El cambio lingüistico: sus causas, mecanimos y consecuencias 8490777446, 9788490777442

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El cambio lingüistico: sus causas, mecanimos y consecuencias
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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

PROYECTO EDITORIAL CLAVES DE LA LINGÜÍSTICA PROYECTO EDITORIAL

PSICOLOGÍA. Director: MANUALES PRÁCTICOS Juan Carlos Moreno Cabrera

Directores: Manuel Maceiras Fafián Juan Manuel Navarro Cordón Ramón Rodríguez García

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias José Luis Mendívil Giró

Consulte nuestra página web: www.sintesis.com En ella encontrará el catálogo completo y comentado

“Este documento se ha realizado con la Ayuda Financiera de la Unión Europea. El contenido de este documento es responsabilidad exclusiva de sus autores y en modo alguno debe considerarse que refleja la posición de la Unión Europea”

Reservados todos los derechos. Está prohibido, bajo las sanciones penales y el resarcimiento civil previstos en las leyes, reproducir, registrar o transmitir esta publicación, íntegra o parcialmente, por cualquier sistema de recuperación y por cualquier medio, sea mecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o por cualquier otro, sin la autorización previa por escrito de Editorial Síntesis, S. A. © José Luis Mendívil Giró © EDITORIAL SÍNTESIS, S. A. Vallehermoso, 34. 28015 Madrid Teléfono 91 593 20 98 http://www.sintesis.com ISBN: 978-84-907774-4-2 978-84-907721-0-2 ISBN: Depósito Legal: M. 30.567-2015 Impreso en España - Printed in Spain

1 Índice

Introducción ......................................................................................................

1. El cambio lingüístico: conceptos básicos y asunciones previas

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1.1. Qué es una lengua que pueda cambiar.................................................... 1.1.1. Definición de lengua. El concepto de lengua-i ............................ 1.1.2. Lenguas naturales y normas lingüísticas ...................................... 1.1.3. Las lenguas no cambian .............................................................. 1.1.4. Identidad lingüística: sincronía y diacronía ................................. 1.2. ¿Cuánto cambian las lenguas? ............................................................... 1.2.1. Modelos sobre el rango de variación en las lenguas ..................... 1.2.2. La Facultad del Lenguaje y la Gramática Universal ...................... 1.2.3. Las estructura minimalista de la Facultad del Lenguaje ............... 1.2.4. Factores que limitan la variación de las lenguas ........................... 1.2.5. El locus del cambio lingüístico ..................................................... 1.2.6. La externalización del sistema computacional .............................

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2. Las causas de los cambios lingüísticos ..................................................

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2.1. Buscando inspiración en la teoría evolutiva ........................................... 2.1.1. La inspiración de Darwin .......................................................... 2.1.2. La visión de Schleicher .............................................................. 2.1.3. Los términos de la comparación ................................................. 2.2. Causalidad y finalidad en el estudio del cambio lingüístico ................... 2.2.1. ¿En qué sentido es natural el cambio lingüístico? ....................... 2.2.2. Excluyendo al hablante como casusa del cambio ........................

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

2.2.3. De lo individual-mental a lo colectivo-histórico ......................... 2.2.4. Sobre la tentación finalista y por qué hay que resistirse a ella ...... 2.3. ¿Por qué cambian entonces las lenguas? ................................................. 2.3.1. Posibles causas externas .............................................................. 2.3.2. Posibles causas internas .............................................................. 2.3.3. Breve anatomía de un cambio lingüístico ...................................

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3. Los mecanismos de los cambios lingüísticos .......................................

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3.1. ¿Mecanismos o un único mecanismo?: el concepto de reanálisis ............ 3.2. Ambigüedad, abducción y aprendizaje abductivo .................................. 3.3. El proceso de gramaticalización frente a la teoría de la gramaticalización .......................................................................... 3.4. La gramaticalización como reanálisis: evolución del artículo en español

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4. Mecanismos del cambio fonético ..........................................................

121

4.1. 4.2. 4.3. 4.4.

106 113

Tipología de los cambios fonéticos ........................................................ El oyente como fuente de los cambios fonéticos .................................... Las leyes fonéticas y la hipótesis neogramática........................................ Reanálisis y reglas fonológicas: el cambio fonológico..............................

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5. Mecanismos del cambio morfológico y léxico ...................................

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5.1. 5.2. 5.3. 5.4.

Morfologización y tipos morfológicos ................................................... El concepto de analogía. Analogía regular ............................................. Cambios en la forma de las palabras. Analogía irregular ........................ Cambios en el significado de las palabras .............................................

165 180 190 195

6. Mecanismos del cambio sintáctico .......................................................

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6.1. 6.2. 6.3. 6.4.

Un modelo básico de la estructura oracional ......................................... Tipología sintáctica y teoría paramétrica ............................................... Variación en las categorías funcionales y reanálisis ................................. Una nueva visita a la gramaticalización: la evolución del perfecto compuesto (he venido) en español ...................................... 6.5. Sobre el origen de la ergatividad .......................................................... 6.6. Lenguas de tópico, lenguas de sujeto y el origen de la concordancia ...... 6.7. El cambio de orden de palabras como consecuencia .............................. 6

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Índice

7. Las consecuencias de los cambios lingüísticos .................................... 7.1. 7.2. 7.3. 7.4.

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¿Cuánto evolucionan los cambios? El principio uniformitario ............... La evolución de las lenguas y la evolución del lenguaje ......................... Cambio lingüístico y concepción del mundo ........................................ Las verdaderas consecuencias del cambio lingüístico ..............................

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Bibliografía .......................................................................................................

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Introducción

El objetivo de este libro es presentar una introducción actualizada al estudio científico del cambio lingüístico. Para ello se van a analizar y discutir a lo largo de estas páginas diversas teorías y concepciones sobre las causas, los mecanismos y las consecuencias de los cambios en las lenguas naturales, y también se va a realizar una propuesta sobre qué modelo de explicación de los cambios lingüísticos es el más adecuado empíricamente y el más coherente teóricamente. La idea central de la teoría del cambio lingüístico que se va a desarrollar, y que probablemente contradiga la expectativa del lector medio (así como los presupuestos y tesis de no pocos investigadores), es la de que los cambios lingüísticos no están orientados a un fin determinado. Se implica entonces que los cambios lingüísticos ni están guiados por fuerzas o tendencias ajenas a los sistemas lingüísticos, ni tampoco son consecuencia de tendencias inherentes a las propias lenguas humanas. Los cambios lingüísticos son fenómenos accidentales y contingentes, resultado de la trasmisión de las lenguas de generación en generación por medio de procedimientos de replicación imperfectos. En el modelo general de la facultad humana del lenguaje que se asume en esta obra, la estructura y propiedades de las lenguas naturales están estrictamente restringidas por aspectos biológicos y de otro tipo, lo que implica que (en un nivel lo suficientemente abstracto) todas las lenguas humanas tienen una estructura esencialmente común e invariable en tiempo histórico. Los aspectos sujetos a posibles cambios históricos se concentran entonces en las partes variables de las lenguas, que, de nuevo según el modelo asumido en esta obra, se limitan a la externalización de la facultad del lenguaje de cada persona. De esta visión restrictiva de la profundidad y amplitud de la diversidad de las lenguas se sigue el carácter restringido (y aparentemente direccional) de algunos tipos de cambios, especialmente los del ámbito fonológico y morfosintáctico. Como consecuencia de esa estrecha restricción que la naturaleza impone a la variación y cambio en las lenguas humanas, también se sigue que los cambios

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

lingüísticos no tienen repercusiones negativas ni positivas en la evolución histórica de las lenguas, lo que implica entonces que no es aceptable la pretensión de que las lenguas sean mejores o peores, más o menos eficientes, más o menos económicas o más o menos complejas antes de los cambios que después de ellos. Otro corolario importante de esta aproximación al cambio lingüístico, y que también entra en colisión con propuestas muy arraigadas en ciertas tradiciones contemporáneas, es el de que no hay ninguna relación entre el fenómeno del cambio lingüístico (el proceso histórico por medio del cual las lenguas cambian en el tiempo) y el fenómeno de la evolución del lenguaje en la especie humana (el proceso biológico por medio del cual nuestra especie desarrolló la capacidad del lenguaje a partir de estados anteriores sin ella). Todas estas afirmaciones se desarrollan y justifican a lo largo de los siete capítulos que integran este volumen. El primero de ellos (El cambio lingüístico: conceptos básicos y asunciones previas) propone una aclaración de los principales ingredientes de una teoría del cambio lingüístico, tales como los propios conceptos de lengua y de cambio, así como un bosquejo de la concepción del lenguaje humano y de la arquitectura de las lenguas en el que las propuestas anticipadas se insertan de manera coherente. En el segundo capítulo (Las causas de los cambios lingüísticos) se abordan las principales teorías sobre las causas de los cambios y se evalúan críticamente empleando como modelo de inspiración la teoría evolutiva, bajo el venerable supuesto (que ya señaló Darwin) de que el cambio en las lenguas y el cambio en las especies naturales son estrechamente paralelos. La comparación entre lenguas y especies (y entre lingüística histórica y teoría evolutiva) es ubicua en esta obra, dado el saludable principio de que la estructura del razonamiento científico es independiente de la substancia última a la que se aplique. La substancia lingüística concreta que nos interesa es el objeto de los siguientes capítulos. En el tercero (Los mecanismos de los cambios lingüísticos) se presenta la propuesta de que el principal mecanismo de cambio lingüístico es el proceso de reanálisis y en los tres siguientes (Mecanismos del cambio fonético, Mecanismos del cambio morfológico y léxico, y Mecanismos del cambio sintáctico) se analizan los principales procesos de cambio en las lenguas desde el punto de vista del sonido, de la morfología, el léxico y la sintaxis, en relación con la teoría del cambio lingüístico formulada en los capítulos anteriores y con la hipótesis del reanálisis como mecanismo esencial. El séptimo y último capítulo (Las consecuencias de los cambios lingüísticos) sirve de conclusión. En él se levanta la vista de los detalles concretos de los mecanismos mediante los cuales se producen los cambios y se enfoca el cuadro general de sus consecuencias, evaluando críticamente los puntos de vista sobre qué efectos de dichos procesos podemos apreciar en la estructura y distribución de las lenguas del mundo. Una obra de síntesis, de presentación de una disciplina, debe mucho, necesariamente, a obras similares anteriores, y esta no es una excepción. Prueba de ello

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Introducción

es que las selectas referencias bibliográficas que se proponen aluden con mucha frecuencia a manuales de lingüística histórica y a otras monografías fundamentales de la historia de nuestra disciplina. Pero otra deuda capital del autor de estas páginas es la contraída durante muchos años con los varios centenares de estudiantes que han cursado la asignatura Lingüística histórica y comparada en la Universidad de Zaragoza. Sin duda, reconocerán ellos en muchas de las páginas que siguen algunos de los temas, ejemplos y obsesiones de quien intentó guiarlos por entre la enrevesada amalgama de argumentos circulares, datos malinterpretados y objetivos confusos que es nuestra disciplina. Si el lector es la causa final de esta obra y los estudiantes fueron la causa eficiente, Juan Carlos Moreno Cabrera, el director de esta colección, fue sin duda la causa inicial por su invitación para redactar este volumen, que deseo agradecer profundamente. Agradecimiento que también va dirigido al diligente personal de la editorial Síntesis, causa material de esta invitación a la apasionante odisea de las lenguas humanas a través de la historia.

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El cambio lingüístico: conceptos básicos y asunciones previas

La expresión cambio lingüístico se refiere habitualmente a los procesos que sufren las lenguas a lo largo del tiempo y que hacen que una lengua termine siendo diferente. El cambio lingüístico convierte, pues, una lengua en otra. En ocasiones seguimos estableciendo entre ellas una cierta identidad, de manera que decimos que el castellano actual procede del castellano medieval, dando a entender que se trata de dos estados diferentes de la misma lengua, mientras que también afirmamos que el castellano medieval procede del latín, dando a entender que se trata de lenguas distintas. Sin embargo, el proceso es en los dos casos el mismo: una sucesión de eventos de transmisión de la lengua de generación en generación que va acumulando diferencias cuando lo contemplamos en retrospectiva. ¿Tenemos razones objetivas para decidir que el castellano del siglo IX se parece más al castellano actual que al latín vulgar del siglo IV? Es poco probable. El criterio que solemos usar para denominar las lenguas es convencional (motivado por razones políticas o prácticas) y no está sustentando en una métrica precisa de las diferencias lingüísticas. La discusión en esta dirección pronto se torna estéril, ya que la noción de identidad lingüística a lo largo del tiempo, como la noción de identidad lingüística sincrónica, es en realidad una ilusión sobrepuesta a la realidad subyacente. Tendemos a pensar que una lengua parte de un estado determinado y con el tiempo se va transformando hasta alcanzar un nuevo estado, pero esto en realidad es falso. Podemos, por supuesto, seguir diciendo que las lenguas cambian con el tiempo y se transforman en otras lenguas o (si queremos mantener esa identidad diacrónica, tan útil para los historiadores) que se transforman en estados diferentes de la misma lengua. Pero primero es necesario aclarar qué es exactamente lo que sucede cuando decimos que una lengua cambia. Ese es el objetivo de este primer capítulo. 13

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

1.1. Qué es una lengua que pueda cambiar Para entender qué es una lengua desde un punto de vista científico puede resultar muy útil atender a la comparación entre lenguas y especies naturales, asumiendo que nos será más fácil entender qué son los organismos vivos y sus agrupaciones (las especies) que las lenguas humanas, objetos mucho más abstractos y elusivos. En efecto, las lenguas humanas se parecen mucho a las especies naturales. Ya Darwin se percató de ello y declaró en El origen del hombre (de 1871) que la evolución de unas y de otras era “curiosamente paralela” (“curiosamente la misma” llegó a escribir en la primera edición). Lo que llamó la atención de Darwin es que, como las especies naturales, las lenguas cambian, se separan en ramas descendentes y, con frecuencia, se extinguen. El enfoque que le vamos a dar aquí a la comparación es algo distinto al del padre de la teoría evolutiva moderna, aunque basado en la misma intuición. El punto de partida esencial de la comparación que se aquí propone es que tanto las especies como las lenguas (eso que llamamos ruso, español o chino) son agrupaciones de individuos semejantes. Así, una especie natural está formada por individuos (por ejemplo animales) lo suficientemente semejantes como para procrear otros individuos capaces, a su vez, de reproducirse. Un orangután y una persona se parecen más entre sí que un orangután y una vaca, pero los tres animales pertenecen a especies distintas. Sabemos que la mayor semejanza entre un orangután y una persona se debe a que el ancestro común de ambos es mucho más reciente (de hace unos 6 millones de años) que el ancestro común de los dos con las vacas (de hace cientos de millones de años). Por su parte, una especie lingüística, una lengua, está formada por individuos (gramáticas mentales, no personas) lo suficientemente similares como para permitir a sus poseedores comunicarse fluidamente. El individuo, el equivalente lingüístico del organismo natural (por ejemplo un tigre) es el órgano del lenguaje de cada persona, esto es, aquel estado o propiedad de su cerebro que le permite hablar con otras personas. Por tanto, el equivalente lingüístico de la especie natural (por ejemplo la de los tigres) es la agrupación de órganos lingüísticos de ese tipo basada en la mutua inteligibilidad, esto es, la lengua en el uso habitual de la palabra. Y del mismo modo, el español y el francés se parecen más entre sí que el francés y el ruso, pero son tres lenguas distintas. Sabemos que la mayor semejanza entre el español y el francés se debe a que su ancestro común es mucho más reciente (de hace unos 1.500 años) que el ancestro que comparten con el ruso (de hace unos 6.000 años). En biología no suele haber confusión entre el organismo y la especie, pero en lingüística la terminología es más confusa, así como las ideas al respecto. Si aceptamos el modelo de comparación esbozado, parecería que la palabra lengua sirve tanto para el equivalente del individuo como para el equivalente de la es14

El cambio lingüístico: conceptos básicos y asunciones previas

pecie, lo que ha sido –y sigue siendo– fuente de controversia y de graves equívocos en nuestra disciplina.

1.1.1. Definición de lengua. El concepto de lengua-i Una estrategia para resolver ese problema es la de proponer convenciones terminológicas para evitar la confusión. Así, aquello que el lector tiene en la cabeza y que le permite entender lo que ahora está leyendo se puede denominar, siguiendo a Chomsky (1985), lengua interna (lengua-i). La lengua-i es el órgano del lenguaje de una persona, su facultad del lenguaje. A partir de ahora vamos a asumir que el único lugar en el que existen las lenguas en sentido estricto es en el cerebro de las personas. Las objeciones a esta asunción y la discusión de otras alternativas se tratarán más adelante. Así pues, podemos afirmar que al menos hay tantas lenguas-i como personas, puesto que cada persona (casos patológicos al margen) tiene al menos una lengua-i en su cerebro. Dado que lo más habitual (en contra de la creencia occidental) es que las personas hablen más de una lengua, puede decirse con total seguridad que hay muchas más lenguas-i que personas. Lo único real como parte del mundo natural son esos miles de millones de lenguas-i. Todo lo demás (variedades, dialectos, lenguas, familias, etc.) no son sino (muy útiles) agrupaciones abstractas de lenguas-i que hacemos en función de su semejanza o de su origen histórico. Nótese que lo mismo sucede en el ámbito biológico: lo que existe realmente son los estados emergentes de la materia que denominamos formas de vida, los organismos (los billones de individuos de animales, plantas, hongos, etc., que viven en el planeta), mientras que las variedades, especies, familias, reinos, etc. son (muy útiles) agrupaciones que hacemos basándonos en la semejanza y en el origen histórico. Una lengua-i, en tanto en cuanto es un estado o propiedad del cerebro de una persona, es un objeto natural históricamente modificado. Y eso es lo que son los organismos naturales que se agrupan para formar especies naturales: objetos naturales históricamente modificados. Que el órgano del lenguaje de una persona, su lengua-i, sea un objeto natural (en el sentido de que la mente y el cerebro son parte de la naturaleza) implica que no es un objeto netamente social o cultural, lo que no significa que no sea también un objeto histórico. El órgano del lenguaje de una persona que habla francés es distinto al de una persona que habla español; los dos comparten (supuestamente) un diseño común que llamamos convencionalmente Gramática Universal (como todas las formas de vida usan el ADN), pero se diferencian por sucesos contingentes que solo podemos explicar históricamente: migraciones, cambios divergentes, préstamos y aislamiento produjeron dos objetos naturales distintos (en realidad,

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

millones de ellos, tantos como hablantes de las dos lenguas). Pero es importante subrayar que el hecho de que la lengua-i de una francesa y de una española sean históricamente distintas no debe hacernos pensar que se trata de objetos puramente históricos, del mismo modo que un caballo y un búfalo son objetos históricos distintos, pero no son netamente históricos, sino también naturales. Al igual que no hay dos personas –ni dos tigres– iguales, tampoco hay dos lenguas-i iguales. Por supuesto, si vemos dos personas y un tigre, enseguida decidimos que, comparadas con el tigre, las dos personas son iguales, haciendo abstracción de sus obvias diferencias. Del mismo modo, si oímos hablar a dos rusos y a una japonesa, enseguida decidiremos –aunque no hablemos esas lenguas– que los rusos hablan lo mismo, y que la japonesa no. Lo que estamos afirmando entonces es que los dos rusos hablan la misma lengua. Pero aquí ya no estamos hablando de la lengua-i (que es propia de cada persona), sino de un tipo de lengua externa (o lengua-e). Esta distinción terminológica nos permite ser más precisos. Así, a la pregunta de cuántas lenguas hay en el mundo, deberíamos responder que depende: si nos preguntan por lenguas-i, tendríamos que responder que hay miles de millones; si nos preguntan por lenguas-e, tendríamos que decir que quizá unos pocos miles (entre cinco y siete mil será la respuesta que hallemos en manuales y catálogos). A la pregunta de qué es una lengua, también tendremos que responder con un depende: si hablamos de lengua-i, entonces tendremos que responder que una lengua-i es un sistema de conocimiento de una persona, un órgano mental, un estado de su cerebro; si hablamos de lengua-e, entonces tendremos que responder que es un conjunto o población de lenguas-i lo suficientemente semejantes entre sí. El término lengua-e ha tenido usos muy variados en la bibliografía y resulta llamativo lo mucho que se ha usado el término si tenemos en cuenta que quien lo acuñó, Chomsky, lo hizo para negar su relevancia: Podemos definir lengua-e de una forma u otra, o de ninguna, puesto que este concepto no desempeña ningún papel en una teoría del lenguaje (Chomsky, 1985: 42).

En general, la corriente generativista considera la lengua-e como un objeto heterogéneo e inconsistente, ya que se define, bien como el conjunto de emisiones lingüísticas de una comunidad, bien como una institución social o cultural que rebasa los límites de la persona. Como señala Neil Smith: Si bien es habitual hablar del idioma inglés hablado en distintos continentes y en distintos siglos, una entidad tan dispersa en el espacio y en el tiempo no puede responder a ninguna realidad mental ni psicológica (Smith, 1999: 203).

