Paisaje de la mañana. Esbozo para un curso de literatura infantil peruana 9789972454547

Co consta en la dedicatoria, el trabajo está destinado principalmente a los maestros y maestras de nuestras escuelas. Of

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Paisaje de la mañana. Esbozo para un curso de literatura infantil peruana
 9789972454547

Table of contents :
PRESENTACIÓN 15
PRÓLOGO 25
Por una literatura infantil de alto nivel artístico 27
Diálogo con Jesús Cabel
PRIMERA UNIDAD 37
NOCIONES PREVIAS
Referencias en torno al texto literario 39
El lenguaje literario 45
Estudios clásicos de la crítica literaria en el Perú 47
Acercamientos a la literatura infantil peruana 53
El canon literario 63
Conciencia de lo nacional 67
El carácter unitario 71
Literatura oral y literatura infantil 75
Otros ámbitos de la literatura infantil 79
La función de las editoriales 91
LECTURAS EJEMPLARES 1 103
Consideraciones generales, de José de la Riva Agüero 105
Nota preliminar, de Ventura García Calderón 109
La literatura de la Colonia, de José Carlos Mariátegui 113
Indios, españoles y los demás, de Luis Alberto Sánchez 1198
Jorge Eslava
Carta a Fernando Lecaros, de Jorge Basadre 125
El niño en la literatura, de María Wiesse 127
Prólogo para el niño, de Sebastián Salazar Bondy 133
La literatura peruana: totalidad contradictoria, 137
de Antonio Cornejo Polar
SEGUNDA UNIDAD 141
ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Fuentes prehispánicas y literatura de la Colonia 143
Autores representativos y sus obras
Juan Díez de Betanzos 149
Pedro Cieza de León 150
Cristóbal de Molina 151
Pedro Sarmiento de Gamboa 151
Felipe Guamán Poma de Ayala 152
Inca Garcilaso de la Vega 153
Francisco de Ávila 154
Bernabé Cobo 154
Un caso singular
Jorge Basadre 155
LECTURAS EJEMPLARES 2 157
Leyenda de los hermanos Ayar, de Juan Díez de Betanzos 159
De cómo Viracocha Inca tiró una piedra de fuego…,
de Pedro Cieza de León 165
Fábula del origen de los Ingas del Cuzco,
de Pedro Sarmiento de Gamboa 167
Una huaca llamada Cavillaca, de Francisco de Ávila 175
Historia de Pedro Serrano y Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo,
del Inca Garcilaso de la Vega 177
Los hechiceros comunes, de Felipe Guamán Poma de Ayala 187
Fábula de las guacamayas, de Cristóbal de Molina 1919
Paisaje de la maÑana / Índice
Del origen fabuloso de los Incas, de Bernabé Cobo 193
Narraciones y cantos quechuas, recopilados por Jorge Basadre 199
TERCERA UNIDAD 213
BASES LITERARIAS
Literatura de la Emancipación y de la República 215
Autores representativos y sus obras
Mariano Melgar 225
Felipe Pardo y Aliaga 226
Ricardo Palma 226
Tres casos singulares
Adolfo Vienrich 227
Arturo Jiménez Borja 228
José María Arguedas 229
LECTURAS EJEMPLARES 3 231
Seis fábulas, de Mariano Melgar 233
Un viaje, de Felipe Pardo y Aliaga 243
La achirana del Inca, Los incas ajedrecistas, 247
La misa negra y El rosal de Rosa, de Ricardo Palma
Fábulas quechuas, compiladas por Adolfo Vienrich 257
El zorro y el cuy, cuento recogido por Arturo Jiménez Borja 265
El sueño del pongo, cuento recogido por José María Arguedas 267
CUARTA UNIDAD 273
PERIODO DE FUNDACIÓN EN NARRATIVA
Primera mitad del siglo XX 275
Autores representativos y sus obras
Abraham Valdelomar 29910
Jorge Eslava
César Vallejo 300
María Wiesse 301
Alida Elguera 302
Angélica Palma 302
José Diez Canseco 303
Ciro Alegría 304
Carlota Carvallo de Núñez 305
Francisco Izquierdo Ríos 306
José Portugal Catacora 307
Teófilo Acuña Figueroa 308
Enriqueta Herrera Grey 308
Manuel Robles Alarcón 309
LECTURAS EJEMPLARES 4 311
El vuelo de los cóndores, de Abraham Valdelomar 313
El vencedor, de César Vallejo 325
El niño robado, de María Wiesse 329
Madrecita, de Alida Elguera 331
La aventura de Pipo, de Angélica Palma 335
Repartición de premios, de José Diez Canseco 343
Cuarzo, de Ciro Alegría 351
El abuelo volador, de Carlota Carvallo de Núñez 357
Ladislao, el flautista, de Francisco Izquierdo Ríos 361
Los exámenes, de José Portugal Catacora 365
Pelota de trapo, de Teófilo Acuña Figueroa 371
Por qué vive el añás debajo de la tierra,
de Enriqueta Herrera Grey 377
¿Quieres que tengan patitas rojas?
Mételos a la candela, de Manuel Robles Alarcón 38311
Paisaje de la maÑana / Índice
QUINTA UNIDAD 389
PERIODO DE FUNDACIÓN EN POESÍA
Primera mitad del siglo XX 391
Autores representativos y sus obras
José María Eguren 409
Luis Valle Goicochea 410
Abraham Arias Larreta 411
Jorge Ortiz Dueñas 412
Mario Florián 413
LECTURAS EJEMPLARES 5 415
Simbólicas, La canción de las figuras, Rondinelas, Visiones de enero
y otros poemas, Últimos poemas, de José María Eguren 417
Las canciones de Rinono y Papagil, El sábado y la casa
al oído de este niño, de Luis Valle Goicochea 427
Rayuelo, de Abraham Arias Larreta 441
Poemas, Jorge Ortiz Dueñas 453
Poemas, Mario Florián 461
SEXTA UNIDAD 467
PERIODO DE AFIRMACIÓN
Segunda mitad del siglo XX 469
Autores representativos y sus obras
Esther M. Allison 497
Javier Sologuren 498
Sebastián Salazar Bondy 499
Rosa Cerna Guardia 499
Carmen Luz Bejarano 500
José Hidalgo 501
Arturo Corcuera 501
Mercedes Eguren 502
Jorge Díaz Herrera 50212
Jorge Eslava
Roberto Rosario 503
José Watanabe 504
Óscar Colchado Lucio 505
Cronwell Jara Jiménez 506
LECTURAS EJEMPLARES 6 507
Las lágrimas de la Virgen, de Esther M. Allison 509
Retornelo, de Javier Sologuren 511
El amigo de las mariposas, de Sebastián Salazar Bondy 515
La niña de las trenzas azules e Informe escolar,
de Rosa Cerna Guardia 525
Tambor de luna, de Carmen Luz Bejarano 531
Una historia de abuelito, de José Hidalgo 535
Noé delirante, de Arturo Corcuera 537
El muñeco de aserrín, de Mercedes Eguren 541
El rey Ogrón y Don Manuel y su amigo
Campeón, de Jorge Díaz Herrera 553
El burrito Jijau, de Roberto Rosario 557
El «canarigallo» que escapó, de José Watanabe 561
Historia de dos loros, de Óscar Colchado Lucio 565
El asno que voló a la luna, de Cronwell Jara 573
EPÍLOGO 583
Un maestro debe conocer profundamente lo que enseña 585
Diálogo con Jéssica Rodríguez López
REFERENCIAS 599
ANEXO. CRONOLOGÍA BÁSICA DE LA LITERATURA PERUANA 613
ÍNDICE ALFABÉTICO DE AUTORES 619

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Paisaje de la mañana. Esbozo para un curso de literatura infantil peruana Primera edición digital: septiembre, 2018 De esta edición: Universidad de Lima Fondo Editorial Av. Javier Prado Este 4600 Urb. Fundo Monterrico Chico, Lima 33, Perú Apartado postal 852, Lima 100, Perú Teléfono: 437-6767, anexo 30131 [email protected] www.ulima.edu.pe Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima Imagen de portada: Ilustración de Felipe Morey, basada en la carátula de la revista Figuritas (Lima, 1 de agosto de 1912, año I, n.° 31)

Versión e-book 2018 Digitalizado y distribuido por Saxo.com Perú S. A. C. https://yopublico.saxo.com/ Teléfono: 51-1-221-9998 Avenida Dos de Mayo 534, Of. 304, Miraflores Lima - Perú Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial. ISBN digital 978-9972-45-454-7

Paisaje de la maÑana / Presentación

Índice

PRESENTACIÓN

15

PRÓLOGO

25

Por una literatura infantil de alto nivel artístico Diálogo con Jesús Cabel

27

PRIMERA UNIDAD

37

NOCIONES PREVIAS Referencias en torno al texto literario

39

El lenguaje literario

45





Estudios clásicos de la crítica literaria en el Perú

47

Acercamientos a la literatura infantil peruana

53

El canon literario

63

Conciencia de lo nacional

67

El carácter unitario

71

Literatura oral y literatura infantil

75

Otros ámbitos de la literatura infantil

79

La función de las editoriales

91

LECTURAS EJEMPLARES 1



Consideraciones generales, de José de la Riva Agüero Nota preliminar, de Ventura García Calderón

La literatura de la Colonia, de José Carlos Mariátegui Indios, españoles y los demás, de Luis Alberto Sánchez

103 105 109 113 119

7

Jorge Eslava

Carta a Fernando Lecaros, de Jorge Basadre



El niño en la literatura, de María Wiesse

Prólogo para el niño, de Sebastián Salazar Bondy

125

127 133

La literatura peruana: totalidad contradictoria,

137

de Antonio Cornejo Polar

SEGUNDA UNIDAD



141

ANTECEDENTES HISTÓRICOS Fuentes prehispánicas y literatura de la Colonia

143

Autores representativos y sus obras Juan Díez de Betanzos

149

Pedro Cieza de León

150

Cristóbal de Molina

151

Pedro Sarmiento de Gamboa

151

Felipe Guamán Poma de Ayala

152

Inca Garcilaso de la Vega

153

Francisco de Ávila

154

Bernabé Cobo

154

Un caso singular Jorge Basadre



155

LECTURAS EJEMPLARES 2

157

Leyenda de los hermanos Ayar, de Juan Díez de Betanzos

159

De cómo Viracocha Inca tiró una piedra de fuego…, de Pedro Cieza de León

165

Fábula del origen de los Ingas del Cuzco, de Pedro Sarmiento de Gamboa

167

Una huaca llamada Cavillaca, de Francisco de Ávila

175

del Inca Garcilaso de la Vega

177

Los hechiceros comunes, de Felipe Guamán Poma de Ayala

187

Historia de Pedro Serrano y Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo,

Fábula de las guacamayas, de Cristóbal de Molina

8

191

Paisaje de la maÑana / Índice

Del origen fabuloso de los Incas, de Bernabé Cobo

193

Narraciones y cantos quechuas, recopilados por Jorge Basadre

199

TERCERA UNIDAD

213

BASES LITERARIAS Literatura de la Emancipación y de la República

215

Autores representativos y sus obras Mariano Melgar

225

Felipe Pardo y Aliaga

226

Ricardo Palma



226

Adolfo Vienrich

227

Arturo Jiménez Borja

228

José María Arguedas

229

Tres casos singulares



LECTURAS EJEMPLARES 3

231

Seis fábulas, de Mariano Melgar

233

Un viaje, de Felipe Pardo y Aliaga

243

La achirana del Inca, Los incas ajedrecistas,

247

La misa negra y El rosal de Rosa, de Ricardo Palma Fábulas quechuas, compiladas por Adolfo Vienrich

257

El zorro y el cuy, cuento recogido por Arturo Jiménez Borja

265

El sueño del pongo, cuento recogido por José María Arguedas

267

CUARTA UNIDAD

273

PERIODO DE FUNDACIÓN EN NARRATIVA Primera mitad del siglo XX



275

Autores representativos y sus obras

Abraham Valdelomar



299

9

Jorge Eslava

César Vallejo

300

María Wiesse

301

Alida Elguera

302

Angélica Palma



José Diez Canseco



Ciro Alegría



Carlota Carvallo de Núñez

303 304



Francisco Izquierdo Ríos

302

305

306

José Portugal Catacora

307

Teófilo Acuña Figueroa



308

Enriqueta Herrera Grey



308

Manuel Robles Alarcón



309

LECTURAS EJEMPLARES 4 El vuelo de los cóndores, de Abraham Valdelomar

311



313

El vencedor, de César Vallejo El niño robado, de María Wiesse



Madrecita, de Alida Elguera La aventura de Pipo, de Angélica Palma

325 329



331



Repartición de premios, de José Diez Canseco

335

343

Cuarzo, de Ciro Alegría



351

El abuelo volador, de Carlota Carvallo de Núñez



357

Ladislao, el flautista, de Francisco Izquierdo Ríos

361

Los exámenes, de José Portugal Catacora

365

Pelota de trapo, de Teófilo Acuña Figueroa



371

Por qué vive el añás debajo de la tierra, de Enriqueta Herrera Grey

377

¿Quieres que tengan patitas rojas?

Mételos a la candela, de Manuel Robles Alarcón

10

383

Paisaje de la maÑana / Índice

QUINTA UNIDAD

389

PERIODO DE FUNDACIÓN EN POESÍA Primera mitad del siglo XX Autores representativos y sus obras



391



José María Eguren

409

Luis Valle Goicochea

410

Abraham Arias Larreta

411

Jorge Ortiz Dueñas

412

Mario Florián

413



LECTURAS EJEMPLARES 5

415

Simbólicas, La canción de las figuras, Rondinelas, Visiones de enero y otros poemas, Últimos poemas, de José María Eguren

417

al oído de este niño, de Luis Valle Goicochea



427

Rayuelo, de Abraham Arias Larreta

441

Las canciones de Rinono y Papagil, El sábado y la casa

Poemas, Jorge Ortiz Dueñas

453

Poemas, Mario Florián



461

SEXTA UNIDAD

467

PERIODO DE AFIRMACIÓN Segunda mitad del siglo XX







469

Autores representativos y sus obras Esther M. Allison



497

Javier Sologuren

498

Sebastián Salazar Bondy

499

Rosa Cerna Guardia





499

Carmen Luz Bejarano

500

José Hidalgo



501

Arturo Corcuera



501

Mercedes Eguren Jorge Díaz Herrera



502 502

11

Jorge Eslava

Roberto Rosario



503

José Watanabe

504

Óscar Colchado Lucio

505

Cronwell Jara Jiménez

506

LECTURAS EJEMPLARES 6 Las lágrimas de la Virgen, de Esther M. Allison

507



509

Retornelo, de Javier Sologuren

5 11

El amigo de las mariposas, de Sebastián Salazar Bondy

515

de Rosa Cerna Guardia

525

Tambor de luna, de Carmen Luz Bejarano

531

La niña de las trenzas azules e Informe escolar,

Una historia de abuelito, de José Hidalgo Noé delirante, de Arturo Corcuera

535

537

El muñeco de aserrín, de Mercedes Eguren

541

El rey Ogrón y Don Manuel y su amigo

Campeón, de Jorge Díaz Herrera

553

El burrito Jijau, de Roberto Rosario

557

El «canarigallo» que escapó, de José Watanabe

Historia de dos loros, de Óscar Colchado Lucio

561

El asno que voló a la luna, de Cronwell Jara

565

573

EPÍLOGO

583

Un maestro debe conocer profundamente lo que enseña Diálogo con Jéssica Rodríguez López

585

REFERENCIAS

599

ANEXO. CRONOLOGÍA BÁSICA DE LA LITERATURA PERUANA

613

ÍNDICE ALFABÉTICO DE AUTORES

619

12

Paisaje de la maÑana / Presentación

Para mis colegas de la enseñanza escolar con estos versos de César Vallejo: Confianza en el anteojo, nó en el ojo;

en la escalera, nunca en el peldaño; en el ala, nó en el ave

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

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Jorge Eslava

14

Paisaje de la maÑana / Presentación

PRESENTACIÓN

15

Jorge Eslava

16

Paisaje de la maÑana / Presentación

C

omo consta en la dedicatoria, el trabajo está destinado principalmente a los maestros y maestras de nuestras escuelas. Ofrecimiento que tiene pleno sentido, sobre todo cuando este oficio sobrelleva actualmente un

desdén social que es imprescindible reconciliar. Mis preocupaciones educativas responden, además, a dos razones fundamentales: la convicción de que el estudio de la literatura y su desarrollo sociocultural es compromiso del magisterio —en especial hoy que la lectura ocupa el ojo de la tormenta—, y la gratitud que guardo por una vocación que atiende a las nuevas generaciones de estudiantes y que, en consecuencia, educa el devenir histórico del país. Ser maestra de inicial o profesor de primaria, tal vez tutora de secundaria —sea cual fuera el caso— es un quehacer delicado que exige conocimiento e ímpetu mayores de los que podamos imaginar. No es inopinado que el gran educador de la mitología griega, formador de Aquiles y Teseo, fuera nada menos que un ser fabuloso, ni divino ni humano, sino el noble Quirón, un centauro confinado en su cueva. Recluido para cultivar la música y las letras, el temple del músculo y de la moral, para luego salir a transmitir su íntegra sabiduría. Quizá constituirse como educador consista, en gran medida, en unir las virtudes de cada especie animal: el brío salvaje y la serenidad humana. Es una utopía, qué duda cabe, a la que este libro sustenta de manera modesta. Aferrarnos al afán formativo del docente es nuestro aporte frente al descuido del Estado, a la monumental burocracia del Ministerio de Educación y al exiguo presupuesto del sector. ¿No son acaso los bajos salarios, las bibliotecas escolares fantasmas, la precaria capacitación cultural un agravio para el magisterio? Con sencillez, Paisaje de la mañana pretende dar respuesta a algunas inquietudes que profesores y profesoras tienen en torno a la enseñanza de la literatura infantil. A ratos con desconcierto, a ratos con desaliento.

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Jorge Eslava

Las interrogantes que con mayor frecuencia se hacen los docentes abarcan las nociones básicas del género artístico, los autores representativos, las contiendas con las literaturas foráneas, los temas más convenientes o el desarrollo de la producción literaria en el país. Esta urgencia de conocimiento ha sido develada a causa de un fenómeno cultural inusitado de nuestro sistema educativo nacional: la eclosión de los programas de lectura en el ámbito escolar. Un impulso de aliento empresarial que ha puesto en agenda —frase al uso— una carencia cultural. Ahora los maestros se cuestionan sobre el acto de leer y qué leer, quieren conocer sobre literatura y sus manifestaciones, observar el proceso histórico de nuestra literatura, descubrir nuevos escritores, discernir entre obras de calidad y de consumo. Enhorabuena.

fe Empieza a ser una cicatriz del pasado la indolencia en el campo de la lectura y, más aún, ante el organismo vivo de la literatura. Hoy muchos de nuestros docentes se resisten a aceptar la precariedad de la crítica y las tentaciones del mercadeo editorial; advierten el embuste de ciertas promesas provenientes de empresas o autores, cuyos postulados desestiman la literatura oral, invalidan los textos clásicos bajo el estigma de tristes o pesimistas, excluyen la poesía como género inalcanzable, realzan ciertos valores conservadores y condenan al catálogo de libros prohibidos títulos consagrados que suenan políticamente incorrectos. Es evidente que el Plan Lector del Ministerio de Educación y de las grandes editoriales ha impuesto un régimen de lecturas en las aulas e, incluso, fuera de ellas; se trata, en gran medida, de una voluntad encomiable. Sin embargo, las normas se aplican en colegios públicos y privados con diversa suerte.Y, sobre todo, dependiendo del estrato económico al que pertenezcan. Además seamos sinceros: es la reacción tardía a un cataclismoculturalquepadecemoshacedécadas.Nopodríacalificarladeextemporánea —siempre estaremos a tiempo—, pero tampoco sacralicemos la advertencia de las pruebas PISA, pues nuestro descalabro cultural tiene larga data. Yo no recuerdo lectores en mi barrio ni entre mis compañeros de colegio. Busco una época en que nuestro país haya tenido muchas librerías, suficientes bibliotecas municipales o salas de teatro. O que la lectura haya sido una práctica consustancial ciudadana. No encuentro señales evidentes. Afirmar que antes se leía más, tal vez resulte una idealización del pasado que no comparto, pero lo que mi memoria sí registra es un respeto mayor por la cultura escrita

18

Paisaje de la maÑana / Presentación

—las librerías eran lugares entrañables, las secciones culturales de la prensa estaban escritas con dignidad y las películas las “leíamos” con fervor— y de una superior autoestima del docente. Es indiscutible que hace algunas décadas nuestro magisterio gozaba de mejores condiciones de trabajo y de mayor prestigio profesional. Creo que la comunidad educativa nacional ha desatendido un deber primordial con los maestros y maestras: constituirlos y honrarlos como agentes principales de transformación, más valiosos que el libro impreso y que todo decreto oficial. Qué falacias guardan ahora los discursos institucionales y cuán poca confianza despierta la vocación docente. José María Eguren tiene una bella imagen que podríamos aplicarla a nuestro oficio: “Somos los ojos de diamante que miran desde las ciegas alturas con el afán de cuidar el futuro de una nación”. Quizás sea cierta la creencia de que una vez que cerramos la puerta del aula, los maestros adquirimos mayor transcendencia que el propio ministro.

fe Además de una selección de textos representativos —algunos inhallables—, Paisaje de la mañana contiene múltiples anotaciones tomadas de mis lecturas y de mis

apreciaciones como profesor. Una que otra charla o entrevista y muchos papeles sueltos de mis archivos personales; nada que tenga que ver con la visión de un especialista. Creo que el título del libro me exime, por su carácter sugestivo, de dar mayores explicaciones; prefiero respetar los sentidos que le otorgue el lector. Más bien quisiera detenerme en las significaciones que pudiera inspirar el subtítulo. La palabra esbozo, como ejecución de una obra artística, deviene de la imagen pictórica del título y señala su vocación de dibujo representativo de un proyecto artístico. Este trabajo no constituye, por lo tanto, un estudio acabado ni profundo sobre nuestra literatura infantil y juvenil, es simplemente un proyecto o apunte preparatorio para un curso del género. Adviértase que no uso el término de asignatura o materia, sino curso en la variada acepción que establece el diccionario: tanto como asignatura, itinerario y también continuidad y destino de un proceso. Agradecería que se tomen en cuenta dichos criterios, pues estamos ante una suerte de cuaderno de campo con informaciones y reflexiones literarias, que guardan una secuencia progresiva aunque sin demasiado rigor, como los apuntes que hacemos los profesores y profesoras la

19

Jorge Eslava

noche que nos desvelamos por un tema pendiente o los subrayados camino a la escuela antes de una clase. Quisiera que el espíritu de las anotaciones expresara el propósito mismo del trabajo, para que opere como una guía pedagógica atractiva e incitante. Su estructura, al igual que una programación curricular, está formada por unidades académicas y el lenguaje que empleo es el de un profesor escolar, muy directo y cordial. De modo que el desarrollo de las clases de cada unidad queda en manos del docente. Como además los profesores y profesoras van cargados de libros por los pasillos y cruzan, a duras penas, el patio de recreo, para ahorrarles tiempo y espacio he elegido y organizado en un solo volumen las mejores lecturas referidas a la literatura infantil de nuestro país. La selección de dichas “Lecturas ejemplares” ha evitado consignar textos muy conocidos o de fácil acceso —“Paco Yunque”, de César Vallejo, por ejemplo—, sin obviar en ningún caso a autores indispensables. Lo deseable es que las páginas literarias de cada apartado se analicen a la luz de las consideraciones precedentes; de este modo, pongamos por caso, leer las fábulas y los testimonios de los cronistas Garcilaso Inca de la Vega o Felipe Guamán Poma de Ayala, correspondientes a la Segunda Unidad, supone haber revisado antes los Antecedentes históricos de la unidad. Tal vez convenga explicar la razón de incluir dos largas entrevistas, tanto en la introducción como en el epílogo. Sabemos que la entrevista es una modalidad periodística que ha consagrado el diálogo versado sobre algún tema de interés y que puede llegar al lector de una manera clara y amable. Es lo que he procurado hacer en las conversaciones con Jesús Cabel y Jéssica Rodríguez López; a quienes me he acercado como un profesor de colegio, lleno de curiosidad intelectual, y ansioso por descubrir nuevas formas de compartir la literatura con mis estudiantes. Ambos son maestros, han investigado y escrito sobre literatura infantil, y conocen además los mecanismos secretos del trabajo creativo.

fe

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Paisaje de la maÑana / Presentación

En las Nociones previas de la Primera Unidad intento reflexionar en torno a las características que conforman el texto literario y la literatura dirigida a la infancia, además de delinear algunas propuestas de pensadores peruanos del siglo pasado sobre nuestro proceso literario. Considerar los juicios de Luis Alberto Sánchez, José Carlos Mariátegui o Antonio Cornejo Polar puede sorprender en un libro de esta naturaleza, pero mi aspiración es clara: reconocer el estatuto artístico y social del género infantil y juvenil, integrarlo al corpus de la gran literatura peruana y contribuir a su necesaria difusión. A partir de la Segunda Unidad, hasta la sexta, el criterio de agrupación de autores, obras y movimientos literarios responde a una línea cronológica y a la práctica de un género predominante. En Antecedentes históricos, por ejemplo, las primeras expresiones en verso y prosa se revelan en las crónicas de la Conquista y la Colonia. Autores españoles e indios se reúnen, con desiguales intereses, para entregarnos testimonios de nuestro pasado y deslumbrarnos con una todavía silenciada literatura oral: leyendas, poemas, canciones o fábulas circularon de manera anónima, y reflejaban la vida cotidiana y ceremonial que animaron las culturas prehispánicas. El lector podrá apreciar parte de este manantial en la sección correspondiente a Lecturas ejemplares. La Tercera Unidad aborda un momento crucial de nuestra historia: la crisis de la Independencia que enfrenta violentamente dos tendencias políticas: la sociedad colonial y la sociedad criolla americana. Las nuevas ideas y expresiones literarias, así como el fervor patriótico, encuentran en el romanticismo un impulso de escritores con personalidad propia; los más significativos, Mariano Melgar y Ricardo Palma, quienes con sus fábulas y sus tradiciones inauguran un lector infantil y juvenil en la literatura peruana. Dotada de afanes didácticos, es cierto, pero que consiente la aparición de un sector del público que antes no había recibido atención. La Cuarta y Quinta Unidad ofrecen un mismo periodo histórico —desde las primeras décadas del siglo XX hasta mediados de siglo—, pero apuntan a dos géneros distintos en formación: la narración y la poesía dirigida a los niños y niñas. En estas unidades hallamos un venero de importantes narradores como Abraham Valdelomar o Ciro Alegría, al lado de escritoras como María Wiesse o Angélica Palma que son ilustres desconocidas para nuestros maestros y maestras, y, en consecuencia, para el público infantil. Algo similar ocurre con el poeta

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Jorge Eslava

José María Eguren, quien comparte la sección de lecturas ejemplares con los olvidados escritores Luis Valle Goicochea y Abraham Arias Larreta. La Sexta Unidad cubre un periodo de consolidación de la literatura para niños —la segunda mitad del siglo XX—, con autores que si bien se leen muy poco en las escuelas de hoy –salvo José Watanabe y Óscar Colchado Lucio, los demás, injustamente, no forman parte de los actuales catálogos de las editoriales–, ningún educador ignora el papel trascendente de su arte y magisterio. Tal vez los nombres de mayor prestigio sean los de Javier Sologuren y Rosa Cerna Guardia, un poeta extraordinario y una delicada narradora. Ha sido grato realizar el presente trabajo, aunque nada sencillo. Mis experiencias docentes son manifiestamente escasas: he ejercido como profesor escolar muchos años y solo en colegios particulares en Lima, jamás de una escuela pública ni de provincia. Lo que me ha conferido, desafortunadamente, una visión parcial del mapa educativo peruano. Es verdad que he tenido numerosos encuentros y talleres con docentes del interior del país, pero es insuficiente para conocer un sistema tan dispar y frágil. Además de mis limitaciones en materias de teoría literaria e historiografía, considérese las carencias de bibliotecas especializadas y registros bibliográficos en torno al género; la inexistente presencia de la literatura infantil en los tratados de literatura nacional y el espejismo creado por el fenómeno cultural surgido con el plan lector en nuestras escuelas, después del año 2006, cuyas operaciones comerciales y producción novísima han distraído el cauce de nuestra valiosa tradición. Con discreta inmodestia anhelo que este libro enriquezca el horizonte educativo del país, pues continúo aferrado al empeño de ver profesoras y profesores emancipados gracias a su propia cultura, entregados al ejercicio de sus meditaciones y su imaginación, amparados por mejores condiciones de trabajo. Docentes con tiempo libre para estudiar, departir y disfrutar del ocio, esa voluntad de paz y albedrío que reclamaban los antiguos griegos como concepto originario de la palabra `escuela´: lugar libre de las urgencias de la vida, ámbito propicio para cultivarse. A diario me recuerdo que nuestra emergencia educativa exige de la pasión del magisterio, y que la lectura constituye el arma fundamental de combate en la toda democracia digna, como pensaba el maestro Luis Jaime Cisneros.

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Paisaje de la maÑana / Presentación

La nobleza obliga a ser agradecido con personas e instituciones que alentaron el presente trabajo. Muchas gracias al Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima por su vocación formativa y su renovada confianza; a los estudiosos Jesús Cabel y Jéssica Rodríguez López por su sapiencia y cordialidad; a mis jóvenes asistentes, la bibliotecóloga Grace Cortez Ruvnoch y las comunicadoras Daniela Betancour González y Emi Teruya Gonzales por su apoyo entusiasta; y a mi esposa Rosario de la Hoz por su alegría pedagógica.

Jorge Eslava Miraflores, otoño del 2014.

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Jorge Eslava

24

Paisaje de la maÑana / Presentación

PRÓLOGO

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Jorge Eslava

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Paisaje de la maÑana / Prólogo

Por una literatura infantil de alto nivel artístico

Diálogo con Jesús Cabel

C

uando recibió el consagratorio Premio Poeta Joven del Perú en 1975, yo estuve entre el público. Luego apareció Cruzando el infierno (1978), el libro ganador, y su lectura me impresionó favorablemente. Un dato personal

me llamó la atención: el autor no provenía de Humanidades, sino de Ingeniería Química de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Busqué una entrevista con él, me la concedió y sin embargo me dejó colgado en un café del centro de Lima. Seguramente rabié, pero pronto fui conociendo su tarea incansable de crítico y antólogo, tanto de poesía peruana como de literatura infantil y juvenil. Como investigador ha publicado numerosos libros, siempre rigurosos y políticos; tal vez los de mayor importancia, por su carácter precursor, sean aquellos que es preciso buscarlos hoy como aguja en un pajar: Literatura infantil en el Perú: debate y alternativa (Amaru, 1981); Literatura infantil y juvenil en el Perú: análisis y crítica (Sagsa, 1984); Nuestros cuentos infantiles (Sagsa, 1988); Poesía

infantil peruana del siglo XX (Centro de Investigaciones de la Literatura Infantil y Juvenil del Perú, 1989); Literatura infantil y juvenil en nuestra América (Sagsa,

1984); Cuentos infantiles de nuestra América (Sagsa, 1984); Literatura infantil en el

Perú, América y Europa (Sagsa, 1984)... hasta llegar al vademécum El Hipocampo y sus palabras (San Marcos, 2009).

Cabel es miembro correspondiente de la Academia Peruana de la Lengua y ha sido inapreciable su papel por prestigiar y difundir el género infantil y juvenil. Junto con un grupo de intelectuales amigos —Eduardo de la Cruz Yataco, Roberto Rosario, Danilo Sánchez Lihón, Marcial Molina…— sostuvieron las vigas de la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil (APLIJ) con una fe admirable. Vocación que nació en su infancia, en casa de su abuela, donde una biblioteca

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modesta le enseñó que los libros eran sus mejores amigos, como me reveló en esta entrevista: “No exagero cuando afirmo que de pequeño prefería un libro a un juguete”.

Fundadores y representantes ¿Podrías ofrecer tres o cuatro nombres fundamentales de nuestra tradición literaria infantil? Claro que sí: Francisco Izquierdo Ríos, Carlota Carvallo de Núñez, Abraham Arias Larreta, Julio Garrido Malaver y Luis Valle Goicochea… ¿Qué los hace tan valiosos? Izquierdo es aleccionador sin didactismos; Carlota es una maga de los personajes, Arias inventa el juego de las palabras, Garrido es confidencial y celebratorio, y Valle Goicochea nos descubre desde el hogar nuestra sensibilidad…; en todos ellos palpita a flor de piel el niño o niña que tenemos muy adentro. Al margen de las discrepancias de contenido que suscita Juguetes de Alida Elguera, ¿puede considerarse el primer libro para niños publicado en el Perú? ¿Por qué? Conocí personalmente a Alida Elguera gracias a los datos proporcionados por Catalina Recavarren. En parte, debo precisar que en la ponencia que desarrollé durante el Primer Encuentro de Escritores de Literatura Infantil, en 1982, afirmé que Juguetes era el libro de apertura de la literatura infantil en el país. Asimismo, declaré no compartir totalmente el contenido de los cuentos, cuyo hilo invisible es la Navidad presentada en pasajes diferentes y a veces arbitrarios, pero se trataba de una obra inicial que apareció en 1929 y fue reimpresa en 1958 y 1978. ¿Cuál sería entonces el libro fundacional de nuestra literatura infantil? ¿Una figura tan zarandeada como Ricardo Palma no merece una revisión? ¿Opinas que ha envejecido su mirada y su estilo, o que puede leerse con provecho en la escuela? Futuras investigaciones me aclaran que El Palma de la Juventud de Ricardo Palma, quien desde 1883 tenía escrito el “Preludio” que encabezaría una colección de tradiciones infantiles, solicitadas por el diario La Prensa de Buenos Aires, recién aparecen impresas en 1921. En este sentido, Palma es el fundador de este género, no solo por el aspecto cronológico, sino que dentro de las características de la literatura infantil encontramos que deben de predominar las descripciones claras

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y breves; los diálogos ágiles, elaborados con frases que trasmitan pensamientos completos en pocas palabras; la acción ininterrumpida que mueva a la curiosidad, a toda la imaginería posible y al humor. Bien podríamos estar refiriéndonos a algunas de las características más elementales y saltantes de la tradición. Palma es un clásico y tiene el privilegio de no envejecer. ¿No consideras que Valdelomar representa el punto de inicio de nuestra literatura infantil republicana? Sus cuentos se anticipan a los de Alida Elguera y Vallejo, incluso a los poemas de Vallecito y Arias Larreta. Creo que el aporte decisivo de Valdelomar a la literatura infantil y juvenil peruana e hispanoamericana está en su narrativa, donde destacan nítidamente tres cuentos: “El caballero Carmelo” (ganador de un premio en 1913), “El vuelo de los cóndores” y “El hipocampo de oro”. Son tres personajes que desarrolla: un gallo llamado Carmelo, una niña Miss Orquídea y el caballito de mar con su interlocutora, la señora Glicina. A la preciosa descripción del paisaje, Valdelomar convoca voces que vienen del pueblo humilde, del hogar austero pero esperanzado y una voz dulce pero a su vez terrible. Una voz que discurre serena, pero que nos estremece por su poder de evocación. Son cuentos nostálgicos de su propia infancia... Es verdad. Es la voz que rememora el oasis de su aldea y también el camino desértico y pedregoso de la costa. No me cabe la menor duda de que él se aferró a su infancia hasta convertirse en un niño eterno y contemplativo. Sin embargo, no es suficiente para considerarlo el representante primigenio de este género. Por la densidad y conjunto de su obra, Palma, repito, es el indiscutible fundador de la literatura infantil y juvenil en nuestro país. La Primer Nueva Crónica y Buen Gobierno de Guamán Poma de Ayala fue escrita hacía 1615 y es en mi opinión, un portento de nuestra cultura. Una mezcla de discurso, iconografía y cosmovisión batalladora por una noción de peruanidad. ¿Qué lugar crees le corresponde a la obra de Guamán Poma en nuestra literatura infantil? Estoy plenamente de acuerdo contigo, la Nueva Crónica no solo es la confluencia de la imagen y la palabra o el discurrir de la historia que implica valoraciones con objetividad, sino también el doloroso y fructífero encuentro entre Occidente y las civilizaciones andinas, donde aparece toda la sabiduría de la tradición oral de la época. Esto es lo que habría que adaptar a la literatura infantil. Basadre decía que toda

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historia verdadera es historia del presente; es decir, la historia que tenemos ahora que revisar para que no vuelva a repetirse. Los niños y los jóvenes, felizmente, no están exentos de esta tarea crítica y creativa. ¿En qué sentido las crónicas de la Conquista y de la Colonia pueden constituir un material de lectura en las escuelas e incluso una base para la recreación de nuestra literatura infantil? En las crónicas de la Conquista y la Colonia se encuentra la materia prima que los docentes deben aprovechar para iniciar a los niños en el itinerario de conocimiento de nuestro país, y paralelamente descubrir toda esa mitología ancestral que surge con extraordinaria naturalidad. La labor que realizaron los cronistas pertenece a un género literario singular que debería ser fuente de inspiración para los escritores de literatura infantil y juvenil. No neguemos el valor educativo de las crónicas, muy por el contrario, hay que rescatar de ellas las lecciones aún ocultas para que puedan, al más corto plazo, ser celebradas por los estudiantes. ¿Te parecería un acierto la adaptación de las crónicas? Como ha señalado en su oportunidad Marc Soriano (2005), creo que la adaptación significa someter el texto a una cantidad de modificaciones que lo convierten en un producto acorde con los intereses y el grado de comprensión de los menores. Sabes, sin embargo, que las adaptaciones tienen sus detractores. Muchas veces me he preguntado si habrá que dejar que los niños entren a la vida con un bagaje que los ignora, correr el riesgo de que jamás conozcan los hechos que sustentan su identidad. En este sentido, la adaptación aparece como una necesidad histórica. ¿Crees que nuestra tradición de literatura juvenil es menos desarrollada? ¿Quiénes son los autores más destacados? En efecto, la literatura juvenil es más reciente y por eso no ha sido atendida en su real magnitud. Por ejemplo, tenemos a Rutsi, el pequeño alucinado (1947), de Carlota Carvallo; Templado (2004), de Jorge Eslava; En la tierra de los árboles

(1952), de Francisco Izquierdo; o Sueño y verdad de América (1969), de Ciro Alegría; pero hay un autor que destaca con nitidez, me refiero a Carlos Villanes Cairo (Junín, 1945), quien cuenta con más de una veintena de títulos y es un best seller en Europa.

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¿Y Óscar Colchado? Óscar Colchado es fundamentalmente un excelente narrador, cuyo personaje “Cholito” se ha convertido en un clásico en nuestra literatura infantil. Su principal aporte es haber incorporado el cuento popular, los mitos, las leyendas, creencias y tradiciones de sabor ancestral a nuestra literatura infantil y Adriana Alarco, cuya obra teatral ha merecido justos premios y traducciones, es la autora más prolífica del género, pero aún su obra no ha logrado la audiencia mayor que se merece. A propósito de la obra de Adriana Alarco, ¿a qué atribuyes el escaso desarrollo del teatro infantil en nuestro país? Conozco pocos montajes y obras publicadas, pese a los beneficios formativos que siempre se le ha atribuido a este género. En mi guía de autores y libros de literatura infantil y juvenil del país encontramos alrededor de medio centenar de obras publicadas en este género, dentro de los que destacan las obras de Abraham Arias Larreta, Ismael Contreras, Jorge Díaz Herrera, Sara Jofré, Alberto Mego, Ernesto Ráez, César Vega Herrera, Lorenzo Zavala y Omar Zilbert. Sin embargo hoy prácticamente no hay dramaturgos como no hay auditorios, ni escenografía, ni música… ni todo aquello que concierne al teatro. Sucede también que este género que tanto éxito tuvo en las escuelas ha desaparecido de las aulas y cada vez se habla menos de teatro infantil… Es una lástima que el Ministerio de Cultura no lo promueva.

La crítica literaria ¿Cómo se produce en ti el viraje de la poesía al estudio de la literatura infantil y juvenil? En realidad yo no he abandonado la poesía; continúo escribiendo, pero de una manera más reposada. No tengo ni he tenido apuro por publicar libros de poesía. Sucede que conocer a Francisco Izquierdo Ríos y luego sumergirme en la literatura infantil me condujo a buscar sus raíces, a indagar por sus autores, a investigar a fondo por este género que es toda una revelación, también, de la condición social, económica y cultural de los niños del país.

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Considero que eres uno de los pioneros del estudio de la literatura infantil y juvenil… Personalmente creo que los auténticos pioneros fueron Francisco Izquierdo Ríos y Carlota Carvallo de Núñez. Ambos, excelentes narradores, intentaron organizar un historial de lo que había venido sucediendo en el género. A partir de las primeras observaciones que aparecen en La literatura infantil en el Perú (1969) del primero y El papel de la literatura infantil (1967) de la segunda, se inicia un proceso de

búsqueda y análisis con dimensiones a nivel nacional que puede comprobarse en mi libro Literatura infantil en el Perú (1981), que aparece cuando el maestro Izquierdo Ríos nos abandonaba físicamente. En mi caso, sigo preocupado por develar los libros y los autores que nos precedieron y darle mayor organicidad crítica y sistematización al conjunto de obras que conforman una historia admirable de la literatura infantil y juvenil del país. En esta tarea, ¿a quiénes reconoces como compañeros de ruta? Es una excelente expresión “compañeros de ruta”, pues en verdad, hay muchos y muy buenos, espero no ser injusto: Manuel Pantigoso, Roberto Rosario, Luzmán Salas, Saniel Lozano, Ernesto Ráez, Eduardo de la Cruz, Milciades Hidalgo, Manuel Ibáñez Rosazza, Rigoberto Meza Chunga, Óscar Colchado, Carlota Flores, Danilo Sánchez, Adriana Alarco, Arnaldo Panaifo, Federico Latorre… Todos ellos con el mejor ánimo y predisposición de comprometerse con el arte, la cultura y la literatura de los niños. Sin duda tienen un gran mérito. Te pido que destaques los especiales valores artísticos de algunos de ellos. Veamos... Manuel Pantigoso tiene publicaciones y premios de teatro infantil y creatividad, sin embargo su obra en conjunto procura ser crítica y reflexiva; Roberto Rosario es un promotor cultural innato, cuidadoso antólogo y un gran narrador, cuyas historias parten de su propia biografía; Luzmán Salas es el estudioso de la literatura infantil cajamarquina, con gran soporte teórico ha sabido deslindar las diferentes corrientes de dicha literatura y plasmarlas en obras memorables; Saniel Lozano es otro de los impulsores y teóricos de la literatura infantil, ha profundizado acertadamente en la llamada literatura oral; Ernesto Ráez es un hombre dedicado al teatro infantil, con propuestas muy originales y con una posición de la “utilidad”

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del teatro; Eduardo de la Cruz se especializó en el género infantil a partir de los mismos niños. Toda su obra estuvo dedicada, ejemplarmente, a este objetivo que legó en diferentes libros; Milciades Hidalgo es otro de los principales teóricos de la literatura infantil en relación a la educación y las nuevas tendencias metodológicas para enseñar y hacer literatura infantil desde las aulas... ¿Y en el campo de la crítica cuáles consideras han sido los mejores aportes de aquel movimiento pionero? Diría que Rumbos de la literatura infantil y juvenil (1996) y Alero de los sueños. Seis rutas para la literatura infantil (2005), compilado y coordinado por Saniel Lozano

y Manuel Pantigoso, respectivamente. Son libros que reúnen los mejores trabajos que desde la crítica han apuntalado no solo la importancia sino la proyección de la literatura infantil en el país. Puede comprobarse con estos trabajos que, a partir de la década del 1980, ha habido la necesidad de reflexionar sobre nuestra literatura infantil. La crítica no ha sido un quehacer permanente, es verdad, pero se ha realizado en medio de una avalancha de publicaciones, muchas de ellas frágiles al tiempo y a la propia literatura. En tu concepción, según entiendo, la literatura posee un irrenunciable componente social y político. ¿Consideras que la literatura infantil y juvenil no escapa a este criterio? La literatura infantil es también la literatura en general, sujeta a la calidad y a un alto nivel artístico; caso contrario no es literatura, ni es infantil. En este sentido, no está exenta de ese irrenunciable componente social y político, que no significa hacer desde esta literatura un portavoz social o político. Es imposible que los problemas sociales o políticos de alguna forma no aparezcan en la obra, a pesar de la voluntad del propio autor. ¿Cuáles te parecen los temas más relevantes de nuestra literatura infantil y juvenil? Hay un tema secreto que de alguna manera nos revela tal como somos, me refiero a la literatura oral que se encuentra de sustento en las obras de varios autores; también el tema de la aventura realizada por humanos o animales, que recrea paisajes insospechados del país, y en menor proporción la temática del hogar, que nos revela la situación del niño peruano en general.

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Los vasos comunicantes También ha habido una legión admirable de ilustradores y, sobre todo, ilustradoras, ¿podrías recordar los nombres más relevantes? Ellos y ellas surgen a medida que se impulsa la literatura infantil y se convierte en un fenómeno editorial. Del setenta hacia atrás casi no existen libros infantiles ilustrados con gusto y calidad. Es cierto que la imagen juega un rol fundamental y que hay un gran complemento entre literatura e imagen, que permite apreciar la excelencia de las historias. Puedo destacar los nombres de quienes prácticamente se iniciaron con nosotros: Jesús Rojas, José Alcalde, Percy Gavilán, Blanca Santander, Nobuko Tadokoro, Gredna Landolt, Maruja García, Olga Flores, Consuelo Amat y León, y Leonel Pantigoso. Otros que ya figuraban en escena de manera solitaria eran Francisco Izquierdo López, Víctor Escalante y la excelente Charo Núñez. ¿Qué lugar le das a lo que llamo “las fronteras de la literatura infantil”, como el cine y el cómic? ¿Enriquecen o entorpecen la creación y difusión de la escritura y lectura de la literatura? Lo que ocurre con el cine y el cómic —nacidos a fines del siglo XIX en occidente y convertidos en hijos de la revolución de los medios masivos de comunicación—, como también la televisión, es que han demandado atención por las actitudes y los valores en niños y jóvenes. Hay muchos estudios de los procesos de alienación y dependencia cultural al respecto. Se ha hablado y escrito sobre esto, sea con serenidad, irritación o desesperación. ¿Y tú dónde te ubicas? Yo opto por la reflexión y ser positivo no solo en el estudio de la atracción que indudablemente ejercen, sino en ver qué hay detrás del gozo de los niños y jóvenes por estos medios. Permíteme citar a Italo Calvino: “quizás en el futuro, habrá otras maneras de leer que nosotros no imaginamos. Me parece que es un error desdeñar toda novedad tecnológica en nombre de los valores humanísticos en peligro. Pienso que cualquier medio de comunicación y difusión de las palabras, de las imágenes y de los sonidos puede fomentar nuevos desarrollos creativos, nuevas formas de expresión...” (Como se citó en Neveleff, 1995). Suscribo plenamente esta reflexión.

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Con relación a los encuentros que organizaba la APLIJ, a partir de la década del ochenta, ¿cómo los recibían los maestros de escuela en provincias? Es en 1982, cuando se realizó en Lima el “I Encuentro Nacional de Escritores de Literatura Infantil”, que se aprecia una plena participación, así como un mayor interés por todo lo que se relaciona a la infancia y su literatura. Desde entonces se han celebrado algo más de treinta encuentros nacionales y dos congresos en lugares distintos del país, congregándose a nuevos escritores y, asimismo, redescubriendo una realidad precaria y heterogénea que es la que afrontan muchos niños en el país. ¿Cuál fue el primer encuentro realizado en provincia? En 1983, el encuentro en Cajamarca, que abrió definitivamente las puertas a un público plural que esperaba atento ser convocado, y entre ellos, en primera fila, los maestros de escuela no tardaron en hacerse presentes. Por último, ¿te produce alguna desazón que no se valore la labor que ustedes desarrollaron? La APLIJ no ha contado ni cuenta con ningún tipo de apoyo gubernamental y así inició una acción inédita en el contexto cultural del país. Si esto es reconocido o no por la burocracia que maneja la cultura en nuestro país, es otro asunto; si los diarios, por ejemplo, no se preocupan o no les interesa dedicarle un espacio a los encuentros de la APLIJ, que son realmente sorprendentes y aleccionadores, ¿quién se pierde la opción de hacer cultura? Aún más, a los medios de comunicación les interesa muy poco lo que esté vinculado al arte, la literatura y la cultura en general de los infantes. Personalmente, y estoy seguro que pasa lo mismo con muchos colegas del país, si bien nos preocupa la actitud gubernamental, esto no impide que redoblemos esfuerzos por continuar en la brega y hacernos escuchar.

fe

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Referencias en torno al texto literario

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i fuera a hablar de ciencia con niños de quinto o sexto grado, digamos de zoología, tal vez empezaría por llevar al colegio una rana en el bolsillo de mi saco y luego la expondría en mi mano como si fuera un inofensivo

juguete. Ante la mirada de repugnancia de mis alumnos, disfrutaría de acariciar su cabeza y la piel rugosa de su espalda y, en el momento más inopinado, soltaría al batracio entre las carpetas para que diera rienda suelta a sus saltos olímpicos. Sonreiría ante el alboroto infantil y diría: “Presten atención, chicos; miren cuánto salta”. Y un rato después la anidaría de nuevo entre mis dedos, mansa como una paloma. Más tarde explicaría la diferencia entre la rana y el sapo, que es verdad que ambos croan y brincan, pero revelaría que la rana es invencible: —Sus saltos —usaría los brazos para darle una idea a mis alumnos—... ¡de hasta siete metros!... se deben a que sus patas traseras han desarrollado una técnica perfecta. Es como si se dispararan hacia arriba. Y contaría asombrado lo que he averiguado: generalmente su color es verde con manchas negras y amarillas, su vientre pálido y sus desoves pueden alcanzar hasta veinte mil huevos: —¡Imaginen qué descendencia! Que existe un tipo de rana llamada Rana Goliat, como el gigante del Antiguo Testamento, que es del tamaño de un perro calato pero mucho más gordo. Y cuando al fin he conseguido el interés de todos, descubro mi carta principal. —Todo esto lo estudia la zoología —escribo el nombre con letras grandes en la pizarra—, que es una rama de la biología y que se ocupa de los pelos, la alimentación,

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los tejidos, las orejas, los huesos, la mirada, los instintos, las crías... y todo lo que tenga que ver con los animales del planeta Tierra. —¿Y si el animal no es de este mundo? —siempre habrá algún listo que pregunte. Y aunque sepamos algo de zoología, nos quedaremos sin palabras.

fe La literatura es un arte, pero también una ciencia humana. Ya no basta enseñar literatura desde la mera intuición o según el gusto de la profesora, tampoco desde los prejuicios o las doctrinas ideológicas del profesor. Cada una de estas categorías humanas es educable. El buen gusto como las creencias políticas se forma con el estudio y la reflexión, con la experiencia en el oficio. Es una tarea laboriosa que implica tiempo y una actitud de esfuerzo y humildad de parte del discípulo. Creo que Santo Tomás de Aquino recomendaba la docilidad intelectual para lograr el aprendizaje, pues es una virtud que regula la voluntad del aprendiz con respecto a las lecciones del maestro. La lingüística o la arqueología son ciencias que estudian el comportamiento de diversas manifestaciones culturales del ser humano. No está lejos la literatura que estudia, también, expresiones de la cultura a través de la palabra en el tiempo. Ya sea oral o escrita, y en cualquier territorio. En la actualidad los llamados estudios literarios atienden a un enfoque multidisciplinario entre la teoría de la literatura, la crítica literaria y la historia de la literatura, con la finalidad de establecer un sistema más o menos objetivo que pueda definir los límites específicos de la literatura y, además, proteger la autonomía de su carácter. En ese sentido, la piedra de toque de la literatura está centrada en el lenguaje de la literatura. ¿Qué entendemos por este lenguaje? ¿Es el mismo que usamos en la calle o es el que emplearon los ilustres escritores de la Edad Media o del Humanismo español? Imagino que pocos profesores defenderán el discurso callejero como digno huésped de las páginas de un autor importante, olvidando que Oswaldo Reynoso y Mario Vargas Llosa son clásicos peruanos que han enaltecido nuestra literatura contemporánea, gracias, entre otras bondades, a la recreación del lenguaje popular en su narrativa. Y que en la primera mitad del siglo pasado los escritores Ricardo Palma y José Diez Canseco honraron también el habla popular en sus Tradiciones peruanas y sus Estampas mulatas, respectivamente. Y que antes, en nuestra Colonia, el poeta Juan del Valle y Caviedes tampoco tuvo pelos en la lengua y

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escribió con la punzante picardía del hombre de la calle. Y si prefieren ejemplos de la literatura universal clásica, desde lejos y muy cerca nos observa Miguel de Cervantes Saavedra, soldado y genio literario, oído atento a las habladurías de su época; el insolente François Villon, compositor de “La balada de los ahorcados”; el humanista Giovanni Boccaccio, prodigo en cuitas e indecencias; el ladino y secreto autor de Lazarillo de Tormes (1554), un testimonio despellejado e ingenioso de una vida de perro. En cada una de aquellas obras brilla el lenguaje popular en su mayor esplendor. Podríamos enlazar algunos casos de la literatura infantil; los cuentos de tradición oral, por ejemplo, como los recopilados en Alemania por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm en su volumen Cuentos infantiles y del hogar —que publicaron en varias entregas, desde 1812 hasta la última supervisada por ellos en 1857 y que contiene alrededor de doscientos relatos— o los reunidos por José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos en Mitos, leyendas y cuentos peruanos, recogidos de las escuelas públicas del país y que fue publicado originalmente en el año de 1947 por la Sección de Folklore y Artes Populares del Perú del Ministerio de Educación. Y un caso de literatura moderna, escrita por autor, tal vez resulte suficiente para demostrar la presencia del lenguaje popular con estatuto literario: Las aventuras de Pinocho (1883), de Carlo Collodi, un portento de travesura y dicción coloquial. Incluyo dos cuentos muy distintos entre sí: popular y de autor, en prosa y en verso, de finalidad pedagógica y de propósito estético. Veamos cómo nos va.

El zorro y el huaychao Cuento recogido en el distrito de Succha, provincia de Aija, en Ancash. El zorro tenía, hace muchos años, la boca menuda y discreta, y un día que andaba de paseo vio sobre un cerro cantando a un huaychao. Era este menudo como un zorzal, de plumaje gris claro y al cantar movía alegremente las plumas blancas de su cola. El zorro se quedó mirando el pico largo y aflautado del ave y le dijo modosamente: —¡Qué hermosa flauta amigo huaychao y qué bien tocas! ¿Podrías prestármela sólo por un momento? Yo la tocaré cuidadosamente.

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El ave se negó, pero el zorro zalamero insistió tanto que al fin el huaychao le prestó el pico, recomendándole que para tocar se cosiera el hocico a fin de que la flauta se adaptara mejor. Y así, sobre el monte, el zorro se puso a cantar soplando la flauta largo y tendido. Después de algún rato el huaychao reclamó su pico, mas el zorro se negó. Decía el ave: “Yo sólo lo uso de hora en hora y tú tocas sin descansar”. El zorro no entendía razones y soplaba incansable para un público de pequeños animales que se habían congregado en su derredor. Al ruido se despertaron unos añases y saliendo de sus cuevas subieron el cerro en animada pandilla, y al ver al zorro tocando se pusieron a bailar y bailaron con ellos todos los animales del campo. El zorro no pudo guardar la seriedad por mucho tiempo y de pronto rompió a reír y al hacerlo se le descosió el hocico mucho más de la medida y quedó grande y rasgado de oreja a oreja. El huaychao, antes de que el zorro se recuperara de la sorpresa, recogió su pico y echó a volar. Desde allí, dice le cuento, se quedaron los zorros con la boca enorme en castigo de su abuso de confianza. Jorge Basadre, Literatura Inca (1938).

El clavel desobediente Un día sembró la luna junto a una estrella un clavel. Se juntaron los luceros para verlo florecer. El clavel no florecía. No florecía el clavel. Se puso triste la luna y los luceros también. Todos como en una ronda alrededor del clavel: “Clavel, clavel, clavelito, danos tus flores, clavel”.

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El clavel no florecía. No florecía el clavel. Mandaron un emisario para que llamara al sol. El capitán de los astros al clavel ordenó: “Florece. Yo te lo ordeno. Florece. Lo mando yo”. El clavel no florecía. No florecía el clavel. Todos como en una ronda llenos de rabia y de hiel: “Arrojemos al rebelde. Arrojemos al clavel”. Montado en una paloma marchó al destierro el clavel. La paloma dijo: “¿A dónde?”. “A donde quieras”, dijo él. Junto a un río se posaron la paloma y el clavel. Llegó un niño que al mirar sin una flor al clavel, le dibujó muchas flores de colores y pincel. Así floreció el rebelde que no quiso florecer. Dicen que ahora la luna está aprendiendo a pintar y su maestro es un niño que apellida Gauguin. Jorge Díaz Herrera, Parque de las leyendas, 1977 (pp. 19-21).

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El lenguaje literario

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l lenguaje literario entreteje los hilos más variados de la palabra oral o escrita —provenientes de la ciencia, el academicismo o la jerga callejera—, con la finalidad de configurar un discurso complejo que produzca sentidos

y sensaciones intensas en sus receptores. Cumple, por lo tanto, una función importante en la sociedad y la historia de la humanidad. Mencionaremos alguno de sus rasgos: • Lo que identifica a la literatura es el lenguaje como forma singular de expresión —esa sensación de ambigüedad y extrañamiento que experimente el lector—, no por las buenas intenciones ni los valores morales del autor. • Es un discurso ficcional; es decir, no refleja ni copia la realidad sino que funda su propia realidad merced a las palabras. • Como ficción, la literatura instaura universos posibles con su propia lógica. Deben ser espacios coherentes y verosímiles, no veraces. • Es el concepto de verosimilitud lo que establece una relación comunicativa con el lector; a este vínculo entre emisor del texto y receptor lo denomina pacto ficcional. • El pacto ficcional se rompe si emisor o receptor incumplen un “misterioso” acuerdo: de un lado escribir defectuosamente y de otro lado leer o escuchar sin obedecer las leyes internas de la ficción. • Es un discurso connotativo; posee una carga de sentidos e interpretaciones que exceden el significado recto de las palabras. No concierne a una señal de tránsito ni a un cartel en la puerta de los servicios higiénicos, sino todo lo contrario: empeña su naturaleza en hacerse ambiguo y esta condición amplía sus significados.

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• Como derivado del punto anterior, es un discurso multívoco y polisémico, pues sus resonancias interpretativas y su capacidad significativa despiertan diversas posibilidades de lectura. No sentimos acaso cierto deleite cuando encontramos en una canción o en una película más significados que los que perciben los demás? Comentamos con satisfacción nuestros hallazgos, percibidos por la cultura o la sensibilidad que hemos educado. Pero necesitamos de un texto complejo y profundo para “descubrir” en él mensajes ocultos; por eso una lectura atenta de una gran obra —pensemos en un cuento de Arguedas o en un poema de Eguren—, nos ofrece inagotables interpretaciones que ahonda su trascendencia. • Los elementos constitutivos de un texto establecen un tejido de relaciones internas y también ajenas, tomadas de otros textos o lenguajes. En el primer caso se denomina autorreferencial y el segundo intertextual; en ambos amplía la dimensión del texto. • La literatura es además autorreflexiva, pues posee la capacidad de contemplarse y especular sobre ella. Facultad que da origen a su evolución e, incluso, a sus rupturas formales y de contenido. En las últimas décadas se habla de la metaficción como una forma artística referida a los temas y los mecanismos de la ficción. Su propósito es, dentro del mismo texto, hacer consciente al lector de que está ante una obra de ficción con todas sus implicancias creativas. Algunos ejemplos clásicos son el cuento “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar; el film La noche americana de François Truffaut; el poema “Para hacer el retrato de un pájaro” de Jacques Prévert. Cada propuesta, en su género, problematiza diversas aristas del trabajo creativo. No olvidar que, por encima de todo, la literatura es un objeto estético. Ahora traslademos todos estos componentes de la gran literatura por la alquimia del alma infantil; atendamos a sus inquietudes naturales y su comprensión lingüística, pongamos una buena dosis de humor y toda la exigencia de su curiosidad y estaremos merodeando como el lobo feroz por el bosque de la literatura infantil. Recordemos las palabras de Christine Nöstlinger, notable escritora alemana y Premio Hans Christian Andersen 1984: “La literatura infantil no es una pastilla pedagógica envuelta en papel de letras, sino literatura; es decir, un mundo transformado en lenguaje” (Mora, 1993).

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Estudios clásicos de la crítica literaria en el Perú

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ería irresponsable elaborar una historia literaria que solo atienda a la línea cronológica. Sabemos que toda historia está atravesada por coordenadas de diversa índole, que sin duda complejizan y enriquecen la percepción de la

evolución cultural de una sociedad. Si bien el lector encontrará en la estructura del presente trabajo un tránsito fundamental por el tiempo, he tenido la prudencia de incorporar algunas reflexiones previas —tanto propias como ajenas— al desarrollo del estudio, de modo que permitan configurar algunas marcas referidas a la diversidad y profundidad de nuestra literatura. En estas nociones previas propongo una gama de perspectivas: diacrónica o sincrónica, de miradas conservadoras o progresistas, de acentos puestos en lo geográfico o lo psicológico, de sentencia ideológica o razonamiento dialéctico para observar con mayor propiedad el fenómeno literario nacional. Consideraciones inevitables ante una realidad enmarañada y conflictiva como la peruana, concordante con la evolución que ha experimentado la crítica especializada, donde tal vez el primer acercamiento historiográfico sea el discurso de Ricardo Palma en el acto de inauguración de la Academia Peruana de la Lengua, el 28 de julio de 1884. Dicha “Memoria que presenta el director de la nueva Biblioteca Nacional” será ampliada en años sucesivos por el autor. No obstante habrá que esperar hasta la primera mitad del siglo XX, periodo en que se publican los estudios fundadores de José de la Riva Agüero y Osma, Luis Alberto Sánchez y José Carlos Mariátegui.

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El carácter de la literatura La tesis de bachillerato de José de la Riva Agüero El carácter de la literatura en el Perú independiente fue presentada en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en 1905; ese mismo año se publica como libro. En 1910, Riva Agüero obtiene el doctorado con el estudio La historia en el

Perú. Desde el inicio tuvo una importancia pionera en los estudios literarios del Perú, pues además de registrar la evolución de nuestra literatura desde la Colonia hasta la generación modernista, reflexiona en torno al signo representativo de nuestra nacionalidad. Ambas cualidades confieren al trabajo un temperamento fundacional y coherente; hasta entonces no se había compilado la cantidad de material que asume el corpus del trabajo ni se había sistematizado de manera académica. Es aquí, en la voluntad ordenadora, donde surge la fundamental discrepancia: el espíritu tradicionalista y aristocrático del autor empaña el estudio. A la pregunta de base de si existe una literatura peruana que configure un cuerpo unitario, con rasgos intransferibles y distintivos a los de otras literaturas, Riva Agüero responde con la impronta de su linaje: no, la literatura peruana no es original sino una prolongación de la literatura española. Es decir, que la nuestra configura la literatura de una provincia castellana, heredera de un idioma y de un ánimo creativo. En el pensamiento de Riva Agüero, la Independencia había quedado en el pasado como un suceso político trascendente, pero que si bien trasformó el destino del Perú no alteró su cultura. A manera de conclusión, escribe: Para que la literatura del Perú dejara de ser castellana, sería preciso que el castellano se corrompiera totalmente y se descompusiera en nuevos idiomas, y por fortuna, en el Perú (a pesar de nuestros numerosos provincialismos y a pesar de la inexplicable intransigencia, del tenaz empeño que la Academia pone en no admitirlos) aquella amenaza es muy remota1. (1905, p. 262)

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Sírvase leer “Consideraciones generales”, de José de la Riva Agüero, en la sección "Lecturas ejemplares 1", correspondiente a esta primera clase.

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Siete ensayos En su libro Siete ensayos de la interpretación de la realidad peruana (1928), José Carlos Mariátegui dedica un capítulo a “El proceso de la literatura”. La nominación es precisa, pues para el autor la literatura no es un “ser” más o menos abstracto, una entidad metafísica determinada por modelos clásicos, o psicológicos o geográficos, sino que la literatura es resultado de una evolución histórica. Este solo discernimiento marca la diferencia con Riva Agüero, quien entendía la literatura como un “ser” con características determinadas. Mariátegui sustenta la idea de un tránsito literario que construye formas y contenidos cambiantes, en un “hacer” friccionado y continuo. Y este fragor da existencia, justamente, a una literatura exclusivamente peruana. La propuesta de Mariátegui presenta un mecanismo dialéctico en el que participan tres periodos: colonial, cosmopolita y nacional; de las relaciones de rechazo y asimilación que se establecen entre ellos se va adquiriendo la personalidad y autonomía de nuestra literatura. Aunque el engranaje parece sencillo e inspirador, reviste la dificultad de reconocer los rasgos predominantes de cada periodo e, incluso, sus géneros dominantes, lo que nos permitiría la correspondiente tipificación. La gran virtud de la propuesta de Mariátegui es que instala la literatura como un fenómeno social y, por lo tanto, la somete a un examen con métodos propios de las ciencias sociales en donde el texto literario está en constante diálogo con su contexto social. Eso redunda en una concepción de la literatura como una entrada de conocimiento hacia la realidad, asumiendo “lo nacional” en la literatura como un tema con una fuerte carga política en donde se puede indagar la problemática histórica de nuestra realidad.

Los poetas de la revolución Le corresponde a Luis Alberto Sánchez, oceánico intelectual limeño, el sitial de estudioso y testigo del desarrollo de la literatura peruana. Desde muy joven se concentró en indagar y desentrañar nuestro pasado literario; sus primeros trabajos se remiten a sus años de estudiante universitario con publicaciones

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como Los poetas de la revolución (1919) o Los poetas de la Colonia (1921), que irían a

desembocar en el monumental estudio titulado Literatura peruana. Derrotero para una historia espiritual del Perú (el primero de los tres tomos publicado en 1928).

Se ha achacado en demasía el positivismo —escuela filosófica del siglo XIX— que asumió Sánchez para efectuar la revisión y el ordenamiento de la producción literaria peruana; sin embargo, ya nadie desmerece la voluntad exhaustiva, aunque no siempre rigurosa, que tuvo para registrar y reflexionar sobre nuestro proceso cultural. Wáshington Delgado (2008) lo explica de manera excelente: En primer lugar, discute y muy acertadamente el término literatura peruana y lo distingue y contrapone a otro: literatura del Perú. Es­te último término, literatura del Perú, se refiere a la obra de escritores, no necesariamente peruanos, cuyos textos guardan cierta vinculación temática con el Perú o a las escritas por peruanos, pero que no reflejan nada esencial y genuinamente propio de la realidad del Perú. El adjetivo peruano que se pueda aplicar a esta literatura resulta puramente ocasional y azaroso. Es el caso concreto de la literatura colonial que, casi íntegramente, cae en el ámbito del término literatura del Perú. En cambio, el término literatura peruana se refiere a unas obras entrañablemente unidas a la realidad del Perú en sus temas, en sus personajes, en su estilo. Las literaturas populares, están comprendidas en él, casi totalmente y asimismo las obras que pertenecen a la literatura culta republicana, desde sus titubeantes comienzos en la poesía de la Independencia hasta su ya madura expresión poética y narrativa en este siglo. (pp. 311-312)

Establecida esta piedra angular, Sánchez despliega su acopio y análisis de nuestra producción literaria a lo largo de los siglos, poniendo énfasis en la energía que irradia el paisaje en la creación de una obra. En su observación resulta condicionante la división geográfica del Perú, pues a cada región le atribuye peculiaridades históricas y psicológicas. Con buen juicio, a las tres regiones clásicas —costa, sierra y selva—, Sánchez añade unos cortes transversales —norte, centro y sur— que terminan por configurar un mapa territorial y cultural del país. No obstante, este acercamiento crea modelos literarios algo forzados. La última edición de Literatura peruana. Derrotero para una historia espiritual

del Perú, publicada en cinco tomos, data de 1989. Sesenta y un años de estudio, con correcciones y agregados, que, al margen de críticas muy especializadas, nos deja un legado amplísimo y de calado hondo, de autores y libros de géneros diversos, con una

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mirada que reivindica tempranamente la literatura andina aborigen y que arriesga opiniones a contrapelo de la tradición.

fe Posteriormente, los estudios literarios van a observar el fenómeno literario como un sis­tema de encuentros y desencuentros, de tensiones continuas donde cada suceso histórico o cada influencia externa producen matices en la interpretación. Esta tendencia en la crítica es progresiva, cada vez más meticulosa y conviene que el docente esté alerta. En este sentido es indispensable recomendar las siguientes lecturas especializadas: La formación de la tradición literaria en el Perú (1989) y Escribir en el aire (1994), de Antonio Cornejo Polar; La narrativa indigenista

peruana (1994), de Tomás Escajadillo; y Para una periodización de la literatura peruana (1990), de Carlos García Bedoya.

Solo de pocas categorías podremos estar seguros —ni tanto—: que la literatura es una manifestación cultural de carácter social, que la literatura ausculta la realidad y la representa de manera singular, que la literatura aspira a perfeccionar su instrumento sustancial que es el lenguaje, y finalmente, que nuestra literatura tiene un origen que precede a la escritura. Sobre estas categorías paradigmáticas podríamos trazar tantos conflictos que estremecen la historia peruana y que promueven un comportamiento o un ‘hacer’ de la literatura: sus modos de acercarse a la realidad, de abordar un tema importante, de privilegiar la producción de Lima sobre las provincias, de focalizar la excelencia estética antes que el alegato social... Tenemos tantos ejemplos, pensemos en las crónicas de la Colonia —tan disímiles las visiones de la explotación en Cristóbal de Molina que en Guamán Poma—; en nuestra narrativa del siglo XIX con sus dos figuras emblemáticas, el tradicionalista Ricardo Palma y el ensayista incendiario Manuel González Prada, uno y otro con temperamento y escritura irreconciliables; o en la narrativa republicana con Enrique López Albújar y José María Arguedas, cuyas imágenes del indio en sus relatos son bastante diferentes. Si me permite el paciente lector, dejo una tarea escolar: ¿merece ser considerado superior el Vallejo de “Los heraldos negros” porque retrató la vida de su pueblito frente al Vallejo cosmopolita de “España, aparta de mí este cáliz”? ¿Debemos tener mayor deferencia por la narrativa andina de Ciro Alegría antes que los relatos afrodescendientes de Antonio Gálvez Ronceros? ¿Será mejor escritor Julio Ramón Ribeyro porque produjo, preferentemente, narrativa breve mientras que Mario Vargas Llosa optó por las novelas extensas?

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Acercamientos a la literatura infantil peruana

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n los esfuerzos historiográficos efectuados por los maestros Luis Alberto Sánchez y Augusto Tamayo Vargas en sus vastos estudios Literatura peruana. Derrotero para una historia espiritual del Perú (1928) y Literatura peruana

(1965), respectivamente, el género de nuestra literatura infantil brilla por su ausencia. Los trabajos de Sánchez y Tamayo tuvieron varias ediciones y llegaron, con añadidos y variantes, hasta los años ochenta. No puede negarse que constituyen aún las fuentes primordiales para el conocimiento de la evolución literaria en el Perú. Más concentrados en momentos y autores específicos, los intelectuales Jorge Basadre, Alberto Tauro del Pino y Estuardo Núñez contribuyeron con sus acuciosas investigaciones a profundizar la comprensión de nuestras letras. Pero la literatura infantil continuaba invisible. Podríamos agregar los nombres del amauta José Carlos Mariátegui y del brillante investigador Antonio Cornejo Polar, cuyas preocupaciones estaban más dirigidas a desentrañar las hondas coordenadas ideológicas. Y también el género literario para niños era, como la propia infancia, una categoría cultural esquiva. No habrá quienes supongan, ante el creciente fenómeno literario (e industrial) de la literatura infantil, que hace cinco o seis décadas no se producían cuentos o novelas para niños en el Perú. Ahí están para negarlo Francisco Izquierdo Ríos y Carlota Carvallo, nuestros más grandes creadores. Tal vez algunos presuman que ni pensarlo a lo largo del siglo XIX, regido por el distinguido tradicionista Ricardo Palma… cuando en Europa se escribían los grandes clásicos infantiles como Peter Pan (pieza teatral, 1905 – edición, 1911) y Las aventuras de Pinocho (novela por entregas, 1882-1883). Quizás parezca un desvarío imaginar que durante el Virreinato existiera un coro de voces, de tono festivo o tremebundo, que narraran cuentos para los pequeños… mientras por aquellos años, en los pueblos del Viejo Mundo,

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los hermanos Grimm recopilaban con devoción verdaderas joyas orales venidas de la oscura Edad Media —tan cautivantes hasta hoy—, que se han convertido en hontanar de la moderna literatura para niños y jóvenes de occidente. Por eso es conveniente indagar en los primitivos relámpagos de nuestra literatura infantil y acercarnos a su llama formativa, como también al fuego lento de su evolución. En las navegaciones académicas por las historias y antologías generales de literatura peruana —no me refiero a selecciones infantiles, tan insulares y escolásticas hasta hace unos años— he encontrado una sola excepción: el minucioso y original trabajo de Enrique Ballón, titulado Antología general de la prosa en el Perú. De 1895 a 1985. Tomo III (Edubanco, 1986). Aquí presenta un apartado titulado La narrativa infantil, que se abre con estas palabras: La narrativa infantil es producida en nuestro país por los profesores de escuela, a fin de emplearla como auxiliar pedagógico. Sin embargo, algunos escritores también se han preocupado por incursionar en este prototipo de narrativa que, como es de suponer, se halla influido por ciertos criterios de literatura académica y formal, determinando así su carácter semi-institucional.

El profesor Ballón incluye con excelente criterio cuatro valiosos cuentos y hace una mínima referencia a cada uno: “La respuesta del algodón”, de Mariela Nieri de Dammert; “La laguna encantada”, de Carlota Carvallo de Núñez; “El colibrí con cola de pavo real”, de Francisco Izquierdo Ríos; y “El mundo de Santiago”, de Ana y Elizabeth Mayer. Al parecer todos estos cuentos publicados en la década de 1960.

Dos estudios en torno al género Es preciso detenernos en dos estudios que inauguran la reflexión en torno al género: El papel de la literatura infantil (Lima, 1967) de Carlota Carvallo de Núñez y La literatura infantil en el Perú (Lima, 1969) de Francisco Izquierdo Ríos. El ensayo de Carvallo de Núñez está precedido por una presentación de Matilde Indacochea Pejoves, también especialista en el tema, quien destaca el carácter pionero de revisión de un género incipiente y cuyo valor reside, además, en “despertar el interés por una causa que cada día va ganando más terreno entre los padres, los educadores, los bibliotecarios y los libreros”. De estas líneas se deducen las aristas

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de atención que dedica la autora en esta modesta publicación del desaparecido Consejo Nacional de Menores. Con una visión drástica, a tono con la ideología de la época, Carvallo de Núñez censura desde el inicio la “nociva influencia de las historietas ilustradas o cómics, el cine y la televisión...”, y subraya la importancia de una auténtica literatura nacional, cuya finalidad rebasa el mero pasatiempo para sumergirse en la psicología y la categoría artística. Valora los vaivenes entre la realidad y a la fantasía, los diversos procedimientos literarios de los que se vale el género y menciona dos casos ejemplares: el escritor estadounidense de origen holandés Meindert DeJong, ganador del Andersen 1962, y la escritora chilena Marcela Paz, creadora de un personaje muy popular: Papelucho. Carvallo de Núñez (1967) hace un recuento de las actividades organizadas en beneficio de la creación y la difusión de la literatura infantil —seminarios, congresos, apoyo a bibliotecas—; registra la importancia y evolución de las ilustraciones en los libros para niños; reseña algunas opiniones de la psicología moderna en torno a los beneficios de la lectura, por sus componentes imaginativos y lúdicos; subraya, de otro lado, sus inquietudes frente al mundo actual, plagado de comodidades materiales que ponen en riesgo la libertad individual; y reflexiona sobre el oficio del escritor para niños y sus requerimientos: “El cuento infantil ha de ser ágil y ameno. Debe encauzar la imaginación e inclinar la sensibilidad hacia las cosas bellas. Inculcar comprensión y amor hacia la humanidad”. Luego de este repaso algo apocalíptico de la cultura infantil entronizada en el mundo contemporáneo, Carvallo de Núñez ofrece una “Breve reseña de la literatura infantil en el Perú”: menciona sobre todo a escritoras como Angélica Palma, María Wiesse, Alida Elguera y Alicia Larrabure. Destaca, más adelante, a los novelistas que han aprovechado de nuestro folklore: Ciro Alegría, Arturo Jiménez Borja, José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos. En poesía nombra a Catalina Recavarren de Zizold, Julia del Mar y Luchi Blanco; y en teatro a María Tellería y Omar Zilbert, entre otros. Dos años después la Casa de Cultura del Perú, hoy Ministerio de Cultura, publica La literatura infantil en el Perú (1969) de Francisco Izquierdo Ríos. Es un libro pequeño y de valor inapreciable, tanto por su contenido ensayístico como antológico, que resulta incomprensible que no haya sido reeditado en este medio siglo transcurrido. La primera parte del libro se abre con una pregunta

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crucial: “¿Existe literatura para niños en el Perú?”. Izquierdo Ríos no se distrae en disquisiciones sobre “literatura infantil” o “literatura para niños”, su preocupación fundamental es qué poner en manos del pequeño lector para que capture su interés y su complacencia: “La literatura infantil —afirma— debe proporcionar al niño un alto goce estético, despertando en él amor profundo por la Naturaleza, por la Vida, por la Patria, por la Humanidad”. Gracias a su vocación por la docencia —y también a pesar de ese compromiso—, el autor comprende y advierte que las virtudes de la literatura van por caminos distintos a las estrategias pedagógicas. Cruzarlos, confundir sus improntas, es un error que volatiliza la lección del aula y estorba: la captación espontánea del pequeño y ansioso lector. Los niños deben interpretar la naturaleza de los temas sintiéndolos, gozándolos con amplia libertad, a sus anchas. Ya la literatura infantil con moraleja al pie de las composiciones debe pasar a la historia. (Izquierdo Ríos, 1969, p. 8)

Lamenta el oficio censor de muchos maestros y reivindica el papel del niño como descubridor de sus temas de interés, teniendo, desde luego, al maestro como atento acompañante y guía. De esa conjunción de vivacidad infantil y miramiento adulto se consigue un estado mágico que sella el concepto que tiene el autor: “La literatura infantil es recreativa y educativa a la vez. Una composición, cual sea ella, influyendo en la sensibilidad del niño, está educándolo” (Izquierdo Ríos, 1969). Sobre la base de la valoración del adulto, que disfruta y pondera los alcances de la literatura infantil, Izquierdo Ríos hace una revisión de los mejores ejemplos de la literatura universal. Menciona una gama de testimonios ajenos a toda expresión “de ñoñeces, de infantilismos y de puerilidades”: desde los cuentos populares europeos y los cantares de gesta, hasta narradores modernos de la envergadura de Antón Chejov, Óscar Wilde y Horacio Quiroga. Relación de nombres que revelan su apertura de ilustración y discernimiento, pues hace la salvedad de los riesgos perturbadores que representan algunos libros; Las mil y una noches o El Decamerón, verbigracia.

Más adelante reivindica la literatura de origen popular como “fuente inagotable” para el género y recuerda una reveladora anécdota vinculada al gran escritor ruso León Tolstoi: Muy conocida es la respuesta de la nieta de León Tolstoi al preguntársele si le gustaban los cuentos escritos por su insigne abuelo: –Sí, pero me gustan más los que me cuenta mi nodriza–. O sea, el pueblo. (Izquierdo Ríos, 1969, pp. 14-15)

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Lo que sorprende, en la larga relación que ofrece de las creaciones populares —bastante desordenada, por cierto—, es la exaltada opinión que le merece la obra de Walt Disney; cuando los sectores intelectuales de aquellos años más bien anatemizaban la figura del director norteamericano, considerado un colonizador de la ideología dominante2. En la segunda parte del libro, Izquierdo Ríos (1969) ingresa al terreno peruano y lamenta la precariedad del universo cultural relacionado a la infancia: escasez de revistas y libros adecuados, tendencia a imitar lo foráneo y a predicar discursos didácticos, ausencia de editoriales especializadas y de estímulos para el escritor. “Escritores tenemos y buenos, pero muchos de ellos se frustran o no rinden todo aquello de lo que son capaces...”; y reclama, una vez más, el auxilio del inestimable acervo cultural para nutrir nuestra literatura infantil. Literatura que debe mostrar el escenario social del país, el drama humano de nuestro pueblo, sin falsificaciones ni edulcorantes pues el “niño se educa para la vida real”. A manera de ejemplos donde confluyen la lealtad artística y el compromiso con la realidad, Izquierdo Ríos (1969) nombra escritores cuyas obras están entrelazadas de paisaje, aventura popular y episodios históricos: Carlota Carvallo de Núñez, con Rutsi, el pequeño alucinado (1947); María Wiesse de Sabogal, con Quipus (1936) y El mar y los piratas (1947); Arturo Jiménez Borja, con Cuentos peruanos (1937) y Cuentos y leyendas del Perú (1940); José María Arguedas, con

Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947); Abraham Arias Larreta, con Rayuelo (1938) y Teatro infantil (1941); José Portugal Catacora, con Niños del Kollao (1937)

y Los niños que fundaron un imperio (1943); entre muchos otros, tantos que nos hace dudar de la insuficiencia del género y revela, sin duda, el saber y la atención de Izquierdo Ríos. La “Pequeña antología” que Izquierdo Ríos (1969) ofrece en el libro se inicia con una muestra poética y se cierra con breves textos narrativos: cuentos populares y de autor, fragmentos de novela y una semblanza del Inca Garcilaso. Menciono algunos autores y evito repetir los nombres del párrafo anterior: en poesía, Ricardo Peña Barrenechea, Mario Florián, José María Eguren, Manuel González Prada, Luis Valle Goicochea, Abraham Valdelomar, Carlos Oquendo de Amat y César Vallejo; en narrativa, Ciro Alegría, Rosa Cerna Guardia, Esther Allison, José Carlos Mariátegui y Alfonso Peláez Bazán.

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Ariel Dorfman publicó poco después Para leer al Pato Donald (1972), un libro emblemático de la literatura política.

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Tres libros monumentales Los cíclopes de la mitología griega eran gigantes con un solo ojo en la frente, fuertes como un peñón y de bruscas emociones. Pues los tres libros que mencionaré son también monumentales, robustos y apasionados. ¿Y el único ojo? Porque no deja de ser una auténtica rareza la aparición de estos volúmenes en nuestro medio. Apenas han bastado unas semanas para que mi pequeña biblioteca se tambalee nuevamente. Había ocurrido antes, cuando, tras la adquisición de Literatura para niños y jóvenes. Guía de exploración de sus grandes temas (1996), del investigador

francés Marc Soriano (traducido y anotado por la escritora Graciela Montes), mis estantes perdieron equilibrio hasta que llegó Bienvenidos a la fiesta (2001), de Luis Daniel González, un vasto diccionario de autores y obras de literatura infantil y juvenil, que permitió balancear el peso de la cultura y continuar la travesía. Por estos días han llegado de Madrid dos generosos mamotretos, en ediciones impecables de Ediciones SM: Historia de la literatura infantil en América Latina

(2009), de Manuel Peña Muñoz, y Gran diccionario de autores latinoamericanos de literatura infantil y juvenil (2010), de Jaime García Padrino (coordinador); y

de Lima he recibido, publicado por la Editorial San Marcos, El hipocampo y sus

palabras. Guía de autores y libros de literatura infantil y juvenil del Perú (2009), de Jesús Cabel. El ordenamiento mítico cultural que diseña Manuel Peña Muñoz para su historia es interesante y sugerente: “El mundo azteca: La fuente del origen”; “Centroamérica, un universo por descubrir”; “El Caribe o el exotismo del Trópico”; “La puerta de Sudamérica”; “El embrujo andino: Los países del Altiplano”; y “Los países australes”. En la sección dedicada al Perú, el autor chileno hace gala de un extenso y penetrante conocimiento que va desde el sortilegio primitivo hasta la desenfadada producción actual. El Gran diccionario… (2010) ha sido elaborado por un equipo de estudiosos bajo la coordinación de Jaime García Padrino, en el caso del Perú. Danilo Sánchez Lihón es el responsable de la selección y semblanza de los sesenta y cuatro autores peruanos. Es significativo que el amplio catálogo presente a los escritores representativos de Latinoamérica en orden alfabético, sin distinguirlos por nacionalidad, en un afán de hermanarlos. También se ofrece, en una primera sección, una mirada histórica por los orígenes de la literatura infantil y juvenil (LIJ) en cada uno de los veinte países.

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Por otro lado, el hipocampo es un pez muy extraño: posee una cabeza de caballo, su cuerpo está cubierto por una armadura de placas óseas y se desplaza entre las algas submarinas mediante armoniosos impulsos. Su imagen posee además un aire fantástico como sugiere el cuento “El hipocampo de oro”, de nuestro escritor iqueño Abraham Valdelomar. El poeta e investigador Jesús Cabel, residente en Ica desde hace muchos años, ha acertado al titular su libro El hipocampo y sus palabras. Guía de autores y libros de literatura infantil y juvenil del Perú (2009), pues nos

ofrece en el marco de la literatura infantil y juvenil un estudio inusual y sumamente valioso —con reflexiones políticas, hallazgos bibliográficos y reseñas de autores—, con el que seguramente incitará a otros investigadores a buscar nuevos caminos en la exploración del género. Aunque el autor presenta su trabajo como una “Guía de autores y libros de la literatura infantil y juvenil del Perú”, considero que lo mejor del volumen es el panorama crítico que ofrece. En “Derrotero para una historia de la bibliografía de la literatura infantil y juvenil del Perú”, comparte notables señales del origen y del desarrollo de nuestra literatura para niños y jóvenes. Escribe Cabel (2009) a manera de advertencia: la historia de la literatura y de su bibliografía debe estudiarse con un criterio muy amplio. No limitarse a una mera enumeración de fichas bibliográficas y a unos cuantos argumentos. Se requiere apreciable dosis de penetración crítica, sagacidad en la selección de las fuentes y flexibilidad de juicio. (p. 11)

Uno de los rescates de este apartado introductorio es la mención que hace de Antonio Olivas Caldas, un ilustre periodista3. Olivas es autor de un informe de veintiséis páginas publicado en dos entregas en el Boletín Bibliográfico de la Universidad Nacional de San Marcos. Con el título “Hacia la formación de una

bibliografía sobre literatura infantil peruana”, la primera aparece en el N° 3 del boletín, fechada en Lima, octubre de 1940, y la segunda en el N° 4, correspondiente a diciembre de 1940. Se trata de un registro temático, por ejemplo: “Fondo patriótico–histórico” o “Tendencias del cuento clásico” y en cuyos compartimientos agrupa autores y publicaciones diversas, desde libros hasta folletos y artículos. Olivas brinda, además, algunas observaciones donde lamenta el escaso interés que existe en el país por el género y alienta la formación de una literatura infantil con conciencia literaria y patriótica. Qué duda cabe, un trabajo exhaustivo y precursor. 3

E s pr obable que naciera en el Callao, en 1920, según el dato de Emilia Romero de Valle, o en 1921, como figura en los archivos de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue autor de dos libros: Las comparsas del carnaval. De mi glosario infantil (1938) y Un Itinerario para la historia del puerto (1950), además de una “Contribución a la bibliografía de Sir Clements Robert Markham” (1942).

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La segunda parte del libro constituye lo más copioso. En “Reseña de autores y libros de la literatura infantil y juvenil del Perú”, Cabel establece una relación de ciento ochenta autores —resultan inexplicables las ausencias de Valdelomar y Vallejo—; nómina minuciosa es cierto, que sin embargo se ve enturbiada por algunos comentarios teñidos de un matiz benévolo que rebaja el acento severo de la apertura histórica. Para quienes declaran que la educación y la cultura debe “despolitizarse”, los criterios del “derrotero” constituyen un saludable mentís. Un mínimo álbum fotográfico y un registro bibliográfico cierran este aporte indispensable.

fe A propósito del comentario anterior y para ser justo con el autor, debo reconocer que Cabel ha dado evidencias de sus intereses intelectuales, en diversos aspectos del género, desde principios de los ochenta. Sus libros más destacados son: Literatura infantil en el Perú: debate y alternativa (Lima, 1981), Nuestros cuentos infantiles (Lima, 1984), Literatura infantil y juvenil en el Perú: análisis y crítica

(Lima, 1984), Literatura infantil y juvenil de nuestra América (Lima, 1984), Poesía

infantil peruana del siglo XX (Lima, 1989), Literatura infantil en el Perú, América

y Europa (Lima, 1991) y Antología del teatro infantil peruano (Lima, 1997). En cada uno de ellos encontrará el lector diversos caminos de aproximación, siempre con responsabilidad, a través de estudios preliminares, cuestionarios y selecciones. Junto con sus aciertos críticos, de raigambre sociológica, sus libros han acogido valiosos testimonios de creadores ya fallecidos o cada vez más desvaídos por el vértigo contemporáneo. Es un privilegio acercarse al pensamiento de precursoras como Carlota Carvallo de Núñez, Rosa Cerna Guardia, Carlota Flores de Naveda o Matilde Indacochea; y de maestros como Francisco Izquierdo Ríos, Ernesto Ráez Mendiola o Javier Sologuren. Sorprende, por lo demás, la vigencia y optimismo de sus opiniones. De muestra, un botón: Una literatura infantil [peruana] auténtica y orgánica se halla en proceso —expresa Izquierdo Ríos hace casi cuarenta años—, en formación, dentro de la cultura nacional; esto viene sucediendo desde hace muchos años, como una reacción a lo foráneo, a lo importado, sin que ello quiera decir que no se acepten las manifestaciones culturales de otros pueblos, ya que toda acción creadora del hombre pertenece a la humanidad (...) en el campo del arte han aparecido obras vertebradas con la aspiración del hombre a lograr la edificación de un mundo mejor, el establecimiento de una nueva

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sociedad, libre de injusticias; por ejemplo, en la literatura, sin olvidar el lejano grito de Guamán Poma de Ayala, las creaciones de Ciro Alegría, principalmente El Mundo es ancho y ajeno, novela que desde el título es una tremenda protesta (...) Nuestro enorme poeta César Vallejo ha creado, por cierto, el cuento más significativo de este género, que presenta la trágica dicotomía de la organización social en el mundo capitalista: me estoy refiriendo a “Paco Yunque”. Igualmente la novela El retoño [de Julián Huanay] puede darse a los niños y adolescentes, tal como fue concebida por su autor. (Cabel, 1981, pp. 41-42)

Volvamos a Cabel. Tal vez su contribución más sustanciosa sea su ensayo titulado “Derrotero para una historia crítica de la literatura infantil y juvenil en el Perú”, publicado en Educación y Biblioteca, revista mensual de documentación

y recursos didácticos. Año 12, N° 110; Madrid, marzo de 2000. En dicho texto se deslindan varias categorías: en primer lugar, las páginas dispersas y sin intención específica que pueden rescatarse para configurar el cuerpo de nuestra literatura infantil y juvenil; de otro lado, las obras concebidas con propósito claro de pertenecer al género. También preocupa al autor establecer las diferencias entre la literatura producida por los propios niños y jóvenes, la creada por escritores especializados para complacer a esa nueva lectoría y, en tercer lugar, las recopilaciones o antologías pensadas con ánimo pedagógico. A continuación, el autor señala la inexistencia de estudios solventes y de una crítica rectora sobre el género, desarrolla algunas ideas interesantes —pone énfasis, por ejemplo, en la literatura oral: “madre de todas las literaturas, en especial del género infantil y juvenil”—, menciona numerosos autores y obras; y todo esta información la organiza siguiendo los compartimientos históricos convencionales: Literatura Prehispánica, Literatura de la Conquista y la Colonia, Literatura de Emancipación y Literatura de la República.

Potencialidad de la literatura infantil y juvenil en Iberoamérica Un volumen titulado Hitos de la literatura infantil y juvenil iberoamericana, publicado en Colombia con ocasión a la segunda edición del Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura, realizado en Bogotá en marzo de 2013, congregó a decenas de especialistas en la creación y la crítica. Este foro, como en su primera edición del 2010 en Santiago de Chile, sirvió de reflexión sobre las bases y la potencialidad de la literatura infantil y juvenil en Iberoamérica.

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Hitos de la literatura infantil y juvenil iberoamericana es un libro de gran formato y exquisita edición, cuya coordinación estuvo a cargo de Beatriz Helena Robledo, profesora y escritora colombiana, quien escribe el prólogo. Le suceden veintidós breves ensayos sobre el género cultivado en los países de habla española y portuguesa. Desde Argentina a Venezuela, en Sudamérica, y de España a Portugal, en Europa, el panorama que se ofrece de los orígenes y los procesos en cada nación muestra puntos en común, como las bases orales, la insuficiente difusión o el reconocimiento de un género todavía en camino de consolidación. El apartado dedicado a Perú estuvo en manos de la maestra y crítica literaria Jéssica Rodríguez López, quien, en el espacio reducido que dispone, consigue dar una lúcida visión del origen y del desarrollo del género en nuestro país. Con el buen criterio de una persona consagrada a la enseñanza, la autora establece su punto de partida en la concepción de la “infancia” como resultado de la confluencia de diversas ciencias —en especial la psicología evolutiva y la pedagogía—; este fenómeno social va a generar necesidades culturales específicas para este nuevo sector. Estamos en las primeras décadas del siglo XX y la literatura nacional, como en la mayor parte de los países de América Latina, apelará a la tradición oral con la finalidad de cubrir el espectro de la literatura infantil y juvenil. También vivíamos, por entonces, la afirmación de los primeros cimientos de la literatura peruana contemporánea, lo cual permitirá aprovechar las flamantes resonancias de escritores de la talla de Abraham Valdelomar, José María Eguren y César Vallejo. Jéssica Rodríguez se concentra en señalar el desarrollo de la literatura infantil y juvenil desde 1940, cuyos manantiales representan en poesía los libros Simbólicas (1911) y La canción de las figuras (1916) de José María Eguren y en narrativa los cuentos “El caballero Carmelo” (1913) y “El vuelo de los cóndores” (1914) de Abraham Valdelomar. Rodríguez comenta las obras más importantes de mediados del siglo XX: “El trompo” (escrito en 1940, publicado en 1951) de José Diez Canseco; “Paco Yunque” de César Vallejo (escrito en 1931, publicado en 1951); “Rutsi, el pequeño alucinado” (1941) de Carlota Carvallo de Núñez; “El bagrecico” (1965) de Francisco Izquierdo Ríos; “Los inocentes” (1961) de Oswaldo Reynoso; hasta llegar a la novela de Óscar Colchado Lucio titulada “Tras las huellas de Lucero” (1980). Y finalmente hace una brevísima cala en Noé delirante (1963), libro de poemas de Arturo Corcuera, donde “el poeta actualiza el mito, amplía y torna fantástica la fauna que lo compone y la dota de una dimensión simbólica” (Rodríguez, 2013).

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El canon literario

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l riesgo de esbozar un panorama de la literatura infantil peruana es que lleva implícito un postulado: insinuar o fijar un canon de nuestra creación literaria para niños. El canon, como sabemos, es el precepto que forma un

modelo. Me pregunto si será posible establecer una norma en las aguas cambiantes de la literatura, cuya propia naturaleza es la tensión entre las profundas corrientes y los oleajes imprevistos. Este movimiento dialéctico es la esencia del arte con la palabra que se define más por su ánimo turbulento y transgresivo, que por su vocación conservadora y sus afanes documentarios. La construcción de un canon es siempre —como lo ha demostrado Harold Bloom, quien además relanzó el polémico concepto en su libro El canon occidental (2006)—, una lectura del presente que sacraliza el pasado; una suerte de arqueología literaria para preservar la letra y el espíritu de una obra o para levantar un monumento a la figura de un autor. En una frase: transferirlo del limbo literario (tal vez del infierno) al cielo en su consagrada condición de clásico. En una de sus prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro (1992) escribe que “la existencia de un gran escritor es un milagro […] Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza!”, pero Ribeyro no se detiene a decirnos quién declara este prodigio, a qué entidad divina o humana le corresponde descartar a un escritor y glorificar a otro. Jorge Luis Borges ensaya su propia visión metafísica al afirmar que “Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos, es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones leen con previo fervor y con misteriosa lealtad” (Borges, 1952). Nadie discute hoy la importancia de los cuentos del folklore europeo recogidos por Jacob y Wilhelm Grimm, ni los cuentos de Perrault o Andersen, ni las novelas de Carlo Collodi, James Barrie o Lewis Carroll. Estos nombres están unidos a sus

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obras, que juzgamos imperecederas. Ha sido la llamada comunidad literaria —la academia, los críticos y los lectores— que los ha instalado como clásicos de la literatura infantil universal. Pero en el Perú, donde hay apenas unas líneas dedicadas a la literatura infantil en las páginas de nuestras historias literarias, donde no hay crítica ni teorías preocupadas en este género, donde no hay revistas, y apenas un par de premios que atiendan a la creación literaria para niños, qué institución social o qué personaje puede arrogarse el delicado papel de discernir el trigo de la paja; es decir, descartar a muchos autores y elegir a los pocos que pasarán por el ojo de una aguja. ¿Quién canoniza y qué debe canonizarse de nuestra literatura infantil y juvenil? Creo que en nuestro país, por la manera cómo ha irrumpido el género a través de la escuela, que ha devuelto a la literatura a su estado pedagógico primigenio, sujetándolo a la enseñanza, es a la institución educativa escolar y a sus maestros a quienes les corresponde este papel de supervisión y fijación de obras y autores. En su diálogo sobre la retórica titulado Fedro o de la belleza, la sabiduría de Platón nos aclara por voz de Sócrates que “A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él”. Como maestro de escuela que fui puedo atreverme a especular sobre el tema y a sugerir algunas manifestaciones y unos pocos nombres. He escrito con prudencia atreverme a especular, porque estoy muy lejos de ser un experto en el tema. Por lo tanto, soy consciente de que soy incapaz de ofrecer un panorama general de la literatura infantil en el Perú. Solo alcanzaré a señalar lo que muchos de ustedes advierten —especialmente profesoras y profesores— en un terreno fértil, pero todavía poco conocido y confuso.

Lectura literaria en la escuela Es evidente que la creación de literatura infantil vive un momento de privilegio en el país y que la lectura literaria en la escuela se ha convertido en un asunto de agenda política. Basta revisar la página web del Ministerio de Educación para apreciar esta inquietud. Es un fenómeno cultural extraordinario, único en nuestra historia, que no hay que desaprovechar. Muchos dirán que es una reacción tardía del Estado con respecto a iniciativas privadas y que muestra demasiadas limitaciones y falencias. Es verdad, pero si no hacemos ahora del libro y del arte literario una herramienta democrática, un instrumento para el futuro, seguiremos viendo en nuestras calles más niños privados de la educación y del carácter, caminando sin destino.

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La literatura infantil ha nacido, como preocupación teórica, vinculada a la escuela. Y esta institución se ha ocupado, a menudo, de desautorizar el arte literario al convertirlo en formulación pedagógica, en transmisor de piadosos mensajes al margen de su composición estética; ha arrancado el canto al ave del paraíso y la ha desplumado para comer su carne. Es la búsqueda de una finalidad utilitaria, nutricia del programa escolar y de los mandatos de una pasiva conciencia. Como se repite ahora, de acuerdo a la tendencia ministerial: lecturas que atraviesen transversalmente las asignaturas del grado y que sean, además, formadores de valores. No estoy en desacuerdo ni con el conocimiento ni con la ética que implica toda lectura, pero la composición literaria es bastante más compleja y profunda que una página de manual o que un consejo bien intencionado. En los últimos años me pregunto si los profesores disponen de dinero para comprar libros, y de tiempo para leer y de destreza para percibir lo que leen, y de energía para releer lo que no comprenden, y de pasión para contagiar estas lecturas a sus alumnos. Lo que he comprobado muchas veces es que el manual de colegio, o el poder de la tradición literaria, o la visita del promotor de una editorial ahorran el trabajo privado de la lectura —sus tropiezos y sus descubrimientos— e imponen un canon indiscutible. Una especie de índex, “Índice de libros prohibidos”, pero al revés. En esta lista se catalogan aquellos libros de provecho para el estudiante y se desliza subrepticiamente una censura. En mi época de estudiante ningún hermano de La Salle discutía las bondades de Platero y yo (1914), de Juan Ramón Jiménez, o de Corazón, de Edmundo de Amicis (1886). Difícil imaginar que algún colegio, en la hora actual, incluya estas dos novelas en su Plan Lector. Otros nombres han venido a reemplazar al poeta español y al escritor italiano. ¿Quiere decir que necesariamente los maestros de ayer habían leído y aquilatado los méritos de estos libros o era más bien que el dictado canónico los había impuesto? Los maestros no siempre saben de la importancia que reviste un ojo y un oído atento a las generaciones, de la necesidad de una consistente competencia académica y de un educado gusto que exige esa constante labor de elección. Porque si no es buen lector y estudioso de la literatura infantil, es fácil protegerse la ceguera en la tradición literaria y caer subyugado ante el canto de sirenas, es cómodo no dudar de los nombres consagrados y no arriesgar por autores novedosos, es irresponsable no explorar la periferia y afincarse en el centro como un terrateniente. Creo que debería entenderse la labor del maestro de lectura no como un trabajo de taxidermista, sino de libre cultivador de inquietudes internas.

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Conciencia de lo nacional

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i buscamos construir un corpus de nuestra literatura infantil cuyo resultado exhiba un estatuto equivalente de la literatura peruana, con sus deficiencias y excelencias, es preciso ensayar una serie de cuestionamientos

que limpie el trigo de tantas impurezas. La categoría de literatura infantil comporta, tal vez en todas partes, una naturaleza informe y de alcances tentaculares. Es un gran pulpo que pocos se animan a definir, que discurre a sus anchas por las aulas de colegio y que va capturando lo que está a su alcance —funciones de cuentacuentos, títeres y teatro; discos de música, libros objetos e historias ligeras—, porque de lo que se trata es que los chicos lean y no importa a costa de qué. Haberse emplazado en la escuela, a veces con una corta antesala en la casa, ha acercado riesgosamente el género a la exclusiva complacencia del gusto infantil (con el cómodo beneplácito de profesores y padres) y lo ha alejado de preocupaciones académicas; es decir, de disquisiciones culturales y políticas. En este sentido, con toda razón, el escritor argentino César Aira califica la literatura infantil como un subgénero, más próximo de la industria que del arte (Aira, 2001). Me interesa disponerme en contra de esta apreciación que, por cierto, corre el peligro de instalarse y expandirse en nuestro medio, por displicencia o poca información de padres y profesores. La situación es más delicada si atendemos a los actuales momentos de aparente bonanza, tanto en términos editoriales como de lectores. Las cifras de venta de las grandes editoriales y los programas de lectura parecerían confirmar la buena salud de nuestra literatura infantil; tan evidente en el éxito de concurrencia y rentabilidad en las recientes ferias del libro con salas especiales destinadas a presentaciones de libros para niños y animaciones de lectura, podría dejarnos felices y sin preocupaciones. No obstante, la satisfacción por un evidente avance, que sobre todo favorece a un

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sector social, me despierta algunas preocupaciones vinculadas a la calidad artística que se ofrece y a la necesidad de formar una tradición de nuestra literatura infantil peruana, que se entronque decisivamente a la literatura peruana sin adjetivos. Los estudios historiográficos y de crítica, realizados durante el siglo XX en el país, han sido sin duda muy valiosos y han permitido apreciar el enmarañado itinerario espiritual y artístico del Perú, mostrando los conflictos sociales que forman la textura múltiple de una obra literaria. Todo fenómeno cultural es, lo sabemos muy bien, un producto social; por lo tanto, susceptible de ser observado y juzgado. Sin embargo, tratándose sobre todo de un país diverso y contradictorio, este considerable arsenal de estudio resultará siempre incompleto. Y en lo que nos concierne, por ejemplo, ninguno de ellos aborda el tema de la literatura infantil. Desde la primera tesis sobre el carácter de nuestra literatura, escrito por José de la Riva Agüero (1905), hasta la revisión de la periodicidad propuesta por Carlos García Bedoya (Para una periodización de la literatura peruana, 1990); así mismo, desde los enjundiosos e imprecisos postulados de Luis Alberto Sánchez, hasta las penetrantes meditaciones de Antonio Cornejo Polar sobre la identidad nacional4, no encontramos una sola línea especializada que reflexione acerca de la perspectiva del lector niño o adolescente. Aún no contamos, por lo tanto, con una historia de la literatura infantil ni con un aparato crítico que nos permita evaluarla. No obstante, la situación no es del todo desalentadora. Hasta hace unos años tuvimos dos maestrías en literatura infantil: en la Universidad Champagnat y en la Universidad Católica Sedes Sapientiae; ojalá sus promotores se animen pronto a reabrir estos programas de posgrado. De otro lado, desde hace unos años circula la primera revista virtual de literatura infantil Caballito de madera, cuyo interés fundamental es reflexionar sobre el género. Y circula, también, en un ambiente universitario la revista impresa Fabulador, que contiene textos teóricos y ensayos sumamente interesantes. Ambas en Facebook. Un libro que debo recomendar a los maestros y maestras es Palabras no

cautivas. Ensayos sobre literatura y educación (2011), del investigador Miguel Ángel Huamán. Los textos analizan el uso y las distorsiones que experimenta la enseñanza de la literatura en la escuela; además de que permite, gracias a su 4

Son numerosos los títulos publicados por Luis Alberto Sánchez, que se inician con Los poetas de la revolución (1919) y se prolongan hasta su obra más ambiciosa: La literatura peruana. Derrotero para una historia cultural del Perú (1963). Menos prolífico, Cornejo Polar tiene una visión más moderna y especializada con libros como La cultura nacional, problema y posibilidad (1981) y La formación de la tradición literaria en el Perú (1989).

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lenguaje accesible, un conocimiento actualizado de los estudios literarios en materia de teoría e interpretación de textos. Para un estudio serio de la geografía peruana ahora es insuficiente, incluso erróneo, atender a la antigua clasificación de costa, sierra y selva. Del mismo modo, para ensayar un panorama de la literatura infantil no basta con repetir el esquema tradicional de la historia peruana: culturas Preincaicas, Incanato, Conquista, Colonia, Emancipación y República. Esta mirada diacrónica resulta ahora simplificadora e inexacta, porque la historia no es solo una suma de autores y obras, corrientes literarias y sucesos como se nos enseñó la literatura en el colegio. Tampoco resulta acertado el exclusivo enfoque sincrónico, que cala a fondo en episodios importantes o en autores, de una manera inmanente, ajenos al discurrir social del tiempo. Por fortuna, la teoría literaria de las últimas décadas postula otras posibilidades de acercamiento a la producción literaria, que privilegia al texto literario como una unidad de sentido, pero sin desatender su relación con el medio social. De modo que para confeccionar un panorama de la literatura infantil peruana es imprescindible pensar en torno al concepto de lo nacional, asumiendo la evolución histórica y literaria en sus aspectos diacrónicos y sincrónicos. Para ser más precisos: las obras literarias deben imbricarse en los procesos sociales y artísticos de la dimensión histórica. En su notable estudio sobre “El proceso de la literatura”, contenido en sus 7 ensayos

de interpretación de la realidad peruana, José Carlos Mariátegui (1928) escribe:

El nacionalismo en la historiografía literaria, es por tanto un fenómeno de la más pura raigambre política, extraño a la concepción estética del arte. (…) La literatura nacional es en el Perú, como la nacionalidad misma, de irrenunciable filiación española. Es una literatura escrita, pensada y sentida en español, aunque en los tonos, y aun en la sintaxis y prosodia del idioma, la influencia indígena sea en algunos casos más o menos palmaria e intensa. La civilización autóctona no llegó a la escritura y, por ende, no llegó propia y estrictamente a la literatura, o más bien, ésta se detuvo en la etapa de los aedas, de las leyendas y de las representaciones coreográfico-teatrales. La escritura y la gramática quechuas son en su origen obra española y los escritos quechuas pertenecen totalmente a literatos bilingües. (pp. 195-196)

También en la década de 1920, desde sus primeros estudios literarios, Luis Alberto Sánchez lanzó una afirmación que hoy suena obvia: “No hay un solo Perú; hay varios Perúes” y propuso una interrogante fundamental, de gran agudeza, que buscaba distinguir los conceptos entre “literatura del Perú” y “literatura peruana”.

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Sánchez escribe en su Panorama de la literatura del Perú ([1939]-1974): “Ser literato del Perú puede no pasar de una mera casualidad geográfica. Ser literato peruano implica, además, una identificación con el medio ambiente”. Y señala en el desarrollo de su tesis que “literatura peruana” hubo solamente en las primeras décadas de la Conquista —mientras se instalaba el nuevo orden y se ejercía una débil resistencia nativa—; que a lo largo de la Colonia y del primer siglo de la llamada vida independiente se desarrolló una “literatura del Perú”, con obras nacidas en nuestro territorio aunque con características manifiestamente hispánicas. Recién en la segunda década del siglo XX, con escritores como Abraham Valdelomar y César Vallejo, vuelve a fundarse una “literatura peruana”. Noción y praxis de una literatura peruana constituye, desde mi modo de entender, una asunción del problema nacional. Creo que son preguntas esenciales: ¿Qué es el Perú? ¿Cómo fue su pasado y de qué modo se integra en el presente? ¿Cómo vivimos el presente y qué país construimos para el futuro? Porque la formación de las tradiciones literarias depende de la concepción que tenemos del pasado y del grado de permeabilidad que le concedemos: cómo lo asumimos y acomodamos en nuestro proceso histórico. Es evidente que no existe, salvo en los viejos manuales escolares, el pasado como un bloque inmodificable; hay más bien una relación entre pasado y presente, que debería ser fluida y dialogante, pues solo de ese vínculo surge el carácter de lo propio, de la nuestro. En el Perú, desde antiguo —tal como lo señala Antonio Cornejo Polar en la introducción a La formación de la tradición literaria del Perú (1989)—, a los conflictos entre clases sociales y etnias, le agregamos los conflictos dentro de clases sociales y etnias. Sin una idea y un sentimiento de pertenencia, sin ánimo de articular un amplísimo y tensionado proceso histórico y social, mal podríamos sostener la fundación de una tradición de literatura infantil peruana. Aún somos herederos de muchos destinos, y el mapa de nuestro país es un tablero desarticulado, a menudo doloroso. Registrar la gesta de estos conflictos es tal vez una de las tareas más intensas de la literatura —y de mayor eficacia que otras artes—, pues en su discurso despliega un horizonte de componentes estéticos e ideológicos que muestra la piel de una sociedad, y sobre todo el funcionamiento de sus glándulas internas.

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El carácter unitario

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on la publicación del libro Edición extraordinaria (1958), de Alejandro Romualdo, se echó más leña al fuego en la polémica encendida pocos años atrás en nuestro medio cultural y que enfrentaba dos posiciones

aparentemente irreconciliables: poetas puros y poetas sociales. No hace sino unos años se abrió un debate, también encarnizado, con suficientes motivos pero sin ideas claras, entre narradores criollos y narradores andinos. Estas dos situaciones, en medio siglo de nuestra literatura reciente, no son sino dos puntos de quiebre de un estado subrepticio de tensión, pocas veces manifiesto, entre el ejercicio del poder y el resentimiento del dominado, que certifica la antigua condena que parece regir el destino del Perú. Lo más interesante, en virtud de una anhelada unidad, es que la literatura peruana ofrece en sus obras de creación un mosaico cultural no libre de conflictos y que sus estudios críticos no han eludido la discusión, antes bien han privilegiado el espacio para la reflexión en torno a la identidad nacional. En el trabajo de fijar los criterios para una selección y un ordenamiento del caudal creativo, la propuesta inaugural se presenta con El carácter de la literatura del Perú Independiente (1905), la tesis de José de la Riva Agüero, que considera

“insuficiente” la tradición quechua como para constituir un factor importante en la formación de la tradición literaria peruana. Y opta por arrancar de cuajo la raíz andina, lesionando seriamente el corpus de la literatura peruana, que quedó exclusivamente con forma y espíritu hispánicos. Una mutilación que revela un craso desconocimiento de la literatura vernácula y también una actitud intelectual de clase social, de casta criolla aristocrática, en la que lo andino era lo primitivo y exótico, por lo tanto carente de categoría estética. Otro personaje hispanista —aunque menos recalcitrante— fue José Gálvez Barrenechea, quien publicó Posibilidades de una genuina literatura del Perú (1915).

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Gálvez postula un escrupuloso mestizaje, que incorpore algunos elementos indígenas, sobre todo vinculados a episodios históricos del Incanato. En el extremo opuesto de Riva Agüero, el puneño Federico More inyecta un ánimo iconoclasta y agresivamente indigenista; en “De un ensayo sobre las literaturas del Perú” (1924) propugna una base cultural quechua, que cristalice los nocivos componentes de las literaturas occidentales. El maestro Luis Alberto Sánchez encarna un espacio de conciliación y fija los cimientos para una literatura mestiza o criolla; sus diversos planteamientos —desde su primera juventud5— se orientan a dilatar la categoría de tradición literaria, en lo que denominó un “totalismo peruanista”. Es decir, propugna incorporar las literaturas andinas y populares a fin de valorar en su verdadera dimensión el espacio y el espíritu de nuestra literatura nacional. Sin consideraciones cientificistas, más bien dueño de felices intuiciones y de verbo encantatorio, Sánchez significa en ese momento un punto de equilibrio que pone fin a “la vieja costumbre de oponer gallo a gallo”. Uno de los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), del amauta José Carlos Mariátegui, contiene el esclarecido estudio “El proceso de la literatura”, del que el profesor Solomon Lipp juzga con precisión que se trata de: una brillante interpretación de la “superestructura” del escenario peruano. Su análisis del proceso literario sigue las líneas generales de una orientación sociohistórica. Los cambios sociales de una época tendrán sus repercusiones en la creación literaria de esa época. De ahí que Mariátegui divide la historia de la literatura peruana en tres períodos, designados respectivamente como el colonial, el cosmopolita y el nacional. Los dos primeros son para él negativos, en el sentido de que impidieron la nacionalización de la literatura peruana. En el primer caso, la influencia excesiva de España fue un obstáculo: en el segundo, lo fue la penetración extranjera. Hay que esperar hasta llegar al tercer período, el nacional, para que el país alcance su propia personalidad. (Perspectivas literarias en José Carlos Mariátegui, 1995)

Tiene sentido pensar que el ensayo de Mariátegui está escrito con una fibra política, pues el hecho de que integre un volumen que constituye una revisión ambiciosa y severa del país —tanto un ajuste de cuentas a la política peruana, como un proyecto de futuro socialista—, da prueba de su ímpetu revolucionario. 5

“Ensayo sobre una literatura nacional” (1920) es el primer trabajo de una relación sorprendente que podría culminar con Panorama de la literatura en el Perú (1974), pasando por los cinco tomos de su monumental La literatura peruana. Derrotero para una historia espiritual del Perú, cuya primera edición incompleta es de 1928.

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Y lleva adelante la consigna marxista: la realidad no es la idea sino la materia y está sometida a un proceso de constantes contradicciones. Y es el hombre, como ser protagónico y activo, llamado a transformar la realidad. Por eso a Mariátegui no le preocupa tanto indagar en el pasado ni fijar las bases de una tradición sino, sobre todo, descubrir las brechas y las fricciones internas de la sociedad peruana y enrumbar hacia condiciones socialistas: “el problema de nuestro tiempo no está en saber cómo ha sido el Perú; está, más bien, en saber cómo es el Perú”.

