Que Es La Geografia

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QUÉ ES LA GEOGRAFÍA

Ruy Moreira

Traducción al español de José Ángel Quintero Weir

Moreira, Ruy Qué es la Geografía / Ruy Moreira ; traducción por José Ángel Quintero Weir ; Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, 2017. 84 p. ; 21 cm. – Título original: O que é Geografia ISBN 978-99974-62-67-1 1. Geografía 2. Epistemología I. Quintero Weir, José Ángel, tr. II.. Vicepresidencia del Estado Plurinacional, ed. III. Título. Traducción: José Ángel Quintero Weir Edición: Juan Manuel Delgado Estrada Cuidado de edición: Víctor Orduna, Nadia Gutiérrez Diseño y diagramación: Juan Carlos Tapia Quino Ilustración de cubierta: “América Invertida”, Joaquín Torres García 1.ª edición en portugués, São Paulo: Brasiliense, 1981 2.ª edición en portugués, São Paulo: Brasiliense, 2009 1.ª edición en español, La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, 2017 Derechos de la presente edición: abril de 2017 © Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia Centro de Investigaciones Sociales (CIS) Calle Ayacucho esq. Mercado N° 308 La Paz - Bolivia +591 (2) 2142000 Casilla N° 7056, Correo Central, La Paz www.cis.gob.bo ISBN: 978-99974-62-67-1 D.L.: 4-1-112-17 P.O. Impreso en Bolivia 2.000 ejemplares Este libro se publica bajo licencia de Creative Commons: Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-NC-SA 4.0) Esta licencia permite a otros crear y distribuir obras derivadas a partir de la presente obra de modo no comercial, siempre y cuando se atribuya la autoría y fuente de manera adecuada, y se licencien las nuevas creaciones bajo las mismas condiciones.

Índice

Presentación 7 Prefacio 9 i.

La geografía moderna

13

ii.

La epistemología

39

iii.

La geografía de los hombres concretos

51

iv.

El espacio del capital

65

v.

La geografía: ¿qué es?, ¿para qué sirve?, ¿a quién sirve?

73

Orientaciones bibliográficas

77

Sobre el autor

79

Presentación

El Centro de Investigaciones Sociales (cis) de la Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia promueve la investigación y la difusión del conocimiento. El cis apuesta por la divulgación de material científico de calidad con el propósito de estimular del debate plural y democrático, y apoyar la formación académica. En este contexto, se presenta esta primera edición en español de Qué es la Geografía, un texto introductorio a la geografía del geógrafo brasileño, Ruy Moreira (Río de Janeiro, 1941), cuya primera edición, en portugués, es de 1981. En la línea de “Teoría e historia” del CIS, esta nueva publicación da continuidad a textos geográficos publicados previamente como Breve historia del neoliberalismo (2014) y Ciudades rebeldes (2014), ambos del profesor británico de antropología y geografía, David Harvey. También cabe mencionar El Macizo Boliviano y El factor geográfico de la nacionalidad boliviana, de Jaime Mendoza, un clásico boliviano en la materia, publicado por primera vez en 1935 y reeditado por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (bbb) en 2016. La obra de Moreira es de amplia difusión y conocimiento en Brasil. El profesor presenta su síntesis del saber geográfico desde una mirada crítica y con destreza para exponer conceptos e ideas fuerza. La importancia de la presente edición radica, fundamentalmente, en la posibilidad de contar con un texto de referencia producido en nuestro Sur y que además es traducido y editado para facilitar la difusión y discusión de sus planteamientos, tributarios del marxismo. La reflexión nos invita a retomar en el centro de atención al espacio geográfico, su construcción y utilidad en el estudio de las sociedades que le dan forma y contenido. Además, esta publicación tiene lugar en el marco del xvi Encuentro de Geógrafos de América Latina (egal), que se celebra en

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esta ocasión en la Universidad Mayor de San Andrés (umsa), en La Paz (26-29 de abril de 2017), con el rótulo “Geografía viva desde el corazón de América Latina” como divisa de intercambio. Este encuentro –la cita geográfica académica más importante de América Latina–, con 30 años de historia, brinda un escenario propicio para la presentación y difusión de un libro de esta naturaleza, dirigido a un público más amplio que especializado en temas geográficos. El cis agradece a la Embajada de Brasil en Lima por su colaboración para la traducción de esta edición.

Prefacio

La primera versión de este pequeño libro es de 1980. Desde entonces, importantes cambios han ocurrido en la realidad del mundo que nos circunda y en la forma de ser comprendidos por la geografía, cambiando la propia concepción de esta ciencia. Por eso, urgía una revisión. Esta edición difiere sustancialmente de la primera. La primera mitad del texto fue totalmente reescrita. Mantuvimos su carácter de breve resumen histórico del pensamiento geográfico, así como la parte de crítica epistemológica que le sigue, incorporando nuevos elementos. La segunda mitad, sin embargo, fue poco modificada, a excepción de pequeños cambios aquí y allá para una mayor claridad de redacción. También se ha actualizado la orientación bibliográfica. El espíritu de este libro, no obstante, es el mismo que el de la primera edición, como también lo es su formato de síntesis y su propósito de mostrar la geografía como una forma particular de conocimiento, pero no por ello alejada de los sueños de los hombres, de vivir en una sociedad más igualitaria y humanamente justa, tal como pensamos y escribimos en el pasado 1980.

A los que sueñan, porque es en el sueño donde habita lo real más profundo.

I

La geografía moderna

Estrabón (64 a.C - 24 d.C), creador de la geografía, decía de su criatura que la geografía nos familiariza con los ocupantes de la tierra y los océanos, con la vegetación, los frutos y las particularidades de los diferentes cuadrantes de la tierra; y que el hombre que la cultiva es un hombre profundamente interesado en el gran problema de la vida y de la felicidad. En esta exégesis, Estrabón hace una lista del sentido y de los entes de la realidad que forman el ámbito, los temas y la naturaleza del desarrollo de la geografía desde su creación en el siglo i. La identidad de la ciencia y los elementos de la esencia de su sabiduría están allí, en una impresionante invariabilidad de lo que ha sido la geografía hasta hoy. El hombre, la tierra, la vida y la felicidad, las relaciones que los enlazan en la totalidad de los modos de vida variables en el espacio y en el tiempo, es lo que, desde Estrabón hasta hoy, define la geografía y su modo de desarrollo. Sin embargo, esta no siempre ha tenido un compromiso con “el gran problema de la vida y la felicidad”, debido a los avatares de la historia que han hecho de la vida y de la felicidad un gran problema. En esa historia, una geografía del hombre siempre se ha enfrentado a una geografía oficial; una geografía situada mucho más próxima de la ideología, hecha y practicada no para sino contra la vida y la felicidad como realización humana. La historia de la geografía ha sido una historia de los geógrafos. Hay quienes la hicieron o la hacen en dirección de la vida y la felicidad del hombre, y hay quienes la hacen desplazándola hacia la vida y la felicidad de los que dominan. Es, sobre todo, en la reciente historia de la humanidad cuando este antagonismo aparece con más fuerza.

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La geografía que hoy conocemos tiene su origen en el siglo xix. En su florecimiento y desarrollo concurren dos grandes filiaciones: las Sociedades de Geografía y las universidades. La geografía que se produce en una u otra de estas instituciones es diferente, entrecruzándose apenas aquí o allá. La que se produce en las Sociedades de Geografía es un conocimiento sobre todo lo que se refiere a pueblos y territorios de los distintos rincones del mundo; se reúnen en ellas las Sociedades de viajeros, naturalistas, militares y científicos de diferentes procedencias académicas. La geografía que se produce en las universidades tiene un carácter específicamente científico y congrega a profesores e investigadores formados y dedicados al desarrollo y actualización de las teorías y métodos científicos que dan sustento a la ciencia geográfica. Así, las Sociedades de Geografía atienden a un público más amplio en su deseo de conocimiento de pueblos y lugares, mientras que las universidades responden a los propósitos de formación académica de los que van a tener en la geografía su área y campo de actuación más específico. En el transcurso de la primera mitad del siglo xix estas dos instituciones corren en paralelo, distanciándose, para separarse en campos distintos en la segunda mitad del mismo siglo. Sin embargo, paralela a estas dos, corre la geografía anunciada por Estrabón.

Las Sociedades de Geografía Las décadas finales del siglo xix marcan el paso del capitalismo a su fase superior: el imperialismo. El nacimiento del imperialismo se traducirá, en el plano de la política internacional, en una intensa lucha entre las potencias imperialistas por la división de los continentes en zonas de influencia. De esta forma, la entrada del capitalismo en una nueva fase traerá profundas transformaciones geográficas en el plano de la realidad y, consecuentemente, en el plano del saber. La Conferencia Internacional de Geografía, de 1876, será ejemplo de ello. Con la vista puesta sobre la Bahía del Congo, el rey belga Leopoldo ii, monarca y asiduo lector de relatos de expediciones científicas, convoca en 1876 a una reunión de geógrafos: la Conferencia Internacional de Geografía. Realizada en Bruselas y bajo su presidencia, comparecen Sociedades de Geografía de diferentes países, además

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de diplomáticos y famosos exploradores. La Conferencia de Bruselas tuvo por objetivo –trazado por el propio Leopoldo ii en su solemne discurso de inauguración– la tarea de volcarse sobre el continente africano, con el propósito de “abrir a la civilización la única parte de nuestro globo en la que ella aún no había penetrado […] conferenciar para acordar los pasos, combinar esfuerzos, echar mano de todos los recursos y evitar la duplicación del trabajo”. La Conferencia de Bruselas revelará el papel que estaría reservado a las Sociedades de Geografía y las razones por las que la geografía se convertirá en un saber de gran prestigio para poblaciones y gobiernos. Por eso, no pudo ser otro el empeño de la reunión internacional de estas Sociedades: la creación de la Asociación Internacional Africana (aia), entidad que un poco más tarde se transformará en la Asociación Internacional del Congo (aic). Así, con el concurso de las Sociedades de Geografía se emprenderá el avance imperialista sobre África, Asia y Oceanía, como había ocurrido ya en América Latina, sometida a la dominación colonial desde el siglo xvi. La aia saldrá de la Conferencia de Bruselas completamente equipada para desarrollar su función: orientar, con la ayuda de la ciencia oficial de las Sociedades de Geografía, las expediciones que abrirán las puertas de África a la dominación. Para ello, se dota a la aia de todo un aparato, organizándola en base a Comisiones Nacionales coordinadas por un Comité de Altos Estudios del Congo, integrado por dos representantes de cada Comisión Nacional, que son designados anualmente por estas. Su presidente era el propio Leopoldo ii. A las Comisiones Nacionales les correspondía generar y proveer de fondos y de todos los recursos necesarios a las bases de operaciones que serían localizadas a lo largo de posiciones estratégicas de la costa y en el interior, en especial, en la desembocadura del río Congo. Cada base de operación sería dotada de puestos hospitalarios, científicos y diplomáticos. Al Comité le tocaba dirigir los trabajos y gerenciar los fondos comunes. Un estatuto, redactado para los fines orgánicos antes señalados, preveía la fundación de dos sociedades: una de comercio y otra de transporte. La articulación entre científicos y exploradores constituía la espina dorsal de los trabajos: los exploradores recogiendo las informaciones y esbozando el

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mapeo que los científicos (vinculados, sobre todo, a las Sociedades de Geografía) se encargaban de sistematizar, catalogar y analizar para dar el tratamiento científico y cartográfico final, produciendo la base material de apoyo dirigidas a nuevas y más profundas incursiones exploratorias. En 1877, la aia –ya transformada en aic–, cuenta con 18 Comisiones Nacionales incluyendo la de Estados Unidos, y su número iba en aumento. Las unía la bandera de la Asociación: una estrella de oro sobre fondo azul. La escalada imperialista no podía estar mejor organizada. Así como el capital incorpora la ciencia en los procesos productivos –en la producción industrial, en particular–, ahora la incorporaba también, institucionalmente, a sus proyectos de expoliación territorial a escala mundial. Aunque la Conferencia de Bruselas combina la acción conjunta de las potencias imperialistas, apenas conseguirá ocultar las contradicciones que afloran, sobre todo, en el momento de delimitar la repartición de los dominios territoriales. La iniciativa de Leopoldo ii solo agudizará esas contradicciones. Instigados por las asociaciones científicas y de capitalistas, proliferan las expediciones destinadas al reconocimiento y mapeo del terreno, fijación de impuestos y establecimiento de relaciones diplomáticas y mercantiles con los pueblos africanos y asiáticos. Frente a esto, la Conferencia de Bruselas precipitará la historia y desembocará en una nueva reunión internacional: la Conferencia de Berlín. La Conferencia de Berlín se dedicará a limar asperezas y a la institucionalización de la política de las áreas de influencia. Será organizada bajo los auspicios del gobierno alemán, hasta ese momento ausente de la escalada internacional debido a problemas en su unidad territorial nacional, que solo serán resueltos en 1870 con la guerra franco-prusiana. Esta Conferencia se llevará a cabo de manera muy lenta entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885. Aunque participarán los mismos integrantes de la Conferencia de Bruselas, reinarán los diplomáticos de las mayores potencias imperialistas, principalmente de Alemania, Bélgica, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Bismark, el canciller alemán bajo cuyo gobierno Alemania se unifica y ejerce una tenaz represión contra el

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movimiento socialista y obrero articulado en la ii Internacional de los Trabajadores, presidirá la Conferencia Internacional de Berlín, sentado a la cabeza de una mesa de hierro cerca de la que, imponente, sobresale un enorme mapa de África. Será el intento de resolver, en la mesa de conversaciones, aquello que tendrán que intentar resolver por la guerra unas décadas después. Sesiones plenarias y restringidas comisiones preparan informes sobre los puntos de mayor desencuentro. Las contradicciones, sin embargo, apuntan ya hacia la guerra de 1914-1918. Las Sociedades de Geografía son instituciones que surgen en las primeras décadas del siglo xix, evolucionando entre 1820 y 1920 en dos distintas fases: la que va de 1820 a 1870 –marcada por las actividades de viajeros y naturalistas que buscaban recoger y cartografiar datos de las regiones del mundo hasta poco antes desconocidas o mal conocidas por los europeos–, y la que va de 1870 a 1920, definida por un intento de incorporar los conocimientos acumulados y articularlos en un formato de tratamiento metódico y analítico de carácter dominantemente de conquista, a partir del momento en que las actividades de las Sociedades y los intereses de dominación se encuentran en la Conferencia Internacional de 1876. Las primeras Sociedades de Geografía se fundan en la primera mitad del siglo xix: la Sociedad Geográfica de París en 1821; la Sociedad de Geografía de Berlín en 1828, la Real Sociedad de Geografía de Londres en 1830 (aunque su embrión fue la Asociación para la Promoción del Descubrimiento de las Partes Interiores de África, creada en 1788), y la Sociedad Geográfica Rusa de San Petersburgo en 1845. De allí en adelante su distribución geográfica y su número se amplían: muchas sociedades surgen en diferentes ciudades de un mismo país. Destacan la Sociedad de Geografía de Nueva York, fundada en 1852; la Sociedad de Geografía de Ginebra, en 1858; y la Sociedad Geográfica de Madrid, en 1876. Su auge se produce entre 1821 y 1870, aunque con un pico cuantitativo entre 1890 y 1920, cuando empiezan a decaer en importancia. Las Sociedades de Geografía responden a una intensa actividad en la que se incluía el financiamiento, a veces con recursos propios, de viajes y la divulgación de las investigaciones de naturalistas en sus expediciones por el mundo; se realizan eventos en los que viajeros y

