blancos y rojos en recuerdo de su país de origen, puso fin a una vida de persecución y sobrevivencia. La historia de Magdalena Truel Larrabure es una de las muchas que forman parte de Estación Final, libro de Hugo Coya, que ve la luz luego de varios años siguiendo la pista y rastreando a los sobrevivientes de origen peruano del Holocausto. En poco más de ciento cincuenta páginas, Coya nos cuenta una historia no sólo de valentía entre las víctimas de la intolerancia sino de vergüenza al enterarnos que en el momento más álgido de la persecución nazi, las autoridades peruanas habrían dado órdenes expresas para prohibir la entrada a quienes profesaran el judaísmo. Aun cuando esta exclusión se dio bajo una dictadura como la de Augusto Benavides, con el retorno a la democracia no desapareció la hostilidad hacia los potenciales refugiados del terror nazi. Los debates parlamentarios citados en el libro son un reflejo de las actitudes hacia los judíos que existían en la opinión pública, las cuales oscilaron desde la abierta animosidad hasta la indiferencia más extrema.

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El Holocausto no es un tema ajeno al Perú y ha servido como un referente en diferentes momentos y contextos. Una de las primeras referencias que encontramos fue la puesta en escena de El Diario de Ana Frank a fines de los años cincuenta, y que tuvo gran acogida en Lima y Huamanga (Ayacucho), llegando a contar incluso con la presencia de un miembro de la familia de Ana. No hace mucho (agosto 2010), se realizó una exposición que enlazaba precisamente la historia de Ana Frank y el Holocausto con lo ocurrido en el Perú

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Estación Final. La emocionante y desconocida historia de los peruanos que salvaron centenares de vidas en la Segunda Guerra Mundial. Hugo Coya. Reseña: José Ragas

durante el Conflicto Armado Interno. En ese sentido, lo ocurrido en Europa durante los años 30 y 40 se presta como un referente para entender la insania que desató la violencia política en Los Andes desde 1980. Como vemos, la shoah dista mucho de ser un referente lejano e impersonal, por lo que el libro de Coya contribuye a llenar los vacíos que quedan en este pasado común de horror, pero también de resistencia. Los primeros peruano-judíos en llegar a un campo de concentración lo hicieron en marzo de 1943. La muerte que encontraron en los campos fue el final de una larga travesía en por lo menos dos o tres continentes y que tenía al Perú como uno de los puntos de la trayectoria. Quienes llegaron a territorio peruano buscaron los medios para adaptarse y formar una familia, hasta que los apuros económicos o la búsqueda de una mejor posición y educación los lanzaron nuevamente a buscar fortuna en Europa, donde los encontró la guerra y la política racial nazi. Por otro lado, el libro de Coya también ha desenterrado una historia menos conocida: aquella que cuenta la participación de dos judíos peruanos –los hermanos Eleazar y Jabijo Assa– en la revuelta y escape del campo de Sobibor, la única experiencia exitosa de este tipo durante todo el tiempo de la shoah, aun cuando ellos no compartieron la suerte de más de la mitad de prisioneros que escapó sin ser alcanzados por las balas de los guardias. Pero no todos murieron de esta forma: otros, como Sarah Levy y sus hijos Michéle y Gérard, lo hicieron en las cámaras de gas mientras que Héctor, padre y esposo, fue fusilado cuatro meses después. Algo que llama la atención del libro es la manera en que el autor utilizó las redes sociales para su investigación, ya que de acuerdo a como es promocionado en la contraportada, su investigación sería pionera en el uso de este tipo de herramientas para reconstruir un episodio del pasado. Como sabemos, estas redes ya no son usadas en la actualidad sólo como circuitos de comunicación sino como fuentes en sí mismas, tal como ha ocurrido con el Twitter y el reconocimiento por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos de su potencial como un archivo virtual de información, ya que va a almacenar los casi 50 millones de mensajes (o tweets) que se producen diariamente desde que esa red fuese creada en 2006. Para quienes, como historiadores, intentamos incorporar las nuevas tecnologías a nuestro oficio, la forma cómo llevó a cabo el autor su investigación nos sería de mucha utilidad para ampliar el concepto de archivo, restringido hasta no hace mucho al material impreso. No cabe duda de que un estudio como éste podría también ayudar a estimular la investigación de otros casos, como el de aquellas víctimas no judías, pero sí peruanas. Uno de ellos fue Emilio Ribeyro, tío abuelo de Julio Ramón Ribeyro, quien ―según cuenta este último― participó de una estafa en contra de japoneses cuyas propiedades habían sufrido saqueos en los aciagos años 30. Con el dinero mal habido, se mudó a París, donde lo sorprendió la guerra y murió en un campo de concentración. El libro de Hugo Coya es una bocanada de aire fresco en el abordaje de los temas de historia contemporánea. Asimismo, la inteligente combinación de metodologías clásicas como la entrevista y la historia oral con otras como el uso de las ya mencionadas redes sociales debe ser una llamada de atención para quienes, como historiadores, tratamos de sortear las dificultades que existen con el acceso a las fuentes. La obra muestra cómo se puede trabajar