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Literatura oral y literatura infantil6

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rovengo de un país privilegiado, diverso y herido, con una poderosa cultura ancestral que resistió durante décadas la enérgica penetración española y que aún sabe poner su mejor rostro a las contemporáneas corrientes

invasivas de Europa y Norteamérica. La llamada Conquista Española del siglo XVI impuso, a sangre y fuego, una creencia religiosa y un estilo de pensamiento que era traducido por un precioso idioma. El merecidísimo prestigio de la lengua castellana como expresión literaria, nace precisamente durante los ardorosos años de la Conquista y se consolida en la Colonia. Cuando el dominico Bartolomé de las Casas miraba aterrado la insania destructiva contra los pueblos de América y redactaba con indignado pulso su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, iban fraguándose los genios literarios de la Época de Oro. Aunque resulte duro aceptarlo es imperativo recordarlo: mientras la magia de las huacas, la riqueza material y las artes del Incanato eran avasalladas por la pólvora de bombardas y arcabuces, hasta no dejar piedra sobre piedra, las ilustres plumas de Lope de Vega y Cervantes componían sus obras imperecederas. Se ha repetido a menudo el poder del alfabeto de hierro sobre el hierro de las armas. Gutenberg, como sabemos, reemplazó las tablillas de madera por los primeros ‘tipos móviles’ confeccionados de metal. De ese modo, la demorada caligrafía de los frailes copistas pasó a ser la reproducción mecánica de textos e imágenes sobre papel y la imprenta, la madre revolucionaria del siglo XV, ocupó un lugar preponderante en la cultura de occidente. Tenemos, de ese modo, que en un corto periodo de tiempo la nación del Tahuantinsuyo —que comprendió

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Ponencia presentada en la mesa redonda llevada a cabo en la Feria Internacional del Libro. Quito,

diciembre del 2011.

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parte de los actuales territorios de América del Sur— fue arruinada y sometida a un pensamiento foráneo, a una lengua indómita y a una literatura impresa. Si bien nuestros pueblos poseían una simbología cromática y gráfica, y utilizaban eficaces sistemas de contabilidad, carecían de la noción ‘letra’7. Generación tras generación de peruanos hemos entrado al siglo XX estudiando en la escuela la asignatura de Literatura Peruana que empezaba con la Literatura de la Conquista y la Colonia. Se omitía cualquier vestigio de creación literaria anterior al testimonio de las crónicas, redactadas, por supuesto, por los clérigos y escribidores de la época. Los maestros de colegio no se detenían a preguntarse por qué una literatura nacional era levantada por manos extranjeras. Grandes mamotretos religiosos o relaciones de prodigios, donde resplandecía una fauna y una flora portentosa, eran dictados por espíritus interesados en algún favor de la corona española o en alguna prebenda divina. No obstante, desde muy pequeños aprendíamos, en la asignatura de Historia del Perú, que el origen del Imperio Incaico residía en una historia maravillosa. Nadie ponía en duda la veracidad de ese relato. Me refiero a “La Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo”, dada a conocer por el Inca Garcilaso de la Vega, cronista mestizo, hijo del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega y de la ñusta Isabel Chimpu Ocllo, nieta de Túpac Yupanqui, quien establece con sus Comentarios reales8 una de las piedras de toque de nuestra historia, gracias a su esmerada educación occidental, pero, sobre todo, al oído que prestó de niño a la voz de su madre y de los amautas incas, conocedores a fondo de la mitología y cultura aborigen. Una figura del siglo XX de similar importancia para nuestra historia, que concilia en su literatura la tremenda colisión de dos mundos, el occidental y el andino, la representa el escritor José María Arguedas. A fines de la década de 1930, con veintiocho años de edad, Arguedas consigue un puesto de profesor en el Colegio Mateo Pumaccahua de Sicuani, en el Cusco. Por entonces radica en Lima, sin empleo estable; de modo que este viaje al interior no solo le permite abandonar una ciudad fatigosa, sino que significa “la realización del más viejo y 7

Últimas investigaciones sostienen que las culturas prehispánicas poseían un sistema de escritura basado en una simbología idiomática, inscrita en tocapus, pallares, quipus y piedras.

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La obra fue publicada en dos partes: los Comentarios Reales de los Incas (1609) se refiere a los acontecimientos de los incas y su civilización, y la interpretación de Garcilaso es de un modelo de sociedad y gobierno ideal. La obra empieza con los inicios de los incas y termina con la llegada de los españoles. La segunda parte titulada Historia General del Perú (1617) se concentra en la guerra de conquista del Perú y a las guerras civiles entre los conquistadores por la riqueza del imperio.

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querido de mis sueños” (Rescaniere, 1996). Porque él presiente —y lo constatará después— que desde la docencia es posible construir un oficio de esperanza y estímulo, que culmine la ilusión por una sociedad más afectiva y justa. Y es como asume su vocación, con utopía e integridad, además de un ingenio propio de sus dotes creativas. Al término de su primer año de trabajo, Arguedas publica un folleto con los ejercicios de sus alumnos. Él escribe las páginas liminares. Es sorprendente la precisión y actualidad que contienen: juzga con dureza nuestro sistema educativo por el exceso de información, el ánimo memorístico y ninguna curiosidad por la investigación; descalifica a muchos profesores por seguir con fidelidad militar el programa estatal; lamenta no haber leído, durante sus años de estudiante, un solo libro en clase ni haber escuchado palabras amistosas de sus profesores. “Más tarde —afirma Arguedas—, tuve la convicción de que los colegios del Perú… debían trabajar de otra manera”. Y esa otra manera consistía, por ejemplo, en leer y comentar los informes de sus alumnos sobre las costumbres de sus pueblos. También sobre lecturas de cuento y poemas efectuados en clase. Luego el profesor Arguedas ordenó el frondoso material, añadió valiosas explicaciones y lo entregó a la imprenta. Aquella publicación ha cumplido setenta años, y significó el punto de partida para un trabajo posterior titulado Mitos, leyendas y cuento peruanos (Lima, 1947), elaborado con el escritor y maestro Francisco Izquierdo Ríos. El libro fue realizado por iniciativa de Arguedas, cuando ocupaba la Dirección de la Sección de Folklore y Artes Populares del Ministerio de Educación. Sobre este volumen hace unos años llegó a Lima de Madrid una bellísima edición (Siruela, 2009). Años después, el Grupo Editorial Santillana publicó, en nuestro medio una modesta edición del libro en Punto de Lectura (2013), que reproduce el amplio prólogo de Arguedas e incluye una nota de Sybila Arredondo de Arguedas, quien enfatiza el carácter folclórico del relato popular, cuyo propósito fundamental es, en palabras del escritor: recrear el espíritu de sus oyentes, para ilustrarlos, para exaltar lo bueno y lo bello, para afirmar las reglas o valores morales que rigen la conducta de sus grupos sociales, para infundir temor a los castigos que sufren quienes infringen esas reglas, para explicar el origen de las cosas. (p. 13)

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En el prólogo de Mitos, leyendas y cuento peruanos de Izquierdo Ríos (1947), titulado “Algunas consideraciones acerca del contenido y finalidad de este libro”, el autor hace un recuento histórico de la resistencia cultural desde la llegada de los españoles y cómo la tradición aborigen se protegió, a veces gracias al desplazamiento geográfico —sobre todo de los pueblos amazónicos— y la mayor parte de las veces gracias al proceso de fusión con la cultura invasora, en el que nuestra cultura nativa supo mantener una importante dosis de presencia. Otro aspecto en que incide Arguedas, cuando toca la literatura popular —y lo hace con contrariedad— es la proliferación de cierta literatura folklórica manipulada ex post por un autor. De este modo se destruye el valor artístico de origen y la esencia antropológica; es decir, el dato científico. Con el propósito de rescatar material en su mayor integridad autóctona, Arguedas realiza una gran convocatoria a los maestros de aula de todo el país a fin de que envíen, en su versión más fiel, los relatos tradicionales de sus pueblos. Con este ingente material, depurado y distribuido en las tres clásicas regiones de nuestro territorio: costa, sierra y selva. Ciento veinte relatos conforman el volumen, con textos escritos por profesores y alumnos, que provienen de alejados rincones del Perú y que cumplen, de este modo, un ardiente sueño de Arguedas por transmitir la sabiduría ancestral y estrechar los vínculos entre hermanos para lograr una educación equitativa y liberadora.

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Otros ámbitos de la literatura infantil

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n un texto perspicaz titulado “Contra la literatura infantil”, el extravagante escritor argentino César Aira despotrica contra el género y da razones que el tiempo ha sabido comprender. Se queja, en primer lugar, de las

puerelizaciones de muchas adaptaciones —las califica de “criminales”— en las que han caído obras importantes del pasado como Los viajes de Gulliver, Robinson Crusoe, Alicia en el país de las maravillas o La isla del tesoro. Han dañado

—creo entender— la esencia del lenguaje, por el afán de los editores de acercar la gran literatura a un mercado infantil. Este empeño comercial ha convertido la literatura infantil en un subproducto literario del siglo XX; la categoría que conocemos como subliteratura. Otro aspecto que considera Aira es la negación de la libertad; la genuina literatura inventa a su lector, mientras que la literatura infantil fecunda sobre un organismo definido y examinado como si fuera un sujeto embalsamado, sin voluntad ni inquietudes. No solo trabaja sobre niños arquetipo, sino sobre edades determinadas. Para lo cual, fabrica libros que no son objetos aburridos, como los que leen los adultos, sino que son objetos manipulados como juguetes para hacer de la lectura una mera diversión: ahí están, dice, “libros acordeón, libros de tela, con ventanitas en las páginas, desplegables, transparentes, con ruido, transformables (como los que hizo el genial Lothar Meggendorfer), libros impresos con tinta invisible, libros origami, elásticos, y los maravillosos flipbooks o folioscopios”, (Diario El País, Madrid, sábado 22 de diciembre de 2001).

Y creo que del lado de dicho esparcimiento —a menudo algo banal y que ha adelgazado el género— está la práctica de una literatura sin mayor responsabilidad artística o formativa. Ganada por intereses subalternos, como la visión política conservadora o los réditos de orden empresarial que han lesionado nuestra

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genuina literatura infantil. Fenómeno que se ha advertido también en la gran literatura peruana con diversos temas; con el tema del indio, por ejemplo, que desde el siglo pasado, durante el romanticismo, fue visto como un personaje decorativo y retórico. Casi una figura de álbum histórico, que fue modificándose y adquiriendo en el tiempo una dimensión más real: recordemos el indio montaraz de los Cuentos andinos (1920) de Enrique López Albújar; el indio pintoresco de La venganza del cóndor (1924) de Ventura García Calderón o el indio poético de

Los perros hambrientos (1939) de Ciro Alegría. En esa línea llegamos al punto de intensidad narrativa de José María Arguedas, con un indio no solo carnal sino profundamente humano, desplegado desde su libro de cuentos Agua (1935) hasta su novela Los ríos profundos (1958).

También en la literatura infantil se ha abordado la literatura popular, sobre todo andina, produciendo una considerable batería de relatos adulterados. Y como existe un reclamo de un sector del magisterio nacional para trabajar con textos peruanos —entendidos exclusivamente como andinos—, la recreación de la narrativa tradicional ha operado como inagotable surtidor del género, sobre todo en provincias, sin prestar demasiada atención a la calidad estética. Hace casi setenta años, José María Arguedas mostró su desazón en el prólogo que escribió para el libro recopilatorio Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947), que convocó con Francisco Izquierdo Ríos y que contó con la colaboración de muchos maestros de escuela de todo el país. El libro fue publicado por un comprometido Ministerio de Educación, escribe Arguedas: En el caso del folklore, esta ineficacia aparece agravada por una frondosa literatura cultivada en toda clase de publicaciones de las provincias y de la capital. Esta inmensa e inútil literatura prolifera, cada vez con mayor fecundidad, a causa del equivocado concepto que se tiene del folklore y de la peligrosa y tenaz convicción que ha sido difundida en el sentido de que los “temas” folklóricos pueden ser y deben ser aprovechados para la composición literaria; pues, de este modo, tales composiciones tienen, además de valor artístico, interés científico, y por añadidura valor “nacionalista”. Y en realidad, es que casi la totalidad de esa literatura no tiene realmente valor de ninguna especie, pues el valor científico del dato folklórico es totalmente destruido por la fútil y negativa recreación personal de los autores. (2009, p. 18)

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De este modo se ha trabajado también el personaje niño, como si fuera un querubín sonrosado y soñador a la usanza de un antiguo cromo. Ojalá me refiriera a la literatura de hace un siglo, pero no. No solo es influencia de una época sino de la entelequia que tienen algunos improvisados escritores o maestros y maestras que no consiguen admitir las travesuras ni los sudores de un niño real. El concepto de infancia o de adolescencia es, mal que bien, una construcción social en la que participamos todos los que formamos parte del entorno de un chico o una chica. Muchos adultos, sobre todo educadores, parecen empeñarse en extender esa brecha generacional y muchas veces la literatura infantil sirve de aliada pedagógica para “enmendar” una nueva generación, según los virtuosos modelos de escritores obstinados en plasmar una retórica nostalgia, o simplemente ávidos de sus regalías de autor.

Tradiciones, recopilaciones y antologías Para beneficio de nuestra tradición literaria, por supuesto debemos destacar a algunos escritores clásicos animados por nobles motivos artísticos: Ricardo Palma y sus Tradiciones peruanas (bautizadas así desde su edición de 1890 y que reúne cerca de quinientos textos referidos a la historia peruana); Adolfo Vienrich y sus tres libros de relatos regionales titulados Azucenas quechuas (1905), Fábulas quechuas

(1906) y Apólogos quechuas (1906). Un tiempo después, José María Arguedas publicó Canto Kechwa (1934) y Canciones y cuentos del pueblo quechua (1949), que agrupa poemas, narraciones y canciones anónimas del universo indígena. De los cuatro cuentos que integran el segundo libro, “El lagarto” es, a mi gusto, un relato preponderante. El también escritor y etnólogo Arturo Jiménez Borja recopila muy bellos relatos en sus libros Cuentos Peruanos (1937), Cuentos y leyendas del Perú (1940) e Imagen del mundo aborigen (1973).

Y llegamos de este modo, casi sin proponernos, al género de la antología de literatura para niños. Me refiero al selecto inventario que realiza un especialista —o más de uno— de la variada producción literaria y que respeta algunas consideraciones, que pueden ser de orden temático o estilístico. Las buenas antologías suelen desempeñar un papel trascendente en la formación del concepto y de la valoración de cierta literatura. Mencionaré las principales antologías de literatura infantil que conozco, publicadas en el Perú desde los años cincuenta hasta la década del 1980.

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Florián, Mario. Poesía infantil. Lima: Edición GUE Bartolomé Herrera, 1956. Salazar Bondy, Sebastián. Cuentos infantiles peruanos. Lima: Editorial Rumbos Nuevos, 1958. Enseguida aparece la segunda edición. Lima: Librería Editorial Juan Mejía Baca & Editorial Rumbos Nuevos, 1958. Sologuren, Javier. Cuentos y leyendas infantiles. Lima: Librería Editorial Juan Mejía Baca & Editorial Rumbos Nuevos, 1958. Años después aparece la segunda edición. Lima: Ediciones de La Rama Florida, 1964. (Carátula del autor). Florián, Mario. Poesía para niños. Lima: Biblioteca Básica Peruana. Ediciones del Ministerio de Educación Pública, 1961. Bonilla Amado, José. Cuentos infantiles peruanos. Lima: Ediciones Nuevo Mundo, 1963. Poco después aparece la segunda edición. Lima: Ediciones del Nuevo Mundo, 1970. (Carátula de Alfredo Ruiz Rosas e ilustraciones de Rolando Cisneros). Cabel, Jesús. Poesía infantil peruana. Lima: Edición UNMSM, 1963. Cerna Guardia, Rosa. Los niños del Perú y sus poetas. Lima: Editorial Nueva Educación, 1976. (Ilustraciones de Alicia Ferrarone y Marianela Cerna). Rosario Vidal, Roberto. La barquita de papel. (Poemas y cuentos para niños). Lima: Conaim, 1979. Organización Internacional del Libro Juvenil - IBBY, Cuentos infantiles del Perú. Lima: Ediciones de la Sección Peruana de la Organización Internacional del Libro Juvenil-IBBY, 1964. Salas, Luzmán. Antología de la literatura infantil cajamarquina. Lima: Lluvia Editores, 1981. Soracel, Lourdes y Víctor. Cuentos infantiles peruanos. Lima: Editorial Ricchay

Perú, 1982. (Volumen compartido con Cuentos infantiles universales, de los mismos autores, pseudónimos de Teresa y Fernando Lecaros). Zúñiga Segura, Carlos. Poemas para niños: antología. Lima: Ediciones Capulí, 1983. Lozano Alvarado, Saniel. Patio de recreo. Trujillo: Editorial Sudamericana, 1984. En abril de 1983 publiqué a mimeógrafo, en los talleres del Colegio Los Reyes Rojos, dos antologías contemporáneas —una de cuento y otra de poesía— con carátulas e ilustraciones de mis alumnos de quinto grado de primaria. Creo que esa era una virtud: todos los textos habían sido trabajos en el aula y las ilustraciones

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de los chicos y chicas constituían conjuntamente una recreación de su lectura. Y en 1988, con el sello Editorial Colmillo Blanco, la selección de narrativa breve titulada Puro cuento, integrada por once relatos a manera de una alineación futbolística; al año siguiente publiqué la antología Reino animal: poesía peruana, reunión de sesenta poemas alusivos a la zoología, desde la poesía aborigen hasta el siglo XX. De la presente relación debo destacar el trabajo de Javier Sologuren, quien realiza una antología de literatura infantil universal y al lado de cuentos populares de procedencia árabe, asiática y nórdica incluye dos fábulas quechuas: “El sapo y la zorra” y “El zorro y el Huaychao”. Más adelante, dentro de la literatura moderna, entre escritores de la magnitud de Oscar Wilde, León Tolstoi y Hans Christian Andersen considera a Ricardo Palma (“Los ratones de Fray Martín”), Carlota Carvallo de Núñez (“La flauta maravillosa”) y Francisco Izquierdo Ríos (“Zenón el pescador”), confiriendo implícitamente a nuestra literatura infantil una envergadura equivalente. También debo subrayar la antología de Sebastián Salazar Bondy por sus criterios y contenido. Se abre con un prólogo dirigido al niño (incluido en las Lecturas Ejemplares 1 de esta Primera Unidad), que sugiere un interés por desescolarizar la lectura y trasladarla al hogar; y se cierra con un “Epílogo para el maestro”, que ofrece explicaciones didácticas y profundas para comprometer al docente en la tarea complementaria de corregir falencias culturales y asumir este libro como “una solución de emergencia”. La otra virtud de esta antología es el conocimiento que evidencia el autor, gracias a una muestra de gran amplitud temporal y versatilidad estilística que va desde la literatura folklórica hasta Enrique Congrains Martín —con la adaptación del cuento “El niño de junto al cielo”, de Lima, hora cero (1954)—, pasando por autores aunque poco nombrados muy justificados como José Portugal Catacora y María Wiesse.

Revistas literarias En el Perú hemos tenido escasas revistas de creación literaria para niños; tal vez la primera sea Cultura infantil, fundada en 1913 por Julio Eduardo Manucci, director de un colegio en el centro de Lima. En cinco años se editaron treinta y nueve números. Está probado que César Vallejo publicó allí algunos de sus poemas, todos ellos de carácter didáctico, anteriores al libro Los heraldos negros (1918). Disponemos

de referencias de Carlota Carvallo respecto a Cholito y Figuritas9, dos revistas 9

Tengo empastados cincuenta y tres números de esta revista: desde el 4 de enero de 1912 hasta el 5 de enero de 1913. Ignoro si continuó publicándose. Salió de manera ininterrumpida todos

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limeñas muy antiguas, así como Avanzada, aparecida en 1952, dirigida por el padre Ricardo Durand Flores. El infatigable maestro de teatro y literatura, director muchos años del Teatro Universitario de San Marcos (TUSM), Guillermo Ugarte Chamorro dirigió entre 1940 y 1945 la revista Palomilla, que llegó a publicar cuarenta y cinco números. Al parecer la revista de mayor difusión ha sido Urpi, con cuarenta y siete números publicados y probada circulación nacional. Aparecía como suplemento sabatino del diario La Prensa, a mediados de los años setenta, bajo la dirección del educador Walter Peñaloza. La edición estaba a cargo de la bibliotecaria y periodista Gladys Padró, y contaba con las distinguidas colaboraciones de Carlota Carvallo de Núñez y su hija, la ilustradora Charo Núñez. Otras revistas han sido Collera,

Cholito, La mariposa de Crista y Arco Iris; publicaciones de fines de los setenta y comienzos de los ochenta. Y menciono finalmente la revista El Cabezón, editada

por el Colegio Los Reyes Rojos, que sigue siendo la más efervescente y longeva, con más de treinta años de existencia. En Urpi y El Cabezón he tenido la enorme suerte de trabajar. En la primera empecé diagramando en los talleres del diario y llegué a tener una página quincenal donde escribía semblanzas de personajes históricos peruanos: José Olaya, Mariano Melgar, Ricardo Palma, César Vallejo… textos que eran ilustrados por mi hermano Óscar; mientras que El Cabezón era la revista del taller de periodismo que dirigí durante la década de 1980, cuando trabajé como profesor en el colegio. En ella reuníamos artículos de docentes y entrevistas a personalidades de nuestra cultura, pero, sobre todo, trabajos creativos de los alumnos, tanto textos literarios como dibujos y fotografías. Ninguna revista, sin embargo, se ha propuesto divulgar la producción de literatura para niños escrita por adultos, ni reflexionar sobre el género como lo viene haciendo Rayuelo, la revista oficial de la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil del Perú (APLIJ). Tengo sobre mi mesa de trabajo diez de los diecinueve números que han aparecido en cada encuentro nacional realizado por la APLIJ. El formato de la revista es claro: una primera sección de ensayos, historiografías y semblanzas de escritores representativos de diversas regiones del país; luego, una pequeña sección de creación literaria, y cierra con unas páginas de reseñas. los jueves, sin postón de créditos; con las advertencias comerciales de precio (10 centavos), suscripciones y correspondencia (“dirigida al señor Administrador de “Figuritas”). Cada revista consta de una cubierta con fotografía a color, veintidós páginas con textos e ilustraciones en blanco y negro, foliadas de manera correlativa desde el primer número. El formato es de 13 centímetros de ancho por 20 centímetros de alto, impreso en papel cuché mate de 80 gramos.

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Es evidente el énfasis democrático y educativo de esta publicación, actualmente dirigida por el maestro y escritor Saniel Lozano Alvarado.

Teatro para niños Aunque conozca muy poco del teatro para niños que se ha cultivado en el Perú, es justo dedicarle unas líneas a esta práctica casi inexistente y, sobre todo, hacer un homenaje a aquellas personas que contra viento y marea ejercieron la creación, la enseñanza o la crítica de este género poco reconocido. Cuando se habla de narrativa o de poesía contemporánea en el Perú, es fácil distinguir sus iconos representativos (Arguedas o Ribeyro, Eguren o Vallejo); pero en el teatro nacional, teniendo el precedente del drama quechua Ollantay y contando con dos modelos antagónicos del costumbrismo del siglo XIX como fueron Manuel Ascencio Segura y Felipe Pardo y Aliaga, no ha surgido una figura de gran ascendiente en el siglo XX. Me sorprende además que no se haya aprovechado adecuadamente el teatro en las escuelas, entre niños y niñas, siendo como es un género literario de naturaleza colectiva y dinámica, con inmensas propiedades lúdicas y formativas. En los colegios donde enseñé, con excepción de Los Reyes Rojos, no había teatro como práctica constante —las actividades vespertinas se limitaban a los deportes y algún taller de reforzamiento académico—, aunque no faltaba una escena teatral o un sketch en las actuaciones bien por el día de la madre, del maestro o de fiestas patrias. Eran siempre montajes efectuados con la mejor intención, pero a menudo resueltos a última hora, bajo una dirección desorbitada y con pataletas de alumnos y padres de familia. Al final la puesta en escena resultaba apresurada y divertida, aunque la obra fuera una representación dramática. En la actualidad que visito muchos colegios, no dejo de preguntar, cada vez que converso con los docentes, por tres aspectos que considero complementarios para formar en los estudiantes una cultura escolar: la biblioteca de la institución, el cine que ven en el aula y el teatro al que asisten con sus alumnos. La cara de sorpresa de los docentes es elocuente. Qué hago preguntando eso en lugar de debatir sobre la malla curricular y las estrategias de lectura. Creo que urge reflexionar sobre los conceptos que modelan los estudiantes de todo aquello que no

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figura en el currículo oficial y que la pedagogía ha denominado currículo oculto10; en ese sentido, qué noción construyen los alumnos del teatro, del cine que atiborran las pantallas o de la música que consumen como fast food, a lo loco y sin nutrirse. A pesar de los inconvenientes de nuestro ambiente educativo y cultural, el teatro para niños ha tenido algunos gestores primordiales como Ernesto Ráez, Sara Joffré e Ismael Contreras. De los tres conocí a Sara Joffré11, maestra creativa e infatigable, quien dejó un ejemplo de vida honesta y comprometida con los valores más altos del arte. Su quimera fundamental fue el teatro, tanto para adultos como para niños. Fundó y dirigió Homero Teatro de Grillos (1963), con el cual impulsó el teatro para los niños en el ambiente cultural peruano. Más adelante cultivó la crítica teatral durante muchos años en el diario El Comercio y editó veintiún números de su revista Muestra, que solo publicaba a dramaturgos peruanos. Como apasionada

seguidora de Bertolt Brecht, dirigió varias de sus piezas teatrales y dictó talleres hasta el final de su vida. Sara Joffré publicó varios libros dirigidos principalmente a maestros de escuela, los dos más destacados son Teatro para la escuela. 4 piezas de un solo juego (Lima: Homero Teatro de Grillos, 1984), que contiene cuatro cuentos populares peruanos adaptados al teatro: “Cosecha, Cosecha”; “La leyenda del pájaro flauta”; “Los Wari”; y “La mamá Raiguana”. Y Cuentos de Teatro para Niños, del que existen dos ediciones (Lima: Banco Central de Reserva del Perú, 1998; y Lima: Fondo Editorial Biblioteca Nacional del Perú, 2008) y que reúne doce cuentos infantiles. La primera parte del libro congrega siete cuentos universales: “El gato con botas”, “El flautista de Hamelin”, “Las ropas nuevas del rey”, y la segunda parte contiene cinco cuentos de origen tradicional, cuatro de ellos formaron parte de su libro anterior y, junto a “Los más gallos”, fueron reelaborados por la autora. Las versiones que se ofrecen constituyen un valioso instrumento para desarrollarlo en la escuela. Tengo razones para creer que la constancia de Sara Joffré ha gestado y consolidado el Festival de Teatro para Niños que organiza el ICPNA hace años, y al que maestros y padres debemos estar atentos cada verano. 10

El aprendizaje subrepticio que recibe el estudiante de parte de la escuela y sus formadores. Por ingenuos que seamos, nadie cree en la simple transmisión de conocimiento, pues la enseñanza envuelve siempre un poderoso componente ideológico y cultural.

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Falleció en diciembre de 2014, a los setenta y nueve años de edad. Dos años antes le hice una entrevista —aún inédita— sobre su último libro publicado: Alfonso La Torre, su aporte a la crítica de teatro peruano (2012); para esa ocasión llegó en bicicleta a mi casa con su aspecto de niña traviesa. Era una mujer sabia y encantadora, a pesar de sus arrebatos.

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Narradores orales y cuentacuentos Hace más de quince años un buen fantasma recorre las escuelas y los pequeños auditorios: es la tropa de los narradores orales que, llevados por el mejor espíritu docente, ha logrado recuperar el magisterio de nuestros ancestros y educar a través de los relatos que encierran sabiduría y entretenimiento. Su trabajo es, a todas luces, encomiable. Cada uno de sus exponentes, ya sea de Lima o provenientes del Ande o de la Amazonía, realiza una valiosa labor de rescate de las antiguas narraciones populares —a saber, de ignota autoría— y las incorpora al imaginario actual, a veces con audaces adaptaciones o simplemente insertando breves referencias. Y en el escenario son, más allá de la carne y los huesos, la presencia de una voz mágica que hechiza y forma una conciencia. La “savia ardiente de vida” es una preciosa frase de José María Arguedas para referirse a la dimensión inmortal de un pueblo y él la utilizó en su carta de despedida —La Molina, 27 de noviembre de 1969— nada menos que para despedirse del mundo; en ella recomendaba a maestros y estudiantes dejarnos guiar con “generosidad sabia y paciente” que constituye, en gran medida, la tarea que realizan nuestros cuentacuentos. Una lástima que las escuelas y las editoriales la asuman como una tarea episódica, rentable para promocionar un libro recién publicado o como un simple divertimento propio de un evento cultural. De lo poco que conozco, no tiene ni por asomo ese aire el compromiso de nuestros narradores y narradoras, quienes de verdad recorren el país e indagan por sus rincones más remotos, organizan presentaciones y acuden a donde se les convoque, siempre con buena cara... baste un ejemplo: el Festival Nacional de Narración Oral, que con el nombre de Déjame que te cuente —de inevitable reminiscencia peruana y musical— organizan Cucha del Águila y Marissa Amado en distintas regiones del país, desde el año 2000. Tal como está concebido no es solo un espacio escénico para avezados cuentacuentos, sino también para narradores que se inician; tanto para artistas como músicos, poetas populares, artesanos o actores; para padres y madres de familia. Una virtud por proseguir la milenaria trasmisión de la palabra que representa nuestra comunidad, nuestro mundo.

Con el narrador François Vallaeys Por su contenido pedagógico, conviene recordar dos fragmentos de la entrevista que le hice a François Vallaeys, extraordinario narrador oral y forjador de varias

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promociones de cuentacuentos en nuestro país. Con el título “El filósofo que ríe”, la entrevista fue publicada a fines del 2011 en Un Vicio Absurdo, n.º 7. Revista de los

Talleres de Narrativa y Poesía de la Universidad de Lima, y reproducida en el Libro del Capitán II. Islas de la literatura infantil peruana (2013).

Empecemos con un brutal pensamiento de Bertolt Brecht: “Que nos den primero de comer, de la moral hablaremos después”. ¿Puede aplicarse al Perú? Sí. Me gusta esa frase, sabiendo que comer es un asunto moral. Tal vez el primero, claro que no cualquier cosa ni a cualquier precio, porque somos humanos. Cuando hablamos de la moral es porque la moral se fue. Y aquí vivimos una crisis grande. Es por eso que necesitamos hablar de la moral. En ese sentido, ¿crees que el cuento es un instrumento que tiene, como la filosofía, un pensamiento articulado y una expresión verbal? Sí. Yo diría que el cuento popular, paradójicamente, es todavía mucho más racional que la filosofía. La estructura del cuento popular es una especie de deducción matemática a partir de quién es el protagonista central, en qué situación está, con qué personajes va a desarrollarse la historia. Se organiza todo, no hay ningún elemento sobrante ni faltante. Yo diría que no conozco ningún discurso filosófico que sea tan puramente racional como un cuento popular. Y a mí, como filósofo, me fascina la razón, por eso me encanta el cuento. Me viene siempre la metáfora de la piedra pulida: aquella historia, narrada tantas veces que las malas ya se fueron y quedan las buenas, las que están perfectamente limadas en su estructura. Es interesante lo que me dices, pues para los teóricos de la literatura es al revés: el cuento moderno es el que está ceñido a la perfección formal, mientras que el cuento popular puede soportar imperfecciones que van a ser corregidas por la voz y el histrionismo del narrador. Si entendemos formal por refinamiento lingüístico, eso sí; pero la estructura narrativa del cuento popular es muchísimo más racional que el cuento moderno. ¿Crees que pueden entenderse de ese modo también las fábulas y las parábolas, es decir, como estructuras representativas de la conducta humana? Ha debido de ser así, pero yo tengo problemas con las fábulas y parábolas. Las encuentro cortas en imaginario, no me gusta mucho su carácter obvio y su moraleja tan cercana.

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Digamos que es una ecuación matemática con un resultado previsible… Sí. El cuento popular, como cuento maravilloso, te deja una mayor apertura de significados de la que carece la fábula. La fábula va de frente a la enseñanza y no te ofrece otra solución. El cuento, entonces, es una esfera múltiple y sorprendente, como un cosmos que genera reflexión… Una reflexión muy rica que pasa no solo del narrador al oyente, sino que penetra en el oyente, a sus zonas imaginativa, intuitiva, reflexiva y racional. Y ese vaivén permanente, donde la metáfora nutre la reflexión y la reflexión reubica permanentemente la metáfora, eso me parece fascinante. Esta vocación de contar cuentos sin desvincularse de la docencia debería iniciarse en la escuela. ¿No te parece? ¡Ah, sí! De hecho todas las organizaciones deberían reflexionar sobre los impactos de sus decisiones y actos. Sin embargo, creo que la institución más peligrosa para el siglo XXI es la universidad, que es el lugar donde se forman los científicos. La universidad está en primer puesto para desarrollar una “responsabilidad” social de la sociedad, al igual que las empresas y obviamente los gobiernos, mucho antes que otras organizaciones, como puede ser un club de fútbol o un colegio. ¿No crees que sería otra la relación de los chicos con la literatura y con la palabra, incluso con el respeto a muchos temas, si en las facultades de educación y en los pedagógicos se implantaran talleres de narración de cuentos para los profesores? Imagínate a niños de los primeros grados completamente encandilados porque la maestra les cuenta un cuento. Genial. Es mi sueño. Es que yo no entiendo cómo uno puede dictar sin haber hecho teatro, narración de cuentos… no entiendo cómo puede uno enseñar sin tener la perfecta conciencia de que está siendo un one-man show, una one-woman

show, delante de un público. Y que eso es bello, pero debe trabajarse. Yo he tenido bastantes profesores aburridos que, sin duda, me decían cosas muy valiosas, pero las decían tan mal que yo me olvidé de inmediato. A mí me encanta el concepto que se sostiene en el profesor como un buen actor. Para mí está clarísimo. La actuación aporta tanto a mis clases como los propios conocimientos.

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La función de las editoriales

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omo el paso de un tren de alta velocidad, nuestra sociedad ha presenciado la última década el agitado tránsito de editoriales nacionales y extranjeras interesadas en introducir sus publicaciones en las escuelas del país, gra-

cias a los benditos vagones del Plan Lector. Una serie de factores ha amplificado el fragor de este tren bala y lo ha convertido en un fenómeno de cultura mediática: los resultados de las pruebas PISA, la maltratada figura del docente, las polémicas en torno a la “televisión basura” y, sobre todo, el equívoco propósito de los gobiernos por mejorar la educación nacional. Desde hace unos años, algunas casas editoriales han inaugurado su colección de libros infantiles y juveniles, y han apresurado sus catálogos para ocupar un espacio en los programas de lecturas de colegios públicos y privados. Han afiliado a nuevos autores —cuanto más famosos, mejor—, embellecido su propuesta gráfica y peleado palmo a palmo en las licitaciones que convoca el Ministerio de Educación. Ojalá fuera, me digo, una auténtica preocupación por cubrir el itinerario de la literatura infantil y juvenil, cuyo impulso debería estar más vinculado a la difusión de textos valiosos y a la construcción de lectores competentes que a un provecho de naturaleza empresarial. Me dirán que pienso desde la utopía —esa isla con ideales creada por Tomás Moro12— y no se equivocan, pues sostengo que todo vehículo transmisor de cultura debiera asumir el compromiso de renovar la sociedad. De hacerla más digna. Y ese papel le corresponde a las editoriales, sobre todo a aquellas que incursionan en el ámbito de la escuela. Las grandes editoriales que trabajan en el Perú desde hace décadas, específicamente Santillana y Norma, iniciaron sus planes de lectura

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Tomás Moro, pensador, humanista y escritor inglés del siglo XVI. En Utopía (1516), su libro más célebre, narra las experiencias de una comunidad pacífica y equitativa.

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asociados a la promoción y venta de manuales escolares. Es decir, la campaña en favor de la lectura de niños y jóvenes nacía en el Perú no como una preocupación del Estado ni de la sociedad civil, sino gracias al empeño de unas empresas con indudable experiencia en ese terreno, y desde luego con mucha expectativa comercial. De las antiguas publicaciones, tanto de manuales como de textos de lectura, son muy pocas las que recuerdo: Editorial Bruño, tal vez la más antigua en el país; Editorial Universo; Editorial Nuevos Rumbos; Editorial Colegio Militar Leoncio Prado; Editorial Labrusa... eran publicaciones modestas, que carecían de las cualidades que pudieran hacerlas atractivas para los niños. Incluso ahora que he revisado decenas de libros para este trabajo, considero que las primeras que circulan entre nosotros con una señal de modernidad y atractivo son las que realizó el Ministerio de Educación en los primeros años de la Junta Militar de Gobierno. La expansión actual de la industria de libros para niños y jóvenes ha propiciado una mejora en la calidad de la edición y un abanico enorme de opciones. La vitrina de hoy ofrece a los maestros y maestras una gama de contenidos, temas, objetivos pedagógicos, empastados, precios... y, por supuesto, autores de distinta laya. Los docentes también han empezado a reconocer el valor de determinados oficios, que hasta hace poco resultaban desconocidos para ellos y que ahora consideran complementarios a su labor docente: el discreto encanto de quien escribe para niños; el quehacer de las personas que corrigen y editan el libro; el talento artístico de quienes ilustran el texto; y, por último, esa especie de hada madrina que tercamente visita los colegios en su afán de instruirlos y persuadirlos, y que recibe el diligente nombre de promotora. En los últimos años se han sumado dos editoriales españolas, Planeta y SM; una colombiana, Panamericana; y ha arribado el grupo editorial Penguin Random House, el mayor grupo editorial del mundo. Todos ellos poseen un gran prestigio y un poder de producción, mercadeo y difusión inalcanzables para los niveles de nuestras editoriales y de la capacidad del Estado para producir o adquirir libros de literatura infantil y juvenil. Si además de la trascendencia cultural que les compete a las editoriales aceptamos su responsabilidad social, docentes y padres estamos en el derecho de exigir libros con excelentes contenidos y bellas presentaciones. Y, por qué no, decididos aportes a la promoción de la lectura.

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Con Dora Véliz, promotora de Santillana En noviembre de 1981 se fundó la empresa Técnicas Educativas Peruanas —primer nombre que tuvo la Editorial Santillana en nuestro país— y empezó a funcionar en una hermosa casa de la calle Teruel del distrito de Miraflores. Era una casa de estilo campestre inglés: techos altos a dos aguas, grandes vigas visibles, pavimento de pino Oregón y luminosas mamparas. La visité muchas veces, pues colaboré en la redacción de algunos de sus libros de textos para colegio. Tanto las enciclopedias como las antologías de lectura eran producidas con gran dedicación y buen gusto. Recuerdo especialmente los libros de lectura como Saltamontes o

Picaflor, que eran elaborados por un magnífico equipo de educadoras, literatas e ilustradoras —sobresalía el género femenino— (es justo destacar que el grupo era liderado por el educador Rolando Andrade); y cuya aparición coincidió con mis años de profesor primario. Con el ánimo de reconstruir aquellos años, busqué a Dora Véliz Alva, quien ingresó como promotora de textos escolares dos años después de que se constituyera Técnicas Educativas Peruanas, y actualmente ocupa el cargo de jefa de investigación y desarrollo de Santillana. Ella me atendió con suma simpatía y sencillez. Voy a pedirte una experiencia mágica de la memoria: retrocedamos en el tiempo hasta los setentas. ¿Cómo recuerdas el paisaje de la lectura y, en particular, de la lectura escolar en nuestra sociedad? Considero los periódicos, las revistas y los libros como los protagonistas infaltables del paisaje cultural de nuestra sociedad. Paisaje que cobra vida gracias al ejercicio de la lectura. En ese contexto, la escuela en el Perú destinaba en el clásico horario escolar las llamadas “Horas de lectura”, con la finalidad de que los maestros ejercitaran con sus alumnos la lectura sin presiones ni exigencias académicas. Era un placer leer con aquellos “Libros de lectura”, que eran principalmente antologías preparadas por las editoriales que circulaban en el momento y que el profesor solicitaba al inicio del año. Incorpora en ese paisaje la presencia de Santillana, que inicia a principios de los años ochenta una ejemplar labor educativa y de formación lectora. Santillana toma contacto con aquella realidad. Estudia a conciencia las necesidades e intereses de los lectores, los maestros y los planes educativos; luego de las consultas a los especialistas de nuestro equipo editorial —maestros, escritores, sicólogos, diseñadores, editores; todos peruanos—, se gestó la serie de lectura que

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tuvo una larga y muy grata vida. Después de más de treinta años, esa serie pertenece a nuestra historia de éxitos editoriales en la formación lectora de varias generaciones en el país. ¿Te refieres a los libros Picaflor, Amanecer, Cortaviento...? Sí, esos libros fueron parte de nuestra serie de lectura y provocaron gran impacto entre niños y maestros. Además de los que has mencionado publicamos Arco Iris, Capulí y Saltamontes. Títulos muy lindos... Son nombres relacionados con la naturaleza y se caracterizaron por ofrecer un carácter antológico de autores nacionales y extranjeros. Es verdad, traían lecturas de diversos géneros. Además reunían textos completos o fragmentos de narrativa, poesía, drama, historia, historieta, relato oral, fábulas, mitos, etcétera. Y el diseño, la diagramación, las ilustraciones eran tan impactantes como motivadoras. La casona que entonces tenía Santillana parecía sacada de un cuento de hadas. No parece casual que allí sugieran proyectos de libros y, sobre todo, naciera un plan de lectura… La valoración y trascendencia que reconocimos en la lectura impulsó a Santillana a crear un programa integral cuyo propósito principal fue el desarrollo de la competencia lectora en los estudiantes. Analizamos estrategias, recursos e iniciativas que propiciaran su acercamiento a la lectura, con gusto e interés hasta lograr la formación del hábito lector. A este planteamiento innovador tuvimos la iniciativa de identificar como Plan Lector. ¿Recuerdas cuáles fueron los lineamientos primordiales? Sí. En primer lugar trabajar a partir de la lectura de la obra completa, pasando del fragmento a la lectura de la obra total. Luego nos propusimos organizar el plan por etapas, inspirado en la psicología evolutiva: por edades determinadas de la vida, de modo que las obras sugeridas para cada etapa estuvieran relacionadas intencional y directamente con cada una de ellas. Era también importante la variedad y calidad de los libros propuestos para cada rango de edad, para asegurar una experiencia única por “el placer de leer”, así como inspiradora de valores e iniciativas positivas.

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¿Buscando generar un pensamiento crítico en los estudiantes? Efectivamente, el compromiso crítico es importante. Y nuestro plan se extiende a todo el proceso de la escolaridad, tratando de aprovechar las capacidades y habilidades de cada momento. No nos hemos detenido, pues el Plan Lector Santillana se ha ido enriqueciendo con una variedad de estrategias y recursos que lo convierten en una herramienta inacabada e inacabable.

Con Patricia Hernández, del Plan Lector Santillana Poco tiempo después le pedí a Patricia Hernández, jefa de producto Plan Lector de Santillana, una entrevista que permitiera ampliar la visión del trabajo que realiza dicha empresa. Con Patricia tengo una relación curiosa: nos conocemos bien y nos apreciamos, pero nos ha costado grandes encontronazos a lo largo de sus casi cinco años en Santillana. Ella proviene de una experiencia bancaria —fue ejecutiva de marketing y créditos bancarios— y frente a esa práctica financiera yo soy bastante intratable. Así que pueden imaginar unos hermosos incisivos royendo un hueso duro... pero ahora reconozco que nadie sabe mejor de programas y estrategias del Plan Lector que esa señorita de voz suave y sonrisa permanente. Patricia, tú vienes de una experiencia distinta. ¿Qué fue lo más difícil que tuviste que enfrentar en el trabajo editorial? Internalizar que manejar la línea de literatura infantil y juvenil no era administrar un producto cualquiera y que debía desarrollar la sensibilidad necesaria que me permitiera entender el punto de vista del escritor y del lector. ¿Que ha sido lo más grato de esta nueva experiencia? Administrar una línea que contribuye en la formación integral de las personas. Siento que de esta manera ayudamos a que el Perú sea un mejor país. ¿No habrá algo de idealización cuando se afirma que comercializar libros es diferente que mercadear otros productos? No es lo mismo, porque un libro es un producto que trasciende en el tiempo. Estamos obligados a ser muy responsables en cuanto a la calidad del producto que editamos e ilustramos.

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¿Qué representa ahora un libro para ti? Es el medio que permite despertar la imaginación, la fantasía, la reflexión, el pensamiento crítico valorativo. Es el mejor conductor de un sinfín de emociones. ¿Cuáles son las estrategias de venta de libros y de promoción de lectura que desarrolla Santillana en el país? Contamos con una amplia experiencia en el mercado editorial, más de treinta años contando historias en el mercado peruano nos respaldan. La selección de temas y formatos se realiza teniendo en consideración los gustos y preferencias de los lectores. Contamos también con una red especializada de asesores en literatura infantil y juvenil que visitan los colegios y recomiendan la lectura de nuestro catálogo. Además nos preocupamos por asesorar pedagógicamente en la metodología que deben aplicar para consolidar el hábito lector. ¿Cuál es el promedio de novedades editoriales que lanzan cada año? Depende del ciclo promocional. En promedio lanzamos veintidós novedades al año, pero ha habido momentos en que el catálogo se ha renovado en forma más intensiva llegando a lanzar más de treinta novedades en un año. ¿Dirías que estamos viviendo el mejor momento de nuestra literatura infantil y juvenil? Definitivamente, las lecturas de hoy son mucho más cercanas y atractivas para los chicos, pues tocan temas de la vida cotidiana, ¿Es posible mejorar la propuesta editorial de Santillana? Pienso que debemos seguir esforzándonos en asesorar a los docentes usuarios con propuestas innovadoras y estrategias atractivas. Además de mejorar los canales de comunicación con los padres de familia, sobre todo en el nivel de Inicial, etapa en la que los niños pueden establecer un vínculo afectivo con la lectura. Es muy importante la participación de los padres... Es responsabilidad de los centros educativos y también de los padres de familia, por eso nuestro compromiso de proporcionarles recursos que los ayuden a despertar en sus hijos el gusto por la lectura. Contamos con un sitio en internet y en redes sociales de promoción del hábito lector; si bien tenemos un buen número

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de seguidores —más de medio millón de personas—, se observa un crecimiento enorme de visitas de parte de los padres de familia. ¿Tienes relación con los autores? ¿Podrías diseñar un perfil de nuestros escritores para niños? Me relaciono con los autores después de que su obra ha sido publicada y cuando ha tenido acogida en la comunidad lectora. Participo con ellos en los conversatorios que se realizan en los centros educativos. No puedo definir un perfil de escritor para niños, pues el proceso creativo de cada escritor es muy íntimo. ¿Por qué crees que tenemos, de manera ostensible, menos autores de literatura juvenil? Tal vez debido a la naturaleza de los jóvenes, que resulta un público más demandante. Al ser una categoría que requiere un mayor rigor, somos más selectivos al momento de seleccionar los textos y si no encontramos textos apropiados en el mercado local, complementamos la oferta editorial con obras de autores extranjeros ya galardonados en el género juvenil. ¿Consideras que la editorial es una de las empresas culturales con mayores oportunidades de servicio? Definitivamente, nosotros pretendemos apoyar a la comunidad lectora en todo el proceso de desarrollo y consolidación del hábito lector. Leer es el camino ideal para mirar y entender el mundo de manera distinta. ¿De qué forma participa Santillana en la reflexión y el debate sobre los programas de lectura en la escuela? A través de acciones de capacitación a nuestros docentes y gracias a los congresos de literatura infantil y juvenil que realizamos. De este modo buscamos movilizar a la comunidad lectora y reflexionar en conjunto sobre la situación de la lectura en el país. Si es tan decisivo el rol de una empresa editorial, ¿no sería conveniente que se firmen convenios de responsabilidad social con el país? Nosotros apoyamos permanentemente a diversas asociaciones culturales para llevar el libro hasta lugares lejanos de la capital. Aunque en términos de lectura hay todavía mucho por trabajar en el país.

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Con Martha Muñoz, de Ediciones Peisa Llegué minutos antes de la cita con Martha Muñoz, editora de Ediciones Peisa. Me sorprendió la oficina, bastante callada y modesta, atiborrada de libros hasta el techo. Yo recordaba el antiguo local de Lince, espacioso y atareado. En mi visita solo observé dos señoritas concentradas en sus quehaceres y, al fondo del pasillo, el sencillo despacho de Martha. “¡Qué diferencia con las multinacionales!”, pensé y me conmovió la voluntad de Peisa de afirmarse como editorial independiente. Fue su condición de origen y se ha mantenido así, aun cuando uno de sus directores, Germán Coronado, es el actual presidente de la Cámara Peruana del Libro. Editorial Peisa está próxima a celebrar una proeza en nuestro medio: cumplir cincuenta años de fecunda labor. ¿Cuál crees que ha sido su principal contribución a nuestra literatura infantil y juvenil? Desde sus inicios Peisa publicó libros para niños. Después de una primera etapa de búsqueda y aprendizaje decidimos emprender la producción de libros para niños cuyas temáticas tuvieran estrecha relación con aspectos de nuestra propia realidad cultural. Es así como empezamos a publicar, en formato álbum, libros de leyendas, mitos y fábulas de la tradición oral. Tal vez nuestro mayor aporte haya sido señalar un camino cuando este interés no era el dominante en nuestro medio. Tú eres maestra, no sé si habrás ejercido la docencia en el aula, pero sin duda lo has hecho como editora. ¿Consideras que esta vocación pedagógica debe animar a los editores, sobre todo en un país con tantas carencias educativas? Soy maestra y durante un tiempo breve desempeñé labor docente en secundaria. Creo que para un editor o editora de libros para niños y jóvenes es una ventaja tener formación pedagógica. A mí me permite situarme tanto en la perspectiva del niño lector como en la del docente o de la madre y padre motivadores, actores esenciales en el proceso de adquisición del hábito de la lectura. Hay un riesgo, sin embargo, con el didactismo... Si bien los editores de libros para niños y jóvenes debemos tomar en cuenta aspectos pedagógicos al momento de elegir los contenidos, esto no debe significar aplicar recetas didácticas que puedan restarle fuerza al mensaje que aportan la creación literaria y artística.

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¿Cómo nació la Coedición Latinoamericana que publicó títulos tan importantes para niños y jóvenes en las décadas de los ochenta y noventa? Esa coedición tiene sus antecedentes en un Seminario sobre edición de libros infantiles y juveniles, realizado en Bogotá, en febrero de 1979, organizado por Cerlalc/Unesco. Dicho foro tenía entre sus objetivos poner en comunicación a personas y empresas que venían editando libros para niños en América Latina y el Caribe. Ahí presenté una ponencia titulada “El libro infantil y el mercado consumidor frente a la viabilidad de un programa de coediciones”. Como consecuencia de este encuentro, en 1980 el Cerlalc convocó a cuatro empresas de la región de Argentina, Brasil, Colombia y Venezuela para llevar a cabo un programa de coediciones de libros para niños y jóvenes. Ediciones Peisa, como representante del Perú, comenzó a participar en este grupo editorial en 1983. ¿En qué año surgen los libros dedicados a niños y jóvenes, me refiero a la colección Quirquincho y la Serie de los Navegantes? La colección Quirquincho surgió en 1984, con la publicación del libro El misterio de las Islas de Pachacamac y otros relatos. La serie de los Navegantes nació en 1992,

con la publicación del libro 16 Cuentos latinoamericanos. Este título pertenece además a los libros publicados por el grupo de la Coedición Latinoamericana, y ya lleva publicado más de medio millón de ejemplares en la región. ¿Cuáles dirías que son las características de los libros infantiles de Peisa con respecto a las publicaciones de las otras editoriales? Ediciones Peisa apostó por la edición de libros para niños con temáticas de la tradición oral, en una época en que las publicaciones de ese tipo eran escasas. Posteriormente hemos continuado publicando libros de diversos formatos y preferentemente de autores peruanos. Lo que tratamos es estimular la creatividad de autores e ilustradores, en procura de lograr la mejor conjunción. Nos esmeramos, también, en ofrecer libros de calidad en cuanto se refiere a su presentación. ¿Qué alentó a la editorial encargarle al poeta José Watanabe la dirección de la colección para niños y cómo fueron surgiendo sus libros? Esa idea nació de extensas conversaciones que sostuvimos con él. José tenía una imaginación prodigiosa, y había trabajado, en la década del 1970, en la elaboración de guiones y producción de programas para niños, que se emitieron por la televisora

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estatal. Era un hombre con una curiosidad sin límites y había incursionado, más allá de la poesía, en otras actividades creativas como la escritura de guiones cinematográficos y teatrales. En una de las conversaciones surgió que José tenía ganas de volcar su creatividad en una serie de cuentos para niños. No lo dudamos ni por un instante y le propusimos hacerse cargo de la dirección de las nuevas colecciones cuya composición esbozaríamos juntos. ¿Cómo fue el proceso de trabajo? Organizamos reuniones con un grupo de maestros con quienes José dialogó en pos de captar ideas que lo orientaran en la definición de los contenidos. Les preguntó de todo, sobre todo respecto a los intereses de los niños, lo que les produce fascinación y lo que los asusta, lo que les provoca risa y lo que los entristece. Su entusiasmo era tal que estuvo concibiendo contenidos e ideas para los libros que él mismo escribió incluso cuando fue hospitalizado. En total escribió las historias de quince libros, pero lamentablemente no alcanzó a verlos publicados todos. Aún mantenemos un manuscrito inédito. En nuestro medio es insólito que una editora escriba un libro, tú lo has hecho. ¿Puedes referirte brevemente a Queremos ser niños y niñas felices? El libro surgió de la necesidad de publicar un libro paradidáctico que abordase un tema que era muy solicitado en los programas escolares: “los derechos del niño y del adolescente”. Conocedora de lo tedioso que puede resultar un tema como este para los niños, decidí escribir un libro que lo tocara en una forma sencilla y amena, tomando en consideración la realidad de los niños de nuestro país. Me ayudé con ilustraciones del afamado Gian Calvi, ilustrador brasileño, y con datos estadísticos. Abordé, además, el tema de los deberes que también tienen los niños y adolescentes, un aspecto que apenas si se toca en nuestro medio. ¿Qué opinión te merece el diseño del Plan Lector en el Perú? En términos generales me parece un proyecto positivo. Creo que con todas sus limitaciones la aplicación de este programa de lectura ha logrado que surja el interés por el libro de ficción tanto entre los niños y jóvenes, como entre los padres y maestros. Creo que hace falta, sin embargo, asistir a los maestros para que apliquen criterios técnicos en la selección de las obras literarias y evitar así que se produzcan distorsiones y se termine recomendando —como de hecho sucede— obras de dudoso valor literario por favorecer criterios mercantiles.

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Algunas campañas oficiales como Promolibro me han parecido discutibles... Tengo poco conocimiento sobre las campañas oficiales que realizó Promolibro, entidad que ha sido reemplazada, según entiendo, por la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura. Sé que esta oficina realiza algunas actividades de lectura en parques y el año pasado ha adquirido, por primera vez, libros de diversas casas editoriales para el desarrollo de sus programas. Me parece que su labor es microscópica en un país en el que no hay bibliotecas públicas. Hace falta que el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional emprendan campañas de gran alcance orientadas al fomento del hábito de la lectura entre nuestros niños y jóvenes. Hace falta, por otro lado, un Plan Nacional del Libro y la Lectura que oriente esta labor. ¿De qué manera, con qué criterios? Creo que la única manera de mejorar los niveles de lectoría entre nuestros niños y jóvenes, y de despertar en ellos el amor por los libros y la literatura, es poniendo los libros al alcance de los potenciales lectores. El estado debe invertir en la instalación y dotación de bibliotecas públicas, y desarrollar, de la mano con la empresa privada, campañas de fomento del libro y la lectura. Y promover encuentros, ferias del libro... Claro, son muy útiles esos eventos que convocan autores e ilustradores, y también editores, para que hablen con niños y jóvenes. Permite a los lectores conocer quiénes están involucrados en la creación del libro, cómo ha llegado la obra editada e impresa —o el archivo digital— hasta sus manos. Y en las escuelas, ¿cómo debería motivarse la lectura? Lo ideal es trabajar con maestros preparados para esta labor. Y, por supuesto, seleccionar adecuadamente los libros con los que se va a trabajar en el aula, cuidando de que no planteen problemas de excesiva dificultad para el nuevo lector y, por otro lado, que no lo aburran. Cuando el niño o el joven descubren que el esfuerzo de la lectura es ampliamente recompensado con la experiencia vivida a través de la lectura, quieren revivir la experiencia. Y en la relectura, el mismo texto adquiere nuevos significados… ¡Este es el caso típico en el que hemos ganado un nuevo lector!

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¿Cuál es tu mayor ilusión al respecto? Sueño con un país en el que los niños y jóvenes tengan acceso al libro y gocen con su lectura. El día que esto suceda el Perú podrá aspirar a alcanzar mayores índices de desarrollo humano. Habrá menos intolerancia, menos discriminación y, al contrario de lo que sucede hoy, se forjará una sociedad más armónica e integrada.

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LECTURAS EJEMPLARES 1 José de la Riva Agüero Ventura García Calderón José Carlos Mariátegui Luis Alberto Sánchez Jorge Basadre María Wiesse Sebastián Salazar Bondy Antonio Cornejo Polar

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José de la Riva Agüero

Estudios de la Literatura Peruana: Carácter de la literatura del Perúindependiente. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1962.

Consideraciones generales La literatura peruana forma parte de la castellana E sta es verdad inconclusa, desde que la lengua que hablamos y de que se sirven nuestros literatos es la castellana. La literatura del Perú, a partir de la Conquista, es literatura castellana provincial, ni más ni menos que la de las islas Canarias o la de Aragón o Murcia, por ejemplo, puesto que nada tiene que ver con la literatura, la dependencia o independencia política de la región donde se cultiva. La lengua constituye el único criterio, y no meramente exterior, como podría creerse, puesto que implica la forma, que es de importancia capital en el Arte, y de ordinario también (como entre nosotros) la influencia directa de la imitación y todo aquel heredero conjunto de reglas, procedimientos y direcciones, que se denomina tradición literaria. Las obras que se escribieron en Pérgamo, Alejandría y Antioquia, después del fraccionamiento del imperio macedónico, pertenecen a la literatura griega porque en idioma griego se compusieron; las obras de Boecio y de Venancio Fortunato, de San Gregorio el Magno, de San Isidoro y San Bernardo hasta de Erasmo y Ángel Policiano, pertenecen a la literatura latina, aunque fueron compuestas cuando ya no existía el imperio romano; lo que en lengua alemana se escribe en Viena o Innsbruck, Basilea o Berna, pertenece a la literatura alemana; lo que en lengua inglesa se escribe en Nueva York y Boston pertenece a la literatura inglesa; lo que en lengua francesa se escribe en Bruselas o Ginebra, pertenece a la literatura francesa; la literatura brasileña pertenece a la portuguesa; y todas las de la América española a la castellana. El lazo del habla común se eleva por encima de las divisiones políticas. Para que la literatura del Perú dejara de ser castellana, sería preciso que el castellano

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se corrompiera totalmente y se descompusiera en nuevos idiomas, y por fortuna, en el Perú (a pesar de nuestros numerosos provincialismos y a pesar de la inexplicable intransigencia, del tenaz empeño que la Academia pone en no admitirlos) aquella amenaza es muy remota. (pp. 261-262)

La literatura del Perú es incipiente Se encuentra en el periodo de formación; mejor dicho, de iniciación. De ahí proviene que abunden en ella los ensayos y las copias, y que prodigiosamente escaseen las obras definitivas, las de valor intrínseco y absoluto, desligado de la consideración del medio y de la época. Este carácter no es tampoco peculiar al Perú: se aplica a la literatura de toda la América Latina. Países nuevos, pobres, poco poblados, que han tenido existencia política tan inquieta y azarosa, en los cuales la profesión de literato suele no ofrecer porvenir ni recompensa alguna, mucho han hecho con producir a un Olmedo, a un Heredia y a un Bello: han superado con sus esfuerzos todas las expectativas, y han probado la bondad y excelencia de su genio, que alcanzó tamaños resultados en condiciones por demás desfavorables. Pero el ingenio no basta, si los restantes factores son hostiles, para constituir una gran literatura, y no se puede sostener que la hispano-americana lo sea. Se advierte en ella vacilación, inseguridad. Muchos e importantísimos géneros literarios están en mantillas. Los talentos frustrados y las tentativas abortadas son más comunes que en cualquier otra. La literatura americana en general se halla pues en la adolescencia. Aunque sea adolescencia robusta y heroica, adolescencia de Hércules, que promete quizá, una juventud triunfadora y radiante, es adolescencia a la postre. Pero confesemos con lealtad que la literatura del Perú no es de las más adelantadas. Al compararla con algunas de sus hermanas, no sale muy airosa. Prescindamos de la literatura brasileña, que si bien es latina e ibérica, no es castellana, y que ha tenido la fortuna de florecer en un país populoso y pacífico; prescindamos también de la de Cuba, porque bajo el gobierno español se disfrutó allí de tranquilidad, holgura e instrucción de las que nosotros carecíamos: Méjico, la Argentina y Colombia, que han vivido entre desórdenes y trastornos iguales, si no mayores que los de Perú,

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lo aventajan indudablemente en literatura. ¿Cómo explicar esto? ¿A nuestra mala disciplina literaria, a la falta de estudios, debe atribuirse dicha inferioridad, o serán nuestros criollos menos artistas y poetas que los mejicanos, colombianos y argentinos? No me atrevo a resolver el problema por temor de errar. Queda planteado, sin embargo. Hay que atreverse de una vez por todas con el mito de la riqueza literaria del Perú, porque de nada aprovechan las mentiras y las ilusiones. La verdad seca, ruda, amarga, sin ambages ni rodeos estimula, corrige y levanta. Mi opinión podrá ser equivocada, pero es sincera. ¡Ojalá vengan pronto a desmentirlas los de la generación presente, en la cual tengo grande y fundada confianza! (pp. 264-265)

fe José de la Riva Agüero Escritor y político peruano descendiente del precursor independentista homónimo. Nació el 26 de febrero de 1885 en Lima. Es considerado uno de los pensadores más notables y representativos del siglo XX del Perú. Acudió a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos donde se recibió de Doctor en Letras en 1910. Fue profesor universitario y fundó el Partido Nacional Democrático. Fue opositor al régimen de Augusto B. Leguía, y durante el Oncenio (1919-1930) partió al exilio en Europa por voluntad propia. De regreso, fue alcalde de Lima entre 1931 y 1932 y al año siguiente se integró al Ministerio de Educación. También fue decano del Colegio de Abogados de Lima (1935-1936) y presidente de la Academia Peruana de la Lengua desde 1934 hasta su muerte. Otros trabajos suyos son: Elogio del Inca Garcilaso (1916); El Perú histórico y artístico (1921); Civilización peruana: Época prehispánica (1937); Por la verdad, la tradición y la patria (1938), y Estudios sobre literatura

francesa (1944). Su obra está marcada por una perspectiva peruanista y una simpatía hispánica. Falleció en Lima el 15 de octubre de 1944.

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Ventura García Calderón

Literatura Inca. Selección de Jorge Basadre, Introducción general, Biblioteca de Cultura Peruana, Primera serie, n.º 1. París: Descleé, De Brouwer, 1938.

Nota preliminar N o uno, varios libros, hubiera sido preciso consagrar a esta literatura inca que va saliendo de su envoltura polvorienta para asombrarnos, imprevista y luminosa como ese peto de colibrí que llevaban las momias en las huacas. Por muchos siglos no se la toma en cuenta. El mismo Garcilaso traduce a porfía el latín de León Hebreo, pero no se decide a revelarnos sino de paso los primores de aquella literatura escrita o cantada en el lenguaje de su madre. En el siglo de la conquista, algunos seglares, algunos frailes recogieron fragmentos literarios que atestiguan, ya un tono de exaltación en los himnos de triunfo; ya, la más veces, un lirismo peculiar de tierna y mansa cadencia en que el poeta está siempre a tono con su quena sollozante y con la melancolía aterida de su paisaje. Lo que nos resta permite adivinar lo que se perdió. Perdido más que por incuria, por deliberada intención de los nuevos amos. Poco o nada quisieron conservar estos de una lengua que sonaba a herejía. Se destruyeron los quipus; se opuso a tantas deliciosas fábulas la mitología cristiana, si así puede decirse; se pretendió abolir con el lenguaje todo fermento de insubordinación. «Habla en castilla», solían decir iracundamente al indio que tartajeaba frases de extraña sintaxis. No incurriremos en la cómoda injusticia de culpar a nuestros abuelos que siquiera fundaban en la Universidad de Lima la indispensable cátedra de quechua, suprimida más tarde. Nosotros todos tuvimos la culpa de ese abandono. El que esto escribe recorría hace un lustro los Andes del Perú en busca de minas de plata; y muchas veces en un tambo del camino quiso enterarse de la significación de esa canturria que exhalaba un indio acurrucado, con las manos cruzadas sobre el pecho, en la rigurosa actitud de las momias. «No haga caso, doctorcito, son tonterías de estos bárbaros», respondían invariablemente los compañeros de viaje, mestizos de la Sierra que se consideraban ya de casta superior por haberse doctorado

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en la Universidad. Cuando insistí en que me tradujeran, maravillóme esa poesía de alborada, llena de cosas estelares y de copos de algodón y de «palomitas». […] Parece, pues, llegada la hora de proceder al cabal inventario del pasado literario inca. No debe ocultarse que tal investigación es dificilísima, por lo mismo que no quedaron sino testimonios orales o las narraciones de los cronistas, a menudo inconexas, singularmente en lo que se refiere al acervo literario. «Con frecuencia –apunta Burga– hay notables discrepancias entre ellos, discrepancias que a veces son sólo de redacción y otras de fondo». Primero es necesario desentrañar en las mencionadas crónicas de conquista, en los itinerarios para párrocos de indios, en las primeras gramáticas quechuas, toda una serie de himnos, leyendas míticas, cantos de triunfo o hayllis, primeras fábulas o cuentos y, en fin, la admirable poesía elegíaca, el yaraví o haraui, queja amorosa, estridencia solitaria y nocturna que parece surgir del hondón de la raza. El investigador, el folklorista tiene que ir en seguida a las fuentes vivientes de tal poesía, así estén adulteradas por la larga convivencia con otro idioma (a tal punto que es corriente en la Sierra el canto híbrido en ambas lenguas, quechua y castellana). Afortunadamente el canto y la música han conservado muchas de estas canciones antiquísimas. A los esfuerzos precursores de Alomía Robles y de los esposos d’Harcourt se debe mucho en tal sentido. Con todo puede decirse comparativamente, si recordamos lo hecho en otros países de América –en el Brasil, por ejemplo– que nuestro folklore está en mantillas. Por lo que tenemos –transcrito de los cronistas o perdurado en la Sierra– puede juzgarse ya del tono y de la calidad de esta poesía. Con su cabal comprensión de todo lo que atañe al pasado peruano, José de la Riva Agüero la describe así: «Cantinelas frescas y melancólicas como un paisaje de madrugada andino. Poesía blanda, casta y dolorida, de candoroso hechizo y bucólica suavidad, ensombrecida de pronto por arranques de la más trágica desesperación. Esquiva y tradicional, esta raza, más que ninguna otra, posee el don de lágrimas y el culto de los recuerdos. Guardiana de tumbas misteriosas, eterna plañidera entre sus ruinas ciclópeas, su afición predilecta y su consuelo acerbo consisten en

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cantar las desventuras de su historia y las íntimas penas de su propio corazón. Todavía cerca de Jauja, en el baile popular de los Incas las indias que representan el coro de princesas (ñustas) entonan, inclinándose con exquisita piedad sobre Huáscar, el monarca vencido: «Enjuguémosle las lágrimas; –y para aliviar su aflicción, llevémosle al campo–, a que aspire la fragancia de las flores»: Huaytaninta musquichipahuay… De los más antiguos y hermosos yaravíes (haraui en quechua) es el que comienza: Purum pampapi piscucunata… «A la llanura solitaria –íbamos los dos– a oír el trinar de los pájaros»… […] «La misma suavidad lírica, la misma incomparable mansedumbre mezclada a ratos con intenciones satíricas y burlas caracterizan las fábulas y consejas en prosa. En ellas no solo hablan los animales sino los árboles, las cuevas y los cerros: toda la Naturaleza se anima y personaliza. En su intuitiva inocencia, el quechua concibió la fraternidad del Universo. Las aguas sagradas de los manantiales (puquios) infunden el cariño o el olvido. Las rocas y las pampas se conduelen de los desgraciados; y las clementes y misteriosas palabras con que dialogan, solo pueden oírse en sueños. El venado que huye anhelante por los riscos fue un rico cruel transformado en animal medroso y siempre perseguido, porque despreciaba a su hermano pobre; en las nubes multiformes que encubren las cimas, ven los genios benéficos de los Andes; y en las aisladas peñas que se elevan sobre los pajonales, pastores petrificados en castigo de sus faltas. En las noches de luna nueva, por las lejanías lucientes o bajo las recortadas sombras del arbolado escaso, una joven hermosísima y atribulada, hija de un cacique, a la que raptó el Diablo. En las grutas tenebrosas, creen que duermen tranquilos con sus tesoros los curacas de la Conquista que no quisieron sobrevivir a sus legítimos soberanos». (pp. 24-27)

fe

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Ventura García Calderón Escritor, editor, diplomático y crítico peruano. Nació en París el 23 de febrero de 1886. Estudió en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde también siguió las carreras de Ciencias Políticas y Administrativas y Derecho, pero no llegó a culminar sus estudios porque a la muerte de su padre, en 1906, su familia decidió establecerse en Francia. Fue canciller del consulado en París y Londres pero renunció como acto de protesta tras el encarcelamiento de José de la Riva-Agüero. Gran parte de su vida residió en Francia, motivo por el cual muchas de sus obras están escritas en francés. Se dedicó a la redacción en diarios y editoriales. Destacó en variados géneros literarios, especialmente en el cuento, siendo su obra más representativa la colección titulada La venganza del cóndor (1924). Además de cuentos, Ventura escribió teatro, poesía, novelas, crónicas y crítica literaria. Murió en París en 1959.

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José Carlos Mariátegui

7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 2007.

La literatura de la Colonia M ateria primaria de unidad de toda literatura es el idioma. La literatura española, como la italiana y la francesa, comienzan con los primeros cantos y relatos escritos en esas lenguas. Sólo a partir de la producción de obras propiamente artísticas, de méritos perdurables, en español, italiano y francés, aparecen respectivamente las literaturas española, italiana y francesa. La diferenciación de estas lenguas del latín no estaba aún acabada, y del latín se derivaban directamente todas ellas, consideradas por mucho tiempo como lenguaje popular. Pero la literatura nacional de dichos pueblos latinos nace, históricamente, con el idioma nacional, que es el primer elemento de demarcación de los confines generales de una literatura. El florecimiento de las literaturas nacionales coincide, en la historia de Occidente, con la afirmación política de la idea nacional. Forma parte del movimiento que, a través de la Reforma y el Renacimiento, creó los factores ideológicos y espirituales de la revolución liberal y del orden capitalista. La unidad de la cultura europea, mantenida durante el Medioevo por el latín y el Papado, se rompió a causa de la corriente nacionalista, que tuvo una de sus expresiones en la individualización nacional de las literaturas. El “nacionalismo” en la historiografía literaria es por tanto un fenómeno de la más pura raigambre política, extraño a la concepción estética del arte. Tiene su más vigorosa definición en Alemania, desde la obra de los Schlegel, que renueva profundamente la crítica y la historiografía literarias. Francesco de Sanctis –autor de la justamente célebre Storia della letteratura italiana, de la cual Brunetiére escribía con fervorosa

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admiración “esta historia de la literatura italiana que yo no me canso de citar y que no se cansan en Francia de no leer”, considera característico de la crítica ochocentista “quel pregio de la nazionalitá, tanto stimato dai critici moderni e pel cuale lo Schlegel esalta il Calderón, nazionalissimo spagnuolo e deprime il Metastasio non punto italiano” (1)”.

La literatura nacional es en el Perú, como la nacionalidad misma, de irrenunciable filiación española. Es una literatura escrita, pensada y sentida en español, aunque en los tonos, y aun en la sintaxis y prosodia del idioma, la influencia indígena sea en algunos casos más o menos palmaria e intensa. La civilización autóctona no llegó a la escritura y, por ende, no llegó propia y estrictamente a la literatura, o más bien, esta se detuvo en la etapa de los aedas, de las leyendas y de las representaciones coreográfico-teatrales. La escritura y la gramática quechuas son en su origen obra española y los escritos quechuas pertenecen totalmente a literatos bilingües como El Lunarejo, hasta la aparición de Inocencio Mamani, el joven autor de Tucuípac Munashcan13. La lengua castellana, más o menos americanizada, es el lenguaje literario y el instrumento intelectual de esta nacionalidad cuyo trabajo de definición aún no ha concluido. En la historiografía literaria, el concepto de literatura nacional del mismo modo que no es intemporal, tampoco es demasiado concreto. No traduce una realidad mensurable e idéntica. Como toda sistematización, no aprehende sino aproximadamente la movilidad de los hechos (la nación

(1)

13

Francesco de Sanctis. Teoria e Storia della Letteratura, vol. 1, p. 186 (Teoria e Storia della Letteratura: lezioni tenute in Napoli dal 1839 al 1848, Bari, G. Laterza & figli, 1926, 2 t.). Ya que he citado los Nuovi Saggi di Estetica de Croce, no debo dejar de recordar que, reprobando las preocupaciones excesivamente nacionalista y modernista, respectivamente, de las historias literarias de Adolfo Bartels y Ricardo Mauricio Meyer, Croce sostiene: “que no es verdad que los poetas y los otros artistas sean expresión de la conciencia nacional, de la raza, de la estirpe, de la clase, o de cualquier otra cosa símil”. La reacción de Croce contra el desorbitado nacionalismo de la historiografía literaria del siglo diecinueve, al cual sin embargo escapan obras como la de George Brandes, espécimen extraordinario de buen europeo, es extremada y excesiva como toda reacción; pero responde, en el universalismo vigilante y generoso de Croce, a la necesidad de resistir a las exageraciones de la imitación de los imperiales modelos germanos. [Nota de J.C. Mariátegui]. Veáse en Amauta, núms. 12 y 14, las noticias y comentarios de Gabriel Collazos y José Gabriel Cossio sobre la comedia quechua de Inocencio Mamani, a cuya gestación no es probablemente extraño el ascendiente fecundador de Gamaliel Churata. (Los artículos referidos son Gabriel Collazos, "Un drama indígena", Amauta, febrero de 1928, p. 37, y José Gabriel Cossio, "Tuquypaij Munaskan", Amauta, abril de 1928, pp. 41-42. Inocencio Mamni era un joven escritor de Puno, Contemporáneo de Mariátegui, y Gamaliel Churata, también de Puno, era como un maestro que alentaba los esfuerzos literarios de los jóvenes de esa ciudad).

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misma es una abstracción, una alegoría, un mito, que no corresponde a una realidad constante y precisa, científicamente determinable). Remarcando el carácter de excepción de la literatura hebrea, De Sanctis constata lo siguiente: “Verdaderamente una literatura del todo nacional es una quimera. Tendría ella por condición un pueblo perfectamente aislado como se dice que es la China (aunque también en la China han penetrado hoy los ingleses). Aquella imaginación y aquel estilo que se llama hoy orientalismo, no es nada de particular al Oriente, sino más bien es del septentrión y de todas las literaturas barbáricas y nacientes. La poesía griega tenía de la asiática, y la latina de la griega y la italiana de la griega y la latina”(2). El dualismo quechua-español del Perú, no resuelto aún, hace de la literatura nacional un caso de excepción que no es posible estudiar con el método válido para las literaturas orgánicamente nacionales, nacidas y crecidas sin la intervención de una conquista. Nuestro caso es diverso del de aquellos pueblos de América, donde la misma dualidad no existe, o existe en términos inocuos. La individualidad de la literatura argentina, por ejemplo, está en estricto acuerdo con una definición vigorosa de la personalidad nacional. La primera etapa de la literatura peruana no podía eludir la suerte que le imponía su origen. La literatura de los españoles de la Colonia no es peruana; es española. Claro está que no por estar escrita en idioma español, sino por haber sido concebida con espíritu y sentimiento españoles. A este respecto, me parece que no hay discrepancia. Gálvez, hierofante del culto al Virreinato en su literatura, reconoce como crítico que “la época de la Colonia no produjo sino imitadores serviles e inferiores de la literatura española y especialmente la gongórica de la que tomaron solo lo hinchado y lo malo y que no tuvieron la comprensión ni el sentimiento del medio, exceptuando a Garcilaso, que sintió la naturaleza y a Caviedes que fue personalísimo en sus agudezas y que en ciertos aspectos de la vida nacional, en la malicia criolla, puede y debe ser considerado como el lejano antepasado de Segura, de Pardo, de Palma y de Paz Soldán”(3).

(2) (3)

De Sanctis, op. cit., pp. 186 y 187. [Nota de J.C. Mariátegui] José Gálvez, Posibilidad de una genuina literatura nacional, p. 7 (Lima, M. Morel, 1915).

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Las dos excepciones, mucho más la primera que la segunda, son incontestables. Garcilaso, sobre todo, es una figura solitaria en la literatura de la Colonia. En Garcilaso se dan la mano dos edades, dos culturas. Pero Garcilaso es más inka que conquistador, más quechua que español. Es, también, un caso de excepción. Y en esto residen precisamente su individualidad y su grandeza. Garcilaso nació del primer abrazo, del primer amplexo fecundo de las dos razas, la conquistadora y la indígena. Es, históricamente, el primer “peruano”, si entendemos la “peruanidad” como una formación social, determinada por la conquista y la colonización españolas. Garcilaso llena con su nombre y su obra una etapa entera de la literatura peruana. Es el primer peruano, sin dejar de ser español. Su obra, bajo su aspecto histórico-estético, pertenece a la épica española. Es inseparable de la máxima epopeya de España: el descubrimiento y Conquista de América. Colonial, española, aparece la literatura peruana, en su origen, hasta por los géneros y asuntos de su primera época. La infancia de toda literatura, normalmente desarrollada, es la lírica(4). La literatura oral indígena obedeció, como todas, esta ley. La Conquista trasplantó al Perú, con el idioma español, una literatura ya evolucionada, que continuó en la Colonia su propia trayectoria. Los españoles trajeron un género narrativo bien desarrollado que del poema épico avanzaba ya a la novela. Y la novela caracteriza la etapa literaria que empieza con la Reforma y el Renacimiento. La novela es, en buena cuenta, la historia del individuo de la sociedad burguesa; y desde este punto de vista no está muy desprovisto de razón Ortega y Gasset cuando registra la decadencia de la novela14. La novela renacerá, sin duda, como arte realista, en la sociedad proletaria; pero, por ahora, el relato proletario, en cuanto expresión de la epopeya revolucionaria, tiene más de épica que de novela propiamente dicha.

(4)

De Sanctis Teoria e Storia della Letteratura (p. 205) dice: “El hombre, en el arte como en la ciencia, parte de la subjetividad y por eso la lírica es la primera forma de la poesía. Pero de la subjetividad pasa después a la objetividad y se tiene narración, en la cual la conmoción subjetiva es incidental y secundaria. El campo de la lírica es lo ideal, de la narración lo real: en la primeravera, la impresión es fin, la acción es ocasión; en la segunda sucede lo contrario; la primera no se disuelve en prosa sino destruyéndose; la segunda se resuelve en la prosa que es su natural tendencia”. [Nota de J.C. Mariátegui].

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Mariátegui se refiere al texto “Ideas sobre la novela” que apareció junto con “La deshumanización del arte” en 1925.

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La épica medioeval, que decaía en Europa en la época de la Conquista, encontraba aquí los elementos y estímulos de un renacimiento. El conquistador podía sentir y expresar épicamente la Conquista. La obra de Garcilaso está, sin duda, entre la épica y la historia. La épica, como observa muy bien De Sanctis, pertenece a los tiempos de lo maravilloso(5). La mejor prueba de la irremediable mediocridad de la literatura de la Colonia la tenemos en que, después de Garcilaso, no ofrece ninguna original creación épica. La temática de los literatos de la Colonia es, generalmente, la misma de los literatos de España, y siendo repetición o continuación de esta, se manifiesta siempre en retardo, por la distancia. El repertorio colonial se compone casi exclusivamente de títulos que a leguas acusan el eruditismo, el escolasticismo, el clasicismo trasnochado de los autores. Es un repertorio de rapsodias y ecos, si no de plagios. El acento más personal es, en efecto, el de Caviedes15, que anuncia el gusto limeño por el tono festivo y burlón. El Lunarejo, no obstante su sangre indígena, sobresalió solo como gongorista, esto es en una actitud característica de una literatura vieja que, agotado ya el renacimiento, llegó al barroquismo y al culteranismo. El Apologético en favor de Góngora, desde este punto de vista, está dentro de la literatura española. (pp. 195-199)

fe

(5)

“Son los tiempos de lucha –escribe De Sanctis– en los cuales la humanidad asciende de una idea a la otra y el intelecto no triunfa sin que la fantasía sea sacudida: cuando una idea ha triunfado y se desenvuelve en ejercicio pacífico no se tiene más la épica, sino la historia. El poema épico, por tanto, se puede definir como la historia ideal de la humanidad en su paso de una idea a otra” (Ibid., p. 207). [Nota de J.C. Mariátegui].

15

Juan del Valle Caviedes (1652?-1697?), un tendero limeño que, entre otras cosas, escribió versos satíricos sobre la vida diaria de Lima al estilo de Quevedo.

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José Carlos Mariátegui Escritor, periodista y pensador político marxista peruano, nacido en Moquegua el 14 de junio de 1894. El Amauta fue fundador del Partido Socialista Peruano y de la Confederación General de Trabajadores del Perú, en 1929. Llegó a formarse en periodismo sin haber culminado sus estudios escolares, trabajando en diferentes diarios y revistas. Volcó sus intereses hacia los problemas sociales y fundó la revista Nuestra Época, el diario La Razón y la revista Amauta. Se casó con Ana Chiappe y tuvo cinco hijos. En su estancia en Europa, asumió el marxismo como método de estudio. Fundó la editorial Minerva en Lima y publicó obras suyas y de otros autores nacionales. Fue encarcelado en 1927 y luego puesto bajo arresto domiciliario al ser acusado de conspirar contra el gobierno de Leguía. En 1928 publicó 7 Ensayos de interpretación de

la realidad peruana, obra que toca distintos temas de la realidad nacional. Es considerado hasta hoy uno de los pensadores más influyentes del Perú. Falleció el 30 de abril de 1930.

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Luis Alberto Sánchez

Panorama de la literatura del Perú. Desde sus orígenes hasta nuestros días. Lima: Editorial Milla Batres, 1974.

Indios, españoles y los demás I nsisto, acaso en demasía, sobre este punto, porque a él se halla ligado el proceso completo de la “literatura peruana” o “del Perú”, tal como yo la entiendo. No se trata sólo de averiguar los hechos simultáneos que rodean a cada fenómeno, escuela o personalidad, literarios. Mi empeño es más ambicioso: trátase de la imposibilidad de analizar cualquier personalidad u obra literaria sin rastrear sus afluentes, orígenes, resonancias y apetencias de índole social. En el fondo, hasta los artistas más aparentemente desligados de la vida de sus pueblos, encierran por reacción, fiero individualismo, trémula evasión, desdén —que no resulta de una voluntad individual, sino de condiciones objetivas que le dan vida— o arrogancia. José María Eguren, el primer poeta simbolista del Perú, que nunca escribiera una página anecdótica, que nunca se refirió a una efemérides, el poeta intemporal y hasta inespacial en su obra y en su figura de mago niño, responde sin quererlo y sin saberlo a un momento determinado de la vida del Perú: al cansancio de la alusión, al anhelo de espiritualidad una vida harto filistea, al ansia de fantasear en un país sin fantasía, al entusiasmo por la nueva literatura francesa. Eguren contesta a múltiples anhelos, y ello corresponde al deportismo greguerista de Ramón Gómez de la Serna, a los funambulismos intrascendentes de Valdelomar, coetáneo y lanzador de Eguren, de ese Eguren que fue a modo de cohete lírico en alcoba acolchada, juglar sin mucha audiencia, para niños mayores de edad. Esta manera de considerar la literatura riñe con la ritual forma de mirar las belles-lettres. No se trata ya de esas “bellas letras”, sino de “las letras”, que siempre son bellas, porque rezuman vitalidad. Todo lo que expresa vida contiene, en su fondo, una belleza poderosa. Si a veces el

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gusto ambiente la pospone, no tardará en readquirir su señorío. La multiplicidad de los modelos clásicos de la vida impone en pro de todo el que la interpretó fielmente un día, cualquiera que sea la forma de expresión que adopte. Y si la vida, en cuanto asoma, crea belleza, la nueva forma de considerar la literatura —expresión superestructural según el dogma marxista— es ya una disciplina nueva, es ya una faceta inédita de la sociología, (también embrionaria disciplina en gestación constante); es una ciencia o un método que debe adoptar un nombre adecuado e intransferible: por ejemplo, el de socioliteratura. Múltiple expresión como es la forma escrita, en sí, viénenle estrechos ya los términos de “bellas letras” y de “literatura” a secas. [ ...] Pero, antes se impone un distingo fundamental: “literatura peruana” no es exactamente lo mismo que “literatura del Perú”. Esta última expresión comprende todo lo escrito por literatos nacidos en mi país, y, también, por literatos residentes largo tiempo en él: casos análogos serían los de Groussac, en Argentina, Bello, en Chile, y tantos más. La primera de estas clasificaciones, “literatura peruana”, se refiere a la expresión literaria típicamente, esencialmente peruana, saturada de ingredientes peruanos, con mayor concavidad nativa —sin incurrir en el nativismo sistemático—, más consonante y acordada con la emoción, la psicología, el panorama y el anhelo de la nacionalidad. Ser “literato del Perú”, puede no pasar de una mera casualidad geográfica. Ser literato “peruano” implica, además, una identificación con el medio ambiente. Una consustanciación con el paisaje y el hombre. No se trata ya de un simple hecho topográfico, sino de una interpretación cabal, por encima de la costumbre —que puede ocupar la imaginación de cualquier turista a lo Morand—, en los adentros de la idiosincrasia nacional. Admitido el distingo, me atrevería a enunciar una primera herejía crítica o socioliteraria: hubo “literatura peruana” solo hasta entrados los primeros cincuenta años de la Conquista española, (pese a la duda sobre existencia de “litterae”, de la letra, antes de la llegada de Pizarro al Perú, con quien por lo demás no advino la letra sino la iletralidad). Entonces sobrepusiéronse elementos importados, ajenos al genio del país, en una ola de imitación postiza, epidérmica, que ha durado, con raras pausas, hasta

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hace menos de treinta años. A partir de 1916, la inquietud vuelve a crear una “literatura peruana”. Existe un hecho, común a todas las literaturas indoamericanas, sobre el cual conviene insistir. No se puede hablar de un acento uniforme en la literatura del Perú. Ocurre con ella lo que con el idioma español del tiempo de la conquista, por ser ambas — la literatura del Perú hasta hoy y el idioma español entonces— procesos en marcha, incompletos, enderezados hacia un objetivo. Cada región tenía entonces su dialecto, su jerga peculiar. Y América está salpicada de provincias dialécticas o regionales, lingüísticamente hablando, a causa del origen extremeño, andaluz, castellano, vascuence, gallego o catalán, que aquellas tuvieron. Cada zona de influencia poseía su fisonomía propia, sin que pudiera hablarse aún de comunidad de aspiraciones hispánicas. Bajo el aluvión de provincialismos pugnantes entre sí, la masa indígena tendió su resignación como el mejor estadio para realizar el mestizaje. Ella infundió unidad a las discrepancias comarcanas. Ella dio vida al idioma unitario soñado por Nebrija, en virtud de una profunda mescolanza de los parroquialismos peninsulares con la lengua general del indio atento y receptivo. La literatura del Perú presenta hasta ahora características semejantes. El más superficial de los observadores comprueba, a poco que la examine, una afirmación fundamental: No hay un solo Perú; hay varios Perúes. Existe un Perú de la costa, un Perú de la sierra y un Perú de la “montaña” o de la selva; y, sicológica y económicamente hablando, existe un Perú del norte, un Perú del centro y un Perú del sur. Sí, en cuanto a naturaleza, los tres primeros son más determinantes, en cuanto a características sicológicas, los tres últimos tienen mayor beligerancia. El hombre que vive en ese país no puede, pues, tampoco tener una reacción uniforme ante la vida. Su conformación étnica es tan diversa como el escenario en que se mueve. Al autóctono indígena, grave y retraído, de ingenua alegría y hábitos colectivos, se sobrepone el español ambicioso y extrovertido, de júbilo arrogante, de bronca soberbia y de hábitos individuales. Y ni siquiera es “un” español el que se sobrepone; ni había alcanzado a cuajar en “un” solo indígena, el autóctono. Son andaluces, castellanos, extremeños, los que aportan sus diversas modalidades psicosociales al Perú prehispánico. Y con esto, casi al mismo

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tiempo, llueve el hervor africano, el negro sensual, vistoso, decidor, plástico, aficionado a la danza, al rito, al paramento, emborrachándose con tonadas y bailes para olvidar sus cadenas, apunto tal que un historiador colombiano —Vergara y Vergara— apunta que “el español no dio alegría al negro, sino que éste se la dio a aquél, a pesar de ser esclavo”. No ha sido aún bien estudiado este aporte negro en nuestra expresión literaria, aunque ya don Ricardo Rojas suministra varias observaciones con respecto a la literatura popular argentina y a la estirpe Rubén Darío. Pero, en todo caso, sin insistir más en ello, puesto que no es este lugar oportuno para mayores reiteraciones, el negro modifica la contribución cultural española y mezcla a la gravedad de indios y españoles (ambos, razas cultivadas; ambos, expresión de dos mundos trabajados por el pensamiento y la ambición), su virginidad de selva intransitada, recién, entonces, abierta al sol. Otros aportes más modelan sucesivamente al hombre del Perú, tanto desde el punto de vista físico como desde el espiritual. Con el español llegan algunos italianos que airean un poco más la atmósfera de las altas cumbres culturales. El andaluz se afinca en la sierra mucho menos que en la costa. El francés empieza a ejercer influencia a partir de la primera mitad del siglo XVIII en Lima, pero nada más que ahí. Después de la independencia, el sajón y, luego, aunque no es muy visible aún su afluencia espiritual, el asiático sólo en la costa. En tanto la sierra conserva su fisonomía predominantemente indohispana, más india que hispana. Cuna del “nuevo indio”, modificado por los mestizajes de sangre y de culturas, la sierra que en todo sentido constituye las tres cuartas partes del Perú, avanza poco a poco y establece sus fueros. En ese avance y en esa reivindicación de valores absurdamente pretéritos radica lo más importante del aspecto actual de la cultura peruana —“peruana”, no solo “del Perú”. (pp. 11-21)

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Luis Alberto Sánchez Escritor, abogado, historiador, periodista, crítico literario, traductor y político peruano. Nació en Lima el 12 de octubre de 1900. Se le considera una figura central en la vida literaria peruana, habiendo generado polémica por sus posiciones políticas. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos donde obtuvo el doctorado en Letras en 1922. Dedicó muchos años de su vida a su casa de estudios tanto como maestro, decano de la Facultad de Letras (1945) y rector de la universidad (1946-1951). Asimismo fue uno de los principales animadores del Conversatorio Universitario fundado en 1919. Fue miembro de la Academia de la Historia y de la Real Academia Española. Publicó artículos y crónicas periodísticas; y llegó a escribir libros de distintos géneros: novelas históricas, monografías, crítica literaria, crónicas, ensayos. Entre sus mejores aportes destacan sus estudios sobre Manuel González Prada y José Santos Chocano. Otras de sus obras son: La literatura peruana, derrotero cultural para una historia del Perú (1928-1936), Los poetas

de la Colonia, y Proceso y contenido de la novela hispanoamericana (1976). Murió en Lima el 6 de febrero de 1994.

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Jorge Basadre

Lecaros, Fernando. Historia del Perú y del Mundo siglo XX. Prólogo de Jorge Basadre. Décima edición. Lima: Ediciones Rikchay Perú, 1981.

Carta a Fernando Lecaros La historia, disciplina por algunos llamada auxiliar y, en realidad, fundamental, otorga a las ciencias del hombre aquella interiorización en el tiempo que, cuando está verdaderamente comprendida, constituye el sustituto más seguro de una experimentación imposible. La certidumbre de que la trayectoria humana en relación con los datos generalmente aceptados hasta hace poco está hundida más en lo profundo de la antigüedad que lo imaginado en los años anteriores, lleve en sí la idea de que la inteligencia, la voluntad y la perseverancia, cuyo uso tenaz hizo cambiar la vida en los pantanos, la selva y las cavernas por el dominio sobre la naturaleza, el desarrollo cultural, social y jurídico, la exploración de los transportes y las comunicaciones, se han sucedido en un plazo comparativamente breve. Ello no implica, por ciento, aceptar la idea simple y optimista del progreso. Al lado de su capacidad para entender la vida y de estimular las cualidades invívitas en el intelecto, el hombre ha demostrado, y sigue demostrando, excepcionales aptitudes para la iniquidad, la estupidez y la locura. Debemos considerar a la historia como un proceso motivado por fuerzas humanas al que hay que entender a través de términos puramente humanos. Ella no debe ocuparse sino de la verdad de nuestros semejantes en su calidad de seres que vivieron a lo largo y a lo ancho del ámbito que nos interesa. Su destino alberga causas diversas, coyunturas, estructuras, desenvolvimientos y hechos con elementos eventuales de sorpresa. Si hay una utilidad en estudiarla es la de ahondar la experiencia y lograr que, de algún modo, seamos más lúcidos en relación con nosotros mismos y con la sociedad que nos circunda. Debemos investigar con la humildad, la lucidez, la paciencia y la honestidad posibles los factores auténticos en el acontecer histórico que hemos escogido como campo de trabajo. Se

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trata de una labor primaria pero no sencilla, ya que la complejidad de las fuerzas desencadenadas en el acontecer es intrincada y su dilucidación resulta una tarea nunca fácil. El deber del historiador está en hallar, dentro de lo que sus facultades lo permiten y sin desconocer la verdad de que otros han de superarlo más tarde, las complejidades de la conducta, el pensamiento, la sensibilidad y las obras de la existencia humana en las distintas etapas del tiempo enfocadas en los marcos específicos de su interés profesional. Ello implica buscar las interrelaciones sutiles entre las luces y las sombras del pasado; ser leal a este y no distorsionarlo; y tener siempre presentes las difíciles y largas tareas que aún faltan por cumplir a nuestro oficio. Es necesario evitar que la historia proporcione auxilios e instrumentos para el dominio del poder o de la autoridad política o económica establecida, cualquiera que ella sea. Es también un deber adoptar como norma que en la razón (siempre y cuando esté controlada por los hechos mismos y por la experiencia viva) e, igualmente, que en la capacidad para pensar acerca de los hombres mismos, encuéntranse, pese a todos sus defectos, errores o miserias, los atributos que les otorgan una calidad única dentro del universo todo. (pp. VIII-IX)

fe Jorge Basadre Historiador e historiógrafo peruano, nacido en Tacna el 12 de febrero de 1903. También conocido como crítico y estudioso de la literatura. Se le reconoce por su excelente labor en ordenar la información histórica del Perú desde el nacimiento de la República hasta 1980. Inició su carrera como catedrático en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y posteriormente llegó a ser Ministro de Educación en dos oportunidades (1945 y 1956). Realizó estudios en Estados Unidos, Alemania y España. Estuvo casado con Isabel Ayulo La-Croix. Fue fundador de la tercera Biblioteca Nacional del Perú. Años después se dedicó enteramente a la investigación con financiamiento de promotores nacionales y extranjeros. Escribió una variada cantidad de obras entre ellas Literatura Inca en 1938. Murió en Lima el 19 de junio de 1980.

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María Wiesse

El niño, ese desconocido. Lima: Compañía de Impresiones y Publicidad Enrique Bustamante y Ballivián, 1949.

El niño en la literatura Si la psicología y la pedagogía se han apoderado de la personalidad infantil para analizarla, estudiarla, adentrarse en todos sus aspectos y modalidades y raptar el secreto del “desconocido”, la literatura —poesía, cuento, novela— también ha tomado al niño como sugerente motivo para tejer bellas páginas, estancias de melodioso acento, capítulos claros y graciosos, con qué potencia fluye la inspiración de los artistas del verbo, al tratar de ese ser que “con su pequeñez llena todo el universo”. Es en el siglo diez y nueve que poetas, escritores, novelistas comienzan a ocuparse del niño con amorosa atención —a la par que se inician los estudios de pedagogos y psicólogos— y acucioso interés. En épocas anteriores a este siglo el niño no era objeto de tan afectuosa solicitud. Si nos remontamos a los tiempos de la antigua Grecia encontramos raras veces la figura del niño, en la poesía. En el mito los griegos tomaron al niño para encarnar al dios del sentimiento amoroso. Travieso y juguetón, Eros, el dios niño, corre en compañía de las ninfas, persigue una mariposa —siempre armado de su carcaj y de sus flechas— alado, inconsciente, con los ojos vendados. El amor, para los antiguos, era un niño porque tenía la inconsciencia, la volubilidad, la ternura —a veces candorosa, otras un poco cruel— del chiquillo que solo obedece a sus instintos. En sus “Confesiones” San Agustín se estudia a sí mismo, niño que aborrece el estudio de la gramática griega —“Homero fue, en mi niñez, muy desabrido para mí”— y que “se contentaba sobremanera con las letras latinas”. Agustín analiza minuciosamente sus instintitos y complejos infantiles. “Tenía —dice el gran escritor cristiano— la pasión

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del juego y el amor precoz de la gloria”. Y humildemente se acusa de haber pecado, a muy temprana edad. Muchos de los protagonistas de los cuentos de Perrault, de Grimm, de Andersen son niños; la Caperucita Roja, Pulgarcito, Hansel y su hermanita Gretel, la pequeña vendedora de fósforos; creaciones encantadoras, mitos deliciosos, que hemos llegado a considerar como personajes reales por lo que tienen de semejanza con el niño. Allí en esas fábulas creadas por la fantasía de un poeta encontramos la ingenuidad, la dulzura, la gracia, la curiosidad —curiosidad que lleva a la desobediencia— la generosidad y también el egoísmo del niño, esa criatura que reúne tan encontrados sentimientos. Es en la literatura moderna que se hallará muy frecuentemente al niño. Ya en el cuento, ya en la poesía, en la novela, en la autobiografía —diarios y memorias— en el relato. Chateaubriand, en sus “Memorias de Ultratumba”, narrará en espléndida prosa —prosa que se mueve al igual de la poesía— episodios de su infancia. De su vida de colegial Chateaubriand recuerda —entre otros— aquel suceso que revela su orgullo y su altivez. Había cometido una falta, y el regente —el abate Egault— del colegio lo llevó a su habitación para someterlo a un castigo corporal. El niño se subleva, siente que en su alma se levanta —cual tempestad— un soplo de ira y sale al encuentro del maestro —después de lanzarle una patada— pronunciando palabras latinas, que desarmarán a su enemigo; ¡resultaba tan cómica la erudición de un muchacho! Pierre Loti, morboso, melancólico, sencillo, complicado y a la vez profundamente sentimental escribirá el “Diario de un niño”, en el que todas las emociones e impresiones de su infancia son expuestas en un lenguaje transparente y musical, con un penetrante acento de tristeza, con un anhelo de ensueño y de ilusión. Escéptico, desencantado, irrespetuoso, sin ideal místico y pleno de ironía, Anatole France palpita de amor y de ternura cuando recuerda su niñez, cuando evoca a su madre. Y en sus libros, “El libro de mi amigo”, “Pedrín” y “La vida en flor” el maestro del desencanto y de la ironía compondrá páginas de maravillosa poesía como aquella que

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se titula “Te doy esta rosa”. “Un día —reproduzco el último párrafo de ese capítulo— estábamos en el saloncito y dejando su labor —France se refiere a su madre— me tomó en sus brazos, luego enseñándome una de las flores del papel me dijo: —Te doy esta rosa. Y para reconocerla la señaló, haciendo en ella una cruz con su punzón de bordar. Ningún regalo me hizo nunca tan feliz”. ¡Con que admirable lucidez, con que delicadeza de sentimiento había comprendido Anatole France el espíritu del niño, a quien una frase, un gesto, una mirada de su madre puede hacer perfectamente dichoso! El niño que sufre de la injusticia social, que ha de trabajar —desde temprano— para ganarse su pan, en cuya sensibilidad repercute intensamente el espectáculo de la miseria y de la tristeza humana es el niño Alexei Maximovicht, que más tarde escribirá con el seudónimo de Máximo Gorki y que en su libro “Mi vida de niño”, relata todos sus sufrimientos, su choque con los hombres, su formación dolorosa y austera. “Mi vida de niño” es un libro de tremenda angustia; es la tragedia de un niño. No es —como en las obras de Anatole France— la historia del chiquillo mimado, a quien su madre dirá con acento de dulcísima ternura: “Te doy esta rosa”. Es el pequeño proletario que ya siente en su corazón todos los dolores de su pueblo y de su casta. En el alma de otro niño —El Juan Cristóbal, niño de Romain Rolland— asistimos a la eclosión de una personalidad de artista y al desenvolvimiento de una infancia atormentada y oscurecida por toda suerte de privaciones. Juan Cristóbal se internará en el bosque de los sonidos y sentirá, alrededor suyo, “millares de fuerzas desconocidas que lo aguardan para acariciarlo o devorarlo”. Y —seguimos al niño Juan Cristóbal—: “abre el piano, acerca una silla, se yergue sobre ella, sus hombros llegan a la altura del teclado. El corazón le late al apoyar el dedo sobre una tecla”… Para Romain Rolland no hay espectáculo más sugerente y emocionante que el de asistir al primer contacto de un niño con la música; “la música que abre los abismos del alma”. Hay otro libro de un escritor francés, Gilbert des Voisins, impregnado del dolor de un niño. Es este libro, “El niño que tuvo miedo”. El niño tuvo

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miedo porque presenció la culpa de su madre, su madre, a quien el creía tan pura, tan noble, tan leal. El niño había revestido a su madre de todas las virtudes y perfecciones y vio como traicionaba la fe jurada al padre. Y aunque no pudo comprender claramente el sentido de esa traición, sintió que la vida era fea, que la vida era mala, y que su madre no era el símbolo de pureza y de claridad que él había soñado. Y el chiquillo no pudiendo resistir a su desilusión, no pudiendo soportar su desengaño, no sintiéndose fuerte para enfrentarse a la maldad de la vida, se quitó la existencia. Esa es la historia que relata Gilbert des Voisins, en su novela “El niño que tuvo miedo”. Collete evoca en “La casa de Claudine” —al igual que Loti y que France— su niñez. Claudine es la chiquilla que ama los animales —amor que conservará toda su vida, escribiendo sobre ellos páginas encantadoras— y, que en la perra Toutouque, bull-dog feroz y agresivo, encontrará la más dulce y sumisa de las criaturas. Claudine educada, crecida en un rincón de provincia pintará su casa con toques de fresca musicalidad y delicado lirismo. Y con intuición en inteligencia describe Colette todo el proceso del alma infantil; intuición e inteligencia de artista y de poeta. Si Claudine es la provincianita que mima y quiere a su perra, María Bashkirsteff es la niña de las ciudades, precoz, inquieta, cosmopolita, que a los doce años piensa en el duque H. Ya tocada por las tuberculosis, María Bashkirsteff piensa y siente casi como un adulto y la atormentan preocupaciones que no son infantiles. Un poeta nuestro —Luis Valle Goicochea— encerrará en sus estrofas, “Las canciones de Rinono y Papagil”, todos los recuerdos de su infancia trascurrida en un humilde pueblo serrano y ¡qué candor, que sencillez en la evocación, toda llena del aroma de las retamas y de la hierba buena del huerto de la aldea! Y Rabindranath Tagore, el gran lírico hindú, en su libro “La Luna nueva”, hace dialogar al niño y a la madre, canta el ensueño del chiquillo, en imágenes radiantes, en metáforas magníficas y surge del cantar del poeta, la voz del chiquillo diciendo: “Figúrate tú, madre, que me voy a viajar por países desconocidos y que tú tienes que quedarte en casa.

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Imagina que ya mi barco, cargado, me aguarda en el muelle. Ahora, piénsalo tú bien, madre; ¿qué quieres que te traiga cuando vuelva?”. El niño —lo ha comprendido el poeta— vive en la quimera y sueña conquistar, “para su madre, el tesoro y el arca que constaron los reinos a siete reyes”. (pp. 55-61)

fe María Wiesse Escritora, periodista y pionera de la crítica de cine en el Perú. Nació en Lima el 19 de noviembre de 1894. Está considerada como una de las escritoras más importantes de la primera mitad del siglo XX. Inició su actividad periodística entre los años 1916 y 1917, haciendo crítica literaria y musical en los periódicos limeños La Crónica, El Perú, El Día y en Radio Nacional. Fundó y dirigió la revista mensual Familia desde la cual criticaba la militancia política de las mujeres, lo cual la diferenció de otras feministas de su época. Exploró la poesía, el cuento, la novela, el teatro y el ensayo. Escribió cuatro novelas: La huachafita y Rosario

(1927), Historia de una niña (1929), Diario sin fechas (1948) y Tríptico

(1953). Trébol de cuatro hojas (1932), Canciones (1934) y Jabirú (1951) son algunos de sus poemarios. Falleció en Lima el 29 de julio de 1964.

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Sebastián Salazar Bondy

Cuentos infantiles peruanos. Selección, comentarios y notas de Sebastián Salazar Bondy. Lima: Editorial Nuevos Rumbos, 1958.

Prólogo para el niño Leer no es sólo pronunciar correctamente las sílabas agrupadas en palabras y las palabras agrupadas en oraciones y frases. Es algo más. Todo escrito debe proporcionarte dos bienes: un placer y una lección. El placer que brinda la belleza del estilo y la lección que representan las verdades que aprendes de su contenido. Los doce relatos que reúne este libro han sido escogidos, pues, para que te entretengan y te aprovechen. Leer es soñar despierto. Al abrir un libro inicias un viaje por paisajes distintos a los de todos los días. Y casi sin darte cuenta, te llenas de saber. Los escritores describen personajes, lugares y sucesos para expresar alguna novedad profunda sobre el hombre y la vida, que es imposible descubrir mientras se trabaja, se conversa o se juega. Para ello inventan historias. Estas historias te ayudan a comprender el mundo y a enterarte de cómo hay que estar en él. Algunas de las historias que figuran en este libro son tomadas de la antigüedad y parecen, gracias a la habilidad del autor, el relato de alguien que las vivió o que las vio vivir. Son las leyendas. Otras ocurren entre animales y plantas, que se comportan como seres humanos, pero animales y plantas son en ellas el disfraz que oculta a cierta clase de personas. Son las fábulas. Por último, hay historias que son aparentemente reales, con personajes del presente, iguales a nosotros. Son los cuentos. En todos hay símbolos, es decir, bellas mentiras que reflejan una verdad, gracias a lo cual no son propiamente mentiras. Los escritores, para dar más interés y encanto a sus invenciones, emplean imágenes. Las imágenes son los milagros de la palabra. Gracias

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a la imaginación (así se llama al poder de crear imágenes) pueden hablar el zorro y el cuy, el sol se convierte en un hombre gordo y rubio, el clavel se enamora de la rosa, y la montaña marcha a grandes trancos. En estas maravillas del arte debemos creer los lectores como creemos en esos seres extraños que parecen habitar nuestra mente cuando pensamos, cuando recordamos, cuando dormimos. Tales prodigios son obra de la inteligencia, esa fuerza capaz de transformarlo todo. Admira lo que tienen de hermoso e instructivo estos cuentos. Si no los comprendes, pide que te los expliquen. Si hay una palabra que no entiendes o una idea que te resulta oscura, absurda o tonta, indaga por su significado ante tus padres o tus maestros. Consulta, si ellos no te satisfacen, los diccionarios (pide que te compren uno, si no lo posees). No te quedes nunca con una duda. Pregunta siempre, porque preguntar es tu derecho. Recuerda que no hay nada en el universo que no esté al alcance de tu inteligencia. Estás en la edad en que te preparas para ser adulto y es preciso que lo sepas todo. El conocimiento que se adquiere en los libros, es más valioso que el dinero, las joyas o los metales preciosos, pues hace rico el espíritu, esa parte invisible y real del hombre que nunca muere. Cuando cierres la última página de este libro es probable que seas dueño de verdades que antes ignorabas. Además, el placer que estas leyendas, fábulas y cuentos te hayan proporcionado acrecentará tu afición a la lectura. Pide, entonces, más libros, tal como pides más dulces, más juguetes, más caricias. (pp. 5-6)

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Sebastián Salazar Bondy Escritor peruano de la generación del cincuenta. Nació en Lima el 4 de febrero de 1924. Su obra gira en torno a los problemas del mundo urbano, y sus personajes y lugares manifiestan aspectos de la idiosincrasia local. Su primer poema fue publicado en la revista Palabra cuando tenía trece años y a los diecinueve publicó su primer poemario titulado Rótulo de

la esfinge en colaboración con Antenor Samaniego. En 1941, ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus mayores éxitos los alcanzó como dramaturgo. Entre sus piezas escénicas destacan Rodil (1951), No hay isla feliz (1954), Flora Tristán (1956), Como vienen, se van (1959) y El fabricante de deudas (1962). Lo

mejor de su poesía está en Confidencia en alta voz (1960) y El tacto de la araña (1965). Murió el 4 de julio de 1965.

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Antonio Cornejo Polar

La formación de la tradición literaria en el Perú. Lima: Centro de Estudios y Publicaciones (CEP), 1989.

La literatura peruana: totalidad contradictoria En los últimos años las ciencias sociales y las ideologías políticas han retomado como objeto de reflexión el problema de lo nacional en el Perú, y lo han hecho con énfasis, con brillo y con pasión; en cambio, la crítica e historia literarias hace mucho tiempo que abandonaron el examen orgánico de tal asunto, pese al carácter prioritario que tuvo en las décadas de los años 20 y 30, cuando se fundó la tradición que aún rige el desarrollo de estas disciplinas entre nosotros. Es una despreocupación perjudicial no sólo porque contribuye al aislamiento de los estudios literarios en el momento en que precisamente las ciencias sociales y humanas asocian con mayor consistencia y provecho sus tareas, sino, sobre todo, porque significa la pervivencia de un modo inactual de entender lo que es (o no es) la literatura peruana. De aquí que se maneje consensualmente una imagen de nuestra literatura que deriva de una teoría literaria en gran parte superada por la evolución de la misma disciplina e incompatible en grado decisivo con otras teorías conexas, como las que son propias de la lingüística, la antropología, la historia o la sociología actuales; depende de una experiencia del quehacer literario que obviamente no puede consultar los últimos tramos del vivaz proceso de nuestra literatura, con lo que se cancela la enriquecedora opción de reinterpretar la tradición con las luces de la contemporaneidad; presupone un conjunto de alternativas ideológicas que deben ser materia de discusión siquiera porque su data las remite a contextos de realidad y cultura en buena parte ya inexistentes; y está condicionada; en última instancia, por factores sociales que se han

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transformado de manera sustancial con posterioridad al tiempo en que esa imagen de nuestra literatura fue modelada y asumida como verdad. Es urgente repensar, pues, esta materia. Y puesto que las condiciones de producción y el carácter mismo del discurso críticohistórico han variado decisivamente, no basta con propiciar una tarea de modernización rectificatoria: es necesario, más bien, proyectar el debate hacia las bases del asunto y discutir cuál es el campo y cómo se constituye el objeto de una reflexión científica sobre la literatura nacional peruana. Ciertamente se trata de un problema que no puede desligarse ni de un sistema teórico general ni de la particularidad del proceso de nuestra literatura; tampoco, como es obvio, de la circunstancia histórico-social desde la que se plantea. Es precisamente a partir de esta inserción concreta que tiene que repensarse el carácter de la operación literaria y de los espacios — ­ como espacio nacional— en los que se produce. Sería incongruente suponer el descondicionamiento de un trabajo intelectual cuyo sentido preciso es justamente el de reinterpretar desde y para este tiempo un proceso que aunque antiguo se acumula en la conciencia contemporánea. Interesa entonces adoptar una perspectiva y articular categorías teóricas con conocimientos históricos. Se burlan así los riesgos de la falsa neutralidad, pues asumir un tiempo es asumir también su conflictividad social, a la par que se alejan los peligros del idealismo y del empirismo, peligros que, tratándose del estudio de una literatura nacional, implican en el primer caso la esencialización de sus dos términos, como si la literatura no fuera cambiante y la nación una fluencia continua, y en el segundo la simple recopilación de datos sin sentido orgánico ni procesal. Es en el espacio formado por la relación dialéctica entre teoría donde debe fundarse una nueva concepción de la literatura peruana. A colaborar en este esfuerzo, que sin duda tendrá que ser colectivo, están destinadas las siguientes reflexiones. (pp. 175-177)

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Antonio Cornejo Polar Profesor universitario y crítico literario peruano. Nació en Lima en 1936. Acudió a la Universidad de San Agustín de Arequipa y obtuvo los grados de Bachiller (1958) y Doctor en Letras (1960). Se desempeñó como profesor principal y posteriormente rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Tuvo a su cargo la dirección de los programas académicos de Lingüística, Filología y Literatura Hispánica de 1976 a 1978, y también la jefatura del Instituto Nacional de Cultura. Trabajó junto a su esposa María Elvira Cristina Soto Ramos en la conducción de Latinoamericana Editores. Además, fue el fundador y editor de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Entre sus obras se encuentran: Los universos

narrativos de José María Arguedas (1997), La novela peruana: siete estudios (1978), Literatura y sociedad en el Perú: la novela indigenista (1980), entre otras. Murió el 18 de mayo de 1997 en Lima.

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Segunda Unidad

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

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Fuentes prehispánicas y literatura de la Colonia

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onviene recordar una anécdota referida por Wáshington Delgado en alguna de sus clases magistrales en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Contaba Delgado que cuando el escritor Ventura García

Calderón decide emprender la Biblioteca de Cultura Peruana, le revela al historiador Raúl Porras Barrenechea que iniciará la serie con un tomo dedicado a la literatura de la Colonia. —¡No es posible! —se extrañó Porras y pronunció casi una sentencia—. Debes empezar por el principio: nuestra literatura incaica. —¿Pero acaso los incas tuvieron literatura? —preguntó un azorado García Calderón. —Pregúntaselo a Jorge Basadre. ¿Lo conoces? —¿El joven autor de Equivocaciones? —Y de Perú: problema y posibilidad. —Ese libro no lo he leído, pero los ensayos que reúne Equivocaciones me parecen extraordinarios. En especial el consagrado al poeta Eguren. —Pues habla con Basadre, es un intelectual talentoso y vehemente. Estoy seguro de que hará un valioso trabajo. Años después aparecería Literatura inca (1938), bajo la autoría de Jorge

Basadre y como Introducción general de la Biblioteca de Cultura Peruana, monumental obra de trece volúmenes dirigida por Ventura García Calderón y editada bajo los auspicios del presidente Óscar R. Benavides. Este primer tomo incluye un prólogo, una bibliografía de literatura quechua y una selección de

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textos de ficción y fábulas (leyendas, cuentos y fábulas), poesía (rimas, cantos y cantares) y teatro (Ollantay, además de poemas dramáticos y líricos). Esta apertura veraz, aunque algo retocada, pone de manifiesto el desconocimiento que existía sobre la literatura quechua bien entrado el siglo XX. Adviértase que García Calderón era entonces un acreditado peruanista y un reconocido escritor, postulado incluso al premio Nobel de Literatura. Si agregamos, además del desconocimiento, la discriminación que sufría la cultura aborigen podemos entender por qué los manuales que circulaban en las escuelas hasta los años 1970 del siglo pasado privilegiaban la visión hispanista de nuestra historia literaria.