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naturalistas presentan debates y hacen públicos sus conocimientos; y se publican revistas mediante las cuales esos conocimientos se diseminan más allá de las fronteras, congraciando a los hombres de ciencia y cumpliendo el papel de estimular las actividades que van a dar origen a muchos de los descubrimientos que serán característicos del siglo xix. Con la excepción de las Sociedades rusas de geografía, financiadas por el Estado, en su generalidad estas entidades viven de las cuotas de sus asociados, entre ellos comerciantes interesados en las posibilidades de ampliación de los mercados que pudieran surgir de los descubrimientos geográficos, y de los propios viajeros y naturalistas interesados en tener un espacio donde intercambiar sus ideas. El gran acervo que alrededor de 1870 se acumula en estas Sociedades las lleva a despertar el lado comercial y militar de sus componentes, marcando el paso a la segunda fase cuando muchas de ellas se van a desdoblar en Sociedades de Geografía Comercial –si es que no se crean internamente comisiones destinadas a ese fin–, inaugurando el periodo de un fuerte vínculo entre estas y el proyecto colonialista de los respectivos Estados nacionales. Se produce, entonces, una fuerte reorientación en la forma y propósitos de las incursiones e investigaciones geográficas que ellas estimulan, ahora con el intento de proveer la base cartográfica y de conocimiento a los proyectos de conquista de territorios de sus Estados. La Real Sociedad Geográfica Británica sirve de ejemplo. Creada en 1830, desde entonces se orienta hacia actividades dirigidas a cualificar a los exploradores de zonas de los continentes en los que la comunidad científica y el gobierno tienen interés; de allí surgen innumerables incursiones exploratorias que recogen información y preparan relatorías sobre hidrografía, corrientes atmosféricas y formas de cultura que, trasladadas a la Real Sociedad, estimulan nuevas incursiones en nuevos territorios, acumulando Inglaterra un conocimiento vasto y detallado de pueblos y territorios de las más diversas áreas coloniales –y aún no colonizadas– que serán de un inmenso valor en el cambio de rumbo de los años 1870 de las Sociedades Geográficas del continente europeo. Los años que transcurren entre 1870 y 1920 constituyen el periodo de oro de las Sociedades Geográficas, pero también el inicio

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del declive de su importancia. Esta es la época en que la etnografía y la antropología adquieren una fuerte presencia como ciencias y se lanzan a la investigación en las mismas áreas de actuación que la geografía. Hasta cerca de 1870, estos campos de conocimiento actuaban junto al de la geografía dentro de las Sociedades. Mejor preparadas que la geografía para el registro de los cuadros culturales –en particular de los rituales y la lengua en sus recíprocas relaciones–, la etnografía y la antropología van desplazando para sí las tareas de los estudios y el relevamiento de este campo de conocimiento. Ese es también el momento en que surge la biología, dedicándose al estudio de las formas de fauna y flora de los continentes, analizadas junto a todo el cuadro de la naturaleza, identificándose con el tema de la historia natural. Restringida en su propio campo, la geografía se va limitando a un catálogo menor de actividades, llevando a las Sociedades de Geografía a cohabitar el mundo institucional con entidades congéneres surgidas junto a la emergencia de aquellos saberes, encumbrados a la condición de formas mayores de la ciencia. Alrededor de 1920, el número de Sociedades de Geografía continúa creciendo, aunque ahora en ambientes extraeuropeos.

La geografía universitaria Coincide con ese período el surgimiento de la geografía universitaria, coronando los ensayos de transformación del saber geográfico en ciencia desarrollados por las propias Sociedades. Durante su nacimiento, la geografía universitaria, tal como sucederá con los otros campos científicos –como, por ejemplo, los de la etnografía, la antropología y la biología en sus respectivas áreas– se comporta como una heredera cultural de la primera fase de las Sociedades Geográficas; por eso, la geografía universitaria acompañó a las Sociedades de Geografía en su evolución, surgiendo con forma propia en cada contexto nacional, comenzando por el de Alemania.

La geografía alemana Es entre los alemanes donde, alrededor de 1754, la geografía inicia su camino hacia el status científico. Los pasos en este sentido son ya

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nítidos en las discusiones entre las dos vías que surgen: la geografía político-estatista y la geografía pura. La primera da seguimiento metodológico a lo que venía siendo la geografía desde los tiempos de Estrabón en el siglo i, y gana impulso con Varenius1 en el siglo xvii. La segunda pone el acento en la cuestión de los límites naturales de un territorio, tema típicamente de la Alemania de entonces y que vendrá a despuntar, particularmente, a fines del siglo xix con Ratzel.2 Ambas toman para sí el problema planteado en esa época para el desarrollo del capitalismo en Alemania: la salida del atraso frente a los niveles más avanzados de Inglaterra y Francia, y la solución del problema doméstico de unificación de un territorio fuertemente fragmentado. La geografía político-estatista define el papel de la geografía como el montaje de una plataforma lo más amplia y sistemática posible de la coyuntura de demarcación territorial teniendo como visión extraer de allí los medios que permitan atender las necesidades de la administración estatal. La geografía pura asienta el tono en los criterios de esa demarcación, los que para ella eran los límites naturales del terreno. Tanto una forma como la otra se vuelcan así hacia la cuestión de la identidad territorial y sus límites que emergían en el contexto de una Alemania fragmentada, a vueltas con el problema de la unidad como un asunto identificado con la cuestión de la unidad y diversidad regional dentro y fuera de un país. De este modo, estas dos formas de geografía, en apariencia contrapuestas, apenas se diferencian en su convergencia hacia un mismo punto: la geografía político-estatista privilegia la problemática de la unidad interna del Estado de los principados en los que se divide la nación alemana; mientras que la geografía pura se ocupa de la cuestión de una Alemania regionalmente diferenciada, además de la unidad del todo. Sin embargo, es la geografía pura la forma que identificará el verdadero salto que el saber geográfico experimentará al ingresar a la segunda mitad del siglo xviii, cuando, con 1

Nota de los editores (ne): Bernhardus Varenius (1622-1650), geógrafo alemán a quien se atribuye la estructura cientificista de la ciencia geográfica. Su obra más reconocida es Geographia Generalis.

2

ne:

Friedrich Ratzel (1844-1904), geógrafo alemán que plantea los fundamentos de la geografía cultural, la geografía humana y la geografía política en los dos volúmenes de Anthropogeographie.

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Kant, adquiere la interpretación que la transformará en su forma de ciencia moderna. Por cerca de 40 años, entre 1756 y 1796, Immanuel Kant (1724-1804) enseñará en la Universidad de Koengsberg lo que en ese entonces se conocía como geografía física, así llamada, en gran medida, por efecto de la temática heredada de la geografía pura. Las aulas de geografía le servían a Kant, junto a la antropología pragmática, como punto de apoyo a su búsqueda de formación de un sistema nuevo para la filosofía: su área real de actuación. A través de la geografía, Kant buscaba formar un concepto crítico de la naturaleza y, por medio de la antropología pragmática, un concepto crítico del hombre –conceptos estos capaces de, al mismo tiempo, permitirle dar contemporaneidad a una filosofía desfasada frente a una ciencia que iba muy por delante, merced al surgimiento de la física newtoniana– y generar así la ecuación de la separación entre el hombre y la naturaleza que, desde Descartes, aparece en la forma de un sujeto y un objeto disociados. La geografía que está naciendo en Alemania es, por lo tanto, prima hermana de la filosofía crítica que igualmente está naciendo en las mismas manos de Kant y, en consecuencia, trae consigo trazos de esta filosofía; en particular respecto al papel de la percepción y del espacio en el proceso del conocimiento. Para Kant, el conocimiento nos es dado inicialmente por la red de nuestras sensaciones corporales. Nace con ellas el conocimiento empírico. Este deviene de la unión de las informaciones sensoriales –singulares y aisladas por provenir de las diferentes formas de sensaciones (la visión, el tacto, el olfato, el gusto)–, por la percepción en una imagen reproductora de los objetos del mundo externo. En este proceso difieren la percepción interna, reveladora del hombre (objeto de la antropología pragmática), y la percepción externa (objeto de la geografía), reveladora de la naturaleza. Una separación que debe ser superada por el concepto cuando el conocimiento senso-perceptivo se torna un conocimiento sistemático y generalizado en el nivel abstracto del pensamiento. Es cuando el espacio y el tiempo aparecen como un fundamento, revelando, sin embargo, una nueva dicotomía. Los datos de la aprehensión sensorial aparecen a la percepción como entes localizados en un orden de contigüidad y sucesión, correspondiendo al espacio el orden de contigüidad y al tiempo el

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orden de sucesión. Ahora bien, fruto de la percepción externa (objetiva), el espacio aparece como una relación de externalidad, y fruto de la percepción interna (subjetiva), el tiempo como una relación de internalidad, un problema que Kant espera resolver apelando a la intervención de la filosofía, atribuyendo a la geografía el orden del espacio, y a la historia el orden de sucesión en el proceso de conocimiento, correspondiendo a la geografía la descripción del espacio y a la historia la narrativa del tiempo; la filosofía, a su vez, las une y las trae hacia el seno de su reflexión del mundo como un universo de fenómenos de diversa determinación que solo la subjetividad del pensamiento humano unifica. Geografía e historia nacen, pues, de un mismo proceso: el de la localización de los fenómenos aunque en órdenes de diferente cualidad; la geografía localizándolos en el espacio y la historia en el tiempo, por eso mismo nacen diferentes y separadas. La historia nace como el registro de los acontecimientos en la sucesión, al tiempo que la geografía en el de la cohabitación. La forma de lectura de la historia es la narrativa, mientras que la de la geografía es la descriptiva. La geografía y la historia se afirman, pues, como saberes separados, pero unificados por la filosofía. Así, aunque distintas, geografía e historia se encuentran. Desde el punto de vista de la filosofía, la historia es una geografía continua y la geografía es una historia cortada por la discontinuidad. Puede así haber una historia como una geografía de la Antigüedad, por ejemplo, toda vez que los acontecimientos históricos ocurren en un lugar geográfico, y los acontecimientos geográficos ocurren en un contexto de tiempo histórico. Como la geografía –piensa Kant– es la descripción natural de la naturaleza, se sobrentiende que ella subestructura a la historia y la antecede. Substrato de la historia, la descripción de la naturaleza dará el tono de la definición de la geografía en su trato con los fenómenos humanos. Debe entenderse que Kant ve a la geografía a través del prisma de cuatro referencias: 1) la concepción aristotélica, aún prevaleciente, de la cosa física como todo lo que forma el mundo externo a nuestra percepción; 2) la fuerte influencia de la idea de la naturaleza como cosa inorgánica recién introducida en el conocimiento científico por la física newtoniana; 3) la presencia determinante de las ideas

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de la geografía pura; y, 4) el propio interés de Kant de plantear la geografía como soporte de su reflexión sobre la naturaleza, al lado de la reflexión del hombre, propiciada por la antropología pragmática. Cuando Kant la designa como geografía física está diciendo algo enteramente diferente del sentido actual, este último derivado de la segunda referencia. Así, las teorías de Kant van a ser la base del nacimiento de la geografía moderna, transfiriéndole como paradigmas la noción del espacio como orden espacial, la superficie terrestre como campo de la taxonomía (tomando como criterio los nichos territoriales, noción diferente a la del orden lógico de Linneo,3 por entonces en boga), la comparación como método y el sistema de agrupamiento taxonómico de los fenómenos por sus semejanzas y diferencias que luego Alexander Von Humboldt y Carl Ritter van a incorporar al sistematizarlos como un corpus discursivo a comienzos del siglo xix. Alexander Von Humboldt (1769-1859) y Carl Ritter (17791859), contemporáneos, viven el clima histórico de las luchas por la unificación territorial nacional y por el desarrollo moderno de Alemania, pero en el ambiente de los efectos de los primeros pasos del desarrollo de la economía moderna y de la instauración de la unificación alemana; pasos estos dados en 1834 por los principados. En este clima, nace con ellos la geografía alemana y su carácter de una visión integrada del todo en la realidad del mundo, expresión de las necesidades nacionales de Alemania. Por eso, son ellos y no Kant, los geógrafos fundadores. Aunque ambos incorporan la contribución de Kant, Humboldt y Ritter siguen, sin embargo, trayectorias diferentes. Humboldt expresa la visión del romanticismo encarnada por el poeta J. W. Goethe (1749-1832) y por el filósofo de la naturaleza F. G. Schelling (1775-1854). Tomando como referencia la esfera de las plantas como una mediación de las relaciones entre la esfera inorgánica de las rocas y de los suelos y la esfera humana de la sociedad, Humboldt articula sobre esta base la unidad del todo de la superficie terrestre. La morfología del paisaje, tomada de la teoría de la estética 3

ne: Carlos Linneo (1707-1778), naturalista, botánico y zoólogo sueco que desarrolló la nomenclatura binominal para la clasificación de animales y plantas. Por ello, es considerado el padre de la taxonomía moderna.

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de Goethe, es el recurso del método que emplea para las relaciones de las plantas con el mundo de lo inorgánico y el mundo de lo humano, y para inferir así su teoría holista de la geografía. Ritter parte de la noción de escala que toma prestada de J. H. Pestallozi (1746-1827), discípulo de J. J. Rousseau (1712-1778), a la que suma el romanticismo de la filosofía de la identidad de Schelling. Para Pestallozi, la relación humana parte del contexto de la naturaleza, de la que el hombre es parte integrante; la percepción de esta pertenencia lo hace más próximo o más distante, y de esta forma infiere su comprensión del mundo y de sí mismo. Ritter traslada el pensamiento pestalloziano hacia el ámbito de la geografía y lo transforma en su propia teoría geográfica. La base es el método comparativo heredado de Kant y la filosofía de la identidad, vertiente filosófica de Schelling, diferente de aquella que sirvió de referencia a Humboldt, tomando también, a semejanza de este, los recortes de espacios de la superficie terrestre como referencia territorial de la constitución holista. El propósito de Ritter, sin embargo, es extraer generalidades comunes y singularidades distintivas por medio de la comparación de semejanzas y diferencias de los recortes, agrupados de dos en dos, para de esta forma llegar a lo que designa como individualidad regional, al fin de lo cual, la superficie terrestre viene a aparecer como un todo en un gran mosaico. Es esta corología la que constituye la visión holista de Ritter. Comparten, pues, Humboldt y Ritter, la concepción holista del romanticismo en la que la diversidad y la unidad de la superficie forman la referencia; el holismo de Humboldt expresa una concepción panteísta, que viene de su relación con el esteticismo goethiano y la filosofía de la naturaleza de Schelling, y el de Ritter una concepción teísta, que viene de su relación con la filosofía combinada de Pestallozi y de un Schelling volcado hacia el teísmo. El holismo es el modo como, tanto Humboldt como Ritter, reflejan el deseo y el cuadro perturbado de la unificación de Alemania que Lucien Goldman resumió en las siguientes palabras: “En toda Europa, en Francia, en Alemania, así como en Italia, Inglaterra o en Holanda, el desarrollo del pensamiento humanista (racionalista o empirista) está estrechamente ligado al desarrollo económico del país, esto es, al desarrollo de una burguesía comercial e industrial.

