La Comunicación : Hermes I 9788476584286, 8476584288

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La Comunicación : Hermes I
 9788476584286, 8476584288

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MicHaL Sen'es

LA COMUNICACIÓN Hemies I

La co m unicación : H erm es I / M ichel Serres ; traducción d e R oxana Paez. •— Barcelona : Anthixípos, 1996 300 p . ; 20 cm . — (P ensam iento Crítico / P e n sam ien to U tópico ; 9 !) Tit. orig,: Henmes 1. La communícation ISBN: 8^-7658-428-8 1, C om unicación - Filosofía 2, M erm es (D ivinidad griega) - Crítica, in terpretación, ele. I. Paez, R osana, tr. II. T ítulo III. Colección 007:14

Título original: Hernias I. La com num icatíon (París, MinuiL) Traducción cedida por Editorial Almagcsto, Buenos Aires Primera edición en Editorial Anthropos: 1996 © Editorial Anthropos, 1996 Edita: Editorial Anthropos ISBN: 84-7658-428-8 Depósito legal: B. 16.375-1996 Diseño, realización y coordinación: PLURAL, Servidos Editoriales (Nariño, S.L.). Rubí. Tel. y Fax (93) 697 22 96 Impresión: Edira, S.C.C.L. Badajoz, 147. Barcelona Impreso en España - Prinled in Spnin

A q u í se relata el nacim iento de la idea de comunicación, su emergencia ciega a través de una serie de artículos sobre diversos temas, dispersados a lo largo de seis años. D is­ persados, no disparatados, y con una perspectiva recurrente: su conjunto y su lectura constituyan, una variación — sin duda incompleta pero sistemática— sobre el tema de Hermes. Partiendo de las m atem áticas y de una hipótesis sobre la génesis intersubjetiva del milagro griego, tesis perceptible en el juego del diálogo platónico, volvemos a ellas para cerrar u n prim er ciclo, dem ostrando el rigor de la organización leibnitziana princeps: la comunicación de las sustancias. L a abstracción más alta nace de una aguda exigencia respecto de la mejor comunicación posible; en la época clásica, ésta se establece sobre un soporte matemático. A s í diseñado, el circuito no podía evitar la historia del milagro contempo­ ráneo, ese nuevo diálogo que fue la querella de los antiguos analistas contra los algebristas modernos; circuito que, por lo general, se reencuentra en el milagro perpetuo que constituye la comunicación histórica de las matemáticas. De la pregunta “¿qué se pierde en el juego de las preguntas y las respuestas?” se pasa a qué se olvida a lo largo de esa cadena casi perfecta, una vez que se encuentra m ontada sin posibilidad de retornoT‘ E l cartesianismo da un paradigm a particular de esas interrogaciones; resultaba interesante reexam inar el modelo de la cadena, la operación intuitiva y la afirmación del cogito, según las m ism as normas: examen

centrado aquí en las nociones de transición y de distancia abolida. Be nuevo, el pensam iento matemático mezclaba su devenir con el de la comunicación. Pero hay dos m aneras de dar cuenta de esa alianza: desde el punto de vista de la conciencia, como en Descartes, o directamente a través del concepto, como en Leibniz; diálogo que aquí se retoma y del que la modernidad busca la salida. Ya sea para volver a tierra, o para sumergirse en La corriente del sentido, com unicar es viajar, traducir, intercambiar: ponerse en la perspectiva del Otro, asum ir su palabra como versión, no tan sediciosa como transversal, negociar recíprocamente objetos embargados. H e a q u í a Hermas, dios de los caminos y las encrucijadas, de los mensajes y de los mercaderes. N o habíamos abandonado lo universal de la razón clásica, la propagación de sus rigores en un campo juzgado de antemano sin fronteras (lo universal no tiene versión)¡ a lo largo de cadenas sin intercepciones. De donde se sigue que la sin ra zó n es a h í e stric ta m e n te el otro lado y lo incomunicable. Por un curioso giro, el método estructural dibuja con soltura los grafos cerrados de una geometría de la locura. D iseña, p a ra cerrar un segundo ciclo, las geodésicas de la razón clásica, reducida a una razón regionalizada. L as m atem áticas ya. no son un soporte, ni una pantalla de La lumbre, sino un diccionario. EL término “método” retoma su sentido obvio de transporte. Faltaba traducir, eligiendo para eso los textos m ás ex­ traños: viajes para niños, cuentos para enamorados, le­ yendas populares y sueños de alquim istas. Quedaban por comerciar, por intercambiar, palabras, dinero y mujeres, para term inar estas variaciones en los vapores del festín, el hum o del tabaco y las cadenas inextinguibles de la risa. Agradecemos a los Sres. Schuh, Bastide, Costabel, Cordier, Devaux y, entre todos, a M. Jean Piel, por habernos autorizado cortesmente a reproducir aquí los textos publi­ cados en las revistas que dirigen.

INTRODUCCIÓN La red de com unicación: P en élop e

A ntes de ser seducida por Zeus bajo el aspecto de serpiente y de concebir así a Díonisos, Perséfone, abandonada por D ém eter en la g ru ta de Gyane, h a b ía comenzado un tejido en el que re p re ­ se n ta ría el universo entero. (Según relatos órficos) Imaginemos, dibujado en un espacio de representación, un diagram a en red. E n u n in stan te dado (porque veremos am pliam ente que rep re sen ta un estado cualquiera de u n a situación móvil), está conformado por una pluralidad de puntos (cimas) unidos por u n a pluralidad de ram ificaciones (caminos). Cada punto representa, ya una tesis, ya un elem ento efectivam ente definible de un conjunto empírico determ inado. Cada camino es representativo de un contacto ó relación entre dos o varias tesis, o de un flujo de determinación1 entre dos o varios elementos de esa situación empírica. Por defini­ ción, ningún punto se privilegia con respecto a otro, ninguno se subordina unívocamente a tal o cual; cada uno tiene su propio poder (eventualm ente variable en el curso del tiempo), su zona de irradiación y también su fuerza determ inante original. Como consecuencia, aunque algunos puedan ser idénticos entre ellos, en general son todos diferentes. Lo mismo sucede con los caminos que respectivam ente 1 Cuando hablamos de determinación, entendem os por ella relación o acción en general: puede ser una analogía, una deducción, u n a influencia, una oposición, una reacción y así sucesivam ente. (

tran sp o rtan flujos de determinaciones diferentes, y v a ria ­ bles en el tiempo. Por último, existe una reciprocidad profunda entre las cimas y los caminos o, si se quiere, cierta dualidad. U na cima puede ser considerada como la in te r­ sección de dos o m ás caminos (una tesis pude constituirse como la intersección de una multiplicidad de relaciones o un elemento situacional nacer, de golpe, de la confluencia de varias determ inaciones). C orrelativam ente, un camino puede ser considerado como u n a determinación constituida a p a rtir de u n a correspondencia entre dos cimas precon­ cebidas (cualquier relación entre dos tesis, interacción de dos situaciones, etcétera). Se tra ta, entonces, de u n a red en la que se m axim iza a voluntad la diferenciación in te rn a de un diagram a tan irreg u lar como posible. U na red reg u lar de cimas idénticas y de caminos concurrentes, paralelos, o norm ales entre ellos y equivalentes sería un caso particu lar de esta red “escalena”.2 O, si se quiere, dada u n a red regular, b a sta diferenciar sus cimas y sus caminos, hacerlos v ariar tanto como sea necesario p ara obtener el modelo que pro­ ponemos. Por otra piarte, pensam os que se tra ta de la rep resen ­ tación form al de u n a situación móvil, es decir, que varía globalmente en el curso del tiempo; por ejemplo, que un punto o cima de la red cambia bruscam ente de lu g a r (como u n a pieza de determ inada im portancia —rey, dam a, alfil, etcétera— sobre un tablero), y el conjunto de la red se transform a en u n a nueva red donde la situación respectiva de los puntos es diferente, así como la variedad de los caminos. Razonemos ahora de m anera abstracta sobre este modelo y, en cada estadio del razonamiento, comparémoslo con el argum ento dialéctico tradicional; 1- Dadas dos tesis, o dos elementos de situación, es decir,

2 Caso general

dos cimas, el argum ento dialéctico plantea que existe un camino y sólo uno p a ra ir de u n a a la otra; ese camino es “lógicamente” necesario y p a s a por el punto único de la antítesis o de la situación opuesta. En este sentido, el razonam iento dialéctico es unilineal y se caracteriza por la unicidad y la simplicidad de la vía, por la univocidad del flujo de determ inación que transporta. Al ■'"Contrario, el modelo precedente se caracteriza' por la pluralidad y la complejidad de las vías de mediación: es evidente que existen si no tantos caminos como se quieran p a ra ir de u n a cima a otra, al menos u n a gran cantidad, proporcional al núm ero de cimas. Efectivam ente, está claro que la m arch a puede p a sa r por tantos puntos como se quiera y, en p a r­ ticular, por todos. No h a y ninguno que sea lógicamente necesario: el m ás corto, es decir, el circuito m ás corto en tre los dos puntos en cuestión, puede eventualm ente ser m ás difícil o m enos in teresan te (menos practicable) que otro m ás largo, pero puede tra n sp o rta r m ás determinación, y abrirse m om entáneam ente- por tales o cuales razones.3 Desde en­ tonces, el camino único (o el conjunto de los caminos se­ leccionados) que eligen la teoría, la decisión, la h istoria — o cualquier evolución d ad a de u n a situación móvil-— es seleccionado entre otros posibles, determ inado entre u n a distribución que puede ser aleatoria. El necesifcari smo rígido de una m ediación única se sustituye por la selección de u n a m ediación entre otras. Es u n a ventaja notable, es decir, u n a aproxim ación m ás fina a las situaciones reales, cuya com­ plejidad con frecuencia tiene gran cantidad de mediaciones practicables por derecho. Y esa ventaja se debe a la su ­ perioridad de un modelo tabular sobre un modelo lineal o, m ás aún, al hecho de que un razonam iento con m uchas entradas y conexiones m últiples es m ás rico y m ás flexible que un encadenamiento lineal de razones, cualquiera sea el m otor de ese encadenam iento: deducción.; determ inación,

3 Esa indeterm inación del cam ino es la condición de la astucia.

oposición, etcétera. En particular, el argum ento dialéctico deviene en caso restringido de esa red tabular general: p ara encontrarlo, es suficiente hom ogeneizar la red y cortar sobre ella una secuencia única con flujo determ inante fijo, o tam ­ bién, proyectarlo sobre u n a línea única. En todos los casos, lo encontram os como caso particular, como proyección desde un punto de vista restringido. Por lo tanto, hay pluralización y generalización de la secuencia dialéctica, por u n pasaje a nivel del modelo form al, de la línea al espacio: el modelo cam bia de dimensión; m ientras que el argum ento dialéctico creía haber flexibilizado y generalizado todo razonam iento anterior haciendo de la línea recta una línea quebrada: por m ás quebrada que sea la línea, y por m ás que lo sea num erosas veces, no obstante perm anece en su dim ensión.4 2De la linealidad a la “tabularidad”, se enriquece el núm ero de las m ediaciones posibles, y estas últim as se flexibilizan. Ya no h ay un camino y sólo uno, hay un núm ero dado de ellos o u n a distribución probable. Pero, por otra parte, adem ás de la sutileza de las diferenciaciones apor­ tad as a las conexiones entre dos o m ás tesis (o elem entos de situación real), el modelo propuesto ofrece la posibilidad de diferenciar, ya no_el núm ero, sino la naturaleza y la fuerza de esas conexiones. El argum ento dialéctico, por ejemplo, no tra n sp o rta a lo largo de su linealidad m ás que un tipo, unívoco de determ inación, negación, oposición, superación, cuya fuerza existe, ciertam ente, pero no es evaluada Razón por la cual nuestro modelo no es, por

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4 La m ayoría de las veces esa dim ensión es tem poral. D e ahí el gran problema filosófico de la tradición: ¿lógica o temporalidad? El modelo aquí analizado quiebra esa alternativa entre la conse­ cuencia y la secuencia. 5 Esa fuerza no es cuantificada, porque es siempre considerada g lo b a lm en te como d eterm in a n te: por lo tan to, sie m p r e es m axim izada groseram ente. Y, sin embargo, la experiencia muesti-a lo suficiente que existen umbrales por debajo de los cuales una fuerza oponente no determ ina nada. La naturaleza an titética de la an títesis no basta: esto es sabido entre los pensadores dialécticos.

derecho, de ninguna m anera reductible a un tejido complejo de secuencias dialécticas m últiples: ese tejido sólo es un caso particular. Efectivam ente, no introduce, en la niultilinealidad de sus vías, la plurivocidad de los tipos de rela­ ciones y la evaluación de su fuerza respectiva, eventual­ m ente diferenciada. Al contrario, cada camino, rep re sen ta n ­ do una relación o correspondencia en general, tra n sp o rta un flujo dado de una acción o reacción cualquiera: causalidad, deducción, analogía, reversibilidad, influencia, contradic­ ción, etcétera, cada u n a cuantificable en su tipo, al menos en derecho. Y, por otra parte, cada mío de esos flujos puede ejercer, eventual y recíprocam ente, su acción- sobre un único camino, lo que 110 p erm ite prever n in g u n a secuencia dialéctica: dos cim as pueden m antener entre ellas relaciones de causalidad recíproca, de influencia reversible, de acción y de reacción equivalentes, o incluso de accián de retorno (el feed-back de los cibernéticos). E n fin, una cima dada puede recibir m uchas determ inaciones a la vez (o ser su fuente), cada una de diferente naturaleza, cada un a diferenciada por su fuerza o cantidad de acción. La univocidad de la oposición queda su stitu id a entonces por la diferenciación de los tipos y de las cantidades de determinación, donde cada cima es la extrem idad o el origen de una pluralidad. El ¿rgum ento dialéctico se encuentra aquí generalizado en lo que con­ cierne a su m otor o su dinamismo de determ inación. ■ 3Y puesto que una cima puede ser plurideterm inada (y, por v a ria c io n e s c u a n tita tiv a s , s u b d e te r m in a d a , sobredeterm inada, etcétera), es decir, represenfcable por u n a intersección o confluencia de líneas o de acciones todas diferentes, incluso opuestas, relativ a o e s tric ta m e n te (causalidad, independencia, condición, contradicción, an a­ logía, alteridad, etcétera), no se podría p la n te a r la equi­ valencia — es decir, la equipotencia— de cada u n a de ellas, p a ra ser consideradas como extremidad o como origen, en la recepción o en la fuente. De m anera que esa red es m uy fácilmente com parable a una suerte de tablero: sobre él existen peones con un poder equivalente en derecho, pero

cuyo poder actual es variable según su situación recíproca en un m om ento dado, de acuerdo a la disposición del conjunto de las piezas y de su distribución compleja con respecto a la red de juego opuesta; pero tam bién existen en el tablero piezas con poder diferente (rey, dam a, torre, alfil...) que son origen (o recepciones) de determ inaciones diferenciadas, por definición o natu raleza, según caminos dados (líneas, diagonales, columnas, recorridos quebra­ dos...), cuyo poder tam bién depende (como el de los peones equipotentes) de su situación y distribución tem porarias. Sobre el tablero, como en este caso, existen entonces deter­ m inaciones diferenciadas por n atu raleza, cantidad de flujo, dirección y, correlativam ente, elem entos determ inantes (o determ inados) diferenciados por n a tu ra le z a y situación. Todo sucede entonces como si cada red fuera un conjunto complicado y en evolución constante, que rep resen ta una situación inestable de poder con u n a sutil distribución de sus a rm a s o a rg u m e n to s en u n espacio irr e g u la rm e n te reticulado. i El argum ento dialéctico es entonces ese caso pobre y singularm ente restringido de tm a lucha continua con una dirección constante, aunque quebrada, en tre dos peones únicos y equipotentes, es decir, entre dos elem entos sepa­ rados por u n a distancia dada y constante según una di­ rección privilegiada, donde el conflicto abierto se produce en el m om ento determ inado en el que uno de los dos llega a la equipotencia por Intermedio del trabajo y de 1.a cultura (lo que curiosam ente pone de m anifiesto que no se ue el juego del otro); conflicto que se term ina con la toma de posesión de un punto privilegiado (es un intervalo lo que quiebra la secuencia lineal), ocupado por el predecesor vencido. El caso es tan pobre que no se puede im aginar como paradigm a más que en la generalidad de la vida biológica: el juego m uscular d.e lucha a m uerte entre dos adversarios, dom inador y d.ominad.o, en un momento igualm ente fuertes e igualm ente arm ados, m om ento elegido en el debilitam iento del primero p a ra el crecimiento del segundo: el Amo y el Esclavo. Por

lo general, en nuestro caso, una red diferenciada e inestable de poder se mezcla con otra red de poder inestable y dife­ renciada (distancia abolida), en todas las direcciones del espacio. U n a e stra te g ia compleja, que p lu ra liz a a los com batientes, diferencia su fuerza (dos curiales pueden más que dos Horacios, pero, por la astucia, un Horacio vale tres curiales), variando la situación respectiva a través del tiempo y por lo tanto capaz de m axim izar u n a potencia por variación de la situación (como el últim o Horacio), reem ­ plaza la lucha biológica a m uerte. La infinidad de astucias posibles reem plaza la única astucia del enfrentam iento m ortal, la burda astucia de valentía que g an a la vida por h a b e r sim ulado despreciar la m uerte. 4Pero antes de avanzar sobre este punto, observemos que el modelo en red traduce un nuevo elem ento de situación que escapa al argum ento dialéctico. En efecto, la diferen­ ciación p lu ralista y la irregularidad de la distribución es­ pacial de las cimas y los caminos perm iten concebir (y experim entar) asociaciones locales y m om entáneas de puntos y contactos particulares que form an u n a familia muy definida de poder determ inante original. En otras palabras, es posible cortar la totalidad de la red en subconjuntos restringidos, localm ente bien organizados, tales que sus elem entos sean m ás n aturalm ente referibles a esa parte que al conjunto total (aunque en derecho sean siem pre referibles a éste). O rganizándose por partes, esos elem entos forman u n a fam ilia de poder determ inante local m ás fuerte que si se adicionara p u ra y sim plem ente su poder respectivo de determ inación. A través de ella, definimos agrupam ientos locales fuertem ente organizados que pueden coexistir con otros agrupam ientos de ese tipo, e interferir de m anera complicada entre ellos, y se los distingue del conjunto total de la red. E sa distinción entre lo local y la totalidad, el conjunto y el subconjunto, es b a sta n te evidente en los modelos de juego: damas, ajedrez o los simples juegos de cartas en los que tal distribución conforma una jugada total, com puesta de elementos diferentes, tales y cuales de esos

elem entos pueden eventualm ente agruparse de a tres, cuatro o cinco... en asociaciones particulares (escalera, poker, full...) con poder de determ inación m ás fuerte que la sum a de los poderes de cada elemento. Por lo tanto, pueden existir totalidades.locales en el seno del conjunto, de nuevo diferenciadas entre ellas, que m antengan entre sí relaciones ta n num erosas como los elem entos mismos. En el espacio de las estrellas se pueden dibujar constelaciones locales, aso­ ciaciones galácticas,, sistem as planetarios y así sucesiva­ m ente. E sta muy claro que el argum ento dialéctico es dem asiado débil para practicar la segregación entre lo local y lo global y, a fin de cuentas, no hace m ás que promover totalidades muy difíciles de definir con rigor. En tanto que de ahora en m ás sabemos que u n a tesis (o un elemento de situación) puede tener tal o cual peso según se refiera a sí m ism a, a tal o cual subconjunto local, o a la totalidad de la red en la que se inserta, el argum ento dialéctico es incapaz de afinar su análisis m ás allá de la dicotomía totalidadcontradicción, siendo una un mom ento de la otra y viceversa. E n consecuencia, una vez m ás, retinando y complicando el modelo, nos aproximamos a la realidad, generalizando la técnica, metódica. Podemos verificar a gusto que hay u n a m ayor proximidad a una situación histórica dada con u n a té c n ic a q u e con o tra . L a noción de p lu ra lid a d de subtotalidades originales evidentem ente es esencial: da lu g ar a un enfoque más sutil que las burdas tesis de lo acontecional o de la legislación global, del atom ism o epistemológico o del enciclopedismo deductivo. 5El diagram a en red configura una situación —teórica o real— a través de la exposición espacial y la distribución de tesis o acontecimientos. E n esa exposición, en el seno de la distribución, intervienen intercam bios de situación, va­ riaciones del raudal de determ inación, agrupam ientos de subconjuntos locales, etcétera, intercam bios, variaciones y agrupam ientos que tuvieron lu g ar sim ultáneam ente en el espacio (de ahí la diferenciación de la red en un momento dado) y en el tiempo. Por lo tanto existe, me atrevo a decir,

u n a transform ación, una evolución global de la situación en u n espacio-tiempo. De esa transform ación es posible afir­ m ar, por lo menos una cosa que, en general, escapa a cualquier otro método de aprehensión. Retomemos para esto el paradigm a de la situación de JUEGO. Sobre un tablero, asistim os a la lucha entre dos redes diferenciadas y diferen­ tes con hábil compenetración entra ellas. E n el espaciotiem po del. juego, hay transform ación por p arte de cada red, cada u n a p ara sí, y cada u n a según la. transform ación de la otra. La situación de conjunto re su lta así de u n a movilidad m uy compleja, de u n a fluidez) tal. que es prácticam ente im posible prever lo que p a sara después de dos turnos. Se d irá entonces que es im pensable p lan te ar leyes prospectivas de evolución de una situación real, que se caracteriza por u n a fluidez todavía mayor que la que encontram os sobre el tablero. Responderemos que al menos es posible distinguir dos tipos de situación-qa& la red de juego pone en evidencia, así como las situaciones históricas en movimiento, y tam bién las evoluciones de todos los tipos concernientes a las histo­ ria s délos conocimientos. Efectivam ente, existen situaciones globales preparatorias subdeterm inadas (e incluso, llegado u n lím ite, indeterm inadas) y situaciones globales decisivas sobredeterniinadas (y también a veces, llegado un límite, totalm ente determinadas). D u ran te un cierto ciclo temporal, h ay u n a aproximación lenta y probabiUstica de una red h acia otra: allí reinan la subdeterm inación y las reglas del azar; se podría llegar al lím ite de decir que en ciertos juegos es absolutam ente indistinto (indeterm inación) em pezar por el avance de uno u otro peón. A m edida que el tiempo pasa, el espacio de compenetración de los dos juegos se estructura de. m an e ra cada vez m ás fuerte, y todo sucede como si h u b iera u n desempeño progresivo del concepto de determi­ nación. V an a tener lugar ciertos movim ientos de determ i­ nación m edia en lo que concierne al conjunto, luego otros de determ inación cada vez m ás fuerte, h a s ta la jugada abso­ lu ta m e n te decisiva en la que, en el seno de u n subconjunto local PRINCIPAL, el asunto se liquide en jaq u e m ate.

E ste último movimiento es el lím ite superior de la sobredeterm inación, así como el prim ero era el lím ite in ­ ferior de la subdeterm inación. El modelo propuesto perm ite entonces g ra d u a r la determ inación en un espacio-tiempo, del probable máximo a la necesidad unívoca; pero, adem ás de eso, tam bién perm ite v a ria r sobre el gradiente mismo de asa graduación. En efecto, se puede ir de lo probable a lo decisivo, de lo preparatorio a la m adurez, m ás o menos rápido: dados tales o cuales movimientos de partida, se puede llegar a “jaque m a te ” en cinco, cuatro, tres jugadas. El desempeño progresivo del concepto de determ inación puede ser fulm inante, m ás o menos acelerado, rápido, r e ­ tardado, lento y h asta nulo: existen casos en los que se va de la indeterm inación inicial, a una nueva indeterm inación term inal, a lo largo de u n a situación global tan larga como se quiera y, ya dijimos, el resultado es nulo. En otras palabras, la propensión del progreso histórico hacia u n a d istrib u c ió n decisiva p u e d e ser n u la , m edia, fu e rte , asíntótica hacia la cima, y a sí sucesivamente: m ás o menos rápido se llega a una crisis que ree stru c tu ra localmente o, si es decisiva, globalmente, u n a situación histórica o un conjunto de conocimientos. P ara obtener el mismo resultado, podríam os haber tomado el ejemplo de una red eléctrica compleja que com prendiera resistencias variables, capacito­ res, etcétera, todos diferentes y m ostrar que es posible m an ip u larla de n m anefas h a s ta encontrar el cortocircuito sobredeterm inado. Por lo tanto, lo que es in te resa n te no es tanto la prim era distinción entre dos tipos de situación, preparatoria y de­ cisiva, sino las m últiples m aneras por las que la situación de conjunto pasa de u n a a la otra (o, a veces, no pasa). Nos parece ten er dos extremos de u n a cadena rota hace tiempo p o r los filósofos de la h is to r ia ; p o r un lado, h a y im previsibilidad esencial en el pluralism o infinito de lo acontecional; por otro, hay legislación soberana y encade­ nam iento rigurosos de m omentos de u n a secuencia. Todo sucede como si, por un lado, una distribución espacial

compleja no llegara a m ovilizarse ele m anera organizada teniendo en cuenta el todo pero perdiéndose en las dife­ renciaciones finas de la sincronía; y, por otra parte, como si se obtuviera ley sólo por selección arbitraria de los mo­ m entos decisivos de u n a diacronía, proyectada sobre u n a línea esquelética, que en u n punto lím ite no llegara a tener en cuenta m ás que mi mínimo de cosas. Desde entonces, se perm anece en una filosofía de lo aleatorio o se adscribe a leyes pobres de u n a determ inación unívoca y fija. El juego entre esas dos ‘Visiones” es ta n infinito como sea posible: el p lu ralista hace buen juego cuando señala al dialéctico la pobreza de sus estru ctu ras, el error siem pre repetido de su prospectíva\(y, si la histo ria de las ciencias pone algo de m anifiesto, 'e s cómo siem pre term in a desautorizado el anunciador o el dogmático del porvenir, ya que, como las m atem áticas m uestran, no se puede prever m ás allá de dos jugadas). Hecha la experiencia y habiendo tragado la hum illación, el dialéctico transform a sus leyes en leyes de adaptación. Es decir, acepta la transform ación como tal y se aplaca en lo acontecional a lo largo de la secuencia tem poral, a sí como el p lu ralista perm anecía en la distribución especializada. T ener los dos extremos de la cadena consiste en com prender cómo una transformación dada va de la probabilidad a la sobredeterminación: en lu g ar de elegir arb itrariam en te u n a serie de determ inaciones fijas y equipotentes, hay que abrir, a la izquierda, la determ inación fija a la pluralidad de subdeterm jnaciones posibles y, a la derecha, su univocidad por sobredeterminación. A p a rtir de entonces, un proceso rea l no podría desarrollarse de otra m anera (salvo sutiles variaciones de esa ley) que entre dos lím ites (débil y fuerte) de determinación, y, en el caso m ás simple, de la proba­ bilidad a la sobredeterminación, de un estado estadística­ m ente distribuido a un nudo decisivo, de una situación aleatoria de juego a un movimiento necesario y necesitado. O m ás bien, ésta es la ley del ciclo elemental de un proceso: esa ley elem ental se apoya en que u n a situación general se

fcránsforme siem pre de tal m anera que vaya de la proba­ bilidad a la sobredeterminación. 6Es indispensable abocam os ahora a las nociones tradicionales de causa, condición, efecto, etcétera, en re ­ sum en, a esa teoría tan frecuentem ente analizada por los filósofos clásicos y sobre la que los contemporáneos están tan ex trañ am en te silenciosos, la teoría de la causalidad. Con­ sideremos un recorte cualquiera en n u e stra red; vemos que un flujo cualquiera sobre u n camino cualquiera (o muchos) puede ir de u n a cima cualquiera a otra (o de m uchas a m uchas) en un tiempo cualquiera: esto depende de las dem oras por las que h a de p a sar.3 Ese tiempo puede ser infinito, finito ■ —m uy largo, muy breve—•, nulo llegado el caso. Y entonces es posible concebir una causa sin efecto -—u n a comunicación que se pierde, u n a causa perdida— o una causa contem poránea a su efecto.7 Pero la pluralidad de las conexiones que unen las cimas hace evidente la idea de una retroacción, es decir, de una resonancia inm ediata del efecto sobre la causa, digamos m ás bien la retroacción de la cimarecepción sobre la cima-origen. El flujo causal ya no es tal, porque la causalidad ya no es irreversible: lo que. quiere influenciar inm ediatam ente es influenciado por el resultado de su influencia. P ara hab lar según otros modelos, entre los dos polos de las corrientes hay inducción, histéresis, interferencia, por lo tanto, tiempos variables que pueden ser infinitam ente breves, efectos áefeed-back o alim entación de retorno hacia la fuente. De m anera que hay que aplicar la estru ctu ra de lo complicado en todas sus determ inaciones sobre la ndcion causalidad y definir tipos de causalidades senú-cíclicas. E sa teoría de la causalidad senii-cíclica tiene aplicaciones extrem adam ente num erosas y variadas. Tiene

c E sa noción de demora en la comunicación es capital y, por otra parte, será desarrollada independientem ente. 7 Por lo dem ás, un flujo de comunicación puede ser transitivo o intransitivo.

la v entaja de rom per la irreversibilidad lógica de la con­ secuencia y la irreversibilidad tem poral de la secuencia: la fuente y la recepción son al mismo tiempo efecto y causa. Hemos descrito rápidam ente, las características princi­ pales u n a red tabular. No hay dificultad en ver que cons­ titu y e una estru ctu ra filosófica a b stra c ta de m últiples modelos. Otorgándole sus elementos, cimas, caminos, flujo de comunicación, etcétera, tal contenido determ inado, puede convertirse en un método efectivam ente movilizable. P a ra convencerse, basta asegurarse de que su desempeño puede hacerse por medio de contenidos puros o por medio de contenidos empíricos: y, de hecho, en su lím ite de pureza, puede ser u n a m atem ática, teoría de los grafos, topología com binatoria, teoría de esquem as; puede convertirse, llega­ da una aplicación extrem a, en excelente órgano de compren­ sión histórica. Esto se vuelve posible porque rompe defi­ nitivam ente con l a Linealiclad délos conceptos tradicionales: la complejidad ya no es u n obstáculo p a ra el conocimiento o, peor, un juicio descriptivo, sino el mejor auxiliar del. saber y de la experiencia.

E structura e importación: de las m atem áticas a los m itos Tenemos confusam ente la idea de que el horizonte cultural se transform a ante nuestros ojos. Ya no tenemos los mism os sueños que nuestros inm ediatos predecesores, no pensam os n i escribimos como ellos. El siglo XX hace su segunda revolución, que consiste, m e atrevo a decir, en digerir culturalm ente la prim era; y esa digestión no se produce sin m alestar. E ste siglo h a sido el teatro de varias conmociones profundas en n u estras concepciones científicas: revoluciones realizadas y otras por venir, apenas presen­ tidas, que hacen girar bruscam ente sobre su eje el universo teórico y, con la lentitud debida a su inercia, el m undo de la praxis y las conjunciones técnicas. Y a casi no habitam os

de la m ism a m an era el mismo mundo. E ra difícil concebir que todo esto no fuera a tener un impacto preciso en n u e stra m anera de considerar la cultura. De m anera que por todas p artes y a cuál mejor, hay quienes se interrogan sobre ella, movidos por el sentim iento de una nueva urgencia. Ahora bien, una de las características de esta nueva interrogación es la utilización crítica de una noción im portada de las teorías cultas, la noción de estructura. Por otra p arte, movidos por un sentim iento de inquietud ante su empleo masivo y los numerosos delirios que engendra — allí se localiza mío de los m alestares de la digestión— tenemos la preocupación de dar d.e ella u n a definición norm ativa, catártica y purgativa. Lejos de ser la clave m isteriosa que pueda abrir todas las puertas, no es más que u n a clara noción metódica, distinta y lum inosa. Por lo tanto, es posible disipar las sombras con tres palabras. U na vez más, liay que p a rtir de Bachelard, uno de los extraños casos que supo diseñar u n a forma p u ra y a la vez d a r sentido a la excesiva capacidad de un contenido cultural. Sin embargo, en la distribución de su obra distinguió los dos proyectos, los m antuvo en una relación polémica, como si la satisfacción por uno fuera (y recíprocamente) la liberación de los aciertos engendrados por el otro. Y como si el trabajo de liberación de la form a perm aneciera siempre inacabado, incoativo y próximo (ahí precisam ente está la a p e rtu ra de su filosofía); su epistemología re su lta m ás im presionista que u n itaria, y su crítica litera ria m ás simbolista y arquetípica que form alista. A hora bien, la idea contem poránea de la crítica se define con b astan te facilidad, como transición extrem a al inacabam iento bachelardiano. Vamos a detenernos un in sta n te en estas prim eras nociones. No sería excesivo acordar que hay clasicismo donde las culturas son excluidas en beneficio de la razón, donde el sentid.o se ignora en beneficio de la verdad (a tal punto que se prefiere despreciar la razón, antes que adm itir u n a significación racional cualquiera en los contenidos cul­ turales, como lo vemos, por ejemplo, en Pascal). A través de

la generalización, de la id ea clásica de lo verdadero y la adm isión de la noción de sentido, el romanticism o es una te n ta tiv a de asunción y de promoción de los contenidos culturales como tales; introduce a través de ella ese pro­ yecto, sobre el que todavía vivimos, de entender el p lu ra ­ lismo de las significaciones, de decodificar todos los lenguajes que no son forzosam ente los de la razón pura. P a ra llevar a cabo ese proyecto, el romanticism o debió c o n s titu irs e p a c ie n te m e n te u n m étodo, a s í como el clasicismo lo tenía hecho en base a la búsqueda d é la verdad. A hora bien, p ara hablar rápido y no detenernos en estas precisiones prelim inares, podemos acordar, tam bién sin peligro excesivo, que la verdad m etódica del rom anticism o es la técnica de análisis simbólico. Si el problem a clásico es el de la verdad, y el campo de ese problem a es la razón, el problem a romántico es el del sentido y su campo el conjunto histórico de las actitudes hum anas; entonces el horizonte metódico del prim ero es el del orden (deducciones, tem as, condiciones, etcétera), y el horizonte metódico del segundo es el del símbolo. P ara ser fiel al ideal de orden, es necesario y suficiente que exista un modelo en el que el orden sea el ideal perfectam ente realizado: las ciencias rigurosas pro­ veen ese modelo. El orden m atem ático, el de las ciencias exactas, etcétera, era el arquetipo del método clásico, al que in te n ta b a im itar: arquetipo, es decir, modelo eminente. Desde el momento en que se am plía el campo de las pre­ guntas, desde el momento en que la oscuridad del sentido se debe asum ir como tal, el arquetipo de referencia se encuentra desadaptado. El dominio del sentido ya no im ita ningún arquetipo riguroso u ordenado, ningún modelo n a ­ cido de u n arm ado de la p u ra razón. Se hace necesario entonces elegir un arquetipo en el dominio del sentido y proyectar sobre ese modelo toda la esencia del contenido cultural analizado. En lu g ar de hacer referencia a un modelo ideal como a un índice norm ativo, se debe construir un modelo concreto en el interior mismo del campo analizado y hacer referencia a su contenido m ás que a su orden. Dicho

contenido ya no im ita un modelo .ideal, pero repite, contenido por contenido, un símbolo universal y concreto. En aquella época, los símbolos descienden del cielo a la tierra; pero no completam ente, porque sólo descienden del cielo ideas sobre la tierra o la h istoria de los m itos.8 En ese sentido, la técnica de los análisis de Hegel, N ietzsche y Freud es simbólica y arquetípica: todo el problem a es saber dónde elegir el a r­ quetipo, a qué conjunto simbólico acudir. En líneas gene­ rales, los análisis simbólicos del siglo XIX eligen sus modelos en la h istoria m ítica: a s í Apolo, D ionisos, A riád n a, Z aratustra, Blectra, Edipo, etcétera, representan em inen­ temente (simbolizan) la totalidad de la esencia de un con­ tenido cultural de significación.9 El sentido de ese contenido se comprende y asum e desde que se pone de m anifiesto que recomienza, que reitera el arquetipo, que lo realiza de nuevo, que lo hace p asar del mito a la historia, de lo eterno a lo evolutivo. Del contenido a su símbolo, hay correspondencia sentido por sentido, y esa correspondencia engendra la historia del eterno retorno, de tal m an e ra que la técnica del análisis simbólico está lig ad a a la concepción de la h isto ria ; inversam ente, las tipologías históricas son engendradas por e] conjunto de arquetipos elegido. Así se comprende lo que significa el análisis simbólico: proyección de una compacidad : de sentido en un único arquetipo compacto, ubicado en el origen histórico más rem oto (más arcaico) posible: a p a rtir de entonces el conjunto de los modelos elegidos es la historia

■ 8 Donde vemos que lo puro se convierte en mítico, que es a la vez universal y singular. 9 Por lo tanto, el an álisis simbólico in vita a comprender la historia (en sentido amplio) a través del conjunto de sus arquetipos mitológicos. Si se m idiera el alcance de esos símbolos en su sentido histórico, percibiríamos que a m edida que el a n á lis is simbólico se perfecciona en sutileza y precisión, el alcance en cuestión s &reduce: como m áximo se obtiene la técnica de G.Dumézil, para quien una cierta historia es el mito m ismo.

m ítica, porque el m ito no es sólo símbolo, sino origen límite. Del clasicismo al rom anticism o, la noción de modelo p a sa de lo claro a lo oscuro (es decir, en el campo de los problem as, de lo verdadero a lo significante), de lo norm ativo a lo simbólico, de lo trascendente a lo original.10 En lo que con­ cierne al hom bre, el dominio de referencia pasa de lo ra ­ cional a la totalidad de las funciones significantes. E ste análisis rápido es para poner en evidencia las nociones con las que vivimos h a s ta ayer: problem a del sentido y del signo, simbolismo y lenguajes, arquetipos e historia, comprensión de contenidos culturales oscuros, fas­ cinación délo original y de lo originario, y así sucesivam en­ te. Pero lo que hace falta subrayar, es la variación de los modelos elegidos, de lo que no se h a tenido conciencia, pero que de ahora en m ás p a ra nosotros es claro como el-agua: variando nuestros problem as h a n variado n u e stra s refe­ rencias. El análisis simbólico del romanticismo no es un milagro metódico original, sino la etapa de u n a variación. Planteando el problem a de lo verdadero, no se obtendrán m ás que las m atem áticas como borrador límite, planteando el problema de la experiencia, se obtendrá sólo la m ecánica, la física o la filosofía de la naturaleza, planteando, por último, el de la significación de las culturas, se obtendrá solam ente el conjunto de los arquetipos proporcionados por la m em oria inm em orial de la hum anidad. La n a tu ra le z a y la función del modelo varían, pero lo que nos in te re sa es la

10 E videntem ente, habría que precisar estas observaciones dem asiado am plias. Por ejemplo, en la época clásica, un filósofo como Leibniz practica ya esos pasajes de la verdad al sentido, de lo claro a lo oscuro, de lo norm ativo a lo simbólico, de lo trascendente a lo original. En él encontram os consecuentemente un método clá­ sico, un método simbólico, y —ya entonces — un método estructural. Perm anece como clásico, pero se in teresa en los contenidos cultura­ les (literatura, historia, filología, etcétera); conserva el id ea l de claridad y de distinción, pero desea asum ir lo oscuro como tal.

variación. Se deberán disculpar estos atajos, pero se tra ta de Bachelard. Teniendo en cuenta ese movimiento, su crítica literaria es todavía un momento de esa variación, pero el último momento. E n tal sentido, es el últim o a n a lista sim ­ bólico, el últim o crítico “rom ántico”. Por la sencilla razón de que llevó a a cabo la últim a variación en la elección posible de los arquetipos de referencia. T ierra, fuego, aire y agua substituyen a Apolo y a Edipo, el arquetipo elem ento r e ­ emplaza al arquetipo héroe. Y si Empédocles y Ofelia aparecen a veces en sus escritos, es de u n a m an e ra subor­ dinada: Empédocles ya no es m ás que una especie del género fuego y Ofelia u n a especie del género acuático. L a tipología engendrada por la historia mítica está subordinada a la tipología engendrada por la historia natural m ítica nuevo conjunto donde Bachelard elige sus arquetipos. Y, a través de un cortocircuito cegador, ese conjunto d.e elección se dibuja (según un diagram a en quiasmo) como el original de los modelos científicos claros, m ediante un psicoanálisis del conocimiento objetivo, y el original de los arquetipos sim ­ bólicos culturales, a través de un psicoanálisis de la im a­ ginación m aterial significante.12 Entonces hay dos razones p ara el agotam iento de la variación: una es que Bachelard

,n

11 Esta historia es todavía más natural que la que relata la llegada de los dioses y de los héroes. 12 Ese cortocircuito explica de m anera in au d ita, por qué Bachelard nunca habló, como Baudelaire, de los sueños artificiales, nunca escribió libros titulados E l hachís y los sueños, E l Betel y los sueños... Es que el opio, la amapola, la belladona o la m escalina son cuerpos de u n a quím ica no m ítica, de una química no arquetípica. A una falsa (y original) alquim ia corresponden los verdaderos sueños, a una verdadera (y actual) química corresponden las falsas im ágenes: lo que vemos en Sartre. y entonces el Sócrates de E l origen da la. tragedia no puede ser e] Sócrates histórico: el análisis simbólico n ecesita de un Sócrates mítico para perm anecer en la verdad. Ese resultado es absolutam ente general. ¿Lo verdadero dal alm a sería, lo falso dal espíritu y a la inversa? E sto aclararía la

eligió sus arquetipos en el ultimo m ito de la últim a ciencia (por eso es el último romántico); la otra es que reunió en una audaz confluencia la claridad de la form a a otorgar y la compacidad del contenido a comprender (por eso es el prim er neoclásico).lfl De esta m anera, B achelard cam bia de símbolo, pero sigue siendo un sim bolista en la g ran tradición del siglo XIX. Así como ese siglo dio a luz arquetipos, el nuestro, convertido en form alista, inten ta engendrar estructuras. En el prim er caso, el modelo es la esencia (la realiza de un modo eminente), en el segundo, el modelo es el paradigm a (realiza de un modo ejem plar la estructura). P a ra uno el modelo está primero, p a ra el otro, e stá después; o es la referencia que explica, m ás bien, lo que hace comprender, o es el objeto mismo que se explica. A hora bien, p a ra p a sar del simbolismo al formalismo, es decir, del modelo como fin del método al modelo como problema, hay que verificar que la variación de los conjuntos en los que se pueden elegir arquetipos simbólicos e s tá agotada. P a ra decidirse a vaciar todo sím­ bolo de su sentido y p asar a lo formal, hay que verificar que el mundo de los símbolos fue recorrido exhaustivam ente. Es en este sentido preciso que designamos a B achelard como el último de los simbolistas: efectivamente, el conjunto en el que elige sus arquetipos es el todo de la naturaleza, sin extensión imaginable, y el original de la naturaleza, sin precesión imaginable. Asimismo es el últim o “psicoanalista”,

vinculación secreta, dentro de la filosofía rom ántica, entre el m é­ todo sim bólico y el irracionalism o. O, para acusar m enos la para­ doja, lo verdadero del hombre reside en lo m arginal de la razón (ese lím ite, comprendido tem poralm ente, es origen, comprendido lógi­ cam ente, es oscuridad). 13 H ay u na tercera razón: ningún m ito precede al mito da los elementos. D e este lado ya no hay nada como mito del origen. Esto es lo que relatan Hesíodo y Aristófanes. E ntonces lo original de la constitución del mundo precede a lo original de la historia. D e este lado, ya no h ay mito comprensivo. Cualquier m itología está su­ bordinada a u n a cosmogonía.

porque escribe un psicoanálisis generalizado (sin generali­ zación ulterior posible), donde el inconsciente-cuerpo es reem plazado por el inconsciente-naturaleza, donde la histo­ ria m ítica del m undo reem plaza la histo ria m ítica del hom­ bre y la domina, es decir, escribiendo un fisio-análisis. Y como en este fisio-análisis vienen a confluir todos los en­ sayos a n te rio re s—psicoanálisis, socioanálisis, etcétera— no queda m ás que convertirse —o reconvertirse, pero con un nuevo sentido—■ en logoanalistas. El método estructuralis ta contem poráneo se define b a s ta n te bien como un logoanálisis. Desde entonces, cualquier cuestión m etódica o crítica gira en torno a la noción de sentido; me atrevo a decir, en torno a su cuantificación, es decir, u n a form a cualquiera a la que querem os asignar una función metódica cualquiera. Supongam os que la llenamos de sentido, que la cargamos y sobrecargam os de significaciones: m ateriales, históricas, hu m an as, existenciales, h asta llegar a la precisión de su singularidad. E sa form a se convierte entonces en arquetipo, o sea, en referencia de un análisis simbólico: el lenguaje del sentido no posee como términos m ás que arquetipos, el lenguaje del sentido sólo es decible en ideogram as. No podemos hablarlo en letras indefinidas en cuanto a su contenido o relaciones posibles, sólo podemos dibujar cua­ dros sin té tic o s, im ágenes so b recarg ad as. Y entonces m ien tras m ás simbólica deviene u n a form a, m ás difícil es pensarla form alm ente. El arquetipo es u n máximo de sobre­ carga significante, ya sea dios, héroe o elemento (en este sentido, Edipo —nombre propio vuelto no común— es un ideogram a que perm ite hablar el lenguaje sin lenguaje del inconsciente) y es muy necesario p a ra que el análisis sim­ bólico encuentre en él la totalidad de una esencia eminen­ tem ente realizada. El arquetipo es u n a forma de saturación del sentido. A hora bien, B achelard parece h ab er echado m ano de arquetipos sobresaturados (de contenido signifi­ cativo m á xim um maxiniorum), m íticam ente o simbólica­ m ente iniciales sin predecesores posibles en el conjunto

mítico y elegidos en u n conjunto/que no tiene análogos. Por eso, después de él, la variación está cerrada y el análisis simbólico consumado, es decir, term inado. Es el fin del ideal rom án tico , por c e rra zó n del cam po de los sím bolos im aginables y saturación lím ite de los arquetipos. Es p re­ ciso, entonces, poner en práctica un análisis o una crítica inversa al análisis simbólico: vaciar la form a de la totalidad de su sentido, de todos sus sentidos posibles, es decir, pensarla form alm ente, p a sar una vez m ás de la escritura ideográfica del. análisis simbólico al lenguaje abstracto del análisis estructural. Pero, cosa sorprendente, es vaciando la form a de su sentido como mejor se dom inan los problem as del sentido. Es el fin de u n a época. Ya no dibujarem os constelaciones en el cielo, cuya claridad diga a los hom bres lo que son. Bachelard recortó la ú ltim a y ahí tam bién term inó nuestro mundo. ¿Pero qué m undo comienza, qué aurora hace des­ aparecer esos tram ados simbólicos, el M inotauro, Argos, el Cisne, la O sa Mayor? A B achelard le llevó toda su vida definir un nuevo espíritu científico y u n a nueva crítica. Por lo demás, intentó constituir u n equilibrio nuevo entre esos dos esfuerzos, en adelante y gracias a él indisociables. Ya no sa puede olvidar esa lección: históricam ente, es capital, porque abre un nuevo clasicismo en el que la razón ya no da vuelta la espalda a los contenidos culturales, en el. que no busca m ás entender­ los a través de la m ediación de arquetipos simbólicos, sino directam ente, por medio de sus propias arm as. U na razón que busca poner en evidencia el rigor estructura] del a m o n to n a m ie n to c u lt u r a l : po r eso h a b la m o s de Logoanálisis. Desaparecido B achelard, la ciencia sigue su camino y el análisis cultural el suyo, pero en adelante sus destinos están ligados. Y aunque esos caminos, viéndolos de cerca, no sean bachelardianos (como él lo hubiera adm itido), la confluencia permanece, tanto délo form al como délo cultural, confluen­ cia que él h ab ía oscuram ente dibujado o, si se quiere,

realizado en acto. Desaparecido Bachelard, queda por escri­ bir un Nuevo espíritu científico que tenga en cuenta la revolución m atem ática, que ha seguido su m archa, b a sta n te m al denom inada m atem ática m oderna, y el avance de las otras ciencias exactas; eso está por hacerse. Q ueda por escribir u n a N ueva crítica, lo que ya se está haciendo. Se hace con m alestar por la sim ple razón de que la susodicha epistemología tam bién e stá por hacerse. De m an e ra que ese nuevo clasicismo, el de las sutilezas de la geom etría y de las geom etrías de la sutileza, el que —llegado a un extrem o— in te n ta pasar por alto la inconclusión bachelardiana, la liberación de la form a, aquél que quiere rein teg rar el sentido a la razón privándose de la compacidad de los símbolos, y re stitu ir a los contenidos culturales un fino orden sintáctico, tiene dificultad en establecerse por falta de una aprehensión clara y distinta, de u n a evaluación precisa de esa noción m etódica deform a a otorgar, deform a para aislar, en suma: de estructura. P a ra ser claro y preciso, b a sta con evitar cualquier desviación y cualquier ambigüedad, cuando se im porta la idea de estructura de las teorías científicas en general al campo de la crítica cultural. En álgebra, por ejemplo, esa idea está, desprovista de todo m isterio; cuando Lévi S trau ss la lleva al campo de la etnología, o Dumézil al de la historia de las religiones, se hace sin retorcim iento ni oscuridad: sus análisis son au ténticam ente estructurales. Eso se hace m enos evidente con Gueroult, por ejemplo, en cuya pro­ ducción esa idea desem peña u n papel m ás amplio y menos metódico, salvo tal vez en sus trabajos sobre D escartes en los que efectivam ente se puede aislar una estructura. Esto es lo que llam am os importación. A un concepto metódico definido con precisión y claridad en un campo determ inado, que se h a im puesto satisfactoriam ente (un método sólo puede y debe ser juzgado por sus resultados), se lo inten ta tra sla d a r a porfía hacia otros campos del saber, la crítica, etcétera. Esto ya sucedía con la noción m etódica de símbolo: si el análisis simbólico era propio de lo que

llamamos en líneas generales la crítica rom ántica, todo el decimonónico saber científico, matemático, físico, etcétera, practicaba ese tipo de pensam iento, de cálculo simbólico, de modelos físicos, económicos, etcétera. M erleau-Ponty, en L ’Oeil et fE sp rit, comprendió ese tipo de traslación de los procedimientos metódicos, pero debilitó su generalidad, alegando la m oda y dando sólo el ejemplo poco significativo del gradiente. De heclio, sólo hay verdaderam ente moda cuando e n tra en juego una cierta ley de entropía en la serie de las im portaciones sucesivas y, en un punto dado de esa serie, la aceptación rigurosa del concepto se pierde en parte y en totalidad, y sólo se lo menciona de oídas, como u n niño prueba las p alab ras de los adultos. P ara evitar esa confu­ sión, ese oscurecimiento progresivo, ese ruido, b asta con rem ontar la cadena informacional que dibuja la im portación h a s ta su fuente. Es decir, h a s ta el punto en el que el contenido del concepto es el m ás verídico.1'1 Por otra parte, ese punto en general no se indica de antem ano: no hay polo u Rem ontar en sentido contrano una cadena de información para evitar las pérdidas sucesivas de ésta últim a define tam bién lo que se podría denom inar la duda histórica. Ir a la fuente, ideal del historiador y del crítico, im plica una reciprocidad a la que nadie, a mi entender, ha prestado una atención suficiente: un contenido histórico, por ejemplo una idea (en lo que hace a la historia de la filosofía), se pierda, sa debilita, decae y se mezcla. El vector cronológico de la historia es portador de la disgregación progresiva de la idea. E sa disgregación no es un olvido puro y sim ple (¿cómo definir ese olvido?), sino un debilitamiento continuo de la idea por comunicaciones su cesivas. La historia de las ideas es ese juego del teléfono que da al final una información tanto m ás deformada cuanto m ás larga ha sido la cadena. (Desde entonces, la noción bachelardiana de recurrencia histórica puede concebirse como lenguaje de la teoría de las comunicaciones; la noción bergsoniana de movimiento retrógrado de lo verdadero es concebible en términos de procesos aleatorios; la historia va de la probabilidad a la de­ terminación.) El ideal histórico de volver a la fuente puede ser comprendido rigurosam ente como un remonte continuo por la ca­ dena de las com unicaciones, sólo si se admite: 1 ) que efectivam ente hay una pérdida de inform ación a lo largo

único a p a rtir del que cualquier verdad es im portada en todos los aspectos; esa sería la idea clásica, que se apoyaba én el predominio de u n a ciencia; es evidente que en una época de pluralism o epistemológico ya no ocurre lo mismo. En lo que concierne a la noción de estructura, ese punto es, como vimos, el álgebra. No significa que los m atem áticos hay an sido los prim eros en utilizarla: sólo fueron los p ri­ m eros en darle el sentido preciso y codificado que resulta novedoso para los métodos actuales. Efectivam ente, desde el

de la historia sobre una idea filosófica dada, que hay una ley de entropía referida a esa id ea y que a sí una verdad pueda perderse. 2) por lo tanto, que la historia no transporta invariables las id eas. E sencialm ente, comportan podares da interferencia, o de ruido, que deforman la trasm isión de un mensaje filosófico dado. D eterm inar ese ruido es una de las funciones m ás im portantes de los métodos históricos recurrentes que buscan rem ontar la co­ rriente entrópica. Hay un ruido cultural. D e donde —y en rigor, momento desde el cual— se sigu e que la historia da las ciencias, en la meclida an qua es puram ente una

historia da la uardad (y no más que aso) sólo pueda ser una. historia recurrente, y que un estado dado de esa historia está siem pre en la cadena de la comunicación, an el punto m ás próximo a su origen. Es una historia carrada. Si P erícles está in fin itam en te lejos de Clémenceau, T hales es uno de los más cercanos aPoincaré: es lo que significa la anám nesis de] Manon. Todo esto ayuda a entender la s nociones cualitativas de enve­ jecim iento, caída en desuso o pérdida de una idea. E sta s nociones no significan forzosam ente que una idea m uera porque es vieja, incom pleta o poco rigurosa, o bien porque está dem asiado encasi­ llada en circunstancias som etidas a conmoción; no juzgan la idea como tal, su inserción en el marco de la moda o en el espíritu de la época. En realidad, aproximan ésa id eap recisa (que es en sí m ism a el índice de la articulación histórica del pensam iento) según la que la historia, de las ideas es la historia da la difusión, de la propa­ gación da la. comunicación da las ideas. Ahora bien, difundir, propagar, etcétera, im plica somatarse a las layas de hierro de la comunicación y de la pérdida an la cadena. Borel dem ostraba que a n generaciones de d istancia la probabilidad para que un cromosoma de un genitor dado se encuentre con su descendencia tiende rápidam ente a cero; dem ostración idéntica a la de la ruina

siglo XVII se utiliza ese térm ino en. su acepción latin a de construcción o arquitectura. Leibniz, por ejemplo, h ab la de la estru ctu ra de los anim ales, de las plantas, p a ra indicar el plan general de su organización, el trazado, el diseño arquitectónico de su constitución. La estru ctu ra es la m a­ n era en que algo está construido, el agenciamieiito espacial de miembros y de órganos. Cuando se olvida el sentido nuevo del término, se cae rápidam ente en el viejo sentido. Por ejemplo, en el análisis tecnológico de los sistem as, Gueroult utiliza el térm ino estru ctu ra en esta acepción.15 Con un

del jugadoi-. El pensador es ese jugador o ese genitor que se trasm ite en la cadena histórica de los elem entos. La pérdida sería- absolu­ tam ente segura en un término dado si el historiador no interviniera. Y, en consecuencia, parece m atem áticam ente correcto decir que la filosofía no existiría sin su propia historia. M ás generalm ente, el historiador es aquél que hace de la cultura una creación continua. La historia com bate la entropía cultural. A nálogam ente, saber es acordarse. Sócrates pone al pequeño esclavo del Manon en comu­ nicación directa con el origen. En líneas m ás generales todavía, la historia no se concibe más que sobre el modelo de m ezcla aleatoria: Clío baraja indefinidam ente las cartas, donde el pensador había distinguido los tríos y los fulls. El historiador busca en el juego en desorden los tríos m ezclados. El historiador busca el orden, en la distribución aleatoria actual; el pensador lo busca en la distribución futura. De m anera que un pensador puede ocultar a otro. Newton ofició de ruido im pidiendo la trasm isión del m ensaje leibniziano, por ejemplo, y D escartes el de la Edad M edia, etcétera. Así, un pensam iento puede ser tomado por el historiador ya como orden, ya como ruido. Por eso el pensador no puede más que tener una visión trágica de la historia — el estropicio del olvido, la m ezcla aleatoria de las id eas— y el historiador una visión animosa: recoger las esquirlas de una idea dispersa en mil fragm entos cubiertos con los aluviones del diluvio. Estam os caracterizando una conceptuación análoga que no se refiere ya a la historia en sí, sino a un m ovimien to, frecuentem ente ahistórico, de traslación, de comunicación de los conceptos de un campo problem ático a otro. N uestro fin es entonces restablecer la comunicación directa entre 1.a crítica y la idea precisa de estructura.

sentido m ás abstracto, se utiliza estructura (por ejemplo, los economistas a fines del siglo XIX) p ara designar el conjunto de leyes de organización de un fenómeno dado. Y, nueva­ m ente, se vuelve a caer fácilmente en esa acepción, si no se re m o n ta al sentido indicado por el álgebra; y, m ás innoblem ente todavía, con sentidos muy vagos y despojados. De m an e ra que la am plitud espacial de la m oda es estric­ tam ente proporcional a la amplitud del sentido exacto. Nos damos perfecta cuenta de que es tem erario im portar la noción de e stru c tu ra a otros campos como el de la biología, cuando ah í el térm ino conserva el sentido adquirido en el siglo XVII: efectivam ente, sólo se pueden im portar libre­ m ente conceptos altam ente formalizados. E sa es la razón por la que el nuevo concepto de estructura está lo b astan te libre como para im portar. Porque es formal. De ahí que hayam os partido del análisis simbólico. Símbolos o arque­ tipos reenvían a un sentido y únicam ente son la clave de un método, porque describen un campo semántico preciso. La tipología psicoanalítica es una galería de símbolos donde cada uno rem ite a un cuadro clínico definible por elementos de sentido. Lo mismo pasa con las tipologías de Nietzsche, K ierkegaard, B achelard, etcétera. Lo singular ahí deviene modelo, por completad semántica, por sobrecarga de senti­

15Con respecto a esta cuestión, conviene precisar que el método de Gueroult se observaría perfectamente si fuera posible construir uncí m áquina (estructura-tecnología) que funcionara análogam ente al sistem a analizado. Como máximo, podríamos decir que se vuelve posible en su trabajo sobre Descartes, del que es relativam ente fácil dar algunos modelos m ecánicos, lo que incluso es normal en el cartesianism o. (Los proponemos infra y razonamos directam ente sobre esos m odelos.) A quienes encontraran escandaloso llevar a cabo tal reducción, les señalam os que ya se han propuesto má­ quinas que funcionen como el sistem a de Darwin. La idea no es nueva, y no parece ignom iniosa más que a los que desprecian la m áquina por ignorar lo que es, puede ser y debe ser. ¡Qué in s­ tructivo e in teresan te es ver a los filósofos prestar atención a la tecnología sólo si no es p ostenor a la prehistoria!

do. Sim bolizar es establecer correspondencias precisas entre un signo p a rticu la r y un contenido semántico. Form alizar, por el contrario, no tiene nada que ver con ese método. M ientras las m atem áticas clásicas generalm ente son simbólicas (un signo rem ite a un sentido específico), las m atem áticas m odernas son formales. En un sistem a formal no hay nin g u n a preocupación por el sentido, nunca se rem ite, ni explícita ni im plícitam ente, a un contenido sig­ nificativo. Sólo se estudia la serie de formaciones precisas de objetos (indefinidos) entre ellas, dando por entendido que en el punto de partida están planteadas reglas de buena formación. Por un lado, no hay símbolo sin sem ántica sub­ yacente y un análisis simbólico es esa economía de pensa­ m iento que sustituye, al orden del sentido (complejo), por el orden del signo (claro, fácil, rápido); pero el verdadero orden, el que sostiene el conjunto del análisis, es el orden del sentido. El orden del signo no dice nada nuevo con respecto a él, aunque perm ite la lectura. Por el contrario, un agrupam i cato de nociones formales no tiene ninguna semántica subyacente; el verdadero orden es el de ésas m ism as no­ ciones. A nalizar simbólicamente consiste en traducir un contenido de sentido en signos, en codificar y decodifícar un lenguaje. A nalizar form alm ente consiste en conformar un lenguaje desarrollado por sus propias reglas. Sólo después es posible traducirlo en contenidos, en modelos, O se parte del sentido, o se lo encuentra (o se lo produce). Dicho esto, la noción de estru ctu ra es u n a noción formal. Insistim os en su definición con respecto a los aspectos generalm ente controvertidos: una estructura es un conjunto operacionaL con significación indefinida (m ientras que un a rq u e tip o es u n conjunto concreto con significación sobredefinida), que agrupa elementos, en número cualquiera, de los que no se especifica el contenido, y relaciones, de número finito, de las que no se especifica.■la naturaleza, pero de las que se define la función y ciertos resultados relativos a los elementos. Suponiendo entonces que se especifique, de u n a m an era determ inada, el contenido de los elementos y

la n atu ra le z a de las relaciones, se obtiene un modelo (un paradigm a) de esa estructura: por lo tanto, ésta últim a es el análogo form al de todos los modelos concretos que or­ ganiza. E n lugar de sim bolizar un contenido, un modelo “realiza” una estructura. El térm ino estru ctu ra tiene esta definición, clara y distintiva y no otra. La única form a de entender los delirios que engendra es por el juego del teléfono descompuesto, que degrada progresivam ente la inform ación a través del rum or. Y entonces, dado un contenido cultural —Dios, m esa o w.c.—, un análisis es estructural (y sólo estructural) sólo cuando aparece ese contenido como modelo en el sentido precisado m ás arriba. Es decir, cuando puede aislar un conjunto formal de elementos y de relaciones, sobre el que es posible razonar sin apelar a la significación del contenido dado. El análisis estructural genera así un nuevo carácter metódico, u n a profunda revolución en la cuestión del sen­ tido. La relación unívoca entre lo que simboliza y lo que es simbolizado de los análisis rom ánticos es sustituida, en la crítica estructuralista, por la pluralidad de las relaciones de la estru ctu ra (pura, form al, vacía de sentido) con sus mo­ delos, cada uno lleno de un sentido singular y diferente. De ahí la xiueva capacidad de clasificación y de tipología. En lugar de generar fam ilias agrupadas en torno al. arquetipo por sim ilitudes de sentido, se generan familias de modelos con contenido significativo distintivo, que tienen en común u n a e stru c tu ra formal análoga; y, abstraídos todos los con­ tenidos, aquella últim a es la invariante operacional que las organiza. De tal modo que, una vez aislada la estru ctu ra como tal (elementos y relaciones abstractos), es posible encontrar todos los modelos im aginables que genera, en otras palabra, es posible construir un existente cultural llenando de sentido una forma. El sentido ya no es lo que e stá dado y de lo que hay que coíiiprender el oscuro lenguaje. Por el contrario, es lo que se da a la estru ctu ra p a ra constituir un modelo. Si se quiere, el análisis simbólico estab a aplastado por el sentido, se situaba por debajo de él;

el análisis estructural se sitúa por encima, lo dom ina, lo construya y lo da. Por éso su tipología es indiferente a la significación, m ientras que la tipología que engendraba el análisis simbólico estaba condicionado por ella.1" Librarse del sentido y dominarlo, dejar de asum irlo y encontrarle un lenguaje autóctono, engendrar u n existente a p artir de un análogo formal, poner de manifiesto la cadena de consecuencias p u ras de una estru ctu ra dada y designar a voluntad tal o cual estado de ese encadenamiento, tal o cual modelo, todo esto define con precisión lo que es u n análi­ sis estructural. No hay duda de que ese método es aplicable en otros ámbitos, adem ás de serlo en el de las m atem áticas: n a d a impide su im portación a todos los campos problem áti­ cos en los que, h a s ta Bachelard, el análisis simbólico triu n ­ faba: crítica histórica, literaria, filosófica. L a novedad del método reside en que el analista, por prim era vez desde la época clásica, vuelve a tener confianza en lo que podríamos designargrosso modo como abstracción. E n este sentido, podemos h a b la r de u n nuevo clasicismo. A ntes parecía imposible la comprensión de un elemento cultural sin proyectarlo a un conjunto de constelaciones m íticas sobrecargadas, que im plicaban oscuram ente una esencia, un sentido, una existencia singular, una histo ria y u n origen. P a ra com prender un lenguaje que no era el de la razón, parecía indispensable ag ru p ar todos sus balbuceos en u n a forma compacta cuya sobreexistencia m ítica, asegu­ rab a, al parecer, la perennidad. Los símbolos míticos eran 10Esfco es capital: un análisis estructural es exitoso y fecundo cuando llega a reconstruir un elem ento cultural a partir de una forma. La comprensión que proporcionaba el análisis simbólico era del orden del reconocimiento: se encuentra a Electra o a Dionisos y se los reconoce. La comprensión que proporciona un análisis estructural debe ser reconstitutiva. Si se sabe reconstruir un ele­ m ento cultural, ya no hay fascinación por el mito de lo originario, pero efectivam ente se realiza en acto una génesis. E s uno de los signos para reconocer si un análisis es auténticam ente estructural: llegar a reconstruir su objeto como un modelo.

los recuerdos inmemoriales de todas las lenguas en estado naciente. A través del análisis estru ctu ral, se descubre que la razón yace en lo m ás profundo de form aciones que al punto no parecen generadas por ella. Con este enfoque propuse el térm ino Logoanálisis: poner en evidencia un rigor e stru c tu ral en u n conglomerado cultural, designar esquem as accesibles a la razón p u ra y subyacentes a esas m itologías, que a n te s eran lo que subyacía a lo cultural. Estos son los prim eros objetivos logoanalíticos. Así como el m étodo simbólico había generado el psicoanálisis, el formalismo crítico genera un logoanálisis: éste se propone buscar esquem as racionales (estructurales), cuya existencia supone bajo los conjuntos m íticos que por sí m ism os sustentaban el análisis simbólico proporcionándole arquetipos. El clasicismo confiaba en una razón regional. La nueva crítica tiene la idea de u n a razón generalizada que absorba el dominio del sentido del modo que hemos definido. Y, m ás que u n método, hay ah í u n a prom esa, la prom esa de u n a reconciliación asom brosa que la h isto ria de las ideas parece encontrar cuando ya no la buscaba. E n principio, está el poder de unitarism o de ese pensam iento en un m undo de pluralism o ilim itado y de complejidad regional. Pero esto no es suficiente: sobre todo .irrumpe ese sutil desquite de la razón a b stra cta en un conjunto donde h a b ía sido superada am pliam ente desde hace un siglo; am pliam ente, es decir, en extensión. La razón encuentra en profundidad lo que había perdido en la extensión. N u e stra época reconciliaría entonces la verdad y el sentido. Y daría esa esperanza, antes insensata, de com­ prender de golpe el milagro griego de las m atem áticas y del florecim iento delirante de su mitología. D ar a la s figuras de ese otro m undo dionisíaco significaciones densas, compactas y o scu ras donde se p ro y e c ta n el alm a h u m a n a , su afectividad, su destino, es justo: se tra ta de la realidad y el destino del hom bre, de su felicidad y sus desdichas acuñadas universalm ente. Pero, adem ás de ser símbolos de la historia, ¿no serían en ú ltim a instancia, en su ú ltim a determ inación,

modelos significantes de estru c tu ras tran sp aren tes, del orden del conocimiento, del intelecto y de la ciencia? No nos parece insensato tener como proyecto el examen de lo que hay de paradigm a en u n símbolo mítico, lo que hay de esquem a en u n a parábola, es decir, pretender una nueva interpretación del conglomerado cultural en el orden puro del conocer. No es insensato si se tiene en cuenta el nivel form al de los nuevos métodos y la flexibilidad complicada de las nuevas herram ien tas críticas. Entonces, la doble lección del bachelardism o encontraría su verdad dual y el m ilagro helénico una nueva unidad. E] método logoanalítico del nuevo clasicismo designa u n a filiación nueva en tre la abstracción indeterm inada y 1.a proliferación de contenidos significativos de la cultura hum ana.

