El legado de Mula en la Historia

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El legado de Mula en la Historia

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El Legado de

Mula en la Historia

EXPOSICIÓN ORGANIZA Y PROMUEVE: Ayuntamiento de Mula Integral. Sociedad para el Desarrollo Rural COLABORA: Comunidad Autónoma de la Región de Murcia Consejería de Educación, Cultura y Universidades Dirección General de Bienes Culturales COMISARIO: José Antonio Zapata Parra DIRECCIÓN TÉCNICA: Juan Guillén Botía José Antonio Zapata Parra DISEÑO EXPOSITIVO Y MONTAJE: Patrimonio Inteligente S.L. (Carlos María López Martínez, David Valero García) TEXTOS PANELES Y VITRINAS: José Antonio Zapata Parra Carlos María López Martínez ILUSTRACIÓN: Pablo Pineda Fernández FOTOGRAFÍAS: Ayuntamiento de Mula José Antonio Zapata Parra Juan Gutiérrez García Patrimonio Inteligente, S.L. ASOME-UAB AEROGRAPH STUDIO, S.L. AUDIOVISUALES: Patrimonio Inteligente, S.L. (Juan Martínez García) SEGUROS: Mafpre ENTIDADES PRESTATARIAS: Ministerio de Educación, Cultura y Deporte Comunidad Autónoma de la Región de Murcia

Museo Arqueológico de Murcia Museo de Arte Ibérico El Cigarralejo RESTAURACIÓN PIEZAS: Museo Arqueológico de Murcia

CATÁLOGO EDITA: Ayuntamiento de Mula Integral. Sociedad para el Desarrollo Rural.

EMPRESAS: Patrimonio Inteligente, S.L. Silex. Arqueología y Difusión del Patrimonio. Carpintería Hermanos del Toro. Securemur. Rótulos Kamaleón. Jofranje, S.L. Pepe del Curtis, S.L. Ondacort Sureste, S.L. Hermanos Casablanca, S.L. Antonio Soriano Molina Inst. eléctricas Juan Sandoval Antonio García Sandoval

EDITOR CIENTÍFICO: José Antonio Zapata Parra

AGRADECIMIENTOS: María Isabel Muñoz Sandoval José María Botí Hernández Virginia Page del Pozo Luis E. de Miquel Santed Mª Ángeles Gómez Rodenas Manuel Lechuga Galindo Juan González Castaño Rafael González Fernández Juan Gutiérrez García José Páez Romero Real e Ilustre Cofradía del Niño Jesús de Belén de Mula Juan López del Toro Juan del Amor Ruiz Hermandad de Nuestra Señora del Carmen de Mula José Boluda Guillén Antonio Gabarrón García Nono García Hermanas Clarisas del Real Monasterio de la Encarnación de Mula Iglesia de San Miguel Arcángel de Mula Iglesia de Santo Domingo de Mula Oficina de Turismo de Mula Servicio de Mantenimiento del Ayuntamiento de Mula

FICHAS DEL CATÁLOGO: MIMS: María Isabel Muñoz Sandoval JAZP: José Antonio Zapata Parra RGF: Rafael González Fernández JBG: José Boluda Guillén DJBB: Diego Jesús Boluda Buendía

TEXTOS: João Zhilão Juan González Castaño Rafael González Fernández Juan Gutiérrez García Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada, Roberto Risch, Eva Celdrán, María Inés Fregeiro, Camila Oliart y Carlos Velasco. Virginia Page del Pozo José Antonio Zapata Parra

FOTOS DEL CATÁLOGO: Miguel Martínez Sánchez DISEÑO Y MAQUETACIÓN: Patrimonio Inteligente, S.L. (Miguel Ángel Jiménez Sánchez) IMPRESIÓN: Depósito Legal: ISBN: © de los textos: Los Autores © de las fotografías: Los Autores © de la presente edición: Ayuntamiento de Mula e Integral. Sociedad para el Desarrollo Rural.

El Legado de

Mula en la Historia José Antonio Zapata Parra Editor Científico

Índice Introducción.................................................................7 Estudios: Neandertales y Modernos en la cuenca de Mula João Zilhão..........................................................17 La Almoloya (Pliego - Mula, Murcia): Palacios y Élites Gobernantes en la Edad del Bronce Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada, Roberto Risch, Eva Celdrán, María Inés Fregeiro, Camila Oliart y Carlos Velasco.................................41

Los íberos en Mula Virginia Page del Pozo............................................61

La comarca del río Mula. De la romanización a la llegada de los árabes Rafael González Fernández......................................85 Mula bajo la dominación musulmana José Antonio Zapata Parra....................................119 Mula en la Baja Edad Media Juan Gutiérrez García...........................................153 La ciudad de Mula entre los siglos XVI y XX Juan González Castaño.........................................185 Catálogo...................................................................223

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Introducción

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or fin los muleños han visto realizado un sueño anhelado durante muchos años, un lugar de encuentro para la cultura, un lugar donde se cuente la historia completa de un territorio cuya principal referencia es la ciudad de Mula. Me refiero al recientemente inaugurado Museo de la Ciudad, ubicado en el Convento de San Francisco, uno de los monumentos más emblemáticos de nuestro municipio, que con gran esfuerzo ha sido rehabilitado para el disfrute de la sociedad muleña. Tras finalizar las obras de rehabilitación en 2013, el edificio permaneció cerrado durante algún tiempo, realizándose visitas puntuales a su interior en las que se explicaba la historia del monumento y su restauración. A finales de 2014, el que suscribe redactó el proyecto museográfico y de musealización del actual Museo, con el objetivo de que las colecciones arqueológicas del municipio, depositadas en los fondos del Museo Arqueológico de Murcia fueran mostradas en el Convento, lugar idóneo no sólo por sus características morfológicas, sino porque el propio edificio es un museo en sí mismo. El proyecto fue aprobado por la Corporación Municipal y enviado al programa europeo Leader, gestionado por Integral. Sociedad para el Desarrollo Rural, que concedió la subvención, siendo ejecutado por la empresa Patrimonio Inteligente S.L. bajo mi supervisión y la del arquitecto técnico municipal Juan Guillén Botía. Durante tres meses, revisamos más de cien cajas de materiales en los fondos del Museo Arqueológico de Murcia, para seleccionar de cada periodo cultural los materiales más significativos que pudieran completar el discurso histórico del Museo. Tras el diseño museográfico de las vitrinas, paneles y textos, dibujos e imágenes, el Museo abrió sus puertas en la primavera del 2015, con la exposición temporal El Legado de Mula en la Historia. 9

El edificio cuenta con espacios altamente sugestivos, pues desde el comienzo de la visita podemos contemplar elementos singulares del Convento. Tras cruzar el arco de sillares de la entrada, el visitante comienza un viaje al pasado histórico y arqueológico de Mula, siendo recibido en una gran sala donde se proyecta un audiovisual sobre el patrimonio cultural y turístico del municipio. Desde aquí, se accede al claustro bajo, primer espacio expositivo del Museo, donde el visitante no solo disfruta de la exposición temporal instalada al efecto, sino también de elementos arquitectónicos y artísticos del monumento, como son las bóvedas del claustro, las pinturas murales, la puerta original de entrada a la iglesia, la puerta del antiguo hospital, el patio, etc. En la planta primera encontramos la Sala Permanente. En ella, a través de un mueble expositor con catorce vitrinas repartidas a lo largo de siete ámbitos temáticos, el visitante emprende un recorrido lineal y cronológico desde la Prehistoria hasta la Historia reciente de la ciudad, comenzando por un audiovisual titulado El Legado de Mula en la Historia. Los ámbitos temáticos son: los primeros pobladores, la cultura ibérica, la romanización, la Edad Media, la Edad Moderna, la Edad Contemporánea y, por último, un ámbito dedicado el patrimonio cultural en Mula, que incluye una vitrina accesible a los visitantes con discapacidad visual. Las piezas seleccionadas proceden únicamente de yacimientos de Mula, destacando algunas de ellas por su singularidad al no haber hallado paralelos en otras excavaciones. Completan la exposición elementos arquitectónicos, documentación de archivo, grabados y fotografías de época, donaciones de vecinos, etc. Junto a ésta encontramos la Sala de Exposiciones Temporales, ubicada en la planta primera del claustro, también conserva elementos significativos del Convento. La sala dispone de vitrinas, peanas y sistema de 10

railes para colgar cuadros, pudiéndose realizar en ella exposiciones de diversa índole: pintura, escultura, arqueología, artes plásticas, etc. Se completa con la zona de administración, ubicada en la planta de cámara. En definitiva, el Museo Ciudad de Mula tiene como objetivo ser el centro vertebrador y dinamizador de la cultura, la lanzadera para conocer este espléndido lugar y el punto de partida para dar a conocer Mula y su comarca, su historia, arqueología, arte, naturaleza, costumbres, tradiciones y fiestas. La preocupación por la historia de Mula y su comarca tiene su origen en el siglo XVIII, cuando empiezan a publicarse historias generales de España e historias regionales y eclesiásticas, como las del Reino de Murcia, en las que comienza a aparecer nuestro municipio. Sin embargo, la primera historia completa de Mula no llegará hasta finales del siglo XIX, en esa oleada romántica de historias que los eruditos locales comienzan a realizar en busca de un pasado glorioso. En 1886, Nicolás Acero y Abad publicaba Historia de la Muy Noble y Leal Villa de Mula, el primer intento de reunir en una monografía todo lo que se conocía o se había publicado sobre Mula. Pocos años después, entre 1903 y 1916, Gregorio Boluda del Toro, estudiaba y recopilaba numerosos datos sobre la historia de Mula y su comarca, a partir de los legajos del archivo municipal, de los parroquiales y de viejas familias hidalgas de Mula, realizando un manuscrito denominado Apuntes para la historia de Mula, que no llegó a ser publicado, pero que se conserva inédito en una biblioteca privada. Habrá que esperar setenta años para que se publique una nueva monografía histórica. En 1955, Antonio Sánchez Maurandí, Cronista de la Ciudad de Mula, publica Historia de Mula, trabajo que respondía a las ideas de una época determinada pero que recoge gran cantidad de documentos, muchos de ellos trascritos y hoy perdidos, 11

que son de vital importancia para entender el devenir de Mula y de las principales familias de esta ciudad. En 1990, una serie de profesores, coordinados por Juan González Castaño, publicaron Síntesis de la Historia de Mula, un trabajo dirigido principalmente a los alumnos de bachillerato, que recogía parte de los trabajos precedentes y añadía los nuevos datos que aportaban las últimas investigaciones arqueológicas. Desde entonces, la producción bibliográfica y los estudios históricos relacionados con Mula han sido numerosos, sin embargo no se ha vuelto a realizar una historia completa. Con este catálogo, titulado El Legado de Mula en la Historia, queremos acercamos a la historia de Mula desde una nueva perspectiva: siete trabajos de investigación inéditos dispuestos cronológicamente desde la Prehistoria hasta Época Contemporánea. Para ello contamos con especialistas de cada periodo cultural, investigadores de primer orden a nivel nacional e internacional, con la particularidad de que todos ellos han trabajado en Mula y su comarca. Para la Prehistoria tenemos a João Zhilão, de ICREA - Universidad de Barcelona, que viene trabajando en los yacimientos de Cueva Antón y Rambla Perea, donde se han documentado restos de los utensilios de los primeros pobladores de Mula, en esa transición entre el hombre de Neandertal y el Homo Sapiens. Para la Edad de los Metales contamos con Vicente Lull y su equipo de investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona, máximos especialistas en la Edad del Bronce en el sureste, donde destaca la Cultura del Argar, y cuyo máximo exponente en la Región de Murcia es la Bastida de Totana, centro neurálgico y de control, bajo el que estaría el yacimiento de La Almoloya, situado entre Mula y Pliego y que tan espectaculares resultados está dando. Así mismo, la Edad del Hierro en Mula está presente en el archiconocido yacimiento ibérico de El Cigarralejo, donde se ha documentado el poblado, un santuario y una necrópo12

lis, estos últimos excavados durante cuarenta años por D. Emeterio Cuadrado y que dieron como resultado el magnífico Museo de Arte Ibérico de El Cigarralejo, bajo la dirección de Virginia Page del Pozo, colaboradora de don Emeterio desde su época como estudiante. Ella nos introduce en el mundo ibérico de Mula y su comarca, con especial atención al yacimiento de El Cigarralejo. La conquista romana del sureste a través de Carthago Nova pronto se vislumbrará en territorio muleño, periodo perfectamente conocido por Rafael González Fernández, profesor de Historia Antigua de la Universidad de Murcia, muleño que desde su juventud participó en las excavaciones de El Cigarralejo y posteriormente ha dirigido las intervenciones arqueológicas en yacimientos tan importantes a nivel regional y nacional como la villa romana de Los Villaricos o el Cerro de la Almagra. Rafael nos dará una visión de la romanización en la comarca del río Mula. El periodo andalusí ha sido realizado por el que suscribe, periodo que abarca desde la capitulación de Tudmir en 713 hasta la conquista de Mula por el infante Alfonso en 1244. La Baja Edad Media ha sido estudiada por Juan Gutiérrez García, especialista en los orígenes de la Casa Fajardo en Mula y en el Reino de Murcia, y gran conocedor de los sucesos ocurridos en la villa durante los siglos XIV y XV. La Edad Moderna y Contemporánea es descrita por Juan González Castaño, Cronista Oficial de la Ciudad de Mula y miembro de la Real Academia Alfonso X el Sabio. Un viaje por la sociedad, economía y política muleña de los siglos XVI a XX, aportando numerosos datos y hechos de la vida cotidiana que acercan al lector al día a día de estos siglos. Se completa esta publicación con un catálogo de algunos de los materiales más significativos de la exposición, en el que se realiza una ficha con un breve estudio de cada pieza. Debemos agradecer a la arqueóloga María Isabel Muñoz Sandoval, especialista en el estudio de 13

materiales arqueológicos, la elaboración de gran parte de las fichas catalográficas. Esta exposición ha sido organizada y financiada por el Ayuntamiento de Mula y por Integral. Sociedad por el Desarrollo Rural, a los que agradecemos el haber creído en el proyecto. Las piezas que podemos ver en la exposición proceden del Museo Arqueológico de Murcia, del Museo de Arte Ibérico de El Cigarralejo y de donaciones particulares, a los que agradecemos el préstamo y donación de las piezas que podemos contemplar en la exposición. También queremos agradecer a todas las personas y empresas que han participado en la creación, montaje y diseño del Museo, su predisposición y dedicación, con especial atención a Juan Guillén Botía, que dirigió técnicamente la ejecución del proyecto y a Carlos María López Martínez, museólogo de la empresa Patrimonio Inteligente S.L., por sus conocimientos y el entusiasmo y trabajo puesto para que el proyecto llegara a buen puerto. José Antonio Zapata Parra Comisario de la exposición

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Estudios

Neandertales y modernos en la cuenca de Mula João Zilhão

João Zilhão

Neandertales y modernos en la cuenca de Mula João Zilhão

Profesor de Investigación ICREA en la Universidad de Barcelona

Introducción as huellas más antiguas del poblamiento humano de Europa se encuentran en el sur de la península Ibérica y están fechadas en hace un millón de años, o más, en diferentes yacimientos de la depresión de Guadix-Baza. Es por lo tanto verosímil que, en esa época, la vecina Región de Murcia haya sido frecuentada por las mismas gentes. Los correspondientes yacimientos, sin embargo, todavía no han sido encontrados, y, en la cuenca de Mula, los datos disponibles conciernen solamente a los últimos 100.000 años. Esta información procede sobre todo de investigaciones arqueológicas iniciadas en los años 90 del siglo pasado, y todavía en curso, en dos importantes yacimientos: Cueva Antón, en la cola del pantano de La Cierva, y dos abrigos situados en la Rambla de Perea, Finca de Doña Martina y La Boja (Fig. 1). Estos yacimientos arrojan luz sobre un intervalo de tiempo durante el cual se dieron, de modo global, las importantes transformaciones a nivel climático, geológico, biogeográfico y evolutivo que sentaron las bases del mundo actual. A lo largo de sus secuencias estratigráficas podemos observar cómo las sociedades de cazadores-recolectores de tiempos no sólo muy antiguos sino también muy diferentes se buscaban la vida: inicialmente, hasta hace unos 75.000 años, en el marco de climas y paisajes semejantes a los nuestros (pero sin los cambios introducidos por la agricultura, la industria y la urbanización); después, en el contexto de los climas más fríos y secos y los paisajes consecuentemente más

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PÁGINA SIGUIENTE: Fig. 1. Arriba: vista GoogleEarth oblicua (altitud 1.5x), desde NW, de la cuenca de Mula, con indicación de la posición de los yacimientos de Cueva Antón y Rambla de Perea. En medio: vista del valle del Mula aguas arriba del embalse de La Cierva, con indicación de la posición de Cueva Antón (CA). Abajo: los abrigos de la Rambla de Perea, Finca de Doña Martina (FDM) y La Boja (ADB).

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agrestes que caracterizaron la última época glacial, terminada hace unos 11.500 años. Hacia las dos terceras partes de este recorrido, hace no más de 40.000 años y no menos de 35.000, también podemos observar como cambió la cultura material en relación con un evento de gran importancia como fue la desaparición de las poblaciones de morfología neandertal. Teniendo en cuenta lo larga que había sido la trayectoria evolutiva de estas últimas — sus orígenes se remontan a los fósiles de hace medio millón de años encontrados en la Sima de los Huesos de Atapuerca — esa desaparición se muestra como un proceso repentino, algo misterioso, cuya explicación es desde hace más de un siglo objeto de interés persistente e inagotable, tanto a nivel académico como de los medios de comunicación y del público en general. Ese interés es comprensible, porque las poblaciones que aparecen a continuación son aquellas que los científicos, por su parecido con la Humanidad actual en términos de morfología esquelética y fisonomía, han acordado designar como “modernas” — por ser las primeras que intuitivamente reconocemos como ancestros “iguales a nosotros”. Los yacimientos de la cuenca de Mula aportan más detalle a la imagen que hasta hace poco teníamos de estos procesos, y contribuyen a su comprensión con datos nuevos de gran relevancia. Aunque es una historia inacabada, a continuación intentaremos resumir lo que, a grandes rasgos, sabemos de estos yacimientos. Neandertales En el período de tiempo que va de hace unos 130.000 hasta hace unos 75.000 años, el clima de la Tierra fue, aunque con oscilaciones, bastante parecido al actual. Al estar comprendido entre dos largas fases de clima frío se designa a este período como el último interglacial. Su fase final está bien representada en Cueva Antón (Fig. 2), en donde los correspondientes niveles arqueológicos 22

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han sido fechados entre hace 70.000 y 80.000 años (los métodos de datación científica actualmente disponibles para épocas tan antiguas, basados en las propiedades luminiscentes de los cristales de cuarzo, no permiten más precisión). Para entender la ocupación humana del lugar tenemos que hacer abstracción de la presa de La Cierva e imaginar cómo sería el paisaje que su pantano anegó — inundación que, en los años en que se alcanzan cotas de almacenamiento más altas, llega a sumergir totalmente el yacimiento y, por tanto, pone en grave peligro su conservación. Antes de la construcción de la presa, la zona inundada correspondía a un cañón profundo, El Corcovado, por el que, a lo largo de poco más de 1 km, el río Mula salvaba los 70 metros de desnivel que hay entre su cauce a la altura de las lomas de El Herrero y La Artichuela y la cota por la que transcurre a la altura de las huertas de Trascastillo Bajo y El Cigarralejo. Antes de la construcción de la presa, la actual posición de Cueva Antón en la cola del pantano se correspondía con una ubicación a las puertas del cañón del Corcovado — justo antes de que el río entrara en el Estrecho y en una zona en la que el cauce era todavía suficientemente ancho como para permitir cambios frecuentes de la posición del canal por el que fluían las aguas. Esto explica lo que más llama la atención cuando observamos la estratigrafía ofrecida por la excavación arqueológica del yacimiento — la gran variación en la textura y el color de los sedimentos que forman los cuatro metros de depósito, en el que niveles de arenas se van alternando con otros de gravas, limos o arcillas. Los últimos reflejan acumulación bajo agua y nos dicen que, en esos momentos, el Mula transcurría por un canal adosado a la pared del abrigo (niveles de gravas), o que su interior era una zona palustre al margen del canal principal (niveles de limos y arcillas); a lo largo de estas etapas de la formación del depósito, el abrigo 23

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quedaba, por lo tanto, indisponible para la habitación humana, circunstancia que explica que los únicos restos relacionados con estas etapas sean los huesos de conejos y otros pequeños animales regurgitados por los búhos que entonces aprovechaban los nichos y repisas de la pared para nidificar. Los niveles de arenas, por su parte, reflejan acumulación en el marco de crecidas temporales de un canal alejado de la pared; cuando las aguas se retiraban, estas crecidas dejaban amplias superficies de playa, ideales para el hábitat humano, por lo que no sorprende que sea en estos niveles de arenas donde la excavación arqueológica encontró los hogares, útiles de sílex y restos de caza que revelan la utilización del abrigo como lugar de acampada. La excelente conservación de los vestigios arqueológicos se debe a dos circunstancias. Por una parte, está el hecho de que los restos abandonados quedaban rápidamente enterrados bajo las arenas traídas por las crecidas, mecanismo que es fácil de entender recordando que las condiciones climáticas de la época eran parecidas a las actuales; basta que imaginemos a gente acampando en el lugar a principios de septiembre y, como suele pasar a día de hoy, a una gota fría cayendo sobre la cuenca de Mula a finales de mes, trayendo con ella la inundación del abrigo y sepultando los restos dejados por el campamento abandonado días atrás. Por otra parte, está el hecho de que estos campamentos eran cosa de poca duración y poca gente, con lo que los vestigios no sufrían los efectos “redistribuidores” y “homogeneizadores” que, en un espacio restringido, son la inevitable consecuencia de la circulación de personas — ya sea mucha gente durante poco tiempo o poca gente durante mucho tiempo. El carácter episódico y muy temporal de estas visitas a un abrigo que, por su amplitud, iluminación y tipo de suelo, reunía evidentes ventajas para la realización de estancias más largas, nos permite inferir que el paraje

PÁGINA ANTERIOR: Fig. 2. Arriba: artefactos del Musteriense de Cueva Antón (las dos caras de la media vieira perforada y pintada, una raedera en sílex, y un gran núcleo de caliza). Abajo: vista del yacimiento al final de la campaña de excavación de 2012.

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sería un lugar de tránsito más que de habitación prolongada. Como todos los pueblos de cazadores-recolectores, la gente que frecuentaba la zona de Mula hace 75.000 años tenía un modo de vida itinerante, desplazándose por el interior de su territorio en función de las estaciones del año y de la ubicación de los recursos de los que dependía para su subsistencia — fundamentalmente, las manadas de herbívoros. Este modo de vida es incompatible con densidades de población altas y, basándonos en los datos provenientes de cazadores-recolectores actuales estudiados por la Etnografía, podemos afirmar con alto grado de probabilidad que esas densidades no serían inferiores a 0,01 ni superiores a 0,05 habitantes/km². Estos números se traducen en una población de entre 6.000 y 30.000 personas para la península Ibérica en su totalidad, y de entre 100 y 500 personas para la Región de Murcia; es decir, en territorios vastos habitados por tribus divididas en pequeños bandos constituidos por 25-30 personas y separados por distancias que, a pie, se medirían en días, no en horas de camino. A título de hipótesis, podemos por lo tanto imaginar un escenario como el siguiente: a partir de finales de otoño, durante el invierno y hasta principios de la primavera, uno de esos grupos de cazadores-recolectores se desplazaría sobre todo por las tierras bajas de la cuenca lacustre de Mula y del curso del Segura, cazando ciervos, uros y caballos; con la llegada del calor, los caballos se desplazarían hacia pastos más frescos, en las zonas de montaña o altiplano que se extienden al Oeste y al Norte, más allá de la Sierra de Ricote, hacia el cañón de Almadenes y las tierras meseteñas del sur de Albacete; siguiendo sus pasos, ese grupo humano pasaba el verano también por allá, y en su camino de ida (o de vuelta), utilizaba los pasos naturales que unen los dos territorios y constituyen el camino más corto y de menor esfuerzo para ir de uno a otro — entre ellos, los 26

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cañones de El Corcovado y de la Rambla de Perea — parando de vez en cuando por alguno de los abrigos en ellos existentes para descansar, pasar la noche, o reabastecerse cazando antes de seguir camino. Esta reconstrucción de la funcionalidad del abrigo es corroborada por el análisis de las materias-primas — sílex y caliza — utilizadas en la fabricación de los útiles de piedra abandonados en el yacimiento (Fig. 2). El entorno geológico de Cueva Antón está constituido por biocalcarenitas y margas, rocas que no son aptas para la talla y no contienen formaciones siliciosas que los grupos que ahí acampaban pudieran explotar como “cantera”. Y aunque la caliza existe en forma de cantos en las gravas transportadas por el Mula y en las terrazas fluviales formadas por el rio, a cota más alta, en épocas anteriores al último interglacial, los nódulos de sílex son raros ahí, y casi siempre tienen fracturas internas que los incapacitan para una talla eficaz. Por lo tanto, tenemos que plantear una procedencia distante para el sílex de buena calidad que encontramos en Cueva Antón y las prospecciones realizadas en el marco del estudio del yacimiento indican que las fuentes más cercanas se encuentran por las sierras del Lugar, Corque, Oro, Burete, Quíbas, Lavia, Cambrón, Lacera y Espuña, o en los barrancos de Yecla, Fortuna y Lorca que las drenan — es decir, a muchos kilómetros. Si este dato, por una parte, apoya que la ocupación del abrigo fuese como lugar de paso en el curso de desplazamientos de larga distancia, por otra parte también explica la clara diferencia que podemos observar en el modo como los dos tipos de materia prima eran explotados. De la caliza tenemos en el yacimiento los cantos, los bloques tallados (núcleos), los residuos de talla y las lascas obtenidas, utilizadas, retocadas (es decir, con filos reavivados) y que, rotas o agotadas, ahí mismo terminaron su ciclo de vida útil — o sea, lo que los arqueólogos designan como una “cadena operativa” 27

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completa. Del sílex, sin embargo, sólo tenemos la parte final de la cadena — las lascas utilizadas, retocadas y abandonadas, o las pequeñas esquirlas producidas por los procedimientos de reavivado de los filos. Con el comienzo de la última época glacial, la acumulación de agua, en forma de hielo, en los casquetes polares y en alta montaña hizo que el nivel del mar bajase de forma substancial, en algunas épocas hasta casi 150 m por debajo del actual; esto provocó que los ríos, especialmente los de corto recorrido (como son casi todos los que fluyen por la orilla litoral de las regiones mediterráneas de la península Ibérica) pasaran por procesos de encajamiento de sus cauces. Delante de Cueva Antón, ese encaje fue de unos cinco metros, lo que dejó el relleno sedimentario anteriormente acumulado en el interior del abrigo “colgado” y sujeto a la acción de procesos erosivos que crearon una ladera de acentuada pendiente entre la pared y el nuevo margen del río. Esta circunstancia, suponemos, es la que explica que el abrigo no haya vuelto a ser utilizado en los milenios siguientes, esto es, los de la fase inicial del último período glacial. Con lo cual, los datos de que disponemos sobre la ocupación humana de la cuenca de Mula a lo largo de este período proceden casi exclusivamente de los abrigos de Rambla Perea. Sin embargo, al estar situados en la base de una potente secuencia estratigráfica, los niveles correspondientes del abrigo que mejor conserva esos niveles, el de La Boja, sólo han podido ser excavados, hasta el momento, en un área muy pequeña: 2 m². Por esta razón, más allá de su cronología — que el radiocarbono nos ha permitido situar entre hace 45.000 y hace 50.000 años — apenas podemos decir de estos niveles que repiten el patrón de asentamiento revelado por Cueva Antón: estancias cortas, organizadas en torno a hogares, con abandono de cantidades reducidas de útiles y restos de talla en sílex importado,

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procedente de las mismas fuentes situadas a distancia considerable. Del final de la época neandertal en la Región tenemos un momento, a modo de instantánea casi fotográfica y muy informativa, representado por la última utilización de Cueva Antón — según el radiocarbono, hace unos 37.000 años. Como, en estos momentos, el espacio disponible para habitación era muy reducido — una estrecha banda junto a la pared de no más de tres metros de ancho por una decena de metros de largo — no sorprende que los vestigios arqueológicos dejados por esta ocupación se reduzcan a una docena de útiles y restos de talla asociados a una treintena de huesos, casi todos de ciervo y muchos de ellos claramente fracturados por el hombre. Entre las piezas recogidas, una llama la atención por su excepcionalidad: una concha de vieira rota por la mitad con una gran perforación central y cuya cara externa había sido pintada con un pigmento de color anaranjado obtenido mediante la mezcla de dos minerales de hierro, la hematita (roja) y la goetita (amarilla). La pérdida del color original de la cara que fue pintada y las múltiples microperforaciones producidas por esponjas indican que se trata de una concha arrojada desde los fondos marinos a la playa donde fue recogida; es decir, que procede de una distancia de por lo menos 60 km, que es la que separa Cueva Antón del punto más cercano de la costa de Murcia. Teniendo en cuenta esta distancia, el carácter esporádico de la ocupación, y la naturaleza relativamente frágil del material, la interpretación lógica de esta pieza es que cumpliera un rol no utilitario sino simbólico. Con toda probabilidad, se trata de un objeto de adorno que circulaba por el territorio con la persona que lo portaba; al romperse cuando estaba por Cueva Antón, esa persona ahí mismo lo tiró (si no es que, más sencillamente, ahí es donde lo perdió).

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Esta conclusión es muy relevante porque la tecnología de talla de la piedra que se desprende de los útiles y restos de talla en sílex asociados a esta concha pintada es idéntica a la observada en los niveles de base del yacimiento formados hace unos 75.000 años. En esta tecnología, que los arqueólogos designan como de tipo “Paleolítico Medio” o Musteriense, la intención del artesano es obtener lascas cuya forma es predeterminada por el modo en que se prepara un núcleo cuya subsecuente explotación se hace “en plano”, es decir, por reducción progresiva del bloque de materia prima según el eje más pequeño (el del espesor; véase el núcleo de la Fig. 2). En Europa, es una tecnología que sólo los neandertales han utilizado y, por eso, en el caso de Cueva Antón, su presencia constituye prueba sólida, aunque indirecta, de la identidad del grupo humano al que pertenecía el propietario de la vieira. A pesar de su número reducido, aparente sencillez, y falta de “espectacularidad”, los sílex tallados asociados a esta concha nos dan, por lo tanto, dos informaciones de mucho significado: que, por lo menos en la fase final de su trayectoria evolutiva, los pueblos neandertales practicaban la ornamentación personal; y que, por lo menos en el Sureste peninsular, la desaparición de esos pueblos hubo de darse hace menos de 37.000 años. ¿Y por qué son estas dos conclusiones de gran importancia? Empezando por la segunda, la razón reside en que, al norte de la depresión del Ebro, la sustitución de los neandertales por los modernos se dio hace no menos de 41.000 años; el dato de Cueva Antón indica por lo tanto, junto con observaciones de sentido idéntico obtenidas en yacimientos de Gibraltar y de Portugal, que, por causas que todavía no entendemos bien, los neandertales habrían persistido durante cuatro milenios más en el Sur y el Oeste de la península Ibérica que en el resto de Europa. En cuanto a la primera, la razón reside en que la ornamentación del cuerpo es una forma 30

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de transmitir información sobre el estatus social de la persona — por ejemplo, sobre su identidad étnica, su grupo de edad, si tiene o no pareja, etc. — a través de la utilización de elementos — colgantes, anillos, brazaletes, botones, collares, tatuajes, pinturas, etc. — cuyo significado deriva de unos códigos arbitrarios que son independientes de sus propiedades intrínsecas. Se trata por lo tanto de símbolos; y, como la utilización de símbolos constituye el fundamento mismo del pensamiento y del lenguaje humanos, la conclusión es que, en estos aspectos, los neandertales eran, pese a su diferente fisonomía, tan humanos como los modernos que les sucedieron — es decir, que eran una raza diferente, no otra especie, al contrario de lo que mucha gente piensa y muchos científicos han sostenido a lo largo de más de un siglo y algunos todavía sostienen. Las pruebas genéticas obtenidas en los últimos años van en el mismo sentido, al demostrar que hay en la Humanidad actual, y especialmente entre europeos y asiáticos, un 2-4% de genes que son de origen neandertal, lo que indica que ambas poblaciones se cruzaron y tuvieron descendencia fértil. Modernos ¿Por qué desaparecieron los neandertales? Para quienes pensaban que se trataba de una especie distinta y de inteligencia inferior, desprovista de lenguaje y de capacidad para el pensamiento simbólico, la explicación era sencilla, fácil y obvia: cuando unas poblaciones contemporáneas de morfología moderna e inteligencia y tecnología superiores empezaron a expandirse hacia Eurasia desde su continente de origen, el africano, los neandertales que, por su inferioridad, tuvieron todas las de perder en la sobrevenida batalla por territorio y recursos … la perdieron efectivamente, y, con su progresiva relegación hacia zonas cada vez más marginales, vieron menguar sus efectivos de forma acelerada, 31

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terminando por extinguirse en muy poco tiempo. Es lo que, en la jerga de la Ecología, se llama “extinción por exclusión competitiva”. Pero si no fue así, si, como dicen los datos arqueológicos — y no sólo en el caso de Cueva Antón sino también en el de otros yacimientos de Murcia, Gibraltar, Francia o Italia — neandertales y modernos eran básicamente iguales a nivel de tecnología y de inteligencia, entonces ¿cómo explicar lo que pasó? La respuesta es aún más sencilla, fácil y obvia que la que nos ofrecía la teoría de la exclusión competitiva. Si tenemos en cuenta (1) la diferencia de tamaño entre África y Europa, (2) que durante el último período glacial más de la mitad de Europa estaba cubierta por casquetes de hielo o por la tundra que los rodeaba y era por lo tanto inhabitable, y (3) las pruebas de mestizaje entre los dos tipos de poblaciones (como se ve no sólo en los genes de los humanos actuales sino también en la anatomía “híbrida” de fósiles de humanos modernos fechados de época inmediatamente posterior a la del contacto), pasó lo que tenía que pasar cuando se mezclan dos reservorios de tamaño muy desigual: las características del de mayor tamaño son las que van a predominar en el reservorio procedente de la mezcla. Por ejemplo, cuando mezclamos cien litros de tinta blanca con un litro de tinta negra, el producto que obtenemos sigue siendo tinta blanca, aún cuando un análisis químico fino sea capaz de detectar la presencia del componente negro. De la misma manera, al mezclarse con los modernos africanos, cuyos efectivos demográficos serían de cincuenta a cien veces superiores, los neandertales europeos terminaron diluyéndose, y con el paso de tiempo cada vez más — hasta el punto que, a día de hoy, sólo un análisis genético fino puede detectar la presencia de su huella entre nosotros. Desde el punto de vista arqueológico, lo que sabemos de los primeros modernos que pasaron por Mula 32

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resulta conforme a esta visión del proceso. Los yacimientos que conocemos están en la Rambla de Perea, en un marco geográfico muy parecido al de Cueva Antón y sugieren una funcionalidad semejante — la de abrigos utilizados por pequeños grupos transitando entre las llanuras de la costa y del bajo Segura y las tierras altas del interior. Este período, entre hace unos 37.000 y hace unos 34.000 años, es conocido por los arqueólogos como Auriñaciense Evolucionado y está representado tanto en Finca de Doña Martina como en La Boja, aunque sea en este último donde la conservación es mejor. La tecnología lítica que le caracteriza es de tipo “Paleolítico Superior”; la intención del artesano es aquí la obtención de productos finos, alargados y estrechos que, según su tamaño, se designan como láminas o laminitas y que son extraídos de núcleos de morfología prismática reducidos en volumen, es decir, no según el eje del espesor sino según el diámetro de la sección perpendicular al eje de longitud. En Europa, cuando el Auriñaciense aparece asociado a fósiles humanos, estos son siempre de modernos, por lo que es legítimo utilizar esta tecnología como prueba indirecta de la identidad “racial” de los grupos humanos involucrados en su utilización. Si no fuese por esta información indirecta, podríamos pensar, en el caso del Auriñaciense de La Boja, que, más allá de las diferencias en la tecnología de la talla, poco o nada distingue a estos primeros modernos de los neandertales musterienses 40.000 años más antiguos cuyos vestigios tenemos en los niveles de base de Cueva Antón. Al igual que en este último caso, los niveles auriñacienses de La Boja reflejan estancias cortas, de poca gente y bastante separadas en el tiempo, organizadas en torno a hogares alrededor de los cuales encontramos los mismos tipos de huellas de actividad: restos de la caza consumida, representada por huesos fracturados y quemados, y útiles y residuos de talla en las 33

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PÁGINA SIGUIENTE: Fig. 3. Arriba, a izquierda: punta de azagaya en sílex del Solutrense de Finca de Doña Martina y conchas marinas pintadas y perforadas del Auriñaciense de La Boja. Arriba, a derecha: vista oblicua de Finca de Doña Martina, desde el Este, al final de la campaña de 2012. Abajo, a izquierda: vista de la excavación de La Boja durante la campaña de 2012. Abajo, a derecha: hogar del Solútreo-gravetiense de La Boja.

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mismas variedades de sílex, seguramente procedentes de las mismas, distantes fuentes. Podemos, por lo tanto, suponer que los sistemas de itinerancia y los modos de explotación de los recursos de los primeros modernos eran esencialmente idénticos a los documentados en los neandertales que los precedieron en la región. Sin embargo, hay un aspecto en que sí se aprecia una diferencia significativa: los objetos de adorno personal. Mientras que son desconocidos en los niveles más antiguos de Cueva Antón y representados por una única vieira pintada en su nivel más reciente, tales objetos son abundantes en el Auriñaciense de La Boja (Fig. 3). Teniendo en cuenta que, desde el punto de vista funcional, todo lo demás parece haber quedado más o menos igual, la forma sencilla de interpretar esta diferencia es que refleja cambios importantes a nivel demográfico y social; es decir, que estamos ante niveles de interacción entre personas y grupos con un grado de intensidad superior. Por una parte, esto haría que la utilización de señas de identidad se transformase en necesidad rutinaria y, por otra parte, haría posible que, a pesar de la disminución de los territorios de explotación inherente a un aumento de la densidad poblacional, los materiales utilizados para consubstanciar esas señas pudiesen aún así seguir circulando por toda la región, ya sea en el marco de desplazamientos individuales o a través de redes y sistemas de intercambio más desarrollados que antes. Esto último explicaría la cantidad de conchas marinas de diferentes especies que vemos en el Auriñaciense de La Boja (las cuales, por su pequeño tamaño, podemos suponer que se destinasen a la fabricación de collares u otros adornos de composición múltiple más que a una utilización como simples colgantes); lo primero explicaría que la búsqueda de materia prima se haya extendido también a las conchas de moluscos fluviales de talla y apariencia semejantes, así como, con

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toda probabilidad, a materiales perecederos que el registro arqueológico no ha podido conservar. Las fase siguiente del Paleolítico Superior regional es el Gravetiense, que se prolonga hasta hace unos 25.000 años. Esta fase también está representada en los dos abrigos que se han excavado en la Rambla de Perea, pero la impresión que se desprende es la de una frecuentación aún más esporádica que en épocas anteriores. En La Boja, por ejemplo, a lo largo de los primeros seis milenios de esta fase sólo tenemos vestigios de una ocupación — un pequeño hogar que el radiocarbono ha fechado en hace unos 32.500 años y alrededor del cual apenas había algún resto de talla. En parte, esta circunstancia se explica por la restricción del espacio habitable del abrigo causada por un grande desplome de la visera, pero también hay que tener en cuenta que, en este período, las condiciones climáticas empiezan a acercarse al máximo de frío y sequía de los últimos 100.000 años, cuando, entre hace unos 29.000 y hace unos 15.000 años (período que se designa como “último máximo glacial”), las temperaturas medias anuales eran un promedio de 10 °C más bajas y la precipitación media anual sobre la península Ibérica se estima que puede haber sido un 50% inferior a la actual. Como, tanto en La Boja como en Finca de Doña Martina, el estudio de los carbones producidos por la leña de los hogares de esta época reveló que lo que se quemaba era casi exclusivamente enebro, podemos reconstruir un paisaje análogo al que se puede observar actualmente en las zonas más altas de las montañas del Sistema Ibérico: unos secarrales de monte bajo con enebros enanos asomando entre las piedras y con los pinos y otros árboles de mayor tamaño limitados a las zonas de ribera. En las tierras del Sureste, las características semidesérticas que hoy en día se observan en partes del territorio de Almería y Murcia tienen, por lo tanto, que haberse extendido de forma generalizada; para el caso 36

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de los abrigos de la Rambla de Perea, esta inferencia es acorde con la presencia de yeso en los sedimentos acumulados a lo largo del último máximo glacial, lo que denota condiciones hidrológicas de los suelos parecidas a las que existen a día de hoy en las tierras áridas de Siria, Irak, Irán y otras partes de Oriente Medio. Esta degradación del clima no puede dejar de haber tenido consecuencias para la abundancia de recursos y, por ende, para el poblamiento humano, cuya densidad regional habrá seguramente disminuido. Sin embargo, es justamente a lo largo de los ocho milenios entre hace aproximadamente 27.500 y 19.500 años, cuando las condiciones de frío y sequía están al máximo, que encontramos en estos abrigos los hogares más extensos, más elaborados, y en que el fuego alcanzó temperaturas más altas (Fig. 3). Desde el punto de vista arqueológico, este período coincide con la parte final del Gravetiense y, a continuación, con el Solutrense y el llamado Solútreo-gravetiense (los cuales se diferencian sobre todo por el tamaño y morfología de las puntas de piedra con que se armaban las azagayas y otras armas de caza). Es posible que esta paradoja se explique por el hecho de que la Rambla de Perea es alimentada por un manantial perenne y que, en un marco geográfico en el que el agua era más escasa, tanto en ríos como en fuentes, su importancia para el tránsito de personas (y animales) hubiese aumentado; es decir, que de uno entre los muchos pasos naturales que unían los dos territorios, la rambla se haya transformado en estas fechas, por representar una especie de oasis, en aquel por donde la gente que circulaba entre la cuenca de Mula y el alto Segura tenía obligatoriamente que pasar. Son por otra parte testigo de tales desplazamientos las cuevas con arte paleolítico de Cieza (Cueva Jorge, Cueva de las Cabras, Cueva del Arco), en donde el estilo de las pinturas es acorde con una cronología de época solutrense; es muy posible que, en algún momento de sus vidas, sus autores hayan 37

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también acampado en los abrigos de la Rambla de Perea. Por razones que todavía desconocemos, y con excepción de una fugaz ocupación fechada en hace unos 18.500 años, no es hasta final del último período glacial, entre hace aproximadamente 12.000 y 16.000 años, cuando los abrigos de la Rambla de Perea vuelven a ser utilizados por el hombre. Arqueológicamente, esta fase se corresponde con las culturas del Magdaleniense Superior (representado en La Boja) y del Epimagdaleniense (representado en Finca de Doña Martina), de las cuales hay también abundantes vestigios en la costa de Cartagena. Sin embargo, llama poderosamente la atención que, en ambos abrigos, estos niveles, en los que las herramientas de sílex y los restos de talla son muy abundantes, no se ha encontrado, a pesar de los muchos metros cuadrados excavados (en total, unos 60), ningún adorno en concha marina. Por otra parte, la leña quemada en los hogares es ahora no sólo de enebro sino también de pino salgareño. Es posible que estas observaciones estén relacionadas y reflejen cambios en las condiciones ambientales con consecuencias sobre el poblamiento humano. Con la mejora climática que podemos inferir de los cambios en la vegetación local, mejora que, en el Sureste peninsular, se habría traducido sobre todo en un aumento de la pluviosidad, la productividad de las tierras aumentaría: más agua equivale a más pasto, más herbívoros, más caza y, por lo tanto, capacidad para alimentar más gente. Pero más personas en el mismo espacio significa también, inevitablemente, territorios sociales más pequeños. Es decir, puede que la ausencia de adornos sobre concha marina en los yacimientos de Mula nos esté señalando un afincamiento de sus gentes por tierras del interior y unos niveles de contacto reducidos con los grupos que, en paralelo, se habrían afincado por el litoral.

