Obra Filosofica

Citation preview

©

1983.

M en en e G r a s B a la g u e r

E d ito r a N a c io n a l.

Madrid (España)

I S B N : 84-276-0625-7 Depósito legal: M . 13.666-1983 Impreso en Gráficas Valencia, S. A. Paseo de Talleres, 18. Madrid-21

CLASICOS PARA U N A BIBLIOTECA C O N T E M P O R A N E A

Pensamiento Serie dirigida por José Manuel Pérez Prendes

JU L IE N -O FFR A Y DE LA M E T T R IE

OBRA FILOSOFICA Edición preparada por Menene Gras Balaguer

EDITORA NACIONAL T o r r e g a lin d o , 10 - M a d rid -1 6

Deseo expresar mi agradecimiento a Claudio Guillen, por su interés y sus consejos en la realización de esta edición de las obras de La M ettrie, y a Agustín García Calvo, por su con­ tribución en la traducción de las citas latinas, que se encuentran en el texto original.

IN TRO D U C C IO N

La M ettrie es una figura com únm ente asociada a la tradición d e la filosofía materialista que se inicia desde la A?itigiiedad, y cuya continuidad se ve ensom brecida p or el aristotelism o e interrumpida posteriorm ente por la escolástica. Sólo tras el siglo d e Descartes o el llamado siglo d e la C ontrarreform a cobrará de nuevo vigencia, pese a qu e el m ism o Descartes pod ía haber sido uno d e sus defensores, d e no constituir una amenaza para los principios d e su M etafísica. Ciencia ésta, hasta el siglo X V I, considerada p or encima d e todos los saberes particulares e identificada con la actividad d e filosofar, legitim adora a su vez d e los sistemas filosóficos e incluso de las instituciones establecidas, p o r hallarse aliada habitualm ente con la religión. Si bien la rigidez im puesta por la M etafísica en el área del saber se debilita entre otros fenóm enos por los avances de la física moderna, desd e Copérnico hasta Newton ¡, y este proceso queda de algún m odo representado en el panteísm o y el dinamismo del arte d el Barroco 2. 1 Los avances de la física moderna de Copérnico (1473-1543) hasta Newton (1642-1727) constituyen un factor decisivo en la transformación de la ciencia y de la vida en general. La física moderna revoluciona la ciencia aristotélica porque basa el análisis de la naturaleza en la hipótesis a pnori pero con una confirmación en la realidad a posteriori. Con Copérnico, Kepler (1571-1630), Galileo (1571-1636) y Newton, la física se erige en ciencia, convirtiéndose en el antecedente inmediato de la ciencia experimental. 2 E l Barroco — denominación que no se emplea hasta el siglo xix— no tiene carácter unitario sino cósmico; sacrifica el orden típico del clasicismo a la sensación, y la eternidad al instante. Como producto de la revolución

El porqué se desconoce a La M ettrie o sólo se tiene de él una noción vaga se d eb e a la ignorancia difundida con respecto a la filosofía materialista en general. A m enudo ello se hace residir en la amplitud del término, al igual que ocurre con la filosofía racio­ nalista, pues en am bos casos únicamente íe im plica un contenido específico cuando se circunscriben en una determ inada época: por una parte, la m ateria ha sido interpretada diversam ente, por otra, es evidente que cada corriente de pensam iento ha invocado la razón a su manera y para determ inados fines. En prim er lugar, cabe recordar que la tradición materialista antigua no se conoce com o tal hasta que Descartes distingue su res cogitans y su res extensa. G iordano Bruno todavía hacía corres­ ponder materialismo y epicureism o, sin discernir los com ponentes de estas doctrinas, qu e p ese a aparecer asociadas en muchas ocasiones no se invocan necesariam ente la una a la otra para justificarse. A de­ más hay que tener presente que el materialismo mecanicista fran­ cés deriva inm ediatam ente de 1a. física cartesiana y, por lo tanto, que la evolución del m aterialism o, con la definición que le es propia, es inseparable d el respectivo desarrollo del mecanicismo. La divul­ gación del uso de este término com porta diversas significaciones, que interpretan recíprocam ente distintas realidades. Por ejem plo, el término griego «m ejané» significa intención engañosa, máquina, y especialm ente máquina d e guerra y máquina teatral. Consecutiva­ mente, el «m ejanichós» era el hom bre hábil en artes mecánicas, así com o en la Edad M edia, el «ars mechanica» designaba un arte in­ ferior y subordinado 3. Las ligeras m odificaciones que se introducen no son casuales en la m edida en que éstas ilustran la necesidad d e la adecuación del térm ino a una nueva realidad, la cual, evolucionando en razón d e su estructura, hará descubrir la analogía que reina entre todos los cuerpos que com ponen la naturaleza y que, en definitiva, no es más que el principio de causalidad, base del mecanicismo m o­ derno. La noción d e la máquina, p or otra parte, varia fundam entalm ente en relación a los avances técnicos, que se desarrollan en los si­ glos X V II y X V III. La Europa pre-industrial sólo poseía dos fuen­ tes de energía, el viento y el agua, capaces d e procurar el movimiento. L os inventos qu e preludian la etapa d el m aqum ism o y de la revo­ copernicana por la que el sol ocupa el centro del universo, mientras la tierra y los demás planetas giran en tomo suyo, el barroco se convierte en el eco de los espacios infinitos plasmando la correlación del Todo al Ser, que es característica a todas sus manifestaciones. 3 E l Diccionario de Filosofía de Ferrater (Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1975, 5.a ed.) interpreta así estos términos en el artículo Mecanicismo.

lución industrial son todavía rudim entarios en vida d e La M ettrie. En 1690, Denis Papin ya había descubierto los procesos sucesivos de dilatación y condensación del vapor generado por la ebullición del agua en un recipiente cilindrico, pero el dispositivo no tuvo utilidad inmediata, si bien sirvió para dem ostrar que la energía generada p or el vapor podía ser transform ada en m ovimiento. La prim era máquina d e vapor concebida para una aplicación in­ dustrial fu e patentada por 1 bom as Savery en 1698. A principios del siglo X V III, con T bom as N ew com en, la máquina de vapor al­ canzó rentabilidad económ ica y eficacia industrial al aumentar su potencia. E l escocés Jam es W att (1736-1819) convirtió la máquina d e vapor en el verdadero m otor de la Revolución industrial. Pero, en tiem pos d e La M ettrie, la máquina d e la era m oderna no había tenido aplicación práctica aún, salvo en la industria textil, donde se venía utilizando la energía hidráulica m ediante la rueda de pa­ letas desde el siglo X III. N o obstante, las observaciones acerca del m ovim iento que el mecanicismo com porta, señalan una independización de la causa y el efecto de los fenóm enos que la máquina m oderna — o incluso el previo sueño de esta máquina— • consolida. Descartes lo constata al presentarse com o el gran sintetizador del mecanicismo universal e in­ tentar la explicación de la naturaleza com o una gran maquinaria, un todo mecánico indivisible, si bien este filó so fo no se desprende de la idea propugnada por el animismo m edieval que veía en Dios al relojero d e este gran reloj gigantesco y d e com plicados resortes, al que la naturaleza se com paraba m etafóricam ente. D e la aplicación cartesiana d e las leyes esenciales d el mecanicis­ m o estricto a los fen óm enos d e la naturaleza se infiere paradójica­ m ente la contradicción en que D escartes incurre, toda vez que su sistema filosófico excluye esta proyección d el mecanicismo en el dom inio de la M etafísica, para mantener a la filosofía a resguardo de todo germen de irreligión y de condena por parte de la Iglesia. No podría evitar, sin em bargo, que su contradicción inicial hiciera surgir las divergencias entre sus seguidores (M alebranche, Spinoza, Leibniz y el mismo Bayle), qu e los prim eros deístas ilustrados de final d e siglo aprovecharán para rebatir su sistema. E s pues en el marco de las controversias creadas entre cartesia­ nos y no-cartesianos donde L a M ettrie fundam enta su sistema ma­ terialista con el objeto de llevar a cabo lo que, según él, Descartes no se atrevió a hacer; esto es, no utilizar otras luces que las apor­ tadas por nuestra razón, y no partir de otra fuente de conocim iento que de la experiencia. Pero La M ettrie reunía a su vez las armas

del em pirism o inglés, procuradas p or los seguidores del Novum Organum4, las innovaciones d e N ew ton con sus principios para una m etodología d e las ciencias, y las d e L o ck e con su teoría del cono­ cimiento. En esta conjunción de factores aparentem ente dispares, La M et­ trie aparece com o el verdadero iniciador d e la corriente materialista que se desarrolla en la Francia ilustrada del siglo X V III y que pre­ tende ser una alternativa radical a la filosofía anterior. Radicalidad que no adm ite siquiera el deísm o — p ese a que la Iglesia confundiera deísm o y ateísm o en un mismo mal— considerándolo im buido de un espíritu conciliador con ese espiritualismo que tan bien encarna el Dios d e Voltaire, dios desprovisto d e todas las atribuciones di­ vinas y m etafísicas que servían a los cartesianos para legitimar su existencia, pero que seguía siendo la causa contingente o razón pri­ mera de los m ovim ientos. La vida d e La M ettrie no ha sido descrita en ninguna autobio­ grafía, ni se conservan docum entos personales — a excepción de una carta5 dirigida a su hermana con m otivo d e la muerte de su hijo— , que permitan reconstruirla. T odo cuanto se sabe de testim onios de la época se reduce al elogio elaborado por el rey de P ru sia6, algunas observaciones d e Voltaire, y la breve descripción que nos hace de él Thiébault en sus M emorias d e Berlín 1. Asimismo, las biografías contem poráneas adem ás d e ser escasas, no poseen más datos que los aportados por los docum entos citados. Pero la carencia d e un anecdotario personal abundante no es un obstáculo para el conocim iento de este autor, por ubicarse en la encrucijada de esta época d e agitaciones y alarmas, caracterizada por la confluencia d e corrientes de pensam iento e ideas, y por la efervescencia social, política y económ ica d e la prim era mitad del siglo X V III, bajo el absolutism o de Luis X IV y el poder deca­ dente de Luis XV. 4 E l Novum Organum Scientiarum (1620) es una propuesta para la re­ forma del cuerpo que integran las ciencias. Su autor, Francis Bacon (1561-1626), estima que la verdad ha de ser el objeto del saber filosófico, y que ésta depende de la experiencia guiada por el razonamiento inductivo. Esta obra se incluye en la Instauratio magna junto con Sylva sylvarum, y se considera el punto de partida del empirismo inglés que se desarrolla en el siglo xvn. 5 La hermana de La Mettrie era una tal Mme. Millet. La carta que se menciona, fue reproducida por Pierre Lemée, el cual la copió del Museo de Saint-Málo. No tiene fecha, y se incluye como apéndice en su trabajo sobre La Mettrie, Ed. Mortinais, 1954. 6 Este documento se incluye al final de la presente edición, a modo de anexo. 7 Se hace referencia a la obra siguiente: Vingt ans de ans de séjour a Berlín, Paris, 1860.

Se trata d e una época de transformaciones aceleradas que, frente al equilibrio d el clasicismo im puesto por Richelieu 8 en el dom inio d e las artes y las letras, parece heredar el m ovim iento intrínseco a la noción m oderna que se atribuye al Barroco, configurando por así decir la llamada crisis d e la sensibilidad europea 9 m ediante una aplicación práctica y consciente d e su eón 10 en el progresivo cambio social, en la corrosión d e los valores estatuidos y en la preocupación activa por el futuro de la humanidad. La filosofía se vive com o desviación de su objeto habitual, op o­ niendo en prim er lugar la Razón a la tradición, y acercándose a la fisiología, a la física y a las ciencias naturales que, respectivam ente, desplazan a la m etafísica y a las matemáticas, fundam ento inapelable d el saber en el siglo X V II. E ste proceso se ve favorecido de un m odo exhaustivo por la inminencia d e la investigación y de los descubrim ientos pertenecientes al dom inio d e la medicina, la bio­ logía y la botánica, im pulsados a su vez por los avances de la física m oderna con respecto a la antigua ciencia aristotélica. Corolariamente, es el mismo progreso d e las ciencias experim entales el que contribuye de p or sí a minar la base d e las ciencias especulativas, apartándose de ellas y determ inando la especialización de los dis­ tintos saberes. P or último, la difusión d e un saber práctico — con­ secuente con la defensa d e un saber experim ental— renueva el o b ­ jeto de la filosofía toda, en correspondencia con el desarrollo de las fuerzas de producción y la industrialización que construye las nuevas ciudades y núcleos urbanos. Los antecedentes más inm ediatos se encuentran en la orientación seguida por la tradición empirista in­ glesa desde Bacon — y la incipiente disolución d el cartesianismo, que 8 Armand-Jean du Plessis, cardenal Richelieu (1585-1642), político, hombre de Estado; su influencia en el g u s to francés del siglo x v i i fue decisiva, no sólo por el mecenazgo que ejerciera en el dominio de las artes y las letras, sino porque en 1634 fundó la Academia de Francia. Trató de fijar la lengua para hacer de ella la expresión perfecta del espíritu francés mediante la publicación de un diccionario y una gramática. 9 La crisis de la sensibilidad europea se hace corresponder con una época de depresión generalizada. Para Benedetto Croce (1866-1952) en Storia dell'Eti barroca in Italia, los únicos valores positivos del siglo xv n son la ciencia experimental, las reivindicaciones del derecho natural y religión natural, y la gestación que hacía avanzar a Europa hacia la tolerancia. En el estilo ba­ rroco, sólo veía la decadencia del arte. Esta actitud es común a otros au­ tores, que no aprecian las manifestaciones de este arte sino como símbolo de la ausencia de sensibilidad. 10 Eugenio d’Ors utiliza la categoría de eón por el contrario, para definir el movimiento constante que parece abarcar todas las manifestaciones de la vida del siglo x v i i , rescatando una época condenada al olvido. Este eón se puede ver asimismo encarnado de un modo consciente o inconsciente en la inquietud y en la mentalidad de cambio, del siglo que le sigue.

ya proyectan adversarios del m étodo d e D escartes com o Gassendi, los Spinoza, los Bayle y los Fontenelle— con los efectos sociales que se desprenden d e ella. C om o instruyen las Lettres anglaises 11 de V oltaire, el cam bio que se extiende a todas las esferas de la vida colectiva reside en el creciente progreso y riqueza de las naciones, mediando la tolerancia y relajación de costum bres por las que luchan la confianza y el optim ism o d el hom bre del siglo X V III. El m édico-filósofo, com o se denom ina a La M ettrie, es un pro­ totipo que se da perfectam ente en esta época, pues, ¿qué científico no se siente inspirado para filosofar ante la magnitud y sorpresa de sus descubrim ientos? Más aún, cuando la filosofía se propone seguir vigente a partir d e un cientificism o interpretado en términos del saber que aportan la práctica y la experiencia en el dom inio d e las ciencias particulares. Que así, los llam ados Enciclopedistas consi­ deren en ocasiones al m édico para humillar al filó sofo o viceversa, es un problem a de rivalidad que no influye en ulteriores considera­ ciones, si no es, p or el contrario, para adoptar cierta comprensión a la vista de algunos de sus defectos, com o la frecuente reiteración y falta de rigor d e su estilo. P or lo demás, ha d e tenerse en cuenta el criterio discriminatorio d e los ilustrados, los que oficialm ente re­ ciben este nom bre por decirlo de algún m odo, los cuales no sólo marginan a La M ettrie, sino a los filósofos utopistas com o el abb é Mably 12, M orelly 13, Brissot d e W arbille 14, condenados injustamente al olvido, y pese a ser — o p or ser— en su mayoría mucho menos conservadores qu e los anteriores. La influencia dom inante en el pensam iento de La M ettrie pro­ 11 Lettres anglaises o Lettres sur les Anglais, Londres 1728, París 1784. 12 Gabriel-Bonnot de Mably (Grenoble 1709-París 1785), fue uno de los primeros legisladores en Francia durante el siglo xv m , después de Montesquieu. Hizo la carrera eclesiástica para dedicarse más tarde a la política. De sus obras destaca: Doutes proposées aux philosophes économistes sur l'ordre naturel et essentiel des sociétés politiques (1768), en la que desarrolla su crítica de la doctrina fisiocrática, oponiendo un Estado comunitario basado en un ideal de igualdad. Su utopía se encuentra en Entretiens de Phocion sur le rapport de la mor ale avec la politique, donde define los gobiernos mixtos y constitucionales. 13 En la Biografía universal se distingue a dos Morelly, padre e hijo, pero nos referimos al autor del Essai sur l’esprit humain (1745), Physique de la Beauté ou le pouvoir naturel et ses charmes (1748), Le Naufrage des iles flottantes ou la Basiliade (1753), novela alegórica, y el célebre C ode de la Nature (1773), inspirado en Tomás Moro y Campanella. 14 Jacques-Pierre Brissot de Warbille (Chartres 1754-París 1793), otro uto­ pista marginado como los anteriores, y del que cabe mencionar las siguientes obras: lnvestigations philosophiques sur la propiété et le vol (1780), Moyens d’adoucir les rigueurs des loix pénales en Prance (1781). De sus viajes a EÉUU dio una relación en De la France et des Etats-Unis (1787) y Nouveau voyage dans les Etats-Unis de VAmérique septéntrionale (1791).

cede de sus estudios d e medicina, d e la práctica de la disección y de su aprendizaje junto a B o erh a a v e15, al cual d eb e incluso su in­ terés por la filosofía. La personalidad d el m édico de Leiden hubo de influir en el discípulo, pronto más interesado en la teoría de la práctica que en la práctica m ism a d e la medicina, com o demuestra su escaso interés por su vida profesional en este campo. Su carrera nunca tuvo un fin en sí misma, y retrospectivam ente desde la obra filosófica sólo pu ede verse com o m ediación posterior de sus tesis materialistas. E l traductor y com entarista critico d e B oerhaave se da a conocer en tanto que filósofo con la publicación d e la Historia del alma en 1745, obra en la que La M ettrie hace el prim er esfuerzo sintetizador d e las ideas dispersas en los años precedentes. En ella opta desde un com ienzo p or la filosofía d e la experiencia, replicando a Descartes — del qu e dice entre otras cosas, refiriéndose a las Medi­ taciones Metafísicas: « . . . n o sabe lo que busca, ni a donde quiere ir, porqu e no se entiende a sí mismo. A dm ite ideas innatas, y no ve en los cuerpos más que una fuerza divina. Demuestra su poco discernim iento, ya sea negando el sentim iento a los anitnales, ya sea form ando una duda itnpracticable, inútil, p u eril..., a menudo no estando de acuerdo consigo m ism o» 16. P ero lo que fue decisivo para su carrera o prom oción com o filó­ sofo se d eb e a su estancia en Berlín. A raíz d el escándalo y d e la persecución d e que fu e objeto tras la aparición d e su Hombre-má­ quina, L a M ettrie se vio obligado a recurrir a sus pocas amistades. Por mediación de M aupertuis encontró asilo en la corte de F ed e­ rico I I d e Prusia n. E ste últim o conocía la Historia natural del alma, obra que le hizo interesarse por el pensador, que sentaba los prin­ cipios filosóficos propicios para llevar la filosofía mecanicista hasta sus últimas consecuencias, d e m odo que el mecanicismo ya no pu­

15 Hermann Boerhaave (1668-1738), naturalista y médico holandés. Hizo estudios teológicos, pero en 1682 se entregó a la medicina. En 1701, ocupó la cátedra de medicina, química y botánica de la Universidad de Leyden. En su juventud se inclinó por el spinozismo, y más tarde por la medicina y la física experimental. Aunque partidario de Hipócrates, se esforzó por con­ ciliar sus métodos con la moderna iatro-mecánica. Con sus Institutiones me­ dicae, in usus annuae exercitationis (1708), dejó una clasificación sistemática de las enfermedades; a su vez, en botánica, dejó Historia plantarum in horto (1710). La Mettrie lo cita abundantemente en toda su obra, porque fue su mayor maestro. 16 Cita extraída del Tratado del alma. 17 La Mettrie estuvo en Berlín desde 1748 a 1751, mientras Maupertuis, también originario de Saint-Málo, era presidente de la Academia fundada por el rey de Prusia.

diera aparecer sino asociado al materialism o, a menos de que se quisiera incurrir en una contradicción inoperante. El período que pasó en la A cadem ia fundada en Berlín favoreció sin duda alguna su dedicación a la filosofía. L o prueba la publica­ ción de todos los textos qu e suceden al Hombre-máquina, y la pri­ mera edición de sus obras filosóficas en 1751. Su amistad con el rey de Prusia nos es tam bién descrita p or la fam iliaridad de trato que se estableció entre ellos: en esa casa, «entraba com o en la de un amigo. Se tum baba en los sofás. Cuando hacía calor, se sacaba el cuello d e la camisa, se desabrochaba la chaqueta y echaba su peluca por el suelo» 18. E l estímulo que recibiera, se trasluce en sus obras y en el espíritu optim ista con el que defien de su m oral epi­ cúrea. En definitiva, este exilio no sólo fu e grato para é l 19, sino fructífero. Basta con saber qu e el m édico provinciano d e Saint-Malo se convirtió en una figura conocida en Francia, Alemania y Holanda. Su obra filosófica en conjunto no es atnplia, pero si se tiene en cuenta que fu e escrita prácticam ente en el breve período com pren­ dido entre 1745 y 1751, se llega a pensar qu e es excesiva y tal vez se sospeche del autor. Además, la form ación d e La M ettrie no era académica en lo concerniente a la filosofía, sino más bien auto-didacta, lo que en cierto m odo es de admirar, pese a adolecer de muchos defectos, com o se pon e d e m anifiesto a través de las mcorrecciones de su estilo. Ciertam ente, fue un escritor prolífico 20, porqu e cabe mencionar también sus obras de medicina y sus panfletos satíricos además de su producción filosófica. Aunque esta última es realm ente la que ofrece mayor interés y con la que La M ettrie se quiso sentir más identificado. En el presente volumen se incluye íntegramente con excepción d e un breve ensayo de crítica literaria (Essai sur l ’esprit et les beaux esprits), y de dos textos relacionados con la m oral epi­ cúrea que postula (La Volupté y L ’art de jouir). R etrospectivam ente, toda la obra d e medicina es com plem entaria y, p ese a preceder la obra filosófica, se halla d e algún m odo subordinada a ella, no sólo 18 Thiébault hace esta descripción en el cap. X I V de la obra citada en la nota número 7. 19 Pese a que Voltaire escribiera: «La Mettrie arde en deseos de volver a Francia. Este hombre tan alegre y que pasa por reírse de todo, algunas veces llora como un niño por estar aquí; me pide que interceda a Richelieu para obtener su gracia. La Mettrie en sus prefacios, alardea de la felicidad que siente por estar cerca de un gran rey, que le lee en ocasiones sus versos, pero, en secreto, llora conmigo. Volvería a Francia aunque fuera, andando». (Carta a Mme. Denis, 2-9-1751.) 20 Consúltese la Cronología que se incluye a continuación en la que se hace referencia a toda su obra.

p or lim itarse a unas traducciones d e B oerhaave al francés y a algu­ nos trabajos académ icos, sino porqu e La M ettrie se em peñó en pasar a la posteridad en tanto que filósofo, antes que com o m édico. El hecho d e que L a M ettrie haya parecido un aficionado a la filosofía, más que propiam ente un filó so fo tradicional, ha sido el origen d e cuantos prejuicios han contribuido para marginarlo, sea considerándole un « filósofo m enor», un sim ple escandalizador, o m eram ente un personaje pintoresco que en su día tuvo algunas ocurrencias divertidas y chocantes. P ero no se negará que en La M ettrie se yuxtaponen y polem izan, com o suele ocurrir con otros ilustrados, los problem as qu e entonces tenía planteados la filoso­ fía para su continuidad, y su peculiar participación en este nuevo m ovim iento de ideas es lo que determ ina su interés. E s por esa misma razón que La Mettrie se considera el portavoz de una corriente innovadora, que ataca los fundam entos d e la filosofía d o­ minante durante el siglo precedente. A fortunadam ente para él, con­ taba con una ventaja esencial respecto a Descartes y es el optim ism o creciente y la confianza en el hom bre que inspiraba el progresivo dom inio d e las fuerzas d e la naturaleza. P ero no menos apoyo en­ contró para su filosofía materialista y su m oral epicúrea en la secu­ larización o liberalización d e costum bres que acompaña al triunfo de la Razón reunificadora d e todas las ciencias y de todos los sa­ beres en el am bicioso proyecto en ciclop ed ista21, cuya lección más esclarecedora fue la dem ostración d e qu e los progresos d e todos los saberes son inseparables e interdependientes. Descartando la querella obvia entre «Antiguos y M odernos» que caracteriza la época — com o se desprende d el Diccionario históricocrítico d e B a y le 22, o de lo que V oltaire da en llamar «crítica histó­ rica» 23, o incluso d e la reacción generalizada contra el clasicismo 21 Ello se resume en el prólogo de D ’Alambert al Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (1750-1766), donde dice que como Enci­ clopedia debía exponer en lo posible el orden y encadenamiento de los conocimientos humanos, y como Diccionario debía contener sobre cada ciencia y cada arte liberal o mecánica, los principios generales que forman la base y los pormenores esenciales que constituyen el cuerpo y la sustancia. 22 Pierre Bayle (1647-1706) en su Diccionario histórico crítico (1695-1697) se propone la revisión de problemas teológicos, metafísicos, morales e his­ tóricos, tales como la gracia, libre albedrío, existencia y razón del mal, dogmas religiosos, reglas morales, y la verdad o falsedad de la historia. Es uno de los introductores del espíritu crítico de la Ilustración. 23 Voltaire (1694-1778) aplica la llamada «crítica histórica» especialmente en el Essai sur les moeurs et l ’esprit des nations (1756), pero también en el Traité de la tolérance (1763). Esta consiste de algún modo en una nueva concepción de la historia libre de los prejuicios que la han falseado, y que parte de un relativismo fundamental para la comprensión de la realidad.

de las diversas m anifestaciones culturales d el siglo anterior— , ha M ettrie recurre a las fuentes que le proporcionan los filóso fo s de la Antigüedad. E s en la poderosa imaginación de autores tales com o D em ócrito, Leucipo o Epicuro, donde encuentra sus recursos más elem entales, y en la configuración del universo que sistematiza Lu­ crecio, cuyo De Rerum Natura constituía todavía entonces el tratado de materialismo p or excelencia. D e D em ócrito tom a el principio d e la indestructibilidad de la m ateria; d e Epicuro, la im portancia de la sensación com o base del conocim iento; d e Lucrecio, la noción d e infinito, qu e le perm ite suprimir a Dios, la idea d e la sed e del sentim iento en los órganos, y la m uerte simultánea d el alm a y del cuerpo. Estos filósofos y otras referencias constituyen el prim er preceden te d e la concepción del mundo que se acerca al tipo de causalidad pura observada en los fenóm enos y el m ovim iento en general. Para La M ettrie, parecen pertenecer al estado prim itivo d e una filosofía de la experiencia o de un saber estrictam ente experimental. Por lo que se refiere a antecedentes más inm ediatos, el que más influencia ejerce en La M ettrie es L o c k e 24, del que hace derivar buena parte d e su concepción materialista del hom bre y de la natu­ raleza. D e él recoge la teoría del conocim iento que describe el m e­ canicismo d el entendim iento humano presuponiendo la inexistencia d e las ideas innatas, y hace suyas aquellas premisas según las cuales todo es representación del mundo sensorial, y de las ideas simples percibidas por los sentidos nacen las ideas abstractas y com plejas m erced a diversas com binaciones. Sin em bargo, existe una diver­ gencia fundam ental entre L o ck e y La M ettrie, consistente en que el prim ero era proftm dam ente cristiano —-si bien defen sor a ultran­ za de la tolerancia— , m ientras que para La M ettrie tal teoría del conocim iento invalida la doctrina d e la fe. Y, tal com o corresponde a los postulados d e una filosofía m aterialista llevada hasta sus últi­ mas consecuencias, no m enos recoge La M ettrie entre otras corrientes d e pensam iento la tendencia escéptica que se prolonga desde M on­ taigne hasta P. Bayle y la tradición hedonista culminante en la moral epicúrea que el Renacim iento perpetúa. Esta última, por otra parte, era muy característica d e la ebullición de aquella época, no sólo en teoría sino tam bién en la práctica, com o se sabe por Saint-Evremond o Ninon d e Léñelos — libertinos d e salón 25 o hasta por el propio 24 Concretamente el Essay concerning human understanding (1666) de Locke (1632-1704). 25 E l uso de esta expresión puede ser útil para diferenciar a unos libertinos de otros. Saint-Evrémond y Ninon de Léñelos se encuentran a caballo entre

S a d e 26, que descubre la verdad d e otro hedonism o abocado inevi­ tablem ente al mal.

II L os precedentes de la máquina constituyen la base del uso y dom inio d e la Naturaleza p or el hom bre. E l invento de la máquina se sitúa propiam ente en la era de la Revolución industrial, por la transform ación que introduce en los m edios d e producción. La má­ quina realiza el origen y el impulso del m ovim iento, mostrando el paso d e la causa al efecto y la función de este efecto com o causa de otra causa, en una causalidad que se com pleta a si misma generando un círculo d e repeticiones indefinidas. La máquina m oderna crea así la noción d e producción y la civilización d el trabajo, y en este si­ glo X V III registra dos acontecim ientos d e suma importancia: la confianza en la Razón y el optim ism o en el Progreso. La asociación «H om bre-m áquina» d e La M ettrie, com o sugiere su sola mención, presupone el hom bre visto sim ple y llanamente en el estado em pírico puro, y descrito por analogía con la máquina com o una caja d e resortes qu e se comunican la causalidad del m ovi­ m iento en un determ inado orden. Los inventos m ecánicos de Leroy y V aucanson21 ya implican esta m etáfora de la m áquina-hom bre, por así decir, por cuanto pue­ den representar procesos m ecánicos sin ninguna intervención ajena, sin la mano d e un creador que les confiera el m ovim iento. Tales aparatos m ecánicos com o el «pato» o el «hablador» son a su vez resultado d e los descubrim ientos realizados en el cam po de la m e­ los libertinos descritos por Chardelos de Lacios y los libertinos librepensa­ dores. Por lo demás aparecen ampliamente mencionados en notas al texto de La Mettrie. 26 En cuanto a Sade, éste se ha convertido en el centro de la tradición del libertinaje francés practicado en el siglo xv m . Se diferencia del común de los libertinos de su época no tanto por sus desenfrenos, como por llevar la perversión del lenguaje y el lenguaje de la perversión a la realidad de la escritura, a través de la cual lleva a cabo la negación de Dios, de la Natu­ raleza y de sí mismo, para fundirse en el Mal, principio y fin de todas las cosas. 27 Julien Leroy (1686-1759) y Jacques Vaucanson (1709-1782) aparecen am­ pliamente citados en las notas al texto del Hombre-máquina, en las que se describen los inventos aquí aludidos. Basta decir pues que las innovaciones del primero y los juguetes mecánicos del segundo supusieron una fuente de inspiración importante para La Mettrie.

dicina, gracias a la observación y experiencia, qu e dan un impulso sin igual a esta ciencia desde m ediados del siglo X V II. E l mismo Descartes, adm irado por el conocim iento que ya se había difundido en su tiem po acerca del organismo humano, habría caído en la ten­ tación d e construir su hombre-m áquina, si éste no hubiera derribado su sistem a filosófico. E l Padre Nicolás Poisson nos da una relación sorprendente d e algunos proyectos d e D escartes a este respecto, que pueden considerarse ensayos de aplicación d e su teoría mecanicista al hom bre y otros seres d e la Naturaleza. E l inform e es com o sigue: « Queriendo verificar m ediante la experiencia lo que pensaba del alma d e los animales, había inventado una pequeña máquina que representaba a un hom bre bailando sobre una cuerda, y m ediante estas pequeñas habilidades im itaba con bastante naturalidad las pi­ ruetas que hacen los qu e revolotean en el aire. P royectó también el invento d e una palom a qu e d ebía volar por el aire. Aunque la más ingeniosa d e estas máquinas es una perdiz artificial qu e un perro pachón hace levantar». A continuación el Padre Poisson agre­ ga: «Y o no sé si Descartes hizo llevar a cabo el dibujo que vi; pero la descripción d e este p equ ed o autóm ata no parece cosa tan difícil para que fuera im posible» 2S. Incluso se tiene noticia d e que D es­ cartes hubiera pensado en el invento d e un hombre-máquina, que se pusiera en m ovim iento m ediante magnetismos. La anatomía, la medicina y la fisiología aportan un extraordi­ nario conocim iento d el cuerpo humano, d e sus distintos órganos y partes, hasta lograr explicar todos los procesos fisiológicos que tienen lugar en el hom bre, transform ando el objeto d e la filosofía, porque el hom bre y sólo el hom bre se convierte en la m edida de todas las cosas. Paralelamente, a una civilización fundada en la idea del deber, sucede una civilización fundada en la idea d el derecho natural29: los derechos d e la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos d e la razón, los derechos del hom bre y del ciudadano. Es tod o un proceso conjunto d e m anifestaciones insepa­ rables, por alejadas que pudieran parecer unas de otras. Es probable que La M ettrie no conociera lo s experim entos soli­ tarios de Descartes, m encionados por el Padre Poisson, pero eso carece de importancia. H ay otros testim onios de D escartes que ilus­ tran la existencia del H om bre-m áquina antes d e que L a M ettrie 28 Esta larga referencia se ha extraído de L. Rosendfield, From beastmachine to man-machine, New York, 1941. 29 Entre los primeros defensores del derecho natural, se puede citar a Grotius y Pufendorf, iniciadores del Iusnaturalismo. Ambos autores se citan en el Tratado del alma.

lo describa. Se trata d el Traité de l ’Homme30, donde Descartes es el prim ero en afirm ar: «Supongo que el cuerpo no es otra cosa que una máquina d e tierra», p ese a añadir qu e es Dios quien la hace expreso, etc. Pero, al final de este tratado dice: «D eseo que des­ pués d e todo esto, consideréis que todas las funciones que he atri­ buido a esta máquina, com o la digestión de los alimentos, los latidos del corazón y de las arterias, el alim ento y el crecim iento de los m iem bros, la respiración, la vigilia y el sueño (...) , deseo, digo, que consideréis que estas funciones se suceden d e un m odo com ­ pletam ente natural en esta máquina, por la sola distribución de sus órganos, ni más ni m enos com o hacen los m ovim ientos de un reloj u otro autómata, con la d e sus contrapesos y sus ruedas». Si para el Padre M ersen n e31 y su círculo, el mecanicismo carte­ siano tal com o se nos m uestra aquí, era un arma contra el ateísmo, la descripción puram ente fisiológica que hace Descartes del hom bre, es el preceden te más inm ediato del m aterialism o mecanicista del siglo X V III. En Descartes, no obstante, el problem a surge cuando se trata d e definir el cuerpo con respecto al alma, y la unión de estas dos sustancias. Su explicación en torno a la naturaleza del alma y del cuerpo en tanto que res cogitans y res extensa, haciendo que esta última se subordine a su vez a la prim era sustancia o cogitado, desvía el interés d e su fisiología mecanicista. T odo lo que dijera a propósito del cuerpo com parado con un reloj al que se ha dado cuerda, o del m ovim iento d e los espíritus excitados por el calor d el corazón, entra en contradicción con el principio del alma. Pero, precisam ente, d e este desajuste en la interacción d el alma y del cuerpo a través de la glándula pineal del cerebro 32 partirán las ten­ dencias ocasionalistas, spinozistas, materialistas, psicologistas e idea­ listas de las décadas posteriores, según acentúen uno u otro prin­ cipio, o por eliminación de uno d e ellos. Los argumentos aducidos p or La M ettrie en defensa de su Hom30 E l Traité de l'homme de Descartes se publicó en 1664. 31 Marin Mersenne (1588-1648), teólogo, matemático y filósofo francés, que hizo sus estudios en el colegio de los jesuítas de la Fleche. Allí conoció a Descartes, con el que mantuvo amistad toda su vida. Tradujo a Euclides, Apolonio, etc., y a algunos matemáticos modernos. Sus Questiones celeberrimae in Genesim (1623) constituyen el antecedente más próximo de las Meditaciones Metafísicas de Descartes. Imbuido del mismo espíritu, escribió La Vérité des sciences contre les scépHques et les pyrrhoniens. En su Harmonie universelle contenant la théorie et la pratique de la musique, se encuentran disgresiones que abarcan todo el campo de la ciencia matemática. Se le considera uno de los precursores del mecanicismo cartesiano. 32 Donde Descartes lo explica mejor es en Les Passions de l’áme.

bre-máquina arrancan prim eram ente d e una concepción de la ma­ teria que contiene el m ovim iento en sí misma. Para él, la observación y la experiencia en efecto sólo nos inform an del m ovim iento com o algo que form a parte d e ella misma. La consecuencia mas perturba­ dora de esta constatación es que, aplicando sem ejante concepción de la materia al género humano, se descarta la existencia de una fuerza motriz, agente extraño o ser sobrenatural que le insufle la vida y sobreviva a su muerte. Esto se corrobora, com o ejem plifica La M ettrie, al dem ostrarse la autonom ía de algunas partes de los organismos animales, en los cuales se ha observado instantes después d e perecer, que ciertos m iem bros continúan actuando. R ecuérdese por tanto que La M ettrie se inicia en la filosofía con los conoci­ mientos obtenidos a través d e la experiencia com o m édico e inves­ tigador, y que para él, si se logra explicar la esencia del hom bre, siendo el animal más com plejo, se entenderán las dem ás especies y la gran Naturaleza que es su escenario. E l m édico filósofo em pieza la descripción del hom bre en cate­ gorías anatómicas, postulando la absoluta necesidad del conocim iento fisiológico del organismo humano, para la deducción de cualquier hipótesis ontológica o supraterrena. E l análisis anatómico se hace a partir de los datos más elem entales que aporta, la experiencia, con lo cual se evita toda posibilidad d e incurrir en error o de p ro ­ poner hipótesis sin fundam ento en la realidad. Y así es, com o conse­ cutivamente, ciñéndose a estas premisas, y revisando cada parte d el organismo con miras a la correlación d e m ovim ientos y procesos que éstos encadenan, se extrae la certeza d e que no se diferencian en nada de los mecanismos de una máquina, En su obra se encontrarán citadas infinidad de aportaciones pro­ cedentes de los investigadores que sobresalían en el cam po de la biología y otras ciencias, y cuyos adelantos fueron la base de la m e­ dicina moderna. Entre otros se menciona a W illiam Coiuper, que descubrió las dos glándulas de la uretra; G abrielle Fallopio, autor d e los dos conductos que llevan su nom bre; G irolam o Fracastoro, que explicó el origen d e la sífilis y d ejó un tratado sobre las en fer­ m edades contagiosas; A lbrecht von Haller, conocido principalm ente por su teoría d e la excitabilidad d e los músculos; William Harvey, por su descubrim iento experim ental de la circulación de la sangre; Lancisi, por sus observaciones sobre las enferm edades cardíacas; Marcello Malpighi, por su descubrim iento d e la estructura del tejido pulmonar y del estrato profundo de la epiderm is; N. Stenon, por el descubrim iento del conducto excretor; N. Tulpius, autor de la descripción d e la válvula ileocecal; T. W illis, el prim ero en asignar

a cada una d e las partes d el cerebro una función, tal com o el pen­ sam iento; y así sucesivamente. La mención que se hace d e sem ejantes autores 33 en los textos que se presentan, interesa porqu e muestra cóm o la filosofía incor­ pora los presupuestos experim entales de las ciencias en general, considerándolas indispensables para su avance. Tras describir las funciones del cuerpo humano y el origen de los m ovim ientos en una causalidad estricta, lo más acuciante para La M ettrie es dem ostrar cuán incoherente es admitir un alma insus­ tancial tal cual es concebida por los cartesianos. ¿Cóm o puede ex­ plicarse su coexistencia con el organismo, cuyo funcionam iento es com probable a través de la observación y la experiencia, sin nece­ sidad d e recurrir a lo sobrenatural, a algo que no pu ede ser percibido por los sentidos? Es más, la escisión en el hom bre d e alma y cuerpo dificulta d e antemano el conocim iento d e los organismos vivos, so­ bre todo del cuerpo humano y, en fin, de la naturaleza en general, puesto que la experiencia se invalida fren te a un alma sólo desen­ trañ aba por m edio de hipótesis y axiomas que se fundan en la M etafísica. T od os los argumentos de La M ettrie tienden a borrar esta alma d e D esearles, en fav or de la unidad d e un hom bre radi­ cada en el conjunto de elem entos que com ponen el cuerpo. No sa­ biéndose nada d e la sustancia del alma, ni pudiéndose constatar su localización en ningún órgano, así com o ignorándose qu é propie­ dades concederle, ¿ efecto de qué actividad puede atribuirse, si todo m ovim iento pertenece a una determ inada materia? La anatom ía perm ite dem ostrar que los diversos estados del alma son correlativos a los del cuerpo. Afirm ación que amenaza con derribar la suposición del alma insustancial, inmaterial, creada a imagen y semejanza d e Dios. La M ettrie, a este fin, em pieza por la reducción d e las pretendidas actividades del alma, tales com o el pensar, a la imaginación, la función menos lejana con respecto a las más elem entales d e nuestro organismo (nutrición, respiración, ge­ neración). Si bien su esencia no nos es perceptible, al menos podem os concebir esta actividad com o resultado d e diversas com binaciones qu e integran nuestro organismo, al igtial que com prendem os sin dificultad el instinto d e los animales. No obstante, pareciendo inoperante e incluso arriesgado desem ­ barazar a la filosofía d e una esencia que custodia celosam ente, La M ettrie simulará renunciar a su intención. Conservará así el uso 33 Mettrie.

Todos estos autores se citan ampliamente a lo largo de la obra de La

del térm ino «alma», con la salvedad de que ésta sólo es un principio de m ovim iento o una parte m aterial sensible que se puede considerar com o resorte principal d e toda la máquina, y tratará de definirla por su equivalencia con el instinto animal. Pero, por supuesto, este dualismo d e la sustancia en Descartes, que proyecta la disyuntiva al?na-cuerpo, tan sujeta a controversias, queda eliminado de su sistema. La M ettrie vuelve una y otra vez sobre los mismos argumentos, amparado p or su interpretación personal d e las teorías de L ocke contra el innatismo de las ideas, y sobre el origen del conocim iento en las sensaciones. Cuántas veces no insiste en el hecho de que las facultades derivadas del pensar, que nos han inducido a creer en la existencia d e esta alma inmaterial, sólo han servido para hipostasiar al hom bre y legitim ar a un ser superior, inabordable, imagen de la perfección que vem os posible, d e un Dios, el cual «no es más que una verdad teórica sin ninguna utilidad en la práctica» 34. Para ilustrar todos estos razonamientos, La M ettrie establece una comparación de las actividades más primarias de todo organismo viviente, tales com o com er, respirar, reproducirse, etc., sem ejantes en plantas y animales, y así p or una especie d e gradación hasta abor­ dar las facultades o funciones que se suelen atribuir al altna. Si se prescinde de ésta, se logra concertar sin dificultad al cuerpo humano con el del animal — don de todos los m ovim ientos ya se admitían excepcionalm ente com o efectos d e causas mecánicas— , con las plantas y con los minerales. L os procesos que tienen lugar en los dos prim eros organismos presentan tal semejanza entre sí, que no se puede destacar a ninguna especie; las leyes que rigen los orga­ nismos d e cada una son las mismas. D e ahí que no pueda extrañar que ser máquina, sentir, pensar, distinguir el bien del mal, no sean cosas incom patibles con no ser más que un animal. Cada especie, siguiendo la reflexión de La M ettrie y lo que éste se propone dem ostrar, se caracteriza por la adecuación de su estruc­ tura a las necesidades que pu ede experim entar; o dicho de otro m odo, el desarrollo del organismo de cada especie se halla en estre-* cha dependencia d e sus necesidades, las cuales según se incrementen, forzarán el despliegue d e la actividad requerida para satisfacerlas, condicionando así la subsistencia d e los seres. L a necesidad es lo que capacita los m iem bros y habilita los órganos d e las especies para las funciones que deban cumplir. En esta m edida y para ubicar al hom bre, se diría que éste es 34 Cita extraída de El Hombre-máquina.

el animal más infeliz, por cuanto habrá sido el que mayores esfuer­ zos haya d ebid o efectuar, mientras que las plantas y seres mixtos com o los minerales pueden prescindir del alma d e los animales (o instinto) y d e la d e los hom bres. En otras palabras, hom bres y ani­ males debían hallarse dotados del instinto llamado alma en el hom ­ bre, para poder subsistir, pero la naturaleza no ha tenido que insu­ flárselo a plantas ni minerales. A su vez, La M ettrie intenta convencer de que el instinto es más precoz en los animales que en el hom bre, agregando que esta alma p o r la que el hom bre queda excluido de la categoría animal no es más que el mismo instinto m odificado por la educación. Sostener, pues, que el alm a concede la supremacía al hom bre en el seno de la naturaleza es, según él, una equivocación, toda vez que ésta sim boliza una carencia fren te a la suficiencia d e las dem ás especies que la ignoran. Estos son en rasgos generales los grandes tem as que se plantean en E l Hombre-planta y en Los Animales más que máquinas, donde adquieren su ulterior desarrollo. El autor del Hombre-planta dice haber copiado a Linneo, cuya clasificación d e las plantas y conocim iento del mundo vegetal le ins­ piraron un nuevo relativismo en las relaciones d e todos los seres d e la naturaleza entre sí. D e ahí que se pregunte por qu é no identi­ ficar al hom bre con un árbol o una flor, cuando am bos nacen, viven, respiran, se alimentan, generan y mueren por un igual. E l reino animal, en el que el hom bre queda integrado, aunque si se quiere com o el ser más perfecto, es com parado con las plantas, de tal suerte que en esta obra, la diferencia entre una y otra especie se limita a la ausencia del instinto en las plantas. Lo que se trata de probar aquí es que no existe diferencia al­ guna entre las tres almas aristotélicas atribuidas a los diferentes reinos: el alma vegetativa, el alm a sensitiva y el alma razonable. Si hay un alma, si tiene que haberla, si su nom bram iento puede tener alguna funcionalidad para la explicación del m ovim iento de los seres a que corresponden, ésta debería de ser la misma para todos. Según La M ettrie, ello evita d e antemano el problem a del alma y la interacción d e ésta con los seres pertenecientes a cada una de las especies. Sin em bargo, no lleva muy lejos esta analogía entre el reino animal y vegetal, prefiriendo dedicarse plenam ente a refor­ zar la igualdad entre el hom bre y el animal, ora prescindiendo del alma razonable concedida al ser humano, ora otorgándosela a los animales. Al iniciar Los animales más que máquinas, La M ettrie escribe que D escartes ha sido el prim ero en privar de un alma a los anima­

les 3S, en tono acusador. Cierto qu e para Descartes, los animales son una especie d e autómatas, de aparatos mecánicos, cuyo funciona­ m iento guarda semejanza con el d e los diversos órganos del cuerpo humano. L os animales carecen d e capacidad intelectiva y, por con­ siguiente, no necesitan el alma razonable; pero la consecuencia que D escartes quiere extraer es com pletam ente opuesta a la qu e dedu­ ciría un filósofo materialista. E l alma tiene que estar ausente del cuerpo de los animales, pues de lo contrario la semejanza que se estableciera entre el hom bre y el animal derribaría el dualismo de su sistema. Si los animales tuvieran un alma, ¿qué sería del h om bre? La M ettrie recurre así a la teoría d e los animales-máquina de Descartes para invertir los térm inos de lo que se afirma, m ediante una ocurrencia aparentem ente desconcertante: ¿Por qué negar un alma a los animales? ¿Qué es lo que los diferencia de nosotros? Com párense las actuaciones del hom bre y d el animal, sobre todo en la infancia, y se verá cuán inferior es el prim ero con respecto a este último, siendo así que a falta d e cuidados externos perecería. Recíprocam ente, bien pudiera ser el hom bre quien careciera de alma en lugar del animal, en vista de su debilidad en tantos m om entos de la vida: com párese tam bién el índice de m ortalidad al iniciarse la especie con el nivel d e supervivencia alcanzado por los dem ás ani­ males, en efecto muy superior. Estas y otras razones son las que aduce La M ettrie fren te a observaciones de Descartes com o la siguiente: «Y o sé perfectam ente que los animales hacen muchas cosas m ejor que nosotros, pero no m e sorprende; pues esto mismo sirve para dem ostrar que ellos actúan naturalmente y por resortes, al igual que un reloj, el cual muestra m ucho m ejor la hora que es d e lo que nuestro entendi­ miento nos enseña» 36. Com o ya se ha mencionado, el dilem a d e D escartes es, que si los animales pensaran com o nosotros, tendrían un alma razonable e intelectiva y, por consiguiente, inmortal, lo que «no es verosímil, porque no hay razón para creerlo d e todos los animales y algunos de ellos son dem asiado im perfectos para poder creerlo, com o es el caso de las ostras, las esponjas, e t c .» 37. La respuesta de La M ettrie a esta última aserción se rem ite a los presupuestos siguientes: el alma sólo es una m odificación del 35 L. Rosendfield refiere que, de acuerdo con Adrián Baillet, Descartes había proyectado la doctrina de los «animales-máquina» entre 1619 y 1621, unos quince años antes de publicar sus Meditaciones Metafísicas. 36 Carta al Marqués de Newcastle, desde Egmont, 23-11-1646, 37 Cita extraída de la misma carta.

instinto a través d e la educación, y si ésta se transforma es m erced a la disposición de nuestros órganos querida por la itaturaleza. Se­ gún lo que la experiencia nos enseña, lo que en los animales se considera el instinto, sería la razón en el hom bre. E l alma se puede m anifestar pues com o instinto y com o razón, y en tal caso no es posible descartar un alma en los animales: así, el instinto se hace corresponder con la misma alma razonable o no, en estado bruto, y el alma, respectivam ente, con el mismo instinto m odificado. Otras distinciones llevadas a cabo por Descartes, insistiendo en el principio d e diferenciación entre hom bres y animales, no dejan tam poco d e ser rebatidas. L a más aducida es quizá la del lenguaje, cuya propiedad d eb e atribuirse según éste a lo humano, porque el lenguaje supone la actividad del pensam iento y una capacidad que sólo puede ejercer el alma razonable. Pero, para La M ettrie, los animales tienen tam bién su lenguaje, su m odo de expresarse, tan legítim o com o el nuestro, p ese a que no podam os entenderlo. Los «animales más qu e máquinas» son el reverso de los «ani­ males máquina» de Descartes, por concedérseles un instinto que es el equivalente del alma que se atribuye al hom bre. Son más que máquinas en la m edida en que así se p u ede superar el inconveniente que separa a hom bres y animales. La M ettrie niega prim ero al hom ­ bre un alma distinta d el instinto, y si a tal instinto se d a en lla­ marle alma, ésta ejerce la misma función en los hom bres y en los anim ales; de m odo que estos últimos sólo serán máquinas con la condición de que el hom bre también lo sea. ¡Adiós a esta alma concebida desde axiomas universales, prin­ cipio espiritual, inmaterial e inmortal, escindida en una parte supe­ rior razonable d e la que emana la voluntad, y en otra inferior, sen­ sitiva, a la que corresponden los apetitos! Para siem pre borrada esta alma localizada en una pequeña glándula pineal situada en mitad del cerebro, d e don de irradia a todo el cuerpo a través de los espíritus animales que circidan por los nervios y la san g re3S. El «H om bre-m áquina», el «hom bre-planta», los «animales más que máquinas», todos ellos reminiscencias cartesianas, variaciones de los «animales-máquina» de Descartes, se vuelven contra el sistem a car­ tesiano y la aplicación d e sus categorías diferenciadoras. Para Descartes, el funcionam iento m ecánico del organismo ani­ mal sólo servía para ilustrar el del hom bre, y, a m odo de corolario, distinguir a éste p or aquellas facultades correspondientes al enten­ 38 Esta descripción corresponde a la que se hace en Les Passions de l’dme de Descartes.

dim iento, y de las que el animal está desprovisto. En prim er lugar, de ahí se extraía la noción d e alma, a la vez estrecham ente vinculada con la única certidum bre universal que es D ios, para después ad­ mitir en el hom bre la coexistencia d e dos principios opuestos que se distinguen claramente en sus funciones. Cada expresión, mani­ festación visible o perceptible por cualquier sentido, cada m ovi­ miento, tiene su origen en el alma o el cuerpo. A quellos fenóm enos que no se crean explicables por la fisiología, según este sistema, sólo podían provenir de un principio insustancial; lo que el cuerpo no puede, encontraba su razón d e ser en el alma, cuya esencia se define por oposición al cuerpo, y com o reflejo d e la imagen de Dios, que ésta perfectam ente atisbada y desde las constataciones más ínfimas, com o el «pensar». Pero La M ettrie opone el siguiente principio: «No se puede empezar a filosofar oponiendo m etafísicam ente un alma espiritual y un cuerpo material. Lo que nos es dado com o un hecho es la unidad de un cuerpo orgánico para sentir, actuar y pensar» 39. De este presupuesto arranca toda su filosofía. Hasta aquí se ha intentando esbozar en líneas generales el pen­ samiento d e La M ettrie, del autor del Hombre-máquina, del Hom­ bre-planta y d e los Animales más que máquinas, pero todavía queda esta Venus Metafísica, en la que persigue una nueva solución al problem a del origen d e las almas. E l principal objeto d e este texto es dem ostrar la propagación de las almas, com o efecto d e un hecho fisiológico. De este m odo se evita la incursión en enigmas irresolubles al interrogarse sobre su procedencia. La M ettrie da com ienzo a su disertación partiendo d e la polém ica entre «creacionistas» y «traduccionistas» 40, con el ánimo d e dilucidar lo que pretenden estos sistemas y refutarlos, sin olvidar por eso a los leibnizianos, a los que no excluye de su crítica. De nuevo los descubrim ientos anatóm icos vienen en su apoyo, en la m edida en que éstos ya perm iten explicar la generación y la transmisión d e los caracteres d e padre y m adre a través del coito, y entonces, ¿por qué negar pues la propagación de las almas m e­ diante el mismo sistem a? Si el alma es transmitida a través de los 39 Cita extraída de El Hombre-máquina. 40 Nicolás Hartsoeker (1656-1725) comprobó la presencia de numerosos animálculos en el líquido espermático, y el resultado fue una nueva doctrina sobre la generación. Amigo y enemigo de Leuwenhoek, Descartes, Leibniz y Newton. Antonio Leuwenhoek (1632-1723) descubrió la circulación de la sangre y glóbulos sanguíneos en la cola de ios renacuajos, así como hizo otros descubrimientos en el dominio de la botánica. E l primero de estos autores aparece citado en el Hombre-máquina, y el otro en el Hombre-planta.

animálculos descubiertos en el sem en por H artsoeker y Lewenh o e c k 41, aquélla tiene ya una razón material, pero sólo puede existir hipotéticam ente, p or cuanto para cerciorarse de su existencia, debería ser vista a través d el m icroscopio. D e ahí que defienda a los traducianistas contra los creacionistas y leibnicianos, por cuanto los pri?neros sostienen que las almas humanas no son creadas d e un m odo inm ediato p or Dios en un deter­ minado m om ento, sino qu e el alma espiritual se transmite a los hijos por la acción d e los padres en el proceso de la generación. La única diferencia es que La M ettrie disiente respecto a la naturaleza d e este alma de los traducianistas, evitando así la contradicción en que aquéllos se sum en: d e ser esta alma espiritual, se plantea a su vez el problem a de la preexistencia y d e la emanación de las ahnas. La M ettrie insiste en p robar el alma material, o lo qu e es igual, la ausencia d e alma espiritual, a través d e una explicación mecani­ cista acerca d e su origen, que por último es el único capaz de decidir su existencia. Se trata, en definitiva, d e hacer observar la im posibilidad en sí misma d e un alma que no sea material, cuya existencia a su vez tam poco parece más dem ostrada. El alma no puede ser principio d e m ovim iento ni ser infundida por otro ser, Dios, si se ha dem ostrado d e antemano que ella no interviene en ninguno de nuestros procesos orgánicos — tal com o éstos nos son descritos por la anatom ía y la medicina— , ni siquiera en actividades com o sentir y pensar, explicables por otras causas que la experiencia sensible nos puede hacer ver. E l alma del H om bre-m áquina, a la que La M ettrie dedicó su prim era obra filosófica, sigue siendo objeto de estudio en esta última, que fu e publicada tras su ?nuerte. Esta alma sólo se funda en aquello que la experiencia nos perm ite observar, «rebajando así a la m etafísica de su quim érica nobleza», com o dice en cierta oca­ sión, y ha d e entenderse com o uno d e los resortes de nuestra má­ quina, dependiente d e todos los demás. La coherencia de sus prin­ cipios nos hace ver este escrito postum o com o un epílogo a esta gran historia del alma, o historia del hom bre en que se puede cifrar su obra toda. L a Venus Metafísica se ha querido considerar tam bién com o una 41 Los creacionistas afirman que el alma humana es creada de inmediato por Dios, el cual la infunde con la vida en cada ser humano. Los Traducia­ nistas, por el contrario, creen que el alma espiritual se transmite de padres a hijos en el proceso de la generación. Y, por último, los leibnicianos siguen la tradición Agustiniana que incorporan a la Monadología de Leibniz, En notas a la Venus Metafísica se hace una referencia más amplia a estos sis­ temas.

réplica a la Venus física de Maupertuis. Pero lo más p robable es que ésta fuera una fuente d e inspiración antes que objeto de crítica. M aupertuis introduce su ensayo con las siguientes palabras: «Sin las luces de la religión, por cuanto se refiere a nuestro ser, este tiem po en el que nosotros no hem os vivido y en el que dejarem os de vivir, son dos abis7nos im penetrables, cuyas tinieblas ni los grandes filósofos ni el vulgo han p odido atravesar. N o voy pues a tratar estas cuestiones m etafísicam ente, sino en tanto que anatomista. Unica­ m ente trataré de daros a conocer el origen de vuestro cuerpo y los diferentes estados por los que habéis pasado antes d e hallaros en el estado en que os encontráis»42. ¿No son éstas, prem isas que La M ettrie com parte? Si com pa­ ramos los procederes d e am bos autores, no hay inconveniente en hablar de una continuidad entre sus respectivos textos. Su punto de partida común es la ciencia, que M aupertuis aplica al estudio de los diferentes sistemas sobre la generación, mientras La M ettrie la em plea para abordar la polém ica relativa a la transmisión de las almas según el sistem a d e creacionistas, leibnicianos y traducianistas. Si bien en la Venus Metafísica predom ina la ironía, porque La M ettrie ya ha definido con anterioridad su postura frente a la natu­ raleza y la esencia d e esa alma.

III

No sin m otivo se afirm a a menudo que el objeto prim ordial de toda filosofía materialista es la proclam ación d e una ética hedonista, aunque sea injusto e irritante que en ocasiones eso sirva de pretexto para celebrar la vulnerabilidad d e un sistema filosófico o incluso para ignorarlo. Ello ha ocurrido con La M ettrie, del cual se dice en un diccio­ nario bibliográfico del siglo X IX 43, que «había atacado los funda­ m entos d e toda creencia en su Tratado del alma», calificando a continuación al Hombre-máquina d e «producto infame, donde la doctrina desoladora del m aterialism o se expone sin orden ni con­ 42 Cita extraída de La Venus física de Maupertuis, en la edición de La Haya de 1756. 43 Este diccionario biográfico es la Biographie Uniperselle, A nden et Mo-

derne ou Histoire par ordre alphabétique de la vie publique et privée de tous les hommes que se sont fait remarqués par leurs écrits, leurs actions, leurs talents, leurs vertus ou leurs crimes. M. Michaud, Paris, 1843, T . 28.

cierto». Para más ilustración, tras anunciarse que L a M ettrie fue juzgado severam ente, incluso por aquellos que se creta partidarios suyos, se agregan algunas opiniones procedentes de fuentes diversas, tales com o la de D ’Argens, el cual dice que sus «razonamientos son falsos, inconsecuentes y d e u?i fren ético», y D iderot que lo pinta com o «un autor sin juicio, cuya frivolidad espiritual se reconoce en lo que dice, al igual que la corrupción d e su corazón en lo que no se atreve a decir; cuyos sofism as groseros, sino peligrosos por la ale­ gría con que los sazona, denuncian a un escritor que no tiene las primeras ideas de los verdaderos fundam entos d e la m oral... cuyo caos d e razón y extravagancia no pueden m irarse sin a sco ... cuya ca­ beza está tan perturbada y cuyas ideas se encuentran tan deshilva­ nadas que, en la misma página una aserción sensata se contradice con una aserción loca, y una aserción loca con una aserción sensata» 44. Y después d e mencionar sus obras, el mismo diccionario rem ata la conclusión con otra cita d e D ’Argens: «Todas estas obras son las de un hom bre, cuya locura aparece en cada pensam iento y cuyo estilo dem uestra la em briaguez de su alm a; es el vicio que se ex­ plica mediante la voz d e la dem encia: L a M ettrie estaba loco al pie de la letra» 45. Esta agresividad condena la ética que deriva d el materialismo proclam ado por La M ettrie, el cual dice negligentem ente: «Yo soy máquina, todo cuerpo, todo materia, un episodio inútil, una muestra d e ostentación y d e orgidlo, y luego dedica casi m edia parte de su obra filosófica a la defensa d e una moral epicúrea o, en otros términos, d e una práctica acorde con el materialism o que postula. E l Anti-Séneca o Discurso sobre la felicidad, el Sistema de Epicuro, la Voluptuosidad y el Arte de gozar hacen una apología d e las pasiones, del goce y d el placer, com o por lo general se estila en todos los representantes de esta corriente materialista que se desarrolla a lo largo del siglo X V III.» Una m oral epicúrea era inherente al advenim iento d e la toleran­ cia y resultado de la d oble crisis política y religiosa encarnada en el declive d e las monarquías absolutistas d e derecho divino, desde el período que Paul Hazard caracteriza com o la crisis de la conciencia europea y ubica entre 1680 y 1715. Sin em bargo, en el siglo X V II subsiste una corriente neo-epi­ cúrea de origen renacentista, al igual que se ve pervivir el estoicism o y otras form as del hum anism o. Entre sus representantes, se cuenta 44 Diderot, en Régnes de Claude et de Néron. 45 D ’Argens, en Traduction d ’ocellus Lucanus, Berlín, 1762.

a Berigard, Juan Magnien con Democritus redivivus, y Pierre Gass e n d i46 con su obra principal Syntagma philosophiae Epicuri; si bien este último j.unto a sus discípulos es el único neo-epicúreo en toda la extensión del término. Gassendi, p or una parte, expone la nueva teoría filosófica del mundo físico, que ha p odido considerarse com o la base ontológica d e la ciencia mecanicista moderna. Por otra, funda el conocim iento y la explicación d e las apariencias en una doctrina sensualista, para lo cual aprovecha elem entos básicos del atom ism o de Epicuro. Pero, con todo, y p ese a adoptar y defender la doctrina epicúrea sobre los criterios de verdad, orígenes de las ideas d e bien y placer, silencia su adhesión cuando la defensa a ultranza del epicureism o com prom ete el dogm a. Su doctrina se sujeta finalm ente a esta pre-noción fundam ental que es D ios, y que explica la estructura y el orden del universo. En esta trayectoria, y con tales antecedentes, se sitúa la reno­ vación del epicureismo que, sobre otras bases (el progreso económ ico, la agitación social, la fe en el hom bre), se proyecta hacia el si­ glo X V III. La m oral epicúrea, m oral que asocia el bien y la feli­ cidad, se difunde y se intenta practicar en una sociedad que vive el presente inm ediato, quedando en definitiva absorbida por el ya citado éxito d e la razón y el optim ism o inherente al progreso. Deís­ tas y ateos todos la reclaman d e form a más o m enos explícita, com o norm a d e conducta, com o actitud fren te a la vida. La tradición del libertinaje en F ran cia47 da buen ejem plo de ello, de la práctica hedonista y epicúrea que interviene m odificando las costum bres no sin escándalo, creando una tendencia colectiva hacia la felicidad terrena, desvaneciendo el tem or al castigo divino de la otra vida; y ese proceso d e laicización se afianza en todos los terrenos cotidianos. E l epicureism o se renueva fundam entalm ente en cuanto doctrina moral m ediante la práctica, asociándose a partir 46 Pierre Gassendi (1592-1655). Por una parte escribía contra los Esco­ lásticos en sus Exercitationes adversus Aristóteles y, por otra, en sus Dissertationes anticartesianae (1643) atacaba la filosofía de Descartes, rechazando su teoría mecanicista como solución cosmológica, pues además del movimiento atribuía a sus átomos fuerza y sensibilidad. El título completo de la obra que aquí se menciona es: Syntagma philosophiae Epicuri cum refutatione dogmatum quae contra fidem christianorum ab eo arreste sunt (1649). 47 La tradición del libertinaje se inicia en Francia por el mero hecho de que es en este país donde se acuña el término «libertin» en el siglo xvr, pasando luego a Inglaterra, como «libertine». Su uso se remonta a esta época porque así se empezó a designar a Montaigne, Charron, y en general a todo el movi­ miento escéptico y pirrónico. Pero, sí el término en un principio se atribuía a los «libertins d’esprit», más tarde adquiriría diversas significaciones confun­ diendo por decirlo de algún modo al citado «libertin d’esprit» o librepensador con el «libertin de la débauche» o libertino en la práctica.

de entonces con el im pulso que adquiere el pathos regenerador que caracteriza la exaltación d e la Razón. E l Anti-Séneca y el Sistema de Epicuro, que se hallan incluidos en la presente selección, pretenden ser sistem as d e moral práctica para el H om bre-m áquina, el cual, recíprocam ente, sólo puede ser concebido en el seno d e las costum bres que favorece una ética hedonista. La m oral que se d efien d e es la llamada m oral natural o una interpretación de ésta, fundada asimismo en una concepción de la naturaleza que deriva del determ inism o intrínseco a la filosofía que le sirve d e soporte. Esta, p or lo tanto, se corresponde con la invo­ cada ley natural, la cual es la misma para unos y otros. La naturaleza nos ha creado a todos iguales, según demuestran el «H om bre-m áquina», el «H om bre-planta» y los «animales más que máquinas». Y si no se condena el com portam iento de los ani­ males, ¿quién puede autorizarnos a censurar el d el hom bre? La M ettrie parte del siguiente principio: la ley natural sólo es un sen­ tim iento íntimo, que sigue perteneciendo a la imaginación, com o todos los dem ás, entre los que se encuentra el pensamiento. Por consiguiente, aquélla no supone evidentem ente ni educación, ni reve­ lación, ni legislador, a m enos que se quiera confundir con las leyes civiles, al m odo ridículo de los teólogos. D e ahí que tam bién sea vano detenerse a examinar la problem ática del bien y d el mal moral, cuando uno y otro se hallan en estrecha dependencia de la confor­ mación de nuestros organismos. Ensalzar este hedonism o que al­ gunos antiguos aconsejaron tan sabiam ente — ocasión para ellos a su vez de templanza y dom inio de sí mismo— es pues la conse­ cuencia natural de esta propuesta para un ateísm o integral o para una República d e ateos. Se nos persuade de que nada es, todo pasa, todo perece. ¿De qué sirve preguntarse por la esencia última d e las cosas, cuando no lograríamos ser más felices sabiéndolo? Estas palabras prece­ derían el fin que persigue su crítica d e los rem ordim ientos. Estos para La M ettrie únicamente traducen el sentim iento de culpabilidad que se encuentra en el origen de la civilización cristiana, y cuyo arraigo es la causa d e todos los males que experim enta la sociedad. Com o La M ettrie, el mismo N ietzsche insistiría en el peligro de hacer del pecado lo esencial d e nuestra existencia, y un filó sofo d e nuestros d ía s 48, decía recientem ente que «el hom bre del rem ordim iento no

48 Se trata de Jean Lacroix, el cual hace este comentario a propósito de un libro suyo: Philosophie de la culpabilité, en un artículo «Christianisme et derive pathologique», en «Le Monde», 5-1-1979.

tiene otro futuro que su pasado, el cual se alza com o un muro que im pide toda salida». ¿Cóm o destruir esta culpabilidad que a m enudo interpreta una lucha interior contra todo d eseo y todo goce, y la conciencia de un conflicto moral? De ahí sigue la crítica que tiene por objeto minar los prejuicios, sea cual sea la form a bajo la que éstos aparez­ can disfrazados. La M ettrie, junto con V oltaire — el cual hace decir a uno de los personajes d e sus com edias que «los prejuicios son los reyes del vulgo» — 49 se instala en el centro de esta reacción generalizada del siglo X V III contra la m oral cristiana, la cual en­ salza el dolor, com o fuente d e expiación para alcanzar la felicidad en la otra vida. T odos los m edios se considerarían útiles, con tal de que se impulsé al género humano en p os d e su libertad y de la satisfacción de toda clase d e inclinaciones, pasiones, deseos, sin bus­ car otra justificación que el placer mismo. Si el alma es mortal, ¿cóm o no gozar en el presente? Toda acción se quiere buena con tal de que su objeto sea la consecución d e placer, lo que implica subordinar cualquier acción o actitud al goce. Para La M ettrie, esta dichosa consecuencia extraída de su filosofía parece bastar para co ­ rroborar su validez. La abundancia abre nuevos horizontes, marca nuevas pautas de vida, que preside el llam ado bonheur. Su defen sa se hace posible en virtud d e la Ilusión creada por el progreso, la creciente prospe­ ridad económ ica, el mismo radicalismo en que aparecen las contra­ dicciones de la sociedad ilustrada. Pero no se olvide que este bonheur, prescrito por una moral hedonista, aparece com o la nega­ ción de la acumulación del trabajo, oponiéndose a la productividad en un sistem a social que castiga el ocio. En últim o término es con­ trario al bienestar en pos del que lucha la burguesía ascendente, la cual se apresura a condenar esta contradicción. El placer y el mal seguirán aún identificándose en el seno d e esta sociedad emanci­ pada, racional, positivista, que encerrará a los libertinos en sus cár­ celes, cuando le parezca que éstos atacan sus nuevas instituciones, la m oral del trabajo, y en definitiva las bases del progreso. Para com ­ prender este fenóm eno, se puede establecer un paralelism o con los países protestantes, principalm ente anglosajones, donde la eficacia y falta de m oralidad en función d e su enriquecim iento había fo ­ mentado ya otro puritanismo, otra m oralidad contra el ocio. P ero eso es algo que L a M ettrie todavía no podía vislumbrar en su tiem po, porqu e su defensa de la felicidad y relajación de costum bres 49 En Le Fanaíisme, Act. I I , Esc. 4.

je asocia dem asiado estrecham ente con sus anatemas contra la reli­ gión cristiana, sus teólogos y sus moralistas, olvidando otros aspec­ tos no m enos esenciales aunque sí m enos manifiestos. Por el instante, su ?noral epicúrea, que es una interpretación personal de la llamada m oral natural, refleja una noción de la natu­ raleza que ya deja d e ser extraña, en la m edida en que el hom bre ha probado que pu ede dominarla. Ello no im pide deificar la Na­ turaleza, pero al servicio d e una materialización del universo abstracto que se creía construido y m ovido por la mano d e Dios. E l último consejo que se nos ofrece es la adopción de una moral epicúrea fren te a la vida, y corolariam ente d e un paciente estoicism o en la hora de la muerte, en un caso para alcanzar la felicidad, y en el otro, com o rem edio contra toda fuente d e tem or e inquietud. Cuántas veces verem os repetir a La M ettrie estas palabras de M on­ taigne: «si yo tuviera que volver a vivir, viviría com o he vivido; no lam ento m i pasado, ni tem o el futuro» 50. La carta que La M ettrie escribe con m otivo de la m uerte de su hijo, nos da una dim ensión más del filósofo materialista acusado de ser un loco y d e proclam ar un sistem a inoperante. ¿Por qué no iba a ser humano por considerarse una máquina, en la que todos los m ovim ientos son efectos d e causas m ecánicas? Dirá así: «¡Tengo el corazón cien veces más tierno d e lo que tengo el espíritu filó ­ s o fo !... M e hallo en la desesperación: todavía no he llorado, no pu edo; m e he pasado la noche en una angustia inexpresable, y tengo más de un puñal clavado en el corazón ( ...) ¡Ay! qué d ébil es toda mi filosofía ante una pérdida tan grande, y para contener el torrente d e ■lágrimas que se deslizan ahora de mis ojos ( ...) . D ios m e ha castigado tam bién, por haberm e abandonado a una vanidad loca, a estos humos de la reputación, que tan pocos hom bres merecen, y por haberlo sacrificado todo, mujer, hijos, familia, amigos, patria, a una gloria quim érica d e autor que, mientras viva, no gozaré ni la mitad». Estas palabras nos confirman la imagen de carne y hueso d e su hombre-m áquina, en la que él se encarna, com o escribe bro­ m eando a la Srta. A. C. P. 51; muy lejos de probársenos una con­ tradicción flagrante entre su teoría y su práctica, com o a algunos gustaría ver en ello.

50 Montaigne, L. I I I , cap. I I de los Essais. 51 La Epístola a la Srta. A. C. P. se halla incluida en la presente se­ lección.

Con todo lo dicho anteriorm ente, La M ettrie queda situado en el principio d e una nueva E poca, que conserva, sin lugar a dudas, sus parentescos y filiaciones con el cartesianismo y racionalismo cartesiano d e un siglo, que se identifica con la rigidez de las normas inspiradas en el clasicism o; a la vez que entronca con el empirismo im portado de Inglaterra, producto que form a parte d el incremento del com ercio entre am bos países. E l m ovim iento de las ideas se am plía con la irrupción de nuevas corrientes qu e vienen d e fuera, y por la aceleración d el intercam bio cultural que tiene lugar entre Inglaterra, Francia, H olanda y A le­ mania, aunque esta última en m enor medida, por hallarse en un período más receptivo. En esta efervescencia y ebullición de aconteceres, con el subsiguiente relativism o que trae consigo la nueva m ovilidad social, debida tam bién a la m ejora de los m edios de trans­ porte y d e comunicación en general, La M ettrie introduce una manera d e filosofar basada en un saber práctico o saber experim en­ tal, que así se vincula estrecham ente a las tendencias que se des­ arrollan en este espacio histórico-cidtural concreto d el siglo X V III. La M ettrie no fu e el M aestro d e ninguna Escuela, ni lo preten­ d ió tam poco; sus seguidores o continuadores son aquellos que parti­ cipan d e la tradición materialista que instituye, pese a que la mayoría d e ellos lo hagan d e un m odo inconsciente, no lo reconoz­ can explícitam ente, e incluso pretendan ig n orarlo52. L o que avala su influencia y la difusión d e sus teorías materialistas es el número d e ediciones d e sus Obras filosóficas entre 1751 y 1796. Su pro­ yección en la Europa pensante d e entonces no se limita a dispersarse aquí y allá de un m odo genérico en las actitudes racionalistas que se imponen, sino que ésta encuentra su expresión clara y manifiesta en los escritos y en los sistemas filosóficos d e autores com o Con­ dillac, D iderot, H elvétius y D 'Holbach. Ello es fácil de afirmar, com o evidente es que no interviene en la corriente sentimental-espiritualista que encabeza Rousseau. Que las fuentes de estos autores citados no deriven directam ente de La M ettrie, no puede sorprender, porqu e las fuentes prim or­ diales d e la Ilustración son el cartesianismo y el salto que da el Em pirism o con respecto a aquella corriente d e pensam iento cuyo 52 De esta actitud de los contemporáneos de La Mettrie da relación Nerée Quépat, el cual aporta abundantes testimonios agresivos contra este autor: Essai sur La Mettrie, sa vie et ses oeuvres, Paris, 1873.

objetivo — la eliminación radical d e tres sistemas en posesión de las Escuelas: el misticismo o filosofía religiosa, el aristotelism o o filosofía escolástica, y el tradicionalism o o doctrina filosófica basada en la autoridad— , ya se da por superado. Dicho de otro m odo, del cartesianismo y del em pirism o en form a d e dilem a nace esta gene­ ración que se caracteriza p or el horror al llam ado Espíritu de sis­ tema, mientras prodiga su admiración por la tradición empirista inglesa. Esta última se presentaba entonces com o la única alter­ nativa válida para el saber filosófico, com o la clave de todo un pasado a interpretar y d e toda una concepción d e la naturaleza, que ya em pezaba a surgir en el períod o d e transición de un siglo a otro, y cuyos protagonistas más avanzados (sin contar con todos los pan­ fleto s anónim os que se publicaban en H olanda y se hacían circular clandestinam ente en Francia), Bayle, Forttenelle, incluso Spinoza, trataban de derribar un viejo mundo y buscar el nuevo m odelo de humanidad para el futuro. Pero, en un espacio y un tiem po que ya era revolucionario antes d e esta Revolución qu e se representa en el teatro d e tensiones sociales que estallan en 1789. Com o dice Leibniz, Fínis saeculi, novam rerum faciem aperuit53 al acabar el siglo un nuevo orden de cosas apareció. Era de esperar una réplica y una alternativa a aquel universo cerrado, perfectam en­ te ajustado por un sistem a que se creía incontestable, el cartesia­ nismo. ¿Qué evolución era previsible para el saber filosófico, si no claudicaba en prim er lugar respecto a las hipótesis y axiomas esta­ blecidos com o verdades universales, y sin estar fundados más que en una ciencia especidativa, las matemáticas, y sin ningún funda­ mento en la realidad? E llo im plicaba un retroceso para volver a describir el ejercicio del conocim iento y sus operaciones, lo que llevan a cabo Newton y L o ck e en el terreno d e las ciencias y en el de la experiencia del conocim iento, respectivam ente. Era el propio progreso d e las ciencias el que reclam aba una adecuación de la filosofía a la nueva realidad con la que debía enfrentarse, dejando ver que con su alejam iento, y perm aneciendo en el dom inio de la especulación, habría llegado a extinguirse. De ahí que La M ettrie se pregunte cóm o filosofar si no se aparta a la filosofía d e la m eta­ física y d e la teología; el grito de guerra d e aquellos «nuevos filó ­ sofos» 54 entre los que él se incluye, se dirige contra tales saberes, 53 Esta cita se ha extraído de Paul Hazard, La Crise de la conscience

européenne. 54 Paul Hazard nombra así a los llamados filósofos de la Ilustración. Su mención puede parecer ahora todavía más sugerente, ante el uso de la expre­ sión «Nuevos filósofos», que se hace para designar a ciertos filósofos fran­ ceses actuales.

porque su servilism o para con la religión y los Estados no tiene ya otra viabilidad que legitim ar un poder vacío 55. A firm ar qu e La M ettrie es el precursor del materialism o m o­ derno, y que con él se organiza en sistema por prim era vez en Fran­ cia, com o hace observar Lange en su Historia del materialismo56, queda plenam ente justificado, aunque sólo sea porque su obra ante­ cede la de aquellos autores qu e suelen considerarse propensos al ma­ terialismo. Su Tratado del alma fu e publicado un año antes que el Essai sur les origines des connaissances humaines de Condillac, el cual se publicó en 1746, así com o el resto d e sus obras siguen pre­ cediendo el mismo Traité des sensations (1754) del autor citado, Les pensées sur l ’interprétation de la nature (1754) de Diderot, el Traité de l ’Esprit (1758) d e H elvetius y el Systéme de la nature de D ’H olbach. Tales datos son suficientes para corroborar su anti­ cipación, pese a que el reconocim iento que recibiera de sus contem ­ poráneos fuera más bien hostil y despreciativo, condenándole a una marginación inmerecida. De ordinario, en las vicisitudes del materialismo francés se dis­ tinguen dos tendencias, a las que nada esencial separa por tener un punto de arranque común (L o ck e y las propias tensiones desen­ cadenadas por los herederos directos del cartesianismo: escépticos, ocasionalistas, spinozistas y leibnicianos). Estas tendencias suelen representarse en dos líneas que conducen de Condillac a Helvétius, y d e La M ettrie a D ’H olbach y Cabanis. P or lo que se refiere a Condillac, su filiación con respecto a L o ck e es evidente, pero ¿de quién hacer derivar a D iderot, d e H elvétius o D ’H olbach? Ninguno d e ellos se decide por un materialismo u otro, sus influencias son diversas y en muchos casos difíciles de especificar: lo que hacen es construir sus propios sistemas, con la solidez y vulnerabilidad corres­ pondientes, en los que se proyectan de una form a personal y con una voluntad de contribuir originalmente en un solo proyecto común, el de esta Razón agresiva «que no sólo quería examinar a A ristó­ teles, sino a cualquiera que hubiera pensado, a cualquiera que hu­ biera escrito, pretendiendo hacer tabla rasa d e todos los errores pasados y recom enzar la vida» 57. Una razón a la vez im plorada com o instrum ento, actitud epistem ológica que integra la experiencia, y una norma para la acción social y moral. 35 La denuncia más radical a este propósito se encuentra en el Testamento (17 3-17 5) de Jean Meslier, editado bajo el título de Crítica de la Religión y del Estado, Éd. Península, Barcelona, 1978. 56 Albert-Frederik Lange: Geschichte des Materialismus und Kritik seiner Bedeutung in der Gegenwart, Leipzig, 1866. 57 Paul Hazard, ha Crise de la conscience européenne.

La llamada Razón acoge todas las aspiraciones d e esta Europa pensante, pero interesa d e algún m odo referirse a ciertas manifesta­ ciones particulares en defensa d e la doctrina materialista, tales com o pueden observarse en D iderot y D’H olbach. Es conocida a este respecto la am bigüedad del prim ero, qu e sólo parece disiparse en sus Pensées philosophiques y en su Reve de D ’Alambert58. En cierto pasaje, el sueño en alta voz dice así: «T odos los seres circulan unos en el interior de los otros ( ...) , todo es flujo p erp etu o ..., todo ani­ mal es más o m enos hom bre; todo mineral es más o m enos planta; y vos habláis de individuos, p obres filósofos, dejad de una vez a nuestros individuos ( ...) . No existen. Sólo hay un graii individuo; es el todo». Aquí, por ejem plo, se diría qu e la interpretación de la naturaleza se hace en términos d e un panteísm o spinocista, pero con una inclinación al m aterialismo tan clara com o que La M ettrie hace uso del m ism o relativism o para comparar hom bres, animales, plantas, procediendo de igual m odo a una misma reducción al T odo, a un conjunto mecánico que pone en m ovim iento el Universo. La misma Mlle. de L ’Espinasse sugiere al m édico Borden concebir el organismo humano com o un árbol con sus ramas, y la discusión que se entabla entre ellos, siguiendo la m oda de los Dialogues59, gira en torno a los mism os principios sobre la materia, que esta­ blece La M ettrie. Sin em bargo D 'H olbach, el querido «m aitre d e l'í lo tcl des philosoph cs» ot>, se defin e más afín a la doctrina materialista pro pugnada por La M ettrie, y es incluso más radical que ningún otro ilustrado de su generación. Para él, sólo hay una realidad: la materia orga­ nizada en la naturaleza y poseedora por sí misma d e movim iento, así, com o a su vez los m ovim ientos de la Naturaleza sólo son d ife­ rentes m odos de ser de la materia. Se rem ite sobre todo a la química y a las ciencias de la vida orgánica, y en el dom inio de la física, insiste en que no sólo se d eb e minar el espíritu de sistema de la M etafísica, sino tam bién el d e las matemáticas. Su ateísm o com o el de L a M ettrie es integral, y no ve el deísm o sino com o postura conciliadora d e principios qu e se niegan. El Systéme de la Nature ou les lois du monde physique et du monde moral que publicó e» 1770, 58 La frecuencia de los Diálogos como recurso literario en el queda puesta de manifiesto con los E ntretiens de Fontenelle, los de y Diderot, o los Dialogues de Rousseau. 59 Las Pensées philosophiques datan de 1746, y el Reve de no se publicó hasta 1830. 60 En casa de D ’Holbach (1725-1789), empezaron a reunirse 1750, Diderot, Rousseau, Grimm, L ’abbé Galiani, D ’Alambert y Fue en esos círculos donde surgió la idea de la Enciclopedia.

siglo xv m , D ’Alambert

D ’Alambert a partir de Marmontel.

culmina la trayectoria iniciada por el Tratado del alma, el Hombremáquina y los Animales más que máquinas, mientras Le systéme social y la Politique naturelle (1773) se inspiran en Helvétius. Por otra parte, su Morale universelle61 se podría considerar com o una síntesis del Discurso de la felicidad y el Sistema de Epicuro. Tras él, C aban is62 es el más próxim o a La M ettrie, y el que más influye para reincorporar esta corriente en el pensam iento contem ­ poráneo, m ostrándose partidario d e un estricto sistema ordenado a partir d e las relaciones entre lo físico y lo moral, entre los p ro ­ cesos fisiológicos y actitudes psicológicas. H aciendo abstracción de la Naturaleza y del universo, lo físico y lo psíquico se confugan según él en la unidad del sistem a nervioso y d el cerebro que consti­ tuye su principio; tal es la tem ática qu e aborda en Rapports du physique et du moral de l ’homme, obra en la que expone todo su sistema. Para él, a su vez, no hay más que una ciencia, la del hom ­ bre, y las tres únicas ramas d e esta ciencia son: la filosofía, la psi­ cología y la ética. Cabanis es el precursor inm ediato de la psicofísica y del m onism o m oderno, articulando así el pensam iento de La M ettrie con el de D ’H olbach, por hallar una continuidad en la Es­ cuela que funda. E l Hombre-máquina es una creación d e aquella época, es la interpretación d e un querer ser, com o antaño tantos otros perso­ najes ideales y sim bólicos; d e ese m odelo que se busca en cada época y producto específico d e un proceso d e dem olición y recons­ trucción que llega hasta nuestros días. La suerte d e La M ettrie, tras la recuperación que lleva a cabo Cabanis de toda la filosofía materialista que se desarrolla en el si­ glo X V III, es indisociable e incom patible con la transformación del m edio cultural que tiene lugar a partir de 1800. E ste cam bio viene determ inado por el rechazo d e esta Razón deificada, y por la reac­ ción contra la aridez cultural y social del siglo precedente, que encar­ narán el idealism o y el desencadenam iento del Romanticismo. Otra vez, Id búsqueda d e armonía y la defensa de la individua­ lidad se com binan dando origen a un desbordam iento de tendencias, en su mayoría neo-religiosas, que atacan el racionalismo cartesiano y el ilustrado por un igual. P ero desde su otra Razón, y otro hom bre, que se resiste a aceptar esta sociedad heredada d e una Revolución 61 La Morale universelle data de 1776; D ’Holbach elabora un sistema de moral acorde con la filosofía materialista y atea postulada en el Systéme de

la Nature. 62 Cabanis (1757-1808), médico francés, autor en 1802 de Rapports du physique et du moral de l’homme, y de Lettres sur les causes premieres, en 1824.

sangrienta que guillotina a Louis X IV y a D ios en el mismo instante y con idéntica cuchilla, com o interpreta m etafóricam ente Pierre K lo sso v sk i63. Es por lo dem ás una época restauradora que intentará borrar de su m em oria aquello que la precede, com o causa de todos sus males — basta recordar a este efecto algunas de las Veladas o en­ sayos de Jo sep h de M aistre 64 com o los que tratan d e la Revolución francesa, Bacon, Port-Royal o V oltaire— ; y conservadora social y políticam ente hasta 1848, fech a en que los nuevos antagonismos sociales vuelven a estallar para rom per el nuevo equilibrio que se había querido reinstaurar. La evolución del pensam iento d e M arx 65 es un buen indicio d e este cam bio que vuelve a producirse a m ediados d e siglo, después de 1789. E l autor de los Manuscritos filosóficos, d e la Ideología alemana y la Sagrada Familia se radicaliza en el 48, con la redacción del Manifiesto comunista, a la par que su teoría del m aterialismo histórico encuentra una base social, propicia para su desarrollo en la práctica. Pero, ya en la Sagrada Familia, el teorizador de este nuevo ma­ terialismo, em pieza por rescatar la tradición d el m aterialismo fran­ cés, explicando la interrelación existente entre la vida real o natu­ raleza práctica de la sociedad en la qu e nace, y las corrientes de pensam iento que la posibilitan. En esta obra, analizando la sociedad ilustrada, la d efin e por su práctica anti-teológica, anti-metafísica y materialista, y agrega que ésta exigía a su vez teorías igualmente 63 En Sade, mon prochain. 64 Joseph de Maistre (1753-1821), embajador de Cerdeña en la corte de San Petersburgo. Cabe mencionar de sus obras: Etudes sur la souveraineté (1794-1797), Considérations sur Vhistoire de Trance (1797), Les soirées de

Saint Pétersbourg ou Entretien sur le gouvernement temporel et la providence (1806), Essai sur la philosophie de Bacon (1815), De L ’Eglise gallicane (1821), Du Pape (1821). Este autor es la encamación de la reacción extremista de finales del siglo x v m y principios del x ix contra el siglo de la Razón. Véase en algunos de sus pasajes, como el siguiente sobre Bacon: «habiendo hablado de todo, se ha equivocado en todo. Se equivoca cuando afirma; se equivoca cuando niega, se equivoca cuando duda; se equivoca de todas las maneras que es posible equivocarse ( ...). Su filosofía es enteramente negativa y sólo sueña en contradecir ( .. .) y así termina por contradecirse a sí mismo sin darse cuenta». O sobre el siglo x v m : «Como nunca el sublime destino del espíritu se contradijo de forma más general y más directa que en el siglo x v i i i , no debe sorprendernos que todos los talentos se hayan quedado por así decir por debajo de ellos mismos». O sobre la Revolución francesa: «lo que hace de ella un acontecimiento único ( ...) es que desencadenó el mayor grado de corrupción conocido» (Essai sur la philosophie de Bacon). 65 Acerca de Marx se podía dar una referencia más amplia, pero aquí no se pretendía otra cosa que aludir a la perspectiva desde la que teoriza sobre la tradición materialista a la que pertenece.

anti-teológicas, anti-metafísicas y materialistas. Es ahí donde encuen­ tra los antecedentes más inm ediatos d e un m aterialism o esencial­ m ente hegeliano, tem poral e histórico; por este m otivo, devuelve a la corriente em pirista inglesa todo su valor, com o base de la filo ­ sofía materialista que se desarrolla posteriorm en te. ¿Por qué con­ cluye que los franceses civilizaron el materialismo, si no en la m edi­ da en que ciertam ente el m aterialismo filosófico en su versión deísta o atea estuvo entretejida con una práctica real? Tenem os el ejem plo del Hombre-máquina y su m oral epicúrea o la proyección socio-po­ lítica de H elvétius, que para Marx radica en la prescripción de la igualdad natural d e la inteligencia humana, y la unidad del pro­ greso y d e la industria. Con él, la tradición m aterialista francesa que inicia La M ettrie queda absorbida p or el saber histórico-filosófico de raíz hegeliana y la práctica política, cuyo alcance ha sido tal vez la m ejor garantía para su supervivencia, cualquiera que sea el sen­ tido en que se haya querido interpretar. Así, cuando el hom bre del siglo X X apenas recuerda el si­ glo X V III, y cree por tanto que no existe relación alguna entre una y otra época, olvida todo un m ovim iento d e ideas que desem ­ boca en una Revolución, presente todavía en el inconsciente colec­ tivo, y quiere ignorar que ese H om bre-m áquina es el autómata de Kranzenstein 66, es el hom bre d e Frankenstein, es el hoinbre de las multitudes de P oe, es el hom bre d e la calle, y que ese hom bre-m á­ quina en definitiva es él mismo. 66 E l autómata citado era una máquina parlante que pronunciaba las cinco vocales (Journal de physique, X X I , 1782). Su autor, Christían Cottlies Kratzenstein (1723-1795), físico y matemático alemán, ejerció la medicina y enseñó física en Rusia (1746-1753), y más tarde fue profesor de medicina en Co­ penhague. La única obra que pudo conocer La Mettrie es la Théorie de l’élévation des vapeurs, publicada en francés y alemán en 1745. Se hizo célebre también por sus estudios acerca del empleo de la electricidad en medicina. La Mettrie lo cita con cierta insistencia en La 'Venus Metafísica.

CRONOLOGIA

1709 Nace en Saint-Málo el 25 de diciembre, hijo del Sr. de La Mettrie y de Marie Gaudron, pertenecientes a una burguesía comer­ ciante en el ramo de la industria textil. M ettrie es el nombre de una tierra identificable entre los numerosos Mettrie de los alrede­ dores de Saint-Málo. Hizo sus primeros estudios de humanidades en los colegios de Caen y Coutance. Posteriormente, ingresó en el colegio de Plessis (París), donde prosiguió su formación bajo la dirección del abate Cordier, famoso jansenista en dicha época.

1725-1726 Ingresó en el Colegio de Harcourt (París) para estudiar filo­ sofía y ciencias naturales.

1727 Abandonó el colegio mencionado, cuando, según se cree, Diderot iba a ingresar en él. E l Sr. Hunault, médico de Saint-Málo, le acon­ sejó la carrera de medicina, y persuadió a los padres para que no le destinaran al estado eclesiástico.

Inició los estudios de anatomía en Reims, prosiguiéndolos en París, donde permaneció durante cinco años.

1733 En marzo fue licenciado en medicina, y en mayo nombrado doctor. A finales de año, viajó a Leiden para llevar a cabo las prác­ ticas de mediana con el célebre Boerhaave, cuyas obras tradujo del latín al francés, incluyendo algunos resúmenes y comentarios.

1734 Sigue en Leiden. Publica el Essai du feu (trad. de Boerhaave). Escribe su primera obra personal: Traité du vertige.

1735 Regresa a Saint-MSlo, donde ejerció la medicina hasta 1742. Publica el Systéme d e M. Hermann B oerhaave sur les fnaladies vénériennes (traducción), con notas y una disertación del traductor sobre el origen, la naturaleza y cura de estas enfermedades. Aparece tam­ bién la E pistdaris de Vertigine dissertatio auctore Juliano de La M ettrie, doctore m édico.

1737 Publica la Description d ’une catalepsie hystérique con la Lettre á Mr. Astruc.

1738 Publica las M ém oires sur la dyssentérie. Muere Boerhaave.

Se casa con la viuda Marie Louise Droneau, de la que tuvo dos hijos. Publica las siguientes traducciones de Boerhaave: Traité d e la matiére m édicale pour servir a la com position des rem edes indiqués dans les aphorism es; les aphorism es sur la connaisance et la cure des m aladies; las lnstitutions de médicine. Asimismo publi­ ca una obra suya: N ouveau traité des m aladies vénériennes.

1740 Ejerce como médico en el Hospital general de Saint-Servan, donde curó a numerosos disentéricos, y en el Hotel Dieu de SaintMálo. Publica en Amsterdam: Essai sur l’esprit et les beaux esprits (ensayo de crítica literaria); y el Traité d e la p etite vérole avec la maniere de guérir cette m aladie suivant les principes de M. H. Boerhaave et ceux des plus hábiles d e nos médecins.

1741 Nace su primera hija. El C holera m orbus a las fiebres malignas, atacó a gran número Bretaña. El mismo La Mettrie fue víctima de en París el A brégé d e la théorie chim ique d e la teorías de Boerhaave.

que había sucedido de la población de la epidemia. Publica terre, extraído de las

1742 La Mettrie va a París con motivo de la muerte del Sr. Hunault, su ex-maestro, y consigue un puesto al servicio del Conde de Grammont, recibiendo el nombramiento de «Chirurgien aux gardes franyaises».

1743 Asiste a la batalla de Dettinge el 27 de junio, y publica en París sus O bservations de m édicine pratique, donde resume sus experiencias en Leiden.

Participó en el asedio de Friburgo y estuvo presente en la ba­ talla de Fontenoy. Fue atacado por la llamada «fiévre chaude», cuya experiencia lo introdujo en su vocación filosófica. Publica: Essai sur le raisonnem ent déd ié a M essire de la Peyronnie, y la sátira, Saint Cosm e vengé ou critique du traité d ‘As truc de M orbis Venereis, en Estrasburgo.

1745 Tiene el segundo hijo, que había de perder al poco tiempo. A raíz de la publicación de Saint-Cosme vengé tuvo que abandonar las guardias francesas. Pero M. de Séchelles (teniente de los países conquistados en Flandes) lo nombró médico-jefe de los Hospitales militares de Lille, Gante, Bruselas, Amberes y Worms. Publica su primera obra filosófica: H istoire naturelle d e l’am e con una Lettre critique de M. de la M ettrie sur Vhistoire naturelle de l’áme, a Mme. la mar quise d e Chatelet. Asimismo publica La V olupté, bajo el seu­ dónimo de Mr. Le Chevalier, capitaine au régiment Dauphin.

1746 Publica en Amsterdam el panfleto satírico: P olitique de m édécine d e M achiavel ou le Chemin de la fortune aux médécins, bajo el seudónimo de Aledreius Demetrius (La Mettrie dAleth). Tras la condena de esta obra, tuvo que abandonar Francia y refugiarse en Leiden.

1747 Publica el panfleto: La Faculté vengée, que fue reimpreso bajo el título: L es charlatans dém asqués ou Pluton vengeur de la Société d e médécine. En agosto, aparece la primera edición de L ’H om m emachine, aunque el año anterior ya se habían visto circular algunas copias. Desde entonces se le pondría el mote de Monsieur Machine.

Es perseguido debido al escándalo provocado por la publicación de L ’H om m e-m achine. Tiene que abandonar Leiden y pide asilo a Federico I I de Prusia. Por mediación de Maupertuis, llega a Ber­ lín el 8 de febrero, y su majestad le concede el título de lector y un puesto en la Academia. Publica L ’H om m e-plante en Postdam; VOuvrage d e P én élope ou M achiavel en m édécine? Traité de la vie heureuse par Sénéque avec un discours du traducteur (Postdam); L e Chirurgien convertí. Por último, aparece otra obra: U H om m e plus que machine, en Leiden, cuya atribución es dudosa. El autor parece ser Elie Luzac, hijo del editor de L ’Hom m e-m achine.

1749 Publica: E pitre a mon esprit ou l’anonym e persiflé (Berlín) y Epitre a Mlle. A. C. P. ou la m achine terrassée.

1750 Publica en Berlín: Les Animaux plus que m achines; L e systém e d ’E picure; K eflexions philosophiqu es sur l ’origine des animaux; Traité d e l’asthme.

1751 Muere el 11 de noviembre en casa del embajador francés, Lord Tyrconnel, en Prusia. Su muerte se atribuye a una indigestión de páte de faisán con trufas, que devoró la noche anterior. Se publicaron: L ’art d e jouir a C ythére; L e petit hom m e H longue qu eu e; L a Venus M étaphysique y sus O euvres philoso­ phiques.

B IB L IO G R A FIA SELECTA

I.

EDICIONES PRINCIPALES

O euvres philosophiques, Londres-Berlm, 1751, 2 vols.; Amsterdam, 1752, 2 vols.; Berlín, 1753, 2 vols.; Amsterdam, 1753, 2 vols.; Amsterdam, 1764, 3 vols.; Berlín, 1764, 2 vols.; Berlín, 1774, 2 vols.; Amsterdam, 1774, 3 vols.; Berlin-Paris, 1796, 3 vols. La Vénus m étaphysique, Berlín, 1752. L ’H om m e-machine, suivi d e l’art d e jouir, Ed. Maurice Solovine, Paris, Bossards, 1921. U H om m e-m achine, Paris, Nord-Sud, 1948. T extes choisis, Ed. Marcelle Tisserand, Paris, Ed. Sociales, 1954. L ’H om m e-m achine, Paris, Ed. Pauvert, 1966.

L a M e t t r ie ,

— — — — —

II.

ESTUDIOS

D ie Satiren des Hernn M aschine, Leipzig, 1913. Raymond, La M ettrie, m édécin, pam phlétaire et philosophe, Paris, 1931. Du B o i s -R e y m o n d , Emil, La M ettrie. R ed e... zur Gedachtnis feier Friedrich’s I I . . . , B erlín , 1875. L e m é e , Pierre, }. O ffray d e La M ettrie, m édécin, philosophe, polem iste; sa vie, son oeuvre, Paris, 1925. B er g m a n n ,

B o is s ie r ,

L es H istoriens d e l ’esprit hum ain; Fontenelle, Marivaux, L ord B olingbroke, Vauvenargues, L a M ettrie, P a rís , 1926. P ic a v e t , Frangois, L a M ettrie et la critique allem ande, París, 1889. P o r it z k y , J . E., La M ettrie, sein L eben und seine W erke, Berlín, 1900. Q u é p a t , Nérée, E sai sur La M ettrie, sa vie ses oeuvres, París, 1 8 7 3 . R o s e n d f i e l d , Leonora, From Beast-M achine to Man M achine: Ani­ mal soul in French letters from Descartes to La M ettrie, New York, 1941. T u l o u p , Guy-Francís, Un précurseur méconnu: O ffray de La M ettrie, m édécin-philosophe, París, 1938. V a r t a n ia n , Aram, La M ettrie’s L ’H om m e-m achine, Princenton, New Jersey, 1960. L e n o ir , R ay m o n d ,

III.

LIBROS DE CONSULTA

Encyclopédie des gens du m onde, París, 1754. Jean-Philibert, M ém oire pour servir a Vhistoire de la philosophie du X V IIIe siécle, París, 1855. D e l a u n a y , Paul, « L ’Evolution philosophique et médicale du biomécanisme: de Descartes á Boerhaave, de Leibnitz á Cabanis», en L e Progrés medical, 1927, y en La vie m édicale aux X V Ie, X V IIe et X V I I P siécle, Paris, 1935. D e n in a , La Prusse littéraire, Berlín, 1790. L a n g e , Frederick Albert, G eschichte des materialismus und K ritik seiner Bedeutung in die Gegenwart, Leipzig, 1866. L e n o b l e , Robert, M ersenne ou la naissance du mécanisme, Paris, Vrin, 1943. M a n e t , Biographie des M alouins célébres, St. M alo , 1824. M a r a t , De l’hom m e, Amsterdam, 1775. M a r x , K arl, La Sagrada Fam ilia y La Ideolog ía alemana. P e ig n o t , D ictionnaire des livres condam nés au feu, P a ris, 1806. P e ig n o t , John, «Diderot and La Mettrie», «Voltaire and La Mettrie», en Studies on V oltaire and the 1.8th century, Gine­ bra, 1959. P lu g , Günther, J . O . de La Mettrie und die biologischen theorien des 18 Jahrhunderts en D eutsche Vierteljahrsschrift für Literaturwissenschaft und G eistesgeschichte, 1953. A rtaud ,

D am iro n ,

9r¿t>iatre du M atérialisme, Paris, 1867. Dieudonné, Mes souvenirs d e vingt ans de séjour h B er­ lín, Paris, 1804. V e r n i é r e , Paul, Spinoza et la pensée franQaise avant la révolution, París, 1954. V o l t a i r e , Lettres philosophiques. W a d e I r a , O ., T he clandestine organization and diffusion o f philosophic ideas in Trance, from 1700 to 1750, Princenton, 1938. W o l f , A., A H istory o f science, technology and Philosophy in the X V lllt h e century, London, 1952.

So u » y ,

T h ié b a p it ,

D ISC U R SO P R E L I M I N A R 1

Yo me propongo demostrar que la Filosofía, por opuesta que sea a la Moral y a la Religión, no sólo no puede destruir estos dos lazos de la sociedad, como de ordinario se cree, sino que sólo puede estrecharlos y fortalecerlos cada vez más. Una disertación de semejante importancia, si está bien hecha, merecerá, en mi opi­ nión, uno de estos prefacios triviales en que el autor, humildemente de rodillas frente al público, se echa incienso, aunque con una modestia vulgar, y espero que no se encuentre encabezando obras tales como las que me atrevo a reimprimir, pese a todos los gritos de un odio *, que sólo es digno del más absoluto desprecio. Abrid los ojos, en todas veréis escrito: Pruebas d e la existencia de dios por las maravillas de la na­ turaleza. Pruebas d e la inm ortalidad del alma por la geom etría y el ál­ gebra. La religión probada p or los hechos. T eología física. Y tantos otros libros parecidos. Leédlos sin otra preparación, os persuadiréis de que la filosofía es por sí misma favorable a la religión y a la moral, y que, por último, el estudio de la naturaleza es el camino más corto para llegar, sea al conocimiento de su loable autor, como a la comprensión de las verdades morales y reveladas. 1 Odium theologicum.

Entregaos luego a este tipo de estudio, y sin abarcar toda esta vasta extensión de física, botánica, química, historia natural y ana­ tomía, como sin tomaros la molestia de leer las mejores obras de los filósofos de todos los siglos, podéis convertiros en médicos, y con toda seguridad seréis tan filósofos como los demás. Reconoceréis la vanidad de nuestros declamadores, sea porque hagan resonar nues­ tros templos, como porque clamen las maravillas del universo. Asi­ mismo, siguiendo al hombre paso a paso, en lo que respecta a sus diversas edades, sus pasiones, sus enfermedades y su estructura, comparado con los animales, admitiréis que sólo la fe nos conduce a la creencia de un ser supremo, y que el hombre organizado como los demás animales, y sometido a las mismas leyes, no debe sufrir la misma suerte que éstos por unos cuantos grados más de inteli­ gencia. Así, desde la cumbre de esta inmortalidad gloriosa, desde lo alto de esta bella máquina teológica, descenderéis como de un escenario de ópera a este patio de butacas físico, donde al no ver en derredor vuestro más que materia eterna y formas que se suce­ den y perecen sin cesar, reconoceréis confundidos que una destruc­ ción entera acecha a todos los cuerpos animados. Y una vez que la filosofía haya desarraigado por completo este tronco del sistema de las costumbres, todos los esfuerzos que se han hecho para con­ ciliar la filosofía con la moral, y la teología con la razón, os pare­ cerán frívolos e impotentes. Ese es el primer punto de partida y el objeto de mi discurso, y ahora avancemos y desarrollemos todas estas ideas vagas y ge­ nerales. La filosofía, a cuya investigación se somete todo, se encuentra a su vez sometida a la naturaleza, como una hija a su madre. Tiene en común con la verdadera medicina el considerar un honor esta esclavitud, no conocer ninguna otra, y no oír ninguna otra voz. Todo lo que no está extraído del seno mismo de la naturaleza, todo lo que no son fenómenos, causas, efectos y ciencia de las cosas, en definitiva, no tiene nada que ver con la filosofía y pro­ cede de una fuente que le es ajena. La moral, en tanto que fruto arbitrario de la política, puede con fundamento reivindicar lo que se le ha usurpado injustamente. A continuación veremos por qué ha merecido que se la incluyera como una de las partes de la filosofía, a la que es evidente que ésta no pertenece propiamente. Desde que los hombres forjaron el proyecto de vivir juntos, ha sido preciso constituir un sistema de costumbres políticas, para la seguridad de este comercio. Como, además, son animales indó­

ciles, difíciles de domar, y que corren espontáneam ente hacia el bienestar, p er fas y nefas (*), aquellos que por su talento y su genio han sido dignos de ser colocados a la cabeza de los demás, prudentemente han llamado a la religión en auxilio de las reglas y de las leyes, demasiado sensatos para poder ejercer una autoridad absoluta sobre la impetuosa imaginación de un pueblo turbulento y frívolo. Esta ha sido representada con los ojos cubiertos por una venda sagrada, y muy pronto se ha visto rodeada de toda esa mul­ titud que escucha boquiabierta y con aire estupefacto las mara­ villas de que está ávida. Maravillas que la arrebatan prodigiosamente, tanto más cuanto menos las comprende. Al doble freno de la moral y de la religión, se ha agregado avi­ sadamente el de los suplicios. Las buenas y sobre todo las grandes acciones no han quedado sin recompensa, como tampoco las malas sin punición, y el funesto ejemplo de los culpables ha retenido a los que iban a serlo. Sin los patíbulos, las torturas de la rueda, las horcas, los cadalsos sin estos hombres viles, lo peor de toda la naturaleza, que por dinero estrangularía al universo, pese al juego de todas estas máquinas maravillosas, el más débil no habría es­ tado protegido contra el más fuerte. Ya que la moral extrae su origen de la política, como las leyes y los verdugos, de ahí se desprende que ésta no es obra de la naturaleza, ni, por consiguiente, de la filosofía o de la razón, tér­ minos todos sinónimos. De ahí tampoco es sorprendente que la filosofía no conduzca a la moral para unirse a ella, para tomar su partido y apoyarla con sus propias fuerzas. Aunque, no por ello ha de creerse que nos lleve a esto como al enemigo para exterminarlo; si la filosofía va a su encuentro con la antorcha en la mano, es para reconocerla de algún modo, y juzgar con sangre fría la diferencia esencial de sus intereses. Tan diferentes son las cosas y las costumbres, el sentimiento y las leyes, la verdad y toda convención arbitraria, como la filosofía es diferente de la moral, o si se quiere, como la moral de la natu­ raleza (pues ésta tiene la suya) difiere de la que un arte admirable ha inventado sabiamente. Si esta última parece imbuida de res­ peto por la célebre fuente de que ha emanado (la religión), la otra no tiene un respeto menos profundo por la verdad, o por lo que tiene incluso la simple apariencia de ésta, ni un menor apego a sus gustos, a sus placeres, y, en general, a la voluptuosidad. La

religión es la brújula de una, y el placer la de la otra en la medida en que siente, al igual que la verdad en la medida en que piensa. Escuchad a la primera: ésta os ordenará imperiosamente ven­ ceros a vosotros mismos; decidiendo sin vacilar que nada es más fácil, y que «para ser virtuoso» basta con «querer». Prestad el oído a la segunda: aquélla os invitará a seguir vuestras inclinaciones, vuestros amores y todo lo que os plazca, o más bien, desde enton­ ces ya los habéis seguido. ¡A y !, ¡tan bien nos hace sentir el placer que nos inspira sin tantos razonamientos superfluos, que sólo a través suyo se puede ser feliz! En ésta, lo único que importa es abandonarse tranquilamente a los agradables impulsos de la naturaleza, mientras que en aquélla es preciso mantenerse firme y enfrentarse a ella. En la primera, basta conformarse a sí mismo, ser lo que se es, y de algún modo parecerse a sí mismo; en la otra, hay que parecerse a los demás a pesar de uno mismo, y vivir y casi pensar como ellos. ¡Qué co­ media! El filósofo tiene por objeto lo que le parece verdadero o falso, abstracción hecha de toda consecuencia. El legislador, poco preocu­ pado por la verdad, temiendo incluso quizá (a falta de filosofía, como se verá) que ésta no se trasluzca, sólo tiene en cuenta lo justo y lo injusto, el bien y el mal moral. Por un lado, todo lo que parece estar en la naturaleza, se llama verdad, llamándose falso todo lo que no se encuentra ahí, y todo lo que contradice la observación y la experiencia. Por otro, todo lo que favorece a la sociedad se decora con el nombre de justo, equitativo, etc., y todo lo que hiere sus intereses está reprobado con el nombre de injusto. Para resumir, la moral conduce a la equidad, a la justicia, etc., y la filosofía, por diversos que sean sus objetos, a la verdad. La moral de la naturaleza o de la filosofía es pues tan dife­ rente de la de la religión y la política, madre de una y otra, como la naturaleza lo es del arte. Al ser diametralmente opuestas hasta el punto de darse la espalda, qué ha de concluirse sino que es impo­ sible conciliar la filosofía y la moral, la religión y la política, rivales triunfantes en la sociedad, vergonzosamente humilladas en la so­ ledad del gabinete y a la luz de la razón, y humilladas incluso por los vanos esfuerzos que tanta gente hábil ha hecho para reunirías. ¿Tendrá la naturaleza la culpa de estar hecha así, y razón para hablar su lenguaje, apoyar sus inclinaciones y favorecer todos sus gustos? ¿Tendrá también la sociedad la culpa .de no ajustarse a la naturaleza? Es ridículo exigir lo primero, y completamente extrava­ gante proponer lo otro.

Mal patrón, sin duda, para formar una sociedad, el de una razón tan poco al alcance de la mayoría de los hombres, ya que aquellos que más la han cultivado, son los únicos que pueden per­ cibir su importancia y su precio. Pero, a su vez, peor patrón aún para formar a un filósofo, el de los prejuicios y errores que son la base fundamental de la sociedad. Esta reflexión no ha escapado a la prudencia de los legisladores ilustrados, porque han conocido demasiado bien a los animales que habían de gobernar. Fácilmente se hace creer a los hombres lo que éstos desean, persuadiéndoles sin dificultad de lo que halaga su amor propio. Estos han sido tanto más fáciles de seducir, por cuanto su supe­ rioridad sobre los demás animales les ha ayudado a dejarse des­ lumbrar, y han creído que un poco de barro organizado podía ser inmortal. La naturaleza, sin embargo, desaprueba esta doctrina pueril: es como una espuma que ella rechaza y deja a lo lejos sobre la orilla del mar teológico. Si se me permite continuar hablando metafóri­ camente, me atrevería a decir que todos los rayos que parten del seno de la naturaleza, fortalecidos y como reflejados por el precioso espejo de la filosofía, destruyen y reducen a polvo un dogma que sólo está fundado en la supuesta utilidad moral que pueda tener. ¿Qué prueba pedís? Mis propias obras, puesto que sólo tienden a este fin, así como otras muchas mejor hechas o más sabias, si hay que hacer eso para demostrar lo que salta a la vista por todas partes: que sólo hay una vida y que el hombre llevado por su sober­ bia en vano establece pruebas sobre una vanidad mortal como él. Sí, y ningún sabio lo niega, el monarca orgulloso muere del mismo modo que el súbdito modesto y el perro fiel: verdad terrible si se quiere, pero sólo para esos espíritus en los que la infancia es la edad eterna, espíritus a los que da miedo un fantasma, pues éste no causa más duda que temor a aquellos que son tan poco capaces de reflexionar, a aquellos que no quitan la vista de lo que la im­ presiona a cada instante de una manera tan viva y tan clara, y a aque­ llos finalmente que han adquirido, por así decirlo, más madurez que adolescencia. Pero, si la filosofía se opone a las convenciones sociales, a los principales dogmas de la religión y a las costumbres, rompe los lazos que vinculan a los hombres entre sí, y socava los fundamentos del edificio de la política. Espíritus sin profundidad, sin rectitud, ¡qué terror pánico os infunde! ¿Qué juicio precipitado os transporta más allá del obje­

tivo y de la verdad! Si los que detentan las riendas de los imperios reflexionaran más sólidamente, ¡qué honor tan grande y qué gloria tan brillante redundaría en su favor! La filosofía interpretada como un veneno peligroso, la filosofía, este eje firme de la elocuencia, esta linfa que nutre a la razón, ha de ser proscrita de nuestras con­ versaciones y de nuestros escritos; reina imperiosa y tiránica, nadie ha de osar pronunciar siquiera el nombre sin temer la Siberia. Y los filósofos, expulsados y barridos como perturbadores, han de tener el mismo destino, que antaño los supuestos médicos de Roma. No, es un error evidente, no, la filosofía no rompe, ni puede romper las cadenas de la sociedad. El veneno está en los escritos de los filósofos, como la felicidad en las canciones, o como la gracia en los pastores de Fontenelle. Se canta una felicidad imaginaria ■ — en una égloga, por ejemplo, se da a los pastores un espíritu que no tienen— y se supone peligroso lo que está muy lejos de serlo, pues la zapa de que hemos hablado, muy diferente de la de nuestras trincheras, es ideal, metafísica, y, por consiguiente, no puede des­ truir, ni cambiar nada, a no ser hipotéticamente. Luego, ¿qué es cambiar mediante una hipótesis los usos introducidos y acreditados en la vida civil? Esto es no tocar realmente nada y dejarlos en todo su vigor. Voy a intentar demostrar mi tesis mediante razonamientos in­ contestables. De la contradicción de principios de una naturaleza tan diversa como los de la filosofía y de la política, de principios cuyo fin y objeto son esencialmente diferentes, ño se desprende de ningún modo que unos destruyan o refuten los otros. Tampoco ocurre esto con las especulaciones filosóficas respecto de los principios reci­ bidos en el mundo, y con la creencia necesaria (la supongo) respecto de la seguridad del comercio, así como con la .teoría respecto de la práctica de este arte. Ora una cosa tiene una influencia tan di­ recta, tan absoluta sobre la otra, que pobres de los enfermos, que algún Chiraca 2 haya cogido por el mal camino. Ora meditaciones filosóficas, tan inocentes como sus autores, no pueden corromper o envenenar la práctica de la sociedad, que no tiene usos respetados por el pueblo, por cómicos y ridículos que sean, a los que todo filósofo no aplaude tan pronto como precisa, al igual que aquellos usos que lo son menos, porque se contrariaría mucho de que ocu­ rriera el menor fracaso en aquello que mantiene, o más bien pasa por mantener la tranquilidad pública. La razón por la que dos cosas tan opuestas en apariencia no se niegan en absoluto a pesar de todo, es que sus objetos no tienen

nada en común entre ellos, y sus fines son muy distintos, están muy distantes uno de otro, y son tan opuestos como oriente y occidente. A continuación veremos que, lejos de destruirse, la filo­ sofía y la moral pueden muy bien actuar y velar de concierto para la seguridad pública. Veremos también que si una influye en la otra, que no es sino indirectamente, pero siempre en su ventaja, de manera que, como ya he dicho al principio, los nudos de la sociedad permanecen atados por aquello que a primera vista parece desatarlos. Esta paradoja es más sorprendente aún que la anterior, y no quedará menos claramente demostrada, así espero, al final de este discurso. ¡Cuán espantosa sería la luz de la filosofía, si no iluminara a unos, cuyo número es tan reducido, más que para la pérdida y ruina de los demás, que son los que componen casi todo el universo! Evitemos pensarlo. Los perturbadores de la sociedad con nada tienen que ver menos que con los filósofos, como se verá más adelante, y la filosofía, enamorada de la sola verdad, contempladora pacífica de las bellezas de la naturaleza, incapaz de temeridad y de usurpación, nunca ha invadido los derechos de la política. ¿Cuál es el filósofo en efecto, por atrevido que se le quiera suponer, que, atacando viva y abiertamente todos los principios de la moral, como yo oso hacerlo en mi Anti-Séneca, discrepe del hecho de que los intereses del público no tengan otro valor que los de la filosofía? La política, rodeada por todos sus ministros, va gritando en las plazas públicas, en los púlpitos, y casi en lo alto de los tejados: E l cuerpo no es nada, el alma lo es to d o ; mortales, salvaos, cueste lo que os cueste. Los filósofos ríen, pero escriben plácidamente. Por apóstoles y por ministros no tienen más que un número reducido de partidarios tan dóciles y apacibles como ellos, que pueden rego­ cijarse de aumentar su manada y enriquecer su dominio con la feliz adquisición de algunos bellos genios, pero que se desesperarían si tuvieran que suspender por un momento el gran curso de las cosas civiles, lejos de querer cambiarlo todo, como se imagina co­ múnmente. Los curas declaman, enardecen los espíritus con promesas magní­ ficas, muy dignas de henchir un discurso elocuente, demuestran todo cuanto avanzan sin molestarse en razonar, quieren por último que uno se remita a dios, y sus anatemas están dispuestos a aplastar y a reducir a polvo a cualquiera que sea lo bastante razonable para negarse a creer ciegamente todo aquello que más subleva a la razón. ¡Que los filósofos se comporten más prudentemente! Para no pro­ meter nada, no salen muy bien parados; pues pagan con cosas

sensatas y razonamientos sólidos, lo que no cuesta a los otros más que tener pulmón y una elocuencia tan vacía y tan vana como sus promesas. Luego, ¿podría ser peligroso aquel razonamiento que nunca ha arrastrado entusiastas, sectas, ni siquiera teólogos? Entremos en mayor detalle, para demostrar más claramente que la filosofía, por osada que sea, no es esencialmente contraria a las buenas costumbres, y que, en definitiva, no arrastra consigo ningún tipo de peligro. ¿Qué mal hay, pregunto a los mayores enemigos de la libertad de pensar y escribir, qué mal hay en consentir a lo que parece verdadero, cuando se reconoce con el mismo candor y se sigue con la misma fidelidad lo que parece inteligente y útil? ¿De qué ser­ viría pues la antorcha de la física? ¿Para qué todas estas curiosas observaciones? Sería preciso apagar aquélla y desdeñar las citadas observaciones, en lugar de impulsar, como hacen los grandes prín­ cipes 3, a los hombres que se dedican a estas laboriosas investiga­ ciones. ¿No puede intentarse adivinar y explicar el enigma del hombre? En ese caso, cuanto más filósofo se fuera, peor ciudadano se sería, lo que nunca se ha pensado. Por último, ¿qué funesto regalo sería la verdad, si no fuera siempre bueno defenderla? ¿Qué patrimonio superfluo sería la razón, si estuviera configurada para ser cautivada y subordinada? Sostener este sistema es querer rebajar a la especie humana, y creer que hay verdades, que es mejor dejar eternamente sepultadas en el seno de la naturaleza que sacarlas a relucir, es favorecer la superstición y la barbarie. Quien vive como ciudadano puede escribir como filósofo. ¡Pero escribir como filósofo es enseñar el materialismo! ¡Y bien! ¿Qué mal hay en ello, si este materialismo está fundado, si es el resultado evidente de todas las observaciones y experiencias de los mayores filósofos y médicos, y si no se abraza este sistema más que tras haber seguido atentamente a la naturaleza, tras haber hecho los mismos pasos asiduamente con ella en toda la extensión del reino animal, y, por así decir, tras haber estudiado a hombres de todas las edades y en todos los estados? Si el ortodoxo sigue más bien al filósofo, en lugar de evitarle, si no se busca ni forja adrede su doctrina, y si de algún modo la reencuentra, que éste asuma en consecuencia sus investigaciones y siga adelante, ¿es pues un crimen publicarla? ¿No merecería la misma verdad que uno se agachara en cierta manera a recogerla? ¿Queréis otros argumentos favorables a la inocencia de la filo­ sofía? Entre la multitud de los que presento, sólo escogeré los más contundentes.