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El cambio lingüístico: conceptos básicos y asunciones previas

En efecto, tales nociones son irrelevantes para el punto de vista de la teoría gramatical o de la teoría lingüística, lo que obviamente no implica que lo sean para otro tipo de aproximaciones. La lingüística histórica necesita emplear algunas de esas nociones “externas” de lengua, como veremos, pero ello no implica que se desdibuje cuál es la naturaleza del objeto de estudio central en toda aproximación científica al lenguaje, la lengua-i. Sin embargo, hay muchos lingüistas que no aceptarían esta prelación entre la lengua-i y la lengua-e, en el sentido de que afirman que lo que realmente existe es la lengua-e, mientras que la lengua-i no sería sino una manifestación de la lengua-e en la mente de las personas. Según este punto de vista, las lenguas tendrían existencia propia, independiente, y las personas se limitarían a aprenderlas, usarlas y transmitirlas. Esta postura recuerda claramente al fundador de la lingüística moderna, Ferdinand de Saussure, para quien la lengua (langue), en oposición al habla (parole), “es social en su esencia e independiente del individuo”; “la lengua es la parte social del lenguaje [...] no existe más que en virtud de una especie de contrato establecido entre los miembros de la comunidad” (textos de Saussure traducidos del francés tomados de Mounin, 1968). Nótese que Saussure no ignora la existencia de lo que llamamos lengua-i como conocimiento del lenguaje de cada persona, ya que también define la lengua como “un tesoro depositado por la práctica del habla en los sujetos pertenecientes a la misma comunidad”, sino que invierte los términos, confiriendo preeminencia ontológica a la lengua-e, siendo las lenguas-i registros parciales de la misma. Así, define la lengua como un objeto colectivo, externo a la mente: “la lengua existe en la colectividad bajo la forma de una suma de acuñaciones depositadas en cada cerebro”, es “la suma de las imágenes verbales almacenadas en todos los individuos”, “la suma de los tesoros de lengua individuales” (ver apartado 1.2.6). El concepto de langue de Saussure se parece por tanto más a lo que Chomsky denomina lengua-p (por platónica), un constructo ideal al que pueden pertenecer palabras o frases que no necesariamente forman parte de la lengua-i de muchos hablantes de cierta comunidad y que, sin embargo, “pertenecen” a la lengua-p. Este concepto de lengua-p es sin duda útil e interesante desde el punto de vista de los estudios sociales y culturales, pero no debe confundirse con el objeto de estudio central de la lingüística como ciencia cognitiva, la lengua-i. Tampoco es un concepto útil para la explicación de los cambios lingüísticos sino que, más bien al contrario, puede ser un factor de distorsión y llevar a equívocos, como comprobaremos a lo largo de esta obra. Nótese, pues, que conferir preeminencia ontológica a la lengua-e (o a la lengua-p) sobre la lengua-i, aunque es relativamente frecuente en la lingüística contemporánea, es una manera extraña de pensar desde el punto de vista naturalista que aquí adoptamos. Sería lo mismo que decir que lo que existe realmente es la especie de los tigres, y que los tigres que encontramos en la naturaleza no son

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

sino manifestaciones de la especie de los tigres. Parece más razonable asumir que los individuos (sean lingüísticos u orgánicos) preceden a los grupos que podemos hacer basándonos en sus semejanzas y diferencias. En lo sucesivo usaremos el término lengua en el sentido de lengua-e, pero entendida esta estrictamente como una población o grupo de lenguas-i semejantes, esto es, como una especie de lenguas-i. Así, el español es el grupo de lenguas-i que hay en las personas que (decimos que) hablan español, el ruso es el grupo de lenguas-i que hay en las personas que (decimos que) hablan ruso, etc. A este tipo de entidades (grupos de lenguas-i) las denominamos habitualmente lenguas naturales y son el objeto fundamental de la lingüística como ciencia. Para designar el objeto de estudio que necesitamos desde el punto de vista del estudio de los cambios lingüísticos requeriremos otro término que incluya no solo a las lenguas-i semejantes (esto es, las que convencionalmente consideramos muestras de la misma lengua, como el español o el ruso), sino que incluya las lenguas-i relacionadas históricamente en distintas generaciones de hablantes. Denominaremos lengua histórica a ese constructo, pero siempre teniendo en cuenta que no es un objeto real (ni biológica ni socialmente), sino un constructo teórico útil para referirnos conjuntamente a las lenguas-i modificadas históricamente a partir de otras lenguas-i. Así, cuando decimos del español que se habla en Madrid y en Buenos Aires, que tuvo su apogeo literario en el Siglo de Oro y que ha sufrido tales o cuales cambios desde el siglo XV estamos hablando de la lengua histórica, no de un sistema de conocimiento o lengua-i.

1.1.2. Lenguas naturales y normas lingüísticas También es muy importante distinguir las lenguas naturales (tal y como las hemos definido) de las llamadas lenguas cultivadas. Las lenguas cultivadas no son objetos naturales, sino creaciones socioculturales. Las comunidades lingüísticas reflexionan sobre sus lenguas, regulan su uso y establecen normas con diversos fines prácticos. Las normas cultas escritas, las variedades estándar establecidas por ciertos grupos sociales, las lenguas rituales o literarias, los diccionarios, etc., son ejemplos típicos de lenguas cultivadas. Las lenguas cultivadas se suelen crear conscientemente a partir de las lenguas naturales y se basan en su estructura, pero son objetos diferentes, puesto que a las reglas o principios que caracterizan a las lenguas naturales se les añaden normas, reglas y principios externos a las propias lenguas. Para evitar equívocos innecesarios no se usará en esta obra el término lengua para referirnos a las llamadas lenguas cultivadas, sino que nos referiremos a ellas como normas (para una discusión más detallada de la diferencia entre lengua natural y lengua cultivada, véase Moreno y Mendívil, 2014).

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Así, las lenguas se aprenden espontáneamente, sin esfuerzo y de manera natural. Todo ser humano normalmente constituido habla al menos una lengua natural, independientemente de su grado de instrucción, de su cultura o de su origen étnico. Dicha lengua se forma en la persona desde la infancia de manera espontánea conforme madura en el seno de una comunidad lingüística, y ese proceso de desarrollo se produce en todos los individuos siguiendo pautas similares y en las mismas edades, independientemente del país. El desarrollo de la lengua-i en el individuo es en este sentido más parecido al desarrollo de los dientes o al advenimiento de la pubertad que al aprendizaje de normas sociales y culturales propias de cada grupo. Sin embargo, las normas lingüísticas no son naturales en ese sentido. Pueden adquirirse o no (o hacerlo en diferente grado) en función de la clase social, del grado de escolarización, de la religión o del tipo de sistema de escritura elegido por una comunidad. Las normas son, pues, proyecciones sociales y culturales de las lenguas naturales y, aunque se unen inextricablemente a ellas, no deben confundirse con las mismas. Muchos de los malentendidos y controversias sobre la naturaleza de los cambios lingüísticos que vamos a revisar en los capítulos siguientes tienen su origen en una deficiente comprensión de la diferencia entre las lenguas naturales como sistemas de conocimiento de las personas (las lenguas-i) y las normas lingüísticas que las sociedades desarrollan en torno a las lenguas naturales y su uso social. Cuando hablamos del cambio lingüístico nos referimos al cambio en las lenguas, no al cambio en las normas creadas en torno a las lenguas. Una sociedad puede cambiar las normas lingüísticas (la ortografía, el alfabeto, la nomenclatura científica), crear nuevas y suprimir otras, pero ello no tiene por qué afectar a la lengua que habla la gente. Del mismo modo, la lengua que habla la gente puede cambiar, sin que ello afecte necesariamente a las normas. De hecho, las sociedades y los individuos pueden cambiar las normas lingüísticas, pero no pueden cambiar las lenguas. Las lenguas cambian solas. Las sociedades y los individuos pueden crear normas lingüísticas, pero no pueden crear lenguas. Las lenguas surgen solas. Las normas son en este sentido externas a las lenguas. Por supuesto, como son elementos externos a las lenguas, las normas lingüísticas pueden condicionar, como cualquier otro factor externo, los cambios lingüísticos. Consideremos un ejemplo simplificado para aclarar esto. La lengua X tiene un fonema /p/ cuya realización fonética habitual es la de un sonido labial oclusivo sordo [p]. Imaginemos que un grupo de hablantes de X se aísla del resto, por ejemplo, por una migración, y entra en contacto con un grupo de hablantes de la lengua Y, en la que no existe el sonido [p]. Imaginemos que los hablantes de Y se ven muy influenciados por los hablantes invasores de X, dado que estos los dominan militar, política y económicamente. Es posible que algunos hablantes de Y 19

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

empiecen a intentar hablar la lengua X, y es muy probable también que la pronuncien mal, sustituyendo el sonido [p] original, por ejemplo, por el sonido [b], esto es, que sonoricen la /p/ original y la reanalicen como un fonema /b/. Llamemos X’ a la lengua X hablada por los nuevos hablantes del territorio colonizado. Cuando hablemos de los cambios que han producido el paso de X a X’ podremos mencionar que la lengua Y (más concretamente su sistema fonológico) es un factor externo que ha condicionado el cambio de X a X’, pero, como veremos, no podremos decir que la lengua Y ha causado el cambio, ni que explica cómo ni por qué se ha producido. Pues bien, las normas lingüísticas, tales como las gramáticas normativas, los diccionarios o la variante de un grupo social influyente, pueden servir como factores externos que condicionan los cambios lingüísticos, pero en modo alguno los causan ni los explican. En este sentido, las normas son parte del entorno, del medio en el que se produce el cambio lingüístico, exactamente igual que el medio natural, el clima o la orografía son factores externos que condicionan la evolución de las especies, pero en modo alguno la causan ni la explican (véase el capítulo 2 para un desarrollo de esta afirmación).

1.1.3. Las lenguas no cambian Si nos centramos en las lenguas naturales (como poblaciones de lenguas-i) se nos presenta el problema de determinar qué significa que una lengua cambia. En un sentido estricto lo que nos interesa no es cómo un determinado texto (por ejemplo el Cantar de Mio Cid) se ha convertido en otro (p. ej., El estudiante de Salamanca) –porque eso no ha sucedido–, sino en realidad qué cambios se han producido en las gramáticas mentales (en las lenguas-i) que produjeron esos textos, lenguas-i entre las que asumimos que existe cierta relación de descendencia. Cuando hablamos de la historia de la lengua española, por ejemplo, no hablamos de un objeto que ha cambiado con el tiempo, de la misma manera que cuando hablamos de la evolución del Homo sapiens no hablamos en realidad de un organismo que se ha modificado a lo largo del tiempo. Como ha señalado Mark Hale (2007: 33) las lenguas no cambian en el mismo sentido que cambia un objeto determinado, ni como cambia, por ejemplo, la estructura física del universo, sometida a ciertas fuerzas que la modifican conservando la misma substancia a lo largo del tiempo. En el caso del cambio lingüístico, como en el caso de la evolución natural, lo que encontramos es en realidad una sucesión de objetos discretos distintos que se suceden en una línea evolutiva, pero no ante objetos que cambien con el tiempo, realmente. Así, en sentido estricto, las lenguas no cambian, como no evolucionan los organismos ni las especies (una y otras se limitan a desarrollarse, existir y morir). Cuando decimos que una lengua cambia (o que una especie evoluciona) en realidad estamos estableciendo una identidad histórica (o evolutiva) secuencial

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entre objetos distintos. Cuando aprendemos la lengua de nuestros padres en realidad no estamos copiando su lengua ni nos la están transmitiendo realmente (recordemos que las lenguas no existen fuera del cerebro), sino que construimos nuestra propia lengua-i a partir de los estímulos lingüísticos del entorno (incluidos de manera central los producidos por nuestros padres). Lo normal será que la lengua-i que construimos se parezca mucho a la lengua-i de nuestros modelos, esto es, que sea de la misma especie, de la misma manera que los leones engendran cachorros de león (y no de perro) y las vacas terneros (y no cabritos), pero será una lengua-i distinta y no una modificación de la misma lengua-i de nuestros padres. Hale ha usado una metáfora muy ilustrativa al respecto. Así, el cambio lingüístico no se puede representar como una roca rodando por una pendiente, de manera que la misma roca pasa de estar en la cima a estar en el valle. Esa es la impresión que tenemos cuando vemos dos textos como los antes mencionados: que la lengua española se ha modificado a lo largo de los siglos. Pero en realidad la descripción más realista del proceso subyacente sería la de un operario que se encargara, cada veinte años, de situar justo al lado de una roca colocada en la cima de una ladera otra roca lo más parecida posible y retirar la original. Imaginemos que el operario no puede ni medir, ni analizar, ni fotografiar la roca, sino simplemente basarse en su impresión visual para crear una roca semejante y colocarla al lado. Cada veinte años otro operario realiza la misma tarea, de manera que pasados unos cuatrocientos años tendríamos una roca con cierta semejanza con la original a los pies de la ladera. Es claro que la roca original nunca rodó ladera abajo y que entonces hay muchas rocas diferentes (pero similares) y no una sola roca. Y eso es lo que sucede entre el latín y el español. No se puede decir que el español procede de una serie de transformaciones del latín, salvo en un sentido metafórico. Lo que tenemos en realidad es una secuencia de lenguas creadas por cada generación a lo largo de los siglos usando como modelo la anterior. Nótese que, si esto es correcto, carece de sentido preguntarse si las lenguas se degradan o se perfeccionan con el tiempo, como carecería de sentido preguntarse si las rocas del ejemplo se perfeccionan o se degradan con el tiempo, puesto que en realidad no cambian. Cada operario talla una roca con sus propiedades inherentes de roca y la única condición de parecerse en aspecto a la anterior; cada hablante construye su propia lengua-i basándose en sus recursos internos (biológicamente condicionados) y adaptándose al aspecto de la lengua del entorno (véase el apartado siguiente para una aclaración de estos supuestos y el capítulo 7 para un desarrollo de la idea de que el cambio no es direccional). Podemos, por supuesto, seguir diciendo que las lenguas cambian, de la misma manera que seguimos diciendo que el sol sale por el este, pero en ambos casos debemos ser conscientes de que ni las lenguas cambian realmente ni el sol se mueve alrededor de la tierra. 21

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1.1.4. Identidad lingüística: sincronía y diacronía Hemos visto que cuando nos preguntamos qué es una lengua nos tenemos que limitar a responder que es una agrupación de lenguas-i suficientemente semejantes. Esta respuesta, aun siendo la mejor que la ciencia del lenguaje puede dar, plantea no pocos problemas. Uno de ellos es qué cuenta como suficientemente semejante, esto es, qué grado de semejanza hace falta para decidir si dos lenguas-i forman parte de la misma lengua-e o no. El mismo problema se le plantea al naturalista. ¿Cómo decide si dos organismos que son muy parecidos pero tienen ciertas diferencias pertenecen a dos variedades de la misma especie o a dos especies distintas? El criterio habitual en biología se basa en la capacidad reproductiva fértil. Así, un mastín y un caniche son animales relativamente distintos, pero los agrupamos en la misma especie (Canis lupus) porque –al menos en teoría– pueden procrear entre ellos otros perros que, a su vez, pueden seguir procreando perros. Un toro y un búfalo son animales relativamente semejantes, pero pertenecen a distintas especies porque no pueden procrear entre ellos. En general es un criterio claro que se centra en el aislamiento reproductivo (no en vano las especies se definen como comunidades reproductivas), pero eso no significa que esté libre de zonas borrosas. Es bien conocido el caso de las llamadas especies anillo. Una especie anillo es una serie conectada de poblaciones vecinas, cada una de las cuales puede cruzarse con las adyacentes. Sin embargo, entre poblaciones distantes en los extremos se han acumulado tantas diferencias que ya no pueden cruzarse entre sí. En todo caso, aún es posible un cierto flujo de genes entre las poblaciones, a través de las “fronteras fértiles”. El caso más conocido es el de ciertas gaviotas en el ártico (Larus). El problema, claro está, tiene que ver con el hecho biológico de que la reproducción fértil no es una relación transitiva. Si A puede cruzarse con B diremos que A y B forman parte de la misma especie. Si B puede cruzarse con C, diremos que B y C pertenecen a la misma especie, pero entonces A y C, que no pueden cruzarse entre sí, tienen que ser a la vez la misma especie y una especie distinta. Para los lingüistas esto no es extraño. Ya en el siglo XIX se hablaba de continuos dialectales y Bloomfield (1933) los definió precisamente como áreas dialectales entre cuyos extremos se perdía la intercomprensión: La diferencia de lugar a lugar es pequeña, pero a medida que se viaja en cualquier dirección las diferencias se acumulan hasta que los hablantes, digamos de lugares opuestos del país, no pueden entenderse los unos con los otros, aunque no haya una línea clara de demarcación lingüística entre los lugares en los que viven (Bloomfield, 1933: 51, traducción nuestra).

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Si el criterio de delimitación de una especie natural es difuso y relativamente arbitrario, otro tanto sucede con las lenguas, lo que está agravado además por la naturaleza abstracta y relativamente inaccesible de los individuos lingüísticos, esto es, de las lenguas-i. La misma circunstancia encontramos si pretendemos establecer las fronteras en la dimensión temporal, en lugar de la espacial. Si tomamos el español actual y el latín como equivalentes de las lenguas de los extremos del ejemplo de Bloomfield, observamos que son dos lenguas muy diferentes, pero en la línea temporal que va de una a otra hay un proceso continuo de transmisión como lengua materna, esto es, un proceso en el que sucesivas generaciones han ido adquiriendo la lengua de sus progenitores y entendiéndose, más o menos, entre sí. Conforme se desciende en ese espacio vertical imaginario, las diferencias se van acumulando y llega el momento en el que los hablantes, si pudieran hablarse entre sí a través de la generaciones, ya no se entenderían adecuadamente (algo que podemos experimentar si intentamos leer el manuscrito del Cantar de Mio Cid, por no hablar de la Eneida). A esa sucesión vertical de lenguas-i es a lo que llamamos lengua histórica. Tanto los profanos como no pocos lingüistas creen que un conocimiento relativamente profundo de la estructura y propiedades de las lenguas puede ser de utilidad a la hora de determinar si dos lenguas-i cualesquiera son ejemplares de la misma lengua o de dos lenguas distintas. Pero no es así. Esa creencia es errónea no porque no tengamos suficiente información sobre la estructura del lenguaje (que no la tenemos), sino porque se basa asimismo en otra creencia falsa, la de que las lenguas-e tienen una existencia propia más allá de las lenguas-i que hay dentro de las personas. Pareciera como si las lenguas-e tuvieran existencia “ahí fuera” y que, dadas dos muestras de dos lenguas-i concretas, nuestra tarea sería la de decidir si pertenecen a una u otra lengua-e. Por supuesto que hacemos cosas así a menudo, pero solo en apariencia: en realidad lo que hacemos es intentar determinar, basándonos en las semejanzas y diferencias, a qué tipos de lenguas-i se parecen más dichas emisiones. Nótese que no se trata de identidad o de pertenencia en sentido matemático, sino de mayor o menor grado de semejanza. La cuestión crucial es entonces cómo determinamos qué grado de semejanza cuenta como suficiente, esto es, cómo determinamos en qué aspectos y en qué grado deben parecerse dos lenguas-i para que las consideremos variantes de la misma lengua-e o para que determinemos si dos lenguas-i enlazadas en el tiempo son muestra de la misma o de diferentes lenguas-e. Aunque suele resultar frustrante para el profano, la única respuesta que la lingüística puede ofrecer es que dicho criterio se basa en la mutua inteligibilidad, esto es, en si dadas dos lenguas-i cualesquiera, sus respectivos usuarios pueden entenderse mutuamente. Este es el criterio que Dixon (1997) denomina criterio

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lingüístico. Todos los demás criterios que empleamos son, también en términos de Dixon, criterios políticos. Así, por poner ejemplos relativamente claros, según el criterio lingüístico el serbio y el croata son la misma lengua, pero según criterios políticos son dos lenguas diferentes. Hace no muchos años (antes de la separación de Serbia y Croacia en dos estados diferentes) el serbo-croata se consideraba una única lengua también desde el punto de vista del criterio político, lo que pone de manifiesto su carácter arbitrario. El problema es que la mutua inteligibilidad también es una cuestión de grados (al fin y al cabo, se basa, como la capacidad de reproducción fértil, en un umbral de semejanza) y, por tanto, también tendremos que imponer al final un criterio arbitrario para decidir si la hay o no. Esto es así simplemente porque las lenguas-i no son ejemplares (tokens) de tipos (types) previamente definidos. Muchas personas piensan que las lenguas-i son como los objetos matemáticos, de manera que dados varios ejemplares, podemos determinar objetivamente su identidad tipológica. Si nos dan un conjunto cualquiera de números naturales (sean 3, 5, 34 y 35), podemos demostrar cuáles pertenecen al conjunto de los número pares y cuáles al conjunto de los números impares, o cuáles son números primos y cuáles no lo son. Lo importante es que en esa operación no entran cálculos de grado de semejanza: no hay un número un poco menos par que el 34 pero menos impar que el 35, o uno un poco más o menos primo que el 5. Imaginemos que en lugar de un conjunto de números nos ofrecen un conjunto de animales (por ejemplo dos ratones, una rata y un gato) y nos piden que los agrupemos por especies. Nunca podremos ofrecer una demostración matemática de a qué clase pertenecen ni de que los dos ratones pertenecen a la misma especie. En el mejor de los casos podríamos compararlos gen a gen. Si hiciéramos eso, en un momento dado estaríamos en disposición de decir que los dos ratones comparten algunos genes más entre sí que con el resto de organismos, por lo que decidiríamos que pertenecen a la misma especie, de la que están excluidos los demás. Tendríamos razón, pero no como en el caso de los números, sino simplemente porque hemos establecido que el grado de semejanza entre los dos ratones es suficientemente alto como para considerarlos, arbitrariamente, de la misma clase. Nótese que el que afirmemos que el criterio es arbitrario no significa que sea gratuito o que no sea relevante. Lo único que eso significa es que previamente hemos establecido, basándonos en criterios externos al propio objeto en cuestión, cuál es el límite que consideraremos suficiente. La tarea de decidir si dos lenguas-i pertenecen a la misma lengua-e (sincrónica o diacrónicamente) es, pues, más parecida a la de los ratones que a la de los números, una tarea basada en consideraciones externas (políticas, sociales, culturales) a los propios objetos (las lenguas-i).

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1.2. ¿Cuánto cambian las lenguas? Una vez que sabemos que, en sentido estricto, las lenguas (en tanto que lenguas-i) no cambian a lo largo del tiempo, obviamente aún tenemos que investigar cómo y por qué sucede que las lenguas-i de generaciones sucesivas van divergiendo hasta hacerse diferentes y también si hay algún sentido o alguna dirección en dicha deriva. Abordaremos el estudio de las causas de los cambios lingüísticos en el capítulo 2, sus mecanismos en los capítulos 3, 4, 5 y 6, y sus consecuencias en el capítulo 7, pero antes deberíamos intentar comprender mejor qué es lo que cambia en las lenguas, esto es, qué partes o dimensiones de las lenguas humanas pueden resultar afectadas por esos procesos de copia imperfecta y cuánto pueden hacerlo. La pregunta esencial de cuánto pueden cambiar las lenguas no se ha planteado en esos términos en la bibliografía, al menos de manera habitual, pero eso no significa que la ciencia del lenguaje no se haya ocupado de este asunto. En realidad la posible respuesta a la pregunta de cuánto cambian las lenguas es la misma respuesta que la que podamos ofrecer a la pregunta de cuán diversas son las lenguas entre sí, esto es, de cuáles son los límites, si los hay, de la diversidad lingüística, dado que la diversidad de las lenguas es una consecuencia obvia de los cambios lingüísticos. Nótese que en función de la respuesta a esta pregunta, nuestra perspectiva sobre las causas, los mecanismos y las consecuencias de los cambios lingüísticos puede ser muy diferente.