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La consecuencia de un proceso de este tipo sería también que lugares que antes eran de paso, ocupados de forma transitoria por poco tiempo y poca gente, se hayan transformado en lugares de habitación prolongada, o por lo menos de visita frecuente, con las consecuentes implicaciones para la constitución del registro arqueológico. Y, efectivamente, se aprecia muy bien en La Boja cómo los niveles correspondientes forman una banda ennegrecida, espesa y continua, formada por la acumulación, dispersión y compactación de carbón, cenizas y materia orgánica — acorde con una situación donde el pisoteo y la redistribución horizontal de los vestigios son la inevitable consecuencia de estancias que se repiten sin que pase el tiempo suficiente para que los vestigios de las anteriores hayan podido quedar enterrados (y, por lo tanto, protegidos) por la sedimentación natural. Conclusión Llegados a este punto, hace unos 12.000 años, termina la historia contada por los yacimientos de la Rambla de Perea. Desde entonces, abandonados por el hombre como lugar de habitación, van a servir de refugio para la vida animal, no sin sus consecuencias (por la excavación de madrigueras por parte de conejos, zorros y tejones) para la integridad de los niveles arqueológicos más superficiales. En época reciente, se utilizaron también como corral. Por la excepcional conservación de los vestigios de la vida humana en la región a lo largo de los últimos 100.000 años, convendría que el uso futuro de estos abrigos, y también de Cueva Antón, fuera el que nuestras sociedades dan a los lugares donde archivan su pasado: el de unas “bibliotecas de tierra” adecuadamente protegidas y acondicionadas en donde las generaciones venideras pudieran leer su historia no escrita.

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La Almoloya (Pliego - Mula, Murcia): Palacios y Élites Gobernantes en la Edad del Bronce Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada Roberto Risch, Eva Celdrán, María Inés Fregeiro Camila Oliart y Carlos Velasco.

Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada, Roberto Risch, Eva Celdrán, María Inés Fregeiro, Camila Oliart y Carlos Velasco

La Almoloya (Pliego - Mula, Murcia): Palacios y Élites Gobernantes en la Edad del Bronce Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada, Roberto Risch, Eva Celdrán, María Inés Fregeiro, Camila Oliart y Carlos Velasco. Departamento de Prehistoria, SGR ASOME - Universidad Autónoma de Barcelona

Introducción a Almoloya es uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de la sociedad de “El Argar”, que habitó el sureste de la península Ibérica a inicios de la Edad del Bronce (entre 2200 y 1550 antes de nuestra era). Desde los trabajos pioneros de los hermanos Siret (1890), la arqueología argárica ocupa un lugar protagonista en el estudio de las primeras sociedades clasistas en Europa occidental. En pocas regiones se tiene la oportunidad de investigar un abundante y variado registro arqueológico en el que destacan asentamientos permanentes y densamente poblados, formados por sólidos recintos en piedra de carácter doméstico o colectivo; extensas necrópolis de tumbas individuales y dobles excavadas en el subsuelo de las áreas habitadas, y un amplísimo elenco de artefactos metálicos, líticos, cerámicos y óseos, buena parte de los cuales responden a productos estandarizados a cargo de especialistas. El análisis de estas evidencias configura una sociedad marcada por antagonismos económicos y políticos, en la que los poderosos ejercían la violencia para mantener sus privilegios y para fijar las fronteras de un territorio que, en su época de apogeo, se extendía por casi 35.000 km2. Algunos de los principales y más antiguos asentamientos argáricos se encuentran en las llanuras litorales y prelitorales de Almería y Murcia (El Argar, Fuente

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Álamo, Gatas, El Oficio, Zapata, Lorca, La Bastida, Monteagudo). Por esta razón, una de las investigaciones actuales más interesantes se centra en averiguar las rutas, los ritmos y las razones de la expansión hacia el interior peninsular, que en poco más de dos siglos se tradujo en la presencia argárica en la Vega de Granada, el Alto Guadalquivir y las estribaciones septentrionales de sierra Morena. La posibilidad de responder a estos interrogantes fue uno de los motivos que impulsaron las excavaciones recientes en La Almoloya, aunque, como veremos, los primeros resultados están favoreciendo el conocimiento general de las comunidades argáricas. Sin temor a equivocarnos, la relevancia del asentamiento llegó a trascender los ámbitos local y comarcal, convirtiéndose en un auténtico centro de gobierno regional. Excavaciones en La Almoloya (1944-2014) La Almoloya se localiza en un cerro calizo amesetado de 585m con un amplísimo dominio visual que justifica el sobrenombre de “El Altozano” (fig. 1). Su cima posee un contorno oval de unos 85 m de longitud por 35 m de anchura máxima. Actualmente, la mayor parte de su superficie forma parte de la finca “La Esperanza”, propiedad de la empresa CEFU, S.A. El cerro domina un extenso llano de formaciones de arcillas rojizas, conglomerados y calizas, al norte de la Sierra de Espuña. El río Pliego y sus tierras de labor distan unos 3 km, mientras que el abastecimiento de agua estaría asegurado por varios manantiales en un radio de menos de 1 km. La Almoloya fue dado a conocer por Emeterio Cuadrado y Juan de la Cierva, tras una campaña de excavación de sólo cuatro días en el verano de 1944 (Cuadrado 1945a y b; de la Cierva y Cuadrado 1945). Asistidos por una cuadrilla de trabajadores, intervinieron en dos sectores de la cima y sacaron a la luz ocho sepulturas (cinco cistas a base de grandes lajas de calcoarenita y tres urnas), restos arquitectónicos en piedra de dos vi45

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Fig. 1. El cerro de La Almoloya (abajo, en primer término) y, al suroeste, sierra Espuña.

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viendas y un lienzo defensivo, dos rampas de acceso, así como un conjunto de objetos en su mayoría líticos, cerámicos y óseos. Los hallazgos sirvieron para afirmar la adscripción argárica del yacimiento, y para definir dos fases de ocupación separadas por un nivel de incendio. El primer destino de las piezas fue el Museo Arqueológico Municipal de Cartagena, localidad donde residía Cuadrado. Años más tarde, las más relevantes pasaron al Museo Arqueológico de Murcia. Lamentablemente, como muchos otros yacimientos arqueológicos La Almoloya fue víctima de numerosas intervenciones clandestinas desde mediados del siglo XX. Mª Manuela Ayala (1986) recogió valiosas informaciones de estos expolios, entre las que destacan las relativas a ocho tumbas y a una parte de sus ajuares cerámicos y metálicos que esta investigadora pudo examinar de primera mano en colecciones privadas (véanse también Ayala y Polo 1986, Lull et alii 2013-e.p. y San

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Nicolás 1988). Al parecer, los expolios fueron especialmente intensos durante las décadas de 1970 y 1980. Como botón de muestra, nuestros trabajos de limpieza superficial y excavación han permitido detectar hasta el momento nada menos que 92 “toperas”, u hoyos de excavación clandestina (fig. 2). Llama la atención su distribución a lo largo del perímetro de la meseta, sin duda porque la estrategia de perforación lateral permitía acceder más fácilmente a las tumbas localizadas en el subsuelo de los edificios prehistóricos y, por tanto, a los codiciados ajuares funerarios. Botellines de cerveza, fragmentos de PVC degradado procedente de botellas de agua envasada o envoltorios de caramelos desechados en terreras y pozos y, sobre todo, el panorama desolador de decenas de cistas reventadas, dan fe de que entre los años 60 y 90 La Almoloya fue uno de los lugares predilectos de la rebusca ilegal. Las excavaciones de nuestro equipo comenzaron en 2013 y han proseguido en 2014. ¿Qué las motivó? Entre 2009 y 2012 habíamos llevado a cabo intervenciones a gran escala en La Bastida (Totana) (Lull et alii 2011, 2014). Entre los hallazgos más espectaculares figura un sistema de fortificación monumental datado

Fig. 2. Vista de La Almoloya desde el noroeste, una vez concluidas las labores de desbroce. Con especial incidencia en las áreas perimetrales de la meseta, pueden apreciarse en superficie los numerosos hoyos dejados por las excavaciones clandestinas.

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a principios de época argárica. Éste y otros indicios apuntaban a la formación de importantes núcleos de poder en fecha muy temprana, lo cual puso en primer plano el problema de la expansión territorial desde las comarcas prelitorales. Como hemos apuntado en la introducción, La Almoloya poseía las condiciones para obtener algunas respuestas: se ubica no demasiado lejos de La Bastida, pero en una comarca biogeográficamente muy distinta, en la vertiente opuesta de sierra Espuña; se encarama en una posición topográfica privilegiada que permitía conectar visualmente el valle del Guadalentín con las comarcas interiores y septentrionales de la Región; además, algunas informaciones sugerían que la fundación de La Almoloya podía remontarse a los inicios de El Argar, lo cual garantizaría su contemporaneidad con la primera ocupación en La Bastida. Los primeros trabajos consistieron en el desbroce y limpieza de toda la cima, con el objetivo de evaluar el alcance de los expolios y documentar posibles indicios de la trama urbana prehistórica. Ello permitió constatar la ya comentada concentración periférica de las “toperas” y, también, que buena parte del centro del yacimiento podía estar intacta al localizarse allí tres ribazos agrícolas en dirección norte-sur, cuya potencia parecía haber desanimado a los excavadores clandestinos. A continuación, se iniciaron las excavaciones extensivas en varios sectores, en pos de un doble objetivo: primero, definir la estructura urbanística del asentamiento (ámbitos arquitectónicos, estructuras subsidiarias y contextos funerarios) y su contenido en objetos muebles y, por otro lado, determinar la secuencia de ocupaciones y la ubicación temporal de las mismas. Una vez terminada la segunda campaña, los resultados han superado con creces las expectativas iniciales. En las siguientes líneas expondremos un resumen de las primeras conclusiones y de las hipótesis que esperamos contrastar en futuras intervenciones. 48

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Urbanismo y arquitectura La secuencia estratigráfica de La Almoloya revela cinco fases de ocupación prehistórica, algunas de ellas divididas internamente. Las primeras dataciones de Carbono 14 indican que la fundación tuvo lugar hacia 21502100 antes de nuestra era, mientras que el abandono se produjo unos seis siglos después, en torno a 1550. Los primeros habitantes no se asentaron sobre un cerro amesetado, porque la topografía de La Almoloya presentaba un aspecto bien distinto hace unos 4.000 años. Así, en su flanco occidental se elevaba un escarpe rocoso que descendía hacia la ladera este en un gradiente cercano al 10%. Ello supuso que el asentamiento se estructuró en al menos dos niveles de altitud. Los restos de las primeras ocupaciones se conocen de forma incompleta, pero revelan ya viviendas con zócalos de piedra y techos de barro y elementos vegetales, sustentados por postes de madera. En su interior se han recuperado cuencos y ollas de filiación netamente argárica,

Fig. 3. Anverso y reverso del brazalete de marfil hallado en un contexto habitacional de las ocupaciones iniciales.

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junto con instrumental lítico y una gran cantidad de restos de fauna entre los que destaca, en un primer examen, la abundancia de cérvidos y ganado vacuno. Algunos objetos de marfil de elefante, como un brazalete de dos piezas (fig. 3) y una pequeña placa, dan idea de la integración de la comunidad en redes de intercambio interregional y, posiblemente, de un sector social destacado política y económicamente. Hasta el momento, no hemos hallado sepulturas datadas en los primeros momentos de ocupación. A finales del III milenio antes de nuestra era, La Almoloya era probablemente un enclave argárico fronterizo desde el que se controlaba, en primer término, la cuenca de Mula pero que cubría visualmente una extensión mucho mayor, hasta el Guadalentín y la sierra de Orihuela por el este y sureste, y hacia las sierras septentrionales de Ricote, Molino y Cambrón. A sólo unas decenas de kilómetros, grupos como el que habitó el asentamiento en llano de Molinos de Papel (Caravaca) (Pujante 2006) compartieron tiempo con la comunidad argárica de La Almoloya, pero formaron parte de entidades sociales diferenciadas. Tiempo después, muchos de los poblados anteriormente ajenos a la sociedad argárica, como el Cerro de las Víboras de Moratalla (Eiroa 2004), acabaron siendo englobados por la expansión territorial argárica. En torno a 1800 antes de nuestra era, La Almoloya experimentó una transformación urbanística radical, que marcó el asentamiento hasta su abandono. Las acumulaciones de restos correspondientes a las ocupaciones anteriores habían ayudado a nivelar la cima del cerro, confiriéndole la apariencia amesetada que percibimos hoy. Esta superficie fue densamente urbanizada mediante la construcción de varios complejos arquitectónicos formados por un número variable de estancias. Hasta el momento, hemos explorado tres de ellos (Complejos Habitacionales 1, 2 y 3), dispuestos 50

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longitudinalmente sobre gran parte del sector central del asentamiento y apenas separados por angostos corredores (figs. 4 y 5). Es posible que llegasen a ser seis y que ocupasen casi todo el espacio disponible en la cima, proporcionando al enclave un aspecto muy compacto. Tal vez sólo una especie de vía de ronda, identificada en la parte superior de la rampa occidental que conduce a la cima, posibilitaría el tránsito hacia el interior del asentamiento. Varios segmentos de un muro de grandes dimensiones al pie de dicha rampa, quizá a modo de muralla defensiva, habría cerrado el acceso al poblado. Los Complejos Habitacionales mejor conocidos hasta la fecha son los nº 1 y 2. Presentan un contorno de tendencia cuadrangular y poseen espacios internos delimitados por tabiques, cuyo número varió entre seis y doce en función de sucesivas reformas. Cada complejo cubre una superficie cercana a los 300 m2. El CH2 ocupa una posición central y ha sido documentado en ex-

Fig. 4. Vista general desde el este, en la que se aprecian los Complejos Habitacionales descubiertos durante las campañas de 2013 y 2014.

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tensión en lo que se refiere a sus últimos momentos. En cambio, el CH1 ha sido excavado casi por completo, tanto en su extensión espacial como en su desarrollo temporal. Todos los edificios estaban construidos con muros de piedra trabada con argamasa y revestidos con capas de mortero que contenía cal. En su interior se han recuperado numerosos objetos de metal, cerámica, piedra, hueso y fibras textiles, en un estado de conservación excepcional. Testimonian la realización de todo tipo de actividades productivas, además del almacenamiento y el consumo. La mayoría de las 47 sepulturas excavadas por nuestro equipo proceden del subsuelo de estos complejos y se encuadran cronológicamente en las últimas fases de ocupación. Urnas y cistas son los contenedores funerarios más representados, con 25 y 18 casos respectivamente. En algunas tumbas se produce una llamativa combinación de ambos tipos, pues hallamos la urna, o bien una pareja de urnas con las bocas enfrentadas, dentro de una cista de grandes dimensiones. El uso de la argamasa está ampliamente documentado en el sellado de las sepulturas y también como material de construcción del suelo de las cistas que en numerosas ocasiones está forrado de madera. Pese a que la mayoría de los enterramientos son individuales, el porcentaje de tumbas dobles no es nada desdeñable, pues se sitúa en torno al 20%. Los cuerpos yacían generalmente en posición forzada, bien sobre un costado o bien de espaldas y con las extremidades lateralizadas. La población exhumada hasta el momento comprende 55 individuos, con una amplia representación de infantiles y una clara mayoría de mujeres en el segmento adulto, casi el doble (dos de ellas fallecidas durante el embarazo). Hay que mencionar también dos sepulturas en urna sin restos humanos en su interior que incrementan el número de cenotafios argáricos do-

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cumentados hasta ahora en La Bastida, Lorca, Gatas y, posiblemente también, El Argar. Entre los ajuares funerarios que acompañaban a los individuos, independientemente de su sexo o la edad, destaca la amplísima representación de ofrendas cárnicas y vasijas carenadas. A los puñales de cobre, restringidos a adultos, y los punzones, exclusivos de las mujeres, hay que añadir un amplio repertorio de colgantes y aretes con numerosos ejemplares elaborados en plata. Arquitectura y política La Almoloya ofrece una oportunidad excepcional de documentar en extensión un asentamiento argárico, sus contenidos objetuales y las tumbas asociadas. Esta combinación se ha revelado inesperadamente fecunda en CH1, de forma que los primeros resultados arrojan una nueva luz sobre el conocimiento actual del mundo argárico. Una de sus estancias, la Habitación 9 (H9) presenta características inéditas (fig. 5). Se trata de una amplia sala de planta casi rectangular y unos 85 m2, cuyo zócalo está recorrido por banquetas de obra revestidas con mortero, lo mismo que el pavimento compacto que le sirve de base. Hemos estimado que este espacio podría acoger alrededor de 50 personas sentadas. A lo largo del eje central se colocó una hilera de postes de madera sólidamente encajados en el subsuelo que, junto con otros de menores dimensiones adosados a los muros, habrían sustentado un techo alto. Cerca del rincón noroccidental, al pie de una especie de podio adosado a la pared, se acondicionó un gran hogar de unos 2 m de anchura sobre el cual se abrió una salida de humos con un techo suplementario sustentado por cuatro postes. En el muro limitador occidental se abría un vano que comunicaba con otra estancia de menores dimensiones cuya excavación aún no ha concluido. Otra característica relevante de H9 es que presentó una frecuencia muy baja de artefactos in situ, a dife53

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Fig. 5. Vista desde el suroeste de la Habitación 9.

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rencia de lo habitual en las restantes estancias. En definitiva, nos hallamos ante un espacio amplio, diáfano, diseñado y usado específicamente para la celebración de reuniones. El que la banqueta adosada a la pared occidental fuese la más alta, que desde ella pudiese accederse a una estancia trasera y que el gran hogar se hallase cerca parecen indicar que esta zona y, por ende, quienes la ocupasen, gozarían de cierta preeminencia. Por otra parte, ante la ausencia de elementos vinculables con símbolos ideológico-religiosos, sugerimos que dichas reuniones fueron de carácter político. En cualquier caso, H9 fue sin duda un recinto singular, uno de los primeros edificios en Europa occidental especializados en el ejercicio del gobierno. Ahora bien, ¿gobierno de quién, para quién o sobre quién?

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Para comenzar a responder estos interrogantes, conviene reparar en el hecho de que H9 no se construyó como un edificio exento, sino que formó parte de un complejo arquitectónico junto con cinco estancias más. Sus contenidos aún se encuentran en proceso de estudio, pero una primera revisión vislumbra áreas de producción subsistencial y de reposo, diferentes talleres y un notable almacenamiento de víveres y enseres. En otros lugares, como por ejemplo ciertas regiones del Levante mediterráneo, combinaciones similares a las de CH1 reciben la denominación de “palacio”, en alusión a un complejo que aúna las funciones residencial, productiva y al menos una más, de carácter supradoméstico, vinculada con la esfera política. Ahora bien, como todo el mundo sabe la actividad política es susceptible de favorecer intereses sociales diversos. El estado general de la investigación sobre la sociedad argárica indica que las relaciones políticas eran disimétricas, y que una clase dominante y explotadora ostentaba el poder. Sin embargo, en un principio los hallazgos realizados en CH1 no respaldaban necesariamente esta idea general: H9 podría haber sido el escenario de asambleas de signo igualitario, y en las estancias vecinas no se registraba un atesoramiento de objetos de alto valor social, como por ejemplo metales. Además, las sepulturas documentadas en el subsuelo de CH1 no contenían ajuares funerarios propios de la clase alta. Este panorama cambió hacia el final de la campaña de 2014 con el hallazgo de una tumba excepcional. Una tumba “principesca” En el ángulo suroccidental de H9, al pie de la banqueta de mayor altura, la aparición de la cresta de una hilera de piedras hizo sospechar la presencia de una sepultura. En efecto, la excavación descubrió una gran urna funeraria en posición horizontal, sólidamente calzada con argamasa y piedras, cuya boca había sido sellada con 55

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Fig. 6. Vista del interior de la tumba nº 38 de La Almoloya, en la que se aprecia la disposición de los dos esqueletos y de algunas de las piezas de ofrenda.

una pesada losa de caliza. La tumba (nº 38) contenía los esqueletos de una mujer fallecida a los 25-27 años y de un hombre de 35-40 (fig. 6). Éste yacía flexionado sobre el costado izquierdo; encima de sus piernas se depositó a la mujer, recostada sobre la espalda, con las piernas flexionadas hacia la derecha y el lado izquierdo del rostro en contacto con la frente del hombre. A diferencia de la mayoría de las tumbas dobles, en este caso probablemente los cadáveres fueron inhumados en el transcurso de la misma ceremonia fúnebre. Los datos preliminares del estudio osteológico indican que los dos individuos compartieron ciertos rasgos dentales poco habituales, un fenómeno normal entre parientes de sangre. El hombre, de 1,65 m de estatura, presenta una herida inciso-contusa cicatrizada en el cráneo, un fuerte desarrollo asimétrico del tren superior, así como desgastes en caderas y rodillas compatibles con la práctica de la equitación. Ante este cuadro, cuesta resistirse a relacionar este personaje con la figura de un “guerrero”. Por su parte, la mujer poseía un aspecto grácil, una estatura de 1,55 m e indicios de una actividad sostenida en el antebrazo derecho. Aunque no hay evidencias concluyentes sobre la causa de su muer56

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Fig. 7. Diadema de plata con apéndice discoidal hallada en la tumba 38.

te, cuando ésta le sobrevino padecía un proceso inflamatorio o infeccioso de la pleura que dejó su impronta en la cara interna de algunas costillas. Sin embargo, el mayor interés de esta tumba reside en su riquísimo ajuar, compuesto por una treintena de piezas entre las que abundan los metales nobles y los objetos de alto valor social. Tal vez el más destacado sea la diadema de plata con apéndice en forma de disco que ceñía el cráneo de la mujer (fig. 7). Se trata de un descubrimiento de gran valor científico, patrimonial y material, por cuanto las otras cuatro conocidas del mismo tipo proceden del yacimiento de El Argar (Antas, Almería) y fueron descubiertas hace más de 130 años. Ninguna de ellas se conserva hoy en España. Los llamados “dilatadores de oreja” son objetos igualmente extraordinarios (fig. 8). Dos fueron fabricados en plata, mientras que otros dos son de oro macizo. El apartado de adornos se completa con una quincena de brazaletes, anillos y espirales de plata y, al menos, un collar que incluía cuentas de piedra verde, concha y ámbar. El protagonismo de la plata se completa con su presencia en tres útiles: en el mango de un punzón admirablemente trabajado que constituye una muestra 57

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de orfebrería única en los inicios de la Edad del Bronce; en los cuatro clavos que sujetaron la empuñadura de un puñal de cobre, y en las láminas que recubrieron el borde y la carena de una pequeña y elegante vasija. Las ofrendas incluían también otras dos vasijas de cerámica y varias porciones de bovino. Conclusiones y expectativas: La Almoloya y el gobierno argárico El significado de esta tumba y de su contexto inmediato nos traslada a un escenario apasionante y lleno de interrogantes. Las ofrendas de la tumba 38 la sitúan a la cabeza de las 5 más ricas de todo el mundo argárico, por lo que sin duda corresponde a miembros destacados de la clase dirigente. Ahora bien, los detalles nos llevan más allá. La diadema de plata es un símbolo de poder y distinción reservado a unas pocas mujeres. El ejemplar de La Almoloya es prácticamente idéntico a los otros cuatro conocidos, procedentes del yacimiento de El Argar, más de 100 km al sur (Antas, Almería). No sería atrevido afirmar que estas piezas fueron producidas en un único taller especializado, bajo cuya tradición pudo también fabricarse la célebre diadema de oro de Caravaca. Si nos fijamos en la distribución geográfica de otros símbolos de distinción muy poco corrientes, los dilatadores, volvemos de nuevo a El Argar para los de oro, mientras que los de plata encuentran paralelos en las cuencas orientales de Almería y Murcia, en los yacimientos de El Argar, La Bastida, Cabeza Gorda y Monteagudo1. En suma, los elementos más emblemáticos de la regalia argárica se concentran en una parte del territorio general que incluye las áreas nucleares de la cuenca de Vera y el pasillo del Guadalentín, así como el entorno septentrional de sierra Espuña y, tal vez, una prolonga1)  Agradecemos a J. A. Zapata la información sobre Monteagudo, procedente de sus excavaciones inéditas.

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Fig. 8. Dilatador de oro de la tumba 38.

ción hacia las comarcas del Noroeste (Caravaca), ya en la última frontera. Posiblemente, demarcan una gran entidad política constituida tras un proceso de unificación y centralización. A la cabeza de esta entidad vislumbramos un grupo dirigente formado por miembros emparentados (¿linaje dinástico?), en cuyo seno ciertas mujeres pudieron ostentar un papel determinante en la gestión y transmisión del poder. A la luz de estos y otros datos, sugerimos que La Almoloya fue la sede de una institución vinculada con el gobierno de un amplio territorio. Sus relaciones con el enclave almeriense de El Argar son claras, aunque falta descubrir si funcionó como una delegación regional o si fue el lugar donde las o los mandatarios argáricos se congregaban periódicamente para debatir o recibir las órdenes que iban a afectar la vida de miles de personas. En cualquier caso, tratamos con el reflejo material de una sociedad disimétrica, donde las decisiones políticas beneficiaban materialmente a un sector restringido de la población. La Almoloya emerge como un yacimiento de singular importancia en el panorama de la Prehistoria reciente. En sólo dos campañas de excavación ha aportado descubrimientos singulares y bien contextualizados, 59

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que enriquecen el conocimiento del pasado y el legado público arqueológico. Su salvaguarda, investigación y difusión constituyen una necesidad insoslayable tanto como un reto apasionante. Agradecimientos Las investigaciones en La Almoloya dependen de la colaboración y patrocinio de numerosas personas e instituciones. Las excavaciones cuentan con la autorización de la Consejería de Cultura del Gobierno Regional y los propietarios de los terrenos (CEFU. S.A. y Sr. Roque Ortiz), así como con el apoyo del Ayuntamiento de Pliego y la financiación conjunta del grupo empresarial CEFU, S.A. y la Universidad Autónoma de Barcelona. Diversas líneas de análisis han sido facilitadas por un proyecto del Ministerio de Economía y Competitividad (HAR2011-25280 y HAR2014-53860-P). Sin embargo, lo ya conseguido habría sido inviable sin la colaboración especial de otros integrantes del “Proyecto La Bastida” (Lourdes Andújar, Mireia Celma, Selina Delgado, Claudia Molero y Elena Molina), de un insuperable grupo de trabajadores de campo (Alejandro Cayuela, Fernando Martínez, Jacinto Martínez, Pedro Navarro, Francisco Ortíz, Francisco Romera y Pedro Sánchez) y del apoyo de un nutrido grupo de estudiantes y amigos. Bibliografía AYALA, Mª M. (1986), “Materiales argáricos de la Almoloya de Pliego-Mula (Murcia)”, Anales de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Murcia, 2, pp. 29-37. AYALA, Mª M. y POLO, J. (1986), «Dos yacimientos argáricos: el Rincón de Almendricos, el Cerro de las Viñas, Lorca (Murcia). Aportaciones al estudio arqueometalúrgico», en II Convegno di Studi Un millennio di relazioni fra la Sardegna e i Paesi del Mediterraneo. Selargius, Cagliari, pp. 519-531. CIERVA, J. de la y CUADRADO, E. (1945), Los descubrimientos argáricos en La Almoloya de Mula-Pliego (Murcia). Sucesores de Nogués, Murcia, pp. 3-32. CUADRADO, E. (1945a), “Un nuevo yacimiento argárico: La Almoloya (Murcia)”, Boletín Arqueológico del Sudeste Español, 1, pp. 89-90. CUADRADO, E. (1945b), “La Almoloya, nuevo poblado de la cultura de El Argar”, Anales de la Universidad de Murcia, Letras, 3, pp. 355-382. EIROA, J. J. (2004), La Edad del Bronce en Murcia. Real Academia Alfonso X El Sabio, Murcia.

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Museo Arte ibérico el Cigarralejo

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in ninguna duda, contamos en nuestra Región con algunos de los asentamientos de época ibérica más emblemáticos de esta interesante cultura de la protohistoria peninsular. Su importancia radica en el hecho de contar – de forma excepcional, en todo el ámbito ibérico- con los tres elementos que debieron constituir un establecimiento de cierta envergadura, esto es: poblado, necrópolis y santuario. Destacar los conjuntos de Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla), del Verdolay (La Alberca), los Nietos (Cartagena) o El Cigarralejo (Mula). Los pueblos ibéricos son el resultado de la evolución de las sociedades indígenas peninsulares del Bronce Tardío y Final, con la suma de una serie de elementos foráneos, procedentes de los denominados pueblos colonizadores que visitaron nuestras costas de manera incipiente primero y, más sistemática, a partir del siglo VIII antes de Cristo (los fenicios) y a partir del siglo VII (los griegos). Una vez transcurrido el llamado periodo Orientalizante (o etapa que vivieron las distintas regiones de Grecia – siglos VIII-VII a. C. con mucha influencia de los pueblos más orientales, como Fenicia o Asiria, en su etapa final), y sobre todo hacia finales del siglo VI a.C., podemos considerar que la cultura ibérica ya está formada tal y como la conocemos hoy día. Es decir, se trata de una sociedad perteneciente a la Edad del Hierro Pleno, que tendrá su fase de máxima extensión y apogeo durante los siglos IV y III anteriores a Jesucristo, momento en que irán entrando en contacto con los cartagineses y posteriormente con los conquistadores romanos -dada que la Península poseía gran cantidad de recursos, además de su enorme valor estratégico- de

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forma más o menos violenta, hasta que poco a poco acabará por extinguirse entre el siglo I a.C. y el cambio de Era, prolongándose incluso en determinados puntos, a los primeros años del siglo I d.C, ya que la romanización no se repite de forma uniforme en cada uno de los pueblos identificados como íberos. Estas relaciones con las diferentes gentes que arribaron a nuestras costas, les permitieron evolucionar hacia una mayor complejidad social, económica y cultural, recibiendo nuevas técnicas (como el torno de alfarero), la intensificación de la explotación agrícola (trigo, vid y olivo), el desarrollo de la metalurgia del hierro, el uso de la escritura o la acuñación de moneda.

Fig. 1. Mapa de la Península Ibérica, con la ubicación de los principales pueblos y yacimientos ibéricos.

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Por las escasas citas recogidas por los autores clásicos, conocemos los nombres que los corógrafos griegos y latinos (como Hecateo de Mileto, Heródoto, Estrabón, Apiano o Rufo Festo Avieno) dieron a algunas de las tribus íberas. En concreto para el área de Murcia, Alicante y sur de Albacete serian los Contestanos; En Granada y la zona más occidental de la Región de Murcia se ubicaron los Bastetanos; en Valencia se asentarían los Edetanos y en Jaén los Oretanos, en otras zonas estarían los Layetanos, Indiketes, Mastienos, etc., por citar algunos ejemplos. Topográficamente se extienden desde el sur de Francia a la altura del río Herault, hasta el sureste peninsular, siempre con una prolongación máxima hacia el interior de unos 150 kilómetros. Tienen carácter autóctono y se trata por tanto, de pueblos de raíz preindoeuropea con unos rasgos comunes a nivel étnico que también se manifiestan en la cultura material, en la lengua, en muchas de sus costumbres, en el ámbito espiritual y en el ritual funerario. Nunca tuvieron una unidad política más allá del grado de comarca. Al carecer de una administración política común, se organizaron en torno a grandes poblados, gobernados por caudillos, de los cuales dependían una serie de asentamientos menores, del entorno. El espacio ocupado por los establecimientos ibéricos varía considerablemente de unos a otros. En determinados casos nos encontramos con grandes recintos que pueden llegar a ocupar incluso unas treinta hectáreas, mientras que en otros apenas si alcanzan una. Los mayores u oppida debieron ser los centros de dominio político y económico, en tanto que los de dimensiones más reducidas pudieron estar orientados a una economía mixta o tener una finalidad específica, como puede ser la de control y vigilancia, en el caso de las atalayas y los pequeños puestos que dominan las rutas de comunicación, esto es, los pasos naturales entre montañas y los

PÁGINA ANTERIOR: Fig. 2. Conjunto ibérico del Cigarralejo. Vista desde la necrópolis.

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Fig. 3. Recreación de la vida y ritual funerario en el asentamiento del Cigarralejo.

cursos de los ríos, en torno a los cuales se estructuraban dichos poblados. Los poblados ibéricos, como acabamos de exponer, suelen ubicarse en zonas estratégicas próximas a los cursos de los ríos o de manantiales, lo que les permitía abastecerse de agua, además de comunicar de forma natural unos asentamientos con otros. Casi siempre en altura, lo que les proporcionaba protección, a la vez que controlar el entorno y rodeados con recias murallas. Las murallas frecuentemente presentan un buen zócalo de piedra, a veces de gran formato, mientras que para la coronación se usó el adobe, ladrillos de barro endurecido al sol. El urbanismo es desordenado, adaptado al espacio existente, con ausencia de grandes plazas o espacios públicos de reunión. Pero no faltan calles de diversa envergadura, incluso empedradas en cuyas piedras han quedado grabadas las rodadas de las ruedas de las carretas que circularon por ellas. Las casas de estructura normalmente rectangular, cuentan con una o varias habitaciones, algunas con re68

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bancos, igualmente fabricados de adobe y en ocasiones, con un altillo que les permitía almacenar el grano o determinados enseres. La constitución de las casas también es mediante un zócalo de piedra, que puede alcanzar hasta un metro de altura y a continuación, ladrillos de adobe, con un revoque de cal, tanto al interior como al exterior de las mismas. El grosor de los muros varía, los más voluminosos al exterior, llegando a conseguir incluso un metro de espesor, mientras que los tabiques interiores, apenas alcanzan los treinta centímetros. Los suelos de barro apisonado, aunque excepcionalmente aparecen algunos pavimentados con losas irregulares de piedra dispuestas a hueso. Las techumbres a un agua, son de madera, cañas y trabadas con barro. Hacia el interior, se dispondría el hogar, tanto para calentarse, iluminación, como para cocinar. Estudios recientes, han podido determinar la existencia de ciertas casas “singulares”, no tanto por su sistema constructivo, muy similar en todas ellas, sino por el ajuar hallado en su interior, incluso enterramientos infantiles inhumados, lo que indica que serían edificios públicos, capillas, espacios rituales …. no simples viviendas. En cuanto a la estructura social, hemos de apuntar que la ibérica fue una sociedad fuertemente jerarquizada en varias clases o castas muy dispares, pero con una misión bien definida, lo que permitió el buen funcionamiento de cada asentamiento. Por un lado estaría el caudillo o regulo, seguido por la casta guerrera y noble que, además de las armas, tierras y ganado, poseían caballos, símbolos de poder y prestigio para sus propietarios. Igualmente, tuvo gran importancia la clase sacerdotal, en la que debió participar activamente la mujer, tal y como demuestras las representaciones plásticas de la época realizadas en piedra, bronce o cerámica. Les seguirían los artesanos, hombres libres, apreciados por la utilidad y necesidad de sus respectivos oficios (herreros, curtidores, alfareros, ….), continuamos con el 69

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pueblo llano que se ocuparía de los trabajos más duros, como agricultores o ganaderos. También existió la esclavitud. La base de la economía fue la agricultura y la ganadería y en menor medida, la metalurgia, complementadas con la caza, pesca y recolección de frutos. Gracias al estudio de una gran cantidad de objetos utilizados para las labores agrícolas y ganaderas, deducimos que se alcanzó una amplia especialización en estas actividades, creándose la herramienta adecuada para cada oficio, llegando incluso algunas de ellas, hasta nuestros días, caso de las chiflas para curtir pieles, rejas de arado, tijeras para esquilar a las ovejas , hoces y azadas. Se practicó la agricultura de secano, destacando como cultivos fundamentales el cereal, el olivo y la vid, destinándose los excedentes de producción para el comercio. Como especies frutales reseñar el manzano, granado y la higuera. No faltaron determinados cultivos industriales como el lino y sobre todo, el esparto. Se ha documentado la industrialización del esparto, especialmente en el Campus Spartarius, al norte de Cartagena, con múltiples aplicaciones, entre las que sobresalen: esteras, capazos, suelas de calzado y cordajes para la navegación o techumbres de las casas. La ganadería tuvo un papel predominante en regiones específicas y en otras, como complemento a la agricultura. Reseñar la importancia de especies como el buey o el ganado bovino y el caballo, utilizado en la caza, labores agrícola, para el transporte y la guerra y sin ninguna duda, como símbolo de determinado estatus social. Respecto a la caza, deducimos su importancia aunque como una actividad menor, más social que económica, dada la abundancia de representaciones pictóricas en la cerámica ibérica más tardía, en la que, los jinetes, se ayudan de perros para atrapar a su presa. Entre las imágenes pintadas de animales y los restos óseos 70

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encontrados en los asentamientos ibéricos, destacan el jabalí y el ciervo y otras especies menores como liebres y aves. De la pesca sabemos por los pequeños anzuelos que han aparecido en los distintos yacimientos. En cuanto a los elementos de trabajo dominan la metalurgia del hierro en todos los aspectos, por tanto la gran mayoría de los útiles están fabricados con este mineral: desde las rejas de los arados, picos, azadas, tijeras, chiflas para curtir pieles, clavos, agujas y un largo etc. También es de hierro la panoplia usada para la guerra. Su arma característica es la espada de hoja curva conocida como falcata, aunque no faltan otras espadas como la de frontón o la de antenas atrofiadas. Disponen de varios modelos de lanzas arrojadizas, bien fabricadas enteramente en hierro –el soliferreum- o en este metal la punta y el regatón, mientras que el astil fue de madera. Entre las armas defensivas destacar el escudo con el umbo metálico (caetra), cascos, seguramente de cuero o esparto y con los apliques, refuerzos y adornos, metálicos y en menor medida, los pectorales. El uso del torno de alfarero está completamente desarrollado desde el inicio, alcanzándose un dominio absoluto con una tipología amplísima de perfiles adaptados a todas las necesidades que la sociedad ibérica demandaba. Así encontramos desde los grandes vasos

Fig. 4. Hebillas de cinturón de hierro con nielados de plata. Necrópolis del Cigarralejo.

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de almacenamiento de sólidos y líquidos, cantimploras y toneles hasta pateritas para la iluminación, frascos para perfumes y ungüentos, vajilla de mesa con una amplia tipología de fuentes, platos y cuencos, jarras para beber con canalización del líquido mediante bocas trilobuladas y diversos modelos de copas, vasitos de tocador, cerámica tosca para cocinar los alimentos, o incluso vasos plásticos en forma de animales como la paloma y juguetes. Las decoraciones también son variadas, partiendo de composiciones más o menos complejas realizadas con los motivos geométricos a base de círculos concéntricos, tejadillos y líneas, elementos que se repiten a lo largo de todo el desarrollo de la cultura ibérica, hasta las figuras vegetales, zoomorfas y antropomorfas, en escenas mitológicas, festivas, rituales, etc. a partir del siglo III a. C. Otra actividad a destacar es la del hilado y la confección de tejidos, tareas femeninas, tal y como demuestran la iconografía, las fuentes literarias y el registro arqueológico. El tejido tiene una gran carga simbólica, hilar era propio de diosas y signo de virtud de la esposa como recoge la Ilíada y la Odisea. Los tejidos se realizaban en talleres domésticos, aunque existieron tam-

Fig. 6. Falcatas ibéricas de la necrópolis del Cigarralejo.

PÁGINA ANTERIOR: Fig. 5. Urna con tapadera de cerámica pintada con motivos geométricos.

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Fig. 7. Empuñaduras del escudo de la necrópolis del Cigarralejo.

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bién algunos especializados. Muchos ajuares funerarios, algunos masculinos, contienen útiles textiles. Entre otros instrumentos aparecen fusayolas, o contrapesos del huso, placas de hueso perforadas para tejer telas de anchura reducida o los comienzos de los tejidos, que luego pasarían a telares más grandes, además de pesas de telar, agujas de bronce, hierro o hueso, bobinas y estuches para las agujas. Utilizaron varios tipos de escritura y conocemos su semisilabario, gracias a los estudios del profesor Gómez Moreno, no obstante, aun no han podido traducirse los pocos textos que nos han llegado, principalmente grabados con un punzón, sobre planchas de plomo. También poseyeron un sistema de pesas y medidas. Gracias a las imágenes en escultura y pintura de la cerámica se conoce como vistieron los personajes ibéricos, al menos los de una determinada clase social.

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Destacar que las damas se cubrían la cabeza con velos, grandes diademas, altos tocados cónicos o mitras. El velo llegaba hasta la cintura y un largo manto, rematado a veces con borlas, caía sobre los hombros tapando todo el cuerpo. Debajo llevaban un vestido liso o acampanado, terminado en volantes o dibujos ajedrezados. El código de vestir de las jóvenes es diferente. Siempre con la cabeza descubierta, el cabello recogido en trenzas y vestían túnicas ceñidas a la cintura. Los hombres suelen presentar una túnica corta, terminada en pico entre las piernas y manto terciado, sujeto con una fíbula. La cintura ceñida con cinturones y grandes hebillas en forma de placa. En ambos casos, el calzado era cerrado, una especie de escarpines puntiagudos, quizás de cuero. Pasando al plano espiritual, la vida religiosa se manifiesta en buena medida con una serie de santuarios que en nomenclatura actual consideraríamos como pequeñas capillitas de carácter rural. En ellos se llevaría a cabo el culto y tiene especial relevancia la participación del pueblo llano mediante la entrega de ofrendas y exvotos a la divinidad, ya sea para pedirle un favor, bien para agradecerle un bien ya concedido, posiblemente

Fig. 8. Apliques de oro en forma de cabeza humana. T. 235 necrópolis del Cigarralejo.