Prim era Parte DE LA COMUNICACION MATEMATICA A LA MATEMATICA DE LA COMUNICACION

Capítulo 1 MATEMÁTICAS

El diálogo platónico y la g én esis intersubjetiva de la abstracción Conocemos la gran discusión de los lógicos con Tespecto a la noción de símbolo.1 Sin e n tra r detalladam ente en los argum entos que separan entre sí a los realistas de la moda h ilb ertin a, los nom inalistas del séquito de Quine, los p ar­ tidarios de la escuela polaca, etcétera, retom am os un frag­ m ento referido a la cuestión, que la orienta en u n a dirección distinta. Cuando deseo comunicarme con otro, dispongo de una serie de técnicas antiguas y nuevas, de las que por ahora no im porta saber si son naturales o fabricadas: lenguajes, escrituras, medios de alm acenam iento, de transporte y de m ultiplicación del mensaje, cintas grabadas, teléfono, im ­ p ren ta , y así sucesivamente. La escritura es u n a de las más sim ples y a la vez una de las m ás ricas, porque a través de ella puedo alm acenar, transportar y m ultiplicar la infor­ m ación. Pero antes de abordar estas cuestiones, a las que se agregan los problemas de estilo, de disposición del relato y de la argum entación, etcétera, se tra ta de grafismo: ante todo, la escritura es un dibujo, ideogram a o grafo conven-

1 pp.24-30.

Cf. Roger M artin. Logiqite contemporaina et formalisation,

cional. Por el momento se convendrá que la comunicación escrita no es posible m ás que entre dos personas diestras en el mismo tipo de grafísmo,2 form adas en la codificación y la decodificación de un sentido por medio de la m ism a clave. Así, dado un m ensaje escrito en el origen, decimos que sólo será comprendido si el receptor posee la clave de su dibujo. E sta es la condición esencial p ara la recepción. Pero existe otra, en el origen, que a p esar de ser circunstancial igual merece análisis. Es necesario que el escriba ejecute su dibujo lo mejor posible. ¿Qué quiere decir esto? En principio, que el grafo implica caracteres esenciales, cargados de sentido: forma de las letras (normalizada), buena formación de series de letras, luego de palabras (a través de reglas morfológicas y sintácticas), etcétera; que adem ás implica caracteres inesenciales, accidentales, desprovistos de sig­ nificación, que depepden de la habilidad, de la torpeza, de la cultura, de la pasión, de la enfermedad, etcétera, del que escribe: temblores del grafísmo, fallas en el dibujo, faltas de ortografía, entre otras cosas. La prim era condición supone un ortogram a y un caligram a; ahora bien, eso no se da casi nunca.3 El caligram a preserva la form a contra el accidente:

2Es fácilmente demostrable que ningún medio de comunicación considerado como tal es universal: por el contrario, son todos regionales, es decir, isomorfos con respecto a una lengua. El espacio de comunicación lingüística (que, por lo tanto, es el modo de cualquier espacio de comunicación) no es isótropo. Sin embargo, existe un objeto que es el comunicante universal o el comunicado universal: el objeto técnico en general. Por eso encontramos en .la aurora de la historia, que la primera difusión es la suya: su espacio de comunicación es isótropo. No hay que confundirse: se trata de una definición de la prehistoria. 3 Casi no hace falta agregar que el primer beneficio de la imprenta consiste en permitir al lector no ser epigrafista. Un texto impreso es un caligrama, pero no siempre un ortograma. La posi­ bilidad de una multiplicación arbitraria, desde luego, es el segundo beneficio.

y si los lógicos se in te resa n en la forma, es posible in te re ­ sarse tam bién en la patología, es decir, la cacografía. La grafología es la ciencia falsa (o la falsa ciencia) ligada a los móviles psicológicos de la cacografía: ¿podemos m eram ente h a b la r de esta últim a, es decir, de una im pureza? La patología de la comunicación no es sólo el hecho de la escritura. Tam bién existe en la lengua hablada: ta r ta ­ m udeos, lapsus linguae, acentos regionales, diacronías y cacofonías. Lo mism o en los medios técnicos de com unica­ ción: ruidos de fondo, caída de agua, interferencias, p a rá ­ sitos, cortes sincrónicos. Con el conjunto de pensam ientos, lo accidental, el ruido de fondo, es esencial en la comuni­ cación. Siguiendo en esto la tradición científica, llam am os raido al conjunto de esos fenómenos de interferencia que obsta­ culizan la comunicación. De modo que la cacografía es el ruido del grafismo, o m ás bien, éste implica u n a form a esencial y un ruido esencial u ocasional: escribir m al, es sum ergir el m ensaje gráfico en ese ruido que obstaculiza la lectura, que transform a al lector en epigrafista. M ás aún, escribir a secas, es a rriesg ar una form a en una interferencia. Igualm ente, com unicar en form a oral, es a rriesg a r un sentido en un ruido. Ese conjunto de fenómenos fue con­ siderado tan im portante por ciertos teóricos del lenguaje,'1 que no dudaron en transform ar n u e stra concepción corriente del diálogo. Dicha comunicación es una suerte de juego que practican dos interlocutores, que se consideran asociados contra los fenómenos de interferencia y confusión, incluso contra individuos que tengan cierto interés en rom per la comunicación.6 Esos interlocutores no son opuestos como en la concepción tradicional del juego dialéctico, al contrario,

■*Por ejemplo, B. Mandelbrojt y Jacobson. Cf. Norbert Wiener, The H um an Use o f H u m a n Beingst capítulos IV y XI.

6Así como la comunicación escrita es la lucha del escriba y del lector, asociados por interés y proyecto, contra los obstáculos de la comunicación: la botella al mar.

están ligados por u n interés en el mismo campo: luchan de común acuerdo contra el ruido. El cacógrafo y el epigrafista, el cacófono y el auditor intercam bian b astan te su papel recíproco en el diálogo, donde la fuente se convierte en recepción y la recepción en fuente, a un ritm o cualquiera que los vincula contra un enemigo común. Dialogar es establecer un tercero y buscar excluirlo] una comunicación exitosa es ese tercero excluido. El problema dialéctico m ás profundo no es el problema del otro, que sólo es u n a variedad —o una variación— de lo mismo, es el problema del tercer hombre. A ese tercer hom bre lo hemos llamado en o tra p a rte De­ monio, como prosopopeya del ruido. E sa concepción del diálogo es inm ediatam ente aplicable a íilosofemas célebres, es susceptible de d ar a luz signifi­ caciones inauditas. Por ejemplo, las M editaciones m etafí­ sicas se pueden explicar según esos principios: consisten en buscar al otro p a ra asociarse y expulsar al tercer hom bre.6 Por el momento, no hay que llegar más lejos que los diálogos platónicos: el método mayéutico asocia de hecho al que pregunta con el que responde en la tarea de alum bram iento. La dialéctica hace ju g ar a los dos interlocutores en el mismo campo, luchan juntos por la emergencia de u n a verdad sobre la que hay u n objetivo, ponerse de acuerdo a través de la comunicación exitosa. En cierto modo, d isputan juntos contra la interferencia, contra el demonio, contra el tercer hombre. Ese combate, lo sabemos, no es siem pre afortunado: en los diálogos aporéticos, la victoria queda en m anos de las potencias del ruido, en otros, la lucha es ardiente, lo que dem uestra el poder de ese tercero. Poco a poco, la serenidad, vuelve, cuando el exorcismo h a sido definitivam ente (?) realizado.

5 Publicarem os esta interpretación, cuyo resultado en bruto sería la idea de que el texto cartesiano da las condiciones de posibilidad de la experiencia física, y entonces en ese sentido es metafísico. Los textos platónicos plantearon antes las condiciones de posibilidad de ,1a ideación m atemática.

No corresponde, en el marco de este estudio, desarrollar am pliam ente el tem a del tercero en la dialéctica platónica, lo cual nos llevaría dem asiado lejos. Y, de hecho, ya estamos muy lejos de n u estras prem isas. Pero mucho menos de lo que parece. Volvamos a la lógica, y por su interm edio, a la escritura. P ara el lógico, u n símbolo es un dibujo, un grafo que realizo con la tiza en la p izarra.7 Un símbolo determ inado puede tener, en una serie de fórmulas, muchos casos. Los m ate ­ máticos están todos de acuerdo en reconocer un “mismo” símbolo en dos o varios casos de éste. Y, sin embargo, cada caso difiere de otro, cualquiera que sea, por el grafismo mismo: tem blores del trazo, fallas del movimiento, etcétera. El lógico razona desde ese momento no sobre el grafo concreto dibujado en la pizarra, aquí y ahora, sino, como dijo T arski, sobre la clase de objetos que tienen la m ism a forma: el símbolo es entonces un ente abstracto que los gratos en cuestión sólo evocan. Ese ente abstracto se reconoce, me atrevo a decir, por la homeomorfía de esos grafos. El reco­ nocimiento supone la distinción de la form a de lo que m ás a rrib a llam é la cacografía. El m atemático no ve ahí ninguna dificultad y, con frecuencia, la discusión le parece ociosa. Pero ahí donde el especialista se im pacienta, el filósofo se detiene y se preg u n ta qué sería de la cuestión si no hubiera m atemáticas. Ve a todos los m atem áticos ponerse de acuerdo en ese acto de reconocimiento de una m ism a forma, inv arian te por la variación de grafismos que la evocan. Ahora bien, sabe como cualquiera, que ninguna grafía se parece a otra; que ante la pregunta, en la escritura, acerca de qué forma p a rte de la forma y qué de la cacografía, h a y que a d m itir, d irá n algunos, que el ruido vence exhaustivam ente. De m an era que la conclusión siguiente, teniendo en cuenta lo dicho más arriba, será que es un soto y m ism o acto de reconocer un ente abstracto en. diferentes

1 Cf. R.M artin, op.cit., pp.26-27.

casos de su manifestación concreta y con acuerdo sobre ese reconocimiento. En otras palabras: el acto de elim inar la cacografía, la ten tativ a de elim inar el raido, es la condición de la aprehensión de La forma abstracta y, sim ultán eamente, la condición de La comunicación exitosa. Si el m atem ático se im pacienta, es porque piensa en u n a sociedad que en el m ejor de los casos triunfó sobre el ruido hace tanto tiempo, que se asom bra de que se vuelva a p lan tear ese problema. Piensa en el m undo del "nosotros” y en el m undo de lo abstracto, que son dos mundos isoniorfos y, tal vez, idénticos. Porque e) sujeto de la m atem ática abstracta es el nosotros de u n a república ideal —lo que m anifiesta, entre paréntesis, por qué Platón y Leibniz no eran idealistas—, que es la ciudad de la comunicación purgada al máximo de ruido.8 En general, form alizar es llevar a cabo un proceso por el cual modos concretos de pensar se p asan a una o algunas formas abstractas; tam bién implica elim inar el ruido de m anera óptim a. Es tom ar conciencia de que las m atem áticas son el reino que no contiene m ás que el ruido inevitable, el de la comunicación casi perfecta, del j_iccv0áveiv, el reino del ter­ cero excluido, donde el demonio es casi definitivam ente exorcisado. Si 110 hubiera m atem áticas, habría que retom ar el exorcismo. La dem ostración recomienza. En los albores de la lógica, es decir, en el comienzo a la vez histórico y lógico de la lógica, pero tam bién en el comienzo lógico de las m atem áticas, H ilbert y otros reanudaron el camino platónico en las idealidades abstractas, que fue u n a de las condiciones del m ilagro griego, en los orígenes —históricos— de las m a­ tem áticas. Pero entre nosotros la discusión e stá truncada porque no puede poner entre paréntesis el hecho inevitable de la existencia histórica de las m atem áticas. E n Platón, por el contrario, se encuentra completa y entera: hace coexistir

s Tal vez la única, con la de la m úsica, que Leibniz se complacía en objetar.

el reconocimiento de la forma abstracta y el problema del éxito del diálogo. Cuando digo cania, no hablo de tal o cual cama, la m ía, la tuya, la del obro, evoco la idea de cama; cuando dibujo sobre la arena un cuadrado y una diagonal, no quiero hab lar de ese grafo irreg u lar e inexacto, evoco la form a ideal de la diagonal y del cuadrado: elimino lo em­ pírico, desm aterializo el razonam iento. Así hago posible u n a ciencia, no sólo por el rigor y la verdad, sino por lo universal, por lo Universal en sí. Elimino lo que oculta la form a, la cacografía, la interferencia y el ruido, y hago posible u n a ciencia, en lo Universal para nosotros. La forma m atem ática es un Universal en sí y , a la vez, un Universal p a ra nosotros: entonces, el prim er esfuerzo para lograr la comunicación en un diálogo es isomorfo al esfuerzo por volver una form a independiente de sus realizaciones em pí­ ricas. E sta s últim as son los terceros de la forma, su interferencia y su ruido.Y debid o a que intervienen sin cesar, los prim eros diálogos son aporéticos. E l método dialéctico del diálogo tiene origen en las m ism as regiones que el método matemático, el que, por otra parte, tam bién es llamado dialéctico. Excluir lo empírico, es excluir la diferenciación, la pluralidad de los otros que reviste lo mismo. Es el movi­ m iento prim ero de la m atem atización, de la formalización. E n ese sentido, el razonam iento de los lógicos modernos en tom o al símbolo es análogo a la discusión platónica sobre la form a geométrica dibujada en la arena: hay que elim inar la cacografía, el temblor del trazo, el azar del trazado, la infracción del gesto, el conjunto de casualidades que hace que ningún grafo sea estrictam ente de la m ism a forma que otro. Asim ism o, la cosa percibida es indefinidam ente discernible: sería necesaria m ía palabra diferente p ara cada círculo, p a ra cada símbolo, p ara cada árbol y para cada paloma; y adem ás una palabra distin ta para ayer, hoy y m añana; y adem ás una palabra diferente, según si el que la percibe eres tú o soy yo, si uno de nosotros está enojado, o enfermo, y así h a sta el infinito.

U na extrem a consecuencia del empirismo es el sentido totalm ente hundido en el ruido, el espacio de la comunicación como granular,8 el diálogo condenado a la cacofonía: el transporte de la comunicación es transformación perenne. Entonces lo empírico es, estrictamente, el raido esencial y accidental. El prim er “tercer hombre” a excluir es el empirista, el primer tercero a excluir, es lo experimentado; y ese demonio es el m ás fuerte de los demonios, porque b a sta abrir los ojos y tener los oídos alertas p ara ver que es el amo del m undo.10 Y entonces, para que el diálogo sea posible, hay que cerrar lo ojos y tap a r los oídos ante el canto y la belleza de las sirenas. Al mismo tiempo eliminamos el oído y el ruido, la visión y el dibujo siem pre frustrad o; con el mismo movimien­ to concebimos la forma y nos entendemos. Y, así, una vez más, el milagro griego, el de las m atemáticas, debe nacer al mismo tiempo —tiempo histórico, tiempo lógico y tiempo reflexivo— que una filosofía del diálogo y a través del diálogo. E n el platonism o, la relación de un método dialéctico — en el sentido de comunicación— con un diseño progresivo de las idealidades a b stra cta s en el estilo d é la geom etría no es u n accidente de la historia de las ideas, ni u n episodio en las decisiones voluntarias del filósofo: está in sc rip ta en la n a tu ra le z a de las cosas. Despejar u n a form a ideal, es 9De ahí que sea visible que si se admite al principio de los indiscernibles, entonces las mónadas ni se escuchan ni se entienden, no tienen puertas ni ventanas, implicancia que Leibniz volvió coherente. Si Zenón tiene razón, los Bleáticos están condenados a callarse. 10Y, como se ve bastante en cualquier discusión entre un empirista y un racionalista —Locke y Leibniz por ejemplo—, el empirismo siempre tendría■razón si no existieran las matemáticas. El empirismo es la filosofía verdadera desde que las matemáticas están entre paréntesis. Antes de que éstas se impongan y para que lo hagan, es necesario no querer escuchar a Protágoras y Galicles: ellos tienen razón. Pero mientras más razón tienen, menos se los entiende: terminan por no hacer más que ruido. El argumento que Leibniz le opuso a Locke —"usted no sabe matemáticas”— no es un argumento ad hominem, es la única defensa lógica posible.

independizarla de la experiencia y del ruido; el ruido es lo empírico del m ensaje, así como lo empírico es el ruido de la forma. E n ese sentido, los diálogos socráticos m enores son prem atem áticos con el mismo derecho que u n a m edida como el bancal, de trigo en el valle del Nilo.11

La querella en tre antiguos y m odernos Estábam os resignados a la difícil idea de que el rigor evoluciona. Ahora tenemos que aceptar que n u estras re ­ flexiones acerca de él tam bién lo hacen. Como las m ate ­ m áticas, la epistem ología tiene una historia. Las confe­ rencias que Edouard Le Roy pronuncia en el Collége de France, en las dos prim eras décadas del siglo,12 trazan — volentes nolentes— el dibujo de la fase precontem poránea de esa historia. Su proyecto es poner en evidencia la pureza de un pensam iento em inentem ente estable. P a ra nosotros, el resultado es expresar las vacilaciones de un devenir. De hecho, en el mismo momento en que h ab la ese pensador, las m atem áticas no term inan de ser sacudidas por la famosa crisis. Recomponen punto por punto la faz que nos es fam iliar desde no hace mucho. Esas len ta s y poderosas novedades no se adquieren por acum ulación lineal de descubrim ientos y de pequeños progresos parciales, sino,

n Se podría objetar que la cacografía de un círculo y la de una letra no podrían resolverse entre sí. Por el contrario, desde la invención, de la topología sabem os que existen, con respecto a la medida, idealidades anexactas con el mismo título que las exactas. A sí que hablam os de lo contrario de la im pureza: hablaríam os m eram ente de la im pureza al intentar plantear el problema de la cacografía en una forma anexacta. Esto ya sería m ás difícil, pero nos haría salir de este estudio: en otro lado algo dijimos sobre eso. Por lo demás, Leibniz asim ila las dos formas, grafo y grafism o, en un diálogo de 1677 {Phil., VTI, 191). 12 Edouard Le Roy. L a Pensáe m athém atique puré. P resses U niversitaires de France, 1960.

como sucede con frecuencia, según un reajustam iento global del sistem a, de las condiciones iniciales a las realizaciones m ás sutiles. En tiempos en que ese nuevo perfil emerge del fondo de las antiguas perspectivas, Le Roy m edita como filósofo y técnico de alta competencia sobre una m atem ática: en absoluto sobre la de su tiempo o la de los investigadores de su época, m ás bien en la que lo precede inm ediatam ente, y a la que la conservación universitaria y las necesidades pedagógicas daban ese aspecto de perennidad, gracias a lo cual era posible considerarla como la m atem ática. Por eso ese libro ya es producto de un desfasaje; que se publique en nuestros días designa vagam ente otro, m ás sutil tal vez y m ás dramático. En derecho, el prim ero escapa a la crítica: después de todo, cada uno tiene libertad para describir la disciplina que quiera, en el estado sincrónico de su elección, de acuerdo con la filosofía de su preferencia. Y ese derecho subsiste, incluso si, en el transcurso del análisis, suena la hora en que la historia invierte su curso. Medidas con cualquier otra vara, ¿cuántas epistemologías resisti­ rían? Y esa dehiscencia es todavía fam iliar a u na generación que se hizo de las m atem áticas la idea de que precisaban estudios especializados no caídos en desuso h a sta poco tiempo atrás, súbitam ente inmersos en medio de los “mo­ dernos”, a n te la evidencia de un edificio oculto por la tradición. Ahora bien, esta vieja idea es precisam ente la de Le Roy, cuyo libro representa la conciencia inquieta ante los grandes patroním icos de la nueva. De ahí la sensación de confort que se experim enta al leerlo: ahí están sus clases y la juventud perdida, juventud que en un m omento dado tuvo que saber perder. Desfasaje sin gravedad que procura el consentim iento. Pero esa ausencia de gravedad sólo atañe a la historia de las ciencias, toda la epistem ología no es otra cosa que descripción. La inquietud aparece a p a rtir de que la metodología reem plaza la historia, a p a rtir de que la descripción cede el turno al juicio normativo. Desde ahí se producen algunas aventuras peligrosas. Así, u n a conciencia "moderna” percibe, por ejemplo, las condenas abruptas que

se p ro n u n cian aquí contra la lógica a la som bra de Brunschvicg. E ra la época en que la tradición filosófica francesa daba la espalda a los descubrim ientos “logísticos”, designando (o malinfcerprefcando) las afirm aciones de Poincaré; momento extraño en que la “lógica” en el sentido que le daban los m anuales se burlaba de la Lógica en el sentido de Russell. Que los que se reían hay an después cambiado de campo define las cosas p a ra u n a o dos gene­ raciones de m atem áticos, pero todavía no p a ra la m ayoría de los filósofos que siguen asum iendo el mismo desfasaje llevado al absurdo y que creen, con esas clases donde la revolución m atem ática por fin h a penetrado, seguir ense­ ñando la “lógica”. Si se lo considera desde la h istoria o la descripción, ese libro rep resen ta un momento; si se lo considera desde la norm a, el momento y el desfasaje im plican errores signifi­ cativos, teniendo en cuenta el órgano filosófico que sirve de apoyo a las descripciones y a los juicios. E l autor se refiere constantem ente a cierto postkantism o, atem perado a veces por un bergsonismo difuso, cualquiera fuese ese tem pera­ m ento. Todas cosas que b a sta n p a ra que definiéramos esa obra como referencia ejemplar, como tipo acabado de una epistem ología que en adelante debemos llam ar clásica, de esas m atem áticas que los especialistas denom inan clásicas. Pero precisam ente, como la ciencia que Le Roy analiza en m uchos aspectos está a punto de virar a lo moderno, ese libro, del que dijimos que promovía el consentimiento, tam ­ bién procura m alestar. Todo sucede como si un conjunto filosófico estable en sus fundam entos propios y sus tradi­ ciones históricas se afanase en a tra p a r un objeto en devenir que h a s ta no hace mucho analizaba convenientem ente, pero que poco a poco va dejando de reconocer. Entonces nos em pezam os a p re g u n ta r si es posible prolongar esa epistemología clásica p a ra dar cuenta de las m atem áticas m odernas, actualm ente llegadas a la m adurez: prolongar, es decir, conservar u n a función designándole u n nuevo objeto. E n principio, podría instruirnos la comparación entre dos

estados de ese objeto, m atem áticas clásicas y m atem áticas m odernas; en lo sucesivo, el paralelo entre la faz, caída en desuso y el nuevo aspecto resu lta trivial, pero sigue siendo interesante; aunque sin duda menos que un razonam iento en cuatro términos. Helo aquí; sean, por un lado, las m a ­ tem áticas clásicas y su epistemología tradicional, aquí de­ finidas y ejemplares; por otro, las m atem áticas m odernas y su epistemología posible que queda por definir. La com­ paración que precede sólo constituye un prim er tiempo. Pero p a ra responder rigurosam ente acerca de la prolongación, conviene hacer el paralelism o, dos a dos, entre esos cuatro térm inos y, particularm ente, en tre la prim era epistemología y las segundas m atem áticas. Como veremos, se obtiene entonces un resultado b a sta n te considerable: que esa pro­ longación existe, pero que no es otra cosa que una im por­ ta c ió n p u ra y sim p le de c u a lq u ie r proyecto de la epistemología clásica a las m atem áticas m odernas, consi­ deradas en su generalidad (bajo ciertas condiciones, que son fáciles de plantear). E stas aparecen como una ciencia que contiene en su campo autóctono su propia metodología, su propia “auto-descripción”, su propia “lógica”, todo en estado positivo. E sa autorregulación interior de u n todo riguroso es sin duda la característica m ás espectacular del novedoso espíritu científico. A p a rtir de entonces, el problema —y la inquietud-— consiste en preguntarse, en presencia de esa im portación, realizada y tal vez definitiva, si el cuarto térm ino de nuestro razonam iento en sí mismo es pensable: la promoción de una epistemología m oderna de las m atem á­ ticas m odernas es una cuestión de posibilidad de existencia m ás que de contenido, en la m edida en que la piensa en el m arco de un razonam iento donde es hom ogénea a la epistemología clásica. Es esa homogeneidad lo que n u e stra época debe esforzarse en rom per. De m an era que el vacío actual de n u e stra “lógica” (filosófica) tradicional sería tanto de esencia como de historia, Es difícil soslayar la gravedad de esa cruz. Se comprende cómo y por qué el libro de Le Roy puede

servirnos como ejemplo y referencia: está en el cruce de varios caminos, donde la técnica se transform a, donde las doctrinas se oponen, donde vacila la historia, donde cam bian de horizonte las filosofías. Y esto sólo se vuelve visible, si se quiere extrapolar de las ínfim as vibraciones de lah isto ria , técnicas y doctrinas que esa obra contiene a pesar suyo. Sólo esas extrapolaciones perm iten plan tear el problema ya ci­ tado de la prolongación: u n corte sincrónico adquiere toda su fuerza cuando se efectúa en el escalonamiento diacrónico. A p a rtir de ahí no se tra ta en modo alguno de condenar ■ — la s c ie n c ia s se e n c a r g a n de h a c e r e n v e je c e r irreductiblem ente las epistemologías; como si, por alguna astucia de la razón, n u e stra s reflexiones sobre lo m ás r i­ guroso fuesen las m ás prontas a deteriorarse; de tal m an e ra que al condenar nos encam inaríam os por la vía que hace posible el error—. Pero ubicaríam os ese nudo complejo y prolongado, esos descendientes dobles, productos evolutivos del pensam iento riguroso y de su conciencia reflexiva, en cuyo transcurso las certidum bres se transponen y van hacia su verdad, por esa recurrencia que observaba Bachelard (que sabía profundam ente lo que significaba el dram a del cambio de lenguaje p ara la física) y entre los que nacen y se an udan diversas relaciones transversales de desfasaje, de error, de importación recíproca. Por el momento, hace falta razonar en cuatro térm inos, es decir, dos veces dos, cada serie se desarrolla sobre su línea diacrónica. Así pensaremos esa querella entre los antiguos y m oder­ nos de una m an era nueva. A lo largo de la evolución específicamente científica, en la que caben la comparación, la lucha, la victoria, la paz, se alzan en el horizonte unas m atem áticas ya m odernas-m odernas, que vuelven clásico lo nuevo.13 De m anera que una epistemología de n u e stra s 13 Cf. Un artículo reciente extraído de Critica-, “Bourbaki, ou la m athém atique de dem ain [Bourbaki o las m atemáticas del m a­ ñana].” Ahora bien, ¿cuántos miembros de esa ilustre asam blea son conscientes de que se trata de las m atem áticas de ayer?

m atem áticas tam bién sufriría el desfasaje observado en Le Roy. La historia va ta n rápido que el filósofo queda siem pre como el clásico de u n a s m atem áticas m odernas; de u n modo irresistible es reenviado a la h istoria y “rápido” es u n a m ala palabra. Porque, a m edida que se producen los descubri­ m ientos, el poder de los métodos se refuerza de tal m an era que h a b ría que h a b la r m ás bien de u n a aceleración del devenir. A lo largo d é la evolución epistemológica se produce un desvanecimiento progresivo de su problem ática original, y la importación progresiva de ésta hacia el arte y la técnica puros; y, por su interm edio, desaceleración del dinam ism o p a ra la invención, estrecham iento del campo de análisis, con respecto a los antiguos métodos y a sus proyectos anteriores. De ah í un entrecruzam iento curioso entre las verdades científicas y las verdades epistemológicas: m ien tras las prim eras evolucionan, se extienden y se refuerzan, según ese dram a nunca term inado de los rigores, las segundas condenan, absorben, o vuelven vanas las intenciones r e ­ flexivas que las preceden en ritmo. Es instructivo ver en qué m edida la conciencia científica sigue siendo bu en a con­ ciencia ante la transform ación de sus verdades, que la gente siem pre cree fijas y definitivas; m ientras que la conciencia filosófica no puede, cuando percibe que había errores endé­ micos en un punto de vista reflexivo acerca de la verdad en devenir. Esto sólo puede conducir a pensar, con u n giro nuevo, en el tipo de verdad que por lo general exhibe la reflexión epistemológica; y así redoblar la cuestión de la posibilidad de una epistemología m oderna. A lo largo de esas extrapolaciones necesarias, la óptica “recurrente” impone, entonces, un juicio acorde al desfasaje y la actualidad; como máximo, acorde a lo falso y lo ver­ dadero. Pero al considerar el estado de la ciencia realizada, y no la que se está realizando, en el m om ento anterior a los análisis de Le Roy, es decir, al ubicarse en un punto de vista sincrónico, se está obligado a subrayar la nitidez perfecta de la descripción técnica. L a investigación, de tan paciente, llega a ser lenta, la precisión es fin a h a s ta el puntillism o.

Los ejemplos científicos están bajo el dominio de u n a lengua p u ra y segura. Podríam os decir que se tra ta del m ejor de los casos: es el m onum ento de la epistemología tradicional por las razones y a evocadas, pero tam bién como forma cualitativam ente acabada. Las m atem áticas clásicas en­ cuentran ahí su excelente —y último— filósofo. ¿Pero qué es lo esencial en éstas últim as? Lo esencial, es decir, lo que tienen de puro, supone “la conciencia de la razón como operadora”. (Designamos, al pasar, esa defini­ ción de la pureza con referencia al sujeto pensante, em inen­ tem ente característica). Esas m atem áticas p u ras se definen como análisis, con la exclusión de la mecánica, que form a p a rte de la experiencia, de la geometría que tiene que ver con la intuición cuasi perceptiva, etcétera. Grosso modo, ese análisis, centro de la ciencia, es el defines del siglo XIX: nace con Leibniz, se desarrolla con Euler, Riem ann lo lleva a la culminación, p a ra citar sólo a sus grandes m entores. Según Le Roy, comprende la aritm ética, el álgebra (en el sentido clásico), el cálculo infinitesim al y la teoría de las funciones. Esto con respecto a su contenido. ¿Y con respecto a la definición? Hay que descubrir la noción característica, inanalizable, indefinible, invariante, primara, que da a ese campo su originalidad propia constituyéndolo en sistem a. E sa noción es la m agnitud, mejor dicho, la m edida, mejor todavía, el núm ero; y el análisis es ciencia del núm ero. La aritm ética dom ina indiscutiblem ente las otras disciplinas e impone cohesión al edificio. Suponiendo que se in sista en el orden y no en la m edida, sólo im portan los órdenes nu­ m éricam ente expresables. La vieja tradición aristotélica y cartesiana se unifica a través del número, concebido al mismo tiempo como form a lógica y como principio operativo, tipo y fuente de un movimiento original de pensam iento. Lo que en el campo técnico descrito se denomina aritm etización del análisis, tiene su modo correspondiente en la reflexión epistemológica que lo ausculta. E sa concepción bifronte perm ite tejer con un solo movimiento u n a génesis lógica y una génesis reflexiva del pensam iento m atem ático (Le Roy

u sa la expresión "genealogía operatoria”). De m an e ra que el número es prim ero dos veces. Y entonces su examen debe darnos las claves y los secretos. Las m atem áticas (clásicas) son análisis; éste es ciencia del núm ero. Partiendo de eso, debemos encontrar todo lo demás: “decimos que hay posibilidad de construir lógicamente todo análisis a p artir de la sola noción de número entero, carácter operatorio de esa m ism a noción” (señalamos al p asar h a sta qué punto hem os perdido el sentido de esas palabras). Y efectivizarlo. Del núm ero en­ tero, fuente inicial, parte un haz de generalizaciones su­ cesivas: racionales, cualificadas, irracionales, trascenden­ tes, complejas (el autor olvida aquellas de los cuaternios de Hamilton); a lo largo de esa genealogía am plificadora, ciertas disciplinas dividen su dominio, y la aritm ética desaparece p a ra dejar lugar al álgebra (clásica), que, como ciencia de transición (y bastante bien definida como estuvo de las operaciones inversas sobre los polinomios), deja a su vez lu g ar al a n á lisis: éste solo in te rv ie n e cuando lo irracional y lo real se definen convenientemente; pues es la "ciencia del contenido operatorio”. El térm ino análisis re ­ sulta ambiguo: designa tanto una parte, como la totalidad de las m atem áticas. Pero eso no es un inconveniente. De m anera que hay tres ciencias del número que se distribuyen a lo largo de las generalizaciones de su objeto. Lo que quiere decir que esas teorías deben su constitución a u n a m anera de preexistencia objetiva: este punto tam bién es caracte­ rístico. Sabrán disculparse estas banalidades. Pero era nece­ sario al m enos esbozar el esquema de las m atem áticas clásicas básicas: que al juicio de cada uno m u estre sim ple­ m ente lo que de ahora en m ás debe olvidar, así como la juventud que debe perder. Además constituye la infraes­ tructura global de los análisis del libro. Así planteadas las cosas, el autor prosigue el plan cuya im portancia histórica no es desdeñable. Efectivam ente, establece el últim o punto en vísperas de la reconstrucción “moderna", el último corte

sincrónico en las m atem áticas clásicas. Y a través d é la s tres ram as del análisis (teoría de las funciones, análisis del orden, análisis del continuo), en base a sus resultados principales, es posible leer en ese corte a p a rtir de dónde los m odernos van a reconstituir el edificio total: “Es preciso clasificar los distintos tipos de objetos, los distintos tipos de relaciones. Noción general de relación funcional, a la que podemos rem itir todo. Teoría de las relaciones. Cuerpos operativos: cierre. Clasificación délos grupos. Invariante. Lo esencial sólo depende de la e stru c tu ra o de la composición del grupo. Isomorfismo, etcétera”. El texto agrega: “E sa es u n a perspectiva p a ra concebir y organizar toda la ciencia.” A fin de cuentas, es como si una descripción de conjunto p u siera en evidencia cierto campo que, de term inal y sin­ gular, se conviertiera en universal y principal; lo cual es una constante en la histo ria de las m atem áticas. Ya se tra te del problem a de las tangentes, de la teoría de las transversales o de la noción de grupo, parece que resultados y problemas considerados prim ero como parciales, o como m ás finos, a veces se vuelven condiciones generales de reestructuración del edificio global. De ahí el interés de este corte sincrónico: conlleva los elementos de la recomposición del sistem a, de acuerdo con norm as y principios distintos de los que pone en juego p a ra desarrollarse. En principio creeríamos que, partiendo de un elemento del que ya se dijo b astan te que e ra el prim ero, ese plan distribuiría campos homogéneos, y constantem ente referidos a esa prioridad; ahora bien, no es así. Y al acercarse a su finalización, la distribución alcanza principios que son primeros a su vez. De m anera que hay que recom enzar, dar vuelta como u n g u an te el plan pro­ puesto, extrapolar la diacronía para com prenderla. En esto reside el fin de u n a historia, que lleva en sí todas las condiciones p a ra recomenzar. Todo lo que se ha venido diciendo significa, en p a rti­ cular, que el progreso m atem ático no se constituye sola­ m ente por la acumulación de descubrim ientos y la am pli­ ficación de la teoría; ni por la deducción p u ra y simple a lo

largo de uno o varios troncos hipotético-deductivos. Sino tam bién, y sobre todo, por avances de reestructuración general de la teoría misma: la profundización, en un mo­ m ento determ inado, de dicho campo, puede desembocar en la evidencia de prioridades nuevas con vocación de clasi­ ficación y sistematización. Nos arriesgam os a decir que las m atem áticas van hacia sus propias prioridades, así como vienen de ellas. No es tan paradójico como parece, porque con frecuencia el desarrollo deja estable el sistem a como tal. Hay sim ultáneam ente evolución y arquitectura. Si cons­ tan tem en te hay que avenirse con la historia y el sistema, con la génesis y la norma, sólo es posible p ensar el desarrollo en térm inos de reconstrucción continua. Y de este modo las verdades sincrónicas se enlazan en una red concisa en cuanto a las verdades diacrónicas: en un momento dado tal o cual prioridad designa, p ara m añana, u n a prioridad que la fundam ente. De ahí proviene un nuevo desfasaje que podría explicar el primero. Ya no es tanto el epistemólogo, situado en el tiempo, quien se encuentra desfasado con respecto a la ciencia, sino ésta con respecto a sí m ism a, las m atem áticas constituidas institucionalm ente y las m atem áticas vivas y en devenir. E n equilibrio entre dos centros de gravedad posibles, el antiguo y el nuevo, donde el último designa y el prim ero elige, el plan de Le Roy no es tanto un sistema como un compendio de historia. ¿Pero no está ahí precisa­ m ente el destino de toda “planificación” m atem ática? E sa podría ser seguram ente la definición de los Elementos de Euclides, adm irados durante mucho tiempo por su estruc­ tu ra , concebidos desde ahora en el doble sentido de la p a la b ra “m onum ento”. T an fuerte es el empuje hacia ade­ lante, tan esencial a las m atem áticas su prospectiva, que cualquier esfuerzo de sistem atización va acompañado por u n a recuperación recurrente del pasado por el presente, y de u n in te n to de program ación que deja a b ie rta la superación por venir. E stá muy bien h a b la r de Elementos como Euclides y Bourbald, o de Programa como Klein,

tam bién lo está yuxtaponer Elem entos de historia con Elementos didácticos. Dicho esto, el plan de Le Roy es lo contrario de un program a, en el sentido de la ceguera an te los desarrollos por venir y la preocupación centrada en la sistem atización de lo constituido: lo que podríamos llam ar la m alinterpretación euclidiana, que consiste en considerar las m atem áticas como algo cerrado, en reconstruirlas (lo cual está bien) sin tom ar conciencia de que existe una h istoria residual que por un lado colabora y, por el otro, se resiste contra el. sistem a. En este sentido, Le Roy es un “com entador” como podemos im aginar que lo era Euclides, aunque ambos tienen proyectos distintos. Partiendo del sistem a tropiezan con la historia, es decir, con el movimiento interior del sistema. De ahí las dudas del. filósofo que m edita en plena revolu­ ción. Rechazar el abandono de una prioridad tan segura como antigua, m ientras se adivinan las nuevas, perm anecer ligado a los epónimos banales cuando se hace el balance de acuerdo a la victoria, ¿no es rechazar la posibilidad de ir a la fuente bajo pretexto de que se viene de ella? Se tra ta de ver el movimiento complicado de la ciencia según la a p ertu ra y el cierre, el sistem a y el movimiento. Conservadurismo o dogmatismo, como se quiera, siem pre se explican por la visión m utilada de un estado de hecho m ás general o m ás complejo: por el olvido de la extrapolación. Se dice que las desgracias nunca vienen solas. Las m atem áticas m odernas fallan en el. momento más cercano a su triunfo, en el in sta n te mismo de la mutación de prioridades. Pero ese momento es tam bién el que precede a l tiem p o de la im p o rta c ió n de p ro b le m a s de la epistemología tradicional a la lógica moderna: el rechazo a esa im portación hace fallar entonces la lógica. Aquí no se tra ta de ceguera o de insuficiencia de visión: el problema se reconoce y se circunscribe la lucha. Que sea reciente no im pide que sea desesperada: todos los argum entos son uniform em ente débiles. Por ejemplo, la intención lógica se rechaza constantem ente según la inutilidad, la complica­

ción, la redundancia y la pasigrafía. Y es cuestión de risa: en Burali-Forti. h a n sido necesarias veintisiete ecuaciones p ara definir el núm ero uno. Mucho para poco. No podemos pensar que Le Roy no haya tenido conciencia de la debilidad de ese argum ento “estético” (repetido en todas partes) que vuelve al antiguo principio de niaximis y m initnis y que y erra en cuanto a la noción de simplicidad: porque la simplicidad del encadenam iento lineal no es la de los ele­ m entos prim eros ¿C uántas series de proporciones se p re­ cisan en la geom etría elem ental p a ra establecer u n a verdad, consumada en u n a línea por métodos m ás fuertes? Esto no im pide que el rigor se burle de la extensión de ese proceso. Además, si el núm ero es sim plem ente lo prim ero en el sentido de Le Roy, no obstante, se lo an aliza durante doscientas páginas antes de comenzar a m atem atizar efec­ tivam ente; tam bién esto es extenso y, efectivam ente, inútil: el argum ento invocado se vuelve contra su autor. Y así sucesivam ente: por un lado, uno se m antiene en guardia contra los intuicionistas, por otro, contra los logicistas, por todas partes contra la logística; se quiere conservar cierta simplicidad, cierta pureza, que n a d a debe a la intuición, lo cual está bien (cap. XV) y nada a la lógica, que es lo de menos. Se quiere así elim inar todas las génesis que no son génesis reflexivas: por ejemplo, lo empírico y la lógica; se define entonces u n a pureza “m edia” a la que se denom ina creación operatoria de la m ente. Y, p a ra preservar ese campo, voluntariam ente se evitan todos los problem as efectivamente epistemológicos, es decir, aquellos que re a l­ m ente im plican decisiones sobre el método, el objeto y el conjunto de las m atem áticas. Es el momento preciso de la importación: todos los verdaderos problemas abandonan la epistemología m adre, la que creyendo retenerlos define un campo de verdad que, de pronto, se percibe como vacío. Entonces, la discusión, el diálogo interior del campo explota y se vuelve querella entre escuelas técnicamente m atem áti­ cas. De ahí esa asom brosa im agen histórica. P or un lado, unas m atem áticas de las m atem áticas provenientes de es­

cuelas distintas, cada u n a de las cuales tom a decisiones por su propia cuenta (sim ultáneam ente y por fuera de la filo­ sofía), incluso respecto al funcionamiento del espíritu. Por el otro, u n a epistemología tradicional que se vacía poco a poco de su problem ática original, siem pre vuelta hacia un análisis del sujeto pensante, cada vez m ás potencial, cada vez menos significativa. Dispersión de los verdaderos pro­ blemas. El libro de Le Roy m arca el tiempo y las causas de la dispersión. D esde ese momento, ya no h a y querella entre antiguos y modernos con polémica en torno a la filosofía: hay polémica entre antiguos y nuevos m atem áticos y entre los modernos lógicos. La. epistemología queda fuera de circuito. En la m edida en que conserve su intención tradicional, no deja de estarlo. A nuestro entender, dos son los motivos por los que la epistemología clásica se suprim e de las m atem áticas mo­ dernas y de la lógica m atem ática: el rechazo de una m u­ tación de prioridades en el prim er caso, el apegam iento al análisis reflexivo en el. segundo, que oculta el transporte efectivo de los problem as de la epistemología a la técnica científica. E n ambos casos, se tra ta de origen y de funda­ mento: se perm anece en la prioridad num eral en cuanto al edificio, y en la prioridad del sujeto operante en cuanto a su justificación. Todo esto es m uy significativo de lo que pueden ser, en m atem áticas, progreso, descubrimiento, desarrollo histó ri­ co, leyes diacrónicas. Y es necesario cap tar lo que aquí llamam os núm ero, lo que llamamos antiguos y m odernos, de nuevo como un caso particular de una constante original en el progreso m atem ático. P ara persuadirse de eso, basta elegir un problem a cualquiera, com pletam ente ajeno a nuestras preocupaciones actuales y seguir su historia. Al azar tomemos un problem a clásico de geom etría tal como se encuentra en Pappus. Chasl.es provee su h isto ria en Aperr¿u (328-329). ¿Qué indica ese desarrollo? Precisam ente, una generalización continua de sus condiciones iniciales y de sus soluciones; pero, aquí y siempre, esa extensión es u n a

profunclización; de tal modo que una vez h allada la solución m ás general, se descubre que se h a puesto en relieve la m ejor profundización de las condiciones iniciales en sí m ism as. La hu id a hacia lo general es movimiento hacia la verdad del principio: así la historia da vueltas y el fin se convierte en origen, el fin histórico se vuelve origen esencial. El broche final que pone Poncelet a ese problem a de Pappus es sim ultáneam ente terminación y comienzo. Por el ago­ tam iento en extensión de un problem a, se descubren las condi ciones p a ra u n a nueva geometría. El genio m atem ático es generalización, es el genio del movimiento hacia la verdad del origen. G eneralizar es justificar. Se dice mucho de las m atem áticas cuando se pronuncia la expresión “a parte post”. "Seguid, seguid, la fe llegará”, en cuanto a la compren­ sión; “generalizar es justificar”, en cuanto a la verdad; “volverse”, en cuanto a la historia; por último, "reorganizar” con respecto al sistem a. De ahí el reflujo de los “modernos” ( el m ás fuerte que haya conocido tal vez la historia de las m atem áticas) respecto a la construcción presentada por Le Koy. Sus ram as term inales son puntos de vista profundos y verídicos bajo los que se puede abarcar todo nuevam ente. De m an e ra que no hay progreso decisivo y descubrimiento verdadero que 110 sean querellas continuas entre antiguos y m odernos, que rom pen profundam ente la continuidad de las pequeñas acumulaciones de series parciales de resul­ tados deducidos. Entonces, se invierte el orden, se rediseña el aspecto, se h a b la un nuevo lenguaje. En lo que nos concierne, sería bueno establecer un modo de “diccionario” comparativo que pusiera atención al dialecto clásico y la lengua m oderna: lo cual revelaría ese corte, esa dehiscencia, esa inversión. Cada vez que, en la histo ria de las m atem á­ ticas, se hace necesario ese diccionario, se produce un inm enso nivel de progreso, una aceleración del movimiento hacia la extensión y, sim ultáneam ente, h acia la verdad. El verdadero descubrim iento m atem ático se apoya en su conjunto, es reconstrucción; el progreso m atem ático es la sucesión de esos reajustes.