Por mucho que la Motte le Vayer 4 diga que la muerte es pre­ ferible a la mendicidad, no sólo esto no asquea de la vida a esos objetos asquerosos d e la piedad pública ( ¡ A h ! , ¡qué infortunio tan grande, si fuera posible que esos desgraciados, accesibles a este modo de pensar, librasen a la sociedad de un peso más que inútil a la tierra!), sino que, cuál es el desventurado que, desde la cima de la fortuna, precipitado en un abismo de miseria, haya atentado contra su vida a consecuencia de esta proposición filosófica. Por mucho que los estoicos pregonen: sal de la vida, si te su­ pone una carga; no hay razón ni gloria en perm anecer presa del dolor o de la pobreza; líbrate de ti mismo, házte insensible y sé feliz, al precio que sea. Nadie se mata más por esto, ni mata más al prójimo, y nadie roba más por tener religión, que por no tener. El instinto, la esperanza (divinidad que sonríe a los desdichados y sentimiento que muere el último en el hombre), y la horca, han establecido el orden. Uno sólo se quita la vida por un sentimiento de desdicha, de tedio, de temor, o de certidumbre de estar aún peor de lo que realmente está. Es un sentimienteo negro y atrabi­ liario, en el que los filósofos y sus libros no intervienen para nada. Tal es la fuente del suicidio, y no todo sistema sólidamente razo­ nado, a menos que se le quiera añadir este entusiasmo, que hacía buscar la muerte a los lectores de Hegesias 5. Así es que, pese a estar permitido, según la ley de la naturaleza y según Pufendorf6, tomar por la fuerza un poco de lo que a otro le sobra, en la situación más extrema, uno no se atreve, sin em­ bargo, a hacerse justicia a sí mismo por una violencia tan legítima e indispensable en apariencia, porque las leyes la castigan, dema­ siado sordas, por desgracia, a los gritos de la naturaleza acorralada. Tan verdad es, para decirlo de paso, que, si las leyes en general tienen una motivación para ser severas, algunas veces encuentran motivos justos de indulgencia; pues, ya que el particular renuncia sin cesar a sí mismo de alguna manera, para no menoscabar los derechos del público, las leyes que los protegen y los que tienen la autoridad en mano, deberían a su vez, a mi juicio, disminuir su rigurosa severidad, perdonar con humanidad a unos desdichados que se les asemejan, prestarse a necesidades mutuas, y finalmente no incurrir en contradicciones tan bárbaras con sus hermanos. ¡Cómo subscribir a los menores inconvenientes de una ciencia que ha merecido el sufragio y la veneración de los mayores hombres de todos los siglos! Por mucho que los materialistas prueben que

el hombre no es más que una máquina, el pueblo TI nunca lo creerá. El mismo instinto que lo sujeta a la vida, le da suficiente vanidad para creer su alma inmortal, y es demasiado insensato y demasiado ignorante para desdeñar jamás esta verdad. Por mucho que invite a ese desdichado a que no tengaremor­ dimientos de un crimen al que ha sido arrastrado, como todos lo somos sobre todo por lo que se denomina primer movimiento, a pesar de todo los tendrá y le acosarán, porque nadie se desprende de principios tan habituales, que se toman por naturales, tras una simple lectura. La conciencia sólo se endurece a base de maldad e infamia, respecto a las cuales, lejos de incitar a ellas, quiera dios que no, he intentado infundir todo el honor del que yo mismo estoy imbuido. Así cantemos para la multitud, que todos nuestros escritos son razonamientos frívolos, para quien no está dispuesto a recibir su germen, y que para aquellos que lo están, nuestras hipótesis no presentan tampoco ningún peligro. La rectitud y la penetración de su genio han puesto su corazón al resguardo de estas osadías y, si me atrevo a decirlo, de estas desnudeces espirituales. Pero, ¿por qué los hombres vulgares no iban a ser finalmente seducidos por algunos fulgores filosóficos, fáciles de vislumbrar en este torrente de luces que la filosofía parecer verter hoy a manos llenas? Y como muchas de las cosas se adquieren de aquéllos con los que se vive, no es fácil que se adopten las opiniones atrevidas de que están llenos los libros de filosofía, y menos hoy que antaño por supuesto (aunque de ordinario se piense lo contrario). Las verdades filosóficas sólo son sistemas, cuyo autor más seductor es el que tiene más arte, más espíritu y más luces, sistemas en que cada uno puede tomar su partido, puesto que el por no está más demostrado que el contra para la mayoría de lectores, y puesto que de una parte y de otra no hay más que algunos grados de proba­ bilidad mayores o menores, que determinan y fuerzan nuestro asen­ timiento, e incluso que los únicos buenos espíritus (espíritus más raros que los que se llama cultos) pueden sentir o calibrar cuantas disputas, errores, odios y contradicciones ha parido la famosa cues­ tión de la libertad o del fatalismo. Sin embargo, no son más que hipótesis. El espíritu limitado o ilustrado, que crea en la doctrina de malos sujetos modernos, porque no es suministrada con aires de suficiencia, se imagina buenamente que todo está perdido — mo­ ral, religión y sociedad— si se prueba que el hombre no es libre. 11 ¿Acaso sería un mal muy grande que lo creyera? Gracias a la severidad de las leyes, podría ser spinocista, sin que la sociedad nada debiera temer de la destrucción de los altares, a donde parece conducir este audaz sistema.

El hombre con talento, por el contrario, el hombre imparcial y sin prejuicios, mira la solución del problema, cualquiera que sea, como muy indiferente y en sí, incluso aún teniendo en cuenta la socie­ dad. ¿Por qué? Porque no genera en la práctica del mundo las relaciones delicadas y peligrosas, con las que su teoría parece ame­ nazar. He creído demostrar que los remordimientos son prejuicios de la educación,' y que el hombre es una máquina que un fatalismo absoluto gobierna imperiosamente. He podido equivocarme, lo ad­ mito, pero si esto es filosóficamente verdad, como sinceramente pienso, ¿qué importa? Todas estas cuestiones pueden situarse entre las del punto matemático que sólo existe en la cabeza de los geó­ metras, y entre las de tantos problemas de geometría y de álgebra, cuya solución clara e ideal muestra toda la fuerza del espíritu hu­ mano, fuerza de ningún modo enemiga de las leyes, y teoría ino­ cente de pura curiosidad, tan poco reversible en la práctica, que no puede hacerse más uso de ella, que de todas estas verdades metafísicas de la geometría más elevada. Paso a nuevas reflexiones naturalmente asociadas a las prece­ dentes, con la única intención de que éstas adquieran cada vez más fundamento. ¿Somos gente más honesta desde que se abolió el politeísmo? ¿Valía Juliano menos en tanto que apóstata, que como cristiano? ¿Era menos un gran hombre y el mejor de los príncipes? ¿Acaso el cristianismo convirtió a Catón en un censor menos duro y menos feroz, a Catón de Urica en un hombre menos virtuoso, y a Cicerón en un ciudadano menos excelente? ¿Tenemos, en definitiva, más virtudes que los paganos? No, y no tenían menos religión que nosotros, pues seguían la suya, como nosotros seguimos la nuestra, es decir, muy mal, o nada. La superstición estaba abandonada al pueblo y a los curas, creyentes en su mayor parte mercenarios, mientras que la gente honesta sintiendo perfectamente que la reli­ gión para el ser les era inútil, se burlaban de ella. Se puede creer en un dios o creer en varios, mirar la naturaleza como la causa ciega e inexplicable de todos los fenómenos, o seducidos por el orden maravilloso que éstos nos ofrecen, reconocer una inteligencia suprema, más incomprensible aún que la naturaleza; y se puede creer que el hombre no es más que un animal como otro, sólo que más espiritual, o considerar el alma como una sustancia distinta del cuerpo y una esencia inmortal. En este terreno es donde los filósofos se han hecho la guerra entre sí, desde que han conocido el arte de razonar, y esta guerra durará tanto, como esta reina de los hom bres, la opinión, reine en la tierra. Aquí también es donde

cada uno puede batirse hoy, y seguir, entre tantos estandartes, el que ría más a su fortuna o a sus prejuicios, sin que se deba temer nada de escaramuzas tan frívolas y tan vanas. Pero, eso es lo que no pueden comprender estos espíritus que no ven más allá de sus ojos, y que se ahogan en este mar de razonamientos. Sin embargo, los hay que, por su simplicidad, estarán quizá más al alcance de todo el mundo. Al igual que el silencio de todos los autores antiguos prueba la novedad de cierto mal inmundo, el de todos los escritores sobre los males que habría causado la filosofía (en el supuesto de que los cause o pueda causarlos) declara en favor de su benignidad y de su inocencia. En cuanto al temor de la comunicación, o si se quiere del con­ tagio, ésta no la creo posible. Un hombre se halla tan fuertemente convencido de la verdad de los principios de que se ha imbuido y que han como abrumado su infancia, y su amor propio está tan interesado en sostenerlos y en mantenerse en sus trece, que, por mucho empeño que tuviera por la cosa, si me es indiferente, ni con toda la elocuencia de Cicerón, podría convencer a nadie de su error. La explicación es simple, pues lo que está claro y demos­ trado para un filósofo, es oscuro, incierto o más bien falso para los que no lo son, principalmente si no están hechos para conver­ tirse en ello. No temamos pues que el espíritu del pueblo se amolde al de los filósofos, porque está muy por encima suyo. Ocurre lo mismo que con estos instrumentos de sonidos graves y bajos, que no pueden subir a los tonos agudos y penetrantes de muchos otros, o como con un Bajo que no puede elevarse a los sonidos encantadores del contralto. Tan poco posible es para un espíritu sin ningún tinte filosófico, por penetración natural que tenga, adquirir el tipo de agudeza de un físico habituado a reflexionar, como a éste último adquirir la del otro, y razonar tan mal. Son dos fisionomías que no se parecerán jamás, dos instrumentos, uno de los cuales está la­ brado, cincelado, trabajado, y el otro es bruto, tal cual ha salido de las manos de la naturaleza. En fin, la baza está jugada, no hay nada que hacer, pues no es más fácil elevarse para uno, que descen­ der para el otro. El ignorante, lleno de prejuicios, habla y razona en el vacío, porque no sabe, como suele decirse, sino desvariar, o, lo que viene a ser lo mismo, recordar y rumiar (si es capaz) todos estos lamentables argumentos de nuestras escuelas y de nuestros pedantes. No obstante, el hombre hábil sigue paso a paso la natu­ raleza, la observación y la experiencia, no concede su sufragio más

que a los mayores grados de probabilidad y verosimilitud, y, por último, no extrae consecuencias rigurosas e inmediatas de ésas que impresionan a todo buen espíritu, salvo de los hechos que no son menos claros, y salvo de los principios fecundos y luminosos. Admito que la manera de pensar, hablar y gesticular, se asimi­ la de aquéllos con quien se vive, pero esto se hace poco a poco, por imitación maquinal, al igual que a primera vista parecen mo­ verse los muslos de ciertos pantomimos. Uno se va preparando gradualmente, y hábitos más fuertes acaban, venciendo otros más débiles. Pero, ¿dónde encontraremos aquí esta fuerza de hábitos nue­ vos, capaces de vencer y desarraigar los antiguos? El pueblo no vive con los filósofos, no lee libros filosóficos. Si, por casualidad, le cae uno entre las manos, o no entiende nada, o si concibe alguna cosa, no cree una sola palabra. Tratando sin cumplidos de locos a los filósofos, así como a los poetas, los encuentra dignos por un igual de los manicomios. La filosofía sólo puede comunicarse a los espíritus ya ilustrados, ya que para éstos, como se ha visto, aquélla no es de temer. Les pasa diez codos a las cabezas, en las que no entra más de lo que entra la luz en un calabozo oscuro. Pero, veamos en qué consiste la esencia de la famosa disputa que reina en moral entre los filósofos y los que no lo son. ¡Cosa sorprendente! No se trata más que de una simple distinción, dis­ tinción sólida, aunque escolástica y sólo ella, ¿quién lo hubiera creí­ do? puede poner fin a estas especies de guerras civiles y reconciliar a todos nuestros enemigos. Me explicaré. No hay nada absoluta­ mente injusto. Ninguna equidad real, ningún vicio, ninguna gran­ deza, ningún crimen absoluto. Políticos, religionarios, conceded esta verdad a los filósofos, y no os dejéis acorralar en reductos, en los que seréis vergonzosamente derrotados. Admitid de buena fe a aquél que sopesa la justicia en relación a la sociedad, y, a su vez, los filó­ sofos os concederán (¿en qué época lo han negado?) que tal acción es relativamente justa o injusta, honesta o deshonesta, viciosa o virtuosa, loable, infame, criminal, etc. ¿Quién os discute la nece­ sidad de todas estas bellas relaciones arbitrarias? ¿Quién os dice que no tenéis razón alguna para haber imaginado otra vida y todo este magnífico sistema de la religión, tema digno de un poema épi­ co? ¿Quién os reprocha haber cogido a los hombres por su parte más débil, ya sea pinchándoles, como dice Montagne7, atrapándoles con el cebo de la esperanza más lisonjera, o dominándoles por el res­ peto mediante las amenazas más espantosas? Se os concede incluso,

si queréis, que todos estos verdugos imaginarios de la otra vida hacen que los nuestros tengan menos trabajo, y que la mayoría de la gente del pueblo no evite una d e estas maneras de com por­ tarse en el mundo, de las que habla el doctor S w ifts, más que por temor a los tormentos del infierno. Sí, magistrados, ministros, legisladores, tenéis razón de excitar a los hombres por todos los medios posibles, menos por hacer un bien que quizá os inquieta muy poco, que por actuar en provecho de la sociedad, que es vuestro punto capital, puesto que en ella encontráis vuestra seguridad. Pero, ¿por qué no concederos tam­ bién con el mismo candor y la misma imparcialidad, que unas ver­ dades especulativas no son peligrosas, y que si yo pruebo que la otra vida es una quimera, ello no impedirá que el pueblo vaya a la suya, que respete la vida y la bolsa ajena, y que crea en los pre­ juicios más ridículos, más de lo que yo no creo en lo que me parece la verdad misma. Nosotros conocemos al igual que vosotros esta hidra de cien y cien mil cabezas locas, ridiculas e imbéciles, sabemos perfectamente cuán difícil es llevar a un animal que no se deje guiar, y aplaudimos vuestras leyes, vuestras costumbres, incluso vuestra religión, casi igual que vuestras horcas y vuestros patíbulos. Pero, a la vista de todos los homenajes que rendimos a la sabiduría de vuestro gobierno, ¿no os veis tentados a rendirlos de vuestra parte a la verdad de nuestras observaciones, a la solidez de nuestras experiencias, a la riqueza y, es más, a la utilidad, de nuestros descubrimientos? ¿Por qué ceguera no queréis abrir los ojos a una luz tan resplandeciente? ¿Por qué bajeza desdeñáis hacer uso de ella? ¿Por qué bárbara tiranía, que es más, perturbáis en sus gabinetes a estos hombres tranquilos, que venerando al espí­ ritu humano y a su patria, lejos de perturbaros en vuestras fun­ ciones públicas, no pueden más que impulsaros a cumplirlas bien, y a predicar, si podéis, siquiera el ejemplo? ¡Qué poco conocéis al filósofo, si lo creéis peligroso! Es preciso que os lo pinte aquí con los colores más verdaderos. El filósofo es hombre, y, por consiguiente, no está exento de todas las pasiones, pero éstas se regulan y, por así decir, circunscriben mediante la mera prudencia. Estas, por el mismo motivo le pueden llevar a la voluptuosidad ( ¡ah! ¿por qué había de negarse a estos destellos de felicidad, a estos honestos y encantadores placeres, para los que se diría que sus sentidos están hechos visiblemente?), pero no le arrastrarán ni al crimen ni al desorden. Le molestaría mucho que se pudiera acusar a su corazón de dolerle la liber­ tad, o sí se quiere, a su espíritu, el descaro. De ordinario, no

teniendo que ruborizarse más por una cosa que por otra, como modelo de humanidad, candor, dulzura y probidad, al escribir sobre la ley natural, la sigue con rigor, y al discutir sobre lo justo, lo es, sin embargo, con respecto a la sociedad. Hablad almas vulgares, ¿qué más queréis? No acusemos a los filósofos de un desorden, del que casi todos son incapaces. Ciertamente, siguiendo la reflexión del espíritu más instruido de nuestros días, ni Bayle, ni Spinoza, ni Vanini, ni Hobbes, ni Locke, ni otros metafísicos del mismo temple — como tampoco ninguno de todos estos amables y voluptuosos filósofos de la fábrica de Montagne, de Saint-Evremond o de Chaulieu— son los que han introducido la antorcha de la discordia en la patria, sino que son unos teólogos, espíritus turbulentos, que hacen la guerra a los hombres para servir a un dios de paz. Pero, corramos el telón sobre los rasgos más espantosos de nuestra historia, y no comparemos el fanatismo y la filosofía. De­ masiado se sabe cuál de ellos ha armado a diversos súbditos contra sus reyes, monstruos vomitados del fondo de los claustros por la ciega superstición, cien veces más peligrosa, como ha demostrado Bayle9, que el deísmo o incluso el ateísmo, sistemas iguales para la sociedad, de ningún modo reprochables, cuando no son obra de un ciego desenfreno, sino de una reflexión lúcida. Esto es lo que me interesa demostrar de paso. ¿No es cierto que un deísta o un ateo, en cuanto tal, no hará al prójimo lo que no quiere que se le haga a él, cualquiera que sea la fuente de la que parte este principio, que yo considero raramente natural, sea del temor, como ha pretendido Hobbes 10, sea del amor propio que parece el motor fundamental de nuestras acciones? ¿Por qué? Porque no existe ninguna relación necesaria entre no creer más que en un dios o no creer en ninguno, y ser un mal ciudadano. De ahí que en la historia de los ateos, no encuentre a ninguno que no haya merecido a los demás y a su patria. Pero si es la misma humanidad, si es este sentimiento innato de ternura, lo que ha grabado esta ley en su corazón, será humano, bondadoso, honesto, afable, generoso, desinteresado, tendrá una verdadera grandeza de alma, y, en definitiva, reunirá todas las cualidades del hombre honesto, con todas las virtudes sociales que lo señalan. La virtud puede pues arraigarse profundamente en el ateo, mien­ tras que, a menudo, sólo se aguanta por un hilo en la superficie de un corazón devoto. Es lo que ocurre con todo lo que deriva de una feliz organización, porque los sentimientos que nacen con nosotros son imborrables y no nos dejan hasta la muerte.

Después de esto, ¿cómo se ha podido dudar de si un deísta o un spinocista podía ser un hombre honesto? ¿Qué tienen de repug­ nante para la probidad unos principios irreligiosos? No tienen nin­ guna relación con ella, tuto cáelo ( * ) distante. Me gustaría asimismo sorprenderme, como ciertos católicos, de la buena fe de un pro­ testante. No es más razonable, en mi opinión, preguntar si una sociedad de ateos podría sostenerse. Pues, ¿qué hace falta para que una sociedad no sea perturbada? Que se reconozca la verdad de los principios que le sirven de base, en absoluto. Que se reconozca su inteligencia, de acuerdo. Su necesidad, de acuerdo también, si se quiere, aunque esto no conduzca más que a la ignorancia y a la imbecilidad vulgar. Que se los siga, sí. Sin duda esto basta. Luego, ¿cuál es el deísta o el ateo que, pensando de un modo distinto a los demás, no se conforma a sus costumbres a pesar de todo? ¿Cuál es el materialista, que lleno y como henchido de su sistema — ya sea que guarde para sí su modo de pensar, y no hable de ello más que a sus amigos o a gente versada como él en las ciencias más elevadas, como que por la vía de la conservación y sobre todo por la de la impresión las haya dado a luz y se las haya comunicado confidencialmente a todo el universo— o cuál es, insisto, el ateo, que vaya en tal circunstancia a robar, violar, incendiar, asesinar y a inmortalizarse mediante diversos crímenes? ¡Ay! Es demasia­ do tranquilo, tiene inclinaciones demasiado felices para perseguir una inmortalidad odiosa y execrable, y, es más, mediante la belleza de su genio puede pintarse tan bien en la memoria de los hombres, como agradable ha sido durante su vida por la delicadeza y benig­ nidad de sus costumbres. ¿Quién le impide renunciar a una virtud, de cuya práctica no espera ninguna recompensa? ¿Quién le impide entregarse a vicios o a crímenes de los que no espera ninguna punición tras la muerte? ¡Qué reflexión tan ingeniosa y admirable! ¡Quién os lo impide a vosotros, ardientes espiritualistas! ¡Al diablo con la hermosa má­ quina y el magnífico esp erp en to! Al filósofo, para el que su mera mención hace reír, le retiene otro temor que compartís con él, cuan­ do tiene la desdicha, lo que sucede raramente, de no ser guiado por el amor al orden. Así, no compartiendo vuestros horrores del infierno, que pisotea como Virgilio y toda la sabia antigüedad, es más feliz que vosotros por este mismo hecho. No sólo pienso que una sociedad de filósofos ateos se man­ (* )

De parte a parte.

tendría muy bien, sino además creo que se mantendría más fácil­ mente, que una sociedad de devotos, siempre dispuestos a sonar la alarma respecto al mérito y la virtud de los hombres más bon­ dadosos y más prudentes. No pretendo favorecer el ateísmo, ¡quiera Dios que no! Pero examinando la cosa en calidad de físico desin­ teresado, si yo fuera rey, disminuiría mi guardia para con aquéllos, de cuyo corazón patriótico me serviría, para doblarla con respecto a los demás, cuyos prejuicios son lo primeros reyes. ¡Qué manera de negar la confianza a espíritus amigos de la paz, enemigos del desorden y de la perturbación, a espíritus de sangre fría, cuya imaginación no se enardece jamás, y que no deciden nada a no ser tras un examen maduro y en tanto que filósofos, tan pronto lle­ vando el estandarte de la verdad, incluso de cara a la política, como favoreciendo todas sus convenciones arbitrarias, sin creerse, ni ser por ello verdaderamente culpables, ni para con la sociedad, ni para con la filosofía! ¿Cuál será ahora, me pregunto, el subterfugio de nuestros anta­ gonistas? Las obras licenciosas y atrevidas de los materialistas, esta voluptuosidad a cuyo atractivo, quiero creer, la mayoría no se niegan más que yo. Pero, si del fondo de su corazón, aquélla no hiciera más que pasar y deslizarse lúbricamente por su pluma liber­ tina, y si, con el libro de la naturaleza en la mano, los filósofos, unos sobre los hombros de otros como si se tratara de unos gigantes, escalaran al cielo, ¡qué consecuencia tan lamentable desprender de ello! Júpiter no sera destronado, como las costumbres de Europa tampoco serían arrasadas por el mero hecho de que un chino escri­ biera contra ellas. ¿No puede darse paso libre al genio o a la ima­ ginación de uno, sin que eso disponga contra las costumbres del escritor más audaz? Con la pluma en la mano, uno se permite más cosas en una soledad que se quiere amenizar, que en una sociedad donde no se tiene otro objeto que mantener la paz. ¡Cuántos escritores enmascarados por sus obras, con el corazón presa de todos los vicios, tienen el descaro de escribir sobre la vir­ tud, semejantes a estos predicadores que, saliendo de los brazos de una penitente, a la cual han convertido a su manera, vienen a predicarnos la continencia y la castidad con discursos menos flo­ ridos que su tez! ¡Cuántos otros, creyendo apenas en dios, para hacer fortuna, se han mostrado en piadosos escritos como los após­ toles de libros apócrifos, de los que ellos mismos se mofan, y por la noche, en la taberna con sus amigos, se ríen de este pobre público que han em baucado, como tal vez hacía Séneca, del que no se sospecha que tuviera el corazón tan puro ni tan virtuoso como su

pluma! ¿No es ridículo y malvado abogar por la virtud y la po­ breza, cuando se está lleno de vicios y de riquezas? Pero, para centrarnos en ejemplos más decorosos y que tienen una relación más estrecha con mi tema, el sabio Bayle, conocido como tal por tantas personas dignas de fe todavía vivas, ha salpi­ cado sus obras de un número considerable de pasajes obscenos y de reflexiones que no lo son menos. ¿Por qué? Para regocijar y distraer a un espíritu fatigado. El hacía más o menos como nuestros moji­ gatos, concediendo a su imaginación un placer que negaba a sus sentidos, placer inocente que despierta el alma y la mantiene por más tiempo en vilo. Es así cómo la alegría de los objetos, de la que suele depender la nuestra, es necesaria para los poetas, porque hace nacer estas gracias, estos amores, estas flores, y toda volup­ tuosidad encantandora que sale del pincel de la naturaleza, y que respiran los versos de un Voltaire, de un Arnaud, o de este famoso rey que tienen el placer de tener por riv al11. ¡Cuántos autores alegres y voluptuosos, han pasado por tristes y sombríos, por el mero hecho de parecerlo en sus novelas o en sus tragedias! Un hombre que lo es todo menos triste (amigo del mayor de los reyes, emparentado con una de las mayores casas de Ale­ mania, estimado, amado por todos aquellos que le conocen, y go­ zando de tantos honores, bienes y reputación, sin duda sería muy de compadecer si lo fuera), ha parecido serlo a algunos lectores en su célebre ensayo de F ilosofía m o ra l11. ¿Por qué? Porque se le supone constantemente la misma sensación que nos producen unas verdades filosóficas, más propicias para mortificar el amor propio del lector, que para halagarlo y distraerlo. ¡Cuántos autores satí­ ricos y notablemente Boileau no han sido más que virtuosos ene­ migos de los vicios de su tiempo! El hecho de armarse y levan­ tarse contra ellos, como el de castigar a los malos y hacerlos volver en sí, no significa que se sea así, al igual que tampoco se es triste, por decir cosas que no son agradables ni halagadoras. Del mismo modo que un autor alegre puede escribir sobre la melancolía y la tranquilidad, un sabio feliz puede hacer ver que en general el hombre está muy lejos de serlo. ¡Cómo me atrevo a citarme después de tamaños hombres! ¡Qué no se ha dicho, dios mío, y qué no se ha escrito! ¿Qué no habrán vociferando los devotos, los médicos e incluso los enfermos, cada uno de ellos adherido a la querella de su charlatán? ¿Qué que­ jas amargas no se habrán oído por todas partes? ¿Qué periodista ha negado un asilo glorioso a mis calumniadores, o mejor dicho no lo ha sido también él? ¿Qué vil gacetero de Gotingen, e igual­

mente de Berlín, no me ha despedazado por completo? ¿En qué casa devota he sido protegido, o más bien no he sido tratado como un cartujo? ¿Por quién? Por personas que no me han visto jamás, por personas irritadas al ver que pienso de un modo distinto del suyo, y sobre todo desesperadas por mi segunda fortuna, por per­ sonas finalmente que han creído mi corazón culpable de los pru­ ritos sistemáticos de mi espíritu. ¡De qué indignidad no es capaz el amor propio herido en sus prejuicios peor fundados, o en su conducta más depravada! ¿Cómo una caña tan débil, trasplantada en una agua tan turbia y sacudida sin cesar por todos los vientos contrarios, ha podido enraizarse tan firme y hermosamente? ¿Por qué azar, rodeado de enemigos tan poderosos, me he aguantado e incluso elevado a pesar suyo hasta el trono de un rey, cuya sola protección declarada podía finalmente disipar, como un vapor ma­ ligno, encarnizamiento tan cruel? Reconózcase que yo no me parezco en nada a todos estos re­ tratos que corren de mí por el mundo, e incluso sería un error derivarlo de mis escritos. Ciertamente, lo que hay de más inocente entre los que lo son más, lo es todavía menos que yo. Ni mi corazón es malo, ni tengo mala intención que reprocharme, y si mi espíritu se ha extraviado (está hecho para esto), mi corazón, por ser más feliz, no se ha perdido con él. ¿Cuándo nos desengañaremos acerca de los filósofos y de los escritores? Hemos de ver que, en la misma medida en que el cora­ zón es diferente del espíritu, las costumbres pueden diferir de una doctrina osada, de una sátira, de un sistema y de cualquier obra. Qué peligro pueden representar los extravíos de un espíritu escéptico que vuela de una hipótesis a otra, como un pájaro de rama en rama, arrebatado hoy por un grado de probabilidad, y seducido mañana por otro más fuerte. ¿Por qué habría de ruborizarme por flotar así entre la verosi­ militud y la incertidumbre? ¿Acaso la verdad se encuentra más al alcance de los que más la aman, y que con más candor y solicitud la buscan? ¡Ay! No, la suerte de los mejores espíritus es pasar de la cuna de la ignorancia en la que nacemos, a la cuna del Pirro­ nismo 13, donde mueren la mayoría. Si he sido poco cuidadoso con los prejuicios vulgares, si ni si­ quiera me he dignado emplear contra ellos ardides y estratagemas que han puesto a tantos autores al abrigo de nuestros judíos y sus sínodos, no se desprende que yo sea un mal sujeto, un perturbador y una p este en la sociedad, pues todos estos elogios no han costado nada a mis adversarios. Cualesquiera que sean mis especulaciones

en la paz de mi gabinete, mi actuación en el mundo nada tiene que ver con ellas; yo no moralizo de palabra como hago por escrito. En mi casa, escribo lo que me parece verdad, mientras que en casa ajena, digo lo que me parece bueno, saludable, útil y ventajoso. En un sitio prefiero la verdad como filósofo, y en el otro, el error en tanto que ciudadano. En efecto, el error, nutrición general de los espíritus en todos los tiempos y en todos los lugares, está más al alcance de todo el mundo. ¡Hay algo más digno que iluminar y conducir a este vil rebaño de imbéciles mortales! En sociedad, no hablo de ninguna de estas verdades filosóficas, que no están hechas para la multitud. Si un gran remedio se echa a perder dán­ doselo a un enfermo incurable, la augusta ciencia de las cosas se prostituye, entreteniéndose con aquellos que no están iniciados en sus misterios, ni cuyos ojos ven, ni cuyas orejas oyen. En conclu­ sión, miembro de un cuerpo del que extraigo tantas ventajas, es justo que me comporte sin repugnancia según principios, a los que (dada la maldad de la especie) cada uno debe la seguridad de su persona y de sus bienes. Pero, como filósofo, atado con placer al carro glorioso de la sabiduría y elevándome por encima de los pre­ juicios, me quejo de su necesidad, hastiado de que el mundo entero no pueda estar poblado de habitantes que se comporten guiados por la razón. He aquí mi alma toda desnuda. Por haber dicho libremente lo que pienso, no se ha de creer que soy enemigo de las buenas costumbres ni que las tenga malas. Si impura est pagina mihi, vita proba (*). No soy más spinocista por haber escrito el H om bremáquina y expuesto el Sistema de Epicuro, que malo por haber escrito una sátira contra los más charlatanes de mis colegas, ni más vano por haber criticado a nuestros bellos espíritus, que disoluto por haber osado manejar el delicado pincel de la voluptuosidad. Aunque haya barrido los remordimientos, como filósofo, si mi doc­ trina fuera peligrosa (lo que desafío a que pruebe el más encarni­ zado de mis enemigos), los tendría por mí mismo en tanto que ciudadano. En cualquier caso, he querido tener una plena condescendencia para con todos estos espíritus débiles, limitados y escrupulosos, que componen el sabio público. Cuanto peor me han comprendido y malinterpretado, cuanto más me han representado mi intención con una injusticia odiosa, menos me he creído en el deber de ponerles ante los ojos una obra que les ha escandalizado tanto y tan mal a (*)

Aunque mis escritos sean impuros, mi vida es impecable.

propósito, seducidos sin duda por estas especies de filósofos aba­ tidos de los que he plasmado vicios y virtudes. Pero, la prueba de que no me creo culpable para con la sociedad que respeto y que amo, es que, pese a tantas denuncias y pregones, acabo de reimpri­ mir el mismo escrito, retocado y refundido, únicamente, por cierto, para permitirme el honor de poner a los pies de su majestad 14 un ejemplar completo de mis obras. Ante un genio semejante, no se debe temer aparecer al descubierto, si no es por el poco que se tiene. ¡Ay! Si todos los príncipes fueran tan penetrantes, tan ilustra­ dos y sensibles al don precioso del espíritu, con qué placer y con qué éxito, siguiendo intrépidamente el talento que nos arrastra, favoreceríamos el progreso de las letras, de las ciencias, de las bellas artes y sobre todo de su augusta soberana, la filosofía. No se oiría hablar más de estos prejuicios molestos con los que nos encontra­ mos, de tal modo que esta ciencia cultivada demasiado libremente podría elevarse sobre los escombros de las leyes, costumbres, etc., y se daría sin temor libre curso a estos buenos y poderosos espíritus, tan capaces de honrar las artes por sus luces, como incapaces de perjudicar a la sociedad mediante su conducta. Por último, en lugar de molestar y apesadumbrar a los únicos hombres que, disipando poco a poco las tinieblas de nuestra ignorancia, pueden iluminar el universo, se les animaría mediante toda clase de recompensas y beneficios. No deja de ser cierto, que la naturaleza y la razón humana, ilu­ minadas por la filosofía y la religión, sostenidas y como apuntaladas por la moral y la política, están hechas para estar eternamente en guerra, a causa de su constitución. Pero, de ahí no se desprende que la filosofía, aunque teóricamente opuesta a la moral y a la religión, pueda destruir estos lazos circunspectos y sagrados. Asi­ mismo, está probado que todas estas guerras filosóficas no tendrían en el fondo nada peligroso sin el repugnante odio teológico que las sigue, puesto que basta con definir, distinguir y entenderse (cosa ciertamente rara), para concebir que la filosofía y la política no han de cruzarse en sus andanzas, y que en definitiva no tienen nada esencial que desentrañar juntas. He ahí dos ramas bien podadas, si no me equivoco, luego, pa­ semos a la tercera, ¡y mi paradoja quedará demostrada en toda su extensión. Aunque estrechar los nudos de la sociedad con las dichosas manos de la filosofía parezca un problema más difícil de comprender a primera vista, no creo sin embargo, después de todo lo que se

ha dicho anteriormente, que se precisen reflexiones muy profundas para resolverlo. ¿Sobre qué no extiende ésta sus alas? ¿A qué cosa no comunica su fuerza y su vigor? ¿De cuántas maneras no quiere hacerse útil y recomendable? Al igual que es ella la que trata el cuerpo en medicina, ella es también la que trata, aunque en otro sentido, las leyes, el espí­ ritu, el corazón y el alma, la que dirige el arte de pensar, mediante el orden que pone en nuestras ideas, y la que sirve de base al arte de hablar. Se mezcla, por lo tanto, en todo, en la jurisprudencia, en la moral, en la metafísica, en la retórica, en la religión, y además, útilmente, insisto, ya sea que enseñe verdades o errores. Sin sus luces, los médicos se verían reducidos a los primeros tanteos del ciego empirismo, que puede considerarse como el fun­ damento del arte hipocrático. ¿Cómo ha conseguido darse una apariencia doctrinal y una es­ pecie de cuerpo sólido al esqueleto de la metafísica? Cultivando la filosofía, cuyo arte mágico era lo único que podía cambiar un vacío torricellian o15, para expresarme de algún modo, en una plenitudaparente, y hacer creer inmortal este soplo fugitivo, este aire de la vida tan fácil de extraer de la máquina neumática del tórax. Si la religión hubiera podido hablar el lenguaje de la razón, N icole16, esta bella pluma del siglo pasado, que lo falsificó tan bien, se lo hubiera hecho detentar. Sino, ¿por qué otro medio? ¡Cuántos otros, ya sean excelentes usos como dichosos abusos de la industria de los filósofos! ¿Quién ha erigido la moral a su vez en especie de ciencia? ¿Quién la ha hecho figurar, quién la ha hecho entrar con su compañera, la metafísica, en el dominio de la sabiduría del que hoy forma parte? Ella misma, la filosofía. Sí, es ella quien ha tallado y perfeccionado este útil instrumento, quien ha hecho de él esta brújula maravillosa, que, de lo contrario, se­ guiría siendo imán bruto de la sociedad. Así es, como los árboles más estériles en apariencia pueden pronto o tarde llevar los más hermosos frutos. Del mismo modo, nuestros trabajos académicos tendrán quizá una utilidad apreciable algún día. ¿Por qué Moisés han sido tan gran legislador? Porque era filó­ sofo. La filosofía influye tanto sobre el arte de gobernar, que los príncipes, que han estado en la escuela de la sabiduría, están hechos para ser y son efectivamente mejores que los que no se han im­ buido de los preceptos de la filosofía, como de nuevo lo ponen de manifiesto el emperador Juliano, y el rey filósofo, hoy tan célebre. Este último ha sentido la necesidad de abrogar las leyes, aliviar

las penas y hacerlas proporcionales a los crímenes, porque ha pro­ yectado hacia este lado el ojo filosófico que brilla en todas sus obras. Del mismo modo, la justicia está tanto más presente en todos los estados en que escribo, por cuanto ha sido, por así decir, razonada, y sabiamente reformada por el príncipe que la gobierna. Si ha proscrito del foro un arte que le complace sobremanera, como para con sus lectores, es porque ha conocido todo su prestigio se­ ductor, y ha visto el abuso que se puede hacer de la elocuencia, a ejemplo del que hizo de ésta el propio Cicerón. Verdad es, que la peor causa, manejada por un hábil retórico, puede triunfar a la primera, despojada de este imperio soberano que el arte de la palabra usurpa demasiado a menudo a la justicia y a la razón. Pero, dados todos estos abusos, todos estos armoniosos oropeles de períodos redondeados, de expresiones artísticamente ordenadas, todo este vacío de palabras que perecen pomposamente en el aire, este latón tomado por oro y esta elocuencia fraudulenta, ¿cómo se puede descubrir y separar tanta aleación del verdadero metal? Si alguna vez es posible extraer la verdad de este pozo impe­ netrable, en cuyo fondo la ha colocado algún antiguo, la filosofía nos procura los medios. Es la piedra de toque de los pensamientos sólidos, de los razonamientos justos, y es el crisol en el que se evapora todo lo que desconoce la naturaleza. En sus hábiles manos, el pelotón de las cosas embrolladas se desarrolla y se divide de algún modo con tanta facilidad, como con la que un gran médico desentraña y desenmascara las enfermedades más complicadas. ¿Da la retórica a las leyes o a las acciones más injustas un aire de equidad y de razón? La filosofía no es cándida, porque tiene un punto fijo para juzgar sutilmente lo que es honesto o deshonesto, equitable o injusto, vicioso o virtuoso, descubriendo el error y la injusticia de las leyes, y poniendo a la viuda con el huérfano al abrigo de las trampas de esta Sirena, que sin dificultad, aunque no sin peligro, acude a la razón como incentivo de un discurso bri­ llante y florido. Soplo puro de la naturaleza, el veneno mejor ade­ rezado no puede corromperos. Pero, a la misma elocuencia, este arte inventado por la coque­ tería del espíritu, que es para la filosofía lo que la forma más bella es para la materia más preciosa cuando debe encontrar su lugar, ¿quién le da este tono masculino, esta fuerza vehemente con la que tronan los Demóstenes y los Bourdalones n? La filosofía. Sin ella, sin el orden que pone en las ideas, la elocuencia de Cicerón quizá habría sido vana, y ninguno de todos estos bellos alegatos

que hacían palidecer el crimen, que hacían triunfar a la virtud y hacían temblar a Venes 18, Catilina, etc., ni ninguna de todas estas obras maestras del arte de hablar, hubieran dominado los espíritus de todo un senado romano, ni habrían llegado hasta nosotros. Yo sé que un solo rasgo de elocuencia enardecedora y patética, a la mera mención de Patria o Francés bien pronunciada, puede excitar a los hombres al heroísmo, recordar la victoria y fijar la incertidumbre del destino. Pero raros son los casos, donde éste sólo tiene que ocuparse de la imaginación de los hombres, en que todo está perdido si no se sacude fuertemente, mientras que, la filosofía, actuando simplemente sobre la razón, tiene un uso diario y rinde servicio, incluso cuando se abusa de ella aplicándola a erro­ res recibidos. Sin embargo, para reincidir, como es mi deber, en un tema im­ portante que sólo he insinuado, es la razón iluminada por la antorcha de la filosofía la que nos muestra este punto fijo del que he ha­ blado, punto del que se puede partir para conocer lo justo y lo injusto, el bien y el mal moral. Lo que pertenece a la ley, da el derecho, pero tal derecho en sí, no es ni derecho a la razón, ni derecho a la equidad, sino un derecho al uso de la fuerza, que a menudo aplasta a un miserable que tiene de su parte la razón y la justicia. Lo que protege al más débil contra el más fuerte, puede pues no ser en modo alguno equitativo, y, por consiguiente, las leyes pueden requerir con frecuencia que se las rectifique. Luego, ¿quién las rectificará, reformará, sopesará, por así decir, si no es la filosofía? ¿Cómo? ¿Dónde? Si no es en la balanza de la sabi­ duría y de la sociedad — pues ahí está el punto fijo, desde el que puede juzgarse lo justo y lo injusto— la equidad no se conoce ni se manifiesta más que desde este único punto de vista, y sólo se pesa de nuevo en esta balanza, donde las leyes deben por consi­ guiente intervenir. Puede decirse de ellas y de todas las acciones humanas que sólo son justas o equitativas aquéllas que favorecen a la sociedad, y que sólo son injustas aquéllas que perjudican sus intereses. Tal es asimismo la única manera de juzgar sutilmente acerca de su mérito y de su valor. Dando sentencia favorable a Pufendorf frente a Grotius 19, per­ sonajes célebres, que han tomado caminos diversos en el mismo terreno, la filosofía reconoce que si uno se ha manifestado mejor filósofo que el otro, admitiendo todo acto humano como indiferente en sí, este último no ha dado más directamente en el objetivo, en tanto jurisconsulto o moralista, procurando a las leyes lo que es reversible en relación a aquéllos para los cuales se han hecho. Atre­

vámonos a decirlo: estos dos grandes hombres, por falta de ideas claras y de nuestro punto fijo, no han hecho más que divagar. Así es cómo la filosofía nos enseña que lo que es absolutamente verdad no extingue lo que es relativamente justo, y que, por consi­ guiente, no puede perjudicar a la moral, ni a la política, ni, por últi­ mo, la seguridad de las relaciones entre los hombres. Consecuencia evidente, en la que no se puede insistir demasiado en un discurso elaborado expresamente para desarrollarla y aclararla por completo. Puesto que sabemos, sin que nos quepa duda, que lo que es verdad no es necesariamente justo, y, recíprocamente, que lo justo puede perfectamente no ser verdadero, al igual que lo que es legal tampoco supone en absoluto ninguna equidad — la cual sólo es recognoscible por la señal y carácter que he aducido, quiero decir, el interés de la sociedad— he aquí finalmente las tinieblas de la jurisprudencia y los caminos encubiertos de la política iluminados por la antorcha de la filosofía. Así, todas estas vanas disputas sobre el bien y el mal moral, interminables para los espíritus con buenas intenciones, sólo serán esgrimidas por aquéllos, cuya terquedad y parcialidad no quieren ceder a la sagacidad de las reflexiones filo­ sóficas, o cuya ceguera fanática no puede desfilar ante la luz más contundente. Es hora de considerar nuestra amable reina bajo otro aspecto. E l fuego no dilata los cuerpos más de lo que la filosofía engrandece el espíritu, propiedad en virtud de la cual, cualesquiera que sean los sistemas que uno defiende, sólo ella puede ser siempre de uti­ lidad. Si descubro que todas las pruebas de la existencia de dios son meramente falaces y deslumbrantes, que las de la inmortalidad del alma son meramente escolásticas y frívolas, que nada en definitiva puede procurar ideas de lo que nuestros sentidos no pueden sentir, ni nuestro débil espíritu comprender, nuestros iluminados Abadistas, nuestros empolvados Escolares clamarán venganza, y un pedante con golilla, para hacerme odioso a toda una nación, me llamará públicamente ateo. Pero si tengo razón, si he probado una verdad nueva, si he refutado un antiguo error, si he profundizado un tema tratado superficialmente, habré extendido los límites de mi saber y de mi espíritu; es más, habré aumentado las luces pú­ blicas y difundido el espíritu por el mundo, comunicando mis inves­ tigaciones, y atreviéndome a pregonar lo que todo filósofo tímido o prudente se dice al oído. No es que yo no pueda ser juguete del error, pero cuando se dé el caso, haciendo pensar a mi lector, agudizando su penetración,

extenderé a pesar de todo los límites de su genio, y, por este mismo motivo, no veo por qué habría de ser tan mal acogido por los espíritus con buenas intenciones. De igual modo que las hipótesis más falsas de Descartes pasan por felices errores, por cuanto han hecho vislumbrar y descubrir muchas otras verdades que se desconocerían sin ellas, los sistemas de moral o de metafísica peor fundados, no se hallan desprovistos de utilidad, con tal de que estén bien razonados, y que una larga cadena de consecuencias maravillosamente deducidas, aunque de principios falsos y quiméricos como los de Leibniz y W olf, dé al espíritu ducho la facilidad de abarcar a continuación un número superior de objetos. En efecto, ¿cuál será el resultado? Una vista larga más penetrante, un telescopio mejor, y, por así decir,'nuevos ojos, que no tardarán quizá en rendir grandes servicios. Dejemos al pueblo que diga y crea que es abusar de su espíritu y de sus talentos, el hecho de que éstos se hagan servir para el triunfo de una doctrina opuesta a los principios o más bien a los prejuicios generalmente recibidos, pues, de lo contrario, sería una pena, que el filósofo no los abordara por la única vertiente de la que puede adquirir conocimientos. ¿Por qué? Porque su genio forta­ lecido, extendido, y tras él todos aquéllos, a los que sus investiga­ ciones y sus luces puedan comunicarse, se hallarán más capacitados para juzgar los casos más difíciles, para ver los abusos que se co­ meten aquí, los frutos que se podrían extraer allá, y para encontrar, por último, los medios más breves y más eficaces para poner fin al desorden. Semejante a un médico, el cual, a falta de teoría, andara a tanteos por el vasto laberinto de su arte, sin este nuevo excedente de luces, a las que no faltara más que una feliz aplicación, el espí­ ritu menos cultivado y más estrecho, nunca habría podido descubrir todas estas cosas. Cierto es, que, siguiendo los diversos usos que se pueden hacer de la ciencia de las cosas por sus efectos (pues así me gustaría la filosofía modestamente definida), ésta tiene una infi­ nidad de ramas que se extienden a lo lejos y parecen poder cobijarlo todo: la naturaleza, depositando mil tesoros en su seno, tesoros que en su ingeniosa penetración hace valer y hace todavía más preciada, y el arte, ejerciendo el genio y disminuyendo los límites del espíritu humano. ¿De qué nos serviría aumentar las facultades de nuestro espíritu, si no resultara de ello algún bien para la sociedad, ni el acrecenta­ miento del genio y del saber contribuyeran a ello de algún modo, directa o indirectamente? No hay nada más verdadero que esta máxima, que el pueblo

siempre será tanto más fácil de guiar, cuantas más fuerzas y luces adquiera. Por consiguiente, del mismo modo que en nuestros ejer­ cicios de embridar se aprende a montar un caballo fogoso, en la escuela de los filósofos se aprende el arte de hacer a los hombres dóciles y a ponerles un freno, cuando no se les puede conducir mediante las luces naturales de la razón. ¿Puede hacerse algo mejor que frecuentar esta escuela asiduamente? ¡Qúé ciega barbarie pues cerrarle incluso las puertas! La filosofía sigue teniendo una influencia sobre el bien público en todos los aspectos, sea estando en el error como en la verdad. Esta influencia es a menudo indirecta, ciertamente, pero tan con­ siderable, que se puede decir que, así como ella es la clave de la naturaleza y de las ciencias, la gloria del espíritu a su vez es la an­ torcha de la razón, de las leyes y de la humanidad. Consideremos un honor el llevar una antorcha tan útil a los que la detentan, como a los que ésta ilumina. Legisladores, jueces, magistrados, valdréis mucho más, cuando la sana filosofía ilumine todos vuestros pasos, cometeréis menos injusticias, menos iniquidades, menos infamias, y por último, con­ tendréis a los hombres filósofos mejor que en tanto oradores y razonantes, y que en tanto razonadores. Abusar de la filosofía, al igual que de la elocuencia, para seducir y aumentar las dos principales facultades del alma, la una por la otra, supone saber servirse de ellas hábilmente. ¿Creéis-que la reli­ gión pone al más débil al abrigo del más fuerte? ¿Pensáis que los prejuicios de los hombres son los frenos que los retienen, que su buena fe, su probidad y su justicia sólo penderán de un hilo, una vez se desprendan de las cadenas de la superstición? ¡Servios de toda vuestra fuerza para conservar una ceguera preciosa, por la que sus ojos no puedan abrirse nunca, si la desdicha del mundo depende de ello! Reasegurad su fe vacilante con ayuda de argu­ mentos capciosos, rebajad su débil genio mediante la fuerza del vuestro a la religión de sus padres, dad, como nuestros sagrados Josés, un aire de verosimilitud a las absurdidades más repugnantes, y que el tabernáculo se abra, que las leyes de .Moisés se interpreten, que los misterios se desvelen y que todo se explique de una vez. El altar es tanto más respetable, cuando es un filósofo quien lo inciensa. Tal es el fruto del árbol filosófico, fruto mal a propósito defen­ dido, si no es porque quiero creer y, es más, ver que su defensa aquí, com en tantas otras cosas, excita a los espíritus generosos a

recogerlo y a difundir por doquier su delicioso perfume y excelente sabor. Con ello no pretendo insinuar que se debe hacer lo que sea para endoctrinar al pueblo y admitirlo en los misterios de la natu­ raleza. Tengo demasiado claro que la tortuga no puede correr, ni los animales rampantes pueden volar, ni los ciegos pueden ver. Todo cuanto deseo es que aquellos que detentan el timón del Estado, sean un poco filósofos. Unicamente pienso que no podrían serlo demasiado. En efecto, ya he hecho perceptible lo ventajoso que esto sería mediante los mayores ejemplos: cuanto más filósofos sean los príncipes o sus ministros, más capaces serán éstos de sentir la dife­ rencia esencial que se encuentra entre sus caprichos, su tiranía, sus leyes, su religión y la verdad, la equidad, la justicia, y, por consi­ guiente, cuanto más en disposición se encuentren de servir a la humanidad y de ser merecedores de sus súbditos, más capacitados estarán para saber que la filosofía, lejos de ser peligrosa, sólo puede ser útil y saludable. Asimismo, cuanto más permitan gusto­ samente a los sabios difundir sus luces a manos llenas, más com­ prenderán finalmente que, en tanto águilas de la especie humana hechos para elevarse, si éstos combaten filosóficamente los prejuicios de unos, es para que aquéllos que sean capaces de captar su doc­ trina, se sirvan de ellos y los hagan valer en provecho de la sociedad, cuando los crean necesarios. Imbuidos de un respeto único y sin límites para con esta reina del sabio, la creeremos pues bienhechora, dulce, incapaz de conllevar ningún inconveniente fastidioso, y simples, como la verdad que ella anuncia, creeremos que los oráculos de esta venerable Sibila sólo son equívocos para aquéllos que no pueden penetrar su sentido y su espíritu, y siempre útiles, directa o indirectamente, cuando se quiere hacer un buen uso de ellos. Sectarios celosos de la filosofía, para ser patriotas más celosos, dejemos clamar al vulgo y a los que se parecen a los jansenistas, que una excomunión injusta no les impide hacer lo que creen su deber, y que todos los gritos del odio teológico, con la potencia cabal de los prejuicios que los atizan, lejos de impedirnos hacer el nuestro, no puedan jamás mitigar este gusto dominante por la sabi­ duría, que caracteriza a un filósofo. Este deber, si preguntáis por él, supone no creer como un imbé­ cil que se sirve menos de su razón, que un avaro de su dinero, y todavía menos simular que se cree... La hipocresía es una comedia indigna del hombre, y, en fin, el hecho de cultivar una ciencia es

la clave de todas las demás, y, gracias al buen gusto del siglo, eso está más de moda hoy que nunca. Sí, filósofos, este es nuestro deber, y el vuestro, príncipes, es apartar todos los obstáculos que espantan a los genios tímidos, y evitar todas estas bombas de la teología y de la metafísica, que no están llenas de viento, cuando es un santo hombre enfurecido quien las lanza: tantae animis caelistibus irae! ( * ) Impulsar los trabajos filosóficos mediante favores y honores, para castigar a aquellos que consagran a ellos sus vigilias, cuando por azar estos trabajos los alejan de los senderos de la multitud y de las opiniones comunes, es rechazar la comunión y la sepultura a los que pagáis para divertiros en sus teatros. Una cosa, cierta­ mente, no debiera sorprenderme más que la otra, pero, a la vista de parejas contradicciones, cómo no exclamar con un poeta filósofo: ¡Ay! ¿veré siem pre a mi loca nación Insegura en sus propósitos, marchitando lo que admira; A nuestras costum bres contradiciéndose siem pre con nuestras leyes; Y al débil Francés adorm eciéndose bajo el im perio D e la superstición? 20 El trueno está lejos, dejemos de gruñir y marchemos con paso firme en pos de la verdad, pues nada debe privar a un filósofo de la libertad de pensar. Si es una locura, es la de las grandes almas, que, con tal de elevarse, no temen caer. Quien sacrifica los dones preciosos del genio a una virtud polí­ tica, trivial y limitada como lo son todas, ya puede decir que ha recibido su espíritu con instinto estúpido y su alma con interés sórdido. Que alardee, por lo demás, si le parece bien, pues en cuanto a mí, discípulo de la naturaleza y amigo de la sola verdad, cuyo único fantasma me complace más que todos los errores que llevan a la fortuna, y, que he preferido perderme a la luz del día con mi escaso genio, en lugar de escaparme e incluso enriquecerme en la oscuridad mediante la prudencia, en tanto que filósofo gene­ roso, no negaré mi homenaje a los encantos que me han seducido. Cuanto más cubierto de escollos y más célebre en naufragios sea el mar, tanto más pensaré que es hermoso buscar en él la inmorta­ lidad a través de tantos peligros. Sí, osaré decir libremente lo que pienso, y, al ejemplo de Montagne, mostrándome a los ojos del universo como ante mí mismo, los verdaderos jueces de las cosas (*)

/Tanta ira en espíritus celestes!

me encontrarán más inocente que culpable, por atrevidas que sean mis opiniones, y quizá virtuoso por el mismo hecho de confesar mis vicios. Seamos libres en nuestros escritos, como en nuestras acciones, y mostremos en ellos la orgullosa independencia de un republicano. Un escritor tímido y circunspecto, además de no servir a las cien­ cias ni al espíritu humano, ni a su patria, se pone unos obstáculos que le impiden elevarse. Es como si un corredor se pusiera unos zapatos de suela de plomo, o un nadador se colocara unas vejigas natatorias llenas de agua bajo los sobacos. Un filósofo tiene que escribir con noble osadía, o ya puede contar con reptar como los que no lo hacen. ¡Oh, vosotros, que sois tan prudentes, tan reservados y que usáis tantas artimañas y estratagemas, que os enmascaráis con tantos velos y con tanta habilidad que los hombres simples y burlados no pueden adivinaros! ¿Quién os retiene? Lo veo, vosotros sentís que entre tantos señores que se dicen vuestros amigos nl, con los que vivís en la mayor familiaridad, no habrá uno solo que no os aban­ done en la desgracia. No, ni uno solo que tenga lagenerosidad de volver a pedir a su rey el llamamiento de un genio, porque teméis la suerte de este joven y célebre sabio, a quien un ciego ha bastado para iluminar el universo, y conducir a su autor a Vincennes, o la de este otro (Toussaint) genio untanto inferior, al que unas costum bres puras, siempre estimables, aunque algunas veces extrañas, por parecer seguir indiscretamente las huellas del paganismo, han relegado, se dice, a esta otra espantosa inquisición (La Bastilla). ¡Cómo, pues! ¿Tales escritos no excitan en vosotros esta elevación, esta grandeza de alma, que no conoce peligro? ¿No tenéis coraje, ni amor propio, a la vista de obras tan hermosas? ¿No siente nada vuestra alma en presencia de tales manifesta­ ciones? No digo que la libertad del espíritu sea preferible a la del cuer­ po, pero, ¿qué hombre, verdaderamente hombre, por poco sensible que sea a la gran gloria, no quisiera por semejante precio carecer de esta última durante un tiempo? Rugid, tiranos de una razón sublime, semejantes a pólipos cor­ tados en infinidad de pedazos, los escritos que condenáis al fuego, salen por así decir de sus cenizas multiplicados al infinito. Estos hombres que exiláis, que forzáis a abandonar su patria (me atrevo 111 Doñee eris feltx, multos numerabis amicos, témpora si fuerint nubile locus eris. [Mientras tengas suerte, contarás con muchos amigos. Si los tiem­ pos se ponen nublados, estarás solo.]

a decirlo, sin temor a que se me crea sospechoso de alguna práctica vana, ni de vivos pesares), estos hombres que encerráis en prisiones crueles, ¡escuchad lo que piensan de ellos los espíritus más pru­ dentes y más ilustrados! O más bien, mientras su persona gime estando presa, ¡ved cómo la gloria lleva triunfal sus nombres hasta los cielos! Nuevos Augustos, no lo seáis en todo, ahorráos la ver­ güenza de los crímenes literarios, pues uno sólo puede marchitar todos vuestros laureles. No castiguéis las letras y las artes por la imprudencia de los que las cultivan mejor, o los Ovidios modernos llevarán con sus suspiros vuestros crueles tratos a la posteridad indignada, que no les negará ni lágrimas ni sufragio. Y ¿cómo podría ésta, sin ingratitud, leer con una mirada inconmovible las tristezas y endechas de espíritus cultos, que han sido desdichados precisamente porque han trabajado para ella? Pero, ¿no puede buscarse la inmortalidad sin que uno se pierda? Y ¡a qué viene esta loca ebriedad por la que me dejo transportar! Es un medio justo y razonable [E st m odus in rebus ( * ) etc.], del que la prudencia no permite que nos separemos. Autores a los que la venganza más halagüeña no basta, quiero decir el aplauso de la Europa ilustrada, ¿acaso pretendéis hacer impunemente obras in­ mortales? Pensad en alto, pero esconderos IV. Que la posteridad sea vuestro único punto de vista y que nunca sea descartado por ningún otro. Escribid como si estuviérais solos en el Universo, como si nada tuviérais que temer de los celos y prejuicios de los hombres, o erraréis el tiro. Yo no alardeo de dar en él, ni alardeo de que el sonido que me designa, y que me es común con tantos hombres oscuros, sea llevado por la inmensidad de los siglos y de los aires. Si yo con­ sulto mi modestia incluso menos que mi debilidad, creeré sin difi­ cultad que el escritor sometido a las mismas leyes que el hombre, perecerá por completo. Quién sabe además si, en un proyecto muy por encima de mis fuerzas, una reputación tan débil como la mía (*) Hay una cierta medida en las cosas. IV

Es la

necesidad de ocultarme, lo que me ha

hecho imaginarla d

catoria a M. Haller. Me doy cuenta de que es una extravagancia doble dedicar

amistosamente un libro tan osado a un sabio que nunca he visto, y que cincuenta años no le han podido librar de todos los prejuicios de la iníancia; pero yo no creía que mi estilo me hubiera traicionado. Tal vez debería suprimir un texto que tanto ha hecho exclamar, gemir y renegar a aquel a quien se dirige, pero éste ha recibido tan grandes elogios públicos de escri­ tores, cuyo sufragio es infinitamente halagador, que no he tenido esta valentía. Me tomo la libertad de hacerlo reaparecer, tal como se ha visto en todas las ediciones de El Hombre-máquina, cum bona venit celeberrimi, savantissimi

pedantissimi professoris.

no podría tropezar con el mismo escollo, donde ya se ha estrellado mi fortuna. Pase lo que pase, tan tranquilo con respecto a la suerte de mis obras, como con la mía propia, al menos atestiguaré que he mirado a la mayor parte de mis contemporáneos como prejuicios ambu­ lantes, y que no he pretendido su sufragio como tampoco temido su reprobación o su censura. Por último, contento y demasiado honrado con este pequeño número de lectores de los que habla Horacio, y que un espíritu sólido preferirá siempre al resto del mundo entero, lo he sacrificado todo al brillante espectro que me ha seducido. Y , ciertamente, si en mis escritos hay algunas ameni­ dades nuevas y osadas, cierta chispa, algún destello de genio, todo lo debo a este coraje filosófico, que me ha hecho concebir la em­ presa más elevada y más temeraria. Mi naufragio y todas las desdichas que lo siguieron, son por lo demás fáciles de olvidar en un puerto tan glorioso y tan digno de un filósofo, donde puedo beber a grandes tragos por el olvido de todos los peligros que he corrido. ¡Ah! ¡Cómo arrepentirse de una falta tan dichosa como la mía! Pero, ¡qué incitación tan hermosa para los aficionados a la verdad! Aquí, apóstol de la sola naturaleza, se pueden afrontar los prejuicios y todos los enemigos de la sana filosofía, al igual que uno se ríe de la furia de las olas en una ensenada tranquila. Yo ya no oigo gruñir a los míos más que de lejos, como una tem­ pestad que azota el buque con el que me he salvado. ¡Qué placer no haber de cortejar sino a esta reina inmortal! ¡Qué vergüenza, que en otra parte uno no pueda hacerse libremente a la vela en un mar que conduce a la adquisición de tantas riquezas y como al Perú de las ciencias! Espíritus cultos, sabios, filósofos, genios de todas las especies, ¿quién os retiene en los cautiverios de vuestras regiones? Este que veis21, este que os abre con tanta solicitud la barrera, es un héroe, que aún siendo joven ha llegado de memoria al templo por casi todos los caminos que conducen a él. Venid... ¿Qué esperáis? Será vuestro guía, vuestro modelo y vuestro apoyo, y os obligará, medíante su ilustre ejemplo, a andar tras sus huellas en el penoso sendero de la gloria; dux et exem plum et necessitas (*), como dice Plinio el joven, refiriéndose a otra cósa. Si no os es dado seguirlo, compartiréis al menos con nosotros el placer de admirarlo de más cerca. Ciertamente, juro que no es su corona lo que envidio, sino su espíritu. (*)

El ejemplo y la necesidad son nuestras guías.

Vosotras, a quienes estos sagrados perturbadores de un reposo respetable no os han inquietado, bajo tan gloriosos auspicios, apa­ reced osadamente obras protegidas, pues no lo haríais si fuerais peligrosas, porque un filósofo no os hubiera permitido aparecer. Un espíritu vasto, profundo, habituado a reflexionar, sabe dema­ siado bien que lo que sólo es filosóficamente verdadero, no puede ser dañino. Hace unos años que, envueltas en un triste manto, estabais cons­ treñidas a mostraros solas, algo tímidas, y como antaño, los versos de Ovidio exilado22, sin vuestro autor, al que incluso teméis des­ enmascarar, semejantes a estos niños tiernos que quisieran librar a su padre de la persecución de acreedores demasiado crueles. Hoy (para parodiar a este afable y desgraciado poeta), libres y más felices, no iréis más a la ciudad sin él, y andaréis juntos con la cabeza alta, oyendo murmurar al vulgo, al igual que un navegante (para hablar como un poeta), seguro de la protección de Neptuno, oye rugir las olas.

TRATADO D EL A LM A 1

Capítulo primero E x p o s ic ió n

de

la

obra

Ni Aristóteles, ni Platón, ni Descartes, ni Mallebranche, os enseñarán cómo es vuestra alma. En vano os atormentáis para co­ nocer su naturaleza, pues es preciso que os sometáis a la ignorancia y a la fe. La esencia del alma del hombre y de los animales es y será siempre tan ignota como la esencia de la materia y de los cuerpos. Digo más: el alma desasida del cuerpo mediante abstrac­ ción, se asemeja a la materia considerada sin ninguna forma, y no se la puede concebir. El alma y el cuerpo se han hecho juntamente en el mismo instante, y como de una sola pincelada. Han sido arro­ jadas al mismo molde, dice un gran teólogo 1 que ha osado pensar. Quien quiera conocer las propiedades del ama, debe investigar pre­ viamente las que se manifiestan con toda evidencia en los cuerpos, cuya alma es el principio activo. Esta reflexión induce naturalmente a pensar que no hay guías más seguros que los sentidos. Así es, filósofos míos. Por mal que se hable de éstos, sólo ellos pueden iluminar a la razón en la bús­ queda de la verdad; sí, son los únicos a los que hará falta recurrir, cuando seriamente se la quiera conocer. Veamos, pues, con tanta buena fe como imparcialidad, qué es lo que nuestros sentidos pueden descubrir en la materia, en la sus­ tancia de los cuerpos y sobre todo de los cuerpos organizados, pero veamos sólo lo que está, y no nos imaginemos cosas. La materia 1 Tertuliano, De resurrectione.

es de por sí un principio pasivo, únicamente tiene una fuerza de inercia, por eso, cuantas veces se la vea moverse, podrá concluirse que su movimiento proviene de otro principio, que un espíritu bon­ dadoso no confundirá jamás con el que lo contiene, quiero decir, con la materia o la sustancia de los cuerpos, porque la idea de lo uno y la idea de lo otro constituyen dos ideas intelectuales, tan diferentes como lo activo y lo pasivo. Si en el cuerpo hay pues un principio motor, pese a probarse que este mismo principio que hace latir el corazón, hace a su vez que los nervios sientan y el cerebro piense, no se desprenderá claramente que es éste el principio al que se da el nombre de alma. Está demostrado que el cuerpo hu­ mano en su primer origen tan sólo es un gusano, cuyas metamor­ fosis en conjunto no son más sorprendentes que las de todo insecto. ¿Por qué no iba a estar permitido investigar la naturaleza o las propiedades del principio desconocido, aunque evidentemente sen­ sible y activo, que hace arrastrarse a este gusano con orgullo sobre la superficie de la tierra? ¿No está la verdad hecha para el hombre, así como la felicidad a que aspira? O acaso estamos tan ávidos, y por así decir tan enamorados, para no abrazar más que una nube, en lugar de la diosa, como los poetas han pretendido de Ix ió n 2.

Capítulo II La

m a t e r ia

Todos los filósofos que han examinado atentamente la natura­ leza de la materia, considerada en sí misma e independientemente de todas las formas que constituyen los cuerpos, han descubierto en esta sustancia diversas propiedades, que derivan de una esencia absolutamente desconocida. Tales son, 1.° el poder de recibir dife­ rentes formas, que se producen en la materia misma, y por las cuales la materia puede adquirir la fuerza motriz y la facultad de sentir, y 2.° la extensión actual, que han reconocido bien como un atributo, pero no como la esencia de la materia. Sin embargo, ha habido algunos, y entre otros Descartes, que han querido reducir la esencia de la materia a la simple extensión, y limitar todas las propiedades de la materia a las de la extensión. Pero tal parecer ha sido rechazado por todos los demás modernos, que han sido más atentos respecto a todas las propiedades de esta

sustancia, de manera que el poder de adquirir la fuerza motriz y la facultad de sentir, se ha considerado desde siempre, al igual que la extensión, como una propiedad esencial de la materia. Las diversas propiedades que se observan en este principio desconocido, demuestran un ser en el que existen estas mismas propiedades, un ser que en consecuencia debe de existir por sí mis­ mo. Luego, no se concibe, o más bien parece imposible, que un ser que existe por sí mismo no pueda crearse ni aniquilarse. Evidente­ mente, sólo las formas de las que sus propiedades esenciales la hacen susceptible, pueden destruirse y reproducirse a su vez. Ade­ más, la experiencia nos obliga a reconocer que de nada, nada se hace. Aquellos filósofos que no han conocido las luces de la fe, han pensado que este principio sustancial de los cuerpos ha existido y existirá siempre, y que los elementos de la materia tienen una solidez indestructible, que no permite temer que el mundo se de­ rrumbe. La mayoría de los filósofos cristianos reconocen también que existe necesariamente por sí mismo, y que no es inherente a su naturaleza el haber podido empezar, ni el poder terminar, como puede verse en un autor del siglo pasado que enseñaba 11 teología en París.

Capítulo III La

e x t e n s ió n

de

la

m a t e r ia

Aunque no tengamos ninguna idea de la esencia de la materia, no podemos negar nuestro consentimiento a las propiedades que nuestros sentidos descubren en ella. Abro los ojos y a mi alrededor tan sólo veo materia o extensión. La extensión es pues una propiedad que corresponde siempre a toda materia, que sólo puede corresponderle a ella, y por consiguiente es co-esencial a su sujeto. Esta propiedad supone en la sustancia de los cuerpos tres di­ mensiones, longitud, anchura y profundidad. En efecto, si consul­ tamos nuestros conocimientos, los cuales vienen todos de los sen­ tidos, la materia o la sustancia de los cuerpos no se puede concebir 11 Goudin, Philosophia juxia inconcussa tutissimaque Divi thomae dogmata.

sin la idea de un ser a la vez largo, ancho y profundo, puesto que la idea de estas tres dimensiones está necesariamente asociada a la que nosotros tenemos de todo tamaño o cantidad. Los filósofos que más han meditado sobre la materia, no en­ tienden por la extensión de esta sustancia una extensión sólida, constituida de partes distintas, capaz de resistencia. Nada está unido, nada está dividido en esta extensión: para dividir, se precisa una fuerza que desuna, del mismo modo que ésta también se precisa para unir las partes divididas. Luego, según estos físicos, la ma­ teria no tiene fuerza actualmente activa, puesto que toda fuerza debe provenir del movimiento, o de algún esfuerzo o tendencia al movimiento, y puesto que, en la materia despojada de toda forma mediante abstracción, sólo reconocen una fuerza motriz en potencia. Esta teoría es difícil de concebir, pero una vez establecidos los principios, es rigurosamente verdadera en sus- consecuencias. Ocurre lo mismo con estas verdades algebraicas, cuya certidumbre se conoce mejor de lo que la concibe el espíritu. La extensión de la materia no es pues más que una extensión metafísica, que no es perceptible en modo alguno, según la idea de estos mismos filósofos. Estos piensan con razón que sólo la ex­ tensión sólida es capaz de impresionar nuestros sentidos. Nos parece pues que la extensión es un atributo que participa de la forma metafísica, pero lejos estamos de creer que una exten­ sión sólida constituya su esencia. No obstante, antes que Descartes, algunos antiguos habían he­ cho consistir la esencia de la materia en la extensión sólida. Pero esta opinión que los cartesianos tanto han hecho valer, ha sido victoriosamente combatida en todos los tiempos, por razones evi­ dentes que expondremos a continuación, pues el orden requiere que previamente examinemos a qué se reducen las propiedades de la extensión.

Capítulo IV P r o p ie d a d e s

m e c á n ic a s - p a s i v a s

d e p e n d ie n t e s

de

la

de

la

m a t e r ia ,

e x t e n s ió n

Lo que se denomina forma en general, consiste en los diversos estados o en las diferentes modificaciones de que es susceptible la materia. Estas modificaciones reciben el ser o su existencia de la

materia misma, al igual que la marca de un sello la recibe de la cera que ésta modifica. Estas constituyen todos los diferentes estados de esta sustancia, y esta última, mediante ellas, toma las diversas formas de los cuerpos constituyendo propiamente estos cuerpos. No examinaremos aquí cuál puede ser la naturaleza de este principio, considerado independientemente de su extensión y de toda otra forma. Basta reconocer que se desconoce, y así, es inútil investigar si la materia puede existir despojada de todas estas formas, sin las cuales no podemos concebirla. Los aficionados a las disputas frívolas pueden, siguiendo los pasos de los escolásticos, proceder a cuantas cuestiones puedan plantearse al respecto; nosotros nos limitaremos a enseñar lo que estrictamente se precisa saber de la doctrina de estas formas. Se dan dos tipos: unas activas y otras pasivas: En este capítulo sólo me ocupo de las últimas. Son cuatro, a saber: el tamaño, la figura, la quietud y la situación. Estas formas son estados simples, dependencias pasivas de la materia, modos que no pueden abando­ narla nunca, ni destruir su simplicidad. Los antiguos pensaban, no sin razón, que estas formas mecáni­ cas pasivas de la materia no tenían otra fuente que la extensión, por estar persuadidos de que la materia contiene potencialm ente todas estas formas en sí, tan sólo porque lo que es extenso, como un ser dotado de las dimensiones de que se ha hablado, puede evi­ dentemente recibir tal o cual tamaño, figura, situación, etc. Estas son las formas mecánicas pasivas contenidas en potencia en la extensión, dependientes absolutamente de las tres dimensiones de la materia y de su diversa combinación, y en este sentido puede decirse que la materia, considerada simplemente en su extensión, la cual le hace susceptible de una infinidad de formas, no le permite recibir ninguna, sin su propia fuerza motriz, ya que es la materia una vez revestida de las formas, mediante las cuales ha recibido la potencia motora o el movimiento actual, la que por sí misma se procura sucesivamente las diferentes formas, y, como dice Aris­ tóteles, no lo es sino en virtud de su matrimonio o su unión con la misma fuerza motriz. Supuesto esto, si la materia se halla algunas veces forzada a adquirir cierta forma en lugar de tal otra, ello no puede proceder de su naturaleza demasiado inerte, o de las formas mecánicas pa­ sivas dependientes de la extensión, sino de una nueva forma, que merece aquí el primer rango, porque desempeña el papel más im­ portante en la naturaleza. Es la forma activa o la potencia motriz,

la forma, insisto, mediante la cual la materia produce las que recibe. Pero, antes de centrarnos en este principio motor, permítaseme observar de paso que la materia, considerada únicamente como un ser pasivo, no parece merecer más que el simple nombre de ma­ teria, al que antaño se hallaba restringida, y también que la materia, al ser absolutamente inseparable de la extensión, de la impenetra­ bilidad, de la divisibilidad y de las otras formas mecánicas pasivas, no era valorada por los antiguos como se supone que lo hacemos nosotros al denominarla hoy con el nombre de sustancia, y que, en fin, lejos de confundir estos dos términos, como hacen los modernos, consideraban la materia simplemente como un atributo o una parte de esta sustancia, constituida como tal, o elevada a la dignidad de cuerpo merced a la potencia motriz de que voy a hablar.

Capítulo V P o t e n c ia

m o t r iz

de

la

m a t e r ia

Los antiguos, convencidos de que no había ningún cuerpo sin una fuente motriz, consideraban la sustancia de los cuerpos como un compuesto de dos atributos primitivos: en virtud de uno de ellos, esta sustancia tenía la capacidad, de moverse, y en virtud del otro, la de ser movida. En efecto, en todo cuerpo que se mueve, es imposible dejar de concebir estos dos atributos, es decir, la cosa que se mueve y la propia cosa que es movida. Acabamos de referir que antaño se daba el nombre de materia a la sustancia de los cuerpos, en tanto que era susceptible de movi­ miento: esta materia una vez apta para moverse, era considerada bajo el nombre de principio activo, dado entonces a la misma sus­ tancia. Pero estos dos atributos parecían tan esencialmente depen­ dientes uno del otro, que Cicerón, para expresar mejor esta unión esencial y primitiva de la materia y de su principio motor, dice que una y otra cosa se encuentran la una en la otra, lo que hace estimable la idea de los antiguos. De donde se desprende que los modernos no nos han propor­ cionado más que una idea poco exacta de la materia, cuando, por una confusión mal resuelta, han querido dar este nombre a la sustancia de los cuerpos, puesto que, una vez más, la materia, o

el principio pasivo de la sustancia de los cuerpos, tan sólo consti­ tuye una parte de esta sustancia. De este modo, no es sorprendente que no hayan descubierto en ella la fuerza motriz ni la facultad de sentir. En mi opinión, ahora hay que empezar por ver, que si hay un principio activo, en la esencia desconocida de la materia tiene que haber otra fuente además de la extensión. Lo que confirma que la simple extensión no da una idea completa de toda la esencia o forma metafísica de la sustancia de los cuerpos, por el único hecho de que ésta excluye la idea de toda actividad en la materia. Es por eso que, si demostramos este principio motor, si hacemos ver que la materia, lejos de ser tan indiferente, como se la cree común­ mente, al movimiento y a la quietud, debe considerarse como una sustancia activa a la vez que pasiva, ¿qué recurso tendrán los que han hecho consistir su esencia en la extensión? Los dos principios que hemos mencionado, la extensión y la fuerza motriz, no son más que potencias de la sustancia de los cuerpos, pues, de igual modo que esta sustancia es susceptible de movimiento, sin tenerlo efectivamente, siempre posee a su vez, aun cuando no se mueve, la facultad de moverse. Los antiguos han advertido verdaderamente que esta fuerza mo­ triz no actuaba en la sustancia de los cuerpos, sino cuando esta sustancia se hallaba revestida de ciertas formas, y asimismo han observado que los diversos movimientos que ésta produce, se en­ cuentran sujetos o regulados por estas diferentes formas. De ahí que las formas mediante las cuales la sustancia de los cuerpos no sólo puede moverse, sino moverse diversamente, han sido denomi­ nadas form as materiales. A estos primeros maestros les bastaba arrojar la mirada sobre todos los fenómenos de la naturaleza, para descubrir en la sustancia de los cuerpos la fuerza de moverse por sí misma, o cuando ésta se halla en movimiento, que es otra sustancia la que se lo comu­ nica. Pero, ¿acaso se ve en esta sustancia algo más que ella misma en acción? Si alguna vez parece recibir un movimiento que no tiene, ¿lo recibe acaso de otra causa independiente de este mismo tipo de sustancia, cuyas partes actúan unas sobre otras? Si, por consiguiente, se supone otro agente, pregunto cuál es, y pido que se me den pruebas de su existencia, pero, en la medida en que no se tiene la menor idea acerca de éste, ni siquiera es un ente razonable m . 111

In utroque tándem utrumque. [E n uno y otro por fin ambos.] Academia

quest. Lib. I.

Después de esto, está claro que los antiguos han debido reco­ nocer fácilmente una fuerza intrínseca de movimiento en el interior de la sustancia de los cuerpos, puesto que por último no se puede probar ni concebir ninguna otra sustancia que actúe sobre ella. Pero, estos mismos autores han confesado al mismo tiempo, o más bien probado, que era imposible comprender cómo podía ope­ rarse este misterio de la naturaleza, en la medida en que no se conoce la esencia de los cuerpos. Ignorando el agente, ¿cómo co­ nocer efectivamente su manera de actuar? Y la dificultad dejaría de ser la misma, admitiendo otra sustancia, principalmente un ser del que no se tuviera idea alguna, y cuya existencia ni siquiera pupiera reconocerse razonablemente. Tampoco infundadamente pensaron que la sustancia de los cuerpos, considerada sin forma alguna, no tenía ninguna actividad, sino que estaba todo en potencia IV. E l cuerpo humano, por ejem­ plo, privado de la propia forma, ¿podría acaso ejecutar los movi­ mientos que dependen de ella? De igual modo, sin el orden y dispo­ sición de todas las partes del universo, ¿podría acaso la materia que las compone producir los diversos fenómenos que impresionan nuestros sentidos? Pero las partes de esta sustancia que reciben formas, no pueden dárselas a sí mismas, sino que siempre son otras partes de esta misma sustancia ya revestida de formas, quienes se las procuran. De este modo, es de la acción de estas partes, presionadas unas por otras, de donde nacen las formas por las cuales la fuerza motriz de los cuerpos pasa a ser efectivamente activa. A mi parecer, las formas reproductoras de otras formas deben de reducirse al frío y al calor, como pretendieron los antiguos, porque en efecto, es por esas dos cualidades activas generales que se producen probablemente todos los cuerpos sublunares Descartes, genio hecho para fraguarse nuevas rutas y extraviarse, ha pretendido junto con algunos otros filósofos, que dios era la única causa eficiente del movimiento, y que lo imprimía a cada instante en todos los cuerpos3. Pero este sentimiento no es más que una hipótesis, que él ha tratado de ajustar a las luces de la fe, y entonces eso ya no es hablar en calidad de filósofo, ni dirigirse a filósofos, sobre todo a los que no se puede convencer si no es por la fuerza de la evidencia. Los escolásticos cristianos de los últimos siglos percibieron per­ fectamente la importancia de esta simple reflexión, por eso se limi­ Iv totum in fieri. [Todo ello en trance de hacerse.]

taron prudentemente a las solas luces puramente filosóficas en lo concerniente al movimiento de la materia, aunque hubieran podido hacer ver que dios mismo dijo que había «dotado de un principio activo a los elementos de la materia». G énesis I. Isaías,66. Llegados a este punto, se podría establecer una larga lista de autoridades, y tomar de los profesores más célebres, una sustancia de la doctrina de todos los demás. Pero sin un fárrago de citas, es evidente que la materia contiene esta fuerza motriz que la anima, y que es la causa inmediata de todas las leyes del movimiento.

Capítulo VI La

fa cu lta d

s e n s it iv a

de

la

m a t e r ia

Hemos hablado de dos atributos esenciales de la materia, de los cuales dependen la mayor parte de sus propiedades, a saber, la extensión y la fuerza motriz. Ahora sólo nos queda probar un tercer atributo, quiero decir, la facultad de sentir, que los filósofos de todos los siglos han reconocido en esta misma sustancia. Digo todos los filósofos pese a no ignorar todos los esfuerzos que en vano han hecho los cartesianos para despojarla de ella. Estos, no obstante, para evitar las dificultades insuperables, se han arrojado a un laberinto del que han creído salir mediante este absurdo sis­ tema, según el cual «las bestias son puras máquinas» 4. Una opinión tan irrisible nunca ha sido admitida por los filó­ sofos sino como una broma jocosa o un divertimento filosófico. Por tal motivo, no nos detendremos a refutarla. La experiencia nos nos prueba menos la facultad de sentir en las bestias que en los hombres, pues yo que estoy completamente seguro de que siento, no tengo otra prueba del sentimiento de los demás hombres que los signos que emiten al respecto. E l lenguaje convencional, me refiero a la palabra, no es el signo que lo expresa mejor, pues hay otro, común a los hombres y a los animales, que lo manifiesta con mayor certidumbre. Se trata del lenguaje afectivo, tal como los lamentos, los gritos, las caricias, la evasión, los suspiros, el canto, y en definitiva todas las expresiones de dolor, tristeza, aversión, temor, audacia, sumisión, cólera, placer, alegría, cariño, etc. Un lenguaje tan enérgico tiene mucha más fuerza para convencernos que todos los sofismas de Descartes para persuadirnos.

Tal vez los cartesianos, no pudiendo negarse a su propio senti­ miento interior, se creían mejor fundados para reconocer la misma facultad de sentir en todos los hombres, que en los demás animales, porque estos últimos en verdad no tienen exactamente la figura humana. Pero estos filósofos, manteniéndose así en la superficie de las cosas, habrán examinado muy poco la perfecta semejanza que sorprende a los entendidos entre el hombre y la bestia, pues aquí sólo se trata de la similitud de los órganos de los sentidos, los cuales, excluyendo algunas modificaciones, son absolutamente los mismos, y acusan evidentemente los mismos hábitos. Si este paralelo no ha sido aprehendido por Descartes, ni por sus partidarios, no ha escapado a los demás filósofos, y sobre todo a los que se han dedicado curiosamente a la anatomía comparada. Nos hallamos ante otra dificultad que afecta aún más nuestro amor propio, y es nuestra imposibilidad para concebir esta propiedad como una dependencia o un atributo de la materia. Pero hay que vigilar que esta sustancia no se limite a hacernos perceptibles cosas inefables. ¿Se comprende mejor cómo la extensión deriva de su esencia, cómo puede ser movida por una fuerza primitiva cuya acción se ejerce sin contacto, y otras mil maravillas que se sus­ traen de tal modo a las instigaciones de los ojos más clarividentes, que no les muestran sino la cortina que las oculta, según la idea de un ilustre moderno? v. Sin embargo, ¿no cabría suponer, como han hecho algunos, que el sentimiento que se observa en los cuerpos animados, perte­ nece a un ser distinto de la materia de estos cuerpos, a una sus­ tancia de diferente naturaleza, y que se encuentra unida a ellos? ¿Nos permiten las luces de la razón admitir tales conjeturas? Nos­ otros sólo conocemos los cuerpos por la materia, y sólo observamos la facultad de sentir en estos cuerpos. ¿Sobre qué fundamento pues establecer un ser ideal, desmentido por todos nuestros conoci­ mientos? He aquí una nueva facultad que a su vez sólo residiría poten­ cialmente en la materia, así como todas las demás que se han men­ cionado, y tal ha sido de nuevo el modo de pensar de los antiguos, cuya filosofía, pródiga en perspectivas y penetración, merecería ser elevada sobre los escombros de la de los modernos. Por mucho que estos últimos desdeñen fuentes demasiado alejadas de ellos, la filosofía antiguaVI prevalecerá siempre ante aquellos que son v Leibniz. VI M

e t a f ís ic a

.

dignos de juzgarla, porque ella constituye (al menos en relación al tema que trato) un sistema sólido, bien trabado, y como un cuerpo que falta a todos estos miembros dislocados de la física moderna.

Capítulo V II L as

form as

s u s t a n c ia l e s

Hemos visto que la materia es móvil, que tiene el poder de moverse por sí misma, que es susceptible de sensación y de senti­ miento; pero no parece, al menos si uno se remite a la experiencia, esta gran maestra de los filósofos, que estas propiedades puedan entrar en ejercicio, antes de que esta sustancia, por así decir, sea vestida con algunas formas que le dan la facultad de moverse y de sentir. Por eso los antiguos consideraban estas formas, como participando en la realidad de los cuerpos, y de ahí que las deno­ minaran form as su stan cialesvn. En efecto, la materia considerada mediante abstracción, o independientemente de toda forma, es un ser incompleto, según el lenguaje de las escuelas, un ser que no existe en este estado, y sobre el cual ni el sentido ni la razón por lo menos tienen influencia alguna. En verdad, son pues las formas la que la hacen sensible, y, por así decir, la realizan. Así, aunque, rigurosamente hablando, éstas no sean sustancias, sino simples mo­ dificaciones de la materia, ha habido fundamento para denominarlas formas sustanciales, porque perfeccionan las sustancias de los cuer­ pos, y en cierto modo forman parte de él. Por lo demás, con tal de que las ideas se expongan clara­ mente, no tenemos interés alguno en reformar palabras consa­ gradas por el uso, y que no pueden inducir a error, cuando se definen y comprenden bien. Los antiguos habían dado el nombre de formas sustanciales sólo a las modificaciones que constituyen esencialmente los cuerpos y otorgan a cada uno de ellos caracteres que les distinguen uno de otro. Denominaban únicamente formas accidentales, las modifi­ caciones que tienen lugar por accidente, y cuya destrucción no provoca necesariamente la de las formas que constituyen la natuvn Goudin, T. I I , p. 34, 98.

raleza de los cuerpos; como el movimiento local del cuerpo humano, que puede cesar, sin alterar la integridad de su organización. Las formas sustanciales han sido divididas en simples y en com­ puestas. Las formas simples son las que modifican las partes de la materia, tales como el tamaño, la figura, el movimiento, la quietud y la situación, y estas partes de la materia revestidas de tales for­ mas, son lo que se llama cuerpos simples o elem entos. Las formas compuestas consisten en la aglomeración de los cuerpos simples, unidos y combinados en el orden y la cantidad necesaria para cons­ truir o formar los diferentes mixtos. Los mismos filósofos de la antigüedad también han distinguido de algún modo dos tipos de formas sustanciales en los cuerpos vivientes, a saber las que constituyen las partes orgánicas de estos cuerpos, y las que se consideran como su principio de vida. Es a estas últimas que han denominado alma. La han clasificado de tres maneras: el alma vegetativa que pertenece a las plantas, el alma sensitiva, común al hombre y al animal, pero dado que la del hombre parece poseer mayor ascendente, funciones más amplias y perspectivas más grandes, la han llamado alma razonable. Digamos algo sobre el alma vegetativa. Pero previamente permítaseme res­ ponder a una objeción que me ha hecho un hombre hábil: «Vos no admitís en los animales — dice—- ninguna sustancia que sea dife­ rente de la materia como base del sentimiento: ¿por qué pues tratar de absurdo el cartesianismo por suponer que los animales son puras máquinas, y cuál es la diferencia tan grande que hay entre estas dos opiniones?». Yo respondo con una sola palabra: Descartes niega todo sentimiento, toda facultad de sentir a sus máquinas, o a la materia de la que supone que los animales están únicamente hechos, y yo pruebo claramente, si no me equivoco demasiado, que si hay un ser que se halle, por así decir, colmado de sentimiento, es el animal, el cual parece haberlo recibido todo con esta moneda, que (en otro sentido) falta a tantos hombres. He aquí la diferencia que hay entre el célebre moderno que acabo de citar, y el autor de esta obra.

Capítulo V III El

alm a

v e g e t a t iv a

Hemos referido que era necesario remitir al frío y al calor las formas productivas de todas las formas de los cuerpos. Ha apare­ cido un comentario excelente de esta doctrina de los antiguos, lle­ vado a cabo por M. Quesnay5. Este hombre hábil demuestra, mediante todas las investigaciones y experiencias de la física mo­ derna, ingeniosamente reunidas en un Tratado del fuego, donde el éter sutilmente encendido desempeña de nuevo el primer rol en la formación de los cuerpos. M. Lamy6, médico, no ha creído deber limitar así el influjo del éter, y explica la. formación de las almas de todos los cuerpos por esta misma causa. El éter es un espíritu infinitamente sutil, una materia muy ligera y siempre en movimiento, conocida bajo el nombre de fuego puro y celeste, porque los antiguos habían ubicado su fuente en el sol, de donde, según ellos, es arrojado en todos los cuerpos más o menos en relación a su naturaleza y a su consistencia; y «aunque por sí mismo no arde, en virtud de los diferentes movimientos que con­ fiere a las partículas de los demás cuerpos en que está contenido, arde y hace que se sienta el calor. Todas las partes del mundo tie­ nen cierta porción de este fuego elemental, que varios antiguos consideran el alma del mundo. El fuego visible tiene mucho de este espíritu, el aire también, el agua mucho menos, la tierra muy poco. Entre los mixtos, los minerales son los que tienen menos, las plantas más, y los animales mucho más aún. Este fuego, o este espíritu, constituye su alma, que aumenta con el cuerpo por me­ diación de los alimentos que aquéllos contienen, y del que se separa con el quilo, haciéndose finalmente capaz de sentimiento, gracias a cierta mezcla de humores, y a esta estructura particular de órganos que forman los cuerpos animados, ya que los animales, los minerales, las plantas incluso, y los huesos que son la base de nuestro cuerpo, no tienen sentimiento, aunque cada uno de ellos tenga alguna porción de este éter, pues no tienen la misma organización». Los antiguos entendían por alma vegetativa, la causa que di­ rige todas las operaciones de la generación, de la nutrición y del desarrollo de todos los cuerpos vivientes. Los modernos, poco respetuosos en cuanto a la idea que estos primeros maestros tenían de esta especie de alma, la han confun-

dido con la organización propia de los vegetales y animales, mien­ tras que ésta es la causa que guía y dirige esta organización. En efecto, la formación de los cuerpos vivientes no puede con­ cebirse sin una causa que la presida, sin un principio que lo regule y lo conduzca todo a un fin determinado, ya sea que este principio consista en las leyes generales por las cuales VIU se opera todo el mecanismo de las acciones de estos cuerpos, o que éste se limite a unas leyes particulares que originariamente residen o se incluyen en el germen de estos mismos cuerpos, y por las cuales se llevan a cabo todas sus funciones durante su desarrollo y su duración. Los filósofos de que hablo, se ceñían a las propiedades de la materia para establecer dichos principios. Esta sustancia, a la cual atribuyen la facultad de moverse por sí misma, tenía también el poder de controlar sus movimientos, no pudiendo una cosa subsistir sin la otra, puesto que claramente se concibe que la misma potencia debe ser a su vez el principio de sus movimientos y el principio de esta determinación, que son dos cosas absolutamente indivi­ duales e inseparables. Por eso mismo, consideraban el alma vege­ tativa, como una forma sustancial puramente material, pese a la especie de inteligencia de la que no la imaginaban desprovista.

Capítulo IX E l

alm a

s e n s i t iv a

de

lo s

a n im a l e s

El principio material, o la forma sustancial, que siente, dis­ cierne y conoce en los animales, ha sido denominado generalmente por los antiguos, alma sensitiva. Este principio debe distinguirse cuidadosamente del propio cuerpo orgánico de los animales, y de las operaciones de estos cuerpos, que aquéllos han atribuido al alma vegetativa, como acaba de observarse. Sin embargo, son los mismos órganos de estos cuerpos animados, los que ocasionan a este ser sensitivo las sensaciones que lo afectan. Se ha dado el nombre de sentidos a los órganos particularmente destinados a hacer nacer estas sensaciones en el alma. Los médicos los dividen en sentidos externos y en sentidos internos, pero aquí sólo se trata de los primeros, que, como todo el mundo sabe, son vm Boerhaave, Elem. Chem., p. 35-36. Brégé de sa théorie chimique, p. 6, 7.

cinco: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, cuyo imperio se extiende sobre un gran número de sensaciones, que son tipos de contacto. Estos órganos actúan mediante la extremidad de los nervios, y una materia que fluye en el interior de su imperceptible cavidad y que es de tal sutilidad, que se le ha dado el nombre de espíritu animal. Este se halla tan bien demostrado en otra parte por mul­ titud de experiencias y razonamientos sólidos, que no voy a perder el tiempo probando aquí su existencia. Cuando los órganos de los sentidos son impresionados por algún objeto, los nervios que pertenecen a la estructura de estos órganos se alteran, y el movimiento de los espíritus modificado se trans­ mite al cerebro hasta el sensorio común, es decir, hasta el mismo lugar, en que el alma sensitiva recibe las sensaciones por medio de este reflujo de espíritus, que por su movimiento actúan sobre ella. Si la impresión de un cuerpo sobre un nervio sensitivo es fuerte y profunda, y sí ésta lo estira, lo desgarra, lo quema o lo rompe, eso para el alma representa una sensación que ya no es simple, sino dolorosa; y recíprocamente, si el órgano sólo resulta afectado débilmente, no se produce ninguna sensación. Luego, para que los sentidos cumplan sus funciones, es preciso que los objetos impriman un movimiento proporcionado a la naturaleza débil o fuerte del órgano sensitivo. Por consiguiente, no se produce ninguna sensación sin algún cambio en el órgano que le está destinado, o más bien en la sola superficie del nervio de este órgano. ¿Puede este cambio tener lugar mediante la introm isión del cuerpo que se hace sentir? No, las envolturas duras de los nervios hacen la cosa evidentemente imposible. Este cambio sólo es producido por las diversas propie­ dades de los cuerpos sensibles, y de allí nacen las diferentes sen­ saciones. Muchas experiencias nos han dado a conocer que efectivamente es en el cerebro, donde el alma es afectada por las sensaciones propias del animal, pues cuando esta parte recibe una herida consi­ derable, el animal deja de tener sentimiento, discernimiento y cono­ cimiento. Todas las partes que están por encima de las llagas y ligamentos, conservan entre sí y el cerebro el movimiento y el senti­ miento, siempre perdido por debajo entre el ligamento y la extre­ midad. La sección, la corrupción de los nervios y del cerebro, así como la misma comprensión de esta parte, etc., han enseñado a G aleno7 la misma verdad. Este sabio ha conocido pues perfecta­ mente el asiento del alma, y la absoluta necesidad de los nervios

por cuanto se refiere a las sensaciones; ha sabido 1.°, que el alma siente, y que realmente sólo es afectada en el cerebro por los sen­ timientos propios del animal, y 2.°, que no tiene facultad de sentir ni de conocer, sino en la medida en que recibe la impresión actual de los espíritus animales. No vamos a referir aquí las opiniones de Aristóteles, Crisipo, Platón, Descartes, Vieussens, Rosset, Willis, Lancisi, etc. Sería preciso remitirse siempre a Galeno, como a la verdad misma. Tam­ poco Hipócrates parece haber ignorado dónde reside el alma. No obstante, la mayoría de los filósofos antiguos, empezando por los estoicos, y entre los modernos Perrault8, Stuart9 y Tabor I0, han pensado que el alma sentía en todas las partes del cuerpo, porque en todas ellas hay nervios. Pero nosotros no tenemos nin­ guna prueba de una sensibilidad tan universalmente difundida. La experiencia nos ha mostrado incluso que, cuando una parte del cuerpo se mutila, el alma tiene sensaciones, que parece seguir pro­ curándole la parte inexistente. El alma no siente pues en el mismo lugar en que cree sentir. Su error consiste en la manera en que siente, y que le hace remitir su propio sentimiento a los órganos que se lo ocasionan, y le advierten en cierto modo de la impresión que ellos mismos reciben de las causas exteriores. Sin embargo, no podemos asegurar que la sustancia de estos órganos no sea también susceptible de sentimiento y que efectivamente no los tenga. Pero estas modificaciones sólo podrían experimentarse en la sustancia misma, no en el todo, es decir, en el animal al que no corresponden, y de nada sirven. Como las dudas que pueden tenerse al respecto sólo se fundan en conjeturas, no vamos a detenernos más que en aquello que la experiencia, la única que debe guiarnos, os enseña sobre las sensa­ ciones que el alma recibe en los cuerpos animados. Muchos autores ubican el asiento del alma casi en un solo punto del cerebro, y en un solo punto del cuerpo calloso, desde donde, como desde su trono, ésta rige todas las partes del cuerpo. Al ser sensitivo así aislado y contenido en límites tan estrechos, lo distinguen, 1.°, de todos los cuerpos animados, cuyos diversos órganos compiten únicamente para procurarle sus sensaciones, y 2 ° , de los espíritus que propiamente le impresionan, le mueven, le penetran mediante la diversa fuerza de su choque, y que le hacen sentir de modo tan diverso. Para hacer su idea más perceptible, comparan el alma con el timbre de un reloj, porque en efecto el alma está de alguna manera en el cuerpo, como el timbre en el reloj. Todo el cuerpo de esta

máquina, los resortes, las ruedas no son sino instrumentos, que, mediante sus movimientos, concurren juntamente a la regularidad de la acción del martinete sobre el timbre, que espera, por así decir, esta acción, y no hace otra cosa que recibirla, pues, cuando el marti­ nete no golpea el timbre, se halla como aislado de todo el cuerpo del reloj, y no participa para nada en todos estos movimientos. Así es el alma durante un sueño profundo. Privada de toda sensación, sin ningún conocimiento de todo lo que acontece dentro y fuera del cuerpo que ocupa, parece esperar el despertar, para recibir de algún modo el golpe de martinete dado por los espíritus sobre su timbre. En efecto, sólo durante la vigilia puede ser afec­ tada por diversas sensaciones, las cuales le dan a conocer la natu­ raleza de las impresiones que los cuerpos externos comunican a los órganos. Que el alma sólo habite un punto del cerebro, o que tenga una sede más extensa, poco importa para nuestro sistema. Cierto es que, a juzgar por el calor, la humedad, la aspereza, el dolor, etc., y por el hecho de que todos los nervios sienten de igual modo, se creería que todos debieran estar íntimamente unidos para formar esta especie de cita de todas las sensaciones. Sin embargo, se verá que los nervios no se reúnen en ningún lugar del cerebro, ni del cerebelo, ni de la médula espinal. Sea como sea, una vez establecidos los principios que postu­ lamos, debe verse que ninguno de nuestros conocimientos, ni si­ quiera los más habituales o más familiares al alma, residen en ella salvo en el momento en que es afectada por ellos. Lo habitual de estos conocimientos tan sólo consiste en las modificaciones perma­ nentes del movimiento de los espíritus, que se los presentan, o más bien que se los procuran muy frecuentemente. De lo que se deduce que en la frecuente repetición de los mismos movimientos es donde residen la memoria, la imaginación, las inclinaciones, las pasiones, y todas las demás facultades que ordenan las ideas, man­ tienen el orden y hacen las sensaciones más o menos fuertes y difundidas. Y de ahí proceden además la penetración, la concep­ ción, el ajuste y encadenamiento de los conocimientos, según el grado de excelencia o perfección de los órganos de los diferentes animales.

Capítulo X F a cu ltad es

d el

cuerpo

que

co rrespo n d en

AL ALMA SENSITIVA

Los filósofos han atribuido al alma sensitiva todas las facul­ tades que sirven para excitarle sensaciones. No obstante, es pre­ ciso distinguir estas facultades que son puramente mecánicas, de las que pertenecen verdaderamente al ser sensitivo. Por eso vamos a reducirlas a dos clases. Las facultades del cuerpo que procuran sensaciones, son las que dependen de los órganos de los sentidos, y únicamente del movimiento de los espíritus contenidos en los nervios de estos órganos, y de las modificaciones de estos movimientos. Tal es la diversidad de movimientos de los espíritus excitados en los nervios de los diferentes órganos, y que hacen nacer las diversas sensa­ ciones dependientes de cada uno de ellos en el mismo instante en que son impresionados o afectados por objetos exteriores. Referi­ remos también aquí las modificaciones habituales de estos mismos movimientos, que evocan necesariamente las mismas sensaciones que el alma ya había recibido mediante la impresión de los objetos sobre los sentidos. Estas modificaciones, que se repiten constante­ mente, constituyen la memoria, la imaginación y las pasiones. Pero, se dan otras igualmente ordinarias y habituales, que no proceden de la misma fuente, sino que originariamente dependen de las diversas disposiciones orgánicas de los cuerpos animados, las cuales dan lugar a las inclinaciones, los apetitos, la penetración, el instinto y la concepción. La segunda clase contiene las facultades que pertenecen propia­ mente al ser sensitivo, tales como las sensaciones, las percepciones, los conocimientos, etc.

L os sentidos La diversidad de sensaciones varía según la naturaleza de los órganos que las transmiten al alma, el oído lleva al ama la sensa­ ción del ruido o del sonido, la vista le imprime los sentimientos de luz y color, que presentan la imagen de los objetos que se ofrecen a sus ojos. El alma recibe del olfato todas las sensaciones conocidas bajo el nombre de olores, los sabores le vienen por el gusto, y el

tacto por último, este sentido universalmente difundido por toda la constitución del cuerpo, hace nacer las sensaciones de todas las cualidades llamadas táctiles, tales como el calor, el frío, la dureza, la suavidad, lo pulido, lo áspero, el dolor y el placer, que dependen de los diversos órganos del tacto, entre los cuales incluimos las partes destinadas a la procreación, cuyo vivo sentimiento penetra y transporta al alma a los más dulces y felices momentos de nuestra existencia. Ya que el nervio óptico y el nervio acústico son únicos, uno ve los colores, el otro oye los sonidos, ya que sólo los nervios motores llevan al alma la idea de los movimientos, y que los olores no se hacen susceptibles más que por medio del olfato, etc., se deduce que cada nervio específico da lugar a sensaciones dife­ rentes, y que de este modo el sensorio común tiene, por así decir, diversos territorios, cada uno de los cuales tiene su nervio, y recibe y aloja las ideas traídas por este conducto. Sin embargo, no hay que ubicar en los nervios mismos la causa de la diversidad de sen­ saciones, pues la expansión del nervio auditivo se parece a la retina, y, no obstante, se derivan sensaciones completamente opuestas. Esta variedad parece depender claramente de la de los órganos situados delante de los nervios, de manera que un órgano dióptrico, por ejemplo, debe de servir naturalmente para la visión. Los diversos sentidos no sólo excitan sensaciones diferentes, sino que cada uno de ellos varía además al infinito las que lleva al alma, según las diferentes maneras en que son afectados por los cuerpos externos. Por eso la sensación de ruido puede ser modificada por una multitud de tonos diferentes, y puede hacer que el alma perciba la distancia y el lugar de la causa que produce esta sensa­ ción. Los ojos pueden de igual modo, modificando la luz, dar sen­ saciones más o menos vivas de la luz y de los colores, y formar en virtud de estas diferentes modificaciones las ideas extensas de figura, distancia, etc. Todo lo que se ha dicho es exactamente cierto de los demás sentidos.

M ecanismo d e las sensaciones Intentemos penetrar en el mecanismo más sutil de las sensa­ ciones sirviéndonos del ojo. En la medida en que el ojo es el único de todos los órganos sensitivos, donde se pinta y representa visi­ blemente la acción de los objetos exteriores, sólo él puede ayudarnos a concebir cuál es el cambio que estos objetos hacen experimentar

a los nervios impresionados por ellos. Tomad un ojo de buey, qui­ tadle diestramente la esclerótica y la coroides, y en el lugar donde se encontraba la primera de estas membranas, colocad un papel cuya concavidad se ajuste perfectamente a la convexidad del ojo. A continuación, poned el cuerpo que sea ante el agujero de la pupila, y veréis la imagen de ese cuerpo en el fondo del ojo de un modo completamente distinto. De lo que concluyo de paso, que la visión no tiene su sede en la coroides, sino en la retina. ¿En qué consiste la pintura de los objetos? En una represen­ tación proporcionalmente diminutiva de los rayos luminosos que parten de estos objetos. Esta representación da lugar a una im­ presión cuya pulcritud no puede ser mayor, como es fácil de com­ probar con los rayos de la luna llena, que, concentrados en el foco de un espejo, arden, y, reflejados en el termómetro más sensible, no hacen ascender el líquido de este instrumento en modo alguno. Si además se considera que en esta expansión del nervio óptico hay tantas fibras como puntos hay en la imagen del objeto, y que estas fibras son infinitamente tiernas y blandas, y que apenas forman una verdadera pulpa o médula nerviosa, no sólo se conce­ birá que cada fibrilla únicamente contenga una pequeña porción de los rayos, sino que a causa de su extrema delicadeza, sólo recíba de ellos un cambio simple, ligero, débil, o muy superficial. En consecuencia, los espíritus animales apenas excitados, refluirán con la mayor lentitud: a medida que retrocedan hacia el origen del nervio óptico, su movimiento se retardará cada vez más, y por consiguiente la impresión de esta pintura no podrá extenderse, ni propagarse a lo largo de la cuerda óptica, sin debilitarse. ¿Qué pensáis ahora de esta impresión que es llevada hasta el alma misma? ¿No debe ésta recibir un efecto tan suave, que apenas lo sienta? Nuevas experiencias vienen aún en apoyo de esta teoría. Poned la oreja en el extremo de un árbol derecho y alto, mientras se raspa suavemente con la uña en el otro extremo. Una causa tan débil debe producir tan poco ruido, que parecería deber ahogarse o perderse en la profundidad del bosque. En efecto, se pierde para todos los demás, y sólo vos oís un ruido sordo, casi imperceptible. Lo mismo ocurre en pequeño en el nervio óptico, porque es infini­ tamente menos sólido. La impresión, una vez recibida por la extre­ midad de un canal cilindrico, lleno de un fluido no elástico, debe necesariamente llegar hasta el otro extremo, como en este bosque al que acabo de referirme, y en la experiencia tan conocida de las bolas de billar. Luego los nervios son tubos cilindricos, al menos cada fibra sensible, nerviosa, muestra claramente esta figura.

Pero unos cilindrillos de diámetro tan estrecho no pueden con­ tener verosímilmente más que un solo glóbulo en fila, y una cadena o hilera de espíritus animales. Ello deriva de la extrema facilidad que tienen estos fluidos para moverse ante el menor cho­ que, o de la regularidad de sus movimientos, de la precisión, de la fidelidad de sus huellas, y de las ideas que resultan de ello en el cerebro. Efectos todos que prueban cómo el jugo nervioso está compuesto de elementos globulosos, que nadan, quizá, en una materia etérea, y que serían inexplicables, suponiendo en los nervios, al igual que en los otros vasos, diversas especies de glóbulos cuyo torbellino transformaría al hombre más atento y prudente en lo que se llama un hombre francamente aturdido. Que el fluido nervioso tenga o no resorte, cualquiera que sea el aspecto de los elementos, si se quieren explicar los fenómenos de las sensaciones, hay que admitir: 1.° la existencia y la circu­ lación de los espíritus; 2 ° estos mismos espíritus que puestos en movimiento mediante la acción de los cuerpos externos, retro­ ceden hasta el alma; y 3.° una sola hilera de glóbulos esféricos, en cada fibra cilindrica, para correr al menor tacto, y para galopar a la menor señal de la voluntad. Establecido esto, con qué velocidad el primer glóbulo empujado debe empujar al último, y arrojarlo, por así decir, sobre el alma, que se despierta ante este martillazo, y recibe ideas más o menos vivas, en relación con el movimiento que le ha sido imprimido. Esto conduce naturalmente a las leyes de las sensaciones: hélas aquí.

L eyes de las sensaciones 1.a Ley: cuanto más distintamente actúa un objeto sobre el sensorio, la idea a que da lugar más neta y distinta es. 2.a Ley: cuanto más vivamente actúa sobre la misma parte material del cerebro, más clara es la idea. 3.a Ley: la misma claridad resulta de la impresión de los objetos renovada a menudo. 4.a Ley: cuanto más viva es la acción del objeto, más dife­ rente de toda otra o extraordinaria es, y más viva y sorprendente es la idea. Con frecuencia no se la puede ahuyentar mediante otras ideas, como Spinoza dice haber experimentado, cuando vio a uno de esos hombres inmensos del Brasil. Así un blanco y un negro que se ven por primera vez, no se olvidarán jamás, porque el alma se detiene a mirar un objeto extraordinario largo rato, piensa en

él y le absorbe sin cesar. El espíritu y los ojos pasan ligeramente sobre las cosas que ocurren todos los días. Una planta nueva sólo sorprende al botánico. Ahí se ve también que es peligroso sumi­ nistrar a los niños ideas espantosas, como el miedo al diablo, al lobo, etc. Sólo reflexionando sobre las nociones simples, se llega a abordar las ideas complicadas: es preciso que las primeras se representen claramente al alma, y que ésta las conciba distintamente una tras otra, es decir, que se ha de escoger un solo sujeto simple, que actúe por entero sobre el sensorio, y no sea perturbado por ningún otro objeto, a la manera de los geómetras, que por hábito poseen el talento que la enfermedad da a los melancólicos de no perder de vista su objeto. Es la primera conclusión que se debe desprender de nuestra primera ley. La segunda es, que vale más meditar que estudiar en voz alta como los niños y los colegiales, pues sólo se retienen sonidos, que un nuevo torrente de ideas se lleva conti­ nuamente. Por lo demás, según la tercera ley, las huellas que se marcan con mayor frecuencia, son más difíciles de borrar, y aquellos, que no tienen ninguna predisposición para meditar, apenas pueden aprender sino es por la mala costumbre que he mencionado. Por último, al igual que un objeto, que se quiere ver clara­ mente en el microscopio, debe estar bien iluminado mientras todas las partes adyacentes se hallan en la oscuridad, para oír distinta­ mente un ruido que en principio pareciera confuso, basta escuchar atentamente, pues el sonido, al encontrar una oreja bien preparada y armónicamente dispuesta, impresiona el cerebro más vivamente. Por los mismos medios, un razonamiento que pareciera muy oscuro, resulta finalmente claro, como se desprende de la segunda ley.

Las sensaciones no dan a conocer la naturaleza de los cuerpos, y cambian con los órganos Por luminosas que sean nuestras sensaciones, jamás nos ilustran acerca de la naturaleza del objeto activo, ni acerca de la del órgano pasivo. La figura, el movimiento, la masa, la duración son así atri­ butos de los cuerpos sobre los cuales nuestros sentidos tienen alguna influencia. Pero, ¿cuántas otras propiedades hay, que residan en los últimos elementos de los cuerpos y no sean aprehendidos por nuestros órganos, con los cuales éstas sólo tienen una relación con­ fusa que las expresa mal o nada? Los colores, el calor, el dolor, el gusto, el tacto, etc., varían a tal punto, que el mismo cuerpo

parece tan pronto caliente como frío a la misma persona. Luego, el órgano sensitivo por consiguiente no recuerda al alma el ver­ dadero estado de los cuerpos. ¿No cambian también los colores, según las modificaciones de la luz? Estos no pueden considerarse entonces como propiedades de los cuerpos. El alma juzga confusa­ mente gustos, que ni siquiera le ponen de manifiesto la figura de las sales. Digo más: tampoco se conciben mejor las primeras cualidades de los cuerpos. Las ideas de tamaño, dureza, etc., sólo son deter­ minadas por nuestros órganos. Con otros sentidos, tendríamos ideas diferentes de los mismos atributos, como con otras ideas pensaría­ mos de otro modo acerca de todo lo que se llama obra del intelecto o del sentimiento. Pero espero hablar de este tema en otra parte. Si todos los cuerpos tuvieran el mismo movimiento, la misma figura, la misma densidad, por diferentes que fueran asimismo entre ellos, se deduce la posibilidad de creer que no hay más que un solo cuerpo en la naturaleza, porque todos afectarían de la misma manera el órgano sensitivo. Nuestras ideas no proceden del conocimiento de las propie­ dades de los cuerpos, ni de aquello que motiva el cambio que expe­ rimentan nuestros órganos. Estas se forman por este mero cambio. Según su naturaleza y sus grados, en nuestra alma se elevan ideas que no tienen ninguna relación con sus causas ocasionales y eficien­ tes, ni sin duda con la voluntad, a pesar de la cual se abren paso en la médula del cerebro. El dolor, el calor, el color rojo o el blanco, no tienen nada en común con el fuego o la llama, la idea de este elemento es tan ajena a estas sensaciones, que un hombre sin ningún barniz de física no la concebirá jamás. Por lo demás, las sensaciones cambian con los órganos; por ejemplo, en ciertas ictericias, todo parece amarillo. Cambiad con el dedo el eje de la visión, multiplicaréis los objetos, y variaréis a vuestro antojo su posición y actitudes. Los sabañones, etc., hacen perder el uso del tacto. El más pequeño obstáculo en el canal de Eustaquio basta para quedarse sordo. Las flores blancas insensi­ bilizan por completo la vagina. Una telilla sobre la córnea, según coincida más o menos con el centro de la pupila, hace ver diver­ samente los objetos. Las cataratas, la amaurosis, etc., provocan la ceguera. Las sensaciones no representan en absoluto las cosas, tal como son en sí mismas, puesto que dependen enteramente de las partes corporales que les abren paso. Pero, ¿nos engañan por eso? No, por supuesto, pese a lo que

se diga, ya que nos han sido dadas más para la conservación de nuestra máquina, que para adquirir conocimientos. La reflexión de la luz produce un color amarillo en un ojo lleno de bilis; el alma debe entonces ver amarillo. La sal y el azúcar imprimen movi­ mientos opuestos en las papilas del gusto, en consecuencia se ten­ drán ideas contrarias, que harán encontrar una cosa salada y otra dulce. A decir verdad, los sentidos no nos engañan nunca, a menos que juzguemos con demasiada precipitación las relaciones, pues son ministros fieles. El alma puede contar con que le advertirán segu­ ramente de todas las emboscadas que se le tiendan, ya que los sentidos velan sin cesar, y están siempre dispuestos a corregirse los errores unos a otros. Pero, en la medida en que el alma depende a su vez de los órganos que la sirven, si todos los sentidos se en­ gañan a sí mismos, ¿cómo impedir que el sensorio común participe en un error tan general?

Razones anatómicas d e la diversidad de sensaciones Incluso aunque todos los nervios se parecieran, las sensaciones no dejarían de ser menos diversas. Pero además de ser ciertamente así, salvo en el caso de los nervios ópticos y acústicos, lo que ocurre es que los nervios están realmente separados en el cerebro: 1.° el origen de los nervios no debe de hallarse muy alejado del lugaren que el escalpelo los muestra y ya no puede seguirlos, como se observa en los nervios auditivos y patéticos; 2.° sin microscopio se ve claramente que los principios nerviosos están bastante sepa­ rados (ello se pone de manifiesto sobre todo en los nervios olfa­ tivos, ópticos y auditivos, que se encuentran a una gran distancia uno de otro) y que las fibras nerviosas no siguen las mismas direc­ ciones, como siguen demostrándolo los nervios que acabo de nom­ brar; 3.° la extrema blandura de todas estas fibras hace que se confundan fácilmente con la médula, la 4.a y 8.a pareja pueden servir aquí de ejemplo; 4.° la sola impenetrabilidad de los cuerpos es tal, que los primeros filamentos de tantos nervios diferentes no pueden reunirse en un solo punto; 5 ° la diversidad de las sensa­ ciones, tales como el calor, el dolor, el ruido, el color, el olor, que se experimentan a la vez; y estos dos sentimientos distintos pro­ vocados por el tacto de un dedo de la mano derecha, y de un dedo de la mano izquierda, o incluso por un mero cuerpecito redondo, que se hace deslizar bajo un dedo sobre el cual el dedo contiguo está replegado, todo demuestra que cada sentido tiene su pequeño

departamento particular en la médula del cerebro, y que de este modo la sede del alma se compone de tantas partes, como sensa­ ciones les corresponden. Pero, ¿quién podría nombrarlas? Y ¿cuán­ tas razones para multiplicar y modificar el sentimiento al infinito? El tejido de las envolturas de los nervios que puede ser más o menos sólido, su pulpa más o menos blanda, su situación más o me­ nos inerte, su diversa construcción, en uno y otro extremo, etc. De lo que hemos dicho hasta ahora se deduce, que cada nervio difiere de los demás desde que nace, y, en consecuencia, no parece llevar al alma más que un tipo de sensaciones o de ideas. En efecto, la historia fisiológica de todos los sentidos prueba que cada nervio tiene un sentimiento relativo a su naturaleza, y más aún a la del órgano a través del cual se modifican las expresiones externas. Sí el órgano es dióptrico, da la idea de la luz y de los colores, y si es acústico, se oye, como ya se ha dicho, etc.

La pequenez d e las ideas Estas impresiones de los cuerpos exteriores constituyen pues la verdadera causa física de todas nuestras ideas. Pero, ¡cuán extraor­ dinariamente pequeña es esta causa! Cuando se mira el cielo a través de un agujero lo más pequeño posible, todo este vasto he­ misferio se pinta en el fondo del ojo, y su imagen es mucho más pequeña que el agujero por donde ha pasado. ¿Qué ocurriría con una estrella de un tamaño seis veces menor, o que fuera la sexta parte de un glóbulo sanguíneo? El alma, sin embargo, la ve clara­ mente con un buen microscopio. ¿Cuál es la causa infinitamente exigua, y, por consiguiente, cuál debe ser el destierro de nuestras sensaciones y de nuestras ideas? ¡Cuán necesario parece este des­ tierro de sensaciones e ideas en relación a la inmensidad de la memoria! ¿Dónde alojar en efecto tantos conocimientos, sin el pequeño espacio que necesitan, y sin la extensión de la médula del cerebro y de los diversos lugares en que habitan?

D iferentes sedes d el alma Para fijar o marcar con precisión cuáles son estos diversos terri­ torios de nuestras ideas, es necesario recurrir de nuevo a la ana­ tomía, sin la cual no se conoce nada del cuerpo, y con la cual por sí sola se pueden levantar la mayoría de los velos que sustraen el

alma a la curiosidad de nuestras miradas y de nuestras pesquisas. Cada nervio tiene su origen en el lugar donde termina la úl­ tima arteriola de la sustancia cortical del cerebro, y ahí mismo es donde empieza visiblemente el filamento medular, que parte de este fino conducto que se ve nacer y salir sin microscopio. Tal es realmente el lugar del que la mayoría de nervios parecen extraer su origen, donde se reúnen y donde el ser sensitivo parece refu­ giado. ¿Es posible que las sensaciones y los movimientos animales estén razonablemente situados en la arteria? Este conducto está privado de sentimiento por sí mismo, y no hay fuerza de voluntad que lo cambíe. Las sensaciones tampoco están en el nervio por debajo de su continuidad con la médula: las llagas y otras obser­ vaciones nos persuaden de ello. Los movimientos a su vez no tienen su sede por debajo de la continuidad del nervio con la arteria, puesto que todo nervio se mueve a capricho de la voluntad. Ahí tenemos al sensorio bien establecido en la médula, y hasta el mismo origen arterial de esta sustancia medular. De donde se deduce una vez más que la sede del alma es más extensa de lo que se imagina, aunque sus límites seguirían siendo quizá demasiado estrechos para un hombre, sobre todo muy sabio, sin la inmensa pequenez o des­ tierro de las ideas de que hemos hablado.

Extensión del alma Si la sede del alma tiene cierta extensión, si ésta siente en di­ versos lugares del cerebro, o, lo que es lo mismo, si verdaderamente tiene diferentes sedes, no puede ser inextensa de ningún modo, como Descartes pretende, pues en su sistema, el alma no podría actuar sobre el cuerpo, y sería tan imposible explicar la unión y la acción recíproca de las dos sustancias, como fácil para los que piensan que no es posible concebir ningún ser sin extensión. En efecto, el cuerpo y el alma son dos naturalezas completamente opuestas, según Descartes, y el cuerpo sólo es capaz de movimiento, como el alma, de conocimiento, de modo que no es posible que el alma actúe sobre el cuerpo, ni el cuerpo sobre el alma n . Si el cuerpo se mueve, el alma, no hallándose sujeta a los movimientos, no sentirá golpe alguno. Sí el alma piensa, el cuerpo no sentirá nada, puesto que sólo obedece al movimiento. ¿No es decir con Lucrecio 12, que el alma al no ser material no puede actuar sobre el cuerpo, o que lo es efectivamente, puesto que

lo afecta y lo mueve de tantas maneras? Lo que sólo puede con• ty venir a un cuerpo . Por pequeña e imperceptible que se suponga la extensión del alma, pese a los fenómenos que parecen probar lo contrario, y que demostrarían más bien x varias almas, antes que un alma sin exten­ sión, es preciso que haya una, cualquiera que ésta sea, puesto que toca inmediatamente esta otra extensión enorme del cuerpo, al igual como se concibe que el globo del mundo fuera afectado en toda su superficie por un granito de arena que se colocara en su cumbre. La extensión del alma constituye de alguna manera el cuerpo de este ser sensible y activo, al igual que la intimidad de su relación, pues es tal, que se creería que las dos sustancias individualmente asociadas y unidas forman un solo todo. Aristóteles XI dice que no hay alma sin cuerpo, y que el alma no es un cuerpo. A decir ver­ dad, aunque el alma actúe sobre el cuerpo y se defina sin duda por una actividad que le corresponde, no sé con todo si jamás es activa antes de haber sido pasiva, pues, parece que el alma para actuar, tiene necesidad de recibir las impresiones de los espíritus modificados por las facultades corporales. Eso es lo que quizá ha hecho decir a varios, que el alma depende tanto del temperamento y de la disposición de los órganos, como se perfecciona y embe­ llece con ellos. Daos cuenta que para explicar la unión del alma y el cuerpo es innecesario torturarse tanto la cabeza, como han hecho estos grandes genios, Aristóteles, Platón, Descartes, Mallebranche, Leibnitz, Staal, y que a uno le basta seguir su camino, en lugar de mirar hacia atrás o de lado, cuando la verdad se tiene ante sí. Pero hay personas, cuyos prejuicios son tales, que ni siquiera se agacharían para recoger la verdad, si la encontrasen donde no quieren que esté. Después de todo lo dicho aquí sobre el diverso origen de los nervios y las diferentes sedes del alma, concebís perfectamente posible que haya algo de verdad en todas las opiniones de los autores a este respecto, por muy opuestas que parezcan, y puesto que las enfermedades del cerebro, según el lugar que atacan, su­ primen tan pronto un sentido como otro, ¿acaso se equivocan más IX Tangere enim et cangi, nisi corpas, nulla potest res. Pues cosa ninguna si no es cuerpo puede tocar y ser tocada. x Algunos filósofos antiguos las han admitido, para explicar las dife­ rentes contradicciones en que el alma se sorprende a sí misma, tales como por ejemplo los llantos de una mujer que se enojara mucho viendo resucitar a su marido, y viceversa. XI De anima, text. 26 c. 3.

los que ubican la sede del alma en las nalgas o en los testículos, que aquellos que quisieran marginarla en el centro oval, en los cuerpos callosos, o incluso en la glándula pin eal? Podremos pues aplicar a toda la médula del cerebro, lo que Virgilio dicexn de todo el cuerpo, en el que pretende que el alma se halla difundida, así como lo que dicen los estoicos. En efecto, ¿dónde está vuestra alma, cuando vuestro olfato le comunica olores que le placen o le disgustan, si no es en estas capas de donde los nervios olfativos extraen su origen? ¿Dónde está cuando se deleita contemplando un cielo claro, una bella pers­ pectiva, si no es en las capas ópticas? Para oír, es preciso que se encuentre situada en el lugar de nacimiento del nervio auditivo, et­ cétera. Todo corrobora, en efecto, que este timbre al que hemos comparado el alma, para dar de ella una idea sensible, se encuentra en varios sitios del cerebro, en la medida en que realmente se hace sonar en varias puertas. Pero, con ello no pretendo decir que hay varias almas, pues una sola basta sin duda con la extensión de esta sede medular que nos hemos visto forzados a concederle debido a la experiencia. Esta basta, insisto, para actuar, sentir y pensar, tanto como los órganos se lo permiten.

