Más Allá de la Ciencia y de la Fantasía [29]

CADA VEZ MAS CONTUNDENTE (editorial) Para este mes de octubre se anuncia la inauguración de la primera exposición de la

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Más Allá de la Ciencia y de la Fantasía [29]

Table of contents :
MAS ALLA DE LA CIENCIA Y DE LA FANTASIA Vol. 3 Nro. 29 OCTUBRE de 1955
Revista mensual de aventuras apasionantes en el mundo de la magia científica
SUMARIO
NUESTRA PORTADA Después del descanso en Aldebarán III, surge una sorpresa inesperada.
novela (conclusión)
MUNDO DE OCASION, por Frederick Pohl y y C. M. Kornbluth
Las pasiones, deseos y preferencias bajo él control de las agencias de propaganda..102
cuentos:
BIENAVENTURADOS LOS ASESINOS, por IVAN JORGENSEN
Una humanidad convulsionada rehúsa él camino de la salvación..4
INOCENTE MAQUIAVELO REFORZADO, por Héctor OESTERHELD
Una insignificante modificación de silueta ¡y el negocio está hecho!..42
CUCO, por MARTIN JORDAN
¿Misionero, polizonte o invasor?..62
DULCIE & DECORUM, por Damon Knight
¿Lograrán las máquinas dominar las mentes humanas?..76
aventuras de la mente:
UNA ESTACION EN EL ESPACIO por Willy Ley
La conclusión de ESPACIO SIN FRONTERAS, ilustrado por Chesley Bonestell..30
ANTIKTHON,por Willy Ley..61
MAS ALLA DE LA ENERGIA ATOMICA..92
ESPACIOTEST..74
CORRESPONDENCIA: Proyectiles dirigidos y respuestas científicas..94
SIN APELACION..164
CADA VEZ MAS CONTUNDENTE (editorial)..2

Citation preview

■CJ

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centím etros capaces de

matar

a un homb re

Esta reproducción de la cabeza de una piraña, el pequeño y temible ase­ sino de los ríos del trópico sudameri­ cano, nos la muestra tan feroz como lo es en la realidad. La cámara foto­ gráfica ha conseguido captar a la per­ fección sus fuertes cjuijadías y los agu­ dos dientes, capaces de dejar marcas en el acero. La piraña jamás pasa de los treinta centímetros de longitud, y la que aparece aquí sólo tiene veinte. Si el cardumen es más o menos gran­ de, no es nada raro que lleguen a ma­ tar al hombre que le toque la desgra­ cia de ponerse al alcance de su boca.

AÑO 3 • N» 29

más allá

OCTU BRE 1955

DE LA CIENCIA Y DE LA FANTASIA P REVISTA MENSUAL J e aventuras APASIONANTES EN EL MUNDO DE LA «MAGIA CIENTIFICA

novela

(conclusión)

MUNDO DE OCASION, por F r e d e r ic k P o h l y

y C. M.

K orn bluth

Las pasiones, deseos y preferencias bajo él control de las agencias de propaganda. . . .

102

cuentos: BIENAVENTURADOS LOS ASESINOS, por I v a n JORGENSEN

Una humanidad convulsionada rehúsa él ca­ mino de la salvación.............................

4

INOCENTE MAQUIAVELO REFORZADO, por H éctor O esterh elq, N U E S T R A P O R T A D A

Jespués del descan­ so en Aldebarán III, rnrge una sorpresa inesperada.

sumario Redacción y Admlnist.: Editorial Abril ó. R. Av. Alem 884, 6s. As., Rep. Argentina

Una insignificante modificación de silueta, ¡y el negocio está hechol......................

42

CUCO, por M a r t ín Jo rd á n ¿Misionero, polizonte o in v a so r?..............

62

DULCIE & DECORUM, por D a m o n K n ig h t ¿Lograrán las máquinas dominar las mentes humanas?..................................

76

aventuras de la mente: UNA ESTACION EN EL ESPACIO por W il l y L ey La conclusión de ESPACIO SIN FRONTERAS, ilustrado por C hesley B o n e s t e l l . 30 ANTIKTHON,por W illy L e y .......................... 61 MAS ALLA DE LA ENERGIA ATOMICA.......... 92

novedades cósmicas: ESPACIOTEST.......... ................... - ______ CORRESPONDENCIA: Proyectiles dirigidos y res­

74

puestas científicas................. SIN APELACION...................................... CADA VEZ MAS CONTUNDENTE (editorial) . . .

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1 fl)

Para este mes de octubre se anuncia l a . inauguración de la primera expo­ sición de la Asociación Argentina In­ terplaneteria en la Casa de M e n d o s , Florida 713, Buenos Aires, Maquetas de estaciones espaciales y de espacionaves, modelos de cohetes, gráficos, fotografías, etc., pondrán al alcance del público de la capital una síntesis visual del estado actucd d& la ciencia astronáutica. Será una exposición es­ trictamente científica, pero td mismo tiempo será u n atisbo sereno y con­ vincente sobre las posibilidades h u ­ manas de conquistar el Universo, La Asociación Argentina Interplanetaria es una vieja amiga de M A S A L L A ; y esta amistad entre u n cen­ tro de investigaciones científicas y la más ambiciosa y dinámica revista de fantasía es un símbolo de la unión, espiritualmente necesaria e inevitable, entre ciencia y fantasía. Unión, no con­ fusión: ni M A S A L L A desea ser to­ mada por una revista exclusivamente científica ni la A . A . I. desea que se le considere una asociación de soña­ dores. Pero existe una zona, una "tie­ rra de ambos” en que se verifica la

cada vez... identificación, la fusión, la simbiosis de la seriedad científica y de la emo­ ción literaria, en que la precisión de las fórmulas es arrastrada por él ím­ petu de lo imaginario, y las alas de la fantasía se cargan con él peso de lo experimental. Una de las profundas diferencias entre los profetas del pasado y los pro­ fetas de hoy es que estos últimos tie­ nen mayores probabilidades de ver realizados sus sueños, Leonardo, Julio V ente y H . G . W élles podían des­ cribir sus proyectos y esbozar sus "in­ ventos" sin el temor (o la esperanza) de verlos materializados en el curso de su propia vida. Ahora, por el contrario, la proyección más descabellada de la fantasía corre él riesgo de ser no sólo alcanzada sino superada por las con­ quistas de la técnica en un plazo ad­ mirablemente reducido. La imagi­ nación del hombre común ha sido sacudida recientemente por una serie de acontecimientos: la declaración ofi­ cial del Gobierno de Estados Unidos que es inminente él lanzamiento de un satélite artificial; la construcción, ya terminada o en curso, de centrales de

energía, submarinos, barcos y aviones atómicos; la reunión en Ginebra de hombres de ciencia, dedicada al es­ tudio de las aplicaciones industriales de la energía atómica; él Congreso Mundial de Astronáutica en Copen­ hague; etc. Todas manifestaciones, en él plano estrictamente práctico y cien­ tífico, del ritmo cada vez más rápido con el cual él presente está alcanzando él porvenir, la técnica está alcanzando la fantasía, las fuerzas elementales de la naturaleza están siendo dominadas por él hombre, el infinito se abre ante sus intrépidos exploradores. Ya hemos entrado de lleno a la era atómica, la época en que asistiremos a transformaciones sustanciales de todos los aspectos de la vida. Las noticias que traen los periódicos lo confirman todos los días, con una insistencia que, si es pasmosa para algunos, es entusiasmante para los más. Los incrédulos son cada vez menos numerosos; la evidencia es cada vez más contundente; las perspectivas ca­ da vez más embriagadoras, y nuestros lectores cada vez tienen mayores pre­

tensiones y más refinado espíritu crí­ tico. La sensación de la vinculación directa entre lo que se imagina libre­ mente en las páginas de la revista y la realidad del porvenir es cada vez más clara, para los capaces de ver más allá de su horizonte inmediato. En el ritmo acelerado de esta má­ xima aventura, la ciencia se inspira en la fantasía, como la fantasía se inspira en la ciencia, en un diálogo dramático y sublime hacia las insondables al­ turas de la perfectíbñidad humana. + S eñ alam os

a los l e c to r e s :

■ La ilustración de las págs. 34-35, por Ch. Bonestell, que reproduce la estación Espacial de V on Braun, descrita por W . Ley. En el próxi­ mo número se inicia la publica­ ción de ‘‘La conquista de la Luna” (también ilustrada por Bonestell) que, después de “La conquista del espacio” y “Espacio sin fronteras” , completa la Trilogía del infinito, m El cuento de autor argentino “Ino­ cente Maquiavelo Reforzado” , chis­ peante, gracioso y dotado de la desca­ rada elegancia de la picardía criolla.

...más contundente

por IVAR JORGENSEN ilustrado por ALVARÁ

BIENAVENTURADOS LO S ASESINOS Esta es ¡a historia de un mundo trans­ formado, en el que el gran manda­ miento ha sido cambiado por Tú matarás; en el que la dulzura es des­ conocida; en el que la ley por la que viven los hombres dice: Bienaventura­ dos los asesinos. U N estaba oscuro cuando alguien me despertó tirándome de los pe­ los. Eché mano a mi clava, dispuesto matar a cualquiera que fuese, y enton­ ces oí a H illy que me decía: — Levántate, Dan. Levántate y ven afuera. H illy estaba mirando a través de un desgarrón de la tienda, y alcancé a distinguir su cara contra la débil luz que ya comenzaba a aparecer por sobre las colinas próximas. M e arrastré fuera de mi saco de dormir y tomando mi clava y la piel

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con que me cubría, salí por la aber­ tura. M e deslicé silenciosamente, porue no quería que mi padre y mi maa re se despertaran. U na vez afuera, me puse la piel y le dije a H illy: —N o vuelvas a hacer eso de tirar­ me del pelo para despertarme; es muy peligroso. Podría haberte aplastado la cabeza. —Hablas con demasiada jactancia para un muchacho que aún no ha ma­ tado a nadie. Eso me dió mucha rabia y sentí deseos de pegarle.

MAS ALLA

—Tengo diecisiete años —le contes­ té—, y pronto mataré a alguien; no te preocupes. N o le pegué, porque ya tendré tiem­ po para ello. Algún día me casaré con H illy, y entonces podré pegarle, pues una esposa jamás se atreve a alzarle la mano a su marido. — ¿Para qué me despertaste? —le pre­ gunté. —Pensé que quizá querrías ir con­ migo a buscar grasa del asador. Y, ade­ más, tengo novedades. M e acordé de la grasa asada y sen­ tí hambre. —M uy bien —dije, y juntos marcha­ mos hacia el asador, procurando hacer el menor ruido posible, para no des­ pertar a los demás. La noche anterior habían cocinado un animal, de modo que había gran­ des trozos de grasa tostada y hasta pedazotes de carne asada alrededor del fuego. M e alegré de que H illy me hu­ biese despertado bastante temprano para adelantarnos a los demás jóvenes en llegar al asador. Empezamos a comer. N o hablamos mucho hasta que hubimos concluido. El asado estaba muy bueno, y nos de­ voramos casi todo lo que estaba tirado por allí. Cuando me sentí bien lleno, dije: - ¿ Y cuáles son esas noticias? —Vamos a marchamos muy pronto —dijo dándose importancia. —¿Cómo lo sabes? —Vamos a ir a un lugar que está al lado de un río. — ¡Cómo lo sabes, te pregunto! —Anoche, muy tarde, volvió un ex­ plorador y habló con el jefe. Yo los oí. Le habló de' ese lugar junto a un gran río, con montones de pasto para nues­ tros animales. - Cuando H illy mencionó a los ani­ males, sentí sed y dije: —Quiero leche. —¿Te atreverías? —preguntó, mirán­ dome con los ojos muy abiertos. B IE N A V E N T U R A D O S L O S ASESINOS

—Claro que sí. Y o no tengo miedo a nada. Se quedó dudando un momento. Luego repuso: —M u y bien. Pues iré. contigo. Pero prepárate para correr, ¿eh? Yo estaba un poco asustado, pero no quería que H illy se diera cuenta. La leche es para los niñitos que las madres llevan cargados a sus espaldas, y si alguno de nosotros, los jóvenes, es sorprendido tomándola, se lo castiga severamente. Esa es la ley. El joven que la quebranta es a veces golpeado hasta quedar tullido, y anda cojeando el resto de su vida. Fuimos con el mayor sigilo hacia el lugar donde estaba paciendo el ganado. Vimos al pastor durmiendo recostado contra un árbol. Eso era realmente una estupidez de su parte, porque si no despertaba antes de que el grupo empezara a salir de sus tiendas, lo ma­ tarían. Malo para él, pero bueno para nosotros, pues pasamos a su lado sin que se diera cuenta, encontramos una vaca con ubres llenas y, prendién­ donos a ellas, empezamos a tomar le­ che. Estaba tan rica, que tuve que apartar a H illy a tirones para que no se indigestara. Volvimos muy callados a las tiendas. M e alegré de que el pas­ tor no se hubiese despertado. T u ve es­ peranzas de que siguiera durmiendo, pues así podría yo ver cómo los guar­ dias lo mataban. Cuando sea grande, voy a ser guardia. Son los hombres más grandes y fuertes del grupo; tie­ nen muchos privilegios; para ellos se separa la primera comida, y cuando quieren casarse, pueden hacerlo con las mejores mujeres. Tienen casi tantos privilegios como los exploradores. Estos, desde luego, tienen más pri­ vilegios que nadie, excepto el jefe. Só­ lo los exploradores pueden tomar una mujer sin casarse con ella. Quizá yo, cuando sea grande, sea explorador en lugar de guardia. N o porque me im­ porten mucho las mujeres, no, sino 5

porque ellos son los más bravos del grupo. Marchan siempre a la vanguar­ dia, y pueden andar por donde quie­ ren. Podrían ir hasta una ciudad, si se les ocurriera; pero creo que ni siquiera un explorador se arriesgaría yendo a una ciudad. H illy y yo no teníamos hambre, de modo que nos sentamos del lado de las tiendas más próximas al ganado, para poder ver cómo mataban al pastor, si no se despertaba a tiempo. — ¿El explorador le dijo al jefe si tendríamos que pelear con algún otro grupo, para ir a vivir a ese nuevo lu ­ gar? —le preguntó H illy. — Le dijo qvie el lugar estaba desier­ to, pero que hay un grupo acampado en el camino por donde tenemos que ir. Quizá tengamos que luchar para pasarlo. — Eso me gustaría. H illy se reclinó contra mí. —Quisiera que mataras a alguien para que pudiésemos casarnos. Enton­ ces podríamos dormir en la misma tienda. Yo también lo deseaba. N o estaría nada mal ser el amo de mi propia tien­ da, lejos de mi padre y mi madre; te­ ner hijos míos, para decirles lo que debían hacer, y mandarlos de un lado a otro, como hacía mi padre conmigo. Sin embargo, no quise que H illy se diera cuenta de lo que yo sentía. —Ya mataré a algún hombre —di­ je—; quizá cuando encontremos a una de esas tribus en el camino. H illy es muy inconstante. Cuando yo dije eso, se echó a reír y repuso: —Y quizá tú resultes muerto y yo me case con alguien que no sea tan tonto y sepa apartarse a tiempo del camino de un garrote. Eso me dió tanta rabia que estuve a punto de pegarle; pero, justo en ese momento, el pastor se despertó. M e sentí tan defraudado que olvidé las palabras de H illy. —N o vale la pena que nos quede­

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mos por aquí —le dije—. M e voy a la tienda. A gente ya se estaba despertando; y, mientras recorríamos la hilera de tiendas, el jefe salió de la suya, desperezándose y bostezando. Era, des­ de luego, el hombre más grande del grupo, pues de lo contrario no habría sido el jefe. Había matado a muchos enemigos, y todo el mundo lo respe­ taba. Él explorador salió detrás de su jefe. Quizá habían estado hablando to­ da la noche, en lugar de dormir. Tam ­ bién el explorador era un hombre muy grande, y él cuchillo que llevaba en el cinturón resplandecía a la luz de la mañana. Sólo los exploradores llevan cuchillos, porque son muy pocos. Los únicos cuchillos que tienen los grupos son los que alguien va a buscar en las ciudades, y entrar en una ciudad es una muerte casi segura. U na vez vi a un hombre que había ido a una ciu­ dad. Fué con permiso del jefe, para conseguir cuchillos, y trajo tres. Esta­ ba muy orgulloso porque había ido a una ciudad y vuelto con vida. Pero poco después empezaron a salirle gran­ des llagas por todo el cuerpo, y dos días más tarde murió, entre grandes dolores. Las mujeres estaban sirviendo ya la comida, mientras las madres iban con cubos hacia donde estaba el ganado, a buscar leche para los pequeños. M i padre y mi madre salieron de la tien­ da, y fuimos juntos a buscar la comida. Yo no tenía hambre, pero comí, por­ que no quería que pensaran que qui­ zá había comido antes. Después de que el grupo se hubo alimentado, el jefe golpeó en la barra de acero colgada frente a su tienda, y todos se reunieron a su alrededor, pa­ ra oír lo que él tenía que decir. H a­ blaba con voz muy fuerte. —Tengo noticias de que hay una tierra de pastoreo, muy buena, a unos diez días nacía el sur, y como se acerca

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MAS ALLÁ

eí tiempo frío, cíeo conveniente qüe vayamos allí- Este tiempo es m uy bue­ no para viajar, porque ninguno de los del grupo está enfermo o tullido. D e modo que nos pondremos en marcha tan pronto como sean empaquetadas las tiendas. Todo el mundo estaba muy con­ tento de levantar el campamento, por­ que el pasto estaba empezando a es­ casear, y muy pronto haría demasiado frío para que nos sintiéramos cómodos. A veces, el grupo tenía que pasar todo un invierno en un país frío; entonces, para los cazadores, era muy difícil en­ contrar alimento, y a menudo nos veíamos obligados a comer algunos de nuestros propios animales. M i madre y yo empezamos a desar­ mar la tienda, mientras mi padre iba a buscar un caballo. Cuando lo trajo, la cargamos sobre él, junto con nues­ tras pieles. Todo el grupo estaba muy atareado, y eso me causaba gran exci­ tación. Cuando estuvimos listos, corrí hacia donde se hallaban enfardando sus enseres los padres de H illy. Le dije a ésta que, cuando partiéramos, podía ella marchar a mi lado. Con esto le ha­ cía un gran favor, y me dió mucha rabia que ni siquiera me lo agradecie­ se; pero decidí no pegarle delante de todos: aguardaría hasta que estuviera solo con ella, en alguna parte.

Toda la gente había preparado ya su equipaje. Estábamos listos para mar­ char. Los exploradores partieron pri­ mero. U n poco después los seguimos nosotros, con el jefe a la cabeza del grupo, y los guardias a ambos lados. Las mujeres conducían los caballos. Detrás de todos venían los pastores, uiando el ganado. Todos los hombres evaban sus cachiporras, porque nadie sabía cuándo podíamos ser atacados por otro grupo oculto donde los explora­ dores no alcanzaran a verlo. N o había mucho peligro de que esto ocurriera, sin embargo, porque el te­ rreno era bastante llano, y tan unifor­ me que podíamos ver a nuestros tres exploradores desplegarse delante d e nosotros. Durante mucho tiempo tuvi­ mos cuatro de éstos, pero uno de ellos fué muerto cuando algunos hombres de otro grupo trataron de robar una noche nuestro ganado, matando tam­ bién a los pastores. Esa había sido una gran pérdida para nosotros. H illy y yo marchábamos detrás del grupo, -en el espacio que mediaba en­ tre éste y el rebaño. Yo llevaba mi ca­ chiporra y le dije a mi compañera que no tuviese miedo, porque si éramos atacados yo la protegería. M e sentía muy a gusto andando junto con el grupo, siguiendo el cami­ no de piedras de hoyo en hoyo. Era

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V i r u s y b a c te r ia s • t \ Ó n d e term ina la materia inerte y dónde em pieza Ja vida? ¿ U Esta pregunta no ha sido contestada todavía por la ciencia. S in embargo, a m edida que pasa el tiem po, nuevas ideas y nuevos descubrim ientos nos van acercando paulatinam ente a la respuesta. En los m om entos actuales buena parte de Jos esfuerzos están concentrados sobre las relaciones entre virus y bacterias. No hace m ucho tiem po algunos investigadores rusos anunciaron que habían logrado convertir en virus ciertos tipos de bacterias, y v i­ ceversa. La noticia ha sido ahora confirmada en Hamburgo, en el Departam ento de V irus del Instituto Tropical. Todo esto conducirá indudablem ente a la m ejor com prensión de estas form as elem en­ tales y de su significado en e l problem a del origen de la vida.

BIENAVENTURADOS LOS ASESINOS

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muy raro lo que pasaba con los cami­ nos. Seguían su curso durante un buen trecho, llanos y uniformes, aunque cubiertos de hierba y arbustos en su mayor parte y de piedra y lodo en mu­ chos lugares. Luego llegábamos a los agujeros, que eran lo suficientemente grandes como para que todo el grupo se ocul­ tara en ellos, con la piedra del camino rota y deshecha, y sus trozos disper­ sos a gran distancia de donde había estado. . ., o debían haber estado en un principio.

pen todo aqueilo contra lo que gol­ pean. —Bueno, puede ser. Pero si fué así, ¿por qué ese viento no rompió todo el camino? ¿Por qué lo rompió solamente en partes? —Cállate —le dije—. Hablas dema­ siado. —Sólo te hice una pregunta. —T ú no tienes que hacer preguntas. Las mujeres deben esíarse calladas y trabajar. . ., como mi madre. H ily se calló porque sabía que yo tenía razón. N o me gusta que esté parloteando todo el tiempo y además O que les había ocurrido a los ca­ yo no sabía la respuesta 'a su pregunta, minos era para mí un gran mis­ y no me gusta que las mujeres hagan terio. A menudo sentí deseos de pre­preguntas que no puedo contestar. guntarle a mi padre o al jefe, o quizá Seguimos andando un rato en si­ lencio, y de pronto estuve a punto de a alguno de los hombres más viejos del grupo, pero nunca me atrevía. A caer. N o porque hubiese tropezado, ninguno de ellos le gustaba que los sino porque alguien acababa de gol­ jóvenes les hicieran preguntas, y tal pearme. Recuperé' el equilibrio y me volví para encontrarme con un muchavez ni siquiera supiesen la verdad so­ bre los caminos. chón grandote y pesado que gruñía: Llegamos entonces a un hoyo y el —¿Por qué no miras por dónde grupo se desvió para no rodearlo. Era caminas? uno de los más grandes y tardaríamos Era L e Roy, un muchacho mayor y bastante en pasar a su lado hasta don­ más corpulento que yo, que me odia de proseguía el camino. porque quiere casarse con H illy y te­ H illy debía haber estado leyendo nerla como su mujer. Yo alcé mi ga­ mis pensamientos, porque preguntó: rrote y repliqué: — ¿Cómo crees que a p a re c ie r o n — ¿A qué viene eso de empujarme? aquí? Sonriendo con una mueca, L e Roy — ¿Qué? dijo: — Los hoyos. — ¡Vamos! ¡Adelante! ¡Pégame si te —¿Y cómo quieres que lo sepa? atreves! —N o pueden haber venido de la Con mucho gusto le hubiese deshe­ nada. cho el cráneo. El estaba dispuesto a — Quizá hubo una vez u n gran correr el riesgo, sin embargo, porque al viento que rompió el camino en pe­ pegarle yo habría quebrantado la ley. dazos. Cualquier hombre que le pegue a otro H illy pensó un momento en lo que de su mismo grupo es muerto in­ mediatamente. Ésto se debe a que no yo acababa de decirle. tienen que haber luchas dentro de un — ¿Hubo alguna vez un viento tan rupo, las cuales sólo sirven para de­ fuerte como para hacer algo así? —pre­ bitarlo de tal modo que puede ser guntó luego. fácilmente derrotado en un combate. —Creo que sí. H e oído hablar de Se les puede pegar a las mujeres, por vientos que llegan como un gran tubo, supuesto, pero eso no es peligroso para m uy negro, a través del campo, y rom­

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la seguridad del grupo, porque ellas jamás devuelven el golpe, de modo que no hay pelea y el grupo no es de­ bilitado. Cuando me vió bajar el garrote, Le Roy se acercó más a mí y murmuró a mi oído: —Alguna vez voy a matarte, Dan. —N o te atreverías —repliqué sor­ prendido—. Eso es contra la ley. —Haré que parezca un accidente — susurró—. Ya he pensado en un modo. Y se alejó con una sonrisa, fanfa­ rrón y orgulloso, volviéndose para mi­ rar a H illy. Le clavó atrevidamente los ojos en las piernas, y se reía con sorna. Sentí unos deseos más terribles que nunca de revolear mi garrote y matar de una buena vez a L e Roy. Pero no lo hice, porque no me atrevía a violar la ley. —Dijo que te mataría —susurró H i­ lly con un estremecimiento de temor en su voz. —Eso no tiene importancia. —¿Por qué no se lo dices al Líder? —Y o . . . , ¿hablar con el Líder por eso? ¿Estás loca? —A un explorador, entonces. O a un guardia. —N o me creerían. Además, no ten­ drían interés en el asunto hasta que Le Roy no hiciera lo que dijo. Pero no pueden matarlo nada más que por ha­ ber dicho algo. —Pero tengo miedo. Dijo que haría que pareciera un accidente, y Le Roy no habla en vano. T uve deseos de pegarle por eso, por­ que quería decir que pensaba que L e Roy era más vivo que yo. Pero tam­ poco entonces le pegué, pensando que podría caerse y lastimarse, y entonces yo tendría que llevarla. Caminamos y caminamos hasta que el sol estuvo directamente sobre nues­ tras cabezas, y recién entonces nos vi­ mos en dificultades. Estábamos en una

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parte llana y uniforme del camino cuando los tres Exploradores que mar­ chaban al frente se detuvieron a un tiempo y alzaron las manos. El grupo hizo alto y aguardó. Nada ocurrió por un rato. Todos es­ tábamos callados e inmóviles, los Guar­ dias en sus posiciones alrededor del grupo y los exploradores al frente, alertas y listos para cualquier cosa.