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Fig. 9. Exvoto de piedra tallada en forma humana. Santuario del Cigarralejo.

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relacionados con la salud o la fertilidad. Dichos exvotos varían de uno a otro con la representación de personas –ya sean fieles orantes y oferentes o sacerdotes-, animales, entre los que predomina el caballo o incluso, partes del cuerpo humano (piernas, brazos, ojos, …). Los materiales en función de la tribu también cambian, pudiendo ser de bronce, de terracota o piedra, así como el tamaño de los mismos. También se han documentado pequeñas capillas urbanas en algunas casas de poblados, cuevas sagradas y espacios al aire libre en donde se celebraría algún tipo de ritual, en base a los numerosos restos de vasitos votivos encontrados en la zona. Entre las ofrendas destacarían objetos personales como anillos o fíbulas y alimentos o libaciones de líquidos, ya sean bebidas o perfumes. Los dioses ibéricos se relacionan con la fecundidad y la naturaleza. En las pinturas cerámicas deidades aladas emergen entre exuberantes vegetaciones aludiendo claramente a la eclosión de la vida. La falta de fuentes escritas impide conocer sus nombres, atributos concretos y los rituales que se llevarían a cabo en su honor. En la escasa iconografía divina se observan claras influencias mediterráneas. Las diosas coronadas con kalathos, identificadas tradicionalmente con una equivalente a Démeter tienen reminiscencias púnicas y clásicas. También se representan a dioses masculinos y femeninos “domadores de caballos” o a numerosos animales como el toro o una especie de lobo “el carnassier” que formaban parte de este mundo, ya fuese como dioses, símbolos, seres mitológicos o vínculos entre el mundo mortal y el más allá, caso de la arpía, encargada de transportar el alma de los difuntos. El análisis de las necrópolis es fundamental para el conocimiento de la espiritualidad del hombre ibérico y su creencia en una vida más allá de la muerte. Los enterramientos se producen en verdaderas ciudades de los muertos, las necrópolis. Por lo general están situa-

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das en las cercanías de los núcleos habitados. El ritual es el de la cremación del cadáver, por este motivo las necrópolis suelen situarse a sotavento del núcleo habitado. Una vez quemado el difunto en una pira funeraria con gran cantidad de leña, de olivo, pino, boj o vid caso de Coimbra del Barranco Ancho, se entierran las cenizas en un hoyo efectuado con anterioridad de forma ovalada o rectangular, con o sin urna cineraria. Los restos óseos son acompañados por el “ajuar funerario”, compuesto por los objetos personales del finado, de uso cotidiano o de prestigio y otros elementos donados por la familia o sus seres queridos. Después se procedía al relleno de la fosa con tierra y finalmente, se construye una pequeña superestructura con piedras de forma cuadrangular. Estas cubiertas son típicas del área contestana y se conocen como empedrados tumulares.

Fig. 10. Exvoto de piedra tallada en forma de caballito. Santuario del Cigarralejo.

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Fig. 11. Exvoto de piedra tallada en forma de asno con pollino. Santuario del Cigarralejo.

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A veces, estas estructuras pueden tener uno o más escalones. Las familias más pudientes, denominadas por la historiografía actual, aristocráticas colocan un monumento llamado pilar-estela que suele coronarse con un toro, león, esfinge etc., a modo de animal apotropaico o guardian y protector de la tumba. En la Región de Murcia, se recuperó en Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla) uno de los mejores ejemplos de la plástica ibérica hoy expuesto en el Museo arqueológico Municipal de esta localidad murciana. La investigación actual no sólo se centra en los elementos del ajuar, sino que también intenta identificar, mediante análisis osteológicos, el número de individuos de la tumba, el sexo del difunto y otros datos de interés como la edad del mismo o la presencia de posibles enfermedades (artritis, artrosis, …). Desgraciadamente la degradación de los restos cremados impide extraer conclusiones del análisis de todas las muestras. Sin embargo, pese a los escasos resultados, se ha logrado am-

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pliar el enfoque del ritual funerario, rompiendo a veces esquemas tradicionales. Concluiremos esta esquemática visión sobre la cultura ibérica, resaltando que en términos arqueológicos, es de las más importantes tanto en la Región de Murcia como en toda la costa mediterránea peninsular. El poblamiento se distribuye a lo largo de los cursos fluviales, siendo el río Segura, el antiguo Thader de las fuentes clásicas greco-latinas y sus afluentes de ambas márgenes, los que articulan el grueso del hábitat ibérico en el solar regional. Uno de estos ramales es el río Mula afluente de la margen derecha. Cerca de la ciudad de Mula y a su vez en la margen derecha del Mula se encuentra el gran conjunto ibérico de El Cigarralejo. Se trata del yacimiento más importante de la comarca, pero también es uno de los más relevantes de la Región, y por tanto con dimensión nacional, junto con los complejos ya citados de Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla) y del Verdolay (Murcia). El Cigarralejo fue descubierto por D. Emeterio Cuadrado en 1945. Durante los tres primeros años trabajó en el santuario ibérico situado sobre un escarpado cerro y fue durante la última campaña de excavación en esta estación, cuando de manera casual se descubrió la necrópolis aneja, situada en la falda de dicho cerro. Desde esta fecha hasta 1988 el Dr. Cuadrado Díaz investigó sistemática y minuciosamente dicha necrópolis ibérica documentando 547 tumbas de incineración. La publicación de sus resultados en distintas revistas especializadas, congresos y simposios hizo que El Cigarralejo se convirtiese en uno de los yacimientos mejor conocidos de la Arqueología Ibérica. En efecto, la extraordinario capacidad de trabajo del Dr. Cuadrado ha hecho que la aportación del Cigarralejo al conocimiento de la cultura material ibérica hay sido excepcional especialmente en el conocimiento de toda la cultura material ibérica, que va desde unas modestas pinzas de depilar a los 79

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Fig. 12. Tumba nº 95 de la necrópolis del Cigarralejo, con encachado tumular de piedra.

PÁGINA SIGUIENTE: Fig. 13. Fragmento de escultura de piedra en forma de cabeza masculina. Necrópolis del Cigarralejo.

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grandes recipientes de cerámica ibérica fina o de barniz rojo, desde el armamento y los calderos de bronce a la cerámica de barro amarillo, las placas de cinturón o las espuelas articuladas. También nos aporta datos esenciales para el conocimiento del ritual, tipología de las tumbas y del paisaje funerario, elementos desconocidos hasta sus estudios. Y, por extensión, como fue la vida y costumbres de esas gentes que habitaron la zona, en base precisamente de los objetos que formaron parte del ajuar funerario del difunto, además de datos tan interesantes como la condición social de finado o su poder adquisitivo, o el reconocimiento que tuvo, por parte de sus conciudadanos. El Poblado no ha sido excavado, pero los datos de la necrópolis nos muestran un yacimiento vivo a lo largo de todo el periodo de desarrollo de la cultura ibérica desde los últimos años del siglo V antes de Cristo hasta las primeras décadas del siglo I a.C. Es pues un

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Fig. 14. Santuario del Cigarralejo.

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yacimiento, por otro lado como el resto de los localizados a lo largo del río Segura y sus afluentes, que no tiene problemas con la llegada física del poder romano después de la Segunda Guerra Púnica (218-201 a. C.), que para la Región de Murcia es a partir de la toma de Cartagena por Escipion el año 209 a.C. Luego después del siglo I en época del emperador Augusto los hábitos y costumbres ibéricos se van diluyendo en el mundo romano hasta desaparecer en su configuración original, en altos cerros amurallado al establecerse en el llano. En el área de Mula existen algunos yacimientos de la cultura ibérica, además de El Cigarralejo, que sin ninguna duda será el paradigma. Entre ellos encontramos el Albardinar conocido sobre todo por una posible urna cineraria decorada con motivos geométricos complejos, desgraciadamente las labores agrícolas han removido al menos las estructuras más superficiales de la estación, dejándolas desperdigadas por la misma. No faltan otra

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serie de asentamientos cuya cronología provisional a día de hoy es ya de época iberorromana o incluso con vestigios de ocupación desde la Edad del Bronce. Destacar los casos del Cabezo del Algarrobo, destruido parcialmente por los abancalamientos modernos; el castillo de la Puebla, Fuente Librilla, Ojos del Buey y del Toro y el cerro de La Almagra, cuya ciudad se emplaza en una ubicación estratégica, al dominar el valle del río Mula, zona cuya explotación agrícola data al menos desde época ibérica. Todos ellos y alguno más que llegan a alcanzar casi la veintena de yacimientos con restos arqueológicos de época ibérica –recogidos en la Carta Arqueológica de Mula- son reconocidos en la investigación por su hábitat romano, pero en los niveles más profundos, aparecen numerosos restos materiales de unos asentamientos anteriores, pertenecientes a la fase final ibérica. Son conocidos exclusivamente por prospecciones en la zona, estando incluso parcialmente destruidos por remociones de tierra, ya sea por causa de la agricultura, como por la construcción de carreteras.

Fig. 15. griegas –skyphoi- de figuras rojas y barniz necro. Necrópolis del Cigarralejo.

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Otros yacimientos de Mula con restos arqueológicos de época ibérica: -Castillo o Cabezo Párraga. Argárico e ibérico. -Cabezo de la Zorrera. Eneolítico e ibérico. -La Cañada del Hoyo o las Pozuelas. Ibérico y romano. -Casa de Mantés. Ibero-romano. -El Charcón. Ibero-romano. -Cementerio ibérico de Yéchar. Argárico e ibérico. -El Corral. Ibero-romano. -Fuente de Yéchar. Edad del Bronce, ibérico y romano. -Aguas abajo de la Piedra Plomera. Ibérico. -Junto al Puente de la Puebla. Argárico, ibérico y romano. -Frente a la Seat. Ibérico. -La Serreta del Abad. Ibérico. -Villa romana de la Cierva. Ibérico y romano. Fotos del Archivo del Museo de Arte Ibérico El Cigarralejo (J. Otero, J. Blánquez y A. López). Dibujo: J. Álvarez y C. Sánchez. Casa Velázquez. Bibliografía: CUADRADO DÍAZ, E. (1950): Excavaciones en el Santuario Ibérico de El Cigarralejo, Mula (Murcia). Madrid: Ministerio de Educación Nacional. Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas. (Informes y Memorias, 21). CUADRADO DÍAZ, E. (1987): La necrópolis ibérica de “El Cigarralejo” (Mula, Murcia). Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas. (Bibliotheca Praehistorica Hispana. Vol. XXIII). VVAA (1998): “Museo de “El Cigarralejo”. Mula, Murcia”. Boletín de la Asociación de Amigos de la Arqueología nº 38. PAGE DEL POZO, V. (coord.) (2005): Museo de Arte Ibérico El Cigarralejo. Guía. Murcia: Dirección General de Cultura. http://www.iberosalbacetemurcia.es/

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La comarca del río Mula. De la romanización a la llegada de los árabes Rafael González Fernández

Rafael González Fernández

La comarca del río Mula. De la romanización a la llegada de los árabes Rafael González Fernández Historia Antigua. Universidad de Murcia

1. Introducción os romanos llegaron a la Península Ibérica en 218 a.C. como consecuencia de su enfrentamiento con los púnicos en la llamada Segunda Guerra Púnica (218202 a.C.). En 209 a.C. fue conquistada Carthago Noua por Publio Cornelio Escipión, quién más tarde, por su victoria frente a Aníbal en las llanuras africanas de Zama en 202, sería conocido como el Africano. A partir de este momento y durante los decenios siguientes Hispania se vio sometida a un complejo proceso que tradicionalmente ha recibido el nombre de romanización, mediante el cual las culturas autóctonas se vieron profundamente alteradas por las nuevas formas de organización romanas. En el año 197 Hispania fue dividida en dos provincias, Citerior y Ulterior. Carthago Noua, la principal ciudad del sureste, permaneció en la Citerior, aunque muy cerca del límite con la Ulterior. Roma, en un primer momento, sólo se interesó por las zonas ricas en minerales, por los puertos y por aquellas zonas del interior que tuvieran un buen acceso y que desde un punto de vista estratégico pudieran ser utilizadas para ir avanzando hacia el interior, por eso los valles de los ríos fueron muy importantes de cara al proceso romanizador. Lo que sí se puede decir es que la romanización fue rápida en las poblaciones costeras, y avanzó sobre las situadas junto a las redes viarias, pero en las zonas rurales progresó más lentamente. Evidentemente la mayor información que poseemos, tanto

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literaria como arqueológica, pertenece a Cartagena y su entorno. A partir de Cartagena los romanos debieron ir extendiéndose hacia el interior. Posiblemente los lugares con surgencias termales serían ocupados y aprovechados prontamente. Nuestra región es particularmente rica en este aspecto: Archena, Fortuna, Alhama y Mula. Como decimos el interior debió romanizarse muy pronto. Pensemos en el templo del Santuario de la Encarnación en Caravaca, quizás en época del propretor Tiberio Sempronio Graco, en el segundo cuarto del siglo II a.C. Poco a poco la población indígena fue integrándose en el sistema romano. El proceso debió acelerarse con la distribución de veteranos de las legiones, una vez licenciados y repartidos por la zona y también por la llegada de negotiatores que veían la península como un buen lugar para desarrollar sus negocios. Ya desde fines del siglo II a.C., alcanzado cierto nivel de pacificación del país, el cambio cultural progresó hacia estas zonas del interior. Uno de los principales instrumentos de romanización fueron las uillae, grandes haciendas que representan un nuevo frente colonizador y que sirvieron para reorganizar amplios territorios poco controlados hasta entonces. Este nuevo patrón de asentamiento en el ámbito rural normalmente consistía en una unidad de explotación de carácter unifamiliar, integrada por un territorio más o menos extenso, destinado a esa explotación, y un edificio o conjunto de edificios vinculados tanto a las funciones residenciales como de transformación, elaboración y almacenamiento de los productos agropecuarios. La implantación de estos centros económicos en zonas rurales fue transformando las comunidades indígenas próximas a ellos, sus solidaridades y sus pautas culturales, insertándolas progresivamente en las actividades de estas empresas agrarias de manera diversa. Desde el siglo I a. C. hasta el siglo IV d.C., será el momento de expansión de estas villas, documentadas en todas las comarcas de la Re89

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gión de Murcia. En líneas generales, en el alto imperio, las uillae en Hispania habían sido poco más que casas de labor, sólo visitadas por sus propietarios en momentos de gran actividad; sin embargo, a partir de finales del s. II d.C. se producen una serie de acontecimientos que originan un cambio socioeconómico y cultural. A partir de la mal llamada “crisis del s. III d.C.”, las uillae se convertirán en residencia definitiva de los propietarios, provocando un cambio en su urbanización y construcción, dando lugar a edificios suntuosos de vocación agropecuaria. Según el agrónomo gaditano Columella (s. I d.C.), en su obra De re rustica, la uilla se dividiría en: pars urbana o dominica, la parte más noble, donde reside el señor (dominus) y su familia, los huéspedes e incluso el servicio doméstico. Y la pars rustica que podía comprender dos zonas: una primera, la rustica propiamente dicha, lugar de residencia de la mano de obra esclava y del personal vinculado a la explotación, y zona donde se guardan las bestias y los aperos empleados en las labores agrícolas. Y una segunda, la pars frumentaria, lugar donde tendría lugar la elaboración, conservación y almacenaje de la producción agrícola. 2. Poblamiento romano. Una ciudad y numerosas uillae Los yacimientos de época romana de la comarca del Río Mula son bastante numerosos. Prácticamente todos los lugares en los que hubiera agua o se pudiera hacer fácil aprovisionamiento de ella estuvieron poblados. En los campos de la Alquibla, Beto, el Ardal o Cajitán son corrientes las casas edificadas sobre antiguos restos romanos o muy próximas a ellos. También en zonas de huerta y sobre todo las cercanas al valle del río Mula son habituales los restos cerámicos y de construcciones que demuestran un poblamiento denso y continuo en el tiempo. Pero donde realmente abundan los restos romanos es en las cercanías del río Mula y de las diversas 90

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ramblas. Hay tres yacimientos que destacan en nuestra comarca. Se trata de dos uillae, Fuente Caputa y Los Villaricos y un tercero, el Cerro de la Almagra, que fue una ciudad importante al menos en época tardoantigua, visigoda y emiral, como veremos más adelante. La Almagra fue excavada de 1997 a 2001, sobre todo la necrópolis del interior de la ciudad. Los Villaricos vienen excavándose desde 1985 hasta la actualidad y de este yacimiento cada vez más disponemos de datos muy interesantes. De Caputa sólo conocemos hallazgos casuales pero que nos dan una idea aproximada de su importancia. Otros lugares de interés por los restos de cronología romana descubiertos a través de prospecciones o hallazgos casuales aparecen junto al cauce del río Mula. Asímismo también son abundantes los hallazgos de cerámicas y monedas en las laderas del castillo de la Puebla. Al Sur de este punto, en el Cabezo de Tronera, en la Alquibla, hay otro establecimiento romano. Junto a la antigua estación del ferrocarril de Mula (al final de la Gran Vía) aparecieron restos que se podrían vincular a un establecimiento rural. Aquí apareció un sillar romano que tenía grabada en uno de sus lados un relieve de bóvido y que, se ha sugerido, por su forma trapezoidal, pudiera tratarse de la clave de un gran arco. Es posible que también en el barranco del Ribazo, en el paraje de Herrero, existiese un asentamiento, a tenor de los hallazgos recogidos por N. Acero y Abad. En Yéchar destaca el hallazgo de un «tesorillo» probablemente de un coleccionista romano dada la heterogeneidad de las monedas: una cartaginesa, ibéricas, hispanolatinas de Carteia, de Ebussus, Gades, etc., que se encuentran en la actualidad en el Museo Arqueológico Provincial. Otro hallazgo interesante, y que nos muestra la temprana penetración de los romanos en el interior de la región, fue hecho en Fuente Librilla, en las cercanías de un molino próximo a esta localidad, donde al parecer se encontraron 196 denarios republicanos, de los que 91

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uno era ibérico. Estas monedas desaparecieron poco tiempo después de su hallazgo, hacia 1941, pero en el Museo Arqueológico Provincial se conservan dos denarios, procedentes de esta pedanía, y que coinciden cronológicamente con los del tesorillo, pues la mayor parte de las monedas fueron fechadas por los «técnicos» como del tipo de los Dióscuros (aunque las del Museo no presentan en su reverso esta imagen), que se dejan de utilizar en la segunda mitad del siglo II a. C. y las del museo se fechan en 152 y 132 a. C. 2.1. Caputa. El yacimiento de Caputa (o Fuente Caputa) está situado muy cerca de la actual fuente y a lo largo del tiempo se han ido descubriendo, bien por trabajos agrícolas, bien por intervenciones de clandestinos, algunos restos arquitectónicos y escultóricos, bases de prensa de aceite y restos de un complejo termal que vendría a demostrar la importancia del lugar en época romana. Se sitúa entre los relieves de Cejo Cortado y Herrero, dando lugar al nacimiento de la rambla de Perea. Es uno de los reposaderos más importantes de la Cañada Real de Calasparra, que desde aquí va a Yéchar, hasta llegar al valle del Segura en Archena. A poca distancia se sitúa el estanque o pantano de El Ardal. Las aguas de esta segunda fuente eran retenidas en una presa que en la actualidad conserva 120 cm de grosor y los mismos de profundidad y una longitud de 50 m. La acumulación de sedimentos propició la construcción de la presa actual, con una longitud de 29 m. y grosor de 80 cm, levantada en los siglos XV ó XVI, aunque los orígenes de la presa podrían ser romanos. En cualquier caso el topónimo es muy significativo, pues “caput aquae”, o simplemente “caput”, en latín significa fuente. Caputa junto a las tierras de El Ardal y Cajitán posiblemente formarían un gran foco de explotación agrícola. Otros

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Fig. 1. Paraje de Caputa.

yacimientos de la zona son Las Contiendas y La Hoya de Cajitán con una fuerte tradición íbero-romana. 2.2. Los Villaricos El yacimiento que en la actualidad se conoce con el nombre de Los Villaricos1 constituye un buen prototipo del patrón de asentamiento al que nos hemos referido en la introducción. Gracias a las campañas de excavaciones se han podido constatar toda una serie de aspectos que lo convierten en uno de los ejemplos más notables conservados en la Región de Murcia. La identificación de áreas de carácter residencial junto con otras dos relacionadas con la transformación y almacenamiento de un producto de primera necesidad en el mundo antiguo como era el aceite y el vino, así parecen demostrarlo. Por otra parte también se han podido recuperar elementos decorativos característicos de estos establecimientos, tales como mosaicos, pinturas, mármoles, etc., los cuales debieron satisfacer los deseos de lujo y comodidad que albergaban estos ricos propietarios agrícolas. El yacimiento se sitúa en el paraje conocido como “Arreaque”, a unos 5 km. al este de la localidad de 1)  Recibirá esta denominación por parte de Don Emeterio Cuadrado en su publicación sobre el Santuario del Cigarralejo de 1946, anteriormente sólo era conocido como Arreaque y los Villaricos era el topónimo que se utilizaba desde el siglo XVIII para referirse al Cerro de la Almagra.

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Mula. Muy cercano al río Mula, a unos 300 m. en línea recta hacia el suroeste. Su cauce discurre unos 25 m. por debajo de la cota en que se ubica el mismo, merced al profundo abarrancamiento que se localiza desde el actual embalse hasta más abajo de los Baños. También hay otro curso de agua, en este caso discontinuo, en las cercanías de nuestro asentamiento es la denominada Rambla Perea. Los recursos hídricos de este espacio han provenido tradicionalmente de fuentes y pozos abiertos en la zona. Estos debieron ser, en principio, el mismo tipo de recursos de los que se debió abastecer la villa. Al yacimiento se accede a través de la carretera que conduce hacia el embalse de la Cierva y el paraje de Fuente Caputa y que precisamente atraviesa el yacimiento, por lo que se encuentra dividido en dos sectores, si bien las investigaciones realizadas se han centrado de manera exclusiva en el sector norte del mismo. En las cercanías del yacimiento hay restos de un tramo empedrado de una posible vía romana que uniría esta área con la zona de Archena. Concretamente el tramo empedrado recibe el nombre de “cuesta del camino viejo de Yéchar”, y que también podría estar relacionado con el camino que llevaría a la zona íbero-romana de Archena, pero también relacionable con el abastecimiento de agua del río. La excavación de todo este recinto ha aportado nuevos e interesantes testimonios acerca de la fabricación y comercialización de vino y aceite. En este sentido, casi toda la documentación existente hasta ahora va referida de forma casi exclusiva al aceite bético, destinado básicamente a la exportación. Quedan, sin embargo, por analizar, todos aquellos aspectos relacionados con la fabricación y distribución interior de dicho producto en otras zonas de Hispania, a nivel de pequeñas áreas, con una atención especial a la relación establecida entre campo y ciudad, y entre las distintas explotaciones agrícolas. En este sentido el yacimiento de Los Villari94

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cos adquiere un especial relieve por encontrarse en las cercanías del Cerro de la Almagra, un antiguo núcleo urbano de similar cronología en el que esa relación de interdependencia parece bastante clara y constituye una nueva línea de investigación a abordar en un futuro. El área residencial de Los Villaricos (la pars urbana o dominica) está dividida en dos partes; por un lado, la zona residencial propiamente dicha, situada en el centro del edificio con un patio central en torno al cual giran las distintas habitaciones y espacios domésticos y, por otro, la zona termal situada en el lado oeste del edificio, con espacios destinados a los baños de agua caliente, templada y fría. La zona de trabajo (pars frumentaria) de esta villa se encuentra repartida en dos sectores. La primera que se descubrió, situada en el sector este del edificio señorial. Las estancias destinadas a esta zona formarían parte de un complejo torculario destinado a la obtención, elaboración y almacenaje de vino. Una segunda zona destinada a la elaboración de aceite en lo que denominamos sector sur, objeto de excavaciones desde el año 2011 hasta la actualidad, en donde se ha descubierto un edificio de casi 700 m dedicado a la elaboración de aceite. Por último, hay por el momento documentadas tres zonas de enterramiento. La primera de ellas, situada a unos 90 m al noroeste del edificio, formaría parte de la necrópolis original de la villa y se han documentado solo 2 tumbas expoliadas. Una segunda zona, junto a la almazara, en el sector sur, que corresponde a una tumba señorial excavada en la roca y posiblemente cubierta por algún tipo de pequeño recinto. La tercera, la más numerosa y extensa ocupa toda la zona residencial, una vez amortizados los niveles de ocupación de la villa, utilizándose como necrópolis tardía con un total de 35 tumbas de distintas características que giran en torno a un edificio de planta absidal de carácter religioso.

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Fig. 2. Planimetría de Los Villaricos.

La perduración en el tiempo del establecimiento rural de Los Villaricos va quedando bien constatada mediante la identificación hasta el presente de un total de cuatro fases desarrolladas a lo largo de como mínimo cinco siglos de existencia. Desde una primera fundación, a fines del s. I - inicios del s. II d.C., hasta la finalización de su actividad, que habría que situar hacia mediados-finales del s. V d.C., se aprecian toda una serie de remodelaciones y transformaciones en los distintos espacios excavados hasta hoy. Por último, y tras el abandono y posterior ruina de la zona de hábitat, se establecerá allí una necrópolis perteneciente a una población de carácter residual asentada en algún punto cercano, tal vez utilizando estructuras de la propia villa. Ello constituye un nuevo punto de interés, dado que nos situamos ya en ese período de la Antigüedad tardía que conduce al tránsito hacia la Edad Media, en el cual subsisten todavía numerosas incógnitas por dilucidar. La presencia de baños (balnea) en los establecimientos rurales hispanorromanos se extendió durante el s. I d.C., generalizándose a la totalidad del territorio pe96

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ninsular a lo largo del s. II d.C. La presencia de estos balnea es un elemento indispensable de las uillae ante la imposibilidad de realizar el baño diario en los establecimientos termales públicos de las ciudades. El edificio termal de Los Villaricos presenta una disposición en dos bloques yuxtapuestos correspondientes al área destinada a los baños fríos, al norte, y a las habitaciones calefactadas y sus dependencias de servicio, al sur y poniente. Hay una primera estancia (habitación 26) que podría tener las funciones de apodyterium (vestuarios) o de letrina que, aunque no tiene comunicación directa con los baños, podría incluirse dentro del conjunto termal. El esquema de funcionamiento es el típico de la mayor parte de estos balnea donde el frigidarium (baño de agua fría), tepidarium (templado) y caldarium (caliente) se suceden de una forma más o menos lineal. Se accede al complejo a través del gran porche o corredor (habitación 8) que distribuye los accesos a las distintas áreas de la villa y nos encontramos con una amplia sala (habitación 28), que actuaría como distribuidor, ya que por un lado, hacia el oeste, da acceso a una gran piscina o natatio (nº 29). Por el este, aparecen los restos de una exedra (nº 30) que en su día debió cerrar esta gran sala; por detrás se crea un nuevo espacio, de tendencia igualmente absidal (nº 31), abierto por un pequeño corredor situado al norte de la misma. Estas salas podrían estar destinadas al mantenimiento y manejo del praefurnium u horno que calentaba, por el este, las estructuras termales. Al sur de ese gran espacio que venimos definiendo como distribuidor (nº 28), se localizan las estancias utilizadas para el ciclo del baño caliente, que se encuentran elevadas y a las que se accede a través de un doble acceso en forma de “L”. Ingresamos en una estructura octogonal (nº 32) cuya función pudo ser la de espacio de transición (tepidarium) hacia el baño caliente (caldarium) o, incluso, teniendo en cuenta su posible vinculación directa con un horno situado al este, la de 97

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laconicum o sudatio para baños de vapor. El caldarium, situado al oeste, tiene un alueus rectangular con varias remodelaciones como puede apreciarse en los 3 niveles de suelo. Deja ver el sistema de suspensura para la circulación del aire caliente por debajo del pavimento a través del agujero realizado por la acción de los excavadores clandestinos. Rodeando por el sur las últimas estructuras termales, y con el fin de abastecer a la natatio citada, existe una conducción de agua, cubierta por losas de arenisca y tegulae, realizada en mortero hidraúlico que desaguaba, mediante un tubo de cerámica, en esa gran piscina. La pars urbana o dominica es la parte de la villa más noble, la zona donde residen el dominus y su familia, los huéspedes e, incluso, el servicio doméstico. Se trata de un esquema de vivienda donde se reproducen en gran medida los esquemas de casa mediterránea con un patio central alrededor del cual se dispone un peristilo organizador en torno al cual se distribuyen las distintas estancias funcionalmente diferenciadas, propias también de las grandes domus (casas) de la ciudad, donde habitualmente residen sus propietarios durante los siglos I y II d.C. En estos siglos, la villa aúna el carácter productivo e, incluso, industrial y de venta de esos productos con el de lugar de otium para los propietarios. A partir del s. III d.C. se convertirán en la residencia definitiva del propietario y su familia, asistiendo así a un proceso de urbanización de las uillae, donde la domus será el reflejo de la mayor o menor influencia del dominus en la nueva aristocracia provincial, de carácter rural, que se desarrolla a partir de esa fecha en occidente. Las uillae, convertidas en asentamientos señoriales, serán la expresión del cambio de las normas arquitectónicas, artísticas, económicas y sociales que regían el mundo del campo. Partiendo de un largo corredor a modo de fachada principal porticada (nº 8) que unifica y da acceso tanto 98

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a la domus en la parte central, como a las termas al oeste y al torcularium (lagar) al este, nuestra villa sigue más o menos el esquema típico de los establecimientos de este tipo en la Península, en donde el desarrollo de la pars urbana gira en torno a un peristilo porticado con un triclinium (comedor) al norte, siguiendo el eje de la entrada principal, situada al sur; y la zona termal ocupando parte de la zona oeste. La presencia de elementos (concamerationes) que confirman la existencia de habitaciones calefactadas, el hallazgo de mosaicos, fragmentos de mármol y restos de pinturas murales son indicadores del grado de refinamiento y suntuosidad de la villa. Un pasillo central (nº 14) da acceso al interior de la vivienda, en la que se han documentado hasta el momento un total de 56 ámbitos diferentes. El eje central es un patio interior (nº 15) rodeado por un pasillo de distribución al cual se abren la mayoría de las estancias delimitadas en esta zona. Si bien, la mayoría de ellas aún están por excavar, destacan las habitaciones

Fig. 3. Vista aérea del edificio principal de la villa, con las termas, el edificio residencial y el lagar con su gran almacén.

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Fig. 4. Mosaico de los Villaricos.

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del lado sur (nos 19 a 25) donde dos de ellas (nº 22 y 23) aparecen con pavimentos de mosaicos polícromos decorados con motivos geométricos. Hay que hacer una mención especial de la habitación 25 donde se ha localizado un aljibe subterráneo en perfecto estado de conservación, que almacenaba el agua de lluvia procedente del patio central a través de una canalización que atravesaba el pasillo y venía a desembocar en el aljibe a través de un desagüe de plomo situado en el interior. Toda la domus se reutilizó como necrópolis en época tardía (s. V-VII d.C.), localizándose por el momento un total de 35 tumbas de distinta tipología, halladas tanto en superficie como excavadas en los niveles de amortización de la propia villa, y que ocupan en su mayoría el patio central y algunas de las habitaciones y pasillos situados en torno al edificio de planta absidal (nº 43). Las características específicas de este edificio

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Fig. 5. Aljibe subterráneo.

indican que nos encontramos ante un ámbito de especial significación dentro del conjunto arquitectónico de la domus. Sus amplias dimensiones (70 m2 sin contar con la zona del ábside) y su disposición, en el extremo contrario del eje que marca el acceso al patio, nos remiten al esquema típico de este tipo de asentamientos rurales para aquellos salones de representación, oeci o triclinia, esta debió ser en origen la función de este espacio. Se trata de una habitación (nº 43) de grandes dimensiones prolongada al oeste por un espacio absidal (nº 45) de tendencia ultrasemicircular. El edificio se abre al peristilo a través de un amplio vano de ingreso integrado por un umbral de 3 grandes losas de piedra de La Almagra con acusado reborde hacia el exterior destinado a alojar los batientes de la puerta. Por lo que respecta al ábside, se trata de un espacio singular con tendencia a la forma de herradura, desproporcionado respecto a la gran sala rectangular (nº 43) que, con toda probabilidad, nos indica que se trata de un espacio añadido en un momento posterior al de la construcción y uso originales de dichas salas. Bajo un potente derrumbe de piedras aparecen los restos de un pavimento de 101

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mosaico de opus tesellatum policromo con elementos ornamentales geométricos en mal estado de conservación y con numerosas lagunas provocadas, entre otros motivos, por las agresiones derivadas del prolongado uso y reaprovechamiento de estos espacios. Se trata de un tipo de mosaico de similares características a los documentados en las habitaciones 22 y 23 y en la zona norte del peristilo. La aparición de varios fragmentos de lucernas con iconografía cristiana durante el proceso de excavación y, sobre todo, la presencia de una importante cantidad de tumbas (35 por el momento) situadas en las zonas próximas a este edificio hace suponer la reutilización de esta zona como espacio destinado al culto cristiano. La presencia de este campo de tumbas ocupando la mayor parte del patio central y reaprovechando los espacios abandonados de las antiguas habitaciones y pasillos situados en torno al mismo, es un hecho común dentro en este tipo de establecimientos en época tardía. Se trata de enterramientos de distinta tipología (cubiertos con lajas de piedra, con encachados de cal, piedras o fragmentos de cerámica), con orientación NE-SO, situados en los niveles de colmatación de este sector que proporcionan una cronología más tardía para toda la zona (s. VI y principios del s. VII d.C.), momento en el cual la villa ya ha sido abandonada como establecimiento residencial de explotación agropecuaria y adquiere un carácter más religioso para la población residual que quedaría en la zona. La entidad de este torcularium (lagar) –único excavado de forma sistemática hasta el momento en nuestra región- pone de relieve la importancia de la producción y comercialización del vino todavía muy poco estudiada al sur del conuentus Carthaginiensis. Al norte del pasillo distribuidor (nº 8) se abren las estructuras destinadas a la industria de transformación y elaboración de vino. La habitación 1 podría corresponder a un calcatorium en donde la uva sería pisada; tiene el suelo 102

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realizado con mortero hidráulico y rebordes de media caña, con una ligera inclinación que lo conecta a través de una canalización con un gran lacus o depósito anexo (hab. 5) en su lado norte. La habitación nº 2, tiene en su centro una plataforma cuadrangular (2,10 x 2,70 m.), realizada con mortero hidráulico, sobreelevada unos 8 cm. con respecto al suelo circundante, destinada al prensado de la uva después del pisado o directamente. Al norte, en la habitación nº 7, se conserva in situ la gran piedra que haría las funciones de contrapeso para facilitar la obtención del vino. Es un gran bloque de piedra caliza procedente del Cerro de La Almagra con dos entalles laterales con forma de cola de milano, destinadas a la fijación al mecanismo de torno característico de este tipo de instalaciones. El líquido obtenido de este pisado y prensado pasaría a través de canalizaciones a un gran lacus o depósito (habitación 5), anexo a las habitaciones 1 y 2, utilizado para la fermentación del vino. Está revestido de mortero hidráulico y tiene un inclinación hacia el este, en cuyo muro aparecen dos canalizaciones desiguales (20 y 10 cm de diámetro) que van a desembocar en unos depósitos de pequeño tamaño situados en la habitación contigua. La existencia de 4 depósitos de decantación en la habitación 9 nos plantea en la actualidad un gran interrogante. Puesto que para la producción de vino no son necesarios y no sabemos cuál podría ser su función más allá de la decantación. Se trata de 3 piletas rectangulares de distintas dimensiones dispuestas en batería y otra cuadrangular, más pequeña, al este, realizadas en opus caementicium recubierto de mortero hidráulico de color rojo. Todas las piletas se encuentran en un mismo plano respecto del gran depósito y dos de ellas, comunicadas directamente con éste, podrían destinarse a recibir, tal vez, el mosto resultante de diferentes prensados. Por último, situada en el extremo oriental del torcularium, la habitación nº 6 se corresponde con una gran nave rectangular de 103

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30 x 10 m destinada al almacenaje del vino (¿también aceite?) para su transporte y comercialización. La habitación se halla dividida en tres naves mediante una serie de pilares prismáticos de piedra caliza procedentes de la cantera del Cerro de la Almagra. Se trataría de una cella uinaria. Una segunda zona dedicada a la producción se encuentra en lo que hemos denominado sector sur. Se trata de una de las almazaras más grandes de la Hispania romana. En este lugar hemos podido documentar una nueva área de producción, un gran torcularium con un edificio de casi 700 m2 (y aún quedan estructuras anejas por excavar) dedicado sin lugar a dudas a la producción de aceite. Consta de tres grandes espacios paralelos dedicados al prensado de la aceituna mediante cinco grandes prensas y una de menor tamaño. En la habitación de prensado se han conservado 4 lapides pedicinorum, así como restos de solado en opus spicatum, típico de los suelos de almazaras. En el otro espacio, dedicado a los contrapesos de las prensas, a una cota menor para imprimir mayor fuerza al prensado, hemos podido recuperar cuatro contrapesos y seis fosas. El tercer espacio paralelo a estos dos estaría dedicado a zona de recepción del aceite prensado con distintas piletas de decantación. También hemos identificado la zona de molienda en donde hemos hallado una gran mola olearia y una estructura circular de ladrillo relacionada con esta función. Entre estas dos estructuras ha aparecido una pequeña habitación que la identificamos con el tabulatum, el lugar en donde se depositaba la oliva para proceder a su molienda. La parte que todavía no ha sido excavada podría corresponder a la zona de almacenaje del aceite una vez que se ha decantado a la espera de su distribución y comercialización (cella olearia).

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3. El Cerro de la Almagra: Mula, ciudad de Teodomiro El yacimiento conocido en la actualidad como Cerro de la Almagra está situado en la pedanía de los Baños de Mula a unos 6 km de la ciudad de Mula. Está emplazado sobre un pequeño cerro de caliza travertínica junto al río Mula en su orilla izquierda y justo enfrente de los establecimientos termales actuales. Ocupa una importante situación estratégica como nudo de comunicaciones hacia el noroeste de la región, como paso también hacia Andalucía y hacia la zona de Archena en relación a la importante vía Carthago Noua-Complutum. Este cerro amesetado se eleva con una altitud media de 276 m, con una superficie delimitada de unas 7 Has. Aunque no tenemos referencias literarias ni epigráficas acerca del núcleo en época antigua y no conocemos los orígenes de la ciudad, sin embargo es posible que por su situación estratégica haya tenido un origen muy temprano, posiblemente a partir de época augustea, aunque esto no deja de ser una hipótesis. También es posible que la explotación del travertino rojo sobre

Fig. 6. Vista aérea del torcularium de aceite de Los Villaricos.