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Estación Final. La emocionante y desconocida historia de los peruanos que salvaron centenares de vidas en la Segunda Guerra Mundial. Hugo Coya. Reseña: José Ragas

temas recientes sorteando el problema de la documentación, más aun si éstas no sólo están dispersas sino con restricciones que pesan sobre ellas, como aquellas que se encuentran en los archivos diplomáticos peruanos. Otro aspecto del cual los historiadores podemos aprender es la forma en que esa área se mueve entre el rigor metodológico y la difusión. Así, Estación Final se convierte en un texto desafiante a la vez que ameno, características que quienes escribimos sobre el pasado anhelamos transmitir a nuestros lectores.

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Bankrupt of Empire: Mexican Silver and the Wars Between Spain, Britain, and France, 1760-1810 Carlos Marichal New York, Cambridge University Press, 2007, 318 páginas, ISBN: 978-0-52187964-4

RESEÑA Karin Sánchez Manríquez

The University of Texas at Austin, Texas, Estados Unidos

[email protected] utexas.edu

The importance of the Spanish American economy to the finances of the Spanish Crown has been studied for long time. In Bankruptcy of Empire: Mexican Silver and the Wars between Spain, Britain, and France, 1760-1810, Carlos Marichal goes in depth into this issue, arguing that “the enormous extraction of Mexican silver… was used mainly to finance an extraordinary succession of wars between Spain, Britain, and France”. He focuses on Mexico because, he states, “in terms of colonial tax productivity, it is hard to find examples in history that surpass Mexico in the eighteenth century”. By focusing in British and French empires, Marichal hopes to contribute to the growing field of transatlantic history. Marichal bases his research on archival sources mainly from the Archivo General de la Nación in Mexico City, the Archivo General de Indias and Archivo Histórico Nacional in Seville and Madrid, respectively, and in Archives Nationales in Paris. Although Marichal does not discuss the sources he is going to use in the introduction, the book is divided clearly in two parts according to these sources. The first section covers chapters one to four and the second part, chapters five to eight. In the first chapters, Marichal bases his arguments mainly on previous historiography published by him or by other historians. As he states, “the hypotheses advanced in this book are based on a vast, collective effort of recent historical research realized over the last two decades”. For this reason, most of the footnotes in these chapters refer to other historical works, while from chapter six on, most of the footnotes refer directly to an archival source.

DOI 10.3232/RHI.2010. V3.N2.10

This division in the book also demonstrates Marichal’s methodology, which emphasizes a transatlantic point of view. The second part is where Marichal develops in-depth his argument about the importance of Mexican silver, not only for Spain but also for Britain and France. Given his transatlantic approach, Marichal is “looking from the colony toward the metropolis” (Marichal’s emphasis). In doing so, he aims to obtain “a new perspective on the complex dynamics… of the Spanish imperial state in the successive wars with Britain and France between 1780 and 1810”.