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La existencia o ausencia de este Tercer Estado determina, también, la situación de los escritores humanistas o místicos en la sociedad. En Francia, los escritores humanistas y racionalistas estaban orgánicamente ligados a lo público y a la nación entera. Formaban parte de ella y tomaban sus pensamientos y sentimientos; ser escritor no pasaba de ser una profesión como cualquier otra. Montaigne, un Racine, un Descartes, un Molière o un Voltaire, son la expresión perfecta de su país y de su época. Tras sus escritos está toda la parte culta de la nación, y es por ello que sus ataques son peligrosos y sus sátiras tan mortales para todos cuantos eran aludidos. ‘En Francia, el ridículo mata’, dice un proverbio que caracteriza muy bien este estado de cosas. En Alemania la situación es exactamente opuesta. El gran atraso en el desarrollo social y económico y la ausencia por más de dos siglos de una pujante burguesía comercial e industrial impidieron la eclosión de fuertes corrientes de pensamiento humanista y racionalista; Alemania estaba abierta, sobre todo, al misticismo y a los intercambios afectivos e intuitivos. He ahí por qué faltó a los escritores y pensadores humanistas y racionalistas un contacto verdadero con el público y la sociedad que los abarcaba. La soledad es el tema fundamental que siempre aparece en la biografía de los grandes humanistas alemanes. El viejo Leibniz, junto a Lessing, Hölderlin, Kleist, Kant, Schopenhauer, Marx, Heine, Nietzsche y tantos otros, se erguían todos como solitarios en medio de la sociedad alemana que no los comprendía y con la que no consiguen mantener contacto. He ahí por qué hay entre ellos tantas vidas quebradas. Hölderlin, Nietzsche y Lenau enloquecieron; Kleist se suicidó; Klopstok, Winckelmann, Heine, Marx, Nietzsche vivirán en el exilio; Lessing murió en un lugar perdido”. Aunque compartían y veían a Alemania con la misma expectativa crítica, Humboldt y Ritter seguirán caminos diferentes. Humboldt dedicó casi toda su vida a organizar el vasto material que reunió de sus incursiones en investigaciones por el mundo y a dar conferencias para el público europeo, en particular para el francés, ávido de conocer los relatos de los cuadros de vida de las cuatro esquinas del mundo, resultando de ello su Cosmos, su obra mater publicada en cinco volúmenes entre 1845 y 1862. Ritter se dedicó a sus lecciones en la Universidad de Berlín –donde fue colega de Hegel y profesor

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de Marx– y en la Academia Militar Prusiana –donde fue colega de Karl Von Clausewitz, el gran teórico del arte de la guerra–, así como a la preparación de los 19 volúmenes de su Erdkunde, publicados entre 1819 y 1859, y a la presidencia de la Sociedad de Geografía en su primera fase. Humboldt y Ritter mueren en 1859 y, por algunas decenas de años, la geografía alemana entra en un estado de fuerte declive que solo termina alrededor de 1880, con la aparición de una nueva generación de geógrafos del más diverso origen académico, entre los que destacan Ratzel, que venía de la zoología, y Richthofen, que venía de la geología. Friedrich Ratzel (1844-1904) desarrolla su teoría en dos obras fundamentales, la Antropogeografía, de 1882, y la Geografía Política, de 1897, formulando una manera de ver la geografía con inspiración en el organismo sociológico de Herbert Spencer (1820-1903). Ratzel toma por principio la visión integrada de Humboldt y Ritter, para ver en la relación política el dato integrador y no así en el paisaje orgánico de la superficie terrestre. Los hombres necesitan extraer del suelo –otra manera de Ratzel de decir piso espacial– sus medios de vida. Para esto, necesitan crear un organismo que los integre en sus acciones. Este organismo es el Estado, y es el Estado en su unión con el suelo el origen de la sociedad. El piso espacial es el eslabón orgánico de la unidad Estado-sociedad, constituyendo la base de este complejo, por lo que Ratzel lo califica como espacio vital. La búsqueda por disponer de más referencia de vida lleva a los hombres a buscar una ampliación creciente de este espacio vital en la historia, lo que consiguen incorporando áreas de territorio aún no ocupadas o bien ocupando más intensivamente las que ya detentan. En el primer caso, la ampliación puede significar tan solo una ocupación más completa de su territorio o una actitud de invasión del territorio de otras sociedades. En el segundo caso, puede significar la obtención de medios en cantidades superiores a los que necesita, motivando una relación de cooperación interna y con las demás formas de sociedad. De manera que, en el transcurso de la dinámica del espacio vital, las sociedades pueden convivir ya sea en una relación de conflicto, ya sea en una relación de cooperación en la historia.

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Ferdinand Von Richthofen (1833-1905) se divide con Ratzel los honores de la reconstrucción de la geografía alemana. Encabeza una lista de geógrafos en la que se incluye Albrecht Penck (1853-1945) y Walter Penck (1888-1923), padre e hijo. Richthofen y A. Penck, provenientes de la geología, buscan –alrededor de la creación de la versión alemana de la geomorfología– establecer esa reconstrucción tomando como referencia la noción de paisaje de Humboldt. Vimos cómo en esta noción la forma es la referencia de la lectura; el paisaje aparece por su aspecto morfológico como el objeto de la explicación geográfica. La inspiración es la morfología de Goethe, de donde Richthofen toma el nombre de geomorfología, denominación que dará a la nueva forma de geografía que está contribuyendo a crear. De modo que, a pesar de surgir como el estudio geográfico del relieve, la geomorfología se modelará como un estudio del relieve en tanto aspecto del paisaje; como una parte integrada al todo, el relieve es visto dentro y en la medida de las características locales del todo de la superficie terrestre. Este carácter de formar parte de un todo más integrado y que tiene en la forma su categoría por excelencia de descripción y explicación, es un rasgo que surge temprano de la geomorfología para, de allí en adelante, convertirse en el fundamento de toda la geografía alemana. La climatología, la hidrografía, la geografía agraria, cada rama que surge, viene ya formulada en este parámetro que va a convertirse en una especie de paradigma de la nueva geografía alemana. Como es Humboldt la fuente de inspiración –para quien tocaba a la vegetación el papel de la integración holista–, es entonces la biogeografía, y no propiamente la geomorfología, la que al final acabará por establecer la base del concepto alemán del paisaje. Así, toda la generación que seguirá a Richthofen y a los Penck –desde Siegfried Passarge (1867-1958), un geógrafo venido de la medicina, hasta Carl Troll (1889-1975), egresado de biología–, van a tomar el modelo biogeográfico como referencia del concepto de paisaje y del método morfológico, y llevarán a la geografía alemana a institucionalizarse en esa característica. La culminación vino con Otto Schlütter (1872-1959) y Alfred Hettner (1859-1941); Schlütter orientando la geografía del paisaje hacia el sentido de la cultura, y Hettner hacia el de la diferenciación de

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áreas en una especie de retorno a la teorización de la superficie terrestre como un mosaico de paisajes o corología de la individualidad regional de Ritter.

La geografía francesa En geografía, si el siglo xix fue alemán el siglo xx será francés, y el puente de paso va a ser la geografía comparada de Ritter. Reclus es su alumno y Vidal de La Blache su discípulo. Sea como fuera, es de la geografía alemana de donde la francesa tomará su contenido. En su inicio, tal como la geografía alemana, la geografía francesa tendrá vinculaciones con las Sociedades Geográficas. La Sociedad de Geografía de París desempeñó sus actividades de la primera fase hasta el año 1870, promoviendo cursos y estimulando la realización de debates de temas y eventos geográficos, tal como las otras Sociedades de Geografía. Malte-Brun, hijo de un geógrafo de origen danés y autor de una Geografía Universal de gran circulación, ejerce la función de Secretario General de la Sociedad de París, recordando a Ritter, quien fuera Presidente de la Sociedad de Berlín. Así, tal como Ritter, Brun recibe, organiza y divulga los trabajos de geógrafos franceses maduros y en formación, como los de un Élisée Reclus aún poco conocido en 1862, a través de las actividades paraacadémicas de la Sociedad. Sin embargo, solo en las décadas finales del siglo xix tendrá inicio la fase universitaria de la geografía en Francia. Su gran creador será Vidal de La Blache. Hay, así, una geografía francesa que antecede a Vidal, al tiempo que una nueva fase que comienza con él. Reclus es la gran expresión de la fase que precede y verá persistir su influencia en la fase siguiente. Élisée Reclus (1830-1905) es un geógrafo de formación anarquista, condición que lo mantuvo fuera de Francia, en el exilio, la mayor parte de su vida. El primer exilio lo vivió en 1852, debido a su reacción de protesta frente al golpe de Estado de Luis Bonaparte, autoproclamado Napoleón iii. Sin embargo, el período más significativo lo vivió a partir de 1871 como consecuencia de su participación en la Comuna de París, levantamiento del pueblo en medio de la fuga de la burguesía gobernante de la ciudad frente al avance de las tropas alemanas por el territorio francés en el año de 1870,

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cuando estas llegan en 1871 a las puertas de París. Sublevado, el pueblo toma las riendas del gobierno de la ciudad, reorganiza el poder en forma comunitaria y mantiene a París bajo su control por 72 días cuando, aliadas, las tropas francesas y alemanas invaden París y destruyen con enorme violencia el gobierno popular: detienen y eliminan a sus líderes. Entre ellos está Reclus. Presionado por una movilización internacional que exige su liberación, el gobierno francés reconstituido lo expulsa del país, obligándolo a vivir en el exilio hasta su muerte. Toda la obra de Reclus se produce en esta condición de exiliado, buena parte de ella como medio de sobrevivencia. Para ello, Reclus se va a dedicar a escribir itinerarios de orientación de turistas, las famosas Guías Joannes, las primeras de las cuales datan de 1858. Impresionada por la calidad de los textos, la editorial Hachette se propone publicar sus obras científicas, pero a condición de que el autor no exteriorice su filosofía anarquista en esos trabajos. Así, en 1869, Reclus publica La Tierra: descripción de los fenómenos del globo, donde desarrolla su teoría de la naturaleza y plantea su sentencia sobre “el hombre es la naturaleza que toma conciencia de sí misma”, en una concepción de geografía integrada que mantiene la tradición de los fundadores. Entre 1875 y 1894 publica la Nueva Geografía Universal, obra en 19 volúmenes que cubre las distintas regiones del planeta y para cuya redacción recorre los más diversos países, realizando labores de investigación con la ayuda de Peter Kropotkin, particularmente en la autoría de la parte de geografía física de muchos capítulos. Por fin, luego de romper con Hachette, Reclus publica, entre 1905 y 1908, su más importante obra, El Hombre y la tierra, en la que puede exponer sus ideas sin límites. Reclus, sin embargo, fallece en 1905 antes de ver llegar este libro al público. A Paul Vidal de La Blache (1845-1918) corresponderá la tarea de crear la versión académica de la geografía francesa. Esta surge como una reacción nacional frente al fracaso en la guerra, aprovechando la élite francesa para emprender una gran reorganización del Estado y de las instituciones de la sociedad con una serie de medidas, entre ellas, la redivisión regional de Francia y la creación de la universidad en moldes modernos; la geografía de Vidal viene de estas dos fuentes. En 1903, atendiendo a la solicitud de su

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colega historiador Ernest Lavisse, Vidal publica Cuadros de la geografía de Francia, el famoso Tableau, poniendo con ello las bases de la geografía regional francesa. En 1917, en el contexto del clima de la guerra mundial y frente al avance de las tropas aliadas rumbo a Alemania, Vidal publica La Francia del Este, un trabajo de geografía política que permanecerá por largo tiempo desconocido. En 1922, luego de su muerte ocurrida en 1918, se publica su segunda obra capital, Principios de geografía humana, en la que propone las bases de una geografía de la civilización, en una línea del todo diferente a la del libro de 1903 por su visión integrada y muy próxima a un diálogo con la visión antropológica del hecho geográfico, sobre todo, por su concepto clave de género de vida. Toda la evolución de la geografía francesa y la irradiación que la convierte en base de la geografía mundial a lo largo del siglo xx proviene de la acción de los discípulos de Vidal, unos divulgando y sedimentando la concepción regional nacida de las páginas del Tableau; otros buscando seguir una línea sistemática remotamente próxima de los Principios, sin lograr del todo mantener la visión integrada que encontramos en los fundadores y que fue sostenida, bajo una forma más o menos holista, por Vidal, Ratzel y Reclus. Es con muchos de ellos con quienes la tradición vidaliana cede lugar a la fragmentación que dominará la historia de la geografía a partir de la década de 1940, y que perdura hasta hoy.

La geografía estadounidense Una inusitada combinación de la geografía alemana del paisaje y de la geografía francesa de la región atraviesa el Atlántico para formar la geografía estadounidense. Allí van a despuntar Sauer y Hartshorne. Carl Sauer (1889-1975), proveniente de una familia alemana que emigró a Estados Unidos, es el mayor promotor de esa mezcla. De la geografía francesa toma el foco regional, y de la geografía alemana el enfoque morfológico del paisaje, resumiendo ese encuentro en un texto de 1925, La morfología del paisaje. Más tarde, e influenciado por la antropología en franco desarrollo en Estados Unidos, desplaza su discurso en el sentido de la cultura y de su distribución regional, ubicando sus trabajos en las regiones culturales. Su propósito es analizar el paso de los paisajes naturales hacia los paisajes

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humanizados y los efectos de este cambio en los modos de vida y organización de las sociedades comunitarias cuya presencia, aún fuerte en ese tiempo, despierta la atención del pueblo y de la intelectualidad estadounidense. Richard Hartshorne (1899-1992) completa este recorrido trayendo hacia la geografía regional vidaliana la presencia del enfoque neoritteriano de Hettner. Hartshorne lleva a la geografía estadounidense a reubicar su centro de atención en la diferenciación de áreas del concepto hettneriano.

Los canales cruzados de las Sociedades y la academia Sin embargo, no siempre los discursos de las Sociedades y la academia siguen líneas divergentes; con frecuencia son dirigidos a un entrecruzamiento que será responsable de la difusión de toda una ideologización de las corrientes de la geografía, como un discurso de escuelas nacionales. De este modo, se conduce a parte de la geografía académica a vincular las Sociedades y la academia entrelazándolas con las políticas de expansionismo, alejándose así de la tarea de ir al encuentro de la utopía estraboniana del siglo i. Tienen lugar, sobre todo, dos puntos de entrecruzamiento: la creación de cátedras de geografía colonial en las universidades como parte de la institucionalización de la geografía universitaria, y el surgimiento de la versión de la geopolítica que sucederá en esa época. La creación de las cátedras de geografía colonial en el ámbito de las universidades tiene sus orígenes en las de geografía comercial instituidas en el ámbito de las Sociedades de Geografía, durante su segunda fase. La Sociedad de Geografía Comercial, desprendida de la comisión para el estudio de las relaciones exteriores de la Sociedad de Geografía de París, por ejemplo, fue creada en 1873, inaugurando una práctica que se multiplicará por Europa. La primera cátedra de geografía colonial fue creada en 1885, también en Francia, para luego desdoblarse en cátedras de geografía comercial; estas dos disciplinas se propagaron en la enseñanza universitaria de geografía por el continente simultáneamente a la multiplicación de las Sociedades Comerciales. No se trata, sin embargo, de una regla universitaria. La geografía colonial fue creada en Francia por

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Marcel Dubois, uno de los fundadores de la revista Anales de Geografía junto a Vidal, pero sin que este último tuviera vínculo con el primero. Aunque de allí en adelante la disciplina gana cuerpo en el ambiente universitario –estimulada en Francia por la creación en 1889 de la Escuela Nacional de la Francia de Ultramar (École Nationale de la France d’Outre Mer), aún bajo los influjos de la derrota de la guerra de 1870–, ni Vidal ni la mayoría de los académicos seguirá esta trayectoria. Lo mismo puede decirse de Italia, donde la Sociedad Geográfica Italiana, creada en 1868, cumple el mismo papel; o de Alemania, con el Instituto Colonial de Hamburgo, creado en la misma época, con África como centro de atención. Pronto la geografía colonial y la geografía comercial se desdoblan en una geografía tropical, materia de intensas pesquisas académicas y a la que se dedicará una diversidad de revistas especializadas y de donde saldrá una profusa producción de libros y atlas de las colonias en los que el trópico colonial ganará un amplio tratamiento analítico y de sistematización, expresando un movimiento en el que la realización de la Conferencia Internacional de 1876, y su desdoblamiento en la creación de la Asociación Internacional Africana, así como la realización de la Conferencia de Berlín de 1884-1885, son parte integrante. La geopolítica surge como un componente de este cuadro, materializando, con toda claridad, la institucionalidad de esta mezcla. Su función es llevar hacia el Estado y la acción militar la legitimidad del tema y la tarea de realización de una geografía colonial en el ámbito de la relación entre las potencias europeas. Aunque esta fue creada por el jurista sueco Rudolf Kjellen (1884-1926) –quien desarrolla sus ideas en un libro de 1916, El Estado como forma de vida–, es al geógrafo británico Halford Mackinder (1861-1947) a quien corresponde el mejor resumen de su significado. En La Gran Bretaña y los mares británicos, de 1902, Mackinder deja claro a quién se dirige el discurso de la geopolítica, observando lo siguiente: “quien domine el Este de Europa, dominará el corazón del continente; quien domine el corazón del continente, dominará la isla-mundo; y quien domine la isla-mundo, dominará al mundo”. Por el Este europeo Mackinder se refiere a Alemania y, por extensión, a Rusia. La isla-mundo es Inglaterra.