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Fig. 7. El Cerro de la Almagra.

el que se asienta la ciudad y que tanta importancia tuvo en la decoración escultórica y arquitéctonica de Carthago Noua , tuviera que ver con el crecimiento y expansión económica de la zona, unido además a la explotación termal que, sin lugar a dudas, debió llevarse a efecto pero de la que aún no tenemos claros testimonios arqueológicos. La referencia historiográfica más antigua la encontramos en el s. XVIII en la obra del padre franciscano P. Manuel Ortega. En el siglo XIX y en la primera mitad del XX es mencionado por varios historiadores locales que dan numerosas noticias acerca del yacimiento y de los hallazgos allí realizados. Es reseñable el hecho de que el yacimiento fuera conocido hasta mitad del siglo XX como Villaricos, pues así lo denominan los historiadores y eruditos locales (ya hemos hecho mención al cambio de nombre por Emeterio Cuadrado). Pero sería a partir del estudio de Gonzalo Matilla de 1986, cuando se plantea seriamente la identificación del cerro de la Almagra con Mula, una de las ciudades citadas en el pacto de Teodomiro. Desde entonces la mayor parte 106

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Fig. 8. Vista de la muralla desde el norte.

de los investigadores dan por hecho que hablar de la Mula del pacto de Teodomiro es hablar del Cerro de la Almagra. Desde 1997 a 2001 se pudo excavar en el yacimiento lo que hizo que pudiéramos conocer alguna parte de su historia debido a los hallazgos que se realizaron en ese corto período de tiempo. Se pudo limpiar y excavar superficialmente parte de las fortificaciones de la ciudad. Concretamente en la parte norte del yacimiento, y de oeste a este, ha perdurado en mayor o menor medida un tramo de unos 850 m de longitud de una gran muralla, bastante bien conservada en los últimos 100 metros de la zona oriental y de la que se han documentado al menos dos fases constructivas. Aunque los trabajos en la muralla se limitaron a una limpieza casi superficial, se llegaron a documentar un total de siete torreones de forma trapezoidal, con los derrumbes formando taludes tanto en el exterior como en el interior. Asimismo por las prospecciones y excavaciones en el entorno de la ciudad conocemos tres cementerios. Uno, el más importante, se localiza en el interior de la ciudad y otros dos fuera del recinto amurallado. De estos dos últimos, de los cuales únicamente conocemos su existencia, uno se encuentra situado a la caída de la muralla 107

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en su parte occidental, con tumbas de cista según los testimonios orales recogidos; de este cementerio procede un collar de 56 cuentas de pasta vítrea y otros materiales, datable entre el siglo V y VI d.C., y relacionado con los que aparecen asociados a elementos germánicos en las necrópolis visigodas. El segundo se encuentra a unos centenares de metros al este de la ciudad. En el principal, situado en el interior, en la zona sur. En él aparecen un número indeterminado de tumbas, de las que se han excavado 40, así como un edificio con cabecera cuadrangular, cuyas dimensiones no son en principio de grandes proporciones, pero que hemos interpretado como una iglesia o basílica, dada su planta, en torno a la cual se han realizado los enterramientos. El edificio en cuestión tiene una orientación aproximada de E-O, planta rectangular (8,57 x 4,09 m), una cabecera de forma cuadrada orientada al Este (2,92 x 2,84 m). La longitud total del edificio es de 13,41 x 5,47 m. Aunque aún queda mucho por excavar en toda la zona de la necrópolis, parece claro que nos encontramos ante un edificio de culto situado dentro de la ciudad. Un “locus cultual” que aglutina a su alrededor un número aún indeterminado de sepulturas, de tradición romano-cristiana puesto que han aparecido restos de tapas de sarcófago de mármol, algunas decoradas, fechadas en los dos primeros tercios del siglo IV d.C., y que podrían proceder de la zona de la necrópolis, al S-O del edificio, destrozada por las labores de la maquinaria de la cantera que estuvo trabajando en la zona hace varios años. Por lo que respecta a la cronología de este conjunto funerario continuamos manteniendo la que nos proporcionó el hallazgo de una placa y hebilla de cinturón liriformes en la tumba nº 11 durante la campaña de 1998; este hallazgo nos sitúa todo este conjunto en torno al segundo cuarto del s. VII d. C. Las tumbas se sitúan al sur, al norte y al oeste del edificio. Dado que la excavación se suspendió en 2001 no sabemos si se prolongaría 108

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en torno a la cabecera del edificio, por el lado oriental. En el interior del edificio aparecieron 4 tumbas con las mismas características y disposición que el resto. En su totalidad se trata de tumbas de inhumación, típicas en la Península Ibérica desde el s. III d.C., que se evidencia aquí mostrando unos individuos sin ajuar donde sólo unos pocos presentan algunos adornos o pertenencias. Están excavadas en la roca, siempre en dirección E-O y cubiertas de lajas, bien en superficie o en un segundo recorte, cuyo número varía en función del tamaño de la tumba; los restos humanos se encuentran depositados en posición decúbito supino con los brazos a lo largo del cuerpo y manos sobre la pelvis, la mayoría en mal estado de conservación y sin ajuar. Se constata también la práctica de la reutilización, bien poniendo a un lado los restos contenidos en la tumba, bien depositándolos justo encima y ladeando la cabeza del primer inhumado. Se trataría de una necrópolis ad sanctos. En cuanto a los contextos cerámicos la amplia cronología del yacimiento permite obtener un importante registro de materiales desde época romano-republicana

Fig. 9. Necrópolis ad sanctos de la Almagra

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hasta contextos altomedievales. No obstante, las intervenciones realizadas en el Cerro nos han permitido obtener una mayor información sobre los niveles tardíos y de abandono del yacimiento. La presencia generalizada de cerámicas tardías realizadas a mano de marcada producción local y de ámbitos geográficos próximos predomina sobre cualquier otro tipo de producción, especialmente en los niveles más tardíos y, sobre todo, en los de abandono. Se trata de tipos de escasa variedad morfológica donde predominan las ollas y las marmitas de fondo plano, paredes rectas o ligeramente exvasadas y asas de lengüeta que arrancan de las formas típicas de cronología tardorromana y visigoda, bien documentados en el cerro de La Almagra, evolucionando hasta época emiral y postcalifal. Son tipos generalmente destinados a las labores de cocina, realizados con pastas de abundante desgrasante, especialmente ideadas para soportar el fuego y los cambios bruscos de temperatura típicos en la elaboración de la comida; dentro de las cerámicas destinadas al uso cotidiano en la cocina, hay que mencionar la presencia de cazuelas. Aparecen también un buen número de fragmentos de tapaderas, tanto lisas como decoradas con incisiones. Dentro de los recipientes de almacenaje, destinados a contener, transportar o almacenar alimentos, han aparecido fragmentos de grandes tinajas. En general, los niveles más tardíos y de abandono del yacimiento revelan un predominio de producciones realizadas a mano o torneta, con un repertorio formal no muy amplio que, sin embargo, abarca la mayoría de las cerámicas de cocina, transporte y los grandes contenedores, dejando para la vajilla de mesa los tipos cerámicos elaborados a torno. El predominio del modelado manual, junto a la presencia de desgrasantes gruesos en la composición de sus pastas responde en la mayoría de los casos a una estrategia productiva destinada a lograr una cerámica

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culinaria eficaz y adaptada a las condiciones de fabricación. Sobre la superficie del cerro se observan diversos amontonamientos de piedras, así como estructuras de muros semienterradas, y restos de elementos arquitectónicos, entre ellos algunos fragmentos de fuste de columna, un sillar con un gatillo y una imposta, así como varios fustes aparecidos como elementos reutilizados tanto en la necrópolis como en la muralla. Otros restos aparecen reutilizados en la llamada ermita vieja o torre de la Puebla de Mula. Asimismo han aparecido fragmentos de celosía en piedra caliza del mismo tipo de los aparecidos en la basílica de Algezares y otros fragmentos procedentes fundamentalmente de hallazgos ocasionales y muchos de ellos se encuentran en colecciones particulares. También se han descubierto varios fragmentos en el interior de la ciudad. Uno de ellos, en manos privadas, es una porción de tapa de arenisca fina y está trabajado muy toscamente con una serie de relieves a modo de

Fig. 10. Plano general del yacimiento con el detalle de la necrópolis. Al norte la muralla con los torreones.

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Fig. 11. Dos placas de cinturón (una nielada) y una contera de tradición merovingia.

gajos. Otro fragmento de tapa de sarcófago de mármol blanco se encuentra depositado en el Museo Arqueológico Nacional. Lo único que conserva la pieza es un pie desnudo y a la derecha de éste un león, con melena trabajada a trépano, medio incorporado sobre los cuartos traseros y las fauces abiertas en actitud agresiva que se pueden fechar en la primera mitad del siglo IV d.C. y que debe corresponder al conocido tema de Daniel en el foso de los leones. El último fragmento conocido es un trozo de tapa de sarcófago de mármol con iconografía petrina que se fecha entre 350-360 d.C. Los hallazgos de la producción toreútica son interesantísimos. Procedentes de una colección conservada en el Ayuntamiento de Archena hay algunos objetos que fueron extraídos de La Almagra por medios clandestinos, casi con toda seguridad de la necrópolis ad sanctos: un jarro visigodo de bronce sin decoración, de uso bautismal o eucarístico, hebillas y placas de broche de cinturón de placa rectangular de tipo liriforme, así como una lengüeta o contera, todas con decoración geométrica y cuya cronología se puede situar en torno 112

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al segundo cuarto del siglo VII d.C. Un segundo grupo de objetos de adorno personal, de carácter excepcional, publicados recientemente, nos reafirman el carácter extraordinario del yacimiento. Se trata de dos placas de cinturón, una de ellas completa, con hebilla y aguja de tipo liriforme, la única aparecida en un contexto arqueológico cerrado. La otra, conformada por un broche liriforme incompleto, pero damasquinado, es una pieza excepcional; ha perdido la hebilla y la aguja y está fabricado en hierro dulce cuya principal característica es su decoración damasquinada, construida a partir de laminillas de latón de color dorado y también incrustaciones de plata, en amplias zonas de su cara frontal. Este tipo de decoración se adscribe normalmente a la segunda mitad avanzada del siglo VII y aunque es mucho más habitual en el mundo merovingio no es extraña en absoluto en el mundo visigodo. Una tercera pieza que corresponde a una lengüeta o contera, piezas también raras (en la Almagra hay dos lengüetas frente a cinco broches) con una decoración realmente exclusiva

Fig. 12. Siete dírhams omeyas aparecidos en La Almagra.

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en la que destaca un ave zancuda y, sobre todo, en la parte proximal de la lengüeta, lo que hemos interpretado como una serpiente de dos cabezas, la anfisbena, conocido símbolo dual del Bien y del Mal muy utilizado en el arte cristiano, que se utilizó con relativa frecuencia en los ornamentos de la corte merovingia del siglo VI al VIII. La toreútica procedente del Cerro de la Almagra se caracteriza por la conjunción de una serie de elementos, estilos e influencias exteriores, matizadas por un fuerte sustrato tardorromano y aunadas por los talleres hispanovisigodos, que desembocan en un estilo propio, con matices locales y que se desarrolla de manera homogénea en la Península durante el s. VII d.C. En cuanto a la cronología del conjunto de piezas de manera más específica proponemos una fecha en torno al segundo cuarto del s. VII d.C. en adelante. Pero quizás uno de los hallazgos más destacables, por su valor de reconstrucción histórica, sea siete dírhams emirales de plata, que presentan una banda cronológica muy corta. Se trata de piezas de la ceca de Al Andalus, omeyas, correspondientes al emirato de alHakam I, y que conforman un conjunto muy homogéneo desde el punto de vista cronológico: seis de las siete piezas corresponden al año 206 de la Hégira (6 de junio 821/26 de mayo 822 d.C.) y la séptima al 205 de la Hégira (17 de junio 820/5 junio 821 d.C.). Se localizaron relativamente cerca unas de otras, en una superficie aproximada de 150m2, en la zona de la necrópolis ad sanctos, cinco de ellas en el edificio identificado como iglesia o basílica dentro de una estratigrafía con materiales tardíos, en un conjunto cerrado; posiblemente se encontraban cuando cayeron en un pequeño envoltorio, estuche de tela, u otro material perecedero, del que no nos han llegado restos. Las otras dos aparecieron aisladas en dos puntos distintos. La estrecha banda cronológica que presentan las piezas no es habitual en nin114

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gún hallazgo y menos cuando se han exhumado en tres puntos distintos. La misma fecha para casi todas las piezas e incluso el que cinco de ellas apareciesen juntas hace viable una interpretación en la que los propietarios de las piezas las perdiesen todas al mismo tiempo como consecuencia de una misma circunstancia. Si aceptamos que las monedas se encuadran en un mismo contexto arqueológico nos encontramos ante un elemento importante de datación de la fase final de ocupación del yacimiento, fechándolo con gran exactitud; y si a ello añadimos que la cronología que ofrecen las piezas abarca un arco muy concreto, esto encuadra mucho más las circunstancias del último momento de ocupación del yacimiento. Eso nos lleva a abrir un camino hacia la reflexión sobre las posibles circunstancias de la desocupación sistemática de la ciudad en un momento muy preciso, el año 821/22 d.C. o inmediatamente después. En este sentido además hay que añadir la estratigrafía del yacimiento que habla de un nivel de abandono sistemático. Por ello la fecha última de ocupación del yacimiento no puede exceder en demasía a la de la última fecha de las monedas, es más, nos aventuramos a suponer que al llevar casi todas ellas la fecha, en ese momento o muy poco después debe ser el momento de la desocupación total del yacimiento, un abandono precipitado. ¿Cuál fue la causa? La hipótesis planteada es que la ciudad fue destruida en el contexto del final del rescoldo godo de Tudmir, el territorio del Levante peninsular asociado a la figura de Teodomiro, y al pacto con él y sus herederos. Sabemos por las fuentes árabes que desde 821 a 829, las tropas del emir se hicieron con el poder de la zona, acontecimiento y proceso que se cerró con la fundación de Murcia en 825 y pocos meses después la renombrada Iyyuh fue destruida, como así aseguran todas las fuentes, aunque de todas las posibles ubicaciones de este núcleo en ninguno hay restos claros de un arrasamiento. Lo que la arqueología ha 115

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demostrado es que también fue destruida la ciudad de Mula, en una fecha no muy lejana a la que marcan los dírhams que han aparecido en el yacimiento: en torno al año 822, posiblemente no mucho tiempo después. En cualquier caso es muy curioso que, en principio, solamente aparezca una secuencia clara de devastación en esta ciudad de Mula que formó parte del pacto que fue firmado algo más de 100 años antes. Como conclusión podemos decir que el territorio de la comarca del Río Mula conoció una temprana romanización ya en el siglo II a.C. Que desde el siglo I a. C. y sobre todo a partir de época de Augusto, y como consecuencia del gran avance económico y urbanístico de Cartagena, toda la región se vio fortalecida por una coyuntura social y económica muy favorable. La gran cantidad de restos romanos, fundamentalmente uillae, así lo confirman. Aunque las fuentes literarias y epigráficas “callan” a partir del siglo III, sin embargo la arqueología nos confirma a través de los estudios realizados en Los Villaricos y en el Cerro de la Almagra que la zona vivió un siglo III y IV esplendoroso. Asimismo para épocas posteriores, concretamente la época visigoda, constatada en La Almagra, los hallazgos de nuevo vienen a mostrar una ciudad que seguramente en el siglo VII mantendría unos niveles urbanísticos muy aceptables, como por ejemplo los que se conocen en Begastri (Cehegín) sede episcopal en época visigoda. Con la llegada de los árabes en 711 el panorama no debió cambiar mucho. Es más, la ciudad con sus potentes murallas, fue una de las firmantes del llamado pacto de Teodomiro en 713, por lo que hemos de suponer que Mula pertenecía a la jurisdicción de este dux visigodo que firmó un tratado con los musulmanes y que les permitió seguir con su vida y sus costumbres a cambio de pagar impuestos. Definitivamente el mundo antiguo para nuestra comarca terminó con la fundación de la

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Mula bajo la dominación musulmana José Antonio Zapata Parra

José Antonio Zapata Parra

Mula bajo la dominación musulmana José Antonio Zapata Parra Arqueólogo Municipal de Mula

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comienzos del siglo VIII la Hispania goda estaba sufriendo una profunda crisis política, económica y social, cuya manifestación más evidente fue la decadencia de numerosas ciudades, entre ellas, las del sureste de la Península Ibérica. El declive se produjo entre los siglos IV y VII, dando paso a la desaparición de antiguas ciudades, al abandono de los asentamientos en llano, a la ocupación de lugares elevados y a la ruralización de la sociedad. La comarca del río Mula no fue ajena a esta situación, sufriendo un proceso de ruralización cuyo reflejo más significativo fueron las villae de Caputa y Villaricos, cuyos orígenes en época imperial se remontan hasta al menos el siglo V. En el caso de Villaricos, parte de la villa terminó convirtiéndose en una necrópolis de inhumación alrededor de una edificación de tipo religioso, donde se han documentado cerámicas toscas y algunas lucernas africanas con motivos cristianos que podemos fechar en el siglo VII. La ciudad de Mula se ubicaba entonces frente a la pedanía de Los Baños, junto al río Mula, en el denominado cerro de la Almagra. Sus orígenes hay que vincularlos a la explotación en época augustea del travertino rojizo que conforma el cerro, aunque su momento de apogeo debemos situarlo entre los siglos IV y VI, con una decadencia en las dos centurias siguientes. Las excavaciones arqueológicas realizadas en el yacimiento han sacado a la luz los restos de una gran muralla, una basílica y una necrópolis visigoda. Según las últimas investigaciones, esta ciudad sería la que encontraron los conquistadores a comienzos del siglo VIII tras la firma del Pacto de Tudmir en el año 713, siendo abandonada

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Mula bajo la dominación musulmana

Fig. 1. Vista aérea del cerro de La Almagra desde el castillo de Alcalá.

y destruida un siglo después, cuando Abd al-Rhaman II envió sus tropas para acabar con la rebelión que existía en la zona, destruyendo algunas ciudades del Pacto, como Iyyuh o Mula, y fundando la ciudad de Murcia en el año 825 para controlar la zona. El emirato dependiente de Damasco (713-756): La firma del Pacto de Tudmir El desorden social y la inestabilidad política existente en el reino visigodo fueron aprovechados por las tropas musulmanas que entraron en la Península Ibérica y comenzaron la conquista del reino visigodo en el año 711. Dominadas las ciudades de la Bética y la capital toledana, las tropas al mando del Abd al-Aziz se dirigieron al sureste, llegando a las tierras gobernadas por Teodomiro. En la primavera del año 713, Abd al-Aziz firmó un tratado de paz con el comes (conde) visigodo Teodomiro. La capitulación, conocida como Pacto de Tudmir o Teodomiro, fue firmada por el gobernador de la región del sureste peninsular con el objeto de continuar en el gobierno del territorio y de que se mantuvieran los edi123

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ficios de culto cristiano. A cambio entregó a los musulmanes siete ciudades, entre ellas Mula, prometió no colaborar con sus enemigos y aceptó un doble tributo anual en metálico y en especie. Los impuestos a pagar a los conquistadores se calcularon en función del número de miembros del ejército islámico y según el estatus jurídico de los vasallos. El pacto fue el garante de la inmutabilidad de las estructuras sociales y económicas, aunque su efectividad fue muy relativa debido a los cambios que la conquista musulmana introdujo desde el primer momento: “Carta otorgada por Abd al-Aziz b. Musa b. Nusayr a Tudmir hijo de Gabdus certificando que se avino a un acuerdo de paz, y tiene el pacto de Dios y su garantía, y la garantía de su Profeta, Dios lo bendiga y salve, de que no se modificará su situación, ni a ninguno de los suyos, y él conservará su soberanía, y ellos no serán matados, ni esclavizados, ni separados de sus hijos y mujeres, ni obligados a abjurar de su religión, ni serán quemadas sus iglesias. Y él conservará su soberanía mientras esté a nuestro servicio, sea leal y cumpla lo que hemos estipulado. Y ello es válido para siete ciudades: Orihuela, Balantala, Alicante, Mula, Begastri, Iyyuh y Lorca. Y él no dará refugio a ningún enemigo perseguido por nosotros ni a ningún enemigo nuestro, ni coaccionará a nadie que esté bajo nuestra salvaguardia, ni ocultará ninguna noticia del enemigo que sepa. Y él y los suyos tributarán: un dinar cada año, cuatro almudes de trigo, cuatro almudes de cebada, cuatro qist de mosto, cuatro qist de vinagre, dos qist de miel y dos qist de aceite; y el esclavo tributará la mitad de eso. Fueron testigos de ello: Utman b. Abi Abda al-Qurasi, Habib b. Abi Ubayda al-Qurasi, Abd al-Lah b. Maysara al-Fahmi, y Abu Qa´im al-Hudali. Fue escrito en rayab del año noventa y cuatro de la Hegira.” (Al-Dabbi, m. 1203).

De esta forma entraba Mula en la órbita musulmana. Tras el pacto se iniciaron los asentamientos de árabes y beréberes en Tudmir, con el fin de garantizar el 124

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Fig. 2. Pacto de Tudmir en el códice de al-Dabbi.

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Fig. 3. Castillo de Alcalá con la pedanía de La Puebla de Mula al fondo.

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control militar de la zona. Esencialmente fueron grupos clánicos árabes, que prefirieron por lo general asentarse junto a los núcleos de población visigoda. Este fue el caso del campamento militar que se instaló en Alcalá (actual Puebla de Mula) para controlar a la población ubicada en el cerro de la Almagra. Los asentamientos fortificados de los inicios de la conquista musulmana solían ser designados con el término qal´a, de donde proviene la voz Alcalá. Durante estos años, la población ubicada en el cerro de la Almagra sufrió un proceso de aculturación dejando atrás las reminiscencias clásicas romanas y visigodas, cambios que se reflejan en los materiales cerámicos, donde se imponen las producciones locales sobre los utillajes llegados del comercio norteafricano, venido a menos tras la conquista árabe del norte de África en

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el siglo VII. Los materiales documentados durante las excavaciones arqueológicas muestran producciones cerámicas realizadas a mano o torneta, con un repertorio que abarca las formas de cocina (cazuelas, marmitas, tapaderas), transporte (jarras) y almacenamiento (tinajas), dejando para la vajilla de mesa los tipos cerámicos elaborados a torno (ver fichas en catálogo). Con respecto a las cronologías, son materiales claramente emirales, fechados entre los siglos VIII y X. El emirato independiente (756-929): El abandono del cerro de la Almagra y el origen de un nuevo asentamiento La llegada de estos nuevos grupos tribales árabes, entre los que destaca el yund (ejército) de Egipto, no pudo realizarse sin conflictos con la población autóctona. Por las condiciones del Pacto de Tudmir, la cantidad de tierras disponibles para repartir entre los conquistadores era escasa, por lo que el asentamiento de nuevas familias alteró el régimen de propiedad establecido, provocando la enemistad hacia los omeyas de los dirigentes hispanogodos representados por Teodomiro y después, por su sucesor Atanagildo, que apoyó varios movimientos rebeldes a lo largo del siglo VIII. En el año 756, el omeya Abd al-Rhaman I estableció el emirato independiente de Córdoba como respuesta al golpe de estado abbasí en Damasco. La región de Tudmir se convirtió en una zona de rebeldes e insurrectos al nuevo estado. No sólo los hispanogodos sino también los grupos tribales árabes y beréberes se mostraron reticentes al nuevo poder omeya. Con respecto a la población que habitaba el cerro de la Almagra, los escasos datos de los que disponemos nos muestran que continuó habitada de forma residual, posiblemente por muladíes (población indígena convertida al Islam). El principal problema de este periodo fueron las protestas de los muladíes, que disconformes con las 127

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nuevas estructuras económicas, sociales y políticas de los omeyas, se levantaron contra el poder establecido. Estas protestas se agravaron con los contínuos enfrentamientos entre yemeníes y muladíes, que dieron lugar a la fundación de Murcia. El conflicto definitivo se originó en el año 822 cuando grupos tribales establecidos en el campo de Sangonera se enfrentaron entre sí por problemas en los repartos de propiedades. El enfrentamiento reproducía la rivalidad entre los árabes del norte (qaysies) y los del sur (yemeníes), enviándose desde Córdoba un ejército para sofocar el conflicto y pacificar el territorio. Calmada la zona, el emir impuso una reordenación de la administración con el establecimiento de la nueva capital en Mursiya (Murcia) el 25 de julio del año 825 y la destrucción de Iyyuh (Ello): “El emir Abd al-Rhaman envió una carta a Yabir b. Malik para que se instalase en Mursiya, y la hiciera sede de los gobernadores, como se hizo y puso en efecto desde entonces, carta fechada el domingo, transcurridas cuatro noches del mes de Rabic I de este año (H. 210, 25 de junio de 825), en el que también llegó la carta que ordenaba la destrucción de Iyyuh, en la Cora de Tudmir, donde primero surgiera esta sedición, con la fecha de luces, catorce del mes de Du l-Qaeda (27 de febrero de 826).” (Ibn Hayyan, m.1075).

Mula debió correr la misma suerte que la ciudad de Ello, siendo destruida entorno al 826. Los investigadores del yacimiento proponen como fecha de abandono una horquilla cronológica que abarca entre el 822, fecha de la acuñación de siete dírhams de plata hallados en los niveles de abandono e incendio del yacimiento y el 829, momento en el que la zona era estable (ver ficha en catálogo). Las monedas, acuñadas en el último año del gobierno de al-Hakam I, no llegaron a ser fragmentadas por lo que se perdieron u ocultaron al poco tiempo de su emisión.

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Lo que sucedió con la población de cerro de la Almagra es una incógnita, pues no se conservan fuentes que narren lo sucedido. Al igual que en otras zonas del sureste, próximas a estas ciudades de origen romano que habían perdurado en época visigoda, surgieron nuevos asentamientos y a su vez, crecieron otros como consecuencia de la llegada de población de esas ciudades destruidas o abandonadas. A 7 km del cerro de la Almagra comenzaba a desarrollarse un nuevo asentamiento, una fortificación en altura conocida en las crónicas y fuentes árabes con el término de hisn Mula, lugar que terminaría convirtiéndose en un centro de dominio del territorio y de las alquerías y poblaciones próximas. Tras un corto periodo de calma, que coincide con el gobierno de Abd al-Rahman II, la inestabilidad volvió a reproducirse desde el año 870. De todas las revueltas, la más importante fue la dirigida por Umar ibn Hafsun en la Serranía de Ronda entre el 888 y 917. En Tudmir será encabezada por Daysam ibn Ishaq que se hizo con el poder en Lorca, cuyo ejército en numerosas ocasiones consiguió rechazar a las tropas omeyas, hasta que el emir Abd Allah lanzó una campaña militar en el año 896 que acabó con la revuelta y restableció la autoridad omeya en los territorios sublevados. Las tropas tuvieron que restablecer también la autoridad en Ricote y Aledo, lo que evidencia la inestabilidad que había en la región. A pesar de la toma de Lorca, los hijos de Daysam permanecieron en el gobierno. Según E. Molina, las tropas de Abd Allah recorrieron parte del territorio muleño para sofocar a Lorca: “El domingo primero de rayab (14 de agosto de 896) emprendió el ejército el regreso pasando por la fuente del diablo y el castillo de Aledo, donde acampó al anochecer. Faltó agua en camino y perecieron más de treinta hombres y muchas acémilas. El caid Ahmad b. Muhammad ordenó a sus emisarios ir a la ciudad de Lorca para advertir a Daysam su intención de acampar en su territorio.” (Ibn Hayyan, m. 1075). 129

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Califato omeya de Córdoba (929-1031): el desarrollo del nuevo asentamiento Con la proclamación de Abd al-Rahman III como califa el año 929 y el envío de un general bereber a gobernar Tudmir, comenzó un periodo de estabilidad que acabó de asegurar la capitalidad de Murcia sobre el resto de poblaciones. Mula, que se encontraba en torno a su actual ubicación, no pasaría de ser un hisn (fortaleza) que controlaba el territorio a sus pies y las zonas más próximas. Había tomado el nombre de la antigua ciudad ubicada en el cerro de la Almagra que un siglo antes había sido destruida. No sabemos si el topónimo se asimiló por la proximidad geográfica o como consecuencia de ser la nueva sede de los gobernadores mandados a controlar la zona conocida como Mula. La población sería mayoritariamente muladí, que hablaba un dialecto romance, según afirmaban las tropas cordobesas que en el 896 estuvieron reduciendo poblaciones rebeldes. Otro de los núcleos firmemente establecidos sería Alcalá, cuyo origen como hemos dicho anteriormente fue un campamento militar establecido frente a la ciudad visigoda de Mula en el cerro de la Almagra. Estos nuevos asentamientos, que iban adquiriendo una base poblacional sólida, controlarían núcleos rurales más pequeños y alquerías de pequeñas dimensiones vinculadas a explotaciones agrícolas y ganaderas. Durante el siglo X, en zonas más alejadas, se consolidaron nuevos núcleos de población fortificados que condicionaron el poblamiento de su entorno y que sustituirían antiguos núcleos de origen romano. En el noroeste emergió Caravaca, Calasparra, Cehegín (como sustituta de Begastri) o Moratalla, todas ellas, como más adelante veremos, dependientes del iqlim (distrito) de Mula.

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Las referencias de las fuentes documentales son escasas para la región de Tudmir en estas fechas, siendo una provincia escasamente urbanizada, donde los husun (plural de hisn) o fortalezas debieron ser elementos de trascendencia en la organización social del territorio. Mula, en este periodo no debió ser más grande que el resto de poblaciones, aunque si el núcleo mejor protegido y fortificado, constituyendo una referencia defensiva de la población diseminada en su territorio circundante. Posiblemente haya que relacionar su despegue con la labor de estabilización que desarrolló el califato en la segunda mitad del siglo X. A este momento debe corresponder la primera creación de un cerco o recinto defensivo y la construcción de la que posteriormente sería la Acequia Mayor, cuyo nacimiento se encuentra

Fig. 4. Torre de La Puebla de Mula.

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Fig. 5. Acequia Mayor de Mula.

a 14 km de Mula en el denominado azud del Gallardo. La llegada de agua sería fundamental para el abastecimiento de la población y para el desarrollo de una agricultura cuyo mayor exponente era la huerta. Reino de taifas (1031-1090): Mula como punto geoestrátegico de Tudmir Con la crisis del califato comenzó un proceso de desintegración política que desembocó en numerosos poderes autónomos que conformaron los reinos de Taifas. 132

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La región de Tudmir quedó entre los nuevos estados de Almería y Valencia, cuyos emires se disputaron su anexión. En 1027 parte de la región de Tudmir quedó englobada bajo Jayram de Almería, y a partir de 1038 bajo el emir de Valencia. Mula probablemente a partir del siglo XI, como otras localidades del Sarq al-Andalus, iniciaría su despegue demográfico a pesar de ser un momento de inestabilidad política. En Mula, debió ocurrir algo similar a lo que plantean Navarro Palazón y Jiménez Castillo para Siyasa, donde saben por una sentencia de Ibn Rusd, recogida por al-Wansarisi, que como consecuencia de la fitna (guerra civil) que tuvo lugar tras la caída del califato, algunas comunidades campesinas que estaban dispersas en diferentes alquerías, se unieron y se trasladaron al hisn más elevado de la zona. Estabilizada la situación, los pobladores se asentaron en una alquería cercana a la fortificación y cuando la paz se confirmó regresaron a sus lugares de origen, aunque la alquería en la que estuvieron instalados al principio de la paz, ya se había desarrollado sobre las demás. El momento de estabilidad en la zona terminó en 1078 cuando Ibn Ammar, primer ministro del rey sevillano al-Mutamid, con la ayuda de Ibn Rasiq, gobernador de Vélez Rubio, se apoderó de la fortaleza de Mula, confiando su guarda y custodia al propio Ibn Rasiq, mientras sus tropas sitiaban Murcia. La ciudad fue azotada por el hambre y una delegación de Murcia se dirigió a Mula para concretar la capitulación de la ciudad. Murcia fue tomada e Ibn Rasiq nombrado gobernador. Mula adquirió en este periodo una notable importancia desde el punto de vista estratégico y militar. Hasta finales del siglo XI estuvo posiblemente bajo el gobierno de Ibn Rasiq, que fue detenido en 1089 acusado de haber proporcionado víveres a los cristianos de Aledo, que un año antes habían tomado dicha plaza. En ese momento Ibn Rasiq se hallaba independizado de la 133

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taifa sevillana y le convenían los continuos saqueos que sufrían ciudades como Lorca por las tropas de Aledo, aún bajo la taifa sevillana. Por lo tanto, el siglo XI será el momento del despegue y desarrollo urbano de Mula, con una fortaleza y una población defendida por una muralla de la que no se conservan vestigios. Se desarrolló extendiéndose por toda la ladera del cerro del Cabezo, entre dos barrancos. Las viviendas ocupaban los espacios surgidos de las curvas de nivel, bien defendidas por la cerca, a cuyos pies se encontraba un foso. Junto a él estaba la Acequia Mayor, que regaba la espléndida huerta desarrollada bajo la misma. Contaría la población con mezquita, que no sólo era el lugar de culto y oración, sino también un punto de encuentro donde se hacían públicas las disposiciones oficiales del poder central, un lugar para la administración de justicia y el vehículo de islamización donde se impartía la enseñanza del Corán y la lengua árabe. El peso político, económico y social de Mula comienza a hacerse notar en la región de Tudmir y prueba de ello es que un destacado literato y lector coránico en Murcia y Valencia nació en Mula, se trata de Abu Yafar Ahmad b. Sadon al-Muli, el cual llegó a ejercer estas materias en la corte del monarca de Albarracín, Ibn Razin. En este periodo, el territorio controlado por Mula era muy extenso. Sabemos por un texto de al-Udri (m.1085) que la cora de Tudmir estaba dividida en este siglo en 17 aqalim (sing. iqlim) o distritos. Aunque en la relación del geógrafo no se nombra a Mula, sí aparece en otros textos posteriores como distrito de la cora de Tudmir, concretamente en al-Himyari, que dice que Caracava era una qaray (alquería) del iqlim de Mula o en Abu l´Fida, que dice que entre los distritos de Murcia se hallaba Mula.

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La dominación almorávide (1090-1147): La refortificación de la ciudad En 1089 Al-Mutamid solicitó de nuevo ayuda a los almorávides con el fin de conquistar Aledo. La campaña fue un fracaso, siendo el detonante definitivo para que el califa almorávide Yusuf ibn Tasufin se decidiera por la conquista de al-Andalus, incorporándola como provincia de su imperio. En 1091, tropas al mando de su hijo sometían Aledo, Murcia y el resto de Tudmir, incluida Mula. Poco después caía Sevilla, Valencia en 1102 y Zaragoza en 1110. Comenzaba un periodo de ortodoxia religiosa, gran centralismo y control militar. De esta forma Murcia se convertía en la capital del territorio de Sarq al-Andalus, residiendo en la ciudad varios miembros de la familia real almorávide. Fue un periodo de gran actividad intelectual, cultural y cons-

Fig. 6. Torre y lienzo de muralla en la zona este del albacar.

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tructora, ampliándose la mezquita aljama de Murcia, levantándose nuevas murallas, viviendas y palacios, entre los que hay que destacar el complejo áulico de Dar as-Sugra, el alcázar menor levantado a las afueras de la ciudad a comienzos del siglo XII, bajo el actual convento de Santa Clara la Real. Sabemos de Mula para estos años por el viajero al-Idrisi (m. 1162), que la nombra como una de las ciudades o mundun (sing. madina) de la región de Tudmir junto a Murcia, Orihuela, Cartagena, Lorca y Chinchilla. En este momento, Mula ya no es nombrada en los texto árabes como hisn sino como madina, lo que nos indica la relevancia que había adquirido en un territorio que era la llave de paso entre la vega media del Segura, donde se hallaba la capital, y el noroeste. Con el objetivo de defender el territorio, los almorávides fortificaron los enclaves más importantes, levantando murallas como las del arrabal de la Arrixaca en Murcia o las del arrabal de Lorca. Posiblemente, todas estas murallas debieron levantarse con posterioridad a 1125, momento en el que Alfonso I el Batallador pasó por Murcia y Lorca en dirección al valle de Almanzora, regresando con numerosos botines. Consecuencia de ello fue la implantación del impuesto llamado al-ta´tib por el emir Ali ibn Yusuf, destinado a reparar las murallas de las principales ciudades. A este momento debe corresponder la refortificación de la madina de Mula tal y como hoy se presenta. La fortificación muleña, contaba con tres recintos diferenciados que se extendían desde la ladera a la cima del cerro del Cabezo y que corresponden a la muralla de la madina, al albacar y a la alcazaba. La técnica constructiva empleada fue el tapial, utilizándose en ocasiones zócalos de mampostería: • La primera línea defensiva, protegía a la madina andalusí de cualquier ataque invasor. Su trazado 136

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discurría por la zona septentrional del actual eje viario que conforman las calles del Carmen, Santo Domingo y el inicio de la calle de las Monjas, donde giraba en dirección norte hasta enlazar en los altos de Santo Domingo con la muralla del albacar. Un fuerte desnivel, de hasta 10 m, reforzaba el carácter defensivo de la muralla, a cuyos pies se encontraba el foso y la Acequia Mayor. • La segunda línea defensiva, se levantó en la ladera media del cerro, creando un espacio denominado albacar. La funcionalidad de este espacio ha sido muy discutida por la historiografía, algunos autores le asignan una función de refugio, mientras que otros hablan de función ganadera del espacio. Esta cerca descendía pronunciadamente desde la alcazaba, enlazando por el oeste con la muralla de la ciu-

Fig. 7. Torre y lienzo de muralla en la zona sur del albacar.

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dad en los altos de Santo Domingo, donde giraba formando la línea meridional que recorre la ladera media del cerro del Cabezo, hasta conectar con la muralla que descendía de la alcazaba por su parte este. En el interior del albacar se ubica un aljibe de grandes dimensiones que los lugareños denominan “La cueva de los moros”. La línea defensiva conserva en la actualidad varías torres cuadrangulares y lienzos que en algunos puntos llegan a alcanzar 10 m de altura y 2 m de ancho. • La tercera línea defensiva pertenecía a la alcazaba, fortaleza situada en la parte más alta del cerro con una forma poligonal, en cuya parte más alta debía de existir una gran torre. Aunque la construcción del castillo del marqués de los Vélez en el siglo XVI se realizó sobre la fortificación andalusí, aún se aprecian restos de lienzos y torres rectangulares realizadas en tapial, así como un aljibe. Ibn Mardanis (1147-1172): Mula, un centro de poder secundario En 1145 se volvieron a reproducir las rivalidades clánicas en Murcia. El estado almorávide se desintegraba, iniciándose un nuevo periodo de fragmentación territorial. En este clima de inestabilidad, el emir zaragozano Ibn Hud tomaba Murcia al mando de su lugarteniente Ibn Mardanis que, tras su muerte en 1147, se haría con el gobierno de Tudmir. El rey Lobo, como lo conocían las fuentes cristianas, extendió su poder desde Almería hasta Guadix y desde Écija y Carmona hasta la sierra de Cazorla. De esta forma convertía a Murcia en la capital de un gran emirato adherido al califato abasí y rodeada de otros centros de poder secundarios como Lorca, Orihuela, Alicante y Mula. La política de Ibn Mardanis estuvo basada en una alianza con reinos cristianos en su lucha contra los al138

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mohades. En este sentido, en 1165 el califa Yusuf I organizó una expedición contra el estado mardanisí. Según Ibn Sabih al-Sala, las tropas almohades intentaron hacerse con Murcia, acampando junto a Vélez Rubio. Desde allí, a través del río Castril se introdujeron por Baza y Caravaca hasta sitiar Murcia. En su recorrido debieron pasar por Mula y su territorio, donde los almohades capturaron miles de reses en la zona de Caravaca, dependiente del iqlim de Mula. Estos continuos asedios provocaron que Ibn Mardanis mandara levantar sólidas fortalezas, así como residencias fortificadas para su familia. Esta labor no pasó desapercibida para los cronistas de la época:

Fig. 8. Vista aérea del recinto de la alcazaba andalusí desde la zona norte del cerro del Cabezo.

“Los tiempos no cesaron de servirle (a Ibn Mardanis), pues se preocupó por reunir quien fabricara máquinas de guerra, edificios y delicadas labores de exorno, y se dedicó a construir asombrosas alcazabas y grandes paseos y jardines.” (al-Yaha, m. 1179).

En este sentido mandó construir el castillo y castillejo de Monteagudo y las fortalezas de la Asomada y 139

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Fig. 9. Vista aérea del castillo de Alcalá.

del Portazgo en el puerto de la Cadena. Se ha planteado también la posibilidad de que el castillo de Alcalá (Puebla de Mula) tenga origen mardanisí. Autores como Bazzana, Cressier y Guichard afirman que la fortaleza fue posiblemente un granero estatal levantado en esta época. Finalmente, en 1169 el suegro de Ibn Mardanis, Ibn Hamusk, lo traicionaba entregando sus dominios de la Sierra de Segura y Jaén a los almohades. En 1171 hacían lo mismo Lorca, Elche, Alzira y Valencia, lanzándose los almohades por segunda vez sobre Murcia. En 1172 fallecía Ibn Mardanis y su hijo, siguiendo los consejos de su padre, entregaba la ciudad continuando como gobernador. Durante los veinticinco años de reinado del Rey Lobo, la región de Tudmir conoció un gran florecimiento cultural, que tuvo su reflejo en Mula, donde sabemos por las fuentes biográficas árabes que en el siglo XII había una sede judicial, donde impartía justicia el cadí o juez Muhammad b. Rafi b. Muhammad b. Hasan al-Qaysi (m. 1195).

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Fig. 10. Fortificación de la puerta del castillo de Alcalá.

Mula en época almohade (1171-1228): El momento de máximo esplendor Será en este periodo cuando Mula alcance un gran desarrollo urbano y cultural. La evolución de la ciudad y su desarrollo agrícola, la convirtió en un referente en el sureste: “La ciudad de Mula está al oeste de Murcia y posee huertos exuberantes.” (Ibn Said al-Magribi, m. 1274).

Diferentes autores árabes que escribieron sobre la región de Tudmir a lo largo del siglo XIII, incluyen a Mula entre las ciudades más importantes: “Además de Orihuela, de la que se dice era Tudmir, nombre del rey que antiguamente regía y a quien le arrebataron los musulmanes cuando la conquista. Y están también Callosa, Elche, Lucentum Mayor y Lucentum Menor, ambas a orillas del Mediterráneo, Petrel, Awwlih, Mula, Pliego de Mula, Librilla, Sotana, Calpe, a orillas de Mediterráneo y Denia, un puerto frecuentado.” (al- Watwat, s. XIII-XIV).

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La madina de Mula debió contar con una población considerable, localizada sobre las actuales calles de Santo Domingo y del Carmen, por donde discurría el primer recinto amurallado. En su interior, las casas se articularon en los espacios habilitados por las curvas de nivel del cerro, desarrollándose las calles principales en dirección este-oeste. Junto a estas, existían callejuelas con una orientación norte-sur, que de forma serpenteante conectaban con las principales, así como adarves para entrar a las viviendas. El esquema de las casas era casi siempre el mismo: de planta rectangular con un eje norte-sur sobre el que se levantan las salas principales (salón, pórtico y patio central), mientras que el resto de espacios los ocupan las habitaciones secundarias y de servicio (cocina, letrinas y establos). Las diferencias entre las viviendas se debían al poder económico y riqueza de sus dueños, a las necesidades de adaptación a la orografía del terreno y a la falta de espacio. Los espacios públicos se desarrollaron junto a las mezquitas, donde se localizarían posiblemente los baños públicos y el zoco, lugar destinado a las actividades comerciales. En el interior de la ciudad también se desarrolló la judería. La presencia de judíos era una muestra del esplendor intelectual y socio-económico de la ciudad. Sabemos por la documentación bajomedieval de la existencia de judíos en Mula, agrupados en un barrio independiente. Tres puertas ubicadas a mediodía, oriente y poniente, servían para comunicar la ciudad con el exterior. A estas puertas hay que unir las que conectaban con el recinto del albacar y con la fortaleza, así como los portillos, abiertos en un tramo o lienzo de muralla entre las puertas principales. A extramuros y junto a una de las puertas principales se ubicaban los mercados de carácter periódico y de ámbito comarcal o regional. También fuera de la cerca se desarrollaron los arrabales, posiblemente como 142

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consecuencia de la saturación de la ciudad. Estos asentamientos crecían sin planificación urbana, creándose verdaderos barrios que en algunas ocasiones estaban habitados por gentes de un mismo oficio (alfareros, curtidores, esparteros, etc.). El cementerio también debió estar situado a extramuros, junto a una puerta y camino principal. Otro dato importante que refleja el desarrollo social de Mula, es la formación que llegaron a alcanzar algunos personajes originarios de esta ciudad como Jattab al-Gafiqi, escribano y alfaquí; Abu abd Allah, alfaquí malikí, notario y cadí de Murcia, conocido como “el muleño”, y por último, Yahya ibn Abd al-Malik, maestro de tradiciones proféticas. Durante estos años de dominación almohade, al igual que otras ciudades del entorno como Murcia y Lorca, Mula refortificó de nuevo sus murallas según las disposiciones ordenadas por el califa. Ibn Sabin al-Sala narra que durante la estancia en Murcia del califa al-

Fig. 11. Planimetría de la madina de Mula con sus fortificaciones.