E l ser sensitivo es por consiguiente material No obstante, ¡cuántas dudas se elevan en mi alma, y cuán débil y limitado es nuestro entendimiento! Mi alma muestra clara­ mente, no el pensamiento que le es accidental, pese a lo que digan los cartesianos, sino actividad y sensibilidad. He aquí dos propie­ dades indiscutibles, reconocidas por todos los filósofos que no se han dejado cegar por el espíritu sistemático, el más peligroso de los espíritus. Ahora bien, según se dice, todas las propiedades su­ ponen un sujeto que constituya su base, que exista por sí mismo, y al que pertenezcan de derecho estas mismas propiedades. De ahí se concluye que el alma es un ser separado del cuerpo, una especie de mónada espiritual, una form a subsistente, como dicen los dies­ tros y prudentes escolásticos, es decir, una sustancia cuya vida no depende de la del cuerpo. Sin duda, no se puede razonar mejor, pero, ¿por qué motivo he de imaginar estas propiedades de una naturaleza completamente distinta de la del cuerpo, cuando veo XIÍ ... totos diffusa per artus/ Deus agitat molem, et magno se corpore miscet. Por los miembros todos, un Dios mueve la masa y se mezcla con el gran cuerpo. Virgilio, Eneida, Libro V I.

claramente que es la misma organización de la médula en los pri­ meros comienzos de su nacimiento (es decir al final del córtex) la que ejerce tan libremente en el estado sano todas estas propiedades? Son multitud de observaciones y experiencias ciertas, las que me prueban lo que anticipo, en lugar de aquellos que, diciendo lo contrario, pueden ostentarnos mucha metafísica, sin darnos una sola idea. Pero, ¿serán fibras medulares las que formen el alma? Y , ¿cómo concebir que la materia pueda sentir y pensar? Reco­ nozco que no lo concibo, pero, independientemente de que sea impío limitar el todo-poder del creador, arguyendo que no ha podido hacer pensar a la materia, él, que de una palabra hizo la luz, ¿debo acaso despojar a un ser de las propiedades que impre­ sionan mis sentidos, porque la esencia de este ser me es desconocido? Yo, en el cerebro no veo más que materia, extensión, como se ha probado, en su parte sensitiva: viva, sana y bien organizada, esta viscera contiene en el origen de los nervios un principio activo difun­ dido en la sustancia medular. Veo este principio que siente y piensa, descomponiéndose, durmiéndose y apagándose con el cuerpo. ¡Qué digo! El alma es la primera en dormirse, su fuego se extingue a medida que las fibras de que parece hecha se debilitan y caen unas encima de otras. Si todo se explica por lo que la anatomía y la fisiología me descubren en la médula, ¡qué necesidad tengo de forjar un ser ideal! Si confundo el alma con los órganos corporales, se deberá a que todos los fenómenos me impulsan a ello, y que, por otra parte, dios no ha dado a mi alma ninguna idea de sí misma, sino sólo el suficiente discernimiento y buena fe para reco­ nocerse en cualquier espejo y no ruborizarse por haber nacido en el fango. Si es virtuosa y se adorna con mil conocimientos hermo­ sos, es bastante noble y bastante recomendable. Confío exponer los fenómenos que acabo de mencionar, cuando vayamos a ver el poco imperio del alma sobre el cuerpo, y cómo la voluntad le está sometida. Pero el orden de las materias que trato, exige que la memoria suceda a las sensaciones, las cuales me han llevado más lejos de lo que pensaba.

La M em oria Todo juicio es la comparación de dos ideas que el alma hace distinguir una de otra. Pero, como en el mismo instante sólo puede contemplar una idea si no tengo memoria, cuando voy a comparar la segunda idea, no reencuentro la primera. Así (es una reparación

de honor a la memoria demasiado desacreditada), ni memoria, ni juicio. Ni la palabra, ni el conocimiento de las cosas, ni el senti­ miento interno de nuestra propia existencia pueden ciertamente morar en nosotros sin memoria. ¿Se olvida uno que ha sabido? Parece que no se haga más que salir de la nada, ya no se sabe si se ha existido, ni si se continuará existiendo por algún tiempo. W epser habla de un enfermo que había perdido incluso las ideas de las cosas, y ya no tenía percepciones exactas, pues confundía la parte cóncava de la cuchara con el mango. Cita a otro que jamás podía terminar una frase, porque antes de terminarla, había olvidado el comienzo, y refiere la historia de un tercero, que por falta de me­ moria ya no podía deletrear, ni leer. La Motte menciona a alguien que había perdido la costumbre de emitir sonidos y de hablar. En ciertas afecciones del cerebro, no es extraño ver enfermos que ignoran el hambre y la sed. B o n n et13 cita multitud de esos ejem­ plos. Por último, un hombre que perdiera la memoria por com­ pleto, sería un átomo pensante, si es que se puede pensar sin ella; desconocido para sí mismo, ignoraría cuanto le acaeciera, y no se acordaría de nada. La causa de la memoria es mecánica totalmente, ya que ésta misma parece depender del hecho de que las impresiones corporales del cerebro, que son las huellas de las ideas que se suceden, sean vecinas, y ya que el alma no puede hacer el descubrimiento de una huella o de una idea, sin recordar las otras que solían acompañarle. Esto es muy cierto con respecto a lo que se ha aprendido en la juventud. Si no se recuerda al principio aquello que se busca, un verso o una sola palabra bastan para reencontrarlo. Este fenómeno demuestra que las ideas tienen territorios separados, pero con algún orden. Luego, para que un nuevo movimiento, por ejemplo, el comienzo de un verso o un sonido que golpea las orejas, comu­ nique de inmediato su impresión a la parte del cerebro, que es análoga a aquella en donde se encuentra el primer vestigio de lo que se busca, es decir, esta otra parte de la médula donde se oculta la memoria, o la huella de los versos siguientes, y repre­ sente al alma la sucesión de la primera idea o de las primeras palabras, es necesario que nuevas ideas sean conducidas por una ley constante al mismo lugar, en el cual antaño se habían grabado otras ideas de la misma naturaleza que éstas. En efecto, si ello ocurriera de otro modo, el árbol junto al cual le han robado a uno, no evocaría con más seguridad la idea de un ladrón, que cualquier otro objeto. Lo que confirma la misma verdad, es que ciertas afec­ ciones del cerebro destruyen tal o cual sentido, sin perjudicar a

los demás. E l cirujano que he citado, vio a un hombre que perdió el tacto de un golpe en la cabeza. Hildanus 14 habla de un hombre que se quedó ciego por una conmoción cerebral. Yo he visto a una mujer que, curada de una apoplegía, tardó más de un año en recu­ perar su memoria, teniendo que volver a empezar por el a, b, c, de sus primeros conocimientos, que aumentaban y crecían de algún modo con las fibras debilitadas del cerebro, las cuales, mediante su convalecencia, no habían hecho más que detener e interceptar las ideas. El P. Mabillon 15 era muy limitado, y una enfermedad hizo despuntar en él mucho talento, penetración y aptitud para las ciencias. He aquí una de estas enfermedades dichosas, contra las cuales mucha gente podría trocar su salud, y se harían de oro. Los ciegos con bastante frecuencia tienen mucha memoria: todos los cuerpos que les rodean han perdido su capacidad de distracción en lo que a ellos respecta. La atención, la reflexión les cuesta poco, por eso se puede observar larga y fijamente cada cara de un objeto, y la presencia de las ideas es más estable y menos fugitiva. M. de La M o ttet6, de la academia francesa, dictó su tragedia de Inés de Castro de corrido. ¡Qué memoria tan amplia supone tener dos mil versos presentes, y que desfilen todos en orden ante el alma, a capricho de la voluntad! ¡Cómo puede ser que no haya ningún enredo en esta especie de caos! Más aún se dice de Pascal, pues se cuenta que nunca había olvidado lo que había aprendido. Por lo demás se piensa, con bastante razón porque es un hecho, que en aquellos que tienen mucha memoria, de ordinario su discernimiento no es más sospechoso que en los médicos su religión, toda vez que la médula del cerebro está tan llena de antiguas ideas, que las nuevas tienen dificultad para encontrar un lugar distinto. Me re­ fiero a estas ideas madres, si se me permite la expresión, que pue­ den juzgar a las demás, comparándolas, y deduciendo con rectitud una tercera idea de la combinación de dos anteriores. Pero, ¿quién tuvo más discernimiento, talento y memoria, que los dos hombres ilustres que acabo de nombrar? De todo lo que se ha dicho con respecto a la memoria podemos concluir que es una facultad del alma, consistente en las modifica­ ciones permanentes del movimiento de los espirítus animales, exci­ tados por las impresiones de los objetos que han actuado vivamente o muy a menudo sobre los sentidos. De manera que estas modifi­ caciones recuerdan al alma las mismas sensaciones con las mismas circunstancias de lugar, tiempo, etc., que les han acompañado, en el momento que las ha recibido a través de los órganos que sienten.

Cuando se siente que ya se ha tenido una idea semejante a la que pasa en un momento dado por la cabeza, esta sensación se llama pues m em oria, y esta misma idea, ya sea que la voluntad lo consienta o no, se despierta necesariamente con motivo de una disposición en el cerebro o de una causa interna, semejante a la que le había hecho nacer antes, o de otra que tiene alguna afinidad con ella.

h a imaginación La imaginación confunde las diversas sensaciones incompletas que la memoria recuerda al alma, y bajo la forma de imágenes o cuadros que le representan objetos diferentes, sea por las circuns­ tancias, los acompañamientos, o por la variedad de las combina­ ciones; me refiero a objetos diferentes de las exactas sensaciones recibidas anteriormente por los sentidos. Pero, para hablar de la imaginación con mayor claridad, la defi­ niremos como una percepción de una idea producida por causas internas, y semejantes a alguna de las ideas que las causas externas tenían por costumbre hacer nacer. Así, cuando unas causas mate­ riales, ocultas en cualquier parte del cuerpo, afectan a los nervios, los espíritus y el cerebro de la misma manera que las causas cor­ porales externas, y en consecuencia excitan las mismas ideas, se tiene lo que se llama imaginación. En efecto, cuando en el cerebro nace una disposición física, perfectamente parecida a la que pro­ duce alguna causa externa, debe formarse la misma idea, aunque no haya ninguna causa presente en el exterior. Por eso se llama a los objetos de la imaginación que son fantasmas o espectros. Los sentidos internos al igual que los externos ocasionan cam­ bios de pensamientos, y no difieren unos de otros ni por la manera en que se piensa, que es siempre la misma para todo el mundo, ni por el cambio que se produce en el sensorio, sino por la mera au­ sencia de objetos externos. Es poco sorprendente que las causas internas puedan imitar las causas externas, como se observa al taparse un ojo (lo que cambia tan particularmente la visión), en los sueños, en las imaginaciones vivas, en el delirio, etc. La imaginación en un hombre sano es más débil que la per­ cepción de las sensaciones externas, y, a decir verdad, aquélla no da una verdadera percepción. Por mucho que se imagine la magní­ fica perspectiva de los faroles iluminados pasando de noche por Pont-neuf, no los percibiré hasta que mis ojos sean impresionados

por ellos. Cuando pienso en la ópera, en la comedia, en el amor, ¡qué lejos estoy de experimentar las sensaciones de aquellos a los que entusiasma el Sarraceno, que lloran con Mérope, o que se hallan en los brazos de sus amantes! Pero, a aquellos que sueñan o deli­ ran, la imaginación les da verdaderas percepciones. Eso prueba claramente que su propia naturaleza no difiere de sus efectos sobre el sensorio, aunque la multiplicación de ideas y la rapidez con que se producen, debiliten las antiguas ideas retenidas en el cerebro, donde las nuevas adquieren mayor imperio. Eso mismo es verdad para todas las impresiones nuevas de los demás cuerpos sobre el nuestro. La imaginación es verdadera o falsa, débil o fuerte. La imagi­ nación verdadera representa los objetos en un estado natural, mien­ tras que en la imaginación falsa, el alma las ve distintas a como son. Supongamos que aquélla experimenta determinada ilusión; y entonces no es más que un vértigo como el de Pascal. Este había agotado a tal punto los espíritus de su cerebro mediante el estudio, que creía ver por el lado izquierdo un precipicio ardiendo del que se hacía siempre proteger con sillas o con cualquier otro tipo de amurallamiento, que pudiera impedirle ver este abismo espantoso, que ese gran hombre conocía como tal. Asimismo, el alma, al parti­ cipar en el error general de todos los sentidos externos e internos, cree que los objetos son realmente semejantes a los fantasmas producidos en Ja imaginación, y entonces tiene lugar un verdadero delirio. La imaginación débil es aquella a la que las disposiciones de los sentidos internos y la impresión de los externos afectan ligera­ mente por un igual, mientras que, aquellos que tienen una ima­ ginación fuerte, se ven afectados y conmovidos por las menores causas, y puede decirse que estos últimos han sido favorecidos por la naturaleza, puesto que para trabajar con éxito en las obras de talento y sentimiento, se requiere cierta fuerza en los espíritus, la cual pueda grabar viva y profundamente en el cerebro las ideas que la imaginación ha elaborado, y las pasiones que quiere pintar. Corneille sin duda tenía los órganos dotados de una fuerza muy superior en este sentido; su teatro es la escuela de la grandeza de alma, como destaca M. d e Voltaire. Esta fuerza se manifiesta de nuevo en el mismo Lucrecio, gran poeta, aunque las más de las veces sin armonía. Para ser gran poeta, hacen falta grandes pasiones. Cuando alguna idea se despierta en el cerebro con tanta fuerza, como cuando se grabó en él por primera vez, y ello en virtud de

un efecto de la memoria y de una imaginación viva, cree verse en el exterior el objeto conocido de este pensamiento. Una causa pre­ sente, interna, fuerte, unida a una memoria viva, hace caer a los más comedidos en este error, que es tan familiar a ese delirio sin fieb re de los melancólicos. Pero, si la voluntad se adhiere, si los senti­ mientos que se desprenden en el alma la irritan, entonces uno está propiamente furioso. Los maníacos preocupados siempre con el mismo objeto, se han fijado tan bien la idea de éste en su espíritu, que el alma se adapta a él y da su consentimiento. Algunos se parecen, por cuanto, fuera del punto de su locura, tienen un sentido común y sano, y si se dejan seducir por el mismo objeto de su error, no es más que a consecuencia de una falsa hipótesis, que los aleja tanto más de la razón, cuanto más consecuentes sean de ordinario. M ichel Montagne 11 tiene un capítulo sobre la imaginación muy curioso, donde hace ver que incluso el ser más inteligente tiene un objeto de deli­ rio, y, como se dice, su locura. Es una cosa muy singular y muy humillante para el hombre, ver que determinado genio sublime, cuyas obras son admiradas por toda Europa, sólo tiene que aficio­ narse más tiempo de la cuenta a una idea que, por extravagante e indigna de él que pueda ser, la acabará adoptando, a tal punto que no querrá desasirse de ella nunca más. Por ejemplo, cuanto más se mire y se toque el muslo y la nariz, más convencido estará de que una cosa es de paja y la otra de cristal, como claramente convencido está de lo contrario, en cuanto el alma pierde de vista su objeto y la razón recobra sus derechos. Eso es lo que se observa en la manía. Esta enfermedad del espíritu depende de causas corporales cono­ cidas, y si cuesta tanto esfuerzo curarla, es porque estos enfermos no creen estarlo, y no quieren ni oír decir que lo están, de manera que si un médico no tiene más espíritu que gravedad o galénica, sus razonamientos burdos y torpes les irritan y aumentan su manía. El alma se entrega por entero a una fuerte impresión domi­ nante, que por sí sola la absorbe toda entera como en el amor más violento, que es una especie de manía. ¿De qué sirve pues obsti­ narse en hablar haciendo uso de la razón a un hombre que carece de ella? Quid vota furentem , quid delubra juvant? ( * ) Toda la finalidad, todo el misterio del arte, es tratar de excitar en el cerebro una idea más fuerte, capaz de abolir la idea ridicula que absorbe

(*)

¿Qué oración, qué Iglesia ayudan a un poseído?

el alma, pues así se recupera el juicio y la razón, con la distribución equitativa de la sangre y los espíritus.

Las pasiones Las pasiones son modificaciones habituales de los espíritus ani­ males, los cuales casi constantemente procuran al alma sensaciones agradables o desagradables, que le inspiran deseo o aversión por los objetos que han hecho nacer en el movimiento de estos espíritus las modificaciones acostumbradas 18. De ahí nacen el amor, el odio, el temor, la audacia, la piedad, la ferocidad, la cólera, la dulzura, tal o cual inclinación a ciertas voluptuosidades. Así, es evidente que las pasiones no deben confundirse con las demás facultades evoca­ doras, tales como la memoria y la imaginación, de las que se distinguen por la impresión agradable o desagradable de las sensa­ ciones del alma, mientras que los otros agenteé de nuestra reminis­ cencia sólo se consideran en la medida en que recuerdan simple­ mente las sensaciones, tal como se han recibido, sin tener en cuenta la pena o el placer que puede acompañarlas. Tal es la asociación de ideas en este último caso, que las ideas externas no se representan como son en el exterior, sino unidas a ciertos movimientos que perturban el sensorio, mientras que, en el primer caso, la imaginación fuertemente impresionada, lejos de retener todas las nociones, apenas admite una sola noción simple de una idea completa, o más bien sólo ve su objeto fijo interno. Pero, entremos en mayor detalle por lo que se refiere a las pasiones. Cuando el alma percibe las ideas que le vienen por los sentidos, éstas producen mediante la misma representación del ob­ jeto sentimientos de alegría o tristeza, o no excitan ni unos ni otros. En ese último caso las ideas se denominan indiferentes, mien­ tras que las otras hacen amar u odiar el objeto que las hace nacer mediante su acción. Si la voluntad que se desprende de la idea trazada en el cerebro, se complace en contemplar y conservar esta idea, como cuando piensa en una mujer hermosa, en cierto éxito, etc., se produce lo que se llama alegría, voluptuosidad, placer. Cuando la voluntad afectada de un modo desagradable, sufre a causa de una idea que quisiera tener bien lejos, aparece la tristeza. El amor y el odio son dos pasiones de las que dependen todas las demás. El amor por un objeto presente me regocija, el amor por un objeto pasado es un recuerdo agradable, el amor por un objeto futuro es lo que se

denomina deseo o esperanza, desde que se desea o espera gozarse de él. Un mal presente excita tristeza u odio, un mal del pasado causa una reminiscencia engorrosa, y el temor procede de un mal futuro. Las otras afecciones del alma son diversos grados de amor u odio. Pero, si estas afecciones son fuertes e imprimen huellas tan profundas en el cerebro que toda nuestra economía se ve transtor­ nada y deja de conocer las leyes de la razón, entonces este estado violento se llama pasión, el cual nos arrastra hacia su objeto, a pesar de nuestra alma. Las ideas que no excitan alegría ni tristeza, se denominan indiferentes, como acaba de decirse: tal es la idea del aire, de una piedra, de un círculo, de una casa, etc. Pero, salvo estas ideas, todas las demás están relacionadas con el amor o el odio, y en el hombre todo respira la pasión. Cada edad tiene las suyas. Naturalmente se desea lo que conviene al estado actual del cuerpo. La juventud fuerte y vigorosa ama la guerra, los placeres del amor, y todos los géneros de voluptuosidad, mientras que la impotente vejez, en lugar de ser bélica, es tímida, y avara en lugar de amar el consumo, al igual que la osadía es temeridad a sus ojos, y el goce un crimen, porque ya no está hecho para él. Los mismos apetitos y el mismo comportamiento se observa en los animales, que son como nosotros, alegres, lascivos, amorosos en su juventud, y luego se entumecen poco a poco en lo referente a todos los pla­ ceres. En relación con este pecado del alma que hace amar u odiar, en el cuerpo se producen movimientos musculares, de cuerpo o de pensamiento, por los cuales podemos unirnos al objeto de nuestro goce, y apartar aquel cuya presencia nos subleva. Entre las afecciones del alma, unas se producen con conciencia o sentimiento interior, y otras sin este sentimiento. Las afecciones del primer género pertenecen a esta ley, por la cual el cuerpo obedece a la voluntad, aunque no importa investigar cómo tiene lugar eso. Para explicar estas consecuencias o estos efectos de las pasiones, basta recurrir a alguna aceleración o retraso en el movimiento del jugo nervioso, que parece producirse en el principio del nervio. Las del segundo género están más ocultas, y los movi­ mientos que excitan no han sido todavía bien expuestos. Ante una alegría muy grande, se produce una gran dilatación del cora­ zón: el pulso aumenta, el corazón palpita hasta hacer oír algunas veces sus palpitaciones, y en ocasiones se produce también una transpiración tal, que a menudo se llega al desfallecimiento e in­ cluso a la muerte súbita. La cólera aumenta todos los movimientos, y consiguientemente la circulación de la sangre, lo que hace que el cuerpo entre en calor, enrojezca, se ponga a temblar, y se halle

de pronto dispuesto a descargar algunas secreciones que lo irritan y pendiente de las hemorragias. De allí estas frecuentes apoplejías, estas diarreas, estas cicatrices que se vuelven a abrir, estas infla­ maciones, estas ictericias, este aumento de transpiración. El terror, esta pasión, que alterando toda la máquina, la pone por así decir en guardia para su propia defensa, produce más o menos los mismos efectos que la cólera; abre las arterias, cura alguna vez las parálisis de golpe, el letargo, la gota, arranca a un enfermo de las puertas de la muerte, produce la apoplejía, causa la muerte repentina, y produce por último los efectos más terribles. Un temor mediocre disminuye todos los movimientos, produce el frío, detiene la trans­ piración, dispone el cuerpo para recibir los miasmas contagiosos, produce la palidez, el horror, la debilidad, el relajamiento de los esfínteres, etc. La pesadumbre produce los mismos accidentes, pero menos fuertes, y principalmente retrasa todos los movimientos vi­ tales y animales. Sin embargo, un gran pesar algunas veces ha hecho perecer de repente. Si remitís todos esos efectos a sus cau­ sas, veréis que los nervios deben actuar necesariamente sobre la sangre, de manera que su curso, regulado por el de los espíritus, aumenta o se reduce con él. Los nervios que contienen las arterias, a modo de hilillos, en la cólera y en la alegría parecen excitar la circulación de la sangre arterial, animando el resorte de las arte­ rias, mientras que en el temor y el pesar, pasión que parece diminu­ tiva del temor (al menos por cuanto a los efectos), las arterias con­ traídas y ocluidas tienen dificultad para hacer fluir su sangre. Luego, ¿dónde no se encuentran estos hilillos nerviosos? Están en la caró­ tida interna, en la arteria temporal, en la gran meninge, en la vertebral, en la subclavical, en la raíz de la subclavical derecha, y de la carótides, en el tronco de la aorta, en las arterias branquiales, en la ilíaca, en el mesentérico, en las que salen de la pelvis, y por todas partes son perfectamente capaces de producir esos efectos. El pudor, que es una especie de temor, contrae la vena temporal, donde ésta se halla rodeada de ramas de la porción dura, y retiene la sangre en el rostro. ¿No es también por la acción de los nervios que tiene lugar la erección, efecto que depende tan visiblemente de la suspensión de la sangre? ¿No es cierto que la sola imaginación procura este estado a los mismos eunucos, que esta mera causa produce la eyaculación, no sólo por la noche, sino a veces incluso durante el día, y que la impotencia depende a menudo de los de­ fectos de la imaginación, sea por un ardor excesivo, por su tran­ quilidad extrema, o por sus diferentes enfermedades, como se deduce de los ejemplos de V enette y M ontagne ?19. No hay exceso de pudor,

de cierto recato o timidez, del que uno se corrige muy rápidamente en la escuela de las mujeres galantes, que no suela colocar al hombre más enamorado en una situación de incapacidad para satisfacerlas. He aquí a un mismo tiempo la teoría del amor, y la de las otras pasiones; aquélla viene maravillosamente en apoyo de las otras. Es evidente que los nervios desempeñan un papel fundamental, y que constituyen el principal resorte de las pasiones. Aunque no conozcamos las pasiones por sus causas, las luces que el mecanismo de los movimientos de los cuerpos animados ha difundido en nues­ tros días, nos permiten al menos explicarlas todas bastante clara­ mente por sus efectos. Desde que se sabe, por ejemplo, que el pesar contrae los diámetros de los tubos, aunque se ignore cuál es la causa que hace que los nervios se contraigan a su alrededor, como para ocluirlos, todos los efectos que se desprenden, melan­ colía, afcrabilis, manía, son fáciles de concebir. La imaginación afec­ tada por una idea fuerte, una pasión violenta, influye en el cuerpo y en el temperamento, y recíprocamente las enfermedades del cuerpo atacan la imaginación y el espíritu. La melancolía, tal como la inter­ pretan los médicos, una vez se ha formado y se ha hecho bien atrabiliaria en el cuerpo de la persona más alegre, necesariamente hará de ésta una de las más tristes, y en lugar de esos placeres que amaba tanto, sólo disfrutará en la soledad.

Capítulo X I F acultad es

que

d epen d en

d el

h á b it o

DE LOS ÓRGANOS SENSITIVOS

Hemos explicado la memoria, la imaginación y las pasiones, facultades del alma que dependen visiblemente de una simple dis­ posición del sensorio, la cual no es más que un puro ordenamiento mecánico de las partes que componen la médula del cerebro. Se ha visto 1.° que la memoria consiste en el hecho de que una idea semejante a la que se ha tenido con anterioridad, con motivo de la impresión de un cuerpo externo, se despierta y se representa al alma; 2 ° que si ésta se despierta con la fuerza suficiente para que la disposición interna del cerebro reproduzca una idea muy fuerte o muy viva, entonces se tienen estas imaginaciones fuertes, que

algunos autores xm atribuyen a una clase, o a una especie particular, y que persuaden con mucho vigor al alma de que la causa de esta idea existe fuera del cuerpo; 3 ° que la imaginación es una de las partes del alma más difícil de regular, y aquélla que se trastorna y se descompone con mayor facilidad, de ahí que la imaginación en general perjudique al discernimiento más que la propia memoria, sin la cual el alma no puede combinar varias ideas. Se diría que este sentido frío, llamado común, aunque muy escaso, se eclipsa y se funde de algún modo por el calor de los movimientos vivos y turbulentos de la parte fantástica del cerebro; y 4.° he hecho ver cuantas causas cambian incluso las ideas de las cosas, y cuantas precauciones prudentes son necesarias para evitar el error que seduce al hombre en ciertos casos aunque éste no quiera. Permí­ taseme añadir que estos conocimientos son absolutamente nece­ sarios incluso para los médicos, con el fin de conocer, explicar y curar las diversas afecciones del cerebro. Pasemos a un nuevo género de facultades corporales que se remiten al alma sensitiva. La memoria, la imaginación y las pasiones constituían el primer tipo, y las inclinaciones, los apetitos, el ins­ tinto, la penetración y la concepción van a constituir el segundo.

Inclinaciones y apetitos Las inclinaciones son disposiciones que dependen de la estruc­ tura particular de los sentidos, de la solidez, de la blandura de los nervios que se encuentran en estos órganos o más bien que los constituyen, de los diversos grados de movilidad en los espíritus, et­ cétera. Es a este estado al que se deben las inclinaciones o inape­ tencias naturales, que se tienen por diferentes objetos que acuden a impresionar los sentidos. Los apetitos dependen de ciertos órganos, destinados a darnos las sensaciones que nos hacen desear el goce o el uso de las cosas útiles para la conservación de nuestra máquina, y la propagación de nuestra especie, apetito tan premioso y que reconoce los mismos principios o las mismas causas que el hambre XIV. Es bueno saber que los antiguos han ubicado también en esta misma clase, ciertas disposiciones de nuestros órganos que nos inspiran repugnancia e incluso el horror por las cosas que pudieran perjudicarnos. Por eso habían distinguido estos apetitos en concupiscentes o irascibles, XITI Boerhaave, Instit. med. de sens. intern. XIV M. Senac. Anat. d’Heist. p. 514.

es decir, en los que nos hacen desear lo que es bueno y saludable, y nunca nos hacen pensar en ello sin placer, y en los que nos hacen pensar en lo que nos es contrario, con bastante pesadumbre y repugnancia para rechazarlo. Cuando me refiero a nosotros, no se disguste el orgullo humano, pero es que los hombres se con­ funden aquí con los animales, puesto que se trata de facultades que la naturaleza ha dado en común a unos y otros.

El instinto El instinto consiste en disposiciones corporales puramente mecá­ nicas, que hacen actuar a los animales sin ninguna determinación, con independencia de toda experiencia y como por una especie de necesidad, pero, sin embargo (lo que es realmente admirable), de la manera que mejor les conviene para la conservación de su ser. De donde nace la simpatía que ciertos animales tienen unos por otros, y algunas veces incluso por el hombre, al cual hay algunos que se atan tiernamente toda su vida, y de donde nacen la antipatía o aversión natural, los subterfugios, el discernimiento, la elección indeliberada automática, y, a pesar de ello, seguros de sus alimentos, del mismo modo que de las plantas saludables que pueden conve­ nirles en sus diferentes enfermedades. Cuando nuestro cuerpo se halla afligido por algún mal, y realiza sus funciones con dificultad, es comparable al de los animales, maquinalmente inducido a buscar los medios para remediarlo, sin que, no obstante, los conozcaxv. La razón no puede concebir cómo tienen lugar operaciones tan simples en apariencia. El docto médico que cito se contenta con decir que se realizan como consecuencia de las leyes a las que el autor de la naturaleza ha sometido a los cuerpos animados, y que todas las primeras causas dependen inmediatamente de estas leyes. El niño recién nacido realiza diferentes funciones, como si se hu­ biera estado ensayando durante todo el embarazo, sin conocer nin­ guno de los órganos que sirven para estas funciones. La mariposa, apenas formada, pone en movimiento sus nuevas alas, vuela y se balancea perfectamente en el aire; la abeja que acaba de nacer, recoge miel y cera; el perdigón, apenas salido del huevo, distingue el grano que le conviene. Estos animales no tienen otro maestro que el instinto. Para explicar todos estos movimientos y estas opera­

ciones, es pues evidente que S ta a h l20 ha cometido un gran error bajo el pretexto de la destreza que da el hábito. Lo cierto es, como observa el hombre más ingenioso del mundo XVI para arrancar los secretos de la naturaleza, que en los movimientos de los cuerpos animados hay algo más que una mecá­ nica inteligible, quiero decir, «una cierta fuerza que pertenece a las partes más pequeñas de que está formado el animal, que está difun­ dida en cada una, y que caracteriza no sólo cada especie animal, sino cada animal de la misma especie, en la medida en que cada uno se mueve y siente diversamente a su manera, mientras que todos desean necesariamente lo que conviene para la conservación de su ser, y tienen una aversión natural que los protege seguramente de lo que podría perjudicarlos». Fácil es juzgar que el hombre no se halla aquí excluido. Sí, sin duda, es esta forma propia de cada cuerpo, esta fuerza innata en cada elemento fibroso, en cada fibra vasculosa, y siempre esencial­ mente diferente en sí de lo que se llama elasticidad, ya que si ésta se destruye, no impide que la otra subsista incluso tras la muerte y se despierte ante la menor fuerza provocadora; es esta causa, insisto, la que hace que tenga menos agilidad que una pulga, aunque salte merced a la misma mecánica, y es gracias a ella que, al dar un paso en falso, mi cuerpo se lanza con la rapidez del rayo a contrapesar su caída, etc. En verdad, el alma y la voluntad no participan para nada en todas estas acciones del cuerpo, descono­ cidas para los mayores anatomistas, prueba de ello es que el alma no puede tener más que una sola idea distinta a la vez. Luego, ¿qué número infinito de movimientos diversos le haría falta prever de un vistazo, escoger, combinar y ordenar con la mayor exactitud? ¿Quién sabe cuántos músculos hacen falta para saltar, cómo deben aflojarse los flexores y contraerse los extensores, ora despacio, ora de prisa, y cómo tal peso y no tal otro puede alzarse? ¿Quién co­ noce todo lo que hace falta para correr, franquear grandes espacios con un cuerpo enormemente pesado, para planear por los aires, para elevarse hasta perderse de vista y cruzar un país inmenso? ¿Acaso los músculos necesitarían consejo de un ser que ni siquiera sabe su nombre, ni conoce su ataques ni sus usos, para prepararse a transportar sin riesgo y hacer saltar toda la máquina a la que están unidos? El alma no es lo bastante perfecta para ello ni en el hom­ bre, ni en el animal, pues sería preciso que tuviera infusa esta ciencia geométrica infinita, supuesta por S ta a h l21, mientras que

no conoce tan siquiera los músculos que le obedecen. Todo viene pues de la sola fuerza del instinto, y la monarquía del alma no es más que una quimera. Hay mil movimientos en el cuerpo, de los que el alma no es ni la causa condicional. La misma causa que hace huir o acercarse a un cuerpo ante la presencia de ciertos objetos, o cuando oye algún ruido, vela a su vez incesantemente, sin que lo sepa para la conservación de su ser. Pero este mismo cuerpo, como esos pájaros de gran tamaño que recorren los aires, tiene el senti­ miento que corresponde a su instinto. Concluyamos pues, que cada animal tiene su propio sentimiento y su manera de expresarlo, y que ésta siempre coincide con el sentido más predominante, con un instinto, con una mecánica que puede omitir toda inteligencia, pero no engañarle. Confirmemos esta conclusión mediante nuevas observaciones.

L os animales expresan sus ideas m ediante los mismos signos que nosotros Trataremos de señalar con precisión en qué consisten los cono­ cimientos de los animales y hasta dónde se extienden, pero sin entrar en el detalle demasiado trillado de sus operaciones, muy agrada­ bles sin duda en las obras de ciertos filósofos que se han dignado ser complacientesXVI1, y admirables en el libro de la naturaleza. Como los animales tienen pocas ideas, a su vez tienen pocos tér­ minos para expresarlas. Al igual que nosotros, perciben la distancia, el tamaño, los olores, la mayoría de las cualidades segundas XV1U¡ y se acuerdan de ellas. Pero, además de que tienen muchas menos ideas, apenas tienen otras expresiones que las del lenguaje afectivo, del que he hablado. ¿Procede esta escasez del vicio de los ór­ ganos? No, puesto que los loros repiten las palabras que se les enseña, sin saber su significado, y nunca se sirven de ellas para expresar sus propias ideas. Tampoco procede de la falta de ideas, pues aprenden a distinguir la diversidad de personas, e incluso de voces, y nos responden con gestos demasiado verdaderos, para que no expresen su voluntad. ¿Qué diferencia hay pues entre nuestra facultad de discurrir y la de los animales? La suya se da a entender, aunque muda, pues son excelentes pantomimos, mientras la nuestra es fogosa, pare­ ciendo a menudo que somos verdaderos parlanchines. xvn y er principalmente el P. Bougeant, Eff. Phil. sur le sang des bétes. xvm Como dice Locke.

He aquí ideas y signos de ideas que no pueden rechazarse a lós animales, sin chocar con el sentido común. Estos signos son perpetuos, inteligibles para todo animal del mismo género, e incluso de una especie diferente, puesto que a su vez lo son incluso para los hombres. Estoy tan seguro, dice Lam yXIX, de que un loro posee conocimiento, como sé que lo tiene un extranjero, pues los mismos rastros se encuentran en uno como en otro, y hace falta tener menos sentido común que los animales para negarles cono­ cimientos. No se nos objete que los signos de discernimiento de los ani­ males son arbitrarios, y no tienen nada en común con sus sensa­ ciones n , ya que todas las palabras que nosotros empleamos también lo son y, sin embargo, actúan sobre nuestras ideas, las dirigen y las cambian. Las letras, que han sido inventadas más tarde que las palabras, una vez reunidas, forman las palabras, de manera que nos es igual leer caracteres u oír palabras que se componen de ellos, porque el uso nos ha hecho asociar a éstos las mismas ideas, ante­ riores a unas y otras letras, palabras e ideas. Todo es pues tan arbitrario en el hombre, como en el animal, pero es evidente que, cuando se observa la masa del cerebro del hombre, esta viscera puede contener multitud de ideas prodigiosas, y, por consiguiente, para expresar dichas ideas se requieren más signos que los animales. En eso precisamente consiste toda la superioridad del hombre. Pero los hombres, y pongamos por caso las mujeres, ¿se burlan más unas de otras, que esos pájaros que repiten las canciones de otros pájaros, hasta dejarlos completamente en ridículo? ¿Qué diferencia hay entre el niño y el loro instruido? No repiten acaso por un igual los sonidos con los que se golpea sus orejas, y los dos con la misma poca inteligencia. ¡Efecto admirable el de la unión de los sentidos externos con los sentidos internos, el de la conexión de la palabra de uno con el oído del otro, y el de un lazo tan íntimo entre la voluntad y los movimientos musculosos, que se ejercen siempre al antojo del animal, cuando la estructura del cuerpo lo permite! El pájaro que oye cantar por primera vez, recibe la idea del sonido, en lo sucesivo le bastará prestar atención a las nuevas melodías para repetirlas (sobre todo si las oye a menudo), con tanta facilidad como nosotros pronunciamos una nueva palabra inglesa. La propia experiencia xx nos ha demostrado que se puede enseñar a hablar y a leer en poco tiempo XXI a un sordo x ix Dictionnaire Anatomique, p. 226. x x Ved. Ammán, de loquela, p. 81 y 103. XXI Dos meses, Ammán, p. 31.

de nacimiento, y por consiguiente mudo. ¿No tiene menos ventaja este sordo que sólo tiene ojos, que una cotorra que tiene oídos finos?

La penetración y la concepción Nos quedan por exponer otras dos facultades que dependen del mismo principio, quiero decir de la disposición originaria y primitiva de los órganos: a saber, la penetración y la concepción que nacen de la perfección de las facultades corporales sensitivas. La penetración es una disposición dichosa que no se puede definir en la estructura íntima de los sentidos y de los nervios, ni en el movimiento de los espíritus. Esta introduce en el alma sensaciones tan netas, tan exquisitas, que la predisponen a distin­ guirlas pronta y exactamente una de otra. Lo que se llama concepción o comprensión es una facultad de­ pendiente de las mismas partes, por la cual todas las facultades a que me he referido, pueden dar al alma un gran número de sen­ saciones a la vez, y no menos claras y distintas, de manera que el alma abarca por así decir, en el mismo instante y sin ninguna confusión, más o menos ideas, según el grado de excelencia de di­ cha facultad.

Capítulo X I I A fe c c io n e s

d el

alm a

s e n s i t iv a

Las sensaciones, el discernimiento y los conocimientos El alma sensitiva no sólo tiene un conocimiento exacto de lo que siente, sino que sus sentimientos le pertenecen precisamente como modificaciones de ella misma. Es distinguiendo estas diversas mo­ dificaciones que la impresionan, o la mueven diversamente, como ella ve y discierne los diferentes objetos que se las ocasionan, y este discernimiento, cuando es transparente, y por así decir no está nublado, le da conocimientos exactos, claros y evidentes. Pero las sensaciones de nuestra alma tienen dos caras que me­ recen considerarse: o son puramente especulativas, y cuando ilu­

minan el espíritu, se les da el nombre de conocimientos, o llevan al alma afecciones agradables o desagradables, y son las que cons­ tituyen el placer o la felicidad, la pena o la desdicha de nuestro ser. En efecto, es muy probable que sólo gocemos de nuestras propias modificaciones, y no es erróneo decir que el alma reducida a la posesión de sí misma, no es más que un ser accidental. La prueba de ello, es que el alma no se conoce, y que está privada de sí misma cuando está privada de las sensaciones. Todo su bienestar o todo su malestar no residen pues más que en las impresiones agradables o desagradables que recibe pasivamente, es decir, que ella no es dueña de procurárselas y de escogerlas a su antojo, puesto que dependen manifiestamente de causas que le son por completo ajenas. De ahí se deduce que la felicidad no puede depender de la ma­ nera de pensar, o más bien de sentir; pues es cierto, y no creo que nadie disienta al respecto, que no se piensa ni se siente como uno quisiera. Esos que buscan la felicidad en sus reflexiones, o en la persecución de la verdad que se nos escapa, la buscan donde no está. A decir verdad, la felicidad depende de causas corporales, tales como ciertas disposiciones de cuerpos naturales o adquiridos, quiero decir, procuradas por la acción de cuerpos ajenos sobre el nuestro. Hay personas que, gracias a la dichosa conformación de sus órganos y a la moderación de sus deseos, son felices con poco, o al menos la mayoría de las veces están tranquilos y contentos de su suerte, a tal punto que sólo por accidente pueden sumirse en un estado desdichado. Hay otras (y desgraciadamente son las más), que ince­ santemente necesitan placeres nuevos, a cuales más picantes. Pero esas personas sólo son felices por accidente, como aquel al que com­ place la música, el vino o el opio, y, demasiado a menudo, el hastío y el arrepentimiento suceden de inmediato a este placer encantador, que se veía como el único placer real, como el único dios digno de todos nuestros homenajes y de todos nuestros sacrificios. El hombre no está hecho para ser perfectamente feliz. Si lo es, ello ocurre de vez en cuando, pues la felicidad se presenta como la verdad, por casualidad, en el momento en que uno menos se lo espera. Sin embargo, es preciso someterse al rigor de su estado, y utilizar en la medida de lo posible toda la fuerza de su razón, para soportar su fardo. Estos medios no procuran la felicidad, pero habitúan a poderse pasar de ella, como se dice, a tener paciencia, y a hacer de la necesidad, virtud. Estas breves reflexiones sobre la felicidad me han desengañado de muchos tratados sobre el mismo tema, donde el estilo importa más que lo que se dice, donde el

espíritu se hace pasar por bienintencionado, donde se deslumbra por el prestigio de una elocuencia frívola, a falta de razonamientos sólidos, donde por último uno se arroja ciegamente a la ambiciosa metafísica, cuando no se es físico. Sólo la física puede aligerar las dificultades, como observa Mr. de Fontenelle xxu. Pero sin un co­ nocimiento perfecto de las partes que componen los cuerpos ani­ mados y de las leyes mecánicas a las que estas partes obedecen, para hacer sus diversos movimientos, ¡cómo referirse al cuerpo y al alma de otro modo que no sea con paradojas vanas o sistemas frívolos, frutos de una imaginación desatinada, o de una presunción fastuosa! No obstante, del seno de esta ignorancia se ven salir todos estos pequeños filósofos, grandes constructores de hipótesis, creadores ingeniosos de sueños extraños y singulares, los cuales, sin teoría ni experiencia, creen ser los únicos en poseer la verda­ dera filosofía del cuerpo humano. Por mucho que la naturaleza se mostrara a sus miradas, la ignorarían, si no estuviera conforme con la manera en que han creído concebirla. Vanidosa y complaciente imaginación, ¿no os basta el hecho de tratar meramente de compla­ cer, y de ser el modelo de coquetería más perfecto? ¿Precisa que tengáis una ternura verdaderamente maternal para con vuestros hijos más contrahechos y más insensatos, y que, contenta con vuestra mera fecundidad, vuestras producciones no parezcan ridicu­ las o extravagantes más que a ojos ajenos? Sí, es justo que el amor propio que envanece a los autores y sobre todo a los malos autores, les pague en secreto con alabanzas que el público les niega, puesto que esta especie de desagravio que sostiene su valentía, puede ha­ cerlos mejores en lo sucesivo.

L a voluntad Las sensaciones que nos afectan, determinan que el alma quiera o no quiera, ame u odie estas sensaciones, según el placer o la pena que nos causen, y este estado del alma que se decide así por sus sensaciones, se llama voluntad. Pero es necesario que se distinga aquí la voluntad de la libertad. Pues se puede estar agradablemente, y en consecuencia voluntaria­ mente afectado por una sensación, sin ser dueño de rechazarla o recibirla. Tal es el estado agradable y voluntario en que se encuen­ tran todos los animales, y el hombre mismo, cuando satisfacen alxxn Digressions sur les anciens et les Modernes (FonteneUe).

gimas de estas necesidades apremiantes, que impedían a Alejandro creerse un dios, como decían sus lisonjeadores, puesto que tenía necesidad de retrete y concubina. Pero, pongamos por ejemplo a un hombre que quiere mante­ nerse despierto, y al que se da opio: éste se verá invitado al sueño por las sensaciones agradables que le procura este remedio divino, y su voluntad cambiará de tal modo que el alma se verá forzosa­ mente obligada a dormir. Al igual que los animales no gozan pro­ bablemente más que de sus voliciones, para ésta no hay ni bien ni mal moral. El opio amodorra el alma con el cuerpo, y a gran­ des dosis, pone furioso. Las cantáridas una vez ingeridas hacen íiacer la pasión del amor con una aptitud para satisfacerla, que, a menudo, cuesta muy caro. E l alma de un hombre, al que ha mor­ dido un perro rabioso, se vuelve también rabiosa. El poust, droga venenosa, muy al uso en el Mogol, adelgaza el cuerpo, vuelve im­ potente, y suprime poco a poco el alma razonable, para sustituirla por el alma, no digo sensitiva, sino tan sólo vegetativa. Toda la historia de los venenosxxm demuestra suficientemente que todo cuanto se ha dicho sobre los filtros amorosos de los antiguos, no es tan fabuloso, y que todas las facultades del alma, hasta la cons­ ciencia, sólo son dependencias del cuerpo. Basta con beber y comer demasiado para reducirse a la condición de animales. Sócrates, em­ briagado, se puso a bailar a la vista de un excelente pantomimo :XIV, y, en lugar de ejemplos de prudencia, este preceptor de la patria sólo los dio de lujuria y voluptuosidad. En los mayores placeres, es imposible pensar, únicamente se puede sentir. En los momentos que les siguen, y que no se hallan exentos de voluptuosidad, el alma se repliega de algún modo sobre las delicias que acaba de expe­ rimentar, como para prolongar su goce. Esta parece querer aumen­ tar su placer examinándolo, pero, tanto ha existido, que ya no siente, ni es casi nada. Sin embargo, la postración en la que se hunde, le sale cara, pues no se librará en seguida de ésta sin vio­ lencia, porque la arrebatadora convulsión de los nervios, que ha embriagado el alma de tan grandes transportes, debe durar toda­ vía algún tiempo, semejante a estos vértigos, en los que se ve girar los objetos, cuando éstos ya hace un buen rato que no giran. Aquel que se disgusta mucho por agredirxxv a su familia en sueños, no x x i i i y _ Mead, de Venenis. XXIV Los movimientos se comunican de un hombre a otro hombre, los sentimientos se ganan de igual modo, y la conversación de la gente culta es enriquecedora. Esto es fácil de explicar por lo que se ha dicho, c. X I , I I I . xxv E l buen Leuwenhoeck nos certifica que sus observaciones Hartsoekerianas nunca han sido llevadas a cabo a expensas de su familia.

tiene la misma voluntad, con motivo de cierto prurito, que va, por así decir, a buscar el alma en los brazos del sueño, y advertirle que sólo depende de ella ser dichosa un ratito. Entonces, si la natura­ leza, cuando ésta se despierta, está dispuesta a traicionar su primera voluntad, una nueva voluntad se eleva en el alma, y sugiere a la naturaleza los medios más breves para salir de un estado apre­ miante y procurarse otro más agradable, del que uno va a arrepen­ tirse, como de costumbre, y como ocurre sobre todo a consecuencia de los placeres que se buscan sin necesidad. He aquí al hombre, con todas las ilusiones de las que es ins­ trumento y presa. Pero, si no es sin placer que la naturaleza nos engaña y nos extravía, que nos engañe siempre así. Por último, nada tan limitado como el imperio del alma sobre el cuerpo, y nada más extendido que el imperio del cuerpo sobre el alma. No sólo ignora el alma los músculos que le obedecen y cuál es su poder voluntario sobre los órganos vitales, sino que jamás ejerce poder arbitrario alguno sobre estos mismos órganos. ¡Qué digo! , ni siquiera sabe si la voluntad es la causa eficiente de las acciones musculosas, o simplemente una causa ocasional, puesta en juego por ciertas disposiciones internas del cerebro, que actúan sobre la voluntad, la mueven secretamente, y la determinan de cualquier manera. Staahl piensa de un modo diferente, pues atri­ buye al alma, como se ha insinuado, un imperio absoluto, y para él es la causa de todo, hasta de las hemorroides. Ved su teoría de medicina, donde se esfuerza en probar esta imaginación mediante razonamientos metafísicos, que sólo logran hacerla más incompren­ sible, y si me atrevo a decirlo, más ridicula.

E l gusto Las sensaciones consideradas como simples conocimientos, o en tanto que agradables o desagradables, hacen detentar al alma dos tipos de juicios. Cuando ésta descubre verdades, de las que se cer­ ciora a sí misma con una evidencia que cautiva su consentimiento, esta operación del alma condescendiente, que no puede eximirse de rendirse a las luces de la verdad, se llama simplemente juicio. Pero, cuando ésta aprecia la impresión agradable o desagradable, que recibe de sus diferentes sensaciones, entonces este juicio ad­ quiere el nombre de gusto. Se da el nombre de buen gusto, a las sensaciones que halagan más corrientemente a todos los hombres, y que, por así decir, están más acreditadas y más en boga, y, recí­

procamente, el mal gusto, no es otra cosa que el gusto más singular y menos ordinario, es decir, las sensaciones menos comunes. Co­ nozco letrados que piensan de otro modo; pretenden que el buen o mal gusto no es más que un juicio razonable o extraño, que el alma hace respecto de sus propias sensaciones. Estas, según ellos, que complacen ciertamente a algunos, por defectuosas e imperfectas que sean — porque las juzgan mal o demasiado favorablemente— pero que disgustan o repugnan a la mayoría — porque ésta tiene lo que se denomina un buen espíritu, un espíritu recto— , estas sensaciones son objeto de mal gusto. Yo creo que nadie puede equi­ vocarse en lo que se refiere a sus sensaciones, porque pienso que un juicio que parte del sentido íntimo, tal como aquél que se infiere del sentimiento de uno mismo o de la afección de su alma, no puede inducir a engaño, por el mero hecho de saborear un placer o de sentir una pena, que efectivamente se experimenta, mientras dura una sensación agradable o desagradable. Hay a quienes les gusta, por ejemplo, el olor de la pezuña de caballo, de una cartulina, del pergamino quemado. En la medida que por mal gusto no se entienda otra cosa que un gusto singular, concederé que estas personas son de mal gusto, y que las mujeres embarazadas, cuyos gustos cambian con las disposiciones del cuerpo, son también de muy mal gusto, cuando lo único evidente es que están ávidas de cosas bastante a menudo despreciadas, y a las que ellas no hacían el menor caso antes del embarazo, y que así sólo tienen entonces gustos particu­ lares, relativos a su estado y que se observan raramente. Pero, cuando se juzga agradable la sensación que da el olor de la pomada a la maríscala, el del almizcle, el del ámbar y el de otros innume­ rables perfumes, tan útiles para los perros de aguas cuando van al encuentro de sus amos, y eso al mismo tiempo que se goza del placer que todas estas cosas procuran al alma, no se puede decir que se juzgue mal de ellas ni demasiado favorablemente. Si hay unos gustos mejores que otros, eso depende siempre de las sensa­ ciones más agradables que experimenta la misma persona, y puesto que tal gusto que encuentro delicioso es detestado por otro, sobre el que actúa de distinto modo, ¿dónde está lo que se llama buen y mal gusto? No, una vez más, las sensaciones del hombre no pue­ den engañarle, porque el alma las aprecia precisamente por lo que valen, en relación al placer o displacer que recibe de ellas.

E l genio Voy a tratar de definir la idea del genio con mayor precisión de lo que he hecho hasta ahora. Por la palabra genio, comúnmente se entiende la cima de la perfección, que el espíritu humano puede alcanzar. Sólo se trata de saber qué se entiende por esta perfección. Se la hace consistir en la facultad más brillante del espíritu, en la que más impresiona e incluso asombra, por así decir, a la ima­ ginación: y en este sentido, en el cual yo mismo he empleado el término de genio, para conformarme con el uso que tenía intención de corregir en seguida, nuestros poetas, nuestros autores sistemá­ ticos, todos, hasta el abad Cartaud de la Villate XXVI tendrían dere­ cho al genio, y el filósofo que tendría más imaginación, el P. Mallebranche, sería el primero de todos. Pero si el genio es un espíritu tan justo como penetrante y tan verdadero como extenso, el cual no sólo evita constantemente el error, como un piloto hábil evita los escollos, sino que sirviéndose de la razón como él se sirve de la brújula, no se aparta nunca de su objetivo, maneja la verdad con tanta precisión como claridad, y por último abarca fácilmente y como de un vistazo multitud de ideas, cuyo encadenamiento forma un sistema experimental, tan luminoso en sus principios, como justo en sus consecuencias, si eso es así, ¡abajo las pretensiones de nuestros espíritus cultos, y de nues­ tros más célebres constructores de hipótesis! ¡Abajo esta multitud de genios! ¡Qué raros serán en lo sucesivo! Pasemos revísta a los principales filósofos modernos, a los que se ha prodigado el nombre de genio, y empecemos por Descartes. La obra maestra de Descartes es su método, y éste ha llevado muy lejos la geometría, desde el punto en que la encontró, quizá tanto como Newton mismo la impulsó, desde el punto en que Des­ cartes la había dejado. En fin, nadie le niega un espíritu natural­ mente filosófico. Hasta ahí, Descartes no es un hombre ordinario, sino que más bien sería un genio, si para merecer este título, bastara con eclipsar y dejar muy por debajo suyo a todos los demás mate­ máticos. Pero, las ideas de los tamaños son simples, fáciles de abarcar y determinar. E l círculo que componen es pequeño, y signos siempre visibles nos las hacen sensibles, de manera que la geome­ tría y el álgebra son las ciencias en las que hay que hacer menos combinaciones, y sobre todo combinaciones difíciles, pero no se hace otra cosa que ver problemas en ellas, y nunca hubo menos para

resolver. De ahí que los jóvenes que se dedican a las matemáticas durante tres o cuatro años, con tanto ánimo como espíritu, igualen muy pronto a los que no están hechos para franquear los límites del arte, y, de ordinario, los geómetras, lejos de ser genios, no son siquiera gente de talento. Eso lo atribuyo a este reducido número de ideas que les absorben y reducen el talento, en lugar de ampliarlo como se imagina. Cuando veo a un geómetra con talento, concluyo que tiene más que otro; sus cálculos sólo hacen referencia a lo superfluo, y siempre excluyen lo necesario. ¿Tiene algo de sorpren­ dente que el círculo de nuestras ideas se estreche proporcionalmente al de los objetos que nos ocupan sin cesar? Admito que los geóme­ tras manejan fácilmente la verdad, y sería doble culpa suya, si no supieran el verdadero método para exponerla, desde que el Célebre M. Clairaut 23 ha dado sus elem entos de geom etría (pues, ¡dios m ío !, ¡en qué desorden y caos se encontraba esta ciencia ante de aparecer la excelente ob ra!). Pero, hacedlos salir de su pequeña esfera, que no hablen de física ni de astronomía, que pasen a objetos más grandes, los cuales no tengan relación alguna con los que dependen de las matemáticas, por ejemplo, a la metafísica, a la moral, a la fisiología, a la literatura, y, semejantes a esos niños que creían tocar el cielo al final de la llanura, encontrarán el mundo de las ideas muy grande. ¡Cuántos problemas, y problemas muy com­ puestos y muy difíciles! ¡Qué enjambre de ideas (sin contar el es­ fuerzo que de ordinario los geómetras no hacen para ser letrados y eruditos) y de conocimientos diversos para abarcar con una mirada general, reunir y comparar! Los que a falta de luces recurren a las autoridades para juzgar, no tienen más que leer el discurso que M. de Maupertuis24 pronunció el día que ingresó en la academia francesa, y se verá si exagero el poco mérito de los geómetras, y los talentos necesarios para triunfar en ciencias de una esfera más vasta. Como puede observarse, no lo menciono más que para el sufragio de un profundo geómetra, y, sin embargo, hombre de mucho talento, y que además es un verdadero genio, si se consi­ dera que uno lo es por tan raras cualidades como le caracterizan, la verdad, la exactitud, la precisión y la claridad. Que se me mues­ tren en Descartes cualidades tan esenciales al genio, y sobre todo que se me las haga ver en otra parte que no sea en geometría, puesto que tal vez el primero de los geómetras sería una vez más el último de los metafísicos, y el ilustre filósofo al que me refiero, resulta una prueba demasiado evidente de ello. Este habla de las ideas sin saber de dónde, ni cómo le vienen, sus dos primeras defi­ niciones sobre la esencia del alma y de la materia son dos errores,

de donde se desprenden todos los demás. Seguramente en estas M editaciones m etafísicas, cuya profundidad o más bien oscuridad admira M. Dessandres, Descartes no sabe lo que busca, ni a dónde quiere ir, porque no se entiende a sí mismo. Admite ideas innatas, y no ve en los cuerpos más que una fuerza divina. Demuestra su poco discernimiento, ya sea negando el sentimiento a los animales, formando una duda impracticable, inútil y pueril, ya sea adoptando lo falso como lo verdadero, a menudo no estando de acuerdo con­ sigo mismo, apartándose de su propio método, elevándose mediante el vigor irregular de sus espíritus, para caer desde más arriba y no obtener otra cosa que el honor de dar, como el temerario Icaro, un nombre inmortal a los mares en que se ahogó. He insinuado y afirmo que los extravíos de Descartes son los de un gran hombre, porque estoy convencido de que sin él, no habría­ mos tenido los Huyghens, los Boyles, los Mariotte, los Newton, los Musschenbroeck, los Sgravesande, los Boerhaave, etc., los cuales han enriquecido la física con una prodigiosa multitud de experiencias, y que en este sentido se debe permitir a las imaginaciones vivas que se den rienda suelta. Pero, no se ofenda M. Privat de Moliere, gran partidario de los sistemas, en particular de la hipótesis cartesiana, ¿qué prueba esto en favor de las conjeturas de Descartes? Por mucho que diga, unos sistemas gratuitos nunca serán otra cosa que castillos en el aire, sin utilidad ni fundamento. ¿Qué diremos de este hijo de la imaginación, de este ingrato, que, injuriándola, puede perfectamente llegar a golpear a su madre, o a su propia nodriza? Ha sido más hábil edificando, que Bayle destruyendo, pero este hombre, a menudo sabio, tenía el espíritu más recto y más diligente para evitar el error, y Mallebranche sólo ha mostrado un espíritu falso, incapaz de abordar la verdad, por­ que la imaginación que le domina, no le permite hablar de las pasiones, sin evidenciarlas, ni exponer los errores de los sentidos, sin exagerarlos. Yo admiro la magnificencia de su obra, pues cons­ tituye una cadena que no se interrumpe en ningún momento, pero el error, la ilusión, los sueños, los vértigos, el delirio, son sus ma­ teriales, y como los guías que le llevan a la inmortalidad. Su palacio se parece al de las hadas, sus manos han condimentado los manjares que nos sirve. ¡-Con cuánta razón se dice que sólo ha buscado la verdad en el título de su libro! No muestra más sagacidad descu­ briéndola, que habilidad dándola a conocer a los demás. Esclavo de los prejuicios, lo adopta todo, y embaucado por un fantasma o una aparición, lleva a cabo las quimeras que le pasan por la cabeza. Los prejuicios se han comparado justamente con estos amigos

falsos que hay que abandonar, en cuanto se ha reconocido su per­ fidia, ¡Ay! ¿quién debe reconocerla, quién debe preservarse de ella si no es un filósofo? Esto no acaba aquí; no sólo lo ve todo en dios, salvo sus extra­ vagancias y sus locuras, sino que ha podido observarse cómo hace de él un maquinista tan poco hábil, que su obra no puede funcionar, si el obrero no la hace mover sin cesar, tal si hubiera pretendido mediante esta idea Cartesiana, hacer encontrar poco sorprendente que dios se hubiera arrepentido de crear al hombre. Después de esto, ¿podía Mallebranche aspirar al rango de los genios, es decir, de esos espíritus dichosamente hechos para conocer y exponer claramente la verdad? ¡Cuán diferente es! Pero, sin duda, se le considerará un espíritu celeste, etéreo, cuyas especula­ ciones se extienden más allá del doceavo cielo de Ptolomeo 25, pues unas ideas adquiridas por los sentidos, ¡qué digo!, las ideas innatas de Descartes no le bastan. Este necesita las divinas, extraídas del seno de la inmensidad y del infinito, y necesita un mundo espiritual, inteligible (o más bien ininteligible), donde se encuentren las ideas, es decir, las imágenes, las representaciones de todos los cuerpos, para concluir peligrosamente de ahí, que dios es todo cuanto se ve, y que no puede darse un paso, sin tropezar con él en este vasto universo, según la idea que Lucano expresa así en el noveno libro de su farsala:

Jú piter est quodcum que vides, quocum que moveris (*). El célebre Leibniz razona indefinidamente sobre el ser y la sus­ tancia, y cree conocer la esencia de todos los cuerpos. Cierto que sin él nunca habríamos adivinado que hubiera mónadas en el mun­ do, y que el alma fuese una de ellas, ni hubiéramos conocido estos famosos principios que excluyen todas las igualdades en la natu­ raleza, y explican los fenómenos mediante una razón, más inútil, que suficiente. W olff se presenta aquí, como un comentario a su texto. Rindamos la misma justicia a este ilustre discípulo, a este comen­ tarista, cuya originalidad le ha llevado incluso a dar su nombre a la secta de su maestro, que aumenta todos los días bajo sus auspicios. E l sistema que él ha embellecido mediante la fecundidad y la sutilidad de ideas maravillosamente coherentes es sin lugar a dudas el más ingenioso de todos. Nunca el espíritu humano se ha (*)

Júpiter es todo lo que ves, adonde quiera que vayas.

extraviado de modo más consecuente, ¡qué inteligencia, qué orden, que claridad presiden toda la obra! Con razón, tan grandes talentos le hacen considerar como un filósofo muy superior a todos los demás, e incluso al mismo que ha procurado el fondo de la filo­ sofía wolffiana. La cadena de sus principios está bien tejida, pero el oro de que parece formada, puesto en el crisol, no parecería otra cosa que un metal falso. ¡Ah! ¿precisa pues tanto arte para encajar el error, y para multiplicarlo más? ¿No se diría eso, al oír a estos metafísicos ambiciosos, que han asistido a la creación del mundo, o al desenredo del caos? Sin embargo, sus primeros principios no son más que suposiciones atrevidas, donde el genio tiene menos parte, que una imaginación presuntuosa. ¡Llámeseles si se quiere grandes genios, porque han investigado y han alardeado de conocer las causas primeras! Por mi parte, creo que aquellos que les han despreciado, los harán siempre preferibles, y que el éxito de los Locke, de los Boerhaave, y de todos estos hombres inteligentes, que se han limitado al examen de las causas segundas, demuestra que el amor propio es el único que no saca el mismo provecho de ellas que de las primeras.

El dormir y el soñar26 La causa inmediata del dormir parece ser el abatimiento de las fibras nerviosas que parten de la sustancia cortical del cerebro. Este abatimiento puede ser producido, no sólo por el aumento del fluido de los líquidos que comprimen la médula, y por la disminu­ ción de esta circulación que no basta para distender los nervios, sino también por la privación de las causas irritantes, la cual a su vez procura reposo y tranquilidad, y, en último término, por el trans­ porte de humores espesos e inmóviles en el cerebro. Todas las causas del dormir pueden explicarse por esta primera. Cuando se duerme completamente, el alma sensitiva está como aniquilada, porque todas las facultades de la vigilia que le procu­ raban sensaciones, se hallan enteramente interceptadas en este es­ tado de compresión del cerebro. Cuando no se duerme del todo, sólo una parte de estas facul­ tades se halla suspendida o interrumpida, y las sensaciones que producen, son incompletas o siempre defectuosas en algún punto. Es ahí donde se distinguen los sueños que resultan de estas clases de sensaciones, de aquéllas que afectan al alma al despertar. Los conocimientos que poseemos entonces con mayor exactitud y nitidez,

nos descubren bastante la naturaleza de los sueños, los cuales con­ sisten en un caos de ideas confusas e imperfectas. Es raro que el alma perciba mientras sueña alguna verdad fija, que le induzca a reconocer su error. Mientras soñamos, tenemos un sentimiento interior de nosotros mismos y, al mismo tiempo, un delirio lo bastante grande para creer ver, y para ver en efecto claramente una infinidad de cosas fuera de nosotros, pues nosotros actuamos, intervenga o no la vo­ luntad en nuestras acciones. De ordinario, algunos objetos que más nos han impresionado durante el día, se nos aparecen por la noche, y ello es cierto por un igual en lo que respecta a los perros y ani­ males en general. De ahí se desprende que la causa inmediata de los sueños es toda impresión fuerte o frecuente sobre la parte sen­ sitiva del cerebro, que no está dormida o abatida, y que los objetos, que tan vivamente afectan a uno, provienen con toda claridad de los ojos de la imaginación. Se ve además que el delirio que acom­ paña los insomnios y las fiebres procede de las mismas causas, en la medida en que una porción del cerebro permanece libre y abierta a las huellas de los espíritus, mientras que las demás quedan tran­ quilas y cerradas. Cuando se habla en sueños, es preciso que los músculos de la laringe, de la lengua y de la respiración, obedezcan a la voluntad, y que, por consiguiente, la región del sensorio, de donde parten los nervios que van a desembocar a estos músculos, se encuentre libre y abierta, y que a su vez estos nervios se en­ cuentren llenos de espíritus. En las poluciones nocturnas, los múscu­ los erectores y aceleradores actúan con mucha más fuerza que si uno estuviera despierto, y en consecuencia reciben una cantidad de espíritus mucho más considerable. ¿Qué hombre sin tocar, y quizá incluso tocando a una mujer bella, podría derramar el líquido del coito, tantas veces como ocurre en sueños a personas inteligentes, vigorosas o excitadas? Los hombres y los animales gesticulan, sal­ tan, se estremecen, se quejan; los colegiales recitan sus lecciones y los predicadores declaman sus sermones, etc. Los movimientos del cuerpo responden a los que tienen lugar en el cerebro. Es fácil explicar ahora los movimientos de aquellos a quienes se llama sonám bulos o noctám bulos, porque se pasean durmiendo. Varios autores cuentan historias curiosas al respecto, habiendo visto cómo se producían las caídas más espantosas y a menudo sin peligro. De lo que se ha dicho referente a los sueños, se desprende que los sonámbulos en realidad duermen perfectamente en ciertas partes del cerebro, mientras están despiertos en otras, merced a las cuales

la sangre y los espíritus, aprovechándose de los pasajes abiertos, se deslizan a los órganos del movimiento. Nuestra admiración dismi­ nuirá todavía más al considerar los grados sucesivos, por los que unas pequeñas acciones llevadas a cabo durmiendo conducen a las más grandes y a las más complejas, tantas veces como una idea acude al alma con bastante fuerza para convencerla de la presencia real del fantasma que la imaginación le presenta, articulándose en­ tonces en el cuerpo unos movimientos que responden a la voluntad que esta idea hace nacer. Pero en lo tocante a la habilidad de los sonámbulos y a las precauciones que éstos toman, ¿tenemos acaso más facilidad que ellos para evitar mil riesgos, cuando andamos de noche por lugares desconocidos? La topografía del lugar se pinta en el cerebro del noctámbulo, el cual conoce el lugar que recorre, y la sede de esta pintura tiene que ser en él tan móvil, tan libre y tan clara, como en los que velan.

Conclusión sobre el ser sensitivo Hay muchas otras cosas que conciernen a nuestros conocimien­ tos, y que no interesan poco a nuestra curiosidad, pero se encuen­ tran más allá de nuestro alcance, y nosotros ignoramos qué cuali­ dades debe adquirir el principio material sensitivo para tener la facultad inmediata de sentir, del mismo modo que no sabemos si este principio posee este poder en toda su perfección, desde el primer instante que habita en un cuerpo animado. Es posible que tenga sensaciones más imperfectas, más confusas, o menos distintas, pero, ¿podría ocurrir que estos defectos vinieran de otros órganos corporales que le procuran dichas sensaciones? Esta posibilidad cuando menos es fácil de fundar, puesto que todas le son mermadas por la interceptación del flujo de los espíritus durante el sueño, y porque este mismo principio sensitivo es un sueño ligero o im­ perfecto, no tiene más que sensaciones incompletas, aunque, por cuanto a él se refiere, está inmediatamente dispuesto a recibirlas completas y distintas. No me pregunto qué ocurre con tal principio al morir, si conserva esta inmediata facultad de sentir, y si en este caso otras causas que no sean los órganos que actúan sobre él en vida, pueden darle sensaciones que lo hagan feliz o desdichado. No me pregunto, «si esta parte, desvinculada de sus lazos y conser­ vando su esencia, permanece errante, siempre dispuesta a reproducir un animal nuevo, o a reaparecer revestida de un cuerpo nuevo, y si tras haberse disipado en el aire o en el agua, oculta entre las

hojas de las plantas o en la carne de los animales, se reencuentra en la semilla del animal que va a reproducir». Me inquieta poco «si el alma, capaz de animar nuevos cuerpos, puede reproducir todas las especies posibles por la única diversidad de las combinacio­ nes» xxv®. Estas cuestiones son de tal índole que permanecerán eternamente inciertas. Hemos de reconocer que sobre todo esto carecemos de luces, porque no sabemos nada más que lo que nos enseñan nuestras sensaciones, las cuales nos abandonan aquí, y, por consiguiente, no podemos permitirnos hacer conjeturas al res­ pecto. Un hombre inteligente propone problemas, el tonto y el ig­ norante deciden, pero la dificultad sigue siendo la misma para el filósofo. Sometámonos pues a la ignorancia y dejemos murmurar a nuestra vanidad. Lo que me parece bastante cierto y conforme a los principios establecidos anteriormente, es que los animales pierden al morir su capacidad inmediata de sentir, y que, por con­ siguiente el alma sensitiva se aniquila verdaderamente con ellos. Aquélla sólo existía en virtud de modificaciones que han dejado de producirse.

Capítulo X I II F acultad es

in t e l e c t u a l e s , o d e l

a lm a

razonable

Las facultades correspondientes al alma razonable son las per­ cepciones intelectuales, la libertad, la atención, la reflexión, el orden o la disposición de las ideas, el examen y el juicio.

Las percepciones Las percepciones son las relaciones que el alma descubre en las sensaciones que la afectan. Las sensaciones producen relaciones que son puramente sensibles, y otras, que sólo se descubren tras un serio examen. Cuando oímos un ruido, nos impresionan tres cosas: I.° el ruido, que es la sensación; 2.° la distancia de nosotros a la causa que provoca el ruido, la cual es distinta de la sensación del ruido, aunque sólo sea una dependencia de ésta, en relación

al modo en que este sonido nos afecta, y no sea por consiguiente más que una simple percepción, pero una percepción sensible, por­ que es el mismo sentimiento el que nos la da; y 3.° la manera en que la causa produce el ruido, alterando el aire que acude a impresionar nuestros oídos. Pero tal conocimiento sólo puede ad­ quirirse mediante las investigaciones del espíritu, y los conocimien­ tos de este último tipo constituyen las llamadas percepciones inte­ lectuales, porque la simple sensación no nos los puede procurar por sí misma, y, para tenerlos, es preciso replegarse sobre ella y exa­ minarla. Estas percepciones sólo se descubren con ayuda de las sensa­ ciones indagadas atentamente, en la medida en que cuando veo un cuadrado, a primera vista no percibo en él nada que no impre­ sione asimismo a los animales, mientras un geómetra, que dedica todo su talento a descubrir las propiedades de dicha figura, recibe de la impresión que este cuadrado causa a sus sentidos una infi­ nidad de percepciones intelectuales, que escapan para siempre a aquellos que, limitados a la sensación del objeto, no ven más allá de sus ojos. Concluyamos así, que esta operación del alma, tan desligada, tan metafísica, y tan rara en la mayoría de las cabezas, no tiene otra fuente que la facultad de sentir, pero de sentir en tanto que filósofo, o de una manera más atenta y más estudiada.

La libertad La libertad es la facultad de examinar detenidamente para des­ cubrir verdades, o la facultad de deliberar para decidirnos a actuar o no actuar razonablemente. Esta facultad nos presenta dos cosas a considerar: 1 ° los motivos que nos determinan a examinar o a deliberar, ya que no hacemos nada sin alguna impresión, que, ac­ tuando sobre el fondo del alma, mueva y determine nuestra vo­ luntad, y 2 ° los conocimientos que deben examinarse para estar seguros de las verdades que se buscan, o los motivos que deben sopesarse o apreciarse para tomar un partido. Es evidente que en el primer caso, son sensaciones las que anticipan los primeros pasos de nuestra libertad, y las que prede­ terminan el alma, sin que se mezcle en ello ninguna deliberación de su parte, puesto que son estas mismas sensaciones las que la inducen a deliberar. En el segundo caso, sólo se trata de un examen de las sensaciones, y, en virtud de esta revisión atenta, podemos encontrar las verdades que buscamos, y constatarlas. Luego, se

trata de diferentes motivos, o de diversas sensaciones, que nos llevan unas a actuar, y otras a no actuar. Es cierto pues que la libertad consiste también en la facultad de sentir. No quiero, sin embargo, silenciar una disputa, que aún no está fallada, porque el examen, que es el acto principal de la voluntad, exige una voluntad dispuesta a dedicarse a los objetos que se quiere conocer exactamente, y esta voluntad fija es conocida por el nombre de atención, la madre de las ciencias. Así, uno se pregunta si esta misma voluntad no exige en el alma una fuerza, mediante la cual pueda fijarse y supeditarse por sí misma al objeto de sus indaga­ ciones, o si los motivos que la predeterminan, bastan para fijar y mantener su atención.

Non nostrum ínter nos tantas com ponere lites (*). Como todavía no existe acuerdo sobre este punto, parece que todas las razones alegadas por una y otra parte, no llevan consigo este criterium veritatis, al que sólo acceden los espíritus filosóficos, y por eso, evitaremos las grandes tentativas para allanar dificul­ tades tan grandes. Bástenos observar que en la atención, el alma puede actuar por su propia fuerza, quiero decir, por su fuerza motriz, por esta actividad coesencial a la materia, y que casi todos los filósofos, como se ha dicho, han incluido en el número de los atributos esenciales del ser sensitivo, y en general de la sustancia de los cuerpos. Pero, no nos refiramos tan ligeramente a la atención. Las ideas que conciernen a las ciencias son complejas. Las nociones particula­ res que forman tales ideas son destruidas por los embates de otras ideas, que se expelen sucesivamente. Así es cómo se debilita y des­ aparece poco a poco la idea que queremos girar de todos lados, para observar sus caras y para grabar sus partes en la memoria. Qué hay que hacer para retenerla, si no es impedir esta sucesión rápida de ideas siempre nuevas, cuyo número agobia o distrae al alma hasta privarle de la facultad de pensar. Se trata como de poner una especie de freno, que retenga la imaginación, y de conservar este mismo estado del sensorio común, procurado por la idea que se quiere abordar y examinar. Hay que desviar por completo la acción de todos los demás objetos, para no conservar más que la impresión del primer objeto que la ha impresionado, y concebir (* )

No es asunto mío dirimir tamaña contienda entre vosotros.

una idea distinta, clara, viva, y de larga duración. Es preciso que todas las facultades del alma, dirigidas y clarividentes hacia un solo punto, es decir, hacia el pensamiento favorito al que uno se aficiona, sean ciegas con respecto a todo lo demás. Es preciso tam­ bién que el espíritu amortigüe este tumulto que tiene lugar en nosotros a pesar nuestro, y, por último, que el alma se halle de algún modo tensada por una sola percepción y piense en ella con complacencia, con fuerza, como para conservar un bien que le es querido. En efecto, si la causa de la idea que nos preocupa, no aventaja en fuerza a todas las demás ideas, éstas entrarán desde fuera al cerebro, y se formarán otras en el interior, independiente­ mente de aquéllas, que dejarán huellas perjudiciales para nuestras pesquisas hasta el punto de desconcertarlas y desbaratarlas. La aten­ ción es la clave que puede abrir, por así decir, la sola parte de la médula del cerebro, donde reside la idea que queremos represen­ tarnos a nosotros mismos. Entonces, si las fibras del cerebro, tensas al extremo, han puesto una barrera que impide todo comercio entre el objeto escogido y todas las ideas indiscretas que se apresuran a perturbarlo, se obtiene la percepción más clara y luminosa posible. Nosotros no pensamos más que en una sola cosa a la vez, en el mismo momento, y otra idea sucede a la primera, con una velo­ cidad que no puede definirse, pero que, no obstante, parece ser diferente en diversos individuos. La nueva idea que se presenta al alma es percibida, si acaece cuando la primera ha desaparecido, de lo contrario el alma no la distingue. Todos nuestros pensa­ mientos se expresan mediante palabras, y el espíritu no piensa más de dos cosas a la vez, sin que la lengua no pronuncie dos palabras. ¿A qué se debe pues la vivacidad de los que resuelven tan de prisa los problemas más complejos y más difíciles? A la facilidad con que su memoria retiene como verdadera la propo­ sición más cercana a aquella que expone el problema. Así, mientras piensan en la onceaba proposición, por ejemplo, se despreocupan de la verdad de la décima, y consideran como axiomas todas las cosas precedentes, demostradas de antemano, y de las que tienen una recopilación clara en la cabeza. Por eso un gran médico ve de una ojeada todas las causas de la enfermedad, y lo que precisa hacer para combatirlas. Sólo nos queda tratar de la reflexión, la meditación y el juicio.

La reflexión La reflexión es una facultad del alma que recuerda y reúne todos los conocimientos que le son necesarios para descubrir las verdades que busca, que necesita para deliberar, o para apreciar los motivos que deben determinarla a actuar o a no actuar. En esta indagación, el alma es guiada por la vinculación que las ideas tienen entre sí y que le procuran de algún modo el hilo que debe guiarla, para que pueda acordarse de los conocimientos que quiere reunir, con intención de examinarlos a continuación y decidirse, de manera a que la idea que la afecta actualmente, la sensación que la ocupa en el momento presente, la lleve poco a poco, insensiblemente y como de la mano, a todas las que tienen alguna relación con ella. De un conocimiento general, ésta pasa así fácilmente a las especies, desciende a las particularidades, al igual que puede ser conducida por los efectos y la causa, de esta causa a las propiedades, y de las propiedades al ser. Así, siempre debido a la atención que aporta a sus sensaciones, aquéllas que actualmente le preocupan, la con­ ducen a otras, merced a la vinculación que todas nuestras ideas tienen entre sí. Tal es el hilo que la naturaleza presta al alma para guiarla en el laberinto de sus pensamientos y ayudarla a desenredar el caos de materia e ideas en que se halla sumida.

L a disposición d e las ideas Antes de definir la meditación, diré una palabra sobre la dispo­ sición de las ideas. Toda vez que éstas tienen diversas relaciones entre sí, el alma no siempre es conducida por la vía más breve en sus pesquisas. Sin embargo, cuando ésta logra recordar los cono­ cimientos que quería reunir, aunque por caminos desviados, percibe entre éstos unas relaciones que pueden guiarla por senderos más luminosos y más cortos. Se amarra así a esta sucesión de relaciones, para reencontrar y examinar estos conocimientos con más orden y facilidad. Tenemos pues todavía perfecto derecho para inferir que el alma razonable sólo actúa como un ser sensitivo, incluso cuando refle­ xiona y trabaja para disponer sus ideas.

La meditación o el examen Cuando el alma está resuelta a hacer algunas investigaciones, tras haber recogido los conocimientos que le son necesarios y ha­ berlos dispuesto y revisado en orden para consigo misma, se pone a contemplarlos seriamente con esta mirada fija que no pierde de vista su objeto, para descubrir en ellos todas las percepciones que escapan, cuando sólo se tienen sensaciones pasajeras; y este examen es el que predispone al alma para juzgar o asegurarse con respecto a las verdades que persigue, o bien para sentir el peso de los motivos que la deben decidir acerca del partido que debe tomar. Es inútil observar que esta operación del alma depende tam­ bién por entero de la facultad sensitiva, porque examinar no es otra cosa que sentir más exacta y distintamente, para descubrir en las sensaciones las percepciones que han podido deslizarse lige­ ramente en el alma, por no haber prestado suficiente atención las otras veces que hemos sido afectados por ellas.

E l juicio La mayoría de los hombres lo juzgan todo, y, lo que es igual, juzgan mal. ¿Se debe a las ideas simples, las cuales son todas no­ ciones solas y aisladas? No, nadie confunde la idea del azul con la del rojo, pero uno se equivoca con las ideas compuestas, cuya esencia depende de la unión de varias ideas simples. No se espera haber adquirido la percepción de todas las nociones que caben en dos ideas compuestas, pues para ello hace falta paciencia y modestia, atributos que hacen enrojecer demasiado al orgullo y la pereza del hombre. Pero si la noción de la idea A coincide con la de la idea B, a menudo juzgo que A y B son lo mismo, por no prestar atención al hecho de que la primera noción no es más que una parte de la idea en la cual se incluyen otras nociones, que disienten de esta conclusión. La propia voluntad nos engaña mucho. Nosotros vinculamos dos ideas, por sentimiento de amor o de odio, las unimos, aunque sean muy diferentes, y juzgamos ideas pro­ puestas, no por sí mismas, sino mediante estas ideas con las que las hemos vinculado, y que no son nociones com ponentes, de la idea que había de juzgarse, sino nociones completamente ajenas y acci­ dentales para esta misma idea. Se excusa una cosa y se condena otra, según el sentimiento que nos afecta. Seguimos engañándonos

debido a este vicio de la voluntad y de la asociación de ideas, cuando, antes de juzgar, deseamos que alguna idea coincida o no coincida con otra; de ahí nace el gusto por tal secta o por tal hipó­ tesis, a propósito del cual nunca se llega a conocer la verdad. Del mismo modo que el juicio es la combinación de las ideas, el razonamiento es la comparación de los juicios. Para que éste sea justo, es preciso tener dos ideas claras o una percepción exacta de dos cosas, ver a su vez la tercera idea que se compara con ellos, y que la evidencia nos obligue a deducir afirmativa o negativamente la conveniencia o inconveniencia de estas ideas. Eso se hace en un abrir y cerrar de ojos, cuando se ve claro, es decir, cuando se tiene penetración, discernimiento y memoria. Los necios razonan mal, pues tienen tan poca memoria, que no se acuerdan de la idea que acaban de percibir, o si han podido juzgar acerca de la similitud de las ideas, ya han perdido de vista este juicio, cuando se trata de inferir de él una tercera idea, que sea la justa consecuencia de las otras dos. Los locos hablan sin coherencia en sus ideas, y propiamente hablando, sueñan. En este sentido, los necios son como los locos. No se aplican la justicia de creer que sólo son ignorantes, pues no tienen espíritu más que para su amor propio, clara compensación por parte de la natu­ raleza. De nuestra teoría se deduce que, cuando el alma percibe dis­ tinta y claramente un objeto, está obligada por la misma evidencia de las sensaciones a admitir las verdades que la impresionan viva­ mente, y es a esta aquiescencia pasiva, lo que hemos denominado juicio. Digo pasiva, para hacer ver que no parte de la acción de la voluntad, como dice Descartes. Cuando el alma descubre con la misma claridad las ventajas que prevalecen en los motivos que deben movernos a actuar o a no actuar, es obvio que esta decisión no sigue siendo más que un juicio de la misma naturaleza que aquél que ella hace, cuando cede a la verdad por la evidencia que acompaña a sus sensaciones. Nosotros no conocemos lo que pasa en el cuerpo humano, para que el alma ejerza su facultad de juzgar, razonar, percibir, sentir, et­ cétera. El cerebro cambia de estado sin cesar, y los espíritus dejan continuamente nuevas huellas, que dan necesariamente nuevas ideas y hacen nacer en el alma una sucesión incesante y rápida de diversas operaciones. Para no tener ideas, es preciso que los canales, por los que fluyen estos espíritus, se hallen completamente obstruidos por la presión de un sueño muy profundo. Si las fibras del cerebro se recuperan de su abatimiento, los espíritus se abren paso por los

caminos abiertos, y las ideas, que son inseparables de los espíritus, van y galopan con ellos. T odos los pensamientos, como observa juiciosamente Crousaz27, nacen unos d e otros: el pensam iento (o más bien el alma, cuyo pensamiento no es más que un accidente) se m odifica y pasa por diversos estados, y, según la variedad de sus estados y de sus maneras d e ser o d e pensar, éste llega al cono­ cimiento de una cosa u otra. E ste se siente a sí mismo, es el o b ­ jeto inm ediato para sí mismo, y sintiéndose así, se representa cosas diferentes de sí mismo. Que aquellos que creen que las ideas difieren del pensamiento, y que el alma tiene, como la vista, sus ojos y sus objetos, y que, en definitiva, las diversas contemplaciones del alma no son diversas maneras de sentirse a sí misma, respondan a esta modesta reflexión.

Capítulo X IV S ó lo

la en

fe la

pu ed e

f ija r

n a tu ra leza

n u estra

c r e e n c ia

razo n able

Está demostrado que el alma razonable tiene funciones mucho más amplias que el alma sensitiva, limitada a los conocimientos que puede adquirir en los animales, donde ésta se halla únicamente reducida a las sensaciones y a las percepciones sensibles, y a las de­ terminaciones maquinales, es decir, sin que se produzca delibera­ ción alguna. El alma razonable puede elevarse efectivamente hasta las percepciones, o a las ideas intelectuales, aunque goce poco de esta noble prerrogativa en la mayoría de los hombres. Pocos (es una confesión que la verdad no me arranca sin dolor), pocos salen de la esfera del mundo sensible, porque en ella encuentran todos los bienes, todos los placeres del cuerpo, y no sienten la ventaja de los placeres filosóficos, de la misma felicidad que se experimenta a medida que uno se aferra a la búsqueda de la verdad, pues el estudio hace más que la piedad. Este no sólo preserva del aburri­ miento, sino que a menudo procura esta especie de voluptuosidad, o más bien de satisfacción interior, que he llamado sensaciones espirituales, las cuales sin duda son muy del gusto del amor propio. Después de esto, ¿es sorprendente que el mundo abstracto, intelectual, donde no está permitido tener un sentimiento, sin

que sea examinado por los censores más rigurosos, es sorprendente — pregunto— que este mundo esté casi desierto, tan abandonado como el del ilustre fundador de la secta Cartesiana, puesto que sólo lo habitan un número reducido de sabios, es decir, de hom­ bres que piensan (ya que la verdadera sabiduría está allí, y todo lo demás son prejuicios)? ¡Ay! ¿qué es' pensar, sino pasarse la vida cultivando una tierra ingrata, que sólo produce a base de cuidados y cultivo? En efecto, ¿existen entre cien personas, dos para quienes el estudio y la reflexión tengan atractivo? ¿Bajo qué aspecto el mundo intelectual al que me refiero, aparece ante los demás hombres, que conocen todas las ventajas de sus sentidos, excepto el principal, que es el espíritu? No habrá que hacer ningún esfuerzo para creer que desde lejos no les parece otra cosa que un país ideal, cuyos frutos son puramente imaginarios. Es como consecuencia de esta superioridad del alma humana en relación a la de los animales, que los antiguos la han llamado alma razonable. Pero, también han puesto mucho interés en ave­ riguar si estas facultades no venían de las del cuerpo, que siguen siendo más excelsas en el hombre. En primer lugar, han observado que todos los hombres no tenían, ni con mucho, el mismo grado, ni la misma capacidad de inteligencia, y al buscar la razón de esta diferencia, han creído que sólo podía depender de la organización corporal, más perfecta en unos que en otros, pero no de la misma naturaleza del alma. Observaciones muy simples han confirmado su punto de vista. Estos han comprobado así, que las causas que pueden producir desconcierto en los órganos, perturban, alteran el espíritu, y pueden volver imbécil al hombre que tiene más inte­ ligencia y sagacidad del mundo. De allí han deducido con bastante claridad, que la perfección del espíritu consiste en la excelencia de las facultades orgánicas del cuerpo humano, y si sus pruebas no han sido sólidamente refu­ tadas hasta ahora, es porque se basan en hechos. ¿Para qué sirven entonces todos los razonamientos, frente a experiencias incontro­ vertibles y observaciones diarias? Sin embargo, es preciso saber que algunos han considerado nues­ tra alma no sólo como una sustancia espiritual — porque para ellos esta expresión sólo significaba una materia ligera, activa, y de una sutilidad imperceptible— sino incluso como inmaterial, porque en la sustancia de los cuerpos distinguían, como se ha repetido tantas veces, la parte desnuda, es decir, la que consideraban simplemente móvil y a la que sólo daban el nombre de materia, de las formas activas y sensitivas de estas sustancias. De este modo, el alma antaño

sólo se decoraba con los epítetos de espiritual e inmaterial, porque se la consideraba como la forma o la facultad activa y sensitiva perfectamente desarrollada, e incluso elevada al punto más alto de penetración en el hombre. Mediante lo que acabo de decir, se conoce el verdadero origen de la metafísica, pertinentemente reba­ jada de su quimérica nobleza. Algunos han querido destacarse, sosteniendo que el alma -razo­ nable y el alma sensitiva constituían dos almas de una naturaleza realmente distinta, y que se debía estar alerta para no confundirlas. Pero, al estar demostrado que el alma sólo puede juzgar por las sensaciones que tiene, la idea de estos filósofos ha parecido implicar una contradicción manifiesta, que ha sublevado a todos los espí­ ritus rectos y exentos de prejuicios. Además, hemos hecho observar a menudo, que todas las operaciones del alma se bloquean por com­ pleto, cuando su sentimiento se suspende, como en todas las enfer­ medades del cerebro, que obstruyen y destruyen todas las comu­ nicaciones de ideas entre esta viscera y los órganos sensitivos. De manera que, cuando más se examinan las facultades intelectuales en sí mismas, más nos convencemos de que todas quedan conte­ nidas en la facultad de sentir, de la que dependen tan esencialmente, que sin ella, el alma jamás llevaría a cabo ninguna de sus funciones. Por último, algunos filósofos han pensado que el alma no es materia ni cuerpo, porque considerando la materia mediante abs­ tracción, la contemplaban dotada únicamente de propiedades pasivas y mecánicas, y, a su vez, tampoco veían el cuerpo más que como revestido de todas las formas sensibles, de las que estas mismas propiedades pueden hacer a la materia susceptible. Luego, como son los filósofos quienes han fijado el significado de los términos, y que la fe, para darse a entender a los hombres, ha debido servirse necesariamente del lenguaje de los propios hombres, de ahí que quizá en este sentido se haya abusado, y que la fe haya separado el alma de la materia y del cuerpo en que habita. De igual modo, debido a que los metafísicos antiguos han demostrado que el alma es una sustancia activa y sensible, y que toda sustancia es por sí misma imperecedera, ¿no parece por consiguiente natural que la fe haya declarado como conclusión que el alma era inmortal? Así es, a mi juicio, como pueden ponerse de acuerdo la revela­ ción y la filosofía, aunque aquélla termine donde la otra empieza. Sólo las luces de la fe nos permiten fijar nuestras ideas sobre el origen inexplicable del mal, y sólo ésta nos desarrollará lo justo y lo injusto, nos hará conocer la naturaleza de la libertad junto con todos los auxilios espirituales que guían su ejercicio. En fin, puesto

que los teólogos tienen un alma tan superior a la de los filósofos, que nos digan y nos hagan imaginar, si pueden, lo que tan bien conciben, la esencia del alma y su estado tras la muerte. Pues la filosofía sana y razonable no sólo confiesa abiertamente que no conoce a este ser incomparable que se decora con el bello nombre de alma y de atributos divinos, y que le parece que es el cuerpo el que piensa XXVIII) sino que siempre ha increpado a los filósofos que se han atrevido a afirmar algo positivo sobre el alma, seme­ jante en eso a estas sensatas academias XXIX que, como sólo admiten hechos en física, no adoptan ni los sistemas ni los razonamientos de los miembros que las componen. Reconozco una vez más que, por mucho que conciba las partes más delicadas y más sutiles dela materia, y, en definitiva,su más perfecta organización, no me resulta más fácil concebir que la mate­ ria pueda pensar. Pero, 1.° la materia se mueve por sí misma, y pre­ gunto a estos filósofos, que parecen haber asistido a la creación, que me expliquen este movimiento, si lo conciben; 2.° He aquí un cuerpo organizado: ¡Cuántos sentimientos se imprimen en este cuerpo, y qué difícil es percibir la causa que los produce! ; 3.° ¿Es acaso más fácil hacerse una idea de una sustancia que, al no ser materia, no estaría al alcance de la naturaleza ni del arte, y que no se podría hacer inteligible por ningún medio, que de una sus­ tancia, que no se conoce a sí misma, que aprende y se olvida de pensar en las diferentes edades de la vida? Si se me permite recorrer estas edades un momento,vemos que los niños son como una especie de pájaros, que sólo aprenden unas cuantas palabras e ideas a la vez, porque tienen el cerebro blando. El juicio sigue a pasos lentos a la memoria, pues es preciso que las ideas se hagan y se graben en el cerebro, antes de poder ordenarlas y combinarlas. Cuando se razona, se tiene talento, y éste se acrecienta mediante el comercio con los que tienen, embe­ lleciéndose mediante la comunicación de las ideas o de los conocimentos ajenos. Una vez pasada la adolescencia, las lenguas y las ciencias se aprenden difícilmente, porque las fibras poco flexibles no tienen la misma capacidad para recibir con prontitud y conservar las ideas adquiridas. El anciano, laudator tem poris acti (*), es esclavo de los prejuicios que se han endurecido con él. Los vasos xx v in Soy cuerpo y pienso (Voltaire, Lettre philosophique sur l'áme). Ved cómo se burla del razonamiento que se hace en las escuelas para probar que la materia (la cual no se conoce) no puede pensar. x x ix Ved el prefacio que M. de Vnntenelle ha colocado a modo de intro­ ducción en las Memorias de la Academia de las Ciencias. (* ) Elogiador del pasado.

aproximan sus paredes vacías, o se fusionan con el líquido que se ha secado, y todo, hasta el corazón y el cerebro, se osifica con el tiempo, de igual modo que los espíritus se infiltran apenas en el cerebro y en el cerebelo, y los ventrículos del corazón no tienen más que un débil émbolo. Resultado: carencia de sangre y de mo­ vimiento, carencia de padres y amigos a los que ya no se conoce, y carencia de sí mismo, que uno ignora. Esa es la edad decrépita, la nueva infancia, la segunda vegetación del hombre, la cual termina como ha empezado. ¿Es preciso ser misántropo y despreciar la vida por tal motivo? No, si se tiene placer en sentir, no hay mayor gran bien que la vida, y si se ha sabido gozarla, por mucho que digan y canten nuestros poetas xxx, valía la pena nacer, vivir y morir. Habéis visto que la facultad sensitiva realiza por sí sola todas las facultades intelectuales, que lo hace todo tanto en el hombre como en los animales, y que, finalmente, todo se explica a través de ella. ¿Por qué, pues, preguntar a un ser imaginario más distin­ guido, las razones de vuestra superioridad sobre todo lo que res­ pira? ¿Para qué os creáis la necesidad de una sustancia de origen más elevado? ¿Acaso es demasiado humillante para vuestro amor propio tener tanto espíritu y tantas luces, sin conocer su fuente? No, al igual que las mujeres presumen de su belleza, los espíritus sabios siempre tendrán un orgullo que los hará odiosos en la socie­ dad, y los propios filósofos quizá no serán nunca lo suficientemente filósofos para evitar este peligro universal. Por lo demás, préstese atención al hecho de que yo no trato aquí más que de la historia natural de los cuerpos animados, y que, con respecto a lo que no atañe en nada a esta física, basta, a mi parecer, que un filósofo cristiano se someta a las luces de la revelación, y renuncie de buena gana a todas sus especulaciones, para utilizar un recurso común a todos los fieles. Sí, sin duda, eso debe bastar, y, por consiguiente, nada puede impedirnos que llevemos más lejos nuestras investiga­ ciones físicas y confirmemos esta teoría de las sensaciones con he­ chos indiscutibles.

Capítulo X V H

i s t o r ia s

pa ra

pro bar

que

todas

las

id e a s

VIENEN DE LOS SENTIDOS

Un sordo de Chartres Un joven, hijo de un artesano, sordo y mudo de nacimiento, empezó de pronto a hablar, con gran asombro de la ciudad. Se supo de él, que tres o cuatro meses antes había oído el sonido de las campanas, y se había quedado completamente estupefacto ante esta sensación nueva y desconocida. A continuación, le había salido como una especie de agua de la oreja derecha, y había oído perfec­ tamente por las dos orejas. Pasó tres o cuatro meses escuchando sin decir nada, acostumbrándose a repetir en voz baja las palabras que oía, y fijándose en la pronunciación y en las ideas asociadas a las palabras. Finalmente se consideró capaz de romper el silencio, y declaró que hablaba, aunque todavía lo hiciera de un modo im­ perfecto. Al instante, unos hábiles teólogos le interrogaron sobre su estado anterior, y sus principales preguntas versaron sobre dios, el alma, la bondad, o la malicia moral de las acciones. No pareció haber llevado sus pensamientos hasta allí. Aunque hubiera nacido de padres católicos, asistiera a misa, y se le hubiera enseñado a hacer la señal de la cruz y a ponerse de rodillas con la presencia de ánimo de un hombre que reza, nunca lo había hecho con ninguna intención, ni siquiera con aquéllas que los demás tenían. Además, no sabía claramente lo que era la muerte, y nunca pensaba en ella. Llevaba una vida puramente animal, absorta por completo en los objetos sensibles y presentes, y en las pocas ideas que recibía por los ojos. De la comparación de estas ideas ni siquiera extraía todo lo que, al parecer, habría podido extraer. No es que no tuviera naturalmente talentoXXXI, pero el espíritu de un hombre privado del comercio con los demás suele estar tan poco cultivado y tan poco adiestrado, que sólo pensaba en la medida en que se veía indispensablemente forzado por los objetos exteriores. La mayoría de ideas xxxn que tienen los hombres surgen de su comercio re­ cíproco. x x x i o más bien la facultad de tenerlas. x x x n Jo d o el fondo. M. de Fontenelle lo afirma sin pensarlo, cuando dice que este sordo no tenía más que las ideas que recibía por los ojos, pues se deduce que ciego, no habría tenido ideas.

Esta historia conocida en toda la ciudad de Chartres se incluye en la de la academia de las ciencias.

Un hom bre sin ideas morales Desde hace más de quince años, en el palacio de Con ti hay un cocinero, que sin tener nada de sordo, a no ser el espíritu, responde que ha estado en el huerto, cuando se le pregunta si ha ido a misa. No tiene ninguna idea adquirida de la divinidad, y cuando se quiere saber de él si cree en dios, el sinvergüenza dice que no y que éste no existe. Tal hecho pasa en el palacio mencionado por la duplicata del de Chartres, por cuya razón lo he agregado aquí.

E l ciego de C heselden Para ver, es preciso que los ojos estén, por así decir, en consonancia con los objetos. Pero, si las partes internas de este órgano admirable no tienen su posición natural, sólo se ve confusamente. M. de Voltaire, en Elem entos de la filosofía de N ew ton 2S, cap. 6, refiere que el ciego de nacimiento de catorce años de edad, al que Cheselden extirpó la catarata, no vio tras esta operación más que una luz coloreada, sin que pudiera distinguir un globo d e un cubo, ni tener idea alguna de extensión, distancia, figura, etc. Creo, 1.° que si las partes del ojo no están bien colocadas, la visión debe efectuarse mal (para que se restablezca, es preciso que el cristalino destronado haya tenido tiempo de fundirse, pues no es necesario a la vista); 2 ° si aquél ve luz y colores, ve por consiguiente exten­ sión; y 3.° los ciegos tienen el tacto fino, y un sentido siempre saca partido del defecto de otro sentido. Los hilos nerviosos, no perpendiculares como por todo el cuerpo, sino paralelos y longitu­ dinalmente extendidos hasta la punta de los dedos, como para mejor examinar un objeto, estos hilos, digo, que constituyen el órgano del tacto, tienen una sensibilidad exquisita en los ciegos, que, por consiguiente, adquieren fácilmente por contacto las ideas de las figuras, de las distancias, etc. Luego, un globo atentamente consi­ derado mediante el tacto, claramente imaginado y concebido, no tiene más que mostrarse a los ojos abiertos, y éste será conforme a la imagen o a la idea grabada en el cerebro. En consecuencia, el alma no podrá dejar de distinguir esta figura de cualquier otra, si el órgano dióptrico tiene la disposición interna necesaria para la

visión. De este modo, los dedos de un anatomista muy hábil tam­ poco podrán dejar de reconocer con los ojos cerrados todos los huesos del cuerpo humano, encajarlos todos juntos y construir un esqueleto, al igual que un perfecto músico no podrá dejar de con­ traer su glotis hasta el punto requerido para coger el verdadero tono que se le pide. Las ideas recibidas por los ojos se reencuen­ tran tocando, y las del tacto, viendo. Por lo demás, Locke ya nos había prevenido en lo relativo a lo que se había decidido antes de esta operación, al tratar el pro­ blema del sabio Molineux29. Por eso me atrevo a dar por hecha una de las dos cosas; no se ha dado tiempo al órgano dióptrico alterado, para que vuelva a colocarse en su asiento natural, o, a fuer­ za de atormentar al nuevo vidente, se le ha hecho decir lo que se quería que dijera. Pues, para apoyar el error, se tiene más habilidad que para descubrir la verdad. Estos ingeniosos teólogos que interro­ garon al sordo de Chartres, esperaban encontrar en la naturaleza del hombre juicios anteriores a la primera sensación. Pero dios, que no hace nada inútil, no nos ha dado ninguna idea primitiva, ni siquiera, como se ha dicho tantas veces, de sus propios atributos. Y para volver al ciego de Cheselden, estos juicios no le habrían servido de nada para distinguir con la vista un globo de un cubo: bastaba con darle tiempo para abrir los ojos y mirar el espectáculo que compone el universo. Cuando abro la ventana, ¿puedo acaso distinguir los objetos al primer instante? De ahí que el ded o pulgar pueda parecer grande com o una casa, al percibir la luz por primera vez. Lo que sería sorprendente, es que un hombre que ve las cosas con tales dimensiones, no tuviera ninguna percepción del tamaño, como se dice contradictoriamente.

M étodos de Ammán 30 para enseñar a hablar a los sordos He aquí el método según el cual Ammán enseña a hablar en poco tiempo a los sordos y mudos de nacimiento: 1.° el discípulo toca la garganta del maestro mientras habla, para adquirir a través del tacto, la idea o la percepción del temblor de los órganos de la palabra; 2 ° examina por sí mismo su propia glotis del mismo modo, e intenta imitar los mismos movimientos que el tacto ya le ha permitido percibir; 3.° sus ojos le sirven de oídos (según la idea de Ammán), es decir, mira atentamente los diversos movimientos delante de un espejo y los repite hasta hacer una perfecta ejecución; 5.° el maestro aprieta la nariz de su discípulo suavemente, para

acostumbrarlo a hacer pasar el aire solamente por la boca; 6.° es­ cribe la palabra que ordena pronunciar para que éste la estudie y la pronuncie sin cesar en particular. Los sordos no hablan, como se cree, en cuanto empiezan a oír; de lo contrario, todos nosotros hablaríamos fácilmente una lengua extranjera, que sólo se aprende mediante el hábito de los órganos a pronunciarla. Sin embargo, tienen más facilidad para hablar, por eso el oído que Ammán da a los sordos, es el gran misterio y la base de su arte. Sin duda, a fuerza de agitar el fondo de su gar­ ganta, como ven que se hace, sienten merced al canal de Eustaquio un temblor, un cosquilleo, que les permite distinguir el aire sonoro del que no lo es, y les hace saber que hablan, aunque con una voz ruda y grosera, que sólo se suaviza mediante la práctica y la repe­ tición de los mismos sonidos. He aquí el origen de una sensación que les era desconocida, y he aquí el modelo de la fabricación de todas nuestras ideas. Nosotros no aprendemos a hablar más que a fuerza de imitar los sonidos de los demás, de compararlos con los nuestros y encontrarlos finalmente parecidos. Los pájaros, como se ha dicho en otra parte, tienen la misma facultad que nosotros, la misma relación entre los dos órganos, el de la palabra y el del oído. Un sordo emite la voz, de la manera que sea, desde la primera clase de Ammán. Entonces, mientras la voz se forma en la laringe, se le enseña a mantener la boca abierta, tanto y no más de lo que es necesario para pronunciar tal o cual vocal xxxm, Pero, como estas letras tienen todas mucha afinidad entre ellas y no exigen movi­ mientos muy diferentes, los sordos, e incluso aquellos que no lo son, no mantienen la boca precisamente abierta en el punto necesario. Es por eso que se equivocan en la pronunciación, pero hay que aplaudir esta equivocación, lejos de señalarla, porque tratando de repetir la misma falta (que ellos ignoran) cometen una más dichosa y finalmente consiguen emitir el sonido que se pide. Una fisionomía espiritual, una edad tiernaXXXIV y los órganos de la palabra bien condicionados, es lo que Ammán exige de su discípulo, prefiriendo el invierno a las otras estaciones, porque el aire condensado por el frío hace que la palabra de los sordos sea más audible para ellos mismos. Nuestro cerebro originariamente es una masa informe sin ninguna idea, porque sólo tiene la facultad x x x m Se empieza por las vocales. xx xiv Desde los ocho a los quince años. Más jóvenes, son demasiado osados, y no sienten la utilidad de estas lecciones; más viejos, sus órganos se hallan entumecidos.

|

de tenerlas, obteniéndolas de la educación junto con la capacidad de asociarlas y combinarlas. Esta educación consiste en un puro mecanismo, en la acción de la palabra de uno sobre el oído de otro, que devuelve los mismos sonidos y aprende las ideas arbitra­ rias que se han atribuido a estos sonidos; o para no abandonar a nuestros sordos, en la impresión de la melodía y de los sonidos que se les hace producir maquinalmente, como he dicho, sobre su propio nervio acústico, que es una de las cuerdas, si se me permite expresarlo así, merced a las cuales los sonidos y las ideas van a grabarse en la sustancia medular del cerebro y arrojan así las pri­ meras semillas del espíritu y de la razón. Ammán se equivoca creyendo que la falta de campanilla impide hablar. Mr. Astruc xxxv 31, y otros tantos autores XXXVI dignos de fe, tienen observaciones opuestas. Pero, por otra parte, se requiere una organización perfecta, y como una comunicación (que se abra de alguna manera a la menor señal) del cerebro a los nervios de los instrumentos que sirven para hablar. Sin estos órganos, natural­ mente bien constituidos, los sordos instruidos por Ammán un día podrían oír perfectamente hablar a los demás y poner sus ideas por escrito, pero nunca llegarían a hablar. Al mismo tiempo, hacen falta órganos bien condicionados, cuando se enseña a hablar a un animal, o se le quiere hacer adquirir algunos hábitos. Un sordo, y por consiguiente mudo de nacimiento, puede aprender a leer y a pronunciar un gran número de palabras en dos meses. Ammán cita a uno, que sabía leer y recitar de memoria la oración domi­ nical al cabo de quince días. Habla de otro niño que en un mes aprendió a pronunciar bien las letras, a leer y a escribir media­ namente, y 'que incluso sabía bastante bien la ortografía. E l medio más breve para enseñar a los sordos y hacerles retener más fácil­ mente las ideas de las palabras, es hacerles coser o juntar las pala­ bras (que oyen a su manera, y repiten con toda exactitud) en su cabeza, en su boca, y sobre el papel. La dificultad de las combina­ ciones debe ser proporcional a la aptitud del discípulo, como en la mezcla de vocales, de consonantes, y de unas y otras, tan pronto delante como detrás. Pero al principio se retrocedería, si se qui­ siera progresar demasiado. Las ideas que nacieran de dos o tres letras se verían perturbadas ante un mayor número, y el espíritu se sumiría en su caos. Tras las vocales, se pasa a las semivocales y a las consonantes, a las letras más fáciles de estas últimas, y por último a sus combixxxv De Morb. Vener. xxxv i Bartholin, Hildanus, Fallopio, etc.

naciones más sueltas. Cuando se saben pronunciar todas las letras 32, se sabe leer. La letra M separada de la E muda, que se ahoga en la pronun­ ciación, se aprende, mediante la mano que el sordo hunde en su garganta y el esfuerzo que hace para cerrar la boca al hablar. La letra N se pronuncia mirando en el espejo la ubicación de la lengua, y poniendo una mano sobre la nariz del maestro y la otra en el fondo de su boca, para sentir el temblor de la laringe a la vez que el aire sonoro saliendo de las narices. Los sordos aprenden la letra L únicamente adaptando su lengua a los dientes superiores, incisivos y caninos, y a la parte del paladar próxima a estos dientes. Una vez se ha llevado a cabo esta acción, se les hace ademán con la mano para que hagan salir su voz por la boca. En la letra R se eleva la voz, y ésta salta de algún modo y se rompe. Se requiere tiempo para adquirir la flexibilidad y la movi­ lidad necesaria para esta pronunciación. Sin embargo, dice el autor, yo empiezo por meter la mano del sordo en mi boca, para que de alguna manera toque mi pronunciación y perciba cómo se modifica este sonido, a la vez que éste se debe mirar en un espejo para examinar el temblor y la fluctuación de la lengua. De nuevo, en el espejo, donde se aprende a poner la lengua convexa, tal como es necesario para pronunciar a la vez ch, sobre todo si se examina con la mano cómo sale el aire de la boca. Para pronunciar K, T, P, se presta atención a los movimientos de la boca y de la lengua del maestro, y se examina siempre con los dedos el movimiento de su garganta. La x se pronuncia como SK. Es preciso pues saber combinar dos consonantes simples, antes de pasar a las consonantes dobles. Todos los sordos pronuncian con bastante facilidad las consonantes simples, y sobre todo la letra H. No emiten más que una melodía muda, o poco sonora, abriendo o cerrando sus conductos muy sucesivamente o de repente. Cuando el discípulo ya sabe pronunciar separadamente cada letra del alfabeto, es necesario que se acostumbre a pronunciar, con la boca muy abierta, las consonantes y las semivocales, para que los labios y los dientes no le impidan ver en el espejo los movimientos de la lengua. Seguidamente, debe ejercitarse poco a poco a pronunciarlas con toda clase de aperturas, y cuando final­ mente se ha adquirido esta facultad, se escogen dos o tres letras que se trata de pronunciar de corrido o sin interrupción, según el hábito que ya se tiene.

El alumno, tras hacer estos progresos, lee atentamente una línea de un libro y repite de memoria las mismas palabras, después de que el maestro, al que examina atentamente, las haya pronunciado. De una ojeada, con semejante método, éste imita por sí solo I q s sonidos que lee como si los oyera, porque la idea la tiene reciente y bien grabada. Ammán destaca que aproximadamente es mediante el mismo diámetro de la apertura de la boca, que se pronuncian o, u, e, i, o, e, u, e: m, n, ng, p, t, h: ch, k. Todas estas letras salen del fondo de la garganta. Por eso, resultan muy difíciles de distinguir por un sordo. A su vez éste pronuncia mal, hasta que no ha apren­ dido muchas palabras. Pero el hecho es que, con el tiempo, repite el discurso de los demás y lo comprende perfectamente bien. Las explosivas, p, t, k, no se pronuncian sin alguna elevación aparente de la laringe; en eso se distinguen de las nasales m, n, ng. La pronunciación de las letras ch es perceptible para la mirada, y un sordo concibe lo que se le dice, como si estuviera leyendo. Es bueno hablarle en la boca para darse a entender mejor, cuando ya se ha oído a sí mismo, como se ha dicho. Pero se le instruye mejor mediante la vista y el tacto, aures sunt in oculis (* ), dice muy bien el autor del tratado de loquela, p. 102. ¿Sabe el discípulo leer y hablar finalmente? Entonces se em­ pieza por enseñarle los nombres de las cosas que tienen más usos y que se presentan más familiarmente, como en la educación de todos los niños: los sustantivos, los adjetivos, los adverbios, las conjunciones, las declinaciones, las conjugaciones y las contracciones particulares de la lengua que se enseña. Ammán termina su breve, pero excelente tratado, describiendo el arte de corregir todos los defectos del lenguaje, pero voy a dejarlo de lado. Este método está tanto más por encima de la Oficina T ip o­ gráfica, y de la Cuadrilla d e los niños, que un sordo nato, más animal que un niño, por su solo instinto ya ha aprendido a hablar. El sabio maestro de los sordos enseña a la vez y en poco tiempo a hablar, a leer y a escribir según las reglas de ortografía. Y todo ello, como veis, maquinalmente, o mediante signos sensibles, que cons­ tituyen la vía de comunicación de todas las ideas. He aquí a uno de esos hombres, cuya vida penosamente no se halla proporcionada a la utilidad que tiene para el público.

R eflexion es sobre la educación Nadie se parece tanto a los niños como los discípulos de Ammán, de modo que se los ha de tratar más o menos de la misma manera. Si se quiere imprimir demasiado movimiento en los músculos y demasiadas ideas o sensaciones en el cerebro de los sordos, la con­ fusión se siembra en unos y otros. De igual modo, la memoria de un niño y el discernimiento que empieza a despuntar se fatigan cuando hacen demasiado esfuerzo. La debilidad de las fibras y de los espíritus exige un trato atento. Por consiguiente, es preciso: 1.° no anticiparse a la razón sino aprovechar el primer momento que se la ve aparecer, para fijar en el espíritu el sentido de las palabras aprendidas maquinalmente; 2.° seguir la pista a los pro­ gresos del alma, ver cómo se desarrolla la razón, y, en definitiva, observar exactamente en qué grado debe uno parar, por así decir, el termómetro del pequeño juicio de los niños, con el fin de pro­ porcionar a su esfera, que aumenta sucesivamente, la extensión de los conocimientos con el que se debe embellecerlo y fortalecerlo, no haciendo trabajar al espíritu, ni demasiado, ni demasiado poco; y 3.° cerebros tan tiernos son como una cera blanda donde las impresiones no se pueden borrar, sin perder toda la sustancia que las ha recibido, de ahí las ideas falsas y las palabras carentes de sentido, pues los prejuicios piden a continuación una refundición, de la que pocos espíritus son susceptibles, y que en la edad turbu­ lenta de las pasiones se vuelve casi imposible. Los que tienen la obligación de instruir a un niño, nunca deben imprimirle más que ideas tan evidentes, que no haya nada capaz de eclipsar su claridad. Pero, para ello es preciso que éstos las tengan, lo que es muy raro. Se enseña, como se ha sido enseñado, y de ahí esta propagación infinita de abusos y errores. La prevención para las primeras ideas es la fuente de todas estas enfermedades del espíritu. Se han adqui­ rido maquinalmente, y sin estar alerta al respecto, al familiarizarse con ellas, se cree que estas nociones han nacido con nosotros. Un célebre abate33 amigo mío, metafísico por las buenas, creía que todos los hombres eran músicos natos, porque no se acordaba de haber aprendido las melodías con las que su nodriza lo adormecía. Todos los hombres cometen el mismo error, y como a todos se les ha dado las mismas ideas, si todos no hablaran más que francés, harían de su lengua el mismo fantasma que de sus ideas. ¡En qué caos, en qué laberinto de errores y prejuicios nos sume la mala educación! ¡Y qué gran entuerto permitir a los niños razonamientos

sobre cosas de las que no tienen ideas, o de las que sólo tienen ideas confusas!

Un niño encontrado entre oíoí Un niño, de diez años de edad, fue encontrado en el año 1694 entre una manada de osos, en los bosques situados en los confines de Lituania y Rusia. Era horrible verlo, no tenía ni uso de ra­ zón, ni sabía hablar, y su voz al igual que todo él no tenían nada de humano, si no es la figura exterior del cuerpo. Andaba apoyán­ dose sobre las manos y los pies como los cuadrúpedos. Separado de los osos parecía echarlos de menos, y la ansiedad y la inquietud se pintaron sobre su fisionomía, cuando se halló en la sociedad de los hombres. Hubiérase dicho que era un prisionero (y él se creía como tal), que lo único que quería era huir, hasta que, habiendo aprendido a levantar sus manos contra un muro y, en fin, a mante­ nerse derecho apoyándose en los pies como un niño o un gatito, y habiéndose acostumbrado poco a poco a los alimentos de los hom­ bres, terminó por domesticarse y empezó a proferir algunas palabras con una voz ronca, tal como he descrito. Cuando se le interrogaba acerca de su estado salvaje, acerca del tiempo que este estado había durado, no tenía más recuerdo al respecto, que el que nosotros tenemos de lo que ocurrió mientras estábamos en la cuna. Conor34, el cual cuenta esta historia xxxvn famosa en Polonia, mientras estaba en Varsovia en la corte de Jean Sobieski, entonces ocupando el trono, añade que el mismo rey, varios senadores y multitud de otros habitantes del país dignos de fe le aseguraron como un hecho cierto y del que nadie duda en Polonia, que los niños en ocasiones son amamantados por osas, como Rómulo y Remo lo fueron, según se dice, por una loba. Si un niño se encuen­ tra en la puerta de su casa, o cerca de un seto, o abandonado por imprudencia en un campo, y pasa un oso hambriento por allí cerca, es devorado y despedazado en el acto. Pero si lo coge una osa que está criando, lo lleva junto a sus ositos, a los cuales cuida tanto como al propio niño, el cual, unos años después, a veces es descu­ bierto y cogido por los cazadores. Conor cita una aventura parecida a aquélla de la que fue testigo, que aconteció en el mismo lugar (Varsovia) en 1669 y ante los ojos de M. Wanden, llamado Brande de Cleverskerk, embajador xx xv n E vang. Med.,p. 133-4-5.

en Inglaterra en el año 1699. Describe este caso, tal como le fue contado fielmente por este embajador, en su tratado sobre el gobier­ no del reino de Polonia. He dicho que este pobre niño del que habla Conor, no gozaba de ninguna de las luces de la razón. La prueba es que ignoraba la miseria de su estado y que, en lugar de buscar el contacto conlos hombres, huía de ellos y sólo deseaba volver con los osos. Así que, como hace observar juiciosamente nuestro historiador, este niño vivía maquinalmente y no pensaba más que un animal, ni que un niño recién nacido, ni que un hombre que duerme o en un estado aletargado o apoplético.