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El auge de esta mezcla se registra en el periodo de la segunda gran guerra. Posteriormente, su sistema institucional y de ideas decae y, prácticamente, se extingue. Ya sea porque la antropología va lentamente sustituyendo la función hasta entonces ejercida por la geografía, o porque la propagación va transformando a la industria en un sistema mundial, el centro de las relaciones internacionales sufre, a partir de los años cincuenta, un gran cambio. La incorporación de los espacios mundiales a los hábitos de consumo de bienes producidos por la fabricación industrial va tomando el lugar de un expansionismo basado en el dominio, puro y simple, de las fuentes brutas de recursos; el conocimiento de los valores culturales distintivos de territorios y pueblos se convierte en la materia prima principal de una nueva forma de expansión. Así, declinan en su importancia tanto las Sociedades de Geografía como la geopolítica, en una pérdida de influencia de la que disfrutaban los conocimientos geográficos y de la que no escapará, igualmente, la geografía académica.

La geografía académica y la geografía marginal El modo en que la geografía se concentró, durante la transición del siglo xix al xx, en la asociación de la ideología de las Sociedades de Geografía y de la geografía colonial –lo que también se veía entonces en el área académica– marcará la forma de entender cómo ocurrió la popularización de la ciencia geográfica. La geografía académica y la enseñanza escolar que sobrevienen, heredan ese cuño pragmático de la geografía comercial, empujando el discurso geográfico y su traducción escolar hacia una visión naturalista y utilitaria. Se estudiará la naturaleza por la influencia que ejerce sobre las actividades prácticas de la producción económica, al hombre por el efecto del prisma demográfico sobre la demanda de consumo y la oferta de mano de obra y, a fin de cuentas, a la economía como la razón final de los estudios, en un sistema estructurado como: N-H-E (Naturaleza-Hombre-Economía). No obstante, seguirá existiendo la geografía del compromiso con el “gran problema de la vida y de la felicidad” de Estrabón, aquí y allá, emergiendo a la superficie en un contrapunto con la geografía académica, tanto como el ejemplo de la visión socialista de Reclus y la puramente académica de Vidal, que impregnan el ambiente

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francés del cambio de siglo, del xix al xx. Un contrapunto que llega por fin a la superficie para dominar los debates del mundo científico de la década de 1970. Las grandes movilizaciones que tienen como telón de fondo la guerra de Vietnam, y la secuencia de catástrofes ambientales que simultáneamente convergen en esa década, sacuden la estabilidad de las estructuras geográficas construidas sobre las bases de la política del expansionismo mundial, de la economía comercial y del industrialismo capitalista, produciendo un momento de intenso debate crítico en el ámbito de la geografía académica con perspectivas de cambio. Alrededor de los años cincuenta, ya se podía vislumbrar un ligero intento de reorientación de la geografía académica entre algunos geógrafos franceses. En general, son geógrafos de formación marxista que buscan dar continuidad a la reactivación del concepto de género de vida de Vidal, a través de su discípulo, Max Sorre, en la década de 1930. Es Pierre George (1902-2005), continuador de los trabajos e ideas de Sorre, el centro de referencia de esa renovación. Es con George que la teoría de la organización geográfica del espacio mundial pierde sus cimientos clásicos: la división natural en continentes. George toma como nueva referencia los sistemas económico-sociales, observando las formas de organización del espacio mundial según los sistemas socialista y capitalista; estos, a su vez, diferenciados en desarrollados y subdesarrollados. La geografía de cada país, incluidas sus condiciones naturales, se organiza de acuerdo a las reglas socioeconómicas de su sistema, lo que pone en el centro de la organización las determinaciones de la historia. La historia determina el modo de relación del hombre con su medio natural. Así, por ejemplo, fueron necesarios años de desarrollo económico-social para que los hombres habitantes del Medio Oriente descubrieran la forma de uso industrial del petróleo y lo incorporaran como fuente de energía y materia prima a su existencia. Con Yves Lacoste, discípulo de George, se da un paso más hacia la ruptura con el naturalismo. De la obra de Lacoste surge el clásico Geografía del subdesarrollo, de 1965, en el cual la clasificación de los países y regiones desarrollados y subdesarrollados, y capitalistas

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y socialistas adquiere un trato más sistemático. El hombre ya no es visto allí según sus diferencias de orden continental, lo que los distingue son sus condiciones económicas y sociales de existencia, emanadas de la capacidad de transformar y distribuir la riqueza surgida de la acción sobre la naturaleza. En el noreste industrial de los Estados Unidos, en el noreste europeo, en el desierto del Sahara, así como en los trópicos de Brasil o en la región de coníferas al sur de Chile, lo que tenemos son hombres viviendo bajo cuadros económico-sociales que los diferencian como afortunados o hambrientos. La determinación de la estructura económico-social de las sociedades es, pues, el sustrato de la geografía en sus diferencias. En los años sesenta este conjunto de nuevas ideas será sistematizado por George, junto a Yves Lacoste, Bernard Kayser y René Guglielmo en el libro La Geografía activa, de 1964. Será este el título que dará nombre al movimiento. El centro de la nueva teoría es el concepto de situación que George define en los términos de la dialéctica de frenos y aceleradores: “una situación es la resultante, en un momento dado –que es, por definición en geografía, el momento presente–, de un conjunto de acciones que se contrarían, se moderan o se refuerzan, y sufren de aceleraciones, frenos o inhibiciones por parte de los elementos durables del medio y de las secuelas de las situaciones anteriores”. Se siente la intención de introducir la contradicción como motor de la dinámica global en la perspectiva del marxismo, por el que George había transitado luego del fin de la guerra, pero esquematizado de un funcionalismo habitual de las formulaciones vidalianas al que George regresa y del que, en el fondo, siempre formó parte. Los estertores de la antigua geografía oficial también conocen, entretanto, su versión renovada, que surge simultáneamente a la geografía activa en la forma de la new geography. Este es un intento de ruptura, en apariencia, más radical, dirigido a abandonar el contenido de los géneros de vida y el formato de corte regional, descartando los principios vidalianos de geografía, bajo el argumento de no ser científicos. Su cuna son los Estados Unidos, de donde se difunde a Inglaterra y de allí al resto del mundo, encontrando declarada oposición de los geógrafos franceses y de los centros mundiales de fuerte raíz vidaliana.

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El presupuesto de la new geography es la organización del espacio según patrones que expresan modelos matemáticos, combinaciones de variables entrelazadas en una constante matemática que se revelan en la forma de las distribuciones del espacio; estas mismas tipologías-modelos, una vez conocidas, se convierten en teoría explicativa de la dinámica geográfica de las distribuciones espaciales. Se prescinde así de la comprensión de sentido –ya sea naturalista o histórica– de los contenidos; se parte del principio de que el fenómeno geográfico es un juego de relaciones proceso-forma en el que el modelo matemático es el contenido. La computadora y el contenido matemático son, de esta manera, la esencia de esta modalidad de geografía; la primera, tomada como instrumento por excelencia de los modelos cuantitativos y, el segundo, como el objetivo del alcance del conocimiento: el trazado del formalismo geométrico de las distribuciones del espacio constituye su objetivo. Esta combinación de modelo cuantitativo y formalismo geométrico coincide con el auge de la participación estadounidense en la guerra de Vietnam, lo que lleva a Yves Lacoste a ver en ella la propia razón de la emergencia de la new geography. En varios textos publicados en la revista Herodoto, dirigida por él, Lacoste demuestra las vinculaciones de la new geography con la elaboración de la cartografía que orienta las acciones militares de Estados Unidos en el territorio de Vietnam; los modelos cuantitativos y el uso de la computadora servirán para mapear las áreas de valor estratégico para el modo de vida geográfico de la población vietnamita, basado en el cultivo del arroz por inundación y, por ello, dependiente del control de los ríos por medio de diques levantados secularmente por el pueblo vietnamita en acciones comunitarias. La cartografía de precisión que esta metodología –meramente formal-cuantitativa, desvinculada de los contenidos natural-sociales efectivos– ofrece a las operaciones militares de aire y tierra, encaja como un guante con sus propósitos de destrucción de la resistencia de las tropas de la guerrilla y de las comunidades a través de contundentes bombardeos de los diques, combinados con la guerra química que introducen al rociar el napalm, un veneno químico tan altamente destructivo como las catástrofes generadas por la ruptura de los diques del curso de los ríos.

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Vuelve así a la memoria, la asociación de las Sociedades Geográficas y el uso de la faceta política que la ciencia geográfica, en forma de geopolítica, ofreciera en la primera mitad del siglo, aprovechando para denunciar la geopolítica de entonces como una deformación introducida por la política expansionista, mostrando en el devenir de la geopolítica el vínculo de las luchas de autodefensa y resistencia de las comunidades del pasado, llamando la atención hacia la necesidad de rescatarla del sentido estatal-militarista que se le daba entonces, reorientando a la propia revista Herodoto en el sentido de ese rescate. El resultado es la publicación, en 1976, del libro La geografía, un arma para la guerra, que al mismo tiempo que dilucida el fundamento epistemológico busca restablecer para la propia geografía el sentido más amplio del significado estraboniano del pasado, marginado e intencionalmente olvidado por la que Lacoste denomina “la geografía de los estados mayores y la geografía de los profesores”, aquel saber de uso político que no debe ser dejado en manos de empresas y militares en una reedición moderna de la geografía comercial, pues antes hay que rescatarlo para llevarlo al seno de las poblaciones de acuerdo a sus necesidades de organización societaria, como en el reciente ejemplo del pueblo vietnamita. Además, hay que considerar el saber universitario –la geografía académica– que, a título de no ser confundida con la geopolítica de connotación expansionista del periodo de guerra se refugia, dice Lacoste, en una neutralidad académica inexistente. En el fondo, Lacoste se suma con este libro –en el que anuncia que es necesario “conocer el espacio para en él organizarse y en él combatir”– a una serie de publicaciones que reaccionan contra las deformaciones cuantitativo-formalistas de la new geography, como Por una geografía nueva de Milton Santos, La justicia social y la ciudad de David Harvey, y Marxismo y Geografía de Massimo Quaini, genéricamente bautizada como geografía radical y geografía crítica, puesto que con ella sus autores recuperan y traspasan las antiguas formulaciones, reeditando, pero bajo una nueva forma, la preocupación de unir el análisis de forma y contenido con el objetivo de llevar la investigación geográfica al conocimiento de la esencia de los modos de vida de la sociedad moderna, tal como antes lo intentara la geografía activa.

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Entre sus efectos está el rescate de la trayectoria iniciada por Estrabón, a la que se adscriben Reclus y otros tantos geógrafos de formación socialista moderna, incluido el propio Lacoste como miembro integrante del movimiento de la geografía activa. Son libros que abren un proceso de renovación que desembocará en el pluralismo de caminos propios del ambiente intelectual de la geografía actual.

II

La epistemología

La larga síntesis de la formación y desarrollo del pensamiento geográfico que hemos hecho, nos parece necesaria para emprender lo que se puede calificar como su crítica epistemológica. Una de las advertencias que hace Milton Santos en Por una geografía nueva, se refiere a la cuestión epistemológica –para él esencial– del objeto. No hay, observa, cómo poder definir la geografía si previamente no se tiene claridad del tema base con el que lidia, reclamando ser el espacio este objeto. Quaini, en el sentido de una amplificación de la escala de profundidad, lleva al espacio hacia el sentido del vínculo ordenador de la integración orgánica de la relación del hombre con el medio, convergiendo hacia la noción de espacio como objeto, pero en la perspectiva de la comprensión de un término de la organización estructural de la relación hombre-medio, en una relación de forma y esencia. Sea como fuere, hay en las diferentes intervenciones que llegan al público desde los años cincuenta la concepción de la geografía como un saber relacionado con la clarividencia del papel estructural de la organización espacial de las sociedades en la historia, presuponiéndose que de allí vendrá la clarificación de todo lo demás en geografía.

La crítica epistemológica Es un hecho que pocas formas de saber lograron la popularidad de la geografía. El mapa y el paisaje, para tomar dos ejemplos, son signos que encontramos formando parte de nuestro lenguaje corriente en los más variados lugares: en las fábricas, en los hogares, en la televisión, en los mítines, en los cuarteles, en las comisarías, en los

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organismos políticos, en las empresas, en las escuelas, en los murales, en las vallas publicitarias de las carreteras. ¿Qué puede estar detrás de tamaña popularidad? Probablemente el hecho de que la geografía forma parte de la vida humana a partir del propio hecho de que todos los días hacemos nuestro recorrido geográfico: de la casa al trabajo, del trabajo a la escuela, de la escuela al trabajo, poniendo a la geografía en la propia intimidad de nuestras condiciones de existencia.

Las prácticas espaciales, los saberes espaciales y la ciencia geográfica Todo en geografía comienza y se resuelve en las prácticas espaciales. En general, las prácticas son actividades que ocurren en el ámbito de la relación inmediata hombre-medio y en el collage de su búsqueda para proveerse de medios de sobrevivencia. De modo que toda relación hombre-medio es una forma de práctica espacial, aunque la recíproca no sea verdadera en forma directa. La práctica espacial se activa inicialmente por las necesidades de vida. Cuando una comunidad humana entra en contacto con el suelo para fines agrícolas, lo que busca es extraer de él lo que este y la propia condición de trabajo del hombre le ofrecen. La propia continuidad de la práctica espacial va llevando al hombre a distinguir los mejores lugares para este cultivo y aquella crianza, la mejor forma y las especies más apropiadas para asociaciones en una policultura local, y cómo ordenar el uso del área para obtener de ella el mejor resultado. La propia práctica espacial va estimulando, también, comparaciones, enseñando al hombre actos de sistematización del cuadro de experiencias, obteniendo, al poco tiempo, niveles de generalización de lo aprendido en forma de conocimientos abstractos. Así, las prácticas espaciales se transforman en saberes espaciales. Devueltos a las prácticas espaciales, de donde vienen y en donde mantienen fijadas sus raíces, los saberes espaciales aumentan su eficiencia: prácticas y saberes se unen y se amplían dialécticamente en la praxis. La incorporación progresiva de áreas de prácticas y saberes nuevos a esta praxis, favorece la ampliación del radio de escala de las comparaciones, generalizaciones y sistematizaciones del conocimiento empírico, llevando a la abstracción a alcanzar niveles

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crecientes de universalidad, con la consecuente transformación de los saberes en ciencia geográfica.