1.2.1. Modelos sobre el rango de variación en las lenguas No pocos autores han caído en la tentación de comenzar la discusión sobre la uniformidad y la diversidad de las lenguas mencionado la célebre cita de Martin Joos según la cual “las lenguas pueden variar sin límite y de manera impredecible” (Joos, 1957: 96, traducción nuestra) como contrapunto a la postura de Chomsky de que para todas las lenguas humanas “solo hay un sistema computacional y un léxico, hecha abstracción de su limitado tipo de variación” (Chomsky, 1995: 170, traducción nuestra). Como ha observado más recientemente Haspelmath (2008), la diferencia esencial entre la lingüística funcionalista y la generativista es que los funcionalistas asumen que los universales lingüísticos emergen de constricciones externas en el uso de las lenguas, mientras que los generativistas asumen que son consecuencia de la Gramática Universal, entendida como el conjunto de restricciones que determinan qué es una lengua humana posible. Esta diferencia, añade Haspelmath, hace que a diferencia de los generativistas, “los funcionalistas no asumen que hallarán las mismas categorías sintácticas y funciones en todas las lenguas

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[…], sino que esperan que las lenguas difieran ampliamente y muestren las más inesperadas idiosincrasias” (Haspelmath, 2008: 93, traducción nuestra). Ello implica entonces que desde el punto de vista generativista los cambios lingüísticos estarán estrictamente limitados por aquellos factores que restringen qué es una lengua humana posible, mientras que este margen se concebirá como mucho menos restricto desde el punto de vista funcionalista, en el sentido de que el cambio lingüístico podría, por ejemplo, crear o destruir categorías y funciones sintácticas. La diferencia entre estos dos puntos de vista sobre el lenguaje y las lenguas se puede expresar en los siguientes términos: el modelo funcionalista implica una aproximación inductiva al lenguaje, mientras que el paradigma chomskyano implica una aproximación deductiva a las lenguas. En la concepción deductiva se enfoca la lengua-i como el objeto de estudio y, como en cualquier investigación científica, se construye una teoría sobre las propiedades y principios que rigen ese órgano del lenguaje y se distribuyen las responsabilidades entre los diversos factores implicados en su desarrollo. A medida que se van analizando más lenguas-i y estudiando otros sistemas cognitivos, se va ajustando la teoría inicial intentando siempre que aumente la capacidad explicativa sin descuidar la adecuación descriptiva, ineludible en toda ciencia empírica. Como en el estudio del movimiento de los cuerpos o en el del desarrollo celular, se asume que las leyes y principios formulados son máximamente generales y que las peculiaridades observadas se deben seguir deductivamente de la consideración de factores adicionales (sea el rozamiento, la presencia de ciertas proteínas o los llamados parámetros, esto es, la diversa manera de satisfacción de principios lingüísticos universales). La aproximación inductiva procede de otra manera. Desde esta perspectiva, los objetos deben estudiarse en sí mismos. Debe hacerse una descripción detallada de cada objeto en sus propios términos y, una vez agotada o completada dicha descripción, llega el momento de hacer generalizaciones sobre su posible uniformidad subyacente. La historia de la ciencia desde tiempos de Galileo (y pasando por Newton y Einstein) nos enseña claramente que la estructura de la investigación científica es esencialmente deductiva y no inductiva. Aunque este no sea un argumento directo en nuestra apreciación del rango de variación de las lenguas, parece que una aproximación puramente inductiva no es recomendable si se quiere lograr una explicación científica de hechos del lenguaje que se pueda integrar en el grueso de las ciencias naturales. Como observa Haspelmath desde el punto de vista funcionalista, para el modelo funcionalista “la descripción está estrictamente separada de la explicación” (2008: 93, traducción nuestra), pero esa separación es simplemente inconcebible desde el punto de vista de la ciencia natural. 26

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En el modelo de Chomsky el lenguaje se concibe como un fenómeno natural (o sea, como un atributo de la especie humana, la Facultad del Lenguaje) y las lenguas resultan como manifestaciones particulares, ambientalmente condicionadas e históricamente determinadas, de dicha facultad. Por así decirlo, se procede deductivamente del lenguaje a las lenguas. La manifestación más clara de este procedimiento es la llamada teoría paramétrica (que discutimos con detalle en el capítulo 6). Independientemente de formulaciones concretas y de la interpretación más o menos literal (y más o menos inadecuada) de ciertas metáforas, la lógica de la teoría paramétrica permanece firme: a partir de principios comunes de diseño, los diversos sistemas emergentes (lenguas-i) responden a variaciones en los procesos de desarrollo que tienen repercusiones sistemáticas, exactamente igual que sucede en el desarrollo de los organismos naturales. Por el contrario, desde el punto de vista funcionalista se procede inductivamente de las lenguas al lenguaje. Este modelo implica que las lenguas existen en sí mismas (se conciben primariamente como objetos culturales, supraindividuales) y que el lenguaje es un concepto secundario inducido a partir de las generalizaciones descriptivas obtenidas del estudio de las lenguas. No es de extrañar entonces que desde este punto de vista se puedan ver los universales lingüísticos como un mito (como afirman en su influyente artículo de 2009 Evans y Levinson), puesto que para el modelo inductivo, por definición, la diversidad de las lenguas es irreductible, siendo las lenguas los objetos primarios y la facultad del lenguaje (si se reconoce su existencia) una generalización inductiva sobre ellas. Desde el punto de vista deductivo que aquí adoptamos, el programa inductivo es insuficiente e inadecuado, no solo porque es empíricamente irrealizable, sino porque es incompatible con un estudio naturalista, dado que se sustenta en la hipótesis de que las lenguas humanas existen en sí mismas como si fueran objetos externos a la mente, como si fueran “una forma de vida independiente que coloniza y parasita los cerebros humanos, usándolos para reproducirse”, por usar la sugerente –aunque errónea– imagen del neurólogo Terrence Deacon (1997: 111, traducción nuestra). La diferencia esencial entre estas dos grandes tradiciones contemporáneas del estudio del lenguaje en lo que ahora nos interesa es que en la tradición funcionalista los cambios lingüísticos estarán únicamente limitados externamente, lo que deja un amplio margen para la variación y la diversidad de las lenguas, mientras que en el modelo generativista los cambios lingüísticos estarán estrictamente constreñidos por la Facultad del Lenguaje, reduciendo el ámbito del cambio a lo no especificado por la misma. Mostraremos a lo largo de esta obra que el segundo modelo parece más adecuado en función de lo que observamos en el estudio del cambio lingüístico real, pero antes conviene que precisemos con más detalle en qué consiste esa fuerte restricción a los cambios lingüísticos predicha por el modelo generativista o deductivo. 27

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1.2.2. La Facultad del Lenguaje y la Gramática Universal El punto de vista funcionalista suele recriminar al modelo chomskiano la postulación de una Facultad del Lenguaje (FL en lo sucesivo) específicamente lingüística y específicamente humana, alegando que es más económico, más plausible biológicamente y más acorde con el razonamiento científico estándar asumir que no existe tal cosa y que las lenguas se explican como el resultado de las limitaciones generales de aprehendibilidad, el reclutamiento de otros sistemas cognitivos y de las presiones funcionales que se derivan de su uso para la comunicación y el pensamiento. Esta es ciertamente una posibilidad, que de hecho el programa minimalista desarrollado por el propio Chomsky y sus seguidores está explorando con ímpetu en los últimos quince años (véase Lorenzo, 2013 para una aproximación global reciente). Podría decirse entonces que lo que en los últimos cincuenta años ha enfrentado a las tradiciones en la investigación lingüística es el problema del innatismo de la FL frente al emergentismo. Sin embargo, se trata de un falso problema, de una falsa controversia. El auténtico problema de la teoría lingüística, como de cualquier otra disciplina científica, es explicar adecuadamente su objeto de estudio. El innatismo o emergentismo de la FL es un falso problema porque la FL, como cualquier otra facultad humana (sea la memoria o la visión), es simultáneamente innata y emergente. Por una parte, no cabe duda de que los seres humanos disponen de una facultad que los capacita para aprender y usar una lengua humana. Dado que el resto de organismos conocidos, sean naturales o artificiales, carecen de ella, es lícito afirmar que dicha facultad es específicamente humana y, por tanto, innata en cualquier ser humano normalmente constituido. Como ha señalado Chomsky, “decir que ‘el lenguaje no es innato’ es como decir que no hay ninguna diferencia entre mi nieta, una roca y un conejo […] en otras palabras, que si se toman una roca, un conejo y a mi nieta y se sitúan en una comunidad en la que se habla inglés, los tres aprenderán inglés” (Chomsky 2000: 50, traducción nuestra). En esta misma línea de razonamiento elemental se sitúa el etólogo Tecumseh Fitch: Claramente, la inmersión en un entorno lingüístico no es suficiente para que el lenguaje hablado se desarrolle en la mayoría de los organismos. Debe de haber algo en los niños humanos que los diferencia de las otras especies y ese algo constituye uno de los explananda nucleares de la biolingüística. Deberíamos glosarlo neutralmente como “la capacidad humana para adquirir el lenguaje”. En la lingüística generativa esta capacidad se ha conocido tradicionalmente como Dispositivo de Adquisición del Lenguaje y se ha denominado Gramática Universal a una caracterización de sus propiedades (Fitch, 2009: 288, traducción nuestra).

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La expresión Gramática Universal (GU en lo sucesivo), rescatada por Chomsky de la tradición racionalista en la que se entronca su visión del lenguaje y de la mente, designaba aquellos aspectos de la competencia lingüística humana que, puesto que son (supuestamente) compartidos por todos los seres humanos y todas las lenguas, no se mencionaban expresamente en las gramáticas particulares, de manera que era esperable decir en una gramática de, por ejemplo, el francés que esta lengua tiene artículos, pero no que en francés hay palabras y oraciones, algo que se da por supuesto. En la actualidad, la expresión GU se emplea para designar aquellas propiedades de la FL que no se siguen de otro tipo de factores externos al propio lenguaje o que hay que postular como específicamente lingüísticas (y específicamente humanas) a falta de una explicación más fundamental. Por otra parte, no puede ser falso que el lenguaje humano, como facultad humana, sea emergente, esto es, que sea el resultado de la conjunción u organización de elementos que, en sí mismos, no son lingüísticos (ni específicamente humanos). Volvamos a nuestra analogía entre la vida y el lenguaje. La vida es ciertamente un fenómeno emergente, pero no por ello menos real como objeto lícito del estudio científico. Como ha señalado el biólogo Stuart Kauffman, la vida no se localiza en alguna propiedad de una sola molécula, –en los detalles– sino que es una propiedad colectiva de sistemas de moléculas en interacción. La vida, así vista, emergió como un todo […], no está localizada en las partes, sino en las propiedades colectivas emergentes del todo que crean […] Es el sistema colectivo el que está vivo, sus partes son meros productos químicos (Kauffman, 1995: 18, 24, traducción nuestra).

Y, en efecto, como señalan Rothstein y Treves (2010), la neurología y la ciencia cognitiva modernas han puesto claramente de manifiesto que, en contra de lo que parecía implicar un calco ingenuo de la hipótesis de la modularidad de la mente al estudio del cerebro, no hay maquinaria neuronal al servicio de funciones cognitivas complejas, y mucho menos maquinaria especializada para el lenguaje. En este sentido, parece que nuestras habilidades para aprender, producir e interpretar el lenguaje se sirven de los mismos mecanismos neuronales (en el nivel de los microcircuitos corticales) usados por cualquier otra función cognitiva, incluyendo aquellas que (mayoritariamente) compartimos con otros mamíferos. Todo ello no oculta que, aunque sabemos algo sobre los mecanismos neuronales que subyacen a, por ejemplo, los procesos visuales y auditivos, “apenas sabemos nada sobre cómo el sistema nervioso procesa la información sobre la relación entre sonidos y símbolos y sobre cómo los significados complejos se representan composicionalmente en el cerebro” (Rothstein y Treves, 2010: 2717, traducción nuestra). Aunque podemos inferir que las transacciones corticales serán las mismas que en las funciones mejor comprendidas, “cómo se suman para producir la facul-

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tad del lenguaje y por qué lo habrían de hacer solo en la especie humana, permanece como un misterio” (Rothstein y Treves 2010, ibid., traducción nuestra). La solución para explicar ese misterio es precisamente la de aceptar que el lenguaje, como sistema emergente, puede tener sus propias propiedades, de manera que las estructuras lingüísticas serán el resultado de una determinada organización y acumulación de procesos neurales necesaria e inevitablemente más básicos. Por supuesto que hay una gran cantidad de investigación por hacer para determinar la forma, la naturaleza, el alcance y la evolución de los principios que regulan el origen, el desarrollo y el uso de la facultad del lenguaje de las personas, así como cuánto esta puede variar en el tiempo y en el espacio, pero no tiene sentido cifrar la controversia en ideas a priori sobre el falso problema del innatismo y la emergencia de la FL. Es razonable pensar que en determinados niveles de discusión y de conocimiento, ciertos principios serán específicamente lingüísticos (y específicamente humanos) y que dichos principios habrán de ser reducidos a otros principios que, en un momento dado y necesariamente, dejarán de ser específicamente lingüísticos (y específicamente humanos). Pero inferir de ello que no existe la FL humana es un paso ilícito y ciertamente nocivo para una investigación naturalista del lenguaje, a no ser, obviamente, que se piense que el lenguaje no es un objeto natural, sino cultural, que es la idea que parece subyacer al modelo funcionalista. Si definimos la GU como una parte del estado inicial de la FL, esto es, como el conjunto de principios que determinan la arquitectura de las lenguas humanas y limitan sus márgenes de variación, la GU en este sentido existe por definición. Por supuesto, podría objetarse la denominación, que presume que esos principios son específicamente lingüísticos (de hecho, específicamente gramaticales, si nos atenemos a la literalidad de la expresión). Tal es la objeción del psicolingüista Michael Tomasello: Por supuesto, todas las lenguas del mundo tienen cosas en común […] pero esos aspectos comunes no proceden de ninguna gramática universal, sino más bien de aspectos universales de la cognición humana, de la interacción social y del procesamiento de información, la mayoría de los cuales existían en los seres humanos antes de que surgiera algo parecido a las lenguas humanas (Tomasello, 2009: 471, traducción nuestra).

En esta objeción hay dos argumentos diferentes entremezclados: por una parte, un asunto terminológico de importancia menor en sí mismo y, por otra parte, un asunto conceptual de importancia central. El problema terminológico tiene que ver, obviamente, con el significado de la expresión Gramática Universal. Nótese que Tomasello no tiene problema en

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reconocer que existen universales lingüísticos, sino esencialmente en aceptar que las propiedades que explican esos universales sean específicamente lingüísticas: ¿Por qué no lo llamamos simplemente “Gramática Universal”? La razón estriba en que históricamente la expresión gramática universal se refería a contenido específicamente lingüístico, no a principios cognitivos generales y, por tanto, sería un mal uso de la expresión. No es la idea de los universales del lenguaje la que está muerta, sino más bien la idea de que haya una adaptación biológica con contenido específicamente lingüístico (Tomasello, 2009: 417, traducción nuestra).

Pero cabría preguntarse qué puede significar la expresión “una adaptación biológica con contenido específicamente lingüístico”: ¿Significa que habría genes que especifican las categorías gramaticales? ¿Qué habría partes del cerebro exclusivamente dedicadas al lenguaje y cuya extirpación dejaría intactas el resto de facultades cognitivas y motoras? ¿Que habría neuronas lingüísticas y neuronas no lingüísticas, igual que hay neuronas piramidales y neuronas esféricas? No parece que nadie haya defendido eso nunca. La idea de una adaptación biológica con contenido específicamente lingüístico es en realidad un hombre de paja. A lo que se refiere el innatismo chomskiano es al sesgo que el organismo y las leyes de la naturaleza que subyacen a su anatomía y fisiología imponen a los sistemas de conocimiento que se desarrollan. Si todo el mundo reconoce que ese sesgo existe, entonces la controversia es falsa. Pero el problema no es únicamente de terminología, de grados de optimismo y de rivalidades profesionales. Puede resultar ilustrativo retomar ahora la afirmación final de la objeción citada de Tomasello, esto es, que muchos de los factores que determinan la unicidad del lenguaje “existían en los seres humanos antes de que surgiera algo parecido a las lenguas humanas”. Nótese que entonces se está asumiendo implícitamente que las lenguas humanas surgieron externamente a dichos factores, esto es, se está asumiendo que las lenguas humanas son “inventos” o “descubrimientos” culturales colectivos, objetos externos a la mente y al cerebro, por mucho que de alguna manera se representen en él y este pueda de alguna forma aprenderlas y condicionarlas. Se está dando crédito así a la visión de Deacon de que las lenguas son como organismos externos que colonizan los cerebros. En este contexto externalista es concebible entonces que haya diferencias profundas y sustanciales entre las lenguas, dentro del laxo marco externo determinado por tales factores, que se consideran extralingüísticos por definición (incluyendo al propio cerebro humano), y es esperable que se confíe en el método inductivo para el estudio de la unicidad de las lenguas. Desde ese punto de vista, también es esperable entonces que los cambios lingüísticos puedan llevar a las lenguas por caminos insospechados y que puedan afectarlas en su más íntima

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estructura. Si negamos la existencia de la GU (esto es, del estado inicial de la FL), entonces estamos negando que los seres humanos tienen un sesgo hacia el lenguaje, una capacidad específica para aprender la lengua del entorno y que, irremediablemente, determina su estructura y limita su capacidad de variación y cambio. Veremos en el resto de esta obra que este punto de vista es inadecuado, tanto desde un punto de vista teórico como, esencialmente, empírico.

1.2.3. La estructura minimalista de la Facultad del Lenguaje Dada la apariencia ordenada y estructurada de los seres vivos, y dada la necesidad de eliminar la acción de un creador con su explicación última, se pensó que la fuente de ese orden era la adaptación al entorno por medio de la selección natural. Esta brillante propuesta, la de Darwin, unida al desarrollo posterior de la genética, vino a conformar el modelo geneticista del desarrollo de los organismos, un modelo en el que el entorno mismo es secundario durante el proceso de desarrollo del organismo, que estará guiado fundamentalmente por el programa genético. Este era el modelo estándar de la biología del desarrollo en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, precisamente los años en los que se estaba gestando, de la mano de Chomsky, la gramática generativa. El modelo geneticista del desarrollo fue especialmente atractivo para la aproximación internista y naturalista al lenguaje de Chomsky, dado que esta se enfrentaba a un problema similar: cómo explicar la robustez y la consistencia del desarrollo del lenguaje en los seres humanos partiendo de un entorno lingüístico inestable, confuso y que proporciona una información muy pobre sobre la estructura subyacente de los sistemas de conocimiento (lenguas-i) desarrollados. Consecuentemente, los modelos iniciales de la gramática generativa (incluyendo el influyente modelo de Principios y Parámetros) propusieron como una solución al llamado “problema de Platón” (esto es, “cómo sabemos tanto con la poca información que proporciona el entorno”) una concepción innatista de la FL en la que esta se concebía como un componente humano ricamente estructurado y específicamente lingüístico. Por supuesto, la lingüística chomskiana no se dedicaba al estudio de los posibles genes del lenguaje, sino que se oponía a la visión contraria (típica en la aproximación funcionalista y común en la época) según la cual el desarrollo del lenguaje se explicaba como un proceso basado en la imitación, la inducción y en la generalización llevado a cabo por sistemas de aprendizaje generales; una visión empiricista en la que la estructura del lenguaje no procede del organismo en el que se desarrolla, sino de fuera del mismo, por lo que debe ser “extraída” de los datos del entorno. Podría decirse que la gramática generativa era geneticista y postulaba un componente innato y específicamente lingüístico, fundamentalmente, porque la

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biología de su tiempo era geneticista y el objetivo central de Chomsky era precisamente situar el estudio del lenguaje en el ámbito del estudio de la naturaleza. La tesis central de la gramática generativa no es que haya una GU genéticamente especificada, sino que el lenguaje es un atributo natural de la especie, una parte de la biología humana, y no un producto puramente cultural. Si la biología era geneticista, la gramática generativa también lo fue por simple herencia. Pero aunque el geneticismo sigue siendo prevalente en la biología actual, las cosas están cambiando mucho en los últimos decenios. La llamada “evo-devo” (por evolución y desarrollo) ha transformado la biología del desarrollo actual en un campo mucho más pluralista. En términos simples, la nueva biología del desarrollo ha mostrado que la clásica dicotomía neodarwinista “o Dios o la selección natural” es demasiado restrictiva, en el sentido de que ni un creador ni la selección natural parecen suficientes para explicar la estructura y la evolución de la vida. Tal y como ha señalado Kauffman, “la biología desde Darwin es impensable sin la selección natural, pero aún así debe encontrar leyes universales” (1995: 25, traducción nuestra). Pero el modelo neodarwinista, centrado en los genes y basado en la noción de un programa genético, ha sido cuestionado en décadas recientes por el llamado “desafío del desarrollo”. El modelo basado en el gen implica que los genes son los posesores de la información esencial que guía el crecimiento y maduración de las estructuras orgánicas, mientras que de acuerdo con la nueva biología del desarrollo los rasgos fenotípicos (sean anatómicos, fisiológicos o cognitivos) no pueden estar contenidos o especificados en los genes. Esto implica que la noción de “programa genético” como la única fuente de información para los procesos de desarrollo es demasiado simplista e ignora la significativa contribución de otros factores y fuentes de información ubicados entre el genotipo y el fenotipo sin los que el proceso de desarrollo simplemente no puede ocurrir. La nueva biología del desarrollo sugiere romper la identificación entre la forma y la codificación genética y rechaza la concepción del genoma como la única fuente de la forma orgánica o como el único (o incluso el principal) agente causal del desarrollo. Los genes son vistos así como un factor más de entre los que regulan el proceso de desarrollo. De manera consecuente, en los últimos dos decenios la gramática generativa ha ido adoptando una visión más minimalista de la GU, admitiendo que, aparte de posibles mutaciones genéticas que debieron de ser cruciales en el desarrollo evolutivo de la FL en la especie humana, hay, como en el resto del mundo natural, otros factores y principios que serán responsables de la estructura última de la propia FL. Pero en todo caso, debe quedar bien claro que este no es un camino hacia un modelo funcionalista (inductivo y externalista), sino hacia una visión más biológicamente plausible de la evolución y desarrollo de la FL en los seres humanos.