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mohade Abu Yaqub Yusuf en 1172, se reunió con los gobernadores de los castillos fronterizos con el objetivo de planificar la reestructuración de los sistemas defensivos, de conocer el estado en que se encontraban, adaptarlos a las nuevas concepciones defensivas y ordenar los reacondicionamientos necesarios. La decadencia del imperio almohade comenzó con la derrota sufrida en las Navas de Tolosa frente a Alfonso VIII de Castilla en 1212. Esto permitió que tropas de Castilla y Aragón avanzaran sobre al-Andalus, descendiendo las fronteras hasta Alcaraz y el Júcar, muy cerca de la región de Tudmir. Los andalusíes percibieron que los almohades no podían defenderlos, lo que fue aprovechado por los diferentes gobernadores almohades de cada región. El emirato hudí de Murcia (1228-1238) En estos momentos de inestabilidad e incertidumbre provocados por el avance de los cristianos surgió la figura de Ibn Hud al-Mutawakil, que desde Ricote reunió un ejército sublevándose contra los gobernadores almohades de Murcia y Valencia en 1228, a los que venció, reconociendo al califa de Bagdad y autoproclamándose el mismo año emir al-Muslimin, es decir, el emir de los musulmanes en al-Andalus. Hacia 1232, Ibn Hud controlaba todo al-Andalus a excepción de las tierras situadas al norte de Denia, bajo un sucesor de Ibn Mardanis: “Se prendió y ardió la revuelta en al-Andalus; la mayoría del país y sus notables y de sus soldados habían reconocido obediencia a Ibn Hud, retirándosela los almohades…” (Ibn Idari, s. XIII-XIV).

Se creaba de esta forma un nuevo estado con capital en Murcia, construyéndose numerosas viviendas de carácter residencial y edificando un nuevo palacio en el Alcázar Menor (Qars al-Sagir) de Santa Clara la Real

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Fig. 13. . Una de las torres de la muralla de la ciudad.

sobre los restos de otros palacios levantados en el siglo XII. Mula, de la que no tenemos información para estos años, debió estar bajo la influencia del emirato hudí, que pronto empezó a desmembrarse cuando algunas ciudades bajo su control comienzan a sublevarse a partir de 1232. Ibn Hud era asesinado en Almería en 1238, iniciándose un periodo de crisis con la reducción de su territorio que su hijo Abu Bakr al-Watiq era incapaz de mantener. 146

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El arráez Al-Bohacen Belchi (1241-1244): La conquista de Mula El hijo de Ibn Hud apenas estuvo siete meses en el poder, siendo depuesto por Aziz ibn Jattab, cuya gestión fue contestada por otras familias de Murcia, que elevaron al gobierno al depuesto emir de Valencia Zayyan ibn Mardanis, descendiente del rey Lobo. Estuvo al mando dos años, siendo apartado en favor de un miembro de la familia de los Banu Hud, llamado Muhammad al-Dawla, quien gobernó Murcia entre 1241 y 1243. No aceptaron su dominio ciudades importantes como Orihuela, Lorca, Cartagena y Mula, extendiéndose la rebeldía a Crevillente, Elche, Alhama, Aledo, Ricote y Cieza, donde jefes militares asumieron el poder local. Al frente de Mula estuvo el arráez Al-Bohacen Belchi, personaje del que sólo tenemos noticia por la Escritura de Población. El manuscrito narra entre otros acontecimientos la conquista de Mula por el infante Alfonso en 1244. Al parecer, el arráez gobernó la ciudad entre 1241 y 1244, pues Mula, junto a Lorca y Cartagena rechazaron el tratado de Alcaraz que suscribieron otros arráeces de fortalezas independientes como Crevillente, Orihuela y Elche, que al igual que Murcia se plegaron a los cristianos en 1243. El protectorado castellano (1244-1266): De madina a villa Mula, bien fortificada y con una espléndida huerta, sería definitivamente conquistada por las armas y tras un largo asedio por el infante Alfonso en 1244. La crónica alfonsí describía la villa de la siguiente manera: “Mula es villa de grant fortaleza et bien çercada, et el castiello della es commo alcaçar alto et fuerte et bien torreado. Et es abondada de todos abondamientos de lavor de tierra et de todas caças de monte que de conplida villa conviene et heredamientos de vinnas et de huertos et de frutales de todas frutas, de montes 147

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et de grandes terminos et de buenas aguas; de todas cosas es conplida et abondada mucho.” (Crónica General, cap. 1065).

Tras la conquista, la población musulmana fue expulsada de la villa, a excepción de un pequeño grupo que con autorización permaneció en el arrabal, fuera de las murallas de la ciudad: “Et el infante don Alfonso echo todos los moros ende, sinon muy pocos que mando y fincar iuso en el arrabal.” (Crónica General, cap. 1065).

A partir de esa fecha se estableció en la alcazaba una guarnición estable, llegando repobladores que ocuparon las viviendas abandonadas por la población andalusí tras su expulsión. Los nuevos vecinos cristianos no serían gran número, pues la tierra no era productiva sin el trabajo mudéjar. Recibieron el 8 de agosto de 1245 el Fuero de Córdoba, lo que significaba ser villa de realengo, tener concejo propio, sello y seña, y elección anual el día de San Juan de juez, alcalde (serían dos al desaparecer el juez), almotacén y escribano. Para que todos los vecinos participaran en el gobierno de la villa, se efectuaban elecciones por colaciones o barrios, que en el caso de Mula eran dos: el de San Miguel y el de Santo Domingo, con una iglesia cada una, levantadas según la tradición sobre antiguas mezquitas. Las guarniciones debieron mantener en uso las infraestructuras defensivas y de aprovechamiento de aguas. A los pies de la fortaleza se encontraba un primer recinto fortificado, denominado albacar, en cuyo interior había un gran aljibe. A continuación se encontraba a mitad de ladera la ciudad, también amurallada con sus torres y tres puertas: a oriente, a mediodía y a poniente. Desde éstas se accedía por estrechas calles distribuidas por la ladera del cerro a los diferentes barrios, que en el momento de la conquista debieron de 148

Mula bajo la dominación musulmana

estar saturados de casas. Extramuros estaba el arrabal, donde se afincaron parte de los musulmanes que decidieron quedarse y al que llegarían pobladores de las alquerías vecinas. El concejo de Mula entre 1254 y 1257 recibió del rey Alfonso X el Sabio la concesión de los castillos, villas y términos de Pliego, Bullas y Campos, que quedaron bajo su jurisdicción. Pero a diferencia de Mula, la población de estos lugares era en su totalidad mudéjar, pues el rey estaba obligado a respetar las condiciones pactadas en Alcaraz. Las decisiones tomadas por Alfonso X tras su estancia en el reino de Murcia visitando las ciudades principales, provocó la insatisfacción de la población mudéjar e hizo que estallara en 1264 una rebelión capitaneada por Abu Bakr al-Watiq ibn Hud, que había sido depuesto como emir de Murcia en 1238, con la ayuda del rey de Granada. El levantamiento tuvo lugar con éxito en el medio rural y numerosas poblaciones como Lorca siguieron sus pasos. El rey Alfonso X con ayuda de su suegro Jaime I de Aragón sofocó la revuelta en

Fig. 14. Aljibe ubicado en el albacar.

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Fig. 15. Vista de la ciudad de Mula en la que se aprecian restos de las fortificaciones medievales.

1266, sometiendo a Murcia, Alhama, Lorca y el resto de poblaciones sublevadas. Abu Bakr fue expulsado de Murcia entregándole el castillo de Yechar: “Cuando la gente de Murcia depuso a Abu Bakr al-Watik ibn Hud y lo expulsó de la ciudad, corrió a los cristianos, vecinos de ella, quienes le dieron un castillo en que lo alojaron.” (Ibn Idari, s. XIII-XIV).

En cuanto a Mula, no parece que desde la aljama mudéjar situada en el arrabal de la villa pudieran tomar la fortaleza, por lo que es probable que la población castellana se mantuviera sin alteraciones. Bibliografía

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Mula en la Baja Edad Media Juan Gutiérrez García

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Mula en la Baja Edad Media Juan Gutiérrez García

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ula fue una de las grandes plazas del antiguo Reino de Murcia en la Baja Edad Media. Junto con Murcia y Lorca, jugó un papel muy importante en la mayor parte de los grandes acontecimientos de estos siglos finales del medievo. El corto espacio del que disponemos en este artículo, no nos permite recrearnos en la rica historia bajomedieval heredada de nuestros ancestros. Hombres rudos que a base de épica y sufrimiento forjaron una leyenda en la historia de Castilla que no hemos sabido valorar los muleños de nuestra época. La “taifa” de Mula El asesinato en 1238 de Ibn Hud, líder de los musulmanes de al-Andalus, dejó nuevamente dividido el territorio andalusí y al Reino de Murcia sumido en una profunda crisis política. En menos de año y medio, pasan por el trono murciano tres reyezuelos incapaces de imponer el orden en el emirato independiente de Murcia. El primero sería su hijo Al-Wâtiq. Unos meses después se hace con el trono Aziz Ibn Jattab, que tampoco duraría mucho tiempo. En abril de 1239 es proclamado emir de Murcia el destronado rey de Valencia, Zayyân ibn Mardanîs. La anarquía se apodera del reino y el verano de ese mismo año Orihuela se proclama independiente de Mardanîs, poco después lo haría Lorca, le seguirían Cartagena y Mula. Ante el rumbo que habían tomado los acontecimientos en el emirato de Murcia, en 1241, un hermano de Ibn Hud, llamado Muhammad al-Dawla, se levanta contra Zayyân instaurando nuevamente la dinastía hudí en la capital. Aunque consigue someter al arráez de Orihuela, la debilidad de su hueste no le permite acometer otra batalla contra las “taifas” independientes de Lorca o Mula.

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Mula en la Baja Edad Media

La incapacidad de Ibn Hud de unificar el territorio, junto con la inestabilidad fronteriza que vive el emirato murciano, le lleva pactar a su capitulación con Castilla. En abril de 1243 se firma el Pacto de Alcaraz entre el infante Alfonso y la embajada murciana encabezada por el hijo del rey y un buen nutrido séquito de arráeces. Los acuerdos fundamentales serían protección de Castilla ante posibles invasores y respeto a su religión, costumbres, bienes y leyes. A cambio, los murcianos pagarían en vasallaje una cantidad de impuestos y la entrega del reino. El 1 de mayo de 1243, el infante Alfonso, al frente de su hueste, hacía su entrada triunfal en la capital del reino. Tomó posesión de los alcázares y abasteció de soldados los castillos y lugares: «En todo el reyno de Murcia, saluo Lorca et Cartagena et Mula que non se quisieron dar nin entrar en la pletesia que los otros» (Crónica General, cap.1060).

Fig. 1. Detalle de las Partidas de Alfonso X.

Conquista de Mula por el Infante Alfonso. Después de dejar los castillos a buen recaudo, el Infante se dirige a la conquista de Mula, pero: «Mula es villa de grant fortaleza et bien çercada, et el castiello della es commo alcaçar alto et fuerte et bien torrado.» (Crónica General, cap.1065). Ante la dificultad que ofrecían sus murallas y fortaleza, el infante Alfonso decide no acometer acción alguna y regresa a la Corte, dejando una compañía de hombres de a caballo para saquear los campos, huertos y aguas de la villa con el ánimo de ir quebrantando la voluntad de sus moradores. En febrero de 1244, el infante Alfonso regresa de nuevo al Reino de Murcia acompañado de los maestres de las órdenes militares de Santiago y el Temple y «con grant recua et gran conpanna» para someter las plazas rebeldes. Con el grueso de su tropa se dirige a poner cerco sobre Mula levantando el campamento en alguna zona dominante no alejada del río en previsión de un largo bloqueo. Sitiada la villa, comienza el ase157

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Fig. 2. La toma de Mula según dibujo de Juan Álvarez.

dio continuado con el fin de impedir el abastecimiento de alimentos y agua. Mientras la ciudad era atacada con máquinas de guerra como la catapulta, ballesta o trabuquete, se hacía una cava por mediodía. A medida que pasan los días y meses, la vida en el interior de la ciudadela se va haciendo insostenible. La hambruna y las enfermedades van debilitando la voluntad y capacidad defensiva de los moradores de la villa. Enterado el Infante de la situación desesperada de los muleños: «…mandó a sus mensajeros a pleitear con el caudillo de la independiente villa de Mula. Los mensajeros, al pie de la puerta del mediodía comunican al arráez, Albohaçen Belcli, las condiciones para que entregue la villa o la entrarían con las armas. El alcaide, lejos de amedrentarse, les contesta desafiante y burlón que ganaría la villa cuando la mula pariese. La furia y rabia se apoderan del Infante al ser informado de la arrogancia del moro. Encolerizado, da orden de tomar la villa a sangre y fuego y echó sus huestes sobre

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ella. Mientras algunos peones asaltaban las murallas con escalas y otros ingenios, por Oriente -Puntarrónatacaban los hermanos Zapatas y Párraga, caballeros de Santiago, acaudillando a la gente de Cuenca y Zamora derribando las puertas con arietes y palancones, a tanto, una lluvia de flechas cayó sobre ellos y algunos fincaron muertos. Por la puerta de Mediodía -Gradas del Carmen- los primeros que entraron espada en mano fueron los Dato y Saavedra, también de hábito, con las gentes de Galicia y Castilla y entraron con tanta furia que todo lo llevaron a sangre y fuego. Las huestes de las montañas acaudilladas por Melgarejo e Ibarra aguardaban en la puerta de Poniente -Esquina Palacio- la huida de los moros y muchos fincaron muertos» (Escritura de Población de Mula, 1581).

Así fue ganada la “taifa” de Mula el 23 de mayo de 1244 por las gentes del infante Alfonso. A continuación, echó a los moros salvo unos pocos que dejó en el arrabal. La repobló de la mejor gente y más noble que venía en su compaña, con ochenta caballeros de armas y un nutrido grupo de peones para defender la plaza conquistada que había quedado en medio de un territorio hostil dominado por los musulmanes. «…e qe los que quedaron de pobladores se repartieron las moradas, tercias de siembra, huertos frutales e se les dieron otras mercedes. (…) Consagró las dos mezquitas que tenían dentro de la población e las hicieron iglesias, una en onra e gloria de San Miguel, e la otra, en onra de Santo Domingo de Guzmán, (…) Después puso alcaldes rexidores alguaciles e de más cargos para el gobierno e guarda del castillo e villa (…) e le confirmo el nombre de Mula en memoria de la arrogancia del moro.» (Escritura de Población de Mula, 1306).

Fueros y privilegios Mula fue la primera y única plaza que el infante Alfonso ganó con las armas. Esto le valió el favor regio y un año después, Fernando III el Santo y su hijo le 159

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Fig. 3. Fuero de Córdoba 1245. Privilegio rodado de Fernando III.

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concedían el Fuero de Córdoba firmado en Jaén el 8 de agosto de 1245, primer privilegio rodado del Reino de Murcia (A. M. Mula, Privilegios). Al igual que Córdoba, los muleños tenían derecho de elegir a su alcalde y miembros del concejo todos los años en vísperas de San Juan. A nombrar juez de justicia, escribano y otros oficios. A no pagar peaje y portazgo de sus productos en todo el reino, salvo en Murcia y Toledo. También se le concedía el derecho a tener sello y pendón y un sinfín de disposiciones. Este Fuero Juzgo fue la base política y

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jurídica con la que se regirían los pobladores cristianos de Mula a partir de ese momento. La falta de documentación local no nos permite saber mucho del acontecer muleño en este siglo XIII. Las pocas referencias las conocemos a través de privilegios y cartas reales. Desde la reconquista no volvemos a tener noticias de Mula hasta la década siguiente con motivo de las dos visitas del rey Alfonso X al Reino de Murcia. No sabemos si anduvo por Mula, pero sí que le hizo varias concesiones muy importantes para su repoblación y economía. Aparte del mencionado Fuero de Córdoba, en su primer viaje le concede las aldeas de Pliego y Bullas con sus castillos, así como todas sus rentas, derechos, heredamientos, río, etc., privilegio otorgado en Murcia el 22 de Julio de 1254. En el siguiente viaje, el año 1257, le entrega el lugar de Campos en las mismas condiciones con privilegio firmado en Alpera el 4 de julio. Con carta fechada en Sevilla a 31 de mayo de 1266, Alfonso X concedía a Mula el derecho de no pagar portazgo de sus productos en Murcia. Por estas mismas fechas también le otorga el derecho de tener mercado los viernes y la dehesa de Caxitán, privilegios perdidos durante el asedio de las tropas aragonesas. Sancho IV sigue la línea de su padre y el 22 de abril de 1283, siendo infante, le confirma en Almagro todos los privilegios. También le confiere el privilegio de repoblarse con sesenta moros casados de otros lugares. Otro privilegio muy importante de Sancho IV, ya como rey, fue la concesión del séptimo de las cabalgadas, fechado en Burgos el 22 de marzo de 1285. Las cabalgadas fue el medio de vida de mucha gente a un lado y otro de la frontera hasta la caída del Reino de Granada. El concejo obtendría la séptima parte del botín para reparar murallas, atalayas y otros fines para defender la frontera. Fernando IV, o sus tutores, siguen el rumbo marcado por sus antepasados y un año después de su coronación confirma a Mula todos sus privilegios y le 161

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concede licencia para tener mercado todos los viernes, dada en Cuéllar el 3 de marzo de 1296. La sublevación mudéjar (1264-1266) Poco sabemos de Mula durante la sublevación mudéjar del Reino de Murcia de 1264-66. Las causas de esta rebelión fueron varias, pero sobre todo, la agresiva política repobladora de Alfonso X a partir de sus dos visitas al Reino de Murcia. Los grandes repartimientos de tierras a colonos cristianos en la capital y donaciones de aljamas a señores y otras grandes villas de realengo, como Mula, incendiaron la mecha que estallaría pocos años después. Mula quedó al margen o por lo menos fue rechazado el levantamiento mudéjar al estar poblada de cristianos desde 1244. Dice la crónica muleña que «no pudieron entrar a este lugar por la mucha resistencia e valor qe siempre allaron en sus nobles pobladores.» Las guarniciones cristianas del resto de villas se vieron incapaces de reprimir a los sublevados. Alfonso X que se encontraba en Sevilla intentando reconquistarla de nuevo, tuvo que pedir ayuda a su suegro Jaime I para acabar con esta revuelta. En pocos meses el Conquistador aplastó la rebelión. En su camino hacia la capital las villas rebeldes iban cediendo su actitud. A principios de febrero de 1266, el rey aragonés recuperaba definitivamente la ciudad de Murcia y todo el reino. Terminada la sublevación, Jaime I repobló toda la zona oriental del reino, incluida la capital, de catalanes y aragoneses repartiéndoles las tierras de los mudéjares. Esto tendría consecuencias unas décadas después. La resistencia de Mula a la invasión aragonesa (1296-1304) Sin duda, la página más gloriosa escrita jamás por los muleños a lo largo de su historia fue la resistencia numantina que mantuvieron durante más de un lustro a las tropas aragonesas en el asedio sometido a la villa de 162

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Mula tras la invasión del Reino de Murcia. Gracias a la numerosa documentación publicada por Juan Manuel del Estal y María Teresa Ferrer, podemos conocer casi al detalle esta épica gesta, merecedora de figurar con letras de oro en los anales de la Historia de España. La muerte de Sancho IV en abril de 1295 dejó a Fernando IV, en minoría de edad, como heredero de la Corona de Castilla con tan sólo nueve años. Este fue el momento propicio para que Jaime II decidiera anexionarse el Reino de Murcia. La excusa para la invasión fue la donación que le hizo del mismo Alfonso de la Cerda reconocido por Aragón como legítimo heredero de la corona de Castilla. Así pues, el 22 de febrero de 1296 envía un ultimátum de quince días a María de Molina, madre regente de Fernando IV, para que le hiciera entrega del reino o lo ocuparía por la fuerza. No esperaría mucho para cumplir su palabra, la ocupación fue prácticamente un paseo militar. Apenas si encontró resistencia el fuerte ejército desplegado por el rey aragonés, sólo las grandes villas resistieron unos días el cerco. En poco más de tres meses habían sucumbido todas las plazas importantes: Alicante, Elche Orihuela, Murcia, Mula… salvo Lorca y Alhama. El 28 de mayo Jaime II y su séquito ponen cerco sobre Mula. Dos días después se encuentra ya dentro de las murallas. El alcaide del castillo, Pedro Zapata, había capitulado sin resistencia alguna, por ello, el monarca aragonés le confirma en su puesto, le aplaza una deuda que tenía y le concede otras mercedes tras jurarle vasallaje y obediencia. Para celebrarlo, el rey pide a su proveedor de vituallas le envíe a la mayor brevedad el mejor vino de la comarca a la villa de Mula. De esta guisa, el 30 de mayo de 1296, Mula quedaba bajo la soberanía de Aragón. Al día siguiente, Jaime II comunica a sus oficiales que había llegado a un acuerdo con el alcaide del castillo de Alcalá para su entrega. En agosto

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PÁGINA SIGUIENTE: Fig. 4. Asalto a una fortaleza empleando una bastida. Tratado de Castellología.

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confirma todos sus privilegios a Mula para prevenir posibles revueltas. De nada sirvió esta confirmación a Jaime II. Dos años después de la capitulación, los muleños se levantan contra la soberanía de Aragón y expulsan de la villa al alcaide Pedro Zapata por traidor y porque «allí moraban castellanos», dice la crónica de Fernando IV. Este contratiempo obliga al monarca a destituir en mayo de 1298 a su Procurador General en el Reino de Murcia y nombra a Jaime de Jericá «y además, os mando expresamente por dicha causa noble para la recuperación del castillo de Mula». El nombramiento de Jericá no surtió efecto porque Mula ya no abandonaría la corona de Castilla. En la primavera de 1300, Jaime II se ve obligado a cambiar de nuevo a su Procurador General para doblegar las plazas insurgentes: Lorca, Alcalá y sobre todo Mula. El elegido fue Bernat de Sarriá, su consejero personal. A finales de ese año, el rey viaja de nuevo a Murcia para someter las villas rebeldes que quedan en el reino. Del Estal nos dice que, el 5 de enero del siguiente, escribe al conde de Ampurias para que aplace las Cortes Catalanas por estar muy ocupado en la ardua empresa de someter los «castris de Lorcha de Mula et de Alcalano». Lorca rendiría su plaza a los pocos días sin esperar a las huestes castellanas que venían en su ayuda. Alcalá y Mula aguantaron y «fueron descercadas de las fuerzas enemigas que las sitiaban huyendo despavoridas a la vista de los castellanos». Finalmente, unos meses después cae el castillo de Alcalá. Mula quedó como única villa castellana frente a Aragón. Los muleños seguían rechazando las fuertes embestidas de las tropas aragonesas comandadas por su Procurador General, incentivado a su conquista por la donación a perpetuidad que le había hecho Jaime II de la villa y castillo el 20 de febrero de 1301. No era empresa fácil y menos después de los quince días de tregua

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acordados para la Pascua del mes de marzo. Durante este armisticio, Sarriá escribe a su soberano diciéndole que Mula ha sido reforzada con 50 caballeros y 500 peones, además de 110 bestias cargadas de vituallas. Esta adversidad no amedrentó al Procurador, al contrario, lejos de abandonar su empeño, en junio de ese mismo año pide al monarca dinero para construir una bastida junto a las murallas y 1400 hombres para dar el asalto final. Incapaz de doblegarla, en diciembre de 1302 vuelve a pedir 1000 hombres más para reforzar dicha bastida. Tras seis largos años de cerco y asedio, las huestes aragonesas logran entrar en una parte de la villa, pero los esforzados muleños consiguen frenar su avance. Parapetados en sus muros y casas seguían resistiendo las recias acometidas de las tropas de Sarriá cuando los reyes de Castilla y Aragón llegan a un acuerdo de paz en abril de 1304. Llenos de ira, los aragoneses en su retirada prenden fuego cobardemente a esa parte de la villa que habían conquistado. Tal vez, fue esta heroica y valerosa defensa muleña la causa de que Jaime II abandonara su intento de anexionarse el Reino de Murcia. El acuerdo de paz fue ratificado en agosto con el Tratado de Torrellas. Dice la Escritura de Población: «...qe quando el Rey de Aragon nos apreto tanto en estas Gerras qe nos hizo mucho daño é nos entro por una parte la villa, é biendo la resistencia qe se les facia, é qe. no la podian entrar toda pegaron fuego a quella parte é quemaron aquellas casas e lo qe en ellas abia é cojio el Archibo, ese quemaron parte de los papeles, e entre ellos el Libro de Población, é siendo Dios serbido que ala mucha é balerosa resistencia qe se les hizo aqui en este Castillo é en el de Alcala qe se guardaban e defendian por los exforzados é balerosos Pobladores é sus hijos…».

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Siglo XIV, pérdida territorial de Mula Terminadas las grandes batallas del siglo XIII y principios del siguiente, la situación de Mula da un cambio espectacular en todos los ámbitos sociales. El largo y penoso asedio mantenido por las tropas aragonesas pasaría factura a la villa muleña en las primeras décadas del siglo XIV. Si la centuria anterior fue el de la expansión territorial, la del trescientos es todo lo contrario. A la pérdida de Bullas del pasado siglo, hay que añadir Pliego en 1305 cuando Enríquez de Arana, señor de ella, vende sus derechos jurisdiccionales al moro Mofarix que compró la villa para la Orden de Santiago. Con esta venta, Mula pierde toda posibilidad de recuperar el privilegio que tenía sobre la villa de Pliego concedido por Alfonso X en 1254 junto con Bullas. Más o menos, pasaría lo mismo dos años después con la aljama de Yéchar. Fernando IV en 1307 concede con privilegio rodado a Diego Muñiz, Comendador de la Orden de Santiago, la torre de Yéchar que era del rey moro de la Arrixaca con su señorío, casas, viñas, montes y demás heredades. En este caso, la jurisdicción territorial seguía dentro del término de Mula. Asímismo, en 1343, el concejo de Mula vende la aldea de Campos a Sancho Manuel, hijo del adelantado de Murcia Don Juan Manuel. En esta ocasión, la venta se hace por un censo de 1000 maravedís anuales y el concejo se reserva la jurisdicción. Campos se enajenaría de Mula en el siglo XIX. Poco sabemos del Albudeite de aquella época, anclado en el término de Mula. A juicio de Torres Fontes, es posible que perteneciese también a la jurisdicción de Mula y pasara al señorío de los Manuel a la misma vez que Campos. El último feudo del que se desprende el concejo muleño es la aldea de la Puebla. Según un traslado del 5 de octubre de 1443: «el señor Alonso Yáñez Faxardo, primero deste nombre, compro del consejo de la villa de Mula las tierras y aguas del lugar de La Puebla antes 167

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que fuese poblado con todos sus términos que oy tiene, el año de mil tresçientos y treinta y tres» (ADMS, leg. 33, fol.82 v). Franco Silva nos dice que la compraventa tuvo lugar en 1373. Siete años después, el 31 de diciembre de 1380 el dicho Fajardo en una Carta Puebla concede ocho tahúllas para regadío a las familias mudéjares que quisieran asentarse en la aldea a cambio de pagar algunos tributos, construirse una casa y permanecer al menos cinco años en el lugar o vender sus propiedades a otra familia mora. En 1484, doña Leonor Manrique, viuda del adelantado Pedro Fajardo, nieto del comprador, confirma a la aljama de La Puebla las franquicias y privilegios que tenían y además les concede otras mercedes. Pero no terminaron aquí los problemas territoriales de Mula en la Baja Edad Media. Debido a su gran extensión, a menudo eran desplazados los mojones por unos y otros lo que provocaba roces municipales. Desde finales del siglo XIV, fueron números los pleitos y concordias con las villas vecinas por la cuestión de términos. Cehegín 1398, modificados setenta años después. Pliego 1419, Cieza 1416, Murcia 1494 alargándose varios años. Algunos de estos pleitos continuaron o surgieron de nuevo siglos después, mermando considerablemente las arcas municipales (A. M. Mula, leg. 62). Demografía bajomedieval: cristianos, mudéjares y judíos La ausencia de padrones y documentos municipales de los siglos XIII y XIV no nos permite ofrecer cifras coherentes del número de vecinos -unidad familiar con coeficiente de cinco miembros- durante esta época. Poco sabemos de la población muleña tras la reconquista, tan solo lo que nos dice la Escritura de Población: que Mula fue repoblada con ochenta caballeros y fueron desembargados más de mil cristianos. Ya hemos visto que en 1301, durante la invasión aragonesa, la pobla168

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ción de Mula fue reforzada con 50 hombres de a caballo y 500 peones. Ignoramos cuántos quedaron después de firmada la paz. A partir del segundo tercio de este siglo XIV, el Reino Murcia sufre una de las mayores crisis sociales y demográficas de su historia. Al éxodo musulmán provocado por la invasión aragonesa hay que sumarle un largo periodo de sequías, plagas, cabalgadas de los moros de Granada y, sobre todo, las continuas epidemias de peste negra. Un estudio de Torres Fontes nos muestra un panorama desolador: muerte, guerra y hambre. La gente huye del contagio para refugiarse en otros lugares, pero la mayoría eran rechazados por pestilentes. En Mula, las murallas de la villa servían de freno para impedir la entrada de infectados. Campos, huertas y ganados son abandonados provocando que pequeñas villas y señoríos queden deshabitados, especialmente

Fig. 5. El triunfo de la muerte (detalle), Pieter Brueghel el Viejo, 1562.

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aquellos lugares más cercanos a la frontera con Granada, como Caravaca y Cehegín que a mediados de siglo estaban despobladas. Sólo la capital y villas fuertemente cercadas, como Lorca y Mula, parece que resistieron el apocalipsis, aún así, se vieron seriamente afectadas. Las continuas epidemias provocan la construcción del hospital de San Pedro a mediados del siglo XV, donde después se levantó el Convento San Francisco. Según señalan la mayor parte de investigadores murcianos, a finales de siglo la peste negra había reducido a la mitad la población de la capital y casi su totalidad en villas de menor entidad. Picazo apunta que “el Reino de Murcia no era otra cosa que un archipiélago de castillos perdidos en los montes con pequeños burgos adosados a una fortaleza, como Mula.” Sin embargo, pensamos que la crisis demográfica provocada por la peste, guerras e incursiones moriscas, no fue tan catastrófica en Mula. Un dato revelador para calcular más o menos la población del siglo XIV, es el padrón de 1407 conservado en el Archivo Municipal. En este censo, la población de Mula suma un total de 359 vecinos. Sabemos que la capital del reino perdió más de la mitad de la población. Aplicando, en el mejor de los casos, este porcentaje de mortandad a Mula, tenemos que en su época de esplendor la población rondaría en torno a los 650 vecinos, unas 3250 almas. Llama la atención el estancamiento demográfico y alto porcentaje de hidalgos a lo largo del siglo XV. La cuestión de la alta vecindad hidalga en Mula, con respecto al resto de poblaciones del reino, ha sido motivo de análisis en la historiografía moderna. Escritura de Población y padrones son considerados falsos, realizados para justificar limpiezas de sangre. Incluso el famoso Padrón de los Jueces de 1495 es rechazado por incrementar, supuestamente, el número de hidalgos. Veamos los datos:

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Año Total vecinos Hidalgos

1407 359 190

1436 322 185

1446 319 20

1495 35 195

Como podemos apreciar en la tabla, el número de hidalgos prácticamente se mantiene igual a lo largo del siglo. Pero, ¿por qué había tantos hidalgos? La razón la encontramos en que Mula fue la única villa conquistada por las armas, mientras el resto de ciudades del reino pactaron su entrega con el infante Alfonso. Por consiguiente, Mula fue repoblada con ochenta caballeros de armas para defender una plaza que había quedado en medio de un territorio hostil dominado por los musulmanes. Ya hemos visto que Mula en 1407 contaba con 190 hidalgos, en cambio, los Estatutos de Limpieza de Sangre fueron creados el año 1449 sólo para Toledo, y con el tiempo se extenderían por toda Castilla. La diferencia de población pechera del padrón de 1495 que suma 162, con el de 1533 en el cual hay 830 familias pecheras, sorprende aún más. En tan sólo 38 años, la población pechera experimenta un crecimiento fuera de lo normal, multiplicándose por cinco, una cifra desorbitada. En resumen, estas cifras de población pechera nos llevan a pensar que los padrones pudieron estar incompletos o retocados para evitar las continuas aportaciones adicionales de monedas y hombres para costear las sufridas guerras de Castilla. Poco sabemos de la población mudéjar en Mula. La crónica Alfonsí dice que: «El infante don Alfonso echó todos los moros ende, sinon muy pocos que mandó y fincar et puso en el arraval». Según la teoría más aceptada, el arrabal fue situado en la actual Puebla y se construyó la torre conocida como “Ermita Vieja” para vigilarlos, aunque no está contrastado plenamente. Los padrones municipales de la centuria del cuatrocientos nada nos dicen de los habitantes moriscos, aunque sa171

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bemos por cartas reales de su existencia en Mula en el último tercio del siglo XIV. Sí están documentadas las aljamas de mudéjares de La Puebla y Yéchar. En cuanto a los judíos, la primera noticia que tenemos de ellos en Mula nos la proporciona Jaime II en el mencionado privilegio de 1296. El 3 de agosto del mismo año escribe al «alguacil y alcaydes de Mula para urgirles la pronta restitución de las cantidades que adeudan a los judíos Moisés Yuzeff y Albolazat, hermanos y vecinos de Mula». El paulatino crecimiento de los judíos alcanza su máximo en 1407. El censo de este año contabiliza un total de 30 vecinos, la segunda o tercera aljama más importante del reino. En los padrones de años posteriores se observa un descenso considerable de la comunidad judía. Mediados del siglo XV la comunidad desciende a 103 personas, entre los cuales hay varios cirujanos. El declive se agudiza con el paso de los años. El censo realizado en la aljama de Mula para pagar el impuesto del “servicio y medio servicio” de 1474, da un registro de cuatro familias pecheras, a las cuales les corresponde pagar 200 maravedís, a 50 por vecino. Los judíos serían expulsados de la península en 1492 por decreto de los Reyes Católicos. La morería, judería y barrio mozárabe De momento desconocemos dónde estaban ubicadas las aljamas de mudéjares y judíos en Mula. Tampoco sabemos dónde estaba el barrio mozárabe. La documentación existente es escasa y confusa. Sobre la morería, ya hemos visto que la teoría más aceptada es la Puebla, sin embargo, ésta queda lejos como arrabal y estaba despoblada hasta 1380. No es descartable que estuviese por el actual barrio de La Fuensanta. De la judería o aljama de judíos, tampoco sabemos su localización exacta, lo más probable es que estuviese intramuros ya que la judería se fue gestando poco a poco a lo largo de los siglos XIII y XIV para alcanzar su cenit 172

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a principios de la centuria siguiente. En cuanto al barrio mozárabe, pensamos que pudo estar ubicado en torno a la antigua ermita de los Olmos, documentada en 1343 y que estaba donde hoy se encuentra el Real Monasterio de la Encarnación. Mula, tierra de fronteras La reconquista del Reino de Murcia por el infante Alfonso de Castilla en 1244, dejó el territorio de Mula como frontera del reino nazarí. Desde entonces, hasta la caída de Granada, las cabalgadas e incursiones a un lado y otro de la frontera se convierten en un modo de vida en la Baja Edad Media. En ocasiones, estas cabalgadas estaban formadas por auténticas huestes que arrasaban con todo a su paso llevándose como botín personas, ganados y todo tipo de enseres para su posterior venta pública. Una serie de personajes y conceptos daban a este fenómeno un carácter social y profesional, incluso judicial. Para ello se crea la alcaldía mayor entre moros y cristianos, un cargo que trataba de impartir “justicia” en las contiendas individuales entre ambas razas. Una red de atalayas a cargo de los escuchas alertaban del peligro de moros con señales de humo, como ocurre en 1343 cuando Mula recibe una ahumada desde el castillo de Pliego demandando ayuda por la presencia de moros granadinos. Los atajadores eran expertos rastreadores y “caza-recompensas” que sacaban pingües beneficios de su profesión. Incluso la propia corona incentivaba a este modo de vida concediendo el séptimo de las cabalgadas, recaudación que iba destinada a pagar a atajadores, escuchas y reparar murallas y atalayas, aunque no siempre sucede así. Como en 1412, cuando el rey Juan II manda una carta al concejo de Murcia pidiendo explicaciones del porqué no se han reparado los muros, torres y castillos de las villas y ciudades fronterizas

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como Lorca y Mula, con el dinero que ha mandado para ello. El bajo poblamiento del noroeste murciano situaba Mula como frontera de moros y vanguardia defensiva de la ciudad de Murcia, objetivo principal de los granadinos. Esto pone a prueba las defensas muleñas, las cuales, no se deben descuidar para seguridad de sus moradores. El mantenimiento de todos estos elementos generaba cuantiosos gastos. La concesión de una serie de privilegios permite a los regidores muleños hacerles frente. En 1285, Sancho IV le concede el séptimo de las cabalgadas y en 1369 el concejo le pide al conde de Carrión que no le exija tantos impuestos porque tienen que pagar escuchas, atalayas y atajadores. Las incursiones a un lado y otro de la frontera son muy frecuentes, Mula sufre el azote de los moros. El año 1384 los regidores de Murcia piden a los de Mula y Lorca más atajadores. Este mismo año, un grupo de de ellos envía al concejo murciano seis pares de orejas de moros que habían matado en un enfrentamiento como prueba para cobrar la recompensa. En agosto de 1400, el concejo muleño reclama a Orihuela tres moros de Campos que habían sido apresados por almogávares de esa ciudad en la atalaya propiedad de Ferrán López, en el término de Mula. Antón Ferrández y Juan Cervellera, vecinos de Mula, comparecen ante el concejo de Murcia en 1428 con dos cabezas de moros que entraron a cabalgar y pidieron se les recompensaran, se les dieron 200 maravedís. Las acciones de este tipo eran continuas, pero también había invasiones por parte de los nazaríes, como en 1403 o 1407, cuando de nuevo se recibe aviso de la cercanía de una numerosa cabalgada de moros con dirección Caravaca y Mula. En ambos casos el concejo de Murcia manda 50 ballesteros para reforzar las murallas muleñas. Las cabalgadas del adelantado Yáñez Fajardo II en tierras granadinas, no son menos sonadas. Entre los años 1433 y 1436 se apodera 174

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de la comarca velezana. Estas prácticas a un lado y otro de la frontera se mantuvieron hasta la caída de Granada. Mula, cuna de los Fajardo Tras la reconquista y sublevación mudéjar, el Reino de Murcia queda repoblado de cristianos viejos venidos de Castilla y Aragón. Señores, hidalgos, caballeros, algunos de abolengos apellidos, plantan su solar en estas tierras en busca de poder y riquezas. Pronto, esta oligarquía murciana se hará con el control político y social de un reino periférico alejado del control de la corte real. Unidos en clanes y banderías no tardan muchos lustros en hacerse con todos los cargos y oficios concejiles de las villas de realengo. Dos partidos oligárquicos dominan el Reino de Murcia en los siglos finales del medievo, primero los Manuel, descendientes del rey Fernando III el Santo, después los Fajardo, oriundos de Galicia y naturales de Mula. En las dos últimas décadas del trescientos, el enfrentamiento entre ambas facciones llevó al reino murciano al borde de una guerra civil entre partidarios de uno y otro. Pero retrocedamos a principios de siglo. Mula no escapa de esta naciente oligarquía murciana del siglo XIV. El importante número de hidalgos que quedaron para defender la plaza conquistada, se reparten entre ellos los puestos más destacados creando un círculo de poder donde destacarían sobremanera los Fajardo. La creciente figura de esta estirpe ensombrece a la oligarquía muleña que no tuvo más remedio que plegarse a sus designios. Poco a poco fueron acumulando los puestos más destacados de la sociedad: comendadores, alcaides, regidores, santiaguistas… y el Adelantamiento. La noticia más antigua que conocemos del apellido Fajardo en el Reino de Murcia se remonta a mediados del siglo XIII, concretamente a la época de la recon175

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Fig. 6. Escudo con el emblema de los Fajardo en la portada de acceso al palacio del Marqués de los Vélez en Mula.

quista, y la encontramos en la Escritura de Población donde aparecen como pobladores de Mula junto con los Melgarejo, Artero, Zapata, Párraga, Miñano, Piñero, Llamas, Gutiérrez… entre otros. En 1335 volvemos a tener noticias de otro Fajardo por tierras muleñas, se trata de Pedro López Fajardo alcaide de los castillos de Ceutí y Pliego, por aquella época aldea de Mula. Y lo encontramos en la Corte Real de León como representante del concejo muleño, así lo reflejan una serie de cartas plomadas y provisiones del rey Alfonso XI confirmando a Mula los privilegios y mercedes otorgados por sus antepasados, porque «cuando el rey de Aragón entro en el dicho lugar de Mula que se perdió el dicho privilegio e otros.» Estas cartas reales, aparte de confirmarnos la presencia de los Fajardo en Mula, tam176

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bién nos ratifican la desaparición de documentos del archivo, entre los que se encontraba el repartimiento de Mula que hizo el infante Alfonso de Castilla, en el que figuran los Fajardo y demás apellidos mencionados. Los muleños Alfonso Yáñez Fajardo, padre e hijo, fueron los miembros más destacados y aguerridos de esta familia caballeresca típica del Medievo español y los verdaderos forjadores de esta saga -ascendientes de los marqueses de los Vélez- que durante siglos dominó la vida social, política y militar del Reino de Murcia. Sus hazañas y conquistas en los campos de batalla le valieron privilegios y mercedes reales generándoles cuantiosas rentas. En 1373 comienzan a formar su feudo con la compra de Puebla de Mula y Librilla en 1381. Por concesión real consiguen Alhama en 1387 y Molina en 1397. En lo político-militar, Yáñez Fajardo I acumula la tenencia de varios castillos, posiblemente también el de Mula, comendador santiaguista, lugarteniente de adelantado y la alcaldía mayor entre moros y cristianos. El cénit de su carrera militar lo alcanza en diciembre de 1383 al arrebatarle el Adelantamiento Mayor del Reino a Juan Sánchez Manuel, Conde de Carrión. Esto fue motivo de graves enfrentamientos entre ambos y sus partidarios llevando al reino al borde de una guerra civil. Después de un siglo de dominio casi absoluto del Reino de Murcia, los Manuel pierden la hegemonía del poder en favor de los Fajardo. Centrándonos en lo que nos ocupa, una importante noticia nos lleva al año 1391 cuando el concejo de Murcia expulsa a Alfonso Yáñez Fajardo de la ciudad. Tras su expulsión, el adelantado se refugia junto a su familia en su villa natal de Mula. Desde aquí hará la vida imposible a los murcianos con correrías dentro de su término. Esto motivó la carta -anteriormente mencionada- de queja del concejo murciano al muleño acusándole de ayudar al adelantado en sus fechorías. Los de Mula contestan tachando de mentirosos al concejo

Fig. 7. Lámina del libro Crónica de don Álvaro de Luna, 1576.