Literatura oral Es casi un pecado de origen el que han tenido que soportar durante mucho tiempo las literaturas ágrafas. Un defecto, un vacío en su constitución más tradicional. Pues sabemos que la etimología del término literatura proviene del latín litterae, que significa letra y que ha conferido durante mucho tiempo mérito literario solo a los textos escritos. Por fortuna este sentido restringido de la literatura ha sido superado y referirnos hoy a las literaturas orales que se cultivaron en nuestro territorio, antes de la llegada de los conquistadores españoles, ya no sorprende a nadie. Si bien hubo diversas culturas prehispánicas que alcanzaron esplendor en nuestro país y legaron una inmensa riqueza en el campo artístico, el Incanato constituye nuestro referente cultural de mayor trascendencia. A lo largo y ancho de nuestro territorio, sea a nivel de mar, en las alturas andinas o la agreste Amazonía, los antiguos pueblos peruanos cultivaron sus propias lenguas; sin embargo, el Incanato, en su afán unificador, expandió el quechua como idioma oficial. La lengua runasimi (lengua de los hombres), como la llamaron en el Tahuantinsuyo, fue rebautizada como ‘quichua’ por el fray Domingo de Santo Thomás, en 1560. Medio siglo más tarde pasó a llamarse ‘quechua’, en la obra de Alonso de Huerta titulada Arte de la Lengua General de los Yndios de este Reyno

del Pirú, fue y es hablada aún por un enorme sector de nuestra población. Incluso más allá de nuestras fronteras. Aunque no se tiene certeza de su escritura —que configuraría una literatura convencional—, esta lengua posee en sí misma un alto valor estético; destacados lingüistas realzan el caudal léxico y la flexibilidad sintáctica que goza, así como la potencia connotativa de su expresión: un solo verbo, por ejemplo, puede manifestar múltiples estados de ánimo.

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Dicha calidad idiomática dispuso el mejor componente para la formación de una literatura oral por los cauces de las narraciones cosmogónicas (mitos y leyendas), los relatos breves y formativos (cuentos y fábulas), y la poesía lírica y épica (harawis y hayllis). Literatura concebida como expresión comunitaria, anónima y bastante ceremonial que acompañó las labores agrícolas, los rituales religiosos y las experiencias cotidianas de los habitantes del Tahuantinsuyo. Se entiende que las fuentes prehispánicas corresponden al periodo anterior a la llegada de los españoles (1535) y, en consecuencia, la literatura incaica es aquella que se desarrolló desde la formación del Incanato hasta su progresivo exterminio. Y siguió, como todo fenómeno cultural, una doble vertiente: la creación popular y la creación oficial. Con el tiempo, a partir del periodo Colonial, todo este universo tradicional —“enorme masa textual”, en palabras del estudioso Edmundo Bendezú (1986)— va a conformar un régimen marginal opuesto al dominante, cuya resistencia fluyó de manera subterránea y expuesta a grandes dificultades.

fe Como resultado de la violencia conquistadora, cuán duramente sufrió el espíritu y el pensamiento, la ciencia y el arte prehispánicos. Tal vez en literatura, más que en arquitectura o artesanía, los testimonios sean todavía más exiguos: la ausencia de un sistema de escritura impidió que la voz transmisora fuera perdurable. Es cierto que el Imperio Incaico albergó en el quipu y la quilca precisas técnicas contables, además de disponer del esfuerzo de un grupo de personas destinadas a conservar las tradiciones orales en la memoria; pero ya conocemos de la fragilidad de la voz y la memoria humanas. Lo cual explicaría el ingente material perdido y olvidado. Una tarea acuciosa y reivindicativa va a producirse con los primeros cronistas, quienes rescatan la literatura oral tanto de expresión popular como oficial. Recordemos la sistemática destrucción que desplegó el imperio español, desactivando casi completamente las instituciones del Estado Incaico. Algunos de aquellos cronistas aparecen en las páginas de este capítulo con sus fragmentos más inspirados y que si bien no fueron creados ni dirigidos para niños, contribuyen hoy en la formación de una fuente eficaz de lectura infantil en diversos géneros; con predominancia de la fábula y la leyenda, del cuento maravilloso y del mito. También provechoso para la recreación literaria en manos de escritores cultivados.

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Extranjeros en la formación de la literatura peruana De joven, cuando enseñaba en el colegio, me preguntaba por qué poblaban tantos escritores españoles las páginas de nuestra literatura colonial y les formulaba a mis alumnos la misma pregunta. Y ensayábamos variadas respuestas, ellos y yo. Después los importunaba con otras interrogantes que sigo usándolas cuando me reúno con maestros y maestras: ¿Por qué extranjeros en una literatura peruana? ¿Cuál es la visión que difunden? ¿Con qué intenciones reales? ¿Cómo formar un carácter nacional? ¿Hubo acaso cronistas mestizos, indígenas o amazónicos? ¿Conocen ustedes la leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo? ¿Quién escribió la primera versión, la han leído? ¿Sabían que Guamán Poma de Ayala realizó cerca de cuatrocientos dibujos a pluma para ilustrar sus crónicas? Creo que es saludable hacérselas para conocer ciertas corrientes profundas de la literatura de la Colonia. Recordemos que, además de la escritura, los españoles trajeron una cosmovisión religiosa y un panorama cultural que correspondía a una política, una tecnología, una ciencia y unas artes de la llamada Edad Moderna, en Occidente. Y trajeron también, con la pólvora y las armas de fuego, una codicia expansionista y destructora que impusieron con crudeza. A propósito de estas disquisiciones, recuerdo a menudo el poema “Sabiduría humana”, de Wáshington Delgado (2008): Cuando alguien habla del espíritu cuida bien tus bolsillos. Esta es la sabiduría que nos vino de un lugar llamado occidente. Antes el sol brillaba arriba, abajo y adentro. Era la fuerza de las manos y la pasión en la boca. Un hombre tenía una casa, un oficio, un alma, un tamaño y un lugar entre los hombres. Después vinieron otras gentes que tenían corazón y pesaban el oro.

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Ellos nos enseñaron. Ahora vivimos con cárceles, obispos y soldados. Ahora sabemos que una cosa es el bien y otra es el mal. Y que el dolor no es el dolor ni es hambre el hambre y que en alguna parte del cielo todos somos iguales. Cuando silenciaron las armas de la conquista, el verso “Ellos nos enseñaron” bien podría sugerir la fundación de instituciones educativas —iglesias, escuelas y universidades— donde se instruía y divulgaba cierto tipo de literatura: dependiente del régimen dominante, ajena a la realidad aborigen16. O en el mejor de los casos, representaba la expresión del difícil proceso de mestizaje que vivía el Perú. Drama que encarnaron cronistas como Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala y Juan de Santa Cruz Pachacuti; autores que van a recoger testimonios orales de parientes y amigos, además de pequeños vestigios de sus andanzas. Son textos que pertenecen a la historia y la literatura, fundando una zona de rigor y encantamiento: un registro minucioso de referencias de la realidad concreta, tanto de la vida oficial como de la vida doméstica, circunstancias relevantes y curiosas, subordinados a una mirada documentalista y analítica17; pero además amplían y enriquecen la lengua española —ahora en pleno esplendor del Siglo de Oro—, potenciando los paisajes, personajes y sucesos de la naturaleza americana. Motivos por los que las crónicas adquieren la vibración y el sortilegio de un relato de aventuras18.

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Consideremos que la imprenta, establecida en el país pocos años después de la Conquista, facilita enormemente la difusión de los textos impresos. El Catecismo para instrucción de los indios, y de las demás personas que han de ser enseñadas en nuestra Sancta Fe (1584), es el primer libro impreso en Perú y Sudamérica.

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Es cierto que muchos historiadores han señalado, y con razón, la inexactitud de los datos; aun así, creemos que ofrecen una fuente valiosa de conocimiento.

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Como un homenaje a esta escritura, Gabriel García Márquez inicia así su “Discurso de aceptación del Premio Nobel” (1982): “Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de

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En la profusa y densa literatura colonial, desgraciadamente sin vocación de unidad entre dominantes y dominados, hubo además de algunas crónicas una pedrería esquiva a la desaparición y que fue aplicada con sutileza por los poetas líricos y con ingenio por los narradores orales, como advertirá el amable lector en nuestras “Lecturas ejemplares”. Con los años se sumará a este distinguido corpus la chispeante poesía satírica de Juan del Valle y Caviedes (Porcuna, 1645 - Lima, 1697), el drama Ollantay, la mejor obra teatral escrita originalmente en quechua (probablemente en el siglo XVII) y la conmovedora “Epístola a Belardo”, dedicada al poeta español Lope de Vega por la misteriosa Amarilis. Aún hoy se desconoce la identidad de aquel delicado seudónimo… ¿Hombre o mujer? ¿Nacida en Huánuco y huérfana de padres? ¿Monja de un convento recoleto de Lima? ¿Devota de la obra del Fénix de los ingenios? Lo cierto es que de su vida sabemos solo por las señas que desliza su carta enamorada: “donde el Sur me esconde / oí, Belardo, tus conceptos bellos, / tu dulzura y estilo milagroso (…) y admirando tu ingenio portentoso, / no puedo reportarme / del descubrirme a ti, y a mí dañarme…”. Poema que fue publicado en La Filomena (1621), libro de Lope de Vega, quien además responde como Belardo en el mismo estilo pastoril de la epístola: “Canta Amarilis, y su voz levanta / mi alma desde el orbe de la luna / a las inteligencias, que ninguna / la suya imita con dulzura tanta”.

camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen”.

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Autores representativos y sus obras

Juan Díez de Betanzos Betanzos, 1510 - Cusco, 1576 Cronista y explorador español. Nació en Betanzos aproximadamente en 1510. Fue intérprete de quechua de la Real Audiencia de Lima y autor de varias obras entre las que destaca la Suma y narración de los incas. Se cree que llegó a Perú con Francisco Pizarro en 1531. Fue uno de los pocos conquistadores españoles que logró aprender el quechua, lengua oficial del imperio Inca, lo que le sirvió para ser el intérprete y mano derecha de Pizarro. Gracias a ello, y a su matrimonio con la hermana de Atahualpa, logró granjearse la amistad de gran parte de la nobleza incaica. De su labor como cronista, destaca especialmente la obra Suma y narración

de los Incas, que supone una de las primeras narraciones de la historia del im-

perio Inca. Fue, además, el primer español en escribir en quechua, elaborando incluso un vocabulario básico español-quechua. Sus obras Suma y Narración de

los Incas y Discurso sobre la Descendencia y Gobierno de los Incas transmiten de forma directa la historia de las culturas desarrolladas en los territorios andinos desde milenios atrás y también narran minuciosamente el encuentro con los españoles. Fueron escritas entre 1542 y 1557, muy poco después de haber sido conquistado el Tahuantinsuyo, a partir de los testimonios orales de ancianos que guardaban la memoria del pasado. Falleció en Cusco el 3 de enero de 1576.

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Pedro Cieza de León Llerena, 1518 circa – Sevilla, 1554

Recordado por su obra Crónicas del Perú, Cieza de León llegó a Cartagena de Indias en 1535 con tan solo quince años. Participó de las huestes exploradoras de los capitanes Alonso de Cáceres y Jorge Robledo en el norte de la América meridional. Doce años después, llegó por primera vez al Perú y un año más tarde, tras la muerte de Gonzalo Pizarro, se trasladó a Lima donde fue nombrado cronista oficial de las Indias. Los dos años siguientes recorrió Cusco, Potosí y La Plata, de esta experiencia reuniría información para componer su obra. En 1551 regresó a España y se casó en Sevilla con Isabel López. En esta ciudad publicó la Primera parte de la crónica del Perú (1553). Al año siguiente murió dejando una obra inédita que llegó a publicarse en 1871, bajo el título de Segunda

parte de la crónica del Perú, que trata del señorío de los incas yupangueis y de sus grandes hechos y gobernación. En 1909 fue publicada la tercera parte de sus crónicas con el título de Tercer libro de las guerras civiles del Perú, el cual se llama la guerra de Quito.

La importancia de Cieza como cronista consiste en que no se limitó a realizar una mera crónica de los acontecimientos que vivía, sino que tuvo conciencia de historiador y la intención de contar verdades. Este estilo se evidencia en el prólogo de la Primera parte de la crónica del Perú. Lo interesante de la Crónica

del Perú es que analiza un cuadro global de la historia de Perú, principalmente, dando todo tipo de información tanto sobre la cultura inca, la flora y la fauna andina y amazónica así como del comportamiento de los conquistadores y sus enfrentamientos. En este sentido, Cieza de León fue el primer cronista moderno.

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Cristóbal de Molina Baeza, 1529 – Cusco, 1585

Clérigo y cronista español, considerado un mestizo cultural. Posiblemente arribó a América en la segunda mitad del siglo XVI. Se estableció en el Cusco en 1556 donde fue apodado “El cuzqueño” para diferenciarlo de otro cronista homónimo. Durante muchos años convivió con los nativos ganándose su confianza, lo cual le permitió dominar el quechua y recoger antiguas tradiciones del imperio Incaico. Es recordado por haber estado junto a Túpac Amaru durante su ejecución en 1572. Escribió entre 1575 y 1576 Relación de las fábulas y ritos de los incas, su principal y única obra conservada, pero atribuida erróneamente a su homónimo en la primera publicación. Murió en Cusco en 1585.

fe Pedro Sarmiento de Gamboa Alcalá de Henares, 1530 o 1532 – Reino de Portugal, 1592

Fue un humanista cabal con temple aventurero: navegante, cosmógrafo, matemático, escritor, historiador, filólogo, astrónomo, científico, explorador, conquistador y gobernante colonial. Nació en Alcalá de Henares, aunque no se conoce la fecha exacta, y falleció en concordancia a sus arrestos aventureros en las costas de Lisboa. A los dieciocho años ingresó al servicio militar y muy pronto sirvió en el ejército del emperador Carlos I de España. Fundó las primeras poblaciones de las ciudades del Nombre de Jesús y del Rey Felipe, en el estrecho de Magallanes y que fueron diezmadas a causa del hambre y las condiciones climáticas. Pocos años después cruzó el océano Atlántico y se estableció en México. Un proceso de la Inquisición da mínimas señales de su vida en este periodo: fue sentenciado a azotes en la plaza de Puebla y, probablemente, desterrado; al parecer así llegó a Perú en 1557, donde residió veinticinco años. En nuestro país se dedicó a su formación marinera; continúo sus estudios en cosmografía y geografía, convirtiéndose en distinguido navegante. No dejó de incurrir en prácticas que lo llevaron nuevamente a los tribunales de la Inquisición en Lima. Esta vez su bien ganada reputación de astrólogo le significó imputaciones de hechicería y nigromancia. Fue entonces condenado al destierro…

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En 1567, de nuevo en Lima, emprende expediciones de conquista con desenlaces desafortunados. En 1570 lo encontramos como cosmógrafo general de los reinos del Perú, al lado del virrey Francisco de Toledo. El cargo le permite viajar por los poblados tomando declaraciones a los sucesores de los incas y escribió así la Historia Índica, obra compuesta de tres partes, y que fue descubierta recién en el siglo XX. En opinión de Alberto Escobar (1971) la “visión del incario que ofrece Sarmiento en la Historia Índica contradice el testimonio de Garcilaso: es una imagen ruda, poderosa, no exenta de barbarie”. Otro dato impactante: en 1578 emprendió sin suerte una cacería contra Francis Drake, después de que el corsario causara estragos en la ribera del Pacífico.

fe Felipe Guamán Poma de Ayala San Cristóbal de Suntuntu, 1534 circa – Lima, 1616 circa

Cronista indígena del Virreinato del Perú. Nació posiblemente en Lucanas, alrededor de 1534 aunque algunas fuentes afirman que fue en 1556 en Andamarca, actual Ayacucho. Su nombre, Guamán Poma, proviene de las palabras quechuas ‘waman’ y ‘puma’ (águila y puma). Fue hijo de Martín Guamán Mallqui y Juana Chuquitanta llamada Cusi Ocllo, noble descendiente de Túpac Yupanqui. Se crio con los españoles, por lo que se consideraba de origen latino. Fue desterrado en dos oportunidades durante las cuales se dedicó a recorrer durante varios años todo el país. Sirvió de traductor del quechua para varios funcionarios coloniales y escribió Nueva corónica y buen gobierno, uno de los libros más originales de la historiografía mundial. En esta obra, de 1180 páginas y 397 dibujos, que terminó de escribir en 1615, da la visión indígena del mundo andino y permite reconstruir con todo detalle aspectos de la sociedad peruana después de la Conquista, a la vez que ilustra sobre la historia y genealogía de los incas con textos en el castellano del siglo XVI y en el quechua general. Asimismo, describe las injusticias del régimen colonial. La obra, dedicada al rey Felipe III y enviada a España, se extravió. Hoy se conserva en la Biblioteca Real de Copenhague y se puede consultar en línea.

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Inca Garcilaso de la Vega Cusco, 1539 – Córdoba, España, 1616

Escritor e historiador peruano de ascendencia española e indígena, considerado el “primer mestizo biológico y espiritual de América”. Junto a su padre padeció la persecución de los rebeldes Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal. Lo cual le trajo consecuencias más adelante. En 1559, tras la muerte de su padre, viaja a España para continuar sus estudios y posteriormente se enroló en las tropas del Rey. Ahí tuvo contacto con grandes figuras de las letras españolas como Luis de Góngora y Miguel de Cervantes. Se mantuvo informado de los acontecimientos en Perú a través de la correspondencia con sus parientes cusqueños. La cosmogonía de los aborígenes de América, su imaginario y creencias se conservan gracias a la palabra del Inca Garcilaso. Su escritura es ordenada, minuciosa y bastante bien documentada. Tuvo mucha influencia en los historiadores peruanos hasta fines del siglo XIX, cuando surgen críticos que empezaron a cuestionar la veracidad de sus relatos. Su obra cumbre, Los Comentarios Reales de los Incas, es producto de sus recuerdos de la infancia y sus estudios exhaustivos de diversas crónicas de la Conquista del imperio incaico. Publicada en Lisboa, en 1609, esta obra constituye uno de los intentos más logrados de rescatar la memoria de las tradiciones de la civilización andina. Fue prohibida por la Corona en todas sus colonias aunque se siguió imprimiendo en España. Otras obras destacadas son La Florida del Inca (1605), un relato de la

Conquista española de La Florida, y la Segunda Parte de los Comentarios Reales, más conocida como Historia General del Perú (1617), donde se reconstruye la Conquista del

Perú y el inicio de la Colonia. El gran cronista falleció en Córdoba el 23 de abril de 1616. Sus restos reposan en la Catedral de la misma ciudad.

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Francisco de Ávila Cusco, 1573 – Lima, 1647

Presbítero doctrinero y extirpador de idolatrías, nacido en Cusco en 1573. Inició sus estudios en el colegio de los jesuitas del Cusco y pasó a Lima a proseguirlos en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1592. Fue asignado como presbítero en la iglesia de San Francisco y se hizo acreedor del curato de San Damián en Huarochirí. Optó el grado de Bachiller en Teología (1597) y obtuvo por concurso el curato de San Damián, en Huarochirí, el cual regentó durante diez años (15981608). Escribió Dioses y Hombres de Huarochirí (1598) un documento quechua donde expone la mitología, ritos y la propia sociedad del Perú antiguo. Su obra encarna además las contradicciones de un régimen que se dedicó a destruir la sociedad y cultura conquistadas, a la vez que dejaba una de las obras que pueden considerarse de valor etnográfico, más importantes sobre la América indígena. Murió en Lima en 1647.

fe Bernabé Cobo Jaén, España, 1582 – Lima, 1657

Cronista, científico y sacerdote jesuita español. Llegó al Perú a los 16 años. Trabajó en colegios de Lima y Arequipa donde fue nombrado rector en dos oportunidades. Ingresó como novicio a la Compañía de Jesús en 1601 y profesó sus votos en 1622. Residió en distintos lugares del Perú debido a las misiones jesuitas, lo que le permitió conocer la mayor parte del Virreinato. Hacia 1613, comenzó a preparar una Gran Historia del Nuevo Mundo; en un inicio, solamente con materiales peruanos. En 1629, sus superiores le autorizaron un traslado a Nueva España, donde completó sus indagaciones viajando durante trece años por México y Centroamérica. De regreso en Perú, completó su obra en 1653, tras cuatro décadas de trabajo. La obra hace una descripción detallada del sistema de ceques del Cusco además de otros aportes a las ciencias naturales. El documento fue encontrado en la Biblioteca de la Iglesia de San Ocacio en Sevilla en 1893. Sin embargo, solo ha sido publicado el primer tomo y parte del segundo. Murió en Lima en 1657.

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Un caso singular Jorge Basadre Tacna, 1903 – Lima, 1980

Historiador e historiógrafo peruano, nacido en Tacna el 12 de febrero de 1903. También conocido como crítico y estudioso de la literatura. Ningún otro autor como él ha ordenado la información histórica del Perú desde el nacimiento de la República hasta 1980. Inició su carrera como catedrático en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y posteriormente llegó a ser Ministro de Educación en dos oportunidades (1945 y 1956). Gracias a una beca concedida por la Fundación Carnegie, en 1931 viajó para realizar estudios sobre organización de bibliotecas en Estados Unidos. Después siguió cursos en la Universidad de Berlín y realizó investigaciones en archivos de España, permaneciendo en el extranjero hasta 1935. Estuvo casado con Isabel Ayulo La-Croix. Fue fundador de la tercera Biblioteca Nacional del Perú. Años después se dedicó enteramente a la investigación con financiamiento de promotores nacionales y extranjeros. Escribió una variada cantidad de obras entre ellas Literatura Inca en 1938. Como historiador, introdujo nuevos métodos de análisis y dejó una extensa producción bibliográfica, entre la que se puede mencionar La iniciación de la República (1929), El azar en la historia y sus límites (1971), La vida

y la historia (1975), y Perú: problema y posibilidad y otros ensayos (1978). Basadre murió en Lima el 19 de junio de 1980.

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LECTURAS EJEMPLARES 2 Juan Díez de Betanzos Pedro Cieza de León Pedro Sarmiento de Gamboa Francisco de Ávila Inca Garcilaso de la Vega Felipe Guamán Poma de Ayala Cristóbal de Molina Bernabé Cobo Jorge Basadre

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Juan Díez de Betanzos

Suma y narración de los incas. Madrid: Imprenta de Manuel G. Hernández, 1880.



Leyenda de los hermanos Ayar CAPÍTULO III. En que trata del sitio y manera en (así) que tenía el lugar do ora dicen y llaman la gran ciudad del Cuzco, y del producimiento de los Orejones y según que ellos tienen que producieron y salieron de cierta cueva En el lugar y sitio que hoy dicen y llaman la gran ciudad del Cuzco, en la provincia del Perú, en los tiempos antiguos, antes que en él hobiese Señores Orejones, Incas, Capaccuna, que ellos dicen reyes, había un pueblo pequeño de hasta treinta casas pequeñas pajizas y muy ruines, y en ellas había treinta indios, y el Señor y cacique de este pueblo se decia Alcaviza; y lo demás dentorno deste pueblo pequeño, era una ciénega de junco, [y] yerba cortadera, la cual Ciénega causaban los manantiales de agua que de la sierra y lugar do agora es la fortaleza salían; y esta ciénaga era y se hacía en el lugar do agora es la plaza y las casas del marqués don Francisco Pizarro, que después esta ciudad ganó; y lo mismo era en el sitio de las casas del comendador Hernando Pizarro; y asimismo era ciénaga el lugar y sitio do es en esta ciudad, de la parte del arroyo que por medio della pasa, el mercado ó tiánguez, plaza de contratación de los mismos naturales indios. Al cual pueblo llamaban los moradores del desde su antigüedad Cozco; y lo que quiere decir este nombre Cozco no lo saben declarar, mas de decir que ansí se nombraba antiguamente. Y viviendo y residiendo en este pueblo Alcaviza, abrió la tierra una cueva siete leguas deste pueblo, do llaman hoy Pacaritambo, que dice Casa de producimiento; y esta cueva tenía la salida della cuanto un hombre podía caber saliendo o entrando a gatas; de la cual cueva, luego que se abrió, salieron cuatro hombres con sus mujeres, saliendo en esta manera. Salió primero el que se llamó Ayar Cache y su mujer con él,

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que se llamó Mama Guaco; y tras éste salió otro que se llamó Ayar Oche, y tras él su mujer, que se llamó Cura; y tras éste salió otro que se llamó Ayar Auca, y su mujer, que se llamó Ragua Ocllo; y tras éstos salió otro que se llamó Ayar Mango, á quien después llamaron Mango Capac, que quiere decir el rey Mango; y tras éste salió su mujer que llamaron Mama Ocllo; los cuales sacaron en sus manos, de dentro de la cueva, unas alabardas de oro, y ellos salieron vestidos de unas vestiduras de lana fina tejida con oro fino, y á los cuellos sacaron unas bolsas, ansí mismo de lana y oro, muy labradas, en las cuales bolsas sacaron unas hondas de niervos. Y las mujeres salieron asimismo vestidas muy ricamente, con unas mantas y fajas, que ellos llaman chumbis, muy labradas de oro, y con los prendederos de oro muy fino, los cuales son unos alfileres largos de dos palmos que ellos llaman topos; y ansí mismo sacaron estas mujeres el servicio con que habian de servir y guisar de comer á sus maridos, como son ollas y cántaros pequeños, y platos y escudillas y vasos para beber, todo de oro fino. Los cuales, como fuesen de allí hasta un cerro questá legua y media del Cozco, Guanacaure, y descendieron de allí, á las espaldas deste cerro, á un valle pequeño que en él se hace, donde como fuesen allí, sembraron unas tierras de papas, comida destos indios, y subiendo un dia al cerro Guanacaure para de allí mirar y devisar donde fuese mejor asiento y sitio para poblar; y siendo ya encima del cerro, Ayar Cache, que fue el primero que salió de la cueva, sacó una honda y puso en ella una piedra y tiróla á un cerro alto, y del golpe que dio, derribó el cerro y hizo en él una quebrada; y ansímismo tiró otras tres piedras, y hizo de cada una quebrada grande en los cerros altos; los cuales tiros eran y son, desde donde los tiró hasta donde el golpe hicieron, según que ellos lo fantasean, espacio de legua y media y de una legua. Y viendo estos tiros de honda los otros tres sus compañeros, paráronse á pensar en la fortaleza deste Ayar Cache, y apartáronse de allí un poco aparte, y ordenaron de dar manera como aquel Ayar Cache se echase de su compañía, porque les páresela que era hombre de grandes fuerzas y valerosidad, y que los mandaría y sujetaría andando el tiempo, y acordaron de tornar desde allí á las cuevas donde habían salido; y porquellos al salir habían dejado muchas riquezas de oro y ropa y del más servicio dentro de la cueva, ordenaron, sobre cautela, que tenían necesidad

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deste servicio, que volviese á lo sacar Ayar Cache; el cual dijo que le placia, y siendo ya á la puerta de la cueva, Ayar Cache entró agatado, bien ansí como habia salido, que no podían entrar menos; y como le viesen los demás dentro, tomaron una gran losa, y cerráronle la salida y puerta por do entró; y luego, con mucha piedra y mezcla, hicieron a ésta en toda una gruesa pared, de manera que cuando volviese a salir, no pudiese y se quedase allá. Y esto acabado, estuviéronse allí hasta que dende á cierto rato oyeron cómo daba golpes en la losa de dentro Ayar Cache, y viendo los compañeros que no podía salir, tornáronse al asiento de Guanacaure, donde estuvieron los tres juntos un año y las cuatro mujeres con ellos; y la mujer de Ayar Cache, que ya era quedado en la cueva, diéronla á Ayar Mango, para que le sirviese. CAPÍTULO IV. En que trata cómo Ayar Mango se descendió de los altos de Guanacaure a vivir a otra quebrada, donde, después de cierto tiempo, de allí se pasó a vivir a la ciudad del Cuzco, en compañía de Alcaviza, dejando en el cerro Guanacaure á su compañero Ayar Oche hecho ídolo, como por la historia más largo lo contará Y el año cumplido que allí estuvieron, paresciéndoles que aquel sitio no era cual les convenia, pasáronse de allí media legua más hacia el Cuzco, á otra quebrada, questuvieron otro año, y desde encima de los cerros desta quebrada, la cual se llama Matagua, miraban el valle del Cuzco y el pueblo que tenía poblado Alcaviza, y parescióles que era buen sitio aquel do estaba poblado aquel pueblo de Alcaviza; y descendidos que fueron al sitio y ranchería que tenían, entraron en su acuerdo, y parescióles quel uno dellos se quedase en el cerro de Guanacaure hecho ídolo, é que los que quedaban, fuesen á poblar con los que vivían en aquel pueblo y que adorasen á éste que ansí quedase hecho ídolo, y que hablase con el sol, su padre, que los guardase y aumentase y diese hijos, y los inviase buenos temporales. Y luego se levantó en pié Ayar Oche y mostró unas alas grandes y dijo quél había de ser el que quedase allí en el cerro de Guanacaure por ídolo, para hablar con el sol su padre. Y luego subieron el cerro arriba, y siendo ya en el sitio do habia de quedar hecho ídolo, dio un vuelo hacia el cielo el Ayar Oche, tan alto, que no lo devisaron; y tornóse allí, y díjole á Ayar Mango, que de allí se nombrase

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Mango Capac, porque él venía de donde el sol estaba, y que ansí lo mandaba el sol que se nombrase; y que se descendiese de allí y se fuese al pueblo que habían visto y que le sería fecha buena compañía por los moradores del pueblo; y que poblase allí; y que su mujer Cura, que se la daba para que le sirviese, y que le llevase consigo a su compañero Ayar Auca. Y acabado de decir esto por el ídolo Ayar Oche, tornóse piedra ansí como estaba, con sus alas, y luego se descendió Mango Capac y Ayar Auca a su ranchería; y descendidos que fueron, vinieron donde el ídolo estaba muchos indios de un pueblo de allí cercano, y como vieron el ídolo hecho piedra, que le habían visto cuando el vuelo dio en lo alto, tiráronle una piedra y desta piedra le quebraron al ídolo una ala; de donde, como ya le hubiesen quebrado una ala, no pudo volar ya más; y como le viesen hecho piedra, no le hicieron más enojo. Y volviéndose estos indios que esto hicieron ansí á su pueblo, Mango Capac y su compañero Ayar Auca salieron de sus rancherías, llevando consigo sus cuatro mujeres ya nombradas, y caminaron para el pueblo del Cozco, donde estaba Alcaviza. Y antes que llegasen al pueblo, dos tiros de arcabuz, estaba poblado un pueblo pequeño, en el cual pueblo habia coca y ají; y la mujer de Ayar Oche, el que se perdió en la cueva, llamada Mama Guaco, dio á un indio de los deste pueblo de coca un golpe con unos ayllos y matóle y abrióle de pronto y sacóle los bofes y el corazón, y á vista de los demás del pueblo, hinchó los bofes soplándolos; y visto por los indios del pueblo aquel caso, tuvieron gran temor, é con el miedo que habían tomado, luego en aquella hora se fueron huyendo al valle que llaman el dia de hoy Gualla, de donde han procedido los indios que el dia de hoy benefician la coca de Gualla. Y esto hecho, pasaron adelante Mango Capac y su gente, y hablaron con Alcaviza, diciéndole que el sol los inviaba á que poblasen con él allí en aquel pueblo del Cozco; y el Alcaviza, como le viese tan bien aderezado á él y á su compañía, y las alabardas de oro que en las manos traían, y el demás servicio de oro, entendió que era ansí y que eran hijos del sol, y díjoles que poblasen donde mejor les paresciese. Y el Mango Capac agradescióselo, y paresciéndole bien el sitio y asiento do agora es en esta ciudad del Cuzco la casa y convento de Santo Domingo, que antes solia ser la Casa del Sol, como adelante

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la historia lo dirá, hizo allí el Mango Capac y su compañero, y con el ayuda de las cuatro mujeres, una casa, sin consentir que gente Alcaviza les ayudase, aunque los querian ayudar; en la cual casa se metieron ellos dos y sus cuatro mujeres. Y esto hecho, dende á cierto tiempo el Mango Capac y su compañero con sus cuatro mujeres, sembraron unas tierras de maiz, la cual semilla de maiz dicen haber sacado ellos de la cueva, á la cual cueva nombró este Señor Mango Capac, Pacarictambo, que dice, Casa de producimiento; porque, como ya habéis oido, dicen que salieron de aquella cueva. Su sementera hecha, holgábanse y regocijábanse Mango Capac y Alcaviza en buena amistad y en contentamiento. (pp. 9-15)

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Pedro Cieza de León

El señorío de los Incas. Lima: Instituto de Estudios Peruanos (inédito hasta 1880), 1967

Capítulo XX De cómo Viracocha Inca tiró una piedra de fuego con su honda a Caitomarca y cómo le hicieron reverencia Luego que hubo enviado el mensajero Viracocha Inca mandó a sus gentes que, alzado el real, caminasen para acercarse a Caitomarca. Y andando por el camino, llegó junto a un río, a donde mandó que parasen para refrescar; y estando en aquel lugar llegó el mensajero, el cual contó cómo los de Caitomarca se habían burlado de él y cómo decían que ningún temor tenían a los Incas. Y como fue entendido por Viracocha Inca con gran saña subió en las andas, mandando a los suyos que caminasen a toda priesa; y así lo hicieron hasta ser llegados a la ribera de un río caudaloso y de gran corriente, que creo yo debe ser el de Yucay; y mandó poner sus tiendas el Inca y quisiera combatir el pueblo de los enemigos que de la otra parte del río estaban; más iba el río tan furioso, que no se pudo poner en efecto. Los de Caitomarca llegaron a la ribera, desde donde con las hondas lanzaban muchas piedras al real del Inca y comenzaron de una y otra parte a dar voces y gritos grandes; porque en esto es extraña la costumbre conque las gentes de acá pelean unos con otros y cuán poco dejan a sus bocas reposar. Dos días cuentan que estuvo en aquel río el Inca sin pasarlo, que no había puente ni tampoco se usaban las que agora hay antes que hobiese Incas; porque unos dicen que sí y otros afirman que no. Y como pasase el río Viracocha Inca, dicen que mandó poner en un gran fuego una piedra pequeña y como estuviese bien caliente, puesto en ella cierta mestura o confación para que pudiese en donde tocase emprender la lumbre, la mandó poner en una honda de hilo de oro con que, cuando a él placía,

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tiraba piedras, y con gran fuerza la echó en el pueblo de Caitomarca; y acertó a caer en el alar de una casa que estaba cubierta con paja bien seca y luego con ruido ardió de tal manera que los indios acudieron por ser de noche al fuego que veían en la casa, preguntándose unos a otros que había sido aquello y quién había puesto el fuego a la casa. Y salió de través una vieja, la cual dicen que dijo: “Mira lo que os digo y lo que os conviniere, sin pensar que de acá se haya puesto fuego a la casa, antes creed que vino del cielo, porque yo lo vi en una piedra ardiendo que, cayendo de lo alto, dio en la casa y la paró tal como la veis”. Pues como los principales e mandones con los más viejos de pueblo aquello oyeron, siendo, como son, tan grandes agoreros y hechiceros, creyeron que la piedra había sido enviado por mano de Dios para castigarlos porque no querían obedecer al Inca; e luego, sin aguardar respuesta de oráculo ni hacer sacrificio ninguno, pasaron el río en balsas llevando presentes al Inca; y como fueron delante su presencia pidieron la paz, haciéndole grandes ofrecimientos con sus personas y haciendas. Así como lo hacían los confederados suyos. Sabido por Viracocha Inca lo que habían dicho los de Caitomarca les respondió con gran disimulación que, si aquel día no hubieran sido cuerdos en venir, que el siguiente tenía determinado de dar en ellos con grandes balsas que había mandado hacer. Y pasado esto, se hizo el asiento entre los de Caitomarca y el Inca; el cual dio al capitán o señor de aquel pueblo una de sus mujeres, natural del Cuzco, la cual fue estimada y tenida en mucho. Por la comarca destos pueblos corría la fama de los hechos del Inca y muchos, por el sonido della, sin ver las armas de los del Cuzco se le mandaban a ofrecer por amigos y aliados del rey Inca, que no poco contento con ello mostraba tener, hablando a los unos y a los otros amorosamente y mostrando para con todos gran benevolencia, proveyendo de lo que él podía a los que veía tener necesidad. Y, como vio que podía juntar grande ejército, determinó de hacer llamamiento de gente para ir en persona a lo de Condesuyo. (pp. 132–134)

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Pedro Sarmiento de Gamboa

La narración en el Perú. Lima: Librería editorial Juan Mejía Baca, 1960.

Fábula del origen de los Ingas del Cuzco Leyenda de los hermanos Ayar Cuentan y afirman generalmente todos los naturales indios desta tierra, que los ingas procedieron desta manera. Seis leguas del Cuzco al susudueste por el camino que los ingas hicieron, está un asiento llamado Pacaritambo, que quiere decir “casa de producción”, en el cual es un cerro llamado Tambotoco, que significa “casa de ventanas”. Y esto es cierto, en este cerro son tres ventanas, la una llamada Marastoco y la otra Sutic-toco, y la que está en medio destas dos se llama Capac-toco, que quiere decir “ventana rica”, porque dicen questaba guarnecida de oro y otras riquezas. De la ventana Maras-toco salieron sin generación de padres una nación de indios llamados Maras, y agora hay dellos en el Cuzco. Dela ventana Sutic-toco salieron unos indios llamados Tambos, que poblaron a la redonda del mesmo cerro, y en el Cuzco agora hay deste linaje. De la ventana mayor, Capac-toco, salieron cuatro hombres y cuatro mujeres, que se llamaron hermanos. A éste no se les conosció padre ni madre más del que dicen, que salieron y fueron producidos de la dicha ventana por mandado del Ticci Viracocha, y ellos mesmos decían de sí quel Viracocha los había criado para ser señores. Y así tomaron por esta causa este nombre inga, que es lo mesmo que decir señor. Y porque salieron de la ventana Capac-toco, tomaron por sobrenombre capac, que quiere decir “rico”, aunque después usaron deste término para denotar con él al señor príncipe de muchos. Los nombres de los ocho hermanos son estos: El mayor de los hombres y de más autoridad se llamó Mango Cápac, el segundo Ayar Auca, el tercero Ayar Cache, el cuarto Ayar Ucho. De las mujeres la más anciana se llamó Mama Ocllo, la segunda Mama Guaco, la tercera Mama Ipacura, o como otros dicen, Mama Cura, la cuarta Mama Raua.

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Estos ocho hermanos llamados ingas dijeron: “Pues somos nascidos fuertes y sabios, y con las gentes que aquí juntaremos seremos poderosos, salgamos desde asiento y vamos a buscar tierras fértiles, y donde las halláremos, sujetemos las gentes que allí estuvieren, y tomémosles las tierras, y hagamos guerra a todos los que no nos recibieren por señores”. Esto dicen que dijo Mama Guaco, una de las mujeres, la cual era feroz y cruel, y también Mango Cápac, su hermano, asimesmo cruel y atroz. Y concertado esto entre los ocho, empezaron a mover las gentes que en aquellas comarcas del cerro había, puniéndoles por premio que los harían ricos, y les darían las tierras y haciendas de los que conquistasen y subjetasen. [...]

Camino que hicieron hasta el Valle del Cuzco Salieron, pues, los ingas y las demás compañas o ayllos dichos del asiento de Tambotoco, llevando consigo sus haciendas, servicios y armas, en cantidad que hacían un buen escuadrón, llevando por caudillo a los dichos Mama Guaco y Mango Cápac. Y Mango Capac traía consigo un pájaro como halcón, llamado indi, al cual veneraban todos y le temían como a cosa sagrada, o, como otros dicen, encantada, y pensaban que aquél hacía a Mango Cápac señor y que las gentes le siguiesen. Y así se lo daba Mango Cápac a entender y los traía embaídos, guardándolo siempre en una petaquilla de paja a manera de cajón, con mucho cuidado. El cual dejó por mayorazgo después a su hijo, y lo poseyeron los ingas hasta Inga Yupanqui. Y trajo consigo en la mano una estaca de oro para experimentar las tierras donde llegase. [...] Y no contentándose de la tierra, vinieron a otro pueblo llamado Haysquisrro, un cuarto de legua del pueblo pasado. Y aquí entraron en acuerdo sobre lo que debían hacer para su viaje y apartar de sí uno de los cuatro hermanos ingas llamado Ayar Cache. El cual, como era feroz y fuerte y diestrísimo de la honda, venía haciendo grandes travesuras y crueldades, así en los pueblos por donde pasaban, como en los compañeros. Y temían los otros hermanos que por la mala compañía y

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travesuras de Ayar Cache se les deshiciesen las campañas de gentes que llevaban, y quedasen solos. Y como Mango Cápac era prudente, acordó, con el parecer de los demás, de apartar de sí con engaño a su hermano Ayar Cache. Y para esto llamaron Ayar Cache y le dijeron: “Hermano, sabed que en Capactoco se nos olvidaron los vasos de oro, llamados topacusi, y ciertas semillas y el napa, que es nuestra principal insignia de señores”. (Es napa un carnero de los desta tierra, blanco, que llevaba una gualdrapa colorada y encima unas orejeras de oro y en el pecho un pretal de veneras coloradas que llevaban los ricos ingas cuando salían fuera de casa, llevando delante de todo en un palo una como manga de cruz de pluma, a que llaman sunturpáucar). “Conviene al bien de todos que volváis allá y los traigáis”. Y como Ayar Cache rehusase la vuelta, levantóse en pie su hermana Mama Guaco, y con feroces palabras reprehendiéndole dijo: “¡Cómo tal cobardía ha de parecer en un tan fuerte mozo como tú! ¡Dispónte a la jornada y no dudes ir a Tambotoco y hacer lo que se te manda!”. Ayar Cache, corrido destas palabras, obedeció y partióse a lo hacer. Diéronle por compañero a uno de los que con ellos venían, llamado Tambochácay, al cual encargaron secreto, que, como pudiese, allá en Tambotoco diese orden cómo muriese Ayar Cache, y no tornase en su compañía. Y con este despacho llegaron ambos a Tambotoco. Y apenas fueron allá, cuando Ayar Cache entró en la ventana o cueva Capactoco a sacar las cosas por que le habían enviado. Y siendo dentro, Tambochácay, con suma presteza, puso una peña a la puerta de la ventana, y sentóse encima, para que Ayar Cache quedase dentro y muriese. Y cuando Ayar Cache tornó a la puerta y la halló cerada, entendió la traición quel traidor Tambochácay le había hecho, y determinó salir, si pudiera para vengar de él. Y por abrir puso tanta fuerza y dió tales voces, que hizo temblar el monte, mas no pudiendo abrir y teniendo por cierta su muerte, dijo a voces altas contra Tambochácay: “¡Tú, traidor, que tanto mal me has hecho, piensas llevar las nuevas de mi mortal carcelería! Pues no te sucederá así, que por tu traición quedarás ahí fuera, hecho piedra!”. Y así fue hecho, y hasta hoy la muestran a un lado de la ventana Capactoco. Volviendo, pues, a los siete hermanos que habían quedado en Haysquisrro, sabida la muerte de Ayar Cache pesóles mucho lo que

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habían hecho, porque, como era valiente, sentían mucho verse sin él para cuando tuvieses guerra de algunos. Y asi hicieron llanto por él. Era tan diestro este Ayar Cache de la honda y tan fuerte que de cada pedrada derribaba un monte y hacía una quebrada. Y así dicen que las quebradas que agora hay por las partes que anduvieron, las hizo Ayar Cache a pedradas. Partieron de este pueblo los siete ingas con sus compañas y llegaron a un pueblo llamado Quirirmanta, al pie de un cerro que después llamaron Guanacauri. Y en este pueblo consultaron como dividirían entre sí los oficios de su viaje, para que entrellos hubiese distinción. Y acordaron que Mango Cápac, pues tenía generación de su hermana, que se casase con ella y engendrase para conservación de su linaje, y que éste fuese cabeza de todos, y que Ayar Ucho quedase por guaca para su religión, y que Ayar Auca, desde donde le mandasen, fuese a tomar posesión de la tierra donde hubiesen de poblar. Y partiendo de aquí, llegaron al cerro, que está dos leguas, poco más o menos, del asiento del Cuzco, y subidos a la cumbre, vieron en ella el arco iris del cielo, al cual los naturales llaman guanacauri. Y teniéndolo por buena señal, dijo Mango Cápac: “Tened aquello por señal que no será el mundo más destruido por agua! ¡Lleguemos allá, y desde allí escogeremos dónde habemos de fundar nuestro pueblo” Y echando antes suertes, vieron que les señalaba buen suceso hacerlo así y desde allí explorar la tierra que de allí se señorease. Antes que llegasen a lo alto, donde el arco estaba, vieron una guaca, ques oratorio de bulto de persona, junto al arco. Y determinando entrellos ir a prendella y quitalla de allí, ofrecióse a ello Ayar Ucho, porque decían que les convenía mucho. Llegado Ayar Ucho a la estatua o guaca, con grande ánimo se asentó sobrella, preguntándoles qué hacía allí. A las cuales palabras la guaca volvió la cabeza por quien le hablaba, mas como lo tenía oprimido con el peso, no le pudo ver. Ayar Ucho luego queriéndose desviar, no pudo, porque se halló pegadas las plantas de los pies alas espaldas de la guaca. Y los seis hermanos, entendiendo que estaba preso, acudieron a él por favorescerle. Mas Ayar Ucho, viéndose así transformarse, y que los hermanos no eran a librarle parte, les dijo: “¡Hermanos, mala obra me habéis hecho, que por vosotros vine adonde quedaré para siempre apartado de vuestra compañía! ¡Id, id, hermanos, yo os ruego que en

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pago de mi voluntad que de agradaros siempre tuve, que en todas vuestras fiestas y ceremonias os acordéis de hinrarme y venerarme, y que sea yo el primero a quien ofrendéis, pues quedo aquí por vosotros, y cuando hiciéredes guarachico (que es armar a los hijos caballeros), a mí como a su padre, que acá por todos queda, me adoréis”. Y Mango Cápac respondió que así harían, pues aquélla era su voluntad y se los mandaba. Y Ayar Ucho les prometió, por aquello, que les daría dones y valor de nobleza y caballería, y con estas últimas palabras quedó convertido en piedra. Y constituyéronlo por guaca de los ingas y pusiéronle nombre de Ayar Ucho Guanacauri. Y así fué, hasta los tiempos de los españoles, la más solemne guaca y de más ofrendas de todas las del reino, y allí se iban a armar caballeros de los ingas hasta habrá como veinte años, poco más o menos, que los cristianos les quitaron esta ceremonia, y fué santamente hecho, porque allí hacían muchas idolatrías y abusos en ofensa y deservicio de Dios Nuestro Señor.

Entrada de los ingas en el Valle del Cuzco Tristes los seis hermanos por la dejada de Ayar Ucho y también por la muerte de Ayar Cache —y aun por esto siempre después hasta hoy temen los del linaje de los ingas llegar a Tambotoco, porque dicen que se quedarían allá como Ayar Cache— bajaron al pie del cerro, adonde comenzaron a entrar en el valle del Cuzco, y llegaron a un sitio llamado matagua, adonde asentaron y hicieron chozas para estar algún tiempo. Aquí armaron caballero al hijo de Mango Cápac y de Mama Ocllo, llamado Cinchi Roca, y le horadaron las orejas, al cual acto llaman guarachico, ques la insignia de su caballería y nobleza como privilegio o solar conoscido entre nosotros. Por esto se regocijaron mucho, bebiendo muchos días arreo y el llorara de los muertos, imitando el crocitar de las palomas. Entonces hicieron las danzas llamadas cápac raymis, ques fiesta de los señores ricos o llaman quicochico, ques cuando horadan las orejas a los ingas, y del rutuchico, que es cuando trasquilan al inga la primera vez, y del ayúscay, ques cuando nace el infante, y que beben cuatro o cinco días arreo.

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Después desto estuvieron en Matagua dos años, intentando pasar el valle arriba a buscar buen y fértil tierra. Mama Guaco, que fortísima y diestra era, tomó dos varas de oro y tirólas hacia el norte. La una llegó como dos tiros de arcabuz a un barbecho llamado Colcabamba y no hincó bien, porque era tierra suelta y no bancal; y por esto conoscieron que la tierra no era fértil. Y la otra llegó más adelante cerca del Cuzco y hincó bien en el territorio que llaman que llaman Guanaypata, de donde conoscieron ser tierra fértil. Otros dicen questa prueba hizo Mango Cápac con la estaca de oro que traía consigo, y que así conoscieron la fertilidad de la tierra, cuando hincándola una vez en un territorio llamado Guanaypata, dos tiros de arcabuz del Cuzco, por el migajón de la tierra ser graso y denso, aferró de manera que con mucha fuerza no la podía arrancar. Sea de una o de otra manera, que en esto concuerdan todos que venían buscando la tierra experimentándola con un palo o estaca y oliéndola hasta que llegaron a esta de Guanaypata, que les satisfizo. Y conoscida su fertilidad, porque sembrándola perpetuamente, siempre acude de una manera, y más da mientras más la siembran, y antes se esquilma no sembrándola, determinaron usurpar para sí aquellas tierras y comarca por fuerza a pesar de sus dueños y naturales de aquel asiento; y para tratar el cómo lo harían, tornáronse a Matagua. Desde el cual asiento Mango Cápac vido un mojón de piedra que estaba cerca del sitio donde agora está el monasterio de Santo Domingo del Cuzco, y mostrándosele a su hermano Ayar Auca, le dijo: “¡Hermano! ¿Ya te acuerdas cómo está entre nosotros concertado que tú vayas a tomar posesión de a tierra donde habemos de poblar? ¡Y pues agora, mira aquella piedra!”. Y mostrábale el mojón dicho: “¡Ve allá volando (porque dicen le habían nacido unas alas), y sentándose allí toma posesión en el mesmo asiento donde parece aquel mojón, porque nosotros iremos luego a poblar y vivir!”. Ayar Auca, oídas las palabras de su hermano, levantose sobre sus alas y fue al dicho lugar que Mango Cápac le mandaba, y sentándose allí luego se convirtió en piedra y quedó hecho mojón de posesión, que en la lengua antigua deste valle se llama cozco, de donde le quedó el nombre del Cuzco al tal sitio hasta hoy. De aquí

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tienen los ingas un proverbio que dice: Ayar Auca cuzco guanca, como si dijiese “Ayar Auca mojón de piedra mármol”. Otros dicen quel nombre del Cuzco le puso Mango Cápac porque en el lugar donde enterró su hermano Ayar Cache hizo llanto; por lo cual y por la fertilidad del sitio le dió este nombre, que en el antiguo lenguaje de aquel tiempo significa triste y fértil. Mas lo verisímil es lo primero, porque Ayar Cache no fue enterrado en el Cuzco, antes murió en Cápactoco, como se dijo arriba; y esto se averigua generalmente entre ingas y naturales. (pp. 21-26)

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Francisco de Ávila

Dioses y hombres de Huarochirí (Segunda edición). Traducción: J. M. Arguedas. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, 2007.

Una huaca llamada Cavillaca Este Cuniraya Viracocha, en los tiempos más antiguos, anduvo, vagó, tomando la apariencia de un hombre muy pobre; su yacolla [manto] y su cusma [túnica] hechas jirones. Algunos, que no lo conocían, murmuraban al verlo: “miserable piojoso” decían. Este hombre tenía poder sobre todos los pueblos. Con sólo hablar conseguía hacer concluir andenes bien acabados y sostenidos por muros. Y también enseñó a hacer los canales de riego arrojando [en el barro] la flor de una caña llamada pupuna; enseñó que los hicieran desde su salida [comienzo]. Y de ese modo, haciendo unas y otras cosas, anduvo, emperrando [humillando] a los huacas de algunos pueblos con su sabiduría. Y así, en ese tiempo, había una huaca llamada Cavillaca. Era doncella, desde siempre. Y como era hermosa, los huacas, ya uno, ya otro, todos ellos: “voy a dormir con ella”, diciendo, la requerían, la deseaban. Pero ninguno consiguió lo que pretendía. Después, sin haber permitido que ningún hombre cruzara las piernas con las de ella, cierto día se puso a tejer al pie de un árbol de lúcuma. En ese momento Cuniraya, como era sabio, se convirtió en pájaro y subió al árbol. Ya en la rama tomó un fruto, le echó su germen masculino e hizo caer el fruto delante de la mujer. Ella muy contenta, tragó el germen. Y de ese modo quedó preñada, sin haber tenido contacto con ningún hombre. A los nueve meses, como cualquier mujer, ella parió así doncella. Durante un año crió dándole sus pechos a la niña. “¿Hija de quién será?”, se preguntaba. Y cuando la hija cumplió el año justo y ya gateaba de cuatro pies, la madre hizo llamar a los huacas de todas partes. Quería que reconocieran a su hija. Los huacas, al oír la noticia, se vistieron con sus mejores trajes. “A mí ha de quererme, a mí ha de quererme”, diciendo, acudieron al llamado de Cavillaca.

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La reunión se hizo en Anchicocha donde la mujer vivía. Y allí, cuando ya los huacas sagrados de todas partes estaban sentados, allí la mujer les dijo: “Ved hombres, poderosos jefes, reconoced a esta criatura. ¿Cuál de vosotros me fecundó con su germen?”. Y preguntó a cada uno de ellos, a solas: “¿Fuiste tú? ¿Fuiste tú?”, les iba diciendo. Y ninguno de ellos contestó: “Es mío”. Y entonces, como Cuniraya Viracocha, del que hemos hablado, sentado humildemente, aparecía como un hombre muy pobre, la mujer no le preguntó a él. “No puede ser hijo de un miserable”, diciendo, asqueada de ese hombre harapiento, no le preguntó; porque este Cuniraya estaba rodeado de hombres hermosamente vestidos. Y como nadie afirmara: “Es mi hijo” ella le habló a la niña: “Anda tú misma y reconoce a tu padre” y a los huacas les dijo: “Si alguno de vosotros es el padre, ella misma tratará de subir a los brazos de quien sea el padre”. Entonces, la criatura empezó a caminar a cuatro pies hasta el sitio en que se encontraba el hombre haraposo. En el trayecto no pretendió subir al cuerpo de ninguno de los presentes; pero apenas llegó ante el pobre, muy contenta y al instante, se abrazó de sus piernas. Cuando la madre vio esto, se enfureció mucho: “¡Qué asco! ¿Es que yo pude parir el hijo de un hombre tan miserable?”, exclamando, alzó a su hija y corrió en dirección del mar. Viendo esto: “Ahora mismo me ha de amar”, dijo Cuniraya Viracocha y, vistiéndose con su traje de oro, espantó a todos los huacas; y como estaban así, tan espantados, los empezó a arrear, y dijo: “Hermana Cavillaca, mira a este lado y contémplame; ahora estoy muy hermoso”. Y haciendo relampaguear su traje se cuadró muy enhiesto. Pero ella ni siquiera volvió los ojos hacia el sitio en que estaba Cuniraya; siguió huyendo hacia el mar. “Por haber parido el hijo inmundo de un hombre despreciable, voy a desaparecer”, dijo, y diciendo, se arrojó al agua. Y allí hasta ahora, en ese profundo mar de Pachacamac se ven muy claro dos piedras en forma de gente que allí viven. Apenas cayeron al agua, ambas [madre e hija] se convirtieron en piedra. (pp. 15-21)

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Inca Garcilaso de la Vega Comentarios Reales de los Incas, Tomo I. Edición, índice analítico y glosario de Carlos Araníbar (Tomo I, Libro Primero). Lima - México D.F.: Fondo de Cultura Económica S.A. de C.V., 1991.

Historia de Pedro Serrano Capítulo VIII Será bien, antes que pasemos adelante, digamos aquí el suceso de Pedro Serrano, que atrás propusimos, porque no esté lejos de su lugar y también porque este capítulo no sea tan corto. Pedro Serrano salió a nado a aquella isla desierta que antes de él no tenía nombre. La cual, como él decía, tendría dos leguas en contorno. Casi lo mismo dice la carta de marear, porque pinta tres islas muy pequeñas con muchos bajíos a la redonda. Y la misma figura le da a la que llaman Serranilla, que son cinco isletas pequeñas con muchos más bajíos que la Serrana. Y en todo aquel paraje los hay por lo cual huyen los navíos de ellos por no caer en peligro. A Pedro Serrano le cupo en suerte perderse en ellos y llegar nadando a la isla, donde se halló desconsoladísimo porque no halló en ella agua ni leña. Ni aun hierba que poder pacer ni otra cosa alguna con que entretener la vida mientras pasase algún navío que de allí lo sacase para que no pereciese de hambre y de sed: que le parecía muerte más cruel que haber muerto ahogado, porque es más breve. Así pasó la primera noche llorando su desventura, tan afligido como se puede imaginar que estaría un hombre puesto en tal extremo. Luego que amaneció volvió a pasear la isla. Halló algún marisco que salía de la mar, como son cangrejos, camarones y otras sabandijas de las cuales cogió las que pudo. Y se las comió crudas, porque no había candela donde asarlas o cocerlas. Así se entretuvo hasta que vio salir tortugas. Viéndolas lejos de la mar arremetió con una de ellas y la volvió de espaldas. Lo mismo hizo

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de todas las que pudo, que para volverse a enderezar son torpes. Y sacando un cuchillo que de ordinario solía traer en la cintura (que fue el medio para escapar de la muerte) la degolló y bebió la sangre en lugar de agua. Lo mismo hizo de las demás. La carne puso al sol para comerla hecha tasajos y para desembarazar las conchas para coger agua en ellas de la llovediza. Porque toda aquella región, como es notorio, es muy lluviosa. De esta manera se sustentó los primeros días con matar todas las tortugas que podía. Y algunas había tan grandes y mayores que las mayores adargas y otras como rodelas y como broqueles, de manera que las había de todos tamaños. Con las muy grandes no se podía valer para volverlas de espaldas porque le vencían de fuerzas y aunque subía sobre ellas para cansarlas y sujetarlas no le aprovechaba nada, porque con él a cuestas se iban a la mar. De manera que la experiencia le decía a cuáles tortugas debía acometer y a cuáles se debía rendir. En las conchas recogió mucha agua porque algunas había que cabían a dos arrobas –y de allí abajo. Viéndose Pedro Serrano con bastante recaudo para comer y beber le pareció que si pudiese sacar fuego para siquiera asar la comida y para hacer ahumadas cuando viese pasar algún navío, que no le faltaría nada. Con esta imaginación, como hombre que había andado por la mar (que, cierto, los tales en cualquier trabajo hacen mucha ventaja a los demás) dio en buscar un par de guijarros que le sirviesen de pedernal porque del cuchillo pensaba hacer eslabón. Para lo cual, no hallándolos en la isla porque toda ella estaba cubierta de arena muerta, entraba en la mar nadando y se zabullía. Y en el suelo con diligencia buscaba, ya en unas partes, ya en otras, lo que pretendía. Y tanto porfió en su trabajo que halló los guijarros y sacó los que pudo. Y de ellos escogió los mejores y, quebrando unos con otros para que tuviesen esquinas donde dar con el cuchillo, tentó su artificio y viendo que sacaba fuego hizo hilas de un pedazo de la camisa (muy desmenuzadas, que parecían algodón carmenado), que le sirvieron de yesca. Y con su industria y buena maña, habiéndolo porfiado muchas veces, sacó fuego. Cuando se vio con él se dio por bienandante. Y para sustentarlo recogió las horruras que la mar echaba en tierra y por horas las recogía,

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donde hallaba mucha hierba (que llaman ovas marinas) y madera de navíos que por la mar se perdían y conchas y huesos de pescados y otras cosas con que alimentaba el fuego. Y para que los aguaceros no se lo apagasen hizo una choza de las mayores conchas que tenía de las tortugas que había muerto y con grandísima vigilancia cebaba el fuego para que no se le fuese de las manos. Dentro de dos meses –y aun antes— se vio como nació, porque con las muchas aguas, calor y humedad de la región se le pudrió la poca ropa que tenía. El sol con su gran calor le fatigaba mucho porque ni tenía ropa con qué defenderse ni había sombra a que ponerse. Cuando se veía muy fatigado se entraba en el agua para cubrirse con ella. Con este trabajo y cuidado vivió tres años. Y en este tiempo vio pasar algunos navíos, mas aunque él hacía su ahumada –que en la mar es señal de gente perdida— no echaban de ver en ella o por el temor de los bajíos no osaban llegar donde él estaba y se pasaban de largo, de lo cual Pedro Serrano quedaba tan desconsolado que tomara por partido el morirse y acabar ya. Con las inclemencias del cielo le creció el vello de todo el cuerpo tan excesivamente que parecía pellejo de animal: y no cualquiera, sino el de un jabalí. El cabello y la barba le pasaban de la cintura. Al cabo de los tres años una tarde, sin pensarlo, vio Pedro Serrano un hombre en su isla, que la noche antes se había perdido en los bajíos de ella y se había sustentado en una tabla del navío. Y como luego que amaneció viese el humo del fuego de Pedro Serrano, sospechando lo que fue, se había ido a él ayudado de la tabla y de su buen nadar. Cuando se vieron ambos no se puede certificar cuál quedó más asombrado de cuál. Serrano imaginó que era el demonio que venía en figura de hombre para tentarle en alguna desesperación. El huésped entendió que Serrano era el demonio en su propia figura, según lo vio cubierto de cabellos, barbas y pelaje. Cada uno huyó del otro y Pedro Serrano fue diciendo: “¡Jesús, Jesús! ¡Líbrame, Señor, del demonio!”. Oyendo esto se aseguró el otro y volviendo a él le dijo: “No huyáis, hermano, de mí, que soy cristiano como vos”. Y para que se certificase, porque todavía huía, dijo a voces el Credo. Lo cual oído por Pedro Serrano volvió a él y se abrazaron con grandísima ternura y muchas

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lágrimas y gemidos, viéndose ambos en una misma desventura, sin esperanza de salir de ella. Cada uno de ellos brevemente contó al otro su vida pasada. Pedro Serrano, sospechando la necesidad del huésped, le dio de comer y de beber de lo que tenía, con que quedó algún tanto consolado y hablaron de nuevo en su desventura. Acomodaron su vida como mejor supieron repartiendo las horas del día y de la noche en sus menesteres de buscar marisco para comer y ovas y leña y huesos de pescado (y cualquier otra cosa que la mar echase) para sustentar el fuego. Y sobre todo la perpetua vigilia que sobre él debían tener, velando por las horas para que no se les apagase. Así vivieron algunos días. Mas no pasaron muchos que no riñeron –y de manera que apartaron rancho, que no faltó sino llegar a las manos– (para que se vea cuán grande es la miseria de nuestras pasiones). La causa de la pendencia fue decir el uno al otro que no cuidaba como convenía de lo que era menester. Y este enojo y las palabras que con él se dijeron los descompusieron y apartaron. Mas ellos mismos, cayendo en su disparate, se pidieron perdón y se hicieron amigos y volvieron a su compañía. Y en ella vivieron otros cuatro años. En este tiempo vieron pasar algunos navíos. Y hacían sus ahumadas, mas no les aprovechaba –de que ellos quedaban tan desconsolados que no les faltaba sino morir. Al cabo de este largo tiempo acertó a pasar un navío tan cerca de ellos que vio la ahumada y les echó el batel para recogerlos. Pedro Serrano y su compañero (que se había puesto de su mismo pelaje) viendo el batel cerca, para que los marineros que iban por ellos no entendiesen que eran demonios y huyesen de ellos, dieron en decir el Credo y llamar el nombre de nuestro Redentor a voces. Y valióles el aviso, que de otra manera sin duda huyeran los marineros porque no tenían figura de hombres humanos. Así los llevaron al navío, donde admiraron a cuantos los vieron y oyeron sus trabajos pasados. El compañero murió en la mar viniendo a España. Pedro Serrano llegó acá y pasó a Alemania, donde el emperador estaba entonces. Llevó su pelaje como lo traía, para que fuese prueba de su naufragio

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y de lo que en él había pasado. Por todos los pueblos que pasaba a la ida, si quisiera mostrarse ganara muchos dineros. Algunos señores y caballeros principales que gustaron de ver su figura le dieron ayudas de costa para el camino. Y la majestad imperial, habiéndole visto y oído, le hizo merced de cuatro mil pesos de renta (que son 4,800 ducados en el Perú). Yendo a gozarlos murió en Panamá que no llegó a verlos. Todo este cuento, como se ha dicho, contaba un caballero que se decía García Sánchez de Figueroa (a quien yo se lo oí) que conoció a Pedro Serrano. Y certificaba que se lo había oído a él mismo. Y que después de haber visto al emperador se había quitado el cabello y la barba y dejándola poco más corta que hasta la cintura. Y para dormir de noche se la entrenzaba, porque no entrenzándola se tendía por toda la cama y le estorbaba el sueño. [...] (pp. 24–28)

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Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo Capítulos XV y XVI En estas pláticas yo, como muchacho, entraba y salía muchas veces donde ellos estaban (Incas y Pallas), y me holgaba de las oír, como huelgan los tales de oír fábulas. Pasando pues días, meses y años, siendo ya yo de diez y seis o diez y siete años, acaeció que, estando mis parientes un día en esta su conversación hablando de sus Reyes y antiguallas, al más anciano de ellos, que era el que daba cuenta de ellas, le dije: —Inca, tío, pues no hay escritura entre vosotros, que es lo que guarda la memoria de las cosas pasadas, ¿qué noticia tenéis del origen y principio de nuestros Reyes? Porque allá los españoles y las otras naciones, sus comarcanas, como tienen historias divinas y humanas, saben por ellas cuándo empezaron a reinar sus Reyes y los ajenos y al trocarse unos imperios en otros, hasta saber cuántos mil años ha que Dios creó el cielo y la tierra, que todo esto y mucho más saben por

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sus libros. Empero vosotros, que carecéis de ellos, ¿qué memoria tenéis de vuestras antiguallas?, ¿quién fue el primero de nuestros Incas?, ¿cómo se llamó?, ¿qué origen tuvo su linaje?, ¿de qué manera empezó a reinar?, ¿con qué gente y armas conquistó este grande Imperio?, ¿qué origen tuvieron nuestras hazañas? El Inca, como holgándose de haber oído las preguntas, por el gusto que recibía de dar cuenta de ellas, se volvió a mí (que ya otras muchas veces le había oído, más ninguna con la atención que entonces) y me dijo: —Sobrino, yo te las diré de muy buena gana; a ti te conviene oírlas y guardarlas en el corazón (es frase de ellos por decir en la memoria). Sabrás que en los siglos antiguos toda esta región de tierra que ves eran unos grandes montes y breñales, y las gentes en aquellos tiempos vivían como fieras y animales brutos, sin religión ni policía, sin pueblo ni casa, sin cultivar ni sembrar la tierra, sin vestir ni cubrir sus carnes, porque no sabían labrar algodón ni lana para hacer de vestir; vivían de dos en dos y de tres en tres, como acertaban a juntarse en las cuevas y resquicios de peñas y cavernas de la tierra. Comían, como bestias, yerbas del campo y raíces de árboles y la fruta inculta que ellos daban de suyo y carne humana. Cubrían sus carnes con hojas y cortezas de árboles y pieles de animales; otros andaban en cueros. En suma, vivían como venados y salvajinas, y aun en las mujeres se habían como los brutos, porque no supieron tenerlas propias y conocidas. Adviértase, porque no enfade el repetir tantas veces estas palabras: “Nuestro Padre el Sol”, que era lenguaje de los Incas y manera de veneración y acatamiento decirlas siempre que nombraban al Sol, porque se preciaban descender de él, y al que no era Inca no le era lícito tomarlas en la boca, que fuera blasfemia y lo apedrearan. Dijo el Inca: —Nuestro Padre el Sol, viendo los hombres tales como te he dicho, se apiadó y hubo lástima de ellos y envió del cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos para que los doctrinasen en el conocimiento de Nuestro Padre el Sol, para que lo adorasen y tuviesen por su Dios y para que les diesen preceptos y leyes en que viviesen como hombres en razón y urbanidad, para que habitasen en casas y pueblos poblados, supiesen labrar las tierras, cultivar las plantas y mieses, criar los ganados y gozar de ellos y de los frutos de la tierra como hombres racionales

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y no como bestias. Con esta orden y mandato puso Nuestro Padre el Sol estos dos hijos suyos en la laguna Titicaca, que está ochenta leguas de aquí, y les dijo que fuesen por do quisiesen y, doquiera que parasen a comer o a dormir, procurasen hincar en el suelo una barrilla de oro de media vara en largo y dos dedos en grueso que les dio para señal y muestra, que, donde aquella barra se les hundiese con solo un golpe que con ella diesen en tierra, allí quería el Sol Nuestro Padre que parasen e hiciesen su asiento y corte. A lo último les dijo: “Cuando hayáis reducido esas gentes a nuestro servicio, los mantendréis en razón y justicia, con piedad, clemencia y mansedumbre, haciendo en todo oficio de padre piadoso para con sus hijos tiernos y amados, a imitación y semejanza mía, que a todo el mundo hago bien, que les doy mi luz y claridad para que vean y hagan sus haciendas y les caliento cuando han frío y crío sus pastos y sementeras, hago fructificar sus árboles y multiplico sus ganados, lluevo y sereno a sus tiempos y tengo cuidado de dar una vuelta cada día al mundo por ver las necesidades que en la tierra se ofrecen, para las proveer y socorrer como sustentador y bienhechor de las gentes. Quiero que vosotros imitéis este ejemplo como hijos míos, enviados a la tierra sólo para la doctrina y beneficio de esos hombres, que viven como bestias. Y desde luego os constituyo y nombro por Reyes y señores de todas las gentes que así doctrináredes con vuestras buenas razones, obras y gobierno”. Habiendo declarado su voluntad Nuestro Padre el Sol a sus dos hijos, los despidió de sí. Ellos salieron de Titicaca y caminaron al septentrión, y por todo el camino, doquiera que paraban, tentaban hincar la barra de oro y nunca se les hundió. Así entraron en una venta o dormitorio pequeño, que está siete u ocho leguas al mediodía de esta ciudad, que hoy llaman Pacárec Tampu, que quiere decir venta o dormida que amanece. Púsole este nombre el Inca porque salió de aquella dormida al tiempo que amanecía. Es uno de los pueblos que este príncipe mandó poblar después, y sus moradores se jactan hoy grandemente del nombre, porque lo impuso nuestro Inca. De allí llegaron él y su mujer, nuestra Reina, a este valle del Cozco, que entonces todo él estaba hecho montaña brava. La primera parada que en este valle hicieron —dijo el Inca— fue en el cerro llamado Huanacauri, al mediodía de esta ciudad. Allí procuró hincar entierra la barra de oro, la cual con mucha facilidad se les hundió

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al primer golpe que dieron con ella, que no la vieron más. Entonces dijo nuestro Inca a su hermana y mujer: —“En este valle manda Nuestro Padre el Sol que paremos y hagamos nuestro asiento y morada para cumplir su voluntad. Por tanto, Reina y hermana, conviene que cada uno por su parte vamos a convocar y atraer esta gente, para los doctrinar y hacer el bien que Nuestro Padre el Sol nos manda”. “Del cerro Huanacauri salieron nuestros primeros Reyes, cada uno por su parte, a convocar las gentes, y por ser aquel lugar el primero de que tenemos noticia que hubiesen hollado con sus pies por haber salido de allí a bien hacer a los hombres, teníamos hecho en él, como es notorio, un templo para adorar a Nuestro Padre el Sol, en memoria de esta merced y beneficio que hizo al mundo. El príncipe fue al septentrión y la princesa al mediodía. A todos los hombres y mujeres que hallaban por aquellos breñales les hablaban y decían cómo su padre el Sol los había enviado del cielo para que fuesen maestros y bienhechores de los moradores de toda aquella tierra, sacándoles de la vida ferina que tenían y mostrándoles a vivir como hombres, y que en cumplimiento de lo que el Sol, su padre, les había mandado, iban a los convocar y sacar de aquellos montes y malezas y reducirlos a morar en pueblos poblados y a darles para comer manjares de hombres y no de bestias. Estas cosas y otras semejantes dijeron nuestros Reyes a los primeros salvajes que por estas tierras y montes hallaron, los cuales, viendo aquellas dos personas vestidas y adornadas con los ornamentos que Nuestro Padre el Sol les había dado (hábito muy diferente del que ellos traían) y las orejas horadadas y tan abiertas como sus descendientes las traemos, y que en sus palabras y rostro mostraban ser hijos del Sol y que venían a los hombres para darles pueblos en que viviesen y mantenimientos que comiesen, maravillados por una parte de lo que veían y por otra aficionados delas promesas que les hacían, les dieron entero crédito a todo lo que les dijeron y los adoraron y reverenciaron como a hijos del Sol y obedecieron como a Reyes. Y convocándose los mismos salvajes, unos a otros y refiriendo las maravillas que habían visto y oído, se juntaron en gran número hombres y mujeres y salieron con nuestros Reyes para los seguir donde ellos quisiesen llevarlos. “Nuestros príncipes, viendo la mucha gente que se les allegaba, dieron orden que unos se ocupasen en proveer de su comida campestre para todos, porque la hambre no los volviese a derramar por los montes;

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mandó que otros trabajasen en hacer chozas y casas, dando el Inca la traza cómo las habían de hacer. De esta manera se principió a poblar esta nuestra imperial ciudad, dividida en dos medios que llamaron Hanan Cozco, que, como sabes, quiere decir Cozco el alto, y Hurin Cozco, que es Cozco el bajo. Los que atrajo el Rey quiso que poblasen a Hanan Cozco, y por esto le llaman el alto, y los que convocó la Reina que poblasen a Hurin Cozco, y por eso le llamaron el bajo. Esta división de ciudad no fue para que los de la una mitad se aventajasen de la otra mitad en exenciones y preeminencias, sino que todos fuesen iguales como hermanos, hijos de un padre y de una madre. Sólo quiso el Inca que hubiese esta división de pueblo y diferencia de nombres alto y bajo para que quedase perpetua memoria de que a los unos había convocado el Rey y a los otros la Reina. Y mandó que entre ellos hubiese sola una diferencia y reconocimiento de superioridad: que los del Cozco alto fuesen respetados y tenidos como primogénitos, hermanos mayores, y los del bajo fuesen como hijos segundos; y en suma, fuesen como el brazo derecho y el izquierdo en cualquiera preeminencia de lugar y oficio, por haber sido los del alto atraídos por el varón y los del bajo por la hembra. A semejanza de esto hubo después esta misma división en todos los pueblos grandes o chicos de nuestro Imperio, que los dividieron por barrios o por linajes, diciendo Hanan ayllu y Hurin ayllu, que es el linaje alto y el bajo; Hanansuyu y Hurinsuyu, que es el distrito alto y bajo. “Juntamente, poblando la ciudad, enseñaba nuestro Inca a los indios varones los oficios pertenecientes a varón, como romper y cultivar la tierra y sembrar las mieses, semillas y legumbres que les mostró que eran de comer y provechosas, para lo cual les enseñó a hacer arados y los demás instrumentos necesarios y les dio orden y manera como sacasen acequias de los arroyos que corren por este valle del Cozco, hasta enseñarles a hacer el calzado que traemos. Por otra parte la Reina industriaba a las indias en los oficios mujeriles, a hilar y tejer algodón y lana y hacer de vestir para sí y para sus maridos e hijos: decíales cómo habían de hacer los demás oficios del servicio de casa. En suma, ninguna cosa de las que pertenecen a la vida humana dejaron nuestros príncipes de enseñar a sus primeros vasallos, haciéndose el Inca Rey maestro de los varones y la Coya Reina maestra de las mujeres”. (pp. 40-44)

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Felipe Guamán Poma de Ayala Primer Nueva Crónica y Buen Gobierno. Transcripción, prólogo, notas y cronología de Franklin Pease, (Vol. 1). México D.F: Fondo de Cultura Económica, 1993.

Los hechiceros comunes Los pontífices hechiceros, laycaconas, umoconas, uizaconas, camascaconas que tenía el Inga, y los adoraban y respetaban a estos hechiceros; dicen que los cuales tomaban una olla nueva que llaman arimanca, que lo cuecen sin cosa ninguna y toman sebo de persona, maíz y zanco, plumas, y coca, plata y oro y todas las comidas, dicen que los echan dentro de la olla y los quema muy mucho y con ellos habla el hechicero que de dentro de la olla hablan los demonios; y preguntan los pontífices para ajuntar los hombres con las mujeres, o para matarle a cualquier persona, para darle bocado, ponzoña y saben lo que ha de pasar y suceder que ellos lo saben que todo hechicero hombre o mujer saben, y hablan primero con los demonios del infierno para saber lo que hay y pasa en el mundo. Dios guarde y lo tenga en su mano a los cristianos, Jesús, María sea conmigo amén. Esto se escribe para castigar y preguntar por ellos a los idólatras contra nuestra Santa Fe Católica. Estos dichos pontífices puestos de los Ingas, hacían ceremonias con carneros y conejos y con carne humana lo que les daban los ingan toman sebo y sangre y con aquello, y soplaban a los ídolos y uacas; y los hacían hablar a sus uacas y demonios estos pontífices ualla, condeuiza, laycaconas. Otros hechiceros toman sebo de carnero y de culebra y de león y de otros animales, y maíz y sangre y chicha y coca, y lo queman y hacen hablar del fuego a los demonios y les preguntan y les responden y dicen lo que ha de haber y lo que pasa, por ellos lo saben. Todos los que comen coca son hechiceros que hablan con los demonios estando borrachos no lo estando y se tornan locos los que comen coca. Dios nos guarde y así no se le puede dar sacramento al que come coca.

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En tiempos de los ingas andaban duendes y malos espíritus entre los indios y ansí había fantasmas de los Chinchaysuyos, Andesuyos, en Anllaypampa, y de los Collasuyos, Condesuyos en Caraycinga y en los puquinas porque decían que allí andaban todas las ánimas de los muertos padeciendo hambre y sed y calor y frío y fuego. Otros hechiceros hablan con los demonios y chupan, y dicen que sacan enfermedades del cuerpo, y que saca plata, o piedra o palillos, o gusanos, o sapo o paja, o maíz del cuerpo de los hombres y de mujeres, estos dichos son falsos hechiceros y engañan a los indios y al demonio, sólo a fin de engañarle su hacienda y enseñarle a los indios idólatras, estos dicen que hay enfermedad de taquioncuy, chirapa uncuy, pucyooncuy, pachamacascacapaconcuy, uacamacascapucyoptapyascansara, papa, acoya, ormanchiscan, oncuycona; de todo son hechicerías idolatrías del Inga que le enseñó a los hechiceros. Otros hechiceros duermen y entre sueños hablan con los demonios y les cuenta todo lo que hay y lo que pasa y de todo lo que desea y pide; estos son hechiceros de sueño y al amanecer los sacrifican y adoran a los demonios; estos son sutiles secretos hechiceros que engaña a la gente con ello. Los pontífices, como cardenales y obispos puesto de los Ingas en los más principales uacas fuera de la uaca ídolo del Inga, como dicho es, del Pachacámac, Ayzabilca, Lati, Sulloco, Pariacaca y Muchuca, Billcauatacocha, Paucaray, y otros uacas principales; los tenían con grandes salarios a estos pontífices menores, segunda de los pontífices uallauizacondeuiza, pontífices mayores del sol y de Uanacauri. Los hechiceros que fueron como canónigos en las uacas mayores como Sauaciray, Pituciray, Ausancata, Coropona, Suriuillca, Quichicalla, todos los volcanes de este reino servían asalariados y pagados estos hechiceros de los ingas. Los hechiceros como sacerdotes que servían en los guamanies y por los apachitas y común uacas ídolos dioses, que había muchas en el reino, servían estos sacerdotes confesores; éstos engañaban a los hombres diciendo que comen y beben y hablan las uacas no lo

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haciendo; y así que todo el reino tenía uacas ídolos y a los que no las tenía luego, les mandaba matar. Todo lo escrito de los pontífices lo sé porque fui sirviendo a Cristóbal de Albornoz, visitador general de la Santa Madre Iglesia, que consumió todas las uacas, ídolos y hechicerías del reino; fue cristiano juez. (pp. 207-209)

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Cristóbal de Molina

Ritos y fábulas de los Incas (1574). Buenos Aires: Editorial Futuro, 1959.

Fábula de las guacamayas Otros muchos desvaríos tienen algunas naciones de esta tierra y fábulas de donde se jactan proceder, que si todas las hubiésemos de especificar, además de ser prolijas, sería de nunca acabar; y así pondré algunas para que se entienda el desatino y ceguedad en que vivían. En la provincia de Quito, está una provincia llamada Canaribamba, y así llaman los indios canaris por el apellido de la provincia, los cuales dicen que al tiempo del diluvio, en un cerro llamado Huaynan, que está en aquella provincia, escaparon dos hermanos en él, y dicen en la fábula que como iban las aguas creciendo, iba el cerro creciendo, de manera que no les pudieron alcanzar las aguas; y que allí, después de acabado el diluvio, y acabándoseles la comida que allí recogieron, salieron por los cerros y valles a buscar de comer y que hicieron una muy pequeñita casa en que se metieron, a do se sustentaban de raíces y yerbas, pasando grandes trabajos y hambre, y que un día, habiendo ido a buscar de comer, cuando a su casilla volvieron, hallaron hecho de comer y para beber chicha, sin saber de dónde ni quién lo hubiese hecho ni allí traído; y que esto le acaeció como diez días, al cabo de los cuales trataron entre si querer ver y saber quién les hacía tanto bien de tanta necesidad; y así el mayor dellos acordó quedarse escondido y vio que venían dos aves que llaman agua que, por otro nombre llaman torito y en nuestra lengua las llamamos guacamayos. Venían vestidas como canaris y cabellos en las cabezas, atada la frente como agora andan; y que llegadas a la choza, la mayor dellas —vido el indio escondido—, que se quitó la lliclla, que es el manto que usan, y que empezó a hacer de comer de lo que traían, y que como vido que eran tan hermosas y que tenían rostros de mujeres, salió del escondijo y arremetió a ellas; las cuales, como el indio viera con gran enojo, se salieron y se fueron volando, sin hacer ni dejar este día que comiesen.

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Y vuelto que fue el hermano menor del campo que había ido a buscar qué comer, como no hallase cosa aderezada como los demás días solía hallar, preguntó la causa dello a su hermano, el cual se la dijo; y sobre ello hubieron gran enojo; y así el hermano menor se determinó a quedarse escondido hasta ver si volvían. Y al cabo de tres días volvieron las dos guacamayas y empezaron a hacer de comer, y que como viese momento oportuno para cogerlas, entró al tiempo que vido que ya habían hecho de comer; arremetió a la puerta y cerróla y cogiólas dentro, las cuales mostraron gran enojo, y así asió de la menor, porque la mayor, mientras tenía a la menor, se fue. Y con esta menor dicen tuvo acceso y copula carnal; en la cual, en discurso de tiempo, tuvo seis hijos e hijas, con las cuales vivió en aquel cerro mucho tiempo, sustentándose de las semillas que sembraron, que dicen que trajo la guacamaya; y que destos hermanos y hermanas, hijos desta guacamaya que se repartieron por la provincia de Canaribamba, dicen que proceden todos los canaris; y así tienen por huaca el cerro llamado Huacayanan y en gran veneración a las guacamayas; y tienen en mucho las plumas de ellas para sus fiestas. (pp. 18-20)

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Bernabé Cobo

Historia del Nuevo Mundo (Vol. III). Sevilla. Madrid: Imprenta de E. Rasco, 1956.

Del origen fabuloso de los Incas De muchas maneras cuentan los indios peruanos el origen y principio de los Incas sus reyes, envolviendo tan gran confusión y variedad de desatinos, que por su relación no es posible averiguar cosa cierta. Unos confunden su origen con el del linaje de los hombres, atribuyendo a los Incas haber sido ellos los primeros pobladores del mundo. Otros cuentan, que habiendo en el Diluvio universal perecido todos los hombres, solos los Incas se salvaron y restauraron el universo; y a este tono refieren un mundo de disparates y los apoyan con tan flacas razones, como lo son las mismas opiniones. Pero, dejando por agora para su propio lugar la que acerca del Diluvio y población de la tierra tenían, referiré aquí no más de tres o cuatro fábulas y ficciones las más recibidas de casi todas, de donde procedieron los reyes Incas. La primera es desta suerte: que desde la laguna de Titicaca vinieron hasta Pacarictambo, lugar distante del Cuzco siete leguas, ciertos indios llamados Incas, hombres de prudencia y valor, vestidos de muy diferente traje del que usaban los de la comarca del Cuzco, con las orejas horadadas y puestos pedazos de oro en los agujeros; y que el principal dellos, que se decía Manco Capac, haciendo estirar dos planchas de plata muy delgadas y bruñidas, se puso la una en los pechos y otra en las espaldas y una diadema de lo mismo en la cabeza, y partiendo con este adorno para el valle de Cuzco, envió delante sus mensajeros que hiciesen saber a los moradores del cómo era hijo del sol, y que si querían certificarse dello, lo saliesen a ver, que él se les mostraría en un alto cerro de los que cercan aquel valle del Cuzco. Allí fue visto de los naturales en la cumbre de un monte, y como los rayos del sol reverberaban en las láminas de plata y diadema que le cubría la cabeza, se mostró tan resplandeciente,

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que no fue menester otro argumento para que los indios, como gente simple, lo tuviesen desde luego por lo que el de sí publicaba, y como a hijo del sol y cosa divina lo reverenciasen y obedeciesen. Con este embeleco se vino a señorear de aquel valle, desde donde comenzó a conquistar los pueblos de su contorno. Otra fábula no menos ridícula que esta cuentan: que después del Diluvio universal, en que perecieron todos los hombres, salieron de una cueva que está en el sobredicho asiento de Tampu, o Tambo, llamado Pararictampu, por una ventana de piedra, que es la boca o respiradero de la dicha cueva, cuatro hermanos llamados Manco-Capac, AyarCuche, Ayar-Uche, y Ayar-Manco; y con ellos cuatro hermanas suyas, que se decían Mama-Huaco, Mama-Ocllo, Mama-Ragua y Mama-Cura. Acerca de su origen no concuerdan, fingiendo unos que procedieron de sí mismos, y otros que desde la laguna de Titicaca, donde escaparon del Diluvio, los trujo el Hacedor del mundo por las cavernas de la tierra hasta salir por aquella cueva de Pacarictampu, los cuales, con las semillas de maíz y de otros sus mantenimientos que les dio el Hacedor, se pusieron en camino para el valle del Cuzco, guiando el uno a los demás, y habiendo acordado que donde él parase, hiciesen su asiento y habitación. Llegaron a un cerro alto, llamado Huanacauri (al cual después por ocasión desta fábula tuvieron los indios por adoratorio celebre), y desde allí marcó la tierra el hermano mayor, y tirando con una honda cuatro piedras hacia las cuatro partes del mundo, tomo posesión della. Aquí discrepan los indios con mil consejas, afirmando unos que el uno de los hermanos se volvió a Pacarictampu, y entrando en la cueva de donde habían salido, se quedó allá dentro sin que jamás pareciese; y que de los tres que quedaron se convirtieron los dos en piedras, el uno en el mismo cerro de Huanacauri, y el otro no lejos de allí; y así no llegó más que Manco-Capac con sus cuatro hermanas al asiento donde ahora está la ciudad del Cuzco; donde fue entrando en amistad con los naturales, que eran pocos y vivían derramados por aquel valle como salvajes, sin orden ni concierto; y con la industria y ayuda de sus hermanas, que lo llamaban hijo del sol y le hablaban con gran respeto y reverencia, y lo principal por ser el hombre pacífico, muy prudente y humano, llegó a ser respetado y obedecido dellos.

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Otros refieren de otra manera este cuento y dicen que todos ocho hermanos llegaron al sitio del Cuzco, y el que iba delante por guía de los otros, en llegando al lugar donde edificaron después el gran templo del sol, se asentó y quedó convertido en piedra. Por lo cual los demás hermanos, porque así lo traían concertado, pararon allí y hicieron su habitación en aquel propio asiento; y que este fue el principio de la ciudad del Cuzco. Otro desvarío es que cuando el Criador del mundo (que en su lengua llaman de dos maneras, conviene a saber, Ticciviracocha y Pachayachachic) formó todas las cosas en Tiaguanaco, donde fingen que residía, mando al sol, luna y estrellas irse a la isla de Titicaca, que está en la laguna deste nombre, y que desde allí se subiesen al cielo; y que al tiempo que se quería partir el sol en figura de un hombre muy resplandeciente, llamo a los Incas, y a Manco-Capac, como a hermano mayor, habló desta manera: «Tú y tus descendientes habeis de sujetar muchas tierras y gentes y ser grandes señores; siempre me tened por padre, preciandoos de ser hijos míos, sin jamás olvidaros de reverenciarme como a tal»; y que acabando de decir esto, le dio las insignias de rey, que desde entonces uso él y sus sucesores, y se subió luego al cielo con la luna y estrellas a ponerse cada cual en el lugar que tienen; y que luego incontinenti, por mandado del Hacedor, se sumieron debajo de tierra los hermanos Incas, y fueron a salir a la dicha cueva de Pacarictampu. Esta misma ficción cuentan otros deste modo: dicen que apiadado el sol del estado miserable que tenía el mundo, envió a él un hijo y una hija de los suyos, para que instruyesen y doctrinasen a los hombres en el conocimiento del sol, persuadiéndoles lo venerasen por Dios y le diesen la adoración que como a tal le era debida, y también para que los enseñasen a vivir como hombres de razón en policía y orden, estableciéndoles leyes con que fuesen mantenidos en paz y justicia; y que fueron puestos por su padre el sol en la dicha laguna de Titicaca, mandándoles tomasen la vía y derrota que gustasen, con que donde quiera que parasen para comer y tomar descanso y reposo, hincasen en el suelo una barreta de oro que les dio de un codo de largo; y que donde al primer

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golpe que con ella diesen en tierra se les hundiese, allí era su voluntad que parasen y hiciesen su asiento y morada, y procurasen reducir a su servicio las gentes de aquel contorno, y reducidas, las gobernasen conforme a razón y justicia, con amor y piedad de padres, a imitación suya; que el los constituía por reyes y señores de cuanto por su industria y esfuerzo conquistasen. Y que, despedido con esto el sol, su padre, caminaron la vuelta del Cuzco, probando a hincar en tierra la barreta de oro dondequiera que paraban; y que aportaron al valle de Yucay y bajando un poco más por la ribera del río que por el corre, hicieron alto en Pacarictampu (significa lo mismo que venta, o dormida que amanece), de donde partieron al salir el sol, por cuya causa dieron ese nombre a aquel lugar, encaminándose al valle del Cuzco, el cual entonces estaba inculto y cubierto de montaña y maleza, mal poblado de pocos indios barbaros; y llegando al cerro de Huanacauri, tentaron hincar en tierra la barreta de oro, y al primer golpe se les hundió que no la vieron más; por donde conocieron haber llegado al término de su peregrinación y ser aquel el lugar que el sol, su padre, quería habitasen. Dividiéronse por aquel valle, el príncipe por una parte, y la princesa, por otra, para convocar los moradores del y con razones y beneficios atraerlos a su voluntad, haciéndoles entender que eran hijos del sol enviados para su enseñanza y beneficio. Los barbaros que los vieron tan bien vestidos y aderezados y de tan diferente traje del suyo, los empezaron a respetar, y por su consejo y mandado se convocaron unos a otros; y con la industria que los Incas les dieron, labraron casas en el sitio que hoy tiene la ciudad, con división de dos barrios: el uno de la gente que atrajo el príncipe, y el otro, de la que juntó la princesa; aquel se llamó Hanan Cuzco, y este, Hurin Cuzco; que quiere decir Cuzco el alto, y Cuzco el bajo, o el barrio superior y el barrio inferior; y que estos tan flacos principios fueron los de la ciudad del Cuzco y del Imperio de los Incas. Otra fábula del origen de los Incas es muy semejante a esta, salvo que afirma que los primeros nacieron en la sobredicha isla de una mujer llamada Titicaca, de quien tomo el nombre que hoy tiene la isla y laguna, y en memoria de aquella mujer, madre delos Incas, tenían sus descendientes, en un solemne templo que en aquella isla edificaron, una estatua o ídolo de figura de mujer, de oro y plata.

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A este talle cuentan otros mil desvaríos y novelas, que fuera nunca acabar quererlas escribir aquí todas; bastan las referidas para que se vea por ellas cuan incierto y oscuro es el principio y origen de los Incas. Pero como sea cosa usada el andar historias verdaderas rebozadas con semejantes ficciones; por lo que apuntan todas las que desta materia andan en bocas de indios, como en convenir en el nombre del primer Inca dicho Manco-Capac y hacer mención de Pacarictampu, y por otras conjeturas e indicios que he podido rastrear, me persuado que aquel primer Inca, Manco-Capac, por quien comienza la memoria que hallamos destos reyes del Perú, debió ser natural del valle de Tampu, o de por allí cerca, el cual, o solo o acompañado de algunos deudos suyos, se pasaría a vivir al valle del Cuzco; y aventajándose a los habitadores del en habilidad, industria y valentía, se debió dar tan buena maña en granjear su amistad y entrar con ellos en reputación y estima, fingiendo para este fin alguna quimera en que los indios debieron de fundar después las fábulas referidas, que le vinieron a dar la obediencia y dejarse gobernar del. Porque, además de lo que contienen las dichas fábulas, tengo por no pequeño indicio en apoyo de mi opinión el haber los Incas fundado un pueblo en aquel asiento de Pacarictampu y labrado en él, para ilustrarle, un grandioso y real palacio con un templo suntuosísimo que aun duran hoy día sus ruinas y se ven en ellas algunos ídolos y estatuas de piedra, y en la entrada de aquella famosa cueva de Pacarictampu, labrada curiosamente una ventana de piedra en memoria de que salió della Manco-Capac. Allégase a esto que fuera de la lengua del Cuzco, que es la general que introdujeron los Incas en todo su imperio y era la que hablaban con sus vasallos, sabían ellos otra distinta, de que usaban solamente entre sí cuando trataban y conservaban con los de su linaje; y esta lengua propia de los Incas me certificó don Alonso Topa Atau, nieto de Guayna-Capac, ser la misma que hablaban los indios del valle de Tampu; y que con la mudanza que han tenido las cosas deste reino con el nuevo mando de los españoles, la han ya olvidado los descendientes de los Incas, aunque todavía se acordaba él de algunos vocablos della; y este último es para mí el mayor argumento de haber sido el primer Inca natural del dicho valle de Tampu. (pp. 121-127)

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Jorge Basadre

Literatura Inca, selección de Jorge Basadre, Introducción general. Biblioteca de Cultura Peruana, Primera serie n.º 1. París: Descleé, De Brouwer, 1938.

Narraciones y cantos quechuas El zorro y la wachwa19 Cerca de una laguna se paseaba tranquilamente una Wachwa acompañada de sus hijos. De improviso se lanza sobre ella y la coge un Zorro que había estado merodeando aquellos lugares en acecho de una presa que satisficiera su apetito. —¡No me mates! ¡No me mates! Te daré lo que tú me pidas para satisfacer tu hambre, imploró la Wachwa. —Dame una de tus hijas, respondió satisfecho el Zorro. —Te daré algo mejor que mi hija; tengo para ti un gran queso que llenará tu barriga. —Bueno; cuando me entregues el queso, te soltaré. Ambos se encaminaron hacia la laguna que era la casa de la Wachwa, pero al llegar a esta, y aprovechando un descuido del Zorro, emprendió el vuelo junto con sus hijos y pasó a la orilla opuesta de la laguna. Desde allí invita irónicamente al Zorro que se sirva del hermoso queso que se ve en su fondo, a través del agua cristalina. El supuesto queso no era otra cosa que la imagen de la luna proyectada sobre la límpida superficie del agua.

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Según consigna Jorge Basadre, esta fábula fue narrada por Mariano Agama de Chalwa al doctor Julio C. Tello y publicada en la revista Inca, vol. I, 1923.

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Irritado el Zorro por el engaño de que había sido víctima y en tono

amenazador, le gritó a la Wachwa: —No te burlarás de mí; secaré la laguna; pasaré a donde tú estás y te comeré a ti y a tus hijos. Acto continuo trató de realizar su empresa. Para ello bebe sin descanso el agua de la laguna; pero no bien penetraba a su vientre volvía a través de sus emuntorios naturales a ella. Desesperado el Zorro ante la inutilidad de sus esfuerzos, se le ocurre un medio ingenioso como lograr su objeto. En efecto mediante una koronta impide que el agua salga de su cuerpo. Satisfecho de su ocurrencia emprende otra vez la ardua obra de secar la laguna y bebe agua en tanta abundancia que pronto se hincha, revienta y muere. (pp. 41-42)

La culebra y la zorra20 Cuento recogido en Ancash Un campesino encontró una tarde, de regreso a su casa, un grueso tronco de árbol aplastando a una serpiente. Era hermosa la culebra, con grandes manchas negras sobre la piel amarilla. Sus ojitos brillaban en la ancha cabeza abatida. Compadecido el hombre levantó el tronco, después de grandes esfuerzos, y quedó libre la sierpe. El reptil se recogió, se hizo un ovillo y le dijo: —¡Qué hambre tengo!, te voy a comer. —No puede ser, repuso el labriego, pagas un bien con un mal. Busquemos un juez que decida esto. Aceptó la culebra y caminando hallaron un perro flaco, lo pusieron en autos y falló. —Muy bien pensando, culebra, yo de joven cuidaba la chacra y tenía buena comida; ahora que soy viejo me han echado de la casa y tengo que vagar por los campos. Es decir me han pagado un bien con un mal. 20

Según consigna Basadre, este relato y los siguientes: “El burro y las zorras”, “La achiqué” y “El sapo y la zorra” fueron tomados del libro Cuentos peruanos (Lima, 1937), de Arturo Jiménez Borja.

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—Busquemos otro juez, dijo el pobre hombre. —Bien, contestó la sierpe, pero será el último.

Se encaminaron al machay y allí encontraron a la zorra. Fue informada de todo. Mientras le contaban escuchó sentada sobre sus patas traseras; cuando terminaron de hablar dijo: —Bien, mas yo necesito para fallar en justicia, reconstruir los hechos, debemos ir al sitio donde sucedió todo. Ya sobre el terreno, conforme a lo estipulado, se colocó la serpiente en actitud y el hombre puso sobre ella el pesado tronco. —En efecto, así estaba, dijo la serpiente, ¿Qué fallas? La zorra miró largamente al campesino y le dijo: —Y si la tienes de nuevo allí presa… ¿En qué piensas? (pp. 48-49)

El burro y las zorras Cuento propio de Canta, valle del río Chillón Un campesino había cosechado doce sacos de cebada, los amarró bien al lomo de sus mulas, con reatas de cuero fresco y emprendió camino, desde su chacra hacia el pueblo. Era tiempo de cosecha y sobre los andenes, a ambos lados de la quebrada, el viento movía los maizales. El pueblo se divisaba arriba posado sobre una loma, con sus casitas chatas y la torre de la iglesia. Largo era el camino y la noche sorprendió al campesino. Una lluvia torrencial lo obligó a cobijarse en una cueva. Descargó las mulas, puso en sitio seco la cebada y al lado colocó las doce reatas de cuero. Eran doce reatas firmes y buenas, de cuero fresco aún, que trascendían en la noche húmeda. Unas zorras habían salido esa noche de casa y el olor del cuero las condujo al sitio en donde dormía el campesino. Silenciosas, fueron halando las reatas hacia su madriguera, arrastrando por el cerro las correas. La lluvia borró sus huellas.

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A la mañana siguiente el chacarero decidió emprender de nuevo la jornada, mas buscó en vano las correas para atar la carga. Apenado se sentó sobre una piedra y así lo sorprendió un burro flaco que pasaba por allí. «Amigo, le dijo el burro, dime ¿qué te apena?». El campesino le contó sus cuitas y el burro, después de oírlas, decidió ayudarlo. Gran conocedor de la región, supuso que las autoras del robo no podían ser otras que las zorras. Convino con el campesino que si le conseguía las correas robadas, este le daría en premio tres sacos de cebada. Comió el burro medio saco de cebada y así con la barriga llena, bamboleante se fue hacia la madriguera de las zorras. Frente a la guarida, se tendió en el suelo panza arriba, lanzó tristes gemidos y se quedó luego tieso como muerto. Las zorras esperaron largo rato atisbando, mas como el burro no se movía, salieron alegremente de sus escondites. Dando por muerto al burro, entre todas comenzaron a jalarlo hacia la cueva, mas como la presa pesaba, sacaron las reatas robadas. Ataron las correas al cuello, al rabo, a las patas del burro, quien se dejó hacer pacientemente y cuando calculó que todas las reatas estaban con él dio un gran salto y a coces despanzurró a varias zorras y al resto las dejó en muy mal estado, y sin esperar más se fue galopando hasta encontrar al campesino a quien entregó sus doce reatas. El labriego dio al burro el resto de la cebada prometida. A lo lejos, en lo hondo de la quebrada se sentía llorar a las zorras. (pp. 49-50)

La Achiqué Cuento del Callejón de Huaylas Y sucedió que vino un tiempo de gran hambruna y no había nada que comer. El valle se secó y sólo langostas brillaban saltando sobre los trojales. Unos campesinos hallaron un poco de maíz y decidieron tostarlo. Tenían dos hijos pequeños, mas como el maíz era poco, esperaron que al llegar la tarde se durmiesen para comerlo a solas. —¿Dónde está la canalla para tostar el maíz? —Yo sé dónde está la canalla.

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—Y yo sé dónde está el palito para mover el grano —dijeron al mismo tiempo los dos niños. Los padres se quedaron sorprendidos, mas azuzados por el hambre los metieron en una bolsa de paja y los arrojaron al río. El río los varó dulcemente y, ya salvos, comenzaron a subir el escarpe de la orilla. Caminando, caminando, llegaron a casa de la Achiqué, vieja bruja del monte que los recibió con aparente bondad. Después de darles de comer, dispuso que los hermanos durmiesen separados, uno en la colca y el otro junto al fogón. Al alba la niña sintió débiles quejidos y suponiendo que fuese su hermano preguntó a la bruja. —¿Mamitay, qué haces a mi hermano? —Lo estoy despiojando. Al cabo de un rato tornó a lamentarse el niño y la bruja para tranquilizar a la muchacha dijo: —Como le saco las liendres, se queja. Inquieta la niña se levantó sin hacer ruido y bajó a la cocina y pudo ver cómo la bruja intentaba descuartizar a su hermano con una hoja de cortadera. Amarrado y amordazado, apenas si se oían los quejidos de la pequeña víctima. Sin perder tiempo, cogió la chiquilla un puñado de ceniza y lo echó a los ojos de la bruja y mientras ésta corría a lavarse al puquial desató a su hermano y huyeron de prisa. Tras ellos salió aullando la bruja. Cerro arriba, corrían los niños jadeando como dos tarucas. Como eran chicos, los quishuares los ocultaban y la bruja en vano clavaba los ojos sobre el camino como dos espinas. Al medio día encontraron a un cóndor que dormitaba sobre unas peñas. —Taita, Rucus, ocúltanos bajo tus alas que nos alcanza la Achiqué. Extendió sus alas el cóndor y bajo ellas desaparecieron los niños. Al cabo de un rato llegó cojeando la bruja, miró astuta por todos los lados y como no viera nada le preguntó al cóndor:

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—¿Auqui Rucus, has visto pasar por aquí dos niños que se me han escapado? —Nada he visto, Achiqué. Pues entonces déjame ver qué tienes bajo las alas. El cóndor la dejó aproximarse y cuando la tuvo bien cerca dió de aletazos e hizo caer rodando a la bruja hasta el fondo del barranco. De nuevo los niños se dieron a la fuga. Al atardecer, fatigados de tanto correr, llegaron a la madriguera de una zorra. A la puerta de su cueva esperaba a su marido que debía traer pajaritos para las crías. —Tía Atoj, dijo la niña, la Achiqué nos persigue, te ruego que nos guarezcas en tu casa. La zorra miró piadosa a los niños y los dejó pasar. Al anochecer llegó la bruja. Bufando venía… —Vieja Atoj, dijo, de seguro aquí están escondidos dos niños que se me han escapado. —Aquí sólo están mis crías, dijo la zorra. —Entonces déjame pasar, repuso la vieja. —No puede ser, están durmiendo y las despertarías. Tanto fastidió la bruja que la zorra la espantó a destelladas. A la mañana siguiente los niños dieron las gracias a la zorra y emprendieron de nuevo su fuga. Mas la Achiqué los esperaba en lo alto de un cerro; al verlos bajando dando brincos como un saltamontes. Huyeron los niños valle abajo. Como venaditos corrían. Al torcer un recodo divisaron a un Añás que estaba haciendo un hueco en el suelo. —Don Añas, ocúltanos pronto que ya viene la bruja, imploraron los niños. El Añas los metió en el hueco y los tapó con hierbas. —Añas pestífero, dijo la bruja al llegar, aquí tienen que estar los muchachos ¿qué ocultas debajo de aquellas hojas?

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—Es mi cosecha de papas. —Si es como dices, déjame ver. El Añas no contestó nada. Movió su cola coposa y ¡chis! Soltó un aroma penetrante que hizo huir lejos a la bruja. Huían, huían los niños. Tras ellos de nuevo seguía la bruja tirándoles piedras. Así llegaron a una llanura. La bruja les daba ya alcance, cuando en medio del campo divisaron a un cordero que pacía tranquilamente, con una soga al cuello. —Cordero, corderito, dijo la niña, mira que la bruja ya nos alcanza, no dejes que nos llegue a tocar. El cordero tomó la cuerda que tenía al cuello y la lanzó al aire y por allí subieron los niños. Las nubes como buche de ave les acariciaban las mejillas. La bruja llegó al sitio y al ver la soga colgando del cielo y los niños en lo alto comenzó a subir. El viento le arremolinaba los faldelillines, descubriendo sus piernas flacas. Ya muy arriba apareció entre la bruja y los niños un pericote prendido de la cuerda. —¿Qué haces allí, pericotito?, preguntó la malvada. —Estoy comiendo un pedazo de cemita morena que me dio mi madre. En realidad el pericote roía la soga. De pronto la cuerda se rompió y desde lo alto se vino abajo la bruja. —Pampallampan, pampallampan, gritaba la vieja mientras caía. ¡Pampallampan! Y cayó despanzurrada en medio del llano. Arriba seguían subiendo los niños al país de las nubes. La soga se mecía en el cielo como un inmenso tallo. (pp. 51-53)

El sapo y la zorra Cuento de Pomabamba, Ancash El sapo cantaba a la orilla del río, cuando de pronto se presentó la zorra. —Sapo, le dijo, ¿qué haces?

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—Yo cazo mosquitos. —¿Y no te da vergüenza comer mosquitos? Si tú fueras mi sirviente comerías alimentos delicados. —¿Cómo podré ser tu siervo, si tú ni correr de tus enemigos puedes? —¿Que no puedo correr de mis enemigos, has dicho? No pretenderás que lo demuestre, bufó la zorra. —No es por presumir, cantó el sapo, pero en igualdad de condiciones corro mucho más que tú. La zorra, herida en su amor propio, arregló una apuesta. El sapo debía correr bajo el agua y la zorra por la orilla; cada cierto tiempo la zorra llamaría al sapo y éste debería contestar. Así fué. Partió la zorra a todo correr entre juncos y cañas y después de algún tiempo se detuvo, tomó aliento y gritó: —¡Sapo! ¡Sapo! —Toc, toc, contestó el sapo. Partió de nuevo la zorra, río arriba, cruzando molles y salvando piedras. De nuevo preguntó: —¡Sapo! ¡Sapo! —Toc, toc, contestó el sapo. Corría la zorra como el viento, la cola entre las piernas, las orejas tendidas y la lengua afuera. —Toc, toc, toc, seguía cantando el sapo. Muy arriba la zorra se detuvo jadeando. Tenía la lengua morada, los ojos rojos como sangre, y toda ella temblaba. Miró rabiosa el agua y quiso de nuevo seguir corriendo, pero no pudo: dio unos cuantos pasos más y reventó. A la vera del río, una larga fila de sapos cantaba a medida que iban saliendo los luceros de la tarde: ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! (pp. 54-55)

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Cantares quechuas El cobarde21 Si una pobre paloma para sus tiernos hijos de trigo un grano roba, sin compasión la matan. Si el rastrero puma sin hambre, por codicia una ternera mata, todos espantados, a esconderse corren. (Cantar de Cajamarca)

(p. 102)

El gamonal ¡Qué pobre la llama! con ser tan humilde ni de comer le dan; y siempre la cargan. Al puma le tiemblan, siendo orgulloso y ladrón donde quiere come, y nadie lo molesta… Cuando el amo vino nada, nada trajo, y en nuestras tierras para siempre se acomodó. (Cantar colonial) (p. 103) 21

Según consigna Basadre, los poemas “El cobarde”, “El gamonal” y “Pastoril” fueron recopilados por Daniel Alomía Robles.

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Pastoril Una llama quisiera que de oro tuviera el pelo brillante como el sol; como el amor fuerte, suave como la nube que la aurora deshace. Para hacer un quipus en el que marcaría las lunas que pasan, las flores que mueren. (Cantar del Cuzco) (p. 104)

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Azucenas quechuas Una tortolita22 Una tortolita tierna me encontré, sin plumas, en su viejo nido; ni las alas le habían brotado. Ese gavilán, corazón de granito, cuando aprendió a volar, en hogar ajeno me olvidó. Verano e invierno le alimenté, y ese desnudo pichón, al que arrullé, del camino no quiere acordarse.

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Según consigna Basadre, los poemas “Una tortolita” y “La perdida” fueron tomados del libro Azucenas quechuas, recopilados por “Unos parias”. Este fue el pseudónimo usado por Adolfo Vienrich.

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Quizá cuando el feroz halcón la persiga regrese a su antiguo nido, y entonces… ya no me encontrará. (Cuzco) (p. 110)

La perdida He perdido mi paloma que no sé dónde se fue; ¿dónde estás, paloma mía? Quizá en algún yermo llora sin tener como volver, que te busco un año y día. ¿Dónde estás, paloma mía? ¿Qué te busco un año y día? Yo pregunto a todo el mundo, quizá cualquier pudo verla, ¿dónde estás, paloma mía? Si se encontró con alguno, para perseguir sus huellas, que te busco un año y día. ¿Dónde estás, paloma mía que te busco un año y día? (p. 113)

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Cantares quechuas Huk Urpicatam Uywakarkani23 Yo criaba a una paloma y de veras la quería. ¿Por qué me abandona ahora si en nada pude agraviarla? Noche y día la he buscado; con el corazón doliente preguntaba a cada piedra: ¿No viste a mi enamorada?

Padre sol, tú has de alumbrarme que será todo luto y sombras cuando, como dos estrellas, sus ojos ya no me miren. (Jauja) (p. 117)

Paloma blanca… Paloma blanca, piquito de oro, alas de plata, no te remontes por esos montes, porque yo lloro. Bella paloma; si me has querido o me has amado, 23

Según Basadre, los poemas “Huk Urpicatam Uywakarkani”, “Paloma blanca” y “Sumar Ttika” fueron recopilados por R. y M. d’Harcourt.

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ven a mi pecho, ven a mis brazos si me has querido. Si entre las nubes hubiera jueces, yo me quejara que a mi paloma la más querida me la han quitado. (Arequipa)

(pp. 119-120)

Sumak Ttika… Bella flor, largos cabellos pura muchacha de ojos sombreados por pestañas, flor de nieve siempre tierna, dientes brillantes, boca bermeja. Fatigado de caminar tanto llega ya tu enamorado, ¡que tu corazón se alegre! Quien te hizo sufrir se va. Y ahora como se ve el agua clara que corre lo mismito han de bailar delante de ti muchas gentes unidas. (Cuzco) (p. 126)

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Tercera Unidad

BASES LITERARIAS

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Literatura de la Emancipación y de la República

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bro esta unidad con una situación que suele presentarse en las clases de literatura, al menos en las mías. Cada vez que alguien, alumno o profesor, pronuncia la palabra “romántico” refiriéndose al autor de un poema o

una canción (es lo más frecuente), todo el salón lo asocia con una persona de sensibilidad delicada y amatoria. Alguien capaz de hacer suspirar a sus lectores o escuchas con frases refinadas y de pretendida profundidad; verbigracia: “Dicen que si amas algo y se aleja / si de verdad es tuyo regresa” o “Deja llenarme de tu desnudez para vestirme por dentro / aunque sea un momento”. Cada quien apreciará a su modo los versos de estas canciones —creadas por reconocidos cantautores de moda—, pero conviene advertir que de lugares comunes y afectaciones dulzonas no está compuesta la materia romántica. ¿Quién se anima a definir el romanticismo? Para entenderlo, es preciso acercarse al fenómeno cultural que hundió sus raíces en las últimas décadas del siglo XVIII y remeció buena parte del XIX: el impetuoso fragor del Sturn

und Drang, cuyo carácter revolucionario impuso una ruptura con la tradición y vindicó una pasión desenfrenada por la libertad. Es tal vez junto al clasicismo, su opuesto y contendiente, la corriente estética y filosófica esencial del ser humano. Mientras el clasicismo preservó los modelos de la antigüedad grecorromana, el romanticismo se propuso aniquilar esos patrones: defendió la democracia y el nacionalismo, el individualismo y el libre pensamiento. Rubén Darío tiene un verso revelador de ese espíritu insobornable en su poema “La canción de los pinos”, del libro El canto errante (1907): “¿Quién que Es, no es romántico?”. Por tal motivo el movimiento romántico impulsó al hombre a forjar un temple distinto para apreciar la vida y la naturaleza, el arte y la política; incitó, en consecuencia, que cada nación en Europa —Alemania,

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Inglaterra o Francia— engendrara un romanticismo genuino, ajustado a los rasgos particulares de su sociedad. En los mencionados países surgen escritores de la dimensión de Goethe, Schiller y Hölderlin; Byron, Shelley y Keats; Chateaubriand, Víctor Hugo y Dumas. Del viejo mundo, España tuvo lastimosamente un romanticismo tardío y de espíritu endeble que fue el que principalmente heredamos. Las figuras del romanticismo español fueron Bécquer, Larra y Espronceda, inferiores a los antes nombrados. Esta pugna de contrarios que se debatía lejos de América, tuvo sin embargo una equivalencia en los países de este continente a través de dos tendencias antagónicas: la sociedad colonial y la sociedad criolla. Las revoluciones y revueltas que se libraron por la Independencia sacudieron un largo periodo de nuestra historia, desde fines del siglo xviii a principios del siglo xix. La distinguida lista de próceres se inicia con Túpac Amaru II, Túpac Catari, Túpac Inca Yupanqui… cuyo fervor patriótico incita a emprender un movimiento romántico en Hispanoamérica. Los principales precursores son los poetas Mariano Melgar (peruano), José Joaquín Olmedo (ecuatoriano), Andrés Bello (venezolano) y José María Heredia (cubano). De ellos, por supuesto, el que más nos interesa es el revolucionario compositor de los yaravíes.

Yaravíes y fábulas José Carlos Mariátegui cierra su lúcida semblanza sobre Mariano Melgar, en sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), efectuando una rectificación al juicio de Riva Agüero en su tesis Carácter de la literatura del

Perú independiente de 1905, e imprime una frase proverbial que ha quedado en nuestra historia literaria: este poeta no representa “un momento curioso de la literatura peruana”24, enmienda Mariátegui, sino “el primer momento peruano de esta literatura”. Es de gran importancia haberlo destacado, pues significó un cambio de dirección en las apreciaciones de entonces. ¿Qué hace de Melgar una figura especialmente considerable? ¿Es su atribulada historia personal, en la que convergen el seminarista y el atormentado enamorado? ¿Es su precocidad académica o su labor como maestro de Latinidad

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Consideremos que Riva Agüero había ido más lejos: “rima pobremente, su vocabulario es reducido y desgarbado y lo afean expresiones de mal gusto”.