Esa generalización del núm ero sirve entonces como principio de construcción de las m atem áticas clásicas; tam bién sirve de índice p a ra apreciar su movimiento y su progresión. Evidentem ente, sería interesante com parar esa clave con ciertas claves de las m atem áticas m odernas y de ese modo confrontar su construcción respectiva. Los re ­ sultados de esa comparación son b astan te num erosos, de­ m asiado como para ser retom ados en el marco presente; de todas m aneras, es m ucha su simplicidad y están en m ente de todos. Sin embargo, podemos detenernos en las observaciones m ás extensas. E n particular, subrayar los distintos des­ plazam ientos de teorías en el conjunto de las dos cons­ trucciones: por ejemplo, los distintos problemas que Le Roy clasifica bajo el rótulo de “análisis" se redistribuyen en todos los niveles de la construcción m oderna. Lo que se refiere a las teorías del infinito es repuesto, en líneas generales, en la teoría de los conjuntos; los problemas enumerados bajo el rótulo “teoría del orden” se reponen bastante n a tu ra l­ m ente en el álgebra m oderna; en lo que hace al análisis de las funciones, éste se encuentra a la vez en álgebra, en topología, en teoría de la integración, etcétera. Lo mismo p a ra los problemas enum erados bajo el título “álgebra”: se los encuentra en teoría de los conjuntos, en álgebra, en topología. Por lo tanto, h a y cruzam ientos considerables y redistribuciones; cuando dijimos que lo term inal se con­ v e rtía en inicial, sólo era verdad en líneas generales: de hecho, la recomposición se efectúa en numerosos sentidos. E n tre los dos cortes sincrónicos así practicados hay aso­ ciaciones complejas y entrecruzam ientos. Lo anterior puede inducir a la falsa idea de que el solo desplazam iento de los problem as y de las teorías b a sta p a ra expresar la diferencia en tre las dos m atem áticas; de que sólo se t r a t a de u n ro m p e c a b e z a s rec o m p u e sto , de la reconstitución de un sistem a por un cambio de situación entre sus elementos. De hecho, la diferencia se refiere al carácter mismo que preside su construcción respectiva, a la

idea general que e stá en juego en su movimiento. A nalizar esa idea, describir ese carácter sería u n a larga tarea. Lo que se puede hacer es referirse a un índice revelador. E ste podría ser el tipo de generalidad enfocada y obtenida por cada u n a de las m atem áticas. La p rim era p resen ta un movimiento de generalización, que describimos con Le Roy. Con m ucha precisión podemos decir que ese movimiento 110 es otra cosa que u n a expansión continua de un campo de partida objetivo', las distintas representaciones intuitivas de esa expansión son b astan te elocuentes. El beneficio que se obtiene en cada etapa de la extensión está relacionado con el análisis de las propiedades de un ser, de u n objeto. Se consideran las características operatorias de éste: flexibílizándolas, completándolas, el número-objeto se transform a, se enriquece, invade zonas m arginales que bordean y completan la sucesión discreta de partid a. El nuevo campo conquistado sólo se descubre por la conside­ ración de los objetos que lo ocupan, de sus características operatorias, casi diríam os, de sus atributos esenciales. Pero las m atem áticas clásicas permanecen al ras de la experiencia de su objeto de pensamiento; de alguna m anera, son suje­ tadas por él, guiadas por las posibilidades que el objeto les ofrece o por las imposibilidades que m anifiesta. Con respecto a esto, es esclarecedor su vocabulario histórico: de los irracionales griegos a los complejos, hizo núm eros imposi­ b le s , falso s, im a g in a r io s , e tc é te r a . E l m o v im ie n to “longitudinal” de generalización es u n a suerte de lucha contra un ser compacto que se resiste a las m aniobras, vuelve im practicables ciertas m anipulaciones, y que cons­ tantem ente hace fa lta depurar p a ra adquirir la libertad operatoria. Nos encontram os entonces, bajo otro aspecto, esa prim acía del núm ero con la que Le Roy hace su dogma: pero esa prim acía se experim enta como hipoteca b a s ta n te pe­ sada, u n a m anera de sujetam iento del pensam iento libre. Cuando por fin esa noción sea suficientem ente generalizada, b astan te depurada, convenientem ente form alizada, cuando las m atem áticas h ay an heclio su últim o esfuerzo de gene­

ralización longitudinal, se podrá entonces ten e r otro punto de vista, dejar esa estrecha relación con la experiencia del objeto, adquirir facilidades, cierta libertad y “desenvoltura” nuevas (para h a b la r como M erleau-Pontyj, se podrá hablar por fin de seres cualesquiera sobre los que no se haga ninguna hipótesis previa. El objetivo previo, que era pri­ mordial, se experim enta como hipoteca; desaparece. De ahí la relación en tre esa génesis y la historia: era necesario llegar a la m ejor extensión “objetiva” deseable p ara poder pasar a un nivel de generalidad. Respecto a ese tipo de generalidad “objetiva” y “ex­ tensiva”, las nuevas m atem áticas transform an radicalm ente su punto de vista. H abía movimiento longitudinal, conquista de campos m arginales ocupados por objetos determ inados como tales. E] tipo de generalidad a la que a p u n tan los modernos es com pletam ente diferente: se obtiene adoptando un punto de v ista transversal y regresivo, eliminando las determ inaciones objetivas, otorgándose campos que ya no se caracterizan por sus elementos objetivos, sino por leyes propias. E n principio, se abandona p a ra siem pre cualquier consideración objetiva determ inada. El objeto no es m ás que el objeto X, el objeto cualquiera. La reflexión p a sa del ser a la relación, del objeto a su manifestación, de la cosa al método. No se reg resará al nivel ingenuo m ás que cuando se q u ie ra e x h ib ir u n p a ra d ig m a , u n ejem plo o un contraejemplo, en sum a un modelo. Y, bajo la estructura relaciona! estudiada, se agrupan numerosos modelos que esa estructura expresa transversalm ente: dios, m esa o w.c. Los campos así agrupados analógicamente comprenden los campos “num erales” precedentes, ciertam ente, pero tam ­ bién grupos de transform aciones geométricas, etcétera. De ahí el poder organizador, clasificador de esta nu ev a óptica, su fuerza de recolección que le confiere alto nivel de ge­ neralidad. Como diría Leibniz, que puede considerarse como el antecesor de este método, “ya no hay que h acer rodar mil veces la m ism a piedra”: analizando con atención mi m anera

de hacerla rodar, puedo saber de u n a vez todo lo que me interesa, sin considerar esa piedra en sí m ism a. Y el m a­ temático moderno da al clásico la conciencia de Sísifo. En lugar de rep etir teorías particulares, se expresan teorías m ultivalentes, en campos cualesquiera que se determ inan a voluntad variando las condiciones de m anipulación. Además de ese movimiento “tran sv ersal”, hay pues un movimiento regresivo; no sólo se estudia la m anera, sino sus condiciones; y el análisis riguroso de esas condiciones acelera el movimiento hacia adelante: reflexionando sobre el método y las condiciones del método, es fatal que se term ine entregado al método m ás fuerte posible. De ahí, ciertam ente, u n a clasificación cada vez m ás estrecha, pero un desarrollo cada vez m ás acelerado. Se podría desarrollar esto to d a v ía m ás; pero, en a d e la n te , no sólo e sta s constataciones resu lta n triviales, sino que —como dijimos— es otro e] razonam iento que por el momento retien e n u e stra atención, el cual es propio del interés del filósofo. F re n te a su antecedente clásico, las m atem áticas mo­ dernas tienen de singular y característico su intención profunda de tomarse a s í m ism as como objeto; y, en par­ tic u la r , com o objeto de su p ro p io d isc u rso . Si la epistemología tradicional se define como discurso sobre la ciencia, rápidam ente se pone en evidencia que las m ate­ m áticas m odernas se constituyen como epistemología de sus propios procesos. Ellas son ese mismo discurso, y ese dis­ curso riguroso. Con respecto a la ciencia que las precede, adquieren u n a nueva dimensión, que sólo se puede precisar a través de la conquista técnica, analítica y lingüística del campo de problem as correspondiente a la antigua filosofía de las m atem áticas: por último, pueden p lan tear y, a veces, resolver, dentro de su dominio autóctono, las cuestiones que antes estaban confiadas a un dominio exterior. Por eso sólo se puede h a b la r m uy m al de las m atem áticas: ellas hablan de sí m ism as con el. grado máximo de veracidad y de rigor. Siguiendo el curso de varios de sus desarrollos, esa conclusión no ta rd a en imponerse con la fuerza de la evi­

dencia. M anipula un conjunto de entes y, al mismo tiempo, m anipula el conjunto de las m aneras de m anipularlos o, si se quiere, de los métodos de m anipulación. Cuando un método se vuelve el objeto mismo del saber, ¿qué se puede d ecir de ese sa b er si no que d e s a rro lla su p ro p ia metodología? A hora bien, es lo que sucede con las m ate ­ m áticas de n u e stra época, que son m atem áticas de la m a­ nera m ás que m atem áticas de la cosa, o para las que la m an e ra se vuelve cosa y objeto de pensam iento. La antigua progresión efectiva va acom pañada en lo sucesivo de un doblaje "reflexivo” que se describe, se p a u ta y se reglam enta al llevarse a cabo, y ese doblaje es la progresión m ism a del nuevo saber. La reduplicación es aquí de rigor: la topología tiene por objeto las nociones de lím ite, de continuidad, de proxim idad, sin duda; tam bién tiene por objeto las diversas topologías clasificadas según su "fineza”, las transform a­ ciones topológicas y así sucesivam ente. Como habíamos señalado, aquellas se declinan siem pre en genitivo: se constituyen sin cesar como m atem áticas de s í m ism as. Esto es así con ta n ta frecuencia como sea posible: la lógica m oderna, por ejemplo, que pertenece en adelante al mundo m atem ático, por un lado inten ta ser descripción, reflexión, doblaje, regulación, fundam ento de esas matemáticas, pero es tam bién todo eso para sí m ism a: se supervisa, se pauta y se reflexiona. Lo mismo sucede con el álgebra, que es regulación y norm a de los niveles ingenuos que expresa, pero tam bién regulación de sí. Esa tem atización continuada, tra n sv e rsa ] a su propio m ovim iento, que expresa las constantes de todas las progresiones ingenuas y hace pro­ g resar esa expresión, es tan im portante que poco a poco se vislum bra su presencia en el conjunto del edificio. Se podría traducir ese movimiento en los térm inos siguientes: las m atem áticas intentan descubrir la m ayor cantidad de puntos de vista posibles que les perm itan hablar de sí mism as. En consecuencia, para afinar nuestro análisis, hay constitución de u n a epistemología prim ero positiva, luego rigurosa, por últim o generalizada. Volvamos, por ejemplo,

a n u e stra comparación inicial; generalizar la noción de núm ero, a través de los clásicos, implicaba am pliar una noción p ara volverla maleable de acuerdo a ciertas opera­ ciones. La generalización m oderna consiste en actuar sobre la operación en general, y esa variación describe campos de objetos cualesquiera. Por un lado, hay generalización de un objeto; por otro, hay generalización “metodológica”. Aquí descubrimos el complemento de ese resultado que m ani­ f ie s ta que el conjunto de esas m a te m á tic a s es u n a metodología generalizada. Fiel a su espíritu de siempre, las m atem áticas, a p a rtir de su im portación del campo de las antiguas cuestiones epistemológicas, lo h an analizado, lo h a n norm ativizado, lo han vuelto riguroso, h an hecho variar al infinito su constitución interna. lia n m anipulado esas cuestiones con todas las libertades de su rigor. E sta duplicación continua sobre sí m ism a, que priva al filósofo de la Originalidad de su posición, no obstante es a ltam en te instructiva para él. Efectivam ente, aquí lo im ­ p o rta n te es la iteración de esa vuelta: lo que hace proliferar los niveles de abstracción y de ingenuidad. Analiza y relativiza esas dos nociones que antes parecían estables: en el orden de la reflexión, tal nivel es abstracto con respecto a otro, concreto con relación al siguiente. De ahí la m ul­ tiplicidad de m aneras de discurrir sobre sí, de tom arse a sí m ism as como objeto. Se hojean esos niveles de tal m anera que a veces se puede decir ya sea que se experimenta con u n paradigm a, con un ejemplo o un contraejemplo, ya sea que se reflexiona sobre una e stru c tu ra abstracta. Hay form ación de dos nociones nuevas, la de experiencia m a­ tem ática y de reflexión m atem ática, am bas tan relativas como las dos prim eras. Así “generalizada” esta epistemología positi va, habiendo dividido su campo de acción en las m atem áticas mismas, se carga distributivam ente de todos los papeles tradicionales desem peñados por la epistemología clásica. A determinado nivel de abstracción se agrupan gran cantidad de ejemplos del nivel inferior, ingenuos con respecto a él; se agrupan bajo

u n a sola perspectiva y se describen, transversalm ente de m anera analógica. U na estru ctu ra es, precisam ente, el análogo de esos m últiples modelos ingenuos. Entonces, la vieja intención descriptiva de la epistemología clásica es absorbida por esa descripción rigurosa. Gracias a ese es­ fuerzo de reagrupam iento y a esa percepción transversal, las m atem áticas se constituyen en epistemología rigurosa del conocimiento analógico (buen ejemplo de esto es el famoso teorem a del punto fijo, que reagrupa analógicam ente u n a m ultitud de resultados del álgebra clásica o de análisis: ese teorem a es u n a suerte de expresión general de la verdad de cualquier método de aproximación). E n cierto modo, el form alismo es la lengua de esa descripción, Pero esa lengua obedece a leyes, como cualquier lengua: entonces la in ­ tención descriptiva se desdobla de la intención normativa', y esas norm as se expresan, según el sistem a, en el lenguaje axiomático y, según la lengua, en la investigación lógica.5'1 E sa lengua, esas leyes, esas norm as, ese sistem a deben esta r rigurosam ente fundam entados. Aparece así el problem a del fundam ento. Evidentem ente, todo esto e stá dicho a grandes rasgos y un análisis m ás fino diversificaría al infinito los resultados; siem pre que un hecho es evidente: la división de antiguas intenciones epistemológicas es, de hecho, su re a ­ lización efectiva; en las m ate m á tic a s m odernas, h a y epistem ología positiva, y según la descripción, según la norm a, según el fundam ento. E s tá claro que la m ultipli­ cación de niveles diferentes p erm ite tecnificar y h acer pensables cuestiones que la epistemología “reflexiva” era

u Para descripción di el ejemplo del teorema del punto fijo; se podría dar, en lo que concierne a la norma, el m uy buen ejemplo de la s funciones recursivas en lógica. En cierto modo, sirven de índice para juzgar razonam ientos m atem áticos, según los grados de riesgos que im plican. Perm iten, de otra m anera, exponer, de acuerdo a una clasificación, el juicio normativo. Lo cual, dicho sea de paso, es una confirmación de esa “filosofía” de la pluralidad de los niveles, v ista desde la perspectiva de la norma.

incapaz de resolver, e incluso de plantear en térm inos resolubles. Por tradición y vocación, la epistemología es el lugar donde se debate del modo m ás particular y preciso el problem a filosófico d é la verdad; el lugar donde ese problem a se proyecta, circunscribe, determ ina, efectúa. Es el soporte al que toda teoría del conocimiento, cualquiera que sea, está obligada a ir a buscar sus valores. Ahora bien, resu lta que en el estado actual de las cosas es casi imposible definir el tipo de verdad que promueve. Ni su tipo lingüístico de verdad (coherencia de su sintaxis o contenido significativo de su semántica) ni el tipo de su propio rigor (normativo o de fundamento). Desde luego, la epistemología abandonó (y sin duda p a ra siempre) la in ­ tención norm ativa y crítica que asum ía tradicionalm ente con respecto a la ciencia. No le queda m ás que la vocación y la intención descriptiva. Entonces, la filosofía de las ciencias deviene filosofía de la historia de las ciencias, o historia de las ciencias, o tam bién historia de la filosofía de las ciencias. De m an era que se dirige al historicismo: y a sea en el sentido usual, ya sea en el sentido de historia n a tu ra l, es decir, que deviene u n a descripción diacrónica o u n a descripción sincrónica. Además, esa descripción puede ser psicológica, genética en todos los sentidos que se quiera, incluso vulgarizadora llegado mi punto, m ás aún clasifi­ cadora, fenomenológica, por último. Esto es bastante visible desde Comte, al menos en Francia. E n adelante, cualquier epistemólogo, quienquiera que sea, es historiador o n a tu ­ ralista, en todos los sentidos im aginables. La tradición aseguraba que todo eso constituía un discurso sobre la ciencia. ¿Pero alguna vez pensó en la gram ática, en la morfología, en la sintaxis, en la sem ántica de ese discurso? ¿No hay presuntuosidad en arrogarse el derecho de discurrir sobre un lenguaje riguroso sin d eter­ m in ar previam ente el lenguaje de ese discurso? Así, aliada a la vez de la lengua lógica (menor, formal, moderna...) y de la lengua m atem ática, la epistemología se sitúa en u n nivel

lingüístico indefinible y vago cuando se tra ta de describir: ese nivel lingüístico no es esencialm ente diferente del de la vulgarización o del comentario, en que se pasa de un len­ guaje técnico al lenguaje común. Prim era dificultad, desde el momento en que el sentido que la ciencia designa se a p arta de la experiencia y de la razón comunes, al punto que toda traducción en lengua vulgar es traición. Cuando se tra ta de norma y de fundam ento, ese discurso adopta la lingüística filosófica que le sirve de soporte. Nuevo desfasaje que la epistemología se agota en reducir, ya que lo lleva en sí, desfasaje al nivel de su propio discurso, heterogeneidad en tre cuatro lenguas: lógica, m atem ática, filosófica, vulgar. O brar con metodología en el sentido de la tradición, es hab lar ese volapuk que hace referencia arb itrariam en te a cuatro campos lingüísticos a la vez, como mínimo. El con­ venio epistemológico estaba redactado en esperanto. G eneralizando lo anterior, se define fácilm ente la epistemología tradicional como epistemología exterior. E sta situación —cuyo indicio es la distancia entre un discurso lógico-filosófico-vulgar y el lenguaje técnico de los m ate­ m áticos— produjo su fuerza y las razones de su fracaso. Retomemos el ejemplo de Le Roy: el. estado de las m ate ­ m áticas clásicas en vísperas de la crisis y durante la crisis es tal, desde el punto de vista de las norm as y del fun­ damento, que sólo u n discurso exterior parecía poder sos­ tenerlas. Es necesario dejar la ingenuidad para esta r en posición reflexiva y fundam entadora: vieja idea de filósofo; en este caso y como es frecuente, hace su trabajo de filósofo, reflexiona sobre u n objeto y se separa de éste p ara hacerlo. Las m atem áticas son entonces un sistem a que cierra y que cierra solamente la epistemología reflexiva. A unque exte­ rior, esa epistemología es inseparable de las m atem áticas en lam ed id a en que, en la prim era, se determ inan —o m ás bien se plantean— problem as pendientes —o más bien olvida­ dos— de la segunda. D esatada la crisis o, mejor, p a ra desatar la crisis, salen a la luz técnicas nuevas, en el momento mismo en que el

panoram a descrito puede llam ar la atención por su perfec­ ción. Su diseño global es cerrar las matemáticas de manera autónoma, discurrir sobre ellas a p a rtir de ellas m ism as, en u n a lengua muy próxim a a la suya. Así parecería que las técnicas deberían absorber el contenido d é la epistemología exterior y, m ás aún, su intención y su actitud, sólo variando en relación a su situación, definiéndose como epistemología interior. E sta situación perm ite a los lógicos modernos economizar con la lengua filosófica y la lengua vulgar (es decir, vulgarizad ora), sin tener que reducir el viejo desfasaje lingüístico: y como las nuevas técnicas se desarrollan en un lenguaje que es natural a los problem as evocados, hacen con m ucha facilidad la teoría de ese lenguaje, algo trabajoso p a ra el discurso artificial de la epistemología exterior. El libro de Le Roy m arca el tiempo del encuentro y los episodios de la lucha entre esos dos tipos de reflexión, intencional y tecnificada, el momento del pasaje de una situación a la otra. Finalm ente, lo que está en juego es el genitivo de la defi­ nición: ¿la ciencia de la ciencia partió de la segunda o de afuera de ella? Se nos o b je ta rá q u e es excesivo r e d u c ir a u n deslizam iento de situación el debate entre la metodología clásica y la lógica m oderna. Sin embai'go, m antenem os que se desenvuelve (que se desenvolvía, ya que está aplacado) sobre un terreno común, lo que aquí se pone en evidencia. Vimos cómo la filosofía tradicional de las m atem áticas describía, normalizaba, fundam entaba. Intentaba decir qué es la ciencia, cómo se desarrollan objetos, métodos, historia: el epistemólogo era el n atu ralista, en el sentido de la historia n a tu ra l; dibujaba la a n a to m ía de su constitución, la fisiología de sus funciones, el cuadro de su evolución (cronológica, genética, psicológica, reflexiva). Y entonces la “n a t u r a l i z a b a lo suficiente p a ra que al menos su des­ cripción no repercutiera nunca en el objeto mismo, p a ra que su discurso no revivificara las estru ctu ras metódicas: lo que dice la palabra “exterior”. La autodescripción que ejecuta la epistemología interna,

por el contrario, tiene un impacto de im portancia fundam en­ ta l en el objeto d e scrito ; lejos de e s ta b iliz a rlo , de naturalizarlo, lo reconstituye, lo revivifica, lo reestru ctu ra. E n este sentido, el álgebra m oderna es u n a autodescrípción m atem ática de las ingenuidades clásicas: indica la esencia operatoria, lo que la metodología clásica in ten tab a hacer (el terreno es común), pero convierte esas esencias, esas es­ tructuras en objetos dé su jurisdicción m atem ática y pro­ sigue su camino. Entonces resu lta ciencia m oderna de la ciencia clásica que natu raliza en un sentido, pero que sin embargo revivifica, profundiza y prolonga. Las teorías inge­ n u as clásicas se vuelven modelos de la ciencia estructural; aquí la palabra modelo tiene el sentido de paradigm a para u n a abstracción, lugar en el que la estructura se realiza y se refleja: se m ira a sí m ism a como realizada. La ciencia clásica era el modelo del epistemólogo, como tal atle ta fue el modelo de P raxí teles o tal insecto el modelo de los dibujos entomológicos de Fabre: se los m ira para tom ar de ahí el dibujo, el calco, el esquem a. Pero dibujada la plancha, el modelo se describe y no se asume. Sucede lo contrario cuando se tra ta de u n a autodescripción. De ahí proviene nuestro debate sobre el genitivo: la ciencia de la ciencia es u n a duplicación de ésta sobre si m ism a, una cuasi reflexión, y no la separación de un dis­ curso y de su objeto. Ya no hay m ás terreno exterior a los niathemata. A dquieren puntos de apoyo sobre la huella de su propio movimiento, o, si se quiere, ya no hay pensam iento que sobrevuele por encima, el pensam iento se apoya en su propio vuelo. La ciencia de la ciencia no es m ás esa refe­ rencia exterior universal, ese polo donde converge la red de todas las longitudes. Es asunción interior y reflexión re­ gional. No es la prim era vez, h a sta donde sabemos, que la meditación contem poránea se encuentra con esta idea de referencia autónom a y autóctona de reflujo de la descripción de un movimiento hacia el movimiento mismo. Y m ientras m ás cerca estoy del objeto descrito y soy llevado con él en el mismo proceso, m ás mi discurso es homogéneo en su

forma y fiel a su esencia, pero tam bién m ás lo transform o y l.o elevo en el desarrollo mismo de mi discurso: en cierto punto, la autodescripción de la lengua m atem ática por sí m ism a es reactivación, reestructuración, promoción. Es m atem ática y no en el campo de la evidencia, sino en el del pensam iento ciego y formal. Y, para volver al movimiento, está muy claro que esa duplicación reactivante es una de sus fuentes. Se h a dicho que el origen de las m atem áticas residía en su fin; quizá se podría decir que reside —como origen dinámico, no objetivo últim o, sino motor'—-en todo momento, en cada in sta n te del movimiento hacia ese fin. Hay, enton­ ces, en la región m atem ática, una ciencia de sí m ism a que es heurística y sigue siendo descriptiva. Cosa r a r a en filosofía, el deslizamiento de la intención metodológica hacia el elevado tecnicismo de una ciencia perm ite ju zg ar el estricto valor científico de la antigua intención. En el libro de Le Roy, la epistemología clásica se encuentra con ten ta tiv a s logísticas y las somete al tribunal exterior del análisis reflexivo; el deslizamiento realizado y la toma de conciencia que tiene lugar de la duplicación de reflexión, de sutiles sustituciones, transform an al pretorio: el juez se convierte en el procesado y el acusado hace comparecer. P a ra la metodología clásica, la lógica m oderna era inútil, complicada, redundante; a los ojos del lógico, la antigua epistemología es menos que inútil, falsa. Ese juicio es pronunciable en la m edida en que los mismos problemas están aquí concernidos: es necesario u sa r entonces la m ism a vara p a ra exam inar el valor científico comparando las dos intenciones. La lucha que emprendió Le Roy fue una buena guerra m ientras reinaban las m atem áticas clásicas; la lu ­ cha, de hecho, según la diacronía, era desesperada. No sólo se perdió el combate, sino todo el conflicto: la epistemología clásica está m uerta. Pero revive en otras partes, bajo cielos transparentes.

Ya en tiempos de Le Boy, el tipo de verdad de la epistemología no puede ser m ás que de orden históricodescriptivo.1® Ya no es m ás ciencia de las ciencias, sino discurso en una nietalengua, a propósito de cada lengua particu lar, de cada región del saber. Cada epistemología regional se expresa en u n a suerte de m etal engua filosófica sobre la región científica que describe. El problem a es el siguiente desde entonces: ¿cuál es el valor, cual es la co­ herencia, cuál es el sentido, etcétera, de esa m etal engua epistemológica? Sobre todo, ¿cuál es su relación precisa con el discurso del saber del que habla? En lo que concierne a la región m atem ática, la resp u esta a esa preg u n ta es ab­ solutam ente perentoria: esa m etalengua epistemológica no existe de m an era original y necesaria. Porque las m atem á­ ticas m ism as disponen de suficientes m etalenguas p ara h a b la r de ellas, para describirse, e incluso fundarse. En otras palabras, si el tipo de verdad de la epistemología ya no es m ás que de orden descriptivo, ese tipo de verdad se

15 El problema al que nos referimos, después de todo, no es diferente del que se plantea, en general, para cualquier comentario, y, en particular, para cualquier com entario literario. Que con frecuencia se lo soslaye a través de la m era enunciación técnica de ejemplos convenientem ente elegidos no cambia nada la cosa. A sí como el com entario literario se ve forzado a elegir, bajo pena de transform arse en un arte incierto de sus propios pasos, entre la historia (definida en todos los sentidos posibles ya alegados) y la ciencia filológica o lingüística, a sí la epistem ología se ha inclinado h acia la historia por haber perdido poco a poco el sentido de la ciencia lógica. S in duda, el destino de todo comentario —y su verdad— es que debe perderse en ese arte incierto o en técnicas que lo rebasan. D e ahí, la elección crucial y, ante la elección, esos prolegóm enos. O el epistemólogo seguirá siendo ese artista (y ahí se distingue el carácter único de la obra de Bachelard, artista consumado en su propio lenguaje, de la descripción científica y riguroso técnico de la estética), o deberá ser compañero de los filólogos de la ciencia, es decir, de los verdaderos lógicos. O, en­ tonces, la epistem ología no es m ás que una redundancia, y el co­ m entario una repetición.

expresa en u n a m etal exigua que es la lengua de la descrip­ ción m ism a; para que la descripción sea fíe! y rigurosa, hay que dom inar esa m etalengua: por lo tanto, son las m ism as m atem áticas las que la promueven. Y una vez más, la epistemología descriptiva (como la norm ativa, la fundadora) es totalm ente im portada al campo de la tecnología m a te ­ m ática. La descripción sincrónica es por un lado algo propio d é la región en cuestión; incluso llam a la atención h a s ta qué punto la descripción diacrónica interesa a los m atem áticos, ya que sólo es una profunda reflexión sobre el devenir de un problem a (es decir, sobre u n desarrollo interno y su proliferación en extensión) que se llega a captar y a describir con rigor. Entonces, la lógica y las m atem áticas m odernas, adem ás de ser lógicas, son tam bién metodologías, en el sentido tradicional de esa palabra. Por ejemplo, el álgebra lin e a l de n u e s tr o s c o n te m p o rá n e o s r e p r e s e n ta la m etodología efectiva de u n a cantidad de problemas clásicos que van de los que p resen ta el álgebra elem ental a los que exhibe la geom etría pura. Y, ahí tam bién, la intención epistemológica de las m atem áticas m odernas ha sido la condición y el motor de su desarrollo. Es difícil ocultar la gravedad del problema. La verdad, a veces, en crueles momentos de la historia, no se conserva m ás que al precio de la lucidez, de amputaciones, incluso de parricidios. ¿Cuál es, por ejemplo, la lección m asiva de las obras de Lautm an? Por acumulación de ejemplos sim ilares, se esfuerzan en extraer de ellos “estru ctu ras”, “ideas”, de estatuto platónico. Pero, ¡qué tanto!. Los m atem áticos casi­ no hacen o tra cosa, sin prejuzgar ese estatuto. Cavaillés m ism o, d esp u és del fracaso de L o g iq u e form elle et tm nscendantale, proclama, antes de su m uerte, el retorno a u n a filosofía del concepto y el abandono de la de la con­ ciencia, Es la perspectiva de la ciencia m oderna, en el sen ti­ do que definimos. Finalm ente, estas son dos extrapolaciones inesperadas de la reflexión de Le Roy. No se puede entonces p lan te ar el problem a de la epistemología m oderna m ás que por referencia a la doble

diacronía de los problem as y de las reflexiones. N uestro tiempo es (o lia sido h a s ta hace poco) un momento de reconstrucción sistem ática; ésta sólo fue posible a través de u n a reflexión de las m atem áticas sobre sí mismas, su m é­ todo, sus objetos, sus condiciones, en suma, a través de una intersección de las dos diacronías. Es lo que llamam os la formación progresiva de u n a epistemología positiva en el in terio r de la ciencia mism a. Dicho esto, es imposible prever los caminos de m añana: o las ru ta s azarosas que Gallois d e p lo ra b a en pleno siglo XIX, o el refu erzo de la sistem atización, de la reflexión; lo que significa, p a ra no­ sotros los filósofos, sístole o diástole de esa epistemología positiva. De modo que la imprevisibilidad de los descubri­ m ientos y de las reesti-ucturaciones a lo largo de u n a de las diacronías nos impide extrapolar sobre la segunda. De todas m aneras, se generaliza nuestro problema como ley histórica: en todos los momentos de gran reconstrucción sistem ática, los m atem áticos se vuelven los epistemólogos de su propio saber. E sa transform ación es una m utación que se efectúa desde el interior. Todo sucede como si, en el m om ento de promoverse a mi nuevo sistema, las m atem á­ ticas tuviesen necesidad con frecuencia de im portar la to­ talidad de las cuestiones epistemológicas. Así, a lo largo de u n devenir siem pre inesperado, se ubican nudos sin­ crónicos reflexivos y reguladores. Todo esto conduce a-aclarar la extraña paradoja, según la cual, los discursos rigurosos son evolutivos siguiendo una línea indeterm inable de antem ano. No es sorprendente, de hecho, que el observador exterior, que objetiva, naturalice y fije un proceso. E ste admite, sin segundas intenciones que las ciencias m atem áticas son. rigurosas, que poseen esa virtud como derecho divino. Pero digámoslo de una vez: las m atem áticas no son rigurosas, van hacia el rigor. Cada paso m u estra que el precedente era menos seguro, cada sistem a que se construye actualm ente es m ás sólido que el edificio precedente. Así la verdad modelo es diacrónicamente desarrollable, en su cualidad m ism a de modelo. El. rigor es la

tare a infinita de las m atem áticas. Lo mismo sucede con la pureza: Las m atem áticas tío son puras, van hacia su pureza, que es, asim ism o, su tarea infinita. Y, recíprocam ente, en un momento dado de ese movimiento se percibe desde el in­ terior el o los momentos precedentes como dados. Es ahora y sólo ahora que sabemos que el espacio euclidiano es, llegado un punto, el de la técnica, que su geom etría es la de los m aestros m ayores de obras. La óptica recu rren te de los m odernistas de todas las épocas ya no es un historicism o común que consistiría en privilegiar la idea y la m oda del momento; es un reordenam iento fundam ental que presenta los dos cuadros, diacrónico y sincrónico, como los mejores posibles, de acuerdo con la verdad, el rigor y la pureza. En la realización de esas tareas, no hay que dejar de observar las continuas tentativas que esa ciencia asum e p a ra cerrar su propio campo, como si no h u b iera mejor norm a que ese cierre. Y siem pre los m ejores cierres se descubren en las estructuras m ás generales. Así, con un mismo movimiento, su dominio se am plía, se profundiza y se cierra. Las fronteras se hacen m ás am plias y fuertes. Ejemplo: p a ra h acer rigurosa la vieja idea leibnitziana de derivada de cualquier orden, im pensable según el cálculo diferencial clásico, no hay otro medio que generalizar la idea m ism a de función y definir la noción de distribución. Se va a buscar en lo extensivo el fundam ento de la anom alía singular, se alcanza lo riguroso por am pliación del campo: pero esa extensión supone un nuevo cierre. Las m atem áticas son u n a teoría am plificadora y cerrada sobre sí m ism a. No puede entonces aparecer, según el últim o de los cortes sincrónicos, m ás que como el conjunto de pensa­ mientos m ás general y el mejor cerrado posible; esto, en cuanto al observador exterior, u n universal norm ado cuyas génesis históricas y arquitectónicas son en adelante cohe­ ren te s. C o n stitu y e u n a su e rte de “p sic o a n á lisis” del epistemólogo. El m atem ático, hay que decirlo, tiene y no tiene esa óptica; al menos el que investiga, p a ra quien la ciencia no es institución del pensam iento o de la ciudad. No

hay duda, “h a b ita ” su sistem a, pero lo percibe tam bién como un dominio abierto y libre; no existe p a ra él sólo la necesidad de u n acabam iento, sino sobre todo esa desenvoltura ebria de lo no term inado, de lo mal cerrado o de la construcción que hay que retom ar. Elige librem ente sus caminos y vías en el entrecruzam iento complejo y tra n sp a re n te de una red y de u n laberinto luminoso. El punto de vista de la epistemología —y el libro de Le Roy es u n a brillante confirmación de eso— se refiere no sólo a u n a ciencia histó­ ricam ente detenida, sino gnoseológícamente constituida. No tiene en cuenta esa libertad del proceso h acia el rigor. Por su interm edio se encuentran profundizadas nocio­ n e s q u e p ro n to s e ría n m ás que h is tó ric a s . Q ue la epistemología se encuentre constantem ente de este lado, que m añ a n a los objetos sean otros, m ás generales y puros, y mejor fundados, es u n a cosa. Pero que el desfasaje en cuestión sea de esencia, es otra. Y esto por la sencilla razón de que el rigor está en el movimiento y se lo busca a través del devenir. El punto de vista exterior de la epistemología clásica no perm ite entonces la adecuación a lo actual, en todos los sentidos posibles: según la historia, según la lengua, según la constitución. La descripción exterior no capta m ás que un rigor de segundo orden y como m uerto. Dos veces aparece en la epistemología la necesidad de ser inm anente a la ciencia misma, y n u e s tra demostración se cierra a sí m ism a: el filósofo no puede sino “descender” hacia la ciencia donde lo espera, como vimos, u n a epistemología. Así queda definida la intersección de la que hablábam os. Parece que se hubiera demostrado — o al menos cons­ tatado— que las tareas de la epistemología tradicional o clásica desaparecieron, como originalidad de la intención filosófica. Desde entonces,las m atem áticas se autodescriben, in te n ta n autofundam entarse, están reglam entadas o in­ ten tan reglam entarse. E n suma, poco a poco, forjaron todos los in s tr u m e n to s c o n v en ien tes p a r a e sa re g u la c ió n autóctona. Entonces, si es verdad, según la tradición, que el estudio epistemológico es una propedéutica privilegiada

a la teo ría del conocimiento, tam b ié n lo es que esa propedéutica se constituye, por el momento, fuera de la filosofía y sin ella. N uestra época asiste a la formación de u n a epistemología positiva. Por otra parte, el fenómeno no parece únicam ente reservado a las ciencias m atem áticas, au nque éstas dan el ejemplo m ás acabado. Se percibe en todas partes la formación de u n a actitud, reflexiva original, tran sv ersal con respecto a los actos y procesos científicos, que tom a conciencia de esas actividades como tales, desli­ gándose de cualquier consideración sobre el tem a de esa actividad. Es u n a especie de m editación sobre ese cuasi objeto que es la operación de p e n sam ien to , que la epistemología tradicional consideraría m ás bien como un cuasi tem a. E sta actitud es, aunque no se lo dice lo sufi­ ciente, de u n a gran originalidad. Y, finalm ente, es una suerte p a ra el filósofo de nuestra época, que esa epistemología positiva se haga sin él; porque fran q u eará muy pronto el momento de la propedéutica. Sin duda, nunca en la historia de la filosofía fue m ás cómodo p e n sar el conocimiento. C ontrariam ente a lo que se piensa en general, nunca la filosofía de la ciencias fue m ás fácil. Nos arriesgaríam os a caer en el error otra vez: la empresa m oderna dentro de cada región p reserva al filósofo. Cada región h a b la de ella con el máximo de verdad, cada una es doblada o se in ten ta doblar en un órgano reflexivo, de donde el filósofo sólo tiene que sacar indefinidam ente sus valores. Sí, el pluralism o de los conocimientos es espectacular, pero y a se dibuja el problema de la enciclopedia. E n efecto, no nos parece indem ostrable la afirmación de que ese fenómeno toca a otras ciencias que, sin embargo, todavía no alcanzaron el punto de m adurez de las m ate­ m áticas. Es posible observar u n movimiento análogo de im portación de un pensamiento epistemológico (bajo ciertas condiciones) al mismo terreno autóctono de la ciencia, de la que ese pensam iento era antes la epistemología. Por ejemplo, era tradicional reflexionar filosóficamente sobre la noción de experiencia, en lo que concierne a las ciencias

aplicadas. Ahora bien, es notable que estas últim as sean, en num erosos casos, dobladas por órganos precisos y rigurosos que desem peñan el papel de pensam iento reflexivo sobre su propio saber y que analizan la noción m ism a de experiencia. Muchos fenómenos de ese orden llevan a concluir que ciertas ciencias experim entales no están alejadas de su propia autodescripción y de su propia autorregulación, salvo si se piensan sus relaciones con el modelo m atemático. Esto es b a sta n te novedoso y muy im portante. Es el movimiento que llam am os cierre progresivo de u n dominio y m adurez de su contenido. Y, u n a vez más, ¿qué es u n a ciencia llegada a la m a­ durez? U na ciencia que im plica la autorregulación de su propia región y, por lo tanto, su epistemología autóctona, su teoría sobre sí m ism a, expresada en su lenguaje, según la descripción, el fundam ento y la norma. E n particular, retengam os la últim a especificación: esa región del saber se da sus propias norm as. Esto significa que no recibe del exterior los requisitos generales del juicio sobre lo falso y lo verdadero: de m an e ra independiente, es índex veri et falsi. Se podrá objetar: ¿no fue siem pre así con las m atem áticas? No. Su lenguaje no siem pre h a estado a la a ltu ra norm ativa de los objetos y de las teorías descubiertas. S u histo ria no es ejemplo de producciones teratológicas no rigurosam ente dominadas; las m atem áticas dieron a luz m onstruos inevitables que ya no com prendían, que se situaban en u n lugar que sus conceptos normativos no podían alcanzar: lo que sucedió con los irracionales, los im aginarios, el cálculo infinitesim al, etcétera, en momentos de sus respectivos descubrimientos. Se dice a menudo que esos “im itantes”, dieron en cada oportunidad un nuevo im pulso a la ciencia y , por lo tanto, a la filosofía. Pero quizá no se dice que, si la filosofía se conmueve, es sin duda por la ineptitud tem poraria del lenguaje científico p a ra situarlos norm ativam ente: de ahí la referencia a una razón exterior al campo técnico puro del que, sin razón o con ella, se piensa que está a la a ltu ra de decidir esa situación. Supongamos

entonces que las m atem áticas hayan interiorizado esa refe­ rencia, que hayan im portado la .intención filosófica en lo que concierne a sus norm as propias: entonces están capacitadas para dom inar racionalm ente sus estructuras e, incluso, su teratología eventual. Se vuelven p a ra sí m ism as el índice de su verdad, saben m edir su propio poder de demostración, saben al menos dibujar las dificultades propias de su poder de decisión, in ten tan p la n te a r los bordes y los lím ites de ese poder. Sin e n trar en problem as cuyo contenido se in te n ta saber, nos encontram os con que, en adelante, todos esos problem as son planteados en el in terio r de la actividad técnica pura. De m an era que en cierto sentido, ya no es posible equivocarse, em itir nociones de las que, como m í­ nimo, no se sabe m edir el estatuto normativo (con esa restricción que es tener la m ás plena conciencia de las dificultades, incluso de las paradojas, de ese “peso”). Desde entonces, esa ciencia se pretende lo m ás reflexiva posible acerca de lo verdadero de su región, la m ás reveladora de su verdad (reveladora en el sentido de la química, en el sentido en que Leibniz pedía u n a prueba). A m edida que se cierran sobre sí m ism as, las m atem áticas se vuelven la región ele la veracidad automática. E sa definición debe entenderse dando al térm ino “autom ática” el sentido pro­ fundo de ejecución, independiente de todo lo que no es la región de esa ejecución. No obstante, una p a la b ra puede inducir a error: llegada a la madurez, dejaría suponer el fin de u n a historia. H abría que decir: habiendo entrado en la m adurez, una expresión que deja abierta la historia. Sistem a y movimiento, las m atem áticas se desarrollan perm aneciendo en su esencia como las mism as, es decir, volviéndose esencialm ente m a­ tem áticas aunque sin dejar de tra n sm u ta rse por los buenos prodigios de la reestructuración. U na últim a palabra sobre ese movimiento: L as m ate­ m áticas son una teoría interiormente abierta y exteriormente cerrada.

El cierre exterior es: 1) Pureza, con respecto a otras ciencias y m atem áticas aplicadas (o a sus objetos). 2 )Im p o rta ció n del contenido pro b lem ático de la epistemología en general, interiorización de sus intenciones, invención de una lengua autóctona apropiada p ara p lan te ar esos problemas y p a ra ejecutar esas intenciones en la m edida de lo posible. 3) Eliminación de la intuición, de la evidencia, reflexión, del fundam ento, en la m edida en que son aferentes respectivam ente del sujeto sensible, racional, reflexivo, trascendental. De m anera que el cierre es purificación, autorregu­ lación, liberación respecto del ego. E l resultado (paradojal) de ese cierre con respecto a cualquier otro dominio del saber es que el organon, el lenguaje, así depurados se vuelven universales. El movim iento de cierre es un movimiento universalizador. A m edida que se produce la depuración (radical), las m atem áticas tienden al grado cero de apli­ cación (o de referencia exterior) y así hacia el máximo de aplicabilidad. El lenguaje m ás independiente es el lenguaje de los lenguajes. M ientras menos ventanas tiene, m ás se puede m irar en él el universo. Por otra parte, las m atem áticas son interiorm ente abiertas: esto significa que van hacia su esencia, m ás y mejor en la m edida en que la realicen. Decimos que van hacia la m atem aticidad, declaración que requiere ser espe­ cificada: 1) Las m atem áticas van hacia sus prioridades m ás aún en la m edida en que vuelven de ellas. Así, las antiguas prioridades (históricam ente hablando) se convierten en consecuencias p a ra la visión recurrente (Le Roy es aquí un buen ejemplo). 2) Van hacia su pureza en la medida en que vienen de ella (lo que pone de m anifiesto que el movimiento de cierre no es m ás que un corolario de la ap ertura del movimiento y elim ina la paradoja con respecto a la aplicación); desde

entonces, la antigua pureza se vuelve aplicación p a ra la visión recurrente. 3) Van hacia su rigor en la medida en que de él vienen ya las a n tig u a s exactitudes se pueden p ercibir como im precisiones por parte de la visión recurrente. Que el movimiento así descrito tenga por horizonte final una prioridad, u n a pureza, un rigor, un fundam ento que sean los de las m atem áticas mismas explica la idea de que la a p e rtu ra en cuestión es interior. Las m atem áticas no son abiertas hacia cualquier otra cosa, son abiertas sobre sí m ism as, o p a ra sí m ism as. Por otra parte, el hecho de que sean exteriorm ente cerradas expresa, particularm ente, que en adelante sean recortadas por una epistemología exterior, de nacim iento reciente, que habrá vivido poco. A utonom ía y movimiento, esto es lo que define con profundidad el estado de madurez. Es así como las m atem áticas se convierten en ese lenguaje que habla sin boca, ese pensam iento ciego que ve sin m irar, ese pensam iento activo que piensa sin sujeto de cogito, esa obra del hom bre en el séptimo día de u n a nueva Génesis, obra que va proliferando m ientras el Filósofo Dios, al ver la bondad de esa obra, 110 puede m ás que re tira rse y aceptar que tenga u n a eficacia propia. Un breve balance: al comienzo hablam os de una doble línea evolutiva, la que representa la h istoria in tern a, la evolución de la idea general de las m atem áticas, y la que representa la historia y la evolución de las intenciones y de los proyectos epistemológicos. Hay que figurarse dos épocas en ese paralelism o: la época clásica y la época m oderna. ¿Cuáles son las relaciones transversales entre esas dos evoluciones? E n la época clásica, la relación esencial, es la reflexiva. Se la exige profundam ente por las insuficiencias de las m atem áticas clásicas. En su desarrollo ingenuo, éstas de­ vuelven a la epistemología exterior que la dobla al menos tres tipos de problem as: de descripción metodológica, de norm a lógica, de fundam ento, en suma, todos los problem as

de la sistem atización. Esos problemas definen entonces el campo original donde se desarrolla la epistemología clásica; ésta tra ta esas cuestiones de m anera reflexiva, p rep a rá n ­ dose así p a ra u n a teoría general del conocimiento en ge­ neral. El conjunto de debilidades de la ciencia clásica constituye el campo donde evoluciona su conciencia episte­ mológica, y esta insuficiencia crea la im portación hacia esa epistemología. Sigamos ahora n u estras dos líneas directrices, y prac­ tiquemos cortes sincrónicos. Por un lado, las m atem áticas cada vez tom an m ás conciencia, de m an e ra autóctona, de las dificultades en cuestión. Entonces, su evolución in te rn a las aproxim a cada vez m ás a la problem ática epistemológica como tal: la línea hace una inflexión hacia su paralela. Por otra parte, ¿cómo se carga la epistemología de su triple misión? Según el fundam ento, se revela incapaz de propor­ cionar uno que sea efectivamente pensable por las m atem á­ ticas, porque su estilo reflexivo no puede proporcionar más que la perspectiva indefinidam ente alejada de un funda­ m ento trascendental in subjecto; peor, esé estilo a veces im plica que se rechaza pura y sim plem ente cualquier tarea de fundam ento lógico: Le Roy es un ejemplo; el fracaso de H usserl sería otro. Según la descripción, todo corte sincró­ nico revela un desfasaje entre la h istoria de los problem as y la de su epistemología: ésta se sofoca por a tra p a r a aquella, pero siem pre está a parte post, y el retraso de una se agrava ■a m edida que la o tra avanza. La necesidad de reílexividad n u n c a está entonces satisfecha cuando se hace sentir. Según la norma, el desfasaje es error. Esos tres defectos son -análogos. Poco a poco, se descubre la falla de las tres m isiones esenciales que definen la vocación y la intención epistemológicas. P a ra evitar (o disim ular) la falla, se su­ prim en dos de esas misiones, las que hacen norm ar y fundar la razón científica; entonces la epistemología sehistoriza: se vuelve regional (hace explosión y se distribuye en des­ cripciones parciales de campos cada vez m ás estrechos), se Vuelve im presionista (describe cada vez m ás precisam ente

la región en cuestión, rechazando siem pre p ara m ás tarde la em presa gnoseológica), en suma, se constituye en historia n a tu ra l de las ciencias. Haciéndolo, se aproxima, bien o mal, pero cada vez m ás a la intención específicamente científica: su línea hace una inflexión hacia su paralela. Pierde len­ tam ente el campo original de sus problem as en beneficio de la técnica científica que, por su parte, comienza a hacerse cargo de ellos. La insuficiencia epistemológica de las so­ luciones es una razón particular (o una concomitancia) de la reim portación de su problem ática en su campo de origen. Los tiempos modernos llegan cuando las dos líneas se inflexionan u n a hacia la otra, concurrencia que tiene dos razones, como es sabido: la epistemología encalla en el terreno de sus antiguas victorias, las m atem áticas le toman el gusto a triu n far en el campo de sus i*ecientes derrotas. Y este dominio, que ve el flujo y el reflujo, es el de la intención epistemológica inicial; comprende todos los proble­ m as de descripción (en un lenguaje determinado), de fun­ dam ento, de norm a, de sistematización. La importación ya no va a cesar h a sta la fusión de la problem ática de conjunto de la epistemología tradicional y de problem as singulares definidos con rigor en las m atem áticas m odernas. Ese campo de problem as, que había sido devuelto a la epistemología según u n a línea reflexiva, es de nuevo absorbido por las m atem áticas, reim portado hacia ellas, una vez olvidado el horizonte del análisis in subjecto, Los problem as son los m ism os, pero tecnificados, formalizados, depurados de su a u ra reflexiva. E ncuentran alguna solución, alguna espe­ ran z a de solución, por restricción de generalidad, por re ­ ferencia a estru c tu ras singulares y determ inadas, por análisis, por deshojamiento de niveles m últiples dominados d i s tr ib u tiv a m e n te . C u a lq u ie ra se a el proyecto epistemológico de partida, tiene en lo sucesivo un análogo (o m ás bien una m ultitud de análogos) técnico, en una serie de problem as o de teorías determ inadas, ¿Qué son la de­ m ostración, la deducción, la recurrencia, la analogía, el núm ero, el orden y la medida, la verdad m ism a y la co-

herencia de los discursos del dialecto matemático?... Sería larga la lista de los problem as que la antigua “lógica” desarrollaba y que en adelante se alinean sobre el pizarrón, en los transparentes térm inos de un contrapunto sorpren­ dente. Tam bién en este punto, el texto de Le Roy puede considerarse ejem plar, porque proporciona el paradigm a de la operatoria (o de la operación). Según los elem entos restringidos que contenía el plan sincrónico que presenta, y que iban a volverse principales, ese campo operatorio, reflexivo y fundador en la óptica de la epistemología clásica, iba a convertirse en un campo técnico puro (y cualquiera) del pensam iento m atem ático. Entonces, estaba bien gene­ raliza r ese paradigm a, que es lo que hicimos: esa im por­ tación particular no puede pensarse m ás que en el contexto de un movimiento general. Pero demos m ás precisiones: esa fusión no es, de n in ­ guna m anera, un fin. Que las m atem áticas in te n ta n "ce­ rra rs e ” a la .importación de la intención epistemológica, es obvio. Pero, sin embargo, su arte perm anece abierto. Jam ás puede considerarse un problem a definitivam ente resuelto; hay un “historicísmo” esencial, que hace que las m atem áticas sean un movimiento tanto como un sistem a. Hay un m ontón de cuestiones pendientes, según la norm a, la descripción y el fundam ento (adem ás de los otros, m ás “técnicos”) p ara que nuevas reorganizaciones de conjunto no sean imposi­ bles; y ya se las puede revelar fácilm ente. En lo sucesivo, lo que sí perm anece im pensable, es seguir tratando esos problem as con la tónica y los métodos de una epistemología clásica. Se debe aceptar la idea de que está m uerta. Queda por investigar el dominio en el que evolucionará de aquí en m ás el pensam iento específicam ente filosófico de la ciencia m atem ática, queda por descubrir su lengua original. En sum a, el cuarto térm ino de nuestro razonam iento queda por definir. A propósito de la c o n stitu c ió n ev en tu al de u n a epistemología “m oderna”, todo lo que se puede decir por el m omento, es que su prim er deber es tomar nota, con toda

La Lucidez deseable, del estado de hecho que venimos de describir rápidam ente. U na vez m ás, cierta filosofía se vistió con sus m ás bel! as galas para desposar al. artífice de la tarea. No vemos otra necesidad para la filosofía de las m atem á­ ticas, en la m edida en que no quiere ser técnica pura, que criticarse radicalm ente como tal, criticar la coherencia de su lenguaje descriptivo, el valor de sus normas, la solidez de los fundam entos que propone y, m ás profundam ente, la posibilidad m ism a de su constitución. Por otra parte, si el conjunto de sus problem as se importó, hace falta que ella piense las condiciones y las razones de esa im portación, y la posibilidad de una reim portación. En líneas generales, esos movimientos de térm inos y de problemas de dominio a dominio, de región a región, al parecer son u n a de las cuestiones fundam entales de u n a filosofía m oderna de las ciencias; ésta sólo puede ser una epistemología general de las epistemologías positivas regionales. Retomando el viejo concepto de la "querella” entre clásicos y modernos, en m atem áticas la victoria queda en m anos de los modernos; por un tiempo solam ente, porque no son m ás que los clásicos del m añana. ¿Hay querella entre antiguos y modernos en epistemología? ¿Y se puede im aginar una cuando hacen falta comba­ tientes y, tal vez, razones para combatir?

Anam nesis m atem áticas Desde Augusto Comte, al menos en Francia, la filosofía de las ciencias fomentó n aturalm ente su proyecto en filosofía d é la historia de las ciencias. El hecho de que ésta se conciba como evolución de un estadio a otro o dialéctica, como génesis racional o psicosociológica, como terreno de una a r­ queología erudita o psicoanalítica, rem ite inm ediatam ente a los grandes patroním icos de la disciplina, de D urkheim y Brunschvicg h a s ta Bachelard. En el interior del ángulo formado por esas filosofías de la h istoria y la lógica formal,

al fin encontrada, cierta epistemología sincrónica corre el riesgo de encontrarse vacante. Sea por una cuestión de hecho o de derecho, no deja de ser una cuestión. Además de un exceso de pretensión, sin duda hay u n a paradoja oculta en tom ar de nuevo por objeto del discurso la historia de u n a ciencia que no es otra cosa que la excelencia del logos. De hecho, el escándalo no reside sólo en los térm inos. ¿Cómo es posible (y entonces en qué condición es posible) afectar u n a verdad m atem ática con un índice de historicidad?, ¿cómo pueden variar invariantes como el rigor o la pureza? Si las m atem áticas son una lengua bien constituida, transform ar esa lengua aparentem ente es inútil o contradictorio. Ahora bien, cada cual va repitiendo que una verdad científica sólo tiene valor con referencia al sistem a global que la contiene y la vuelve posible: tal afirmación esgrim ida adquiere su m ejor sentido en el universo del discurso m atem ático. P a ra decirlo ráp id a ­ m ente, en este punto la verdad no es más que cierta relación que una frase o u n a palabra m antienen con su lengua, que un átomo sistem ático m antiene con su familia, en suma, que el sistem a m antiene consigo. Cualquier paradoja se term ina cuando se exam ina la historia, ya no como la serie de avatares de u n logos puro, sino como la serie de las (meta)mor/os¿,9 da un logos referido a sí mismo. Dado que las m atem áticas son la ciencia de esa autorreferencia, el rigor atañe a esa aplicación. En la avenida de espejos de la que habla L autréam ont, no hay m ás que seguir el recorrido continuo o quebrado de los rayos luminosos. E sa avenida abierta es la histo ria m ism a de las m atem áticas, la historia de una lengua cuyas palabras se corresponden estricta­ m ente, de u n a lengua indefinidam ente traducida a lenguas n u e v a s p e ro h o m o lo g a s, la h i s t o r ia de s is te m a s autorreferidos, por lo tanto cerrados, que se refieren a otros sistem as abiertos, a nuevos sistem as sem ejantes a los m atem áticos, por lo tanto cerrados..., la historia de form as que adquieren sentido en un sistema, por lo tanto, ines­ peradas, pero que a veces cobran de golpe un sentido distinto

del autóctono, superando su autorreferencia in terio r y evo­ lucionando a s í h a c ia el e x te rio r del s is te m a , como excrecencia patológica, hacía u n a nueva referencia sistem á­ tica interior, como un rayo perdido en busca de su espejo...; la historia de verdades siem pre en busca de un universo cerrado que las vuelve sobre sí m ism as, que les da existencia y posibilidad, h a s ta que la exigencia de rig o r vuelve insostenible la aplicación interior y hace s a lta r el cerrojo p a ra una referencia m ás am plia y mejor cerrada sobre sí misma... De ahí, el dinamismo implacable que se dirige hacia lo universal en acto, totalm ente abierto y completa­ m ente cerrado, que es el fin, siem pre diferido, de su h is­ toria.56 Podemos detenernos en el camino para un exam en local. Podemos in te n ta r recorrerlo p a ra una sinopsis global. En el prim er caso, es legítimo elegir un sistem a y ver cómo reduce las cuestiones históricas; en el segundo, es u n a buena estrategia forjar modelos p a ra dar cuenta de la sucesión de las formas y de los sistem as vencedores de la confusión de las lenguas. U n personaje nos espera en las encrucijadas de ese camino, siem pre el mismo y siem pre diferente, el pe­ queño esclavo del Menon.

16 De donde resulta la condición requerida: por un lado, la verdad histórica del idealism o es, en pocas palabras, la física. Ahora bien, a partir de que una ciencia llega a la m adurez, se repliega reflexivam ente sobre s í m ism a, expresa de golpe su verdad filo­ sófica. Y, por lo tanto, la física contemporánea pone en escena al ego como condición de posibilidad de su propia constitución como ciencia. Adquiere conciencia de un yo que nunca había estado ausente en su contexto históiico-filosófico. Por el contrallo, en el caso de las m atem áticas, al llegar a la madurez, expresan la verdad que nunca dejaron de lado, desde sus albores helénicos: la puesta m ás rigurosa posible entre paréntesis del sujeto. Dicho de otra m anera, la condición de posibilidad de la aplicación al m undo reside en el campo trascendental in subjecto, m ientras que la condición de posibilidad de 1a aplicación sobre sí reside en el campo m ism o donde las m atem áticas se efectúan. Quisiéramos decir con esto que las m atem áticas son un campo trascendental y casi objetivo.

Mi m ejor experiencia en estas m aterias es la de un fracaso, lo cual no es p a ra profesar, sino m ás bien para confesar. Concierne a la filosofía de Leibniz, que me va a servir de paradigm a, o de prototipo p a ra un comienzo de análisis. Y, en principio, se tra ta de un buen ejemplo, porque su obra es in distintam ente filosofía sistem ática, enciclo­ pedia científica17 y acumulación doxográfica de erudito. Así planteada, creo poder adelantar que la m etafísica de la armonía preestablecida es un sistem a flexible, indefinido y complicado, de traducción da unas tesis a otras a veces (frecuentem ente) con carácter científico, dando a la palabra ciencia la acepción m ás amplia, es decir, la enciclopédica. Más aún, se tra ta de una red de correspondencias que aseguran la posibilidad universal de la traducción de cualquier tem ática a otra cualquiera, y a la inversa. Si se renuncia a discurrir, a re la ta r o a repetir, el problem a de la explicación se vuelve doblemente complicado. Traducir, por ejemplo, determ inada tesis al lenguaje m atem ático correspondiente al. autor y llevarlo a la dem ostración, es lo que Leibniz pronosticaba y deseaba. A unque posible y con frecuencia realizable, esa técnica de explicación no es su­ ficiente: efectivamente, peca por lateralidad y escenografía, como —por otra p a rte — cualquier otra explicación referida a una ciencia regional, la dinámica o la teoría del derecho, por tom ar otros ejemplos. Es explicar reduciendo un sistem a a una región local, es reducir a una sola lengua la teoría m ism a de todos los pasajes posibles de u n a lengua cual­ quiera a otra. Y entonces, paradójicam ente, dem ostrar 110 es explicar, al contrario, es implicar. Es im plicar en u n a lengua positiva la teoría de las traducciones, es envolver la teoría m ism a de la explicación, con la explicación de lo que un contenido de saber envuelve implícitam ente: ahora bien, en

17 U na enciclopedia científica de la que, paradójicamente, el. tiem po no con sagró p ro g resiv a m en te eí d e su so , sin o , por recurrencia continua, recobró y restableció su presencia víva.

Leibniz, lo implícito de u n a región es ju stam en te la totalidad del sistem a. Dicho de otra m anera, el sistem a leibniziano se autoexplica aplicándose indefinidam ente sobre s í mismo. Por ejemplo, la teoría del punto de vista se traduce bastante fácilm ente al lenguaje geométrico y perspectivista de las secciones cónicas, traducción que perm ite llevar u n a tesis a la d e m o s tra c ió n que lla m a m o s filo só fica. P e ro , inversam ente, la teoría de las cónicas envuelve la idea de arm ouía, el problem a del error (teoría de las sombras), el principio de continuidad, las cuestiones que conciernen al infinito, la existencia de una in v arian te en una secuencia de m etam orfosis, el establecimiento de u n a clasificación de los seres naturales, etcétera, y por supuesto la cuestión del punto de vista, de la percepción y de la expresión en general. La p rim era técnica, dem ostrativa, es u n a implicación, la segunda es un desarrollo, es decir, u n a explicación: el sistem a es a la Vez para explicar y explicante (explicandum et u ltim u m explicans).lB De donde proviene que la filosofía de Leibniz esté escrita en len g u a universal indefinidam ente traducible a todas las lenguas positivas del país de Enciclopedia, o, mejor, que sea construida como un diccionario niultilingile con uarias en­ tradas. Diclio de otra m anera, el pluralism o no es sólo ontológico y s u b s ta n c ia l, sino ta m b ié n e s tru c tu ra l. G outurat, Russell y otros intentaron escribir la gram ática de esa lengua, su sintaxis y morfología; quedó por establecer la sem ántica del sistema, es decir, constituir el diccionario en cuestión. Aunque complicada o casi, infinita, esa tarea era posible. La dificultad a la que aludí en todo momento se presenta ahora mismo: en la m edida en que se perm anece en una sistem ática ideal, y en particular en un sistem a que oom-

18 D e m anera que la explicación a través de las m atem áticas es válida e insuficiente: hay que explicar matem áticam ente por qué las m atem áticas no son más que una explicación entre otras posibles.

prende el A rte combinatoria como elemento, la disposición arquitectónica de las cosas no requiere m ás que una pacien­ cia ingenua y una tecnología científica trivial. A p artir de que se dispone de un piano, es fácil, al menos en derecho, obtener ta n ta s secuencias melódicas y arm ónicas como se desee. Ahora bien, Leibniz nunca describió su sistem a como algo detenido, idealm ente fijo o congelado. Al contrario, era agudam ente consciente del devenir epistemológico, de la herencia y de la tradición enciclopédica, de la prospección científica en general: vivimos, decía , en una cierta infancia del mundo, in qaodam m u n d i infantia; m ás aún, sacrificaba con gusto el rigor de los conceptos a su capacidad de logro, a su fecundidad, a su eficacia p a ra “ganar terreno”, según sus m ism as palabras. E n sum a, ubicaba al Ars inueniendi por encima del Método da la certeza.™ Además, el Descu­ brim iento p a ra él no estaba ligado a u n a tábula ra sa de precursores, sino —por el contrario— a u n a acumulación m etódica de la tradición y a su reactivación: encontrar vetas de oro en rocas estériles. Desde entonces, el Diccionario estructural no es sólo u n a ■arquitectura formal e ideal, no es de tipo sincrónico, tiene en cuenta diacronías de todas las lenguas que moviliza. De m an era que se hacen presentes la historia de las ciencias, la histo ria de las lenguas — en el sentido regional de la filología—, la historia de las instituciones —política, di­ plom ática, derecho—, la h isto ria de las religiones, la .etnología (Novissima sínica) y la mitología, la historia n a ­ tu ra l de los seres vivos y la arqueología de la tie rra (P r o to g a e a ), o geo lo g ía de la s p ro fu n d a s c a p a s sedim entarias. El Diccionario estructural, no es sólo el in stru m en to de base de las correspondencias tem áticas en general o de las expresiones sem ánticas interrelacionadas, es tam bién un diccionario etimológico; genético y prospectivo. 15 O, m ás bien, es Leibniz quien descubrió (o redescubrió) la id ea de que el rigor tiene poder heurístico, que el rigor conduce a la invención.