La percepción en geografía La percepción es el aspecto clave de esta relación. Nace en el ámbito de la práctica espacial, provee los elementos que la abstracción mental va a transformar en saber espacial y, luego, en ciencia geográfica. Partamos, por ejemplo, del modo cómo cotidianamente formamos nuestro conocimiento geográfico. Todos residimos en un lugar y tenemos familiares y amigos que residen en otros lugares. Estos diferentes lugares están ligados por calles, avenidas, carreteras. Personas, objetos e ideas fluyen entre estos diferentes lugares, se entrecruzan a través de las arterias que los ponen en comunicación. Se ayudan o se ignoran. Pronto comprendemos que nuestra propia percepción obedece a dimensiones de escala geográfica. De diferentes lugares son extraídos medios que, en diferentes lugares, son transformados en objetos útiles que son intercambiados entre diferentes hombres, de y entre diferentes lugares. Luego, de allí desprendemos que una combinación de lugares y relaciones entre lugares tejen una unidad de espacio, un espacio cuya organización en red forma el modo espacial de existencia de los hombres. Este espacio en red tiene un o una pluralidad de núcleos que reconocemos en el domicilio, en la fábrica o en la escuela, y cuyo conjunto compone nuestro mundo. Estos núcleos de unidad de espacio se yuxtaponen, porque los mismos hombres habitan en diferentes núcleos y estos se amalgaman, porque una escala de unidad de espacio siempre se inscribe en otra de mayor nivel de amplitud, como la familia que se inscribe en la fábrica, que se inscribe en la ciudad, que se inscribe en el país, que se inscribe en el mundo, que se inscribe en el universo. Así, tenemos una realidad de redes de escala compleja y amplia cuya percepción amplificada revela nuestra existencia en la integridad del espacio. Si pasamos de la descripción de la percepción de las cosas singulares hacia la explicación de la comprensión de la estructura de sus relaciones, damos el paso de lo singular hacia lo universal, un paso en el que la percepción se transfigura de dato empírico en discurso geográfico.

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Podemos decir, en consecuencia, que la geografía es un discurso teórico universal que combina la escala más simple de las cosas singulares de la percepción a la más abstracta y compleja de la totalidad del concepto, comprendiendo en su estructura desde las prácticas espaciales y sus saberes, hasta el pensamiento abstracto que es el dominio de la ciencia. He aquí el origen de su popularidad: es una forma de conocimiento que, del todo llega al todo. Un procedimiento que no es tomado de la geografía académica y que reviste una inusitada peculiaridad. En verdad, la mayoría de las personas forma, así sea intuitivamente, un juicio del espacio como forma integrada de la existencia, toda vez que la práctica y la percepción y su conversión en sentido común del saber espacial es lo cotidiano de la vida de todo ser vivo. Esto hace de la geografía un saber del espacio vivido. Un saber con la propiedad de elevar al hombre común de la inmediatez perceptiva a lo mediato más abstracto, sin desligarse de las vivencias. Y, así como en esto reside su peculiaridad –de la que deriva su popularidad– en eso reside, igualmente, su amplio significado ontológico y, por eso, su carácter de saber de efecto ideológico y político.

La apariencia perceptiva, la ideología y la ciencia Si el significado ontológico de la geografía está definido, en sí, en esa peculiaridad de cimentarse en la percepción de las prácticas y saberes espaciales, de allí surge la difícil separación en ella entre lo ideológico y lo científico. Un atributo que así como le permite poder servir para devolver a los hombres a una humanidad resuelta en “sus problemas de vida y de felicidad”, puede servir también para alienarlos de ella. Tal propiedad, que encontramos en cualquier forma de saber, en la geografía asume, sin embargo, un particular significado. Ya advertía Lacoste que aquel saber que habla de lo que por la pura percepción parece obvio, en el fondo es lo que ideológicamente se muestra más peligroso. Así, cuando la geografía académica se decía un “saber tierra-a-tierra” –concibiendo que aquello con lo que lidia es, por demás, evidente–, se entendía que bastaba apenas la percepción, pero en el fondo se escondía que la percepción puede servir a dios o al diablo.

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Nuestra percepción, en realidad, dice lo que queremos que diga. Campo de batalla donde se traba la disputa entre la ideología y la ciencia, la percepción puede confirmar o desdecir lo que se afirma de nuestra realidad. Si el universo de la percepción es la aprehensión de lo aparente de nuestro mundo inmediato de contactos, quien por medio de ella está aprehendiendo es nuestro cuerpo y, siempre habla más alto el decir de nuestra sensibilidad corporal. Su poder de sentir cuando el decir no corresponde al sentido. Dice el pueblo que “las apariencias engañan”, inspirado en lo que las prácticas espaciales y su revelación en los saberes espaciales enseñan cotidianamente. Esto es lo que da a la geografía la propiedad de la proximidad de la inmediatez que se esconde por detrás del espacio vivido. En esto, la geografía se pone a la par con la ideología, comulgando ambas de una inmensa semejanza metodológica. Tanto la ideología como la geografía se valen de lo real-aparente para demostrar la verdad de sus discursos, hacen frente a la inmensa carga empírica de la realidad que lo real-aparente comporta. Es donde, una y otra van a buscar la materia de toda demostración de evidencia sobre una tenue línea fronteriza. En la revelación, los caminos pueden no ser siempre diferentes. Por ello, Marx observó en El Capital que “la ciencia sería innecesaria si toda esencia coincidiera con su apariencia”.

La apariencia y la esencia Ante todo, hay que evidenciar en lo real-concreto del espacio vivido la morada de la esencia. Simplemente, porque, aun hablando el lenguaje de la percepción, el panel del espacio vivido no nos dice por sí mismo la esencia del mundo en que vivimos. La organización de la sociedad no es siempre la que nuestros ojos describen. Hay semejanzas formales y allí reside el detalle que puede diferenciar la geografía de la pura ideología. Sobre la base de este detalle, se puede elaborar toda una concepción lineal de las sociedades humanas, o toda una teoría de la vida social como una forma de lucha tenaz de construcción humana. Esta cuestión constituye lo principal de la teoría del conocimiento. Aunque sea la materia fundamental de toda forma de saber, sin embargo, recibió en la geografía una manera de ser encaminada

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que la atrajo al empirismo y a la neutralidad, hasta hace muy poco vigorosos. Es aquí donde aparece el problema del olvido del papel del concepto. Un elemento cuyo eslabón es el objeto. Milton Santos ya había observado este hiato epistemológico de la geografía. No por casualidad, este será el tema que atravesará las fases de la renovación desde los años cincuenta con la geografía activa y la new geography, y cambiará el centro de los debates en los años setenta. Estudiando la agricultura francesa, Pierre George dirá de Francia que “el capitalismo penetró en todas partes, pero el feudalismo no salió de ninguna”. He allí cómo George ubica la cuestión del tema en la realidad de la sociedad moderna, llamando la atención respecto a la contradicción de esencia que la informa. En pleno siglo xx, dice George, hay aún en el territorio francés algo no enteramente incorporado a la acumulación de capital, la pequeña producción agrícola ampliamente diseminada por el espacio doméstico de Francia en un momento en que el capital intenta organizar, en los moldes del espacio –en redes emergentes como forma de organización–, su proceso de acumulación en la década de 1950. Lo que George pone en evidencia es que, de pronto, el capitalismo descubre también que tiene un problema de “unificación territorial” en Francia. Pero con una singular peculiaridad: si para el capitalismo francés se trata de un problema de economía política del espacio, para el capitalismo alemán el problema espacial era de orden de constitución del Estado. Por eso, la cuestión del espacio vivido como un real-concreto se ubicará para Alemania en un tiempo y bajo una forma y, para Francia, se ubicará en otro tiempo y bajo otra forma. Así, si en aquel tiempo lo hizo de la manera como fue aprehendido por los geógrafos de entonces, en la actualidad será en la forma en que las ondas de renovación de la geografía activa lo aprehenden. En un y en otro momento la esencia se esconde detrás de la apariencia. Con el añadido de que, bajo capas diferentes, la cuestión espacial aparece en el siglo xx en casi todos los países donde la incorporación de segmentos no-capitalistas se confronta vivamente con las formas que el desarrollo capitalista establece como pauta. Llega a parecer natural que la geografía académica se haya convertido en una ciencia atascada en el umbral del salto más allá

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del nivel inmediato de la percepción, considerando los lazos inseparables de las relaciones de la práctica y del saber del espacio que aprehende. Esto no solo por las razones apuntadas por Lacoste, sino considerando la imposibilidad práctica de que una ciencia sea neutra. Hasta para el más común de los hombres, cuando por primera vez posa los ojos en el mundo, lo primero que le salta a la vista es su geografía. Por cierto, la razón viene del alto peso de la presencia de la percepción en ese mirar el mundo, que no es un privilegio solo de los geógrafos. Y el peso corresponde también a la descripción que, en consecuencia, surge. La dificultad es, así, de naturaleza doble. Es en el campo de la percepción donde la ideología se prepara más para su acción de batalla, y es este el nivel del que la geografía debe partir para el alcance necesario de una teoría de la totalidad. Un salto que se muestra difícil, al tiempo que propicio para su aprisionamiento en las redes de la ideología. Esto es lo que llevó a Lacoste a hablar del discurso frecuentemente ingenuo, en apariencia, de la geografía académica y su traducción escolar frente a los hombres y mujeres en el cotidiano día a día de la sociedad capitalista moderna.

Los límites del método El hecho de que la geografía se haya mantenido por largo tiempo descriptiva no es, por lo tanto, una consecuencia de su carácter empírico, pero no haber ido más allá de ese horizonte ha sido una estrategia evidente, propia del interés de mantenerse descriptiva. La traducción de la percepción en discurso de la totalidad varía con el tipo de teoría que la realiza, lo que remite a la relación entre esta y el método que utiliza. Un paralelo entre la forma clásica y la cuantitativa ilustra este problema en geografía. Durante largo tiempo la geografía fue definida como una pura forma de descripción del paisaje. Su tarea consistía en aprehender la morfología del espacio. Lo que significaba esta morfología no estaba claro. Con la emergencia de la geografía teorético-cuantitativa –presentada por sus teóricos como una revolución– se intercambia el paisaje por la geometría en busca de los modelos de organización del espacio.

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El método que las distingue deviene de lo que se objetivaba aprehender. Por eso, variaban entre una y otra los elementos de la teoría. El método viste la ropa que le da la teoría. Concebida como una teoría de lo real-aparente, sea este el paisaje o el modelo geométrico, en ambas versiones la geografía es dirigida a realzar el lugar de lo empírico en sus lecturas; lo que le da una ventaja, pero también una enorme desventaja. Por eso, si en la geografía del paisaje el contenido, natural y/o histórico, es tomado en cuenta como un recurso de explicación de lo formal, en la new geography este es completamente descartado, en nombre de lo innecesario de la teoría; tal es el poder de demostración del conocimiento de la realidad que ella le confiere al modelo matemático. Así entendido, el método de la versión teorético-cuantitativa consiste en una sucesión de pasos cuyo fin es producir un modelo formal. Compilar datos, compararlos, clasificarlos, establecer generalizaciones y, de allí, inferir las tipologías ya implícitas, pero solo evidenciadas entonces en el modelo; tal es el objetivo. Se entiende que son pasos que se pueden resumir en tres etapas sucesivas: la obtención de variables, la formulación de hipótesis y la inferencia de la ley constitutiva y rectora del modelo de distribución del espacio. Este procedimiento metodológico no difiere mucho del de la geografía académica, convertida en dominante en la posguerra. Aquí, la técnica de la correlación cartográfica, no de variables matemáticas, es el principio del método, y la técnica de la clasificación, el punto clave del proceso. La correlación cartográfica supone la recolección de datos de campo, lo que presupone un sentido previo de contenido. Lo que la taxonomía produce es el aspecto formal que el contenido natural o social asume en cada recorte de espacio, forma de un contenido que remite a la diferenciación de modalidades del paisaje de los diferentes costados de la superficie terrestre. En ambos casos, el proceso del método consiste en seleccionar los datos. En la new geography se hace en función del modelo cuantitativo que se escoge conforme a la evidencia de lo real-aparente preestablecido de las hipótesis; en la geografía clásica en función de la naturaleza de las relaciones que sirven de referencia para la elaboración de los mapas temáticos y que, por intermedio de la correlación cartográfica, verá evidenciarse su contenido estructural

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en un grado de cadena de causa-efecto. Por eso, en la geografía clásica la producción del mapa es un punto central de los procedimientos, porque no es raro que se conciba al mapa como la propia representación de lo real; aspecto que desaparece en la new geography en la que el mapa es sustituido por una serie de tablas y gráficos “esotéricos” que, al fin y al cabo, ni los cuantitativos entienden. La estructura relacional remite al formateo del paisaje; razón por la cual, de la correlación se produce la taxonomía. Una vez hecha la clasificación, la ultimación en los mapas sintéticos es una cuestión de técnica de síntesis en tanto producto que se extrae del propio proceso de la correlación, que consiste en la superposición de mapas de temas específicos –como clima, vegetación, relieve, densidad demográfica– y por cuya sobreposición y adecuación de límites de demarcación progresiva se llegará a la síntesis territorial del paisaje. Proceso de método que se repite, en los mismos términos, para la demarcación del mapa de la división regional. Intercámbiese el sentido de contenido de relaciones, de mapas expresivos de la esencia natural-social de los paisajes y de tratamiento teórico de la geografía clásica, y obtendremos la pobreza vegetativa de la new geography. El método variará, pues, entre ellas como una variación de teoría de la geografía. El resultado final expresa, sobre todo, esta diferencia de concepción. Sin embargo, para la geografía clásica la concepción es una búsqueda de la totalidad entendida como la síntesis de los elementos que el todo natural-social encierra; para la new geography es la búsqueda de tipologías, una totalidad restringida de variables tomadas como significativas. Varía así, también, el todo del alcance analítico. Si para la geografía clásica esa es la escala de la relación hombre-medio en el plano de los géneros y modos de vida o de la región, para la new geography es el plano de área o sectorial del modelo-tipo. Esto trae una diferencia de escala y de modelo de complejidad. Solo al nivel de la escala de la región, para un geógrafo vidaliano, y de la diferenciación de áreas para un geógrafo rettneriano, la totalidad puede ser aprehendida en toda su riqueza multivariada. Este parámetro poco importa para la new geography, interesada solo con el nivel nomotético:4 la escala de la totalidad es la 4

ne:

Que enuncia leyes de validez universal o principios generales (RAE, en línea).

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ley gobernante, no la dimensión global de la espacialidad. Para esta, la escala de espacio tiene valor por las variables significativas que el modelo analítico abarca, una de las cuales puede ser, por ejemplo, una estación de gasolina. Asimismo, los geógrafos regionales serán acusados de “singularistas” por los cuantitativos, que tienen su vista presa en los modelos ideales puros.

La concepción truncada del todo Esta acusación se debe a que ellos entienden que la geografía clásica es una ciencia ideográfica, es decir, la propia negación de la cientificidad que solo el perfil nomotético puede dar, y este es presentado como el escogido por la new geography. Se culpa de ello al respeto innecesario y perjudicial de la presencia seminal de Kant en la fundación de la geografía moderna, y a Ritter por mantener el sentido historicista con que impregna el modo de ver lo real del mundo de los hombres. Pero se absuelve a Humboldt, justamente porque se entiende que al prestar sentido sistemático al método geográfico, la geografía se incluye en el universo de las ciencias nomotéticas. En el fondo, está en juego la concepción del todo en geografía, y la manera en que se llega a él por intermedio de lo real-empírico. Para la geografía clásica de extracción alemana, el todo se confunde con la integralidad del paisaje, el método morfológico parte de la forma. Esta es, por definición, una categoría de síntesis; en ella y por medio de ella se manifiesta la unidad de la diversidad de los componentes físicos y humanos del paisaje. Para la geografía de extracción francesa, la noción del todo gana mayor refinamiento teórico con la región vidaliana: la singularidad, la identidad y la personalidad actúan como el punto de coagulación; el concepto, no la forma empírica, por tanto, viene a ofrecerse como el camino para llegar al todo. Muy lejos de este parámetro está la noción abrazada por la new geography, que acusa a la geografía clásica de negar la búsqueda de la ley geográfica, ya sea en el sentido de inversión teórica o en el de la práctica metodológica del análisis de los modelos espaciales. Así, se satisface con ser un holismo generalista y un ideografismo sin poder de fuego científico: la new geography opta por el perfil, flaco de complejidad, del modelo-tipo.