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murciano y negando que enviara hombres en ayuda del adelantado Yáñez Fajardo I: “…e vos bien sabedes que no fueron mas que treynta omes primos e criados del adelantado (…) e que bien sabedes vos quel adelantado es muy gran cavallero e bueno e natural desta tierra, señaladamente desta villa,…” No hay duda que el adelantado y su familia eran naturales de Mula. A finales de 1395, después de un viaje a la Corte, muere Alfonso Yáñez Fajardo I en Mula. Desde aquí parte su hijo Juan Alonso hacia la Corte para intentar conseguir la herencia del Adelantamiento; no lo conseguirá, aunque sí obtiene el señorío de Molina como reconocimiento de los servicios prestados por su padre. La muerte le sorprendió sin haber podido crear un mayorazgo que perpetuara su imperio. Los bienes son repartidos entre los hijos varones habidos en sus dos matrimonios. Aunque no lo podemos confirmar, es posible que la casa familiar de Mula quedara para su esposa y sus tres hijos, aún menores de edad. Con la muerte del padre, son los hijos los que destacan en la vida política muleña. En la renovación de cargos del concejo muleño por San Juan de 1401 vemos a Pedro Fajardo presidiendo la lista de los nuevos oficios. Después serán sus hermanos Juan Alonso, señor de Molina y Alfonso Yáñez los que están al frente del concejo muleño reivindicando términos a las villas lindantes. En el padrón de 1407 figuran algunos de ellos. Como vemos por esta documentación, la vinculación del primer adelantado y su familia con la villa muleña fue intensa y activa. Alfonso Yáñez Fajardo II coge el testigo y consigue todos los cargos y oficios que llegó acumular su padre y alguno más. Sus numerosas hazañas bélicas contra granadinos y aragoneses le valieron para conseguir el Adelantamiento en 1424. Desde entonces dominó los concejos murcianos a su antojo y consigue el feudo muleño en 1430.

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Fig. 8. Representación de la imagen feudal en la Edad Media

El señorío de Mula Los señoríos, en sus distintas modalidades, eran la forma de gobierno en Castilla durante la Baja Edad Media. En el Reino de Murcia, sólo la capital era señorío real, siendo el corregidor el representante de la Corona. Mula, como el resto de villas de realengo, era un señorío en manos de la oligarquía que se regía bajo el Fuero Juzgo y todos los años en vísperas de San Juan eran elegidos “democráticamente” los miembros del concejo y oficios. Los privilegios y concesiones recibidas a lo largo del siglo XIII por los reyes castellanos hacen de ella una villa organizada con grandes términos y muchos recursos. Montes, campos para la siembra, pastizales, huertos con frutales, aguas para riego y abastecimiento de la población; además, contaba con fuertes murallas y alcázar bien torreado, que hacían de Mula un señorío de notable importancia. Casi dos siglos después de la reconquista, Mula perdía su condición de villa de realengo para ser feudo de un señor contra su voluntad. De nada sirvió la lealtad de los muleños a la corona de Castilla. Una simple cédula, que ni tan siquiera llevaba la firma del rey, fue suficiente para que los muleños perdieran su libertad. 179

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El 12 de septiembre de 1430, el muleño Alfonso Yáñez Fajardo II, adelantado mayor del Reino de Murcia, se presentaba ante el concejo con una albalá de Juan II: «Hago vos merced gracia e donación por juro de heredad para siempre jamás de la mi villa de Mula que es el obispado de Cartaxega con su castillo y fortaleza con todas las rentas y pechos y derechos pertenecientes al señorío de dicha villa y con su tierra y términos prados y pastos y dehesas y vasallos y con la jurisdicción civil y criminal y mero mixto imperio (…) el dicho don Alonso Yáñez y sus subçesores puedan nombrar alcaldes, alguaciles, jueces, regidores, escribanos y otros oficiales perpetuos…» (ADMS, leg.33, fol.80.).

El 29 del mismo mes, con el ritual establecido en la época, el concejo entregaba las llaves de la villa en la parroquia de San Miguel a su nuevo señor. No encontró el poderoso adelantado resistencia alguna en la oligarquía concejil muleña, tal vez, porque el propio concejo estaba dominado por esta estirpe: «Y parece que en virtud del dicho privilegio y merced arriva referida el dicho señor don Alonso Yáñez Faxardo tomó posessión quieta y pascificamente de la villa.» No pasarían muchos años para que los muleños mostrasen su rechazo a ser feudo de señor. La muerte de Yánez Fajardo en 1444, desencadenó una lucha de poder dentro de la familia Fajardo y sus parciales por hacerse con el control político y militar del reino. El alcaide de Lorca, Alonso Fajardo “El Bravo” declaraba la guerra a su primo, Pedro Fajardo Quesada, hijo y heredero del adelantado y señor de Mula. Durante los años de minoría de edad de su primo, El Bravo le arrebata casi todas sus posesiones. En 1452 se apodera de la villa de Mula expulsando a los incondicionales de su primo, para ello cuenta con el apoyo de la mayoría de los muleños hartos de la intromisión del adelantado en los asuntos municipales. En una carta dirigida a los regidores de Murcia, Alonso Fajardo les 180

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dice: «…que no la ha conquistado para él, sino para devolverla a la corona porque esta villa es del Rey nuestro señor y no del adelantado.» Unos años después, Pedro Fajardo Quesada, con la ayuda de Enrique IV, recupera sus villas y se hace con el control total del reino. A partir de este momento, Pedro Fajardo Quesada vive uno de los periodos más tranquilos y fructíferos de este linaje. Esta tranquilidad se vería reflejada en 1461 y 1462, donde le vemos pasando la Navidad en su palacio de Mula. Presencia que se repetiría con cierta asiduidad como demuestran otros documentos de marzo y mayo de 1468. Casi un siglo duró el dominio total de los Fajardo sobre Mula, pero la rebeldía de los muleños hacia el vasallaje, les llevó a levantarse en varias ocasiones contra ellos antes de llagar a los interminables juicios a partir del siglo XVI. Conclusiones Mula llega a finales de la Edad Media sumida en una profunda crisis económica, política y social. Nada queda de las glorias y riquezas conseguidas a lo largo del siglo XIII que jalonan la historia del viejo Reino de Murcia. La fuerte crisis vivida en los siglos finales del Medievo, deja a Mula mermada en todos los ámbitos. Las continuas epidemias de peste unidas a los prolongados periodos de hambruna provocados por la sequía, se lleva por delante a más de la mitad de la población. Guerra, saqueos, banderías, un largo periodo de sangre y odio que marcaría tiempos venideros. La continua merma territorial culmina con la pérdida del control municipal que pasa a manos de los Fajardo. La caída del Reino de Granada en 1492 abre un periodo de esperanza. Se roturan tierras, se amplía el cultivo, se intensifica la trashumancia en la dehesa de Cagitán y la población crece extramuros. Comienza una nueva época.

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La ciudad de Mula entre los siglos XVI y XX Juan González Castaño

Juan González Castaño

La ciudad de Mula entre los siglos XVI y XX Juan González Castaño Cronista Oficial de la ciudad de Mula

La villa de Mula y su territorio hacia 1500 El fin de la Edad Media trae a la villa de Mula y demás localidades del reino de Murcia un proceso de crecimiento y desarrollo no visto, seguramente, desde los siglos I y II de nuestra era. Ese tiempo de esperanza y oportunidades tiene su origen en la conquista de la ciudad de Granada por las mesnadas de los Reyes Católicos a comienzos del año 1492 y la consiguiente desaparición del reino nazarí, instaurado en 1238 por Muhammad ibn Nasr. Con su toma, la frontera que existía entre ambos reinos desaparece y con ella el temor a residir fuera de los muros de las acrópolis construidas en promontorios o altozanos y rodeadas de fuertes paramentos de origen islámico, erigidos con tapiales sobre base de piedra y dotados de imponentes torres de trecho en trecho. Los habitantes de Mula vivían circunscritos a murallas cuya robustez es glosada en la Crónica de Alfonso X el Sabio, que corrían, en un doble anillo, por la parte alta de la colina que les ponía a resguardo del frío viento norte. El cercado poseía cinco puertas, según refleja un torpe croquis dibujado hacia 1530 y conservado en el Archivo General de Simancas. A poniente, la propia del murallón del albacar, denominada de la fortaleza, ubicada en la parte más eminente del monte, y la del portillo que, actualmente, da acceso al cabezo desde la cuesta de santo Domingo; la central, de la quiblá o del sur, construida en las Gradas del Carmen, entre las calles de santo Domingo y del Carmen; la del sureste, 188

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Fig. 1. Plano de la villa y fortaleza de Mula con las cinco puertas existentes en la muralla. Archivo General de Simancas, c. 1530.

emplazada en una de las dos primeras bocacalles que, próximas a las Gradas, facilitan la subida al cerro desde la calle del Carmen; y la de levante o de Yéchar, situada en la placeta del Puntarrón. Dentro de ese escaso espacio se repartía una población que, al momento de la toma de Granada, no superaba las 1.700-1.800 personas, las cuales moraban en casas sin tejado y con aljibes comunitarios, dispuestas donde los accidentes del monte lo permitían, con abundantes viviendas trogloditas, abiertas en la caliza, sin que existieran calles como se entienden en el día, sino sendas y trochas talladas en la tierra que malamente facilitaban el tránsito al llover en abundancia. 189

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Encima de las últimas construcciones se hallaban el gran aljibe abovedado del siglo XII, herencia de los antepasados musulmanes, reparado continuamente por guardar en su interior un importante reservatorio de agua, esperanza de los muleños en épocas de sequía, y las dos o tres fuentes que manaban cuando las precipitaciones eran abundantes, la más conocida de las cuales era la del Cabezo, en torno a cuyo caño se tejieron curiosas leyendas de amores y desencuentros. Seguramente, en la parte de levante aún perduraran restos del populoso barrio judío cerrado por una valla de obra y habitado por unas 30 familias hasta que san Vicente Ferrer vino a Mula en el año 1411 y logró la conversión de la mayoría. Los recalcitrantes pasaron a residir en las dos colaciones asimiladas a las parroquias que poseyó la localidad desde la conquista de 1244, la de san Miguel y la de santo Domingo, que por otro lado eran los únicos inmuebles de cierta envergadura de la zona baja. Algunos de sus descendientes fueron expulsados en 1492 tras los decretos contra ellos dictados por los Reyes Católicos, mientras otros abrazaron la religión católica y tomaron nombres y apellidos cristianos. La economía se basaba en la explotación de la extensa vega, irrigada por el agua embalsada en el azud de El Gallardo, edificado en el siglo IX por los musulmanes sobre el río Mula, a unos 13 km. de la población, a base de tierra y madera. Desde él, el agua era llevada hasta los bancales por la denominada Acequia Mayor, que corría por toda la falda de la colina, de oeste a este, a unos 50 metros por debajo de la muralla. En los huertos se plantaba la trilogía mediterránea: cereales, vid y olivo, con presencia de árboles frutales en medianías y ribazos. Desde la eminencia de los torreones se veían el castillo de Alcalá, que sería abandonado mediado el siglo XVI; la morería de La Puebla, levantada en un cerro de 190

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la izquierda del río Mula luego de la insurrección de los mudéjares murcianos y granadinos de 1264-1266, cuyos moradores vivían, sobre todo, de cultivar unas feraces terrazas junto al cauce. Propiedad de los marqueses de los Vélez en ese momento, Mula elegía al concejo pedáneo anualmente, el día de san Pedro, y, hasta la conversión al cristianismo de sus vecinos, mantenía una guarnición que, desde fines del siglo XIII, residía en la torre donde se daba culto a santa María Magdalena y en construcciones anexas, erigidas con sillares extraídos de los monumentos de la ciudad romano-visigoda de La Almagra. También se divisaba la aljama de Pliego, perteneciente a la orden de Santiago, habitada mayoritariamente por musulmanes, que coexistían en paz con un corto puñado de cristianos viejos. Al otro lado del río, a unos cinco km. de la villa, se hallaba el caserío de Yéchar, escasamente poblado, cuyo territorio pertenecía a Mula sin embargo recaudar los diezmos la orden de Santiago a través de la encomienda de Aledo. Aguas abajo de La Puebla se situaba la alquería de Albudeite, señorío de la familia Ayala hasta 1510 y morada de una corta población islámica, lo mismo que Campos, aldea de Mula, donde sólo había 10 familias asentadas en 1495. Los vecinos de todos esos lugares abrazarán la religión católica en 1501, obedeciendo los decretos de los Reyes Católicos, ante la tesitura de tener que salir del país de no hacerlo. Desde entonces, sus aljamas se trocaron en ayuntamientos y sus naturales en moriscos, que se irán asimilando lentamente a los demás cristianos, aunque ni la Inquisición ni las autoridades civiles dejarán de vigilarlos, por ser público y notorio que su conversión había sido forzosa. El resto del amplio alfoz de Mula estaba aún casi desierto. Únicamente era transitado por los ganaderos mesteños fuertemente protegidos, arriesgados viajeros y personas que habían hecho de la caza que abundaba 191

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Fig. 2. Fortaleza de los Fajardo con la villa a sus pies.

en las sierras de Espuña y Pedro Ponce su medio de vida. Mas a la altura del año 1500 eso estaba cambiando. El orto y el ocaso del siglo XVI en Mula Conjurado el peligro de las incursiones granadinas por la conquista de 1492, comienza la domesticación del territorio en gran parte del reino de Murcia. Una de las primeras comarcas en emprender la aventura fue la muleña. La estrategia era elemental, se iban talando los bosques primitivos que unían en un mar vegetal las sierras de Ricote con las de Espuña y Pedro Ponce y se extraían las raíces de los árboles que los conformaban. Éstas y las ramas eran aprovechadas para hacer carbón, siendo el más apreciado el procedente de encinas, enebros y robles, mientras los troncos se convertían en vigas y colañas para las nuevas viviendas. Poco a poco van apareciendo los campos, su fértil tierra, desprovista de cubierta vegetal, se planta de cereales, cuyas siegas dan el ciento por uno y de los que se extrae una harina

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bastante mejor que la producida por los sembrados en regadío. Igualmente, se definen las dehesas boyales y las tierras comunales, lugares destinados a pastos para los ganados, en los que podían coger madera sin pena alguna los naturales de Mula; y las parcelas que quedarán sin cultivar y a disposición de los ganaderos trashumantes venidos desde la Mancha Alta a pasar la invernada en el cálido clima muleño, cuyas ovejas eran vigiladas por fieros mastines, protegidos con aguzadas carlancas. Aquí permanecían hasta mayo, cuando desandaban el camino para el esquileo de los animales adultos, llevando a los recentales venidos al mundo en los pastizales. Las cantidades que pagaban por el alquiler de las hierbas eran fundamentales para el abono de los impuestos reales, con el consiguiente ahorro de dinero entre los vecinos. La población de la villa pronto asumió los beneficios de época tan bonancible y alrededor de 1533 sumaba unos 5.000 habitantes, es decir tres veces más que 40 años antes. Eso se tradujo en un importante crecimiento que, hacia 1520, había conllevado la demolición de parte del corsé que suponía la muralla exterior, cuya base usaron muchas viviendas como cimientos; y en el descenso hacia el fondo del valle del caserío, aprovechando, a manera de ariete urbanístico, los cuatro grandes barrancos que nacen en lo alto del cabezo. Sus cauces constituyeron las calles principales, mientras se tejía una red de vías perpendiculares a ellas que, en la medida de lo posible, seguía las curvas de nivel. En esos lugares, en amplios solares, hacen los nobles sus palacios con sobrias portadas de travertino extraído de las canteras de Los Baños y La Puebla, enmarcadas por alfices. A media altura del monte se excava la plaza mayor, a la que se traslada la titularidad de la parroquia de san Miguel, actual Carmen, en torno a 1565; se levantan 193

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la cárcel y la Audiencia del marqués de los Vélez en la cual los sucesivos alcaldes mayores impartirán justicia; y se colocan la horca, el cepo y una fuente-abrevadero en el centro, tallada, también, en travertino, surtida con el agua del caño que viene desde la Acequia Mayor. El camino de Caravaca a Murcia pasa casi por su mitad. La piedad popular remoza el pequeño templo de Nuestra Señora de los Olmos, mencionado ya en 1343, y lo convierte en un bello ejemplo de iglesia renacentista. Erige las ermitas de san Cristóbal, cercana al Carmen; de san Antón, en el Puente del Mercado; de santa Bárbara, próxima a la antigua estación ferroviaria y de san Sebastián, al sur de la villa, en el cabezo de su nombre. Entretanto, los enemigos de la casa de los Vélez ven con temor cómo se va alzando la mole de la fortaleza en la parte más eminente del cerro, donde antaño hubo un par de señeros torreones que hacían las veces de alcázar. Se terminará sobre 1525 y con su fin concluyen las agresiones físicas hacia los Fajardo y su gente. No se repetirá la humillación que vivió el primer marqués de los Vélez en junio de 1520, durante el levantamiento comunero, cuando se vio obligado a jurar en la puerta de Yéchar que no volvería a conculcar los privilegios y buenos usos de Mula, otorgados por los sucesivos reyes castellanos desde Fernando III, si pretendía pisar pacíficamente sus calles. La presencia del castillo, dotado de culebrinas, cañones pedreros y de una guarnición mercenaria, impedirá que la violencia rebrote. Los adversarios de los señores de Mula, que controlan el Concejo y tienen importantes medios económicos a su alcance, deberán optar por poner sucesivos e interminables pleitos en la Real Chancillería de Granada, con el consiguiente gasto de caudales que hubieran sido precisos para obras públicas o la construcción de una Casa-Ayuntamiento en condiciones, similar a la que se intentó levantar en 194

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Fig. 3. Vista aérea del convento de San Francisco.

1601 cerca de la Corredera, actual Paseo, en la que se incluían habitaciones para el pósito, aunque el propietario del solar no aceptó la propuesta municipal y la operación no cuajó. El marqués don Pedro, dando pruebas de la cuantía de su fortuna, proveniente, en gran parte, de la explotación de los alumbres de Mazarrón, ordena edificar un suntuoso palacio en una gran parcela de tierra próxima a santo Domingo, mientras este templo se remodela totalmente en la década de 1550 y un poco ante finalizan las labores del viejo hospital de san Pedro, rebautizado como de la Purísima Concepción, en honor del conocido dogma español, que venía a decir que María nunca sufrió el pecado original. Junto a él se ha planificado La Corredera, espacio abierto en el que hacer mercados, torneos, bailes o ejecuciones. En ese inmueble edifican los franciscanos su convento, que comienza a funcionar como tal en 1581, entretanto los enfermos son trasladados a una casa y empieza a erigirse un nuevo hospital con el mismo nombre al sur de Mula, al lado del futuro camino carretero de Murcia a Caravaca. 195

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La extraordinaria bonanza económica se quiebra hacia 1570. Había propiciado un significativo aumento poblacional, cuyo culmen se dio en 1563, cuando los muleños eran más de 5.600; también había favorecido que el caserío llegara a la actual travesía y la huerta alcanzara su máxima extensión, la que marcaban los ríos Mula y Pliego, más allá de los cuales se iniciaba el secano. Al principio puede hablarse de un cambio de tendencia, pero en torno a 1590-1600 el desplome es evidente, pues las tierras de Mula sólo producen un 10 por cien más que en la década de 1520, cuando, no se olvide, en el padrón no se contaban más de 4.000 habitantes. Eso obliga al Concejo a adquirir fuera el trigo que no proporcionan los campos para evitar motines de hambrientos, tan temidos en las sociedades antiguas, ya que la vega, plantada en su mayor parte de moreras para alimento de los millones de gusanos de seda desde los años 1520, no está en condiciones de ser la despensa de Mula. Se va a por grano a lugares remotos como Jaén, La Mancha, Cartagena y, en situaciones extremas, a Orán para guardarlo en el pósito concejil, creado en 1567 y gravado con una doble misión: dar semillas a los agricultores en otoño para el sementero con el mandato de devolver por cada fanega, constituida por 12 celemines, trece, para evitar que bajaran sus caudales, y, en cualquier momento, venderlas a las panaderías a precio político para, una vez molturadas, cocer pan. Tampoco favorece la demografía local el hecho de que, después de la guerra contra los moriscos insurrectos en el reino de Granada, habida entre 1568 y 1570, y a la que Mula envía varios grupos de combatientes, muchos de sus hijos se trasladen a residir allí para cultivar las fincas abandonadas por los expulsos, al obedecer la orden de Felipe II de 1570 de que todos los vencidos, hubieran o no tomado parte en las hostilidades, marcharan a otros lugares de España. Cierto es que en 196

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1581 se contaban 326 moriscos en la villa, mas igualmente lo es que fueron más los vecinos que optaron por buscar fortuna en la parte este de aquel reino, la actual provincia de Almería, con lo que el crecimiento poblacional se resintió. Y lo peor estaba por llegar. Hacia 1620 se paralizan los trabajos en la parroquia de san Miguel, únicamente se labran en piedra la capilla mayor y parte de la fachada sur. Ni dinero hay para erigir un campanario en condiciones, por lo que se construye uno de dos cuerpos con pobres materiales. Para su conclusión definitiva habrá que esperar cien años. Con todo lo visto, las perspectivas para los muleños de comienzos del siglo XVII no se adivinan halagüeñas. La villa de Mula durante la centuria del seiscientos Los primeros años del siglo XVII ven al cuarto marqués de los Vélez, don Luis Fajardo y Requesens, establecido en el palacio de Mula con su esposa, doña María Pimentel y Quiñones, y una pequeña corte. En esa casa nace su hijo Pedro, quinto heredero del título, en junio de 1602, asistida la madre por una partera traída de Cartagena. Con él compartirán crianza niños hidalgos de su edad, vástagos de padres afectos a su linaje, caso de los engendrados por las familias Molina o Valcárcel, que le seguirán como hombres de confianza en sus servicios a la Monarquía en Cataluña, Roma y Sicilia. La producción agrícola continúa desplomándose, lo mismo que la demografía. A la merma de vecindario no es ajena la expulsión de un importante contingente de moriscos en 1610, cifrado en no menos de 320 personas, descendientes de los llegados a Mula en los inicios de la década de 1570. Se van por el puerto de Cartagena en dirección al norte de África, acatando los mandatos de Felipe III. A ellos se añadirán otros 200, poco más o menos, en 1614, cuando, camino del sur de Europa, son expelidos los mudéjares antiguos de las 197

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Fig. 4. Planimetría del Palacio de los Marqueses de los Vélez en Mula. Año 1735.

aldeas de La Puebla y Campos. Así pues, el territorio de Mula perdió por razón de esas dos salidas forzosas más de 500 de sus habitantes en cuatro años, un 10-12 por cien de la población total, en una época aciaga en la que la denominada Pequeña Edad Glacial enseñaba sus heladores dientes y terminaba con cosechas de aceituna o de hoja de morera en vísperas de su cogida, sumiendo a los seres humanos en la más negra desesperación. Si esas dos eran vitales para la exportación y el intercambio económico, las de cereales eran necesarias para contener el hambre, en un siglo en que con una buena hogaza de pan, un trozo de tocino y una colmada jarra de vino un hombre pasaba la jornada. Son constantes las rogativas para que venga o cese la lluvia; los rosarios vespertinos para implorar el perdón del cielo por los pecados colectivos, dirigidos por frailes de palabra fácil y gesto adusto; y las llamadas para acudir a la destrucción de los canutos de langosta en los campos, agujeros donde tan dañino insecto había enterrado los huevos a fines del verano para que, protegidos por la Madre Tierra, pasaran la época fría y brotarán con el buen tiempo. Se recaba la ayuda de todos para cavarlos y ararlos, dejando a la intemperie las puestas para que las inclemencias invernales acaben con ellas. 198

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Si, pese a tanto esfuerzo, nacen legiones de langostas en primavera y comienzan a devorar todo lo verde, se juntan cuadrillas para hacer zanjas y butrones donde recogerlas para quemarlas o golpearlas y pisotearlas. Al fallar todo eso, se solicita que un religioso de acrisoladas virtudes asperge sobre los animales agua pasada por el cráneo de san Gregorio Ostiense, conservado en su basílica de Sorlada (Navarra), de reconocida eficacia como pío insecticida. He aquí una prueba de lo dicho. Entre los años agrícolas 1559-1560 y 1634-1635 sólo dos de cada diez se recogió una mediana o buena cosecha que sació el hambre de los vecinos de Mula hasta la siguiente. Lo normal es que llegara para alimentarlos unos cinco o seis meses, teniendo que comprar el Concejo el cereal que faltaba a altos precios en otros lugares del reino de Murcia o fuera de él. De hecho, la producción no dejó de bajar entre la década de 1560-1569, que marcó el cenit de la centuria, y la de 1640-1649, cuando el cielo se desplomó sobre las cabezas de los muleños en forma de plagas, enfermedades, sequías y fríos intempestivos, lo que no extraña al historiador que sabe que los años centrales del siglo XVII coinciden con un empeoramiento de la Pequeña Edad de Hielo. Los fríos congelan el Támesis, los glaciares aumentan sus dimensiones exageradamente y los lagos y ríos helados varios meses al año son una constante en Europa Central, como atestiguan las pinturas de paisajes invernales del belga Pieter Brueghel el Joven (1564-1638). En España, por su situación geográfica, no se llegó a esos extremos, aunque algunos años en primavera se cayó la hoja de las moreras en Murcia por bruscos descensos de las temperaturas. En el sur y levante del país hubo amplios periodos de sequía que agostaban las plantas, seguidos, en ocasiones, de temporales cuyas aguas arrastraban los granos recién sembrados a voleo. Y eso fue lo que sucedió en el reino de Murcia y, por 199

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supuesto, en Mula, donde el hambre se hizo fiel compañera de sus habitantes a lo largo de casi tres generaciones. Muchos de ellos tuvieron que acudir a cocer panes de cebada o de centeno y, desde luego, a rebuscar con ahínco productos de la cosecha natural, caso de hongos y setas en otoño, caracoles tras una lluvia o espárragos en el buen tiempo, sin dejar de lado que espigar en los campos recién segados o recolectar aceituna olvidada después de la cogida se convirtió en un modo ordinario de ganarse la vida en momentos claves del ciclo agrícola. Pero aún empeoraron las cosas. Casi diez años sin apenas cosechas, durante los cuales los más desfavorecidos de Mula tuvieron que acudir a comer hierbas cocidas, por no poder adquirir cereal alguno, dado el altísimo precio de la fanega, y el continuo desasosiego en que vivía el vecindario por las atrocidades y robos cometidos por la cuadrilla de bandoleros encabezada por el muleño Jusepe Escámez, señor de los términos de Mula y aledaños en la década de 1640, muerto en una casa de la villa por unos emboscados, en octubre de 1648, debilitaron los cuerpos lo suficiente para que, en la primavera de éste último año, la peste que en junio del anterior había entrado por el puerto de Valencia desde otro del norte de África ocasionara una masacre. En más de cuatro meses mandó a la sepultura a unas 2.200 personas, entre el 50 y el 60 por cien del padrón de 1647, una hecatombe de la que Mula tardaría más de un siglo en recuperarse completamente. Hubo días de 120 muertos, cuyo enterramiento en fosas colectivas sazonadas de cal viva se convirtió en un enorme problema, pues los sepultureros morían por la exposición a las pulgas contaminadas que abandonaban los macilentos cuerpos y a los miasmas que exhalaban. Dice la tradición que, en esos entonces, se apareció Dios en forma de Niño a un pastor llamado Pedro Botía que apacentaba ovejas en la zona de El Balate. Lo 200

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Fig. 5. Real Monasterio de la Encarnación de Mula.

que no cabe duda es que ese hecho no fue desvelado por el vidente hasta dos décadas más tarde, por lo cual el cese del brote pestífero fue achacado a la misericordia divina alcanzada por la intermediación del mártir romano san Felipe, cuyo cuerpo íntegro fue regalado por doña Engracia Álvarez de Toledo, marquesa de los Vélez, a Mula en el verano de 1648, y de los otros tres patronos que el Concejo designó como tales el 27 de mayo del mismo año, santa Rosalía Virgen, santa Rosa de Viterbo y santa Teresa de Jesús, que continúan siéndolo en la actualidad, al no haber sido derogados. Esa catástrofe tuvo que convulsionar la vida de la villa durante lustros, aunque el pasmo volvió a manifestarse 28 años después cuando por el puerto de Cartagena irrumpió la peste. Fue contenida en sus proximidades merced a los cordones que el Protomedicato mandó colocar y a que el microbio se aletargó en septiembre, con los primeros fríos. Desgraciadamente, renació en la primavera siguiente en Cartagena, Murcia, Crevillente y Orihuela. En mayo de 1678 la sufrieron Cehegín y Mula. Aquí no mató a demasiada gente, seguramente por la benignidad del brote, nada que ver con el de 1648, tam201

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bién porque muchos muleños gozaban de la inmunidad que da el haber padecido el mal tiempo atrás y que, de alguna manera, habían transmitido a sus descendientes. Curiosamente terminó con la vida del limosnero de las clarisas, fray Sebastián de Quirós, cuyas 14 fundadoras, comandadas por sor Mariana de Santa Clara, natural de Trujillo, Cáceres, habían venido a abrir convento a Mula hacía un par de meses. En un pueblo en completa decadencia, con viviendas derruidas, miseria por doquier y falta de ilusión entre la gente, la construcción del monasterio de Nuestra Señora de la Encarnación, cabe la ermita de los Olmos, fue una verdadera inyección de ánimo y un revulsivo económico. Lo primero porque los muleños contarían con un nuevo pararrayos espiritual personalizado en las oraciones de las hijas de santa Clara de Asís, que se sumaban a las de los franciscanos, sus hermanos de religión. Y lo segundo porque fueron muchos los obreros que durante los siete años de fabricación del convento trabajaron en diversas tareas y pudieron allegar un jornal de continuo a sus casas. La conclusión del edificio en el otoño de 1685 permitió que, en octubre del mismo año, se mudaran a él las religiosas desde el convento provisional, ubicado en la calle del Caño, frente al actual Heredamiento de Aguas. Cómodas las monjas, poco después empezaron las labores de transformar el renacentista templo de Santa María de los Olmos o de la Encarnación en otro más amplio, adaptado a los gustos barrocos imperantes en el momento y a las necesidades de sus nuevas propietarias. En el año 1700 estaba concluido y dispuesto para el culto. La segunda mitad de la centuria del seiscientos fue positiva, con ciertos reparos, en muchas comarcas del reino de Murcia, no tanto en la de Mula, pese a que, salvo el leve ataque de peste de 1678, no hubo grandes desastres epidémicos que frenaran los lentos pero evi202

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dentes ascensos demográfico y económico. Aunque es cierto que la malaria, la viruela, las enfermedades gastrointestinales asociadas al pésimo estado de las aguas en verano, el sarampión, la difteria y un no corto etcétera de contagios familiares de temporada se cobraban vidas entre los más jóvenes, también es verdad que a tales males estaba acostumbrada y resignada una sociedad siempre en peligro, donde vivir un año más era una proeza para cualquiera, en particular en la niñez, pubertad y ancianidad. Igualmente, lo es que la constante asechanza de la Parca no pudo impedir la recuperación de algunos puntales del crecimiento, como evidencia que en 1693 se contaran unos 3.700 habitantes en la villa frente a los 1.700 existentes en 1658, una subida lenta de unas 58 personas/año, mas consolidada y constante. Los siglos XVIII y XIX en Mula El siglo XVII concluye en España y en parte de Europa con la firma de la Paz de Utrecht en 1713, que ponía fin a la Guerra de Sucesión a la corona española. Fueron esos tiempos muy duros para el reino de Murcia, donde se dieron encuentros y batallas importantes, caso de la toma de Cartagena por los aliados en julio de 1706 y su reconquista en noviembre por las tropas filipinas, comandadas por el obispo Belluga; el combate del Huerto de las Bombas, en las afueras de Murcia, cerca de Espinardo, en septiembre del mismo año; y el definitivo choque de Almansa, de 25 de abril de 1707, en el que las tropas de Felipe V, dirigidas por el duque de Berwick, vencieron a las archiducales. Después de esa batalla, la guerra se alejó de Murcia y el panorama comenzó a clarificarse en el centro y este de España para el primer monarca de la casa de Borbón. Mula, al igual que muchas localidades murcianas, ayudó con hombres, herramientas y víveres al sostenimiento de los batallones borbónicos; mantuvo regi203

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mientos entre sus muros a costa de sus vecinos; envió parte de la artillería del castillo para la defensa de Murcia y en ese baluarte tuvo presos a unos 300 aliados de los más de 3.000 cautivados en Almansa, con los consiguientes problemas con la habilitación de raciones para su alimentación y la de sus vigilantes. Y todo eso en un periodo en el que la Naturaleza dificultaba la consolidación del crecimiento, tanto por las hambrunas y enfermedades ocasionadas por el caprichoso clima levantino como por el enfrentamiento habido en el reino y las miserias que tan anormal situación acarreaba. Después de los sobresaltos bélicos, sólo quedaba restañar las heridas y seguir viviendo. A eso ayudaron los años 20, 30 y 40 que, con los naturales paréntesis de malas cosechas, fueron de bonanza en los campos de Mula, lo que propició que la demografía se fuera elevando lenta pero continuadamente. Si en 1693 el vecindario lo constituían unas 3.700 personas, en 1732 estará en torno a 4.900 y en 1777 sumará 6.500. Y eso que habrá severas crisis de subsistencias a causa de la sequía entre los años 1747 y 1751; 1756-1758; 1765-1774; 1779-1782; 1788-1789; 1793-1795 y, especialmente, de 1799 a 1805, que, pese a que conllevaron hambrunas, no detuvieron el vigoroso crecimiento poblacional de Mula, que permitió a su censo alcanzar los 8.100 habitantes en 1797. Esas épocas de atroz necesidad fueron paliadas por las semillas dadas a agricultores y panaderos por los tres pósitos que había en la villa alrededor de 1750, el municipal; el de don Antonio Sierra, en la parroquia de san Miguel, y el de santo Domingo, creado por el cardenal Belluga en Roma con un capital de 9.000 reales, dentro de sus pías fundaciones. Los dos últimos no tuvieron almacenes propios, mientras el concejil se construyó en 1741 en el lado sur de la plaza del Ayuntamiento (actual Casino). En 1764 se le añadió un cuarto a levante para vender pan y una bodega. 204

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Entre 1750 y 1760, los oligarcas de Mula han acumulado importantes patrimonios económicos, a lo que no es ajeno la puesta en explotación de la parte alta de la huerta, en particular la zona de Los Almarjales, y la Iglesia recibe cuantiosas limosnas para subvenir a las necesidades y remodelar sus edificios para adaptarlos al gusto del barroco imperante. Con tan favorables perspectivas, la fiebre constructora no se va a detener en la villa durante más de medio siglo, de modo que su fisonomía, la que posee en el día la mayor parte del casco antiguo, la adquirió sobre al año 1780 y, desde entonces, constituye sus señas de identidad. A lo largo de unos sesenta años, en Mula se rozará el pleno empleo, con andamios por doquier. Concluidas hacia 1720 la erección de la fachada oeste de san Miguel y su torre, queda pendiente rehacer el interior. En 1737 finalizan las labores para levantar por segunda vez el templo del monasterio de la Encarnación, dado que había sido declarado falso por varios maestros de obras en 1721, aunque las tareas de embellecimiento de sus naves se dilatarán hasta 1752, cuando se dore la capilla mayor. En torno a 1741, la hermandad de Nuestra Señora del Carmen da por acabados los trabajos de adecuación al barroco de su pequeña iglesia, comenzados unos cincuenta años antes. De la antigua quedará, únicamente, la torre de traza gótica, de últimos del siglo XV. Los franciscanos se empeñan en cambiar la faz de su templo a partir de 1732 o 1733, edificándole un crucero y una capilla mayor, entretanto una bóveda tapa el techo pintado del siglo XVI. Continúan con el convento, que concluyen en la década de 1780, al remodelar el patio y colocar brocales en los nuevos aljibes. Son casi cincuenta años de oportunas intervenciones para adaptar el inmueble a las necesidades de los estudiantes internos que, de varios lugares del país, vienen a aprender Teología con sabios profesores, entre los cuales 205

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descolla el padre Pablo Manuel Ortega, autor de una extensa producción histórica en la que deben destacarse los tres tomos de la Crónica de la provincia franciscana de Cartagena y la Vida de sor Mariana de santa Clara, fundadora del convento de clarisas de Mula; sin olvidar que fray Miguel Tendero, regente de la botica conventual mediado el siglo, gozó fama de conocer los misterios más recónditos de los reinos vegetal y mineral para elaborar sus remedios. Ha de echarse una entreplanta entre la primera y segunda del lado sur que sirva de alojamiento a los alumnos, mientras se rehacen los claustros, emparedando la hermosa puerta con alfiz de 1547, se diseña una espaciosa escalera, se amplía el refectorio y se redefinen los espacios de la zona baja. El Concejo da ejemplo y edifica el pósito en 1741; remodela su propia casa totalmente, construyendo la escalera y el balcón corrido que caracteriza a la fachada; erige una nueva carnicería y, luego de demolerla, saca la cárcel de planta después de doscientos años de existencia, donde los presos pasaban fatigas sin cuento por su insalubridad. Las clarisas se suman a la marea constructora. Levantan el hospicio en la década de 1730 y el compás de entrada al patio y la vivienda de los donados entre 1754 y 1756, con los cuales el monasterio alcanza la fisonomía que posee actualmente. Le siguen los dirigentes del hospital de la Purísima Concepción al renovar completamente el conjunto y dotarlo de una gran puerta presidida por un alto relieve con la escultura de la titular y unos versos donde se resume la filosofía del establecimiento. La casa marquesal no se queda atrás y reconstruye su palacio entre los años 1720 y 1730, en tiempos del IX marqués, don Fadrique Álvarez de Toledo y Moncada (1686-1753), siguiendo los diseños de un maestro no murciano, al parecer. Lo hace para evidenciar su capacidad económica, no en vano es la primera tenedora 206

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de agua de la villa y la venta diaria de las hilas le produce cuantiosos beneficios, pues ni por un momento pretende el titular residir entre sus paredes. Se abandona y desmonta de sus elementos bélicos el castillo de manera que, desde mediados del siglo, la designación de sus alcaides será un honor que los propietarios otorgarán a personas de su interés para que les sirva de timbre de gloria, pero sin que conlleve poder real alguno. Igualmente, los hidalgos se adhieren a la fiebre edificadora. Levantan o rehacen casas, almazaras y molinos harineros en huertas y campos. Entre 1740 y 1780 hay competencia para diseñar la vivienda más grande y la fachada más original en la villa, aunque en algunas de ellas los dueños conservan las portadas del siglo XVI, dotadas de sobrios alfices, prueba de cierta sensibilidad no alejada de los valores anticuarios dictados por la naciente Ilustración. En torno a 1750 surge el pequeño palacio de los González de Sevilla Cabeza de Vaca en la calle de Martín Perea, dotado de artísticos esgrafiados que recuerdan los del interior del templo de la Encarnación. Enseguida, la rama principal de los Blaya hace el suyo en la del Grifo, que amplía al poco, y tiene la humorada de pintar todos y cada uno de los ladrillos en rojo fuerte, lo mismo que puertas, aleros y piedras, de modo que, en aquellos entonces, el impacto visual tuvo que ser tremendo. Frontero a él, los primeros marqueses de Menahermosa alzan su residencia, cuya gola decoran con graciosos dibujos militares. Esa onda constructora entre la nobleza se va cerrar en torno a 1780, cuando los Fernández de Capel, Molina y Blaya levanten sus tres moradas seguidas en la parte este de la calle del Caño cerca de 1773; don Diego Blaya y Molina su Casa Pintada muy a fines de la década de 1770 y el segundo marqués de Menahermosa añada un ala a su palacio en el viento norte entre 1778 y 1780. A partir de ese instante la edificación en Mula se paraliza mucho tiempo. No es exagerado decir que 207

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no se verá movimiento similar hasta los años 19802007. No obstante, aún hay que finalizar la ermita de El Niño, cuyos trabajos empezaron hacia 1770 y no concluirán sino en 1781, aunque la conformación de su interior y el los demás templos de Mula se irá realizando durante toda la centuria siguiente. La última obra pública de cierta relevancia acometida por el Ayuntamiento será la elevación de la torre del reloj en la parte norte de la plaza mayor, hecho acaecido en 1806. Con ella se clausura el proceso constructor que, como antes se ha dicho, dio a Mula la imagen que, a trancas y barrancas, conserva todavía. El siglo XIX en Mula La centuria anterior se despide con una de las hambrunas más grandes sufridas por el reino de Murcia, que fue especialmente angustiosa en Mula y su comarca, continuada en la siguiente, hasta el año 1804-1805. Había comenzado en 1799, pese a que el año agrícola anterior ya registró una exigua cosecha que impidió a los labradores devolver al pósito concejil las fanegas prestadas para la siembra. La situación se agravó porque el municipio se vio obligado a enviar al rey el 20 por cien de los fondos del almacén en semillas y dinero, por lo cual en el otoño siguiente no pudo dejar grano a nadie y apenas si se hizo sementero. El único año bueno del ciclo fue el 1801-1802, que detuvo algo el aumento del coste de la harina iniciado el precedente. Ese frenazo no fue sino un impasse en el ascenso de los precios, que no tardaron en dispararse al saberse que la siega de 1803 era escasa, de tal modo que los trojes del pósito se hallaban vacíos en marzo de 1804, cuando todavía faltaban más de tres meses para la siguiente. En diciembre, el Ayuntamiento se vio obligado a embargar el cereal que guardaban los pudientes, dejándoles el suficiente para su consumo. 208

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Afortunadamente, la cosecha de 1806 fue excelente e hizo olvidar las penalidades pasadas el año anterior, durante el cual la fanega de trigo llegó a venderse a 270 reales, más del doble que en 1803-1804, pero eso no fue sino la mejoría que precede al empeoramiento del mal, en este caso personalizado en la Guerra de la Independencia que afectó al reino de Murcia entre 1808 y 1812. Ese conflicto, como se sabe, comenzó en mayo de 1808 al insurreccionarse los vecinos de Madrid para impedir que una parte de la familia real partiera hacia Francia, según había ordenado Napoleón, y a los cuales los franceses reprimieron con furia, fusilando a los que eran tomados con armas en la mano. Con prontitud los murcianos y su Junta se declararon por Fernando VII e iniciaron los trabajos para dotarse de tropas y vituallas suficientes para aguantar los avatares bélicos, acudiendo al alistamiento de voluntarios. Los vivas al rey y a la libertad, y los mueras a Napoleón y a los galos se debieron de prodigar por las calles de Mula y entre los vecinos que acudieron a inscribirse en los regimientos murcianos en mayo y junio de 1808. Si bien es cierto que las tierras de Murcia, pese a las prevenciones de las Juntas locales, no sufrió batallas significativas, también lo es que la contienda agravó las condiciones económicas de los pueblos, cuyos alcaldes se vieron desbordados por las continuas demandas de entrega de víveres y dinero de los ejércitos españoles y franceses, so fuertes penas, incluso la de perder la vida, si no las satisfacían con rapidez. Al hambre que campeaba por doquier y al miedo a la llegada de los invasores, de los que se contaban mil y una atrocidades, se añadió la entrada de la fiebre amarilla, igualmente conocida por vómito negro, por el puerto de Cartagena a finales de 1810. Ésta fue la segunda acometida sufrida por el reino de Murcia, pues un sexenio antes había habido otra en Cartagena, que 209