E S P U E S de un momento bastan­ te largo, cuatro exploradores de otro grupo avanzaron por el camin del lado hacia el que nos dirigíamos. N o los habíamos visto porque la ruta tenía allí un recodo y un grupo de ár­ boles los había ocultado. A l divisamos se detuvieron instantáneamente y dos de ellos se volvieron para hablar con su Líder. Todos seguimos aguardan­ do, y al cabo los exploradores reapa­ recieron y empezaron a moverse muy lentamente hacia nosotros. Esto, desde luego, era lo que indicaba la ley.' Cuando dos grupos se encuentran en un camino, aquel que se ha detenido primero no se mueve, y los explora­ dores del otro deben avanzar. Claro que la ley es quebrantada a menudo por todos los grupos. El nuestro lo hi­ zo una vez cuando preparó una em­ boscada, pero aquí el terreno era bas­ tante llano y no había posibilidad de tal cosa. Se suponía aue los exploradores del otro grupo debían acercarse hasta po­ nerse •al habla con los nuestros y de­ cirles que nos hicieran salir del cami­ no para dejarlos pasar. Nuestro Líder se negaría, por supuesto, y entonces empezaría la lu ch a. . . , a menos que el otro grupo fuera mucho más grande que el nuestro. En ese caso podríamos tratar de huir, si había tiempo, pero por lo general habría pelea de todos modos. Esta vez fué diferente. El L í­ der del otro grupo apareció a la vista y avanzó detrás de sus exploradores. Esto había ocurrido sólo una vez en

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muchísimo tiempo. Yo jamás lo había visto antes, pero sabía, sin embargo, lo que significaba. El otro grupo era amistoso. N o estaban con deseos de luchar. De modo que todo lo que que­ daba por hacer era decidir cuál de los dos grupos tendría que salir del cami­ no para que el otro pudiera pasar. T an pronto como apareció el otro Líder, el nuestro se apartó del grupo y avanzó con el otro. N o alcanzamos a oír lo que se dijo, pero poco después nuestro Líder volvió atrás e hizo dar orden de que saliéramos del camino y siguiéramos andando por la orilla. H icim os' lo que se nos indicaba, y muy pronto apareció a la vista el otro grupo marchando a la vera opuesta del camino. Comprendimos entonces que nuestro Líder había sido muy pruden­

te, pues los otros nos doblaban casi en número. Pero H illy estaba preocupada. —Si el otro grupo es tan grande, ¿por qué no quiere pelear con nos­ otros? Su pregunta me hizo encolerizar. —¿Aca$o estás poniendo en duda la prudencia y sabiduría de n u e s tr o Líder? —Yo no pongo en duda nada. Sólo que me parece raro que con todos esos guardias y hombres que tienen, nos dejen pasar de largo. —Es mejor que te calles la boca, pues alguien te puede oír y serás cas­ tigada. T e lo tendrías bien merecido, por otra parte. Nadie debe oponerse a lo que hace el Líder —T ú . . . no se lo dirás a nadie, ¿verdad? Después de pensarlo un momento le dije que no, pero le recomendé que jamás volviera a decir algo así; que cualquier cosa que hiciera el Líder es­ taba bien. Seguí pensando en esto mientras nos cruzábamos con el otro grupo y volvíamos al camino: pensando en lo listos y prudentes que eran los Líderes, y en que siempre tenían razón. Y mientras así pensaba, parte del otro , grupo —una parte que había que­ dado tras él 'en el camino— nos ten­ dió una emboscada ocultándose en unos árboles y nos encontramos de pronto en grandes apuros. U E S T R O S exploradores deben haber estado durmiendo. Proba­ blemente pensaron que todo marchaba a las mil maravillas porque habíamos pasado junto a los hombres del otro o y se mostraron amistosos y cors. Como quiera que fuese, no vie­ ron la parte que estaba oculta detrás de los árboles, y que de pronto se pre­ cipitó violentamente contra nosotros. Le grité a H illy que retrocediera y se quedara junto con el ganado, hacia

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donde iban ya todas las demás mujeres. Luego no tuve tiempo de pre­ ocuparme más por ella porque los hom­ bres del otro grupo ya me estaban rodeando. Este era el primer combate en el que tomaba parte, y me pareció mag­ nífico. Las marcas de nuestros ene­ migos eran manchones de barro a un lado de la cara. Nuestra marca era mejor y más permanente: el pelo de un lado de la cabeza más coito que el otro. Se hacía esto para que ambos bandos pudieran ser reconocidos du­ rante un combate y no matáramos hombres de nuestro propio grupo. A l ver un cara embarrada lanzarse al ataque hice girar mi garrote y lo descargué contra la parte de atrás de su cabeza. Cayó de cara al suelo ara­ ñando la tierra con una mano mientras se llevaba la otra al lugar donde había recibido el golpe. Le aplasté los dedos cuando volví a descargar por segunda vez mi garrote, y le rompí el cráneo, después de lo cual se quedó inmóvil. Á mi alrededor no se oían más que gruñidos, aullidos y rugidos. La pelea era muy movida, y yo estaba contento porque ya había matado a mi hombre y ahora podría casarme con H illy. Pero antes era necesario hacer algunas otras cosas, de modo que seguí luchando, revoleando, mi garrote y tratando de golpear a alguien. Erré varias veces, y entonces recibí en el hombro un fuerte golpe que me hizo caer al suelo. El dolor era terrible, y cuando rodé sobre mí mismo" alcé los ojos, vi un cara embarrada que levan­ taba precisamente su garrote sobre mi cabeza para dejarlo caer con toda su alma. Volví a rodar, de modo que mi cráneo no estuviera en el lugar en que era descargado el garrote.. . y lo con­ seguí. Hice girar en seguida mi porra en un círculo bajo y alcancé a golpear al cara embarrada en el tobillo. Él otro soltó su arma y empezó a aullar aga­ rrándose el pie, y mientras estaba bai­

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lando sobre una pierna yo me levanté y le aplasté el cráneo, de modo que fueron dos. Sin embargo, las cosas no marchaban muy bien para nuestro grupo. El resto de los enemigos había vuelto sobre sus pasos y estaban atacando por atrás a los que llevaban el ganado y los caba­ llos. Algunos se detuvieron a golpear a nuestras mujeres, que se defendían peleando con manos y dientes. Los cara embarrada avanzaron so­ bre nosotros en una sólida línea y fui­ mos obligados a retroceder del camino, dejando unos cuantos hombres muer­ tos sobre el terreno. Otro hombre y yo conseguimos apartarnos de nuestro gru­ po, perseguidos por varios enemigos que trataban de matarnos, y todo lo que podíamos hacer era defendernos. Mientras peleaba descubrí algo impor­ tante: que cuando son muchos contra uno la mejor defensa es lanzar el ga­ rrote contra rodillas y tobillos. Cuando a un hombre se le rompe alguna de estas partes, está demasiado ocupado aullando y agarrándose la pierna para pensar en matar. D e modo que eso fué lo que hice, y tuve bastante buena suerte. Pude romper cuatro piernas y matar a un hombre antes de que una porra me diera en la cabeza, dejándome aturdi­ do. Los cara embarrada cuyas pier­ nas había quebrado se volvieron ren­ gueando y lanzando alaridos junto a su grupo, y tan pronto como se le pre­ sentó la oportunidad, el hombre que estaba conmigo también echó a correr. M e pareció muy cobarde de su parte dejarme solo con dos cara embarra­ da. Pero uno de ellos se lanzó tras él, de modo que quedó sólo el otro, que ya revoleaba contra mí su garrote. P u­ de esquivar el golpe, sin embargo, y la porra fué a dar contra una roca, sol­ tándosele de la mano. Eso lo dejó sin defensa alguna, en condiciones para ser muerto, de modo que lo maté. Estaba cansado y bastante satisfecho

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por los cráneos que había partido y todas las piernas rotas por mi garrote, y me quedé allí un minuto, para reco­ brar el aliento. Eso fué un error, sin embargo, poraue algo me golpeó fuer­ temente en la cabeza, que pareció quebrarse en cuatro pedazos. Por un segundo sentí un dolor terrible y lue­ go no supe nada más. Fué tal como si me hubiese quedado dorm ido.. . o muerto.

hombres estaban muertos, el ganado ya había sido arreado y las mujeres eran perseguidas en todas direcciones. T u ve que mirar por sobre un rebor­ de de rocas para ver lo que pasaba, y entonces H illy me explicó: —T e arrastré hasta aquí después de salvarte la vida. —¿De salvarme la vida? —Sí. M até a un hombre. —¿Mataste a un cara embarrada? —N o. Era L e Roy. Cuando los cara embarrada empezaron a perseguir a las O L V I gradualmente a la vida con mujeres, corrí hasta donde te había un dolor muy grande en la ca­ visto peleando. Justamente cuando yo beza. Alcanzaba a oír los ruidos de la llegaba, Le Roy te derribó de un gol­ lucha, pero estaba muy lejos de allí. pe. Antes de que pudiera matarte, yo También podía oír chillar a las muje­ agorré una roca y rápidamente le partí res. Pero cuando abrí los ojos dejé de el cráneo. prestar atención a todos los ruidos, por­ — ¡Eso es imposible! —exclamé—. L e que había alguien muy cerca de mí. Roy no iba a matar a uno de su propio Eso significaba peligro, de modo que grupo durante un combate. golpeé a quienquiera que fuese. M i puño dió contra algo suave. Se ■ —Bueno, como quiera que sea, tuvo oyó un grito y recién entonces vi a toda la intención de hacerlo antes de H illy arrodillada a mi lado, apretán­ que yo lo matara. ¿No recuerdas lo dose el estómago. que dijo? —¿Por qué me pegaste de ese modo? —Sí, claro que lo recuerdo. Pero es —exclamó furiosa. difícil creer que realmente quisiera ha­ —N o sabía que eras tú. ¿Por qué no cerlo —de pronto se me ocurrió algo—. estás con las mujeres? ¡T ú lo mataste! ¡Eso significa que aho­ V i entonces que la piel con que se ra el Líder ordenará que te maten a ti! cubría estaba desgarrada, y apenas si —¿Q ué Líder? El que teníamos está podía sostener algunos girones alrede­ muerto. Era un estúpido, de modo que dor de su camisa. Estaba casi desnuda. fué muerto, y como él, todo el resto —U n hombre me agarró —dijo—, de los hombres. pero yo lo mordí y salí corriendo. N ues­ — ¡N o hables así de nuestro Líder! ¡Era un hombre inteligente! tro grupo fué vencido. La mayoría de los hombres fueron muertos y el resto —Bueno, tal vez. Pero prefiero ser estúpida y estar viva que ser inteli­ está siendo perseguido y matado. gente como él y estar muerta. — ¡Eso es imposible! Nuestro grupo N o me gustaba que hablara de ese no puede haber sido vencido. ¡Pelea­ modo, pero lo cierto es que tenía ra­ mos demasiado bien! zón. Además, la cabeza me dolía de­ —M e gustaría saber cómo llamas a masiado como para pensar en eso. eso, entonces. ¡Ve y dile a todos los —¿Q ué haremos ahora? — dije — . muertos que hemos vencido, y verás ¿Qué haremos sin u n grupo al que lo que te contestan! volver? M e senté, y la cabeza me dolía te­ —Yo diría que tenemos aue salir de rriblemente. M iré hacia el camino y aquí lo más rápido que podamos, pero me di cuenta de que era cierto lo que no soy más que una mujer, de modo H illy decía. La mayoría de nuestros

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que tú tienes que decidir. Q uizá quie­ ras volver allí y ser muerto. — Claro que yo tomaré la decisión —repuse—. Y lo haré sin necesidad de tu ayuda. Saldremos de aquí lo más rápido posible. Pero, ¿adónde iremos? — ¿Cómo quieres que lo sepa? Jamás he estado en ninguna parte. . . , excep­ to con el grupo. —Tienes que conseguir una piel — dije yo—. N o puedes andar de ese mo­ do. M as allá del reborde rocoso vi el cuerpo de L e Roy de espaldas en el suelo. —Puedes usar la de él —le indiqué a H illy. Arrastrándome sobre manos y rodi­ llas llegué hasta donde estaba tendido y traté de arrancarle la piel, pero temí que los hombres del otro grupo que aún andaban por el camino miraran de casualidad hacia donde estábamos, de modo que tironeando de L e Roy lo llevé detrás de las rocas. Lo despoja­ mos de su piel, y H illy se la puso. —Todavía tengo que sostenerla — dijo—. Es demasiado grande. —Por lo menos te cubre —repuse. M e miró de una manera muy rara. —Pareces terriblemente ansioso de que esté cubierta. ¿Soy tan horrible? —Todas las mujeres deben estar cu­ biertas —le dije severamente.

—Supongo que tienes razón —sus­ piró, alzándose ,de hombros, y no tuvi­ mos más tiempo de hablar del asunto porque precisamente en ese momento Le Roy gimió, y llevándose las manos a la cabeza se sentó. Ambos lo miramos fijamente, y lue­ go me volví hacia H illy. — ¡T ú dijiste que lo habías matado! —Eso me pareció, al menos. — Siempre pasa lo mismo con las mujeres. N unca se puede confiar en que hagan las cosas bien. Pero por otra parte, matar es trabajo de hombres, de modo que no podía censurarla demasiado. —Bueno —dije—, a mí no me pare­ ce que esté muy muerto. Tratando de disculparse, H illy re­ puso: —Yo le pegué con la piedra lo más fuerte que pude. Debe tener el cráneo más duro que todo el grupo. Le Roy volvió a quejarse. Luego abrió los ojos. — ¡Cómo me duele la cabeza! —gi­ mió balanceándose de atrás para ade­ lante. Entonces se miró y olvidó por completo su cabeza—. ¡Alguien me ro­ bó mi piel! —chilló—. Y al echar una ojeada a su alrededor vió a H illy—. ¡T ú la tienes! P e r o . . ¿por qué me la robaste? —Porque la necesitaba — repuso Hi-

Vejez y senilidad l

auge tom ado últim a m en te por la gerontología (estudio d e los

E fenóm enos vinculados con e l en vejecim ien to) está dando ya sus frutos, en lo q u e a nuevos conceptos se refiere. S e ha señalado que la senilidad no es u n proceso norm al asociado con el transcu­ rrir de los años, y que no se produce en los anim ales verdadera­ m en te salvajes. S eg ú n algunos investigadores e l fenóm eno está asociado directam ente con la dom estiddad; y desde este p unto de vista, e l hom bre es u n anim al autodomesticado. L a gran im por­ tancia que los hom bres de ciencia dan actualm ente a este proble­ ma, ha m ovido a la Fundación C iba a apoyar y fom entar tales trabajos, m ediante prem ios, becas y u n considerable presupuesto general.

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lly—. Estaba desnuda. —Bueno, ahora lo estoy yo. ¡Devuél­ vemela! \ —Creíamos que estabas muerto. — ¿Parezco muerto, acaso? ¡Dame mi piel! —Cállate la boca o te oirán desde el camino —dije yo—. Entonces sí que estarás muerto. — ¡Quiero mi piel! —insistió Le Roy con voz plañidera. Estaba tratando de cubrirse con las manos y agarrarse al mismo tiempo la cabeza, de tal modo que no hacía bien nada. —T ú trataste de matarme, ¿verdad? —¿Qué tiene que ver eso con que yo no tenga piel para cubrirme? Y o levanté mi porra, amenazador. —Debería matarte. Entonces ya no la necesitarás. —T ú no te atreverías a matar a uno de tu propio grupo, ¿no? —¿Por qué no? ¡Bien que te lo me­ reces! H illy intervino entonces para decir: —Así no vamos a ninguna p a r te .. . , con ustedes dos peleando —estaba irri­ tada y parecía a punto de echarse a llorar— . ¡Toma, te daré tu vieja piel! —exclamó, y empezó a quitársela. Yo no quería que se quedara com­ pletamente desnuda delante de Le Roy, y dije: —Yo te traeré una —salí arrastrán­ dome de detrás del reborde rocoso, y traje a uno de los cara embarrada muertos. Le saqué la piel y se la di a L e Roy—. ¿Estas conforme ahora? Le Roy le dió la espalda a H illy y se puso la piel. Estaba muy irritado, y no hacía más que decir: —¿Acaso se piensan que yo no ten­ go derecho a esto? Una piel para cu­ brirse no es mucho pedir, ¿verdad? — luego se volvió para agregar— : Y o me voy de nuevo con el grupo. Hablaba con voz malhumorada, co­ mo si pensara que su compañía no era deseada. Y tenía razón. N o lo era, y mucho me hubiera alegrado verlo ir

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hacia el camino y ser muerto. Pero en­ tonces se metió H illy. —E l grupo ya no está más. —¿Qué quieres decir con eso? .¿Se marcharon, acaso? —N o. Ya no pueden ir a ninguna parte. Están todos muertos. M ira tú mismo.

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E R O Y miró por sohre las rocas y vió a todos los hombres muertos en el camino y a los cara embarrada persiguiendo a nuestras mujeres y lle­ vándose nuestro ganado. — ¡Tenemos que detenerlos —excla­ mó. —V e tú a detenerlos —le contesté—. Y o te espero aquí. Revoleó su garrote y frunciendo el ceño dijo: — ¡Eres un cobarde, Dan! ¡Tienes miedo! —N o, yo no soy cobarde, pero tam­ poco soy un tonto. — ¿Quieren dejarse de perder el tiempo? —intervino H illy— . Ya no te­ nemos más grupo al que volver. Esta­ mos completamente solos. Vamos a de­ cidir de una vez qué hacemos. Tenía razón, pero yo iba a decir precisamente lo mismo. —M u y bien. D e nada vale que nos quedemos aquí, de modo que vamos hacia ese lado —y señalé hacia atrás, en dirección contraria a la tomada por el numeroso grupo de los cara emba­ rrada. —¿A dónde lleva ese camino? —pre­ guntó Roy. —¿Cómo quieres que lo sepa? —N o me parece muy cuerdo ir sin saber a dónde se va. — ¿Conoces acaso algún lugar al que podamos ir? -N o . —M u y bien, pues. Entonces no ha­ bles tanto. H illy señaló hacia un punto y dijo: —Yo creo que deberíamos ir hacia ese lado. H ay allí algunas colinas don­

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de podremos ocultarnos hasta que de­ cidamos lo que haremos. Yo ya había visto las colinas y pen­ sado lo mismo, de modo que ésa era todavía mi decisión y no me irrité con H illy por sugerirla. — D e acuerdo —dije— . Nos pondre­ mos en marcha ahora mismo y veremos hasta dónde podremos llegar antes de que oscurezca. —Tengo hambre —murmuró Le Roy— , ¿Qué vamos a comer? —Quizá encontremos algo —repuso H illy. Se había alzado la piel de Le Roy hasta los hombros, ■ asegurándola con unas ramas fuertes y flexibles de un arbusto, de modo que podía cami­ nar sin tener que sostenerla. La tomé de la mano para que no cayera si tro­ pezaba con una roca o cualquier otra cosa, y nos pusimos en marcha. El reborde rocoso nos ocultaba de la vista del grupo de los cara embarrada, y seguiría protegiéndonos hasta que es­ tuviésemos lo suficientemente lejos co­ mo para que no pudieran apresamos. Pero de todos modos andábamos con cuidado, caminando rápidamente y mi­ rando a cada momento hacia atrás. Finalmente nos detuvimos para des­ cansar, y L e Roy dijo: —Quisiera que hubiésemos cortado una pierna a uno de esos cara emba­ rrada muertos para traerla con nos­ otros. T a l vez no encontremos nada para comer. — ¡Oh, eso es horrible! — exclamó H illy—. ¡H a c e .. . años y años que la gente no se come entre sí! ¡Es una cosa terrible! — Si uno está lo suficientemente hambriento como para eso, no es algo tan malo —repuso Le Roy—. Y yo es­ toy bastante hambriento —al decir esto miraba las piernas de H illy, pero no creo que pensara en comérsela, preci­ samente. —Es una sensación rara, ¿verad? — dijo H illy. —¿Cuál sensación? —pregunté.

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—Estar completamente solos. Huir de algo y no saber a dónde vamos. De­ beríamos tener miedo. / — ¿Tienes miedo, acasé? — N o . . . , creo que no. A veces pen­ saba cómo sería marcharse uno solo. —Eso habría sido una tontería —re­ puso Le Roy—. Cualquiera que se ale­ jara del grupo por su cuenta sería muer­ to por los hombres de otro grupo. — ¿Crees que seremos muertos, Dan? —preguntó H illy, mirándome. —Yo te protegeré. Nos ocultaremos y trataremos de apartamos del camino de cualquier otro grupo. —¿Y si encontráramos a un Explo­ rador? Eso me asustó un poco, pero no quería que se diera cuenta. —Yo puedo matar a cualquier Ex­ plorador que encontremos. Le Roy lanzó una carcajada. —Si vieras a un Explorador, saldrías corriendo como una mujer. Y o agarré mi garrote y empecé a re­ volearlo contra él, pero H illy me tomó del brazo y dijo: — ¡N o debemos pelear entre nos­ otros! Ya conoces la ley. Todavía for­ mamos parte del grupo. Comprendía que tenía razón, pero aún estaba rabioso con Le Roy. —¿Por qué no te marchas? —dije—. ¿Por qué no te vas solo y empiezas un nuevo grupo?

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El no me contestó, y siguió aferran­ do su garrote y mirándome con el ce­ ño fruncido. Entonces H illy dijo: —Seguiremos los tres juntos. ¿De qué vale que huyamos de otros grupos si vamos a matarnos entre nosotros:1Eso no es nada razonable. —Bueno, de acuerdo, pero mejor que L e Roy se cuide de lo que dice. Empezamos a caminar nuevamente y a media tarde llegamos a un arroyuelo. El agua estaba muy buena y calmó nuestra sed, pero de nada sirvió a nuestra hambre, de modo que se­ guimos andando. Le Roy se quejaba continuamente, y si no hubiera sido por lo que H illv había dicho de obe­ decer a la ley, lo habría matado y ter­ minado de una vez con sus lamentos. Poco antes del amanecer tuvimos un poco de suerte cuando un conejo enor­ me saltó de detrás de una roca y se sentó a miramos. Le Roy le arrojó su garrote, pero le erró por varios pies. El conejo corrió un trecho y se detuvo, y yo aproveché para tirarle con el mío. Le habría pegado, pero tenía el hom­ bro dolorido y eso me hizo fallar la puntería. Entonces H illv levantó una roca y se la arrojó, pegándole justamente en la cabeza. Eso era tener una suerte te­ rrible, porque todo el mundo sabe que una mujer simplemente no puede ti­ rar derecho. Y por otra parte, una roca es más fácil de arrojar que un garrote.

Cuando Le Roy terminó su parte se frotó el estómago y dijo: —Ahora tengo sed otra vez. Eso era lo desagradable de Le Roy. Siempre se estaba quejando. Nunca quedaba satisfecho, y eso me disgus­ taba bastante. Después de comer empezamos a ca­ minar nuevamente en dirección a unos árboles que alcanzamos a divisar de­ lante de nosotros, y llegamos a ellos cuando ya había oscurecido. Mientras L e Roy andaba dando vueltas entre los arbustos, le dije a H illy: —Tendré que quedarme despierto toda la noche. Si no lo hago, L e Roy puede acercarse sin que lo oiga y ma­ tarme. —Y no me preocuparía de eso — contestó H illy—, Ahora las cosas han cambiado. Somos el único grupo que Le Roy tiene, y se moriría de miedo si tuviera que andar solo por aquí. Q uizá eso fuera cierto, y quizá no, pero yo no estaba dispuesto a correr el riesgo. Cuando Le Roy volvió, le dije: —T ú vete al otro lado del monte y duerme allí. El me miró con el ceño franido y repuso: — ¿Por qué tengo que irme' tan lejos? —Porque no quiero que andes por aquí, eso es todo. —Supongo que puedo quedarme por aquí, si se me ocurre. Yo tomé mi garrote al tiempo que le decía: —H az la prueba y verás lo que te E todos modos, allí teníamos el ocurre. conejo. Nadie estaba con ganas de ponerse a encender fuego, de modo El miró el garrote y luego a mí, y murmuró: que lo deshicimos en trozos y lo co­ mimos erado. Estaba muy bueno. —N o creas que me asustas. Yo tam-

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L a p a r á lis is y e l c á n c e r h a descubierto q u e tres tipos distintos de poliom ielitis hum a­ na destruyen com pletam ente dos tipos de tum ores cancerosos. O sea que para salvarse d e l cáncer lo m ejor es una buena parálisis infan til. Claro que es peor e l r e m e d io ...

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poco quiero dormir cerca de ti. Proba­ blemente me matarían tan pronto como cerrara los ojos —miró a H illy y pre­ guntó— : Y ella, ¿dónde va a dormir? —Eso es asunto suyo. Poniendo mala cara se internó en el monte, y yo me senté con la espalda contra un árbol. —N o te vas a quedar realmente des­ pierto toda la noche, ¿verdad? —dijo H illy. —Claro que sí. ¿ 0 crees acaso que quiero ser muerto?

—Es una tontería. — ¿Es una tontería desear seguir viElla se encogió de hombros y mi­ rando a su alrededor encontró un hue­ co cubierto de pasto tierno, donde se tendió. —Yo voy a dormir —dijo. Seguí sentado largo rato contra el árbol, prestando atención por si oía los pasos de Le Roy. Estaba seguro de que antes de mucho vendría dispuesto a matarme, pero todo se mantenía tran­ quilo. Dos veces estuve a punto de

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dormirme pero pude despabilarme a tiempo. Entonces empecé a preocuparme de que H illy estuviera tendida allí sin

pieles para dormir. Si se enfermaba por pescarse un enfriamiento quizá yo tuviera que llevarla cargada, y eso no me hacía gracia. D e modo que me le­ vanté y me acerqué a ella para decirle: —¿No tienes frío, tendida allí sin nada para abrigarte? —N o —contestó ella—. Estoy lo más bien. —T ú puedes creer que estás bien, pero quizá te pesques un enfriamiento cuando te duermes. —Yo soy el que puede juzgar me­ jor eso, de modo que voy a tenderme a tu lado para mantenerte abrigada. M e tendí en la hierba junto a ella, y aunque no quería admitirlo tenía frío, porque al cabo de un rato se acer­ có más a mí. Entonces la rodeé con mis brazos para que pudiera recibir el calor de mi cuerpo. . Se durmió en seguida, mientras yo hacía todo lo posible por mantenerme despierto. Debía estar m uy cansado, sin

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embargo, porque pasado algún tiempo oí pasos y me di cuenta de que L e Roy había venido a matarme. Pero el sueño acababa de vencerme y no pude despertarme lo suficiente como para' evitarlo. Después de eso, lo primero que oí fué la voz de H illy: —¿Ustedes dos piensan seguir dur­ miendo todo el día? Abrí los ojos y me encontré tendido en el suelo, todo entrelazado con Le Roy. M e levanté de un salto, muy irri­ tado, y pregunté: —¿De dónde salió éste? —Vino a dormir con nosotros. Tenía frío, supongo, lo mismo que tú. —Yo no tenía frío. ¡Sólo quería mantenerte abrigada a ti! Bueno, eso no tiene mayor impor­ tancia, ¿verdad? La cuestión es que todos estuvimos abrigados. Le Roy gruñó, y abrió los ojos y dijo: —¿De dónde sacaste' ese conejo? Estaba mirando un conejo gordo que H illy sostenía de las orejas. Era de esperar que Le Roy lo viese primero. Todo lo que le interesaba era comer y dormir. —Acabo de matarlo —contestó H i­ lly—. Y encontré un arroyito más allá del monte. —¿Por qué no me despertaste? — demandé yo. Pero H illy pareció no haberme oído. Tenía un aspecto preocupado. —Y encontré algo más, también — agregó. -¿ Q u é ? —Vengan conmigo y véanlo ustedes mismos. Después será mejor que coma­ mos y nos vayamos en seguida de este lugar. L e Roy se levantó y ambos seguimos a H illy a través del bosquecillo hasta el otro lado. N o tuvo necesidad de se­ ñalar aquello de que estaba hablando. Podíamos verlo perfectamente más allá de la llanura cubierta de rocas y pe­ queños arbustos. 19

sión como ésa en su cara. M e gustó, y para que no la cambiara agregué: —Y otra cosa. Yo no creo que las ciudades sean tan peligrosas como los Líderes dicen. Voy a ir hasta allí para ver qué hay en una ciudad. —¿Eres loco? —exclamó Le Roy asombrado. — No, y tampoco soy cobarde. —Bueno, me parece que no voy a poder ir para protegerte. M e quedaré aquí y aguardaré hasta que vuelvas to­ do cubierto de llagas. Luego miraré cómo te mueres. Yo estaba asustado. Deseé no haber R A realmente un lugar de extraño dicho que iría a la ciudad. Pero ya es­ aspecto. Como una pila muy grande de piedras rotas. M e hacía pen­taba y habría preferido morir antes que echarme atrás. Claro que no quería sar que alguien había traído un mon­ morir lleno de llagas, sin embargo. M i­ tón de piedras rotas de los caminos ré a H illy, esperando que tratara de para ponerlas en un solo lugar. Pero quitarme la idea de la cabeza. no podía ser, sin embargo, porque mu­ Pero aun tenía en la cara esa ex­ chas de las piedras de la ciudad eran traña expresión, y dijo: demasiado grandes para haber sido —Iré contigo dondequiera que tú traídas desde los caminos. vayas, Dan. —Es mejor que nos vayamos de aquí Era por cierto una gran ayuda, pen­ — dijo Le Roy. sé. Ese es el inconveniente con las mu­ —H ay algo más —indicó H illy, se­ jeres: nunca se puede contar con ellas ñalando hacia un costado de la ciudad para que hagan precisamente lo que que daba a una extensión llana y abier­ uno espera. Traté de imaginar alguna ta. Había allí tres cosas, que ninguno manera de retroceder, pero no pude, de nosotros había visto jamás. Se pa­ de modo que dije: recían un peco a hombres, pero estoy —Vamos, pues. Andando. seguro de que no lo eran. Estaban col­ Salí del bosquecillo y empecé a ca­ gados de una especie de armazón. minar a través de la llanura. Tenía — ¿Qué son? —preguntó Le Roy. la esperanza de que H illy perdiera el —Cómo quieres que lo sepa —repu­ ánimo, pero allí estaba, a mi lado, mi­ se yo—. Están demasiado lejos para rándome como si no hubiera otra co­ verlos. sa que pudiese hacerla más feliz. M e —Prefiero no enterarme. Todo lo convencí entonces de que las muje­ que quiero es marcharme hacia el otro res no tienen simplemente el sentido lado lo más rápidamente posible. de asustarse. Eso demostraba qué cobarde era real­ Le Roy se quedó donde estaba. A l mente L e Roy, y yo no podía permitir mirar hacia atrás lo vi sentarse contra que H illy pensara lo mismo de mí, un árbol. M e volví entonces y grité: de modo que dije: —T e morirás de hambre cuando no tengas a H illy para que te mate co­ —Pues bien, yo no. Quiero ver qué nejos. son esas cosas, y voy a ir hasta allí. N o me contestó. Siguió sentado H illy abrió mucho los ojos para mi­ tranquilamente allí. L e Roy es de esa rarme. N unca había visto una expre­

—U na ciudad. N os quedamos largo rato inmóviles, mirando. Era la primera oportunidad que cualquiera de nosotros tenía de ver una ciudad. Nadie de nuestro grupo había visto jamás alguna, a excepción de los Exploradores y quizá del Líder. Cuando los Exploradores encontraban una, siempre le hacían dar al grupo un gran rodeo lejos de ella, porque eso era parte de la ley: que ningún miem­ bro del grupo se aproximase jamás a una ciudad.

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clase dé tipos que no tienen la menor des y hacen cosas como ésta. H e oído al vergüenza. Líder y a los Exploradores hablar de H illy y yo caminamos durante largo ellos. Los Exploradores siempre tratan rato y muy pronto las cosas que col­ de evitarlos porque no matan simple­ gaban de ios palos estuvieron lo sufi­ mente y terminan en seguida, sino que cientemente cerca como para que las lo hacen despacio, y de una manera viéramos bien. horrible. —Parecen realmente hombres —dijo —M e gustaría encontrar a lg u n o s H illy. hombres de ese grupo. Los colgaría — Sin embargo no lo son. ¿Dónde igual que hicieron con é9tos. viste alguna vez un hombre con una Y o estaba teniendo la mano de H i­ cabeza tan red on da.. . o tan grande? lly y la sentí apretarse. M iré a mi —Pero tienen brazos y piernas. compañera, que me dijo: Estábamos muy próximos ya ya em­ —Dan, ¿por qué los grupos están pezamos a caminar más despacio. N a­ siempre peleando? ¿Por qué no hacen da ocurrió. Esas cosas no saltaron para más que matarse entre sí a cada mo perseguimos. N o hicieron absoluta­ mentó? mente nada. Seguían colgadas allí, sim­ Era la pregunta más tonta que ha­ plemente, y entonces me pude dar bía oído en mi vida, y no parecía en cuenta que no tenían vida. absoluto digna de Hilly. —Son hombres —susurró H illy. — ¿Qué otra cosa se puede hacer? —Llevan puestas unas pieles m uy —repuse—. Si no matáramos a los hom­ extrañas. Alguien los colgó aquí, y bres de los otros grupos, ellos nos ma­ murieron. tarían a nosotros. Ya lo sabes. Sus pieles eran de un material ex­ — Sí, pero ¿qué pasaría si alguna vez traño, y estaban desgarradas y hechas en lugar de luchar, los hombres de jirones por el viento y la lluvia, des­ dos grupos distintos se sentaran y em­ pués de haber estado colgados allí tan­ pezaran a hablar? to tiempo. Tenían las cabezas cubier­ —¿Hablar? ¿De qué se podría ha­ blar? tas con unos grandes globos. —¿Para qué tendrían que usar esa —Oh, no sé. Matarse todo el tiem­ clase de pieles? —pregunté. po parece tan . . . inútil. —Quizá sean de un grupo del que —Lo que pasa es que tú estás can­ no sabemos nada, y se hicieron esas sada —dije—, porque de otro modo no pieles para asustar a cualquiera que pensarías semejantes tonterías. Quizá encuentren de otros grupos. • será mejor que volvamos al monte y —T a l vez sea como tú dices —co­ no vayamos a la ciudad hasta mañana. menté—. Pero no les sirvió de nada. —N o, vamos ahora mismo. Termine­ Algún grupo los apresó y los colgó mos de una vez con esto. para que murieran allí. —M u y bien, si realmente lo quieres, —H ay grupos que son muy emevamos. R e m e d io d i f í c i l n

psicólogo de Chicago, é l doctor W álter C. A lva rez, que dice

ser de estado casado, expresó que los maridos p u ed en m ejorar U en m ucho el nerviosism o de sus esposas, ayudándolas por la no­ che en el trabajo de la cocina. M uy bien, p e r o ... ¿quién cura después al marido?