Capítulo VI H o m bres

s a l v a j e s , ll a m a d o s

s á t ir o s

Los hombres salvajes xxxvin; bastante comunes en las Indias y en Africa, son llamados orangutanes por los indios, y Quoias morrou por los africanos35. No son gordos ni delgados, tienen el cuerpo cuadrado, y los miembros tan rechonchos y tan musculosos, que son muy rápidos cuando corren, y tienen una fuerza increíble. En la parte delantera del cuerpo no tienen pelo en ningún lado, pero por detrás se diría ver una selva de crines negras de las que está cubierto y erizado todo el dorso. El rostro de estos animales se parece al rostro del hombre, pero sus narices son chatas y encorvadas, y su boca es arrugada y no tiene dientes. Sus orejas no difieren en nada de las de los hombres, ni tam­ poco su pecho, pues los sátiros hembras tienen unos pechos enor­ mes, mientras los machos no tienen, como de ordinario ocurre igualmente a los humanos. E l ombligo está muy hundido, y los miembros superiores e inferiores se parecen a los del hombre como dos gotas de agua, o como un huevo a otro huevo. El codo se halla articulado como el nuestro, tienen el mismo número de dedos, el pulgar hecho como el del hombre, unos muelles en las piernas, y una base en-la planta del pie, sobre la que xx xv in Hace dos años que en la feria de Saint-Laurent apareció un gran mono, parecido al sátiro de Tulpius.

se apoya todo el cuerpo como el nuestro cuando andan a nuestro modo, lo que sucede a menudo. Para beber, cogen muy bien con una mano el asa de la taza y meten la otra al fondo de la jarra, y luego se secan los labios con la mayor pulcritud. Cuando se acuestan, también dan muestras de mucha destreza y delicadeza, utilizando almohada y cubrecamas, con el que se tapan cuidadosamente cuando están amaestrados. La fuerza de sus músculos, de su sangre y de sus espíritus los hace valientes e intrépidos como a nosotros. Pero tanta bravura está reservada a los machos, como ocurre en la especie humana. Con frecuencia se arrojan con furor sobre la gente incluso armada, al igual que sobre las mujeres y las niñas, a las cuales ciertamente hacen Jas más dulces violencias. Nada más lascivo, más impúdico, ni más propenso a la fornicación que estos animales. Las mujeres de la India no se dejan tentar dos veces para irlos a ver a las cavernas, donde ellos se mantienen escondidos. Están desnudos, y hacen el amor con tan pocos prejuicios como los perros. Plinio, San Jerónimo y otros, refiriéndose a los antiguos, nos han legado descripciones fabulosas de estos animales lascivos, como puede juzgarse comparándolas con las que debemos a Tulpius, mé­ dico de Amsterdam XXXIX. Este autor sólo habla del sátiro que ha visto, como un animal, y sólo se ocupa de describir las partes de su cuerpo, sin mencionar si hablaba y tenía ideas. Pero esta per­ fecta semejanza que reconoce entre el cuerpo del sátiro y el de los demás hombres, me hace creer que el cerebro de este supuesto animal originariamente está hecho para sentir y pensar como el nuestro. Las razones para tal analogía son mucho más fuertes res­ pecto a ellos que a los demás animales. Plutarco habla de un sátiro que fue cazado mientras dormía y llevado a Sylla: la voz de este animal se parecía al relincho de los caballos y al balido de los bucos. Los que desde la infancia se hallan perdidos por los bosques, no tienen la voz mucho más clara ni más humana, y tampoco tienen una sola idea, como se ha visto en el hecho referido por Conor, no digo de moral, sino de su estado, que ha pasado como un sueño, o más bien, según la ex­ presión proverbial, como un sueño a la suiza que podría durar cien años sin darnos una sola idea. Sin embargo, son hombres, y todo el mundo está de acuerdo. ¿Por qué pues los sátiros no iban a ser más que animales? Si tienen los instrumentos de la palabra bien organizados, y es fácil enseñarles a hablar y a pensar como x x x ix Tulpius: Oservationes Med. E. d. Elzer. L. I I I ; . c, L V I, p. 270.

a los otros salvajes, yo encontraría más difícil educar e impartir ideas a los sordos de nacimiento. Para que un hombre crea no haber tenido nunca principio, basta con secuestrarlo temprano del comercio de los hombres, y al no haber nada que pueda iluminarlo acerca de su origen, no sólo creerá no haber nacido, sino incluso que no tendrá fin. El sordo de Chartres que veía morir a sus semejantes, no sabía qué era la muerte, porque no tener una percepción bien clara, como M. de F . 36 aduce, es no tener ninguna idea. ¿Cómo se entendería pues que un salvaje, que no viera morir a nadie, sobre todo de su especie, no se creyera inmortal? Cuando un hombre sale de su estado animal, y se le ha ins­ truido lo suficiente para que empiece a reflexionar, como no ha pensado a lo largo de su vida salvaje, no recuerda ninguna de las circunstancias de este estado, y al describírselas las escucha, como nosotros escuchamos lo que se nos cuenta de nuestra infancia, que nos parecería una verdadera fábula sin el ejemplo de todos los demás niños. El nacimiento y la muerte nos parecerían igual­ mente quimeras sin aquellos que se ve nacer y morir. Los salvajes, que se acuerdan de la variedad de los estados por los que han pasado, sólo se han extraviado hasta cierto punto, y además se les encuentra andando como los demás hombres, única­ mente sobre los pies. Pues aquellos que desde su origen han vivido largo tiempo entre los animales, no recuerdan haber existido en la sociedad de otros seres: su vida salvaje, por larga que haya sido, no les ha resultado enojosa, y para ellos no ha durado más que un instante, como ya se ha dicho. Por último, no pueden creer que no hayan sido siempre tal como se encuentran en el momento en que se les abre los ojos sobre su miseria, procurándoseles sen­ saciones desconocidas y la oportunidad de replegarse sobre estas sensaciones. Toda Holanda ha asistido al grato espectáculo de un niño aban­ donado en no sé qué desierto, educado y hallado finalmente entre cabras salvajes. Se arrastraba y vivía como estos animales, tenía los mismos gustos, las mismas inclinaciones, los mismos sonidos de voz, y la misma imbecilidad se pintaba en su fisionomía. Mr. Boer­ haave, que nos narraba esta historia en 1733, creo que la había extraído del burgomaestre Tulpius. Cuando publiqué la primera edición de esta obra, en París se hablaba mucho de una niña salvaje37 que había devorado a su hermana y que entonces se encontraba en un convento de Chálons en Champagne. Mg. el Mariscal de Sajonia me ha hecho el honor

de contarme muchas particularidades de la historia de esta niña. Pero éstas son mucho más curiosas que necesarias para comprender y explicar lo que hay de más sorprendente en todos estos hechos. Uno solo basta para dar la clave de todos los demás, pues en el fondo todos se parecen, al igual que todas nuestras observaciones de medicina sobre un mismo tema, cuya comprensión se ve facili­ tada con una buena teoría, mucho mejor que con todos los libros de estos doctores cínicos y limitados.

B ella

c o n je t u r a

de

A r n o b io ,

que viene en apoyo de todos estos hechos He referido varios hechos XL, que el azar o un arte admirable han procurado a los Fontenelle, a los Cheselden, a los Locke, a los Ammán, a los Tulpius, a los Boerhaave, a los Conor, etc. Ahora paso a lo que me ha parecido digno de coronarlos, y es una bella conjetura de Arnobio38, que se basa visiblemente en observaciones que había tenido ocasión de hacer, aunque las mencione breve­ mente de paso. Hagamos, d icexu , un agujero en forma de cama en la tierra, de modo que esté rodeado de muros y cubierto por un techo, y que este lugar no sea demasiado cálido, ni demasiado frío, pero en el que tampoco se oiga absolutamente ningún ruido. Imaginemos la ma­ nera de que no se introduzca más que una pálida luminosidad entre­ cortada de tinieblas. Póngase a un recién nacido en este subterráneo, de modo que sus sentidos no sean impresionados por ningún objeto, y que una nodriza desnuda lo amamante en silencio. ¿Necesita alimentos más sólidos? Que se los lleve la misma mujer, que sean siempre de la misma especie, tales como el pan o el agua fría, y se le ofrezcan en el cuenco de la mano. Que este niño, salido de la raza de Platón o de Pitágoras, abandone su soledad a la edad de veinte, treinta o cuarenta años, y que aparezca en la asamblea de los mortales: pregúntesele, antes de que haya aprendido a pensar y a hablar, qué es, quién es su padre, qué ha hecho, qué ha pen­ sado, cómo ha sido alimentado y criado hasta entonces. Más estú­ pido que un animal, no tendrá más sentimiento que una madera o una piedra, y no conocerá ni la tierra, ni el mar, ni los astros, ni los meteoros, ni las plantas, ni los animales. Si tiene hambre, a XL Sólo he olvidado el ciego de nacimiento de la Motte le Vayer; pero tal olvido no es premeditado, por la razón que he dado. XLI Adress. Gens. L. I I .

falta de su alimento ordinario, o más bien por no conocer todo lo que puede sustituirlo, se abandonará a la muerte. Rodeado de fuego o de animales venenosos, se arrojará en medio del peligro. Si se ve obligado a hablar, a causa de la impresión de todos estos objetos nuevos que lo aturden, sólo saldrán de su bendita boca sonidos inarticulados, como algunos tienes costum bre hacer en sem ejante caso. Preguntádle, no ideas abstractas y difíciles de metafísica, moral o geometría, sino sólo la más simple cuestión de aritmética. Este no comprende lo que oye, ni que vuestra voz pueda significar alguna cosa, y ni siquiera si os estáis dirigiendo a él o a otros. ¿Dónde se encuentra pues esta porción inmortal de la divinidad? ¿Dónde está esta alma, que entra en los cuerpos, tan docta y tan iluminada, y que con el auxilio de la instrucción no tiene más que recordar los conocimientos que tenía infusos? ¿Se halla pues éste ser, tan razonable y tan fuerte, por encima de los demás seres? ¡Ay! Sí, cómo es el hombre, que viviría eternamente separado de la sociedad sin adquirir una sola idea. Pero pulamos este diamante bruto, enviemos a este niño viejo a la escuela, quantum mutatus ab illo (* ): el animal se hace hombre, y el hombre, docto y prudente. No es así, como el buey, el asno, el caballo, el camello y el loro aprenden, unos a ser útiles a los hombres, y los Otros a hablar e incluso tal vez (si, al igual que Locke pudiéramos creer al caballero Temple) a mantener una conversación seguida. Hasta aquí Arnobio, al que he traducido y resumido libremente. ¡Cuán admirable parece esta pintura en el original! Es uno de los pedazos más bellos de la antigüedad.

C o n c l u s ió n

d e l a o br a

Sin sentidos, no hay ideas. Cuantos menos sentidos se tienen, menos ideas se tienen. Poca educación, pocas ideas. Sin recibir sensaciones, no se tienen ideas. Estos principios son las consecuencias necesarias de todas las observaciones y experiencias, que constituyen la base inconmovible de esta obra. Pues el alma depende esencialmente de los órganos del cuerpo, con los que se forma, crece y decrece. Ergo participem leti quoque convenit es se XLU (* * ). (* ) ¡Cuán cambiado de aquél que era! XLn Lucrecio. De Natura rerum. { * * ) Así que se está de acuerdo, en que también es partícipe de la muerte.

RECAPITULACION DE LOS SISTEM AS 1

1. Descartes ha purgado la filosofía de todas estas expresiones ontológicas, a través de las cuales se imagina poder hacer inteligi­ bles las ideas abstractas del ser. Ha disipado este caos, y ha sido el que ha dado el modelo del arte de razonar más exacto, más claro y más metódico. Aunque él mismo no haya seguido su propio método, le debemos el espíritu filosófico que en un momento dis­ tinguirá todos sus errores, y el que hoy se hace reinar en todos los libros2. ¡Cuántas obras bien hechas desde Descartes! ¡Cuántos esfuerzos dichosos después de los suyos! Sus conjeturas más frí­ volas han hecho nacer la idea de hacer mil experiencias, en las cuales jamás se habría soñado. Está pues permitido a los espíritus vivos y ardientes, inventar, adelantar mediante sus especulaciones, por inútiles que sean en sí mismas, la propia experiencia que las des­ truye. Es correr el riesgo de ser útil, al menos indirectamente. 2. Los que dicen que Descartes no es un gran geómetra, pueden, como dice M. de Voltaire (lettre sur l’ame, 73.74.) repro­ charse el pelear con su nodriza. Pero, por lo que digo más adelante con respecto a la geometría, se ve que no basta ser un gran geó­ metra, para ser calificado de genio con plena justificación. 3. Tras el método y las obras geométricas de este filósofo, sólo se encuentran sistemas, es decir, imaginaciones y errores. Estos son tan conocidos que, a mi parecer, bastará exponerlos. Descartes reconoce como Locke que no tiene ninguna idea del ser, ni de la sustancia, y sin embargo la define (D ef. 6 d e sus M edit. Rep. en

las 2 Objec. en la 2 de la 3 .a y en la 4 .a). Hace consistir la esencia de la materia, que no conoce, en la extensión sólida, y cuando se le pregunta qué es el cuerpo o la sustancia extensa, responde que es una sustancia compuesta de varias otras sustancias extensas, que asimismo están compuestas de varias semejantes. He aquí una defi­ nición muy clara y bien explicada. Con esta extensión, Descartes sólo admite el movimiento en los cuerpos. Dios es la causa primera de este movimiento, como Descartes es el autor de estas leyes que íe han reconocido falsas, y que los mismos Cartesianos corrigen día tras día en sus obras. Todos los fenómenos se explican por estas dos únicas propiedades, la extensión material y el movimiento comunicado sin cesar inmediatamente por la fuerza divina. No sólo se imagina que hay tres tipos de partículas o de materia en el mundo, subtilis, globulosa, striata, sino que se decide de qué ma­ nera ha puesto Dios en movimiento cada una de ellas. Estas partícu­ las llenan a tal punto el mundo, que éste se halla absolutamente lleno. Sin Newton, o más bien sin la física, la mecánica y la astro­ nomía, ¡adiós el vacío de los antiguos! Se fabrican torbellinos y cubos que lo explican todo, hasta lo que es inexplicable, lacreación. Dado el veneno, he aquí el antídoto. El autor reconoce en su L. de los Princ. art. 9, que su sistema bien podría no ser verdadero, y que no le parece tal a él mismo. Quépodía pues pensar de su risible tratado d e form . faet. 4. Descartes es el primero en haber admitido un principio motor, diferente del que está en la materia, conocido, como se ha dicho al principio del Tratado del alma, bajo el nombre de fuerza motriz o de forma activa. Mallebranche también está de acuerdo con lo que yo anticipo, para rendir homenaje a Descartes. Aristó­ teles y todos los antiguos (excepto los epicúreos, a los cuales por un interés hipotético no les preocupaba admitir ningún principio motor, ni material, ni inmaterial) reconocieron la fuerza motriz de la materia, sin la que no puede completarse la idea de los cuer­ pos. Mallebranche (L. V I.) está de acuerdo con este hecho, y con mayor razón Leibniz, de lo cual se hablará en su artículo. En fin, si leéis a Goudin 3 y a otros escolásticos, veréis que la fuerza mo­ triz de la materia se ha enseñado en todos los tiempos en nuestras escuelas cristianas. Ratio principa activi, dice Goudin, convenit substantiis corporeis, et independent affection es corporum qua cernuntur in m odo (*). (* ) La razón del principio activo, dice Goudin, corresponde a las sus­ tancias corpóreas y de ahí derivan los afectos de los cuerpos, que se distinguen en la modalidad.

5. Descartes escribe a la famosa Princesa Palatina Elisabet, que no se tiene ninguna seguridad respecto al destino del alma tras la m uerte4, y define el pensamiento (Art. 13), como todo conoci­ miento, sea sensitivo o intelectual. Así pensar, según Descartes, es sentir, imaginar, querer, comprender. Y cuando éste hace consistir la esencia del alma en el pensamiento, cuando dice que es una sus­ tancia pensante, no da ninguna idea de la naturaleza del alma, no hace más que la enumeración de sus propiedades, lo cual no puede ser más indignante. Para este filósofo, el alma espiritual, inextensa e inmortal, es un vano rumor para adormecer a los Argos de la Sorbona. Tal ha sido además su objetivo, cuando ha hecho provenir el origen de nuestras ideas directamente de Dios mismo. Qua quaeso ratione, dice el profesor de teología que acabo de citar, Cartesius

demonstravit ideas rerum esse immediate a Deo nobis inditas et non a sensibus acceptas, sicuti docent Aristóteles, divus Tbomas, ac primates theologi ac philosopbi? ... cur anima non esset corporea licet supra suam cogitationem reflectendo in ea corporeitasem non adverteret, et quid non potest, qui omnia potuit? (*). M. Goudin no se habría exaltado tanto contra Descartes, si lo hubiera enten­ dido tan bien como el médico Lamy5, que con razón tiene la sos­ pecha de que es un hábil materialista, y si M. Deslandes6 (Histoire de la philosophie, T . I I , en el artículo sobre la inmortalidad del alma ) hubiera reflexionado con tanta solidez como suele hacerlo, no habría anticipado temerariamente que Descartes es el primero

en haber aclarado bien las pruebas de este dogma, en haber hecho distinguir bien el alma del cuerpo, las sustancias espirituales, de las que no lo son y no se habría fiado de las cuatro proporciones que refiere, y que, lejos de aclarar nada, son tan oscuras como la misma cuestión. Un ser inextenso no puede ocupar ningún espacio, y Descartes, que está de acuerdo con esta verdad, busca seriamente el asiento del alma, y lo establece en la glándula pineal. Si un ser sin partes pudiera ser concebido existiendo en alguna parte real­ mente, sería en el vacío, y ello está barrido de la hipótesis carte­ siana. En fin, lo que no tiene extensión, no puede actuar sobre lo que la tiene. ¿De qué sirven pues las causas ocasionales, por las cuales se explica la unión del alma y del cuerpo? Según eso, es evidente que Descartes sólo ha hablado del alma porque se veía (*) Con qué razonamiento — pregunto — ha demostrado Descartes que las ideas de las cosas están inmediatamente imbiúdas por Dios en nosotros, y no recibidas de los sentidos, tal como enseñan Aristóteles, Santo Tomás, y los más excelsos teólogos y filósofos... ¿por qué el alma no iba a ser corpórea, aunque por encima de su propio pensamiento, reflexionando no advirtiera en ella corporeidad, y qué no puede, quien todo pudo?

obligado a hablar de ella, y a hablar de ella de la manera que ha hablado, en una época, en que su mérito incluso podía perjudicar más su fortuna que aumentarla. Descartes sólo debía rechazar las propiedades sorprendentes de la materia y transportar al alma la definición que ha dado de la materia. Habría evitado mil errores y no hubiéramos estado privados de los grandes progresos que este excelente espíritu habría podido hacer, si en lugar de dedicarse a sistemas vanos, hubiera seguido siempre el hilo de su geometría, y no se hubiera apartado de su propio método. Aunque, ¡ay! este hilo es muy mal guía. Ha extraviado a Spinoza, que sólo es un cartesiano exasperado.

M allebr a n c h e

1 ° Mallebranche, tras haber distinguido la sustancia de sus modificaciones y haber definido algo de lo que no tiene la menor idea, la esencia de las cosas (ver R echerche de la verité, L. 3. C. 1. 2. Part. C. 7.8.), hace consistir la esencia de la materia en la extensión. Al igual que había hecho Descartes, y como hábil car­ tesiano, despliega toda su fuerza y su elocuencia contra los sentidos, a los que imagina siem pre engañosos, niega también el vacío y sitúa la esencia del alma en el pensamiento (L. 3), que no es más que un m odo. 2 ° Aunque admita en el hombre dos sustancias distintas, ex­ plica las facultades del alma por las de la materia (L. I) basándose en una idea falsa de la palabra pensam iento, del que hace una sus­ tancia, y cree que se piensa siempre, incluso cuando el alma no tiene conciencia de sus pensamientos, que es cuando piensa más, porque siempre se tiene la idea del ser en general (L. 3). Define el enten­ dimiento, como la facultad de recibir diferentes ideas, y la voluntad como la de recibir diferentes inclinaciones (L. I), o, si se quiere, una impresión natural que nos induce al bien en general, el único amor (L. 4) que Dios nos imprime. Y la libertad, es la fuerza que tiene el espíritu de determinar esta impresión divina hacia los ob­ jetos que nos placen. Sin embargo no tenemos, agrega, ninguna idea clara, ni ningún sentimiento interior de esta igualdad del movi­ miento hacia el bien. Pero él parte precisamente de esta carencia de ideas para dar las definiciones que acabo de referir, y donde uno efectivamente se da cuenta de que el autor carece de ideas.

3.° Mallebranche es el primero de los filósofos, que ha puesto muy en boga los espíritus animales, pero como una hipótesis, pues en ninguna parte prueba su existencia de una manera invencible. Esto estaba reservado a los médicos y principalmente a Boerhaave, el teórico más grande de todos, 4.° Voy al fondo del sistema principal del P. Mallebranche. Helo aquí: «Los objetos que el alma percibe, se hallan en el alma, o fuera del alma: los primeros se ven en el espejo de nuestros sentimientos y los demás en sus ideas (L. 3). Es decir, no por sí mismos, ni en las ideas o imágenes que nos vienen de ellas a través de los sen­ tidos (L. 3), sino en alguna cosa que al estar íntimamente unida a nuestra alma, nos representa los cuerpos externos. Esta cosa es Dios, que se halla muy estrechamente unida a nuestras almas con su presencia, esta presencia clara, íntima y necesaria de Dios que actúa fuertemente sobre el espíritu. Nadie puede deshacerse de la idea de Dios. Si el alma considera un ser en particular, entonces se aproxima a algunas perfecciones divinas, alejándose de otras, que puede ir a buscar un momento después (L. III).» «Los cuerpos sólo son visibles en virtud de la extensión. Esta extensión es infinita, espiritual, necesaria e inmutable (a menudo Mallebranche habla de ella como de una extensión compuesta), y es uno de los atributos de Dios. Luego, todo lo que está en Dios, es Dios, y es, por consiguiente, en Dios donde veo los cuerpos. Veo claramente el infinito, en este sentido en que veo claramente que no tiene fin. No puedo ver el infinito en seres finitos, y así, etc. Luego, la idea de Dios sólo se presenta a mi alma por su unión íntima con ella. Luego, sólo Dios se conoce por sí mismo, como nada se conoce sino a través de él.» «Como todo lo que está en Dios, es muy espiritual, muy inte­ ligible y está muy presente en el espíritu, de ahí que veamos los cuerpos sin esfuerzo, en esta idea que Dios encierra en sí, y que yo llamo la extensión o el m undo inteligible. Este mundo no repre­ senta en sí los cuerpos más que como posibles, con todas las ideas de las verdades, en lugar de las verdades mismas que no tienen nada de real (L. 3). Pero los sentimientos de luz y de colores, que nos afectan por la extensión, nos hacen ver los cuerpos existentes. Así, Dios, los cuerpos posibles y los cuerpos existentes, se ven en el mundo inteligible que es Dios, como nos vemos en nosotros mismos. Las almas de los demás hombres sólo se conocen a través de conjeturas, y, en fin, resulta que nuestro entendimienteo recibe todas las ideas, no por la unión de las dos sustancias (que es inútil

en este sistema) sino por la sola unión del •verbo o de la sabiduría de Dios; por este mundo inmaterial que contiene la idea, la repre­ sentación, y como la imagen del mundo material; y por la extensión inteligible, que constituye los cuerpos posibles, o la sustancia divina misma en tanto que, como tal, permite que participen de ella los cuerpos, a los que representa.» Hasta aquí es Mallebranche quien habla, o cual yo hago hablar conforme a sus principios, de los cuales se deduce, como se ha observado hace mucho tiempo, que los cuerpos son modificaciones de Dios. A éste nuestro célebre metafísico le llama tantas veces el ser en general, que parece no hacer de él sino un ser ideal. Así, he aquí a nuestro devoto orador, spinocista sin saberlo, aunque ya fue cartesiano, pues, repite una vez más, Spinoza lo era. Pero, como dice inteligiblemente M. de S. Hyacinthe7 en sus investiga­ ciones filosóficas, es una cosa que no hay que tratar de profundizar, sin duda por temor a que los filósofos más importantes se dejen convencer por el ateísmo. Tales visiones no merecen ser refutadas seriamente. ¿Quién podría siquiera imaginar, lo que un cerebro asediado por medita­ ciones abstractas cree concebir? Es cierto que no percibimos el infinito, y que ni siquiera conocemos lo finito a través del infinito: esta verdad basta para arruinar el sistema del P. Mallebranche, el cual se basa todo entero en una suposición contraria. Por lo demás, no tengo ninguna idea de Dios, ni de-los espíritus, de modo que resulta imposible concebir cómo mi alma está unida a Dios. Pascal tiene mucha razón al decir que no se puede concebir un ser pensante sin cabeza. Allí es, en efecto, donde están nuestras ideas, que sólo son modificaciones de nuestra sustancia. Y si yo no tuviera una perfecta convicción por mi sentido íntimo, estaría igual­ mente seguro de que mis ideas de los objetos se hallan en mí y para mí, y no fuera de mí, ni en Dios, ni para Dios, puesto que es en mí siempre, donde se graba la imagen que representa los cuerpos. De donde se deduce que estas ideas, fuera de mi alma y separadas de mi sustancia, son quiméricas por muy unidas que se las suponga. Creeré que veo a Dios, cuando una experiencia fundada en el sen­ tido íntimo y mi conciencia me lo haya demostrado. Mallebran­ che, por lo demás, parece haber extraído la magnífica imaginación de su mundo inteligible; 1.° De Marcel Platónico, Zodiaq. Caní. 7. donde se encuentran sueños más o menos parecidos; 2 ° Del Parm énides de Platón, el cual creía que las ideas eran seres reales, distintos de las criaturas que las percibían fuera de ellas. Este sutil filósofo ni siquiera tiene aquí el mérito de la invención, y además

este mérito honraría poco al espíritu. Vale más profundizar una verdad ya descubierta, que tener la peligrosa gloria de inventar una falsedad y enhebrar una hipótesis de nuevas quimeras.

L e ib n iz

Leibniz hace consistir la esencia, el ser o la sustancia (pues todos estos nombres son sinónimos) en Mónadas, es decir, en cuer­ pos simples, inmutables, indisolubles, sólidos e individuales, siempre con la misma figura y la misma masa. Todo el mundo conoce estas Mónadas, desde la brillante adquisición que los leibnizianos hicieron de Mme. la M. du Chátelet8. Según Leibniz no hay dos partículas homogéneas en la materia, todas son diferentes unas de otras. Es esta constante heterogeneidad de cada elemento, la que constituye y explica la diversidad de todos los cuerpos. Ningún ser pensante, y con mayor razón Dios, hace nada sin elección y sin motivos que lo determinen. Luego, si los átomos de la materia fueran todos iguales, no se podría concebir por qué Dios habría preferido crear, y situar tal átomo aquí en lugar de allí; ni cómo una materia homo­ génea habría podido formar tantos cuerpos diferentes. Dios, al no tener preferencias, no podría crear dos seres semejantes. De manera que necesariamente todos deben ser heterogéneos. He aquí cómo se combate la homogeneidad de los elementos a través del famoso principio d e la razón suficiente. Confieso que no está probado que un elemento haya de ser similar, como pensaba M. Boerhaave, pero recíprocamente, ¿basta acaso que se me diga que Dios no hace nada sin una razón que lo determine para que yo crea que nada es igual, que nada se parece en la naturaleza, y que todas las Mónadas o esencias son diferentes? Es evidente que este sistema sólo se basa en la suposición de lo que pasa en un ser, que no nos ha dado ninguna noción de sus atributos. M. Clarke9 y varios filó­ sofos admiten casos de perfecta igualdad, que excluyen toda razón leibniziana; ésta sería entonces no suficiente, sino inútil como se dice en el Tratado del alma. Al igual que se nombran el H om bre y el M undo de Descartes, se nombran las M ónadas d e Leibniz, es decir, las imaginaciones. Es posible, sostengo, que correspondan con la realidad. Pero no tenemos manera da asegurarnos con respecto a esta correspondencia. Para ello haría falta conocer la primera determinación del ser,

como se conoce la de toda figura o esencia geométrica, por ejemplo, de un círculo, de un triángulo, etc. Pero, semejantes conocimientos no podrían adquirirse más que en el primer instante de la creación de los seres, a la que nadie ha asistido, y además hay que tener en cuenta que incluso esta creación es una hipótesis, que tropieza con dificultades insuperables, las cuales han hecho tantos ateos y la mitad de la base fundamental del spinozismo. Puesto que desconocemos la sustancia, no podemos saber si los elementos de la materia son similares o no, ni si verdaderamente el principio de la Razón suficiente es uno de ellos. A decir verdad, no es más que un principio de sistema y totalmente inútil, cuando se va en busca de la verdad. Quienes no han oído jamás hablar de él, saben por las ideas que han adquirido, que el todo, por ejem­ plo, es más grande que la parte. Pero, ¿habrían dado un paso más de conocer este principio, con el fin de decir que esto es verdad, pues en el todo hay algo que explica p or qu é es más grande que la parte? La filosofía de Leibniz se asienta además en otro principio, aunque menor, y aún más inútil, el de contradicción. Todos estos supuestos primeros principios no abrevian ni aclaran nada, y no son estimables ni cómodos, sino en la medida en que son el resultado de mil conocimientos particulares, que el general de un ejército, un ministro, un negociador, etc., pueden redactar en axiomas útiles e importantes. Estos seres, que, separados constituyen las mónadas o la sus­ tancia, forman mediante su ensambladura los cuerpos o la extensión — extensión metafísica como he dicho, puesto que está formada por seres simples, entre los cuales se incluye el alma sensitiva y razonable. Leibniz ha reconocido en la materia: 1.° no sólo una fuerza de inercia, sino una fuerza motriz y un principio de acción, llamado a su vez Naturaleza; y 2.°, percepciones y sensaciones, semejantes en pequeño a las de los cuerpos animales. En efecto, cuando menos no se pueden negar a todo lo que no es inanimado. Leibniz observa, 3.°, que en todos los tiempos se ha reconocido la fuerza motriz de la materia; 4.°, que la doctrina de los filósofos sobre esta propiedad esencial, no ha empezado a ser interrumpida hasta la época de Descartes; 5.°, atribuye la misma opinión a los filósofos de su tiempo; 6.°, concluye que cada ser, independiente­ mente de todo otro y por la fuerza que le es propia, produce todos sus cambios; 7.°, quisiera, sin embargo, dividir esta obra entre la causa primera y la causa segunda, Dios y la naturaleza, pero no

lo consigue más que con distinciones inútiles o mediante frívolas abstracciones. Acudamos al sistema de la armonía preestablecida, que deriva de los principios establecidos aquí. Esta consiste en que todos los cambios del cuerpo corresponden tan perfectamente a los cambios de la Mónada, llamada Espíritu o Alma, que no acontece movi­ miento en una sin coexistir alguna idea en la otra, y viceversa. Dios ha preestablecido esta armonía haciendo elección de las sustancias, que por su propia fuerza producirían de concierto la sucesión de sus mutaciones. De manera que en el alma se hace todo, como si el cuerpo no existiera, y todo sucede en el cuerpo, como si el alma no existiera. Leibniz conviene que esta dependencia no es real, sino metafísica o ideal. ¿Pueden descubrirse y explicarse las per­ cepciones mediante una sección? Las modificaciones de nuestros órganos parecen ser su verdadera causa, ¿pero cómo produce ideas esta causa? Recíprocamente, ¿cómo obedece el cuerpo a la volun­ tad? ¿Cómo una mónada espiritual o inextensa puede hacer mo­ ver a su antojo todas las que componen el cuerpo y gobernar todos sus órganos? El alma ordena movimientos cuyos orígenes le son desconocidos, y en cuanto quiere que existan, existen, con tanta rapidez como se hizo la luz. ¡Qué patrimonio más bello, qué cuadro de la divinidad, diría Platón! Que se me diga qué es la materia, y cuál es el mecanismo de la organización de mi cuerpo, y responderé a estas preguntas. Entretanto, se me permitirá creer que nuestras ideas o percepciones, no son otra cosa que modifica­ ciones corporales, aunque no conciba cómo unas modificaciones piensan, perciben, etc.

W

o lff

He dado una idea muy sucinta de los sistemas de tres grandes filósofos, y ahora paso al resumen del de W olff, famoso comentador de Leibniz, que no tiene nada que envidiarles. Define el ser, como todo aquello que es p osible y la sustancia, como un ser durable y m odificable. Lo que se entiende por sujeto o substratum, como dice Locke, es una cosa que es o existe en sí misma, y por sí misma. Así, ésta puede ser redonda, cuadrada, etc. Por el contrario, los accidentes son seres que no subsisten por sí mismos, sino que se hallan en otros seres, a los que son inherentes, como los tres lados

en un triángulo. Son pues maneras de ser, y, por consiguiente, no son modificables, por mucho que hablen los escolásticos, cuya sutilidad ha llegado al extremo de hacer del círculo y de su redon­ dez dos seres realmente distintos, lo que me sorprende tanto más, por cuanto ellos mismos de ordinario han confundido el pensamiento con el cuerpo. La esencia o el ser, según W olff, está formada por determina­ ciones esenciales, no determinadas por ninguna otra o que no pre­ suponen nada por donde se pueda concebir su existencia. Estas constituyen la sustancia, como los tres lados constituyen el triángulo. Todas las propiedades, o todos los atributos de esta figura se des­ prenden de estas determinaciones esenciales, y, por consiguiente, aunque los atributos sean determinaciones constantes, suponen un sujeto que las determine, algo que exista primero, que exista antes que todo, que sea el sujeto y no tenga necesidad. Así es como Wolff cree indicar en qué consiste la sustancia, contra Locke, filósofo mucho más prudente, el cual reconoce que no se tiene la menor idea al respecto. Paso por alto sus determinaciones, porque sólo son modificaciones. Todo esto no nos da la menor noción del ser, del sostén y del soporte de los atributos, ni de este sujeto cuyos modos varían sin cesar. Para conocer la esencia de alguna cosa cualquiera que ésta sea, sería preciso tener ideas de ella, que el espíritu humano no puede adquirir. Los objetos sobre los cuales nuestros sentidos no tienen ningún poder, para nosotros es como si no existieran. Pero, ¿cómo osa un filósofo dar a los demás ideas que él mismo no tiene? (v. W olff, Inst. Phys. sobre todo cap. I I I ) . «El ser simple o elemento no es extenso, ni divisible, ni figu­ rado, no puede llenar ningún espacio. Los cuerpos resultan de la multitud y de la reunión de estos seres simples, de los que están compuestos, y como se dice, de los agregados. La imaginación no puede distinguir varias cosas entre sí, sin representárselas indepen­ dientemente unas de otras, lo que constituye el fenómeno de la extensión — en la cual consiste la esencia de la materia— que por consiguiente sólo es metafísico.» No sólo la extensión es únicamente una apariencia, según W olff, sino que la fuerza motriz y la fuerza de inercia que admite son fenómenos como los propios colores, es decir, percepciones con­ fusas de la realidad de los objetos. Esto se basa en una falsa y ridicula hipótesis de las percepciones. W olff supone «que nuestras sensaciones están compuestas de un número infinito de percep­ ciones parciales, las cuales todas por separado representan los seres simples perfectamente, o son semejantes a las realidades», pero

que «todas estas percepciones confundiéndose en una sola, repre­ sentan confundidas cosas distintas». Admite a diferencia de Locke percepciones oscuras en el sueño, de las que el alma no tiene conciencia, y, por consiguiente, cree con Mallebranche que el alma piensa siempre, en el momento que piensa menos. Por lo demás, hemos probado lo contrario. Pero, según W olff, no toda sustancia simple está dotada de percepciones, y despoja de ellas a las mónadas leibnicianas, no creyendo que la sensación sea una consecuencia y como un desarrollo necesario de la fuerza motriz. De donde se deduce (contra los propios principios) que las percepciones sólo son accidentales para el alma, y, por consiguiente, es tan contradictorio como gratuito asegurar, como hace W olff, que el alma es un pequeño mundo sensitivo, un espejo viviente del universo, que ella se representa mediante su propia fuerza, incluso mientras duerme. ¿Por qué ocurre esto? Escuchad (se trata de algo muy importante para explicar el origen y la gene­ ración de las ideas), porque el objeto que da la percepción, está ligado con todas las partes del mundo, y así las sensaciones se relacionan con el universo a través de nuestros órganos. No hablo del sistema de la armonía preestablecida, ni de los dos famosos principios de Leibniz, el principio de contradicción, y el principio d e la razón suficiente. Es una doctrina que, según se cree, W olff ha hecho valer con esta sagacidad, esta inteligencia, esta exactitud, e incluso esta claridad que le caracteriza, menos cuando se cubre en ciertas ocasiones con las nubes de la ontología. Ejemplo tan contagioso en una secta que se acrecienta todos los días, que muy pronto será necesario que un nuevo Descartes venga a purgar la metafísica de todos estos términos oscuros, de los que el espíritu se alimenta con demasiada frecuencia. La filosofía wolffiana no podía dejar de admitir lo que servía de fundamento a la leibniziana, pero me molesta encontrar también huellas de la jerga ininteligible de las escuelas. Me remito de nuevo un instante a la fuerza motriz. Es, como dice W olff, «el resultado de las diferentes fuerzas activas de los elementos confundidas entre sí, y es un esfuerzo de los seres sim­ ples, propensos a cambiar sin cesar el móvil de lugar. Estos esfuer­ zos son semejantes a los que nosotros hacemos para actuar». Wolff mismo los hace mucho mayores sin duda, para que Dios, testigo de esta acción de la naturaleza (que lo hace todo en el sistema de este sutil filósofo) no permanezca ocioso, y por así decir, de brazos cruzados frente a ella: lo que tiende al ateísm o. Pero en esta distri­ bución no es más feliz que su amo. Siempre es la naturaleza la que

actúa, produce y conserva todos los fenómenos por sí sola. El choque de unas sustancias con otras lo hace todo, aunque no se haya deci­ dido si es real o aparente. Pues en general los leibnizianos se con­ tentan con decir que sólo podemos juzgar por las apariencias, pese a que la causa nos sea desconocida. Tanta modestia tiene de qué sorprender en filósofos tan osados, tan temerarios para elevarse a los primeros principios, que sin embargo en la hipótesis de las percepciones wolffianas, debían parecer incomprensibles a primera vista. En mi opinión, era curioso y útil observar, por qué vías los genios más destacados han sido conducidos a un laberinto de erro­ res, del que en vano han buscado la salida. Sólo el conocimiento del punto en que han empezado a extraviarse, a separarse y a con­ cillarse, puede hacernos evitar el error y descubrir la verdad, que a menudo se halla tan cerca de él, que casi se tocan. Las faltas ajenas son como una sombra que aumenta la luz, y por consiguiente nada es más importante en la búsqueda de la verdad, que cerciorarse del origen de nuestros errores. E l primer antídoto es el conocimiento del veneno. Pero, si tantos genios destacados se han dejado cegar por el espíritu de sistema, el peligro de los hombres más valiosos, tal vez nada deba inspirarnos mayor desconfianza en la búsqueda de la verdad. No debemos pensar que todas nuestras preocupaciones, nuestros proyectos, deben permanecer siempre atados al carro de la naturaleza, y honrarnos de ello a ejemplo de estos verdaderos genios, los Newton, los Boerhaave, estos dos gloriosos esclavos, cuyos servicios ha recompensado tan bien la naturaleza (B o erh . de honore med. servil.). Pero, para conseguir este objetivo, es preciso deshacerse intrépidamente de los prejuicios y de los gustos prefe­ rentes por tal o cual secta, al igual que se abandonan antiguos amigos cuando se conoce su perfidia. Es bastante común en los filósofos más destacados vanagloriarse, como los pequeños patrones: éstos últimos a menudo han obtenido favores de mujeres que nunca han visto ni conocido, mientras aquéllos pretenden haber captado la naturaleza de improviso, como dice un famoso neólogo, que ésta les ha revelado todos sus secretos, y que, por así decir, lo han visto todo, lo han oído todo, aún cuando la naturaleza conserva más velos, de los que llegó a llevar la Isis de los Egipcios. Para avanzar por el camino de la verdad, ¡cuán necesario es seguir un comporta­ miento diferente! Hay que seguir asiduamente los pasos de la na­ turaleza, siempre con la ayuda, como dice Mine, la M. du Chátelet, del bastón de la observación y de la experiencia. En física hay que

imitar la conducta que ha mantenido el sabio Sydenham 10 en me­ dicina.

L ocke

1.° Locke confiesa su ignorancia respecto a la naturaleza de la esencia de los cuerpos: en efecto, para tener alguna idea del ser o de la sustancia (pues todas estas palabras son sinónimas) sería necesario saber una geometría inaccesible incluso a los más sublimes metafísicos, la de la Naturaleza. El sabio inglés no ha podido ha­ cerse una noción imaginaria de la esencia de los cuerpos, como Wolff le reprocha sin fundamento suficiente. 2.° Este prueba contra el autor del arte de pensar y todos los demás lógicos la inutilidad de los silogismos, y de lo que se llama análisis perfectos, a través de los cuales se comete la pue­ rilidad de querer probar los axiomas más evidentes. Esas minucias no se encuentran ni en Euclides, ni en Clairaut (ver Locke L. 4. 1.), pero abundan en Scholies de Wolff. 3.° lia considerado los principios generales muy adecuados para enseñar a los demás los conocimientos que uno mismo tiene. En lo que no soy de su opinión, ni por consiguiente de la del autor de la lógica demasiado apreciada que acabo de citar, cap. 4. c. La gran exhibición, esta multitud confusa de axiomas, de proposiciones generales sistemáticamente combinadas, no son un hilo seguro para guiarnos en el camino de la verdad. Por el contrario, este método sintético, como muy bien ha visto M. Clairaut11, es lo peor que puede haber para instruir. Incluso digo que no hay caso o circuns­ tancias en la vida, donde no sea preciso adquirir ideas particulares, antes que remitirlas a generalidades. Sí no hubiéramos adquirido a través de los sentidos las ideas de todo y de parte, con la noción de la diferencia que existe entre uno y otro, ¿sabríamos que el todo es más grande que su parte? Sucede así con todas estas verdades que se llaman eternas y que ni siquiera Dios puede cambiar. 4 ° Locke ha sido el destructor de las ideas innatas, como Newton lo ha sido del sistema cartesiano. Pero, a mi parecer, ha rendido demasiado honor a esta antigua quimera, refutándola me­ diante tantas reflexiones sólidas. Según este filósofo y la verdad, nada es más cierto que este antiguo axioma, mal acogido antaño por Platón, por Timeo, por Sócrates y por toda la academia: Nihil

est in intellectu, quod prius non fuerit in sensu (* ). Las Ideas vienen a través de los sentidos, y las sensaciones son la única fuente de nuestros conocimientos. Locke explica a través de ellas todas las operaciones del alma. 5.° Parece haber creído el alma material, aunque su modestia no le haya permitido afirmarlo. Tal vez nunca seríamos, dice, ca­ paces de decidir si un ser puramente material piensa o no, porque no concebimos ni la materia ni el espíritu. Esta simple reflexión no impedirá a los escolásticos argumentar a propósito de la opinión contraria, pero siempre hará peligrar todos sus vanos razonamientos. 6.“ Renuncia a la vanidad de creer que el alma piensa siem­ pre, y a raíz de una multitud de razonamientos extraídos del sueño, de la infancia, de la apoplegía, etc., demuestra que el hombre puede existir, sin tener el sentimiento de su ser, y que no sólo no es evidente que el alma piensa en todos estos estados, sino que ade­ más, a juzgar por la observación, ésta parece carecer de ideas e incluso de sentimiento. En una palabra, M. Locke niega que el alma pueda pensar y piense realmente, sin tener conciencia de sí misma, es decir sin saber qué piensa, sin tener la menor noción o el menor recuerdo de las cosas que la han ocupado. Muy cierto es, que la opinión de este sutil metafísico está confirmada por los progresos y la decadencia mutua del alma y del cuerpo, y principalmente por los fenómenos de las enfermedades, que, a mi parecer, demuestran claramente contra el propio Pascal, que el hombre puede muy bien ser concebido sin el pensamiento, y por consiguiente éste no constituye el ser del hombre. Qué diferencia entre un filósofo tan prudente y tan comedido, y estos metafísicos presuntuosos, que no conociendo ni la fuerza ni la debilidad del espíritu humano imaginan poder llegar a todo, o estos pomposos declamadores que, como Abadie 12 (D e la verité de la Religión Chrétienne), casi ladran para persuadir, y que, me­ diante el devoto entusiasmo de una imaginación encendida y casi en cólera, rehuyen la verdad, en el mismo momento en que ésta se hallaría más dispuesta a dejarse domeñar. Para castigar a estos iluminados fanáticos, los he condenado a escuchar tranquilamente, si pueden, la historia de los diferentes hechos que el azar ha procu­ rado en todos los tiempos, como para confundir los prejuicios. 7.° La verdad es que Locke ha sido el primero en desenredar el caos de la metafísica y en darnos los verdaderos principios, remi­ tiendo las cosas a su primer origen. E l conocimiento de los extravíos (*)

sentidos.

No hay nada en el intelecto, que primero no haya estado en los

ajenos lo ha puesto en la buena vía. Como ha pensado que las observaciones sensibles son las únicas que merecen la confianza de un buen espíritu, ha hecho de ello la base de sus meditaciones, y en todo se sirve del compás de la precisión o de la antorcha de la experiencia. Sus razonamientos son tan severos, como exentos están de prejuicios y de parcialidad, y tampoco se observa esta especie de fanatismo irreligioso que se reprende en algunos. ¡Ay! ¿110 se puede poner fin a los abusos y sacudir el yugo de los pre­ juicios? Es tanto más ridículo por parte de un filósofo declamar contra los religionarios, cuanto peor encuentra la represalia.

B o er h a a v e

1 ° Boerhaave ha pensado que era inútil buscar los atributos que convienen al ser, como en el ser lo que se denomina últimas causas metafísicas. Rechaza estas causas, y no se inquieta siquiera por las primeras físicas, tales como los elementos, el origen de la pri­ mera forma, de las semillas, y del movimiento (Inst. Med. X X V III). 2.° Divide el hombre en cuerpo y alma, y dice que el pensa­ miento sólo puede ser la operación del espíritu. Sin embargo, no sólo jamás da al alma los epítetos de espiritual e inmortal, sino que, cuando trata de sentidos internos, se ve que esta sustancia no es tan particular, y que nada más es no sé qué sentido interno, como todos los demás, de los que parece ser la reunión. 3.° Explica mediante el solo mecanicismo todas las facultades del alma razonable, y hasta el pensamiento más metafísico, más intelectual, más verdadero de toda eternidad, este gran teórico lo somete todo a las leyes del movimiento: de manera que es evi­ dente para mí que en el hombre sólo ha conocido un alma sensi­ tiva más perfecta que la de los animales. Ved sus lecciones dadas por Mr. Haller, traducidas libremente al francés: las Institutions que constituyen su texto; sobre todo d e sensib; intern, y sus dis­ cursos de honore M edie. Servitus, deus ratiocinii M echanici in M edicina: D e com parando certo in Phys., etc. 4.° Se sabe lo que pudo acontecer a este gran filósofo, sólo por parecer que adoptaba la postura de Spínoza ante un desco­ nocido con el cual viajaba (V ie d e B oerhaave por M. de la M. Schultens, Orat. in Boerh. Laúd). Pero en el fondo, por cuanto puede juzgarse a partir de sus obras, nadie fue menos spinocista. Reconoce

por doquier la mano invisible de Dios, que, según él, ha tejido hasta los pelos más diminutos de nuestro cuerpo. De lo que se deduce, como en tantos otros lugares, cuán diferente era este célebre médico de estos dos epicúreos modernos, Gassendi y Lamy, los cuales no han querido creer que los instrumentos del cuerpo humano estuvieran hechos para producir ciertos movimientos determinados en presencia de una causa motora (B oerh. Inst. Med. X L .), y final­ mente a este respecto han adoptado el sistema de Lucrecio (de Natura Rerum L. IV .). ¿Se trata de explicar la correspondencia entre el alma y el cuerpo? O el sabio profesor de Leiden supera netamente la dificultad, admitiendo en el fondo una sola y misma sustancia, o, cuando quiere desatinar, como otro, supone leyes cartesianas establecidas por el creador, según las cuales tal movi­ miento corporal da al alma tal pensamiento y viceversa, etc., reco­ nociendo por lo demás, que es absolutamente inútil para los médicos conocer estas leyes, e imposible para los genios más destacados lograr descubrirlas. Aquí sólo soy el historiador de las opiniones vocales o tipográficas de mi ilustre maestro, que fue sin réplica un perfecto deísta. ¿Quién puede alardear de conocer las opiniones íntimas del corazón? Deus solus scrutator cordium (*).

S p in o z a

He aquí en pocas palabras el sistema de Spinoza. Este sostiene: 1.° Que una sustancia no puede producir otra sustancia; 2 ° Que nada puede ser creado de la nada, según este verso de Lucrecio. Nullan rem e nihilo fieri Divinitus unquam ( * * ) 3.° Que únicamente hay una sustancia, porque no puede lla­ marse sustancia, más que aquello que es eterno, independiente de toda causa superior, y aquello que existe por sí mismo y nece­ sariamente. Agrega que esta sustancia única, ni dividida, ni divi­ sible, no sólo está dotada de una infinidad de perfecciones, sino que se modifica de una infinidad de maneras: en tanto que exten­ (*) Sólo Dios ve en los corazones. ( * * ) Que nunca nada se hace de nada por obra divina.

sión, los cuerpos y todo lo que ocupa un espacio, y en tanto que pensamiento, las almas y todas las inteligencias hacen sus modifi­ caciones. E l todo sin embargo permanece inmóvil, y no pierde nada de su esencia por cambiar. Spinoza define los sentidos de acuerdo con sus principios: los m ovim ientos del alma, esta parte pensante del universo, son pro­ ducidos por los de los cuerpos, que a su vez son partes extensas del universo. Definición evidentemente falsa, puesto que se ha probado cientos de veces, 1.°, que el pensamiento no es más que una modificación accidental del principio sensitivo, y, por consi­ guiente, no forma parte pensante del universo; 2 ° , que las cosas externas no se representan en el alma, sino sólo algunas propie­ dades diferentes de estas cosas, todas relativas y arbitrarias; y que, finalmente, la mayor parte de nuestras sensaciones o de nuestras ideas, dependen a tal punto de nuestros órganos, que cambian al instante con ellos. Basta leer a Bayle (Dictionnaire critique, en el artículo de Spinoza), para ver que este buen hombre (pues aunque ateo, era dulce y bueno), lo ha confundido todo y lo ha enredado todo, asociando nuevas ideas a las palabras recibidas. Su ateísmo se parece bastante al laberinto de Dédalo, por tantas vueltas y recovecos tortuosos como tiene. El Abad de Condillac 13 ha tenido la paciencia de recorrerlos todos, y les ha rendido demasiado honor. En el sistema de Spinoza, que antiguamente fue el de Jenófanes, de Melito, de Parménides, y de tantos otros, ¡se acabó la ley natural, los principios naturales no son más que a los que nos hemos habituado! E l traductor del tratado de la vida feliz de Séneca 14 ha llevado muy lejos esta idea, que no parece haber desagradado a este gran genio, Pascal, cuando dice: que tem e mucho que la naturaleza no sea una prim era costum bre y que la costum bre no sea una segunda naturaleza. Según Spinoza, de nuevo, el hombre es un verdadero autómata, una máquina sujeta a la más constante necesidad, arrastrada por un impetuoso fatalismo, como una nave por la corriente de las aguas. El autor del H om bre-m áquina parece haber hecho su libro expreso para defender esta triste verdad. Los antiguos Hebreos, Alquimistas y autores sagrados han puesto a Dios en el fuego puro (Boerh. d e ign.), en la materia ígnea o etérea, desde donde, como de su trono, lanzaba llamas vivificantes por toda la naturaleza. Los que quieran adquirir un mayor conocimiento de los sistemas deben leer el excelente tratado que el abad de Condillac ha dado sobre ello. No me queda más que hablar de los que han tomado partido, ya sea por la morta­ lidad, como por la inmortalidad del alma.

Si no tenemos pruebas filosóficas sobre la inmortalidad del alma, ciertamente no es que estemos muy tranquilos de que nos falten. Todos nosotros nos vemos naturalmente inducidos a creer lo que deseamos. El amor propio demasiadohumillado por verse presto a ser anulado, se halaga y se deleita ante la sonriente pers­ pectiva de una felicidad eterna. Yo mismo confieso que toda mi filosofía no me impide mirar la muerte como la necesidad más triste de la naturaleza, cuya idea desconsoladora quisiera perder para siempre. Puedo decir con el amable abad de Chaulieu 15: Cuanto más me acerco al fin, menos lo tem o: M ediante principios seguros, mi espíritu seguro, Contento, persuadido, ya no conoce la duda. De las consecuencias de mi fin nunca me he estrem ecido. Y lleno de una dulce esperanza, M oriré en la confianza; Al salir de este triste lugar De encontrar un asilo, un retiro seguro, O en el seno d e la naturaleza, O bien en los brazos d e mi Dios 16. No obstante ceso de ser de alguna manera, todas las veces que pienso que dejaré de existir. Pasemos revista a las opiniones o a los deseos de los filósofos a este respecto. Entre los que han deseado que el alma fuera in­ mortal, se encuentran: 1.°, Séneca (E pist. 107, etc. Quaest. Naí. L. 7, etc.); 2.°, Sócrates; 3.°, Platón, el cual (en Fedro) da verdade­ ramente una demostración ridicula de este dogma, pero por lo demás concede en otra parte, que no lo cree cierto, sino porque lo ha oído decir; 4.°, Cicerón {de Natura Deorum, L. 2.) aunque vacile (L. 3.), en su propia doctrina, para volver a decir en otra parte que es muy adicto al dogm a d e la inmortalidad, aunque sea poco verosímil; 5 ° , Pascal, entre los modernos, pero su manera de razonar (v. Pens. sur la R eligión) es poco digna de un filósofo. Este gran hombre imaginaba tener fe y sólo deseaba creer, pero sobre legítimos motivos que buscaba, y seguiría buscando si vi­ viera. Creer porque no se arriesga nada, es lo que hace un niño, ya que no se hace nada en lo concerniente al objeto de la creencia. El partido más inteligente es al menos dudar, con tal de que nuestras dudas sirvan para regular nuestras acciones, y conducirnos de una

manera irreprochable, según la razón y las leyes. El inteligente ama la virtud por la virtud misma. En fin, los estoicos, los celtas, los antiguos bretones, etc., de­ seaban, dice bromeando Pomponacio (de immort. Anim.), la inmor­ talidad, como un mulo desea procrear aunque no pueda. Quienes han pensado sin vacilar que el alma era mortal, son mucho más numerosos. Bión se entrega a todo tipo de bromas, ha­ blando del otro mundo. César se burla de ello incluso en medio del senado, en lugar de tratar de domeñar la hidra del pueblo, y habituarlo al freno necesario de los prejuicios. Lucrecio (de Natura rer. L. 3.), Plutarco y c. no conocen otro infierno que los remor­ dimientos. Sé, dice el autor de Electra, Sé que los rem ordim ientos d e un corazón nacido virtuoso, A m enudo respecto a los crím enes os castigan más que los Dioses. Virgilio (G eórgicas) se burla del ruido1 imaginario del Aqueronte; y dice (E n eid. L. 3.) quelos Dioses no se mezclan en los asuntos de los hombres, Scilicet is superir labor est, ea cura, quietos Sollicitat (*). Lucrecio dice lo mismo: Utque omnis per se divum natura necesse est Im m ortali oev o summa cum pace fruatur, Sem ota a nostris rebus, sejunctaque longe; Nam privata d olore omni, privata periclis, Ip sa suis pollens opibus, nil indigna nostri. N ec ben e pro m eritis gaudes, nec tangitur ira (* * ) . En una palabra, todos los poetas de la antigüedad, Homero, Hesíodo, Píndaro, Calimaco, Ovidio, Juvenal, Horacio, Tíbulo, Cátulo, Manilio, Lucano. Petronio, Perseo, etc., han arrojado a los pies los temores de la otra vida. Moisés mismo nos habla de ello. 1 Félix qui potuit rerum cognoscere causas, / Atque metus omnes et inexorabile fatum / subjecit pedibus strepitomque Ácherontis! ¡Dichoso el que pudo conocer las causas de las cosas / y puso bajo sus pies todos los miedos y el hado inexorable / y el codicioso Aqueronte! E l Abad de Chaulieu ha parafraseado muy bien este verso. (* ) Esa es la tarea, ¡no faltaba más!, que asumen los dioses, y esa es

la preocupación que los inquieta en su tranquilidad. {**) Y así como toda naturaleza de los dioses es necesario que disfrute de una vida inmortal en la mayor paz, separada de nuestros asuntos y muy alejada de ellos, pues está libre de todo dolor, libre de peligros, y ella sola, capaz por sus propias fuerzas, para nada necesitada de nosotros, ni goza por las acciones meritorias, ni se resiente.

Por otra parte, los judíos no la han conocido y esperan al Mesías para decidir al respecto. Hipócrates, Plinio, Galten, en una palabra todos los médicos griegos, latinos y árabes, no han admitido la distinción de las dos sustancias, y la mayor parte sólo han conocido la naturaleza. Diógenes, Leucipo, Demócrito, Epicuro, Lactancio y los Estoi­ cos, aunque de opiniones divergentes entre sí sobre el concurso de los átomos, se han puesto de acuerdo sobre el punto de que se trata, y en general todos los antiguos hubieran adoptado de buen grado estos dos versos de un poeta francés: Una hora tras m i m uerte, mi alm a desvanecida, Será lo que era una hora antes d e mi vida. Dicearco y Asclepiade han visto el alma como la armonía de todas las partes del cuerpo. Platón en verdad sostiene que el alma es incorporal, pero es como formando parte de una quimera que admite bajo el nombre de Alma d el mundo y, según el mismo filó­ sofo, todas las almas de los anímales y de los hombres son de igual naturaleza, pues la dificultad de sus funciones sólo proviene de la diferencia de los cuerpos que habitan. Aristóteles dice también que aquellos que pretenden que no hay alma sin cuerpo, y que el alma no es cuerpo, tienen razón: pues, agrega, el alma no es un cuerpo sino algo del cuerpo. Animam qui existimanl, ñequ e fine corpore, ñeque corpus aliquod, hene opinantur: corpus enim non est, corporis autem est aliquid (*). (ide Anim. Text. 26.) Entiende buenamente la forma o un accidente, del que hace un ser separado de la mhteria. De donde se ve que basta con examinar minuciosamente a aquellos de entre los antiguos que han creído el alma inmaterial, para convencerse de que no difieren de los demás. Por otra parte, como hemos visto, pensaban que la espiritualidad era un verdadero atributo de la sustancia, al igual que la propia materialidad. Así que todos se parecen. Haré aquí una reflexión. Platón define el alma como una esencia que se mueve por sí misma, y Pitágoras como un número que se mueve por sí mismo. De ahí concluían que era inmortal. Descartes deduce una consecuencia completamente opuesta, mien­ tras Aristóteles, el cual quería combatir la inmortalidad del alma, jamás pensó en negar la conclusión de estos filósofos antiguos, y (* ) Los que creen que no hay alma sin cuerpo y que el alma no es cuerpo, opinan bien, pues no es cuerpo sino algo del cuerpo (trad. de la

versión francesa de La Mettrie).

únicamente se limitó a negar su principio, por varias razones que suprimimos, pero que se hallan expresadas en M acrobio. Lo que permite observar con qué facilidad se han extraído en diferentes épocas conclusiones contradictorias de los mismos principios. O delirae hominum m entes! (*). El sistema de la espiritualidad de la materia todavía permanecía muy en boga durante los cuatro primeros siglos de la iglesia. Hasta el concilio de Letrán, se creyó que el alma del niño era un producto resultante de las del padre y de la madre. Escuchemos a Tertuliano: Animam corporalem profitem ur, habentem proprium genus substantiae, et soliditatis, per quam qu od et sentire et pasi p ossit... quid dici, caelestem , quam unde caelestem intelligas, nom h a b es? ... caro atque anima simul in útero etiam figurantur... minime divina res est, quoniam quidern m orta is (* * ). Orígenes, San Irineo, San Julián mártir, Teófilo de Antioquía, Arnobio, etc., pensaron junto con Tertuliano que el alma tiene una extensión formal, como después escribió San Hyacinte. ¿Pensaba de otro modo San Agustín cuando dice: Dum corpus animat vitaque im buit, anima dicitur; dum vult, Animus: dum scientia ornata est, ac judicandi peritiam exercet, m ens; dum recolit, ac reminiscitur, m em oria: dum ratiocinatur, ac singula discernit, ratio; dum contem plationi insistit, spiritus: dum sentiendi vim obtinet, sensus est anima ( * * * ) ? En la misma obra (de Anim .) dice, 1.° Que el alma habita en la sangre, porque no puede vivir en un medio seco. ¿Por qué? (Admirad la sagacidad de este gran hombre, y cómo en ciertos tiempos se puede llegar a ser tal con pocos esfuerzoa.) Porque es un espíritu. 2 ° Confiesa que ignora si las almas se crean todos los días, o si descienden por propagación de los padres a los hijos. 3.° Concluye que no puede resolverse nada acerca de la naturaleza del alma. Para tratar este tema, no hace falta ser teólogo, ni orador, hay que ser algo más: filósofo. (* ) ¡Oh, delirantes mentes humanas! ( * * ) Proclamamos que el alma es corporal, dotada de un género propio

de sustancia y solidez, por m edio de la cual lo que puede sentir y padecer... ¿por qué llamarla celestial cuando no sabes por qué la reconoces como tal?... Carne y ánima se forman también en el vientre materno... en modo alguno es asunto divino, puesto que ciertamente es mortal. ( * * * ) £ n tanto que anima el cuerpo e imbuye vida, se llama alma; en tanto que quiere, se llama ánima; en tanto que ésta dotada de sabiduría y ejerce el arte de juzgar, se llama mente. En tanto que recuerda y rememora, se llama memoria; en tanto que raciocina y distingue cada cosa, se llama razón; en tanto que se dedica a la contemplación, espíritu; en tanto que ocupa la función de sentir, es sentimiento anímico.

Pero, para referirnos de nuevo a Tertuliano, aunque las almas se extingan con el cuerpo, por extinguidas que estén, según este autor, se alumbran de nuevo como una bujía en el juicio final, y se reintroducen en los cuerpos resucitados, sin los cuales no han sufrido, ad perficiedum et ad patiendum societatem carnis (Anima) expostulat, ut tam plene per eam pati possit, quarn fine ea plena agera non potuit f * ) (De Resurr. L. 1. 98). Así es como Tertuliano imaginaba que el alma podía ser mortal e inmortal a la vez, y que no podía ser inmortal más que en la medida en que fuera material. ¿Se puede asociar más singularmente la mortalidad, la inmortalidad y la materialidad del alma, con la resurrección de los cuerpos? Conor va más lejos (Evangelium M ed id ) su extravagancia le lleva incluso a tratar de explicar físicamente este misterio. , Los escolásticos cristianos no pensaron de un modo distinto que los antiguos respecto a la naturaleza del alma. Todos ellos dicen con Santo Tomás: Anima est prindpium quo vivimus, movemur et intelligimus (* * ). «Querer comprender, dice Goudin, son movimientos materiales tanto como vivir y vegetar». Este añade un hecho singular, y es que en un concilio reunido en Viena bajo Clemente V, «la autoridad de la iglesia ordenó creer que el alma no es más que la forma sustancial del cuerpo; y que no hay ideas innatas (como pensó el propio Santo Tomás), declarando herejes a todos aquellos que no admitían la materialidad del alma». Raoul Fornier, profesor de derecho, enseña lo mismo en sus Discours A cadém iques sur l ’origine de l’Ame, impresos en París en 1619, y que son una aprobación y elogio de varios doctores en teo­ logía. Léanse todos los escolásticos, y se verá que han reconocido una fuerza motriz en la materia, y que el alma no es más que una fuer­ za sustancial del cuerpo. Ciertamente, han dicho que era una forma subsistente (Goudin, T. II) o que subsiste por sí misma y vive independientemente de la vida del cuerpo. De ahí estas enti­ dades distintas, estos accidentes absolutos, o más bien completa­ mente ininteligibles. Pero, es una distinción evidentemente frívola; pues ya que los escolásticos acuerdan con los antiguos, 1.°, que las formas, ya sean simples o compuestas, sólo son simples atri­ butos o puras dependencias de los cuerpos, y 2.a, que el alma no es más que la form a o el accidente del cuerpo, en vano añaden (* ) El alma, para actuar y para padecer, requiere la compañía de la carne, de modo que a través suyo, pueda padecer o sentir sensaciones tan plenas, como que sin ella no ha podido realizar acciones plenas. ( * * ) El alma es el principio por el que vivimos, somos movidos y pensamos.

para enmascararse o huir del enemigo los epítetos de subsistente o absoluto. Era preciso presentir con anterioridad las consecuencias de la doctrina que abrazaban, y de ser posible rechazarla, antes que llevar a término restricciones ridiculas. Pues, ¿quién creerá de buena fe, que lo que es material en todos los cuerpos animados, cesa de serlo en el hombre? La contradicción es demasiado flagrante. Aunque los propios escolásticos la han percibido más que los teó­ logos, al amparo de los cuales sólo han querido introducirse por estos vericuetos y estos vanos subterfugios. Bayle, en su D iccionario, dice en el artículo L ucrecio: «aquellos que niegan que el alma sea distinta de la materia, deben creer todo el universo animado o lleno de almas, y que las plantas e incluso las piedras son sustancias pensantes. Sustancias que bien pueden no sentir los olores, ni ver los colores, ni oír los sonidos, pero que necesariamente deben tener conocimientos sea en la hipó­ tesis de los materialistas o de los atomistas, porque los principios materiales simples, independientemente del nombre con el que se les adorne, no son más preciados que los que constituyen una piedra, y en consecuencia lo que piensa en un cuerpo, debe pensar en otro». Tal es el sofisma de Bayle sobre una pretendida sustancia, en la cual, como se pone de manifiesto en cientos de pasajes de sus obras, no creía más que La Motte le Vayer y tantos otros teológi­ camente disolutos. Sería preciso tener el espíritu muy falso y obs­ truido, para no descubrir el error de este mal razonamiento. No es la naturaleza de los principios sólidos de los cuerpos, la que consti­ tuye toda su variedad, sino la diversa configuración de sus átomos. Así la diversa disposición de las fibras de los cuerpos animados, que están hechas de elementos terrestres adheridos fuertemente unos con otros, al igual que la disposición de los vasos que están com­ puestos de fibras, y la de las membranas que son vasculosas, et­ cétera, produce multitud de espíritus diferentes en el reino animal, por no decir de la variedad que se encuentra en la consistencia y en el curso de los líquidos, última causa que interviene (a medias) en la producción de los diversos espíritus o instintos de que hablo. Si los cuerpos de los demás reinos no tienen sentimientos ni pen­ samientos, es que no están organizados para tal fin como los hombres y los animales, los cuales se asemejan a un agua que tan pronto se estanca, como fluye, tan pronto sube, como baja o se lanza en chorro, según las causas físicas e inevitables que actúen sobre ella. Un hombre de espíritu reacciona al respecto, lo mismo que el caballo produce una chispa cuando su herradura choca con

un guijarro. Aquél no debe estar más orgulloso que este animal. Los relojes de repetición están más valorados, pero la base es idéntica a la de los más simples. Terminaré con una observación sobre la opinión que los anti­ guos tenían acerca de la espiritualidad y de la materialidad. Por la primera entendían un conjunto de partes materiales, ligeras y sueltas, hasta parecer en efecto algo incorporal o inmaterial; por la otra, concebían partes pensantes, groseras, visibles y palpables. Estas partes materiales, perceptibles, forman todos los cuerpos me­ diante sus diversas modificaciones; mientras las otras partes im­ perceptibles, aunque de igual naturaleza, constituyen todas las almas. Entre una sustancia espiritual y una sustancia m aterial no hay pues otra diferencia que la que se introduce entre las modifica­ ciones o los modos de ser de una misma sustancia. Y según la misma idea, lo que es material puede llegar a ser insensiblemente espiritual, y efectivamente llega a serlo. La clara de huevo puede servirnos de ejemplo: ésta, a fuerza de atenuarse y refinarse a tra­ vés de las hileras vasculosas infinitamente estrechas del pollo, forma todos los espíritus nerviosos de dicho animal. ¡Ay! ¡Qué bien demuestra la analogía, que la linfa hace lo mismo en el hombre! ¿Se osaría comparar el alma con los espíritus animales, y decir que ésta no difiere de los cuerpos, más que como éstos difieren de los humores groseros, por el fino tejido y la extrema agilidad de sus átomos? Esto es suficiente y más de lo necesario sobre la inmortalidad del alma. Hoy es un dogma esencial para la religión, mientras anta­ ño era una cuestión puramente filosófica, al igual que el cristia­ nismo sólo era una secta. Independientemente del partido que se tomara, no se ascendía menos en el sacerdocio. Se podía creer el alma mortal aun siendo espiritual, o inmortal aun siendo material. Hoy está prohibido pensar que no es espiritual, aunque esta espi­ ritualidad no se encuentre revelada en ninguna parte. Y si lo estu­ viera, sería preciso creer seguidamente en la revelación, lo que no es un pequeño problema para un filósofo: hoc opus, hic labor est (*).

(* )

Este es el trabajo, ésta es la fatiga.

EL H O M B R E -M A Q U IN A 1

Tal vez sorprenda que haya osado poner mi nombre en un libro tan atrevido como éste. Ciertamente no lo habría hecho, de no haber creído la religión al abrigo de todas las tentativas que se hacen para demolerla, y de no haber podido persuadirme de que otro impresor habría hecho con .mucho gusto lo que yo rehusara por principio de conciencia. Sé que la prudencia exige que no se brinde ocasión a los espíritus débiles de ser seducidos. Pero, aún teniéndolos en cuenta, he visto a la primera lectura que no había nada que temer por ellos. ¿Por qué estar tan atento y tan alerta en suprimir los argumentos contrarios a las ideas de la divinidad y de la religión? ¿No puede esto hacer creer al pueblo que se le em bauca? En cuanto éste empieza a dudar, adiós convicción y, por consiguiente, adiós religión. ¿Qué medios, qué esperanza tenemos para llegar a confundir a los irreligionarios, si parece que se los teme? Cómo reducirlos, si impidiéndoles que hagan uso de su razón, uno se contenta con declamar contra sus costumbres, al azar, sin informarse de si merecen la misma censura que su manera de pensar. Tal conducta da por ganada la causa a los incrédulos: éstos se burlan de una religión que nuestra ignorancia quisiera que no pudiera conciliarse con la Filosofía, y cantan victoria en sus reduc­ tos, que nuestra manera de combatir les hace creer invencibles. Si la religión no sale victoriosa, es culpa de los malos autores que la defienden. Que los buenos cojan la pluma, que se muestren bien

armados, y la Teología vencerá a viva fuerza contra una rival tan débil. Yo comparo a los ateos con estos gigantes que quisieron escalar los cielos, pues siempre tendrán el mismo destino. He considerado un deber encabezar así este breve folleto, para prevenir toda inquietud. No es de mi incumbencia refutar lo que yo imprimo, como tampoco expresar mi sentimiento sobre los razo­ namientos que se encuentren en este escrito. Los expertos verán fácilmente que sólo son dificultades que aparecen, en cuanto se quiere explicar la unión del alma con el cuerpo. Si las consecuencias que el autor extrae son peligrosas, no se olvide que por todo fundamento únicamente tienen una hipótesis. ¿Precisa más para destruirlos? Pero, si se me permite suponer lo que yo no creo, aun cuando estas consecuencias fueran difíciles de demoler, ello sólo procuraría una ocasión más bella para sobresalir. Si se vence sin peligro, se triunfa sin gloria.

Al

señ o r

H a l l e r 3,

PROFESOR DE MEDICINA EN GoTTINGA

Esto no es una dedicatoria4 vos estáis muy por encima de todos los elogios que podría tributaros, y no conozco nada tan inútil, ni tan insulso, fuera de un discurso académico. No es tampoco una exposición del nuevo método que he seguido para hacer revivir un tema gastado y trillado. Al menos le hallaréis este mérito, y juzgaréis por lo demás si vuestro discípulo y vuestro amigo ha coronado bien su carrera. Quiero hablar del placer que he tenido en componer esta obra; no es mi libro lo que os entrego, sino yo mismo, para que me iluminéis sobre la naturaleza de esta sublime voluptuosidad del estudio. Tal es el objeto de este discurso. No sería yo el primer escritor que, no teniendo nada que decir, para reparar la esterilidad de su imaginación, hubiera tomado un ejemplo de donde jamás lo hubo. Decidme pues, doble hijo de Apolo, suizo ilustre, Fracástoro moderno 5, vos que sabéis al mismo tiempo co­ nocer y medir la Naturaleza, y más aún, expresarla además de sentirla: sabio médico, más grande aún como poeta, decidme por qué hechizos puede el estudio cambiar las horas en momentos, y cuál es la Naturaleza de estos placeres del espíritu, tan diferentes de los placeres vulgares... Pero la lectura de vuestras encantadoras poesías ha penetrado demasiado en mí, como para que no intente expresar lo que me han inspirado. E l hombre, considerado desde este punto de vista, no resulta nada ajeno a mi tema. La voluptuosidad de los sentidos, por más agradable y cara que sea, por más elogios que le haya tributado la pluma aparentemente

agradecida de un joven médico francés6, tan sólo tiene un goce que es su tumba. Si el placer perfecto no lo mata definitivamente, necesita cierto tiempo para resucitar. ¡Qué diferentes son los re­ cursos de los placeres del espíritu! Cuanto más se aproxima uno a la verdad, más encantadora la encuentra. No sólo su goce aumenta los deseos, sino que se goza ya desde que se intenta gozar. Se goza mucho tiempo, y sin embargo más de prisa que la velocidad del rayo. ¿Hay que sorprenderse si la voluptuosidad del espíritu es tan superior a la de los sentidos, como el Espíritu al Cuerpo? ¿No es el espíritu el primero de los sentidos, y como la reunión de todas las sensaciones? ¿No convergen allí todas, como otros tantos rayos a un centro que los produce? No indaguemos más, por qué encantos invencibles un corazón, que el amor a la verdad inflama, se halla de pronto transportado, por así decir, a un mundo más bello, donde goza placeres dignos de los dioses. De todas las atracciones de la naturaleza, la más fuerte, al menos para mí, igual que para vos, Haller, es la de la Filosofía. ¡Qué mayor gloria que la de ser condu­ cido a su templo por la razón y la sabiduría! ¡Hay conquista más halagadora que la de tener sumisos a todos los espíritus! Pasemos revista a todos los objetos de estos placeres descono­ cidos para las almas vulgares. ¿Qué belleza o qué magnitud no poseen? El tiempo, el espacio, el infinito, la tierra, el mar, el fir­ mamento, todos los elementos, todas las ciencias, todas las artes, todo forma parte de este género de voluptuosidad. Demasiado contraída en los límites de un mundo, ésta imagina un millón de ellos. La naturaleza entera es su alimento, y la imaginación su triunfo. Entremos en algún detalle. Tan pronto es la poesía como la pintura, la música o la arqui­ tectura, el canto o la danza, las que hacen experimentar a los enten­ didos placeres arrebatadores. Ved a la D elbar7 (mujer de Pirón) en un palco de la ópera: pálida y enrojecida a su vez, se muestra mesurada con R eb el8, se enternece con Ifigenia, se enfurece con Rolando, etc. Todas las impresiones de la orquesta se reflejan en su rostro como sobre una tela. Sus ojos se endulzan, se pasman, y ríen o se arman de un coraje guerrero. La toman por loca. Pero no lo es, a menos que se considere una locura sentir el placer. Uni­ camente está penetrada de mil bellezas que se me escapan. Voltaire no puede contener el llanto ante su M érope9, por sen­ tir el valor de la obra y de la actriz. Vos habéis leído sus escritos, y desdichadamente para él, no está en condición de leer los vues­ tros. ¿En las manos y en la memoria de quién no están? Y , ¡qué

corazón hay tan duro que no se enternezca! ¿Cómo no habían de transmitirse todos sus gustos con el entusiasmo que habla de ellos? Cuando un gran pintor — he tenido el placer de comprobarlo días pasados leyendo el prefacio de Richardson 10— habla de pin­ tura, ¿qué elogios no le prodiga? Adora su arte, lo pone por encima de todo, y duda casi de que se pueda ser feliz sin ser pintor, porque está encantando con su profesión. ¿Quién no ha sentido los mismos transportes que Escalígero 11 o el padre Mallebranche, al leer algunos pasajes de los poetas trá­ gicos, griegos, ingleses, franceses, o ciertas obras filosóficas? Mme. Dacier 12 nunca hubiera contado con lo que su marido le prome­ tía, y encontró cien veces más. Sí se experimenta una especie de entusiasmo en traducir y desarrollar las ideas de otro, ¿qué debe ser si se piensa por sí mismo? ¿En qué consiste esta generación, este parto de ideas, que produce el gusto por la Naturaleza y por la búsqueda de la verdad? Cómo describir este acto de la voluntad o de la memoria, por el cual al alma se reproduce de alguna manera, al juntar una idea con otro signo semejante, para que de su seme­ janza y como de su unión nazca una tercera. Admirad pues las producciones de la Naturaleza. Tal es su uniformidad, que éstas se hacen casi todas de la misma manera. Los placeres de los sentidos mal regulados pierden toda su viva­ cidad y dejan de ser placeres. Los del espíritu se les parecen hasta cierto punto. Precisa suspenderlos para agudizarlos. En fin, el estudio tiene sus éxtasis como el amor. Si se me permite decirlo, es una catalepsia o inmovilidad del espíritu, que parece separado por abstracción de su propio cuerpo y de todo lo que le rodea, para entregarse por entero a lo que persigue. A fuerza de sentir, nada siente. Tal es el placer que se experimenta tanto al buscar como al hallar la verdad. Juzgad el poder de sus encantos por el éxtasis de Arquímedes 13 que, como sabéis, le costó la vida. Mientras los demás hombres se arrojan en medio de la multitud, para no conocerse o más bien odiarse, el sabio huye del gran mundo y busca la soledad. ¿Por qué no se complace consigo mismo o con sus semejantes? Porque su alma es un espejo fiel en el cual su justo amor propio halla provecho en contemplarse. Quien es vir­ tuoso, no tiene nada que temer de su propio conocimiento,si no es el agradable peligro de amarse. A los ojos de un hombre que mirara la tierra desde lo alto de los cielos, toda la grandeza de los demás hombres se desvane­ cería, los palacios más soberbios se transformarían en cabañas y los ejércitos más numerosos se parecerían a un tropel de hormigas

luchando por un grano con la furia más ridicula. Pues así ve las cosas un sabio como vos, el cual se ríe de las vanas agitaciones de los hombres, cuando multitud de ellos siembra la Tierra de con­ fusión y se atropella por nada, con lo cual es justo que ninguno esté contento. ¡De qué manera tan sublime inicia Pope 14 su Es sai sur l ’H om m el ¡Cuán pequeños son los grandes y los reyes ante él! Oh, vos, me­ nos mi maestro que mí amigo, que habéis recibido de la naturaleza la misma fuerza intelectual que aquel, del cual habéis abusado, vos, ingrato, que no merecéis sobresalir en el campo de las ciencias, me habéis enseñado a reírme, como este gran poeta, o más bien a lamentarme de los juguetes y bagatelas que ocupan seriamente a los monarcas. A vos debo toda mí felicidad. No, la conquista del mundo entero no vale el placer que un filósofo experimenta en su gabinete, rodeado de amigos mudos, que le dicen sin embargo todo cuanto desea oír. Que Dios no me prive de lo necesario ni de la salud, es todo cuanto le pido. Con salud, mi corazón sin hastío amará la vida. Con lo necesario, mí espíritu contento cultivará siempre la sabiduría. Sí, el estudio es un placer de todas las edades, de todos los lugares, de todas las estaciones y de todos los momentos. ¿En quién no ha provocado Cicerón el ansia de hacer la dichosa expe­ riencia? Diversión en la juventud, cuyas fogosas pasiones atempera; para gozarlo bien, algunas veces me he visto obligado a entregarme al amor. El amor no da miedo a un sabio porque éste sabe aliarlo todo y hacer valer lo uno por medio de lo otro. Las nubes que ofus­ can su entendimiento no le vuelven perezoso; sólo le indican el remedio que debe disiparlas. Cierto es que el Sol no aparta más de prisa las de la atmósfera. En la vejez, edad helada, en la cual ya no se es apto ni para dar ni para recibir otros placeres, ¡qué mayor recurso que la lectura y la meditación! Qué placer ver todos los días, con los propios ojos y por las propjias manos, crecer y formarse una obra que encantará a los siglos venideros e incluso a sus contemporáneos. Quisiera — me decía un día un hombre cuya vanidad empezaba a sentir el placer de ser autor— pasar la vida yendo de mi casa a casa del impresor. ¿Estaba equivocado? Y cuando se reciben aplau­ sos, ¿qué madre estuvo nunca más encantada de haber tenido un hijo agraciado? ¿Por qué ensalzar tanto los placeres del estudio? ¿Quién ignora que es un bien que no lleva consigo el hastío o las inquietudes de otros bienes, un tesoro inagotable, el más seguro contraveneno

del cruel hastío, que pasea y viaja con nosotros y, en una palabra, nos sigue por todas partes? ¡Dichoso el que ha roto la cadena de todos sus prejuicios! ¡Sólo él gozará de este placer en toda su pureza! Sólo él gozará de esta dulce tranquilidad del espíritu, de este per­ fecto contentamiento de un alma fuerte y sin ambición, que es el padre de la felicidad, si no es la felicidad misma. Detengámonos un momento a arrojar flores tras los pasos de estos grandes hombres que Minerva, al igual que vos, ha coronado con una piedra inmortal. Aquí Flora os invita con Linneo 15 a esca­ lar por nuevos senderos la cima helada de los Alpes, para admirar bajo otra montaña nevada un jardín plantado por las manos de la naturaleza, jardín que antaño fue toda la herencia del célebre profesor sueco. De allí descendéis a estas praderas, cuyas flores lo esperan para colocarse en un orden, que hasta entonces parecían haber desdeñado. Veo allí a Maupertuis 16, honra de la Nación Francesa, de la cual otra ha merecido gozar. Viene de la mesa de un príncipe, que causa, diré, la admiración o la sorpresa de Europa. ¿A dónde va? Al con­ sejo de la naturaleza, donde lo espera Newton. ¿Qué diré del químico, del geómetra, del físico, del mecánico, del anatomista, etc.? Este último tiene casi tanto placer en exami­ nar al hombre muerto, como el que ha tenido quien le dio la vida. Pero todo cede ante el gran arte de curar. E l médico es el único filósofo que merece bien de su patria; aparece como los hermanos de Elena 17 en las tempestades de la vida. ¡Qué magia, qué embe­ lesamiento! Su sola vista calma la sangre, devuelve la paz a un alma agitada y hace renacer la dulce esperanza en el corazón de los desdichados mortales. Anuncia la vida y la muerte, como un astró­ nomo predice un eclipse. Cada cual tiene su antorcha que le ilu­ mina. Pero si el espíritu ha tenido placer en hallar las reglas que lo guían, ¡qué triunfo — vos hacéis todos los días esta feliz expe­ riencia-—, qué triunfo cuando el hecho justifica la osadía! La primera utilidad de las ciencias consiste pues en cultivarlas, lo que ya es un bien real y sólido. ¡Dichoso quien tiene afición por el estudio! Más dichoso aún quien a través de él logra liberar al espíritu de sus ilusiones, y al corazón de su vanidad, meta desea­ ble a la que vos habéis sido conducido en una edad aún tierna por las manos de la sabiduría; mientras tantos pedantes, tras medio siglo de vigilias y trabajos, más encorvados por el fardo de los prejuicios que por el del tiempo, parecen haberlo aprendido todo

salvo pensar. Ciencia rara en verdad, sobre todo en los sabios, pese a que debiera ser al menos el fruto de todas las demás. A esta sola ciencia me he dedicado desde la infancia. Juzgad, señor, si he triunfado, y que este homenaje a mi amistad sea eternamente grato a la vuestra.

¿Es aquello el rayo de la esencia suprema, Que se nos pinta tan luminoso? ¿Es aquello el espíritu que ha de sobrevivimos? Nace con nuestros sentidos, crece, se debilita como ellos ¡Ay! perecerá igualmente 1S. No basta que un sabio estudie la naturaleza y la verdad; debe atreverse a decirla en favor del pequeño número de los que quieren y pueden pensar; pues a todos los que son voluntariamente escla­ vos de los prejuicios les es tan imposible alcanzar la verdad, como a las ranas volar. Reduzco a dos los sistemas de los filósofos sobre el alma del hombre. El primero y el más antiguo es el sistema del materialismo; el segundo es el del espiritualismo. Los metafísicos, que han insinuado que la materia bien podría tener la facultad de pensar, no han deshonrado su razón. ¿Por qué? Tienen una ventaja (pues ésta es una), en haberse expresado mal. En efecto, preguntar si la materia puede pensar, sin considerarla de otro modo que en sí misma, es preguntar si la materia puede marcar las horas. Se ve de antemano que evitaremos este escollo, con el que Mr. Locke ha tenido la desdicha de tropezar. Los leibnicianos, con sus mónadas, han construido una hipó­ tesis ininteligible. Más bien han espiritualizado la materia, en lugar

de materializar el alma. ¿Cómo se puede definir un ser, cuya natu­ raleza no es absolutamente desconocida? Descartes, y todos los cartesianos, entre los cuales se incluyó hace mucho tiempo a los mallebranchistas, han cometido la misma falta. Han admitido dos sustancias distintas en el hombre, como si las hubieran visto y contado. Los más sabios han dicho que el alma sólo podía conocerse a través de las luchas de la fe: sin embargo, en calidad de seres razonables, han creído poder reservarse el derecho de examinar lo que la escritura ha querido decir con la palabra Espíritu, de la cual se sirve al hablar del alma humana; y si en sus investigaciones, no están de acuerdo sobre este punto con los teólogos, ¿acaso lo están éstos más entre sí sobre todos los demás? He aquí en pocas palabras el resultado de todas sus reflexiones. Si existe un Dios, tan autor es de la naturaleza, como de la revelación; nos ha dado la una para explicar la otra; y la razón para conciliar ambas. Desconfiar de los conocimientos que se pueden extraer de los cuerpos animados, es considerar a la naturaleza y la revelación, como dos contrarios que se destruyen; y, por consiguiente, es atreverse a sqstener esta absurdidad: que Dios se contradice en sus diversas obras, y nos engaña. Si existe una revelación, ésta no puede desmentir la naturaleza. Por la naturaleza sola, se puede descubrir el sentido de las palabras del Evangelio, cuyo verdadero intérprete es únicamente la expe­ riencia. En efecto, los otros comentaristas, hasta aquí, no han hecho más que enturbiar la verdad. Vamos a apreciarlo a través del autor del Espectáculo d e la N aturaleza19. «Es sorprendente, dice a propó­ sito Mr. Locke, que un hombre, que degrada nuestra alma hasta creerla un alma de barro, se atreva a establecer la razón como juez y árbitro supremo de los misterios de la fe; pues, agrega, ¿qué idea asombrosa se tendría del cristianismo, si se quisiera seguir a la razón?». Además de que estas reflexiones no aclaren nada en relación a la fe, constituyen tan frívolas objeciones contra el método de quienes creen poder interpretar los Libros Santos, que casi me aver­ güenza perder el tiempo en refutarlas. l.° La excelencia de la razón no depende de una gran palabra carente de sentido (la inm aterialidad); sino de su fuerza, de su magnitud, o de su clarividencia. Así, un alma d e barro que descu­ briera, y como de ojeada, las relaciones y las consecuencias de una infinidad de ideas, difíciles de captar, evidentemente sería prefe­

rible a un alma necia y estúpida, que estuviera compuesta de los elementos más preciosos. No es ser filósofo, enrojecer con Plinio 20 por la miseria de nuestro origen. Lo que parecía vil, es aquí la cosa más preciosa, y por la que la naturaleza parece haber puesto más arte y más ingenio. Pero así como el hombre, aun cuando viniera de una fuente todavía más vil en apariencia, no dejaría de ser el más perfecto de todos los seres; cualquiera que sea el origen de su alma, si es pura, noble, sublime, es un alma bella, que hace digno de respeto a quien quiera que esté dotado de ella. La segunda manera de razonar de Mr. Pluche, me parece viciosa, incluso en su sistema, que es un poco producto del fanatismo; pues si tenemos una idea de la fe, que sea contraria a los principios más claros y a las verdades más indiscutibles, es preciso creer, en honor de la revelación y de su autor, que esta idea es falsa; y que no conocemos aún el sentido de las palabras del Evangelio. Una de las dos cosas; o todo es ilusión, tanto la misma natu­ raleza como la revelación: o sólo la experiencia puede dar razón de la fe. Pero ¿hay alguien más ridículo al respecto que nuestro autor? Imagino escuchar a un peripatético, que dijera: «No se debe creer en la experiencia de Torricelli21: pues si la creyéramos, si fuéramos a prescribir el horror al vacío, ¿qué extraña filosofía tendríamos?». He hecho observar cuán vicioso es el razonamiento de Mr. Plu­ che 1 con el fin de probar en primer lugar, que si hay una revela­ ción, ésta no se demuestra suficientemente por la sola autoridad de la Iglesia, y sin ningún examen de la razón, como pretenden todos cuantos la temen. En segundo lugar, para poner al abrigo de todo ataque el método de quienes quisieran seguir la vía que les abro, para interpretar las cosas sobrenaturales, incomprensibles en sí, mediante las luces que cada uno ha recibido de la naturaleza. La experiencia y la observación son pues las únicas que deben guiarnos aquí. Son innumerables en los fastos de los médicos, que han sido filósofos, pero no en los filósofos que no han sido mé­ dicos. Aquéllos han recorrido e iluminado el laberinto del hombre; sólo ellos nos han revelado estos resortes ocultos bajo envolturas, que sustraen a nuestros ojos tantas maravillas. Sólo ellos, contem­ plando tranquilamente nuestra alma, la han sorprendido mil veces en su miseria y en su grandeza, sin despreciarla en un caso más de lo que la admiraban en otro. Una vez más, he ahí los únicos físicos que tienen derecho a hablar aquí. ¿Qué nos dirían los demás, y sobre todo los teólogos? ¿No es ridículo oírlos pronunciarse sin 1 Peca evidentemente por una petición de principio.

pudor, sobre un tema que no han tenido oportunidad de conocer, del que por el contrario han sido completamente apartados por os­ curos estudios, que los han inducido a mil prejuicios, y por decirlo todo en una palabra, al fanatismo, que aumenta todavía más su ignorancia respecto al funcionamiento de los cuerpos? Pero, aunque hayamos escogido los mejores guías, seguiremos encontrando muchas espinas y obstáculos en este camino. E l hombre es una máquina tan compleja, que en un principio es imposible hacerse una idea clara de ella, y, por consiguiente, definirla. Con lo cual todas las investigaciones que los mayores filósofos han hecho a priori, es decir, queriendo servirse de algún modo de las alas del espíritu, han sido vanas. Así, sólo a posteriori, o tratando de discernir el alma, como a través de los órganos del cuerpo, se puede, no digo descubrir con evidencia la naturaleza misma del hombre, pero sí alcanza el mayor grado de probabilidad posible a este respecto. Tomemos pues el bastón de la experiencia 22, y abandonemos la historia de todas las vanas opiniones de los filósofos. Ser ciego, y creer poder prescindir de este bastón, es el colmo de la ceguera. ¡Cuánta razón tiene un moderno 23 al decir que sólo la vanidad no extrae de las causas segundas el mismo partido que de las primeras! Se puede e incluso se debe admirar a todos estos bellos genios en sus trabajos más inútiles; los Descartes, los Mallebranches, los Leibnizs, los W olffs, y otros, pero, os lo ruego, ¿qué fruto se ha obtenido de sus profundas meditaciones y de todas sus obras? Em­ pecemos pues, y veamos, no lo que se ha pensado, sino lo que es preciso pensar para la tranquilidad de la vida. Tantos temperamentos, como espíritus, caracteres y costumbres diferentes. El mismo Galeno24 ha conocido esta verdad, que Des­ cartes ha llevado lejos, hasta decir que sólo la medicina podía cam­ biar los espíritus y las costumbres con el cuerpo. Es cierto que la melancolía, la bilis, la flema, la sangre, etc., según la naturaleza, la abundancia y la diversa combinación de los humores, hacen de cada hombre un hombre diferente. En las enfermedades, el alma tan pronto se eclipsa y no muestra ningún signo de sí misma; tan pronto se diría que es doble, por lo que el furor la transporta; tan pronto la imbecilidad, y la conva­ lecencia de un necio da un hombre de talento. Tan pronto el mayor genio, convertido en un estúpido, no puede reconocerse más. ¡Adiós a todos estos bellos conocimientos adquiridos con tantos esfuerzos, y con tanto pesar! Aquí un paralítico pregunta si su pierna está en la cama: allí

un soldado cree tener el brazo que se le ha amputado. La memoria de sus antiguas sensaciones, y del lugar al que su alma las refería, forja su ilusión y su especie de delirio. Basta hablarle de esta parte que le falta, para recordársela y hacerle sentir todos los movimien­ tos; lo que se hace con no sé qué desagrado de la imaginación imposible de expresar. Este llora como un niño ante la proximidad de la muerte, mien­ tras aquél se burla. ¿Qué hacía falta a Cano Ju lio 25, a Séneca26, a Petronio27, para cambiar su intrepidez en pusilanimidad, o en co­ bardía? Una obstrucción en el bazo, en el hígado, un obstáculo en la vena porta. ¿Por qué? Porque la imaginación se atasca con las visceras; y de allí nacen todos estos fenómenos singulares de la afección histérica e hipocondríaca. ¿Qué podría decir yo de nuevo sobre los que imaginan trans­ formarse en duendes, en gallos, en vampiros, y que creen que los muertos los succionan? ¿Para qué detenerme en aquellos que creen su nariz y otros miembros de cristal, y a los que debe aconsejarse dormir sobre paja por temor a que se rompan; a fin de que reco­ bren el uso y su verdadera carne, cuando al incendiar la paja, se les hace temer ser quemados: terror que a veces ha curado la parálisis? No debo insistir en cosas conocidas por todo el mundo. No me extenderé más en cuanto al detalle de los efectos del sueño. ¡Mirad a este soldado fatigado! ¡Ronca en la trinchera, pese al ruido de cien cañones! Su alma no oye nada. Su sueño es una perfecta apoplejía. Si una bomba lo aplasta, quizá sentirá menos el golpe que un insecto bajo el pie. Por otra parte, este hombre a quien devoran los celos, el odio, la avaricia o la ambición, no puede encontrar reposo alguno. El lugar más tranquilo, las bebidas más frescas y más sedantes, todo es inútil para quien no ha liberado su corazón del tormento de las pasiones. El alma y el cuerpo se duermen juntos. A medida que el movi­ miento de la sangre se sosiega, un dulce sentimiento de paz y de tranquilidad se difunde por toda la máquina; el alma nota cómo se vuelve más pesada con los párpados y cómo se debilita con las fibras del cerebro: de este modo se torna poco a poco casi paralí­ tica, con todos los músculos del cuerpo. Estos ya no pueden llevar el peso de la cabeza; aquélla ya no puede sostener el fardo del pensamiento; durante el sueño, está como si no existiera. ¿Se acelera la circulación demasiado? El alma no puede dormir. ¿Se encuentra el alma demasiado agitada? La sangre no puede so­ segarse; galopa por las venas con un ruido audible: tales son las dos causas recíprocas del insomnio. Un solo susto en sueños hace

latir el corazón a golpes redoblados, y nos priva de la necesidad, o de la dulzura del reposo, al igual que un vivo dolor o necesidades urgentes. En fin, como el solo cese de las funciones del alma pro­ cura el sueño, hay, incluso durante la vigilia (que no es entonces sino una semi-vigilia), cierta especie de pequeños sueños del alma muy frecuentes, sueños a la suiza, los cuales prueban que el alma no espera siempre al cuerpo para dormir; pues si de hecho no duerme, ¡qué poco le falta! ya que le es imposible situar un solo objeto al que ella haya prestado alguna atención en medio de esta multitud innumerable de ideas confusas, que en forma de nubes llenan, por así decir, la atmósfera de nuestro cerebro. El opio tiene demasiada relación con el sueño que procura, como para no concederle aquí un lugar. Este remedio embriaga, lo mismo que el vino, el café, etc., cada cual a su modo, y según su dosis. Hace al hombre dichoso en un estado que parecería deber ser la tumbra del sentimiento, como es la imagen de la muerte. ¡Qué dulce letargo! El alma no quisiera salir nunca de él. Se ha­ llaba sujeta a los mayores dolores; ya no siente más que el único placer de no sufrir, y gozar de la más encantandora tranquilidad. El opio cambia hasta la voluntad; obliga al alma que quería velar y divertirse, a meterse en cama a su pesar. Paso por alto la historia de los venenos. Al azotar la imaginación, el café, este antídoto del vino, disipa nuestras migrañas y nuestros pesares, sin otros efectos, como aquel licor, para el día siguiente. Contemplemos el alma en sus demás necesidades. El cuerpo humano es una máquina que compone por sí misma sus resortes, viva imagen del movimiento perpetuo. Los alimentos sostienen lo que la fiebre excita. Sin ellos el alma languidece, presa del furor, y muere abatida. Es una bujía cuya luz se reanima, en el momento de extinguirse. Pero, nutrid el cuerpo, verted en sus tubos jugos vigorosos, licores fuertes; entonces el alma, generosa como éstos, se arma de un altivo coraje y el soldado a quien el agua hace huir, volviéndose feroz, corre alegremente a la muerte al son de los tambores. Así es como el agua caliente agita la sangre, que el agua fría habría sosegado. ¡Qué poder el de una comida! La alegría renace en un corazón triste; se introduce en el alma de los comensales, los cuales a su vez expresan por medio de amables canciones, en las que sobre­ salen los franceses. Sólo el melancólico se encuentra molesto y el hombre de estudio ya no está allí en su lugar. La carne cruda torna feroces a los animales; también los hom­

bres lo serían con el mismo alimento. Esta ferocidad produce en el alma el orgullo, el odio, el desprecio de las demás naciones, la indocilidad y otros sentimientos, que depravan el carácter, tal como unos alimentos groseros hacen un espíritu pesado y espeso, cuyos atributos favoritos son la pereza y la indolencia. Pope ha conocido bien todo el imperio de la glotonería, cuando dice. «El grave Cacio habla siempre de virtud, y cree que, quien soporta a los viciosos, vicioso también es él. Estos hermosos senti­ mientos duran hasta la hora de la cena. Entonces prefiere a un malvado que tenga una mesa exquisita a un santo frugal» 28. «Considerad, dice en otra parte, al mismo hombre sano o en­ fermo; poseyendo un buen empleo, o habiéndolo perdido; le veréis amar la vida o detestarla, loco en la cacería, ebrio en una asamblea provincial, educado en el baile, buen amigo en la ciudad, sin fe en la Corte». Hubo en Suiza un gobernador, llamado Mr. Steiguer de Wittíghofen, que en ayunas era el juez más íntegro e indulgente, pero ¡pobre del miserable que se hallara en el banquillo, cuando había hecho una gran comida! Era hombre tan capaz de hacer colgar al inocente como al culpable. Pensamos e incluso somos personas honradas, al igual que somos alegres o valientes; todo depende de la manera en que está montada nuestra máquina. En ciertas ocasiones se diría que el alma habita en el estómago, y que Van Helmont * , al colocar su sede en el píloro, no se habría equivocado de no tomar la parte por el todo. ¡A qué excesos puede inducirnos el hambre cruel! No hay res­ peto para las entrañas a las que se debe o se ha dado la vida; se las desgarra a bocados, se celebran con ellas horribles festines, y en los arrebatos de ese furor, el más débil siempre es la presa del más fuerte. E l embarazo, este émulo deseado de la palidez, no se contenta con llevar tras de sí los gustos depravados que acompañan estos dos estados: algunas veces ha hecho ejecutar al alma las conjura­ ciones más espantosas, efectos de una manía súbita, que ahoga hasta la ley natural. Así es como el cerebro, esta matriz del espíritu, se pervierte a su manera con la del cuerpo. ¡Qué otro furor de hombre o mujer, el de aquellos que per­ siguen la continencia y la salud! Es poco para esta niña tímida y modesta haber perdido toda vergüenza y todo pudor; ya no mira el incesto, sino como una mujer galante mira el adulterio. Si sus necesidades no encuentran alivio rápido, no se limitarán a los sim-

pies accidentes de una pasión uterina, ni a la manía, etc. Esta des­ dichada morirá de un mal, para el que existen tantos médicos. Bastan los ojos para ver la influencia necesaria de la edad sobre la razón. El alma sigue los progresos del cuerpo, así como los de la educación. En el sexo bello, el alma sigue además la delicadeza del temperamento: de ahí esta ternura, este afecto, estos vivos sen­ timientos, fundados más bien en la pasión que en la razón; estos prejuicios, estas supersticiones, cuya fuerte impronta apenas puede borrarse, etc. El hombre, por el contrario, cuyo cerebro y nervios participan de la firmeza de todos los sólidos, tiene el espíritu, al igual que los rasgos de la cara más nerviosos, y su educación, de la cual carecen las mujeres, agrega además nuevos grados de fuerza a su alma. Con tal asistencia de la naturaleza y del arte, ¿cómo no iba a ser más agradecido, más generoso, más constante en la amistad, más firme en la adversidad, etc.? Pero, siguiendo de cerca el pensa­ miento del autor de las Cartas sobre las F ision om ías10, quien reúne las gracias del espíritu y del cuerpo en casi todos los sentimientos del corazón que son más tiernos y más delicados, no debe envi­ diarnos una doble fuerza, que no parece haber sido dada al hombre sino para mejor impregnarse de los encantos de la belleza, y en lo que respecta a una de él, para servir mejor a sus placeres en lo que respecta a otra. No es preciso ser tan gran fisonomista como este autor, para adivinar la cualidad del espíritu, por la figura o la forma de los rasgos, cuando éstos se hallan marcados hasta cierto punto; como no lo es ser un gran médico, para conocer un mal acompañado de todos sus síntomas evidentes. Examinad los retratos de Locke, de Steele 31, de Boerhaave, de Maupertuis, etc., no os asombraréis por hallarles fisionomías fuertes ni ojos de águila. Recorred infinidad de otros, siempre distinguiréis lo bello del gran genio, e incluso al hombre honesto del bribón. La historia nos ofrece un ejemplo memorable de la importancia del aspecto. El famoso duque de Guisa estaba tan convencido de que Enrique I I I , por haberlo tenido muchas veces en su poder, no se atrevería jamás a asesinarlo, que partió para Blois. El canciller Chiverni, al enterarse de su partida, exclamó: Es hom bre perdido. Cuando su fatal predicción quedó justificada por los acontecimien­ tos, se le preguntó el motivo. H ace veinte años, dijo, q u e ,conozco al R ey; es d e natural bondadoso e incluso d éb il; pero h e observado que la m enor cosa le im pacienta y le enfurece, cuando hace frío. Tal pueblo tiene el espíritu pesado y estúpido; tal otro lo tiene vivo, ligero y penetrante. ¿De dónde proviene esto, sí no es en

parte de la nutrición que toma, de la simiente de sus padres n, y de este caos de elementos diversos que nadan en la inmensidad del aire? E l espíritu al igual que el cuerpo padece sus enfermedades epidémicas y su escorbuto. El imperio del clima es tal, que un hombre al pasar de uno a otro, se resiente a pesar suyo de este cambio. Es como una planta ambulante, que se ha transplantado por sí sola, y si el clima no es el mismo, es justo que degenere o mejore. Se adquiere todo, además, de aquellos con quienes se vive, sus gestos, el acento, etc., al igual que el párpado se baja ante la ame­ naza del golpe previsto, o por la misma razón que el cuerpo del espectador imita maquinalmente, y a pesar suyo, todos los movi­ mientos de un buen pantomimo. Lo que acabo de decir demuestra que la mejor compañía para un hombre de talento, es la suya propia, de no encontrar una semejante a él. El talento se enmohece junto a aquellos que no tienen, por no ejercerse, al igual que en el juego de pelota, se devuelve mal la pelota a quien la echa mal. Preferiría un hombre inteligente, que no hubiera recibido ninguna educación, a otro que hubiera recibido una mala, con tal de que todavía fuera bastante joven. Un espíritu mal guiado, es un actor que la provincia ha echado a perder. Los diversos estados del alma son pues siempre correlativos a los del cuerpo. Pero para demostrar mejor toda esta dependencia y sus causas, sirvámonos aquí de la anatomía comparada. Abramos las entrañas del hombre y de los animales. ¡Cómo conocer la natu­ raleza humana, sin estar instruido mediante un paralelismo adecuado de la estructura de unos y otros! Por lo general, la forma y la composición del cerebro de los cuadrúpedos es aproximadamente la misma que la del hombre. La misma figura, la misma disposición en todo, con la diferencia esen­ cial de que el hombre es, entre todos los animales, el que tiene más cerebro y el cerebro más sinuoso en relación a la masa de su cuerpo. Seguidamente, el mono, el castor, el elefante, el perro, el zorro, el gato, etc., son los animales que se parecen más al hombre, pues en ellos se observa también la misma analogía graduada, con respecto al cuerpo calloso, en el que Lancisi32 había situado el asiento del alma antes que el difunto M. de la Peyronie 33, el cual no obstante ilustró esta opinión con multitud de ejemplos. Después de todos los cuadrúpedos, las aves son las que tienen 11 La historia de los animales y de los hombres prueba el imperio de la simiente de los padres sobre el espíritu y el cuerpo de los hijos.

más cerebro. Los peces tienen la cabeza grande, pero vacía de sen­ tidos como la de muchos hombres. No tienen cuerpo calloso, y muy poco cerebro, el cual falta a los insectos. No me extenderé en más detalles sobre las variedades de la Na­ turaleza, ni en conjeturas, pues unas y otras son infinitas, como puede juzgarse leyendo simplemente los Tratados de W illis34 De C erebro y d e Anima Brutorum, Sólo concluiré lo que se deduce claramente de estas observaciones indiscutibles: 1.°, que cuanto más feroces son los animales, menos cerebro tienen; 2.°, que esta viscera parece agrandarse de algún modo, en proporción a su docilidad; 3.°, que aquí se da una sin­ gular condición impuesta eternamente por la Naturaleza, según la cual, cuanto más se gane por el lado del espíritu, más se pierde por el lado del instinto. ¿Qué es más ventajosa la pérdida o la ganancia? No creáis por lo demás que quiera pretender con ello que el mero volumen del cerebro basta para juzgar el grado de docilidad de los animales, pues es preciso también que la cualidad coincida con la cantidad, y que los sólidos y los fluidos se hallen en este equilibrio conveniente que constituye la salud. Si el imbécil no carece de cerebro, como se observa de ordinario, esta viscera pecará de una mala consistencia y de excesiva blandura, por ejemplo. Lo mismo sucede con los locos: los vicios de su cerebro no siempre se sustraen a nuestras investigaciones, pero si las causas de la imbecilidad, de la locura, etc., no son sensibles, ¿a dónde ir a buscar las de la variedad de todos los espíritus? Estas escaparían a los ojos de los linces y de los argos 35. Nada, una fibrita, algo que la anatomía más sutil no puede descubrir, habría hecho dos necios de Erasmo y Fontenelle, el cual hace él mismo esta ob­ servación en uno de sus mejores D iálog os36. Aparte de la blandura de la médula del cerebro en los niños, en los perritos y en las aves, Willis ha observado que los cuerpos estriados están borrosos y como descoloridos en todos estos ani­ males, y que sus estrías tienen una constitución tan imperfecta como en los paralíticos. Agrega, lo que es cierto, que el hombre tiene la protuberancia anular muy gruesa, siguiéndolo siempre en orden decreciente por grados el mono y los demás animales nom­ brados antes, mientras el ternero, el buey, el lobo, la oveja, el cerdo, etc., que tienen esta parte muy poco voluminosa, tienen los tubérculos trigéminos y cuadrigéminos superiores muy grandes. Resulta inútil ser discreto y reservado sobre las consecuencias que se pueden extraer de estas observaciones y de tantas otras sobre

la clase de inconstancia de los vasos y nervios, etc.: tantas varie­ dades no pueden ser juegos gratuitos de la naturaleza. Al menos prueban la necesidad de una organización buena y abundante, pues­ to que, en todo el reino animal, el alma, al fortalecerse con el cuerpo, adquiere sagacidad, a medida que éste se bace fuerte. Detengámonos a contemplar la diferente docilidad de los ani­ males. Sin duda la analogía mejor entendida lleva al espíritu a creer que las causas que hemos mencionado, producen toda la diversidad que se encuentra entre ellos, aunque sea preciso reconocer que nuestro débil entendimiento, limitado a las observaciones más gro­ seras, no pueda ver los lazos que reinan entre la causa y los efectos. Es una especie de armonía que los filósofos no conocerán nunca. Entre los animales, unos aprenden a hablar y a cantar; retienen melodías, y captan todos los tonos, con la misma precisión que un músico. Otros que no obstante demuestran más talento, como el mono, no pueden conseguirlo. ¿Por qué ocurre así, sino a causa de un defecto de los órganos de la palabra? Pero ¿es este defecto a tal punto de confirmación, que no se le pueda aplicar remedio alguno? En una palabra, ¿sería completa­ mente imposible enseñar una lengua a este animal? No lo creo. Tomaría al orangután 37 con preferencia a cualquier otro, hasta que el azar nos hiciera descubrir alguna otra especie más parecida a la nuestra, pues nada se opone a que la haya en regiones que nos son desconocidas. Este animal se nos parece tanto, que los naturalistas lo han llamado H om bre salvaje, u H om bre de los bos­ ques. Lo tomaría en las mismas condiciones de los alumnos de Ammán 3S, es decir, desearía que no fuera ni demasiado joven, ni demasiado viejo, pues los que se traen a Europa, son de ordinario demasiado mayores. Elegiría el que tuviera la fisonomía más espi­ ritual, y que mejor demostrara en mil pequeñas operaciones lo que su aspecto me hubiera prometido. Por último, no pareciéndome digno de ser su preceptor, lo ingresaría en la escuela del excelente maestro que acabo de nombrar, o de otro igualmente capaz, si lo hay. Sabéis por el libro de Ammán, y por todos aquellos111 que han vulgarizado su método, cuantos prodigios ha sabido operar sobre los sordos de nacimiento, en cuyos ojos, como él mismo lo da a entender, ha encontrado orejas, y en cuan poco tiempo, finalmente les ha enseñado a oír, a hablar, a leer y a escribir. Yo pretendo que los ojos de un sordo ven más claro y son más inteligentes que

si no lo fuera, ya que la pérdida de un miembro o de un sen­ tido, puede aumentar la fuerza o la penetración de otro. Pero el mono ve y oye, comprende lo que oye y lo que ve, y concibe tan perfectamente los signos que se le hacen, que, en cualquier juego u ejercicio, no dudo que aventajase a los discípulos de Ammán. ¿Por qué pues la educación de los monos habría de ser imposible? ¿Por qué finalmente, a fuerza de cuidados, no podría imitar, a ejem­ plo de los sordos, los movimientos necesarios para pronunciar? No me atrevo a afirmar si los órganos vocales del mono no pueden articular nada, por mucho que se haga, pero esta imposibilidad absoluta me sorprendería a causa de la gran analogía entre el mono y el hombre, y porque no hay animal conocido hasta el presente, cuyo interior y exterior se le parezcan de un modo tan asombroso. Mr. Locke, que, por cierto nunca ha sido sospechoso de credulidad, no ha opuesto dificultad en creer la historia que el Caballero Tem ple39 describe en sus Memorias, de un loro que respondía pertinentemente y había aprendido a mantener una especie de con­ versación seguida como nosotros. Sé que se ha hecho burla de esta gran metafísico IV, pero el que hubiera anunciado al Universo que hay generaciones que se reproducen sin huevos y sin mujeres, ¿habría encontrado muchos partidarios? Sin embargo, Mr. Trembley40 ha descubierto algunas que se reproducen sin acoplamiento, y por la sola división. ¿Ammán no habría pasado también por loco si, antes de realizar la feliz experiencia, se hubiera jactado de ins­ truir en tan poco tiempo a alumnos tales como los suyos? No obs­ tante, sus éxitos han asombrado al Universo, y como el autor de la historia de los Pólipos éste ha pasado de un vuelo a la inmorta­ lidad. Quien debe a su genio los milagros que opera, a mi juicio, aventaja al que debe los suyos al azar. Quien ha encontrado el arte de embellecer el más bello de los reinos y de otorgarle perfecciones que no tenía, debe ser colocado por encima de un hacedor ocioso de sistemas frívolos o de un autor laborioso de descubrimientos esté­ riles. Los de Ammán tienen un valor muy distinto: ha sacado a los hombres del instinto al que parecían condenados y les ha dado ideas, espíritu, en una palabra, el alma que jamás hubieran tenido. ¡Qué mayor poder! No limitemos los recursos de la naturaleza, porque son infinitos, sobre todo acompañados de un gran arte. La misma mecánica que abre el canal de Eustaquio en los sordos, ¿no podría destaparlo en los monos? Un ansia favorable de imitar

la pronunciación del maestro, ¿no podría poner en libertad los órganos de la palabra en animales que imitan numerosos otros signos, con tal habilidad e inteligencia? No sólo desafío a que se me cite alguna experiencia verdaderamente concluyente, que declare mi proyecto imposible y ridículo, sino que, siendo tal la semejanza de la estructura y de las operaciones del mono, no dudo casi de que, si se ejercitara perfectamente a este animal, se lograra final­ mente enseñarle a pronunciar, y por consiguiente a saber una len­ gua. Entonces dejaría de ser un hombre salvaje y un hombe fallido, sería un hombre perfecto, un hombrecito de ciudad, con tanta capa­ cidad o músculos como nosotros para pensar y aprovechar su edu­ cación. La transición de los animales al hombre no es violenta; los verdaderos filósofos lo reconocerán. ¿Qué era el hombre, antes de que se inventaran las palabras y se conocieran las lenguas? Un animal de su especie, el cual, con mucho menos instinto natural que los demás, de los que entonces no se creía rey, no se distinguía del mono y de los restantes animales más de lo que el propio mono; quiero decir, mediante una fisionomía que anunciaba mayor discer­ nimiento. Reducido al mero conocim iento intuitivo de los leibnicia­ nos, sólo veía figuras y colores, sin poder distinguir nada entre ellos; viejo o joven, niño a cualquier edad, balbuceaba sus sensa­ ciones y sus necesidades, al igual que un perro hambriento o abu­ rrido de estar quieto, pide de comer o pasearse. Las palabras, las lenguas, las leyes, las ciencias y las bellas artes llegaron, y, gracias a ellas, se pulió al fin el diamante bruto de nuestro espíritu. Se ha adiestrado a un hombre, como a un animal, se ha llegado a ser autor como mozo de cordel. Un geómetra ha aprendido a hacer las demostraciones y los cálculos más difíciles, como un mono a quitarse o ponerse su sombrerito, y a montarse sobre su dócil perro. Todo se ha hecho mediante signos, y cada especie ha comprendido lo que ha podido comprender. De esta manera han adquirido los hombres el conocim iento sim bólico, así denominado a su vez por nuestros filósofos alemanes. Como se ve, ¡nada más simple que la mecánica de nuestra educación! Todo se reduce a sonidos o a palabras que, de la boca de uno, pasan por la oreja del otro al cerebro, el cual al mismo tiem­ po recibe por los ojos la figura de los cuerpos, de los que estas palabras son los signos arbitrarios. Pero, ¿quién ha hablado primero? ¿Quién ha sido el primer preceptor del género humano? ¿Quién ha inventado los medios para aprovechar la docilidad de nuestra organización? Lo ignoro; el

nombre de estos dichosos y primeros genios se ha perdido en la noche de los tiempos. Pero el arte es el hijo de la naturaleza; ésta debió precederlo de mucho. Debe creerse que los hombres mejor organizados, aquellos por quien la naturaleza agotaría sus favores, habrán instruido a los otros. No habrán podido distinguir un ruido nuevo, por ejemplo, ni experimentar nuevas sensaciones, ni conmoverse por todos estos bellos objetos diversos que constituyen el fascinante espectáculo de la naturaleza, sin hallarse en la misma situación que aquel sordo de Chartres, cuya historia fue Fontenelle, el primero en narrarla cuando oyó por primera vez a los cuarenta años el sorprendente tañido de las campanas. ¿Sería absurdo concluir de ahí que estos primeros mortales, a la manera de aquel sordo, o a la de los animales y los mudos (otra especie de animales), trataron de expresar sus nuevos sentimientos mediante movimientos dependientes de la Economía de su imagi­ nación, y luego en consecuencia mediante sonidos espontáneos pro­ pios de cada animal, como expresión natural de su sorpresa, de su alegría, de sus transportes o de sus necesidades? Pues, sin duda, aquellos a quienes la naturaleza ha dotado de un sentimiento más exquisito, también han tenido mayor facilidad para expresarlo. He aquí cómo concibo que los hombres han empleado su senti­ miento o su instinto para tener talento, y en fin, su talento, para tener conocimientos. He aquí por qué medios, en la medida en que puedo percibirlos, uno se ha llenado el cerebro de ideas, para cuya recepción lo había formado la naturaleza. Se han ayudado respec­ tivamente, y al ampliarse poco a poco los más pequeños comienzos, todas las cosas del Universo han podido distinguirse tan fácilmente como un círculo. Al igual que una cuerda de violín, o una tecla de clavicímbano, vibra y produce un sonido, las cuerdas del cerebro impresionadas por los rayos sonoros, han sido incitadas a devolver o a repetir las palabras que las tocaban. Pero, así como la construcción de esta viscera es tal, que, en cuanto los ojos bien constituidos para la visión han recibido la pintura de los objetos, el cerebro no puede dejar de ver sus imágenes y sus diferencias; así también, cuando los signos de estas diferencias han sido marcados o grabados en el cerebro, el alma ha examinado necesariamente sus relaciones, examen al que no podía acceder sin el descubrimiento de los signos o la invención de las lenguas. En aquellos tiempos en que el Uni­ verso era casi mudo, el alma era respecto a todos los objetos, como un hombre que, sin tener la menor idea de las proporciones, con­

templase un cuadro o una escultura, y no pudiera distinguir nada; o como un niño (pues entonces el alma se hallaba en su infancia) que, teniendo en la mano cierto número de pequeñas briznas de paja o de hierba, las ve en conjunto con una mirada vaga y super­ ficial, sin poder contarlas ni distinguirlas. Pero coloqúese por ejem­ plo una especie de pabellón o estandarte en este trozo de madera que llamamos mástil, coloqúese otro en un objeto semejante, y nómbrese al primero en llegar con el signo 1 y al segundo con el signo o cifra 2. Entonces este niño podrá contarlos, y así suce­ sivamente aprenderá toda la aritmética. En cuanto una figura le parezca igual a otra por su signo numérico, concluirá sin esfuerzo que se trata de dos cuerpos diferentes: que 1 y 1 son 2, que 2 y 2 son 4 v, etc. Esta similitud real o aparente de las figuras es la base funda­ mental de todas las verdades y de todos nuestros conocimientos, entre los cuales es evidente que aquellos cuyos signos son menos simples y menos sensibles, son más difíciles de aprender que los demás, por cuanto requieren más talento para abarcar y combinar esta inmensa cantidad de palabras, mediante las cuales las ciencias de que hablo expresan las verdades de su competencia. Mientras las ciencias, que se anuncian mediante cifras u otros pequeños signos, se aprenden fácilmente, y, sin duda, esta facilidad es la que ha hecho afortunados los cálculos algebraicos, más aún que su evi­ dencia. Todo este saber, con el que el viento hincha el globo del ce­ rebro de nuestros orgullosos pedantes, sólo es pues un gran montón de palabras y de figuras, que forman en la cabeza todos los vesti­ gios, por los cuales distinguimos y recordamos los objetos. Todas nuestras ideas se despiertan, al igual que un jardinero conocedor de las plantas recuerda todas sus fases al verlas. Estas palabras y las figuras que son designadas por ellas, se hallan de tal modo unidas en el cerebro, que es bastante raro imaginarse una cosa sin el nombre o el signo que le es atribuido. Yo me sirvo siempre da la palabra imaginar, porque creo que todo se imagina, y que todas las partes del alma pueden ser justa­ mente reducidas a la sola imaginación, la cual las constituye todas; y que así el juicio, el razonamiento y la memoria sólo son partes del alma, en. modo alguno absolutas, sino verdaderas modificaciones de esta especie de tejido medular, sobre el cual los objetos pintados en el ojo se proyectan, como por una linterna mágica. v Aún hoy existen pueblos que, por falta de mayor número de signos, sólo pueden contar hasta veinte.

Pero si tal es este maravilloso e incomprensible resultado de la organización del cerebro, si todo se concibe a través de la imagina­ ción, si todo se explica a través suyo, ¿por qué escindir el principio sensitivo que piensa en el hombre? ¿No es una contradicción ma­ nifiesta en los partidarios de la simplicidad del espíritu? Pues una cosa que se escinde, ya no puede considerarse indivisible, sin caer en el absurdo. He aquí a qué conduce el abuso de las lenguas y el uso de estas grandes palabras, espiritualidad, inmaterialidad, et­ cétera, colocadas por completo al azar, sin que ni siquiera hombres de talento las entiendan. Nada más fácil que probar un sistema, fundado como éste, en el sentimiento íntimo y la experiencia propia de cada individuo. La imaginación, o esta parte fantástica del cerebro, cuya naturaleza nos es tan desconocida como su manera de actuar, ¿es naturalmente pequeña o débil? Apenas será capaz de comparar la analogía o la semejanza de sus ideas; sólo podrá ver lo que se encuentre frente a ella, o le afecte más vivamente; y aún ¡de qué modo! Pero, no deja de ser cierto que sólo la imaginación percibe, que es ella la que se representa todos los objetos con las palabras y las figuras que los caracterizan, y de que así sigue siendo ella el alma, puesto que desempeña todas sus funciones. A través suyo, mediante su pincel lisonjero, el frío esqueleto de la razón toma carnes vivas y rojas. A través suyo, las ciencias florecen, las artes se embellecen, los bosques hablan, los ecos suspiran, las rocas lloran, el mármol respira, todo cobra vida entre los cuerpos inanimados. Ella es también quien agrega a la ternura de un corazón enamorado el excitante atractivo de la voluptuosidad. Ella lo hace germinar en el gabinete del filósofo y del pedante polvoriento; en fin, ora forma a los sabios, como a los oradores y a los poetas. Neciamente difa­ mada por unos, en vano exaltada por otros, mal conocida por todos, no sólo marcha en pos de las gracias y de las bellas artes y no sólo pinta la naturaleza, sino que también puede medirla. Razona, juzga, penetra, compara, profundiza. ¿Podría sentir tan bien las bellezas de los cuadros que se le trazan, sin descubrir las relaciones entre ellos? No; así como no puede replegarse sobre los placeres de los sentidos, sin gozar de toda su perfección o su voluptuosidad, tampoco puede reflexionar sobre lo que ella ha concebido mecá­ nicamente, sin ser entonces el juicio mismo. Cuanto más se ejerce la imaginación o el menor talento, mayor robustez alcanza, por así decir; más se agranda, se vuelve nervioso, robusto, vasto y capaz de pensar. La mejor organización tiene necesidad de este ejercicio.