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y Retórica? ¿Es su poesía clásica, sus traducciones del latín de Virgilio y Ovidio o sus canciones populares de aires andinos? ¿Es la leyenda del joven revolucionario fusilado en el campo de batalla, horas después del enfrentamiento en Humachiri, todavía con la pólvora de la artillería en sus venas? Son asuntos que sin duda exaltan y que, en gran medida, vinculan a Melgar con otra personalidad del siglo XX: Javier Heraud. Ambos poetas y luchadores insurgentes, grandes promesas intelectuales interrumpidas tempranamente por una muerte injusta. Es verdad que dicha inmolación ha avivado sus prestigios literarios y los ha convertido en fetiches culturales; sin embargo, es necesario reconocer sus méritos artísticos. En este sentido, Melgar tiene mucho que ofrecer. Podríamos afirmar que el poeta arequipeño destraba la línea de desarrollo de nuestra literatura poscolonial —de matriz predominantemente centralista— y ofrece no solo un sentir provinciano, sino además de raigambre rural como ocurre en sus yaravíes y fábulas. Por un momento, el foco de atención literario se desplaza de su eje capitalino y reduce lo que Mariátegui denomina “la gravitación de la urbe”. Ahí se encuentran algunas señales del menosprecio de la crítica hegemónica, como ocurre con la visión de Riva Agüero. La otra virtud de Melgar es su vocación romántica; entiéndase en el buen sentido del término. Aunque la corriente transformadora del romanticismo todavía no había arribado a nuestra literatura, él encarna el compromiso vital y la innovación artística de una manera precursora. Sus yaravíes representan la conjunción del ascendiente quechua —el jaray arawi— y la tradición de la canción mestiza de origen oral; mientras que sus fábulas parecen tener semejante conformación: inspiradas en los escritores españoles Samaniego e Iriarte, pero se orientan hacia la crítica de la realidad social (se estima que el número de estas composiciones ingeniosas y de intención didáctica oscilan entre diez y catorce. Algunas de mucho provecho para leerlas en las aulas escolares). Dicha vocación idealista determinó su existencia de pulsiones inconformistas y beligerantes que lo condujeron a una muerte heroica.

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Inicios de la literatura republicana Las primeras manifestaciones de la literatura de la República se orientan por el camino pedregoso de nuestros vaivenes sociales y políticos. La experiencia de aquellos años de confusión está marcada por el caudillismo y las apetencias de riqueza en nuestros sectores dirigentes. Todo el caos que supuso la recomposición de la sociedad peruana —sobre todo la limeña—, que no logra cicatrizar las heridas de la emancipación ni restablecer los males heredados, va a constituir las condiciones para un tejido social característico que, con el tiempo y la crítica expeditiva, el humor y la agudeza criolla, configurará la obra de los costumbristas. La tradición de los costumbristas republicanos puede rastrearse en la sátira colonial y tiene a Felipe Pardo y Aliaga (con sus artículos periodísticos) y a Manuel Ascencio Segura (con sus comedias) como sus más destacados representantes. Y también, en gran medida, al tradicionalista Ricardo Palma. Del primero hemos considerado “Un viaje”, un artículo de costumbres con perfiles de cuento y que fue publicado en el periódico El espejo de mi tierra (1840). Es la historia de un “niño bien” de la sociedad limeña colonial, a quien todavía en sus cincuenta y dos años lo continúan llamando y tratando como “el niño Goyito”. Después de una larga correspondencia de carácter comercial y de grandes vacilaciones, el protagonista ha decidido realizar un viaje a Chile, pero solo la posibilidad de ausentarse abre ante él y su familia un mar de incertidumbre. Las angustias y los ajetreos duran meses; cuando todo está dispuesto, surgen nuevos temores sobre la seguridad de la embarcación. Al fin zarpa en medio de inconsolables lágrimas y un reguero de encargos por cumplir. Interesante cómo el narrador desarrolla el relato, pleno de sarcasmo y sagacidad, que permite comprobar las enormes diferencias entre la antigua manera de viajar y la moderna en que los hombres, como el propio autor, deben partir con desenvoltura y sin mayores alardes.

Tradiciones En su fecunda vida, don Ricardo Palma cultivó con poca fortuna la poesía y el teatro de costumbres, además de la novela y el ensayo; aunque como poeta se distinguió de los rimadores de su época por la ironía y la irreverencia de sus versos, no alcanzó el reconocimiento que alcanzó más tarde con las tradiciones.

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Este género de ficción histórica, escrito en prosa ligera y que se introduce en los vericuetos del pasado, recibió de Palma sus mejores virtudes: espíritu popular, desenfado punzante y originalidad expresiva. Nadie como él había trascendido en la literatura peruana las limitaciones de la vida en la Colonia o la emancipación del Perú. Cada fragmento de la historia contado por Palma no solo exhibe elegancia en el lenguaje y desparpajo en la actitud, sino además un conocimiento profundo de crónicas y antiguos papeles —se reconoce al fisgón de biblioteca—, que lo llevó a recomponer un país desarticulado por las guerras y las inquinas. Lo reordenó incluso en su propia imaginación: “Aquello que calla la historia adivino”, señala, consciente, en el preludio de la quinta serie de sus tradiciones. Palma escribió casi quinientas tradiciones; en su mayoría dedicadas al Virreinato, pero atendió también el Incanato, la Emancipación y la República. La ciudad de Lima es el escenario privilegiado en sus relatos. Las preferencias de periodo histórico y lugar han sido pretexto para calificarlo, a veces con insidia, como un escritor conservador que suspiraba de nostalgia ante la arcadia perdida. Una gran calumnia. Palma fue un activista político y un romántico en su juventud, y mantuvo el espíritu liberal y anticlerical toda su vida. Afirma el maestro Wáshington Delgado (2008, p. 374): Se ha querido ver en Palma no sólo un tradicionista, es decir un escritor de tradicio­n es, sino también un tradicionalista, es decir un defensor de las costumbres y del estilo de vida coloniales. Esto lo han sostenido tanto críticos de la izquierda, crecidos a la sombra de González Prada como escritores de la derecha encabezados por Riva Agüero. Pero ya Mariátegui, en su “Proceso de la literatura peruana” ha puesto las cosas en su sitio.

El estilo literario de Palma resplandece por su peculiaridad: tiene la gracia del viejo sabihondo y socarrón, travieso y sugestivo, que ha leído de todo —picaresca española, poesía del siglo de oro y antiguos catecismos— y que tiene el oído puesto en el habla popular del Perú, pues su prosa está deliciosamente tejida de viejas consejas, refranes y dichos tradicionales. Por esto y más resulta imprescindible leerlo y revalorarlo en las escuelas, sin olvidar, jamás, que asumió la dirección de la Biblioteca Nacional en su peor hora y que le valió el sobrenombre de “Bibliotecario mendigo”.

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Comentarios sobre las Tradiciones de Ricardo Palma Raúl Porras en El sentido tradicional de la literatura peruana (1969, pp. 58-59): La “tradición” es, pues, un pequeño relato que recoge un pequeño episodio histórico significativo, anécdota jovial, lance de amor o de honra, conflicto amoroso o político en que se vislumbra repentinamente el alma o las preocupaciones de una época y se recoge intuitivamente, por el arte sintético del narrador, una imborrable impresión histórica. (…) la intuición histórica antes que la verdad documental, la forma de narrar breve y concisa, una maestría innata para no extraviarse de los ágiles linderos de la gracia en la pesadez y extensión de otros géneros y la forma “ligera y regocijada como unas castañuelas”, salpicadas de refranes españoles y limeños y de guasonadas criollas y andaluzas, forman la esencia de la tradición… Palma ha aprisionado, en el género más apto para llegar al alma peruana y para encarnarla, toda la historia del Perú.

José Carlos Mariátegui, en 7 ensayos de la realidad peruana (1928, p. 207): Las Tradiciones de Palma tienen, política y socialmente, una filiación democrática. Palma interpreta el medio pelo. Su burla roe risueñamente el prestigio del Virreinato y el de la aristocracia. Traduce el malcontento zumbón del demos criollo. La sátira de las Tradiciones no cala muy hondo ni golpea muy fuerte; pero, precisamente, por esto se identifica con el humor de un demos blando, sensual y azucarado. Las tradiciones agotan sus posibilidades. A veces se exceden a sí mismas.

Antonio Cornejo Polar, en Historia de la literatura del Perú republicano (1981, pp. 41-42): La tradición, pese a su apariencia sencilla, es un género complejo. El mismo Palma tuvo frente a él una posición incierta y cambiante, tal como se aprecia en los prólogos que encabezan las distintas series de Tradiciones y en su nutrido epistolario. En estos textos se insiste, aunque no siempre desde la misma perspectiva, en algunas notas definitorias. La primera es su apego al pasado, a veces como incursión nostálgica en una época señalada como “poética”, en oposición al “prosaísmo” del presente, y a veces, más bien, como tarea didáctica que quiere extraer lecciones de ese pasado para encauzar el presente hacia un futuro mejor. La inmersión en el pasado supone el carácter histórico de las Tradiciones, pero tal carácter no se interpreta siempre de la misma manera: en algunas ocasiones se les propone como formas auxiliares de la historia (“piedrecitas para que otros levanten el arco triunfal”), en ciertas oportunidades como eficaces maneras de divulgar el conocimiento histórico (“popularizar los recuerdos del pasado”) y a veces —con menos reticencia—

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como productos de “mis históricos estudios”. Al mismo tiempo, sin embargo, se acepta la índole imaginaria de algunos de sus elementos: “¡Oh! Dejadme vivir las fantásticas / o reales memorias de otra edad, / y mamotretos consultar solícito, / y mezclar la ficción con la verdad”. Palma fue uniforme, en cambio, al afirmar el carácter artístico de la tradición (“es una obra de arte”) y la importancia decisiva de la forma en su proceso de configuración.

fe En la entrevista a Jesús Cabel que sirve de pórtico al presente trabajo, surge una valiosa información referida a Ricardo Palma: el tradicionista tenía planeado escribir una colección de cuentos infantiles, a solicitud del diario La Prensa de Buenos Aires, para la cual llegó a redactar una introducción en 1883. Además del Preludio y unos pocos relatos, lamentablemente el proyecto no prosperó. A pesar de eso… manifiesta Cabel: En este sentido, Palma es el fundador de este género, no solo por el aspecto cronológico sino que dentro de las características de la literatura infantil encontramos que deben de predominar las descripciones claras y breves; los diálogos ágiles, elaborados con frases que trasmitan pensamientos completos en pocas palabras; la acción ininterrumpida que mueva a la curiosidad, a toda la imaginería posible y al humor.

El libro que revela dicha información El Palma de la juventud se publica en 1921 y contiene un proemio firmado por A. P. —probablemente Angélica Palma, por entonces de cuarenta y tres años y consagrada a la obra del padre—, quien declara su interés por difundir la lectura de autores clásicos en las jóvenes promociones: Si en Inglaterra y en Alemania, en España y en Francia, en Italia y en Portugal, la juventud estudia y venera a Shakespeare y a Goethe, a Cervantes y a Moliere, al Dante y a Camoens, noble obligación de la mocedad peruana es la de conocer y apreciar la labor del más representativo de los escritores de su patria. (p. VII)

Sabemos del desvelo de Angélica Palma por enaltecer la memoria del padre, cuya edición completa de las Tradiciones peruanas se debe a su dedicación. También sabemos de la inquietud que tuvo por la cultura y la educación en el Perú, ella misma fue autora de un libro infantil: Contando cuentos por Angélica Palma (1930), que reúne diez cuentos para niños (uno de ellos, “La aventura de Pipo”,

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figura en la sección Lecturas Ejemplares 4). Leamos unas líneas más del inspirado prefacio: Si todo esto es para el Perú la alta figura literaria y ciudadana de don Ricardo Palma, y si, convencido de que los adolescentes aprenderían en él un rotundo, jugoso, rico y donosísimo castellano, quiere el ilustre Altamira que se le estudie en las escuelas de España, entre los clásicos del idioma, deber clarísimo es, pues, el de facilitar su lectura a los jóvenes peruanos.

fe En los rincones de la historia que indagó Palma y que iluminó con su imaginación, no podían faltar los fantásticos personajes de parche en el ojo. En la tradición de nuestro periodo colonial, los temblores y la bandera negra en el horizonte marino eran sinónimos de calamidad. En la tradición titulada “El tamborcito del pirata”, que refiere un suceso de principios del siglo XVII, narra el enfrentamiento de los vecinos de esta Ciudad de los Reyes contra el pirata holandés Jorge Spilberg, “quien con cuatro galeones y dos pataches bien artillados paseábase en el Pacífico, como Pedro por su casa, acompañado por ochocientos lobeznos, de esos que no temen a Dios ni al diablo”. Luego de una feroz lucha cuerpo a cuerpo, el buen Palomeque de Aluendín, uno de nuestros oficiales, rodeado de aceros filosos en la cubierta de la nave invasora y a punto de perder el pellejo, no hizo más que retroceder y casi por azar se topó con un tambor que dormía en la popa. Entonces, “encomendándose a la Virgen del Rosario, arrojóse al mar, haciendo de la caja de guerra un salvavida”. El pobre personaje, más muerto que vivo, fue encontrado al día siguiente en una playa del Callao y con las manos aferradas a las cuerdas del milagroso timbal. Repuesto del espanto, Palomeque trajo a Lima su botín de guerra y una gratitud eterna a la Virgen del Rosario, a quien dedicó una fiesta fastuosa por su salvación.

Fábulas quechuas Adolfo Vienrich (1867-1908) fue otro caso singular porque… tuvo la humildad y el empeño de recoger un puñado de Fábulas quechuas. Él fue un hombre de fines del siglo XIX, nacido en Tarma, que estudió Ciencias Naturales y Medicina en la Universidad de San Marcos; se dedicó febrilmente a la docencia, el periodismo y la política. Su preocupación pedagógica lo llevó a publicar diversos libros sobre

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la enseñanza, vinculados sobre todo a la lectura escolar. Sin embargo, su libro más importante es Fábulas quechuas ([1906] 1989), que recoge un conjunto de pequeños relatos de ambiente indígena e intención didáctica, que presentan una moraleja final. Vienrich escribe un extenso estudio, en el que elogia la literatura incaica y reclama la urgencia de rescatar mayores testimonios, pues “las pocas obras y fragmentos conservados no bastan para enseñarnos el pasado glorioso”. La presente edición contiene, además de los doce relatos, unas páginas del autor que subrayan la gracia y la intención moral de nuestros viejos apólogos y un valiosísimo prólogo. Aunque la vida de Vienrich fue breve, apenas cuarenta años, iluminó nuestra cultura popular y su contribución resultó fundamental para el conocimiento de nuestra literatura oral. De él, bien dijo Basadre que prefirió “encender una luz antes que maldecir las tinieblas”.

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Autores representativos y sus obras

Mariano Melgar Arequipa, 1790 - Puno, 1815

P oeta fundador del prerromanticismo peruano y revolucionario independentista. Iniciador de la poesía verdaderamente peruana expresando sentimientos andinos/mestizos que hasta ese entonces no se habían expuesto. Realizó sus primeros estudios en el Convento de San Francisco de Arequipa y en 1807 ingresó al Seminario Conciliar de San Jerónimo. Cursó filosofía y teología y recibió las órdenes religiosas menores en 1810. En 1813 abandona el seminario y viaja a Lima para estudiar Derecho en los claustros de San Carlos. Su visita coincide con manifestaciones a favor de la Independencia y se vincula a grupos patriotas que estimularán su inspiración poética. Abandonó la carrera eclesiástica tras enamorarse de María Santos Corrales, la joven que aparece en sus poemas bajo el nombre de Silvia y que es el tema central de su obra poética. En 1814 regresó a Arequipa para formar parte del ejército de Mateo Pumacahua y fue tomado prisionero en la Batalla de Umachiri. Su poesía evidencia la existencia de diversas manifestaciones culturales de carácter popular, en medio de un contexto social bastante convulsionado por las luchas de emancipación. Escribió fábulas específicamente para esta etapa reafirmando su compromiso con la causa independentista. Melgar se apropió del Yaraví, poema amoroso de imitación indígena; enriqueciéndolo técnicamente y expresando la idiosincrasia del hombre de la sierra. Tras un juicio sumario fue fusilado el 12 de marzo de 1815 en Puno. Póstumamente, en 1878, se editó el volumen Poesías de don Mariano Melgar.

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Felipe Pardo y Aliaga Lima, 1806-1868 Nació en Lima el 11 de junio de 1806, fruto del matrimonio entre un Oidor de la Audiencia de Lima y la hija de los marqueses de Fuente Hermosa. Poeta satírico, dramaturgo, abogado y político es considerado uno de los representantes más importantes del costumbrismo en los inicios de la literatura peruana republicana. Se casó con Petronila de Lavalle y Cabero. Alcanzada la Independencia, viajó con su padre de vuelta a España. En Madrid empieza su educación en el Colegio Mayor de San Mateo. En 1828 regresó al Perú donde se desempeñó como profesor de idioma, literatura y derecho además de diplomático y ministro. Asimismo ejercitó una intensa actividad periodística a través de la columna teatral del Mercurio Peruano. Entre sus artículos destaca “Un viaje”, sátira sobre las maneras antiguas de viajar de los limeños, publicado en el periódico El espejo de mi tierra en 1840. Su obra abarcó, además del periodismo, la poesía y el teatro. La Jeta (1885) es el libro de poemas más extenso que publicó donde recopila sátiras contra el indígena caudillo, Andrés de Santa Cruz. Su poesía transmite su indignación frente al criollismo, desorden y democracia suscitados del periodo de la Independencia. Lo nombraron miembro correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española en 1860. Fue desterrado siete veces del país por asuntos políticos. Murió el 24 de diciembre de 1868 en Lima.

fe Ricardo Palma Lima, 1833-1919 Nació en Lima en 1833 en el seno de una familia de origen social humilde y económicamente modesta. En 1848 empezó su carrera literaria, según propia confesión, formando parte del grupo que después él mismo denominaría “La bohemia de mi tiempo”. Desde joven se mezcló en política, y en 1857 apoyó la sublevación del general Manuel Ignacio de Vivanco contra el presidente Ramón Castilla. Más adelante, fue desterrado a Chile a fines de 1860 por sus roces con el gobierno.

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Los años de exilio le sirvieron para forjar su madurez como escritor y definir su vocación de tradicionista. Mediante una amnistía, retorna al Perú en 1863 y publica su primer libro importante: Anales de la Inquisición de Lima. En julio de 1864 fue nombrado cónsul en el Pará, cargo que no llegó a ejercer, y en su lugar obtuvo una licencia que empleó en viajar por Europa. En 1865 regresó al Perú para ponerse a órdenes del gobierno, que se encontraba en conflicto con España, participando en el combate del Callao del 2 de mayo de 1866 como asistente de José Gálvez. Fue nombrado secretario particular en 1868 por el presidente José Balta y fue, además, elegido senador por la provincia de Loreto. Tras el asesinato de Balta en 1872, Palma se retiró de la política para dedicarse exclusivamente a la literatura. El mismo año publicó la primera serie de sus Tradiciones peruanas, obra que le daría fama a su estilo personal. Esta obra recoge de forma original y con una voz única el mundo fastuoso y decadente de la época virreinal. Entre 1872 y 1910, publica hasta doce series distintas de Tradiciones. Entre

otras de sus obras destacan: Verbos y gerundios (1877), Neologismos y americanismos (1896), y Mis últimas tradiciones peruanas y cachivachería (1906). Fue designado miembro de la Academia Peruana de la Lengua y en 1881 participó en la batalla de Miraflores contra las tropas chilenas que incendiaron su casa y su biblioteca

personal. Dos años más tarde fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional. Falleció en Miraflores el 6 de octubre de 1919.

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Tres casos singulares Adolfo Vienrich Lima, 1867 - Tarma, 1908 Intelectual, farmacéutico, escritor, folclorista, indigenista y etnohistoriador nacido en Lima el 18 de noviembre de 1867. Fue el hijo mayor de siete hermanos y pasó parte de su infancia en Tarma. Estudió Ciencias Naturales y Medicina en la Universidad de San Marcos y cursó la carrera de Farmacia y Medicina la cual no culminó. En 1888, se hizo miembro del Círculo Literario de la Unión

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Nacional liderado por Manuel González Prada. Realizó algunos artículos para La gaceta científica, La crónica médica, El diario judicial y La integridad.

En 1895 se traslada a Tarma para instalar una farmacia y se incorpora al Comité Provincial de la Unión Nacional. Poco tiempo después fue elegido presidente y desempeñó el cargo por varios años. En 1905 es elegido alcalde de la provincia de Tarma y en ese periodo edita el primer formato de su obra Silabario Tarmeño. Al año siguiente publica Azucenas quechuas. Publicó diversos libros sobre la enseñanza y entre sus obras destaca Fábulas quechuas (1906), que recoge un conjunto de pequeños relatos de ambiente indígena e intención didáctica, que presentan una moraleja final. La fábula “La huacha y el zorro” es su relato más popular. Se quitó la vida el 29 de setiembre de 1908, en Tarma.

fe Arturo Jiménez Borja Tacna, 1908 - Lima, 2000 Descendiente de primer orden del último curaca indígena de Tacna, nació en 1908. En su niñez surge su pasión por la cultura popular nacional, prueba de ella fue su dedicación al estudio y colección de máscaras tradicionales festivas. Asimismo, en esta etapa vivió los estragos de la ocupación chilena de Tacna por lo que fue obligado a trasladarse a La Paz en Bolivia. En 1943 consiguió el título de médico en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde se desempeñó más adelante como docente. Desde su estancia por La Paz, cultivó una fascinación por la cultura andina lo llevó a alternar el ejercicio de su profesión con estudios e investigaciones de la historia del Perú. Fue un arqueólogo autodidacta e hizo aportes al estudio de bienes culturales andinos. Asimismo se dedicó a recopilar tradiciones, leyendas y cuentos populares. En 1939 fundó la Revista 3, junto con Luis Fabio Xammar y José Alfredo Hernández. Fue uno de los principales promotores de los museos de sitio de Hullamarca, Paramonga, Puruchuco y Pachacámac. Publicó libros sobre la cultura popular del Perú como Máscaras y danzas del Perú (1938), La comida en

el antiguo Perú (1953), y Vestidos populares peruanos (1998). Murió en Lima, el 20 de enero del 2000.

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José María Arguedas Andahuaylas, 1911 - Lima, 1969 Destacado escritor, poeta, profesor y antropólogo peruano. Se le considera uno de los grandes representantes de la narrativa indigenista del país por introducir una visión interior rica e incisiva en esta literatura. Traduce con naturalidad los conflictos humanos de los pueblos quechua y sus tensiones con las culturas foráneas. Nació y fue criado en Andahuaylas, en el seno de una familia mestiza acomodada. La ausencia de su padre en el hogar y la mala relación con su madrastra hicieron que forjara una relación cercana con los sirvientes indios cuya lengua y costumbres marcaron su personalidad. Acudió a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1931 para conseguir una licenciatura en Literatura. En 1933 publicó su primer cuento, Warma kuyay, publicado en la revista

Signo. Su obra se compone además por Yawar Fiesta (1941), Diamantes y

perdenales (1954), Los ríos profundos (1958), Todas las Sangres (1965) y El zorro de

arriba y el zorro de abajo (1971), su última novela quedó inacabada por su suicidio el 2 de diciembre de 1969. Arguedas vivió un conflicto profundo entre su amor a la cultura indígena, que deseaba se mantuviera en un estado “puro”, y su deseo de redimir al indio de sus condiciones económicas y sociales.

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LECTURAS EJEMPLARES 3 Mariano Melgar Felipe Pardo y Aliaga Ricardo Palma Adolfo Vienrich Arturo Jiménez Borja José María Arguedas

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Mariano Melgar Poesías completas. Segunda edición. Arequipa: Biblioteca Arequipa, 2012.

Seis fábulas El cantero y el asno Nos dice cierta gente que es incapaz el indio; yo voy a contestarle con este cuentecillo. Bajaba una mañana un cantero rollizo, repartiendo y lanzando latigazos y gritos de cargados borricos sobre su infeliz tropa. «¡Qué demonio de brutos! ¡Qué pachorra! ¡Me indigno! Los caballos son otros, tienen viveza y brío; pero a estos no les mueve ni el rigor más activo». Así clamaba el hombre; más volviendo el hocico el más martagón de ellos, en buena paz le dijo: «¿Tras cuernos palos? ¡Vaya! Nos tienes mal comidos, siempre bajo la carga,

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¿Y exiges así brío? Y con azote y palo pretendes conducirnos, ¿y aún nos culpas de lerdos estando en ti el motivo? Con comida y sin carga como se ve el rocino, aprendiéramos luego sus corcovos y brincos; pero mientras subsista nuestro infeliz destino, ¡Bestia el que se alentara! Lluevan azotes, lindo; sorna y cachaza: vamos, para esto hemos nacido. » Un indio, si pudiera, ¿No diría lo mismo? (pp. 365-366)

El ruiseñor y el calesero Con toda la expresión de su dulzura un Ruiseñor cantaba su amor y su ternura, a tiempo cabalmente que pasaba por la calle vecina un calesero, que despreciando tan divino canto, corrió a escuchar a un loro majadero, no por que hiciese más, ni aun otro tanto sino porque sin gracia, ni destreza, como quiera decía: “Chapín de la condesa”.

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El Ruiseñor al ver su melodía por una patarata despreciada, le grita: “No perdono: usted no tiene orejas, camarada”. Debió gritar el ave con mal tono; porque el buen calesero avergonzado pudo apenas decir: “no señorito, el buen gusto mis amos me han formado: de la niña y su amor se les da un pito: pero el teatro elevan a los cielos, y hay bravos y palmadas a porfía, cuando hay encantador, diablos y vuelos”. Vaya que el calesero lo entendía. (pp. 358-359)

La ballena y el lobo Mirando con desprecio a cuantos peces pueblan el ancho mar, una ballena decía a boca llena: “Todo esto es pitijaya; en dos reveses arrollaría estos bichos si quisiera y me los tragaría en un instante. Si el mentado elefante viviera, me tragara también al elefante; pues, bien visto si ensancho mi garguero soy capaz de tragarme al mundo entero”. Tantas baladronadas a todo pez tenían ya mohíno, hasta que un lobo calladito vino por entre las oleadas; observó que la grande tragadora apenas anchovetas engullía, y a todos avisó que la señora con toda su armazón nada valía.

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Fabio, cuenta a tu amigo este pasaje; dile que a nadie ultraje exagerando su sin par talento; no vaya a ser que un lobo halle sus tretas, y nos haga saber en un momento que no puede tragar sino anchovetas. (p. 357)

Las abejas Días ha que leyendo un libro viejo escrito por un hombre de consejo, hallé un rasgo de historia digno de encomendarse a la memoria. El suceso, no hay duda, es muy extraño: pero es preciso que se cuente este año. Dicen que las abejas abinitio no supieron portarse con el juicio y buen arreglo de hoy, ni lo pensaron; pero aquellas catorce que lograron en tiempo del diluvio entrar al arca, curiosas observaron que el Patriarca dispuso en ella todo cuanto había con arte y simetría. Aquí lobos voraces, allí ovejas: más allá perros, gatos, comadrejas, elefantes, ratones y mosquitos... En otra parte lindos pajaritos, jilgueros, gallos, garzas, grullas, gansos; en otra división trigo y garbanzos, maíz, arroz, cebada... ¡Qué cosa tan bien puesta y ordenada!

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A todas agradó su providencia. Se juntaron por fin en conferencia, dijo la más antigua: «Compañeras, confieso la partida: muy groseras en gobierno y costumbres hemos sido. Nunca en comunidad hemos vivido: nadie pensó sino en pasar el día. Tal vez no faltaría quien desease el orden; pero en vano: cobijada en la rama de un manzano. O metida en las pajas de algún techo, jamás hacía cosas de provecho, ni era dable que a todas persuadiese. Mas hoy que este embarazo no se ofrece, y hemos de ser raíz de toda abeja, yo como la más vieja soy de sentir que luego que salgamos, una sola familia compongamos, una sola casa: las menores, como que tienen fuerzas superiores, miel y cera de flores exquisitas cojan, en tanto que las viejecitas ordenamos las cosas de gobierno. Y para que este entable sea eterno pondremos una maestra de novicias.» «¡Gran cosa! ¡Bueno! ¡Albricias!» Gritan todas; y el plan verificaron. Mas vieron fenecer sus alegrías, porque dijo de agravio en pocos días la incauta juventud: «El remo todo se nos carga, de modo que ya nuestro vigor se debilita: más de una hora de sueño se nos quita.»

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«Como ellas tienen seca la cabeza, nos despiertan temprano.» «¡Qué simpleza de muchacha!» Dijo una mamantona: «Lo de hoy mira y pregona, no hagas cuenta de ayer ni de mañana, mañana mandará la que hoy se afana, y mil males de ayer hoy no subsisten, y por fin, males hay irremediables que por un bien mayor son tolerables.» En reclamar no insisten: a todas las convence con tal ciencia, tanto acierto, energía y elocuencia, que su error las menores conocieron y sin más regañar se sometieron. Ciudadanos: Dios solo puede mandar del uno al otro polo sin defecto ninguno; y así aquel importuno que se lo quiera todo muy cumplido en el nuevo gobierno establecido, algún descuido entre hombres no perdona, relea el texto de la mamantona. (pp. 367-369)

Las aves domésticas Muy soberbios los pavos miraban con desprecio a otras aves de cría: con gran sorna cada uno decía: «Palomitas, gallitos... ¡No hay más!» Cuando alguna gallina encontraban, ni mirarla: con gran reverencia la infeliz en su augusta presencia se postraba, queriendo agradar.

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Su tertulia los gallos tenían; a la paz y a la unión convidaban. Aun algunos pichones entraban, ¿Pero pavos? ninguno, jamás. Ya los otros sufrir no podían, renegaban mirando el ultraje; pero el amo templó su coraje con traerles un buen pavo real. De palomas y gallos bien pronto se hizo amigo; pretende que luego haya en casa quietud y sosiego, y a los pavos intenta ablandar. «Buena maula ¡Quién viene con esto!» Le contestan hinchados los pavos: «¡Qué avecita! valdrá dos ochavos; a las otras en cuerpo es igual.» No por esto el tal jefe desiste, se arma pronto y un cielo parece: cuanto bello la luz nos ofrece se reúne y le viene a adornar. Mas la turba soberbia resiste: también se arma, se vuelve, pasea con tal cara de orgullo, aunque fea, que los hizo, por fin, reventar. A patadas y a pico deshacen. Su plumaje los gallos airados; ellos se arman así destrozados; mas ya son un atroz matorral. Si a unos hombres la pompa quitaran los que mandan harían justicia; yo en los gallos no encuentro malicia, ¿Y en los pavos?... No es malo callar. (pp. 374-375)

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Las cotorras y el zorro Más de cien cotorras haciendo gran ruido, a robar volaban a cierto sembrío. El que lo cuidaba no estaba muy listo; pero acudió luego, porque oyó los gritos; y ni un grano cogen los animalitos. «Sí son muy salvajes», impaciente dijo un zorro que estaba por allí escondido: «Yo robo mis pollos, pero despacito; los gritos despiertan al fiero enemigo; solo con silencio se logra buen tiro.» Dijo bien el zorro, yo también lo digo. (p. 373)

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Los gatos Una gata parió varios gatitos, uno blanco, uno negro, otro manchado; luego que ellos quedaron huerfanitos los perseguía un perro endemoniado; y para dar el golpe a su enemigo no había más remedio que juntarse, y que la dulce unión fuese su abrigo. Van pues a reunirse, y al tratarse sobre quién de ellos deba ser cabeza, maullando el blanco dijo: «A mí me toca por mi blancura, indicio de nobleza.» El negro contestó: «Calla la boca; el más diestro y valiente mandar debe». «Malo», dijo el manchado, «Si esto dura temo que todo el diablo se lo lleve. Unión y mande el digno». «Esto es locura», gritó el blanco; y el negro le replica. Se dividen por fin en dos partidos; la ira y la turbación se multiplican, se arañan, gritan, y a sus alaridos acude mi buen perro y los destroza. Si a los gatos al fin no parecemos, paisanos ¿esperamos otra cosa? ¿Tendremos libertad? Ya lo veremos… (pp. 360-361)

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Felipe Pardo y Aliaga El espejo de mi tierra. Teatro completo. Crítica teatral. Lima: Fondo Editorial PUCP, 2007.

Un viaje Mi partida es forzosa que bien sabes que si pudiera yo no me partiera. Lope de Vega

El niño Goyito está de viaje. El niño Goyito va a cumplir cincuenta y dos años; pero cuando salió del vientre de su madre le llamaron niño Goyito; y niño Goyito le llaman hoy, y niño Goyito le llamarán treinta años más, porque hay muchas gentes que van al panteón como salieron del vientre de su madre. Este niño Goyito, que en cualquiera otra parte sería un don Gregorión de buen tamaño, ha estado recibiendo por tres años enteros cartas de Chile en que le avisan que es forzoso que se transporte a aquel país a arreglar ciertos negocios interesantísimos de familia que han quedado embrollados con la muerte súbita de un deudo. Los tres años los consumió la discreción gregoriana en considerar cómo se contestarían estas cartas y cómo se efectuaría este viaje. El buen hombre no podía decidirse ni a uno ni a otro. Pero el corresponsal menudeaba sus instancias; y ya fue preciso consultarse con el profesor, y con el médico, y con los amigos. Pues, señor, asunto concluido: el niño Goyito se va a Chile. La noticia corrió por toda la parentela, dio conversación y quehaceres a todos los criados, afanes y devociones a todos los conventos; y convirtió la casa en una Liorna. Busca costureras por aquí, sastre por allá, fondista por acullá. Un hacendado de Cañete mandó tejer en Chincha cigarreras. La madre Transverberación del Espíritu Santo se encargó en un convento de una parte de los dulces; Sor María en Gracia, fabricó en otro su buena porción de ellos; la madre Salomé tomó a su cargo en el suyo las pastillas; una monjita recoleta mandó de regalo un escapulario; otras, dos estampitas; el Padre Florencio de San

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Pedro corrió con los sorbetes, y se encargaron a distintos manufactores y comisionados sustancias de gallina, botiquín, vinagre de los cuatro ladrones para el mareo, camisas a centenares, capingo (don Gregorio llamaba capingo a lo que llamamos capote), chaqueta y pantalón para los días fríos, chaqueta y pantalón para los días templados, chaqueta y pantalones para los días calurosos. En suma, la expedición de Bonaparte a Egipto no tuvo más preparativos. Seis meses se consumieron en ellos, gracias a la actividad de las niñas (hablo de las hermanitas de Gregorio, la menor de las cuales era su madrina de bautismo), quienes, sin embargo del dolor de que se hallaban atravesadas con este viaje, tomaron en un santiamén todas las providencias del caso. Vamos al buque. Y ¿quién verá si este buque es bueno o malo? ¡Válgame Dios! ¿Qué conflicto! ¿Se ocurrirá al inglés don Jorge, que vive en los altos? Ni pensarlo; las hermanitas dicen que es un bárbaro capaz de embarcarse en un zapato. Un catalán pulpero, que ha navegado de condestable en La Esmeralda, es, por fin, el perito. Le costean caballo, va al Callao, practica su reconocimiento y vuelve diciendo que el barco es bueno; y que don Goyito irá tan seguro como en un navío de la Real Armada. Con esta noticia calma la inquietud. Despedidas. La calesa trajina por toda Lima. ¿Con qué se nos va usted? ¿Conque se decide usted a embarcarse?... ¡Buen valorazo! Don Gregorio se ofrece a la disposición de todos: se le bañan los ojos en lágrimas a cada abrazo. Encarga que le encomienden a Dios. A él le encargan jamones, dulces, lenguas y cobranzas. Y ni a él le encomienda nadie a Dios, ni él se vuelve a acordar de los jamones, de los dulces, de las lenguas ni de las cobranzas. Llega el día de la partida. ¡Qué bulla! ¡Qué jarana! ¡Qué Babilonia! Baúles en el patio, cajones en el dormitorio, colchones en el zaguán, diluvios de canastos por todas partes. Todo sale, por fin, y todo se embarca, aunque con bastantes trabajos. Marcha don Gregorio, acompañado de una numerosa caterva, a la que pertenecen también, con pendones y cordón de San Francisco de Paula, las amantes hermanitas, que sólo por el buen hermano pudieron hacer el horrendo sacrificio de ir por primera vez al Callao. Las infelices no se quitan el pañuelo de los

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ojos, y lo mismo le sucede al viajero. Se acerca la hora del embarque, y se agravan los soponcios. ¿Si nos volveremos a ver?... Por fin, es forzoso partir; el bote aguarda. Va la comitiva al muelle: abrazos generales, sollozos, los amigos separan a los hermanos: “¡Adiós hermanitas mías!” “¡Adiós, Goyito de mi corazón! La alma de mi mamá Chombita te lleve con bien”. Este viaje ha sido un acontecimiento notable de la familia; ha fijado una época de eterna recordación; ha constituido una era, como la cristiana, como la de Hégira, como la de la fundación de Roma, como el Diluvio Universal, como la era de Nabonasar. Se pregunta en la tertulia: —¿Cuánto tiempo lleva fulana de casada? —Aguarde usted. Fulana se casó estando Goyito para ir a Chile... —¿Cuánto tiempo hace que murió el guardián de tal convento? —Yo le diré a usted; al padre guardián le estaban tocando las agonías el otro día del embarque de Goyito. Me acuerdo todavía que se las recé, estando enferma en cama de resultas del viaje al Callao... —¿Qué edad tiene aquel jovencito? —Déjeme usted recordar. Nació en el año de... Mire usted, este cálculo es más seguro, son habas contadas: cuando recibimos la primera carta de Goyito, estaba mudando de dientes. Conque, saque usted la cuenta... Así viajaban nuestros abuelos; así viajarían, si se determinasen a viajar, muchos de la generación que acaba, y muchos de la generación actual, que conservan el tipo de los tiempos del virrey Avilés, y ni aun así viajarían otros, por no viajar de ningún modo. Pero las revoluciones hacen del hombre, a fuerza del sacudirlo y pelotearlo, el mueble más liviano y portátil; y los infelices que desde la infancia las han tenido por atmósfera, han sacado de ellas, en medio de mil males, el corto beneficio siquiera de una gran facilidad locomotiva. ¿La salud, o los negocios, o cualesquiera otras circunstancias aconsejan un viaje? A ver los periódicos. Buques para Chile. —Señor consignatario, ¿hay camarote? —Bien. —¿Es velero el bergantín? —Magnífico. —¿Pasaje?

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—Tanto más cuanto. —Estamos convencidos. —Chica, acomódame una docena de camisas y un almofrez. Esta ligera apuntación al abogado, esta otra al procurador. Cuenta, no te descuides con la lavandera, porque el sábado me voy. Cuatro letras por la imprenta, diciendo adiós a los amigos. Eh: llegó el sábado. Un abrazo a la mujer, un par de besos a los chicos, y agur. Dentro de un par de meses estoy de vuelta. Así me han enseñado a viajar, mal de mi grado, y así me ausento, lectores míos, dentro de muy pocos días. Este y no otro es el motivo de daros mi segundo número antes que paguen sueldos. No quisiera emprender este viaje; pero es forzoso. No sabéis bien cuánto me cuesta el suspender con esta ausencia mis dulces coloquios con el público. Quizás no sucederá otro tanto a la mayor parte de vosotros, que corresponderéis a mi amistosa despedida exclamando: ¡Mal rayo te parta, y nunca más vuelvas a incomodarnos la paciencia! En fin, sea lo que fuere, los enemigos y enemigas descansad de mi insoportable tarabilla; preparad vuestros viajes con toda la calma que queráis; hablad de la ópera como os acomode; idos a Amancaes como y cuando os parezca; bailad zamacueca a taco tendido, a roso y velloso, a troche y moche, a banderas desplegadas; haced cuanta tontería os venga a la mente: en suma, aprovechad estos dos meses. Los amigos y amigas tened el presente artículo por visita o tarjeta de despedida, y rogad a Dios me dé viento fresco, capitán amable, buena mesa y pronto regreso. (pp. 733-736)

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Ricardo Palma

Tradiciones peruanas. Vol. I. Barcelona: Océano, 2010.

La achirana del Inca A Teodorico Olaechea

En 1412 el Inca Pachacutec, acompañado de su hijo el príncipe imperial Yupanqui y de su hermano Capac-Yupanqui, emprendió la conquista del valle de Ica, cuyos habitantes, si bien de índole pacífica, no carecían de esfuerzos y elementos para la guerra. Comprendiolo así el sagaz monarca, y antes de recurrir a las armas propuso a los iqueños que se sometiesen a su paternal gobierno. Aviniéronse éstos de buen grado, y el inca y sus cuarenta mil guerreros fueron cordial y espléndidamente recibidos por los naturales. Visitando Pachacutec el feraz territorio que acababa de sujetar a su dominio, detúvose una semana en el pago llamado Tate. Propietaria del pago era una anciana a quien acompañaba una bellísima doncella, hija suya. El conquistador de pueblos creyó también de fácil conquista el corazón de la joven; pero ella, que amaba a un galán de la comarca, tuvo la energía, que sólo el verdadero amor inspira, para resistir a los enamorados ruegos del prestigioso y omnipotente soberano. Al fin, Pachacutec perdió toda esperanza de ser correspondido, y tomando entre sus manos las de la joven, la dijo, no sin ahogar antes un suspiro: —Quédate en paz, paloma de este valle, y que nunca la niebla del dolor tienda su velo sobre el cielo de tu alma. Pídeme alguna merced que a ti y a los tuyos haga recordar siempre el amor que me inspiraste.

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—Señor —le contestó la joven, poniéndose de rodillas y besando la orla del manto real—, grande eres y para ti no hay imposible. Venciérasme con tu nobleza, a no tener ya el alma esclava de otro dueño. Nada debo pedirte, que quien dones recibe obligada queda; pero si te satisface la gratitud de mi pueblo, ruégote que des agua a esta comarca. Siembra beneficios y tendrás cosecha de bendiciones. Reina, señor, sobre corazones agradecidos más que sobre hombres que, tímidos, se inclinan ante ti, deslumbrados por tu esplendor. —Discreta ores, doncella de la negra crencha, y así me cautivas con tu palabra como con el fuego de tu mirada. ¡Adiós, ilusorio ensueño de mi vida! Espera diez días, y verás realizado lo que pides. ¡Adiós, y no te olvides de tu rey! Y el caballeroso monarca, subiendo al anda de oro que llevaban en hombros los nobles del reino, continuó su viaje triunfal. Durante diez días los cuarenta mil hombres del ejército se ocuparon en abrir el cauce que empieza en los terrenos del Molino y del Trapiche y termina en Tate, heredad o pago donde habitaba la hermosa joven de quien se apasionara Pachacutec. El agua de la achirana del Inca suministra abundante riego a las haciendas que hoy se conocen con los nombres de Chabalina, Belén, San Jerónimo, Tacama, San Martín, Mercedes, Santa Bárbara, Chanchajaya, Santa Elena, Vista-alegre, Sáenz, Parcona, Tayamana, Pongo, Pueblo Nuevo, Sonumpe y, por fin, Tate. Tal, según la tradición, es el origen de la achirana, voz que significa lo que corre limpiamente hacia lo que es hermoso. (pp. 495-496)

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Tradiciones peruanas. Vol. II. Barcelona: Océano, 2010.

Los incas ajedrecistas Se sabe, por tradición, que los capitanes Hernández de Soto, Juan de Rada, Francisco de Chávez, Blas de Atienza y el tesorero Riquelme se congregaban todas las tardes, en Cajamarca, en el departamento que sirvió de prisión al Inca Atahualpa desde el 15 de noviembre de 1532, en que efectuó la captura del monarca, hasta la antevíspera de su injustificable sacrificio el 29 de agosto de 1533. Allí, para los cinco nombrados y tres o cuatro más que no se mencionan en sucintos y curiosos apuntes (que a la vista tuvimos, consignados en rancio manuscrito que existió en la antigua Biblioteca Nacional), funcionaban dos tableros, toscamente pintados, sobre la respectiva mesita de madera. Las piezas eran hecha del mismo barro que empleaban los indígenas para la fabricación de idolillos y demás objetos de alfarería aborigen, que hogaño se extraen de la huacas. Hasta los primeros años de la república no se conocieron en el Perú otras piezas que las de marfil, que remetían para la venta los comerciantes filipinos. Honda preocupación abrumaría el espíritu del Inca en los dos o tres primeros meses de su cautiverio, pues aunque todas las tardes tomaba asiento junto a Hernando de Soto, su amigo y amparador, no daba señales de haberse dado cuenta de la manera como actuaban las piezas ni de los lances y accidentes del juego. Pero una tarde, en las jugadas finales de una partida empañada entre Soto y Riquelme, hizo el ademán Hernando de Soto de movilizar el caballo, y el Inca, tocándole ligeramente en el brazo, le dijo en voz baja: —No capitán, no... ¡El castillo! La sorpresa fue general, Hernando, después de breves segundos de meditación, puso en juego la torre, como le aconsejara Atahualpa, y pocas jugadas después sufría Riquelme inevitable mate.

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Después de aquella tarde, y cediéndole siempre las pieza blancas, y al cabo de un par de meses el discípulo era ya digno del maestro jugaba de igual a igual. Se comentaba en los apuntes a que me he referido que los otros ajedrecistas españoles, con excepción de Riquelme, invitaron al Inca; pero este se excusó siempre de aceptar, diciéndoles por medio del intérprete Filipillo: —¡Yo juego muy poquito y vuestra merced juega mucho! La tradición popular asegura que el Inca no habría sido condenado a muerte si hubiera permanecido ignorante en el ajedrez. Dice el pueblo que Atahualpa pago con su vida el mate que por su consejo de veinticuatro jueces, consejo convocado por Pizarro, se impuso a Atahualpa la pena de muerte por trece cotos contra once. Riquelme fue de los trece que suscribieron la sentencia. (pp. 1665-1667)

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El Palma de la juventud. Selección de tradiciones y poesías. Lima: Librería Francesa y Casa Editorial E. Rosay, 1921.

La misa negra Cuento de la abuelita A mis retoños Clemente y Angélica Palma Ve y cómprame un pañuelo para la baba: en la tienda del frente los hay de a vara. (Popular)

Érase lo que era. El aire para las aves, el agua para los peces, el fuego para los malos, la tierra para los buenos, y la gloria para los mejores; y quienes su Divina Majestad haga santos y sin vigilia. Pues, hijitos, en 1802 cuando mandaba Avilés, que era un virrey tan bueno como el bizcocho caliente, alcancé a conocer a la madre de San Diego. Muchas veces me encontré con ella en la misa de nueve, en Santo Domingo, y era un encanto verla tan contrita, y cómo se iba elevada, que parecía que no pisaba la tierra, hasta el comulgatorio. Por bienaventurada la tuve; pero ahí verán ustedes cómo todo ello no era sino arte, y trapacería y embolismo del demonio. Persígnense, niños, para espantar al Maligno. Ña San Diego, más que menos, tendría entonces unos cincuenta años e iba de casa en casa curando enfermos y recibiendo por esta caridad sus limosnitas. Ella no usaba remedios de botica, sino reliquias y oraciones, y con poner la correa de su hábito sobre la boca del estómago, quitaba como con la mano el más rebelde cólico miserere. A mí me sanó de un dolor de muelas con sólo ponerse una hora en oración mental y aplicarme a la cara un huesecito, no sé si de San Fausto, San Saturnino, San Teófilo, San Julián, San Adriano o San Sebastián, que de los huesos de tales santos envió el Papa un cargamento de regalo

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a la catedral de Lima. Pregúntenselo ustedes, cuando sean grandes, al señor arzobispo o al canónigo Cucaracha, que no me dejarán por mentirosa. No fue, pues, la beata quien me sanó, sino el demonio, Dios me lo perdone, que si pequé fue por ignorancia. Hagan la cruz bien hecha, sin apuñuscar los dedos, y vuelvan a persignarse, angelitos del Señor. Ella vivía, me parece que la estuviera viendo, en un cuartito del callejón de la Toma, como quien va para los baños de la Luna, torciendo a mano derecha. Cuando más embaucada estaba la gente de Lima con la beatitud de ña San Diego, la Inquisición se puso ojo con ella y a seguir la pista. Un señor inquisidor, que era un santo varón sin más hiel que la paloma y a quien conocí y traté como a mis manos, recibió la comisión de ponerse en aguaite un sábado por la noche, y a eso de las doce, ¿qué dirán ustedes que vió? A la San Diego, hijos, a la San Diego, que convertida en lechuza salió volando por la ventana del cuarto. ¡Ave María Purísima! Cuando al otro día fue ella, muy oronda y como quien no ha roto un plato, a Santo Domingo, para reconciliarse con el padre Bustamante, que era un pico de oro como predicador, ya la esperaba en la plazuela la calesita verde de la Inquisición. ¡Dios nos libre y nos defienda! Yo era muchacha del barrio, y me consta, y lo diré hasta en la hora de la muerta, que cuando registraron el cuarto de la San Diego halló el Santo Oficio de la Inquisición, encerrados en una alacena, un conejo ciego, una piedra imán con cabellos rubios envueltos en ella, un muñequito cubierto de alfileres, un alacrán disecado, un rabo de lagartija, una chancleta que dijeron ser de la reina Sabá, y ¡Jesús me ampare! una olla con aceite de lombrices para untarse el cuerpo y que le salieran plumas a la muy bruja para remontar el vuelo después de decir, como acostumbra esa gente canalla: “¡Sin Dios ni Santa María!”. Acompáñenme ustedes a rezar un salve por la herejía involuntaria que acabo de proferir. Como un año estuvo presa la pícara sin querer confesar ñizca; pero ¿adónde había de ir ella a parar con el padre Pardiñas, sacerdote de mucha marraqueta, que fué mi confesor y me lo contó todo en confianza? Niños, recen ustedes un padre nuestro y un avemaría por el alma del padre Pardiñas.

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Como iba diciendo, quieres que no quieras tuvo la bruja que beberse un jarro de aceite bendito, y entonces empezó a hacer visajes como una mona, y a vomitarlo todo, digo, que cantó de plano; porque el demonio puede ser renitente a cuanto le hagan, menos al óleo sagrado, que es santo remedio para hacerlo charlar más que un barbero y que un jefe de club eleccionario. Entonces declaró la San Diego que hacía diez años vivía (¡Jesús, María y José!) en concubinaje con Pateta. Ustedes no saben lo que es concubinaje, y ojalá nunca lleguen a saberlo. Por mi ligereza en hablar y habérseme escapado esta mala palabra, recen ustedes un credo en cruz. También declaró que todos los sábados, al sonar las doce de la noche, se untaba el cuerpo con un menjurje, y que volando, volando se iba hasta el cerrito de las Ramas, donde se reunía con otros brujos y brujas a bailar deshonestamente y oír la Misa Negra. ¿No saben ustedes lo que es la Misa Negra? Yo no la he oído nunca, créanmelo; pero el padre Pardiñas, que esté en gloria, me dijo que Misa Negra era la que celebra el diablo, en figura de macho cabrío, con unos cuernos de a vara y más puntiagudos que aguja de colchonero. La hostia es un pedazo de carroña de cristiano, y con ella da la comunión a los suyos. No vayan ustedes, dormiloncitos, a olvidarse de rezar esta noche a las ánimas benditas del purgatorio y al ángel de la guarda, para que los libre y los defienda de brujas que chupan la sangre a los niños y los encanijan. Lo recuerdo como si hubiera pasado esta mañana. ¡Jesucristo sea conmigo! El domingo 27 de agosto de 1803 sacaron a la San Diego en burro y vestida de obispa. Pero como ustedes no han visto ese vestido, les diré que era una coroza en forma de mitra, y un saco largo que llamaban sambenito, donde estaban pintados, entre llamas del infierno, diablos, diablesas y culebrones. Dense ustedes tres golpecitos de pecho. Con la San Diego salió otra picarona de su casta, tan hechicera y condenada como ella. Llamábase la Ribero, y era una vieja más flaca que gallina de diezmo con moquillo. Llegaron hasta Santo Domingo, y de allí las pasaron al beaterio de Copacabana. Las dos murieron en esa casa, antes que entrara la patria y con ella la herejía. Dios las haya perdonado. Y fui y vine, y no me dieron nada… más que unos zapatitos de cabritilla, otros de plomo y otros de caramelo. Los de cabritilla me los

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calcé, los de plomo se los regalé al Patudo, y los de caramelo los guardé para tí y para tí. Y ahora, pipiolitos, a rezar conmigo un rosario de quince misterios, y después entre palomas, besando antes la mano a mamita y a papaíto para que Dios los ayude y los haga unos benditos. Amenemén, amén. (pp. 4-9)

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El rosal de Rosa A mi hija Augusta

Por los años de 1581, el griego Miguel Acosta y los navieros y comerciantes de Lima hicieron una colecta que, en menos de dos meses, subió a cuarenta mil pesos, para fundar un hospital destinado a la asistencia de marineros, gente toda que, al llegar a América, pagaba la chapetonada, frase con la que nuestros mayores querían significar que el extranjero, antes de aclimatarse, era atacado por la terciana y por lo que entonces se llamaba bicho alto y hoy disentería. Establecióse así el hospital del Espíritu Santo, suprimido en 1821, y que desde entonces ha servido de Museo Nacional, de colegio para señoritas, de Escuela Militar, de Filarmónica, de cuartel de comisaría, etcétera, etc. Los pontífices acordaron gracias y preeminencias que no dispensaron a otros establecimientos de igual carácter en Lima. Al respaldo del sitio en que se edificó el hospital quedaba un lote espacioso, en el cual el propietario Gaspar Flores edificó toscamente (que D. Gaspar no era rico para emprender lujosa fábrica) unos pocos cuartuchos, en uno de los cuales naciera el 30 de abril de 1686 su hija Isabel, o sea Santa Rosa de Lima, siendo pontífice Sixto V; rey de España y sus colonias Felipe II, arzobispo de Lima Toribio de Mogrovejo y gobernando la Real Audiencia, por muerte del virrey D. Martín Enríquez el Gotoso, aquel que, después de veintiún meses de gobierno, se fué al mundo de donde no se vuelve sin haber hecho nada de memorable en el país. Fué de los gobernantes que, en punto a obras públicas, realizaban la de adoquinar la vía láctea y secar el Océano con una esponja.

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Gran espacio de terreno ocioso quedaba en el caserón de D. Gaspar Flores, que su hija supo convertir en huerto y jardinillo. Por aquel siglo, más afición tenían en Lima al cultivo de árboles frutales que a la floricultura, y tanto que en los jardines domésticos, que públicos no los había, apenas si se veían plantas de esas que no reclaman esmero. La flor de lujo era el clavel en toda su variedad de especies. Las rosas no se producían en el Perú; pues según lo afirma Garcilaso en sus Comentarios Reales, los jazmines, mosquetas, clavelinas, azucenas y rosas, no eran conocidas antes de la conquista. Grande fué, pues, la sorpresa de la virgen limeña cuando se encontró con que espontáneamente había brotado un rosal en su jardinillo; y rosal fué, que de sus retoños se proveyeron las familias para embellecer corredores, y las limeñas para adornar sus rizas, negras y profundas cabelleras. Y tan a la moda pusiéronse las rosas, que el empirismo médico descubrió en ellas admirables propiedades medicinales; y las hojas secas de la flor se guardaban, como oro en paño, para emplearlas en el alivio o curación de complicadas dolencias. Mendiburu, en su artículo Lozano, dice que las primeras rosas que se produjeron en Lima fueron las del jardín del Espíritu Santo, confundiendo éste, por la vecindad, con el de nuestra egregia limeña. Cuentan que cuando en 1668 presentaron al Papa Clemente IX el expediente para la beatificación de Rosa, no supo disimular el Padre Santo una ligera desconfianza, y murmuró entre dientes: —¿Santa? ¿Y limeña? ¡Hum, hum! Tanto daría una lluvia de rosas. Y milagro fué patente, porque perfumadas hojas de rosa cayeron sobre la mesa de Su Santidad. Añaden que nació de este incidente el entusiasmo del Papa por Rosa de Lima; pues en dos años expidió, amén del breve para su beatificación (12 de febrero de 1669), otros seis en honor de nuestra compatriota. El último fué nombrándola patrona de Lima y del Perú, y reformando la constitución de Urbano VIII para acelerar los trámites de canonización, la que realizó su sucesor, Clemente X, en 1671, junto con la de San Francisco de Borja, duque de Gandía y general de los

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jesuitas. Santa Rosa fué canonizada a los cincuenta y cuatro años de su fallecimiento. Muerto Clemente IX en diciembre de 1669, hallóse en su testamento un fuerte legado para construir en Pistoya, su ciudad natal, una espléndida capilla a Santa Rosa de Lima. El dominico Parra, en su Rosa Laureada, impresa en Madrid en 1760, dice que la primera firma que, como monarca, puso Felipe IV, fué para pedir la beatificación de Rosa; y añade que el 7 de octubre de 1668, día en que celebraron los madrileños las fiestas de beatificación, se vió lucir una estrella vecina al sol. Cuando en febrero de 1672, siendo virrey el conde de Lemos, marqués de Sarria y duque de Taurifanco con grandeza de España, se efectuaron las fiestas solemnes de canonización, las calles de Lima fueron pavimentadas con barras de plata, estimándose, según lo afirman cronistas que presenciaron las fiestas, en ocho millones de pesos el valor de ellas y el de las alhajas que adornaban los arcos y altares. Fue entonces cuando D. Pedro de Valladolid y D. Andrés Vilela, propietarios a la sazón de la casa y jardinillo, cedieron el terreno para que en él se edificase el Santuario de Rosa de Lima. El rosal que ella cultivara se trasplantó al jardín que tienen los padres dominicos, en el claustro principal de su convento. (pp. 14-17)

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Adolfo Vienrich

Azucenas quechuas, Fábulas quechuas. Tercera edición. Lima: Ediciones Lux, 1989.

Fábulas quechuas Los gorriones Un muchacho travieso trepó a un aliso y cogió un nido de gorriones. La madre de los pájaros, que lo ve, da voces al macho avisándole: —¡Oye!, mira a nuestros hijos aún desnuditos se los lleva ocultándolos bajo el poncho. —¡Qué importa! Deja que se los lleve. ¡Todavía hay semilla! —Ah, ¡Qué pena! ¡No digas eso!, porque darlos a luz cuesta trabajo y dolor. ¡Así son todos ustedes los hombres! (p. 137)

El puma y el zorro Atrapó una hermosa llama un puma, y después de hartarse enterró el resto para su cena. Un zorro, que lo había estado acechando, no bien le vio partir, descubre el tapado y hace un opíparo desayuno con la reserva del puma. Este, que regresa cuando el Sol daba sus últimos chisporroteos, se pone rabioso al encontrarse con que había desaparecido su comida, y vase en pos del ladrón. Vagando sin rumbo, dio con un zorro profundamente dormido. El bufón puma, a fin de interrogarle por el hurtador, quiso despertarlo. Formó un manojo de pajas, con el cual se puso a cosquillarle el hocico. El zorro en la creencia de que se trataba de moscas, las ahuyentaba con el rabo, prorrumpiendo socarronamente: “¡Afuera moscas! ¡Que acabo de arrebatar su presa al león!”.

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Así se descubre al puma, quien cogiéndole por el cuello castigó su osadía. El jactancioso hablador por su boca se condena. (p. 139)

El zorro y el sapo —Como yo nadie corre: acaban de perseguirme cinco rangalidos perros y me veo aquí ¡como si tal cosa no hubiera acaecido! —¿Qué sería de ti en un percance análogo al que acabo de pasar? —decíale cierto zorro a un sapo. —Señor zorro, es preciso no ser tan jactancioso ni alabarse tanto, que, acaso, me atrevería a apostarle una carrerita. —¡Desgraciado! Tú no haces otra cosa que saltar en el mismo sitio y no avanzas. Se burlarían de mí al verme disputando a correr contigo. Pero voy a darte gusto quitándote de la cabeza tan descabellada pretensión, a fin de que te infles menos cuando gritas. —¡Ah, señor orgulloso! Yo grito en verdad, pero vos ladráis. ¡Qué diferencia existe en nuestra voz! A mí me conocen y no me huyen; pero quién no se ahuyenta, cuando, ¡car... car!, vaga usted por lomas y quebradas. ¡Ah, demonio de carcaria alabanciosa! —Déjate de insultos que entre personas decentes se arreglan las diferencias con buenas palabras. ¿Estás dispuesto, señor volador, a portarte? —Si es así, hasta mañana. Al día siguiente se presentó el sapo con un hermoso perro como juez llamado Yanajarachay el zorro suplicó a un Agroi(1) le sirviera de testigo. Dada la voz de partida, el zorro salió a todo escape por sobre las yerbas y malezas; pero no bien había recorrido un corto trayecto cuando oye que gritan ¡huac!

(1)

Ave de rapiña que no se alimenta sino de sapos y culebras; por otros nombres conocidos con los de dominico, alluy, akctzi [ybycter leucogastel].

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—Se me ha adelantado el sapo —murmuraba el zorro, y apura; pero un nuevo ¡huac! y otro y otros más, y seguía el ¡huac!, ¡huac! del sapo, hasta que jadeante llegó a la meta, donde le repetía: ¡huac! Avergonzado el zorro confesó la partida, excusándose con que se le habían enredado las piernas en las yerbas; pero que era otra cosa tratándose de correr cerro arriba. ¿Qué había sucedido? El astuto sapo había apostado en toda la travesía, de trecho en trecho, a manera de chasquis, a sus compañeros ocultos bajo la yerba, con la consigna de dar la voz a medida que notaran se iba aproximando el zorro. Para un zorro sabihondo hay un sapo malicioso. (pp. 141-143)

La jarachupa y el utushcuro Caminaba distraída una jarachupa cuando reparó en utushcuro, triste y abatido, que presa de hambre iba jadeante arrastrándose penosamente por entre las malezas de un matorral. —¿Oruguita, ¿adónde vas? —preguntóle la muca condolida. —A roer la raíz de las yerbas —respondió con voz apagada y trémula. Pasó el invierno con sus hielos y sequías, sus inclemencias y rigores; vino la primavera con sus lluvias y rocíos, sus flores y sus frutos. Volviéronse nuevamente a encontrar los camaradas, y ya con la cabeza erguida e inflado de orgullo el irascible gusano, se deslizaba infatuado por entre las cañas y mazorcas de un tupido maizal, sin dignarse a mirar a la jarachupa(2), que, sorprendida por ese cambio y extrañada de tanta arrogancia, le interroga: —Señor gusano, ¿adónde se está usted yendo? Irguiéndose aún más, la enfurecida oruga contestó altanera y con mucho énfasis: —¡A comer corazón de choclos negros! (2)

O muca-muca. Palabra compuesta de jara, desnudo o pelado, y chupa, rabo.

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Y tanto y tanto se irguió el guapo utushcuro(3), que alcanzó a divisarlo un chihuacu(4) y se lo devoró.

Así hay hombres que en la adversidad se arrastran humillándose;

pero cuando llegan a poseer algo, se yerguen altivos y soberbios olvidando lo que fueron.

Por eso, niños míos, para no correr la desastrosa suerte del utushcuro,

es menester conservarse siempre humildes y modestos.

(p. 145)

La mariposa nocturna Vivía un matrimonio feliz con el primer fruto de sus amores. El esposo emprendía sus viajes dejando a su mujer anegada en llanto, pasándose las noches en vigilia, hilando. Una noche, desvelado el niño pregunta a su madre: ¿Qué era aquello que revoloteaba a su alrededor y que le hablaba? La madre por toda contestación le dice: “Es mi amante, mi cariñoso compañero que viene a hacerme compañía”. Regresó el marido en momentos que había salido su mujer y se puso a conversar con el hijo e interrogarle por lo que hacía la madre durante las noches de su ausencia. El chicuelo le refirió que venía su amante todas las noches, que se hallaba despierta hasta muy tarde, hilando, y que hablaba con él. Apenas hubo escuchado, se fue a su encuentro y, desbarrancándola, le dio muerte. Cierta noche que, taciturno con su recuerdo, contemplaba absorto la luz encendida, de pronto el muchacho se pone a gritar: “Allí está el amante de mi mamá, el que la acompañaba”, señalando la mariposa que solía venir cuando su madre velaba. Inmediatamente se dio cuenta del error en que había incurrido y presa de desesperación murió de pesar. (p. 147) Larva de mariposa. De ultush, roer, y curu, gusano. En sentido figurado dicen por el ocioso que no sabe trabajar y quiere comer. (4) Un pájaro insectívoro, especie de tordo o zorzal, [Mérula chiguanco. Tacz]. (3)

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Paisaje de la maÑana / Tercera Unidad. Lecturas ejemplares 3

El asesino y el pastor Viajaba de noche un hombre por las punas, sin más compañía que la de su hermoso perro. Se entretuvo éste conversando con un acroi, en tanto que aquel, ajeno a todo cuidado proseguía su camino. De pronto sale de una cueva un malhechor y lo detiene para matarle. Le rogó no le hiciera daño; y finalmente como se mostrase inflexible a sus súplicas, acabó por pedirle le concediera la gracia de entonar su canción de despedida. Otorgásela, y comenzó en alta voz a decir: ¡Uchucachi, ya no volveré a verte! ¡Uchucachi, ya no te probaré! ¡Uchucachi, no condimentarás mi comida! ¡Uchucachi, te extrañará mi fiambre! ¡Uchucachi, adiós, adiós para siempre! Uchucachi(5), que este era el nombre del perro, al escuchar la llamada angustiosa de su amo, voló como el viento, librándole de las manos del asesino, a quien cogió por el cuello y lo estranguló. (p. 151)

La huachua y el zorro Donde hay uno bueno hay otro mejor Un zorro muy hermoso, de poblada cola y afiladas uñas, con más astucia que un gavilán, hurtó quinua y trigo de un tendal, con el que armó una buena trampa, en cuyas redes cayeron innumerables avecillas. Introdujo a todas dentro de un costal de jerga y llevóselas vivitas a su prole, para adiestrarla en el arte de la cacería al vuelo. Caminaba taciturno y encorvado por tanto peso, hasta que no pudiendo más, a media jornada, resolvió dejar la carga en casa de su

(5)

Uchu es ají y cachi sal; así significa sal y ají.

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comadre espiritual, una señora alta y bien parecida, de plumaje blanco y pata colorada, moradora a orillas de una gran laguna. Entablóse entonces el siguiente diálogo: —Comadre Huachua, te dejo esta carga para que me hagas el favor

de guardármela hasta mi regreso; pero sin tocarla; será un favor que te lo agradeceré en el alma.

—Compadre Zorro, no tengo inconveniente en servir a un tan apuesto e inteligente caballero. Dio las gracias el zorro y partió alegre, dejando el saco. Sola la huachua, curiosa como buena mujer, desata el nudo que aseguraba el saco y ¡zás...! ¡Oh, sorpresa! empluman un gran frailesco, gaviotas, zorzales y gorriones, y toman las de villadiego. Desaforada la huachua, a aletazos pretendía impedir la fuga; pero fue en vano, porque ninguna quedó. Jamás huachua alguna se vio en trance tan amargo. Daba graznidos lastimeros y extendiendo sus pesadas alas corría desalentada de un sitio a otro, lamentando su desgracia y pensando a la vez en la venganza que tomaría el astuto de su compadre. Pasado su aturdimiento le vino una feliz inspiración y se decidió a ponerla en práctica, llenando el saco de espinas, que cuidadosamente cubrió con yerbas y otras malezas. Al crepúsculo, cuando el Sol majestuosamente comenzaba su descenso tras las colinas, regresó el zorro, y como no estuviera presente la comadre se echa a cuestas su carga, y marcha en dirección a su cueva. Mas, siente sumamente pesado el saco y sobre todo que le pinchan los lomos; pero soporta impasible los hincones, con la ilusión de que poco le falta para llegar a la casa, donde tomará suculenta cena en unión de la señora y sus cachorritos. Caminaba corcoveando con su carga y exclamando: ¡Ay! cómo me hincan las uñas de los pajaritos. ¡Ay, cómo me punzan las patas de los pajaritos!

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Impaciente por su tardanza, le esperaban en el dintel de la cueva la zorra y sus hijuelos, que al verle, locos de contento saltan, brincan, se aparragan, se revuelcan y la muy señorona muellemente recostada lamía y relamía llena de satisfacción su afilado hocico. El fatigado zorro siempre gruñendo exclamaba: ¡Ay, cómo me punzan las patas de los pajaritos! Llegó a la feliz morada, y cual una avalancha precipítanse sobre el magnífico presente, madre e hijos, para aligerar tamaña carga; pero retroceden cariacontecidos al contacto de las uñas de los pajaritos. El zorro ensangrentado y muerto de cansancio arrojó su carga al suelo ordenando antes se coloquen en acecho en la entrada para evitar la fuga de las palomitas y gorriones, y abalanzasen a su voz de mando. Vacía el saco y a la voz de orden lanzánse sobre la yerba que lo cubría, pero ¡oh, dolor!, ¡qué chasco! no había tales zorzales ni palomitas, sólo enormes matas de espinas llevan prendidas en el hocico y manos. Quedaron desconcertados, dando aullidos lastimosos y enternecedores. Pasaron la noche, hambrientos y doloridos, relamiéndose el hocico y heridas, lamentándose de su mala fortuna y de su negra suerte. Caviloso el zorro, pensó en vengarse; mas no regresa en el momento temeroso de no poder dar caza a la comadre para castigar tan inicua broma, sino que pasados dos días, se presentó en las cercanías de la casa de la comadre, jurando interiormente comérsela en unión del ahijado. Pero ésta no bien distingue al compadre, de un vuelo se precipita a la laguna, en la que, tal era su miedo, no se creía todavía segura y dando zabullonas se internaba hacia adentro. El compadre, después de un minucioso y prolijo registro de la casa de la comadre, encamínase a la laguna, desde cuya orilla da voces a la huachua, que desatendiendo los ruegos y llamadas, seguía internándose. El muy resabido del compadre le decía a gritos que había regresado con otro encargo para suplicarle se lo guardase y le juraba por el santo bautismo de su hijo, no le guardaba rencor, ni tomaría venganza por la broma que le había jugado.

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La huachua, que en más de una ocasión había escapado con vida de las caricias apetitosas del compadre, no dio crédito al tono hipócrita de su socarronazo compadre, sino que seguía nadando y zabulléndose, y cada vez más adentro. Desconcertado y violento el zorro, propúsose desaguar la laguna y dio comienzo a su tarea: con patas y hocico rasguñaba el suelo, resuelto a abrir una zanja; pero pronto hubo de renunciar a su temerario empeño porque se le gastaron las uñas y le acometió el cansancio. Piensa en otro medio, y como la cólera lo ciega, resuelve beberse toda el agua de la laguna, y bebe; pero bien pronto se convence que el agua se le salía del mismo modo que entraba, así que se decide a taparse el ano, para lo que coge una corontay, se taponea. Obstruido el canal de salida, loco de furia, con más ardor bebe y bebe el agua, sin meditar que esta nueva zorrada le va a ocasionar la muerte, porque inflándosele el vientre revienta como una vejiga llena de aire. Es sus agonías prorrumpía en lastimeros ayes y tiernas imprecaciones, que el eco repetía: ¡Huachua, huachua de pata colorada!, todavía me hincan las uñitas de los pajaritos, ¡ay! ¡ay!, ¡me punzan las patas de los pajaritos! Hermoso apólogo que nos enseña que nunca debemos ejercitar

venganza, y que la cólera es muy mala consejera.

(pp. 163-167)

fe

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Arturo Jiménez Borja

Cuentos infantiles peruanos. Lima: Librería editorial Juan Mejía Baca, Editorial Nuevos Rumbos, 1958.

El zorro y el cuy D on Mariano Huallpa tenía un alfalfar y una casita de paredes encaladas, la puerta pintada de azul y el techo de tejas. De mañanita se levantaba don Mano y, sentado en un poyo(1), miraba gozoso su alfalfar. La alfalfa florece en mayo y da gusto mirar la tierra llena de flores moradas. Don Mano descubrió un día tremendos destrozos en las sementeras. Por diferentes sitios los tallos aparecían cruelmente roídos. Puso una trampa y una madrugada le pareció sentir chillidos. Se levantó aprisa y encontró preso un coroto o cuy macho. Con gran indignación lo amarró a una estaca y, por ser todavía oscuro, volvió a su casa. Pensaba preparar shacta, el rico guiso de papas amarillas y cuy gordo. ¡Cómo se relamía don Mano! El coroto estaba muy triste cuando pasó por allí el zorro. —Compadre, ¿qué te ha sucedido? —dijo. —Nada compadrito —repuso el cuy—, esta es la casa del tan mentado don Mano que tiene tres hermosas hijas; con una de ellas debo casarme y me tiene amarrado hasta que aprenda a comer gallina. Estos cristianos sólo comen ave. Si quisieras cambiar mi suerte. El zorro en un santiamén desató al cuy y se hizo atar muy ceñido. Feliz se marchó el coroto. Cuando se hizo de día, salió de su casa don Mano armado de un cuchillo a fin de sacrificar al cuy. Su asombro fue grande al encontrar al zorro.

(1)

Poyo: asiento bajo y pequeño.

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—Indigno —le dijo—, me las vas a pagar. ¡Con qué anoche eras cuy y ahora te has cambiado en zorro! Amarado de un zurriago(2) dio al zorro una paliza soberana. —¡Estoy llano a casarme! ¡Estoy llano! —gritaba el zorro. Don Mano le dio hasta que se cansó. Como el zorro no detenía sus voces, rogó le explicara; éste dio razón de todo y al saberlo le bailaba la barriga de risa a don Mano. Suelto el zorro anduvo buscando por todas partes al coroto, hasta que dio con él. El cuy apenas se vio descubierto corrió debajo de una piedra inmensa y parado en dos patitas simulaba sostenerla. —Compadre, compadrito, que ya me canso —daba voces. —¿Qué te sucede? —dijo el zorro un poco desconfiado. —Que el mundo se viene abajo y hay que ayudarlo. El zorro entonces lo imitó y sostenía la piedra. —Que me voy por una estaca para apuntar mejor el cerro —dijo el cuy—. Ahora mismo regreso. El zorro estuvo esperando al cuy mucho tiempo. No se animaba a soltar la piedra por temor a morir aplastado. Al fin, arriesgando todo, dio un gran salto atrás y cerró los ojos. No sucedió nada. Entonces solamente se dio cuenta de la astucia del cuy. El zorro no tardó en hallar de nuevo al cuy. En una pampa estaba el malicioso. Al ver al zorro se puso a escarbar el suelo con aire muy atareado. —¡Aprisa, aprisa —gritaba—, que el fin del mundo llega! ¡Que lloverá fuego! Al zorro le dio gran pavor y se puso a ayudar al cuy. Cuando estuvo todo hecho el cuy se metió rápidamente al hueco y pedía plañideramente al zorro. —Tápame, tápame con tierra hermanito. —Yo primero —rogó el zorro. —Está bien —dijo el cuy, y mientras lo sepultaba poco a poco, le iba diciendo: —Mira cómo me sacrifico, mira como me sacrifico. (pp. 9-11)

fe (2)

Zurriago: látigo, azote.

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José María Arguedas

Obras completas. Tomo I. Lima: Editorial Horizonte, 1983.

El sueño del pongo Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Era pequeño de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas viejas. El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia. —¿Eres gente u otra cosa? —le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio. Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie. —¡A ver! —dijo el patrón— por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parece que no son nada. ¡Llévate esta inmundicia! —ordenó el mandón de la hacienda. Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina. *** El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. “Huérfano de huérfanos; hijo del

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viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza”, había dicho la mestiza cocinera, viéndolo. El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. “Sí, papacito; sí, mamacita”, era cuanto solía decir. Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto y por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casahacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo. Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara. —Creo que eres perro, ¡ladra! —le decía. —El hombrecito no podía ladrar. —Ponte en cuatro patas —le ordenaba entonces. El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies. —Trota de costado, como perro —seguía ordenándole el hacendado. El hombrecito sabía correr imitando a los pequeños de la puna. El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo. —¡Regresa! —le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor. El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado. Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio rezaban, como viento interior en el corazón. —¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres! mandaba el señor al cansado hombrecito—. Siéntate en dos patas; empalma las manos. Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas. Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al

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hombrecito sobre el piso de ladrillos del corredor. —Recemos el Padrenuestro —decía luego el patrón a sus indios que esperaban en fila. El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie. En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda. —¡Vete, pancita! —solía ordenar, después el patrón al pongo. *** Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos(1). Pero... una tarde, a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ese, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado. —Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte —dijo. —El patrón no oyó lo que oía. —¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? —preguntó. —Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti quien quiero hablarte —repitió el pongo. —Habla... si puedes —contestó el hacendado. —Padre mío, señor mío, corazón mío —empezó a hablar el hombrecito—. Soñé anoche que habíamos muerto los dos, juntos; juntos habíamos muerto. —¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio —le dijo el gran patrón. —Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos, los dos, juntos; desnudos ante nuestro gran padre San Francisco. —¿Y después? ¡Habla! —ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.

(1)

Indio que pertenece a la hacienda.

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—Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. Y a ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío. —¿Y tú? —No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo. —Bueno. Sigue contando. —Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: “De todos los ángeles, el más hermoso que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de chancaca más transparente”. —¿Y entonces? —preguntó el patrón. Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos. —Dueño mío, apenas nuestro gran padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacito. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de suave luz como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro. —¿Y entonces? —repitió el patrón. —“Ángel Mayor; cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre”, diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente. —Así tenía que ser —dijo el patrón, y luego preguntó—: ¿Y a ti? —Cuando tú brillabas en el cielo nuestro gran padre San Francisco volvió a ordenar: “Que de todos los ángeles del cielo venga el de menos

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valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano”. —¿Y entonces? —Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. “Oye viejo —ordenó nuestro gran Padre, al pobre ángel—. Embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!”. Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado, Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando... —Así mismo tenía que ser —afirmó el patrón— ¡Continúa! O ¿todo concluye allí? —No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro gran padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mí, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: “Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo”. El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.

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Cuarta Unidad

PERIODO DE FUNDACIÓN EN NARRATIVA

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Primera mitad del siglo XX

I

ngresamos a un nuevo siglo y han quedado atrás los conflictos sociales y culturales del siglo XIX; el más importante, qué duda cabe, es la guerra con Chile (1879-1883) que sumirá al país en una crisis de enorme dimensión política

y moral. Nuestra literatura decimonónica ha dejado en el camino apenas unos pocos escritores admirables —Melgar, Palma y González Prada, principalmente—, cabezas visibles de tres corrientes literarias: el prerromanticismo, el costumbrismo y el realismo. Ya hemos comentado la tardanza y languidez del romanticismo peruano: salvo la obra de Carlos Augusto Salaverry, aunque bastante irregular, los otros escritores de mediados del siglo XIX no alcanzaron niveles de calidad. La generación de la bohemia, sugerida por Palma en La bohemia de mi tiempo —un librito incisivo y travieso—, la conformaron poetas que pecaron de postizos quebrantos y superficiales idealismos. Así como los afanes ingeniosos y fustigadores de nuestro costumbrismo, aunque a todas luces insuficientes, que se concentraron en dos figuras fundadoras y antagónicas: Felipe Pardo y Aliaga y Manuel Ascencio Segura; el primero de raigambre aristocrática, el segundo de espíritu democrático. El rechazo a la melancolía y el intimismo romántico se manifestó en nuestro país —como ocurrió también en Europa—, con los postulados de la corriente realista. En oposición al romanticismo, tanto en aspectos ideológicos como formales, el realismo propuso nuevos temas y nuevas expresiones estéticas, a través de observaciones provenientes de las ciencias experimentales; principalmente del positivismo, que planteaba que el único conocimiento auténtico es el conocimiento científico. Honoré de Balzac y Gustave Flaubert, por ejemplo, se empeñaban en auscultar la sociedad como un científico estudia la naturaleza.

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La consigna estética consistía en representar fielmente la realidad sin pasar por el tamiz sentimental del escritor. La famosa definición de Stendhal (seudónimo de Henri Beyle), contenida en el prólogo de su novela Rojo y negro, es más que elocuente: “Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino. Tan pronto refleja el azul del cielo ante nuestros ojos, como el barro de los barrizales que hay en el camino…”. Dicho mandato explicaría el estilo sobrio y preciso de los narradores realistas, las ideas claras y los diálogos coloquiales de sus personajes, cuyas presencias encarnaban los diversos estratos sociales.

Realismo peruano El realismo peruano, que se inicia con la novela Aves sin nido (1889) de Clorinda Matto de Turner, tuvo un severo acercamiento a la realidad; en especial al tema del indio, aunque careció de cualidades estéticas. Conviene mencionar a dos escritoras más: Teresa González de Fanning y Mercedes Cabello Llosa de Carbonera, cuyas obras novelísticas y periodísticas ofrecen un temple combativo en favor de la mujer. Pero la gran personalidad que regirá esa época no en la narrativa de ficción, sino en la prosa ensayística será Manuel Gon­zález Prada: rebelde hasta los huesos, anticlerical y antihispanista, de espíritu positivista e intransigente frente al oprobio de nuestro pasado. Recordemos unas líneas del “Discurso en el Politeama” (1888), a propósito del traumático desastre de la Guerra del Pacífico: No carece nuestra raza de electricidad en los nervios ni de fósforo en el cerebro; nos falta, sí, consistencia en el músculo i hierro en la sangre. Anémicos i nerviosos, no sabemos amar ni odiar con firmeza. Versátiles en política, amamos hoi a un caudillo hasta sacrificar nuestros derechos en aras de la dictadura; i le odiamos mañana hasta derribarle i hundirle bajo un aluvión de lodo y sangre. Sin paciencia de aguardar el bien, exijimos improvisar lo que es obra de la incubación tardía, queremos que un hombre repare en un día las faltas de cuatro jeneraciones. La historia de muchos gobiernos del Perú cabe en tres palabras: imbecilidad en acción; pero la vida toda del pueblo se resume en otras tres: versatilidad en movimiento. (parte IV, parr. 4)

González Prada personifica una revolución social auténtica, gracias a su mirada profunda y su tesitura espiritual. Dueño de un estilo riguroso y lacerante, pura sustancia, advierte las lacras de la sociedad peruana y el verdadero problema del indio, como clase históricamente explotada por las clases dominantes. Escribe en “Nuestros indios” (1904):

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los dominadores se acercan al indio para engañarle, oprimirle o corromperle. Y debemos rememorar que no sólo el “encastado” nacional procede con inhumanidad o mala fe: cuando los europeos se hacen rescatadores de lana, mineros o hacendados, se muestran buenos exactores y magníficos torsionarios, rivalizan con los antiguos encomenderos y los actuales hacendados. El animal de pellejo blanco, nazca donde naciere, vive aquejado por el mal del oro: al fin y al cabo cede al instinto de rapacidad. (p. 338)

¿Cuándo nace la literatura infantil peruana? Habrá advertido el amable lector que, a estas alturas de nuestra historia, cuando está vigente la actitud realista y renovadora de González Prada y asoma una nueva corriente estética en el horizonte hispanoamericano —el modernismo (movimiento literario creado por el poeta nicaragüense Rubén Darío, que sostiene motivos cosmopolitas y refinados, expresados con una voluntad purista del arte), que exaltará al poeta José Santos Chocano— es notoria la ausencia de una literatura infantil peruana. En ese sentido, conviene releer el ensayo que figura en las Lecturas ejemplares 1 de la Primera Unidad: El niño, ese desconocido (1949), de María Wiesse, en que refiere una larga lista de autores extranjeros que se han ocupado “del niño con amorosa atención”, para terminar nombrando solo un escritor peruano: Luis Valle Goicochea y su entrañable libro Las canciones de Rinono y Papagil (1932).

La inexistencia de una literatura infantil peruana revela, en primer término, el desinterés por convertir al niño en un destinatario de educación y cultura. No constituye, por lo tanto, un público digno de atención para los intelectuales y artistas de la época. Una mirada más profunda nos descubre, además, una total invisibilidad de la entidad niño o niña; pues ni él ni ella, ni el mundo de la infancia representan personajes o temas de la literatura de entonces. Recién con dos geniales escritores, José María Eguren y Abraham Valdelomar, fundamentalmente un poeta y un narrador, se abre un nuevo camino en nuestras letras. Llegamos así a una cuestión crucial del presente trabajo: ¿cuándo nace propiamente la literatura infantil peruana? Nos ocuparemos del papel fundador que cumple Valdelomar, de Eguren trataremos en la siguiente unidad.

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Literatura de la aldea Pese a su vida breve —proteica e intensa como ninguna en nuestras letras—, Valdelomar esparció su arte en cuanto género literario existe. Incluso, numerosas veces, renovó los cánones de la prosa periodística y de ficción. Basta recordar su protagonismo en la conducción de Colónida (1916) —en el primer semestre de ese año aparecieron los cuatro únicos números, todos ellos dirigidos por Valdelomar—, osada revista de toque refinado y arrestos libertarios; o sus “Cuentos chinos”, breves relatos de carácter político escritos en clave mordaz; o su entrevista imaginaria al Señor de los Milagros, en un soberbio reportaje publicado en el diario La Prensa en octubre de 1915; o sus estrambóticos ensayos para comprobar que estamos frente a un talento y una personalidad descollante. Ponderemos su obra y su vida cívica —a favor o en contra—, pero combatamos la versión falsa de su fallecimiento. Valdelomar no muere por precipitares dentro de un silo sino por resbalar de una escalera de piedra. La caída le produce una grave fractura de la espina dorsal. Como si fuera poco, también la obra de Valdelomar constituye el cimiento de una literatura infantil peruana. Son hermosos sus poemas de reminiscencia aldeana y extraordinarios sus cuentos de factura realista o fantástica, como “El vuelo de los cóndores” —ahora lo confieso: Miss Orquídea fue mi primer amor de lectura—, “Los ojos de Judas”, “El Hipocampo de oro” y “Hebaristo, el sauce que murió de amor”. Junto con los mencionados, “El caballero Carmelo” y algún otro relato podrían conformar un magnífico libro para niños. Lo mejor de su creación se concentra en el campo de la narrativa breve. Sus cuentos se publicaron en revistas y periódicos de la época, y él mismo los organizó en dos libros: El caballero Carmelo (Lima, 1918) y Los hijos del Sol (póstumo, Lima, 1921). El caballero Carmelo iba a titularse La aldea encantada.

Reúne los cuentos criollos publicados antes, como “El vuelo de los cóndores” (julio, 1914), “Los ojos de Judas” (octubre de 1914), “Yerba santa” (1917) y “Hebaristo, el sauce que murió de amor” (1917), así como los cuentos “El buque negro” y “El beso de Evans”. Aquí se encuentran los primeros testimonios del cuento criollista peruano, que marcaron el punto de partida de la narrativa moderna del Perú. El cuento “El caballero Carmelo” fue publicado originalmente en 1913 y tras varias ediciones encontró su versión definitiva en 1919. La historia narra, en seis capítulos, desde la llegada del hermano mayor hasta la muerte del heroico gallo.

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Roberto ha vuelto a la casa familiar luego de un largo viaje y ha traído regalos para todos: quesos, bizcochuelos, chancacas… y un ave de cresta roja. Así ingresa en aquella casa “este amigo de nuestra infancia, cuyo recuerdo perdura aún en nuestro hogar como una sombra alada y triste…”. Recordarán ustedes que estamos en un pueblo del sur, entre algodonales y caña de azúcar, al abrigo de los “vientos paracas”. Es en Pisco —cuna de Valdelomar— donde los hermanos menores asisten paso a paso a la preparación, para cada uno de los combates del gallo Carmelo. Entre estas luchas cuerpo a cuerpo, donde uno vence y el otro entierra el pico, pasan las angustias de los pequeños hermanos. Las apuestas, los griteríos y el aguardiente tensan la atmósfera y el lector no puede menos que inquietarse y acongojarse… sobre todo porque este relato sale de los labios de uno de los chicos, claro que muchos años después. Un dato final: en la versátil producción de Valdelomar también encontramos un libro de poemas: Las voces múltiples (1916), muestra antológica que reúne textos de varios escritores vinculados a la revista Colónida como Pablo Abril de Vivero, Federico More, Alfredo González Prada... En sus páginas aparecieron “Tristitia” y “El hermano ausente en la cena pascual”, dos poemas de Valdelomar muy arraigados a las emociones de distancia y soledad. Recordemos ambos.

Tristitia Mi infancia, que fue dulce, serena, triste y sola, se deslizó en la paz de una aldea lejana, entre el manso rumor con que muere una ola y el tañer doloroso de una vieja campana. Dábame el mar la nota de su melancolía; el cielo, la serena quietud de su belleza; los besos de mi madre, una dulce alegría, y la muerte del sol, una vaga tristeza. En la mañana azul, al despertar, sentía el canto de las olas como una melodía y luego el soplo denso, perfumado, del mar, y lo que él me dijera, aún en mi alma persiste; mi padre era callado y mi madre era triste y la alegría nadie me la supo enseñar.

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El hermano ausente en la cena pascual La misma mesa antigua y holgada, de nogal, y sobre ella la misma blancura del mantel y los cuadros de caza de anónimo pincel y la oscura alacena, todo, todo está igual... Hay un sitio vacío en la mesa hacia el cual mi madre tiende a veces su mirada de miel y se musita el nombre del ausente; pero él hoy no vendrá a sentarse en la mesa pascual. La misma criada pone, sin dejarse sentir, la suculenta vianda y el plácido manjar; pero hoy no hay alegría ni el afán de reír que animaran antaño la cena familiar; y mi madre que acaso algo quiere decir, ve el lugar del ausente y se pone a llorar...

Vanguardismo A partir de 1920, y a lo largo de un par de décadas, una revolución artística y social va a sacudir las bases de nuestra cultura. Se trata del vanguardismo, que había surgido en Europa como reacción al desaliento y al furor que produjo entre los artistas e intelectuales la Primera Guerra Mundial. El Futurismo, el Dadaísmo y el Surrealismo van a encumbrar los nombres de Filippo Marinetti, Hugo Ball y André Bretón, quienes fundan dichos movimientos en sus países respectivos. La estela incandescente de ese ímpetu renovador llega al Perú y germina una sólida producción literaria. César Vallejo será la figura más representativa del vanguardismo peruano y también nuestro poeta más importante. Fue un intelectual a tiempo completo y de conducta cívica admirable. Su obra reúne diversos géneros literarios: poesía, novela, narrativa breve y teatro; además de haber cultivado la crónica periodística y tentado algunos guiones cinematográficos. Tuvo siempre una enorme curiosidad cultural y una postura de avanzada ideológica que lo consolidan como un autor ejemplar. Tal vez no ha habido ningún escritor como él que explorara con mayor audacia el idioma castellano y que consiguiera retorcer las palabras,

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arrancarles un acento poético único e insuperable para expresar el dolor humano individual y solidario. A propósito de Los heraldos negros, su primer poemario, existe un detalle que puede servirnos para representar un punto de quiebre entre el modernismo y el vanguardismo: el libro sale de la imprenta en julio 1919 y, sin embargo, las carátulas estaban impresas desde el año anterior con fecha de 1918; dicha disconformidad ha inducido al error del registro bibliográfico. Algunos estudiosos de la poesía peruana atribuyen la tardanza de la publicación a que Vallejo esperaba el prólogo ofrecido por Abraham Valdelomar. Finalmente el libro aparece sin el valioso prólogo y, si fue cierta la anécdota, hemos de lamentar el desencuentro de ambos autores que podría interpretarse como un cambio de rumbo en la poesía peruana.

Paco Yunque No revisaremos la poesía de Vallejo sino un par de cuentos que prestigian la producción multifacética del notable escritor e instalan una piedra de toque en la narrativa infantil peruana. El primero de ellos, titulado “Paco Yunque”, fue publicado por primera vez en la revista Apuntes del hombre, n.º 1, Lima, julio de 1951, al parecer dos décadas después de su composición (De Vallejo, 1974, p. 380; Coyné, 1968, pp. 283-284). Fue escrito exprofeso para un público infantil y, no obstante, la editorial española Cenit desestimó publicarlo argumentado que se trataba de un cuento “demasiado triste” para los niños. Es verdad que nuestras antologías infantiles lo han considerado con frecuencia en sus índices, a pesar de que sigue siendo un tema controvertible entre maestros, rechazado o defendido fervientemente por su ostensible sesgo político. Inobjetablemente el carácter del cuento está impregnado de un temple subversivo, por la reciedumbre con que retrata la estructura de poder social a través de una experiencia escolar. La historia de Paco Yunque es la de un niño de campo, desarraigado de su aldea para vivir con su madre en la ciudad y servir en casa del señor Dorian Grieve, un inglés poderoso, gerente de los ferrocarriles de la Peruvian Corporation, alcalde del pueblo y padre del niño Humberto. Paco deberá ser “el muchacho” de Humberto, compañía sumisa en los juegos y la escuela. El cuento se inicia con la llegada de Paco Yunque al colegio, acompañado solo de su madre. En medio del desequilibrio emocional del protagonista —provocado por el impacto de las correrías y el griterío de los muchachos, la solemnidad del aula y del profesor—, se le asigna como compañero de carpeta a un niño de su misma edad llamado Paco Fariña.

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La narración es presentada en tercera persona omnisciente y con un evidente afán de explicar didácticamente cada circunstancia. Veamos unos ejemplos donde el uso de conjunciones causales despeja las posibles interrogantes: “Paco estaba con miedo, porque era la primera vez que venía a un colegio y porque nunca había visto tantos niños juntos”; “Paco estaba también atolondrado porque en el campo no oyó nunca sonar tantas voces”; “Paco... luego obedeció, porque vio que todos hacían lo mismo”; “Ahora le va a pegar, porque le estaba enseñando los puñetes”; “¿Por qué Paco Yunque le tenía tanto miedo a Humberto Grieve? Porque este Humberto Grieve solía pegarle a Paco Yunque”; “Porque todos le tenían miedo. Porque el señor Grieve hablaba muy serio y estaba mandando siempre”. La visión del narrador es ambiciosa, no solo en su afán de registrar cada suceso sino además de pulsar la interioridad de algunos personajes y ofrecer respuestas explícitas. Unas líneas ilustrativas para demostrar la disposición pedagógica del narrador, así como su penetración en la conciencia evocativa y reflexiva de Paco Yunque, son aquellas en las que aparecen los personajes principales dentro de una estructura de dominación y dependencia: “Paco Yunque estaba pensando en su mamá. Después se acordó de la patrona y del niño Humberto. ¿Le pegaría al volver a la casa? Yunque miraba a los otros niños y éstos no le pegaban a Yunque ni a Fariña, ni a nadie. Tampoco lo querían agarrar a Yunque en las otras carpetas como quiso hacerlo el niño Humberto. ¿Por qué el niño Humberto era así con él? Yunque se lo diría ahora a su mamá y si el niño Humberto le pegaba, se lo diría al profesor. Pero el profesor no le hacía nada al niño Humberto”. El orden patente de desigualdad se acentúa en las prerrogativas que se atribuye Humberto Grieve, falseando y maltratando a todos, en virtud del poder económico y político de su padre. De tal modo que el protagonista oculto resultaría ser Dorian Grieve, cuya representación es altamente perturbadora en el cuento: vigoroso fantasma que subyace en el temperamento del cuento. Dice Paco Fariña: “Grieve ha llegado tarde y no lo castigan. Porque su papá tiene plata. Todos los días llega tarde”; replica Humberto Grieve: “¡Claro! Porque mi papá tiene mucha plata. Y me ha dicho que va a hacer llevar a mi casa todos los peces del mar. Para mí”. En torno a esta figura hegemónica, los demás personajes componen un esquema social inequívoco: un orden en conflicto entre opresores y subordinados. De ahí que la prepotencia y el miedo sean las vibraciones emocionales más ostensibles del relato. Cada uno de los personajes principales cobra carnalidad e interioridad en el retrato que construye el narrador, mientras el grupo de alumnos

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aparece más bien bajo un registro conductista, actuando como una comparsa que reacciona frente a las situaciones crecientes, enfatizando la tensión de la historia. Se advierte al principio el apoyo que prestan los compañeros a las causas defendidas por Fariña, a la manera de un coro que pone en cuestionamiento la autoridad del profesor y rechaza abiertamente las actitudes de Grieve; sin embargo, hacia el final se produce un desplazamiento en el ánimo colectivo. Inscrito el nombre de Humberto Grieve en el Cuadro de Honor del colegio, el grupo se rinde ante lo que parece una evidencia incontrastable y deja más solos que nunca a Paco Yunque y a Paco Fariña. Con pocos rasgos, Paco Fariña configura un personaje sorprendente. No sabemos más de él que el comportamiento que exhibe en el aula, sobre todo en relación directa con Paco Yunque; nos basta, sin embargo, para suponer que con él se incorpora una categoría cara al psicoanálisis: el otro, el sujeto que se constituye en torno al reconocimiento de una imagen ajena. Podríamos afirmar que Paco Yunque y Paco Fariña son dos mitades de una misma esfera: el primero de tendencia subjetiva y actividad reflexiva relegada hasta la pasividad; mientras que el segundo aparece marcado por la realidad objetiva y la reacción espontánea. Opuestos y complementarios, ambos asumen las situaciones de injusticia como una unidad escindida. El yo resignado y dolido de Yunque encuentra su canal de expresión y reclamo en el papel del otro que cumple Fariña. Observado así, no

es fortuita la elección de nombres idénticos y de apellidos simbólicos, cuya carga política es significativa: Yunque no es solo un bloque de hierro que recibe golpes, sino el trabajo manual realizado a martillo y el martillo nos lleva a la insignia bolchevique del proletariado industrial. Y Fariña nos remite semánticamente a harina: polvo de trigo, faena en el campo, herramientas de labranza. Es decir: la hoz y el martillo, unidad comunista entre trabajadores agricultores e industriales. Por eso cuando Paco Yunque se ve afectado por el maltrato, un Fariña irritado y resuelto eleva su voz de protesta: “—No le castigan porque su papá es rico. Le voy a decir a mi mamá…”. “El profesor le oyó y se plantó enojado delante de Fariña y le dijo en alta voz. —¿Qué está usted diciendo? Humberto Grieve es un buen alumno. No miente nunca. No molesta a nadie. Por eso no lo castigo. Aquí todos los niños son iguales, los hijos de ricos y los hijos de pobres. Yo los castigo, aunque sean hijos de ricos. Como usted vuelva a decir lo que está diciendo del padre de Grieve, le pondré dos horas de reclusión. ¿Me ha oído usted?”.

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Observar las modulaciones que presenta la conducta del profesor es sumamente ilustrativo en el esquema dicotómico. Al principio aparece con rasgos firmes y sin matices, no es más que una autoridad convencional: “El profesor volvió a su pupitre y, después de echar una mirada muy seria sobre todos los alumnos, dijo con voz de militar: ¡Siéntense!”; “El profesor dejó de escribir y preguntó con voz enérgica”. En el curso del relato esta imagen inflexible y sin fisuras, empieza a mostrar los resquicios de una autoridad servil y, acaso, indeseada por él mismo. El narrador provoca situaciones concretas donde la equidad exige una conducta severa y responsable de parte del profesor, pero su mala conciencia lo debilita y desmoraliza. En varias ocasiones de conflicto generadas por Humberto Grieve, cuyo rechazo del grupo de niños es ensordecedor, el profesor no atina sino a mostrar la brutalidad de su carácter y opta por dar un puñetazo en el pupitre, ordenar silencio y volver la espalda al salón. De este modo el narrador ha apelado a un procedimiento dialéctico cuya finalidad es producir la inferencia del lector y su consecuente indignación. Díganme ustedes si lo consigue…

El vencedor “El vencedor” es un cuento casi desconocido, que apareció recién publicado en el libro Novelas y cuentos completos, en 1967, que además ofrece los cuentos inéditos “El niño del carrizo” y “Viaje alrededor del porvenir”. “El vencedor” fue compuesto años después de “Paco Yunque” y su argumento más que emparentado parece haberse desprendido de aquel relato. “Un incidente de manos en el recreo, llevó a dos niños a romperse los dientes a la salida de la escuela”; a partir de este comienzo sobresaliente que engancha al lector, la historia delinea un círculo argumental que concentra su atención en dos contrincantes “más o menos de la misma edad”, enfrentados con “recíproco desprecio” y “fragorosa rivalidad”: Juncos, muy pobre y descalzo, y Cancio, hijo de buena familia y bien vestido. Pertenecientes a estratos sociales antagónicos, ambos chicos se lían a golpes con la enérgica tensión narrativa que suscita una trompeadera, ganando Juncos quien había “estado muy castigado y parecía que iba a doblar pico”. Sin embargo, el cuento concluye mostrando curiosamente a un vencedor avergonzado de su propio triunfo, cabizbajo, llorando en un “poyo del sendero”. La semejanza que corresponde señalar enseguida es la de los extremos de dicha curva argumental —principio y fin— que sugieren haber sido desgajados del cuento “Paco Yunque” como una posible variante. No insinúo que Vallejo planeara

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modificar ex post el cuento primero, pues aunque ambos poseen notorios puntos de contacto son indiscutiblemente autónomos. Creo más bien en la idea de que “Paco Yunque” ha servido de germen para desarrollar “El vencedor” y ofrecer un desenlace distinto. Recordemos que cuando Humberto Grieve somete a Paco Yunque a jugar el melo, en el recreo, es Paco Fariña quien sale del ruedo de alumnos y se enfrenta virilmente al niño Humberto. Pronto la situación deriva en un conato de pelea entre ambos y degenera en una gresca general. En aquel enredo violento de todos contra todos no se salva el honor individual; bajo el código masculino de la escuela, eso debe saldarse a la salida y de a dos. En “Paco Yunque” aquella trifulca se interrumpe por la campana, sin triunfo ni derrota para nadie; es entonces cuando se inicia el arreglo de cuentas en “El vencedor”. El nudo de conflicto en “Paco Yunque” tiene una naturaleza esencialmente social y su desarrollo es algo esquemático, ahora en “El vencedor” la voz narrativa necesita manejar la historia con mayor destreza y sagacidad psicológica, pues se persigue un efecto más abstracto y sorpresivo: una reflexión ética. Aunque los finales de ambos cuentos son muy distintos en una primera impresión, el lector descubre pronto que aun ganando la pelea en “El vencedor”, Juncos no conseguirá modificar la realidad que lo discrimina. En el terreno fáctico será tan perdedor como lo son Paco Yunque y Paco Fariña ante las iniquidades del sistema, representado por Humberto Grieve. Es verdad que Juncos gana el combate frente a Cancio, un enemigo de su clase social, pero termina solo y desmoralizado ante la inutilidad de ese triunfo. Él parece comprender que su victoria es una ilusión personal que nada altera y que terminará disolviéndose en una derrota social. El punto de vista del narrador es mucho más sutil y movedizo que el narrador avasallante y entrometido que conduce el relato de “Paco Yunque”. Es posible establecer tres momentos narrativos: uno al comienzo y otro al final del cuento, que provienen de un narrador evocativo, no necesariamente vivencial, que expone los sucesos con mesura y objetividad. En un tercer momento, que corresponde a los pasajes centrales del cuento, el narrador encarna manifiestamente a uno de los personajes que forma parte del grupo de chicos que acompaña a los rivales; es por lo tanto un narrador testigo, con sus sentimientos en juego, que parece recordar un acontecimiento lejano de su infancia. Los puntos de vista tienen una clara diferencia: el narrador testigo no oculta sus sentimientos, que también se muestran cambiantes. La evidente preocupación

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inicial compartida con su amigo Leonidas, ante la pregunta que él le formula: “¿Pero si le pegan a Juncos?, es enseguida explícita en la afirmación del narrador: “Cancio empezó a despertar mi simpatía”. Más adelante, en el momento de mayor tensión del cuento, la mirada emocional del narrador es determinante para el efecto que busca producir el desenlace. Los personajes son básicamente cuatro. Los adversarios: Juncos y Cancio; Leonidas y el narrador testigo cuyo nombre no se revela. En torno a ellos gira el grupo de compañeros, la fugaz presencia de una anciana y la alusión al profesor como autoridad que puede virtualmente impedir la pelea. El narrador se refiere a los estudiantes como niños, pequeños o muchachos y “mocito” en la voz de una anciana que increpa a uno del grupo. Estas referencias tienden a delimitar la edad de los participantes, algo mayores que en “Paco Yunque” y eso define mejor una conducta que reniega de la autoridad escolar —el maestro— y opta por una actitud más adolescente. El grupo mantiene su anonimato en el montón y es nombrado por el narrador como “tumulto” y “tropel”. Como en el relato “Paco Yunque”, el conjunto de estudiantes reparte también sus simpatías lo largo de la gresca hacia uno y otro de los adversarios, salvo al final en que todos “lacerados” rinden su apoyo a Cancio, “prodigándole palabras fraternales”. Tampoco creo arbitrario señalar esta circunstancia como análoga al aprecio general que despierta Humberto Grieve en la escena final; ni la relación que tiene el narrador testigo con Leonidas, cercana a la de Yunque y Fariña, cuyas conductas opuestas se definen por la reserva e introversión de uno, frente a la expresividad del otro, que se mueve “nerviosamente, ajustándose a los trances de la lucha” e incluso llega a defender a Cancio en momentos de apremio. El escenario es abierto, desplazándose de los extramuros del colegio —donde el riesgo de ser descubiertos resulta inminente— a un lugar alejado en las laderas de un cerro de la campiña. Allí el espacio no se rige por las normas del colegio, como en “Paco Yunque”, sino con el código propio y brutal de los adolescentes. Nos resta una observación al lenguaje, que se muestra más dúctil y flexible que en “Paco Yunque”, a pesar de la prosa recia que exige la textura de un relato violento. El tono es sombrío y pulsátil, en el que reconocemos la raigambre vallejiana en un par de frases cercanas a su poesía: “Crujió un despecho en alto” y “obligando a Juncos a rematar su círculo nervioso...”.

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Juguetes La musicóloga Rosa Alarco refiere curiosas anécdotas alrededor de José María Eguren y su grupo de escritores llamado “Los Duendes”. Reproduzco unas líneas: “Entre las alegres complicidades de Sombras y Lunas, los insomnes Duendes nos citábamos en la Juguetería de la Noche a mataperrear como niños con los

pensamientos, los ensueños y la poesía”. Se trataba de una cofradía estética, con algo de candor y surrealismo, que formaba rondas infantiles y leía literatura esotérica a la luz de unas velas. Los aquelarres solían llevarse a cabo en el Bosque del Olivar o en el sótano de la casa de Alida Elguera, en el antaño elegante Paseo Colón. De aquella alegre anfitriona es poco lo que conozco. Publicó el libro para niños titulado Juguetes (Lima, 1929), con ilustraciones de Vinatea Reinoso. Escribió

además Cruces del camino (poemas, 1947) y De tanto vivir (cuentos, 1979). Se le atribuye ser la autora inaugural en nuestra literatura infantil; en cierto sentido, es cierto. Aunque concierne señalar que Abraham Valdelomar había publicado once años antes El caballero Carmelo, con cuentos difundidos previamente como “El vuelo de los cóndores” o “Los ojos de Judas”, donde aparecen por primera vez protagonistas niños y paisajes esencialmente peruanos. Lo que es indiscutible de Juguetes es que está dirigido ex profeso a pequeños lectores y esa conciencia lo distingue. El libro lleva como subtítulo “Cuentos de Navidad” y contiene diez historias breves, a manera de estampas vivaces y emotivas. La prosa de Elguera es muy delicada, libre de la afectación que podríamos sospechar. Sin embargo, por el tema pascual y los aires de época, rebosa un tono de catecismo que contrae la espontaneidad de los personajes: los adultos preocupados en exceso por dar lecciones de moral, mientras los niños demasiado pendientes de su arrepentimiento y conversión. No obstante, lo más incómodo en nuestra lectura es la perspectiva aristocrática de la narradora, que divide simplistamente la sociedad entre ricos y pobres; no como un problema social, sino como un orden divino. Entre estos dos bandos se desarrollan los cuentos, con situaciones dramáticas que se resuelven mediante la prepotencia o la caridad. Acaso el cuento más significativo sea “Madrecita”, en que “una chiquilla pobre, desdichada, raquítica” provoca la caída de una muñeca que se exhibe en una vidriera, a la que siempre acude a contemplarla. En el suelo, hecha trizas, la muñeca recibe la atención

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desconsolada de la niña, mientras “un hombre le dijo, entonces, dándole con el pie: “¡Afuera con todo! ¡Tú y tu basura… ¡No quiero que me dejes nada en el suelo! ¿Entiendes?”.

Estampas mulatas José Diez Canseco Pereyra es un caso insólito en la literatura peruana. Transitó en Lima por palacetes y casonas de barrios residenciales, asimismo, por callejones y barracas de baja estofa. Fue un hombre culto y refinado, pero también un hábil cajoneador en jaranas de rompe y raja. Periodista de profesión, coplero chispeante y extraordinario narrador. Me comentan que, además, fue un buen camarada, en especial de la gente humilde. Desde luego que todo esto importa para la literatura. Porque sus relatos, de los más variados ambientes, reflejan una aguda perspicacia y una natural honestidad. Quien haya leído sus breves novelas El Gaviota (Amauta, 1929 y 1930)25 y Suzy

(Mercurio Peruano, 1930; en libro, 1979), obras fundacionales de nuestra literatura de aprendizaje, acreditará la calidad y versatilidad de su escritura. Ambos textos fueron publicados al filo de la década del 1930 y revelan, con íntimo realismo, dos medios urbanos antagónicos: la alta burguesía y la clase popular. Lamentaremos siempre su muerte temprana, cuando solo tenía cuarenta y cuatro años. Sus libros más importantes son la novela Duque (1934) y la colección de

relatos Estampas mulatas (1930), que tuvo luego reediciones complementarias. De este conjunto de relatos, “El trompo” es el mejor ejemplo narrativo de Diez Canseco y es, además, uno de los cuentos más hermosos de nuestras letras. En tres capítulos narra dos historias paralelas: la de Chupitos, el protagonista, quien siendo el vencedor habitual pierde su trompo en el juego; y la de su padre, que encierra traición y castigo. Las dos historias están entretejidas, en esencia, por el doloroso adiestramiento de ciertas normas de conducta. Padre e hijo actúan de acuerdo a un severo código que no permite dobleces ni enmiendas. La rajadura del trompo, al final del relato, equivale al comportamiento quebrado de la madre. En esas condiciones —dictamina el padre— “¡ni de vainas!”. Podrá argüirse, creo que con razón, un tono machista en la historia; pero el lenguaje desenfadado, la atmósfera melancólica y la pericia de la trama son indiscutibles.

25 El lector interesado en El Gaviota puede consultar mi prólogo a la edición de Alfaguara (Lima, 2007).

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La última escena es de antología, con Chupitos alejándose de los amigos, resignado y sin palabras, apenas raspando la pared con el resto del clavo…

El pequeño alucinado El espíritu andino está magníficamente expuesto en el cuento Oshta y el duende (1965), de Carlota Carvallo de Núñez. Conocí a la autora en los años 1970, cuando ella colaboraba con estupendos relatos de viaje en la revista Urpi (1974 - 1975), suplemento del fenecido diario La Prensa; acaso el mejor semanario para niños

que ha tenido el Perú. Después he leído muchos textos suyos y me he preguntado por qué no se edita su obra completa —piezas de teatro, narraciones, dibujos y canciones—, que permitiría revalorar su figura. Oshta y el duende es un cuento de raigambre popular, vinculado a las fábulas quechuas: un niño es encargado por su madre a cuidar el rebaño y queda solo por primera vez en las alturas de la puna, a merced de las astucias del zorro y de la ferocidad del puma. Enfrenta a ambos enemigos y consigue vencerlos haciendo uso de su ingenio: atraganta al zorro con una piedra en el hocico, lo despelleja y luego hace creer al puma que se trata de una oveja apetitosa… Sin embargo, más adelante deberá afrontar un reto más difícil, cuando escuche una risita burlona que parece provenir de las profundidades de la tierra. Narrado con un lenguaje de dicción oral, una acertada estructura y los elementos mágicos propios del relato popular, al que se ha añadido una impronta fantástica: un viaje a través del tiempo, que le pone un toque rotundo de modernidad. Este libro obtuvo el Premio Doncel en 1965. Sé que la autora anduvo, con gran talento, entre los pinceles y la música, sin descuidar la creación literaria de diversos géneros. He tenido el privilegio de ver sus textos originales, tanto publicados como inéditos, guardados con devoción en su casa barranquina por su esposo, el escritor Estuardo Núñez, y sus hijas e hijos. Una novelita que recomiendo con entusiasmo es Rutsi, el pequeño alucinado (1943) —¡vaya título extraordinario!—, que recibió el primer premio otorgado por la editorial Farrar & Richard, en 1943. Claro que tenemos valores para construir nuestra tradición de literatura infantil y hacerlo empieza a ser una tarea urgente. Cuatro años más tarde, en 1947, el libro Rutsí, el pequeño alucinado aparece publicado en Lima por la Dirección de Educación Artística y Extensión Cultural

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del Ministerio de Educación. En el año del centenario de su nacimiento, por fin este notable libro fue puesto a nuestra disposición gracias a Ediciones SM (2009). La historia nace en el deseo de Rutsí, diminuto genio de los ríos, por ser hombre y poder amar a la pequeña Shambi, hija del cacique. Ante el insistente ruego, el buen Padre Río acude a una hechicera, quien con sortilegios y conjuros concede a Rutsí el aspecto humano. Transmutado y desorientado en su nueva condición, nuestro protagonista va en busca de Shambi y debe enfrentar, como todo hombre enamorado, mil peripecias y sinsabores. Aunque Rutsí conserva el corazón primitivo, ha recibido de Runa-Mama mayor entendimiento y el don de saber todos los lenguajes, lo que le permite aventurarse más allá de los linderos amazónicos. Al comienzo, es abrir trocha entre la maleza, preguntando por la pequeña de pies morenos a cuanta avecilla se cruza en su camino; luego es remar una canoa en el río, soportar el sol a plomo, enfrentar fieras y padecer la soledad de la noche; más adelante, sus andanzas lo llevan a las montañas de la sierra, donde conoce camiones de ojos fulgurantes, un paisaje distinto y la sencilla vida del campesinado… en esta búsqueda de amor, Rutsí arribará a la ciudad, donde la vaporosa presencia de Shambi será apenas un bálsamo en medio de tantas conductas sin sentido y de tremendas iniquidades. A lo largo de este itinerario, regado de penalidades, Rutsí no declina en su ansia de conocimiento ni en su fibra de bondad y justicia. Es un guerrero de brioso corazón. Me inclino a pensar que es el personaje más emblemático de nuestra literatura infantil. Y de la novela podríamos afirmar lo mismo; ninguna —de las que conozco en el género— despliega tanto conocimiento de la geografía peruana ni hace gala de tan decisivas descripciones; ninguna incorpora con su maestría un caudal de bellos cuentos de acento popular; ninguna apuesta, con su temple, a la crítica social y a la construcción de un orden equitativo. Considero que su lectura en una tarea indispensable.

El bagrecico Le debemos al escritor Francisco Izquierdo Ríos un bello cuento de la selva, representante de la literatura amazónica en nuestras escuelas. Me refiero a El bagrecico, un relato de iniciación, sencillo y muy bien escrito. Situado en la selva alta del Perú, en el remanso de un riachuelo, donde un pececito es instado por un viejo bagre de largas barbas y se aventura a viajar para conocer el mar.