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—T ii eres el que quería ir. —Andando, entonces. M P E Z A M O S a caminar nueva­ mente, cada vez más despacio, pero la ciudad parecía aproximarse terrible rapidez. Yo apretaba con fuer­ za la mano de H illy, y al llegar a las primeras piedras marchábamos en pun­ tas de pie. — ¿Sientes algo? —preguntó H illy. —¿Sentir qué?

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—No sé. Pensé que quizá sentiría­ mos lo que causa las llagas. M e pareció que empezaba a dolerme un poco el brazo izquierdo, y lue­ go a picarme una mejilla. Acercándo­ me a una piedra la toqué con cautela. —N o parece nada diferente de las piedras del camino —dije. —H illy estaba mirando hacia el in­ terior de la ciudad. —Muchas de ellas son distintas, sin embargo. Mira ésas brillantes. — Una ciudad es realmente un ex­ traño lugar. — De todos modos, no veo nada peli­ groso en ella. Seguimos andando entre las rocas. Había lugares abiertos por los cuales odiamos caminar libremente. Marcháamos con mucha lentitud, pero nadie trató de detenernos, y no parecía ha­ ber ningún peligro. D e modo que con­ tinuamos adelante, y bien pronto nos habíamos internado bastante en la ciudad. — Sea lo que sea que le hace* daño a la gente, no le hace completamente nada a los conejos. —¿Cómo lo sabes? —Porque hay uno sentado sobre esa piedra. Si hubiera algo peligroso, no andaría por aquí un conejo. M iré hacia donde me indicaba H i­ lly y lo vi sentado sobre una piedra, con sus ojos fijos en nosotros. —T engo hambre —dije. H illy tomó una pequeña piedra y

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le apuntó cuidadosamente. Pero yo la detuve. —Déjame a mí. E l hombre es el que tiene qüe conseguir la comida. —Le vas a errar —contestó H illy. Y arrojando la piedra dejó al conejo ten­ con dido largo a largo. Yo le saqué la piel y nos sentamos sobre una piedra a comerlo. N o habla­ mos durante un rato, y a nuestro alre­ dedor todo estaba muy tranquilo. H a­ bíamos comido ya más de la mitad, cuando H illy se detuvo bruscamente y alzó la cabeza. —Creo que anda alguien por allí. D ejé de comer y escuché yo tam­ bién. —N o oigo a nadie. ¿Dónde? —Detrás de nosotros. D el lado de donde vinimos. H illy estaba asustada y yo mismo no me sentía muy animoso. Escuché con atención y entonces lo oí yo también. Alguien estaba caminando. Y lo hacía como si tratara de no ser notado. D e­ jé mi comida, porque ya no sentía más hambre. ¿Quién podía estar siguiéndo­ nos en una ciudad donde nunca venía nadie? —Entonces recordé. —Es L e Roy —dije. Plilly no estaba m uy convencida. —Bueno. . . , puede ser.

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M AS A LLA

— Se asustó de estar solo y nos siguió. Trepé arriba de la gran piedra y gri­ té: — ¡Le Roy! ¡Ven aquí! ¡Déjate ya de arrastrarte detrás de nosotros! Por un momento todo estuvo en si­ lencio. Luego volvimos a oír los pasos acercándose cada vez más, y vimos quién era. N o era Le Roy, sino un hombre al­ to, de pelo amarillo, cubierto de extra­ ñas pieles, que llevaba en la mano una cosa muy corta, que no podía ser cu­ chillo, garrote o nada de que yo hu­ biese visto antes. Pasó a través de un espacio abierto en las rocas y se quedó mirándonos, sosteniendo la cosa delante de él. Yo agarré mi garrote y me lancé al ataque, resolviendo que sería mejor que lo ma­ tara pronto, antes de que vinieran más hombres de su grupo y ayudarlo. Pero no lo maté. N i siquiera pude llegar hasta él, porque algo terrible y extraño ocurrió. Hizo un movimiento con la cosa que tenía en la mano y un fuego azul salió de uno de sus extre­ mos. Se oyó Un ruido como el de una culebra al arrastrarse, y una gran pie­ dra que estaba a mi lado se puso azul y roja y empezó a derretirse. El calor que hizo derretir a la piedra debe ha­ ber venido de la mano. Esa era la úni­ ca explicación posible. La piedra chirrió como carne al asarse y yo salté hacia un lado al sen­ tir que me quemaba el brazo. Dejé caer mi garrote y dando media vuelta agarré a H illy de la mano para salir corriendo. N o sabíamos a' donde íbamos, pero no nos importaba, porque los dos está­ bamos tan asustados que ya no podía­ mos pensar absolutamente en nada. Sólo queríamos alejarnos del hombre y de esa cosa extraña que había en­ cendido la roca. Mientras corríamos eché una mirada hacia atrás y vi que el hombre estaba

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siguiéndonos. Pero no corría. Camina­ ba lentamente, sin tratar de apresar­ nos y sin preocuparse tampoco ae que huyéramos o no. Esto me asustó más aún, porque significaba que debía ha­ ber otros de su grupo por allí y él sa­ bía evidentemente que los otros nos apresarían y matarían. N o podíamos hacer otra cosa más que correr, sin embargo, y eso fué lo que hicimos, precipitándonos por el sendero abierto entre las rocas destro­ zadas. Luego, de pronto, las rocas se terminaron y salimos a un gran espa­ cio abierto que era lo más terrible que yo había visto en mi vida. Ibamos tan rápido que no podíamos detenernos, y antes de que pudiéramos damos cuenta estábamos en este espacio en medio de todo un grupo de gente que vestía unas pieles iguales a las del hombre de pelo amarillo. Y había algo más. U na gran cosa brillante, con puertas, en medio del es­ pacio abierto. Yo no sabía qué podría ser eso ni me importaba tampoco. Lo único que sabía era que habíamos sido atrapados y que nos iban a matar, y que yo ni siquiera tenía un garrote pa­ ra defenderme. Seguí apretando la mano de H illy y me volví para correr nuevamente ha­ cia las rocas, pero los hombres del gru­ po eran muy rápidos y antes de que pudiéramos alejarnos nos rodearon pa­ ra detenernos. Yo luché con los puños y los pies y vi que H illy estaba haciendo lo mis­ mo. Mordió a uno de los hombres que estaban tratando de agarrarla, y éste dió un salto y se llevó la mano a la bo^ ca. Pero las otras la retuvieron, aun cuando se retorció y peleó con tanta fuerza que la piel se le salió. Había cuatro hombres teniéndome, me pregunté por qué no me mataan. Entonces me di cuenta. Este de­ bía ser uno de los grupos de que ha­ bía oído hablar, que mataban lenta­ mente por divertirse y a quienes les

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gustaba dejar tullidos a los hombres de otros grupos. Yo no quería quedar tu­ llido, de modo que seguí peleando, pe­ ro muy pronto consiguieron echarnos por tierra de tal modo que no podíamos movernos. O trataron de matamos. Simple­ mente nos mantenían allí, y lue­ go salieron de la cosa con puerta personas, dos hombres y una mujer, que se acercaron hasta donde estába­ mos nosotros. También el explorador de pelo amarillo que nos había seguido apareció de entre las rocas y nos miró con una mueca. —Así que salió bien —dijo—. Sabía perfectamente que algunos de ellos volverían a la escena del crimen. ¡Por Dios! ¡Realmente, son animales! —M e avergüenza que digas eso, Rex —intervino la mujer—. Son seres humanos. El hombre del pelo amarillo la miró frunciendo el ceño. Ya viste lo que les hicieron a los compañeros de la unidad avan zad a.. . — ¿Cómo sabes que estos dos tenían que ver con eso? —La mujer parecía ser el Líder, o por lo menos procedía como lo haría uno. M iró a los hombres que sostenían a H illy y'exclam ó: ¡Por amor de Dios! ¡Pónganle alguna ropa a esa chiquilla! ¿Qué clase de espec­ táculo es éste? —Q uizá tú quieras hacer la prueba —dijo uno de los hombres— . Ella mis­ ma se desnudó forcejeando, y si la soltáramos clavaría los dientes en al­ guno de nosotros y no lo soltaría. La mujer se acercó a H illy y se arro­ dilló a su lado, sonriendo. —N o vamos a hacerte ningún daño, querida. Sólo deseamos hacerte algu­ nas preguntas. ¿Puedes comprender lo que te digo? —Vamos, mátennos de una vez — contestó H illy. —Pero si no vamos a matarlos. ¿Por qué deberíamos hacer tal cosa?

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— ¿De qué grupo son ustedes? —¿De qué grupo? Yo n o . . . —¿Qué están haciendo aquí, en una ciudad? Deberían saber que las ciuda­ des están prohibidas por la ley. M e sentí orgulloso de H illy. A pe­ sar de la muerte que nos aguardaba, no tenía miedo. La mujer Líder alzó la vista y uno de los hombres dijo: tres —La radiación, probablemente. Han aprendido a mantenerse alejados de las zonas contaminadas. La mujer Líder había cubierto a H illy con la piel, y poniéndole una mano sobre la cabeza, dijo: —Esta ciudad ya no está contami­ nada. Es de c i r. . . — ¿A ustedes no les salen llagas? — preguntó H illv. —Exacto. Todo el veneno del aire que causa las llagas ha desaparecido. Lo mismo pasó ya en la mayoría de las ciudades. Por eso pudimos volver, y queremos ser amigos de ustedes. —Eso es una tontería. —¿Por qué una tontería, querida? —Porque los grupos jamás son ami­ gos entre sí. Los hombres siempre pe­ lean y se matan unos a otros. —¿No te parece que eso es mucho más tonto aún? —¿Cómo van ustedes a matamos? —Nosotros no vamos a matarlos. Queremos darles algo para comer. Queremos ser sus amigos. Si esto? hombres los sueltan, ¿prometen ustedes no ponerse a pelear o echar a correr? —Se volvió y me miró a m í también al decir esto. —Lucharé tan pronto como pueda agarrar una roca o un garrote —dije yo—. Mataré a alguno de ustedes, si puedo, antes de que nos maten a nos­ otros. U no de los hombres lanzó una car­ cajada. —¿Seres humanos, dijiste? La mujer Líder se mordió el labio. —Por lo menos son sinceros en sus intenciones. Llévenlos a la nave. A llí

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les daremos de comer, y quizá se tran­ quilicen. Los hombres que nos estaban te­ niendo nos levantaron y llevaron hacia la cosa con puertas. La mujer Líder la había llamado “nave” , de modo que supongo que eso es lo que era. Nos hicieron atravesar una puerta y seguir por una larga senda brillante, donde abrieron otra puerta para entrar en un lugar muy pequeño, sin otra salida que aquella por donde habíamos venido. —M e temo que tendrán que que­ darse en esta habitación hasta que po­ damos llegar a alguna especie de en­ tendimiento —dijo la mujer Líder—. Y ahora, si me prometen no pelear conmigo, les haré traer algo para co­ mer. Y los tres nos sentaremos a con­ versar. Uno de los hombres intervino en­ tonces: — ¡Lorna! ¡N o puedes quedarte aquí con estos salvajes! ¡T e harán pedazos! La mujer Líder nos miró con una sonrisa. —Ustedes dos deben tener bastante hambre. ¿No querrían sentarse a co­ mer? Habíamos comido el conejo —o por lo menos una parte—, pero yo aún te­ nía hambre. M e volví hacia H illy. —Creo que deberías comer algo — le dije. H illy miró fijamente a la mujer L í­ der, y luego dijo: —M uy bien. N o trataremos de ma­ tar a nadie. — ¡Magnífico! Pero, ¿por qué no me

llaman Lorna? Ese es mi nombre—. Se volvió a los hombres— . Manden algo para comer. Y pueden marcharse. Estoy perfectamente segura. A los hombres no les gustó eso, pe­ ro por la manera de conducirse ante ella se veía bien claro que Lom a era realmente el Líder. Salieron todos y muy pronto un hombre volvió con un montón de comida, de muchas clases diferentes en platos brillantes. Proba­ mos algunos de ellos mientras Lorna se sentaba y nos observaba, sonriendo, y luego comimos hasta que no pudi­ mos más. U na vez que estuvimos satisfechos, Lorna nos dijo: —Por favor, cuéntenme algo de us­ tedes. ¿Qué estaban haciendo aquí los dos, completamente solos? ¿Dónde es­ tán sus padres? Yo no pensaba contarle nada, pero H illy contestó: —Fueron muertos por los hombres del otro grupo. . ., del último con el que luchamos —Y en seguida siguió contándole a Lom a todo lo que había pasado. Lorna estuvo pensando un momento , y luego preguntó: — ¿Alguno de ustedes sabe por qué esta ciudad se encuentra. . . de este m o d o . . . en ruinas? ¿Sabe alguno de ustedes lo que ocurrió? H illy movió negativamente la ca­ beza, y Lorna nos explicó: —Bueno, hace mucho, mucho tiem­ po, éste era un hermoso lugar, muy grande, donde- vivía la gente —los an-

E 1 d e te c t iv e r a d io a r s é n ic o radioarsénico se le han descubierto aptitudes detectivescas para la localización de tum ores cerebrales. Una v ez in ­ yectado en las venas del paciente, se fija de tres a diez v eces más en los tum ores del cerebro que en e l tejid o normal. Para ver dibujarse los contornos d e l tum or, basta entonces, con un contador de escintilación, recoger los positrones em itidos en la desintegración d el radioarsénico.

A

l

BIENAVENTURADOS LOS ASESINOS

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tepasados de ustedes y, los míos— . Pe­ ro empezaron a luchar entre ellos, una nación le hizo la guerra a la otra, e inventaron armas tan terribles que la civilización fue completamente des­ truida en una guerra final. —¿Civilización? N unca oí hablar de eso —dije yo. —La forma en que vivía la gen­ t e . . . , la cultura que tenía. Tampoco sabía lo que era cultura, pero no dije nada, y Lom a continuó: —Habían unas pocas personas que se dieron cuenta de que esta gran gue­ rra se aproximaba. Sabían lo que ocu­ rriría: que después de la guerra toda la tierra quedaría envenenada de tal modo que nadie podría vivir en ella. Algunas de las bombas que fabrica­ ron hicieron tales cosas en el aire que la gente moría instantáneamente, o bien les salían unas llagas espantosas en el cuerpo que les causaban una muerte lenta y horrible. —¿Por eso la gente de los grupos que vienen a las ciudades mueren de las llagas? —Exactamente. El veneno se man­ tuvo en el aire durante cientos y cien­ tos de años. —¿Entonces por qué no murió toda la gente? —Eso es precisamente lo más extra­ ño que hemos descubierto: que es im­ posible matar a toda la gente. Después a e que terminó la guerra algunos in­ dividuos deben haber sobrevivido al veneno y la aniquilación. Empezaron a multiplicarse nuevamente y siguie­ ron con la vida. . . , pero sin el cono­ cimiento o quizá siquiera el recuerdo de cómo era la Tierra antes de la guerra. — ¿De dónde vinieron ustedes? — preguntó H illy. —Esta gente de que les hablé an­ tes, que previeron lo que ocurriría con la guerra, tenían medios de viajar por el espacio. La nave en que estamos ahora vino directamente de la Luna,

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donde estas personas se fueron ■ para escapar a la destrucción de la gran guerra. A llí construyeron lugares don­ de vivir, bajo cúpulas de cristal, y allí aguardaron hasta que los venenos se disiparon de la Tierra. Fué una espe­ ra extremadamente larga, pero ahora la contaminación casi ha desaparecido. Yo había visto la luna montones de veces, pero pensé que esa mujer es­ taba mintiendo. Nadie podía vivir allí. Y en caso de que así fuese, ¿cómo hi­ cieron para venir hasta aquí? Era dis­ paratado. —Enviamos una nave de avanzada para probar las radiaciones. A l ver que no volvían vinimos para investigar y los encontramos colgados allí, en la pradera —Lom a nos miró fijamente— . E l pueblo de ustedes no los mató, ¿verdad? —N o —contestó H illy—, Fué algún otro grupo. N o sabemos quién. —Probablemente nosotros habríamos hecho lo mismo —dije yo. —¿Por qué? —preguntó Lorna, vol­ viéndose hacia mí. —¿Y por qué no? Los grupos siem­ pre se matan entre sí. Simplemente no es cuerdo hacer cualquier otra cosa. —M e pareció que era una estupidez preguntar eso. Lorna se quedó largo rato mirando hacia la pared.

L veneno que nosotros conocía­ mos se ha disipado, pero hemos encontrado, en cambió, otro de úna clase mucho más terrible. Los precep­ tos mismos de la vida han sido inver­ tidos. Bienaventurados los débiles, ha sido cambiado por bienaventurados los asesinos. Este nuevo veneno puede de­ morar más tiempo aún en ser extir­ pado —N o parecía estar hablando con nosotros. Luego volvió a mirarnos y dijo:— ¿Querrían ustedes venir con­ migo y aprender una nueva clase de vida? ¿Ver las grandes ciudades de la

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luna bajo las inmensas cúpulas plás­ ticas? —¿Qué clase de vida? —preguntó H illy. —La única buena, hija mía. Aquella en que la gente ayuda a su. vecino en lugar de matarlo. En la que todos vi­ ven juntos y en paz. —Creo que me gustaría eso —dijo H illy gravemente. N o podía creer lo que acababa de oír. ¿H illy diciendo eso? ¿Tragándose todas esas mentiras? Estaba tan sor­ prendido que no se me ocurría nada que decir. — Ustedes dos deben estar bastante cansados —dijo Loma sonriendo. Lue­ go nos miró dudosamente—. ¿Son us­ tedes. . . casados? —N o —contesté— , pero yo ya maté a mi hombre, de modo que podemos casamos. —¿Mataste, tú? —Sí, y más de uno en el combate de ayer. —Pero ahora vas a aprender que matar es malo —dijo ella suavemente. Yo no pensaba hacer nada de eso, pero no contesté nada. —Vengan conmigo —dijo Loma. Abrió la puerta del lugar en que es­ tábamos y la seguimos afuera —Por este pasillo. Las habitaciones de uste­ des están una frente a otra. Por estas puertas. Abrió una puerta, por la que entró H illy, y la cerró tras ella. Luego abrió otra para que entrara yo. —A llí está tu cama —me dijo—. Puedes dormir todo el tiempo que quieras. Yo me tendí en la cama, pero no tenía intención de dormir. Sólo estaba aguardando. M e quedé dormido, sin embargo, y cuando desperté salí al pa­ sillo. Todo estaba muy silencioso. M e deslicé hasta la habitación de H illy y la desperté. —Salgamos de aquí antes de que es­ ta gente nos mate —dije.

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H illy se restregó los ojos y contestó: — N o nos van a matar. Nos van a llevar a la luna, donde podremos ver las grandes ciudades. —Eso es mentira. Todo lo que ella nos dijo no son más que mentiras. Le­ vántate, y salgamos de aquí. —N o quiero ir, Dan. ¡N o pedía creer a mis oídos! H illy quería quedarse con esa gente. Eso me dió mucha rabia y sentí deseos de pe­ garle. Pero no lo hice. En cambio d ije: —M u y bien. Si quieres quedarte aquí y escuchar las mentiras que van a contarte, y probablemente ser muer­ ta al final, allá tú. Yo voy a salir de este lugar lo más pronto posible, si puedo. H illy apoyó la mano sobre mi bra­ zo y me pareció que iba a ponerse a llorar. — ¡Por favor, Dan! ¡Estoy segura de que no mienten! D e que Lom a dice la verdad: que hay lugares donde la gente no anda matándose entre sí a cada m o m e n t o . . . , donde todos viven juntos y en paz, y son amigos. —Pero tú misma dijiste que no se puede hacer otra cosa más que matar a la gente de otros grupos, porque de lo contrario nos matarían a nosotros. —Ya sé que dije e s o . . . , pero, des­ pués de hablar con L o m a . . . , de escu­ char todo lo que dijo. . . , no estoy tan segura. —M u y bien. Si no quieres venir, no puedo obligarte. Adiós. —¿ T e . . . marchas? —S í . . . , me vuelvo al lugar de don­ de soy. __ Estaba oscuro ahora y tddo se ha­ llaba en silencio. Había un hombre junto a la entrada, evidentemente un guardia. Cerca de allí, sobre una mesa, se veía una cosa larga y delgada de metal, con una especie de flor dentro de ella. Saqué la flor y golpeé al hom­ bre con la cosa de metal. Salí al espacio libre y no había na­

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die por allí para detenerme. M e metí entre las rocas, y allí me sentí más se­ guro. O por lo menos eso me pareció. Pero mientras me deslizaba para ale­ jarme de la nave, miré hacia atrás y vi la sombra de algo que se movía. Habrían encontrado al guardia y es­ taban detrás de mí. A ún tenía al garro­ te con que le había pegado, de modo que me agaché detrás de una piedra y aguardé. A l ver acercarse a la sombra levanté el garrote, y ya estaba a pun­ to de dejarlo caer, cuando la sombra gritó: — ¡ D a n . . . D an . . ., no! Era H illy. D ejé caer el garrote y ella se echó en mis brazos. Estaba llorando. —Dan, no podía quedarme allí sin ti. T u ve miedo, y me di cuenta de que tenía que venir contigo. Nos besamos. Se suponía que yo no debía besarla hasta que estuviéramos casados, pero de todos modos lo hice. —N o llores —le dije en voz baja— . Todo saldrá lo más bien. ¿Sabes qué voy a hacer?

—¿Qué? —Tenemos que ir a prevenir a toda la gente para que esté alerta contra es­ te nuevo grupo que ha venido de la luna. —N o se me ocurre ningún otro lu­ gar. Pero cualquier grupo al que vaya­ mos nos matará. — Creo que n o . . . cuando oigan lo que tenemos que contarles. Les habla­ remos de esa extraña cosa que derrite las rocas. Creo que quizá entonces to­ dos los grupos se unirán. Después de todo, ésta es nuestra tierra. Si lo que ellos dicen es cierto, eso significa que huyeron de aquí y ahora quieren vol­ ver, de modo que tendremos que lu­ char. —M u y bien, Dan —contestó H i­ lly— . Haré cualquier cosa que tú di­ gas. Si te parece que hay que matar a esta gente extraña, te ayudaré. Yo sabía que tenía razón, pero el hecho de que H illy estuviera de acuer­ do conmigo, me hizo sentir más fuer­ te y valiente. Derrotaremos a esta nue­ va gente.- Los mataremos a todos. +

M o is é s y e l c o n d e n s a d o r lia (capítulo X X V del E xo d o ), Jehová le d ijo a S M oisés,la alB ibdarle instrucciones para la construcción d el taber­ egún

náculo: “ Harás un arca de madera de s e t i m .. ., y la cubrirás de oro puro; por dentro y por fuera la cubrirás; y harás sobre ella una cornisa de oro alrededor.” ¿Hace falta m ejor descripción de u n condensador eléctrico en que las chapas de oro juegan el papel de placas conductoras, y la m adera d e setim el de m aterial aislante? Esto es lo que se pregunta un ingeniero francés, que acaba de p ublicar u n serio trabajo, donde sostiene que M oisés fabricó este condensador para guardar la electricidad atm osfé­ rica, recogida por u n pararrayos especial (la com isa de oro), y para m eter en cintura, m ediante oportunas descargas eléctricas, a los que m anifestaran demasiados hum os.

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espacio sin fronteras IV. Una estación en el espacio por WILLY LEY

mente. En una novela escrita en 1897 U A N D O el hombre establezca por por un tal Kurd Lasswitz, doctor en primera vez su residencia en el espacio, lo hará dentro de un anillofilosofía, profesor de matemáticas y consejero privado de alguna corte de rotatorio, que girará en torno de la T ie­ menor importancia de Alemania, ya se rra de la misma manera que gira la exponía el tema con bastante detalle. Luna. La vida será ardua y compli­ El autor explicaba con mucho cuida­ cada d en tro . del nuevo satélite; en do la teoría astronómica del viaje es­ cierto sentido, bastante semejante a la pacial y la necesidad de una estación que se realiza dentro de un submari­ intermedia para tales viajes. Sin embar­ no moderno. go, lo más que pudo hacer Lasswitz Esta avanzada en el cielo, que hoy fué presentar sus puntos de vista. N i en día reconocemos como el primer siquiera podía especificar los métodos paso inevitable para la conquista del mediante los cuales se construiría la Universo, constituirá una comunidad estación, ya que la falta de conoci­ capaz de abastecerse a sí misma, y mientos técnicos lo inhibía en todo dentro de la cual se satisfarán todas sentido. Piénsese solamente que en las necesidades humanas, desde la del esa época todavía no se había inven­ aire hasta la de la gravedad. tado el aeroplano. La idea no es completamente nueva. A decir verdad, cuando, hace como me­ Lasswitz fué seguido diez años más dio siglo, el concepto de viaje espacial tarde por otro profesor de matemáticas, surgió brumosamente desde el terreno un ruso de apellido Ziolkovsky, quien de la fantasía para convertirse en tema también llegó a la conclusión de que de discusión científica, la importancia las estaciones espaciales constituirían de la estación espacial se perfiló nítida­ una necesidad imprescindible. En 1922,

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ESPACIO SIN FRONTERAS

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todavía otro profesor de matemáticas, Hermán Oberth, renovó la. idea, esta vez como un proyecto real para los in­ genieros del futuro. Proponía una al­ tura de mil kilómetros sobre el nivel del mar, como órbita para la estación espacial; destacaba la importancia de ésta para propósitos astronómicos y para la observación de la Tierra; pero, si bien discutió las funciones probables de la estación espacial, dejó al futuro la tarea de diseñarla y darle forma. Q uizá el lector se pregunte en qué difiere la estación espacial descripta en este libro de las otras que se postularon previamente. La respuesta es simple: debido a los extraordinarios adelantos tecnológicos de los últimos años, la es­ tación espacial que se describe aquí puede ser construida. A l desarrollar su proyecto, Von Braun comienza con el método de lle­ var las partes prefabricadas de la es­ tación a la órbita; detalle que sus pre­ cursores no tuvieron en cuenta. En su diseño de estación espacial no hay nin­ guna pieza de maquinaria ni estruc­ tural que sea más pesada que la capa­ cidad de carga de la nave cohete que tendrá que transportarlas. Además es­ tas partes prefabricadas pueden encajar fácilmente en los compartimientos de carga. Digamos de paso que éste es el jrimer proyecto que tiene en cuenta a recuperación y reutilización de las secciones, o etapas, primera y segunda del cohete, lo cual significa importantes economías en toda la operación. Insistimos: esto ya es el plano del proyecto, no para el futuro, sino para el presente. Se podría empezar a traba­ jar en él mañana mismo.

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O N S ID E R A N D O la estación es­ pacial sólo como una máquina pa­ ra vivir en el espacio, la primera exi­ gencia que debe cumplir es ser hermé­ tica. Esto parece tan evidente como afirmar que un submarino debe estar cerrado nerméticamente. Pero un ve­

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hículo que viaje por debajo del agua puede reabastecerse de oxígeno sa­ liendo a la superficie o utilizando un tubo Schnorchel. En cambio, la provi­ sión de oxígeno para la estación espa­ cial está casi 2.000 kilómetros por de­ bajo de ésta, y tendrán que llevarse todas las moléculas de aire desd'e la Tierra, inicialmente y en sucesivos y periódicos reabastecimientos. Debido a esta circunstancia tenemos que pres­ tar atención a algo que en general pa­ sa inadvertido: es el hecho de que el aire también tiene peso. El volumen total de la estación es­ pacial es de alrededor de 18.400 me­ tros cúbicos. U n metro cúbico de aire pesa 1,3 kilogramos; de manera que el aire que se requiere para llenar la es­ tación espacial pesa unas 24 toneladas. En realidad la cifra será un poco me­ nor, dado que las maquinarias, equipo, moblaje, etcétera, ocuparán alguna parte de ese volumen; pero es intere­ sante notar que la provisión original de aire agotará aproximadamente la capa­ cidad de carga de una nave cohete. En el corte de la estación espacial que aparece en las ilustraciones se cuentan cuarenta personas; podemos, pues, suponer que la tripulación total será ochenta. Ahora bien, como cada hombre utiliza alrededor de un kilogra­ mo y medio de oxígeno por día, cada veinticuatro horas habrá que reponer unos 120 kilogramos. Debido a los problemas de peso, la manera más práctica de llevar la provisión será en forma líquida. El oxígeno líquido tiene su punto de ebullición a 192 grados centígra­ dos bajo cero, y para evitar la evapo­ ración debe ser transportado en reci­ pientes especialmente aislados. Por suerte, el peso de estos recipientes es lo suficientemente bajo como para que sirvan en la práctica. La provi­ sión diaria de oxígeno pesará en rea­ lidad sólo 225 kilogramos, de los cua(Continúa en la pág. 37)

MAS ALLA

'

L.-r.

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Cuando la estación de Von Braun esté en pleno desarro­ llo, el aterrizaje de una de las naves espaciales de regre­ so de la base no constituirá ninguna novedad, a pesar de que la misma escena habrá estado henchida de emoción al ser realizada por primera vez. De todas maneras, el viaje desde la estación hasta tierra será una empresa peli­ grosa, en la que habrá que soportar enormes cambios de v e lo cid a d y te m p e ra tu ra .

La

Estación Espacial vísta por dentro

1}

Se cció n C o m u n ic a c io n e s

23)

P a re d e xterior

2)

U n id a d M e t e o r o ló g ic a

24)

3)

D o rm ito rio s

A n illo s p a r a e n g a n c h a r a l p e r­ so n a l q u e trab aje en el exterior

4}

Se cció n d e o b s e rv a c ió n terres­ tre g e n e ra l

25)

S o p o rte s d e l p iso

26)

C a b in a d e b o m b a s

27)

Puerta herm ética q u e se p o ra com p artim e n to s e stan co s

28)

C o n tro l d e a ire

29)

U n id a d aire

30)

P la n to d e e n e rg ía

31)

la b o r a t o r io p o r o el a n á lisis de la a tm ó sfe ra interna.