Los átomos de sentido son form ales y, a la vez, están en form ación. Lo etimológico va de suyo, y a que; —cualquier evolución refluye hacia un preestablecim iento que se traduce regionalm ente en preformación, preexistencia, predestinación, predem ostración, predeter­ minación, etcétera; —porque en toda disciplina la invención y el proyecto reposan en la búsqueda de los elementos prim itivos, tr a ­ ducido regionalm ente en núm eros primitivos, fuerza activa prim itiva, nociones prim itivas, palabras prim itivas, lengua prim itiva o adánica, alfabeto de las ideas hum anas, etcétera; ■ —-porque, después de todo, el térm ino originatio (De E erum originatione raclicali) nunca quiso decir otra cosa que etimología, en tanto que el térm ino radicalis designa la raíz de las palabras. Lo genético tam bién se da por sentado, ya que cualquier elemento envuelve su pasado, su presente y su provenir, bajo la form a de u n a inscripción divina original: como verdad de la m ónada, ese tem a se traduce de m an era invariante, por la actividad del conocimiento en el en te n ­ dimiento (memoria pasiva om nisciente— actividad continua de redescubrimiento), por la evolución de los gérm enes vitales y del organismo (involución-metamorfosis), por la av en tu ra histórica del individuo (César, Alejandro, Sextus), por el destino sobrenatural del alm a pecaminosa, etcétera, pero tam bién por el contenido de nuestro saber (teoría ilum inista del progreso). En suma, el elemento atómico formal traducible a todas partes en el sistem a es tam bién u n condensado de historia, que envuelve su origen radical, la ley de su serie evolutiva, y el horizonte de su finalidad. En cualquier momento de su desarrollo serial, es posible le e r en él, como en u n palim psesto borrado, su origen olvidado que es la clave de su fin en el reino de los fines. Así se extraen todos los

modelos posibles de historia, sobre los que volveré en otra parte: series lineales que se desarrollan h a sta el infinito, en estilo m onodrom o, circu larid ad , rec u rre n c ia , m odelos espiralados, decadencia, inmovilidad estática y así sucesi­ vamente. Gomo el tiempo no es m ás que un orden, todos los órdenes son concebibles.20 A la posibilidad universal de traducir los temas, se agrega la posibilidad universal de hacerlos variar en sí mismos para dar cuenta de su for­ mación. Entonces, el pensam iento formal retom a la historia, dándole la gam a de sus sentidos, es decir, la totalidad de los sentidos concebibles. V ista por el sistem a, la histo ria tiene todos los sentidos; visto por la historia, el sistem a tiene, sim ultáneam ente, u n sentido y u n a infinidad de ellos. E n suma, esto es lo relativo a un sistem a cuyo valor ejem plar en estas cuestiones reside en la alta perfección de su arquitectura y en la acogida excepcional y totalizadora que reserva a la historia. Es ciencia de las ciencias, h isto ria de las ciencias, pero tam bién ciencia de la historia e h isto ria de las historias. En cierto sentido, su valor paradigm ático no es tan diferente del que se podría acordar a los Elementos de Euclides o a los de Bourbaki, que tam bién se pueden considerar como arqu itectu ras ideales casi perfectas, pero igualm ente como condensados de historia: resúm enes de herencia, corte sincrónico de las idealidades que asocia — cortes en peligro perm anente de desuso o y a en desuso—, a p e rtu ra de sentido p a ra los m atem áticos del futuro. De ahí la dificultad que implica la m an era en que debemos elegir aprender esos sistem as ejemplares: apren­ der históricam ente. ¿Cómo datar, por ejemplo, un concepto m atem ático en Leibniz, o en Bourbaki? Al menos h a y tres edades: la edad de su aparición en la tradición m atem ática, la edad de su reactivación en el sistem a que le da u n nuevo sentido, la edad recurrente de su poder de fecundidad con

20 La reducción del tiem po a un orden permite la aplicación de la combinatoria a la historia.

el que podemos juzgarlo ahora. Lo prim ero que cuenta es la historia ordinaria, cronológica; lo segundo, la verdad en la sincronía del sistem a; en tercer lugar, la diacronía completa de las m atem áticas. De donde se sigue que, al menos hay tres sentidos históricos de u n a idealidad cualquiera: su sentido de nacim iento, en adelante sedim entado, n a tu ra li­ zado, el conjunto de sus sentidos en cada reactivación que lo r e to m a p a r a un v alo r nuevo n a tu r a liz a n d o las reactivaciones precedentes, su sentido recurrente p a ra el juicio retrógrado de la últim a de las reestructuraciones en el edificio m atem ático. U nicam ente este último sentido es su verdad científica. Entonces explotan las norm as de la fidelidad histórica: si me aproximo a las m atem áticas de Leibniz, por ejemplo, munido del juicio recurrente del álgebra contem poránea, le confiero su verdad. Dicho de otra m anera, filtro su teología, pero soy infiel a cierta historia que llam am os historia de las ideas como catálogo de los resultados del día; además, la verdad teleológica que le confiero se lim ita a mi actual referencia: recubriendo el sentido pasado, arriesgo tam bién el ocultam iento de un inconcebible sentido al provenir. Intereso al científico actual dándole un precursor, pero no soy historiador en el sentido consagrado del término. Al. contrario, si me aproximo munido sólo de las referencias sincrónicas, sin duda soy un historiador fiel, pero ignoro lo esencial, que es la verdad final de las m atem áticas: fiel a la h isto ria sedim entada, infiel a la ciencia como historia, infiel a la verdad que no es otra que teleología. De ahí ese principio de indeterm inism o de la histo ria de las ciencias, tan delicado p a ra reducir: si digo verdadero en el sentido de Leibniz, no digo forzosam ente “verdadero” en todos los casos. Si digo verdadero, no digo forzosam ente verdadero en el sentido de Leibniz en todos los casos. Estoy obligado a chocar de fren te con el m atem ático para quien el concepto histórico e stá cargado de sedimento, o con el historiador para quien el concepto verdadero a veces no es m ás que el fósil. En sum a: o conozco la posición del concepto e ignoro su velo­

cidad, su movimiento propio que es su verdad, o conozco su velocidad e ignoro su posición. Ese indeterm inism o tiene su lím ite en la cuestión del. error, que el historiador se obliga a reactivar como verdad situable, y que, por el contrario, el científico se obliga a ocultar y olvidar. Como historiadores nos interesam os en las escorias de Galileo; los científicos se in te resa n en las geniales intuiciones de M essier que no ten ían ningún sentido en su época. La verdad histórica puede convertirse en escoria, la escoria ser reactivada y vuelta verdad. De ahí el límite: si digo verdad en el sentido de Galileo, eventualm ente puedo decir falso; si digo ver­ dadero, puedo eventualm ente decir falso en el sentido de Galileo. Tal indeterm inism o define retrospectivam ente la histo ria de las ciencias no como u n a tradición continua sino como u n a tram a siem pre cortada, discontinua. Es posible que todo esto se ligue con una excepcional si­ tuación de la historia de las ciencias y, como sabemos desde hace poco, con las ciencias m ism as como lugar de contacto de la historicidad y la idealidad o, para h a b la r en general, de dos modos de seres que responden a norm as completa­ m ente diferentes. El principio de indeterm inism o es el pri­ m er paso de la exploración de ese lugar de contacto, explora­ ción llevada a cabo, como venimos de sugerirlo, aproximando ese lugar de referencias norm ativas provenientes una de la historicidad, la otra de la idealidad, pero dotando a ésta últim a de u n a historicidad original. Porque, de hecho, hay contacto porque la ciencia m ism a es u n a historia. Por lo tanto, el principio era un principio p a ra la h istoria de las ciencias. ¿Se lo puede invertir, explorando ese lugar de contacto desde el punto de vísta de la ciencia misma? Consideremos entonces un sistem a de idealidades en un momento dado (por ejemplo, los E lém ents de Bourbaki de 1966) p ara que cada concepto que moviliza sea cortado en el in sta n te mismo de reactivación. El contacto está bien establecido; practico un corte sincrónico en el sistem a ideal p a ra la época actual de la historia, y p ara la época ideal de la reactivación. Consideremos ese corte como historiadores

en el sentido usual (no la diacronía recurrente, lo que es imposible,25 sino la diacronía sedim entada): entonces se presenta un principio de indeterminación muy notable; efectivam ente, fecho en los años ’40 las idealidades de espacio librado, hojaldrado, ralo, caótico, compacto; en 1955 fecho la idealidad de categoría, la de conjunto en el siglo XIX, la de función en el siglo XVIII, la de integración en el siglo XVII, la de diagonal en el siglo V antes de J.G., la de adición en el prim er milenio, y así sucesivam ente. La tem poralidad propia del sistem a es homogénea; la tem poralidad propia de los átomos del sistema, si sólo se los considera como sedi­ m entos no reactivados por la reestructuración en cuestión, esa temporalidad es indeterm inada, está desgarrada, es caótica y, vista desde afuera, aleatoria. El lugar de contacto de la historicidad propia de las ciencias, como sistem a de idealidades, y de la historia en el sentido corriente es tal que, entonces, en un sentido está sometido a contradicción, en el otro es indeterm inado. La situación es bastante excepcional, pero es paradójica. Esas paradojas, y las que van a seguir, form an la razón profunda del desinterés que manifiesta el científico hacia la historia de las ciencias22 como catálogo de resultados sucesivos o

21 Lo que debería suprim ir el indeterm inism o precedente, por­ que toda la cuestión es presente. 22H asta tal punto estoy vinculado a ese desinterés, que quisiera señalar que tal vez es menos in teresante plantearse el interrogante de qué historia de las ciencias interesa o no interesa al científico, que el de qué científico se interesa o no se interesa en la historia de las ciencias. Podríamos entonces distinguir en forma burda, al m enos dos tipos de inventores: a) El inventor que prosigue el camino de la secuencia n atu ­ ralizada de los resultados precedentes. Sólo tiene necesidad de reactivar la temporalidad de la cadena en la que trabaja, del m igen axiomático propio de los teorem as sucesivos, b) El inventor que promueve una reestructuración global del sistem a, y que necesita reactivar el total de la tradición. G ene­ ralm ente es historiador y necesita una enorme cultura doxográfica,

como evolución de las ideas. Efectivamente, h a b ita un sis­ tem a cuyo catálogo no es m ás que una recaída fosilizada, vive una teleología original cuya evolución histórica es un posible definitivam ente agotado, como cadena in stitu id a que únicam ente el que la instituyó debe revivir p ara tran sm i­ tirla como tradición de un mundo que, como en el Menon, sería, sin él, olvidado. P a ra decirlo de otra m anera, n u e stra historia de las ciencias es una historia de profesores de incluso si escribe una historia históricam ente falsa, escribe una h istoria teleológicam en te verdadera (como L eibniz, Chasl.es, Bourbaki), Y entonces, hay tantas historias de las ciencias (todas distintas) como invenciones científicas globalizadoras. Dicho de otra manera,

en cada reestructuración del sistema corresponde un tipo diferente de totalización da la tradición, un tipo diferente de teleología reasumida por un juicio recurrente. De una historia a la otra, hay entonces la m isma relación que de la nueva ciencia a la precedente, es decir, la relación precisa da la- historia con la prehistoria, en una época en que la nueua lengua no estaba todavía inventada ni escrita. La geometría de Euclides es para nosotros tan prehistórica como la agrimensura egipcia resulta prehistórica con respecto al milagro griego. Por eso m e parece inexacto hablar con Kant de una “tentativa a partir de la que el camino que se debía tomar ya no debía ser fallido " (Prefacio a la segunda edición, C.P.R.) o, con H usserl, afirma)- que “la geom etría nació un día y desde entonces permanece presente como tradición m ilenaria" ( Origina de la. Geometría, Derrida). O esa tradición está presente, como la capa raspada de un palim psesto, con el m ism o derecho que las lenguas olvidadas precedentes de Thales. D esde los origenes de la geom etría que requieren el esfuerzo de nacim iento que realiza el m ítico Thales, h ay m ultitud de historias, como dijimos antes: D esargues, Galois, Cantor, H ilbert asum ieron novedades radicales en la lingüística, la escritura y la promoción de idealidades. Por un lado, el origen se hace infinitam ente remoto, por otro se promueve 0911:0 fin. y xéXoc; pero también está en determ inados puntos de la historia ordinana. Se podría decir que el origen está en todos los puntos (si en m atem áticas el inventor es siem pre del segundo tipo): así, habría tantas historias como se quiera. E sa situación es otra vez paradójica, pero creo que explica m uchas cosas. Redescubre el sistem a de datación del mármol de Paros, a través de la referencia fija y m óvil del presente.

ciencias que tienen como finalidad aseg u rar la trasm isión de una comunicación que el científico, como inventor, tiene como objetivo, m ás bien reevaluar. Es una historia que intentam os volver conexa, continua, llenando sus blancos, m ie n tra s que el científico-inventor la corta y vuelve discontinua. Intentam os evitar que la comunicación se rom pa, m ientras la actividad inventiva la rompe como algo que va de suyo. La unión de los inventores de la prueba no tiene la m ism a lengua que la unión de los transm isores de la prueba. Esto se verifica en nuestros días, en u n a expe­ riencia histórica m uy aguda. La h isto ria de las ciencias tradicionales proyecta sobre u n a anualidad invariable e irreversible (sobre u n a tradición) las conmociones perm a­ nentes de los órdenes anteriores, las combinaciones siem pre nuevas de secuencias reversibles. A fin de cuentas, existirían tres tipos de historia: 1G) la histo ria de las ciencias concebida como totalización acum ulativa de la tradición, como recolección de la totalidad de los documentos, cuyo ideal sería la ausencia de pérdida, y la reunión y comunicación a lo largo de la diacronía ordinaria. Eso sería la historia conexa de los profesores, una y totalizadora; 2Q) la h istoria recurrente, adosada a la últim a con fecha de las verdades, es decir, a la verdad. De esas ucronías por selección, sólo se seleccionaría la m ás reciente. Es la historia que a rra s tra tras sí toda invención reestructurad ora del sistem a. Hay una pluralidad de ellas, su atributo principal es el de ser filtrantes. Así considerado, el conjunto de esas historias se presenta como una sucesión de filtros puestos unos sobre otros. Como la historia, el sistem a es aquí dife­ ren te de la totalización. Es más selectivo que acum ulativo;23 23La oposición entre esos dos tipos de historia, entre la acum u­ lación y la selección, da cuenta naturalm ente del indeterm inism o señalado arriba. E s la oposición entre la pérdida necesaria y la ausencia de pérdida dada como ideal.

3S) la h istoria que es la ciencia m ism a como movimiento original, como formación indefinida de un sistem a. Desde luego, la diversidad de esos tipos de historia corresponde a concepciones diversas de la tem poralidad. De ahí la profundidad de la solución leibniziana: reducir el tiempo a un orden y considerar las indeterm inaciones precedentes como la posibilidad de u n a gam a de soluciones. El espacio sistem ático restituye todas las líneas crónicas posibles. De m an era que es necesario considerar la cuestión por otro lado; en lugar de p asar de la descripción de un sistem a a las distintas posibilidades de proyecciones históricas, p asar de descripciones históricas a la posibilidad de pro­ yectarlas en un sistem a, Intentem os entonces re la ta r una h isto ria única y totalizadora, intentem os después plantear en ella filtros sucesivos, subengendrados por sistem as dife­ rentes. Platón pregunta: ¿Dónde está el cuadrado, dónde está la diagonal? No en la palestra, no en la arena en que escribo. Es u n a form a en el cielo de las formas. Ya no nos hacemos la preg u n ta “dónde”; sino que planteam os “cuándo”. ¿En qué momento, en qué época, la diagonal del M enon interviene como la form a p u ra que Platón tiene en m ente? ¿Qué significa esa p reg u n ta que nos lleva a su stitu ir el cielo inmóvil y eterno de la cosmología, por el cielo cam biante de la cosmogonía? Y bien, érase u n a vez el cuadrado de Pitágoras, blasón mítico que llevaba en cruz las diagonales del P uente de los Asnos. Llegó el cuadrado de la crisis y su diagonal irracional, naufragio en lo absurdo. Euclides lo concibió de nuevo en un universo coherente. Hubo cuadrados de Arquímedes, los de las cuadraturas, y el cuadrado imaginativo de los que soñaban con cubrir el círculo. Disponiendo el plano según dos ejes de referencia, Descartes lo llenaba de u n a red de paralelogram os que, rápidam ente, se transform ó en pavi­ mento de cuadrados. Por la m ism a época, A rnauld, Pascal y otros disponían cuadrados aritméticos, mágicos, pronto

satánicos. El viejo cuadrado lógico de la lógica m enor reap a­ rece con Leibniz que distribuyó conceptos según esa forma, indefinidam ente reiterada, nuevo modelo de la dicotomía. Pronto, el álgebra va a conocer los determ inantes cuadrados cuyas diagonales son a veces notables; va a m anipular m atrices, aveces cuadradas. El cálculo de probabilidades ya no puede prescindir de los cuadrados latinos. Llegó el día en que la diagonal volvió a ser, en geom etría, lo que nunca h ab ía dejado de ser, un vector. Ya allí la antigua topología com binatoria llam aba curva de Jo rd án al cuadrado arcaico, homomorfo a un círculo, a una elipse, a toda curva cerrada. Los métodos de C antor condujeron a a trib u ir al conjunto de sus puntos el poder del continuo, por equipolencia al con­ ju n to de los puntos sobre el segmento (0,1). Al mismo tiempo, la diagonalización se volvía un método clásico en la geom etría algebraica, en la topología algebraica, h a s ta en la teoría de los conjuntos. Y, en lo sucesivo, diagonal y cua­ drado son esquem as en el sentido del álgebra nueva, o de los grafos, en el sentido de la teoría de los grafos. La variación histórica está lejos de ser com pleta pero, por el momento, b asta para hacer ver el devenir casi caótico de u n a forma ideal; tan caótico, adem ás, que ningún m a­ tem ático aceptaría ver ahí una historia; p a ra él, es decir, desde el punto de vista de la verdad, nunca o casi nunca se tra ta de la m ism a forma; o si se acepta, grosso modo, ver la m ism a form a, nunca es el agente del mismo pensa­ m iento.2'1 El firm am ento platónico es el asiento de un devenir donde el nuevo problema es saber cuál es la moda­ lidad. ¿Se puede im aginar mi modelo, o modelos de la ev o lución de u n a id ea lid a d p u ra ? ¿Es p o sib le esa monografía? ¿Es la monografía de un mismo grafo?.

2,1 O, mejor dicho, del mismo sistem a. E s un átomo para un sistem a. D e m anera que cambia de sentido con el sistem a que la contiene y la vuelve posible: la palabra cambia de sentido desde el m om ento en que cambia la lengua.

La evolución se complica h a sta el caos. U n átomo de form a 110 tiene la m ism a situación, ni el mismo peso, ni el mismo sentido, en ningún sistem a que subraye la diacronía. C ada c o rte sin c ró n ic o d isp o n e d e te r m in a d a s redistribuciones, opera determ inadas reestructuraciones. L a form a seguida es aquí un elemento principal, allí una escoria a b a n d o n ad a , m ás a llá u n sedim ento arcaico retom ado, reintegrado, reactivado por la generalización. ¿Se tra ta entonces de una m ism a forma, o de u n a forma que es siem pre otra? E n general, ¿la historicidad de la ciencia es continua o discontinua? En cualquiera de los dos casos, ¿cuál es su sentidol Se conoce la historia del M enon, la reconstitución por p a rte de un ignorante de una secuencia dem ostrativa, considerada como anam nesis. E n favor de la cadena geométrica, la comunicación se restablece con un mundo olvidado. M ás allá de la significación autóctona de la anéc­ dota en el platonism o, ¿hay u n a m anera de tom arla en serio en el contexto de nuestras cuestiones? Porque pone en juego varios tipos de tem poralidad: prim ero u n desgarro en la tradición, luego u n a continuidad restablecida; primero una recurrencia, u n a vuelta, luego una teleología restablecida, de tal m anera que el instituidor y el ignorante están juntos en una tem poralidad casi circular, re ite ra d a indefinidam en­ te. Ahora bien, esa situación platónica es u n a situación m atem ática ordinaria. Releamos, por ejemplo, el capítulo V del Racionalism o aplicado: Gastón Bachelard retom a el teorem a de Pitágoras en el lenguaje contemporáneo de la teoría de los grupos. Sigue siendo la situación del Menon, reforzada por la similitud de los problem as. El texto de B achelard vuelve a d ar existencia a u n a im ag in ería geom étrica olvidada, a través de la teoría d é la s estructuras, explica la situación histórica de u n a geom etría perdida en medio de u n a nueva prioridad, exhum a un origen oculto, encuentra un mundo arcaico como consecuencia m arginal, como modelo tecnológico trivial del nuevo mundo. Pero el

vuelve m ala suerte o infeliz culpa; la noción de espacio vectorial, me impone olvidar, reducir toda una diacronía, toda una historia, que para el pensam iento lúcido no es m ás que el dram a de un enceguecimieiito. Me hace s a lta r por encima de la axiom ática de Euclides-Hilbert, en el sentido que la tome. Aquí tam bién la recurrencia divide, desconecta la comunicación tradicional, que sólo podría seguir como capa cultural sedim entada. La historia de esta ciencia y a no es m ás que la historia de un cierto modo de no ciencia, de cierta modalidad de no saber, de cierto tipo de im pureza. La inversión de la teleología se m anifiesta en la m edida del reflujo de la recurrencia: la diagonal fue suicidio y naufragio, hubiera debido ser un nacimiento, un resurgim iento, el renacim iento de u n a geom etría m ás elevada y m ás pro­ funda, su origen mismo por la escisiparidad lim inar entre lo métrico y lo vectorial. E ste ejemplo es común, expresa la situación habitual de las m atem áticas como movimiento vivo. Recomencemos una vez m ás la m ism a historia: adosemos el juicio recu rren te ya no a las estructuras de grupo o de espacio vectorial, sino a las estructuras topológicas. Somos reconducidos a los orí­ genes: ya no al origen lógico, o histórico, sino a las condi­ ciones fundam entales de la constitución de las idealidades espaciales. De m an era que las idealidades que las Ideen... I denom inan morfológicas son descubiertas en el basam ento de la geometría, no en un estilo intencional o en el terreno arcaico de la pregeom etría, sino en un curso ya tem atizado, en la geometría m ism a. El pensam iento m atem ático ya sabía emplear, en la m ism a época en la que H usserl escribía, las idealidades de círculo, de entallado, e tcétera—curvas de Jordán, superficies de Riem ann, esferas m unidas de bonetes cruzados, etcétera—•, antes de consentir en proveerse las h erram ientas seudo-originales de la m étrica pitagórica; sa ­ bía borrar la confusión histórica de lo puro m atem ático y de lo métrico, ese equívoco constitutivo de la tradición que llevaba a que los filósofos se creyeran liberados del niathematon, una vez liberados de la métrica. Por m edio del

retronanálisis, el. pensam iento geométrico descubre una nueva pureza que no debe nada a la medida, anterior a la m edida, y suspende de nuevo veinte siglos de tradición equívoca, los percibe como impuros y confusos, tecnológicos y aplicados, en sum a, no matemáticos, los oculta como ausentes y fallidos (a la inversa de la term inología de K ant y de Husserl). Invierte de nuevo n uestra visión del origen haciendo del m ilagro un escándalo. ¿Cómo pudo la tradición hechar raíz en medio del tronco, en un lugar arbitrario, milagroso por lo arbitrario? Es milagro, es decir, oportuni­ dad y azar, que los griegos hayan sabido tom ar el tren en movimiento, en un momento en que ya estab a todo en funcionamiento, en que los conceptos estaban mil veces sobredeterm inados —no milagro de la pureza ultraelem ental, sino m ilagro de haber designado como puro un m ineral complejo y combinado—. La regresión topológica impone el olvido de la tradición y el recuerdo de una constitución espacial tapada por el milagro griego, tapada por el equívoco del m ilagro griego. Dicha regresión suspende el lenguaje tradicional por ambiguo y practica la disociación prelim inar entre la pureza no m étrica y la m edida. Toda la historia de la ciencia no es m ás que la histo ria de u n a im pureza, es decir, de cierto tipo de no m atem aticidad.2E Las m atem áticas están entonces en situación de diálogo transhistórico, en sentido directo e (o) inverso al Menón, de diálogo continuo con un científico tradicionalista ignorante, es decir, con el historiador de su propia ciencia, con un doxógrafo de lo que supera la doxa, por un olvido del saber y un recuerdo de lo 110 sabido prelim inar, p ara u n a elección decisiva entre reactivaciones y ocuitamientos. Asimismo, es indiferente que P ascal h ay a reinventado a Buclides, como se dice —lo que al m enos dos veces es un mito de histo ria­

25 D esde luego, esa p uesta entre paréntesis de la tradición comprende las geom etrías no euclidianas como realización últim a de la métrica en general.

dor— ; no así que haya reengendrado la geom etría a p artir de prioridades m ás profundas, que eran apolíneas y debían volverse argosianas: de ahí la elección en tre varios olvidos y varios recuerdos. Así, todo terreno ganado ilum ina u oculta la historia d é la s ciencias, a ritm os casi aleatorios: la invención corriente inventa precursores, o sedim enta confu­ siones. No so rprende que la h is to ria tradicional sea in d ete rm in ista , ya que proviene de u n a ordenación a posteriori de una teleología im previsible. M ás aún, se ordena posteriorm ente a la indeterm inación señalada m ás arriba: porque la complejidad del sistema que es la referencia ve­ rídica del juicio de recurrencia hace que sea difícil distinguir las tradiciones y los orígenes que es vital ocultar, de los orígenes y de la tradición de los que urge acordarse. Me g u sta ría designar esta dificultad como el. hogar viviente de la historicidad m atem ática en general, el lugar en que se tra b a n las conexiones, donde se cortan las adherencias im p u ras destinadas a sedim entar, en sum a, el punto lu­ minoso de la invención.20 El m atem ático no deja de sus­ pender la tradición y de volver al origen (a la vez lógico y constitutivo), o de ta p a r el origen y reactivar la tradición, de cortar y (o) conectar diacronías alternadas de todas las m an eras concebibles. El m atem ático inventor es amo del

26 La invención m atem ática es lo que queda de u na apuesta a la im aginación y de contra ejemplos que se le suscitan. Es el residuo de la conjetura y la crítica, del sueño y del error. E sta descripción no es psicologista: las lógicas modales analizan adm irablem ente ese estado de cosas. A llí la necesidad está dada como una posibilidad por cada dos negaciones: lo que no puede no ser. Si se expone desde su g én esis 1.a definición lógica, queda por establecer lo posible, y por destruir los contraejemplos que destruyen lo posible. Claro está, la im aginación desem peña el posible inicial. E s curioso ver a Leibniz, por ejemplo, in ven tar un arte de in ven tar en el centro de una m etafísica basada en la lógica modal, es decir, en el cuadro lógicom etaffsico: posible, im posible, necesario, contingente. H ay así una g é n e sis de la necesidad, que es arte de in ven tar con y por rigurosidad.

tiempo y de la historia, inventa el tiempo de su ciencia y, por eso mismo, el tiempo de la h isto ria que buscamos recuperar después de él. Como el dios de Leibniz, lee sobre u n a idealidad formal en formación el pasado oculto, el p resente activo y los posibles, aplica la teleología sobre la recurrencia al punto focal del que yo hablaba; en un sistem a que es u n a red en la que cada elemento es enfcrecruzamiento de diacronías anacrónicas, él es libre de cortar o de renovar: del Diálogo de los m uertos al Reino de las Parcas. El hacerse cargo de la m atem aticidad, la responsabilidad asum ida de la pureza como devenir vivo, im plican una actitud original, excepcional y libre frente a la historicidad. No sólo toda promoción de una forma es reform a de la tem poralidad o constitución de un nuevo modo de la historia, sino sobre todo el carácter antíhistórico de la form a p u ra hace que evolu­ cione en un tiempo que es la proyección de todas las moda­ lidades im aginables de la tem poralidad. La ahistoricidad es descubierta no como la ausencia de tiempo sino como la fusión de todos los tiempos posibles: imprevisible, determ i­ nado y sobredeterminado, irreversible y reversible, finaliza­ do y recurrente, conexo y siem pre cortado, referido a uno, dos, mil orígenes, m uerto, olvidado, continuado, acelerado de m an e ra fulm inante y así sucesivam ente.27 U na historia de las idealidades ahistóricas sólo se entiende si se concibe u n a panhistoricidad, una tem poralidad compleja, finam ente hojaldrada. E n cierto modo, los lincam ientos tem atizados por H usserl en la Krisis son envueltos por las m atem áticas como un caso particular o simplificado: necesariam ente, las m atem áticas siem pre están en crisis, y siem pre resolvién­ dose. Sin duda estoy obligado a volver sobre este punto. Es preciso s a lte a r los ejem plos y a h o ra in te n ta r

27

Incluida la posibilidad de reescribir num erosas veces la

Ucvonía de las m atemáticas: u na conversación sobre la pluralidad de los m undos olvidados.

reconstituir, partiendo de lo simple, el enm arañam iento complejo de los distintos modos de temporalidad que se presentan. Sólo puedo consagrarm e a este examen —se m e perdonará la ingenuidad— a través del método de los m o­ delos. Asimismo, en presencia de la complejidad espaciotem poral de nuestras informaciones sobre el mundo ■ —ese m undo que los griegos consideraron justam ente como e te r­ no—, el cosmologista tra ta de forjar modelos que den cuenta del máximo de los fenómenos. H a sta el presente encontram os cuatro conceptos de base: la historicidad propia de las ciencias (m atem áticas) podía ser conexa y (o) discontinua; podía ser leída (hecha la reserva de la pregunta acerca de quién la lee de tal o cual modo) en el sentido directo de la teleología o en el sentido inverso de la recurrencia. En u n a prim era aproximación h a b ría cuatro tipos de modelos elem entales: conexos directos y recurrentes, inconexos recurrentes y directos. ¿De qué estados de cosas dan cuenta ésos modelos?

DIRECTOS

RECURRENTES

CONEXOS

INCONEXOS

conexos

inconexos

directos

directos

conexos

inconexos

recurrentes

recurrentes

1. Los modelos conexos directos son a la vez modelos tradicionales y los de la tradición. S u interés radica en expresar b astan te bien: a) la tem poralidad de la deducción o del encadenamiento riguroso, a la m anera de Descartes. Sobre el camino lineal sin corte, es imposible saltar la

red; de cualquier m anera que se lo tome, “ese camino ya no puede perderse de vista”. La velocidad de propagación sobre esa cadena es variable, y puede ser fulm inante como se ve en el razonam iento por recurrencia. Pero no es la form a de e sta tem poralidad lo que aquí nos interesa directam ente. b) la form a d é la comunicación m aestra, de la trasm isión perfecta de la información. El térm ino m atem áticas adquiere aquí su sentido pri­ mero de jiav0aveiv: aprender, hab er aprendido. Es que las m atem áticas proporcionan el ejemplo de u n a comunicación casi perfecta, de una información unívoca desde la emisión a la recepción. T an verdadero es esto que n ad a impide p en sar que su origen mismo resida en un diálogo en el que los dos interlocutores disputan juntos contra las potencias del ruido. Las m atem áticas se adquieren desde el momento en que aquellos obtienen la victoria. De m anera que es n a tu r a l que el platonism o p re se n te u n a filosofía del m athém aton puro y sim ultáneam ente una dialéctica, to­ m an d o el ú ltim o té rm in o en el se n tid o de B e n o it M andelbrojt. M ás arriba intenté señalarlo, al definir el papel de un tercer hom bre, o de un tercero enturbiador del diálogo, al que a p u n ta ría la exclusión platónica. La desm aterialización que describe M ugler se reduciría enton­ ces a esa exclusión, que sei'ía una condición del pensam iento puro, en la intersubjetividad trascendental. Que nadie entre aquí si no es geómetra. Planteado esto, las m atem áticas se definen fácilm ente como el m undo de la comunicación pu rg ad a al máximo de ruido y, en consecuencia, de la tradicionalidad som etida al mínimo de pérdidas: la vía de comunicación está, por esencia, conectada por todas partes y sin cortes; caso lím ite, excepcional y sin duda paradoja! de la historicidad en el sentido corriente. El camino continuo que designa el modelo ya no puede faltar porque es esencial que la información se conserve en su totalidad significante, porque es imposible que la comunicación se enturbie o se rom pa, salvo por una caída en la no-m atem aticidad. Dicho de o tra m antera, las m atem áticas se trasm iten enteram ente

o no se trasm iten. La rem iniscencia del M enón es una reconexión, o la responsabilidad integral del heredero, que lia aprendido una tradición 110 susceptible de contra-sen tido, de equívoco o laguna. A la inversa, u n a concepción corriente de la historia que tuviera como base un modelo conexo es u n a ilusión de la razón pura, proveniente de la forma excepcional o lím ite de la tradicionalidad m atem ática. c) se sigue que el modelo expresa u n a form a de historicidad continua, polarizada de m anera irreversible por u n fin, y que deja p ara siem pre de lado su origen: el acto de nacim iento o de constitución a p a rtir de los arcaísm os prehistóricos sería un punto de no retorno. N aturalm ente, la extensión progresiva del campo m a­ temático, la purificación continua de sus conceptos, el poder siem pre reforzado de sus métodos, el movimiento avanzado h a c ia unas m atem áticas concebidas como horizonte, hacen p en sar en una form a evolutiva conexa, p u n tu ad a por esta­ dios o etapas, p a ra decirlo con Brunschvicg, o m ejor de crisis, como señalan los conjunfcistas de comienzos de siglo. Esos estadios o crisis no serían m ás que reorganizaciones globales de un saber trasm itido sin pérdidas, por lo tanto, ince­ santem ente acumulado. El camino, una vez m ás, no podrá faltar porque es acumulativo, porque cada etapa, como punto notable de acumulación, no sería m ás que u n a reor­ ganización de un conglomerado demasiado disperso, una sistem atización de elementos sueltos. El camino se desvía porque se hace su sten tar la m atem atización no ya en los átomos sino en la totalidad distributiva de las disciplinas. C ada punto de inflexión es un punto de inflación y de reconstrucción. Así, Euclid.es, Leibniz, Cauchy, etcétera, recuperan la totalidad de la histo ria en un sistem a totali­ zador: condensación y consistencia. Un buen sistem a m ate ­ mático, es decir, un sistem a universal, se daría como un corte sincrónico en un momento de.inflexión de la diacronía. B achelard h a b ía visto m uy bien ese estado de hecho: “Cuando un concepto cambia de sentido es cuando más sentido tiene”. La verdad de esos destellos de sentido está

dada, en cierta forma, por la filosofía m ism a: Platón y los irracionales, Descartes y la geom etría algebraica, Leibniz y el cálcalo infinitesim al, Iiusserl y la crisis de los funda­ mentos. El modelo de partida se afina: ya no es lineal, sino que esquem atiza una diacronía a través de grados, intervalos o diastem as, reunidos por m omentos de sistem a, de reorga­ nización global. Un corte sincrónico cualquiera en los in ­ tervalos revela el sistem a precedente, m ás capas nuevas que no form an parte de él y que no se le pueden integrar. Es 1.a torre de Babel, que indefinidam ente queda por reconstruir y que es urgente reconstruir desde el momento en que las nuevas promociones ya no pueden utilizar entre ellas, ni con el sistem a precedente el mismo lenguaje. Se vuelve nece­ sario entonces reunificar por medio de un sistem a, que no es m ás que un diccionario forjado por una nueva comuni­ cación perfecta. Trabajando sobre un zócalo sistemático común, Gergonne, Cauchy, Abel, Galois, Cantor, etcétera, lo superan, crean una confusión de lenguas tal que en de­ term inado momento se puede pensar que las m atem áticas h a n m uerto, lo cual conduce a reconstituir un nuevo zócalo que condense la etimología común a su lenguaje, haciendo así renacer la m atem aticidad, y así sucesivam ente, h a s ta la reunificación de Groefchendyck, etcétera. De m anera que Platón, Leibniz, los contemporáneos, crearon lenguas, carac­ terísticas universales nuevas. A principios de siglo, nos hem os encontrado con m ía situación leibuiziana. 2. Modelos conexos recurrentes. Este análisis tiende a m ostrar que las m atem áticas no estuvieron de u n a vez para siem pre en situación de origen. La edificación de un lenguaje nuevo p ara u n a nueva comunicación perfecta, la constitu­ ción de nuevas idealidades, la necesidad de hacerse cargo de la totalidad del edificio conducen al científico, llegado el m omento de las grandes em presas sistem áticas, a retom ar la integralidad del camino recorrido. Por eso el juicio de recurrencia no cabe sólo a la práctica histórica, sino sobre todo a la práctica epistemológica. La puesta en duda, el

cuestionam iento de los fundam entos y el análisis en detalle de las id ealid ad es elem entales p rim itiv a s, percibidas retroactivam ente como nociones hojaldradas, estratificadas, como casos particulares complejos de idealidades todavía m ás prim itivas, son actitudes comunes del m atem ático. Más a i'rib a vim os el trip le reg re so a fo rm a s esp aciales euclidianas seudo elem entales o seudo prim itivas. No se term inaría nunca de decir cuántas veces se h a vuelto a exam inar la cuestión sobre la recta real, el cero, los números enteros, la igualdad, la diagonal, el círculo; cuántas veces la resp u esta a esa cuestión term inó siendo u n a idealidad que fundaba efectivamente la idealidad cuestionada, no sólo por su e stru c tu ra axiom áticam ente definida, sino en su cons­ titución m ism a (por ejemplo, la recta R, sobre la que durante mucho tiempo se preguntó si ten ía una topología natural o si se la proporcionaban ciertas topologías). Todo sucede como si hu b iera que conjugar el movimiento directo de la teleología y el movimiento invertido de la re c u rre n c ia en u n d iag ra m a c irc u la r o, m ejor aún, espiralado, como si la amplificación de la teoría sólo ob­ tuviese su eficacia a p artir de la reiteración indefinida de los pasajes por el origen, en sí m ism a reconsiderada a través de las arm as m etódicas forjadas en el curso de la extensión. H a b ría en eso u n a form a de modelo de feed-back, de retroalim entación (de la amplificación por la fuente y de la fuente por la amplificación). Si no es con Anteo, que obtenía su fuerza al apoyar su pie sobre la T ierra, al menos nos encontram os tre s veces con la anécdota del Menón: por la conjugación del progreso directo y de la anamnesis', por la ejem plaridad m atem ática que revela su carácter esencial, ya que sólo las m atem áticas proporcionan el camino de una comunicación fulm inante y sin equívoco con el origen, co­ m unicación de la que ninguna otra experiencia histórica puede dar idea; por último, por la reiteración indefinida­ m ente posible del proceso. Como indica Leibniz, sería posible hacer practicar a un esclavo del m undo olvidado la anam nesis de un mundo dos

veces olvidado, et ita porro. El origen de las m atem áticas es puesto al desnudo en cada gran momento de reconstitución (históricam ente esto es visible desde el exterior) y con cada reconstitución (el movimiento es perceptible desde el in te ­ rior). Repito: la recurrencia no es en principio un movi­ m iento historiográfico; no basta con decir que cada avance im ponereescribir la ucronía délo que antecedió, dirigir toda la perspectiva río arriba en térm inos de “lo que se hubiera debido p e n sar”. No b a sta con decir que la historia de las m atem áticas tiene una escala de datación análoga a l a del m árm ol de Paros, En prim er lugar, es un movimiento propio de la tem poralidad m atem ática como tal, en la m edida en que se presenta como reestructuración sistem ática continua. La recurrencia propiam ente histórica no es m ás que la segunda consecuencia de ese movimiento interior y original. Los Elém ents el1histoire de Bourbaki son el retrato especular de los Elementos de m atem áticas, la proyección en u n a diacronía de ló que —de hecho— sucede en el sistema, la exposición en una génesis histórica de la génesis sistem á­ tica. Tales promociones —la del cálculo infinitesim al, de la teoría de los grupos, de los conjuntos, de las categorías— tienen u n a resonancia global en la totalidad del edificio, y se propagan de m anera fulm inante h a s ta sus fundam entos prim itivos, como si el últim o constituido hiciera rep lan tear el conjunto de la constitución. Y de nuevo no se tra ta sólo de condiciones lógico-axiomáticas, sino tam bién de condi­ ciones de c o n stitu c ió n : en los a lb o re s del. cálcu lo infinitesim al, lo que era cuestionado no era sólo lo verdadero o lo falso ; y el rig o r del e n c a d e n a m ie n to e ra la m atem aticídad completa, y m ás todavía su fundación en un mundo. Lo que se ponía en tela de juicio era la T ierra y las estrellas fijas. Ese movimiento recurrente, propagado ver­ ticalm ente en el sistem a a p artir de esas promociones, m anifiesta que existe una arqueología contemporánea de los progresos decisivos, m ejor aún, que un progreso no es decisivo sino cuando descubre los arcaísm os primitivos, en el m omento mismo en que se produce. Hay sim ultaneidad

de la aceleración teleológica y de la recurrencia arqueológica. De ahí la originalidad de la tem poralidad m atem ática que en un mismo momento se dirige hacia su y su co­ mienzo. Se sigue, prácticam ente, que si quiero estudiar la cuestión histórica, o lógica, o gnoseológica, o trascendental, del origen de las m atem áticas, puedo interrogar a Tales o a Pitágoras en el mito, a Desargues y a Descartes en la historia, a Bourbaki o a Groethendyck en el presente vivo. Un origen cualquiera es el origen mismo.28 Más aúu, ese estudio pone en evidencia estructuras comunes a cada uno de ellos, estructuras que responden a la cuestión. De ahí la simpleza del modelo siguiente: observo que el prim er esquema no es diferente de un cono —modelo que 110 es nuevo desde Bergson o E instein —■ , que cada corte sincrónico o sistemático es un corte de ese cono, como diría D esargues, que en el intervalo entre esos cortes se dibujan todas las geodésicas convenientes, trazadas en hélice sobre su casco. El interés de este modelo reside en que esas geodésicas progresan de modo indiferente de adelante hacia atrá s, o de atrás hacia adelante: lo que conjuga la teleología y la recurrencia. Además, el conjunto de la figura se proyecta en dos nuevos esquemas, según el punto de vista. Se puede afirm ar sobre ellos la amplificación progresiva de la teoría, su cierre y la conjunción de la extensión y del pasaje indefinidam ente reiterado por el origen. El segundo punto de v ista es tal vez m ás interesante en la m edida en que m u e s tra que a to d a am plificación corresponde u n a profundización arqueológica continua: hemos visto, por ejem plo, cómo la geom etría nueva había fundado las idealidades espaciales de Euclides a través de las ideali­ dades constitutivam ente m ás profundas: e stru c tu ra de grupo, espacio vectorial, variedad topológica. Por o tra parte,

38 D e ahí la pregunta: ¿el origen m ítico de Tales y de Pitágoras es verdaderam ente (históricam ente) el primero? Nada es m enos seguro.

uno se puede p reg u n ta r si hace falta leer el esquem a en progresión o en regresión, h a s ta tal punto el análisis preciso de las condiciones b a sta p a ra am pliar inm ediatam ente el campo. Porque el método axiomático casi nunca abandona ciertos orígenes. De esa m anera, el origen de las m ate­ m áticas está presente en todo el curso de su historia, es un origen percurrente. El retorno a las condiciones originarias es histórico (recurrencia), lógico (axiomática), trascendental (constitución).29 3. Modelos inconexos. Los modelos precedentes no tienen en cuenta un fenómeno esencial. El movimiento teleológico es un movimiento hacia las especificaciones elem entales de las m atem áticas en general, concebidas como horizonte: h acia el rigor, la pureza, el refinam iento analítico, etcétera. Por lo tanto, todo corte sincrónico-sistemático es m ás m a­ tem ático que el precedente; se podría llegar a decir que éste es no m atemático p a ra el juicio recurrente, que es un juicio de verdad: es im puro, confuso, poco riguroso —confuso en la m edida en que confunde, en u n a sola, estru ctu ras di­ sociadas—. El juicio recurrente se vuelve así juicio de aplicación. P ara nosotros, la geom etría de Tales es una m étrica de m aestro m ayor de obras, la de Desargues es la de un experto en lab ra de piedras, en trompas, la geom etría cartesian a es la de un ingeniero, la de Monge de arquitecto en su aguada (fue llam ada descriptiva), las geom etrías llam adas no euclidianas son m étricas d e físico, las m atem á­

29 Como veremos, el m odelo que se puede instaurar de la ciencia se aproxima al modelo que la ciencia se hace del m undo. A quí no está en tela de juicio el cielo im perecedero, sino laincorruptibilidad de los átomos. Infinitam ente duros e indivisibles, escapaban a la historia, a la usura del uso. Ahora sabem os que pueden partirse pero sobre todo que se regeneran en caso de vuelta a las condiciones in iciales. D e m anera que el modelo de una “primera creación”, relativam ente estable de Epicuro a New ton, no puede sino ser abandonada en provecho de un modelo donde la constitución ori­ ginaria es un acontecim iento corriente, percurrente, que tiene "lugar” en todas partes y en todo momento del “tiem po”.

ticas de Lorentz y de E instein son m atem áticas aplicadas al mundo cósmico o electrónico. A veces, en broma, los m atem áticos dicen que son geografías —térm ino que tiene sentido p ara nosotros, los filósofos. Significa que se tra ta de m atem áticas sedim entadas, reducidas a la tecnología por el movimiento de purificación: m ás artefactos resu ltan , cuando m ás antigua es la sedim entación.30 Es en este sentido que son olvidadas: se recupera al Menón, y un modo necesario de recubrim iento,* el corte, la discontinuidad del tiempo m atem ático—. De m anera que la historia de la diagonal y el cuadrado, que conté m ás arriba, es una h isto ria falsa e infiel, desprovista de significación para el m atem ático: es un catálogo proyectado de plano, donde es im posible ver la superposición de las capas de sentido, la estratificación de épocas diferentes, el relieve exasperado de los mundos olvidados. H abría que leerlo como una superficie compleja, con “corredores” de aceleración fuerte, “pasos” de detención en ascensos, zonas de valores estacionarios, de ru p tu ra s y así sucesivam ente, como las superficies que concebían E uler y Riem ann,31 Porque u n sistem a dado no recupera todos los sedim entos antiguos, no presentifica la integralidad de la tradición: por el contrario, opera una elección, u n a selección en su movimiento recurrente, deja fosihzar conceptos como desechos tecnológicos. E n el modelo preced en te, hay geodésicas ausentes, ru p tu ra s de conexión, adherencias definitivam ente m arcadas: el sistem a funciona como un

30 Habría que plantear la pregunta:¿el origen tecnológico de las m atem áticas es una ilusión de la recurrencia, o un descubrim iento a través de la recurrencia? * Ambos sentidos de la palabra recouurament (provenientes de dos verbos d istin to s, racouvrer y racouurir), recuperación y recubrimiento, caben en este caso. (N. da la T.) 31 Incluso sería in teresante tomar como modelos superficies no oriantables , en la m ed id a en que n ecesita m o s evocar una historicidad con un desarrollo indistinto en dos sentidos, a veces conexo y a veces quebrado. La topología más elem ental ofrece de aquellos, como todos saben, una superabundancia.

filtro-, el filtrado teleológico de la pureza, el rigor, etcétera, elim ina los fósiles. La corriente es m ás tra n sp a re n te m ientras m ás se descarga de aluviones cada vez m ás finos. A p artir de que se descompone el espacio euclidiano en espacio topológico, espacio vectorial, espacio métrico, grupo de desplazam ientos, etcétera, de él no queda m ás que el triedro de las paredes y el techo que me protege en mi casa.. No conozco técnica m ás lúcida para señalar los arcaísmos que el filtrado de pureza que realiza el mismo movimiento m atem ático. En cualquier punto de su curso, es fácil en­ contrar pruebas del origen arrastradas h a s ta ahí y dejadas de lado por el filtrado contemporáneo, testim onios de la prehistoria; la situación es igual que en la astronom ía donde se pueden recibir informaciones de m undos que ya no existen. Esto designa dos arqueologías distintas: por un lado, la que es propia del movimiento m atem ático como tal, que no deja de rea c tiv a r sus orígenes y profundizar sus funda­ mentos, por la reiteración de su recurrencia interna; que pone en evidencia las idealidades prim itivas que no eran m atem áticas y que llegan a serlo; que hístoriza poco a poco la prehistoria y da un lenguaje a lo que no lo tenía: así la topología em plea y tem atiza la susodicha morfología. Por otra parte, la que consiste en leer la prehistoria sobre los conceptos dejados de lado que fueron m atem áticos y que ya no lo son, en leer la prehistoria m u erta en los fósiles acarreados por la histo ria y abandonados por ella. La prim era es la arqueología intrínseca a la ciencia, la segunda es extrínseca; reconstituye la génesis perd id a de u n a idealidad perdida: como la del espacio euclidiano. La pri­ m era es regresiva y, a la vez, progresiva, porque se entrega al doble movim iento de la teleología y de la recurrencia; la segunda no puede ser m ás que regresiva: esa es la razón del poder p a ra descubrir estratos anteriores, incapaz de dar cuenta del fundam ento efectivo, es decir, p a ra volver sobre sí m ism a adaptándose al movimiento progresivo; ese mo­ vimiento le e stá prohibido, ese camino le h a sido cortado

porque la idealidad de la que tra ta ya no es m atem ática. Por el contrario, como la prim era conjuga los dos movimientos, es fácil definir las m atem áticas m ism as como técnica autóctona de investigación arqueológica. Lo que ya se dijo, aunque involuntariam ente, en el Menón. E n cierto modo, hay una solución continua al .viejo problem a del origen de las m atem áticas, y esa solución es indefinidam ente legible en el interior del proceso m ate­ mático: por eso entiendo que u n a formación cultural sólo es accesible como prematem ática en y por el proceso autóctono de las m atem áticas. Cuando la teoría topológica de los grafos m atem atizó nudos, laberintos y caminos, entonces, y sólo entonces, se pudo comprender que el tejedor era un técnico prem atem ático m ás antiguo todavía que el agrim ensor, que el hilo de plomo extendido no es m ás que una modalidad m étrica del hilo plegado de mil m aneras diferentes; entonces y sólo entonces se pudo entender a Gordium y Minos como esquem as m íticos prem atem áticos, m ás profundam ente enterrados que los mitos de constructores. N inguna otra técnica arqueológica hubiera tenido poder de conducir más acá de la agrim ensura tradicional. De donde se sigue que el cuadrado tembloroso dibujado sobre la arena, el grafo dubitativo e inexacto que Platón se negaba a ver, es a la vez de estatuto sensible y puramente m atem ático. R esulta así que el m undo del grafo tembloroso es el m undo olvidado por P latón mismo, anterio r a la m étrica inteligible, y entonces, veinticinco siglos después de él, term inam os por acordarnos. De donde resu lta que la m atem atización de lo inexacto me hace descubrir cualquier grafismo en general como la m anipulación prem atem ática de variedades topológicas en general. La m atem atización me conduce a lo prem atem ático. El problem a del origen de las m atem áticas es un problema in d e f in id a m e n te re s u e lto y r e p la n te a d o p o r la m atem aticidad en general, concebida como tem poralidad recu rren te y teleológica. Estudiando la dinám ica de la co­ rrie n te se entienden los procesos de sedim entación y la existencia de m eandros olvidados. Paso directamente del

cuadrado en la arena a la variedad topológica, dejando de lado el meandro euclidiano: cortocircuito fulm inante con un pequeño esclavo hijo de la tierra. Y, de nuevo, la situación es la m ism a que en la astronom ía, donde indefinidam ente sé esperar del porvenir informaciones provenientes de los m undos m ás remotos. Leibniz y m ás tarde Engals, entre otros, pusieron en circulación el tem or de que la acumulación del saber con­ duzca ta n fatalm ente a la barbarie como su ausencia. La ciencia se desplom aría bajo su propia proliferación. Esto hace pensar que el. avance progresivo de los conocimientos es u n a re c u p e ra c ió n re c o m e n z a d a de la to ta lid a d distributiva del saber anterior: proceso acumulativo de una enciclopedia convertida en bola de nieve sobre sí m ism a; lo cual devuelve la confianza en los modelos conexos de la historia. Con respecto a las m atem áticas, está claro que las cosas no suceden de la m ism a m anera.82 M ás bien filtran su herencia que asum irla en su integralidad; o mejor, la asu­ m en filtrándola. Por eso mismo, las m atem áticas se sinte­ tizan al aum entar, se reabsorben al acumularse. Determ i­ nado teorem a sobre el triángulo aritm ético vuelve inútiles tr e s v o lú m e n e s de cálculo so b re la H a rm o n ie de R.P.M ersenne, u n a página de De Arte Combinatoria su­ prim e las diversas técnicas del tipo de Lulle, tal o cual estructura asum e de golpe toda una galería de modelos. Entonces, la historia de las m atem áticas es u n a historia de la teoría da las teorías: la ciencia de la ciencia substituye indefinidam ente a la ciencia m ism a, como si la síntesis sucediera a la dispersión para aniquilarla de un plumazo, como si se accediera a l a posibilidad de decir en una palabra todo el trabajo de Sísifo. El juicio recurrente descubre así

32 D esde luego, el temor leibniziano todavía debe atormentar­ nos, si es verdad —y es verdad—, para retomar l a frase de A uguste Comte, que la ciudad cultural, está constituida ahora más por vivos que por m uertos.

a n a ciencia de la repetición, la reiteración aquí y allá de una p alab ra que no se sabía decir y que, a p a rtir del momento en que es dicha, interrum pe la aventura. Es en este sentido que D escartes decía que D esargues liabía planteado “la m etafísica de la geom etría”, que Leibniz. reprochaba a los científicos de su época “hacer rodar siempre la m ism a piedra”, que Gallois recom endaba “sa lta r por encima de los cálculos”, que Bachelard aconsejaba no erra r en el negro revoltijo del grafismo. Es decir que u n a gran invención científica es tanto anulación, supresión de un campo del saber, como promoción del saber: cierra con su sésamo todo un dominio que apenas se comprende después de aquélla, como el infierno donde se desvelan las hijas de Danao. El progreso se hace posible por la supresión de ciertas rep e­ ticiones, y el juicio recurrente indica los estancam ientos. La histo ria de las ciencias aparece así como una serie de cortocircuitos, una serie de puestas fuera de circuito. De ahí la comunicación fulm inante con el origen en el momento mismo en que la invención introduce la enojen de su h e ­ rencia. De ahí los puntos de ru p tu ra , de detención y de reanudación en un modelo no conexo. De ahí las ru p tu ras de conexión y el camino que siem pre falta: por un lado, dispongo de informaciones tradicionales provenientes de mundos desaparecidos; por otro, descubro informaciones nuevas provenientes de m undos ajenos a la tradición, llegados a m í por el camino m ás corto. Las m a ­ tem áticas son arqueología, pero arqueología por el camino m ás corto, por abandono continuo d élo s m eandros tradicio­ nales. E sta situación define los lím ites extremos del filtro: lo que el presente d$ja y descubre, lo que la arqueología reencuentra y abandona, el todo de un mismo movimiento, de nacim iento y de renacim iento, y de m uerte sin retorno. Dicho esto, hay que exam inar el filtro en el interior de esos lím ites. Dados dos cortes sincrónicos, la lengua m atem ática A es anterior a la lengua B, en la diacronía corriente. Es casi siem pre posible traducir A a B; Inversam ente, es raro poder traducir B a A. Por ejemplo, el espacio euclidlano puede

traducirse al lenguaje topológico, métrico, vectorial: es un modelo de tales y tales estructuras; a la inversa, en el repertorio euclidiano no hay térm ino correspondiente a "va­ rie d a d top o ló g ica”... M ie n tra s que el cam ino de la recurrencia es considerado como la inversión de la diacronía, ese camino es cortado —en la mayoría de los casos; la co­ municación se corta porque la intersección de dos rep er­ torios puede e sta r vacía.33 Y ya que el camino presenta puntos de no retorno, se mide la inanidad de u n a a r­ queología regresiva que se lim itara a invertir la diacronía, una arqueología que no tuviera en cuenta el movimiento original de la ciencia. Este, por el contrario, al designar e s tra to s m ás p ro fu n d o s, r e in te r p re ta de v u e lta las idealidades superadas o, mejor todavía, define un sistem a de traducciones. Cada corte sincrónico comporta sus con­ diciones de trad/uctibilidad. El juicio derecurrencia no va del espacio topológico al espacio euclidiano, va de los presu­ p u e s to s to p o ló g ico s del espacio e u c lid ia n o a la reinterpretación global del corpas de Euclides. L a nueva lengua es anterior y sim ultáneam ente posterior a la p re­ cedente, la hace explotar, la parte, la filtra, elim ina lo im puro, no g u a rd a de aquélla más que el oro de la m atem aticidad. Cada reestructuración es u n a suerte de tem blor te rre stre que descubre bruscam ente capas arcaicas y oculta los sedim entos recientes. Si m antengo comunicación fulm inante con el origen, no es por el canal histórico tra d i­ cional, es por el esfuerzo de fundación de las m atem áticas m ism as. Mi regresión no sigue el camino de la tradición, indefinidam ente fuera de circuito, sino el camino vertical de profundizad'ón m atem ática: es a p a rtir de ah í donde reinterpreto la tradición histórica.

33 Esto se agrava desde el momento en que se reitera el razonamiento: la intersección no es transitiva. Que la intersección de los repertorios A y B no esté vacía, así como la de los repertorios B y C, no im plica que la intersección de los repertorios A y C no esté vacía.