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Falta el pie de apoyo del salto de la percepción sensible que transporte la observación geográfica de lo inmediato hacia el cuadro de escala creciente de complejidad, rumbo a la totalidad que no se desliga de lo empírico. Sea esta totalidad el paisaje o la región, o sea el modelo-tipológico, importa saber ver como forma particular el holismo de la universalidad que la new geography tanto ve y rechaza en la geografía clásica, pero para empobrecerla con el formalismo-cuantitativo que abraza.

La cuestión espacial Fue por no saber dar ese salto que la frontera de la ideología y de la ciencia quedó diluida. Ya sea en la forma del paisaje o región, o sea en la del modelo-tipo, lo que se revela en el problema del método es la crisis de la configuración teórica que lleve a la esencialidad manifiesta en lo vivido de la percepción; en esta versión doble, una más rica y otra más pobre de posibilidades. Por una evidente convergencia, critican la geografía regional tanto los cuantitativos como Lacoste. Se examina de lo que ella puede dar cuenta. El hecho es que se presenta como la cédula de la investigación y del discurso geográfico por excelencia; la región minimiza justamente el alcance de la totalidad real. Así pronto la entenderán los propios vidalianos que, en una crítica dentro del propio vidalismo, afirman que hay siempre una regionalización antes que una región en la dinámica real de los espacios. Lacoste es más enfático al calificarla como un verdadero concepto-obstáculo. Obstáculo para preparar el salto de la percepción a la estructura más íntima de la organización del espacio. Problema para el cual Lacoste ofrece el concepto de espacialidad diferencial, la totalidad que viene del entrecruzamiento de recortes de espacio que él denomina conjuntos espaciales y que el todo se estructura como un conjunto de diferenciados ángulos de observadores, de manera que el paisaje viene a ser lo que revela la subjetividad del ángulo de nuestra observación. En el fondo, se trata de una manera de antagonizar ya sea con el regionalismo restringido o con el cuantitativismo estrecho.

III

La geografía de los hombres concretos

Lo real concreto es el punto donde la percepción lleva a la geografía y donde esta se puede separar de la ideología pura y simple. Si el hombre es una esencialidad diferente en las sociedades comunitarias del pasado y en las sociedades capitalistas del presente, ¿cómo vislumbrar una geografía de lo real-concreto?

El hombre y sus formas geográficas En el capitalismo el proceso del trabajo se define a partir del modo como los hombres configuran entre sí las fuerzas productivas, y la relación de esos hombres con la naturaleza a partir de esa configuración. Una parte de ellos (los trabajadores) solo posee su propia fuerza de trabajo mientras que la otra parte (la burguesía) posee el conjunto de las condiciones materiales de trabajo. Esta diferenciación de los hombres a partir de su posición en relación a la propiedad de las fuerzas productivas determina un proceso de trabajo entre desiguales a favor de los detentadores de los medios de producción. Determina, por lo tanto, relaciones de producción polarizadas en la contradicción de sus principales clases sociales. Toda vez que las relaciones de producción son la base sobre la cuales se sostiene la sociedad, esta contradicción de base afecta a la relación de los hombres entre sí y con la naturaleza, y se convierte en una contradicción estructural de la sociedad entera. El centro geográfico del problema es la relación hombre-medio, y la forma espacial como esta relación existe. La relación hombre-medio bajo el capitalismo se presenta, ante todo, como la contradicción capital-trabajo. En el plano abstracto, los hombres entran

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en relación con la naturaleza para transformarla en productos. En el plano real, el trabajo es un proceso de producción/reproducción de mercancías, pero estas contienen en germen la reproducción ampliada del capital (acumulación del capital). La existencia de los hombres que solo poseen su propia fuerza de trabajo se explica porque esta es una condición necesaria del capitalismo. Para que el capitalismo sea un modo de producción de mercancías y las mercancías posean el germen de la acumulación de capital, es condición necesaria que la reproducción de la existencia humana esté sometida a relaciones mercantiles. Despojando al trabajador del conjunto de los medios materiales de reproducción de su existencia, el capital le quita toda posibilidad de acceso propio a los medios de subsistencia que necesita. Le impone recurrir al mercado y, con ello, que transforme su fuerza de trabajo en mercancía: para obtener los medios de subsistencia el trabajador debe transformar su fuerza de trabajo en medios de compra (salario), vendiéndola en el mercado. En otras palabras, el capital necesita operar una radical separación entre el trabajador y la naturaleza, deshacer sus vínculos orgánicos con ella y sus recursos y, así, separarlos entre sí. Como la producción presupone hombres y naturaleza, la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía se repite, entonces, con la naturaleza. El acceso a la naturaleza y sus recursos debe pasar por las relaciones mercantiles, toda vez que su apropiación por el capital implica la eliminación de su gratuidad natural entre los propios hombres. La incorporación de los hombres y la naturaleza al circuito de las mercancías es la base sobre la cual nace y se expande el capitalismo como condición necesaria y suficiente. Sin embargo, no es la mercancía el objetivo del capital sino la reproducción ampliada de sí mismo en expansión permanente. La universalización de la mercancía, esto es, la transformación de todo en mercancía (hombres y naturaleza en sus variadas formas), solo es necesaria porque la producción de mercancías es el vehículo de la producción de plusvalía, y la realización de esta (su compra-venta) en el lucro es el vehículo de la acumulación; lucro que será reinyectado en el nuevo ciclo de producción de mercancías para la producción de más plusvalía. Sobre esta base, el capitalismo se expandirá a escala planetaria.

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Historia y Naturaleza: la base de la geografía Considerado en su plano más general, el espacio geográfico es lo que Karl Marx (1818-1883) dijo acerca del proceso de trabajo: historización de la naturaleza y naturalización de la historia. Para ello, el capital tiene como condición necesaria la subversión de la geografía precapitalista, dando un nuevo contenido –capitalista– a la relación hombre-medio, que no es otra cosa que el proceso del trabajo, dicho de forma metabólica. Desde la aparición del hombre sobre la faz de la tierra, dice Marx, la historia de los hombres y la historia de la naturaleza se funden y se confunden en un solo y mismo plano. En cada modo de producción, este plano abstracto (abstracto porque es genérico) adquiere su expresión concreta. Pero solo en el modo de producción capitalista este es un plano de separación dicotómica, marcándose una nítida y profunda diferencia entre los modos precapitalista (sociedades naturales) y capitalista (sociedades históricas) de producción. En las sociedades naturales, hombre y naturaleza forman una unidad orgánica, una identidad; en las sociedades históricas, son entes orgánicamente distintos y separados, para usar la expresión de Quaini.

Sociedades naturales versus sociedades históricas En las sociedades naturales, así llamadas porque la tierra es el medio universal de trabajo, la comunidad es la forma de organización, y el carácter comunitario implica e impone la unidad orgánica entre el hombre y la naturaleza como forma de relación. El ritmo del trabajo y de la vida de los hombres repite el ritmo de la naturaleza. El espacio geográfico es el mismo espacio natural. La tierra es la despensa primitiva y el arsenal primitivo. Trabajándola es como adquieren los hombres su sustento y los instrumentos con los que producirán medios de subsistencia y nuevos instrumentos de trabajo. La naturaleza-tierra es la condición de la producción/reproducción de las relaciones entre los hombres, y el comunitarismo controla y vincula hombre y naturaleza en una relación de recíproca pertenencia. En las sociedades capitalistas este vínculo se rompe. Separado el hombre de la naturaleza, el ritmo del trabajo y el ritmo de los

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hombres se hacen diferentes, el ritmo del capital los une. En consecuencia, hombre y naturaleza entran en contradicción con el trabajo convertido en fuente depredadora de ambos, hecho que se profundiza con el aumento de la división capitalista del trabajo y su internacionalización.

Dicotomía hombre-medio: división y alienación del trabajo Naciendo de las entrañas de la disolución de las sociedades naturales, el capital realiza el tránsito del estado de identidad orgánica hacia el de la contradicción; del de la identidad hacia el de la degradación ambiental; del de la pertenencia hacia el de la alienación. Persiguiendo el incremento de la productividad y el bajo costo de la producción como forma de elevación de la tasa de acumulación, el capital profundiza la dicotomía entre el hombre y la naturaleza, ampliándola como base de la alienación del trabajo con la separación entre productores y productos, trabajo intelectual y trabajo manual, trabajo de dirección y trabajo de ejecución, tomando la profundización de la división del trabajo como eje. Rápidamente, la red de la alienación del trabajo se irradia hacia todas las instancias de la sociedad capitalista: se aliena el hombre de la naturaleza, de los productos, del saber, del poder y de los propios hombres. La alienación generalizada se transforma en base de todo el sistema. Si en las sociedades naturales el poder sobre los hombres pasa por el control comunitario de la tierra, bajo el capital pasa por la alienación general del trabajo. Cuanto más se internaliza la alienación en la sociedad, más se consolida el poder del capital sobre el conjunto de la sociedad. Es cuando la ideología interviene, partiendo de la producción en el mundo práctico del espacio de trabajo, tomando como elementos de evidencia las evidencias empíricas del universo de la percepción. Será necesario conferir una “naturalidad” a las relaciones capitalistas de trabajo, ejecutar la estrategia de “dividir para reinar” y llegar a la conciencia de los hombres como si esta fuera una relación normal, pero, sobre todo, darle una elevada eficacia económica. Así es como la geografía asimila y se vuelve un vehículo del “modo capitalista de pensar”, mediante la forma de la geografía

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académica. De este modo, se puede percibir que la dicotomía “geografía física versus geografía humana” –y tantas otras dicotomías que convierten a la geografía en la reproducción más completa del discurso del capital–, es, al mismo tiempo, estructural e ideológica. Ideologizando el mundo de la percepción, el modo capitalista de pensar termina por cambiar la argamasa de la sociedad moderna. Con ella, la racionalidad del capital conferida por el incremento de la eficacia del trabajo hunde, todavía más, el contenido alienado de la relación hombre-medio. Es por ello que nunca en su historia los hombres estuvieron tan separados de la naturaleza; pero nunca más, con ella, son vistos como naturalmente desincorporados.

Alienación y ontología La alienación es, en consecuencia, la forma ontológica del hombre en el capitalismo; el contrapunto de la ontología del hombre comunitario. Es la necesidad de comer, vestir, protegerse e incorporar grados crecientes de bienestar a su existencia, lo que impele a los hombres al trabajo, y el hecho de que son los propios hombres quienes resuelven estas necesidades es lo que hace que el progreso humano sea el fruto del trabajo. Es el consenso popular –el consenso de la percepción–, el que reconoce en el proceso del trabajo la columna que sustenta la evolución y la revolución humana. En el plano abstracto, este proceso puede ser comprendido como transformación de la naturaleza en nuevas formas de medios de vida, más conformes con la utilidad requerida. Así, la naturaleza provee el trigo pero el hombre lo quiere en la forma de pan. Con su trabajo, produce el trigo y lo transforma en pan. En la sociedad no se conoce el plano abstracto porque ella misma es concreción histórica. Profundicemos, sin embargo, en este plano abstracto. La naturaleza se presenta a nuestros ojos bajo distintas formas que se pueden simplificar en dos: la primera naturaleza (la naturaleza natural) y la segunda naturaleza (la naturaleza socializada). En el plano abstracto del que estamos hablando, el proceso del trabajo hace la transformación de la primera naturaleza en segunda, esto es, su socialización. Lo que es forma natural en un determinado

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momento, más adelante es transmutado en una forma social. La naturaleza se preña de trabajo, se historiza, se vuelve parte de la historia de los hombres. Sin embargo, la primera naturaleza se transforma en segunda pero no desaparece: la segunda sigue siendo primera, bajo otra forma. El presupuesto de la naturaleza es, por este proceso, el presupuesto del hombre. El hombre es, él mismo, naturaleza e historia: naturaleza hominizada. La transformación de la naturaleza por el trabajo es también autotransformación del propio hombre, el hombre transformándose a sí mismo en el mismo momento en que transforma a la naturaleza por intermedio de su trabajo, hominizándose junto a la hominización de la naturaleza; hecho cuya consecuencia es que el mismo sea sujeto y objeto de su propia historia. El hombre, en suma, se naturaliza historizando la naturaleza, y se historiza naturalizando la historia. Por esto, dialécticamente, cuanto más crece el poder del hombre sobre la naturaleza mediante el desarrollo científico y técnico, más –en teoría– se libera él de ella al mismo tiempo que más se funden. Tal como ocurre con el todo de la naturaleza, en la naturaleza socializada que el hombre es no desaparece la naturaleza primera. Más bien, cambia en él la forma-naturaleza hacia la forma-social. Realcemos este punto. El proceso de historización de la naturaleza es el mismo proceso histórico de formación de la sociedad. En su plano abstracto, la historia del hombre (historia de la conversión de las formas naturales en formas sociales) puede ser entendida como la historia de la transformación permanente y continuamente ampliada de la naturaleza en sociedad. Frecuentemente, nos olvidamos que el pan que comemos, la ropa que vestimos, el predio que habitamos, el carro que conducimos, las personas que amamos, son formas socializadas, historizadas, de la naturaleza. Del mismo modo, igualmente nos olvidamos de que a partir de un cierto momento en la historia, socializamos la naturaleza utilizando a la misma naturaleza socializada. Las máquinas y construcciones que son ellas mismas segunda naturaleza, se transforman de nuevo en primera naturaleza toda vez que las reincorporamos al ciclo infatigablemente repetitivo de transformación de la naturaleza, esto es, del trabajo.

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Así, la naturaleza está en el hombre y el hombre está en la naturaleza, porque el hombre es producto de la historia natural y la naturaleza es, entonces, condición ontológica de la existencia humana. Pero, como es el trabajo el que verdaderamente está tejiendo la dialéctica de la historia, es él el que hace al hombre estar en la naturaleza y a la naturaleza estar en el hombre según una forma siempre nueva. Y, el trabajo puede ser parte de esta dialéctica porque no es más que un intercambio de materia entre el hombre y la naturaleza; proceso que, al tiempo que funde al hombre con la naturaleza, los recrea. El hombre es el único animal que se autorreproduce con conciencia. La alienación capitalista es exactamente su quiebra.