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En este sentido, el llamado modelo minimalista no implica una visión menos restrictiva del margen de variación de las lenguas, sino simplemente un modelo más explícito sobre cuál puede ser la naturaleza última de los factores restrictivos. Es interesante observar que el geneticismo ha ido históricamente asociado al adaptacionismo en la biología evolutiva y que la nueva biología evolutiva no es ni geneticista ni adaptacionista. Pues bien, como se señalaba antes, la gramática generativa ha sido geneticista por herencia de la biología imperante en el momento de su surgimiento (y principalmente como oposición a las teorías empiricistas y conductistas de la mente y del lenguaje), pero nunca ha sido adaptacionista. Como tendremos ocasión de comprobar en el capítulo siguiente, el adaptacionismo es la diferencia esencial en la concepción de cambio lingüístico de las dos grandes tradiciones que venimos contrastando. El llamado programa minimalista (PM en lo sucesivo) puesto en marcha por Chomsky a principios de los años noventa del siglo pasado, y que en la actualidad está en pleno desarrollo, tiene como objetivo intentar clarificar qué aspectos de la FL son consecuencia de la dotación biológica de la especie (que podrían entonces haber evolucionado adaptativamente y hasta estar codificados genéticamente) y cuáles se deben a principios generales de simplicidad, de elegancia computacional o a procesos de desarrollo del cerebro, factores que no serían entonces el resultado de una evolución adaptativa, sino consecuencia de la propia evolución del cerebro o el resultado de principios formales más profundos que rigen los sistemas de cierta complejidad. Chomsky observa que un asunto crucial desde el punto de vista del estudio biológico del lenguaje es determinar hasta qué punto los principios que determinan el lenguaje humano (y que, por tanto, limitan los cambios lingüísticos) son propios de ese sistema cognitivo o si pueden encontrarse configuraciones semejantes en otros dominios cognitivos o en otros organismos, pero que incluso más importante es entender cuánto del lenguaje puede recibir una explicación “fundamentada”. Como el propio autor señala más gráficamente, el PM consiste en aproximarse a la GU desde abajo: En aquel momento parecía que la FL debería ser rica, muy estructurada y sustancialmente única […]. A lo largo de la historia de la gramática generativa moderna el problema de determinar el carácter de la FL se ha abordado “de arriba abajo”: ¿Cuánto debemos atribuir a la GU para dar cuenta de la adquisición del lenguaje? El PM pretende abordar el problema “de abajo a arriba”: ¿Cuán poco debemos atribuir a la GU y todavía dar cuenta de la variedad de lenguas-i obtenidas? (Chomsky, 2007: 2, 4, traducción nuestra).

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Aunque antes se ha afirmado que la nueva gramática generativa de orientación minimalista sigue asumiendo un ámbito restricto del margen de variación de las lenguas (y, por tanto, de la amplitud del cambio lingüístico) en comparación con el modelo funcionalista, no cabe duda de que este “adelgazamiento” de lo postulado como biológicamente determinado en el seno de la FL podría hacer pensar en una visión menos restricta de los márgenes de variación de las lenguas. Veremos, a continuación, que en realidad no es el caso, ya que los diversos factores que determinan qué es una lengua humana posible, aun cuando no se pudieran considerar ni genética ni biológicamente determinados, siguen siendo universales y, por tanto, independientes del tiempo histórico. En todo caso, observaremos que la mayor precisión en el análisis de los principios que conforman la FL humana nos permitirá entender mejor por qué hay cambios lingüísticos posibles e imposibles, e incluso por qué hay cambios lingüísticos más probables que otros. Del mismo modo, analizando la arquitectura interna de la FL también estaremos en mejor disposición de comprender qué es lo que cambia cuando decimos que las lenguas cambian. Una consecuencia directa del programa minimalista es la aceptación de la necesidad de descomponer el objeto de estudio (la FL) e intentar determinar cuáles de sus componentes son específicamente humanos y cuáles no lo son, cuáles son específicamente lingüísticos y cuáles no lo son. Este es el objetivo principal de la influyente formulación de Hauser, Chomsky y Fitch (2002), en la que se establece una distinción entre la facultad del lenguaje en sentido estricto (FLE) y la facultad del lenguaje en sentido amplio (FLA). Lo que Hauser, Chomsky y Fitch (HCF en lo sucesivo) postulan es que la FLA incluye todos los diferentes mecanismos implicados en el conocimiento y uso del lenguaje, independientemente de su solapamiento con otros dominios cognitivos o incluso con otras especies (aunque se excluyen de la FLA aquellos sistemas que, aunque necesarios para el lenguaje, no son suficientes, tales como la respiración, la memoria o la circulación sanguínea). Más específicamente, HCF proponen que la FLA comprende un sistema sensorio-motor (SM), un sistema conceptual-intencional (CI), otros posibles sistemas, y la propia FLE. A su vez postulan que la FLE está constituida únicamente por el mecanismo computacional (la sintaxis en sentido estricto o sintaxis interna) que permite concatenar unidades recursivamente, así como los interfaces de conexión con los sistemas CI y SM (véase la figura 1.1). En este modelo, pues, el sistema computacional genera expresiones y estas se ponen en conexión con los dos sistemas externos (aunque internos a la FLA): el sistema SM responsable de la percepción y de la externalización del lenguaje (la articulación en sonidos o en señas en las lenguas señaladas) y el sistema CI responsable de la interpretación semántica de las expresiones.

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Dado que el lenguaje como un todo es específico de los seres humanos, es plausible que un subconjunto de la FLA sea específicamente humano y específicamente lingüístico. A este subconjunto es precisamente a lo que HCF llaman FLE: La FLE está formada de aquellos componentes de la facultad general del lenguaje (FLA) que son exclusivos de los humanos y específicos o claramente especializados para el lenguaje. (Fitch, Hauser y Chomsky, 2005: 182, traducción nuestra).

Figura 1.1. El círculo mayor representa lo que los autores denominan la Facultad del Lenguaje en sentido amplio (FLA), que excluye otros sistemas que son necesarios pero no suficientes para el lenguaje, como la memoria o la respiración. Dentro de la FLA se representa con el círculo interior la Facultad del Lenguaje en sentido estricto (FLE), que sería –por hipótesis– lo único específicamente humano y específicamente lingüístico y que, según presupuestos minimalistas, incluiría únicamente un sistema computacional responsable de la sintaxis y la recursividad. Adaptada de Hauser, Chomsky y Fitch (2002: 1570).

Por supuesto, estos autores observan que los contenidos de la FLE deben ser determinados empíricamente y que hasta podría ser un conjunto vacío. En tal caso (esto es, si se probara que ningún componente de la FLE es exclusivamente humano y específicamente lingüístico) deberíamos concluir que lo único específi36

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camente humano es la configuración particular de esos componentes en nuestra especie. Como señalan estos autores, su hipótesis es que la FLE comprende “solo los mecanismos centrales de la computación recursiva tal y como aparecen en la sintaxis en sentido estricto y la proyección en los interfaces” (HCF 2002: 1573, traducción nuestra). La principal ventaja de este modelo de la FL es que es compatible con la hipótesis razonable de que la FLA es una adaptación de la especie que comparte muchos aspectos con los sistemas de conocimiento y de comunicación de otras especies mientras que, simultáneamente, los mecanismos que subyacen a la FLE son específicamente humanos y específicamente lingüísticos.

1.2.4. Factores que limitan la variación de las lenguas Simultáneamente a la descomposición de la FL, el programa minimalista de Chomsky también se basa en la descomposición de los diversos factores que determinan la propia estructura y desarrollo de la FL humana. Y precisamente en esos factores es donde deberíamos esperar encontrar la explicación de la restricción a los cambios lingüísticos (y, por tanto, de la diversidad de las lenguas). Dado que la lengua-i es un sistema cognitivo, Chomsky (2005) sugiere aplicar al estudio del desarrollo de la lengua-i la misma factorialización que es habitual en la investigación de otros organismos: Asumiendo que la facultad del lenguaje tiene las propiedades generales de otros sistemas biológicos, deberíamos, en consecuencia, buscar tres factores que intervienen en el crecimiento del lenguaje en el individuo (Chomsky, 2005: 6, traducción nuestra).

Chomsky caracteriza esos tres factores de la siguiente manera:   

Factor 1. La dotación genética, aparentemente uniforme en la especie, que interpreta parte del entorno como experiencia lingüística […] y determina el curso del desarrollo de la facultad del lenguaje. Factor 2. La experiencia, que lleva a la variación, dentro de un rango restrictivo, como en el caso de otros subsistemas de la capacidad humana y del organismo en general. Factor 3. Principios no específicos de la facultad del lenguaje. Este tercer factor, según Chomsky, podría presentar varios subtipos, tales como (a) los principios de análisis de datos que podrían usarse en la adquisición del lenguaje y en otros dominios y (b) principios de arquitectura estructural y restricciones al desarrollo, tales como prin-

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cipios de computación eficiente, que serían de particular importancia para sistemas computacionales como el lenguaje. Según Chomsky, esta segunda subcategoría del tercer factor podría ser muy relevante para determinar “la naturaleza de las lenguas obtenibles” (2005: 6). Si nos centramos en estos tres factores podría decirse que el modelo de Principios y Parámetros, que asumía la biología geneticista del momento, se basaba más en los factores de tipo 1, mientras que el programa minimalista, más en sintonía con la moderna biología del desarrollo, se centra en los principios del tipo 3 (principios generales en la determinación de la forma orgánica). Más concretamente, la estrategia de construir una teoría de la FL de “abajo a arriba” consiste en asumir que por defecto los principios que determinan el desarrollo de la FL serán del tipo 3, mientras que únicamente el residuo de lo que no pueda recibir una explicación “fundamentada” debería atribuirse al factor 1: La GU es lo que queda cuando el vacío se ha reducido al mínimo, cuando todos los efectos del factor 3 se han identificado. La GU consiste en los mecanismos específicos de la FL, que habrán surgido de alguna manera en el curso de la evolución (Chomsky, 2007: 5).

Si damos un paso atrás y ampliamos la perspectiva con una visión más filosófica, podríamos decir que el objetivo esencial del programa minimalista de la nueva gramática generativa es mostrarnos que en el lenguaje humano hay más de necesidad formal y estructural (de perfección matemática, si se quiere), y menos de puro accidente evolutivo, de capricho histórico aleatorio. Sea como fuere, en lo que a nosotros nos concierne aquí, el programa minimalista brinda una excelente perspectiva para entender más adecuadamente los factores que restringen y canalizan los procesos de cambio en las lenguas. Y, como veremos a continuación, proporciona un modelo explícito de qué ámbitos de la estructura total de las lenguas-i están sujetos a posible variación y cambio.

1.2.5. El locus del cambio lingüístico El modelo general de la FL esbozado hasta ahora sugiere que el ámbito de variación de las lenguas humanas (y, por tanto, el lugar en el que las lenguas podrían cambiar), se limitará a aquellos aspectos que dependen del factor ambiental (factor 2), esto es, a aquellos aspectos de la estructura de las lenguas que no estén determinados por factores biológicos (anatómicos, fisiológicos, y cualesquiera otros) o por principios generales (de forma orgánica, de economía, de

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simetría, de computación eficiente, etc.), dado que, en principio, estos dos tipos de factores serán comunes a todos los seres humanos e invariables en tiempo histórico. Más concretamente, si volvemos a la arquitectura general de la FL antes presentada (figura 1.1), la gramática generativa reciente sostiene la hipótesis bastante radical de que el único ámbito de variación entre las lenguas es el de la llamada externalización, esto es, el proceso de conexión entre las representaciones sintácticas formadas por el sistema computacional (la sintaxis en sentido estricto) y el componente sensorio-motor (SM). Esto implicaría, expresado de manera informal, que todas las lenguas tendrían la misma sintaxis (en sentido estricto) y el mismo componente conceptual-intencional (por así decirlo, la misma semántica), de manera que los cambios lingüísticos estarían restringidos al ámbito (aún por definir mejor) de lo que tradicionalmente se considera como fonología y como morfología. Lo que en otras palabras se está sugiriendo es que la influencia del entorno lingüístico (el factor 2) únicamente es relevante en la manera en que se produce la externalización y materialización de las expresiones lingüísticas, esto es, en la transferencia de los productos del sistema computacional al sistema sensorio-motor. Consideremos, aunque sea brevemente, la fundamentación de esta hipótesis general y en el capítulo 3, dedicado al análisis de los mecanismos del cambio lingüístico, abordaremos el asunto central de qué tipo de apoyo empírico tiene semejante propuesta, y el no menos central de qué ventajas explicativas podría aportar a nuestra comprensión del cambio en las lenguas.

1.2.6. La externalización del sistema computacional La hipótesis minimalista de que la GU es biológicamente simple y mínima no debería interpretarse como la afirmación de que la capacidad del lenguaje o las propias lenguas humanas son simples, lo que, obviamente, no es cierto. La capacidad de construir sofisticados pensamientos y de transformarlos de manera inconsciente y automática en sonidos o señales visuales a través del sistema motor, así como de usarlas intencionalmente para referirnos a cualquier tipo de objeto o situación, real o irreal, pasada o futura, implica sin duda un complejo e intrincado sistema de capacidades cognitivas y neurológicas que apenas empezamos a comprender. Cuando se afirma que la GU es biológicamente mínima, lo que se está afirmando es que las diferencias biológicas, especialmente las genéticas, entre los estadios evolutivos inmediatamente anterior y posterior a su emergencia evolutiva en nuestra especie debieron de ser mínimas, lo que también implicaría que este proceso evolutivo debió de ser breve y relativamente repentino y no gradual y

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dilatado en el tiempo (en escala geológica). Este escenario es coherente con dos hechos fundamentales: la discontinuidad del lenguaje humano con respecto a las capacidades lingüísticas de especies filogenéticamente cercanas y la inexistencia de seres humanos en los que no ha evolucionado la facultad del lenguaje, esto es, que hablen lenguas primitivas (ambos hechos han sido infructuosamente cuestionados, como se discute con más detalle en el capítulo 7). Como hemos visto, una manera de hacer coherentes la naturaleza biológicamente mínima de la GU y la complejidad del “fenotipo” resultante (las lenguas-i) es la descomposición de la FL en varios componentes que pueden tener una historia evolutiva independiente y una naturaleza diversa. Así, la clave de la discontinuidad que parece existir entre el lenguaje humano y los sistemas de conocimiento y de comunicación de otras especies (incluyendo otros modos de comunicación humanos) no sería la improbable evolución biológica repentina de un órgano complejo, que no habría tenido tiempo de evolucionar (especialmente si tenemos en cuenta que no parece haber ningún antecedente del mismo en especies relacionadas), sino más bien un evento biológicamente mínimo que dotó a los sistemas preexistentes de un “ingrediente extra”, dando lugar a nuevas e inesperadas propiedades. En términos más precisos, podría suponerse que los diversos sistemas que forman parte de la FLA podrían estar presentes en otras especies, pero que la emergencia evolutiva de la FLE, exclusiva de nuestra especie (o conectada con los otros sistemas de manera específica en nuestro linaje), daría al complejo potencialidades inexistentes anteriormente, explicando de manera coherente ese vacío evolutivo aparente. Chomsky ha formulado explícitamente la hipótesis de que lo que hizo emerger el lenguaje en nuestra especie bien pudo ser un pequeño cambio evolutivo asociado al ingrediente principal de la FLE: la operación de ensamble ilimitado (unbounded merge): Como mínimo, cierto recableado del cerebro, presumiblemente una mutación menor o un efecto colateral de otro cambio, proporcionó la operación Ensamble y el RL [rasgo liminar] no eliminable, proporcionando un rango infinito de expresiones formadas por IILL [ítems léxicos] (quizá ya disponibles en parte al menos como átomos conceptuales de los sistemas CI) y permitiendo el crecimiento explosivo de las capacidades del pensamiento, previamente restringidas a esquemas elementales, pero ahora abiertos a una elaboración sin límites. (Chomsky, 2007: 14, traducción nuestra).

El ensamble ilimitado al que se refiere Chomsky es la operación básica de concatenación binaria y endocéntrica de unidades característica del lenguaje humano (de manera que casa se une a azul formando casa azul y casa azul se une a la formando la casa azul y la casa azul se une a resplandece formando la casa azul 40

El cambio lingüístico: conceptos básicos y asunciones previas

resplandece y la casa azul resplandece se une a que formando que la casa azul resplandece y que la casa azul resplandece se une a apreciamos formando apreciamos que la casa azul resplandece y así hasta, en teoría, el infinito). Los llamados “rasgos liminares” (edge features) se refieren esencialmente a la categorización sintáctica de las entidades conceptuales que, en el modelo esbozado, es la que haría que los conceptos “prelingüísticos” fueran combinables entre sí de manera automática por el sistema computacional, a través de posibles módulos cognitivos distintos y previamente aislados. Algunos autores han señalado que las categorías sintácticas así entendidas serían como una especie de moneda universal que permitiría establecer conexiones entre conceptos pertenecientes a módulos cognitivos distintos, de manera que podemos hablar de lo que hemos olido, relacionar un evento del pasado con el tiempo presente o actualizar sintácticamente un concepto que denota un objeto inexistente o imaginario, todas ellas actividades típica y exclusivamente humanas. Nótese que lo que Chomsky está proponiendo entonces es que esa “máquina sintáctica” proporcionada por el ensamble ilimitado de unidades léxicas ensamblables es esencialmente un lenguaje del pensamiento, esto es, una capacidad de unir entre sí conceptos de una manera nueva e limitada: Tal cambio tiene lugar en un individuo, no en un grupo. El individuo así dotado tendría la capacidad de pensar, planear, interpretar de formas nuevas, obteniendo ventajas selectivas que se transmitirían a su progenie extendiéndose al pequeño grupo del que todos, al parecer, habríamos descendido (Chomsky, 2007: 14, traducción nuestra).

Este escenario sugiere que el sistema computacional que es la FLE fue en origen, y seguiría siéndolo, un lenguaje del pensamiento independiente de la comunicación y de los sistemas de externalización: “el más temprano estado del lenguaje habría sido precisamente eso, un lenguaje del pensamiento usado internamente” (Chomsky, ibid.). Ello implica de manera crucial que la relación entre la FLE (el sistema computacional) y los sistemas CI y SM es asimétrica. Tanto Chomsky como otros autores han señalado que hay indicaciones claras de que el diseño de la FLE (o sea, el sistema computacional o sintaxis interna) está optimizado para su conexión e interacción con el sistema CI, y no para su conexión con el sistema SM. Esta asimetría explicaría por qué es precisamente en el proceso de “externalización” y “materialización” de la sintaxis interna donde aparece la posibilidad de la variación y del cambio lingüístico: La parametrización y la diversidad, entonces, deberían estar mayoritariamente –quizá enteramente– restringidas a la externalización. Y esto es precisamente lo que parecemos encontrar: un sistema computacional generando eficientemente expresiones interpretables en el interfaz semántico-pragmático,

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias mientras que la diversidad resulta de complejos e intrincados modos de externalización que, además, son muy sensibles al cambio histórico (Berwick y Chomsky, 2011: 37-38, traducción nuestra).

Por decirlo en términos más informales, el sistema computacional habría evolucionado ajustándose a los requisitos del sistema CI, dando lugar a un lenguaje puramente interno a la mente (un lenguaje del pensamiento común a la especie) que, en un paso evolutivo posterior, se habría “externalizado”, esto es, se habría conectado de la mejor manera posible al sistema SM, teniendo como un efecto colateral la posibilidad de cambio y variación en las lenguas-i resultantes. La siguiente cita de Chomsky recapitula claramente (aunque de manera informal) esta influyente perspectiva: ¿Y qué sucede con la relación entre este sistema interno y el sistema sensorio-motor? Ese es el problema de la externalización. Bien, el sistema sensoriomotor ha estado ahí por cientos de miles de años. Es un sistema completamente separado. No tiene nada que ver con esa entidad interna. Por tanto, aquí hay un problema difícil que resolver. ¿Cómo relacionamos ese sistema interno con el sistema sensorio-motor para la externalización? Bien, es un problema difícil y, de hecho, si nos fijamos en el lenguaje, es ahí donde radica toda su complejidad. Cuando estudias una segunda lengua, casi todo lo que estudias es la externalización. Estudias los sonidos, las elecciones léxicas particulares, que son arbitrarias, el sistema flexivo, ya sabes, cómo conjugar los verbos, algunas cosas sobre el orden de palabras, y así. Eso es casi lo único que tienes que aprender. No hay que aprender la sintaxis ni la semántica porque ya están ahí. Son parte de tu naturaleza y probablemente son parte de tu naturaleza porque así es como funcionan las leyes físicas. […] En los sistemas de externalización es donde mayoritariamente –quizá algún día descubramos que enteramente– las lenguas difieren una de otra. La amplia diversidad de las lenguas está casi enteramente, puede que enteramente, en el proceso de externalización, el proceso secundario de volcar el sistema interno en el sistema sensorio-motor. Ahí es también donde las lenguas son proclives al cambio, bien por la jerga juvenil, por una invasión o por cualquier otra cosa. Ahí es donde las lenguas cambian mucho, ahí es donde varían (Chomsky, 2010: 20-21, traducción nuestra).

De acuerdo con este modelo, la sintaxis interna sería universal (común a todas las lenguas) e invariable (insensible al cambio histórico). Si esto fuera así, las diferencias entre la sintaxis de las lenguas y los cambios sintácticos deberían entenderse como consecuencia de la variación en el ámbito de la externalización del sistema computacional, esto es, como consecuencia de la variabilidad en las lenguas de los sistemas de conexión entre el sistema computacional y el sistema SM. En la actualidad hay diversos modelos de desarrollo de estas ideas que trabajan en esta dirección: intentar mostrar que las diferencias sintácticas entre las lenguas

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son en realidad diferencias en la conformación de las entradas léxicas propias de cada lengua (véase el capítulo 6 para más detalles). Comoquiera que es un asunto complejo y en pleno desarrollo en la actualidad, en el presente trabajo nos limitaremos a asumir que es un buen procedimiento metodológico asumir que toda diferencia en la sintaxis de las lenguas será una consecuencia de las diferencias en los sistemas de externalización, lo que implica que cuando afirmamos que la externalización se refiere a la fonología y a la morfología de las lenguas estamos asumiendo que parte de lo que llamamos habitualmente sintaxis es en realidad morfología. Trataremos este asunto con más detalle en el capítulo 6 dedicado al cambio sintáctico. La externalización del sistema computacional, que es supuestamente invariable y universal en su estructura y en su conexión con el sistema CI, da lugar, sin embargo, a diferentes lenguas-i (que, como hemos visto, agrupamos en clases como el ruso, el chino, etc.). Evidentemente hay una aparente contradicción en la afirmación de que la sintaxis interna se externaliza en una lengua-i (interna) dada. Aquí estamos usando el adjetivo interno en referencia a ‘continentes’ distintos, lo que requiere aclaración. Una lengua-i es interna en tanto en cuanto es un órgano mental, un sistema de conocimiento interno a la mente y el cerebro de las personas y no un objeto público o compartido. La expresión sintaxis interna se refiere, por su parte, al sistema computacional en el que se basan las principales propiedades sintácticas de las lenguas humanas y que es universal por definición. Para evitar equívocos, usaremos en lo sucesivo la expresión sistema computacional (SC) para referirnos al componente central de la FLE (supuestamente universal e invariable), mientras que emplearemos el término sintaxis para el ámbito habitual del estudio de la manera en que se estructuran las oraciones en las lenguas humanas, sin prejuzgar su universalidad y capacidad de cambio. Toda lengua-i, por tanto, incluye un componente biológica o naturalmente condicionado –que incluye a su vez el SC– y también un componente “internalizado” del entorno a través del proceso de adquisición, que es precisamente el que distingue entre sí a las lenguas del mundo y en el que se pueden producir los cambios lingüísticos (véase la figura 1.2). Cuando hablamos de la externalización del SC no hablamos, por tanto, de la externalización de la lengua-i (esto es, del uso de cualquier lengua), sino de la conexión del SC con el componente SM que permite a las computaciones sintácticas materializarse en sonidos (o señas) y almacenarse en la memoria a largo plazo. Es el establecimiento de esa conexión con el sistema SM lo que produce diversas lenguas-i, por lo que, en principio, podemos sospechar que donde el cambio lingüístico tiene relevancia, donde realmente actúa, es en el establecimiento de esa conexión. Por tanto, las diferencias en la manera en que se estable-

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ce esa conexión en diferentes personas son la fuente de la variación lingüística y, en consecuencia, del cambio en las lenguas. Dado que, por definición, el SC es universal, debemos concluir que es el interfaz entre SC y SM lo que singulariza a cada lengua-i. Ese interfaz de conexión entre el SC y el sistema SM (también universal por definición) debe contener, como mínimo, un léxico o repertorio de formas lingüísticas que permitan vincular las computaciones sintácticas con un sistema fonológico que produzca las cadenas de sonidos articulados (o, en su caso, las señas visuales). Dado que ese léxico forma parte de la lengua-i, lo denominaremos léxico-i.

