Reflexiones sobre la guerra, el mal y el fin de la historia
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«Más reportero que filósofo, más observador que moralista, Lévy nos cuenta lo que vio en Sudán, Angola, Burundi, Colombia y Sri Lanka. No busca la verdad de la guerra, sino analizar la bestialidad de una humanidad convertida en algo monstruoso. Le Fígaro

«Sudán, Sri Lanka, Colombia, Burundi, Angola. Lévy se ha ido al escenario de esas guerras olvidadas. Tras los reportajes sobre esos países el escritor publica sus reflexiones, donde se entremezclan diarios de viaje, filosofía y fragmentos autobiográficos. Le Monde

«En Reflexiones sobre la Guerra, Lévy desarrolla con pasión su historia de la guerra.» L 'Express

«Este texto, tan brillante como abrumador, es el balance de un recorrido que comienza en el lirismo y termina en el espanto, en la intolerable constatación de que todo esto no ha servido para nada. Le Nouvel Observateur

SIN E Q U A N O N

B ernard -H enri L évy Reflexiones sobre la Guerra, el Mal y el fin de la Historia

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E diciones B cau ro on *

Título original: Réflexions sur la Guerre, le M al et la fin deVHistoire Traducción: Jo sé Manuel Vidal 1.* edición: septiembre 2002 © Éditions Grasset &Fasquelle, 2001 © Ediciones B, S.A., 2002 Bailén, 84 - 08009 Barcelona (España) www. edicionesb. com Printed in Spain ISB N : 84-666-1007-3 D epósito legal: B. 28.740-2002 Impreso por D O M IN G R A F , S.L. IM PR ESSO R S Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así com o la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

B ernard -H enri L évy Reflexiones sobre la Guerra, el Mal y el fin de la Historia Traducción de José Manuel Vidal

Preámbulo A primeras horas de la tarde del 11 de septiembre de 2001 iba a poner punto final a este libro, cuando un aten­ tado terrorista de una violencia inusitada y sin igual pul­ verizó el Pentágono y una parte de Manhattan. Mi primera reacción, como la de todo el mundo, fue de miedo y de estupor. En la larga historia del terror, ja­ más un atentado había ocasionado tantas víctimas. Jamás un grupo terrorista había elegido de manera tan impecable, en un mismo gesto, sus objetivos militares y simbólicos. Jamás habíamos tenido tampoco el senti­ miento de la extrema vulnerabilidad de las democracias ante una amenaza de la cual todo el mundo presentía que había cambiado de registro y que, además, estaba lejos de haber dicho su última palabra. Recordé la confidencia que, al final de la guerra de Bosnia, me hizo el presidente Izetbegovic y,que conocía a través de sus servicios secretos: Irak se había lanzado a un programa de fabricación de cabezas de misiles prepa­ radas para transportar sustancias bacteriológicas a gran­ des distancias. Recordé mi última conversación con Massud, otro musulmán sabio, enemigo jurado de los talibanes y, por eso, asesinado, unas horas antes del ataque del 11 de sep­ —

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tiembre, como si su eliminación formase parte del plan. Según él, Pakistán disponía, desde hacía años, de armas de destrucción masiva y no vacilaría en utilizarlas si sus intereses vitales estuviesen en juego. Evidentemente, no estábamos en ésas. Y no lo estábamos, porque una de las singularidades de este terrorismo era, precisamente, que parecía escapar a la vieja lógica de los «Estados malvados» de las décadas anteriores. Estábamos ante una red transestatal, una fe­ deración transnacional de organizaciones implantadas tanto en Londres o en Jersey como en Irak o Pakistán, una O N G del crimen, un monstruo frío sin Estado, un ejército privado sin territorio, un enemigo obsesionado por matar, pero más inaprehensible por cuanto no se po­ día reducir a ninguno de los enemigos públicos que Es­ tados Unidos pensaba tener controlados en el mismo momento en que se tramaba, desde el interior, el mayor ataque terrorista de todos los tiempos... En medio del caos de esas jornadas, en medio del miedo, la piedad y la rabia, mucha gente se dio cuenta de que el terrorismo había actuado ese día a una escala y con una velocidad superiores, que había comenzado a apuntar a escenarios de destrucción casi sin límites, que el terrorismo caminaba hacia operaciones gigantescas al lado de las cuales todo lo que habíamos conocido hasta entonces —incluido, quizás, el atentado contra el World Trade Center— parecería un día como de otra galaxia, y que, dicho de otra forma, lo peor estaba por llegar. «Guerra», titulaban la mayoría de los periódicos oc­ cidentales. Pues, sí, es la guerra. Fueron muchos los que, presas de la emoción del acontecimiento, pensaron que el mun­ do occidental estaba en guerra. Fueron muchos los que

pensaron que sería una guerra larga, muy larga, con vic­ torias, repliegues, crisis y períodos de guerra fría. Lle­ vando al límite la idea de un fundamentalismo que su­ plantaba al comunismo en la escena de una Historia en la que Occidente había creído, erróneamente, poder reinar sin enemigo, yo mismo pude escribir que era como un retorno a los años veinte y que había que hacer frente al nuevo enemigo. Pronto surgieron ciertos brotes de antiamericanismo primario. Me pareció algo abyecto.

Y casi de inmediato, una segunda reacción: indigna­ ción y cólera frente a los ignorantes que, so pretexto de que los autores de estos atentados habían sido educados a la sombra de las madrazas paquistaníes, so pretexto, también, de que una parte de la calle en Gaza, Bagdad, Damasco o Islamabad veía a estos kamikazes como nue­ vos mártires que vengaron, con sangre, los atropellos cometidos contra la «nación musulmana», caían en la trampa de una presunta guerra de civilizaciones entre Occidente y el islam. Los más espabilados citaban a Nietzsche anunciando que las guerras del futuro serían guerras de ideas y de vi­ siones del mundo. Otros exhumaban a Samuel Huntington, el autor de un opúsculo, en el que —en respuesta a los neokojevianos que tras la caída del muro de Berlín, creyeron ver pasar bajo sus ventanas no ya la Historia, sino su fin— anunciaba una guerra de Occidente contra el resto del mundo; «The west versus the rest», y el islam a la cabe­ za de ese resto. Hubo incluso observadores que decían, como es ya —

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habitual, que la literatura ya lo había previsto todo antes de que sucediese, porque un novelista francés, colocan­ do comentarios nuevos sobre las octavas celinianas anti­ guas, había fustigado, unos días antes de la tragedia, a la religión musulmana y su libro sagrado. En definitiva, sólo se oía por todas partes que había (sic) «un problema con el islam». En el mejor de los ca­ sos, este problema se circunscribía a una visión del mun­ do oscurantista, incompatible con la modernidad, con los derechos humanos, la democracia, la laicidad, la Ilus­ tración. En el peor de los casos, a una religión asesina, conquistadora, que lleva en su seno la masacre como las nubes la tormenta y que ha declarado una guerra total a Estados Unidos y a Europa. Evidentemente, no soy un especialista en el islam. Pero, como todo el mundo, conozco la historia de la abolición del califato por Atatürk o del panarabismo nasseriano, pruebas de que el islam no es tan incompati­ ble con la laicidad como se asegura. Conozco, de cerca, el caso del islam bosnio e incluso, aunque un poco menos, el de las hermandades senegalesas, prueba de que el islam no es ajeno ni a la tradición democrática ni al derecho. Sé, por mi amigo Christian Jambet, que la misma pa­ labra «yihad», citada en todas partes como si significase guerra santa del islam contra el mundo y contra los in­ fieles, es un término que ha asumido este significado desde hace poco tiempo y que antes, antes de los Her­ manos Musulmanes, de los wahabíes, de la escuela de Ibn Taymiyya, en definitiva, a finales del siglo XVIII, siempre había significado, literalmente y para todos los musulmanes del mundo, «un esfuerzo en el camino de Dios». Una palabra del ámbito moral, no del político. —

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Una palabra que habla de la dimensión espiritual del fiel que se esfuerza, por medio de la oración o de la ascesis, por acercarse a Dios. Una guerra, sí, si se quiere, pero una guerra interior, de cada persona contra sí misma. Sabía, pues, lo suficiente como para conocer la exis­ tencia, por lo menos, de dos islams. Para saber que la nueva guerra, si tenía que haber nueva guerra, pasaría por entre estos dos islams al igual que entre el islam y Occi­ dente. Sabía que aceptar la idea de un islam totalmente en guerra contra un Occidente satanizado era un excelente regalo que se le iba a hacer a Bin Laden y todos lo que se le parecen y de los que quizá sólo fuese un títere. Que se puede, a comienzos del siglo xxi, en un país musulmán como Sudán, ser asesinado por ser cristiano o animista, lo sabía porque volvía de allí. Que en Pakistán, otro país que conozco un poco (guerra de Bangladesh en los años setenta y punto de partida, diez años después, de mi primer viaje a Afganis­ tán), se puede ser condenado a muerte por llevar una cruz cristiana, por tener un rosario o una Biblia judía o por decir, a media voz, a un amigo: «Si quieres conocer la verdad sobre el islam, lee a Salman Rushdie», también es un hecho. Ha llegado sin duda el momento de denunciar estos hechos y estas evidencias alto y claro. Es urgente proce­ der a un aggiornamento, a un inventario, a un cuestionamiento general no de los dogmas, sino de las formacio­ nes ideológicas a las que dichos dogmas dieron lugar. El islam que se adaptó a tantas situaciones históricas y geo­ gráficas, el islam que tan bien juega el juego de la moder­ nidad cuando reviste la forma de nuevas tecnologías o de mercados financieros mundiales, ese islam ¿no puede desmarcarse de las sectas (fundamentalistas, wahabíes, —

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discípulos diversos de las sectas del siglo X I, talibanes) que siguen desnaturalizando su mensaje ancestral de mi­ sericordia y de paz? ¿No tiene el mundo suficientes ar­ gumentos para exhortar a sus autoridades políticas, mo­ rales y espirituales para que se dirijan a los aprendices de kamikazes —desde El Cairo hasta Lahore y desde Sa­ marcanda a los suburbios franceses— para decirles de la manera más solemne que no, que no es verdad, que no irán al paraíso y que el martirio no es, de ninguna mane­ ra, el medio de atraerse las gracias y las bendiciones di­ vinas? Pero de ahí a arrojar al oprobio a más de mil millones de seres humanos y a la fe que les anima, de ahí a identi­ ficar a esos mil millones de personas con sus amos y se­ ñores, por cuyos dedos serán, tarde o temprano, precisa­ mente después de las muertes del World Trade Center, las víctimas designadas, de ahí a seguir el juego de los que nos anuncian el hundimiento de las culturas, pero, en realidad, sólo preparan sus cruentas incursiones, hay un paso que me niego categóricamente a dar. No se pue­ de responder a los que satanizan a Occidente por medio de una satanización inversa pero gemela.