El contenido capitalista de la naturaleza socializada La producción/reproducción de la existencia humana que está en el centro de la motivación de los hombres para el trabajo, es un proceso que se mueve según las reglas de la naturaleza de las relaciones de producción. El modo de producción del capitalismo tiene una forma propia de hacer esto. Bajo el capitalismo, el trabajo se define como proceso de producción de mercancías y los hombres no comen, no se visten y no habitan si no entran en el colorido mundo de las mercancías. Y la puerta de entrada es su incorporación como fuerza de trabajo al circuito mercantil. El conjunto de los medios de producción, incluida la naturaleza y por extensión los propios productos, pertenece al capitalista. Como la apropiación de las condiciones materiales de trabajo no es un fin en sí, sino un expediente del capital para someter a sus intereses de ampliación a la naturaleza y al conjunto de los hombres –y, como sin fuerza de trabajo no hay producción de mercancías–, el capitalista está siempre interesado en comprar esta mercancía especial en el mercado. Especial, porque solo la fuerza de trabajo puede poner en movimiento los medios de producción y generar mercancías. Es entonces cuando –ya apropiado por el capital– el trabajador se reencontrará con la naturaleza, pero como extraños que recíprocamente no se reconocen. Por ello, el hombre que está entrando en relación con la naturaleza (da igual su forma, si como primera o

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segunda naturaleza), es un hombre cautivo. Un hombre sujeto-objeto del trabajo alienado. La subsistencia, eslabón de la vida convertido en eslabón del cautiverio, se degrada a subexistencia. Nada tiene que ver con la reproducción de vida. El trabajo, instrumento de liberación de la dependencia material, se convirtió en carcelero. Nada en este hombre nos recuerda a aquel del que hablamos líneas atrás, aquel de la ontología comunitaria. ¿Qué contenido histórico tiene la relación hombre-medio en otro contexto de relaciones de producción, por ejemplo, en el modo mercantil simple? Aquí, los hombres productores son los dueños de las fuerzas productivas como un todo, tanto de su fuerza de trabajo como de sus condiciones materiales de trabajo. Se producen valores de uso, no valores de cambio (mercancías) que suplirán, en primera instancia, las necesidades familiares. Los excedentes son colocados en el mercado. La existencia se realiza bajo esta forma autónoma. ¿Dónde está lo concreto entre estos dos modos de producción? En sus formas históricamente diferenciadas de existencia; en la relación visiblemente distinta con las condiciones materiales de existencia; en la forma específica de conexión orgánica entre el hombre y la naturaleza; en la naturaleza de la posesión del producto del trabajo; en la articulación de las relaciones de conjunto. En suma, en las diferencias espacio-formales de la organización geográfica de sus sociedades.

El espacio: la forma y la esencia de lo concreto - geográfico

El proceso del trabajo tiene su materialidad en formas que, al mismo tiempo que de él derivan, a él se revierten, y son generadas con este fin. En sí, hablando de geografía, esta materialidad dialécticamente articulada al proceso del trabajo es el espacio geográfico. Espacio y trabajo permanecen en una relación de apariencia y esencia: el espacio geográfico es la apariencia de que el proceso históricamente concreto del trabajo (la relación concreta hombre-medio) es la esencia. Veamos esto.

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El espacio geográfico El espacio geográfico es la materialidad del proceso del trabajo; es la relación hombre-medio en su expresión históricamente concreta. Es la naturaleza, pero la naturaleza en su vaivén dialéctico: ora la primera naturaleza se transforma en segunda, ora la segunda se revierte en primera, para más allá volver a ser segunda. Es la historia en su perpetuo devenir. Historia en su expresión concreta en una sociedad dada, y espacio como resultante/determinante de esas relaciones. Aclarémoslo. El espacio geográfico es el metabolismo hombre-medio del trabajo en su estado concreto-organizado. Así como el proceso del trabajo se materializa en la máquina, para tomar la máquina como base y punto de apoyo y de allí en adelante nunca más poder realizarse sin ella, así también es él en relación del espacio, solo que como escala de organización: una vez que el proceso de trabajo implica organización, se organiza espacialmente. De allí que podemos decir que el espacio geográfico es la materialidad histórico-concreta del proceso de trabajo. El trabajo estructurado en la forma organizacional que orienta su reproductividad garantiza el estado que requiere tener para repetirse como movimiento productivo de modo continuo e indefinidamente. Porque producción es reproducción, y así como la máquina, el espacio es condición de reproducción. En cualquier forma de sociedad el proceso de trabajo es la transformación de la naturaleza en productos útiles a los hombres. Se producen medios de subsistencia y medios de producción que se destinan a reproducir hombres vivos. Parte de la producción es destinada al consumo humano y parte es reintroducida en el ciclo productivo siguiente; así como los granos del trigo, que en parte son transformados en pan y en parte permanecen como semillas destinadas a la nueva plantación. En el fondo, todos los frutos del trabajo tarde o temprano van a ser consumidos, toda vez que la segunda parte será destinada a un “consumo productivo”, organizada y guardada como “condición de reproducción”, como las simientes del trigo. Pero entre las “condiciones de reproducción” se encuentra también la “naturaleza natural”, que no se origina en el trabajo de alguien y, sin embargo, sin ella no hay producción.

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En esta referencia de organización, la reproducción consiste en que la dinámica productivo-reproductiva se establece en la dependencia de la naturaleza y la calidad de las condiciones materiales de trabajo, a ejemplo de la calidad y cantidad de los recursos naturales o de la calidad y cantidad de hombres. Pero, sobre todo, del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Cuanto más alto el nivel y la forma de organización de las fuerzas productivas, mayor será la capacidad de los hombres de extraer productos de la naturaleza con su trabajo. El espacio geográfico es ese cuadro de organización donde los medios de producción disponen la distribución territorial adecuada a la reproducción y encarnan la propia forma cómo la segunda naturaleza se modela como condición de producción. El ejemplo más típico es la división territorial del trabajo, donde la distribución del espacio organiza y orienta todo el movimiento reproductivo de la relación del hombre con la naturaleza en un proceso metabólico de intercambio de fuerzas y cambios de forma.

Espacio y acumulación De este modo, el espacio es una instancia que entra en este movimiento como determinado/determinante. Producido como trabajo, a él retorna como esquema de reproducción. Esencialmente primera naturaleza en las sociedades naturales. Segunda que también es primera naturaleza en las sociedades de alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Materialidad de toda una historia acumulada en la forma de infraestructura que en rendimiento garantiza la continuidad de la historia como proceso creciente de acumulación. Cuando la reproducción se da siempre en las mismas proporciones es simple. Cuando la reproducción se da en proporciones sucesivamente incrementadas, entonces se trata de una reproducción ampliada. Solo hay acumulación cuando la reproducción es ampliada. La reproducción simple es prácticamente un caso teórico, la necesidad de progreso humano da a la reproducción ampliada su carácter concreto.

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Es como acumulado-concreto que el espacio geográfico tiene peso relevante en el proceso de reproducción, sea simple o ampliado. Su estructura será tanto más compleja cuanto más integre una reproducción ampliada y, cuanto más compleja su estructura, más determinante será el efecto que ejerce en la historia de las sociedades.

Espacio y sociedad Una vez que la historia de los hombres es la historia de los hombres y de los espacios geográficos concretos, vemos en el espacio la propia historia. Puesto que es la base de la sociedad, el espacio la dirige en su reproductividad por entero. Con esto, se revela un espléndido recurso de “lectura” de su estructura y movimientos. Lectura que, invariablemente, será hecha por los ojos de quien la hace: “ojos empíricos” u “ojos dialécticos”. Bajo la forma de fábricas, plantaciones, carreteras, construcciones, flujos de producción y de hombres, el espacio geográfico revela, como en una fotografía, el proceso del trabajo. Bajo la forma de la densificación de las fábricas, plantaciones, carreteras, construcciones y flujos, el espacio geográfico revela, como un constructor, los términos y la naturaleza de la acumulación. El espacio es, así, un producto histórico que tiene por consiguiente un contenido histórico: la propia sociedad. No es, entonces, el lugar donde la sociedad se aloja –como una ciudad enclavada en el fondo de un valle–, toda vez que la historia de los hombres ocurre en la superficie de la Tierra. Tampoco es como un reflejo de la sociedad y de la historia. No es receptáculo o espejo. El espacio es la sociedad por el simple hecho de que los hombres producen su existencia produciendo el espacio. Es la sociedad porque es condición de existencia de los hombres en la historia. El hecho es que el espacio es el tiempo histórico real. No el tiempo-fecha. La noción kantiana de tiempo como lugar de la historia y de espacio como lugar de la geografía, promoviendo la separación entre tiempo y espacio, y entre historia y geografía, es una ambigüedad que llevó a Michel Foucault a designarlo como un espacio congelado. Ahora, así como el tiempo histórico no es el tiempo del

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reloj (tiempo-fecha, tiempo sideral), el espacio geográfico no es el espacio de las coordenadas geográficas. Aunque la historia se amalgama en el calendario y el espacio geográfico se ajusta en la red de coordenadas (latitud y longitud), tiempo y espacio son estructuras de la historia. Propiedades de esta materia llamada realidad social, y son ese contenido. ¿Y cuál es ese contenido? El contenido comunitario en las sociedades naturales; el contenido de clases en las sociedades estratificadas en clases, como en la sociedad capitalista. En este segundo caso, el espacio guarda en su esencia los conflictos que juegan en ofensiva sus clases contradictorias.

Espacio y lucha de clases En una sociedad estructurada en clases, como sucede en la sociedad capitalista, el espacio tiene por contenido las relaciones entre esas clases, y se organiza según estas estructuran sus modos de vida. Como espacio de la existencia de los hombres, en una sociedad dividida en clases sociales el espacio geográfico tiene estampada esta estructura en sus divisiones y en sus distribuciones. Un hecho que el paisaje se encarga de revelar en la vista de un barrio pobre, de un barrio obrero o de uno clase media. Así, la estructura de clases de la sociedad se traduce como un espacio estructurado en clases, cada clase social se define por su espacio propio de existencia. Igualmente, donde los estratos sociales se entrecruzan, las diferencias de clase son espacialmente visibles. La común expresión “póngase en su lugar” –con que el dominante se refiere al dominado en una sociedad de clases– tiene una clara significación espacial. Sin embargo, el propio carácter de dominante-dominado contenido en la metáfora espacial “póngase en su lugar” revela que, antes que una diferenciación, la estructura de clases tiene una base más profunda en la economía política vigente: manifiesta una economía política del espacio. Como las luchas entre las clases se expresan como correlación de fuerzas que puede evolucionar en la dirección de la transformación

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de las estructuras vigentes o en el sentido de reafirmarlas más aún, las clases en lucha hacen todo para traer hacia sí el papel de fuerza orgánica del espacio, en una confrontación de espacio y contra-espacio. Situemos esta teorización en las condiciones concretas del espacio capitalista.

IV

El espacio del capital

Visto según su apariencia, el modo capitalista de producción es un modo de producción de mercancías. La producción de la mercancía, con todo, enmascara la producción de plusvalía. Visto según su apariencia se presenta como un modo de producción basado en el interés de lucro. Pero el lucro es la mera forma que asume la plusvalía tras su realización en la forma de dinero. La mercancía, el lucro y el dinero son las apariencias que asume la plusvalía. El trabajo produce plusvalía produciendo mercancías. La mercancía, por su venta, genera la transformación de la plusvalía en ella contenida, en lucro. El lucro se expresa en forma monetaria y el dinero cierra un ciclo para abrir otro. La plusvalía en su expresión monetaria será reinyectada en la producción (en la forma de compra suplementaria de fuerza de trabajo, objeto y medios de trabajo), para la generación de más plusvalía. Se reproducirá en escala ampliada el ciclo de la reproducción del capital. Esta es la dialéctica del capital, su móvil y objetivo: la acumulación… de capital. El espacio es producto y productor de este movimiento.

El espacio de la producción de plusvalía Al despojar al hombre del conjunto de los medios materiales de existencia cuando se produce la disolución de las sociedades comunitarias en la sociedad capitalista que vemos, el capitalismo no busca convertirlo en mercancía para convertirlo en consumidor de mercancía, pero lo somete a la producción de plusvalía para la acumulación de capital, cosa que no haría si él pudiera obtener sus medios

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de subsistencia con medios propios de trabajo. Para el capital, los hombres solo existen en tanto hombres para el capital. El trabajo solo es productivo si es trabajo productor de plusvalía; trabajo que no genera plusvalía es trabajo improductivo. La plusvalía es el trabajo no pagado, el trabajo que excede al equivalente del valor de la reproducción del trabajador pagado como salario. Expliquémoslo. Supongamos un tiempo de trabajo de ocho horas/día. En estas ocho horas el proletario deberá producir mercancías. En una parte de la jornada de trabajo el proletario producirá una cantidad de mercancías que, puestas a la venta, iguala al monto de su salario. Digamos cuatro horas. En las cuatro horas restantes producirá una cantidad que excede el monto del salario que acabó de reproducir y del cual el capital se apropia. Es la plusvalía. Al vender la totalidad de las mercancías que el proletario produjo en la jornada de ocho horas, el capitalista tendrá, de retorno, los gastos habidos en la producción y una cantidad suplementaria de dinero –su lucro– que es la plusvalía transformada en dinero adicional. Con este dinero suplementario el capitalista compra fuerza de trabajo y medios de producción suplementarios, para obtener la reproducción ampliada del capital en forma permanente. Por lo tanto, el salario es el pago parcial de la jornada laboral del obrero, con el cual este se proveerá en el mercado de los medios de subsistencia que necesita para reproducirse como hombre vivo. El salario es el precio de la reproducción de su existencia. Para que su nivel quede siempre en los límites de la subsistencia, el capital crea en las ciudades un “ejército industrial de reserva”. Con esto, el salario se vuelve, meramente, el precio de la reproducción de la fuerza de trabajo del obrero que se convertirá en eterno vendedor de la misma. Para elevar su nivel salarial, el obrero tiene que apropiarse de parte del trabajo excedente en la forma de más salario, y es en torno de la búsqueda de este incremento que se darán los primeros choques entre el capital y el trabajo. Para producir plusvalía, garantizar su apropiación y realizarla, el capital crea el espacio geográfico apropiado: el espacio del capital. La clave de la organización de este espacio es la división territorial del trabajo.

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Todos tenemos la imagen de la escena del film Tiempos modernos, en la que Charles Chaplin aparece a un ritmo alucinante de trabajo, apretando con una llave inglesa tuercas de piezas combinadas que pasan frente a él sobre una cinta rodante. El enloquecimiento de Chaplin manifiesta la rebeldía del trabajador a la alienación extrema de su trabajo. Chaplin-obrero es parte de un engranaje monstruosamente mayor a su trabajo parcial. La misma escena mostrada en escala ampliada dimensiona una división fabril del trabajo del que el personaje es una insignificante parcela. Aunque lo perciba, se le escapa por completo el dominio del conjunto de los medios de producción, del saber y del poder. La espacialización de la división fabril del trabajo dentro de la fábrica o en la escala del sistema industrial acompaña el nacimiento y expansión del capitalismo moderno. El capitalismo nace destruyendo la pequeña producción artesanal y campesina para concentrar la producción y los hombres en la manufactura que, a su vez, más tarde será destruida para dar lugar a un espacio aún más centralizado y concentrado, y a una división territorial capitalista del trabajo aún más densa y ampliada, acrecentando la determinación de la economía política del espacio. El espacio del capital es, de este modo, y a un mismo tiempo, relación económica y de poder –economía y política–; el poder económico que el capitalista ejerce sobre su fábrica y que prescribe como mando político sobre el todo de la sociedad.

El espacio de la realización de plusvalía La plusvalía no se convierte en lucro y en acumulación de capital sin la venta de la mercancía. Para que haya acumulación, el capital debe unir la esfera de la producción con la esfera de la circulación. El interés del capitalista individual extrapola, entonces, el control exclusivo de su fábrica, y se une al interés del colectivo de los capitalistas. El espacio del capital extrapola el espacio fabril y se convierte, ahora, en el espacio ilimitado de los intercambios en el mercado. Puede ser su límite el mercado circunvecino, el mercado regional, el mercado nacional o el mercado mundial. Pero si para el colectivo de los capitalistas el nivel de la relación con los trabajadores es un espacio político donde impera el consenso, el nivel de la circulación es el del enfrentamiento por el mercado.