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Bankrupt of Empire: Mexican Silver and the Wars Between Spain, Britain, and France, 1760-1810. Carlos Marichal. Reseña: Karin Sánchez Manríquez

Marichal begins with an overview of the tax system created by the Bourbons in America since 1760. He says that the Spanish crown succeeded in the creation of a tax system to get Mexican silver due to “a combination of coercion, fiscal and administrative efficiency, and colonial pacts”. Since New Spain was the colony that gave the most remittances to Spain, Marichal calls the viceroyalty of New Spain a fiscal submetropoli. Thus, the Spanish empire became in an “imperial tax state,” represented by the great amount of loans and donations to the metropolis that Marichal details. In addition, the Catholic Church became one of the most important borrowers of funds. This successful tax system, however, was only the confirmation of “the progressive extension of the metropolitan financial crisis to the Americas”. From chapter five on, Marichal narrates in detail the British and French actions to get Mexican silver to finance their wars -gotten through the work of private merchants, thanks to the neutral commerce promoted by the Spanish crown. At this point, Marichal criticizes the lack of attention that this neutral commerce has received in Mexican historiography, despite its great economic importance to the viceroyalty. This has to be studied, Marichal argues, because “the continuity of the [Spanish] empire lay in the sustained functioning of what was a complex, transatlantic fiscal machine”. Mexican silver continued helping Spain during the French invasion and during the wars of Independence, but it could not last forever. Since what Spain did was to transfer “a part of its deficits” to Mexico, the end of the story was not surprising: the Spanish empire went bankrupt by bankrupting its richest colony. The money simply ran out: “the funds were not inexhaustible, as believed, but are actually exhausted”, as Manuel Abad y Queipo, Bishop of Valladolid (present Michoacán) said in 1810. Through the book, Marichal writes in a very readable style, which is very valuable when the main topic, the economy, includes such complex terms. The charts and graphs also give the reader a better understanding of these economic processes. Besides, Marichal divides the work into many subsections and always finishes a chapter by introducing the next one. Bankruptcy and Empire has two important strengths. First, Marichal ably inserts the Mexican economy into broader transatlantic history, as noted above. It is not surprising that Spanish America economically supported the metropolis, but the novelty of Marichal’s argument is the contextualization of this support into the Atlantic history, through the incorporation of Britain and France. Marichal values the Spanish empire’s resilience, saying that unlike Britain and France, which could not keep their territories in the Americas, Spain, despite its financial problems, maintained their authority until the beginning of the nineteenth century. By using this economic resiliency, Marichal continues, the crown was able to create “an effective engine of imperial defense”. His fundamental argument is that Spain did matter in the international context in the late eighteenth century. The book’s other strength is Marichal’s emphasis that the answer for the successful tax system is not only the economy. When he asks why the colony followed the instructions of the crown, though those instructions undermined the economy of New Spain, Marichal argues that the answer is in the corporative concept of the colonial society. For that reason, he writes, “The fact that there was neither legislature nor popular press in colonial Mexico implies that discussions about the tax system were limited”. This could not have happened in a parliamentary regime, as in the case of the British colonies in North America. The great amount of Mexican money sent to Spain reflects “the persistence and power of the colonial administration”.

HIb. REVISTA DE HISTORIA IBEROAMERICANA |

ISSN: 1989-2616 |

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Semestral |

Año 2010 |

Vol. 3 |

Núm. 2

Bankrupt of Empire: Mexican Silver and the Wars Between Spain, Britain, and France, 1760-1810. Carlos Marichal. Reseña: Karin Sánchez Manríquez

Although Marichal does a very good job showing the role of Mexican silver in the transatlantic economy, Mexican society is not an actor in the book on the same level of the European empires. Recognizing this shortcoming, Marichal correctly draws attention to future research about the impact on Mexican society of Spanish economic decisions in the colonial era and its legacy in the national period.

http://revistahistoria.universia.net

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