La organización es el primer mérito del hombre; en vano todos los que escriben sobre la moral dejan de poner en el rango de las cualidades dignas de estima, aquéllas que se obtienen de la natu­ raleza, y sólo tienen en cuenta las que se adquieren a costa de reflexiones y de esfuerzos: pues, ¿de dónde nos viene, os ruego, la habilidad, la ciencia y la virtud, si no es de una disposición que nos hace capaces de llegar a ser hábiles, sabios y virtuosos? ¿Y de dónde nos viene además esta disposición, si no es de la naturaleza? Si tenemos cualidades dignas de estima es gracias a ella; le debemos todo lo que somos. ¿Por qué pues no he de apreciar tanto a los que tienen cualidades naturales, como a los que brillan por cuali­ dades adquiridas, y de algún modo prestadas? Cualquiera que sea el mérito, cualquiera que sea el lugar del que provenga, es digno de estima; sólo se trata de saber medirlo. Aunque frutos del azar, el espíritu, la belleza, las riquezas, la nobleza, todos tienen su pre­ cio, al igual que la destreza, el saber, la virtud, etc. Aquellos que la naturaleza ha colmado de sus dones más preciados deben com­ padecer a quienes les han sido rechazados. Pero pueden sentir su superioridad sin orgullo y como expertos en ello. Una mujer her­ mosa sería tan ridicula si se creyera fea, como un hombre inteli­ gente que se creyera un necio. Una modestia exagerada (defecto raro en verdad) es una especie de ingratitud para con la naturaleza. Un orgullo honesto, por el contrario, es indicio de un alma bella y grande, que revelan unos rasgos vigorosos y como moldeados por el sentimiento. Si la organización es un mérito, el primer mérito y la fuente de todos los demás, la instrucción es el segundo. Sin ella, el cerebro mejor construido lo estaría inútilmente, como el hombre mejor for­ mado, sin los usos de la buena sociedad, se reduciría a un campesino grosero. Pero asimismo, ¿cuál sería el fruto de la escuela más excelente, sin una matriz completamente abierta a la entrada o a la concepción de las ideas? Tan imposible es dar una sola idea a un hombre privado de todos los sentidos, como hacerle un hijo a una mujer, a la que la naturaleza en un caso de extrema distracción hubiera olvidado hacerle una vulva, como vi en u na41, que no tenía hendidura, ni vagina, ni matriz, y que por esta razón fue descasada tras diez años de matrimonio. Pero si el cerebro se halla bien organizado y bien instruido a la vez, es una tierra fecunda perfectamente sembrada, que produce cien veces más de lo que ha recibido. O (para abandonar el estilo figurado, a menudo necesario para expresar mejor lo que se siente y dotar de gracias a la propia verdad) si la imaginación es elevada

por el arte a la bella y rara dignidad de genio, aprehende exacta­ mente todas las relaciones de las ideas que ha concebido y abraza con facilidad una multitud sorprendente de objetos, para extraer finalmente una larga cadena de consecuencias, las cuales sólo siguen siendo nuevas relaciones, engendradas por la comparación de las primeras, con las que el alma encuentra una perfecta semejanza. Así es, a mi parecer, la generación del espíritu. Digo encuentra, como antes he aplicado el epíteto de aparente, a la similitud de los objetos: no por pensar que nuestros sentidos sean siempre en­ gañosos como ha pretendido el Padre Mallebranche, o que nuestros ojos un poco ebrios por naturaleza no vean los objetos tal como son en sí mismos, aunque los microscopios nos lo prueben todos los días, sino para evitar cualquier disputa con los pirrónicos42, entre los que Bayle43 se ha distinguido. Yo digo de la verdad en general lo que Mr. de Fontenelle dice de algunas en particular, que es preciso sacrificarla al beneplácito de la sociedad. Es propio de la dulzura de mi carácter obviar toda disputa, cuando no se trata de agudizar la conversación. Aquí, en vano los cartesianos se lanzarían a la carga con sus ideas innatas. Ciertamente, yo no me tomaría ni la cuarta parte del trabajo que se ha tomado Mr. Locke para atacar tales quimeras. ¿Qué utilidad tiene efectivamente componer un gran libro, para probar una doc­ trina que ya estaba erigida en axioma hace tres mil años? Según los principios que hemos establecido y que creemos ver­ daderos, el que tiene más imaginación debe ser considerado como el que tiene más talento o genio, pues todos estos términos son sinónimos. Por otra parte, es por un abuso vergonzoso que se cree decir cosas diferentes, cuando a las diferentes palabras o diferentes sonidos que se pronuncian, no se ha unido ninguna idea o distin­ ción real. La imaginación, cuanto más bella, más grande o más fuerte, más propicia es a las ciencias y a las artes. No diferencio si es nece­ sario más talento para sobresalir en el arte de los Aristóteles o de los Descartes, que en el de los Eurípides o los Sófocles, ni si la naturaleza ha gastado más para hacer a Newton que para formar a Comedle (de lo cual dudo mucho), pero es cierto que es la sola imaginación diversamente aplicada, la que ha forjado su distinto triunfo y su gloria inmortal. Si alguien pasa por tener poco juicio, con mucha imaginación; ello quiere decir que la imaginación demasiado abandonada a sí misma, casi siempre como ocupada mirándose en el espejo de sus sensaciones, no ha contraído bastante el hábito de examinarlas con

atención, por estar más profundamente penetrada por los vestigios o por las imágenes que por su verdad o su semejanza. Es cierto que la vivacidad de los resortes de la imaginación es tal, que si la atención, esta clave o madre de las ciencias, no interviene, apenas le es permitido recorrer y rozar los objetos. Contemplad este pájaro sobre la rama, siempre pronto a em­ prender el vuelo, pues lo mismo sucede a la imaginación. Arrebatada siempre por el torbellino de la sangre y de los espíritus, cada onda deja una huella, borrada por la que le sigue, y el alma corre detrás, con frecuencia en vano: Es preciso que se detenga a lamentar lo que no ha captado y fijado con suficiente rapidez: y así es, como la imaginación, verdadera imagen del tiempo, se destruye y se renue­ va sin cesar. Así es el caos, y la sucesión continua y rápida de nuestras ideas, las cuales se persiguen, como una ola empuja a la otra. De manera que si la imaginación no emplea, por así decir, una parte de sus músculos, para mantenerse como en equilibrio sobre las cuerdas del cerebro, para sostenerse durante un tiempo sobre un objeto huidizo, y procurar no caer sobre otro que todavía no es hora de contemplar, jamás sería digna del hermoso nombre de juicio. No dejará de expresar vivamente lo que haya sentido, pues formará a los oradores, los músicos, los pintores, los poetas, pero nunca a un solo filósofo. Por el contrario, si desde la infancia se habitúa a la imaginación a frenarse a sí misma, a no dejarse llevar por su pro­ pia impetuosidad, que sólo produce brillantes entusiastas, a detener, a contener sus ideas, a darles vuelta en todos sentidos, para ver todas las caras de un objeto, entonces la imaginación pronta a juzgar, abarcará mediante el razonamiento la mayor esfera de objetos po­ sible. Asimismo su vivacidad, siempre de tan buen augurio en los niños y a la que sólo se trata de regular a través del estudio y del ejercicio, no será ya sino una penetración clarividente, sin la cual se hacen pocos progresos en las ciencias. Esos son los simples fundamentos sobre los que se ha erigido el edificio de la lógica. La naturaleza los había echado para todo el género humano, pero unos se han aprovechado de ello, y otros han abusado. A pesar de todas estas prerrogativas del hombre sobre los ani­ males, es hacerle un honor colocarlo en la misma clase. Porque lo cierto es que, hasta determinada edad, es más animal que ellos por tener menos instinto al nacer. ¿Qué animal se moriría de hambre en medio de un río de leche? Sólo el hombre. Semejante a este niño viejo del cual habla un mo­

derno siguiendo a Arnobio, no conoce ni los alimentos que le convienen, ni que puede ahogarse en el agua, ni que el fuego puede reducirlo a cenizas. Haced brillar por vez primera la luz de una bujía ante los ojos de un niño, y éste acercará maquinalmente el dedo, como para saber qué es el nuevo fenómeno que percibe: conocerá el peligro a sus expensas, pero no volverá a repetirlo. Ponedlo a su vez junto a un animal al borde de un precipicio, y sólo él caerá, al igual que se ahoga, allí donde el otro se salva a nado. A los catorce o quince años, entrevé apenas los grandes placeres que le esperan en la reproducción de su especie; ya ado­ lescente, no sabe demasiado cómo comportarse en un juego, que la naturaleza enseña tan de prisa a los animales, y se oculta, como si fuera vergonzoso sentir placer y estar constituido para ser feliz, mientras los animales se honran de ser cínicos. Al no tener educa­ ción, carecen de prejuicios. Pero sigamos observando a este perro y a este niño que han perdido respectivamente a su amo en un gran camino: el niño llora, no sabe a qué Santo encomendarse, mientras que el perro, mejor guiado por su olfato que el otro por su razón, lo encontrará en seguida. La naturaleza nos había hecho pues para estar por debajo de los animales, o al menos, para así hacer destacar mejor los prodigios de la educación, la cual es la única en sacarnos de su nivel y ele­ varnos finalmente por encima de ellos. Pero, ¿se puede conceder la misma distinción a los sordos, a los ciegos de nacimiento, a los imbéciles, a los locos, a los hombres salvajes o que se han educado en los bosques con los animales, a aquellos cuya dolencia hipocon­ dríaca ha destruido su imaginación, en fin, a todos estos animales de aspecto humano, que sólo muestran el instinto más grosero? No, todos estos hombres más corporales que espirituales no merecen una clase particular. No tenemos intención de pasar desapercibidas las objeciones que se pueden hacer en favor de la distinción primitiva entre el hombre y los animales, contra nuestra opinión. Se dice que en el hombre hay una ley natural, un conocimiento del bien y del mal, que no ha sido grabado en el corazón de los animales. Pero, ¿se funda semejante objeción o más bien aserción, en la experiencia, sin la cual un filósofo puede rechazarlo todo? ¿Tenemos acaso alguna que nos convenza de que sólo el hombre ha sido ilu­ minado por un rayo rehusado a todos los demás animales? Si no la hay, tan imposible nos es conocer por ella lo que pasa en éstos, e incluso en los hombres, como sentir lo que afecta el interior de nuestro ser. Sabemos que pensamos, y que tenemos remordimientos,

pues un sentimiento íntimo nos obliga a admitirlo. Pero, para juzgar los remordimientos ajenos, este sentimiento que está en nosotros es insuficiente, y por eso, es necesario creer a los demás hombres por su palabra, o por los signos sensibles y exteriores que hemos observado en nosotros mismos, cuando experimentábamos la misma conciencia y los mismos tormentos. Pero, para determinar si los animales que no hablan, han reci­ bido la ley natural, hay que remitirse por consiguiente a esos signos que acabo de mencionar, en el supuesto de que existan. Los hechos parecen probarlo. El perro que ha mordido a su amo porque éste lo ha provocado, parece arrepentirse al instante; se lo ve triste, afligido, sin osar mostrarse, y reconociéndose culpable con un as­ pecto rastrero y humillado. La historia nos ofrece el célebre ejemplo de un león que no quiso desgarrar a un hombre abandonado a su furor, por reconocerlo como su bienhechor. ¡Cuánto sería de desear que el hombre mostrara siempre el mismo reconocimiento hacia los beneficios y el mismo respeto por la humanidad! Ya no habría que temer a los ingratos, ni estas guerras que son el azote del género humano y los verdaderos verdugos de la ley natural. Pero un ser a quien la naturaleza ha dado un instinto tan precoz, tan claro, que juzga, combina, razona y delibera, tanto como se extiende y le permite la esfera de su actividad; un ser que se apega por los beneficios, y que se aparta por los malos tratos para ir en busca de un amor mejor; un ser de una estructura semejante a la nuestra, que hace las mismas operaciones, que tiene las mismas pasiones, los mismos dolores, los mismos placeres, más o menos vivos, según el imperio de la imaginación y la delicadeza de los nervios; un ser así, ¿no muestra claramente que siente sus errores y los nuestros, que conoce el bien y el mal y, en una palabra, tiene conciencia de lo que hace? Su alma, que, parecida a la nuestra, es índice de las mismas alegrías, de las mismas mortificaciones y de los mismos desconciertos, ¿dejaría acaso de experimentar toda re­ pugnancia al ver a su semejante desgarrada, o tras haberla hecho pedazos él mismo despiadadamente? Establecido esto, el don pre­ cioso de que se trata, no habría sido rehusado a los animales, pues si éstos nos ofrecen signos evidentes de su arrepentimiento, así como de su inteligencia, ¿qué hay de absurdo en pensar que unos seres, unas máquinas casi tan perfectas como nosotros, estén hechas para pensar, y para sentir la naturaleza como nosotros? No se me objete que los animales son en su mayor parte seres feroces, que no son capaces de sentir los daños que causan. Pues, ¿acaso todos los hombres distinguen mejor los vicios y las virtudes?

En nuestra especie hay tanta ferocidad como en la suya. Los hom­ bres que tienen la bárbara costumbre de transgredir la ley natural, no están tan atormentados como aquellos que la transgreden por vez primera, y que la fuerza del ejemplo no ha endurecido. Sucede lo mismo con los animales que con los hombres: unos y otros pue­ den ser más o menos feroces por temperamento, y llegan a serlo más con aquéllos que lo son. Pero un animal dulce, pacífico, que vive con otros animales semejantes y de alimentos suaves, será ene­ migo de la sangre y de la carnicería, se avergonzará interiormente de haberla derramado, tal vez con la diferencia de que como ellos todo lo inmolan a las necesidades, a los placeres y a las comodidades de la vida, de la que gozan más que nosotros, sus remordimientos no parecen deber ser tan vivos como los nuestros, puesto que nos­ otros no experimentamos la misma necesidad que ellos. La costum­ bre debilita y quizá ahoga los remordimientos, así como los placeres. Pero, por un instante, quiero suponer que me equivoco, y que no es justo que casi todo el universo se halle en un error a este respecto, y que sólo yo tenga razón. Admito que los animales, incluso los más excelentes, no conocen la distinción del bien y del mal moral, que carecen de memoria para con todas las atenciones que se han tenido hacia ellos, para con el bien que se les ha hecho, y carecen de sentimiento respecto a sus propias virtudes. Admito tam­ bién que este león, por ejemplo, que he mencionado entre tantos otros, no se acuerde de no haber querido arrebatar la vida a este hombre que se dejó llevar por su furia, en un espectáculo más inhumano que todos los leones, los tigres y los osos juntos; mientras que nuestros compatriotas luchan entre sí, suizos contra suizos, her­ manos contra hermanos, se delatan y se encadenan o se matan sin remordimientos, porque un príncipe paga sus asesinatos. Si. supongo, en fin, que la ley natural no ha sido concedida a los animales, ¿cuá­ les serán las consecuencias? El hombre no está formado de un barro más precioso, pues la naturaleza no ha empleado más que una sola y misma pasta, de la que únicamente ha variado los fermentos. Si el animal no se arrepiente pues de haber violado el sentimiento inte­ rior al que me refiero, o más bien si carece absolutamente de él, es preciso que el hombre se halle en el mismo caso, con lo cual despi­ dámonos de la ley natural, y de todos estos bellos tratados que se han publicado sobre ella. Pero, recíprocamente, si el hombre no puede dejar de aceptar que siempre distingue, cuando la salud le permite gozar de sí mismo, a los que tienen probidad, humanidad, virtud, de los que no son humanos, ni virtuosos, ni honestos, y que es fácil distinguir lo que es vicio o virtud, por el único placer o

la propia repugnancia que son como sus efectos naturales, se deduce que los animales constituidos de la misma materia, a la que tal vez sólo ha faltado un grado de fermentación para igualar a los hom­ bres en todo, deben participar de las mismas prerrogativas de la animalidad, y que por lo tanto ya no existe alma o sustancia sensi­ tiva alguna sin remordimientos. La próxima reflexión hará éstas más consistentes. No se puede destruir la ley natural. Su sello es tan fuerte en todos los animales, que no dudo de que los más salvajes y los más feroces no tengan algunos momentos de arrepentimiento. Creo que la Niña Salvaje44 de Chálons en Champagne habrá sufrido la pena de su crimen, si es cierto que devoró a su hermana. Pienso lo mismo de todos aquellos que cometen crímenes, sean involuntarios o tem­ peramentales : de Gastón de Orléans 45 que no podía abstenerse de robar; de cierta mujer que fue dominada por el mismo vicio en el embarazo 46, y que sus hijos heredaron; de la que en el mismo estado devoró a su marido47; de esta otra que degollaba a sus h ijo s4S, salaba sus cuerpos, y se comía todos los días un pedazo como si fuera cochinillo salado; y de la hija de un ladrón antropó­ fago 49 que, a los doce años se volvió como el padre, pese a haber perdido a éste y a la madre a la edad de un año, y haber sido edu­ cada por gente honesta. Ni que decir tiene de tantos otros ejemplos de los que nuestros observadores abundan y que, en conjunto, prueban que hay mil vicios y virtudes hereditarias, que pasan de padres a hijos, como los de la nodriza a los que cría. Digo pues y concedo que estos desdichados, en su mayor parte, no sienten al instante la enormidad de su acción. La Bulimia, por ejemplo, o hambre canina, puede extinguir todo sentimiento, porque obliga a satisfacer una manía estomacal. Pero al volver en sí, y como saliendo de su estado de embriaguez, ¡qué remordimientos para estas mujeres que recuerdan el asesinato que han cometido con­ tra los que más amaban! ¡Qué punición por un mal involuntario, al cual no han podido resistir, del que no han tenido ninguna conciencia! Sin embargo, ello no basta a los Jueces, al parecer. Entre las mujeres de que hablo, una fue pasada por la rueda y quemada, la otra fue enterrada viva. Entiendo todo lo que exige el interés de la sociedad. Pero, sin duda, sería deseable que sólo hubiera por jueces los mejores médicos. Unicamente ellos podrían distinguir al criminal inocente del culpable. Si la razón es esclava de un sentido depravado o exasperado, ¿cómo puede gobernarlo? Pero si el crimen lleva consigo su propia punición más o menos cruel, si la costumbre más larga y bárbara no puede arrancar el

arrepentimiento de los corazones más inhumanos de ninguna ma­ nera, y si éstos se desgarran por la propia memoria de sus acciones, ¿por qué amedrentar la imaginación de los espíritus débiles con un infierno, con espectros y con precipicios de fuego, menos reales aún que los de Pascal VI? ¿Qué necesidad hay de recurrir a las fábulas, como un Papa dijo de buena fe, para torturar a los mismos desdi­ chados, a quienes se condena a muerte, por no parecer suficien­ temente castigados por su propia conciencia, que es su primer verdugo? Con ello no quiero decir que todos los criminales sean castigados injustamente; sólo pretendo que aquéllos cuya voluntad es depravada y carecen de conciencia, lo están bastante por sus remor­ dimientos, cuando vuelven en sí. Remordimientos, me atrevo todavía a decir, de los que la naturaleza, a mi juicio, habría debido librar a unos desdichados arrastrados en este caso por una fatal nece­ sidad. Los criminales, los malvados, los ingratos, aquellos en fin que no sienten la naturaleza, tiranos desdichados e indignos de la luz del día, en vano convierten su barbarie en un cruel placer; hay momen­ tos de sosiego y reflexión, en que la conciencia vengativa se rebela, testimonia contra ellos, y los condena casi a desgarrarse con sus propias manos sin cesar. Quien atormenta a los hombres, se ator­ menta a sí mismo, y los males que sienta, serán la justa medida de los que haya hecho. Por otra parte, tal es el placer en hacer el bien, en sentir y reco­ nocer al que lo recibe, y tanta es la satisfacción en practicar la virtud, ser dulce, humano, tierno, caritativo, compasivo y generoso (esta sola palabra encierra todas las demás virtudes), que doy por sufi­ cientemente castigado a cualquiera que tenga la desdicha de no haber nacido virtuoso. Originariamente no hemos sido hechos para ser sabios; quizá hemos llegado a serlo gracias a una especie de abuso de nuestras facultades orgánicas, y ello también a costa del Estado, que alimenta a una multitud de holgazanes, que la vanidad ha adornado con el nombre de filósofos. La naturaleza nos ha creado a todos única­ mente para ser felices; sí, a todos, desde el gusano que se arrastra ví En una reunión o en la mesa, siempre necesitaba a su izquierda una muralla de sillas o a alguien junto a él, para evitarle el ver Abismos espan­ tosos en los cuales creía a veces caer, por mucha conciencia que tuviera de estas ilusiones. ¡Qué efecto tan horrendo de la imaginación, o de una circu­ lación singular en un lóbulo del cerebro! Gran hombre por una parte, estaba medio loco por otra. La locura y la sabiduría tenían cada una su departamento o su lóbulo, separado por la hoz. ¿Por qué lado se adhería tanto a los señores de Port-Royal?

hasta el águila que se pierde en una nube. Por este motivo, ha dado a todos los animales alguna porción de la ley natural, porción más o menos exquisita, según admiten los órganos bien condicionados de cada animal. ¿Cómo definiríamos en el presente la ley natural? Es un senti­ miento que nos enseña lo que no debemos hacer, porque no qui­ siéramos que se nos hiciera a nosotros. Me atrevería a agregar a esta idea común, que este sentimiento, a mi parecer, sólo es una especie de temor o de horror, tan saludable a la especie como al individuo. Pues tal vez no respetemos la bolsa y la vida de los otros, más que para conservar nuestros bienes, nuestro honor y con­ servarnos a nosotros mismos, semejantes a estos Ixion es d el Cris­ tianismo 50 que sólo aman a Dios y abrazan tantas virtudes quiméricas, por temor al infierno. Ya veis que la ley natural no es más que un sentimiento íntimo, el cual pertenece también a la imaginación como todos los demás, entre los que se incluye el pensamiento. Por consiguiente, no supone evidentemente ni educación, ni revelación, ni legislador, a menos que no se la quiera confundir con las leyes civiles, al modo ridículo de los teólogos. Las armas del fanatismo pueden destruir a los que sostienen estas verdades, pero jamás lograrán destruir estas verdades en tanto que tales. No se trata de cjue yo ponga en duda la existencia de un ser supremo, sino al contrario, me parece que el mayor grado de proba­ bilidad está en su favor. Pero como esta existencia no prueba más la necesidad de un culto que la de cualquier otro, es una verdad teóri­ ca, que apenas tiene aplicación en la práctica. De modo que, como puede decirse a propósito de tantas experiencias que la religión no supone la probidad exacta, las mismas razones autorizan a pensar que el ateísmo no la excluye. ¿Quién sabe, por lo demás, si la razón de la existencia del hom­ bre no se encontrará en su propia existencia? Tal vez ha sido arro­ jado al azar sobre un punto de la superficie de la Tierra, sin que pueda saberse cómo, ni por qué, sino únicamente que debe vivir y morir, semejante a estos champiñones, que aparecen de un día para otro, o a estas flores que bordean las zanjas y cubren los muros. No nos perdamos en el infinito, no estamos hechos para tener la menor idea de él, pues nos es absolutamente imposible remon­ tarnos al origen de las cosas. Por lo demás, para nuestra tranqui­ lidad igual da que la materia sea eterna o que haya sido creada, y

que exista un Dios o no exista. Qué locura atormentarse tanto por lo que no podemos conocer, ni nos haría más felices, de con­ seguirlo. Pero se dice, leed todas las obras de los Fenelon51, de los Nieuwentyt52, de los AbadieS3, de los Derham 54, de los Ra'fs55, et­ cétera. ¡Y bien! ¿Qué me enseñarán? o mejor, ¿que me han enseñado? Sólo son enojosas repeticiones de escritores celosos, sin que uno agregue al otro sino palabrería, más propicia para fortalecer que para corroer los fundamentos del ateísmo. El volumen de las pruebas que se extraen del espectáculo de la naturaleza, no le dan más fuerza. La sola estructura de un dedo, de una oreja, de un ojo, y una observación de Malpighi 56, lo prueban todo, y sin duda mucho mejor que Descartes y Mallebranche, o todo lo demás no prueba nada. Los deístas, y los mismos cristianos deberían pues contentarse con hacer observar que en todo el reino animal, los mismos fines son ejecutados a través de una infinidad de medios diversos, aunque todos exactamente geométricos. Pues ¿con qué armas más poderosas se podría combatir a los ateos? Es cierto que si mi razón no me engaña, el hombre y todo el universo parecen haber sido destinados a esta unidad de fines. E l sol, el aire, el agua, la organización, la forma de los cuerpos, todo se proyecta en el ojo como en un espejo que presenta fielmente a la imaginación los objetos que se pintan en él, según las leyes que exige esta infi­ nita variedad de cuerpos que sirven a la visión. En la oreja, encon­ tramos por doquier una diversidad sorprendente de ellos, sin que esta compleja fábrica del hombre, de los animales y de los peces, produzca usos diferentes. Todas las orejas se hallan tan matemáti­ camente constituidas, que tienden por un igual a un solo y mismo fin, que es oír. El deísta pregunta si el azar es suficientemente gran geómetra, para variar así a su antojo las obras de que se le supone autor, sin que tanta diversidad pudiera impedirle alcanzar el mismo fin. Pone además como objeción estas partes evidentemente conte­ nidas en el animal para futuros usos: la mariposa en la oruga, el hombre en el espermatozoide, el pólipo entero en cada una de sus partes, la válvula en el agujero oval, el pulmón en el feto, los dientes en su alveolos, los huesos en los fluidos, que se separan de ellos endureciéndose de una manera incomprensible. Y como los partidarios de este sistema, lejos de descuidar nada para hacerlo valer, no se cansan jamás de acumular pruebas y más pruebas, quie­ ren sacar provecho de todo, en ciertos casos incluso de la debilidad del espíritu. ¡Contemplad, dicen, a los Spinoza, los V anini57, los Desbarreaux5S, los Boindin59, apóstoles que hacen más honor que

daño al deísmo! La duración de la salud de estos últimos ha sido la medida de su incredulidad, y, en efecto, es raro, agregan, que no se abjure del ateísmo, en cuanto las pasiones se han debilitado con el cuerpo, que es su instrumento. Ciertamente, eso es lo más favorable que se puede decir acerca de la existencia de un dios, aunque el último argumento sea frívolo, ya que estas conversiones son breves, en la medida en que el espíritu retoma casi siempre sus antiguas opiniones, y actúa en consecuencia, tan pronto recobra o más bien reencuentra sus fuerzas en las del cuerpo. Esto también es mucho más de lo que dice el médico Diderot en sus P ensées P h ilosop h iqu es60, obra sublime que no con­ vencerá a un ateo. En efecto, qué responder a un hombre que dice: «Nosotros no conocemos la naturaleza: unas causas ocultas en su seno podrían haberlo producido todo. ¡Observad al mismo tiempo el pólipo de Trembley ! 61. ¿No contiene en sí las causas que dan lugar a su regeneración? ¿Qué habría de absurdo en pensar que existen causas físicas por las cuales todo ha sido hecho, y a las que toda la cadena de este vasto universo se halla tan necesariamente ligada y sujeta, que nada de lo que acontece podría dejar de suceder? Me refiero a causas, cuya ignorancia absolutamente invencible nos ha hecho recurrir a un Dios, que no es siquiera un Ser razonable, según algunos. Así, destruir el azar, no es demostrar la existencia de un ser supremo, puesto que puede haber otra cosa que no sea el azar ni Dios, quiero decir la naturaleza, cuyo estudio por consi­ guiente sólo puede aumentar el número de incrédulos, como lo prueba el modo de pensar de sus más dichosos escrutadores». El peso del universo no hace vacilar a un verdadero ateo, y lejos está de aplastarlo. Todos estos indicios de un Creador, que se repi­ ten miles de veces y que se sitúan muy por encima de la manera de pensar de nuestros semejantes, no resultan evidentes — por mucho que se profundice este argumento— más que para los anti-pirronicos o para aquellos que tienen suficiente confianza en su razón, como para creer poder juzgar sobre ciertas apariencias, a las cuales, como veis, los ateos pueden oponer otras, quizá igual de poderosas y ab­ solutamente contrarias. Pues si seguimos escuchando a los natu­ ralistas, nos dirán que las mismas causas que, en las manos de un químico y debido a diversas combinaciones azarosas, han hecho el primer espejo, en las de la naturaleza han producido el agua pura, que sirve a la sencilla pastora, que el movimiento que con­ serva el mundo, ha podido crearlo; que cada cuerpo ha tomado el lugar que la naturaleza le ha asignado; que el aire ha debido rodear la tierra, por la misma razón que el hierro y los otros metales

son obra de sus entrañas; que el sol es un producto tan natural como la electricidad; que aquél no ha sido hecho para calentar la Tierra, y todos sus habitantes, a quienes algunas veces quema, así como tampoco la lluvia para hacer germinar los granos que con frecuencia destruye; que el espejo y el agua no han sido hechos para que uno pueda mirarse en ellos, como tampoco todos los demás cuerpos resplandecientes que tienen la misma propiedad; que el ojo, en realidad, es una especie de entrepaño en el cual puede el alma contemplar la imagen de los objetos, tal como le son repre­ sentados por estos cuerpos, aunque no se ha demostrado que este órgano realmente haya sido hecho a propósito para esta contem­ plación, ni se haya situado a propósito en la órbita: que, en fin, bien podría ser que Lucrecio, el médico Lamy 62, y todos los epicúreos antiguos y modernos, tuvieran razón, cuando suponen que el ojo sólo ve por cuanto se halla organizado, y situado tal como está, porque una vez establecidas las mismas reglas de movimiento que sigue la naturaleza en la generación y el desarrollo de los cuerpos, no sería posible que este maravilloso órgano estuviera situado y organizado de distinta manera. Esos son los pros y contras, así como el resumen de las grandes razones que compartirán los filósofos eternamente. Yo, no tomo ningún partido.

Non nostrum inter vos tantas com ponere lites (*). Es lo que le decía a un francés amigo mío, pirrónico tan sincero como yo, hombre de mucho mérito y digno de mejor suerte. A este respecto me dio una respuesta muy singular. Es verdad, me dijo, que los pros y contras no deben inquietar el alma de un filósofo, el cual ve que nada está demostrado con suficiente claridad para forzar su consentimiento, e incluso que los indicios que aparecen por un lado, son inmediatamente destruidos por los que se presentan en el otro. Sin embargo, prosiguió, el universo nunca será dichoso, a menos que sea ateo. He aquí, cuáles eran las razones de este hombre abominable. Si el ateísmo, decía, estuviera ampliamente difundido, todas las ramas de la religión serían entonces destruidas y cortadas de raíz. ¡No más guerras teológicas, ni más soldados de la religión, esos soldados terribles! La naturaleza infectada de un veneno sa­ grado, recobraría sus derechos y su pureza. Sordos a toda otra voz, (*)

No es asunto mío dirimir tamaña contienda entre vosotros.

los mortales tranquilos sólo seguirían los consejos espontáneos de su propio individuo, los únicos que no se desprecia impúnemente, y los únicos que pueden conducirnos a la felicidad por los agradables senderos de la virtud. Esta es la ley natural: quienquiera que sea un observador rígido, es un hombre honesto y merece la confianza de todo el género humano. Quienquiera que no la siga escrupulosamente, pormás que parezca guardar preceptos de otra religión, es un picarooun hipócrita del que desconfío. Después de esto, ¡que un pueblo vano piense de distinto modo! ¡Que éste ose afirmar que atañe a la misma probidad, no creer en la Revelación, y que, en una palabra, es necesaria otra religión que no sea la natural, cualquiera que ésta sea! ¡Qué miseria! ¡Qué lástima! ¡Qué buena opinión nos brinda cada cual sobre la que ha abrazado! No solicitamos aquí el sufragio del vulgo. Quien erige en su corazón altares a la superstición, ha nacido para adorar a los ídolos, y no para sentir lavirtud. Pero, puesto que todas las facultades del almadependen a tal punto de la propia organización del cerebro y de todo el cuerpo, éstas visiblemente son esta organización misma. ¡He aquí una máquina bien ilustrada! Pues incluso si sólo el hombre hubiera recibido como herencia la ley natural, ¿sería por ello menos má­ quina? Unas ruedas, algunos resortes más que en los animales más perfectos, el cerebro proporcionalmente más cercano al corazón y recibiendo también más sangre, por la misma razón, en fin qué sé yo, unas causas desconocidas producirían siempre esta conciencia delicada tan fácil de herir, y estos remordimientos que no son más ajenos a la materia que el pensamiento, y en definitiva toda la dife­ rencia que se supone aquí. ¿Bastaría pues la organización para ex­ plicarlo todo? Sí, por supuesto. Ya que el pensamiento se desarrolla visiblemente con los órganos, ¿por qué la materia de que están hechos, no sería también susceptible de remordimientos, por cuanto ha adquirido con el tiempo la facultad de sentir? E l alma sólo es un término vago del que no se tiene la menor idea, y del que un espíritu culto únicamente debe servirse para nombrar nuestra parte pensante. Establecido el menor principio de movimiento, los cuerpos animados tendrán todo lo que nece­ sitan para moverse, sentir, pensar, arrepentirse y, por último, para actuar en lo físico y en lo moral que depende de éste. Nosotros nada suponemos: quienes creyeran que no se han resuelto aún todas las dificultades, hallarán aquí experiencias que acabarán de satisfacerles.

1. Todas las carnes de los animales palpitan tras la muerte, tanto más tiempo, cuanto más frío está el animal y menos trans­ pira. Las tortugas, los lagartos, las serpientes, etc., dan fe de ello. 2. Los músculos separados del cuerpo, se contraen, cuando se los punza. 3. Las entrañas conservan mucho rato su movimiento peristál­ tico o vermicular. 4. Una simple inyección de agua caliente reanima el corazón y los músculos, según Cowper63. 5. E l corazón de la rana, sobre todo expuesto al sol, mejor aún sobre una mesa o un asiento caliente, se agita durante una hora y más, tras haber sido arrancado del cuerpo. ¿Parece el movimiento perdido sin recurso? Basta con punzar el corazón, y este músculo hueco sigue latiendo. Harvey64 ha hecho la misma observación en los sapos. 6. El canciller Bacon6S, autor de primer orden, en su H is­ toria d e la vida y de la m uerte se refiere a un hombre convicto de traición al que se abrió vivo, para arrancarle el corazón y arro­ jarlo al fuego: este músculo primero saltó a la altura perpendicular de un pie y medio, y después, pese a perder sus fuerzas, siguió saltando cada vez más bajo durante siete u ocho minutos. 7. Tomad un pollito todavía en el huevo: arrancádle el co­ razón, y observaréis los mismos fenómenos, en circunstancias más o menos idénticas. El mero calor del aliento reanima a un animal a punto de perecer en la máquina neumática. Las mismas experiencias que debemos a Boyle66 y a Sténon 67, se hacen en las palomas, en los perros, en los conejos, cuyos pedazos de corazón se agitan como corazones enteros. Se observa el mismo movimiento en las patas arrancadas de un topo. 8. De la oruga, los gusanos, la araña, la mosca y la anguila se pueden considerar las mismas cosas, puesto que el movimiento de las partes cortadas aumenta en contacto con el agua caliente, a causa del calor. 9. Un soldado ebrio cortó de un sablazo la cabeza de un pavo. Este animal se quedó tieso, pero al cabo de un instante se puso a andar y a correr, hasta encontrar un muro; entonces dio media vuelta, batió las alas, continuó corriendo, y al final cayó. Una vez en el suelo, los músculos de este pavo siguieron agitándose. He ahí lo que he visto, y fácil es ver casi los mismos fenómenos en los gatitos o perritos, a los que se les ha cortado la cabeza. 10. Los pólipos hacen algo más que moverse tras su división. Al cabo de ocho días se reproducen en tantos animales, como partes

cortadas. ¡Me enoja el sistema de los naturalistas sobre la gene­ ración, o más bien me deja tranquilo, ya que este descubrimiento nos enseña a no extraer nunca conclusiones generales, ni siquiera de todas las experiencias conocidas y más decisivas! He aquí muchos más hechos de los que son precisos, para probar de una manera irrefutable que cada pequeña fibra o parte de los cuerpos organizados se mueve por un principio que le es propio, y cuya acción no depende en absoluto de los nervios como los movi­ mientos voluntarios, puesto que los movimientos en cuestión se ejercen sin que las partes que los manifiestan, tengan ningún co­ mercio con la circulación. Ahora bien, si esta fuerza se hace notar hasta en pedazos de fibras, el corazón, que es un compuesto de fibras singularmente entrelazadas, ha de tener la misma propiedad. La historia de Bacon no era necesaria para persuadirme de ello. Me resultaba fácil verlo, ya sea por la perfecta analogía de la estruc­ tura del corazón del hombre y de los animales, como por la misma masa del primero, en la cual este movimiento permanece oculto a la vista, sencillamente porque está oprimido, y, en fin, porque en los cadáveres todo está frío y yerto. Si las disecciones se hicieran en criminales ajusticiados, cuando los cuerpos están todavía calientes, en su corazón se observarían los mismos movimientos, que se ven en los músculos del rostro de la gente decapitada. Este principio motor de los cuerpos enteros o de las partes cortadas a trozos, es tal que produce movimientos no desordenados como se ha creído, sino muy regulares, ya sea en los animales ca­ lientes y perfectos, como en los fríos e imperfectos. A nuestros adversarios no les queda pues ningún recurso si no es el de negar miles de hechos que cada cual puede verificar fácilmente. Si al instante se me pregunta cuál es la sede de esta fuerza innata en nuestros cuerpos, respondo que reside muy claramente en lo que los antiguos han llamado parénquim a, es decir, en la sustancia propia de las partes, abstracción hecha de las venas, de las arterias, de los nervios y, en una palabra, de la organización de todo el cuerpo, y que, por consiguiente, cada parte contiene en sí misma resortes más o menos vivos, según la necesidad que de ellos tiene. Entremos en algún detalle acerca de estos resortes de la máquina humana. Todos los movimientos vitales, animales, naturales y auto­ máticos se hacen en virtud de su acción. ¿No es maquinalmente que el cuerpo se parte, presa de terror, a la vista de un precipicio ines­ perado, y que los párpados se cierran ante la amenaza de un golpe, como se ha dicho ya, y que la pupila se encoge ante la luz para

proteger la retina y se dilata para ver los objetos en la oscuridad? ¿No es maquinaltnente que los poros de la piel se cierran en in­ vierno, para que el frío no penetre en el interior de los vasos, que el estómago se solivianta irritado por el veneno, por una cierta dosis de opio, por todos los eméticos, etc., y que el corazón, las arterias y los músculos se contraen durante el sueño, al igual que en la vigilia, y que el pulmón desempeña el papel de un fuelle que funciona sin parar? ¿No es maquinalmente que actúan todos los esfínteres de la vejiga, del recto, etc., y que el corazón tiene una contracción superior a la de cualquier otro músculo, y que los músculos erectores hacen enderezar la verga ya sea en el hombre como en los animales que se golpean el vientre con ella, e incluso en el niño capaz de erección por poco que se irrite esta parte? Lo cual prueba, para decirlo de paso, que hay un resorte singular en este miembro, aún poco conocido, y que produce efectos que todavía no se han explicado bien, a pesar de todas las luces de la anatomía. No me extenderé más sobre estos pequeños resortes subalternos conocidos por todo el mundo. Pero hay otro más sutil y más mara­ villoso que los anima todos: éste es la fuente de todos nuestros sentimientos, de todos nuestros placeres, de todas nuestras pasiones y de todos nuestros pensamientos, pues el cerebro tiene sus músculos para pensar, como las piernas para andar. Quiero hablar de este principio incitante e impetuoso, que Hipócrates llama evopjiwv68 (el alma). Tal principio existe, tiene su asiento en el cerebro y en el nacimiento de los nervios, a través de los cuales ejerce su imperio sobre el resto del cuerpo. Por ahí se explica todo cuanto es expli­ cable, hasta los efectos sorprendentes de las enfermedades de la imaginación. Pero para no consumirse en una riqueza y una fecundidad mal entendida, es preciso limitarse a un pequeño número de cuestiones y de reflexiones. ¿Por qué la vista o la simple idea de una bella mujer nos suscita movimientos y deseos singulares? ¿Acaso lo que sucede entonces en ciertos órganos procede de la misma naturaleza de estos órganos? En absoluto, eso procede de la comunicación y de la especie de simpatía de estos músculos con la imaginación. Aquí sólo hay un primer resorte, excitado por el beneplacitum de los antiguos, o por la imagen de la belleza, la cual excita otro que estaba muy adormecido, cuando la imaginación lo ha despertado. ¿Y cómo puede ser así, sino a consecuencia del desorden y del bullicio de la sangre y de los espíritus que galopan con una agilidad extra­ ordinaria y van a hinchar los cuerpos cavernosos?

Puesto que existen relaciones evidentes entre una madre y un hijo VI1, y resulta arduo negar hechos referidos por Tulpius69, al igual que por otros escritores igualmente dignos de fe (no los hay que lo sean más), hemos de creer que el feto resiente por la vía la impetuosidad de la imaginación materna, como una cera blanda recibe toda clase de impresiones, y que los mismos rasgos, o antojos de la madre, pueden imprimirse sobre el feto, sin que sea comprensible, por mucho que digan Blondel70 y todos sus parti­ darios. Así, reparamos el honor del P. Mallebranche, de cuyacre­ dulidad se han burlado en exceso algunos autores que no han observado bastante de cerca la naturaleza, y han querido sujetarla a sus ideas. Contemplad el retrato del famoso Pope, el Voltaire de los in­ gleses. Las energías y los nervios de su genio se hallan pintados sobre su fisionomía. Toda ella se encuentra en convulsión, los ojos se salen de las órbitas, las cejas se le arquean con los músculos de la frente. ¿Por qué? Porque el nacimiento de los nervios está tra­ bajando y todo el cuerpo debe resentirse de esta especie de parto tan laborioso. Si no hubiera una cuerda interna que estirase así las del exterior, ¿de dónde provendrían todos estos fenómenos? Ad­ mitir un alma para explicarlos significa reducirse a la operación del Espíritu Santo. Efectivamente, si lo que piensa en mí cerebro no es una parte de esta viscera, y por consiguiente de todo el cuerpo, ¿por qué bulle mi sangre, cuando al hallarme reposando en mi lecho proyecto el plan de una obra, o prosigo un razonamiento abstracto? ¿Por qué la fiebre de mi espíritu pasa a mis venas? ¡Preguntádselo a los hombres con imaginación, a los grandes poetas, a aquellos a quie­ nes arrebata un sentimiento sublime, y a quienes transporta un gusto exquisito y los encantos de la naturaleza, de la verdad o de la virtud! Por su entusiasmo y por lo que os dirán haber experi­ mentado, juzgaréis la causa a través de los efectos: por esta arm o­ nía que B orelli71, que un solo anatomista, ha entendido mejor que todos los leibnicianos, conoceréis la unidad material del hombre. Pues, en fin, si la tensión de los nervios que provoca el dolor, da lugar a la fiebre, por la cual el espíritu se turba y no tiene ya voluntad; y si recíprocamente el espíritu demasiado ejercido tras­ torna el cuerpo, y alumbra este fuego de consunción que se llevó a Bayle en una edad tan poco avanzada; si tal titilación me hace querer, me obliga a desear ardientemente aquello que me tenía VI1 Al menos por los vasos. ¿Es seguro que no hay a través de los nervios?

sin cuidado un momento antes; si a su vez ciertos vestigios del cerebro excitan el mismo prurito y los mismos deseos, ¿por qué duplicar lo que es evidentemente uno? En vano se protesta contra el imperio de la voluntad. Por una orden que ésta da, sufre cien ve­ ces su yugo. ¡Y qué hay de maravilloso en que el cuerpo obedezca en estado sano, cuando un torrente de sangre y de espíritus le obliga a ello, puesto que la voluntad tiene por ministros una legión invisible de fluidos más vivos que el relámpago, siempre dispuestos a servirla! Pero, como su poder se ejerce a través de los nervios, también a través de ellos se detiene. Pese a la mejor voluntad de un amante agotado, ¿le devolverán los deseos más violentos el vigor perdido? ¡Cierto que no! Y ella será la primera castigada, porque dadas ciertas circunstancias, ya no puede desear el placer. Lo que he dicho de la parálisis, etc., se repite de nuevo aquí. ¡La ictericia os sorprende! ¡No sabéis que el color de los cuerpos depende del de los cristales con los que se mira! Ignoráis que si tal es el tinte de los humores, tal es el de los objetos, al menos en relación a nosotros, vanos juguetes de mil ilusiones. Pero quitad este tinte del humor acuoso del ojo, haced fluir la bilis a través de su tamiz natural, y entonces el alma con otros ojos dejará de ver amarillo. ¿No sucede también lo mismo, cuando al quitar la catarata o al punzar el canal de Eustaquio, se devuelve la vista a los ciegos y el oído a los sordos? ¡Cuánta gente que quizá sólo eran hábiles charlatanes en siglos ignorantes, han pasado por hacer grandes milagros! ¡Oh, alma hermosa y voluntad poderosa que no puede actuar, sino cuando las disposiciones del cuerpo se lo permiten, y cuyos gustos varían con la edad y la fiebre! ¿Es pre­ ciso sorprenderse si los filósofos siempre han tenido en conside­ ración la salud del cuerpo en lo que respecta a conservar la del alma, si Pitágoras ordenó tan cuidadosamente la dieta, y si Platón defendió el vino? El régimen que conviene al cuerpo siempre es aquel por el que los médicos sensatos pretenden que debe empe­ zarse, cuando se trata de formar el espíritu y elevarlo al conoci­ miento de la verdad y de la virtud. ¡Vanas palabras en el desorden de las enfermedades y el tumulto de los sentidos! Sin los preceptos de la higiene, Epícteto, Sócrates y Platón, etc., predican en vano: toda moral es infructuosa para quien no tiene el don de la sobrie­ dad, que es la fuente de todas las virtudes, al igual que la intem­ perancia es la de todos los vicios. ¿Hace falta más (y por qué iba a perderme en la historia de las pasiones, todas explicables a través del Evoppwv de Hipócrates), para probar que el hombre no es más que un animal o un conjunto

de resortes, que se montan unos sobre otros, sin que pueda decirse por qué punto del círculo humano empezó la naturaleza? Si estos resortes difieren entre sí, sólo se debe a su situación y a algunos grados de fuerza, y nunca a su naturaleza. Por consiguiente el alma no es más que un principio de movimiento o una parte material sensible del cerebro, que se puede considerar, sin temor a equivo­ carse, como el resorte principal de toda la máquina, el cual tiene una influencia visible sobre todos los demás, e incluso parece haber sido hecho en primer lugar; de modo que todos los demás sólo serían emanación suya, como se verá a través de algunas observa­ ciones que sacaré a relucir, y que se han hecho sobre diversos embriones. Esta oscilación natural o propia de nuestra máquina, y de la que cada fibra está dotada o, por así decir, cada elemento fibroso, semejante a la del péndulo, no puede ejercerse siempre. Es preciso renovarla a medida que se desgasta, darle fuerzas cuando languidece y debilitarla, cuando está oprimida por un exceso de fuerza y de vigor. En esto sólo consiste la verdadera medicina. El cuerpo no es más que un reloj, cuyo relojero es el nuevo quilo. E l primer cuidado de la naturaleza, cuando éste último entra en la sangre, es excitar una especie de fiebre que los químicos, al sólo pensar en probetas, han debido tomar por una fermentación. Esta fiebre procura una filtración mayor de espíritus, que maqui­ nalmente van a animar los músculos y el corazón, como si fueran enviados por orden de la voluntad. Estas son las causas o las fuerzas de la vida, que así mantienen durante cien años el movimiento perpetuo de los sólidos y de los fluidos, tan necesario a unos como a otros. Pero ¿quién puede decir si los sólidos contribuyen a este juego más que los fluidos, y viceversa? Todo cuanto se sabe, es que la acción de los primeros se vería muy pronto anulada sin el auxilio de los segundos. Son los líquidos los que, mediante su choque, despiertan y conservan la elasticidad de los vasos, de la cual depende su propia circulación. De ahí que tras la muerte, el resorte natural de cada sustancia sea más o menos fuerte aún, según los restos de vida a los que sobre­ vive, para expirar el último. Es totalmente cierto que esta fuerza de las partes animales puede conservarse perfectamente y aumen­ tarse por la de la circulación, aunque sin depender de ella, puesto que prescinde incluso de la integridad de cada miembro o viscera, como se ha visto. No ignoro que esta opinión no ha sido aprobada por todos los sabios, y que Staahl72 sobre todo la ha desdeñado mucho. Este

gran químico ha querido persuadirnos de que el alma era la única causa de todos nuestros movimientos. Pero eso supone hablar como un fanático y no como un filósofo. Para destruir la hipótesis staahliana, no se requieren tantos es­ fuerzos, como veo que se han hecho antes de mí. Basta con arrojar la mirada sobre un violinista. ¡Qué ligereza y qué agilidad en los dedos! Los movimientos son tan rápidos, que casi parece no haber sucesión. Luego, ruego, o más bien desafío a los stahlianos a que me digan, ellos que conocen tan bien todo lo que nuestra alma puede, cómo sería posible que ésta ejecutase tan de prisa tantos movimientos, y movimientos que tienen lugar tan lejos de ella y en lugares tan diversos. Esto sería como imaginar a un flautista que pudiera ejecutar brillantes cadencias sobre una infinidad de agujeros que no conociera, y a los que ni siquiera pudiera aplicar los dedos. Pero digamos con Mr. H ecquet73 que no a todos está permitido ir a Corinto. Y ¿por qué Staahl no habría podido ser más favo­ recido por la naturaleza en calidad de hombre, que en calidad de químico y practicante? ¡Era preciso ( ¡dichoso m ortal!) que hubiera recibido un alma diferente a la de los demás hombres, un alma soberana, que no contenta con tener algún imperio sobre los múscu­ los voluntarios, sujetara sin esfuerzo las riendas de todos los demás movimientos del cuerpo, y pudiera suspenderlos, calmarlos o exci­ tarlos a su antojo! Con una dueña tan despótica, en cuyas manos de algún modo se hallaran los latidos del corazón y las leyes de la circulación, sin duda, desaparecería la fiebre, el dolor, la languidez, la vergonzosa impotencia y el enojoso priapismo. El alma quiere, y los resortes juegan, se enderezan o se dispersan. ¿Por qué los de la máquina de Staahl se han descompuesto tan pronto? Quien posee médico tan grande debería ser inmortal. Staahl, por lo demás, no es el único que ha rechazado el prin­ cipio de oscilación de los cuerpos organizados. Talentos superiores tampoco lo han empleado, cuando han querido explicar la acción del corazón, la erección del pene, etc. Basta con leer las Institu­ ciones de M edicina de Boerhaave, para ver cuán laboriosos y seduc­ tores sistemas se ha visto obligado a dar a luz este tan gran hombre, con el sudor de su poderoso genio, por no admitir una fuerza tan palpable en el corazón. W illis74 y Perrault7S, espíritus de temple más débil, pero asi­ duos observadores de la naturaleza (que el famoso profesor de Leiden76 no conoció sino a través de otros, ni poseyó casi más que de segunda mano), parecen haber preferido suponer un alma gene-

raímente difundida por todo el cuerpo, al principio que nos refe­ rimos. Pero en esta hipótesis que fue la de Virgilio y la de todos los epicúreos, hipótesis que la historia del pólipo parecería favo­ recer a primera vista, los movimientos que sobreviven al sujeto al cual son inherentes, provienen de un resto de alma, conservado aún por las partes que se contraen, pese a que ya no sean exci­ tadas por la sangre ni los espíritus. De donde se ve que estos escri­ tores, cuyas sólidas obras eclipsan fácilmente todas las fábulas filo­ sóficas, sólo se han engañado por seguir el modelo de aquellos que han dado a la materia la facultad de pensar, quiero decir, por haberse expresado mal, en términos oscuros y que no significan nada. En efecto, en qué consiste este resto d e alma, sino en la fuerza motriz de los lebnicianos, mal interpretada por tal expresión, y que sin embargo Perrault sobre todo ha entrevisto verdadera­ mente. Véase su T ratado d e la M ecánica de los Animales, donde se ha demostrado claramente contra los cartesianos, los staahlianos, los mallebranchistas y los teólogos poco dignos de ser considerados aquí, que la materia se mueve por sí misma, no sólo cuando está organizada como por ejemplo en un corazón entero, sino incluso cuando esta organización ha sido destruida; la curiosidad del hom­ bre quisiera averiguar cómo un cuerpo, por el mismo hecho de que originariamente se halla dotado de un soplo de vida, se encuentra en consecuencia ornado de la facultad de sentir, y finalmente a través de ésta de la de pensar. ¡Dios mío, cuántos esfuerzos han hecho algunos filósofos para saberlo! ¡Y qué galimatías he tenido la paciencia de leer a este respecto! Todo lo que nos enseña la experiencia es que, mientras el movi­ miento, por mínimo que sea, subsiste en una o varias fibras, basta con punzarlas, para despertar, y animar este movimiento casi extin­ guido, como se ha visto en esta multitud de experiencias, con las cuales he querido confundir los sistemas citados. Constantemente, pues, el movimiento y el sentimiento se excitan entre sí, ya sea en los cuerpos enteros, como en los mismos cuerpos, cuya estructura ha sido destruida, por no hablar de ciertas plantas que parecen ofrecernos los mismos fenómenos de la reunión de sentimiento y movimiento. Pero, además, ¡cuántos filósofos ilustres han demostrado que el pensamiento sólo es una facultad de sentir, y que el alma racional no es otra que el alma sensitiva aplicada a contemplar las ideas y a razonar! Eso se probaría por el mero hecho de que cuando el sentimiento se extingue, el pensamiento también, como en la apoplegía, el letargo, la catalepsia, etc. Pues quienes han aducido que

el alma no deja de pensar en las enfermedades comitosas, pese a que no recuerde las ideas que ha tenido, han sostenido una idea ridicula. Por cuanto a este desarrollo se refiere, es una locura perder el tiempo en investigar su mecanismo. La naturaleza del movimiento nos es tan desconocida como la de la materia. ¡Descubrir cómo se produce es imposible a menos de resucitar con el autor de la Historia del A lm a 77 la antigua e ininteligible doctrina de las form as sustanciales! Me consuelo, pues, tanto de ignorar cómo la materia de inerte y simple pasa a ser activa, como de no poder mirar el sol sin un cristal rojo. Y mantengo la misma actitud con respecto a las otras maravillas incomprensibles de la naturaleza acerca de la producción del sentimiento y del pensamiento en un ser, que antaño a nuestros ojos limitados sólo parecería un poco de barro. Concédaseme únicamente que la materia organizada está dotada de un principio motor, lo único que la diferencia de aquélla que no lo está ( ¡Ah! ¿Se puede refutar algo de una observación tan indiscutible?), y que en los animales todo depende de la diversidad de esta organización, como he probado suficientemente. Ello basta para adivinar el enigma de las sustancias y el del hombre. Se ve que sólo hay una sustancia en el universo y que el hombre es la más perfecta. Este es con respecto al mono y a los animales más espirituales, lo mismo que el péndulo de Huygens78 con respecto a un reloj de Julien Leroy 79. Si se han necesitado más instrumentos, más engranajes, más resortes para marcar los movimientos de los planetas, que para marcar las horas o repetirlas, y si Vaucanson 80 ha necesitado más ingenio para hacer su flautista que su pato, y hubiera tenido que emplear todavía más para hacer un hablador, máquina que ya no puede considerarse imposible, sobre todo entre las manos de un nuevo Prometeo, era necesario por consiguiente que la naturaleza emplease más arte y destreza para construir y conservar una máquina, que durante un siglo entero pudiera marcar todos los latidos del corazón y del espíritu. Pues si las horas no se ven en el pulso, al menos existe el barómetro del calor y de la vivacidad por el que se puede juzgar la naturaleza del alma. No me engaño: el cuerpo humano es un reloj, aunque inmenso, construido con tanto artificio y habilidad, que, si la rueda que sirve para marcar los segundos se detiene, la de los minutos gira y sigue siempre su ritmo, al igual que la rueda de los cuartos con­ tinúa moviéndose, y así otras, cuando las primeras, enmohecidas o descompuestas por el motivo que sea, han interrumpido su marcha. Pues, ¿no es cierto que la obstrucción de algunos vasos no basta

para destruir o suspender el punto álgido de los movimientos, que se halla en el corazón, como en la pieza maestra de la máquina, ya que, al contrario, los fluidos cuyo volumen hadisminuido, al quedarles menos camino por hacer, lo recorren con mayor rapidez empujados como por una nueva corriente, a medida que la fuerza del corazón aumenta en proporción a la resistencia que encuentra en la extremidad de los vasos? Cuando el nervio óptico compri­ mido, no deja pasar ya la imagen de los objetos, ¿no es así que la privación de la vista no impide por ello el uso del oído, como tampoco la privación de este sentido, cuando las funciones de la porción blanda son prohibidas, supone la del otro? ¿No es también así que uno oye, sin poder decir que oye (a no ser después del ataque del mal), y que el otro, que nada escucha, pero tiene los nervios linguales libres en el cerebro, dice maquinalmente todos los sueños que le pasan por la cabeza? Esos fenómenos que no sorprenden en absoluto a los médicos ilustrados, porque saben a qué atenerse con respecto a la naturaleza del hombre. Y para decirlo de paso, de dos médicos, el mejor, el que merece más con­ fianza, en mi opinión, siempre es aquel que está más versado en la física o la mecánica del cuerpo humano, y que dejando el alma y todas las inquietudes que esta quimera da a los necios y a los ignorantes, sólo se ocupa en serio del puro naturalismo. Dejemos que el pretendido Mr. Charp81 se burle de los fi­ lósofos que han considerado a los animales como máquinas. ¡Cuán distinto pienso! Creo que Descartes sería un hombre respetable desde cualquier punto de vista, si de nacer en un siglo que no hubiera debido iluminar, hubiera conocido el valor de la experiencia y de la observación, y el peligro de apartarse de éstas. Pero no es menos justo que yo haga aquí una auténtica reparación a este gran hombre, por todos estos pequeños filósofos, malos bromistas y malos imitadores de Locke, que en lugar de reír con impudencia en las narices de Descartes, harían mejor en comprender que sin éste el campo de la filosofía, así como el del buen sentido sin Newton, estaría quizá aún baldío. Verdaderamente este célebre filósofo se equivocó mucho y nadie lo niega. No obstante, conoció la naturaleza animal y fue el primero en demostrar que los animales eran puras máquinas. En­ tonces, después de un descubrimiento de tal importancia y que supone tanta sagacidad, ¿cómo disculpar sin ingratitud todos sus errores? A mis ojos, todos quedan reparados por este gran reconoci­ miento. Pues finalmente, pese a lo que diga sobre la distinción

de las dos sustancias, es evidente que sólo se trata de una estra­ tagema, de una argucia estilística, para hacer tragar a los teólogos un veneno oculto a la sombra de una analogía que llama la atención de todo el mundo, y que sólo ellos no ven. Esta gran analogía es la que obliga a todos los sabios, y a los verdaderos jueces a reco­ nocer que estos seres arrogantes y vanos, más distinguidos por su orgullo que por el nombre de hombres, por más ansias que tengan de elevarse, en el fondo sólo son animales y máquinas que se arras­ tran perpendicularmente. Todas ellas tienen este maravilloso ins­ tinto, cuya educación da lugar a la inteligencia, y cuyo asiento siempre se encuentra en el cerebro y, en su carencia, como cuando falta o está osificado, en la médula alargada, aunque nunca en el cerebelo. A este último lo he visto considerablemente lesionado y otros vm lo han encontrado cirroso, sin que el alma cesara por ese motivo de cumplir sus funciones. Ser máquina, sentir, pensar, saber distinguir el bien del mal, como el azul del amarillo, en una palabra, haber nacido con inte­ ligencia, y un instinto moral, y ser tan sólo un animal, son cosas que no son más contradictorias que ser un mono o un loro, y saber procurarse el placer. Pues, ya que se presenta la ocasión de decirlo, ¿quién hubiera adivinado jamás a priori, que una gota del líquido que se arroja en el coito, hiciera experimentar placeres divinos y que de allí naciera una pequeña criatura, la cual, dadas ciertas leyes, pudiera un día gozar de las mismas delicias? Considero el pensa­ miento tan poco incompatible con la materia organizada, que parece ser una propiedad de ésta, tal como la electricidad, la facultad motriz, la impenetrabilidad, la extensión, etc. ¿Queréis nuevas observaciones? He aquí algunas que no tienen réplica y que prueban en su totalidad que el hombre se asemeja perfectamente a los animales en lo que respecta a su origen, como en todo lo que ya hemos creído esencial comparar. Apelo a la buena fe de nuestros observadores. Que nos digan si no es cierto que el hombre en un principio sólo es un gusano, que se transforma en hombre, como la oruga en mariposa. Los au­ tores más graves IX nos han enseñado de qué modo es necesario operar para ver a este animaculo. Todos los curiosos lo han visto, como Hartsoeker82, en la simiente del hombre y no en la de la mujer. Sólo los necios han tenido escrúpulos al respecto. Como cada gota de esperma contiene una infinidad de estos pequeños gu­ vm Haller, Transactiones philosophicae. Ix Boerhaave, Institutiones, y tantos otros.

sanos, cuando son lanzados al ovario, sólo el más diestro o el más vigoroso tiene la fuerza de insinuarse e implantarse en el huevo que proporciona la mujer, y que le da su primer alimento. Este huevo, algunas veces hallado en las trompas de Falopio 83, es con­ ducido por estos canales a la matriz, donde se arraiga, como un grano de trigo en la tierra. Pero, aunque llegue a ser monstruoso al cabo de nueve meses de crecimiento, no difiere en absoluto de los huevos de las demás hembras, sino en la medida en que su piel (el am nios) no se endurece nunca y se dilata prodigiosamente, como puede juzgarse, comparando el feto ya colocado para salir (lo que he podido observar en una mujer, muerta un momento antes del parto), con otros pequeños embriones muy próximos a su origen. Entonces se parece al huevo en su cáscara y al animal en el huevo, el cual, al no poder moverse, busca maquinalmente ver la luz, y para lograrlo, empieza por romper con la cabeza esta membrana, de donde sale como el pollito, el pájaro, etc., salen de la suya. Añadiré una observación que no encuentro en ninguna parte, y es que el amnios no es más delgado, por el hecho de estirarse prodigiosamente, semejante en esto a la matriz, cuya propia sus­ tancia se hincha con jugos infiltrados, independientemente de la repleción y del despliegue de todos sus recodos vasculares. Veamos al hombre dentro y fuera de su cáscara, y examinemos con un miscroscopio los embriones más jóvenes, de 4, de 6, de 8 o de 15 días: pasado este tiempo, bastan los ojos. ¿Qué se ve? La cabeza sola: un pequeño huevo redondo con dos puntos negros que marcan los ojos. Si no se deja pasar este tiempo, al ser todo más informe, sólo se percibe una pulpa medular, que es el cerebro, en el cual se forma primero el origen de los nervios o el principio del sentimiento, y el corazón que ya en esta pulpa tiene la facultad de latir por sí mismo: es el Punctum sa lien s84 de Malpighi, que quizá debe ya una parte de su vivacidad a la influencia de los nervios. Seguidamente, se va viendo poco a poco cómo la cabeza alarga el cuello, el cual al dilatarse forma primero el tórax, donde el corazón ya ha descendido para fijarse allí, y después ya viene el bajo vientre, separado por un tabique (el diafragma). Estas dila­ taciones dan lugar, una, a los brazos, las manos, los dedos, las uñas y los pelos; la otra, a los muslos, las piernas, los pies, etc., dife­ renciándose únicamente por la situación que se les conoce, y que constituye el apoyo y el equilibrio del cuerpo. Es una vegetación asombrosa. Ora se encuentran los cabellos que cubren la parte superior de nuestras cabezas; ora son hojas y flores. En todas partes brilla el mismo lujo de la naturaleza, y finalmente el espíritu rector

de las plantas está colocado allí donde nosotros tenemos nuestra alma, esta otra quintaesencia del hombre. Así es la uniformidad de la naturaleza que se empieza a sentir, y la analogía del reino animal y vegetal, o entre el hombre y la planta. Quizá incluso hay plantas animales, es decir, que, mientras vegetan, luchan como los pólipos o ejecutan otras funciones pro­ pias de los animales. Esto es aproximadamente lo que se sabe acerca de la generación. Es posible que, según han escrito hombres ilustres, las partes que se atraen, que están hechas para unirse conjuntamente y para ocupar tal o cual lugar, se reúnan todas según su naturaleza, y que de este tnodo se formen los ojos, el corazón, el estómago y finalmente todo el cuerpo. Pero como la experiencia nos abandona en medio de estas sutilidades, no haré conjeturas, considerando todo aquello, que no impresiona mis sentidos como un misterio impenetrable. Es tan raro que las dos simientes se encuentren en el coito, que tendería a creer que la simiente de la mujer es inútil para la generación. Pero, ¿cómo explicar estos fenómenos sin esta cómoda relación de las partes, que da tan bien razón de las semejanzas de los niños, sea con el padre, como con la madre? Por lo demás, ¿debe la difi­ cultad de una explicación contrapesar un hecho? Me parece que es el macho quien lo hace todo, ya sea en una mujer dormida, como en la más lúbrica. La adaptación de las partes residiría pues de toda eternidad en el germen o en el mismo gusano del hombre. Pero todo esto se halla muy por encima del alcance de los más excelentes observadores. Como no pueden discernir nada, les es imposible juzgar sobre la mecánica de la formación y el desarrollo de los cuerpos, al igual que a un topo saber el camino que puede recorrer un ciervo. Somos verdaderos topos en el campo de la naturaleza, y para colmo apenas hacemos en él el trayecto que hace este animal. Es nuestro orgullo el que impone límites a lo que no tiene. Nos halla­ mos en el caso de un reloj que dijera (un fabulista crearía aquí un personaje adecuado para una obra frívola): « ¡Cómo! ¡Este necio artesano me ha hecho a mí, que divido el tiempo, que marco con tanta exactitud el curso del sol, que repito en alta voz las horas que indico! No, esto no es posible.» Nosotros desdeñamos de igual modo, tan ingratos somos, a esta madre común de todos los reinos, como dicen los químicos. Imaginamos, o más bien suponemos, una causa superior a la que le debemos todo y que lo ha hecho verda­ deramente todo de una manera inconcebible. No, la materia no tiene nada de vil, más que a los ojos groseros que desconocen sus obras

más brillantes, y la naturaleza no es una artesana de cortos alcances. Produce millones de hombres con una facilidad y un placer ma­ yores, que el trabajo que cuesta a un relojero hacer el reloj más complicado. Su poder se pone de manifiesto por un igual, ya sea en la producción del insecto más ínfimo, como en la del hombre más soberbio. El reino animal no le cuesta más que el vegetal, ni el mayor genio más que una espiga de trigo. Juzguemos, pues, por lo que vemos, acerca de aquello que se sustrae a la curiosidad de nuestros ojos y de nuestras pesquisas, y no hagamos elucubraciones. Sigamos las operaciones del mono, del castor, del elefante, etc. Si es evidente que éstas no pueden hacerse sin inteligencia, ¿por qué rechazársela a estos animales? Y si les concedéis un alma, fanáticos, estáis perdidos: en vano diréis que no decidís nada con respecto a su naturaleza, en la medida en que le neguéis la inmortalidad. ¿Quién no ve que es una aserción gratuita? ¿Quién no ve que debe ser mortal o inmortal como la nuestra y seguir el mismo destino, cualquiera que éste sea, y que así caéis en Scilla, por querer evitar a Caribdis? Romped la cadena de vuestros prejuicios, armaos de la antor­ cha de la experiencia, y tributaréis a la naturaleza el honor que merece, en lugar de concluir algo en contra suyo, por la ignorancia en que os ha dejado. Limitaos a abrir los ojos, y abandonad lo que no podéis comprender. Entonces veréis que este trabajador, cuyo espíritu y luces no se extienden más allá de los bordes de su surco, no difiere esencialmente del mayor genio, como lo probó la disección de los cerebros de Descartes y de Newton. Os persua­ diréis también de que el imbécil o el estúpido son animales de aspecto humano, al igual que el mono lleno de inteligencia, es un hombre en pequeño bajo otra forma, y finalmente, ya que todo depende absolutamente de la diversidad de la organización, os da­ réis cuenta de que un animal bien construido, al que se le haya enseñado astronomía, puede predecir un eclipse, así como la cura­ ción o la muerte, cuando ha ejercitado durante un tiempo su ta­ lento y sus buenos ojos en la escuela de Hipócrates y en el lecho de los enfermos. A través de esta serie de observaciones y de verdades se llega a asociar con la materia la admirable propiedad de pensar, sin que puedan verse los vínculos, porque el sujeto de tal atributo nos es esencialmente desconocido. No digamos que toda máquina o todo animal perece por com­ pleto, o adquiere otra forma tras la muerte, pues no sabemos abso­ lutamente nada al respecto. Pero asegurar que una máquina inmortal es una quimera o un ser razonable, es hacer un razonamiento tan

absurdo, como el que harían unas orugas que, al ver los despojos de sus semejantes, deplorasen amargamente el destino de su especie pareciéndoles que se iba a aniquilar. El alma de estos insectos (pues cada animal tiene la suya), es demasiado limitada para comprender las metamorfosis de la naturaleza. Jamás uno solo de los más sagaces de entre ellos ha podido imaginar que debiera convertirse en mari­ posa. Sucede lo mismo con nosotros. ¿Acaso sabemos más de nuestro destino que de nuestro origen? Sometámonos pues a una ignorancia invencible, de la cual depende nuestra felicidad 85. Quien así piense, será sabio, justo, y estará tranquilo con su suerte y por consiguiente dichoso. Esperará la muerte, sin temerla ni desearla. Además, apreciando la vida, comprendiendo apenas cómo el hastío llega a corromper un corazón en este lugar donde abundan las delicias, aquél, lleno a su vez de respeto para con la naturaleza, lleno de reconocimiento, de afecto y de ternura en pro­ porción al sentimiento y a los beneficios que ha recibido de ella, y dichoso por último de sentirla y de hallarse ante el encantador espectáculo del universo, ciertamente jamás la destruirá en sí mismo, ni en los demás. ¡Qué digo! Lleno de humanidad, amará su sello hasta en sus enemigos. Imaginad cómo ha de tratar a los demás. Compadecerá a los viciosos, sin odiarlos, pues a sus ojos, sólo serán hombres contrahechos. Pero, excusando los defectos de la confor­ mación del espíritu y del cuerpo, no admirará menos sus bellezas y sus virtudes. Aquellos que la naturaleza haya favorecido, le pare­ cerán más dignos de ser contemplados que aquellos a los que haya tratado como madrastra. Así se ha visto, que los dones naturales, fuente de todo lo que se adquiere, encuentran en la boca y en el corazón del materialista, homenajes que cualquier otro les rechaza injustamente. En fin, el materialista convencido, por mucho que su propia vanidad murmure que sólo es una máquina o un animal, no maltratará a sus semejantes, por estar demasiado instruido acerca de la naturaleza de estas acciones, cuya inhumanidad es siempre proporcional al grado de analogía previamente demostrado, y por no querer, en una palabra, según la ley natural dada a todos los animales, hacer al prójimo lo que no quisiera que se le hiciera a él. Concluyamos osadamente que el hombre es una máquina, y que en todo el universo no existe más que una sola sustancia diversa­ mente modificada. No se trata aquí de una hipótesis construida a base de postulados y suposiciones: ésta no es obra del prejuicio, ni tampoco de la sola razón. Habría desdeñado un guía que creo tan poco seguro, si mis sentidos, llevando por así decir la antorcha, no me hubieran impulsado a seguirlo, iluminándola. La experiencia

me ha hablado pues para la razón, y así es como las he reunido a ambas. Pero, se habrá podido comprobar que sólo me he permitido el razonamiento más riguroso y obtenido de manera más inmediata, tras multitud de observaciones físicas que ningún sabio pondrá en duda. Y , por cierto, únicamente los reconozco a ellos como jueces de las consecuencias que deduzco, recusando en este aspecto a todo hombre de prejuicios, y que no es ni anatomista, ni se atiene a la única filosofía que es aquí aceptable, la del cuerpo humano. ¿Qué podrían contra un roble tan firme estas débiles cañas de la teología, de la metafísica y de las escuelas; armas pueriles, semejantes a los floretes de nuestras salas, que bien pueden procurar el placer de la esgrima, pero nunca atacar al adversario? ¿Es preciso decir que seguiré hablando de estas ideas huecas y triviales, de estos razona­ mientos trillados y lastimosos, que se harán sobre la pretendida incompatibilidad de dos sustancias que se tocan y se mueven sin cesar respectivamente, mientras permanezca la sombra del prejuicio o de la superstición sobre la tierra? Este es mi sistema, o más bien la verdad, si no me engaño mucho. Esta es breve y simple. ¡Discuta ahora quien quiera!

E L H O M B R E -P L A N T A 1

Capítulo primero

E l hom bre aparece aquí m etam orfoseado en planta, pero no creáis que se trate d e una ficción al estilo d e Ovidio. Por la sola analogía entre el reino vegetal y el reino animal he descubierto en uno, las principales partes qu e se encuentran en el otro. Si mi imaginación interviene aquí alguna vez, es por así decir, a la luz d e la verdad; mi cam po d e batalla es la naturaleza, donde única­ m ente ha depen dido d e m í ser bastante p oco singular, para disimu­ lar sus variedades.

Comenzamos a entrever la uniformidad de la naturaleza: estos rayos de luz aún débiles se deben al estudio de la historia natural, pero, ¿hasta dónde llega esta uniformidad? Guardémonos de ultrajar a la naturaleza, pues no es tan uni­ forme, como para no apartarse a menudo de sus leyes más favo­ ritas, y procuremos ver sólo aquello que existe, sin halagarnos de verlo todo. Cualquier cosa es trampa o escollo para un espíritu vano y poco circunspecto. Para juzgar sobre la analogía que se encuentra entre los dos principales reinos, debemos comparar las partes de las plantas con las del hombre, y lo que digo del hombre, aplicarlo a los animales. En nuestra especie, al igual que en los vegetales, hay una raíz principal y unas raíces capilares. El receptáculo de los lomos y el canal torácico constituyen la primera, y las venas lácteas, las demás.

Los mismos usos y las mismas funciones tienen lugar en ambos casos. A través de estas raíces, el alimento es difundido por toda la extensión del cuerpo organizado. El hombre no es un árbol invertido, cuyo cerebro hiciera las veces de raíz, ya que ésta resulta del solo concurso de los vasos abdominales que son los primeros en formarse, al menos antes que los tegumentos que los cubren y que forman la corteza del hombre. En el germen de las plantas, una de las primeras cosas que se percibe es su pequeña raíz, y, a continuación, el tronco; aquélla desciende mientras el otro sube. Los pulmones son nuestras hojas. Sustituyen a esta viscera en los vegetales, como éste reemplaza en nosotros las hojas que nos faltan. Si estos pulmones de las plantas tienen ramas, es para multi­ plicar su extensión, y en consecuencia para que entre más aire, lo que hace que los vegetales y sobre todo los árboles respiren de alguna manera más cómodamente. ¿Teníamos necesidad de hojas y ramas? La cantidad de vasos y de vesículas pulmonares que tenemos está tan bien proporcionada a la masa de nuestro cuerpo y a la estrecha circunferencia que ocupa, que nos basta. Es un gran placer observar estos vasos y la circulación que tiene lugar por ellos, principal­ mente en los anfibios. Pero, ¡qué se asemeja más que aquellos descubiertos y descritos por los Harvées de la Botánica! ¿Acaso Ruisch 2, Boerhaave, etc., han encontrado en el hombre la misma numerosa sucesión de vasos que M alpighi3, L eu v v en h aeck4, van Royen, en las plantas? ¿Late el corazón en todos los animales? ¿Infla éste sus venas con los arroyos de sangre, que difunden por toda la máquina el sentimiento y la vida? El calor, este otro corazón de la naturaleza, este fuego de la tierra y del sol, que parece haber pasado por la imaginación de los poetas que lo han pintado; este fuego, digo, hace igualmente circular los jugos por los conductos de las plantas que transpiran como nosotros. ¿Qué otra causa en efecto podría hacerlo germinar todo, crecer, florecer y multiplicarse en el universo? El aire parece producir en los vegetales los mismos efectos que se atribuyen con razón respecto al hombre a este líquido sutil de los nervios, cuya existencia está probada por mil experiencias. Es el elemento, que por su irritación y su resorte algunas veces hace crecer las plantas por encima de la superficie de las aguas, abrirse y cerrarse, como se abre y se cierra la mano. Fenómeno éste, cuya consideración quizá ha dado pie para que algunos intro­ dujeran el éter en los espíritus animales, por los cuales se habría mezclado en los nervios.

Si las flores tienen sus hojas o pétalos, podemos mirar nuestros brazos y nuestras piernas como partes semejantes. E l nectarium, que es el depósito de la miel, en ciertas flores como el tulipán, la rosa, etc., es el de la leche en la planta hembra de nuestra especie, cuando el macho la hace salir. Es doble, y tiene su asiento en la base lateral de cada pétalo, precisamente sobre un músculo consi­ derable, el gran pectoral. La matriz virgen, o más bien no embarazada, o, si se prefiere, el ovario, se puede considerar como un germen todavía no fecun­ dado. El Stilus de la mujer es la vagina, mientras que la vulva y el monte de Venus con el olor que desprenden las glándulas de estas partes, responden al Stigma, y estas cosas, la matriz, la va­ gina y la vulva forman el pistilo, nombre que los botánicos moder­ nos dan a todas las partes hembras de las plantas. Comparo el pericarpio con la matriz en estado de embarazo, porque sirve para envolver el feto. Nosotros tenemos nuestra si­ miente como las plantas, y algunas veces en abundancia. El nectarium sirve para distinguir los sexos en nuestra especie, cuando uno quiere contentarse con lo primero que ve, pero las indagaciones más fáciles no son las más seguras, y hay que unir el pistilo al nectarium, para tener la esencia de la mujer, pues el primero bien puede encontrarse sin el segundo, pero nunca el se­ gundo sin el primero, a no ser en hombres de una robustez consi­ derable, y cuyas tetas imitan las de la mujer hasta dar leche, como Morgagni5 y tantos otros comunican haber observado. Toda mujer imperforada, si puede llamarse mujer a un ser que carece de sexo y de seno, tal como la que he mencionado más de una vez, como es el bollón, sobre todo cultivado. No me refiero al cáliz, o más bien a la corola, porque es ajena a nosotros, como explicaré. Esto es suficiente, pues no quiero seguir las andadas de Cornelio Agrippa. He descrito botánicamente la planta más bella de nuestra especie, quiero decir la mujer. Si ésta es inteligente, aun­ que metamorfoseada en flor, no será más fácil de coger. Para nosotros, los hombres, sobre los cuales basta echar una ojeada, hijos de Príapo, animales espermáticos, nuestro estambre, que está como enrollado en un tubo cilindrico, es la verga, y el esperma es nuestro polvo fecundante. Semejantes a estas plantas, que sólo tienen un macho, somos Monandria, mientras que las mu­ jeres son Monagynia, porque sólo tienen una vagina. En fin, el género humano, donde el macho está separado de la hembra, au­

mentará la clase de las D ieciae. Me sirvo de las palabras derivadas del griego, e imaginadas por Linneo6. Me he creído con el deber de exponer en primer lugar la ana­ logía que reina entre la planta y el hombre ya formados, porque es más perceptible y más fácil de captar. He aquí una más sutil y que voy a mostrar en la generación de los dos reinos. Las plantas son machos y hembras, y se sacuden como el hom­ bre en la copulación. Pero ¿en qué consiste esta importante acción que renueva toda la naturaleza? Los glóbulos infinitamente peque­ ños, que salen de los granos de este polvo, con el que están cu­ biertos los estambres de las flores, se hallan envueltos en el cas­ carón de estos granos, aproximadamente como ciertos huevos, según Needham y la verdad. Me parece que nuestras gotas de semen corresponden bastante a estos granos, y nuestros gusanillos a sus glóbulos. Los animálculos del hombre están verdaderamente conte­ nidos en dos líquidos, el más común de los cuales, que es el jugo de las próstatas, encierra el más precioso, que es el semen propia­ mente dicho; y, a ejemplo de cada glóbulo de polvo vegetal, con­ tienen verosímilmente la planta humana en miniatura. No sé por qué Needham7 ha tenido la ocurrencia de negar lo que es tan fácil de ver. ¿Cómo un físico escrupuloso, uno de estos pretendidos sectarios de la sola experiencia, seguro de las observaciones verifi­ cadas en una especie, se atreve a concluir que los mismos fenómenos deben encontrarse en otra, que sin embargo no ha observado con sus propios ojos? Tales conclusiones extraídas en honor de una hipótesis, de la que sólo se sabe el nombre, molesto porque la cosa no tenga lugar, tales conclusiones, digo, importan poco a su autor. Un hombre del mérito de Needham todavía tenía menos necesidad de anular el de M. G eoffroy8, que, en la medida en que puedo establecer un juicio por su estudio sobre la estructura y los princi­ pales usos de las flores, ha conjeturado en exceso que las plantas eran fecundadas por el polvo de sus estambres. Esto sea dicho de paso. El líquido de la planta disuelve mejor que ningún otro la ma­ teria que debe fecundarla, de manera que sólo la parte más sutil de esta materia dará con el objetivo. ¿No lleva lo más sutil del semen del hombre también su gusano o su pequeño pez hasta el ovario de la mujer? Needham 1 compara la acción de los glóbulos fecundantes a la de un eolipillo violentamente calentado. Parece también semejante 1 Nouvelles découvertes faites avec le Microscope (Leiden, 1747).

a una especie de pequeña pamplina, tanto en la naturaleza misma o a través de la observación, como en la imagen que este joven e ilustre naturalista inglés nos ha dado de la eyaculación de las plantas. Si el jugo propio de cada vegetal produce esta acción de una manera incomprensible, actuando sobre las motas de polvo, como hace por lo demás el agua pura, ¿comprendemos mejor cómo la imaginación de un hombre dormido produce poluciones, actuando sobre los músculos erectores y eyaculadores, que, incluso solos y sin el auxilio de la imaginación, ocasionan algunas veces los mis­ mos accidentes? Eso, a menos que los fenómenos que tienen lugar en una y otra parte, no procedan de una misma causa, quiero decir, de un principio de irritación, que, tras haber tensado los resortes, los aflojara. En tal caso, el agua pura, y principalmente el líquido de la planta, no actuaría sobre las motas de polvo de un modo dis­ tinto a como la sangre y los espíritus actúan sobre los músculos y los depósitos del semen. La eyaculación de las plantas sólo dura un segundo o dos. ¿Dura la nuestra mucho más? No lo creo, aunque la continencia presenta aquí variedades que dependen del mayor o menor esperma acumu­ lado en las vesículas seminales. Al igual que ocurre en la expiración, era preciso que fuese breve: unos placeres demasiado largos hubie­ ran sido nuestra tumba. A falta de aire o respiración, ningún animal habría dado la vida más que a expensas de la suya propia, y verda­ deramente habría muerto de placer. Los mismos ovarios, los mismos huevos y la misma facultad fecundante. La menor gota de esperma conteniendo un gran número de gusanillos puede, como se ha visto, dar vida a un gran número de huevos. La misma esterilidad también, y la misma impotencia por ambos lados. Si hay pocos granos que den en el objetivo, y sean verda­ deramente fecundos, pocos animaculos penetran en el huevo feme­ nino. Pero una ve2 se implanta, es nutrido como el glóbulo de polvo, y uno y otro forman con el tiempo el ser de su especie, un hombre y una planta. Los huevos o las semillas de la planta, llamados sin acierto gér­ menes, nunca llegan a ser fetos, si no son fecundados por el polvo que les corresponde. De igual modo, una mujer no procrea hijos, a menos que el hombre no le lance, por así decir, el extracto de sí mismo en el fondo de las entrañas. ¿Es preciso que este polvo haya adquirido cierto grado de madurez para ser fecundo? La simiente del hombre tampoco es

indicada para la generación durante la infancia, quizá porque nues­ tro pequeño gusanillo se encuentra entonces en un estado de ninfa, como ha vislumbrado el traductor9 de Needham. Sucede lo mismo, cuando se está excesivamente agotado, sin duda porque los animaculos mal alimentados mueren, o cuando menos son demasiado débiles. En vano se siembran tales semillas, ya sea animales o vege­ tales, porque son estériles y no producen nada. La medida es la madre de la fecundidad. El amnios, el corion, el cordón umbilical, la matriz, etc., se encuentran en los dos reinos. En definitiva, ¿sale el feto humano de la prisión materna por sus propias fuerzas? E l de las plantas, o, para decirlo neológicamente, la planta em brionada, cae al menor movimiento, en cuanto está madura. Eso es el parto vegetal. Si el hombre no es una producción vegetal, como el árbol de Diana, y otros, al menos es un insecto que introduce sus raíces en la matriz, como el germen fecundado de las plantas en la suya. Sin embargo, no habría nada de sorprendente en esta idea, puesto que Needham observa que los pólipos, los bernachos y otros animales se multiplican por vegetación10. ¿No se poda también, por así decir, a un hombre como a un árbol? Un autor universalmente sabio lo ha dicho antes que yo. Este bosque de hermosos hombres que cubre Prusia, se debe a los cuidados y a los esfuerzos de su rey. La generosidad logra más que el espíritu, es su aguijón. Sólo ella puede esculpirlo, por así decir, en árboles de los jardines de Marli, y además, en árboles que, por estériles que pudieran ser, darán los frutos más hermosos. ¿Es pues sorprendente que las bellas artes tomen hoy Prusia por su país natal? ¿No tenía derecho el espíritu a contar con las ventajas más halagadoras, por parte de un príncipe que tiene tanto? Entre las plantas también hay negros, mulatos, manchas en las que la imaginación no interviene, a no ser quizá en la de Mr. Colonnan. Hay penachos singulares, monstruos, lobos, espíritus ma­ lignos, colas de monos y de pájaros. En fin, lo que constituye la mayor y más maravillosa analogía, es que los fetos de las plantas se alimentan, como Mr. M onroo12 ha demostrado, siguiendo una combinación del mecanismo de los ovíparos y vivíparos. Esto basta sobre la analogía de los dos reinos.

Capítulo II

Paso a la segunda parte de esta obra, o a la diferencia de los dos reinos. La planta está arraigada en la tierra que la nutre, no tiene ninguna necesidad, se fecunda por sí misma, y no tiene la facultad de moverse. En fin, se la ha considerado como un animal inmóvil, que, sin embargo, carece de inteligencia e incluso de sentimiento. Aunque el animal sea una planta móvil, se lo puede considerar como un ser de una especie muy diferente, pues no sólo tiene el poder de moverse, y el movimiento la cuesta tan poco, que influye sobre la salud de los órganos de los que depende, sino que siente, piensa, y puede satisfacer esta multitud de necesidades que le asedian. Las razones de estas variaciones se encuentran en estas varie­ dades mismas, con las leyes que voy a citar. Cuantas más necesidades tiene un cuerpo organizado, más me­ dios le ha dado la naturaleza para satisfacerlas. Estos medios son los diversos grados de esta sagacidad, conocida bajo el nombre de instinto en los animales y de alma en el hombre. Cuantas menos necesidades tiene un cuerpo organizado, menos difícil es alimentarlo y educarlo, y más inferior es su capacidad de inteligencia. Los seres sin necesidades tampoco tienen espíritu, última ley que se desprende de las otras dos. El niño pegado al pezón de su nodriza, mamando sin cesar, da una justa idea de la planta. Cría de la tierra, sólo abandona su seno al morir. Mientras dura la vida, la planta se halla identificada con la tierra, y sus visceras se confunden, separándose sólo a la fuerza. De ahí que no tenga ninguna dificultad, ni inquietud por tener de qué vivir; por consiguiente ninguna necesidad por esta parte. Las plantas además hacen el amor sin fatiga; pues o llevan en sí el doble instrumento de la generación y son los únicos hermafroditas que pueden embarazarse por sí solos, o si en cada flor los sexos se hallan separados, basta que las flores no estén demasiado lejos unas de otras, para que puedan entremezclarse. Algunas veces incluso tiene lugar la copulación, aunque de lejos, e incluso de muy lejos. La palmera de Pontanus 13 no es el único ejemplo de árboles fecundados a una gran distancia. Desde hace mucho tiempo se sabe que son los vientos, estos mensajeros del amor vegetal, quienes

llevan a las plantas hembras el esperma de los machos. Las nuestras no corren de ordinario riesgos semejantes en pleno viento. La tierra no es únicamente la nodriza de las plantas, sino que de algún modo es su artífice, y no contenta con amamantarlas, las viste. De los mismos jugos que las alimentan hace hilar vestidos que las envuelven. Me refiero a la corola, de que he hablado, y que está adornada con los colores más bellos. El hombre, y sobre todo la mujer, tienen la suya vestida, y con diversos adornos du­ rante el día; pues por la noche son flores casi desnudas. ¡Qué diferencia entre las plantas de nuestra especie y las que cubren la superficie de la tierra! Rivales de los astros, forman el brillante esmalte de las praderas, pero éstas no tienen penas ni placeres. ¡Qué bien dispuesto está todo! Mueren al igual que viven, sin darse cuenta. No era justo que quien vive sin placer, muriera con pena. No sólo las plantas no tienen alma, sino que esta sustancia les era inútil. No teniendo ninguna de las necesidades de la vida animal, ninguna inquietud fuerte, ninguna preocupación, ningún paso a dar, ningún deseo, toda sombra de inteligencia les hubiera sido tan superflua, como la luz a un ciego. A falta de pruebas filo­ sóficas, esta razón unida a nuestros sentidos declara en contra del alma de los vegetales. El instinto todavía ha sido más legítimamente rehusado a todos los cuerpos pegados a las rocas, a los barcos, o que se forman en las entrañas de la tierra. Tal vez la formación de los minerales tiene lugar según las leyes de la atracción, de manera que el hierro no atrae jamás el oro, ni el oro al hierro, al igual que todas las partes heterogéneas se repelen, y que sólo las homogéneas se unen o constituyen un cuerpo entre sí. Pero sin afirmar nada en una oscuridad común a todas las generaciones, pues, ¿acaso por ignorar cómo se fabrican los fósiles, habrá que invocar o más bien suponer un alma para ex­ plicar la formación de estos cuerpos? ¡Estaría bien (sobre todo tras haber despojado de ésta a seres organizados, donde se encuen­ tran tantos vasos como en el hombre), estaría bien, digo, querer revestir de ella a cuerpos de una estructura simple, grosera y compacta! ¡Son imaginaciones y quimeras antiguas estas almas prodigadas a todos los reinos! ¡Y necedades en los modernos que han tratado de reavivarlas con un soplo sutil! Dejemos sus nombres y sus manes en paz, pues el Galeno de los alemanes, Sennert14, saldría demasiado malparado.

Miro todo lo que han dicho como juegos filosóficos y bagatelas, cuyo único mérito es la dificultad, d ifficiles nugae (*). ¿Es necesario recurrir a un alma para explicar el crecimiento de las plantas, infi­ nitamente más rápido que el de las piedras? Y en la vegetación de todos los cuerpos, desde el blando hasta el más duro, ¿no depende todo de los jugos nutritivos más o menos terrestres, y aplicados con diversos grados de fuerza a masas más o menos duras? A través de ello, en efecto, compruebo que una roca debe crecer menos en cien años, que una planta en ocho días. Por lo demás, hay que perdonar a los antiguos sus almas gene­ rales y particulares. No estaban familiarizados con la estructura y la organización de los cuerpos, por falta de física experimental y anatomía. Todo debía ser tan incomprensible para ellos, como para estos niños o estos salvajes, que al ver por primera vez un reloj, cuyos resortes desconocen, lo creen animado o dotado de un alma como ellos, mientras que basta echar una mirada sobre el artificio de esta máquina, artificio simple, que realmente supone no un alma que le pertenezca propiamente, sino la de un obrero inte­ ligente, sin el cual el azar jamás hubiera marcado las horas ni el curso del sol. Nosotros, mucho más esclarecidos por la física, la cual nos muestra que no hay otra alma en el mundo más que Dios y el movimiento, ni otra alma de las plantas que el calor, más esclare­ cidos por la anatomía, cuyo escalpelo se ha ejercido tan felizmente sobre ellas, como sobre nosotros y los animales, y, en fin, más instruidos por las observaciones microscópicas que nos han descu­ bierto la generación de las plantas, nuestros ojos no pueden abrirse a la luz de tantos descubrimientos, sin ver, pese a la gran analogía expuesta precedentemente, que el hombre y la planta difieren tal vez entre ellos mucho más de lo que se parecen. En efecto, de todos los seres conocidos hasta el presente, el hombre es quizá el que tiene más alma, porque debía ocurrir así, y la planta, salvo los mine­ rales, el que debía tener menos. ¡Qué alma tan bella después de todo la que, no ocupándose de ningún objeto, de ningún deseo, sin pasiones, sin vicios, sin virtudes y sobre todo sin necesidades, no tu­ viera que asumir el cuidado de proveer a su cuerpo de. alimento! Tras los vegetales y los minerales, cuerpos sin alma, vienen ios seres que empiezan a animarse, como el pólipo y todas las plantas animales desconocidas hasta hoy en día, y que otros dichosos Trembleys 15 descubrirán con el tiempo.

Cuanto más dependan los cuerpos a que me refiero de la natu­ raleza vegetal, menos instinto tendrán, y menos discernimiento su­ pondrán sus operaciones. Cuanto más participen de la animalidad, o hagan funciones semejantes a las nuestras, más generosamente provistos de este don precioso estarán. Estos seres intermedios o mixtos, que yo llamo así, porque son hijos de los dos reinos, tendrán en definitiva mucha más inteligencia, en la medida que se vean obligados a hacer ma­ yores movimientos para hallar su subsistencia. El último o el más vivo de los animales sucede aquí a la más espiritual de las plantas animales, me refiero a aquél que, de todos los verdaderos seres de esta especie, hace el menor movimiento o esfuerzo, para encontrar sus alimentos y su hembra, pero siempre un poco más que la primera planta animal. Este animal tendrá más instinto que ella, aun cuando este excedente de movimiento sólo sea del espesor de un cabello. Sucede lo mismo con todos los de­ más, en proporción a las inquietudes que los atormentan: sin esta inteligencia relativa a las necesidades, éste no podría alargar el cuello, aquél arrastrarse, el otro bajar o levantar la cabeza, volar, nadar, andar, y ello visiblemente a propósito para encontrar su alimento. Así, de no tener aptitud para reparar las pérdidas que sin cesar causan los animales que transpiran menos, ningún indi­ viduo podría continuar viviendo, porque perecería a medida que fuera procreando, y, por consiguiente, los cuerpos existirían en vano, si Dios no les hubiera dado a todos, por así decir, esta porción de sí mismo, que Virgilio exalta tan magníficamente en las abejas16.

Capítulo III

Nada más encantador que esta contemplación, que tiene por objeto esta escala imperceptiblemente graduada, a través de la cual, se ve a la naturaleza pasar por todos y cada uno de sus grados, sin saltar jamás un solo escalón entre todas sus diversas producciones. ¡Qué cuadro nos ofrece el espectáculo del universo! Todo está perfectamente ajustado, nada contrasta, y si se pasa del blanco al negro, es por una infinidad de matices o gradaciones que hacen este paso infinitamente agradable. E l hombre y la planta representan el blanco y el negro, mientras que los cuadrúpedos, los pájaros, los peces, los insectos, los anfi­

bios, nos muestran los colores intermedios que suavizan este sor­ prendente contraste. Sin estos colores, sin las operaciones animales, todas diferentes entre sí y que quiero designar bajo este nombre, el hombre, este soberbio animal hecho de barro como los demás, hubiera creído ser un dios sobre la tierra, y sólo se hubiera adorado a sí mismo. No hay animal, por ruin y vil que sea su apariencia, que a simple vista no disminuya el amor propio de un filósofo. Si la casualidad nos ha situado en lo alto de la escala, pensemos que algo de más o de menos en el cerebro, donde se encuentra el alma de todos los hombres (a excepción de los leibnicianos), puede pre­ cipitarnos de inmediato abajo, y no despreciemos a seres que tienen el mismo origen que nosotros. En verdad son de segunda fila, pero más estables y seguros. Descendamos del hombre más espiritual hasta el más vil de los vegetales, e incluso de los fósiles: remontémonos del último de estos cuerpos al primero de los genios, abarcando así todo el círculo de los reinos, y admiraremos en todas partes esta uniforme variedad de la naturaleza. ¿Termina aquí el espíritu? Allí se le ve a punto de apagarse, porque es un fuego que carece de alimento, pero en otra parte se reaviva, brilla en nosotros, y es el guía de los anímales. Convendría traer a colación un apartado de historia natural, para demostrar que la inteligencia ha sido dada a todos los ani­ males en razón de sus necesidades. Pero, ¿para qué sirven tantos ejemplos y hechos? Nos sobrecargarían sin aumentar nuestras luces, y tales hechos por lo demás se encuentran en los libros de estos observadores infatigables, que muy a menudo me atrevo a llamar maniobras de filósofos. Que se divierta quien quiera aburriéndonos con todas las mara­ villas de la naturaleza: que uno se pase la vida observando los insectos, otro contando los huesedtos de la membrana del oído de ciertos peces, o midiendo incluso, si se quiere, a qué distancia pue­ de saltar una pulga, por no mencionar tantos otros objetos mise­ rables, porque yo, que sólo siento curiosidad por la filosofía, que sólo me molesta no poder extender sus límites, no tendré nunca otro punto de partida que la naturaleza activa. Me gusta verla a lo lejos, ya sea en grande o en general, y no en particular o en peque­ ños detalles que, aunque necesarios hasta cierta medida en todas las ciencias, comúnmente son la señal del poco talento de quienes se entregan a ellos. Unicamente a través de esta manera de consi­ derar las cosas, se puede asegurar que el hombre no sólo no es enteramente una planta, sino que ni siquiera es un animal como

otro. ¿Es necesario repetir cuál es la razón? Pues que teniendo infinitamente más necesidades, era preciso que tuviera infinitamente más espíritu. ¿Quién hubiera creído que: una causa tan triste produjera tan grandes efectos? ¿Quién hubiera creído que una sumisión tan molesta a todas estas inoportunas necesidades de la vida, que a cada instante nos recuerdan la miseria de nuestro origen y de nues­ tra condición, quién hubiera creído, digo, que tal principio fuera la fuente de nuestra felicidad y de nuestra dignidad, digamos más, de la misma voluptuosidad del espíritu, tan superior a la del cuerpo? Ciertamente, si nuestras necesidades, como no puede dudarse, son una consecuencia necesaria de la estructura de nuestros órganos, no es menos evidente que nuestra alma depende directamente de nuestras necesidades, y está tan alerta para satisfacer y prevenir, que nada pasa delante suyo. Es preciso que la misma voluntad les obe­ dezca. Se puede decir, pues, que nuestra alma adquiere fuerza y sagacidad en proporción a su número, semejante a un general del ejército que tanto más hábil y brioso se muestra, cuantos más ene­ migos tiene que combatir. Sé que el mono se parece al hombre en muchas otras cosas que en los dientes, como la anatomía comparada da fe de ello, aunque éstas hayan bastado a Linneo para colocar- al hombre en el rango de los cuadrúpedos (a su cabeza, en realidad). Pero, cualquiera que sea la docilidad de este animal y por espiritual que pueda ser, el hombre muestra mucha más facilidad para instruirse. Con razón se ensalza la excelencia de las operaciones de los animales, incitando a que se confronten con las del hombre. Descartes las había menos­ preciado, y tenía sus motivos para ello, pero por mucho que se diga, por muchos prodigios que se cuenten, no atacan la preemi­ nencia de nuestra alma, y ciertamente es de la misma pasta y de la misma fábrica, pero no, ni remotamente de la misma calidad. En virtud de esta calidad tan superior del alma humana, de este exceso de luces, que visiblemente resulta de una organización determinada, el hombre es el rey de los animales, el único conforme a la socie­ dad, cuyo ingenio ha inventando las lenguas, y cuya sabiduría ha originado las leyes y las costumbres. Me queda por prevenir una objeción que se me podría hacer. Si vuestro principio, se me dirá, fuera generalmente verdadero, si las necesidades de los cuerpos fueran la medida de su espíritu, por qué hasta una cierta edad, en que el hombre tiene más necesi­ dades que nunca, puesto que crea tanto más cuanto más próximo se halla de su origen, por qué tiene entonces tan poco instinto, que

sin mil cuidados continuos perecería infaliblemente, mientras que los animales recién nacidos, muestran tanta sagacidad, ellos que, hipotéticamente e incluso en la realidad, tienen tan pocas nece­ sidades. Se dará poca importancia a este argumento, si se considera que los animales al venir al mundo ya han pasado en la matriz un largo tiempo de su breve vida, y de ahí que estén tan formados, que un cordero de un día, por ejemplo, corre por el prado y pasta en la hierba, como su padre y su madre. El estado fetal del hombre es proporcionalmente menos largo, pues sólo pasa en la matriz una veinticincoava parte posible de su larga vida, luego si no está suficientemente formado, no puede pen­ sar, pues es preciso que los órganos hayan tenido tiempo de endu­ recerse y de adquirir esa fuerza que debe producir la luz del ins­ tinto, por la misma razón que un guijarro no da chispa, si no es duro. El hombre nacido de padres más desnudos, más desnudo y más delicado que el animal, no puede adquirir tan de prisa su inte­ ligencia. Tardía en uno, es justo que sea precoz en el otro, el cual no pierde nada por esperar, pues la naturaleza lo indemniza con creces, procurándole órganos más móviles y más ligeros. Para formar un discernimiento como el nuestro, era preciso más tiempo del que la naturaleza emplea para la fabricación del de los animales, y del mismo modo que era preciso pasar por la infancia, para llegar a la razón, y era preciso tener las contrariedades y las penas de la animalidad, para extraer las ventajas que caracterizan al hombre. El instinto de los animales concedido al hombre recién nacido no hubiera bastado para afrontar las debilidades que asedian su cuna. Todos sus ardides sucumbirían aquí. Conceded recíprocamente al niño el único instinto de los animales que más tienen, y éste ni siquiera podrá atar su cordón umbilical, y menos aún buscar el pecho de su nodriza. Conceded a los animales nuestras primeras incomodidades, y perecerán todos. He considerado el alma como formando parte de la historia natural de los cuerpos animados, pero me guardo de dar la dife­ rencia gradual de una a otra, por ser tan nueva como las razones de esta gradación. Pues, ¿cuántos filósofos e incluso teólogos han atribuido un alma a los animales? 17. De manera que, por ejemplo, el alma del hombre, según uno de estos últimos, es respecto al alma de los animales, lo que la de los ángeles es a la del hombre, y aparentemente, siempre remontándose, lo que la de Dios es respecto a la de los ángeles.

LOS A N IM A LES MAS Q U E M AQUINAS 1 «Las bestias no son tan bestias como se cree» 2

Antes de Descartes ningún filósofo había considerado a los animales como máquinas. Tras este célebre hombre, sólo uno de los modernos más osados se ha atrevido a despertar una opinión, que parecía condenada al olvido e incluso a un desprecio perpetuo; no para vengar a su compatriota sino, llevando la temeridad al extremo, para aplicar al hombre sin ningún rodeo lo que se había dicho de los animales, para degradarlo, rebajarlo a lo que hay de más vil, y confundir así al Patrón y al Rey con sus súbditos. Bueno es humillar de vez en cuando la arrogancia y el orgullo del hombre, pero no es preciso que sea en prejuicio de la verdad. Los que pretenden que los animales no tienen alma, por temor a que el hombre deba incluirse en su clase y limitarse a ser el pri­ mero entre iguales, en vano acumulan fuerzas y más fuerzas, argu­ mentos y más argumentos. Los dardos que lanzan estos temerarios, recaen sobre ellos y no alcanzan esta sublime sustancia. Sé que el rostro de los animales nada tiene que ver con el humano, pero ¿no hay que ser muy limitado, muy llano y muy poco filósofo, para condescender así a las apariencias y juzgar el árbol únicamente por la corteza? ¿Qué cambia la forma más o menos bella, allí donde encontramos los mismos rasgos sensible­ mente grabados por la misma mano? La anatomía comparada nos ofrece las mismas partes, las mismas funciones, por doquier el mismo juego y el mismo espectáculo. Los animales no carecen de los sentidos internos como tampoco de los externos, por consi-

guíente, se hallan dotados como nosotros de todas las facultades espirituales que derivan de ellos, me refiero a la percepción, a la memoria, a la imaginación, al juicio, al razonamiento, cosas que, según ha demostrado Boerhaave, pertenecen todas a estos sentidos. De donde se deduce que sabemos, sea a través de la teoría como por la práctica de sus operaciones, que los animales tienen un alma producto de las mismas combinaciones que la nuestra, y, no obs­ tante, como se verá a continuación, completamente distinta de la materia. Nada tan verdadero como esta paradoja. Abandonemos estas consideraciones triviales. Los sueños de los animales en voz alta o baja, su sobresalto al despertar, el buen servicio que les rinde su memoria, estos temores, estas inquietudes, su aire embarazado en tantas ocasiones, su algería al ver al amo y el plato favorito, su elección de los medios más adecuados para desenvolverse, todo se nos asemeja. ¿No bastarían pues signos tan numerosos y sorprendentes para probar que nuestra vanidad, tras asignar el instinto a los animales, adornándonos con este ser extraño, inconstante y veleidoso, llamado razón, nos ha distinguido más de palabra que otra cosa? Pero, se dice, que los animales carecen de habla. ¡Admirable objeción! Agregad también que andan a cuatro patas, y que no ven el cielo si no es tendidos de espaldas, reprochando en fin al autor de la naturaleza el inocente placer que ha tenido en variar sus obras. ¿Qué priva a los animales del don del habla? Quizá nada. Esta nada de Fontenelle3, que lo distingue tanto a sí mismo de casi todos los demás hombres, como éstos se distinguen de los animales irra­ cionales. Tal vez, además, este débil obstáculo desaparezca un día; ello no es imposible, según el autor del Hombre-M áquina. ¡Seduc­ tor ejemplo de su gran mono! ¡Y qué bellos proyectos le han pasado por la cabeza! Pese a que los hombres hablen, deben recordar que no han hablado desde siempre. Mientras no han estado en otra escuela que la de la naturaleza, su primer lenguaje ha consistido en sonidos inarticulados, tales como los de los animales. El de la máquina es anterior al arte y a la palabra, sólo pertenece a ella. Por lo demás, ¡mediante cuántos gestos y signos puede hacerse entender el len­ guaje más mudo! ¡Qué expresión tan inocente e ingenua! ¡Qué energía — que a todo el mundo asombra, y que todo el mundo com­ prende—• en esas contraposiciones de sonidos arbitrarios, que azo­ tan el aire y no expresan nada para el extraño que los oye! ¿Acaso es necesario hablar, para parecer sensible y reflexivo? Bastante habla quien muestra sentimiento. Primera prueba del alma de los

animales. La perfecta analogía que se encuentra entre ellos y nos­ otros, procura la segunda y la demuestra; es la conciencia íntima que tienen, al igual que nosotros, de sus propias sensaciones. Si se pudiera ser autor, sin hacer, como el piadoso R ollin4, una ostentación de lo que se hace y de lo que no se hace, ¿se necesi­ taría algo más para tener el derecho de concluir que tan injusto es negar un alma a los animales, como que ellos no reconocieran la nuestra con toda su superioridad? Prosigamos, ya que está escrito que siempre habrá autores, es decir, personas cuya profesión es entretenerse variando la opinión y como el ropaje de las ciencias, para hacer de la misma materia incesantemente modificada y rumiada, un libro de una forma, no sólo presentable a los lectores, sino a los libreros que, como 1 el monseñor de Voltaire, miden la obra a la toesa. No obstante, tened por seguro que no haré un volumen para probar mi tesis. Me contentaré con hacer ver que es el alma y no el cuerpo, la que ve, oye, quiere, siente, y que, finalmente, todo lo que algunos atribuyen al mecanismo de los cuerpos animados, en su sistema epicúreo-cartesiano invertido y mal ajustado, no de­ pende en absoluto del alma ni de que todo se opere por la potencia de este ser inmortal. Tal es la línea que debo seguir; sólo he dado el primer paso. . Empecemos por demostrar que el alma es la que ve y cómo. Sin duda creéis con todos los físicos y metafísicos, que el alma no podría ver sin la propagación de la imagen trazada sobre la retina, o al menos sin alguna impresión de esta imagen, que repro­ duzca una sensación en el cerebro. Estáis en un error. Bien podía ser así antaño, pero tras el gran teórico Tralles 5, se diría de la vista lo que Moliere hace declamar acerca del hígado a uno de sus perso­ najes: Las cosas han cam biado mucho. Para que el alma vea, no es necesario que las imágenes pasen al cerebro, basta que los objetos se representen en él, o más bien sean percibidos, y basta que el diseño permanezca trazado sobre esta cortina, hasta ser borrado por un nuevo colorido. Mientras la pintura de los objetos se halla sobre esta membrana, el alma la ve sin otra mediación, y cuando desaparece, ésta la recuerda. He aquí todo el misterio. Observad, os lo ruego, que para juzgar bien unos objetos, no se debe estar ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. ¿Pretendéis que las mismas imágenes pintadas sobre la retina, lo estén también

sobre el cerebro? Corréis el riesgo de ofuscar el alma mediante la fuerza de la reverberación. Más sensible que ningún termómetro, subiría, se agitaría y saldría de este asiento tranquilo que procura su sangre fría. Dejaría de haber filósofos: todos los hombres serían entusiastas, especie de epilépticos fáciles de conocer por la espuma que les viene a la boca, por la menor opinión osada, siempre segura de serles desagradable, en cuanto se les contradice y se hiere su amor propio. Al igual que el ojo no se ve en un espejo demasiado próximo a él, el alma no podría ver así imágenes que la tocaran. Por ello, el prudente médico de Breslau6 ha juzgado indicado alejar el foco de la visión. ¡Bien hecho, gran doctor! El alma es tan distinta del cuerpo que se la puede aislar perfectamente y separar de las piezas necesarias para la obra de su misión; aparte de que es peligroso que un cuerpo pueda afectarla de inmediato, por temor a que no forme parte real de la viscera, de la cual sólo es parte ideal o metafísica. Supuesto esto, el alma, semejante a un cazador al acecho en lo alto de su observatorio, sólo espera el desvanecimiento de los humores del ojo para percibir y aprehender todo lo que pasa delante de su ventana. Posee una lente enteramente dispuesta y adecuada adrede, que es lo que constituye el nervio óptico. Apenas se abre la ventana, o mejor la garita, la vista a distancia ya ha actuado; y con tal de que el instrumento se halle en buenas condiciones, y que el vaso no esté húmedo ni opaco, el alma podrá ver claramente los objetos que se ofrezcan a su mirada, sin que este enorme paquete de médula donde nuestras almas se hallan sepultadas en vida pueda impedírselo. Si las figuras pudieran pasar al cerebro a través de los ojos, también pasarían a él por la puerta del gusto. Hay poca diferencia, o más bien una semejanza tan perfecta entre los cuerpos sápidos y visibles, que no nos veríamos obligados a recurrir a la química, para conocer la forma de las moléculas que actúan sobre las papilas nerviosas de la lengua y del paladar. Reflexión tan sensata atrae los sufragios, y me ha parecido indiscutible. Coraje, coraje, doctor, ahora emprendéis una brillante carrera. ¡Retratos de la naturaleza, recibid pues las mismas órdenes que las olas del mar: nuestros límites están señalados. Penetraréis hasta la retina, pero permaneceréis allí revoloteando sin cesar, de una parte a otra, sin ir más lejos! Un hércules moderno ha plan­ tado orgullosamente en el fondo del ojo las firmes columnas de su sistema, y estas columnas son nuestro non plus ultra.

Pero, ¡cómo no admirar a Tralles 7, sobre todo cuando, encan­ tado con razón por las sorprendentes maravillas de las cuales el globo del ojo contiene todo un enjambre, no puede evitar cierto entusiasmo ante su presencia! Digamos con él: «sí, sin duda, este bello órgano encierra algo más que los llamados cuerpo y materia, algo de sobrenatural y de divino». No nos atrevemos a convertirlo en el asiento del alma, esto sería demasiado nuevo, pero tal vez ésta no se habrá negado a poner la última mano en esta obra mara­ villosa. Puede ocurrir que, como una salamandra que se metamorfoseara en sílfide, ésta haya abandonado de buen grado el fuego del cerebro, para venir de vez en cuando a tomar el fresco en el aire del ojo, o si no lo ha purificado todo, como otro Sócrates, por lo menos al salir ha dejado las huellas eternas de la divinidad de la que ella forma parte. E t cera incessu patuit Dea (*). El oído responde a la visión y se constituye de igual modo. El nervio acústico o auditivo, tras haber penetrado en la oreja, se dilata en una estrella o membrana igualmente fina, siguiendo así esta constante uniformidad que la naturaleza muestra por todas partes. Esta tela que reviste y tapiza los canales semi circulares es la sede del oído, al igual que la retina es la de la vista. Tal es el centro donde van a desembocar todas las ondas sonoras. El aire en movimiento, por cualquier motivo, comunica un ligero estre­ mecimiento al tímpano, y éste a los pequeños huesecitos del oído que agitan el aire interno, el cual acaba por afectar la superficie infinitamente blanda y delicada de que he hablado. Apenas tiembla débilmente esta cortina, el alma ya ha oído. Es ella la que ve y oye tanto en el pájaro y en el geómetra, como en el metafísico. Sólo los peces dejan de hallarse sometidos a este mecanismo, pues oyen muy bien sin el auxilio de un órgano semejante al de los otros animales. El agua alterada por el sonido, lleva a través de la comu­ nicación del movimiento que se propaga de onda en onda, lleva, digo, la misma sensación a su sensorium comune, tal vez por el mero tacto. Al igual que los sordos tienen sus orejas de algún modo en los ojos, que parecen mejores, y los ciegos, sus ojos en el tacto, que sin embargo no siempre es tan exquisito en unos como en otros (pues ¡qué diferencia entre el de Saunderson 8 y el tacto de nuestros ciegos!), la naturaleza así no ha querido privar a los peces de esta misma compensación del órgano del oído, aunque aquello que lo reemplaza, lo que precisamente constituye su oído, se desconozca. El espectáculo y la consideración de los cuerpos animados nos (*)

Y por su paso demostró ser verdaderamente diosa.

ofrecen a cada paso tantos prodigios, que sólo la fabricación del alma podía explicarlos. 1. Una masa tan pequeña como la del cerebro, pese a ser con­ cebida como una superficie extensa cien veces más delgada que la lámina de oro más fina, no puede ser, según Tralles, el punto de convergencia de esta multitud innumerable de imágenes y de sonidos, que es deseable que se propague y se deposite. Es una galería que no puede contener tantos cuadros. 2. ¡Cuál sería el lenguaje de los animales, ya sea mudos o no, si se expresaran mediante palabras o gestos! ¡Qué confusión! Cuando pienso en el mero catálogo de conocimientos de un hombre como Boerhaave y en el número de páginas que le dedica Tralles,. el cual se ha tomado el trabajo de hacerlo, me gusta concluir con él que, así como tantas pinturas sólo pueden llevar a un caos o a un galimatías de imágenes en las mejores cabezas, los numerosos sonidos introducidos en el cerebro sólo pueden salir en desorden, con la confusión de lenguas de la torre de Babel, y como produ­ ciendo una especie de desastre. Si el alma no hubiera tenido el poder de ver y oír de lejos por sí misma, y de recordar seguidamente los sonidos y las imágenes en el primer acto de la voluntad, y si no se hubiera encargado de juzgar a unos cuerpos, independientemente de los sentidos some­ tidos a su acción, y sin ninguna relación entre estos viles em pleados: adiós claridad, adiós escrutinio, adiós distinción de ideas. Impo­ sible tener una preferencia en lugar de otra. ¿Cómo contemplarlos, separarlos, aproximarlos, combinarlos? ¿Dónde están, exclama ma­ ravillado nuestro docto comentarista, dónde están los cajones y la cómoda suficientemente espaciosa para meter la idea o la repre­ sentación de cada cosa en su lugar correspondiente y en su verda­ dero puesto, en tal orden que sea fácil de encontrar? ¡El cerebro, almacén, arsenal o repertorio de todas nuestras ideas! ¡Ah! ¡Sí, así es una vez más! Sólo queda definir la memoria de este modo para dar en todas los defectos del materialismo. Pero yo quiero que la impresión de los objetos externos pase hasta el cerebro, y que se me diga, qué lugar ocupa en esta viscera un sonido y una imagen, cómo una simple máquina puede habituarse a distinguir las voces entre sí, sean las de los animales, las de los hombres, o las de las mujeres (y a través de ellas las diferentes edades), y la de este anfibio sin barba, que no es hombre ni mujer, cuyo sexo único es la sombra del de estos últimos, y que no tiene otro talento que el de cantar. Que todos nuestros sabios mecanicistas nos digan, por qué mecanismos ignoro cuál es el resorte sensitivo que se introduce

en la sustancia, que a su vez lo compone y por el cual uno se acuerda de una voz que sólo se ha oído una vez hace veinte años. En fin, que se responda a San Agustín — tengo derecho a exigirlo— cuando se objeta como Tralles y otros (más sólidamente quizá de lo que aquellos que han leído a Locke y Condillac imaginan): ¿Por qué sentido habrían entrado en el entendimiento ideas tan espiri­ tuales como la del pensamiento, por ejemplo, y la del ser? ¿Son éstas luminosas o de color si han entrado por la vista? ¿Tienen un olor bueno o malo si han entrado por el olfato? ¿Tienen buen o mal gusto si han entrado por el sabor? ¿Están frías o calientes si han entrado por el tacto? Si no se puede responder nada, no seamos irrazonables y reconozcamos que ninguna de nuestras ideas espiri­ tuales extrae su origen de los sentidos, y, por consiguiente, que nuestra alma tiene la facultad de formarlas por sí misma. Pidamos menos: que se nos diga solamente cuál es el color o la imagen de un sonido, qué pintura es ésta que de la retina se propaga al cerebro, y cuál es, por último, esta huella de los espí­ ritus animales, por la que todo se explica tan cómodamente. Y si no se nos puede satisfacer una justa curiosidad, tendremos derecho a admitir en el cuerpo un ser, distinto esencialmente del cuerpo. Ser, que al menos dé razones espirituales de todos los fenómenos del reino pensante. ¡Para siempre, repudiadas estas quimeras, para siempre rele­ gadas para los filósofos no cristianos todas estas huellas, estos vestigios, estas impresiones de los cuerpos en el cerebro! Como todo lo que he dicho de los sentidos nobles se aplica muy bien a los groseros, entre los cuales nada tan innoble, nada tan burgués a mi parecer como el tacto, se deduce que el olfato con mayor razón no tendrá más privilegio que el oído y la vista. Así la impre­ sión de los olores tendrá orden de no penetrar más allá de dicho nervio de las narices, conservado en fresco por la fina membrana de Schneider, que lo cubre para ponerlo al abrigo de las inclemencias del aire e impedir que se reseque. En efecto, el alma que oye sin orejas, mientras el cuerpo no oye nada con dos, tampoco necesita nariz para sentir de lejos estos corpúsculos volátiles, para los cuales es un juego llevarla de la debilidad a la fuerza y de la muerte a la vida. Pero ¿dónde se detienen estas emanaciones de Boyle? ¿Qué nuevo Tralles marcará sus límites? ¿Quién nos dirá hasta dónde se exhala la evaporación de los cuerpos fragantes? ¿Quién se atre­ verá a decidir si la quintaesencia de los antiguos o el espíritu rector de los modernos se detiene en la primera región del cerebro o en

el esfuerzo de alcanzar la segunda, semejante a estos rayos que se apagan al entrar por la córnea antes de haber pasado a la cámara posterior del ojo, a menos que el tabaco más fino de España, el cual no puede abrirse paso a través de los trocitos del hueso etmoides completamente llenos de los filamentos del nervio olfativo, no resuelva este gran problema? ¡Cuántas dificultades! ¡Cuánta incertidumbre en todo! ¿Quién fijará además el punto, donde se detiene la progresión del movi­ miento impreso por el tacto? ¿Quién dirá hasta dónde hace ascen­ der el tacto a los espíritus animales en el termómetro de los nervios? ¿Se despojarán éstos de su sensación? ¿Perderán la nueva modifi­ cación que han recibido en lugar de perforar el cráneo, al igual que las arterias vertebrales y carótidas abandonan una parte de su elemento musculoso? Los unos para honrar al alma, que puede juzgar ciertos cuerpos con la punta del dedo, como se ve en los ciegos; las otras para no perturbar la razón mediante una elasti­ cidad insoportable, que tal vez nos hubiera vuelto locos a todos. Concedido esto al doctor Tralles, se ha imaginado sin funda­ mento que las sensaciones se dirigían hasta el cerebro, donde no hacían sino pasar, más rápidas que el relámpago, a través de la criba de los órganos de los sentidos, al igual que en el principio sensitivo, donde el alma no recibía ninguna sensación de no pene­ trar ésta última hasta el cerebro, el cual, según han probado tantas experiencias y observaciones indiscutibles, es la sede de esta sus­ tancia divina. Sin embargo, no tratemos de fingir; existen hipótesis favora­ bles a la propagación ulterior de los sentidos de las imágenes, en una palabra, de las sensaciones, y voy a exponerlas. Los objetos se representan en el fondo del ojo sobre la retina, porque esta membrana es la expansión del nervio óptico, y tal nervio parte de la médula del cerebro, y está compuesto de fibras dispuestas de modo circular, formando una cavidad imperceptible, en la cual fluyen espíritus animales, tan invisibles como esta cavi­ dad. Así, en este tubo nervioso fácilmente se conciben tantas fi­ brillas como puntos hay en la imagen del objeto, de manera que cada una, al ser alterada por la acción de los rayos que constituyen esta imagen, parece poder llevar al cerebro, el cual a su vez debe conducirla al alma, un estremecimiento siempre en menor propor­ ción a medida que se propaga al punto coloreado o a la impresión que ha recibido. Tal es el primer sistema, aunque su solidez sólo resida quizá en el número de partes que se hace intervenir, para explicar este fenómeno.