Figura 1.2. Esquematización de la relación asimétrica entre los componentes de la FL. El sistema conceptual incluye conceptos léxicos (C en el esquema) y categorías funcionales (F en el esquema) que son empleados por el sistema computacional (sintaxis interna) para generar derivaciones sintácticas. Ambos forman el lenguaje interno del pensamiento (representado por las flechas verticales que los unen). A la derecha se representa el interfaz entre este lenguaje interno y el sistema sensorio-motor, representado como un léxico-i (interiorizado e interno). El léxico-i almacena los formantes (palabras) que finalmente sirven para linealizar las derivaciones sintácticas y hacerlas legibles al sistema sensorio-motor que las externaliza.

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El desarrollo del lenguaje en un individuo (esto es, el proceso de adquisición de la lengua del entorno) consistirá, por tanto, en el desarrollo en el cerebro del individuo de un léxico-i. Este desarrollo es sin duda un proceso complejo en el que entran en liza los tres tipos de factores mencionados. Por una parte, las restricciones derivadas de los factores de tipo 1 y 3 y que incluirán, como mínimo, el SC, el sistema CI y el sistema SM, por definición, comunes a todos los individuos. Esta asunción es razonable si es cierto que no hay personas que no puedan adquirir cualquier lengua, esto es, si es cierto que no existen personas que podrían aprender, por ejemplo, el ruso, pero que no pudieran aprender, por ejemplo, el chino. Si cualquier persona podría adquirir cualquier lengua (con la condición de que se desarrollara desde el nacimiento en tal comunidad lingüística), el supuesto de que sus sistemas computacional, conceptual-intencional y sensorio-motor son equiparables, es más que suficiente y razonable, al margen de la evidente variación individual en todos los ámbitos. Por otra parte, estarán los procesos que dependen del factor 2, esto es, que dependen del estímulo lingüístico del entorno, o lo que es lo mismo, del uso del lenguaje por los miembros de una comunidad de hablantes. Únicamente en este ámbito es en el que se presenta la naturaleza histórica de las lenguas-i. La creación del léxico-i será sensible entonces a posibles fluctuaciones en el uso del lenguaje de ciertas comunidades y podrá dar lugar a diferencias entre el léxico-i de los individuos, esto es, al cambio lingüístico. El asunto central, entonces, es qué naturaleza tienen las unidades que forman ese léxico-i y en qué pueden diferir en distintos individuos, incluso dentro de la misma comunidad. Esta es la pregunta crucial que pretende responder la teoría gramatical en general, una pregunta, pues, cuya respuesta excede el ámbito de esta obra. Sin embargo, sí comprobaremos que el estudio del cambio lingüístico puede ser precisamente una contribución notable en esa empresa de amplio alcance, dado que la adecuada comprensión de qué cambia en las unidades léxicas de las lenguas-i puede ser una fuente importante de información sobre su estructura y naturaleza.

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Las causas de los cambios lingüísticos

Aunque la obra magna de Charles Darwin, El origen de las especies por medio de la selección natural, suele superar el medio millar de páginas en las ediciones en rústica de tipo menudo, su contenido se puede resumir en unas pocas palabras: la estructura de los seres vivos es el resultado de la evolución, y la evolución no es más que el resultado de la variación ciega y aleatoria sometida a la acción de la selección natural. En la evolución, en el cambio, no hay diseño ni designio, no hay dirección ni finalidad. Como dejó Darwin escrito en sus memorias, “en la variabilidad de los seres orgánicos y en los efectos de la selección natural no parece haber más designio que en la dirección en la que sopla el viento” (Darwin, 1893/2000: 63, traducción nuestra). En cualquier caso, cosa que Darwin no ignoraba, la estructura, la forma de los seres vivos tiene que ser consecuencia necesariamente de dos tipos de factores: la contingencia histórica, por supuesto, pero también las leyes que rigen el universo. La biología evolutiva ha estado dividida sobre cuál de los dos factores tiene más peso en la explicación de la forma efectiva de los seres orgánicos, y una controversia paralela se presenta, como veremos, en el ámbito de la teoría del cambio lingüístico y de la teoría lingüística en general. Por supuesto, el paralelismo que proponemos entre la teoría de la evolución y la lingüística histórica es deudor del paralelismo más básico que ya hemos sugerido, aquel que se produce entre las lenguas y las especies y sus modos de evolución. En el presente capítulo formularemos de manera más precisa los términos de la comparación entre las lenguas humanas y las especies naturales y, partiendo de dicha propuesta, buscaremos inspiración en la teoría evolutiva y su desarrollo para intentar comprender mejor cuáles son las causas de los cambios lingüísticos. La conclusión que vamos a alcanzar afirma que, aunque es obvio que hay ciertos límites a esta comparación, los mismos se deben esencialmente al medio 47

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en el que se producen los procesos (el bioquímico en un caso, el cognitivo en el otro), y no tanto a la estructura del proceso evolutivo, que es idéntica. Como afirmó August Schleicher, uno de los primeros grandes lingüistas que escribió sobre el Origen de las especies, “no hay que cambiar ni una palabra de Darwin si queremos aplicar su razonamiento a las lenguas” (Schleicher 1863: 64, traducción nuestra). Podemos compartir esa afirmación porque, aunque de una manera diferente a como lo concebía el lingüista alemán, estamos partiendo del punto de vista según el cual las lenguas humanas son entidades de la misma naturaleza que los organismos vivos. Nótese que esto no significa afirmar que las lenguas sean organismos vivos o formas de vida, sino que tanto las lenguas humanas como los organismos naturales son entidades de la misma clase: objetos naturales históricamente modificados. Puede sorprender al lector que para comprender mejor las causas de los cambios lingüísticos optemos por mirar a la dimensión natural del lenguaje y no a su dimensión social y cultural, esto es, que miremos a la estructura de las lenguas y no a la arena del uso de las mismas para la interacción y la comunicación (que es el territorio explorado habitualmente en esta dirección), pero tal y como se argumenta a lo largo de este capítulo, los aspectos sociales y comunicativos del lenguaje son en realidad factores externos que no tienen capacidad alguna de provocar o causar cambios lingüísticos. La visión que inspira esta exploración de las posibles causas de los cambios lingüísticos es la de que las respuestas de la teoría evolutiva a la explicación de los cambios evolutivos han de representar un modelo relevante en nuestra investigación. Más concretamente se pretende mostrar que la exclusión del papel del agente humano, del hablante dotado de voluntad e intenciones, es un requisito para evitar respuestas falsas o circulares a la pregunta de cuáles son las causas de los cambios lingüísticos.

2.1. Buscando inspiración en la teoría evolutiva Desde el punto de vista naturalista que informa esta aproximación, el lenguaje es, como hemos visto en el capítulo 1, una propiedad de nuestra especie y la lengua que habla una persona (la lengua-i) es su órgano del lenguaje. Por ello, como ha sugerido durante años Chomsky, la lingüística, esto es, el estudio del órgano del lenguaje de las personas, debe concebirse como un tipo muy abstracto de biología. Siguiendo a Jenkins (2000), y por evitar equívocos, podríamos denominar a la lingüística así entendida como biolingüística. El objeto de estudio de la biología es, por supuesto, la vida. El objeto de estudio de la biolingüística es, por supuesto, el lenguaje. Este será el primer escalón de nuestra aproximación a la comparación entre lenguas y especies, entre lingüística y bio-

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logía: el equivalente de la vida es el lenguaje. Los dos son fenómenos emergentes que tienen sus propios niveles de complejidad. La vida no se presenta en sí misma, sino en forma de organismos vivos (animales, plantas, hongos, bacterias, etc.) y lo mismo sucede con el lenguaje: no se nos presenta en sí mismo, sino como lenguas-i. Como ya hemos visto, las lenguas-i son el equivalente de los organismos y los grupos de lenguas-i semejantes son el equivalente de las especies naturales. Desde esta perspectiva podemos afirmar entonces que la teoría de la evolución y la lingüística histórica son versiones –con diferentes grados de abstracción– de la misma ciencia, la historia natural. Por supuesto, la historia natural, entendida como lo que hoy denominamos biología evolutiva, es una ciencia más básica, ya que incluye el propio desarrollo de la FL en nuestra especie, junto con el resto de sus atributos naturales. La lingüística histórica es un plano mucho más abstracto (y modesto) de esa disciplina histórica y se limita al estudio del cambio en las lenguas, esto es, retomando el modelo esbozado en el capítulo anterior, se limita al estudio de cómo se modifican a lo largo del tiempo histórico los sistemas de externalización del lenguaje humano.

2.1.1. La inspiración de Darwin Darwin comenzó usando la analogía entre lenguas y especies en defensa propia, al igual que hicieron algunos de sus colegas y amigos, como el botánico Asa Gray, el geólogo Charles Lyell o el zoólogo Thomas Henry Huxley. El uso de la analogía en El origen de las especies tenía dos objetivos esenciales: impresionar al lector informado de los avances de la lingüística histórica de la época para hacer la idea de la transmutación de las especies más digerible y justificar uno de los puntos débiles de su teoría: la ausencia de fósiles y especies intermedios en su visión gradual y continua de la evolución. En esto último, los ejemplos de la lingüística histórica le fueron de gran utilidad, pues en la reconstrucción del protoindoeuropeo era frecuente encontrar “eslabones perdidos” en lenguas insospechadas reflejadas en documentos arrumbados por el tiempo. Pero en los años inmediatamente posteriores a la publicación del Origen, la analogía ya era tan poderosa en la polémica sobre la teoría de Darwin, que el zoólogo norteamericano Louis Agassiz, en su afán de negar la transmutación de las especies, tuvo que negar que unas lenguas pudieran proceder de otras, y que, por tanto, las semejanzas entre ellas se pudieran explicar por un origen común (véase Alter, 1999: 50). En efecto, a partir de la publicación de las Geological Evidences of the Antiquity of Man (1863) de Charles Lyell, la analogía va a cobrar una nueva dimensión en el pensamiento de Darwin. El penúltimo capítulo de este libro del gran geólogo estaba dedicado a la comparación entre el origen y desarrollo de las lenguas y las especies. En la primera parte Lyell parece darle la razón a Darwin al admitir la

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semejanza en los procesos y precisamente emplea la analogía para convencer al lector de lo adecuado de la teoría evolutiva de Darwin. Usando ideas del lingüista alemán Max Müller, plantea Lyell que el equivalente de las mutaciones en los organismos es la proliferación de sinónimos o de variantes fonéticas en las lenguas y que el equivalente de la selección natural es la limitación de la memoria humana (véase Alter, 1999: 58 y ss.). Así, la lucha por la vida de los más aptos se convierte en la selección de las palabras ligeramente más adecuadas o de los sonidos mínimamente más eufónicos (una explicación que, como veremos, es inadecuada). Pero como todo el mundo sabía, la capacidad de los organismos para transmitir la herencia y producir mutaciones era un misterio que la teoría de Darwin no podía resolver. Por tanto, Lyell no solo está diciendo que los principios de Darwin son aplicables a las lenguas, sino que también les son aplicables sus limitaciones. Así, Lyell pasa de usar la analogía para hacer creíble la teoría de la transmutación de Darwin a retorcerla en una dirección contraria, esto es, para mostrar que un modelo puramente naturalista no lo puede explicar todo. Se basa para ello en la sofisticación del aparato gramatical. Consideremos la siguiente observación de Lyell: El salvaje y el sabio, el patán y el hombre de letras, el niño y el filósofo han trabajado juntos, durante muchas generaciones, para construir un artefacto que se ha descrito adecuadamente como un maravilloso instrumento del pensamiento […] una máquina cuyas partes están tan bien ajustadas entre sí que parecen reflejar el producto de un solo instante y de una sola mente (Lyell apud Alter, 1999: 61, traducción nuestra).

La referencia al maravilloso instrumento del pensamiento que refleja ser el producto de una sola mente y de un instante recuerda claramente el viejo argumento del obispo Paley del diseño óptimo que revela un diseñador, el mismo argumento que subyace a la moderna tendencia creacionista y acientífica llamada teoría del diseño inteligente, que pretende cuestionar la teoría de la evolución. Lyell era un deísta que creía en la evolución, pero no en la versión ciega y puramente naturalista de Darwin. Así, revirtió la analogía para mostrar que ni siquiera la afamada lingüística del momento (que tan bien explicaba el origen de las lenguas actuales a partir de estados remotos) podía explicar la organización gramatical de las lenguas. Sin embargo, no todos los lectores fueron sensibles a la trampa argumentativa de Lyell. Asa Gray, aun siendo también un deísta, ya había advertido a Darwin del poder argumentativo de la analogía en lo que respecta al diseño, pero a favor del propio Darwin: También veo con qué gran efecto puede Vd. usarla en nuestras ocasionales discusiones sobre el diseño; de hecho, apenas veo cómo evitar una conclusión contraria al diseño especial (Carta de Asa Gray a Darwin, 1862, apud Alter, 1999: 56, traducción nuestra).

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Darwin entendió perfectamente la profunda implicación de este uso de la analogía. Contrariamente a lo pretendido, Lyell (apoyándose en Müller) había formulado una teoría del cambio lingüístico en la que las innovaciones (la aparición de nuevas palabras, de nuevos sonidos) no estaban diseñadas, ya que el modelo, semejante al del propio Darwin para los organismos, establece que surgen muchas variaciones y que solo algunas son seleccionadas, luego el propio surgir de las variaciones no es parte de un diseño sobrenatural, de leyes de evolución prefijadas o de una tendencia al progreso o la adaptación, sino que son, en ese sentido, aleatorias. Así, tal y como observa Alter (1999: 68), la evolución natural de las lenguas presentaba un ejemplo en el que la selección actúa sobre variaciones que eran tan aleatorias y no teleológicas como el propio Darwin podría haber deseado. La formulación de la analogía más célebre y completa de Darwin no procede de El origen de las especies, sino de su obra muy posterior El origen del hombre, que merece la pena citar in extenso: La formación de las especies diferentes y de las lenguas distintas y las pruebas de que ambas se han desarrollado siguiendo una marcha gradual son las mismas. En lenguas distintas encontramos homologías sorprendentes, debidas a la comunidad de descendencias, y analogías debidas a un semejante procedimiento de formación. La manera como ciertas letras o sonidos se cambian por otros, recuerda la correlatividad del crecimiento. La presencia frecuente de rudimentos, tanto en las lenguas como en las especies, es más notable todavía. En la ortografía de las palabras se conservan a menudo letras que representan los rudimentos de antiguos modos de pronunciación. Las lenguas, como los seres orgánicos, pueden clasificarse por grupos subordinados, ya naturalmente, según su derivación, ya artificialmente, según otros caracteres. Lenguas y dialectos dominantes se propagan extensamente y contribuyen a la extinción de otras lenguas. La lengua, como la especie, una vez extinguida, no reaparece nunca, como observa Lyell. Un mismo lenguaje no nace nunca en dos puntos a la vez, y lenguas distintas pueden mezclarse y cruzarse unidas. Vemos en todas ellas la variabilidad adoptando continuamente nuevas expresiones; pero como la memoria es limitada, nombres adquiridos y aun lenguas enteras se extinguen poco a poco. Según la excelente observación de Max Müller, “hay una lucha incesante por la vida en cada lengua entre los nombres y las formas gramaticales. Las formas mejores, más breves y más felices, tienden a supeditar a las demás y deben el triunfo a su valor inherente y propio”. A mi modo de ver se puede agregar a estas causas la del amor a la novedad que siente en todas las cosas el espíritu humano. Esta perpetuidad y conservación de ciertas palabras y formas afortunadas en la lucha por la existencia es una selección natural (Darwin, 1871: 41-43).

La última parte de esta exposición de semejanzas entre lenguas y especies es crucial, y revela la inteligencia y afilada intuición de su autor. Nótese cómo Darwin, como no puede ser de otra manera, cita elogiosamente a Müller, lingüista ale-

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mán afincado en Oxford que había aplicado su teoría de la evolución por selección natural al cambio lingüístico. Por supuesto, la aplicación de Müller es defectuosa, ya que predice que el cambio lingüístico es un proceso de optimización, mejora o refinamiento que, como discutiremos con detalle, no tiene ningún fundamento empírico (a no ser que queramos decir que el español es una lengua mejor y más adecuada que el latín o el sánscrito). La introducción por parte de Darwin del “amor a la novedad” de los seres humanos nos sitúa mejor sobre la pista correcta de qué tipo de motivaciones explican por qué ciertas variantes lingüísticas triunfan y se expanden y otras desaparecen. Y esa razón no es, como discutiremos con detalle en 2.3, su “valor inherente y propio”, como decía Müller, sino el prestigio social. Como ha mostrado con especial claridad en documentadas y minuciosas investigaciones empíricas William Labov, el factor crucial en la explicación de la difusión de las variantes lingüísticas es esencialmente social, singularmente la imitación por parte de los hablantes de normas o variantes percibidas como prestigiosas o atractivas (que lo mismo pueden ser novedosas o arcaizantes). Si los hablantes escogen un determinado uso de una palabra sobre otro, o pronuncian un sonido de una manera y no de otra, no es porque la forma elegida tenga un valor inherente mejor a las otras variantes, ni porque una “mano invisible” los guíe por una determinada ruta, sino porque así hablan las personas a las que quieren parecerse, las que admiran o las que más aparecen en su entorno habitual. Nótese que Darwin concluye afirmando que esa conservación de ciertas palabras y formas afortunadas en la lucha por la existencia es una selección natural, no como la selección natural. Como sugiere Alter (1999), al declarar el naturalista que la evolución de las especies y las lenguas eran paralelas, cada lado de la ecuación servía para explicar el otro, por lo que la analogía daba la impresión de suficiencia interna: en cualquier dirección que apuntara, la comparación suponía el evolucionismo darwiniano, dando a entender que los mecanismos puramente naturales eran suficientes para producir tanto el desarrollo lingüístico como el biológico. Esta es una hipótesis que –en lo que respecta al cambio lingüístico– Darwin no se molestó en justificar, ocupado como estaba en argumentar acerca de la evolución natural. La tarea que nos queda por delante es mostrar que, en efecto, las lenguas cambian como lo hacen las especies y, en tal caso, explicitar claramente cuáles son exactamente los términos de la comparación entre los dos órdenes, algo que no hacen ni la formulación de Darwin ni otras muchas aportaciones posteriores.

2.1.2. La visión de Schleicher En su reseña a la versión alemana de El origen de las especies, uno de los principales representantes de la lingüística histórica y comparada del siglo XIX, August Schleicher, fue quien más lejos llevó la identificación entre lenguas y especies. En

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un conocido pasaje afirma que las lenguas son organismos naturales, por lo que la lingüística (la glótica decía, en analogía a la botánica) es una ciencia natural: Las lenguas son organismos de la naturaleza; nunca han sido dirigidas por la voluntad humana; surgen, se desarrollan por sí mismas de acuerdo con leyes definidas; envejecen y mueren. Las lenguas están sujetas también a esa serie de fenómenos que incluimos bajo el nombre de “vida”. La ciencia del lenguaje es consecuentemente una ciencia natural; su método es en general el mismo que el de cualquier ciencia natural (Schleicher, 1863: 20-21, traducción nuestra).

Hay una larga historia de descrédito y de ridiculización de esta postura de Schleicher que hoy nos parece tan sugerente (véase, por ejemplo, Keller, 1990). En un escrito posterior, de 1865, –poco citado– Schleicher concreta lo que quería decir al afirmar que las lenguas son organismos naturales. Afirma que el habla debe tener unas bases materiales –que concreta en el cerebro y los órganos del habla– y que el hecho de que no sean directamente observables no puede usarse para negar la existencia de dicha realidad material: Como no tenemos los fundamentos materiales del habla inmediatamente delante de nosotros, únicamente podemos tener en cuenta los efectos de dichos fundamentos y proceder con el lenguaje más o menos como el químico hace con el sol: investiga su luz ya que no puede investigar directamente su fuente […] Nos consideramos por tanto justificados para considerar las lenguas como algo con existencia material, incluso aunque no podamos tocarlas con la mano o verlas con los ojos, sino solo oírlas con los oídos (Schleicher, 1865: 76-77).

Una argumentación que a todo lector atento actual le sonará muy familiar, ya que es idéntica a la que ha usado Chomsky en diversas ocasiones para justificar el carácter de ciencia natural de la gramática generativa: Nos gustaría poder instalar un laboratorio dentro del Sol para poder obtener pruebas más directas, pero como somos incapaces de hacerlo, debemos probar y confirmar nuestra teoría en forma indirecta. [...] Carece de sentido pedir otra clase de justificación para atribuir realidad física a las construcciones de la teoría que no sea considerar su adecuación para explicar la evidencia y su conformidad con el conjunto de la ciencia natural contemporánea” (Chomsky, 1980: 203).