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Ante la admiración de los peces niños y jóvenes, el pequeño bagre inicia un rito de peligro permanente. Debe sortear anzuelos, cartuchos de dinamita, garzas, martínes pescador, grandes peces… además de nativos con arpón y terribles corrientes. Toda esta odisea es narrada con ejemplar concisión y dinamismo. De regreso, ahora viejo y hazañoso, será quien inste a los nuevos pececitos a asumir el riesgo. El autor fue un dedicado maestro de escuela y un exponente esencial de nuestra literatura de veta popular. Gracias a sus temas y a su vigorosa imaginación, se convirtió en un fundador del género infantil en el Perú y además en un estudioso de este campo; su ensayo La literatura infantil en el Perú (1969), es una excelente muestra crítica y antológica hasta esos años. Hasta hace poco reclamaba la reedición de su obra... valiosos libros de cuentos infantiles como Cuentos del tío Doroteo (1950), Maestros y niños (1959) o El árbol blanco (1962) han sido felizmente rescatados en: Francisco Izquierdo Ríos. Obra completa. 2010, merced al infatigable empeño y talento de Gladys Flores Heredia. También ha sido reeditado en los últimos años, por dos editoriales españolas (Siruela, 2009; y Grupo Santillana, 2011), el inapreciable volumen de cuentos ancestrales: Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947); el trabajo fue realizado con José María Arguedas y bajo los auspicios del Ministerio de Educación. Una obra de gran valor literario y etnográfico, que recopila relatos de alumnos de colegios públicos de las tres regiones naturales del país. Participaron muchos profesores interesados más en motivar el aspecto creativo del lenguaje antes que conjugar el pretérito pluscuamperfecto. Acabo de encontrar, en el depósito de una biblioteca, un viejo libro de narraciones de este entrañable autor: Sinti, el viborero (1967), con ilustraciones de su hijo, el pintor Francisco Izquierdo López. Lo conforman trece relatos breves, un manojo de estampas y un cuento largo, el que da título al volumen. En todos ellos se advierte el conocimiento profundo del mundo amazónico y la potencia de una prosa que, a menudo, me recuerda al enorme narrador Horacio Quiroga. No hay un ápice de exageración. Izquierdo Ríos despliega, como lo hace el escritor uruguayo, una probada experiencia de vida: conoce cada riachuelo por el que navega e identifica cada ruido detrás de la fronda, sabe de las aves de malagüero y de las que luchan contra las serpientes para engullírselas, y, sobre todo, explora en las relaciones humanas que vinculan a los lugareños de la selva, gentes de corazón bueno y músculos compactos.

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Trama e historia en todas las composiciones están alentadas por un ánimo pedagógico; es sorprendente cómo impacta la anécdota central en el lector — la calamidad provocada por un aluvión, las antiguas batallas entre españoles y nativos, el feroz paso de Aguirre en su búsqueda de El Dorado o la presencia alucinante de alguna princesa— y de qué manera van quedando impregnados en nuestra retina, casi también en nuestra piel, las pequeñas digresiones del entorno. Es como si el lector fuera conducido por el narrador, a golpe de machete, por una trocha angosta que nos descubre situaciones mágicas y delirantes. En el cuento principal, “Sinti, el viborero”, por ejemplo, es difícil desprenderse del magnetismo hechicero del protagonista, quien con su mirada puede dominar a la shushupe, la víbora más ponzoñosa de la Amazonía, pero a la vez tenemos ojos para estremecernos con la batalla desesperada que libra un sapo con una culebra de colores. En esta historia ancilar, el lector aprende mucho de la selva, merced a un enérgico narrador que consigue borronear la línea que separa la realidad de la ficción.

Niños del Kollao Como Izquierdo Ríos, José Portugal Catacora fue un intelectual apasionado por concertar las tribulaciones de maestro con el oficio de escritor. Sus libros Lectura para niños (1943) o Los padres, los niños y la vida (1974) constituyen dos claras expresiones de su vocación docente. Cuando uno repasa su trayectoria personal se admira de la esforzada labor que desempeñó en favor de la alfabetización en las zonas rurales y de una innovadora práctica educativa, bajo la inspiración del maestro José Antonio Encinas. Siempre en calidad de discípulo de Encinas, desplegó una importante tarea como funcionario del Ministerio de Educación Pública y como editor de numerosas publicaciones de interés pedagógico, literario y folclórico. De sus libros, el más importante para nuestro propósito es Niños del Kollao (1937), reunión de dieciséis cuentos de aliento educativo y que tiene al niño andino como sujeto protagónico, aunque, conviene precisarlo, es la intención formativa lo más acentuado como señala convenientemente el escritor Emilio Vásquez en el Prólogo: “Esta colección de pequeños dramas (...) es uno de los fragmentos de la trilogía inconclusa de la Escuela: el niño, el maestro i el medio ambiente, Los relatos, en su conjunto, son un precioso grano de arena, contributivo al acervo que se está recién formando para solucionar el problema de la educación peruana...”. El libro contiene, además de los cuentos y el prólogo del maestro y ensayista puneño Emilio Vásquez, un buen número de ilustraciones.

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Son los relatos ambientados en el aula escolar los que, en mi opinión, ostentan mayor interés para niños de los últimos grados de primaria. “El número trece”, “Perico, el dos en uno”, “El aguatero estudiante” o “El dormilón” son algunos de los cuentos que parecen haber nacido de situaciones reales y que, en consecuencia, revelan las condiciones precarias que se vivía por aquellos años en la provincia. Cuánto habrá cambiado... Revisemos algunos de estos cuentos. En “El número trece” se denuncia el desconocimiento de algunos maestros, y la facultad pedagógica de los libros y la naturaleza. “Perico, el dos en uno” tiene como protagonista a un chico algo testarudo para los estudios y, sin embargo, bastante inquisidor. Ningún maestro intenta acercarse a él y comprender sus ardides, solo optan por echarlo del salón. Tiempo después abandona la escuela y también huye de su casa. En “El aguatero estudiante”, un adulto indígena, “sin hogar i sin familia”, decide asistir a la escuela y cumplir sus lecciones. Consigue aprender pronto las primeras letras y los hábitos de trabajo e higiene; además posee dotes de narrador oral y es travieso en los recreos, pero solo juega con los más pequeños. Al segundo semestre del año, este buen hombre, con todas sus virtudes, se convierte en el maestro de una escuelita en la Punta Perdida, donde enseña a niños y adultos de las alturas más agrestes. Un ejemplo final, en “Cigarrillos finos” se descubre la doble moral del profesor, quien, luego de exponer eruditas lecciones sobre los daños del tabaco y la nicotina, es sorprendido fumando por un grupo alumnos. Cuando es emplazado por los estudiantes, contesta muy suelto de huesos que los cigarrillos que él fuma no son ordinarios sino finos y que, en consecuencia, no son tan peligrosos. Además de desparpajo, la respuesta tiene una evidente marca de discriminación social. Las historias están narradas con orden y claridad; sin las exuberancias estilísticas de la época: no hay adjetivos innecesarios ni artificiosas construcciones sintácticas. Las breves estancias que dividen el relato, la presencia de un narrador siempre ponderado y la precisión de los diálogos hacen de su lectura una experiencia muy provechosa. Incluso hoy, ochenta años después de su publicación. Es importante señalar el múltiple carácter precursor de este libro: aparece en una provincia lejana de la capital, en Puno, que por entonces ensayaba la propuesta educativa libertaria de José Antonio Encinas y probaba la efervescencia revolucionaria del Grupo Orkopata. Por lo tanto, frente al canon de nuestra literatura infantil de entonces, estos cuentos ofrecen una visión nueva de la infancia peruana. Méritos que parecen advertir muy pocos, pues el libro no ha sido reeditado ni sus cuentos

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figuran en antologías para niños que conozca, excepto en las de Sebastián Salazar Bondy (1958) y José Bonilla Amado (1970).

Pelota de trapo Mi pasión por el fútbol me llevó a buscar un libro con un empeño inusitado; estaba detrás de Pelota de trapo, de Teófilo Acuña Figueroa (1944), como quien corre jadeante por aquellos potreros de la infancia. Esta publicación modesta y de formato grande apareció en Huancayo bajo el sello editorial El Maestro y tiene como subtítulo Cuentos de escuela. Además incluye una dedicatoria y una advertencia firmada por el autor, muy significativas, donde señala su interés pedagógico no exento de espíritu lúdico. Está dedicado “A los cuatrocientos chiuchis de San Jerónimo de Tunán, con quienes iniciamos en 1941 los ensayos que la pedagogía actual llama Escuela Activa”. Y en el pórtico leemos: “Esta obrita (...) incluye todo lo que han encontrado mis alumnos a la mano: en sus recuerdos, vida diaria i en la transmisión oral que les hicieron sus mayores. Son cuentos de ellos. Mía es, solamente, la presentación...”. Estas señales conducen a afirmar que el propósito del autor fue ofrecer un material de lectura para el aula escolar. Es el mismo deseo que anima sus otros libros como 50 poesías peruanas para mi

escuela (Huancayo, 1949) y Astillas históricas: episodios de la historia del Perú (Huancayo, 1966). Llama la atención que Pelota de trapo lleve en la carátula dos jovencitos en pantalón corto, pero no jugando fútbol sino boxeando ante un tercer muchachito que oficia de árbitro. El libro contiene quince relatos que recrean la vida cotidiana de unos chicos de barrio humilde; son narraciones de muy variada extensión en las que se conjugan las travesuras infantiles, los sinsabores del crecimiento, alguna malaventura y la transmisión de leyendas populares. En mi opinión los dos cuentos más destacados son “Vivencia trágica” y el que da título al libro. En ambos se trata de experiencias efervescentes de la “tira” —antecedente nominal de la “collera” de los años 1950—, que tienen como desenlace un momento de pesadumbre. “Vivencia trágica” recrea la vida bullanguera que se concentra en el corralón denominado el Guarique, un lugar tradicional del barrio de San Luis, que ha servido de escenario múltiple a varias generaciones: acá se juega pelota, se chismea alegremente, se practica box, se narran historias pasadas, se discute de política, se protegen de alguna desazón... y se alimenta la creencia de un tesoro enterrado en

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su terreno. Toda esta agitación gozosa que ha durado largos años y que ha dado personalidad al barrio, se ve interrumpida por la irrupción inmobiliaria: “Vino como aluvión que todo lo arrasa, la amargura convirtiendo a los niños en mayores de edad en el dolor. Sintieron el vértigo de catastróficas emociones, al ver chocar en el sitio amado un letrero muy alto que decía Mejía & Cía. Ingenieros Constructores, procediendo acto seguido al derrumbe de las paredes”. El otro cuento, “Pelota de trapo”, aborda la llegada de un chico a la cuadra y el espinoso trance que significa, con su presencia, conformar el nuevo equipo de fútbol del barrio. Sobre todo hay un personaje, en quien converge la inquietud de la historia, que teme ser desplazado de la titularidad y tener que resignarse a la banca. Sin embargo, así como llegó el chico se fue, en poco tiempo, pero dio ocasión de afianzar entre ambos personajes una buena amistad. Todos son cuentos bien escritos, con una voz narrativa sencilla y directa, íntegra de conocimiento de causa y salpicada de ocurrentes diálogos. Las leyendas son textos más breves —“Engaños de satuca” o “Toro Rumi”—, que encierran el misterio de los hechos sobrenaturales que germinan en el imaginario popular.

La historia es maestra de la vida Siempre estuve subyugado por unos bellos textos de Jorge Basadre sobre la enseñanza de la historia. Fue parte de un curso que dictó a futuros maestros a principios de los años 1950, en el que reflexionaba sobre los fines y métodos de la enseñanza de la Historia. En su discurso criticaba la ambición desmedida de los programas oficiales e insistía en la necesidad de adecuarlos a las características cognitivas y afectivas de cada edad; reclamaba formas más intensas y concretas que la lección verbal o el estudio del manual. Basadre mencionaba el ejemplo de Tolstoi, e invocaba, como hacía el padre de la pedagogía libertaria en su escuela de Yásnaia Poliana, retornar a los orígenes de la enseñanza y relatar cuentos a los niños para impactar su inteligencia y avivar su corazón. En este mismo sentido trabajó Teófilo Acuña en su libro Astillas históricas: episodios de la historia del Perú (1966), y cito in extenso su prólogo, que considero indispensable: Hemos comprobado que infinidad de hechos de nuestro pasado tienen el privilegio de concentrar la atención de los niños cuando el relato es de importancia y es narrado con gracia. Entonces el pequeño se deleita con el episodio y centra su atención en la lección que el maestro se propone a dar. Pero para que todo este acto psicológico ocurra, el hecho o dato histórico debe picar

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el detalle, lo que tiene de más pintoresco, porque son los colores y disparos de luz que nos vende la historia los que mueven un buen porcentaje del interés infantil. Por ejemplo, los relatos cortos sobre la forma cómo vivían y vestían los primeros peruanos hace diez mil años, los mitos sobre la creación y el origen del hombre americano, las expresiones sustanciosas ventiladas por los jefes en lo más rudo del combate, la frase lapidaria y contundente de un presidente de la república, la respuesta de un patriota antes de morir, la creación de un sabio, y hasta la falta de coraje de un personaje en un momento decisivo, son hechos que emocionan a los niños y, muchas veces, se convierten en ejemplos dignos de imitación o acontecimientos que merecen condena. La conducta tomada por un hombre o un pueblo es apreciada por los niños cuando se presenta clara y se polariza en bondad o maldad, pero hay casos en que las circunstancias envuelven el hecho en neblinas que hacen poco visible la decisión prestándose a apreciaciones personales y discrepantes; entonces surge la labor del maestro, quien, por medio de debates democráticos, hasta donde es posible con niños de primaria, puede inducir a sus alumnos a razonar para extraer los valores de mayor jerarquía en el tema estudiado. Así, la sentencia antigua, antiquísima, de que la Historia es maestra de la vida, es capaz de tener vigencia aún en la escuela primaria puesto que el estudio y conocimiento de nuestro pasado, si no llena la finalidad esencialísima de sacar entrañar pero el presente y el futuro, se convierten en un adorno superfluo, como afirman los detractores de la historia. Los pasajes contenidos en este volumen han intentado cumplir con esta finalidad elemental y creemos que cosa semejante, aunque mejorara puede suceder a los maestros que quisieran seguir con este mismo procedimiento, si lo practican con cariño y vocación. Por otro lado, si este librito cae en manos de personas ajenas al magisterio, su lectura no será, en todo caso, inútil, pues les servirá para recordar y, tal vez, para cumplir con otros, segundos de conversación alejados de la angustia, que es la psicosis de nuestro tiempo.

Fantásticas aventuras Compartamos ahora historias distintas: una veintena de relatos amenos y moralizantes del zorro y el ratón. Se trata del libro Fantásticas aventuras del Atoj y el Diguillo (1974), de Manuel Robles Alarcón. El autor nació en Abancay, en 1919. Cursó sus estudios de educación primaria en escuelas de la zona y luego se trasladó a Lima a continuar sus estudios de secundaria. Pronto ingresó al campo laboral rural: fue telefonista, ayudante de ingenieros en construcción de túneles y oficinista en obras de hidroeléctrica. Recorrió los departamentos

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de Pasco, Junín, Huancavelica, Ayacucho y Apurímac; viajes que le permitieron conocer a fondo la realidad andina. En Lima se acercó a movimientos progresistas e incursionó en el periodismo. Trabajó como reportero y luego como redactor. Según Juan Gargurevich fue uno de los fundadores del desaparecido diario Última Hora, que constituyó en nuestro medio una forma novedosa de hacer periodismo. Publicó Sombras de arcilla (cuentos, 1939); reeditados en 1981 bajo el título de Los perros vagabundos; Sara Cosecho (novela, 1940); Jacinto Huillca (novela, 1949), distinguida con el Premio

Nacional Ricardo Palma, en 1947; Defensores anónimos de tu vida (relatos de crónica policial, 1964) y estas Fantásticas Aventuras del Atoj y el Diguillo (1974), que

ofrece las muy entretenidas y formativas historias del zorro y el ratón, tomadas del folklore apurimeño. Leamos en el breve texto de presentación, escrito por el importante historiador e indigenista Luis Eduardo Valcárcel (Robles Alarcón, 1974, p. 3): Las presentes fábulas fueron recogidas por el autor en su genuina versión originaria quechua, todavía en 1940, después de una paciente búsqueda y recuperación en la campiña y en la propia ciudad de Abancay, Apurímac. El único lugar del Perú donde los personajes que en ella aparecen son llamados por nombres de personas. O por sus verdaderos nombres comunes.

De este modo el Atoj personifica al zorro y el Diego es el ratón, aunque expresado en diminutivo. Sabemos que en la literatura universal estos personajes son míticos en la composición de fábulas, aunque en las aventuras de Robles Alarcón el zorro y el ratón han adquirido aspecto y costumbres andinas: ambos visten poncho, calzan ojotas y se expresan en idioma castellano, pero con modulaciones quechuas. Los quince capítulos están precedidos por una advertencia titulada “Dos personajes con Poncho”, escrita por Robles Alarcón, donde presenta a los personajes de la fábula clásica y cuyo prestigio brilla por la astucia. Pese a ser personajes contendientes, están obligados a llevar una vida compartida y que provoca estropicios en las comunidades indígenas. A lo largo de las escenas el lector asiste a un permanente enfrentamiento, con situaciones muy ingeniosas e hilarantes. Esta es la línea de acción predominante, con ánimo de demostrar cuál de los dos es más listo en sus andanzas por el mundo. Claro que el Dieguillo sale siempre airoso y animado por sus triunfos se deleitará poniendo al Atoj nuevamente en circunstancias difíciles. Aunque los capítulos poseen independencia, existe una secuencialidad que le confiere a la historia aires de novela. Les acompañan otros personajes de la región, con quienes

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también se producen divertidas peripecias: hortelanos, comuneros, animales de aire y de tierra. El episodio más interesante lo encontramos en el capítulo X, “¡Quieres que tengan patitas rojas?... Mételos a la candela”. Pues no solo es gracioso, sino que entra en el terreno de la crueldad. Aquí Atoj está en la puna brava, buscando con rencor una vez más al inquieto y diminuto Dieguillo, cuando observa a doña Huallata —pato de las alturas—, de quien le llaman poderosamente la atención sus patitas coloradas. El zorro le pregunta una y otra vez por la manera cómo ella y sus crías tienen las patitas de ese lindo color. En una de sus interrogaciones, Atoj dice: “¿Y nu me podrías enseñarme, mamay, duña Huallata, con quicosita le da así colorcito a los piecitos de sus hijitos?”. Luego de un rato y con mucha malicia la pata le contesta: ¡Con candelita numás, pues, se hace, dun Antonio! ¿Con quicosa va a ser?”. Tiempo después, cuando el zorro llegó a ser padre, decidió enrojecer los piececitos de sus críos, pero, cegado por la vanidad, aprovecha para enrojecerlos enteritos y los arroja al horno de leña, con el desenlace trágico predecible. Bien lo advierte un viejo refrán: “Quien con fuego juega, tarde o temprano se quema”.

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Autores representativos y sus obras

Abraham Valdelomar Ica, 1888 - Ayacucho, 1919

Narrador, poeta, periodista, ensayista y dramaturgo, uno de los principales cuentistas del Perú junto con Julio Ramón Ribeyro. Es considerado un escritor completo, pues abarcó prácticamente todos los géneros literarios conocidos. Sus cuentos se publicaron en revistas y periódicos de la época que luego fueron organizados por él mismo en dos libros: El caballero Carmelo (1918) y Los hijos del Sol (1921). En ellos se encuentran los primeros testimonios del cuento

criollista peruano, que marcaron el punto de partida de la narrativa moderna del Perú. El cuento “El caballero Carmelo” hace expresión de una retórica propia de las novelas de caballerías y está ambientado en la ciudad de Pisco, donde creció el autor. De su obra poética destacan “Tristitia” y “El hermano ausente en la cena de Pascual”, los cuales evidencian a Valdelomar como un poeta dulce, tierno y profundo, saturado de paisaje, de hogar y de tristeza. Escribió crónicas periodísticas, sobre todo en el diario La Prensa, donde hizo conocido su seudónimo de “El Conde de Lemos”. Fundó la revista literaria Colónida (1916) y encabezó el movimiento

del mismo nombre. Publicó el poemario Las voces múltiples (1916), que reunía poemas suyos y de otros autores del movimiento. Murió en Ayacucho el 3 de noviembre de 1919.

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César Vallejo Santiago de Chuco, 1892 - París, 1938 Poeta y escritor peruano de la corriente vanguardista. Es considerado como uno de los más grandes innovadores de la poesía del siglo XX y el máximo exponente de las letras en el Perú. Su obra se caracteriza por ser un conglomerado de experimentos narrativos o textos de denuncia social. Realizó sus estudios en Trujillo donde inició su vida literaria junto con el movimiento artístico local y donde trabajó como maestro de secundaria. En 1913 viajó a Lima donde continuó ejerciendo la docencia. Se matriculó en la Universidad Nacional de San Marcos para estudiar Medicina pero no pudo hacerlo por dificultades económicas y la abandonó para trabajar. También se desempeñó en varios oficios —en minas y haciendas—, antes de llegar a la docencia. Pasó un periodo de tres meses en la cárcel al volver a Trujillo en 1920 por verse implicado en un incidente policial. Publicó en Lima sus dos primeros poemarios: Los heraldos negros (1918)

y Trilce (1922), obras que dan señales de un lenguaje poético muy personal. En 1923 viajó a Europa, donde vivió muy austeramente de pequeños trabajos y colaboraciones en diarios y revistas. Ese mismo año dio a la prensa su primera obra narrativa: Escalas, colección de estampas y relatos. Hasta su muerte en 1938 residió mayormente en París, con algunas breves estancias en Madrid, donde participó en la Guerra Civil Española, y en otras ciudades europeas en las que estuvo de paso. En la última etapa de su vida no publicó libros de poesía, pero si obras en prosa: la novela proletaria o indigenista El tungsteno (1931) y el libro de crónicas Rusia en 1931 (1931). Por entonces escribió también su más famoso cuento, “Paco Yunque”, que fue publicado años después de su muerte.

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María Wiesse Lima, 1894-1964 Escritora, periodista y pionera de la crítica de cine en el Perú. Nació en Lima el 19 de noviembre de 1894 y falleció en la misma ciudad el 29 de julio de 1964. Está considerada como una de las escritoras más importantes de la primera mitad del siglo XX. En 1896, su familia se traslada a la parte francesa de Suiza, donde ella inicia sus estudios en la pequeña ciudad de Lausanne. En 1914, María regresó a Lima con una sólida formación intelectual, que le permitió iniciar su actividad periodística entre los años 1916 y 1917, haciendo crítica literaria y musical en los periódicos limeños La Crónica, El Perú y El Día y en Radio Nacional. Asimismo, durante esta etapa pronunció varias conferencias en la sociedad Entre Nous y en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Se casó con el artista José Sabogal en 1922, quien ilustró la mayoría de sus libros. Fundó y dirigió la revista mensual Familia desde la cual criticaba la militancia política de las mujeres, lo cual la diferenció de otras feministas de su época. Fue parte del círculo intelectual formado por José Carlos Mariátegui, en cuya revista de vanguardia Amauta María colaboraría con numerosos artículos y ensayos de crítica musical, literaria, de cine, entre otros. Exploró la poesía, el cuento, la novela, el teatro y el ensayo. Escribió dos novelas llamadas La huachafita (1927) y Rosario. Historia de una niña (1929). Otras dos novelas las publicó años más tarde, Diario sin fechas (1948) y Tríptico

(1953). Trébol de cuatro hojas (1932), Canciones (1934) y Jabirú (1951) son algunos de sus poemarios.

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Alida Elguera Lima, 1896-1988 Escritora pionera de la narración infantil en el Perú. Es autora de Juguetes: cuentos de Navidad (1929, y segunda ed., 1958), con ilustraciones de Vinatea Reinoso,

uno de los libros que inició propiamente la literatura infantil nacional. La publicación del libro de cuentos fue recibida con alegría por destacados escritores de la época y de igual manera por los niños limeños, que hasta entonces carecían de obras literarias escritas expresamente para ellos. Juguetes es un libro de cuentos ágil, entretenido, ameno. El mérito del libro radica en marcar una iniciativa que desinhibe y motiva a publicar a escritores que tenían trabajos literarios para niños, pero que no se atrevían a hacerlos públicos. En su obra destaca los valores humanos y el comportamiento de los niños. Escribió el poemario Cruces del camino (1947) y la recopilación de cuentos De tanto vivir (1979). Firmó con el seudónimo de Rose Marie diferentes colaboraciones en diarios y revistas culturales. Murió en Lima en 1988.

fe Angélica Palma Lima, 1878 - Rosario, 1935 Hija del escritor Ricardo Palma, es reconocida por ser una novelista consagrada y una de las fundadoras del movimiento feminista en el país. Tras la muerte de su madre en 1911, continuó su formación bajo la supervisión de su padre, sirviéndole como secretaria en la Biblioteca Nacional. Mientras estuvo vivo su padre, Angélica publicó bajo el seudónimo de “Marianela” la novela epistolar Cartas son cartas (1918) y Vencida y Morbus Aureus (1918). Tras la muerte de Ricardo Palma, se encargó junto a sus hermanas,

Augusta y Renée, de la edición de sus obras. Preparó una valiosa recopilación del patriarca de las letras peruanas: El Palma de la juventud (1921), que está conformada por tradiciones y poemas dirigidos a los niños y jóvenes. Colaboró con distintas publicaciones peruanas: Prisma, El Comercio, Variedades,

La Crónica hasta el año 1919, en que viaja a España. Ahí editó las Tradiciones peruanas, la obra cumbre de su padre. Regresó al Perú en 1931 y cuatro años más tarde viaja

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a Argentina para dictar una serie de conferencias en Rosario, lugar donde fallece. Su obra Contando cuentos (1930) fue calificada por Sebastián Salazar Bondy como “lo mejor con que cuenta la literatura infantil peruana”. Sin embargo, la falta de difusión no ha permitido reconocerla como una de las forjadoras de la narrativa infantil del país.

fe José Diez Canseco Lima, 1904-1949 Escritor y periodista peruano, nació en Lima el 6 de octubre de 1904. Considerado el precursor del realismo urbano en el Perú. En sus primeros años de vida escolar, acudió al colegio San José de Cluny y luego pasó al colegio de La Inmaculada que abandonó en 1920 para dedicarse de lleno a la literatura. Se introdujo al mundo periodístico haciendo colaboraciones para La Provincia y Amauta. En 1929, viajó a Panamá en el crucero de verano de la Escuela Naval y de esta experiencia nacería su personaje “Gaviota”. Luego de la caída de Leguía, viajó a Europa con fines políticos pero se quedó por tres años. Obtuvo el primer lugar en un concurso promovido por La Prensa de Buenos Aires. También recibió el premio de periodismo Antonio Zozaya en Madrid. De regreso a Lima en 1935 escribió La Noche, fue incorporado a la redacción de

La Prensa y pasó a integrar la redacción de El Universal, diario para el cual laburó como corresponsal en Santiago de Chile durante los años 1936-1939. Sus obras muestran escenas de la vida cotidiana en Lima y otros parajes costeños y emplea el lenguaje popular de un modo bastante novedoso. Otros títulos suyos son los libros de cuentos Estampas mulatas (1938), El mirador de los ángeles (1974) que incluye “Las Urrutia”, y las novelitas El Gaviota (en revista, 1929-1930) y Suzy (en revista, 1930; en libro, 1979). Murió el 4 de marzo de 1949.

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Ciro Alegría Huamachuco, 1909 - Lima, 1967 Escritor, político y periodista peruano, nació en La Libertad el 4 de noviembre de 1909. Considerado uno de los máximos representantes de la narrativa indigenista. Realizó sus estudios escolares en el Colegio Nacional San Juan de Trujillo donde tuvo como maestro a César Vallejo. Desde muy joven sintió interés por la política. A los 18 años fundó y dirigió Tribuna Sanjuanista, un periódico escolar. Cuatro años más tarde se afiliaría al APRA ejerciendo labores de propaganda política. Su militancia aprista lo llevaría a prisión en dos oportunidades y al destierro en Chile en 1934. La concatenación de dicataduras y gobiernos oligárquicos impidieron su retorno al Perú haciendo que su exilio dure alrededor de tres décadas. En 1935, escribe su primera novela La serpiente de oro que relata la vida de los nativos a orillas del río Marañón. Por ella ganó el concurso de la editorial Nascimiento de Chile en 1939. Su novela indigenista, El mundo es ancho y ajeno, lo hizo merecedor del Gran Premio de Novela Continental (1941) otorgado por la editorial neoyorkina Farrar & Rinehart. Lo que se encuentra en su trabajo novelístico es una visión de los problemas agudos que se suscitan entre el poderoso gamonalismo y las desprotegidas comunidades campesinas. Fue perseguido, torturado, encarcelado y deportado por su actividad proselitista. Alegría residió en Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico donde se dedicó al periodismo, la traducción y la enseñanza universitaria. Con un recibimiento multitudinario, Alegría volvió a su patria como invitado al Festival del Libro Peruano en 1957. Fue miembro de la Academia Peruana de la Lengua y diputado del Departamento de la Libertad. Se casó tres veces, y su viuda, la también escritora Dora Varona, publicó varias de sus obras que habían quedado inéditas. Murió el 17 de febrero de 1967 en Chaclacayo. Póstumamente apareció: Panki y el guerrero (1968) y El sol de los jaguares (1979), que reúne por primera vez sus cuentos amazónicos dirigidos principalmente a los jóvenes.

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Carlota Carvallo de Núñez Lima, 1909-1980 Además de pionera femenina de la pintura peruana, docente y periodista, es considerada la escritora más prolífica y vigorosa de la literatura infantil peruana. Cota Carvallo nació el 26 de junio de 1909 en Lima. Ejerció el periodismo, y la docencia en distintos colegios de Lima. Amplió su campo de creación artística con obras de teatro, libros de cuentos con ilustraciones propias y canciones infantiles, de las cuales varias de ellas han pasado a integrar el acervo popular del Perú y Chile. A los 17 años, inicia sus estudios de pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en 1933 egresa de la Escuela con altas calificaciones. Un año después contrajo matrimonio con el escritor Estuardo Núñez, con quien llegaría a tener siete hijos. La llegada de su primer hijo, en 1935, le despertó nuevas inquietudes que la llevarían a explorar en el campo de las letras. Sus obras iniciales tuvieron un matiz de indigenismo y luego se acercaron a lo onírico y surrealista. La novela Rutsí, el pequeño alucinado le otorgó el premio internacional Farrar & Reinehart en 1943. En 1952 obtuvo el Premio Nacional de Pintura Ignacio Merino, y en 1972 el Premio Nacional de Fomento a la Cultura José María Eguren, en el área de Literatura Infantil. Editó: El pájaro niño (1958), Cuentos

fantásticos (1968), Cuentos de Navidad (1970) y póstumamente apareció La niña del espejo y otros cuentos (1990). Fundó la revista para niños Urpi (1974-1975),

suplemento semanal del diario La Prensa. Obtuvo varios premios en teatro para niños y fue la primera presidenta de la International Board on Books for Youth -IBBY, sección peruana. Murió el 29 de marzo de 1980. En 1986, Jesús Cabel y Antonio Escobar reunieron toda su poesía dispersa en revistas y periódicos, bajo el título de Poesía para niños. La Biblioteca Nacional del

Perú, en ocasión del 10° aniversario de muerte público: Bibliografía de Carlota Carvallo 1909-1980 (1990).

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Francisco Izquierdo Ríos San Martín, 1910 – Lima, 1981 Nacido en el seno de una familia campesina de la selva alta peruana en Saposoa, el 29 de agosto de 1910, el maestro Izquierdo Ríos es recordado como uno de los narradores más importantes del Perú del siglo XX. Su obra recrea el paisaje, la vida, los anhelos y las luchas de los hombres de la región que lo vio crecer. Fue colaborador de José Carlos Mariátegui en el dictado de cursos de cultura general en los sindicatos obreros de Lima y Vitarte. En 1927 obtuvo una beca del Ministerio de Educación y se trasladó a Lima para formarse como profesor de Educación Primaria en el Instituto Pedagógico de Varones. Luego de su graduación retornó a la región amazónica donde ejercería la docencia en Moyobamba, Chachapoyas, Yurimaguas e Iquitos. Desde la escuela, Izquierdo Ríos logró la participación masiva de la población en actividades culturales y de exigencias por el progreso integral de aquellos pueblos. En 1932, el gobierno lo apresó y destituyó acusándolo de comunista. No obstante, una movilización social impidió que fuera encarcelado. Los problemas que le acarreó este periodo no lo doblegaron y repuesto en su cargo se desempeñó con excelencia. Ocupó cargos importantes en el Ministerio de Educación Pública, donde fundó la sección de Folklore y Artes populares. Fue designado director del Departamento de Publicaciones de la Casa de la Cultura del Perú y de la Editorial del Instituto Nacional de Cultura. Entre sus obras para niños se encuentra: Cuentos del tío Doroteo (1950),

Papagayo, el amigo de los niños (1952), El árbol blanco (1962), que lo hizo merecedor del Premio Nacional de Fomento a la Cultura Ricardo Palma, 1963. Su cuento más célebre es El bagrecico (2004), del que se han realizado múltiples ediciones. Las nuevas generaciones lo consideran como un clásico de nuestra literatura infantil y juvenil, de la que fue indiscutiblemente su fundador y principal promotor. Murió el 30 de junio de 1981.

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José Portugal Catacora Puno, 1911 - Lima, 1998 Pedagogo y escritor peruano, nació en Puno en 1911 en el seno de una familia aimara de larga tradición. Inició su vida profesional en Ayaviri, donde fundó la revista El Educador Andino en 1932 y promovió la organización del Sindicato de Maestros (1933). Posteriormente enseñó en el Colegio San Carlos de Puno. Obtuvo el título de normalista de I Categoría en la Escuela Normal de segundo grado (1943-1945). Fue director del Instituto Experimental de Educación de Puno (1947-1958). Por esta labor fue enviado a Puerto Rico en 1957 en donde hizo estudios de especialización. En 1958 fue trasladado al Ministerio de Educación Pública y se desempeñó como subdirector de Educación Primaria, coordinador pedagógico de las direcciones regionales y de la Dirección General de Educación. Tuvo una dedicación muy grande hacia la infancia a la cual dedicó varios trabajos pedagógicos, literarios y folclóricos. Su obra es una composición de tradiciones, leyendas, y folclore de las poblaciones indígenas sojuzgadas y desfavorecidas. A lo largo de su vida profesional publicó 29 libros de educación, literatura infantil, narración y folklore. Asimismo, fundó, editó y dirigió las revistas El Educador Andino (1932-1934), Puno Pedagógico (1943-1945) y Repertorio Pedagógico (1947).

Es considerado uno de los grandes forjadores de la literatura infantil andina del país. En obras como Niños del Kollao (1937) palpita el universo mítico de Puno, que ha logrado conjugar el quechua y el aimara para traducir el alma del niño indígena. Recibió las Palmas Magisteriales, el Premio Nacional Kuntur del Instituto Nacional de Cultura y el premio Horacio de la Derrama Magisterial y, póstumamente, la medalla de la Municipalidad Provincial de Puno. Murió en Lima en 1998.

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Teófilo Acuña Figueroa Huancayo, 1914-¿? Escritor y maestro de primaria nacido en 1914, posiblemente en Huancayo. Su obra está compuesta de cuentos y narraciones dirigidas a niños. Elaboró varios libros de lectura para la escuela primaria y en ellos reflexiona en torno al modo en que los cursos deben ser dictados, como se puede evidenciar en Astillas históricas: episodios de la historia del Perú (1966). Para Acuña el docente es responsable de alimentar el interés de los alumnos por aprender a través de enseñanzas detalladas y pintorescas. Es autor del volumen de cuentos Pelota de

trapo (1944); la obra de teatro Al levantarse el telón (1948); y los libros Anécdotas

del Gran Mariscal Ramón Castilla (1954), 50 poesías peruanas para mi escuela (1949), entre otros.

fe Enriqueta Herrera Grey Lima, 1915-¿? Escritora y docente. Estudió Magisterio y obtuvo el Doctorado de Pedagogía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. A pesar de que su dedicación total a la enseñanza abarca la mayor parte de su tiempo, se interesó por la investigación histórica y folclórica. Realizó numerosos viajes a lo largo de todo el Perú, recogiendo de forma directa datos folclóricos y tradiciones peruanas de cada región. Fruto de su dedicación, publicó el libro para niños Leyendas y fábulas peruanas (1963). Muchos de sus cuentos y fábulas están inspirados en las narraciones de los Cronistas de Indias, quienes hacen referencias a relatos que corresponden a vida en el antes y durante la época incaica. Algunos de ellos son “Los ocho hermanos”, “El árbol de la felicidad”, “El espejo mágico y los hombres de piedra”, “Los hijos del Sol”, “El vaso encantado” y “El príncipe que conquistó las verdes islas”.

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Manuel Robles Alarcón Abancay, 1916 - Lima, 1986 Recibió formación escolar primaria en la Escuela Fiscal 661 y el Colegio Nacional Miguel Grau de Abancay. Al no poder alcanzar su propósito de acudir a la universidad, tuvo que dedicarse a diversos oficios: como telefonista, ayudante de ingenieros en la construcción de túneles y oficinista en las obras de la central hidroeléctrica Juan Carosio, de Callahuanca (1936-1937). En su tiempo libre creó una serie de cuentos inspirados en su visión de la vida. Al regresar a Lima formó parte de algunos movimientos juveniles y se interesó por conocer la realidad del país. Este interés lo llevó a recorrer pueblos en los departamentos de Cerro de Pasco, Junín, Huancavelica, Ayacucho y Apurímac. Trabajó como guardián de la pequeña salina de Lucmus, luego como inventor y expedidor de las guías de impuesto a los alcoholes, y como vigilante de caminos. Más adelante retornó a Lima para administrar la salina de Huarmey (1942-1944) y alternó sus labores administrativas con el periodismo que se volvió su principal ocupación. Fue reportero en El Callao, redactor en Jornada, El Comercio, Última Hora y La Nación.

Publicó Sombras de arcilla (1939), cuentos reeditados bajo el título Los perros

vagabundos (1980 o 1981); la novela Sara Cosecho (La cosecha del maíz, 1940) y

Jacinto Huillca (1949), novela distinguida en 1947 con el Premio Nacional otorgado a las obras del género; entre otros. Murió en Lima en 1986.

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LECTURAS EJEMPLARES 4 Abraham Valdelomar César Vallejo María Wiesse Alida Elguera Angélica Palma José Diez Canseco Ciro Alegría Carlota Carvallo de Núñez Francisco Izquierdo Ríos José Portugal Catacora Teófilo Acuña Figueroa Enriqueta Herrera Grey Manuel Robles Alarcón

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Abraham Valdelomar Obras completas. Tomo II. Lima: Petroperú, 2001.

El vuelo de los cóndores A quel día demoré en la calle y no sabía qué decir al volver a casa. A las cuatro salí de la escuela, deteniéndome en el muelle, donde un grupo de curiosos rodeaba a unas cuantas personas. Metido entre ellos supe que había desembarcado un circo. —Ése es el barrista —decían unos, señalando a un hombre de mediana estatura, cara angulosa y grave, que discutía con los empleados de la aduana. —Aquél es el domador. Y señalaban a un sujeto hosco, de cónica patilla, con gorrita, polainas, foete y cierto desenfado en el andar. Le acompañaba una bella mujer con flotante velo lila en el sombrero; llevaba un perrillo atado a una cadena y una maleta. —Éste es el payaso —dijo alguien. El buen hombre volvió la cara vivamente. —¡Qué serio! —Así son en la calle. Era éste un joven alto, de movibles ojos, respingada nariz y ágiles manos. Pasaron luego algunos artistas más; y cogida de la mano de un hombre viejo y muy grave, una niña blanca, muy blanca, sonriente, de rubios cabellos, lindos y morenos ojos. Pasaron todos. Seguí entre la multitud aquel desfile y los acompañé hasta que tomaron el cochecito, partiendo entre la curiosidad bullanguera de las gentes.

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Yo estaba dichoso por haberlos visto. Al día siguiente contaría en la escuela quiénes eran, cómo eran y qué decían. Pero encaminándome a casa, me di cuenta de que ya estaba oscureciendo. Era muy tarde. Ya habrían comido. ¿Qué decir? Sacóme de mis cavilaciones una mano posándose en mi hombro. —¡Cómo! ¿Dónde has estado? Era mi hermano Anfiloquio. Yo no sabía qué responder. —Nada —apunté con despreocupación forzada— que salimos tarde del colegio... —No puede ser, porque Alfredito llegó a su casa a las cuatro y cuarto... Me perdí. Alfredito era hijo de don Enrique, el vecino; le habían preguntado por mí y había respondido que salimos juntos de la escuela. No había más. Llegamos a casa. Todos estaban serios. Mis hermanos no se atrevían a decir palabra. Felizmente, mi padre no estaba y cuando fui a dar el beso a mamá, ésta sin darle la importancia de otros días, me dijo fríamente: —Cómo, jovencito, ¿éstas son horas de venir?... Yo no respondí nada. Mi madre agregó: —¡Está bien!... Metíme en mi cuarto y me senté en la cama con la cabeza inclinada. Nunca había llegado tarde a mi casa. Oí un manso ruido: levanté los ojos. Era mi hermanita. Se acercó a mí tímidamente. —Oye —me dijo tirándome del brazo y sin mirarme de frente—, anda a comer... Su gesto me alentó un poco. Era mi buena confidenta, mi abnegada compañerita, la que se ocupaba de mí con tanto interés como de ella misma. —¿Ya comieron todos? —le interrogué. —Hace mucho tiempo. ¡Si ya vamos a acostarnos! Ya van a bajar el farol... —Oye, le dije, ¿y qué han dicho? —Nada; mamá no ha querido comer...

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Yo no quise ir a la mesa. Mi hermana salió y volvió al punto trayéndome a escondidas un pan, un plátano y unas galletas que le habían regalado en la tarde. —Anda, come, no seas zonzo. No te van a hacer nada... Pero eso sí, no lo vuelvas a hacer. —No, no quiero. —Pero oye, ¿dónde fuiste?... Me acordé del circo. Entusiasmado pensé en aquel admirable circo que había llegado, olvidé a medias mi preocupación, empecé a contarle las maravillas que había visto. ¡Eso era un circo! —Cuántos volatineros hay —le decía—, un barrista con unos brazos muy fuertes; un domador muy feo, debe de ser muy valiente porque estaba muy serio. ¡Y el oso! ¡En su jaula de barrotes, husmeando entre las rendijas! ¡Y el payaso!... ¡pero qué serio es el payaso! Y unos hombres, un montón de volatineros, el caballo blanco, el mono, con su saquito rojo, atado a una cadena. ¡Ah!, ¡es un circo espléndido! —¿Y cuándo dan función? —El sábado... E iba a continuar, cuando apareció la criada: —Niñita. ¡A acostarse! Salió mi hermana. Oí en la otra habitación la voz de mi madre que la llamaba y volví a quedarme solo, pensando en el circo, en lo que había visto y en el castigo que me esperaba. Todos se habían acostado ya. Apareció mi madre, sentóse a mi lado y me dijo que había hecho muy mal. Me riñó blandamente, y entonces tuve claro concepto de mi falta. Me acordé de que mi madre no había comido por mí; me dijo que no se lo diría a papá, porque no se molestase conmigo. Que yo la hacía sufrir, que yo no la quería... ¡Cuán dulces eran las palabras de mi pobrecita madre! ¡Qué mirada tan pesarosa con sus benditas manos cruzadas en el regazo! Dos lágrimas cayeron juntas de sus ojos, y yo, que hasta ese instante me había contenido, no pude más y sollozando le besé las manos. Ella me dio un beso en la frente. ¡Ah, cuán feliz era, qué buena era mi madre, que sin castigarme me había perdonado!

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Me dio después muchos consejos, me hizo rezar “el bendito”, me ofreció la mejilla, que besé, y me dejó acostado. Sentí ruido al poco rato. Era mi hermanita. Se había escapado de su cama descalza; echó algo sobre la mía, y me dijo volviéndose a la carrera y de puntitas como había entrado: —Oye, los dos centavos para ti, y el trompo también te lo regalo...

II Soñé con el circo. Claramente aparecieron en mi sueño todos los personajes. Vi desfilar a todos los animales. El payaso, el oso, el mono, el caballo, y, en medio de ellos, la niña rubia, delgada, de ojos negros, que me miraba sonriente. ¡Qué buena debía de ser aquella criatura tan callada y delgaducha! Todos los artistas se agrupaban, bailaba el oso, pirueteaba el payaso, giraba en la barra el hombre fuerte, en su caballo blanco daba vueltas al circo una bella mujer, y todo se iba borrando en mi sueño, quedando sólo la imagen de la desconocida niña con su triste y dulce mirada lánguida. Llegó el sábado. Durante el almuerzo, en mi casa, mis hermanos hablaron del circo. Exaltaban la agilidad del barrista, el mono era un prodigio, jamás había llegado un payaso más gracioso que “Confitito”; ¡qué oso tan inteligente! y luego... todos los jóvenes de Pisco iban a ir aquella noche al circo... Papá sonreía aparentando seriedad. Al concluir el almuerzo sacó pausadamente un sobre. —¡Entradas! —cuchichearon mis hermanos. —¡Sí, entradas! ¡Espera!... —¡Entradas! —insistía el otro. El sobre fue a poder de mi madre. Levantóse papá y con él la solemnidad de la mesa; y todos saltando de nuestros asientos, rodeamos a mi madre. —¿Qué es? ¿Qué es?... —¡Estarse quietos o... no hay nada!

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Volvimos a nuestros puestos. Abrióse el sobre y ¡oh, papelillos morados! Eran las entradas para el circo; venía dentro un programa. ¡Qué programa! ¡Con letras enormes y con los artistas pintados! Mi hermano mayor leyó. ¡Qué admirable maravilla! El afamado barrista Kendall, el hombre de goma; el célebre domador Mister Glandys; la bellísima amazona Miss Blutner con su caballo blanco, el caballo matemático; el graciosísimo payaso “Confitito”, rey de los payasos del Pacífico, y su mono; y el extraordinario y emocionante espectáculo “El vuelo de los cóndores”, ejecutado por la pequeñísima artista Miss Orquídea. Me dio una corazonada. La niña no podía ser otra... Miss Orquídea. ¿Y esa niña frágil y delicada iba a realizar aquel prodigio? Celebraron alborozados mis hermanos el circo, y yo, pensando, me fui al jardín, después a la escuela, y aquella tarde no atravesé palabra con ninguno de mis camaradas.

III A las cuatro salí del colegio, y me encaminé a casa. Dejaba los libros cuando sentí ruido y las carreras atropelladas de mis hermanos. —¡El convite! ¡El convite!... —¡Abraham, Abraham!, gritaba mi hermanita. ¡Los volatineros! Salimos todos a la puerta. Por el fondo de la calle venía un grupo enorme de gente que unos cuantos músicos precedían. Avanzaron. Vimos pasar la banda de músicos con sus bronces ensortijados y sonoros, el bombo iba delante dando atronadores compases, después, en un caballo blanco, la artista Miss Blutner, con su ceñido talle, sus rosadas piernas, sus brazos desnudos y redondos. Precioso atavío llevaba el caballo, que un hombre con casaca roja y un penacho en la cabeza, lleno de cordones, portaba de la brida; después iba Mister Kendall, en traje de oficio, mostrando sus musculosos brazos en otro caballo. Montaba el tercero, Miss Orquídea, la bellísima criatura, que

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sonreía tristemente; en seguida el mono, muy engalanado, caballero en un asno pequeño, y luego “Confitito”, rodeado de muchedumbre de chiquillos que palmoteaban a su lado llevando el compás de la música. En la esquina se detuvieron y “Confitito” entonó al son de la música esta copla: Los jóvenes de este tiempo usan flor en el ojal y dentro de los bolsillos

no se les encuentra un real... Una algazara estruendosa coreó las últimas palabras del payaso. Agitó ste su cónico sombrero, dejando al descubierto su pelada cabeza. Rompió el bombo la marcha y todos se perdieron por el fin de la plazoleta hacia los rieles del ferrocarril para encaminarse al pueblo. Una nube de polvo los seguía y nosotros entramos a casa nuevamente, en tanto que la caravana multicolor y sonora se esfumaba detrás de los toñuces, en el salitroso camino.

IV Mis hermanos apenas comieron. No veíamos la hora de llegar al circo. Vestímonos todos, y listos, nos despedimos de mamá. Mi padre llevaba su “Carlos Alberto”. Salimos, atravesamos la plazuela, subimos la calle del tren, que tenía al final una baranda de hierro, y llegamos al cochecito, que agitaba su campana. Subimos al carro, sonó el pitear de partida; una trepidación; soltóse el breque, chasqueó el látigo, y las mulas halaron. Llegamos por fin al pueblo y poco después al circo. Estaba este en una estrecha calle. Un grupo de gentes se estacionaban en la puerta que iluminaban dos grandes aparatos de bencina de cinco luces. A la entrada, en la acera, había mesitas, con pequeños toldos, donde en floreados vasos con las armas de la patria estaba la espumosa y blanca chicha de maní, la amarilla de garbanzos y la dulce de “bonito”, las butifarras, que eran panes en cuya boca abierta el ají y la lechuga ocultaban la carne; los platos con cebollas picadas en vinagre, la fuente de “escabeche” con

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sus yacentes pescados, la “causa”, sobre cuya blanda masa reposaban graciosamente el rojo de los camarones, el morado de las aceitunas, los pedazos de queso, los repollos verdes y el “pisco” oloroso, alabado por las vendedoras... Entramos por un estrecho callejoncito de adobes, pasamos un espacio pequeño donde charlaban gentes, y al fondo, en un inmenso corralón, levantábase la carpa. Una gran carpa, de la que salían gritos, llamadas, piteos, risas. Nos instalamos. Sonó una campanada. —¡Segunda! —gritaron todos, aplaudiendo. El circo estaba rebosante. La escalonada muchedumbre formaba un gran círculo, y delante de los bajos escalones, separada por un zócalo de lona, la platea, y entre ésta y los palcos que ocupábamos nosotros, un pasadizo. Ante los palcos estaba la pista, la arena donde iban a realizarse las maravillas de aquella noche. Sonó largamente otro campanillazo. —¡Tercera! ¡Bravo! ¡Bravo! La música comenzó con el programa: Obertura por la banda. Presentación de la compañía. Salieron los artistas en doble fila. Llegaron al centro de la pista y saludaron a todas partes con una actitud uniforme, graciosa y peculiar; en el centro, Miss Orquídea con su admirable cuerpecito, vestido de punto, con zapatillas rojas, sonreía. Salió el barrista, gallardo, musculoso, con sus negros, espesos y retorcidos bigotes. ¡Qué bien peinado! Saludó. Ya estaba lista la barra. Sacó un pañuelo de un bolsillo secreto en el pecho, colgóse, giró retorcido vertiginosamente, paróse en la barra, pendió de corvas, de vientre; hizo rehiletes y, por fin, dio un gran salto mortal y cayó en la alfombra, en el centro del circo. Gran aclamación. Agradeció. Después todos los números del programa. Pasó Miss Blutner corriendo en su caballo; contó este con la pata desde uno hasta diez; a una pregunta que le hizo su ama de si dos y dos eran cinco, contestó negativamente con la cabeza, en convencido ademán.

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Salió Mister Glandys con su oso; bailó este acompasado y socarrón, pirueteó el mono, se golpeó varias veces el payaso y, por fin, el público exclamó al terminar el segundo entreacto: —¡El vuelo de los cóndores!

V Un estremecimiento recorrió todos mis nervios. Dos hombres de casaca roja pusieron en el circo, uno frente a otro, unos estrados altos, altísimos, que llegaban hasta tocar la carpa. Dos trapecios colgados del centro mismo de esta oscilaban. Sonó la tercera campanada y apareció entre los artistas Miss Orquídea, con su apacible sonrisa; llegó al centro, saludó graciosamente, colgóse de una cuerda y la ascendieron al estrado. Paróse en él delicadamente, como una golondrina en un alero breve. La prueba consistía en que la niña tomase el trapecio, que pendiendo del centro le acercaban con unas cuerdas a la mano, y, colgada de él, atravesara el espacio, donde otro trapecio la esperaba, debiendo en la gran altura cambiar de trapecio y detenerse nuevamente en el estrado opuesto. Se dieron las voces, se soltó el trapecio opuesto, y en el suyo la niña se lanzó mientras el bombo —detenida la música— producía un ruido siniestro y monótono. ¡Qué miedo, qué dolorosa ansiedad! ¡Cuánto habría dado yo porque aquella niña rubia y triste no volase! Serenamente realizó la peligrosa hazaña. El público silencioso y casi inmóvil la contemplaba, y cuando la niña se instaló nuevamente en el estrado y saludó segura de su triunfo, el público la aclamó con vehemencia. La aclamó mucho. La niña bajó, el público seguía aplaudiendo. Ella, para agradecer hizo unas pruebas difíciles en la alfombra, se curvó, su cuerpecito se retorcía como un aro, y enroscada, giraba, giraba como un extraño monstruo, el cabello despeinado, el color encendido. El público aplaudía más, más. El hombre que la traía en el muelle de la mano habló algunas palabras con los otros. La prueba iba a repetirse.

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Nuevas aclamaciones. La pobre niña obedeció al hombre adusto casi inconscientemente. Subió. Se dieron las voces. El público enmudeció, el silencio se hizo en el circo y yo hacía votos, con los ojos fijos en ella, porque saliese bien de la prueba. Sonó una palmada y Miss Orquídea se lanzó... ¿Qué le pasó a la pobre niña? Nadie lo sabía. Cogió mal el trapecio, se soltó a destiempo, titubeó un poco, dio un grito profundo, horrible, pavoroso y cayó como una avecilla herida en el vuelo, sobre la red del circo, que la salvó de la muerte. Rebotó en ella varias veces. El golpe fue sordo. La recogieron, escupió y vi mancharse de sangre su pañuelo, perdida en brazos de esos hombres y en medio del clamor de la multitud. Papá nos hizo salir, cruzamos las calles, tomamos el cochecito y yo, mudo y triste, oyendo los comentarios, no sé qué cosas pensaba contra esa gente. Por primera vez comprendí entonces que había hombres muy malos...

VI Pasaron algunos días. Yo recordaba siempre con tristeza a la pobre niña; la veía entrar al circo, vestida de punto, sonriente, pálida; la veía después caída, escupiendo sangre en el pañuelo, ¿dónde estaría? El circo seguía funcionando. Mi padre no quiso que fuéramos más. Pero ya no daban el Vuelo de los Cóndores. Los artistas habían querido explotar la piedad del público haciendo palpable la ausencia de Miss Orquídea. El sábado siguiente, cuando había vuelto de la escuela, y jugaba en el jardín con mi hermana, oímos música. —¡El convite! ¡Los volatineros!... Salimos en carrera loca. ¿Vendría Miss Orquídea?... ¡Con qué ansias vi acercarse el desfile! Pasó el bombo sordo con sus golpes definitivos, los músicos con sus bronces ensortijados, los platillos estridentes, los acróbatas, y, después, el caballo de Miss Orquídea, solo, con un listón negro en la cabeza... Luego el resto de la farándula, el mono impasible haciendo sus eternas muecas sin sentido...

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¿Dónde estaba Miss Orquídea?... No quise ver más; entré en mi cuarto y por primera vez, sin saber por qué, lloré a escondidas la ausencia de la pobrecita artista.

VII Algunos días más tarde, al ir, después del almuerzo, a la escuela, por la orilla del mar, al pie de las casitas que llegan hasta la ribera y cuyas escalas mojan las olas a ratos, salpicando las terrazas de madera, sentéme a descansar, contemplando el mar tranquilo y el muelle, que a la izquierda quedaba. Volví la cara al oír unas palabras en la terraza que tenía a mi espalda y vi algo que me inmovilizó. Vi una niña muy pálida, muy delgada, sentada, mirando desde allí el mar. No me equivocaba: era Miss Orquídea, en un gran sillón de brazos, envuelta en una manta verde, inmóvil. Me quedé mirándola largo rato. La niña levantó hacia mí los ojos y me miró dulcemente. ¡Cuán enferma debía de estar! Seguí a la escuela y por la tarde volví a pasar por la casa. Allí estaba la enfermita, sola. La miré cariñosamente desde la orilla; esta vez la enferma sonrió, sonrió. ¡Ah, quién pudiera ir a su lado a consolarla! Volví al otro día, y al otro, y así durante ocho días. Éramos como amigos. Yo me acercaba a la baranda de la terraza, pero no hablábamos. Siempre nos sonreíamos mudos y yo estaba mucho tiempo a su lado. Al noveno día me acerqué a la casa. Miss Orquídea no estaba. Entonces tuve una sospecha: había oído decir que el circo se iba pronto. Aquel día salía el vapor. Eran las once, crucé la calle y atravesé el jirón de la Aduana. En el muelle vi a algunos de los artistas con maletas y líos, pero la niña no estaba. Me encaminé a la punta del muelle y esperé en el embarcadero. Pronto llegaron los artistas en medio de gran cantidad de pueblo y de granujas que rodeaban al mono y al payaso. Y entre Miss Blutner y Kendall, cogida de los brazos, caminando despacio, tosiendo, tosiendo, la bella criatura. Metíme entre las gentes para verla bajar al bote desde el embarcadero. La niña buscó algo con los ojos, me vio, sonrió muy dulcemente conmigo y me dijo al pasar junto a mí:

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—Adiós... —Adiós... Mis ojos la vieron bajar en brazos de Kendall al botecillo inestable; la vieron alejarse de los mohosos barrotes del muelle; y ella me miraba triste con los ojos húmedos; sacó su pañuelo y lo agitó mirándome; yo la saludaba con la mano, y así se fue esfumando, hasta que sólo se distinguía el pañuelo como una ala rota, como una paloma agonizante, y por fin, no se vio más que el bote pequeño que se perdía tras el vapor... Volví a mi casa, y a las cinco, cuando salí de la escuela, sentado en la terraza de la casa vacía, en el mismo sitio que ocupara la dulce amiga, vi perderse a lo lejos en la extensión marina el vapor, que manchaba con su cabellera de humo el cielo sangriento del crepúsculo. (pp. 146-155)

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César Vallejo

Novelas y cuentos completos. Lima: Francisco Moncloa Editores S. A., 1967.

El vencedor Un incidente de manos en el recreo, llevó a dos niños a romperse los dientes a la salida de la escuela. A la puerta del plantel se hizo un túmulo. Gran número de muchachos, con los libros al brazo, discutían acaloradamente, haciendo un redondel en cuyo centro estaban, en extremos opuestos, los contrincantes: dos niños poco más o menos de la misma edad, uno de ellos descalzo y pobremente vestido. Ambos sonreían, y de la rueda surgían rutilantes diptongos, coreándolos y enfrentándolos en fragorosa rivalidad. Ellos se miraban echándose los convexos pechos, con aire de recíproco desprecio. Alguien lanzó un alerta: —¡El profesor! ¡El profesor! La bandada se dispersó. —Mentira. Mentira. No viene nadie. Mentira... La pasión infantil abría y cerraba calles en el tumulto. Se formaron partidos por uno y otro de los contrincantes. Estallaban grandes clamores. Hubo puntapiés, llantos, risotadas. —¡Al cerrillo! ¡Al cerrillo! ¡Hip!... ¡Hip!... ¡Hurra!... Un estruendoso y confuso vocerío se produjo y la muchedumbre se puso en marcha. A la cabeza iban los dos rivales. A lo largo de las calles y rúas, los muchachos hacían una algazara ensordecedora. Una anciana salió a la puerta de su casa y gruñó muy en cólera: —¡Juan! ¡Juan! ¡A dónde vas, mocito! Vas a ver... Las carcajadas redoblaron. Leonidas y yo íbamos muy atrás. Leonidas estaba demudado y le castañeaban los dientes.

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—¿Vamos quedándonos? —le dije. —Bueno —me respondió—. ¿Pero si le pegan a Juncos?... Llegados a una pequeña explanada, al pie de un cerro de la campiña, se detuvo el tropel. Alguien estaba llorando. Los otros reían estentóreamente. Se vivaba a contrapunteo: —¡Viva Cancio! ¡Hip!... ¡hip!... ¡hip!... ¡hurraaaaa!... Se hizo un orden frágil. La gritería y la confusión renacieron. Pero se oyó una voz amenazadora: —¡Al primero que hable, le rompo las narices! —Voy a Juncos. —Voy a Cancio. Se hacían apuestas como en las carreras de caballos o en las peleas de gallos. Juncos era el niño descalzo. Esperaba en guardia, encendido y jadeante. Más bien escueto y cetrino y de sabroso genio pendenciero. Sus pies desnudos mostraban los talones rajados. El pantalón de bayeta blanca, andrajoso y desgarrado a la altura de la rodilla izquierda, le descendía hasta los tobillos. Tocaba su cabeza alborotada un grueso e informe sombrero de lana. Reía como si le hiciesen cosquillas. Las apuestas en su favor crecían. Por Cancio, en cambio, las apuestas eran menores. Era este un niño decente, hijo de buena familia. Se mordía el labio superior con altivez y cólera de adulto. Tenía zapatos nuevos. —¡Uno!... ¡Dos!... ¡Tres! El tropel se sumió en un silencio trágico. Leonidas tragó saliva. Cancio no se movía de su guardia, reduciéndose a parar las acometidas de Juncos. Un puñetazo en el costado derecho, esgrimido con todo el brazo contrario, le hizo tambalear. Le alentaron. Recuperó su puesto y una sombra cruzó por su semblante. Juncos, finteando, sonreía. Cancio empezó a despertar mi simpatía. Era inteligente y noble. Nunca buscó camorra a nadie. Cancio me era simpático y ahora se avivaba esa simpatía. Leonidas también estaba ahora de su parte. Leonidas estaba colorado y se movía nerviosamente, ajustando sus

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movimientos a los trances de la lucha. Cuando Cancio iba a caer por tierra, a una puñada del héroe contrario, Leonidas sin poder contenerse, alargó la mano canija y dio un buen pellizcón a Juncos. Yo le dije. —Déjalo. No te metas. —¡Y por qué le pega a Cancio! —me respondió, poniéndose aún más colorado. Bajó luego los ojos como avergonzado. La lucha se encendió en forma huracanada. A un puntapié trazado por Juncos, a la sombra de un zurdazo simulado, respondieron los dos puños de Cancio, majando rectamente al pecho, a las clavículas, al cuello, a los hombros de su enemigo, en una lluvia de golpes contundentes. Juncos vaciló, defendiéndose con escaramuzas inútiles. Corrió sangre. De una pierna de Cancio manaba un hilo lento y rojo. La tropa lanzó murmullos de triunfo y de lástima. —¡Bravo! ¡Bravo, Juncos! —¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo, Cancio! —¡Uyuyuy! ¡Ya va a llorar! ¡Ya va a llorar! —¡Déjenlo! ¡Déjenlo! Volaron palmas. Crujió un despecho en alto. Cancio se enardecía visiblemente y cobró la ofensiva. De una gran puñada, asestada con limpieza verdaderamente natural, hizo dar una vuelta a la cabeza contraria, obligando a Juncos a rematar su círculo nervioso, poniéndose de manos, a ciegas, contra el cerco de los suyos. Entonces sucedió una cosa truculenta. Un niño más grande que Cancio, saltó del redondel y le pegó a éste un segundo muchacho, mayor aun que ambos, le pegó al intruso, defendiendo a Cancio. Durante unos segundos, la confusión fue inextricable, unos defendiendo a otros y aquéllos a éstos, hasta que volvió a oírse estas palabras de alerta, que pusieron fin al caos y a los golpes: —¡El profesor! ¡El profesor!... Juncos estaba muy castigado y parecía que iba a doblar el pico. El humilde granuja, al principio tan dueño de sí mismo, tenía el pabellón de una oreja ensangrentado y encendido, a semejanza de una cresta de gallo. Un instante miró a la multitud y sus ojos se humedecieron. Al

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verle, trajeado de harapos, con su sombrerito de payaso, el desgarrón de la rodilla y sus pequeños pies desnudos, que no sé cómo escapaban a las pisadas del otro, me dolió el corazón. Al reanudarse la pelea, di una vuelta y me pasé a los suyos. Acezaban ambos en guardia. —Pega... —Pega nomás... Juncos hizo un ademán significativo. El verdor de las venas de su arañado cuello palideció ligeramente. Entonces le di la voz con todas mis fuerzas: —¡Entra, Juncos! ¡Pégale duro!... Le poseyó al muchacho un súbito coraje. Puso un feroz puñetazo en la cara del inminente vencedor y le derribó al suelo. El sol declinaba. Había pasado la hora del almuerzo y teníamos que volver directamente a la escuela. A Cancio le llevaban de los brazos. Tenía un ojo herido y el párpado muy hinchado. Sonreía tristemente. Todos le rodeaban lacerados, prodigándole palabras fraternales. También yo le seguía de cerca, tratando de verle el rostro. ¡Cómo le habían pegado! El grupo de pequeños avanzaba, de vuelta a la aldea, entre las pencas del camino. Hablaban poco y a media voz, con una entonación adolorida. Hasta Juncos, el propio vencedor, estaba triste. Se apartó de todos y fue a sentarse en un poyo del sendero. Nadie le hizo caso. Le veían de lejos, con extrañeza, y él parecía avergonzado. Bajó la frente y empezó a jugar con piedrecillas y briznas de hierba. Le había pegado a Cancio este Juncos... —Vámonos —le dijo Leonidas acercándose. Juncos no respondió. Hundió su sombrero hasta las cejas y así ocultó el rostro. —Vámonos, Juncos. Leonidas se inclinó a verle. Juncos estaba llorando. —Está llorando —dijo Leonidas. Le arregló el estropeado sombrero y le asentó el pelo, por sobre la oreja, donde la sangre aparecía coagulada y renegrida. (pp. 286-292)

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María Wiesse

Quipus. Relatos peruanos para niños. Lima: IMP. La Voce d’Italia, 1936.

El niño robado S ucedió una vez que unos hombres muy crueles y muy malos se robaron, para matarlo, a un niño de ocho años, hijo de uno de los Incas del Perú. Este niño, que era el mayor de sus hermanos, se llamaba Cusi Hualpa y debía reinar, un día, sobre el Tahuantinsuyo. Para robar y victimar al niño, esos hombres criminales fingieron mucha amistad hacia él y lo invitaron a visitar a los parientes de su madre, que vivían en otra región. El emperador aceptó la invitación y mandó al príncipe, al lugar donde estaban sus parientes, acompañado de veinte guerreros encargados de custodiar y vigilar al niño. El niño salió de su casa, de su palacio, alegre y contento de hacer un viaje y de conocer nuevas regiones, nuevos lugares. Con grandes fiestas y demostraciones de júbilo y de cariño recibieron al niño, en la ciudad donde se le había invitado. Cusi Hualpa al ver cómo se le quería y se le agasajaba, se sentía dichoso y no extrañaba ni su casa, ni su familia. Hacía un fuertísimo calor, en aquellos días; el niño pasaba las horas, jugando a la sombra de una glorieta, cubierta de lindas flores, porque la luz del sol era demasiado violenta. Se acercaba la época de la cosecha. El cacique de la tribu ordenó que todos saliesen al campo, para recoger los frutos de la tierra. Pero el niño no podía ir, a causa del sol que quemaba. Cusi Hualpa, acompañado de su séquito, se quedó en el jardín en la glorieta. Y los cosechadores, cantando un alegre y melodioso haylli, se fueron al campo.

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Jugaba el niño, a la sombra de las flores y de verdura, y los hombres, las mujeres y los niños se alejaban, cantando de la ciudad. Y, enviados por los hombres criminales y traidores, entraron al jardín muchos guerreros, que cayeron sobre los nobles, que cuidaban del príncipe y los mataron. Se llevaron al niño a otro lugar, donde debían victimarlo. Lo esperaba un perverso caudillo, que ordenó dieran muerte a Cusi Hualpa. Mas el niño, al oír su sentencia, miró con mirada de indignación y de reproche al perverso caudillo y maldijo a sus enemigos. Y de los ojos del príncipe brotó un llanto de sangre; todos al ver cómo lloraba Cusi Hualpa, exclamaron asustados: ¡Yahuarhuaccac, Yahuarhuaccac! Lo que quería decir: ¡llora sangre!, ¡llora sangre! No mataron los hombres criminales al niño, porque consideraron sus lágrimas como un prodigio sobrenatural. Pero lo entregaron a unos pastores de llamas, para que, en las altísimas sierras, donde pacían los rebaños, dejaran morir de hambre al príncipe. Cusi Hualpa era bueno, simpático, amable; los pastores le tomaron cariño y, apiadándose de él, no lo hicieron morir. El niño vivió durante un año con los pastores y sus rebaños en las frías montañas de aquella región. Mientras tanto el Inca, en el Cuzco, estaba afligidísimo con la desaparición de su primogénito, del niño hermoso y bueno, a quien unos malvados habían raptado. Mas el niño robado debía volver a casa de sus padres. Las gentes de una pequeña ciudad, cercana al Cuzco, le quitaron el niño a los pastores, lo sacaron de las montañas y lo devolvieron al Inca. Desde entonces el cacique y el pueblo de Anta, que fue la ciudad que libertó al niño, recibieron el título de orejones o nobles. Cusi Hualpa, el niño robado, fue conocido en la historia con el nombre de Yahuarhuaccac, o llora sangre por las lágrimas que virtió ante sus enemigos. (pp. 57-59)

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Alida Elguera

Juguetes: Cuentos de Navidad. Lima: Autora, 1958.

Madrecita L a vidriera de juguetes quedó terminada. Con mano experta, el director artístico había colocado cada una de las cosas en donde más se destacara, donde más pudiera tentar los codiciosos ojos de los chiquillos. Y su efecto fue rotundo, inmediato. Grandes y chicos se aglomeraron ante ella, arrebatándose los sitios para ver mejor. ¡Había tantas y tan lindas cosas, y eran todas tan dulces, tan puras, tan inocentes, que parecían estar diciendo, como Cristo: “Dejad a los niños que vengan a mí!”. Y allí estaban los niños. Sí, los niños pobres. Pegaban las narices contra el vidrio frío, duro y cortante que separaba del mundo malo este cielo encantado. Todo ese día, y todos los días que le siguieron, antes de Pascua, estuvieron allí. Desde que se abría la tienda, en la mañana, hasta que la apagaban, de noche. Mientras los trenes de cuerda caminaban y las muñecas saludaban. Mientras no viniera alguien a arrancarlos de su embeleso. Más de un chicuelo recibió un jalón de orejas por haberse atrasado en sus quehaceres. Por eso, algunos no volvieron. Pero otros, desafiando el castigo más grande, no dejaron pasar un día sin visitar la vidriera. Entre éstos estaba Nelly. Era una chiquilla pobre, desdichada, raquítica, falta de calor. Nelly nunca había tenido nada alegre en su vida hasta que vio la vidriera, y sobre todo, dentro de ella, a su muñeca soñada. Una muñeca que no era la más grande, ni la más elegante, ni la más bonita. Pero sí la

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más tierna, la más triste, la que parecía implorar unos brazos amorosos. Y Nelly se los ofrecía cada día, desde el fondo de su corazón. Con los ojos le decía: —¡Oh, muñequita linda! ¡Qué no diera por arrullarte, por besarte, por llevarte conmigo y ser tu madrecita para siempre! Y la muñeca parecía contestarle: —Sí, yo también te escogería a ti para que me llevaras. Las chicas del mundo no me quieren porque no les gusta el color de mi vestido. Ya me han hecho sufrir. En cambio, tú has sido buena conmigo desde el primer momento; cuando estaban todavía en esta vitrina las muñecas bonitas. Por eso te quiero yo también mucho. Y así pasaban los días. Nelly y la muñeca llegaron a consolarse pensando que no vendría la separación y podrían verse siempre a través del vidrio. Sin embargo, la cara de la muñeca empezó a palidecer, lo mismo que su vestido. Y, por eso, la terrible mano gigante del tendero, que profanaba la vidriera de vez en cuando, entró esta vez para cambiar el número que tenía la muñeca por otro de precio menor. La rebaja no tardó en ser advertida. Pasaban una señora con su chiquita, y viendo a ésta entre las pocas muñecas que quedaban, entraron en la tienda para comprarla. Y la mano enorme, amenazante, la sacó, ante los ojos espantados, húmedos, desesperados, de Nelly. No, no era posible que esto sucediera. Ella le había pedido tanto al Niño Dios que se la diese por Pascua, o que se la dejara en la vidriera… Y ahora se la llevaban para siempre. Como una loquilla, y sin saber para qué, entró por primera vez en la tienda; a empujones se abrió paso hasta el grupo que tenía la muñeca… Y no supo más, sino que todos se sobresaltaron tanto que se echaron atrás. Más que ninguno, la chiquilla que había entrado poco antes, y que ahora tenía la muñeca en las manos se sorprendió en tal forma que la soltó al suelo, donde se hizo pedazos.

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Y cuando todos se habían alejado, quedó Nelly arrodillada contemplando los restos queridos. Un hombre le dijo entonces, dándole con el pie: —¡Afuera con todo! Tú y tu basura… ¡No quiero que me dejes nada en el suelo! ¿Entiendes? Nelly obedeció. Salió de la tienda como una sonámbula, poseída de la tragedia que acababa de causar. Con el corazón hecho pedazos, como la cara de la muñeca que llevaba abrazada en la falda de su vestido, llegó a su casa y con paciencia de madre curó todas las heridas. Resucitó Nelly al resucitar la muñeca, que por milagro de las mil cicatrices parecía, más que nunca, ¡tan risueña, tan alegre, tan feliz! (pp. 29-31)

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Angélica Palma

Contando cuentos Burgos, España: Hijos de Santiago Rodríguez, 1930.

La aventura de Pipo Pipo era el más travieso de cinco hermanos, tan revoltosos que cualquiera de ellos hubiera podido poner cátedra de hacer diabluras, si existieran universidades donde se estudiara esa ciencia. Bien mirado, para eso hay universidades en todas partes: en las calles, en las plazas, en los jardines, en las traseras de los coches, en las casas donde se encuentren chicos, aunque no sea sino de visita; en todas partes. Desde chiquitito se manifestó Pipo muy travieso; su abuela, que le quería muchísimo, aseguraba que el nene hacía tantas trastadas de puro inteligente. ¡Claro! Con aquella viveza que Dios le dio, se fijaba en cuanto veía, quería imitarlo, y como era muy pequeñito para discernir con el juicio de una persona de edad, solía resultar alguna barrabasada; a ser Pipo un chico memo, de esos incapaces de observar ni de investigar las cosas, no andaría lleno de chirlos y echando a perder cuanto caía en sus manos; pero algún inconveniente ha de tener el talento, y la abuelita, para demostrar el de su nieto, contaba algunas de sus gracias. Por ejemplo, una tarde estaba la familia reunida en un vestíbulo que tenía una pequeña escalinata sobre el jardín. De repente, purrum, purrum, Pipo rodó las graditas; le recogieron con la frente partida. ¿Qué había sucedido? Pues que notó que los gatos bajaban con la cabeza para adelante, no quiso ser menos, los imitó con toda exactitud, y se hizo daño, como no podía menos de suceder. La abuelita, al curarle la herida, se consolaba diciendo: —Muy listo tiene que ser un niño de tres años no cumplidos para fijarse en que los gatos bajan de distinta manera a las personas.

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En otra ocasión, Pipo, que era muy aseado, ayudado por un hermanito le dio a un morrongo de dos meses un espléndido baño: lo sumergió varias veces en el agua, lo jabonó a conciencia y lo secó con una toalla afelpada, frotándolo vigorosamente para que se le pasara pronto el frío; sin embargo, el animalito no cesaba de tiritar, y entonces Pipo, recordando que cuando su mamá o las criadas necesitaban que secara pronto algún pañuelo o un par de guantes recién lavados, los metían en el horno, zas, en el horno zampó al gato; un cuarto de hora después llegó la cocinera a encender la lumbre, se le ocurrió abrir la portezuela del horno y se llevó el susto del siglo al encontrarse con que había estar a punto de preparar, sin saberlo, un asado de gato. Conforme crecía Pipo, sus travesuras iban cambiando; ya dejaba en paz al gato y no jugaba al toro con el perro; pero en cambio se subía a los árboles, escalaba muros y daba volatines y realizaba ejercicios acrobáticos como el más perfecto saltimbanqui. La mamá, encontrándoselo a lo mejor hecho un arco, con la punta del pie en la frente o encaramado a un pino de la huerta, gritaba alarmada: —Niño, por Dios, ¿qué haces? Y el muy granuja, recordando que el médico decía que a los niños les conviene correr y jugar mucho para desarrollarse bien, contestaba con mucha seriedad: —Deja, que me estoy desarrollando. En esto, por las ocupaciones de su padre tuvieron que abandonar la ciudad y trasladarse a un lugar algo apartado, situado al pie de unos montes muy altos. Allí sí fue Pipo muchacho feliz. ¡Qué cosechar frutas sin permiso del dueño, qué montar a caballo, qué escalar cerros, qué bañarse en el río! Con esa vida sí se desarrollaba de veras y adquiría cada vez más fuerza y agilidad, de modo que los mismos chicos del pueblo, acostumbrados desde pequeñitos a ejecutar hazañas de esa clase, se hacían lenguas de la destreza de Pipo y lo miraban como al maestro. ¡Cara pagó esta fama el pobre niño! ¿Por qué? Vais a saberlo. Vagabundeaba por esos pueblos, ganándose el pan como podía, una compañía de maromeros bastante maleja: se componía de una amazona gorda, dos volatineras viejas, cuatro zagalones desgarbados que se balanceaban en los trapecios y se lucían en la escalera humana, un

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payaso sin gracia que atizaba cachetes, y otro, todavía más babieca, que los recibía, y un mono flaco que tocaba la pandereta y daba la vuelta al corro, alargando una bandeja para recibir monedas. En las poblaciones de alguna importancia nadie se molestaba en ir a ver a aquellos mamarrachos; pero en los lugarejos donde cualquier espectáculo constituye un acontecimiento sonado, hacían su agosto. En aquel donde habitaba Pipo les fue muy aceptablemente, y a más de monises tuvieron amigos que les contaban cuanto ocurría en el pueblo; así supieron que Pipo era un muchacho muy dispuesto para la acrobacia, robusto, ligero, listísimo, y el jefe de la compañía, que era el payaso Tony, ese que recibía bofetadas y usaba corbata enorme y chistera diminuta, pensó que el chico les vendría muy bien para enseñarle ejercicios nuevos y arriesgados con los que podrían meterse buenas pesetas en el bolsillo. Ni corto ni perezoso, Tony se dio buena maña para hacerse amigo del chico; lo convidaba al circo, lo dejaba presenciar los ensayos y hasta participar en ellos y le contaba maravillas de los triunfos que obtenían y el dinero que ganaban. Pipo no cabía en su pellejo del gozo de verse relacionado con personas tan encopetadas, las cuales le trataban con intimidad y predilección que le valían continuos regaños y prohibiciones de sus padres y la envidia de los otros chicuelos. ¡Con deciros que solo a Pipo le ofrecieron los del circo, el día de la marcha, sitio en el carro para que los acompañara hasta medio kilómetro más allá del pueblo! ¡Medio kilómetro! ¡Sí! ¡Mucho de eso! Apenas perdieron de vista el pueblo, Tony que guiaba, azuzó a las mulas hasta lanzarlas al trote rápido y en dirección contraria a la que antes anunciaron que iban a seguir. Pipo, muy entretenido en charlas y juegos, tardó en notarlo; solo cuando empezó a caer la tarde, dijo a sus amigotes: —¡Ea! Parad para bajarme; mamá se asustará si no llego a la hora de comer. —Aquí no hay más mamá que yo —le contestó el bruto de Tony, poniéndole delante de las narices un puño gordo y colorado—. ¿Creías tú, pichoncete, que solo por alcanzar la honra de viajar en tu ilustre compañía cargábamos contigo? ¡Pues estás fresco, preciosidad! Aquí vienes a hacer piruetas en la barra, a volar de un trapecio a otro, a romper aros de papel para caer de pie sobre el caballo, a dejarte de

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mimos, a hacerte hombre, a ayudarnos a ganar dinero, que para eso te llenaremos la barriga. Y cuidado con las jeremiadas y las lagrimitas por la mamá y la familia, porque lo que es la familia… Bueno, memorias a la familia. Con este chiste malo de Tony, los otros salvajes soltaron estúpidas carcajadas, mientras el niño, a pesar de las amenazas del payaso, lloraba a lágrima viva. ¡Ay, su casa limpia, su camita caliente, los consejos del papá, los cuidados de la madrecita, los juegos y hasta los mojicones de los hermanos! Todo eso se había terminado para Pipo y solo por su culpa, ¡por desobediente, por travieso, por vagabundo! Mientras más consideraba su mala conducta, más se afligía el muchacho, y hasta se negó a comer, él, de tan buen diente, cuando le presentaron su ración. —Dejarlo, dejarlo por hoy —dijo Tony con su vozarrón bronco—. Mañana me encargaré yo de abrirle el apetito y de consolarlo, si continúa desganado y lloroso. Repitieron sus risotadas aquellos bárbaros, y a Pipo se le puso la carne de gallina. Cayó la noche; se detuvo el carro, cada cual se acomodó para dormir y al chico lo echaron sobre unos trapos, junto a Tony, que pronto empezó a roncar a más y mejor. Pipo, al verse libre de burlas y amenaza decidió sacar fuerzas de flaqueza y meditar un plan de salvación; era lo bastante inteligente para comprender que aunque tenía muchos motivos para llorar, con llantos nada conseguiría y que necesitaba resolverse a pasarla lo mejor posible entre esos cafres, mientras llegaba el momento de librarse de ellos, que sí llegaría. Su papá movería cielo y tierra hasta dar con él, y si el pobre papá nada lograba, pues ya acertaría el chico a escaparse. Con esta resolución, desde el día siguiente puso a mal tiempo buena cara; comió lo que le dieron, aprendió lo que pudo, se rascó filosóficamente los coscorrones y puntapiés que de vez en cuando le arreaba Tony y le hinchó el hocico de una trompada a un volatinero, algo mayor que él, que le armó querella; esto le dio mucho cartel entre los compañeros y a Tony le hizo tanta gracia que, insensiblemente, comenzó a descuidar la vigilancia del chico. Sí comía, iba entrando en el oficio y no aguantaba ancas de nadie, claro que al muchacho le gustaba esa vida.

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Marcharon al principio por caminos extraviados para despistar a la policía, en caso de que buscara al nuevo artista; luego llegaron a un poblacho y armaron función; allí se presentó Pipo por primera vez al público con sus mallas color carne, los brazos y las piernas desnudos, haciendo piruetas en el trapecio, ya sobre un pie, ya sobre otro; al verlo tan guapito, los espectadores lo aplaudieron mucho, y él, dando las gracias, les tiraba besos, tan contento. Por la noche, en su camastro, sintió remordimientos: lo habían alegrado los aplausos y la fiesta, casi olvidó a su madre, que lloraría por él sin cesar. ¿Llegaría a acostumbrarse a vivir vagabundeando, lejos de casa? No; imposible, aunque se expusiera a la muerte, volvería donde sus padres. Al día siguiente trabajaron en una aldea, después en otra; luego viajaron dos días por un camino accidentado, con barrancos y quebradas. Al anochecer, Pipo, desde un rincón del carro, veía a lo lejos una lucecita, que parpadeaba como llamándolo; la noche se volvía cada vez más oscura; los compañeros roncaba; la lucecita parecía aproximarse y continuaban en sus guiños; Tony detuvo la marcha de la carreta y se acostó cerca de Pipo, que fingía dormir; el payaso pronto se durmió de veras; entonces el niño, moviéndose poquito a poco, conteniendo la respiración, se deslizó de la carreta y quedó acurrucado un rato junto a la rueda oyendo, oyendo; nadie se movió en el carro, no lo habían sentido. Despacito, despacito, se fue alejando; cuando calculó que no podían verlo ni oírlo, echó a correr, en dirección a la lucecita; ¡Ay! ¡Qué lejos estaba! Pipo se dejó caer en el suelo, rendido; ya no podía más; volverían a cogerle los saltimbanquis o se moriría allí, solito, de frío y de cansancio; al cabo de un rato levantó la cabeza y miró de nuevo la lucecita; diríase que hacía guiños, llamándole; se levantó y anduvo, anduvo; a veces la luz desaparecía; pero él continuaba caminando, y no tardaban sus ojos en volver a hallarla, cada vez más grande y más próxima. Ya podía distinguir con precisión la luz; era un farolillo colgado a la puerta de una casuca; quedaba cerca, mas el niño temía no poder llegar; le flaqueaban las piernas; los pies, hinchados dentro de los zapatos rotos, casi no le sostenían; arrastrándose avanzó, avanzó; golpeó la puerta como pudo… Y ya no supo nada más hasta el otro día.

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La luz del sol, dándole en la cara, le despertó; al principio de nada se acordaba; ¿por qué estaba en esa cama, que no era la suya? ¡Ah! Sería la de alguna posada y por allí andarían sus compañeros de circo; pero no; se sentía gran silencio. Luego la puerta se abrió, y entró una viejecita pequeña, encorvada, muy amarilla, arrugadísima. De golpe se le vinieron al chico a la memoria las angustias de la noche anterior y las lecturas de sus libros de cuentos: ¿si esa lucecita que brillaba como llamándole sería la de la cabaña de un ogro y aquella vieja una bruja que consideraba a Pipo como el mejor plato del almuerzo de su hijo? Creyó escuchar el crepitar de la leña encendida y el burbujeo del agua hirviente; esa agua estaría en un gran caldero y dentro de él lo echaría la bruja que, paso a paso, se acercaba a su cama. Pipo, muerto de miedo, apretó los párpados. —¿Has descansado, niño? —le preguntó una voz cascada con acento cariñoso. —Sí, señora, muy bien, gracias —replicó Pipo, tímidamente. —¿Y cómo has llegado hasta acá medio muerto, pobrecillo? Pipo contó su historia; y como la buena anciana lloraba al oírlo, el chico, que tanto valor desplegó en sus aventuras, se conmovió mucho y lloró también, sobre todo al hablar de su madre. Cuando acabó su relato y se tranquilizaron ambos, dijo la vieja: —Aquí no vendrán a buscarte esos bandidos; este es un sitio apartado por donde casi nadie pasa; yo vivo sola en esta cabaña desde que murió el único hijo que me quedaba, y solo de tarde en tarde voy al pueblo a buscar provisiones. Quizás se hallen ahora en el pueblo los saltimbanquis infames; por lo tanto, lo mejor es que te quedes escondidito en casa hasta que no haya peligro de ir al pueblo a hablar con las autoridades para que avisen a tus padres. Pipo aceptó; para pagar de algún modo la hospitalidad y las bondades de la anciana, la ayudaba en sus faenas, le traía agua de un riachuelo, cultivaba sus legumbres, cortaba leña y, por primera vez en la vida, empleó su destreza y su agilidad en algo útil, encaramándose a lo alto de la choza para componer el tejado como Dios le dio a entender.

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Por cierto que lo hizo muy regularmente. La viejecita recompensaba su compañía y su trabajo, contándole las consejas de la comarca. Un día vieron atravesar velozmente a un venado. —Antes no había venados —refirió la anciana—. En ese tiempo existió un rico avariento que se negaba a socorrer a su hermano pobre. En cierta ocasión iba de paseo el rico, y el pobre lo seguía, pidiéndole auxilio; el rico, sin contestar, proseguía su marcha, riéndose interiormente, el muy malvado, de obligar al infeliz, medio descalzo, a ir cojeando tras de él. Entonces el genio de esta tierra convirtió al hermano cruel en un venado, condenado a correr sin descanso y asustado como si lo persiguieran siempre. —¿Ves esa peña allá sola, aislada? —le interrogó en otra ocasión—. Pues fue un mal hijo que abandonó a sus padres, y en castigo de su ingratitud se convirtió en una roca solitaria. A Pipo se le pusieron los pelos de punta oyendo esto; él, ciertamente, no dejó a sus padres por su gusto; lo habían llevado a la fuerza, lo habían robado; pero si él no hubiera acostumbrado escaparse de su casa en cuanto se descuidaban para meterse en el circo, otro gallo le cantara. En tan tristes reflexiones se encontraba sentado a la puerta de la casa, mientras la vieja trajinaba en la cocina, cuando le pareció oír ruido de pasos acompasados. De un salto se puso de pie, miró en todas direcciones y no tardó en descubrir un piquete de gendarmes; corrió a su encuentro para contarle cuanto le había sucedido; el jefe de los gendarmes se manifestó al principio un tanto incrédulo y desconfiado; pero cuando la viejecita, que acudió al oír voces, corroboró la relación del niño, el oficial ofreció que, sin pérdida de tiempo, informaría sobre el asunto a la autoridad superior la cual devolvería el niño a sus padres y echaría la zarpa encima a los maromeros para enchiquerarlos, sin más ni más, en la cárcel. Efectivamente, antes de una semana llegó a ese apartado paraje una numerosa cabalgata, formada por el gobernador del pueblo vecino, el padre de Pipo, el hermano mayor y otras personas importantes que venían en busca del extraviado. Ya podréis figuraros que los abrazos, los llantos, las preguntas y las explicaciones empezaban y no acababan.

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Pipo volvió en triunfo a la casa paterna y al encontrarse a su madre enferma y demacrada por todo lo que había sufrido en su ausencia, juró solemnemente no volver a darle un disgusto en su vida. Y lo cumplió; sin prescindir de los juegos y la alegría, fue desde entonces un hombrecito formal, laborioso, aplicado, que solo empleó su fuerza para defender a los débiles y su actividad y su fuerza para trabajar. ¡Ah! Olvidaba deciros que la mamá de Pipo no permitió que la buena viejecita siguiera en la cabaña y se la llevó a su casa donde grandes y chicos le llamaban abuelita y la mimaban como si lo fuera. —¿Y los saltimbanquis fueron a la cárcel? —preguntaron a coro los niños. —¿Los saltimbanquis? Echadles un galgo. Ni rastros de ellos encontró la policía. Probablemente se los llevó el diablo. (pp. 59-72)

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José Diez Canseco

Narrativa completa II. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Ediciones del Rectorado, 2004.

Repartición de premios El despertador trinó en la semioscuridad de la alcoba y Tato se tiró de la cama con una prontitud sin pereza. Desde diecisiete días, esta prontitud matutina no falló ni una sola vez. Sin pasar por la sala de baño, con la bata sobre los hombros, el muchacho corría al teléfono: —¿Aló? ¿404? ¿Cómo ha seguido la niña Maruja? Le respondían con un “mejor, muchas gracias” que le satisfacía casi plenamente y, cuando le preguntaban “de parte de quién”, él colgaba el auricular con un vago rubor que le impedía confesar su nombre. Sin embargo, todos sabían en casa de Marujita Castro Quesada de quién era esa voz clara y temblorosa que preguntaba todos los días, a la misma hora matinal, por la salud de la chiquilla, por esa pobre salud que hacía menear la cabeza de los médicos con un gesto resignado e indiferente de desesperanza. Todos sabían quién hacía la pregunta, pero él no se atrevía a confesar su nombre: Tato de Gorbea y Dávila, porque después todos sonreían... Aquel día se atrevió, sin embargo, a algo más. Aquel día preguntó a la criada que respondiera al teléfono si Maruja vendría a la repartición de premios del colegio de Jesuitas, y la respuesta tuvo algo de impaciencia: —Pero si todavía no se levanta... Todavía... ¿Hasta cuándo iba a durar aquel “todavía” que tan malamente le punzaba? Todavía... Todavía... Dos semanas sin verla, dos semanas sin saludarla, dos semanas sin escuchar la voz pequeña y dulce de la chiquilla

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que le respondía al salir de San Pedro el saludo emocionado. Dos semanas... ¿Cuántas más serían? Todavía no se levanta... Todavía... Volvió a su cuarto. En la casa comenzaban ya los primeros trajines hogareños. Tato fue a la sala de baño y luego a vestirse apresuradamente para poder llegar a las ocho, a la hora que comenzaba la misa en el colegio jesuita. Aquella mañana no tomaría desayuno pues todos los alumnos comulgaban al final de año, como en una despedida de la que nunca se sabe el retorno. Luego, por la tarde, en la sala enorme, la repartición de premios: la comedia dirigida por el Padre Clerk, la voz tonante del Padre Machado, el ir y venir de huéspedes graves y la sonrisa del Hermano Trasmonte que vigilaba a la primera y segunda de primaria. Con un beso se despidió de sus padres y fue a besar la mano del abuelo que desayunaba envuelto en su chaquetón de franela. La brisa yodada que llegaba del mar del Barranco le hizo estornudar al salir de su casa, situada en el Malecón de los Ingleses, frente a frente de ese mar en el que tantas veces se bañara acompañando a Maruja. Subió por la calle de Colina hasta el paradero del tranvía, y comenzó el viaje a Lima. Dentro del tranvía se encontró con algunos compañeros que traían la felicidad del último día de colegio: —Gorbea, ¿cuántos premios tienes? —Uno... De aprovechamiento... El gordo Calderón, peinado con raya al medio, había conseguido no sé cuántas medallas de innumerables asignaturas, además del galardón infamante de la buena conducta... Una buena conducta que consistía en acusar, en obedecer, en no correr y en no gritar, en estarse medio amodorrado sobre la banca del pupitre, estudiando idiotamente una pesadísima lección de geología, con un cierto terreno jurásico y una salvajada de terreno silúrico, con unas zonas devónicas y sabe Dios cuántas tonterías más... Paco Arriaza no tenía más que uno: el de puntualidad, porque aquel tarambana no tuvo más mérito en su vida, y quizás no tendría otro en lo que de vida le faltaba, que el haber llegado siempre a tiempo, aún cuando maldita la falta que hacía en ninguna parte. Y así, riñendo alegremente por los premios y llamando “adulón” al gordo premiado, llegaron a la Exposición.

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El Hermano Argote abrió la reja respondiendo con un suave apretón de manos al saludo de los muchachos: —Buenos días, Hermano... —Buenos... Buenos... Los chicos se destocaban desde la entrada y seguían, hacia los dos grandes patios, divididos por un tabique de madera, presidio de castigados y muro de rebote para los que corrían en la “pega cortada”. En la torre, el reloj de cuádruple esfera señalaba las ocho menos cinco. Tato Gorbea y el gordo Calderón llegaron al estudio de 4° y 5° de primaria, ascendieron al pupitre del Hermano García a estrecharle la mano y fueron a sus escritorios. No era ese un día severo. En el último del año los muchachos podían charlar. Los libros y las blusas habían desaparecido desde días antes y bajo los cuadros un poco descoloridos con pasajes bíblicos, los carteles de anatomía y botánica, los mapas, parecían más altos en la blanca pared con zócalo oscuro, perdida ya la guirnalda de sombreros y blusas. En la vasta sala del estudio flotaba un murmullo sordo de moscardón ocioso, que se rompió en el filo de la campanita. Último día de capilla, último día de misa diaria, último día de colegio. Por tres meses claros y soleados los quinientos muchachos de la Inmaculada iban a trotar por los campos y las playas, a sumergirse en el mar lento de Ancón, en las olitas rápidas de La Punta, en Miraflores, en Barranco, en Chorrillos. Comenzó la misa oficiada por el Padre Koenich y Tato Gorbea sintió que algo le punzaba en el alma: se acababa, con el colegio, el único pretexto de ver a Maruja. ¿A qué balneario irían los Castro Quesada cuando ella se sintiera otra vez buena y otra vez fuera linda? Sí, seguro que no venían al Barranco, a ese Barranco en donde él la conoció y, sin decírselo nunca, porque a los otros amigotes de la tira podría parecerles una cobardía, comenzó a quererla sin darse cuenta... La misa pasaba en un suave susurro de rezos latinos y de campanillas claras. El Hermano Arrieta hacía circular entre sus manos recias el largo rosario de cuentas negras. Uno de media llevaba la voz de las oraciones que, cuando cesaban, eran reemplazadas en el coro por

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las voces de cuatro muchachos y el órgano del Padre Iturriaga, aquel que tenía un corpachón de atleta y unos ojos de un tono azul e infantil, y que vino de Vasconia trayendo una batuta y unas canciones. El Padre Koenich se volvió con el copón fulgurante para dar la comunión a los muchachos que comenzaron a llegar al comulgatorio en una doble fila por el centro de la capilla, regresando pegados a los muros. Entonces, con qué ingenua efusión, con hondo dolor sin nombre, Tato pidió que sanara... Que sanara a cualquier precio: al precio de su vida misma. Que sanara, que se pusiera buena, Dios mío, porque sería tremendo que sucediese cualquier cosa. Que pudiese venir a Barranco, a jugar en el grass del parque de su casa, a reír en el mar que, de veras, se hacía más suave cuando ella entraba... Que sanara, sí, que sanara... Ah, poder verla otra vez, llevada por la nurse vestida de blanco, en la dulce debilidad de su convalecencia, mientras él la deslumbraría con los nidos más altos, con los caracoles más brillantes, con los peces rojos pescados en las fuentes de la hacienda San Juan, Surco adelante... Señor, si era tan fácil... Qué trabajo podría costarle, caramba, si Él lo podía todo cuando le daba la gana... Y sin terminar su encendida súplica enamorada, el pobre chiquillo tuvo que extraer su pañuelo para enjugarse unas lágrimas inoportunas... Y salieron. En el comedor, el Padre Prefecto murmuró, ante las caritas ansiosas de los chicos: Deo Gratias... Hubo un laberinto de risas, de preguntas, de cuchufletas a Pacheco, el gordo sirviente de bigote escaso a quien llamábamos “Cinco Pelos”. De pronto una mano se posó en el hombro de Tato Gorbea. Este volvió el rostro y se encontró con el Hermano García: —Ven aquí —le dijo. Tato salió con él. El Hermano se detuvo un rato mirándole con una compasiva ternura y murmuró luego: —Ve, ve a lavarte los ojos... Y no llores... —¡El coro! ¡El coro de los premios! ¡Los que iban a cantar delante de todos los papás, de todas las mamás, de todas las hermanas de Lima!

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¡El coro de los premios! Cómo se esmeraba el Padre Iturriaga con este corro de chiquillos que, a veces, hacía que se le humedeciesen los ojos, cuando sus vocecitas frescas decían los versos de unas coplas de su tierra, de las playas ásperas del Cantábrico... Les había enseñado una barcarola famosa, Las Golondrinas, que hoy cantarían los chicos en aquella repartición magnífica. Comenzaron el último ensayo. Los muchachos cantaban con toda la seriedad los versos: Las golondrinas

van por los cielos... Pero se interrumpió de pronto el director del coro preguntando: —¿Qué es de Ernesto? Todos miraron en redondo. Fue el gordo Calderón, acucioso, solícito, enterado, quien respondió: —Padre, Castro Quesada no ha venido porque se le ha muerto su hermana... Hubo un silencio absoluto. En la clase de paredes blancas sin más adorno que una imagen de la Inmaculada, nadie pudo murmurar una palabra. El Padre Iturriaga se mordió los labios y ordenó con una voz que la pena hacía sorda: —Idos... Ya ensayasteis bastante... *** Tato esperó llegar a su casa para poder llorar. De modo que así y todo, a pesar de haberlo pedido por la mañana, en la comunión, ¿Marujita se había muerto? ¿Se había muerto? Llegó a su alcoba sin ser visto. Sobre la camita en la que tantas veces soñara con ella, hundió la cabeza que el primer dolor rendía. Y lloró. Lloró con ese sollozo sin estridencia, con ese quejido sin voz, con ese mudo lamento y esa desesperación tremenda con que a veces lloramos los que ya no somos niños. Lloró sintiendo que todo se caía, que todo se deshacía en la miseria de este mundo que, sin Maruja, ya no

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valía nada, palabra, absolutamente nada... Allí hundió su pena hasta que la madre vino: —¿Qué es eso, Tato? El muchacho se enjugó las lágrimas de cualquier modo: —Nada, mamá. —Pero si estás llorando... —De veras, mamacita, no tengo nada... —¿Te ha pasado algo en el colegio? —No... ¿Qué me iba a pasar? —Entonces, ¿qué tienes?... Y adivinando el pequeño drama del chiquillo, murmuró abrazándole: —¿Maruja? El niño desmayó la cabecita en la ternura del seno materno y murmuró con la voz cortada entre sollozos: —¡Se me murió, mamá, se me murió! Una, dos horas, la señora de Gorbea estuvo consolando al hijo aquel que a los diez años ya lloraba en silencio. *** El almuerzo fue triste. La pena de Tato se extendió a los padres y al abuelo. Los hermanos menores, que ya habían almorzado, jugaban en el jardín con bullas alegres que contrastaban con el silencio del comedor. A las tres de la tarde, calzándose los guantes, vino doña Elena a apurar al marido: —Vamos, Enrique, que llegamos tarde... —Mira, Tato no quiere venir a la repartición de premios... —No, qué tontería... No hay que dejarle así... —Pero si no quiere... —No, es mejor que haga un esfuerzo. Yo voy a hablarle.

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Minutos después regresaba doña Elena con Tato ya convencido, para asistir a la fiesta. Cuando llegaron, casi todos los asientos estaban ocupados. Los señores Arriaza les señalaron dos sillas libres. Todo el gran patio de la primaria, cubierto con unos toldos, estaba ocupado por todos los colores. El abigarrado grupo se movía siguiendo la marcha de un chiquillo llamado por quinta vez a recibir su premio. De pie, junto al estrado, con el programa de la fiesta cubriéndole las narices, miope y estentóreo, el Padre Machado iba llamando a los premiados quienes se acercaban al Arzobispo de Lima o al Director del colegio, que les colgaban las medallas y les daban un pequeño golpe en las mejillas murmurando ambos con un vago aburrimiento: —Vaya, vaya... Muy bien... Los niños volvían al estrado y, desde allí, saludaban a los padres, a los hermanos, con el orgullo del triunfo. De pronto apareció un alumno del último año de media, con la cara como una amapola, para leer la despedida al colegio: años felices que no volverán nunca... bondad de los profesores... Formación católica y alusión inevitable a los “azares de la vida”. Luego vino la comedia en que aparecía un coronel ateo que se dejaba convencer por un jurista católico, como si los coroneles se dejaran convencer nunca... Los muchachos se inmovilizaban en la escena, moviendo los brazos con una rigidez de títeres. Y entre carcajadas y sonrisas, aquel sainete terminó coronado de aplausos. Unos minutos pasaron para que se levantara el telón. Al fin, ordenados en tres filas superpuestas, el coro del colegio y el Padre Iturriaga que dirigía la orquesta, compuesta por alumnos mismos del colegio y el señor Sedó que no sé qué ha hecho... Allí estaban Gabriel Iriarte, Arriaza, Miguelito Borda, Tato Gorbea, veinte chiquillos ruborosos esperando la señal para iniciar el canto. Era un claro cielo de tarde cuando ya las tintas del sol cambiaban el blanco uniforme de las nubes, en la fina abundancia del azul. Cerca, el mar Cantábrico murmuró con su bronca pertinencia sobre la costa alta de Vasconia. De los árboles verdinegros de los altozanos llegaba una bandada de golondrinas que fugaban a sabe Dios qué ignorado destino. Se iban, irremisiblemente, huyendo de aquel otoño todavía

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claro y ya frío del norte de España, a buscar, en el Mediodía y quizás en África el calor que en esa tierra faltaba. Se iban altas y zigzagueantes las avecitas friolentas y las voces pueriles parecían hacerse más tiernas en este adiós inexorable... Desde el fondo del patio, ocupado por la familia de los alumnos, los ojos de la señora de Gorbea estaban fijos en el hijo que cantaba, que se despedía. Tanto lo sentía así. En la ingenua canción ponía el niño toda la efusión dolorosísima de quien dice adiós con la incertidumbre del reencuentro. Y la emoción le iba subiendo a la garganta y estrangulándole la vocecita que pugnaba, no por decir la fuga veloz de aquellas golondrinas, sino por llorar la ausencia definitiva de aquella chiquilla que había muerto sin que él la viese... Y como sintiera que los sollozos iban a salir tumultuosamente, se retiró del estrado y corrió, corrió desaladamente hacia la portería para hacer llamar a sus padres e irse de allí, de allí donde nadie sabía de lo que a él le pasaba. Escuchó los aplausos con que premiaron la canción. La fiesta seguiría pero él no quería saber nada, nada, nada. Sus padres llegaron apresuradamente precedidos por el Padre Iturriaga que venía también a consolar a aquel hombrecito y le despidió cariñosamente. El niño, en un aparte, hizo este ruego: —Padre, usted también va a rezar, ¿no? —Sí, hijo mío... Un instante se quedó en la puerta despidiendo a los señores Gorbea. Desde la esquina, Tato volvió la cabecita e hizo un gesto con la mano... El Padre Iturriaga se volvió al fondo cálido del colegio enjugándose los ojos, sus ojos claros de niño que ha llegado a ser hombre sin dejar de ser niño, con un pañuelo a cuadros negros y rojos, feísimo. (pp. 55-64)

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Ciro Alegría

Ciro Alegría: Relatos. Selección de Dora Varona. Madrid: El Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, 1993.

Cuarzo E l indio Fabián caminaba imaginando la cara que su pequeño hijo pondría al ver el cuarzo. El bloque traslúcido erizado de varillas refulgentes, estaba con la calabaza y la cuchara de palo del yantar y otros trastos, en el fondo de las alforjas que le ceñían el hombro. Un quebrado sendero, ágil equilibrista de breñales andinos, aumentaba la brusquedad de su paso, por lo cual los objetos de las alforjas se entrechocaban produciendo un ruido monótono que rimaba con el choclear de las ojotas. Más allá, en torno del viajero, sólo había silencio. La puna estaba cargada de noche. Un ligero viento no conseguía silbar entre las pajas. A Fabián no le importaba la cegadora oscuridad ni las desigualdades de la ruta, pues se hallaba acostumbrado a vencerlas con habilidad aprendida entre las mismas peñas. Amén de que la noche a flor de tierra no era tan densa y permitía estar, erguido, así fuera sobre un hilo de senda rondadora de abismos. Más sombra tuvo en la profundidad de la mina, mayor incomodidad en la estrechez del socavón roqueño. Trabajó dos meses allí. Los peones entraban por las prietas galerías a barrenar y dinamitar las entrañas de la tierra, extrayendo una sustancia pesada y lustrosa, de color chocolate, envuelta en rutilantes rocas de cuarzo. Una callada hilera de mujeres andinas, que era como un arco iris de pollerones orlando la tierra gris, tomábala entonces y separaba el cuarzo, rompiéndolo a golpe de martillo. Así, los fragmentos de tungsteno quedaban listos para ser cargados en asnos y llamas y enviados muy lejos. Fabián no sabía precisamente a dónde ni para qué. Se hablaba de que había una guerra grande en el mundo y que esa guerra, fuera de

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gente, comía tungsteno. Muchos inventos sacaban. Al principio, unos gringos treparon los roquedales andinos a explorar y luego llamaron a los campesinos para el laboreo. Ahora se llevaban el mineral. Y sobre la ancha falda del cerro rico, según podía verse, nevaba la nueva nieve del cuarzo. Los viajeros de la región no dejaban de echar un vistazo a la original industria. Antes vieron explotar el oro, la plata, el cobre, aun el carbón. Los tiempos modernos con su fiera guerra, habían valorizado el… “¿cómo se llama?… ¡Ah, el tungsteno!”. Mascullaban algo en tono de broma y, como nadie lo impedía, echaban a las alforjas un trozo de brillante cuarzo para obsequio o recuerdo. Llegó a ponerse de moda. Por toda la comarca se esparció la roca de la mina. Los niños indios miraban maravillados los poliedros, hasta que al fin se atrevían a jugar con ellos. Las mujeres dábanles oficio de peanas. En los escritorios de los hacendados a guisa de pisapapeles, se erguían triunfantes los haces de varillas. Fabián llevaba también ese regalo para su pequeño: cuarzo, luz de piedra. No era lo único. En una esquina del pañuelo tenía amarrados quinientos soles, sólo algunos de metal firme, a la verdad, pero los billetes valían en las tiendas del pueblo. Su mujer tenía vista una falda de percal floreado. Él andaba aficionado de una cuchilla. El pequeño quería una sonaja. Justo el domingo próximo irían al pueblo. Todo ello alegraba al viajero como la perspectiva de alcanzar sus lares. Tenía el corazón hecho un abrazo para la mujer y el hijo, la casa y el ganado, la tierra y la siembra. Cuatro leguas más de camino y estaría en lo suyo. Ahí la luz surgía en los cerros para mostrar al hombre todas las cosas buenas que animaban la ondulación de los campos y no a marcarle la necesidad de hundirse en el socavón ahíto de trémulas tinieblas y ensordecedores ruidos de barrena. Después de todo, pagaban algo en la mina y descontando gastos de comida y cañazo bueno para el frío, solía sobrar un poco. Decían que cuando terminara la guerra, esa pelea lejana y hasta cierto punto misteriosa, la explotación del tungsteno cesaría y era cuestión de aprovechar ahora. Marchaba vigorosamente, venciendo con rápido paso los altibajos y recovecos de cuestas y laderas. Su mujer estaría contenta con los quinientos soles, su hijo con el cuarzo. La cara que ponía el pequeño

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al alegrarse, de puro risueña era cómica y le hacía a Fabián mucha gracia. Una leve sonrisa se perdió en sus facciones tal si fuera en montañas calladas. Súbitamente fulguró, partiendo del cielo y la noche, la candela fugaz de un lejano relámpago. El granizo apedreó después el sombrero de junco y las rocas. Por último, la lluvia cayó en apretados y sonoros chorros. Humedeciendo rápidamente el poncho, que templó su fría pesantez de los hombros, comenzó a lamer las espaldas con su lengua helada. “Ya —se dijo el caminante—, ojalá escampe luego”. Pero el aguacero no tenía trazas de parar. Su violencia creció más todavía a favor de un viento que llegó dando alaridos en la sombra. Los chorros adquirían una furia de chicote sobre la cara. Fabián tuvo que sacarse las ojotas, pues el sendero se tornó muy resbaladizo. Sabía caminar engarfiando los dedos en la arcilla mojada, a fin de no deslizarse y caer. De rato en rato, la llama de los relámpagos iluminaba la puna y el eco de los truenos rodaba sordamente de picacho en picacho. A la fugaz claridad, las rocas enhiestas parecían encajarse en el negro cielo y la delgada canaleta del sendero brillaba trémula como si fuera a deshacerse con la plétora de agua y fango. Por ella seguía chapoteando Fabián, tozudamente, calado hasta los tuétanos por la humedad y el frío. Sacó de las alforjas un puñado de coca que chorreaba agua y se puso a masticarla para sobrellevar mejor la marcha. Había tenido que lentificarla y tardaría más en llegar. Con las horas, disminuyó la furia de la tempestad. Sólo la lluvia continuaba cayendo, densa y sonora, con esa pertinacia propia de los aguaceros nocturnos. “Pasará al amanecer”, pensó Fabián. Y se echó más coca entre los belfos ateridos y agitó el poncho para librarlo un tanto del agua y que pesara menos. ¡Malhaya las chanzas del tiempo! Fabián pensaba en el tibio lecho de bayetas y pieles de carnero, en el fogón de vivaces llamas, en la sopa reconfortante que su mujer hacía. El cuerpo de Donatila era cálido y bueno. La lluvia tendría que contentarse con chapotear a la puerta del bohío. Él iba a llegar ya. Los raros relámpagos le precisaban la posición. He ahí las rocas que se alzaban en las inmediaciones de las chacras y, bajo sus pies, las curvas mejor conocidas, los escalones más familiares por frecuentados debido a la proximidad del bohío.

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De pronto, un trueno alargó desmesuradamente su estruendo. Roncó estremeciendo la noche y acallando por un momento el tenaz rumor del aguacero. Fabián se sobresaltó con todas las fuerzas de su instinto, deteniéndose y echando hacia la sombra y la lejanía los hilos tensos de sus sentidos. Continuaban produciéndose ruidos confusos, como de piedras que ruedan y maderos que se rompen. El fuerte olor de la tierra revuelta pasó en oleadas espesas. Ya no le cupo duda. Un derrumbe se había lanzado cuesta abajo y terminaba ahora de arrastrar sus últimos restos hacia el fondo de la encañada. No sería en su parcela. Él mismo había visto que todo era firme allí, que ni una vara de suelo vacilaría. Con una consistencia sólida e inclinación propicia al desagüe, nada había que temer… Fabián prosiguió su marcha, deseando solamente que el alud no hubiera cortado la ruta. Mas estaba de contratiempos esa noche. El olor a fango se hizo permanente y pronto debió admitir que el camino se rompía, perdiéndose en un barranco formado por la avalancha. Sus pies vacilaron sobre la última fracción de senda, deleznable ya. Volvió calmosamente, casi a gatas, y terminó por acomodarse al pie de una gran roca cuya inclinación podía defenderlo de la lluvia. Esta seguía cayendo con terca insistencia. “Apenas aclare, buscaré paso”, resolvió Fabián, acurrucándose en espera del alba. Después de un rato, brilló un rezagado relámpago. Su escasa lumbre bastó para que el indio alerta viera la franja gris que manchaba el cerro. ¿Era tan grande que abarcaba el sitio de la casa y el redil? Tenía la evidencia de que una chacra había desaparecido, pero esperaba que allá, al otro lado, se elevaran todavía el promontorio del bohío y la cerca de la majada. No se podía columbrar. Ahora sí que aguardaba ansiosamente el alba. De saber, habría rezado y se encomendó como pudo, en una muda imploración, a la Santísima Virgen. En la espera larga, la sombra parecía adherida a las montañas. Sólo la lluvia fue amenguándose y terminó por irse, aunque no con la brusquedad con que llegara. Y al fin un güicho, vigía del alba, desenvolvió su agudo y claro canto. ¡Esa sostenida melodía despertaba otrora al corazón de Fabián! Con ella se había levantado a recibir el sol en medio del rocío titilante,

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los sembríos promisorios y el ganado en acecho de la vastedad de la puna. Pero ahora obedeció al sonido para incorporarse a escrutar los cerros, en una angustiosa interrogación. La claridad opaca del amanecer neblinoso bordeó un picacho, avanzó por el cielo y luego descendió enharinando la encañada. Entonces Fabián pudo ver. Cada vez más claramente, vio. La avalancha se había llevado todo, amontonando ruinas en lo más bajo del abra, allí entre los retorcidos alisos que bordeaban una quebrada. La huella oscura comenzaba arriba, muy alto, al pie de una gran peña, se curvaba un tanto al adquirir amplitud y luego descendía por la falda del cerro, recta y violentamente, hasta el fondo. Un pardo retazo de chacra quedaba al otro lado, pero la casa y el redil, con todo lo más querido, estarían abajo, envueltos en el hacinamiento de troncos, piedras y barro. El día fue pronto una luz amarilla que comenzó a brillar en la yerba y a calentar la tierra, levantando el vaho las nubes. Fabián no dejaba de mirar la mancha gris. De saber cosas, la habría encontrado igual a la silueta con que los dibujantes de fantasías fingen el símbolo de la muerte. Para él era solamente la presencia de la desgracia hecha lluvia, flojedad y caída hecha derrumbe. Todo tenía una aplastante simplicidad, una definición sin réplica. Admitiéndolo así, descendió bordeando el nuevo barranco hasta llegar a su término. El cadáver de una oveja asomaba apenas del lodazal, lo mismo que dos vigas. Bajo una costra de tierra, la azulosa pupila de la oveja se empeñaba en mirar obstinadamente. Habría que sacar a la mujer y al hijo para darles la debida sepultura y a las ovejas para desollarlas. Vendería las pieles y la carne serviría para el velorio. El sol llegó a hundirse en el revuelto conglomerado, haciendo más intenso el olor acre del barro. Fabián dio varias vueltas considerando indicios y lo observó todo sin que se contrajera un músculo de su cetrina faz. La tibieza del sol le recordó la conveniencia de secar el poncho y lo extendió –rojo y azul– sobre unas matas. Luego pensó en ir a demandar ayuda, pero al punto cayó en cuenta de que los indios de los contornos, al advertir la huella en el cerro, acudirían a examinar lo sucedido, encontrándose con él y dándole una mano en la tarea. Con todo, ésta sería larga y convenía renovar la entonadora dotación de coca a fin de acopiar fuerzas. Sentóse, pues, a un lado, revolviendo las alforjas

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que guardaban la hoja verde. Al hacerlo encontró el albo y aristado trozo de cuarzo, que fulguró bellamente bajo el sol. Pero en los ojos de Fabián centelló también una llama y con un desdeñoso movimiento del brazo, lo arrojó hacia las ruinas. El cuarzo sumergió su nítida blancura en la prieta masa del barro, produciendo un breve chasquido. Y esa llama fugaz y tal gesto despectivo fueron los únicos signos exteriores de que algo había ocurrido en el alma del indio Fabián. Después, hasta sentirse con ánimo para la faena, se puso a masticar su coca impasiblemente. (pp. 86-91)

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Carlota Carvallo de Núñez

La niña del espejo y otros cuentos. Obras escogidas. Tomo I. Lima: Ediciones El Monigote de Papel, 1990.