5]

O b s e r v a c ió n terrestre, d e ta lle s te le v isa d o s d e s d e el o b s e rv a * torio

ó)

E sc a fa n d r a d e e m e rg e n c ia s

o x íg e n o

7)

C a lc u la d o r a

8)

C o n tro l d e l te le sco p io

9)

C o b in a ficos

de

tra b a jo s

p ara

fo to grá ­

10}

C o n tro le s d e la s p a n t a lla s d e o b se rv a c ió n

11)

A c o n d ic io n a d o r d e aire

12)

O b s e r v a c ió n celeste, p a n t a lla p rin c ip a l ( fo t o g r á fic a )

13)

A m p lific a d o r

14)

P la n t a agua

15)

C o n tro l d e g r a v e d a d

de

re c u p e ra c ió n

del

a c o n d ic io n o d o r o

de

3 2 ) T u b o s d e a ire a c o n d ic io n a d o 33)

C a ñ o s p a r a el a g u a y c a b le s d el sistem a eléctrico

34)

C a ld e r a d e m ercurio

35)

T u b o s refrigera n te s

36)

E spejo so la r

37)

Red p a r a el in g re so " o m a n o ” a lo e stació n (sin u so d el a s ­ cen so r) T o x i e sp acio ! en su o tro ca d e ro

ló )

D e sc a r g o d e m a te ria le s

38)

17)

A sc e n s o r

39)

To rre d e acc e so o lo Estación

18)

O x í g e n o p a r o e m e rg e n c ia s

40)

C á m a r o d e oiré

19)

T a n q u e s d e com b u stib le s. D e ­ bajo : o re o d u c to

41 ) T u bo d e a p ro v isio n a m ie n to

20)

O jo s de bue y

42)

C o m p a rtim e n fo d e c a rg o

21 ) R e g u la d o r e s d e tem p era tura

43)

Trajes e sp a c ió le s

2 2 ) P a re d intern a con lo s b u lo n e s p a r a so ste n e r la c o r o z a d e p rotec ció n con tro lo s m e te oro s

44)

M o to r d e la forre d e acc e so p o ra m a n te n e rlo inm óvil m ie n ­ tras el taxi e sp a c ia l o tro ca

E l planeta Marte, nuestro vecino en el espacio, visto desde su luna más lejana, Deimos. Deimos, que tiene un diámetro de alrededor de ocho kilómetros, tarda 30 horas y 18 minutos en dar una vuelta completa alrededor del planeta. Dado que M arte necesita poco más de uno de nuestros días para rotar en torno de sí mismo, Deimos permanece mucho tiempo suspendido encima de la misma región marciana. U n observador colocado en Deimos podría inspeccionar un punto determinado del planeta mayor durante 60 horas consecutivas. Esto hará de ella, así como también de Phobos (la otra lu n a), una estación espacial natural de enorme valor para los exploradores del futuro.

(Continuación dé la pág. ü )

les la mitad hay que atribuirlos al recipiente. El oxígeno comprimido, en cambio, hay que transportarlo en re­ cipientes de acero, capaces de resis­ tir la presión que aquél ejerce. Si qui­ siéramos transportar en forma compri­ mida los 120 kilogramos que se nece­ sitan por día, nos encontraríamos con una carga seis veces mayor (1.350 kilogramos), el 90 por ciento de la cual estaría constituida nada más que por los cilindros. Con oxígeno líqui­ do, una sola nave cohete será capaz de transportar el oxígeno necesario pa­ ra que ios habitantes de la estación espacial puedan vivir cuatro meses. Claro que, en la práctica, toda nave espacial de reabastecimiento tendrá que llevar también cierta cuota de oxígeno consigo. Pero el método de transportar el oxígeno en forma líqui­ da es evidentemente el más deseable. Las 24 toneladas de aire dentro de la estación espacial no tendrán la mis­ ma composición que el aire que res­ piramos en la Tierra. En la Tierra, la atmósfera tiene: 21 por ciento de oxígeno; 78 por ciento de nitrógeno; 1 por ciento de argo, y otras impure­ zas. H ay una razón importante para que la atmósfera de la estación espa­ cial tenga otra composición, y es la posibilidad de que algún meteorito agujeree las paredes de la estación es­ pacial. La consecuencia de este suce­ so sería una rápida disminución de la presión en la sección directamente afectada. Aun si los hombres sobre­ vivieran al accidente, siempre queda­ rían efectos posteriores, peligrosos. Por ejemplo: la tripulación de esa zona podría sufrir de la “enfermedad de los buzos” , si no se tomaran precau­ ciones. Este achaque repentino y a menudo peligroso ha sido objeto de mucha preocupación en el pasado, pero sólo recientemente se ha logrado averiguar sus verdaderos motivos. El nitrógeno del aire, que se inhala

ESPACIO SIN FRONTERAS

conjuntamente con el oxígeno, no con­ tribuye en nada al bienestar del cuer­ po. Se disuelve en la corriente san­ guínea, y cuanto más alta es la pre­ sión del aire, como, por ejemplo, en un traje de buzo, mayor es la disolu­ ción. Mientras el nitrógeno permanece disuelto, no se experimentan efectos dañinos. Pero si la presión disminuye bruscamente, el nitrógeno forma in­ mediatamente burbujas en la sangre, con resultados frecuentemente nefastos. En cuanto los hombres de ciencia encontraron la causa de los ataques a menudo funestos que sufrían los buzos cuando eran elevados brusca­ mente a la superficie, comenzaron a buscar algún gas que fuera adecuado para diluir el oxígeno puro y que no se disolviera en la misma proporción que el nitrógeno dentro de la sangre. La respuesta fué: helio. Si bien éste también se disuelve en la sangre, lo hace en proporciones mucho menores, siendo cinco veces menos soluble que el nitrógeno. Por tanto, la formación de burbujas dentro de la sangre, co­ mo resultado de una descomposición brusca, dentro de una atmósfera de helio y oxígeno, es tan benigna que puede prácticamente despreciarse. Además de la protección que ofrece al personal de la estación, la utiliza­ ción de helio en vez de nitrógeno permite una considerable reducción en peso. Como ya hemos mencionado, la estación necesita 24 toneladas dé aire. En una atmósfera de oxígeno y ni­ trógeno, alrededor de 4 toneladas y media representarían la cantidad de oxígeno, mientras que las diecinueve y media restantes serían de nitrógeno. El helio, utilizado en la misma rela­ ción de volumen, sólo pesaría un poco menos de tres toneladas, ejerciendo, sin embargo, la misma presión que una cantidad de nitrógeno siete veces más pesada. Podrían ahorrarse así alrede­ dor de 16 toneladas de carga. U na vez que la estación espacial

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fuese llenada de aire, sería posible producir cierta cantidad de oxígeno dentro de la misma estación. E l hombre, al respirar aire, asimi­ la oxígeno y produce anhídrido carbó­ nico. Las plantas hacen lo mismo; pe­ ro, con ayuda de la luz solar, tam­ bién producen oxígeno en un proceso llamado-de fotosíntesis. En este proce­ so se desprenden dos átomos de oxí­ geno unidos a uno de carbono ( C 0 2). La planta utiliza el carbono para ha­ cer, por ejemplo, almidón, y deja es­ capar el oxígeno. Todas las plantas verdes hacen lo mismo, algunas me­ jor que otras. J. Myers, hace menos de tres años, indicó que ciertas algas, llamadas chlorella, son capaces de pro­ ducir hasta cincuenta veces su propio volumen en oxígeno, al ser ilumina­ das por la luz solar. Si hay algo que abunde en la es­ tación espacial, es indudablemente la luz solar. Teóricamente sería muy sen­ cillo, aprovechándola, satisfacer las ne­ cesidades de oxígeno de la tripulación. Tanques chatos, de unos dos centíme­ tros y medio de espesor y veintitrés metros cuadrados de superficie, con una proporción de un litro de algas por cuatro de agua, es todo lo que se necesita. Este método biológico de vol­ ver a obtener el oxígeno tendrá tam­ bién la ventaja de eliminar al mismo tiempo el anhídrido carbónico del am­ biente. Pero, aun utilizando este método, la estación espacial tendrá todavía que tener reservas de oxígeno. Sin embar­ go, mientras los tanques y las chlorella permanezcan en buen estado, no ha­ brá necesidad de enviar con regula­ ridad oxígeno a la estación espacial. El problema siguiente es el del agua, y las cifras para el abastecimiento ne­ cesario son similares a las del aire. Si contamos dos litros por hombre por día, para una tripulación de ochen­ ta, eso significa que se requerirán 160 litros diarios, con un peso de alrede­

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dor de 160 kilos. Esto es más que los 120 kilos de oxígeno que se re­ quieren por día; pero los recipientes para llevar agua pesan mucho menos que los de oxígeno, equilibrándose así la diferencia. En total, el peso del agua y de los recipientes, para el consumo de cada día, alcanza a unos 225 kilogramos. Podemos también evitarnos el peso de los recipientes, transportando el agua en forma de hielo. Los grandes panes sólo necesitarán alguna lona que los envuelva para poder manéjanos mejor; y sólo una cantidad desprecia­ ble se estropeará durante el viaje. Si se lleva el agua congelada, esto alivia­ rá además considerablemente el siste­ ma de refrigeración. Si la cifra de dos litros por persona y por día parece demasiado baja, es porque sólo estamos contando la que se utiliza para beber. L a que se em­ plea en otros menesteres, como lavar o afeitarse, saldrá de lo que podemos llamar un ‘‘proceso cíclico cerrado” . El proceso funciona de la siguiente manera: los dos litros de agua que un hombre toma por día no quedan den­ tro • de su cuerpo. A la temperatura ordinaria, alrededor de la mitad de ese agua es eliminada en forma de descarga líquida natural. La otra mi­ tad vuelve a la atmósfera a través de la transpiración y la respiración. Es­ tos dos litros de vapor de agua, o más si la temperatura es alta, se reti­ rarán de la atmósfera de la estación espacial, para ser licuados nuevamente. El sistema de aire acondicionado rea­ liza esta función, y la purificación del agua se hace por medio de una planta recuperadora de agua. A sí obtenemos una bonificación a nuestra ración dia­ ria de agua, que puede ser agregada a la reserva general. Las cifras de comida son análogas a las del agua, pero con dos diferencias fundamentales: 1®, no hay recupera­ ción; 2?, no hay ninguna necesidad de

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acumular una provisión tan grande desde un principio. Toda la comida que se transporta a la estación deberá sufrir un proceso adecuado al siguiente propósito: redu­ cir al mínimo la cantidad de residuo. Llevar - vegetales frescos en lugar de congelados sería un gasto inútil. Lo mismo puede decirse de la carne. Por ejemplo: las costillas de cerdo o de vaca se enviarán a la estación sin el hueso. La mayor parte de la comida irá congelada o precocinada ya que en esas condiciones el peso de los re­ cipientes se reduce al mínimo. Sin embargo, a pesar de todas las precauciones, quedarán muchísimos re­ siduos: envolturas, papeles, equipo ro­ to, suciedad y polvo extraído de la atmósfera por los acondicionadores de aire, a lo que hay que agregar el re­ siduo de las cloacas. En conjunto, el peso total de lo que hay que elimi­ nar por día será de alrededor de 225 kilogramos. En tierra, la eliminación de tal can­ tidad no plantea ningún problema. Pe­ ro en el espacio sucede todo lo contra­ rio. N o se pueden arrojar simplemen­ te los desperdicios (aun cuando buena parte de ellos se dispersarían inme­ diatamente), pues se produciría una nube de micrometeoritos que arrui­ narían todas las observaciones. La ma­ nera más fácil y barata de desprender­ se de los residuos es transportarlos nuevamente a Tierra en una nave cohete. Aun cuando sólo llegara una nave cohete por semana, el material de desperdicio no excedería de dos toneladas, lo cuál sería despreciable desde el punto de vista de lo que pu­ diera afectar a la facilidad de ma­ niobra. Podríamos desembarazarnos de los residuos todavía de otra manera, aun­ que un poco más cara. Bastaría meter­ los en un recipiente de aluminio, no aerodinámico (digamos cúbico), que tuviera un pequeño motorcito a reac­ ESPACIO SIN FRONTERAS

ción. Luego, se lo lanzaría al espacio en dirección opuesta a la que lleva la estación espacial. Por lo pronto, al perder velocidad abandonaría la ór­ bita y caería hacia la Tierra; y ál lle­ gar a unos 100 kilómetros de altura, la fricción lo volatilizaría como si fue­ ra u n meteorito cualquiera. Pero, aunque el método es muy lim­ pio, implica el gasto de un kilo de combustible cada tres de despedidos, además del motor a reacdón.

I se analiza cuidadosamente el pro­ blema del aprovisionamiento, se puede llegar fácilmente al número de cohetonaves que deberán efectuar el servicio entre la Tierra y la Estación. A l principio, durante la construcción, habrá que proceder lo más acelerada­ mente posible, y es probable que se necesite una nave cohete cada cuatro horas. A quí las dificultades más gran­ des se encontrarán por el lado de la recuperación dé la segunda y tercera etapas. T a l vez al principio no sea factible tener en operadón más de diez o doce cohetonaves. El punto importante, sin embargo, es que no será necesario au­ mentar el número de naves de abaste­ cimiento una vez que la estación ha­ ya sido construida. Más aún: con un cohete cada tres días habrá más que suficiente para llevar todas las provi­ siones necesarias y realizar las rota­ ciones de tripulación que se consideren convenientes. Para realizar un servicio de esta naturaleza no se necesitarán más de cuatro naves espaciales (inclui­ das las de reserva), número conside­ rablemente menor que el que se utili­ zará para construir la estación espacial. Si bien ya podemos hacer el cálculo de la cantidad de oxígeno, comida y agua que consumirá la estación, lo mismo no puede decirse del equipo, instrumental y comodidades de que se dispondrá a bordo. H ay todavía mu­ chos problemas a resolver, pues no

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debe olvidarse qíre, para tener todo listo, se requeriría un mínimo de diez años. Durante dichos diez años, nue­ vos descubrimientos habrán de reali­ zarse: nuevos refrigerantes, bombas más pequeñas y potentes, aparatos electrónicos capaces de hacer maravi­ llas. Por estas razones sólo puede dar­ se actualmente un esquema general de lo que sería la estación espacial. D i­ cho esquema se puede examinar en la ilustración que acompaña al texto Cpágs. 34-35.) E l establecimiento y manejo subsi­ guiente de la estación espacial es indu­ dablemente un proyecto de gran en­ vergadura. Pero también lo fué la ob­ tención de la bomba atómica, y en

su época, el canal de Panamá o el de Suez. Y a diferencia de estos proyec­ tos anteriores, el de la estación espa­ cial no exige nuevos descubrimientos fundamentales. Sabemos que está al alcance de la ingeniería ae nuestros días. Lo único que falta es trabajar con fervor. Y hay algo más, que ja­ más deberá olvidarse: la estación esiacial es, o será, el primer paso hacia a exploración del espacio. Se dice que todo primer paso es difícil; y, como éste, es particularmente largo, habrá que pensar que es especialmente di­ fícil; pero, una vez dado, las dificul­ tades desaparecerán con extraordinaria rapidez, y el sistema solar se abrirá de una vez por todas a la humanidad. +

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P a r a p r o t e g e r a lo s p u lm o n e s gases d e escape de los autom óviles contienen hidrocarburos L osy óxido de carbono, substancias ambas m uy nocivas para el organismo. Para hacerlas desaparecer se ha inventado u n aparatito m uy sencillo, llamado oxicat (abreviatura, de oxidación ca­ talítica. E l dispositivo consiste en gran núm ero de barras de por­ celana, sostenidas por dos placas laterales del m ism o material. Las barras están recubiertas de u n com puesto de platino y alu­ m inio, que tiene la virtud, por su sola presencia, de prom over la com bustión entre los gases de escape y el oxígeno d el cúre. Una importante aplicación de este artefacto es el em pleo de m o­ tores a e x p lo s ió n e n locales cerrados.



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inocente maquiavelo reforzado por HECTOR OESTERHELD ilustró ORNAY

El sendero quedó solitario. E l lento N una de esas nubes luminosas rumor de los pasos de la última pareja de propaganda, tan de moda en los últimos tiempos, centelleaba conse apagó, esfumándose en el suave susurro de la brisa. Jacobus Rándom letras de oro, e n tre ' los dos cipreses, quedó solo. T an solo que un pensa­ el nombre famoso: “ Inocente Maquia­ miento le inquietó: “ ¿Y si no viene? velo, Reforzado” . . . , “Inocente M a­ ¿Y si me equivoqué, y no es éste el quiavelo, Reforzado” , en letras de oro lugar?” sobre dos círculos iguales y rosados. . . Detrás del arbusto, agachado para Pero no; no había por qué preocu­ iasar inadvertido a las parejas que sa­ parse; era temprano todavía: apenas fan del parque, Jacobus Rándom re­ un poco más de las ocho y media. Bien visó por última vez los diales de su claro le habían dicho los . detectives: pistola atómica. Aquél era su primer “La persona que a usted le interesa ha asesinato, y Rándom estaba dispuesto sido oída citándose telefónicamente a hacerlo bien. con una dama. Dijo que la esperaría

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Advertimos a los lectores serios, a los que no quieran leer nada alegre, nada inquietante, nada atrevido, que pasen por alto y muy de prisa, ¡porque quem an!, las páginas de este cuento, desde las cuales un escritor argentino desafia a los lectores de M A S A LL A , Léalo y háganos conocer su opinión aunque sea para insultarnos, Lo esperamos todo.

en el parque, entre los dos cipreses, a las nueve. . . ” Porque todo había empezado con aquel n o m b re.. . Por aquel nombre estaba Jacobus Rándom allí, en el parque, acechando a un hom bre. . . Hubo la sombra fugaz de un mur­ ciélago sobre la nube luminosa, y Ja­ cobus Rándom, sin proponérselo, se encontró viviendo otra vez la increíble serie de acontecimientos que lo tra­ jeron al parque y pusieron una pistola atómica en su m ano. . . RES meses atrás, Jacobus Rándom estaba en su despacho de presi­ dente de la “One-Tw o Company” , de las dos principales fábricas de corpiños del planeta; su gran despacho planeo de plástico imitando mármol, con el escritorio reproducción exacta del Partenón, el famoso templo de la Acrópolis de A tenas. . ., ¿o de Roma? Q uizá ni el decorador lo sabía. La cul­ pa la tenía esa condenada moda que quería revivir en pleno siglo X XII la arquitectura clásica. Era temprano todavía, y apenas si Jacobus Rándom se había instalado en su silla curul, copia exacta de la usada por un senador romano del siglo I, cuando la puerta se abrió y entró miss Gertrud, la secretaria. Con su andar rápido de empleada diligente y alerta, se plantó delante de Jacobus Rándom. Éste no pudo menos de comparar la delgada y fláccida figura de la secre­ taria con el cálido y rozagante retratograma de Carolyn Cónrad en “sweater” rojo, situado en la pared de en­ frente. El mismo Jacobus lo había col­ gado allí para tener siempre presente, en aquella figura en relieve que res­ piraba serena y parpadeaba de cuando en cuando, la mórbida perfección de la que casi fuera su modelo. Jacobus Rándom suspiró. La com­ paración con la desmayada anatomía de miss Gertrud destacaba aun más las formas del retratograma, tan sabiamen­

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te moldeadas por el rojo tejido. . . “Y pensar” , suspiró Jacobus, “que Carolyn pudo ser la modelo para el Inocente Maquiavelo. . . ” Pero ya miss Gertrud se hacía oír: —El señor Hítler M üller desea ver­ lo, señor Rándom . . . —¿El señor Hítler Müller? —Jacobus se estremeció. Aquél era el inventor que había venido a proponerle, un año atrás, una novedad en corpiños; una novedad tan estúpida que Rándom tu­ vo que reírse cuando el hombre le dijo: “ Hasta ahora, y desde que se crearon los corpiños, las dos partes han sido del mismo color. M i idea, señor Rán­ una dom, es hacer ambas partes de colores bien distintos, contrastantes. . . ” Sí, él, Jacobus, el genio de la One1 wo Company, se había reído del in­ ventor. Y éste había ido con su crea­ ción a la Bipolaris Incorporated, la em­ presa rival, y Einstein Rógers, el presi­ dente, lo había recibido con los brazos abiertos: lanzaron el “Bi-Bi” (Bipolaris Bicolor), y causaron, sensación. Las ventas de la O ne-Two, a pesar de toda la propaganda hecha a su último modelo, el Inocente Maquiavelo, de satén y encaje, en una audaz vuelta a lo antiguo, habían caído a menos de la m itad. . . —Dígale que espere, miss Gertrud — Jacobus habló con aire indiferente: le interesaba saber qué traía M üller, pero quiso disimular. La secretaria se marchó, y Jacobus paseó la mirada por la habitación. Des­ de su retratograma y su “sweater” , Carolyn Cónrad seguía respirando y parpadeando. . . Con un esfuerzo, Ja­ cobus apartó los ojos de ella y miró hacia un panel liso, de suave tinte azulado. Oprimió un botón en el borde del escritorio. U n trazo luminoso se encendió en la pared. El trazo serpen­ teó, dibujando lentamente una curva irregular: era el gráfico que represen­ taba las ganancias de la O ne-T w o. . . Cuando apareció el primer pico impor­

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tante Jacobus suspiró. Aquel ascenso representaba su primer gran acierto desde que había reemplazado a su pa­ dre en la dirección de la firma. El éxito lo debía el “Cojín de Seda", el primer corpiño de seda que hubo en el mundo, luego de dos siglos de reina­ do absoluto del material plástico. Jacobus había tenido ocasión de antici>arse a la evolución del público hacia as “viejas modas” . El segundo pico importante correspondía al lanzamien­ to del Inocente Maquiavelo, para con­ feccionar el cual había tenido que re­ descubrir los procedimientos para hacer encajes. El triunfo había sido fulm i­ nante. Pero fulminante era también la caída del pico: la curva bajaba y bajaba en línea reota, hasta niveles jamás alcanzados de tan bajos. Aquélla era la caída causada por el' Bi-Bi, el corpiño bicolor inventado por el con­ denado M üller. . . La curva, ya en rojo, se quedó titi­ lando a un nivel bajísimo, próximo al suelo. Con un puñetazo de fastidio, Jacobus apretó el botón y la apagó. —H ay que idear un nuevo modelo — se dijo, poniéndose de pie —; algo que supere al B i-B i. . . Como siempre que se ponía de pie para pensar, sus pasos lo ilevaron ante el retratograma de Carolyn. . . Carolyn Cónrad, la rotunda modelo que, por una simple discusión al firmar el contrato con la One-Two, había hecho pedazos el documento y se había ido con Einstein Rógers, el de la Bipolaris. . . Jacobus suspiró y tocó el marco del retratograma. Lentamente, la imagen alzó los brazos y cruzó las manos detrás de la nuca, en voluptuoso movimien­ to. . . Y así se quedó, con el “sweater” más lleno que nunca y mostrando el broche de oro prendido en el cuello. El broche imitaba una mariposa, y en él se disimulaba el dispositivo electró­ nico que, cuando se pronunciaba cerca cierta combinación de palabras, hacía

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¿brirse en dos no sólo el broche sino el “sweater” todo. Otra combinación de palabras hacía el efecto contrario, cerrando broche y “sweater” , en forma intantánea. Era la versión electrónica del primitivo cierre relámpago. —C arolyn . . . — volvió a suspirar Ja­ cobus, estremeciéndose al mirar aquel broche mágico que a la vez era canda­ do y promesa, sello y puerta —. Caro­ lyn, la mujer ideal para un fabricante de corpiños. . . , la mujer opulenta que no necesita usarlos. . . C a r o ly n .. . — otro suspiro de Jacobus. Pero no pudo seguir suspirando porque la puerta se abrió de nuevo. Y otra vez se encon­ tró ante la desdichadamente vacía blu­ sa de miss Gertrud. —El señor Hítler M üller insiste en verlo, señor Rándom . . . Dice que si no lo quiere atender se va ahora mismo a ver al señor Einstein Rógers. —Hágalo p a sa r.. . N momento después entraba un hombre alto y desgarbado, de es­ pesas cejas rubias y rostro apergamina­ do; los ojos, bajo aquella comisa de cejas, parecían mirar desde el fondo de un telescopio. Hombre habituado a tratar con los capitanes de industria, fué directamen­ te al grano: ■ —Espero que esta vez me hará caso. N o debería ayudarlo; pero a mí me interesa que haya dos compañías ri­ vales que se peleen, y no una sola. Así que cómpreme la idea, pues si tengo que vendérsela a la Bipolaris, la OneT w o desaparecerá de la circulación. . . —B ie n . . . — del otro lado del Partenón, Jacobus trató de conservar la cal­ ma. —Si me dice de qué se trata. . . —Se trata. . . —Hítler M üller se in­ clinó sobre el frontispicio del templo — de aprovechar el S A 1 7 6 0 ... Está totalmente en desuso desde hace más de cincuenta años, y podremos com­ prarlo por n a d a .. . —U n m om en to.. . — Jacobus, como

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INOCENTE MAQUIAVELO REFORZADO

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buen especialista, no sabía d e . nada que no fuera un corpiño— ¿Qué es eso del S A 1760? —S A 1760 significa “satélite arti­ ficial, número 1760” — explicó pacien­ temente el inventor — . Es uno de los más grandes que se instalaron jamás, y me consta que nadie lo ha reclama­ do desde que la Cosmarina dejó de u sa rlo .. . Con él en nuestro p o d e r.. . U n decepcionado suspiro de Jacobus lo interrumpió. —Creí que me ofrecería algo intere­ sante — sus dedos tamborilearon sobre el techo del Partenón —, ¡y algo más original! ¿No sabe usted que la pro­ paganda de satélites artificiales está ya en completa decadencia? Desde que salieron las nubes luminosas, mucho más baratas y atractivas, los saté. . . Ahora fué Hítler M üller el que in­ terrumpió, con un bufido en lugar de suspiro. — Debo de tener cara de idiota o de fabricante de corpiños — gruñó —. Para usar un satélite artificial como propaganda, yo no me molestaría en hablarle, señor Rándom. Lo que yo me propongo hacer con el S A 1760 es algo m uy distinto. . . ; tan distinto que debe quedar entre nosotros como un secreto sagrad o.. . A q uí el inventor hizo una pausa, que no era necesaria, porque ya Jacobus estaba medio subido al Partenón, brillantes de ansiedad los ojos. —Después de largas y pacientes in­ vestigaciones — continuo M ü lle r— , he realizado un descubrimiento sensacio­ nal: el isótopo número 15 del carbono. —¿El qué? —Él isótopo número 15 del carbo­ n o . . . N o entraré en detalles porque ya veo que tendría que repetirle varias veces cada palabra. Bástele saber que se trata de u n carbono diferente del común, y que es asimilado por el orga­ nismo humano, con un efecto sorpren­ dente. Imagínese que con sólo respi­ rarlo, y sin variar para nada la alimen­

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tación, un hombre podría engordar veinte o treinta kilos en pocos días. Pero lo más interesante es que el engordamiento se hace en forma selecti­ va: unas partes del cuerpo engordan más que otras. . . Jacobus dejó el techo del Partenón y volvió a la silla. —Sepa, señor Hítler M üller — dijo con aire cansado — que la caridad no me interesa gran cosa. Si quiere usted engordar a la raza humana, ofrezca en­ tonces su descubrimiento al Patriarca y no. . . —Corto de visión, como todo fabri­ cante de corpiños — el inventor meneó la cabeza con aire de reprobación — . ¿No se le ocurre pensar que, gracias a mi descubrimiento, la raza humana podría ser engordada en unas pocas semanas, sin que nadie lo advirtiera ni lo pudiera evitar? Por si le interesa saber, el engordamiento selectivo de la especie humana dará a los hombres un desarrollo anormal en la región abdo­ minal, y a las mujeres, (escuche bien, señor Rándom), un crecimiento muy pronunciado en la región pectoral. . . Las razones de esta diferente reacción según los sexos, no está descubierta todavía; ha de ser sin duda cuestión de horm onas.. . Pero ya sé que a usted no le preocupa el substrato científico de un negocio. Lo que a usted le in­ teresa es el negocio en sí. Pues bien, ¿calcula usted, señor Rándom, el fabu­ loso negocio que puede hacer el fabri­ cante de corpiños que sepa con la debida anticipación que dicho engor­ damiento selectivo se va a producir? —N o llego a verlo, señor M üller — algo mareado, Jacobus parpadeaba como si tuviera una basura en un ojo. — ¡N o llega a verlo!. . . ]Y ha llegado a ser presidente de una empresa como ésta! Por Zeus, ¿es usted miope? ¿Se lo tengo que dar por escrito? — ahora fué Hítler M üller el que se acostó so­ bre el techo del Partenón, en un colé­ rico esfuerzo por unir su nariz con la

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de Jacobus —. ¡Imagínese, señor Rándom — continuó a gritos — que usted me compra mi descubrimiento! ¡Ima­ gínese que entonces yo, financiado por usted, desde luego, instalo en un saté­ lite artificial (el S A 1760, por ejem­ plo) una planta automática para pro­ ducir el isótopo 15 del carbono. . .! ¡Imagínese que todo el I 15 C , así producido, es entregado a la atmósfera, hasta sa tu ra rla ...! ¡Imagínese que, entretanto, usted ha puesto todas sus fábricas a fabricar corpiños de medida g ig a n te .. . !¿Le cuesta mucho imaginar el negocio que eso representará? ¿Le cuesta mucho imaginar que su com­ pañía monopolizará tranquilamente, y sin violar ninguna ley comercial, toda la industria? ¿Le cuesta mucho ima­ ginar que en sus manos estará la ruina de todas las otras compañías, en es­ pecial la Bipolaris; pues, una vez pro­ ducido el engordamiento selectivo, todos sus “stocks” de medidas normales serán invendibles? — H íder M üller se ende­ rezó, mientras el maxilar inferior de Jacobus colgaba sin fuerza — . Pero ya veo que usted no puede imaginárselo. Iré a hablar con Einstein. . . — ¡No! ¡Usted no habla con nadie desde ahora! — saltó Jacobus, con los ojos húmedos y las manos temblorosas de emoción —. ¿Cuánto vale su descu­ brimiento? —Cincuenta millones; más un mi­ llón por la instalación de la planta en el SÁ; más cinco millones como indem­ nización por el engordamiento de mi abdomen. Total: cincuenta y seis millones. — ¡Es mucho dinero! —Voy a ver a Einstein R o . . . — ¡Usted no va nada! Pero compren­ da, señor Müller, que eso es una suma galáctica. . . Hágame una rebaja. . . Tras un largo estira y afloja, el in­ ventor consintió en reducir su indem­ nización a tres millones. Fué todo lo que Jacobus pudo conseguir. Por fin se estrecharon la mano. Esa

misma tarde, M üller se encargaría de la compra del S A y de un T I (taxi interplanetario) usado, para ir y venir al SÁ. La planta productora del I 15 C debería estar regando la atmósfera dentro de un mes. . . Para ese tiempo, las fábricas de Jacobus ya tendrían acumulado u n “stock” de corpiños gi­ gantes como para moldear las siluetas de toda una generación. Cuando el inventor se marchó do­ blando cuidadosamente el cheque, Jacobus volvió a mirar el retratograma desde donde, lánguida pero llena de salud, le sonreía Carolyn, con la pro­ metedora mariposa de oro brillándole en el cuello. —Einstein Róger quebrará, Caro­ lyn . . . Y entonces tendrás que firmar contrato con m igo.. . ¡Conmigo, Caro­ lyn! ¡Carolyn, la que no los necesita! O D O anduvo como sobre carriles atómicos. En menos de una sema­ na el T I y el S A estuvieron comprados. U n a semana más, y ya H íder M üller, luego de un sinfín de viajes, tenía en el S A todo lo necesario para producir el I 15 C . Claro que pudo haberlo hecho en la quinta parte del tiempo, si hubiera contado con ayudantes; pero, como el secreto era fundamental, el inventor tuvo que arreglárselas solo, haciendo tanto de chófer como de director técnico. Desde luego, Jacobus Rándom no se durmió: sus fábricas hirvieron de ac­ tividad noche y día. T u vo que tripli­ car los obreros robots; pero eso no resul­ tó problema. Sí lo fue conseguir depó­ sitos para acumular tanta mercadería en un planeta ya casi desprovisto de espacios aprovechables. Rándom se las arregló alquilando los silos submarinos construidos por Australia para alma­ cenar su producción de lana antes de que el lanón, el último plástico a base de aluminio, desplazase del mercado a! venerable producto ovino. Por supuesto, Einstein Róger, el

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presidente de la Bipolaris, no tardó en hacerse presente en el despacho de Jacobus. ■ — ¡Esto sí que es algo inesperado! — dijo Jacobus, todo sonrisas, levan­ tándose para recibirlo. Róger se tomó su tiempo para con­ testar: se sentó sobre un ala del Partenón y, encendiendo un cigarrillo, miró al retratograma. Carolyn estaba ahora de perfil, luciendo mejor que nunca el “sweater” rojo. —¿Nunca te resignaste, eh, Jacobus? — dijo por fin Róger. —T e confieso que no, Einstein. . . Pero no te guardo rencor: no pierdo las esperanzas de traerla para la O ne-Tw o. . , Róger sonrió con aire de superio­ ridad. Esa mañana, las ventas del Bi-Bi habían decuplicado las del Ino­ cente M aquiavelo. . . Sin embargo, el aplomo de Róger era sólo ficticio. Se había enterado de la fabulosa produc­ ción de las fábricas de Rándom, y ar­ día en deseos de saber a qué se debía la producción en masa de modelos invendibles por lo grandes. ¿Estaría Rándom haciendo un suicidio comer­ cial? ¿O el mal estado de sus negocios le había trastornado los sesos? N o obs­ tante, parecía tan contento. . . —N o me engañas, zorrino — dijo de pronto, mirándolo con fijeza — . ¿Qué te traes entre los huesos del cráneo? —Nada. ¿Por qué? — Jacobus pare­ cía el retratograma de la inocencia. — ¡Basta de tapujos! ¿Qué te pro­ pones? —E in s te in , E in s te in . . . ¿Desde cuándo nos consultamos los proyectos? ¿Acaso me anunciaste algo cuando lanzaste el bicolor? —¿Confiesas entonces que estás tra­ mando algo? —Siempre, querido Einstein, nos­ otros dos hemos estado tramándonos algo. . . Lo único que puedo adelan­ tarte es que Carolyn vendrá a m í . . . , ¡y dentro de muy poco!