Y es que, para mí, lo esencial no estaba ahí. Lógicamente, participaba en esos debates. Daba mi opinión sobre el futuro del islam, Huntington, los ries­ gos y las ventajas de una respuesta militar americana, etc., pero tenía la cabeza en otra parte. Tenía la cabeza en este libro. Tenía la cabeza en los personajes, en las escenas, en el clima de este libro. No podía dejar de ver lo que veía a la luz tenaz de lo que aca­ baba de vivir, durante meses, y cuyo fruto era este libro. —

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Los kamikazes, por ejemplo. Había estado, en Sri Lanka, con una kamikaze arrepentida, cuyas palabras y cuyo rostro me seguían persiguiendo y no cesaban de reimprimirse sobre las noticias, que minuto a minuto, nos iban llegando de los asesinos del World Trade Center. Volví a mis notas. Retomé todo lo que me había di­ cho, y que no había utilizado, sobre el enigma de ese gesto por medio del cual se opta por morir para matar, por mezclar la muerte santa a la sucia muerte de sus víc­ timas. ¿Es que no tenían los asesinos posibilidad alguna de otra voz? ¿No había otras soluciones —atentado bac­ teriológico, misiles, gas sarín como en Tokio— que esta solución sacrificial? Dicho de otra forma, ¿qué pasa por la cabeza de un hombre o de una mujer que, entre todas las soluciones posibles, elige la que le permitirá, además, acompañar a sus víctimas en la muerte? Pasaba horas es­ cudriñando las fotos de Mohammed Atta y de Ziad Jarrahi. Intentaba imaginar sus vidas; sus muertes; sus úl­ timos instantes en la cabina del piloto, sus últimos inte­ rrogantes, en el momento mismo de enfilar hacia las torres; la manera como se espiaban los unos a los otros; la presión del grupo para que cada cual estuviese a la al­ tura de sus compañeros de muerte voluntaria; la veleidad de la voluntad siempre sujeta, incluso al borde del acto suicida, a un cambio de último instante. Y antes de esto, mucho antes, la preparación que habían tenido que ha­ cer para ser capaces de cometer este acto demencial. To­ do el mundo asegura que esta preparación ha tenido que extenderse varios años. Y ¿qué hacían durante esos años? ¿Qué tipo de aprendizaje, no sólo técnico, sino in­ telectual, moral y, atrevámonos a pronunciar la palabra, espiritual, efectuaban para estar absolutamente conven­ cidos de que irían hasta el final, de que no se volverían —

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atrás, de que pasarían por encima de todo lo que ata a un ser a su propia vida y a las pasiones de la existencia? Mi kamikaze de Sri Lanka me había descrito su campo de entrenamiento, en el Wanni, como un lugar de trabajo tanto ideológico como militar. Me había descrito al jefe del campo como una especie de maestro, con una in­ fluencia demoníaca. ¿N o había que suponer, pues, la existencia, en algún rincón de Afganistán o en otra par­ te, de una especie de academia del crimen, un West Point del terrorismo, una secta de la excelencia asesina dedica­ da a este doble adiestramiento, para el cual seleccionaba implacablemente a sus alumnos? Las ruinas. El paisaje de ruinas al que parecía reduci­ da, en las imágenes mostradas por todas las televisiones del mundo, la parte sur de Manhattan. Ante esas imáge­ nes de desolación, ante el espectáculo estremecedor de la potencia estadounidense provisionalmente reducida a un montón de ruinas, ante Nueva York ciudad muerta, donde, esos días, sólo circulaban, entre los escombros de acero y cemento, sombras cubiertas de ceniza y de pol­ vo gris, algunos pensaron en alguna escena de una pe­ lícula de cienciá-ficción. Otros, en una página de una novela de Tom Clancy o de Bret Easton Ellis. Yo sólo podía pensar en esas otras ciudades muertas y en ruinas, en las que había estado hacía unos meses y que acababa de plasmar en este libro. Kuito y Huambo, en Angola... Gogrial en el sur del Sudán... Todas esas ciudades fantas­ ma, pobladas de fantasmas, que ofrecían el mismo es­ pectáculo, exactamente el mismo que el de Nueva York en ruinas... Todas esas páginas que había escrito sobre la ruina según Hegel y según Walter Benjamin y que, de pronto, me parecían tan raras... Y antes de eso, el shock de la Sarajevo devastada. Y sobre todo, ese día de 1994 —

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que había ido a Washington a presentar Bosna! ante Hillary Clinton y un puñado de parlamentarios incrédulos. «Imaginen —les dije— una ciudad europea reducida a cenizas... Imaginen una gran ciudad norteamericana reducida por los bombardeos a un enorme agujero negro...» N o podía pensar, nadie podía pensar que la gran locura urbanicida, que es uno de los distintivos del siglo X X y de todos los fascismos sin excepción, golpea­ ría un día Washington y Nueva York, y las dejaría redu­ cidas al estado de ciudades angoleñas... Los desaparecidos. Esos miles de hombres y mujeres enterrados bajo un millón de toneladas de escombros, a veces despedazados y cuyos cuerpos, en el momento de escribir estas líneas, todavía no se han encontrado. Tam­ bién aquí tenía que pensar en los agujeros negros de los que volvía. No podía quitarme de la cabeza, ahora me­ nos que nunca, a esos miles de mujeres y hombres ente­ rrados en las minas de diamantes angoleñas, tragados por la selva burundesa, perdidos y olvidados. Tenía que pensar en todo lo que acababa de escribir, unas semanas antes, sobre el dolor de la tumba ausente y del duelo im­ posible que de esa situación se deriva. Y no es que esto borre lo otro o lo relativice. N i que mis impresiones de África o de Asia fuesen de tal naturaleza que difuminasen, de alguna manera, el sentimiento de rebelión que me embargaba. Ni siquiera que hubiese cedido a la fácil indignación, habitual y llena de segundas intenciones, contra el famoso dos pesos y dos medidas: imágenes en cascada para los desaparecidos de Manhattan; vacío de imágenes, sin huella alguna, para los de Burundi, de Sri Lanka o de los montes nuba. No. Simplemente, la seme­ janza. Una especie de contagio, de proliferación del de­ sastre. La compañía de espectros que, de pronto, se po­ —

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nía a reclutar adeptos entre los favorecidos. El senti­ miento de pertenecer a un mundo que había creído po­ der eliminar lo Trágico, hacer zapping con el Mal, dar vacaciones a la realidad de las cosas y reemplazarla por dulces e inofensivos hologramas. Un mundo que veía reaparecer a lo Trágico, al Mal, a la Realidad, con la te­ rrible violencia de las aguas embalsadas que rompen su dique. ¿Eramos todos americanos? Sí. Pero también to­ dos de Burundi. Todos de Angola, todos de Sudán, de Colombia y de Sri Lanka. Veía a la humanidad occiden­ tal atrapada por todos estos muertos vivientes a los que no había querido conocer ni escuchar. Y por último, el Fin de la Historia. Nunca había creí­ do demasiado en este tema del Fin de la Historia. Inclu­ so consagré otro libro, La pureza peligrosa, a postular que la Historia, como dice Marx, tiene más imaginación que los hombres, incluidos los kojevianos, y que, al igual que la mayor jugada del diablo es, según Baudelaire, de­ jar creer que no existe, tal vez la mejor jugada de la His­ toria sea interpretar la comedia de su propio agotamien­ to. Pero hoy tengo la sensación de ver más claro todo esto. Es aquí, en las páginas que va a leer, donde intenté pensar sobre todo las formas que podría adoptar la con­ frontación entre las tierras históricas, las metrópolis de lo «histórico-mundial» de una parte y, de la otra, las «provincias del imperio», las tierras periféricas a las que hemos condenado a que salgan dulcemente de la era contemporánea. Volvemos a lo mismo. En un primer momento, fue el retorno de la Historia. Una Historia que volvía a ponerse en movimiento. El stock de las po­ sibles barbaries, que creíamos agotado, aumentaba con una variante inédita. Como siempre, como cada vez que se la cree apagada o adormecida, cuando nadie lo espera —

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ya, va ella y se despierta con el máximo furor y, sobre to­ do, con la máxima inventiva: otros teatros, nuevas líneas de frente y nuevos adversarios, más temibles por cuanto nadie los había visto venir. Y después, una vez más, los «parias». Esas muchedumbres de pobres que, durante meses, estuvieron en el centro de mi vida y que no con­ seguía apartar de mi mente. ¿Cuál sería su lugar en el mundo que se estaba diseñando? ¿Siempre olvidados? ¿Negados más que nunca? ¿Testigos, definitivamente mudos, de un enfrentamiento que no les afectará para nada y que los ignorará por completo? ¿El tercio abier­ tamente excluido de una nueva guerra de ricos —porque los islamistas, a su manera, también son ricos— que los enviarán para siempre al mundo de ayer? ¿O, por el con­ trario, reclutados, movilizados, reintroducidos, por me­ dio de vías hasta ahora impenetrables, en un juego cuyas reglas nadie sabe por ahora? ¿Un esquema parecido, en el fondo, al de la guerra fría (ese tiempo «maldito» o «bendito» es una de las cuestiones que aborda este li­ bro...), en el que las guerras «tenían sentido» y participa­ ban «del gran combate mundial»? ¿Podría ser que los kamikazes tamiles, los grupos de la guerrilla sudanesa o los narcotraficantes colombianos estuviesen proporcio­ nando reclutas a uno de los dos bandos? ¿El nuevo ejér­ cito del crimen no podría importar niños soldado como antaño esclavos? Otra hipótesis todavía peor. ¿Sería im­ pensable que algunos entre los excluidos del sentido y de la historicidad, tuviesen la terrible tentación, también ellos —el terrorismo crea escuela—, de llamar a la puer­ ta del recuerdo de los que les condenan, y les seguirán condenando, al papel de atormentados sin voz? ¿N o ha­ bría, quizás, entre estos parias que nos oyeron declarar cerrada la ceremonia de la Historia, otros kamikazes pa­ —

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ra decirles a las naciones: «N os habéis olvidado cuando estábamos vivos, ahora estamos muertos; no quisisteis saber nada de nuestra muerte, mientras se producía en nuestro mundo, ahora la arrojamos a vuestros pies, en la hoguera que os consume; éramos vivos invisibles, pero nos convertiremos en suicidas visibles»? Son sólo pre­ guntas. No lo sé.