Observamos que el sistem a de Leibniz era susceptible de autoexplicación, por aplicación de él mismo sobre sí. Acabamos de señalar las posibilidades de traducir una lengua m atem ática a otra, de m anera que el desarrollo de esta cienciapueda ser enfrentado como u n a serie de fracasos y logros en tal emprendim iento de traducción: el logro m ayor se definiría natu ralm en te como la instauración de una lengua común frente a una pluralidad de dialectos anterior­ m ente diferenciados y en lo sucesivo referidos a una lenguamadre, cuyo ejemplo m ás reciente es el lenguaje m atem ático contemporáneo, en el terreno algebraico. L a invención sería así u n a aplicación exitosa de una región sobre otra o varias y, en un punto extremo, una auto aplicación del sistem a sobre sí mismo. Por el contrario, las m atem áticas esta ría n en crisis si fuesen a p a ra r a una aplicación de ese tipo. Esto conduce a la idea recíproca de que todo sistem a m atem ático tomado globalm ente —como el de Leibniz— es un ars inveniendi indefinidam ente. Su historia es una traducción, retom ada a cada in stan te, historia de los descubrim ientos o de los recubrim ientos. Volvamos ahora a ese milagro griego que, decidida­ m ente, ya no es m ás que una palabra que escapó a R enán en un m om ento de alegría. ¿No estamos en presencia, aquí como en todas partes, es decir como en todo momento de origen, de u n a aplicación de cierta lengua m atem ática sobre otra, de cierto procedimiento gráfico sobre otro? Las formas geom étricas—cuadrado, triángulo, círculo, tetraedro...—, de las que en adelante sólo conocemos la ‘'perfección” m étrica, no es u n a condición necesaria de m atem aticidad; estas formas eran conocidas y utilizadas mucho antes de Tales, como lo testim onian abundantem ente las a rte s decorativas y las tecnologías — alfarería, com puertas, tra n sp o rte , construcción— de las civilizaciones precedentes, de Egipto a Sum er. N ingún monumento podría inform arnos sobre la actitud gnoseológica de los contemporáneos con respecto a estas form as. Pero, d élo que estamos seguros, es de que los

griegos se pusieron a hablar de ellas, tom ándolas como objetos de su discurso; de que inventaron un Logos apropiado a su análisis (a cierto tipo de análisis), que se pusieron a trad u cirlas a un lenguaje universalm ente comunicable; comenzaron a decodifícarlas, a descifrarlas; pasaron del esquem atism o espacial enrollado sobre sí mismo, inmóvil y comunicable por el secreto de la habilidad m anual, a una lengua que designaba parte de su sentido. En otras pala­ bras, sustituyeron la escritura ideográfica de las formas geom étricas por u n a escritura descriptiva, letras y signos que se aplicaban mejor que la prim era: el. rigor era el rigor de la aplicación de esa traducción. El m ilagro griego es ese m ilagro, ta n corriente en m atem áticas, que consiste en reconocer en una form a u n a ideografía, un sentido o varios en un símbolo, en saber traducirlos a un grafismo des­ criptivo y comunicable, de m anera que las dos lenguas, las dos escrituras m antengan la relación m ás exacta. De tal modo, se inventa una correspondencia entre un esquem a­ tismo simbólico y u n a característica analítica —como, en la p rim era aritm ética, entre las cosas y los nombres, es decir, las letras del alfabeto—. Pero, como el análisis por carac­ teres no llega en térm ino a agotar el sentido compacto del esquem a; como, a la inversa, la escritu ra por signos revela absurdos secretos que la ideografía geom étrica no exhibe directam ente —contraprueba m ás bien infligida a la con­ ciencia pitagórica por la crisis de los irracionales—•, la correspondencia de la traducción es m ás fallida que exitosa: se vuelve urgente proseguir h acia el horizonte siempre diferido de las aplicaciones perfectas. El milagro griego no designa ya el origen de la geom etría, sino un punto de p a rtid a p a ra la historia de una cierta m atem ática: abre la historicidad de la ciencia. La id ea — aquí regional— de traducir un esquem a a caracteres in au g u ra una serie in­ definida de aplicaciones del mismo orden, sem brada de fracasos y triunfos; desenclava los ideogram as de su inmovilidad prehistórica (y no ahistórica o transhistórica, como in te n ta señalar cierto platonismo); los desengaña del

cierre de su sentido, de la comunicación por traspaso inva­ riable de que eran objeto en el a rte y la técnica; en adelante, la historia está abierta, ahí donde la característica va a poder sacar partido indefinidam ente, a través de miles y miles de lenguas, encadenados los sentidos en el esquem a. Desde que Sócrates da al ignorante la posibilidad de hablar, éste se acuerda de su prehistoria m uda como de un mundo olvidado: la anam nesis es el recuerdo, a través de un lenguaje comunicable, de lo que sólo está estructurado como un esquema}* En la prehistoria, se tran sm itía como un símbolo h ierático , in v a ria n te , in au d ib le, m an u al. Así recomienza el origen de la historia, con cada traducción a una lengua nueva: instauración, por ejemplo, de una ca­ racterística que tiene poder de traducir, de descifrar nudos, caminos, lazos y laberintos; que libera el sentido de es­ quemas trasm itidos, de mano en mano, por los tejedores, los decoradores, los escribas y los timoneles, en la prehistoria del logas. Desde luego, la aplicación inversa es tam bién fam iliar al m atem ático, cuando envuelve en un esquem a una pluralidad de sentido proveniente de la característica. El milagro griego es el de la historia de las ciencias, sin que los filósofos geóm etras hay an tenido otra conciencia de ella que la m ítica: el m undo olvidado no es m ás que u n a im agen del cielo, m ientras que el cielo no es m ás que el mito de la prehistoria. La histo ria de las m atem áticas es la de los milagros del mismo orden. Resulta entonces indispensable rectificar los modelos conexos —que seguirían siendo válidos en los casos excep­ cionales donde hu b iera siem pre un repertorio común—■. De m anera que h a b ría que leer la últim a proyección como

3p| E sa estructuración esquem ática de la prehistoria en general ■ — científica en particular— o del inconsciente no consciente de su saber o de su logos, de su ciencia, en particular, da cuenta, volviendo a los aforismos de m oda, de m uchos de los trabajos contemporáneos en el orden de la interpretación y de la arqueología (LeroyGourhan).

ana serie de cortes geológicos donde el últim o es siem pre m ás profundo y da a entender los precedentes, pero por eso mismo designa su falta de interés, su caracter superficial y problemático, su n atu raleza prehistórica y prem atem ática. Todo lo cual implica un resultado considerable: si no hay continuidad entre los cortes propiam ente m atem áticos, porque cada uno pone al precedente en cortocircuito, ¿cuánto m enor es la continuidad que hay en tre las formaciones culturales como tales y las formaciones que se diferencian de las prim eras en que llevan con ellas la verdad?35 Y de nuevo es a p a rtir de las segundas que hay que rein terp re ta r las prim eras. H asta el presente, veo sólo posibilidades de desprender los basamentos crónicos ele las m atem áticas si se sigue el movimiento autóctono de las m atem áticas m ism as, porque precisam ente la puesta fuera de circuito de la ciencia se efectúa rigurosamente en el interior m ism o de su historicidad. Hay u n a búsqueda de tipo trascendental que es propia de la historicidad m atem ática; mejor aún, la historicidad matemática, es tam bién tras­ cendental. Las m atem áticas como órgano sistemático form al y en form ación son un campo trascendental objetivo e intersubjetivo. Las m atem áticas son sim ultáneam ente una ontología formal y u n a lógica trascendental. E sta p uesta fuera de circuito incesante da cuenta en profundidad del principio de indeterm inism o señalado an ­ teriorm ente: o se e n tra de nuevo por las formaciones cultu­ rales y nunca se vuelve a encontrar la ciencia como mo­ vimiento original y verídico, o se e n tra de nuevo por la ciencia m ism a y se rein terp retan sin cesar las formaciones c u ltu ra le s, difiriendo siem pre m ás en el proceso de

3BE n K risis (IIP parte.parágrafo 31), H u sserl habla de “forma­ ciones espirituales de cierto tipo que llam am os teóricas”: un estrato teórico sería u n a especie singular del género formación. Esto su ­ pone que el m ovim iento de la ciencia distendió indefinidam ente el vínculo del pensam iento teórico con lo vivido, pero no lo rompió. Toda la cuestión estriba en si lo rompió o no.

excavación lo cultural como tal. Al dirigirse indefinidam ente hacia la m atem aticidad, las m atem áticas (y la ciencia en general) se dirigen p ara atrás hacia otro x£koq el de la p rehisto ria de las prehistorias. E n cierto modo, la ciencia tiende a suprim ir las ca­ racterísticas tradicionales del modelo del tiempo: su carácter direccional, irre v e rsib le , la flech a y las p lu m a s (la estabilización) de su vector,80 su carácter continuo, sus ol­ vidos y su acumulación mnémica; por su elección reiterada entre u n a comunicación fulm inante y una puesta fuera de circuito, aquella ju eg a tanto el. juego de Sócrates, como el de un esclavo. En una palabra, es am a de un nuevo tiempo, inventa un nuevo tiempo, constituyéndolo históricam ente a p a rtir de los elem entos dispersos por el estallido del modelo antiguo. Ya no se tra ta de tiempo o eternidad, de tangencia entre el tiempo y lo que está fuera del tiempo, sino de la constitución de m ía historicidad que recompone a gusto sus antiguas características: por eso hablé de pancronismo y de ucronía, y de no-orientabilidad. ¿Es posible determ inar un principio de elección entre los modelos considerados? Observemos, en prim er lugar, que el. proceso de sedim entación propio del curso de las m ate­ m áticas no deja d etrás suyo formaciones lo b astan te con­ cretas como p a ra que cualquier otro saber que no sea m atem ático quede como reservorio del sentido: lección in­ aug u ral de la anam nesis del Menón. Sin embargo, la sedim entación prosigue a través de 1.a concreción de lo abstracto. En esas concreciones, cierta m atem aticidad se consei'va y perm anece in v arian te, de m an e ra que la historicidad guarda su punto de referencia, en el interior del organon en general, de m anera que la experiencia histórica re su lta —como pai’te integrante— experiencia m atem ática

36 Los modelos m ás recientes de la física intentan explicar, por sim etrías, los casos de retorno a las condiciones in iciales, como si la primera creación tuviese lugar en cada momento de] tiempo.

y, a veces, a la inversa. En otras palabras, la h istoria de las m atem áticas presenta un modo original de sedimentación de lo que es claro —sin duda, no de lo distinto— y de lo que es verdadero. Lo verdadero perm anece invariante por las transform aciones diacrónicas; lo que cambia, es el concepto de la verdad. La verdad m atem ática, Index sui et falsi, la esencia autom ática de esa verdad queda estable —estable por lo autom ático— y las m atem áticas son estables, o mejor dicho, la m atem aticidad; lo que varía, con perdón por la expresión, es la filosofía de las m atem áticas, es decir el modo de ser de lo verdadero: pero, como esa filosofía es autóctona, de nuevo las m atem áticas se transform an. Son entonces la in v arian cia de lo verdadero en u n a diacronía siempre conexa, y la variancia de la m odalidad de lo verdadero en u n recorrido siem pre quebrado. Veamos el campo d é la s historias m uertas: la geometría griega, el análisis clásico, las m atem áticas m odernas que dejaron de ser contemporáneas. M uertas y no falsas: ¿qué significa esta m u erte de lo verdadero que nunca vira hacia el error? M uerte singular de sublevados, claridad de una luz inextinguible que se volvió negra y fría, los conceptos se­ dim entados no dejan de ser claros y siguen siendo verídicos: desde el fondo de los tiempos, el llam ado Pitágoras habla todavía rigurosam ente en una-lengua todavía audible y no podría ni engañarse ni engañarnos; y, no hace mucho, el llam ado Bourbaki profesa la verdad indestructible. Pero los conceptos claros son semiconcretos, están sedimentados, enrollados en una m ateria desechable que sólo la nueva verdad sabe disolver para revelar la auténtica verdad de lo antiguo. La única historicidad válida es entonces la de los sistem as (y, en los intervalos, la de su constitución): el modo de ser de lo verdadero reside precisam ente en su relación con el sistem a. E ste es el que vive y m uere, como apertura fecunda, luego como m ateria extinguida. La historicidad quebrada es la de las aletologías, la historicidad conexa es la de u n a alética. Creo encontrar en esta encrucijada la m ás antigua y

siem pre reiniciada de las tradiciones filosóficas, según la cual el m ás riguroso de los paradigm as del pensam iento teórico reside en la contemplación del cielo. Todo sucede como si los modelos que la filosofía puede hacerse de la ciencia fuesen isomorfos a los modelos que la ciencia se hace del mundo. No quiero in sistir en la herencia que, de los jónicos al Timeo y Be Cáelo, deTolom eo a Bruno, deTychoB rahe a Pascal y Leibniz, de Copérnico a Newton y Kant, de Laplace a Comte, de W illiam Thompson a Nietzsche, y h a s ta el gran texto de H usserl sobre la inmovilidad de la tierra, no se h a desmentido. ¿Qué h a sido hoy de ese filosofema? Se ha conservado invariante, por las variaciones de la teoría del mundo y de la teoría de la teoría. Al principio, llevamos la h isto ria al terreno del modelo ideal al mismo tiempo que al del modelo del universo. Si los objetos del cielo parecían a nuestros precursores tan e sta­ bles y puros como las idealidades del pensam iento teórico, sabemos hoy que el rigor y la pureza están en devenir como las estrellas que nacen, envejecen y m ueren en su aova, dejando residuos que pueblan los universos residuales. La teoría es u n a historia, la pureza tiene un tiempo propio, como la cosmología tiene de ahora en m ás su cosmogonía: no hay reposo, movimiento, desplazam ientos ordenados, siiio origen, evolución y desaparición. Es una revolución, astrofísica que conduce el rigor a v ariancia sin variación de rigor, como en un momento la revolución copernicana cambió las referencias del pensam iento. De inm ediato, observo el cielo como observo el sistem a del saber. Aquí y ahora, las ondas visibles o hertzianas se dan p a ra leer informaciones incoherentes o aleatorias con respecto a mi tiempo, al tiempo de mi historia. U na m e inform a sobre un acontecimiento reciente, otra sobre un acontecimiento de hace m illones de años, otra sobre un acontecimiento que no tiene sentido alguno en la escala histórica. Ya no es la eternidad lo que aquí descubro, sino la interferencia infinita de las pistas cronológicas. Sim ul­ táneam ente, tengo, reactivo en u n mismo pensam iento dos,

tres, ti elementos anacrónicos. Ese cielo de hoy, constituido en el presente ante m i vista, ese pensam iento puro del que quiero h a c e rla historia, esos dos sistem as, del mundo y del saber, m e ponen sim ultáneam ente en comunicación fulm i­ n a n te con los acontecimientos cuya fecha se h a dispersado de todas las m aneras im aginables. Y , sin embargo, si quiero entender, debo entender el. punto de contacto entre mi presente vivo y ese espectáculo teórico-concreto que des­ garra, interfiere y complica de m anera casi aleatoria todas las secuencias tem porales, el punto de contacto entre un cronema y un numero enorme de anacronem as, entre un tiempo y una pancronía distributiva. Es sabido que, con respecto a esa indeterm inación, se propone un cierto núm ero de modelos del mundo. Sin duda, hay otros tantos modelos de la histo ria de las ciencias: Leibniz lo percibió y tomó como orden la teoría relativista del tiempo. Así que tam bién h ay .una revolución relativista por realizar en lo que concierne a n u e stra visión del universo teórico. Si Bachelard hubiera analizado como tal la esencial complejidad de la ciencia — en lugar de servirse de ese concepto como atributo descrip­ tivo—, hubiera llegado necesariam ente a la idea de Revo­ lución astrofísica. En contra de H usserl, diría entonces con gusto que no es la tie rra el terreno originario en que agota su constitución el pensam iento teórico; no es la tie rra la que da sentido al movimiento y al reposo, porque esos conceptos ya son su ­ perficiales y residuales. E s la totalidad del universo, a la vez en evolución y en anacronía, lo que da su sentido al tiem po y a la ausencia de tiempo, al tiempo y a a la m ultitud de los tiempos. El mundo como siem pre anacrónico y ucrónico (acrónico y pancrónico) es otra vez el paradigm a de la filosofía, el modelo que funda la posibilidad del. lugar de tangencia entre nuestro tiempo y la ausencia de tiempo, entre nuestro tiempo y la totalidad de los tiempos posibles. K a n t describía una h isto ria de las ciencias que era u n a h isto ria de la pureza. Y h allab a en esa historia la revolución copernicana como acontecimiento que se repetiría en lo

sucesivo p a ra la m etafísica rigurosa. H usserl describe una historia vacía de ciencia, con riesgo de confundir u n estrato precientífico con uno científico, error cometido en su teoría de las idealidades morfológicas, y descubre la tierra como punto fijo originario y referencia trascendental. En lo su­ cesivo, h ay que escribir la historia de la ciencia como tal, es decir, de las tem poralidades interferidas y complicadas en una tem poralidad única totalizadora, y p a ra eso activar una Revolución que no tiene epónimo. Es el retorno al m ando m ism o , es decir, al Nuevo M undo. Y de xiuevo nos encontramos en el origen, in quodam m undi infantia. Como en cada momento de la historia, tenemos que asum ir un deber nuevo, descubrir un nuevo mundo cuya h istoria incoativa reenvía n u e stra cultura ya 110 a la historia sino a la prehistoria. P areciera que estamos por olvidar estratos arcaicos y a comprender idealidades nuevas. Bajo la apariencia de m atem áticos contemporáneos, de astrofísicos y bioquímicos, Tales está de nuevo entre nosotros, p a ra invitarnos a nuevas traducciones, a nuevas anam nesis.

Capítulo 2 FILOSOFÍA

Descartes: la cadena sin eslabones Todos conocen la tercera Regla para la dirección del pensamiento: Descartes da cuenta ahí de dos operacio­ nes del entendimiento, la intuición y la deducción; esos únicos actos permiten llegar al conocimiento de las cosas, sin temor a equivocarse.1 Después de haber planteado una definición de la intuición, sobre la que volveremos, da de esta última cuatro ejemplos: “Ita

unusquisque animo potest intueri, se existere, se cogitare, triangulum terminari tribus lineis tantum, globum única superficie, et similia:2 así cada uno puede percibir, por intuición intelectual, que existe, que piensa, que un triángulo está limitado por sólo tres líneas, que un cuerpo esférico lo está por una superficie única y cosas sem ejantes.” Nos proponemos explicar estas palabras. Primera hipótesis: los ejemplos en cuestión son cualesquiera y están dados arbitrariamente y sin orden.

1 Al comienzo de esta Regla, D escartes pronuncia dos veces el térm ino mezcla (admiscendas, permiscentes), térm ino que retom a en la P rim era Meditación. Publicaremos u n estudio sobre el Genio M aligno, organizado en torno a este tem a: sabem os que la física contem poránea volvió a encontrar sim u ltán eam en te la idea de Dem onio y la de m ezcla. 2 Regulae..., edición Gouhier, Vrin, 1959.

Entre las cosas que se pueden intuir Inmediatamente, existen tales y cuales, en particular esto y aquello. En el seno de ese conjunto de paradigmas figuran los elementos del cogito junto a elementos geométricos; en esa hipótesis, los primeros pierden su lugar de excelen­ cia, son alineados junto a otros cogitata En cierto modo, estam os acá en pleno lelbnlzianlsmo: “varia a me cogitantur." En Descartes no encontramos tales varieda­ des sin orden ni tales variedades de orden, y esa hipó­ tesis debe ser rechazada. Al considerar atentamente esos cuatro ejemplos, podemos distinguir dos tipos: por un lado existo, pienso; por el otro, el triángulo y la esfera. Primero examinemos los dos últimos. Se dice que el triángulo está limitado, determinado, por tres lineas solamente: ¿qué quiere decir? Que el triángulo es una figura limitada, deter­ minada por bordes, y que esos bordes son líneas, Pero además: que el triángulo es una superficie interrumpida por límites lineales. Y por último: que el triángulo es un ente de dos dimensiones,3 limitado por entes de una dimensión. Es decir que el triángulo se comporta respecto

de la línea como dos se comporta respecto a la unidad. Sin duda, como veremos continuamente, esos números no tienen ningún carácter aritmético o • métrico. Sin embargo, caracterizan perfectamente las figuras evoca­ das, y esto de tal modo que su asociación es necesaria y suficiente, lo que indica el empleo de tantum: el triángulo necesita líneas y sólo necesita líneas por estar determinado a ser la figura que intuimos bajo ese vo­ cablo. En consecuencia, existe la misma relación de necesidad y de suficiencia entre los números dos y uno. Prosigamos: un cuerpo esférico, una bola (globum), está limitado, determinado por una superficie única.

3 La R egla XTV (ibid .) define la dim ensión como la condición previa a la medida.

¿Que quiere decir esto? Que la bola es una figura del espacio, limitada, determinada por una superficie so­ lamente, por un borde único. Pero además: que la bola es un volumen interrumpido por un límite superficial. Y por último: que la bola es un ente de tres dimensiones limitado por un ser de dos dimensiones. Es decir, otra vez (con la misma restricción que hasta ahora con respecto a la métrica) la bola se comporta con respecto

a La superficie como tres se comporta respecto a dos. Y ese “comportamiento” es del mismo orden de necesidad y de suficiencia que el precedente, porque al término tantum corresponde el término única La bola necesita de una superficie y sólo necesita una superficie por estar determinada a ser la figura que intuimos tras ese voca­ blo. Ahora bien, la consideración exclusiva de los bordes o límites —y la forma m ism a de la frase que no utiliza m ás que un verbo, terminari, para los dos ejemplos— nos autoriza a reunir los dos paradigmas en un solo orden: la línea se comporta respecto al triángulo como la su ­ perficie respecto de la bola. En otras palabras, el ser en

una dimensión es al ser de dos dimensiones lo que éste último es al ser de tres dimensiones, cada uno es el borde del siguiente en el orden. No hace falta engañarse sobre esas relaciones sucesivas: de ninguna m anera son métricas, no son proporciones; son relaciones de nece­

sidad y de suficiencia en el orden exclusivo de la intuición espacial Por otra parte, la Regla XIV define la dimensión como “la relación bajo la cual un sujeto es considerado mensurable”: escapa entonces a la jurisdicción de la medida, m ás bien es su condición. En consecuencia, los dos ejemplos dados en la Regla III son ordenables como 1, 2, 3, insistiendo sobre el hecho patente de que 1 , 2 , 3 no son más que un orden sin medida, orden no obstante

riguroso por necesidad y suficiencia. En suma, 1,2,3 no son números en sentido aritmético. Tal vez el lector se asombre ante la afirmación de que

dichos ejemplos no son matemáticos stricto sensu En efecto, ningún teorema de la Geometría contemporánea de Descartes, o anterior a él, demuestra tales hechos. Significa simplemente que las consideraciones de lími­ tes, de terminaciones y bordes no están inm ersas en un orgarion demostrativo establecido, sino que, por el con­ trario son previas a ese organon teórico. En cierto modo, son ejemplos prematemáticos, pregeométricos, así como la dimensión es previa a la medida. Y por lo tanto, pertenecen a un terreno exterior a los encadenamientos deductivos de la teoría, sujetos a la teoría. Pertenecen, consecuentemente, al terreno exclusivo de la intuición. La intuición tiene algo para conocer esos fenómenos espa­ ciales. Ahora bien, ésa es la cuestión capital, es posible descubrir un orden en la intuición pura, y un orden ri­ guroso, que compone progresivamente las variedades espaciales cada vez m ás extendidas a partir de varieda­ des inferiores que forman su terminación, composición que se establece por necesidad y suficiencia, a partir de una unidad, la línea que desempeña el papel de intuición irreductible (al m enos aquí). Entonces obtenemos, en la intuición espacial, un orden cuyo rigor se burla de la medida, de la proporción métrica, de todas las deter­ minaciones que, tradicionalmente, constituyen el modelo del orden cartesiano: ahí se trata de u n modelo prernatemático, de un modelo pregeométrico de orden4 4 Para hablar de m anera moderna, queremos adm itir que D escartes es un precursor del intuicionism o, en la m edida en que hace desem peñar a la intuición cierto papel regulador general en el funcionam iento del pensam iento; pero aquí no se trata de eso: el descubrir un orden riguroso en la intuición espacial privada de m edida en la m edida en que es previa a los encadenam ientos deductivos de la geom etría, lo haría más bien el precursor del A nalysis Sitiis. Otro ejemplo estaría dado por su fam oso teorem a de los poliedros, donde el núm ero desem peña m ás b ien un papel de invariante topológica que no e stá investida de u n a función de m edida. De hecho, D escartes, en ese texto, no dice recta sino línea,

Y m ás precioso es esto en la medida en que se establece una cadena donde los eslabones sucesivos sólo se deben a la intuición. Cuando algunas líneas más abajo, Descartes quiere dar un modelo realmente ma­ temático del orden discursivo, elige los m ism os números 1,2,3, haciéndoles desempeñar un papel aritmético, profundamente diferente del que analizamos. Ahora 1,2 y 3 no se sum an ni se componen cuantitativamente. Conforman un orden cualitativo. Ahora está abierto el camino para considerar los dos primeros ejemplos, que son los elementos mismos del cogito: existo, pienso, elem entos irreductiblem ente intuicionables útiles. Decimos: así como hay un orden en los dos últimos, hay un orden en los dos primeros. Y esto por dos razones, extraídas del texto mismo: 1) El orden tradicional “pienso, existo”está invertido; lo cual no se explica —no puede explicarse— sino es por la inversión de los ejemplos pregeométricos mismos. Efectivamente, el triángulo está enunciado ahí antes que la línea, y. la bola antes que la superficie. Si se resta­ blecen las enunciaciones según el orden 1,2,3, sería necesario enunciar: línea, superficie, bola. Entonces se enunciaría: pienso, existo. La inversión es, tal vez, utilizada a sabiendas, en la medida en que Descartes distingue, m ás adelante, enunciatio y discursus. 2) Evocando otros ejemplos posibles, Descartes no dice et caetera, sino et similia. Ese matiz remite, por un lado, a ejemplos tan fáciles de intuir como los cuatro indicados expresamente. Pero cuando se examina el sentido preciso que ese término reviste en matemáticas, uno se ve irresistiblemente llevado a pensar que existe un vínculo de similitud entre los dos paradigmas

no dice esfera sino globo, que tradujimos por bola. Pensam os que se deben rectificar las traducciones habituales (cf. Géométrie, livre II, de la edición de A uguste Comte y Leibniz: “D efiniciones ma-

pregeométrlcos, los dos elementos del cogito y otros ejemplos posibles. Desde entonces, “yo pienso" y “yo existo" están vinculados en los dos sentidos, es decir, por necesidad y suficiencia, en un orden que no apunta a las deter­ minaciones tradicionales de la deducción, a la medida o a la cantidad, sino que se instaura en el terreno exclusivo de la intuición pura, de la misma manera que el orden pregeométrico 1,2,3 se instauraba en el terreno exclusivo de la intuición espacial. Es necesario y sufi­ ciente que el yo pienso y el yo existo sean intuidos para que su vinculación rigurosa sea intuida al punto, y con la misma certidumbre que son intuidos los bordes de la bola o los límites del triángulo. Ahora, si se quiere, el cogito es a la intuición de mi existencia, lo que la intuición de la línea es a la del triángulo, la de la superficie a la de la bola, et similia. De nuevo se entiende que aquí no hay proporción, en el sentido métrico, sino una analogía de comportamiento sobre la necesidad y la suficiencia. El ergo del cogito no pertenece entonces a la cadena deductiva propiamente dicha, es una vinculación intraintuitiva. Como consecuencia, es equivalente decir "pienso, luego existo” y "pienso, existo”, y Descartes utiliza, de hecho, esas dos enunciaciones como si fueran equivalentes. Sólo la aprehensión de los dos últimos ejemplos como modelos de los dos primeros podía conducir a solucionar esa vieja dificultad.

Cuadro I "Cogito, sum ” 0 "cogito ergo sum ”

Orden riguroso en

Paradigmas pregeométricos de intuición espacial

Orden riguroso

la intuición pura

de la intuición espacial n se verifica si n (ra-l)> n, es decir si n > 3. n

2

A partir de que h ay m ás de tres m ónadas, la solución del preestablecim iento es económica. Cálculos de este tipo pululan, como es sabido, en la obra de Leibniz (por ej. M ath., V y VII, para el esquema).

d e la com binatoria que el preestablecim iento e s la solu­ ción n u m eralm ente m á s económica, p a r a In stitu ir re la ­ ciones co m p le ta s en e sa m ultiplicidad. La te sis de la a rm o n ía p re e sta b le c id a e s tá im plicada en el pluralism o, p o r la m ed ia ció n de la C om binatoria. Pero so b re todo: la red de in te rre la c io n es m o n ád ic as es n u m e ra lm e n te m u y fuerte; a u n q u e a p a re n te , es com plicada; no tien e existencia, en rigor y en el plano de realid ad , m á s que p o r in term ed io del c o n ju n to de relacio n es arm ónicas; é ste es n u m e ra lm e n te m en o s poderoso y es m á s sim ple desde el p u n to de v ista de la forma: no h a y m á s que u n vértice p a r a u n n ú m ero elevado de in terseccio n es, cal­ culable de nu ev o p o r la com binatoria. D e m a n e ra que la realidad fu n d a la aparien cia, como lo sim ple explica lo complejo y el n ú m e ro pequeño —en v erd ad , la u n i d a d co n stitu y e al g ra n d e .33 E s ta explicación p o r lo sim ple es y a económ ica. Pero h a y m ás: el efecto es m áxim o con el m en o r g asto ;34 porque, p a ra u n a m u ltip licid ad de s u s ­ tancias, el n úm ero mínim o d e relaciones im aginables no p u e d e se r tnferíor al núm ero m ism o d e las m ónadas: el g asto real c o n sen tid o p o r D ios es el m á s p eq u eñ o posible; in v ersam en te, p a ra e s ta m ism a m ultiplicidad, es im ­ posible o b te n e r u n núm ero m á s g rande d e relaciones fe n o m e n a le s que las d e la interexpresión u n ive rsa l que c o n stitu y e n u n a red com pleta. Por lo ta n to , no h a y sólo explicación a tra v é s de lo sim ple real, o m á s a ú n p ro ­ ducción del m u n d o de la com unicación u n iv ersa l — a p a r e n te m e n te e n c o n s p ira c ió n — p o r la re a lid a d sim p lic issim a del diálogo solitario. La so lu c ió n del p reestab lecim ien to observa en rigor el principio del m áxim o y del m ínim o, p o r lo ta n to el principio de econom ía, es decir, el principio de razón. La d em o stra83 En un contexto diferente, Leibniz utiliza la numeración binaria como imagen de la creación. (Math., III, VII; Dutens, III, IV, I‘,P hil, II; Grúa, I; Couturat). Es la numeración más “económica”. 34 Formulación del principio de economía, Phil., VII.

ción —el cálculo— , e s tá e n te ra m e n te cerrado en el in te rio r del dom inio de la n ecesid ad m oral, que es el dom inio m ism o de la creación, P a ra que el m u n d o del plu ralism o s e a el m ejor (en todos los sentidos), es necesario m o ra lm e n te y, a fin de c u e n ta s, p o r la com binatoria, que te n g a lu g a r la a rm o n ía p re e s ta b le c id a : D u m D e u s calculat, f i t h a rm o n ía .35 C u a lq u ie r o tra solución im p licaría im perfección. Se p u e d e d e c ir e n to n c e s s is te m a d e Las m ó n a d a s (o m onadología), s iste m a de La arm onía preestablecida, o b ien s is te m a d e La comunicación d e su sta n cia s. La s e g u n d a objeción, con resp e c to al cam ino m á s largo, es m e n o s fácilm ente reductible, p o rq u e el espacio es de u n o rd en m á s delicado que el n ú m ero , a p e s a r de las rela cio n e s de expresión que los u n e n . S in em bargo, s e ría inconcebible que el m étodo in lineis ductis con­ dujese al cálculo aritm ético. E n p rim e r lugar, y o tra vez con rig o r m etafísico, se ría cu estió n de lín e a s y de espacio sólo de u n a m a n e ra simbólica. C u a lq u ie r cálculo, c u a l­ q u ier raz o n a m ie n to referido a e sq u e m a s no es m á s que ap roxim ación a p ro p ia d a p a ra to ca r la im aginación —que es la “fa c u lta d ” de la geom etría—, no h a b la de las co sas m ism a s en u n a expresión aproximada: el cálculo binario, los d ia g ra m a s com binatorios, etcétera, no so n m á s que im agines creationis de los m odelos. A teniéndose a e s ta s restriccio n es, s in e n g añ arse, ni to m a r la im agen po r la c o sa, s e p u e d e u tiliz a r el le n g u a je e sp a c ia l. Las m ó n a d a s, com o es sabido, son p u n to s inextensos. Por lo tan to , no p o d ría n c o n stitu ir el espacio.36 Dios, p o r o tra p arte, n o tiene la extensión com o atrib u to : esto se ría con trad icto rio con respecto al infinito. Dios no e s tá en

35 Cuando el origen de las cosas está figurado sim bólicam ente en la aritm ética binaria, el término arm onía se u tiliza del mismo modo. 36 D em ostración m atem ática in lineis d u ctis : en B osses, 24 de abril de 1709. Ph.il., II.

n in g u n a p a rte sino en sí m ism o, pero todo e s tá en él. “Todo e s tá en Dios, no com o la p a rte en el todo, ni com o u n accid en te en el su jeto , sin o com o el lugar en lo que éste llena, quiero decir u n lugar espiritual o p erm an en te, y no m edido o dividido... D ios es in m en so y e s tá en to d a s p a rte s. E s tá p rese n te en el m u n d o y todo e s tá en él. E s tá a h í donde las co sas existen, ahí donde ellas no existen, y p erm an ece allí d o n d e v a n y h a e sta d o allí do n d e lleg an ...”.37 La in m e n sid a d , la om n ip resen cia de D ios deben s e r concebidas s e g ú n la esen cia y la operación, n o se g ú n la situ ació n .38 La p re se n c ia c o n ju n ta de D ios y la m ó n a d a no es u n a su p erp o sició n de situs, sin o la inm ediatez de u n a ope­ ración: s u o m n ip resen cia n o es o tra que el diálogo m ism o con la m ó n a d a solitaria. Y a s í "el espacio, como el tiem po, no tien en m á s rea lid a d q u e él y él p u e d e lle n a r el vacío c u a n d o le parece; es a sí com o se e n c u e n tra en to d a s p a rte s ”.39 La u b icu id ad div in a es operatoria, relacional, inm ed iata; y es por ella q u e a p a re c e el orden del espacio. La a p a rien c ia espacial e s tá fu n d a d a en la operación divina, in ex ten sa. Y e n to n c e s, lejos de te n e r que d em o s­ t r a r la a rm o n ía p re e sta b le c id a po r el lugar, s u s lín e a s y s u s esq u em as, es, p o r el co n trario , el lu g ar com o relació n fenom enal lo que se red u ce, se explica y se fu n d a com o rea lid a d por la rela ció n o p e ra to ria que las m ó n a d a s m a n tie n e n con Dios en el preestablecim iento. A hora bien, e s a relación es in m e d ia ta , copresente, p orque las m ó n a d a s e s tá n en D ios com o en u n lu g a r esp iritu al ni divisible ni m en su ra b le . D e trá s de la espacialidad feno­ m enal, d e trá s del d iag ra m a im aginario in lineis ductis, se d e sarro llan las operaciones reales e n el cero del lugar,

37 R éfutation inédite, etcétera. Foucher de Careil, Paris, 1824. 38 “Dios no está presen te en las cosas en situación sino en esencia; su presencia se m an ifiesta en su operación in m ediata”

CPhil., VII). 39 N E, II, 15; P h il, V, 141 (cf. el concepto de Ubiedad repletiva tomado de los escolásticos en N E, II, 23; Phil., V).

en la a u se n c ia de m ed id a, de división, de situ a c ió n y de d i s t a n c i a . P o r e s o , d e c ir q u e la s o lu c i ó n d e l p reestablecim iento arm ó n ico se opone al principio eco­ nóm ico del cam ino m á s corto es u n a doble falta; en realidad, no h a y ta l cam ino, h a y co p resen cia esencial; lejos de deber p la n te a r u n a d ista n c ia en tre dos situ s, no se p u e d e s iq u ie ra c o n c e b ir su p e rp o sició n de situs; e n seguida, todo cam in o relacio n al e n tre dos co ex isten tes (orden del espacio) sólo se concibe p o r la a u s e n c ia de d ista n c ia que im plica la inm ed iatez de la acción divina. D esde entonces, la d e m o stra c ió n d irecta se h a c e en dos tiem pos; en p rim er lugar, b a s ta con volver al fenóm eno, al m odelo espacial, al e sq u e m a im aginario, p a ra te n e r el derecho de decir respecto a esto que Dios e stá p o r to d as p a rte s, con to d as la s restric cio n e s sobre la ap ariencia; aquí la dem o stració n concluye en el rigor geom étrico: e sta n d o Dios ahí donde e s tá n la s m ó n ad a s y a h í donde ellas no están, ah í donde ellas v a n y ahí donde ellas llegan, explicar la co m u n ic ac ió n exclusivam ente p o r las relacio n es con D ios viene a s e r stricto s e n su p a s a r por el cam ino m á s corto posible; el p a r o m n ip resen ciaco p resen cia lleva a cero el cam ino relacional. El cam ino m á s corto de u n a s u s ta n c ia a otra, es el camino rudo d e c a d a uno a Dios, m á s el cam ino nulo de Dios a Dios, m á s el cam ino nulo d e Dios a c a d a uno.40 E s a b so lu ta m e n te im posible m a te m á tic a m e n te e n c o n tra r u n a so lu ció n donde el gasto s e a inferior. H a s ta h ace poco no se podía

40 En el pasaje se ve que el principio de la sim plicidad de, las vías o de la economía no es sólo observado sobre el todo como el cálculo combinatorio lo estableció, sino tam bién en cada parte que se pueda señalar, porque se trata de cada mónada. “Las partes m enores del universo están organizadas siguiendo el orden de la m ayor perfección: es decir, no pasaría lo m ismo con el todo.'’ (P h il., VIL Tentam en anagogicum). Se deberá notar que n uestra de­ m ostración, pasando primero por el núm ero, enseguida por la "vía”, sigue el movimiento leibniciano que requiere en primer lugar de m a xim is et m in im is q u a n tita tib u s, luego de fo rm is optifnis (Couturat, op.cit,)

e n c o n tra r u n n ú m e ro inferior al de los p u n to s metafíi­ sicos, a h o ra no se p u e d e e n c o n tra r u n a v ía m á s c o rta q u e no s e a n u la. E n segundo lu g ar, se ve h a s ta qué grado la espacialidad im ag in aria o sim bólica vuelve fácilm ente p ra c tic a ­ ble la m ed itación m etafísica, perm itiendo la integración del proceso dem o strativ o de la geom etría, a sí com o de la s series rig u ro s a s del m ecan ism o m etafísico.41 El “h a z ” de la a rm o n ía e s ta l q u e s u vértice es om nipresente y s u s líneas relaciónales d e longitud nula: dicho de o tra m a ­ n era, e s centro en todas p a rte s y en ninguna circunferen­ cia. E s ta es u n a in tu ició n difícil, pero accesible del lu g ar esp iritu al real, no m e n s u ra b le y no dividido: a fortiori ese lu g a r e stá a tra v e sa d o p o r cam in o s a d ista n c ia s n u la s , ut ita dicam.42 Llevar la a rm o n ía a ese e sq u em a que, en adelante, deja a tr á s a la im aginación explica entonces, en rigor, p o r q u é Leibniz dijo indiferentem ente que Dios es c a u s a de la arm o n ía, q u e la arm onía es u n a em a­ n ació n de Dios, o que la a rm o n ía es D ios m ism o :43 se tra ta , en todos los caso s, de u n vértice-centro p rese n te en to d as p a rte s e n c ircu n relacio n es de longitud n u la . La m ism a e s tr u c tu r a de p e n sa m ie n to vale p a ra u n o (Dios) y p a ra lo otro (arm onía). Así hem os p a sad o de lo im a­ ginario a lo real, del espacio a s u condición, de la geom etría a la m eta físic a .44 D esde entonces, el e sq u e m a de la co m unicación u n iv ersal, difícil de in tu ir, se c o n s­ 41 "... ex his m irifica intelligitur, quomodo in ipsa originatione rerum M athesis quaedam divina seu M echanism um M etaphysicus exercreatur, et m axim i determ inatio habet locum.” Phil., VII.

42Para Leibniz, es una manera de decir, para nosotros, de ahora en más, es intuitivo. 43 Dios es armonía: Confessio, ed. Belaval y passim . Y está asentado en Théodicée, Phil., VI. Emanación: Grúa,In éd its. Textos numerosos y agrupados sobre esas cuestiones: Grn%Ju7'isprudence universalla, . Cf. Gueroult, D ynam ique. 44Esa superación del esquema espacial no quita la posibilidad de demostración, como ya vimos; pero no ha sido efectuado más que por la supresión de todas las características espaciales (situación, medida, distancia, longitud, divisibilidad).

tituye en la realid ad ah origine, sólo po r la operación divina que se p ro d u ce e n a u s e n c ia de tiem po (eternidad, preestablecim iento), a u s e n c ia de situ ació n (esencia),45 cero de la m ed id a (copresencia), cero de la d ista n c ia (inm ediatez), im posibilidad de decisión (espiritualidad). No so lam en te la geo m etría d e m u e stra , sobre el e sq u em a d ep u ra d o de lo im aginario, el c a rá c te r m ínim o del c a m i­ no, sino que la d e p u ra c ió n de todos los elem entos e sp aciales conduce a la id e a de q u e el carácter m ínim o d e to d a s e s a s determ inaciones e s constitutivo, en la realidad d e las cosas, d e l m u n d o contingente, tal com o se n o s aparece, espacio y tiem po.46 Dicho de o tra m a ­ n e ra , h ay dos m ovim ientos: la d e p u ra c ió n de lo esp ac ial p o r su p re sió n com pleta de s u s d eterm inaciones propias, m ovim iento que v a de la geom etría a la m etafísica, dejando in v arian te la c o n stric c ió n de la dem ostración; p o r o tra p arte, la c o n stitu c ió n del m u n d o que v a de to d o s los ceros de d e term in acio n es a la com unicación co m p leta de la s su s ta n c ia s . A hora b ien , la co n stitu ció n del m u n d o de la p lu ra lid a d c o n sp ira tiv a a p a rtir de esas a u s e n c ia s de determ inación, es e stric ta m e n te , u n a creación e x nihüo o a minimo. No sólo la a rm o n ía p ree stab le cid a es, e n el im aginario, la so lu c ió n del cam ino m ás corto, no sólo es, en lo real, la c o n stitu c ió n m á s sim ple, sino que, p o r la razó n m a te m á tic a de q u e la sim plicidad de la s v ías es u n a vía nula, es isom orfa al origen radical e s tá e n la Creación m ism a. El m odelo m ate m á tic o del e x nihilo es la co n stitu ció n a nullo.47 La tesis de la a rm o n ía preestablecida puede s e r ex­ p u e s ta tal como se la e n c u e n tra en la Teodicea los N uevos ensayos, en los artículos y opúsculos. Puede tam bién s e r explicada: o toda explicación, en b u e n leibnicianismoV debe 45 P h il, VII. 46 En efecto, Dios, fuera del tiem po y el espacio, hace su realidad, fuera de todos los situs, los constituye, fuera de la d is­ tancia, la m edida, la divisibilidad, los hace posibles, el todo por una operación esencial, inm ediata, no situada, etcétera. 47 M ism a intuición en los textos sobre la num eración binaria.

s e r dem ostración y cálculo. P a ra h a c er c esar la d isputa, es preciso integrar la filosofía de lo calculable. A hora bien, como la tesis en cuestió n es la pieza m a e stra de la constitución del m u n d o , e s tá som etida al dom inio de la necesidad m oral que dom inan el principio de razón y s u s diversas especificaciones: econom ía, sim plicidad, m áxim o y m ínimo, etcétera. E s en ese m arco que hay que conducir el cálculo. E ntonces la com binatoria debe referir s u s resu ltad o s al m ayor o m en o r núm ero, y la Geometría al m á s o m enos corto cam ino, cu ando la dem ostración se establece numero et m ensura. La perfección del m u n d o m onádico, im plica el m en o r gasto n u m eral y m étrico p a ra el resultado m ás sólido. De ah í n u e stro cálculo y n u e s tra m edición. La tesis de la A rm onía preestablecida es la m ás económica, la m á s sim ple, la m á s razonable p a ra el arquitecto divino, que reserv a el lugar p a ra el m ejor edificio: éste se calcula y se m ide en térm inos de ciencia leibniciana.48 Por lo tan to , é s ta es inevitable. Pero en el cu rso de la dem ostración, apareció otro resultado com o la invencibilidad de la tesis. E s s u reducción posible a otras tesis de la m etafísica o de la teología leibniciana. Por u n lado, es indiferente h a b la r de siste m a m onádico o sistem a de la arm onía preestablecida; enseguida la arm onía re s u lta Dios m ism o, dado que s u esquem a real restitu y e la fórm ula de centro e n to d as p a rte s y circunferencia en n inguna; por últim o, es isom orfa a la creación e x nihilo, a la constitución m axim orum a minimis. Siguiendo el nivel de análisis, según el p u n to de vista, la tesis se red u ce a Dios, a la creación, a la m onadología. E s u n ejemplo in te resa n te de lo que es en general u n a tesis en el sistem a leibniciano, y de lo que es el sistem a en sí. El objeto de la m etafísica es el e n te posible com ún,49 es el ente 48De donde resu lta que la s causas finales intervienen tanto en la utilización del órgano geom étrico, lo que ya se sabía (Gueroult, op.cit. p.215 y ss. y Suzanne Bachelard, en Thales, 1958, pp. 3-36), como en la utilización de la Combinatoria o de la Aritm ética. 49 Grúa, Jurisprudence universelle, pp.25 y ss. Cf. “B e Arte combinatoria1’, en M ath.,V.

analógico; s u arm azó n relacional es la relación analógica; se alcanza la univocidad a través de la prim era decisión, se m atem atiza la univocidad a través de la segunda. P a ra nosotros, u n a form a b a s ta n te b u e n a de definir el sistem a de Leibniz es decir: m atem atízación de La univocidad E n o tra s palabras, o p a ra dejar la terminología de los esco­ lásticos y a d o p ta r el vocabulario contem poráneo, se tra ta de u n siste m a de tesis isom orfas continuas, lo cu al d a cu e n ta de la conspiración universal. Se p a s a entonces del m undo de la com unicación de las su sta n c ia s y de s u interexpresión al siste m a teórico del consentim iento de las tesis y de s u interreducción. El orden no c u e n ta o, m ás bien, es posible u n a m ultiplicidad de órdenes porque cada tesis expresa lo m ism o bajo diversos pun to s de vista, bajo diversos aspectos. Por otra parte, es lo que Leibniz repite constantem ente, a tiem po y a destiem po.50 Dios es la arm onía, es s u asiento, s u causa; y la arm o n ía es la em anación de Dios, su operación, su acción creadora; el tejido al que e s tá n u n id a s las m ónadas es la m onadología m ism a. Por s u contenido, la tesis del preestablecim iento arm ónico es m oralm ente necesaria: lo contrario im plicaría imperfección; no h a y n in g u n a paradoja en dem ostrarlo more m athem atico. Por s u natu raleza form al de tesis del sistem a, es u n m om ento de la iteración de lo m ism o; según el principio de identidad es m etafísicam ente necesaria. Isom orfa a Dios m ism o, es ta n indudable como El.51

60P h il., , V. “D e la doctrina de las sustancias en común depende el conocimiento de los espíritus y particularmente de D ios.” Por lo tanto la m etafísica precede y funda la teología. A lgunas lín eas más abajo: "... la Teología natural... contiene la M etafísica y la Moral a la vez.” 51 De donde resu lta lo arbitrario del juicio de Blondel (Une Enigm e historique: le V inculum substantiale, Paris, 1930), para quien la tesis de la armonía preestablecida es un “artificio” de im aginación “in finitam en te frágil”, una “invención destituida de todo control posible”. Por el contrario, existe un control , e n . el sentido leibniciano del término, u n a marca, un establecimiento, a saber, la dem ostración numero et mensura.

VIAJES, TRADUCCIONES, INTERCAMBIOS

Capítulo 1 DE EREWHOM AL ANTRO DEL CÍCLOPE

Geometría de lo incom unicable: la locura E n Enferm edad m ental y personalidad, Michel Foucault se puso én el papel de clínico. Con H istoria de la locura en la época clásica1 se convierte en historiador. No obstante, en m uchos aspectos, se tr a ta de u n a histo ria insólita o v u elta a crear. Es u n libro que h a rá h isto ria por su método, su cons­ trucción, su técnica de elaboración de un “conjunto histórico” dem asiado complejo como p a ra que las dimensiones de u n análisis crítico puedan reflejar todos esos aspectos. Convie­ n e así saludar prim ero los m éritos de la conciencia erudita, a falta de u n a correspondencia, Que se juzgue, si no, la cantidad de hechos explorados en el terreno de la locura; tres siglos de experiencia —finales de la Edad M edia y R ena­ cimiento, siglos XVII y XVIII, h a s ta la pretendida liberación de los locos de Bicétre— son estudiados m inuciosam ente a escala europea. La extensión de la investigación no es sólo cronológica y geográfica, es sobre todo cultural. Lejos de atenerse a los m onum entos que im plican u n a relación con la cosa siquiátrica (habría que decir con la arqueología de la psiquiatría, dando al térm ino arqueología su sentido filosófico m ás poderoso), al contrario, recorre todos los ho-

1 Histoire de la folie á l’áge classique. Plon, 1961, (Historia de la locura en la época clásica, México, FCE, 1977),

p zo n tes im aginables donde la som bra de la sinrazón pueda h a b e r dejado alguna huella. Por todas p a rte s donde se qescubre u n a alusión, un grito, u n a im agen, u n a súplica, lina caricatura, la atención se despierta y sigue el análisis liicid .0 y profundo. De ahí la grandeza de u n a odisea que conduce al lector, desde los viejos leprosarios en ruinas, a la orilla donde aparece la Nave de los locos, de la iconografía m edieval a las im ágenes de Epinal del manicomio de Tuke, de los furores trágicos de Orestes al extraño diálogo del Sobrino de Ram eau, de los decretos de Colbert a las deci­ siones revolucionarias. Los niveles m ás diferentes de la actividad cultural en general son dignos de investigación. De ahí re su lta el carácter compacto del conjunto histórico puesto al día. Desde ese momento, todo el problem a es de organiza­ ción, de arquitectura, de estructuración. Al m érito de la erudición se agrega la lucidez de la conciencia filosófica, de la síntesis histórica, de la aproximación a te n ta y ferviente a las realidades latentes de la locura. Incapaces de poder a fe rra r la obra en la pluralidad de sus análisis concretos, vamos a in te n ta r com prenderla siguiendo el m ovimiento por el cual el autor dom ina esa pluralidad. Así tendrem os una idea de su m aestría. P artim os del lenguaje, de la escritura, de la técnica lingüística de Foucault. Su estilo mismo nos parece revelar las estru ctu ras m ás inm ediatas y a la vez las m ás profundas que organizan la obra y su objeto. E sas estru ctu ras son, evidentem ente, de natu raleza “geom étrica”; cubren el con­ ju n to histórico considerado con u n a red m uy fina de dualidades: b a sta , pues, h acer v a ria r esas estru ctu ras “b in arias” a trav és de todos los niveles posibles de experien­ cia (niveles de los que acabamos de indicar su variedad) p ara obtener u n a figura del organon riguroso que p'reside la construcción del libro. E stá claro que u n análisis como éste no puede dar al lector m ás que u n a débil idea de u n a obra que, adem ás de su objeto y su organización, se ubica conscientem ente en la confluencia de las m ás ricas inspiraciones: así, reú n e en ella

el M ichelet de L a Sorciére, el Nietzsche de E l Origen de la Tragedia, las intuiciones subterráneas de Sade, las luces poéticas y lingüísticas de C har y A rtaud, p a ra no citar m ás que algunas; todas inspiraciones que conspiran contra u n a construcción lógica de la que sólo podrem os consignar lo elem ental.

I H ablar de la locura requiere que se elija un lenguaje. E sta decisión involucra varios problem as. Se puede hab lar con respecto a la sinrazón, se puede dejar hablar a lo irracional mismo. E n el prim er caso, se utilizan los idiom as de la negación y del recubrim iento. Se tra te de u n a tie rra extraña, de un viaje a Erewhom, de un anim al de hábitos curiosos, de u n pensam iento peligroso o u n a cosa natu ralizad a, el objeto se en cuentra aprisionado por u n lenguaje perspectivo donde la verdad e stá en el centro, en la boca del sujeto que habla; es éste el que se da a entender y no aquello de lo que habla. Se com prende lo razonable, se h ab la del loco según norm as que le son ajenas; el loco es negado: e stá excluido de las norm as m ism as del lenguaje de las que es objeto. A la inversa, es posible adoptar la len g u a autóctona de lo que se habla. El que escucha debe entonces pasar por traducciones y descifram ientos convenientes, lo que da por sentado esa posibilidad: que todo lenguaje hum ano implica u n a cifra trasm isible a otro lenguaje; en general es cierto. Pero esa cifra parece desvanecerse si la lengua está m ás allá de las reglas del juego racional que hace posibles las tr a ­ ducciones: nadie podría com prender al que habla a los pájaros si se expresara verdaderam ente según su propio canto. El idiom a elegido expresa entonces desde u n a proxim idad mayor aquello de lo que h abla, pero cuando se tr a ta del delirio no tiene m ás sentido que el de la insensatez. Es decir, el loco habla de sí mismo, pero g rita sus locuras en el desierto. Un caso p articu lar es el del sueño.

Prim era etapa de la elección, prim er dilema. Michel Foucault tiene el coraje de elegir esta vía y sus dificultades. Busca ■ —y descubre— las claves del lenguaje de la locura, como Freud encuentra las del sueño, y de la m ism a m anera: dejando hablar. Rechaza las lenguas de la negación y del recubrim iento; refuta el positivismo, sus definiciones y clasificaciones, sus árboles genealógicos y su jardín de es­ pecies, todo su sistem a lingüístico adherido a la realidad de la locura. La actitud racionalista an te el problem a de la sinrazón aparece como u n repudio de su verdad profunda: traduce lo irracional a las norm as de la razón y pierde entonces su sentido autóctono. El punto de vista de u n a sintaxis sobre un trazo ilegible es un contrasentido; no hace m ás que delim itar espejismos. Es preciso en adelante dar la p a la b ra a quien nunca fue escuchado, incluso si la co­ herencia de su verbo es loca. Es evidente que esa decisión im plica dificultades m ayores, como veremos. Pero resu lta com prendida una p a rte de la h istoria de la locura. D u ran te tres siglos de m iserias, se habló sobre un mudo; aquí re ­ cupera su lenguaje abolido, aquí se pone a hablar de sí mismo y sobre sí mismo. Se le da entonces la p alab ra —sin duda por prim era vez— a quien siem pre fue negada. (Las condiciones de ese don h a rá n aparecer, por medio de u n a notable sim etría, las crueles motivaciones de la negación; reténgase esta idea de sim etría en espejo, u n a de las claves de la obra). ¿Pero cómo dejar h a b la r a un hom bre aislado en el mutismo desde el comienzo de la historia, un hom bre que sólo se explicaría con u n verbo incomunicable? ¿Cómo desarrollar el no-lenguaje de la sinrazón? ¿Cómo descubrir el m ás transparente de los espejos p a ra que toda p a n ta lla sea quitada ante el demente? Pero, por otra parte, suponiendo que el autor lo lograra, la trasparencia no dejaría ver, no focalizaría más que delirio y sinsentido. Entonces es necesario llevar al lím ite dos cualidades del lenguaje, al lím ite de la transparencia, y al límite de la opacidad, p a ra expresar la verdad de la sinrazón según estructuras que le son propias y no obstante ex­ presivas y comunicables. Es preciso colocar una p a n ta lla y

qu itarla, tejerla translúcida y compacta. Es preciso desci­ fra r, podría decirse, las ecuaciones de la luz negra. Por eso el libro de Foucault e ra u n a obra imposible de escribir salvo por un milagro que resolviera esas dos ne­ cesidades. Aquí está escrito, delante nuestro. Debemos p e n e tra r lo que lo hizo posible, el milagro de su escritura, si querem os e n tra r en el mundo, en la le tra inaudita, que nos designa. Al parecer, aquí tenem os uno de los secretos de ese lenguaje. Foucault eligió escribir su obra en el lenguaje de la geom etría. Pero la geom etría tom ada, si se puede decir, en el estado naciente, en el m omento preciso en que todavía es estética y ya es formal, en el momento donde su form a de expresión es todavía concreta, pero ya altam ente rigu­ rosa, donde su densidad se p rese n ta casi en un vacío conceptual. Efectivam ente, si se consideran los térm inos y vocablos, el estilo, la lógica, el organon de la obra, se h a rá evidente que son producto de u n a m editación rigurosa sobre la s cualidades prim eras del espacio, sobre los fenómenos inm ediatos de la situación. Si uno se consagrara a un análisis de contenido, a un conteo atento de los vocablos repetidos, percibiría la im portancia que adquieren palabras como espacio, vacío, límite, situación, partición, separación, cierre... Igualm ente, los razonam ientos —verem os ejemplos de esto— reproducen con frecuencia descripciones de po­ sición puras. Y, de hecho, los problem as de la sinrazón son perfectam ente expresables según u n a red lingüística y ló­ gica de estas características. Porque la experiencia m asiva e históricam ente la m ás estable, la ley de hierro de lo irracional, es precisam ente la de la segregación de la de­ m encia en u n espacio cercado, aislado, cerrado, separado. Encierro, segregación son las experiencias de hecho, las leyes históricas; resu lta de ello u n a excomunicación tal, que prohíbe pronto el intercam bio y el diálogo. Como conse­ cuencia, la form a de la lengua elegida e stá m uy próxima a u n a explicación del silencio de los locos. E l estilo espacial que expresa la experiencia fundam ental de la cuarentena se vuelve estilo de las condiciones de posibilidad de ese silencio.

La exclusión de todo lenguaje está dicha en el lenguaje de u n a teoría ab stracta de las exclusiones puras. E ra difícil resolver de m an era tan rigurosa u n nudo ta n apretado de necesidades contradictorias. Veremos cómo las lenguas de la negación y el recubrim iento se encuentran explicadas por e sta m ism a teoría. Pero, antes de seguir, conviene in sistir sobre estas estru ctu ras "geométricas”. Porque la historia de la locura va a seguir con singular fidelidad esos lineam ientos espaciales. Podemos decir que en el origen se da u n espacio único, estructurado de m anera caótica; tan indefinible como el espacio m arino donde boga la Stultifera Navis. El loco esta ahí, por todas partes, siem pre vecino, próximo a uno mismo. Ju n to con el pobre, el m iserable y el desheredado, rep resen ta el Reino de todas las esperanzas, es decir, un mundo —tra sm undo— ta n próximo y ta n lejano a este mundo. La ex­ periencia de la locura se confunde entonces con la de la vecindad inm ediata de todos los puntos posibles del espacio; tam bién con la de la fusión del m undo y sus trasm undos. E n un sentido, hay dos espacios, pero no hacen m ás que uno por la v irtu d de la u b icu id a d , de la rep re sen ta ció n inm anente de la agonía del Cristo y del escándalo d é la Cruz. La frontera, el lím ite, la partición, el azogue del espejo están fundidos y presentes en todo: form an el sistem a de todas las vecindades posibles. Pero he aquí que súbitam ente el espacio de la locura va a estru ctu rarse de m anera nueva. La sutileza de un sistem a infinito de proxim idades y de reconocimientos es su stitu id a por la grosería de u n a partición espacial en dos térm inos: de un lado, la región de todas las razones y todas las victorias; de otro, el país dende estoy seguro de no ir jam ás, por mi ánimo y mi energía espiritual, m ás allá de cualquier tentación que pueda tener. Y, como diría Descartes, como el otro está allá lejos y estoy seguro de ser diferente a él, pienso correctam ente. E n adelante, la estructuración es­ pacial por m ás de dos siglos te n d rá estas características. Así como se encierra a las fieras salvajes, así como se aprisiona a los crim inales, así como existe un domino separado donde

los condenados expían sus faltas, tam bién los insensatos comienzan a sufrir c u aren ten a y desgracia. A p a rtir de entonces, la atención del autor (y del lector) va a e sta r focalizada h a sta el vértigo en la naturaleza, la función y la orientación de esa fro n te ra infranqueable entre los dominios así separados. Toda la histo ria de la locura va a e sta r contenida en las d istin ta s resp u estas a las siguientes preguntas: —¿Cuál es la n a tu ra le z a de la partición entre esos dos espacios? —¿Cuál es la n a tu ra le z a del lím ite que los separa? —¿Cuál es la e stru c tu ra p articu lar de cada uno de los espacios y, m ás precisam ente, la estructura del espacio “rechazado”? ¿Existe u n a relación cualquiera, u n a m an era de sim etría entre esos dos dominios? ¿Hay una influencia del estilo mismo del espacio “libre” en la m anera en que el sujeto de este espacio e stru c tu ra el espacio “rechazado”? En otras palabras, ¿revela el repudio u n tipo de libertad, u n tipo de razó n ? P a ra a b re v ia r, ¿es posible d escu b rir u n a estructuración del espacio “rechazado” por parte del sujeto “rechazado”? Es decir, ¿es posible hacer del reino de los esclavos u n a tie rra de libertad? Se comprende entonces cómo en el trabajo de Michel F oucault los problem as del lenguaje y de la lógica se reflejan sobre la comprensión de la historia, y por qué celebra, al comienzo de su libro, el método de Dumézil. Efectivam ente, la histo ria de la locura nu n ca será comprendida como gé­ nesis de las categorías psiquiátricas, como u n a investigación en la época clásica de las premoniciones de las ideas po­ sitivas; no se seguirá la curva recurrente de una evolución reglada por los pensam ientos médicos contemporáneos. M ás bien se describen las variaciones de las estructuras que es posible plantear en esa fam ilia de doble espacio, y que de hecho h a n sido colocadas, en ella: estructuras de separación, de relación, de fusión, de apertura, de fundam ento, de negación, de reciprocidad, de exclusión, o incluso de “ali­ m ento”; en suma, todas las estru ctu ras pensables y pen­ sadas en la historia, m ás o m enos inconscientemente, en esa

doble sim plicidad, incluido el círculo indefinido que hace p asar de u n dominio al otro, sin interrupción. Lejos de ser u n a crónica, la h isto ria de la locura es entonces la de la variación de las estru ctu ras duales (“e stru ctu ras b in arias”), planteadas sobre dos espacios, el de la razón y el del sinsentido. La necesidad de este lenguaje “geométrico” y la pro­ blem ática de la situación se descubre p a ra el lector a m edida que la historia, al desarrollarse, precisa sus elem entos. Y, de golpe, se com prende que la única esencia de la locura es la situación m ism a: “Aquella se confunde con el m undo cerrado que es sim ultáneam ente su verdad y su asiento... Por u n a recu rren cia que sólo es extraña si se presupone la locura en las prácticas que la designan y la conciernen, su situación se vuelve naturaleza. ”E1 espacio cerrado de la internación es el soporte concreto de u n a teoría p u ra de la situación, y é sta ú ltim a expresa inm ediatam ente la n a ­ turaleza profunda de la sinrazón, alienada por desgraciada. Vemos m ás ad elan te cómo la percepción de la situación se vuelve visión de la esencia. Así, el objetivo de Michel Foucault es hacernos com­ prender cómo se dibujan las líneas que abren, cierran o conectan los dos espacios considerados. Sin duda, quien d etenta el lápiz, cuenta con la buena conciencia y la se­ guridad que le d a el espacio de la razón; apoya con toda la firm eza posible —la crueldad-—• sobre la lín ea que lo separa del “otro”, que m antiene al alienas en el espacio-jaula. No obstante, algunos fogonazos a lo largo de la h isto ria perm i­ ten ver a veces u n a som bra que se aproxim a a la línea de frontera (como en tiempos lejanos en que el dem ente estaba cerca); inclusive, h a s ta u n a boca que h a b la del dominio del silencio. A sí se entiende el diálogo del Sobrino de Rameau; los interlocutores son dos seres que e stá n próximos a la línea: el loco no es ta n loco y el razonable no se refugia excluyendo al prim ero. La historia de la locura es, desde entonces, esa lín ea quebrada, raram en te línea de aproxi­ mación, la m ayoría de las veces línea de repulsión y de rechazo, que atrav iesa la frontera, el lím ite, la partición.