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se logró controlar, sin que se dieran contagios en el resto del territorio. Pero aquella época era de paz y las prevenciones impuestas funcionaron bien. En 1810 la guerra era una horrible realidad y la gente, muerta de hambre, se movía sin control por todas partes. Eso explicaría que en enero de 1811 la epidemia afectara a Lorca y en septiembre a Mula, pudiéndose fijar los primeros muertos durante el día 24. Aquí permaneció hasta el 25 de febrero del año siguiente entre un vecindario agotado por la falta de alimentos y, por tanto, escaso de defensas ante la enfermedad venida de los trópicos. Como lugar de cuarentena y hospital de convalecientes se habilitó la derruida ermita de san Sebastián, situada en sitio alto y alejado casi 1.500 metros de la villa, que, desde entonces, fue conocida con el nombre de El Lazareto. En ese largo tiempo de dolor murió aproximadamente el 8 por cien de la población, unas 550 personas, marcando el mes de octubre el momento álgido del ataque. No repuestos aún los muleños de una mortandad que les recordaba la soportada por sus antepasados en 1648, a comienzos de septiembre de 1812 reciben la terrible noticia de que el ejército francés está evacuando Andalucía y todo apunta a que se dirige hacia Valencia y Madrid a través del reino de Murcia. El día 26, su vanguardia entra en Cehegín y cerca Caravaca. Al ser una tropa en marcha, necesita abastecerse de lo necesario sobre el terreno, lo que la convierte en una plaga de langosta que agosta las existencias de las localidades que visitan los regimientos de requisa, a cuyos componentes no les tiembla el pulso a la hora de apalear o asesinar para lograr sus fines. Enseguida llegan Mula y arramblan con lo que pueden, dentro de que muchas personas han abandonado la villa llevándose o escondiendo sus posesiones más queridas o valiosas. Matan a cuatro, maltratan a muchas, roban lo que pueden en viviendas e iglesias y violan a cuantas mujeres hallan. 210

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Después de tan aciago episodio, la guerra terminó para la mayoría de los murcianos, mientras en el centro y norte del país quedaban todavía quince meses de conflicto, hasta que por el Tratado de Valençay, de diciembre de 1813, Napoleón dejó libre a Fernando VII y le permitió regresar a España. Curadas las heridas por mor de los buenos rendimientos agrícolas de los años que siguieron a la contienda, el vecindario se fue rehaciendo, de tal modo que en 1829 había 8.612 habitantes en el casco de Mula, La Puebla y Campos, mil más que una veintena antes. Éste es uno de los momentos cumbres de la demografía local, estancada en lo que queda de siglo, de manera que en 1885 se contarán sólo mil personas más que en 1829. Poco tiempo después, Campos se separó de Mula y se constituyó en municipio. Es evidente, por tanto, que al crecimiento poblacional le falta vitalidad, aunque las razones no sean fáciles de detectar. No cabe duda de que la economía no se deshace de su encorsetado comportamiento, que manda cultivar en los campos cereal y en la huerta vid, olivos, trigo y cebada, hasta la última década de la centuria, época en que, tímidamente, empiezan a plantarse en el regadío cítricos y frutales de hueso, en especial albaricoqueros y melocotoneros. Aún a comienzos del siglo XX las fotos que se conservan de la vega, tomadas desde la falda del castillo, muestran escasos árboles en los bancales. A eso que hay que añadir que los ataques de la filoxera, en las postrimerías de la centuria, terminaron con las muchas tahúllas de viñedo del término municipal, tahúllas que no serán replantadas con las conocidas vides americanas, inmunes a los envites de ese escarabajo, sino con nuevos árboles, entre los que sobresalen los limoneros y naranjos. Sin dejar de lado que la corta industrialización de la provincia pasa de largo por Mula hasta la segunda década del siglo XX, cuando exista la potencia eléctrica suficiente para im211

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pulsar motores e iluminar la ciudad, producida por las tres fábricas que, instaladas sobre el cauce alto de la Acequia Mayor, mueven sus pequeñas turbinas con el agua que discurre por ella. De las minas que, entre 1840 y 1880, se abrieron en el término municipal al calor del boom que vivían la zona murciana de Mazarrón-Cartagena y los montes de la vecina Almería, sobre todo la Sierra Almagrera, únicamente de las más rentables se extrajo el mineral preciso para cubrir gastos, por lo cual escaso peso poseyeron en la economía local. Las primeras bombillas eléctricas de Mula habían sido instaladas por don Antonio Cuadrado en los años últimos del siglo; lucieron en casas de pudientes y en unas cuantas vías de la población, merced a una iguala con el Concejo. Éste fue uno de los pocos atisbos de modernidad advertido en su callejero, junto a la apertura del camino carretero de Murcia a Caravaca en tiempos de Isabel II; la erección del teatro Lope de Vega, cabe la Glorieta, en la década de 1840, derribado unos veinte años después; la construcción de la pequeña plaza de toros de San Fernando en 1871; la edificación, en 1865, de la sede de los dueños del agua, conocida por Heredamiento, en la calle del Caño, sobre los cimientos de una almazara desamortizada que perteneció al cabildo de la Iglesia de Cartagena; la apertura del primer estudio fotográfico en 1885, obra de José Gil Candel, conocido por el Manco Gil, por faltarle una mano, perdida en un accidente pirotécnico; la inauguración de la oficina de Telégrafos en 1888; la creación de la Imprenta de Mula por don Basilio Robres Mañas, natural de Chinchilla, un año más tarde, y la consiguiente publicación de periódicos tan interesantes como La Voz de Mula, cuyo nombre cambió posteriormente por El Noticiero de Mula, o La Lata, muy bien escritos y maquetados; el levantamiento del denominado Teatro de Mula en un huerto de la calle de Doña Elvira, inaugurado el día de san Antonio de 1895, donde en las fiestas de septiem212

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Fig. 6. Recibo en blanco de la mina Santísima Trinidad, hacia 1840.

bre de 1898 se dio cine por primera vez en la ciudad, apenas un trienio después de la proyección inicial, realizada en París por los hermanos Lumière, inventores del cinematógrafo, el 28 de diciembre de 1895; y la restructuración del antiguo hospital de la Purísima Concepción para adaptarlo a Asilo en 1900, regentado por las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Una gran alegría para el vecindario fue que el liberal don Juan López Parra, diputado a Cortes por su distrito electoral entre1893 y 1896, lograra que el gobierno elevara la categoría de Mula de villa a ciudad en 1894. Al atraso agrícola e industrial se sumaron las acometidas de una nueva enfermedad, ante la cual los españoles estaban faltos de defensas genéticas. Esa enfermedad era el cólera, que afectó en cinco ocasiones a nuestros antepasados y vino a sumarse a las que, con frecuencia, complicaban sus duras existencias y, por ello, les eran desgraciadamente monótonas, caso de la viruela, la difteria, el sarampión o las tercianas, sin dejar de lado la presencia de la tisis pulmonar en muchos jóvenes. La primera ola llegó a Mula en junio de 1834 y hasta diciembre, cuando se extinguió, había terminado con la 213

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vida de unas 150 personas. La segunda atacó en 1855, aunque estuvo precedida por una alferecía (posible meningitis) que se llevó a muchos niños entre 1844 y 1851; empezó el 20 de julio y, en dos meses, abatió a unos 210 habitantes, concluyendo en la primera semana de septiembre. La de cuatro años después poseyó un carácter más benigno, ocasionando sólo seis víctimas en la villa, tres en cada parroquia, y otras tres en La Puebla. Similar fue el brote de 1865, que tuvo lugar entre octubre y diciembre y segó la vida de 12 vecinos en La Puebla y 38 en el casco urbano. Sin embargo, el sarampión en invierno mandó al sepulcro a muchos párvulos. La última arremetida del cólera se dio entre finales de junio y finales de agosto de 1885. A su término, había enviado a la fosa a 167 personas en Mula y 19 en La Puebla. Por tanto, a nadie puede extrañar que, a partir de la segunda mitad de la centuria del ochocientos, la emigración se convierta en una opción atractiva para muchos muleños, que apuestan por marchar al norte de África, preferentemente a Orán; a Cataluña y a la América Hispana, sobre todo a La Argentina, en busca de un porvenir que no encuentran en su tierra. La ciudad de Mula durante las tres primeras décadas del siglo XX Mula iba entrando lentamente en el progreso, mas lo cierto es que sus habitantes suspiraban por dos proyectos que, pensaban, serían el quijotesco bálsamo de Fierabrás para un pueblo con un futuro muy negro, la construcción de un embalse en el estrecho de El Corcovado, donde hacia 1847 hubo pioneros intentos de hacerlo y para lo cual varios particulares constituyeron una sociedad de acciones, aunque pronto advirtieron que la empresa sobrepasaba sus disponibilidades económicas y sólo podría ser acometida por el Estado. Y la llegada del ferrocarril, que facilitaría la salida de sus

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productos agrícolas e industriales por el puerto de Cartagena.

Fig. 7. Acción de la Sociedad Fundadora del Pantano de Mula. Año 1847.

Las presiones sobre don Juan de la Cierva y Peñafiel, diputado conservador por el distrito de Mula entre 1896 y 1923 ininterrumpidamente, y sobre su mano derecha en la localidad, don Juan Antonio Perea, hijo de don Martín, gobernador civil de Albacete y Murcia entre 1899 y 1901, una de las personas que, junto a su suegro, el notario don Julián Martínez Sorzano, más laboró para auparlo al cargo, fueron tremendas. Se logró la unión de los muleños en torno a ambos proyectos, unión que, en el caso de la línea férrea, contaba con el apoyo de los pueblos por donde discurriría el trazado. Se montaron asambleas y mítines en todos ellos y tanto apretaron a los conservadores, verdaderos dueños del distrito, que no les quedó más remedio que influir en el gobierno para que aprobara la memoria del pantano. Los movimientos de tierra comenzaron el 3 de enero de 1915 y tres lustros después empezaban los riegos. Muy pronto se convenció todo el mundo de que la presa se había levantado en el río equivocado, pues el 215

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Fig. 8. Etiqueta de la fábrica de conservas La Industrial Muleña. Año 1919.

que llevaba el agua era el Pliego y no el Mula, en cuyo lecho se erigió. Se solicitó que se construyera otra en aquel cauce, obra que acometería la República bajo el nombre de Pantano de Pablo Iglesias y que permaneció inconclusa tras perder la guerra el gobierno republicano frente a las tropas de Franco. Los trabajos en el ferrocarril se iniciaron en junio de 1921 y, detenidos durante la dictadura primorriverista, finalizaron en 1933. El 28 de mayo de ese año, a las 10 de la mañana, partió el tren inaugural desde la estación murciana de Zaraíche. A las 12 llegó a Mula y casi a las dos de la tarde a Caravaca. En todas las paradas fueron recibidos los viajeros con muestras de júbilo y músicas. Luego de servicios sin cuento a las localidades del trazado, la línea fue eliminada de un plumazo en 1971 sin haber sido amortizada la cantidad de dinero invertida en su construcción. A lo largo de las tres primeras décadas del siglo en Mula se atisban intentos de diversificar la economía. Surgen empresas exportadoras y transformadoras de vegetales que emplean a muchas personas en momentos cruciales del año, caso de la Unión de Propietarios; El Niño, experta en la fabricación de tomate pelado, propiedad de la Viuda de don Juan María García Zapata, doña María Miñano; la Explotación Agrícola Robres 216

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Mañas, especializada en albaricoque; y, en particular, La Industrial Muleña, fundada en 1919 por don Julián Herrera, situada en la carretera, en dirección a Caravaca, ganadora del gran premio del Salon d’Alimentation de Bruxelles en 1925 y comercializadora de infinidad de toneladas de tomates y de albaricoques al natural y en pulpa. Esto, unido a la ausencia de epidemias importantes entre 1885 y 1918, año de la tremenda gripe española que mató a tanto joven, y al alto rendimiento de la huerta moderna, hermoseada por bancales cuajados de albaricoqueros, naranjos y limoneros, facilitó que la demografía no dejara de ascender, de tal modo que en 1930 se contaban en Mula 2.951 hogares con unas 13.500 personas, 4.000 más que en 1885, personas que se las veían y se las deseaban para encontrar casa. Porque, recuérdese, la construcción de nuevos edificios se detuvo en torno a 1780, cuando la villa tenía unas 6.500 personas, la mitad que en 1930. En esa realidad se dan contadas excepciones, corresponden a las viviendas erigidas en la avenida recién abierta que lleva a la estación ferroviaria y a las establecidas a ambos lados de la carretera de Caravaca a Murcia, a la entrada y salida de la ciudad. ¿Dónde podían acomodarse, pues, las familias que se iban constituyendo a lo largo de eses siglo y medio, en particular a partir de la dos o tres últimas décadas de la centuria del ochocientos?, ya que lo único que se hacía en albañilería era parchear los inmuebles dejados por el siglo XVIII para mantenerlos en pie o enlucir sus fachadas con el deseo de adaptarlas a la moda del momento, en la que sobraban los elementos típicos del Barroco tardío murciano, sobre todo los ladrillos vistos y las rejas de forja, muchas de las cuales fueron arrancadas de sus sitiales para colocarlas de soldadura con ribetes modernistas.

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Los vecinos más humildes siguen ocupando totalmente la parte elevada de Mula, es decir toda la extensión de la villa medieval, más los extremos este y oeste del cerro del castillo, o lo que es lo mismo, las zonas de El Puntarrón y de la Calle Alta. Aquélla poblada desde antiguo y ésta colonizada durante el siglo XVIII. En ambas levantan pobres casas y horadan cuevas, llamadas casones, por doquier, donde la higiene y las comodidades más elementales están desterradas, y cuyos habitantes dedican parte de su tiempo diario a descender cientos de metros por pinas trochas para coger la insalubre agua de la Acequia Mayor en cántaros y ollas, en cuya corriente lavan sus prendas de vestir y friegan sus cacharros de barro. También hay casucas y barracas en lugares aislados de la huerta, donde residen los trabajadores fijos de las fincas, propiedad de poderosos terratenientes. Las personas que poseen algo de dinero tienen la opción de arrendar cuartos en las blasonadas viviendas solariegas del siglo XVIII, no más de 250 dentro de una línea ideal que iría desde las calles del Carmen, Santo Domingo y Monjas hasta el camino carretero de Murcia, y desde El Barrancal hasta la calle del Santo. Bastantes de ellas son manzanas en sí, dotadas de huertos ajardinados, cocheras, cuadras, cocinas, habitaciones para la servidumbre, capilla y buenos aposentos para los dueños. A comienzos del siglo XX su pasado esplendor es un vago recuerdo y los empobrecidos propietarios no hallan inconveniente en alquilarlas por secciones, echando tabiques a conveniencia, convirtiendo antiguas ventanas en puertas a la calle y construyendo estrechas escaleras cuando se trata de habilitar estancias en pisos altos y desvanes. En los bajos y sótanos se abren todas las tiendas de la población. De hecho, al retirarse de Mula la casa marquesal, a finales del siglo XVIII, había vendido el inmueble de la 218

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Fig. 9. Pase personal para la diligencia de Murcia a Calasparra y viceversa.

antigua Audiencia y empezado a arrendar porciones del viejo palacio a familias que trituraron sus fachadas este y norte con nuevas puertas y ventanas, mientras los documentos de su riquísimo archivo eran usados para menesteres inconfesables, entre los cuales el emboje de los gusanos de seda y prender la leña del denominado horno de palacio no fueron los más terribles. Su ejemplo fue seguido por los dueños del convento de san Francisco, parte del cual fue convertido en posada, en casas y en teatro el templo; y por hidalgos venidos a menos, cuyo bienestar dependía de hacer buenos matrimonios y de sus fincas, cuyas cosechas estaban en manos de la caprichosa climatología. Por eso el dinero pagado por arrendatarios de cuartos en las viejas viviendas o por medieros de bancales era vital para la subsistencia familiar y, desde luego, para mantener el nivel social que sus pergaminos y ejecutorias reclamaban. Muchos de ellos no se recataban de pasar temporadas tomando las salutíferas aguas de Los Baños de Mula, alquilando casas en los balnearios, a los que acudía gente de la región a relajarse y practicar la hidroterapia. En 1900 comienza a funcionar el cementerio de san Ildefonso, al oeste del cabezo de san Sebastián, sustitu219

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yendo al Viejo, en el cual se habían sepultado muchos miles de muleños durante unos setenta años. Poco después, el arquitecto Pedro Cerdán planifica y ejecuta la construcción del Casino en la plaza mayor, tras comprar los socios el pósito al Concejo y a varios particulares de la calle Oscura una serie de patios, que derriban. El resultado fue un edificio con ribetes modernistas, dotado de hermoso salón de baile, diáfana escalera y amplio patio de luces, coronado por una claraboya. Mientras, las sociedades obreras que van naciendo con lentitud se dotan de locales donde realizan labores sociales, como enseñar a leer y escribir a sus miembros y asistirles cuando quedan en paro. Es el caso de una de las primeras en establecerse, La Unión de Cultivadores, que apareció en 1893; de la Unión Obrera, creada en 1905; o de la sociedad Obreros Albañiles de Mula, constituida en 1903 y reformada en 1921. Los hacendados no se quedan atrás en el afán asociativo, por aquello de que la unión hace la fuerza, y fundan corporaciones que les robustecen, caso de la Cámara Agrícola Oficial y la Comunidad de Labradores, instituidas el año 1901. Entretanto la Iglesia, sabedora de la ascendencia que van teniendo las izquierdas con sus sindicatos, círculos y partidos entre el elemento obrero español, promueve los sindicatos católicos. El de Mula, instaurado en 1916, se denomina Sindicato Agrícola San Felipe Mártir y sigue lo dispuesto por León XIII en materia de relaciones entre asalariados y patronos. Hacia 1910 nace la Cocina Económica en los locales del Asilo de ancianos con la idea de proporcionar alimentos a los necesitados a precios reducidos. Al parecer, estuvo activa unos ocho o diez años. Y, en 1918, el Centro de Acción Católico Muleña, que contó con caja de ahorros. Pero no sólo de pan vive el hombre. Como buenos mediterráneos, los muleños adoran divertirse y en los Carnavales de las tres primeras décadas de la centuria 220

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Fig. 10. Acción para la construcción del primer Campo de Fútbol en Mula. Año 1924.

dejan prueba de su alegría y fino sentido del humor, marcando el culmen de una fiesta que se celebra en la ciudad, seguramente, desde mediado el siglo XVI. Pedro Ayala, conocido por El Gasero, es su alma, el animador de distendidas comparsas y el autor de muchas de las letras que cantan sus componentes. Existen dos grandes sociedades, la de Los Blancos y la de Los Azules, con buenas sedes, que agrupan a miembros de las cofradías de Semana Santa y actúan a manera de casinos, organizando actos culturales y juegos; entretanto los bailes de piñata y de Reyes del Casino concitan a la sociedad bien de la ciudad y de fuera. Las procesiones pasionales son modelos de religiosidad, mientras los hombres sudan, sangran por las manos tocando tambores durante más de 14 horas, y alivian las penas con largos tragos de revuelto, que los entonan en la fría noche del Martes al Miércoles Santo. Los niños de Mula se educan en academias y colegios particulares, donde unos pocos se preparan para sufrir 221

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Fig. 11. Cartel anunciador de la inauguración del Campo de Fútbol en mayo de 1924.

los exámenes de Bachillerato en el Instituto de Murcia. La mayoría se conforma con aprender a leer, escribir y a resolver cuentas con soltura para ser hombres de provecho. A finales del siglo XIX aparece el Colegio de Primera Enseñanza (sic), a primeros de octubre de 1912 empieza a funcionar el del Niño Jesús de Belén y en enero de 1926, en los salones de la Casa Pintada, el regentado por religiosas de la congregación de la Pureza de María Santísima. Muchos de esos alumnos participan en la banda de música creada por don Julián Santos Orgilés a comienzos de la década de 1880, juegan en las calles de tierra, cogen nidos en la huerta, se bañan en ríos y albercas en estío, pasean por la reformada Glorieta, asisten a funciones de temporada y a las programadas por compañías de aficionados en el Teatro de Mula y, a partir de mediados de los locos años veinte, a las sesiones del cinematógrafo en las salas Cine del Centro y Cinema Ideal, conocido popularmente por Cine de los Botía, mientras van aficionándose a un nuevo deporte que moverá masas a lo largo del siglo, el fútbol. Tras unos tímidos principios, a mitad de los años veinte la pasión 222

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estalla y se constituyen dos equipos, la Unión Muleña, cuyo campo se inaugura el 29 de marzo de 1925, y el Deportivo Muleño, que había hecho el suyo en la avenida de la estación la primavera del anterior, y para lo cual se creó una sociedad por acciones de 25 pesetas. Se menciona también a la Unión Deportiva Muleña, que no se sabe si mudó su nombre por alguno de los otros dos, se fundió con ellos o simplemente desapareció. El boceto de progreso que hemos analizado y la esperanza que conllevaba para todos durante los primeros siete lustros del siglo XX se quebraron, como tantos proyectos de vida en España, un caluroso sábado del mes de julio de 1936 cuando una parte del ejército de África se insurreccionó contra la República, dando lugar a tres tenebrosos años de sangre, sufrimientos, lágrimas, forzada emigración y a la represión del régimen vencedor sobre los defensores de la legalidad republicana, pero ésa es otra historia… Bibliografía González Castaño, Juan (Coordinador): Síntesis de historia de la Ciudad de Mula. Caja de Ahorros del Mediterráneo. Murcia, 1990. González Castaño, Juan: Una villa del reino de Murcia en la Edad Moderna (Mula, 1500-1648). Real Academia Alfonso X el Sabio et alii. Murcia, Murcia, 1992. González Castaño, Juan: “El poblamiento en la Comarca Centro de la Región de Murcia en el reinado de Carlos I”. Murgetana, nº 103. Real Academia Alfonso X el Sabio. Murcia, 2000. González Castaño, Juan y González Fernández, Rafael: “Las epidemias en la comarca del Río Mula durante el siglo XIX”. Actas del VIII Congreso Nacional de Historia de la Medicina, vol. II. Universidad de Murcia. Murcia, 1988. Sánchez Maurandi, Antonio: Historia de Mula, 4 vols. Murcia. Tipografía san Francisco, 1955-1957. Sánchez Maurandi. Antonio: Don Juan de la Cierva. Murcia. Tipografía san Francisco, 1962.

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Pecten maximus Materia: malacofauna. Procedencia: Cueva Antón. Inventario: MAM/DA/2011/0035. Dimensiones: 2 cm de longitud y 7 cm de anchura máxima conservada. Cronología: 37000 a. C. Contexto Cultural: Paleolítico Medio. Objeto de adorno correspondiente a un fragmento de valva de molusco, hallado en el yacimiento prehistórico de Cueva Antón en el nivel 1 K, fechado por sus investigadores en base al C-14 hacia el 37000 a. C. y que corresponde a la transición entre el Paleolítico Medio y el Superior. Este fragmento de vieira es una prueba de los movimientos de grupos e individuos por esta zona del sureste, pues fue recogida en la costa y transportada hasta el yacimiento, tras recorrer alrededor de 60 km. La pieza presenta una perforación y restos de pigmento de color rojizo y amarillo, correspondientes a óxidos de hierro que decoraban la cara exterior del molusco. La presencia de estos pigmentos viene a demostrar que su portador, el hombre de neandertal, era capaz de tener pensamientos simbólicos y practicar la ornamentación personal. Bibliografía: MARTÍNEZ SÁNCHEZ, C.: “El yacimiento musteriense de Cueva Antón (Mula, Murcia), Memorias de Arqueología 6, 1997, pp. 18-47. ZILHÃO, J.; ANGELUCCI, D.; BADAL-GARCÍA, E.; d’ERRICO, F.; DANIEL, F.; DAYET, L.; DOUKA, K.; HIGHAM, T. F. G.; MARTÍNEZ-SÁNCHEZ, M. J.; MONTES-BERNÁRDEZ, R.; MURCIA-MASCARÓS, S.; PÉREZ-SIRVENT, C.; ROLDÁN-GARCÍA, C.; VANHAEREN, M.; VILLAVERDE, V.; WOOD, R.; ZAPATA, J.: “Symbolic Use of Marine Shells and Mineral Pigments by Iberian Neandertals”, en Proceedings of the National Academy of Sciences USA, 107 (3), 2010, pp. 1023-1028.

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Collar de cuentas del Abrigo del Milano Materia: malacofauna y piedra. Procedencia: Abrigo del Milano. Dimensiones: la valva tiene 48 mm de longitud y 44 mm anchura. Las cuentas oscilan entre los 5 - 18,5 mm de longitud y los 7,5 - 14 mm de diámetro máximo. Depósito: Museo Arqueológico de Murcia. Cronología: 3270 a. C. Contexto Cultural: Neolítico – Calcolítico. Objeto de adorno formado por veintiséis cuentas de piedra (esteatita, caliza blanca y roca ígnea) con perforación central y formas cilíndricas, ovaladas, bitroncocónicas y circulares de tonalidades verdosas, negras y blancas. El collar presenta como colgante una valva de molusco con perforación. Este objeto se documentó en el conjunto prehistórico y de arte rupestre de El Milano, concretamente en el Abrigo II, en un sepulcro realizado a base de piedras donde se halló un enterramiento colectivo de inhumación, en el que se dispusieron entre cinco y ocho cadáveres, presentando algunos de ellos calcinación parcial y restos de cortes. Las pruebas realizadas de C-14 han fechado el enterramiento en la transición del Neolítico al Calcolítico (3270 a. C.). Cuentas de piedra similares se han hallado en el sepulcro del Cabezo del Plomo (Mazarrón) y en la cueva sepulcral de La Represa (Caravaca), enmarcadas en un horizonte cultural que abarca entre el Neolítico Final y la Edad del Bronce en el sureste peninsular. Bibliografía: MARTÍN IBÁÑEZ, B. y SAN NICOLÁS DEL TORO, M.: “Cuentas de collar”, en SAN NICOLÁS DEL TORO, M. (Ed.): El conjunto prehistórico y de arte rupestre de El Milano. Mula, Murcia, Monografías CEPAR 1, Murcia, 2009, pp. 43-45. SAN NICOLÁS DEL TORO, M. (Ed.): El conjunto prehistórico y de arte rupestre de El Milano. Mula, Murcia, Monografías CEPAR 1, Murcia, 2009, 151 p. ZAPATA PARRA, J.A.: “El arte rupestre en la comarca del río Mula”, Yakka. Revista de Estudios Yeclanos, nº19 (2011-2012), 2013, pp. 236-258.

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Puntas de flecha Materia: sílex. Procedencia: zona norte de Sierra Espuña. Dimensiones: 1) 5 cm longitud; 2,2 cm anchura y 0,5 cm grosor máximo; 2) 4,2 cm longitud; 2,4 cm anchura y 0,3 cm grosor máximo; 3) 3,5 cm longitud; 2,4 cm anchura máxima y 0,6 cm grosor máximo; 4) 2,2 cm longitud; 1,8 cm anchura máxima y 0,6 cm grosor máximo. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: 2500-1900 a.C. Contexto Cultural: Calcolítico. Las cuevas y abrigos rocosos de Sierra Espuña han sido utilizadas por el ser humano desde la Prehistoria. En el área muleña se han encontrado vestigios calcolíticos en la Cueva Negra de la Sierra de la Muela y en el Peñón del Tísico en Casas Nuevas. Estos asentamientos tendrían una economía agropecuaria que complementarían con la recolección de plantas silvestres y la caza de animales como aves, conejos y liebres, jabalíes, ciervos,… En el periodo eneolítico se elaboraron útiles líticos tallados, como las puntas, para efectuar las actividades cinegéticas y/o bélicas. Estas puntas de piedra tallada estaban destinadas a armar el extremo de un objeto arrojadizo, habitualmente el astil de una flecha. Entre estas cuatro puntas de flecha de talla bifacial encontramos una de tipo foliáceo de forma romboidal. Las demás son puntas “de pedúnculo y apéndices laterales” caracterizadas por unas aletas más o menos desarrolladas y una prolongación longitudinal de la base. Estas aletas laterales mejoran el rendimiento de la punta puesto que impide que se extraiga con facilidad del cuerpo impactado. Bibliografía: EIROA GARCÍA, J.J.; BACHILLER GIL, J.A.; CASTRO PÉREZ, L. y LOMBA MAURANDI, J.: Nociones de tecnología y tipología en Prehistoria, Barcelona, 1999, pp. 29-79.

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Hacha y azuela Materia: piedra. Procedencia: Castillo de la Puebla de Mula. Dimensiones: el hacha: 8,6 cm longitud, 5,5 cm anchura máxima y 3,1 cm grosor mesial. La azuela: 8,1 cm longitud, 5 cm anchura máxima y 1,8 cm grosor mesial. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: 2500-1900 a.C. Contexto Cultural: Calcolítico. Estos dos útiles líticos pulimentados se localizaron en el área del castillo de Alcalá revelando la existencia de un asentamiento Calcolítico en la zona. La base económica fundamental de las sociedades eneolíticas fue la agricultura y la ganadería. Estas herramientas de piedra pulimentada, habitualmente enmangadas en un astil de madera, cumplían principalmente labores agrícolas y de deforestación a modo de los actuales picos, hachas, rejas de arado, azadas y escardillos. El hacha está formada por un bisel simétrico o extremo afilado y un talón apuntado y romo. Entre el filo y el talón se desarrolla el cuerpo, de forma trapezoidal y sección ovoidal. Se utilizó fundamentalmente en los trabajos de tala o abatimiento de árboles para la construcción de la techumbre de las viviendas, chozas, postes, corrales, empalizadas,… Las azuelas también se usaron en las faenas de labranza. De morfología similar al hacha, aunque menos gruesa, se diferencia de ésta en que tiene un bisel asimétrico puesto que uno de los lados no se ha trabajado para conformar el filo. Evidentemente, hachas y azuelas de piedra pulimentada pudieron desempeñar otras funciones: despiece de animales, arma ofensiva para la caza o la guerra,... Bibliografía: EIROA GARCÍA, J.J.; BACHILLER GIL, J.A.; CASTRO PÉREZ, L. y LOMBA MAURANDI, J.: Nociones de tecnología y tipología en Prehistoria, Barcelona, 1999, pp. 29-79. LILLO CARPIO, P: “El Calcolítico” en La Región de Murcia y su historia, tomo I, Murcia, 1989, 25-32. LOMBA MAURANDI, J.: “El poblamiento del Eneolítico en Murcia: estado de la cuestión”, en Tabona, 9, La Laguna, 1996, pp. 312-335.

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Tarro ibérico pintado Materia: cerámica. Procedencia: necrópolis de El Cigarralejo. Dimensiones: 16,5 cm diámetro boca y 17 cm altura. Depósito: Museo de Arte Ibérico El Cigarralejo. Cronología: siglos IV – II a.C. Contexto Cultural: época ibérica. El empleo generalizado del torno en la alfarería es una de las manifestaciones más características de la cultura ibérica. Se elaboraron una gran cantidad de formas cerámicas para diversos usos como vajilla de mesa, vasijas de almacenamiento o transporte, cerámica de cocina,… La pieza que nos ocupa es un tarro, tradicionalmente denominado como kalathos de cuello estrangulado, de la forma 12 de Cuadrado. Tiene el borde vuelto al exterior, el hombro marcado mediante una carena que lo separa del cuerpo troncocónico y la base plana. Está decorado con motivos geométricos pintados compuestos por bandas con alternancia de sectores de círculos y cabelleras. En los poblados se utilizó para contener alimentos diversos como manteca, miel, frutos secos,… En las necrópolis ibéricas sirvió como urna cineraria, pudiéndose emplear dos tarros para una misma tumba debido a su reducida capacidad. Bibliografía: CUADRADO DÍAZ, E.: La necrópolis ibérica de El Cigarralejo (Mula, Murcia), BPH XXIII, Madrid, 1987. CUADRADO DÍAZ, E. y QUESADA SANZ, F.: La cerámica ibérica fina de “El Cigarralejo” (Murcia). Estudio de cronología, Verdolay nº 1, 1989, pp. 49-115.

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Urna cineraria con tapadera Materia: cerámica. Procedencia: Necrópolis de El Cigarralejo. Dimensiones: la urna: 20 cm diámetro boca y 30 cm de altura. El plato: 23,5 cm diámetro boca, 8,5 cm diámetro base y 6,5 cm de altura. Nº inventario: del plato 5866. Depósito: Museo de Arte Ibérico El Cigarralejo. Cronología: siglos IV – II a.C. Contexto Cultural: época ibérica. La exposición cuenta con una tinaja de cuerpo ovoide (forma 2 b 1 de Cuadrado) utilizada como urna funeraria. Está decorada con bandas horizontales de color blanco intercaladas con otras de motivos geométricos pintados con manganeso, concretamente dos cenefas con sectores de círculos y dos más en la que alternan semicírculos concéntricos y cabelleras. Para proteger el contenido se cubría con una tapadera o con un plato. En este caso se ha utilizado un plato de borde exvasado decorado con motivos geométricos pintados en ambas caras de la forma P2 de Cuadrado. Este recipiente se utilizó en los poblados para almacenar alimentos líquidos (aceite, vino, cerveza,…) o sólidos (cereales, frutos secos,…) pero en las necrópolis o cementerios ibéricos sirvieron como contenedor funerario. El rito funerario ibérico fue la incineración; el cadáver ardía en una pira de leña, generalmente con algunas de sus pertenencias, y las cenizas se depositaban en una fosa, con o sin urna, con el ajuar funerario. Bibliografía: CUADRADO DÍAZ, E.: La necrópolis ibérica de El Cigarralejo (Mula, Murcia), BPH XXIII, Madrid, 1987.

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Pesas de telar Materia: cerámica. Procedencia: necrópolis de El Cigarralejo. Dimensiones: 1) Paralelepipédico: 3,1 cm anchura, 5,2 cm grosor y 10,3 cm altura; 2)Troncopiramidal con una perforación: 6,8 cm anchura máxima, 5,9 cm grosor máximo y 9,7 cm altura; 3) Troncopiramidal con dos perforaciones: 8,4 cm de anchura y grosor máximos y 8,5 cm altura; 4) Semicircular: 5,2 cm anchura; 4,3 cm grosor y 8,6 cm altura. Depósito: Museo Ciudad de Mula (donación de Juan López del Toro). Cronología: siglos IV – II d.C. Contexto Cultural: época ibérica. La confección de tejidos en la cultura ibérica era una actividad realizada por las mujeres en sus viviendas. Se elaboraron tejidos de origen vegetal (con lino, esparto,…) y animal (con lana y cuero). Incluso en las sepulturas femeninas de las necrópolis ibéricas es frecuente recuperar objetos empleados en el proceso de hilar y de tejer como contrapesos del huso o fusayolas y pesas de telar. Los pondus o pesas de telar son objetos macizos de arcilla con uno o dos orificios de suspensión que se empleaban para tensar los hilos longitudinales o urdimbre de un telar. En la exposición vemos cuatro piezas: una de forma paralelepipédica (las caras inferior y superior son rectángulos del mismo tamaño), dos troncopiramidales (la cara superior es más pequeña que la inferior) y una semicircular (la cara superior es curva y la inferior plana). No están decoradas aunque se conocen otros ejemplares coetáneos que portan en la cara superior o en la frontal leyendas y marcas de fábrica incisas o impresas. MIMS 239

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Falcatas votivas Materia: hierro. Procedencia: santuario de El Cigarralejo. Dimensiones: 4,5 cm; 6,3 cm y 9,4 cm de longitud. Depósito: Museo Ciudad de Mula (donación de Juan López del Toro). Cronología: siglos IV – II a.C. Contexto Cultural: época ibérica. Los íberos fueron grandes guerreros y muestra de ello es la gran cantidad de armas, tanto ofensivas como defensivas, que se descubrieron en la necrópolis del Cigarralejo. La más conocida era la falcata, un tipo de espada curva de hierro con la que se luchaba de cuerpo a cuerpo. En la excavación arqueológica acometida entre 1946 y 1948 dirigida por Emeterio Cuadrado se descubrió un edificio de 29 x 12 m identificado como un santuario en el que se ocultaron exvotos u ofrendas hechas a las divinidades. Entre los exvotos que se han recuperado en el santuario de El Cigarralejo destacan los équidos tallados en piedra arenisca pero también se encontraron figurillas antropomorfas, objetos menudos de uso personal (como anillos, fíbulas, cuentas de collar,…) y otras piezas de metal, como las tres piezas de hierro de la exposición. Estos exvotos son réplicas a pequeña escala de falcatas, con una hoja plana y una empuñadura curvada. Su presencia en áreas religiosas se justifica como símbolo de valor y del carácter militar, que no belicoso, de las élites ibéricas. Bibliografía: BLÁNQUEZ PÉREZ, J.: “Pequeña falcata votiva”, en Page del Pozo, V. (Dir.): El Museo de Arte Ibérico El Cigarralejo de Mula. La colección permanente, Murcia, 2005, p.483. CUADRADO DÍAZ, E.: “Excavaciones en el santuario ibérico de El Cigarralejo (Mula, Murcia)”, Informes y Memorias 21, Madrid, 1950. LILLO CARPIO, P.A.: “Un singular tipo de exvoto: las pequeñas falcatas”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 13-14, Madrid, 1986-87, pp. 33-46. LILLO CARPIO, P.A.; PAGE DEL POZO, V. y GARCÍA CANO, J.M.: “El caballo en la sociedad ibérica. Una aproximación al santuario de El Cigarralejo”, Murcia, 2004, p. 71.

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Pendiente de oro Materia: oro. Procedencia: yacimiento de El Cigarralejo. Dimensiones: 1 cm diámetro; 1,5 cm altura y 0,2 cm grosor máximo. Depósito: Museo Ciudad de Mula (donación de Juan López del Toro). Cronología: siglos IV – III a.C. Contexto Cultural: época ibérica. Los íberos utilizaron joyas y otros objetos metálicos de adorno personal elaborados en hierro, plomo, cobre, bronce, plata y oro. Las piezas más habituales, utilizadas por hombres y mujeres indistintamente, eran pendientes, torques, collares, colgantes, brazaletes, pulseras, anillos, fíbulas y hebillas de cinturón. Este pendiente de oro está formado por un arete con un adorno colgante y pertenece al grupo 8, tipo B de Perea. De forma anular y sección circular, es más ancho en el centro y va decreciendo hacia los extremos, que irían entrecruzados para su enganche. De la parte inferior cuelgan tres esferas dispuestas de forma triangular a modo de racimo. La variante con racimo se trata de una sencilla adaptación de la técnica decorativa del granulado, consistente en soldar pequeños gránulos esféricos de oro a una superficie formando diversos motivos. Esta técnica de orfebrería se origina en la Península Ibérica en el periodo Orientalizante, constituyendo un tipo representativo del adorno de la alta sociedad durante el ibérico pleno. En la Región de Murcia se han encontrado tres pendientes de racimo con tres bolitas idénticos a este: dos entre los materiales hallados en los ajuares de las sepulturas del yacimiento de Coimbra del Barranco Ancho en Jumilla, y otro ejemplar en la tumba 21 de la necrópolis ibérica excavada en el solar de la calle Álamo esquina calle Núñez de Arce en Lorca. Bibliografía: PEREA CAVEDA, A.: Orfebrería prerromana. Arqueología del oro, Madrid, 1991.

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Tesorillo de monedas hispano-cartaginesas Materia: bronce. Procedencia: poblado de El Cigarralejo. Dimensiones y pesos: 1) 27 mm y 10,1 g; 2) 20,09 mm y 10,1 g; 3) 23 mm y 8,4 g; 4) 20 mm y 6,1 g. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: finales del s. III a. C. Contexto Cultural: época ibérica. Conjunto monetal hallado en el yacimiento de El Cigarralejo en el año 1999. Se encontró en la superficie del poblado formando un cilindro compacto compuesto por cuatro monedas de bronce hispano-cartaginesas, que corresponden a la Clase VIII y X de Villaronga, concretamente a los tipos Tanit/caballo parado (nº 1) y Tanit/cabeza de caballo (nº 2, 3 y 4), fechadas a finales del siglo III a. C. La forma cilíndrica del hallazgo parece indicarnos que el dueño las portaba en una bolsa o caña. Las monedas podrían pertenecer a un mercenario ibérico que estuvo bajo el mando del ejército cartaginés durante la Segunda Guerra Púnica, conflicto que terminó en la Contestania con la toma de Carthago Nova por Escipión en el 209 a. C. Bibliografía: LECHUGA GALINDO, M. y GÓMEZ RÓDENAS, M.A.: Tesoros. Materia, ley y forma, Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, Murcia, 2014, pp. 27-29. LECHUGA GALINDO, M.: “El monetario del Museo de Murcia. II. Series Hispánicas”, Verdolay 3, 1991, pp. 65-77. MATILLA SÉIQUER, G. y GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, R.: “Monedas púnicas en la Región de Murcia: la significación de algunos contextos”, en II Congreso Internacional del Mundo Púnico, Cartagena, 2000, pp. 199-204. VILLARONGA, L.: Las monedas hispano-cartaginesas, Barcelona, 1973.

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Monedas Ibéricas Materia: bronce. Procedencia: yacimiento de El Cigarralejo. Dimensiones y pesos: 1) 25 mm y 16,87 g; 2) 22 mm y 14,45 g; 3) 18 mm y 5,53 g. Depósito: Museo Ciudad de Mula (donación de Juan López del Toro). Cronología: siglos II – I a. C. Contexto Cultural: época ibérica. Lote de monedas ibéricas de bronce halladas en el yacimiento de El Cigarralejo. Corresponden a dos semis y un cuadrante acuñados en Cástulo y Saetabi hacía el siglo II a. C. Las monedas acuñadas en Cástulo (nº 1 y 3) presentan como anverso una cabeza de varón con diadema mirando hacia la derecha, mientras que en el reverso se puede apreciar una esfinge de tipo oriental mirando también hacia la derecha con una estrella de ocho puntos delante, todo rodeado por una gráfila de puntos (nº 1), mientras en el reverso del cuadrante (nº 3), presenta un toro girado hacia la derecha con un L y una luna creciente encima. En cuanto a la moneda de Saetabi (nº 2), se trata de un semis con un anverso de cabeza de varón mirando a la derecha y en el anverso un jinete lancero. La presencia en el Cigarralejo de monedas acuñadas en las cecas de Cástulo y Saetabi se debe a las vías de comunicación existentes, bien a través del noroeste murciano o por la propia Vía Augusta, por donde se desplazaban gentes vinculadas a la minería. Bibliografía: GARCÍA-BELLIDO, Mª P.: Las monedas de Cástulo con escritura indígena, Barcelona, 1982, pp. 135-140. LECHUGA GALINDO, M.: “La moneda ibérica”, en Historia de Cartagena, t. III, 1986, Murcia. LECHUGA GALINDO, M.: “El monetario del Museo de Murcia. II. Series Hispánicas”, Verdolay nº 3, 1991, pp. 65-77.