París, 18 de septiembre de 2001



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Advertencia • El lector encontrará en la primera parte de este libro una serie de relatos de viajes publicados por Le Monde, del 30 de mayo al 4 de junio de 2001, en una versión un poco más breve. A lo largo de estos relatos, encontrará el lector una cincuentena de llamadas que remiten a otras tantas «Reflexiones», retrospectivas y reposadas. ¿Ten­ dría que hablar de notas? ¿O, más bien, de arrepen­ timientos filosóficos y políticos? ¿O de pedazos de la memoria más antigua? ¿O de excrecencias? ¿O de des­ arrollos que no habían encontrado su lugar en los repor­ tajes, pero que eran lógicos? Lo que está claro es que la continuación escrita de estas disgresiones constituye, a fin de cuentas, lo esencial de este libro. Como si en este tipo de asuntos, la ventaja le correspondiese al remordi­ miento. Como si la continuación de una idea o de una visión le ganase la partida a su comienzo.



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LAS GUERRAS OLVIDADAS

Prólogo En otro tiempo, las guerras tenían sentido. Guerras justas e injustas. Guerras bárbaras o guerras de resisten­ cia. Guerras de religión. Guerras de liberación nacional. Guerras revolucionarias, donde se partía al asalto del cielo para construir en él un mundo nuevo. O incluso las guerras contemporáneas de un marxismo que tenía, en­ tre otras virtudes, la de darle a cualquier guerrillero de las islas Molucas, del sur de la India o de Perú la seguri­ dad, por así decir providencial, de que no luchaba en va­ no, puesto que formaba parte, aunque no lo supiese muy bien, del gran combate mundial. Esos tiempos han pasado. El declive del marxismo, así como de todas las demás grandes ideologías que conspiraban, junto a él, por dar un sentido a lo que no lo tenía, es decir, al infinito dolor de los hombres, hizo sal­ tar en pedazos este catecismo. Es como si una gran ma­ rea se hubiese retirado, dejando tras ella hombres y mu­ jeres que se siguen batiendo, que lo hacen con ferocidad redoblada, pero sin que, en sus enfrentamientos, se pue­ da leer la huella de las promesas, de las coherencias o de las revelaciones de antaño. Es cierto que sigue habiendo guerras pesadas, porta­ doras de sentido. Sigue habiendo, en Oriente Próximo —

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por ejemplo, guerras en las que todos saben bien que en ellas está en juego el destino del mundo. Pero cada vez son más numerosos esos otros conflictos que de algún modo se han soltado de la cuerda que los unía a lo uni­ versal y de los cuales uno tiene la sensación, errada o co­ rrecta, de que no cambiarán en absoluto la suerte del planeta. Para expresarlo de otro modo. Durante mucho tiem­ po, en nuestros países, el sentimiento de lo absurdo o de lo trágico se había declinado en singular. Se creía en el absurdo, pero en la vida privada. Se pensaba en el sinsentido, en el «ser para la muerte», pero en el ámbito de los destinos singulares. Y si llegaban los grandes impul­ sos de la especie, si entraba en escena la Humanidad en toda su majestad o convulsión, se rectificaba la posición, se entonaba otra música y otra fanfarria: los mismos que sólo juraban por la náusea tenían dificultades en imagi­ nar las barbaries puras, las violencias desnudas, y nos explicaban que el colectivo, por muy negro que fuera, es necesariamente el lugar de las trampas de la razón y de sus componendas obligadas. Pues bien, también por esto tocan a muerto las gue­ rras olvidadas del siglo X X I. Los angoleños, srilanqueses, burundeses, colombianos y sudaneses nos obligan, des­ de el fondo de sus noches, a enterrar esta metafísica in­ genua y, en el fondo, tranquilizadora. Con ellos, llega un mundo en el que, por vez primera en los tiempos mo­ dernos y debido a la muerte de las grandes ideologías portadoras de sentido, grandes masas de hombres se ven inmersas en guerras sin salida, sin objetivos ideológicos claros y sin memoria, a pesar de que duran décadas. Son guerras en las que, a veces, resulta difícil decir quiénes de sus protagonistas, todos ellos igualmente ebrios de po­ —

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der, de dinero y de sangre, representan la verdad, lo bue­ no, lo menos malo o lo deseable. Es, por así decirlo, el triunfo de Céline sobre Sartre. O del Sartre de La Náu­ sea sobre el de la Crítica. En el nuevo mundo que surge, Job ya no tiene el rostro de un justo que sufre, sino de pueblos enteros, de continentes, condenados a esta de­ solación radical: el mismo sufrimiento inútil, la misma ausencia de cielo y de sentido y, entre nosotros, los mis­ mos doctores en situaciones límite, que —igual que los «amigos de Job» en la Biblia, pero con el telón de fondo de la etnicidad o el neotercermundismo— se empecinan en explicar una desgracia definitivamente inexplicable. Sé, evidentemente, lo que la comparación puede te­ ner de peligroso. Pero algo me dice que la suerte del montañés nuba, agonizando entre el barro de su aldea, la del buscador de diamantes angoleño enterrado en una mina cuya única razón de ser es enriquecer a los nuevos caudillos, la del srilanqués enrolado a los ocho años en un ejército del que ya nadie sabe qué causa defiende, al­ go me dice que la suerte de estas muertes sin testigos y, por tanto, en el sentido etimológico, sin un martirio, es mucho más lamentable que la de un Guy Mócquet mu­ riendo en el esplendor de su heroísmo o que la del pe­ queño de Sarajevo que, unos minutos antes de subir por última vez a la trinchera, me dijo que, pasara lo que pa­ sase, habría defendido cierta idea de Bosnia y de Europa. Al horror de morir se añade el horror de morir por nada. Y a éste el de morir en medio de la indiferencia de los hegelianos espontáneos que somos, hegelianos que de la irracionalidad de una situación concluimos su cuasi irrealidad y de ahí la inutilidad de mezclarse con ella. Porque es aquí donde reside el problema. ¿N o fue —

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precisamente porque el enfrentamiento que lo anuncia­ ba nos resultaba ininteligible por lo que, por muy ins­ truidos que estuviésemos en lógicas genocidas, no vimos venir el genocidio ruandés? Y puesto que las mismas causas producen los mismos efectos, el mismo tipo de prejuicio, el mismo gusto por la idea encarnada ¿no es­ tán ya haciéndonos ciegos a los avances del genocidio en Burundi o en los montes nuba de Sudán? Por eso me fui a ver in situ las guerras olvidadas. Du­ rante unos meses, con la complicidad de una O N G fran­ cesa, de un obispo burundés espantado por el eclipse de Dios en su país, también allí, entre los nubas, con el con­ sentimiento de su jefe en el exilio, agonizando en una clínica londinense, quise pasar al otro lado, a la otra ori­ lla, la orilla de las guerras intocables, que ocultan las de­ más guerras, las guerras nobles, las grandes guerras brahmánicas, en cuya silueta sigue flotando un perfume histórico-mundial. Sin duda no he sido capaz de prescindir del todo de mis —de nuestros— antiguos reflejos: ¿quiénes son los buenos?; ¿dónde están los malos?; ¿por dónde pa­ sa la frontera? Quizá tampoco haya sabido llegar has­ ta el fondo de esta realidad nueva, y para nosotros casi impensable, de unas guerras terribles, sin fe y sin ley, no menos ajenas a la lógica de Clausewitz que a la de Hegel y cuyas víctimas, dado que ni siquiera cuentan con el pobre recurso de decirse a sí mismas que luchan por el advenimiento de la Ilustración, por el triunfo de la democracia y de los derechos humanos o por la de­ rrota del imperialismo, parecen doblemente conde­ nadas. Pero al menos lo he intentado. Al menos, he intenta­ do contar, con la máxima fidelidad posible, lo que vi en —

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esas zonas grises, en las que, en contra de la idea hereda­ da, se mata más y con más salvajismo por cuanto se hace aparentemente sin razón ni proyecto alguno. Viajero comprometido. Informe sobre la banalidad de lo peor. ¿Podemos, so pretexto de que no nos dicen nada, lavar­ nos las manos ante estas matanzas mudas?