Por supuesto que la visión naturalista de Schleicher es inadecuada en muchos sentidos, ya que plantea que la lengua sería un atributo natural como el color del pelo o la forma de la nariz de las razas, y predice inadecuadamente una correlación entre rasgos físicos y lenguas (esto es, un innatismo aún más radical que el chomskiano). A pesar de los problemas evidentes que suscita, es gracias a esa

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concepción naturalista que su formulación de la analogía es la más parecida de entre las formuladas en el pasado a la que hemos considerado la más adecuada: Las especies de un género son lo que llamamos las lenguas de una familia, las razas de una especie son para nosotros los dialectos de una lengua; los subdialectos o patois se corresponden con las variedades de la especie y aquello que es característico del modo de hablar de una persona se corresponde con el individuo (Schleicher, 1863: 32, traducción nuestra, la cursiva también).

Lo más original y relevante de esa comparación es la del nivel del individuo, ya que eso que Schleicher denomina “aquello que es característico del modo de hablar de una persona” es lo más parecido que se podía formular en la época al concepto chomskiano de lengua-i, el núcleo de nuestra propuesta de comparación del lenguaje con el mundo natural, como hemos visto.

2.1.3. Los términos de la comparación Aunque la analogía entre el cambio lingüístico y la evolución natural tuvo cierto protagonismo en la presentación de la teoría de la evolución, lo cierto es que esta se aplicaba de manera difusa, de manera que a veces se identificaban las lenguas con las especies y eran los componentes de las lenguas (normalmente las palabras o los sonidos) los individuos que competirían entre sí (y los que serían los sujetos de la selección natural), mientras que en otras ocasiones eran las propias lenguas las que se identificaban con los organismos y las que competirían entre sí en la lucha por la supervivencia. La vaguedad o incluso la inconsistencia en la determinación de los términos de la comparación es la causa histórica más evidente del descrédito de la comparación y de que acabara relegándose a su uso inicial de elemento ilustrativo. Y sigue siendo un problema de muchas aproximaciones actuales. Cuando afirmamos que una teoría de la evolución puede ser aplicable tanto a lenguas como especies tenemos que especificar claramente cuáles son los términos de la comparación. Necesitamos algo más que las extrapolaciones más o menos sofisticadas del modelo biológico a los objetos sociales, que es lo que suelen ser la mayoría de propuestas al respecto, como las de Greenberg (1992), Croft (2000) o Mufwene (2002), por mencionar solo algunas. Esta práctica de proyección de lo evolutivo a lo social se ha visto potenciada por el éxito de la idea de meme (la unidad de transmisión cultural en analogía a los genes) de Dawkins (1976), pero ha sido infecunda en lingüística histórica, precisamente porque enfoca las lenguas como objetos sociales, no como objetos naturales. La propuesta de correlación que ahora se presenta (véase Mendívil, 2009 para una argumentación más detallada) implica una concepción del lenguaje que se

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tome en serio la aproximación naturalista. Solo desde este punto de vista naturalista la correlación tiene realmente la capacidad explicativa que esperamos de una comparación que sea algo más que una ilustración. No necesitamos un modelo de proyección de la teoría de la evolución a los objetos culturales, puesto que ni el lenguaje ni las lenguas lo son en el sentido relevante. Como hemos visto en el capítulo 1, la concepción naturalista del lenguaje se asienta en la idea de que la FL es una atributo biológico de la especie humana que posibilita que podamos adquirir, conocer y usar una lengua y que impone ciertas propiedades, constantes históricamente y universales, a las lenguas naturales. Cada lengua-i es pues, además de un objeto natural, un objeto histórico restringido en su estructura por la FL. Hasta el momento hemos sugerido una correlación entre el orden biológico y lingüístico en los términos representados en el cuadro 2.1. Como se ve en el mismo, las entidades equivalentes al organismo, al individuo (animal, planta, etc.) que compone una especie no son, como en las analogías habituales, los componentes de una lengua (como los fonemas, morfemas, palabras o construcciones), sino que son precisamente los órganos del lenguaje de las personas (lenguas-i), esto es, lo que Schleicher intuía como “la manera característica de hablar de una persona”. CUADRO 2.1 Propuesta de correlación (preliminar) Evolución natural

Evolución lingüística

Vida Organismo Especie

Lenguaje Lengua-i Población de lenguas-i

Una especie lingüística (una lengua) estará constituida entonces por un conjunto o población de órganos del lenguaje o lenguas-i, esto es, por un conjunto de objetos naturales históricamente modificados, como los propios organismos naturales. Es importante que no caigamos en el error de identificar las lenguas-i, los órganos del lenguaje, con las personas enteras. El individuo que forma una especie lingüística no es el hablante, sino su lengua-i, su órgano del lenguaje. Así, los individuos que forman las especies lingüísticas, como los que forman las especies naturales, no tienen propensiones ni tendencias adaptativas o evolutivas de ningún tipo. Los organismos, como las lenguas-i, “sufren” la evolución, pero no tienen ningún control sobre ella (véase el apartado siguiente para un desarrollo de esta idea esencial).

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La especie lingüística, como la especie natural, es una población, una agrupación de individuos lo suficientemente semejantes. Como hemos visto, el grado de suficiencia en la semejanza lo determina la reproducción viable en el caso de las especies y la mutua inteligibilidad en el caso de las lenguas. Y en ambos casos se trata de una frontera difusa y en cierto modo arbitraria. Una mutación genética es el equivalente natural de un reanálisis estructural, de un cambio de significado o simplemente de la adopción de un término o de una categoría gramatical. En ambos casos, se genera variación. En la evolución natural una mutación genética puede ser irrelevante desde el punto de vista evolutivo o, dependiendo de circunstancias externas, puede ser crucial. Una mutación que afecte el tono de la piel puede limitarse a generar animales de diferentes tonalidades y ser irrelevante en el futuro, o puede dar lugar a una nueva especie. En el ámbito lingüístico sucede igual, de manera que un cambio fonético puede apenas afectar a la fisonomía general de una lengua, mientras que el mismo cambio, si, por ejemplo, elimina marcas de caso, puede dar lugar a una transformación vertiginosa que produzca una nueva lengua-i. En nuestra analogía, la lengua-i de un niño normalmente tendrá algunas “mutaciones” y será ligeramente distinta de la de sus padres, pero será de la misma especie, mientras que en fases ulteriores obtendremos una lengua-i distinta (aunque, por supuesto, muy similar y cercana filogenéticamente). El órgano del lenguaje de una persona se replica cuando se emplea para producir el input que forjará otros órganos del lenguaje (aunque siempre basados en la misma FL). Así, una variación como pronunciar un diptongo de una manera o de otra puede extinguirse con quien la inició o puede propagarse rápidamente por un grupo, como en el célebre estudio de Labov (1963) de Martha’s Vineyard, y en condiciones muy darwinianas de insularidad, dar lugar a un dialecto diferente en unos pocos años (véase 2.3.3). Lo relevante es que, al igual que sucede en evolución natural, la razón por la que se produce una mutación es independiente de la razón por la que dicha mutación se propaga. Siguiendo a los biólogos cabe señalar que una teoría evolutiva no solo necesita interactores (los organismos), sino también replicadores (los genes). ¿Cuál sería el equivalente de los genes en la evolución lingüística? ¿Y cuál sería el equivalente del ADN, el código químico en el que se basan todos los organismos sin excepción? Si la lengua-i es el equivalente del organismo, entonces podría decirse que la GU (definida, como vimos, como el conjunto de condicionamientos naturales que regulan el desarrollo de las lenguas-i) sería el equivalente del ADN, el código químico que todos los organismos vivos comparten y que limita severamente su estructura. Buscar el equivalente de los genes es más complicado. La propuesta que presentamos brevemente (véase Mendívil, 2009 para un tratamiento más detallado) 56

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es que el equivalente de los genes son los llamados parámetros. En el modelo clásico de Principios y Parámetros (Chomsky, 1981) algunos de los principios de la GU están parametrizados, lo que implica en realidad que la manera en como ciertos principios se realizan en las lenguas condicionan otras propiedades gramaticales, dando lugar a las tipologías lingüísticas que tanto han cautivado a los lingüistas. Un ejemplo clásico es el del parámetro del sujeto nulo. Considérense los siguientes ejemplos en cuatro lenguas (francés, inglés, italiano y español): 1. Inversión de sujeto Fr. Jean arrivera (*Arrivera Jean) Ing. John comes (*Comes John) It. Verrà Gianni (Gianni verrá) Esp. Vendrá Juan (Juan vendrá) 2. Omisión de sujeto Fr. Il arrivera (*Arrivera) Ing. He comes (*Comes) It. Verrà Esp. Vendrá 3. Extracción de sujeto Fr. *Qui veux-tu que _ épouse Jean? Ing. *Who did you say that _ saw John in the park? It. Chi credi che verrà Esp. ¿Quién crees que vendrá? 4. Verbos meteorológicos Fr. Il pleut / *Pleut Ing. It rains / *Rains It. Piove Esp. Llueve En apariencia esas cuatro propiedades son independientes, pero si lo fueran, el hecho de que se agrupen uniformemente según las lenguas –agrupando el francés y el inglés de un lado y el español y el italiano de otro– habría de considerarse una casualidad. La intuición que subyace al concepto de parámetro (en el sentido matemático de un valor que determina el comportamiento de un sistema) es que si todas esas propiedades dependieran de una sola de ellas, el agrupamiento queda mejor explicado (así como el hecho de que el francés medieval haya cambiado en las cuatro, lo que sería otra curiosa coincidencia). También son notables las implicaciones para la adquisición: en vez de aprenderlas una a una, las cuatro propiedades emergerían simultáneamente a partir de la evidencia que permitiera fijar la propiedad básica o parámetro (y nótese igualmente que no

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todas las propiedades reflejadas en los ejemplos tienen el mismo grado de evidencia en el estímulo lingüístico del entorno). El problema de la teoría paramétrica no está en su lógica interna, sino en la concepción de la GU en la que se inspiraba, que (como hemos visto en el capítulo 1) ha sido revisada en el desarrollo del programa minimalista a favor de un modelo con más peso en factores de tipo 3 (generales) que en factores de tipo 1 (específicos). El paso del peso en la explicación del factor 1 al factor 3 implica, en lo que ahora nos afecta, que la diversidad estructural de las lenguas ya no puede capturarse en un modelo paramétrico tradicional, precisamente porque no existen apenas principios específicamente lingüísticos que puedan parametrizarse, y los factores de tipo 3 han de ser por definición universales e invariables. Pero si prescindimos de una GU ricamente especificada en favor de un sistema más simple complementado con factores del tercer tipo ¿cómo podemos dar cuenta de los efectos paramétricos? En otras palabras: ¿dónde están los parámetros, dónde están los genes de las lenguas? La respuesta más común es la llamada conjetura de Borer-Chomsky, según la cual todos los parámetros de variación son atribuibles a diferencias en rasgos de ciertas categorías del léxico-i. Ello implica que los parámetros son léxicos en el sentido de que la diversidad estructural entre las lenguas no se seguiría de opciones paramétricas que afectan a toda la gramática de una lengua, sino de diferencias en la forma y contenido de las entradas léxicas que guían la materialización de las estructuras. Más concretamente, según la conjetura Borer-Chomsky mencionada, se seguirán de diferencias en la manera en que cada una de las categorías funcionales o clases de categorías funcionales que determinan la proyección sintáctica de las oraciones se expresan morfológicamente (una visión que analizaremos con más detalle en el capítulo 6). Así, por ejemplo, si en una lengua la categoría responsable de la definitud está lexicalizada tendremos una lengua con artículos, pero si no lo está, tendremos una lengua sin ellos (en la que los nombres se moverán quizá a esa categoría sin realización fonológica propia o quizá en la que la definitud se exprese por medio de afijos; véase el apartado 3.4 para más detalles). Este tipo de diferencias es lo que se ha dado en llamar microparámetros y el grueso de la investigación actual asume que todos los parámetros son microparámetros (véase Biberauer, 2008 para una revisión actualizada). Esta teoría tiene atractivos indudables: se relaciona bien con el modelo minimalista al no requerir de muchos principios ad hoc para explicar la parametrización y también con el propio hecho de la adquisición, pues es evidente que el léxico es algo que debe aprenderse, al menos en parte sustancial, del entorno. También está en buena sintonía con la intuición –tradicional ya en el estructuralismo– de que el léxico es el repositorio de la irregularidad y la diferencia. Como hemos adelantado, el léxico-i (incluyendo esencialmente la morfología flexiva) es concebible como un sistema de interfaz entre el sistema computacional

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universal y el sistema sensorio-motor, de manera que las propiedades morfosintácticas de una lengua van a depender crucialmente de cómo está organizado el componente morfológico y fonológico de una lengua. Así, por ejemplo, si las formas verbales tienen flexión de tiempo y concordancia es muy posible que se muevan en la sintaxis; si los nombres tienen marcación casual es posible que tengan un orden más libre; o si los verbos incorporan obligatoriamente argumentos pronominales, es más probable que encontremos una estructura típicamente polisintética (trataremos estos aspectos con más detalle en el capítulo 6). Volviendo ahora a nuestra comparación, podríamos decir entonces que los sistemas de interfaz (los léxicos-i) son los auténticos genomas de las lenguas. Las razones por las que la morfología de las lenguas es diversa tienen que ver esencialmente, quizá exclusivamente, con los procesos de cambio histórico. Esto significa que los parámetros son en realidad acumulaciones históricas de hechos pasados, y eso es en realidad lo que son los genes: acumulaciones históricas de hechos pasados. Cuando proponemos que el equivalente de los genes son los parámetros debe entenderse que nos referimos a los parámetros como propiedades gramaticales de las lenguas que, en mayor o menor medida, tienen efecto sobre otras propiedades gramaticales. Baker (2001) ha definido los parámetros como los átomos de la diversidad lingüística y eso son en cierto modo los genes con respecto a los organismos. De hecho, al igual que hay genes reguladores que determinan la activación de otros muchos genes, igualmente hay aspectos de la morfología de las lenguas que tienen repercusión en muchas otras propiedades gramaticales, tales como el orden básico de palabras o la marcación argumental (véase el apartado 6.2 para un desarrollo de esta línea de análisis). Por tanto, los términos completos de la comparación que proponemos desde un punto de vista biolingüístico son los siguientes: CUADRO 2.2 Propuesta de correlación (versión final) Ámbito biológico

Ámbito lingüístico

Vida Organismo Especie ADN Gen Reproducción fértil Desarrollo Mutación Selección natural

Lenguaje Lengua-i Población de lenguas-i GU Parámetro Mutua inteligibilidad Adquisición Reanálisis Prestigio social

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El cuadro 2.2 recapitula las equivalencias que hemos establecido hasta el momento e introduce otras que se irán desgranando en los capítulos posteriores, pero en este punto es importante una precisión sobre el sentido y las implicaciones de la comparación. Nótese que estamos tomando un órgano mental humano (la lengua-i) y haciéndolo equivalente a un organismo natural (como un león o un olivo). Es más o menos lo mismo que si estuviéramos diciendo que el estómago humano es el equivalente del organismo y que la especie estaría formada por todos los estómagos humanos. Puede que eso tuviera un interés relativo, pero no es ilegítimo. Si reparamos de nuevo en el cuadro, veremos que se correlaciona la evolución natural (ámbito biológico) con la evolución lingüística (ámbito lingüístico). La propuesta que planteamos es que la analogía es relevante siempre y cuando los marcos de referencia establecidos por esas expresiones sean diferentes, más concretamente excluyentes. Esto significa que en la propuesta reflejada la evolución natural es un fenómeno distinto substancialmente de la evolución lingüística (aunque sea idéntico formalmente). Esa es una diferencia crucial con otras aproximaciones. Nuestra impresión es que el establecimiento de marcos de referencia diferentes previene algunos de los problemas que vamos a observar en otras aproximaciones que no toman tal precaución. Así, la columna de ámbito biológico debe entenderse como referida a la evolución de las especies naturales en tiempo geológico, incluyendo, claro está, la propia evolución de nuestra especie (y de su FL). Sin embargo, la columna ámbito lingüístico debe entenderse como referida al cambio lingüístico en tiempo histórico, esto es, como algo totalmente independiente de la evolución natural (incluyendo la evolución de la FL). Esto es especialmente relevante cuando pensamos en el asunto de la evolución del lenguaje como facultad humana. Dicha evolución, como quiera que se produjera, es un asunto de la evolución natural, no de la evolución lingüística. Esta puede parecer una precisión innecesaria, pero la revisión de cierta bibliografía reciente al respecto revela en seguida que para muchos autores, y hasta para tradiciones de estudio enteras, el asunto no es así; más bien al contrario, muchos autores tienden a mezclar o solapar ambos procesos, con el efecto de que la comparación, más que ayudarnos a comprender, lo complica todo inadecuadamente y nos lleva a conclusiones erróneas. Así, para buena parte del funcionalismo lingüístico moderno y la llamada teoría de la gramaticalización (Heine y Kuteva, 2007; Givón, 2009) los cambios lingüísticos son una parte del fenómeno de la evolución del lenguaje, esto es, se asume que la facultad del lenguaje evolucionó en nuestra especie a través de los cambios históricos producidos en las lenguas. Pero entonces no se puede evitar la conclusión de que algunas lenguas o algunos tipos de lenguas pueden estar menos evolucionados que otros o que reflejen estados anteriores de la facultad del

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lenguaje. Tales conclusiones carecen de fundamento empírico y las discutiremos con detalle en el capítulo 7 dedicado a las (supuestas) consecuencias del cambio lingüístico.

2.2. Causalidad y finalidad en el estudio del cambio lingüístico Al adoptar una teoría del lenguaje en la que el objeto de estudio central es la lengua-i (la FL de cada persona, un objeto natural históricamente modificado), hemos planteado una equivalencia entre la lengua-i en el plano lingüístico y el individuo orgánico en el plano biológico. Ello implica primordialmente que la persona, el individuo que posee una lengua-i se desdibuja como un agente del proceso de cambio lingüístico y pasa a ser, con sus deseos e intenciones, incluso con sus propias ideas sobre su lengua, un factor ambiental más, una parte del paisaje adaptativo en el que se desenvuelven las lenguas-i a lo largo del tiempo, de generación en generación. Ello implica entonces que las lenguas-i no están sujetas en su evolución a la intención de los hablantes, no más que los organismos naturales están sujetos en la suya a su propia voluntad o intenciones o a las del entorno natural. Este punto de vista es la base de la afirmación, crucial en este libro, de que el cambio lingüístico es un proceso de evolución natural.

2.2.1. ¿En qué sentido es natural el cambio lingüístico? La respuesta más directa a tal cuestión es asumir, tal y como propone Pinker (1994, capítulo 8), que el mecanismo evolutivo en las lenguas es el mismo que el del mundo natural, esto es, que se basa en los mismos principios: la herencia, la mutación y el aislamiento. La herencia explica que los organismos se parezcan a sus descendientes (los leones tienen cachorros de león y no pollitos); la mutación explica que (por diversas razones) los descendientes no sean exactamente idénticos a sus progenitores; la replicación es imperfecta. La mutación genética y otros factores generan variación en los organismos y es precisamente sobre la variación entre los organismos sobre la que actúa la selección natural. El aislamiento impide que la selección natural sea homogénea en todas las poblaciones, propiciando la distribución desigual de variantes entre diversas poblaciones. En las lenguas sucede exactamente igual; los hijos hablan la misma lengua que sus padres (en el supuesto de que estos los críen), pero no exactamente la misma. A veces se producen reanálisis que generan variación, y de la variación se sirve la selección social que nos lleva a adoptar nuevas formas y transmitirlas,

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junto con las tradicionales, a las generaciones sucesivas. Barreras físicas y sociales impiden la homogeneización y la nivelación de las frecuencias relativas de variantes. Darwin nos enseñó que el significado del término evolución en biología evolutiva no es (o no debería ser) mejoramiento, optimización o refinamiento, sino simplemente la transmisión diferencial de ciertas variantes por encima de otras. Y lo mismo se debe aplicar a las lenguas si nos tomamos la analogía en serio, como estamos haciendo. Esto es crucial, pero no siempre ha sido bien entendido. Muchas de las comparaciones entre la evolución de las lenguas y de las especies que se han hecho tras Darwin, incluyendo la muy temprana de Max Müller, han ido en la dirección equivocada, fundamentalmente por dos razones, que bien podrían ser las dos caras de la misma moneda: (a) porque con frecuencia se han inspirado en una visión simplista de la teoría de la evolución, según la cual la adaptación al entorno es lo único que necesitamos para explicar la estructura efectiva de los seres vivos y (b) porque se han basado en una concepción teleológica o finalista de los cambios lingüísticos, según la cual los cambios lingüísticos estarían dirigidos a un fin determinado. Pero las dos cosas son falsas. Es cierto que la teoría de la evolución estándar dice que los organismos que mejor se adaptan a su entorno son los que sobreviven, lo que es correcto. Sin embargo, muchas veces, en el ámbito de la divulgación (que solía ser el que frecuentan los lingüistas) se formula en otros términos: los organismos se adaptan para sobrevivir o, peor aún, los organismos evolucionan para adaptarse mejor al medio ambiente y así sobrevivir. Obviamente esto es incorrecto. Nadie que lo piense detenidamente cree que eso sea posible en el ámbito natural. Los organismos no se adaptan a nada evolutivamente: se limitan a crecer, procrear y morir. Si, como resultas de ese proceso iterado, algunos cambios hacen que a ciertas poblaciones les resulte más fácil crecer y procrear, dichas poblaciones se extenderán (normalmente en detrimento de las demás), y entonces diremos que han evolucionado. Los organismos no se adaptan sino que, si acaso, resultan adaptados. Y en todo caso, la noción de adaptación no deja de ser subjetiva y valorativa. Sin embargo, cuando hablamos de las lenguas la cosa cambia. La mayoría de la gente, incluyendo a muchos investigadores, cree que el cambio lingüístico está orientado a un fin, que tiene unos objetivos. Pero no es así. Las lenguas no cambian para adaptarse a nada, ni para ser más expresivas o más coherentes, más fáciles de utilizar o de aprender o más o menos complejas. Simplemente cambian porque se replican de manera imperfecta, esto es, porque en el paso de generación en generación se producen variantes que los hablantes transmiten diferencialmente. Como decíamos, es cierto que, aunque de manera ciega y azarosa, los organismos naturales resultan adaptados al entorno. Pensemos en un hipopótamo o en una ballena. Está claro que están adaptados para vivir en el agua, pero esa sensa-