El abuelo volador E l día que celebraba su cumpleaños, después de que se fueron los invitados, el abuelo empezó a examinar los regalos que le habían llevado sus familiares. Con gran ilusión iba colocándolos unos junto a otros sobre la mesa. De pronto sus ojos tropezaron con un extraño envoltorio en el que hasta ese momento no había reparado. Arrancó con impaciencia el desteñido papel y lo arrojó al suelo, mientras se preguntaba: —¿Quién me habrá traído esto? Pero no había señal o indicación que denotara su procedencia. Contenía un par de zapatos de color azul claro, hechos de un material raro y muy brillante. Sin pensarlo más trató de calzárselos. Apenas lo había hecho, notó que sus pies se despegaban del suelo y empezaba a elevarse lentamente. La ventana que daba al patio estaba abierta y a través de ella salió a la calle, con gran asombro de sus numerosos nietos que se encontraban en ese momento jugando en la calzada. —¿A dónde vas abuelito? —le preguntaron. Tomás que se hallaba un poco más apartado volando una cometa le gritó: —¡Agárrate de la cometa, abuelo! ¡Así podrás volver cuando se te ocurra! El abuelo se ató el brazo al extremo del hilo de la cometa y empezó a flotar en el aire suavemente, junto con ésta. En esta postura permaneció durante largo rato, hasta que empezaba a anochecer y se sintió un poco cansado. Entonces le gritó a Tomás: —¡Ya puedes enrollar la cuerda!

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Así lo hizo el chico y poco después el abuelo apoyaba los pies sobre la tierra. Todos los niños esperaban regocijados, junto con algunos vecinos que habían acudido a ver el extraño espectáculo de un viejecito suspendido en el aire sujetándose de una cometa. Sin hacer comentarios el abuelito pasó cerca de ellos y entró a su casa, mientras los muchachos se retiraban a sus hogares. Sólo a su nieto Tomás le dijo en secreto: —¡Qué lindo ha estado el paseo! Desde ese día comenzaron sus correrías. Vagaba de un lado a otro por el cielo hasta que la noche caía en el tranquilo pueblecito. —¡La comida está servida! —gritaban los niños, y él respondía: —¡Ya voy! —con una voz tan delgadita que apenas si se le podía escuchar. —¡Ustedes tienen la culpa de que el abuelito haga esas locuras! —dijo la madre de Tomás, muy disgustada. Y desde ese momento trató de averiguar cómo había adquirido el viejecito la mala costumbre de volar de un lado a otro por el cielo. Al fin un día dijo triunfalmente: —No puede ser otra cosa que esos zapatos azules, lo que le permite elevarse por los aires. Y esa noche entró sigilosamente a sus habitaciones y tomando los zapatos los escondió en el fondo de un viejo baúl. A la mañana siguiente el abuelo buscó afanosamente sus zapatos y al no hallarlos tuvo un disgusto tan grande que hasta enfermó. Llamaron al médico. Este creyó solucionar el caso atiborrándolo de medicinas, pero éstas no le hicieron el menor efecto. El pobre anciano se sentía cada día más débil y deprimido. Una mañana Tomás se acercó a su cama con muchas precauciones y le preguntó: —¿No quisieras volar otra vez, abuelito? —¡Sí! ¡Eso es lo que más deseo! —respondió éste, con un hilo de voz. El niño había descubierto el paradero de los zapatos y resolvió devolvérselos. Luego le ayudó a que se los calzara, porque el pobre anciano estaba muy débil. De pura alegría rió a carcajadas. Salió por la ventana y empezó a vagar de un lado a otro, impulsado por el viento. Cuando Tomás hubo enrollado el hilo de su cometa para obligarlo a

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volver, el abuelo le rogó que aumentara el hilo, a fin de que su paseo pudiera extenderse más lejos todavía. —¡Ya basta, abuelito! —gritaba el niño, mientras lo veía alejarse flotando suavemente. Pronto el abuelito se puso bien de salud. Cada día encontraba mayor felicidad y diversión en sus extraordinarios paseos. Cuando llegaba la hora de almorzar sus familiares gritaban a voz en cuello: —¡Ven abuelito! ¡Tu sopa se enfría! A veces lo sorprendían arrancando frutas o flores de las copas de los árboles. Los niños tiraban entonces de la cuerda hasta que el viejito ponía otra vez los pies en la tierra y repartía las cosas que traía. Luego frotándose las manos con satisfacción les contaba todas las experiencias extraordinarias que había tenido en su recorrido. Algunas veces sus pequeños nietos intentaban ponerse los zapatos del abuelito para volar como él, pero con gran desencanto comprobaban que no les era posible. Quizás el secreto consistía en algo muy simple que ellos no habían podido descubrir todavía. Poco a poco todos sus familiares y vecinos se fueron acostumbrando a sus escapadas, hasta el punto de no llamarles ya la atención. Cada día el abuelito se sentía más feliz al encontrarse suspendido en el aire. Conocía al dedillo todos los alrededores. Sabía de memoria hasta qué punto podía alejarse, cuándo el ovillo se había desenvuelto por completo. Cierta vez les dio la sorpresa al llegar hasta la veleta de la iglesia del pueblo. Entonces se puso a repicar las campanas, luego desde allí les hizo graciosas señas, mientras reía alegremente. El tiempo transcurría y el abuelo se iba poniendo cada día más arrugadito y parecía demostrar menos interés por las cosas de la vida diaria… Una mañana antes de salir de la casa escondió dentro de su bolsillo unas tijeras, que alguien había dejado olvidadas sobre una mesa. Tomás empezó a desenrollar la cuerda, a fin de que el abuelito pudiera moverse con más libertad. Entonces éste sacó de su bolsillo la tijera y con ademán tembloroso, cortó el hilo que lo sujetaba a la tierra.

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Cuando los niños se dieron cuenta, ya era demasiado tarde. —¿A dónde va el abuelito? —se preguntaron con inquietud. Salieron corriendo al patio y desde allí lo vieron como una manchita oscura en el cielo que se iba alejando hasta perderse de vista entre la niebla. A Tomás le pareció distinguir que desde allí agitaba los brazos, como diciéndole ¡ADIÓS! Pero no estaba muy seguro de ello. Lo cierto es que el abuelo volador no volvió nunca más a su casita del pueblo… (pp. 53-56)

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Francisco Izquierdo Ríos

Maestros y niños: selección de cuentos. Lima: Talleres La Confianza, 1959.

Ladislao, el flautista

—¿Oyes, maestro? —¿Qué? —Flauta. Y toda la clase se sume en silencio. A cuál más, los muchachos tratan de oír, levantándose de las carpetas. —¡El Ladislao! —¡Sí, el Ladislao! —Sólo puede ser Ladislao, maestro, sabe tocar así la flauta. —No puede ser Ladislao, niños. Su padre, hace poco, me ha dicho que está ausente y que ya no regresará al pueblo. Ha ido a Chachapoyas, donde su madre. —El Ladislao es, señor. Ha llegado ayer, al anochecer, con la lluvia. Yo lo he visto. La escuela es ya un revuelo. En todos los labios tiembla el nombre de Ladislao, y una profunda ola de simpatía cruza la escuela de banda a banda. —El Ladislao es, señor… allí está su cabeza. —Sí, maestro. Allí está, veálo, usted. Está mirando por el cerco. Efectivamente, la cabeza hirsuta de Ladislao aparecía por sobre el pequeño cerco de piedra de la escuela. —Zamarruelo… vayan a traerlo.

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Y tres de los muchachos más grandes de la clase van como un rayo en su busca, y después de un rato vuelven sin haber podido coger a Ladislao. Y sólo dicen: —Señor, se escapó a todo correr, como un venado, por el monte. —¡Qué raro! —exclamó el maestro—, Ladislao se está volviendo vagabundo. ¡Qué lástima, un buen muchacho! Y todos recuerdan con pena al compañero que tantos deliciosos momentos dio a la escuela con su arte. Parecía que Ladislao hubiera nacido con el divino don de tocar la flauta y de hacer flautas de carrizo como nadie. Todos recuerdan aún que, cuando un grupo de comuneros del pueblo salió a explorar la verde e inmensa selva que empieza al otro lado del cerro, fue él quien iba adelante tocando la flauta, acompañado en el tambor por Macshi, otro muchachito, hasta la loma de las afueras, donde se despidió de los valientes exploradores. Y, además, todos recuerdan nítidamente su inseparable poncho raído, con color de tierra ya por el demasiado uso, y su cabeza enmarañada y rebelde como los zarzamorales de las quebradas. —El Ladislao se ha vuelto así, diz, maestro, porque mucho le pega su madrastra. —Sí, algo he sabido. ¡Pobre muchacho! —A mí me ha contado así, señor, llorando. —Por eso diz que vive así, señor, andando por todos lados, por todos los pueblos. —Ahora, diz, señor, no ha llegado a la casa de su padre. Ha llegado donde la mamá Grishi. —Su padre ya ni cuenta hace de él diz, señor. Lo ve como a un extraño. —Y ahora diz, maestro, se va a vivir en la mina. —¿En las minas de sal? —Sí, diz, señor. —¿Y su madre?

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—Diz, señor, que está enferma en Chachapoyas y, precisamente, él quiere trabajar para ayudarla. —Y por eso diz, maestro, ya no vendrá más a la escuela. En ese momento, volvieron a oírse lejanas notas de flauta que como sollozo de niño abandonado hacían florecer en la escuela todo un rosal de emoción perfumada de tristeza. ¡El corazón de los niños estaba en suspenso! En la huerta, bañada por la luz de oro de un jovial sol mañanero, hasta los finos álamos parecían agobiados de pena. Ladislao, el flautista, se alejaba para siempre de la escuela. (pp. 59-64)

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José Portugal Catacora

Niños del Kollao. Puno: Tip. L. Camacho, 1937.

Los exámenes Hay que pensar en las horas de enorme preocupación que se hace vivir a los

niños, durante los días precedentes a los exámenes de promoción; práctica

que debería suprimirse, ya que con ella no se comprueba la eficiencia o aprovechamiento del alumno; por el contrario, sólo se consigue torturar su vida anímica, muchas veces hasta perderlo.

Humberto Paca

Era mes de diciembre.

N uestra escuela estaba saturada de una agitación inusitada. Las lecciones aprendidas durante el año escolar, entre el miedo a los pellizcos de la maestra i el terror al “calabozo de las calaveras”, habíanse esfumado de nuestra memoria. Habíanse marchado como las miasmas que migran de organismo en organismo sin dejar más huellas que la infección destructoria. Pero era necesario recordar todas las lecciones, aunque la destrucción de nuestra mente fuese total. Estudiábamos. Estudiábamos aun en las noches, hasta quedarnos dormidos. Muchos niños, al día siguiente volvían con las pestañas i los cabellos tostados por el fuego de las bujías esteáricas. También madrugábamos para ir a estudiar por los campos, i el aire matinal nos reconfortaba un poco. Aquello era una fatiga bestial, i sin embargo, la maestra i nuestros padres se complacían sabiendo que estudiábamos día y noche.

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—¡Si todo el año estudiaran así, serían calificados todos con 20, en los exámenes! —exclamaba la maestra, satisfecha de haber suprimido los recreos. ¡Ah, los exámenes! Los exámenes nos infundían más terror que los aparecidos, de que nos contaban nuestras octogenarias abuelas. I el pensar que se aproximaba, día tras día, como un fantasma, nos tenía engolfados en aquella tarea infecunda de memorizar copias i libros.

II El aciago día llegó al fin. El anciano señor Carmona, Juez vitalicio del pueblo, el “tata” Alvarado, cura de la parroquia, i nuestra maestra, una señorita de años avanzados i que nunca tuvo un hijo, constituyeron el Jurado examinador. Se instalaron ceremoniosamente en la sala más espaciosa de la escuela, i empezaron su tarea inquisitorial. —Los tres primeros de la lista —llamó la maestra con bondadosa voz, pero fingida, según lo advertíamos. Los tres niños entraron temblando de pie a cabeza, luego otros tres, i así sucesivamente. Mientras duraban los exámenes, los demás niños ambulábamos por el patio, instintivamente. El cansancio mental nos tenía incapaces de hilvanar una sola idea concreta. Las niñas —pues nuestra escuela era mixta— habían llenado de velas encendidas su sala de estudios i, ante el pequeño altar que la maestra había hecho levantar para la imagen del Corazón de Jesús, rezaban todas contritas i muy compungidas. Los varones también habríamos participado del ritual de velas i oraciones, si no se nos hubiera prohibido mezclarnos con las niñas. Pues solamente nos era permitido llevar medallas i escapularios. Los minutos se prolongaban tanto i las horas semejaban a siglos. Como algunos niños solían salir llorando después de la prueba, el pánico crecía entre nosotros cada vez con mayor intensidad.

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Yo tenía la cabeza como hinchada i zumbante de tanto estudiar. Pero cuando ya iba a simular una neuralgia aguda para evadirme de los exámenes, llamaron mi turno. Sin saber cómo, i en menos de lo que se imagina, me encontré frente a la mesa del Jurado. A mi lado estaba otro niño más pálido que la cera. Era el alumno predilecto de la maestra, porque aquél era un niño muy distinto a los demás. Jamás dejaba los libros, ni nunca se entretenía en jugar. Apenas tendría unos doce años, i era más serio que un viejo. Por eso era el único alumno querido por la maestra. Habíamos sido los últimos examinados.

III El señor cura bostezó hondamente i el señor Carmona tosió con sorna, mientras la maestra expresó: —Estos últimos son los mejores —por no individualizar a su predilecto. Nos entregaron un libro de lectura a cada uno. El que me tocó —por lo nuevo— me pareció distinto al que yo conocía. I cuando quise leer, hasta las letras empezaron a caminar sobre el papel. Luego pasamos a otros temas. Cada vez que alguno de los señores del Jurado movía los labios, me daba la impresión de que me iban a descargar un golpe mortal. Estábamos, pues, como al pié de una guillotina, ante aquel inexorable tribunal. —A ver usted —se me dirigió el señor Carmona, mientras el párroco examinaba al otro niño— escriba en la pizarra: Si un libro tiene 20,000 palabras en cada página i el libro consta de 2,500 páginas, ¿cuántas palabras tendrá dicho libro? Después de escribir tan mal como me permitían las circunstancias, me quedé mirando a la maestra.

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Resuelva usted ese problema —ordenóme ella. Pero yo no podía resolver nada. Igual cosa le pasó a mi compañero. —¿Podría usted señalar el puerto del Callao en el mapa? —preguntóme otra vez. Automáticamente levanté los ojos hacia la pared i me encontré con un gran cuadro lleno de infinidad de nombres i rayas. Era el mapa físico del Perú. El único mapa que había en la escuela, pero siempre guardado. Me dirigí hacia el mapa. Tomé un madero que había allí puesto a propósito i me puse a buscar el puerto del Callao. —Más arriba. —Más abajo. —Más a la derecha. —Más a la izquierda. —Eso es. Ahí está… I el puerto del Callao quedó al final descubierto. —Ahora, hábleme de los virreyes que ha tenido el Perú. —¿………? —¿Quiero decir, cuántos i cuáles fueron los virreyes que gobernaron el Perú? Nones. Yo había estudiado aquello, i más de una vez había repetido de memoria ante la maestra sola. Pero ahora, nada. No recordaba a ninguno de los virreyes. Como aburridos ya de hacer tantas preguntas sin respuesta, se cambiaron los jurados i el señor cura me preguntó: —¿Podría usted decirme, cuántos i cuáles son las Bienaventuranzas? —Las Bienaventuranzas son… son… son… La maestra me hizo una seña, i creyendo que empezaba mal, callé. Aquella respuesta, tal vez me había salvado, pero la maestra… La maestra con sus constantes señas, nos perdía. Pudiendo responder con

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alguna idea sencilla, nos quedábamos como petrificados, pendientes de sus señas. I ella gritaba: —¡Por Dios, hable usted! ¡Diga usted algo! ¡No sea tonto…! ¿No recuerda…?

IV Se agitó una campanilla i quedó terminado el acto de los exámenes. Abandonamos la sala, cuando las sombras de la noche habían obscurecido ya el ambiente. Al trasponer el umbral de la puerta, que distaba tres gradas del suelo, mi compañero de la última penitencia resbaló i cayó. —¡Está muerto! ¡Está muerto! —gritaron los chicos apelotonándose sobre el niño predilecto de la maestra, que yacía en el suelo. —Es por la impresión de que no pudo responder a una sola pregunta —manifestó la maestra, al examinarle. Más tarde los médicos de la capital diagnosticaron que aquel niño quedaba incapacitado para continuar sus estudios. (pp. 103-111)

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Teófilo Acuña Figueroa Pelota de trapo. Cuentos de escuela. Huancayo: Editorial El Maestro, 1944.

Pelota de trapo Advertencia:

E n una pelota de trapo-juguete posterior a la de jebe; pero que se puede proporcionar el más pobre muchacho mete todo lo que encuentra a la

mano: papeles, piedras, pita, trapos viejos i nuevos, otros juguetes pequeños

de valor dudoso, etc. Luego, cubre todo este material con algo más limpio i, en seguida, lo forra con medias —del papá o de la mamá— a medio uso; redondea bien a golpes; organiza los bandos i, a los pocos minutos de

nacida, la imprescindible esferoidal sufre ya los millones de puntapiés que le llueven sin compasión alguna.

Esta órbita, por tener semejante contenido al juguete indicado, lleva el

mismo nombre; incluye todo lo que han encontrado mis alumnos a la mano:

en sus recuerdos, vida diaria i en la transmisión oral que les hicieran sus mayores. Son cuentos de ellos. Mía es, solamente, la presentación —el calcetín

a medio uso—; adquirirá redondez gracias a los lectores, ellos golpearán a su

antojo. ¡Cuidado que el golpe sea más fuerte por un sitio que por otro! No sea que pierda la forma que intentaron darle mis alumnos. Si sucede esto —que lo temo mucho— protestarán i dirán que la pelota se ha vuelto huevo, culpando, por consiguiente, de mal intencionados a los críticos. *** ¡Qué simpática es aquella tira! Tira alegre, bullanguera, inquieta, de muchachos de barrio, en la que se confunden todos los colores i razas i en que esa misma policromía la hace más interesante i compacta. La raza para el grupo no es nada, más bien la relacionan con el apodo, pero no con la importancia que pueda tener en el grupo i, felizmente desconocen la clasificación de los

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hombres por el matiz de la piel o la forma del cráneo. Al injerto César le llaman el chino; al zambo Julio, Sandía; al cholo Juan, Hallanca; al gringo Ricardo, Yanqui; al burguesito Carlos, Palomilla con cuello… En la sociedad los pleitos terminan poco después de iniciados, el que primero golpea de modo decisivo gana, el que más insulta tiene mayor ascendiente i si los carboneros cargan para que haya trompis, una lucha a puntapiés i puñetes es la máxima tempestad, luego; los otros separan a los contendores, éstos la chocan i quedan amigos como antes. Sorprendemos a los muchachos —a la tira completa— frente a una casa a la que bajan menajes, se trata de una mudanza, alguien llega al Barrio. —¿Tendrán hijos?, pregunta Carlos i todos sonríen, en efecto, han visto un chico ayudando en los ajetreos, es parecido al señor que ordena el traslado de los muebles, es un chico robusto, le calculan 14 años, luce chompa azul estilo universitario, los zapatos son de foot-ball lo mismo que las medias. Con esto la alegría cunde en la muchachada curiosa, el Nuevo será de ellos, su indumentaria indica que es aficionado a la pelota. —Tiene pinta de buen jugador, comenta Juan. El recién llegado como si no hubiera oído el elogio aparenta indiferencia, pero trabaja con más empaque, hasta carga muebles más pesados. —¿Te ayudamos? —son las primeras palabras que Julio le dirige i coge una silla dejada por uno de los cargadores en la vereda. —Para mí es suficiente, pero si eres comedido, gracias, puedes hacerlo. Los demás muchachos sin esperar más invitaciones se ponen a cargar. —¿Has jugado por algún equipo? —Sí, por el Infantil Alianza Malambito, últimamente fui el capitán. —¿Cuántos años tienes? —Cumplí los doce. —¡Ah!, creíamos que catorce. —No soi revejido, salgo a mi abuelo, él mide como dos metros.

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—Nosotros también tenemos club se llama Progresista Prado. —Pero los jugadores no son ustedes, he oído decir que son infantiles con… hijos, ¿cierto? —Envidia, dicen eso los picones, porque somos los campeones invictos de los Barrios Altos, ya ves, yo tengo doce años i soi el inter derecho titular. Te pondremos en el cuatro, hai maletas. ¿…? Héctor Moreno tuvo que contestar a muchas preguntas más; de dónde venía, quiénes eran sus padres, si tenía hermanos mayores, si su papá mismo le compraba los chimpunes para terminar siempre con lo que más les interesaba, qué tal jugador era. El nuevo vecino fue probado a la semana de su llegada con pelota de trapo en la plazoleta de la iglesia, allí los del Progresista se convencieron que no eran latas las afirmaciones de Héctor al llamarse buen jugador i decidieron ponerlo en el equipo titular en reemplazo de Carlos, quien pasaría a ser suplente de aquél. Carlos ideó muchas cosas para eliminar al advenedizo i reconquistar su titularato, hasta intentó malograrlo en uno de los entrenamientos en que el rival jugó en su contra, mas la agilidad, el mejor juego, los quites i la serenidad de Héctor terminaron por desarmarlo, sintió su propia inferioridad i pensó afiliarse en otro club, fuera del Barrio, estaba ya listo para pasarse cuando el Progresista Prado llegó a las finales del campeonato infantil de Barrios. El próximo match sería el último; para ello nuestros chicos entrenaban mañana i tarde, dichos entrenamientos se hacían interminables; se fijaban un tiempo limitado porque así se los había recomendado un jugador de primera; pero el policía de la esquina lo descomponía todo ante cuya presencia los muchachos desaparecían, para volver uno a uno a la plazoleta i continuar el juego; esto se repetía varias veces en un día i ellos, por cumplir con la hora señalada de entrenamientos, se pasaban casi todo el día en la plazoleta. Un verdadero suplicio de Tántalo angustiaba a los imberbes futbolistas. Muchas pelotas de trapo cayeron en manos de los policías, quienes al examinarlas i darse cuenta que los materiales de confección no eran

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ciertamente tan limpios, las arrojaban a las azoteas o a los basurales. Una pelota de estas en los pies de los palomillas es otra cosa, poco menos que una fortuna. Qué hermosa rueda obediente a los mandatos de los pies, manos i cabeza de los más diestros, sobre todo cuando pasa la valla dejando al guardameta contrario tendido en el suelo i los de la barra gritan: ¡Sin chance! Un goal es una hazaña i el autor un héroe. Las palabras: Chutea, pasa, centra, pica, cabecea, avanza, remata saben a miel. Este deleite no comprenden los detentores de la vara a un costado, para ellos los chicos que juegan en la plazuela son destructores de las paredes, malcriados, insolentes, escandalosos que perturban la tranquilidad del vecindario i que deben ser perseguidos a varazos; por su parte los muchachos pagan con igual moneda, al correr los insultan, en la fuga los odian. ¡Ah, si los guardias se hicieran amigos de los palomillas! Sin embargo, no puede ser, los intereses i las edades distan lo que dos polos entre sí. I por fin, llegó la hora del partido final: Progresista Prado Vs. Deportivo 5 Esquinas, equipos de barrios vecinos i, por ende, eternos rivales. Otro de los cariños del muchacho es el que tiene a su barrio, para él es la patria chica, merecedora de sus mayores sacrificios. A las lides todos los equipos llevan sus barristas que se identifican con sus jugadores, se pelean antes que ellos i sufren i gozan todavía más, según las circunstancias adversas o favorables. El primer tiempo del partido termina con el score de un tanto por bando, pese a la superioridad del Progresista; en el intermedio el capitán del 5 Esquinas reúne a su gente i le habla en voz baja. Reiniciado el juego se nota claramente que los del 5 Esquinas juegan bruscamente, lo que motiva las protestas de la barra contraria. —¡Sucios! —¡Cochinos! —¡Árbitro comprado! —¡Camarón!

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De la barra opuesta también salen gritos amenazadores, el juez no castiga faltas graves dando margen a que los del 5 Esquinas riñan en el campo de manera abiertamente tosca. La pelota aparece i desaparece en rauda carrera de la vista de los espectadores, en una de esas los progresistas llevan la pelota hasta la valla enemiga, consiguen un tanto más, pero allí… cae un jugador, es Héctor; los ánimos se exasperan, el público invade la cancha, una inmensa bola de gente menuda se dirige al lugar del accidente, de pronto las pedradas menudean, caen como lluvia; llega la policía para despejar a sablazos a los curiosos. El evento se reanuda por breves momentos, pues, Carlos, que había reemplazado a Héctor, es también lesionado, el guardavalla contrario lo cogió del pie. Otra vez la trifulca, la policía renueva su trabajo i todo termina. Los del Progresista una vez vestidos se dirigen a su local, llevando por segunda vez la copa del campeonato i después que el presidente los ha felicitado por el brillante triunfo i les ha convidado un vaso de kola se marchan a sus casas. Héctor i Carlos caminan juntos, viven en la misma calle, van contentos; Carlos le confiesa el pecado de envidia. Ahora que ambos son necesarios en el equipo pueden intimar. Héctor sonríe i le contesta: —Ya pasó i pronto volverás a ser el titular. —¿Por qué? —Me mudo. Así fue, a los pocos días la familia de Héctor cambiaba de barrio, una noche de luna llena, semejante a una pelota de trapo bien hecha, los chicos del progresista despidieron a Moreno, ya cuando el camión de los trastos se perdía en la penumbra de las calles, Carlos levantó los ojos contempló el límpido cielo donde brillaba la solitaria luna i dijo: —Allá, en el cielo, de seguro no hai policías. (pp. 1-8)

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Enriqueta Herrera Grey Leyendas y fábulas peruanas. Lima: Sesator, 1963.

Por qué vive el añás debajo de la tierra H ace muchísimos años, aún antes de que los Incas construyeran la ciudad del Cusco con sus palacios y jardines de oro, un zorro y un añás(1) habitaban dos casas cercanas hechas entre rocas al pie de un cerro. Ambos animales parecíanse mucho, lo cual no tenía nada de extraño puesto que eran parientes. Los dos acostumbraban salir de paseo en las noches. Cuando la luna alumbraba las chacras y los cerros, y brillaba el campo como si fuera de plata, dejaban sus madrigueras, correteaban alegremente y poníanse a contemplar aquella redondela brillante que caminaba todo el tiempo por el cielo con la misma facilidad con que ellos lo hacían sobre la tierra. —¡Ay! —dijo una noche el zorro—. ¿Sabes cuál es el deseo más grande de mi vida? Ir a la Luna. Nada, ni subir hasta el Sol, ni tener las más grandes riquezas, me haría tan feliz como poder llegar a la Luna. —Mira, mi mayor deseo es otro muy distinto —contestó el añás—. A mí me haría dichoso tener mi despensa repleta de esos gusanos que viven entre las raíces de las papas. Paseaban conversando así cuando de pronto gritó el zorro: —¡Mira allá arriba! ¡Algo cae de la Luna! Alzó la cabeza el añás y vio que, en efecto, iban bajando muy lentamente por los aires dos objetos.

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Añás: Zorrillo que destruye las cosechas y se caracteriza por despedir mal olor.

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—¿Primo —preguntó el zorro—, qué será eso? Parecen dos sogas. ¡Oh qué dicha tan grande si así fuera en realidad! —¿Y por qué no había de ser? —respondió el añás—. Tal vez la Luna ha lanzado esas cuerdas para que subas por ellas. Y en efecto eran dos sogas que descendieron lentamente hasta tocar el suelo. Los dos animales se acercaron a mirarlas y las contemplaron estupefactos. La primera era de simple fibra, una soga corriente como cualquier otra. Pero la segunda… ¡Ah, eso sí era algo verdaderamente precioso! Las hebras de finísimo oro que la formaban estaban tan bien retorcidas que la cuerda era, en realidad, una obra de arte como no habría podido hacerla ni el mejor orfebre. Levantaron la cabeza y vieron que la luna los miraba sonriendo. Al zorro le brillaron de alegría los ojos. ¡Por fin iba a realizar el deseo de toda su vida! El añás preguntó: —¿Te animas a subir? La verdad, yo no he ansiado nunca hacer este viaje, pero si tú quieres, iré sólo por acompañarte. Mas con una condición: que me dejes trepar por la soga de oro. —Escoge la que quieras. A mí lo mismo me da. Lo único que me interesa es llegar a la Luna —respondió el zorro. Empezaron ambos a ascender: el añás por la cuerda de oro, y el zorro por la de chahuar(2). El añás decía para sí: —En cuando llegue pediré a la Luna que me regale la soga y ella, que es una señora tan buena, no podrá negarme ese favor. ¡Qué rico voy a ser! ¡Cómo van a envidiarme todos los animales! Mientras tanto el zorro no pensaba sino en lo feliz que iba a sentirse al mirar de cerca a la luna. Los dos animales trepaban ligeramente cogiéndose a las sogas con todas sus fuerzas para no caer. Tras de subir un rato miraron hacia

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Chahuar: Fibra vegetal de la cual se hacen cuerdas y cordeles.

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abajo, pero no pudieron distinguir sus casas pues tan alto estaban que apenas se veían las cumbres de los cerros cubiertos de nieve. Habían llegado a la mitad del viaje cuando, de pronto, el añás se paró en seco y contempló estupefacto su cuerda. Pestañeó varias veces, abrió los ojos lo más que pudo, tocó la soga con las patas una, dos y hasta tres veces, luego acercó a ella el hocico, la olió, la lamió y por fin terminó convenciéndose de que era cierto lo que veía. Entonces gritó lleno de rabia: —¡La luna me ha engañado. Sólo la mitad de la cuerda es de oro. Lo demás es de cháhuar, de miserable cháhuar. Luna embustera, Luna embustera! En ese mismo instante oyó la voz del zorro que exclamaba lleno de alegría: —¡Qué felicidad, las fibras de mi soga se han convertido en hilos de oro! ¡Gracias, gracias, amiga Luna! En seguida escuchó el añás que su primo añadía dirigiéndose a él: —¿Qué es lo que está bajando de la Luna por tu cuerda? Me parece un cuye(3). —Sí, es un cuye —respondió el otro, furioso. —Ve, dijo el zorro, ya se paró. Creo que está comiendo algo. En efecto, el animal habíase detenido a devorar una mazorca de maíz que se encontraba amarrada a la mitad de la soga. —¡Eh, eh —gritóle el añás, alzando la cabeza—, sal de ahí! ¿Qué estás haciendo? ¿No ves que no puedes cortar las fibras con tus filudos dientes y hacerme caer? Pero el cuye parecía sordo y seguía comiendo. —¡Oye, no te hagas el zonzo —exclamó el añás, cada vez con mayor cólera, mientras trepaba lo más rápido que podía—, vas a cortar la cuerda y me voy a matar!

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Cuye: Cuy.

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Viendo el cuye que el añás se iba acercando, se puso a comer con mayor velocidad. Terminó los granos y entonces, mostrando sus filudos dientecillos, comenzó a mascar la coronta ya completamente pelada. —¡Eh, vuélvete arriba, no sigas royendo! —chilló desesperado el añás. Mas el animalillo acabó de devorar la mazorca y en el acto empezó a roer la soga. Sus dientes eran muy filudos; sonaban contra la cuerda: Chirr, chirr, trac, trac. Y el añás vio espantado cómo iba cortando poco a poco los hilos de cháhuar y cómo la soga se adelgazaba más y más a cada instante. —¡Por favor! —dijo—. ¿Qué daño te he hecho yo? ¡Deja de mascar la cuerda. Cuando vuelva a la tierra te regalaré todo el maíz que me pidas; si quieres, blanco, si te gusta más, amarillo, o si prefieres, morado! Pero el cuye lo miraba con sus ojitos brillantes y mordía los hilos cada vez más rápidamente. De pronto, crac crujió la soga, partióse en dos y el infeliz se vino abajo con la misma velocidad de una flecha. El zorro lo miró y dijo: —¡Pobre amigo, ahí está lo que le ha pasado por ambicioso. ¡Gracias a Dios que yo elegí la cuerda de cháhuar! Dando tumbos y volteretas iba bajando el infortunado por entre las nubes, que lo miraban con pena pero que no podían hacer nada por sostenerlo, y, al fin cayó en tierra quedando muerto en el acto. En el sitio donde fue a parar el pobre añás crecieron, en ese mismo instante, cientos de plantas llenas de espinas que aumentaron rápidamente hasta cubrir por completo aquel campo. Y habéis de saber que todas las espinas que existen hoy en el mundo tuvieron su origen en ese lugar. Desde aquel día los demás añases comenzaron a sufrir los insultos de los otros animales que les gritaban:

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—¡Por la culpa de ustedes hay espinas sobre la tierra. Por culpa de su ambicioso abuelo nos hincamos cuando salimos al campo. Añás codicioso, quiso soga de oro y la Luna lo castigó! Tanto les decían todos, desde las llamas y las vicuñas, que antes jamás habían peleado con nadie, hasta las loras que pasaban todo el día hablando, que desesperados se reunieron en un congreso para decidir lo que habían de hacer. Tras mucho discutir acordaron abandonar sus casas construidas en los agujeros de las peñas, donde todos los animales podían verlos e insultarlos, y hacerlas bajo la tierra. —Cavaremos huecos y viviremos en ellos —dijeron. —¿Pero, y de qué habremos de alimentarnos? ¿A qué hora buscaremos nuestra comida? —preguntó uno. —Saldremos a buscarla por la noche —respondió una añás anciana—. Cuando todo el mundo duerma y nadie pueda vernos, dejaremos nuestras madrigueras e iremos al campo. Y así fue. Desde aquel día empezaron su trabajo. Largo tiempo pasaron cavando y cavando hasta que lograron hacer casas cómodas. Una vez que las terminaron entraron en ellas. Luego cerró cada cual su puerta colocando una gran piedra delante. Así nadie sabría donde vivían y no los molestarían. Desde entonces los añases viven debajo de la tierra y salen solamente en las noches para comer. Se deslizan hasta las chacras de papas, cavan rápidamente la tierra y buscan los gusanos que viven entre las raíces. Malogran los sembríos, devoran cuanto quieren, pero cuando comienzan a asomar los primeros rayos del Sol huyen a esconderse de nuevo, antes de que salgan al campo los demás animales. Y esta es la triste historia del añás desde el día en que aquel abuelo suyo ambicioso quiso para sí la soga de oro. En cuanto al zorro, no se volvió a saber de él; jamás regresó a la Tierra a contar como era la Luna… (pp. 49-54)

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Manuel Robles Alarcón

Fantásticas aventuras del Atoj y el Diguillo. Lima: Ediciones del Autor, 1974.

¿Quieres que tengan patitas rojas? Mételos a la candela De cómo don Antonio quemó vivos inocentemente a sus hijitos, por puro vanidoso, queriendo hacerlos más bonitos que los polluelos de doña Huallata(1). Entregado otra vez a recorrer el mundo en busca de su compadre don Diego, mucho más rencoroso después de lo que le había pasado por goloso, don Antonio fue a dar un día en la puna brava. Pero no se imaginaba siquiera, entonces, que allí comenzaría otra de sus raras aventuras, posteriormente epilogada por una verdadera desgracia. El viento agudo y silbador soplaba sobre las colinas grisáceas de la puna, sacudiendo convulsivamente la escasa paja que las cubría y agitando las yerbecillas raquíticas y melancólicas. En el horizonte, la fantástica dentadura de la cordillera semejaba una interminable fila de cabezas de indios con puntiagudos chullos blancos. Ajeno a todo aquello, don Antonio iba escrutando los contornos por si encontraba por allí al minúsculo Diguillo, cuando al llegar a una altiplanicie, fue a darse de repente con doña Huallata. Sí, nada menos que con doña Huallata, esa hermosa ave palmípeda de las cordilleras, tan parecida a cualquier pato de corral, aunque mayor en porte, el cuello enhiesto y las patas de un color naranja intenso. Apenas la vio, don Antonio se olvidó de don Diego. Doña Huallata, gruesa y corpulenta, se paseaba majestuosamente como una matrona, seguida por sus polluelos. De pronto se detuvo

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Huallata: Ave palmípeda de las cordilleras.

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junto a una pequeña laguna de aguas muy azules y las Huallatitas la rodearon. Don Antonio, atento y despacioso, seguía la escena con la mirada, admirando las patitas rojas, casi color fuego de las Huallatitas. Tan alelado estaba en su contemplación que apenas se movía, de modo que el ave no advertía su presencia. Pero no pudo evitar un leve ruido que lo denunció. Doña Huallata volvióse rápidamente a mirar. Y viendo a don Antonio a tamañas alturas y en tan cauta actitud, no pudo menos que alarmarse. Le conocía muy bien por sus rapiñas y sintió al instante temor por sus hijitos. Empero, dándose cuenta de que el comportamiento del Zorro era de rara pasividad, que parecía ensimismado y se limitaba a contemplar las patitas color fuego de las Huallatitas, se quedó ciertamente perpleja. No salía aún de su asombro doña Huallata, cuando ya don Antonio se le aproximaba tranquilamente, saludándola: —Bunos días, mamay, duña Huallata. La orgullosa palmípeda permaneció en silencio por un momento y luego respondió con muy mal disimulada aspereza. —Bunos días, taytay, dun Antonio. Sin esperar más, el Atoj, fija siempre la mirada en el precioso esmalte de las patitas de las Huallatitas, exclamó: —¡Atatacháu!(2) Mamay, duña Huallata… ¿Y los piesitos de tus hijitos? ¡Quí lindos, cumo candelita!... Y doña Huallata, halagada y desdeñosa al mismo tiempo como buena chola, envolviendo con una mirada llena de vanidad a sus pequeños, murmuró: —An… sí pues, taytay. Entonces don Antonio, admirando siempre las patitas de las Huallatitas, volvió a exclamar: —¡Jaray!... ¿Y con quicosita, les das pues, así colorcito, mamay?... ¡Nadis tiene piecitos así colorcito! Y envidiando a la feliz ave, se decía mentalmente que cuánto no daría él porque sus hijitos también tuvieran las patitas de aquel mismo color lindo de candela. (2)

¡Atatacháu!: Exclamación de antojo o ponderativa de lo bello.

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Pensando así, el Atoj daba vueltas y vueltas en su menta a diversas ideas. Y de ese modo no tardó en imaginar que él también podría gozar de enorme dicha, si doña Huallata quisiera revelarle el secreto de aquel arte, sin duda exclusivo de ella, como era esmaltar al rojo las patitas de sus polluelos. Animado por este pensamiento don Antonio se entregó al instante a prodigar melosos cumplidos a doña Huallata, y, finalmente, sin poder contenerse más, dijo con toda resolución: —¡Jaray!... ¡Yo también, ahistá, quisiera que mis hijitos tuvieran sus patitas así colorcito!… —Hola… —dijo con un mohín la Huallata. Y don Antonio añadió sin demora: —¿Y, un me podrías enseñarme, mamay duña Huallata, con quicosita les das así colorcito, a los piecitos de tus hijitos? Asombrada ante tamaña pretensión del Atoj, la presuntuosa

Huallata no sabía qué responderle. Pero, animándose al fin y sin poder ocultar una maligna sonrisa, dijo fingiendo la mayor naturalidad:

—¡Uchss!... ¿Acaso un vas de saber, dun Antonio? —y agregó contoneándose—: Por gusto numás, siguro, m’estarás diciendo “enséñame”. Y don Antonio que le escuchaba anhelante, volvió a mostrarle una sonrisa aduladora y dijo: —Anda pues, mamay… ¡Nu seas así!... ¿Con quicosita, con quicosita pues les das así colorcito?... Doña Huallata sonrió maliciosamente, y replicó con displicencia: —¡Jai!... Sonseras… —Dime pues, mamay… nu seas así… —¡Jai!... —repitió el ave, disforzándose—: ¡Sonseras! ¿Acaso un vas a saber? —Nu pues, mamay… Ya entonces doña Huallata, exclamó entre risas: —¡Con candelita numás, pues, se hace, dun Antonio! ¿Con quicosa va ser? —¿Con candelita?... —murmuró estupefacto el Atoj.

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—¡Claro! ¡Moy facilcito es! —An, jáh, ¿eh?... —Lo prendo numás pues harta leña, y cuando yastá habiendo bastante brasas, lo voy tostando sus patitas, unito por unito. Maravillado don Antonio, exhaló otra vez: —¡Ah, jáh… Viendo entonces, doña Huallata el gesto abobado del Zorro, agregó en el tono más convincente: —Claro. Y así puedes hacerlo tú también, dun Antonio. El Atoj hizo un torpe movimiento de alegría y volvió a exhalar: —¡Ah, já!... El hocicudo compadre del Diguillo estaba jubiloso. Permaneció buen rato mirando todavía las patitas rojas de las Huallatitas, pensando en lo que acababa de enseñarle doña Huallata. Pero de repente, convencido de haberse informado ya de cuanto quería y apresurándose a irse, dijo esta vez sin la menor fineza: —An… Gracias duña Huallata. Pero, ahuritamei acordado questóy andando apuradito. Asiesqué, ya nos’taremos encontrando otra güelta. Y diciendo esto, dio las espaldas a la palmípeda y se echó a andar, alejándose pronto del lugar, lleno de júbilo por lo que acababa de aprender. “¿Nu ves?”, sonreía completamente convencido de que no podían estar sino esmaltadas al fuego las patitas de las pequeñas Huallatas, lo cual él también podía hacer ahora con los pies de sus hijitos. Preparar rojas brasas, coger uno por uno a sus zorritos e irles enrojeciendo los miembros inferiores, le parecía sencillamente un portento. Pero, ¡ay!... ¡Qué terribles chascos y hasta enormes tragedias, han causado a muchos la febril vanidad y el ansia de preponderancia. Y cuántas veces, la consumación de males irremediables, ha sido el duro precio de la presuntuosidad! Nada lamentable le habría ocurrido sin embargo a don Antonio, si no se hubiera apoderado de él tan peregrina idea, hasta el punto de dominarle como una obsesión. A tal punto que algún tiempo después, cuando llegó a ser padre de graciosos zorritos, loco de felicidad y sin

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saber qué hacer con ellos, decidió enrojecerles sin demora los piececitos, según la receta de doña Huallata. Más, estando ya por hacerlo y en el colmo de su vanidad, vino a asaltarle otro pensamiento. Pues, eso de enrojecerles solamente los pies a sus zorritos le parecía algo demasiado vulgar. ¿Cómo podía hacerlos a sus hijos, a sus lindos zorritos, iguales a esa chusma de los polluelos de la presumida Huallata?, pensaba. Y diciéndose: “Nu, jarambas”. ¿Cúmo pues?... Mis hijitos tienen que serlo más bunitos, resolvió, lleno de alborozo, enrojecerlos todos enteros. —¡Quicosa, caray! —exclamó a viva voz—. Enteritos tienen que serlo cumo candelitas, ¡enteritos! ¡Quicosa, caray!... Y pasando sin tardanza de la palabra a la acción, se entregó entusiastamente a los preparativos para esmaltar al fuego y de cuerpo entero a sus zorritos. Más para ello, a diferencia de lo que le había dicho doña Huallata, no preparó simples brasas, sino que construyó todo un horno de terrones y piedras. Y luego, aprovisionándose de buen leña y bosta seca, lo calentó hasta ponerlo al rojo vivo. —¡Ah, já! Ahura sí… —decía lleno de contento, frotándose las manos. Entretanto los pequeños zorritos, a los que ya tenía agrupados sobre la yerba, lo miraban fijando en él los grandes ojos y sin mover los puntiagudos hociquitos, algo asustados al ver hablar sólo a su padre, que ahora murmuraba: —Ahura vas a ver pues, duña Huallata. Pritenciosa… ¡Vasa ver!... Tus crías tendrán pues sus patas coloradas. Pero mis zorritos tienen que ser enteritos, enteritos, color candelita. ¡Vasa ver!... Calló por fin don Antonio. Y yendo hacia sus hijos, los cogió a todos juntos, sin advertir siquiera las tiernas miradas de los pobrecitos, metiéndolos en el acto al enrojecido horno. Como se supondrá, los infelices animalitos lanzaron al instante un crispante chillido. Empero todo cuanto hizo don Antonio fue sonreír anchamente, mientras les reprendía en el más amoroso tono paternal. —¡Uchis!... ¿Purquicosa gritan pues así? ¡Hua!... Disagradicidos… ¡Sonsos!... Más bien, como candelitas pues van ser… ¡coloraditos, bunitos! Y cerró herméticamente la boca del horno.

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Como es natural, lo que pasó fue algo horrible. Cuando un rato después don Antonio todo animoso y risueño, abrió la boca del horno, se quedó petrificado, viendo lleno de inmensa estupefacción, que sus preciosos zorritos estaban convertidos en humeantes carbones. Mudo de espanto y sin poder ni siquiera llorar en medio de su enorme dolor, hacía sino mirar, inmóvil siempre, los carbonizados cadáveres de sus pequeños. Porque, tarde ya, venía a darse cuenta del irreparable daño que pueden causar la vanidad y el loco deseo de ostentación. Don Antonio rompió a llorar recién. Aunque ya nada podían hacer su amargo llanto, ni los denuestos que entre lastimeros gemidos lanzaba contra la Huallata. Ya que nadie más que él mismo, por pura torpeza y vano orgullo, tenía la culpa de aquella desgracia que jamás podría remediar. (pp. 87-94)

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Primera mitad del siglo XX

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no de los nuevos fenómenos sociales que vive el país a partir de los años veinte, y que va a tener implicancias de carácter cultural y político, es el desplazamiento del eje productivo nacional: de ser un conglomerado

social marcado por la explotación predominante en los sectores agrícola y minero, el Perú empezará a percibir los estragos de la producción industrial y la agitación de ideas proveniente de una emergente masa proletaria. La intensidad de este pensamiento revolucionario, con gran repercusión en la opinión pública, va a poner en cuestionamiento el papel de la clase dirigente. No tardarán en aparecer los primeros movimientos anarquistas y de izquierda, que tendrán decisiva influencia en nuestra intelectualidad. La aparición de la revista Amauta, fundada y dirigida por José Carlos Mariátegui, constituirá un momento emblemático en el país. En sus cuatro años de vida, desde 1926 hasta 1930, con sus treinta y dos números publicados, esta revista representará una auténtica tribuna de combate en la política y las artes. Pese a su filiación marxista, jamás fue un espacio dogmático sino que, por el contrario, tuvo un espíritu democrático y acogió en sus páginas a intelectuales y artistas que no tenían dependencia política; los casos de los poetas publicados como Martín Adán, César Moro, Carlos Oquendo de Amat y, especialmente, José María Eguren certifican la sensibilidad de la revista.

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Simbólicas Conviene recordar un fragmento del libro 7 ensayos de interpretación de la realidad

peruana (1928), dedicado nada menos que a Eguren y que nos permite apreciar la lucidez y el refinamiento de José Carlos Mariátegui. Transcribo parte del “Capítulo XII. Eguren” (pp. 245-247), del séptimo ensayo “El proceso de la literatura”: José María Eguren representa en nuestra historia literaria la poesía pura. Este concepto no tiene ninguna afinidad con la tesis del Abate Brémond. Quiero simplemente expresar que la poesía de Eguren se distingue de la mayor parte de la poesía peruana en que no pretende ser historia, ni filosofía ni apologética sino exclusiva y solamente poesía. Los poetas de la República no heredaron de los poetas de la Colonia la afición a la poesía teológica —mal llamada religiosa o mística— pero sí heredaron la afición a la poesía cortesana y ditirámbica. El parnaso peruano se engrosó bajo la República con nuevas odas, magras unas, hinchadas otras. Los poetas pedían un punto de apoyo para mover el mundo, pero este punto de apoyo era siempre un evento, un personaje. La poesía se presentaba, por consiguiente, subordinada a la cronología. Odas a los héroes o hechos de América cuando no a los reyes de España, constituían los más altos monumentos de esta poesía de efemérides o de ceremonia que no encerraba la emoción de una época o de una gesta sino apenas de una fecha. La poesía satírica estaba también, por razón de su oficio, demasiado encadenada al evento, a la crónica. En otros casos, los poetas cultivaban el poema filosófico que generalmente no es poesía ni es filosofía. La poesía degeneraba en un ejercicio de declamación metafísica. El arte de Eguren es la reacción contra este arte gárrulo y retórico, casi íntegramente compuesto de elementos temporales y contingentes. Eguren se comporta siempre como un poeta puro. No escribe un solo verso de ocasión, un solo canto sobre medida. No se preocupa del gusto del público ni de la crítica. No canta a España, ni a Alfonso XIII, ni a Santa Rosa de Lima. No recita siquiera sus versos en veladas ni fiestas. Es un poeta que en sus versos dice a los hombres únicamente su mensaje divino. ¿Cómo salva este poeta su personalidad? ¿Cómo encuentra y afina en esta turbia atmósfera literaria sus medios de expresión? Enrique Bustamante y Ballivián que lo conoce íntimamente nos ha dado un interesante esquema de su formación artística: “Dos han sido los más importantes factores en la formación del poeta dotado de riquísimo temperamento: las impresiones campestres recibidas en su infancia en Chuquitanta, hacienda de su familia en las inmediaciones de

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Lima, y las lecturas que desde su niñez le hiciera de los clásicos españoles su hermano Jorge. Diéronle las primeras no sólo el paisaje que da fondo a muchos de sus poemas, sino el profundo sentimiento de la Naturaleza expresado en símbolos como lo siente la gente del campo que lo anima con leyendas y consejas y lo puebla de duendes y brujas, monstruos y trasgos. De aquellas clásicas lecturas, hechas con culto criterio y ponderado buen gusto, sacó la afición literaria, la riqueza de léxico y ciertos giros arcaicos que dan sabor peculiar a su muy moderna poesía. De su hogar, profundamente cristiano y místico, de recia moralidad cerrada, obtuvo la pureza de alma y la tendencia al ensueño. Puede agregarse que en él, por su hermana Susana, buena pianista y cantante, obtuvo la afición musical que es tendencia de muchos de sus versos. En cuanto al color y a la riqueza plástica, no se debe olvidar que Eguren es un buen pintor (aunque no llegue a su altura de poeta) y que comenzó a pintar antes de escribir. Ha notado algún crítico que Eguren es un poeta de la infancia y que allí está su virtud principal. Ello seguramente ha de tener origen (aunque discrepemos de la opinión del crítico) en que los primeros versos del poeta fueron escritos para sus sobrinas y que son cuadros de la infancia en que ellas figuran(1). Encuentro excesivo o, más bien, impreciso, calificar a Eguren de poeta de la infancia. Pero me parece evidente su calidad esencial de poeta de espíritu y sensibilidad infantiles. Toda su poesía es una versión encantada y alucinada de la vida. Su simbolismo viene, ante todo, de sus impresiones de niño. No depende de influencias ni de sugestiones literarias. Tiene sus raíces en la propia alma del poeta. La poesía de Eguren es la prolongación de su infancia. Eguren conserva íntegramente en sus versos la ingenuidad y la réverie del niño. Por eso su poesía es una visión tan virginal de las cosas. En sus ojos deslumbrados de infante, está la explicación total del milagro.

fe En medio de la vibración verbal y de la altanería del poeta peruano José Santos Chocano, cuya figura predominaba a principios del siglo XX, la aparición de unos versos mágicos escritos por un hombre tímido y de revoltosa cabellera, condujo a la crítica literaria de entonces a arrojarlo al territorio de la incomprensión, cuando no al desdén. José María Eguren fue llamado —en el colmo de los insultos—: “aterrador de niños”, sepultando por mucho tiempo el raro tesoro de su obra bajo el epitafio de oscuro y difícil.

(1)

En el Boletín Bibliográfico de la Universidad de Lima, Nº 15 (diciembre de 1915). Nota crítica a una selección de poemas de Eguren hecha por el Bibliotecario de la Universidad, Pedro S. Zulen, uno de los primeros en apreciar y admirar el genio del poeta de Simbólicas. [Nota de Mariátegui]

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Esta condición de poeta extraño, que creaba sin copiar modelos ni hacer alboroto, chocó con la tradición artística del modernismo y anunció la conciencia solitaria de un gran poeta; pues Eguren fue desde el comienzo el creador de una obra muy personal. Qué otro estilo podía esperarse de un hombre que estaba en el mundo como se está en las nubes: distraído del ajetr eo mundano, contemplando el paisaje, sin hacer daño a nadie y paseando casi sin tocar el suelo. Mientras iba y venía a diario por el malecón —vivió en el distrito de Barranco—, con sus bigotes inquietos y sus pasos cortitos, de seguro miraba hacia el mar y sostenía secretas conversaciones con seres y objetos sin voz del despeñadero: botes abandonados, gallinazos, perros vagabundos, sombras y árboles pelados. Simples siluetas para todo paseante del balneario: ¿qué puede importar un pájaro espulgándose al sol o un trozo de madera bamboleándose en las olas? Pero estos seres y objetos eran transformados, bajo la mágica percepción de Eguren, en misteriosos personajes como ogros y delicadas princesas, barcos venidos de tierras lejanas o reyes que combaten infatigables del amanecer al anochecer. De esta corte imaginaria de personajes nacieron sus poemas; los primeros se publicaron en algunas revistas limeñas sin alcanzar notoriedad. Años más tarde publicó su primer libro: Simbólicas (1911), que muy pocos lectores supieron valorar. Algunos artistas e intelectuales como Manuel González Prada, José Carlos Mariátegui o Carlos Oquendo de Amat elogiaron desde el comienzo la calidad y rareza de su poesía. Mariátegui no se equivocó al afirmar que en Eguren subsistía un espíritu aristocrático, que se resumía en su evasión de la realidad. Entiéndase como una fuga poética de la realidad, no del hombre sino del artista que con su talento y esfuerzo cotidiano trasfigura la visión de nuestra terrenalidad para crear un nuevo paisaje. Eso es lo que ocurre con la poesía de Eguren, que con palabras conocidas y desconocidas, llenas de asombro y color inventa un país fuera del tiempo y del espacio, un país muy cercano al ensueño y que por momentos tiene los aires de la infancia. Aires de cuentos y leyendas, de castillos y bosques hechizados que no rebajan el arte de Eguren, sino que por el contrario lo ahondan y enriquecen. No es difícil percibir en la mayoría de sus poemas cómo convergen los caminos de la imaginación lírica con los caminos de alguna historia fabulosa, muchas veces terrible. Tras el magnetismo de un lenguaje inusual, a pequeños y grandes lectores nos es dado encontrar una historia fantástica —como si fuera una película de

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efectos especiales—, en la que soñados personajes interpretan diversos papeles. Poco importa si son buenos, malvados, oscuros o radiantes; porque todos son personajes profundos y misteriosos. En poemas como “Los gigantones” o “Juan Volatín” nos sobrecoge la impresión de estar escuchando antiguos cuentos de hadas y podemos sentir el escalofrío de una pesadilla que nos desvela a media noche o la gracia de un muñeco revoloteando en la ventana. Es conveniente leer los poemas en voz alta, con la mejor entonación posible para sentir ese aire infantil de alegría, de incertidumbre o de miedo. Como ocurre con el viento que provoca este caballo que, más allá de la muerte, aún sigue cabalgando: El caballo Viene por las calles, a la luna parva, un caballo muerto en antigua batalla. Sus cascos sombríos… trepida, resbala; da un hosco relincho, con sus voces lejanas. En la plúmbea esquina de la barricada, con ojos vacíos y con horror, se para. Más tarde se escuchan sus lentas pisadas por vías desiertas, y por ruinosas plazas. Este texto pertenece al segundo libro de Eguren, La canción de las figuras (1916) y nos cuenta de un ser fantasmagórico que transita un escenario macabro, donde todo aparece degradado por el acabamiento. La opacidad del lenguaje —“parva”, “trepida”, “plúmbea”— da un sabor de leyenda remota y sin embargo de presente fascinación por el horror, pues (todavía) “se escuchan / sus lentas pisadas”. La brumosa historia de este caballo sin jinete, que avanza a ritmo penoso —“trepida, resbala”— va borrando los contornos de la realidad. Viene de lejos y en

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un punto sus ojos vacíos descubren algo que lo paraliza. ¿Qué puede ser?, no lo sabemos. Prosigue luego su camino y se hunde en una ciudad de sombras. En una antigua entrevista, cuando el poeta tenía casi cincuenta años, a la pregunta: “¿Cuál es su lema?”, él contestó: “Siempre a lo desconocido”. Por eso no sorprende que todos sus poemas oculten algo que difícilmente descubriremos. Pero es la emoción de la búsqueda, como la curiosidad infantil, lo que anima continuar su lectura. Esa misma curiosidad infantil que mantenía vivo al poeta; sus ojos vivaces y atentos a los detalles del paisaje, a las costumbres de los insectos y a la flor que se abría en el jardín. Minucias que aparecen en sus poemas desde el título y se filtran entre las líneas formando un diminuto espectáculo. En una prosa reflexiva Eguren escribió en De estética infantil (1974): El estado de contento es la verdadera existencia porque el dolor destruye y es originario de muerte. El niño es nueva vida; una ascensión. Su espíritu vuela para percibir el conocimiento, con la curiosidad de lo ignoto, pues cada descubrimiento es para él una maravilla. (p. 240)

El mundo de los juguetes, ese otro laberinto de recreación infantil, de aprendizaje por representar la realidad en su escala minúscula, también fue motivo de muchos poemas de Eguren. Ahí están regados títeres, muñecas, tambores, pelotas, flautas y caballitos de carrusel. En ese ámbito de juguetes, el niño, sumergido en la ensoñación, ocupa la dignidad del hacedor; es decir, del poeta. En una nueva prosa meditativa Eguren nos dice en Paisaje mínimo (1974): Los juguetes son una simulación liliputiense de la vida. Los niños los llevan a acciones magnas. Lo pequeño implica vastedad. La metafísica de la miniatura es una síntesis, y esta puede mantener virtualmente fuerzas grandes. En el mundo de los juguetes el niño es un gigante… (pp. 276-277)

Una anécdota escrita por Rosa Alarco (1981) es muy reveladora, porque refiere los juegos infantiles de un Eguren adulto con sus amigos escritores. Solo menciono un pequeño fragmento: Él nos había dicho: “Y mírenme bien… ¡Yo soy un duende!… pero hay otros duendes… cítenlos para formar una ronda… y una vida porque yo sé que existen muchos seres esperando… y yo he visto unas cuevas muy lindas y otras cosas… No seremos muchos… pero eso sí, ¡bailaremos! ¡Cantaremos! ¡Jugaremos!… y luego, ¡ya verán! con el día… zas y zas,… desapareceremos todos. (p. 155)

Dichas referencias no deberían incomodarnos: Eguren tenía familiaridad con los juguetes, las travesuras y las rondas infantiles. Jugaba en el mundo real

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como en tantos de sus poemas, formando comparsas palaciegas, danzando al ritmo de rondallas y cantando tarantelas en fiestas que él mismo organizaba. Recordemos además que sus primeras composiciones poéticas fueron escritas para sus pequeñas sobrinas; no sabemos si luego continuó pensando en un público infantil, pero es bien conocido que sus largas temporadas transcurridas de niño en las haciendas Chuquitanta y Pro, a causa de su salud quebradiza, marcaron de manera imborrable su espíritu de amor por la naturaleza y de pasión por la fresca fabulación infantil. Un aspecto fundamental de aquellos años es la formación interior que recibió de niño. Lo que él llamó su “educación privada” —realizada al margen de la escuela—, que fue su afición temprana por la pintura y la música; y también por la lectura de escritores clásicos inducida por su hermano Jorge. Esta rica experiencia espiritual lo dotó del “profundo sentimiento de la Naturaleza, expresado en símbolos, como lo siente la gente del campo que lo anima con fábulas y consejas y lo puebla de duendes y brujas, monstruos y trasgos”(2). Es por eso que los ambientes creados por Eguren son alucinados y sus personajes jamás son decorativos, sino que insinúan ciertos dramas de la existencia humana. Aunque no es fácil, leer su poesía es una experiencia cautivante. Procuremos repetir sus versos entrecerrando los ojos y dejémonos llevar por la música de sus palabras, por las primorosas pinceladas que van creando un cuadro lleno de símbolos. Sabemos que el símbolo es una impresión profunda, una sensación difícil de explicar como tantas cosas en la vida. Y es sobre todo en la inocente imaginación del niño donde germinan los símbolos, de natural y continuo, que acaban por pintar un paisaje único como el que nos deja esta poesía.

Al oído de este niño En el noble panteón de los poetas peruanos, hay nombres que el tiempo no ha ensombrecido. En algunos casos, como el de José María Eguren, el tiempo contribuye a iluminarlos ahondando sus obras. Pero existen también aquellos poetas a los que la memoria del país amenaza olvidar. Luis Valle Goicochea es uno de ellos. Un poeta humilde, de esencia franciscana, al que nuestros ojos aún le deben atención y recuerdo. Las antologías, las mesas redondas, los textos (2) “Nota sobre José María Eguren”, por Enrique Bustamante y Ballivián en el Boletín Bibliográfico de la Universidad de San Marcos , Vol. I, No. 15, Lima, diciembre 1924.

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escolares —cosa gravísima— no dedican un recodo en acoger a este hombre que escribió con toda la sinceridad de la tierra y fue bueno. Hace más de sesenta años, Vallecito —como era llamado por sus amigos— moría arrollado por un automóvil en Lima, en la Plaza Italia. Era el 13 de agosto de 1953. Unas pocas horas de agonía en el Hospital Dos de Mayo acabaron para siempre con su cuerpo frágil, golpeado por la neurosis y la dipsomanía. Para que su voz no se perdiera, había dejado escritos los más breves y conmovedores versos de la infancia. Buena parte de su obra poética (Valle Goicochea, 1974) y algunos de sus relatos pueden leerse como postales traídas de aquel lugar proverbial; donde se funda la vida y la literatura profunda la recupera con ecos de nostalgia. “Cómo olvidar mi niñez —escribió Valle Goicochea en unas líneas autobiográficas inéditas—, si corría dichoso a la sombra de los saúcos, a la vera de las acequias”. Desafortunadamente no existe una sola entrevista del poeta, que hubiera ampliado su imagen. Solo quedan sus pequeños libros de poemas, un manojo de artículos literarios y relatos publicados en periódicos, un ensayo dramático y un estremecedor cuaderno de delirios que escribió en el hospital psiquiátrico donde estuvo internado. Además de escasos testimonios sobre el calvario de su vida. La suma de estas experiencias tornáronse entrañas en el poeta, aunque su obra en prosa y verso fue la recreación sencilla y profunda de la infancia. Alejado de la estridencia vanguardista, todas sus páginas tienen impregnado un ámbito de provincia, una necesidad de volver a las primeras memorias: La Soledad, el nombre de su aldea natal, no fue solo un lugar geográfico habitado por sencillos y afables vecinos, sino sobre todo invadido por una angustia interior. La agonía de saberse tan fugaz y el afán de librarse, en la escritura, de la terca amenaza de la muerte.

fe Es mi deseo detenerme fundamentalmente en los primeros libros publicados: Las canciones de Rinono y Papagil (1932) y El sábado y la casa (1934), además del

libro póstumo Al oído de este niño. Este poemario aparece en la Obra poética del INC con el título de Marianita Coronel y el subtítulo de “Versos para niños”. Se trata

de un conjunto de treinta poemas que reunió el editor. Gracias a la generosidad del poeta Manuel Moreno Jimeno —amigo íntimo de Valle Goicochea—, conservo un conjunto de cincuenta y cinco poemas mecanografiados por el propio

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Valle Goicochea y que, bajo el título Al oído de este niño, reproduce y amplía el librito publicado por el Instituto Nacional de Cultura (1974). Lo primero que sorprende de ellos es el distanciamiento de cualquier acrobacia vanguardista —que ejercía sortilegio entre los poetas de entonces— y más bien se advierte la serena afirmación, absolutamente sincera, de ingresar a un nativismo fresco y fecundo. Ni estridencias, ni bruscos hallazgos metafóricos, ni vocablos briosos. La poesía que leemos es la voz del origen, del que mira y se sobrecoge por las cosas elementales que le rodean y las canta con un aliento natural, pero con zozobra. Leamos el poema 16 del primer libro: Tú eres mi hermana porque escribiste conmigo, a escondidas, el apodo de don Benjamín en la puerta de la casa. Porque una noche que llovía te preocupaste conmigo de un nido que la tala dejó al sereno… Porque cuando eras chiquita te cargó la Rarra Porque nos miramos juntos en los ojazos de la vaca pintada… Porque mamá es tu mamá… ¿Te acuerdas? Sabíamos que los jilgueros jugaban en los árboles cercanos, y entonces la Rarra nos llamaba a mirar los últimos pollitos… ¿Te acuerdas? estabas conmigo cuando murió mi corderito y para consolarme me ofreció otro Rosalía… Me preocupa hoy que estamos lejos la pared torcida de la casa vieja.

El verso final: “la pared torcida de la casa vieja”, es una de las pocas audacias que encuentro en sus libros. Metáfora que alude, al parecer, al deterioro del muro imaginario —lindero que separa el mundo de adentro del mundo de afuera— que con el tiempo tiende a desmoronarse. El poema citado es además emblemático, pues ahí respiran la familia y los vecinos, los animales humildes y los árboles. Seres y naturaleza distanciados por el tiempo, solo arrancados del olvido por la enumeración de hechos domésticos compartidos —hasta el candor extremo del verso “Porque mamá es tu mamá”— y enfatizados con la recurrencia interrogativa / suplicante de “¿Te acuerdas?”. También aparece la muerte, constante desgarradora en sus textos, cuando el poeta dice “murió mi corderito y para consolarme me ofreció otro Rosalía…”. No afirma, sin embargo, la consecución del desahogo.

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En Las canciones de Rinono y Papagil existe una historia, una vocación por narrar con trémula inocencia la vida apacible de la aldea. Una manera de ir configurando un ámbito mítico personal. En esa historia primigenia se evoca al pajarito Rinono, a la hermana Queca, a la Rarra, a Papagil, al sacristán, a Dolores, al molinero… Todavía la muerte no se ha encimado en el pueblo y la vida simple parece transcurrir sin sobresaltos, con pequeñas pero íntimas experiencias que el poeta recuerda. A lo largo de este primer libro, las estampas poéticas como peripecias narrativas cubren diversos estados emocionales: alegría, tribulación, desconcierto, pena. La naturaleza de los personajes y del propio paisaje rural es poetizada con objetividad, no esconde retoques sofisticados del lenguaje ni disfraces simbolistas. Sencillez y profundidad marcan la escritura. Elementos y designios, como las ocupaciones de las gentes o el arrullo del agua mansa no son sino el registro íntimo de algo vivido con amor, pero donde el alma filtra un acento doloroso por el devenir. Pocos años después, el autor añadirá ocho poemas a este libro inaugural. Aparecieron publicados en el diario La Prensa (el 28 de julio de 1935), acompañados de una nota del autor que indica: “Estos poemas estaban incluidos en Las canciones de Rinono y Papagil. Cuando se ultimaba la edición, los arranqué de sus páginas, no sé por qué. Oyendo amable y fraterno consejo, los publico hoy. Van dedicados a don Fernando C. Fuchs, noble varón y preclaro amigo”. El sábado y la casa (1934), su segundo libro publicado, retoma los mismos temas del libro anterior —el hogar, la escuela, la comunidad—, pero ahora “la nostalgia inicia un acento doloroso”, como señala acertado Aurelio Miró Quesada en el prólogo. Los dos años que lo separan de Las canciones de Rinono y Papagil se presentan en una escritura más dilatada y pesarosa. El tiempo real no coincide con el tiempo representado en sus historias. Desde el primer texto el poeta nos advierte: “¡Cómo ya he vuelto, de tan lejos, con otra alma / y mi pantalón largo… nada más!”. El yo poético de Las canciones de Rinono y Papagil estaba representado por un niño, aunque triste a ratos, despreocupado y dichoso. Ahora es un joven que ha vuelto al pueblo “de tan lejos” y ya viste pantalón largo. Bajo su mirada crecida, la escena de la aldea y sus gentes parecen remecidas por un viento de calamidad. La Rarra antes juguetona y locuaz, ahora “de pronto se queda pensativa… / —¡la amargarán qué recuerdos solitarios!—”.

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El poeta recorre sus pasos y comprueba que a las orillas del río “ya ni rastros de la casita de don Jesús Ampuero”, que don Trinidad “sin acordarse, pobre, / de su hermana Toribia, / también quiso morirse”, y que su tío Daniel, acosado por el reumatismo, empieza a despedirse de los suyos rezando a la Virgen Dolorosa: “Ya no gozaré de tus fiestas otra vez…”. Y esos árboles que dejó chiquitos, los alisos a la vera del río, “habrán crecido y se habrán vuelto tristes”. Escribe al final del segundo poema, en alusión directa al verso simbólico del primer libro “la pared torcida de la casa vieja”: Me entristece, mientras voy por la callecita recordando cierta antigua pared a medio hacer…

El sol ilumina todas las mañanas como antes y siguen sonando las campanas de la parroquia y mueve la oración sin falta del mismo sacristán Juan José. Y los vecinos madrugan como siempre y “preparan el desayuno con las manos de antes / y con los ojos de antes se van a trabajar…”. Todo parece detenido pero ahí está, agazapado e impío, el latigazo del desasosiego y la muerte. Muy pronto el lector advierte, como anuncia el poeta, que “la tristeza camina / por las calles del pueblo” y arrasa con los frutos —que ahora se pudren en los saúcos— y que crece la desolación y que hasta la única escuela del pueblo, donde los niños aprendían cantando la lección, termina cerrada y mudados a la fuerza los hábitos del pueblo. En medio de ese deterioro germina la muerte. Todo se va ajando y los personajes adultos se van, sin aspavientos, como Papagil y los viejos artesanos. Pero es la muerte de los niños lo que produce mayor conmoción: “Recién te echo de menos Manuelito Pino, / primo, amigo, escolar como yo, / recién ahora…”. Y sobre todo cuando el poeta evoca la muerte de su hermana. Hay dos poemas bellísimos —25 y 27— en los que el autor no pierde el control emocional y sus poemas conservan la dicción narrativa de sus primeros libros: “Cuando Clemencia, nuestra hermanita chicuela, se moría, / la fiebre era en sus mejillas como si cayeran frutillas / en un racimo de zambo capulí…”. Junto al dolor que se acrecienta, se despliega también una sombra de misterio. En esta nebulosa continúan discurriendo sus personajes, todos ya familiares para el lector, pero que se van esfumando progresivamente, sin renunciar a la sencillez extrema de su poética. Valle Goicochea nos ofrece ahora imágenes espectrales de La Soledad, su pueblecito que semeja por momentos la

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mítica Comala de Juan Rulfo, con su galería de personajes a punto de desvanecerse en cualquier momento. El libro Marianita Coronel, que lleva como subtítulo “Versos para niños”, debió haber sido compuesto en 1943. Según testimonio de Aurelio Miró Quesada, dicho año el poeta le remite una carta desde el convento franciscano de Urquillos: “He de publicar, Dios mediante, un librito y le ruego que me haga el favor de prologarlo. Contando con su aceptación generosa, me permito enviarle los originales”. Lamentablemente, el libro no llegó a publicarse y se extraviaron algunos poemas. No obstante, pocos fueron publicados en Trujillo por los Cuadernos Trimestrales de Poesía. Muchos años más tarde, a mediados de los ochenta, el poeta Manuel Moreno Jimeno me obsequió un autorretrato de Valle Goicochea y sesenta hojas mecanografiadas por el poeta, bajo el título Al oído de este niño. Este conjunto no solo reproduce y amplía Marianita Coronel, sino que corrige pequeños descuidos de la edición de su Obra poética.

Los versos de Marianita Coronel —nombre de la madrina de bautizo del poeta—, se instalan alegre y musicalmente en el mundo infantil. Composiciones en arte menor, rimadas y con cadencia de romancillos, como en los poemas que empiezan “Viene aquí cantando / la señora Juana”, “El monito era bonito / pero cantar no sabía”, “La casaca verde / y el palito seco”. En general son textos juguetones y sencillos, aunque no todos poseen este ritmo ligero, de tono burlesco, pues algunos tienen la gravedad de la conseja o la lección escolar. Pero la delicada poesía de Luis Valle Goicochea nos regresa siempre a la infancia más inocente y humilde.

Rayuelo Era cambiante la referencia que había recibido siempre de Rayuelo, libro de Arias Larreta, venerado por algunos de nuestros estudiosos de la literatura infantil peruana. Si era del 38 o del 39, si llevaba como subtítulo “Versos infantiles” o “Poemas infantiles” y si era tan bueno como lo presentaban. Hace meses compré en una casa de libro viejo la segunda edición (1940) —que lleva como subtítulo “Poemas infantiles”— y al fin pude celebrar su contenido inquieto y musical, entonado como un tradicional juego de barrio. Son ambientes populares los que aparecen ante nuestros ojos, situados entre lo urbano y lo rural, acompañados de un corro de chicuelos que se divierten como dios manda. El arte menor de sus versos, siempre cadenciosos y naturales, sin atisbos pedagógicos, envuelve el

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universo infantil del libro con la alegría de las rondas, el traqueteo onomatopéyico del bullicio y la fascinación del descubrimiento. Nunca vi la primera edición; me aseguran que fue realizada en Lima, en la Imprenta Perlita, en 1938 y que figura en su carátula Rayuelo versos infantiles. El libro que descansa sobre mi escritorio y del que he seleccionado nueve poemas tiene formato mediano y portada de José Domingo Pantigoso, ochenta páginas —no setenta y dos como su primera edición— y congrega tres textos a manera de presentación: “Amigo Arias Larreta”, firmado por E. L. Adrián y S.; “En torno a Rayuelo y a su autor”, por Luis H. Bouroncle, ex Director de la Escuela Normal de Varones; y “La escuela y el arte”, por Memesio Rodríguez, Director de SicoPedagogía, Ministerio de Educación Pública. En ellos se subrayan la magistral recreación que consigue el poeta del alma libre y del comportamiento gozoso del niño. Y coinciden en apreciar las “horas interminables observando a los niños en la calle, en el campo, en el hogar...”, que han fraguado en su sensibilidad de maestro y artista. Cedo al estímulo de citar un significativo fragmento de Memesio Rodríguez (Arias Larreta, 1940): La vida, si no estuviese acompañada de una concepción de belleza, sería un frío proceso de materialismo pequeño y la mentalidad del hombre caería en el estrecho círculo del cálculo físico. Cultivar, pues, en el niño el lenguaje de la pasión sana, imprimir en su vida un sentido de espiritualidad, es un imperativo educacional. (p. XV)

Jorge Ortiz Dueñas Ortiz Dueñas es un poeta sencillo y melodioso, atento en especial a la sensibilidad infantil, de obra parca y cuya presencia cobra ahora importante gravitación. Sus libros La voz menuda (1945) y Las plumas del nido (1982) constituyen dos vértices primordiales en la lírica peruana dirigida a los niños. El autor nació en Chancay, en 1917, y falleció en Lima a los ochenta años de edad. Dedicó casi toda su vida a la enseñanza escolar y es de las aulas que toma la impronta para su creación, en gran medida desconocida y hasta hace poco inhallable. Es motivo de regocijo que la Editorial San Marcos haya publicado Poesías completas (2002), pues nos ofrece la inestimable posibilidad de revalorar su figura.

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La primera edición de La canción menuda trae una presentación de Francisco Izquierdo Ríos y reúne diez breves poemas, la mayoría vinculados al ámbito escolar. Los versos son de arte menor, musicales y traviesos, que combinan con donaire cuatro, cinco o siete sílabas sin apelar a la rima ni abusar de los molestos diminutivos. Leamos algunos versos de “La plana”: “La plana de mi alumno / tiene palotes, / las OES como huequitos / de pericotes // (…) // Hoy toda mi alma está hecha / un garabato. / La plana de mi alumno / es su retrato”. Los otros poemas relacionados a la escuela alaban la “Campanita / pregonera / de las horas / de recreo…”, las alegres rondas infantiles, la dibujada caligrafía de la mañana, la “Pobre escuela / de mi pueblo, / así vieja, / carcomida…” o a la maestra llena de bondad que debe de partir. Hay otros poemas que tienen también un carácter formativo, aunque son vivencias de entrecasa y de barrio humilde. De este conjunto, mi poema predilecto es “La serial”, referido a las antiguas proyecciones de cine de aventura: Aquí está el tato, aquí está el hombre, aquí está el joven de la serial. Cuando yo paso todos respetan el balanceo de este mi andar. Cuando lo llevo, qué bien me queda este sombrero a lo cowboy. A lo vaquero volado al viento este pañuelo queda legal. ¡Fíjense bien! Estos colores me dan los aires de un Tim Mc Coy.

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A puño limpio se trenza el joven; bancos y mesas; vuelan botellas; la luz se apaga; dueño y cantina tiemblan de miedo; golpes y gritos; cargamontón… ¡Uy… el bandido! ¡Cuidado atrás! ¡Ay, que te mata! ¡Qué va a ser eso! Le echa una llave, lo palanqueó, de un solo ñeque lo desplomó. ¡Así es que tú eras el misterioso! ¡Manos arriba! Entrega el plano que de un balazo te hago bailar. Vamos al vuelo, mi potro pinto, que a la carrera te monto yo. Desde este llano se ve la cueva de los tesoros. Mi potro pinto, de puro gusto, ¡párate en dos! Casi cuarenta años después de La canción menuda, Ortiz Dueñas publica Las

plumas del nido (1982), su segundo libro de entraña infantil. Importa mencionar que entre ambos aparece En voz corriente (1954), un poemario de amor gentil: el

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enamorado que busca y espera a su amada, bajo un vientecillo campestre, siempre contenida la emoción y afinada la palabra: “Si yo tengo trampa, / ¿a qué dices no? / Te echaré maicito, / y de madrugada, / palomita caes// (…) // Confiaré en ti tanto / mi paloma buena, / yo sé bien que nunca / en la madrugada / cortaré tus alas…”(IV). Las plumas del nido (1982) se abre con un largo poema que anuncia la intencionalidad del libro: con pesadumbre y ánimo evocativo, el poeta reconstruye en su escritura las sencillas experiencias de su vida. Solo el cuaderno inocente, color de la infancia, puede acoger las tristes limaduras que va dejando el ser humano por los caminos del mar, de las nubes y del barro. Las siete secciones responden a las diversas contingencias vitales del autor: su condición de padre, maestro, hijo y abuelo. Aunque el tiempo ha dejado caer su sombra, los poemas conservan el aire de romances y serranillas, con versos sencillos y de pronta cadencia. Las personas del entorno y los sucesos de la vida cotidiana, tocados a menudo por la desgracia, son mirados siempre con delicadeza y ternura. La sección “Latidos del aula” es la más cercana a las composiciones del primer libro, antes por el tema que por el tono poético, que ha perdido brillantez y adquirido sinsabor. “Maestro cesante, / de bata y sandalias. / El ir a su escuela / su edad le impidió. // Quedó como un niño / que, al pie de la puerta / de casa cerrada, / está por llorar…” (Cesante). La edición de San Marcos ofrece una nota introductoria de Óscar Colchado e incorpora el libro Rimas escolares, gesto curioso, pues cinco de sus poemas aparecían originalmente en La canción menuda (1945; 1982).

fe La verdad que nada podría presentar mejor al poeta Jorge Ortiz Dueñas que las líneas que le dedicó Francisco Izquierdo Ríos, su mentor y amigo. Como este trabajo sigue siendo un mosaico de piezas propias y ajenas, me permito reproducir el prólogo a su primer libro (Ortiz Dueñas, 1945): La canción menuda, libro de Jorge Ortiz Dueñas, es un aporte definitivo a la Literatura Infantil en el Perú. Ortiz es poeta auténtico y maestro auténtico; sólo de una conjunción así, de maestro y poeta, ha podido brotar este bello poemario para niños. Las diez composiciones que lo forman tienen igual mérito: constituyen un hermoso jardín, donde nuestros niños, cual abejitas o picaflores, hallarán color, aroma y miel. Ortiz Dueñas, ignorado maestro primario, hace a la Patria valiosa ofrenda; digo a la Patria, porque los niños, para quienes es el libro, son los forjadores futuros

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de ella y nada mejor, entonces, que un libro de literatura infantil para arraigar en ellos ese sentimiento. El Perú, en estos momentos, está afianzando su vigorosa personalidad de nación y nos place anotar que ello, en su mayor parte, se debe a la obra del Maestro y la Escuela. Un signo de lo que afirmamos es la presencia en nuestro medio de una Literatura Infantil auténtica, nuestra. Ella, de hace poco, está alcanzando ya un halagador desarrollo. Y son los maestros de escuela quienes la están estructurando. Los maestros de las diferentes regiones del país. Con el tiempo tendremos, en esta forma, una Literatura Infantil orgánica, integral, que será fuente inagotable de belleza y emoción para nuestros niños. Ortiz Dueñas es uno de los que, dentro de este movimiento, está llamado a dar todo el oro de su alma a los niños. Estamos seguros de que Ortiz lo hará, cumpliendo así con su magnífico destino de poeta y maestro.

Tono de fauna El lector atento habrá advertido que los últimos poetas reseñados —Vallecito, Arias Larreta y Ortiz Dueñas— no solo son provincianos sino que su escritura expresa la sencillez y la gracia del campo. En el período comprendido entre 1930 y 1950, cuando estos autores dan a conocer sus obras más significativas, la literatura peruana estuvo representada por la novela agraria o indigenista; fuerza artística que provenía del predominio de la provincia sobre la capital y que influyó también, de manera importante, en la poesía y la pintura. El llamado nativismo poético deviene de algunos movimientos de vanguardia y es, ciertamente, menos enérgico que el indigenismo narrativo; su desarrollo estuvo personificado por poetas incendiarios y de fuertes convicciones doctrinarias como Luis Nieto y por poetas menos potentes, aunque más tiernos y cosmogónicos como Mario Florián, cuyos libros iniciales Tono de fauna (1941) o Urpi (1945) revelan un interés por formular una estética andina que impregne las fuentes de inspiración popular. Florián fue maestro de vocación y gran animador cultural, que cultivó una poesía concisa, diáfana y sensitiva; atenta a la descripción del paisaje andino y tan refinada en el canto de amor como en el himno de protesta social. Para muchos estudiosos, Florián encarna la expresión moderna más auténtica de la poesía indígena. Arguedas dijo de él (Florián, 1969):

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Casi el único poeta que ha realizado el milagro de crear poesía en la que se siente el tono de la canción popular india, sin que se advierta el amaneramiento, la espectacularidad, el sentido demasiado geográfico, que ha aniquilado este tipo de poesía en el Perú. (p. 172)

Entre sus numerosos libros fulguran no pocas composiciones infantiles, algunas escritas con primorosa sencillez y otras dictadas por la emoción pedagógica; sin duda una flama creativa que fusionaba su infancia campesina y su tarea docente. Tuve el privilegio de conocerlo en la Gran Unidad Escolar Bartolomé Herrera, hacia fines de los años setenta, donde era un profesor admirado por la fogosidad de sus clases y también por sus modestas publicaciones a mimeógrafo. Dos libros suyos: Poemas infantiles (1955) y Poesía para niños (Ministerio de Educación, 1961) —acaso la primera antología poética de la literatura infantil peruana— representan los mejores ejemplos de su noble dedicación. ¡Benditos aquellos maestros utópicos!

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Autores representativos y sus obras

José María Eguren Lima, 1874-1942

R epresentante emblemático del simbolismo peruano y latinoamericano, nació el 7 de julio de 1874. La mayor parte de su infancia y juventud la pasó entre Lima y las haciendas Chuquitanta y Pro, donde su familia se refugió de la ocupación chilena de Lima tras la Guerra del Pacífico. Más adelante, luego del fallecimiento de sus padres en 1897, se establece en Barranco. Debido a su delicada salud y las enfermedades que constantemente lo agobiaban, ingresó a estudiar tardíamente en el colegio jesuita de La Inmaculada y luego en el Instituto Científico de Lima, sin poder completar sus estudios. Esta deficiencia fue compensada por una educación autodidacta y una lectura voraz de decadentes y simbolistas europeos como Baudelaire, Rimbaud, Verlaire; Grimm y Andersen de la literatura infantil nórdica; y maestros del esteticismo inglés como Ruskin, Rosetti y Wilde. En 1911 aparece Simbólicas, su primera antología que es considerada la primera obra contemporánea del país. A pesar de su carácter retraído y poca participación en la escena social, gozó de la admiración de otros intelectuales como Manuel González Prada, Abraham Valdelomar y José Carlos Mariátegui. A su primera colección de poemas siguieron La canción de las figuras (1916),

Sombra y Rondinelas, las dos últimas publicadas por vez primera en Poesías (1929), que completan su obra poética. Publicó en la revista Amauta de Mariátegui y luego en La Revista Semanal

de Lima. Perteneció a la Real Academia de la Lengua. En 1942 falleció, luego de

una larga enfermedad, desempeñando el cargo de bibliotecario del Ministerio de Educación. En 1959 sus artículos se reunieron en el libro Motivos y la primera edición de su poesía completa vio la luz en 1962 a cargo del estudioso Estuardo Núñez.

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Luis Valle Goicochea Trujillo, 1911 - Lima, 1953 Nació en La Soledad, en el departamento de La Libertad, un 2 de noviembre de 1911. Es recordado por su poesía, además de haber desarrollado otros géneros como la narrativa y el periodismo. Tuvo formación hasta el tercer año de primaria como alumno de sus padres que eran maestros en la única escuela de la zona. A los nueve años sus padres lo envían a Trujillo para continuar sus estudios bajo tutela de su abuela paterna en el Seminario de San Carlos y San Marcelo. Al acabar la secundaria en 1926, Valle Goicochea se interna por dos años en el convento de su colegio como postulante para sacerdote. Indiscutiblemente es uno de los fundadores de la poesía infantil peruana con Las canciones de Rinono y Papagil (1932) y El sábado y la casa (1934), dos obras que constituyen los pilares de una poética que ha sabido mostrar sencillez y candor, así como una irrenunciable ternura, pobladas de personajes que habitualmente estremecen a los niños, pues en el fondo el poeta nunca renunció a su infancia. Luego escribirá: Marianita Coronel (escrito en 1943, pero publicado en 1947, gracias a la compilación de Francisco Izquierdo Ríos), que completa una hermosa y compacta trilogía, ahondando siempre en los temas del paisaje, en los animalitos del campo y en las pesquisas que los niños suelen realizar con los juguetes que resultan ser excelentes compañeros de juegos y travesuras. La Editorial Colmillo Blanco bajo el título simbólico de Rinono y Papagil (1989) reunió verso y prosa de Valle Goicochea, incluyendo además de los primeros títulos, el poemario Al oído de este niño y el relato El naranjito de Quito. José Vásquez Bailón le ha dedicado un breve y valioso libro Luvagois: Rastro y circunstancia: pasión y obra de Luis Valle Goicochea (Ediciones Publimagen, 1998).

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Abraham Arias Larreta Santiago de Chuco, 1908 - Kansas City, Estados Unidos, 1980 Nació el 21 de mayo de 1908 en la provincia norteña de Santiago de Chuco. Junto con Luis Valle Goicochea, es uno de los poetas que exploran por primera vez el tema de la infancia. Desde muy temprano absorbió los sentimientos y expresiones de su pueblo de las parlas costumbristas y fiestas aldeanas santiaguinas, que se manifiestan en sus versos con sabor nacional. Estudió primaria en su tierra natal, y la secundaria en Huamachuco. Luego de culminar la escuela se dirigió a Lima para obtener el título de profesor en el Instituto Pedagógico Nacional. Su espíritu inconforme y rebelde hizo que se interese por la problemática social del Perú; afiliándose al APRA con tan solo diecisiete años y militando activamente contra el gobierno de Luis Sánchez Cerro. En 1933, escribe Poesía

Chola y artículos periodísticos para las revistas Mundial y Semanal, y los diarios El Comercio, La Prensa y La Crónica. Creó la revista SAYARI en 1945, desde la cual

emplearía a la poesía como un arma de combate política. El encarcelamiento y las torturas en el Frontón no debilitaron su espíritu y, por el contrario, forjaron sus ideales. Entre sus obras destacan Cuentos Cholos (1932), Estampas Santiaguinas

(1937), Realidad de la Lírica Peruana (1939), Folklor Norperuano (1947), La

Naturaleza y su Expresión Literaria (1949) y Literaturas Aborígenes de América (1976). En el campo de la poesía es autor de La Baraja de Cholo (1939), El Hondero de la Laja Encendida (1939), y Rayuelo. Versos Infantiles (1938), que mereció el elogio de la intelectualidad americana. Falleció el 24 de octubre de 1980 en Kansas City, Estados Unidos, donde era profesor de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Missouri.

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Jorge Ortiz Dueñas Chancay, 1917 - Lima, 1997 Nació el 22 de agosto de 1917 en la ciudad de Chancay. Don Heraclio Ortiz Puente y Arnao y doña Magdalena Dueñas Ponce cultivaron con el ejemplo el hábito de la lectura en Jorge, el segundo de sus cuatro hijos. Acudió a la primaria en Chancay y culminó sus estudios en el colegio público La Merced de la ciudad de Huacho en 1937. Dedicó su vida a la docencia impartiendo lecciones en Ambar, Huaral, Quepepampa, Laure, Huacho y Chancay, y obtuvo el título de Normalista Urbano en 1959 en el Instituto Nacional de Perfeccionamiento del Magisterio. Publicó composiciones de verso y prosa en periódicos y revistas de Huacho, Huaraz y Lima. Por derecho propio es otro de los “fundadores” de la poesía infantil en el Perú. Su obra, pese a la brevedad y al distanciamiento de sus publicaciones, guarda una fervorosa fe en y por el niño. De acuerdo a Jesús Cabel, cuando Francisco Izquierdo Ríos en 1945 prologaba y editaba el primer libro de Ortiz Dueñas; decía entonces, que “solo de una conjunción así, de maestro y poeta, ha podido brotar este bello poemario de niños” y más adelante agregaba “con el tiempo tendremos, en esta forma, una literatura infantil orgánica, integral, que será fuente inagotable de belleza y emoción para nuestros niños”. Se refería a La canción menuda (1945, Segunda ed. aumentada, 1985, de Antonio Escobar y Jesús Cabel). Después apareció Las plumas del nido (1982), donde se afirman definitivamente los contenidos de su primer poemario. Figura en las antologías nacionales de Mario Florián, Rosa Cerna, Roberto Rosario y Jesús Cabel. Sus obras más recordadas son: La canción menuda (1945), En voz corriente

(1948), 21 cuentos chancayanos, huaralinos y huachanos (1993), y Las plumas del

nido (1982); manifiestan expresiones de las ciudades donde creció. Fue ganador de los primeros Juegos Florales Magisteriales (1972) a nivel nacional, el Concurso Nacional de Literatura Pedagógica y el Primer Concurso de Cuentos para niños organizado por Caretas y UNICEF en 1991. Asimismo fue alcalde del distrito de Chancay en 1945; el Mercado de Abastos y la Biblioteca Municipal son obras suyas que perduran. Falleció el 11 de octubre de 1997.

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Mario Florián Contumazá, 1917 - Lima, 2002 Poeta fundamental de la poesía de nuestro país y representante del neoindigenismo peruano, nació el 6 de octubre de 1917 en el caserío campesino de Nanshá en la provincia de Contumazá. Acreedor de una variedad de premios de alcance nacional, fue un gran intérprete del sentimiento andino y una de las voces más prístinas y vigorosas de su generación. Realizó sus estudios escolares en la escuela de Contumazá y en el Colegio Nacional San Ramón de Cajamarca. En 1937 empezó sus estudios superiores en historia en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo, los cuales culminaría en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a partir de 1940, obteniendo el doctorado en esta especialidad. En ese mismo año ganó los Juegos Florales universitarios con la égloga Tono de fauna que sería publicada al año siguiente en Cajamarca. Por aquella

época, colaboró con el grupo literario aprista Los Poetas del Pueblo, grupo dedicado a realizar poesía de corte social que tenía como miembros a Antenor Samaniego, Abraham Arias Larreta, Manuel Scorza, Mario Puga, entre otros. Además de literato, se desempeñó como funcionario del Ministerio de Educación y catedrático de Literatura en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Realizó la primera antología de poesía infantil peruana: Poesía para niños (1961), publicada por el Ministerio de Educación con un tiraje de 30 mil ejemplares. Ahí aparecen nombres que más tarde se incorporarán definitivamente a la literatura infantil y juvenil del país. Antecedente de esta valiosa antología es su Poesía infantil (1956), donde pueden hallarse poemas antologables y una marcada referencia por el niño andino. En 1977 recibe el Premio Nacional de Cultura. Dos libros de tendencia juvenil son Pueblo Ticuma (1961) y Los primeros peruanos (1961), que alternan la historia y la leyenda respectivamente. El académico Manuel Pantigoso le ha dedicado su valioso estudio titulado Mario Florián: poeta de piedra y de paloma (1990). Falleció el 2002, en la ciudad de Lima.

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LECTURAS EJEMPLARES 5 José María Eguren Luis Valle Goicochea Abraham Arias Larreta Jorge Ortiz Dueñas Mario Florián

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José María Eguren

Obras completas. Lima: Banco de Crédito del Perú, 1997.

Simbólicas (1911) Marcha fúnebre de una marionnette Suena trompa del infante con aguda melodía… La farándula ha llegado de la reina Fantasía; y en las luces otoñales se levanta plañidera la carroza delantera. Pasan luego, a la sordina, peregrinos y lacayos Y con sus caparazones los acéfalos caballos; Va en azul melancolía la muñeca. ¡No hagáis ruido!, se diría, se diría que la pobre se ha dormido. Vienen tímidos y erguidos palaciegos borgoñones y los siguen arlequines con estrechos pantalones. Ya monótona en litera va la reina de madera; Y Paquita siente anhelo de reír y de bailar; flotó breve la cadencia de la murria y la añoranza; suena el pífano campestre con los aires de la danza. ¡Pobre, pobre marionnette que la van a sepultar! Con silente poesía va un grotesco Rey de Hungría y lo siguen los alanos; así toda la jauría con los viejos cortesanos. Y en tristor a la distancia vuelan goces de la infancia, los amores incipientes, los que nunca han de durar. ¡Pobrecita la muñeca que la van a sepultar!

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Melancólico un zorciso se prolonga en la mañana, la penumbra se difunde por el monte y la llanura, marionette deliciosa va a llegar a la temprana sepultura. En la trocha aúlla el lobo Cuando gime el melodioso parobobo. Tembló el cuerno de la infancia con aguda melodía, y la dicha tempranera a la tumba llega ahora con funesta poesía y Paquita danza y llora. (pp. 9-10)

Los reyes rojos Desde la aurora combaten dos reyes rojos, con lanza de oro. Por verde bosque Y en los purpurinos cerros vibra su ceño. Falcones reyes batallan en lejanías de oro azulinas. Por la luz cadmio, airadas se ven pequeñas sus formas negras. Viene la noche y firmes combaten foscos los reyes rojos. (pp. 23-24)

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Pedro de Acero Pica, pica la metálica peña Pedro de Acero. En la sima de la obscurosa guerra, del mundo ciego. Pesarosas, como trenos y llantos, se sienten voces. De hora en hora los primitivos salmos y maldiciones. Blondo el día y el compás de la guzla lejos, muy lejos. Que en la mina, más ponderoso, lucha Pedro de Acero. (p. 27)

El Duque Hoy se casa el Duque Nuez; viene el chantre, viene el juez y con pendones escarlata florida cabalgata: a la una, a las dos, a las diez; que se casa el Duque primor con la hija de Clavo de Olor. Allí están, con pieles de bisonte, los caballos de Lobo del Monte, y con ceño triunfante,

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Galo cetrino, Rodolfo montante. Y en la capilla está la bella, mas no ha venido el Duque tras ella; los magnates postradores, aduladores al suelo el penacho inclinan; los corvados, los bisiestos dan sus gestos, sus gestos, sus gestos; y la turba melenuda estornuda, estornuda, estornuda. Y a los pórticos y a los espacios mira la novia con ardor;… son sus ojos dos topacios de brillor. Y hacen fieros ademanes, nobles rojos como alacranes; concentrando sus resuellos grita el más hercúleo de ellos: —¿Quién el gran Duque entretiene?…; ¡ya el gran cortejo se irrita!… Pero el Duque no viene;… se lo ha comido Paquita. (p. 30)

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La canción de las figuras (1916) La niña de la lámpara azul En el pasadizo nebuloso cual mágico sueño de Estambul, su perfil presenta destelloso la niña de la lámpara azul. Ágil y risueña se insinúa, y su llama seductora brilla, tiembla en su cabello la garúa de la playa de la maravilla. Con voz infantil y melodiosa en fresco aroma de abedul, habla de una vida milagrosa la niña de la lámpara azul. Con cálidos ojos de dulzura y besos de amor matutino, me ofrece la bella criatura un mágico y celeste camino. De encantación en un derroche, hiende leda, vaporoso tul; y me guía a través de la noche la niña de la lámpara azul. (p. 41)

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El caballo Viene por las calles, a la luna parva, un caballo muerto en antigua batalla. Sus casos sombríos… trepida, resbala; da un hosco relincho, con sus voces lejanas. En la plúmbea esquina de la barricada, con ojos vacíos y con horror, se para. Más tarde se escuchan sus lentas pisadas, por vías desiertas y por ruinosas plazas. (pp. 43-44)

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Rondinelas (1929) Ensueño Por jardín rosado de la cima vago, juega en la mañana la niña encantada. Y desde la altura llega con la brisa, una resonancia de juegos y risas.

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Y cuando amanece un día sereno, los ojos vislumbran la loca del cielo. Se pintan las hojas carmín alborado, de la niña suena un ballet lontano. Una misteriosa, rauda nevatilla, del jardín alado llegó peregrina. Lucía en el cuello listón nacarino, con rubia leyenda de gracia y olvido. Celeste por vago jardín colorado, juega en la mañana la niña encantada. (pp. 154-155)

Caballito Caballito colorado de los sueños desbocado, que dirige sus carreras al país de las quimeras; al país de la dulzura, caballito de figura. Se vislumbra en la colina su silueta peregrina. Cree pastal la verde nube,

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por el cerro sube, sube. En la pista de la esfera ha ganado la carrera. Caballito del contento, ve festivo con el viento, a la villa cancionela donde duerme la chicuela. Brujo, dile en tu rondalla que nos sueñe con la playa, con la espuma, con la yola, de los mares la pianola, con el tango la vihuela de la quinta cancionela. Tumba, bríndale segura, Encantada tu montura. Dile, dile que la espero caballito pinturero. (pp. 160-161)

Cancionela Ha venido Colibrí en su barca de rubí. De fragante curva quilla, con bandera cabritilla. Ha ceñido colibrí la campánula turquí. Va en su barca piratera con su linda prisionera. La ha besado Colibrí en su boca lazulí.

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

Y navega blandamente al castillo de la fuente; donde zumba Colibrí su rondana baladí. (p. 150)

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Visiones de enero y otros poemas (s. f.) La arañita Yo soy la arañita que dulce te enreda, doblando incesante sus hilos de seda. Yo soy tu arañita, yo siempre te sigo por calles y flores jugando contigo. Dormida al hallarte con gordas mejillas, te espanto risueña con suaves cosquillas. Y al ver que mi juego tu saña provoca, me vengo al instante picando tu boca. (p. 123)

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Jorge Eslava

Últimos poemas (s. f.) Princesita Princesita celeste y ensoñadora, tienes la poesía de un cuento aurora. Infantil mariposa, al alba vuelas y esparcen la dulzura tus rondinelas. Princesita celeste, de tus blasones vas llenando de azules los corazones. (pp. 168-169)

Mariposa Una mariposa voló del jardín siguiendo el encanto del Hada Jazmín, y las otras hadas buscando emociones fueron a apuntarla con escopetones. Mas la mariposa cayó dan, din, don del Hada Jazmín en el corazón, después de apuntar al cielo y al mar huyeron las hadas todas coloradas. (p. 169)

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

Luis Valle Goicochea La pared torcida. Poesía completa de Valle Goicochea. Edición y prólogo de Jorge Eslava, 2005. Lima: Colmillo Blanco.

Las canciones de Rinono y Papagil (1932) 1 -Ha amanecido lloviendo. No se levanten niñitos. que se van a resfriar. -Pero Rarrita ¿y la escuela? ¿Te lo ha dicho mi mamá? Ha amanecido lloviendo y no iremos a la escuela. ¡Lluviecita que nos libra de la clase de aritmética! (p. 43)

6 La pobre gatita, la engreída de todos se arrastraba maullando. Mi madre encargó, muy despacito, a la Rarrita que le arreglara cama en un rincón cualquiera y nos dijo a nosotros: -Niñitos, váyanse a dormir. La gata ha amanecido con gatitos. (p. 45)

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10 Nos estamos acordando de Rinono como si fuera nuestro hermanito que se ha ido. Nadie sabe decirnos a dónde voló, si vive; o quién sabe -¡Dios no lo quiera!- ha muerto. Mis hermanitos y yo estaríamos alegres si hubiera quien nos asegurara que Rinono vive contento, aunque lejos de nosotros. Madrugamos como todos los días como si con madrugar pudiéramos hacerlo volver a los árboles del frente. ¿Qué será del pajarito lindo? Papá me dice a mí, el mayor de los hermanos, que ese no saber dónde está se llama incertidumbre. (p. 46)

12 Rinono cantaba todas las mañanas en los árboles del frente. No tenía lindos colores: era oscuro pero bueno. La Rarra lo llegó a querer y como nosotros lo quería. Pobre pajarito: una tarde le contó un cuento no sé quién. Rinonó volo por donde quedan los eucaliptos del Tingo. Y desde entonces no volvió jamás. Nos queríamos, el pajarito y nosotros: así: él en su árbol, nosotros en la casa. Toda la tarde hemos llorado con la Rarra. Rinono ya no volverá. (p. 47)

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

16 Tú eres mi hermana porque escribiste conmigo, a escondidas, el apodo de don Benjamín en la puerta de la casa. Porque una noche que llovía te preocupaste conmigo de un nido que la tala dejó al sereno… Porque cuando eras chiquita te cargó la Rarra… Porque nos miramos juntos en los ojazos de la vaca pintada… Porque mamá es tu mamá… ¿Te acuerdas? Sabíamos que los jilgueros jugaban en los árboles cercanos, y entonces la Rarra nos llamaba a mirar los últimos pollitos… ¿Te acuerdas? estabas conmigo cuando murió mi corderito y para consolarme me ofreció otro Rosalía… Me preocupa hoy que estamos lejos la pared torcida de la casa vieja… (pp. 49-50)

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22 Cuando esa mañana temprano abrieron la puerta bien temprano, el perro sin dueño en el umbral dormía. Alguien quiso pegarle, pero mis hermanos y yo lo defendimos. Y se quedó en la casa. La Rarra le dio huesos y empezó a quererlo. Cuando el perro sin dueño nos veía moviendo la cola se arrastraba, nos lamía las manos, y nos precedía gozoso en los paseos. Clarita se ponía triste y una tarde me dijo: -El perrito sin dueño me da pena. No sabemos su nombre y él no puede decir cómo se llama. (pp. 52-53)

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

24 Si hubieras oído madre lo que ha estado diciendo este Juancito Juan, de Papagil. ¿Qué te lo diga quieres? Sabes, me da miedo. Eso no se puede repetir. ¡Qué dirá si lo llega a saber Papagil! ¿Te lo digo? No. ¡No te lo digo? Te lo digo, sí: -Sabes? decía -despacito, no lo vaya a oír Papagil-, decía: to-ron-jil pa-pa-gil pe-re-jil… Y se reía, madre. (pp. 53-54)

27 Cantaban Rinono y Papagil. Rinono en su árbol. Papagil tarareaba mientras se vestía al levantarse o cuando espumaba jabón para afeitarse. La Rarra me decía: -“Su Papagil canta, pero desabrido”. En cambio cuando cantaba Rinono nos hacía parar la oreja a todos. -“Rinono canta lindo”, decía yo también. Era entonces; cantaban Rinono y Papagil. (p. 55)

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El sábado y la casa (1934) 13 Nunca olvidaré tu cara triste todo el tiempo, niño muerto del pueblo, compañero… Nunca te olvidaré… Gustabas como yo de ir a ver el monito de Leoncio y de arrancar flores en los caminos próximos en Mayo… Ya no volverás un 24 de diciembre con tu mamá a la casa, a tomar el nocturno té de Navidad… Hoy los gorriones cantan tristes, y no los alegra el agua. No sé dónde diez mil cuervos clavan sus picos en el asno despeñado que se pudre, y amarga la corteza de los saúcos viejos… (p. 72)

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

25 Cuando Clemencia, nuestra hermanita, chicuela, se moría, la fiebre era en sus mejillas como si cayeran frutillas en un racimo de zambo capulí… Como si gotearan menuditas rosas rojas en pan trigueño de semita, como si ardiera el durazno maduro… Sus dientecitos blancos se destacaban, al morder el labio, en su rostro moreno… Se moría suavísimo, muy quedo… -En la sombra acechaban…Esa noche era la más amarga de la vida… Y entre el silencio de todos, de pronto se aquietó… A la alborada del siguiente día, a saludar vinieron a la puerta unos gorriones tristes… (pp. 79-80)

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27 Tú no puedes venir porque no puedes aunque alcances a escuchar el ruego que parte implorándote, a cada hora, de nuestros labios, hermanita muerta… Tú nos querías, tú nos quieres, mas, inútil es pensar en tu vuelta a nuestro lado; y es por eso: nos mata tu ausencia… Yo sé que quieres descender al corro a jugar con nosotros, que alguien te detiene y que tus ojos lloran más que los nuestros… Pero un día -¡espéralo, hermanita muerta! bajarás a confundirte en la alegría de tus hermanos y de los gorriones… (p. 81)

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Al oído de este niño (1943-1944) 4 Es la araña pequeñita otra cosa, niño mío: con su tela y su trabajo en su pobre rinconcito. Sin hacerte daño alguno pasará sobre tus manos, a lo más, entre tus dedos, enredando un hilo blanco. Tan pequeña es que una gota es para ella todo un lago y no cabría en sus eras la mitad de medio grano. (p. 164)

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5 Estaba en la mesa, en busca de migas, a la hora de almuerzo la señora hormiga. La encontró Juancito al coger su copa y apostó con ella a tomar la sopa. Casi no le oía cuando la hormiguita, después repetía con su voz finita: “Guitarrita muda toca ahora, toca, que un niñito bueno acabó la sopa”. (p. 165)

8 El monito era bonito pero cantar no sabía. Por eso el pobre monito de una pena se moría. Ni cantar ni conversar estaba en sus facultades. Por eso, para llorar buscaba las soledades. El monito se murió como se muere todo hombre y en la casa para siempre se olvidaron de su nombre. (p. 166)

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16 El perico y el borrico se pusieron a buscar, un día, de mala gana, el modo de trabajar. Un día entero anduvieron hasta que les dio calambre y a la tarde, pobrecitos, sólo tenían más hambre. Una florecita buena les ofreció su pistilo, y la noche y el cansancio les dieron sueño tranquilo. (p. 171)

26 El grillo tenía su linda levita: de luz parecía y era pequeñita. La bordó la luna con hilados de oro, y era su fortuna ¡su único tesoro! Cuando la perdió la buscó prolijo... ¡Tonto! se olvidó que se la dio a su hijo. Como él la lucía con mucho donaire, grande la ufanía de señor del aire, ¡suya parecía! (pp. 177-178)

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

28 Palomita tonta no sabe volar. Sus cuarenta hermanas alegres se van, dejándola sola... ¡Se ha puesto a llorar! Palomita amiga, vente para acá, ven y partiremos de este rico pan. Te daré las migas, te oiré cantar... — ¿Tienes una cuita? Dime la verdad. Quéjate si quieres, en mi soledad. Ven y lloraremos, no te pido más. Palomita presa de la adversidad: la pobre no tiene, no tiene mamá. (p. 179)

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33 A la araña negra tenle mucho miedo, pues podrá hacerte caer en su enredo. Escúchame: no hagas migas con la araña: sabe envenenar y lo hace con maña. A primera vista parece bisoña, pero es muy sabida y tiene ponzoña. Sabes lo que hace, maneja veneno. Que seas su amigo, niño, no está bueno. (pp. 182-183)

37 Este niño rubio parla sin descanso: cósanle la boca con un hilo blanco. Sólo este parlero causa es de mi enojo: ¡cósanle los labios con un hilo rojo! Tengo una agujita con un hilo verde, les daré un pespunte a los que hablen fuerte. (p. 185)

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42 Si este niño no obedece me va a dar un desencanto… ¡Y yo que veo en sus ojos! ¡Y yo que lo quiero tanto! En busca de yerba fresca el burrito se fue al campo: hasta ahora no regresa y yo lo sigo esperando. Sé que volvería al punto si mi niño fuera bueno: regresaría al instante si él se pusiera risueño. Al burrito no le gustan, no le gustan caras feas y por sólo un niño bueno hay que ver cómo se alegra. El burrito en su retrato está triste y llora mucho y es porque alguien fue a contarle que este niño es testarudo. (p. 188)

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47 Marianita Coronel un lindo cuento sabía... Las palabras eran perlas y era el cuento una joyita. Un día de buen humor quiso contarlo a sus niñas y se limpió la garganta con una tos delgadita. Y las niñas esperaban brillándoles las pupilas... Esperaban, mas la pobre cuándo empezar no tenía. De pronto inclinó la frente y se quedó calladita un largo rato, otro rato, y después toda la vida... La vieron luego mis ojos que estaba como dormida y que una flor se apagaba en su faz arrugadita... (p. 192)

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Abraham Arias Larreta

Rayuelo. Poemas infantiles.

Lima: Talleres de la Empresa Editora Peruana, 1940.

Rayuelo (1940) Potro Alazán Palmeo el anca de mi Alazán Upa! De un salto monto sobre él Luce mi potro su habilidad, mientras bracea su ágil compás —Pácata pácata pácata pácata! Pácata pácata pácata pác. Aquí está el campo cambia tu paso arranca al trote Vamo! Alazán. —¡Páca páca páca páca páca páca! Páca páca páca pacapac! Viva la pampa la libertad! Entra al galope Arza! Alazán!

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El viento silba sobre tu crin, casi ni pisas el suelo ya. —Pácata páca. Pácata pac! Pácata páca pácata pac. Toda la rienda toma Alazán Quiero al galope lacear la pampa para llevarla entera al anca de mi Alazán. —Pácata pácata pác pácata páca pácata pac. (pp. 1-2)

Ya pasa el tren Resoplando pasa el tren chiqui chiqui chiqui chac! Por delante va ovillando, por detrás desovillando, las dos blancas serpentinas de sus rieles de metal. Pasa el tren llevando en alto un penacho de humo blanco, que se peina palangana con el viento para atrás.

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

Van filmando los paisajes su acuarela en el convoy chiqui chiqui chiqui chac! chiqui chiqui chiqui chac! Las distancias de la pampa, los zigzags de la ladera, va laceando a la carrera con su tranco colosal. Ensartando lejanías, resoplando se va el tren, con el paso tragaleguas que no pierde su compás. chiqui chiqui chiqui chac! chiqui chiqui chiqui chac! (pp. 4-5)

Arbolito Hola!, arbolito cómo te va, qué lindo traje te amaneció. Todos saludan el traje verde, verde y flamante, que luces hoy. Veinte jilgueros están cantando, desde que el alba salió a lucir. Te mece el viento, silba que silba, con la alegría de su vaivén.

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Parecen de oro las lentejuelas, que en sus ramajes ha puesto el sol. Todos se alegran por ti este día. Bello arbolito del rico fruto de fresca sombra de rama en flor. Las aves cantan se mece el viento, su lluvia de oro te brinda el sol. Al coro alegre junto mis voces. En esta aurora yo te saludo, con la alegría cordial y limpia de mi canción. (pp. 9-10)

Los bueyazos Reciencito salió el sol, y la yunta ya se va.

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Van el “tordo” y el “barroso”, caminando, y resoplando, con el yugo que sostiene, la nucaza de los dos. Huella! huella! grita atrás, el campero vozarrón. Ni nadita que se tuercen los bueyazos al arar. Paso a paso, ara que ara, van dejando el largo trazo de los surcos tras de sí. Surco viene y surco vá, falta mucho por arar. Jay! “barroso” vamo! “tordo”, adelante sin parar! (pp. 11-12)

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¡Quiquiriquí! El alba desde la loma resbala ladera abajo, Poco a poco va la noche desliéndose en la luz. Los luceros se apagaron va surgiendo la montaña; la mañana ya está aquí ¡quiquiriquí! De un corral a otro corral, por el campo y la ciudad, los gallitos de espolón van pasándose la voz. Ya la noche terminó la mañana ya está aquí, ¡quiquiriquí! Dora las cumbres el sol la mañana ya llegó ¡cocorocó! (pp. 12-13)

Sinfonía del moscón No es la clara sinfonía del violín, ni tu trino resonante mandolín. No es la fina sonatina del flautín, ni las voces cristalinas del flautón.

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Lo que empieza a rezongar por el jardín, mas parece la voz grave de un violón. Es el grave, el sonoro vozarrón, con que anuncia su llegada el moscardón. Negro, negro le negrea el capuchón, listo asoma por la boca el espadín. Y desata, zigzagueando, novelero, la madeja de su vuelo en el jardín, el viajero moscardón. Cada flor una estación cada flor un balancín, un florido trampolín para el vuelo del moscón, que se va por el jardín al compás de su violón. (pp. 15-16)

Pelota de trapo Juan Manuel de arquero, Joselyn de back, tú solo de medio y de delanteros iremos los tres. Listos en sus puestos! comenzamos: play! —La pelota empieza

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su viaje triunfal; la bola de trapo de color marrón. Rueda zigzagueando: va y viene, salta, corre, se alza, vuela con el entusiarmo de los doce pies. En la improvisada cancha de la calle, la pelota borda, la pelota traza, la pelota enreda la serpentinaza de sus bellos pases mientras salta alegre en los trampolines de los pies nerviosos; y se va llevando toda la impaciencia, toda la esperanza de las mil patadas… de las mil patadas sobre cuyo impulso se dispara el ansia la emoción, el sueño de los dos equipos: la ambición del gol!

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Vamos al ataque!: toma bola Juan; avanza por tu ala, no cabrees, central; ora! tu Alfonsín, pica a la derecha, pica! así! y al gol! cañonea al gol! Te marcaron dos, pásamela atrás! Aquí va el remate y a las mismas piolas, manda el cañonero ahí está el gol! gol! gol! Alto! el juego ya! a parchar la bola. —Nuestra gran pelota: la número cinco ya se destripó. (pp. 20-22)

Balsa tortuga Balsa sin velas, balsa con vida, balsi balsita del tortugal. Va río abajo la tortugaza por los aguales del Marañón.