He aquí el segundo. No es tampoco la ondulación de las fibras nerviosas, lo que produce las sensaciones en el cerebro, sino el reflujo de los espíritus casi amedrentados. Al ser globulosos, se deslizan en todos sentidos con facilidad, pudiendo retroceder y avanzar todos en fila en una sola fibrilla, como las carrozas que tran­ sitan por una avenida (no encuentro comparación más sensible). Apenas se animan los primeros, éstos retroceden, presionan a los segundos, éstos a su vez a los terceros, y así sucesivamente — al igual que el mar al retirarse y del que éstos son una imagen muy sutil— hasta que finalmente todas las hileras o series de espíritus llegan a esta parte del cerebro, que nadie ha visto nunca, a no ser el difunto Mr. de la Peyronie 9; o que se ha visto pero no recono­ cido, y que los médicos llaman sensorium comune. Este sensorium ha sido colocado casi en las partes del cerebro, pero principalmente (desde que ha sido destronado de la glándula pineal) en los cuerpos callosos, punto en el cual se ha conjeturado erróneamente que se reunían todos los nervios. Entonces ¿será el choque del líquido, tan sorprendentemente móvil y tenue, lo que producirá la sensación propiamente dicha? ¿Será el retorno de los espíritus impelidos, como el jordán, contra su origen? ¿O será el movimiento continuado a lo largo de la só­ lida cuerda óptica? ¡Dios quiera que no admitamos ninguno de estos sistemas! Seguimos con demasiado celo los pasos del Pluche de la facultad de Breslau 10. ¿Qué idea tendríamos de nuestra alma, si las sensa­ ciones que la determinan, dependieran de un cambio proporcional a este punto casi matemático del que he hablado; si dependieran de una visión al infinito de la materia sensitiva, la cual propiamente no es más que el movimiento impreso en el nervio, movimiento que algunos, a causa de su sutilidad, lo han creído en sí mismo inmaterial? ¡Cuán bella sensación la que se produciría por un solo punto coloreado, sonoro, etc., cuyo efecto se repartiera en toda una inmensa sucesión de glóbulos nerviosos! ¡Qué alma tan bella, la que no sintiera ni pensara sino a consecuencia de una impresión que iría debilitándose siempre, para terminar muriendo en su última retirada! La naturaleza puede admitir perfectamente tamaña simplicidad; pero lo que la honra, no es igual para un ser incomprensible, que está tan por encima suyo, como el cielo de la tierra. Longo jam proxim us intervallo (*). No quiero cerrar los ojos ante todo lo que se alega, o puede

alegarse en favor de una u otra hipótesis. Admito que el fardo de una imagen tan infinitamente dividida no sería más difícil de llevar por un lado, que de recibir por el otro, ya sea en la suposición del reflujo de los espíritus, ya sea en la de la existencia del movi­ miento, o en la de la propagación del cambio de los órganos sensi­ tivos. Sé que existe una perfecta analogía, la cual todavía no se ha hecho valer bastante, entre la retina y el cerebro. Ambas sustancias nos ofrecen el mismo espectáculo: igual blancura, igual blandura, igual delicadeza en todo, tanto vasculosa como nerviosa. La rama se asemeja al tronco, y el pabellón o la antecámara a la gran estancia. Agregaré una cosa que no se le ha ocurrido a ningún autor, que yo sepa: la perfecta homogeneidad o similitud que acabo de cons­ tatar, no parece ser la verdadera razón por la cual la visión se hace siempre sobre la retina, salvo en aquellos que, para ver mejor, han creído aparentemente que era oportuno cubrir con un velo negro el cristal de la linterna mágica, quiero decir, absorber los rayos en la negrura de la coroides. ¿Qué más voy a deciros? Que el nervio óptico no parece insi­ nuarse en la órbita y perforar el ojo, sino para venir a buscar la impresión de los cuerpos, junto a los cuales parece anteponerse este tubo nervioso; y que dicho nervio no simula abrazar los hu­ mores del ojo así denominados, aunque impropiamente o bastante mal, sino para reunir más rayos contenidos en la vasta y fina exten­ sión de su superficie desplegada, con el fin de no dejar escapar nada, no perder nada, y sentirlo todo mejor por su exquisita finura. ¿Qué más? Que las enfermedades del nervio óptico detienen fir­ memente la materia, o el movimiento que iba a hacer sentir al cerebro, y el alma en esta viscera, al igual que la presión detiene o ahoga el sonido, en el mismo lugar en que ésta se hace, tanto más cuanto más fuerte es. ¡Pero ved, os ruego, cuán peligrosas son las consecuencias de tales hipótesis! Nada menos van a probar, 1.°, que las impresiones de los cuerpos, pese a Tralles, pueden afectar la salud del cerebro, puesto que las meras enfermedades o los obstáculos que éstas hacen intervenir en el comercio interrumpido de las dos sustancias, pueden oponerse a esta propagación; 2.°, las mismas conclusiones, si no fueran forzadas, parecerían dar sentencia favorable al despreciable autor del Hombre-M áquina, haciendo del cerebro una especie de mantel blanco, extendido expresamente en el interior del cráneo para recibir la imagen de los objetos del fondo del ojo, como el lienzo aplicado al muro la recibe del fondo de la linterna mágica. Luego, ¿no clama venganza el recordar tan osadamente el sistema

de Epicuro en un tiempo tan iluminado por la religión como el nuestro? Sistema que en tiempos de Cicerón, brillante filósofo, ya estaba muy desacreditado y ridiculizado. Eso no es todo; otras muchas calamidades se desprenden de la misma fuente envenenada. El sensorium se halla en este cerebro, y el alma en este sensorium, no como estas cajas de Nuremberg, sino como un timbre en un reloj. Este timbre no suena siempre; lo único que siempre está dispuesto a sonar, a interrogar la hora al primer martillazo, como menciona el triunfante rival de Lucrecio en un poema moderno, que por otra parte no puede compararse al antiguo. Pero ¿quién da semejante golpe? ¿Es preciso repetirlo? El choque de los fluidos en retroceso, o de los sólidos que no pueden ser alterados sin alterar el alma, la cual por así decir se halla en la extremidad del bastón donde, como se sabe, la fuerza del movi­ miento transmitida de fibra en fibra se hace sentir principalmente. ¡Qué hipótesis más desdichada y más impía! Descartemos todo estos agentes corporales y groseros, que des­ honran las almas animales mediante comparaciones mecánicas y triviales, bien dignas de los viles obreros que las hacen. Quien ve, quien oye, quien siente por sí mismo y de lejos, sólo debe procurar que se tenga la condescendencia de ir delante suyo, para remediar una debilidad de miope, que no puede poseer vista tan potente como la de nuestra alma. Descartemos también toda doctrina que convierta el cerebro en una tabla originalmente rasa y pulida, sobre la cual nada se dibujaría, sin esta apertura de los sentidos por la que pasa toda la naturaleza. Aunque tal apertura al ser vitrea, para que se la adorne magníficamente y constituya un día la más esplén­ dida galería de cuadros, sólo espera los colores de la naturaleza y el cincel de la educación. Semejante doctrina, en efecto, como otdo lo que conduce al materialismo, debería ser despóticamente barrida o más bien castigada. Sin embargo, cuánto me gusta la contradicción o al menos la irresolución en la cual diré que el discípulo o el rival de Boerhaave, y, tras él, el admirador de Haller, hace incurrir a este gran hombre, cuando en lugar de hacerle exponer simplemente los sistemas, como ha hecho verosímilmente en todos los tiempos, le hace explicar vacilando la visión mediante una hipótesis u otra. Lo que permite constatar — se dice— qué laberinto sin salida es la visión, puesto que tal hombre no sabe qué partido tomar y enseñar. O commemtatores, doctum Pecus! Sabias M andíbulas! (*). (* )

¡Oh, comentadores, manada instruida, sabias mandíbulas!

¡Nada más adecuado para asquearse de los sistemas! Y cuánto juicio demuestra Tralles al rechazar a aquellos que parecen obligar­ nos a escoger uno de ellos. Concluyamos con este juicioso autor, que el cerebro en vano se cree hecho adrede para recibir una nueva modificación con la de los órganos que se la transmiten, ya que no le viene el menor pedazo de imagen ni el menor rayo sonoro, ni la menor reflexión de luz. Se hace de día en el ojo y en la oscuridad de la cabeza. A consecuencia de esta luz, el alma no obstante ve. ¿Prodigio? ¿Miste­ rio? Es todo cuanto se sabe. Newton, pese a que parece haber sobrepasado los límites del espíritu humano, haber montado, óptica en mano, sobre los hombros cuadrados de todos esos animales lla­ mados anatomistas, no sabía nada más al respecto. En lo funda­ mental de la cosa ignoraba el quo-m odo Y aquél ha sido simultá­ neamente el arquitecto y el reformador de un arte, cuyas maniobras acabadas de citar le han procurado, sin ofender a Tralles, casi todos los materiales, llevando no obstante por delante la antorcha de una teoría completamente distinta de aquella que el inmortal inglés no ha desarrollado más allá. «Con ocasión de la pintura de los objetos sobre la retina, decía: el alma ve, no sé nada más (salvo acerca de los sistemas) en lo concerniente a todos los sentidos, cuya acción ulterior e inmediata me honro ignorar.» Si esa es la penetración del espíritu humano en aquellos que la han llevado más lejos, ¡cuánto motivo tiene el hombre para enor­ gullecerse! En fin, poco me importan todos los sistemas; es fácil conso­ larse de una ignorancia que sólo los ignorantes no reconocen. Inter­ cedo por el alma de mis hermanos, y con tal de que sea ella la que ve y no el cuerpo, es todo lo que pido, pues lo que se dice de un sentido, es también aplicable a todos los demás, y lo que se dice de los animales, lo es mutuamente del hombre. Así, Aristóteles me concede esta gran verdad, él, que no estaba acusado de favorecer el espiritualismo. ¡Tanto mejor! Se acabó la discusión. He encon­ trado el punto fijo, de donde partiré para despojar a unos órganos injustamente erigidos sobre los residuos del principio que los anima, y para destronar para siempre al tirano usurpador del imperio del alma: la materia, a la cual es hora de hacer suceder el espíritu. Todo el dominio de nuestro vasto entendimiento acaba de ser reducido a un solo principio por un joven filósofo que pongo tan por encima de Locke, como a este ultimo por encima de Descartes, de Mallebranche, de Leibniz, de W olff, etc. Este principio se llama percepción, y nace de la sensación que tiene lugar en el cerebro.

Es bastante extraño que, tras haber negado la propagación de la impresión de los sentidos hasta el cerebro, admita sin embargo lo que la supone, pero Tralles os lo confirmará: nosotros, autores, gente distraída, perdemos de vista nuestros principios, afirmamos lo que hemos negado, negamos lo que hemos afirmado, y al igual que los astrónomos no se sorprenden por un error de algunos miles de leguas en sus cálculos de la distancia de los planetas, según Mr. de Fontenelle, a nosotros una docena de contradicciones nos parecen una bagatela. ¡Qué difícil es el arte! En el fondo, ¿no vale más rendir justicia a la verdad, que obs­ tinarse como un necio contra ella? Sí, el cambio que la acción de los nervios externos ocasiona en los nervios de los órganos sensiti­ vos, es difundido por estos tubos hasta el cerebro, a consecuencia del nuevo movimiento que recibe, experimenta una nueva modi­ ficación, y en virtud de ella, una nueva manera de sentir, a la cual se ha denominado sensación. Lo que llevan los nervios alterados, no es otra cosa que la materia o la causa material. Si prescindís de esta sensación, como en todos los casos en que aquello que iba a producirla es detenido en seco como por insuperables ganglios, no tendréis percepción alguna, y el alma dejará de percibir al igual que el cerebro de sentir. Así, al hacer la exposición de esta nueva doctrina, pidamos gra­ cia por tantas palabras derrochadas, a condición, sin embargo, de que nos sea permitido no predecir nada. Pues ¿quién lo hace? En lo que respecta a esta idea seguiremos al célebre comentarista de Leibniz. Las sensaciones constituyen lo que W olff llama las ideas ma­ teriales, y las percepciones constituyen las ideas sensitivas. Las ideas materiales producen las ideas sensitivas, y recíprocamente éstas dan lugar a la generación de aquéllas. Tal sentimiento, tal percepción responde siempre a tal sensación y tal sensación a tal sentimiento, de manera que la misma disposición física del cerebro produce siempre las mismas ideas o la misma dispo­ sición metafísica en el alma. ¿Creéis quizá que esta perpetua coexisten­ cia e identidad entre estas dos fábricas de ideas corporales e incorpora­ les es un verdadero materialismo? En absoluto. W olff os asegura que esto no impide su distinción esencial; que las primeras son hijas de la carne y de la sangre, mientras que las segundas, más sublimes, se elevan al ser al que pertenecen, el espíritu puro. De lo que se deduce, que unas sólo son causas accidentales u ocasionales, pero de ningún modo esenciales o absolutas de las otras. Sin embargo, para formar estas ideas materiales, W olff ha

debido admitir la propagación hasta el cerebro de las impresiones producidas por los cuerpos externos sobre los órganos sensitivos, y tampoco se ha negado a ello. Acepta que los nervios son alte­ rados hasta su origen, y ha juzgado oportuno denominar ideas ma­ teriales a las nuevas modificaciones producidas por dicha alteración, pero niega que éstas permanezcan trazadas en la viscera del alma más tiempo del que Tralles concede a la representación de las imá­ genes de los objetos sobre la retina. Pretende además que las ideas sensitivas tienen la misma suerte, que se eclipsan, cuando la atención cesa de ser aplicada a estas percepciones, que el alma las pierde de vista y finalmente no puede recordarlas sino a través de la memo­ ria, de la imaginación, o por una causa o disposición interna corporal igual a la que originariamente había ocasionado estas percepciones. He aquí la prueba, según se dice, de cómo esto puede concebirse mejor. Aunque estos dos géneros tan diferentes de ideas no estén in actu ni en el cerebro, ni en el alma, se hallan no obstante poten­ cialmente, como dice nuestro doctor, en estas dos sustancias, de manera que, positis pom endis (*), podrán excitarse y engendrarse a su vez. Tal causa externa, supongo, habrá hecho nacer tal sensa­ ción, y tal causa interna corporal tendrá seguidamente la misma virtud. Pero la misma idea material, como se dice, despierta siem­ pre el mismo sentimiento del alma que ha producido una vez, al igual que este sentimiento da lugar a la sensación de la que emana. Lo que es siempre cierto, ya sea que la idea sensitiva nazca de la idea material, o de las causas incorporales que menciono. Semejante flujo y reflujo continuo de movimientos, de sensa­ ciones y de pensamientos, se corresponden tan perfectamente, que un geómetra no dejará de decir cuán evidente es que el alma es para el cuerpo, lo que el cuerpo es para el alma, y recíprocamente, con la mayor exactitud. Pero las ideas razonables, espirituales, refle­ xivas, sin duda, se hallan tan íntimamente ligadas a las sensitivas, como éstas lo están a las materiales. Por todas partes se observa el mismo encadenamiento y las mismas dependencias. Si el cerebro recibe una nueva impresión, se produce una nueva idea en el alma. Si ésta última es afectada por una nueva idea, no sólo resultan los mismos movimientos y las mismas sensaciones en los cuerpos, sino que si esta afección es profunda, la atención interviene observán­ dola, examinándola y bosquejándola. Entonces adquiere el nombre de reflexión, facultad del alma que sirve para combinar un senti­ miento y todas sus relaciones, con infinidad de otras que se repre­

senta a través de las causas espirituales o corporales, de que he hablado. Así, el alma no tiene más que replegarse de alguna forma sobre sí misma para ejercer sus facultades más brillantes, exten­ derlas, mostrar genio, fuerza, sagacidad, parecida a un rayo que no se refleja, sin volverse más activo, o si se quiere, a un lienzo o a un afortunado pliego que el pintor o el grabador embellecen. Dejemos de lado la hipótesis de las percepciones Wolffianas, ya mencionada en tantas obras, y particularmente en la H istoria natural del alma 11. Por grata que sea, todavía será más agradable contemplar el maravilloso concierto del cuerpo y del alma en la mutua generación de sus gustos y de sus ideas. Un apólogo original, de no sé qué autor jocoso va a procurarnos este pequeño entrete­ nimiento filosófico. El cerebro habla primero y el alma responde: D.— ¿Cómo encontráis el azúcar? R.— Dulce, al igual que vos. D.— ¿El zumo de limón? R.— Acido. D.— ¿El espíritu del vitriolo? R.— Mucho más ácido. D.— ¿La quina? R.— Amarga. D.— La sal marina, etc. R.— ¡Qué preguntas tan necias! Igual que vos, insisto, siempre igual que vos. Desde que he perdido las ideas innatas y las bellas prerrogativas con que Descartes y Staahl me habían gratificado tan generosamente, debéis saber que no recibo nada sino de vos, y que vos no recibís nada sino de mí; que sólo me gobierno por vuestras voluntades, como vos sólo os reguláis por las mías. Así pues la discusión cede a un gran silencio, ya que estamos hechos para concordar siempre. Sólo los prejuicios podrían establecer el divorcio, allí donde naturalmente se encuentran la complacencia y las mismas inclinaciones. Nada más justo, nada más sensato, nada más conforme a la verdad que estas respuestas del alma. Era difícil pintar mejor, aun­ que en broma, el comercio íntimo entre las dos sustancias y la generación recíproca de las ideas del alma por las del cuerpo: R idendo dicere verum, quid vetat? (*). En efecto, cada cuál sólo tiene que penetrar dentro de sí, para sentir que el cerebro, por gro­ sero que parezca, no contradice al alma más de lo que le contradice esta última, mucho más educada. Las mismas sensaciones, todas las (*)

¿Qué hay de malo en decir la verdad riendo?

cosas iguales, los mismos gustos por las dos partes, las mismas opiniones, la misma manera de sentir y de pensar. Si el alma varía con el cuerpo, el cuerpo varía asimismo con el alma. En definitiva, la imitación es tan perfecta, que se diría, que lo que se representa en el cerebro, ya sea en el sueño o en la vigilia, es una verdadera farsa, o una verdadera comedia, sin que pueda decidirse cual ha sido el primer actor, el cuerpo o el alma, o si se quiere, el primer mono, porque no se sabe cuál de los dos ha sido el primero en empezar, Y aparentemente eso es lo que habrá arrojado al mate­ rialismo a todos estos pequeños filósofos que sólo juzgan las cosas por la superficie. No exageremos: por unidos e íntimamente ligados que estén entre sí el alma y el cerebro, su buen entendimiento no dura siempre. Ocurre como en el matrimonio, el hogar va mal cuando los cora­ zones están mal aparejados. Dos perros que se sujetan a la vez, no tiran cada uno por su lado, más de lo que tiran de una pobre alma timorata el escrúpulo y los nervios, los cuales, imaginan cuán­ to placer tendrían en desafiarla, si se les dejara hacer. De ahí, de esta fuente envenenada, todas estas contrariedades que han hecho imaginar varias almas a los filósofos preocupados por adivinar el enigma del hombre; de ahí estas penas y estos combates, tan hala­ gadores para la razón y para la virtud, cuando casualmente pueden hacer inclinar la. balanza de su lado y llevarse la victoria. Cuanto más contraria es la educación a la naturaleza, mayor es la incompatibilidad que resulta de ello en el transcurso de la vida. Vencer esta contrariedad es el triunfo del hombre, el cual es el único en tener tal poder, como diré más extensamente, cuando tenga ocasión de hacer perceptible cuán por encima de los animales se halla el hombre, por animal que sea. No olvidaré decir de paso, que ha habido filósofos, que han explicado singularmente esta ex­ traña contradicción del hombre consigo mismo; por inadvertencia, las almas, al equivocarse de puerta, entran en los cuerpos que no les convienen, y dejan allí los que les estaban destinados. Son éstas aturdidas, se dice, las que hacen a la gente distraída, a los que toman la mujer de otro por la suya, a los que silban, cantan, bailan, o dan la espalda en el mismo momento en que se responde a las preguntas que se acaban de hacer. Si fuera así, el alma de un poeta bien podría no habituarse a estos equívocos, pues no se encontraría cómoda ni tranquila en una sangre ardiente y valerosa. Siempre inquieta y presa de las mayores ansiedades, no tendría otro recurso que el de las plantas trasplantadas, pues entonces degenerar es adquirir. Pero, ¿tendría la sangre tanta influencia sobre el alma?

Sólo hay un médico que pueda sostener esta paradoja. Tres M e­ d id , dúo Athei. W olff no ha sido víctima de su materialismo mejor enmascarado. Demos un barniz serio a esta jocosidad, y puesto que nos halla­ mos ante el ingreso del alma en los cuerpos de los animales, y ello nos conduce naturalmente al misterio de la unión de las sustancias, hagamos aquí algunas preguntas a este respecto con toda la modestia que convenga. ¿Será el alma atraída en los cuerpos de los animales del seno de la divinidad de la que Platón, encantado con la belleza de la suya, ha querido que ésta formara parte? ¿Será atraída allí, como un planeta lo es por otro planeta? ¿Será por su propio impulso más que por atracción? ¿Será conducida hacia nosotros por un mo­ vimiento maquinal o por este movimiento de piedad, compasión o de humanidad que nos induce a mostrar el camino a un desdichado que se extravía? ¿Habrá descendido del cielo a la tierra para ilumi­ narnos en las tinieblas y los prejuicios de la vida? ¡Ay! Por un prejuicio, cuyo yugo sacude, recibe las trabas de cien. ¿No tendrá más gusto, más simpatía por unirse a tal máquina, más que a tal otra, a fin de compensar resortes de una vivacidad demasiado grande, mediante la flema de la razón y del sentido común, y recíprocamente mediante la lentitud de las ruedas del cuerpo, por su acción y por su fuego? La simpatía que experimentamos todos los días en los círculos y ante los conciliábulos, hace plausible esta conjetura. Pero nada de todo esto concierne todavía al objetivo que me he propuesto. ¿Por qué tipo de ajuste, articulación, charnela, y final­ mente contacto, se habrá agenciado el alma con el cerebro? ¿Flo­ tará sobre su superficie como el aceite sobre el agua, mucho más activa sobre el cuerpo, apta para unirse en matrimonio con sus partículas más móviles y más desprendidas? ¡Os parece extraña esta unión! ¿Acaso el más precioso de los metales, el oro, no se amalgama sin pena con un vil semi-metal? Así, el puro espíritu que nos anima se fundirá con algún punto cortical o medular del ce­ rebro. Así, el mercurio de nuestras almas para tomar prestada esta otra comparación de la química, se amalgamará aquí con el hierro de nuestros órganos, sin que ninguna acritud pueda impedirlo. Pero no, ¡todas las preguntas que pueden hacerse a este res­ pecto son frívolas y pueriles! Pensemos que lo que es cuerpo, se ata estrechamente con lo que no lo es; lo que se concibe, con aquello de lo que no se tiene la menor idea; lo que no tiene partes, con lo que tiene; lo que no puede ser visto, ni tocado, ni sometido de ningún modo a nuestros sentidos, con aquello que es más sen­

sible, más grosero, más palpable. Pensemos que lo visible se une a lo invisible, lo material a lo espiritual, lo indivisible a lo infinita­ mente divisible. ¿De qué manera una inteligencia tan débil como la nuestra podría comprender la obra de un Dios que, para entre­ tenerse con audaces marionetas, ha querido mediante su omnipo­ tencia unir dos cosas tan opuestas como el fuego y el agua, y esta­ blecer estrechos lazos entre uno y otro, sin hacer posible asirlos? ¡Ay! Como dice bromeando Voltaire, «ignoramos cómo se^ hacen los niños, y queremos saber cómo se hacen las ideas». La unión de la causa es tan incomprensible como la generación de sus efectos. Pero, ¡qué digo! Perdón, leibnizianos, habéis enseñado ante el asombro de Europa que las dos sustancias que componen el hom­ bre sólo están unidas metafísicamente y que, aunque el alma no habitase en el cuerpo, ésta no dejaría de ejercer un imperio armó­ nico y correlativo sobre él. ¡Así, se nos revela un gran misterio! ¡Qué sagacidad haber percibido los inconvenientes de situar el alma en un lugar, donde no hay más que movimiento, y donde ella sólo podía actuar en virtud de este movimiento mecánico! Pase lo que pase, como el alma actúa por su voluntad, y como es esta última la que le rinde su triunfo y su gloria, vamos a exponer su fuerza y su despotismo sobre el cuerpo un poco menos ligera­ mente de lo que hemos hecho hasta aquí. No sólo es cierto — y nadie puede disentir, sin haber perdido el sentido común— que en los animales el cuerpo está sometido a la voluntad, sino que visiblemente esta última se hace obedecer más de prisa que la veloéidad de un rayo, por cuanto parece sujetar las riendas de los órganos que le están subordinados. Concebid la voluntad, para tener de ella una bella imagen, lanzando desde lo alto de la glándula pineal o desde cualquier otra parte (puesto que es derribada de ahí pese a la autoridad de Descartes), lanzando, digo, sus espíritus, como Júpiter lanza sus rayos desde lo alto de las nubes. He aquí sus ministros: la voluntad habla, los espíritus vuelan, y los músculos obedecen. Luego, he aquí cómo se hace todo esto. La médula espinal no es otra cosa que la médula alargada, más unida, más compacta, y puede decirse que constituye el mismo cerebro, el cual desciende, se acomoda, y se amolda en el canal de las vértebras. ¡Cuántos nervios parten de la sustancia medular de este canal! Y ¿qué constituyen éstos a su vez? Una prolongación en forma de pequeños cordones de esta médula de la espina: cor­ dones huecos, en cuya cavidad se efectúa una verdadera circulación de espíritus animales, como de sangre en los vasos sanguíneos y

de linfa en los vasos linfáticos, aunque los ojos armados con los microscopios más excelentes no hayan podido ver, ni toda la indus­ tria anatómica descubrir, este sutil fluido y el interior de los tubos que éste recorre con la vivacidad de la luz. Estos espíritus, admi­ tidos pese a ser invisibles, cuando tantos libertinos no creen en el alma porque no es perceptible por los sentidos; estos espíritus, digo, son originariamente producto de la sangre más pura del animal, de aquella que le sube al cerebro haciendo descender a la más espesa. Esta sangre viva y móvil es la que los da a filtrar, y así pasan de la sustancia cortical a la medular, seguidamente a la médula alargada, a la de la espina y finalmente a los nervios que parten de allí, para ir invisiblemente llenos de espíritus a llevar con ellos el sentimiento y la vida a todas las partes del cuerpo. Al llegar a los músculos, estos nervios se infiltran en su masa, se distribuyen en su interior, y se ramifican hasta perderse en ellos. No pueden seguirse más, se hurtan a las mejores lupas, a las inyec­ ciones más sutiles. No hay arte conocido para desenredarlos y descubrirlos. No se sabe, y verdaderamente se ignorará siempre lo que les sucede. Pero como todo lo que posee vida en los animales siente el menor pinchazo, es probable que estos órganos del movi­ miento y del sentimiento se transformen en fibras delgadas y muscu­ losas (entonces serían por consiguiente una verdadera prolongación de los nervios, como los pelos), o penetren de tal modo estas fibras y se entrelacen tan bien con ellas, que no sea posible encontrar un solo punto en un músculo, cuya presencia así como la compo­ sición del nervio no sea revelada por el sentimiento. Esto piensan también aproximadamente los anatomistas más escépticos. No co­ nozco a ninguno que supere al célebre autor de estas planchas inmortales, que han permitido olvidar a las mismas que tan sabia­ mente se había extraído de allí. Tal es la fuerza que contrae los músculos, y el camino que la voluntad, y a menudo ciertamente la propia máquina, les traza. Fácil es advertir que por este camino libre y abierto desde el inicio al fin, advertir, digo, que el jugo nervioso puede, sin demora e incluso sin ningún intervalo de tiempo perceptible, acudir en cuan­ to el alma lo ordena a las partes que se quiere conmover. Esta fuerza, como se ve, no puede creerse inherente al cuerpo de los músculos; pues les es completamente extraña, y no tiene nada en común con la que les es propia. Pero una sirve para excitar a la otra, y sólo necesita un instante para ir a ella y volar en su auxilio. Tal es la sagacidad que las dos potencias del cuerpo muestran

al juntarse y reunirse, que hacen, según el lenguaje de la escuela, un agregado de fuerzas compuestas, de aquella que es infinitamente móvil y de aquella que es absolutamente inmóvil por relación a las partes donde residen. Nada más necesario que esta pronta reunión, para favorecer a este gran agente de los cuerpos animados, esta arjé (Archaeus faber) a quien el sentimiento debe su existencia, como al sentimiento el pensamiento, quiero decir, el movimiento. Ciertamente, el uno sin el otro no habría podido producir tanto efecto, sobre todo el del Parétiquima, que es el más débil. Efectivamente, ¿en qué consiste la contracción espontánea sin las asistencias vitales? Y éstas a su vez conmoverían muy profundamente a semejantes máquinas, si no las hallaran siempre disponibles para ser puestas en movimiento por esta fuerza motriz, por este resorte innato, tan universalmente difundido por doquier, que resulta difícil decir donde no está, e incluso donde no se manifiesta mediante efectos perceptibles incluso tras la muerte o en partes separadas del cuerpo y cortadas a trozos. ¿Podría el fuego, al hacer durar más tiempo la contracción del corazón de la rana colocado sobre un plato calentado, ser el prin­ cipio motor al que nos referimos? ¿No haría plausible la electri­ cidad esta nueva conjetura? Sea como sea, volviendo a los espíritus animales, este fluido imperceptible que parece emanar de la voluntad como de una fuente, para ser transmitido a través de multitud de conductos a los órganos del movimiento, queda demostrado por la necesidad de la integridad de los nervios para el uso o la ejecución de los movimientos voluntarios. Pues si los otros canales dirigiéndose a los músculos que se quiere hacer actuar, se hallan ligados, cortados u obstruidos, el alma desea y ordena en vano: estas partes perma­ necen inmóviles, hasta que estos tubos y sus jugos son puestos en libertad. Pero entonces el movimiento o el sentimiento, o ambos a la vez, renacen de inmediato en la parte que estaba privada de él. Siendo verosímil que cada último filete nervioso vaya a dar con cada una de las primeras fibras musculosas, en las cuales quizá degenera cada filete, podría concluirse que los espíritus animales, al pasar de esta extremidad del nervio que los lleva a todas las fibras del músculo, constituyen por sí mismos esta fuerza general de la vida, a que me refiero, y que juntándose a la de cada parte sólida aumenta, como he descrito, sus resortes: resortes tanto más débiles, cuanto menos fuerte es la vida, puesto que disminuyen y parecen retirarse con ella. Resultaría curioso saber por qué mecanismo un fluido tan fino,

tan sutil, puede conseguir aproximar los elementos de las fibras, hinchar músculos tan gruesos, y contraer vigorosamente cuerpos tan potentes. Confieso que mi alma se pierde, cuando mis ojos dejan de ver; pero tenéis a Bermouilli, Bellini, y tantos otros, que os dirán, si os gustan las novelas filosóficas, lo que han imaginado ingeniosamente a este respecto. Yo, por mi parte, me contentaré con observar que la causa física de la contracción de los músculos, sólo es el primer efecto de una causa metafísica, que es la voluntad. ¡Qué manera de rendir al cerebro el honor de mirarlo como el primer motor de los espí­ ritus! Esto es elevarlo sobre los residuos del alma y hacerle usurpar sus derechos. Ya hace tiempo que el corazón d e B a g liv i12 no late, a no ser en su cabeza. Sería preciso que la dura madre fuera capaz de otra cosa que de pistonazos, Las arterias del cerebro tampoco dejan de ser muy poco musculosas, lo que hace, como se ha insi­ nuado, que tengan escasa elasticidad. Y si tuvieran más, en concien­ cia, ¿se ha situado nunca el alma en los músculos? E l cerebro lo debe todo hasta la secreción de sus espíritus a la acción del cora­ zón. Si pretendéis que es esta viscera la que los envía a los músculos a capricho de una voluntad de la que carece — pues está deter­ minado, pese a Locke y todos sus partidarios, que la materia no puede querer— todos los movimientos responderán a la vez a la sístole del corazón; dejará de haber distinción entre los voluntarios y los involuntarios, se harán todos juntos con la misma perfecta igualdad, o más bien no habrá tal voluntad y todos serán espontá­ neos como los de una verdadera máquina de resortes. ¿Hay algo más humillante? En semejante caso sólo seríamos máquinas de aspecto humano. ¡Muy bien, Tralles! optim e arguisti (*). Reconozcamos en la voluntad un imperio que no puede tener el cerebro. Este sólo nos ofrece barro, fango y materia. Aquélla por sí sola mueve a su antojo una infinidad de músculos: abre y cierra esfínteres, acelera, quizá sofoca la respiración en aquellos que no tienen otras armas para sustraerse al fardo demasiado pesado de la vida, provoca desfallecimientos, éxtasis, convulsiones, y concibe en una palabra todos estos milagros que una imaginación viva y alocada hace más fáciles de lo que se cree. ¿Cómo iba a ser material la voluntad, actuando así sobre una materia tan desprendida como la de los espíritus? ¿Podrían tales prodigios ser atribuidos a la actividad de ele­ mentos tan groseros como son las moléculas más sutiles de nuestros ( *)

Has argumentado muy bien.

cuerpos? ¿Se hallaría la voluntad, por otra parte, en el cerebro sin pertenecerle, sin formar parte de él? Sea como sea, es completa­ mente distinta de la viscera donde habita; es un extranjero ilustre en una prisión indecente. Pero, he aquí una nueva prueba de la espiritualidad de la mitad de nuestro ser, y a tal punto la creo sin réplica, que desafío a todos los materialistas a dar una respuesta. ¡Dios mío! ¡Qué dilema! Todos los cuerpos animados se dividen en sólidos y fluidos; unos quedan raídos por continuos frotamientos que los desgastan y consumen. Otros dejan que se evaporen sin cesar sus partículas acuosas, y sus principios más móviles y más volátiles, a los que la circulación ha apartado de los vasos: todo transpira juntamente y todo se repara de igual modo (con usura o aumento hasta cierta edad) a través de la maravillosa obra de la nutrición. Ahora decidme, os lo ruego, donde queréis meter la voluntad. ¿Será en lo que se rae o en lo que se evapora? ¿Le haréis galopar en nuestras venas y correr como una loca con nuestros líquidos? ¿Diréis acaso que, sentada tranquilamente en su trono medular, sin participar en nada de lo que acontece al cuerpo, ve desde la cima de su grandeza cómo se forman las tempestades en los vasos, al igual que uno oye el rugido del trono bajo sus pies desde lo alto de los Pirineos? ¡No os atrevéis a sostener opinión tan extrava­ gante! Luego, el alma es distinta del cuerpo. Luego, habita en alguna parte fuera del cuerpo. ¿Dónde? Lo saben Dios y los leibnicianos. Así es como nosotros, otros, espiritualistas13, aunque bas­ tante firmes e incluso obstinados, cantamos algunas veces la pa­ linodia. No, insisto, no, la voluntad no puede ser corporal. ¿Concebís que el cuerpo, o alguna parte privilegiada de este cuerpo (que vos conocéis tan bien), pueda tan pronto querer como no querer? ¿Creéis material lo que tan pronto envía más o menos espíritus como ninguno, y lo que los suspende, los hace andar, correr, volar o detenerse a capricho de sus deseos? Rendiros pues al esplritua­ lismo ante lo absurdo del sistema contrario. ¡Qué simplicidad, por no decir qué locura, admitir con Lucrecio, que nada puede actuar sobre un cuerpo sino aquello que es cuerpo! La voluntad, al ser una parte del alma, es indiscutiblemente espiritual, como su todo; y, sin embargo, ella actúa visiblemente sobre estos corpúsculos des­ prendidos que tienen la movilidad, no del mercurio, ni de la m ate­ ria sutil, sino del éter y del fuego. Y es preciso que esto sea así, ya que es ella la que los determina, la que los pone en marcha y

les enseña hasta el camino por donde deben pasar... Pero escu­ chemos a nuestros adversarios. ¿Cómo puede actuar la voluntad sobre el cuerpo? ¿Qué influjo tiene sobre los espíritus animales? ¿Cuáles son los medios de que se sirve el alma para hacer ejecutar sus voluntades? ¿Por qué la congoja, al estrechar el diámetro de los vasos, hace que se corrompa la hez de los fluidos desecados, de donde nacen las obstrucciones de la imaginación, el delirio sin fiebre sobre cierto objeto, las risas y los llantos, que se suceden alternativa­ mente, y, en fin, la más numerosa y extraña legión de accidentes hipocondríacos; mientras que la alegría no sólo azota la sangre, como el libre curso de todos los fluidos hace circular a su vez la alegría, en las venas del hombre alegre, sino que la transmiten también al estrato más serio? ¿Por qué las pasiones tan débiles en unos, tan violentas en otros, ora dejan el alma y el cuerpo en paz, ora los atormentan? ¿Por qué la irritación de la pareja vaga y del nervio intercostal, comunes a los intestinos y al corazón, al encender la fiebre, establece tan gran desorden en el cuerpo y el alma? ¡Qué imperio el de las vesículas seminales demasiado llenas! Toda la economía de las dos sustancias se trastorna. Un golpe vio­ lento en la cabeza sume en estado de apoplegía al alma más firme. Esta no puede dejar de ver amarilla la ictericia, como rojo el sol a través del cristal de este color, hecho expreso para poder mirar impunemente este bello astro. En fin, si tal es la absoluta nece­ sidad de los sentidos, del cerebro y de tal o cual disposición física, para producir ideas ligadas a esta disposición de órganos; si lo que trastorna la circulación y el cerebro, trastorna el alma quant et q u a n t14, como dice Montaigne, ¿por qué recurrir a un ser, que pa­ rece razonable, para explicar lo que es inexplicable fuera del mate­ rialismo?, etc. Nada más fácil que responder, si no lo fuera más aún interro­ gar. ¿Qué queréis que os diga? Ya sabéis todo el misterio. Tal es la unión del alma y del cuerpo, y estamos hechos así. He aquí todas las dificultades zanjadas con una sola palabra. Pero ¡cómo no exclamar con San Pablo o A ltitudo (*) a la vista de maravillas tan incomprensibles! E l alma no participa en nada de la naturaleza del cuerpo, ni el cuerpo de la esencia del alma; no se tocan en ningún punto; no se empujan ni se afectan por ningún movimiento, y, sin embargo, la tristeza del alma mar­ chita los encantos del cuerpo, y la úlcera en el pulmón arrebata la

alegría del espíritu. Compañeros invisibles e inseparables, siempre están juntos, sanos o enfermos. Pero ¿se puede estar sano en un lugar apestado? ¿Se puede ser fuerte en un estado de languidez? ¿No es natural que el alma, la cual nada hace sino por el ministerio de los sentidos, se resienta de sus placeres y comparta sus cala­ midades? Sin embargo, el alma que parece absorbida por la voluptuosidad, no cede, ni desaparece más que un rato; sólo se eclipsa para rea­ parecer más o menos brillante, según la moderación con la que uno se ha entregado al amor. Lo mismo se observa en la apoplegía, donde el alma, que parecía atormentada por una fatalidad, reapa­ rece tan pronto en todo su esplendor semejante al sol en el hori­ zonte, como desprovista de memoria y de sagacidad, y a menudo imbécil. Pero entonces, ¿qué otra cosa es sino un débil pinzón que ha creído ser aplastado en su jaula, o que aprisionado en un pasaje estrecho ha dejado allí sus plumas más bellas? Toda vez que los límites del imperio de la voluntad correspon­ den al estado del cuerpo, ¿es sorprendente que los órganos dejen de oír, por así decir, la voz de su soberana, cuando las vías de comunicación están obstruidas? Si exigís a mi alma que alce mi brazo, cuando el d eltoide deja de recibir la sangre arterial o el jugo nervioso, exigid pues también que haga andar derecho a un cojo. Aunque los órganos más sumisos a la voluntad se vuelvan nece­ sariamente rebeldes, cuando las condiciones de la obediencia em­ piezan a faltar, el alma no obstante se acostumbra poco a poco a esta resistencia y a esta inmovilidad de las partes, y, si es inte­ ligente, se consuela fácilmente de la pérdida de un cetro que sólo tenía condicionalmente. Nada eleva tanto la dignidad y la nobleza del alma, como ver su fuerza y su potencia en un cuerpo impotente y tullido. La voluntad, la presencia de espíritu, la sangre fría y la propia libertad, ¿no se mantienen y no brillan con más o menos esplendor, a través de todas estas nubes que forman las enfermedades, las pasiones o la adversidad? ¡Qué alegría la de Scarron15! ¡Qué valor el de estas almas sublimes, cuya fuerza, lejos de disminuir, redobla ante los obstáculos! Si no sucumben a la pena que mata a los débiles, es porque la razón ha operado en ellas la obra del tiempo. Si la voluntad es esclava, lo es menos del cuerpo que de la razón. Aquélla sólo soporta semejante yugo para honrar a nuestra historia y elevar la grandeza y la majestad del hombre. La voluntad, pese a gobernar tantos órganos, algunas veces se

halla también sometida a la razón, que le hace odiar como madre prudente lo que como una hija indiscreta desearía. Hay algo más bello que ver a esta poderosa amante, que parece sujetar al hombre y a todos los animales por las riendas, recono­ cer respectivamente a otra más despótica y mucho más prudente aún: aquélla que, como otro guía, le muestra el precipicio al lado de las flores, los lamentos y los remordimientos tras la voluptuo­ sidad, y la que le hace sentir de una sola mirada todo el peligro, el vicio o el crimen que representa querer lo que no se puede dejar de amar. ¡Oh animales! Aunque sea aquí vuestro apologista, os encuen­ tro inferiores y subordinados a la especie humana. Sumiso a una fatalidad estoica, vuestro instinto no ha sido corregido como el nuestro ni transformado en razón, al igual que se mejora una tierra a fuerza de cultivo. Vosotros queréis siempre lo que habéis que­ rido una vez. Fieles y constantes, siempre habéis establecido las mismas circunstancias, los mismos gustos para los objetos que os complacen. Ocurre que un vil placer determina todos vuestros senti­ mientos, puesto que vuestra alma no ha sido elevada al conoci­ miento de estos dichosos principios, que hacen enrojecer a la gente bien nacida no sólo por su voluptuosidad, sino por el deseo e incluso por el menor apetito halagador. Ocurre que no tenéis la más ligera idea de esta virtud, que tiraba tan lindamente de la oreja de Sé­ neca. Semejante al niño intrépido, que sin saberlo da patadas a la madre que lo lleva en su seno y lo alimenta, nuestra alma no sabe mucho más en su matriz acerca de lo que más la deleita con una agradable conciencia. ¿De dónde viene esta diferencia entre el instinto de los ani­ males y la razón humana? Ocurre que podemos juzgar unas cosas en sí mismas; su esencia y su mérito nos son demasiado conocidos, para ser en todas las edades de la vida esclavos y víctimas de sus ilusiones, mientras que los animales sólo tienen la facultad de juzgar en un sentido, declarado siempre engañoso por el padre Mallebranche. ¿Cómo iban a ser éstos capaces de sentir ese sin­ gular prurito del amor propio, ese noble aguijón de la virtud, que nos eleva a la cumbre del arte sobre los escombros de la natu­ raleza? Son verdaderas máquinas, limitadas a seguir paso a paso esta naturaleza, cuyo torrente les arrastra irresistiblemente, seme­ jantes a pequeñas chalupas sin piloto y sin remos, abandonadas al capricho de los vientos y de las olas. En fin, a falta de una educa­ ción brillante, de la que no son susceptibles, se hallan desprovistas de ese refinamiento de espíritu y de razón, que nos hace rehuir y

odiar lo que nuestra voluntad hubiera buscado y deseado natural­ mente, y que nos hace reprobar y desdeñar lo que aclama y apetece toda la naturaleza. Me he entregado con mayor agrado a estas reflexiones, que en el haber pretendido sin ninguna consideración poner a los animales al nivel del hombre. Los he colocado en la misma escala, pero con menos grados, de manera que no acepto de buena gana que los animales crezcan más fuertes y vigorosos, sino para negar que se elevan tanto como nosotros. Tal es también la opinión del autor del hombre-planta, que Tralles propone tan graciosamente como un modelo de prudencia y de juicio al autor del H om bre-m áquina 16, que es todo espíritu, según él, p ero a m enudo carece de juicio y razonamiento, desatina m etafóricam ente, y no dice nada ni prue­ ba nada. No os basta que admita en mil lugares de esta obra la superio­ ridad del hombre; vosotros queréis que os diga cómo es el alma que antaño nadaba con las pequeñas angulas espermáticas, y que os muestre exactamente la diferencia que hay entre la vuestra y la de los animales. ¡Ay! ¡Ojalá conociera su esencia tan bien como la mayoría de los doctores que tratan de ella! Yo no os la defi­ niría, os la describiría al natural. Pero, ¡ay! Mi alma no se conoce a sí misma más de lo que conocería al órgano que le procura el placer del encantandor espectáculo del universo, de no haber ningún espejo natural o artificial. Pues, ¡qué idea forjarse de lo que no puede representarse, por carecer de imagen sensible! Para imaginar es preciso colorear un fondo, y destacar de este fondo por abstrac­ ción unos puntos de color diferente; lo que se hace con tanta menos fatiga, cuanto más contraste hay, como cuando imagino unos naipes sobre una mesa de juego. De ahí que los ciegos no imaginen nada, ni tengan la misma necesidad de imaginación para combinar. De ahí que nosotros los filósofos pronunciemos sin cesar tantos nombres de los que no tenemos ni la menor idea: tales como los de sustancia, agente, sujeto, substratum y otros, sobre los cuales existe tan poco acuerdo, que unos toman por sustancia, naturaleza, ser o esencia, lo que otros no toman más que por atributo o modo. Non sem per calama ludimus (*). Ya tenemos pues con qué enfure­ cer a Tralles. Sea como sea, para volver a nuestras ovejas, cuanto más examino lo que ocurre en los animales, más me persuado de que podrían tener perfectamente dos almas: una por la que sienten, y la otra

por la que piensan. Sería simplificar demasiado las cosas admitirlo sin más. Sé que Willis 17, el cual las ha fabricado o puesto en fun­ cionamiento tan hábilmente, ha prescindido muy bien de la última, por tanto de la más hermosamente constituida, para explicar no sólo todas las operaciones de los animales, sino la propia generación de nuestras ideas. La razón de ello es que estas dos almas, tan dis­ tintas de nombre, constituyen en efecto una sola, con lo cual no es sorprendente que tengan un parecido más perfecto que las dos Sophies de Moliere o las Menechnes de Renard. Pero aquí todo está lleno de prodigios; nadie puede negarse a admirarlos, mírese por el lado que se mire. Aunque el alma sen­ sitiva y el alma razonable no son más que una sola y misma sus­ tancia, más o menos clara, más o menos inteligente según los cuerpos en que habita, sin embargo, la sensación que pertenece a la primera, y la razón que es el fruto de la segunda, según el decir de Tralles, son absolutamente diferentes una de otra. Risutn teneatis amici (*). Demostremos más que nunca que el alma de los animales dista mucho de la del hombre tuto cáelo. La una, sólo parece ocupada en lo que puede nutrir su cuerpo; la otra, puede elevarse a lo sublime del estilo y de las costumbres. Aquélla brilla apenas como el anillo de Saturno o como una de las estrellas más pequeñas, ésta es un verdadero sol, iluminando el universo sin consumirse, un sol de justicia y equidad, para el que la verdad y la virtud son eterno alimento. El alma humana se muestra entre los animales como una encina entre arbolitos, o más bien como un hombre que piensa, siempre innovador, siempre creador, entre estas personas con me­ moria, viles copistas, eternos ecos del Parnaso, que no tienen nada más que decir, una vez han contado todo lo que han oído o visto; o entre estos pedantes, cuya insípida y estéril erudición se pierde en un estercolero de citas. ¿No tenemos una maravillosa docilidad y una asombrosa apti­ tud para las ciencias? Con diez o doce años aprendemos a leer y a escribir, y además nos bastan diez años también para el desarrollo de la razón. Sólo el desprendimiento de los prejuicios de la infancia encuentra demasiado breve el resto de la vida. ¡Qué diferencia entre el hombre y los animales! Su instinto es demasiado precoz, es un fruto que jamás puede madurar; al venir al mundo ya tienen casi todo el espíritu que poseen en el vigor de la juventud. En fin, éstos no tienen ios órganos de la palabra, ( *)

¿Contendríais la risa, amigos?

pero si los tuvieran, qué provecho podrían sacar, si los más espi­ rituales de entre ellos y los más cultivados, todo cuanto pronuncian son sonidos ininteligibles, y pese a hablar siempre como nosotros hablamos a menudo, tampoco se entienden, exceptuando si se quiere al loro del caballero Temple 18 — en el que no puedo pensar sin reír— asociado a la humanidad por un metafísico que apenas creía en Dios. Pero seamos justos e imparciales, y juzguemos a los animales como hombres. Si veo que no hablan, no se me puede persuadir de que tal taciturnidad provenga del espíritu, aunque tampoco podría estar seguro de que carezcan de él. ¿Acaso los animales no pueden ser al igual que personas especulativas, más razonables que razona­ doras, y gustarles mucho más callarse que decir una necedad? Ten­ gamos en cuenta que el placer, el bienestar, su propia conservación es el fin constante al que tienden todos los resortes de su máquina. Quizá para obtener este fin natural, no les basten todas sus facul­ tades intelectuales y toda la circunspección de que son capaces. Ignoro pues si no guardarán interiormente como un tesoro del que no debe perderse ni evaporarse nada, todos los pensamientos que se le pasan por la cabeza. Lo único seguro es que si el lenguaje de los animales carece de ideas — más dichosos en esto, no sólo que los necios, sino que muchas personas de talento— , su conducta no corre la misma suerte. Por la mañana, hacemos un aseo de espí­ ritu, por así decir, para despuntar en los festejos y en los círculos; y por la noche damos un paso, del que a menudo nos arrepentimos toda nuestra vida. ¿Acaso el hombre, en tanto que animal imagina­ tivo, estará más hecho para tener espíritu que razón? Pasemos ahora a la diversidad de almas que hay en cada género, en cada especie y en cada individuo. Esta diversidad se manifiesta claramente tanto entre los animales como entre nosotros. En efecto, no todas las almas tienen la misma extracción, ni los mismos talen­ tos. Poca nobleza, mucha villanía; muchas bajezas, poca dignidad y grandeza. Eso es lo que se observa comúnmente. ¡Vos creéis destruir la diferencia individual de las almas en cada especie, porque la anatomía no descubre ninguna en los cuerpos donde se alojan, según decía! Pero por la misma razón que no se observaría ninguna variedad (lo que no ocurre en los cerebros del mono, del buey, del asno, del perro, del gato, etc.), más difieren las almas de estos animales por sus facultades, y más se deduce que no son del mismo temple ni de la misma pasta. Si se ha emplea­ do la misma harina, al menos no se ha amasado de la misma forma;

la dosis o la calidad de la levadura no ha sido precisamente la misma en todos. Perdón Tralles, si hablo metafóricamente, pero me doy cuenta de que tal evidencia no llega a ser perceptible para los comentaristas. Coged entre todos los animales aquellos que deben tener más espíritu, según Mr. Ariet, médico de Montpellier, el cual ha llevado más lejos que nunca la anatomía comparada del cerebro; y dudo que entre mil, encontréis a uno que juegue mejor al ajedrez que el mono del que habla Plinio, o a otro que toque tan bien la gui­ tarra, como aquél que La Motte le Vayer dice haber visto en París. No se exige que actúen tanto tiempo como Tralles: los talentos más preciados acaban aburriendo. No todos tenemos el mismo ingenio, la misma docilidad, ni la misma penetración. De ahí la rareza del genio y la diversidad de talentos en toda la extensión del mismo reino. Pero si dos animales tan bien instruidos y tan aptos para serlo uno y otro, no hacen exac­ tamente los mismos progresos, es evidente que tanto en las almas como en los cuerpos hay una variedad esencial. Su docilidad tendría verdaderamente los mismos resultados, si sus almas fueran tam­ bién las mismas. Por cierto, seríamos testigos de muchos otros pro­ digios, si la excelencia de la constitución y de la educación bastara para operarlos, y así aquellos que están imbuidos de la última, no tendrían que quejarse tan a menudo de la primera. Los espíritus mejor cultivados a menudo se quedan muy atrás, mientras que aquellos que se desprecia, andan a paso de gigante, destacan y constituyen, como si se tratara de un juego, la admiración de los conocedores. El maestro retira entonces un honor que se debe por entero a la naturaleza. En general, los espíritus vivos poseen buenas condiciones, re­ corren un trecho muy largo en poco tiempo, y eso es cierto en todas partes. Llevemos más lejos la consideración de la diversidad de las almas, y no restrinjamos por orgullo a las bestias, las riquezas y la magnificencia del Creador. Cuando se observan las maniobras de ciertos vegetales, cómo se sitúan, cómo se presentan, cómo se enredan con las plantas ve­ cinas para la conservación y multiplicación recíproca, no se osa vituperar a los antiguos por haber concedido libremente a los vegetales un fuerte instinto que les sugiere los medios más adecua­ dos para conservarse y perpetuar su especie. Eso es lo que tampoco han osado hacer algunos sabios botánicos. ¿Por qué negar pues a

estas pobres plantas lo que les atribuyen personas que deben cono­ cerlas, puesto que de ordinario sólo se dedican a conocerlas? No sólo las plantas tienen un alma 19, y un alma de fabricación propia, como todos los cuerpos cuyas operaciones regulares nos asombran, sino que hay una verdadera diferencia entre las almas vegetales, así como en la doble clase de las almas animales. Quien niega la existencia de las almas vegetales, sólo tiene que negar asimismo la de las letárgicas. Las diferencias esenciales que abordo aquí, grandes o pequeñas, son perceptibles en los individuos de cada especie. Asimismo, siendo relativas en cada género y de una especie a la otra, se encuentran graduadas con tal precisión, que un autor cuya autoridad no puede ser motivo de sospecha, al tratarse de un ministro del santo Evan­ gelio, no tiene dificultad en revelarnos que el alma humana es a la de los animales, lo que el alma de los ángeles es a la nuestra. Así, para dejar el alma del mundo, Dios, desde lo alto de este trono de fuego donde lo han colocado los alquimistas y los antiguos hebreos, mira todas las sustancias celestes que lo rodean, como el impertinente Bouhours20 mira a un alemán y se ríe al ver que un ángel se cree espiritual, nada más que por ser ángel, y al igual que Voltaire, al leer los juicios del abad de Fontaines y los versos de La Motte Houdart, se ríe cuando ve a uno erigirse en Aristarco y a otros en poeta. ¡Quién pudiera nombrar la inmensa multitud de almas inter­ medias que se encuentran entre las de los vegetales más simples y el hombre de genio! Este último brilla en el otro extremo. Apre­ ciemos esta sorprendente variedad junto a la de los cuerpos, y no creo que a este propósito corramos el riesgo de equivocarnos mucho. Si hay imbecilidad en la especie humana, y espíritu en los ani­ males, y en el reino vegetal el buen grano se encuentra junto a la cizaña, en el reino mineral se da igual mezcla y abigarramiento que en los otros dos. Como no hay hoja de árbol, ni grano de arena que se parezca, y cada cuerpo tiene, por así decir, su fisionomía, tampoco hay mineral que no tenga la suya, y se distinga por alguna cosa de aquel otro que mayor afinidad tiene con él. Nada es puro en el universo, ni el fuego, ni el aire, ni el agua, ni la tierra. ¿Cómo no iba a haber mucha aleación, muchas inmundicias y crudezas en los metales más preciosos? Pero qué diremos de esta acción por la cual ciertos fósiles se buscan, se atraen y se unen a sus semejantes para formar las masas

más homogéneas que existen, y por la cual algunos se repelen pare­ ciendo no poder soportarse. Que uno se burle tanto como quiera de las cualidades ocultas, de la simpatía y antipatía, éstas se hallan aquí fuertemente marcadas, porque los principios similares y hete­ rogéneos parecen hacerlas nacer a cada instante. En fin, ¿no habrá minerales parásitos? ¿Será concluyente la analogía? Entre nosotros, esta especie no es rara. Todo está lleno de almas en el universo. Hasta las mismas ostras no se agarran a las rocas sino para pasar mejor su vida, según Mr. de Réaumur21, en la contemplación de las verdades más im­ portantes. Pero qué hormiguero en cada cuerpo animado, si cada uno estuviera compuesto de tantos animalitos como fueran precisos para formar una cadena que se extendiera desde la punta de los dedos hasta el alma, de modo que su movimiento sucesivo advirtiera al retroceder lo que pasara en el exterior. Aquellos que lejos están de creer que se ha demostrado el origen de la sensación en los nervios, ¿preferirían acaso esta última hipótesis? Pero se dice que las piedras, las rocas, los metales, etc., no parecen sentir, y que por consiguiente estos cuerpos no sienten. ¡Hermosa consecuencia! En el estado de apoplegía perfecta, el ce­ rebro y todos los nervios quemados y desgarrados, son tan insen­ sibles como el diamante y el guijarro. El alma sin embargo se encuentra allí también, este bello pájaro no arranca el vuelo hasta la muerte. ¿No habrá por casualidad en los cuerpos más simples un estado que sea absoluta y constantemente semejante al de un apoplético? Las mónadas tienen percepciones secretas, que la natu­ raleza ha revelado a los leibnicianos. No he desdeñado nada, a mi parecer, para probar mi tesis, a no ser la historia tantas veces repetida de estas operaciones animales, que hacen invocar el prodigio a todos estos penetrantes escrutadores de la naturaleza que pueblan la tierra... Pero me equivoco, a mi pequeño edificio le falta el pedestal más sólido; he olvidado los silogismos y argumentos, de que los espiritualistas se sirven para probar que la materia es incapaz de pensar. Pido excusas a las personas de talento y con gusto. Si, no obstante, encontráis que a vuestros hermanos no se les han restituido mal los derechos de los que se les había despojado, creeré haber cumplido mi principal objeto. ¿No se trataba de hacer ver que los animales tenían un alma y un alma inmaterial? Me halago pues de haberlo demos­ trado. Reconozco que esta sorprendente analogía, que se muestra por todas partes entre los animales y nosotros, me hizo temblar.

Sin esta verdad consoladora que finalmente he descubierto, y por la cual elevo aquí la voz. ¡Ay! ¿Dónde estaríamos nosotros, tan buenas personas, que al nacer deseamos morir, pero que al morir no queremos morir? Ridiculum acri Forlius ac melius magnas plerum que secat res (* )

{ *) Lo ridículo con lo violento en general corta los asuntos dramáticos mejor y más rotundamente.

EPIST O L A A M I E S P IR IT U

o EL A N O N IM O B U R L A D O 1

En verdad, espíritu mío 2, lástima que tengáis tantos defectos, pues se dice que no sois necio, y lástima también que participéis de esta ligereza de estilo que, aún en la menos superficial de vues­ tras obras está llevada a su extremo, pues cuanto más amable es, tanto más inconsecuente hace ser al espíritu. De ahí que razonéis tan mal. Vuestra imaginación es rica, de acuerdo, pero vuestro juicio escaso, y no dudo que algún día se os muestre en qué lugar de vuestros escritos se hace deseable. Sois demasiado vivo, amigo mío; pensáis tal como escribís y demasiado aprisa. ¡Por qué fatal simpatía vuestra imaginación va tan rápida como vuestros dedos! Lo peor es, que esta parte fantástica absorbe todas las demás, como en su torbellino. Tenéis vuestras razones, como se ve, para hacer consistir el alma en esta sola parte, puesto que os faltan las demás. Vos diferís sin embargo del filósofo. Pequeño filósofo, en todo caso. ¡Dios sabe cómo os trataría Descartes si resucitara, a vos y la generosa protección que os alardeáis de concederle! Os miráis en vuestras obras, como un padre tierno en un hijo bien formado. Rendios justicia, sólo sois un cerebro quemado, donde todo se calcina y nada madura; no tenéis ideas coherentes, ni puntos de vista profundos, y se puede decir que en lugar de andar saltáis. Se os puede comparar además con una tierra que produce frutos precoces pero crudos, y nuevos pero perniciosos. En fin hay quienes dicen por una razón que Boileau nos ha dado, que sois un loco, pero no un loco furioso, para dicha de la sociedad, sino más bien

alegre, que, sin dejar de serlo, se ha creado un ejército de enemigos, compuesto, como en una asamblea de estados, por la nobleza, por el tercer estado y el clero. ¿Por qué? ¡Oh! ¡Si lo supiérais! Por una reina desacreditada, si jamás fue reina: la verdad. ¿Se puede hacer tan mal uso de la razón? ¿Acaso todos los medios que dan la espalda a la fortuna no son abusos del espíritu? ¿Por qué, por ejemplo, para citar una de vuestras locuras, habéis hecho el hom brem áquina.? Decídnoslo en confianza: ¿era por la vanidad de imprimir lo que las gentes sensatas y lo que todos aquellos que ven el rumbo de este mundo, se dicen al oído? Sin embargo, es os debe perdonar, cualesquiera que sean vuestros motivos, pues os habéis visto obligado a tenerlos y seguirlos. «Pero ¿cómo vais a poder actuar de otra manera si vuestra máquina está montada para pensar así y nada más? ¿Se le hará responsable igualmente de lo que otras máquinas le aplauden, en­ contrando muy espiritual una hipótesis que no tiene sentido común?». Ya veis cuán generoso soy haciendo posible que encontréis en vuestro materialismo, «materia para excusar vuestro extraordinario procedimiento». Sin embargo, dueño si lo permitís, dueño es el partido contrario de votar, para que a unas máquinas que piensan tan ligera y aviesamente se les ordene maquinalmente a quedarse para sí sus bellos pensamientos, y a recrearse solas en ellos, renunciando a la avidez de dogmatizar; y en el caso de que ésta los posea y alguna vez les haga elevarse por encima del horizonte, que se tenga en se­ guida la satisfacción de verlas sumergirse de nuevo en su esfera. Vos os hacéis el fuerte, y sólo sois un espíritu débil, fácil de abatir. ¿Sabéis lo poco que se precisa para confundiros? Un par de las primeras reglas de lógica más simples. No me refiero a la admi­ rable y seductora Lógica d e las verosimilitudes, sino de la del primer pedante de alguna universidad, con la salvedad, sin embargo, de que yo agregaría como refuerzo «una definición clara y distinta de lo que es cualidad, de lo que es cantidad, y de lo que se entiende por sustancia». No sé si entendéis mejor esta jerga que la precedente, pues yo que la practico, sólo veo lo que llamamos galimatías o jerigonza. Todo lo que consigo con la ayuda de semejante verborrea, es que sólo dependa de vos ser tan ortodoxo como un necio o el anónimo. No tenéis, decís, la menor idea de la sustancia. ¡Qué ignorante! Ignorante tanto más de compadecer, en la medida en que es presun­ tuoso. Estoy seguro de que componéis vuestras obras sin la ayuda de nadie, y que osáis hacer imprimir lo que os parece razonable o evidente. Es una gran desdicha, que os obstinéis en comportaros así. Si os dignáis rebajaros hasta consultar a otros, sobre todo a

unos teólogos, pues son grandes filósofos, tendréis una noción clara de lo que se llama sustancia, y saldréis de muchos errores en los que os encontráis. Dais a todo un nombre solemne, que sólo impone respeto al vulgar, el de la libertad filosófica. Libertinaje de espíritu, os digo. Y no poner el corazón de tal parte, es una gracia que en conciencia un devoto no puede concederos. ¡Se trata verdaderamente de libertad, cuando se osa tocar la piedra fundamental de la religión! Esta quiere absolutamente (tal es su manía) que el hombre sea libre, pero como una hermosa mujer que nos ha subyugado por todo, salvo por ella misma. ¡Cómo! ¿No creéis todo lo que canta vuestro cura? Vos usur­ páis el nombre de filósofo, sin conseguir serlo. Cuando en lugar de revolotear, como vos hacéis, sobre la superficie de la filosofía, se la cava y se la profundiza, entonces, la naturaleza mejor cono­ cida, y a través de ella, su autor, lejos de desviar de la religión, conduce a ella necesaria y directamente. ¿Quién lo ha dicho? Bacon, Locke, etc. ¡Ah! Abandonad a todos estos pequeños genios que reducen claramente tantas supuestas demostraciones a su justo valor, es decir, a 0, y confiad en la palabra de honor de autores de tanta autoridad y tan profundos como los escritores ingleses. Entregaos pues más seriamente al estudio de la naturaleza, y entonces tendremos ocasión de esperar que un día quizá, menos soberbio y menos ignorante, abjuréis finalmente de un sistema que sacude los prejuicios. ¡Qué digo! E l día que éste apareció, la sacrosanta teología se estremeció hasta sus fundamentos, y los som­ breros anchos y planos de todos estos alborotadores o farsantes que el pueblo respeta, quedaron más torcidos que nunca. He aquí una receta breve que os ahorrará muchos desvelos y trabajos: Tomad uno de estos trozos de papel blando, tan agradable como útil para las necesidades de los expertos, y antes de usarlo, sabed que aquí está el secreto no de la filosofía, sino de la iglesia, y leed: «La materia organizada siempre es materia, y por consiguiente no puede producir el pensamiento». ¡Rara y maravillosa conse­ cuencia! ¡Vos sois, espíritu mío, excesivam ente ligero, para perci­ bir su exactitud y su solidez, y para hacer reflexiones tan profundas! ¡Ay! Amigo mío, ya sea que veáis originales o léais sus más frías y tediosas reproducciones, me hacéis reír en las narices de la gente tanto más, cuanta mayor gravedad presentan. Vos, con quien mi persona iría a la Bastilla, antes de que mi nombre fuera citado elogiosamente por un teólogo. Dulce encanto de mi vida

y en fin todo mi recurso, ¡cuán molesto estoy de veros en lugar de cabeza, una especie de vaso ardiente, donde el mercurio y las sales que os componen no pueden fijarse! En verdad no son tan insípidas como los ataques, las críticas y las sátiras, de aquellos que os han honrado con su odio piadoso, pero son excesivamente — nunca se os repetirá suficiente— , sí excesivam ente ligeros y demasiado volátiles. Por mucho que hagáis, todas las personas pesadas han reconocido en primer lugar al autor ligero. Jamás pa­ saréis por un buen espíritu, pues no sois lo bastante serio, ni tam­ poco, oso decirlo, lo bastante necio. Se os demostrará que tan sólo habéis hecho tregua a tanta ligereza una vez, cuando manifestásteis esta penosa exactitud que se ha observado en el sorpren­ dente paralelo que habéis establecido entre el hombre y el animal. Se sabe que estas dos especies del mismo reino se asemejan a la perfección, a menos que se oponga que el rostro de un oso no tiene nada que ver con el de una mujer hermosa; y es evidente que la inteligencia de uno solo difiere unos grados (tan considera­ bles como se quiera) de la inteligencia de la otra. Sin embargo, ¡no os ofendáis por ello, espíritu mío, todas las conclusiones que habéis deducido tan clara y lacónicamente de la analogía de la organización y de las operaciones animales son forzadas! Teníais que haber sido tan astuto como vuestro compatriota, es decir, dejar extraer a los demás consecuencias tan peligrosas. Descartes ha dado muestras de la más prudente destreza, mientras que vos estáis fran­ camente aturdido, y es necesario que os reprenda. Este gran filó­ sofo ha dicho que el animal está hecho así, y el hombre está hecho asá, mostrando los dos cuadros. Pero no ha dicho: ¡ved cuánto se parecen! Por el contrario, ha prescindido muy bien del alma en los animales para explicar sus movimientos, sus sentimientos, y toda su capacidad de discernimiento, pero no ha prescindido de aquélla en el hombre, porque ha querido parecer ortodoxo a los ojos del pueblo, y filósofo a los ojos de los filósofos. Sé que esta alma de nueva fabricación, distinta del alma sensitiva, es un epi­ sodio inútil, una muestra de ostentación y de orgullo, que la natu­ raleza no ha dispuesto, vacuo alimento, del que los buenos espí­ ritus no se sacian, y novela sagrada en la historia natural del hombre, pero, en fin, es un polvo que precisaba arrojarlo a los ojos de vuestros antagonistas. El poco caso que hacéis a los polvos prueba a la perfección que no sois médico. Pero, ¡qué digo! Ni vos, ni yo, tal vez, comprendemos a Des­ cartes. Quienes deben explicárnoslo son los ministros del santo

Evangelio: todo les ha sido revelado, hasta la acción de los resortes de la máquina humana. Risum teneatis amici (*)■ A propósito de la máquina, me permitiréis que os diga que no tenéis la menor idea. ¿Habéis visto la de Vaucanson3 y sus rivales? Sí. ¡Bien! ¡Imagináis que un hombre hable y toque la flauta, como un canario y el flautista! ¡Pensáis que se puede cam­ biar, tensar o aflojar a vuestro antojo un alma inmortal, como unas cuerdas de violín! Incluso estaríais dispuestos a creer que podría hacerse una máquina que hablara, pues lo que el arte ha hecho, os hace concebir todo lo que podría hacer. Armgo mío, estáis en un error: se puede hablar perfectamente sin lengua, pero no sin alma. Para hacer una máquina capaz de hablar y de pensar, habría que estar al acecho de un alma cuando, yo no sé en qué momento ni cómo, viene a refugiarse de incógnito en nuestras venas, y en el mismo instante, cogerla al vuelo como a un pájaro, e introdu­ cirla por alguna vía en la citada máquina. Así es como suceden las cosas en el hombre, según los sabios teólogos. Sí, sabios, espíritu mío. En vano decís que atribuyendo dos sustancias al hombre, y una sola al animal, se meten en un verda­ dero callejón sin salida, cayendo asi en Scilla para evitar a Caribdis. Si no estuvieran tan iluminados como digo, si sus estudios no estuvieran fuertemente ligados a la filosofía, ¿osarían erigirse en jueces de los filósofos, ellos que son tan modestos? Pero temo que se me acuse de burlarme de ellos, como vos hacéis. ¿Se puede, en efecto, faltar al respeto tan alegremente a personajes así de graves? Tal es el peligro de vivir en mala com­ pañía; espíritu mío, sois mi pérdida. ¿Sabéis que estos señores son muy buenos cristianos, pero enemigos terribles para quien todo es igual, la falsedad y la verdad? ¿Queréis la prueba? Ellos pretenden que sobre las huellas de este ser bendito tan geométri­ camente tenebroso, vos, señor espíritu fuerte, habéis trazado un laberinto de ateísmo, tortuoso, oscuro, con cien mil puertas de entrada como el suyo, pero sin ninguna de salida. Si esto es así, si vuestros escritos son un nuevo dédalo, al que el hilo de la razón no condujo jamás, si sois, en una palabra, sectario del propio sistema de Spinoza, merecéis indiscutiblemente el nombre que se os da de personaje d etestable y turbio. Pero si, Spinoza moderno (supuesto que se os pruebe, lo que yo no creo, que vos lo seáis) sois tan profundo como superficial es el antiguo, tan claro, tan luminoso y tan coherente como lleno está el otro de tinieblas, (*)

¿Contendríais la risa, amigos?

hasta en las nuevas ideas que le ha complacido asociar a los tér­ minos que ha empleado, y si, en fin, es por una vía completamente distinta por la que os habéis visto obligado a enarbolar los mismos estandartes, ¿qué nombre dar entonces a un charlatán tan ordinario como vuestro pretendido antagonista? Se dice incluso que habéis debido, hablándole a él, confesaros francamente spinocista. Calumnia, respondéis: tanto peor, caro mío, pues no se creerá nada, y una boca sagrada purifica la impostura, como Sócrates los lugares que habitaba. Paso, espíritu mío, tan de prisa como el anónimo, a las saluda­ bles conclusiones d e vuestra obra. Estoy enfadado con él por el hecho de que un poco de buen grano se halle mezclado con tanta cizaña. Es difícil decir qué debe preferirse, si la dicha de los ciu­ dadanos extraída de la fuente impura del materiaÜsmo, o su des­ dicha, manando de una fuente tan clara como la del esplritualismo. Uno os diría con entusiasmo: ¡Ah! si os extraviáis, espíritu mío, en pos de mi felicidad y la de los demás, ojalá os extraviáseis siempre. El extravío sólo es un nombre frívolo y presuntuoso. Otro os diría: se toma por amor al orden, por virtud y razón, lo que es desorden, vicio y locura. El de más allá exclamaría: estas vías que se decoran con el falso nombre de celo y piedad, ¿no parecerán nunca lo que son, vías de escándalo, vergüenza e iniquidad? Bajo la máscara de la religión, el tartufo, tan bien representado, ¿no será nunca descubierto con su primer dios, el amor propio, etc.? Pero yo pienso de un modo completamente distinto: ¿Sabéis por qué razón? Nunca lo habríais adivinado: porque soy un visionario, un fanático, un cerebro iluminado. ¿Acaso no lo sois un poco, caro espíritu mío? En lugar de responder a críticos necios, a un saco de ignorancia y de prejuicios, a un hombre que ha visto todo el hom bre-m áquina en no sé qué libro alemán, en fin, en lugar de perder vuestra reputación en el espíritu de la gente terriblemente devota, ya sería hora de que nos dierais un tratado bello y sublime sobre la inmortalidad del alma, porque es el único modo de que recobréis la gracia en el santuario. Mediante lo que ha servido para hacer desaparecer tantas quimeras (el álgebra), ¿no podríais demostrarla? Creo que el P. Tournemine4 ha dado la solución del mismo problema a través de la geometría. Vos ignoráis, decís, lo que sabe tanta gente limitada, pero ya tendréis el placer de apren­ derlo. Si lo supiérais, sólo tendríais, al igual que Pascal, el de despreciarlo. Adiós, espíritu mío, sed, si es posible, menos grave, y creed que la buena ironía es la piedra de toque de la razón más sagaz. Por lo demás, os deseo a vos y al anónimo feliz año nuevo acompañado probablemente de esta farsa y de varias otras.

E PIST O L A A LA SRTA A. C. P

o LA M AQUINA D E R R IB A D A 1

Señorita 2, Nada es tan halagador para mí como vuestra bondad conmigo, al pedirme un relato fiel de la máquina, que ha aparecido en nuestros días. Ejecuto vuestras órdenes, con la mayor prontitud, por cuanto cuento con vuestra aprobación incondicional, motivo que me deleita y sobrepasa todos los atractivos posibles. Para entrar en materia, amiga mía, os comunico que la má­ quina, que vos admiráis, esta máquina sin alma, esta materia orga­ nizada, al fin fue derribada y metida en la Bastilla de Plutón. Siempre en movimiento, rodó hasta romperse el cuello. Intentó aventajar a las máquinas vulgares mediante sus habladurías, me­ diante sus maniobras, mediante sus reticencias, y componiendo libros sin esfuerzo. Incluso llegó a hacer serias reflexiones sobre la felicidad; Pero la ignorancia em pezó a cegarla y acabó destru­ yéndola. Mr. Máquina, pues en su nomen y ornen, se empeñó en que el opio es el verdadero medio para alcanzar la felicidad y el paraíso de una máquina. Quiero, dijo, hablar d e estos estados dulces y tranquilos que proporciona el opio, en los cuales se quisiera per­ m anecer toda una eternidad, verdadero paraíso del alma, si fueran perm anentes. Mr. Máquina, demasiado celoso de su dichosa tran­ quilidad, para no querer gozar de ella sin cesar, al final tomó la decisión de sumirse, mediante el polvo de las ratas, en sus dulces tinieblas. Tomó una buena dosis y lo consiguió. Preveo que recriminaréis la locura de M áquina; pero, os lo

ruego, amiga mía, no os irritéis contra él. Recordad, por favor, que es Mr. Máquina. Una máquina no actúa como quiere, sino más bien como debe. Cantando sus alabanzas, jamás permidré que lo difamen. Lo pongo a resguardo de todo reproche respecto a su locura, le conservo la reputación, a pesar de todas las objeciones calumniosas, diciendo: fue máquina y nada más. Excusadme, amiga mía, por haber iniciado mi historia con la muerte de mi héroe. Es un poco extravagante; y es preciso que el relato de su vida no lo sea menos. Retrocedo sobre mis pasos, y os prometo observar. En cuanto al nacimiento de Mr. Máquina, seré lo más breve del mundo. Me consuelo fácilmente de no saber en qué retorta se ha organizado esta materia pesada y grosera. Una vez lo estuvo, se convirtió en máquina. C e le n o 3, que anuncia siempre su pre­ sencia mediante algunas obscenidades, la montó, y quizá era Mr. Má­ quina'* quien apareció como los bastones de Mr. Vaucanson en París. Pues Mr. Máquina al igual que aquéllos carece de alma, de espíritu, de razón, de virtud, de discernimiento, de gusto, de educación y de costumbres; todo es cuerpo, todo es materia en él. Pura máquina, hombre planta, hombre máquina, hombre más que máquina, estos son los títulos que ostenta, que ambiciona, y de los que se honra. Celebró solemnemente el día de su nacimiento una sola vez en el curso de cuatro años: pues fue dado a luz en no sé qué bisiesto. Os informaría también acerca de su educación, pero no sé qué decir de la de una máquina. Cada cual tiene su objeto, y la má­ quina persigue el suyo. Se la monta, y ella desempeña su función hasta caer en el agujero. Se conforma a sus reglas, y así hizo Mr. Máquina. Realizó con afán sus estudios, o más bien sus maniobras en Varis, en L eiden y en Reims, hasta alcanzar su objetivo. Fue nombrado doctor en M .. . 5, ¿no es bastante honor para una má­ quina? Esto todavía no es todo, pues supo mantener con firmeza la compostura bajo la cual apareció. Causó maquinalmente desolación en la república de las letras destacándose entre otras cosas por algunas instituciones de M . . . 6 que sacó a luz. Esta traducción, que casi no se encuentra ya en ninguna parte, le dio mucha fama. No se contentó con traducir, sino que incluso procuró metamorfosearla a su antojo. Breslau — ¡ah! ¡Qué máquina tan admira­ b le !— según él, es un autor. Breslau, dice, la ha visto salir por la córnea, para citar las antologías de Breslau. En otro lugar habla más que maquinalmente: hablo, dice, de una inyección en la que

no se introduce más fuerza que el corazón, lo qu e está probado por la im perfección d e la perfección. ¡Galimatías carente de sentido! Habla del mismo modo de los huevos revueltos: en cuanto a mí, me gustaría decir huevos separados. La gata de B y th in ie1, según él, es una civeta. Y esto ¿por qué?, porque es un buen conocedor de la naturaleza. Y ¿qué significan estas palabras? Una y otra cueva y vaya cueva, es más ancha que el trazo d el agujero oval. Cierto es que lo reprendería en este punto, pero sé de qué se trata, es Mr. Máquina. No os olvidéis, amiga mía, de leer también algunas maniobras de Mr. Máquina. Son demasiado hermosas para ocultároslas. Aldrovan du s8, dice en otra obra, que ha heredado su ornitología de Mr. W illou g h y 9. Y ¿por qué, mi héroe? Es fácil de comprender, me responde. Pues Aldrovandus murió hace mucho tiempo antes de que W illoughy naciera, y es muy posible que Aldrovandus haya podido heredar de M. W illoughy. Bueno, Máquina, es la broma más bella del mundo. Pero, decidme confidencialmente, os lo ruego, ¿por qué medís la vesícula y su fuerza por pulgadas en lugar de por onzas? Tres pulgadas, según lo que decís, a mi parecer es demasiado para una vesícula. En cuanto a mí, no me gustaría una vesícula tipo Máquina. Y ¿qué es lo que queréis expresar, amigo mío, a través del escritor Giorno? ¿Tan gracioso sois, M áquina? ¡Qué maravilla! ¡Qué espíritu tan creador! Sin duda, tiene sus consecuencias personificar un periódico, que se llama G iornali de Letterari. Pero no me atrevo a molestaros más con mis alabanzas. Quedaros tranquilos. Sois máquina, y una máquina está más allá del conocimiento de la anatomía, de la historia, de las lenguas e incluso de Dios. Os pido mil excusas, amiga mía, por haberos abandonado unos instantes. Mi máquina me sigue arrastrando hasta su morada tene­ brosa. Retrocedo, asegurándoos en confianza, que debemos lamentar, más de lo que se piensa, la pérdida de Mr. Máquina. Cabía esperar que un día todos los monos y también el vuestro, amiga mía, empe­ zarían a hablar por sus propios medios. Pero he aquí la esperanza frustrada; el maestro desciende a los infiernos, y los discípulos gimen en vano tras él. Por lo demás, Mr. M áquina siempre se creyó más temible de lo que era en realidad. Algunas veces olvidó que era máquina. De­ nomina a su sistema soberbio que hace estrem ecer los prejuicios. Insisto en que, agrega, el día que apareció, la sacrosanta teología se tam baleó hasta sus fundam entos, y los som breros anchos y planos

d e todos estos A lborotadores y Farsantes, que el pu eblo respeta, quedaron más torcidos que nunca. Verdaderamente, esto son, diréis vos, ideas creídas, crasas y materiales; y eso es lo que quiero. Mi héroe imagina ser el H ércu­ les de la fábula. Por poco, dice él, que sea com petente en el campo de la literatura y en el conocim iento d e los autores, se ve que soy, com o Mr. d e V oltaire dice d e N ew ton, el H ércules d e la fábula, a quien se atribuyen todos los hechos d e los dem ás héroes. Mr. Má­ quina es pues el H ércules d e la fábula. Vos lo sabéis, amiga mía, porque entendéis de literatura. ¡Qué ventaja para vos, saber que Máquina es el H ércules moderno! Refiriéndose en algún lugar a los teólogos, vuestra gente favo­ rita, éste se encoleriza. Amarrad, dice, a estas bestias arrogantes, dejádles poco poder, ya usurpan suficiente, pues es la manera de favorecer el progreso d e las letras y de hacer florecer los estados. ¡Qué escándalo! Pero tiene razón. Es a la Herculínea. Un traductor inform al10 de algunas instituciones de M., de las que sólo altera y corrompe el sentido, y que saca a la luz incluso sin corregir las faltas de impresión, las cuales más bien aumentará a causa de su ignorancia y volatilidad; un autor u, digo, que ha copiado el hombre planta de alguna disertación de Mr. Linneo, cuyo título es Sponsalia plantarum, donde las flores se comparan con el hombre; un héroe, en fin, que generalmente toma todas las ciencias serias por naderías y pedanterías, es en verdad el Hércules y el puntal de la república de las letras; es, insisto, el héroe que podría tocar la piedra fundamental de la barbarie, y derribar los falsos principios sobre los que ésta se desliza. A propósito del hom bre planta, amiga mía, trato de que améis las grutas, los jardines, las fuentes, las plantas, los libros que se han escrito al respecto. Por ello, sin duda, os habré remitido el hombre planta. Aunque, amiga mía, tuve que predisponer el carácter, la modestia, el pudor y la virtud que reina en vuestras venas. Esto no es más que un efecto digno del autor y su cabeza, el cual es todo cuerpo, todo materia, todo él una máquina montada por la harpía Caeleno. Es suficiente, lo he dicho anteriormente, y lo repito para excusar al autor, que, al no tener alma, prosigue las vueltas, los movimientos y las impresiones de su principio motriz. Digo, sin alma, pero me reprendo a mí mismo. En cierta ocasión, Mr Máquina tenía una, o al menos creyó tenerla: E l alma, dice, viene, no sé cuándo ni cóm o, a refugiarse de incógnito en mis venas. Habla razonadamente. Quizá estos son los tres momentos dicho­

sos, que ha hablado sin ofender a la verdad. No tiene réplica, cuan­ do reconoce ingenuamente, haber copiado la m ayor parte de sus observaciones d e la medicina práctica, que se enorgullece d e haber derrochado cien mil libras en desenfrenos y voluptuosidades, antes d e llegar a ser doctor, y que se honra d e haber sido nom brado doctor con el dinero que le qu edaba tras sus desenfrenos. Yo, por mi parte, no le reprocho este modo de comportarse; no es en absoluto culpable. Actúa como una máquina, copia, representa, adula y hace cabriolas a expensas de su materialismo. El único paso en falso que me disgusta, es que remueve las cenizas de este primer pedante de cierta universidad, que le dio el título de doctor: ya que es herir al mismo tiempo la confianza y la reputación de su bienhechor. Sin embargo, M áquina ha muerto. No es responsable de nada. Poco tiempo antes de su muerte, se atrevió a decir ingenuamente en cierta epístola a su espíritu 12, o más bien a su materia, que estaba loco. Al principio no lo creí, pero al poco tiempo lo vi evidentemente sin conclusiones forzadas. Mr. M áquina tomó el fatal polvo de las ratas, para hacer durar la felicidad toda una eternidad. Pero se engañó a sí mismo. La eternidad se terminó a pesar suyo. No hizo, por así decir, más que cambiar de escena y retirarse detrás de las cortinas. Cuando éstas se corrieron, he aquí a Mr. Má­ quina montado a pesar suyo por segunda vez, para desempeñar otro papel. No obstante, Máquina efectivamente pasó muerto algún tiempo. Se tendió todo a lo largo junto al río Aqueronte. Su alma, o más bien su materia, se pareció entonces a una cuerda de violín, que se ha distendido. Estaba envuelto en tinieblas más negras que el caos, la noche eterna y los Cocitos. Pero apenas había empezado a gozar de su pretendida felicidad, Carón, este famoso cochero, por orden de Plutón, ya estaba al acecho al otro lado de las ondas tenebrosas. Plutón se hallaba in­ formado de los proyectos de Mr. Máquina, y ordenó a Carón cruzarlas lo más pronto posible para evitar que se le hurtara un sujeto que le pertenecía. Carón no percibió tan pronto a su recluta, por lo que, gritó tres veces: ¿Quién está ahí? Pero lo hizo con un tono tan temible, que Mr. M áquina se despertó queriéndolo o no. Esta vez su máquina se montó por sí sola; durante su vida había sostenido que esto era posible, y probó así que era cierto llevándolo a cabo. La primera acción de Máquina en esta nueva vida, fue temblar al extremo, y disponerse a responder. Yo soy máquina, dijo, soy todo cuerpo, todo materia, un episodio inútil, una muestra de

ostentación y de orgullo, que la naturaleza no ha aderezado. Quizá m e hallo arrojado al azar sobre un punto d e la superficie d e la tierra, sin que pueda saberse ni cóm o ni p or qué, sem ejante a esos champiñones, qu e aparecen d e un día para otro, o a esas flores que bordean las fosas y recubren las murallas. ¿Por qué me envidias, prosiguió, estas eternidades sagradas, estos dulces sueños, estas verdaderas fuentes de perfecciones? Boca cosida, continuó Carón, es el silencio que reina en nuestras regiones. Plutón me ha dado orden de llevarte al albergue que te conviene. Habló. Y de pronto, tras haberle hecho pasar las ondas del Aqueronte, lo llevó a los vastos y soberbios edificios de Plutón. Al final llegaron por un laberinto tortuoso y oscuro a la forja de los Cíclopes. Máquina paseando sus ojos y viendo a esas gentes ho­ rrendas que forjaban, ese abismo de fuego y llamas, esos resoplidos espantosos y esos relámpagos, comenzó a enmudecer. No osó retro­ ceder ni protestar. Sin embargo, a cada martillazo pareció que iba a desvanecerse, tan fuera de sí estaba. Carón al final lo introdujo en la estancia, que se hallaba en frente de la forja de los Cíclopes, y se marchó. Aquella era el aposento de los charlatanes, de los alborotadores y de los farsantes. Plutón los había separado de sus otras víctimas, para mantener entre ellos la paz, el instinto de conservación y la tranquilidad eterna. Los charlatanes, por su parte, no se disgustaron por esta disposición de Plutón. Vivieron en compañía de los Cíclopes muy a gusto, en una república libre, sin leyes, sin orden, sin molestias, sin obligaciones, e incluso sin soberano. Dieron justamente gritos horribles en cuanto Mr. Máquina entró por la puerta. Se prepararon para hacer una comida a escote13 este mismo día. Mr. Máquina al principio quedó muy satisfecho de verse entre una compañía tan divertida, que favoreciera el materialismo. Pero apenas hubo hecho sus primeros cumplidos, se le preguntó el nombre. Yo soy Máquina, dijo. ¡Cómo! respondió cierto pedante de alguna universidad, ¿Máquina? Sí, respondió nuestro héroe, soy Máquina. Oiga usted, replicó el tal pedante, ¿acaso se me trata como un hombre honrado, hiriendo mi reputación de manera tan baja, tan vil e insultándome por haberos vendido el título de doctor? Es verdad, os lo he dado, pero no sabéis que todavía a esta hora me debéis el dinero. Siguió hablando con un tono tan amenazante, que de improviso lo cogió por la garganta, y se la apretó con tanta furia que Mr. Má­ quina no pudo respirar. E l alma de Máquina, o mejor su materia, al

hallarse penosamente apretada, procuró primero desasirse por la traquearteria; pero al ser demasiado gruesa para poder penetrar por este estrecho canal, se giró de un lado a otro hasta tomar la decisión de deslizarse por detrás. Y he aquí la máquina derribada y privada de la vida para siempre. No se vieron más que los huesos y la piel. Semejante hecho heroico dio al festín de este día un nuevo lustro, y todos los charlatanes aplaudieron la bravura de su com­ pañero. Finalmente, acordaron en su mayor parte metamorfosear los despojos de Máquina, para aprovecharlos bien. Tras muchas dispu­ tas se le hizo adquirir la forma de una cornamusa, que para aquella gente hacía las veces de trompeta. Se quiso tener buena música, y, en efecto, Mr. Máquina metamorfoseado la procuró tal, que deleitó a todos los charlatanes. Silbaron, gritaron, cantaron, bailaron, pero nada igualó a la cornamusa, porque sonó de una manera, sorpren­ dente. Pero toquemos el punto más importante, pues hay que licenciar a Mr. Máquina. ¡Viva la firmeza, amigo mío! Es una nueva época para vos. En el presente sois la cornamusa. Placéis las veces de saco, amigo mío, pero ¡coraje! apenas se os conoce en nuestras regiones. Sois un saco de ignorancia, ya es algo. Cumplid con vuestro deber, y concluid en otra figura las burlas, que habéis prometido en la de M áquina; quizá tengan un éxito mayor en vuestra situación presente. Adiós, Cachivache, portáos bien, Máquina, sed graciosa, cornamusa, celebrad el año nuevo, sil­ bad, despistad, lisonjead lo mejor que podáis, y mirad a vuestros alborotadores, a vuestros farsantes y a vuestros charlatanes. Esa es la trayectoria del difunto Mr. Máquina. Me excusaréis, amiga mía, por haber hecho un informe tan detallado. Vos lo habéis querido. Y si os habéis aburrido leyendo una carta tan larga, re­ cordad, os lo ruego, cara amiga, que yo he tenido el trabajo de escribirla. Soy con respeto, y etc.

A N TI SE N EC A

o

D ISC U R SO SO B R E LA FELIC ID A D 1

Félix qu i potuit rerum cognoscere causas, A tque metus om nes et inexorable fatum Subjecit pedibus, strepitum que A cherontis avari (*).

Los filósofos se avienen respecto a la felicidad, como sobre todo lo demás. Unos la sitúan en lo que hay de más sucio y más impúdico, reconociéndoseles por esta frente cínica que no enrojece jamás. Otros la hacen consistir en la voluptuosidad, entendida bajo diversos aspectos: ora es la misma voluptuosidad, pero moderada, razonable, sometida, no a los lujuriosos caprichos de una imagi­ nación exacerbada, sino a las meras necesidades de la naturaleza; ora se trata de la voluptuosidad del espíritu asociada a la investi­ gación, o encantada con la posesión de la verdad; ora, en fin, es la satisfacción del espíritu, el motivo y el fin de todas nuestras acciones, al que Epicuro ha dado el nombre de voluptuosidad, nombre peligrosamente equívoco, que es la causa de que sus discí­ pulos hayan sacado un fruto de su escuela muy diferente del que este personaje merecía esperar de ellos. Algunos han colocado el bien supremo ya sea en todas las perfecciones del espíritu como del cuerpo. El honor y la virtud lo constituían en Zenón. Séneca, el estoico más ilustre de todos, le agregó el conocimiento de la verdad, sin explicitar qué verdad. Vivir tranquilo, sin ambición, sin deseo; dilapidar fortunas y no gozarlas, conservarlas sin inquietudes, perderlas sin pena, gober­ narlas en lugar de ser su esclavo; no verse turbado ni emocionarse (*) /Dichoso el que pudo conocer las causas de las cosas/ y puso bajo sus pies todos los miedos y el hado inexorable/ y el estruendo del codicioso Aqueronte!

por ninguna pasión, o más bien no tenerlas; estar tan contento en la miseria como en la opulencia, en el dolor como en el placer; tener un alma fuerte y sana en un cuerpo débil y enfermo; no expe­ rimentar temor, ni espantos; despojarse de toda inquietud, desdeñar el placer y la voluptuosidad; animarse a experimentar el placer como a ser rico, sin buscar sendas gratificaciones; despreciar la vida misma y, por último, alcanzar la virtud mediante el conocimiento de la verdad. Todo eso constituye el bien supremo de Séneca y de los estoicos en general, y la perfecta beatitud que le sucede. ¡Cuán anti-estoicos seremos! Tales filósofos son severos, tristes, duros; nosotros seremos dulces, alegres, complacientes. Todos alma, éstos hacen abstracción de su cuerpo; todos cuerpo, nosotros hare­ mos abstracción de nuestra alma. Ellos se muestran inaccesibles al placer y al dolor, pues nosotros tendremos a mucha honra sentir lo uno y lo otro. Esforzándose en lo sublime, se elevan por encima de todos los acontecimientos, y no se creen verdaderamente hom­ bres, sino en la medida en que dejan de serlo. Nosotros no dispon­ dremos más de lo que nos gobierna, no mandaremos más a nuestras sensaciones, y reconociendo su imperio y nuestra esclavitud trata­ remos de hacerlas agradables, persuadidos de que es allí donde se encuentra la felicidad de la vida. Tanto más felices nos creeremos, cuanto más hombres seamos, o más dignos seamos de serlo. Cuanto más sintamos la naturaleza, la humanidad y todas las virtudes so­ ciales, menos admitiremos otras, ni otra vida que ésta. De donde se desprende que la cadena de las verdades necesarias para la feli­ cidad será más corta que la de Hegesias, Descartes y tantos otros filósofos, y que para explicar el mecanismo de la felicidad, sólo consultaremos la naturaleza y la razón, los únicos astros capaces de iluminarnos y guiarnos, si abrimos tan bien nuestra alma a sus rayos, que se encuentre absolutamente cerrada a todos estos miasmas envenenados, los cuales forman como la atmósfera del fanatismo y del prejuicio. Entremos en materia. Nuestros órganos son susceptibles de un sentimiento o de una modificación que nos place y nos hace amar la vida. Si la impresión de tal sentimiento es breve, se trata del placer; si es más largo, se trata de la voluptuosidad; si es permanente, se tiene la felicidad. La sensación siempre es la misma, sólo difiere por su duración y su vivacidad. Agrego unas palabras, porque no hay bien supremo más exquisito que el placer del amor. Cuanto más durable, delicioso y halagador es este sentimiento, y no se interrumpe ni se turba, más feliz se es.

Cuanto más breve y vivo, más concierne a la naturaleza y al placer. Cuanto más largo y tranquilo, más se aleja y se acerca a la felicidad. Cuanto más inquieta, agitada y atormentada está el alma, más la rehuye la felicidad. No tener temores ni deseos, como dice Séneca, es la felicidad privativa, en la medida en que el alma está exenta de lo que altera su tranquilidad. Descartes quiere que se sepa por qué no se debe desear ni temer nada. Estas razones que nuestro estoico ha sobre­ entendido, hacen el espíritu más firme y más inconmovible. Pero, con tal de que no se tema nada, qué más da que sea obra de una máquina o de la filosofía. Tener todo a merced de uno, organización dichosa, belleza, espí­ ritu, gracia, talento, honores, riquezas, salud, placeres, gloria, tal es la felicidad real y perfecta. De todos estos aforismos se desprende que todo lo que pro­ duce, mantiene, nutre o excita el sentimiento innato del bienestar, se convierte por consiguiente en causa de la felicidad. Por esta razón, para mostrar su desarrollo basta, a mi parecer, exponer todas las causas que nos procuran una circulación sanguínea agradable y, a través de ella, percepciones dichosas. Estas son internas y ex­ ternas, o intrínsecas y accesorias. Las causas internas o intrínsecas, que pasan por depender de nosotros, no dependen en absoluto. Estas pertenecen a la organiza­ ción y a la educación, que, por así decir, ha doblegado nuestra alma o ha mortificado nuestros órganos. Las demás vienen de la volup­ tuosidad, de las riquezas, de las ciencias, de las dignidades, de la reputación, etc. La felicidad que depende de la organización es la más cons­ tante y la más difícil de provocar. Necesita pocos alimentos y es el mejor presente de la naturaleza. La desdicha que procede de la misma fuente no tiene remedio, a no ser algunos paliativos inciertos. La felicidad de la educación consiste en seguir los sentimientos que ésta nos ha inspirado y que raramente se borran. El alma se deja arrastrar hasta allí con placer, porque la pendiente es suave y el camino está bien trazado de modo que le resulta violento resis­ tirse. Sin embargo, su obra maestra consiste en vencer esta pen­ diente, disipar los prejuicios de la infancia y purificar el alma a la luz de la razón. Tal es la felicidad reservada a los filósofos. Admito que se puede ser feliz no haciendo lo que provoca re­ mordimientos. Pero así, uno se abstiene a menudo de lo que causa

placer, de lo que pide la naturaleza y de lo que hace sufrir si uno es sordo a su voz. Uno se abstiene pues de mil cosas que no puede dejar de desear y querer. Esto no es más que una felicidad infantil, fruto de una educación mal entendida y de una imaginación tur­ bada. Mientras que, no privándose de los mil encantos y de las mil dulzuras que, sin hacer daño a nadie, hacen gran bien a quienes los experimentan, sabiendo que es pura puerilidad arrepentirse del placer que se ha experimentado, se puede alcanzar la felicidad real o positiva, felicidad razonable, que no será corrompida por ningún remordimiento. Para proscribir a estos perturbadores del género humano, bas­ tará explicarlos. Se verá que es tan ventajoso como fácil liberar a la sociedad de un fardo que la oprime, que las virtudes de su institución bastan para su mantenimiento, para su seguridad y su felicidad, y que sólo hay una verdad que los hombres desean saber, verdad desde la cual todas las demás sólo son frivolidades o inge­ niosos juegos más o menos complicados. En este sistema fundado sobre la naturaleza y la razón, la felicidad será tanto para los igno­ rantes y para los pobres, como para los sabios y los ricos. La habrá para todos los estados y tanto para los malos como para los buenos, lo que va a sublevar a los espíritus prevenidos. Las causas internas de la felicidad son propias e individuales del hombre, por eso deben hallarse por delante de las causas ex­ ternas que le son ajenas y que, por este motivo, ocuparán la parte más breve y el último lugar de esta obra. Es natural del hombre sentir, porque es un cuerpo animado, pero ya no es natural ser sabio y virtuoso, como tampoco lo es vestir ricamente. En tanto que, la verdad, la virtud, la ciencia y todo lo que se aprende viene de fuera, y suponiendo el sentimiento ya formado en el hombre que se instruye, no debo hablar de estas brillantes ventajas más que des­ pués de haber examinado si este sentimiento desnudo y sin ningún adorno podría constituir la felicidad del hombre. A continuación, vendrán a su vez todas las de la gloria, la fortuna y la voluptuo­ sidad. Lo que me persuade de la verdad de lo que acabo de plantear es ver a tantos ignorantes felices, debido a su misma ignorancia y a sus prejuicios. Si no tienen los placeres que procura al amor propio el descubrimiento de la verdad más estéril, todo se com­ pensa, porque no tienen tampoco las penas ni los pesares que dan los más importantes. Sea la tierra que gire o el sol, no les inquieta. Lejos de desconcertarles el curso de la naturaleza, la dejan ir al azar y ellos mismos van vivaz y alegremente a su pequeño aire

con el bastón de ciego que los guía. Comen, beben, duermen, vege­ tan placenteramente. Engañados en provecho suyo, lejos de expe­ rimentar horrores, si viven como personas honestas, se sacian la imaginación con agradables ideas que los consuelan de morir. El beneficio que se les promete, aunque quimérico, hace que la pérdida no tenga para ellos casi nada de real. Bastante hábil es el que es bastante feliz. Para profundizar en este tema, se me permitirá que me entregue a algunas reflexiones. Supongamos que todas las cosas son iguales, unas están más sujetas a la alegría, a la vanidad, a la cólera, a la melancolía e incluso a los remordimientos que las otras. ¿De dónde se desprende esto, si no es de esta disposición particular de los órganos que causa las manías, la imbelicidad, la vivacidad, la lenti­ tud, la tranquilidad, la penetración, etc.? Así que, me atrevo a ubicar la felicidad orgánica entre todos estos efectos de la estruc­ tura del cuerpo humano. Esta felicidad ha sido dada a todos estos dichosos mortales que, para serlo, sólo necesitan sentir, a estos temperamentos felices, a estos beatos, cuya constitución es tal, que el pesar, el infortunio, la enfermedad, los dolores mediocres, la pér­ dida de lo que se tiene de más querido, en fin todo lo que aflige a los demás, se desliza sobre su alma sin que ésta apenas se deje rozar. El mismo concurso fortuito, la misma circulación, el mismo juego de sólidos y de fluidos, que hace al genio feliz y al espíritu limitado, constituye también el sentimiento que nos hace felices o desdichados. La felicidad no tiene otra fuente, como nos lo de­ muestra la uniformidad de la naturaleza. ¡Cuán evidente es aquí la predilección! Aquél, que ésta ha favorecido hasta este punto, contento de lo mínimo necesario, no recuerda sino haber nadado — ¿qué digo?— haberse ahogado en lo superfluo. Y si la fortuna vuelve, pródiga por temperamento, cuando el temperamento basta para la felicidad, mirará de nuevo el dinero como las hojas que el viento hace caer. La fábula no saldrá más fácilmente de sus manos: el avaro cree que habrá más de dos para robarle, y gime cuando su arca de hierro sólo está llena hasta la mitad. Nada perturba a un hombre tan bien constituido. Paciente y tranquilo en el dolor, en la medida de lo posible será difícil que éste le quite el hambre. ¡Juzgad si es firme en la adversidad! ¡Se ríe de ver cuán boba es la fortuna si ha creído apesadumbrarlo! Se burla de ella como un pirroniano de la verdad. He visto a algunos de estos caracteres dichosos, que algunas veces incluso estaban de mejor humor enfermos que sanos, pobres que ricos, y estos cambios de sensaciones deben a su vezreproducirse en los

de los órganos, de los que dependen visiblemente. La enfermedad produce todos los días a los ojos de los médicos metamorfosis mucho más sorprendentes: puede convertir al hombre culto en un necio que no vuelve nunca en sí y elevar al tonto a la cualidad de genio inmortal. Nada es extraño para la naturaleza, los extraños somos nosotros acusándola de ello. Nadie prueba mejor que se trata de una felicidad de tempera­ mento que estos imbéciles dichosos, que todos conocemos, mientras tanta gente culta es desdichada. Parece que el espíritu tortura al sentimiento. Además, los animales vienen a corroborar este sistema. Cuando tienen buena salud y sus apetitos están satisfechos, expe­ rimentan el sentimiento agradable asociado a esta satisfacción, y, por consiguiente, tal especie es feliz a su manera. Séneca lo niega en vano. El se funda en el hecho de que no tienen el conocimiento intelectual de la felicidad, como si las ideas metafísicas influyeran sobre el bienestar, y la reflexión le fuera necesaria. ¡Cuántos hom­ bres estúpidos hay, perfectamente felices, a los que se sospecha de reflexionar menos que un animal! La reflexión aumenta el senti­ miento pero no lo da, al igual que la voluptuosidad no hace nacer el placer. ¡Ay! ¿Debe uno congratularse por esta facultad? Esta acude todos los días, y se ejerce por así decir tan a contrasentido, que aplasta el sentimiento y lo desgarra todo. Yo sé que cuando se es feliz por ella y ésta se encuentra como en el origen del hilo de las sensaciones, todavía se lo es más. El sentimiento es excitado allí por esta especie de aguijón, pero cuando se trata de la desdicha, tomada en su sentido ordinario, resulta una facultad cruel y funesta. Es el veneno de la vida. La reflexión a menudo se convierte casi en un remordimiento. Por el contrario, un hombre al que su ins­ tinto pone contento, lo está siempre, sin saber cómo ni por qué, y sin dificultad alguna. No ha costado más hacer esta máquina que la de un animal, mientras que hay infinidad de otras para cuya felicidad, la fortuna, la fama, el amor y la naturaleza se han ago­ tado en vano. Como son desdichadas hagan lo que hagan, porque son inquietas, impacientes, avaras, celosas, orgullosas y esclavas de mil pasiones, se diría que el sentimiento sólo les ha sido dado para mortificarlas, o que su genio no les ha venido más que para atormentar y depravar su sentimiento. Confirmemos nuestra idea mediante nuevas pruebas. Ciertos remedios pueden ser una prueba más de esta felicidad que yo llamo orgánica, automática o natural, porque el alma no interviene en ello para nada, y tampoco extrae de ello ningún mé­ rito, en la medida en que es independiente de su voluntad. Quiero

hablar de estos estados dulces y tranquilos que procura el opio, en los cuales se quisiera permanecer una eternidad, verdadero pa­ raíso del alma, si fueran permanentes: estados bienaventurados, que, sin embargo, no tienen otro origen que la pacífica igualdad de la circulación, y una relajación dulce y medio paralítica de las fibras sólidas. ¡Qué maravilla opera un solo grano de jugo narcótico, agre­ gado a la sangre, y fluyendo con ella en los vasos! ¿Por qué magia nos comunica más felicidad que todos los tratados de los filósofos? ¡Cuál sería el destino de un hombre que estuviera organizado toda su vida tal como lo está mientras actúa este divino remedio! ¡Cuán feliz sería! Los sueños, que no necesitan el opio para ser a menudo muy agradables, confirman la misma cosa. Al igual que un objeto amado se pinta mejor ausente que presente, porque la realidad ofrece a la imaginación límites que ella no conoce cuando se abandona a sí misma, las pinturas son más vivas cuando se duerme que en la vigilia. El alma, a la que entonces nada distrae, completamente entregada al tumulto interno de los sentidos, aprecia mejor y sabo­ rea más los placeres que la penetran. Recíprocamente, ésta también se alarma y horroriza más por los espectros que se forman durante la noche en el cerebro, y que nunca son tan espantosos cuando se vela, porque los objetos del exterior los alejan en seguida: sueños sombríos, a los que se hallan principalmente sometidos aquellos que durante el día se acostumbran a no tener más que ideas tristes, lúgubres o siniestras, en lugar de apartarlas todo lo posible. Des­ cartes se felicita en sus cartas de no tener durante la noche ideas más molestas que de d ía2. Observad que la ilusión, sea producto de medicamentos o de los sueños, es la causa real de nuestra felicidad o desdicha maquinal. De manera que, si yo tuviera que escoger entre ser desdichado por la noche y feliz durante el día, la elección me perturbaría. Pues, qué me importa el estado en que se encuentre mi cuerpo, cuando estoy disgustado, inquieto, apesadumbrado y desolado. Si en el incubo, no hay peso sobre mi pecho, ¿experimenta un alma menos pesadilla?, y aunque estos objetos encantadores, que me procuran un sueño delicioso, no estén conmigo, no por ello estoy menos con ellos, ni resiento menos los mismos placeres que si se encon­ traran presentes. Se obtienen las mismas ventajas en el delirio y la locura, que es uno de ellos. A menudo se hace un mal servicio curando estas enfermedades, porque se turba un sueño agradable y se presenta la triste perspectiva de la pobreza a un hombre, que

sólo creía ver riquezas y buques de su pertenencia. Sana o enferma, despierta o dormida, la imaginación puede pues poner contento. El sentimiento, independientemente de que nos afecte agradable o desagradablemente, sólo necesita la acción de los sentidos externos para procurar el placer o el desencanto de la vida. Basta que los sentidos internos, más o menos abiertos o despiertos, entreguen mí sentimiento a un caos de ideas sin ahogarlo, y den, por así decir, a mi alma, la comedia o la tragedia, las sensaciones de voluptuo­ sidad o de dolor. Pero, ¿es la propia vigilia ciertamente otra cosa que un sueño menos confuso y mejor dispuesto, en la medida en que es más conforme a la naturaleza y al orden de las primeras ideas que se han recibido? Podría darse que la razón del hombre no siempre soñara, toda vez que nos engaña tan a menudo, y que ni siquiera es dueña, como dice Montagne 3, de hacer querer a su voluntad lo que ella quisiera. Si tantos sueños, como no puede dudarse de ello cuando se tiene algún conocimiento de la economía animal, son vigilias im­ perfectas, irreversiblemente hay una infinidad de vigilias que sólo son sueños incompletos. A menudo se reflexiona tanto dormido como despierto, y algunas veces mejor. Hay necios que tienen mucho talento en sueños: el predicador declama, el poeta compone versos, Morfeo es digno de Apolo. Tal es el poder que da el hábito de pensar. Pero en la vigilia a su vez, uno se sorprende sin cesar soñando tan bien que, si este estado durara un siglo, se habría pasado un siglo sin imaginar nada. Nos parecemos a estos perros que no escuchan, más que cuando erizan las orejas. Sin la atención que asocia las ideas semejantes, o aquellas que tienen costumbre de ir parejas, andan de acá para allá, y galopan tan de prisa y tan ligeras que no se las siente más de lo que no se las distingue. Eso ocurre de igual modo en ciertos estados oníricos acompañados de mucho sueño, donde no se retiene nada. El imperio de las sensaciones es tal que éstas no pueden enga­ ñarnos nunca ni falsearnos jamás, ni siquiera en el seno de la ilusión, puesto que nos representa y nos hacen sentirnos a nosotros mismos, tal como somos actu o en el mismo momento que las expe­ rimentamos: tristes o alegres, contentos o insatisfechos, según afec­ ten todo nuestro ser, en calidad de ser sensitivo, o más bien lo constituyan propiamente. De donde se desprende: 1.°, que, sea la vida un sueño o tenga cierta realidad, el efecto es el mismo en relación al bien que al malestar; 2.°, que, contra lo que dice Descartes, una realidad des­

ventajosa no merece una de estas ilusiones encantadoras, de que habla Fontenelle en sus églogas y que sirven para reparar la falta de verdaderos bienes que la naturaleza ávara no ha concedido a los humanos. Si la naturaleza nos engaña en provecho nuestro, que nos siga engañando. Sirvámonos de la misma razón para extraviarnos, si podemos ser más felices. Quien haya encontrado la felicidad, lo ha encontrado todo. Pero el que ha encontrado la felicidad, no la ha buscado. No se busca lo que se tiene, y si no se tiene, no se tendrá jamás. La filosofía anuncia bien alto ventajas que debe a la naturaleza. Séneca era desgraciado, incluso escribiendo sobre la felicidad. Cierto que era estoico, y un estoico no tiene más sentimiento que un leproso. Otra consecuencia de todo lo que se ha dicho, es que el espíritu, el saber y la razón son con frecuencia inútiles para la felicidad, e incluso algunas veces funestos y asesinos. Son ornamentos extraños de los que el alma puede prescindir, y ésta me parece totalmente consolada de no tenerlos en la mayoría de los hombres que a me­ nudo los desprecian y desdeñan. Estos últimos, contentos con el placer de sentir, no se atormentan para nada en lo relativo al fati­ gante oficio de pensar. La felicidad parece totalmente vivificada, y totalmente consumida por el sentimiento. La naturaleza, dando a través suyo el mismo derecho a todos los hombres, y la misma pretensión a la beatitud, los ata a todos a la vida y les hace querer su existencia. ¿Es preciso advertir que no hay que contar en absoluto con la razón, y que (si la felicidad depende de la verdad) corremos todos por diversos caminos tras una felicidad imaginaria, como un enfermo tras las moscas o las mariposas? No, nada más lejano: si la razón nos engaña, es porque quiere conducirnos menos por sí misma que por sus prejuicios, pero es un buen guía, cuando la naturaleza es el suyo. Entonces, si la experiencia y la observación llevan la antorcha, se podrá andar con paso firme por este camino equívoco, este laberinto tortuoso, dédalo humano con mil avenidas, mil puertas de ingreso y apenas una de salida. Uno podrá dejar de extraviarse siempre y elevar una parte de su felicidad sobre los escombros de los prejuicios. De todas las especies de felicidad, prefiero la que se desarrolla con nuestros órganos y parece encontrarse, más o menos como la fuerza, en todos los cuerpos animados. No tengo suficiente amor propio para ser cándido, pero la organización pese a no ser de la mejor fabricación, puede modificarse a través de la educación, y

adquirir de esta fuente las propiedades que no tiene en sí. Si tal organización no vale nada, como la buena se vuelve mejor, se ha de esperar que sea menos mala. No desechemos el mérito ajeno, porque éste se suma al natural que nos ha sido prodigado, y dismi­ nuye el demérito de nuestros órganos, al igual que forma el espí­ ritu en una mujer fea. Hay que tender siempre a la perfección, según el noble sistema de Aristóteles. Si igualamos todas las cosas, ¿no es cierto que el sabio con más luces, será más feliz que el ig­ norante? Toda vez que lo que puede adquirirse tiene una relación tan grande con nuestro bienestar, tratemos de hacer perfecta nuestra educación. Ya es una perfección conocer una o mil verdades esté­ riles, que nos importan lo mismo que todas estas plantas inútiles que cubren la tierra. Pero es una felicidad, cuando esta verdad puede tranquilizar nuestra alma, librándonos de toda inquietud espiritual y no dejándonos más que aquéllas corporales, más fá­ ciles de satisfacer. La tranquilidad del alma constituye el fin del hombre sabio. Séneca la valoraba tanto, que escribió expresamente un largo tratado al respecto. Hagamos pues todo lo que puede procurarnos este dulce reposo e intentemos procurárselo a los demás. Digámoslo en alta voz frente a los pirronianos y rehabilitemos lo que creemos suprimido por Séneca en una sublime definición1 que finalm ente nos ha dado sobre la felicidad. Sí, es una verdad útil y sorprendente que el seno de la naturaleza, que nos ha producido, nos espera a todos y por lo tanto es necesario que volvamos al lugar de donde hemos venido. Si Séneca no hubiera insistido en esta gran verdad (de la que por todas partes se encuentran huellas claras y nunca equívocas en sus obras), no habría aconsejado la muerte a los desdichados, ni a los que estaban sumidos en la voluptuosidad, en caso de que no pudieran sustraerse a ella de otro modo. Si no dice, como Lucrecio, que la muerte no nos concierne para nada, porque no es todavía mientras existimos, y dejamos de existir cuando aquélla tiene lugar, es porque, en tiempos remotos, la entera destrucción de nuestro ser era una verdad recibida y tan trivial entre los filósofos, que un estoico podía eximirse de ella perfectamente y negarse a tran­ quilizar a los espíritus a este respecto. Cicerón nombra al primero que se atrevió a creer que nuestra alma era inmortal. Aunque nuestro ilustre estoico hubiera hecho mejor diciendo qué verdad importaba para la felicidad de la vida, tranquilizando

1 Aquel que inteligentemente no teme ni desea, es feliz.

a nuestro espíritu en relación al futuro, no me parece que Descartes malinterpretara menos su silencio, no interpretándolo nada. ¿Lo ha justificado explicándolo? A pesar de todo, en un siglo tan ilustrado como el nuestro, donde la naturaleza se conoce tanto que en ese sentido no nos deja nada que desear, se ha demostrado mediante mil pruebas indiscu­ tibles que sólo hay una vida y una felicidad. La primera condición de la felicidad es sentir, y la muerte nos arrebata todo sentimiento. La falsa filosofía puede, al igual que la teología, prometernos una felicidad eterna y, meciéndonos con bellas quimeras, llevarnos hasta ella en detrimento de nuestros días o de nuestros placeres. La verda­ dera, muy diferente y muy juiciosa, sólo admite una felicidad tem­ poral, siembra las rosas y las flores a nuestro paso y nos enseña a recogerlas. Tales son los justos límites en que la sabiduría sabe recluirse y contener sus querencias y sus deseos. Yo sé que Descartes dice que la inmortalidad del alma es una de estas verdades, cuyo conocimiento se requiere para facilitar el uso de la virtud y el camino de la felicidad. Pero, entonces no habla en tanto que filósofo, y como reconoce que el bien supremo no es materia que le guste tratar, es fácil ver que la prudencia del autor es proporcional a la delicadeza del tema. Tal vez temía la publicación de sus cartas y, en consecuencia, a estos buenos cristia­ nos que sólo buscaban la cruel ocasión de perderlo, como todos los que se atreven a oponerse a sus opiniones ciegas y despóticas. Leed sus excelentes cartas para ver todas las inquietudes y todos los pesa­ res que la sana filosofía le ha hecho experimentar, y todo lo que aquélla ha movido para impedir a este gran hombre establecer su filosofía, a la que, por hipotética que sea, el espíritu humano deberá siempre todos los progresos que haga en las mismas expe­ riencias, cuya necesidad ha puesto de manifiesto. No obstante, donde se reconoce finalmente al que ha consi­ derado a los animales como puras máquinas — imaginando perfec­ tamente que un día el hombre les sería comparado por genios más mediocres y más intrépidos— es al decir, para utilizar sus propios términos, que no se tiene ninguna seguridad acerca de la inmorta­ lidad del alma4, excepto en la falsa filosofía d e Hegesias. Añade que el libro de este filósofo fue defendido por Ptolomeo, porque algunos, asqueados de las miserias de esta vida que él exageraba, se habían matado tras haberlo leído, menos para apresurarse a salir de ella, que para ir a saborear en el otro mundo las felicidades eternas con las que embaucaba a sus lectores. Eso induce a consi­

derar, 1.°, la moda de las opiniones, tan pronto bien como mal acogidas en diferentes siglos, y, 2.°, el peligro de las que se creen más virtuosas, más santas y más capaces de sostener a la humanidad en las penas de la vida, e incluso de hacernos felices y ricos al menos con bellas esperanzas. A través de la lectura veo que los mejores espíritus, generalmente reconocidos como tales, nunca han pesado en la misma balanza las ventajas que procuran las dos opiniones contrarias. Nada más miserable ni más de compadecer que un espí­ ritu inquieto y atormentado por las cosas futuras, según Séneca, pues al no tener ninguna certidumbre de que satisfarán sus deseos, aquéllas pueden ser completamente contrarias. De ahí, por consi­ guiente, ¿a qué odiosa incertidumbre no se encuentra uno entregado sin cesar? ¡Por una idea alegre, cuántas ideas tristes y cuántos mie­ dos crueles! Por el contrario, en nuestra opinión, si no se tienen las rosas fantásticas que procura un sueño hermoso, al menos uno está exento de las espinas reales que lo acompañan. En fin, bien considerado todo, limitarse al presente, que es lo único en nuestro poder, es una decisión digna del sabio. Si seguimos este sistema, no tendremos ningún inconveniente ni ninguna inquietud respecto al futuro. Cuando uno se preocupa únicamente en cumplir bien el círculo estrecho de la vida, se siente tanto más feliz, que vive no sólo para sí, sino para su patria, para su rey y en general para la humanidad, a la que uno tiene a mucha honra servir. Uno contri­ buye a la felicidad de la sociedad con la suya propia. Todas las virtudes consisten en merecerla, como vamos a explicarlo. Que otros se eleven con las alas del estoicismo (si todavía le quedan) hasta lo alto de esa roca escarpada, donde Hesíodo5 ha construido un templo sublime a la virtud — picándole constante­ mente las zarzas que erizan el camino sin sentirlas, y siempre bor­ deando un precipicio sin caer en él— y entonces podrán perfec­ tamente dar el nombre a alguna secta, como Icaro dio el suyo a los mares en que cayó. Pero cuanto más se alejen de la naturaleza, sin la cual la moral y la filosofía son de igual modo extrañas, más se alejarán de la virtud. Esta no se ha reservado sólo a los filósofos, sino también para todo espíritu partidario, toda secta y todo fanatismo que le da la espalda, porque, en definitiva, se ha dado o más bien enseñado a todos los hombres. Seamos hombres única­ mente, y seremos virtuosos. Volvamos a nosotros mismos, y ahí encontraremos la virtud, pues no es en los templos, sino en nuestro corazón donde ella habita. No se trata de no sé qué ley natural que la naturaleza desconoce, sino que son los hombres más sabios

quienes la han grabado ahí y han arrojado sus fundamentos más útiles. De ordinario, los hombres nacen malos. Sin la educación, pocos serían buenos, y todavía con este auxilio, hay muchos más de los primeros que de estos últimos. Tal es el vicio de la conformación humana. La educación por sí sola ha mejorado la organización, y es ella la que ha dispuesto a los hombres para provecho y ventaja de los hombres, y los ha montado como un reloj, con tono más adecua­ do y con el grado más útil. Tal es el origen de la virtud, cuyo fin es asimismo el bien público. Escuchemos a un filósofo. «Los reyes tienen sus virtudes y su justicia. Estas tienen unos límites distintos de los que tienen en los particulares. Dios dio siempre el derecho donde dio la fuerza. Las vías aparentemente más injustas se hacen justas, cuando un príncipe las cree tales; como aquellas que parecen justas no lo son, cuando aquel cree cometer una injusticia. La intención lo hace todo». He aquí más o menos, si no recuerdo mal, lo que he leído en las Cartas de Descartes. Si de la imagen de los dioses, uno se remonta a los mismos dioses, tendrá una gran idea de su justicia y de la solidez de sus decretos. Si de allí se desciende a la de los pueblos que siguen ciegamente lo que han recibido y no examinan nada, ¿qué no se podrá pensar? Si cada uno hubiera podido vivir solo y únicamente para sí, habría habido hombres pero no humanidad, y vicios o los así lla­ mados como tales, pero no remordimientos. No hay animalidad, para emplear esta palabra en un sentido bárbaro, entre los animales que tan sólo tienen un comercio de pasiones vulgivagas. La necesidad de las uniones de la vida ha traído consigo la del establecimiento de las virtudes y de los vicios, cuyo origen es, por consiguiente, de institución política. Pues sin ellas, sin este funda­ mento sólido, el edificio no podía imaginarse, ni podía sostenerse y se derrumbaba. De las virtudes así consideradas, podemos decir lo que Zenón decía de los vicios, que todas son iguales. Pero el honor y la gloria, fantasmas seductores, han sido nombrados para servir de cortejo a la virtud que excitan. El desprecio, el oprobio, el temor, la ignominia, los remordimientos, están asociados a los vicios para perseguirlos, espantarlos y ahuyentarlos. En fin, se ha removido la imaginación de los hombres y así se ha sacado partido de su sentimiento, y lo que en sí mismo no es más que una quimera, se transforma como consecuencia en un bien real, a menos que no

se exceptúe el amor propio asociado a las acciones bellas incluso secretas. Este se siente más halagado cuando son públicas, pues en eso consiste el honor, la gloria, la reputación, la estima, la consi­ deración y otros términos que sólo expresan los juicios ajenos que nos son favorables y nos complacen. En lo concerniente al resto, la convención, un precio arbitrario, hace todo el mérito y demérito de lo que se llama vicio y virtud. Aunque no haya virtud propiamente dicha o absoluta, pese a que esta palabra sólo constituya un sonido vano, las hay relativas a la sociedad, de la que son a la vez el adorno y el apoyo. Quien las posee en grado más alto, es el más feliz de esta especie de feli­ cidad que pertenece a la virtud. Los que la desprecian y no conocen el placer de ser útiles, se hallan privados de esta especie de feli­ cidad. Quizá, en la medida en que la naturaleza se basta a sí misma, están librados de no vivir para los demás, por la satisfacción que experimentan en vivir solos y de ser para sí mismos sus padres, sus amigos, su amante y todo el universo. Aquellos, siendo desdi­ chados en la vida, no se preocuparán por conservarla, únicamente porque es tan útil a su familia, que les resulta una carga, y como he visto, la ambición más funesta les hará ir en pos de la muerte. La felicidad del hombre aumenta, a los ojos de las personas bien nacidas, mediante el reparto y la comunicación. Uno se enriquece de alguna manera con el bien que se hace y uno participa de la alegría que se procura. Era digno del hombre que eso fuera así. No bastaba que la virtud constituyera la hermosura del alma. Para incitarnos a hacer uso de esta belleza, era preciso que el alma se hubiera halagado de ser hermosa y sobre todo de que se la consi­ derara como tal, y que ésta se deleitara con ello, como una mujer bella que ama los halagos y las caricias del amor, a causa de la vanidad y de la voluptuosidad que les son inherentes, forzada por lo demás a amarse mediante la misma imagen de sus encantos. O más bien parecida a esta coqueta de A lcib íad es6, que dice que prefe­ riría «ser menos amable y encontrar a alguien que la cumplimen­ tara». ¿Que más da que una mujer sea fea si pasa por bonita, que un hombre sea muy tonto si pasa por inteligente, o que un hombre sea vicioso sí pasa por virtuoso? ¿No se dice todos los días respecto a la galantería, que la prudencia y la circunspección bastan, que sería mejor que se sospechara menos de ellas, y que se fomentaran más? La vanidad rinde más servicios al hombre, que el amor propio más justo y más regulado. Preguntádselo a esta multitud de malos auto­ res, que pesan su mérito en la balanza de los libreros. Personifiquemos la virtud. El honor es el diamante que ésta

lleva en el dedo: amantes viles, no la amáis, sino que únicamente pretendéis obtener su brillante, sin pasar por su rudo estambre, y tal fortuna muy a menudo llega en efecto a los que son menos dignos de ella. Es una vieja fea a la que se busca por el lustre que. cuelga de sus orejas o por su dinero que hay que ganar. ¡Esos son los encantos de esta reina del sabio, de esta bella por excelencia, de esta divinidad estoica! Otra vez con la virtud, si queréis, mientras mi autor me anima a establecer comparaciones, Dios me preserve de hacerlas tan seria­ mente cómicas n, como las que algunas veces se le ocurren, la virtud, digo, será el árbol en el que apenas se repara, que apenas se mira y que sólo se busca por su sombra, sombra singular, por cuanto, de ordinario, responde muy mal al cuerpo que la produce; tan pronto demasiado grande, como demasiado pequeña, según el viento la contraiga o la disperse soplando en proa o en popa. En fin, la mayoría de nosotros somos verdaderos pequeños maestros en materia de virtud. Los sabores que ésta nos concede no son nada, si no arman revuelo. Casi nadie quiere un mérito oscuro y desconocido; todo se hace por la gloria. Aristóteles la considera el primero de los bienes externos. Horacio dice que la virtud oculta es casi nula. Cicerón habría dicho la misma cosa, si se hubiera atrevido, pues ha hecho pregonar su virtud tan alto como su elocuencia. ¿Por qué? para extraer esa gloria, de la que estaba tan ávido. Hay pocas vir­ tudes de las que no se haga ostentación. Pocos Carnéades 7 harían el bien por el bien, y menos aún a expensas de su propia fortuna. Poca gente estima tanto más la virtud cuanto más oculta esté, y menos cuando ya se ha hecho invisible. Así, aunque Carnéades haya sido jefe de una opinión opuesta a la de Crisipo y Diógenes, los cuales para adquirir toda la gloria del mundo ni siquiera habrían corrido el riesgo de extender el dedo, parece que bien examinado todo, no despreció menos la gloria que aquellos filósofos (me refiero a la vana gloria que procede del sufragio de los hombres, si se puede llamar vana una pasión que conduce a las cosas más bellas) y que conoció perfectamente el verdadero mérito, confun­ diendo la gloria con la virtud y desdeñando el placer de detentarlo sin otro fin que ella misma. Si esto es un refinamiento de amor propio, cuyo exceso es destacado por el mismo menosprecio de la vanidad (como, por ejemplo, la modestia que a menudo es un or­ gullo disfrazado), en esta extraña y modesta vanidad ubico yo la perfección de la virtud y la causa más noble del heroísmo. Si es 11 Séneca compara una definición más o menos extensa a un ejército que ocupa más o menos terreno.