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ción emerge solo si los comparamos con una vaca o un antílope y no, por ejemplo, con una carpa o con un atún. Igualmente podría alegarse entonces (y se ha hecho) que las lenguas, de alguna manera, se adaptan a la cultura que las habla, se adaptan a la cosmovisión o a la perspectiva del mundo de sus hablantes. Si esto fuera así, deberíamos esperar que hubiera algún tipo de correlación entre la estructura de las lenguas y el entorno cultural en el que se hablan. Este es el punto de vista de muchos relativistas modernos, normalmente basados en una concepción teleológica (explícita o implícita) de los cambios lingüísticos. Pero tenemos muchas razones para pensar que eso es erróneo, más allá de aspectos superficiales del léxico sustantivo (tal y como se discute con detalle en el capítulo 7). En este caso el error no está solo en atribuir direccionalidad o finalidad a los cambios, sino en identificar inadecuadamente el entorno. Cuando decimos que un organismo se adapta al entorno, en realidad no queremos decir que el entorno le proporcione la estructura o lo moldee (si fuera así, las ballenas no deberían tener que emerger para respirar, ni deberían tener huesos y piel, sino espinas y escamas, como las sardinas); lo que decimos simplemente es que ciertos rasgos fenotípicos tienen mayores o menores posibilidades de ser seleccionados, dadas las condiciones del entorno. El hecho de que haya distintos entornos posibles explica en última instancia que haya distintas especies. Con el cambio lingüístico sucede lo mismo: simplemente ciertas variantes lingüísticas tienen mayores posibilidades de ser elegidas que otras, primordialmente en función de factores externos, tales como el prestigio o la moda. El entorno obviamente influye en la selección de variantes, pero es difícil de delimitar. Hablar de cultura, de ideología o de visiones del mundo es demasiado laxo y general. Cuando se habla del entorno en el caso de la evolución de las lenguas no se puede considerar únicamente la sociedad o la cultura de los hablantes, sino también su propia estructura biológica y su organización cognitiva, que canalizan los cambios y funcionan como elementos restrictores de la variación. De hecho, también en el mundo natural el entorno puede llegar a ser muy complejo. Si pensamos en una ballena, nos viene a la mente el medio físico en el que vive, el agua del mar. Pero si pensamos en un pavo real, el entorno físico en el que vive no será de mucha ayuda para explicar algunas de sus propiedades anatómicas. Al menos a los machos, la cola hipertrófica que tienen no les ayuda precisamente a pasar inadvertidos y a escapar con agilidad de los depredadores. Pero las hembras seleccionan esas colas, quizá simplemente porque les gustan. Claro que se puede decir que el pavo real se ha adaptado al entorno, pero siempre que ampliemos la noción de entorno e incluyamos en el entorno a las pavas y sus preferencias de apareamiento. Lo mismo sucede con las lenguas: la cantidad de factores distintos que pueden determinar la suerte de las variantes lingüísticas es tan compleja y variada que 63

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hablar de adaptación al entorno es simplemente no hablar de nada significativo. Como ha señalado Pinker, existen lenguas en las que el objeto directo va a la derecha del verbo y lenguas en las que va a la izquierda, pero no existen culturas de verbo a la izquierda y culturas de verbo a la derecha. De hecho, existen lenguas nominativo-acusativas y lenguas ergativo-absolutivas (apartado 6.5), pero no existen ideas nominativas ni culturas ergativas; existen lenguas aglutinantes y lenguas flexivas (y multitud de ellas con diversos grados de mezcla, véase el apartado 5.1), pero no existen cosmovisiones aglutinantes y cosmovisiones flexivas. Existe variación estructural y fonológica entre las lenguas, pero dicha variación es obstinadamente lingüística e independiente de la cultura, la ideología y las formas de vida de las personas. Por tanto, intentar relacionar la posición relativa del objeto directo con aspectos externos a la propia morfosintaxis que habrían servido de entorno adaptativo para esos rasgos es una tarea ciertamente desencaminada. El cambio lingüístico es natural, pues, en el mismo sentido en el que lo es el cambio en los organismos: es un flujo continuo sin motivación y sin finalidad, un movimiento sin destino fijo y, por supuesto, sin una guía externa que actúe o conspire para su consecución. Y, sin embargo, en ambos casos tenemos la sensación de que del cambio emergen estructura y orden, fundamentalmente porque tanto en la evolución natural como en la lingüística los cambios están restringidos por las propias leyes del universo y, en cada caso, por sistemas complejos emergentes (la vida y el lenguaje, respectivamente). Al igual que el paso definitivo en la comprensión de la naturalidad de la evolución natural fue la eliminación del papel de una inteligencia externa creadora, el paso definitivo en una cabal comprensión del cambio en las lenguas deriva de la eliminación del papel del hablante, del sujeto racional en el que habitan las lenguas.

2.2.2. Excluyendo al hablante como causa del cambio Algunos teóricos del cambio lingüístico han visto esto con claridad. De manera singular, el germanista Roger Lass (1980, 1997) enmarca su visión del cambio lingüístico en una teoría generalizada de la evolución de la que las especies y las lenguas solo serían capítulos particulares, una teoría generalizada que se refiere a sistemas autorreplicantes imperfectos. En pocas palabras se puede decir que Lass reintroduce el modelo schleicheriano en el que una lengua es una entidad autónoma que evoluciona independientemente de los hablantes y de sus intenciones o tendencias. De forma explícita afirma: “No creo que el cambio lingüístico sea el resultado de la ‘acción humana’ excepto de una manera distante, secundaria y probablemente carente de interés” (Lass, 1997: 337, traducción nuestra). Argumenta Lass, frente a teóricos del cambio lingüístico como Anttila (1989) o Keller (1990), que las aproximaciones a la explicación del cambio lingüístico en

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términos de “acción” por parte de los hablantes, bien sea en términos de “motivación funcional”, de “racionalidad inconsciente” o de “objetivos cognitivos” son teórica y empíricamente inadecuadas. En pocas palabras se podría plantear el problema en los siguientes términos: ¿cómo es posible traducir un cambio de orden de palabras de SOV a SVO, una mutación consonántica o la pérdida de caso morfológico en términos de creencias, actitudes o intenciones? Aunque podamos ser imaginativos y eficaces proponiendo vinculaciones (y muchos autores lo han sido), no deja de ser cierto que cualquiera de esos procesos de cambio estructural abarca temporalmente más que la vida de cualquier hablante individual. Incluso los cambios que actualmente (en un modelo de equilibrio interrumpido) se consideran relativamente abruptos suelen implicar a varias generaciones de hablantes y muchos tardan varios siglos en completarse. Obviamente, estos cambios no pueden explicarse acudiendo a la voluntad, la intención o la acción de un individuo, ni siquiera aunque nos limitemos a decir que el individuo es inconsciente y que solo provoca el inicio del cambio, o que funciona como un detonante ciego del proceso (que luego será guiado por una “mano invisible”). Porque incluso si este fuera el caso, la explicación basada en la acción (consciente o inconsciente) sería falsa. Saussure, además de inspirador del estructuralismo moderno orientado al estudio sincrónico del lenguaje, era un consumado especialista en lingüística histórica y fue muy claro al respecto cuando hablaba precisamente de la inmutabilidad del signo: “Los sujetos son, en gran medida, inconscientes de las leyes de la lengua; y si no se dan cuenta de ellas ¿cómo van a poder modificarlas?” (Saussure, 1916: 144). Aunque el argumento es simple y fácil de comprender, con frecuencia ha sido rechazado, probablemente porque implica que toda explicación del cambio lingüístico como un proceso motivado de alguna manera es incorrecta. Ciertamente tendemos a pensar que para comprender un proceso debemos encontrar las causas que lo motivaron, y rechazamos toda explicación que no nos dé alguna motivación. Los motivos parecen jugar un papel esencial en la explicación de cualquier evento humano, de manera que no suele ser suficiente con saber que algo sucedió, dónde sucedió y quiénes o qué intervinieron, sino que también queremos saber por qué. Esto es comprensible, pero no es un argumento racional. Como señala Lass (1997: 341 y ss.), muchos teóricos del cambio lingüístico (especialmente los de persuasión funcionalista) suelen fundamentar la explicación del cambio en tendencias dinámicas internas, esto es, ciertas tendencias universales que actúan sobre sistemas “desequilibrados” o “no óptimos”, proporcionando otros más equilibrados, más cercanos a lo óptimo, más simples o menos marcados, por emplear una terminología más o menos equivalente en diversas aproximaciones. Esa concepción inherentemente teleológica del cambio lingüístico es la

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que oponían los fundadores de la Escuela de Praga en sus célebres thèses a la concepción “ciega” y azarosa de Saussure: No se pueden poner barreras infranqueables entre los métodos sincrónico y diacrónico [...] No sería lógico suponer que los cambios lingüísticos no son más que golpes destructivos que se realizan al azar y heterogéneos desde el punto de vista del sistema. Los cambios lingüísticos apuntan a menudo al sistema, a su estabilización o a su reconstrucción, etc. (Círculo Lingüístico de Praga, 1929: 31).

Esta visión del cambio lingüístico podría considerarse meliorativa, en el sentido de que el estado resultante del cambio sería en cierto modo “mejor” que el estado anterior. Se podría decir que esta actitud contrasta pendularmente con la sensación popular (y muy arraigada en algunos teóricos del siglo XIX) de que el cambio lingüístico es degeneración. Una de las motivaciones más frecuentes de estas tendencias universales (que Lass atribuye a Anttila, 1989, pero que se puede rastrear al menos hasta Martinet, 1955) sería una suerte de requisito cognitivo según el cual debe haber una correspondencia óptima entre sonido y significado según el principio básico de iconicidad y/o de economía que establece una correspondencia biunívoca del tipo de una forma = un significado. Y en efecto, como reconoce Lass, hay muchos cambios lingüísticos que podrían explicarse como una instanciación de esa tendencia. Concretamente Lass discute la “simplificación” del plural en inglés moderno y la especialización de las pocas formas procedentes de Umlaut para el plural (como feet ‘pies’, que correspondía en inglés antiguo al dativo singular y al nominativo y acusativo plurales) y de la forma sin Umlaut como singular (foot ‘pie’, que correspondía al nominativo y acusativo singulares). Como observa Lass, el problema surge cuando queremos explicar ese cambio como una eliminación de una duplicidad nociva o indeseable, ya que, además de que tendríamos que afrontar el hecho de que algún cambio ha llevado a ese “estado mejorable”, podemos encontrar lenguas en las que una complejidad morfológica semejante (o mayor) no solo se ha mantenido en ese tiempo, sino que ha podido durar miles de años. Lass observa que por ejemplo el islandés, una lengua de la misma familia que el inglés, tiene hoy a ese respecto la misma estructura que tenía el inglés antiguo. Si el estado del inglés antiguo era inestable, mejorable, etc., debemos explicar por qué en islandés y en tantas decenas de lenguas una situación similar (o más compleja) no se ha corregido siguiendo esas mismas tendencias. Como señala Lass (1997: 344), no se puede decir que el resultado del inglés es ‘bueno’ o ‘mejor’ o ‘deseable’ sin dar a entender que el estado del islandés es ‘malo’ o ‘peor’ o ‘indeseable’.

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Junto con esto, quedaría el problema de cómo se las arreglan los hablantes para llevar a cabo los cambios. Lass (1997: 359 y ss.) y McMahon (1994: 314 y ss.) argumentan convincentemente tanto en contra de la concepción de la actuación del hablante en términos de “profilaxis” como en términos de “terapia”. Los mismos problemas tendrían las teorías que en vez de confiar en tendencias cognitivas como las señaladas se formulan en términos de la facilidad o dificultad respecto del aprendizaje. Por ejemplo Bauer (citada por Lightfoot, 1999: 215) argumenta que el latín era una lengua difícil de aprender por su estructura preferente de núcleo a la derecha, y que por ello cambió al núcleo a la izquierda en las lenguas romances. Pero entonces por qué el latín llegó a ser (parcialmente) del tipo SOV es algo que, según esa autora, “aún debe ser explicado”. Si mantenemos la explicación de un cambio dado en la tendencia cognitiva X y no reconocemos las excepciones como contraejemplos, sino que simplemente decimos que es una tendencia general que aún no se ha instanciado en ciertos casos, entonces lo que estamos haciendo es convertir la hipótesis de la tendencia cognitiva X en una hipótesis infalsable y, por tanto, no científica. En consecuencia, aunque funcione bien en algunos casos, tendremos que rechazarla como una explicación. Esa es la práctica científica normal. Pero en el ámbito de la explicación del cambio lingüístico esa práctica no rige por lo general. Lo habitual es todavía que todo cambio estructural que encaje en una motivación cognitiva o psicológica (tendencia a la iconicidad, al equilibrio forma/significado, etc.) se explique según esas tendencias y, aún más, se considere una prueba de la existencia de esas tendencias, mientras que los contraejemplos no se consideran tales porque, o bien se explican con tendencias opuestas o en conflicto, o bien simplemente se consideran “estados inestables” a la espera de que se aplique la tendencia “latente”. Estas y otras consideraciones permiten a Lass (1997: 350) establecer una conclusión relevante que definiremos como la hipótesis uniformitaria: no importa realmente en qué estado estructural esté una lengua, porque todo estado en el que esté una lengua es adecuado por definición, o de lo contrario no existiría. Discutiremos con más detalle la hipótesis uniformitaria y sus implicaciones metodológicas y empíricas en el capítulo 7. De momento, cabe señalar que esta hipótesis es plenamente compatible con una concepción del lenguaje naturalista como la descrita en el primer capítulo, según la cual toda lengua, independientemente de su “antigüedad” histórica está estrictamente constreñida por la FL, que es insensible al tiempo histórico. Si esto es así, es decir, si, por utilizar la terminología de Lass (1997: 366), todos los estados de una lengua son “equifuncionales”, el cambio lingüístico no puede mejorar un estado lingüístico ni satisfacer requisitos que no se satisfagan ya. Esta conclusión es plenamente razonable si pensamos de nuevo en la evolución de las especies. No tiene sentido decir que un cambio evolutivo da lugar a 67

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una nueva especie partiendo de una especie anterior biológicamente implausible, o poco estable, o poco eficiente, simplemente porque no hay ninguna especie así, ya que no podría haber evolucionado. Además, en tal caso tendríamos que asumir que ha habido anteriormente cambios evolutivos que han hecho que una especie sea menos estable o menos eficiente y que han ocurrido entonces otras mutaciones para compensar esos errores o tendencias. Todo lo anterior nos parece (engañosamente) más plausible en el cambio lingüístico porque tendemos a pensar que en el cambio lingüístico hay un agente, un actor: el hablante. Pero, como hemos visto que sugería Saussure y desarrolla Lass (1997: 361), toda explicación que se base en la noción de un agente debe asumir, además de la implausible noción de un estado de lengua imperfecto o disfuncional, las siguientes premisas, todas ellas igualmente implausibles: (a) que los hablantes tienen intuiciones acerca de la eficiencia u optimidad de su lengua para las tareas comunicativas o cognitivas; (b) que los hablantes pueden comparar estados de lengua presentes y otros todavía no desarrollados y optar entre ellos; (c) que los hablantes tienen algún tipo de intuición global sobre la estructura de su lengua; y (d) que basándose en información de ese tipo, pueden cambiar su lengua o iniciar un cambio que continuarán sus descendientes. La frecuente indistinción entre lenguas naturales y normas lingüísticas (véase el apartado 1.1.2) puede explicar quizá por qué algunos autores parecen considerar plausibles al menos algunos de los puntos señalados. Las normas lingüísticas (como la ortografía, los géneros discursivos o las reglas de gramática escolares) sí pueden ser diseñadas y modificadas conscientemente por los hablantes capacitados socialmente para hacerlo (sean autores prestigiosos o academias u otras instituciones). A su vez, esas normas lingüísticas pueden (o no) afectar el uso de la lengua que hacen los hablantes, lo que, a su vez, puede afectar al proceso de adquisición de la lengua materna de una determinada generación y, posiblemente, causar un cambio léxico, fonético o de otro tipo en dicha generación. Pero incluso en ese caso, la norma lingüística afectada habrá actuado como un factor contextual más, tal como la influencia de una lengua vecina o la elevación de prestigio de un determinado dialecto, y no como una causa directa de un cambio lingüístico.

2.2.3. De lo individual-mental a lo colectivo-histórico Todos los intentos de explicar el cambio como una tendencia psicológica o cognitiva se enfrentan a una paradoja: el cambio se inicia en el individuo (que es el depositario de esas “motivaciones”), pero se implementa en la comunidad (que carece de ellas). Hemos asumido que una lengua natural dada, por ejemplo el español, solo tiene existencia en las mentes de los individuos, esto es, que no tiene una existen-

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cia independiente y que una comunidad lingüística no es, por tanto, más que la suma de sus hablantes. Como observa Lass, si la motivación de un cambio lingüístico es realmente psicológica o cognitiva, entonces el cambio debería producirse simultáneamente en todos los hablantes de una determinada comunidad (“pansocialmente”, viene a decir), pero sabemos que eso nunca sucede así. Los cambios se inician en algunos individuos y acaban extendiéndose a otros muchos. Si aducimos que solo algunos miembros de la comunidad experimentan esa “pulsión” que lleva a la innovación, entonces estamos rebajando seriamente la plausibilidad de una explicación cognitiva o psicológica. Si el cambio se basa en una tendencia cognitiva del hablante, no se propagaría por las comunidades lingüísticas siguiendo patrones sensibles a variables sociales como el prestigio, la edad o el sexo, pero sabemos que lo hace siempre así. Tal y como penetrantemente señala Lass (1997: 363), toda explicación del cambio lingüístico basada en propiedades mentales o tendencias o deseos del individuo, en realidad neutraliza al propio individuo: se interpreta el cambio como si ocurriera en un hablante individual con sus habilidades cognitivas y propensiones, etc., y esta situación individual se proyecta luego a la historia colectiva de una lengua, que se convierte en la suma de un conjunto de actos individuales idénticos. Por último, se vuelve a revertir la proyección y la lengua se convierte en un individuo, lo que nos permite hablar de tal motivación o de tal tendencia de una lengua. Por supuesto, como ha mostrado Labov, los cambios son iniciados por ciertos individuos y luego se difunden entre más individuos de generaciones posteriores, pero entonces no cabe decir que la motivación del cambio está en tal o en cual propensión del individuo, pues el cambio ya es un hecho colectivo. En ese sentido es en el que Lass afirma que, salvo que sea realmente arbitraria, no tiene ningún sentido que una innovación lingüística esté sometida en su difusión a factores contingentes como la edad, el sexo o el prestigio social. Si la motivación para aceptar o copiar una innovación lingüística es esencialmente social, es obvio que no es funcional (aun en el improbable caso que lo fuera en el inicio), salvo que, como observa sarcásticamente Lass (1997: 364), presionados por el prestigio social, los hablantes se dieran cuenta de que también ellos están al fin y al cabo sujetos a esas motivaciones cognitivas o psicológicas iniciales. Por eso hemos afirmando en el capítulo anterior que en realidad las lenguas no cambian. Para poder decir con cierta propiedad que la lengua X ha cambiado tenemos que construir una entidad compleja y abstracta que incluye las lenguas-i de comunidades de hablantes de X de diferentes épocas. Ese constructo no es un objeto natural en el mismo sentido que lo es una lengua-i. Hemos llamado a ese complejo lengua histórica, en contraste con la lengua natural (conjunto de lenguas-i).

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Hemos visto que la idea de que una lengua solo tiene existencia en las mentes de los individuos es una grave dificultad para una explicación motivada o funcional del cambio lingüístico, pero es importante observar de nuevo que es precisamente esa la noción de lengua con la que estamos operando (lengua-i). Por tanto, una lengua histórica como lo que llamamos lengua española no es un objeto de estudio lícito desde este punto de vista. No es un objeto natural, sino un constructo. El español como lengua histórica contiene fenómenos puramente históricos y contingentes como el sustrato vasco, el origen geográfico de los primeros pobladores romanos de la Península o las diversas guerras contra los musulmanes que, obviamente, no forman parte de la dotación cognitiva inicial que permite a los hijos de los hispanohablantes aprender a hablar y usar esa lengua (o cualquiera otra). Por supuesto, el hecho de que las lenguas tengan una dimensión histórica y que puedan (y deban) analizarse y estudiarse como sistemas históricos no implica que las lenguas sean únicamente entidades históricas o instituciones sociales. Una lengua cualquiera (una lengua-i), en tanto en cuanto es un sistema de conocimiento de un ser humano, como hemos visto, ya no es un objeto netamente histórico, sino que es un objeto natural, una propiedad o un estado de la mente o del cerebro de una persona. Quizá una comparación un tanto burda pueda arrojar algo de luz en este punto. Podemos imaginar el cráneo como una entidad histórica. De hecho, podríamos trazar la evolución histórica (en tiempo geológico, claro) del cráneo humano partiendo de un estado muy similar al del cráneo del chimpancé (e incluso ir más atrás y comenzar con el cráneo de un reptil ancestral). Es posible decir lícitamente que desde este punto de vista el cráneo es un objeto histórico, e incluso podríamos decir que es un sistema complejo adaptativo y hasta que es un sistema replicante imperfecto (como cualquier especie natural). Es posible imaginar que podríamos derivar leyes históricas específicas de la evolución de los cráneos que no se aplicaran a la evolución de los hígados o de los sistemas inmunológicos, pero todo ello no nos autorizaría en modo alguno a decir que el cráneo no es un órgano, que no es una realidad biológica, que es un puro objeto abstracto. Del mismo modo, una lengua se puede analizar desde el punto de vista histórico (y quizá solo desde ese punto de vista podamos explicar sus “leyes” de evolución), pero sería un grave error pensar que es únicamente eso, que esa es su naturaleza. Los cráneos tienen propiedades puramente históricas que no son instanciaciones directas de leyes naturales, en el sentido de que factores externos y contingentes como el clima o una hambruna podrían haber dado como resultado un cráneo ligeramente distinto (más combado, menos capaz, etc.). Pero no nos sentimos tentados de afirmar que el cráneo es una realidad netamente histórica y que no es una realidad biológica cuya formación esté naturalmente condicionada.