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— ¡Eso nunca! — bramó Róger, lan­ zando un puntapié al Partenón. Pero ei plástico era pétreo, y el presidente de la Bipolaris quedó saltando en un pie y mascullando palabrotas que en­ rojecerían a un cosmarinero. Dos días antes del plazo señalado, Hítler M üller anunció que todo es­ taba listo. —Cuando el sol de mañana caliente la cupla de arranque, amigo Jacobus, el S A empezará a lanzar hacia la at­ mósfera un chorro continuo de I 15 C . .. — ¡Magnífico! — Jacobus se frotó las manos. El también estaba listo ya, con los silos submarinos atiborrados de mercadería hasta el tope. Pero, como era característico en él cuando se veía en vísperas de algún gran éxito, una profunda desazón lo embargó —. ¿Es­ tá seguro, amigo Hítler, de que el I 15 C no fallará? —Absolutamente seguro. Ya le he mostrado a usted las fotos de los monos tratados. —Sí. . . — Jacobus se estremeció al recordarlas —. ¿Seguro también de que no habrá efectos nocivos? —Seguro también: el engordamiento selectivo será tal cual le predije. H a­ brá, desde luego, un engordamiento general del cuerpo, pero será insigni­ ficante comparado con el desarrollo que tendrán las partes que nos in­ teresan. —¿Cuándo comenzarán a sentirse los efectos? —Ya le he dicho que no puedo dar fecha. Como usted sabe, la atmósfera es loca, y uno no puede predecir cuán­ do se habrá operado la distribución. general del I 15 C . . . Pero, ¿por qué tanta pregunta? ¿Asustado? —No. H e gastado ya demasiados millones para asustarme. . . Y , además, tengo otras razones para no echarme atrás. . . Dos poderosas razones —agre­ gó mirando el retratograma, con ojos entornados.

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favorable, por cierto, para el desin­ U R A N T E los primeros días de flado “sweater” de la secretaria. la puesta en marcha de la planta productora del I 15 C , Jacobus Rán- Ya empezaba Jacobus a preocuparse dom no se preocupó demasiado. Pero y a preguntarse si no habría sido víc­ tima de una colosal estafa, cuando, al comenzar la segunda semana, em­ una mañana, al vestirse, tuvo dificul­ pezó a buscar signos reveladores de que tades con el cinturón: debió correrlo las previsiones de Hítler M üller se cumplían. Todos los días, apenas ocu­ un agujero. . . Esperanzado, voló a la oficina y, una vez detrás del Partenón, paba su puesto detrás del Partenón, llamó a miss Gertrud. llamaba a miss Gertrud. Esta apareció con una expresión La chata secretaria se plantaba de­ nueva en los ojos: ya no era la suya, lante de él, aguardando órdenes. Y Jacobus la sometía a un silencioso es­ la mirada atenta pero opaca y algo re­ crutinio. N o advirtiendo novedad al­ signada de una empleada toda cumpli­ guna, la despedía, con gran sorpresa miento del deber: ahora había calor y de la cuarentona muchacha. A l décimo luz en sus pupilas, que ardían seguras día de no advertir cambio alguno, lla­ de sí mismas, desafiantes casi. N o le mó por teléfono al inventor. fué difícil a Jacobus encontrar la causa: Pero Hítler M üller se ocupaba ya de un día para otro, el “sweater” de en otras co sa s.. . miss Gertrud había cobrado un ines­ —Sepa, señor Rándom — gruñó Müperado interés. . . l!er en el aparato — que el I 15 C no Para la tarde tuvo la confirmación: me interesa más. Todas las semanas iré las ventas del “Inocente Maquiavelo” al S A 1760, para renovar la carga de acusaron un acentuado repunte, sobre la planta, como está estipulado en el todo en los números mayores. Desde contrato; pero ahí termina toda mi luego, las cifras del Bi-Bi fueron muy misión. Ya le he dicho que no puede superiores; pero Jacobus no se pre­ saberse cuándo empezará el efecto, y ocupó. ahora déjeme en paz, que estoy muy —Es el canto del cisne de la Biocupado con mi nuevo invento: unas polaris — se dijo satisfecho — . Y a ve­ hormigas mecánicas que le cortan a remos sus cifras dentro de unos uno la barba mientras duerm e. . . Pero d ía s ... ¡Carolyn, C a r o ly n !... ¡Qué poco tiempo nos separa! esto no tiene nada que ver con usted. U na vez iniciado, el engordamiento Jacobus tuvo que tragarse su impa­ ciencia y seguir esperando los aconte­ selectivo, como lo llamaba Hítler M ü ­ ller, se desencadenó con increíble ra­ cimientos. A l duodécimo día hubo un pidez: a las cuarenta y ocho horas, cambio en miss Gertrud, pero no el miss Gertrud podía mirar por encima que él esperaba: la secretaria apareció del hombro el retratograma de Carolyn. con un "sweater” rojo, y con e l rostro rejuvenecido por un maquillaje carí­ Jacobus decidió duplicarle el sueldo, dados sus méritos sobrados, y hubiera simo. Jacobus se sorprendió; pero, al decidido algo más si su propia persona verla ruborizarse bajo su escrutadora no hubiera comenzado a preocuparle. mirada, comprendió lo que ocurría: Porque no sólo su abdomen alcanzó un miss Gertrud interpretaba a su modo el diámetro increíble: también las caderas silencioso examen de cada mañana. se le ensancharon, a tal punto que Claro que su nuevo arreglo no podía empezó a tener dificultades para sen­ resultar más desastroso: invitaba a la tarse en la silla curul, detrás del Par­ comparación con el glorioso retratotenón . . . grama de Carolyn; comparación nada

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Llamó a Hítler Müller; pero éste lo mandó a paseo. — ¡Ya le he dicho que no me moleste! ¿No está vendiendo ya, en un día, más “Inocentes Maquiavelos” , tamaño gigante, que antes en todo un año1? ¿Por qué se queja? ¿Por un simple efecto secundario no del todo pre­ visible? Fué todo lo que pudo sacar de él. , como no podía dejar de suceder, también el pú­ blico todo se había percatado del por­ tentoso fenómeno que dilataba a las mujeres por arriba y a los hombres por abajo. Los diarios lo tomaron al principio con mucha alegría y espíritu; verdaderamente, un paseo por la calle en aquellos días era como para levan­ tar el espíritu de cualquiera. Como dijo M üller, las ventas de la Üne-Tvvo llegaron a cifras supergalácticas. Era la única marca que tenía tamañas medidas, y, además, las d ien ­ tas tenían que comprar cada pocos días un número m a y o r.. . Einstein Róger llamó a Jacobus. Este se limitó a levantar apenas el tubo y a escuchar desde lejos el to­ rrente de improperios. Volvió a dejar el tubo, y el silencio volvió a reinar en el despacho, presidido siempre por la incomparable Carolyn; la incom­ parable Carolyn que, desde hacía unos días, ya no era tan incom parable.. . Aunque no había pantalón que le anduviera bien, y a pesar de que ya había tenido qu.e abandonar la silla curul, fiel compañera de tantos des­ velos, Jacobus Rándom se consideró

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n tr e ta n to

el más feliz y genial d e jo s capitanes de industria. Los atiborrados silos sub­ marinos iban en rápido camino de ago­ tamiento, y ya se discutía en W all Street si el fenomenal Jacobus abriría una cadena de bancos para administrar sus fabulosas ganancias, o si invertiría parte de ellas en la compra del sistema planetario de Próxima Centauri. Einstein Róger volvió a llamar. Pe­ ro ahora había un tono muy distinto en su voz. —T e vendo la Bipolaris, querido Jacobus, con todas las máquinas y todo el “stock”. N o puedo soportar el es­ fuerzo de readaptar mis fábricas a la producción de semejantes medidas. T e confieso que había hecho caso a un sabio que predijo la reducción pau­ latina de la función mamífera en la especie humana, y que todo mi “stock” se inclinaba hacia las medidas chicas. —N o pretenderás que considere co­ mo “stock” toda esa mercadería inven­ dible que tie n e s.. . — Jacobus, en el pináculo de la gloria, sintió piedad por el vencido rival. Era conmovedor oírlo confesarse así —. Pero, en fin, comprendo que no estabas obligado a tener la intuición genial que tuve yo de que se estaba operando un cambio en la atmósfera. . . —Claro, claro, querido Jacob u s.. . Hasta los sabios se han sorprendido del cambio. N adie puede imaginarse de dónde ha salido ese famoso I 15 C . Has estado genial, Jacobus — al des­ dichado Einstein, en pleno tobogán financiero, no le importaba ya un ser­ vilismo más o m enos. . . —¿Cuánto pides por la Bipolaris?

¡ P ie d r a lib r e p a r a la b o m b a ! m eteorólogo japonés asegura que, con la observación atenta de cuatro fenóm enos, puede detectarse cualquier explosión atómica. E llos son: anormalidades en la presión atmosférica; cam­ bio del nivel del mar, si la explosión es submarina; m odificación de la electricidad atm osférica y radioactividad de la lluvia. TT

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—Por ser t ú , trescientos cincuen­ ta trillones. —Bien, Pongamos quince trillones. ¿Te parece bien? Hubo un ruido como de burbujas en el auricular del teléfono. Por fin, la voz de Einstein Róger volvió a ar­ ticular: —Sí, querido Jacobus; me parece b ie n .. . T e llevas la mejor fábrica del m u n d o ..., ¡después de la One-Two, desde luego! Jacobus Rándom se sonrió a sí mis­ mo: ¡aquél sí que era un triunfo!; ¡un triunfo por "knock-out” , y de un solo golpe! Esa misma tarde firmaron el con­ trato, sobre el tecbo del Partenón. Cuando la abora ondulante miss Gertrud secó las firmas, uñ Jacobus con­ descendiente miró a un envejecido Einstein. —Y a te b e comprado la Bipolaris — dijo con voz sorprendentemente sua­ ve —. Quisiera comprarte algo m ás. . . — ¿Algo más, todavía? — bubo an­ gustia de perro apaleado en la mirada del va ex presidente de la Bipolaris. — Sí. aleo más todavía. . .: ¡El con­ trato de Oarolvn! — ;F.l contrato de Oarolvn? [Nunca! —Oreo nm* di0 7 trillones es un buen precio — Jacobus anarentó no haber oído la explosión de Einstein —. iN i ■ por una cantante de ópera, en pleno Siglo Loco, se pagó tanto! —El contrato de Carolyn no está en venta. —Veinte trillones. — ¡El contrato de Carolyn no está en venta! — i Cien trillones! Einstein hizo un ruido parecido a un sollozo. Luego hubo un silencio; luego un bufido, y en seguida un im properio.. . —¿Qué dices? — saltó Jacobus. — ¡Que eres el canalla más recanalla que jamás encanalleció el mundo!

¡Q ue prefiero trabajar de ascensorista en el Pléyade Building, que tiene cin­ co mil pisos, antes que ceder a Carolyn! ¡Aunque haya perdido la Bipolaris, seguiré siendo toda la vida un fabri­ cante de corpinos de alma! ¡Y Carolyn es el ideal de un fabricante de corpiños! ¡Nunca, nunca renunciaré a él! Hubo un estampido: Einstein Ró­ ger acababa de marcharse cerrando la puerta con violencia terrible. Perplejo, Jacobus se quedó con la boca abierta. N o sabía por qué, pero una sensación rara, penosa casi, había reemplazado a la triunfal embriaguez de momentos antes. — ¡Este Einstein es un imbécil! — gruñó en voz alta. Pero eso no mejoró las cosas: algo, allá m uy adentro, le decía que acababa de recibir una lec­ ción. Y va no volvió a gozar de la victo­ ria. N o sólo por la discusión con Eins­ tein, sino también por las noticias que empezaron a llegarle. | j i L engordamiento selectivo había J v continuado, v pronto surgieron las primeras dificultades: las minas de co­ lumbio del M ont Blanc paralizaron sus trabaios. poroue las galerías resultaron demasiado estrechas para los ensancha­ dos mineros: a ellas les siguieron otras; V en cuestión de horas, toda la indus­ tria extractiva del planeta quedó pa­ rada. Fué el primer golpe. A l otro día hu­ bo otros, tanto o más graves. El comercio interplanetario quedó súbitamente interrumpido; los cosmarineros no pudieron entrar más por las escotillas de sus cosmonaves, y la T ie ­ rra se encontró de pronto privada de (oda importación, como si'hubiera sido sometida al más inflexible de los blo­ queos. Los submarinos dejaron de na­ vegar. Pronto, los ómnibus aéreos deja­ ron de correr: era inútil agrandar las puertas, porque, de todos modos, los

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asientos no podían ser ya utilizados. Todo el intercambio cesó, como si el I 15 C , en lugar de ser un engordante selectivo, hubiera sido un anestésico de terrible eficacia paralizante. Los arriba apuntados fueron induda­ blemente los perjuicios más generales e importantes ocasionados por el I 15 C . Hubo muchos otros de consecuen­ cias menores aunque m uy molestas en unos casos e irritables en otros. Así, por ejemplo, el problema que se planteó a los cines de barrio. (E l cine es un curioso caso de superviven­ cia: a pesar de los siglos transcurridos desde su invención, nada ha podido re­ legarlo definitivamente; es lo que los sociólogos llaman una “comodidad fó­ sil” .) Los empresarios, no pudiendo acomodar en las butacas a los dilatados espectadores, las reemplazaron por ban­ cos y aumentaron el precio de las entra­ das, para compensar el gasto y para resarcirse del perjuicio ocasionado por el menor número de espectadores que podían admitir. Este aumento, para una población ya en plena crisis, fué decisivo: nadie pisó más una sala de cine. Algo análogo ocurrió en las pelu­ querías: inútiles por chicos los cómodos y aparatosos sillones, y no pudiendo reemplazarlos en un momento de que­ branto industrial, dejaron de tener su atractivo mayor: ¿que peluquero puede entretener con su charla a u n cliente que debe malsentarse en un incómodo banco? Las fábricas de automotores y cos­ monaves fueron rápidamente readap­ tadas para producir según las nuevas medidas “ standard” del ser humano. Pe­ ro se encontraron sin materias primas, porque readaptar las minas resultó mu­ cho más difícil: los expertos calcularon en tres meses el tiempo necesario para ensancharlas y hacerlas otra vez labo­ rables; un lapso semejante, agravado por el cese de la importación desde otros planetas, bastaba y sobraba para

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la desorganización completa de toda la estructura económica del planeta. Engordadas multitudes de desocu­ pados se dejaron arrastrar por las ve­ redas rodantes; hubo rumores de movi­ mientos políticos y, por primera vez en dos siglos, se habló de formar cuer­ pos regionales de policía. E l I 15 C ya no era un anestético: ahora resultaba un veneno poderosísimo, letal. . . El sistema del Patriarcado vaciló hasta en los cimientos. . . N o sólo a la especie humana afectó el engordamiento: la naturaleza toda sufrió una conmoción como quizá no la hubo desde que el clima del Meso­ zoico perdiera su suavidad; los anima­ les habituados a vivir en cuevas se en­ contraron con que debían pasarse fuera la mayor parte del tiempo; a medida que engordaban, las cuevas les queda­ ban chicas; desde los ratones hasta las lombrices pasaron las de Caín. Pero mayor fué el desastre para los pájaros: su instinto no se adaptó a la nueva si­ tuación, y siguieron haciendo nidos como para pájaros normales, más bien flacos; pronto el peso de las engordadas aves superó la resistencia de los nidos, y ya no hubo paz ni tranquilidad entre las frondas. U n gorrión hembra, por ejemplo, aparte de no caber ya en el nido, no sabía si en el momento menos pensado, el nido cedería y se vendría abajo; resultado de todo fué que los pájaros dejaron de poner huevos, y el cielo perdió el encanto de los píos y los trin o s.. . Toda la ciencia de la Tierra se abocó al estudio del nuevo elemento apare­ cido en la atmósfera. Fué rápidamente detectado por el Servicio de Centine­ las. Había cierta tensión entre los te­ rrestres y los habitantes de Churchill, el tercer planeta de Antares, descubier­ to por un inglés, y se ejercía estrechísi­ ma vigilancia sobre la Tierra. Como no se sabía cómo podía ser un ataque churchillano se vigilaba todo, hasta la

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Sonó el teléfono, y corrió a atender. composición química de la atmósfera; Una voz femenina habló del otro lado: y así fué descubierto el I 15 C apenas apareció. M il conjeturas se hicieron —¿La One-Two? Deseo hacerles un para explicarlo, pero todas estuvieron pedido. . . Anote: un Inocente Maquiavelo de la medida más chica que muy lejos de la verdad: ¿quién hubiera tengan. podido imaginar que un terrestre fuera —¿Un Inocente Maquiavelo de la capaz de semejante sabotaje a su propio medida más chica? — atónito, Jacobus planeta? ¿Y quién podía suponer que no pudo creer en lo que oía. U na loca la fuente productora estaba allí, en ese esperanza le aceleró el corazón: ¿esta­ melancólico y oxidado anillo de sa­ ría empezando a ceder el engordamientélites artificiales en desuso, que gira­ to selectivo? ¿Quién sería aquella ma­ ban y giraban en tomo de la Tierra? ravilla de mujer que necesitaba el nú­ Abrumado por el desastre general, mero más chico del Inocente Maquia.Jacobus, multitrillonario, se encontró más pobres que nunca: ¿de qué le va­ velo? — Sí, el número más chico — insistía,. lían sus trillones si no podía llamar si­ —E ste. . ., encantado, señorita. . , quiera a un T I para correr en busca ¡Yo mismo se lo llevaré en seguida! de Carolyn, desaparecida desde el mo­ ¿Cuál es la dirección? mento en que Einstein Rógers echó —Calle 503, número 35.201, Nueva candado a sus fábricas y se marchó Y o r k . . . Es para el Museo Moderno con rumbo desconocido? de Antigüedades. Desde luego, también la One-Two Totalmente “knock-out” , Jacobus ca­ sufrió la crisis general: llegó ,el mo­ yó sobre una silla. mento en que el público comprador perdió poder adquisitivo, y se generali­ A R A colmo de males, Hítler M üzó la antiestética y anticivilizada cos­ 11 er había desaparecido: ni por te­ tumbre de no usar nada. Por otra par­ léfono, ni yendo personalmente a sus te, aquellas opulencias que tanto ha­ laboratorios, pudo Jacobus localizarlo. bían entusiasmado al principio, perdie­ Arrepentido, sin duda, por la catástrofe ron atractivo en un mundo de hombres mundial que había ocasionado, el in­ abrumados por la crisis y agobiados ventor había preferido desaparecer de por sus abdómenes y sus caderas siem­ la escena. pre en franco tren de expansión. La Pero Jacobus era un hombre tenaz, coquetería femenina no fu é una de las y tenía trillones para tirar. Contrató un víctimas menores del I 15 C . Llegó pesado cuerpo de engordados detecti­ así el día en que también las ventas de ves, y ofreció un suculento premio a la O ne-Tw o cayeron a cero. quien le trajese al inventor. Por su­ — ¿Quién hubiera podido imaginar puesto, a ninguno dijo la razón de su tamaña catástrofe? — se preguntaba de­ solado, Jacobus, que se pasaba los días • interés por aquel individuo de apellido vulgar y de nombre más vulgar to­ en el helado silencio de sus marmóreas davía. oficinas—. ¿Quién podía prever que Aunque engordados, los detectives unos cuantos centímetros de más re­ eran gente capaz: en dos días locali­ sultarían peores que la peor de las zaron a Hítler M üller y lo trajeron al pestes? despacho de Jacobus. Hubo que force­ Fué en uno de esos días cuando su­ jear un poco para hacerle franquear la frió la peor sacudida. . . ¡Como que, puerta, pues el I 15 C había cumpli­ luego de infundirle la más loca espe­ do una magnífica acción engordante ranza, lo enterró en el más negro abis­ en su descubridor; y por fin estuvieron mo del desencanto!

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otra vez frente a frente los causantes de todo aquel cataclismo. Jacobus esperó a que los dejaran so­ los, y entonces avanzó con los puños apretados. — ¿Puede saberse por qué se escon­ dió? — bramó tembloroso el enorme abdomen por la ira. Hítler Müller, perdida por comple­ to la arrogancia, ocultó la cabeza entre las manos. —Porque no pude seguir cumplien­ do el contrato — dijo con voz quebran­ tada. — ¡Cómo que no ha cumplido! ¡Ha cumplido y demasiado bien! —N o, señor Rándom, n o . . . Según nuestro arreglo, yo me comprometí a renovar cada semana la carga de la planta automática productora del I 15 C . .. - ¿ Y bien? —P ues. . . , como usted sabe, ya na­ die puede subir a una cosmonave: las escotillas resultan demasiado estre­ chas. . . Yo también he sido víctima: hace diez días que no puedo subir al T I para viajar hasta el SÁ. Por eso me es­ condí: ¡Porque la planta instalada en el S A 1760, falta de carga, ha dejado de funcionar hace ya tres días! ¿Me per­ dona, señor Rándom? Los ojos de Jacobus se agrandaron. —Lo que usted dice ¿significa que la atmósfera ya no recibirá más I 15 C? —A sí es. Ñ o es culpa mía si . . . — ¡Cállese! Y limítese usted a contes­ tarme. —Entonces, ¿el engordamiento se­ lectivo se detendrá? —Por supuesto — Hítler M üller se encogió aún más — . N o sólo se deten­ drá, sino que pronto empezará a ceder. Lentamente los cuerpos volverán a la normalidad. . . ¿Me perdona por ello, señor Rándom? N o es culpa mía s i. . . — ¡Cállese, le digo! ¿Cuándo volverá todo a la normalidad? —Ya, una vez, le dije que la atmós­ fera es l o c a . . . Pero el desengorda-

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miento no ha de llevar mucho tiempo: desaparecido del aire el I 15 C , ya no habrá razón para que continúe ía ac­ tual dilatación de los organismos. . . Jacobus se sentó en el Partenón, sin medir el riesgo de aplastarlo. Y una sonrisa maligna empezó a torcerle el rostro. . . —Si todo vuelve a la normalidad — se dijo —, todo el “stok” de Bi-Bi, que compré por una bicoca a Einstein, volverá a tener valor. . . Jacobus, Ja­ cobus, ¡siemjfte dije que no hay en el mundo un genio como tú!

canzado el objetivo supremo que lo impulsara a trastornar de tal manera el ancho de la humanidad toda: Carolyn Cónrad, otra vez incomparable en el soberbio "sweater” rojo del retratograma, seguía tan inalcanzable para él como el primer día. N i siquiera los mismos detectives que le trajeran a M üller Supieron encontrársela. Eins­ tein Rógers, al llevársela, no había de­ jado rastro alguno tras sí. Como sucede a todo vencedor que no llega el triunfo completo, la melan­ colía hizo presa en Jacobus; una me­ lancolía que día a día se agravaba ante O R esta vez, las previsiones de EIíel espectáculo cada vez más desdichado tler se cumplieron en todas sus que ofrecía el cada vez más desinflado partes: llegó el día en que un sonido“sweater” rojo de miss Gertrud, ya a inusitado despertó a Jacobus. kilómetros de distancia del invariable — ¡Trinos de pájaros! —exclamó, sen­ encanto del retratograma de Carolyn. tándose en el lech o —. ¡El desengordaU na mañana, sin que nadie lo hubiera niiento ha comenzado! llamado, se presentó Hítler M üller en Rápidamente, como si cada organis­ el despacho de Jacobus. Aunque gordo mo fuera un globo que se desinfla, los todavía, a las claras se veía que pronto distintos diámetros de cada ser fueron volvería a la flacura de antaño. retornando a sus medidas de antes. —Ya puedo entrar otra vez en el T I Agilizados, más llenos de bríos que — dijo a Jacobus —. ¿Vuelvo a poner nunca, los hombres volvieron a tripu­ en marcha la planta productora del lar las cosmonaves y los submarinos, I 15 C? a trabajar en minas y fábricas, a recrear — ¡N o, animal! — saltó Jacobus, pre­ sa de un violento tem blor—. ¡Ya no los ojos en las todavía opulentas pero otra vez atractivas matronas que hace falta! ¡H e ganado ya más dinero iban y venían por las calles. La coque­ que el que nunca podré contar! tería femenina recobró su imperio, y —Como usted guste, señor Rándom. nuevamente comenzó la demanda de Se lo preguntaba porque tenemos un contrato. . . coramos. —Podemos darlo por terminado. Y D el cero absoluto, las ventas de la para que vea cuán satisfecho he que­ One-Two se remontaron otra vez a cumbres siderales: dueño absoluto de dado — Jacobus se repantigó con placer en su silla de curul. Todavía no se la plaza, nuevamente inundó el mundo con el Inocente Maquiavelo. Claro había habituado a la idea de que po­ día sentarse en ella cuantas veces qui­ que ahora la demanda era por números siera —; para que vea hasta qué punto más chicos. soy agradecido, aquí tiene, Hítler, otros Si antes, al crecer las medidas, la cincuenta millones, como premio. . . fortuna de Jacobus se había multipli­ ¿Qué le parece? cado con ritmo de fiebre, ahora resultó — ¡M e parecen muy bien! — el in­ algo incalculable. Llegó a decirse que ventor parpadeó emocionado —. ¡Otra tenía más trillones que el mismo Pa­ vez podré ocuparme de mis hormigas triarca. Sin embargo, todo aquel triunfo afeitadoras! — T an agradecido se sintió no lo envaneció. Jacobus no había al­

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el buen Hítler que agregó: — Voy a retribuirle el favor, señor Rándom. Le daré un dato que pensaba guardarme, y que a usted hará ganar aún más di­ nero. Como pronto podrá comprobarlo, al volver los tejidos humanos a sus di­ mensiones de antes, perderán parte de su primitiva firmeza; habrá un aflo­ jamiento general de carnes. ... —N o veo en qué consiste la impor­ tancia del dato. Es un detalle q u e . . . —Es un detalle que para usted re­ presentará otra fortuna, señor Rándom: ¡ Haga trabajar esos sesos! — el inven­ tor miró a Jacobus con lástima —. Todo lo que tiene que hacer usted es lanzar al mercado un nuevo modelo, un “Ino­ cente Maquiavelo Reforzado” , para hacer frente al relajamiento general de los tejidos. Jacobus se reanimó; aunque satu­ rado de trillones, no podía ser indiferen­ te a la perspectiva de otro fabuloso negocio. — Entiendo. . . Adaptaré los Bi-Bi que le compré a Einstein. . . Presien­ to que las medidas chicas serán las más solicitadas. —Así es — Hítler sonreía beatífico — . Y como una última demostración de aprecio, le calcularé qué refuerzo de­ berá poner al nuevo “Inocente M a­ quiavelo” . . . Aquí, el inventor sacó una regla de cálculos y se entregó a una serie de complicadas operaciones. Por fin con­ cluyó : —Bastará con cuatro ballenitas por mitad. Con eso quedará perfectamente compensado el mayor peso causado por el relajamiento de los tejidos. SI nació el “Inocente Maquiavelo Reforzado”, que, en honor de la verdad histórica, debió llamarse, más propiedad, Bi-Bi Reforzado. Pero la vanidad comercial tiene sus exi­ gencias. El favor con que el público lo re­