delicado juzgarse a sí mismo, por las trampas que nos tiende el amor propio, no es menos bello hallarse obligado a amarse a sí mismo, incluso cuando se es despreciado por los demás. La felicidad no está en los demás sino en uno mismo. Es extraordinario tener a disposición de las cien bocas de la diosa, reducirlas al silencio, im­ pedirles abrirse, desdeñar su incienso y ser célebre para sí mismo. Quien estuviera seguro de que él solo vale toda su ciudad, podría hacerse estimar y respetar tanto como fuera posible por toda esa ciudad, y no perdería nada pese a los aplausos despreciados. ¿Qué tienen por lo demás de tan halagador la mayoría de las alabanzas para ambicionarlas tanto? Aquellos que las prodigan son tan poco dignos de concederlas, que a menudo no merecen la pena de ser escuchados. Un hombre de mérito superior no está obligado a escu­ charlas, salvo cuando un gran rey lee versos compuestos en su elogio. Permítaseme esbozar un pequeño cuadro de las virtudes de la sociedad. Cada uno tiene las suyas. El médico, mediante su arte de conservar a los hombres, hace más que si los creara de nuevo. El padre de familia educa niños tiernos y agradecidos, dándoles una segunda vida más preciosa que la primera. El esposo lleno de aten­ ciones y cuidados se respeta en su compañera y trata de forjarle una cadena de flores. El amante nunca puede sentir demasiado lo que hace por él una amante que no le debe nada y se lo sacrifica todo. El verdadero amigo, complaciente sin bajeza, verdadero en su dureza, prudente, discreto y afable, defiende a su amigo, le da buenos consejos, y no espera recibir nada a cambio. Hay virtudes de todos los estados. El ciudadano fiel y celoso hace votos por su patria y por su príncipe. E l oficial valiente y culto guía al soldado intrépido y feroz. El presunto moralista pro­ cura buenos preceptos extraídos de la naturaleza. E l historiador nos ofrece los mayores ejemplos de la antigüedad más remota. La volup­ tuosidad, este encanto de la vida, se desprende de las plumas que anima. El cómico difunde la sal con la alegría: una cosa excita el espíritu, al que pica con placer, y la otra hace el bien a los cora­ zones que dilata. En fin, el trágico, el novelista, etc., hacen nacer estos sentimientos de ternura y de grandeza, que el poeta transpor­ tado eleva hasta el entusiasmo. Sentir el mérito es uno de ellos y recompensarlo es divino. Reyes, imitad al Salomón del N orte8. Sed los héroes de la humanidad, al igual que sois sus caudillos. Descender a la cualidad de mecenas es elevarse. El coraje de las armas está tan por encima del de los cuerpos, como la guerra de las ciencias está por encima de la

de las armas. Sostened este coraje que hace la gloria de un estado: lo otro no procura más que su seguridad. La protección actúa sobre el genio, al igual que el sol sobre la rosa que hace florecer. Vosotros, filósofos, secundádme: atreveos a decir la verdad y que la infancia no sea la edad eterna del hombre. No temamos el odio de los hombres, lo único que debemos temer es merecerlo. He aquí nuestra virtud. Todo lo que es útil a la sociedad forma parte de ella, el resto es su fantasma. Ved el ensayo sobre el m érito y la virtud de Mr. D . 9. ¿Dónde estamos, exclaman los teólogos, si no hay fe ni vicios, ni bien ni mal moral, ni justo e injusto? Si todo es arbitrario, y está hecho según el criterio de los hombres, ¿por qué estos remor­ dimientos que le desgarran a uno tras una mala acción? ¿Se privará a los criminales de la única virtud que les queda, como dice V ... 10 en Sem iram is? Dejemos declamar a los ignorantes y a los fanáticos, y vayamos tranquilamente a nuestro objeto, donde la mejor filosofía, la de los médicos, nos guía. Retrocedamos a nuestra infancia, y basta que demos unos cuantos pasos para hallar cuál es la época de los remordimientos. Primero, éstos sólo eran un simple sentimiento recibido sin examen y sin elección, pero que luego se ha grabado tan fuertemente en el cerebro como una marca en una cera blanda. Lapasión, amante soberana de la voluntad, puede perfectamente ahogar este senti­ miento por un tiempo, pero renace cuando aquélla cesa y sobre todo cuando el alma, restituida a sí misma, reflexiona fríamente. Entonces los primeros principios que forman la conciencia, aquellos de los que ha sido imbuida, reaparecen, y se produce lo que se llama remordimientos, cuyos efectos varían al infinito. El remordimiento no es más que una reminiscencia enojosa, un antiguo hábito de sentir, que vuelve a resurgir. Es, si se quiere, una huella que se renueva, y, por consiguiente, un viejo prejuicio que la voluptuosidad y las pasiones no adormecen al punto que no se despierte casi siempre, más pronto o más tarde.De este modo, el hombre lleva en sí mismo al mayor de sus enemigos. Le sigue por doquier, y como Boileau dice de la pesadumbre, remitiéndose a Horacio, monta a su grupa y galopa con él. Felizmente, este cruel enemigo no siempre resulta vencedor. Todo otro hábito, más largo o más fuerte, debe vencerlo -necesariamente. E l sendero mejor fraguado se esfuma, al igual que se cierra un camino o se llena un precipicio. Otra educación, otro curso de los espíritus, otros rasgos dominantes y otros sentimientos por último, que no pueden

penetrar nuestra alma sin elevarse sobre los escombros de los pri­ meros, que un nuevo mecanismo extingue. Veamos ahora unos hechos indiscutibles. Aquellos, que hallán­ dose a punto de morir de hambre, se comen a aquel de sus com­ pañeros que la suerte sacrifica, no tienen más remordimientos que los antropófagos. Tal es el hábito, tal es la necesidad, por la que todo está permitido. Otra religión, otros remordimientos; otro tiempo, otras cos­ tumbres. Licurgo hacía arrojar al agua a los niños débiles y mal­ sanos, alardeándose de su sabiduría. Ved su vida en Plutarco, por­ que ésta os procurará por sí sola la prueba detallada de lo que yo adelanto en términos generales. Veréis que en Esparta no se conocía pudor, robo ni adulterio, etc. Además, las mujeres eran comunes y vulguivagas como las perras, y el marido las entregaba al primer muchacho hermoso y de buen aspecto. Antaño, sólo las mujeres se ruborizaban de tener a sus adoradores por rivales, mien­ tras que éstos triunfaban despreciando el amor y las gracias. Una plaga de la humanidad más temible que todos los vicios juntos, y que no es seguida de ningún arrepentimiento, es la carnicería de la guerra. Así lo ha querido la ambición de los príncipes. ¡Cuán hija de los prejuicios es la conciencia que produce este arrepen­ timiento! Y , sin embargo, este excelente sujeto que, movido por un primer impulso, ha apaleado a un mal ciudadano, o que se aban­ dona a una pasión de la que no es dueño, este hombre, digo, cuyo mérito no puede ser menor, está atormentado por remordimientos que no hubiera tenido, de haber matado a un adversario con bra­ vura o si un cura, legitimando su ternura, le hubiera dado el dere­ cho de hacer todo lo que hace la naturaleza. ¡Ah! Si las gracias están hechas para salvar a los ilustres desdichados, si en ciertos casos su uso es más augusto y más real, como Descartes insinúa, qué terrible resulta el rigor de las leyes y lo más esencial es, en mi opinión, eximir a ese hombre de remordimientos. ¿Acaso el hombre, sobre todo el hombre honrado, estaría constituido para ser entre­ gado a unos verdugos, cuando una naturaleza ha querido atarlo a la vida mediante tantos atractivos que destruye un arte depra­ vado? No, yo quiero que éste deba a la fuerza de la razón, lo que tantos depravados deben a la fuerza de la costumbre. Por un sinvergüenza que cesará de ser desgraciado, recuperando una paz y una tranquilidad que no ha merecido con respecto a los demás hombres, cuántas personas sanas y virtuosas, atormentadas a des­ tiempo en el seno de una vida inocentemente dulce y deliciosa,

sacudiendo en fin el yugo de una educación demasiado onerosa, no tendrían días más bellos sin nubes y harían suceder un placer delicioso al tedio que las devoraba. Conozcamos mejor el imperio de la organización. Sin el temor de las leyes, ningún malvado se contendría. Los remordimientos son inútiles (o al menos los que los provoca) antes del crimen. El crimen está cometido, cuando aparecen, y sólo aquéllos que no los necesitan, pueden sacarles provecho. El tormento de los demás impide raramente (por no decir nunca) su recaída. Si el remordimiento perjudica a los buenos y a la virtud, cuyos frutos corrompe, y no puede servir de freno a la maldad, cuando menos es inútil para el género humano. Sólo se logra sobrecargar a máquinas muy de compadecer por estar mal reguladas y por arras­ trarse al mal como los buenos hacia el bien, porque éstas ya tienen suficiente con el horror de las leyes, en cuya red necesaria quedarán apresados más pronto o más tarde. Si las libero de este fardo de la vida, serán menos desdichadas por ello y no menos castigadas. ¿Serán más malvadas? No lo creo, pues, ya que el remordimiento no las hace mejores, tampoco es peligroso para la sociedad librarlas de ello. La buena filosofía se llenaría de oprobio inútilmente, crean­ do espectros que sólo horrorizan a la gente más honesta, cuando la probidad es tan simple en lugar de firme. Para los hombres una desdicha de menos es una felicidad de más. Demos la enhora­ buena a éstos, compadezcamos a los otros, a quienes nada puede contener porque la naturaleza los ha tratado más en calidad de madrastra que de madre. Para ser felices sería preciso que tuvieran tanta filosofía como certidumbre de impunidad. Puesto que los remordimientos son un remedio vano para nuestros males, por entur­ biar las aguas más claras incluso, sin clarificar las menos turbias, destruyámoslos entonces; que no haya más cizaña mezclada con el buen grano de la vida, y que este cruel veneno de la vida sea expulsado para siempre. O me equivoco mucho, o este antídoto puede al menos corregirlo. Así, nosotros tenemos derecho a con­ cluir que si los goces extraídos de la naturaleza y la razón son crímenes, la felicidad de los hombres consiste en ser criminales. H eu! m isen, quorum gaudia crimen habent! (*). Tal es la naturaleza reducida a sí misma y como a su pura necesidad, que se cree hacerle mucho honor queriendo decorarla con una pretendida ley nacida a la par, como con tantas otras ideas (* )

¡Ay!, ¡desgraciados aquellos de cuyos gozos tienen culpa!

adquiridas. Esta no es víctima de este honor. Semejante a un buen burgués, que prefiere la ancianidad de su estado llano a una nueva nobleza, que no cuesta más que su dinero, un alma bien organizada, satisfecha con lo que es y no llevando sus perspectivas más lejos, desdeña todo cuanto se le concede por encima de lo que propia­ mente le pertenece y se limita al sentimiento. El arte de manejarlo lo da el entrenamiento de la educación. Los hermosos conocimien­ tos, con los que el orgullo gratifica tan liberalmente nuestra alma, son más perjudiciales que favorables para privarla del mérito que supone su adquisición. Pues, en la hipótesis de la supuesta ley natural y de las ideas innatas, el alma aportando consigo el discer­ nimiento de mil cosas, tales como el bien y el mal, se parecería a los que, favorecidos por el azar del nacimiento, no habrían merecido más su nobleza. Para explicar tantas luces que se han creído infusas, la natu­ raleza no se ha considerado suficiente por lo que se refiere a los que la conocen mal, los cuales han imaginado varias sustancias y, por absurdo que parezca, van buscando la inteligencia de la razón en verdaderos seres de razón, como lo prueba el autor de la historia del alma 11. Pero si unos han fabricado gratuitamente las ideas inna­ tas, para dar a las palabras de virtud y vicio una especie de relieve que engañan y hacerlas pasar por cosas reales, otros no tienen menos fundamento para atribuir remordimientos a todos los cuerpos animados, merced a una disposición particular, que bastaría en los animales y que en el hombre iría a medias con la educación. Seme­ jante sistema no puede sostenerse, pues basta considerar que, si bien todas las cosas son iguales, unos están más sujetos a los remor­ dimientos que otros, y que cambian y varían según la citada dis­ posición. Tal es el error del autor del H om bre-m áquina 12, O no ha conocido tan bien la naturaleza de los remordimientos, como el autor de un librito bien hecho y bien escrito, atribuido a M. de St. Evremond , o (lo que yo ni siquiera habría sospechado) no se ha atrevido a armarse contra todos los prejuicios a la vez. Al igual que el mal, el bien también tiene sus grados. La idea de la virtud nos ha sido tan poco dada con el ser, que ni siquiera se encuentra mucho más presente, cuando la educación y el tiempo han desarrollado y ornado nuestros órganos. Es un pájaro sobre la rama, siempre dispuesto a emprender el vuelo. El primer hábito se crea fácilmente, porque la organización recobra lo que la educación parece haberle arrebatado, como si la perfec­ ción y el arte la molestaran. ¿Quién ignora el contagio de las malas lecturas, el peligro de las malas compañías? Un ejemplo perverso,

una sola conversación turbia destruyen a menudo las atenciones más bellas de la edxtcación, y la naturaleza viciosa se alegra de volverlo a ser. Se diría que se encuentra más tranquila y que cojea con placer, como si le resultara violento proceder con rectitud, sí la hay. Esta frágil inconstancia de la virtud mejor adquirida y más fuertemente arraigada, prueba no sólo la necesidad de los buenos ejemplos y de los buenos consejos para mantenerla, sino también la de halagar el amor propio mediante elogios, recompensas y grati­ ficaciones que lo animan y le excitan a la virtud. Sin lo cual, a menos de que uno sea incitado por un cierto punto de honor, por mucho que se exhorte, declame y enardezca, un mal soldado deser­ tará. Con razón se dice que un hombre, que desprecia su vida, puede destruir a quien le parezca bien. Ocurre lo mismo con un hombre que desprecie su amor propio. ¡Adiós a todas las virtudes, si se llega a este punto de indolencia! La fuente estará forzosa­ mente apurada. Sólo el amor propio puede nutrir el gusto al que ha dado lugar. Su defecto ha de temerse mucho más que su exceso. ¡Qué bella sociedad la que sólo se compusiera de Diógenes, Crísipos y otros locos parecidos, a los que la antigüedad no nos induce a venerar tanto! ¡Cuán dignos nos parecerían entonces de los asilos! 14. Si la disposición al mal es tal, que es más fácil a los buenos hacerse malos, que a éstos mejorar, excusemos esta propensión inhumana de la humanidad. No perdamos de vista los obstáculos y los hierros que recibimos al nacer, y que nos siguen en toda la esclavitud de la vida. Ved estos árboles plantados en lo alto y al pie de una montaña: unos son pequeños, otros grandes, y no sólo difieren por sus gérmenes sino por el terreno más o menos cálido, en el que se hallan plantados. El hombre vegeta, de acuerdo con las mismas leyes: depende del clima en que vive, como del padre del que ha salido. Todos los elementos dominan esta débil má­ quina, pues ésta por ejemplo no piensa del mismo modo bajo un aire húmedo y pesado, que en un aire puro y seco. Así, dependiendo de tantas causas externas, y con mayor motivo de tantas internas, ¿cómo podríamos dejar de ser lo que somos? ¿Cómo podríamos regular resortes que no conocemos? Pero, aunque cueste creerlo, el bienestar es también la causa de la maldad. Conduce al pérfido, al tirano, al asesino, al igual que al hombre honrado. La voluntad está necesariamente abocada a desear y a buscar lo que puede constituir la ventaja actual del alma y del cuerpo, pero cómo, si no es mediante lo que la produce

a ella misma, quiero decir mediante la circulación, sin la cual no hay voluntad ni sentimiento. Cuando hago el bien o el mal, o cuando siendo virtuoso por la mañana, soy vicioso por la noche, mi sangre es la causa de ello, es lo que la espesa, la detiene, la disuelve o la precipita, como cuando, fraguándose una ruta en lugar de otra, los espíritus que ésta ha filtrado en la médula de mi cere­ bro, para desde allí ser reenviados a todos los nervios, me hacen dar vueltas en un parque más a la derecha que a la izquierda. Creo, sin embargo, haber escogido y me felicito por mi libertad. Todas nuestras acciones más libres se parecen a aquélla. Una determinación absolutamente necesaria nos arrastra y no queremos ser esclavos. ¡Qué locos somos! ¡Y locos tanto más desdichados, por cuanto nos reprochamos sin cesar no haber hecho lo que estaba en nuestro poder hacer! No obstante, puesto que somos maquinalmente llevados a nues­ tro propio bien, y nacemos con esta inclinación y esta disposición invencible, se deduce que todo individuo, prefiriéndose a cualquier otro, como hacen tantos inútiles que reptan sobre la superficie de la tierra, no hace con ello más que seguir el orden de la natu­ raleza, en el cual haría falta ser extraño y muy irrazonable para no creer que se puede ser feliz. Si los que hacen el mal pueden ser felices, lo que está fuera de duda, cuando carecen de remordi­ mientos y además no temen expiar mediante los suplicios la puni­ ción de sus crímenes, con mayor razón, los que se contentan con no hacer el bien, no considerándose obligados a mantener una palabra que otros han dado por ellos, podrán tener la felicidad que puede depender de sus satisfacciones y en general de su manera de sentir. O la razón se burla (como dice muy bien Montagne), o ésta única­ mente debe mirar por nuestra satisfacción, y todo su trabajo tender, en suma, a hacernos vivir bien, es decir a nuestro modo. Todas las opiniones del mundo coinciden en que el placer es nuestro objetivo. Cualquiera que sea el personaje que el hombre represente, siempre desempeña el suyo; e incluso en la virtud, el último fin de nuestra intención es la voluptuosidad 15. ¡Qué epicúreo más ingenuo y más encantador! Siendo el placer del alma la verdadera fuente de la felicidad, es muy evidente que por relación a la felicidad, el bien y el mal son en sí muy indiferentes, y que aquel que tenga mayor satisfacción en hacer el mal, será más dichoso que cualquiera que tenga menos en hacer el bien. Eso explica por qué tantos bribones son felices en este mundo, y hace ver que la felicidad particular e individual

que se encuentra en el mismo crimen no tiene nada que ver con la virtud. Una fuente de felicidad que yo no considero más pura, pese a ser más noble y más bella en el espíritu de casi todos los hombres, es la que se desprende del orden de la sociedad. Cuanto más viciosa y monstruosa ha parecido la determinación general del hombre en relación a la sociedad, más se ha creído deber aplicarle diferentes correctivos. La idea de la generosidad, grandeza y humanidad, se ha vinculado a las acciones importantes en el comercio entre los hombres. Se ha dado estima y consideración a quien no perjudica jamás, cualquiera que sea el bien que le acontezca; respeto, honores, gloria, a quien sirve a la patria, la amistad, el amor o la humani­ dad, incluso a sus propias expensas. Y mediante estos aguijones, muchos animales con figura humana se han convertido en héroes. Lejos de abandonar a los hombres a su propia naturaleza, demasiado estéril para hacerles llevar un fruto, ha sido preciso educarlos e injertarlos, en el tiempo vital más favorable, en la rama que se les amputaba. Se ve que no me canso de insistir en la educación, pues es la única que puede darnos sentimientos y una felicidad contraria a la que habríamos tenido sin ella. Tal es el efecto de la modificación o del cambio que procura a nuestro instinto o a nuestra manera de sentir. El alma instruida no quiere, no sigue, no hace ya lo que hacía antes, cuando sólo era' guiada por ella. Ilustrada por mil sen­ saciones nuevas, el alma encuentra malo lo que le parecía bueno y elogia en otro lo que ella condenaba. Verdaderas veletas, giramos pues sin cesar al viento de la educación, y volvemos seguidamente a nuestro primer punto, cuando nuestros órganos remitidos a su estado natural nos llevan a ellos y nos hacen seguir sus disposiciones primitivas. Entonces, las antiguas determinaciones renacen y las que el arte había producido se desvanecen, de modo que uno ni siquiera es dueño de aprovechar su educación, como querría, para el bien de la sociedad. Dicho materialismo merece algunas consideraciones: éste debe ser la fuente de las indulgencias, de las excusas, de los perdones, de las gracias, de los elogios y de la moderación en los suplicios que se deben impartir a disgusto, y de las recompensas debidas a la virtud que no se podrían conceder con demasiado corazón. Por una parte, la virtud es una especie de episodio, un adorno extraño, siempre dispuesto a huir o a caer a falta de apoyo. Por otra, sin embargo, el interés público debe ser consultado, porque es preciso matar a los perros rabiosos y aplastar a las serpientes.

Así vemos que toda la diferencia existente entre los malos y los buenos, es que en unos el interés particular se prefiere al interés general, mientras otros sacrifican su propio bien por el de cierto amigo o por el público. Me queda por considerar esta nueva fuente de virtud que se llama coraje. Los corazones débiles y cobardes sucumben bajo el peso de la adversidad, mientras las almas fuertes y valientes la soportan y, principalmente, las que son cultas, las cuales agregan estudios saludables a una organización feliz. Andemos pues sin tomar aliento y tratemos de no dar un paso en falso por camino tan hermoso. El alma experimenta su conmoción al igual que el cuerpo: la fortuna puede conmoverla a su antojo, pero es una enfermedad que no carece de médicos y remedios. Epicuro, Séneca, Epícteto, Marco-Aurelio y Montagne, son médicos en la adversidad y su medicamento es el coraje. Ya sabéis que, tras una violenta caída, el sentimiento se debilita con las fibras del cerebro, y para reanimarlo es preciso restablecer mediante la sangría los resortes ahogados. Ocurre lo mismo en este caso. La fuerza, la grandeza y el heroísmo de estos escritores entran en el alma asombrada, como una especie de cardíaco que la sostiene y la restablece, por así decir, en las debilidades del infortunio. E l estoicismo tan escarnecido, tan difamado, nos presta así ar­ mas victoriosas, y nos ofrece una especie de rada, donde podemos reparar nuestro barco azotado por la tempestad. ¡Qué mejor brú­ jula! i Qué ejercicio más útil! Aprendo a luchar y me convierto en atleta con los que lo son. Para no naufragar o no ser derribado basta con servirse de los músculos de la razón. Es mediante la valen­ tía como uno puede salir vencedor del combate, Ese es el recurso de las gentes de letras, prohibido a los que no las cultivan, y que cede sin embargo al de tantos ignorantes bien organizados, como sería el caso de Scaron, cuyo ingenuo temperamento difundía la alegría, independientemente de toda literatura. La naturaleza tiene sus derechos; se puede sentir e incluso se debe, no en tanto que cobarde o como hace el vulgo, sino en tanto que hombre valiente, o filósofo animado por tan bellos ejemplos. Como tal, me he sometido a la adversidad, y en calidad de hombre la he sentido. Si el primer título me honra, el segundo no me hace ruborizar, nihil humani a m e alienum puto (*)■ Que la desgracia, de la que me preservan no los dioses inútiles para el mundo sino (*)

Nada humano considero ajeno a mí.

los reyes más grandes, me aceche de nuevo, porque no dejaré de sentirla, pero la soportaré. Esta es el crisol o la comadrona de la virtud, como dice el afable autor de las cartas sobre las fisio­ nomías 16. ¿Pero no era algunas veces la peste o el escollo? ¡Ay! ¡A qué tristes y deplorables extremos nos reducen la pobreza, la miseria, el dolor y las cadenas! El horror y la desesperación van tras ella, y el alma envilecida, sin coraje, no tiene más esperanza ni pretensión que la muerte. Raramente la retrasa sin reprocharse su cobardía o los prejuicios que la retienen: mirando la nada como un bien, por­ que su ser es un mal, convierte en deber el precipitarse a ella. Sin duda, supone violar la naturaleza el conservarla para su propio tormento. He visto a los personajes más santos, a las almas más fuertes, obligados a desear la muerte, y a sus amigos implorar por ellos. El triste destino del gran Boerhaave 17 da fe de ello. Cuando la vida carece por completo de todo bien y, por el contrario, está asediada por multitud de males terribles, ¿cabe esperar una muerte ignominiosa? No pretendo decir que no se deba soportar la pobreza ni el dolor, pues hay que doblegarse a la dureza de los tiempos. Todos estos momentos de coraje (o mejor de furor) tan alardeados, a menudo sólo ocurren para dispensar a un cobarde de temerlos toda la vida. ¡Todo cuanto se ha dicho acerca del suicidio es sofisma falaz, entusiasmo poético, pequeña grandeza de alma! Ciertamente, ¡qué coraje tan grande y qué alma tan fuerte detenta en los infortunios el que no puede soportar la pobreza! Y ¿por qué aquellos que han mostrado tanto vigor en el seno de la riqueza, lo pierden en el de la miseria? Y sobre todo, ¿por qué aquel que se había elevado por encima de la vanidad tan sólo un instante antes, y para quien el dolor y la pobreza no eran un mal, sin acordarse más de su sistema aconseja el suicidio? « ¡Tú lloras, dice mi Estoico ls, porque te falta el pan! ¿Y qué más da, puesto que no te faltan los medios para morir? Por un medio de venir al mundo, la naturaleza que no retiene a nadie, te ofrece cien para salir de él». Y un momento antes, no se podía ser desdichado en la indigencia con la virtud. Te entiendo, lo que ocurre es que esta virtud aparentemente consiste más en sacudir el yugo, cuando es más difícil de llevar, que en acarrear con él, incluso si eso nos cuesta demasiado esfuerzo. ¡Ostentar una valentía que infla nuestras almas deteniéndose así en el camino más bello y decir que la pobreza y la enfermedad no son males, deseando que uno se mate para librarse de ellos,

no es la única contradicción digna de un espíritu culto! Nuestro pagano pretende además que el principal asunto de un filósofo es aprender a morir todos los días. Luego es pretender lo mismo que el cristianismo. Cuando no se teme ni se cree en las consecuencias de la muerte, si no es habitual morirse demasiado pronto (pues no veo que haya nada mejor que hacer que vivir) tampoco se debe desear temer el cincel de Atropos. Es preciso dejarle cortar el hilo cuando quiera, y no preocuparse. Sea que esto se haga maquinal­ mente o razonadamente, o que uno se vea transportado de tal modo por el torbellino de los placeres que no se tenga tiempo para pensar en ello, no importa, con tal de que no se tenga ninguna inquietud. Me gusta tanto no tener jamás la idea de la muerte, pese a que me importune o me horrorice al igual que horrorizaba a Cicerón, como el honor de hallarme ante ella y desafiarla. La hoz está alzada para todos los hombres, y yo me someto a ella; es el vulgo quien debe temblar. Es tan ridículo por parte de quien no admite más que una vida (que le parece bella y buena, si no es hipocondríaco) prepararse para recibir el golpe que no teme, como acelerarlo, cuando la vida no es sólo soportable, sino que está llena de atractivos. ¡Qué locura preferir la muerte al más delicioso tren de vida! ¡Qué locura creer que, quien no pueda llevar una vida solitaria y filosófica, no puede ser feliz y en consecuencia debe abandonar la vida, antes de llevar cadenas de flores! ¿Ha podido Séneca acon­ sejar seriamente la muerte a un amigo tan poderoso, tan elevado en dignidades, tan rico y rodeado de placeres como Lucilo, a quien se dirigen sus cartas, bajo pretexto de que tantos honores y volup­ tuosidades son un pequeño fardo? 19. Pero, el .mismo Montagne, al que impresionó vivamente este gusto sorprendente por la muerte, no es perdonable a mi modo de ver, que haya creído como los estoicos que la muerte debía constituir el principal estudio de un filósofo20. Quizá sólo se consigue acusar nuestro miedo y, como dice este mismo autor, nuestra cobardía empleando sin cesar todos los medios para familiarizarnos con la muerte, con el objeto de no estar tan desprevenidos cuando ésta aparezca21. Es como si a un niño que le diera miedo un ratón, se le quisiera corregir este defecto mostrándole ese animal dibujado por partes, antes de correr el riesgo de enseñarle el original. Pero adivinad: ¿por quién ha sido arrastrado a esta trampa nuestro amable y juicioso pirroniano? Por un hombre que dice que la filosofía no es nada si no se adorna, siendo en eso más irrazonable que un químico, que dijera que la medicina no existe sin la química. La filosofía bien regulada conduce al amor por la vida, de la que nos aleja su fanatismo (pues ella

tiene el suyo), pero también enseña a morir cuando ha llegado la hora. Séneca, por lo demás tan inconsecuente, ha sabido morir cuando ha sido necesario. Como había empleado su penetración para ver de lejos la tormenta que le amenazaba, y su filosofía (entonces bien situada) para recibir semejante golpe, en cuanto tuvo orden de morir, escogió a sangre fría su género de muerte. A continuación hizo ver que, si había sido hombre durante su vida y había estado atado a estos grandes bienes, objetos de la envidia pública y funestos presentes del más cruel de los príncipes, sabía abandonarlo todo y romper sus cadenas como otro Sansón, para perecer en tanto que héroe de su secta. Tan vergonzoso es (él mismo lo insinúa) dejarse arrastrar en lugar de andar, cuando hay que obedecer, como bello es elevarse por encima de la muerte mediante la grandeza del desprecio. Sólo hay una acción que me parece más hermosa: tener el coraje de soportar el fardo de la vida y de los infortunios, cuando no se vive para uno mismo. ¡Cuántas otras clases de gloria! ¡La que dan las armas, las ciencias, las bellas artes! ¡Qué hermoso campo a recorrer, para el que quiera extenderse! Limitémonos, para no caer en la estéril fecundidad de tantos escritores. Quien sólo tiene pasión por las letras, ya puede contentarse con la gloria que les corresponde. Por cuanto a los que temiendo abandonar el camino forjado, no se atreven a desprenderse de las opiniones recibidas y pensar de un modo distinto a los demás, lo que Horacio dice de los imita­ dores, servum pecus! (*). Oh vosotros, a los que la avidez de escribir atormenta, como un demonio que, por un grano de reputación, daría de buena gana las minas del Perú, dejad ahí a todo este rebaño de autores vulgares, que reptan detrás de los demás o en el polvo de la erudición. Dejad también a estos sabios pesados, cuyas obras pueden compararse bastante bien con estos vastos páramos tristemente uniformes sin flores y sin fin. No escribáis o tomad otro vuelo. Sed libres y grandes, tanto en vuestros escritos como en vuestras acciones, y mostrad un alma elevada e independiente. Esta vía es peligrosa, lo sé. Quien hace un estudio del hombre, debe contar con tener al hombre por enemigo. Galileo fue encerrado en las cárceles de la inquisición por haberse atrevido a pensar que la tierra giraba. Eso es un ejemplo de la tiranía eclesiástica que

dio tanto miedo a Descartes22. Pero si la gloria aumenta con el peligro, ¿no habría de aumentar la felicidad con la gloria? Es lo que no afirmo, para no seducir a los que habitan en parajes menos felices. Pues, por lo demás, veo que la filosofía pa­ rece hermosa y buena a todos, pero que en general no es por sus bellos ojos que se la corteja. Pocos son los que creyéndose con cierto genio, esta estrella de la felicidad o de la desgracia de nues­ tra vida, no corran tras la gloria. Ese espectro brillante cuando es la verdad quien lo da a luz, y poderoso cuando es la opinión pú­ blica, que es una reina más dominante y más despótica. El renombre no tiene bastante con sus cien bocas para redecirypublicar los descubrimientos y las conquistas llevadas a cabo en el imperio del espíritu. Estas son el precio y la recompensa de todos los trabajos literarios que, sin este incentivo lisonjero, serían mucho más escasos e imperfectos. Se pensaría para síj en lugar de para los demás, o mejor, se pensaría menos y se sentiría más. Pero no, tratando a la filosofía como a nuestras amantes, quisiéramos tener al universo como confidente de los favores que nos concede. Nosotros somos por lo tanto filósofos, como se ha visto que somos virtuosos. Hay más vanidad que curiosidad y ganas de comprometerse en nuestros estudios y en los servicios que rendimos. Era muy justo encontrar en nosotros mismos un sentimiento que nos librara de la ingratitud y nos hiciera olvidar a tantas personas que carecen de él. ¿En qué consiste esta reputación que arma tanto revuelo en el mundo, tras la que se corre en cuanto se emborrona papel, a la que tanto se desprecia cuando no se puede alcanzar, y a la que se simula despreciar cuando se es célebre? ¿Qué trompeta es esta que, más potente que la de Marte y Belona, elevando nuestro coraje y aturdiéndonos ante los peligros, nos llama a luchar mediante las únicas armas de la razón, contra enemigos vencedores de la razón y de los tiempos? verba et voces (*), una vana imagen, como se ha dicho ante mí, una ilusión, la sombra de un sueño, un eco, etc. Pero, tan locos como los poetas, y quizá más, los filósofos metamorfosean este eco en ninfa, en ninfa encantadora, ¿qué digo?, en imperiosa divinidad. Así es como nuestra pobre imaginación se ali­ menta al igual que la suya de bellas quimeras. Verdaderos Ixiones, ¿tomaremos siempre la nube por Juno; lo frívolo por lo útil, y lo que hay de más estéril por lo que hay de más fecundo? ¿Tomaremos siempre el espíritu por el sentimiento, y la vanidad por este justo amor propio que nos ha sido dado compartir? Nosotros dejamos,

lo digo en un sentido muy diferente del de Séneca, y despreciamos los mayores bienes, el placer de gozar largamente de nosotros mis­ mos y de los cuerpos que nos rodean, para correr tras bienes imagi­ narios, tras sonidos y dulzuras, si puede darse este nombre a lo que se halla mezclado con tantas amarguras. ¿Estamos en este mundo para buscar y probar la celebridad o los placeres de la vida? Ya que la casualidad nos ha arrojado allí, no diré nada en prejuicio de tantos otros que mil causas impiden todos los días salir de la nada, pues parece que el primer fin y el más razonable es vivir allí tranquilo, cómodo y contento. Es una cosa mucho mejor convenida por la conducta de todos los hombres, que por las diversas opiniones de aquellos que, de entre ellos, se han erigido en preceptores del género humano. Soñar con el cuerpo antes que soñar con el alma, es imitar a la naturaleza, la cual ha hecho una cosa antes que la otra. ¡Qué otro guía más seguro! ¿No es acaso seguir a la vez el instinto de los hombres y el de los ani­ males? Digamos más y prediquemos una doctrina que hemos tenido el honor de no asumir: no hay que cultivar el alma sino es para procurar más comodidades al cuerpo, y quizá no haya que escribir como tantos autores, más que para atrapar el dinero de los libreros o una estima más lucrativa. Si hay causas finales, ésta es una y de las más sensatas, porque el amor por la vida y el bienestar tiene evi­ dentemente derechos más urgentes que el amor propio, y como el placer va delante del honor, para quien tiene buen gusto, el pan es un alimento más sólido que la reputación. Trabajemos pues en primer lugar para asegurárnoslo; es el mejor partido que se puede sacar del prejuicio de los hombres, bastante simples para creer que un sabio vale más que un ignorante. La gloria por lo demás vendrá cuando quiera. ¡Cuán vanos y necios somos, que todavía es peor, sacrificándonos por el quimérico honor de inmortalizar las letras del alfabeto que componen nuestros nombres! Seamos mejores pilotos de la vida, que sólo el sentimiento nos sirva de brújula, y limitémonos a navegar hacia el puerto de la libertad, de la independencia y del placer. Una palabra más sobre los peligros que entraña la carrera que he iniciado: es hermoso, pero quiero poder contar no con el sufra­ gio de la posteridad que no existe, sino con algunos de nuestros expertos contemporáneos. Es agradable ver la razón y las luces de uno crecer y extenderse bajo las alas de la filosofía y de las musas, pero hemos de estar seguros de que la gallina no deja que le arre­ baten sus polluelos, o estaríamos locos por cultivar la sabiduría. Aristóteles no se fio de ello más que yo, e hizo bien. La república

de Atenas, que se había deshonrado condenando a muerte a un hombre que valía más que ella, no se habría avergonzado de perder su honra por segunda o tercera vez. La política que ha hecho la vergüenza, no la conoce. Descartes se abstuvo también, muy a pro­ pósito, al menor murmullo del mar teológico fácilmente enfurecido. Estuvo dispuesto a arrojar al fuego un trabajo de cuatro años 23, por temor a que la iglesia (lo que no puedo imaginar sin reírme de su simplicidad) no aprobara sus opiniones y sus conjeturas físicas. La gloria que va tras las musas, no puede librarnos de la pér­ dida de los bienes del cuerpo, pues nos es un bien demasiado ajeno y demasiado lejano. ¿Por qué se le inmola lo que hay de más que­ rido en el mundo? Ocurre que la vanidad se lo apropia. Asimismo nuestra imaginación hinchada y como abultada por los elogios nos transfiere la estima del prójimo, la cual se nos transforma en con­ sideración tan elevada, que nos miramos como personajes de gran importancia. Entonces, no viendo en nosotros más que materia y forma, creemos tener no sólo un alma, sino un alma de un temple particular, superior y hecha adrede para nosotros. De ahí proceden todas las ventajas que el espíritu puede procurar al cuerpo, pues, sin duda, los líquidos circulan con mayor fluidez, cuando el alma se ve gratamente afectada. Supuestas todas estas cosas, es decir, cuando nuestro individuo no sufre a consecuencia de ella, hacerse con la gloria es un bien muy superior a no tenerla. ¿No habría más grandeza de alma en despreciarla? Eso ha de preguntarse a los estoicos. Ved, dicen, arqueando orgullosas cejas, ved cómo corren todos estos locos en pos de la gloria y en busca de la estima pública, como nosotros de la nuestra. Somos demasiado virtuosos para ostentarla. A continuación observaremos que estos mismos hombres no desprecian más la reputación y el honor que las riquezas, y hacen todo para tenerlas. No quisiera otra prueba que todas estas investigaciones de un espíritu estudioso, como el que Séneca muestra en sus escritos y notablemente en éste, cuya afectación he tratado de aligerar tanto como he podido. El desprecio deja de ser un mal, por cuantoel elogio no es un bien. Pero nosotros somos de nuevo unos necios por estar pen­ dientes con nuestra imaginación, de la imaginación de los demás, que nos halaga o nos hiere según la imagen agradable o desagra­ dable que resulta de ello en el cerebro. Un discurso chocante o lisonjero actúa, como un cuadro bello o feo, por el ben e o m ale placitum de los antiguos. Por eso se dice: tal cosa honra,tal otra no. ¡Honor! ¡Ah! ¡Qué bobo, cuán de compadecer se es, no siendo filósofo! ¡Y qué poco lo merecen la mayoría de la gente

a la que se da este nombre! Quisiera saber si las ideas que los indios tienen de los chinos y de los franceses,como las que los turcos tienen de los cristianos y éstos últimos de los turcos, les afectan y les mortifican respectivamente. No respondéis. ¿Por qué lo que se dice, o lo que se piensa de vosotros os preocupa tanto? Médicos, ¿por qué hacéis cosas que no se pueden exponer a la luz pública, sin haceros avergonzar? Soportad que os ofrezca en mí mismo un mejor ejemplo a seguir. La detracción, por útil que sea, os enfurece, porque sois su objeto denigrado. A mí se me calumnia en muchos libelos y espe­ cialmente en un extracto y una advertencia al lector que no merece ser calificado de un modo distinto, pero yo no salgo de mi mode­ ración ni de mi tranquilidad natural. Otro habría estado furioso como vosotros al leer la advertencia de los pensam ientos cristianos, y habría hecho todo lo posible para desengañar al público. En cuanto a mí, que sé a qué atenerme y que no enseñaría nada nuevo a los que me conocen y saben mi historia, he querido leerla una vez pero sin tomarme la molestia de contestarla. Lo que no es verdad, no merece que uno lo justifique. Molestos por mi silencio, mis adversarios han reaparecido bajo otra forma: me han, se dice, ata­ cado en no sé qué volumen de la biblioteca razonada que no he leído ni quiero leer, aunque podría hacerlo sin inmutarme. En fin, son autores de esos que se precian de literatos y que, sin estar particularmente enterados acerca de mi conducta y de mis costum­ bres, lo han intentado todo, aunque en vano, para salir de la oscu­ ridad. Pero en el extracto del que hablo se me considera muy mal, según me escriben mis amigos de Amsterdam. Lo creo, les he res­ pondido, pues se dedican a calumniarme; y yo que sólo he maldecido, para arrojar a mis colegas en mejor molde, no los he considerado menos mal. He desbordado los límites de la crítica en lo que res­ pecta a los demás, y se han desbordado los límites de la difamación en lo concerniente a mí: he aquí a qué se reduce todo el gran mal que se me ha hecho. Celebro mucho que mis enemigos sean más culpables que yo. Por lo demás, las opiniones ajenas son tan extrañas a mi ser, que lo que otro siente es diferente de lo que yo siento. A buen seguro, el que me desprecia, no piensa como yo en lo que a mí respecta, y aquel que me elogia, no me elogia quizá tanto como yo mismo. Un conocedor que lee una obra, la juzga en la justa balanza donde la pesa, mientras el autor la valora por sí sola más que su peso. Me detengo en este dilema, y los médicos habrían hecho bien en tenerlo también en consideración. Las ideas que se

tienen de mí son verdaderas o son falsas. Si son verdaderas, soy yo quien debe corregirse, en el supuesto de que esté equivocado. Si son falsas, omnis hom o meitdax (*), sólo es un error que recae sobre el que lo comete, y que ha de perdonársele si es involuntario. ¿Cómo compadecerle, si hay maldad, si sólo intenta perjudicar únicamente por perjudicar, y sin que resulte ningún bien? Soy una especie singular, ya que me he reído más por la ignorancia y los yerros de mis antagonistas, de lo que me he molestado por su encarnizamiento. Diserto igualmente. El pesar, la adversidad; los males, las pequeñas modificaciones de la vida no me afectan nada o casi nada. Se grita, se declama, y me río. Ningún rasgo de malig­ nidad y de envidia atraviesa esta muralla de dulzura, de alegría, de paciencia, de tranquilidad, de humanidad y, en una palabra, de virtudes, sino teológicas, al menos morales y políticas, que la natu­ raleza me ha dado, y que la filosofía ha reforzado. Me he visto azotado por la tempestad, pero como una roca: lo digo sin pensar que Séneca lo ha dicho antes que yo. Por último, bastante estoico en cuanto al dolor, en cuanto a las enfermedades, etc., soy quizá demasiado epicúreo en cuanto al placer, en cuanto a la salud y los elogios. Si eso no es lo que se llama un temperamento feliz, que se me diga pues donde está. ¡Qué hay de más afortunado que poder sentir siempre el dulce ardor de los rayos del sol, sin indis­ ponerse debido a la sombra y al frío que dan las nubes que lo cubren! Prosigamos nuestro camino. Si la felicidad no puede consistir en la gloria que subyace a las letras, ¿se la atribuirá al placer de cultivarlas? Yo sé que el estudio afecta inmediatamente nuestra alma, sea satisfaciendo su curiosidad, o por el encanto del gusto, de unas imágenes agradables y de mil sentimientos diversos. Sé que pensar no es más que una manera de sentir, un sentimiento de alguna manera replegado, y que, por consiguiente, dedicarse a las lecturas y a las meditaciones que nos sonríen, como pensar en cosas que complacen, es sentir, casi sin cesar, gratamente. Esa es la volup­ tuosidad espiritual, que ha excitado en el autor del hom bre-m áquina todos estos transportes tan dignamente dirigidos y no sé por qué tan mal recibidos. Pero no exageremos, pues ha sido preciso que el hombre no sólo se halle organizado, sino preparado con tiempo y por grados para recibir la impresión de esta voluptuo­ sidad: no seríamos susceptibles de ello sin la educación, cuya variedad tanto interviene aquí. Aunque tampoco lo seamos por

mucho tiempo. Un arco no puede mantenerse tenso siempre y, por otra parte, cuando las cuerdas del violín se distienden, dejan de sonar. De igual modo, cuando los placeres del alma ceden, el placer disminuye proporcionalmente y, para poner otro ejemplo, cuando los ligamentos ciliares que acercan el cristalino a la coroides están hartos de contraerse, los ojos se fatigan. Observad que los nervios más sensibles y los más erectables de todo el cuerpo, no pueden enderezarse más tras un mero comercio, ni sienten nada por estar más muertos que vivos — bien puede decirse entonces con Petronio, funerata est pars illa (* ), etc.— y a la vez, la volun­ tad deja de querer lo que creía que quería. Uno se asquea de leer y de escribir, por la misma razón que se asquea de una mujer. Cuando el placer del comercio amoroso disminuye, la necesidad y la pasión decrecen, al igual que el encanto del estudio durante la primera hora es más vivo que unas horas después. Me doy per­ fecta cuenta de que ocurre lo mismo con la pasión por las letras y las artes que con cualquier otra, pues de no satisfacerse, la des­ dicha es la misma. No temo las cadenas ni la tiranía, porque el espíritu no puede encadenarse, pero así vivo como estoy, sería muy de compadecer si no tuviera libros, ni plumas, ni tinta, ni papel. La libertad de satisfacer un gusto dominante no basta, sin embargo, para ser feliz. Quedan demasiados otros vacíos, quedan demasiadas otras necesidades que colmar. Juzgad el bienestar de aquellos que aman tan poco el estudio y que se dedican a su profe­ sión con tan poco gusto y placer, que mil escudos de renta apenas les dejarían un destello de éste. Por no decir nada de estos genios limitados, que estudian a pesar de Minerva y sobrecargan su pobre memoria con mil hechos que, de tener juicio, se lo harían perder. A menudo, por lo demás, obligados a entregarse por entero a cosas ingratas (pese a ser mejores que ellos), miran los libros que les rodean, como sus más crueles enemigos. En fin, nos hemos referido a una multitud innumerable de ignorantes dichosos, los cuales, si no tienen el honor o el placer de adquirir bellos conocimientos y el gusto por lo espiritual, se vengan de ello mediante el desprecio y no creen valer menos (lejos de ello), porque con su instinto han hecho fortuna, mientras que los demás han sido conducidos por el espíritu al precipicio. Concluyamos que aquellos que, como Cicerón, Plinio el joven, el autor que he nombrado, etc., han situado la felicidad sea en la voluptuosidad del espíritu o en la gloria que subyace a las bellas

artes, han caído en la exageración y en el entusiasmo de su gusto cometiendo así dos faltas en una. Pues éstos no sólo han extendido y generalizado, contra toda lógica, lo que es limitado y particular — me refiero al placer del estudio— sino que a la vez han reducido lo que ha sido concedido tan universalmente a todas las criaturas animadas por el venerable autor que las ha hecho, quiero decir: la facultad de ser feliz y de serlo cada uno a su manera y a su antojo. T rabit sua quem que voluptas (*). Atribuir en general la felicidad al cultivo de las letras, por el placer que se extrae, es despreciar los bienes de este mundo y burlarse de la naturaleza. Atar la feli­ cidad al carro de la gloria y de la fama es atribuirla como un niño, a un juguete o al ruido que hace una trompeta. Mostremos el resto del cuadro, y corramos por completo la cortina, detrás de la cual se oculta Séneca. Hay tanta gente feliz sin riquezas y sin voluptuosidad, al igual que sin ciencia y sin reputación, y sobre todo en el seno de una oscura y tranquila mediocridad, que, colocándola tan lejos de la felicidad y de los bienes que otros han puesto tan cerca, he creído hacerles más honor aún del que merecen. Examinemos entonces la nueva cuerda que se encuentra en nuestro arco, sin dejarnos seducir por su bello color dorado ni por todas las bocas lisonjeadoras del renombre. Pero como nosotros somos sensibles a la ventaja de ser estimados, sin que, no obstante, queramos sacrificar nuestra tranquilidad al placer de armar un revuelo en vano, no seamos pues tan víctimas de la opinión de aquellos que no hacen el suficiente caso al más poderoso de los dioses. ¿Qué animal salvaje sería virtuoso o filosófico, si el oro no lo amaestrara y la lluvia de Júpiter no ablandara su dureza? También Séneca, este enemigo declarado de lo que tanto le gustaba, concede que es tan dulce y agradable ser rico, como pasearse en invierno por una hermosa avenida que el sol calienta. Pero, por un contraste evidente, que parece haber eludido expresamente, la pobreza es la sombra, donde hace frío. Por mucho que uno se haga partícipe del bien soberano y se rodee de toda su virtud, ni la virtud, ni la filosofía pueden con todas sus ramas conducirnos al puerto deseado. ¡Pobre abrigo de invierno, que no impide al viento del norte helar el alma con todo su coraje! Sin embargo, ¿habita tal vez el alma de los estoicos fuera del cuerpo, como la de los leibnizianos, sin estar sujeta a las leyes ima­ ginarias de la misma armonía? Por lo demás, para quienes el dolor (*)

A cada uno le arrastran sus gustos.

no es un mal, ¿no sería el frío, que es un diminuto de éste, un bien? Dejemos a Luciano mofarse, sería difícil imitar su ligereza. Séneca admite que el sabio puede e incluso debe consentir en ser rico, es decir, que no hará bajezas para serlo ni tendrá que aver­ gonzarse de haber recibido las riquezas a manos llenas, sino que les dará una especie de hospitalidad, que los pobres e ilustres desdichados compartirán. Apenas hay un hombre de mérito que rinda servicio a quien las tenga. Por esto el sabio, o cualquiera que sepa usar las riquezas, aliviará a los desdichados, estimulará la virtud, impulsará los talentos, liberará el mérito oprimido y, en una palabra, se servirá de él más como ecónomo que como dueño. ¡Qué diferencia entre un hombre semejante y estas almas bajas y triviales, que la fortuna enorgullece, infinitamente agasajadas por lo que hay de más extraño y menos halagador, y que no comparten con nadie, quienquiera que sea, las comodidades que reciben por ello! Pero, como sólo hay un loco que dilapidasus bienes al antojo de sus caprichos y cuya voz tapa la de tantos miserables, no hay más que un cobarde que se sirva de ello para atormentar a los hombres y que encuentre, como el Narciso de Britannicus 24, su feli­ cidad en las desgracias de que es causa. Contribuir al bien de la sociedad y hacer a los corazones felices con su alegría, es el deber de un hombre rico. Si éste no lo cumple, si no es misericordioso ni liberal, ni sufre a la vista de tantos pobres que el más opulento no puede aliviar, el depósito ha sido mal confiado, y no podía confiarse en peores manos. Yo no deseo ser rico, para tener en mi casa a un montón de halagadores y amigos falsos, que sin tener nada de sinvergüenzas o más bien de pérfidos, me darían la espalda casi tan pronto como la fortuna me fuera contraria. Yo no quisiera poseer grandes bienes más que para gozar de esta bella prerrogativa, el placer de obse­ quiar, y la generosidad sería toda mi magnificencia. No despreciaría las riquezas para nada, sabría gastarlas y distribuirlas. Considero que la avaricia es la fuente de todos los vicios. Y sin generosidad, ¿hay alguna virtud? Mi felicidad 110 consiste en tener caballos, mensajeros, perros y todo ese acervo de lacayos apresurados, cuyo peso parece amenazar con hundir la parte trasera de una carroza. Tantos animales domés­ ticos me resultan innecesarios. No creo ser rico por tener en el portal a un portero mentiroso que rechaza la entrada a unos acree­ dores, que un hombre honesto no debe temer, pues no los tiene sino para pagarles. ¡Lo creería, si la alabarda y su bigote, asustando

a quien asusta a los demás, pudiera impedir a la muerte que entrara! Pero no, Horacio lo ha dicho en latín, y Malherbe en francés: E l pobre en su choza, donde la paja lo cobija, se halla sujeto a sus leyes; Y la guardia qu e custodia las vallas d el Louvre no pu ede proteger a nuestros reyes contra e lla 25. Alejémonos de todo lo superfluo. El sabio no lo conoce más que para despreciarlo. ¡Oh! ¡Desgraciado cien veces quien añade a las necesidades de la naturaleza, que ya son demasiado numerosas, aquellas que el fasto o la vanidad le crea! Para ser feliz, si eso no es suficiente tratándose de algo necesario demasiado exacto, al menos basta con poder decir: me gusta vivir, porque con pocas cosas no carezco de nada. Sócrates prefería la muerte al exilio; yo no tengo hasta este extremo añoranza de la patria. Creo que la patria y la felicidad pueden ir parejas, y son en efecto lugares donde uno se encuentra bien. Es una verdad de la que costaría disuadir a quien la siente con un agradecimiento tan vivo como yo. ¿Por qué es preciso que uno se halle reducido a desear al menos la conservación de Jo que tiene? Sin el temor de perderlo, un filó­ sofo sería feliz. Pero en fin, ¿hay días tan hermosos que no sean oscurecidos por pequeñas nubes, que los rayos de la más bella esperanza deben hacer tanto esfuerzo para disipar? ¿Acaso aquel mismo que vive de sus propias rentas, está seguro de que su arren­ datario será siempre solvente? Miremos la prosperidad mejor fundada en apariencia, como una calma a la que puede seguir la tempestad. El buque naufragará, si todo no se encuentra dispuesto de inmediato para echar el ancla y fijarla. Acostumbrémonos pues, poco a poco, a estar menos ata­ dos a lo que sería incómodo no tener, con el fin de lamentarlo menos cuando verdaderamente tengamos la desgracia de hallarnos privados de ello. El fardo es la mitad de pesado, cuando se está preparado para llevarlo. Lo que digo de la pobreza, lo he dicho aquí con respecto a la vida, cuyo yugo algunas veces es muy duro incluso en el seno de las riquezas y de las grandezas. Entonces es cuando hay que proveerse de más fuerza para no ceder a la facilidad de romper sus lazos. Es menos glorioso saber vivir en los dolores e infortunios. Hay, por lo demás, tan pocas ocasiones para adquirir esta gloria del último momento, que vale más aprender a poder vivir, que atreverse a morir. Me he creído en la obligación de reincidir en un asunto de tanto interés para la sociedad.

Quien es digno de los favores de la fortuna, puede perfecta­ mente serlo de los de la naturaleza y, por consiguiente, de la volup­ tuosidad. La razón por la cual Séneca se declara tan enérgicamente contra ella, es la pretensión de que el voluptuoso no puede ser ni buen amigo, ni buen soldado, ni buen ciudadano, pero sin argu­ mentarlo. La experiencia lo prueba. La voluptuosidad no siempre debilita a sus favoritos: se le sacrifica mucho, pero no se le sacri­ fica todo, y por poderoso que sea su imperio, el deber se alia con el placer en un alma razonable, que ambos, lejos de perjudicarse, se prestan fuerzas mutuamente. El arte de sentir, saborear y per­ feccionar de algún modo el placer, por lo general se otorga a los franceses, tal vez porque así se los rebaja. Esta nación tan volup­ tuosa, ¿es acaso menos capaz de amistad? ¿Tiene menos grabado en el corazón el amor por la patria? ¿Conoce el peligro donde el honor o donde su rey la llaman? La voluptuosidad de Epicuro no es más que un vestido de mujer sobre un cuerpo robusto, como dice en sentido figurado nuestro autor. ¿No puedo decir yo en el mismo sentido, que nuestros señores franceses llevan el coraje de Hércules bajo las vestiduras de Onfalia? Ni Voltaire ni ninguno de los que conoce la nación me contradirá. He aquí como lo ha pintado este hermoso genio: De los cortesanos franceses tal es el carácter, Del seno d e la m olicie corren en busca del riesgo; A duladores viles en la corte, héroes en los cam pos de batalla 26. Séneca no defiende en absoluto la práctica de la voluptuosidad. Vosotros conocéis estas aldizas, imagen del vodevil por su dura­ ción y ornamentos de Ceres, que el azar de las semillas y de los vientos hace nacer en el interior de las tierras. La voluptuosidad, insinúa aquél, crece así algunas veces al paso de un hombre virtuoso, el cual puede cogerla, cuando aquélla se presenta sin buscarla, como se coge una flor al andar. Según esta idea, la voluptuosidad sería la flor de la virtud, como el espíritu la del placer, el cual germi­ naría en su seno tanto más hermoso, más puro y más virgen, si se me permite esta expresión química. El hecho de que se permita oler una flor no significa prohibir su uso, pero ¿es preciso aspirar tan negligentemente su olor deli­ cioso? Si en la voluptuosidad, como en todas las plantas, hay una quintaesencia o, como dice Boerhaave, un espíritu rector, coger una flor y sentirla sin prestar atención no es la manera de saborear este espíritu encantador. ¿No es una indolencia culpable el des­

preciarlo? ¿No hay una especie de inhumanidad en dejar marchitar, que es peor, una rosa mejor empleada a nuestra manera? Dejemos esta indiferencia estoica, pues los beneficios de la naturaleza mere­ cen transportes de ternura y de reconocimiento que nuestros ingratos rechazan. No pretendo hacer consistir la felicidad en la voluptuosidad. Aunque antaño haya hecho salir de mi pluma toda la ebriedad que había desplegado en mis sentidos, desprendiéndome hoy de las trampas de la Sirena, me inclino (temperamentalmente tal vez) por una moderación mayor y quiero que la sola necesidad, este padre del placer, la llame en lo sucesivo, y suene, por decirlo así, la hora de mi voluptuosidad. Pero, si los placeres de los sentidos son demasiado breves y demasiado poco frecuentes para constituir un estado tan permanente como la felicidad, mirémoslos al menos como destellos de felicidad, que no pueden faltar sin hacer las alegrías de la vida imperfectas y truncadas, y sin dejar tantas pequeñas llagas, de las que el corazón se encuentra ulcerado, hallándose necesitado del único bálsamo que las suaviza y cicatriza. No tomemos por necesidades los deseos de una imaginación a la que le gusta irritarse, y habrá menos golosos, menos borrachos y menos voluptuosos, pero demos a la naturaleza lo que pertenece a la naturaleza. Se bebe cuando se tiene sed, se come cuando se tiene hambre. Y aquí se experimenta alguna vez este doble efecto de la misma causa, pues ¿qué hombre no tiene en ocasiones hambre y sed de ciertas voluptuosidades? Si no se entregó a ellas, ¿cuántas nubes y descontentos se elevan en el alma, que la voluptuosidad sola puede disipar? No ignoro que ciertos temperamentos débiles pueden o más bien deben privarse de ello, para comportarse mejor y gozar mejor de los demás placeres, pero, con todo, la voluptuosi­ dad prudentemente guiada es una necesidad tan grande como las demás necesidades, y la naturaleza ha empleado los mismos medios para hacerla nacer. De ahí que Celso 27, su comentarista Lommius, Venette, Boerhaave, junto con todos los filósofos y médicos más graves no se hayan azorado por recomendarla en sus escritos, ni por dar verdaderas y sensatas lecciones de amor en ellos. Yo mismo había seguido su ejemplo en una carta que epilogaba aquéllas que redacté sobre la salud, pero no sé qué censor escrupuloso juzgó a propósito suprimir la única copia que yo tenía, donde mencionaba a Venette rejuvenecido (menos mal de lo que parece), con el com­ pendio de todo lo que nuestros mejores autores nos han dejado sobre un tema más importante de lo que se cree. Aunque la voluptuosidad no deba reservarse de ordinario a los

sentidos, los hay sin embargo para los que ésta es una necesidad muy apremiante, ya que tienen tanta hambre y sed del coito, que sin este acto venéreo, el cual a menudo deben repetir cada día, serían desdichados y muy de compadecer. Por el contrario, dando amplio cauce a su temperamento, son felices, no sólo en la volup­ tuosidad y por la misma voluptuosidad, sino en el seno del desen­ freno, de la locura y del desorden. ¿Qué prueba queréis? Los días transcurren casi sin que éstos se den cuenta, porque sienten y no reflexionan. Siempre alegres y contentos, no respiran más que ale­ gría, y la llevan por doquier. Es, por así decir, la moneda corriente de nuestros corazones, una sustancia del espíritu, más agradable que el propio espíritu y más al alcance de todo el mundo. ¿Cómo no iba a estar en todas las fiestas y banquetes? La alegría sonríe a los comensales regocijándolos, sentada con aquellos que, a su vez, la hacen circular en las reuniones y de alguna manera saborear y beber a grandes tragos diferentes vinos exquisitos. Sin embargo, éstos están perdidos en cuanto a deudas y honor, porque cierta­ mente la virtud y la probidad son cosas ajenas a la naturaleza de nuestro ser, ornamentos pero no fundamentos de la felicidad. ¿Cuán­ tos otros son tan virtuosos como honestos, castos, sobrios y desdi­ chados? Su candor, su sabiduría y su humanidad están a toda prueba, pero no arrastran menos consigo el fastidio de la soledad, la dureza de su carácter y el oneroso fardo de una razón que nunca se des­ frunce. Son tan duros y severos como graves y silenciosos, tan fríos y tristes como hombres seguros y verdaderos, y su melancolía, al igual que su aspecto atrabiliario, hace huir a las risas desconcer­ tadas y a los ojos amedrentados ante su aspecto. Se los respeta y se huye de ellos, es el destino de la virtud; cuando se buscan con impaciencia viciosos afables a los que se desprecia, es el destino de la urbanidad y de las gracias. El arte de complacer es un gran encauzamiento hacia la verdad. Aquí, unos son felices no pensando más que en una P ..., y sin que la reputación les importe nada. Allá, la desdicha de otros viene de pensar demasiado, y en objetos sombríos y lúgubres, imágenes tristes que la naturaleza echa como una cortina ante la imaginación obstruida. ¿Qué recurso tienen éstos? Algunos paliativos momentáneos, como el vino que perju­ dica en seguida, o las compañías, los espectáculos y la disipación, que no siempre resultan. La sociedad de las personas extremada­ mente alegres aflige tanto más a las que no lo son. Aquéllas, di­ réis, sólo son capaces de experimentar la voluptuosidad y de pro­ curarse las delicias con un dulce prurito. ¡Pues bien!, ¿son menos felices por ello? ¿No siguen este instinto y este gusto, por el que

cada animal tiende a su bienestar? ¿No tienen finalmente la única clase de felicidad que se halla realmente al alcance de sus órganos? Ocurre lo mismo con todos los médicos. Pueden ser felices, si pueden ser malos sin remordimientos. Oso decir más: aquel que no tenga remordimientos, en una familiaridad tal con el crimen que los vicios sean virtudes para él, será más feliz que tal otro que, tras una bella acción, se arrepienta de haberla cometido, y por eso mismo ésta perderá todo su valor. Tal es el maravilloso imperio de una tranquilidad que nada puede perturbar. ¡Oh, tú! se te llama comúnmente desdichado, y lo que eres en efecto de cara a la sociedad, pero ante ti mismo, puedes estar tranquilo. Sólo tienes que ahogar los remordimientos mediante la reflexión (si ésta, es fuerte), o por hábitos opuestos, mucho más poderosos. Si tú hubieras sido educado sin las ideas que constituyen su base, no habrías tenido enemigos que combatir. No todo acaba aquí, es preciso también que desprecies la vida tanto como la estima o el odio público. Entonces, en efecto, sostengo que, pese a ser parricida, incestuoso, ladrón, malvado, infame y justo objeto de la execración de la gente honesta, serás feliz. Pues qué desgracia o qué pesar pueden causar acciones que, por negras y horribles que se las suponga, no dejarían (siguiendo la hipótesis) ninguna huella de crimen en el alma del criminal. Pero si quieres vivir, estáte alerta, porque la política no es tan cómoda como mi filosofía. La justicia es su hija, y los verdugos y las horcas están a sus órdenes, luego témelos más que tu conciencia y que los dioses. Los primeros hombres que han tenido otros a quienes gobernar, han sentido la debilidad de este doble freno. De ahí ha surgido la necesidad de estrangular a una patria de ciudadanos para conservar al resto, al igual que se amputa un miembro gangrenado, para la salud del cuerpo. Asimismo, puesto que la ingrata naturaleza te lo permite, prín­ cipe cruel y cobarde, paladeas y saboreas la tiranía a grandes tragos. Erostrato quiso inmortalizarse mediante el fuego, así que inmortalí­ zate con la sangre, sé refinado en el invento de tormentos, como un hombre de buena suerte en el de voluptuosidades, y encuentra, si puedes, el mismo placer. E l único bien que se encuentra en tu poder es hacer el mal, pues hacer el bien sería tu suplicio. No te alejo de la maldita propensión que te arrastra. ¡Eh! ¿Puedo? Es la fuente de tu desgraciada dicha. A los osos, los leones y los tigres les gusta desgarrar a los otros animales. Feroz como ellos, es demasiado justo que cedas a las mismas inclinaciones. Yo te compadezco, no obstante, por alimentarte así de las calamidades públicas. Pero,

¿quién no compadecería más aún a alguien que en cierta situación se encontrara a un hombre, un hombre lo bastante virtuoso para librarlo, a expensas incluso de su vida, de un monstruo tal como tú? Y tú mismo, voluptuoso (para adecuarme a tu debilidad como un cirujano al vacío de los vasos), que sin placeres vivos no puedes alcanzar la vida feliz, deja allí tu alma y a Séneca, porque las vir­ tudes estoicas son canciones para tí, y sólo sueñas con tu cuerpo. Lo que tú tienes de alma no merece en efecto distinguirse. Los prejuiciosos, los pedantes, los fanáticos se armarán contra ti, pero sí todos los elementos se unieran... ¿Qué hacían a Tíbulo, en los brazos de su Cloris, la lluvia, el granizo y los vientos desatados? Acrecentaban su felicidad, mientras ésta los desafiaba. Aprovecha pues el buen tiempo cuando y donde quiera que éste se dé, goza el presente, olvida el pasado que ya no es y no temas el futuro. Piensa que el trigo, pese a estar sembrado fuera del trigal, siempre es trigo; que un grano perdido no significa para la naturaleza más de lo que una gota de agua significa para el mar; que todo lo que la deleita es placer, y que nada va en contra suya más que el dolor. Que la polución y el goce, lúbricos y rivales, sucediéndose a su vez y sumiéndose en la voluptuosidad noche y día, hagan tu alma, si es posible, tan viscosa y lasciva como tu cuerpo. En fin, puesto que no tienes otros recursos, saca partido de ellos: bebe, come, duerme, ronca, sueña, y si alguna vez piensas, que sea entre vino y vino, y siempre en el placer del momento presente o en el deseo aplazado para la hora siguiente. O si, no contento con brillar en el arte de las voluptuosidades, la crápula y el desenfreno no son suficientemente fuertes para ti, la inmundicia y la infamia son tu herencia, de modo que revuélcate como los cerdos y serás feliz a tu manera. Por lo demás, no te digo nada que no te aconsejes a ti mismo y que no hagas. Perdería mi tiempo y mis energías cam­ biando de tono: hablar de templanza a un desenfrenado, es hablar de humanidad a un tirano. Que no se diga que invito al crimen, pues no invito sino a la paz en el crimen. El hombre en general parece un animal falso, astuto, peligroso, pérfido, etc., más propenso a obedecer a la fogo­ sidad de la sangre y de las pasiones, que a las ideas que ha recibido desde la infancia, y que son la base de la ley natural y de los remordimientos. He aquí, a qué se reduce sustancialmente todo lo que digo. Mi objetivo es razonar e ir a las causas, haciendo abs­ tracción de las consecuencias, que, no por eso, serán menos fasti­ diosas y difíciles de reprimir. Sí tantos malvados, a pesar de todos los prejuicios opuestos a sus acciones en los que han sido educados,

no son siempre desdichados, no es evidente que lo serían menos aún en la doble suposición de que pudieran sacudir su yugo o, sobre todo, de que no lo hubieran llevado jamás. Digo lo que me parece, y no hago más que una hipótesis filosófica. No sostengo nada, ¡Dios quiera que no! La maldad se opone tanto a mi carácter, que me en­ ternezco, porque encuentro su excusa en la misma organización, algunas veces difícil sino imposible de dominar. Los caballos no son los únicos animales que se desbocan. Que cada uno se examine, que se acuerde de sus antiguas cóleras, sus venganzas, sus querellas, tantos otros movimientos que lo han sacado de quicio y se consi­ derará tan caballo como otro. Todo hombre fogoso y violento lo es. Pero (para hablarme a imitación de Séneca) ¿no persigues tú los vicios y los crímenes con un estilete de hierro? Yo no estoy obligado a cumplir una tarea que no es la mía. Eso se lo dejo a los satíricos y a los predicadores. No moralizo, ni predico, ni declamo, explico. Soy y me hago el honor de ser ciudadano celoso, pero no escribo en tanto que tal, sino como filósofo. En esa medida, veo que Cartouche28 estaba hecho para ser Cartouche, como Pirro para ser Pirro: veo que uno estaba hecho para robar y matar a escon­ didas, y el otro abiertamente. Los consejos son inútiles para quien ha nacido con la sed de carnicería y de sangre. Estos podrán escu­ charlos e incluso aplaudirlos, pero no seguirlos. Eso es lo que me dicta la filosofía. El amor por el público me dicta otra cosa. De­ ploro la suerte de la humanidad, de estar, por así decir en tan malas manos como las suyas. Me molesta creer todo lo que digo, pero no me arrepiento de decir lo que creo. A través de algo que me parece irritable a primera vista, las personas que no carecen de olfato, penetrando la corteza, encontrarán que mi filosofía no se eleva sobre los escombros de la sociedad. No puedo insistir dema­ siado sobre este asunto. Es preciso mantenerse bien alerta, y al mismo tiempo distinguir al hombre del autor. No enardezco a los malos, los compadezco por humanidad, y los tranquilizo razo­ nando. Si los libero de un fardo pesado, no dejo de reconocer que ellos por sí mismos constituyen uno mucho más oneroso para la sociedad. Esta tiene sus costumbres, sus leyes y sus armas, para cuando se la hiere. No soy su vengador, ni su apoyo, puesto que Temis no me ha confiado su balanza, ni me ha encargado de pesar los vicios y las virtudes, ni las penas y las recompensas. Y , así como Crébillon29 no es más oscuro por haber hecho la tragedia de Atreo y Thyeste, yo no soy menos virtuoso por haber intentado destruir los vicios absolutos. Por carecer de remordimientos, no se deduce

que sea capaz de aquello que los causa. Por saber apreciar a los hombres, no se desprende que desdeñe servirlos y que tienda a la ruina. Por el contrario, detesto todo lo que perjudica a la socie­ dad. Quisiera que estas armas de la política (los remordimientos), fuesen tan espantosas y eficaces como la horca y el cadalso. O si no, ¿cómo puedo impedir que los hombres se perjudiquen unos a otros? ¡Si yo pudiera moldearlos de algún modo, como una pasta excelente, y configurarlos en orden a la seguridad, favor y reconocimiento de la patria! ¡Cuán nobles, dulces, tiernos, desinteresados, generosos y enternecedores serían, y no tendrían envidia, ni otra ambición que ser útiles, estar contentos por todo, inclusive con la fortuna y los éxitos de sus propios enemigos! Aunque estos últimos no exis­ tirían en la sociedad que yo imagino, porque ésta sólo formaría una familia, en la que cada uno se deslizaría en el seno de una tranquila y virtuosa voluptuosidad de los días puros y serenos, parecidos a estos arroyos, cuya onda clara y filtrada a través de las piedras porosas, que la hermosean aún más, se extiende por el prado, si­ guiendo un curso tan natural y una pendiente tan suave, que parece verdaderamente no irrigarlo sin placer. Es la imagen de la vida de un buen ciudadano. He creído necesaria esta especie de apología y disgresión, y ahora procedo a su conclusión. Puesto que todo en la vida se sacrifica a esta satisfacción inte­ rior, a la que Epicuro ha dado el nombre de voluptuosidad, conclu­ yamos que ésta es la fuente de la beatitud que hace el bien supremo. Todas las opiniones de los filósofos reinciden en éste, y la nuestra misma, en el fondo, no es diferente. Epicuro dice que el deseo de satisfacer es siempre el que hace cometer las acciones buenas o malas, y yo digo que es el sentimiento del bienestar lo que nos determina. De ello infiero que la felicidad, al igual que la voluptuosidad, está al alcance de todo el mundo, tanto de los buenos como de los malos, y que los más virtuosos no son más felices, o que si lo son, sólo se debe a que sienten con deleite su manera de ser y actuar. De ahí deduzco también que, a falta de esta modificación de los nervios, los buenos pueden ser desgraciados, mientras que los malos súbditos — los cuales son para sí mismos su patria, sus amigos, su amante, su mujer y sus hijos, eternos denigradores de la virtud y de los así llamados verdaderos bienes— viven contentos e inútilmente en el mundo, pondus inutile terrae (*), gozando de los falsos bienes, que no son tan falsos aparentemente más que de nombre. He concluido

de ahí que cada uno tiene su porción de felicidad, tanto los pobres como los ricos, tanto los ignorantes como los sabios, tanto los animales como los hombres (pues la época de hacer máquinas des­ provistas de sentimiento ha pasado), y que cada individuo alcanza por consiguiente su grado de felicidad, como de santidad, alegría, espíritu, fuerza, coraje y de humanidad, y que así uno está cons­ truido para ser feliz o desdichado, y casi a tal o cual punto, como para morir joven o viejo, de tal o cual mal, rodeado de médicos. A través de lo que se ha dicho, seguimos viendo el caso que se debe hacer a los ricos, a la voluptuosidad de los sentidos, a la socie­ dad, a la virtud y a las leyes. Montagne, el primer francés que se ha atrevido a pensar, dice que el que obedece las leyes, porque las cree justas, no las obedece justamente por lo que valen. Estas sólo son respetables en la medida en que son leyes, de lo contrario todas aquéllas que, como muestra frecuentemente la historia, son a mi juicio injustas y crueles, la mayoría de las veces, no se habrían acatado, al igual que uno se hubiera rebelado cien veces contra los decretos del senado romano. Las leyes, la verdad y la justicia pa­ recen merecer la misma consideración: unas como emanadas de las manos de la política, otras, como hijas del sentimiento. Pero, puesto que en todos los tiempos ha habido, hay y seguirá habiendo leyes contrarias a lo que se llama verdad o a lo que parece ser la justicia, ¿cómo conciliar juntamente intereses tan opuestos? ¿A quién dar la preferencia? La verdad, como todo buen partido (sigue siendo la idea de mi filósofo, y del de la naturaleza), debe defen­ derse hasta la hoguera, pero exclusivamente. Las leyes más injustas detentan la fuerza, y sólo un loco se atreve a desafiarlas. La ley de la naturaleza, hecha antes que todas las demás leyes, nos dicta entregarle más bien la verdad que nuestros cuerpos. Es natural tratar la virtud como la verdad. Son seres que no valen sino en la medida en que sirven al que los posee. Vosotros ilustráis a los hom­ bres, servís a la sociedad a vuestras expensas, y eso es fruto de la edu­ cación, cuyo germen está en el amor propio pero no en la natura­ leza. No obstante, ¿se verán perjudicadas las ciencias y la sociedad a falta de tal o cual virtud, de tal o cual verdad? Bien, pero si privo a la sociedad de estas ventajas, seré yo el que pague las consecuencias. ¿Es para otro o para mí que la naturaleza y la razón me dictan ser feliz? El poeta Anterau30, en Demócrito supuesto loco, responde como verdadero filósofo que se es feliz para los

demás. Dicho esto, ¡con qué poco y de cuántas maneras se puede ser feliz! ¿Y quién no admiraría la magnificencia de la naturaleza en

su gran simplicidad? Al igual que todas las venas llevan la sangre al corazón por una sola, el placer y el dolor modificados al infinito, llegan al alma por un solo camino que es el sentimiento. Para que este último se produzca, ha sido preciso que todos los nervios se dieran una cita, por así decir, en un lugar particular del cerebro donde todos se hallan reunidos. Y , como además el corazón se contrae con más frecuencia o más fuerza, cuando la sangre y los espíritus se han precipitado abundantemente en él por diversas causas, el sentimiento de nuestro bien o malestar se agudiza y se excita por las que actúan interna o externamente sobre nuestros órganos sensitivos. De modo que aquel, cuyos nervios se encuentran más desagradablemente afectados, cualquiera que sea la causa, es necesariamente el más feliz. Ese es el tronco, del que parten todas las ramas de la felicidad, lujo encantador del árbol de la vida, a cuya sombra, si a veces nuestros pesares nos iluminan demasiado vivamente sobre nuestra condición, hay que ser muy poco juicioso para no poder soportarlos con paciencia. He aquí el fin que nos habíamos propuesto alcanzar: el campo es vasto y la carrera brillante, si hemos sabido tanto emprenderla con distinción como apartarnos de la ruta ordinaria de los filósofos y de los espíritus cultos. No me queda más que hablar de mi autor con más detalle de lo que he hecho hasta aquí. Su tratado d e la vida feliz m, tal como yo lo reproduzco, es muy famoso. La dignidad del tema, la reputa­ ción del escritor, lo que tantos autores han escrito sobre ello, y sobre todo Descartes a su ilustre príncipe palatino, todo ha contri­ buido para interesarme en Séneca y su obra. No sólo he creído que merecería ser mejor examinado y refutado de lo que se ha hecho hasta ahora, sino que a pesar de lo que diga Descartes, lo he juz­ gado digno de ser traducido, sin tener en cuenta las traducciones que han precedido la mía. Todos los defectos y la imperfección con la cual es probable que dicha obra no haya llegado, no me han impedido encontrarla de una gran belleza. Séneca, ciertamente, no ha tratado su tema con suficiente pre­ cisión y exactitud, para ser capaz de formar un sistema cuyas partes bien atadas y encadenadas entre sí se correspondan todas perfecta­ mente, se requiere un espíritu de orden, un arte de escribir más común hoy que antaño, un funcionamiento espiritual coherente, un genio vasto, penetrante y verdaderamente filosófico. El de Sé111 dux et exemplum et necessitas (Plinio el joven).

ñeca parece consistir en una imaginación rica, que era lo que le guiaba. Espíritu apreciado, el neologismo no asciende más alto que él. Como razonador estudioso y lo, más frecuente, pintor de bara­ tijas, comparo las luces con que resplandece, por lo mucho que asemejan al artificio, a estas estrellas que los cohetes dejan en el aire tras de sí. Genio oscuro cuando quiere ser conciso, entrecortado más por tinieblas que por resplandores filosóficos, poco consistente o poco sólido, y de ahí poco consecuente, elocuente a su manera simulando despreciar la elocuencia, vigoroso por virtud, virtuoso por secta, confiado en las cosas por impulso, confiado en el espíritu por afectación y puntilloso con pequeñeces. Por último, consagrán­ dose más a adornar su lenguaje, que a hacerse entender y a enten­ derse a sí mismo, convengo que ha preferido repetirse en términos artísticamente variados, satisfecho de brillar mediante frases y antítesis que marcan el juego y la infancia del espíritu. Eso es una trampa inevitable para quien, buscando siempre la aprobación en la dicción y en la vanidad de las palabras, prefiere el fardo de la elocuencia a estas bellezas naturales que están mucho mejor sin ornamento alguno. Aquélla es como un lienzo cubierto de oropel, donde van a parar siempre estos espíritus cultos poco filosóficos, que la variedad de las imágenes ciega hasta hacerles tomar por cosas nuevas un brillante tejido con otras palabras bonitamente dispuestas. Pero, aún así, encuentro que Séneca tiene más fuerza que Cicerón. Si este último era más filósofo en la teoría, Séneca lo era más en la práctica. Este, menos inseguro, aunque no más consecuente, yendo a la muerte con paso firme e intrépido, ha tenido un fin, no tan alegre como el de Petronio, pero glorioso y, en una palabra, cual Cicerón habría deseado y nunca seguido. En cuanto al coraje y a la virtud, pese a ser demasiado fanático, tenía un alma de tempera­ mento completamente diferente. La elocuencia, el saber y la vanidad constituían toda la excelencia del cónsul romano. Montagne estima poco al hombre en el orador que admira31. Critiquemos e incluso condenemos a Séneca, pero admirémosle alguna vez y apreciémosle siempre. Un alma mediocre no engendra ninguna cosa, porque ésta no se eleva, sino que, por así decir, nada entre dos aguas. Elogiemos los esfuerzos más vanos y perdo­ nemos, como en nuestros teatros, una exageración que invita a la virtud. Séneca ha intentado ser virtuoso, al igual que Pascal ha intentado creer. Del fondo de los vicios es difícil elevarse a la cima de las virtudes. Uno tiene el coraje del águila, otro tiene sus alas, y pocos tienen su vista. El hombre es transportado por su genio, como el pájaro por sus alas. Pero, ¿no es suficiente, como insinúa

nuestro autor, que uno se esfuerce, se estimule y se arrastre menos? Dichoso cien veces quien a las facultades naturales de ser feliz añade la de hacer su felicidad comunicativa, como ocurre con la virtud y el coraje de Séneca. He aquí mis ideas sobre la felicidad, y lo que pienso del autor ilustre que me ha suscitado el deseo de ponerlas por escrito. Mucha gente se quedará quizá estupefacta por mi manera de pensar, princi­ palmente sobre la virtud y los remordimientos, tanto más por cuanto ésta es algunas veces tan nueva como osada, y porque no he consultado a Hobbes, ni a Mylord S ..., extrayéndolo todo de la naturaleza. Pero, que estos esclavos del ejemplo y de la supers­ tición, estos pequeños genios a los que no se ve en absoluto allí donde la verdad aparece, sepan que aquí se puede ( ¡qué invitación más hermosa para sus aficionados!) desafiar a los prejuicios y a todos los enemigos de la filosofía, al igual que uno se ríe del furor de las olas en un puerto tranquilo. En efecto, ya no oigo rugir a los míos sino de lejos, y como la tempestad que azota el barco en que huí. Aquí, una vez más, ¡qué placer para un filósofo! cada uno puede cultivar a su antojo la filosofía, las ciencias y las bellas artes. ¿Ha sido iniciada la carrera por el príncipe que se ha distin­ guido en ella casi desde la infancia? Dux et exemplum et necessi­ tas (*), como dice Plinio el joven refiriéndose a otro tema. Todos estos sagrados perturbadores de un reposo más respetable que ellos no se inquietan en estos climas dichosos. Se puede elevar la voz, utilizar la razón, y gozar en fin del más bello patrimonio de la humanidad, la facultad de pensar. ¡Los teólogos, jueces de los filósofos! ¡Qué lástima! Eso es como querer traer de nuevo la superstición y la barbarie. Por el contrario, contener a estas bestias arrogantes y dejarles poco poder (ya usurpan bastante) es la manera de favorecer el progeso de las letras y de hacer florecer los estados. La ignorancia empieza por envilecerlos y acaba por destruirlos. ¡Oh! ¡Con cuánto placer se ejercerían mi reconocimiento y mi celo para celebrar las virtudes del Salomón d el N orte, si me fuera tan fácil seguirlo como admirarlo! Pero, eso sería presumir dema­ siado de mis pocas fuerzas, pues qué se puede añadir a la gloria de un príncipe que, mientras casi todos los demás reyes hacen consistir su felicidad en dormirse perezosamente en los brazos de la voluptuosidad, no conoce otra que la resultante de la humanidad más ilustrada y del perfecto heroísmo; de un príncipe que aplica a sus estudios la misma disciplina que a sus tropas, cuyo espíritu (* )

El ejemplo y la necesidad son nuestro guia.

es más vivo que su ardor, más brillante, más conquistador y más victorioso que sus armas; de un príncipe, por último, lleno de sabi­ duría y luces que, joven aún, se ha bastado a sí mismo para ir volando a la inmortalidad. No me queda pues sino reconocer ( ¡qué otra cosa más halagadora para el maestro y para los sabios de su reino!) que es a su poderoso genio, al que todos nosotros debemos lo que tantos otros, sin embargo, deben al favor, a la intriga, a la bajeza y a todos los manejos de los devotos, de las mujeres y de los cortesanos, que no tienen lugar ante un rey filósofo. Todas las artes a la vez com ponen su ciencia. Rival d e Cicerón, brilla en elocuencia. De la naturaleza ha sondeado las profundidades, De los charlatanes devotos confundido los errores. V ed a este rey sabio sin preocupación ni inquietud, Perdona a un ignorante por el arte dichoso de complacer. Lo sabe todo, lo hace todo, se precipita a grandes pasos, Del Parnaso al O lim po, y d e los juegos a los com bates 32.

SIST E M A D E E P IC U R O 1

Quam m isera Animalia superbissim i origo! (* )

I A leer en Virgilio, Georg. L. 2. Félix qui potuit rerum cognoscere causas! (* * ). Pregunto, qui p otu it? No, las alas de nuestro genio no pueden elevarse hasta el conocimiento de las causas. El hombre más igno­ rante está tan instruido al respecto como el mayor filósofo. Nos­ otros vemos todos los objetos, todo lo que pasa en el universo, como un bello decorado de ópera, sin que percibamos sus cuerdas ni contrapesos. En todos los cuerpos, al igual que en el nuestro, los primeros resortes nos son desconocidos, y probablemente seguirán siéndolo. Fácil es consolarse de hallarse privados de una ciencia que no nos haría mejores, ni más felices.

II

No puedo ver a estos niños que, como una pipa de jabón di­ suelto en agua, se divierten haciendo estas bellas burbujas colorea­ das que sólo el soplo dilata tan prodigiosamente, sin compararlos con la naturaleza. A mi parecer, ésta se sirve al igual que ellos y (*) (**)

¡Qué mísero origen de animal tan soberbio! ¡Dichoso el que pudo conocer las causas de las cosas! ¿Quién pudo?

sin pensarlo de los medios más simples para operar. Cierto es que no se esfuerza más para dar a la tierra un príncipe que debe ha­ cerla temblar, que para hacer crecer la hierba que pisoteamos. Un poco de barro, una gota de muermo, dan forma al hombre y al insecto, y la más pequeña porción de movimiento ha bastado para poner en marcha la máquina del mundo.

III

Las maravillas de todos los reinos, como dicen los químicos, todas estas cosas que admiramos, que tanto nos asombran, han sido producidas, por así decir, poco más o menos por la misma mezcla de agua y jabón, y como con la pipa de nuestros niños.

IV

¿Cómo coger a la naturaleza en flagrante d elito ? Ni ella misma lo ha sabido jamás. Carente de conocimiento y de sentimiento, hace seda, como el Burgués gentilhom bre hace plata, sin saberlo: tan ciega cuando da la vida, como inocente cuando la destruye.

V

Los físicos consideran que el aire es el caos universal de todos los cuerpos. Se puede afirmar que sólo existe un agua cristalina, en la que éstos nadan, mientras sean más ligeros que ella. Cuando el sostén de este agua, este resorte desconocido por el cual vivimos, y que constituye o es a su vez el aire propiamente dicho, cuando, insisto, este resorte no tiene más fuerza para llevar los granos dispersados en toda la atmósfera, éstos caen sobre- la tierra por su propio peso o son arrojados aquí y allá por los vientos sobre su superficie. De ahí, todas estas producciones vegetales, que a menudo cubren de pronto las zanjas, las murallas, los pantanos, las aguas estancadas, donde poco tiempo antes no había hierba ni verdura.

VI

¡Cuántas orugas y otros insectos vienen también de vez en cuando a devorar los árboles en flor y a instalarse en nuestros jar­ dines! ¿De dónde vienen sino del aire?

V II

En el aire hay granos o semillas, tanto animales como ha habido y habrá siempre. Cada individuo atrae hacia su especie, o las que le son propias, salvo si se prefiere semillas vayan en busca de los cuerpos, donde pueden germinar y desarrollarse.

vegetales, sí las de que estas madurar,

V I II

Su primera matriz ha sido por consiguiente el aire, cuyo calor empieza a prepararlas. Se vivifican más aún en su segunda matriz, quiero decir en los vasos espermáticos los testículos y las vesículas seminales. Ello, mediante los calores, los frotamientos, el estanca­ miento de un gran número de años, pues se sabe que las semillas viriles llegan a estar formadas para la reproducción sólo a la edad de la pubertad, y por consiguiente, tras una larga digestión en el cuerpo del macho. Su tercera y última matriz, es la de la hembra, donde el huevo fecundado, que ha descendido del ovario por las trompas de Falopio2, se encuentra de algún modo interiormente maduro y fácilmente echa raíces.

IX

Las mismas semillas que producen tantos tipos de animálculos, en los fluidos expuestos al aire, y que pasan tan tranquilamente al macho por los órganos de la respiración y de la deglución; que del macho, en fin, bajo una forma visible, pasan a la hembra a través de la vagina; estas semillas, digo, que se implantan y ger­

minan con tanta facilidad en el lítero, ¿implican acaso que siempre hubo hombres, hombres formados, y de uno y otro sexo?

X Si los hombres no han existido siempre, tales como los vemos hoy, cómo creer que han venido al mundo grandes como padre y ma­ dre y con plena disposición para procrear a sus semejantes. Es preciso que la tierra haya servido de útero al hombre; que haya abierto su seno a los gérmenes humanos, ya preparados, para que este soberbio animal, con el concurso de ciertas leyes, pudiera brotar. ¿Por qué — os pregunto, anti-epicúreos modernos— la tierra, esta madre y nodriza de todos los cuerpos, habría rechazado a los granos animales, lo que concede a los vegetales más viles y más perniciosos? Estos encuentran sus entrañas siempre fecundas, y esta matriz en el fondo no es más sorprendente que la de la mujer.

XI ¡Pero la tierra ha dejado de ser la cuna de la humanidad! ¡No se la ve producir hombres! No le reprochemos más su esterilidad actual; por este lado ha dado todo de sí. Una gallina vieja deja de poner; una mujer mayor deja de tener hijos; ésta es aproxi­ madamente la respuesta que Lucrecio da a semejante objeción3.

X II Siento toda la perplejidad que semejante origen produce, y cuán difícil es eludirlo. Pero como uno no-puede zafarse de una conjetura tan osada, sino a través de otras, lo someto a juicio de los filósofos.

X III Las primeras generaciones debieron ser muy imperfectas. A unos les faltaría el esófago; a otros, el estómago, la vulva, los intestinos, etcétera. Es evidente que los únicos animales que pudieron vivir, conservarse y perpetuar su especie, fueron los que se encontraron

provistos de todas las piezas necesarias para la generación, y a los cuales en una palabra no les faltaba ninguna parte esencial. Recí­ procamente, los que se vieron privados de alguna parte de absoluta necesidad, debieron morir, sea poco después de su nacimiento, o cuando menos sin reproducirse. La perfección no ha sido obra de un día ni para la naturaleza ni para el arte.

X IV

He visto a esta mujer sin sexol, animal indefinible, comple­ tamente castrada en el seno materno. No tenía terrón, ni clítoris, ni pechos, ni vulva, ni labios grandes, ni vagina, ni matriz, ni reglas. He aquí la prueba de ello: a través del ano se palpaba la sonda introducida por la uretra, y el bisturí profundamente introducido en el lugar donde se encuentra siempre la gran hendidura en las mujeres sólo percibía grasas y carnes poco vasculosas escasas en sangre. Hubo que renunciar al proyecto de hacerle una vulva, y descasarla después de diez años de matrimonio con un campesino tan imbécil como ella, que sin darle importancia al hechb, no se había preocupado de instruir a su mujer de lo que le faltaba. Creía buenamente que el conducto del ano era el de la reproducción, y actuaba en consecuencia, amando mucho a su mujer que a su vez lo amaba mucho también, y se enojó terriblemente cuando se des­ cubrió su secreto. E l señor conde de Erouville, teniente general, y todos los médicos y cirujanos de Gante vieron a esta mujer fallida y levantaron acta. Estaba absolutamente desprovista de todo sentimiento de placer venéreo; en vano se le cosquilleaba el lugar del clítoris ausente, porque no tenía ninguna sensación agradable, y el pecho tampoco se le hinchaba jamás.

XV

Ahora bien, si incluso hoy la naturaleza se duerme hasta este extremo y es capaz de un error tan asombroso, cuántos juegos semejantes han sido antaño más frecuentes. Una distracción tan considerable, por así decir, un olvido tan singular, tan extraordinario, 1 Ya se ha hablado de ello en el Hombre-máquina.

a mi parecer, hace razonables todos aquéllos en que la naturaleza ha debido incurrir necesariamente en esos tiempos remotos, cuyas generaciones eran inciertas, difíciles, inestables y más bien experi­ mentos que golpes maestros.

XVI ¡Por qué infinidad de combinaciones ha debido pasar la materia, antes de llegar a la única, de la que podía resultar un animal per­ fecto! ¡Por cuántas otras, antes de que las generaciones llegaran al punto de perfección que tienen hoy!

X V II Por una consecuencia natural, sólo habrán tenido la facultad de ver, oír, etc., aquellos a quienes felices combinaciones habrán dado finalmente ojos y orejas hechas y situadas exactamente como las nuestras.

X V I II Los elementos de la materia, a fuerza de agitarse y de mezclarse entre sí, lograron hacer ojos, y desde entonces ha sido tan imposible no ver, como no verse en un espejo, sea natural o artificial. El ojo se ha considerado como el espejo de los objetos, que a menudo le rinden a su vez el mismo servicio. La naturaleza no ha pensado más para hacer el ojo con el fin de ver, que el agua con el fin de servir de espejo a la simple pastora. El agua se ha encontrado propicia para remitir las imágenes, y la pastora ha visto en ella placenteramente su hermoso rostro. Es lo que piensa el autor de E l H om bre-m áqu in a4.

X IX ¿No ha habido un pintor que, no pudiendo representar a su gusto un caballo espumajeante, lo lograse admirablemente, e hiciera la espuma más bella, arrojando por despecho su pincel sobre la tela? E l azar a menudo lleva más lejos qu e la prudencia.

Tolo lo que los médicos y los físicos han escrito sobre el uso de las partes de los cuerpos animados, me ha parecido siempre sin fundamento. Todos sus razonamientos sobre las causas finales son tan frívolos, que Lucrecio debió ser tan mal físico como poeta, para refutarlos tan mal.

XXI

Los ojos se han hecho, como la vista o el oído se pierde y se recobra, y como tal cuerpo refleja el sonido o la luz. No ha preci­ sado mayor artificio en la construcción del ojo o de la oreja, que en la fabricación de un eco.

X X II

Si hay un grano de polvo en el canal de Eustaquio, nose oye nada. Si las arterias de Ridley5 en la retina, hinchadas de sangre, han usurpado parte de la sede que aguarda los rayos de luz, se ven volar moscas. Si el nervio óptico está obstruido, los ojos están claros y no ven nada. La menor cosa trastorna la óptica de la naturaleza, que ésta entre otras cosas no ha encontrado de repente.

X X III

Los tanteos del arte para imitar a la naturaleza permiten a su vez jugar los de ésta.

X X IV

¡Todos los ojos — se dice— están hechos ópticamente, y todas las orejas matemáticamente! ¿Por qué? Al observar la naturaleza,

nos ha causado gran asombro ver sus productos tan iguales, e incluso tan superiores al arte, y, por consiguiente, no se ha podido evitar el suponerle una finalidad o unas intenciones muy claras. La naturaleza ha existido antes que el arte; éste se ha formado sobre sus huellas, procede de ella, como un hijo de su madre. Y una disposición fortuita concediendo los mismos privilegios que una dis­ posición hecha a propósito con toda la industria posible, ha valido a esta madre común un honor que merecen las únicas leyes del movimiento.

XXV

El hombre, este animal curioso en todos los aspectos, prefiere hacer el nudo que quiere desatar más indisoluble, en lugar de acumular interrogantes tras interrogantes, el último de los cuales siempre plantea el problema más difícil. Si todos los cuerpos son movidos por el fuego, ¿quién le da a éste su movimiento? El éter. ¿Quién se lo da al éter? D ... tiene razón; nuestra filosofía no vale más que la de los indios.

XXVI

Tomemos las cosas por lo que éstas nos parecen; miremos a todo nuestro alrededor, esta circunspección no carece de placer, el espectáculo es encantador. Asistamos a él, admirémoslo, pero sin esa vana desazón de concebirlo todo y sin estar atormentados por una curiosidad siempre superflua, cuando los sentidos no la com­ parten con el espíritu.

X X V II

Así como, dadas ciertas leyes físicas, era imposible que el mar no tuviera su flujo y su reflujo, del mismo modo ciertas leyes del movimiento han formado necesariamente ojos que han visto, orejas que han oído, nervios que han sentido, una lengua tan pronto capaz como incapaz de hablar según su organización y por último han

fabricado la viscera delpensamiento. La naturaleza ha hecho en la máquina del hombre otra máquina que ha resultado adecuada para retener las ideas y producir otras nuevas, como en la mujer, esta matriz, que de una gota de líquido hace un hijo. Habiendo hecho, sin ver, ojos que ven, ha hecho sin pensar una máquina que piensa. Cuando se ve que un poco de muermo produce una criatura viviente llena de talento y de belleza, capaz de educarse en lo sublime del estilo, de las costumbres, de la voluptuosidad, ¿puede asombrar que una cantidad mayor o menor de seso cons­ tituya el genio o la imbecilidad?

X X V III Del mismo modo que la facultad de pensar no tiene otra fuente, que la de ver, oír, hablar, reproducirse, no veo por qué habría de ser absurdo que un ser inteligente procediera de una causa ciega. ¡Cuántos niños hay espirituales al extremo, cuyos padre y madre son completamente estúpidos e imbéciles!

X X IX Pero, ¡Dios mío! ¡Qué viles insectos no tienen más o menos tanto talento, como aquellos que pasan una vida doctamente pueril observándolos! ¿En qué animales los más inútiles, los más vene­ nosos, los más feroces, de los que nunca se acabará de purgar la tierra, no brilla algún rayo de inteligencia? ¿Supondremos una causa clara, que da a unos un ser tan fácil de destruir para los demás, y que lo ha confundido todo de tal manera que, sólo a fuerza de experiencias fortuitas, se puede distinguir el veneno del antídoto, lo que debe investigarse de lo que debe desecharse? En el extremo desorden en que están las cosas, me parece que hay una especie de impiedad en no reprocharlo todo a la ceguera de la naturaleza. En efecto, sólo ella puede inocentemente perjudicar y servir.

XXX Ella se burla más de nuestra razón — en la medida en que nos hace adoptar una mirada cada vez más orgullosa— de lo que se

burlaban aquellos del pobre a quien se entretenían en presionar el cerebro, mientras pedía limosna en París.

XXXI

Abandonemos esta razón arrogante, de la que tanto se habla. Para destruirla, no es necesario recurrir al delirio, a la fiebre, a la rabia, ni a ningún miasma envenenado, introducido en las venas mediante la más ínfima inoculación; Un p oco d e vino la perturba, un niño la seduce. A fuerza de razón, se llega a hacer poco caso de la razón. Es un resorte que se estropea como otro, e incluso más fácilmente.

X X X II

Todos los animales, y por consiguiente el hombre, que ningún sabio se atrevió jamás a sustraer de su categoría, ¿podrían ser ver­ daderamente hijos de la tierra, como dice la fábula acerca de los gigantes? El mar que, tal vez, originariamente cubría la superficie de nuestro globo, ¿no habrá sido asimismo la cuna flotante de todos los seres eternamente encerrados en su seno? Es el sistema del autor del elliam ed, que reincide más o menos en el de Lucrecio; pues precisaría absolutamente que el mar, absorbido por los poros de la tierra, consumido poco a poco por el calor del sol y el lapso infinito de los tiempos, hubiera sido forzado, en su retirada, a dejar el huevo humano, tal como algunas veces deja peces en la orilla. Según lo cual, sin otra incubación que la del sol, el hombre y todo otro animal habrían salido de su cáscara como algunos salen del huevo aún hoy en los países cálidos, y como hacen también los pollitos en un estiércol caliente mediante el ingenio de los físicos.

X X X III

Sea como sea, es probable que los animales, en tanto que menos perfectos que el hombre, hayan podido ser los primeros en formarse. Imitadores unos de otros, el hombre lo habrá sido de ellos, pues

todo su reino, a decir verdad, no es más que un compuesto de dife­ rentes monos más o menos hábiles, a cuya cabeza Pope ha situado a Newton. La posteridad del nacimiento, o del desarrollo de la estructura contenida en el germen del hombre, no debería ser tan sorprendente. Por la siguiente razón de que se precisaría más tiempo para hacer un hombre o un animal dotado de todos sus miembros y de todas sus facultades, que para hacerlo imperfecto y truncado, y se precisaría- también más para dar el ser a un hombre que para hacer salir del huevo a un animal. No se concede anterioridad a la producción de los animales irracionales para explicar la precocidad de su instinto, sino para argumentar la imperfección de su especie.

X X X IV

No ha de creerse que a un feto humano, salido de un huevo arraigado en la tierra, le haya sido imposible encontrar los medios para vivir. Cualquiera que sea el lugar de este globo y la manera en que la tierra haya parido al hombre, los primeros han debido alimentarse de lo que la tierra producía por ella misma y sin cul­ tivo, tal como demuestra la lectura de los Historiadores y Natura­ listas más antiguos. ¿Imagináis acaso que el primer recién nacido ha encontrado un pecho o un arroyo de leche a su disposición para subsistir?

XXXV

El hombre nutrido con los vigorosos jugos de la tierra, durante todo su estado embrionario, podía ser más fuerte y más robusto que en el presente, abatido por una serie infinita de generaciones débiles y delicadas. En consecuencia, podía participar de la preco­ cidad del instinto animal, que no parece proceder sino del cuerpo de los animales que viven menos tiempo y que se forma más pronto. Por lo demás, para añadir auxilios ajenos a los recursos propios del hombre, los animales — que, lejos de carecer de piedad en espec­ táculos bárbaros han mostrado a menudo mucha más que sus doma­ dores—• habrán podido procurarle mejores abrigos, que aquellos donde el azar le haya hecho nacer, y transportarle, así como a sus pequeños, a lugares donde habrá tenido que sufrir menos a causa

de las inclemencias del aire. Quizá incluso, conmovidos ante tanta torpeza y debilidad, habrán querido tomarse la molestia de criarlo, como varios escritores, que parecen dignos de fe, aseguran que esto ocurre algunas veces en Polonia. Me refiero a estas osas caritativas, que tras haberse llevado, según se dice, a niños casi recién nacidos, abandonados en un portal por una nodriza imprudente, los han alimentado y tratado con tanto afecto y bondad como a sus propios pequeños6. Así, todos estos cuidados paternales de los animales para con el hombre probablemente habrán durado hasta que éste, cuando se haya hecho más grande y más fuerte, haya podido arras­ trarse a ejemplo suyo, retirarse a los bosques en troncos de árboles huecos y vivir por último de hierbas como ellos. Agrego que si los hombres nunca han vivido más que hoy, sólo a este comportamiento y a este alimento puede atribuirse razonablemente una longevidad tan sorprendente.

XXXVI

Ciertamente, esto arroja nuevas dificultades respecto a los me­ dios y a la facilidad de perpetuar la especie: si tantos hombres, si tantos animales han tenido una vida breve, por haber estado priva­ dos ora de una parte, ora de otra ¡cuántos habrán perecido por falta de ayuda, cuya posibilidad acabo de indicar! Pero, que tal vez de mil sólo dos se hayan conservado y hayan podido procrear a su semejante, es todo lo que pido, ya sea en la hipótesis de las generaciones tan difíciles de perfeccionarse, o en la de estos hijos de la tierra que es tan difícil de criar, por no decir imposible, cuan­ do se considera que hoy en día, aquellos a los que se abandona recién traídos al mundo perecerían probablemente todos o casi todos.

X X X V II

Sin embargo, hay hecho probados que nos enseñan cómo la necesidad nos capacita para hacer muchas cosas, que nuestras solas costumbres más que la misma razón nos hacen creer absolutamente imposibles. E l autor del Tratado del alma 7 ha hecho una curiosa recolección de ellos. Se ve que unos niños abandonados de bas-

tante pequeños en un desierto, por haber perdido toda memoria y por creer no tener principio ni fin, o por haber pasado muchos años extraviados en selvas deshabitadas a consecuencia de un nau­ fragio, han vivido de los mismos alimentos que las bestias, se han arrastrado como ellas en lugar de andar derechos y sólo pronun­ ciaban sonidos inarticulados, más o menos horribles — en lugar de tener una pronunciación distinta— según los de los animales que habían imitado maquinalmente. El hombre no nace con uso de razón y es más bestia que ningún animal. Aunque más felizmente organizado para tener memoria y docilidad, si su instinto viene más tarde, no es más que para transformarse bastante aprisa en pe­ queña razón, que, como un cuerpo bien alimentado, se fortalece poco a poco mediante el cultivo. Dejad este instinto baldío: la oruga no tendrá el honor de metamorfosearse en mariposa, y el hombre no será más que un animal como otro.

X X X V III

El que ha considerado al hombre como una planta, y no le ha concedido mayor estima que a una col, no ha hecho más ofensa a esta bella especie, que aquel que ha hecho de ella una pura má­ quina 8. El hombre crece en la matriz por vegetación, y su cuerpo se descompone y se restablece al igual que un reloj, ya sea por sus propios resortes, cuya combinación es a menudo favorable o por el arte de aquellos que los conocen, no como relojeros (los anato­ mistas) sino como físicos químicos.

X X X IX

Los primeros animales en venir al mundo, a los cuales supo­ nemos proceder de un germen eterno, cualquiera que éste sea, a costa de mezclarse entre sí, según algunos filósofos, han producido este bello monstruo que se llama hombre. Y éste último a su vez mediante su mezcla con los animales habrá hecho nacer los dife­ rentes pueblos del universo. Se dice — según un autor que no refiere todo lo que ha pensado— que los primeros reyes de Dina­ marca provienen del comercio de una perra con un hombre, que los peguinos se enorgullecen de haber salido de un perro y de una

mujer china, cuyos restos fueron depositados por una nave en su país, y que los primeros chinos tienen el mismo origen.

XL

La asombrosa diferencia de fisionomías y de caracteres entre los diversos pueblos habrá hecho imaginar estos extraños congresos y estas sorprendentes amalgamas. Y al ver que un hombre de talento viene al mundo por obra y placer de un necio, se habrá creído que la generación del hombre por los animales dejaba de ser imposible y ra ra .

XLI

Tantos filósofos han sostenido la opinión de Epicuro, que oso mezclar mi débil voz a la suya. Al igual que ellos, sólo sé un sistema. Eso nos demuestra en qué abismo se mete uno, cuando queriendo penetrar la noche de los tiempos desea dirigir miradas presuntuosas sobre lo que no le ofrece ninguna presa. Admitáis la creación o la rechacéis, por doquier se encuentra el mismo misterio, por doquier la misma incomprensión. ¿Cómo se ha formado esta tierra donde habito? ¿Es el único planeta habitado? ¿De dónde procedo? ¡Dónde estoy! ¿Cuál es la naturaleza de lo que veo, de todos estos brillantes fantasmas cuya ilusión me gusta? ¿Era algo, antes de existir? ¿Seré algo, cuando deje de existir? ¿Qué estado ha precedido el sentimiento de mi existencia? ¿Qué estado sucederá a la pérdida de este sentimento? Esto es lo que los mayores genios no sabrán jamás; desatinarán filosóficamente11, como he hecho yo, harán sonar la alarma a los devotos y no nos enseñarán nada.

X L II

Al igual que la medicina frecuentemente sólo es una ciencia de remedios, cuyos nombres son admirables,' la filosofía sólo es una ciencia de bellas palabras. La dicha es doble, cuando unos curan

y cuando los otros significan alguna cosa. Después de semejante confesión, ¿cómo iba a ser peligrosa una obra como ésta? Todo cuanto puede hacer es humillar el orgullo de los filósofos e invi­ tarles a someterse a la fe.

X L I II

¡Oh! ¡Cuántos atractivos tiene para un filósofo un cuadro tan variado como el del universo y de sus habitantes, una escena tan cambiante y cuyos decorados son tan hermosos! Aunque éste ignore las primeras causas (y se honre de ello), desde el rincón del jardín donde permanece oculto, viendo sin ser visto, lejos del pueblo y del ruido, asiste a un espectáculo, donde todo le encanta y nada le sorprende, ni siquiera verse en él.

X L IV

A un filósofo le resulta grato vivir, ser el juguete de sí mismo, desempeñar un papel tan cómico y creerse un personaje importante.

XLV

El motivo por el cual nada sorprende a un filósofo, es que él sabe que la locura y la prudencia, el instinto y la razón, la grandeza y la pequeñez, la puerilidad y el sentido común, el vicio y la virtud, se tocan de tan cerca en el hombre, como la adolescencia y la infan­ cia. Como ocurre con el espíritu r e c to r 9 y el aceite en los vegetales, y con lo puro y lo impuro en los fósiles. El hombre rudo, pero no menos verdadero, lo compara a una carroza forrada de un paño precioso y con mala suspensión. A sus ojos, el presuntuoso no es más que un pavo que admira su cola, el débil y el inconstante no son más que una veleta que gira a tenor del viento, el hombre vio­ lento, un proyectil que se dispara en cuanto se enciende, o leche hirviente que rebasa los bordes de su vasija.

XLVI

Menos delicado en amistad, en amor, etc., más fácil de satisfacer, más agradable al trato, los defectos de confianza en el amigo, de fidelidad en la mujer y la amante, sólo son ligeros defectos de la humanidad, para quien lo examina todo en calidad de físico, y el robo mismo, visto con iguales ojoa, es más bien un vicio que un crimen. ¿Sabéis por qué todavía reparo algo en los hombres? Por­ que .los considero seriamente máquinas. En la hipótesis contraria, conozco pocos por los que la sociedad fuera estimable. El materia­ lismo es el antídoto de la misantropía.

X L V II Nadie hace tan sabias reflexiones, sin extraer para sí alguna ventaja. Por ello el filósofo, oponiendo a sus propios vicios la misma égida que en la adversidad, no se halla más interiormente desga­ rrado por la desdichada necesidad de sus malas cualidades, de lo que se enorgullece y honra por las que tiene de buenas. Si el azar ha querido que estuviera tan bien organizado como la sociedad pue­ de y como cada hombre razonable debe desear, el filósofo se feli­ citará por ello e incluso se regocijará, pero sin suficiencia ni pre­ sunción. Por la razón contraria, como no se ha hecho a sí mismo, si los resortes de su máquina se acoplan mal, se enoja, gime a causa de ello en calidad de buen ciudadano. Como filósofo, no se cree responsable de esto en absoluto. Demasiado iluminado para sentirse culpable de pensamientos y acciones, que nacen y se hacen a pesar suyo, y suspirando por la funesta condición del hombre, no se deja carcomer por estos verdugos de remordimientos, amargos frutos de la educación, que el árbol de la naturaleza no dio jamás.

X L V III Nosotros somos en sus manos, como un péndulo en las de un relojero: nos ha amasado como ha querido o más bien como ha podido. Finalmente no somos más culpables por seguir la impresión de los movimientos primitivos que nos gobiernan, que el Nilo de sus inundaciones y el mar de sus tempestades.

X L IX

Tras haber hablado del origen de los animales, haré algunas reflexiones sobre la muerte, seguidas de otras tantas sobre la vida y la voluptuosidad. Unas y otras son propiamente un proyecto de vida y muerte, digno de coronar un sistema epicúreo.

L

La transición de la vida a la muerte no es más violenta que su paso. E l intervalo que las separa no es más que un punto, ya sea en relación a la naturaleza de la vida, la cual sólo pende de un hilo que tantas causas pueden romper, como en la inmensa duración de los seres. ¡Ay! Puesto que es ahí donde el hombre se inquieta, se agita y se atormenta sin cesar, bien puede decirse que la razón no ha hecho de él sino un loco.

LI

¡Qué fugaz es la vida! Las formas de los cuerpos brillan, al igual que se cantan sainetes. El hombre y la rosa aparecen por la mañana, y por la noche se desvanecen. Todo se sucede, todo des­ aparece y nada perece.

L II

Temblar en la cercanía de la muerte es parecerse' a los niños, que tienen miedo a los espectros y a los espíritus. El pálido fan­ tasma puede golpear a mi puerta cuando quiera, porque no me asusta lo más mínimo. El filósofo sólo es valiente, donde la mayor parte de valientes no lo son.

LU I ¿Se hace daño una hoja de árbol al caer? La tierra la recibe benignamente en su seno, y cuando el calor del sol ha excitado sus brotes, éstos flotan en el aire y son el juguete de los vientos.

L IV ¿Qué diferencia hay entre un hombre y una planta reducidos a polvo? ¿No se parecen las semillas animales a las vegetales?

LV Los que 111 han definido el frío como una privación d el fuego, han dicho lo que no es el frío, en lugar de lo que es: no sucede lo mismo en lo que se refiere a la muerte. Decir lo que no es, decir que es una privación de aire, que hace cesar todo movimiento, todo calor, todo sentimiento, es declarar bastante lo que es: nada positivo, nada, menos que nada, si se la pudiera concebir. No, nada real; nada que nos concierna, nada que nos pertenezca, como muy bien ha dicho Lucrecio 10. La muerte en la naturaleza de las cosas sólo es lo que el cero en la aritmética.

LVI No obstante (¿quién lo creería?), este cero, esta cifra que no cuenta nada, que no constituye un número por sí misma, esta cifra, por la cual no hay que pagar nada, es la causis de tantas alarmas e inquietudes. Es la que hace flotar a unos en una incertidumbre cruel y hace temblar tanto a otros, que algunos no pueden pensar en ello sin horror. La mera mención de la muerte los estremece. ¿Acaso es más inconcebible el paso de alguna cosa a nada, de la vida a la muerte, del ser a la nada, que el paso de nada a alguna cosa, de la nada al ser o a la vida? No, no es menos natural; y si es más violento, es también más necesario.

L V II Acostumbrémonos a pensarlo, y así no nos afligiremos más por vemos morir, que por ver la espada acabar rompiendo su vaina, ni derramaremos lágrimas pueriles por lo que debe acontecer indis­ pensablemente. ¿Son necesarios tantos razonamientos para sacrifi­ carnos a nosotros mismos y estar siempre dispuestos? ¿Qué otra fuerza nos retiene en lo que nos abandona?

L V III Para ser verdaderamente sensato, no basta saber vivir feliz en la mediocridad, hay que saber abandonarlo todo con sangre fría, cuando ha llegado la hora. Cuanto más se abandona, mayor es el heroísmo. El último momento es la principal piedra de toque de la sensatez y es, por así decir, en la encrucijada de la muerte donde hay que experimentarla.

L IX

Si teméis la muerte y si estáis demasiado apegados a la vida, vuestros últimos suspiros serán horrendos. La muerte será para vosotros el verdugo más cruel, porque es un suplicio temerla.

LX

¿Por qué este guerrero que adquirió tanta gloria en el campo de Marte, que se mostró invencible tantas veces en combates sin­ gulares, enfermo en el lecho, no puede enfrentarse, por así decir, con el duelo de la muerte?

LXI

En el lecho de muerte deja de importar este fastuoso u osten­ toso aparato de guerra que, excitando los espíritus, hace correr

maquinalmente a las armas. Este gran aguijón de los franceses, el punto de honor, se desvanece, y se deja de tener ante sí el ejemplo de tantos camaradas que, valientes unos por otros, sin duda más que por sí mismos, se animan mutuamente a la sed de carnicería. Cuantos más espectadores, más fortuna y distinción se puede espe­ rar. Donde no se ve más que la nada como recompensa del coraje, ¿qué motivo sostendría el amor propio?

L X II

No me asombra nada ver morir cobardemente en el lecho y valientemente en la acción. El duque d e... afrontaba intrépida­ mente el cañón por detrás de la trinchera y lloraba en el retrete. Allí héroe, aquí temeroso, tan pronto Aquiles, tan pronto Tersites. ¡Así es el hombre! ¿Hay algo más digno que la inconsecuencia de un espíritu tan extraño?

L X III

A Dios gracias, tantas son las pruebas por las cuales he pasado sin temblar, que motivo tengo para creer que moriré de igual modo como filósofo. Después de estas violentas crisis, en las que me he visto a punto de pasar de la vida a la muerte, y de estos momentos de debilidad donde el alma se aniquila con el cuerpo, momentos terribles para tantos grandes hombres, ¿cómo yo, máquina frágil y delicada, tengo fuerzas para bromear, burlarme y reír?

L X IV

No tengo temores, ni esperanzas. No me queda la menor huella de mi primera educación. Esta multitud de prejuicios, absorbidos, por así decir, con la leche, felizmente han desaparecido, y en buena hora para la divina claridad de la filosofía. Esta sustancia blanda y tierna, sobre la que el sello del error se había impreso tan bien, hoy rasa, no ha conservado ningún vestigio, ni de mis colegas, ni de mis pedantes. He tenido el coraje de olvidar lo que había tenido

la debilidad de aprender. Todo está suprimido ( ¡qué felicidad!), todo está borrado, todo está extirpado desde la raíz, y eso es obra de la reflexión y de la filosofía. Sólo ellas podían arrancar la cizaña y sembrar el buen grano en los filones que ocupaba la mala hierba.

LX V Abandonemos esta espada fatal que pende sobre nuestras ca­ bezas. Si no podemos mirarla sin perturbarnos, olvidemos que ésta sólo se aguanta por un hilo. Vivamos tranquilos, para morir de igual modo.

LXVI Epícteton, Antonio, Séneca, Petronio, Anacreonteu, Chaulieu B, etc., sed mis evangelistas y mis guías en los últimos mo­ mentos de mi vida... Pero no, no me serviréis de nada, no necesitaré aguerrirme, ni disiparme, ni abatirme. Con los ojos tapados, me arrojaré a ese río del eterno olvido, que se lo traga todo sin retorno. No se alzará la hoz de la Parque, que yo mismo no me desabroche el cuello, y me disponga a recibir el golpe.

L X V II ¡La hoz! ¡Quimérica poética! La muerte no está armada de un instrumento cortante. Se diría (por lo que puedo juzgar a propó­ sito de sus más íntimas aproximaciones) que lo único que hace es pasar alrededor del cuello de los moribundos un nudo corredizo que, en lugar de apretar, actúa más bien con una dulzura narcótica. Es el opio de la muerte. Toda la sangre se embriaga de éste y los sentidos se embotan. Sentimos que nos morimos, como sentimos que nos adormecemos o nos debilitamos, no sin cierta voluptuo­ sidad.