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Enantes era sombra viajera, negra silueta que aparecía y se perdía. en cada guiño del cocuyal. Saltó en el cielo, luni lunera la O de plata la O lunar. —¡Plata en las ramas, monte plateado, balsa de plata platales de agua; luna plateada plati plateando todo el paisaje con su platal! La luna puso su blanca escala de plata al río para bajar. La ágil tortuga va río abajo por los caminos platilunados. Luni plateada viaja llevando ¡lleva a remolque la O lunar! (pp. 45-46)

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

Ronda de la nueva luna Luna lunita luna tiernita, recién salida del cascarón. Luni lunita: nueva y brillante tu hoz de plata salió al azul. —Siegas la sombra, siegas la noche, siegas luceros del luceral! Como quisiera, lunilunita, trepar tu escala platiplateada; y estarme arriba, con tu hoz de plata, segando estrellas peinando nubes cortando sobras; hasta que pierda su luminoso filo plateado tu hoz lunar, cuando en el cielo florezca inmensa, la lumbrarada del mañanal. (pp. 55-56)

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Jorge Ortiz Dueñas

Poesías completas. Lima: Editorial San Marcos, 2002.

Poemas Lustrador Lustrador pequeño, de real lustrada, en tus pies descalzos se entretiene el sol. Tus manos manchadas de rojo y de negro, son flores que duelen, son flores que sangran. Ángel mataperro, bulla de tu calle, son tuyos los reales que alivian tu casa. Es tuya la escuela que lustra tu vida y te pasas la tarde ganándote el pan. Fabricas espejos en cada calzado y qué ilustre lleva tu buen corazón. (p. 11)

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Enanito Enanito, ven acá con nosotros a jugar. Todavía no has crecido y te pones a fumar. En el circo mucho chiste y en la calle muy seriote. En el circo soy payaso y en la calle soy señor. (p. 14)

Pobre escuela Pobre escuela de mi pueblo, así vieja, carcomida, ¿no recuerdas ya de mí? Soy el niño que de gorra y overol a ti vino una tarde medio ploma de un abril.

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

Pobre escuela, en la piel rosalbina de tus muros, ¿quién ha abierto llagas negras? De ese patio sin recreos, hoy sin plantas, sin jardín, sólo quedan blanquinegras golondrinas musitando su drin… drin… Ya se fueron esos tiempos que salía de mi casa con cuaderno, con mi trompo y un cartón. Cuántas veces palmetazos me cayeron porque en horas de lección dibujaba la silueta de mi amigo “Narigón”.

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Yo no olvido que un diciembre, por un recuerdo mataperro, te dejé mi carpeta señalada con las letras iniciales de mi nombre. Y hoy al verla recostada en la esquina del corral, donde puse yo mis libros las avispas bandoleras han guardado su panal. Pobre escuela, olvidada, tú te acabas. Si mi canto no te olvida, no te olvides tú de mí. (pp. 15-16)

Gratitud Primer día de abril: llegaron a la escuela mis manos todas duras, mis manos todas torpes.

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Debido a ti, maestro, ahora creativas. Un mágico tesoro mis manos educadas. Modelan muñequitos, cultivan el jardín, bonitas cuando escriben, primor cuando dibujan. Por ti, maestro amado, mis manos cuánto saben. Maestro, te agradecen mis manos lo aprendido. (p. 40)

Plegaria Escuelita Fiscal, a ti lleguen mis pasos sin la “t” de tardanza. Escuelita Fiscal, sé constante linterna del andar de mis años. Ponme lejos de quienes devoraron estrellas y cerraron caminos. Haz crecer en mis días fortaleza de yunta, sencillez de violetas. Escuelita Fiscal, cual cometa, remonta mi ansiedad de saber. Escuelita Fiscal, así pobre, haz de mí, tu divino tesoro. (p. 41)

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Vacaciones Pobres aulas, cubiertas de polvo entristecido. Tres meses padeciendo la ausencia de los niños. En los cuadernos, planas de llanto amarillento. Abatida la campana sin gota de sonido. Los patios desolados sin nadie que les hable. Libros sin lectores bostezan aburridos. Carpetas desoladas, con pernos oxidados, no pueden contener su lágrima caoba. Jardín sin primavera, mandiles desteñidos. Tres meses padeciendo la ausencia de los niños. (p. 44)

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Si te vas… Señorita, si te vas, ¿qué será de las mañanas del invierno humedecido y llovizna sin mojar tu carita de bondad? Señorita, si te vas, pobres tizas y pizarras sin el ángel de tu letra. Las sonrisas del recreo cesarán de florecer. Señorita, si te vas, arbolitos que sembraste a crecer se negarán y los días de alegría por su ausencia brillarán. Si imposible es que te quedes, con el blanco pañuelito que traías a tus clases, dime ¡adiós!, a mí tan sólo, señorita, si te vas… (p. 47)

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Mario Florián

En Los niños del Perú y sus poetas, de Rosa Cerna Guardia. Lima: Nueva Educación, 1976.

Poemas Yo soy un pastorcito En este campo verde, donde retoza el sol, pastoreo mis lindas ovejas de blancor. Yo soy un pastorcito, yo soy un buen pastor. Hago salir de mi honda pedrusco volador. Al pie de mi rebaño, silbando una canción, a la majada vuelvo con poncho bicolor. Y a la majada llego cuando declina el sol, silbando, modulando mi pastoril canción: -Yo soy un pastorcito, pero, con mi honda, ¡yo hago correr al puma, al zorro y al halcón...! (p. 86)

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La canción de la O Ayer mi maestro, ayer, me enseñó a trazar la O. Y anoche, temprano, cual pájaro ufano al cielo voló. Es para admirarse tan pícara O, desde mi cuaderno, al cielo fugó... - La luna está llena - ¡No es luna! ¡Es mi O! (p. 88)

El libro El libro es mi amigo, mi amigo leal. Siempre va conmigo; ¡sabe conversar! Me invita al descanso. Me invita a estudiar. Me lleva de la mano como mi papá. Yo adoro mi libro, mi libro escolar. Siempre va conmigo: ¡sabe conversar! En Antología poética de Mario Florián. Lima: Casa de Cultura del Perú, 1969. (p. 91)

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Paisaje de la maÑana / Quinta Unidad. Lecturas ejemplares 5

Cantiga para un ciervo en el bosque Venadito de los montes, seamos amigos porque el puma ronda que ronda, venadito de los montes. Te daré agüita en el mate de mis manos, y hierbita arrancada por mis manos, venadito de los montes. Tú me lamerás la cara. yo te sobajaré el lomo. saldremos todas las tardes, venadito de los montes. Cuando me muera o te mueras (¡tendremos vida de lloke!) estaré solo o tú solo, venadito de los montes. (p. 9)

Pastorala Pastorala. Más hermosa que la luz de la nieve, más que la luz del agua enamorada, más que la luz danzando en los arco iris... Pastorala. Pastorala. ¿Qué labio de kukuli es más dulce, qué lágrima de quena más mielada que tu canto que cae como lluvia pequeña, pequeñita, sobre flores? Pastorala. Pastorala.

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¿Qué acento de trilla-taki tan sentido, qué gozo de wifala tan directo que muden en cenizas las entrañas, como quema a mi pecho tu recuerdo? Pastorala. Pastorala. Al gavilán le dije que te quiera, y a zorro y a puma que amen tus ovejas. Y puma y gavilán y zorro, desde entonces, son palomas que te cercan. Pastorala. Pastorala. Por mirar los jardines de tu manta, por sostener el hilo de tu ovillo, por oler las manzanas de tu cara, por derretir tu olvido: ¡mis suspiros! Pastorala. Pastorala. Por amansar tus ojos, tu sonrisa, perdido entre la luz de tu manada, está mi corazón en forma de alqo, cuidándote, lamiéndote, llorándote... Pastorala. Pastorala. (pp. 28-29)

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En Mario Florián, el lírida de los niños, de Roberto Rosario. Academia Latinoamericana de Literatura Infantil y Juvenil [web], 2011.

La culebra y la warma Ña culebrita, guardiana del más dorado shimbil, no me esperes enojada..., decía la warma feliz. Y la culebra escondida, como un ovillo, escuchaba. La redondez de los frutos abría, dulces sus labios, mostrando una risa blanca vestida de puntos bayos. Llegó la warma a los frutos la serpiente la mordió llamaron tordos de gritos ni el paisaje respondió... Al pie del haz de shimbiles, dormida quedó la warma. Y, a su lado, la serpiente, pesarosa, sollozaba... Calló la tumba. Y el tiempo.

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Sexta Unidad

PERIODO DE AFIRMACIÓN

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Segunda mitad del siglo XX

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emos llegado a mediados del siglo XX, tal vez el momento más fecundo y sólido de la literatura peruana. Una suma de cualidades fueron dando coherencia y significación a nuestras letras, aunque pervivan, como

en toda cultura, tensiones en su interior: se afirmaron los referentes universales de la poesía peruana en las obras de José María Eguren y César Vallejo; se cristalizaron las actitudes y expresiones de la vanguardia en poetas como Carlos Oquendo de Amat, César Moro y Emilio Adolfo Westphalen; se extendió y decantó el movimiento indigenista gracias a la poesía de Alejandro Peralta y Mario Florián, y sobre todo a la narrativa de Ciro Alegría y José María Arguedas; y, finalmente, se profundizó la exploración de la realidad urbana a través de los relatos precursores de José Diez Canseco. De este periodo conviene destacar dos aspectos. De un lado, la preponderancia de la ciudad sobre el campo, acorde con las nuevas corrientes sociales, que incidirá en el desarrollo de una recia narrativa urbana. Los casos más relevantes aparecen en las obras de Sebastián Salazar Bondy, Julio Ramón Ribeyro, Enrique Congrains y Oswaldo Reynoso, quienes además del temple social van a aplicar renovadas técnicas de escritura. De otro lado, el enfrentamiento —más declarativo que real— de dos escuelas poéticas antagónicas: la poesía pura y la poesía social. La primera que privilegiaba la subjetividad del poeta y el cuidado formal (Eielson, Sologuren); y la segunda que exponía sobre todo una problemática política, a menudo de manera punzante y testimonial (Romualdo, Delgado, Bueno). Aunque la novela indigenista, en la obra de algunos es­critores como Manuel Scorza y Edgardo Rivera Martínez, consiguió modernizarse y cautivar nuevos lectores, hemos de afirmar que hubo una clara hegemonía de la narrativa ur­bana en

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la segunda mitad del siglo XX. Y dentro de la órbita citadina, fundamentalmente limeña, es evidente una preocupación por la clase media decadente, los sectores más desposeídos y el lumpen. Todo este conglomerado social, bastante marginal, es ahora visto por los jóvenes narradores desde una perspectiva progresista y diseccionado con modernas técnicas literarias. En los años siguientes, sin deponer las nuevas herramientas, la narrativa peruana desarrollará otras vetas interesantes en el organismo social: un filón proletario (Julián Huanay), una sugestiva tendencia fantástica (José Adolph, Harry Belevan); una línea provinciana costeña (Miguel Gutiérrez, Antonio Gálvez Ronceros) y un sesgo crítico a las altas esferas sociales (Alfredo Bry­ce); aunque seguirán siendo los sectores medios los más frecuentados (Augusto Higa, Roberto Reyes Tarazona), sobre todo por nuestro autor de mayor prestigio internacional: Mario Vargas Llosa.

El mayo del 68 y la reforma educativa de 1972 Además del vigor narrativo de los sesenta y setenta del siglo pasado, que examina y denuncia las iniquidades de nuestra sociedad, a la vez que ensaya acuciosos recursos literarios, hubo algunos acontecimientos sociales vinculados al pensamiento filosófico y político que obligan a replantear las teorías educativas de entonces. Gracias a estas condiciones surgirán en nuestro medio renovadas preocupaciones pedagógicas y pronto aparecerán los primeros colegios llamados “alternativos”, como Los Reyes Rojos y La casa de cartón. No es casual que los nombres de estos colegios tengan resonancia literaria, pues provienen de un poema de José María Eguren y de la novela iniciática de Martín Adán. Mencionaré dos sucesos gravitantes en el pensamiento educativo peruano — de crítica a la escuela, a sus contenidos y métodos de enseñanza—, que considero van a ser estimulantes para el desarrollo de nuestra literatura infantil en la década de los ochenta. El primero de ellos, el célebre movimiento de Mayo del 68, que se caracterizó por una turbulencia contestaría de jóvenes estudiantes de izquierda, se llevó a cabo en Francia entre mayo y junio de 1968. Las protestas más enérgicas se produjeron en las escuelas de París y se expandieron luego a las universidades, hasta alcanzar un sorprendente fenómeno político con la adhesión de millones de trabajadores industriales y numerosos sindicatos de orientación comunista. Las consecuencias no se hicieron esperar: el general Charles De Gaulle, presidente de la República Francesa, anunció una política de

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reformas profundas y convocó a un referéndum para legitimar su régimen. No obstante, perdió las elecciones populares y dimitió a su cargo. El segundo acontecimiento fue la reforma educativa (1972) del Gobierno Revolucionario del general Juan Velasco. Se trató de un proceso radical emprendido por el general Alfredo Carpio Becerra, Ministro de Educación, acompañado de un grupo de intelectuales encabezados por el filósofo Augusto Salazar Bondy. La reforma cuestionó muchos aspectos de la enseñanza oficial: contenidos, metodologías, capacitación de docentes, material escolar, bilinguismo... buscó transformar el régimen con nuevos lineamientos y fundó los sistemas de Educación Inicial, Bachillerato Público, Educación Especial para niños excepcionales y Educación Laboral Técnica. Promovió además la construcción de escuelas en varias zonas remotas del país e implementó el Instituto Nacional de Información y Documentación Educacional (INIDE), responsable de numerosas publicaciones. A pesar de que la reforma educativa iba en concordancia con las nuevas tendencias pedagógicas —de educadores como Alexander Neill e Iván Illich, Célestin Freinet y Paulo Freire—, no tardó en ser desmantelada con el relevo al poder de Morales Bermúdez y poco después con el gobierno regresivo de Belaunde Terry. Por fortuna, cuando me inicié en la enseñanza escolar todavía subsistían algunas de las transformaciones impulsadas por el gobierno de Velasco Alvarado, de modo que soy testigo de excepción —desde el pupitre de profesor— de algunas de las innovaciones humanistas e integrales que se implementaron en las escuelas, así como de los libros de textos elaborados por los equipos especializados. Es preciso añadir otras circunstancias, complementarias a las mencionadas, que forjarán las condiciones en nuestro medio para un creciente interés en la literatura infantil y juvenil. La llamada Transición Española —la apertura democrática de mediados de los setenta— renovará la industria editorial de ese país y pondrá especial atención en la producción de literatura para niños y jóvenes. Sino me equivoco, España era el principal proveedor extranjero de manuales y libros de lectura escolar; no solo recuerdo haber estudiado primaria y secundaria con libros confeccionados e impresos en España, sino que empecé a enseñar en colegios con material que si bien era elaborado por expertos peruanos se imprimían en Madrid o Barcelona. Es a fines de 1981 que se funda la empresa Santillana en nuestro país, con el nombre de Técnicas Educativas Peruanas, e inicia una labor trascendente en

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el ámbito educativo nacional. Como joven profesor, tuve la suerte de trabajar con aquellos libros que aún conservo. Eran enciclopedias y antologías de textos literarios magníficamente elaborados, que satisfacen muy pronto las expectativas de un buen sector de colegios en el país (ver Primera Unidad, sección La función de las editoriales). Al año siguiente se crea la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil (APLIJ), entidad privada que agrupa a escritores, educadores y bibliotecarios. El Primer Encuentro se realiza en Lima, en octubre de 1982, donde se firma la partida bautismal de una iniciativa de intelectuales y artistas que no ha sido ponderada con justicia. Mi reconocimiento para Carlota Flores de Naveda, Maritza Valle Tejeda de Rossel, Martha Muñóz de Coronado, Ernesto Ráez Mendiola, Jesús Cabel Moscoso, Roberto Rosario Vidal, Marcial Molina Richter, Eduardo de la Cruz Yataco, Saniel Lozano Alvarado, Luzmán Salas Salas y otros. Desde entonces, cada año la asociación —hoy Academia Peruana de Literatura Infantil y Juvenil— ha celebrado sus encuentros en diferentes ciudades del Perú, sin declinar a sus principios de rescate y promoción cultural. Ha continuado, además, con la publicación de su revista oficial Rayuela, animosas páginas de creación y crítica literaria.

Retornelo La gracia poética de Retornelo, 1986, de Javier Sologuren, dio origen a una modesta editorial limeña. Como responsable de la Editorial Colmillo Blanco —aquel sello de los ochenta interesado en libros para niños—, acudí a visitar al poeta para proponerle publicar un libro suyo. Sologuren mostró su sorpresa. Su rostro suspendido en la penumbra de su antigua sala, vaciló unos instantes y luego accedió cordialmente al pedido. Ya sabría cómo hacerlo. Yo conocía de él sus preciosas colecciones de poemas y un par de olvidados libros de lectura para chicos: Cuentos y leyendas infantiles (1964) y Paseo de lecturas e imágenes (1973). El primero de los títulos constituye una antología universal de relatos cortos, explica el autor en el pórtico: la mayor parte procede de lejanos países, de tiempos lejanos, de poetas cuya memoria se ha perdido hace largos siglos; otros, los menos, han sido frutos de escritores cuyos nombres recordamos con cariñosa gratitud. Pero todos ellos te invitan por igual a la fruición de un clima y un viaje saludables, a

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un hermoso sueño de juego y aventura, a una noble exaltación de lo mejor que en ti atesoras. (p. 6)

Según afirma Ricardo Silva Santisteban (Sologuren, 2004): “La mayor parte de esta antología está formada por textos tomados de distintas publicaciones en castellano, pero Javier me confirmó, personalmente, haber realizado esta traducción del cuento de Gérard de Nerval, poeta al que admiraba”. Paseo de lecturas e imágenes (1973) fue editado por el Ministerio de Educación y estaba dirigido a niños de segundo grado. En la concisa presentación, Sologuren cuestiona la categoría de “niño peruano” en virtud del destino del libro: “En tropel han acudido los problemas que tal empresa plantea: la varia procedencia regional y lingüística del educando, su condición citadina o campesina, la extensión de su universo vocabular, la correcta relación entre material informativo y formativo”. Estas preocupaciones del poeta en el ámbito de la primera educación y la sugestión artística, además de su fervor por la palabra y la imagen, amén de la creación de algunos textos incluidos en el volumen, expresaban una noble atención por la literatura infantil. Sin duda era un ánimo poco frecuente en nuestro medio, proviniendo sobre todo de un intelectual de la excelencia de Sologuren. De modo que fueron ambos volúmenes, perdidos en bibliotecas escolares, mis principales motivaciones para persuadirlo a publicar. Agrego una referencia. Se trata de unas líneas suyas, sabias y sutiles aparecidas en la retira del pequeño cartel de la Exposition Litterature Pou Enfants (auspicio de la Embajada de Francia, octubre de 1983), evento al que asistí para escuchar a François Faucher, director del célebre Taller del Padre Casto. Ahí escribe Sologuren lo siguiente: Creemos que un texto para niños tendrá, en primer lugar y como condición básica, que dejar de pensarse en términos de “literatura”, en tanto que tal designación signifique un repertorio de convenciones con propósitos exclusivamente estéticos al uso y gusto del adulto. Sucede a menudo que al producirse un cuento o un poema infantil se está pendiente de una abstracción, de la imagen sutilizada, y por lo general edulcorada y falsa, de su singular destinatario, postulándosela como típica del alma infantil. Se piensa entonces en una sensibilidad cuyo pasto no puede ser otro que blandos sueños desprovistos del calor de la sangre y del impacto definido de la realidad. Distorsión primaria a la que seguirán inevitablemente las del lenguaje empleado. Lamentable equivocación, pues la experiencia diaria nos dice lo contrario. El lenguaje válido para el niño ha de ser muy

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concreto, muy dinámico, muy rítmico. Todos los grandes aciertos de este género tienen en ello su razón de ser.

Queda claro por qué propuse a mi amigo Sologuren preparar un libro para niños. Solo me pidió que le prestara el ejemplar desvencijado de Paseo de lecturas

e imágenes (1973) que tenía y el plazo de unas semanas. Javier cumplió con la diligencia acostumbrada —no fue la única aventura editorial que emprendimos juntos— y pronto entregamos Retornelo (1986) a la imprenta, esa bella melodía que nos regresa a la niñez. Retornelo (Sologuren, 1986) es un libro breve que reúne diversos poemas

publicados en periódicos y revistas, algunos textos publicados en Paseo de

lecturas e imágenes y otras composiciones —“Los balcones”, “Canción I”, “El paso de los años”… — pertenecientes a poemarios anteriores. No pocos versos fueron rescatados de borradores y corregidos para su inclusión. En total suman veinte poemas y cuatro adivinanzas rimadas, agrupados en tres secciones. Además poseo un texto inédito, “Cuculí”, llegado tardíamente a la cita. La primera sección se titula “Alborada” y contiene los poemas que respiran, tal como lo insinúa el título, el asombro de las primeras horas del día. Es también el canto íntimo y menudo de la naturaleza que a la luz del alba ha recuperado sus contornos reales, pero sin perder el aura de lo soñado. Destaca en su escritura la utilización del verso corto, la rima variada y el registro de vocablos delicados como mariposa, arena, espuma, felicidad, rocío, sueño, jardín… además del embrión anecdótico que encierran algunos de los textos, virtud que le otorga al poema lírico una progresión narrativa que deja el sabor de un cuentecillo. No obstante, los mejores momentos son aquellos librados al sueño, a la dinámica imaginación infantil: Los balcones son barcas pegadas a la orilla, aves en secreto

de alas recogidas;

pero si mueves la mano

o simplemente me miras, hay algo que navega,

que vuela hacia la vida.

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La segunda sección, “Adivinanzas”, ilustra ejemplarmente la naturaleza de un antiguo género literario, que obligado a condensar la expresión gracias al juego de los símiles y la rima, ofrece al final la incertidumbre de un acertijo. El ritmo resulta memorizable y configura un ejercicio conveniente y divertido para que el niño: Hablan si tener boca,

sin estudiar saben todo;

tan chiquitas y cuerdas, tan chiquitas y locas; sin ellas

será poco lo que sepas,

será poco lo que aprendas. (Las letras) “Bestezuelas” es el título de la última sección y bien podríamos deducir que proviene del bestiario medieval. Género cultivado en Inglaterra y Francia y que, según se afirma, son los primeros libros ilustrados de los siglos XII y XIII. Tienen algo en común con las fábulas: presentan una alegoría moral, un ejemplo de conducta, solo que de manera menos elaborada. Las bestezuelas del poeta aparecen como una humilde fauna, una especie de “historia natural” en la que la descripción de una araña de mar o un pájaro carpintero sirve como pretexto para extraer una lección de vida. La relectura de Retornelo (1986) nos devuelve al poeta esencial: refinamiento en la escritura, hondura en el sentimiento y elevado sentido musical. Sumado, en este caso, a un notable propósito innovador. Virtudes que convierten a Sologuren en uno de los vértices más altos de nuestra poesía para niños.

Lima y los gallinazos Es preciso mencionar a Enrique Congrains Martin, Sebastián Salazar Bondy y Julio Ramón Ribeyro, tres notables narradores de la generación del cincuenta cuya obra alerta sobre el desborde caótico de la capital y sus consecuencias en ciertos sectores de nuestra población; especialmente en sectores vulnerables como es el caso de la infancia. Congrains incluye un cuento importante en su libro de carácter testimonial titulado Lima, hora cero (1954); unos años después, Salazar

Bondy publica el emotivo relato El Señor Gallinazo vuelve a Lima (1961) en un

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volumen independiente; y Ribeyro ofrece un haz de niños desde el inicio de su obra cuentística, aunque el cuento emblemático se encuentra en su libro primigenio Los gallinazos sin plumas (1955).

Enrique Congrains “El niño de junto al cielo” (1954), de Enrique Congrains, es uno de los cuatro cuentos reunidos en Lima, hora cero, su primer libro, donde narra la historia de un niño de provincia lanzado a la desconocida y oprobiosa metrópoli. Esteban, el protagonista, encuentra por azar un billete de diez soles en la vereda, que lo asume como un buen augurio porque “él también llevaba el diez en el rostro y en su conciencia. El diez años lo hacía sentirse confiado y seguro, pero hasta cierto punto”. Conoce enseguida a Pedro, un avispado muchacho de su edad que deambula por los mercados. Deciden hacer el negocio propuesto por Pedro: multiplicar el dinero hallado por Esteban. La confianza del “recién bajado” será traicionada por la viveza de Pedro, cuyo acto constituye una advertencia de peores amenazas que encierra la capital, simbolizada como “la bestia de un millón de cabezas”.

Sebastián Salazar Bondy El relato de Sebastián Salazar Bondy lo descubrí mientras realizaba una pesquisa para una antología que preparaba a fines de los ochenta y que publiqué con el título de Puro

cuento (Eslava, 1988). Lo consideré, por supuesto, en aquel volumen conformado por once textos peruanos como si fuera un equipo de fútbol. El Señor Gallinazo

vuelve a Lima apareció originalmente en Ediciones de la pelota de trapo, Lima, 1961, en un volumen con recios grabados del artista Carlos Bernasconi. Hubo una segunda edición independiente, algo deslucida, que realizó el Instituto Nacional de Cultura en el 2005. La historia narra el regreso del humilde gallinazo, después de muchos años de ausencia, a una Lima moderna que se ha expandido y pauperizado. La “Tres veces coronada villa” se ha convertido ahora en “Lima, la horrible”; a este escenario hipertrofiado y contradictorio desciende el mal afamado pajarraco. Le sorprende un basural, donde algunas personas se confunden con los chanchos y los perros. Conoce aquí a un niño, Bautista, quien le sirve de anfitrión para recorrer los alrededores. Aquella ciudad pequeña y serena, que conserva el animal en su memoria, no existe más.

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En este viaje, tanto al niño como al gallinazo se les revela la otra cara de la ciudad. En un jardín palaciego se produce una confrontación con un niño rico y se originan serios problemas. El relato es enérgico, sin sutilezas ni alardes formales. Es notorio el designio ideológico del autor como evidentes las intertextualidades con los cuentos “Los gallinazos sin plumas” de Ribeyro y “Paco Yunque” de César Vallejo.

Julio Ramón Ribeyro La encrucijada de protagonistas deslucidos y desastrados, cuyo destino resulta menos satisfactorio aún, va a diseñar el derrotero de las historias de Julio Ramón Ribeyro. Desde sus primeros cuentos, el autor mostró una clara preocupación por personajes situados al final de la infancia o en la primera juventud. Incluso dos de sus tres novelas, Crónica de San Gabriel (1960) y Los geniecillos dominicales

(1965) abordan las etapas de la adolescencia y juventud. Y su libro inaugural Los

gallinazos sin plumas (1955), incluye el cuento que da título a la obra y que es uno de los cuentos emblemáticos de la literatura peruana. Es la desconsolada historia de dos muchachitos, Efraín y Enrique, que la adversidad impele a crecer e incluso a matar para sobrevivir, empieza no obstante a la hora temprana del día y alentada por una sutil niebla de “atmósfera encantada”. Muy pronto el lector asiste al penoso desarrollo argumental que se resuelve con el ajusticiamiento del abuelo, un personaje mezquino que los maltrata con el único afán de alimentar al cerdo que debe venderse rápido y al mejor postor. Consumado el suceso, en una acción involuntaria de Enrique, los dos niños huyen en procura de una libertad que resulta ilusoria. Un horizonte, acaso más perverso, les espera afuera y las líneas finales del cuento son elocuentes: “Cuando abrieron el portón de la calle se dieron cuenta de que la hora celeste había terminado y que la ciudad, despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula”. A veces un acto basta para que se desmorone irremediablemente la infancia. La anulación del porvenir se presenta en muchos relatos de Ribeyro —casi un arte poética—, donde los protagonistas sufren un poderoso acontecimiento que castiga la sensibilidad y anuncia el nacimiento de una desgracia mayor. Lo constatamos en cuentos ejemplares como “Página de un diario” y “Por las azoteas”, incluidos en su segundo libro Cuentos de circunstancias, (1958). Este pequeño volumen contiene otros cuentos que se ajustan al interés de nuestro público

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infantil: “La botella de chicha”, “Scorpio” o “Los merengues”, pero en “Página de un diario” y “Por las azoteas” sobreviene un hecho común y concluyente: la muerte de un adulto significativo —el acabamiento de un símbolo de seguridad— que representará para cada uno de los niños protagonistas la liberación de una etapa de su vida y el comienzo de una nueva llena de desasosiego.

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Días de Carbón A Rosa Cerna Guardia la vocación de maestra le viene como anillo al dedo. Ella ha dedicado toda su vida a enseñar con el ejemplo, tanto en el salón de clase como en las muchas páginas que ha escrito. Sus poemas y relatos forman parte de una obra delicada y preciosa, cuya calidad artística tiene además la virtud de ser precursora de la efusión que vive actualmente nuestra literatura infantil. Baste decir que hace más de cuarenta años su novela Los días de Carbón obtuvo el extrañado Premio Nacional Juan Volatín del IBBY, galardón que otorgaba la Municipalidad de San Isidro. La primera edición, de muchas que ha tenido el libro, es de 1966. En Los días de Carbón (1966) se cuenta la historia de un perro negro como la noche, que llega cachorro a los brazos de Maruja y Pedro, dos niños aldeanos quienes lo bautizan como Carbón. Pronto el perro aprenderá a servir en los menesteres de la humilde vida campesina y saldrá con ellos a pastorear el ganado, a compartir las travesuras del colegio y a descubrir las pequeñas maravillas del campo. La voz de Maruja, que narra con dulce tono travieso, nos traslada a las mejores imágenes pueblerinas y es inevitable sentir el aire beatífico que rodea a los personajes, sean humanos o animales. El final de la novela es para soltar unas lágrimas, pues Carbón muere por defender a los niños de un ataque brutal: “El toro le metió las astas por entre el pelaje terso y negro, lo revolcó en la tierra mojada por la lluvia, lo aventó lejos y volvió sobre su presa hasta sacudirlo en los aires como si fuera un pellejo”. Los lectores reconocen elegancia y delicadeza en los cuentos de Rosita Cerna, sin importar la edad del destinatario ni la extensión del texto. No obstante, pocos saben que su presencia en nuestra literatura surge a fines de la década del 1950 con tres libros de poemas Imágenes en el agua (1957), Figuras del tiempo (1958) y

El Mar y las montañas (1959). Será diez años más tarde que ella incursiona en la narrativa breve con La niña de las trenzas azules, un relato galardonado en

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1968 con el Primer Premio en el Concurso Internacional de Literatura Infantil IBBY de Chile. En 1972 obtiene el Segundo Premio Nacional Ricardo Palma con su obra El

hombre de paja (1973); libro compuesto de catorce relatos de inspiración andina que fue publicado al año siguiente. No he podido conocer la primera edición, pero el sello Alfaguara publicó Dos cuentos azules y uno de paja (2003), breve colección donde figuran los relatos “La niña de las trenzas azules” y “El hombre de paja”, además del inédito “Rufino y su sombrero azul”. En todos ellos se advierte una misma voz narrativa: sencilla y frágil, noble y poética que busca tocar suavemente el oído del lector. No hay un solo atisbo de destemplanza que empañe su propósito formativo, aunque este eros pedagógico está muy bien disimulado. Las tres historias son muy hermosas: una niña que encuentra su sentido de vivir en el oficio de maga pajarera, que con tijeras y papeles de colores consigue avecillas que vuelan y cantan; un niño que puede imitar todos los sonidos de la naturaleza, pero solo si se calza el sombrero de lana hecho por su abuelo; y un simpático personaje que en su inmovilismo, en su sosegada dedicación se convierte en la presencia más importante del campo. Esta última es mi preferida, pues sugiere un elogio a la contemplación. Otra publicación de los últimos años es Quiquito, el pollito (2009), un cuento destinado a lectores iniciales que no descuida el trabajo de una prosa sin artificios, aún así refinada y sutil. Un lenguaje que además se las ingenia para sortear los riesgos del didactismo, a pesar de sus evidentes afanes educativos. En este cuento el pequeño protagonista manifiesta esa tendencia innata de toda criatura a la imitación, porque el pollito está ansioso por cantar como su padre: “Papá, ¿cuándo cantaré como tú, con esa voz sonora y limpia que hace salir temprano el sol?”. Y el padre, sin alarde ni apresuramiento: “Todavía, hijo mío, todavía; es cuestión de esperar”. Preguntas y respuestas dan motivo a nuevas preguntas y respuestas, bien repartidas entre la vehemencia del discípulo y la mesura del maestro. Es de imaginar que el estribillo matinal se repite durante muchos días, hasta que esos “todavía”, “a su tiempo” o “en su momento” encuentran su destino. Tal vez la más difícil de las enseñanzas sea la lección de saber esperar, y este cuentito es un bello ejemplo.

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Quien haya tenido el privilegio de conversar con Rosita Cerna advertirá de inmediato la fluidez y el donaire de su decir, el presuroso reflejo inventivo y la frase sentenciosa, aunque amable, de los antiguos narradores orales. Es sorprendente cómo su escritura reproduce con fidelidad su oralidad, que hasta copia esa dicción esmerada y melodiosa de las comunidades del Callejón de Huaylas. Diría que su principal virtud narrativa es la naturalidad con que va sacando de su fantasía los seres más entrañables —personas o animales— y procede a colocarlos en situaciones disparatadas, a veces dramáticas, siempre con íntimo pudor. Es lo que ocurre con los cuentos antes mencionados y también con la conmovedora historia de La alforja del jorobado ([1999], 2010). El relato pretende, en indicación de la autora, remitirnos a la vida y prodigios de un personaje real: El Ccoru José existió de verdad. Ccoru en el quechua huaracino es jorobado. Ccoru José, entonces, quiere decir Jorobado José… Tenía el semblante seráfico, alegre y bueno, que atraía a la gente, principalmente a los niños, a quienes nos llamaba cariñosamente paparruchas. (p. 11)

Combinando prosa y verso, en pequeños insertos poemáticos, el discurso nos presenta a un personaje hegemónico cuya profunda humanidad y sentido del absurdo lo hacen inolvidable. A donde va lleva a su Donjuanito —un perro chusco y sabio— y su fabulosa alforja, donde hay lugar para una ristra interminable de objetos: retrato de su madre, maromeros, trompos de chachacomo, rondín, culebras de madera, boleros... y su fiambre. Pero lo más importante es su cuaderno, donde escribe los cuentos que recuerda por los caminos, porque son “cuentos viejos, reviejos, tataraviejos”.

Última entrevista a Rosa Cerna Creo que es momento de contarles uno de mis últimos encuentros con Rosita Cerna. Fue una mañana de verano, el mismo año de su muerte, que la visité en su antigua casa barranquina. Antes que yo llegaron las ardillas y los tordos, que revoloteaban entre las ramas de los jacarandás. Ella me recibió vivaz y delicada como siempre... las horas que pasé con ella fueron inolvidables. Reproduzco parte de nuestra conversación; pero solo su voz, pues preferí reemplazar las preguntas por ilustrativos subtítulos. La versión completa de la entrevista “Rosa Cerna

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Guardia. Una maestra cabal”, se encuentra en mi bitácora titulada Libros del Capitán II. Islas de la literatura infantil peruana (2013).

Los poetas José María Eguren y Luis Valle Goicochea A José María lo conocí gracias a Cota. En una tertulia a la que los dos asistimos. Pero no tuve un vínculo cercano con él. Más bien frecuenté en ese tiempo a María Tellería y Catalina Recavarren. A Valle Goicochea no lo conocí, pero sí estuve al tanto de la leyenda, porque Esthercita misma me la contó. Luis Valle Goicochea era amigo y admirador de Esther. Un día lo encontraron muerto en una plazuelita; cuando se acercaron a revisar quién era, encontraron la tarjeta de Esther Allison que él portaba en su billetera. De modo que esa tarjeta dio una pista. A Esther le dio mucha pena que se hubiera muerto, Valle Goicochea le había escrito mucho y ella también a él.

El maestro José Portugal Catacora Fue un gran amigo. Nacido en Ayaviri, Puno. Cuando él estaba de jefe en el Ministerio de Educación organizó un evento en el que teníamos que participar todos los escritores. Nos dictó un cursillo sobre el Perú. A él le debo primero una amonestación: me tocó la tarea de hablar de los recursos naturales para los recién alfabetizados. Así es que yo escribí y le presenté mi trabajo, un montón de páginas. Entonces me llamó la atención explicándome que era para los recién alfabetizados y me hizo resumir el trabajo. Cuando vio que yo estaba resentida, se acercó y con mucho cariño me hizo entender.

La niña de las trenzas azules y Los días de Carbón El cuento lo publiqué después del poema. Ganó un premio internacional de Literatura Infantil y Juvenil de la Refinería de Azúcar de Viña del Mar. El premio fue mil dólares y me los iban a entregar en Chile, pero dieron la orden de que los entregaran en el Banco Popular de Barranco. El administrador que me atendió me preguntó qué había hecho para ganar un premio en Chile y yo le contesté: “Contarles un cuento a los niños”. Los días de Carbón ganó el Premio Juan Volatín en 1966. El jurado lo integraron Augusto Dammert —alcalde de la Municipalidad de San Isidro—, Pancho Izquierdo, Cota Carvallo y me parece que Manuel Solari Swayne. Cuando me

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dijeron que tenía una gran semejanza con Platero y yo (1917), yo no lo había leído, lo leí mucho después.

El oficio de escribir para niños Es muy grato. La vez pasada dije: “Qué bueno era sentirse un pequeño eslabón entre la tradición oral que me contaron de niña y que después he ido transcribiendo a los mayores”. Yo me considero esa pequeña pieza. En eso ha sido importante José María Arguedas, a quien conocí de pequeña porque visitaba la casa de Pancho Izquierdo con mi mamá. También Pancho, quien vivía en la calle Mateo Salado. No soy muy lectora, soy más creativa. Tengo mucha fantasía, por ejemplo cuando escribí los cuentos de La niña de las trenzas azules (1968) —todavía estaba viva mi mamá—, salí llorando porque ese día había escrito tres cuentos. No tengo un plan de creación. Voy escribiendo lo que se me viene a mano, a veces puedo escribir en mi cama, cuando estudiaba escribía en el tranvía. Luego lo paso a máquina, casi no corrijo. Lo mío es sencillo, una rutina nada más. Antes le enseñaba mis textos a Cota Carvallo o a Esther Allison.

Tambor de luna También Carmen Luz Bejarano fue una delicada escritora y maestra, finísima persona y devota de las artes del libro, que formó parte de la promoción de poetas del sesenta —junto con César Calvo, Javier Heraud, Antonio Cisneros— y que luego de una destacada trayectoria literaria se decidió a publicar un libro para niños. Sutileza y discreción podrían ser los signos que explican la distracción de los críticos en torno a su obra poética y narrativa. Tal vez lo más importante sea su poesía, tocada por el encanto de una escritura leve y melodiosa. Aun cuando los temas de su creación ardan de emoción social o se quiebren ante el dolor de la muerte, la textura de su verso no rebaja jamás su refinamiento. A quienes la conocimos, esa cualidad no nos sorprende: la personalidad de la autora concordaba con su escritura. En los años setenta, muchos sanmarquinos tuvimos el privilegio de escucharla en clase o en uno de los tantos cafetines que poblaban la ciudad universitaria. Era generosa con su tiempo y su saber. Recuerdo bien que durante algunas semanas nos dedicamos, después de clase, a visitar viejos libreros del

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centro de Lima con la corazonada de encontrarnos con ese genio mayor de traza desaliñada, con fama de maldito, que componía los sonetos y las espinelas que estudiábamos con ella en el curso de Literatura Peruana. Nunca llegó el glorioso día, pero la ilusión nos animó a leer con especial fervor la obra de Martín Adán. A fines de los ochenta, otros afanes volverían a reunirnos. Le propuse la publicación de un libro para niños en la colección Cuadernos de la Oropéndola del Instituto Nacional de Cultura (1987). Me ofreció un manuscrito inédito: Tambor de luna, una colección de dieciséis poemas. El conjunto es sugestivo, salpicado

de palabras delicadamente escogidas y animado por una voluntad aforística: “Sé valiente / no midas tu fuerza / con la tierna avecilla / que retoza en el árbol / escucha / por ella / es un trino / la tarde”. Encontramos en el librito una permanente presencia del paisaje rural, donde destacan los elementos menudos de la naturaleza —briznas, libélulas, caracoles, guijarros— en concordia con los astros del firmamento. Pero el eje de esta gran arquitectura es el infante, criatura frágil y llena de curiosidades, expuesto a grandes riesgos: “Sé fuerte / cuidado / no tanto / que una rosa no puedas / albergar en las manos…”. De ahí que el poemario esparza una mies de lección reflexiva, sin facilismos retóricos, cuyo desvelo es la formación noble de los niños.

Noé delirante Aunque recluido en su hermosa casa de Santa Inés, en Chaclacayo, el poeta Arturo Corcuera no ha dejado de ser un inquieto caminante. Las andanzas por su imaginación dense por descontadas, son los paisajes externos los que han mudado: de las calles cosmopolitas de antaño a los cerros, las acequias y los árboles de hogaño. Pero el sol lo alumbra siempre. Figura destellante y móvil, que desplaza su escritura del tradicional romancero castellano a las crónicas precolombinas, de los versículos bíblicos a la poesía combativa. Una de sus obras más preciadas para mí es Poesía de clase (1968) un poemario que se abre con epígrafes de Bertoldt Brecht y Blas de Otero, indudablemente dos intelectuales de raza política. Si bien el libro ofrece una visión comprometida socialmente, su autor lo resuelve a través de un lenguaje perfectamente elaborado y con punzantes aplicaciones de humor. Sin embargo, su libro más elogiado es Noé delirante (1963) —una de mis joyas bibliográficas—, que lleva a la fecha 11 ediciones (Alfaguara, 2013); engalanadas casi siempre con las oníricas ilustra-

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ciones de Tilsa Tsuchiya, aunque en las ediciones últimas hemos celebrado otras compañías más mágicas y menos míticas, como las del ilustrador belga Gabriel Lefebvre y las de su hija Rosamar. Noé delirante ([1963], 2013) es un libro de poemas, fábulas y adivinanzas, compuesto de voces humildes y arte menor en su métrica, pero de arte mayor en su diáfana sencillez. Ninguno de los textos escapa de ser morada de un bicho o de una alimaña, que es lo que contiene la fabulosa arca del Antiguo Testamento; sin embargo, Corcuera despide un soplo lírico que trastorna los animales y los convierte en una hermosa turba. Artificio que lo acerca a la infancia, porque desbarata el mito y lo coloca en su condición de juego. O fuego, como prefiere llamar el poeta a esa combustión lúdica con las palabras. Dice Ana María Gazzolo en un excelente prólogo a una penúltima edición (2005): La condición de delirante del Noé de Corcuera se halla, precisamente, más cercana de la visión infantil, sobre todo porque en los poemas surgen imágenes amables antes que perturbadoras. Aunque uno se pregunta si esa cercanía al universo infantil no es, antes que una convivencia, la expresión de un deseo de volver a esa orilla. (p. 15)

Por eso no sorprende que Corcuera haya publicado posteriormente algunos libros para niños, no solo de divertimento sino además de índole social como el de Declaración de Amor o los Derechos del Niño, el tratado internacional convertido en verso y rodeado de las preciosas ilustraciones de Rosamar Corcuera (s/f). En su más reciente libro publicado por Barnen, La flauta kikirikí (2005), Arturo Corcuera vuelve al mundo transfigurado del arca: animales por doquier que con berridos y gruñidos nos cuentan historias, elogios y hazañas. Es admirable la delicada elección que hace de los animales, todos sencillos y sin artificios, eligiendo en ellos la conseja sabia o el chispazo de la travesura. No decae un instante su pulso poético, bombeado por un corazón imaginativo, melodioso y justo. Encontramos preciosos poemas para los pequeñines, como el diálogo del gallo joven y del gallo viejo en que no hacen más que repetirse “kikirikí” y “kokorokó”. Valiosa publicación de la Editorial Everest, la primera de autor peruano, con singulares ilustraciones de Claudia Legnazzi que semejan figuras origami. Les dejo unas adivinanzas, gócelas como hacen los niños con las galletas de animales: “Nunca se quita el abrigo / y así feo es más hermoso”; “En su boca de alcancía / guardó su lengua de trapo”; “Solo vuela bajo el agua / este pájaro al revés”.

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Parque de leyendas La primera edición de Parque de leyendas (1977), del escritor Jorge Díaz Herrera, estimuló muchas de mis clases en mis años de profesor primario. En las páginas de este librito —por formato, no por contenido— hallé la fina escritura y el buen corazón que nos permite educar. No había leído a un escritor peruano que anduviera con tanta gracia y hondura por el cuento y el poema infantil. Poco después conocí al autor y supe que su dedicación a la literatura era de una responsabilidad ejemplar. En el libro hay poemas con aire de coplas, que cantan las hazañas de Hipólito Condorcanqui y de José Olaya. Cuentos que celebran la lealtad y la belleza —“Don Manuel y su amigo Campeón”, “El patito bueno”— y otros que abogan por la justicia y la paz —“El rey Ogrón”, “La guerra de las hormigas”—. Llama la atención el sutil entretejido de versos en los relatos que les suman intensidad. Casi una veintena de textos, donde brilla “El clavel desobediente” del cual existe un bello corto animado. En este poema narrativo, una flor se niega a florecer —tal vez no puede—, creando el sufrimiento a su alrededor. La breve historia se desarrolla sobre las ondas de una prosa melódica e imaginativa. El desenlace llega con la magia de un niño quien, naturalmente, devuelve la armonía al paisaje. Fiel a una vocación por reconfigurar, a través de la escritura literaria, la historia que habitualmente nos cuentan los mayores, Díaz Herrera advierte en las “Explicaciones” de apertura que se rebela “contra el afán de contar a los niños un mundo de mentiras”. De ahí el propósito de sus leyendas. Cabe recordar que las leyendas nacieron para glorificar virtudes de personalidades y sucesos tradicionales. Por eso ahora que disponemos de pocos parques en la ciudad, al menos leamos este libro de hechos maravillosos con nuestros hijos y alumnos. A Jorge Díaz Herrera lo conocí personalmente dos años después de la publicación de Parque de leyendas y pronto advertí que se trataba esencialmente de un poeta, a pesar de que solo había leído de él esta joya narrativa de nuestra literatura infantil. Con los años, su obra me ha llevado por el amable laberinto de su versatilidad literaria: piezas dramáticas, novelas, textos periodísticos, relatos, pequeñas canciones… y siempre con el aire humilde y profundo del verdadero arte. Y al interior de los géneros, ha tocado con la misma delicadeza los rostros de la alegría o de la muerte, del misterio o del saber verdadero. Porque escribir para niños no ha sido para él un escollo, sino un animoso desafío.

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He dicho a menudo que, en mi opinión, Jorge Díaz Herrera no es solo un noble contador de historias sino el mejor escritor para niños que tenemos actualmente. Inteligente, sensible y enorme lector. En 1986 lo invité a publicar un libro para niños en mi entrañable Editorial Colmillo Blanco: me entregó Mi ami-

go caballo, una colección de tres cuentos que publiqué ese mismo año con ilustraciones de Nobuko Tadokoro. Luego de un largo silencio de creación para niños, en los últimos años ha entregado un reguero de publicaciones infantiles: solo en la Editorial San Marcos ha publicado ABCindario (2006), Tabla de multibrincar (2007), Mancha, mi amiga

invisible (2008), Mi payaso de lata (2008), El niño y el afarero (2008), La lluvia de estrellas (2008), La gran hazaña (2008) y La boa de Pepito (2009).

Detengámonos un minuto en Historias para reír, cantar y jugar (2005), libro que contiene ocho cuentos, todos ellos de tono lírico y disposición reflexiva; unos distendidos con la compostura cercana al cuento clásico y otros más contenidos y simbólicos. El texto de apertura, “El gato de los siete oficios”, nos ofrece siete postales musicales y un solo protagonista: un gato que vestido de acuerdo a la ocasión, ejerce faenas diversas. Labores expresadas con prosa rítmica y poética, que termina cerrando el círculo: el gato vuelve a ser lo que es y busca, como aguja en un pajar, al pequeño ratón. El rigor artístico del autor está alerta a la belleza, tanto como a una inteligente vocación pedagógica. En este sentido sus textos se aproximan, a ratos, a las antiguas leyendas o a los libros de exemplos del Medioevo que exponían conductas y pensamientos con relatos que pueden leerse en todas las épocas. Al autor le inquietan ardientemente los temas de la solidaridad y la justicia, de la libertad y del respeto entre los seres. Sus historias están pobladas de mansos animales y niños desprovistos de comodidades, que no rehúsan el esfuerzo ni el riesgo de una aventura personal. Ellos tienen fe en un destino común, porque saben que la vida es hermosa cuando los hombres se juntan. Tomemos dos ejemplos más de Jorge Díaz Herrera. En Mi payaso de lata (2008), la abuela conversa con sus nietos y les enseña a escuchar el mundo, a contemplar el cielo, a descifrar los sueños. Una noche aparece en las manos del niño —quien evoca el recuerdo— un payaso de lata, misterioso muñeco que en una navidad posterior llegará a manos de otro niño, tan deseoso de juego como estuvo él. La solidaridad supone donar los objetos, como los sueños, según la necesidad de las personas. Y así ocurre en la demás historias, que ofrecen sencillos homenajes a las virtudes humanas.

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La boa de Pepito (2009) nos presenta a un niño graciosamente endemoniado: no está donde se le busca ni hace lo que se le dice. Tiene más libertad que un pájaro y más vidas que un gato. Como jamás se está quieto, un buen día amanece en plena selva y por supuesto que tampoco ahí, en medio de tantos peligros, apacigua su temeridad. Por el contrario, enfrenta a una tribu de caníbales que calienta el caldo para la sopa y después conoce a un infatigable preguntón —que resulta ser un escritor—, con quien hace amistad. Gracias a él, escapa de un león melenudo y en sus conversaciones va comprendiendo algo de la maldad humana y mucho del poder que atesoran las palabras. Tanto que después no sabrá si estuvo realmente en la selva o si ese paisaje frondoso, poblado de feroces alimañas, fue efecto de las palabras. ¿Y la boa? Será una de las “aventuras invisibles” de Pepito, quien buscará domesticar a una serpiente y con los días tampoco sabrá cómo explicar su transformación en una colorida mariposa.

La barquita de papel Me he referido varias veces a la deuda que tiene el país —en particular, los maestros— con las personas que impulsaron nuestra literatura infantil y juvenil como una entidad que merece atención. Si bien hace más de treinta años existía en el país una valiosa creación de narrativa y poesía para niños —nada banalizada por el mercado editorial ni por los egos actuales—, carecía del soporte crítico y de los canales de difusión indispensables para el desarrollo de este retazo importante de nuestra cultura. Roberto Rosario es uno de los más destacados intelectuales de aquel grupo que asumió con tenacidad el trabajo de descubrir la veta de la literatura peruana para niños y jóvenes. Gracias a esa labor se fijaron los cimientos del género, se afirmaron las raíces tradicionales, se rescataron algunos autores sobresalientes y se promovió la lectura como una actividad democrática. Tal vez lo primero que debemos agradecer a Rosario son sus antologías Con

los niños (1971), La barquita de papel (1979) y Antología Nacional de la Literatura Infantil (1984); que junto a sus estudios dedicados a la Literatura infantil

en educación inicial (1984) y La poesía infantil (1984) constituyen un sólido referente para la conformación de la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil (APLIJ), que él funda y dirige en 1982. En estos largos años ha tenido una vida consagrada a la docencia —participa muy joven en la Reforma Educativa Peruana— y a la cultura en favor de la infancia; sin embargo, su actividad de maestro y gestor no ha desplazado su vocación creadora.

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Hace un tiempo leí El tesoro de Kitakaiteri (2010), un conjunto de nueve cuentos ashánincas. Lo he hecho con placer y algo de sorpresa, pues estaba habituado a su obra de esencias andinas como Shica-shica de limón (1987) o

Raspadilla de limón (2002), relatos que nos remiten a la sierra de Caraz, terruño de sus primeros años. Ahora me entero de que Rosario es un trashumante de la geografía peruana y es de los que no da puntada sin hilo. Lo que percibe se convierte en un fabuloso tejido, gracias a su lenguaje, que ha ganado concisión y profundidad. Los relatos de este libro conservan la cadencia oral y la voluntad mítica del pueblo asháninca, que nos refieren sucesos de los orígenes, de la potestad de los ancianos y del justiciero poderío de los dioses. Narrado todo con naturalidad, en medio del espléndido paisaje y de las alimañas de la Amazonía.

El canarigallo Quién no recuerda el primer verso de T. S. Eliot en La tierra baldía: “Abril, de todos los meses el más cruel”. José Watanabe falleció en ese mes del año 2007, a los sesenta y dos años de edad, y ese abril no solo se llevó a un hombre sencillo y un magnífico poeta, sino además a un excelente guionista y narrador. El guión que escribió para la película La ciudad y los perros (1985), de Francisco Lombardi, sigue pareciéndome el mejor del cine peruano. Y en los primeros años de los ochenta escribió unos cuentos para niños, que aparecieron en los inolvidables Libros de lectura de Santillana. Por eso he celebrado sus libros publicados por Ediciones Peisa en estos últimos años y que pueden dividirse en dos grupos: los libros álbum, para los más pequeños; y los libros para los niños lectores. Al primer grupo pertenecen Andrés Nuez perdido entre las frutas (2006);

Melchor, el tejedor (2006) y El lápiz rojo (2006), que incluso no tiene una sola línea. Aunque sean muy breves los textos, ellos construyen o insinúan una historia, cuyo seguimiento solo es posible atendiendo con idéntico interés las palabras y las imágenes. El lector no debe pestañar. Las historias son cautivantes y el trabajo gráfico es variado y excelente. Para los dos primeros libros se han usado frutas muy apetitosas y para el segundo unos muñequitos artesanales de lana llamados “títeres de dedo”, y han sido registrados por el lente de César Ramos Aldana. El tercero de los libros luce ilustraciones de Piero Quijano, en su reconocida onda simple pero que ahora le ha aplicado unos toques infantiles. El segundo grupo lo constituyen Don Tomás y los ratones (2007), Un perro muy

raro (2007) y Perro Pintor y sus Elefantes Azules (2007); ilustrados respectivamente

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por Eduardo Tokeshi, Víctor Aguilar y Leslie Umezaki. Todos ellos impecables. En esta animalia, Watanabe vuelve a sacarle lustre a su condición de poeta, cuya palabra precisa y contenida recrea con humor la vida humilde de algunos hombres y, sobre todo, de los animales que nos rodean.

fe Poco después de los libros reseñados en el acápite anterior, Ediciones Peisa publicó El pájaro pintado (2008) y Don Antonio y el albatros (2008) y, al año siguiente, Andrés Nuez cuenta hasta diez (2009) y Andrés Nuez descubre los

colores (2009); estos últimos pertenecen a la serie del simpático personaje de cáscara rugosa y está dirigido a los más pequeños. Bastante más elaborados, El pájaro pintado y Don Antonio y el albatros —escrito con la poeta Micaela Chirif— refieren historias muy hermosas: el primero cuenta de un viejo y solitario guardián de la bahía, quien ve pasar el mundo desde el faro del islote donde vive. Solo le inquietan sus lecturas y unos pocos deseos, hasta que descubre un joven albatros desconsolado en su habitación. Don Antonio se convierte en su maestro de vuelo (y de entusiasmo); para lo cual pone todo su esmero, investiga e incluso confecciona unas alas de tela… con tanto afán que se olvida del alumno y resuelve echarse a volar para cumplir algunos de sus sueños de farero encerrado. Para abrir El pájaro pintado —las inmejorables ilustraciones pertenecen a la hija del escritor Issa Watanabe–, por su extremado refinamiento, imagine el lector calzarse unos guantes de seda y pasar las páginas como quien acaricia unos pétalos guardados en un libro. Qué palidez onírica vela la historia de don Paulo, un anciano que vive en el campo rodeado de pájaros. Con el tiempo, una rama ha penetrado por su ventana, pero no hay pájaro que se pose en ella y el anciano decide entonces pintar uno de variados colores en la pared, sobre la rama. Queda tan bien hecho que el pájaro cobra vida y se echa a volar, hasta comete una que otra travesura… El último libro publicado por Ediciones Peisa, al menos hasta el momento, es La lavandería de fantasmas (2010), ilustrado por Eduardo Tokeshi; tal vez el mejor de su obra para niños, donde además el autor manifiesta el centro neurálgico de la fabulación narrativa. La historia empieza una mañana cuando la maestra pregunta a sus alumnos sobre los comercios existentes en el barrio. Muchos niños, con la algarabía propia de cuando conocen la respuesta, responden apresurados

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“ferretería”, “farmacia”, “restaurante”, “bodega”… y cuando Sebastiana está a punto de contestar… talán… talán… suena la campana del recreo. En el patio, Sebastiana le cuenta a su mejor amiga que ella iba a decir “lavandería” y que su papá trabaja ahí, pero que no es una lavandería común y corriente, porque no tiene como clientes a personas de carne y hueso sino a verdaderos fantasmas. Ante el pasmo de su amiga, que sin embargo no deja de preguntar, Sebastiana despliega un testimonio prodigioso y sin fisuras que termina por convencerla. Ha sido tan persuasivo el relato que no sabrá cuál es la línea que separa la realidad de la ficción. Refrenamiento, sentido del humor y una buena dosis de sabiduría caracterizan el relato de Watanabe, como su poesía y que consigue en los dotes gráficos de Tokeshi un inmejorable complemento.

Cholito De la mano del reconocido escritor ancashino Óscar Colchado Lucio, el personaje Cholito nació en el año ochenta con la novela Tras las huellas de Lucero (1980). A partir de entonces, el autor visitó numerosos colegios del Perú y fue tomando un especial interés por la literatura para niños. Con talento y paciencia fue reelaborado sus recuerdos, entretejiéndolos con mitos y cuentos populares, hasta urdir otras historias alrededor del entrañable personaje infantil, cuyo valor lo lleva de un lugar a otro para conocer las maravillas de nuestro territorio y nuestro pasado. Con los años fueron apareciendo las novelas de la saga, que aunque ha sido difícil fijar las fechas de aparición marcan un itinerario regional interesante: Cholito en los Andes mágicos (la sierra), Cholito en la ciudad del río hablador (la costa)

y Cholito en la maravillosa Amazonía (la selva); a estos títulos se sumaron otros como Cholito y los dioses de Chavín, Cholito en busca del carbunclo o Cholito y el tigre de rayas blancas. De las novelas que he leído, tal vez Cholito en la ciudad del río hablador (2006) sea la de mayor complejidad y apremiante actualidad.

Aquí el personaje ha terminado su primaria y llega a la capital con la intención de estudiar y trabajar. Pronto se ve envuelto en diversos trajines: búsqueda de casa, nuevos amigos, labores extrañas, deseos de amor. Su limpio corazón le impide advertir que ha caído en la red de una poderosa mafia; cuando la descubre, no solo escapa sino la enfrenta de manera inteligente y briosa. Vence y sale de esta experiencia más formado para el futuro. La fluida prosa de Colchado, compuesta

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de peripecias constantes y destreza para hilvanar la realidad y los sueños del protagonista —quien se sumerge en las creencias atávicas—, consiguen una novela querida por los niños y notable por su calidad. Casi todas las aventuras de Cholito han tenido como paisaje el cerro de rústica vegetación, las rocas laberínticas de una antigua construcción o el páramo castigado por un viento helado, pero el escenario muda radicalmente en Cholito en la maravillosa Amazonía (1999), donde lo encontramos en la selva peruana ro-

deado de canícula y peligros, escarceos de amor y vapores de magia. La historia comienza con el protagonista extraviado en la espesura y abriendo trocha con su machete, no en procura de su salvación sino de Uti Bari, un niño de la tribu de los huambisas. Hacía tan solo unas horas habían escapado de unas plantaciones de coca, donde Cholito y Uti Bari trabajaban como esclavos. En un claro del bosque da con él… “aunque esa sonrisa mordaz no es propia de mi amigo”, se dice Cholito. “Sígueme”, le propone Uti Bari. Una sospecha, camino más adentro, lo induce a observar los pies que lo preceden y descubre unas pezuñas desiguales: de cabra y de humano. “¡El Chullachaqui!”, exclama. Una discusión con el mítico duende provoca su enojo y su endemoniado castigo: lo arroja al vacío del tiempo para demostrarle que en la selva hay presencias más malvadas que la suya. Los sucesos acontecen a ritmo palpitante y Cholito irá conociendo, con asombro y temor, el caudaloso río de creencias que pueblan la cosmovisión amazónica. Por sus ojos absortos pasarán seres minúsculos y degolladores; el gigante Iwa, raptor de muchachas; el tigre de afilados colmillos, que acostumbra disfrazarse de aldeano; las amazonas, mujeres corajudas y de armas tomar; el lagarto dientes de oro, que no es malo como parece… todas estas apariciones, acompañadas de una preciosa fauna, constituyen freno y envión para un amor que ha nacido en el corazón del protagonista. Todavía hay mucho más por conocer en esta novela de episodios, cuyo protagonista llegará a ser convertido en atracción de circo y también en un oloroso árbol. Incluso, por un pelo, logrará escapar antes de transformarse en un espectro del bosque. Aún es infrecuente, en nuestro medio, encontrarse con un cuento para niños pequeños de una calidad magnífica. Por lo general, se desdeña la elaboración literaria y se privilegia la composición gráfica o la intencionalidad formativa. No subestimo ninguno de esos tres elementos y advierta, querido lector, que escribo “intencionalidad” que es una categoría que rebasa la voluntad de la intención. La

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literatura, lo sabemos, reside sobre todo en la urdimbre de un lenguaje sugerente, bello y persuasivo. Cholito y Amazonita (2008) es una muestra delicada de la sensibilidad y destreza narrativa de Óscar Colchado. En sus páginas reencontramos a Cholito, personaje emblemático del autor, quien realiza un largo viaje asido a las plumas multicolores de un guacamayo. De su pueblo, atraviesa los Andes y llega a la selva; aquí descubrirá, escondido entre las lianas, al gigante Iwa que lleva una muchacha raptada sobre sus espaldas. Cholito conocerá pronto a Amazonita, hija de esta mujer, quien le pide sumergirse juntos en la laguna. “¿Y por qué debo meterme en la aguas de la cocha?“, pregunta nuestro personaje. Ella le habla de los poderes mágicos de la laguna y es verdad, en un santiamén, ambos quedarán convertidos en avecillas y volarán veloces a la enorme casa de oro del gigante. ¿Por qué en la selva los seres grandes ostentan su poder con el oro? ¿Y por qué los pequeños tienen siempre que luchar para recobrar la armonía? Un cuentito perfecto, de aliento mítico, para disfrutarlo y conversarlo con los hijos y alumnos.

Reflexión sobre el lenguaje en la literatura infantil actual Leer algunas pocas páginas de nuestra literatura infantil actual pone en evidencia la enorme diferencia que existe de cuanto se publica. Quiero referirme exclusivamente al lenguaje, no a la amalgama de texto, imagen y otras destrezas que conforman un libro infantil. Conviene recordar que la literatura es un arte que coloca el lenguaje como protagonista; por encima del argumento, las situaciones o los personajes de una historia y, sobre todo, del socorrido mensaje pedagógico. La categoría de “literatura en valores” que, sin duda, ha nacido en las escuelas y es custodiado por las grandes editoriales, encierra, en mi opinión, similares riesgos a la exitosa “literatura de autoayuda”: fortalece el músculo moral, pero adelgaza las fibras de la sensibilidad y del discernimiento. Forma un receptor rígido y enceguecido, frágil ante las complejidades de la vida. Y en ese sentido parece encaminarse cierta lectura escolar; me inquieta ver las cartografías que se han ideado en los colegios para calificar las virtudes morales del plan lector, copiadas de las tablas que figuran en los catálogos de venta. En las conversaciones con mis alumnos insisto que la literatura es un objeto estético, de carácter histórico social y que el lenguaje literario es un mecanismo asombroso que se ofrece al lector de manera ilusoria, pues su membrana más superficial cumple la delicada operación de convocar un efecto emocional

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en el receptor y de otro lado encubrir los secretos de una obra. En este papel vinculante del lenguaje, de discurso y contenido, se desarrolla la dificultad de interpretar un texto literario. De ahí que la noción de univocidad es contraria al sentido de toda buena literatura, que más bien se presenta plural e inacabada ante los ojos del lector. La ambigüedad es una perla de belleza y sugerencia en toda lectura responsable. De otro modo la ética a la que nos conduce una novela de Arguedas o un poema de Eguren no habrían librado tan difíciles caminos: de estremecernos con sus dudas, angustiarnos en sus profundidades y hasta repelernos por sus iniquidades. Las reflexiones precedentes han surgido de la lectura de uno de los últimos libros de Colchado Lucio, quien mantiene una dinámica producción tanto en el campo de la literatura en general como de la literatura para niños. Rayito y la

princesa del médano (2009) es un conjunto de ocho relatos de aire provinciano, que tiene la vida doméstica como eje de crecimiento humano y donde la presencia —y su antinomia— de un animal alterará y enriquecerá el orden social. El libro está narrado con lenguaje depurado, de alta vibración lírica y se inscribe en una tradición entrañable de la narrativa y poesía peruana, aquella que privilegia a los seres del entorno conviviendo con algunas humildes bestezuelas: gallos, perros o gatos. Recuerdo El caballero Carmelo, de Valdelomar; Las

canciones de Rinono y Papagil, de Valle Goicochea; Los días de carbón, de Rosa

Cerna; y Mi amigo caballo, de Díaz Herrera. Los nombres que evoco tienen a la familia como universo literario y a partir de una anécdota, en apariencia trivial, han logrado trascender la condición íntima y alcanzar vetas profundas de ternura y solidaridad. Los cuentos de Colchado, aunque hurgan en los mismos temas, revitalizan aquella tradición. Como en los ejemplos mencionados, sus historias se inician con la aparición un tanto azarosa de un animal extraviado o mal querido —además de perro y gato, tenemos corderito, pingüino y gallinazo—, que llega a un hogar modesto, enclavado en las zonas marginales del puerto de Chimbote, donde es acogido con afecto por los pequeños de la casa. La presencia del padre representa, a pesar de la complicidad con sus hijos, el juicio moderado y la jugada oportuna para esquivar los apremios. Es interesante cómo Colchado Lucio más que ensalzar los gratos momentos que pasan las diversas mascotas con la familia, prefiere provocar una fisura: hiere la piel del relato, estableciendo en la convivencia un antes y un después. Toda

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mascota es arrancada de la familia, por la mano de muerte o la huida, para provocar el dolor de la ausencia y a la vez conocer la virtud del recuerdo. Y en ese recuerdo hondo descubrir la fuerza del conjuro. Otro aspecto que me parece interesante de este libro es la disolvencia, aplicada en dos cuentos, del espacio realista a través del sueño o del mito popular. Si bien el conjunto es homogéneo, me quedo con el relato “Amigo gallinazo”, porque salvo el caso de don Sebastián Bondy con El señor gallinazo vuelve a Lima, nadie lo ha tratado con tanta cordialidad.

El asno que voló a la luna El poeta Cronwell Jara fue uno de mis primeros amigos en la Facultad de Literatura de San Marcos. Nos acercaban ciertas lecturas: la generación del 27 y los herméticos italianos, Eguren y nuestros poetas del cincuenta, pero me sacaba una enorme diferencia por su conocimiento de la poesía china y los cantos quechuas. Yo veía con admiración su austeridad personal y su rigor intelectual; vivía consagrado al estudio más variado y a la escritura de finos poemas. Me sorprendió cuando mudó hacia la prosa y ganó con “Hueso duro” el Primer Premio de Cuento en el Concurso José María Arguedas (1979). Después publicó títulos memorables, como Montacerdos y Patíbulo para un caballo, que, gracias a él, tuve el honor de leer en originales. Montacerdos (1981) es uno de esos libros que corren el riesgo de ser arrojados al olvido y es preciso llamar la atención para evitarlo. Libros, muchas veces, que golpearon duramente la sensibilidad social y abrieron una grieta de exploración artística. Incluso más: libros que leídos hoy conservan el ímpetu de hace décadas. Es lo que sucede con este relato real pesadillesco de Jara Jiménez, que consideramos de impostergable reedición. Para no ir lejos, yo acabo de releerlo y comentarlo en clase. Mis alumnos siguieron sin aliento esta historia de pobreza e invasión de terrenos, esta alegoría de nuestras barriadas, que es narrada por una niña —la hermana del protagonista— con lirismo y desgarramiento: “Antes de que Yococo cabalgara con maestría nunca vista su cerdo Celedonio la llaga de su cabeza todavía era tan pequeña, que jamás imaginé que una picadura de araña iba a lograr una llaga capaz de inundar de podredumbre el mundo, es decir, lo que se llama este infierno de desmonte y chozas”. En la palabra descarnada e intimista del escritor, la masa humana más

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empobrecida y Yococo como símbolo de la niñez submarginal dejaron a mis alumnos estremecidos y con un tema para la curiosidad. Cuando otro amigo de San Marcos, el poeta Carlos Orellana, me invitó a dirigir una colección editorial del INC para niños, yo pensé de inmediato en Cronwell Jara. Propuse publicaciones emparejadas, poesía y narrativa. Los primeros (y únicos) libros fueron Tambor de luna (1988), de Carmen Luz Bejarano, y El asno que voló a la luna (1986), de Jara. He releído este último después de

veinticinco años y me sigue pareciendo muy bueno. Contiene tres relatos: “La hormiga que quería ser escritora”, “Un gatito que tenía dos limones de collar” y el que da título a la colección. Historias atractivas, con núcleos precisos, tejidas de peripecias ingeniosas, con esforzada participación de criaturas salvajes —tigrillos, gavilanes, pumas, cóndores, alacranes— y un ánimo exaltado de solidaridad. También es destacable la convivencia de realismo y fantasía que, por momentos, adquiere niveles real-maravillosos. “La hormiga que quería ser escritora” es una estupenda alegoría sobre la labor literaria, las pugnas que deben enfrentarse entre ilusión y disciplina tenaz. Ignoro si el libro se ha reeditado; hago igual una cordial advertencia a los editores. Muchos años después, ya ingresado el nuevo siglo, Jara nos da a conocer un nuevo libro para niños: Ruperto, el torito saxofonista (2009), relato con el que gana la III Bienal de Cuento Infantil ICPNA. En medio del ambiente cruel y violento en el que crecen sus parientes para enfrentar la muerte en el ruedo, el protagonista de la historia parece vivir en una esfera inmaculada: “A él solo le preocupaba el arte, la poesía, las flores. Y estaba enamorado de Nora, la más linda becerrita del valle”. Y a ella dedicaba sus poemas de amor y por ella ardía en deseo de convertirse en un inspirado saxofonista. Aunque el torito no tenía el instrumento ni había soplado jamás una boquilla de caña, presentía que era un sueño posible; animado, sobre todo, por lo que el narrador llama “una filosofía”: de un lado, su rechazo al odio y a la prepotencia; de otro lado, su devoción al afecto y a la belleza. Firme creencia, pero muy ingenua, pues Ruperto no imaginaba que librar así el combate de la vida es más difícil que ser toro de lidia. Llegada su hora decisiva, obligado a entrar al coso, al recordar la experimentada voz de su abuelo conseguirá sortear el injusto sacrificio. Como una resonancia vendrán también en su auxilio las voces de Nora y de su amigo el espantapájaros. Las dotes de narrador de Cronwell Jara son indiscutibles, aunque en este relato encontramos una débil defensa: su exceso de candidez y dulzura puede hacer suspirar a ciertos docentes, pero dudo de que sirva para enriquecer nuestra literatura infantil. Salvo mejor opinión.

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Autores representativos y sus obras

Esther M. Allison Lima, 1918-1992 Pionera de la literatura infantil peruana, nació en Huacho el 4 de noviembre de 1918. Su madre, Julia Bermúdez Salinas, fallece cuando era pequeña dejándola bajo el cuidado de su padre, Guillermo Pedro Allison Alibert con quien tuvo una relación muy cercana. Creció influenciada por el ambiente europeo debido a la ascendencia escocesa y francesa de su padre. Se graduó de bachiller en Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú y dos años más tarde obtuvo un doctorado en pedagogía. En 1947 ganó la Medalla de Oro de la Municipalidad de Lima por Alleluia, una colección de poemas que fue publicada por sus compañeros. Alternó la docencia, el periodismo y la literatura. Fundó diversos movimientos feministas y llegó a ser directora de Relaciones Culturales de la Casa de la Cultura del Perú. En lo que se refiere a la literatura infantil y juvenil, mereció en dos oportunidades el Premio Nacional de Teatro Escolar que otorga la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, por sus obras: La hoja del aire (1962) y Dicen los decires que nació así la rosaté (1965). En poesía destacan: Villancicos para el cenáculo (1962), Mester de niñería (1965) y Pajaritos de Belén (1982).

Gran parte de su obra conformada por piezas teatrales, poesía, cuentos y leyendas para niños, está aún inédita. En 1967 publicó una colección de poemas inéditos titulado Antología poética, editada por Aureliano Tapia Méndez. Falleció en Lima, en 1992.

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Javier Sologuren Lima, 1922-2004 Considerado como uno de los poetas representativos de la llamada Generación del 50, este poeta y editor peruano nace en Lima el 19 de enero de 1922. Desde niño su afinidad por la poesía fue estimulada por su tía Hortensia Sologuren Peña. Acudió a la primaria en el Colegio Maristas San Luis de Barranco y cursó la secundaria en el colegio del doctor Cavansano, donde tuvo como maestro a Javier Pulgar Vidal. En 1940 entra a estudiar Letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Una vez licenciado, inicia su formación de postgrado en el Colegio de México (1948-1950) y en la Universidad de Lovaina, Bélgica. Más adelante viaja a Suecia donde fue profesor en la Universidad de Lund (1951-1957) y contrae matrimonio Kerstin Akesson con quien tiene tres hijos. Al retornar a Lima, instala un taller de artes gráficas en su domicilio y se desempeña como editor-impresor (1959-1972). En La Rama Florida (nombre bajo el cual bautizó a su casa editora) muchos jóvenes poetas peruanos y extranjeros, como Luis Hernández, Antonio Cisneros y Javier Heraud, editaron sus primeros libros. Sologuren ha publicado en el género infantil y juvenil una selección universal de Cuentos y leyendas infantiles (1964) y el poemario Retornelo (1986). Su poesía, considerada por diversos críticos como una de las más representativas del ámbito hispanoamericano, ha sido traducida a veinte idiomas. El poeta y académico Ricardo Silva-Santisteban ha editado y presentado las Obras completas de Javier Sologuren (Pontificia Universidad Católica del Perú, 2004). Murió en Lima el 21 de mayo del 2004.

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Sebastián Salazar Bondy Lima, 1924-1965 Escritor peruano de la generación del 50, de vida intensa y obra multifacética: cultivó la narración y la poesía, el periodismo y la dramaturgia, el ensayo y la crítica literaria. Nació en Lima el 4 de febrero de 1924. Su obra gira en torno a los problemas del mundo urbano y sus personajes y lugares manifiestan aspectos de la idiosincrasia local. Su primer poema fue publicado en la revista Palabra cuando tenía trece años y a los diecinueve publicó su primer poemario titulado Rótulo de la esfinge en colaboración con Antenor Samaniego. En 1941, ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus mayores éxitos los alcanzó como dramaturgo. Entre sus piezas escénicas destacan Rodil (1951),  No hay isla feliz (1954), Flora Tristán (1956),

Como vienen, se van (1959) y El fabricante de deudas (1962). Lo mejor de su obra

poética está en Confidencia en alta voz (1960) y El tacto de la araña (1965). Gran estudioso además de nuestra lírica: Antología general de la poesía peruana (1957),

en colaboración con Alejandro Romualdo. Es sumamente interesante su libro de cuentos Náufragos y sobrevivientes (1954), pero sin duda Lima la horrible (1964) es su trabajo intelectual de mayor trascendencia. Murió el 4 de julio de 1965.

fe Rosa Cerna Guardia Huaraz, 1926 – Lima, 2012 Estudió en el Instituto del Sagrado Corazón y la Escuela Normal Urbana de Huaraz. Fue docente en el Instituto Industrial n.° 11 de la misma ciudad y en Lima trabajó en tres distintos centros educativos. Una vez instalada en la capital, ingresó a la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica para especializarse en periodismo escolar y literatura infantil (1957-1959). Ha publicado diferentes poemarios, incluyendo una excelente selección: Los niños del Perú y sus poetas (1976); destacándose en el área de la narrativa donde tiene tres libros fundamentales: Los días de Carbón (1968), El hombre de

paja (1973) y Una flor de cuentos (1993). Otras obras suyas han sido distinguidas

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en diversos concursos; entre estas se encuentran: El niño de los ojos azules (1963); La niña de las trenzas azules (1968); el poemario para niños Tierra de todos (1970).

Carlota Carvallo de Núñez refiriéndose a la forma cómo logra penetrar en ese mundo maravilloso de la infancia, escribe: Posee para ello dos condiciones indispensables: su talento de escritora y su vocación auténtica de maestra. En sus relatos ella prescinde de personajes anacrónicos ya superados, como hadas, reyes y princesas, los cuales no están de acuerdo con la sensibilidad de nuestra época. (en Cadel, 1998, pp. 48-49)

Ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional Juan Volatín (1965 y 1972), así como el Premio Nacional de Educación Horario (1993). En homenaje a Esther M. Allison publicó: Fabulillas en el pesebre (1996). Su obra en general ha sido distinguida en Chile, España y Costa Rica.

fe Carmen Luz Bejarano Acarí, 1933 – Lima, 2002 Nació en Acarí, un pueblo de la provincia arequipeña de Caravelí. A los pocos años de edad, su familia se traslada a Yauca en la región de Nasca. Los paisajes del balneario de Tanaka donde acudía a veranear marcarían su obra poética. Realizó sus estudios superiores en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde estudió primero Derecho y luego ingresó al Instituto de Literatura, Facultad de Letras. Obtuvo el grado de Bachiller en 1973 y, al año siguiente, el grado de Doctor en Letras, especialidad Literatura. A mediados de los años cincuenta, Bejarano trabajó en la Biblioteca de la Universidad de San Marcos, posteriormente lo hizo como profesora de Historia del Arte y, más tarde, de Literatura, trabajo del cual se jubiló en 1983. Diversos temas sociales están presentes en su obra; a pesar de no militar por un partido respaldó la lucha por la paz y la justicia social. Parte de su obra está traducida al francés, finés y ruso. En el 2000, la poeta Marita Troiano, logró reunir los libros de Carmen Luz en un volumen llamado Existencia en Poesía. Murió el 30 de setiembre del 2002 en Lima.

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José Hidalgo Pisco, 1934 Autor de obras de narración, poesía, teatro y libros para niños, consagrado internacionalmente. En 1961 se graduó de la Escuela de Derecho de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. También cursó estudios de Letras, Periodismo y Filosofía en la misma universidad. Se ha desempeñado como profesor universitario. La obra para niños que mejor lo representa es: Muñeca de trapo (1969), con la que obtuvo el codiciado premio Juan Volantín, junto con Mercedes Eguren. Su novela juvenil: Las cometas del paraíso de los suicidas (1980), premio José Gálvez Barrenechea, está poblada de niños y jóvenes de un universo de remembranzas hogareñas donde el aliento poético es tan importante como el desenlace de los personajes. Por su lenguaje sencillo, su estilo lírico y su apelación a la anécdota cotidiana, Las cometas del paraíso de los suicidas puede ser considerada como una obra dirigida a los niños y a los jóvenes. Por su realismo, por las verdaderas intenciones que nos depara entre líneas y su mensaje final, es un libro para adultos. Ha publicado, además, Paconté (1974), Cuentos al pie del mar (1967) que

lo hizo merecedor del Premio “Cantuta de Oro”, y Voz Nuclear (1964), poemario por el cual obtuvo el Segundo Premio de Poesía de los Juegos Florales 1961 de la Universidad Mayor de San Marcos.

fe Arturo Corcuera La Libertad, 1935 - Lima, 2017 Otro de los grandes poetas de la década de 1950, Arturo Corcuera nació en Salaverry en 1935. Comenzó a publicar desde muy joven y su poesía está inspirada en la obra de Romualdo pero ha sido capaz de formar una voz original y propia. Según Alberto Escobar, sus primeros libros revelan la influencia de Vallejo en su obra. En 1963 finalizó sus estudios de literatura en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima. Luego los continuó en la Universidad Complutense de Madrid, entre los años 1964 y 1966.

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Ha publicado más de doce títulos, de los cuales el más celebrado es Noé

Delirante, que desde 1963 a la fecha ha alcanzado una docena de ediciones. No está considerado propiamente como un escritor para niños, pero su obra en general se inclina por la fantasía y los personajes infantiles, habiendo obtenido el Premio Nacional de Fomento a la Cultura José María Eguren 1969, por su obra: Fábulas para Rosamar. Hay que destacar que: El libro de las adivinanzas (1977),

Juega a hacer poesía (1988), Canto y gemido de la tierra (1995), El niño que no quería leer (1996), Fiesta de sorpresas (1996), Declaración de amor a los derechos

de los niños (1996), están íntegramente dedicados a los niños, logrando que su obra no solo recree las palabra, los acertijos y los juegos, sino que se presente en su conjunto con notable calidad poética y plástica.

fe Mercedes Eguren Lima, 1939-2016 Nació en Lima el 17 de marzo de 1939, en el seno de una familia acomodada. Estudió en el colegio Sophianum y acudió a la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde fue condiscípula de Javier Heraud, quien fue su amigo y colega. Publicó dos poemarios: Búsqueda en 1961 y luego, Poemas en 1980. En 1969 recibió el premio Juan Volatín de la Municipalidad de San Isidro por un libro de cuentos infantiles, que compartió con José Hidalgo. En el 2013 publicó el poemario En mi existencia viva. Tuvo cuatro hijos y nueve nietos. No solo fue escritora sino también ilustradora de libros infantiles.

fe Jorge Díaz Herrera Cajamarca, 1941 Poeta, narrador y dramaturgo de reconocida trayectoria. Ha sido profesor universitario en Cajamarca, Trujillo, Lima e Iquitos, y ha sido invitado como docente en diversas universidades de España. Es licenciado en literatura y cuenta con un

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posgrado en dicha especialidad. Además ha realizado investigaciones en filología en la Universidad Complutense de Madrid. Es Premio Nacional de Fomento a la Cultura José María Eguren, 1970; Premio Nacional de Literatura para Niños Francisca Benavides Benavides, 1975 y Premio Francisco Izquierdo Ríos - ANEA (1982). En el género infantil y juvenil su obra es diversa, en poesía: El gato de los siete oficios (1984) y Poemas para cantar,

reír y contar (1984); en narrativa: Parque de las leyendas (1977) y Mi amigo caballo (1986); en teatro: Los duendes buenos (1965) y Los niños al teatro (1990). Dirigió

el equipo de investigadores que preparó el libro Tradición oral / Departamento de La Libertad (1990).

Figura en las principales antologías de literatura infantil y juvenil del país. Sus obras recientes para niños las ha publicado en la Colección Súmmum de Editorial San Marcos.

fe Roberto Rosario Callao, 1948 Poeta, narrador y antólogo. Nació en Bellavista, el 3 de abril de 1948. En 1951 su familia se traslada a Caraz, Ancash, donde creció y lugar con el cual se siente profundamente identificado. Su libro Shica shica de limón (1987), que ha sido llevado al cine y obtenido un premio como mejor película para niños por el CETUC de la Universidad Católica, es un retrato de su infancia en Caraz. Estudió pedagogía en el Instituto Pedagógico de la misma provincia. Fue docente en la ciudad de Puquio, Ayacucho, donde fundó el grupo literario Hortanal y empezó a publicar varias revistas y Con los niños (1971), una antología de mitos, cuentos y leyendas del departamento. Al año siguiente viaja continuamente entre los departamentos de Lima, Ica y Ayacucho como parte de su labor en la reforma educativa peruana del Ministerio de Educación. Rosario ha dedicado gran parte de su vida a la lucha por el bienestar de los niños. Ha sido encargado de la Dirección de Promoción Social del Inabif y de Defensa del Menor (1977). Organizó el Primer Concurso Nacional de Cine para niños, un concurso de periodismo sobre la problemática del niño y ha sido representante del Perú ante el Instituto Interamericano del Niño. Asimismo creó la

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Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil (APLIJ) que convoca el concurso de intelectuales peruanos como Jesús Cabel, Danilo Sánchez Lihón, Eduardo de la Cruz, entre otros. En 1988, renunció al sector público y se trasladó a España temporalmente. Sus trabajos: Con los niños (1971), La barquita de papel (1979) y Antología nacional de la literatura infantil (1984), son una muestra del camino que ha seguido el nuevo movimiento de la literatura infantil en el Perú.

fe José Watanabe Trujillo, 1945 - Lima, 2007 De padre japonés y madre peruana de origen andino, nació en el pueblo trujillano de Laredo el 17 de marzo de 1945. Tuvo una infancia con dificultades económicas en la hacienda azucarera Laredo de la cual su padre era operario. Sus raíces campesinas y la influencia oriental que cultivó en él el arte del haiku nutrieron su carácter literario. Estudió los primeros años de la carrera de Arquitectura en la Universidad Federico Villareal, aunque no la llegó a culminar. Fue esencialmente un autodidacta y no solo se desarrolló como poeta sino también como guionista de cine y documentales, estuvo muy involucrado en el medio televisivo e hizo una adaptación de Antígona de Sófocles para el grupo de teatro Yuyachkani. Su experiencia poética se inició con Álbum de familia, publicado en 1971, por la cual obtuvo el premio Poeta Joven del Perú. Está considerado como uno de los poetas peruanos más importantes de esta época. Algunas de sus obras más conocidas son El huso de la palabra (1988) y El guardián del hielo (2000). Esta última es posiblemente su obra más destacada, por la cual ganó el premio Lezama Lima de Casa de las Américas. Falleció el 26 de abril del 2007.

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Óscar Colchado Lucio Ancash, 1947 Poeta y narrador, nació en Huallanca, Ancash, en 1947. A los pocos meses de vida es llevado por su familia a Huayllabamba, tierra de sus padres, ubicada en el Callejón de Conchucos. Desde su infancia, la naturaleza caló en su espíritu y forjó el misticismo que lo caracteriza. Más adelante se traslada a Chimbote donde funda el grupo literario Isla Blanca y dirige la revista Alborada. Creación y análisis. En 1971 se inscribe en la Universidad Nacional de Trujillo para obtener el título de docente en Lengua y Literatura. Desde 1983 pasa a residir en Lima y ejerce la docencia. En 1992 fue jurado en el Premio Casa de las Américas, Cuba. Su contribución al género infantil y juvenil es múltiple y de gran calidad, iniciándose con Tras las huellas de Lucero (1980) y Cholito en los Andes mágicos (1985).

Ha ganado una diversidad de premios como el José María Arguedas de cuento (1978), el José María Eguren de poesía (1980), el Premio Copé (1983), el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil (1985), el Premio Latinoamericano de Cuento (CICLA 87), el Premio Nacional de Educación (1995) y el Premio Nacional de Novela Federico Villarreal (1996). Entre sus obras más importantes figuran los cuentos Del mar a la ciudad (1981), Cordillera Negra (1985), Camino de zorro (1987) y Hacia el Janaq Pacha (1989).

Su obra se destaca por un lenguaje muy personal, que se nutre de la fluidez y musicalidad del quechua al punto que incorpora a nuestra literatura el cuento popular, los mitos, las leyendas, creencias y tradiciones de sabor ancestral, teniendo como eje de sus hallazgos al niño peruano, específicamente andino. Ha editado dos valiosas novelas juveniles: Cholito en la ciudad del río hablador (1995) y ¡Viva Luis Pardo! (1996); es autor de una antología didáctica de Poesía para niños (1998).

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Cronwell Jara Jiménez Piura, 1950 Nació el 26 de julio de 1950, en Piura. A los cinco años se trasladó con su familia a Lima. Se licenció en Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con un trabajo de propuesta metodológica para la escritura de cuentos para niños. En 1983 representó al Perú en el Encuentro de Jóvenes, que tuvo lugar en La Habana. Cuatro años después emprendió un viaje a Brasil para especializarse en guiones de telenovelas. En 1991 integró el prestigioso jurado del Premio Casa de las Américas en novela. Participó en el Simposium Literatura Peruana Hoy (Alemania, 1994), donde presentó la ponencia “Visión de la violencia en dos novelas peruanas”. Sus cuentos han sido traducidos a diversos idiomas y ha sido galardonado con el Primer Premio de Cuento en el Concurso José María Arguedas (1979); el Primer Premio ENRAD-PERU, Cuentos para TV (1979) por El Rey Momo Lorenzo se venga; y el primer Premio Copé de Cuento (1985) con La fuga de Agamenón Castro.

Entre sus colecciones de relatos, el libro que goza de mayor difusión (fue reeditado por Casa de las Américas, de Cuba, en 1990, con un apreciable tiraje), es, sin duda, Las huellas del puma (1986). También es reconocido como un ávido narrador de cuentos del género infantil y juvenil. Algunos de sus relatos son: Kuti, la niña que quería la luna (1996) y El espantapájaros y la casita de libros (1988), donde logra alternar magia, sueños y realidad en personajes sencillos, pero trascendentes para los infantes. En sus cuentos destaca el tono aleccionador, la expresión directa y la ocurrencia plena de gracia y encanto. Es autor de Arte de cazar dragones: Manual y método para escribir cuentos para niños (2003).

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LECTURAS EJEMPLARES 6 Esther M. Allison Javier Sologuren Sebastián Salazar Bondy Rosa Cerna Guardia Carmen Luz Bejarano José Hidalgo Arturo Corcuera Mercedes Eguren Jorge Díaz Herrera Roberto Rosario José Watanabe Óscar Colchado Lucio Cronwell Jara Jiménez

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Esther M. Allison

En La literatura infantil en el Perú de Francisco Izquierdo Ríos, editor. Lima: Casa de la Cultura del Perú, 1969.

Las lágrimas de la Virgen

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uentan los viejos decires que, una vez, a la Virgen de Huata —primoroso pueblecito ancashino— se le perdió el Niño. Como todos los pequeñines, traviesuelo, pidió permiso a su Mamá

para jugar un rato, y Ella, juzgando que estarse todo el día quietecito entre sus brazos ahí, en la iglesia solitaria, podía serle cansador, lo bajó del altar diciéndole, amorosamente: —Anda, hijito mío, pero no te me demores mucho… Jesús se echó a correr hacia el campo, y María, sonriendo, lo vio desaparecer entre los retamares amarillos. Como lo sabía dócil y obediente, no pensó que se le alejaría demasiado… Pero la mañana pasó, vino la tarde, y no regresaba el Niño… La Virgen desasosegada, no cabía en sí de la zozobra, y, cuando llegó la noche, no pudo más con la inquietud y salió a buscarlo. Al mirarla se encendieron gozosas las luciérnagas. —¿No habéis visto a Jesús?... —les preguntó la Virgen. —Su voz, toda música, se esparció por el viento, y los vecinos del pueblo comentaron, al oírla: —¿Qué nuevo pajarito canta así, con tan dulce angustia?... —Pero las luciérnagas, acabando de despertarse, no supieron informarla… Anhelante, interrogó María entonces a la acequia, que se ya se adormilaba como un corderito de espuma: —Agüita, agüita, ¿no jugó contigo mi Niño?... —Sí —contestóle apenas el arroyo, cabeceando por el sueño—. Estuvimos jugando juntos, pero Él me dejó atrás, rezagadito…

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La Virgen continúo andando, turbada. Les inquirió a los sauces: —¿No se trepó Jesús a vuestras ramas, arbolitos verdes?... —Sí, —le respondieron, inclinando afirmativamente las despeinadas cabezas—. Se meció en nuestras hojas lo mismo que un zorzal… Pero se fue después hacia los cebadales… —Brillantes espiguitas —indagó ansiosamente María junto a la cebada—. ¿No os acarició mi Niño?... —Sí, —replicaron, agitándose todavía en el recuerdo jubiloso—, y por eso estamos ahora tan lustrosas… Pero luego se marchó a conversar con el alfalfar… La Virgen, más y más oprimida por la congoja, se deshizo en lágrimas… —Vaya—, se dijeron los vecinos, escuchándola caer blandamente sobre la tierra—, ¡qué modo de llover tan suave!... Pero cuando averiguó por su Hijito a la alfalfa, ésta le repuso solamente: —Sí, pasó a mi lado, y, al rozarme, me dejó cubierta de trocitos de cielo… Pero siguió de largo… La desazón le mordía a María el corazón… ¿Adónde ir?... ¿A quién preguntarle?... Y, sollozando, sus mejillas empalidecían como jazmines con rocío… De pronto, en la foscura divisó un insólito resplandor. Caminó presurosa hasta allí, y, entre los trigos maduros, halló a Jesús, profundamente dormido… La Virgen lo alzó hacia su pecho, y, estrechándolo, retornó, ya feliz a su retablo mientras quedaba el trigal misteriosamente iluminado… Pero, entre tanto, sus lágrimas al rodar por la hierba, se habían convertido en una liliales estrellitas, tersas y cándidas como la misma nieve… —Vaya, —dijeron al advertirlas los vecinos—, ¡Qué preciosas flores, qué puras, qué frescas!... ¡Sí parecen lágrimas de la Virgen!... Y de allí les viene el lindo nombre. (pp. 75-77)

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Javier Sologuren Lima: Colmillo Blanco, 1986.

Retornelo Estar en la luna Esta mañana el maestro un lindo cuento contó; contó que el hombre en la luna de pelearse se olvidó. Veía todo tan blanco, tan blanco que imaginó cada estrella una sonrisa y en la sonrisa al amor. Esta mañana el maestro sonriendo concluyó: Estar en la luna a veces sirve para ver mejor. (p. 22)

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El paso de los años Para mi hija Víveka Porque cogí la mariposa no en el jardín sino en el sueño porque en mi almohada oí cantar al río al crepúsculo orar porque el cielo breve de la flor me llevó lejos porque el niño aún (que fui que a veces soy) despierta y ve la mariposa volar en el jardín que ya no sueño. (p. 30)

Arañas de mar Aplicadas y alertas, excavan que te excavan sus huecos en la arena, las arañas de mar: los frágiles ejércitos fantasmas de la playa. (p. 41)

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Pez ¡Qué bien que se siente el pez en el agua! Tan quieto a veces como una luz dormida. Y siempre repentino, resplandeciente acróbata sedoso en la entraña de su mundo transparente. ¡Qué bien que se siente el pez en el agua, ¿no es verdad? (p. 42)

Mi loro ¡Qué bien vestido que está de verde entero mi loro; con su plátano y su choclo qué buen banquete se da! Por la mañana le digo: ¡Saca la pata, lorito; di tu discurso, amiguito! Y él se viene, poco a poco, acercándose de lado, todo ojos, desconfiado; todo verde, todo loro. (p. 45)

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Pájaro carpintero Con qué seriedad y con qué esmero va ejerciendo su oficio, día a día, muy constante, don Pájaro Carpintero. Golpe a golpe con el pico a la rama le va dando (tiqui, tiqui, tiqui, toc, tiqui, tiqui, tiqui, toc) este buen pica maderos. Con su pico, con su ritmo de maestro singular, en la orquesta de los bosques, trabaja firme y tenaz don Pájaro Carpintero. (p. 46)

Pajarita Pajarita, pajarita, pajarita de papel, pajarita tan bonita, tan bonita y de papel. En la mano te aprisiono, no te mueves, pajarita; no vuelas, no saltas, no te me vas, pajarita. Pero bien quisiera yo verte volar de verdad por el cielo, el libertad, ¡pajarita, cómo no! (p. 49)

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Sebastián Salazar Bondy Texto inédito (1961)

El amigo de las mariposas (Pieza para títeres, en un acto)

Reparto Juani, niño Piti, niño rico “Amarilla”, una mariposa Juano, obrero Pito, millonario Policía Otras mariposas

Primer cuadro (música. Tema característico) Calle de una ciudad. A un lado la casa de los ricos, a la izquierda la de los pobres. Sale de la primera Piti, jugando con una gran pelota. A la puerta de la otra está, mirándolo, Juani. Juani —(Acercándose a Piti) Oye, ¿por qué no jugamos juntos? Piti —Esta pelota es mía. Me la regaló mi papá para que juegue solo con ella. Juani —Pero mejor es jugar a la pelota entre dos. Piti —No quiero. Juani —Anda… Yo soy el arquero y tú choteas la bola para meterme gol. Piti —No me molestes. No quiero jugar con nadie. Juani —¡Es más bonito jugar entre dos! ¿Nunca has jugado fútbol? Piti —Mi papá me ha dicho que no me junte con los chicos de la calle.

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Juani —¿Entonces para qué te regala una pelota? La pelota es para jugar al fútbol, en dos equipos. Piti —Tengo muchas pelotas y siempre juego solo. También tengo, allá en mi casa, muchos otros juguetes: bicicletas, barcos, pistolas, soldados, autos con cuerda. Juani —¿Y juegas solo? Piti —Mi papá no quiere que me junte con nadie. Juani —¿Vives solito en esa casa tan grandaza? Piti —Sí, solito. Tengo jardín, piscina, tobogán, sube-y-baja. ¡Mi papá es muy rico! Juani —¿Y chocolates? Piti —Muchos chocolates, caramelos, galletas, mermeladas, tortas. ¡Yo soy un niño rico! Juani —¡Qué suerte! Piti —¿Y tú dónde vives? Juani —En esa casita de ahí. Piti —¿Tienes juguetes? Juani —No. Tampoco tengo jardín, ni piscina, ni tortas. Mi papá es muy pobre. Piti —¡Pobrecito! Juani —(Picado) Pero tengo una cosa que tú no tienes. Piti —¡Yo tengo todo! ¡Soy muy rico y lo que no tengo me lo compra mi papá! Juani —Lo que yo tengo no lo puede comprar tu papá. Piti —¿Qué es? Juani —¡Una mariposa! Piti —Yo tengo un libro lleno de figuras de mariposas. Juani —La mariposa que tengo está viva. Piti —¡Yo también puedo cazar una en mi jardín y meterla en una caja!

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Juani —La mía no está encerrada. Vive libre en el aire. Y me obedece como un perrito. Piti —No seas mentiroso. Las mariposas le tienen miedo a la gente. Juani —A mí no. Las mariposas son mis amigas. Piti —(Se ríe a carcajadas) ¡Eres un mentiroso! ¡Te va a crecer la nariz! Juani —¿Quieres verla? ¿Quieres que la llame? Piti —¡Qué vas a poder! Juani —Espérate… (Grita) ¡”Amarilla”! ¡”Amarilla!” (A Piti) Las bautizo con el nombre del color de sus alas (Grita) ¡”Amarillita”! (A Piti) Ahorita viene… Piti —¡Qué va a venir! (Se ríe) 2ª música de mariposa. (En ese momento entra volando una gran mariposa amarilla) Juani —¿Ves? ¿Ves? (A la mariposa que vuela alrededor de la cabeza de Juani)¡Hola “Amarilla”! ¿Cómo te va? ¡Qué linda estás hoy! ¡Mira, te presento a…! ¿Cómo te llamas? Piti —Me llamo Piti. Juani —¡Te presento a Piti, que es un niño rico! ¡Tiene juguetes. Jardín con piscina, chocolates y tortas! ¡Salúdalo! (La mariposa hace un movimiento de saludo) Ahora ven a mi mano. (La mariposa se posa en la mano de Juani) ¡Salta! (La mariposa salta) ¡Vuela alto! (La mariposa obedece) Piti —(Perplejo) ¡Formidable! ¡Dile que se pare en mi mano! Juani —No va a querer. No le gustan los extraños. Piti —Te regalo mi pelota si haces que se pose en mi dedo. Juani —¡Dame la pelota! (Piti se la entrega. Juani la guarda) ¡“Amarillita”, ponte en la mano de Piti! (La mariposa hace lo que Juani le indica) Piti —¡Ahora la agarro! (Agarra a la mariposa con las dos manos y le impide escapar) ¡Ya es mía! ¡Ahora la meto en una caja!

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Juani —(Molesto) ¡Suéltala! (Va hasta Piti y forcejea) ¡Déjala! ¡Abusivo, déjala! (La mariposa se escapa y se va) Piti —(Llorando) ¿Por qué me la quitaste? ¡Yo quiero esa mariposa para mí solo! ¡Es mía! ¡Te la cambié por la pelota! Juani —¡Tú me dijiste que me regalabas la pelota si la mariposa se paraba en tu mano! ¡Yo no la cambié! (Agarra la pelota y se la devuelve) ¡Toma! ¡No quiero tu pelota! Piti —¡Me has pegado! ¡Le voy a decir a mi papá! (Corre a su casa) (De la casa pobre sale el papá de Juani) Juano —¿Quién lloraba? ¿Eras tú? Juani —No, papá. Un chico de la casa de enfrente que quiso agarrarse la mariposa amarilla. Juano —¿Se la quiso agarrar? ¿Y cómo? ¡Las mariposas son libres! Juani —Le enseñé cómo la “Amarilla” me obedecía y cuando la hice pararse en su mano iba a meterla en una caja. Juano —Debe de ser un chico perverso ese. Juani —Es un chico rico. Juano —Entonces, se explica el caso. No te juntes con los chicos ricos porque tú eres pobre, y los chicos ricos son caprichosos y quieren tenerlo todo para ellos solos. El mar, las flores, las mariposas, los dulces, todo quieren poseerlo. Juani —Si le hubiera hecho a daño a “Amarilla” yo le hubiera roto la nariz. (Sale Piti acompañado de su padre, Pito. Este le pregunta a su hijo) Pito —¿Ese es el chico de la mariposa? Piti —Sí, papá… ¡Cómprame la mariposa, papá! ¡Cómpramela! Pito —(Dirigiéndose a Juani) Oye, chico, ¿cuánto quieres por esa mariposa domesticada que dice mi hijo que tú tienes? Juano —Perdón, señor. Esa mariposa es el único juguete que tiene mi hijo Juani. No la vende. Pito —¿Cómo que no la vende? ¿No son ustedes pobres?

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Juano —Sí, somos muy pobres. Pero no vendemos las mariposas. Las mariposas son de todos y por eso son libres. Piti —¡Cómprame la mariposa! ¡Cómprame la mariposa! (Llora fuerte) Pito —¡Cállate! ¡Te la voy a comprar! (A Juano) ¿Quiere usted 100 soles por la mariposa? Juani —¿Acaso nosotros tenemos tienda de mariposas? Juano —Vale mucho más de 100 soles, señor, pero aunque usted me diera mil no vendería a la “Amarilla”. Pito —¡3 mil soles! ¡Ahora mismo! Juano —¡No la vendo! ¡No la vendo! Pito —¡No me grite insolente! ¿Sabe con quién está hablando? Juano —(Más fuerte) ¡No sé ni me interesa! ¡No vendemos la mariposa! Juani —¡La mariposa es nuestra amiga! Piti —(Llora) ¡Quiero la mariposa para mí solo! ¡Quiero la mariposa, papá! Pito —Soy el doctor Pito Gundrales y Roncasón, primo del Presidente, dueño del Banco Macizo, director de la Compañía Rompedora, gerente de la Empresa Sustancial. Juano —Yo soy Juano Juánez, obrero desocupado. Pito —¡Puedo hacer que le derriben la casa! ¡Mañana compro ese terreno y pasado no tendrá usted bajo qué dormir! Piti —¡Cómprame la mariposa, papá! Pito —¡Puedo mandarlo preso por vagabundo y al chico al reformatorio por estar desamparado! Juani —¡No vendemos la mariposa! Pito —¡Puedo mandar matar todas las mariposas del país! Juano —Las mariposas no son mercadería. No las vendo. Pito —(Airado) ¡Ya verá usted (A Piti) ¡Vámonos! Piti —¡Yo quiero la mariposa. ¡Yo quiero la mariposa! (Sale detrás de su padre) Juani —¡Hay que llamar a la “Amarilla”! ¡No la vayan a matar!

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Juano —¡Sí, hay que prepararse contra la venganza de ese canalla! Juani —¡“Amarilla”! ¡“Amarilla”! Música. Cortina final, Primer acto. Tema de la mariposa.

Segundo cuadro La misma decoración. Entran Pito y un policía. Detrás viene Piti. Pito —¡Ahí vive ese vagabundo y ladrón con su hijo que es un raterito que le ha robado a mi hijo Piti una mariposa! (El policía toca la puerta de Juano) Juano —¿Quién es? Policía —Está usted preso. Juano —¿Y por qué? Policía —Por vagabundo, borracho, sinvergüenza, ladrón, etcétera. Juani —¿Qué quiere este policía, papá? Policía —Este chico también está preso. Juano —¿Y por qué él? Policía —Por vagabundo, borracho, sinvergüenza, ladrón, etcétera. Juani —¿Llamo a la “Amarilla”, papá? Juano —Sí, hay que llamarla. Juani —¡“Amarilla”!¡“Amarilla”! ¡“Amarilla”! Piti —¡Está llamando a la mariposa, papá! Pito —¡Seguramente ha decidido venderla! Música. Tema de la mariposa. (Aparece la mariposa) Juani —¡“Amarilla”, este policía nos quiere hacer daño! ¡Dale su tunda! (La mariposa se lanza contra el policía y se le mete por la cara, los ojos, el pelo. El policía huye dando de alaridos)

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Juani —¡Buena, “Amarilla”, ya eliminaste al policía! Piti —¡Quiero esa mariposa que hace correr a los policías, papá! Pito —Espérate. Hablaré con este pobre diablo. (A Juano) ¿No se anima todavía a vender a la mariposa? Juano —No, señor, convénzase: esa mariposa no puede ser vendida. Usted me puede meter preso, torturar, matar, pero la mariposa es como el aire y la luz. No es de nadie. Pito —Pero obedece a su hijo. Juano —Es que mi hijo es su amigo. La quiere, le hace cariño y nunca ha intentado ser su dueño. Pito —¿Quiere decir que si mi hijo se hace amigo de ella también seguirá sus indicaciones? Juani —Sí, señor. La mariposa es mi amiga porque yo soy su amigo. Yo no la he comprado. Pito —(A su hijo) ¿Oyes? Las mariposas no se compran. Hazte amigo de ella. Piti —¿Y cómo hago? Pito —Que su hijo le enseñe al mío a hacerse amigo de las mariposas. Juano —Anda, hijo, enséñale al niño cómo se es amigo de una mariposa. Juani —Es muy fácil. (A Piti) Ven para acá. Voy a llamar a la “Amarilla”. ¡“Amarilla”! (La mariposa vuelve) ¡Ponte en mi hombro! (La mariposa se pone en su hombro) Oye, mariposita, este niño quiere ser tu amigo. Enantes se equivocó y creyó que te podía apresar. Pero ahora ya sabe que tú eres libre. Pito —¡Es prodigioso! ¡Habla con la mariposa! Música. Tema de la mariposa. (La mariposa revolotea en el oído de Juani) Juani —Dice que tiene miedo. (Efecto de miedo) Piti —¿Miedo de qué?

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Juani —De que le hagas daño. Dice que te conoce. Que tú le pegas a tu perro, que arrancas las flores para destruirlas, que le disparas con un rifle a los gorriones… Pito —(Molesto, a su hijo) ¿Haces todas esas travesuras? Piti —Sí, pero… Pito —¡Pero qué! Piti —Es que siempre estoy solo porque tú me has dicho que nunca me junte con otros chicos. Me aburro y hago travesuras. Pito —¡Pero tienes muchos juguetes! Juano —Perdón, señor. Yo soy pobre pero también soy padre. Ningún juguete puede reemplazar a la amistad. Los amigos son mejores que los más lindos juguetes y los más dulces caramelos. Juani —Y cuando no encuentro amigos, me hago amigo de las mariposas. Las cazo para enseñarles a hablar, a jugar, a estar alegres. Nunca las encierro en una caja. Piti —¿Y tienes otras amigas mariposas? Juani —¡Uy! ¡Tengo como 50 amigas mariposas! ¡De todos los colores! Piti —¡Hazme amigo de ellas y te regalo mi pelota, mi rifle y mi bicicleta! Juano —Tampoco la amistad se vende. Pito —¿Y cómo mi hijo podrá ser amigo de las mariposas? Juano —¡Haciéndose primero amigo de todos los niños, aunque sean pobres, o negros, o chinos, o bizcos, o gordos, o flacos! Piti —(A Juani) ¡Yo quiero ser tu amigo! Juani —Bueno. Trae tu pelota y juguemos al fútbol. Piti —¡Voy por ella! (Sale por un lado) Juani —¡Y voy a decirles a las mariposas que vengan a jugar con nosotros! (Sale por el otro)

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Pito —Bueno, creo que esto se ha arreglado. Avisaré a la policía que no haga nada contra usted. Que yo estaba equivocado. Juano —No, señor. Les dirá usted la verdad. Que quería conseguir lo imposible de mí ejerciendo la influencia de su apellido y su dinero. Pito —¡No puedo hacer el ridículo! Juano —Entonces, le diré a mi hijo que no puede ser amigo del suyo, y que tampoco las mariposas deben confiar en él. De padre mentiroso, hijo mentiroso. Pito —¡No, no sea usted malo! ¡Iré a la policía y diré la verdad! Juano —Hace usted bien. (Le tiende la mano) Encantado de conocerlo. Pito —Mucho gusto. (Cada uno sale por su lado) (Entra Piti con la pelota, por un extremo, y Juani con la mariposa amarilla en la mano y otras mariposas revoloteando a su alrededor) Piti —¡Hola, amigo! ¿Jugamos al fútbol? Juani —¡Hola ¡Claro, jugamos al fútbol, y con las mariposas!

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Rosa Cerna Guardia

Dos cuentos azules y uno de paja. Lima: Alfaguara infantil, 2003.

La niña de las trenzas azules D e un viejo baúl de antigüedades saqué unas trenzas azules, que fueron a parar a la cabeza de una niña que hacía de pajarera en una pieza de teatro infantil, al final del año escolar. Como consejo final, ya saliendo a escena la muchachita, alcancé a decirle: —Ahora, Margarita, sólo falta que te enciendas, que irradies, que pongas tu alma… ¿Comprendes? La niña salió cantando y bailando con un pájaro de lata en una mano y en la otra una jaula vacía. El pájaro de lata parecía haberse despertado. Daba la sensación de que realmente cantaba para que su amita no lo destinara al encierro de esa jaula. ¡Qué bien estaba Margarita! Cuando terminó el acto, le dije: —¡Margarita, cómo quisiera verte así toda la vida, con tus trenzas azules y tus ojos castaños en un maravilloso complejo de belleza! Lo que recuerdo de entonces es que todo el cabello se le puso azul, como si viviéramos la fantasía de un cuento de hadas. La muchachita buscó un espejo para mirarse por primera vez, y quedó encantada de sí misma. Pasaron los días, diré mejor, los años. Nunca más supe de aquella pajarera que, bordando los límites del recuerdo, saltaba siempre a escena.

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De repente, cómo es de pequeño y angosto el mundo, me la encontré un día en el parque de recreo de una gran ciudad, trepada en una escalerilla, bajo un lindo cartel de pájaros pintados. Ahora sí, de verdad, en el oficio. Vendía pájaros. Sus trenzas azules me la dibujaron otra vez en escena y, para animar aquel bellísimo cuadro del encuentro, le dije: —¿Y dónde están tus pájaros y tus jaulas? —Aquí —dijo, señalándose el pecho. —Pero entonces, ¿qué es lo que vendes? ¿Canciones? —¡Pájaros! —me contestó entusiasmada —. Pájaros, pero sin jaulas. —¿Pájaros? —repetí alelada. Me dio la sensación de que la muchachita aquella había enloquecido. No tenía nada que vender. Sólo una canasta llena de papeles de color cortados en cuadrados y rectángulos. Se creía vendedora de pájaros sin jaulas. ¡Cuánta tristeza invadió mi alma! Que esta niña de tantas promesas viviera la vida de una boba… me dio un vuelco el corazón. —Los hago a gusto del cliente —agregó. Pensé entonces que el plegado de papel, aprendido con cariño en la escuela (ella tenía el mejor cuaderno) fascinaba a los niños, y le había señalado a Margarita su destino. Más animada, le dije: —Bueno, de algo se vive. Es un trabajo honrado. Pensar que esta nimiedad que se hace jugando, pero explotada con entusiasmo y seriedad, puede servir para ganarse la vida. Ella no dejaba de sonreír. Mientras hablábamos, dos niñas se acercaron a comprar canarios. —Uno rojo y otro azul —dijeron, y se pusieron a jugar en la linda y tentadora escalerilla mientras esperaban sus canarios de papel. Claro, siendo de papel no interesaba el color. En el tiempo que estuve como distante con las dos chiquillas subiendo y bajando de mi alma por aquella escalerilla de ilusión, la pajarera había terminado sus aves, y en realidad eran canarios vivos. Lo supe por el canto limpio y musical con que premiaron la expresión de las niñas.

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—¡Qué lindos! Asombrada miré cómo cada avecilla dócil fue puesta en la mano de las niñas, mientras ella, la pajarera, se guardaba el dinero tintineante en los bolsillos. —¿No estaré soñando? —dije. Me pellizqué. Mi sangre ardía. Después, una viejecita se acercó pidiendo un tordo: —El gato se ha comido al tordo de la dueña de casa. Si no lo encuentra, mata al gato y me mata a mí —decía la viejecita parlanchina, con su traje de colores desmayados y una linda sonrisa. Margarita envolvió un papel de lustre negro, hizo unos cuantos malabares con los dedos, y luego, otra vez, el ave viva trepó al hombro de la anciana, que a pasito menudo se perdió por la ancha y soleada avenida. Enseguida llegó un viajero que quería llevarse de recuerdo una santarrosita, la avecilla que borda con sus patitas amarillas encajes de ilusión y de finura sobre la tierra recién amanecida. La vendedora trenzó dos trozos de papel, uno negro para la espaldita del ave y una franja blanca para matizar el pecho y las alitas; luego, dibujó en el aire el perfil de sus patitas y ¡ya está!, se la entregó al feliz viajero que decía: —Tengo una niña de seis años que colecciona pájaros. Donde quiera que yo vaya, le llevo alguno, extraño, por supuesto. No le atraen las muñecas. No salía de mi asombro. Se puede ser diseñadora de modas, por ejemplo, reveladora de fotografías, fabricante de flores artificiales, vendedora de flores naturales, obrera de taller, creadora de música, pintura y poesía; pero, ¿creadora de aves? ¿Puede el Señor haberle enseñado a esta criatura, que pasó por mis manos su secreto, su propio oficio? Al final, casi huyendo de mí misma, dije:

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—Adiós, Margarita, me gusta tanto tu trabajo, que si no fuera porque tengo uno igual o parecido al tuyo, el tener que arreglarme con los niños, te juro que compraría otra escalerilla y vendría a ayudarte. ¡Es tan hermoso tu oficio! La pajarera buscó en el fondo de su canasta el pájaro de lata de aquella vez en que salió cantando y me dijo: —¿Se acuerda?... No me he separado nunca de él ni del recuerdo. Él hizo nacer en mí el deseo de ser lo que ahora soy. Lléveselo. Me alistaba a recibir el pajarillo de lata, cuando terminando de limpiarlo con un breve plumerito dijo: —¡Ahora, pajarito, sólo falta que te enciendas, que irradies, que pongas tu alma!... ¿Comprendes? Y el lindo ruiseñor empezó a cantar. Al alejarme, una bandada de pajarillos sueltos llenó el aire de colores y de música, como si me abrieran el camino y despidieran al pájaro de lata… Mi pajarera de las trenzas azules se quedó tan contenta. (pp. 70-74)

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En Desde el alba. Lima: Talleres gráficos P. L. Villanueva, 1966.

Informe escolar Señor Director: Le digo que tengo un niño en la sala que trae a diario, debajo del brazo, un álbum de pájaros pintados. Han de tener alma aquellas avecillas, porque cuando entra él toda la clase se alborota como si tratara de coger alguna. El pequeño usa un idioma distinto para cada una y sabe de memoria el orden de nombrarlas. No le interesa nada, salvo si en Cálculo hablo de sus pájaros, en Lenguaje de sus pájaros, en Geografía de sus pájaros. He inventado infinidad de ciencias en torno de las aves, desde el dibujo en blanco al arte de echarlos a volar en poesía. Pero regresan a la hora de los cantos escolares. Tanta Zoología de amor me desespera parece que las aves bebieran mi ternura en la imagen de todos los chicos de la sala. Solo a la hora de cerrarse la tarde recoge sus pájaros dormidos, dobla bajo el brazo su paraíso ambulante y echa a correr como si custodiara mil cantos invisibles.