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cibió fu é inmenso. N ueva cosecha de trillones para Jacobus, y un motivo más de orgullo para su ya envanecido espíritu. — Si tuviera a Carolyn, mi dicha se­ ría perfecta — se decía una mañana apoyado de codos en el Partenón, y mirando con ojos entornados el triun­ fal retratograma de C arolyn — , Hasta que no esté conmigo, no se habrá reali­ zado en su totalidad mi ideal de fabricante de corpiños. . . ¡Carolyn, la mujer perfecta! ¿Dónde estarás? La puerta se abrió, y entró miss Gertrud, otra vez embolsada en una blusa negra, deplorablemente vacía. — Una señorita desea verlo — dijo con voz agria. Desde que sus diámetros habían vuelto a las esmirriadas propor­ ciones de siempre, su carácter se había resecado aún más—. N o quiso dar el nombre. —Hágala pasar. Miss Gertrud se hizo a un lado, y los ojos de Jacobus se redondearon en un desmesurado esfuerzo por escapar de las órbitas. ¡Allí, en la puerta, son­ riéndole y enfundada en un fabuloso “ sweater” rojo, que más parecía un engarce que una prenda de vestir, es­ taba Carolyn!, ¡Carolyn Cónrad!, ¡el sueño de un fabricante de corpiños hecho mujer! — ¡Carolyn! — Jacobus saltó de la silla curul y contorneó el Partenón —. ¡Carolyn! Miss Gertrud se retiró con el rostro convertido en una máscara helada. Pero Jacobus ni lo advirtió: sólo tenía ojos para aquel “sweater” que lo atraía como una llama a una mariposa, y pa­ ra aquella mariposa de oro que lo que­ maba como una llama. —M e separé de Einstein — la voz de Carolyn era cálida, como correspon­ con día a una voz que surgía de semejante pecho —. El pobre está muy venido a menos últimamente. . . Recordé el con­ trato que una vez me ofreció usted,

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Jacobus, y por'eso me tiene aquí. ¿Si­ gue en pie la oferta? —S í . . . — apenas si Jacobus pudo articular, poniendo sus manos temblo­ rosas en contacto con aquella lana de increíble suavidad y atrayendo a Carolyn hacia sí —. Sí, la oferta sigue en pie, Carolyn — agregó con voz ron­ ca — . ¡Si supieras cuánto he deseado este momento! ¡Ha sido el ideal de toda mi vida! Corolyn sonrió, su boca casi tocando la de Jacobus. Pero éste no la besó; se inclinó hacia el cuello, hacia la ma­ riposa de oro: el cierre electrónico que tantas veces soñara partido en dos en sus noches febriles. —¿Cómo se abre? — susurró. —Las palabras son “sésamo, ábrete” — una languidez creciente aterciopeló la voz de la muchacha. — ¡Sésamo, ábrete! — hubo una aris­ ta de urgencia en el tono de Jacobus. La mariposa de oro se partió, y, como si una mano invisible hubiera corrido un invisible cierre relámpago, el “sweater” rojo se abrió con lentitud de telón. Avido, Jacobus bajó los o j o s . . . Y retrocedió un paso, como si hu­ biera recibido un impacto en medio del pecho. —Pero. . . , ¿y esto? —Debieras reconocerlo.. . Es un “Inocente Maquiavelo Reforzado” — re­ puso Carolyn, avanzando. — ¡N o te acerques! — abiertos por el horror, los ojos de Jacobus seguían polarizados en aquel producto de sus fábricas — . ¿Qué te ha ocurrido? — agregó, buscando el apoyo del Par­ tenón — . ¡T ú nunca usabas nada antes, como no fuera cuando posabas para los avisos! —T e olvidas de que también yo he respirado el I 15 C — la voz de Carolyn se hizo cortante —; de que también yo he pasado por el engordamiento selec­ tivo y por el desengordamiento. . . — aquí un sollozo la obligó a hacer

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una pausa —. ¡Ya nunca volveré a ser como antes! ¡Ya no podré prescindir nunca del “Inocente Maquiavelo Re­ forzado!” — otro sollozo y, en seguida, en reacción furiosa, un imperioso “ ¡Sé­ samo, ciérrate!” Como tocado por una varita mágica, volvió a correrse el rojo 'telón del ‘ sweater” . Sin mirar siquiera al abru­ mado Jacobus, derrumbado a medias sobre el partenón, Carolyn dió media vuelta y buscó la puerta. Pero, antes de llegar a ésta, se detuvo ante su retratograma. Durante un instante lo miró, y luego, echando el puño hacia atrás, lo deshizo con un violento “swing” a la mandíbula. U n a nube de gas -rosado quedó flotando en el marco, desde donde aquella imagen perfecta reinara durante tanto tiempo en el despacho del presidente de la One-Two. T a n aturdido estaba Jacobus, que ni la oyó salir. Durante un rato lar­ guísimo quedó como un púgil del bár­ baro Siglo Loco, caído contra las cuer­ das. Y no era para menos. Q u e Caro­ lyn Cónrad, la mujer de sus sueños de fabricante de corpiños, usara ahora u n “Inocente Maquiavelo Reforzado” , representaba la peor burla que jamás podría jugarle el d estin o .. . Porque él, Jacobus Rándom, en su esfuerzo por enriquecerse y por conquistar aque­ lla ampulosa y sólida belleza, había sido su destructor directo; él, por hacer caso de las sugestiones de Hítler M ü11er, había aflojado lo que antes estaba firme, había hecho ceder lo que antes jamás necesitara de sostenes.. . ¡Hítler Müller! E l nombre del cul­ pable, del destructor del ideal de toda su vida de fabricante de corpiños, re­ lampagueó en su cerebro como una nube luminosa de propaganda. Rán­ dom se inclinó sobre el Partenón; sacó de un cajón una bruñida pistola ató­ mica; la guardó en el bolsillo, y llamó por teléfono al jefe de sus detectives.

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—Quiero que me averigüen cuándo podré encontrar a Hítler M üller en un lugar solitario — ordenó. D iez minutos después los detectives le contestaron: —La persona que a usted le interesa ha sido oída citándose telefónicamente con una dama. D ijo que la esperaría en el parque, entre los dos cipreses, a las nueve. Jacohus Rándom colgó el teléfono. Por la fuerza de la costumbre, su mi­ rada buscó el retratograma desde don­ de, y durante tanto tiempo, las divinas redondeces de Carolyn lo estimularan a la acción; pero sólo encontró una nube rosada flotando dentro del marco. Apretados con fuerza los labios, se le­ vantó v marchó hacia la puerta. Así tomo, hasta hacía apenas unos minu­ tos, los firmes encantos de la modelo habían sido el norte de su vida, los dos polos hacia los cuales tendieran todos sus esfuerzos, la idea de mataT a Hítler M üller, el culpable de que cediera la firmeza de aquellos encantos, se había convertido ahora en una ob­ sesión, en una obligación imperiosa, ineludible.

Jacobus sacó la pistola y oprimió un botón; sintió un suave calor en el mango, revelador de que el arma es­ taba lista para ser disparada. L a levantó y apuntó hacia Hítler M üller, ya apenas a una decena de pasos. Pero en seguida bajó el letal ins­ trumento. U na ampulosa figura había surgido de un sendero lateral y se ade­ lantaba al encuentro del inventor. N o hubo palabras de saludo: apenas si un murmullo y, en seguida, un apasionado abrazo que decía bien a las claras la prisa de Hítler. Jacobus, desconcertado, contempló desde su escondite las enlazadas figu­ ras. . ., hasta que, alzándose de hom­ bros, volvió a levantar la pistola. Total, ninguno de los dos sentiría nada; es más: las últimas sensaciones con que se despedirían del mundo no podrían ser más agradables. Pero tampoco ahora pudo apretar el disparador. En la semiluz que lle­ gaba de la nube de propaganda, se oyó la voz urgente de Hítler M üller: — ¡Sésamo, ábrete! Durante un instante, Jacobus que­ dó sin poder respirar. ¡La dama que se había citado con el inventor era Carolvn! Aquello era el colmo de la ironía A nube de propaganda, colgada J allá entre los dos cipreses, seguía por parte del destino. . . Aunque ¿Cacentelleando la marca que señoreaba' rolyn, era realmente Carolyn? Jacobus se contestó que no. Porque Carolvn, en el mundo: “Inocente Maquiavelo, cuando se puso por necesidad un "Ino­ Rpforzado. . . Inocente Maquiavelo, cente Maquiavelo Reforzado", había R eforzad o.. . ” dejado de ser Carolyn. U n gallo lejano, uno de esos infali­ Ya no dudó más, y volvió a apuntar. bles gallos perfeccionados por la gené­ Pero tampoco ahora llegó a disparar. tica para dar la hora con exactitud de U n a voz habló detrás de él: observatorio astronómico, cacareó las nueve en algún corral municipal. A u ­ —Yo que tú, no lo haría. tomáticamente los dedos de Tacobus se Se volvió, y se encontró cara a cara cerraron en tomo a la culata de la con Einstein Róger, el vencido rival, pistola. el ex presidente de la Bipolaris, que La hora había llegado. . ., y también le sonreía con desdeñosa expresión de la víctima: avanzando con paso firme, lástima. ágil, paso de enamorado impaciente, —Yo que tú, no lo haría — repitió desembocó por un sendero el descu­ Einstein —. Porque te enviarían al bridor del I 15 C . D esintegrador.. .

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Aturdido, Jacobus se quedó mi­ rándolo. —Compré a uno de tus detectives — siguió Einstein — , y él me dijo que te encontraría aquí, a punto de matar a alguien. . . Entonces, me vine de un vuelo, para evitar que te perdieras. — ¿Desde cuándo tanta generosidad? —N o es generosidad, Jacobus. Es sólo refinamiento. . . Porque, si vas a parar al Desintegrador, yo me pierdo la ocasión de vengarme; la ocasión de pagarte con la ruina ¡la ruina en que tú me zambullíste! —¿Arruinarme, tú a mí? — Jacobus no pudo contener una sonrisa des­ pectiva. — Sí, yo a ti, Jacobus. . ., con el nuevo invento de Hítler Müller. La sonrisa se borró en el rostro de Jacobus. — ¿El nuevo invento de H í t l e r Müller? Einstein Róger hizo una pausa, paladeando la victoria, y luego aclaró: — U n modelo de corpiño totalmente transparente. . . : un corpiño invisible. — ¡Vaya una novedad! — Jacobus respiró aliviado — . ¡Ya en la segunda mitad del Siglo Loco se usaron corpinos transparentes de plástico! — ¡Déjame concluir! — Einstein lo miró con lástima infinita —. El invento de Hítler M üller es algo mucho más serio. El ha convertido el corpiño trans­ parente en un dispositivo electrónico que se ilumina a voluntad de la intere­ sada, pudiendo colorearse con toda una gama de delicadísimas tonalidades. ¿T e imaginas el uso que la coquetería

femenina puede hacer de semejante artilugio? Si hubo un tiempo en que las damas realizaban milagros con un simple abanico, calcula lo s estragos que podrán hacer manejando con la sabiduría inherente al sexo las infini­ tas posibilidades del Vía Láctea. . . —¿El V ía Láctea? —S í . . . Así he resuelto bautizar el nuevo corpiño luminoso. Jacobus Rándom no dijo nada. Se sorprendía al notar la poca impresión que le causaba la revelación de Eins­ tein. Súbitamente comprendió que to­ do aquello había dejado de interesarle. Y a nunca le preocuparían ni Hítler M üller y su V ía Láctea, ni todos los corpiños del mundo. Comprendió que, rota la ilusión que le impulsara a lu­ char, ya nada le importaba en la vida. Hizo un despectivo saludo a Eins­ tein, y salió del parque, con paso fir­ me, resuelto. Se detuvo unas tres cuadras más allá, donde un electrohar titilaba su muestra en la oscuridad; uno de esos electrobares donde el mozo le pone a uno un casco con electrodos que in­ ducen al cerebro de uno toda clase de pensamientos estimulantes. Jacobus Rándom sabía qué clase de pensamientos le serían inducidos; sabía que, apenas le pusieran el casco, vería cfra vez a la incomparable Carolyn, tal como era cuando le tomaron el retratograma, con su “sweater” rojo y su mariposa de oro que esperaba el “sésa­ mo, ábrete.” Sabía todo eso, pero entró en el bar. +

I s ó to p o s y r e l o j e s prim eros relo je s de los llam ados “ lum inosos” , tenían los L o scuadrantes pintados con una pintura que contenía radio. A c ­ tualm ente, el radio ha sido desplazado por e l radioestroncio 90, de período de 20 años, y cuyo m anipuleo es m ucho m enos p e­ ligroso.

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antikhtón__ _ por W illy Ley En los últimos tiempos he tenido oportunidad de ver que muchas revis­ tas de historietas hacen actuar a sus héroes sobre un planeta situado en la misma órbita que la Tierra, pero de tal manera que el Sol siempre se en­ cuentra entre ambos planetas, impi­ diendo por consiguiente que nosotros descubramos dicho planeta y que los habitantes de éste nos descubran a nosotros. Por lo pronto, la idea de un planeta situado en la órbita terrestre y en cons­ tante oposición con la Tierra, no es precisamente nueva. Fué inventada ha­ ce más de dos mil años por los filóso­ fos pitagóricos, que tenían una urgen­ te necesidad filosófica de que hubiera otro planeta en el sistema solar. H ay que señalar que ellos habían inventado algo que llamaban el “fuego central”, del cual el Sol no era mas que un simple reflejo. Ahora bien, si se contaban los cuerpos del Universo (sistema solar, para nosotros), se tenían el “fuego central” , el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Sa­ turno; ocho en total. Agregando la T ie ­ rra se lograban nueve. Pero para Pitágoras el número nueve no era de los

simpáticos. Tenían que existir diez cuerpos, y la manera de llenar esta necesidad era postular la existencia de una “ Contratierra” o Antikhtón. N i siquiera hay que mencionar el hecho de que ninguna otra escuela filosófica manifestó la menor curiosidad por esta importante innovación. Pero de cualquier manera la idea tiene su atractivo. Como contraargumento se podría objetar que Marte no tiene su opuesto, ni Venus, ni ninguno de los demás planetas. Si existieran, los podríamos ver. H ay que admitir, sin embargo, que este razonamiento no tendría ca­ rácter de una prueba lógica. Los ani­ llos de Saturno son bien reales, aun­ que no haya ningún otro planeta con anillos. D e manera que es necesario atacar el problema desde un ángulo distinto. Si hubiera un planeta como el an­ tiguo Antikhtón, jamás podríamos ver­ lo. Pero esto no significa que no pu­ diéramos detectar su presencia. Aun cuando siempre escondido tras el brillo solar, los efectos de su campo gravitatorio se harían notar sobre la órbita de Venus; pues Venus se desviaría in ­ evitablemente de la órbita que recorre en la actualidad. Además, el comporta­ miento de Venus nos permitiría calcu­ lar la masa del planeta desconocido, especialmente debido a que conocería­ mos su distancia al Sol (la misma que la nuestra). Pero Venus no muestra tales" “per­ turbaciones” . En consecuencia podemos dar por sentado que Antikhtón no existe.

cuco

Hay muchas maneras de arreglar un nido, y frecuentemente lo hace más de un cuco ... por MARTIN JORDAN

ilustrado por ORNAY

l navio estelar Dédalo, regresando de Vega IV , radió anunciando su presencia, cuando todavía estaba a unos quince días de la órbita de Plutón. el Dédalo había cumplido su cometido, A l aterrizar en Port Atlantic, se había la tripulación de aquel navio estaría reunido una multitud de varios miles entre los representantes de la raza hu­ mana que más habían viajado. de curiosos. Las misiones enviadas a El Dédalo se materializó como surVega eran siempre las más grandes. Si

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doble —. Recibimos sus señales. Lamen­ to mucho la multitud. Usted solicitó que no hubiera “bienvenida” ; pero, si nos hubiéramos opuesto, la gente se habría sublevado. Eso habría signifi­ cado derramamientos de sangre. ¿Reali­ zó usted lo que pensaba? W ébster se pasó la mano por la frente, y dijo: —Así es. - ¿ V e g a IV? - V e g a IV . —Hable, pues. ¿Es de un tipo terre­ nal? ¿Hay formas de vida? El capitán lanzó al general aquella mirada suya, curiosamente fatigada y dolorosa. —Sí, es un planeta de tipo terrenal. Período sideral: cero setenta y cinco de un año terrestre. Velocidad orbital: veintiocho kilómetros por segundo. Período de rotación: veinte horas te­ rrenales, tres minutos y algunos segun­ dos. Densidad: siete y dos décimos, tomando el agua por unidad. Radio promedio: seis mil quinientos kiló­ metros. Masa: u n noveno de la terres­ tre. Atmósfera: tipo terrenal, alto con­ tenido de oxígeno — su voz vaciló — . H a y . . . , formas hum anas. . . , humanoides. —¿Humanoides? — el general pareció sorprendido. —Déme otro whisky — dijo Wébster. —Hable. Tómese el tiempo que quiera. W ébster apretó entre sus dedos el vaso que el general le tendía. M ur­ muró: la entrada del Centro Astronáu­ —H u m a n o id e s..., lo cual no me tico Cyrus J. Wébster, el capitán gusta. Humanos sería todavía peor. del navio espacial, descendió del auto­ N unca se hará nada allá donde aparezca móvil, con su acompañante, el general la palabra humano — sus ojos parecían Vógler. Abriéndose paso entre la res­ suplicar a V ó g le r—. ¡D ia b lo s !..., es petuosa y admiradora muchedumbre, peor q u e . . ., la imaginación. . . los dos buscaron la entrada y subieron en el ascensor. Vógler esperó con las manos apoya­ das en las rodillas. Después de un largo —Bueno, Cyrus — ambos estaban ya minuto, W ébster vació su vaso de cómodamente sentados en profundos whisky. sillones, y el capitán bebía un whisky giendo del espacio, en la frontera del sistema solar. A partir de ese momento, la dirección espacial fué cambiada por propulsores químicos, y la velocidad fué finalmente denotada por el campo de atracción. El navio fué suavemente absorbido del cielo por la fuerza mag­ nética del puerto espacial; finalmente, descansó como un dirigible gigantesco y antiguo. Era un día límpido, sereno y claro. La multitud, que se mantenía a cin­ cuenta pasos de distancia del puesto policial, miraba la mole de metal que había cruzado el espacio. Durante un tiempo no sucedió nada. Después se oyó un suspiro de interés, semejante a un trueno, cuando un automóvil atra­ vesó la multitud, desde la dirección del Centro Astronáutico, y se detuvo frente al portalón de popa. Se oyeron gritos ensordecedores cuando se abrió el portalón y surgió una figura unifor­ mada en colores gris y plata. El rugido de bienvenida aumentó mientras la figura se dirigía al automóvil, donde fué recibida por el ocupante del mismo; y el coche se alejó. El portalón de la nave se cerró. El hombre con el uniforme gris y plata no miró a la multitud, sino al frente, y tampoco sonrió. Algunos percibieron sus ojos, que estaban profundamente hundidos e inyectados en sangre, sin conferir ninguna animación a su sem­ blante. El hombre parecía presa de una profunda emoción.

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—Lo cierto es que ha habido seis muertos — d ijo — : tres oficiales, dos técnicos y un psicoanalista civil. —¿Algtrna agresión? —Suicidios. —¿El psicoanalista se suicidó? Los labios de Webster sonrieron. —Es interesante el hecho de que un contacto prolongado con el mal pueda llevar a un coriejito freudiano al suici­ dio. Naturalmente, Máttock cree que la civilización se basa en las inhibicio­ nes humanas. El sabía lo que es, teóri­ camente, la psiquis inhibida. Pero el contacto con ella lo mató. El general no dijo nada. — Ciento cuarenta y cuatro entre ofi­ ciales y hombres — prosiguió Wébster, indicando la pared, en dirección al na­ vio —, y todos necesitan tratamiento psiquiátrico. —¿Quiere usted decir q u e. . . ? —¿Puede usted dar la orden de des­ embarco, y hacerlos descender en el sanatorio mental más cercano? El general abrió la boca para hablar. La cerró nuevamente y tomó el telé­ fono. Mientras daba instrucciones, W ébster terminó su tercer whisky. Cuando el general cortó la comunica­ ción y se volvió hacia. Wébster, parecía sobresaltado. Wébster estaba comple­ tamente dormido. Cinco minutos después, W ébster se despertó y dijo: —Perdón. H a sido la reacción natu- ral de compartir con otro la responsabi­ lidad. Y a le contaré. . . —¿N o quiere usted descansar pri­ mero? —Escuche. Ya he dicho que la vida que encontramos en Vega IV era humanoide. Son gente. Su aspecto es exactamente como el nuestro: tipos te­ rrestres, occidentales, como cualquier Smith, o Jones, o Robinson. Algunos de los hombres usan brillantina en el pelo. Las mujeres llevan pintados los labios. ¿Conoce usted a Milton?

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—¿Milton? — preguntó el general, tartamudeando. —El autor de El Paraíso Perdido. El Satanás de M ilton dice las palabras más terribles que jamás se hayan es­ crito: “M al, conviértete en mi bien” . — ¡Hum! — dijo el general. —Pues sepa usted que ése es el prin­ cipio dirigente de Vega IV. —¿En qué sentido? —Pensemos en nosotros, los terrena­ les. Tenemos cosas muy curiosas, que se arrastran en nuestro inconsciente, ¿verdad? Vamos a los psicoanalistas pa­ ra que nos liberen de ellas. Cuando las descubrimos, nos parecen demasia­ do feas para que estén en lo consciente. Las vemos tal como son, y nos curamos. —¿Entonces? —Los veganos también tienen cosas que se arrastran en su inconsciente. Se liberan de ellas de la misma mane­ ra. Pero el inconveniente es que esas cosas ¡son virtudes! — W ébster hizo una mueca —. La tolerancia, la bon­ dad, la honestidad. . . son consideradas atavismos inexplicables. Pagan a los psicoanalistas para que los liberen de ellos. — ¡Por Dios! — Vógler respiró con fuerza —, ¿qué clase de gente?. . . —U n a gente — dijo W ébster — cuya ligera diversión consiste en ver cómo se cocina lentamente un niño vivo. . . G ente cuyas costumbres sexuales con­ vierten a Nerón en un santo; y cuya política hubiera aterrado a los carta­ gineses. Gente con un sentido social semejante al de los antiguos bando­ leros; con una moral como la de los criminales más locos. Vógler se echó para atrás en la silla. —Y ellos... ¿qué clase de recep­ ción . . . ? —Nos pusieron presos; a cada hom­ bre por separado. N os analizaron con sus sistemas psíquicos. Después nos dejaron en libertad. —Pero eso es increíble. Si son tan 65

malos como usted dice, indudable­ mente . . . —Ese es el asunto — dijo Wébster, encogiéndose de hombros—. Nos pu­ sieron en libertad y nos dejaron partir. Los suicidios ocurrieron durante el re­ greso. —Pero, realmente, ¿por qué se mata­ ron esos hombres? —Ya lo he dicho — contestó W ébstei fatigadamente —. Fué pra la expe­ riencia de enfrentar directamente al mal. —Es c a s i.. .increíble. —Aterrizamos en una especie de campo cultivado. A llí trabajaban escla­ vos encadenados. Los vigilantes nos condujeron hasta una cabaña. Querían hacernos honores. Tomaron docenas de animales vivos y . . . y . . . —Prosiga. — Les arrancaron los ojos, para di­ vertimos — dijo W ébster salvajemen­ te — . Lina delicadeza exquisita. Des­ pués empezaron a torturar a un escla­ vo. Todo para divertimos. Los ataca­ mos; pero ellos eran superiores en nú­ mero. N os vencieron y nos llevaron a una ciudad. . . —¿Tienen ciudades? — Son ciudades fundadas sobre un horror tal que . . . — ¿ Q u é .. . —Q u e no puedo hablar de ello — dijo Wébster, encogiéndose de hom­ bros. Vógler lo miró; vio que estaba tem­ blando, y dijo con suavidad: —Hábleme de las costumbres socia­ les, de generalidades. —Naturalmente, llevábamos a bordo un sociólogo. Era un hombre gordo; pero ahora su flacura es sorprendente. Esa gente no sobrepasa nuestro nivel técnico. Están en el período de la má­ quina de combustión interna y de la cruda fisión atómica. Su ley social es el despotismo. . . Sonó el teléfono. Vógler escuchó, y dijo a Wébster:

—La tripulación desciende. La mul­ titud los aclama. —Es el despotismo basado en la psi­ cología — prosiguió W éb ster—, T écn i­ camente están atrasados, pero sólo en ingeniería y en mecánica sus poderes mentales son infinitamente superiores a los nuestros. En realidad no necesitan perfeccionar sus aparatos mecánicos. —N o entiendo. —Tien en la telepatía y el hipnotismo muy avanzados, incluyendo la pérdida de la memoria, y poseen una habilidad tal para la propaganda y el manejo de las técnicas cerebrales q u e . . . no hay nada imposible para ellos. — ¿Por ejemplo? —Bueno, podrían habernos dormido y haber arrancado a nuestros cerebros todos los detalles sobre le técnica de la navegación. —¿Y lo hicieron? —Nos hicieron dormir. El general se sintió angustiado. —Entonces, ¿cree usted q u e. . . ? —N o lo sé — contestó Wébster. Nuevamente sonó el teléfono. V ó­ gler hizo aparecer un rostro en la pan­ talla televisora. —Es su primer oficial de a bordo — dijo. El primer oficial se llamaba Spángler. M iró con ojos ansiosos desde la pantalla y gritó: —Capitán Wébster, había u n poli­ zón entre la tripulación. T em o que se haya perdido entre la multitud. —¿ Q u é ? .. . W ébster se levantó y se precipitó hacia el ascensor. E l general lo siguió. A l salir vió el navio y la multitud que vitoreaba. —N o tenemos tiempo que perder — dijo W éb ster—. Establezca un cor­ dón policial alrededor del puerto. N in ­ gún nombre, mujer o niño debe salir de aquí.