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Los diamantes negros de Angola El viejo Holden Roberto insiste.(l) Esta noche, en Luanda, ha visto con sus propios ojos un camión carga­ do de cubanos y soviéticos pasando por debajo de su ca­ sa. Me,he quedado atónito. Por más que le explico que los cubanos abandonaron Angola hace diez años y que los pocos que se quedaron se convirtieron en dentistas en la Marginal, él sigue en sus trece. Y casi se enfada. El antiguo combatiente de la guerra de la independencia, el líder político al que el paso del tiempo ha convertido en este hombrecillo de mirada afable y maneras prudentes y conciliadoras, se aboca a un extraño discurso en el que su glorioso pasado se mezcla con las alucinaciones del presente: la insurrección contra Portugal, la guerra, casi inmediatamente después, contra los marxistas del MPLA que triunfan y lo apartan del poder; Sartre en Capri; Fa­ nón, de quien era amigo; y después esta sombría historia de los cubanos, sus adversarios de antaño, a los que está seguro de ver regresar de nuevo, algunas noches, como espectros, por la ciudad. —Vaya, vaya a ver a los barrios populares y verá que es verdad. —

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Y el viejo león repite, con una voz repentinamente más aguda, que no es nada raro ver ciertas noches a los locos de Luanda escaparse del hospital psiquiátrico de Futungo. N o les dan de comer. N i de beber. Por eso sal­ tan el muro, los pobres locos. Y se encuentran en el co­ razón de la ciudad, desnudos, incoherentes, buscando en las papeleras y en los cubos de basura. ¿Y qué hacen los cubanos? Persiguen a los locos de Futungo y los matan con un disparo de pistola con silenciador en la cabeza. Dicho esto, cambia de nuevo de registro y, con mu­ cha calma, casi solemne, saca de su bolsillo la edición del día de la Folha, en la que me muestra, en una esquina de una página interior, un pequeño artículo titulado «O grido do vielho» (el grito del viejo), apelando al cese de los combates. —Yo soy el viejo —dice, como disculpándose—. Hay dos viejos en Angola. Joñas Savimbi, mi aliado de antaño, al qué siempre se le llama o mais Velho y yo. ¿Quiere que le cuente la guerra de Angola? ¿Quiere que le hable de los quince años de la guerra de liberación y, después, los veinticinco años de la guerra entre angole­ ños, con el MPLA de un lado y, del otro, la UNITA de Savimbi, que se niega a reconocer su derrota y sigue lu­ chando desde la selva? Quince y veinticinco son cuaren­ ta: ¿acaso no es la guerra más larga de la historia de la hu­ manidad? Como es lógico, fui a las Musseques de Luanda. Fui al mercado del Roque Santeiro, en los arrabales leprosos de la ciudad. Allí vi, no a los locos, sino a los cojos, a los mutilados, a las prostitutas de diez años, a las bandas de niños de la calle, que duermen en chozas de cartón, a mujeres con cabeza de gárgola y a hombres que ya no tienen rostro. Vi, en esta ciudad rica, que nada en el ma­ —

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ná del petróleo y de los diamantes, inmuebles tan destar­ talados que ya no tienen agua corriente y en los que los huecos de las escaleras sirven de retretes. Y también vi, delante de esos inmuebles, los cuerpos de elite de la po­ licía, los antidisturbios, armados con fusiles de asalto y dispuestos a cazar a los «elementos antisociales». Pe­ ro, claro está, ni rastro de los cubanos ni de los soviéti­ cos, esos espectros que atormentan'la imaginación del «viejo» de la guerra de Angola. Luz de estrellas extin­ guidas. Inercia de luchas pasadas. Guerra antigua. La más antigua, en cualquier caso y, junto con la guerra de Sudán, la más mortífera de las guerras contemporáneas. Y un sentimiento general de que los muertos mandan sobre los vivos y que son los espectros los que progra­ man y almacenan los cadáveres. Quinientos mil muer­ tos. Cuatro millones de desplazados. ¿Por qué?

Huambo. Me acuerdo de Dominique de Roux, en el hotel Avenida Palace de Lisboa y, después, en la torre de control del aeropuerto de Lusaka, en Zambia, donde permanecía días enteros escudriñando el cielo africano en espera del avión de Savimbi, su héroe: Huambo... Huambo... El presidente llega a Huambo... El presiden­ te se va de Huambo... Sólo tenía este nombre en la boca, Huambo... Era la capital de su Mao africano... era su Yan’an, su base roja... y no podía pronunciar su nombre sin un visible y apasionado placer...(2) De aquel Huambo, corazón de la nación umbundu, la etnia de Savimbi, de la antigua Nueva Lisboa que a fin de cuentas perdió casi de inmediato, y que, a excepción de un breve paréntesis en 1993 y 1994, nunca ha abandonado el regazo del MPLA, sólo queda una estación abandonada con trenes de vapor —

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que datan de comienzos de siglo y el edificio de la com­ pañía de los ferrocarriles, también abandonado. ¡Hace veinte años que ningún tren ha entrado en la ciudad si­ tiada! ¡Y veinte años sin que haya salido ningún tren! Y el mes pasado se ha descubierto la existencia de setecien­ tos empleados olvidados que se han declarado en huelga porque nadie les pagaba, después de veinte años. Quedan también casas coloniales, rosas y floridas. Entre ellas, la del propio Savimbi, reventada por una bomba, con la escalera central todavía en pie, buganvillas sin podar que caen sobre las ruinas. Y quedan muti­ lados. Ruinas y mutilados. ¿Cuántos mutilados hay, tras veinte años de guerra, en Angola? ¿Cuántos muñones infectados y repletos de úlceras? ¿Cuántos cuerpos con­ trahechos, deformados, terribles, para los que Huambo, como Luanda, será su mortaja? Nadie sabe nada. El G o­ bierno se burla y nadie sabe nada.(3) La ciudad continúa sitiada, las fuerzas de la UNITA siguen acampadas a sus puertas. Por eso llegué a Huam­ bo en avión. N o en el vuelo de la SAL, la compañía na­ cional, que sólo despega cada dos días, sino en uno de esos Beechcraft, gestionados por compañías privadas y pilotados por surafricanos o ucranianos y que, aunque tengan Ja carlinga podrida, la puerta desvencijada y los controles rotos, a pesar de que acostumbran a transpor­ tar todo lo que en el país hay de traficantes, verdaderos y falsos técnicos en prospecciones de petróleo y de dia­ mantes, buitres, presentan al menos la ventaja de despe­ gar casi todos los días. La auténtica dificultad es el aterrizaje. Hay que evi­ tar, en efecto, los Stingers de la UNITA, que están allí, en la selva, en el límite del perímetro de seguridad y que abatieron, uno tras otro, el año pasado, a dos Hércules —

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C-130 de Naciones Unidas. Pero Joe, el piloto, está acostumbrado. Se trata de subir rápidamente hasta los seis mil metros, entre las nubes. La idea consiste, básica­ mente, en permanecer a esa altura el máximo tiempo posible, hasta que la nave está casi encima de la pista de aterrizaje y, entonces, descender de golpe, en picado, le­ vantando el morro sólo en el último minuto. Y todo ello, guiado por el instinto, porque el aeropuerto de Huambo, como todos los aeropuertos angoleños, hace tiempo que no dispone de torre de control. —Escuche eso —dice el piloto, con una sonrisa cruel en los labios, mientras apaga los motores. Escucho, pero no oigo nada, ensordecido por la bru­ talidad del descenso. —Creo que están atacando el aeropuerto. Y, en efec­ to, no se equivoca. Como todos los de su especie, como todos los mercenarios del aire que se pasan la vida sur­ cando el cielo angoleño, es todo oído y olfato, una agen­ cia de prensa él solito. Y, nada más llegar, me cuentan que acaba de produ­ cirse un ataque en el barrio de Santa Ngoti, un ataque de la U N ITA o de los disidentes de la UNITA, o de milita­ res hambrientos haciéndose pasar por militantes o por disidentes de la UNITA. Lo único seguro es que los asaltantes surgieron de la selva como por ensalmo y reu­ nieron a la gente del barrio, que su jefe les dio un discur­ so y que los habitantes comenzaron a traer vituallas. En Huambo se palpa la emoción. N o tanto a causa del ataque contra Santa Ngoti, sino por la presencia en la ciudad de otro destacamento de soldados gubernamen­ tales, que llegaron la víspera para ir a «restablecer el or­ den» más al sur, por la zona de la sierra de Chilengue donde la UNITA al parecer había atacado otro pueblo. —

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Mira que son raros también éstos. Dicen que están aquí para poner orden, pero deambulan por terreno conquis­ tado, recorren las calles a toda máquina en sus jeeps, se concentran en la plaza General Norton de Matos, en­ frente del palacio del gobierno y, uno de ellos, el mejor vestido, sin duda el jefe, grita a pleno pulmón que tiene sed, se sirve en el puesto de verduras y refrescos, me to­ ma por un voluntario y me grita: —¿Por qué esta ayuda para los rebeldes? ¿Y nos­ otros? ¿Por qué nosotros vamos a ser diferentes? ¿O es que nuestros hijos no enferman de malaria? Y después, desnudando el torso y blandiendo su ar­ ma, dice que ha llovido, que está empapado y que aiguien tiene que secarle su camisa. —Discúlpelo —dice el comerciante de refrescos—, no es angoleño, es surafricano. ¿Un surafricano al servicio de Luanda y del Gobier­ no? Por un instante, como Holden Roberto, pienso en el tiempo en que los surafricanos estaban del lado de Savimbi y formaban sus mejores batallones. Pero eso era la otra Suráfrica, la del apartheid y los escuadrones de la muerte en los distritos segregados de Johannesburgo. Era la otra época, la de la guerra fría y el gran enfrenta­ miento planetario, donde Angola era uno de sus escena­ rios. Cómo pasa el tiempo...