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Fíbula de charnela romana Materia: bronce. Procedencia: Villa romana de Villaricos. Dimensiones: 5,6 cm longitud y 1,5 cm altura. Depósito: Museo Ciudad de Mula (donación de Juan López del Toro). Cronología: finales del siglo I a.C. - I d.C. Contexto Cultural: época altoimperial romana. Una fíbula es un objeto metálico para unir o sujetar las prendas de vestir de forma similar a los actuales imperdibles. Formaba parte de los objetos romanos de adorno personal, existiendo una gran variedad tipológica sometida a la influencia de las modas. Están compuestas por cuatro elementos: el puente (parte central que une la cabeza y el pie), la cabeza (zona de articulación de donde parte la aguja), la aguja (que alberga el tejido) y el pie (que acoge la punta de la aguja mediante una pestaña o mortaja). La pieza expuesta se trata de una fíbula romana de charnela enrollada (tipos 19.2 de Erice / 8.5 a de Mariné / 41.1 de Ponte / VIII de Iniesta) derivada del prototipo Alésia. Se caracteriza por un puente de arco semicircular rebajado de forma triangular y sección laminar, el pie corto y elevado se remata con una esfera que ornamenta la pieza, la aguja es de sección rectangular y la cabeza está formada por un resorte bilateral de charnela a modo de bisagra. Se ha perdido el eje, en donde se envolvería la charnela y se sujetaría la cabeza de la aguja, seguramente se descompuso por ser el único componente de la pieza realizado en hierro. En cuanto a la decoración, en la cara exterior del puente presenta dos líneas incisas paralelas a los bordes y una banda longitudinal central formada por cuadraditos impresos. Bibliografía: ERICE LACABE, R: Las fíbulas del Nordeste de la Península Ibérica: siglos I a.e. al IV d.e., Zaragoza, 1995. INIESTA SANMARTÍN, A.: Las fíbulas de la Región de Murcia, Murcia, 1983. MARINÉ ISIDRO, M.: “Fíbulas romanas en Hispania: la Meseta”, Anejos de Archivo Español de Arqueología, XXIV, Madrid, 2001. PONTE, S.: “Las fibulas romanas de Portugal”, Sautuola, XIII, Santander, 2007, pp. 145-166.

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Monedas romanas Materia: bronce. Procedencia: villa romana de Los Villaricos. Dimensiones y pesos: 1) 26 mm y 9,21 g; 2) 25 mm y 11,88 g; 3) 28 mm y 20,13 g; 4) 23 mm y 10,04 g; 5) 16 mm y 4,10 g; 6) 14 mm y 1,90 g; 7) 16 mm y 2,67 g; 8) 18 mm y 3,18 g; 9) 14 mm y 2,43 g; 10) 15 mm y 2,01 g. Depósito: Museo Ciudad de Mula (donación de Juan López del Toro). Cronología: siglos I - IV d. C. Contexto Cultural: época romana. Conjunto monetal hallado en la villa romana de Los Villaricos que nos muestra la perdurabilidad de este establecimiento romano a lo largo de los siglos, concretamente entre el siglo I y el IV d. C. Las monedas halladas presentan todas anverso con la efigie del emperador, con el busto girado a la derecha, excepto la nº1 que mira a la izquierda, portando diademas, coronas radiadas o laureles sobre la cabeza. Los tipos, emperadores y fechas de emisión de las monedas son: 1. As, Claudio (41-45 d. C.); 2. As, Marco Aurelio (170-171 d. C.); 3. Sestercio, Cómodo (177-192 d. C.); 4. As, Alejandro Severo (226-227 d. C.); 5. y 6. Antoninianos, Claudio II “El Gótico” (268-270 d. C.); 7. Follis, Constantino I (330-333 d. C.); 8. Follis, Crispo (320 d. C.); 9. Medio centecional, Constantino II (335-340 d.C.) y 10. Medio centecional, Constancio II (337-361 d. C.). En cuanto al reverso, las monedas de los siglos I a III (nº 1 a 6) presentan figuras de deidades o personificaciones (Minerva, Fortuna, Aequitas, Virtud, etc.), decoraciones que buscaban asentar la figura del emperador como único gobernante; mientras que a partir del siglo IV (nº 7 a 10) aparecen figuras de soldados portando estandartes, lanzas y escudos. En cuanto a las cecas, las monedas halladas en Los Villaricos reflejan perfectamente los núcleos de producción y los porcentajes de moneda circulante por el Imperio. Mientras en el siglo I predominan los talleres monetarios locales derivados de la actividad portuaria y la minería (nº 1), tras el cierre de las cecas provinciales como consecuencia de la crisis minera, la ceca de Roma (nº 2 a 6) volverá a centralizar las producciones desde finales del siglo II hasta finales del III, momento en el que se observa una reducción del módulo y peso de la moneda con la aparición del Antoniniano (nº 5 y 6). A partir del siglo IV (nº 7 a 10), las monedas presentan cecas de la zona oriental del Imperio (Constantinopla, Ticinium y Antioquía) lo que nos demuestra el flujo comercial en la zona y el paso a la monarquía oriental, donde predominan los reversos destinados a promover las glorias militares e intentar restituir la fortaleza imperial. Bibliografía: LECHUGA GALINDO, M.: “Numismática tardorromana en la Región de Murcia. I. Ocultaciones y conjuntos monetarios”, Antigüedad y Cristianismo II. Del Conventus Carthaginensis a la Chora de Tudmir, Murcia, 1985, pp. 195-229. LECHUGA GALINDO, M. y GÓMEZ RÓDENAS, M.A.: Tesoros. Materia, ley y forma, Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, Murcia, 2014, pp. 43-51. JAZP

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Aguja para el pelo Materia: hueso. Procedencia: Villa romana de Los Villaricos. Dimensiones: 5,3 cm longitud conservada y 0,5 cm diámetro máximo del fuste. Depósito: Museo Arqueológico de Murcia. Cronología: siglos I - IV d.C. Contexto Cultural: época imperial romana. Las agujas de hueso romanas o acus crinales se utilizaron para la sujeción de prendas de vestir o como aplicador de perfumes y kohl pero el uso fundamental de estos alfileres fue la sujeción del peinado femenino. Las mujeres romanas llevaron el cabello lo suficientemente largo para poder recogerlo. Se estilaron recogidos voluminosos con bucles elaborados mediante trenzas, moños y añadidos postizos. Para resaltar su belleza se sirvieron de tintes y decoraron sus recogidos con flores, cintas entrelazadas y acus crinales ornamentadas. La pieza expuesta pertenece al tipo II a de Complutum, le falta la punta pero conserva la cabeza esférica y parte del cuerpo fusiforme. Bibliografía: GUILLÉN, J.: Vrbs Roma. Vida y costumbres de los romanos I, La vida privada, Salamanca, 2004, pp. 306-316. RASCÓN MARQUÉS, S.; POLO LÓPEZ, J.; PEDREIRA CAMPILLO, G. y ROMÁN VICENTE, P.: “Contribución al conocimiento de algunas producciones en hueso de la ciudad hispanorromana de Complutum: el caso de las acus crinales”, Espacio, tiempo y Forma, Serie I, Prehistoria y arqueología, t. 8, Madrid, 1995, pp. 295-340.

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Cabeza de Toro Materia: piedra. Procedencia: yacimiento romano junto al Cementerio Viejo de Mula. Dimensiones: 45,5 cm de altura, 56 cm de anchura en la parte superior, 42 cm de anchura en la parte inferior y 47 cm de grosor. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: siglos II-III d. C. Contexto Cultural: época romana. Bloque de travertino rojizo hallado el 6 de junio de 1981 en el paraje conocido como Cementerio Viejo de Mula. Presenta una forma trapezoidal con la parte inferior ligeramente curvada, lo que nos indica que estamos ante la clave de un arco. El material corresponde al travertino de la cantera local del cerro de La Almagra o de las inmediaciones del castillo de Alcalá en la Puebla de Mula. La pieza presenta decoración tosca en una de sus caras, en la que se talló la cabeza de un bóvido de frente. En la cabeza se aprecian perfectamente las orejas, cuernos, ojos y morro. Junto al Cementerio Viejo tenemos catalogado un yacimiento de época romana en la Carta Arqueológica Municipal, posiblemente una villa, a la que debió pertenecer esta pieza, así como otros materiales cerámicos y alguna moneda hallada en la zona, hallazgos que ya advirtió González Simancas a principios del siglo XX. La presencia de materiales cerámicos fechados entre los siglos II y III d. C., nos hace decantarnos por esta fecha como cronología para esta pieza, cuyo paralelo más próximo lo encontramos en Bruñel (Jaén), donde también se halló una clave de arco con un toro tallado. Bibliografía: GARCÍA JÍMENEZ, M.I.: “Un relieve de bóvido procedente de Mula (Murcia), Bajo Aragón Prehistoria IV, 1985, 255-259. GÓNZALEZ SIMANCAS, M.: Catálogo Monumental de España. Provincia de Murcia, tomo I, fol. 466, 1905-1907.

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Catálogo

Sarcófago con iconografía petrina Materia: piedra. Procedencia: cerro de La Almagra. Dimensiones: 23 cm de altura máxima, 30 cm de longitud máxima y entre 5-11 cm de grosor. Depósito: Museo Arqueológico de Murcia. Cronología: 350-360 d. C. Contexto Cultural: época romana. Fragmento de sarcófago hallado en el yacimiento del cerro de La Almagra, situado frente a la pedanía de Los Baños de Mula. Está realizado en mármol blanquecino procedente de las canteras de Macael (Almería) y fechado por los especialistas, según la iconografía que presenta y su factura, hacia el 350-360 d. C. En el fragmento se observa una escena en la cual dos soldados romanos prenden a la figura central, identificada con Pedro, que aparece vestido con túnica, en cuya mano derecha portaría la vara taumatúrgica y en la izquierda el rollo de la doctrina. La escena remite al prendimiento de Pedro por el milagro del agua que hizo brotar de una roca. Bibliografía: CONDE GUERRI, E.: “Fragmento de sarcófago paleocristiano, con iconografía petrina, encontrado en La Almagra”, Antigüedad y Cristianismo (Murcia) XIV, 1997, pp. 643-657. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, R.: “Fragmento de sarcófago paleocristiano con iconografía petrina”, en ROBLES FERNÁNDEZ, A. y POZO MARTÍNEZ, I.: Regnum Murciae. Génesis y configuración del Reino de Murcia, Murcia, 2008, p. 324.

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Catálogo

Lucerna discoidal Materia: cerámica. Procedencia: Villa romana de Los Villaricos. Nº inventario: VI-13/2507/28. Dimensiones: 8,3 cm diámetro máximo, 4 cm diámetro base y 5 cm altura. Depósito: Museo Arqueológico de Murcia. Cronología: siglos V – VI d.C. Contexto Cultural: periodo tardorromano. En la excavación arqueológica realizada en julio de 2013 en la villa romana de los Villaricos se recuperó una lucerna discoidal completa elaborada en cerámica común. El cuerpo es circular de sección bitroncocónica, con amplio margo en el que se abre un gran orificio de alimentación sobreelevado. El orificio de iluminación tiene un pico vertedor aplicado. El asa es maciza, proyectada hacia atrás, y la base plana. Encontramos paralelos de esta pieza en otros lugares como en la villa romana de la Quintilla de Lorca (fechados en el siglo III d.C.), en la necrópolis de la Molineta de Mazarrón (datados a principios del siglo V d.C.) y en la ensenada del Espalmador de Cartagena (de mediados del siglo V y finales del VI). Bibliografía: Red Digital de Colecciones de Museos de España. CER.ES: catálogo [en línea]. Ficha de lucerna del Museo Nacional de Arqueología subacuática con nº de inventario SN00006. . MARTÍNEZ ALCALDE, M.: “Lucernas discoidales en cerámica común”, en Martínez Alcalde, M. e Iniesta Sanmartín, A.: Factoría romana de salazones. Guía del Museo Arqueológico Municipal de Mazarrón, Murcia, 2007, pp. 256-257.

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Lucerna africana Materia: cerámica. Procedencia: villa romana de Villaricos. Dimensiones: 13,5 cm longitud máxima y 8,2 cm diámetro. Depósito: Museo Arqueológico de Murcia. Cronología: finales del siglo V – primera mitad del VII d.C. Contexto Cultural: época visigoda. En la excavación arqueológica realizada entre octubre y noviembre del año 2005 se recuperó en el área residencial, sobre el pavimento de la habitación 47, una lucerna cristiana de producción africana del tipo Atlante X A, grupo C5. Esta lámpara de aceite romana fue elaborada en los talleres de Túnez en sigillata africana, con su característico barniz anaranjado, y presenta motivos decorativos en relieve. La decoración principal es una cruz monogramática girada a la izquierda en el disco (motivo 210 E de Barbera-Petriaggi) flanqueada por orlas con motivos enfilados en el margo. Cada orla contiene un ánfora, ocho hojas de hiedra cordiformes y un círculo de anillos concéntricos (motivos 201 B, 123 y 1 A de Barbera-Petriaggi). El orificio de iluminación aparece tiznado, evidentemente por el uso. Bibliografía: BARBERA, M. y PETRIAGGI, R.: Le lucerne tardo-antiche di produzione africana, Roma, 1993, p. 204, nº cat. 164. BONIFAY, M.: Etudes sur la céramique romaine tardive d’Afrique, BAR International Series 1301, Oxford, 2004, p. 388, fig. 216, nº 11. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, R. y FERNÁNDEZ MATALLANA, F.: “La Villa de Los Villaricos (Mula, Murcia). Un ejemplo de asentamiento rural romano”, en Poblamiento rural romano en el sureste de Hispania, Murcia, 2010, 321-349.

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Catálogo

Marmita Materia: cerámica. Procedencia: villa romana de Villaricos. Dimensiones: 22,7 cm diámetro boca; 18 cm diámetro base y 16,8 cm altura máxima. Depósito: Museo Arqueológico de Murcia. Cronología: siglo VI - VII d.C. Contexto Cultural: época visigoda. Una marmita es un recipiente para cocinar equivalente a una olla. Esta forma pertenece a la forma M2.1.1 de Gutiérrez que, aunque puede remontarse a contextos del siglo V, es predominante en contextos del siglo VII y primera mitad del VIII. El borde es ligeramente exvasado con el labio plano, el cuerpo de tendencia troncocónica invertida y la base plana. Está elaborada a mano y la pasta es basta, con abundante desgrasante grueso, para una buena resistencia a las oscilaciones térmicas. Estas piezas se utilizaron para cocciones prolongadas de los alimentos por lo que normalmente se cubrirían con una tapadera durante el proceso. Las señales de fuego al exterior certifican su uso. Bibliografía: GUTIÉRREZ LLORET, S.: La Cora de Tudmir de la antigüedad tardía al mundo islámico. Poblamiento y cultura material, Madrid-Alicante, 1996.

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Jarros para cocinar Materia: cerámica. Procedencia: 1) Cerro de la Almagra; 2) Castillo de Alcalá. Dimensiones: 1) 10 cm diámetro boca, 8,6 cm diámetro base y 15,2 cm altura; 2) 10,3 cm diámetro boca, 9,2 cm diámetro base y 17,2 cm altura. Depósito: 1) Museo Ciudad de Mula ; 2) Museo Arqueológico de Murcia (donación de Diego Pellicer). Nº inventario: 1) ALM-98/71-35/87/1. Cronología: siglos VIII - IX d.C. Contexto Cultural: época emiral. En las vitrinas se han expuesto dos jarros de cocina que sirvieron para la cocción o calentamiento y servicio de líquidos como leche, sopas y caldos. Pertenecen a la serie 18 de Gutiérrez, una forma característica de los siglos VIII y IX aunque se pueden encontrar paralelos desde el siglo VI d.C. Elaborados a torneta, son recipientes de boca amplia con pico vertedor, borde exvasado, con un asa que arranca en el labio, cuerpo ovoide y base plana. La función culinaria de estas piezas está avalada por sus pastas bastas con abundante desgrasante, para resistir las variaciones térmicas, y por las señales de fuego. Bibliografía: GUTIÉRREZ LLORET, S.: La Cora de Tudmir de la antigüedad tardía al mundo islámico. Poblamiento y cultura material, Madrid-Alicante, 1996.

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Catálogo

Jarra Materia: cerámica. Procedencia: Cerro de la Almagra. Nº inventario: ALM-98/72-35/2/2. Dimensiones: 8,3 cm diámetro boca, 10 cm diámetro base y 27,3 cm altura. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: mediados del siglo VIII - IX d.C. Contexto Cultural: época emiral. En la excavación arqueológica realizada en el año 1998 en el Cerro de la Almagra se recuperó esta jarra para el transporte y contención de líquidos adscribible a la forma T11.1 de Gutiérrez. Elaborada a torno, la pasta es de color amarillento, de textura porosa, con abundante desgrasante oscuro. En cuanto a la forma, tiene el borde recto engrosado al exterior, con el labio redondeado de sección triangular, cuello cilíndrico, dos asas de cinta de sección ovalada que arrancan desde el cuello, cuerpo ovoide y base plana. Está decorada con cinco trazos paralelos pintados en óxido de hierro formados por una línea gruesa contínua que arranca del labio y desciende de forma giratoria hasta los hombros. Bibliografía: GUTIÉRREZ LLORET, S.: La Cora de Tudmir de la antigüedad tardía al mundo islámico. Poblamiento y cultura material, Madrid-Alicante, 1996.

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Catálogo

Tinaja Materia: cerámica. Procedencia: Cerro de la Almagra. Dimensiones: 11,8 cm diámetro boca; 16,2 cm diámetro base y 37 cm altura. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: VIII - IX d.C. Contexto Cultural: época emiral. Las tinajas de boca estrecha se utilizan para la contención de sustancias líquidas como agua, vino, aceite, vinagre,… Esta pieza es de mediano tamaño, un volumen que facilita su manejo y, aunque no tiene asas, podría ser apta para el transporte. Elaborada a mano o torneta, la pasta es basta con abundante desgrasante y es de color beige oscuro con el núcleo grisáceo. En cuanto a la forma, tiene el borde ligeramente exvasado engrosado al exterior, con el labio aplanado, cuello ligeramente troncocónico, cuerpo ovoide y base plana. Sobre una capa de engobe beige, está decorada con un entramado rectangular formado por líneas horizontales y verticales pintadas con manganeso. MIMS y RGF 269

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Monedas emirales Materia: plata. Procedencia: cerro de La Almagra. Nº inventario: 1)ALM/72-73/139; 2) ALM/73-74/191; 3) ALM/73-74/42; 4) ALM/73-74/42; 5) ALM/73-74/42; 6) ALM/73-74/42 y 7) ALM/73-74/42. Dimensiones: 1) 28 mm y 2,07 g; 2) 28 mm y 2,48 g; 3) 28 mm y 2,15 g; 4) 25 mm y 2,55 g; 5) 25 mm y 2,20 g; 6) 27 mm y 2,29 g; 7)25 mm y 2,77 g. Depósito: Museo Arqueológico de Murcia. Cronología: 820-822 d. C. Contexto Cultural: época emiral. Conjunto monetal hallado en el cerro de La Almagra (yacimiento arqueológico frente a la pedanía de Los Baños de Mula) donde se ubicaba la antigua ciudad de Mula. Se trata de siete dírhams de plata acuñados en al-Andalus durante el emirato de al-Hakam I, concretamente entre el 205-206 H. (820822 d. C.). Tanto en el anverso como en el reverso aparecen sendas leyendas epigráficas correspondientes al Corán, así como la ceca y el año de acuñación. El hallazgo de las monedas dentro de los niveles de abandono y destrucción, permite a sus investigadores situar los últimos momentos de Mula, ciudad de la Cora de Tudmir, en el contexto de la destrucción de la ciudad de Iyyuh y la fundación de Murcia en el 825 d.C. Bibliografía: GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, R. y FERNÁNDEZ MATALLANA, F.: “Mula: el final de una ciudad de la cora de Tudmir”, Pyrenne, nº 41, vol. 2 (2010), pp. 81-119. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, R. y FERNÁNDEZ MATALLANA, F.: “Tesoro emiral del Cerro de La Almagra (Mula)”, en LECHUGA GALINDO, M. y GÓMEZ RÓDENAS, M.A.: Tesoros. Materia, ley y forma, Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, Murcia, 2014, p. 61. MATILLA SÉIQUER, G. y PELEGRÍN GARCÍA, I.: “El cerro de La Almagra y Villaricos. Sobre el poblamiento romano y su entorno en los siglos de la Antigüedad Tardía”, Antigüedad y Cristianismo, II, Murcia, 1985, pp. 281-302

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Catálogo

Candiles de piquera Materia: cerámica. Procedencia: 1) La Almagra, 2) Villa romana de Villaricos, 3) Castillo de Alcalá y 4) Alquería del Zurbano. Nº inventario: 1) ALM-99/72-33/143/2; 4) ZUR-89/9. Depósito: 1 y 4) Museo Ciudad de Mula; 2 y 3) Museo Arqueológico de Murcia (el nº 3 es una donación de Diego Pellicer). Cronología: 1) siglos VIII – IX; 2) siglos IX – X; 3) siglo IX; 4) siglo XII. Contexto Cultural: época islámica. Un candil de piquera es una lámpara de aceite utilizada en época islámica para alumbrar. Está formado por: una cazoleta que contiene el combustible, una piquera alargada para albergar la mecha, el gollete como canal de alimentación de la cazoleta y un asa para facilitar su transporte. Una de las características elementales para identificar la evolución temporal de esta forma es la paulatina disminución del tamaño de la cazoleta junto a un alargamiento de la piquera. El candil de piquera más tardío (nº 4) está decorado con trazos oblicuos pintados al manganeso. MIMS 273

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Catálogo

Privilegio rodado de Fernando III al Concejo de Mula Materia: pergamino. Procedencia: Jaén. Nº inventario: P-1-5. Dimensiones: 41 x 42 cm. Depósito: Archivo Municipal de Mula. Cronología: 8 de agosto de 1245. Contexto Cultural: época bajomedieval cristiana. Tras la capitulación del Reino de Murcia, rubricada en el Tratado de Alcaraz de 1243, tres ciudades permanecieron rebeldes: Mula, Lorca y Cartagena. Tras un largo asedio, Mula fue conquistada por el Infante Alfonso en 1244. Un año después, su padre Fernando III, durante el cerco de Jaén, otorgó el Fuero de Córdoba a la villa de Mula. De esa forma la reconocía como concejo, les concedía un marco legal, el derecho a usar pendón y sello, y les eximía de pagar portazgos. Este privilegio rodado es el documento en pergamino más antiguo que se conserva en la Región de Murcia y fue el primer documento emitido por la cancillería real castellana a una villa del Reino de Murcia. Está escrito en latín, en letra gótica de privilegios. El lábaro y la rueda no fueron coloreados. Conserva los tres óculos por donde pasaba la cinta de seda que sujetaba el sello de plomo, hoy desaparecido. Bibliografía: ACERO Y ABAD, N.: Historia de la Muy Noble y Leal Villa de Mula, Murcia, 1886, pp. 166-167. GARCÍA DÍAZ, I.: “Privilegio Rodado de Fernando III concediendo a Mula el Fuero de Córdoba”, en Regnum Murciae. Génesis y configuración del Reino de Murcia, Murcia, 2008, p. 463. SÁNCHEZ MAURANDI, A.: Historia de Mula, Murcia, 1955, 33-34. TORRES FONTES, J.: “Bosquejo histórico de Mula en los siglos XIII Y XIV”, Murgetana 18, 1998, pp. 5-20

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Catálogo

Ejecutoria real Materia: papel. Procedencia: Madrid. Nº inventario: legajo 150. Dimensiones: 33,2 x 23,3 cm. Depósito: Archivo Municipal de Mula. Cronología: 12 de junio de 1567. Contexto Cultural: Edad Moderna. Ejecutoria ganada por la villa de Mula contra el marqués de los Vélez sobre el nombramiento de Alcaldes de la Hermandad. Fue otorgada por Felipe II el 12 de junio de 1567 para clarificar la sentencia definitiva de 1555 en el pleito de la villa de Mula con el marqués de los Vélez. Desde el año 1495 el concejo de la villa nombraba anualmente a los Alcaldes de la Hermandad, pues era costumbre que los Alcaldes Ordinarios nombrados un año, fueran de la Hermandad al año siguiente. Esto no fue cumplido por el Marqués un año después, alegando que esa circunstancia no era expresada explícitamente en la ejecutoria de 1555. De esta forma se iniciaba un nuevo litigio que se resolvió favorablemente para la villa el 30 de enero de 1557, con una sentencia dada en Valladolid que confirmaba la elección de oficiales por el Ayuntamiento. La función de los Alcaldes de la Hermandad fue dirigir las cuadrillas encargadas de perseguir a los delincuentes. Bibliografía: LEMUNIER, G. y GONZÁLEZ CASTAÑO, J.: “Señores y oligarcas. Las luchas políticas en Mula durante los siglos XVI y XVII”, Áreas. Revista de Ciencias Sociales, nº 10 (1989), Murcia, pp. 119-144. GONZÁLEZ CASTAÑO, J.: Una villa del Reino de Murcia en la Edad Moderna (Mula, 1500-1648), Real Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, pp. 203-216.

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Catálogo

Azulejos Materia: cerámica. Procedencia: iglesia de San Miguel Arcángel. Nº inventario: ISMA-07/3/16. Dimensiones: 14 cm altura, 14 cm anchura y 1,5 cm grosor. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: segunda mitad del siglo XVI – primer cuarto del XVII. Contexto Cultural: Edad Moderna. En noviembre de 2007 se llevó a cabo una intervención arqueológica en la capilla de Nuestra Señora del Consuelo perteneciente al marqués de los Vélez en la que se descubrió la cripta de la familia Fajardo. Entre el material arqueológico se recuperaron 294 fragmentos de azulejos cuadrangulares, pintados a mano y esmaltados. El 96 % pertenecían al tipo que originalmente compuso el zócalo que cubrió las paredes de la capilla, como así quedó demostrado en las catas parietales con el hallazgo de algunas piezas in situ. Estos azulejos se decoraron con motivos geométricos policromos jaspeados (en azul cobalto, manganeso, amarillo y naranja) pero sólo la combinación de cuatro azulejos forma el diseño completo. Se elaboraron alrededor del año 1600 en talleres valencianos o sevillanos. Bibliografía: AAVV: Historia de Arte Valenciano, tomo 3, Valencia, 1989, 329-339. ZAPATA PARRA, J.A.: “El hallazgo de la cripta del marqués de los Vélez en la iglesia de San Miguel Arcángel de Mula”, XIX Jornadas de Patrimonio Cultural de la Región de Murcia, 2008, 181-184. ZAPATA PARRA, J.A.: “Intervención en la cripta de la capilla de los Vélez de la iglesia de San Miguel de Mula”, XXI Jornadas de Patrimonio Cultural de la Región de Murcia, 2010, 271-285.

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Catálogo

Ejecutoria sobre el pleito contra el Concejo de la Mesta Materia: pergamino y papel. Procedencia: Granada. Dimensiones: 30 x 21,7 cm Depósito: Archivo Municipal de Mula. Cronología: 20 de octubre de 1620. Contexto Cultural: Edad Moderna. Ejecutoria encuadernada en pergamino, otorgada en Granada el 20 de octubre de 1620 a la villa de Mula, en el pleito contra el Concejo de la Mesta para que el Concejo de Mula pudiera vender los pastos de Yéchar y el Arreaque. Los ganaderos de la ciudad de Murcia y Lorca se habían apropiado de estos lugares y no consentían que otros los utilizasen. El origen del conflicto entre la villa de Mula y el Concejo de la Mesta arranca en 1588 cuando este último multa a unos vecinos de Mula que con licencia municipal habían labrado zonas tradicionales de pasto en los campos de Cajitán y el Ardar. El concejo de Mula termina querellándose con el de la Mesta, ganando el pleito la villa en la Chancillería de Granada, que da por buenos los permisos concedidos por su concejo. La villa de Mula, junto a la ejecutoria sobre los pagos de Yéchar y el Arreaque aún conseguiría controlar más zonas de pastos en 1620. Ese mismo año consigue otras ejecutorias para enajenar las hierbas de Los Llanos, Campillos, Lacuas, Pinar Hermoso, Zapatilla y Sierra Espuña. El objetivo era vender las hierbas anualmente, ya que los rebaños trashumantes eran una fuente de ingresos con los que pagar parte de los impuestos reales. Bibliografía: GONZÁLEZ CASTAÑO, J.: Una villa del Reino de Murcia en la Edad Moderna (Mula, 1500-1648), Real Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, pp. 60-166.

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Catálogo

Escudo del Concejo Materia: piedra. Procedencia: Cárcel Vieja de Mula. Dimensiones: 93,5 cm de altura, 82,5 cm de ancho y 40 cm de grosor. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: siglo XVIII. Contexto Cultural: Edad Moderna. Bloque de piedra de arenisca en el que se encuentra labrado el escudo concejil. Pertenecía a la Cárcel Vieja de Mula, que se ubicaba en la Plaza del Ayuntamiento, concretamente en la calle San Miguel esquina calle del Caño. La cárcel, conocida como La Argolla fue reformada en el siglo XVIII, concretamente entre los años 1771 y 1772, momento en el que se colocó el escudo sobre la portada existente. Las armas que representa son las mismas que el grabado del escudo condejil que hizo Francisco Fernández Botella en 1744 y que tal vez sirvió de inspiración para este. La cárcel fue demolida en la primera mitad del siglo XX, pasando el escudo a manos privadas y colocándose en un caserón de la carretera de Pliego denominado “La Colonia”, hasta que fue adquirido por el Ayuntamiento el 3 de febrero de 2009. El escudo, de forma ovalada, representa las armas de la ciudad de Mula. En campo de plata un castillo en el centro del blasón; sobre él, un águila negra con las alas extendidas. Debajo de la fortaleza una mula pasante vuelta hacia la izquierda. Presenta bordura con ocho castillos. La corona que timbraba el escudo ha desaparecido. Presenta lambrequines alrededor del escudo. El blasón es el emblema concejil más antiguo conservado en piedra del municipio de Mula. Bibliografía: GONZÁLEZ CASTAÑO, J.: Una villa del Reino de Murcia en la Edad Moderna (Mula, 1500-1648), Real Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, pp. 237-238. GONZÁLEZ CASTAÑO, J. y GONZÁLEZ FERNANDEZ, R.: Mula. Repertorio Heráldico, nº 30 del Repertorio Heráldico de la Región de Murcia, Murcia, 2005, pp. 152-157.

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Catálogo

Pulseras de vidrio Materia: vidrio. Procedencia: iglesia de la Purísima Concepción. Dimensiones: 1) 4,3 cm diámetro máximo y 0,6 cm grosor; 2) 5 cm diámetro máximo y 0,6 cm grosor. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: siglos XVII – XVIII. Contexto Cultural: Edad Moderna. Estas pulseras cilíndricas de vidrio se recuperaron en la década de los 80 tras el levantamiento del pavimento en una de las capillas del lado de la Epístola de la iglesia. Aparecieron entre restos óseos humanos por lo que pertenecieron a alguna inhumación infantil. En la Península Ibérica tenemos las primeras evidencias de brazaletes de vidrio entre los siglos III y I a.C. en tumbas femeninas relacionadas con la cultura de La Tène pero su uso no se generalizará hasta época romana, alcanzando su máximo apogeo durante la Baja Edad Media, especialmente en los siglos XIV y XV. En época islámica, se consideraban amuletos protectores que servían como escudo contra enfermedades como el “mal de ojo”. Se elaboran a partir de un hilo fundido que se cierra uniendo sus dos extremos, utilizando pasta vítrea de color negro, azul, verde, dorado, blanco, marrón o rojizo, aunque la tonalidad más común es la negra quizás por su semejanza con el azabache. También fue habitual utilizar hilos de diferentes tonalidades dando lugar a ejemplares de diversos colores. Solían llevarse varias piezas juntas y en ambas muñecas. El diámetro habitual de este adorno femenino oscila entre los 3,5 - 5 cm para las niñas y entre los 5,5 - 6,5 cm para las mujeres, por lo que las piezas expuestas pertenecieron a recién nacidas o niñas. De sección circular, una tiene la superficie lisa y la otra retorcida de forma helicoidal. Bibliografía: BARRACHINA, J.: “Vidrio moderno” en JIMÉNEZ CASTILLO, P. y NAVARRO PALAZÓN, J.: Platería 14. Sobre cuatro casas andalusíes y su evolución (siglos X-XIII), Murcia, 1997, p. 68 y fichas nº 153 y 154. MALALANA UREÑA, A. y LORA HERNÁNDEZ, O.: “Catálogo de un ajuar de brazaletes de vidrio de época nazarí (siglo XIII) perteneciente a los conjuntos funerarios de la calle Mendivil (Málaga)”, Revista portuguesa de arqueología, vol. 17, 2014, pp. 245-261.

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Catálogo

Plato Materia: cerámica. Procedencia: iglesia de Santo Domingo de Guzmán. Dimensiones: 13,5 cm diámetro boca; 4,9 cm diámetro base y 4,3 cm altura. Depósito: Museo Ciudad de Mula. Cronología: primera mitad del siglo XVIII. Contexto Cultural: Edad Moderna. A principios de los años 40 aparecieron abundantes platos de este tipo bajo el pavimento de la capilla del Cristo de la Agonía de la iglesia de Santo Domingo. Seguramente se tratara de una vajilla desechada durante la reforma del templo realizada en la segunda mitad del siglo XVIII. Es un plato hondo de loza esmaltada utilizado para servir alimentos con líquidos como sopas, caldos y potajes. Tiene el borde exvasado con el labio redondeado, el cuerpo semiesférico y la base plana. La pasta es de color beige y está cubierta por barniz estannífero en ambas caras para impermeabilizarla y proporcionarle el color blanco de la superficie. Tanto en el fondo como en la base del plato se distinguen claramente las marcas de trébede, un pequeño soporte cerámico de tres brazos que separaba las piezas apiladas durante la cocción en el horno. Se trata de una serie popular de uso cotidiano, muy habitual en los alfares del Reino de Murcia de la Edad Moderna, realizada entre los siglos XVI y XVIII. Bibliografía: GONZÁLEZ CASTAÑO, J. y MUÑOZ CLARES, M.: La iglesia parroquial de Santo Domingo de Guzmán de Mula Murcia), Mula, 2000. LÓPEZ PRECIOSO, F.J. y RUBIO CELADA, A: La loza esmaltada hellinera. Una gran desconocida en la cerámica española, Albacete, 2009, p. 28, fichas nº 3 y 4. MATILLA SÉIQUER, G.: Alfarería Popular en la Antigua Arrixaca de Murcia. Los hallazgos de la Plaza de San Agustín (S. XV-XVII), Murcia, 1992, pp. 29 y 82. PEÑALVER AROCA, F. y MARTÍNEZ ALCALDE, M.: “Escudillas de «la sopa boba», en Martínez Alcalde, M. y Campillo Méndez, M.: El Siglo del Milagro. Casas y villa de los Alumbres de Almazarrón. El ejercicio del hazer lalum, Murcia, 2006, p. 188.

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Libro sobre el pleito por el Señorío de la Villa de Mula Materia: papel. Procedencia: Granada. Nº inventario: legajo 154. Dimensiones: 29,5 x 20,3 cm. Depósito: Archivo Municipal de Mula. Cronología: 21 de junio de 1754. Contexto Cultural: Edad Moderna. Libro impreso el 21 de Mayo de 1754 en la Imprenta Real de Granada, donde están recogidos los discursos de alegación realizados por los Marqueses de los Vélez, en el pleito con el fiscal de Su Majestad sobre el Señorío de la Villa de Mula, y sobre que se confirme la Sentencia de Vista pronunciada el 16 de Mayo de 1578, en la que se absuelve de la demanda a los ascendientes de los Marqueses. El pleito entre la villa de Mula y los marqueses de los Vélez tiene su origen en 1524 cuando el primer Marqués incumple el juramento realizado ante el concejo de Mula en 1520, por el que se comprometió a respetar los privilegios, usos y costumbres de la villa otorgados por los reyes desde la conquista. Tras varias sentencias y apelaciones por parte de unos y otros, entre 1527 y 1530 llegó el fallo definitivo, otorgado en la Sala de las Mil Quinientas Doblas en Valladolid, el 19 de diciembre de 1555, en la que el concejo seguiría designando los cargos concejiles, pero la villa era de señorío, entre otras prerrogativas. Esta resolución agravó aún más el pleito, que duró tres siglos y que costó a las arcas concejiles grandes sumas de dinero. Bibliografía: LEMUNIER, G. y GONZÁLEZ CASTAÑO, J.: “Señores y oligarcas. Las luchas políticas en Mula durante los siglos XVI y XVII”, Áreas. Revista de Ciencias Sociales, nº 10 (1989), Murcia, pp. 119-144. GONZÁLEZ CASTAÑO, J.: Una villa del Reino de Murcia en la Edad Moderna (Mula, 1500-1648), Real Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, pp. 213-216.

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Fuente Materia: cerámica. Procedencia: Real Monasterio de la Encarnación. Nº inventario: ME-08/1/1. Dimensiones: 33,5 cm diámetro boca; 11,7 cm diámetro base y 15,6 cm altura. Depósito: Real Monasterio de la Encarnación. Cronología: segunda mitad del siglo XVIII. Contexto Cultural: Edad Moderna. Esta fuente honda o zafa se halló bajo el pavimento del confesionario de las hermanas clarisas durante la supervisión arqueológica realizada en la iglesia del Monasterio de la Encarnación en el año 2008. Estos recipientes se emplearon para múltiples usos domésticos, en este caso sirvió a modo de palangana para el aseo personal. La pasta es de color beige y, en cuanto a su morfología, tiene el borde ligeramente exvasado, cuerpo semiesférico y pie anular. Presenta cubierta estannífera blanca en ambas caras y al interior motivos decorativos pintados en azul cobalto. El tema central es un ramo floral y en un lateral porta la leyenda “ENFE RMERIA”. Entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX es frecuente encontrar piezas de cerámica popular murciana con el nombre de su propietario, recordemos el jarro que debió pertenecer a Santo Domingo de Mula con el epígrafe “Soi Del Cabildo de Sto. Domingo Año 1791”, ubicado actualmente en el Museo de Bellas Artes de Murcia. El letrero de esta zafa nos informa sobre la ubicación para la que fue elaborada: en la segunda planta del ala norte del convento de las clarisas se encontraba una espaciosa enfermería con refectorio y capilla, donde asistían a las religiosas que enfermaban. Bibliografía: GONZÁLEZ CASTAÑO, J. y MUÑOZ CLARES, M.: Historia del Real Monasterio de la Encarnación de religiosas clarisas de la ciudad de Mula (Murcia), Murcia, 1993, p. 62 y 148. LLUBIÁ MUNNÉ, L.M. y LÓPEZ GUZMÁN, M.: La cerámica murciana decorada, Murcia, 1951, pp. 46-47.

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Corona de laurel Materia: plata y oro. Procedencia: Mula. Dimensiones: 36 x 33 cm. Depósito: Agrupación Musical Muleña. Cronología: 9 de septiembre de 1887. Contexto Cultural: Edad Contemporánea. Trofeo en forma de laurel otorgado a la Banda Municipal de Música de Mula en el Certamen Nacional de Bandas de Música celebrado en Murcia en 1887. La Corona de Laurel está bajo la custodia de la actual Agrupación Musical Muleña, sucesora de la Banda Municipal, cuya asociación es la más antigua y reconocida de la Ciudad de Mula, según lo acredita la existencia de una serie de documentos del último tercio del S. XIX. El Certamen se celebró en la Glorieta de Murcia, el 9 de septiembre de 1887. La Banda interpretó como obra obligada la “Sinfonía de Freyschutz” y de libre elección “La Marcha de las Antorchas nº3.” Fueron dirigidas por el director y fundador de la Banda de Música, Don Julián Santos Orgilés. El premio consistió en laurel de plata y oro, batuta de plata para el director, seis partituras encuadernadas lujosamente y 250 pesetas. DJBB 293

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Bando de 1933 anunciando la llegada del tren a Mula Materia: papel. Procedencia: Mula. Nº inventario: legajo 111. Dimensiones: 31,5 x 21,5 cm. Depósito: Archivo Municipal de Mula. Cronología: 1933. Contexto Cultural: Edad Contemporánea. Bando de la Alcaldía Republicana de Mula del año 1933, en el que siendo Alcalde Diego Soriano invita a todos los muleños, “sin distinción de clases ni matices políticos” para que acudan a la estación a las 11 de la mañana a conmemorar la llegada del “primer tren”, con las debidas “precauciones en evitación de desgracias”. Tuvieron que esperar trece años los muleños para poder ver llegar al tren. Tras la aprobación del proyecto de construcción de la línea férrea, cuyo recorrido original era Fortuna a Caravaca por Archena y Mula (1904), y ramal de Mula a Murcia (1920), se realizó el solemne acto de colocación de la primera piedra el 19 de junio de 1921, acto que se celebró en Mula, siendo Director General de Obras Públicas Juan Antonio Perea Martínez. Diez años después, siendo Ministro de Fomento Juan de la Cierva y Peñafiel, se acordó como fecha de inauguración de la línea el 19 de junio de 1931. Sin embargo, la proclamación de la II República el 14 de abril, paralizó la inauguración. Finalmente, el 28 de mayo de 1933 se inauguraba el trazado de Murcia a Mula y Caravaca, cuya salida se produjo de la estación Murcia-Zaraiche a las diez de la mañana. Treinta y siete años después, el 15 de enero de 1971 se clausuraba la línea. Bibliografía: RODRÍGUEZ LÓPEZ, F.J. y HURTADO MENCHÓN, J.A.: El ferrocarril de Murcia a Mula y Caravaca, Asociación Murciana de Amigos del Ferrocarril, Murcia, 2010, 400 p.

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