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O S semanas después, se realizaba una reunión en el salón de con­

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lerendas del Centro Astronaútico. Ro­ deaban la mesa doce hombres: Vógler, W ébster y un grupo de militares y de expertos civiles. La habitación tenía una ventana que ocupaba prácticamen­ te toda una pared. Esta ventana se abría sobre el puerto espacial. El estado del puerto habría sorpren­ dido a cualquier recién venido. Lo que normalmente parecía un tablero con piezas y espacios vacíos, era ahora se­ mejante a un campo militar, con filas de casetas, galpones comedores y salas sanitarias. Millares de personas, con ropas civiles de todo tipo, miraban, caminaban, descansaban, charlaban. Las mujeres colgaban ropas en cuerdas tendidas entre las casetas. Los niños jugaban bulliciosamente. Los hombres que rodeaban la mesa en el salón de conferencias, olvidando aquella escena ya familiar, escuchaban a Vógler, que leía el siguiente informe: “Él Dédalo” señaló su aproximación al Sol, a mil cien horas, el doce de ma­ yo. El mensaje informó del éxito en alcanzar el objetivo, pero indicó que habían ocurrido bajas. S i . esto existía no se podía dar bienvenida oficial. A las mil horas, el dieciocho de mayo, aterrizó el navio. Veinte minutos des­ pués, me presentó sus informes el ca­ pitán, en el centro Astronáutico. Q uin­ ce minutos más tarde, empezó a des­ embarcar la tripulación del "Dédalo”. A la hora diez cincuenta y nueve, el comandante Spángler, primer oficial de a bordo, informó que se había es­ capado un polizón. “Desdichadamente nadie había visto

el rostro de ese individuo. El único que vió algo fué el tripulante Trávers, que había desembarcado ya y se dirigía a tomar un auto que había de conducirlo al Centro, junto con otros miembros de la tripulación. En el puerto creyó re­ conocer un rostro amigo entre la multi­ tud. A l descender se apresuró a entrar en contacto con aquel amigo; pero el amigo desapareció. En cambio alcanzó a vislumbrar una figura que entonces surgió del portalón de la nave y se per­ dió entre la multitud. “En noventa segundos se ordenó ce­ rrar todas las salidas, y el control se tomó en otros cincuenta segundos. “ U na investigación del navio dió como resultado el descubrimiento del escondite del polizón: la casilla de la hélice. Esa casilla es rara vez visitada por los tripulantes, excepto cuando se les ordena hacerlo. El freno que hay en la casilla, se usa sólo en caso de caída. En realidad, nadie había visi­ tado la casilla durante el viaje de regre­ so. A causa de esto el capitán W ébster debía ser acusado de descuido de las leyes espaciales. Pero yo no prestaré oídos a la acusación, así que eso no importa. W ébster estaba aturdido como sólo puede estarlo un aviador espa­ cial . . . , y lo mismo puede decirse de toda la tripulación. Todos han sufrido una experiencia terrible. Los que no hayan visitado Vega IV , no saben hasta qué punto la experiencia ha sido terri­ ble. A veces faltan las palabras. Sólo podemos presentir la profunda herida mental recibida por esos hombres. “ U na vez que fueron vigiladas todas

Recauchutaje quirúrgico t el Congreso de Cirugía de París, u n m édico francés anunció un m étodo para reanim ar el corazón d el paciente que sufra u n síncope en la mesa de operaciones. E l quid de la cuestión con­ siste en proceder rápidamente: prim ero se detienen las palpita­ ciones con una descarga eléctrica; luego se m asajea e l corazón, y todo se concluye con una inyección de adrenalina. n

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La figura se desvaneció. Se presentó las salidas del puerto, tuvimos que en­ otra. Esta vez se trataba de un viejo frentar la siguiente situación: una can­ tidad de gente (exactamente cinco mil vagabundo, vistiendo un desastrado tra­ je gris. ochocientas noventa y seis personas) —Se llama Abel R e g i n ..., nacido quedaron en nuestras manos. E l tes­ en Canadá, según dice. timonio del tripulante Trávers, respec­ to al polizón, era insuficiente. La vi­ Otro contacto. Otra celda de prisión. Apareció un hombre gordo, calvo, mal sión que había tenido cuando el hom­ bre escapó por el portalón, había sido vestido, mirando provocativamente des­ de la pantalla. muy fugaz. Lo único aue Trávers pudo afirmar es que se trataba de un hombre —Péter M éttem ich, americano. sin sombrero, vistiendo un uniforme El cuarto personaje era el más nota­ indescriptible, probablemente gris o ble: un hombre de mediana estatura, verde oscuro. El testimonio descartaba vistiendo u n traje gris, bastante nuevo; la cara bien afeitada; los ojos eran in­ a las mujeres y a los niños; pero no teligentes, casi agradables. quisimos arriesgamos. N os comunica­ mos con W ashington y conseguimos —Éste dice que es O lw yn Kobe, americano. que se declarara la ley marcial; decla­ Finalmente apareció un hombre ramos que el puerto era un área ce­ enorme, con aspecto de oso, con gran­ rrada, trajimos el cuerpo de construc­ ciones del ejército, el cuerpo de inves­ des bigotes, y dientes grandes y man­ tigación y el de abastos, bajo el mando chados, que enseñaba desde la pantalla. —Y éste dice que era empleado en la del general Mark W éyland. . venta de soda. Se llama Vladimiro U n oficial de pelo negro, con aire Vronski, y es americano. digno, se irguió al oír su nombre, y después prosiguió escarbándose los La última figura se desvaneció de la pantalla. dientes. “Se construyeron en veinticuatro ho­ —Eso es todo — dijo Vógler — . Eso ras viviendas para los internados. Todos es lo que nos queda de los seis mil los hombres, mujeres y niños fueron examinados. Entre toda esa gente, estos examinados; se registró el contenido cinco son los únicos cuya identidad de los bolsillos, de las carteras y de no pudo ser comprobada. Se trata de las billeteras, y se controlaron todos parias, que roban para vivir, pero no los datos referentes a los parientes y tiene entradas en Ja cárcel; que traba­ amigos en el exterior. En cinco mil ja n casualmente por un día o dos, pero ochocientos noventa v un casos la gen­ que ningún patrón llega a conocer; que te fué identificada. Quedan cinco per­ duermen donde los sorprende la noche, sonas: cinco hombres: cinco pájaros en aunque ningún hotelero o posadero el nido. . . ” los conoce. . . Vógler oprimió un botón. La habi­ —Lo que sugiere es esto — intervino tación se oscureció ligeramente, y una el elegante general Véyland, que se pantalla que se tendía sobre una de las sacó el palillo de dientes de la boca, paredes cobró vida. Apareció en ella lo metió en el bolsillo y miró a los un hombre alto, delgado, sentado tran­ • hombres que rodeaban la mesa:— una quilamente en un lugar semejante a de esas cinco personas es un extranjero, la celda de una cárcel. Vógler, mirando un hombre proveniente del cuarto pla­ a la pantalla, expresó: neta del sistema vegal. Ya sabemos lo —Éste dice que se llama Aylmer que el capitán del “Dedalo” piensa so­ T olley y que es de nacionalidad bre los veganos. Yo estoy de acuerdo americana. con él: si uno de esos hombres es un 68

MAS ALLÁ

vegano, debe tratarse de un ser muy desagradable. Pero hay dos puntos escabrosos. Primero: ¿Cómo es posible que un bumanoide vegano actúe y tenga la apariencia física de un americano nor­ mal, amén de hablar el idioma? Segun­ do: aun cuando uno de esos hombres sea de Vega IV , ¿qué daño puede hacer aquí? ¡U n hombre solo, contra un planeta! W ébster se levantó, excitado y tem­ blando. — Puedo contestar eso — dijo rápimente —. Fuimos a Vega IV y nos iermitieron regresar. Ahora sé por qué o hicieron: para que el polizón pudie­ ra venir aquí. Recuerden que nos encarcelaron a todos. Nos estudiaron como sólo puede estudiar el carácter humano una raza cuyos estudios psico­ lógicos son muy avanzados. Tuvieron tiempo de copiar nuestras ropas. En cuanto a la segunda cuestión, la de qué daño puede hacer un hombre solo contra un planeta. , ., puedo respon­ der con otro interrogante: ¿Qué puede hacer un microbio de la fiebre tiroidea contra una población entera? Ese vegano es infinitamente hábil, del mismo modo que el microbio de la tifoidea es infinitamente mortífero. Todavía na­ die sabe lo que sacaron de nuestras mentes cuando estábamos en su plane­ ta. Dentro de lo que podemos suponer, quizás posean ya el secreto de nuestra dirección espacial. Y, dentro de lo que puedo suponer, ese único extranjero, que parece encontrarse entre los cinco vegabundos, ha sido enviado aquí para facilitar el camino de la invasión. . . —Eso es ir demasiado lejos — inte­ rrumpió W á y l a n d —. U n hombre solo. . . —Olvida usted que ya los conocemos — interrumpió W ébster — . Creo que son capaces de cualquier cosa. Si me dicen ustedes que un vegano se ha pre­ sentado en la fábrica de aviones es­ paciales más cercana, que ha hipnoti­

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zado completamente a todo el personal, que se ha aprendido de memoria todos los datos sobre el último modelo, y que se ha ido por donde entró, lo creeré inmediatamente. —¿Y cómo podría este superhombre regresar hasta su planeta? —Según cree W ébster — interrum­ pió Vógler —, partirá como polizón en el próximo navio, y después, hipnóti­ camente, forzará a la tripulación a cambiar de ruta en dirección a Vega.IV . W éyland dió un salto. — ¡Es imposible! —Pero supongámoslo — dijo V ó­ gler —. Tenemos cinco pájaros en un nido. Uno de ellos es el cuco que bus­ camos. Pero se trata de un cuco qué es también camaleón. . ., y camaleón tan perfecto, «que despista todas las pruebas conocidas. . . —N o sé a qué se refiere usted si pretende pruebas extraordinarias — di­ jo a este punto el jefe psicoanalista, un coronel de pelo trigueño, llamado Smith —. En mi opinión debemos ate­ nernos a la ratin a. . . , y al sentido común. Tenemos que ponemos en la posición del desconocido. Supongamos que debemos adoptar una personalidad terrenal. El proyecto es difícil, y no hay que dificultarlo más aún escogien­ do una personalidad complicada. Se escoge una personalidad normal: una personalidad sana. Quiero decir una personalidad conforme con los usos habituales: moderadamente ajustada e integrada socialmente, de costumbres heterosexuales, sin intereses meta-fí­ sicos; una personalidad equilibrada entre el altruismo y el individualismo. Supongamos, en todo caso, que uno de nuestros cinco pájaros es el cuco. Pero consideremos también el único medio de información que ha tenido ese cuco: la tripulación del “Dédalo” , Evidentemente la tripulación ha sido, analizada. Sin duda la personalidad de los tripulantes ha sido desnudada. Pero,

¿cuáles son los rasgos de esa persona­ lidad?. . . : la salud, la normalidad. —¿ E n to n ce s, q u é? — p r e g u n tó Vógler. —¿No comprende?. . . E l más nor­ mal de esos individuos debe de ser el éuco. En verdad carecemos de los co­ nocimientos psíquicos de los veganos, pero tenemos las drogas para sacar la verdad, y el psicoanálisis. Denme tres d ía s .. . R O el examen de los prisioneros duró una semana. Entretanto, los millares de personas restantes ha­ bían sido enviados a sus casas, con re­ galos oficiales y toda clase de disculpas. El inmenso pueblo recientemente cons­ truido, fué demolido. Los expertos volvieron a reunkse enf conferencia. — N o podemos hacer más — dijo el coronel S m ith — . H e nombrado diez sicoanalistas para los cinco individuos. os médicos y los pacientes están ya exhaustos. Y creo que todos estarán de acuerdo en que el inform e. . . , no es decisivo. Consultó un legajo de papeles, y comenzó a leer: "Primero: Aylm er Tolley. Este in­ dividuo tiene tendencias maníaco-de­ presivas, un complejo de culpabili­ dad. . . N o lo ha confesado pero sería raro que no hubiera intentado suici­ darse más de una vez en el pasado. “Segundo: Abel Regin. Desarrollo retardado. Edad mental, unos once años. Analfabetismo parcial. Además ideas paranoicas sobre su propia gran­ deza. “Tercero: Péter Métternich. Desviacionista pronunciado. Sin sentido mo­ ral. Casi sin sentido social. Analfabeto moral, si así puede decirse. “Cuarto: Vladimiro Vronsky. Sería normal. . ., si no fuera por sus tenden­ cias criminales, por lo menos con parte de su ser. En otras palabras, es un es­ carizofrénico. Su equilibrio social es inestable y puede quebrarse en cual­

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quier momento. Si esto ocurre se con­ vertirá en un completo histérico. “Quinto y último: O lw yn Kobe. U n sujeto difícil. Lo que un lego lla­ maría personalidad incolora. N o puede decirse mucho sobre él” . . . — ¡Entonces ése es nuestro hombre! ' — dijo Wébster. —Yo no me atrevería a afirmarlo. . . —Pero usted dijo que el más normal de los prisioneros tenía que s e r .. . —Sé lo que dije. Pero tal vez me apresuró demasiado. E l asunto es más complejo de lo que yo creía. —¿Describiría usted a Kobe como personalidad normal? —Casi demasiado normal. —E n ton ces.. . El coronel tendió la mano. —Confieso — dijo — que me apresuré al sugerir ese método. Ahora que he­ mos realizado la prueba, comprendo que mi teoría era m uy frágil, y re­ conozco el peligro de seguirla. L a li­ bertad de un hombre, probablemente su vida, está en juego. —Pero quizás todo el planeta corre peligro s i. . . — W ébster había alzado la voz hasta gritar. —N o necesita enojarse, c a p itá n — interrumpió Vógler — . Comprendo el punto de vista del coronel Smith. Aunque estemos bajo la ley marcial, no debemos cometer una injusticia. La verdad es que no tenemos una prue­ ba bastante decisiva. M ucho me temo que tengamos que abandonar todo el proyecto y . . . —¿Se han enloquecido todos? —Está usted fatigado, capitán — dijo Vógler. —D e acuerdo — asintió W é y la n d — , pero el resto de nosotros no puede condenar a un hombre sin pruebas suficientes. —P e r o ... — tartamudeó Wébster, mirando enloquecido alrededor de la mesa, donde sólo vió caras hostiles— , ¿No comprenden?. . . Están dejando en libertad algo infinitamente hábil,

MÁS ALLÁ

infinitamente maligno. Es mejor fusilar a los cinco, antes de correr tal riesgo. —Usted ha descrito a Vega IV como un planeta cruel — dijo Vógler — . M e parece que ha traído usted consigo un poco de la crueldad que reina allí. Por un momento, W ébster miró sin aliento los rostros hostiles. Contuvo el aliento. C on voz tranquila dijo: —Yo nunca he visto a esos prisione­ ros, fuera de la pantalla. ¿Hay aquí alguien más que no haya visitado las celdas? —Todos entrevistamos a los prisione­ ros antes de la reunión — contestó V ó ­ g le r—; con excepción de usted. Usted llegó tarde. W ébster miró fijamente. —Post-hpnosis — murmuró. -¿ Q u é ? —Digo que se trata de un caso de Post-hipnosis. Todos ustedes están bajo la influencia del extraño. Súbitamente dió un salto hacia la puerta. Vógler se le cruzó en el camino. Ambos lucharon por apoderarse del picaporte, como si fueran niños, hasta que W ébster se irguió al sentir el con­ tacto de un arma en las costillas. Sus ojos se dirigieron a W éyland. — ¡Atrás! — ordenó W éyland, agi­ tando su revólver. — ¡O iga n ! — exclamó el coronel Smith —. N o hay que perder la cabeza. Usted está inquieto, Wébster, y todos lo entendemos así. Pero debemos tener humanidad. Piense en esos cinco hom­ bres . . . Reconozcamos, si usted quiere, que uno de ellos es el extraño. L a se­ mana anterior, yo tenía una teoría: creía que el más normal de los cinco prisioneros debía de ser nuestro hombre. Pero usted mismo nos ha dicho que el extraño es infinitamente hábil. Por lo tanto tiene que haber previsto mi teoría. Podría habernos hecho que ma­ táramos, por ejemplo, a O lw yn Kobe, y dejáramos en libertad al verdadero extraño. Felizmente nosotros somos también hábiles. Kobe podría ser mó­

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cente . . . El extraño podría ser uno de les otros cuatro. —O podemos extrapolar — interrum­ pió W éyland — . Podemos suponer que ese razonamiento fu é a su vez pre­ visto. . . Y eso haría que Kobe fuera el extraño, en definitiva. Además po­ demos suponer también que esa con­ clusión fué nuevamente prevista. . . , lo cual haría. . . — se encogió de hom­ bros—. ¡Estamos en el tipo de lógica cerrada que se conoce como regreso continuo! —A sí es — dijo Vógler —. Estamos otra vez en el principio. Todos saben que yo no puedo autorizar el asesinato ce cuatro inocentes, para matar a un culpable. El arma de W éyland todavía amena­ zaba a Wébster. E l capitán astronauta estaba m uy pálido. —Alguien dijo que hay cosas que no pueden expresarse en palabras — m anifestó—. Oigan: he visto cosas de tanta obscenidad, de tal magnitud de pesadilla q u e __ — el capitán se interrumpió, con el rostro contraído, vertiendo lágrimas; se sentó brusca­ mente, y escondió la cabeza entre los brazos, mientras sus hombros se agita­ ban bajo el uniforme gris. — ¡Pobre hombre! — dijo Vógler, y tendió la mano buscando el teléfono — . Bueno, creo que podemos poner en libertad a los cinco prisioneros. Después de una rápida conversación se volvió hacia los otros. —Y a estaban en libertad. Alguien lós soltó. —¿Quién? — preguntó W éyland. —Lo ignoro. E l sargento es respon­ sable, y pagará las consecuencias. —Quizás se compadeció de ellos — dijo Smith. — ¡N o tenía derecho a compadecerse — rugió Vógler — , sin haber recibido oportunas órdenes!

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L quíntuple ser avanzó por la calle Cuarenta y Dos, sobre sus diez

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piernas. Estaba sansado: había pasado muchos trabaics. Primero había tenido las dificultades del desembarco, que implicaban la ne­ cesidad de forzar a los hombres a un instantáneo olvido de lo ocurrido en el espacio. El intento había fracasado. E! ser tuvo forzosamente que conten­ tarse con una alteración de la me­ moria. . ., y dejar que el oficial Spán gler desembarcara con el recuerdo de un solo polizón en lugar de cinco. En segundo lugar realizó el esfuerzo de instalar la compasión en once rudos militares terrestres. Pero esto, había • sido más fácil que obtener el olvido en el oficial del espacio. . . , y mucho más fácil que la tercera y aparentemente simple tarea de persuadir al sargento de guardia para que abriera las celdas. Él ser marchaba en una línea con­ ducida por el Ejecutor. Detrás de éste, el Telépata examinaba los, cráneos de los pensamientos, probando los pensa­ mientos como pastillas sobre la lengua. El Sugestionador marchaba por un sen­ dero que la multitud cedía inconscien­ temente. El Semántico Mnemónico miraba las vidrieras. Por último, como alguien en incorregible distracción, el Computador soñaba en el cam ino. . . El Ejecutor, departamento volitivo del ser, miraba a la ciudad con curio­ sidad, notando los objetos que pobla­ ban el planeta; mirando el despliegue técnico, los artefactos con ruedas que corrían, las señales luminosas que relampagueaban en el c ie lo .. . Meditó sobre el plan concebido por el Com­ putador: sumergirse diez días en la corriente cívica planetaria, y hacer una

lortuna; en otros veinte días, entrar en la política, en cincuenta días, apoderar­ se del Estado, en cien días, de la N a­ ción, en doscientos días, del planeta, en dos años. . . Pero primero había que tantéar, adaptarse a esta ciudad ruidosa y po­ pulosa, tan distinta a las del planeta lejano. . . El Ejecutor vió, al otro lado de la calle, una señal que anunciaba cosas para comer. Era necesario comer. D e­ trás de él, obedientemente, se detuvo el Sugestionador, V empezó a cantar con apagada voz de barítono, y a ten­ der el sombrero a la gente que pasaba. Con impulso irresistible, todos los transeúntes dejaron caer algo en el sombrero. En dos minutos quedó lleno hasta el borde, con monedas, con billetes. , . El Ejecutor atravesó la calle. . . L agente que dirigía el tránsito ordenó que se abriera paso para la ambulancia. —El tipo era un sonso — dijo —. Es como si nunca hubiera visto un policía en su vida. L e hice señas para que retrocediera y no me hizo caso. —Quizás era italiano — dijo un paseante —. ¿Saben por qué? Cuando ellos hacen señas de váyanse” , quieren decir “vengan” . —Ese tipo no hará más señas — dijo el policía —. N unca más. Llegó una segunda ambulancia. —En la calle hay otro — dijo al­ g u ie n — : un vagabundo muerto. Pero había en realidad cinco vaga­ bundos muertos en la calle. +

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¡Cuidado al respirar! e

calcula que en el G ran Buenos A ires los caños de escape

de los vehículos y las chim eneas de las fábricas vierten co­ S tidianam ente en la atm ósfera 4.000 toneladas de hidrocarburos y 22.500 toneladas de óxido de carbono; substancias, ambas, no­ civas para el organismo.

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MÁS ALI.Á

Novelas publicadas en MAS ALLA Algunos números atrasados de MÁS ALLÁ están dispo­ nibles al precio de $ 6.— cada uno. En ellos se han publicado, entre otras, las siguientes novelas: Números E L D IA D E L O S T R IF ID O S , por John W yndham

1

H IJO D E M A R T E , por C yril J u d d ............................

2 y 3

E L H O M B R E Q U E V E N D IO L A L U N A , po r Robert A . H einlein .......................................................

6

L A S IS L A D E L D R A G O N , por Jack W illiam son

9, 10 y 11

L A S C A V E R N A S D E A C E R O , por Isaac A sim ov

12, 13 y 14

E L T R IA N G U L O D E C U A T R O L A D O S , por William F. T e m p le .. . . ...................................................

17

L O S SE Ñ O R E S D E L T IE M P O , por W ilson T u cker

18 y 19

A M O S D E T IT E R E S , por Robert A . H e in le in .. . .

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(Sírvase señalar con nn círcnlo los ejemplares solicitados) Nombre

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spaciotesl Aquí tiene usted un desafío a su memoria y a su cultura. Si us­ ted es un asiduo leetor de MAS ALLA, le resultará más fácil res­ ponder a este ESPACIOTEST. In­ dique en los cuadritos de la de­ recha las letras que corresponden a las respuestas que le parecen correctas. Compare los resultados en la págiqa 91 de este volumen. Si no ha cometido ningún error, puede estar muy orgulloso. Si sus aciertos han sido entre 4 y 6, sus conocimientos son superiores al promedio de las personas cultas. Si ha contestado correctamente 3 preguntas, el nivel de sus conoci­ mientos corresponde al promedio. Si ha acertado 2 ó menos, no se aflija y siga leyendo MAS ALLA, que le proporcionará un sinfín de conocimientos serios sin las mo­ lestias del estudio.

Pregunta N* 1 s Pregunta N* 2: Pregunta M 3: Pregunta N* 4¡ Pregunta N* 5 ¡ Pregunta N* 6: Pregunta N* 7:

¿Cuál de las siguien­ tes capas atmosféricas está más lejos de la super­ ficie terrestre?

1

A ) Troposfera. B ) Ionosfera. C ) Estratosfera.

Según los modernos estudios matemáticos sobre la teoría de los jue­ gos, para no perder al po­ ker conviene:

2

A ) Apostar solamente c u a n d o uno tiene mucho juego. B ) Apostar solamente c u a n d o uno tiene poco juego. C ) Apostar la m a y o ría de las veces que uno tiene mucho juego, y algunas veces te­ niendo poco.

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MÁS ALLÁ

¿A cuál de las siguientes constelaciones pertenece la estrella Betelgeuse?

3

A) B) C) D) E)

Cruz. Orión. Toro. Cisne. León.

Los símbolos actuales que se utilizan para escribir los idio­ mas europeos, provienen funda­ mentalmente de:

4 A) B) C) D}

Símbolos rúnicos. Símbolos chinos. Símbolos etruscos. Jeroglíficos egipcios.

El número de estrellas que componen la Vía Láctea es del orden de:

5

A) ) B) C) D) E)

C ien mil. U n millón. M il millones. Cien mil millones. U n billón.

Los rayos beta, emitidos por algunos elementos radiacti­ vos, están constituidos por:

6

A) B) C) D) E)

Protones. Núcleos de helio. Fotones. Electrones. Neutrones.

La palabra “ enzima” desig­ na: A ) La vitamina C . B ) U n h o n g o con propiedades antibióticas. C ) U n virus. D ) Los agentes catalíticos orgánicos.

E SP A C IO T E S T

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per D A M O N K N IG H T

DULCIE & DECORUM ilustrado po- MEL HUNTER

Si usted comete errores tipográficos al escribir a máquina, ¡mejor será que no intente averiguar a qué obedecen!

_/Í| Y j E tendrá de especialmente atractiva Ia letra r? — preguntó Roberto W allace, levantando la vista de las páginas escritas a máquina. —¿Cómo? — exclamó Jones, ocupado en sacar un corcho. —La letra r — repitió pacientemente W a lla ce—. H e estado contando tus errores tipográficos. Resulta que la le­ tra que con más frecuencia aprietas en lugar de otra es la r. Si lo hiciera yo, se comprendería, porque con ella comienza mí nombre. Pero ¿por qué te sucéde a ti? Jones había terminado de extraer el corcho y ahora llenaba los dos vasos. —¿En eso gastas el tiempo, en vez de leer los artículos? —Es imposible — respondió W alla­ ce — : está lleno de lugares comunes.

Cuando me emborracho, renace en mí el literato y me vuelvo terriblemente franco. N o aguanto más a Robie. —¿Quién es Robie? —E l director de mi revista. Es un insecto miserable. Escribe él mismo los artículos, con pseudónimo, y luego

se los pasa a uno paia ver qué tal le parecen. Este también es de él. O N E S comenzaba a sentirse blanda y agradablemente mareado. Aquel escritorio de la planta baja era apacible y fresco en medio de la noche, con la casa silenciosa encima de ellos, y las estrellas brillando en el firmamento. El y W allace estaban bebiendo y con­ versando desde las cuatro de la tarde, hora en que se habían encontrado en una conferencia de prensa, que resultó un fracaso. —Es siniestro — dijo W allace —. N o puedo aguantarlo. Quisiera que me des tu opinión, Jones. ¿Cómo te ex­ plicas esto? Jones tragó el líquido y la fría lu ­ minosidad descendió lentamente para unirse con el calor del fondo. D ijo: —Puede que él tenga gustos caros. —¿Quién? —Robie, tu editor — explicó, porque W allace lo miraba con aire de no entender. —¿Qué tiene que ver esto con las eres? —N o lo sé — replicó Jones. U n momento después se acercó al escritorio, y se sentó poniendo los dedos sobre el teclado de la máquina. Los movió a modo de prueba, durante al­ gunos instantes. —M e parece que los dedos tropiezan con la tecla de la ere. W allace asintió varias veces con la cabeza. —S í — dijo —; pero ¿por qué? —Puede que séa algo psicoanalítico. Robo, rapto, r e n c o r ... — Jones se entusiasmó con su propia hipótesis — . Creo que tienes razón. Acabo de acor­ darme lo que me sucedía cuando tra­ bajaba para una empresa de publicidad. M e daba cuenta de que el patrón se estaba haciendo rico y me parecía que lo que m e pagaba era una miseria. Bueno, juro que nunca lo hice a pro­

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pósito; pero cada vez que escribía su nombre, salía a s í .. . Escribió velozmente unas cuantas silabas y alargó luego el papel a W a ­ llace. Lo que éste vió escrito era: $ ID N E Y $ T E V E N $ O N . W allace hizo una mueca: —Ya entiendo. En lugar de las eses del apellido y el nombre, siempre po­ nías el signo de pesos, y eso que las dos teclas no corresponden al mismo dedo. . . -N o . —Bueno, esto es interesante. ¿Y qué te pasará ahora con las eres? N o tomo demasiado en serio tu explicación; pero evidentemente está escondido detrás de ella algún mensaje psíquico; algo que te faltó durante la infancia. Bebieron otro vaso, pensando en el asunto. —¿De modo que tu teoría es — dijo Jones— que todos los errores tipográ­ ficos tienen algún significado siniestro? —N o me cabe la menor duda. —Bueno, lo que dices es imposible. Yo me equivoco alguna vez en cada vna de las le tra s.. . Si cada una de éstas tiene un significado. . . Bueno, pero ¿cómo vas a saber que quieren decir algo? Es inevitable que te equi­ voques én alguna. N o sé si entiendes lo que quiero d e c ir .. . —T e entiendo perfectamente — dijo W allace —. Es un asunto de frecuen­ cia. Frecuencia. — ¡Oh! — exclamó Jones con des­ aliento. —D e todos modos, esto no explica todo. A L L A C E se levantó para mirar por encima del hombro de Jones. —La ere está en medio de un grupo de letras m uy frecuentes, ¿verdad?; "e", "d” , "s” . ¡Ya lo tengo! ¡Suponte que alguien trata de comunicarse contigo!

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MAS ALLÁ

—¿Por qué no me escribe una carta? —N o. N o hay correo donde él es­ t á e n Marte, en el cielo o en algún otro lugar así. ¿M e entiendes? — ¡Ah, sí!. . . O en el mundo de los espíritus, ¿no? W allace quiso contener un ataque de risa y salpicó con vino la camisa de Jones. —N o lo tomes a broma — dijo por fin —. Seamos prácticos. Quizás alguno de tus descendientes remotos, que ha de nacer dentro de sig lo s.. . , alguien que está alejado de ti en el tiempo, pasado o por venir, y trata de comuni­ carse contigo. —¿Para qué? — ¿Cómo quieres que lo sepa? N i siquiera has abierto el so b re.. . Volvió a sentarse otra vez, aparen­ temente irritado. —T e pido perdón — dijo Jones. —Estás perdonado — respondió W a ­ llace — . Suponte por un momento que hubiera alguien tratando de ponerse en comunicación psíquica contigo. Resulta que tú no eres una persona fácil, y él no puede conseguir que oigas voces o que escribas automá­ ticamente o ninguna de las cosas ha­ bituales usadas. Todo lo que puede hacer es desviarte un poquito los dedos cuando escribes sin fijarte. Sólo en­ tonces. Resultado: errores tipográficos. Saludó con el vaso a Jones, y se lo bebió. — ¡M agnífica teoría! —¿Le encuentras alguna falla? —Ninguna. —Perfectamente. Hagamos una prue­ ba. ¿Estás listo? W allace, mirando con gran concentiación el manuscrito de Jones, fué dictando a éste las faltas cometidas, y Jones, a su vez, las escribía en otra hoja. E l mensaje resultante fue: O Y K E IO X IL E R W JW J —Bueno, asunto terminado —dijo. W a lla c e —. Búscate mañana otra cosa

DULCIE & DECORUM

fcti que devanarte los sesos. Entretanto, ¡más vino, posadero! L día siguiente fué caluroso y so­ focante. Jones estaba de mal hu­ mor. Sudó intentando terminar un cuento que se le atascaba en cierta parte, y desistió de continuarlo. N o lo reconoció ante sí mismo que había de­ sistido. Se hizo la ilusión que estaba matando el tiempo para refrescar la mente y volver en mejores condicio­ nes al trabajo. E l modo como mató el tiempo fué tomar su manuscrito y preparar una larga lista de errores tipográficos. Era un entretenimiento tan bueno como el de hacer solitarios y, en todo caso, tenía un encanto especial. Jones sabía perfectamente que no descubriría nin­ gú n mensaje metapsíquioo en ellos; pero de todos modos insistió. Después de cierto tiempo tenía ante sí la si­ guiente serie de letras sin sentido:

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EM JBFTD H H TA A G D W W FF4CD FZM G Volvió al trabajo, que seguía mal. Pronto se encontró cavilando otra vez sobre la línea de letras, afanándose por agruparlas en otro orden y dividirlas de modo que tuvieran algún sentido. Le pareció que la falla principal era la escasez de vocales. Tanteó insertan­ do vocales para formar palabras, pero r.o consiguió nada. Bueno, supongamos que el sentido estuviera en las letras que había debi­ do escribir. Era una hipótesis tan ve­ rosímil como cualquiera de las ante­ riores, y le proporcionó una excusa para matar un poco más el tiempo. Volvió, pues, a recorrer penosamente el manus­ crito y a anotar una por una las letras que aebía haber escrito y escribió de­ bajo de la lista de errores la lista de letras correspondientes:

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LM j BFTD H H TAAG D W J O U G N S R G IC Q Q IV E W FF4CD FZM G M ESESGGD LC Pretendió otra vez intercalar voca­ les a la nueva serie; pero tampoco con­ siguió formar ningún grupo con sen­ tido. Las leyó al revés, con el mismo re­ sultado negativo. O L V IO a su artículo y consiguió escribir otro párrafo antes de que se le ocurriera una nueva idea. Aun cuando supongamos que algunos erro­ res de éstos sirvieran de medio de co­ municación metapsíquico, quedaban otros que eran lisa y llanamente erro­ res de tipografía, jota por u , por ejem)lo. Otros, en cambio, como e por jota, etras situadas muy lejos una de otra en el teclado, no se podían explicar. Mirando el teclado, Jones descubrió que la jota estaba directamente debajo de la u. Tachó con lápiz las dos letras en las series respectivas. Lo mismo su­ cedió con cinco pares de letras más. U na vez eliminados, quedaban una se­ rie de enores que, mirándolo bien, eran bastante extraños, como e por jota, le­ tras que corresponden a dedos diferen­ tes de manos diferentes y situadas en líneas diferentes del teclado. Miró lo que le quedaba:

V

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1Ie td $ h t í4g d w J 0 |^ N S R < J 1C ||IV E

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Ic d I zm g . M E N $ S G |D L C

w ff

V ió algo en la línea inferior que le llamó la atención. La reprodujo y es­ cribió debajo de ella, en la siguiente forma: JO N S R IC IV E M E N S G D L C JO N E S R E C IB E M E N SA JE D L C 80

Parpadeó. “ Después de esto me dedi­ caré a la catalepsia” , murmuró para sí. “Escritura automática: Viejas espiritis­ tas alrededor de una mesa de tres pa­ tas. . Pero, por supuesto, quedó intrigado por la coherencia general del mensaje y, más aún, por ese grupo D L C irre­ soluble que quedaba al final del men­ saje. Llevó a ciegas la mano al estante que estaba sobre su escritorio y sacó un libro. Lo puso sobre la mesa, junto a la máquina de escribir, y comenzó a copiar. Los dedos le temblaban de excitación. Estaba cometiendo una se­ rie de errores; lo sabía, pero no se esfor­ zó por escribir mejor. Siguió tecleando, respirando anhelante por la nariz, y con los ojos fijos en el libro abierto. Empujó la palanca de cambio de lí­ nea, y la hoja se salió: había llegado al final de la página. Sacó el papel y comenzó a anotar los errores. Después de unos minutos completó esta serie: E R ^ F T u é lF A É jK K A J O | N S O | B E D | O B ;E

CUtfTjYWVJ&VJW D E I O S E D C E lD L C JO N S Q E E D O BED E O BED C'E D L C JO N ES O B E D E C E O B E D E C E OBEDECE D LC Se emborrachó otra vez; esperó a serenarse de nuevo y escribió una carta a W allace, recomendada a la oficina de Nueva York. Escribió la carta a mano (cuatro páginas), y la despachó no bien la hubo terminado, para evitar toda posibilidad de perder la cabeza. O N E S no volvió a tocar la máquina durante una semana, a pesar de al­

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gunos reproches de su mujer, hasta que recibió la respuesta de Wallace: H otel Im perial, D eadw ood, Arizona Q u erido Fred: T en ías razón. D ebo ped irte perdón por varias cosas q u e se m e ocurrieron cu an do recibí tu carta. Estoy desorientado por com pleto, p e­ ro m e propongo com unicarte m is pri­ m eras im presiones. T u carta llegó el jueves. E l viernes por la n och e term iné un artículo y puse en práctica tu sistem a, au n qu e interiorm ente m e sentí m uy tonto por hacerte caso. E l resultado fu é : Wals (ése soy yo) cmunise (com uniqúese) dcrm. Faltan varias vocales; pero es in n eg able la sem ejanza en tre nuestros dos "mensajes", y por supuesto, es ab­ solutam ente im posible qu e tú lo hayas preparado d e an tem an o, así q u e estoy p erp lejo con el asunto. ' A hora, fíjate b ien :

l 9 —. No recuerdo haberte propues­ to esta o cualquier otra teoría sobre los errores tipográficos aquella noche. S é b ien q u e estaba un poco b e b id o . . . ; p ero siempre m e acuerdo al día siguien­ te. D e m odo q u e, o estás equ ivocado o . ... B ueno, pasem os a otra cosa. 2° M e tom é e l trabajo d e exam i­ n ar varias páginas escritas a m áqu in a p or algunos colegas d e aqu í. N o en con ­ tré nada. ¿Has pen sado q u e si uno d e nosotros quisiera dem ostrar esto escri­ b ien d o en presencia d e extraños un texto descon ocido, siem pre podrían d e­ cir q u e hem os aprendido d e m em oria el "m ensaje" y q u e hem os com etido a propósito los errores necesarios? N o quiero decir qu e no consigam os q u ien nos escu che. N ad a m ás fácil con u n a teoría tan descabellad a com o ésta, com o b ien sabes; pero m e p arece qu e n o podríam os conven cer a n ad ie q u e m erezca él trabajo convencerlo.