Kuito. Quería ir a Kuito por carretera, desde Huambo. Aproveché, pues, un convoy de camiones que re­ montaba por Lobito, en la costa, con un cargamento de troncos y de agua en paquetes de plástico. —N o va mal —me dice el conductor del camión de cabeza—. Con que me paguen por el riesgo que corro y —

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siempre que no me pidan que conduzca de noche, a mí me basta. Hemos estado esperando una hora, al norte de la ciu­ dad, a que abriese el depósito de gasóleo de la Sonangol (porque, en Angola, segundo productor de petróleo de África y sexto productor mundial, no hay gasolineras). Necesitamos otras dos horas para llegar a Vila Nova, treinta kilómetros más al este. En el'mapa parecía una buena carretera, en realidad, está llena de baches, de des­ víos incesantes a través de los campos que huelen a la co­ secha podrida y, seguramente, por entre minas (Angola tiene el récord del mundo en número de minas, una por habitante, es decir, más de diez millones). Y también con nervios cuando el convoy circula demasiado lento, por­ que, como todo el mundo sabe aquí, es cuando los la­ drones tienen más facilidad para encañonar al conductor y asaltar la carga que lleva. —¿Tienes miedo? —pregunta el chófer— . N o temas. Llevas una buena chaqueta. Se llevarán tu chaqueta, pe­ ro no te matarán. Una hora más de camino para hacer los otros diez ki­ lómetros y llegar a Bela Vista, donde nos detiene, esta vez de verdad, un oficial, que dice que se está luchando más al este, en Chingar, y que, de todas formas, el puente está roto. No sabe cuánto tiempo habrá que esperar. Vuelvo a subirme a mi coche, que se había quedado en la retaguar­ dia del convoy y, finalmente, llegaré a Kuito en avión. Me lo habían advertido. Mi vieja amiga, la periodista Tamara Golan, convertida en embajadora de Israel y ena­ morada de Angola, me lo había dicho claramente: —Kuito es Sarajevo, es Mostar, es la ciudad mártir por excelencia, la ciudad más destruida de África. Ya lo verás, es atroz. —

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Pero hay mucha distancia entre algo que te explican y algo que ves. Hay todo un mundo entre las cifras (dos guerras, veintiún meses de sitio, hasta mil obuses por día) y la conmoción de los muros ennegrecidos por los incendios, los montones de cascotes, la pobre gente que ha venido a la calle Joachim-Kapango, por donde pasaba la línea del frente, donde ahora viven amontonados en casas de cartón y de planchas de madera. Hay todo un mundo, sí, entre la idea de que, en ple­ na guerra de Bosnia, en la época en que tenía los ojos fi­ jos, como tantos otros, en el calvario de Sarajevo, otra ciudad agonizaba y sus más bellos edificios, como el ho­ tel Kuito, o el arzobispado o los cinco pisos del edificio de la Gabiconta, quedaban reducidos a un esqueleto de hormigón;(4) y la imagen de estas calles devastadas, sin agua, sin electricidad, por las que sólo circulan vehículos del ejército, los 4 x 4 de las organizaciones humanitarias y, por la noche, policías hambrientos, borrachos, que pa­ recen dispuestos a todo por abandonar aquello que se ha convertido ante sus ojos en el mismo infierno. —Hola, patrón —me dice uno de ellos, con una lla­ ma de esperanza en la mirada—. ¿Me das una gaseosa? ¿Un cigarrillo? Y después, tratando de confraternizar: —¿Conoces gente en Huambo o en Benguela? ¿Pue­ des hacer que me trasladen? Aquí hace demasiado calor. Hizo falta mucha energía para llegar a este nivel de destrucción. Hizo falta no sólo energía, sino mala volun­ tad y maldad, pero también muchas armas, muchos obu­ ses, muchos tanques disparando, durante muchos días, por encima de la avenida principal. Esta guerra es quizá una guerra de pobres. Es seguramente una guerra de piojosos y sarnosos, porque sólo he visto piojosos y sar­ —

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nosos desde que estoy aquí. Pero es también una guerra de ricos. Es una guerra que, en cualquier caso, huele al dinero de los traficantes de tanques y de cañones. Se dice que sólo la explotación de las reservas petro­ líferas de Cabinda, al norte del país, reporta al presiden­ te Dos Santos entre tres mil y cuatro mil millones de dólares al año. Se dice también que Savimbi obtiene qui­ nientos millones de la explotación de diamantes de las Lundas. Y, sobre todo, se dice que este dinero es rein­ vertido, en un 60 % en un caso y en un 80 % en el otro, en material militar. ¿Cómo no pensar que es este dinero el que confiere este olor tan peculiar a las ruinas de Kuito? De vuelta a Luanda, me entero de que, en París, sólo se habla de una eventual implicación del hijo de Mitterrand, y de algunos otros, en una enorme venta de armas con destino a la maldita y jugosa Angola. ¿Por qué no vienen, como penitencia, a contemplar en Kuito los fru­ tos de su comercio?

Porto Amboim. Esta vez, por carretera. Me hablaron de grupos afiliados a la UNITA que operaban en el nor­ te, en torno a Calulo. También me hablaron de movi­ mientos de población por causas indeterminadas en la región de Ebo, más al sur. Pero un padre dominico que suele transitar por ella con regularidad me dice que esta carretera —la ruta que bordea el mar y, después de Por­ to Amboim, desciende hasta Benguela— es segura. El puente sobre el Cuanza está en reparación, pero se pue­ de pasar. Un control, el único. Hablo un poco, pero se contentan con anotar el número de mi matrícula. El río Perdizes. El Muengueje, un parque natural lleno de leo­ nes y de elefantes, que el presidente regaló a su jefe de —

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Estado Mayor. Otro río, el Longa, con una zona de sel­ va controlada por la U N ITA entre sus meandros, pero donde no veo a nadie. Y, por fin, Porto Amboim, una bella ciudad colonial, repleta de flamboyanes y, sin em­ bargo, sumergida en un clima de olor indefinido a basu­ ra y a fuel oil, que flota sobre los pueblos abandonados de Angola. —Es demasiado tarde —me dice el dueño del hotel, un viejo portugués con voz ronca de canceroso y la bar­ billa del mosquetero(5) que fue en los años setenta, uno de los primeros progresistas blancos que se unió al MPLA—. Es demasiado tarde. Tendría que haber veni­ do hace quince años, en la época en que la frontera entre los dos mundos pasaba por aquí, por Porto Amboim. Estábamos contentos de estar en la vanguardia. Estába­ mos orgullosos. Cuando íbamos a la ciudad de Amboim atravesando los campos sabíamos que arriesgábamos la vida, pero era por la buena causa, mientras que hoy... —Suspira, baja la voz y, con sus dedos deformados por el reuma, hace el gesto del prestidigitador que constata la desaparición del conejo—. Hoy, ya ni siquiera hay ca­ rretera para ir a Amboim... Tenemos que buscar la antigua carretera de Amboim. Encontrar y remontar la antigua vía férrea, también abandonada como en Huambo, que penetra tierra aden­ tro. Una carcasa de vagón. Otro en el que todavía se puede leer: «Ano de construyo 1983.» Un trozo de muro de cemento: «Proibido urinar aqui.» Raíles tan oxidados que tienen el color de la laterita roja de la pista. Otros han sido robados, de modo que sólo quedan algunas tra­ viesas, ya tragadas por la tierra y las hierbas. ¿Robados para qué, Dios mío? ¿Qué han podido hacer con trozos de raíles robados en la vía férrea de Porto Amboim? —

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¿Armas? ¿Materiales de construcción? ¿Utensilios de cocina? ¿Herramientas? Han hecho chabolas. En una aldea, en la que veo a media docena de viejos ocupados viendo cómo arde una tienda, me aseguran que estoy en zona de la UNITA. Y otra media docena, más lejos, que me dicen que no, que de ninguna manera, que estoy en zona gubernamental. Y así sucesivamente, durante quince kilómetros. Me detengo. Primero porque la pista se distingue ca­ da vez menos de la selva que la rodea. Pero también por­ que creo que será lo mismo más lejos, siempre lo mismo: la misma devastación, la misma impresión de país de lo­ cos, un espacio desmembrado, lunar, donde lo único que se ve por todas partes son las huellas de la guerra, pero por ninguna parte su lógica, su sentido, o un signo de que está llegando a su fin.(6) De vuelta en Porto Amboim, vuelvo a ver al viejo mosquetero, sentado en la terraza de su hotel, perdido entre sus cóleras y su nostalgia. Vuelvo a ver los flamboyanes, pero la ciudad me parece muerta. No sólo me­ lancólica y fúnebre, sino muerta, realmente muerta: humanidad residual, tumba para los últimos soldados perdidos de dos ejércitos hechos añicos, final de la parti­ da. ¿Para esto he venido hasta aquí? ¿Todo este camino para presenciar este espectáculo de condena de muerte en suspenso?(7) Quizá sí. Quizás una ciudad tenga varias formas de morir. Lo confirma la guerra de Angola. La manera de Kuito, es decir, Sarajevo. Pero también la de Porto Am­ boim: desastre dulce, agonía lenta y sin sobresaltos, la vida tragada por la muerte, los vivos atados a los muer­ tos que los devoran. Una ciudad es un centro. Un centro que, por princi­ —

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pió, tiene una periferia que vive de él y del que se ali­ menta. Si la periferia se consume o si el centro se muere y se repliega sobre sí mismo, se rompe todo el equilibrio y el encanto de una ciudad. La ciudad de ambiente vivo ya no está. La ciudad crece, se desarrolla, se infla incluso, como Porto Amboim, con decenas de miles de refugiados haci­ nados en los antiguos inmuebles portugueses; pero su crecimiento es como el de los tumores, está lleno de vita­ lidad maligna. Las ciudades angoleñas ya no son ciudades sino tumores en cuerpos muertos. La UNITA y el MPLA reinan sobre tumores y sobre cuerpos muertos.(9)

Me doy cuenta de algo extraño. Desde que estoy aquí no me he topado con ningún control de la UNITA. Habitualmente, los controles son importantes. Son los mojones de la guerra. Acostumbran a ser la principal forma de afirmar el poder, de limitar el territorio y tam­ bién de sacar dinero. Pero el hecho es que en las carrete­ ras de alrededor de Porto Amboim, Huambo y Luanda, no los he encontrado. Puedo pensar, lógicamente, que no he ido lo sufi­ cientemente lejos y que si hubiera llegado a Amboim... o si me hubiese metido en la selva del Moxico, en la fron­ tera de Zambia y del Congo... O si hubiese continuado con mi convoy de agua y de troncos... Pero quizá sea éste uno de los signos distintivos de esta guerrilla, su estilo. Quizá la gran habilidad táctica de los hombres de Savimbi consista en no estar en nin­ guna parte para estar en todas: no dejarse ver nunca para constituir una amenaza permanente. «¿Para qué quere­ mos colocar controles? —se burla Abel Chivukuvuku, viejo compañero de Savimbi y representante de éste en —