L X V III ¡Cuán tranquila en efecto, cuán dulce es una muerte que viene como paso a paso, que no sorprende ni hiere! ¡Una muerte pre­

vista, donde no se tiene otro sentimiento que el que se debe tener para gozar de ella! No me asombra que estas palabras seduzcan por su lisonjero aliciente. Nada doloroso, nada violento las acom­ paña. A medida que los vasos se van obstruyendo poco a poco, la vida se va yendo poco a poco también con una cierta negligencia blanda. Uno se siente tan dulcemente arrastrado por un lado, que apenas se atreve a girarse del otro. Cuesta y es violento para la naturaleza no sucumbir a la tentación de morir, cuando el hastío de la vida procura el placer de la muerte.

L X IX La muerte y el amor se consuman por los mismos medios: la expiración. Uno se reproduce, cuando se muere de amor, y uno se destruye, cuando actúa el cincel de Atropos. Demos gracias a la naturaleza, la cual, habiendo consagrado los placeres más vivos a la reproducción de nuestra especie, todavía nos ha reservado algunos con frecuencia bastante dulces para estos momentos, en que ya no puede conservarnos vivos.

LXX He visto morir — ¡qué triste espectáculo!— a millares de sol­ dados en aquellos grandes hospitales militares, que se me confiaron en Flandes durante la última guerra. Las muertes agradables, tales como acabo de pintarlas, me parecieron mucho menos raras que las muertes dolorosas. Lo más corriente es que no la sintamos. Se sale de este mundo, como se viene a él, sin saberlo.

LXXI ¿Qué se arriesga muriendo? ¿Y qué no se arriesga viviendo?

L X X II La muerte es el fin de todo, tras ella, lo repito, un abismo, una nada eterna. Todo está dicho, todo está hecho. La suma de bienes y males es la misma: se acabaron los problemas, se acabaron

las molestias, se acabó el tener que representar a un personaje. La farsa ha concluido IV.

L X X III

«¿Por qué no he aprovechado mis enfermedades o más bien una de ellas, para terminar con esta comedia del mundo? Los gastos de mi muerte estaban hechos: he aquí una obra fallida, en la que siempre será necesario insistir. Semejantes a un reloj cuyos movimientos retardados, recorriendo siempre el mismo círculo aun­ que con más lentitud, remiten la aguja al punto donde se encon­ traba cuando empezó a girar, nosotros llegaremos al punto del que huimos. La medicina, por ilustre o dichosa que sea, todo cuanto puede hacer es retardar los movimientos de la aguja. ¡Para qué sirven tantas penas y tantos esfuerzos! Tras haber subido valiente­ mente al cadalso, tan cándido como cobarde es aquel que desciende para pasar de nuevo por las férulas y angosturas de la vida.» ¡Len­ guaje muy digno de un hombre devorado por la ambición, carcomido de envidia, víctima de un amor desdichado o perseguido por otras furias!

L X X IV

No, no voy a ser el corruptor del gusto innato que se tiene por la vida. No difundiré para nada el peligroso veneno del estoi­ cismo contra los días hermosos, ni contra la prosperidad de nuestros Lucilos. Por el contrario, trataré de despuntar las espinas de la vida, si no me es dado disminuir su número, a fin de aumentar el placer y coger sus rosas: Y a aquellos que por padecer la des­ dicha de una organización deplorable se aburran ante el bello espec­ táculo del universo, les rogaré que sigan viviendo, por religión, si carecen de humanidad, o, lo que es más, por humanidad, si ca­ recen de religión. Haré observar a los simples los grandes bienes que la religión promete a quien tenga la paciencia de soportar lo que un gran hombre ha llamado la desgracia d e vivir 14, y los tor­ mentos eternos con los que ella amenaza a quienes no quieren seguir siendo víctimas del dolor o del hastío. A los demás, aquellos para IV Rabelais, Tomo I.

quienes la religión no es sino lo que es, una fábula, no pudiendo retenerlos por lazos rotos, trataré de seducirlos con sentimientos generosos e inspirarles esta grandeza de alma, a la que todo cede. En fin, haciendo valer los derechos de la humanidad que están por encima de todo, mostraré estas relaciones gratas y sagradas de un modo más patético que los discursos más elocuentes. Sacaré a relucir a una esposa, a una amante en sollozos y a unos niños deso­ lados, que la muerte de un padre va a dejar sin educación sobre la faz de la tierra. ¿Quién no oirá gritos tan conmovedores al borde de la tumba? ¿Quién no abrirá un párpado moribundo? ¿Cuál es el cobarde que se niega a llevar un fardo útil a varios? ¿Cuál es el monstruo que por el dolor de un momento, apartándose de su familia, de sus amigos y de su patria, no tiene otro objeto que liberarse de los deberes más sagrados?

LXXV

¿Qué podrían contra tales argumentos todos los de una secta que, por mucho que se diga v, sólo ha procurado grandes hombres a expensas de la humanidad?

LXXVI

No importa demasiado por qué aguijón se excita a los hombres a la virtud. La religión sólo es necesaria para quien no es capaz de sentir la humanidad. Cierto es (¿quién no lo observa o experi­ menta todos los días?) que ésta es inútil para el trato entre personas honradas. Pero sólo las almas educadas pueden sentir esta gran verdad. ¿Para quién se ha hecho entonces esta maravillosa obra de la política? Para espíritus, que tal vez no tendrían frenos sufi­ cientes, y que desgraciadamente constituyen el mayor número, es im­ bécil, baja, rastrera, y la sociedad ha creído no poder sacar partido de ella más que cautivándola con el móvil de todos los espíritus: el interés, una felicidad quimérica.

He intentado pintarme en mis escritos, como Montaigne hizo en sus E ssa is,s. ¿Por qué no podría uno tratar de sí mismo? Este tema conlleva otro donde la cosa es menos clara, pero cuando ya se ha dicho que se quiere hablar de uno mismo, la excusa está dada, o más bien no se debe ninguna.

L X X V III Yo no soy de esos misántropos como Le V ayer16, que no desearían recomenzar su carrera. E l hastío hipocondríaco se halla demasiado alejado de mí, aunque no quisiera volver a pasar por esta estúpida infancia, que inicia y termina nuestra carrera. Ato ya de buena gana, como dice Montaigne, la cola d e un F ilósofo a la edad más bella de mí vida. Pero para colmar de espíritu los vacíos del corazón, y no para arrepentirme de haberlos colmado de amor anteriormente. No quisiera volver a vivir sino como he vivido, con todos los agasajos de la buena compañía, la alegría, el gabinete, la galantería, siempre compartiendo mi tiempo con las mujeres, esta encantadora escuela de gracias, Hipócrates y las musas, y siempre tan enemigo del desenfreno, como amigo de la voluptuo­ sidad. En fin, vivir entregado por entero a esta encantadora mezcla de sabiduría y locura que, estimulándose una a otra, hacen la vida más agradable y de algún modo más picante.

L X X IX ¡Gemid, pobres mortales! ¿Quién os lo impide? Pero que sea por la brevedad de vuestros extravíos: su delirio tiene un precio muy superior al de una razón fría que desconcierta, hiela la imaginación y ahuyenta los placeres.

LXXX En lugar de estos verdugos de remordimientos que nos atormentan, no dediquemos a este encantador e irreparable tiempo del pasado más que los mismos lamentos, que es justo que un día pronunciemos (moderadamente) por nosotros mismos, cuando de­

bamos, por así decir, abandonarnos. ¡Lamentos razonables, yo os atenuaré además arrojando flores tras mis últimos pasos y casi sobre mi tumba! Estas flores serán la alegría, el recuerdo de mis placeres, los de los jóvenes que me recordarán los míos, la conver­ sación de las personas amables, la presencia de mujeres hermosas, de las que quiero morir rodeado, para salir de este mundo como de un espectáculo encantador. Y por supuesto, esta dulce amistad, que no hace olvidar por completo el tierno amor. ¡Deliciosa remi­ niscencia, lecturas agradables, versos encantadores, filósofos, gusto por las artes, amables amigos, vos que hacéis hablar a la razón incluso el lenguaje de las gracias, no me abandonéis jamás!

LXXXI Gocemos el presente. Nosotros sólo somos lo que es. Muertos desde hace tanto tiempo como años tenemos, el futuro, que todavía no existe, no está en nuestro poder, como tampoco el pasado que ya no es. Si no nos aprovechamos de los placeres que se presentan, si rehuimos los que hoy parecen buscarnos, llegará un día en que los buscaremos en vano, y éstos a su vez nos rechazarán mucho más.

L X X X II Retrasar el goce hasta el invierno de los años, es esperar en un festín para comer, cuanlo ya se ha alzado la mesa. Ninguna otra estación sucede a aquélla. Los fríos aquilones soplan hasta que termina, y la propia alegría estará entonces más helada en nuestros corazones que nuestros líquidos en sus tubos.

L X X X III En el atardecer de mis días, no daré preferencia a su mediodía: si se considera que esta última parte, en la que se vegeta, equivale a la que se vegetaba. Lejos de maldecir el pasado, redimiéndome respecto a él del tributo de elogios que merece, lo bendeciré en la juventud de mis hijos, los cuales sosegados por mi dulzura, contra una seve­ ridad aparente, amarán y buscarán la compañía de un buen padre, en lugar de temerla y rehuirla.

¡Contemplad la tierra cubierta de nieve y de escarcha! Los cristales de hielo constituyen todo el adorno de los árboles despo­ jados, y densas nieblas eclipsan a tal punto el astro del día que los inseguros mortales apenas ven por donde van. Todo languidece, todo está entumecido, los ríos se han transformado en mármol, el fuego de los cuerpos está apagado, el frío parece haber encadenado la naturaleza. ¡Deplorable imagen de la vejez! La savia del hombre falta en los lugares que éste regaba. ¿Reconocéis esta belleza inexo­ rablemente marchita, a la que vuestro corazón enamorado erigía antaño altares? Triste, con el aspecto de sangre helada en sus venas, tal como los poetas pintan a las Náyades 17 en el curso detenido de sus aguas, cuántas otras razones procura para gemir, a quienes consideran la belleza como el mayor presente de los dioses. La boca está despojada de su adorno más bello y una cabeza calva sucede a estos cabellos rubios naturalmente ondulados, que flotaban des­ peinados sobre una bella garganta que ha dejado de existir. Una vez transformada en una especie de tumba, los atractivos más seduc­ tores del sexo parecen haberse desmoronado, y como sepultado. Esta piel tan dulce, tan tersa y tan blanca no es más que una mul­ titud de escamas, de pliegues y repliegues horriblemente tortuosos. La estúpida imbecilidad habita estas arrugas amarillentas y esca­ brosas, donde se cree que habita la sabiduría. E l cerebro abatido, perdiendo día tras día sus facultades, apenas deja pasar un rayo de inteligencia, y, por último, el alma embrutecida se despierta, tal como se duerme, sin ideas. Así es la última infancia del hombre. ¿Mejor tal vez parecerse a la primera, y venir de una causa dife­ rente?

LXXXV

¿Cómo esta edad tan ensalzada aventajaría a la de Hebé? I8. ¿Podría ser bajo el falaz pretexto de una larga experiencia, que una razón vacilante e insegura de ordinario sólo puede apreciar mal? Es una muestra de ingratitud poner la parte más repugnante de nuestro ser, no digo por encima, sino al nivel de la más bella y floreciente. Si la edad avanzada merece consideraciones, la juventud, la belleza, el genio, el vigor, merecen homenajes y altares. Dichosos

tiempos aquellos, en que viviendo sin ninguna inquietud, no conocía otros deberes que los de los placeres. ¡Estación del amor y del corazón, edad amable, edad de oro, qué ha sido de vosotras!

LXXXVI

Preferir la vejez a la juventud, es empezar a contar el mérito de las estaciones por el invierno. Es apreciar menos los presentes de Flora, de Ceres, de Pomona 19, que la nieve, el hielo y las negras escarchas, o el trigo, la uva, los frutos y todas estas flores olorosas de las que el aire está tan deliciosamente perfumado, que unos campos estériles donde no crece una sola rosa entre una infinidad de cardos. Es en definitiva apreciar menos un campo bello y son­ riente, que unos páramos tristes y desiertos, donde el trino de los pájaros que han huido, ha dejado de oírse, y donde finalmente, en lugar del alborozo y de las canciones de los segadores y vendimia­ dores, reinan la desolación y el silencio.

L X X X V II

A medida que el seno helado de la tierra se abre a los dulces alientos del céfiro, los granos sembrados germinan y la tierra se cubre de flores y de verdura. ¡Agradable plumaje de la primavera, todo adquiere otra faz ante tu aspecto, toda la naturaleza se renueva, todo es más alegre y más sonriente en el universo! E l hombre por sí solo no se renueva. No hay para él ni fuente de juventud ni de Júpiter que quiera rejuvenecer a nuestros Titones, ni quizá Aurora que se arriesgue generosamente a implorarla para el suyo.

L X X X V III

Por larga que sea la vida, la gente amable no debe alarmarse. Las gracias no envejecen, pues también se encuentran algunas veces entre las arrugas y los cabellos blancos. Además hacen bromear a la razón en todo momento y en todo momento impiden que el espíritu se corrompa. Así, merced a ella se complace a cualquier

edad, y a cualquier edad también, se puede sentir igualmente el amor, como el abad Gédoin 20 experimentó con la encantadora octo­ genaria Ninon de Léñelos21, que se lo había predicho.

L X X X IX

Cuando no pueda hacer más que una comida por día con Comus, todavía haré una por semana, si puedo, con Venus, para conservar este humor dulce y apacible, que si no es más agradable, al menos es más necesario a la sociedad que el espíritu. Se reconoce a aquellos que frecuentan a la Diosa en la urbanidad, en la delicadeza y en el encanto de su trato. Cuando le haya dicho, ¡ay de m í!, un eterno adiós en cuanto al culto, seguiré celebrándola en estas bonitas can­ ciones y en estas alegres invocaciones, que allanan las arrugas y además atraen a la resplandeciente juventud en torno a unos ancia­ nos rejuvenecidos.

XC

Cuando ya no podemos gozar de los placeres, los condenamos. ¿Por qué desconcertar a la juventud? ¿No es su hora de divertirse y sentir el amor? No los prohibamos sino, como se hacía en Espar­ ta, para aumentar su encanto y su fecundidad. Entonces ancianos razonables, aunque viejos antes de la vejez, seremos soportables y quizá amables todavía después.

XCI Yo abandonaré el amor, tal vez más pronto de lo que pienso; pero no abandonaré jamás a Temis. No haré este sacrificio a los dioses. Deseo que sus hermosas manos, que tantas veces han entre­ tenido mi despertar, me cierren los ojos. Deseo que sea difícil decir cuál habrá intervenido más en mí fin, o De la Parque, o la volup­ tuosidad. ¡Ojalá pudiera morir verdaderamente en sus bellos brazos, en los que tantas veces me he arrojado! Y (para emplear un len­ guaje que divierte a la imaginación, y pinta tan bien la naturaleza),

ojalá pueda mi alma errante en los campos elíseos, como buscando con los ojos su mitad, pedirla a todas las sombras, tan estupefacta de no ver más el tierno objeto que la contenía hace sólo un mo­ mento en abrazos muy dulces, como Temis, por sentir un frío mortal en un corazón, que, por la fuerza con que latía, prometía latir más tiempo para ella. Tales son mis proyectos de vida y m uerte: en el curso de una y hasta el último suspiro, epicúreo voluptuoso, y estoico firme en la proximidad de la otra, X C II He aquí dos tipos de reflexiones bien diferentes, que he que­ rido incluir en este sistema epicúreo. ¿Os gustaría saber lo que yo pienso personalmente? Las de segundo tipo me han dejado en el alma un sentimiento de voluptuosidad, que no me impide reírme de las del primero. ¡Qué locura poner en prosa quizá mediocre, lo que apenas es soportable en bellos versos! Y , ¡qué necio es perder en vanos escrutinios un tiempo, por desgracia tan breve, que vale más emplear para gozar que para conocer! X C III Salve a vosotros, dichosos clim as22, donde todo hombre que vive como los demás, puede pensar distinto de los otros; donde los teólogos dejan de ser jueces de los filósofos, cuando no están hechos para serlo; donde la libertad de espíritu, el más bello pa­ trimonio de la humanidad, no está encadenada por los prejuicios; donde ya no se tiene vergüenza de decir, lo que uno no se enrojece de pensar; donde no se corre el riesgo de ser mártir de la doctrina de la que se es apóstol. Salve a ti, patria ya celebrada por los filósofos, donde todos aquellos que la tiranía persigue, encuentran (si tienen mérito y honradez) no un asilo seguro, sino un puerto glorioso; donde se siente cuán por encima están las conquistas del espíritu de las demás; donde el filósofo, en fin, colmado de honores y beneficios, no pasa por un monstruo, más que en el espíritu de los que carecen de él. ¡Ojalá, pudiérais sentir toda vues­ tra dicha, y haceros en todo, si es posible, digna del gran hombre que tenéis por rey! Musas, Gracias, amores, y vos, ilustre Minerva, coronando con los más bellos laureles la augusta frente del Julián m oderno, tan digno de gobernar como el antiguo 23, tan sabio, tan culto, tan filósofo, no hacéis sino coronar vuestra obra.

V E N U S M E T A F ISIC A

o ENSAYO S O B R E E L O R IG E N D E L ALMA HUMANA

Dos excesos deben evitar en el estudio de la filosofía quienes buscan la verdad: uno, no favorecer una simple opinión, y el otro, no aceptar ni rechazar por las buenas lo que sólo se recorre con una mirada fugaz. Si tal modestia nos acompaña en este examen de los sistemas filosóficos, cada cual nos parecerá tener su justo peso. Los antiguos tratan someramente muchas verdades acerca de los nervios, que sus recopiladores modernos no han experimentado. La filosofía escolástica aterra a los jóvenes por sus dogmas espi­ nosos, aunque contiene las semillas de las cosas mejores, si se tiene habilidad para cribarlas. Descartes disipó su espíritu luju­ rioso en la Física, pero cuánto no debemos al mérito de este gran hombre que nos allanó el camino de una filosofía libre. El Hér­ cules de las ciencias, el inmortal Leibniz, que comprendía bien a Aristóteles, purificó las invenciones de los griegos y desfiló tras Descartes con mayor circunspección. Habría sido el filósofo más logrado, si a ejemplo de aquél no hubiera corrompido su genio con algunos cuentos en el terreno de la Metafísica. Amigo incondicional de los sistemas de la preformación y de la involución en lo concer­ niente a plantas y animales, llevó la analogía hasta los espíritus, hallándose forzado a causa de su hipótesis favorita de la armonía preestablecida a destruir toda la acción real de la materia sobre las almas. Así, para remediar el problema del origen del alma, adoptó la hipótesis de la preexistencia, que procede de la escuela de Pla­ tón, la cual, tras haber desechado las fábulas poéticas de la caída

de los espíritus del Leteo, del exilio al que el desdichado ostracismo los relegó, se puede considerar desde una perspectiva diferente. 0 bien se supone que todas las almas preexistiendo en un lugar del universo se sueltan después o durante la concepción en sus cuerpos predeterminados1 merced a la voluntad de Dios, lo que no está demasiado lejos de una creación particular. O, como otros sostienen con el ilustre Leibniz, las almas de todo el mundo hasta la última raza, han preexistido en el alma del primer Padre del género humano, al igual que los elementos preformados de los fetos, cuya generación no es otra que la evolución del animal. Consi­ derando este sistema desde tal punto de vista, podríamos denomi­ narlo en cierto modo el tradux o el trasplante de las almas. Pero, la diferencia reside en que éstas se propagan por las almas de los padres en lugar de por sí mismas. De esta manera, Leibniz relegaba a los creacionistas2 entre los escolásticos y los cartesianos, que hacían deslizar el alma salida recientemente de las manos de Dios en el cuerpo correspondiente, preparado a este efecto. A consecuen­ cia de ello, como la propagación del alma mediante el Tradux apro­ bada por algunos Padres de la Iglesia, escolásticos y teólogos, parecía ocultar alguna especie de monstruo y acariciar el materia­ lismo, los filósofos más encumbrados desaprobaron este detestable sistema. Estos lo rechazaron, y el polvo conforme lo fue cubriendo, lo desfiguró. Escuchemos, sin embargo, al otro partido. Los sentimientos siniestros respecto al Tradux son legítimos, si examinamos los cua­ dros grotescos que nos hacen sus partidarios. «El Tradux — dicen■ — o la generación del hombre es como la siembra, la injeridura y la plantación. Las simientes introducidas en la matriz equivalen a los renuevos injertados en el tronco, o a las semillas enterradas en el seno de la tierra. E l padre engendra al igual que la madre, y ambos actúan durante el acto de la generación, de modo que el alma no se halla en las simientes antes de la generación, que es su fin último, sino cuando la generación ha tenido lugar. Allí no es ociosa, sino muy activa y operante, pues, en calidad de arquitecto forma con el líquido de la simiente los huesos, las venas, las arte­ rias y todo el edificio del cuerpo11. La madre, el séptimo días tras 1 He leído el Anónimo de origine animae Holmiae 1711, que imagina a los animálculos espermáticos dotados de almas, flotando en el aire, arrojados aquí y allá, deslizándose en buena dosis a través del alimento en la semilla. Me parece que, ante tal condición, Mr. Hill, el autor de Lucine affranchi des Droits de concours, gana mucho. Que las mujeres se giran únicamente hacia el viento favorable para quedarse encinta de incógnito. 11 Véase en los libros antiguos una hipótesis aprobada por Mr. Kratzenstein,

la concepción, posee así todo lo que un cuerpo debe tener». Estos son los términos empleados por el físico S perlin g3, en verdad muy suculentos, monstruosos y atrevidos. Estas buenas gentes han pa­ gado caro la grosería de su espíritu y la rudeza de su estilo probando la arrogancia y el desprecio aplastante de sus antípodas. Lo mismo sucede respecto a sus sistema del influjo físico, a través del cual demasiado sumidos en las ideas corporales, querían desdichadamente hacer palpable el comercio de estos dos autómatas, hasta el punto de que algunos modernos hayan extraído un sentido razonable de él explicándolo con mayor precisión. Es lo que hizo el difunto Mr. Kratzen, recomendable a la posteridad y filósofo estimado, si no sublime, al menos sólidamente cultivado y muy penetrante. Intentemos poner al Tradux4 más de moda. No pretendo de­ mostrar este sistema, pues eso significaría consultar el oráculo de Delfos o extraer la verdad de un hombre que ronca completamente ebrio. El alma, poco conocida para sí misma, se halla demasiado embarazada para desenredar tales enigmas. Apenas puede resolver las dudas con respecto a lo que urdirá tras su defunción. ¿Se acor­ dará esta mónada dormida dónde ha sido alojada antes del naci­ miento? Se admira el orgullo de nuestra razón al igual que su ceguera, pero no debe elegirse el epequein, asilo ordinario de los filósofos de brazos cruzados, ni cortar hacinas de nuestras almas, que las hayan atrapado en el acto 111. Lo único que me propongo es probar la posibilidad de la propagación del alma a través del Tradux de una manera razonable. Sé que no vale la pena adentrarse más en ello, pues, finalmente, sólo se desemboca en necedades dispara­ tadas. Se verá que los demás sistemas luchan con dificultades más enrevesadas, que aquéllas por las que se mina el nuestro, pese a ser el más natural de todos, y que son imposibles de remediar. Admítase esto, si se quiere, bajo el nombre no menos chocante de Sistema de la inexistencia. En primer lugar es preciso cercenar las falsas opiniones del Tradux. Cada cual sabe por los primeros princi­ pios de la Ontología, que un ser simple no puede hacerse de un compuesto ni por el análisis ni por la trasposición de las partes. Luego, supuesta la espiritualidad del alma, ésta nunca podrá salir de la materia, porque de esta madera no se tallan Mercurios. Los escolásticos, creacionistas y leibnizianos tienen razón de oponerse al Tradux, si por ello se entiende la fuente del alma de las semillas que restablece ingeniosamente con motivo el interrogante: ¿Construye el alma su 111 Si jamás hubo filósofo lo bastante la cola, sin duda habría sido Mr. de La

de los pólipos, en una cartasobre cuerpo? dichoso paracoger esta anguila por Mettrie.

corporales al antojo de los materialistas, o una metamorfosis de la materia en espíritu, a despecho de la incomunicabilidad de las esencias. Yo explico el Tradux como una propagación de las almas realizada por las almas de padre y madre, y por sí mismas. Leibniz hace pasar a la madre el alma del feto junto con millones de otras almas que ella contiene y que siguen permaneciendo en su estado de embrión. Los padres sólo son instrumentos y causas mediadoras. Sostengo además que la vegetación, la vida y las fuerzas del alma se comunican al feto por la fuerza generativa. ¿Acaso debe el alma humana hallarse por debajo de la materia, que puede producir tantas formas? Así, mediante las causas efectivas asociadas, esta sustancia nace como un fuego alumbrado por otro fuego, con el líquido seminal actuando a modo de vehículo. Conservo algunos rasgos del sistema leibniziano, diciendo que las almas del padre y de la madre no producen las de los hijos de la nada, sino más bien por una fuerza sustancial de propagarse que existe en su interior y es modificable según el número de sus cualidades. Pero difiero de Leibniz por cuanto hace eyacular juntamente todas las almas venideras, dado que éstas para empezar no existen en la primera, ni siquiera envueltas. Doy en general a los padres la fuerza de extraer las almas de sus hijos de su propia cosecha, y así éstos serán sus sucesores. ¿No vale más producir a partir de nosotros mismos que a expensas ajenas? Arranquemos el vuelo y propongamos la hipótesis en forma de demostración. Cada fuerza exenta de obstáculos produce un efecto. El alma, esta fuerza espiritual, al estar siempre activa debe asimismo lograrlo: así, será el alma del gusanillo preformado, o las del padre y la madre, quienes actuarán convenientemente respecto a sus sen­ saciones, y quienes reciben sus impresiones según el sistema del influjo. Si se tratara del alma del niño en su estado de larva, el efecto sería demasiado grande para la causa, que no está hecha para ser motriz. Por lo demás, ¿no se habría perdido la acción de las almas de los padres sin ningún efecto? Al ser esto improbable, es necesario que éstas actúen a través del mecanismo del cuerpo sobre tales moléculas elementales del niño. Es esta corteza sobre la que graban sus sensaciones, de las que ella será penetrada. Al menos es preciso, supuesta un alma preexistente, que ella sienta las impre­ siones que agitan su delgada envoltura. Pues, ningún filósofo pre­ tenderá que, por una petición de principio, estas acciones se terminen en la materia sin ir más lejos, hasta que el alma del niño reaccione y a través del movimiento de la envoltura obtenga a su vez un grado de vivacidad más alto. En este sentido, no me alejo demasiado de

Leibniz, salvo que rindo más honor a las almas de los padres. Al menos serán compadres de la del niño, que les debe su vivificación. Pero, no por ello, sería imposible que estas sensaciones, al comu­ nicarse a las moléculas y vivificarlas, descargasen e hicieran mojar o más bien humedecieran una parte de la fuerza sensitiva, y que la materia susceptible del sentimiento, al hallarse como asperjada, la atrajese en cierto modo. En esta comparación seguiremos el ejem­ plo de los ingleses, que dan mucha importancia en su física a la atracción. Medíante esta comunicación, el alma se propagaría y no tendríamos necesidad de un alma particular yacente en este gusa­ nillo. No sabría dar un ejemplo más claro que éste. Cuando el hombre crece, todas estas partículas extrañas unidas a los elementos llegan a estar formadas para recibir el sentimiento del alma, a medida que ésta esparce sus influencias por todo el cuerpo y hace uso de ellas. Pero, en primer lugar hay que parar los golpes previstos, a los cuales los materialistas tratan de escapar como a zancadas, pese a que su forma merece ser envidiada en este sentido. La primera objeción se extrae de que un ser simple no puede hacerse de otro, porque éste al ser indivisible no podría reducirse a partes. Por consi­ guiente, sería tan extravagante defender tal generación como probar aquellas ficciones relacionadas con el parto de Júpiter o el origen de Venus: Aut Jovis a cerebro catapbractam exisse Minervam. Aut spumis com ptam Venerem em ersis se marinis (*). POLIGNAC

Admito la individualidad del alma en tanto no tiene partes, pero en la medida en que su esencia y su naturaleza sólo son una fuerza representativa del universo respecto a la situación del cuerpo, ignoro si la comunicación de esta fuerza y de las facultades derivables es enteramente imposible. Sería una división ideal. No hablo de la esencia individual., pues es incomunicable y jamás se humedecerá su materia. Lo único que debe trasplantarse en el feto son las fuer­ zas. Puede entenderse perfectamente a través de una comparación tomada de la aguja y del imán. Si no se demuestra de un modo indiscutible que las fuerzas del alma son absolutamente incomunicables, que no hay punto de in­ flujo, su trayecto, de paso, de capa de fuerzas, que el feto nunca puede ser afectado por una fuerza representativa mediante impre­ (* ) O que Minerva ha salido cubierta de hierro del cerebro de Júpiter, o que Venus ba emergido adornada de las espumas marinas.

siones extraordinarias, que inspiran el alma haciendo vegetar el cuerpo al mismo tiempo: no desecharé mi opinión. Al contrario, allende la demostración que he aventurado, hay muchas cosas que son evidentes para mí, y aunque no convencen, al menos aportan alguna luz sobre el tema. I. La naturaleza activa del alma, al no ser diáfana, no la hemos profundizado del todo. Cierto es que debe ser una sustancia distinta del cuerpo, pero careciendo de partes donde residen sus fuerzas, su propia sustancialidad consistirá en la suma de fuerzas naturales existentes en los espíritus. E l alma es un agregado real, un ser activo; así, en este sentido las almas de los'niños se conciben como emanadas de la sustancia de las almas paternas. No hay que temer otra división, todo lo más una disminución de fuerzas, disminución que tendría tan poca consecuencia como una mera pérdida de semen para un hombre joven y vigoroso. Seguramente, en esta acción el alma empleará las menos energías posibles, al igual que la natu­ raleza observa en general esta le y Iv Hay una evolución de sus fuerzas de igual modo que una involución a causa de las debilidades del cuerpo y de la vejez, donde el alma se refugia en su morada casi osificada. Lo único que hacemos es concederle la comunicación. No se nos objete que existe una sola fuerza del alma. Ved este río, que saliendo de una única fuente, forma varios arroyos que serpentean en estas praderas y las enriquecen a ejemplo del Nilo. Ved este tronco, cuyas raíces elaboran su savia y cuyas ramas se extienden en derredor. Sólo hay una fuerza radical, es cierto, pero hay varias en activo, reducidas y reunidas, que desembocan en aquella en que son originadas. Para vosotros, el arco iris tiene siete colores, y sólo se constituye a partir de una sustancia acuosa. I I . Creed que el alma, siendo un ser perpetuamente activo, se pasma o bosteza en el acto de generar, en el cual participa con tanta sensibilidad. Esta actúa pues sobre el huevo materno, nicho del feto, lo mismo que sobre su propio cuerpo que, en el caso del hombre, guiado por su mecanismo e impulsado por el resorte del placer, se anima y arroja este líquido, el más espiritual de la naturaleza. Además, como no hay fuerzas enteramente perdidas en el universo, con qué fin trabajaría con tanta vivacidad la fuerza sensitiva del alma, casi ebria de sensaciones, si no produjera ningún efecto armonioso. Sí, se dirá, ella imprime la vegetación al feto. Si es así, ¡pues bien! ¿Comprendéis este influjo? ¿Y este efecto no es demasiado

débil para el ardor y la capacidad del alma? ¿Tenéis razón de coar­ tarla en sus abrazos? Si Leibniz hace transportar el alma del niño a través de estas sensaciones fuertes y deliciosas, nos estará permi­ tido atribuir a este arrebato del alma un efecto más heroico. Tal vez éste incluso trasplante la fuerza sensitiva en el feto animado por la comunicación. I I I . E l sistema del influjo físico nos indica que el alma impre­ siona el cuerpo extendiendo sus fuerzas hasta el interior de los nervios. Si esta acción sólo se declara incomprensible, ¿por qué no queremos conceder el mismo derecho a la propagación de las almas a través del coito? ¿Acaso la naturaleza es criminal por gus­ tarle el camino más corto? IV . Los antiguos creían en la comunicación de los espíritus, y consideraban las almas como emanaciones de Dios o del alma del mundo. Era también el error de los estoicos. Vis illum, dice Séneca, vocare mundum? non falleris. Ip se enim est totum, quod vides, totus suis partibus inditus et se sustinens vi sua (*). Como se equivocaban, su ejemplo no nos prueba nada, pero el error sirve, de vez en cuando, para esclarecer la verdad. Nuestra santa religión brinda a la fe un misterio al mostrarnos que, mediante la comunicación eterna de la esencia divina, el padre engrendra al hijo. No quiero mezclar las cosas santas con las profanas; sin embargo, se da cierta analogía que sostiene la posibilidad del sistema. Los espíritus pueden comunicar sus fuerzas y transportarlas, propa­ gándose en otro sujeto. Así, el hijo es el verdadero hijo y la hija la verdadera hija del padre y la madre. Aquéllos no sólo les deben la or­ ganización de su cuerpo, sino de una dote aún más noble, el alma razonable. Que nadie se indigne así contra los traduccionistas 5 porque su afectación es del todo inconcebible: pregúntese en qué pequeños puntos consisten estas maravillosas emanaciones de las almas y cómo se amalgaman con el cuerpo. Que tal sostenga en son de burla que la generación del hombre o el coito no es tal vez más que una electrificación del alma, que tal otro nivele la proporción entre padre y madre y este producto, finalmente siendo posible al hombre producir almas, ¿por qué no podría vivificar todas las estatuas mediante sus abrazos? ¿Acaso las almas padecen determinada este­ rilidad, mientras los espíritus superiores son prolíficos? Yo respondo a estas sutilidades sofísticas. (*) ¿Quieres llamar a eso mundo? No te equivocas. Pues éste es todo lo que ves, todo él entero integrado por sus partes y sosteniéndose por su fuerza.

Lo incomprensible no derriba ningún sistema, con tal de que este último no sea contradictorio y no se le sustituya por otro más probable y más claro. La misma oscuridad se encuentra en la expli­ cación del comercio del alma y del cuerpo por el influjo. La natu­ raleza cubre las cosas más comunes con un velo respetable, que la sola modestia debe alzar; si una fuerza temeraria lo desgarra, las cosas ocultas se pierden a los ojos indiscretos. Se aplica la misma tortura al espíritu en los complicados sistemas de los creacionistas y de los leibnicianos6. Aquél, el creacionista, en el supuesto de que a Dios no le cueste nada crear almas, le atribuye no obstante acciones indignas de su santidad, le hace cómplice del mal y ofende la religión. Estas dudas se proyectan también sobre las preexis­ tencias de la primera clase. Este, el leibniziano, lucha con otras dificultades, por ejemplo, tal vez sea necesario que cada animálculo deje de contener un alma o que se haga perecer multitud de ellas, las cuales nadando en estos gusanos morirían con ellos, como los peces arrojados sobre la arena de la orilla. Leibniz, al parecer, las salva a través de esta bella frase: Parvus numerus est electorum, qui theatrum maius ingrediuntur. Pocos son los elegidos que tengan acceso a un teatro más grande. Prosigamos y seamos un poco tolerantes con el sistema de los traduccionistas. Más clarividente gracias a los microscopios, me pongo de parte de los que sostienen como posible, que tantos millares de almas hayan inexistido en el alma del primer hombre, sin embargo cada una debe haber sido separada de la otra. Es pues necesario concebir mil puntos en un punto, mil sustancias en una. Digo sustancias, ya que en calidad de determinaciones accidentales no han podido inexistir en el alma del primer hombre, de lo contrario serían también accidentes. Imagínese, sin la asunción de una divi­ sión ideal, su separación, su evolución y su comunicación de padre a hijo, a su vez nuevo padre de una posteridad numerosa. Por ejemplo, si el padre tiene cinco hijos, por qué proceso apenas conce­ bido sin un ascendente divino, transferirá justamente al hijo mayor todas las almas de la posteridad en el infinito, aquéllas que no deben ser confundidas con la porción de su hermano, aún pretendiente a la vida. Tantos laberintos no nos rodean solamente en el artículo de los espíritus, sino que además seremos presas del vértigo al querer profundizar la comunicación de las fuerzas vivientes de un cuerpo. ¡He aquí un ejemplo! Si una bola de marfil es la primera en chocar en una sucesión de tales bolas, se verá que la última retro­ cede, mientras que las demás tiemblan debido a la elasticidad de las partes. Si se sueltan dos, rebotarán también dos del extremo.

Cada cual ve que el choque se efectúa en pocas partes de la super­ ficie y que éstas ponen en movimento otro tanto de la bola embes­ tida, a pesar de que toda la bola tiembla. La fuerza motriz de la bola activa, esa fuerza impresa en algunos puntos, estremece al instante las partes contiguas, y este movimiento, tras haber reco­ rrido la masa entera y haber causado un temblor de los átomos más sutiles, se propaga en línea recta hasta que laúltima, no puede comunicar su acción a otra, se impele hacia el vacío y avanza debido al choque. Así, la bola incidental actúa, mediante la comunicación de fuerzas, sobre aquélla que no ha tocado. Cierto es que las fuerzas de los cuerpos residen en sus partes; pero, de­ cidme, ¿de dónde salen estas fuerzas? ¿Por qué sucede que al transportarse tan rápidamente de un extremo a otro se diseminan por todos lados, comunican y prolongan el movimiento con tal velocidad que, hasta la centésima bola rebota en el abrir y cerrar de ojos en que la primera produce el choque? Cualquiera que me desarrolle a fondo estas comunicaciones de los choques y de las fuerzas, erit m ihi magnus A pollo (*). Mi único objeto es, por así decir, salvar al Tradux de un repro­ che totalmente absurdo. ¡Suspéndase el tono decisivo! No cabe la posibilidad de que algunas fuerzas se desprendan de las almas y lleven la vida al nicho preparado para formar una criatura seme­ jante. Concebid la cosa de otro modo, os lo ruego. Supongamos que no sólo los cuerpos de la posteridad hayan sido preformados en el primer padre o la primera madre, sino también las almas envueltas en sus mantillas o pañales, y supongamos también que éstas se desarrollan y vivifican mediante las fuerzas de las almas de los padres, los cuales acoplándose mediante los transportes de la fanta­ sía y mediante la acción de las nuevas impresiones, que tienen lugar en el feto y que arraigan en él, actúan sobre el embrión. Así resultaría una especie de Tradux por una parte y una preexistencia por otra. El excedente es que el despertar de las almas dependería de la acción de las almas del padre y la madre. Quizá el sistema de Leibniz es más extenso debido al influjo físico, pero yo me limito a esto. A este respecto, cuán allanado está el camino para los materia­ listas, pues los átomos etéreos circulan con el semen y atracan felizmente. Pero, vale más ser un poco Paracelso sin recelo en la creencia de la posibilidad del Tradux e incluso de un alma

que

inmaterial, que componerla de átomos y exponerse a otros fana­ tismos de la filosofía. En cuanto a la porción de cada sujeto concurrente, algunos tienen al padre como el único autor del alma del hijo. Podríamos decidir acerca de ello, si las hipótesis de los físicos sobre el capítulo de la generación no se contradijeran abiertamente. Unos, apoyán­ dose en los huevos preformados, conceden toda la preferencia a la madre, y otros, introduciendo los animálculos espermáticos en el huevo materno hacen al padre autor y a la madre nodriza. A un hombre galante de un mérito superior, me refiero al ilustre Maupertuis a quien se le atribuye la Venus F ísica 1, obra llena de gracia y agudeza, le ha complacido compararse con los antiguos que no privan a la mujer de cierto jugo prolífico8, don precioso de la naturaleza. Las madres contribuyen pues por su parte a la obra; así el padre y la madre concurren para inspirar el alma a su extracto. No es de mi incumbencia calcular este contingente. Que los padres se examinen a sí mismos y que los hijos tracen en sus costumbres estas relaciones recíprocas de sus Prom eteos. No se tema un desbordamiento y una profusión de almas, pues sólo se introducen en sus lechos según la receptividad del país materno, aunque nunca se verá a una mujer concebir a través del viento y de las moléculas seminales flotantes en el aire, como Mr. H U I9 dice bromeando. Pese a que en Pigmalión 10 se abracen cien veces las estatuas, éstas no se rendirán a nuestros deseos y el mármol tocado no se reblandecerá: nondum tentatum m ollescit ebur (* ) O vidio .

de una simiente corrompida y de una hidátide no se hace un niño; Quisquís in hos fon tes vir veneris, exeat inde Semivir ( * * ) O vidio .

De ahí hay que juzgar la esterilidad o más bien la incapacidad del alma para propagarse a falta de vehículos necesarios. Tenemos muy poco conocimiento del comercio y de la repú­ blica de los espíritus superiores. Los íncubos y los bastardos, en­ gendrados por el coito de los ángeles y de los hombres, tal como se ha concebido a raíz de un pasaje mal interpretado de la Sagrada (* )

(**)

No tocado, todavía se ablanda el marfil. Quienquiera que llegue varón a estas fuentes, salga de allí semi-varón.

Escritura, pasan por naderías. Hay algunos filósofos que endosan a los ángeles envolturas organizadas, pero habría que ser un poco como el C onde d e G a b a lis11, para atreverse a aplicarles en serio la fórmula de la bendición dada a los primeros hombres: ¡Creced y multiplicáos! Para usos importantes, podemos emplear nuestro sistema con el fin de explicar la semejanza de los niños en relación al natural, a las diversas pasiones e inclinaciones, y la de sus autores, inclu­ yendo el exceso de participación materna o paterna. Es cierto que se cambia de costumbres mediante la educación y con el tiempo, pero siempre quedan huellas originales, y nos traicionamos en se­ guida a nosotros mismos, cualquiera que sea la pasta de que nos alimentemos. Sucede igual que como con los rostros, cuyas seme­ janzas se quieren determinar con menos esfuerzos mediante la hipó­ tesis de la mezcla de las semillas. En segundo lugar, sin envilecer a los hombres, esto se puede aplicar a las almas de los animales. Tal vez respecto a ellos, una metempsicosis o el cambio de sus moradas no sería tan improbable como entre los hombres. La inmortalidad del alma se opone por completo a esta peregrinación, y Pitágoras sólola inventó, a falta de más luces, para tener donde poner a resguardo las almas desalo­ jadas tras la m uerte12. La sabiduría divina ahorraría si apartara a las almas mudadas, que ya no necesita guardaren cuerpos, yque empiezan a vivir en sus matrices. En tercer lugar, este sistema nos ayuda en el artículo teológico del pecado original. Fui concebido, dice David, de una semilla cri­ minal, y mi madre me ha incitado al crimen. Salmo 51, 7. E t docum enta damus, qua simus origine nati (*) O vidio .

Los creacionistas invierten este dogma y la justicia de Dios. Los seguidores de Leibniz la justifican con mucho esfuerzo, diciendo a voz en grito, que hemos pecado en Adán mediante un consenti­ miento tácito. Siempre se les opondrá que es inconcebible, cómo un consentimiento, casi reducido a nada, puede hacer a la posteridad cómplice, pérfida y culpable. Todo estaría demostrado, si esta fábula de los musulmanes tuviera sentido; que Dios había extraído toda la posteridad y tantas naciones d e los lom os de Adán para reunirías, com o tratándose de hormigas en un valle próxim o al (*)

Y damos muestras del origen de que hemos venido.

jardín de donde, tras haber firm ado el contrato con Dios y haber perdido el uso d e razón concedido por unos m om entos, han vuelto a su lecho. El redentor del género humano deduce de ahí un razona­ miento fecundo para la resurrección de los muertos: Y o soy el Dios d e A braham , d e Isaac y d e Ja c o b ; Dios no es el Dios de los muertos sino de los vivos. Tal vez los traduccionistas podrían tam­ bién extraer alguna ventaja para su sistema de estas palabras de Dios a los padres de los judíos: T odos los pueblos de la tierra serán bendecidos en ti y en tu semilla. Pero no tengo humor para meter la hoz en mies ajena v. De modo que la gloria de Dios no se rebaja nada con nuestro sistema. Dios al formar la primera alma concedió a su obra maestra la fuerza generadora, preformando a la vez el alma del niño oculta en ésta, y tal heredera encierra otras almas, no como sustancias diferentes, sino en sí misma VI. v En cuanto a los teólogos citaré a Lutero, el cual dice atrevidamente:

Nihil est, quod dicitur: anima rationalis creando infunditur et infundendo creatur. Melius in hac re ratio decernit et poeta dicens: Patrem sequilur sua proles. Nada es lo que se dice: el espíritu racional se infunde por creación y por infusión se crea. Mejor en este asunto decreta la razón y dice el poeta: E l padre reproduce la prole que le corresponde. Véase su artículo en el Diccionario de Bayle. VI Un amigo desconocido a quien estoy obligado, me ha .hecho la siguiente objeción en este pasaje: Ahora bien, Dios al formar esta primera alma y conceder a su obra maestra la fuerza generativa, la creó pura sin la menor mancha de pecado, que no existía aún en la voluntad de la obra maestra, pues el alma del niño futuro, preformada a la vez y oculta al mismo tiempo en el alma de la obra maestra o conteniendo otras almas, no ha podido heredar de lo que todavía no existía, ¿cómo pues un puro accidente o cambio de la voluntad de la primera alma de la obra maestra ha podido influir e inspirar en el alma o más bien en todas las almas futuras por cuanto a su existencia esta mancha del pecado y hacerlas herederas de ésta? Y o respondo que precisa recurrir a la fe para entender las palabras citadas por David. Por lo demás, vuestro sistema me parece el más probable, con tal de que las conse­ cuencias que parecen desprenderse naturalmente no menoscaben la transmi­ sión del P. O. en el sentido no digo de los ortodoxos, sino de San Pablo en su Carta a los Romanos, cp. 5. 12-4-8-9. Respondo 1) Dios formó la primera alma sin pecado, aunque con la posibilidad de poder inclinarse al mal. 2) La transmisión del pecado original consiste en la propagación de la corrupción de las inclinaciones humanas. E l primer hombre, al haber corrompido pues sus inclinaciones y extrayendo el alma de su hijo de la suya propia, la hizo vegetar mediante un instinto que ya no era tan inocente como antes, ello influía sobre las inclinaciones del alma que iba a ser transmitida, y ésta recibía en consecuencia una dispo­ sición más propensa al pecado o una sobrecarga para él. Opino que esta transmisión podrá esclarecerse mediante las rúbricas o pecas del cuerpo o la más rápida impresión pasando y penetrando la sangre de la madre, y algunas veces una pura fantasía se extiende hasta la organización del niño. 3) Reconozco que este tipo de influencia del pecado original y de su trans-

La existencia de los espíritus me ha procurado la oportunidad para hacer algunos razonamientos sobre la existencia de Dios. ¡He aquí lo que este sistema ha provocado! Los seres compuestos no tienen la razón de los simples, porque éstos no pueden recibir su existencia de aquéllos. Tampoco el ser simple es creado por otro. Unicamente se propaga de lo que ya existe. Así, las almas de los niños tienen la razón más inmediata, pero no la última de su exis­ tencia, en las almas del padre y madre. Pues como nuestra alma es finita y contingente, precisa remontarse necesariamente hasta el espíritu originario y al ser de sí mismo. Este, siendo un ser infinito, si ha tenido intención de producir espíritus infinitos por una voluntad necesaria, a fin de que el efecto responda a la causa, ha tenido que comunicarle su propia esencia para propagarse de una manera sobrenatural, cuyo hecho nos muestraelmisteriode la Santísima Trinidad; pero al proponerse actualizarespíritus fini­ tos, como los existentes, no ha podido crearlos de sí mismo sino de la nada. ¡Ahí está el padre de todos los espíritus! Es evidente que este terreno debe poseer la simplicidad, ya que una creación naturalmente no le conviene en lo que respecta a su naturaleza, y el efecto sería más noble que la causa. Sin embargo, un espíritu pensante ha podido representarse la materia y dar a sus ideas existencia y realidad. Callo otras verdades que podrían extraerse en provecho de la Teología, careciendo de humor para exponer inoportunamente más conjeturas, y, satisfecho de haber aclarado un poco esta materia, dejo al lector que escoja el sistema más recomendable y haga el elogio de la más bella de las Venus Metafísicas. H aec est nostra Venus (*). L u c r e c io misión sólo puede comprenderse a través de la fe, sin embargo, en el sistema del Tradux esto sería más explicable en cierto modo, que en el sistema de Leibniz.

(*)

Esta es nuestra Venus.

A P E N D IC E

E

l o g io

de

L a M e t t r ie

por Federico II, rey de Prusia1

Julien-Offrey de La Mettrie nació en Saint-Málo el 25 de diciembre de 1709, de Julien-Offrey de La Mettrie y de Marie Gaudron, los cuales vivían de un comercio bastante considerable para procurar una buena educación a su hijo. Lo enviaron al colegio de Coutance para cursar sus humanidades, de donde pasó a París, al colegio de Plessis. Cursó retórica en Caen, y como tenía mucho ge­ nio e imaginación ganó todos los premios de la elocuencia, pues había nacido orador y amaba apasionadamente la poesía y las bellas letras. Pero su padre creyendo que se ganaba más como eclesiástico que como poeta, lo destinó a la iglesia, y al año siguiente lo envió al colegio de Plessis, donde cursó lógica bajo M. Cordier, el cual era más jansenista que lógico. Es propio del carácter de una imaginación ardiente, abordar con fuerza los objetos que se le presentan, como es propio del carácter de la juventud estar prevenida de las primeras opiniones que se le inculcan. Cualquier otro discípulo habría adoptado los senti­ mientos de su maestro, pero esto no bastó para el joven La Mettrie, el cual se hizo jansenista, y compuso una obra que encontró apro­ bación en tal secta. En 1725, estudió física en el colegio de Harcourt, e hizo grandes progresos. De vuelta a su patria, el señor Hunault, médico de SaintMálo, le aconsejó abrazar esta profesión, de modo que se persuadió al padre y se le aseguró que los remedios de un médico mediocre valdrían más que las absoluciones de un buen sacerdote. Primero,

el joven La Mettrie se dedicó a la Anatomía y disecó durante dos inviernos, tras los cuales, en 1725, fue investido con el bonete de doctor en Reims, y fue nombrado médico. En 1733, fue a estudiar a Leiden bajo la dirección del famoso Boerhaave. E l maestro era digno del discípulo, y el discípulo pronto se hizo digno de su maestro. M. La Mettrie aplicó toda la capacidad de su espíritu al conocimiento y a la cura de las enfermedades humanas, convirtiéndose en un gran médico en cuanto se lo pro­ puso. En 1734 tradujo, durante sus ratos de ocio, el tratado del fuego de M. Boerhaave, su afrodisiacus, y agregó una disertación sobre las enfermedades venéreas cuyo autor era él mismo. Los mé­ dicos viejos se levantaron en Francia contra un escolar, que les hacía la afrenta de saber tanto como ellos. Uno de los médicos más célebres de París le rindió el honor de criticar su obra (prueba cierta de que era buena). La Mettrie respondió, y para confundir más aún a su adversario, en 1736 compuso un Tratado sobre el vértigo, que fue apreciado por todos los médicos imparciales. Por un desdichado efecto de la imperfección humana, una cierta base celosa se ha convertido en uno de los atributos de las gentes letradas, la cual irrita el espíritu de los que poseen buenas repu­ taciones contra los progresos de los genios nacientes. Esta herrum­ bre se adhiere a los talentos sin destruirlos, pero algunas veces los perjudica. Mr. La Mettrie, que avanzaba a pasos agigantados en la carrera de las ciencias, fue víctima de estos celos, y su vivacidad lo hizo demasiado sensible. En Saint-Málo tradujo los aforismos de Boerhaave, la materia médica, los procedimientos químicos, la teoría química y las intui­ ciones del propio autor. Casi al mismo tiempo, publicó un resumen de Syndenham. El joven médico, merced a una experiencia prema­ tura, había aprendido que para vivir tranquilo vale más traducir que componer, pero forma parte del carácter del genio evadirse de la reflexión. De natural enérgico, si puedo expresarme así, y entregado a la investigación de la naturaleza que llevaba a cabo con infinita destreza, quiso comunicar al público los descubrimientos que había hecho. Elaboró su tratado sobre la viruela, su medicina práctica, y seis volúmenes de com entarios sobre la fisiología de Boerhaave. Todas estas obras aparecieron en París, aunque el autor las hubiera compuesto en Saint-Málo. Unió a la teoría de su arte una práctica siempre acertada. Lo que no es poco elogio para un médico. En 1742, Mr. La Mettrie viajó a París, con motivo de la muerte de Mr. Hunault, antaño su maestro. Los famosos Morand y Sidobre

lo situaron junto al duque de Grammont, y pocos días después este señor le otorgó el título de médico de la guardia. Acompañó a este duque a la guerra, y estuvo con él en la batalla de Dettingue, en el asedio de Friburgo, y en la batalla de Fontenoy, donde perdió a su protector, al que mataron de un cañonazo. Mr. La Mettrie se resintió mucho más vivamente de esta pér­ dida, que al mismo tiempo fue la ruina de su fortuna. He aquí lo que sucedió: en el curso de la campaña de Friburgo, Mr. La Mettrie fue atacado por un tabardillo, y una enfermedad para un filósofo es una escuela de física. Allí creyó descubrir que la facultad de pensar sólo era una consecuencia de la organización de la máquina, y que el desarreglo de los resortes influía considerablemente sobre esta parte de nosotros mismos, que los metafísicos llaman alma. Lleno de estas ideas durante su convalecencia, llevó atrevidamente la antorcha de la experiencia a las tinieblas de la metafísica, e in­ tentó explicar con ayuda de la anatomía, la textura suelta del entendimiento, y sólo encontró mecánica allí donde otros habían supuesto una esencia superior a la materia. Hizo imprimir sus conjeturas filosóficas bajo el título de H istoire naturelle de l'áme. E l capellán del regimiento tocó a rebato contra él, y lo primero que hicieron todos los devotos fue gritar. De ordinario, los sacerdotes son como Don Quijote, que encon­ traba aventuras maravillosas en acontecimientos vulgares, o como este famoso militar, que demasiado imbuido de su sistema, hallaba columnas en todos los libros que leía. La mayor parte de los sacer­ dotes examinan todas las obras de literatura como si fueran tratados de teología, y henchidos de este único objeto, ven herejías por todas partes. De ahí proceden tantos juicios falsos y tantas acusa­ ciones hechos con mala intención contra los autores. Un libro de física debe ser leído con el espíritu de un físico, y la naturaleza, en tanto que la verdad, es su juez. Ella es la que debe absolverlo o condenarlo, y un libro de astronomía requiere ser leído en el mismo sentido. Si un pobre médico prueba que un bastonazo aplicado en el cráneo perturba el espíritu, o bien que a cierto grado de calor la razón se evade, hay que probarle lo contrario o callarse. Si un astrónomo hábil demuestra, a pesar de Josué, que la tierra y todos los globos celestes giran alrededor del sol, es preciso o calcular mejor que él, o soportar que la tierra gire. Pero los teólogos, que por sus continuas aprehensiones podrían hacer creer a los débiles que su causa es mala, no se azoran por tan poca cosa. Se obstinaron en hallar gérmenes de herejía en una obra que trataba de física. El autor fue víctima de una espantosa perse-

cudón, y los sacerdotes sostuvieron que un médico, acusado de he­ rejía, no podía curar a los guardias franceses. Al odio de los devotos se sumó el de sus rivales en lo relativo a la gloria, y éste se reavivó a consecuencia de una obra de La Mettrie, titulada La Politique des m édecm s. Un hombre muy astuto, devorado por la envidia, aspiraba a la plaza vacante de primer mé­ dico del rey de Francia, y creyó que para poder conseguirlo, le bastaba llenar de ridículo a sus cofrades que podían pretender a este cargo. Hizo un libelo contra ellos, y abusando de la fácil amistad de Mr. de La Mettrie, lo sedujo para que le prestara la volubilidad de su pluma y la fecundidad de su imaginación. No hizo falta más para acabar de perder a un hombre poco conocido, contra el que estaban todas las apariencias y sin más protección que su mérito. Mr. La Mettrie, por haber sido demasiado sincero como filó­ sofo, y demasiado oficioso como amigo, se vio obligado a renunciar a su patria. E l duque de Duras y el vizconde de Chaila le aconse­ jaron sustraerse al odio de los sacerdotes y a la venganza de los médicos. En 1746 abandonó pues los hospitales del ejército, donde Mr. de Séchelles lo había colocado, y se fue a filosofar tranquilo a Leiden. Compuso allí su Penélope, obra polémica contra los médicos, donde siguiendo el ejemplo de Demócríto, bromeaba sobre la vani­ dad de su profesión. Lo extraordinario es que los médicos, cuya charlatanería se encuentra pintada de un modo absolutamente veraz, no pudieron dejar de reír al leerlo, lo que prueba que en la obra había más alegría que malicia. Mr. La Mettrie ai haber perdido de vista sus hospitales y sus enfermos, se entregó enteramente a la filosofía especulativa, y ela­ boró su Hombre-M áquina, o más bien arrojó sobre el papel algunos pensamientos fuertes sobre el materialismo, que sin duda se había propuesto redactar. Esta obra que debía disgustar a cierta gente, que de natural es enemiga declarada de los progresos de la razón humana, sublevó a todos los sacerdotes de Leiden contra el autor: calvinistas, católicos y luteranos olvidaron en este momento que la consubstanciación, el libre arbitrio, la misa de los muertos y la infalibilidad del papa los dividían. Todos se unieron para perseguir a un filósofo, que además tenía la desgracia de ser francés, en una época en que esta monarquía mantenía una guerra ventajosa contra sus Altas Potencias. El título de filósofo y de desdichado fue suficiente para pro­ curar un asilo en Prusia a Mr. La Mettrie, con una pensión del rey. Se presentó en Berlín el mes de febrero del año 1748, y fue recibido como miembro de la Real Academia de las ciencias. La

medicina lo condujo a la metafísica, e hizo un tratado de la disen­ tería y otro sobre el asma, los mejores que se hayan escrito sobre estas crueles enfermedades. Esbozó diversas obras sobre materias de filosofía abstracta que se había propuesto examinar, y por una serie de fatalidades que hubo de experimentar, estas obras le fueron sustraídas, pero pidió su supresión tan pronto como aparecieron. Mr. La Mettrie murió en casa de Milord Tirconnel, ministro plenipotenciario de Francia, al cual había dado la vida. Parece como si la enfermedad, conociendo a quien tenía entre manos, hubiera tenido la habilidad de atacarlo primero en el cerebro, para derribarlo con mayor seguridad. Cogió un tabardillo con un delirio violento y el enfermo se vio obligado a recurrir a la ciencia de sus colegas, pero no halló el recurso que tan a menudo había encontrado para él y para el público en la suya propia. Murió el 11 de noviembre de 1751, a la edad de cuarenta y tres años. Estaba casado con Louise-Charlotte Dréauno, de la que sólo dejó una hija, de cinco años y unos meses. Mr. La Mettrie había nacido con un fondo de alegría natural, inagotable. Su espíritu era vivo y su imaginación tan fecunda, que ésta hacía brotar flores en el árido terreno de la medicina. La natu­ raleza lo había hecho orador y filósofo, pero un presente más pre­ ciado aún recibió de ella, un alma pura y un corazón servicial. Todos aquellos, a quienes las piadosas injurias de los teólogos no imponen nada, echan de menos en Mr. de La Mettrie a un hombre honesto y un médico sabio.

NOTAS A ESTA E D IC IO N

D is c u r s o

p r e l im in a r

1 En 1750, cuando La Mettrie hizo aparecer la primera antología completa de sus obras filosóficas, incluyó este discurso preliminar, que introduce su obra, y presentamos aquí por contener lo esencial de su filosofía. Asimismo, la epístola dedicatoria a Maupertuis, que encabezaba su Tratado del alma en la edición de 1745, fue suprimida, considerándose innecesaria. La presente versión corresponde al original incluido en sus Oeuvres philosophiques, Berlín, 1796. (Pág. 51.) 2 Chiraca (1650-1731), teólogo y médico francés. Combatió una epidemia de la que él mismo fue víctima. Siguió al duque de Orleans en las campañas de Italia y España, siendo nombrado primer médico de Louis X V en 1731. Entre sus obras, cabe mencionar: Lettre sur la structure des cheveux et de poils, donde las raíces capilares se comparan con las plantas bulbosas; Disser-

tatio disquiritur an incubo ferrum rubiginosum; Observations de chirurgie sur la nature et traitement des plaies. Ninguna de ellas es importante, y más bien fueron objeto del ataque deautores como La Mettrie. (Pág. 58.) 3 Se hace mención expresa de Federico I I dePrusia (1740-1786), hijo de William I y Sofía Dorotea. En 1730, éste intentó escapar al control paterno, pero fue arrestado, tratado como desertor y finalmente perdonado. Dio vida a la Academia de Berlín, cuya celebridad se difundió por toda Europa. Si bien mostró bastante indiferencia con respecto a la cultura nacional, favoreció e impulsó la Ilustración francesa, incorporando a algunos de sus autores a su corte, tales como Maupertuis, Voltaire y el propio La Mettrie, el cual no deja de mencionarlo constantemente. (Pág. 60.) 4 Fran^ois de la Motte (correctamente Mothe) le Vayer (1588-1672), hijo de Félix de la M. le V., magistrado célebre, que dirigió su educación. La his­ toria era su estudio favorito, y la diversidad de opiniones y costumbres de todos los pueblos fue la base de su escepticismo. En 1652, se encargó de la educación de Louis X IV , y posteriormente fue llamado el Plutarco de Francia. Algunas de sus obras, así como su actitud frente a la historia pueden verse como un precedente del Essai sur les moeurs de Voltaire. De su copiosa obra, merecen citarse, Discours de la contrarieté d ’humeurs qui se trouve entre certaines nations, et singuliérement entre la frangaise et l’espagnole (1636), Jugements sur les anciens et principaux historiens grecs et latins (1646), Du

peu de certitude qu'il y a dans l’histoire (1668). Es un representante de la tradición escéptica francesa que va de Montaigne a Bayle. (Pág. 61.) 5 E l filósofo Hegesias, llamado el Visithanate (que persuade de morir), floreció en el siglo i i i antes de la era cristiana. Pertenecía a la escuela cirenaica y fundó una nueva secta. Sus principios eran casi los mismos que los de su maestro, Aristipo, el cual había enseñado que es indiferente vivir o morir. Hegesias decía que es más ventajoso morir, porque está demostrado que la suma de los males es superior a la de los bienes. Su elocuencia era tal que muchos de sus auditores se dieron muerte. Esto motivó que el rey Ptolomeo cerrara su escuela. Hegesias compuso entonces un libro, en el que un hombre resuelto a morir de hambre da a sus amigos las razones de su decisión. Petrarca lo menciona en De vir til., L. I I . (Pág. 61.) 6 Samuel Freiherr von Pufendorf (1632-1694), historiador alemán. Realizó estudios de filosofía del derecho bajo Grotius y Hobbes. En el espíritu de este último concibió el Estado como nacido de la necesidad de evitar el caos. Equiparó el Derecho natural con la voluntad divina, y fue un partidario firme de la tolerancia. Se le conoce por sus Elementorum iurisprudentia universalis libri dúo (1660) y De lure naturae et gentium libri octo (1672). (Pág. 61.) 7 Montaigne (1533-1592) dice lo siguiente a este propósito: «sí ésta — re­ firiéndose a la muerte— nos da miedo, es un objeto de tormento continuo, y que no hay modo de aliviar (...). Se asusta a nuestras gentes por el mero hecho de nombrar lamuerte, y la mayor parte se santiguan, como si se tratara del nombre del diablo». Essais, L. I, cap. X X . (Pág. 65.) 8 Jonathan Swift (1667-1745), satírico irlandés, que pasó la mayor parte de su vida en Inglaterra, como secretario de Sir Willmm Temple. Su obra abarca diversidad de géneros, desde la narración y los panfletos eclesiásticos hasta la poesía narrativa, pero su característica es la sátira. Es un clásico de la literatura universal por su A Tale of a tub (1704), The Rattle of the books (1704), Gulliver's Travels (1726) y Verses on the Death of Dr. Swift, escritos poco antes de morir. (Pág. 66.) 9 Pierre Bayle (1647-1706) fue educado en el protestantismo, se convirtió al catolicismo, pero posteriormente volvió a la fe reformada. Fue defensor de la tolerancia religiosa y enemigo de las disputas teológicas en torno a la gracia y libre albedrío, sostenidas por calvinistas, jansenistas, tomistas y molinistas. E n su Dictionnaire historique et critique (1695-97) lleva a cabo un examen de problemas teológicos, metafísicos, morales y políticos, además de crear el precedente inmediato de la «crítica histórica», que tanto caracteriza a la Ilustración, así como la llamada «novela filosófica». (Pág. 67.) 10 Thomas Hobbes (1588-1679), filósofo inglés, exiliado en Francia du­ rante diez años, a causa de sus convicciones políticas. Estuvo relacionado con Galileo, Gassendi, Mersenne, Harvey y otros. De sus obras interesan: De

Cive (1642), Human Nature (1650), Leviathan or the Matter, form and power of a Commonwealth, Eclessiastical and civil (1651), De Homine (1658). (Pág. 67.) 11 La asociación de estos tres autores no es casual, sus afinidades les hizo interesarse el uno por el otro, como se pone de manifiesto en la biografía de Frangois Thomas Arnaud (1718-1805). A raíz de las tragedias que escribiera en su juventud, éste conoció a Voltaire, y, por su parte, el rey de Prusia, tras mantener una correspondencia literaria con él durante dos años, lo llamó a la Corte y lo recibió con el nombre de Apolo de Francia. Las obras más conocidas de Arnaud son: Epreuves du sentiment y Délassements de l’bomme sensible, 12 vols. de historias y anécdotas diversas. (Pág. 70.) 12 E l ensayo mencionado por La Mettrie se halla incluido en los 30 vols. de las obras completas de Federico I I , junto con el Anti-Maquiavelo. Su carac­ terística principal es la tolerancia para con todos los cultos, así como la práctica de una moral epicúrea. (Pág. 70.) 13 Se llama pirronismo a la doctrina de Pírrón y sus seguidores. En ella se descubren influencias megáricas, beraclitianas, sofísticas y cirenaicas. La ética que se propugna es alcanzar la felicidad mediante la ataraxia; ésta a su vez

constituye la base de su teoría del conocimiento. A diferencia de los estoicos, los pirrónicos no creían necesario edificar una lógica ni una física. Entre los seguidores de Pirrón, se encuentran Enesidemo y Sexto el Empírico. Poste­ riormente, el pirronismo apareció como una forma más del esceptismo antiguo, recuperado durante el Renacimiento, por el número de publicaciones y traduc­ ciones de aquellos autores que se llevaron a cabo. (Pág. 71.) 14 E l rey filósofo sigue siendo Federico I I de Prusia. (Pág. 73.) 15 Esta expresión hace alusión al fundador de la teoría sobre los movi­ mientos de los líquidos, Evangelista Torricelli (1608-1647), físico y geómetra italiano. (Pág. 74.) 16 Pierre Nicole (1625-1695), sobrino del famoso poeta Claude Nicole, conocido como el ilustre solitario de Port-Royal. Estudió humanidades, filosofía y teología. Pasó varios años dedicado a la enseñanza en Port-Royal, y en 1655 regresó a París donde estuvo trabajando bajo la dirección de Arnauld. Durante su estancia en Alemania (1658) tradujo las Lettres provinciales al latín. Pos­ teriormente Nicole y Arnauld se retiraron a Chátillon, donde compusieron la Logique ou l’art de penser (1662), que encierra el siguiente silogismo: «Nin­ guna materia piensa. / Toda alma de animal es materia. / Luego, el alma de los animales no piensa». Nicole era jansenista, y por tal motivo tuvo que exiliarse en 1679. De sus obras, cabe todavía destacar los Essais de morale, donde se muestra partidario de Bossuet frente a Fénelon, y el Traite de la

vraie et de la fausse beauté dans les ouvrages de l ’esprit, et particuliérement dans Vepigramme. (Pág. 74.) 17 Louis Bourdaloue (1632-1704), jesuíta francés, teólogo y autor de L e Problém e de la mort. Fue conocido por la santidad de su carácter y su elocuencia. La Mettrie se refiere a los Bourdaloues para designar un tipo de carácter. (Pag .75.) 18 Gaius Venes, político romano que se hizo célebre por su violación de los derechos civiles de los ciudadanos romanos. Era de carácter tiránico y fue perseguido por Cicerón. Su mención en este pasaje sirve para contraponer caracteres tan opuestos como el suyo y el de Bourdaloue. (Pág. 76.) 19 Hugues Grotius (1583-1645), sabio holandés, que a los once años fue enviado a la Universidad de Leiden, donde vivió en casa del conocido teólogo F. Junius. Fue autor de tres tragedias latinas y algunos poemas. Su obra consta principalmente de trabajos filológicos sobre derecho constitucional y derecho internacional. Fue partidario de la tolerancia religiosa y el respeto a la ley civil, fundada en la ley natural. Pufendorf aparece mencionado aquí junto a Grotius, porque perteneció a la escuela de este último, así como a la de H obbes.(Pág. 76.) 20 Todo parece indicar que el tal poeta filósofo sea Voltaire, al que La Mettrie admiraba. Muchos son los pasajes que el primero dedica contra los prejuicios y la superstición. A continuación, tratándose de unos versos, se da el original: «Ah! verrai-je toujours ma folie nation. / Incertaine en ses voeux, flétrir ce qu’elle admire. / Nos naoeurs avec nos loix toujours se contredire. / Et le foible Fran^ais s’endormir sous l ’empire. / De la superstitión».

(Pág. 81.)

21 Se trata de Federico I I de Prusia. 22 Se trata de las conmovedoras elegías de Tristia, exiliado en Tomis, cerca de la riormente escribió las Epistulae et Ponto, nicus, su mujer, etc. (Pág. 85.)

(Pág. 84.) que escribió Ovidio bajo el nombre desembocadura del Danubio. Poste­ dirigidas a César Augusto, Germa-

1 Es la primera obra filosófica de La Mettrie, y fue editada en 1745 bajo el título de Historia natural del alma. Como obra preliminar, La Mettrie pro­ cura sintetizar las premisas en que fundamenta su sistema materialista, al igual que posteriormente haría D ’Holbach en su Systéme de la Nature. En cierto modo se sigue el ejemplo de los Essais de Montaigne y del Traité des passions de Descartes, en el tratamiento de los diferentes temas que se exponen. La presente versión corresponde al original incluido en sus Oeuvres philosophiques, Berlín, 1796. (Pág. 87.) 2 En la mitología griega, Ixión era hijo de Flegias, rey de los lapitas, Ase­ sinó a Deioneo, padre de su esposa Día, pero fue perdonado por Zeus, el cual lo hospedó en el Olimpo. Allí intentó seducir a Hera, pero ésta se trans­ formó en Nefele (nube), y del connubio nacieron los Centauros. También se dice que fue castigado al infierno. Lo citan Ovidio en las Metamorfosis (IV ), y Virgilio en la Eneida (V I). (Pág. 90.) 3 En una carta al marqués de Newcastle, desde Egmond, en octubre de 1645, Descartes dice lo siguiente: «En lo que respecta a la causa general de todos los movimientos, no concibo otra cosa que no sea Dios, el cual, desde el mismo instante que creó la materia, empezó a mover diversamente todas sus partes, y ahora, mediante la misma acción por la que conserva esta materia, conserva a su vez en ella, tanto movimiento como le ha puesto».

(Pág. 96.) 4 Se hace referencia directa a la teoría de los animales-máquinas de Des­ cartes, contra la que La Mettrie escribe Los animales más que máquinas. Me­ diante la ausencia de alma en los anímales, Descartes salvaba al hombre de esta categoría, y, por consiguiente, el alma espiritual con todos los atributos que se derivan de ello. (Pág. 97.) 5 Frangois Quesnay (1694-1774), físico y economista francés. Fue físico del duque de Villeroi y del rey de Francia. En economía, fue un colaborador de la Enciclopedia; sus artículos formulaban las bases de la teoría de los fisiócratas. Es autor del Tableau économique (1758), Máximes (1758), y Physiocratie (1768). (Pág. 101.) 6 Guillaume Lamy, médico y filósofo francés del siglo xv m . Es uno de los precedentes inmediatos de La Mettrie, por cuanto sostiene que entre el hombre y los animales no media ninguna diferencia. Se sitúa en la corriente epicúreocartesiana. Escribió De principias rerum (1669), Explication mécanique des fonctions de Váme sensitive (1677), y el Discours de la connaissance de soiméme (entre 1694 y 1698). (Pág. 101.) 7 Claudius Galeno (130-200), médico romano, cuya obra procede en gran parte de la de Hipócrates. Su Corpus medicorum Graecorum estuvo en boga hasta la primera mitad del siglo xv n, época en la que empieza a desarrollarse una medicina moderna. Se incluye en la tendencia empírica defendida en el mundo antiguo. Otra de sus obras que merece mencionarse es De victu attenuante. (Pág. 103.) 8 Claude Perrault (1613-1718), médico, naturalista y arquitecto francés. En el dominio de la fisiología vegetal descubrió el fenómeno de la savia ascendente, y en el de la fisiología animal describió el proceso auditivo. Es un animista, pero menos extremo que Staahl. Como arquitecto, tradujo y comentó la obra de Vitrubio, tras lo cual construyó la columnata del Louvre y el Observatorio de París. E l abanico de sus obras pone de manifiesto la diversidad de sus intereses: Ordonnance des cinq especes de colonnes (1683), Oeuvres diverses de physique et de mécanique (1725), Mémoires pour servir á l’histoire naturelle des animaux (1676) y el Traite de la mécanique des animaux, citado en el texto. (Pág. (Pág. 104.) 9 Alexander Stuart investigó las fibras musculares, descubriendo que éstas

conservaban sus propiedades irritables después de ser separadas de los respec­ tivos nervios. (Pág. 104.) 10 Robert Tabor o Talbor (1642-1681), físico inglés. Todo su mérito reside en haber mejorado los métodos de administración de quinina. Curó a Charles I I y a Louis X IV . (Pág. 104.) 11 No obstante, pese a lo que diga La Mettrie, véase en Descartes el ar­ tículo 34 de Las Pasiones del alma, donde se explica «cómo actúan una sobre el otro, el alma y el cuerpo»: «el alma tiene su sede principal en la pequeña glándula que hay en medio del cerebro, desde donde irradia a todo el resto del cuerpo por medio de los espíritus, de los nervios e incluso de la sangre, que participando en las impresiones de los espíritus, los puede llevar a través de las arterias a todos los miembros». Lo que La Mettrie quiere es denunciar esta unió compositionis, como una falacia. (Pág. 114.) 12 Lucrecio (años 96-55 a. C.). Según crónica de San Jerónimo, se volvió loco tras ingerir un filtro amoroso, y escribía en sus intervalos de lucidez, hasta que se suicidó. En el libro I I I de su De Rerum Natura es donde define el alma material como parte del cuerpo, y defiende la desaparición del alma con la disolución del cuerpo. E l poema filosófico citado contiene los elementos racionalistas y empiristas que dominaron alternativamente entre los epicúreos. (Pág. 114.) 13 Teófilo Bonnet, médico suizo del siglo xvu. Se le puede considerar como creador de la anatomía patológica, y precedente inmediato de Morgagni. Sus obras principales son: Phare des médecins (1668) y Cimetiére anatomique (1679). La primera es un extracto de sus observaciones prácticas y la se­ gunda una recopilación de muchas aperturas de cadáveres, donde investiga las causas de las enfermedades y los motivos de la muerte. (Pág. 118.) 14 Fabrice o Fabri de Hilden, comúnmente denominado Fabricius Hildanus, nacido en Colonia en 1560. Fue un médico y cirujano notable, que Louis X I I I escogió como médico de su embajada en Suiza. Sus trabajos tratan del sonam­ bulismo, la abstinencia prolongada, la disentería, la parálisis, la apoplegía, la pleuresía, y enfermedades infantiles. De sus obras destacan: De la Cangrene

ei du sphacéle y Traité de la désynterie. (Pág. 119.) 15 Jean Mabillon (1632-1707), benedictino de la congregación de St-Maur. En 1654-55, fue encargado de la dirección y enseñanza de los novicios, pero al cabo de un tiempo se quedó casi reducido a no poder pensar. De su trabajo de erudición nació esta obra, el Traité de diplomatique, que le concedió fama perenne. Esta a su vez fue fruto de sus viajes a Italia y Alemania para tra­ bajar en manuscritos. (Pág. 119.) 16 Antoine Houdar de la Motte (1672-1731) es uno de los autores lite­ rarios más destacables de los que ilustraron el fin del siglo de Louis X IV y comienzos del siglo xv m . Se abandonó a su pasión por el teatro y compuso sucesivamente L ’Europe galante, Issé, Amadis de Gaula, L ’amant difficile, et­ cétera. La tragedia que cita La Mettrie es la última de las cuatro que escribió: Maccabées, Romulus, Oedipe. E l éxito de esta obra fue comparable al del Cid. E l estilo, sin embargo, fue objeto de la crítica; al mismo tiempo, la versificación es dura, y la pasión se expresa en ella sin calor ni fuerza. (Pág. 119.) 17 Se trata del cap. X X I de los Essais, «De la forcé de l ’imagination». Montaigne refiere allí varios casos que ponen de manifiesto el imperio de la ima­ ginación sobre nuestra voluntad; a continuación se cita a sí mismo y da numero­ sos ejemplos, como el de Gallus Vivius, rey de Italia, Plinio, etc. (Pág. 122.) 18 La definición de La Mettrie merece compararse con la que da Descartes en Las pasiones del alma, art. 7, el cual dice refiriéndose a las pasiones: «me parece que en general se las puede definir como percepciones, o sentimientos, o emociones del alma que se refieren particularmente a ella y que son moti­ vadas, mantenidas y amplificadas por algún movimiento de los espíritus». Además, para Descartes sólo hay seis pasiones primarias (admiración, amor, odio, deseo, alegría, tristeza), y las demás son compuestas de éstas. La Mettrie no establece semejante clasificación jerárquica. (Pág. 123.)

19 Montaigne explica el funcionamiento mecanicista de cada una de las partes de nuestro cuerpo del siguiente modo: «Cada una posee las pasiones que le corresponden, que las despiertan y adormecen, sin nuestro permiso. Cuantas veces, los movimientos forzados de nuestro rostro revelan los pensa­ mientos que manteníamos secretos, traicionándonos ante los asistentes ( ...) ¿Hay acaso otra cosa que no sean estos músculos y estas venas que se ende­ rezan y se yerguen, no sólo sin el control de nuestra voluntad, sino incluso de nuestro pensamiento? Nosotros no ordenamos que nuestros cabellos se ericen, ni que nuestra piel se estremezca de deseo o temor. La mano, de igual modo, se dirige a menudo donde no la enviamos», (Cap. X X I , L. I de los Essais.) (Pág. 125.) 20 Georges-Ernest Staahl (1660-1734), médico, químico y filósofo alemán. Enseñó en la Universidad de Halle y más tarde fue médico del rey de Prusia. (Pág. 129.) 21 La Mettrie cita de nuevo a Staahl como el autor de la teoría animista, según la cual el alma era el principio de vida, donde revela una clara influencia del espiritualismo leibniciano. (Pág. 129.) 22 La Mettrie trata de rebatir los conocidos argumentos aducidos por Des­ cartes para distinguir al hombre del animal, según los cuales la incapacidad de los animales para elaborar o construir el lenguaje de las palabras denota la ausencia de alma en la especie. (Pág. 131.) 23 Alexis-Claude Clairaut (1713-1765), matemático francés. A la edad de diez años comprendía el tratado de los Infiniment petits, y a los doce, leyó ante la Academia de las Ciencias una memoria sobre cuatro curvas, que había descubierto. Fue a Laponia con Maupertuis y a su regreso publicó: Sur la figure de la terre, la Théorie des trois corps, de las cuales a su vez dedujo su Tableau des mouvements de la lune y la Recberche et calculs sur la co­ mité de Halley. Sus obras más célebres son sus Eléments de géometrie (1741) dedicados a Mme. du Chatélet, y que La Mettrie cita en el texto, y sus Eléments d’algebre (1746). (Pág. 139.) 24 Pierre Louis Moreau de Maupertuis (1698-1759) geómetra y astrónomo francés, fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1743, reemplazando al Abbé de Saint-Pierre. En su discurso de recepción pretendió demostrar que el objeto de los estudios de geometría y del «bel esprit» es el mismo y de­ pende de los mismos principios. Para entonces ya había publicado: Discours

sur la paraffaxe de la lune (1741), Discours sur la figure des astres (1742), y Lettre sur la comete (1742). (Pág. 139.) 25 Claudio Ptolomeus, astrónomo, matemático y geógrafo de Alejandría. Su Almagest (Megalé Syntaxis tes Astronomías) describía un sistema de astro­ nomía y geografía basado en la teoría de que el sol, planetas y estrellas giraban alrededor de la tierra. Tal sistema fue aceptado, hasta ser desplazado por el copernicano en los siglos xvi-xvil. Su geografía contiene una descripción de la talla de la tierra, de su superficie, y una lista de lugares localizados por latiud y longitud. (Pág. 141.) 26 E l original dice: «Du sommeil et des reves». La traducción más indi­ cada ha parecido aquí «dormir» y «soñar», puesto que «sommeil» significa también «sueño», pero referido a la acción de dormir. (Pág. 142.) 27 Jean Pierre de Crousaz (1663-1750), escritor suizo. Estudió matemáticas y tomó partido por la filosofía de Descartes, pues si bien refutó el automa­ tismo animal y el pirronismo, mantuvo el dualismo cartesiano. Fue pastor pro­ testante, profesor de filosofía y rector de la Academia. De su amplia obra merecen citarse: Systeme des reflexions qui peuvent contribuer a la netteté

et á l’étude de nos connaissances, au nouvel essai de Logique (1712), Traité du beau (1715), Examen du traité de la liberté de penser d'A. Collins (1715), Examen du pirronisme anden et moderne (1733), y Reflexions sur la belle Wolffienne (1744). (Pág. 152.) 28 Los Elementos de la filosofía de Newton fueron impresos en 1738, y

completados muy pronto por Voltaire con La Metafísica de Newton, en 1740. (Pág. 158.) 29 William Molyneux (1656-1698), científico irlandés, conocido gracias a Locke hasta el primer tercio del siglo xix, a consecuencia del llamado «Pro­ blema Molyneux», iniciado a partir de una carta de este último a Locke, el 2 de marzo de 1693, donde se propone demostrar mediante el ejemplo del ciego de nacimiento que toda noción se adquiere mediante el conocimiento sensible. Ello ilustró a Locke la tesis empirista y anti-innatista de las ideas. Se encuentran referencias al Problema Molyneux en Philosophical comments de Berkeley, el Traité des systemes de Condillac, y la Lettre sur les aveugles de Diderot. (Pág. 159.) 30 Jean-Conrad Ammán (1669-1730), médico holandés, ejerció su profesión en Amsterdam hacia finales del siglo xv ii. Se hizo célebre por el arte de hacer hablar a los sordos y mudos, y dio a conocer su método en un escrito titulado Surdus loquens, Harlemii (1692), reimpreso bajo el siguiente título: Dissertatio de loquela Amstelodami. Su objetivo fue habilitar a los sordomudos para articular los diferentes sonidos, mediante la visión y entendimiento de las correspondientes disposiciones del aparato vocal. Se le debe también buena parte de la edición de las obras de Coeiius Aurelianus (1709). (Pág. 159.) 31 Jean Astruc (1684-1766), médico francés admirado por Chirac. En 1710, obtuvo la cátedra de anatomía en la Universidad de Toulouse. La lista de sus obras ilustra el objeto de sus investigaciones diversas en el campo de la medicina, física y filosofía. Dissertatio de motus fermentativi cause (1702), Dissertatio physica de Motu musculari (1710), Mémoire sur la cause de la digestión, Dissertatio de Sensatione (1720), Disputatio de Pahantasie et Imaginatione (1723), Dissertation sur l’origine des maladies épidémiques, De Morbis venereis libri sex (1736), y, por último, su Dissertation sur l'immortalité, l’immaterialité et la liberté de l’áme (1755). (Pág. 161.) 32 Todos los ejemplos referidos a la pronunciación de las letras que se citan a continuación, tratan del abecedario francés. (Pág. 162.) 33 Tal vez La Mettrie se refiera al abbé Cordier, famoso jansenista, con el que estudió un curso de lógica, el año antes de iniciar sus estudios de Medicina. (Pág. 164.) 34 Bernard Connor (1666-1698), médico y filósofo irlandés de familia cató­ lica. Fue a Francia a estudiar y en París conoció al hijo de! canciller de Polonia. De ahí que viajara a este país, donde el rey Sobieski lo nombró primer mé­ dico. Cuando volvió a Inglaterra, abrazó el protestantismo. En 1697 publicó su Evangelicum medid, seu medicina mystica de suspensis naturae legibus, donde se proponía reconciliar la razón con la doctrina de los milagros, pero fue acusado de ateísmo por declarar que los milagros no eran tales milagros. Escribió además un Epistolario desde Polonia y unas disertaciones sobre temas de medicina o historia natural. (Pág. 165.) 35 Hombre de los bosques u hombre salvaje son ambas traducciones literales del término orangután, que en el siglo x v iii todavía se usaban común­ mente para designar a los monos antropoides. Una fuente importante para el conocimiento del hombre salvaje fue la obra de Nicolás Tulpius Observationes me dicae, 1641, que contenía la descripción más antigua y auténtica del chimpancé. (Pág. 166.) 36 Se refiere a Fontenelle. (Pág, 168.) 37 La descripción más temprana de la niña salvaje fue procurada por el Mercure de France en diciembre de 1731. La niña fue encontrada en el bosque de Songi, cerca de Chálons, en el mes de septiembre de este mismo año. Su origen era desconocido y no tenía lenguaje alguno; sólo se expresaba por medio de gritos y gestos. Fue trasladada al hospital general de St-Maur para ser instruida, hasta 1744, que el Duque de Orleans la vio en el convento de las Regentes de Chálons y la adoptó. La historia de que se comió a su hermana parece más bien un bulo, pero tiene una raíz anecdótica. Dicha historia tuvo una importancia notable en el siglo x v m ; Voltaire la menciona

en el prefacio al Poéme sur la loi naturelle, y Buffon en la Histoire naturelle de V&me, considerando a la niña como un ejemplo del hombre en el estado salvaje. (Pág. 168.) 38 Arnobio es el célebre apologista africano que nació en Sica y murió hacia el año 327. Sus siete libros que componen el Adversus nationes, obra llena de reminiscencias literarias del paganismo, que Amobio escribió tras su conversión al cristianismo a raíz de un sueño, cuando contaba sesenta años de edad, pretende ser una condena de los pueblos paganos. (Pág. 169.)

R e c a p it u l a c ió n

de

los

s is t e m a s

1 Se trata de un texto que La Mettrie elaboró para facilitar la comprensión del Tratado del alma. En realidad no es más que un apéndice, que contiene anotaciones y ocurrencias diversas sobre los autores que considera más pró­ ximos a él. Pasa revista a los sistemas de Descartes, Mallebranche, Leibniz, Wolff, Locke, Boerhaave, Spinoza, y proporciona una lista de aquellos que han creído el alma mortal e inmortal. La presente versión corresponde al original incluido en sus Oeuvres philosopbiques, Berlín, 1744. (Pág. 171.) 2 La Mettrie hace un elogio implícito del Discurso del método, y esboza su crítica a las contradicciones inherentes al sistema cartesiano, derivadas según él de esta búsqueda de armonía que Descartes pretendía establecer entre los principios de su Metafísica y la ciencia de la experiencia, que debe su funda­ mento a la «Duda universal», punto de partida del Discurso. (Pág. 173.) 3 Antoine Goudin (1639-1695), dominicano francés, que La Mettrie con­ sidera un escolástico. Se dedicó a la enseñanza de la filosofía, y compuso Pbilosophia juxta inconcussa tutissimaque Divi Thomae Dogmatis, que circuló profusamente por Francia y España. (Pág. 174.) 4 La carta que cita la Mettrie puede referirse a la que escribe Descartes a la princesa Elisabet (Egmond, 3-11-1645), donde dice: «Por lo que respecta al estado del alma tras esta vida, tengo mucho menos conocimiento de ello que M. d’Igby; pues si dejamos de lado lo que la fe nos enseña, confieso que por la sola razón natural, podemos hacer conjeturas en provecho nuestro y tener hermosas esperanzas, pero ninguna seguridad { ...). Y me parece que verdaderamente no debemos temer la muerte, pero tampoco debemos buscarla jamás». (Pág. 175.) 5 Autor cít. en el Tratado del alma. (Pág. 175.) 6 André-Frangois B. Deslandes (1690-1757), literato francés que fue comi­ sario general de la marina en Rochefort. De sus obras se citan: Histoire cri­ tique de la philosophie (1731, 3 vols.), Essai des différents degrés de certitude morale (1750), y un estudio sobre la marina de los antiguos. (Pág. 175.) 7 Hyacinthe Cordonnier, llamado el caballero de Thémiséne (1684-1746). Fue un oficial de caballería, conocido por sus líos amorosos, como el que tuvo con la mujer del embajador de España en Holanda, de donde tuvo que huir. Contribuyó a fundar el Journal littéraire (1713) y publicó el Chef d ’oeuvre d'un inconnu bajo el nombre de Chrysostomus Mathanasius; se trata de una viva sátira de la pedantería de la época y del ridículo abusode citaciones en ciertos autores. Se casó en 1722, abrazó el protestantismo y fue amigo de Voltaire, pese a escribir posteriormente contra él la Déification du docteur Aristarchus Masso. (Pág. 178.) 8 Mine, la Marquise du Chátelet (1706-1749) es el nombre literario de Gabrielle-Emille le Tonnelier de Breteuil. Célebre personaje femenino del mundo de la Ilustración. Sabía el latín, el italiano, el inglés, el español, y de buena hora se interesó por la metafísica y las matemáticas, de igual modo

que por la música. Mantuvo amistad con Clairaut, Maupertuis, Koenig, Bernouilli. Su inclinación por los placeres de la vida mundana prestaron amplia materia para la crítica escandalosa del siglo xv m . Voltaire y ella fueron una pareja inseparable, y vivieron juntos en el castillo de Cirey durante más de quince años. La única vez que engañó a Voltaire, según se dice, fue con el amigo Saint-Lambert. De sus obras merecen mencionarse: Institutions de physique (1740), Réponse á la lettre de Mairan sur la question des forces vives (1741), Dissertation sur la nature et propagation du feu (1744), Doutes sur les religions révélées adressés a Voltaire (1792). Tradujo de Newton los Principes mathématiques de la pbylosophie naturelle y escribió unas memorias. La Mettrie, tras la primera edición del Tratado del alma, escribió una Lettre critique h la marquise con la exposición de su obra. (Pág. 179.) 9 Samuel Clarke (1675-1729), filósofo inglés, capellán de la reina Ana de Inglaterra. Publicó excelentes traducciones de los clásicos, particularmente de César y Homero. Concibió su misión como una lucha por la defensa del cristianismo. Su obra principal esA Demonstration of the Being and Attributes o f God, para servir a modo de respuesta a Hobbes, Spinoza y a sus parti­ darios. Esta obra se publicó en1705-6, y fue traducida al francés en 1744. La primera prueba de Dios, según él, es la que se extrae de la necesidad: «la existencia de la causa primera es necesaria y absoluta en sí misma». El razonamiento de Clarke parte de las siguientes premisas: algo ha existido desde toda la eternidad, porque algo existe en la actualidad; la contingencia exige un ser independiente e inmóvil; este ser existe por sí mismo. Frente a Collins, defendió el libre arbitrio en Philosophical Inquiry concerning Human Liberty (1751). Mantuvo una polémica con Leibniz, por considerar el espacio y el tiempo como atributos reales de Dios, mientras Leibniz las denominaba puras abstracciones. En moral escribió: Discourse concerning the Unchangeable Obligations of Natural Religión (1708). (Pág. 179.) 10 Thomas Sydenham (1624-1689), médico inglés, dedicado especialmente a la medicina práctica. Creyendo reconocer que ciertas epidemias eran de origen inflamatorio, las combatió por un método antiflogístico. Introdujo mejoras en la práctica de la medicina e inventó la composición del láudano que lleva su nombre. Su dedicación se pone de manifiesto en obras tales como: Epístola

responsoria ad Rob. Brady, de febribus posteriorum annorum, et rhumatismo (1680), Dissertatio epistolaria ad G. Colé de las observationibus superis circa curationem variolarum confluentium necnon de affectione hysterica (1682). (Pág. 185.) 11 Autor cit. en el Tratado del alma, a propósito de sus Elementos de geometría. (Pág. 185.) 12 Jacques Abadie (1654-1727), teólogo protestante suizo, que se exilió tras la Revocación del Edicto de Nantes. Es autor del Traité de la vérité de la religión chrétienne (1684) y de L ’Art de se connaitre soi-méme ou la Recherche des ressources de la morale (1692). (Pág. 186.) 13 Etienne Bonnot de Condillac (1715-1780) desde el punto de vista de La Mettrie es uno de los autores ilustrados que más lejos llevó la crítica del racionalismo e innatismo de los filósofos del siglo precedente. Condillac, concibiendo la sensación como base del conocimiento, primero llevó a cabo el análisis del significado del lenguaje como sistema de símbolos en la forma­ ción del conocimiento, y luego se ocupó de la naturaleza y origen de las sensaciones. Su antecedente más claro es Locke, sin lugar a dudas. Merecen mencionarse las siguientes obras: Essai sur l ’origine des connaissances humaines (1746); Traité des systémes (1749); Traité des sensations (1754), Traité des animaux (1755) y La Langue des ealculs (1798). (Pág. 189.) 14 Este traductor es La Mettrie. (Pág. 189.) 15 Guillaume Chaulieu, abate (1639-1720), poeta francés, llamado el Anacreonte del Templo. Autor de Ode sur l ’inconstance, L a Retraite, La Solitude de Tontenoy y Poésies. Como Anacreonte, sintió la embriaguez del amor y de los versos hasta su vejez. Mantuvo relaciones con Mme. de Stael, y Voltaire

hace un elogio suyo en Le Tem ple du goüt. A causa de su vida voluptuosa y libertina, Louis X IV impidió su ingreso en la Academia francesa. (Pág. 190.) 16 E l original francés de este poema es el siguiente: «Plus j ’approche du terme, et moins je le redoute: / Par des principes sürs, mon esprit affermi, / Content, persuadé, ne connoít plus le doute. / Des suites de ma fin je n ’ai jamais frémi. / E t plein d’une douce espérance / Je mourrais dans la confiance; / Au sortir de ce triste lieu, / De trouver un asyle, une retraite süre, / Ou dans le sein de la nature, / Ou bien dans les bras de mon dieu». (Pág. 190.)

E

l

F I o m b r e - m á q u in a

1 Esta se considera la pieza central del sistema materialista de La Mettrie y merece ser observada como tal. La fisiología mecanicista, basándose en todos los descubrimientos anatómicos que habían tenido lugar hasta entonces, es llevada hasta sus últimas consecuencias, tal como Descartes había postulado para los organismos de los animales. E l libro tuvo tres ediciones consecutivas el mismo año de su primera publicación, pero fue condenado y quemado en la plaza de la Haya, y su autor se vio obligado a buscar refugio en la Corte de Federico I I. La presente traducción corresponde a la versión original publicada por Ediciones Pauvert, París, 1966, que a su vez se basa en una de las primeras ediciones. (Pág. 197.) 2 Elie Lusak fue el impresor de El Hombre-máquina, obra que hizo pre­ ceder de la Advertencia que se reproduce aquí. En 1749 publicó el Essai sur la liberté de produire des sentiments, siendo atacado de inmediato por su tolerancia. (Pág. 199.) 3 Albert von Haller (1708-1777), fisiólogo suizo que tuvo agudas polémicas con La Mettrie. Una de ellas surgió a raíz de la acusación que éste hizo a La Mettrie sobre el uso del principio de irritabilidad muscular, como no es expuesto en este texto. Haller se caracterizó como enemigo de los Enciclope­ distas y de Linneo.(Pág. 201.) 4 Esta dedicatoria es la primera anécdota de varios episodios satíricos intercambiados entre La Mettrie y el círculo de Haller. Bergmann en Satiren des Herrn Maschine describe su enemistad. Por lo demás, la actitud de La Mettrie es completamente irónica. (Pág. 201.) 5 Hieronymus Fracastoro (1483-1553), humanista italiano, que es aquí comparado sarcásticamente con Haller, porque ambos compaginaron su tra­ bajo científico con la poesía. Su obra más conocida es Syphilidis, sive morbus gallicus (1530). (Pág. 201.) 6 Se trata del mismo La Mettrie, en tanto que autor de La Voluptuosidad. (Pág. 202.) 7 Mlle. del Bar, o Marie Thérese del Bar (1688-1751), fue la esposa de A. Pirón, clasicista conocido por su Métromanie. En 1749, ésta fue víctima de una enfermedad nerviosa que la paralizó para el resto de sus días. (Pág, 202.) 8 Frangois Rebel (1701-1775), superintendente de la música, del rey. Fue director de ópera entre 1737 y 1747, y compositor de óperas, ballets y divertimentos. (Pág. 202.) 9 Mérope es una de las tragedias más conocidas de Voltaire. Probable­ mente, La Mettrie se refiera a la representación de 1743, cuya actriz principal fue Mlle. Dumesnil. (Pág. 202.) 10 Jonathan Richardson (1665-1745), pintor y literato inglés, conocido sobre todo por su Essay on the whole Art of Criticism as it relates to Painting (1715), que se tradujo al francés en 1728. (Pág. 203.)

11 Joseph Juste Scaliger (1540-1609) es uno de los mayores filólogos fran­ ceses del siglo xvi. Fue un gran admirador de los clásicos y contribuyó a su difusión. (Pág. 203.) 12 Anne Lefevre Dacier (1654-1720), distinguida mujer letrada, que casó con André Dacier, famoso filólogo y clasicista. Tradujo la litada y la Odisea, como a Aristófanes, Terencio, Plauto, Anacreonte y otros. (Pág. 203.) 13 Arquímedes fue asesinado por error, mientras se encontraba dibujando figuras matemáticas en la arena, durante la violencia que siguió a la captura de Siracusa por el general romano, Marcellus. (Pág. 203.) 14 Alexander Pope (1688-1744), poeta neoclásico inglés, conocido y divul­ gado en Francia por los ilustrados franceses, y mencionado aquí tal vez por su Essay of man (1733). (Pág. 204.) 15 Charles de Linnaeus (1707-1778), naturalista sueco, que se hizo célebre por su clasificación de las plantas. Trabajó con Celso. Tras su viaje a Laponia y después de una serie de episodios visitó a Boerhaave, el cual le presentó a George Cliffort, un apasionado por la historia natural. En sus primeras obras, Systema naturae seu regna tria naturae systematica proposita, per clases, ordine, et species (1735) y Fundamenta botanica (1736), proporciona un catá­ logo completo de las especies vegetales. En el Systema naturae Linnaeus dividía los reinos de la naturaleza en: 1. mineral, dividido a su vez en piedras, que comprendían las sales, los combustibles, los metales, y en fósiles, que abarcaban tierras, concreciones y petrificaciones; 2. vegetal, dividido según el sistema sexual, y fundado en la posición relativa, la proporción, conexión o distinción, y el nombre de estambres o pistilos; 3. animal, con los cuadrúpedos, pájaros, reptiles, peces, insectos y gusanos. E l resto de su obra trata de los mismos temas, y su enumeración da una idea de la magnitud de sus investigaciones:

Bibliotheca botanica recensens libros plus mille de plañís huc usque editos secundum systema auctoris naturale (1736), Classes plantarum (1738), Critica botánica (1737) y Philosophia botanica (1751). (Pág. 205.) 16 Autor cit. La Mettrie se refiere aquí a la estancia de Maupertuis en la Corte de Federico I I de Prusia, desde que fue nombrado presidente de la Academia de Berlín en 1746. (Pág. 205.) 17 Los hermanos de Elena eran Castor y Pólux, los cuales se creyeron protectores de los marinos. (Pág. 205.) 18 La cita se ha extraído de la Epitre a M. de Genonville, de Voltaire. (Pág. 207.) 19 Abbé-Noel Antoine Pluche (1688-1761), poeta neoclásico francés, autor entre otras obras del Spectacle de la N ature ou Entretiens sur les particülarités de la Science naturelle, obra que fue traducida a casi todas las lenguas eu­ ropeas. (Pág. 208.) 20 Plinio o el Naturalista, autor de la famosa Historia natural, donde varias reflexiones sobre la inferioridad física del hombre respecto a los animales, al nacer el mundo, lleva a un pesimismo pagano sobre la condición humana. (Pág. 209.) 21 Autor cit. en el Discurso preliminar a propósito del «vacío torricelliano». Fue discípulo de Galileo, e hizo otros muchos descubrimientos, admirados por Descartes y Pascal. Es el fundador de la teoría sobre los movimientos de los líquidos, al comprobar que en las bombas, el agua subía por la presión del aíre exterior y no por la atracción del vacío. Construyó un barómetro y perfeccionó la técnica galileana de la fabricación de telescopios. (Pág. 209.) 22 E l consejo procede de Mme. du Chátelet, a la que La Mettrie cita en la Recapitulación de los sistemas, y considera uno de los mayores exponentes del método experimental. (Pág. 210.) 23 Se trata del propio La Mettrie, citándose como autor del Tratado del alma, (Pág. 210.) 24 Autor cit. en el Tratado del alma. (Pág. 210.) 25 Julio Cano, filósofo romano, que vivió bajo el reinado de Calígula y fue miembro del patriciado. Fue condenado a muerte por sus reproches al

tirano. Séneca da testimonio del estoicismo con el que aceptó la muerte, en

De tranquilitate animi. (Pág. 211.) 26 Séneca, el cual fue acusado de conspirar contra Nerón y condenado a suicidarse, ilustrando así su doctrina estoica, por la serenidad con la que lo hizo. (Pág. 211.) 27 Titus Gaius Petronius, escritor romano del siglo i. Su muerte corres­ ponde al retrato de Tácito, y al espíritu del Satiricón, tan admirable como la de Cano y Séneca. (Pág. 211.) 28 Extracto de Moral Essays de Alexander Pope. (Pág. 213.) 29 Johannes-Baptista Van Helmont (1577-1664), químico, médico y filósofo de origen flamenco. Concibió por primera vez la naturaleza de los cuerpos gaseosos, el mismo nombre de gas derivado del caos paracelsiano; asimismo, descubrió y describió el ácido carbónico. Fue enemigo de la escolástica y del espíritu del humanismo. E l verdadero método consiste para él en la expe­ riencia sensorial iluminada por la experiencia interior o intuición, y la coexistencia de experimentalismo y misticismo. Merecen citarse las siguientes obras: De Magnética vulnerum naturali et legitima curatione (1662), De peste,

De victu, Eisasoge in artem medicam a Paracelso restituam sedes animae (1644). Aristóteles ponía la sede del alma en el corazón, Platón en el cerebro, Descartes en la glándula pineal, y Van Helmont en el píloro. (Pág. 213.) 30 Jacques Pernetti o Pernetty (1696-1777) es el autor de las Lettres philosophiques sur les physionomies (1746). Fue canónigo de la catedral de Lyon y miembro de la Academia literaria de esta ciudad, en la que nació. Es además autor de las Observations sur la vraie philosophie (1757), Recherches pour servir a l'histoire de Lyon (1760), y Essai sur les coeurs (1765). (Pág. 214.) 31 Richard Steele (1671-1729), crítico y autor dramático inglés. Escribió The Christian hero (1701), The Funeral (1701), The Tender Husband (1705), The concious Lovers (1722), todas ellas comedias sentimentales, en las que se deja ver la influencia de Moliere y Terencio. Fundó los siguientes perió­ dicos: The Tatler (1709), The Spectator (1711) y The Guardian (1713), donde, con Addison, se distinguió ante todo como brillante ensayista de carácter costumbrista. (Pág. 214.) 32 Giovanni-Maria Lancisi (1654-1720), médico de varios papas; escribió una Dissertatio altera de sede cogitantis animae, De Motus cordis et aneurysmatibus. Estudió filosofía y medicina, dedicándose también a la cirugía; dejó importantes observaciones sobre la naturaleza de las enfermedades car­ díacas y otros aspectos de la anatomía humana. (Pág. 215.) 33 Franfois de la Peyronnie (1678-1747), cirujano mayor del rey Louis X IV , quien a instancias suyas creó la Real Academia de Cirugía. De su obra merece citarse: Sur la cure de hernies avec gangréne, Sur une excroissance de la matrice y Sur les maladies du cerveau, donde afirma que la sede del alma es el cuerpo calloso. (Pág. 215.) 34 Thomas Willis (1622-1675), médico y anatomista inglés. Profesor de filosofía natural en Oxford y fundador de la Royal Society de Londres. De sus obras se citan: Diatribae duae de fermentatione et de febribus (1659) y

Affectionum quae dicuntur hystericae et hypochondracae pathologia spasmodica (1670). (Pág. 216.) 35 Argos, según la mitología griega, era hijo de Inaco o de Argenos. Con­ taba con un gran número de ojos distribuidos por todo el cuerpo, por cuyo motivo se le llamaba omnividente. (Pág. 216.) 36 Fontenelle, Dialogues des morts, «Charles V et Erasme». (Pág. 216.) 37 Se trata del orang-után; del malayo orang (hombre), y után (bosque). (Pág. 217.) 38 Autor cit. en el Tratado del alma. (Pág. 217.) 39 William Temple (1628-1699), librepensador, estadista y escritor inglés. Miembro del Parlamento de Irlanda. Negoció en nombre del rey la triple Alianza de Inglaterra, Holanda y Suecia, contra el expansionismo francés. De sus obras destacan: Observations upon the United Provinces of the

Netherlands (1672), Miscellanies (1693), Introduction to the History of England (1695), y sus Memorias, que Swift publicó en 1709. (Pág. 218.) 40 Abraham Trembley (1700-1784), pedagogo, matemático y naturalista suizo. Debió su fama sobre todo a las experiencias que realizó sobre la rege­ neración de los tejidos y órganos de la hidra, de las cuales salieron sus

Mémoires pour servir a Vhistoire d ’un genre de polypes d ’eau douce a bras en form e de com es (1744). (Pág. 218.) 41 Se nos da una descripción detallada de este caso en el Sistema de Epicuro (af. X IV ), donde La Mettrie afirma haberla visto con sus propios ojos. (Pág. 223.) 42 y 43 Se denomina pirrónicos a los partidarios del pirronismo; la aso­ ciación que hace La Mettrie entre Bayle y éstos deriva de la influencia de los últimos en éste. Sin embargo, tal influencia no fue inferior a la ejercida en autores como Montaigne, Charron, Gassendi, Pico de la Mirandola. Des­ cartes y el Padre Mersenne se defendieron contra los ataques pirrónicos. Uno de los filósofos destacados del siglo xv n en quien influyó el pirronismo fue Hume. (Pág. 224.) 44 Caso citado en el Tratado del alma. (Pág. 229.) 43 Jean-Baptiste Gastón, duque de Orléans ( 1608-1660), fue el tercer hijo de Henri IV y un hermano de Louis X I I I . (Pág. 229.) 46 La Mettrie encontró este caso en Gaubius, De regimine mentís. (Pág. 229.) 47 La Mettrie lo encontró también en Gaubius (obr. cit.), el cual a su vez lo tomó de Johann Schenk, Observationum medicarum rasionum, libri V II (Lyon, 1644). (Pág. 229.) 48 Este caso de canibalismo primero fue descrito en Gasparo Bugati,

Historia universalle, nella quale si raconta tuto quel ch’é successo dal prin­ cipio dil mondo fino all anno 1569 (Venecia 1570). Posteriormente, la his­ toria fue contada de nuevo por Donati, De medica historia mirabili, y por Gaubius, antes de que La Mettrie escribiera el Hombre-máquina. (Pág. 229.) 49 El original de tal incidente se encuentra en Héctor Boece, Scotorum historiae a prima gentis origine (1527), y fue redescrita por Donati y Gaubius. (Pág. 229.) 30 Por Ixiones del Cristianismo, La Mettrie se refiere a los que aceptan la fe Cristina por temor al castigo supremo. (Pág. 231.) 51 Frangois de Salignac de la Mothe Fénclon (1651-1715), autor del Télémaque. Místico que se afilió al quietismo. (Pág. 232.) 52 Bernard Nieuwentyt (1654-1718), matemático, filósofo y médico holan­ dés. Cartesiano ortodoxo, como tal combatió a Spinoza. Escribió un tratado sobre la existencia de Dios demostrada por las maravillas de la naturaleza, y una refutación de Spinoza. Además se citan Analysis infinitorum (1695) y Considerationes secundae circa calculi differentialis principia (1695), contra Leibniz, (Pág. 232.) 53 Autor cit. en la Recapitulación de los sistemas. (Pág. 232.) 54 William Derham (1657-1735), teólogo y naturalista inglés, el cual se propuso demostrar la existencia y providencia de Dios a través de los hechos de la naturaleza en Psycbo-Theology (1713) y Astro-Theology (1714). (Pág. 232.) 55 John Rais o Ray (1627-1705), naturalista inglés, que fue el botanista más avanzado de su tiempo, precursor de Linneo y Jussieu con su Historia plantarum (1686-1704). En el campo de la apologética destaca otra obra suya: The Wisdom o f G od manifested in the W orks o f the Creator (1691). (Pág. 232.) 56 Marcelo Malpighi (1628-1694), biólogo y anatomista italiano, médico principal del Papa Inocencio X I I . Entre sus escritos destacan: Anatomía plantorum (I, 1675; I I , 1679), Tetras anatomicarum epistolarum de lingue et cerebro (1665), De formatione pulli in ovo (1673), y Exercitationes de structura viscerum (1678). Aplicó el método de Galileo a la anatomía y a la bio­ logía, y empleó el microscopio pata el estudio de los tejidos, descubriendo los corpúsculos que llevan su nombre. (Pág. 232.) 57 Giulio Cesare Vanini (1584-1619), católico convertido al protestantismo,

y finalmente condenado por la Inquisición, muriendo en la hoguera en Toulouse por hereje. A pesar de su ambigüedad y contradicciones, se le considera favorable a un naturalismo panteísta y a la mortalidad del alma, así como a la ley natural. Se le atribuye: Amphiteatrum aeternae providentiae (1615) y De ad.mirand.is naturae reginae deaeque mortalium arcanis (1616). (Pág. 232.) 58 Jacques Vallée, sieür des Barreaux (1599-1673), poeta libertino y magis­ trado francés, acusado de agnóstico y ateo, por sus alardes hedonistas. Su fama literaria se debe al soneto «La Pénitence». (Pág. 232.) 59 Nicolás Boindin (1676-1751), comediógrafo, hombre de teatro. Escribió Le Tal d’Auteil (1702), Le Port de tner (1704) entre otras comedias. Dejó unas Memorias que se publicaron tras su muerte. También fue acusado de ateísmo por la ligereza de sus piezas. (Pág. 232.) 60 Diderot (1713-1784) publicó las Pensées philosophiques en 1746, sin nombre de autor. (Pág. 233.) 61 Autor cit. en páginas anteriores. (Pág. 233.) 62 Autor cit. en el Tratado del alma y en la Recopilación de los sistemas. (Pág. 234.) 63 William Cowper (1666-1709), médico y anatomista inglés. Se le atri­ buye la descripción de las glándulas de la uretra, que llevan su nombre. De sus obras cabe citar: Myotomia refórmate (1694), The Anatomy of Human Body (1698), Glandularum quarumdarum nuper detectarum ductounque earum execretionem descriptio cum figuris (1702). (Pág. 236.) 64 William Harvey (1578-1657), médico y filósofo inglés. Su celebridad se debe al descubrimiento de la circulación de la sangre, que explicó como un fenómeno completamente mecánico, y a otros trabajos sobre la generación. E l interés de sus investigaciones se encuentra en: Bxercitatio anatómica de motu cordis et sanguinis in animalibus (1628), De circulatione sanguinis (1649) y Exercitationes de generatione animalium (1651). (Pág. 236.) 65 Francis Bacon (1561-1626), político y filósofo inglés, padre de la ciencia experimental. Conocido sobre todo por su Novum Organum scientiarum (1621) y la Historia vitae et mortis (1623), donde da esos ejemplos de acción muscular autónoma. (Pág. 236.) 66 Robert Boyle (1626-1691), físico y químico inglés que estudió los fenó­ menos de la combustión. Fue el primero en aplicar el método experimental a la química. Los experimentos biológicos a que alude La Mettrie, se hallan consignados en Memoirs for the Natural History of human Blood (1684). (Pág. 236.) 67 Nicolás Stenon (1638-1687), médico y naturalista danés, convertido al catolicismo. Se le debe el descubrimiento del conducto excretor que llamamos «canal de Stenon». De sus obras cabe citar: Observationes anatomicae (1662), Observationes anatomicarum de masculis et glandulisspecimen (1664) y Discours sur l’anatomie du cerveau (1669). (Pág. 236.) 68 Hipócrates, nacido en el año 460 a. C , fue el mayor médico de la antigüedad. Sintetizó los conocimientos médicos de su tiempo. Uno de sus mayores aciertos fue el descubrimiento de su «enormón», fuerza elemental que se supone poner en funcionamiento el organismo y conservar su vida. Lá Mettrie lo menciona en apoyo de su base energética de la actividad motor, sensorial e intelectual. (Pág. 238.) 69 Nicolás Tulpius (1593-1674), médico y estadista holandés, fundador de un colegio de cirugía en Amsterdam. Fue pintado, rodeado de sus discí­ pulos, por Rembrandt en Una lección de anatomía. La obra a la que se refieren los comentarios de La Mettrie es Observationum medicarum libri tres (1641). Se le debe la descripción de la válvula ileocecal, o válvula de Tulpio, y de los vasos quilíferos, así como el primer estudio completo del chimpancé, que La Mettrie cita como el sátiro de Tulpius. (Pág. 239.) 70 James Blondel, autor de la segunda mitad del siglo xv n y primera del x v iii, conocido por T he Strength of Imagination o f pregnant Women (1727). (Pág. 239.)

71 Giovanni Alfonso Borelli (1608-1679), médico, astrónomo y matemático italiano. Aplicó el método geométrico en la investigación de la fisiología animal. También fue el fundador de la iatromecánica, ciencia que abrió nuevas posibilidades a la biología. Logró dar una explicación mecánica de todos los movimientos de los vertebrados, reduciendo el sistema óseo a un sistema de palancas. Sus obras más citadas son, De motu animalium (1680), Euclides restitutus (1658), De motionibus naturalibus a gravitate pedentibus (1670). (Pág. 239.) 72 Autor cit. en el Tratado del alma; a propósito de la menciónque se hace aquí, merecen nombrarse algunas de sus obras: D e motu tonico vitali (1692), Zymochtenia fundamentalis seu jennentationis theoria generalis (1697), De venae portae porta melorum (1698), Podagrae nova pathologia (1698), Disputationes medicae (1707), De Deo verae medicinae auctore (1712), De medicina chirurgica in genere (1713). (Pág. 241.) 73 Philippe Hecquet (1661-1737), médico francés, decano de la facultad de medicina de París durante muchos años. Fue partidario de la sangría, y un asceta riguroso; se caracterizó por mezclar la medicina con la teología. Sus obras recogen su práctica experimental, como ponen de manifiesto sus títulos: Explication physique et mécanique des efjets de la saignée et de la boisson dans la cure des maladies (1707), De la digestión des aliments(1710), Traité de la peste (1722), y M édecine théologique (1732). {Pág. 242.) 74 Autor cit. en páginas anteriores. (Pág. 242.) 75 Autor cit. en el Tratado del alma. (Pág. 242.) 76 El profesor de Leiden es Boerhaave. (Pág. 242.) 77 Se trata del mismo La Mettrie, y la obra que menciona lleva el título de la primera edición del Tratado del alma. (Pág. 244.) 78 Julien Leroi (1686-1759), relojero y mecánico francés, el cual mejoró la construcción de relojes incrementando la solidez de las partes y la preci­ sión de sus movimientos. Desde 1739 detentó el título de relojero del rey. (Pág. 244.) 75 Christian Huyguens (1620-1695). Su péndulo planetario representaba un modelo mecánico del sistema solar, que reproducía los movimientos de los planetas. Dio una descripción técnica del mismo en Descriptio automati planetarii. En una carta a un amigo dice que éste «tiene el movimiento por sí mismo, mostrando siempre la hora, el día del mes y el crecimiento de la luna, además del movimiento de los otros planetas..,, los cuales se ven con sus satélites debajo de la placa. Todos los círculos de los planetas se encuen­ tran ahí en sus verdaderas proporciones». (Pág. 244.) 80 Jacques de Vaucanson (1709-1782), autor del primer telar automático y de diversos objetos mecánicos, entre los que destacan el «flautista», que presentó a la Academia de las Ciencias con un texto titulado Mécanisme d'un jluteur automate, y el «pato». E l «flautista» era de tamaño natural, estaba sentado, sus labios se abrían y cerraban, se acercaban y alejaban de la flauta, mientras los dedos cubrían o descubrían los agujeros. Por lo que se refiere al «pato», éste no sólo reproducía a la perfección el sonido que esta ave producía, sino que además iba en busca de granos y semillas que comía y parecía digerir. Vaucanson proyectó a su vez una especie de hombre-máquina, en cuyo interior habían de realizarse los procesos mecánicos correspondientes a las diversas funciones fisiológicas. Nunca llegó a construirse, pero a él alude La Mettrie, cuando se refiere a un «hablador». (Pág. 244.) 81 Se trata de un seudónimo de La Mettrie, como lo fue Demetrius. Pierre Lemée dice que existía un cierto Sharp, cirujano en Londres, autor de un Traité des opérations de chirurgie, que fue traducido al francés, y La Mettrie adoptó su nombre. La Historia natural del alma, posteriormente Tratado del alma, llevaba en su primera página el siguiente subtítulo: obra traducida del inglés, de M. Charp. (Pág. 245.) 82 Nicolás Hartsoeker (1656-1725), físico holandés, gran óptico, el cual perfeccionó el microscopio, que le permitió descubrir los espermatozoides

contenidos en el semen. En la historia de la biología Hartsoeker es conocido, junto con Leuwenhoek, como un partidario de los animálculos, y a su vez un evolucionista. Este último precedió a Hartsoeker anunciando el descu­ brimiento de animálculos en el semen, pero Hartsoeker se consideraba como el primero en haber hecho tal observación. Leuwenhoek describió el fenómeno en 1677, mientras que Hartsoeker anunció su descubrimiento un año después, en el Journal des Scavants. (Pág. 246.) 83 Gabrielle Fallopio (15 3-1562), médico y anatomista italiano, considerado como uno de los fundadores de la anatomía moderna. Sus observaciones se proyectaron sobre los huesos de la cabeza, descubriendo el acueducto que hoy se conoce por su nombre. Describió asimismo las trompas uterinas, las llamadas trompas de Falopio, a las que La Mettrie hace referencia explícita en el texto. De sus obras suelen mencionarse: Observatione anatomicae (1561), De morbo gallico (1563), De medicatis aqids atque fossilibas (1564) y De partibus similaribus bumani corporis (1575). (Pág. 247.) 84 El punctum sdiens se refiere al corazón fetal. Su aspecto tras cuaren­ ta horas de incubación fue descrito por Malpighi en Dissertatio de formatione pulli ovo (1673). (Pág. 247.) 85 Esta idea se desarrolla en el Sistema de Epicuro. (Pág. 250.)

El

H o m b re -p la n ta

1 Según dice La Mettrie en la Epístola a la Srta. A. C. P., parece haberse inspirado en alguna disertación de Linneo, que titula Sposalia plantarum. En este texto se pretende exponer la analogía reinante entre el hombre y el reino vegetal, para reafirmar su teoría del mecanicismo universal de la natu­ raleza toda. A su vez se trata de establecer las diferencias y semejanzas entre el alma sensitiva y vegetativa de los antiguos. La presente versión corresponde al original incluido en sus Oeuvres philosophiques, Berlín, 1774. La última publicación de esta obra data de 1796. (Pág. 253.) 2 Ruisch (1638-1731), anatomista holandés. Probó la existencia de válvulas en los vasos linfáticos. F n 1665 fue nombrado profesor de anatomía, parto y botánica en Amsterdam. Sus descubrimientos en el campo de la anatomía son considerables: merecen citarse el de la arteria bronquial, el del periosto de los huesecitos de la oreja, la membrana aracnoide y sus vasos, la coroides, los nervios ciliares, la membrana de la retina y la estructura vascular del cerebro. Sus experimentos más importantes se encuentran recogidos en su Thesaurus anatomicus (1705-1715). (Pág. 256.) 3 Autor cit. en el Hombre-máquina, (Pág. 256.) 4 Antoíne van Leuwenhoeck (163 -1723), célebre naturalista holandés. Es­ tuvo relacionado 1con Leibniz. Perfeccionó el microscopio y fue el primero en demostrar la circulación de la sangre ante oculos. Asimismo rivaliza con Hartsoeker en lo que respecta a la prioridad en el descubrimiento de los animales espermáticos. (Pág. 256.) 5 G. Baptista Morgagni (1682-1771), médico italiano, apasionado por la anatomía. Al relacionarse con Lancisi y Guglielmi, se entregó a numerosas experiencias de física y anatomía comparada. También fue amigo de Haller, y recibió los elogios de Ruisch y Boerhaave. De sus obras cabe citar: Adver­ sarle anatómica prima (1706), Altera et tertia (1717), Quanta, quinta et sexta (1718). La inmensidad de su obra se halla contenida en Opera omnia, publi­ cada en 1765. (Pág. 257.) 6 Autor cit. en el Hombre-máquina. (Pág. 258.) 7 John T. Needham (1713-1781), físico inglés conocido por sus observa-

dones microscópicas. En 1745 publicó sus primeros descubrimientos con este aparato. Trabajó con Buffon en París, entre 1745-1747, ocupado entonces en las investigaciones sobre los animales espermáticos e infusorios. (Pág. 258.) 8 Etienne-Frangois Geoffroy (1672-1731), médico francés, y en sus ratos ociola química son la