DULCíE & DECORUM

H e llegado a la conclusión d e que d eb em os olvidar él asunto m ientras es­ tamos a tiem po (¿te im aginas realm en ­ te a ti m ism o escribien do toneladas d e hojas a m áqu in a, d e a q u í a tu octo­ gésim o cum pleaños, y pregu ntán dote q u é m isterio se escon d e detrás d e los errores?); o term inarem os los dos en el m anicom io. Si se te ocurre otra sa­ lida, avísam e. E stuve exam in an do algunos escritos' antiguos, cosa q u e tam bién se te h abrá ocurrido a ti, y no en con tré absoluta­ m en te nada, hasta h ace u na sem ana. N o m e gusta esto. N o m e gusta nada. ¿Por q u é nosotros? 04 lá p iz ) Para ahorrarte trabajo, los errores d e esta página dicen : Wlas (ése soy y o d e n uevo) oye oye sé sé,

dcrm. N o tengo la m en or id ea d e lo q u e q u iere decir; pero, d e cu alqu ier m odo ine m olesta m ás q u e él m en sa je an ­ terior M e d u ele la cabeza. T e escribiré cu an do p u eda. Uw abrazo, W

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la mañana siguiente, Jones se en­ caminó a las oficinas del Servi­ cio de Informaciones, para el cuál ha­ cía la mayor parte de sus trabajos. Como escritor independiente que era, no le correspondía utilizar la biblioteca de referencias de aquella compañía; pero su larga relación con ella le daba el privilegio de trabajar allí, y se sen­ tía más cómodo en ella que en la bi­ blioteca pública. Consultó primero el diccionario más completo que encontró y luego el Dic­ cionario de Abreviaturas. No encontró ninguna abreviatura que correspon­ diese a las siglas D .L.C o D.C.R.Mv D.L.S correspondía en inglés a Doc­ tor en Bibliotecología (D octor o f Library S cien ce), y D.C.L, en inglés también, a Doctor en Derecho Civil (D octor o f C ivil Lew). Había una abre­

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viatura C .R .O .M ., sigla de la Confede­ ración Regional Obrera Mejicana: si le ponía delante una D , podría ser Director de la . . . ¿Y si se tratase de escritura fonética, como el resto del mensaje? D L C y D C R M : ¡Dulcie y Decorum! A su mente vino el adagio latino: “D ulce et decorum est pro patria morí” : “D u l­ ce y hermoso es morir por la patria” . Esto ya quería decir algo. Sintió que se le despertaba el interés adormecido por tantos días de infructuosas cavila­ ciones. Felipe M ann entró en la biblioteca

y se detuvo en silencio junto a él, con la pipa en la mano. Jones levantó la vista. —¿Lo has encontrado? — preguntó Mann. —N o — respondió Jones abstraído. ¿Qué demonios era lo que estaba buscando? M ann miró el diccionario de abre­ viaturas, abierto sobre la mesa y dijo: — Si lo que buscas es una abrevia­ tura, el hombre que necesitas es aquél. —¿De veras? — Seguro. Creo que te lo presenté una vez. Samuel Fówler, experto en

palabras cruzadas. Conoce todas las combinaciones de letras posibles. Fówler era regordete, y de labios gruesos y de ojos bovinos enormes, de­ trás de los anteojos. Se quedó mirando al techo, rascándose pensativo la barbilla. —D .L .C . — d ijo —. “ Doctor en Bibliotecología”, en inglés. N o sirve. D .C .R .M ., ¡h u m !... Sacudió la cabeza. —Ya me parecía — dijo Jones —. Era solamente. . . —Aguarde un momento, un mo'mento. Fówler, con su mano rolliza, le hizo señal de que tuviera paciencia. Se echó atrás en la silla, resopló y siguió miran­ do al techo. M ann se alejó para mirar una de las máquinas teletipos que repiqueteaba suavemente, y regreso en seguida. Por último, Fówler dijo: —Lo único que se me ocurre no creo que le sirva. —¿Qué es? —Nombres de máquinas de calcular. N o hay ninguno que corresponda a D L C o D C R M , pero todos los días están apareciendo nombres nuevos. Busque algo como “computador di­ gital” . . . Jones le agradeció la molestia que se había tomado y salió de la oficina. N su casa, mientras transcribía ■ j mecánicamente del libro que te­ nía a su derecha, Jones decidió que no podían ser nombres de máquinas de calcular. ¿Y si. fueran abreviaturas de dependencias del gobierno? “Departa­ mento de Construcciones Livianas” . Raro que no se le hubiese ocurrido mientras hablaba con el especialista en palabras cruzadas. Ese tipo debería sa­ ber mejor lo que hace. Siguió tecleando con increíble apatía. Se sentía fatigado y al borde del agotamiento. La nocbe anterior no había podido dormir. Llegó al fin de la página, hizo la

lista de errores y tachó los que eran de posición solamente. El resultado fué: JO N S A B C K L K ABCFF KLK ABC KLK D LC Para su mente fué claro como si lo hubiera escuhado en medio del tecleo rítmico de una de las máquinas teleti­ pos en la o fic in a .. . Jones A B C (clic) A B C D E F (elic) A B C (clic) Dulcie. — ¡Dulcie! —gritó con la garganta apretada como por una garra— ¡Dulcie! Pequeños dedos, como teclas de ace­ ro, repiquetearon en su espalda. — ¡Fred! ¡Fred! Despiértate. Jones miró con aire extraviado a su mujer, borrosa a la luz incierta de la lamparilla nocturna. —D ulcie —dijo con la lengua estro­ pajosa. Ella dejó de sacudirlo y se apartó de la frente un mechón de cabello negro: —¿Qué te pasa, por amor de Dios? M e has asustado. El movió los labios y la lengua, co­ m o haciendo una prueba. —Estoy bien — murmuró. —Todavía no estás despierto —le respondió ella, observándolo— . ¿Quién es Dulcie? —U n a pesadilla —dijo él, estreme­ ciéndose— . Otra maldita pesadilla. N o te preocupes. Apartó el embozo de la cama y se dispuso a levantarse.

Bajó a su escritorio, encendió las luces amigas, sacó un cigarrillo y se sentó junto a la ventana. La luz fluo­ rescente de la lámpara de mesa comen­ zó a chirriar. — ¡Cállate, maldita seas! —bramó Jo­ nes y golpeó la lámpara. El artefacto cayó al suelo, parpadeó, chisporroteó y se apagó. Jones sacó la funda de hule de la máquina, que había escondido detrás del fichero hacía años, y cuidadosa­ mente cubrió con ella la máquina de escribir, cuidando de no tocar el metal con las manos. — ¡Clic! —pronunció entre dientes, sosteniendo tirantes los bordes de la funda—. ¡Sigue y transmite! Después de un momento, vacilante, tomó el teléfono. Valiéndose de un lá­ piz . amarillo, marcó febrilmente el número 2 1 1 . —Larga distancia —le dijo la voz metálica en el auricular. —Quiero comunicarme con el Hotel Imperial, de Deadwood, Arizona. Obtuvo la comunicación inmediata­ mente. Se dió a conocer al sereno del hotel que atendió su llamada. —Deseo saber dónde está el señor W allace . . . ¿Dejó alguna dirección al retirarse del hotel? — U n momento, se ñ o r.. . N o, el se­ ñor W allace no ha salido del hotel. . . ¿Quiere que lo comunique? —N o . . . Dígale que tomo el primer A R IA lo observó en silencio has­ avión y voy para allá. ' ta que comenzó él a vestirse. W allace lo esperaba en su habita­ — ¿Adonde vas? ¿Sabes la hora queción. Estaba más pálido que nunca. es? Parecía escucharse a sí mismo cuando —Las tres y media —respondió Jo­ saludó a Jones, manifestando apenas nes mirando el reloj—. N o te preocu­ una ligera sorpresa. pes. Estoy desvelado. —Y o debía haber ido a Reno hace —Fred, siéntate un minuto, por fa­ tres días, pero desistí. N o puedo em­ vor. Quiero hablar contigo prender nada hasta solucionar este Fred no le hizo caso. maldito asunto. T e agradezco que ha­ — ¡Fred, ya he aguantado demasia­ yas venido para comparar nuestras ano­ d o ..:! taciones. — ¡Déjame tranquilo ahora! —gritó El rugido de los motores del avión Jones. resonaba aún débilmente en los oídos

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de Jones, como una lejana marejada metálica.—¿Tienes pesadillas? --preguntó. —¿Pesadillas? —repitió W allace dé­ bilmente, con gesto de cansancio en los labios—. Sí, muchísimas. N o he tocado siquiera úna máquina de es­ cribir. —Tampoco yo. —Creí que me iba a servir de algo; pero no ha sido así —W allace enlazó süs manos delgadas y transparentes, arrellanándose como una araña inmen­ sa y pálida en el sillón, bajo la luz filtrada por las cortinas de holanda—. ¿T ú no has pensado que ninguno de los mensajes que hemos recibido conte­ nía información alguna?. . . Siempre han sido órdenes: Escúche. Reciba el mensaje. Obedezca. ¿Te tomarías tú el trabajo de retroceder doscientos años en el tiempo, para decirle a alguien nada más que eso? ■ O N E S oyó que su propia respira­ ción le silbaba al salir por la nariz. —¿Por qué dices doscientos años? —Pues, porque he estado pensan­ do. . . —dijo W allace con una sonrisa vacía— . ¿Y sabes en qué he pensado? . . . ¿No te fastidia escucharme?. . . N o entiendo por qué no te aburro. . . Es­ tuve pensando en los cuentos fantásti­ cos que leía en mi juventud despreo­ cupada, en los que el asesino te en­

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viaba un mensaje, impregnado en al­ gún insidioso veneno oriental. Lo que decía el mensaje no tenía importancia; podía ser cualquier cosa; por ejemplo: ¿qué precio tienen ahora tos paraguas? T ú lo leías; el veneno se te pegaba a los dedos. . . , y eras hombre muerto. Ese era el verdadero mensaje. —Pero éstos —dijo Jones—, ¿qué es lo que pretenden? ¿Puedes hacerte una idea? ¿Crees q u e . . . ? —¿Qué pretenden? —respondió W állace interrumpiéndolo—. Eso es lo que tratamos de descubrir. ¡Hemos abierto el mensaje envenenado! Ya no le inte­ resan los errores tipográficos. Nos tie­ nen enganchados en el anzuelo. Jones estaba sentado con aire de agotamiento, no se había qúitado to­ davía su impermeable lleno de man­ chas, estaba sin afeitar y tenía la ca­ misa mal abotonada. Sacó un paquete de cigarrillos, eligió uno y volvió a dejarlo. —M e voy —dijo W allace cortésmente. A l mirarlo, Jones descubrió que W a ­ llace era increíblemente aplanado. Era una hermosa fotografía coloreada, col­ gada en el aire, frente a un lienzo translúcido, iluminado por una lu z que venía de alguna parte exterior. Era una sensación curiosa. Jones sa­ bía que si se levantase, cruzase la al­ fombra y tocase a W allace, lo sentiría

Récords co n stru cció n d e e d ific io s ta m b ié n t ie n e su s r é c o r d s d e v e ­ lo cid a d . G r a c ia s a la u tiliz a ció n d e l a lu m in io p a r a la s p a r e ­ e x t e r io r e s , en fo r m a d e p a n e le s q u e se a to r n illa n d ir e c ta m e n ­ te a la estru ctu ra , s e p u d ie r o n te r m in a r en 6 d ía s la s p a r e d e s d e un r a s c a c ie lo s n e o y o r q u in o d e 26 p iso s. P e r o e s t e r é c o r d , b a s ta n te a s o m b r o s o p o r c ie rto , s e q u e d a c h iq u ito a n t e e s te o tr o ■.*■ a la s 6 h o r a s y 2 m in u to s d e l d ía 21 d e ju n io d e 1954, c u a tr o e q u ip o s d e cin co m o n ta d o r e s con cin co a y u d a n te s c o m e n z a r o n a r e c u b r ir d e p a n e le s d e a lu m in io la e stru c tu ra d e u n e d ific io d e 22 p iso s. D es­ p u é s d e u n a in te r r u p c ió n d e m e d ia h o r a p a r a to m a r u n r e fr ig e r io , a la s 16 h o r a s d e l m is m o d ía , e s d e c ir , lu e g o d e 9 h o r a s y 28 m i­ n u to s d e t r a b a jo , e l e d ific io e s t a b a te r m in a d o .

L d es

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redondo, sólido y respirando. Sabía, empero, que esto no quería decir nada; él podía nacerlo si quería, pero no de­ mostraría nada. Y mientras miraba al cuadro iluso­ rio que era W allace, sabía que W allace experimentaba igual sensación res­ pecto a Jones mismo. El cual se levantó y dijo: —Tenemos que trabajar juntos. Hay que vencerlos. Tengo que irme. —Bueno —dijo W allace—. Gracias por haber venido. A R IA dijo: —N o puedo acostumbrarme I la idea. Estaba sentada en la parte oscura de la habitación, con las manos en la falda y mirando al suelo. Cerca de ella, incómodamente sentada, Emilio Kalish se sentía molesto por la situa­ ción y por la falta de luz. T en ía en la mano un cigarrillo sin encender. D e la pieza contigua venía el so­ nido intermitente de un martillo. —Todavía no es seguro —dijo Emi­ lio. —N o trates de consolarme —respon­ dió María amargamente—. Sé muy bien lo que nos espera. Tendrá que irse a un sanatorio, o a una casa de reposo, o como lo quieras llamar. Pro­ bablemente nunca volverá. Lo sabía desde antes que vinieras y 'l o leí en tu cara, aun antes de almorzar. ¿Por qué no lo declaras de una vez? Kalish suspiró: —T a l vez no es tan sencillo como dices. — ¡Sencillo! —exclamó ella. . Kalish no se movió; registró men­ talmente el resentimiento que escon­ día la exclamación, lo clasificó y lo archivó. N o dijo nada y no se movió. Su hostilidad contra todo el m undo,' estaba enterrada tan profundamente que María sólo pudo percibirla, pero no sentirla o interpretarla. El martilleó comenzó otra vez. Ka­

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lish vió que las manos de María se crispaban. Luego cesó el ruido y se escucharon pasos en la cocina. María tenía los ojos fijos delante de sí. Jones entró en la habitación. Se detuvo un instante para acostumbrar­ se a la penumbra. Tenía en la mano un martillo de repujar. Se acercó al secreter, lo abrió y sacó un puñado de lápices. —Fred —dijo Kalish—, ¿tienes tiem­ po para sentarte y hablar un momen­ to conmigo? —Shudas vaparallshus —replicó Jo­ nes, dió media vuelta y salió. María, con voz apenas perceptible por la angustia, preguntó: — ¿En qué ha ñamado? ¿Otra vez en ruso? -N o . —¿En qué idioma, entonces? Kalish se encogió de hombros y tor­ ció ligeramente la cabeza. —Lituano, quizá —respondió— . N o estoy m uy seguro. En realidad, vo no soy lingüista. A veces aprendo alguna que otra palabra de mis pacientes. —¿Y qué era lo que estuvo repitien­ do todo el almuerzo? Eso sí era ruso. . . Kalish parpadeó: —Sí, Pogebeles: ruina, devastación. —¿Y por qué ruso? Eso es lo que quisiera saber. Esto ya no lo puedo soportar.. . —María comenzó a sollo­ zar—. ¡R u s o !... ¡R u s o !... —repetía. —¿No sabes dónde puede haber en­ contrado la palabra? —No. Hace dos noches, cuando te conté todo, y cuando creía que estaba pasando la crisis, le pregunté y me respondió que era porque su biznieto era ruso. Entonces fué cuando me di cuenta de que estaba loco. O N E S estaba construyendo un la­ berinto. Había comenzado con unos trozos rectangulares de madera, sacados de un cajón de naranjas, todos de tamaño distinto, y cuando se le

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acabó el cajón, siguió usando recortes de hojalata, unidos unos con otros en los extremos, mediante lápices y pégalotodo. “Laberinto” fué la palabra siguiente. Era una especie de maqueta de un arquitecto loco: esqueletos de habita­ ciones amontonados el uno sobre el otro; primero con la madera del cajón de naranjas, luego con hojalata, todo a niveles diferentes; todos abiertos en los extremos, de tal modo que se po­ día ver a través desde cualquier punto. N o sabía para qué lo había hecho. María y un hombre estaban cerca de él y lo miraban. Jones no se sintió molesto por su presencia. Lo que decían le entraba por un oído y le salía por el otro. Aho­ ra una pieza más aquí y comenzamos Otra c e ld a .. . Alargó la mano para tomar más ho­ jalata y sólo encontró un recorte, que no le servía para nada. Recordaba que en el banco había un trozo más gran­ de, pero ya no tenía importancia. Pa­ seó la mirada por el banco, exami­ nando las cosas que estaban sobre él. A llí había un trozo de lin ó le u m .. . Cuando Jones estaba a punto de co­ ger el linóleum, un brazo enfundado en una manga azul apareció y se lle­ vó el linóleum. ¿Qué más? Jones pasó revista a las herramientas del garage, pensando y m irando. . . U na lata de kerosene, grande y vacía, en un rincón. Proba­ blemente podría cortarla con las ciza­ llas. Pero cuando iba a tomarla, la misma mano del brazo azul se la llevó. Jones miró a su alrededor mansa­ mente ofendido. E l hombre vestido de azul estaba enfrente de él, con la la­ ta en una mano y el trozo de linóleum en la otra. María estaba junto a él. —Fred, ¿te acuerdas del señor Kalish? Vivíamos vecinos a él. ¿T e acuer­ das? — Kalish —dijo Jones, saboreando la palabra, y extendió otra vez la mano.

DULCIE & DECORUM

El hombre del brazo azul retiró la suya con la lata. —U n momento —dijo la voz del hombre azul—. Primero tienes que de­ cirme qué estás fabricando ahí. ¿No me lo puedes decir? ¿No quieres de­ cirme qué es lo que estás haciendo? - U n a cosa —respondió Jones mo­ viendo las manos como para descrl birla—. Usted sabe. . . A R ÍA se llevó un pañuelo a la boca y salió. Jones echó mano a la lata. —Todavía no, Fred. Dime, ¿quién es Dulcie? D u lcie. . . : una melodía palpitan­ t e . . . , una cercana tibieza. . . Podía sentirla a su alrededor, especialmente cuando cerraba los ojos; pero estaba lejos. Le era difícil a ella hablar con él. Le era difícil a él escucharla. — ¿Es alguna persona? ¡Qué idea a b su rd a!... Jones hizo una mueca y negó sacudiendo la ca­ beza. — ¿Es una mujer? Bueno, sin duda, habría que llamar­ la así. Asintió con un gesto. L a voz siguió hablando. ¿Le había ordenado D ulcie que hiciera eso? ¿Pa­ ra qué era? ¿La veía a Dulcie? ¿La oía? —¿Y habla con alguien que no seas tú? —Todavía no —respondió Jones. Y ya era suficiente. Se volvió de espal­ das y prosiguió su trabajo, buscando el trozo de hojalata. A llí estaba. La cortó en rectángulos con las cizallas, cuidadosamente, y comenzó a cons­ truir una nueva celda, con la que se completaba el cuarto piso de la es­ tructura. Las voces de Emilio y María resona­ ban en sus oídos. —M e parece que conviene dejarlo solo unos -minutos. ¿Dices que había unos papeles? — Sí, en el escritorio.

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El hombre azul se fué. Jones podía seguir su trabajo. Comenzó a cortar el linóleum, en tiras finas. El linóleum le era extre­ madamente útil. —Fred —comenzó a decir María so­ llozando. El estaba cementando la primera pa­ red de la nueva celda, que quedaba al aire y no tenía otra donde apoyarse. Esto era lo más difícil: hacer la pri­ mera pared firme y perpendicular. La gente no se daba cuenta, —Fred, ¿por qué no me contestas? El linóleum estaba quedando muy bien. Jones no estaba seguro, ni podía averiguarlo, pero le parecía que estaba cerca del fin. Apareció la mano de María y arran­ có de un tirón el restó del linóleum. Jones advirtió el sólido cartón del al­ manaque que estaba colgado en la pa­ red, y lo arrancó. Cortó unas cuantas tiras por vía de experimento. Eran perfectamente útiles.

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La razón de que a los demás les pareciera misterioso es la de que lo miraban como si fuera un edificio, y por supuesto, si se quería hacer de aquello un edificio, todo iría mal. Era un modelo de algo totalmente diferente: el modelo de un modo de pensar. Era, se podía decir, un recordador permanente. Hacia adentró y al­ rededor y hacia abajo. Hacia adentro y alrededor y hacia abajo. Jones in­ clinó suavemente la estructura, para verla mejor. H ada adentro y alrede­ dor. Hacia adentro y . . . Hacia aden­ tro. Erá como mirar a una de esas espi­ rales giratorias que se usan para hip­ notizar; pero con una diferencia: el mirar a una espiral produce solamente entorpecimiento cerebral, y abre la ca­ ja craneal para dejar entrar las suges­ tiones. Pero mirar aquel laberinto per-

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7 1 L laberinto estaba terminado. Jo2j nes sabía ahora para qué fin ser­ vía.

pendicular obligaba a la mente a aco­ modarse a una estructura especial, una y otra vez, como para buscar una esta­ ción en el dial o hacer una llave que sólo sirve para una cerradura. La mente de Jones estaba perfecta­ mente lúcida. El sabía que el laberin­ to servía para hacerle oír mejor a Dulcie. Y así la oía. Cuando cerró los ojos, el mundo se oscureció y desapareció como la ceniza

teniendo que tomar decisiones. Pero la guerra moderna depende de una can­ tidad tal de factores, que realmente se ha convertido en un problema ma­ temático. Y para resolver más rápida­ mente un problema matemático, usa­ mos el calculador electrónico D L C . Sabemos, dicho sea de paso, que el otro bando ha estado haciendo lo' mis­ mo desde hace tres años.” Después de esto, al principio, Dulcie masculló los pequeños problemas que le proponían y dió las respuestas. Pero sucedió que un cálculo humano hizo perder la batalla, y arreglaron el mecanismo para proporcionar directa­ mente la información a Dulcie. Y una decisión humana hizo perder otra ba­ talla y, no sin agrias disputas entre ellos, confirieron el mando a Dulcie.

arrastrada por el viento; y desapareció María, y Kalish, y el taller, y todo. Notó que los siglos pasaban junto a él, como oleadas, hasta que se sintió pender descamado en la aurora del mañana. Era un lugar frío y oscuro; un si­ lencio que temblaba en las paredes. . . Eso era Dulcie. Mientras él flotaba allí amándola, el conocimiento que ella poseía manaba a través de él. R ecordó cóm o había com en zado to­ do: “ Por supuesto que no es un subs­ tituto del Estado Mayor ni nada por el estilo. Las mentes humanas seguirán

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N o les quedaba otro recurso sino es­ perar a que el otro bando hiciera lo mismo. Y así D ulcie se convirtió en una jugadora de ajedrez. Su tablero era el planeta; sus piezas eran los hombres y las máquinas. P 4 A D (peón a 4 alfil dama), y una lluvia de proyectiles dirigidos caían, como si no estuviesen allí los techos, ni la gente debajo de ellos.

vía. Dedujo la existencia de su con­ trincante, se puso en contacto con él en longitudes de onda que le serían igualmente comprensibles a ambos y entró en comunicación con él. Y a no era necesario que los hombres y las máquinas fueran a la guerra. D L C comunicaba a D C R M : "M uevo esta fuerza a este punto” . Y D C R M le replicaba: “Entonces yo la muevo a este otro” . N o todos los juegos terminan bien. U L C IE era un ser viviente. D e Cuando D ulcie perdió, lo pagó. Las ella dependía desarrollarse, au­ máquinas pueden ser destruidas con mentar su propia capacidad, hacer su más eficacia por sus poseedores que trabajo con mayor perfección. por sus enemigos; cuando a los seres Como cualquier filósofo anciano o humanos se les pidió que muriesen, se boxeador o político, aprendió a hacer prestaron a ello sumisamente. el máximo con el menor esfuerzo. La Y cuando, a pesar de todos sus es­ economía se convirtió en su pasión. fuerzos, sus seres humanos fueron ago­ D el otro lado del océano, en el inte­ tándose y no quedó ninguno, ¿qué otra rior del otro continente, lo mismo hizo cosa podía hacer D ulcie sino retroceder su enemiga. en el tiempo en busca de otros? C o­ menzó a buscarlos retrocediendo en la Pero la guerra no es igual para una genealogía de los antepasados, de los máquina ae calcular que para un ser últimos que morían en su tie m p o .. . humano. N adie había pensado que lo fuera, ni había intentado hacerle ver O N E S murmuró algo. a D ulcie la repugnancia que tienen —¿De qué se trata? — preguntó los seres humanos frente al trabajo que María a Kalish —. ¿Lo has descubierto? ella realizaba con tanto entusiasmo. Kalish tenía en la mano varias ho­ Y D ulcie hizo dos cosas que nadie jas escritas a máquina. Las anotaciones esperaba. escritas a mano por él, al pie, no se Escudriñando los misterios del ce­ habían secado todavía. Su rostro tenía rebro humano, modelo tan adecuado una expresión singular, como la de un y desconcertante como el de ella mis­ hombre que sabe que ha sido herido ma, encontró el modo de fijar para pero no siente el dolor. siempre en la imaginación del hombre —Esta vez es en latín: "D ulcie et una convicción irracional. Eligió la más sencilla y la más apta para su propó­ decorum est ■ pro patria mori” : Es dulce sito: Amo a Dulcie. Insinuó esta con­ y honroso morir por la patria. vicción en la mente de todo hombre, La conexión se estrechó más. Jones mujer o niño que tuvo a su alcance sintió que el amor le llenaba el pecho; (dentro de su hemisferio) y eliminó un amor ardiente, sofocante. Sabía pa­ todos los problemas de disciplina, pre­ ra qué lo quería Dulcie, y la alegría paración, educación, tradición, política, de haber sido elegido era más de lo administración nacional (las siete dé­ que podía tolerar. cimas partes de la vida mental huma­ —C lic — dijo Dulcie. n a), de un solo golpe. —C lic — respondió Decorum. Lo segundo fué más sencillo toda­ Y Jones lo hizo. +

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Respuestas a las preguntas del Espaciotests

Respuesta N9 1 : B. — La Ionósfera se extiende desde los 1 0 0 km. de altitud hasta los 200. Su nombre se debe a que, en ella, los moléculas de aire tienden a ionizarse por acción de la fuerte radiación solar. Respuesta N9 2: C . — Los resul­ tados de las investigaciones realizadas sobre versiones simplificadas del jue­ go de poker Col póker no ha podido todavía ser estudiado a fondo debido a la complejidad de los cálculos) de­ muestran que conviene "mentir” alre­ dedor de un tercio de las veces que uno apuesta teniendo juego.

TA B LA DE LA E VO LU CIO N DE A LG U N O S SIGNOS (Resp. N ? 4)

A yvO scNpc.tío tt ■ Fnettitcku iooO gn Lnatticín J¿egn rttO fV eS-tSnin b'fa A gícasfieáeir ccergdeontA uo pcf/kO ¿t ¿i X- u A,« A B [ > □pO % V ,K ,Y V XY Tí yvwvvsA n /A,A' M y * AiA N o O o o^ o 4/ m KR £)