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Luanda (porque ésta es otra rareza de esta guerra: hay gente de la UNITA, auténticos fieles, no traidores ni re­ convertidos, que, desde 1994 y tras los acuerdos de Lu­ saka, viven, con total tranquilidad, en Luanda...)—, ¿pa­ ra qué caer en esa trampa, cuando es mucho mejor ser como somos, inalcanzables?» Más aún, quizás estemos tocando aquí, incluso más allá de la UNITA, uno de los rasgos distintivos de esta guerra. Se dice: «La U N ITA tiene esto» o «el Gobier­ no tiene aquello». ¿Eso significa realmente «tener»? ¿Quién tiene qué y por qué? ¿Y si la ley fuese precisamente que ninguno de los beligerantes «tenga» nada? ¿Y si se tra­ tase de una guerra de nuevo cuño o, al contrario, muy antigua, que tuviese otros objetivos que el gobierno de un territorio? O la perseverancia de cada uno en un ser guerrero, del cual habría, por fuerza, perdido el impulso primero.(lO) O si no el enriquecimiento, a través del pe­ tróleo y los diamantes, de dos bandas gemelas —la una dentro del Estado y la otra fuera de él— de caudillos que después se burlarán de controlar tal o cual ruta o po­ blación... Un signo que no falla: el estilo de las operaciones lle­ vadas a cabo por la UNITA. Por ejemplo, la ocupación, el otro día, del aeropuerto de Benguela: estuvieron tres horas y se fueron. O el ataque, el pasado mes de enero, al barrio de Chihongo, doce kilómetros al norte de Menongue: dar un golpe, demostrar que están ahí, desvali­ jar el centro de salud, pero sobre todo no quedarse, no intentar establecer una cabeza de puente o una base, vol­ ver rápidamente a la selva. Otro signo: la manera en la que el propio Gobierno administra las zonas que conquista y pretende controlar: «El 90% —dice la prensa de esta mañana—. El Gobier­ —

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no controla el 90 % del territorio...» Bien, pero ¿qué es lo que controla? ¿Las provincias o sus capitales? ¿Acaso puede llamarse «controlar» a tener que esperar seis me­ ses para enviar administradores a Bailundo y a Andulo, las dos plazas fuertes de los rebeldes, recuperadas por Savimbi? O peor, de qué «control» hablan cuando se han olvidado durante casi veinte años de reconstruir Ngiva, la capital de Cunena, devastada por los combates. En Luanda se dice: «Luanda es la capital, Angola es el paisaje.» También se dice: «hace diez años que el presi­ dente Dos Santos no sale de su palacio de Futungo.» Es una forma de decir que, para este antiguo paladín del progresismo revolucionario, para este marxista, para es­ te heredero de los grandes combates y de las ideologías del siglo, hay dos países: un país útil que se limita a Luanda, a unos cuantos trozos de costa, a las zonas pe­ trolíferas, y que es una especie de país offshore, confia­ do a Elf, Exxon y BP-Amoco; y, después, el resto, todo lo demás. Dicho de otra forma, la propia Angola, que, para él, sólo tendría la incierta existencia de las sombras. Dróle de guerre, sin duda. Hay una pausa en el cam­ po de batalla y en el terreno controlado por cada cual. Ya no se trata de este trozo para ti y este otro para mí. Se trata de un espacio inmenso, casi indiferenciado, víctima de una lepra lenta, en el que no terminan de entrecruzar­ se ejércitos de soldados perdidos, cuyo verdadero obje­ tivo no es vencer, sino sobrevivir y matar.(12)

Tomemos, de todos modos, una posición. Sea una ciudad, una aldea, una zona que el gobierno tendría, ex­ cepcionalmente, que controlar. En todas las guerras del mundo es muy simple. Uno instala los militares, pone —

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una guarnición. En Angola no. Porque los militares son algo muy preciado. Muy costoso. Es cierto en sentido propio, porque los mejores militares son mercenarios —aquí prefieren llamarlos «técnicos»— reclutados a precio de oro a compañías como la Executive Outcomes surafricana, oficialmente disuelta a finales de 1988 y di­ rigida por un antiguo responsable dé los servicios espe­ ciales durante el apartheid. Así pues, se procede de otro modo. Se moviliza a los civiles que formarán, en su lu­ gar, el contingente de los soldados que se ahorran. Yo lo he visto en Menongue, más al sur, en el límite de lo que los angoleños llaman, tan peligrosas les pare­ cen, «las tierras del fin del mundo». Allí, en efecto, en Menongue, hay un campo de refu­ giados. Oh, no es brillante, claro. En fin, un campo nor­ mal. Con condiciones sanitarias normales. Con cabañas decentes de piedra y madera. Y está instalado, este cam­ po, en una zona que ha sido desherbada, deforestada y, en consecuencia, globalmente desminada. Y además hay otro campo, veinte kilómetros más le­ jos, al otro lado del río Cuebe, en Japeka, al final de una pista imposible, rodeada de matas altas, de espinos y, pues, forzosamente, de minas. Allí han reinstalado, en cabañas mucho más deficientes y con los techos hechos de chapa, a muchos cientos de refugiados. Entonces intenté descubrir la causa. Traté de averiguar en virtud de qué extraño razona­ miento alguien ha podido decidir trasladar a gente de un campo bueno hasta un campo malo. «El primero está superpoblado —me dijeron—, ha­ bía que aligerarlo.» ¡Mentira! Yo lo había visitado y es­ taba vacío. «La zona del segundo era una buena zona —me —

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aseguraron en el despacho del gobernador, quien di­ cho sea de paso, es invisible porque atiende sus asun­ tos en Luanda—. Sabíamos que los refugiados estarían tranquilos.» Mentira. Yo también fui. Entrevisté a los campesinos. Todos me confirmaron lo contrario, que la zona era peligrosa y que nadie vivía allí por gusto, porque estaba infestada de minas y bajo el fuego de la UNITA. No. La verdadera razón hay que buscarla en otra parte. Un campo no son sólo los refugiados. También es el personal humanitario. La ayuda alimenticia. Una ca­ ravana de camiones y coches con banderita. De manera que al crear este segundo campo, al situar a los refugia­ dos y todo el dispositivo humanitario que los acompaña, en los puestos de avanzada de estas tierras recién con­ quistadas, y por tanto precarias y peligrosas, el gobierno creaba un escudo o un santuario más eficaz que un ejér­ cito. He visto una situación análoga en los alrededores de Huambo, en el límite del perímetro de seguridad. He visto el mismo dispositivo en las montañas del norte de Kuito, en Cunje, una pequeña localidad ferro­ viaria que desde hace mucho tiempo ha sido una de las bases desde donde la UNITA bombardeaba la ciudad y donde el MPLA ha instalado un centro para niños des­ nutridos. Así que una de dos. O bien la lógica de Porto Am­ boim: no hacer nada; dejar hacer; consentir que, salvo el país útil, Angola se rinda a su lepra lenta. O bien, como aquí, la lógica Menongue: tener la posición; sí, esta vez tenerla, pero con los civiles como rehenes y el personal humanitario en el puesto de avanzada. Entre las dos actitudes hay un punto en común: dos —

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ejércitos espectrales que pasan tanto tiempo evitándose como enfrentándose y que han elegido batirse mediante poblaciones interpuestas.

Cuango. Provincia de Lunda Norte. Esta famosa zo­ na diamantífera que supuestamente se están disputando los dos ejércitos rivales de la UNITA y del MPLA. La primera sorpresa es el avión. Mientras que la lle­ gada a Huambo, y también a Kuito y a Menongue, había sido accidentada, porque en todas partes prevalece la ley del descenso en picado, este avión se acerca tranquila­ mente y se posa sin problema alguno. Como si, por vez primera, no temiese a los misiles enemigos. La segunda sorpresa es la propia Cuango. La calle principal de la ciudad está viva, llena de ruido, poblada por una multitud de negros y blancos mezclados, de tra­ ficantes belgas, de intermediarios israelíes o libaneses, de pilotos ucranianos, de agentes de la De Beers o de la compañía nacional Endiama, de mercenarios, de vende­ dores de radiocasetes o de camisas, de pasantes. Y de pronto, en medio de este decorado de Lejano Oeste, apostado ante mi pensión, veo llegar por el fondo de la calle una compañía de soldados gubernamentales desar­ mados y harapientos, y, por la otra punta, otra tropa, ca­ si idéntica, con los mismos uniformes hechos añicos, pe­ ro que pertenece a la UNITA. ¿El MPLA y la UNITA en la misma calle? ¿Por qué no luchan? Y la tercera sorpresa. Las propias canteras. Por fin, las canteras. Es la gran palabra para este grupo de hombfes semidesnudos, de pie en medio de la corriente del río, con una cuerda entre los dientes, las manos quema­ das, los ojos entrecerrados por el sol, que, bajo la atenta —

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mirada de un destacamento armado de la UNITA, exca­ van la arena y la pasan por el tamiz. Y más lejos, a dos o tres kilómetros, la compañía de la brigada minera, dicho de otra forma, el ejército del MPLA, que vigila a otro grupo de buscadores que se turnan sobre un tronco en el río, desde el que se sumergen en el agua sucia, con una palita en la mano y una cuerda amarrada a la cintura. «Es su sorpresa lo que me sorprende», me dice Pierre, el empresario belga que ha fletado el Antonov en el que hemos llegado y cuyo oficio consiste en «representar» a los buscadores independientes ante una gran compañía extranjera. «N o tiene nada de sorprendente. Así es a lo largo de todo el río. ¿Por qué iban a pelearse aquí la UN ITA y el MPLA? ¿Qué ganarían con ello? Imagine por un instante que el ejército disparase un solo tiro so­ bre el grupo de garimpeiros protegidos por la UNITA. Sería un desastre también para ellos. Los proyectores del mundo dirigidos sobre la región. Sin hablar de la res­ puesta de la UNITA, que les impediría trabajar también a ellos. De hecho sus intereses están unidos frente a las compañías extranjeras.» En definitiva, una zona extrañamente tranquila. La única en la que no encuentro ninguna señal de enfrenta­ miento. Es la última paradoja de esta guerra. Se lucha, sí, y con mucha perseverancia, por allí donde sólo hay miseria, desierto, aldeas cincuenta veces saqueadas, ciu­ dades muertas, paisajes exangües. Pero allí donde hay riqueza, en ese cuerno de la abundancia que son las Lundas, se impone la no guerra, un acuerdo entre caballeros y, de hecho, otro reparto donde quizá se halle la única lógica de esta guerra. De un lado, los buscadores. Habría que decir, los for­ zados. Una masa de personas, llegadas en camiones lle­ —