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Del espacio de plusvalía absoluta al espacio de plusvalía relativa Las dimensiones orgánicas del poder en el plano de la composición de la esfera individual de la fábrica con el conjunto de la esfera de la circulación, moviliza y envuelve la presencia del Estado, cuya interferencia amplifica la escala de la transformación en poder político del poder de la economía. Es un cuadro que varía espacialmente según el estadio del desarrollo histórico del capitalismo en fase de plusvalía absoluta y fase de plusvalía relativa. Esto es también espacialmente visible. La fase del desarrollo del capitalismo que tiene la plusvalía absoluta como forma de plusvalía se caracteriza por la separación y progresiva fusión de los espacios de producción y de apropiación de plusvalía. En tanto que la plusvalía sea un excedente generado dentro de la pequeña producción mercantil (producción doméstica y artesanal), el espacio de producción y el de circulación estarán disociados. Aquí, el capital mercantil es un dato externo al proceso productivo y captura el excedente por los mecanismos indirectos de la circulación. La acumulación monetaria que se desarrolla por vía de esta subsunción formal (de la hegemonía indirecta del capital mercantil sobre la producción), prontamente, sin embargo, dará origen a la manufactura, proveniente de la destrucción paulatina de la pequeña producción. Con la manufactura, un número creciente de trabajadores se reúne en un mismo espacio bajo el control directo del capital recién nacido: el capital industrial. La manufactura marca, entonces, el inicio del paso hacia la fase del control directo del capital (industrial) sobre la producción (subsunción real), cuando el espacio de producción y el espacio de circulación de la plusvalía se funden en uno solo, lo que sucederá más tarde con la revolución industrial. Sin embargo, mientras coexistan en el sistema productivo la producción manufacturera y la pequeña producción mercantil, el control del capital sobre el conjunto de la sociedad no será aún integral; este solamente surgirá con la aparición de la plusvalía relativa. La presión del proletariado por mejores condiciones de vida y de trabajo, y la competencia entre los capitalistas por el mercado son dos frentes de lucha de clases que empujarán al capitalismo por ese rumbo. Bajo esta doble presión, cada capitalista buscará forzar

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al máximo la productividad del trabajo. Pero, hay un límite, aún no traspasado, para que esta elevación se vuelva continua y acelerada: la insuficiencia del nivel de las fuerzas productivas capitalistas. Esta barrera será derrumbada con el salto cualitativo que ocurre en la división del trabajo con el surgimiento del sector de producción de los medios de producción. El capital forja el surgimiento de las fuerzas productivas capitalistas que los historiadores registran como revolución industrial, en la que la productividad del trabajo sube hacia el conjunto de la sociedad, una vez que los medios de producción acaban saliendo del sistema fabril expandiéndose sobre todo el sistema productor de la sociedad, esto es, en la dirección de la agricultura y de los espacios situados aún fuera del circuito mercantil capitalista. Para forjar esta difusión, el capital promoverá la separación de los pequeños productores de sus medios de producción. La expropiación de tierras al campesinado se torna vertical y su proletarización horizontal sobre el espacio. El acelerado crecimiento económico que agilizará este proceso de expansión de las relaciones capitalistas sobre el espacio –desvinculando orgánicamente al hombre de sus lazos con las condiciones materiales de trabajo, expropiando la tierra al campesinado y los medios de producción a los artesanos– obliga la concentración de los hombres en la fortaleza del capital: la ciudad. El espacio concentrado que se inicia con la destrucción de la pequeña producción por la manufactura, ahora se completa. El campo se vacía y las ciudades crecen y se multiplican. Entre la fase de la plusvalía absoluta y la de la plusvalía relativa lo que sucede es la integración de la hegemonía del capital sobre los hombres y la naturaleza, sobre todos los hombres y sobre la superficie de la Tierra. Es la distribución espacial en creciente densificación de capital fijo: instalaciones fabriles, usinas de energía, vías de transporte y comunicaciones, equipamientos productivos de todo tipo; o en creciente densificación de flujos de capital constante, es decir, fuerza de trabajo y materias primas. Es la pura expresión empírica del espacio del capital.

Espacio del monopolio: la geografía de la “ley tendencial” De la profundización de la división del trabajo resulta el surgimiento de las fuerzas productivas capitalistas. Al alcanzar esta etapa, el

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capital amplía su base material, pero dilata el ámbito de sus propias contradicciones estructurales. Así, el crecimiento pedirá más crecimiento como forma de contrarrestar el grado ampliado de las tensiones. El capitalismo necesitará crecer más allá de sus fronteras y sus niveles cualitativos. En el plano del proceso de trabajo, la expansión capitalista se traduce como elevación constante de la composición orgánica del capital, esto es, un crecimiento mayor del ritmo de empleo de máquinas que del ritmo de empleo de obreros. Toda vez que la plusvalía es el origen del lucro, y que es el obrero y no la máquina quien produce plusvalía, tiende a haber una declinación continua de la tasa de lucro. Esto no ocurre, sin embargo, debido a que el proceso que genera la tendencia de declinación produce, junto a esta, sus propias formas de contra-tendencia. Una de ellas es la concentración de la producción en carácter monopólico; una segunda es la fusión de los monopolios industriales y bancarios que promueve el nacimiento del capital financiero; una tercera es la exportación de capitales (de la que es ilustrativa la expansión ferroviaria en escala mundial); una cuarta es la integración de la producción agrícola a la industrial que empuja hacia abajo la reproducción de la fuerza de trabajo (plusvalía relativa) y hacia arriba la tasa de plusvalía; una quinta es el deterioro de la calidad del producto para acelerar la velocidad de los intercambios; una sexta es la expansión del circuito mercantil hacia la periferia del capitalismo; una séptima es la socialización, vía acción del Estado, de los gastos de inversión en capital fijo. Es cuando el capitalismo transita de la fase competitiva a la fase monopólica, entrando en la fase imperialista.

Espacio y poder El control político del espacio geográfico para encuadrar la producción de plusvalía –elemento clave en todas las fases del capitalismo– garantiza el control de su apropiación y promueve su realización en el lucro. Así, bajo el capitalismo monopólico, el control político del espacio geográfico adquiere una importancia crucial. De este modo vemos nacer los espacios cautivos al estilo de los organismos que reúnen al empresariado a nivel mundial con la función de hacer

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acuerdos globales. Organismos que son una reedición actual de aquellos que existían en el tiempo de las Sociedades de Geografía del pasado. El mejor ejemplo es el Foro Económico Mundial, organismo que reúne regularmente, todos los años, a las 200 más grandes empresas monopólicas a nivel mundial, con la función de regular las relaciones internacionales y evitar los desaciertos del pasado. Del control monopólico del espacio deriva el control económico y político de las relaciones internacionales y la garantía de la acumulación monopólica ante las disputas de mercado entre los propios consorcios internacionales y ante el movimiento obrero que, cada tanto, ensaya recrear la Internacional de los Trabajadores, hace tiempo disuelta. Así, la globalización amplifica el carácter político del espacio geográfico. La globalización del capital cierra el largo ciclo que se inicia con la creación de las manufacturas, se desdobla en la revolución industrial, pasa por la fase del expansionismo y de las dos grandes guerras que él mismo provoca, y culmina con la dominación del mundo por un puñado de empresas transnacionales.

V

La geografía: ¿qué es?, ¿para qué sirve?, ¿a quién sirve?

Monopólico sobre el espacio geográfico, el capital controla a los hombres y a la naturaleza para convertirlos en hombres y naturaleza para el capital a escala global. Mediando la relación hombre-medio y creciendo a través de ella, el capital teje la geografía de los hombres concretos de nuestro tiempo histórico. Es una geografía de la alienación, que degrada al hombre y a la naturaleza, expresando sus contradicciones como crisis ecológica, crisis energética, crisis alimentaria, crisis ética, segregación espacial, manipulación de la democracia, obsolescencia planificada. Y al buscar resolver estas crisis, aumenta más la escasez, para forjar necesidades nuevas y renovar las viejas, subordinando la existencia de los hombres y los movimientos de la naturaleza al circuito generalizado de las mercancías. El hecho es que el capital nace en la historia subvirtiendo el modo de vida comunitario de los hombres en base a la disolución de sus relaciones, para reconstruirlas dependientes de su mundo mercantil. Así, alienada, la existencia humana se reproduce al ritmo de la reproducción del capital. La mercantilización de lo verde, del ocio y del aire puro –obtenidas en diferentes escalas de retazos de espacio y ofrecida bajo alardes propagandísticos, como la venta de calidad de vida– ilustra el grado de separación del hombre y la naturaleza.

Geografía de la alienación En ese rumbo, el comportamiento del hombre se individualiza y la individualización alcanza a los hombres en las clases sociales en las

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que el parasitismo del capital se encuentra más inmerso. En esas clases sociales el individuo se siente sometido a un aislamiento creciente en su relación con los otros individuos, y la unidad de los hombres se hace pedazos en el justo momento en que las aglomeraciones urbanas prácticamente extinguen las distancias físicas y en el que la profundización de la división territorial del trabajo los torna más interdependientes. La estrategia del capital de quebrar los vínculos orgánicos para reinar se intensifica en el espacio del monopolio. El espacio geográfico construido por el capital monopólico dimensiona la alienación del trabajo y del hombre a una escala de percepción planetaria. Los anuncios de los carteles publicitarios son los mismos en todos los lugares, y la televisión transmite las imágenes simultáneamente de un lugar a otro, dándonos la medida de la modelización del consumo y de los comportamientos. Ya no existen noticias y acontecimientos de alcance local. El espacio-red los impide.

Geografía de la des-alienación Pero la geografía que aliena es la misma que denuncia la alienación. Sirviendo a la estrategia de la alienación humana, la geografía es, también, la medida de su comprensión, el punto de partida en la dirección opuesta de las prácticas y la percepción que la acompañan. Es, como muestra el poema de Vinicius de Moraes El obrero en construcción, cuando el trabajador es tocado por la conciencia de la materialidad de su trabajo en los objetos espaciales de su espacio vivido: Pero él desconocía Este hecho extraordinario: Que el obrero hace la cosa Y la cosa hace al obrero. De manera que, cierto día Sentado a la mesa, al cortar el pan El obrero fue poseído De una súbita emoción Al constatar asombrado Que todo en aquella mesa

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–botella, plato, cuchillo– Era él quien los hacía Él, humilde obrero Un obrero en construcción Miró alrededor: escudilla, Banco, catre, caldero, Vidrio, pared, ventana, ¡Casa, ciudad, nación! Todo, todo lo que existía Era él quien lo hacía Un obrero que sabía Ejercer su profesión. El obrero en construcción, el humilde peón de obras, se reencuentra con su trabajo y, como por arte de magia, “salta hacia dentro de la vida”, como en Muerte y vida Severina, de João Cabral de Melo Neto, así sucede todos los días en las barriadas de Recife. De la materialidad del trabajo, nace la conciencia obrera: Y dentro de la tarde mansa Se agigantó la razón De un hombre pobre y olvidado Razón que no impidió que convirtiera En obrero construido Al obrero en construcción. Aquel paisaje que el obrero de Vinicius vivenciara todos los días, se revela como algo fantástico para él, rostro a escala del descubierto origen de lo que veía en sí mismo, en su propia práctica espacial. Súbitamente, el plato cambia a “casa, ciudad, nación”, y se reúnen en su cabeza todas las partes estratégicamente separadas de su inmediata percepción por el capital para alienarlo de los frutos de su trabajo. El todo desintegrado, se reintegra en toda su entereza dialéctica y escala en la cabeza del obrero, a través del hilo conductor de su trabajo. El itinerario del plato a la nación, de lo singular de la percepción a lo universal del pensamiento, restablece al nivel de la conciencia del obrero la unidad orgánica del trabajo manual y del

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trabajo intelectual, del trabajo de ejecución al trabajo de dirección, en suma, del hombre y de la naturaleza. Y, está dado en la conciencia obrera el tránsito hacia la reconstrucción. Si es del trabajo que nace el pan, la botella, el plato, el cuchillo, la escudilla, el banco, el catre, el caldero, el vidrio, la ventana, la casa, la ciudad, la nación, nace también la posibilidad de su poder sobre el patrón. Mas la reunificación del saber y del poder espacial en las manos de quien los produce es la condición necesaria para la retotalización orgánica de todos los hombres, rumbo a la realización del “problema de la vida y la felicidad”, tal como proclamaba Estrabón. Que se dé, entonces, el salto más elevado del obrero en construcción hacia una sociedad sin dominadores ni dominados y construida por él para él. De una geografía de hombres para el capital, hacia una geografía de los hombres para sí mismos. La geografía es la medida de los hombres concretos. Mas si son los hombres quienes hacen la geografía, entonces, pueden ellos hacerla para sí mismos.

Orientaciones bibliográficas

El pensamiento geográfico vive un periodo de gran liberación de la imagen que por tanto tiempo aisló la geografía “de los hombres profundamente interesados en el gran problema de la vida y la felicidad”, con los que el griego Estrabón la identificó al crearla en el siglo i. Algunos libros cuentan esta historia. Otros tejen la crítica de sus fundamentos, y otros más intentan rescatarla del fondo del olvido. Una referencia para el estudio de las Sociedades de Geografía es Filosofía y ciencia en la geografía contemporánea, de Horacio Capel (Barcelona, Barcanova, 1982) que dedica toda la segunda parte del libro al tema. El lector encontrará un detallado estudio de la historia general de la evolución de la geografía desde la antigüedad hasta los días contemporáneos en Los horizontes de la geografía, de José Ortega Valcárcel (Barcelona, Ariel, 2000). Por otra parte, la mejor crítica de los fundamentos epistemológicos aún sigue siendo La geografía: un arma para la guerra, de Yves Lacoste (Barcelona, Anagrama, 1990). Hay una excelente edición resumida, La geografía, publicada en el volumen 7, Filosofía de las ciencias sociales, de Historia de la Filosofía, ideas, doctrinas, organizada por François Chatelet, publicación de Zahar Editores (Río de Janeiro, 1974). Siempre será útil el conjunto de estudios de asuntos y cuestiones teóricas relacionados críticamente en Propósitos y naturaleza de la geografía, de Richard Hartshorne, de la Hucitec - Edusp (São Paulo, 1978). Así como lo que puede ser tomado, por su actualización para el momento presente, es lo que encontramos en Geografías posmodernas: la reafirmación del espacio en la teoría social crítica, de David Harvey, de la Annablume Editora (São Paulo, 2005).

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Finalmente, el lector puede profundizar la temática aquí tratada en ¿Hacia dónde va el pensamiento geográfico?, de 2006, y en la trilogía El pensamiento geográfico brasilero, de 2007-2008. Así como en Pensar y ser en Geografía, de 2007, y en Geografía y Praxis de 2012, todos de nuestra autoría y publicados por Contexto (São Paulo).

Sobre el autor

Ruy Moreira (Río de Janeiro, 1941) es doctor en Geografía Humana por la Universidad de São Paulo (1994) y doctor Honoris Causa por la Universidad Estatal de Ceará (2016). Es docente permanente de los cursos de postgrado en Geografía de la Universidad Federal Fluminense y de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Académicamente, su interés investigativo se centra en la formulación de la teoría general y abstracta (método, epistemología y ontología) de la geografía y en la teoría real-concreta de la organización geográfica de la formación espacial brasileña. Moreira es considerado como una de las figuras más influyentes de la llamada “geografía crítica”, con una importante participación en el movimiento marxista de renovación de la geografía brasileña en los años ochenta. Presidió la Asociación de Geógrafos Brasileños entre 1980 y 1982. Ha publicado cerca de una decena de libros, entre los que destacan: A geografia do espaço-mundo. Conflitos e superaçoes no espaço do capital (2016); Formaçao espacial brasileira. Uma contribuçao crítica à geografia do Brasil (2012); O pensamento geográfico brasileiro (3 vol.) (2008, 2009 y 2010); Formação do Espaço Agrário Brasileiro (1990); O que é Geografia (1981); y O Discurso do Avesso. Para a crítica da Geografia que se ensina (1987).

Este libro se terminó de imprimir en el mes de abril de 2017, en los talleres de Cerro Azul s.r.l., en La Paz (Bolivia).