Es preciso agregar que esas estru c tu ras form ales y lingüísticas se encuentran natu ralm en te en el nivel más evidente, el del estilo del autor, en sus im ágenes y en las im ágenes que analiza. De donde re su lta n las largas des­ cripciones, de severa suntuosidad, los ám bitos dobles como el m ar y la tie rra , el día y la noche, su lím ite de aurora y crepúsculo. Veremos m ás adelante con qué acierto se ex­ plican el sueño y el despertar racím anos, por ejemplo, con el apoyo de ese prim er método. Al resolver los problem as básicos del lenguaje, Foucault resuelve los problem as fundam entales, pone en evidencia las estru ctu ras, dibuja la arquitectura, hace aparecer su program a. De la construcción form al a las sutilezas del m atiz, la p alab ra y sus imágenes, la p a la b ra y sus signi­ ficaciones nos conducen sin discontinuidad. A través de un vuelco notable, la palabra m ás racional se vuelve expresiva de lo no enunciable. Porque es el lenguaje neutro por excelencia, m uy riguroso y privado de sentido o de contenido en sí mismo. Como consecuencia, es e stru c tu ra tra n sp a ­ rente, n u n ca es recubrim iento. Vayam os a algunos ejemplos que echan luz sobre el interés concreto de esas estructuras form ales. ¿Qué es una frontera?, ¿que es un límite? En prim er lugar, es la línea tra z a d a en sí m ism a, su carácter de fortificación: su interés de definición. E ste lím ite, esta línea tiene, por otra parte, dos bordes. Si trazo a mi alrededor un contorno cerrado, me protejo y defiendo. De u n lado de la lín e a h ay u n costado protector p a ra m í y, del otro, de exclusión p a ra los demás. Como consecuencia, conviene distinguir form as de libera­ ción y estru c tu ras de protección que son los “bordes derecho e izquierdo” de la línea de división. Ejemplo: el siglo XVIII se ja c ta de practicar en el interior del espacio de reclusión la división entre locos y criminales. ¿Se debe creer en preocupaciones h u m anitarias hacia los insensatos? Consi­ derem os entonces cómo está situada la lín ea divisoria, en qué sentido e stá colocada. De hecho, todo conduce a de­ m o strar que su borde guardián está del lado de los dem entes (se señ ala la expresión: “el espacio de internación está

dem asiado m al cerrado”). Es uno de los casos particulares de u n a ley, de u n a constante de la histo ria general de la locura: en todas las divisiones, el borde de exclusión de la lín ea de separación está siem pre del lado de la sinrazón. Esto re su lta cierto incluso en los análisis finos de ese espacio que, ingenuam ente, pueden ser tom ados por ten tativ as de liberación de los insensatos. L a seudo-liberación siempre oculta u n encierro m ás oscuro y m ás real. De donde resulta la hagiografía de los curados m ilagrosam ente en Bicétre: de hecho, nunca se deja de liberar a B arrabás. E sta ley general tiene u n a consecuencia de prim era im portancia. Es evidente que la lín ea divisoria, dadas las características de sus bordes, nu n ca determ ina u n acceso a la proxim idad de la locura, sino siem pre el m ayor aleja­ m iento, la exclusión más perfecta, en suma, el m ás puro de los desconocimientos. Como consecuencia, se cierra cada vez m ás el dominio del insensato; a través de encierros y aislam ientos continuos, su piel de zapa se encoge. Entonces, por un vuelco necesario, vemos que la locura saca su pro­ vecho de eso. D epurándose poco a poco (era aquello de lo que se depuraban los otros dominios), se determ ina como tal, se define, se individualiza. Se deben tom ar las palabras definir y d eterm inar en su sentido etimológico. A fuerza de ser excluida de todos los parentescos posibles —y su historia a veces se reduce a la enumeración de parentescos de los que se la separa—, he aquí que se encuentra, como única excluida, es decir, por fin reconocida en su pureza y su n atu raleza, en la unidad de la distinción. La locura es idénticam ente lo excluido, lo distinto, lo que está encerrado en los lím ites, en los confines, en el final. T antas divisiones en el curso de la h isto ria llev an a u n a clarificación epistemológica. La repetición de los cercos, de las aliena­ ciones, conduce a descubrir, si podemos llam arlo así, el cuerpo en estado puro: las elim inaciones sucesivas se vuelven análisis. Se desprende así la m ás espectacular y significativa de las leyes de e sta ex trañ a historia, casi su finalidad: la locura es, esencialm ente, la ú ltim a de las exclusiones. Vemos entonces cómo la percepción de la si­

tuación se vuelve visión de lo esencial. Parece difícil que el autor lo h ay a descubierto sin el apoyo constante de la e stru c tu ra planteada en el mismo punto de partid a de la m editación. Lo que llam am os la teoría p u ra de las exclu­ siones puede por sí sola definir la locura: definir, o discri­ m inar, o circunscribir, u n a esencia, u n a naturaleza, u n a situación. No se puede evitar señ alar dos tem as, que son análogos a esa ley, en niveles com pletam ente diferentes; en el nivel de la im agen, se pasa de la deriva m arina de la nave de los locos a la fortaleza, a la celda, al subsuelo, al convento, al castillo, a la isla. A nivel de la conciencia, el movimiento h istórico del que acabam os de ob ten er la traducción epistemológica se convierte en este punto en un m ovimiento de interiorización continua. Si se lee aten tam en te el capítulo II de la tercera p arte con ese punto de vista, indicado expresam ente por el autor, se n o tará como está articulado con m áxim a precisión el conjunto de esas estructuras es­ paciales y de esos resultados sobre la idea de límite: en particular, cómo un espacio singular se elabora en el antiguo espacio común, cómo ese espacio singular se cubre con u n a red. de distinciones y de especies, en otras palabras, cómo los lím ites de defensa se convierten en lím ites característicos del espacio cerrado de la internación, cómo la estructuración de ese espacio en el in terio r del antiguo espacio común es ta l por u n a relación precisa en el espacio mismo de la razón. E ste razonam iento culm ina en el momento en que el lím ite que cierra el espacio de los locos se transform a y convierte en filtro que juzga por sí mismo entradas y salidas. Es el fin de ese movimiento de estructuración: el lím ite juzga y define al loco, es al pie de ese muro donde se lo distingue como tal. La autodefinición está realizada: lo que la teoría p u ra prevé. A nuestro entender, conviene generalizar estos últim os tem as. U tilizar así las estru c tu ras m ás elem entales del espacio, es decir, las estru c tu ras rigurosas m ás próxim as a la estética, es in sta u ra r u n a metodología notable por la descripción pura sobre u n ejemplo. Sin duda, se h a reco­

nocido en las líneas que preceden, algunos elementos de u n a geom etría que se liberó de la cantidad y la m edida, de u n a geom etría b astan te cercana a la cualidad percibida. Esos elementos metódicos tienen u n a im portancia filosófica que no debemos subevaluar: en efecto, constituyen un organon form al riguroso en el nivel de lo puro cualitativo. Como consecuencia, cuando se quiera describir fenómenos que por natu raleza escapan a cualquier edición previa, cuando se quiera captar cierto rigor en una form a pura, en u n a v a ria ­ ción continua y no cuantificable, sólo se podrá u tiliz a r el organon que responde de u n a m anera precisa a estas exi­ gencias. Si se considerara en su pureza, es decir m ás allá del ejemplo histórico aquí propuesto (el de la locura), si se considerara en sí mismo el conjunto estructural aplicado por Foucault, se podría obtener con facilidad el organon general de las ciencias que todavía sólo están en el estadio de la descripción (o que no podrán nunca pasar de ese estadio), y al que se in tenta, por diversos procedimientos, aplicar estructuras falsam ente cualitativas. Suponiendo que sea exitosa esa em presa, que exige todo el esfuerzo contem po­ ráneo de pensam iento, sin duda aparecería u n a nueva fam ilia de verdaderas ciencias, que sería posible llam ar ciencias morfológicas. Nos parece del todo acertado que Foucault haya tenido la plena conciencia de que sólo el lenguaje de esta geom etría, tom ada en su estado naciente, es capaz de proporcionar ese conjunto de e stru ctu ras b u s­ cado, consciente o inconscientem ente, por num erosos p en sa­ dores de n u estra época. Por eso mismo, esta h istoria de u n a experiencia precientífica (en todos los sentidos posibles de esta anterioridad) puede ser considerada, de hecho, como uno de los prim eros actos de u n a elaboración científica m uy cercana y necesaria. El rigor arquitectónico sería en vano si, m ás allá de la comprensión estructural, no se llevara a cabo u n a visión m ás secreta, u n a atención m ás ferviente; la obra sería precisa sin ser com pletam ente verdadera. E sa es la razón por la que, en el seno mismo de la argum entación lógica, en el seno de la m inuciosa erudición de la investigación histórica, circula

un am or profundo, no vagam ente hum anitario sino casi piadoso por ese pueblo oscuro en que se reconoce lo infi­ nitam ente cercano, el otro de sí mismo. E n las estructuras despojadas de división responde el patético dolor del des­ garro. Así este libro, que lucha sin cesar de te n e r la victoria contra u n a p a la b ra imposible, que estructura lo inestructurable según la m ás elevada racionalidad, es tam bién un grito. Rechazando el pathos del racionalismo que es a lta ­ nería y desprecio, rechazando el punto de vista del obser­ vador exterior y separado, es la negación de la m irada médica. Realizado y dolorosamente asumido el desgarro, el grito es arrojado desde el seno de miles de círculos concén­ tricos hacia y contra los que, lenta, inexorablem ente, los tra z an con la p u n ta am arga de su compás. De modo que esta geom etría tran sp aren te es el lenguaje patético de los hom bres que sufren el suplicio m ayor del atrincheram iento, de la desgracia, del exilio, de la cua­ rentena, del ostracism o y de la excomunión. E ste es el libro de todas las soledades. Y, en medio de esos sufrim ientos, aparece la atracción hacia todos los lím ites; el vértigo de la proximidad, la esperanza de las renovaciones, la casa del alba.

II Por lo tanto, el prim er tem a lingüístico y lógico de la obra es esa estru ctu ra de espacio dividido, de dualidad de do­ minios separados. Se la encuentra fácilm ente a lo largo del intervalo histórico considerado, bajo mil aspectos, en fili­ gran a a través de prácticas socio-políticas, económicas y morales de la internación, en los presupuestos oscuros de la teoría médica, en las crueles gratuidades de u n a terapéutica ta n delirante como el paciente que pretende curar. Por otra parte, la independencia total de esos tres niveles entre ellos es un elemento de la experiencia de la locura, al menos tan im portante como el hecho, p a ra esta estructura, de v ariar

analógicam ente a través de cada uno de ellos. Pero, antes de llegar a ese punto, es preciso extraer un consecuencia m ayor de la m editación espacial, sin la que se olvidaría uno de los descubrimientos del libro. Consideremos de nuevo la figuración en dos dominios separados. De sus relaciones todavía no conocemos m ás que el lím ite común. De hecho, es necesario, en cierto modo, considerarlos como inversos o complementarios. Va de suyo que se considera que u n a de las dos particiones del espacio global es la que a ú n a el c o n ju n to de las a c titu d e s in m e d ia ta s del racionalism o, actitudes de exclusión y de defensa, lo “nor­ m al” cultural, m oral y religioso, en sum a, el total de las experiencias clásicas que constituyen el m undo de acción y de pensam iento fam iliar del hom bre razonable. La segunda división rep resen ta el mundo de la sinrazón, proyección en lo form al de lo que es la internación in vivo. Se sigue de esta disposición que las descripciones de las organizaciones complejas de ese segundo espacio equivaldrán al sistem a de todos los contrarios, de todos los opuestos, de todos los com plem entarios del mundo cultural constituido por la razón clásica. E ste segundo dominio está afectado, por decirlo de alguna m anera, por el signo negativo; es en sí mismo el negativo de los valores clásicos de pensam iento y cultura. “N uestros” siglos XVII y XVIII son descubiertos y leídos como en un espejo, del otro lado del azogue. No obstante, no es necesario creer, según este análisis, que los tem as puestos al día son sólo im ágenes: percibidos en el in terio r de un espacio formal, son m ás bien condiciones. Descubriendo el envés de la razón clásica, m ientras surgen los fantasm as de la sin razón que la razón repudia, Michel F oucault revela el doble de lo que se creía saber: y ese doble no es repetición del orden clásico en la im agen del delirio, sino requisito de establecimiento de este mismo orden. De m an era que la obra de Foucault es, con toda precisión, a la trag ed ia clásica (y, m ás generalm ente, a la cu ltu ra clásica, como vamos a ver), lo que el proceso nietzscheano es a la trag ed ia y a la cu ltu ra helénicas: pone en evidencia los dionisism os laten tes bajo la luz apolínea. Si el lector hace el

generoso esfuerzo de las trescientas prim eras páginas para p e n e tra r en el mundo correccional, en el espacio insensato de la internación, no hay m ás que volverse p a ra percibir de golpe, bajo u n a nueva luz y mil veces m ultiplicada por virtud de ese espejo, eso sobre lo que (con relación a lo que, contra lo que) se edifica el mundo clásico, su organización social, política, económica y, por sobre todo, eso sobre lo que y contra lo que se construyen las M editaciones de Descartes, la tra g e d ia ra c in ia n a , el edificio m a le b ra n c h is ta , la axiom ática espinozista. Decir que ese racionalism o es puro, es decir de qué se fue purificando, por exclusión, negación, desprecio. Lo que no aparece m ás que como im agen, doble, reciprocidad, se vuelve entonces fundam ental. La m ás bella recom pensa del principio de e sta obra es, justam ente, esa com prensión retrospectiva del esfuerzo de la razón por poner al día toda su pureza, que la locura parecía ensuciar. Si Esquilo y Sófocles, como Sócrates, son m ejor comprendidos después de Nietzsche, Descartes y, sobre todo, Ráeme son m ejor explicados después de Foucault, por razones equiva­ lentes. Es decir, sabemos qué noches circundan los días, qué errores n u e stra s verdades, qué seres sin existencia rodean n u e stra s realidades. E sta frontera espacial formal, que era desgarro conforme al patitos, es alba o crepúsculo según la razón. Entonces, conforme a lo trágico, se ve cómo el delirio atrav iesa la b a rre ra indistinta de la aurora, p a ra b añ ar de tinieblas la claridad del día, p a ra d esg arrar con la noche los deslum bram ientos provocados por el sol. E rror y razón, sueños y lucidez, día y noche, sufrim iento y tiran ía, esas dualidades se corresponden como buen sentido y locura; el segundo espacio contiene im itadores: las caricaturas, las condiciones de existencia de los tem as del prim ero; éste, terreno de victorias, sólo puede obtenerlas y consolidarlas por esos gestos de protección, de negación, de recubrim iento. Por otra parte, relaciones en espejo, sim etrías, condiciones, no son las únicas relaciones posibles, porque el lím ite que sep ara los dos terrenos, cam biando de natu raleza, las m ultiplica h a sta el infinito. E stas transform aciones, referidas a la n a tu ra le z a pre­

cisa de la frontera y, en consecuencia, a la reciprocidad que aparece entre los dos espacios, constituyen, p a ra el autor, la h istoria m ism a de la locura. E n efecto, si retomamos las estru ctu ras espaciales de la experiencia medieval, percibi­ mos el camino recorrido. Llam am os caótica a su organiza­ ción, p a ra no apartarnos del lenguaje geométrico: todos los puntos están próximos unos de otros, el loco es el prójimo (lo que está próximo), como el m endigo y el desvalido; en ese caos se superpone la división trascendental del espacio, y el prójimo es el signo (la im agen) y la revelación de la ciudad de Dios, es decir, la condición de su reconocimiento místico. De m anera que ambos espacios (o m ás bien los que son dos veces dos espacios) apenas tienen u n lím ite que se desvanece c o n sta n te m e n te : el loco e s tá aquí, como C risto. La estructuración del espacio es profundam ente cristiana, responde a la distinción y a la fusión de la inm anencia con la trascendencia, y a la lectu ra de los símbolos. Hay dos reinos, pero lo “otro” esta siem pre próximo, y significado en todas partes. Entonces, ese lím ite indistinto, de pronto, se endurece, se define, se m aterializa en las paredes de la internación. A todos los destellos de un espejo quebrado, que indefinidam ente acogiera todas las luces del sentido, sigue la rigidez de u n lím ite absoluto y la distinción adquirida p a ra siem pre entre dos espacios separados. Lo que Dios no h a b ía podido hacer, Colbert y D escartes lo hacen, y San Vicente de Paul. El loco ya no es proximidad de un Reino ausente, sino que está lejos, en u n a m azm orra: así pierde tam bién su valor de signo. Pero el caos del espacio global donde no se distinguían el lúcido, el desvalido, el insensato y el enfermo va a encontrarse de nuevo en el espacio separado de todas las calam idades. Si, por un lado, el razonable se salva por esa división y rein a en lo sucesivo en u n reino depurado, el loco perm anece en el espacio caótico, vecino de los pobres, enfermos y asociales. Después de la división, es necesario entonces considerar la transferencia de la estru ctu ra caótica. El loco es alejado de la proximidad m aterial y de la significación: el lím ite que lo rechaza está definido, no así la locura. E sta es, indistintam ente, el mal,

el horror, la m iseria, el no-ser, en sum a, todo aquello de lo que se depura la razón. Encontram os entonces la estructura “b in aria ” de la época clásica. Con este ejemplo, se ve cómo se constituye la historia, a p a rtir de u n a simple variación estructural. Como consecuencia, de acuerdo con la gran dualidad clásica, el análisis hace ver el espacio de las locuras como el espacio de todos los negativos posibles, de todas las depuraciones posibles. L a explicación anterior adquiere entonces toda su riqueza y significación. Se entiende cómo es posible ir a la raíz de todas las positividades de la era de la razón. Por ejemplo, la economía tradicional tiene por objeto riquezas y prosperidades: Foucault escribe la historia de todas las m iserias; la m oral es el sistem a de los bienes: F oucault se ubica en la raíz de los m ales. La filosofía de esos siglos de entendim iento y de luz es la del orden de las razones; se encuentra en cambio aquí descrito el caos de las sinrazones... Y, en cada oportunidad, vuelta la espalda a las positividades clásicas, se siente aflorar la fam ilia de todos los negativos, de los que la locura es el punto límite, co n tran atu raleza y contra-razón. L a histo ria entonces se nos aparece como la historia de los logros y las culminaciones, en su sentido fam iliar. Sólo es tal por ese movimiento ininterrum pido de expulsión a cuaren ten a de lo que no es prosperidad ni sirve de dem ostración en ta l empresa. Cubre lentam ente, en su inexorable proceso, los fracasos y los em briones de ese triunfo (se recom ienda cotejar esas ideas con la definición term inal de la locura de Foucault, como ausencia de obra). En este nivel, el proyecto central del libro es sim plem ente descubrir esos conjuntos truncos, esos m urm ullos del pensam iento y del lenguaje, y hacer de ellos el m ás profundo de los reactivos en la h istoria de las ideas. El detalle mismo del sistem a de los complementarios es im posible de describir. Se ordena en base a este principio, enunciado en térm inos expresos, según el cual “la historia de la locura es la contrapartida de la histo ria de la razón”. D etrás del azogue de la internación se desarrolla u n a h is­ to ria oscura que es lo inverso de lo que n u e stra cultura

conoce, por un vuelco que h a y que explicar. Al parecer, la h istoria de las ideas ten d ría su im itación frau d u len ta en el espacio cerrado del manicomio. Ya habíam os visto a D escartes rechazar sin razonam ien­ to ni demostración m ía posibilidad de locura que no podía en absoluto concernirle. Rechazo altanero en u n a im agen virtual, en un fantasm a extravagante. Igualm ente vimos el cristal del alba reflejar las angustias de la noche en la luz racional de la tragedia clásica. Vemos así —y a fa lta de espacio hay que contenerse de seguir enum erando—, en el siglo XVIII, ya no la im agen de u n a filosofía de la razón, sino el negativo de u n a filosofía de la naturaleza, de u n a filosofía de las luces y sus proyectos de organización futura; asi­ mismo, el negativo del te m a del buen salvaje; a la teo ría del progreso se opone, como su hueco, la teoría de la degene­ ración. Y, en lo que concierne a la noción de “medio” en M ontesquieu: si se supone que el clima explica la C onstitu­ ción de Inglaterra, entre autores contemporáneos, razones idénticas deben dar cuenta de las enferm edades inglesas, m elancolía y suicidio. La confrontación en este punto es b a sta n te notable: una m ism a fam ilia de razones es válida p a ra el lado positivo de las instituciones y p ara el lado negativo de los fallos de la historia. En cuanto al manicomio en sí, está presentado como la im agen invertida de la sociedad: es la réplica exacta de la m oral burguesa. N ueva réplica, la del Contrato Social, y Sade será de lejos el an ti Rousseau. Pero poco a poco la psicología positiva nace en ese terreno de negatividades, que son sus condiciones de ela­ boración y su pecado original: surge com pletam ente a rm ad a de psicopatología. Lo mismo ocurre con el psicoanálisis: en el manicomio de Tuke se reconstituye un, im itador de las relaciones fam iliares; ah í nace la realidad y a la vez los tem as de los complejos p arentales; no es la situación fa ­ m iliar en su positividad lo que es decisivo, sino su im agen en el manicomio (“sim ulacro casi im aginario”, dice el texto). Se leerá con admiración u n análisis paralelo a éste sobre el monólogo psicoanalítico y sobre el psicoanalista como ta u ­ m aturgo. Todo lo que está escrito sobre el tem a es comple­

tam ente de prim er orden, y ta l vez no está superado en la sutileza m ás que por el gran pasaje sobre el pitiatism o de Babinski, donde, por u n corto circuito cegador, las ideas de im ágenes y de negativo con frecuencia tienen toda la cons­ telación de los sentidos posibles. De m anera que esas sim etrías en espejos y sus com­ plem entarios tienen u n a razón. El sujeto pensante siem pre se encuentra ubicado del otro lado de la línea divisoria. De m an era que tra n sp o rta al espacio de la sinrazón los valores, el lenguaje y la organización de su propio espacio racional. Es cierto que hay sim etría y reconocimiento especular, pero sobre todo hay traspaso. Y ese traspaso sin duda es uno de los dram as de la razón clásica que, p ara pensar, no puede m ás que separarse de su objeto. Paradójicam ente, es p ri­ sionera de esa transferencia. Y desde el momento en que su objeto es lo que considera su contrario, ese traspaso se convierte en un vuelco total: ahí está la razón de la fam ilia de sim etrías y de réplicas. Se desprende así u n a de las condiciones fundam entales del conocimiento, en el sentido clásico. El sujeto cognoscente debe estar separado de su objeto (o su objeto separado de él), debe objetivar su objeto, es decir, estar seguro de no serlo, dominarlo a tal punto que pueda liberarse de cualquier inquietud, de cualquier emo­ ción que pudiera producirle. E sta serenidad apolínea, condición del conocimiento y liberación de la emoción, esta serenidad, es dram ática si el objeto es el hombre. Entonces el conocimiento es desconocimiento. La razón del vuelco se vuelve razón de la ignorancia —y de la exclusión. Dos ilustraciones concretas ponen en evidencia la reversibilidad notable de esas estructuras sim étricas. S u­ pongamos que, por u n nuevo giro, el loco tom a la palabra y se interroga sobre la razón de fondo de la sinrazón. Entonces, E l sobrino de R am ean revela recíprocam ente el trastrocam iento clásico, reconstruye irónicam ente el m undo sobre el teatro de la ilusión. Otro ejemplo, el de la expe­ rim entación terapéutica; siem pre se concibe como d espertar a los valores' de la positividad, despertar a la razón, a la naturaleza, a la m oral, regreso a las norm as en curso dentro

de la cultura de la época, retorno a la realidad b o rrad a por los ensueños y los fantasm as. De la sinrazón a la razón, se exam ina retrospectivam ente lo inalienable pasando de la im agen invertida al objeto corregido. Como consecuencia, la terapéutica es el traspaso concreto que adquiere el sentido opuesto al del conocimiento teórico. Si en alguna ocasión la escritura de Foucault se vuelve sorpresivam ente hegeliana, es raro que el pensam iento se vuelque a la dialéctica. Y, no obstante esa prescindencia, ningún "conjunto histórico” podría inducir tan precisam ente a los encantos de ese método. Efectivam ente, se tr a t a de un sistem a de negativos y la odisea de las alteridades. Pero lo que es preciso exam inar con atención, es la variabilidad de esas negaciones, su fino análisis; sin duda, la explicación h a b ría fijado en u n a significación unívoca u n a función que no es nunca la m ism a, a lo largo de esa odisea y a través de ese sistema. Ya lo negativo es, m uy precisam ente, u n a im agen, u n a representación, lo que participa de otra p a rte y de otro m undo, transm itiendo u n a presencia ignorada; y a es lo negado, lo que sin duda alguna no soy, otro absolutam ente extraño con el que no tengo relación; entonces queda ex­ cluida incluso la relación de alteridad. El otro está aislado, proscrito en su insularidad; es el mal moral o el pecador según las E scrituras; el asocial o el ininteligible, el que habla u n lenguaje que no tiene na d a de hum ano, aquél p a ra quien la obra se escurre entre las m anos sin poder ser reten id a ni realizada... Así, se tra ta del sistem a de todas las va­ riaciones posibles del negativo: y la variación e stru c tu ral de la negación constituye la historia misma, la odisea de la alienación. En u n sentido, obtenemos una génesis estruc­ tu ra l de toda alienación posible. Desde ese m om ento ya no asom brará encontrar en estado naciente, todas las signifi­ caciones de la alteridad, en distintos momentos, en distintos ensayos que componen la experiencia de la locura. T a n te a r en esa experiencia viene a ser reencontrar in vivo todos los esquem as form ales del tratam iento del otro; Es posible describir esa experiencia según las estructuras en cuestión.

Pero tan rica es la percepción inm ediata de la locura que, tom ar unívocam ente, u n a por una, esas estructuras, so­ b repasaría en gran m edida sus posibilidades form ales y comprensivas. Aparece entonces la necesidad de un lenguaje ex trem adam ente general, tra n sp a re n te y analítico. Es evidente que el lenguaje “geométrico”, tal como venimos de describirlo, que supone un espacio vecino a lo racional y asimismo separado según lím ites cuya n a tu ra le z a varía, generaliza de u n a vez y contiene en un solo proceder todos los sentidos que, como hemos visto, estaban presentes, ya sea en conjunto, ya en form a aislada. E ste lenguaje es entonces el de las negatividades. Podrá expresar, a gusto, el sentido griego y el sentido clásico de lo otro, su sentido lógico, existencial, ontológico, moral, epistemológico y reli­ gioso: Podrá expresar, en u n solo llam ado, la alteridad platónica, la alienación m arxista, la alienación m édica y la extrañeza existencialista. Estos dominios form ales no son pues nom inaciones de u n a generalidad g ra tu ita y abstracta, sino, regiones de fundam ento de donde em ergen todas las lenguas de la alienación, donde son contenidas sus condiciones de posi­ bilidad. Se sigue que la alienación, en su estricto sentido médico, ya no es sino el recubrim iento positivista de u n a porción del dominio global de las alteridades. En cierto sentido, es un caso p articular m al interpretado. Así sucede con la génesis de lo anorm al psicológico, cuya relatividad esencial queda en evidencia. (El mayor éxito de la obra, en el proyecto aquí descrito, sin duda está en las páginas donde se t r a t a la e m e rg e n c ia del p s ic o a n á lis is y de la psicopatología en general. E ste método genético y a la vez estructural, constituye u n a suerte de “psicoanálisis” gene­ ralizado del mismo psicoanálisis, que, de golpe, a pesar de su pretensión de profundidad, parece restringido y a n ti­ cuado.) E n todo momento la historia sigue la estructura: la ta re a de dos siglos consistió en aislar al alienado en un espacio cerrado, separarlo de los cuerdos (separar el otro absoluto de los otros relativos); y, de la m ism a m an era en que se encadenó a los locos sólo p a ra lib e rar a los que no

lo estaban y recluir m ás estrecham ente.a los insensatos, así tam bién se definió la locura como ta l sólo p a ra ocultarla mejor y poder ignorarla. Es en este punto del análisis donde va a operarse u n segundo vuelco epistemológico. E n efecto, al buscar u n a definición de la locura, pero, ante todo, con la conciencia de la inanidad de esa pretensión, se le p rese n tan a Foucault dos siglos de pretendidas visiones esenciales, siem pre reductibles a u n a teoría p u ra de la internación en general, quiero decir, a u n a teoría form al de espacios separados donde padecen los que se encuentran en cuarentena. No hace fa lta decir, en la acepción banal de la palabra, que la internación hace la locura: en prim er lugar, hay que señ alar que hay correspondencia entre el estilo de un “encierro” y u n a experiencia de la sinrazón, y que nunca esa correspondencia es u n a relación de conocimiento o te ­ rapéutica. D icha relación nunca se construye de la locura a la internación, sino, al contrario, de la internación a la locura. V aldrán tanto los cuidados y definiciones de u n a como las cerraduras de la otra. O, si se quiere, y si la palabra definición significa que la m ente trace u n a línea de dis­ tinción en torno a la cosa ignorada, entonces ta l vez nunca se h a definido otra cosa que la locura. Pero el estilo de definición es m ás revelador de la razón ■ —-y de la sociedad'—■ que aísla p a ra conocer, que de la locura que se aísla. De donde se signe la relatividad de la alienación y el choque de rechazo. Es cierto, sólo hay locos p ara u n a cultura: esto es casi trivial, salvo si se piensa que p a ra establecerse como tal y en el acto mismo de constituirse, esta cultura hace locos, ta n necesariam ente como a lo largo de su trayecto un río deja aluviones. Pero hay mucho m ás: la inversión o el choque de rechazo. Que haya clarificación, análisis, distin­ ción de la sinrazón, que esa distinción reenvíe a u n a im agen de lo racional, im plica que de pronto se tiene que definir a su vez la razón y la norm a. Y, súbitam ente, ellas son las que van a aparecer como insulares y delim itadas. Ciérrese la locura con u n a reja, pero con conciencia, al proceder de esa m anera se e stá lim itando la razón. Así se esboza lo que podríam os llam ar la revolución copernicana de la sinrazón:

en el m ar infinito de lo irracional, de lo indescifrable y de lo silencioso se bosqueja lentam ente la insularidad cercada de la razón. Y ese cerco, esa proxim idad tenebrosa, alim enta la razón. El libro de Foucault está dispuesto a esa revo­ lución, que es su finalidad. Todo lo que la precede no constituye m ás que las miles de negaciones de ese alimento, las mil m aneras de no confesar lo que se debe a lo que se expulsa, de m antener en el alejam iento y la separación u n a proxim idad necesaria p a ra la vida del pensam iento. E n­ tonces, m uy profundam ente, las lecciones de este libro retom an las de Nietzsche, así como las lecciones helénicas y m edievales. Es un discurso de la sinrazón sobre la razón preparado por esos balbuceos de la razón sobre la locura. Se descubre la cadena inspiradora de las m anos de Goya, Van Gogh, Chéjov, Artaud. Pero tam bién se comprende a qué profundidad se sitúa el proyecto inicial de dar por fin la p a la b ra a ese pueblo del silencio, de in v ertir la perspectiva del lenguaje colocando por fin u n sujeto pensante, un cogito, u n sujeto histórico, un sujeto p arlante, en el campo de la sinrazón donde h a sta entonces sólo hab ían sido colocados objetos pasivos, a los que se observaba a voluntad, como en los espectáculos de feria y circos. El sujeto pensante y productor de la demostración y de las em presas, se m antenía en el espacio de la razón: ah í estab a su dominio y su imperio; y él lo defendía, lo protegía, lo heredaba. E n las islas vecinas están los objetos que no son m ás que objetos. Entonces, toda la h isto ria de las “e stru ctu ras de experiencia que u n a cu ltu ra puede hacer de la locura” consiste en ver cómo, en esa no m a n ’s land, van a aparecer sujetos que puedan por fin h a b la r de su propio país, p en sar su dominio, dividñlo según norm as autóctonas, sin dejar ese cuidado a cual­ quiera. El fin del siglo XIX y todo el siglo XX se libran a esa nueva división, a esa nueva estructuración según la cual la fam ilia de los que están del otro lado adquiere su positividad, incluso se vuelven el conjunto de la m ás di­ nám ica de las positividades. E s tá bien decir que sólo hay locos p a ra u n a sociedad, u n a cu ltu ra dadas; el libro de Foucault nos da u n a perspectiva mucho m ás profunda, por

la cual queda en evidencia que sólo hay razón por la locura que la lim ita, la alim enta, de la que se defiende aceptándola y de la que a fin de cuentas la obra hum ana tra sm ite el m ensaje, ta n bien como el de los triunfos de la razón pensante. Esencialm ente, la verdadera locura es la ausencia de esa obra, la negación de esa lucha y de esa aceptación. No hay m ás loco que aquél en quien dorm ita la obra y olvida crear. Así el sistem a entero de las alteridades se dispone p a ra u n a inversión de lo otro h acia lo mismo, de lo negativo a lo positivo, por medio de la cual el loco se abre solem nem ente las p u e rta s de la cu ltu ra hum ana.

III E n este punto del análisis todo está lejos de decirse. Queda el espesor real del conjunto histórico captado en y por esas estructuras. Lo que vimos es cómo éstas varían a trav és de distintos niveles. C aracterizar estos niveles, es volver la obra a su contenido concreto, es describir de cerca la m asa de hechos por los que se constituye la experiencia de la locura. E s ta se elabora en la p ráctica sociopolítica de la internación, en la teoría médica, en la terapéutica. Las tres m odalidades con frecuencia son independientes. La inde­ pendencia hace de esta h isto ria un dram a, el de la igno­ rancia. Por un lado, necesidades económicas, sociológicas, demográficas, condicionan u n a decisión política que “en­ cierra” en los viejos m uros de los leprosarios abandonados a causa, precisam ente, de la lepra, un pueblo difuso en el que se m ezclan enfermos, m iserables e insensatos. Por otra p a r te , h a y u n a d e d ic a c ió n a a lg u n a s e n so ñ ac io n es filosofantes y alquímicas; por último, el vigilante que p er­ sigue al prisionero. El corte de esos niveles es muy m arcado; y es obvio que no ten g a n los mismos parám etros el car­ celero, el Doctor Fausto y el m inistro que decreta. O m ás bien, lo que tienen en común, es precisam ente u n a es­

tru c tu ra , invariante en cada época, que unifica su experien­ cia análoga (o analógica) a la de la locura. El conjunto de las estructuras descritas m ás arriba es ese analogon de tres experiencias separadas, de tres percepciones diferentes: la del político que inv en ta el espacio cerrado de la internación o utiliza los espacios preexistentes, según la obligación de su incumbencia, la del teórico que piensa sin experim entar ese espacio puro, la del “practicante” que tiene relación constante con el paciente en ese espacio, pero que no piensa en hacer ciencia. El significado de la historia de la locura es justam ente esa norm a común a tres percepciones ais­ ladas. Su sentido es el siguiente: esas tres experiencias poco a poco van a reunirse en la persona del médico de locos, que recibe la temible herencia del que encierra, del que vigila y del que sabe, legado impuro donde se confunden las funciones de padre, de verdugo, de jefe, de taum aturgo, de teórico y de m oralizador. El médico no puede evitar esas pesadas hipotecas cuando las galeras se convierten en hospicio. El manicomio moderno es el depósito de todos esos aluviones mezclados que la h istoria arrastró. Con este ú l­ tim o ejemplo se ve cómo las estructuras de experiencias analógicas llegan a la identidad de u n a percepción unitaria. Además, conviene reconocer en esos tres niveles cómo se realiza la experiencia que u n a cultura hace de la locura, reconocer las razones de esas analogías estructurales. Es cierto, los agentes de esta experiencia son diversos; la m ism a se constituye sobre datos económicos, judiciales, dem ográ­ ficos... Pero esa constitución se elabora sobre u n fondo común. Efectivam ente, ya sea el poder político y sus vo­ luntades, el poder penitenciario y sus brutalidades, la teoría y sus ignorancias oníricas, todos se forjan una im agen de la locura que adquiere indistintam ente sus valores en u n a economía de la m iseria, u n a religión del pecado, u n a m oral de la falta, una ética de la pasión, u n a lógica del error, u n a m etafísica del no ser. Todos esos valores negativos, que sabemos que constituyen el analogon estructural, conspiran p a ra un esquema común de la sinrazón, que es menos u n a visión esencial, que u n a proyección de ese mundo cultural

sobre sí mismo. Se vuelven a encontrar los tem as preceden­ tes, y el dominio de las sim etrías de la histo ria de las ideas. El conjunto histórico considerado se dispone exactam ente según los principios descritos. Pero, por o tra parte, es necesario negar la totalidad de esos lenguajes p a ra no caer de nuevo en tales proyecciones, p a ra evitar n a tu ra liz a r el objeto, p a ra poner en evidencia los recubrim ientos como tales. Por eso se tra ta de la historia de u n a experiencia cultural, pero que extrae las condiciones de e sta experiencia. Su objeto, como hem os visto, se convierte en sujeto; y, en u n a nueva v u elta de tuerca, se natu ralizan las antiguas expe­ riencias. Si todo esto es verdad, tanto desde el punto de vista del lenguaje como del de su adecuación a la realidad de la locura, no puede dejar de plantearse u n nuevo problema; el de un diálogo entre poseedores de u n lenguaje como ése y los p ractican tes'de las categorías psiquiátricas actuales. En ese punto preciso se encuentra la historia. De hecho, este libro resu lta b a sta n te extraño respecto de las razones m édicas contem poráneas. Pero no por igno­ rancia o por falla; al contrario, por u n a necesidad de orden histórico: no h ay que olvidar los datos finales de la inves­ tigación. Todo el problem a gira en torno a la concepción que se pueda ten e r de la génesis de un conocimiento científico cualquiera. Demos un rodeo p ara m ostrarlo mejor. Su­ pongamos que el mismo problem a viene a p lan tearse p ara otro conocimiento objetivo diferente de la p siquiatría, supon­ gamos la física. N adie h a planteado m ejor el problem a de su prehistoria, de su arqueología, que B achelard. Y, como es sabido, lo hizo en térm inos de “psicoanálisis del conoci­ miento objetivo”. ¿Cuál es el resultado de esas búsquedas, con respecto a la relación que pueden m an ten er un cono­ cimiento prehistórico y un conocimiento actual? Al respecto, queda absolutam ente claro que el abate N ollet fue supri­ mido por Berthelot: no hay recurrencia histórica que los pueda vincular, ni en el objeto del que dan cuenta, ni por los métodos que preconizan. Con respecto al objeto, Bachelard m u e stra que el alqui­

m ista no considera tanto el fenómeno n a tu ra l como el sujeto psicológico en sí. El objeto de este conocimiento arcaico no es otra cosa que u n a proyección del universo cultural en el sujeto inconsciente de las emociones y de las pasiones. M utatis m utandis, pasa lo mismo con Foucault: en la época clásica, el objeto de conocimiento psiquiátrico arcaico no es tan to el loco (no se sabe quién o qué es) como u n a proyección del universo cultural clásico en el espacio de la internación. Y así como se descubre el objeto electricidad atravesando u n a m asa enorm e de reacciones, así tam bién, sólo se des­ cubre al loco después de haber atravesado u n a m asa enorme de reacciones (aquí la palabra adquiere u n sentido intenso y riguroso) y de rechazos. La comparación entre estas dos “proyecciones” pone en evidencia un fenómeno m uy sin­ gular: la inm ensa intersección en el orden de la explicación genética de los conocimientos. P a ra descubrir el objeto arcaico de la física, Bachelard es llevado a h ab lar de psi­ coanálisis; p a ra descubrir el objeto arcaico de la psi­ quiatría, Foucault empieza a h a b la r de “geom etría”. En lín e a s g e n e ra le s , p a r a c o m p re n d er el co rte en las recurrencias históricas, se adopta u n lenguaje actual, pero se cam bia de ciencia. Por otra p arte, no es extraño: por un lado , h ay que explicar que es equívoco poner lo irracional en u n conocimiento que devendrá racional; por otro, poner lo riguroso (se acepta aquí la am bigüedad del térm ino) en la sinrazón. Extraño cruce de la m ente y el alm a. En suma, estas dos ciencias tienen el camino genético interrum pido: p a ra encontrarlo, p a ra redescubrir la r u ta de la arqueología, se practica un cruce epistemológico. El paralelo es tam bién revelador en lo que concierne al método: el mismo corte entre el lenguaje de los alquim istas y el de los físicos; se perderían si quisieran, com prender aquél con la ayuda de e sta gra­ m ática. Asimismo, la preocupación no es u n acercam iento a ta l o cual paranoia. La complejidad de los análisis mo­ dernos de las enferm edades m entales es a la sim plicidad del lenguaje espacial utilizado por Foucault lo que la complica­ ción de la tab la de M endelev es a la sim plicidad del lenguaje de los elem entos, agua, tierra, y fuego. Se puede seguir el

paralelo indefinidam ente. Da siem pre los mismos resulta­ dos: corte histórico, intersección explicativa. U na lengua e stá m u erta p a ra siempre, o tra lengua, im portada de otra región del conocimiento efectivo, la revive. Pero parece imposible, al m enos a nuestro entender, seguirla h a s ta al final. Porque el corte epistemológico es definitivo y acabado respecto de las ciencias físicas, pero de n in g u n a m an era en relación a las ciencias hum anas. El laboratorio moderno se h a desem barazado de las retortas del Doctor Fausto. ¿Se puede decir —y sin juzgar en absoluto de antem ano los geniales descubrim ientos de la psiquia­ tría —■que sucede lo mismo en lo que concierne al conoci­ m iento del hom bre demente? Suponiendo que un día ese corte sea definitivo y consumado ■ —-para nosotros no es nada m enos que la definición de u n a ciencia que llega a la m adurez2—, entonces, indudablem ente, el diálogo del his­ toriador-arqueólogo y del psiq u iatra ya no podrá ser una controversia. E ste último h a b rá adquirido todas las sere­ nidades epistemológicas p a ra percibir de frente su propia historia. Así, los trabajos de B achelard nunca estuvieron investidos con la función de p u rg ar la ciencia eléctrica de las ensoñaciones amorosas ■ —-pero ta l vez el libro de F oucault te n d rá esa virtud de catársis epistemológica.

2 U na ciencia que llega a la m adurez es una ciencia que consumó por entero el corte entre su estado arcaico y su estado actual. La historia de las ciencias así llam adas podría entonces reducirse a la exploración del intervalo que las separa de ese punto preciso de ruptura de recurrencia, en lo que concierne a la explica­ ción genética. E ste punto es fácilm ente asignable desde el momento en que el lenguaje utilizado en ese intervalo vuelve incomprensibles las ten tativas anteriores. Más allá de ese punto, se trata de ar­ queología. E stas definiciones no prejuzgan el valor comparado de los conocimientos. Puede parecer tautológico si no se considera el cruce arriba explicado. Entonces, u na ciencia madura es la que posee la autorregulación de su lenguaje autóctono (esa es la razón, en cierta m anera, por la que escapa de la “filosofía”) y ya no tiene necesidad de ir a buscar sus valores al campo de otro conocimiento. Al contrario, debe hacerlo para explicarse a sí m ism a su prehistoria.

H acer la h istoria cuando no está term in ad a (y la prehistoria no term in a de agonizar) es tal vez m o strar al psicólogo el país del que viene, y las prisiones a las que no conviene volver. De m an era que la obra de Foucault no es de ningún modo u n a h istoria (una crónica) de la psiquiatría, porque la exploración recurrente a la que se libra no pone al día las presciencias. Es una arqueología del sujeto enfermo en el sentido m ás profundo, es decir, va m ás allá de u n a etiología generalizada, en la m edida en que pone al día condiciones de conocimientos indisolublem ente ligados a condiciones de enferm edad. La demostración da cuenta que con respecto a la locura, la ensoñación y la negación caracterizan a los teóricos clásicos, el recubrim iento a los teóricos positivos. El positivismo, con relación a las enferm edades m entales, es un caso p a rticu la r de todo lo que se dijo de la positividad en general, como la alienación m édica es un caso restringido de lo que se dijo de las alteridades. Entonces, por el mo­ m ento, u n a crónica de la p siq u iatría sólo puede ser inútil, como la h istoria de una ciencia en el sentido que hemos definido. Aquí nos encontram os con la génesis de un co­ nocimiento y de su "objeto”, la constitución lenta, compleja y plurívoca de toda relación posible con la sinrazón. De la captación form al del terreno propio p ara e sta arqueología, a las elaboraciones concretas del tratam ien to del otro en general, Michel Foucault nos conduce h acia el dominio trascen d en te que aglutina el conjunto de las condiciones de esa relación. De hecho, la Historia de la locura es u n a historia de las ideas. Se encuentra desfigurada, es cierto, silenciosa y patética, en el espejo del microcosmos del manicomio, pero rigurosam ente ordenada en v irtu d de los vuelcos que ahora conocemos. Y este espejo alucinante de algún modo abre el espacio de las im ágenes v irtuales, descubre el terreno originario de los procesos culturales, las latencias olvidadas de las obras hum anas. H abía u n a vez un país llam ado Erewhom . En esa ex­ tra v a g an te comarca se cuidaba a los crim inales, se juzgaba

a los enfermos y, con frecuencia, se los condenaba. E ra el infierno de la inocencia. S u nom bre, extrañam ente in v erti­ do, significa, p a ra quien se niega a comprender, ninguna parte. N inguna parte, o del otro lado de las m ontañas.

El regreso de la nave En El Prado, hacen ver L a s M eninas en un espejo. E n tre el cuadro —la im agen—• y la im agen del cuadro, la sala da la posibilidad de circular e im pone la evidencia de que el espejo desarrolla, en la fuga de la profundidad., lo que abarca la tela plana, la realidad del espacio: como si el diseño de Velázquez hubiera vuelto a su verdadera exterioridad. A veces, los que debutan en geom etría descriptiva u sa n esos aparatos ópticos que liberan las proyecciones y abren lo sólido a sus dim ensiones objetivas: es como si la re p re ­ s e n ta c ió n h u b ie r a s e p u lta d o el objeto, como si su desdoblamiento lo restitu y era, como si no fuera posible encontrar lo real m ás que en el estado de im agen de u n a imagen, som bra de u n a sombra. ¿La cosa es u n a rep re ­ sentación de vuelta? E n tra r en la sala donde se hacen fren te los planos •—reales e im aginarios— de la tela y del espejo viene a ser deslizarse por el intersticio de los ejes ópticos, en el espacio mismo del cuadro, en el espacio del que la tela es la proyección y el origen, y del que el espejo reproduce la fuga. Llegado a este punto, hay sitios de donde se puede ver sin verse, otros de donde se puede ver sin dejar de verse, por últim o otros donde el m ás ligero desplazam iento transform a dos espacios uno en el otro, como u n dedo de guante. Sobre esta cresta, se rem eda en tre s dim ensiones la gestualidad del pintor: e n tra y sale a voluntad; hacia atrás, se encuentra en el segundo espacio; si se inclina p a ra trab ajar, desaparece de éste p a ra ir a d ar al lugar del rey, detrás de la falsa tela o de la verdadera. La sala no es triple: la escena m adre en falso interior, la im agen profunda en falso exterior, y el lugar de m i posición, interior y exterior; los tres espacios son todos dobles y divididos por u n a falla

donde se consuma, a izquierda y a derecha, el m ilagro vibrante del sujeto-objeto y del objeto-sujeto. El sitio está aquí o, como se dice, en el infinito, ya que de u n lado es lo m ás próximo. Borde, adherencia, lím ite de dos espacios: a caballo sobre esa frontera, estoy ahí y no estoy, mi lugar es finito e infinito, por delante y detrás, afuera y dentro, soy im aginario y real, el Otro y el Mismo. Habito tre s espacios sem ejantes y diferentes, y ahí soy extranjero: prim era m etáfora. ¿Hay que elegir, o la historia —es decir la circulación— elige por uno? ¿Hay un secreto que libra en la superficie de la tela los juegos cruzados o paralelos de la luz, detiene la vibración aleatoria de un lado y otro de ese umbral? ¿Se puede leer sobre esa tela, de la que el pintor se desprende en el momento de la inmovilidad, a la derecha —para nosotros— de la frontera? De nuevo, hay que leer al revés: no en espejo esta vez, sino del lado de lo otro, es decir, del otro lado. Y he aquí que entre los dos largueros horizontales que sostienen el reverso, a la altura de la cabeza de Velázquez, ojo por ojo, boca a boca, se destaca, entre las m anchas de azar y la grisalla imprecisa, una cabeza de muerto, bien centrada sobre los trayectos ópticos, y a izquierda •—-para nosotros— de la falla. N aturalm ente, ese inquietante fantasm a se ve mejor en el espejo que sobre el cuadro mismo, o en el revés del cuadro. El objeto oculto por la doble representación no es otro que ese cuyo envés es la M uerte. La M uerte es “eso a partir de lo cual el saber es posible”, o el inconsciente, o lo impensado... si la condición es, después de todo, el último envés de las repre­ sentaciones en cascada; está ahí, ya, lo no visto, lo que nadie m ira, ocupados en computar composiciones y trasposiciones en lo que se distingue, pero a donde conduce la luz natural, desde el momento en que sea franqueada la línea más brillante, la m ás recta, la más rigurosa: segunda metáfora, tétrica mitad. El libro de Foucault3 —tesis: lo mismo históricam ente

3 Michel Foucault. Les Mots et les choses, Bibliothéque d sciences hum aines, Gallim ard, 1966. (Las palabras y las cosas, México, siglo XXI, 1968).

doble en la triple diferencia, la im agen por todas partes duplicada, la aparición de la m uerte; y m etáforas: apertura, intersticio, espacio y plano liso—• tiene la m ism a estructura que la pequeña sala del Prado, donde se extiende un velo invisible que hay que elegir d esg arrar o no, y que distribuye la reproducción de las im ágenes y el desvanecim iento m ortal en torno del plano de aparición. ¿Y cómo podría ocurrir de o tra m anera, si se tra ta , en los dos casos, del lugar no pu n tu al, es decir, del am biente de circulación de donde se ven las M eninas?

El Otro y el Infinito El autor es un geóm etra testarudo. E n o tra p arte describió las situaciones de un cierto tipo de razón salvaje o de vida alterada; h a m anifestado u n a estética de los bordes del pensam iento desam parado. E n un espacio que sigue siendo u n problem a, extiende u n a cresta que lo distribuye: sab er y sinrazón, conciencia y alteridad, norm al y patológico, sujeto y objeto, sim ilitud y diferencia... Por el momento, el espacio es el lugar de las operaciones necesarias p a ra u n a problem ática de la crestería, el conjunto de los desplaza­ m ientos a efectuar p ara aproxim arla o a p artarla. En cierto modo, la época clásica es la fecha de su formación: la construye como segregada; en aquel tiempo, lo Mismo constituía a lo Otro, p ara envolverlo en su insularidad; la época clásica es la de las curvas cerradas, es decir, de las definiciones claras y de los dominios definidos. La historia, que formó ese núcleo, lo deforma: algunos viajeros de la razón o de la norm alidad se aproxim an al Lim es, otros llegan ahí del fondo del Insulat, locos o enfermos, h ab itan tes del manicomio o de la clínica; y a h í se m iran, se reconocen, análogos o asim étricos, y la fro n te ra se convierte en espejo. A hí comienza el desenlace, el esfuerzo p a ra desclavar los cierres, p a ra deshacer las definiciones. Foucault quiere e n tra r en el espejo, encontrar la a b ertu ra, el pliegue, la falla, deslizarse en el insterticio, afinar el objeto especular para

aplicarlo sobre la im agen especular llegada a él. El fin de la época clásica y el alba de la m odernidad, es prim ero el descubrim iento de que los lím ites definitivos no son m ás que esas líneas que están afuera y adentro sim ultáneam ente, que los espacios diferenciados son los mismos, que están del mismo lado de la línea que los separa: que el plano clásico de la geometría ingenua es un plano real proyectivo. La serie de las distinciones iniciales ya no es m ás que u n a serie de sim ilitudes donde la diferencia, aunque existente, es m enor que la que cualquier pensam iento podría asignarle. Se h a hablado de u n a problem ática k an tian a: si hay un llam ado, es el de la Disertación. Río abajo corre la h isto ria constituyendo espacios de n a tu ra le z a diferente: el de la razón y sus dominios re p a r­ tidos, el de la ciencia por exclusión e inclusión ■ —que fue y sigue siendo, p a ra el lógico, el análisis mismo, y que opone en u n a cristalización simbólica y concreta categorías p u ras al dem ente excluido encerrado, el caballero superracional a la triste figura errando en los llanos de C astilla y oprimido en el plegado de un libro escrito que lo incluye, en sum a, el espacio de la explicación y de la implicación; el posterior y valorizado, espacio de lo que no es partitivo y de las ciencias "contraciencias”, aplicación del saber sobre sí mismo y sobre el no saber, cuyas geodésicas son las líneas paradojales de ap ertu ra que acabo de definir. De esa histo ria espacializada, la arqueología rem onta el curso o la napa, pero por otro camino, el camino del Otro. Además del entorpecim iento n a tu ra lista de las distinciones abstractas, que abre u n a vía de analogía en tre el sujeto, el mismo y el norm al o, mejor, entre el norm al y el norm atizado, y por o tra p a rte en tre el objeto, el otro y lo patológico, es decir, lo no racional. Como es sabido, la arqueología es u n a heterología, que te rm in a rá por descubrir la heteronomía como terreno fundam ental y situación radical de cualquier pensam iento, incluso de cualquier ser. El otro devenido sujeto pronuncia ah o ra la m uerte objetiva del mismo; el no yo vuelto sujeto conduce el yo sujeto al no puro, a la n a d a de la M uerte. Es preciso explicar ese desenlace, que es al mismo tiempo fin

y alum bram iento de fibras anudadas; la época clásica es el momento en que se anuda, se urde la tragedia: el sujeto de la razón norm atizada ejerce violencia sobre la cosa y el otro, le asigna u n espacio, separado, pasivo y tan lejos como sea posible: dominio de los contrarios, del no yo, de la no razón, del no ser en general, de suerte que el borde que separa, delim ita y define las dos variedades es el lugar de puntos de inversión, de hogares en que se invierten las direcciones, de centros donde se niega la cultura, el pensam iento y la conciencia. Esos puntos, vistos desde la razón y por ella, son puntos lím ites, puntos extrem os del mundo, m ás allá de los cuales se sitúan la inexistencia y el no concepto: son los puntos indefinidam ente rechazados al infinito. Si el sujeto perm anece en el espacio racional, no ve ni puede v er esos lugares donde se invierten las direcciones, donde las suje­ ciones se trastocan. Por el contrario, si es instruido acerca del hecho —descubierto mucho m ás tard e— de que ese infinito está absolutam ente próximo a la razón, que ese borde es u n a línea que pertenece a su espacio y que lo caracteriza, como entonces, por un movimiento retrógrado, se sabe ubicar al sujeto en el lugar del otro, del otro lado de la derecha del infinito, y se puede ver, a la inversa, todo el espacio clásico desde este nuevo punto de vista. E n lo sucesivo, queda en evidencia que aquél es recorrido por un conjunto de paralelas, que es el espacio de la sim ilitud — lo que ya se sabía, porque era conocido como el de la geom etría ingenua, o euclidiana. Es fácil dem ostrar que la época clásica tiene como objeto prim ordial la búsqueda de u n punto fijo que sea el lugar de referencia y el punto de vista óptimo: ahora bien, en el espacio de la geom etría helénica y cartesiana, no im porta qué punto pu ed a des­ em peñar ese papel: la voluntad libre lo asigna, decisión que hace al triunfo metódico de D escartes, la errancia desespe­ ra d a de Pascal o el equilibrio ontológico de Leibniz, decisión cuya condición de posibilidad reside en la hom ogeneidad del espacio de representación. E sa homogeneidad es sinónimo de universalidad: m i pensam iento perm anece in v arian te cualquiera sea el lugar que le asigno, invariancia que

g a ran tiza su racionalidad; ésta se propaga por todas partes, tiene el derecho y la posibilidad de propagarse por todas p artes y, entonces, de em pujar al infinito todo lo que no es ella. El sujeto h ab ita un dominio infinito que sigue siendo el mismo en todas las direcciones y a cualquier distancia de cada u n a u n a de ellas: la razón h ab ita lo universal, es decir, lo mismo y su repetición libre en la totalidad; circula sin trab as en el am biente de sus apropiaciones. No es posible n a tu ra liz a r la época clásica, es decir, to m a rla por objeto, sin relativizar esa totalidad, sin dejar ese dominio, sin ubicarse en el punto en que el haz de las paralelas llega al cúmulo, sin llegar a ese punto en el infinito fu era de lo universal y de la apropiación: es el punto de inversión y de exclusión que el proyecto o la pretensión de universalidad racional n a tu ra lm e n te hab ía ubicado en el infinito. Por los caminos de lo otro, se llega a los confines espaciales del saber clásico, se llega a la filosofía sin localizarse en ella, se llega a un punto de vista que ordena todo el pensam iento y toda la ciencia a lo largo de geodésicas paralelas donde éstas ya residen, cuya longitud se desvanece aq u í en un centro común. Y de golpe la situación histórica se invierte, lo universal se n a tu ra liz a como rasgo de cultura, porque, ordenando los puntos en cuestión, la razón clásica se encuen­ tra ro d ead a y como insularizada, h elad a en u n islote cuyo lím ite pudo ser dibujado. La arqueología retrocede sobre las vías de la heterología y cambia secretam ente la vieja m e­ táfora k a n tia n a y h u sserlian a del suelo profundo por la del lím ite y del borde: ya no excavar p a ra condicionar, sino rodear p a ra objetivar —los árboles viven por la corteza—% Por lo ta n to re s u lta u n a teoría de las fro n teras, un m arginalism o, u n método de la ultraestructura, de ahí la oposición profunda a M arx; invierte la función del límite, c o n v ie rte el e x te rio r en in te r io r (y a s í en nú cleo condicionante, como la embriogénesis no es m ás que u n a teoría de la derm is), el carcelero en prisionero, el sujeto en objeto. A riadna, a su vez, abandona a l héroe, envuelve con su hilo al m undo convertido en laberinto. V istas desde el

borde infinito, las paralelas convergen, lo mismo se vuelve otro, lo otro encierra lo mismo, m ás aún, lo Mismo se vuelve O tro del Otro; lo autónomo es heterónom o, ya no es juez, sino objeto de u n a etnología, porque reducido a su región, ya no es sujeto de la Razón sino que se en cuentra determ inado por form aciones culturales ya prescritas. La época clásica no es m ás el campo de las verdades lúcidas sino el lugar de los errores del error. Consum ada la Revolución en los límites del saber, la inversión sobre la técnica de los bordes, culmina en u n a reducción de lo universal a cualquier región cultural dada. H ay ah í un movimiento copernicano, tal vez, pero de un tipo m uy singular: el sol es naturalizado como estrella cualquiera, del borde de la últim a órbita exterior; p a ra eso, e ra preciso tr a ta r la problem ática de la finitud. en térm inos de alteridad. H abía que decidir — o descubrir— que en los confines del orden sistemático residen tales tipos de desvia­ dos, que siguen los caminos m ás largos, de lo impensado, de lo im pensable de aquello en relación con lo cual el pensa­ m iento ju sto es cierta clase de pensam iento salvaje. Se llega así, creo, a u n a filosofía del no, excepto que el sí universal an terio r ya no se reduce a u n a afirm ación p articular por generalización extensiva, sino a la negación de su negación. L a necesidad racional es determ inada como determ inación cu ltu ral en tre otras; la problem ática de la finitud ya no tiene el mismo sentido, e stá invertido. H ab ía que tener la audacia de ubicar a alguien por fuera, de in te n ta r ese golpe de E stado hiperplatónico que consiste en llevar a cabo la síntesis del Otro y del Infinito. A p a rtir de entonces, el mism o sujeto se encuentra definido, objetivado, transform a­ do en e sta tu a de sal. Y queda por preguntarse: ¿se confía en la m ejor posibilidad si se conduce la demostración a tra v é s de algunos contenidos epistemológicos de tipo n a tu ­ ra lista , volviendo la espalda a la filosofía y a sus soportes rigurosos? Creo que vale la p en a p lan te ar la cuestión, incluso si la resp u esta es negativa. Y evidentem ente lo es, ya que las condiciones metódicas de la em presa reposan en un vínculo de los dos contenidos. S ería mejor interrogar ese

vínculo por sí mismo, porque es el neruus probandi del proyecto global de Foucault: m ás a rrib a lo llam é entorpeci­ m iento n a tu ra lis ta de las distinciones abstractas, se podría lla m a r endurecim iento categorial de los dominios n a tu ra li­ zados, u n a form a rápida de decir que su lugar está entre el logicismo y el psicologismo, que su esfuerzo ap u n ta más allá de esta división —o m ás acá. ¿De dónde ■ —-de qué intención— viene esa voluntad im placable de desidentificar lo Mismo, de desposeer al sujeto? E n cu en tra su origen en el dinamismo de lo Mismo, en la n a tu ra le z a de su voluntad y de su representación, en el uso que hizo de su libertad. H abitando lo universal (de lo que hoy descubrimos la función heteronómica), el autó­ nomo empujó a los confines del universo (y del universo de su discurso) a los otros o dobles invertidos que, en lo sucesivo, nos asedian, que nos h ab itan y que nosotros habitam os. Después de esto, obró con astucia, jugó un juego m ortal: su im postura fue in terro g arse sobre eso mismo que rechazaba, sim ular una m etafísica en los lím ites que había trazado en el momento de la exclusión, exponer su m aldad violenta como serena sabiduría, tra n sm u ta r su rigor en el rigor. De m an e ra que fue el prim ero en indicar que lo fu n d am en tal residía en los extremos, el terreno en las fronteras, las condiciones en los lím ites. Así desem peñaba la comedia feroz del horizonte que retrocedía p a ra no ver, y por el que profesaba u n a feroz atracción. Lo esencial, decía, es que no vea lo que está m ás allá de m i poder; callar que no puedo verlo y hacer todo lo posible por no verlo: así se ubica, así circula en los lugares mismos donde está seguro de no verlo, porque fuera de esos lugares rein a la Muerte, lo que las M eninas hacen ver. La astucia tiene la estructura del espacio en el que se mueve: de inclusión y de exclusión. E l discurso clásico afirm a lo que niega, y niega lo que afirma, rechaza aquello de lo que habla, vuelve la espalda a lo que a n u n c ia como fu n d am en tal. A sum e la astucia, cuyos paradigm as comunes son la religión y la metafísica. E n el curso de ese discurso, el razonador clásico viste de

abstracción su pregunta, que no es m ás que el recubrim iento de sus negaciones y sus rechazos, viste de abstracción otro m undo difuso del que se considera el amo. Es entonces él quien logiciza lo n a tu ra l (clasificar, ordenar) y esa nieta physis, que no es m ás que u n a hetero physis negada. De m an era que Foucault se siente con derecho —es decir, con las arm as, ta n m ortales como las suyas— de n a tu ra liz a r sus categorías, es decir, a n a liz a r la m etafísica como u n a antifísica. La astucia e stá descubierta: el proyecto de u n i­ versalidad es u n a proyección en lo racional de la situación violenta de Amo y de Esclavo. El insensato, el im pensado, el insensible y el im pensable, el inconsciente, son lite ra l­ m ente heréticos, salvajes, esclavos. La época clásica coloniza las tie rra s vírgenes por negación, m uerte y tierra quem ada: así tam bién, en la casa tran q u ila del hom bre universal, los esqueletos están en los placares. Teniendo en cu enta estas tie rra s, es u n a época salvaje y los m uertos clam an por venganza. E xpulsaba a los dem entes, dándoles por espacio el m ar de lo irracional, quemando a los brujos, a los judíos y a algunos astrónomos; reprim ía lo imaginario, dom inaba el sueño, elim inaba el error, en sentido estricto negaba la cultura, las culturas; copiaba a porfía las hordas blancas que, del otro lado del agua, pasaban a cuchillo a los Incas, los Aztecas, y los Algonquinos, A p a rtir de que su logicismo es naturalizado y a no sabe en qué m edida sus categorías — categóricas— son rigurosas y m ortales: ley, orden —concep­ tos cargados con las cadenas de la razón-—. Es la h o ra del regreso de la Nave, y de las blancas carabelas: la venganza consum a su obra. E xpulsar al homo rationalis de su am ­ biente regular, analizarlo como objeto de la etnología, h acer de la razón clásica u n pensam iento salvaje, m ata r al homo del hum anism o, es la descolonización a través de u n a concepción terro rista de la cultura, es decir, la colonización a la inversa: el otro vuelve como un aparecido, el dem ente, el herético, el salvaje rom pieron las cadenas cartesian as y, como sujetos de un saber significativo, hacen del blanco racionalista el salvaje dem ente del salvaje dem ente. Lo

tra ta n como fueron tratados: el lenguaje del Otro es la repetición invertida del lenguaje del Mismo, el lenguaje del Terror. El viejo esquem a hegeliano se am plía espacialm ente, por la geografía m undial de las culturas, y la experiencia adquirida de lo inexperim entado: así aparece el diagram a del Colonizador y del Salvaje, del pensam iento lúcido, vigi­ lante, consciente y dom inador del pensam iento soñador, m ítico, inconsciente, n a tu ra l, d e lira n te y sum iso. La descolonización del Colonizador, por sí mismo, habitado por las tinieblas del Otro, comenzó. Seguro que en el destino de n u e stra m odernidad e stá comprobar esa deuda secular. ¿Es necesario p ag arla con el hierro y el fuego? Nos ponemos a pensar en un G andhi interno, en u n a autodescolonización sin violencia.