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nos de obreros desde Zaire. Comienzan por quitarles los zapatos. Después, los papeles. Y cuando ya no tienen ni za­ patos ni papeles, cuando ya no son más que hombres de pies descalzos sin identidad alguna, cuando se sabe que pueden morir, ahogarse, que les exploten los tímpa­ nos, no volver de sus inmersiones, cuando se está seguro de que el barro puede enterrarlos sin que nadie, en nin­ guna parte, se preocupe de su existencia, entonces se fir­ ma el pacto demoníaco. Los más afortunados reciben ca­ da semana el equivalente de un día o dos de pesca mila­ grosa. Para los demás, la mayoría, los que se endeudaron para emprender lo que llaman su «proyecto», una piedra de vez en cuando que les servirá para devolver el dinero que les prestaron. Y ni siquiera las más bellas ni las más brillantes; ésas corresponden, por derecho, a los «pro­ tectores». Y si un desgraciado intenta hacer trampas, si tiene la tentación de meterse una piedra en el culo, ¡cui­ dado a la reacción! Cubos de agua para todos en la ba­ rraca, lavativas y castigo, a veces la muerte, para los la­ drones. Y del otro lado, los galeotes. Pero galeotes de doble rostro, indiscernibles. Algunos son de la UNITA. Otros del MPLA, que aprovechan estar destinados en las Lundas para establecerse por su cuenta, montar su propio «proyecto» o crear, con la complicidad de los generales, sus empresas de seguridad o de aviación. Para un solda­ do, ser enviado a las Lundas es la lotería de su vida, la ocasión que no dejará pasar. Existe en Luanda todo un juego de influencias, una red de tráfico de documentos falsos, una mafia, oficinas y amigos que ayudan a forzar el destino. Se habla de destacamentos enteros que, ape­ nas llegados, se habrían deshecho, fundidos en la natura­ leza, volatilizados. La versión oficial dice: «Muertos en —

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combate.» O «secuestrados por la UNITA». O simple­ mente «desaparecidos». Y, en cierto sentido, es verdad. Porque todos estos hombres atrapados por las Lundas, sumergidos entre sus meandros de crimen y miseria, es­ tos oficiales criados en el marxismo y que terminan así haciendo el oficio de guardias de prisioneros y de trafi­ cantes de esclavos, ¿no son los más perdidos de todos los soldados perdidos? Los galeotes contra los forzados. Los dos enemigos declarados unidos en un abrazo macabro, cuyo precio pagarán los parias de la guerra. ¿Es éste el sentido último de esta guerra? ¿Su última y sórdida verdad? Vuelvo a pensar en Holden Roberto. Vuelvo a pensar en Dominique de Roux. Vuelvo a ver a este activista, a este soña­ dor, última personificación del intelectual comprometi­ do, que aún era capaz de inyectar un poco de sueño, de alba y de ideas en medio de aquel cenagal. Pienso en los capitanes portugueses de abril, en esos rojos(13) que creían ver en el horizonte, también ellos, una claridad celestial en medio del lodo. ¿Qué dirían de esta desban­ dada y de este caos?



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La larga marcha de los tigres «El problema es la cabeza.(14) En el momento de la explosión, la cabeza tiene que separarse bien del tronco, tiene que quedar intacta y rodar hasta el lugar que el jefe ha decidido de antemano.» Srilaya ha sido una de esas voluntarias de la muer­ te, programadas por los independentistas tamiles como se programa un prototipo o un mecanismo de alta preci­ sión. Ha sido uno de esos torpedos vivientes, uno de esos kamikazes del asfalto, a los que se carga de explosi­ vos antes de lanzarlos por las calles de Colombo, mez­ clados con los viandantes, contra su blanco: un policía, un soldado, una personalidad cingalesa. Se acercan al objetivo y lo abrazan, antes de activar el mecanismo que hace explotar la carga escondida en su chaqueta de sui­ cida. Son los «tigres negros», la pesadilla de la ciudad. Su obsesión continua. Su psicosis. ¿Quién es tigre negro? ¿Quién no lo es? ¿Cómo se puede reconocer a estos sui­ cidas? ¿Cómo reaccionar si, por casualidad, el destino coloca a uno de ellos en tu camino? ¿Luchar, suplicar, gritarle, mientras ya te tiene agarrado, en los pocos se—

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gundos que te quedan de vida antes de la explosión, que eres inocente y que quieres vivir? ¿Cuántos son en reali­ dad? ¿Cuántos infiltrados han conseguido burlar los sis­ temas de seguridad instalados en las estaciones, en el aeropuerto, y están dispuestos a pagar con su vida el sueño de un Estado tamil independiente en el norte de Sri Lanka? El sitio web de Liberación de los Tigres de Tamil Eelam (LTTE), dice que hay más de cien. Island y el Daily News, los diarios de Colombo —que por lo demás ha­ blan poco o que cuando lo hacen aparecen con columnas enteras, a veces páginas, cubiertas con la palabra «censu­ rado» en letras mayúsculas por imposición del Estado Mayor—, los reducen a unas cuantas decenas. Quería acercarme a uno de ellos. Quería saber qué aspecto podía tener un hombre, o una mujer, que optó por mantenerse bajo el imperio de la pulsión de muerte absoluta. Y me encontré con una. Una arrepentida, cier­ to. Una mujer que vive desde hace varios meses perse­ guida por sus antiguos compañeros, oculta en un barrio popular de Colombo. Pero es una mujer que procede del interior del movimiento y que ha permanecido el tiem­ po suficiente en su seno para poder contarme todas sus reglas y sus ritos. Tiene treinta años. Es hermosa. Tiene un físico de in­ telectual sobria, un poco austera, zen. Habla sosegada­ mente. En un inglés perfecto. Con voz monocorde. De un tirón. Sólo se interrumpe cuando se aproxima el ca­ marero del restaurante de un hotel de la capital en el que nos hemos citado. El cura católico que ha organizado la reunión está presente durante los primeros minutos de la entrevista, luego al sentirse molesto, desaparece. A ella le parecería gracioso que diera su verdadero nombre, pe­ —

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ro después de pensarlo, me pide que no lo haga. Tam­ bién asegura que no espera otra cosa en la vida que un vi­ sado para viajar a París o a Londres.(15) Explica: «Todo comenzó hace cuatro años. El ejército había secuestrado a mi padre y lo habían encontrado muerto. Un día, llegaron unos hombres en un camión. Conocía a uno de ellos. Era un amigo de la infancia de mi padre. Me dijo: “ ¿Quieres vengar a tu padre?” Le dije que sí. Me preguntó: “ ¿Eres todavía virgen?” Le dije que no. Y él replicó: “Es una pena, las vírgenes son más aptas. Por si acaso, haz una petición por escrito y ponía en el buzón de sugerencias de tu aldea.” Tres meses después volvió. “Tu petición ha sido aceptada. El jefe supremo, Velupillai Prabhakaran, te ha juzgado digna.” Y me llevaron a un campamento del Wanni, en la selva, cerca de Mallawi. »Era el primer campamento. La organización no puede saber si uno será capaz de mantenerse firme o cambiará de opinión. Por eso me metieron en ese cam­ pamento, para ponerme a prueba. Me dieron pantalones, botas y camisas. Me cortaron el pelo. En nuestro país, las mujeres llevan el pelo muy largo. Pero estorba si hay que luchar. Un decreto especial del jefe supremo permi­ te cortárselo, y es lo que yo hice. Después nos dieron cursos de formación política: que los budistas son los enemigos de nuestra raza desde hace dos mil años, que los tamiles y, por lo tanto, los hinduistas, tienen derecho a la autodeterminación..., que es justo morir por eso... y que es un medio, también, de ir más rápido al cielo, rompiendo la cadena de reencarnaciones, ¡como un ata­ jo al nirvana! Era una ofrenda que permitía renacer en el cuerpo de una mujer de la casta superior. Yo lo creí todo. Me lo repetían tan a menudo que terminé por creér­ melo. (16) —

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»Me trasladaron al segundo campamento al cabo de un año. Era un campo de instrucción, siempre en el Wanni. Era costumbre que las que, como yo, no eran vírgenes, pasaran un día con una granada en la vagina. Nos ponían réplicas de las chaquetas del suicida: gran­ des, pesadas, cargadas de dinamita, con un detonador, un cable y metralla. Las había concebido el propio jefe después de haberlos visto en una película de Rambo. Y había que vivir con eso a cuestas. Había que prepararse para el día en que nos arrojaríamos sobre nuestra vícti­ ma, cuando nos abrazaríamos a ella y accionaríamos el detonador. A veces, las chaquetas eran auténticas y se las poníamos a un tronco de cocotero o a una estatua de hierro o de madera y los hacíamos explotar. La cosa se puso sería. Ya no era cuestión de echarse atrás, de recu­ perar la libertad. Una camarada, un día, comenzó a tener dudas. Decía que echaba de menos a su familia y que no tenía intimidad. Una noche desapareció. Nos dijeron que había desertado. Creo que, en realidad, la liquidaron ellos mismos. »Un día, ya había pasado un año, me metieron en un camión para conducirme a la ciudad. Por un lado, estaba contenta, porque hacía demasiado tiempo que estaba en la selva. Estaba muy delgada y las picaduras de mosqui­ tos me estaban matando. Pero, por otro lado, seguían sin asignarme un objetivo. “Ya se pondrán en contacto con­ tigo”, me decían. Pero lo único que hicieron fue quitar­ me la documentación. »Me dijeron que alquilase una habitación en Colombo, que intentase perder mi acento del Wanni y borrar to­ das las huellas que, en caso de ser capturada, pudiesen conducirlos a mi aldea. También me dijeron que encon­ trase un trabajo normal preparando té en un restaurante. —

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Y que esperase. Quizá fue eso lo que me salvó. Porque si hago cuentas fue un año de preparación en la selva y otro año de espera en Colombo, y creo que eso fue demasiado. «Mientras estuve en la selva no me hacía preguntas. Sabía que llegaría el día en que me pondría la chaqueta, cogería mi último autobús, daría mi última moneda a mi último ricksbaw y esperaría, en medio de los viandantes, a la víctima con la que me iba a sacrificar. Y esta idea me reconfortaba, me hacía sentir feliz. Pero en Colombo cambié. No sé si fue la ciudad, la vida o el restaurante. »E1 día en que por fin vinieron a buscarme, me pre­ guntaron si tenía familiares cercanos, me dijeron: “ Ha llegado la hora, estáte preparada.” Ese día yo ya no esta­ ba preparada. Me dieron la pastilla de cianuro para no caer viva en manos del enemigo. Me dijeron que tenía derecho a una última comida y a un abrazo con el jefe, que eso era como unaprahuta, una comida sagrada para los hindúes. Y fue entonces cuando escapé.»