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Un día lo reñí a causa de quebrantar la disciplina; pero sus avecillas me hicieron hueco el corazón y despoblaron mis pupilas… En sueños me sentí despedida de la escuela. ¿Qué debo hacer? Si le digo que no traiga: –dice– ¿dónde podré dejar mi abecedario? Si le quito el cuaderno morirá de pena como un nido abandonado y tal vez, todas las aves inicien para siempre una huelga de silencio. Tanto revuelo vence mis palabras, mi manera de conducir el viento, de dirigir el nacimiento de los días; Señor Director: Dígame ¿qué debo hacer? (pp. 43-44)

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Carmen Luz Bejarano Tambor de luna. Cuadernos de la oropéndola. Ilustraciones de Yuri Eslava. Edición de Jorge Eslava. Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1988.

Tambor de luna Érase que era la hierba una gaviota la piedra un caracol libélula la tarde un guijarro el agua Érase que era La tierra entre dos alas. (p. 7)

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La garza se posa apenas en el arco de la tierra parece que soñara y acaso con el mar tan blanca tan inmóvil tan distante ensimismada en su porción de luna perpleja de horizontes ilumina la noche. (p. 9) Sé valiente no midas tu fuerza con la tierna avecilla que retoza en el árbol escucha por ella es un trino la tarde. (p. 23) Sé fuerte cuidado no tanto que una rosa no puedas albergar en las manos o derramar una lágrima cuando la tarde pone farolas en el cielo. (p. 25)

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No temas un día serás flor nube o viento pez o ave no temas en la piel del ser que animes te gustará vivir. (p. 29)

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José Hidalgo

Muñeca de trapo. Ilustraciones de Charo Núñez de Patrucco. Lima, Ibby-Unesco, 1969.

Una historia de abuelito —¡Bibi, Bibi… llegó abuelito! Los niños agitan la casa porque abuelito llegó. —¡Abuelito, abuelo, abuelito… esta es Bibi, mi muñequita de trapo! El abuelito acaricia sus trenzas de paño negro. —¿Te gusta la playa, Bibi? —¡Sí, sí… a ella le gusta el mar! ¡Oh, qué bueno es abuelito! Ahora los lleva a pasear. Por la orilla de la tarde van. Abuelo color de tiempo, tres nietecitos buenos y una muñeca de trapo. La brisa baila en la arena, y abuelo a empieza a contar: —¡Ah, ese ruido de cadenas que arrastra siempre la mar! Desde el fondo se alarga, como flecha, el horizonte. Allá terminan los días y se diluyen las noches. Hacia allá mira el anciano y sigue: —En la profundidad de las olas, prisionero de pies y manos, hay un gigante amarrado fuertemente con cadenas. Siete llaves fueron cerrando, uno a uno, los candados que le sujetan las manos y le aprisionan los pies. Siete llaves que está buscando en la noche y en el día, bajo las olas del mar y que no puede encontrar porque sus peces guardianes olvidaron el lugar. No solo hay agua salada en la inmensidad azul que cubren el cielo y las olas. También la hay en los ojos cuando se abren, como lunas, los manantes de la pena.

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—¡Pobre gigante que arrastra tanto y tanto tiempo sus cadenas bajo el mar! —dice, entrecortada la voz, la nietecita pequeña mirando sobre la arena los leves encajes de espuma que tejen suaves las olas. Pero, el sollozo se pierde entre el aliento del mar y las risas burlonas de sus hermanos mayores. La brisa baila en la arena. El cuento flota en el mar. Pasos recoge la playa, huellas que se han de borrar cuando suba la marea del océano y el viento. Pasos que sigue un lamento de siglos, que viene y va y se agita entre las olas, como cadenas que arrastra un gigante de cien pies. (pp. 94-97)

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Arturo Corcuera

Noé delirante. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Alas Peruanas y Fondo de Cultura Económica, 2005.

Noé delirante En La ventana del arca El grillo y su fábula El grillo ensaya su ópera silvestre en una sola cuerda. No desmaya. Poeta de aldea, pentagrama verde, ¡cuánto dieras, cigarra, por conocerme! (p. 32)

Fábula y semblanza del saltamontes Salta ríos, salta bosques, sueña saltar horizontes —humildemente— el atlético saltamontes. (p. 41)

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Fábula y caricatura del sapo De lo más fresco. Sarcástico. Boca dando saltos, buzón acuático. Pobre corneta afónica. Músico despedido de la sinfonía. (p. 42)

Fábula y metáfora del gallo Reloj despertador, hijo apócrifo del papagayo. No anuncia la madrugada el tornasol clarinero. —¿Qué tiene el gallo que se ha callado? —Hay que llevarlo al relojero. (p. 50)

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En Noé y los diablos azules Fábula del espantajo ¡Cómo llora en silencio el espantajo con las lágrimas blancas que le ha pintado un pájaro! (p. 60)

Brevísima fábula de la persiana Cebra que se quedó atrapada en la ventana. (p. 64)

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Mercedes Eguren

El muñeco de aserrín. Ilustraciones de Charo Núñez de Patrucco. Lima: Ibby-Unesco, 1969.

El muñeco de aserrín L o vi por primera vez en una tienda de la ciudad, revuelto con otros muñecos de colores extravagantes. Me gustó por el matiz rojo de su vestido y por aquellos cascabeles dorados que llevaba en la punta del gracioso sombrerito. No era más grande que una cuarta. Los ojos profundamente negros y salpicados de lucecitas blancas destacaban sobre la cara redondísima, donde un par de orejas descomunales parecían las alas de un avión a punto de despegar. Pensé que se vería muy bien colgando del espejo de nuestro automóvil, de modo que, tomándole de las larguísimas piernas, acudí al mostrador para cancelar el importe respectivo. Me pareció que se sacudía indignado; así es que le dije con impaciencia: —¡Hey! ¡Quédate quieto! O de lo contrario no te llevaré. —¡Oh! ¡Oh! —contestó poniendo los ojos en blanco—. Si no me voy contigo me comprará alguna niña y tendré que estar tomando el té a cada momento. —¿El té? —pregunté extrañado. —Sí, señor. Porque las niñas no saben jugar mas que “a tomar el té”. Y yo lo detesto, lo detesto, lo detesto. Estoy viendo que eres un muñeco muy malcriado —refunfuñé—. Mi hermana Anita les convida pastelillos, les teje lindos vestidos, etc., etc.

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—¡He ahí la cosa! —reposó mordiéndose una uña con refinado deleite—. Todo esto está bien para los juguetes pero yo no soy uno de ellos. —¿Ah no? Entonces, ¿qué haces aquí? ¿Vienes quizá de otro planeta? —Estaba trepando en aquella lámpara —señaló hacia el techo—, cuando de súbito resbalé cayendo en este lugar. Me confundieron con los demás muñecos y precisamente me disponía a aclarar la situación en el momento en que tú llegabas. —Hmmmm… no sé si creerte —contesté sospechando que me engañaba. —Llévame contigo —propuso con humildad—, y después conversamos. —De acuerdo; pero dime al menos tu nombre. —¡G-46 a tus órdenes! —se presentó haciendo una cómica reverencia. —Pues bien, yo me llamo Juan. Pero para los amigos soy simplemente “Juanito”. Llámame así. ¿Quieres? —Y ahora, ¿qué hacemos?— preguntó rascándose algo desorientado la punta de una oreja. —Súbete hasta mi hombro. Puedes abrigarte con la bufanda que me cubre el cuello; mas no te muevas de allí porque eres demasiado pequeño y no quisiera perderte por entre las calles de la ciudad. Caminaremos unos cuantos minutos; luego te llevaré a casa de mis padres. ¿Te parece bien? —¡Estupendo! —exclamó con su vocecilla chillona. —¿Vamos? —¡Vamos!

II La Plaza de Armas parecía un gigantesco hormiguero a esa hora del día. Hombres, mujeres y niños caminaban de prisa. Unos conversando; otros, cargando paquetes de llamativos colores. Los más jóvenes portaban maletines conteniendo libros o quizá papeles sin importancia.

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Había perfume de naranjo en torno al corazón de esta ciudad en cuyo centro late el agua cristalina de una antiquísima fuente colonial. Las flores encarnadas, y los geranios rosas, proporcionaban la nota romántica que siempre conserva, para deleite de sus habitantes, el inmenso panal de seres humanos que es Lima. Nos sentamos al borde de la vereda. G–46 se acomodó sobre un cajoncito olvidado por algún pequeño lustrabotas y empezó así su relato: —Yo vivía —dijo entornando los ojos lánguidamente—. En una estrella de plata donde todos los objetos eran de rubíes, esmeraldas y topacios. Teníamos un lago muy bello de cristal por debajo del cual se veía nadar a los peces y a las tortugas. Las hojas doradas y verdes de los árboles alfombraban todos los caminos. Siempre estábamos en primavera… Se detuvo como recordando. —Éramos muy felices —continúo volviéndose hacia mí—. Imagínate: había un Banco destinado a proporcionar a cada habitante la clase de felicidad que en determinado momento deseaba. —¡Alto ahí! —exclamé con la incredulidad retratada en mi rostro—. Creo que estás mintiendo. —Déjame terminar siquiera —respondió muy enojado. Prosiguió: —Las abejas eran de diamantes. Los pétalos de las flores exhalaban aromas misteriosos que parecían anunciar mundos desconocidos… Interrumpí para preguntar: —¿Tendríais un Jefe, por supuesto? —¡Oh, sí! Le llamábamos “Gran Maestro”. Su mirada era profunda y jamás sonreía. Llevaba por todo vestido una túnica hecha de alas de mariposa. —¿Le amabais mucho? —pregunté nuevamente. —Más que a todas las cosas; porque nos gobernaba con bondad y justicia infinitas. Hasta que un día… Se detuvo pensativo. —¿Qué sucedió?

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—… un día, el compañero F–62 se burló del anciano 407. Le dijo que estaban muy gastados su gorro y su vestido azul, y que si no se peinaba aquellas barbas tan blancas, le iban a confundir con un oso cubierto de nieve. —Entonces, ¿qué pasó? —Apareció el Gran Maestro muy irritado. Nos reunió a todos en el centro mismo del Gran Lago. Una vez allí, dijo que ya estaba cansado de crear más y más muñecos de rostros iguales y cuerpos de aserrín a quienes les faltaba “corazón”. Como jamás habíamos escuchado semejante palabra. F–62 le preguntó qué cosa era aquello. El Gran Maestro respondió que debíamos averiguarlo por nosotros mismos, si queríamos que él siguiese gobernando nuestra estrella. Que hasta que no lo supiéramos, iba a permanecer muy, pero muy lejos. —¿No pudistéis detenerle? —No. Le vimos alejarse en dirección al sol. Y se fue haciendo más y más pequeño; hasta que finalmente le perdimos de vista. —Empiezo a creerte —le dije—. Pero aún no me has explicado por qué te encuentras tú aquí. —Después de que él se fue —prosiguió—, comenzamos a preguntarnos qué cosa significaba “corazón”. Unos pensaban que tal vez sería una máquina. Otros, un árbol muy especial. Los jóvenes afirmaban que era una fruta bastante delicada. En fin, todos gritaban, gesticulaban pero nadie sabía a ciencia cierta lo que era “corazón”. Hasta que de pronto se alzó la voz del anciano 407, quien yacía olvidado en el centro del lago y con voz lenta y grave habló de esta manera: —“Una vez —dijo—, escuché a un pajarillo que venía desde el planeta Tierra, hablar de una cosa que aunque pequeña hacía despertar gran amor por todo lo creado. Que haciendo solamente un suavísimo tic–tac transformaba la vida de los hombres”. Volteamos todos a mirarle porque sus palabras eran nuevas. —¿Y entonces?

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—F–62 decidió que alguno de nosotros debía ir a buscar “aquello”. Sacamos un nombre a la suerte y me tocó a mí la tarea de obtener un “corazón” para así recobrar a nuestro querido Gran Maestro. —¿Cómo hiciste para llegar a la Tierra? —Me trepé en un rayo de luna, y cuando llegó la noche de tu mundo, descendí muy cerca de aquí. Empecé a caminar, me introduje en la tienda donde me encontraste, y como tenía frío subí hasta la lámpara para calentarme. Tú sabes lo demás. “Pobre Gran Maestro” —pensé para mis adentros—. “Debía estar muy desilusionado de sus muñecos” . —Mira —le dije—, voy a acompañarte para buscar ese corazón que necesitas. Pero prométeme que te vas a portar correctamente. —¡Prometido! —exclamó dando un salto mortal en el aire—. Seré un buen muñeco e iré quietecito dentro de tu bolsillo. —Hmmm —murmuré pensando en que me estaba metiendo en una aventura un tanto extraña—. Espero que así sea. Pero ahora, debo regresar a casa pues va a estar muy tarde y mi madre ha de estar preocupada. ¿De acuerdo? —De acuerdo. Y saltando alegremente, corrimos hacia la parada del autobús.

III Cuando llegamos a la esquina, vimos una aglomeración de personas en torno a un hombre que gritaba con voz destemplada por la locura: —¡Alto ahí mis soldados! ¡Adelante! ¡March…! Me escurrí con G–46 hasta la primera fila y de esta manera me fue posible contemplar el tristísimo espectáculo: Un sujeto muy sucio, con el saco repleto de condecoraciones, llevando entre las manos una espada de juguete, pretendía detener el tránsito “para que sus tropas pudiesen circular libremente sin temor a los enemigos” que en este caso, eran los automóviles.

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—¡Miren al loco! ¡Miren al loco! —gritaba un mocito de engominada cabellera, mientras señalaba con su dedo manchado de nicotina al pobre hombre–. ¡Miren al General! —gritaban dos lustrabotas de rostros color de achiote abriendo las carteras de algunas señoras curiosas con sabe Dios qué propósitos. Todos reían o simplemente miraban indiferentes aquella “diversión” inesperada. Quise gritarles que tuviesen compasión del estado de ese ser humano, pero mi voz se ahogó dentro del zumbido de sus burlas. Me acordé de las enseñanzas de mi padre, y acercándome lentamente al pobre hombre, le pregunté no sin cierta cautela: —¿Desea que le ayude, señor? —No, no, no, no, —contestó—. No se preocupe. Ya estoy acostumbrado. Estas gentes son muy ignorantes. Creen que soy un payaso. ¿Ve? Pero yo me llamo Juan Manuel Vargas Rosales y Meléndez del Villar; Coronel de todo el mundo y jefe de este país por la voluntad del que está ahí arriba. Y señaló con su mano hacia el firmamento. —Tengo mucho gusto de conocerle —respondí—, pero tenemos que irnos de este lugar porque algún automóvil puede hacerle daño. —Soy todito de acero —aseguró—. Por eso, el Comandante Escudero me regaló esta gorra y estas charreteras de oro puro. Me mostró con orgullo dos pedazos de lata asegurados al hombro de su raído saco. G–46 se asomó por detrás del cuello de mi camisa diciendo: —Vamos, Juanito, que tengo mucho miedo. —Está bien —respondí—, pero no puedo permitir que toda esta gente se burle de él. Tomé del brazo a Juan Manuel Vargas Rosales y Meléndez del Villar y abriéndome paso por entre el gentío, emprendí la carrera con G–46 trepado sobre mi espalda a modo de jinete, hasta llegar a una de esas “callecitas de antaño”, que se resisten todavía a morir.

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—Gracias, patrón —me dijo el loco una vez que nos detuvimos jadeantes; secándose el sudor con el revés de la manga cubierta de galones descoloridos—. Le voy a nombrar Capitán del primer barco que pase por esta avenida. Pero, eso sí: tengo que irme a desayunar. Después le diré un secreto. ¿Está bien? Le regalé tres soles que tenía en el bolsillo y me sentí muy, pero muy feliz. G–46 se acomodó nuevamente y mientras yo retomaba el camino hacia el paradero, murmuró con cierta misteriosa sonrisa: —Creo que ya sé dónde buscarlo… Sí, señor… Creo que ya sé… Juan Manuel Vargas Rosales y Meléndez del Villar se alejaba por la vereda jugando a aquello de “Ferrocarril, carril, carril…”.

IV Tal y como lo había previsto, mamá estaba muy asustada por mi tardanza. Me preguntó muy alarmada: —¿Por qué has tardado tanto? Empecé a contarle mi encuentro con G–46. Cuando hube terminado mi relato, mamá dijo meneando la cabeza. —¡Tienes una imaginación tan grande, Juanito! Olvídate de lo que has soñado y ve a lavarte las manos. —¡Espera, mamá! Te lo puedo mostrar. Está aquí en mi bolsillo. ¡Sal G–46! —ordené mirando hacia el lado derecho. Silencio. —¡Hey! Que me estás haciendo quedar mal. Más silencio. —¡Pero si estaba aquí hace unos instantes! —exclamé, avergozado de que mamá pudiese creer que le mentía.

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—Seguro, hijito —respondió mi madre—. ¿Quieres que le busquemos más tarde? Estaba tan furioso que grité con todas mis fuerzas: —¡Sal G–46 o de lo contrario tendré que sacarte a la fuerza! Y uniendo la acción a la palabra, introduje mi mano en el bolsillo. Sentí de inmediato un movimiento rapidísimo y ¡zás! Le tomé de las piernas impidiéndole la huida. Cuando hube terminado de almorzar, corrí hacia el dormitorio donde se hallaba mamá y dije alborozado: —¡Mírale! ¡Aquí está! Mamá no rió, seguramente, para no ofenderme, porque lo que yo sostenía entre mis manos no era precisamente un muñeco, sino una pícara ranita con un gorro lleno de cascabeles sobre la cabeza. —Me las vas a pagar travieso diablillo —dije al oído de la “ranita”—. ¿Estás burlándote de mí? Me guiñó un ojo. Habló quedamente: —Los mayores no pueden verme. Solamente los niños como tú. —¡Ah! ¡Ya veo! —¿Estás enojado? —Hmmmmm… —¿Podrás perdonarme? —No sé… —Entonces, no tienes corazón. Me asombraron sus palabras: —¿Por qué dices eso? —Porque si no me perdonas, significa que te soy indiferente ya que no deseas ser amigo mío. Y como demostraste hace algunos momentos que el que es indiferente es porque no tiene corazón…

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—¡Basta! ¡Basta! Tú ganas —respondí—. No sabía que podías convertirte en rana. Me pareció que querías burlarte de mí. Estaba indignado. Disculpa. —Bueno. Todo olvidado y empezamos de nuevo —concedió—. ¿Amigos? —¡Amigos!

V Conversamos toda la tarde sobre temas sin importancia. G–46 estaba muy contento brincando como un pedazo de azogue. Dando volantines y saltos mortales. Me tenía verdaderamente mareado. Sus piernas subían y bajaban sin cesar enroscándose y haciéndose nudos detrás de las orejas. Parecía estar hecho de jebe. Más o menos a la hora en que el sol se oculta tras la límpida línea del horizonte, empezó a tranquilizarse. Su mirada se tornó lánguida. Las lucecitas perdieron parte de su brillo inicial. Entonces, me pidió una caja de pinturas y un pincel. Ante tan extraño pedido, no me quedó más remedio que preguntar: —¿Para qué los quieres? —Necesito retocar —contestó—, el color de mis ojos y el de mi piel; porque en la noche de La Tierra los muñecos dejamos de existir y yo no me puedo perder el tiempo. Le alcancé lo que me había solicitado y febrilmente se puso a trabajar. Cuando hubo terminado, volteó a mirarme… Entonces, pude ver, dibujada sobre su frente la efigie del sol. Y en verdad, sus pupilas parecían más negras, y sus mejillas más encarnadas. —¿Ya has encontrado lo que buscabas? —le interrogué, preocupado.

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—Algún día lo sabrás —dijo sonriente dándome una palmadita sobre la espalda—. Y ahora, vete a dormir, que yo vendré a buscarte cuando el aliento del nuevo día surja de la canción de las flores y del vuelo de los pajarillos. —¿No te olvidarás de mí? —¡Oh no! —respondió—. Ténlo por seguro. ¡Que tengas felices sueños! —¡Que encuentres tu corazón! Y dando un gran salto, desapareció por entre las ramas perfumadas de un crisantemo amarillo.

VI Aquella noche, no pude conciliar el sueño tratando de adivinar adónde podía encontrarse mi amigo. ¿Estaría perdido?... ¡Imposible! Era demasiado listo. Mamá me notó inquieto, de modo que decidió tomarme la temperatura. —¡Tienes mucha fiebre! —me dijo angustiada. Mi buen padre acudió de inmediato. —¡40 grados —exclamó con el dolor reflejado en el rostro—. ¡De prisa, Teresa! Ve a llamar al médico. El delirio comenzó a hacer presa de mí. Oleadas de fuego me envolvían por momentos. Un frío intenso recorría mi espina dorsal de arriba hacia abajo. Las gotas de sudor resbalaban copiosamente sobre mi rostro congestionado. Pero yo miraba solamente para la ventana tratando de ver si una pequeña carita de orejas puntiagudas se asomaba detrás de los cristales. Empecé a gritar como un loco: —¡Quiero que venga G–46! ¡Quiero que venga!... ¡Me siento muy mal!

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Y sollozando: —¡Mamá! ¡Papá! Si viene y no ha encontrado aún un corazón, quiero regalarle el mío… —¡Está muy grave! —oí que comentaban mis padres mirando esperanzados al médico que acababa de llegar. Fue lo último que escuché antes de perder el conocimiento. Cuando creí recobrarlo, me encontré tendido sobre una camilla muy grande al lado de la cual se encontraba G–46 vistiendo un inmaculado uniforme de enfermero. —¿Qué sucedió? —preguntó mirando con curiosidad las paredes y techos de color caramelo. —Me llamaste y vine. Por eso estoy aquí, y porque además, ofreciste regalarme tu corazón. —¿Quién es ese señor que se halla a tu derecha? —interrogué. —Este anciano —dijo presentándome al duendecillo de mirada traviesa—, es el habitante 407. Él será quien realice la operación. ¿Estás listo? —Sí, respondí. Ingresamos a la Sala de Operaciones. Allí nos esperaban F–62 y los demás cirujanos del Hospital. Con mucha delicadeza, el anciano muñeco tomó mi corazón entre sus manos, y como si estuviera realizando un rito sagrado, depositó en el lado izquierdo del pecho de G–46, aquella pequeña cosa que tenía el inmenso poder de enseñar a amar todo lo creado. Nadie osaba respirar en ese momento. De súbito, un TIC, TAC, TIC, TAC, comenzó a sentirse cada vez más y más fuerte, y entonces, ¡oh maravilla de maravillas!, por detrás del aleteo de una bandada de palomas, apareció, sentado sobre una nube de flores y sonriendo por primera vez, la figura majestuosa del Gran Maestro. Cuando iba a acercarme para darle la bienvenida, sentí que alguien me sacudía fuertemente diciéndome con voz alborozada:

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—¡Juanito! ¡Juanito! Ya está aquí. —¿Quién? —pregunté, aún medio dormido y restregándome los ojos con fuerza—. ¿G–46? —¡Este muchachito siempre con sus fantasías! —comentó mi padre mirándome con dulzura—. Ya está aquí tu nuevo hermanito. ¿No quieres verle? ¡Santo cielo! ¡Casi había olvidado de que el día anterior mamá había dado a luz al pequeño Luis Fernando. Me incorporé sobre la cama pensando para mis adentros: “Vaya sueñecito. Por poco me quedo sin corazón”. Corrí aún medio dormido hacia la cuna celeste. —¿Cómo estás nene? —pregunté guiñándole un ojo. Mi madre sonrió y dijo meneando la cabeza: —Los recién nacidos, Juanito, no saben hablar. —Hmmmm… —le contesté mirando de nuevo la carita rosa—. ¿Sabes, hermanito? Te pareces mucho a un muñeco que conocí hace muy poco tiempo. Y para sorpresa mía me respondió en lenguaje que sólo los niños comprendemos: —¿Y quién te dice que no sea él mismo, pero con corazón? (pp. 41-57)

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Jorge Díaz Herrera

Parque de leyendas. Ilustraciones de Octavio Santa Cruz. Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1977.

El rey Ogrón En el reino de Barbarina reinaba Ogrón. Cuando salía en su caballo Retinto, lo acompañaban caballeros de espadas de acero y heraldos tocando sus clarines. Los vestidos del rey y sus caballeros relucían como plumas de pavo real. A su paso, la gente del pueblo tenía que inclinar la frente. ¡Pobre del que no lo hiciera! Nunca se le borraron a Gabriel las cicatrices de los azotes que le dieron por quedarse con la frente alta un día que pasaba el rey. Las casas de Barbarina eran de madera. Sólo los palacios del rey y sus caballeros se alzaban sobre grandes columnas de piedra. El reino de Barbarina tiene su rey

y sus casas de madera

donde el miedo es la ley. Una mañana, los heraldos anunciaron, por plazas y caminos, que el rey Ogrón casaría a su bella hija con el caballero que demostrara ser el más valiente y el más fuerte del reino. 24 caballeros se inscribieron en la lista de candidatos. El día de la prueba, el pueblo repletó el coliseo. El rey, en compañía de su hija y de su corte, sonreía en el palco real. Entre tigres gladiadores y leones

van derrumbando su sangre por ganar una princesa los campeones.

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Al atardecer, el gentío elevó su voz y sus aplausos para celebrar al vencedor. “Acércate, hijo”, lo llamó el rey, tendiéndole la mano de su hija. El caballero Darío, con varias heridas en el cuerpo, avanzó sobre la arena enrojecida por la sangre de los caídos en la competencia. Solo le faltaban unos pasos para tomar la mano de la princesa, cuando, ¡quién lo hubiera imaginado!, un joven pálido y delgado saltó de las graderías al redondel: “Yo soy más valiente que Darío”, gritó. Era Gabriel. Al escucharlo, todos se echaron a reír. Ogrón, aguantando la risa, le preguntó: “¿Y qué harás para demostrarlo?”. Gabriel le pidió al rey que le permitiera decírselo al oído. Ogrón, burlonamente, acercó su cara al muchacho: “¿Qué harás para demostrar que eres el más valiente?”. Gabriel le gritó en la oreja: “¡Jalarle la nariz al rey!”, al tiempo que, con sus dos manos, casi arranca la narizota de Ogrón. El gentío rio a carcajadas. Gabriel cayó atravesado por las lanzas de la escolta. Pero Ogrón quedó humillado y el pueblo nunca dejó de reírse de él. Entre los habitantes de Barbarina, corrieron como ríos estos versos: Más que nariz es espada

y más que espada lombriz. Si quieres saber qué es eso mírale a Ogrón la nariz.

Si duerme Ogrón se le cae de la cama la nariz.

Por miedo a desnarizarse ya no duerme el infeliz.

Mataron a un muchacho por cometer un desliz:

por agarrar una lanza

cogió de Ogrón la nariz. (pp. 59-62)

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Don Manuel y su amigo Campeón Campeón es el caballo más viejo del corral. Ya no corre alegre y ligero como en otros tiempos. Apenas le quedan fuerzas para ir hasta la acequia a beber un poco de agua. Regresa muy lento y se tiende bajo la sombra de un algarrobo a dormir. Solo don Manuel se le acerca y lo acaricia y le echa bajo el hocico su porción de yerba fresca. ¡Pobre caballo viejo! El patrón ha dicho que Campeón ya no sirve para nada y que lo único que hace es comer y dormir. Ha ordenado a don Manuel que lo lle ve allá, al otro lado del cerro, y lo abandone. Campeón.

Caballo envejecido. Ya te olvidaron corriendo veloz

partiendo y

volviendo. Don Manuel es el peón más viejo de la hacienda. Él vio nacer a Campeón. Él lo crió y lo curó las veces que estuvo enfermo. Por eso don Manuel se siente como si reventara de pena, mientras va llevando a Campeón, jalado de su soga, para abandonarlo al otro lado del cerro. De ahí, Campeón ya no podrá volver. Como si comprendiera, Campeón se detiene y vuelve sus miradas a su antiguo corral. “Vamos. Vamos Campeón”, le dice don Manuel y da unos jaloncitos a la soga. ¿Y si no le hiciera caso al patrón? Pero el patrón no acepta desobediencias. Lo botaría de la hacienda, y él, pobre y viejo como estaba, no tendría a dónde ir. Debajo del sol

se desenrosca el camino, como una culebra, sin fin ni destino.

Ya han caminado varias horas. Se han tendido a la sombra de uno y otro árbol a descansar y a seguir caminando y otra vez a descansar y a seguir caminando. Pronto llegarán al cerro. Don Manuel regresará

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a la hacienda abandonando para siempre a Campeón. Pero don Manuel no quiere abandonarlo y lo va pensando y pensando. Don Manuel tropieza en una piedra y cae. Mientras el pobre viejo se levanta, Campeón le lame la cara. Don Manuel se abraza al cuello de Campeón y le habla en una oreja: “Perdóname Campeón, amigo, por haberte querido abandonar”. El caballo sacude la cabeza para espantar a una mosca y sigue caminando tras don Manuel. La cara del viejecito se ha llenado de alegría como un girasol: Ha decidido no abandonar a Campeón y no regresar a la hacienda. ¿A dónde irá? No lo sabe ni, ¡qué le importa! Don Manuel ha recobrado su valentía y Campeón ha recuperado a su amigo. Si en tu camino se cruzan caminante

dos amigos:

Un caballo envejecido y su valiente viejecito. Caminante

no los dejes cruzar solos el camino.

Los gorriones que abandonan caminante

sus prisiones.

Para recobrar su vuelo caminante necesitan

la fuerza de otros gorriones. (pp. 15-18)

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Roberto Rosario

El burrito Jijau. Lima: Editorial San Marcos, 2005.

El burrito Jijau (Adaptación de cuento tradicional) Todos los domingos hay feria en el pueblo y los campesinos llevan sus productos a vender al mercado. El abuelo despierta temprano a su nieto para que lo acompañe a comprar los víveres para la semana. A Absalón le gusta ir con el abuelo porque siempre hay mucho que ver. Además de las verduras, hay frutas, dulces, helados y hasta juguetes. ¿Cuánto cuesta el burro? pregunta el abuelo señalando un asno plomo con las orejas negras, bien negras, como si expresamente se las hubieran pintado. Cien soles responde el vendedor. El burro es tierno, pero se ve sano y fuerte. El abuelo lo necesita para transportar las frutas de la chacra al mercado. Lo compro dice el abuelo. Paga al vendedor y atando con una soga el cuello del animal, lo conduce a la calle, donde espera Absalón. ¿Cómo se llama el burro? pregunta el muchacho. No tiene nombre responde el abuelo. Si quieres, ponle uno. Absalón lo había escuchado rebuznar mientras su abuelo y el vendedor discutían el precio: “¡Ji-jau, ji-jau, ji-jau!”. Se llamará Jijau dice el muchacho. Cerca del puente se encuentran con una campesina. Hace mucho calor dice la mujer.

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Es verano, pues contesta el abuelo, pero se siente más calor que antes. Viendo al anciano que caminaba muy cansado y sudoroso, la campesina le dice: Lo veo muy fatigado, ¿por qué usted no monta al burro? Verdad, ¿no? contesta el anciano. Jala al animal hacia el borde del camino y monta sobre su grupa. Más adelante se cruzan con un agricultor. ¿Adónde van? pregunta el señor. El muchacho está pálido, ya se va a desmayar. El abuelo mira a Absalón. En efecto, tiene el rostro pálido; además, está empolvado y sudoroso. Verdad, ¿no? dice, se baja del burro y ayuda al muchacho a montar sobre el animal. Después se cruzan con una vendedora de frutas. ¿Se siente mal, abuelo? pregunta la señora. ¿Por qué? responde el anciano. Veo que el burro va ligero y usted parece muy cansado. Verdad, ¿no? contesta el abuelo. Lleva al burro hacia un promontorio, trepa detrás del nieto y continúan la marcha. Subiendo la cuesta se encuentran con un ganadero. El hombre mira al burro y se compadece: ¡Pobre animal, ahorita se muere! Está resoplando por tanto peso que lleva. El abuelo mira al burro, que camina con las justas, y dice: Verdad, ¿no? Ambos se bajan del animal. El abuelo corta un palo de eucalipto y ata las cuatro patas del burro al palo. Llama al nieto y los dos cargan al burro, que va colgado patas arriba.

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Es época de lluvias y la semana pasada un aluvión se llevó el puente. Tienen que cruzar la correntada por un vado. Se quitan los zapatos y comienzan a atravesar el río cargando al burro. Ya casi están por llegar a la otra ribera, cuando el abuelo resbala en una piedra y cae al agua. Inmediatamente, Absalón ayuda a su abuelo. Mojados, salen a la orilla agarrándose de las piedras. Después se acuerdan del burro, al que se ha llevado la corriente. El abuelo dice: Por hacer caso a la gente hemos perdido al burro. Verdad, ¿no? responde el muchacho.

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José Watanabe

Saltamonte. Libro de lectura. Sexto grado (Antología-autores varios). Lima: Santillana Técnicas Educativas Peruanas S. A., 1989.

El «canarigallo» que escapó ¿Qué conversaban esos dos viejos que se encontraron en el camino que sube y baja entre los cerros? El primero, relamiéndose, preguntó: —¿Usted vende tortas de maíz con miel? El otro, el que traía una caja de cartón bajo el brazo, dijo: —No; hace ya mucho tiempo que nadie las prepara. —Eran muy sabrosas. No sabía que ya no las hacían más. —Hace ya mucho tiempo —volvió a decir el otro viejo. —Si usted lo dice, así debe ser. Yo vivo en mi chacra aislado como un topo. Nunca voy al pueblo. No sé nada de lo que actualmente pasa en el mundo. Pero discúlpeme, yo no salí al camino para quejarme; solo vine a preguntarle qué vende. El viejo que traía la caja la abrió y le mostró un hermoso gallo blanco. —Voy a la feria del pueblo a vender a este pajarraco —dijo. El gallo vio que el otro viejo ponía ojos de comprador. Los compradores entrecierran un ojo y sonríen diciendo que sí con la cabeza. —Me gusta. Lo compro —dijo finalmente. El gallo, que no era menos fanfarrón que otros, pensó: Este hombre dice que no sabe nada de lo que pasa en el mundo, pero en cuestión de gallos es sabio: le he gustado. Y ahora, bajo otro brazo, el gallo iba rumbo a su nuevo corral. No, el viejo no lo puso en un corral. Lo amarró a una estaca, junto a su puerta.

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Noche más bonita no se podía pedir en el patio de esa casa, pero el gallo no quería mirarla. Temblando y asustado tenía la cabeza escondida bajo un ala: no quería mirar ni oír nada. Principalmente oír, porque el ruido que venía de la casa era escalofriante: allí el viejo afilaba su cuchillo contra una piedra. Pero a veces el susto produce ideas brillantes. El gallo se tranquilizó y caminó hacia la puerta de la casa. —Sospecho que usted quiere hacerme caldo. —Caldo y un poco de guiso —le contestó tranquilamente el viejo. —Está bien —le dijo el gallo fingiendo gran serenidad, aun ante la olla que hervía en el fogón—. Me equivoqué. Creí que usted no era capaz de hacerle daño a un pajarito. —Nunca les hago daño —protestó el viejo—. Ni siquiera pongo espantapájaros, para no asustarlos. —¿Entonces por qué quiere matarme? ¿Acaso no se ha dado cuenta que soy un canario? Las personas que viven solas generalmente no tienen humor. Por eso el viejo siguió afilando su cuchillo con igual tranquilidad. Otro se hubiera reído con la ocurrencia del gallo. —No lo voy a culpar por matar a un canario. Lo comprendo. Usted vive lejos del mundo y no se ha enterado de los enormes cambios que ha habido últimamente. No sabe que los animales modernos somos mucho más grandes. Los canarios ahora somos así. Hay mentiras que pueden parecer verdad. Pero esta del gallo era demasiado inverosímil. Suponemos que el viejo no la creyó. Tan cándido no era. Y si esa noche guardó su cuchillo y se fue a dormir, pensemos que así lo hizo porque estaba muy cansado. Amaneció y el viejo salió al patio a echarse un poco de agua. Como si tuviera algún pensamiento extraño en su cabeza mojada, miró un largo momento al gallo. Aunque quizás estaba pensando en cómo sazonarlo. Después el gallo lo vio coger su pala y perderse en el sendero de su chacra. A veces se quisiera que las cosas se decidan de una buena vez. Para el gallo era terrible eso de quedarse imaginando un cuchillo en la cocina.

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De repente, vio pasar a lo lejos una vaca. La llamó. Ella, como toda señora gorda, se acercó sin prisa. —¿No teme usted caminar tan libremente por aquí? —le preguntó el gallo—. Parece que usted ignora que en esta casa vive un viejo algo loco que ha prometido dar muerte a todas las vacas. Apenas la vaca escuchó esto, se dispuso a huir. —No corra —la detuvo el gallo y, zalamero, agregó—: Viéndola tan ágil, cualquiera diría que usted parece una joven cabra. Solo le falta la barba que ellas tienen en el mentón. Con ese pequeño detalle engañará fácilmente al viejo. La vaca se marchó algo asustada, pero agradeciendo el consejo. Un momento después, un burro vino retozando al patio. —¡Buenos días, valiente amigo asno! —lo saludó el gallo. Al burro le habían dicho todos los adjetivos imaginables, pero jamás «valiente». Por eso levantó aún más sus orejotas envanecidas. —Sabiendo que el viejo que vive en esta casa ha jurado asesinar a todos los nobles asnos, usted pasea sin ningún temor por aquí. Es admirable. Al burro se le aflojaron las piernas cuando el gallo terminó de hablar. —Pero usted no se preocupe, amigo asno. Seguramente ya le habrán hecho notar su gran parecido con los elegantes venados. Un par de cuernos sobre la cabeza… ¡Y es usted un perfecto venado! Y el burro, que de valiente no tenía nada, se fue mirando temeroso a todos lados. En la chacra, el viejo, cansado, se puso la pala al hombro y emprendió el regreso a su casa. Por el camino encontró a la vaca y al burro que, ya disfrazados, comentaban los ingeniosos consejos que les había dado el gallo. El viejo, al pasar, los saludó amigablemente. —¿Cómo le va, doña vaca? —¿Vaca? —dijo la vaca haciéndose la sorprendida y, luego, mostrándole la barba postiza que había fabricado con unos pelos de su rabo, añadió—: ¡Yo soy una cabra!

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El viejo no podía creerlo. —¡Debo estar volviéndome loco, amigo burro! —dijo, cogiéndose con ambas manos la cabeza. —¿Burro? Disculpe, buen anciano, pero usted me confunde. Yo soy un venado —dijo el burro, enseñando las ramas secas que se había amarrado a modo de cuernos junto a las orejas. El viejo esta vez no comentó nada. Solo pensó repetidamente para sí mismo: «Es cierto, el mundo ha cambiado, el mundo ha cambiado». Eso siguió pensando hasta ya muy cerca de su casa. Apenas llegó a su patio, el viejo se arrodilló junto al gallo. —Pobre pajarito —le dijo acariciándolo, y continuó con voz de arrepentido—: Suerte que no te hice caldo. Nunca hubiera podido pagar tamaño abuso. Después empezó a desatarlo. El gallo inclinaba la cabeza sobre su propio pecho, no por gesto de agradecimiento, sino para esconder la risa que ya no aguantaba. Cuando estuvo libre, se disparó a correr por el camino. El viejo se quedó mirando con tristeza la larga nube de polvo que iba dejando el gallo. Antes de entrar a su casa recordó que antiguamente los canarios volaban. —Ahora son tan grandes que no pueden ni alzar el vuelo —dijo, y, después, se preguntó con inocencia—: ¿De qué tamaño serán entonces los gallos de ahora? (pp. 47-51)

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Óscar Colchado Lucio

Rayito y la princesa del médano. Historias de mascotas. Lima: Ediciones SM, 2009.

Historia de dos loros E l tiempo me quitó a Aurora. Y a Lorenzo. Y de ambos: la verde algarabía de sus gritos. Si la bandada de loros tras la cual se fueron aún vuela por los cielos del mundo, debe llevar, impregnado en sus cabecitas rojas, el recuerdo ya lejano, distante, de un niño que se quedó una media mañana de cielo turbio con la sonrisa congelada. Aurora fue la primera en alegrar el breve jardín de nuestra casa, retozando siempre en la delicia morada de una planta de buganvilla que trepaba alto sobre los muros hasta alcanzar el techo. Es sencilla la historia de cómo llegó hasta nosotros: Papá la liberó por unos cuantos soles de la estrecha jaula de alambres donde la exhibía un viejo pajarero en el mercado Modelo. Con las alitas recortadas, Aurora paseaba sus anchas, bajando y subiendo por la mencionada planta. Solo mamá renegaba a veces de Aurora, por tener que barrer una y otra vez las hojitas menudas que hacía caer al patio luego de mordisquearlas. Tomó la costumbre de subirse hasta la punta de la bunganvilla a contemplar desde allí el cielo no tan limpio de Chimbote, empañado casi siempre por el humo de las fábricas pesqueras y, más aún, por ese otro, rojizo, mineral, que como un crepúsculo permanente se elevaba de las altas chimeneas de la siderúrgica. Mas Aurora debía comprender, sin duda, que ese humo que acaso nos daba la muerte, nos daba también la vida; pues significaba trabajo y prosperidad.

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Cierto día, desde una vivienda cercana a la nuestra, llegó el tímido grito de un loro al que Aurora, sorprendida, respondió con alborozo. A los dos días, luego de un intercambio permanente de gritos desde sus respectivos lugares, resultó posándose sobre las bunganvillas un loro más grande que nuestra engreída. Era, pues, el compañero ideal que ella estaba esperando. Nos enternecía verlos arrullarse, acercarse cariñosos los corvos picos relucientes, espulgarse la roja cabecita el uno al otro, frotarse los verdes cuerpecitos emplumados entre chillidos de alegría. Nosotros, contentos de que nuestra lorita tuviese tan grata compañía, le dábamos al visitante el mejor trato posible para que se acostumbrara y se quedara. Y ellos, felices, sumidos en sus arrullos, hasta se olvidaban de comer. Ya no bajaban al jardín. Teníamos que aventarles desde abajo su cotidiano alimento o, con la ayuda de un palo, acercarles un choclo, el manjar preferido de ambos. Sin embargo, el loro grande solía volar a veces sobre los techos vecinos y, apostado en algún lugar, empezaba a llamar alborozado a Aurora, haciendo gran escándalo, como para que esta, alarmada, acudiese al punto. Aurora chillaba, se desesperaba, pero no iba porque nunca ensayó el vuelo más allá de las ramas de su hogar. Seguramente tenía miedo de caer al vacío al no poderse sostener con las alas. Y el otro, defraudado, terminaba volviendo con desgano. Más tarde, pasado el mal rato, se encendía de nuevo la alegría entre las hojas de la bunganvilla. Una tarde, un vecino que vivía a la vuelta de la casa, tocó de manera urgida nuestra puerta. Cuando abrimos, dijo que andaba buscando a su loro y que al pasar creyó oír sus chillidos, ¿podía verlo? Mi padre, sin poder negarse, lo hizo ingresar, aclarando que, efectivamente, teníamos de huésped un animalito de esa especie que llegó por su propia cuenta y que acaso era el suyo. El hombre apenas entró al corral y lo distinguió paseándose feliz con Aurora entre el follaje de la bungavilla, lo llamó a voces: ¡Lorenzo! ¡Lorenzo! Solo entonces supimos que ese era su nombre. Mas Lorenzo, que al parecer, reconoció muy bien a su antiguo dueño, solo se limitó a mirarlo de soslayo, como diciéndole: si alguna vez nos conocimos, no lo recuerdo.

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El hombre pidió a mi padre que por favor lo bajara de donde estaba para que pudiera llevárselo. Yo, a mi vez, pellizcaba con disimulo a papá, haciéndole entender, lleno de angustia, que no lo hiciera. Y, para mi regocijo, lo oí responder que le era imposible satisfacerlo, porque ¿cómo podría subirse él por esa endeble y espinosa planta?, ¿acaso usted podría hacerlo? (mi padre diría después que si de veras hubiera querido servir al hombre, lo habría hecho, llamando con cariño a la verde avecilla y ofreciéndole un choclito de granos apetecibles; pero él también, como yo y mamá, tenía pena de quitarle su compañía a nuestra Aurora). El hombre observó la bungavilla y calculó su propia imposibilidad, mas no por eso dejó de insistir en llamar a su loro, recibiendo en respuesta solo la indiferencia de este. Pensativo, el vecino le pidió a mi padre que le aconsejara lo que debía hacer. A lo que él aprovechó para manifestarle que no teníamos ningún problema si se quedaba un tiempo más su lorito con nosotros; pues estaba viendo, él se hallaba con Aurora de lo más contento, saludable y feliz. Y en un arranque de audacia, mi padre le propuso que se lo vendiera más bien. A lo que el hombre, de ojos claros y piel tostada, dio su negativa diciendo que su esposa no estaría de acuerdo, pues ella no había comprado justamente para su mascota. Durante varios días, el hombre, como para reforzarnos la idea de que él era el dueño y no nosotros, venía trayéndole puntual su comida; a pesar de que le habíamos dicho que no lo hiciera, que nosotros nos encargaríamos de eso sin ningún compromiso de su parte. Aun así, siguió viniendo, pero ya no con la persistencia de antes. Sus visitas se iban espaciando. Un día, casi a lo olvidado, volvió con una novedad: se le había ocurrido lacear a Lorenzo con una cuerda para traerlo abajo. Ante esto, mi padre cautamente lo detuvo. Lo invitó a sentarse en una silla, le ofreció una gaseosa y le hizo entender que su loro sufriría mucho si se lo llevaba. ¿Qué acaso no lo veía feliz ahí con la lorita, amigo? Entonces por segunda vez, le pidió, casi le rogó, que se lo vendiera. El hombre al ver mis ojos llenos de súplica, rígido y tenso frente a él, debió conmoverse hondamente y en actitud generosa nos lo cedió sin aceptar ninguna paga. Yo salté de alegría, fui, lo abracé, le di las gracias.

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De ese modo, Lorenzo se quedó por fin con nosotros. Pero no todo acabó ahí. Al parecer, el lorito macho tenía sus propios planes (¿escapar con Aurora?). Principió por enseñarle a su pareja a dar vuelos cortitos alrededor de la bungavilla. Primero haciéndolo él como muestra y después esperando que ella lo imitara. Aurora se lanzaba al vuelo torpemente, se suspendía en el aire con angustia y, aunque temblorosa, aliviada de no haber caído al vacío. Paasaron los días y una tarde oí que Lorenzo de lejos de gritaba. —¡Cric! ¡Cric! ¡Cric! Aurora se desesperaba por ir hacia él, pero el trecho que debía vencer era largo. Tenía que sobrevolar un patio y llegar al otro lado. El miedo de precipitarse a tierra antes de alcanzar su objetivo la hacía detenerse a mitad de vuelo y volverse asustada a su rama. —¡Cric! ¡Cric! ¡Cric! Lorenzo seguía insistiendo, posicionado esta vez más lejos todavía. Su voz se oía apenitas, mientras Aurora acá, a pesar de su desesperación por reunirse con él, no se decidía. Hasta que cierto día desapareció Lorenzo. Aurora se cansó de llamarlo y se puso muy triste. Y yo sentía pena, mucha pena, a tal punto que acudí a ver al antiguo dueño de Lorenzo para preguntarle si acaso había vuelto donde ellos o algo así. Pero los esposos ignoraban igualmente su paradero. Más bien me ayudaron a buscarlo e indagar por los lugares aledaño, sin ningún resultado. Pasarían un par de semanas por lo menos, y de Lorenzo ni noticias. Yo tenía la lejana sospecha de que acaso algún gato se lo habría devorado. Sin embargo, a veces creía percibir sus chillidos dentro de vecindario. Abrigaba la esperanza de que estuviera por allí, en alguna vivienda, pensando también en nosotros y en Aurora, sobre todo. Así, una tarde en que papá entró por casualidad en una casa del vecindario, requerido por el dueño para arreglar una tubería rota, descubrió de pronto, al fondo del patio, a un maltratado y compungido

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lorito, que para él no sería otro que nuestro añorado Lorenzo. Oiga, le había dicho al dueño de casa, señalándole la verde avecilla, ¿ese lorito no es mío? Al llegar a su lado, y comprobar que se trataba, en efecto, de Lorenzo, se puso a acariciarlo con ternura. Estaba flaco el pobrecillo, prisionero de un hilo de nylon que sujetaba su patita a una silla. Sorprendido el hombre por las expresiones de mi padre, le contó que no sabía que era suyo, que a él se lo habían vendido unos muchachitos del barrio, después de cazarlo a hondillazos. Papá le reiteró que era nuestro y que por favor se lo devolviera, que él pagaría por sus cuidados, pues su compañerita Aurora, se hallaba muy compungida. Está bien, respondió el hombre comprendiendo las ansias de mi padre. Que lo llevara nomás, que ya descontarían después del valor de su trabajo. Fue de ese modo como el buen Lorenzo volvió nuevamente al seno de nuestro hogar. Antes de soltarlo con Aurora, papá revisó su patita. Estaba muy mala. El nylon que lo tuvo prisionero se había ajustado tanto que no permitió que la sangre circulara libremente hasta las garritas, por lo que estas se veían resecas, sin vida. Viendo que era imposible desamarrar el pedacito que aún quedaba, papá tuvo que cortarlo, y así pudo librarlo del sufrimiento. De nuevo en casa, a fin de que sus alitas marchitadas brotaran renovadas, se las despuntamos. Cuando lo pusimos al pie de la bunganvilla, Aurora, apenas lo vio, chillando de alegría bajó a recibirlo. Fue indescriptible el regocijo de ambos al encontrarse. Mimándose, emitiendo graznidos de gran contento, subieron a lo más alto de la planta, a reiniciar su vida feliz de otros tiempos. Sin embargo… no todo acabó ahí. Las aventuras de Lorenzo no tenían fin. Al cabo de unos días, la marca profunda que le dejó el nylon en la patita, había afectado, al parecer, seriamente el hueso, dando lugar a que semanas después las garritas se secaran y se desprendieran, quedando su patita como una astilla solamente. El pobre Lorenzo tenía ahora dificultades para desplazarse. Pero conforme pasaban los días, el muñoncito, que formó una especie de callo, permitía movilizarse a la avecilla aunque fuera cojeando.

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Fue de ese modo que volvió a su vida rutinaria junto a la amada compañera, a quien parecía adorar hoy más que nunca. Así lo confirman los enconados celos que mostró ante la inusitada presencia de un loro grande y robusto (procedente, sin duda, de algún techo vecino). Al verlo muy galante y amistoso, intentado conquistar a Aurora, Lorenzo decidió cortar por lo sano, enfrentándosele. Fue una lucha feroz en la que relucieron picos y garras y volaron plumas entre un entrevero de graznidos. Finalmente, el loro grande huyó y no más volvió a aparecer. A partir de entonces, Lorenzo volvió a cobrar gran señorío en sus dominios, solo que al mismo tiempo había endurecido su carácter, y veíasele casi siempre como amargado (seguramente por su patita). Perseguía con saña a los pajarillos y mariposas o a cualquier otro insecto, reptil o roedor que se aproximara al pequeño jardín, por lo que se ganó en adelante el apodo de Caralampio, en recuerdo de un personaje de ficción, muy malo y cojo como él. Cuando crecieron nuevamente sus alas, Lorenzo volvió a su empeño de antes: enseñarle a Aurora a ampliar su círculo de vuelo. Así, poquito a poco, los desplazamientos de esta, de escasos metros alrededor de la bungavilla, se ampliaron al ámbito total del techo de la casa. Con el transcurso de los días, Aurora ya no hacía vuelos solo en círculo. Ahora, aunque cortos, los hacía también en línea recta. Y fue así cómo, poco a poco, alentada por Lorenzo, se desplazaba cada vez más lejos de la casa. A veces, los descubría allá sobre algún poste o techo junto a la iglesia, o más distantes aún. Hasta que después, ya fuera de mi vista, no los volvía a ver sino luego de varias horas, cuando regresaban acosados por el hambre. Por esos días, una bandada de loros de su misma especie, solía pasar volando alto sobre los techos de la ciudad, llamándolos: —¡Cric crac! ¡¡Cric crac!! Y ellos, aun cuando se alborotaban, no se atrevían a seguirlos. Y otro día, volando algo bajo: —¡Cric crac! ¡Cric crac! —parecieron decirles—: ¡Vengan, no sean tontos! ¡Sígannos! —en tanto se alejaban en dirección a los bosques del Vivero Forestal.

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Por lo que podía colegirse, esos loros habrían desertado de muchos hogares de la ciudad pues no eran de una especie que existiera en las campiñas de Chimbote o Santa, ni de más arriba, Tamborreal o Cascajal. Quién sabe si los trajeron del llamado norte grande: Lambayeque, Piura o Tumbes, pues según lo afirmaba un vecino, esa especie correspondía a habitantes inconfundibles de los bosques secos de algarrobo que abundaban en los parajes de estos últimos lugares. Cierto día, volvió la bandada de loros, muy aumentada en su número. Esta vez parecían decididos a llevarse a Aurora y Lorenzo. Chillando, haciendo alboroto como nunca antes, pasaron volando bajito, casi a ras de los techos. Lorenzo y Aurora, que posiblemente habían decidido ya integrarse a la bandada, se lanzaron tras ella, buscando alcanzarla. Yo alentaba, sin embargo, la esperanza de que tarde o temprano retornaran. Mas cuando vi las flores de la bungavilla agitarse entristecidas con el viento, tuve la sensación de que acaso ya no volvería a verlos nunca más. En efecto, transcurrieron días de días, y no volvieron a asomarse. Si bien es cierto que algunas veces logré avistar a la bandada, no tenía la certeza de que en ella viajaran también Lorenzo y Aurora. Hasta las pocas esperanzas que mi alma de niño albergaba se diluyeron finalmente cuando alguien me diría después que una mañana de rutilante sol y espléndido cielo azul, vio al grupo de loros de siempre elevarse como nunca antes, alto muy alto, y dirigirse muy resueltos al parecer hacia otros cielos del mundo. (pp. 40-53)

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Cronwell Jara Jiménez

El asno que voló a la luna y otros cuentos. Cuadernos de la oropéndola. Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1986.

El asno que voló a la luna E ste era un abuelito que toda su vida había tenido un raro oficio: el arte de volar; mas nadie le hacía caso y todos se burlaban de él. Adonde él y su asno llegaban, la gente se alborotaba y los perros los mordían. Los campesinos de la costa no lo entendían cuando el abuelo sacaba unas tijeras y se ponía a danzar, antes de iniciar el rito del vuelo. Y comentaban: “¿Para qué pues podría servir un viejo con esas enormes alas de cóndor? ¿Para que se burlen de él? ¿Y lo sigan los perros?”. Así iban de pueblo en pueblo, sufriendo hambre y frío, recibiendo la indiferencia del mundo, sin que nadie les ofreciera trabajo. Diciéndoles: “¿Alas? ¿Tijeras? ¡Bah!”. Llegaron un día a la granja de Liz, cuando jugaba con su único amigo, un loro de cabeza roja, llamado Jobito. Al ver al viejo y al asno arrastrando tan grandes alas, Liz se alegró, pero Jobito y todos los animales de la granja se espantaron, carcajeando: —¡Miren!, ¿qué cosa extraña viene ahí? –dijo el loro. —¡Horror, ja, ja, ja! —dijo un pavo real, esponjándose y abriéndose como un abanico multicolor—. ¡Qué viejo y qué asno tan chistosos! —¿Qué hacen? —exclamó un loco ganso—. ¿Imitan a los pájaros? ¡Ja, ja, ja...! —¿Y adónde se ha visto volar a un asno? —rio una gallina, revolando alborotada por el patio.

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—¡Qué torpes! ¡Los voy a morder, ja, ja ja! —comentó un perro y corrió hacia el asno y el anciano, con muy malas intenciones. Pero, Liz, interponiéndose a tiempo: —¡Fuera, perro! —lanzó un palo, y, asombrada y alegre, permitiendo que llegaran tranquilos aquel anciano y el asno, comentó—: ¡Oh, pero qué alas tan bonitas! Nunca he visto unas alas tan grandes; ¿y yo podría volar? Cuando dijo el viejo cuál era su oficio, los padres de Liz rieron —quiénes no se burlaban de él—, creyéndolo un abuelito extraño, muy extraño, pero bueno. Y al verlo tan hambriento y mordidos sus tobillos por los perros, el padre de Liz le dijo: —Quédese a cenar con nosotros, ¡no faltaba más! Pero, sepa que aquí su oficio de volar no sirve. ¿Por qué no arroja esas viejas alas al barranco? Y la mamá: —Sí; sólo queremos aquí a un peón que dé agua y alimente las aves, lleve a pastear la vaca y barra el establo y los chiqueros. Y lo dejaron solo con sus alas sobre el asno, en el corral de las gallinas. Fue cuando Liz, oculta tras un naranjo, oyó decir al abuelo: —Qué terrible, amigo asno, ¡es triste ver en el mundo que nadie tiene interés por aprender a volar! “¡Yo sí!”, pensó Liz, muy tímida, “¡yo sí!”, pero no se los dijo. Al oír al viejo, los animales juguetones de la granja lo reconocieron y, hechos un escándalo mayúsculo, saltaron sobre su cabeza: —Ajá, ¿pero, no es éste el viejo que insiste en saber volar? ¿Y no son esas sus alas? —murmuró el pavo, esponjándose de nuevo en risa. —¡Con esas enormes alas, tan torpes y pesadas, no llegaría a ningún lado! —exclamó el cerdo, moviendo sus orejotas—. ¡Hasta yo volaría mejor, miren! Ja, Ja, ja... Y así pasaron los días. Cierta mañana don Carlos tuvo que viajar a la capital, a comprar semillas y, de paso, visitar a sus padres. Le dijo al abuelo de las alas:

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—Voy por un mes, y le ruego cuide a Liz, al loro Jobito y a mi esposa Dina. Mas a los tres días, no bien se había ido don Carlos, empezaron a ocurrir en el caserío y en todos los campos, cosas extrañas. Primero cayó en la pampa de la casa, en pleno vuelo, un gavilán muerto. Después corrió un aire seco y amarillo, y la gente por los caminos, sintiéndose mal, empezó a morir. Y cundió la voz por los caseríos de que había llegado una epidemia que traía la muerte. Mamá Dina cayó un día enferma y, con dolores y mareos, tuvo que ir a la cama. Liz y su loro Jobito, corrieron a decirle: —¡Dinos, mamá Dina, qué podemos hacer para salvarte! —Tienes que ver la forma de avisar a tu papá. Pero Liz también cayó enferma, la cogieron fiebres y fue a la cama, mas tanta fue su voluntad de recuperarse que al día siguiente se levantó y, acordándose del abuelo y sus alas: —Ay, abuelito —le dijo—: ¡Sálvanos! ¿Podrías volar y avisarle a mi papá Carlos, que nos ha caído una epidemia? —¡Con toda mi alegría iré, niña Liz! —contestó el abuelo—. ¡Así lo haré! El abuelito, feliz porque por fin lo necesitaban en su arte de volar, se puso las alas, cogió sus tijeras y se puso a danzar; pero bien estaba danzando cuando volvieron a alborotarse los animales. El gallo fue el primero en caerle sobre la cabeza a picotadas y aletazos, diciendo: —Pero, ¿otra vez? ¡Ya basta, abuelo, con querer engañar al gallinero! ¿Quién te va a creer que podrías elevarte sobre las nubes, más que nosotros? ¡Toma, toma por mentiroso y farsante! Al gallo se le agregaron las gallinas y los pavos, aún más agresivos: —¡Sí, toma y toma! ¡Merecido lo tiene! —envolviéndolo y castigándolo en el suelo.

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El asno quiso defender a su amo pero el caballo y el toro, a cornazos y patadas lo hicieron huir al campo. Hasta que Liz, valiente, gritando tuvo que separar para que no hicieran daño al abuelo: —¡Basta, ya! Fue cuando Jobito, el loro cabeza roja, tuvo que decir una verdad: —¿Es que no se dan cuenta? Si el abuelo no va a pedir ayuda, ¡todos moriremos! —¡Eso es mentira! —dijo una gallina—. ¡Yo podría volar a Lima y decirle a don Carlos lo que aquí pasa! Ese abuelo no tiene mejores alas que las mías. —Pues, ¡anda! —le ordenó Liz—. Y apura, que si no viene ayuda el zorro podría venir y comerse a toda tu familia. —¡Es verdad! —dijo asustada una pava—; ¡vuela como el rayo, gallina! Pero la gallina, al alzar el vuelo, no avanzó más de diez aletazos y cayó a tierra, cansadísima, diciendo: —¡Oh, peso como piedra! ¡Ya no puedo más! —Entonces yo iré —clamó la pava—: que si no es el zorro, sería el tigrillo quien vendría a quitarme mis polluelos —y alzó el vuelo. Pero, aunque volando con más empeño, no llegó un tanto más lejos que a donde había llegado la pesada gallina. —Veo que nadie puede y tendré que ir yo —le tocó el turno al ágil cerdo—. ¡Mis patitas son veloces! Y empezó a correr, pero cansado a tan solo dos metros tropezó de patitas y cayó de trompa a una distancia mucho más cercana de donde habían llegado la pava y la gallina. —Será mejor que yo vaya —se empeñó el caballo viendo que nadie podía distanciarse—; pero, ¿dónde está Lima? ¡Ay, no sé dónde está Lima! —¡Ni yo tampoco! —agregó el toro. —¡Qué desgracia! —lamentó entonces la primera gallina—. ¡Si es así, entonces, estaremos en consecuencia a merced del zorro, el gavilán, el tigrillo y los pumas! ¡Todos moriremos si no nos defienden nuestros amos! ¡Alguien tendrá que salvarnos!

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Liz, analizando el grave problema, tuvo que insistir: —¿Ya vieron? ¡Dejemos que nos ayude el abuelo! Pero el abuelo, picoteado y azotado por tantas aves, herido por los cuatro costados, se levantó para decir: ¡Ay, ahora ya no podría, amigos míos! ¡Tantas golpizas he recibido que ahora ya no tengo fuerzas! Otro tendrá que ponerse estas alas enormes y partir. Liz se asustó: —Pero, ¿quién? —El asno y tú, Liz, con el loro Jobito —dijo el abuelo. Las aves, bulliciosas, altaneras, se sintieron indignadas: —¡No puede ser! ¡Eso jamás! ¿Y cómo un asno podría volar? —reclamaron— ¿Y con una niña y un loro? ¡Horror, qué vergüenza para nosotras gallinas y pavos! —Todos tuvieron su oportunidad —dijo el abuelo—. ¡Y nadie pudo volar más allá del cerco! Y es que nadie se tuvo fe. ¡Y yo sí le tengo fe a mi asno! Y Liz, también, a su loro Jobito. —¡Y si la fe mueve montañas, cómo un asno no podría mover un par de alas! —dijo Liz—: ¡Vamos! Pusieron las alas al asno y Liz y su loro Jobito, en su hombro, lo cabalgaron. Y no bien comenzó a danzar el abuelo haciendo sonar las tijeras, el asno tensó las alas como suyas y verdaderas. Y para sorpresa de todos, ¡al batirlas suavemente empezó a elevarse! ¡Y a elevarse! ¡La danza y la música del abuelo tenían poderes mágicos! Luego, el asno alado, de modo fácil se vio sobre los árboles. ¡Y sí, el asno sabía volar! ¡Y para Liz resultó una maravilla estar encima del asno con alas! —Adiós —dijo Liz y se perdió en las alturas, sobre los árboles, las casas y los cerros—. Preguntando, llegaremos a Lima. Muy pronto, arriba sobre las nubes y montañas, Liz admirada vio cómo abajo todo empequeñecía.

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Volaron hacia el sur; y cuando, al rato, los favorecía un viento suave, Liz tratando de orientarse le indicó a su loro Jobito: —¡Mira, esas son las famosas cordilleras Blanca y Negra! Pero, sin embargo: ¿dónde quedará Lima? —Allá viene una paloma mensajera, pregúntale a ella —opinó el loro Jobito. —Hey, amiga paloma —dijo Liz cuando la tuvo cerca—; ¿puede decirme, por favor, dónde queda Lima? —¡No me preguntes por Lima! —respondió ásperamente la paloma—. Pero sigan nomás igual rumbo, por la orilla del mar. La paloma siguió su vuelo. Y Liz no la entendió. —¿Qué habrá querido decir? —Pregúntale a ese gavilán que ahí viene —volvió a indicarle el loro cabeza roja. —¡Hola, amigo gavilán! ¿Podría indicarme, por favor, la ruta que nos lleve hacia Lima? —Bah, ¡qué tontería ir a Lima! —replicó molesto el gavilán— Pero, sigan nomás la ruta; y cuando huelan mucha pestilencia y vean mucha, mucha niebla horrorosa, ¡ahí bajarán! El gavilán prosiguió su vuelo. Y Liz tampoco entendió. —¿Esos pajarracos estarán tomándome el pelo, burlándose de nosotros? ¿Qué estarán queriendo decir? —se preguntó. —Pregúntale a ese viejo cóndor que viene ahí —persistió el loro Jobito. Y cuando Liz formuló la pregunta: —¡Lima! —rio burlón el cóndor— ¡Si quieres llegar a Lima, querida amiga, tendrás primero que subir a la Luna! —¿A la Luna? ¿Y cómo podríamos subir tan alto? —preguntó Liz, intrigada y en mucho susto. —¿Ves esa alta montaña? ¡Es San Jerónimo de Montacerdos! Pues bien, vuelen hacia allá, y cuando la Luna pase por ahí cerca, ¡salten

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hacia ella! Estando ahí, arriba de la Luna, entonces les será fácil ubicar cualquier ciudad del mundo. ¡Lima es una ciudad de brumas! ¡Horrible y fétidas, pofff! ¡La verán, justo ahí, bajo la gran cruz del Cerro San Cristóbal! Pero, al lado, tienen una hermosa alameda... —¡Cierto, la Alameda de los Descalzos! —dijo Liz— ¡Como dicen los libros y se ve en los noticieros! Y así lo hicieron. Enrumbaron hacia la alta cumbre de la montaña San Jerónimo de Montacerdos, allá señalada, y no bien llegando a ella: ¡pasaba la Luna! Apoyándose entonces sobre una alta roca, ¡saltaron! ¡Liz no cabía en ella misma por tanta emoción! —¡Oh, es cierto! —exclamó observando hacia el planeta Tierra— ¡Es una maravilla observar desde aquí todas las ciudades del mundo! Hasta que señalando un punto en el azul planeta: —¡Allá! —dijo— ¡Hay una zona neblinosa! ¡Y sobresale una cruz gigantesca sobre una alameda! —Vayamos hacia allá —dijo Jobito, el loro—. Oí que viven por ahí tu papá y tus abuelos. Lanzándose en picada desde la Luna, descendieron. Y habiendo traspasado una gran capa de neblina pestilente, y apenas empezó a oler a horrores, Liz lamentó: —¡Puf..., y cómo huele! ¡Razón tenían las aves! ¡Este lugar tiene que ser Lima! ¡Sí, entonces, llegamos! Sorpresa feliz fue cuando sobrevolaron la Plaza de Armas y el techo de la catedral. ¡Y ahí sus campanarios! ¡Y su reloj! ¡Y gente al verlos volar sobre un asno de enormes alas, los recibió con aplausos! Pero, Liz, reflexionando, no podía detenerse: —¡Oh, gracias, gracias! —les dijo—. ¡Pero no podría bajar para agradecerles! ¡Voy hacia algo urgente! —y solo los saludó con una mano. Liz y el asno de alas gigantes sobrevolaron el río Rímac, causando pánico y admiración en los rimenses —quienes jamás habían visto a un

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asno alado con una niña y un loro cabeza roja cruzando el cielo—; no les resultó difícil llegar a donde se habían propuesto; porque después de un par de vueltas (para alegría de Liz), Jobito gritó: —¡Mira, es tu papá Carlos! ¡Allá, abajo, entre los jardines de esa calle! Papá Carlos, al verlos, soltó la bolsa de pan que llevaba. El asno alado descendió ante él, y Liz saltó a sus brazos. —¡Hay una epidemia de muerte, papá! ¡Regresa a casa! Y todo fue un abrazo.

fe Era el abrazo, el abrazo de papá Carlos a Liz, en su cuna, apenas retornó a la granja. Había regresado solo, y mamá Dina había salido a recibirlo. Mamá Dina ya estaba restableciéndose y, abrazado de su esposo, tuvo que preguntarle no resistiendo la curiosidad: —Pero, ¿por qué has regresado tan pronto? ¿Quién fue a avisarte que estábamos en peligro? —Liz fue a decírmelo —dijo Carlos—; ¡todos los días yo la soñaba cabalgando sobre un asno de alas enormes! ¡Pidiéndome socorro y medicinas para una epidemia!... Y ya ves, he vuelto. Y he traído medicamentos. ¡Justo, los que necesitamos! —Sin embargo, Liz nunca se levantó de su cuna, desde que cayó enferma —dijo llorando mamá Dina—: ¡Ella sólo hablaba en sueños, soñando ir a decírtelo, delirando por las fiebres! —Pero, ya se repondrá, no llores —dijo papá, abrazándola. —En tanto que al abuelo y a su asno, no les fue igual... —agregó mamá Dina, triste. Papá Carlos en su desesperación por llegar pronto a casa, a la granja, ya los tenía olvidados, no había pensado en ellos; pero, ahora que mamá Dina hablaba, él se llenó de curiosidad: —Pero, ¿qué les pasó? ¿Dónde están el abuelo y su asno?

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—Cuando nos dio la epidemia —dijo mamá Dina—, el abuelo se propuso salvarnos. Se puso las alas, tocó las tijeras. Y vi cómo su danza fue la más hermosa. ¡Parecía volar! ¡Volaba con su espíritu! ¡Él pedía de corazón comunicarse contigo a través de la magia de la danza! ¡Quiso ser el primero en llegar a ti cruzando el cielo para avisarte del peligro...! Mamá Dina calló, le era difícil hablar. Papá Carlos tuvo que insistirle: —Y, ¿qué más? Sigue. Mamá Dina abrevió: —El abuelo de las alas apenas vio que su espíritu ya había ayudado a Liz a que se abrazara contigo, cayó y murió danzando. Y su asno murió de pena... (pp. 8-18)

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Un maestro debe conocer profundamente lo que enseña

Diálogo con Jéssica Rodríguez López

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l propósito de cerrar el libro de un modo semejante a su introducción, con una conversación exhaustiva sobre nuestra literatura infantil, pero esta vez de sus últimas décadas, me condujo a la persona más calificada

de hoy: la maestra y editora Jéssica Rodríguez López. La presente efervescencia creativa y editorial del género reclamaba la mirada de una crítica literaria con experiencia en el aula, las dependencias públicas de planificación educativa y las oficinas de casas editoras que operan en el país. Todo ese conocimiento concilia en nuestra entrevistada, a quien conocí hace quince años en uno de los tantos proyectos valiosos (y truncos) del Ministerio de Educación; ella antes había enseñado en el colegio José Antonio Encinas, donde tuvo sus primeros descubrimientos pedagógicos y también había sido eventual vendedora de libros usados en la mítica feria de la avenida Grau. Rodríguez López estudió Educación en el Pedagógico Nacional y una maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha diseñado diversos programas de capacitación y promoción de la lectura y la literatura. Ha publicado los estudios El papel de los

padres en la formación del hábito lector (UNALM, 2006), Algunas consideraciones

en torno de la lectura en el Perú (Cátedra Unesco/URP, 2006), Representación

social de la escritura y la lectura en los jóvenes universitarios (Cátedra Unesco/

URP, 2007), Pilares de la literatura infantil y juvenil en el Perú (SM, 2013). También ha escrito el libro de relatos Memorias del aire, el agua y el fuego (Panamericana, 2014), junto a Carlos Garayar. Actualmente, es docente de cursos de escritura y literatura en la Universidad ESAN.

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Nuestra literatura infantil de finales del siglo XX Según entiendo el primer “plan lector” que se aplica en las escuelas del país es gracias a una iniciativa privada. ¿Tienes conocimiento de este impulso que aparece a mediados de los años ochenta? No conozco con precisión cuándo se aplicó el primer “plan lector”; sin embargo, tengo mi propia lectura sobre sus inicios. La primera vez que escuché hablar de planes lectores fue en 1994, cuando entré a trabajar al “José Antonio Encinas”, una escuela que desde 1982 venía desarrollando un programa educativo alternativo. De todas las actividades que se ensayaban por entonces, la “Hora de la lectura personal” es una de las que recuerdo con más aprecio. Fue en la biblioteca del colegio donde descubrí algunos clásicos de la literatura infantil como Michael Ende, Gianni Rodari y Roald Dahl. Supongo que de la colección infantil juvenil de Alfaguara. Sabes que este sello fue fundamental en la España posfranquista... Así es. Esa línea había sido creada en 1977 y fue dirigida por la editora alemana Michi Strausfeld hasta 1989. A ella se le atribuye un papel muy importante en el posicionamiento de la LIJ en España. Entre otras cosas, ella realiza las primeras traducciones al español de los libros de Maurice Sendak. Alfaguara había sido una editorial literaria hasta que en 1980; comprada luego por el Grupo Santillana, amplía su actividad a otros campos, entre ellos, los textos escolares. Desde entonces, junto a los manuales de cursos se empezaron a comercializar libros para niños y jóvenes. Al Perú llegó a fines de 1981. ¿Hay un punto de encuentro entre la estrategia comercial de un sello internacional y nuestra carencia en el género literario infantil? Sí. En la época en que llegó esta editorial al país, asistíamos también a la toma de conciencia de algunos educadores de las deficiencias de un sistema educativo atrasado y autoritario, en favor de una pedagogía activa y democrática. Creo que se juntaron la necesidad y la oportunidad.

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En la década siguiente, Santillana empieza a incorporar autores nacionales en su catálogo de libros extranjeros. Cinco para las nueve y otros cuentos (1996), de Alonso Cueto, se convierte en el primer título peruano del plan lector para jóvenes28. ¿Conoces este libro? Conozco el libro, aunque no sabía que había sido el primer título peruano de plan lector. Este conjunto de once relatos que tienen como protagonistas a adolescentes de clase media marcaría un segundo momento de la LIJ en nuestro país, desde la llegada de las grandes editoriales internacionales. Estamos hablando, claro, de un libro para adolescentes. ¿Qué libros para niños recuerdas de finales del siglo del siglo XX? Si repaso las dos últimas décadas, recuerdo Cuentos del Tío Lino, de Andrés Zevallos (Lluvia Editores, 1980), que recupera la tradición oral de Contumazá, en Cajamarca; Tras las huellas de Lucero, de Óscar Colchado (Ediciones Isla Blanca, Chimbote, 1980), primer relato de su saga sobre Cholito, que continuará con Cholito en los Andes mágicos (Ediciones Sagsa, 1986). A comienzos de la década, apareció también el hermoso relato de Edgardo Rivera Martínez Historia de Cifar y de Camilo (Lasontay, 1981); en 1984, tu primer libro para niños, Caballo de madera y otras canciones (Ediciones Los Reyes Rojos), y la compilación Teatro

para la escuela. 4 piezas de un solo juego (Homero, Teatro de Grillos), de Sara Joffré. Ya en 1986, aparecieron dos hermosos libros ilustrados por NobukoTadokoro: Retornelo, colección de poemas de Javier Sologuren, y el cuento Mi amigo caballo, de Jorge Díaz Herrera. Ambas publicaciones aparecieron bajo tu dirección en el sello de la recién fundada Colmillo Blanco. Por ese tiempo, se editaron también dos poemarios de expresión sencilla y juguetona: Canto de gorriones (1986) y

Magia de primavera (1989), de Heriberto Tejo, que merecieron el Premio Nacional de Literatura Infantil de la APLIJ. Todavía en los ochenta, sé que el INC inauguró la colección para niños “Cuadernos de la Oropéndola”. ¿Sabes que el escritor Carlos Orellana, por entonces director ejecutivo del Instituto Nacional de Cultura, fue quien me invitó a organizar una serie de publicaciones para niños? Así nació “Cuadernos...”. No sabía que él te había invitado, pero sí conozco y aprecio tu trabajo como editor de publicaciones para niños a finales de los ochenta. Recuerdo como parte de la

26 Meses antes, apareció el libro para niños Piratas en el Callao, de Hernán Garrido-Lecca.

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colección Cuadernos de Oropéndola el libro de cuentos El asno que voló a la luna (1986), de Cronwell Jara, y Tambor de luna (1988), un conjunto de poemas de Carmen Luz Bejarano. En nuestro medio, los años finales de los ochenta parecen representar un momento de impulso en las publicaciones para niños. Así es. Por esos años y durante los noventa, varios escritores reconocidos incursionan en la literatura infantil, se reeditan las obras de los pioneros, los escritores más representativos de este género amplían significativamente su producción y se consolidan varios pintores y dibujantes como ilustradores de libros para niños. Por ejemplo, en 1987, apareció en España el cuento Goig, escrito por Alfredo Bryce en colaboración con la salvadoreña Ana María Dueñas. Este texto sería reeditado por Peisa en 1998 con hermosas ilustraciones de Eduardo Tokeshi. En 1990, la familia de Carlota Carvallo publica póstumamente La niña

del espejo y otros cuentos (Ediciones del Monigote de Papel). En los noventa, se amplían las producciones de tres de los más importantes escritores peruanos para niños. Colchado publica Cholito en la maravillosa Amazonía (Alfaguara,

1990) y Cholito en la ciudad del río hablador (Derrama Magisterial, 1995); Díaz

Herrera, Los niños al teatro (Concytec, 1990) y Eslava, La niña de la sombra de colores (1997), Florentino, el guardador de secretos (1998) y La loca de las bolsas (1999), las tres con Alfaguara. Por la época aparecen también tres breves publicaciones ilustradas por Gredna Landolt para la colección Quirquincho de Peisa: Fábulas del otorongo

negro, la tortuga y otros animales de la Amazonía (1996), de Luis Urteaga Cabrera, Preguntas de ingenio, adivinanzas y otros juegos de palabras y Jitanjáforas, adivi-

nanzas y otros juegos de palabras (1997), de José Respaldiza. En 1997, Heriberto Tejo publicó el poemario Hola caracol (Alfaguara) y un año después, Sara Joffré

presentó Cuentos de teatro para niños (Banco Central de Reserva del Perú). Final-

mente, Carlota Flores de Naveda entregó Muki, el torito (Bruño, 1998) y Hernán Garrido Lecca, La Mena y Anisilla (Alfaguara, 1999).

¿Hasta qué punto las lecturas escolares han condicionado la producción de literatura infantil en estos últimos veinte años? En sociedades como la peruana donde incluso el valor de la literatura no es muy claro, es difícil que una vertiente de ella, tan especializada como es la infantil, pueda desarrollarse sin condicionamientos. Por ello, la escuela la cerca

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permanentemente. Esto me recuerda otra vez a la editora Michi Strausfeld. En una entrevista, la crítica argentina Mónica Klibanski le preguntó cómo se animó a publicar libros para niños como los de Sendak, que venían precedidos de cierta fama de polémicos porque se los consideraba violentos y que podían provocar pesadillas en los niños. La editora contestó que, como alemana, ella había crecido leyendo literatura infantil y que cuando leyó a este autor creyó encontrar en él “todo”: calidad artística y humana, profundidad; por eso, quiso publicarlo. Creo que para sociedades como la nuestra, que en general no ha crecido leyendo literatura infantil de calidad, apreciar los libros para niños en su dimensión artística es todavía un proceso pendiente. Pueden publicarse buenos libros, pero no siempre la escuela les da cabida. Se sigue buscando en la LIJ un discurso que refuerce las conductas y los valores que la escuela promueve. Que ha sido reforzado por el Plan Lector nacional impuesto en las escuelas el 2006... En este panorama, el Plan Lector nacional ha tenido un doble impacto: positivo y negativo. Por su formulación, terminó de abrir las puertas de las escuelas al mercado editorial. Esto dinamizó la producción, pero también provocó que se hicieran concesiones con quienes elaboraran la selección: los maestros. Muchos de ellos optaron por buscar lecturas que calzaran con lo que ya hacían en sus clases y con su visión de la literatura; por eso, hasta hoy muchas capacitaciones que brindan las editoriales se dirigen a orientar a los maestros sobre cómo articular los planes lectores en sus proyectos educativos de centro. Esto también tuvo su correlato en la producción editorial. Las editoriales renunciaron a captar lectores fuera del ámbito escolar. Esto se evidencia en los catálogos: de ser de LIJ hoy son mayoritariamente de Plan Lector y que le hablan al maestro antes que al niño o al joven lector. Te ruego desvincular la producción literaria infantil de los requerimientos pedagógicos oficiales… ¿En qué experiencias independientes y en qué autores reconoces un importante papel en nuestra literatura infantil? En cuanto a autores, me parece que son parte fundamental de nuestra literatura infantil y juvenil: César Vallejo, Abraham Valdelomar, Ciro Alegría, José María Arguedas, Luis Valle Goicochea, Abraham Arias Larreta, José Diez-Canseco, Francisco Izquierdo Ríos, Carlota Carvallo, Sebastián Salazar Bondy, Julio Ramón Ribeyro, Enrique Congrains, Oswaldo Reynoso, Mario Vargas Llosa, Javier

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Sologuren, Arturo Corcuera, Alfredo Bryce, Jorge Díaz Herrera, Óscar Colchado, Jorge Eslava y José Watanabe. Creo que también cabe reconocer la labor de quienes de una u otra forma se han esforzado por dar a conocer la LIJ peruana y por elevar su calidad. Pienso en editores especializados en literatura infantil como Martha Muñoz, Alessandra Canessa, Rubén Silva y, más recientemente, Gabriela Ibáñez. También merecen mencionarse personalidades como Lily Cueto o Carmen Checa, grandes promotoras de la lectura en nuestro país. Así es. Ellas son las más importantes promotoras de la lectura que ha tenido este país. A doña Lily Cueto la conocí un poco más. Ella solía contar que siempre le interesaron los niños, pero que no pudo estudiar, en cuanto egresó del colegio, para ser maestra de inicial, porque en su época no existía esa carrera. Sin embargo, su trabajo como voluntaria de los jardines de infancia que fundó Emilia Barcia de Boniffati, la reafirmó en su vocación de trabajar por los niños. En 1980, inauguró el Centro de Documentación e Información de Literatura Infantil, por iniciativa de la OEA, que buscaba abrir centros de este tipo en cada país latinoamericano, y desde entonces no ha parado de “poner libros al alcance de los niños”, como reza el lema de Cedili, que contó desde el inicio con el apoyo de Nora Peña, Martha Muñoz, Consuelo Amat y León, Teresa Paz López y Carmen Checa de Silva, que era una bibliotecaria muy apasionada y que llegó a dirigir proyectos como el Bibliobús para formar lectores en barrios marginales. ¿De qué manera valoras el trabajo realizado por la Asociación Peruana de Literatura Infantil, tanto en la capital como en provincias? Un mérito innegable de la APLIJ es que ha logrado mantener un espacio descentralizado de difusión y discusión de la literatura infantil durante más de treinta años. Sus Encuentros Nacionales de Escritores de Literatura Infantil y Juvenil realizados sin interrupción en diferentes ciudades del país desde 1982 han permitido que los escritores para niños puedan dar a conocer sus producciones fuera de Lima. Además, estos encuentros suelen involucrar a la población de cada lugar donde se llevan a cabo. Ahora bien, la APLIJ se creó también para otros fines, como apoyar la creación de bibliotecas, mantener un centro de información y documentación, apoyar el perfeccionamiento de los creadores de LIJ, coordinar con los organismos regionales y departamentales, así como con el Ministerio de Educación, la inclusión de obras literarias de autores nacionales. Sobre estos puntos

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no sé cuánto se haya avanzado. Creo que una tarea pendiente de la APLIJ es hacer más esfuerzos por integrar a los jóvenes escritores e investigadores en sus proyectos.

Nuestra literatura infantil a principios del siglo XXI Dime, Jéssica, a tu juicio qué títulos destacados inauguran este nuevo siglo. Templado (Santillana, 2004), de Jorge Eslava; Una azucena de luz y de colores (Norma, 2006), de Edgardo Rivera Martínez, ilustrado por Marcos Torres; Miércoles de

todos los días (Norma, 2007), de Elizabeth Salazar, con dibujos de Carmen García; El misterio del pollo en la batea (Norma, 2007), de Javier Arévalo, con imágenes

de Christian Ayuni; El pájaro pintado (Peisa, 2008) y La lavandería de fantasmas (Peisa, 2010), de José Watanabe, el primero ilustrado por su hija, IssaWatanabe, y el segundo por Eduardo Tokeshi, y En forma de palabras (Polifonía, 2010), de Micaela Chirif, con el arte de Gabriel Alayza. Un fenómeno educativo inusitado abre una gran puerta a la lectura y a la producción literaria: en julio del 2006 se dan a conocer las “Normas para la organización y aplicación del Plan Lector en las Instituciones Educativas de Educación Básica Regular”. ¿Crees que estuvo bien planteado el proyecto? La medida era necesaria, pero el documento que mencionas evidencia que quienes impulsaron este plan lector no tenían claro para qué, por qué y cómo implementarlo, por eso tuvieron que sacar meses después “Normas complementarias para la adecuada organización y consolidación del Plan Lector”, que tampoco aclaraba el panorama. Por ejemplo: la normativa original disponía la lectura de doce títulos al año, seleccionados por estudiantes y docentes, que guardara correspondencia con los contenidos de todas las áreas curriculares y con los temas transversales y los valores del Proyecto Curricular de cada escuela. Un año después, se trató de corregir esta orientación, demasiado “cognitiva” y se agregó un objetivo: “Desarrollar hábitos lectores a partir del fomento de la lectura libre, recreativa y placentera…”. Pasamos de un plan que debía desarrollar la “capacidad de leer” a otro que ponía en primer lugar la lectura “placentera” y la formación de hábitos lectores. Es evidentemente un cambio de enfoque. Ha pasado un tiempo prudente como para ensayar algunas reflexiones… ¿qué puedes decir a favor y qué en contra del plan lector ministerial? Contar con un plan lector nacional es peor que no tenerlo; además, que sea impulsado desde el Ministerio de Educación brinda el mensaje de que la lectura

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es una práctica importante con cuya promoción debemos comprometernos todos. Pero este plan tiene poco de estrategia nacional, pues no está acompañado de una propuesta de formación de mediadores ni trasciende la escuela. Tiene objetivos vagos y solo una meta clara: que se lean anualmente doce libros; por ello, en muchos colegios, la discusión central del PL es qué títulos se van leer, no cómo ni para qué. Este plan, aunque invoca a la comunidad educativa, depende de la capacidad de los mediadores. Y aquí es donde hay más por hacer. Urge prestigiar la lectura como una práctica social y articular a todos sus agentes. Sí. Necesitamos maestros, padres y bibliotecarios que disfruten leyendo, viendo películas, apreciando música y que puedan realmente despertar el gusto por la lectura en los niños. El actual plan lector brinda unas cuantas orientaciones sobre cómo debería organizarse en el colegio y nada más. Aun así, es indudable que ha sido una pieza fundamental para dinamizar la producción de libros para niños y jóvenes, pero no debería ser un plan aislado sino parte de un plan de fomento del libro y de la lectura. ¿La creciente producción editorial ha sido un aliado o un adversario de la calidad literaria? ¿Es un riesgo necesario y transitorio? La ampliación del mercado de libros para niños implicó no solo aumentar la producción. Antes se tuvo que descubrir o buscar autores para niños, rescatar textos, diseñar colecciones, etc. Ese camino ha dejado libros que poco contribuyen a ampliar la sensibilidad del lector y ni siquiera son entretenidos. Pero al haber más producción, también hay más competencia. Hoy, las editoriales deben calcular varias cosas más a la hora de publicar un libro para niños. Por otra parte, hay más conocimiento del perfil de los lectores y cada vez más editores especializados. Sin embargo, si atendemos solo a la calidad literaria, aún hay sellos que no lo priorizan o, lo que es peor, no creen en él. Son pragmáticos, por decirlo de alguna forma. ¿Cómo sensibilizar esta línea mercantilista, por decirlo de alguna otra forma? Creo que esto va a seguir así mientras el mercado no sea más exigente. Frente a ello, se debe buscar desarrollar criterios de carácter artístico y literario en los que trabajan con niños y adolescentes (editores, maestros, bibliotecarios…), pero ese un trabajo a largo plazo que requiere del respaldo de instituciones comprometidas realmente con la cultura que lo hagan sostenible y de especialistas. En ese sentido, la Casa de la Literatura Peruana realiza una labor muy importante. Muchas de sus

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iniciativas dirigidas a mediadores de lectura buscan ahondar en la competencia literaria de los mismos, en su propia capacidad de “apreciar” lo artístico en un texto. Sin embargo, no podemos obviar que los planes lectores de las editoriales, además de competir entre ellos, también lo hacen contra otros factores, como la piratería, la informalidad y la corrupción. Eso obliga a muchos gerentes y editores a producir libros que van a poder vender. ¿No temes que el libro para niños se convierta en un objeto de poder antes que en un objeto estético y reflexivo? Ese es un riesgo que va más allá de los libros para niños. Me limitaré a decir que no hay que desmayar en la formación de lectores críticos. ¿De qué manera ha calado el plan lector en los niños, los profesores y los padres de la familia? ¿Tiene nuestra sociedad una mayor consideración por la lectura? Objetivamente, no lo sé, porque no se han realizado o no se han difundido mediciones sobre el impacto del plan lector en los hogares, las escuelas y en la sociedad. El año pasado participé de algunas reuniones donde se anunciaba que se iba cambiar el plan lector nacional, pero no se exhibió ningún estudio que lo sustentara. Sabemos que cada editorial tiene su propio plan de lectura. ¿Qué sectores sociales todavía desatienden los diversos planes de lecturas que existen? Los sectores que no tienen capacidad de gasto. Es evidente que no tenemos planes lectores que atiendan realmente nuestra diversidad cultural y étnica.

La literatura infantil de hoy La narrativa —cuentos y novelas— es el principal género difundido. ¿A qué atribuyes que se promueva poco o nada la lectura de otros géneros como la poesía o el cómic? Me parece que se debe, en gran parte, al desconocimiento de los docentes, de los propios editores y de la sociedad en general. Muchos adultos ven en la narrativa un género que puede aportarles algo a su visión de la realidad o que simplemente los entretiene, pero en los demás casos este “beneficio” no es muy claro. Esto guarda

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relación con la exposición y el aprecio que se tiene por el arte, en general. En nuestro país, el arte no es una experiencia cotidiana. La narrativa es un discurso que aun los lectores menos expertos sienten más accesible, mientras que aquello que ofrecen la poesía y el teatro no es visible para todos. Requiere más conciencia lectora. No necesariamente especialización, pero sí sensibilidad y referentes múltiples, pues el lector debe arriesgar interpretaciones, participar más de la construcción del sentido, hurgar en sí mismo, sobre todo en la poesía y el teatro modernos. Lamentablemente, lo ambiguo, lo sugerente, la libertad creativa asusta a muchos docentes; por ende, asusta a los editores de plan lector. Eso nos devuelve a algunos problemas que mencionábamos antes: necesitamos mejores mediadores (lectores activos y curiosos, que comprendan y aprecien las especificidades de estos géneros y que sean capaces de despertar la sensibilidad de los niños frente a las diversas formas de expresión) y también editores que se decidan a impulsar más estos géneros. ¿Por qué crees que se cultiva tan poco la dramaturgia para niños? Se habla tanto de un boom teatral y sin embargo casi no vemos representaciones para niños, ni en las escuelas ni en las salas de teatro. No sé si podamos hablar ya de un boom teatral, pero tu inquietud es válida. Creo que no tenemos muchos dramaturgos para niños porque no tenemos en general dramaturgos, a secas, interesados en ahondar en el mundo infantil ni autores especializados en escribir para niños que sean lectores de teatro infantil y que conozcan los procesos de escritura del género. Tampoco tenemos premios o festivales importantes que estimulen este tipo de creaciones. Además, son pocas las editoriales que publican teatro, que no sea clásico. Sin embargo, creo que esto puede cambiar pronto, porque la representación teatral suele ser una experiencia feliz en los colegios. A los niños y a los adolescentes les gusta ser otros, actuar. Esta es una veta que podrían impulsar más las editoriales. Por lo pronto, en los últimos dos años son varios los autores de narrativa para niños que se han lanzado a adaptar para el teatro sus creaciones. Creo que la canción, la ronda infantil o los juegos poéticos tampoco tienen mucho espacio en los libros que hoy se publican. ¿Qué sabes tú? Hace poco he terminado una investigación sobre libros infantiles publicados entre el 2013 y el 2014. Solo encontré cinco libros del tipo que mencionas editados por primera vez en estos años. Todos eran recopilaciones y dos de

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ellos eran autoediciones. Esta situación no es la misma en toda Latinoamérica. En Argentina, Chile, Colombia o Venezuela, por ejemplo, es posible encontrar hermosas colecciones dedicadas a estos textos. El concepto de “género literario” es una construcción cultural de los adultos y los niños, poco a poco, van adaptándose a los géneros que propone el circuito editorial. ¿Conoces algún libro para niños que haya tratado de pulverizar ese patrón? No. Llegado a este punto no te parece urgente reclamar un mayor conocimiento de los profesores en teoría literaria. Que lleven cursos especializados durante su formación profesional, de modo que los docentes conozcan más sobre el componente estético de la literatura, sus géneros y sus variantes, su tesitura social y su carácter inconformista... Claro que sí. Estoy convencida de que un maestro debe conocer con profundidad aquello que pretende enseñar. Creo que, en general, las mallas curriculares de las facultades de Educación y de los pedagógicos deberían replantear la formación académica que brindan. Me espanta el enorme espacio que han ganado los cursos de diseño curricular, gestión, manejo de recursos tecnológicos, evaluación y hasta de legislación educativa, frente a los de especialidad y de investigación. En el caso de la formación literaria, no existe o se reduce a un curso de historia de la literatura. Reciben poco de teoría, de interpretación de textos o de creación. Por eso su visión tiende a ser poco reflexiva y crítica. Volviendo a la narrativa, ¿no crees que debería estimularse más la creación o recreación de una literatura más comprometida a nuestros orígenes como ocurre con los mitos, las leyendas y las fábulas? En general, creo que debería alentarse una literatura más original. Y sí nuestra narrativa debería hurgar más en los orígenes, creo que es un importante camino de creación y recreación, porque, por un lado, trabajar con estas fuentes es entrar en contacto con otras voces y otras formas de representación que enriquecen cualquier proceso de creación, y, por otro, tenemos mitos, leyendas y fábulas

que aún no han sido recreados con calidad literaria. Dialogar creativamente con nuestra tradición es una tarea pendiente.

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¿En esa línea de una literatura de raigambre folklórica qué libros y qué valores destacarías? El mito, la leyenda, la fábula y el cuento popular han sido vistos como reservas de la memoria, que importan porque desarrollan temas y argumentos heredados a lo largo de generaciones y persiguen fines moralizantes, y no tanto por sus posibilidades artísticas. Sin embargo, la narración popular no tiene que ser siempre simple y alegórica, más aún cuando se dirige a los niños. En ese sentido, me parece importante ofrecer textos que inspirados en el folklore logren persuadir al lector con una historia bien contada, una canción o poema de lenguaje intenso. Creo que se ha incidido más en la recopilación que en la recreación; sin embargo, se pueden rescatar trabajos muy interesantes en este campo: Fábulas, de Mariano Melgar; Tradiciones peruanas, de Ricardo Palma; Mitos, leyendas y cuentos peruanos, de José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos; Cantos y cuentos del pueblo quechua, también de Arguedas...

Y los trabajos de Adolfo Vienrich, un caso extraño en nuestra literatura. Un farmacéutico y folklorista muy vinculado al movimiento anarquista. Claro, Azucenas quechuas y Fábulas quechuas. Son libros de inicios del siglo XX... ha salido hace poco en Caracas una cuidada edición bilingüe de la Fundación Editorial el perro y la rana. Permíteme mencionar dos o tres títulos más de la primera mitad del siglo XX: Ayahuasca. Mitos, leyendas y relatos de la Amazonía

peruana, de Arturo Burga; Cuentos y leyendas del Perú, de Arturo Jiménez Borja; y Cuentos del tío Doroteo, de Izquierdo Ríos, que ha sido reeditado recientemente por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. ¿Qué influencias —literarias o no, nacionales o extranjeras— son visibles en nuestros actuales escritorespara niños? ¿O crees que, por el contrario, existe carencia de lecturas? El abanico es grande, pues en este campo tenemos muchos perfiles de escritores. Te diría que entre los más orgánicos, los que se dedican a este campo, sí es posible advertir ciertas señales de escritores modernos infantiles como Maurice Sendak y Roald Dahl, o a referentes anteriores como Dickens y Wilde. Dentro de los modelos nacionales, creo que en la mayoría se puede reconocer la influencia de Valdelomar, Diez Canseco y Arguedas; y entre los que escriben para adolescentes, de Reynoso fundamentalmente, y de Ribeyro y Vargas Llosa, en menor medida.

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Voy a proponerte un diseño de las tendencias que advierto en nuestra actual literatura infantil. Intentaré planteártelas como antinomias, pero no necesariamente como rivales. En gran medida, incluso, enriquecen el panorama y ofrecen motivos de debate. Por ejemplo en la primera pareja de opuestos: una literatura de raíces autóctonas frente a una literatura de tendencias cosmopolitas… No me siento muy segura realizando el ejercicio que me propones porque varios de los autores de la actual literatura infantil no tienen muchos libros publicados aún y pueden aún explorar muchos caminos; por eso solo incluiré aquellos en los que la veta parece más clara. En el primer grupo, ubicaría a Rember Yahuarcani y Cucha del Águila; en el segundo a Micaela Chirif y Santiago Roncagliolo. Una segunda antinomia podría constituir una literatura de referencia realista frente a una literatura de dimensión fantástica. Si estás de acuerdo, ¿a qué autores o qué libros colocarías en una u otra tendencia? En la realista colocaría a Elizabeth Salazar; en la fantástica a Hernán GarridoLecca, Isabel Córdova, Christian Ayuni, Micky Bolaños, Alberto Thieroldt y Ángel Pérez. También advierto una literatura de vocación pedagógica frente a una literatura de afanes innovadores. Es decir, una de intención utilitaria frente a otra animada por la gratuidad o el placer de la lectura. Igualmente, ¿a qué autores o qué libros colocarías en una u otra tendencia? En la primera, ubicaría a Andrea y Claudia Paz, José Luis Mejía, Rosa María Bedoya, Maritza Valle Tejeda; en la segunda, a José Watanabe, Javier Arévalo, Jorge Eslava, Ana María Izurieta, Mauricio de la Cuba, Érika Stockholm, Eduardo Chirinos y Percy Galindo. Y, finalmente, encuentras libros o autores interesados en abordar temas esquivos o asuntos “políticamente incorrectos”. ¿Conoces algún ejemplo? Solo me viene a la memoria Cuentos idiotas para chicos con buenas notas (Alfaguara, 2002), del gran Antonio Cisneros.

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Ahora que lo mencionas, no crees que Toño Cisneros fue como el hermano menor del poeta francés Jacques Prévert, quien también escribió sus Contes pour enfants passages (publicado en español como Cuentos para niños traviesos, en 1973).

Seguramente conoció el texto, pero creo que el texto de Cisneros llega a ser más disparatado que el de Prévert. Sus relatos “atacan” con total irreverencia nuestras ideas sobre algunas situaciones y personajes.

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REFERENCIAS

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Paisaje de la maÑana /Cronología

Diez Canseco Pereyra, J. (enero de 1930). El Gaviota. Amauta (27), 49-52 y 57-69. Diez Canseco Pereyra, J. (noviembre-diciembre de 1929). El Gaviota. Amauta (27), 43-50. Diez Canseco, J. (2004). Narrativa completa II. (Editor: Valentino Gianuzzi). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Ediciones del Rectorado. Eguren, J. M. (1974). Obras completas. Lima: Mosca Azul Editores. Eguren, J. M. (1997). Obras completas. Lima: Banco de Crédito del Perú. Eguren, M. e Hidalgo, J. (1969). El muñeco de aserrín y muñeca de trapo. (Ilustración: Charo Núñez de Patrucco). Lima: Consejo Municipal de San Isidro. Elguera, A. (1929). Juguetes, en L. Mora (1993), “Entrevista con Christine Nöstlinger”, Urogallo: Revista literaria y cultural, (julio-agosto) 1993, 10-15. Elguera, A. (1981). Juguetes: cuentos. (3.ª ed.). (Ilustración J. Vinatea Reinoso y A. Núñez Rebaza). Lima: Autor. Escobar, A. (1960). La narración en el Perú. Estudio preliminar antología y notas. Lima: Librería editorial Juan Mejía Baca. Eslava, J., comp. (1988). Puro cuento. Valdelomar, Vallejo, Ribeyro y otros. Carátula e ilustraciones de Nobuko Tadokoro. Lima: Editorial Colmillo Blanco. Eslava, J. (2004). Templado. Lima: Alfaguara. Eslava, J (2013). Libro del Capitán II. Islas de la literatura infantil peruana. Lima: Editorial Arsam. Florián, M. (1956). Poemas infantiles. Lima: Edición de la GUE Bartolomé Herrera. Florián, M. (1961). Poesía para niños. (Selección y notas de Mario Florián). Lima: Ministerio de Educación Pública. Florián, M. (1961). Poesía para niños. Biblioteca Básica Peruana. Lima: Ministerio de Educación Pública. Florián, M. (1969). Antología poética. Prólogo de José María Arguedas. Lima: Casa de la Cultura del Perú. Florián, M. (1977). Obra poética escogida 1940-1976. Prólogo de Alejandro Romualdo. Lima: Ediciones Librería Studium. Florián, M. (2003). Poesía peruana infantil. Lima: Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Gálvez, J. (1915). Posibilidad de una genuina literatura nacional: el peruanismo literario. Lima: Casa Editora M. Moral-Pando. García Calderón, V. (Ed.) (1938). Literatura Inca, selección de Jorge Basadre,

605

Jorge Eslava

Introducción general. Biblioteca de Cultura Peruana, Primera serie Nº 1 París: Descleé, De Brouwer. Garcilaso de la Vega, Inca (1991). Comentarios Reales de los Incas. Tomo I. Edición, índice analítico y glosario de Carlos Araníbar (Libro Primero, Caps. VII-VIII). Lima - México D.F.: Fondo de Cultura Económica S.A. de C.V. Gon­zález Prada, M. (1888). Discurso leído por un escolar cuando se hacía campaña pro fondos para el rescate de las provincias cautivas de Tacna y Arica, 29 de julio de 1888 en el teatro Politeama. González Prada, M. (1894). Pájinas libres (ensayos). París: Tipografía de Paul Dupont. González Prada, M. (1976). Pájinas libres. Horas de lucha. Caracas: Biblioteca Ayacucho. Guamán Poma de Ayala, F. ([1615] 1980). Nueva Crónica y Buen Gobierno (vol. 1). F. Pease (Ed.). Caracas: Biblioteca Ayacucho. Herrera Gray, E. (1963). Leyendas y fábulas peruanas. (Ilustración: P. Cisneros y R. Cisneros). Lima: Sesator. Hidalgo, J. véase Eguren, Mercedes e Hidalgo, José (1969). Huamán, M. A. (2011). Palabras no cautivas. Ensayos sobre literatura y educación. Lima: Fondo Editorial de la Universidad de Ciencias y Humanidades. Instituto Nacional de Cultura (1987). Cuadernos de la oropéndola. Jorge Eslava (Ed.) (Ilustración: Yuri Eslava). Lima: Instituto Nacional de Cultura. Izquierdo Ríos, F. (1950). Cuentos del tío Doroteo. Lima: Ediciones Selva. Izquierdo Ríos, F. (1959). Maestros y niños: selección de cuentos. Lima: Talleres La Confianza. Izquierdo Ríos, F. (1962). El árbol blanco. Lima: Copia reprográfica. Izquierdo Ríos, F. (1967). Sinti, el viborero. Lima: Ecos Editores. Izquierdo Ríos, F. (2010). Obra completa. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Fondo Editorial. Izquierdo, F. (1952). En la tierra de los árboles. Huánuco: Ediciones Selva. Jara, C. (1981). Montacerdos. Lima: Lluvia Editores. Jara, C. (1986). El asno que voló a la luna y otros cuentos. Cuadernos de la oropéndola. (Editor: Jorge Eslava). (Ilustración: José Alcalde). Lima: Instituto Nacional de Cultura.

606

Paisaje de la maÑana /Cronología

Jara, C. (2009). Ruperto, el torito saxofonista. Lima: Editorial Alfaguara. Jiménez Borja, A. (1937). Cuentos peruanos. Lima: Lumen. Jiménez Borja, A. (1958). Cuentos infantiles peruanos (2.ª ed.). Lima: Librería editorial Juan Mejía Baca, Editorial Nuevos Rumbos. Lecaros, F. (1981). Historia del Perú y del Mundo siglo XX. (10ª ed.) Lima: Ediciones Rikchay Perú. Lipp, S. (1995). Perspectivas literarias en José Carlos Mariátegui. Actas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. VII, 25-30. Birmingham. Lozano, S. (1996). Rumbos de la Literatura infantil y juvenil. Lima. Mariátegui, J.C. (2007). 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho. Melgar, M. (2012). Poesías completas. (2.ª ed.). Arequipa: Biblioteca Arequipa. Molina, C. de ([1574] 1959). Ritos y fábulas de los incas. Buenos Aires: Editorial Futuro. Mora, L. (julio-agosto, 1993). Una entrevista a Christine Nöstlinger, Urogallo: Revista literaria y cultural, (jul-ago) 1993, 10-15. More, F. (2006) De un ensayo sobre las literaturas del Perú. El Diario de la Marina (La Habana, 1924); El Norte (Trujillo, 1924). En Literatura y estética. José Carlos Mariátegui. Caracas: Biblioteca Ayacucho. Recuperado en www.iphi.org.br/sites/ filosofia.../José_Carlos_Mariátegui_-_Literatura_y_estética.pdf Neveleff, J. (1995). Los ciberlectores: nuestros chicos, la lectura y el libro del futuro. Buenos Aires: Novedades Educativas. ‎Orrillo, W. (1971). Antología general de la prosa en el Perú (Vol. I). Lima: ECOMA. Ortiz Dueñas, J. (1945). La canción menuda. Colección Tierra Peruana. Lima: Iris. Ortiz Dueñas, J. (1954). En voz corriente. Lima: s. e. Ortiz Dueñas, J. (1982). Las plumas del nido. Lima: s. e. Ortiz Dueñas, J. (1993). 21 cuentos chancayanos, huaralinos y huachanos. Lima: s. e. Ortiz Dueñas, J. (2002). Poesías completas. Lima: Editorial San Marcos. Palma, A. (1930). Contando cuentos. Burgos: Hijos de Santiago Rodríguez. Palma, R. (1921). El Palma de la juventud. Lima: Librería Francesa y Casa Editorial E. Rosay.

607

Jorge Eslava

Pantigoso, M. (2005). Alero de los sueños. Seis rutas para la literatura infantil. Lima. Pardo y Aliaga, F. (2007). Teatro completo. Crítica teatral. El espejo de mi tierra. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial. Pérez Grande, N. (1983). Lenguaje y literatura peruana. Lima: Autor. Porras Barrenechea, R. (1969). El sentido tradicional en la literatura peruana. Lima: Instituto Raúl Porras Barrenechea. Portugal Catacora, J. (1943). Lectura para niños [serie seis folletos]. Puno: Autor. Portugal Catacora, J. (1974). Los padres, los niños y la vida. Lima: Autor. Portugal, J. (1937). Niños del Kollao. (Ilustración: J. Chávez, M. Jaika, F. Manrique, F. Camacho, L. Berrios, R. Valencia y F. Sosa). Puno: Tip. L. Camacho. Real Academia Española (2001). Diccionario de la lengua española (22.a ed.). Madrid: Autor. Rescaniere, A. Ortiz. (1996). José María Arguedas. Recuerdos de una amistad. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial. Ribeyro, J. R. (1955). Los gallinazos sin plumas. Lima: Círculo de Novelistas Peruanos. Ribeyro, J. R. (1958). Cuentos de circunstancias. Lima: Editorial Nuevos Rumbos. Ribeyro, J. R. (1960). Crónica de San Gabriel. Lima: Lima: Ediciones Tawantinsuyu. Ribeyro, J. R. (1965). Los geniecillos dominicales. Lima: Populibros. Ribeyro, J. R. (1992). Prosas apátridas (5.ª ed.). Lima: Milla Batres-Cofide. Riva Agüero, J. de la (1962). Estudios de la literatura peruana: Carácter de la literatura del Perú independiente. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú. Robles, M. (1974). Fantásticas aventuras del Atoj y el Diguillo. Lima: Autor. Rosario, R. (1971). Con los niños. Lima: s. e. Rosario, R. (1979). La barquita de papel. Lima: s. e. Rosario, R. (1984). Antología nacional de la literatura infantil. Lima: s. e. Rosario, R. (1984). La poesía infantil. Lima: s. e. Rosario, R. (1984). Literatura infantil en educación inicial. Lima: s. e. Rosario, R. (1987). Shica-shica de limón. Lima: Ediciones Sagsa. Rosario, R. (2002). Raspadilla de limón. Lima: San Marcos.

608

Paisaje de la maÑana /Cronología

Rosario, R. (2010). El tesoro de Kitakaiteri. (Ilustración: Gary Rea). Lima: Editorial San Marcos. Rosario, R. (2011). El lírida de los niños. http://academiaperuanalij.blogspot. pe/2011/06/mario-florian-el-lirida-de-los-ninos.html Salazar Bondy, S. (1958). Cuentos infantiles peruanos. Lima: Editorial Rumbos. Salazar Bondy, S. (1961). El señor gallinazo vuelve a Lima. (Ilustración: César Bernasconi). Lima: Ediciones de la pelota de trapo. Salazar Bondy, S. (2005). El señor gallinazo vuelve a Lima: Lima: Instituto Nacional de Cultura. Sánchez, L. A. (1974). Panorama de la literatura del Perú. Desde sus orígenes hasta nuestros días. Lima: Editorial Milla Batres. Sologuren, J. ([1958] 1964). Cuentos y leyendas infantiles. Lima: Ediciones de la Rama Florida. Sologuren, J. (1973). Paseo de lecturas e imágenes. Lima: Ministerio de Educación. Sologuren, J. (1986). Retornelo. (Ilustración: Nobuko Tadokoro). Lima: Editorial Colmillo Blanco. Sologuren, J. (2004). Obras completas de Javier Sologuren (tomo VI). (Editor: Ricardo Silva Santisteban). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial. Soriano, M. (2005). La literatura para niños y jóvenes: Guía de exploración de sus grandes temas. Buenos Aires: Colihue. Valdelomar, A. (1916). Las voces múltiples. Lima: Librería Francesa E. Rosay. Valdelomar, A. (2001). Obras completas. (Editor: Ricardo Silva Santisteban). Lima: Petroperú. Valle Goicochea, L. (1974). Obra poética. (Compilador: Francisco Izquierdo Ríos). Lima, Instituto Nacional de Cultura. Valle Goicochea, L. (2005). La pared torcida. (Editor: Jorge Eslava). Lima: Fondo Editorial de la Universidad Alas Peruanas. Vallejo, G. (Ed.). (1967). César Vallejo. Novelas y cuentos completos. Lima: Francisco Moncloa Editores. Vallejo, G. (Ed.). (1974). César Vallejo. Obra poética completa. Lima: Mosca Azul Editores. Vienrich, A. (1989). Azucenas Quechuas, Fábulas Quechuas (3.ª ed). Lima: Ediciones Lux.

609

Jorge Eslava

Watanabe, J. (2006). Andrés Nuez perdido entre las frutas. Lima: Ediciones Peisa. Watanabe, J. (2006). El lápiz rojo. Lima: Ediciones Peisa. Watanabe, J. (2006). Melchor, el tejedor. Lima: Ediciones Peisa. Watanabe, J. (2007). Don Tomás y los ratones. (Ilustración: Eduardo Tokeshi). Lima: Ediciones Peisa. Watanabe, J. (2007). Perro pintor y sus elefantes azules. (Ilustración: Leslie Umezaki). Lima: Ediciones Peisa. Watanabe, J. (2007). Un perro muy raro. (Ilustración: V. Aguilar). Lima: Ediciones Peisa. Watanabe, J. (2009). Andrés Nuez cuenta hasta diez. Lima: Ediciones Peisa. Watanabe, J. (2009). Andrés Nuez descubre los colores. Lima: Ediciones Peisa. Wiesse, M. (1936). Quipus. Relatos peruanos para niños. Lima: IMP. La voce d’Italia. Wiesse, M. (1949). El niño, ese desconocido. Lima: Compañía de Impresiones y Publicidad Enrique Bustamante y Ballivián.

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Paisaje de la maÑana /Cronología

ANEXO

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Jorge Eslava

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Paisaje de la maÑana /Cronología

Cronología básica de la literatura peruana29

Época Prehispánica / de los ancestros a 1532 Expresiones anónimas y orales en lengua quechua.

fe Época Colonial / de 1532 a 1800 Guamán Poma de Ayala (¿1534 / 1556? - ¿1615 / 1644?). Nueva crónica y buen gobierno* (crónica).

Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616). La arcadia (novela) y Comentarios Reales de los Incas* (crónica).

Diego de Hojeda (1570-1615). La Cristiada (poesía). Amarilis (fines del siglo XVI). Epístola a Belardo (poesía). Juan de Espinoza Medrano (1629-1688). El rapto de Proserpina (autosacramental).

29

El asterisco indica que la obra mencionada es dirigida a niños o, de alguna manera, apropiada para ellos. Los géneros literarios consignados entre paréntesis diferencian, en el caso de la narrativa breve, el cuento individual del libro de cuentos.

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Jorge Eslava

Juan del Valle Caviedes (1645-1697). Diente del Parnaso (poesía). Pablo de Olavide (1725-1803). El evangelio en triunfo (ensayo). Mariano Melgar (1790-1815). Yaravíes (poesía) y Fábulas* (narraciones en verso). Ollantay (drama de origen inca de siglo XVIII, publicado por primera vez en 1857).

fe Época de la Emancipación / de 1800 a 1821 Manuel Ascencio Segura (1805-1871). El sargento Canuto (teatro). Felipe Pardo y Aliaga (1806-1868). El viaje del niño Goyito* (cuento costumbrista).

fe Época republicana / de 1821 a 1920 Carlos Augusto Salaverry (1830-1891). Cartas a un ángel (poesía). Ricardo Palma (1833–1919). Tradiciones peruanas* (relatos de ficción histórica). Manuel González Prada (1844-1918). Pájinas libres (ensayos). Enrique López Albújar (1872-1966). Cuentos andinos* (cuentos), Matalaché (novela). José María Eguren (1874-1942). Simbólicas* (poesía) y La canción de las figuras* (poesía). José Santos Chocano (1875-1934). Alma América (poesía). José de la Riva Agüero (1885-1944). La historia del Perú (tratado de historia) y El carácter de la literatura del Perú independiente (ensayo literario).

José Gálvez Barrenechea (1885-1957). Una Lima que se va (estampas). Ventura García Calderón (1886-1959). La venganza del cóndor* (cuentos). Abraham Valdelomar (1888-1919). El caballero Carmelo* (cuento) y La aldea encantada* (cuentos).

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Paisaje de la maÑana /Cronología

César Vallejo (1892-1938). Los heraldos negros* (poesía), Poemas humanos (poesía) y Paco Yunque* (cuento).

José Carlos Mariátegui (1894-1930). 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (ensayo).

Alida Elguera Mac Parlin (1896 -1988). Juguetes* (cuentos). Luis Alberto Sánchez (1900-1994). Literatura