El Ser y el No Ser En adelante, n a d a se opone a que la arqueología se p resente como u n a etnología del saber europeo, y la h istoria de las ideas como u n a epistemología del espacio y no del tiempo, de las fibras de u n espacio inmóvil y no de las génesis evolutivas. N u estra herencia cultural e stá en otra p a rte m ás que antes, se ubica m ás allá de esos cortes cuya definición equivale a fosilizar formaciones que creíamos vivas y que el arqueólogo se pone a descifrar como m onu­ m entos prehistóricos. N uestros predecesores, o los que ap a­ recen como tales, son extraños, h ab itan islas lejanas sepa­ rad as de nosotros por el m ar, su cultura es la de u n a etnia que piensa lo im pensable p a ra nosotros: como cuenta el apólogo argentino del Prefacio, la escena tra n sc u rre en -China, es decir, en o tra parte. Por lo tanto, si se leen los Pensamientos ubicándose del otro lado de los Pirineos, plum a en mano, se term in a por escribir u n a heterotopía española en el estilo de Pacheco, Velázquez, Cervantes... o, mejor, de Cortés y Trujillo. L a inversión es im portante: tien d e a volver im pensable el pensam iento clásico. El arqueólogo vuelve sobre la h istoria como si h u b ie ra estado

escrita en u n a lengua que ya no es la ciencia m uerta, olvidada, abandonada. Suspende esa recurrencia in stin tiv a que une al investigador con su objeto. A nula ese flujo de comunicación que hace posible u n a com unidad de cultura entre el historiador y lo historiado. Esos cortes, u n a vez m ás, no son n ad a m enos que sus condiciones de ejercicio; perm i­ ten al arqueólogo objetivar un conjunto cultural vivido, adem ás no m uy lejano, como el propio, natu ralizarlo en u n a fam ilia de proposiciones, cuyo sentido se coagula en sí mismo y form a u n a red independiente, que es posible contornear, a p a rtir de que no hay m ás sentido p a ra él. N ueva in v ersió n : la conciencia clásica e s tá entonces e structurada como u n inconsciente. El historiador se desdo­ bló en a n alista que conoce las leyes de la anam nesis y analizó sin m em oria. Todo ocurre como si determ inada cultura no p u d iera estar delim itada o definida sino cuando h a term inado o. es rem ota, cuando está m u e rta al menos p a ra quien la observa, y cristalizada como inconsciencia objetiva de lo que es esencialm ente. Lo prehistórico o alógeno deja al clínico u n a excepcional libertad de movi­ miento, porque ese campo ya no ejerce sobre él fuerzas heteronóm icas. El arqueólogo está en el exterior del campo gravitacional de la razón clásica. No es n in g u n a m etáfora: el espacio de la inclusión y de la exclusión sólo es ta l en la m edida en que sea u n campo de fuerzas, de atracción y de repulsión y, finalm ente, si la razón es poder, voluntad, fuerza y violencia, lo que ya hemos visto. Q uien h a b ita esos lugares está prisionero, a izquierda y a derecha, de esas líneas de fuerzas. Por lo tanto es indispensable extraerse de esa estru ctu ra dinám ica y neutralizarla: y de nuevo esa estructura dinám ica es la de un inconsciente o de u n a cultura, La situación exterior a ese campo perm ite erradicar cualquier problem ática de error o de verdad a este respecto: ya no se tr a ta m ás que de un objeto cualquiera que h ay que descifrar como p ied ra de Roseta, y no de ese objeto electivo que atrae y u n e como piedra de Magnesio. Adem ás, el que se ubica ah í puede esperar suprim ir la vieja problem ática planteada por M arx: fuera de ese campo que no lo influencia

y que no es influido dom ina u n objeto concreto, es decir, u n a concreción; quedan inscripciones escritas en sólidos, propo­ siciones im presas sobre un pedestal. Que yo sepa, la ar­ queología no es otra cosa que ciencia de las inscripciones y de los graffiti. En sum a, Foucault tra ta u n a biblioteca como un inconsciente cultural y colectivo (del que es tautológico decir que está estructurado como un lenguaje, de ahí la proxim idad a Lacan en el cruce del logicismo con el psicologismo) y como un espacio extraño y cerrado, donde el historiador es analista del dram a de otro (que es él mismo), la m em oria de su olvido, etnólogo de u n sentido lejano y silencioso, y repone su ausencia. T ra ta los libros como m onum entos enterrados, y la e scritu ra como u n a inscripción: es arqueólogo de un lenguaje hoy perdido. M anera de e n tra r en ese espacio sin e sta r ahí, m anera de aproxim arse sin ser atraído por la fuerza de un sentido, m anera de suspender u n a gravitación, de deslizarse sin comprom eterse, de esta r atento sin estar concernido: ercoxTÍ vuelta posible por el lím ite vibrante entre el mismo y el otro. Foucault p e n e tra en la biblioteca como en la pequeña sala del Prado: escucha un lenguaje como an a lista , lee u n a proposición como un epígrafe, aborda las islas como un etnólogo p a ra com prender lo incom prensible, comprensivo pero nu n ca extraño. E sa £7to%T) sólo es posible si la concien­ cia clásica es considerada inconsciencia, el pensam iento im pensable, la razón lúcida mito onírico y la serenidad gesticulación indescifrable, si el grafismo del saber es leído como graffiti. Entonces, y sólo entonces, se puede preg u n tar por la n a tu ra le z a del pedestal en el que inscribe u n a mano e xtraña. E x tra ñ e z a , sin duda, porque la ap rehensión logicista de la reja form ada por esas inscripciones term ina por m o strar al hom bre clásico encerrado en el laberinto de esa red, psicologizado, culturalizado, naturalizado como e statu a de sal: la universalidad del sujeto m atem atizan te ya no es m ás que el av atar de u n a concreción cultural. Pero, si la situación es general, reaparecen in v arian tes las proble­ m áticas precedentes, bajo un nuevo aspecto: ¿una contra

ciencia de las contra ciencias b a sta p a ra desprenderse de c u a lq u ie r h e te ro n o m ía posible y p a r a o b je tiv a r las heteronom ías regionales, como la de la nuestra? Se soñará ■ —como se soñó— con el superhom bre— ; se profetizará ■ —así como se anunció al superhom bre—. La arqueología es el fin de la historia, lím ite interm itente y lugar de ningún lugar; a condición de com prender la expresión fin de la historia en todos los sentidos posibles, y no en el sentido unívoco legado por la tradición: fin de los tiempos, e instalación de los espacios, detenim iento de las génesis, y florecimiento de los sistem as lím ite, desvanecimiento, m u erte de la histo ria como ciencia, y como ciencia de las ciencias hum anas. La a rq u e o lo g ía , e n e se contexto p ro sp e c tiv o , s e r ía la c o n tra c ie n c ia de la s c o n tra cie n c ia s de los s is te m a s heteronómicos. Habiendo por fin dado a luz la h istoria lo extra-directed, la arqueología tom ará sus e stru ctu ras condi­ cionales. Q uedaría por elaborar el em plazam iento mismo del arqueólogo; se p lan te a la pregunta: ¿cómo aprehender un m ensaje que él niega precisam ente como tal aunque le concierne? Su em plazam iento no es ni el del emisor, ni el del receptor, sino el del interceptor; es u n a vez m ás el del espectador o el del pintor de las M eninas colocado ah í por sorpresa, que aprovecha un intersticio para-dojal. El histo­ riador, arraigado en un lugar, hacía recepción, determ inan­ do en cierto modo la emisión. Y su saber se pro-fundizaba p aralelam ente a ese intercam bio perenne en espi-ral. El arqueólogo busca ponerse en situación de intercep-ción universal. La N ave deriva por los m ares p a ra cortar el trayecto de las botellas fosilizadas por concreciones aluvio­ nales. ¿Pero cómo aprehender el sentido de u n a información, cuando la m ism a actitud del científico, así definido, impone que aquella no sea p a ra él m ás que objeto privado de sentido? Es urgente la consideración de la cuestión, porque en fren tar u n a proposición como tal no podría llevar m ás que a u n a teoría pura, lógica o topológica, al menos por el momento: y si el sentido está excluido, está excluida la cultura, por lo que se vuelve al lugar de donde se partió.

Dicho ésto, la arqueología moviliza las contraciencias y u tiliza sus marcos p ara explorar los espacios prim itivos que fu n d an las formaciones históricas. De donde se sigue la aplicación de las grillas de Lévi-Strauss sobre la cultura occidental: el universo del paralelism o se ad ap ta de m ara­ villas a las analogías estructurales que atraviesan el in ter­ cam bio de p a la b ras (gram ática, lingüística —¿nuestra oralidad olvidada-formalizada?-—■), el intercam bio de bienes (análisis de las riquezas, economía —¿nuestra analidad arcaica-sim bolizada?—) y el intercam bio de m ujeres (histo­ r ia n a tu ra l, biología —¿ n u e stra genitalid ad prim arialogicizada?—■). E n cierto modo, no dejamos un instante el espacio a las geodésicas paralelas porque, si la cultura clásica lo supone, el estructuralism o lo impone a conciencia: el método por analogon continuo no es m ás que u n a analítica de la iteración de lo mismo en el otro, es decir, una m etodología de la similitud. Tal vez, nunca la abandonamos, al m enos desde Platón y su constitución de la ciudad por intercam bios económicos, modelo biológico y formación de u n le n g u a je com ún; q u izá el e s tr u c tu r a lis m o (ese estructuralism o) es nuestro últim o vínculo —consciente esta vez—• con el sistem a de las trilogías indoeuropeas, Dumézil tam b ién es arqueólogo. Y así como K ant moviliza las distin­ ciones de la mecánica new toniana p a ra tejer la red de la cuestión crítica, así tam bién Foucault im porta los'marcos de las ciencias hum anas prejuzgadas que h a n llegado a la m adurez (?) p a ra constituir la grilla de la cuestión arqueo­ lógica; ¿pero, en ambos casos, la im portación de lo positivo a lo condicional no reduce la preten d id a universalidad de la cuestión a un campo ta n estrecho como el terreno de origen de la im portación? Entonces —y cualquier cosa que se h a g a —, la condición no supera lo condicionado, es engullida en lo condicionado, ya en la aproxim ación newtoniana, ya e n n u e s tr o p a rtic u la ris m o c u ltu r a l. E l p in to r se autoinm oviliza en u n a parte la te ra l del cuadro. Por una desviación infinitesim al, no consiguió la crestería de desapa­ rición. Pero consideremos en sí m ism a esa form a tern aria

espacializada (no tem poral, no dialéctica). Describam os un prim er estrato (epistemológico en este caso, cultural, en general), luego u n segundo, por último un tercero: el método de las analogías estru ctu rales refiere las descripciones unilineales a u n a ta b la común de referencia que reú n e sus invariantes (es eso lo que está escrito sobre la tabla) y que dibuja su extensión (la tab la e stá lim itada por los lím ites m ismos de la reunión de su proyección sobre la tabla). U na cultura es, precisam ente, ese pedestal de referencia, por contenido e stru c tu ral y ocupación definida de u n segmento del espacio tiempo. Tiene dos características esenciales: el tipo de su inscripción y el recorte de sus bordes. Observemos entonces que esas determ inaciones son, a su vez, relativas al número de las formaciones seleccionadas por las descrip­ ciones proyectadas.4 Efectivam ente, supongamos que fijára­ mos un cuarto estrato, luego u n quinto, etcétera, e n tre las formaciones arcaicas con valor como presciencia (nesciencia, error) hu m an a —por ejemplo, teorías de tipo político, socio­ lógico (la dem ografía está a punto de nacer en la época clásica, porque se extiende la idea de sacar provecho de los B ills of m ortality), etnográfico (los Novissim a sínica son de la m ism a época) o de historia de las religiones, etcétera— entonces la ta b la de referencia, p a ra la m ism a cultura, definiéndola por invariantes estructurales, se desplaza y varía. Por un lado, las estru ctu ras analógicas van hacia la generalidad del sentido y la pobreza de la escritura, por el otro, los cortes determ inados por los tres prim eros estratos se ap artan y se tran sp o rtan : la tab la se extiende y se vacía, tiende a recubrir la histo ria de m anera conexa, a perder en especificaciones lo que gana en generalidad. Con respecto a este incremento, reaparece el problem a trascendental, pero en un lugar inesperado; carecemos de u n a m arca, de un criterio para m axim izar el número de los estratos necesarios

4 En este esquem a, las proyecciones son de tipo cilindrico y entonces el punto de v ista carece de lím ites, lo que se acaba de demostrar.

y suficientes como p ara explotar la totalidad de u n a cultura, o p ara definirla como tal: p a ra obtener u n a tab la fija y estable. E n la m edida en que no la tenemos, el análisis sigue siendo relativo al núm ero fijo, decisorio, arb itrario, perm a­ nece entonces “relativo a “, fijado en la c u ltu ra m ism a: el que p in ta el cuadro e stá en el cuadro, en com pañía de quienes m iran el cuadro pintarse, y que son, ellos tam bién, sin saberlo p a rte s del cuadro; esto significa que no se h a alcanzado la ta b la definitiva, que siempre se puede designar un nivel inferior, u n personaje por detrás que, tomándonos de sorpresa, dibuje un nuevo conjunto objetivable. Pasó m ás de un siglo desde que la filosofía extendió el contenido de la experiencia posible del campo de la exactitud a lo vivido en general: u n océano que su sed todavía no agotó. P ara descubrir un nuevo terreno condicional, sería necesario realizar esa m utación que todo saber alcanza en el momento de la universalidad, sería necesario que las contraciencias hayan dado la vuelta a su enciclopedia, p a ra h a b la r por analogía. A fa lta de lo cual, la tabla de referencia no es m ás que otro estrato cultural, u n a m anera de desdoblar y reple­ gar la cu ltu ra sobre sí m ism a, u n a m etalengua que es, como siempre, la lengua m ism a. Por otra parte, es posible que no se pueda escapar a esa iteración de espejos paralelos, que detrás de la totalidad cultural no h a y a esa actividad form alizante desnuda, que detrás del saber, no h a y a acti­ vidad intelectual constitutiva. Es posible que m ás allá de la crestería sólo h ay a u n a cabeza de m uerto. Por eso la duda vibrante de fran q u ear el paso, por eso e s ta crítica de res­ plandores y oscurecimientos. Todavía se puede p ensar en todo esto y suponer que poseíamos el criterio definitivo. U na sola fra se perm anecería inscripta sobre la tabla, a saber: el ser es, lo que no es el ser no es — el hom bre en particular; lo cual m u estra que se habría franqueado el lím ite m ortal, el borde en tre el ser y el no ser; lo que pone en evidencia que después de Nietzsche ya no hay que tra z a r u n a línea m ás allá del ser y el no ser. La generalización del método impone, en el lím ite de creci­ miento, la idea nunca abandonada de que todo gira en tom o

a la noción de frontera: otro, infinito, ser y nada. E l despla­ zam iento del recorte es la única variable que determ ina el inscrito fundam ental. Así Foucault eligió el m ás corto de los cam inos m ás largos p a ra re u n irse con la tautología heideggeriana, entre las sendas de u n bosque de símbolos. ¿Cam biam os de lugar, desde la época clásica? ¿No hemos vuelto al punto de p a rtid a —o m ás acá de ese punto, al alba helénica? Se term in a ría por creer que todo el libro reside de hecho en el hueco v irtual de su propio discurso, que dice con precisión lo que se niega a decir, que se niega a decir lo que dice. Porque designa u n horizonte espinosista —ontología m onista y determ inado negatio—■, se coloca en un espacio que va de la representación a la voluntad, sin encontrar a Schopenhauer, tra z a sobre el plano de los contenidos del saber ■ —por todas p artes discernible-— el camino leibniciano de la enciclopedia estructural, etcétera. El discurso del Otro sobre el Mismo moviliza la m ism a astucia (pero otra, es decir, invertida) que el discurso del Mismo sobre el Otro. Así como el Mismo reducía al Otro a nada, excluyéndolo detrás de los lím ites de lo universal, detrás del infinito que su rigor concebía, y fingía no obstante tem atizar u n a m etafísica de la finitud como su interrogación fundam ental (cuando el infinito no era otro que el otro de su negación, cuando el compelle intrare im plicaba la m uerte p a ra que se abrieran las puertas), así el Otro, constituye un espacio indivisible, invirtiendo el espacio de lo Mismo, exterior por interior, línea a línea, punto por punto y noción por noción; envuelve al Mismo en u n agujero de silencio, le a rre b a ta su palabra, aniquila su voluntad unlversalizante, n eu traliza su deseo, vuelve la tela y reduce al ser pensante a la cabeza de injerto. La p uesta e n tre paréntesis (en el sentido literal) de la filosofía, de todas las filosofías con soporte unlversalizante, es significativa en térm inos de u n a lógica implacable: la no h isto ria de las contraciencias se desarro lla como u n a antim etafísica.

Genio maligno de p alab ras que designan todos los sen­ tidos posibles. Me llamo Polifemo. Hablo y la cosa e stá en otra p a rte y aquí, a mi voluntad, por lo que es imposible salir de m i antro. Se está encerrado en la m alla de mi discurso. Sobre esa red centrada en todas partes, siem pre los coloco sobre u n trayecto preparado, previsto, lleno de tram pas. La m u erte los espera a la v u elta del camino, entre los lazos de m is astucias. P a ra engañar a este em bustero universalm ente sutil, no h ay m ás que u n a astucia, la de h a b la r de un modo en que las palabras estén to talm en te desprovistas de sentido: es preciso que la roca siem pre pase a un lado, cuando está previsto que de todos modos m e aplaste. Por eso es indis­ pensable que me coloque fu era de todos los trayectos, en la nulidad del espacio, de la perspectiva, de la palabra, del ser: es preciso que me llam e Nadie. E n ese mismo momento, el único vidente, el que ve todo con u n a sola m irada, que dice todo con u n a sola palabra, está ciego, reducido a la invo­ cación suplicante: no puede ver al que h a elegido ser in ­ visible, a aquél que h a b la en el silencio, a aquél que no está en n in g u n a parte. Desde que Ulises es N adie, reside a la vez dentro y fuera del antro, en el interior y en el exterior del círculo encantado de lo universal. E n su m áxim a astucia, U lises es m ás sutil que D es­ cartes: él señala la n ad a de su yo, lejos de afirm ar el ser. Es cierto que se libra de la m uerte sin ten e r los recursos de u n Dios m ás poderoso que el Cíclope: el Astuto es sólo u n a som bra que Dios borra, en comparación con el m onstruo de la g ru ta cerrada con la p ied ra sepulcral. Es fácil m axim izar su juego cuando se respalda en elguo nihil m ajus cogitari possü. Si ese aliado desaparece, en un crepúsculo del que no hemos term inado de apreciar lo trágico, es el adversario el que tiene las mejores cartas. Queda la astu cia de la inexistencia, que es n u e stra últim a verdad. Polifemo es tal vez el nom bre del m undo, porque es portador de la lengua universal, de la totalidad del sentido prescrito. Nadie, es el nom bre de lo desconocido, que se desvanece p ara p lan te ar la incógnita = x, elemento de esta

lengua m atem ática, universal, vacío porque no tien e sen­ tido. Queda el juego indefinido de la lengua universal vacía y de la lengua universal del universo.

Capítulo 2 DICCIONARIOS

Loxodromía de lo s viajes extraordinarios G ruta, caverna, excavación, pozos, zapa, m ina, pocas novelas de Julio V erne están desprovistas de esas basílicas subterráneas. Reales: Fingal del Rayo verde, el M am ut de Kentucky en el Testam ento de un excéntrico; reales-im aginarios: la N ueva Aberfoyle en el texto platónico de las Indias negras; perfectam ente fantásticas o excavadas por la mano del hom bre: Granito-House, el refugio sem i-m arino de Nemo, la Colum bia del Gun-Glub, la enorm e boca de fuego del Kilim anjaro destinada a enderezar el eje de los polos, la isla vaciada de De cara a la bandera, y así sucesivam ente. E n ese tem a telúrico se m ezclan los motivos bachelardianos del agua y del fuego, h a s ta dar la imagen princeps de la obra, es decir, E l Volcán. El m undo —en el sentido geológico— es ante todo (después de todo) volcánico. El viaje extraordinario hacia el punto sublim e es u n itinerario h acia u n cráter, a p a rtir de u n crá ter o atravesando un cráter: piénsese en Am o Antifer, E l Volcán de oro, Servadac. ¿Qué en cuentran en el polo los compañeros del capitán H atteras? U n punto m a­ temático del polo es el centro del cráter. Adem ás, la idea esencial del E terno Retom o (expresada desde la Isla m is­ teriosa y perp etu ad a h a s ta en el Eterno A dán) sólo se vuelve posible por la sucesión de destrucciones y de palingenesias eruptivas. Es evidente todo lo que una crítica psicoanalítica podría extraer de acá, demasiado visible como p a ra que nos demoremos con eso.

E l Viaje al centro de la tierra es la obra perfecta del complejo de Empédocles. Sóbrelas hu ellas criptográficas del alquim ista A rne Saknussem m (cuya obra está completa­ m ente perdida, salvo el m ensaje rúnico), Axel y su tío p e n e tran en Yokul de SneíFels, en Islandia, p a ra reaparecer por el Stromboli: el viaje liga la boca de un volcán extinguido con u n cráter en plena actividad. Si se quiere un catálogo, aquí está completo: las entrañas del globo contienen todo lo que se pueda desear en m ateria de cavidades, grietas y abismos, corredores complicados y laberintos (munidos de u n hilo de A riadna: el Hans-Bach), g ru tas acuáticas, arro­ yos, m ares y torm entas subterráneas, fuegos eléctricos, m agnéticos, tectónicos... Todo u n tesoro desenterrado sin mucho esfuerzo por el psicoanalista, que no deja de m ara­ villarse, adem ás, por los champiñones gigantes —un bosque de símbolos— cuyo crecimiento se exaspera por u n a hierba tibia y húm eda, por un m aremoto b a sta n te contrario a las leyes de la n a tu ra le z a que hace enderezar la b alsa antes de que se precipite en u n a chimenea en erupción. Secreto mal protegido, a u n oculto bajo tie r ra o en u n código, el simbolismo e stá a flor de piel y no necesita traducción. Todo esto sería convincente sin Isaac Laquedem —y en parte lo sigue siendo con él. Todos conocen de m em oria esa novela donde se dice por prim era vez que todos los hombres son m ortales y que, recíprocamente, el suplicio m ás exquisito es la inm ortalidad. Simone de Beauvoir y Borges tal vez leye­ ron a Dum as padre. Verne sin duda lo había leído, pero quien bautiza M atías Sandorff el Monte Cristo de los Viajes extra­ ordinarios extrajo de aquél algo completamente diferente. P regunta: ¿qué van a buscar al Averno los héroes del Viaje? Algo sem ejante a lo que encuentra Laquedem . Laquedem e stá condenado al viaje, a la e rra n cía. Lo encontram os en Grecia, en el Cáucaso, en Roma, en los océanos y en tre los desiertos ■ —en todos los lugares y todos los tiempos, porque no puede m orir. Es el Judío erran te, un U lises sin retorno, cuando el círculo griego se vuelve monodromo. El texto de Dum as es u n bosquejo, nu n ca fue term inado: el program a era desm esurado; veinticinco volú­

m enes debían describir la h istoria pasada, presente y fu tu ra de la hum anidad, vivida y observada por el eterno con­ tem poráneo sumergido en la anticipación. “Llegado el m undo a su perfección”, hubiéram os visto al “nuevo Mesías Siloé, combatiendo a Dios, segunda Pasión, fin del mundo por el frío y las tinieblas; hubiéram os visto al Judío, último hom bre del viejo mundo y prim ero del nuevo”. Paul Lacroix h a b ía proyectado E l Eterno A dán: fue V em e quien lo escri­ bió. Es como si el program a de D um as h u b iera sido realizado por el conjunto de los Viajes extraordinarios, menos el testigo inm ortal, m ás el círculo recobrado. ¿Fue voluntario, inconsciente? ¿E staba en el esp íritu de la época? No lo sé, pero el hecho permanece. La anticipación ya no es m ás que u n a tercera fase de las cosas, y la recapitulación integral del pasado es otra o la misma: L a isla misteriosa, por ejemplo, es u n viaje tem p o ral, sim étrico a la s prospecciones fu tu rista s; el globo es una m áquina p a ra rem ontar el tiempo, de m an e ra que los colonos de la isla Lincoln reiteran la to talid ad de la h istoria a p a rtir del punto cero, del estado adánico a la catástrofe eruptiva final-inicial. Sobre la isla microcosmos, esa micro hum anidad ejem plar retom a por su cu enta eras y estados evolutivos bien conocidos, h a sta el m undo perfecto, la m uerte del dios Nemo y la escatología volcánica. La h istoria concluye y puede retom arse: p ara un viaje espacial casi nulo, el itinerario cronológico y casi exhaustivo. Por añadidura, la Isla es el prototipo de todas las novelas, que no hacen m ás que repetirla, completarla, analizarla. Volvamos a Laquedem -Saknussem m y pasem os de la h isto ria a la prehistoria, de la arqueología a la paleontología. Isaac obtuvo de Prometeo en la agonía el ram o de oro que abre las p u ertas infernales y el conocimiento trascendente del lu g ar donde perm anecen las Parcas, el Centro de la tierra. Acompañado de Apolonio de Tiana, supera las etapas de la iniciación, atraviesa el lago negro y se encuentra en el u m bral del abismo. No es necesario ir a las obras de Verne y D um as p a ra convencerse de la imposición de los tem as hom éricos, virgilianos y dantescos: ambos citan al mismo

tiem po el facilis descensus Aoerni, describen la m ism a p ra ­ d era dulce, las m ism as aguas sombrías, la m ism a luz pálida. No obstante, los viajes m odernos difieren de los antiguos en lo único que puede cambiar, la ciencia: las sombras ya no son huellas de los m uertos fam iliares, pero los estratos geológicos dicen u n a histo ria y u n saber perdidos, como los osarios y la flora fósil. Cuvier, M ilne-Edwards y Quatrefages son puestos en circulación. Apolonio y Lidenbrock son físicos del globo y paleontólogos, y ya no sim plem ente místicos o m édium s. Si nos atenem os a Verne, u n a vez m ás se tra ta de un itinerario en que se rem onta el tiempo a m edida que se va hacia la profundidad: nuevo sentido (y muy antiguo) de la anam nesis. La arqueología adquiere la constelación global de sus significaciones: secreto perdido-recobrado de la inscripción rúnica, inconsciente olvidado-oculto en símbo­ los claros, origen del m undo y del hom bre borrado-conservado en el fondo de los basam entos graníticos, en m ontones de osam entas y reservas de plesiosaurios, viejas tradiciones esotéricas de la tie rra hueca y de los gigantes ancestrales. Por esos caminos, el joven Alex pierde la m em oria reciente, la bella G raüben se borra de su m ente. En cuanto a lo fantástico, el Viaje supera a todos sus antecesores: Homero, D ante, Dum as. Desde el M editerráneo subterráneo, los m uertos resucitan o, m ás bien, nunca están muertos: el secreto se revela muy vivo, carne, hueso y uña, los grandes saurios se devoran unos a otros, los helechos primitivos son m ás altos que los árboles, pacen los m astodontes cuyas trom pas parecen un revoltijo de serpientes. Ya no se tra ta de p reg u n ta r a la sombra de las sombras, o a las diosas de la M uerte, sino contem plar la vida originaria, protohistórica, ingenuam ente descubierta y presente, como un libro de paleontología viva. Así es como en el seno del bosque p ri­ m ero, en u n a angustia auténticam ente onírica, es encontra­ do A dán, gigante de doce pies, con la cabeza de búfalo1 y la

1 Al comienzo de la obra, Isaac Laquedeni desentierra un gigante a sí de una tumba de los G aetani. Pero en la obra de V em e se trata del Minotauro.

m elena leonina, p asto r antediluviano de un colegio de m onstruos. No im porta que u n accidente im pida el acceso al centro y precipite el retom o por la g arganta form idable del Strom boli (el retorno a la h istoria, al viejo-nuevo mundo): el viaje h a term inado, el conocimiento es perfecto y la iniciación se cum ple desde el momento en que se vio al prim er hombre, al padre de nuestros padres y últim o te s ­ timonio. El tiempo retom a su curso ordinario, los enterrados vuelven a surgir (los m uertos nunca están m uertos), la Parca del Centro ren u ev a el hilo. Q uisiera que se som etan los símbolos a la crítica psicoanalítica —que el ancestro-dios-padre sea im m anior ipse, etcétera— pero a condición de que se adm ita que la clave de la lectura e stá dada al mismo tiempo que la lectura, el método con el problem a, el movimiento con el fin, el médico y su saber con el paciente y su m al, el aprendiz con su guía, el iniciado con su sacerdote, el laberinto con su hilo. El criptogram a está al punto munido de su grilla, y el abismo de su H ans-Bach (y cuando se pierde el arroyo de A riadna, el hilo de la propagación sonora lo revela); la boca de som bra está gravada con inscripciones rúnicas: los caminos de la m u erte y de su origen están señalados; asimismo, la fau n a y la flora inconscientes-im aginarias-científicas e stá n al térm ino del movimiento regresivo, de la anam nesis del descenso y la vuelta del tiempo. Los secretos son resultados o, si se quiere, el análisis es expuesto junto con lo que hay que analizar. Siem pre h ay u n antecesor en el camino del héroe, u n explorador o u n sabio p a ra explicar: m undo de la confesión y del saber como del símbolo y lo oculto; m ejor dicho, m undo de los caminos del secreto, ingenuam ente m ostrado. De hecho, nunca se tr a ta de otra cosa que de explo­ raciones y descubrim ientos, de viajes que dan que ver, de itinerarios p ara conocer lo desconocido. E n general ¿qué es u n Viaje extraordinario? E n prim er lugar, es u n viaje común en el espacio (te­ rre stre , aéreo, m arítim o, cósmico) o en el tiempo (pasado, presente, futuro: A yer y M añana), u n recorrido de u n punto

dado a otro deseado con todos los medios de locomoción. Con respecto a los m edios, poca invención, todavía m enos a n ­ ticipación: el subm arino ya está en proyecto, el proyectil sideral lleva dos siglos de inventado, las m aq u in arias de Robur el conquistador no son nuevas, y Julio V erne siente u n poco de vergüenza por Héctor Seruadac. Si la anticipación social y política es audaz y detallada (Los quinientos m i­ llones de la Begun, Los náufragos del Jonathan), es tím ida la extrapolación técnica, m ás allá de lo que se diga. Ese prim er itinerario es generalm ente circular, como el tiempo que lo mide o que le sirve de campo; la idea del Eterno Retorno lo domina. M ostraré en otra parte2 que las im ágenes se agrupan en torno a una estructura punto-círculo, tr a ­ ducida constantem ente de mil y u n a m aneras: polo, centro, isla volcánica,3 m aelstrom , etcétera. El punto sublim e es la referencia a u n a geodésica espacial o tem poral cerrada. Enseguida es u n viaje enciclopédico: la O disea es cir­ cular, recorre el ciclo del saber. El fin del recorrido es un lugar privilegiado donde es posible experim entar directa­ m ente u n a teo ría científica, o resolver un problem a pen­ diente: existe u n eslabón interm edio entre los grandes si­ mios y el hom bre, piénsese en la Ciudad aérea; la tie rra está provista de u n segundo satélite, piénsese en B arbicana, etcétera. De ah í la profusión de álgebra, de m ecánica, de geografía, de h isto ria , con frecuencia in to lerab les por demasido elem entales e ingenuos. La paleontología y la geología infantiles tienen rien d a libre, y la cuestión del calor central se resuelve por experiencia vivida. E stá el aspecto educativo de la tie n d a de Hetzel, así como el prim er viaje m u estra un perfil recreativo. Pero en la intención, la tr a ­ dición hom érica e stá respetada: in stru ir y agradar, h acer el balance de las ciencias y de las técnicas de la época; ir m ás

2 Este artículo es un extracto de u na obra en preparación sobre Julio Verne. 3 Con respecto a esto, sirve de mucho el ejemplo anterior: un centro y dos islas volcánicas.

allá de las tie rra s conocidas y de los conocimientos hum anos. D ivertir, enseñar, iniciar. Por últim o y sobre todas las cosas, es u n viaje iniciático, con el mismo derecho que el periplo de Ulises, el Exodo del pueblo hebreo o el itinerario de Dante. El círculo espaciotem poral y el punto sublime, el ciclo enciclopédico y la experiencia científica sostienen un proceso de otro orden que explica el interés extraño y apasionado que la obra suscita p a ra cada uno, a pesar de sus debilidades artísticas e intelectuales. Pienso que Julio Verne, oculto bajo los sedi­ m entos de u n exotismo pintoresco y un saber al gusto de la época (no obstante irrisorio y, de hecho, m uy atrasado), es el único escritor francés reciente que h a reunido la casi totalidad de la tradición europea en m ate ria de mitos, de esoterismo, de ritos iniciáticos y religiosos, de misticismo. Del Sneffels al Stromboli se desarrolla un relato órfico: Axel, en el subterráneo adánico, es Orfeo en los infiernos; desde luego, en prim er lugar él es Ulises sobre su balsa, atado al m ástil cuando asóla la tem pestad; es tam bién el sabio y el sagaz, convertido en hom bre de ciencia, que exam ina la edad del planeta; pero sobre todo es el postulante a los arcanos, victorioso en las pruebas de iniciación a trav és del agua, del fuego y del abismo. La crítica desde el psicoanálisis ofrece, entonces, un perfil que arriesga ocultar la verdadera n a ­ tu raleza extraordinaria del Viaje, con la pretensión de descubrirla y expresarla; invierte el sentido de lo escrito hacia concreciones del alm a personal y, por eso mismo, olvida el sentido de la errancia, de la atracción, del aprendizaje y de los caminos de la iniciación. En sum a, la única ciencia en la que se puede reconocer que Julio V erne h a y a sido u n m aestro es la Mitología. No sólo la conocía, sino que sabía todavía m ás el a rte de contar encubriéndola, referir esquivándola: estilo claro envuelto de auténtico esoterism o, velado por el exotismo. Tanto en el modo como en la m ateria, se une a sus grandes antecesores: los Viajes extraordinarios son nuestra O disea —y n u e stra Biblia— en todos los sentidos (no falta la Telem aquia, o búsqueda del padre bajo la protección de u n m entor: el

C apitán G rant y otros). El descenso a los Infiernos, el hilo de A riad n a y el M inotauro, A dán vivo y la resurrección de los m uertos (Servadac: cadáveres) no son m ás que ejemplos parciales, que pueden no convencer. ¿Pero cómo decidirse a nom brar a ese héroe que pierde la vista (que cam ina bajo la conducción de un ángel, ciego, m iserable, con los ojos vendados), p a ra recuperarla al final de la iniciación, o para perm anecer como el m ás clarividente de los perforadores de enigm as? ¿Tobías, Edipo, Horacio, Cocles, Michel Strogoff? (Y manco, como Scaevola, d u ran te el gran combate final contra el traidor). ¿Y cómo llam ar ese viaje detenido por pruebas y plagas, lluvia de sangre y nubes de langostas, tra v e sía por el desierto y sorteo de pozos, aislam iento en alta m o n ta ñ a y traslado m ás allá de las aguas, ese viaje que term in a con la contemplación deslum brada del país prome­ tido, vivificado por u n a red de venas líquidas y respirando la fortuna? ¿El éxodo, Aventuras de tres rusos y tres ingleses? L a lectu ra del criptogram a dem anda tres grillas; las dos prim eras están en manos de todos. En un libro próximo, intentam os aplicar los caminos del cielo só b relas geodésicas de la T ierra.

T raducción palabra por palabra: C enicienta E n tre los años 1634-1636, G iam b attista Basile publica en napolitano “U n a gata cenicienta”, en su Pentamerone. cuento sexto de la prim era jornada. Es casi la Cenicienta de P e rra u lt, p ad re o hijo. Vamos a evaluar ese casi. E l tem a no v aría de un libro a otro. Invenire operculum patella. U n a joven ta n bella como bu en a pierde el amor de su p ad re y toda su protección, cuando éste deja su condición de viudo p a ra casarse por segunda vez. Perseguida por la m a d ra s tra y por sus herm an astras, se ve reducida a los trabajos serviles, a las penitencias de la ceniza. L a pobre p a sa del salón a la cocina, del dosel al calor de la chimenea, del brocado a los trapos de cocina y del cetro al asador. Por

suerte, las hadas la aman: u n día la visten con suntuosas galas, y el hijo m ayor del rey se enloquece de am or por ella. R azón por la cual, la joven debe h u ir de u n baile o de u n a fiesta, ta n precipitadam ente, que pierde un zapato que oficiará de santo y seña. El príncipe m anda probarlo a todas las m ujeres del reino: triunfo de la gata, a pesar de las persecuciones. La historia es idéntica, decadencia y grande­ za, caída y triunfo. Dos veces aparece la m ism a técnica: la metamorfosis. La princesa en h a ra p ien ta , la fregona en princesa, la bienam ada en m alquerida, la desam parada en m agnífica elegida. El tem a presenta variaciones. La ciencia de lo m aravi­ lloso no sigue los mismos métodos, de un lado y otro de los Alpes. E n Nápoles, los instrum entos del m ilagro son u n a isla, u n a paloma, u n a palm a d a tile ra dorada, u n a piqueta y u n cubo de oro, una toalla de seda, u n a larg a fórm ula m ágica. E n Paris, son suficientes u n a calabaza y tres ratas. Propongo u n a hipótesis p a ra explicar la variación, dando por hecho que la h isto ria común es legible sin pre­ paración. ¿Cuál es el secreto de las dos metamorfosis? P a ra empezar, ordenemos los instrum entos de la expe­ riencia: u n a calabaza, u n a carroza, seis ratones y seis caballos, tres ra ta s gordas, u n a barbuda, u n grueso cochero con bigotes, seis lagartos y seis lacayos, la medianoche cuando lo maravilloso se hace presente en la huerta. Por últim o, Cenicienta que recibe, como los lagartos y la cala­ baza, u n toque mágico de varita. ¿Se pueden discernir reglas del método p a ra la prestidigitación? Si gustan, comencemos por la personita. Basile le da dos nom bres: Zezolla, que es el nom bre propio, y la "Gata cenicienta”, apodo ignominioso. P a ra P errau lt, padre o hijo, C enicienta es u n prim er apodo, puesto por la menor de las h e rm a n a stra s a u n a señorita que perm anece anónim a du­ ra n te todo el relato; la mayor, m uy grosera, la llam aba, con perdón sea dicho, Cucendron*, porque term in ad a su tarea, se h a b ía acostumbrado a sen tarse al calor de la chimenea. Cucendron es el apodo del apodo, la ignom inia de la igno­

m inia. E n la versión de Basile el desplazam iento va del nom bre al sobrenombre: Zezolla, hija de gentilhombre, se convierte en gata enroscada por la noche en la ceniza tibia. E n el otro, la trasposición va de sobrenombre a sobrenombre, sin que h ay a nombre, de m ote local al mote postural. Lenguas m alditas, hadas m alas, las dos brujas acorralan a la bella y le dan el topónimo. La nominación consagra la m etam orfosis, m ás aún, la produce. La varita señala, la p alab ra m ágica nom bra, de ah í la trasm utación. C enicienta es hum illada, rebajada a la tie rra en el acto y la nominación: te llamo según lo que eres. A hora bien: te reduzco, por m etonim ia, a la p arte baja de la casa y del cuerpo: te conviertes en ambos, indistintam ente. Arrodillada en el excremento. M etamorfosis: m etáfora o metonimia. Me dirán: es un juego de palabras. Es verdad, u n juego de palabras. ¿Y si, casualm ente, la varita mágica fu era el dedo de la designación, el dedo de la prestidigitación? ¿Dedo vengador, o mano que bendice, acompañados de la palabra, que maldice o bendice? ¿Y si la varita fuese la lengua, pico de oro o lengua viperina? D esigna un espacio, divide en a rrib a y abajo, el cuerpo y la casa, lanza un encantam iento. ¿Y si el h a d a —fata, fateor— fuera u n a bella m ujer de labia, que arroja palabras, destinos, beneficios o maleficios? ¿Y si lá m etamorfosis sólo fuese u n juego de palabras, calam bur, casi fonético*! ¿Si ella no fuera m ás que m etábasis en ge­ neral? ¿Y si la esperanza de am or y de fortuna, príncipe encantador y tesoro enterrado, si la circulación pensada de las m ujeres y de los bienes, estuviese sim ulada por la circulación de la palabras, las trasposiciones secretas de sentido ocultas y de los signos traducidos, codificados, ci­ frados, ilegibles? ¿Y si las transferencias de la libido es­ tuviesen simbolizadas por deslizam ientos de vocablos o de fonemas? N ada m ás coherente, entonces, que un juego de palabras. De donde se sigue el método experim ental de la

* Variación sobre la combinación de cul y cendre o cendré (culo en la ceniza, culo ceniciento). (N, de la T.)

trasm utación feérica: todo está en la varita y el abracadabra. Sí, efectivam ente, el sésamo abre la puerta, clavijilla y aldabilla. Lo que precede es en teoría, como cada uno sabe perfectam ente. Cenicienta, Cucendron es la clave de la anamorfosis. Partiendo de aquí h a n de padecer que el latín m e sirva de sobretodo, de m odestia, no, m ás bien de revelador. La m etábasis es traducción; o, mejor, el ejercicio del tem a reduce la trasposición a cierta invariancia. El juego de palabras queda congelado en la coherencia. U na vez m ás toleren descender al calabozo. ¿Qué hace la bella así llam a­ da? Limpia la vajilla ■ —cucuma, cucumella, cucum ula—; friega los escalones — cochlea o cuchlea■ —•, las habitaciones de esas dam as •—cubiculum , cubare, cubile, cubitus■ —■; les sirve de valet •—cubicularius-—■se acuesta en la p a rte supe­ rior de la casa —cenaculum es u n a pieza a la que se accede por u n a escalera-—, en u n reducto sin espejo —speculum ; y sepan que la ch a rlata n a m ayor tiene uno ta n largo que se puede ver de pies a cabeza—. A la pobrecita le queda la chim enea, el hogar, el fogón —focus—. Todo lo que toca el rey M idas es de oro. La palabra invade las cosas. Hay que lib rarse de ese prim er encantam iento. P a rtir de sus prem isas, de la form a banal en que el m undo es captado. Exeunt (en el baile) las m alas lenguas, aparece el h a d a m adrina que retom a el asunto en que Cenicienta fue abandonada. Tom a u n a calabaza —¡cucúrbita!— , haz un agujero, sólo se dom ina la natu raleza obedeciéndole, y he aquí u n a carroza ■ —currus—, vehículo p a ra correr —cucurri, de curro— o p a ra h u ir ■ —currículum ■ —, p a sad a la hora estipulada. Corre al baile, bella hum illada, y danza, es la fiesta, y tom a un galán —cuculus— como tu s herm anas. Ellas encontrarán, las codiciosas envidiosas, pero tu tendrás al hijo del rey: de fregona, te convertirás en la princesa de las princesas. Y el príncipe te ofrecerá n aran jas y limones, m anzanas de oro, como todos saben4 —citrium es cohombro, como curbita, y la calabaza innoble se convierte en tom ate. Sin embargo ¡cuidado! Vuelve a medianoche, al prim er grito

del gallo —cucurrio—, cuando el sueño pasa: todavía no has dejado la ceniza del todo, la tierra y la posternación. Prim er balance sobre la variación del tem a conocido. Apegamiento al segundo estadio: no se levanta ta n rápido del fango. Dejemos esto. El h ad a buena hizo los mismos estudios que la m ala: lingüísticos en parte, fonéticos sobre todo, de la m ano izquierda. Conociendo la receta, el protocolo preciso, el secreto revelado, quién sen tiría aprensión a tom ar a su tu rn o la varita? Juego de p alab ras, juego de niños. Prosigam os: aproxímese, le ruego, a la rato n e ra — m ustricula— ; la experiencia va a requerir cierta virtuosidad superior, u n a v a r ita —¿culticulal— m ás sabia. ¿La m adrina sería mejor m an d a rín que la m adrastra? Seis ratones de la rato n era serán seis corceles gris ratón, tres gordas ra ta s de un a rato n e ra se convierten en u n grueso cochero de bigotes, seis lagartos detrás de la reg u e ra h a rá n ver seis lacayos engalanados. Dionisio, el m al genio de Siracusa, iba diciendo, no sin razón, que el m isterio era la caza de ratones. Abramos la ratonera, adentro está el tesoro oculto. Del cartucho del ilusionista salen doce pañuelos, seis palom as, cien conejos que corren a esconderse, se escapan los luises, los frutos y los puñados de confeti. R atonera de bruja, ¿cómo te nom bras? M ustricula, laqueus, pedica, tra m p a p a ra a tra p ar las ra ta s , cepo p a ra pies ligeros, lazo p a ra anudar bobos: el h a d a sabe las canciones infantiles que señalan a quién le toca h a c er algo, y hace el cuento p a ra callarlas. Levantemos prudentem ente la tram p a •—cochlea, la tablilla de la liberación tiene el mismo nombre que los grados de la servidum bre— y dejemos salir el tesoro de cabo a rabo: mustricula. Aquí están los ratones, ¡vivan las ratas! E sta es la cantidad (seis, y hay dos ratoneras), este es el tem a que, decididam ente, no quiere abandonarnos. Con los ojos ven­

4 Esas m a la áurea, ausentes en el Pentameroiie, son tal vez un llamado discreto de la palm era dorada. Séneca ya lo h abía puesto en práctica en la Apocoloquintosis.

dados mezclemos; viene, por ejemplo m uscula. ¡Qué viene a hacer aquí este m usculusl Elem ental, m i querida ahijada: aprende que músculo tam bién se dicem usculus, el ratoncito, como lacertas, que no es otra cosa que el lagarto. Tu padre te lo h a b ía dicho, cuando eras niña: ¿lo que se mueve bajo la piel es músculo, lagarto o ratón? No sucede m ás que entre los hom bres fuertes: musculus, m asculus y la jugada está echada: lagartos o ratones, he aquí los hom bres. El tem a de tus h erm an as me sirvió de térm ino medio, como la carroza. Pero puedo prescindir de ellas, gracias al bello bigote, ornam ento m ayor de los ratones y de los hombres: dos caminos conducen al baile. Demos al m acho —m as— u n a fu sta ■ —m ástix, mastízo—y con los latigazos del cochero, la carroza se pone en movimiento. Perdón, faltan los caballos; no, ya piafan espumosos, librados de la ratonera: m us-culus o mus-equus, m ira cómo me han ayudado tus herm anas. M ira como todavía son grises —cinereus•—•: su vestim enta m ism a es tu nombre, si su naturaleza es el otro nombre. ¿La rato n e ra está vacía? ¡Claro que no! E lla queda laqueus, tan próxim a a lacayo —-pero laqueus quiere decir revestida, entarim ada, lo que te recordará las habitaciones de tus herm anas, de las que fuiste excluida. Q ueda pedica, y sabes m uy bien que lacayo es pedisecus: adivinas ahora lo que oculto y lo que queda de ignominia. Sobre el cuadro ratónrata-lagarto, caballo-cochero-lacayo, tracé las líneas, las diagonales y dos columnas; queda la ú ltim a columna, y la red e sta rá completa. Los lagartos se m eten detrás de la reguera alveolus, de alveus o alvus, el bebedero, o el abdo­ m en y lo que de ahí m ana—: ellos ya asim ilaron su oficio, están aferrados a la carroza, la calabaza vacía, “como si no hubiesen hecho otra cosa en toda su vida”. ¿Qué otra cosa hacer cuando se es lagarto*, si no es quedarse entram pado en el latín? Como sexóloga, la m ad rin a tiene un nivel diferente al de la herm ana: leyó a los grandes clásicos y consultó los mejores diccionarios. *

la T.)

E n el lenguaje familiar, tiene la acepción de perezoso. (N. d

A decir verdad, o aproxim adam ente, ese Lacertus no está ta n lejos de lucerna, m anto con capucha —cuculus. Es suficiente. Lacertus es un anim al en sí mismo metamorfósico: terrestre, el saurio, y m arítim o, la caballa; como locusta, que es saltam ontes, pero tam bién cangrejo y lan ­ gosta. El análogo griego Koípapcx; que es crustáceo, designa en la obra de Aristófanes, el anim al coprófago, escarabajo ■ — cochlea es caracol—, el escarabajo pelotero, insecto con cabeza de buey, quim era o m etam orfosis en el acto de cum plirse... (Cárabos —o, m ás disim uladam ente, Carabás— ) qué buen nombre p a ra u n hada, o el m arqués de un gato. C enicienta es una palabra, u n inm enso juego sobre una palabra. Los objetos se agrupan con u n a coherencia casi m atem ática, form an u n a red donde circula un sonido u ni­ tario. La variación francesa es, a su vez, u n a variación m odulada sobre el tem a, a condición de considerar que es u n tem a. Hay b astan tes teóricos agudos p a ra abordar ahora su herm enéutica.

T raducción tesis por tesis I. La brujería hoy en día "Cuando irrum pe, la b ru ja no tiene padre, ni m adre, ni hijo, ni esposo, ni familia. Es u n m onstruo, un aerolito v en id o de no se sabe d ónde. ¡Dios!, q u ié n o sa ría , acercársele.”5 Del don del ilum inism o lúcido, "deriva otro, el poder sublim e de la concepción solitaria, la partogénesis que nuestros fisiologistas reconocen ahora en las hem bras de num erosas especies para la fecundidad del cuerpo, y que no es ajena respecto de las concepciones de la m ente”. H erm án Melville, conocido por demonios y m aravillas, al final de su vida puso en escena al Diablo y el Buen Dios.