Conocí Batticaloa hace treinta años, durante mi pri­ mer viaje a Sri Lanka. La recordaba como una ciudad edificada entre el mar y la laguna, con un laberinto de ca­ lles semejante al de las ciudades del delta del Ganges. Yo venía para reunirme, de regreso de Bangladesh y de su guerra,(17) con Sirimavo Bandaranaike, jefa de gobierno de la época y madre de la actual presidenta y que había saltado a la actualidad de la extrema izquierda interna­ cional al nombrar —¡gran primicia!— a ministros trotskistas de la LSSP. En la actualidad es Batticaloa la que está en guerra. La tempestad se ha desplazado y es aquí, en esta boni­ ta localidad, perla de la costa septentrional y paraíso —

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para los turistas y la clase política de veraneo, donde soplan los temibles vientos del odio y del miedo. Los soldados gubernamentales siguen presentes, pero sa­ ben que son, junto al puñado de reos que han traído para reconstruir el sistema de riego, los últimos cingaleses de la ciudad. Saben también que, dentro de unas horas, el territorio pasará a manos de los tigres y a su gobierno de noche. La noche, precisamente, ha llegado. Mi contacto se presentó, casi sin ocultarse, en la casa en la que estoy al­ bergado. Y nos pusimos en camino a lo largo de la lagu­ na, en dirección sur, hacia una de esas misteriosas bases que los tigres tienen en retaguardia. Unos cuantos kilómetros en coche. Una barcaza en la que nos encontramos con otros dos chicos, muy jóve­ nes y simpáticos, con sus walkie-talkies encendidos. Media hora de marcha en medio de un paisaje de arroza­ les, durante la cual pasamos dos puestos militares de­ siertos y un tercero, más adelante, junto a una aldea de pescadores, que evitamos. Después, la selva. Un revolti­ jo de lianas, bambúes con los tallos apretados, zarzas, bananos, árboles del pan, por donde mis guías, con la ayuda de linternas de mano, se orientaban sin dificultad. Y después —al final de un último sendero, en el que me llegaban en oleadas los olores densos de mis marchas de otras épocas por la jungla de Bangladesh— una luz, un triste ruido de tambor, una fuente y, por fin, un claro del bosque, en cuya linde distingo, a la luz de la luna, un ca­ ñón montado sobre una carretilla, una bandera que on­ dea en lo alto de un mástil y, entre dos árboles, un fres­ co, pintado sobre madera, que representa a un joven con uniforme negro y fusil a la espalda. En el claro del bosque, sacos de arena. Neumáticos. —

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Un montón de cajas de madera sobre el que han colo­ cado lámparas de aceite. Un altar al dios elefante. Bici­ cletas. Una moto pequeña. Y rodeadas por una empa­ lizada de bambú, cinco casas de adobe. Y una sexta, se­ parada de las demás. N o más bonita que las otras, pero sí más nueva. Y, sobre todo, la única que tiene electri­ cidad, procedente de un generador. Es la vivienda del jefe del campo, que, tumbado en una hamaca, habla con sus lugartenientes mientras, con el rabillo del ojo, vigila una fritura de bananas en un infiernillo. Se trata de un joven coloso, de apenas veinte años, vestido con un sarong azul, el torso desnudo, la nuca afeitada. Sal­ vo por la cadena dorada alrededor del cuello (¿la cáp­ sula de cianuro?) me hace pensar en Akim Mujeryi, el joven comandante bengalí de la columna de Mukti Bahini, con la que, en otra época, entré en la Dacca li­ berada. —Está usted en zona libre —comienza, sin levantar­ se y haciéndome señas para que tomara asiento sobre un baúl frente a él—. Bienvenido a Eelam. Mientras un niño me trae un vaso de té, le pregunto qué entiende por zona libre. —Una zona de la que se ha retirado el Estado cingalés. Mire... Miro y veo, en un televisor, colocado sobre una ne­ vera, una brigada de tigres distribuyendo víveres. —Aquí, nosotros nos cuidamos de todo: alimenta­ ción, policía, escuelas. Los jueces juran obediencia a Prabhakaran. Todo. Sé que no es del todo cierto. Sé que es incluso una de las paradojas de esta guerra: el lado irreprochable del Gobierno de Colombo que, en las zonas que ha perdido, y aunque sólo sea por no aceptar la derrota y reconocer —

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la secesión, sigue asegurando los servicios públicos y pa­ gando a los funcionarios. Pero le dejo proseguir. —¿Cuánto tiempo se va a quedar? ¿Sólo esta noche? Es una pena. Si se quedase un poco más, vería lo popula­ res que somos. Porque le devolvemos al pueblo su liber­ tad y su dignidad. Le hago notar que el caso de las «mujeres torpedo» no me parece que sea un signo de esta dignidad reencon­ trada. —Al contrario. Antes, las mujeres estaban someti­ das. Al convertirse en combatientes, rompen sus cadenas y se emancipan. ¿Y los niños, arrancados a sus familias para conver­ tirlos en soldados? —No arrancamos a nadie de sus familias. Las familias se sienten orgullosas de pagar este tributo por Eelam. —Y tras un guiño a sus tenientes que asisten, de pie, a la conversación, con miradas tristes e inexpresivas, añade—: Mire, de hecho, no son tan niños. Lo que pasa es que se ha exagerado con esas historias de niños. A menudo se trata de adultos, que parecen más jóvenes de lo que son. Se ríe. Los otros dejan por un momento sus poses de cara de palo y, a su orden, también ríen. —Su problema —le digo— es el reclutamiento. Sólo son ustedes seis mil, frente a un ejército de ciento veinte mil hombres. —Es cierto, pero mire esto. —Se acerca a un gran mapa pegado en una pared—. Mire lo que pueden hacer unos cuantos miles de hombres dispuestos a sacrificarse por los derechos inalienables del pueblo tamil en su pa­ tria histórica del norte y del este de Sri Lanka. —Y muestra, marcadas con chinchetas de colores, las zonas de Batticaloa controladas por el LTTE. —

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—Para eso necesitan armas. ¿De dónde las sacan? Nueva mirada a sus lugartenientes.,Nueva risa a la orden. —Del ejército cingalés. Son nuestros proveedores. Sé que, una vez más, no dice toda la verdad. Sé que la guerrilla tamil, apoyada por el Tamil Nadu indio, pero también en Europa por una diáspora numerosa, es la guerrilla más rica y la mejor organizada del mundo. He leído el informe de la Lloyd’s en el que se detallan los en­ víos de material procedentes de Ucrania, de los Balca­ nes, de Asia central o de Camboya, que llegan en barcos pertenecientes a compañías indirectamente controladas por los tigres. Pero él no se apea de su versión. Me sigue haciendo el doble retrato de un ejército cingalés agotado, desmotivado, que evita sistemáticamente el combate, que huye y abandona arsenales enteros tras de sí: solda­ dos derrotados en Chundikuli, cerca de Jaffna, suplican­ do a los aldeanos que le cambien su Kalashnikov por un coco o un vaso de agua..., soldados locos del norte del Wanni disparando a los policías que tratan de contener su fuga..., soldados de Vavuniya, en el norte, mendigan­ do ropa de civiles y un billete de autocar para volver a casa...; y, a la inversa, una fuerza de tigres invencibles, porque está dotada de una «causa justa», la de Velupillai Prabhakaran, que, al escucharle, parece una especie de marmita(l 8) en la que cuecen trozos de maoísmo, restos de polpotismo, una pizca de populismo fascistoide, un toque de fascinación por los kamikazes japoneses de la Segunda Guerra Mundial, todo sobre un fondo de hinduismo militante y fanático. ¿Hay dos hinduismos políticos ? El liberal, tolerante, amigo de la democracia y de la Ilustración, de mis ami­ gos bengalíes de otros tiempos, Akim Mujeryi y sus —

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Mukti Bahini hindú. Y luego el lúgubre, sangriento, que atrae, como un imán negro, los desechos que el siglo X X ha producido, o peor, ha vomitado.

Hay varias formas de llegar a Jaffna, la gran ciudad del norte que fue, durante cinco años, la capital de un cuasi estado administrado por los tigres y que el ejército cingalés retomó en el mes de diciembre de 1995, tras cin­ cuenta días de combates. Se puede llegar por mar, una vez cada quince días, hasta Punta Pedro en el Jaya Gold, el barco de la Cruz Roja, reservado al transporte sea de enfermos y heridos, sea de ayuda humanitaria y correo, pero que ha sido sus­ pendido, no sé si a causa de la guerra o del monzón. Tam­ bién se puede llegar con los Antonov ucranianos, que aterrizan en el aeropuerto militar de Palali, dieciocho ki­ lómetros al norte de la península, y que transportan ayu­ da humanitaria en un sentido y soldados de permiso o muertos en el otro, y a veces, como hoy, llevan pasajeros a bordo. La mañana de mi llegada se lucha en los alrededores de Jaffna. En el puente de Kaithady, en la laguna, donde los gubernamentales aseguran haber matado a cincuenta tigres, quince de ellos niños, que habrían recogido, ba­ beando, agitados por convulsiones interminables, con­ secuencia, sin duda, del cianuro. Y sobre el puente de Navatkuli, más cerca todavía, donde yo traté de presen­ tarme, pero sin llegar a pasar la línea cingalesa: ruid