6 M ichelet, L a bruja. Garnier-Flam m arion.

Y p a ra indicar que Billy Budd y su pequeño caballo de silla son arcángeles, los hace sin padre ni m adre, venidos de no se sabe dónde: sine paire et sine niatre Melchisedec. Lo originario no tiene ascendencia, sacerdote sobrehum ano según la orden del profeta, cuyo padre está muerto: rito de sacralización viejo como la historia, los m itos y las reli­ giones, la magia... o lo novelesco del siglo XVIII. El rito es perfecto si la alianza de sim patía, como se decía, o de identificación, p a ra decirlo mejor, entre el autor y su tem a compromete al primero a h a b la r m ágicam ente de la b ru je­ ría, como en este caso, a revelar ocultándola (por el mito del mito) la transgresión de las prohibiciones, lúcidam ente a n a ­ lizada en el objeto, pero asum ida por él de p arte a parte. Digamos que oscuram ente, M ichelet se p retende el brujo de su bruja. Eliminado el genitor, suprim im os el genitivo, es decir, la m ujer. Entonces, el dios mismo m a ta su genealogía, arra n c a de cuajo el árbol de la vida de sus entrañas. Escuchen: no tuve padre, m urió ta n joven que el superyo m e fue evitado (en pocas palabras, Eneas con el campo libre, aligerada la espalda del peso de Anquises), mi m adre no fue n ad a o casi nada, mi abuelo con su barba se parecía a Dios Padre, hugoliano y grotesco, salido de su caseta una m añana de predicación. Esto en cuanto a la S agrada Fam ilia. Con respecto a la Vida oculta: vivía fu era ■del mundo, en levitación sobre un Sinaí de pisos y libros, independiente del Edén común a los lugares escolares, sociales, igualitarios. Soy extraño a la biología y la filogénesis, no tengo ombligo. Si mi autobiografía es u n a om phaloskepsis, como todo diario, ya se sabe que la m irada aniquila lo visto. F u era del grupo, no tuve herm anos ni h erm an as, ni compañeros, o análogos. ¿Mi vida pública? No tomé m ujer, no engendré hijos —salvo según la orden de M organ o sim ilares . F u e ra de la línea, fuera de la especie, fuera de los hábitos, fu era de la sangre y la genealogía, fuera de la ley de la sangre y en el círculo de m i propia génesis, existo en u n a sobrenaturaleza. De m an era que el p a ra sí deviene causa de sí. Se reconocen L as P alabras, evangelio, e s c ritu ra sag rad a, génesis de lo inengendrado, secundum ordinem Melchisedec. A través de

y p a ra el saber, el gesto de transgresión está cumplido; pero la línea es franqueada por un movimiento estereotipado, los antiguos esquem as de sacralización perm anecen, incluso (sobre todo) en el gran Brujo lúcido que quería disolverlos. Volvamos a la G enitora. La Bruja es prim itiva, unidad original de los pueblos (partogénesis), de las ciencias (con­ cepciones del espíritu), de las religiones (de Satán, ya "fi­ losofía perversa”). Com ienza el proyecto romántico, que aún no somos capaces de delim itar: exponer la totalidad del devenir, poner al desnudo el original, el suelo prim igenio virginal, proyecto que define el mito mismo, la contra ciencia o la no cientificidad, p a ra nosotros y p a ra las otras culturas. E l o rig e n r a d ic a l es el ú te ro —p a r a M ic h e le t, el Tabernáculo—■, preferentem ente partogenético, p a ra que la causa sui perm anezca sin precesión. La Bruja prim ordial sin antecesora es Eva, pasada, presente y futura, m ujer sabia y experta en contracepción,6 virgen y m adre, y, en este caso, obligada a casarse con su hijo, profeta en el espacio desolado del silencio, sa n ta en la orden de Satán, dotada de la belleza del diablo y arcaicam ente joven; sustituido en la serpiente el padre de la creación, la fiera indujo en ella el saber. Vemos cómo se desplaza, en 1862 —-y cien años después—, la histo ria de la S a n ta Virgen en las conciencias form adas p a ra ocultarla: ya se tra te de Eva o de Adán, solitarios en la ontogénesis y la filogénesis, aparecen de parte de S atán. En torno al m anzano (tom ates,* gordolobo, dulcam ara, beleño, ¿qué se yo?), partida, m uerte, ausencia de Dios, etcétera, la escena doméstica o la d isputa de herederos: Adán y Eva buscan ocupar cada uno el lugar vacío, a condición de perm anecer solos con la víbora... Pero en la teogonia popu­

6 M ichelet llam a a esto el lavabo, término exquisito para u na m isa negra. La descripción del m aterial no falta, pero visiblem ente eso choca al autor, que no hace la distinción entre lo sexual y lo genital. Todo el libro se construye por una serie de inversiones de la im agen m ism a del sabbath o de la m isa negra. * Pommes d ’am our (N. de la T.)

lar, los bellos cuentos p a ra prolongar la víspera de las chozas, perm anecen grosso modo sin variaciones. Lejos de m a ta r el m ito, se lo perpetúa, disminuido; por cierto, se voltea la pared. H abrá que llegar al pie de ese árbol de tres horquillas, el árbol genealógico de la agenesia. De m an era que el saber es descrito, vivido, asumido, como tra n sg re sió n : el tra n s g re s o r es sabio, el sabio transgrede: al p asar el lím ite, vuelve el espacio cultural como un dedo de guante, pero siem pre es el mismo espacio, que perm anece mítico. De donde siguen u n a serie de inver­ siones, sobre las que se erige la Bruja. La p rim era inversión hace que Fausto se convierta en M argarita. La ciencia no es otra cosa que la contra-ciencia: se encuentra al fantasm a que atrav iesa la pared.7 L a virgen originaria duerm e y engaña a los malvados. Conoce las virtudes de las p lan ta s (en el árbol, la víbora); m u n id a de la v a rita del m ilagro n a tu ra l (la bella confesión de androginia), comienza la in d u stria soberana que cura y restablece al hombre. D u ran te m il años, el único médico del pueblo fue ella, bella donna y consoladora, con belladona y h ierb a m ora. Simple y emotivo comienzo de las ciencias, como se señala en la Introducción y en "S a tá n médico”. ¿Se puede nom brar una ciencia que no se h a y a sublevado? ¿Sublevada contra la Iglesia? Sólo h ay un medio de conciliar los dos espíritus y mezclar las dos iglesias. Es demoler la nueva, la que en su origen fue declarada culpable y con­ denada. D estruyam os, si es que podemos, todas las ciencias de la natu raleza, el Observatorio, el M useo y el Ja rd ín Botánico (Edén contra Edén), la F acultad de Medicina. Todas fueron novedades de S atán. ¿La B ruja dom inaba el rayo? M iren el vapor y la botella de Leyden. ¿Cabalgaba sobre los aires? M iren a M ontgolfier. ¿Se comunicaba a 7 Por ejemplo, “atravesar la bóveda”; “franquea la cantera de u n solo salto”; “la tentación am orosa era saltar el abism o”; “en vano se creyó construir un muro infranqueable que separara el paso de un m undo al otro, tengo alas en los talones, volé por encima”.

distancia? M iren la electricidad del gTan arsenal satánico, el laboratorio. El Diablo es uno délos aspectos del Buen Dios (.Epilogo y fin de las Notas). Se tra ta entonces de u n a historia de las ciencias: de la histo ria na tu ra l, sobre todo de la botánica (valorizada, como está de moda) y de la m edicina, de la física o filosofía de la naturaleza, en- menor p arte. Espacialm ente, se desarrolla desde las landas salvajes al Ja rd ín Botánico, de la rabona a la F acultad de M edicina. M etafóricam ente, de la noche al alba. Más que u n a h isto ria es u n a prehistoria, cuyo fin es develar las condiciones de em ergencia del espíritu científico, condiciones de n atu ra le z a social, económica, psicológica — todas sum ergidas en el espacio de lo prohibido— . Indiscu­ tib le m e n te , la B r u ja es — a u n q u e de m a n e r a no tematizada-—■una psicoanalista de conocimiento objetivo, génesis del saber positivo: la form ación del espíritu médico. E n cierto modo, queda englobada la obra de Bachelard: a nadie asom braría el hecho de que sustente u n a filosofía del no. E n esa época, no se h a b ía aprendido a decir prehistoria, ni formación , ni génesis, n i arqueología —M ichelet, no obstante, la emplea de m an e ra clara—: se decía lisa y llanam ente leyenda, es decir “cómo es preciso leer”, cómo se debe in terp retar, cómo conviene descubrir las condiciones secretas del nacim iento de u n saber. Acérquense a la vida dram ática “de u n a m ism a m ujer du ran te trescientos años” y serán instruidos acerca de la n atu raleza singular de esta historia. Volveremos sobre el método simbólico. E n la búsqueda (a ciegas) de las condiciones genéticas, M ichelet bucea en tre s direcciones: en los basam entos psicoanalíticos, en las in fraestru ctu ras socio-económicas, en los tem as genealógicos de la valuación nietzscheana. La trip le raíz de ese am or brujo desciende a Edipo, a la lucha de clases, al dionisismo del sabbath. El texto está en equi­ librio: descifra sueños (“cuando se volverá com pletam ente de ese prodigioso sueño de casi dos mil años”)8: describe la revuelta popular, revela la eficacia del empuje dionisíaco. E sa compensación, esa ponderación entre tres métodos, ese

equilibrio sobre trípode sibilino, esa igualdad de los puntos del tricornio, le im pide llegar a fondo; La Bruja es y no es L a Ciencia de los sueños, o Moisés, E l Capital o el M anifiesto, E l Nacimiento de la Tragedia o L a Gaya Ciencia. Es todo a la vez y ninguno de ellos. Más aún, la crítica duda: o el texto es vina encrucijada, o sus métodos no tem atizados perm anecen ta n vagos que, a la inversa, puede ser el objeto sucesivo de tres métodos de lectura. O resum e el rom an­ ticismo o es el objeto electivo de los métodos rom ánticos: nuevo equilibrio. Volvamos a la h isto ria de las ciencias, tra ta d a sim ul­ táneam ente en tre s niveles, casi freudiano, casi m arxista, casi nietzscheano. Es u n a arqueología de la m edicina, de la taxonom ía vegetal, etcétera. La leyenda pone al día el secreto condicional: lo secreto no está por debajo, sino del otro lado, no está oculto y por descubrir, está invertido y hay que darlo vuelta. Con respecto a los cánones rom ánticos alem anes, el método de M ichelet consiste en reem plazar el debajo por la inversa. El origen, el primitivismo, la condición previa al nacim iento no es tanto lo profundo como la otra cara de las cosas: in te rp re ta r es invertir. Ya no es el no de B achelard, la antítesis dialéctica, la oposición de los dioses simbólicos, la lucha de las pulsiones, es la inversión global, casi formal, cualquiera sea el dominio de sentido que m anipule. Y, ahí u n a vez m ás, M ichelet recupera todos los métodos de la época al mismo tiempo, o bien se hace explicable por todos ellos sim ultáneam ente. Sin duda, los resum e en la ingenuidad. La leyenda relee la h isto ria a la inversa; por cierto, la razón científica se consti­ tuye contra (en lo político, lo psicológico, lo epistemológico, etcétera) la razón constituida, pero sobre todo es el otro de la razón constituida. E sta es la serie que sigue el libro de p a rte a parte: hom bre y m ujer, sí y no, noche y día, am anecer

8 Los primeros siglos de la Edad M edia en que se crearon las leyendas tienen el carácter de un sueño”. Hoy diríamos: el origen de ese lenguajes está estructurado como un sueño.

y atardecer, fuera y dentro, lo alto y lo bajo (e incluso lo m uy alto y lo m uy bajo), lo puro y lo impuro, el bosque y el in ­ pace, los nóm ades y los sedentarios (am urados), la Sorbonne y Toledo (universidad diabólica), Dios y S atán, la palabra y el silencio, la n atu raleza y la an tin atu raleza, la nueva Iglesia reverso de la otra y sus sacram entos a la inversa, la m edicina y la ciencia al revés, la vida y la m uerte, el remedio y el veneno, etcétera. La serie puede ser descifrada ad libitum al m enos según tres claves: adem ás de la antítesis retórica de los m anuales de tropos, la alienación dialéctica, u n a teom aquia m ítica o la transgresión del psicoanálisis. S atán o el Otro conduce el sabbat, la m adre de la razón es la sinrazón m ism a, el origen de toda cu ltu ra es la n a tu ­ raleza, el comienzo del Derecho es el in-pace, donde se albergan am urados vivos, culpables y condenados, leprosos y poseídos, locos y toda clase de sujetos-objetos reducidos a la cuarentena. E sa génesis de la racionalidad es ya u n a H istoria de la locura, a través de la razón y la sinrazón. E sta génesis de la libertad es u n a histo ria de la alienación, a través de la deriva y el encierro. Así, el sujeto originario del saber no es el Mismo, sino Otro.. El Otro en general, ya sea alienado, demoníaco, delirante, transgresor, resum e for­ m alm ente los tres otros singulares, los tre s otros modelos de la "filosofía perversa”.9 "Al contrario de la Sibila, que parece m ira r el alba, ella m ira el atardecer (in terp retar lo sibilino, es d ar vuelta su lenguaje); pero ju sta m e n te el ocaso sombrío es, mucho tiempo antes del alba u n a au ro ra an­ ticipada del día”. La Bruja fue la M ism a, joven y bella, mezclada con el pueblo. Al volverse la O tra es tra ta d a como tal, an tes que, liberada de su in-pace o vu elta de su errancia nocturna por las landes del Oeste, vuelva del brazo con S atán a la universidad. O bien: sobre el trípode original, ciencia y religión hacen el mejor arreglo, nu ev a escena, u n a expulsa a la otra y ocupa el lugar. O bien, o bien..., la traducción es tres veces libre. Así, se puede leer tre s veces

9 Vide Supra: IIS parte, capítulo I.

la ley de los tre s estados m ism o-otro-m ism o: prim ero Rousseau, y Nietzsche, y Freud, Hegel y M arx, etcétera, proyectados en conjunto al estado no tem ático, en la génesisleyenda. Si se form aliza ese no tem ático, se obtienen las estru c tu ras de la obra de Michel Foucault en su prim er momento. “V ean por el contrario la im potencia de la Iglesia para engendrar. ¡Qué pálidos son sus ángeles, diáfanos! Se ve a trav és de ellos.” Es el lugar de la "monotonía... Cuando se in te n ta hacer hab lar a las Tes Personas... el tedio llega a lo sublime. De u n a a otra es u n sí eterno. De los ángeles a los Santos, el mismo sí. Estos, en sus leyendas, tienen todos u n aspecto de parentesco soso, e n tre ellos y con Jesús. Todos prim os.10. Dios nos guarde de vivir en un país donde todo rostro hum ano tiene esa desoladora sem ejanza, esa igualdad dulzona. Lo poco que [los Elegidos] tienen de activo se concentra en el círculo cerrado de la Im itación”. “Imiten, todo ira bien, R epitan y copien. Los libros copian los libros, las iglesias copian las iglesias, y no pueden m ás que copiar. Se roban las unas a las otras. La pálida retórica... copiada, cargada sobrecargada irá de siglo en siglo. Escuchen y obedezcan, etcétera.” El gran principio satánico (todo debe invertirse, exactam ente al revés de lo que hace el mundo sagrado) es, a su vez, invertido.11 El Otro, visto por el Mismo, e stá alienado. Pero el Mismo, visto por el Otro, liberado, convertido en sujeto, vive en el espacio de la sim ilitud, de la repetición, de la transparencia y de la copia. En prim er lugar, el otro está encerrado, am urado: “El señor del valle hace su cabalgata, pone los lím ites infranqueables e incluso invisibles..., el señorío está cerrado, el señor, bajo pu erta y goznes, lo tiene cercado del cielo a la tie rra .” Llevada a cabo

10 La repetición es la genealogía de lo Mismo. 11 D esde otra perspectiva, M ichelet lleva a cabo la inversión de la inversión en el nivel de la polémica. Por ejemplo, el infanticidio, pecado de bruja, es de hecho un crim en m onástico, la m isa negra, rito de bruja, es pronunciada por el sacerdote, etcétera.

la transgresión, traspasado el m uro, abierta la bóveda, el Otro explora el campo y se vuelve p a ra ver al Mismo “en un círculo estrecho”, curiosam ente, el de la homotecia y del paralelism o. Cosa válida p a ra la palabra: "M iraban en sus libros, aprendían, repetían palabras. ¡Palabras! E sa es toda su historia. E n resum idas cuentas, fueron una lengua. Verbo y verbalism o es todo. Les qu ed ará u n nombre: Palabra”. Es válida p a ra el nacimiento de la taxonom ía vegetal, como ya vimos. E n cuanto al oro, hay que ver el derecho de impuesto y el doble sentido de posesión. De ahí la bella escena en que se intercam bian bienes (los sacos de trigo, la bolsa de oro), palabras (el pacto), m ujeres (la b ru ja m ism a).12 Es la se­ gunda etapa, la de Las Palabras y las cosas, la de la in ­ versión de la inversión, en clave sociológica.13 He aquí la última: “No m e pertenezco m ás”. La m ujer prim itiva es sujeto del saber-transgresión, es objeto de intercam bio. Dos razones en u n a p a ra suprim ir el yo. El yo es atributo esencial del Mismo; cuando el Otro toma su lugar, e stá munido del atributo esencial inverso: la nada del yo. M atar al Mismo, es m a ta r al yo. La contra-ciencia no tiene sujeto; su sujeto ya no es m ás que el conjunto de claves, la tela de Penélope14 donde los objetos son recogidos, circulan y constituyen el mundo del sentido. Es de rigor que al cabo del itinerario desaparezca el Ego. Que n u e stra modernidad crea ten er la elección, puede ser. Que la situación no es nueva, es evidente. Al cabo de la transgresión queda la m u erte del padre y la divinización del Hijo, las Palabras renuevan la instancia urdida sobre el m onte Citereo; queda la m uerte del Hijo, del hom bre-dios, queda el complejo de Isaac,15 es la instancia tra m a d a sobre el m onte Morija: el carnero-sustituto tiene los cuernos enganchados en el m a-

13 La representación, al modo de M auss, term ina con: “Ellos ríen ”. 13 Cf. “El regreso de la n ave”, supra, II, 1. 14 Vide su p ra : Introducción. 15 Cf. E l Complejo de Isaac, por aparecer.

torral. De hecho, la situación renace: en la tensión entre cierto helenism o y cierto judaism o, debe a b rir la nueva cientificidad. Es urgente, es vital p a ra la filosofía que el siglo XIX nos sirva al fin de nueva Edad. M edia. El nuevo R ena­ cimiento e stá por darse.

II- La Brujería, ayer Por su equilibrio ta n poco estable, por la cómoda síntesis de los tre s grandes métodos rom ánticos, la B ruja nos en­ vuelve por todas partes, todavía estam os ligados a sus profecías. Volvamos al Tricornio. El análisis simbólico es la prim era vía. M ichelet se excusa de no h a b la r de la brujería, de h acer vivir a la m ism a m u je r t r e s c ie n to s añ o s. Q ué e q u iv o c a c ió n , si los inengendrados son inm ortales. Y en la época rom ántica nadie consideró de otra m anera el devenir; faltab a una Sibila en la galería de los símbolos: el Esclavo, A braham , Sócrates, A riadna, Electra... No u n a b ru ja histórica, sino un universal concreto, u n a form a ab stracta sa tu ra d a de reali­ dad.16 Se debe redescribir la génesis de la ciencias o el nacim iento de lo trágico, la B ruja y sus avatares son a la u n a lo que Dionisos y su pasión son a lo otro. La leyenda y la genealogía son isomorfas. ¿Que no h ay n a d a propia­ m ente histórico en esos esfuerzos?, ¿quién lo requiere? El hecho de que sólo haya prehistoria es la evidencia. Y la B ruja es o tra vez un mito, un mito de origen; su movimiento, paralelo al método nietzscheano, sirve, a su vez, de revelador p a ra el segundo. Así como la h istoria de M ichelet no es una historia, la filosofía de Nietzsche no es u n a filosofía en el sentido ordinario. Puesto entre parén tesis el método reflexi­ vo, él estudio de la leyenda es u n a leyenda, el estudio de la

16 “Mi fuerza es partir no de una entidad vacía, sino de una realidad viviente, la Bruja, realidad ardiente y fecunda”. H eine cuenta que a M ichelet se lo llam aba “Señor Sím bolo”.

m itología es u n a mitología. B asta identificarse con Dionisos, con la Bruja. E sta es la verdad de un siglo que comienza en Schelling y term in a con la cenizas y la miel, pero tam bién la verdad de la historia o de la filosofía, como elementos culturales, incorporados al Mito. La dem ostración podría llegar a los detalles. La búsqueda del origen, la recuperación global del porvenir y la repetición del prim er momento (eterno retorno), el método por tipología, dram atización, personajes simbólicos, panteón..., la tonalidad religiosa global y la instauración de u n a ateología nueva, etcétera, conducen a ese resultado: en su conjunto, la filosofía de N ietzsche se construye según el orden del mito. Es un mito, indudablem ente el nuestro, que no h a dejado de em brujar a nuestros contemporáneos. S ería necesario desarrollar la demostración. E sta es tanto m ás fácil cuanto que ahora disponemos de elem entos seguros, la comparación estruc­ tu ra l. Recíprocamente, la analogía revela a la Bruja como u n a figuración del mismo tipo. ¿Implica u n a vuelta al personaje simbólico central, que es incapaz de ver la no pertenencia como atributo esencial de los dos héroes de los dos nacim ientos, la explosión del principio de individuación en el sabbath, la fiesta y la orgía? Se m a ta a Dios en la m isa ne g ra y la que ya no es dueña de sí m ism a17 quebranta su propia individuación. Los m ism os resultados vuelven, in­ v a ria b le m e n te . P ero se s u m a el hech o de que la desagregación del ego condiciona la aparición del método simbólico y recíprocamente. O scuram ente, el texto de M ichelet designa un segundo camino: “levanta de los bajos fondos cosas increíbles que h a b ría n quedado ahí; va dragando, abriendo los fangosos subterráneos del alm a”. La prim era parte, que es la que estam os tra tan d o —la segunda es u n a serie anecdótica-—-, se term in a con u n a descripción d etallada de la m isa negra. Es evidente que si bien re tra ta u n a historia, u n a génesis, u n a arqueología, es decir, tam bién e stá construida como

17 “N i es de Satán, ni de Jesús. No es nada, no tiene nada”.

representación con un solo celebrante, sujeto y a la vez objeto de la historia y de la representación, es decir, tam bién e stá construida de acuerdo con el orden del sabbath, o de la m isa negra. Se autoexplica por implicación, por proyec­ ción del sabbath sobre sí mismo. Es de rigor que la m isa, la cena, sea presentación de la histo ria y del sacrificio de Cristo; el oficio invertido rep re sen ta el vuelco de la misa, es decir, la h istoria o la leyenda al revés. De m anera que el sabbath es la inversión ordinaria de la liturgia, pero además la presentación de la leyenda de los sacrificados, el rito correspondiente a la genealogía del Otro. Se tra ta de la relación ta n conocida del rito con el mito, por dram atización, o del mito con el rito, por representación, Conforme al mito, la prim era p a rte se term ina con el oficio que le corresponde, y uno explica al otro, y recíprocam ente. Sería fastidioso ir al detalle: la injuria a Jesú s del Introito corresponde a la m u erte de los dioses, y el coito estéril al origen partogenético; el festín que sigue donde se vierte cerveza y sidra, a las fiestas del segundo capítulo donde circulan la leche y el vino;18 en cuanto a la m ujer-altar, véase como en el curso de la histo ria “cae en cuatro p a ta s”; con las ofrendas se corresponde la subida del im puesto, y así sucesivamente. Planteado este principio crítico, cuyo desarrollo no ofrece dificultad, resu lta que el in terés m ayor no está ahí; porque la escena final que ritu aliza la totalidad de la historia se term in a con el cuadro fundam ental, ése hacia el cual se encam ina todo libro, como si esa escena fuera el fin de la búsqueda, la finalidad últim a de la transgresión, aquello por lo cual todo era vivido, sufrido, representado, deseado, escrito: la práctica del incesto. D ragar los bajos fondos fan­ gosos, ir hacia lo increíble que allí h ab ría quedado, es, a fin ■'.-de cuentas, al cabo de la leyenda anam nésica y del rito a contrapelo, descubrir el Edipo. He aquí “el gran baile travestido que perm itía cualquier unión, sobre todo entre p a rie n te próxim os;... el fin principal del sabbath, la lección,

18 Cf. L e Festín, le B anquet et la Cene, por aparecer.

la doctrina expresa de S atán, es el incesto”. M ichelet retro ­ cede u n momento: “esto es difícil de creer’5.19 Y como p a ra confirm ar el principio crítico antedicho, el autor interrum pe el rito y retom a la génesis, la leyenda, p a ra que represen­ tación e h istoria culminen en el mismo punto, con el Edipo como núcleo de los dos m ovim ientos. “M ism a habitación, m ism a cama..., llantos, u n a extrem a debilidad, el abandono m ás deplorable... Sucedía, sin que uno ni otro se diesen cuenta, lo que actualm ente sucede todavía con ta n ta fre­ cuencia en los barrios indigentes... donde u n a pobre perso­ na... sufre todo.” Curiosam ente, las notas finales vuelven sobre la cuestión, p ara darle u n a in fra estru c tu ra económica y social, sobre la que nos referirem os (el adúltero es noble y burgués, el incesto es el estado general de los siervos), pero sobre todo p a ra darle el estatu to de lo que se descubre juzgando y analizando un Sueño. E n el curso de u n sueño gigante de dos m il años, la h isto ria del m undo instituyó u n a cosa "enorme, única”: el incesto. La página pertenece al psicoanálisis, a escala filogenética. El Edipo está completo: el parricidio no falta (“el hijo, si tuvo éxito, ve en el padre u n enemigo. Un aire parricida p lan ea sobre esa casa”), ni la m enor im portancia a Electra. E n el balance, la em presa genealógica, arqueológica, desemboca en el esquem a ordi­ nario: es u n a anam nesis que descubre la figuración edípica. Al fin del camino, el libro de la transgresión recoge la prohibición del incesto. Se dice que p a ra S atán dicho crim en era virtud; reco­ m endaba especialm ente esa unión. “No h ab ía buena bruja que no naciera del amor de la m adre y del hijo” (cita de Lancre). La g ran genealogía se vuelve sobre sí m ism a y la escena final es el cuadro prim ordial, el secreto del origen. ¿Quién pretendía, en la leyenda, que la Eva prim itiva llegaba de no se sabe dónde, u n a aparición de aerolito caído del cielo, sin padre ni m adre? Pero no. Consumado el parricidio, ella proviene de la m ad re y del hijo: virgen y lugar

19 Idem.

electivo de la partogénesis, m adre del saber contra-saber, es h ija de la transgresión prim ordial.20 Se tra ta de un círculo y de u n retorno m ítico, el de los m isterios y de la germ inación, el de la anam nesis y de los ritos agrarios: “por u n error mío, creían im ita r el inocente m isterio agrícola, el eterno ciclo vegetal, en el que el grano resem brado en el surco hace el grano” (de donde proviene la valorización de la botánica). “Así los secretos de m agia (la ciencia arcaica) quedaban bien concentrados en u n a fam ilia que se renovaba a sí m ism a”. La virgen es h ija de dios, m adre de dios. Los m ism os resultados se rep iten incansablem ente: el secreto de la agenesia es esa genealogía, y el sujeto es la fam ilia edipiana. La genealogía del Otro es casi u n a repetición. “Se dijo: el gran P an h a m uerto. Pero helo aquí en Baco, en Príapo, im paciente por el largo aplazam iento del deseo, am enazante, ardiente, fecundo”. La vía dionisíaca conduce al Sabbath, que term in a con los amores entre la m adre y el hijo: he aquí la vía edípica. L a ciencia y la filosofía clásicas no conocían m ás que al sujeto y el objeto: llega el tercer hom bre, el sujeto del Deseo, que establece las contra-ciencias y la filosofía del progreso-transgresión. E ste tercero no puede decir ego, porque su verdad es la desindividuación, la explosión y la desintegración del yo, “rey de la m uerte, rey de la vida”. La leyenda exige la lectura de los trasminados, form as m íticas y bajos fondos del alm a.F alta leer las infraestructuras. Así como M ichelet duda ante el método nietzscheano o ante la anam nesis psicoanalítica — asu­ miéndolos a ciegas—, tam bién duda an te las teorías so­ cialistas: lejos de la dialéctica, no va m ás allá de las inversiones, lejos de la lucha de clases, se queda en el populismo. Sobre esto ya se dijo todo, no hay necesidad de

20 C onscientem ente dejé de lado toda la herencia, todavía tem atizada, del marqués de Sade. El sádico es el castellano, otras veces el inquisidor. A propósito de la historia ordenada como un sabbath y del sadismo, habrá que subrayar la flagelación, la cru­ cifixión y el gran grito de desam paro, traducido casi exactam ente del lam a sabacthani.

extendernos;21 salvo, ta l vez, con respecto a la ingenuidad del esquem a casi m aniqueo, B arbazul y G riselda,22 que proyecta sobre la sociedad las distinciones comunes. La B ruja es el libro del Otro, el hum illado, el ofendido, el sublevado: modelo del libro de la m iseria, del h am bre, del atropello político, del sometimiento, de las subidas de im ­ puestos y de los feroces excesos del feudalismo. Por eso el tem a term inal del incesto retom a las tres vías de la fuga: esquem a simbólico, transgresión sexual y complejo fam iliar o genealógico, por últim o, comunismo económico. "El incesto es el estado general de los siervos... Incesto económico sobre todo, resultado del estado m iserable en que se los m an ten ía. Como las m ujeres tra b a ja b a n menos las consideraban bocas inútiles. Con u n a en la fam ilia bastaba...Sólo la m ayor de las herm anas se casaba y cubría ese comunismo con u n a m áscara cristiana. H e aquí el fondo de ese triste m isterio”, que “apenas si se encuentra en la extrem a m iseria”. E sta es la razón por la cual la virgen-m adre está sola, en el seno de la sagrada fam ilia. La economía explica la transgresión, é sta es u n a revolución anticipada. Punto de equilibrio y de tensión, vacilante y vibrante, L a Bruja es cruce de tre s vías, en adelante triviales. Sabia en su ingenuidad, asum e y resum e ciegamente el esp íritu de su época. En la época rom ántica, esos caminos no p arecen convergentes; nuestros contemporáneos buscan producir la intersección a tra v é s del estru ctu ralism o . D e a h í la aproximación de nuestros tejidos formales a la te la u rd id a por Michelet, de ahí la analogía de nuestras invenciones a tre s voces con la fuga com puesta en las noches de sabbath. Por añadidura, en cada línea melódica, para cada dominio

21 Cf. Paul V iallaneix, L a Voie royale: essai sur Vidée de peuple dans l’oeuvre de M ichelet, D elagrave, 1959. 22 Cf. la “buena m ujer gruesa del pueblo” y los obispos del gran mundo; si el pueblo es por naturaleza bueno, fuerte y poderoso, puede ser deshonrado por los grandes: un “patán necio y ladino”, la “canalla de los J esu ítas, sus clientes, sus mendigos, qué sé yo qué

de sentido — el no-dialéctico, el de la no transgresión, el no m ítico— , la virgen partenogenética perm anece como la m atriz viviente de la filosofía de la noche de ayer: la hija m enor titu b ea an te el espacio in q u ie ta n te y libre de su m ayoría de edad. Al día siguiente del sabbath, se lev a n tará al alba, priv ad a de am or brujo, ¿el pensador m atricid a arrojará al otro lado de los m atorrales los dos tricornios empalmados de los que estaba tocado?

CONCLUSIÓN

A parición de Hermes: D on Juan U n a e sta tu a es un objeto de arte, o u n icono ritual. En la época clásica, por añadidura, se convierte en autóm ata desollado, aparato de laboratorio, modelo mecánico de los seres vivos: después del robot cartesiano, Condillac describe la experiencia (im aginaria) de u n a estatua. La estatu a del Com endador es una m áquina, la m uerte de Don Ju a n u n a m aquinación: entre candilejas y m aquinaria, Moliere no va a m orir en form a diferente. El ateísmo aritm ético del gran señor m alintencionado triu n fa en el cuadro final, cuando a rrib a el deus ex m achina} El mujeriego es un hom bre de ideas: el prim er héroe de la m odernidad. Creo que Moliere era consciente de todo esto; adem ás el público lo escuchaba y, por lo demás, lo comprendía ta n bien que el espectáculo fracasó. ¿Cómo soportar u n a representación que m uestra a los que la m iran que los fantoches no están donde ellos creen, sino donde ellos están por lo que son y lo que creen? Don J u a n es el prim er héroe de la m odernidad, por el núm ero y el mecanismo, por la doble desesperación de la representación y de la voluntad. Pero lo es en otro sentido, sin duda m ás decisivo y ta n profundo, que apostaríam os que M oliere fue consciente de ello. Pensemos que silo fue, lo cual lo coloca como observador científico de la sociedad. Antes de

1 Cf. Les Etudes philosophiques, 1966, n°3, pp.385-390,

que se prohíba u n a hipótesis anacrónica, acaso h a y a u n a aproximación al m isterio de la creación literaria. Juzguem os de viso, y pensem os que se tra ta de un festín. * * * Según D a Ponte, K ierkegaard, Puchkin, R ank, etcétera, Don Ju a n es u n g ran aficionado al sexo: voluble viajero tra s u n amor im posible (único), m uerto por los renacim ientos de u n a irreductible culpabilidad, héroe de la D iferencia que se retira , en su últim o avatar, a un claustro español, p ara m editar bajo la im placable luz de las m esetas de C astilla, la antigua sab id u ría de Salomón: nada nuevo bajo el sol. Esto m ostraría a gusto h a s ta dónde el rom anticism o pro­ fundiza el tem a, y ocultaría en qué m edida lo m utila: p ara nosotros, Don J u a n ya no es m ás que un arquetipo de la m etapsicología. El personaje de Moliere casi no ofrece esos caminos a los a n a lista s de la motivación: es m enos profundo, en el sentido de Nietzsche. Por el contrario, su conducta es m ás rica en extensión, m ás completa; u n a vez m ás, el rom anticism o nos ciega, nos nos deja ver otra cosa que e s c e n a s de s e d u c c ió n p o r to d a s p a r t e s , c u a d ro s sobreañadidos, inutilidades. De hecho, el príncipe clásico es u n diablo de tre s cabezas, u n personaje de tre s conductas: como mujeriego, seduce; como hom bre de ideas, discurre; como hom bre de fortuna, difiere su deuda. El terc er hom bre es el revelador de los dos prim eros; está tres veces en escena: con el pobre que pide lim osna; con Don Domingo, su acreedor; en el único cuadro post mortem. :|: * $ Sganarelle: ¡mi salario!, ¡mi salario! (V, 7). Al fin, cada uno se siente recom pensado, contento y satisfecho: cielo y ley ■ —-la religión, la m oral y el derecho— hijas y fam ilias, padres y m aridos —el amor y la trib u —, todos resarcidos por la m uerte de Tenorio, todos salvo el criado. ¡Mi salario!, la p alab ra del fin, como es debido, es la m oral de la historia:

ru p tu ra de contrato, negación de palabra, abuso de confian­ za, fe sorprendida. M alintencionado, m al pagador, el amo no hizo honor a su prom esa. Sganarelle tampoco: le debe su salario a Don Domingo, a quien sacó fuera, haciendo poco caso de esas bagatelas (IV, 4). La cuenta no e stá compro­ bada, el balance no es equitativo. Eso es lo que sucede con la moral. Relacionemos, por sim etría, la subida del telón con el elogio del tabaco: "Dirige las alm as a la virtud, y con él se aprende cómo ser un hom bre de bien. ¿No ves realm ente, en cuanto se tom a, de qué m anera amable se comporta uno con todo el m undo y lo encantados que nos sentimos de ofrecerlo a derecha y a izquierda, en todas p artes donde estemos? No espera uno siquiera a que se lo pidan, y nos adelantam os al deseo de la gente; h a s ta ta l punto es cierto que el tabaco inspira sentim ientos de honor y de virtud a todos cuantos lo u sa n ” (I, l).2 Desde el inicio, la ley que va a dom inar la comedia, ley transgredida en p a rte por el balance final, ley escarnecida en toda peripecia, es prescrita sobre un modelo reducido. ¿Cómo llegar a se r virtuoso, a ser un hom bre de bien? Por la ofrenda antes del deseo, por el don que anticipa la dem anda, por la aceptación y la reci­ procidad. E x tra ñ a cosa el tabaco, su poder de comunicación, su virtud m aleable que conduce a la virtud. ¿Se sigue que ser m al hom bre, aún siendo gran señor, consiste en des­ preciar el tabaco, es decir, no querer plegarse a su ley, a la obligación y a la am abilidad del intercam bio y de la ofrenda? Negación peligrosa, en la que se arriesga la cabeza: “Quien vive sin tabaco no es digno de vivir”; aquél que no se integra a la cadena del comercio, que no pasa la pipa que recibió, a la prim era señal se ve condenado a muerte. E sa es la regla del juego,3 cuya ejecución conocemos.

2 A quí y en las citas que siguen el subrayado es nuestro. 3 "Si conservase ese don para mí, como está investido de un espíritu, m e podría sobrevenir el mal, incluso la m uerte”. Se trata de un texto del derecho maorí.

No encuentro qué agregar de nuevo con respecto al prim er cuadro: contiene todo, el bosquejo, la regla, la am enaza, el fin. Quedan las variaciones sobre la e stru c tu ra de intercam bio, legible en el pasaje del tabaco. Las tres conductas de Don Ju an , frente a las m ujeres, el discurso, el dinero, conforman tres variaciones paralelas sobre el tem a del tabaco. *

*

1

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Com ienza la demostración. E n tra el señor Domingo, en busca de su crédito. "Es conveniente pagarles con algo; y poseo el secreto de despedirlos satisfechos sin haberles dado u na dobla”, dice Don Ju a n de sus proveedores de fondos (IV, 2). El secreto e stá por verse. "Sé lo que os debo” (IV, 3), pero hablo, y fuerzo al señor Domingo a callarse; que se considere pagado con palabras. Pero no es suficiente, hay que pagarle con caricias. “Quiero entrañablemente” a la linda Claudine, y al pequeño Clotario que arm a tanto jaleo con su tam bor, y al perro Brusquet que lad ra tan fuerte (hagamos el m ayor ruido posible), y a v uestra esposa, la excelente m ujer. "Me inspira mucho interés" toda la tribu. “¿Sois m is amigos”l. Por mi p arte, yo soy el vuestro, “y esto sin interés, creédlo”. 0A brazadm e”, el criado va a deciros que os quiero bien. Pagado con palabras, pagado con caricias, sale el señor Domingo, consciente de haber sido envuelto, reducido al silencio y con la bolsa liviana. ¿El secreto? Es el siguiente: cruzar la triple ley de intercambio: no d ar tabaco por tabaco, es decir bien por bien, palabra por palabra, amor por amor, al contrario, dar palabra por bien4 y am or por dinero. El acreedor puede entonces correr por el campo. Es tradicional que el intercam bio se realice en el curso de un festín', los prim itivos lo saben, los guerreros, novios y tra ta n te s de caballos tam bién. "Con toda libertad, ¿queréis cenar conmi­ go?”. No, contesta el acreedor, la cosa no es ta n factible: ya

4 Digo a todo el mundo, como a vos, que soy vuestro deudor.

que falta el intercam bio. ¿Quién no adivina que otro festín, que otra invitación (recíproca) a cenar, pronto va a term inar con la cuenta pendiente, otra y de hecho la mism a? ¿Quién no sabe que tales festines no son m ás que representaciones dram áticas de los dones y reposiciones, dram atizaciones de la ley de intercam bio? ¿Estam os en el nacim iento mismo de la comedia? U na vez m ás, es sabido que existe u n a sola m anera de rom per la ley, sin dejar de ser hom bre de bien, incluso llegando a ser un gran señor. D ar sin contrapartida, es conferirse honor y virtud, hacer brillar su poder: a eso se denom ina Limosna. ¿Quién no ofrece tabaco a quien está desprovisto, sin esperar devolución? Vayam os al bosque cercano.5 E stam os perdidos, ese cam inante va a indicarnos por dónde debemos seguir (III, 2). Lo indica y pide ayuda: su información es “interesada”. Respecto del interés, vol­ vemos a la regla del juego. El pobre la describe y se lam enta, como S ganarelle y el señor Domingo, como Don Carlos va enseguida a lam en tarse pero con respecto al honor (III, 4). Ruega todo el día p a ra que los que sean generosos con él sean colmados, p a ra que el cielo les “dé toda clase de bienes”. ' Si recibe, devuelve palabras sagradas, destinadas a que el donante ten g a a su vez buenas recaudaciones. La burla de Don Ju a n : en ese oficio se debe hacer fortuna, se debe estar “contento” y deben “ir bien los asuntos”. No obstante, el m iserable sigue necesitado, le falta el p an cotidiano. La contrapartida de la limosna, del don sin contrapartida, es el conjunto de la conducta del pobre. Es la única conducta de ru p tu ra en la que se puede dejar de lado la ley: devolver un bien con u n a palabra, pero la palabra es sagrada. En un prim er m om ento, Don J u a n sostiene la ley del cruce, pide su contrapartida: he aquí un luis, dadm e u n a palabra, y un momento después el luis por amor a la hum anidad. Es la

6 La escena tien e lugar no lejos del m ausoleo del Comendador. Las lim osnas a los pobres complacen a los m uertos: se trata de una regla de derecho de los Bori.

escena que duplica la del acreedor: el gran señor da y quiere, a su vez, recibir eso con que él mismo pagó al señor Domingo, p alab ra por bien, amor por dinero. Da sim etría a su posición, porque la ley de la Limosna es ju sta m e n te ru p tu ra de la ley de intercam bio, la única ru p tu ra p erm itida en el contrato: como consecuencia, rompe la ley m ism a de ru p tu ra , y se encuentra de nuevo fuera de la ley. Exige contrapartida sobre el único intercam bio del que fue privado, exige la falsa contrapartida que acostum bra a dar. Pero, por un nuevo giro, niega la ley global, invirtiendo el valor mismo de la p alab ra y del afecto que requiere a cambio del luis: quiere s u s titu ir la p a la b ra s a g ra d a de la p le g a ria , por la profanación de la p alab ra sacrilega. “Te lo doy , si ju ra s ”; sustituye el am or del otro, o el am or de Dios, por el amor a la hu m an id ad ,6 que pronto pone en práctica al arrojarse, espada en mano, a un combate dudoso, "desigual”. ¿Qué h acer en un festín, a menos que se intercam bie? Quien no asiste al banquete niega la ley del don y declara la guerra. Toda la cuestión va a ser llevar a Don J u a n a la cena en la que se comprobará su cuenta. En la espera, la deuda se acum ula, y en prim er lugar la deuda de dinero. No es la regla p ag ar con palabras y caricias: es preciso botín por botín. ¿La contra prueba? Sganarelle, cobarde, no se atreve a h ablar, no puede sostener el debate filosófico. P ara eso, sería necesario disponer de palabras, lo suficientem ente buenas como p a ra teorizar contra el amo. La v estim enta de médico otorga el saber, sustenta el honor de su traje. Ahora bien, el tra je de criado es de un viejo médico, dejado en prenda en alguna parte: “me ha costado dinero adquirirlo” (III, 1). Don J u a n fom enta el paso del dinero a las palabras: has adquirido privilegios, arte y razón. El discurso es po­ sible, y el Tratado del hombre podrá oponerse a la aritm ética

6 Cuando Sganarelle recibe el bofetón dirigido a Perico: “A sí está pagada tu caridad” (II, 3). De nuevo se trata de la inversión de la Limosna: el bofetón es en lo que se convierte el am or por la hum anidad cuando el otro es el caritativo.

del ateo. F a lta el amor: C arlota dice a su Perico: entrégam e am or y palabra, “te haré ganar algo, y tu tra e rá s m anteca y queso a n u e stra casa” (II, 2); precio que por dos veces rechaza Perico. Es a bofetadas como Don Ju a n busca con­ cluir el trato del queso.7 Dinero por m ujer, dinero por pa­ la b ra y la demostración se cierra. * * * D espués de la bolsa, la vida, en el bosque o en la playa. Don J u a n saca a Carlos de las g arras de los ladrones: nueva ocasión p a ra describir la regla del juego. Todavía es de debe y haber: “Lo m enos que os debo, después de haberm e salvado la vida, es el callarm e ante vos acerca de u n a persona a la que conocéis” (III, 4). Por la vida, al menos u n a palabra; pero por la vida, exactam ente la vida: “Perm itid, dice Carlos a Don Alonso, que le devuelva lo que m e h a prestado” (III, 5); yo “le debo la vida”, tengo “una obligación” que debo “pagar”. A Don Juan: "Veis cómo cuido de devolveros el bien que de vos he recibido.” De donde sigue el debate que separa a los dos herm anos de Elvira, escrupuloso esfuerzo entre “la in ju ria y el favor”, que se debe “p ag ar” conjuntam ente, entre el honor y la vida, que el Tenorio tomó y dio despectivam en­ te. Si el honor es m ás que la vida, el sobornador es deudor; a la inversa, el salvador queda con crédito. Aplazamiento de veinticuatro horas, para las “reparaciones”. Siempre se tra ta de la r u ta del tabaco. Don Carlos se quejaba am argam ente de e sta p auta, como de u n avasallam iento sobre su vida, su descanso y sus bienes. El Cid español se h a ablandado, h a perdido el "furor”. Pero, en v ista de la regla de intercam bio, Don Ju a n está fu era de juego nuevam ente, S u cam paña am orosa y m arí­ tim a se term inó por una jugada de tabaco, de la que pudo

7 D e todas m aneras, “no le cuesta n ada contraer matrim on (I, 1), dice de su criado. Y M atarían: “N o está bien m eterse en el cercado ajeno” (II, 5).

librarse gracias a Perico, el loco galán de la fría Carlota. El campesino sabe bien que el "rico señor” le debe la vida, ésa que él apostó y ganó contra el gordo Lucas (II, 1). Por lo menos, su provecho será de “diez sueldos”. Pero su pérdida es incom parable: inm ediatam ente aparece cornudo y gol­ peado: “no es é sta la recompensa por haberos salvado de m orir ahogado” (II, 3). A cambio de su vida, Don J u a n hace caricias a C arlota y d a bofetadas a Perico. La otorga a Carlos que lo justifica; la recibe del campesino y, como contra­ partida, tam bién la toma. L a demostración es estable: el m alvado e stá fu e ra de la ley de intercam bio, por el paso al tabaco. Hay que d ar y recibir. Dio la vida al herm ano de Elvira, la recibió del prom etido de C arlota y tomó la del Com enda­ dor, seis m eses antes, en la m ism a ciudad a donde lo a rra s tra u n a n u ev a belleza. Sganarelle no e stá tranquilo y participa a su amo de sus inquietudes. Así se sabe que Don J u a n h a tenido su "gracia en ese asunto”: la rem isión de su fechoría. Según la opinión del criado, la deuda no está saldada: “E sa absolución no h a extinguido ta l vez el re ­ sentim iento de los parientes y de los amigos” (I, 2). Lo cual de nuevo es la reg la del juego: vida por vida, el talión. La p alab ra del trib u n a l o la opinión del rey no son suficientes p a ra volver equitativo el balance. Será necesario que el héroe pague con su vida, acepte ir al festín, donde la e sta tu a le pide su m ano: “Dadm e la m ano”; "aquí e stá ”. Al prim er don, a la p rim era entrega, la rendición y la muerte. Tam bién entonces la dem ostración se cierra sobre sí m ism a: ley de intercam bio, negación de la regla, retom o al equilibrio. Y quien vive sin tabaco no es digno de vivir. *

*

*

La m ism a dem ostración con palabras recom ienza en el pretorio, cuando se term in a la juerga por dinero y el transcurso de la vida. Antes del intercam bio de sentido, la fe jurada, su modificación y sus sustituciones. Porque Don J u a n “habla como u n libro” (I, 2). ¿Cómo h u b ie ra podido

arran car a E lvira de sus votos conventuales si no a través de cartas, juram entos y protestas? G uzm án calcula de nuevo la regla: el ju ram en to inflam ado venció el obstáculo sagrado del convento. Si bien desam para a la h e rm a n a de Don Carlos, es incom prensible que tenga “el corazón p a ra poder faltar a su p alab ra” (I, 1). Una palabra por una m ujer, es cierto, pero la palabra es sagrada; tanto m ás cuanto que la m ujer e stá ligada por o tra palabra sagrada. Lo mismo sucede después del naufragio con respecto a C arlota, vincu­ lada con Perico por un juram ento de fe: “L a p a la b ra que os he dado” (II, 9). Pero, de hecho, el em barcam iento amoroso estaba destinado a q u itarla de su fe: el fin e ra tu rb a r el entendim iento de u n a p areja de am antes, "romper sus vínculos” (I, 2). M ás aun,:”Es preciso h acer y no decir; y los efectos deciden m ejor que las palabras” (II, 5). La palabra decide, su strae la creencia, si es sagrada: “ Q ueréis que haga juram entos insoportables? Que el cielo...”. “No ju réis”, ex­ clama C arlota, haciéndose eco del pobre al borde del agua, “no ju réis”, “os creo”. Segundo eco: “No, señor, prefiero morir de ham bre”... “preferiría estar muerta que verm e deshon­ rad a”. L a regla es clara: “voy de buena fe”, pero fe ju ra d a vale la vida. El cam inante, el campesino y el gran señor giran en el círculo perenne y encantado de la palabra, del oro y del amor. F u era de ese círculo, no h a y salvación; el que lo rom pe no es digno de vivir, Como prueba, la e sta tu a y los intercam bios obligatorios de invitaciones a festejar:' “Ayer me habéis dado la palabra de venir a comer conmigo.” “Sí. ¿A dónde hay que ir?”. “Dadm e la m ano”, etcétera. Es la muerte. La ley es pronunciada: justificar la p a la b ra dada. Esa es ahora la profesión de fe de quien no se ja c ta del “falso honor de ser fiel”. No estoy ligado a nadie, ningún objeto tiene esa v irtu d como p a ra forzarm e a la virtud. No per­ tenezco al prim er objeto que m e seduzca. Rompo el círculo de to m a r y d a r, de h a b e r y d e b e r, de o fre c e r y recibir."Aunque esté comprometido, el am or que siento por u n a beldad no compromete a mi alm a con u n a injusticia hacia las o tras”; la ju sticia y el derecho cam bian de campo;

“conservo los ojos p a ra ver el m érito de todas, y devuelvo a cada u n a los hom enajes y los tributos con que la n atu raleza nos obliga”. La obligación de devolver tributos está referida a la natu raleza, no a la ley sociológica o ju rídica o sacra. “No puedo negar m i corazón... y no bien un bello rostro m e lo pid e , si yo tu v iera m il corazones todos los entregaría.” A dquirida la victoria, se puede h a b la r como Alejandro con respecto a los otros mundos: “No h a y n a d a que decir” (I, 2). El círculo del don e stá limitado: no puedo resolverm e a quedar “lim itado”. La ru p tu ra del círculo o la ru p tu ra del contrato vienen de un intercam bio falsificado: dar diez mil veces la m ism a cosa (por lo tanto conservarla) p a ra adquirir (conquistar) diez mil cosas diferentes. ¿Cien m aravedíes v alen u n a p ia s tra ? Sobre el círculo cerrado del don intercam biado está la invención del movimiento perpetuo. Es la ley m atem ática: si recibo dos, sin devolver el contra­ valor, adquiero cuatro; tomo cuatro y no lo devuelvo, ad­ quiero ocho: serie creciente de injusticia (según Aristóteles y toda su filosofía). Creo entonces que dos y dos son cuatro, y que cuatro y cuatro son ocho. Si retom o lo que doy, puedo adquirir indefinidam ente. El acto de tom ar lo ya dado es la diferencia beneficiosa que supera la igualdad del derecho, que desgarra la relación de persona a persona y engendra la comunicación posible entre uno y varios; no hemos dejado el tabaco, ni al señor Domingo, ni al salvador del naufragio, se tr a ta de rom per el equilibrio de las leyes. Por el am or de diez m il bellas, por amor a la h u m a n id a d , ser "pretendiente del género hum ano”, “pretendiente de todas las m anos” (I, 1), que nunca da su mano si no es p a ra recuperarla, salvo en el festín fatal. Un fanático fu era de la ley de la razón, un “perro” fu era de la ley del hom bre, u n “diablo” fu era de la ley de Dios, u n “turco” fuera de la ley de E spaña, un “herético” fu era de la ley cristiana, todas estas reglas constituyen una: dar la mano. Pasem os a la aplicación de la nu ev a regla de beneficio. E n tra D oña Elvira, la abandonada, no hace mucho víctim a de la p alabra, el juram ento y la fe. A su filípica, Don Ju a n responde con el silencio y em puja a Sganarelle al combate.

P a la b ra por palabra. Entonces, D oña E lvira tom a su lugar y le propone pagarle con palabras: la escena se vuelve equiparable a la del acreedor m endicante; la abandonada da todas las falsas razones del m undo que h u b iera debido dar al seductor: sois descarado, m entís, decís que viajáis por negocios, ju rá is que volveréis, etcétera. Con la espalda contra la p ared y por un nuevo giro, Don J u a n modifica la dificultad: es cierto, he roto el contrato, he faltado a la palab ra; pero, pensad en esto, sólo lo h e hecho por escrúpulo de h ab er inducido a vos m ism a a rom per u n contrato, a fa lta r a v u e stra palabra: “Os he arrebatado a la clausura de u n convento, haciéndoos rom per unos votos que os ligaban a otra parte, y el Cielo está m uy celoso de esta clase de cosas” (1,3). No estoy ligado porque vos lo estáis. Es que mi palabra no valía la v u e stra y el m atrim onio es nulo por adulterio (divino); al sopesar delicadamente las palabras sagradas (como enseguida en el balance en tre el honor y la vida), es la v u e stra la que im porta; el juram en to no vale los votos, n i la fe ju ra d a , fe cristiana; vuestros votos son perpetuos, los míos sólo son hum anos. Q ueda u n a diferencia deficitaria que nos debe a tra e r la “indignación celeste”, “la desgracia de arrib a”. De donde se sigue el estado de pecado, el escrúpulo, tem or y arrepentim iento. Así, es. preciso que retome m i libertad, p ara daros la posibilidad de “volver a v u e stra s prim eras cadenas”. L a sutileza del fuera de juego consiste en ocultar u n a ru p tu ra de común acuerdo detrás de o tra ru p tu ra de común acuerdo, en su stitu ir u n a palabra sacram en tal con otra (el sí del m atrim onio con el sí del renunciam iento), y así transform ar la diferencia deficitaria en diferencia beneficiaría: mi libertad contra vuestro encie­ rro. La dem ostración perm anece en el terreno de lo idéntico: se tr a ta de rom per la ru p tu ra m ism a, si el prim er momento deja en déficit. Sucede lo mismo en las escenas de dinero. L a conducta frente a las p alab ras sagradas es isomorfa respecto de la conducta referida a los bienes móviles: dos variaciones estrictam ente paralelas sobre el tem a del ta ­ baco. El fin es rom per la continuidad ig u alitaria de la circulación de algo en general. Noble cólera de Elvira: “No

esperéis que estalle aquí en reproches e injurias” (una vez m ás pronuncia u n a p alab ra sagrada). “No, no, m i enojo no v a a exhalarse en palabras vanas”. Asunto concluido: el juego de palabras es insignificante. E l ultraje y la ofensa van m ás allá del círculo ordinario del discurso. El desvío clam a venganza. De la p alab ra sagrada a la p alab ra verídica, se p asa de la infracción a la m entira, de la ru p tu ra a la im postura. El seductor pagaba con juram entos, el hipócrita paga con apariencias. Don Carlos, como Elvira, apenas le cree: “¿Que­ réis que me de por satisfecho, con sem ejante discurso?” (V, 3). Se h a visto a Sganarelle com prar un disfraz de médico, a Don J u a n proponer al criado intercam biar su traje: cambio de vestim enta, cambio de palabras, intercam bio de riesgo m ortal por dinero contante. Nuevo traje: el de la religión, in v estid u ra que daría cabida a la perm isión de ser "el hom bre m ás malvado del m undo”. D a la ventaja “de ten er crédito entre la gente”: hábitos por crédito, crédito por hábitos, el giro es fácil, siem pre el mismo (V 2). Don Luis hizo la advertencia:8 a fuerza de acum ular las presas, "habéis agotado [en el soberano] el m érito de mis servicios y el crédito de mis amigos”. Luego dictó la regla: las acciones gloriosas de los ancestros “nos im ponen el compromiso de hacerles el mismo honor” (IV, 6). E lvira eleva el registro pero sobre el mismo tema: “V uestras ofensas h a n agotado la m isericordia del cielo”, y pide su paga: “Hice toda clase de cosas por vos, y toda la recompensa que os pido es que enm endéis v uestra vida y que evitéis v u e stra pérdida” (IV, 9). Señalam os de paso que todavía Don J u a n vuelve a la estrateg ia proponiendo am or por discurso: quedaos aquí, es tarde, se os alojará. E n sum a, se lo ve convertido pero a la inversa: nuevam ente devuelve palabras por el crédito a la abandonada, a sus herm anos, a su propio padre, caído eii

8 El in tegra la existencia de D on Juan en el ciclo del intercam ­ bio: “D esée un hijo... lo pedí; y ese hijo, que obtuve fatigando al cielo con m is votos..;” (IV, 4).

el engaño. El cambio de vida, o el cambio de vestim enta, le devuelve la “gracia”, de la que "pretende aprovechar” como se debe h a s ta la reparación, la “remisión” de su deuda (V, 2). Que no h ay a equívoco al respecto, siem pre se tr a ta de la ley del tabaco: por su v irtu d comunicante y am able, el libertino profesaba no e sta r ligada (I, 2); pero el fingim iento es el buen tabaco p a ra hacer u n a casta; de ahí lo que dice el falso devoto: “a fu erza de m uecas se liga u n a estrecha sociedad con todos los miembros del partido” (V,2). Dad suspiros y haced caídas de ojos, estaréis a cubierto; bajo el escudo, la cábala cim enta vuestros intereses. De m an e ra que Don Ju an , como héroe solitario fu era de la ley común, no e stá solo, al contrario. La trib u m ism a sigue su ley ilegal: el pretexto contra el texto. El falso intercam bio genera la protectora célula social. La inversión se hace global. Don Juan: no soy yo quien rompo la promesa, vos sois la que h a fracasado en sus votos... h asta: no soy yo el hipócrita, la sociedad en tera es im ­ postura. Si b a sta con ofrecer tabaco, hagam os hum o y perm anezcam os con n uestros caprichos. El perro, el turco, el rabioso, el herético, el diablo son designados en la sociedad como hom bres razonables. Los españoles cristianos como u n a cábala de heréticos, de demonios, de perros rabiosos. E l Otro designa a los M ism os como a Otros: ustedes siguen mi ley y m e am enazan por no seguirla. La hipocresía im plica u n a distancia que es el m ejor criterio p a ra h acer ver, rep resen tar la sociedad ta l como es. ¿Cómo se puede ser turco? A cierta distancia, se describen objetivam ente las costum bres. No, Don J u a n no se hace devoto, perm anece como sociólogo, especialista en otomanos y sus ritos arcaicos de intercambio. U n a crueldad* m ás, con sus narguiles. Siendo u n héroe de la m odernidad, describe la sociedad contemporánea como una tribu de primitivos. *

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* “Turquerie”: no tien e equivalente en castellano (N. de la T.).

¿Qué sucede en tre ellos? Y bien, se intercam bian m uje­ res por palabras, juram entos y grandes dotes. L a dem ostra­ ción recom enzaría si en el Festín de Piedra no fu era inútil. Como se tra ta del tem a central, cada cosa puede ser leída de distinto modo. Se pueden tom ar palabras, sagradas o engañosas, se pueden tom ar bienes, dinero, m anteca o queso, y el resto se rá dado por añadidura: lo deducido se deduce.9 La tradición es b astan te explícita con respecto al seductor, como p a ra que lo dejáram os junto a su discurso y su crédito. “M al pagadas'por su am or”, Elvira, M aturina, C arlota aún te n d ría n fundam entos p a ra reclam ar su paga. Queda el festín, la m uerte. En el intercam bio de invi­ taciones a cenar, en la ida y vuelta de las visitas, curio­ sam ente, todo el m undo actúa de buena fe. Don J u a n visita la tum ba, lo que debe de complacer al Comendador, "estaría m al no aceptar el honor que le hago”. A la “cortesía de u n a visita”, el m atador se sorprendería si su víctim a no lo recibiera con agrado. Uno da y el otro debe recibir; de inm ediato debe devolver: puede invitarlo a cenar, a lo que la e sta tu a accede como es de rigor (III, 6). P rim er banquete: “¡A la salud del Com endador” (IV, 12)! Segunda invitación: “Os invito m añ a n a a cenar conmigo”. Don Ju an : “Sí, iré”, tam bién la resp u e sta es de rigor. Segundo festín: "Ayer me habéis dado v u e stra p alab ra de cenar conmigo. Así es. D adm e la mano. A quí está”, etcétera. Muere. El festín es el vínculo electivo del intercam bio: que exploren los caminos y m atorrales, el ban q u ete de bodas está servido. El gran señor no hace tra m p as con la regla suprem a, se rinde al lu g ar privilegiado de las prestaciones totales, a la rep re­ sentación final, de tipo agonístico, donde se com prueban todas las cuentas. A hí encuentra el último suplicio, a cambio de la m uerte del Comendador. Y no puede hacer tram pas, porque el festín, la fiesta, el banquete, es la pieza m ism a, no sólo por el título, sino por la realidad viviente. D on J u a n

9 “Sin ofenderte, compro para ti cintas a todos los m erceros que p asan...” (II, 1).

es un tratad o completo del don y del contra-don, pero con respecto a la experiencia colectiva, las estructuras del inter­ cambio sólo son representables y representadas, es decir, dram atizadas, en el curso de una fiesta. P a ra que el tratado fuese u n a comedia, hacía falta que Don J u a n fuese un festín. C om am os, b e b a m o s a la s a lu d de u n o s y o tro s, intercam biem os tabaco, p a ra acabar cuando u n a m ano in­ visible escriba en el m uro las palabras desconocidas de la m uerte. *

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La dem ostración recomienza: incom pleta, si no se la repitiese a voluntad. Al v a ria r tres veces la ley de intercam ­ bio de don, el gran señor a ú n a tres personas, la m ism a con tres rostros: m al pagador, sin palabra y m entiroso, m últiple seductor. Sin embargo, falta que la pieza se centre en el último, modelo principal de la estructura común a los otros dos, cuyo modelo reducido es la conducta que genera el tabaco. Los otros dos, reveladores de lo principal, siguen siendo m arginales, modelos secundarios. Retomemos en­ tonces la comedia en tera y hagam os girar tre s veces nuestro operador teórico. El modelo principal se fija en la circulación de las m ujeres, es el F estín de Piedra. U n nuevo giro y el modelo principal se fija en la circulación de los bienes, se tr a ta de el A varo, o del festín de M aese Santiago, m unido de los modelos secundarios sobre la circulación de las m ujeres y el dinero. Se puede hacer uso de la deducción con facilidad: fácil y claram ente, ésta se sum erge en el último detalle. Por estiram iento de la espiral exhalada del tabaco, se alcanza p a rte de la obra del m ás genial observador de las costum bres de la época clásica. Si abren ah o ra el Ensayo sobre el don,10 no dejarán de

10 M arcel M au ss, “E ssa i sur le Don. Form e et raison l ’éc h a n g e d a n s le s s o c ié té s archai'ques”, e n Sociologie et Anthropologie, P:U:F:, 1960.

decepcionarse. E ncontrarán ahí p a rte y contraparte, la li­ m osna y el banquete, la ley suprem a que dicta la circulación de los bienes de la m ism a m anera que la de las m ujeres y las prom esas, los festines, ritos, danzas y cerem onias de las representaciones, injurias y bromas; en contrarán el derecho y la religión, la estética y la economía, la m agia y la m uerte, la feria y el m ercado, p a ra decirlo en u n a palabra, la comedia. ¿E ra necesario erra r tres siglos sobre la m irad a glauca del Pacífico p a ra aprender len tam en te de los Otros lo que ya sabíam os de nosotros m ism os, p a ra a sistir a escenas arcaicas de u ltram ar, las m ism as que rep resen ta­ mos todos los días al borde del Sena, a la francesa, o en la cervecería de enfrente? ¿Pero hubiéram os podido leer a Moliere sin M auss? *

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N ietzsche dice que Dionisos es el p ad re de la tragedia, y describe la explosión del principio de individuación en el delirio extático del vino. ¿Es necesario decir que Herm es, dios del comercio, es el padre de la Comedia, por describir la c irc u la c ió n de to d as la s cosas, la com unicación interindividual en la fiesta del tabaco intercam biado? ¿Es el dios de la encrucijada, de los ladrones y del secreto, dios adornado sobre los pilares milenarios, de órganos viriles con fuerte apariencia, el que, como psicopompo, acom paña a Don Ju a n a los infiernos? La ris a es el fenómeno de la comunicación h u m an a (definición recíproca), paralelo a todas las comunicaciones objetivas de la fiesta: es inextinguible en la m esa de los dioses.

ÍNDICE

In tro d u c ció n ........................................................................ L a red de comunicación: P enélope........................ E stru c tu ra e importación: de las m atem áticas a los m ito s ........................................... ........................

9 9 21

Prim era Parte DE LA COMUNICACIÓN MATEMÁTICA A LA MATEMÁTICA DE LA COMUNICACIÓN C apítulo 1 MATEMÁTICA E l diálogo platónico y la génesis intersubjetiva de la ab stracció n .............................................................. L a querella entre antiguos y m odernos...................... A nam nesis m ate m á tic a s..................................................

43 51 90

C apítulo 2 FILOSOFÍA D escartes: la cadena sin e sla b o n e s.............................. E l diálogo D escartes-Leibniz.......................................... L a comunicación sustancial dem ostrada, more m a th e m a tic o .................................. .............................

135 153 189

Segu n da Parte VIAJES, TRADUCCIONES, INTERCAMBIOS C apítulo 1 DE EREWHOM AL ANTRO DEL CÍCLOPE Geom etría de lo incom unicable: la lo c u ra .................. El regreso de la N a v e .......................................................

205 234

C apítulo 2 DICCIONARIOS Loxodromía de los Viajes e x tra o rd in a rio s.................. Traducción palabra por palabra: C enicienta............. Traducción tesis por tesis: la B ru ja .............................

253 260 266

CONCLUSIÓN Aparición de Hermes: Don J u a n ..................................

283