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Una lengua-i es en este mismo sentido una mezcla (aunque en un plano mucho más complejo) de biología e historia. Tiene propiedades puramente históricas y contingentes que la diferencian de otras lenguas (como un cráneo difiere de otros cráneos) pero no deja de ser, como los cráneos, una instanciación históricamente condicionada de “leyes naturales”, en este caso, de las que podemos resumir en la FL (que sería ella misma un objeto evolutivo en el plano biológico, pero inmutable en el plano histórico). Lightfoot ha sido quizá el autor que mejor ha encarnado esta sofisticada complementariedad de los puntos de vista sobre la doble naturaleza de las lenguas. Lo plasma claramente este autor con una afortunada comparación (1999: 225): el cambio lingüístico no es direccional ni motivado, como cuando damos un golpe fortuito a un bola de billar que golpea a otra y esta empieza a rodar por una superficie ondulada fuera de nuestro control. La bola puede pararse en cualquier lugar, pero nunca se parará en la cresta de una ondulación o en una rampa. Por eso las lenguas no se dispersan ni se destruyen, ni son más fáciles o difíciles de aprender, más o menos útiles en una época que en otra. Es la FL que todos empleamos para “construir” nuestra lengua, nuestro “órgano mental del lenguaje”, la que determina los “puntos posibles de caída”. El detonante del movimiento inicial de la bola no tiene nada que ver con la facultad del lenguaje, ni con nuestro sistema cognitivo, ni con nuestros deseos o intenciones. Simplemente algunos sucesos (como el cambio de moda en usar una construcción y no otra, la presencia masiva de hablantes de otras lenguas, el bilingüismo –contacto de lenguas–, o ciertos condicionantes pragmáticos) alteran los datos esenciales, los estímulos fundamentales que necesitamos para fijar los “parámetros” de nuestra capacidad de adquisición del lenguaje y, de forma catastrófica, nuestras gramáticas internas cambian. Y las lenguas también. En ese sentido se podría decir que Saussure tenía razón; porque, aunque recelaba de las formulaciones algo radicales de Schleicher, percibía claramente la diferencia entre la visión histórica de las lenguas y su consideración sincrónica, y desconfiaba de todo intento de mezclarlas inadecuadamente. Los individuos pueden tener inclinaciones e imponen requisitos a los sistemas de conocimiento que se desarrollan en ellos, pero los cambios lingüísticos no son individuales, sino que son un fenómeno colectivo y externo a los hablantes: Acabamos de ver que la lengua no está sujeta directamente al espíritu de los hablantes [...] Aun reconociendo que Schleicher violentaba la realidad al ver en la lengua una cosa orgánica que lleva en sí misma su ley de evolución, nosotros seguimos sin vacilar intentando hacer de ella una cosa orgánica en otro sentido, al suponer que el “genio” de una raza o de su grupo étnico tiende a llevar la lengua sin cesar por ciertos caminos determinados (Saussure, 1916: 327-328).

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2.2.4. Sobre la tentación finalista y por qué hay que resistirse a ella Es frecuente que las explicaciones funcionalistas del cambio lingüístico adolezcan de un defecto fundamental: la confusión entre la causa y la consecuencia. De este modo, a menudo se aduce como la causa que explica un determinado cambio lingüístico lo que, en el mejor de los casos, es realmente una consecuencia del mismo. Eugenio Coseriu dedicó una amplia e influyente obra a formular una teoría funcionalista del cambio lingüístico que no estuviera afectada por dicho problema (Sincronía, diacronía e Historia: el problema del cambio lingüístico, de 1957, que citamos por la edición de 1973). El lingüista rumano no consiguió su objetivo, pero merece la pena revisar sus argumentos pues encarnan una visión teleológica de los cambios lingüísticos muy extendida entre los teóricos del cambio lingüístico de orientación funcionalista y que contrasta radicalmente con el modelo de explicación de las causas de los cambios expuesto hasta el momento. Aunque nos centraremos brevemente en la teoría muy personal del autor mencionado, sus argumentos reproducen en realidad los de quienes se oponen a la visión azarosa y ciega del cambio lingüístico ya defendida por Saussure. En biología evolutiva se ha recorrido un camino paralelo y también podemos encontrar históricamente tentaciones finalistas. Pero es claro que las especies no tienen intención alguna de cambiar en una determinada dirección, a no ser que confiramos a las especies (o, como suele decirse, a la “sabia naturaleza”) algún tipo de conciencia o de voluntad intencional. En términos algo simplificados este equívoco se puede expresar en los siguientes términos: parece claro que a los pájaros no les salieron alas para poder volar, sino que, en todo caso, gracias a que les salieron alas, pueden volar. Por tanto, la función o finalidad de volar no puede ser una explicación para el surgimiento inicial de las alas (o de sus antecedentes evolutivos), por mucho que pueda ser relevante en su desarrollo. No hay razones para que ese razonamiento no se aplique al cambio lingüístico. Como es sabido, Saussure formuló su distinción entre sincronía y diacronía de manera radical: “la oposición entre los dos puntos de vista –sincrónico y diacrónico– es absoluta y no tolera componendas” (Saussure, 1916: 155). Ya hemos visto que los miembros de la Escuela de Praga, que son el origen del funcionalismo lingüístico, rechazaban esa visión oponiendo una visión teleológica de los cambios lingüísticos asumiendo que también el plano diacrónico es sistemático. Coseriu se opone a esa interpretación teleológica del cambio lingüístico, pero no porque no crea en las explicaciones finalistas (que son las únicas que admite como tales), sino por el pernicioso efecto animista que tiene el atribuir una finalidad a un sistema o, en general, a algo que no sea un sujeto racional. Así, dice Coseriu:

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Las causas de los cambios lingüísticos En realidad, los cambios lingüísticos, en cuanto resultados de una actividad libre, solo pueden tener motivación finalista y, sin embargo, es absolutamente cierto que la lengua no “premedita” ni puede premeditar nada, pues no es un sujeto (1973: 224).

El entrecomillado del texto anterior de Coseriu se refiere precisamente a una frase del Curso de lingüística general de Saussure. Como se observa en el texto siguiente, las objeciones de Coseriu al teleologismo praguense son equiparables a las críticas de Lass o Lightfoot a las explicaciones funcionalistas: En general, las afirmaciones teleológicas no son explicaciones y carecen de valor cognoscitivo, pues la “finalidad objetiva” no es algo comprobable [...] Las afirmaciones teleológicas referidas a la historia particular de una lengua son meras comprobaciones; y si pretenden ser explicaciones, o son tautológicas o carecen de sentido (Coseriu, 1973: 227-228 y 231).

Y sin embargo, Coseriu va a sostener una explicación finalista, aunque en un sentido algo diferente. El rechazo de Coseriu de la antinomia saussureana se fundamenta en realidad en su propia concepción del lenguaje, muy distinta de la del lingüista ginebrino. Saussure afirmaba que “en sí mismo, el sistema es inmutable”, mientras que Coseriu considera que la lengua es un sistema dinámico, que es actividad creadora y que, por tanto, el cambio no es algo que le sucede al sistema estático, en el que no cree. Afirma que en realidad no podemos preguntarnos por qué cambian las lenguas o por qué no son inmutables, ya que dicha pregunta implica que asumimos que las lenguas deberían ser estáticas por naturaleza y que el hecho de que cambien es algo ajeno que les pasa por diversas causas. Así pues, según Coseriu la oposición entre sincronía y diacronía es puramente metodológica (“la antinomia sincronía/diacronía no pertenece al lenguaje, sino a la lingüística”, dice explícitamente), y atribuye al propio Saussure el error de aplicarla al objeto de estudio y no a la investigación. Esto significa entonces que para Coseriu lo único que tiene existencia real es lo que hemos definido como la lengua histórica. Al negar que la oposición entre sincronía y diacronía sea una oposición del objeto, en realidad lo que está negando es la propia noción de lengua como sistema sincrónico. De hecho, él mismo confirma esta interpretación al afirmar en repetidas ocasiones que una lengua es esencialmente un objeto histórico. Pero, como hemos argumentado en el apartado anterior, la afirmación de que una lengua es un objeto histórico, siendo claramente cierta, no implica necesariamente que no pueda abordarse como un objeto mental y esencialmente estático en lo que a la historia se refiere, algo que Coseriu rechaza al considerar el estado como una mera abstracción metodológica. Pero cuando Saussure habla de sincronía está refiriéndose a la que tiene el hablante con su sistema lingüístico, y en ese sentido es en el que el sistema es estáti73

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co e inmutable, al igual que una ballena es estática como organismo y como especie, por mucho que sepamos que evolucionó de algo parecido a una vaca y que, quizá, seguirá evolucionando. Para Coseriu la lengua no existe salvo como “el hablar”. Es, dice repetidamente, un hablar históricamente condicionado: La lengua no se da más que en el hablar de los individuos, y el hablar es siempre hablar una lengua. Todo el ser del lenguaje gira necesariamente en ese círculo. El propio Saussure lo vio con bastante claridad, pero quiso salir del círculo y optó decididamente por la lengua [...] Pero hay que optar por el camino más difícil: no hay que salir del círculo, porque se trata del círculo mismo de la realidad del lenguaje (1973: 31-32).

Lo que ofrece Coseriu es, pues, una visión antinaturalista del lenguaje, siendo como era un firme partidario de la separación neta e irreductible entre las ciencias humanas y las ciencias naturales. No romper el círculo del que hablaba Coseriu implica precisamente eso: que la ciencia del lenguaje debe ser hermenéutica y, en consecuencia, finalista, frente a la ciencia natural, que debe ser empírica y causal. Esto queda claramente manifiesto en el siguiente fragmento del lingüista rumano en el que también señala el error de considerar que el problema racional del cambio (“por qué cambian las lenguas”) se pueda contestar causalmente: Uno de los errores que más afligen a la lingüística –y que también procede del considerar las lenguas como “cosas” y de la confusión entre ciencias del hombre y ciencias de la naturaleza– es el de querer reducir los problemas teóricos (racionales) a problemas “generales”. En el caso del cambio lingüístico, ese error consiste en creer que el problema de la mutabilidad de las lenguas se resuelve encontrando la “causa”, o todas las pretendidas “causas”, de los muchos cambios particulares (Coseriu, 1973: 66-67).

Así, para Coseriu, en realidad no hay que explicar por qué cambian las lenguas, ya que esto no es algo que les suceda, sino que es parte de su propia definición: No se trata de un problema “por resolver”, sino de un problema implícitamente resuelto por la misma comprensión del ser real de la lengua. La lengua cambia justamente porque no está hecha sino que se hace continuamente por la actividad lingüística. En otros términos, cambia porque se habla: porque solo existe como técnica y modalidad del hablar (1973: 69).

Por tanto, si Coseriu en realidad niega que exista un problema del cambio lingüístico, es precisamente porque no reconoce estatuto epistemológico alguno al estado de una lengua: “la no-historicidad (sincronicidad) pertenece al ser de la descripción, y no al ser de la lengua” (1973: 26). Pero entonces la superación 74

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de la antinomia saussureana en realidad es una negación de la misma. Y dicha negación nos lleva al problema grave de no poder deslindar el hecho de que podamos concebir una lengua como un objeto histórico del hecho de que también podamos concebirla como un objeto natural. Pero, como hemos visto, esta distinción es crucial para poder tener una adecuada concepción del cambio lingüístico. Para Coseriu solo existe la lengua como hecho histórico y la langue saussureana (y nuestra lengua-i) solo es una abstracción para una descripción sincrónica. Sin embargo, hay muchas razones para pensar que lo correcto es lo contrario: que lo realmente existente es la lengua como órgano mental de la persona que la habla, y que es la lengua como objeto histórico (la lengua histórica) lo que constituye un constructo en sentido estricto. Cabe decir pues que, a pesar de las apariencias, la concepción del lenguaje de Coseriu es incluso menos mentalista aún que la de Saussure. Como hemos visto, la concepción de Saussure del cambio lingüístico como un proceso “externo”, “ciego” y “azaroso” ha venido a confluir con las teorías recientes que consideran el cambio lingüístico como un fenómeno accidental y, por supuesto, no dirigido a ningún fin, sea este profiláctico o terapéutico. Coseriu vio muy claramente las dificultades lógicas y empíricas de las explicaciones funcionalistas del cambio (lo que él denominaba las explicaciones causales), pero a la vez, por su propia concepción del lenguaje como actividad, se vio abocado a una explicación también funcional del cambio, tal y como se refleja en el siguiente revelador fragmento (en el que de nuevo entrecomilla a Saussure): En cuanto a la no intencionalidad, es cierto que “la lengua no premedita nada”, que no tiene “finalidad objetiva”; pero ello no significa que los cambios no sean intencionales. En realidad, por su mismo modo de darse, los cambios solo pueden entenderse como procesos constituidos por actos intencionales y finalistas (Coseriu, 1973: 248, la cursiva es nuestra).

Es más, de forma rotunda, afirma que “la lengua cambia para seguir funcionando como tal” (1973, 30), lo que entraña no ya una concepción finalista del cambio, sino incluso lo que podríamos denominar como una concepción metafinalista. Argumenta Coseriu que las lenguas que no cambian son las lenguas muertas, y tiene razón, pero ello no debería hacernos pensar que una lengua que no cambiase no sería utilizable o no sería una lengua humana. No hay justificación alguna para tal afirmación. Pero eso precisamente se deduce de las afirmaciones citadas y de la siguiente: El cambio no es mero accidente, sino que pertenece a la esencia de la lengua. En efecto, la lengua se hace mediante lo que se llama “cambio lingüístico”: el cambio lingüístico no es sino la manifestación de la creatividad del lenguaje en la historia de las lenguas (Coseriu, 1973: 108).

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La innovación, la libertad creativa que seduce a Coseriu es ciertamente un rasgo esencial del uso del lenguaje y es, por supuesto (como también muestra Coseriu), uno de los factores que posibilitan que se produzcan los cambios, pero los cambios no son en sí una parte funcional del lenguaje para el hablante que lo usa, sino que son en sí un hecho externo; son ajenos a la conciencia individual y, por tanto, solo visibles para el observador externo, para el que puede contemplar la lengua histórica (en el sentido definido en el capítulo 1). La clave (y el problema crucial) de la concepción del cambio de Coseriu es precisamente el identificar el carácter creativo del uso del lenguaje con el hecho de que las lenguas cambien. Pero es importante observar que una lengua que no fuera creativa también cambiaría al transmitirse de generación en generación (aunque quizá de una forma distinta) y, sobre todo, que una lengua que no cambiara también podría ser creativa. No hay razón para considerar el cambio histórico como un requisito de la creatividad o de la libertad del hablante en el uso del lenguaje. Consideremos de nuevo la analogía con las especies: cambian (más o menos, como las lenguas, según las condiciones externas), pero no podemos decir que el cambio sea su naturaleza ni un requisito para ser tales, incluso aunque cambiar esté en su naturaleza. El equivalente sería decir que las especies cambian para sobrevivir, pero lo cierto es que las especies no cambian para sobrevivir, sino que (a veces) sobreviven porque cambian, que no es lo mismo. Y solo cambian si hay factores externos que lo propicien. Lo importante es que el cambio es independiente de la finalidad de sobrevivir (que, por otra parte, ninguna especie tiene como tal). El cambio es algo que acontece como un accidente. Y ese accidente resulta o no relevante en función de las circunstancias históricas. Podría decirse que en cierto modo un cocodrilo ha cambiado menos en los últimos millones de años que un león, pero no es por ello menos viable como organismo ni como especie. Del mismo modo, el cambio no es imprescindible para el funcionamiento de una lengua, salvo, claro está, que la concibamos únicamente como una entidad histórica. En este sentido, el razonamiento de Coseriu parece claramente apriorístico: Normalmente, el hablante no suele cambiar la lengua ni se propone cambiarla. Si, a pesar de esa actitud, la lengua cambia, ello ha de tener razones más profundas que el mero “azar” saussureano y debe hallar justificación en la función misma de la lengua y en su modo de existir concreto (Coseriu 1973: 44).

Pero lo que se nos propone en realidad es casi una afirmación tautológica: las lenguas cambian porque tienen que cambiar. Puede que sea cierto que las lenguas tengan que cambiar, pero no porque esa sea su finalidad estricta, ni un requisito para ser tales, sino por la existencia de variaciones, innovaciones y reanálisis (esto

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es, como dice Coseriu, por “su modo de existir concreto”) y por su transmisión tradicional, es decir, por el hecho de que tenemos que aprenderlas en unas determinadas condiciones. Hemos visto que el hecho de que las lenguas cambien es una consecuencia de su naturaleza de sistemas autorreplicantes imperfectos, mientras que Coseriu se centra en algo no irrelevante como es la libertad, la creatividad de los hablantes en el uso. Sin duda esto es importante para explicar (al menos) parte de las innovaciones lingüísticas (el equivalente de las mutaciones en los organismos), pero ello no implica necesariamente que las lenguas solo sean objetos históricos, que solo exista la actividad de hablar (y no el conocimiento de la lengua) o que debamos admitir una explicación finalista de los cambios. De hecho, un logro temprano y relevante del análisis de Coseriu del mecanismo del cambio es su insistencia en distinguir como dos procesos distintos la propia innovación y la posterior difusión, algo que fue puesto de manifiesto por la sociolingüística durante todo el siglo XX. Y, sin embargo, también cae Coseriu en la “trampa funcionalista” al considerar que la adopción de una innovación es también finalista y consciente. Puede que en ocasiones la adopción de una innovación sea voluntaria, pero no lo es siempre, como sugiere el hecho de que normalmente somos inconscientes de que hemos adoptado formas ajenas (sean acepciones léxicas, muletillas, entonaciones o modismos fonéticos). Por otra parte, y lo que es más importante, la transmisión de las innovaciones de una generación a otra, que es lo que determina si realmente hay cambio lingüístico o no, en modo alguno es voluntaria o finalista. Un ejemplo paradigmático puede ser su tratamiento del futuro analítico romance (Coseriu, 1973: 157-177). El ataque de Coseriu a la explicación “idealista” de Vossler es lúcido y penetrante y se basa en el hecho evidente de que generaciones de hablantes de clases populares emplearon las formas de futuro del tipo amabo y, en última instancia, en que no se ve por qué habría de reponerse una categoría que, según Vossler, estaba debilitada. Pero cae Coseriu en la tentación finalista cuando pretende explicar por qué las formas del tipo amabo (de cuya desaparición por problemas morfológicos –según la propuesta de Wartburg o Pagliaro– es copartícipe) fueron sustituidas por la perífrasis del tipo amare habeo y no por cualquier otra cosa. Lo curioso es que precisamente rechaza la explicación más acorde a su punto de vista no causal (esto es, que se seleccionó simplemente porque estaba ahí) y dice que esta explicación es tautológica porque es una explicación que “se refiere al ‘cómo’ y no al ‘porqué’ del cambio o de su sentido” (1973: 166), lo que parece contradictorio con su postura respecto del problema racional del cambio y con su acertada desconfianza hacia las explicaciones causales. Se decanta Coseriu por una versión corregida de la explicación “semánticoestilística” de Vossler aduciendo que en otras familias lingüísticas en las que no

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ha habido problemas morfológicos con el futuro sintético también existen futuros modales perifrásticos y que incluso en las lenguas románicas, las formas ya temporalizadas vuelven a sustituirse por perífrasis modales como he de hacer, etc. Pero nótese que los procesos que menciona Coseriu (y que le hacen llevarnos hasta el análisis del tiempo del propio Heidegger) son precisamente los que pueden explicar el uso de un futuro perifrástico modal ya en latín vulgar, pero no los que explican el cambio de uno a otro en las lenguas romances. Esto es, la tendencia general a que las lenguas expresen de formas diferentes el futuro temporal y el futuro modal no es una explicación causal de que en el paso del latín vulgar a las lenguas romances desapareciera el futuro sintético y se extendiera el uso del perifrástico (que luego se temporalizó de nuevo en las formas del tipo amaré). Lo que plantea Coseriu perspicazmente es en realidad una posible explicación de que existan las perífrasis modales, pero no de la tendencia histórica a que unas formas se confundan con otras. La desaparición del futuro sintético del tipo de amabo quizá se explicaría adecuadamente por su inestabilidad morfológica (debido a la confusión por cambios fonéticos independientes con otras formas: amabit/amavit, dices/dicis, dicet/dicit, etc.) y, por tanto, la explicación más razonable de la sustitución parece ser la que el propio Coseriu apunta en una nota a pie de página y atribuye a Wartburg: Salvo que se piense que las formas sintéticas se sustituyeron por las perifrásticas (de valor diverso) a falta de otras formas más apropiadas, es decir, por mera pereza intelectual de los hablantes (Coseriu, 1973: 166, n. 41).

Pero esa nota revela mucho de la concepción de Coseriu del cambio lingüístico y, por tanto, del lenguaje. Hoy en día lo que Coseriu llama “mera pereza intelectual de los hablantes” no tiene tan mala prensa, no solo ya por los diversos marcos teóricos que emplean nociones como “último recurso”, “dilación” o “avaricia”, sino porque la pereza es en sí misma una forma de economía. Pero a Coseriu una explicación que no entronque con su concepción del lenguaje como fuerza creadora del hablante es insuficiente, de manera que al final, por decirlo así, claudica a favor de una explicación puramente teleológica o basada en pulsiones cognitivas o ideológicas que, como hemos visto, realmente no explican los cambios. Su solución, como se refleja en sus siguientes palabras, se basa en la extensión del cristianismo: La circunstancia históricamente determinante fue, sin duda, el cristianismo: un movimiento espiritual que, entre otras cosas, despertaba y acentuaba el sentido de la existencia e imprimía a la existencia misma una genuina orientación ética. El futuro latino-vulgar, en cuanto no significa “lo mismo” que el futuro clásico, refleja, efectivamente, una nueva actividad mental: no es el futuro “exterior” e indiferente, sino el futuro “interior”, encarado con consciente responsabilidad, como intención y obligación moral. (Coseriu, 1973: 173).

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Al confiar en una explicación causal basada en lo que él mismo denomina “la necesidad expresiva”, Coseriu no solo se compromete con un tipo de explicaciones que adolece de graves problemas empíricos y teóricos, sino que a renglón seguido, además incurre en cierta contradicción al deshacer lo andado en su distinción entre innovación y difusión, un requisito imprescindible para eliminar los problemas lógicos de las explicaciones finalistas, como veremos con más detalle en el apartado siguiente: La explicación por la necesidad expresiva se refiere, en primer lugar, a la “innovación” o a las innovaciones iniciales: es decir, a los actos creativos de aquellos hablantes que fueron los primeros en utilizar las formas perifrásticas para expresar una nueva concepción del futuro. Pero se refiere también al “cambio” como proceso de difusión y consolidación de estas formas en la comunidad lingüística romana, pues implica que la innovación se difundió porque correspondía a una necesidad expresiva de muchos hablantes (Coseriu, 1973: 176).

Pero como hemos visto, el hecho de que la difusión de los cambios se realice por cauces socialmente estructurados no se puede compaginar con las supuestas necesidades expresivas, salvo que admitamos la irónica explicación de Lass antes citada de que los hablantes, presionados por el prestigio social o la moda, vean que al fin y al cabo también son sensibles a esas nuevas necesidades expresivas. Lo relevante es que las causas, ahora da lo mismo si son eficientes o finales (por usar la terminología aristotélica tan querida por Coseriu), no son las mismas en la fase de innovación o variación y en la fase de adopción o difusión, lo que realmente invalida la explicación funcional. Es concebible que un cierto número de innovaciones respondan a “nuevas necesidades expresivas”, pero la adopción responde a causas diferentes de prestigio e imitación, por lo que la explicación basada en la causa inicial es inadecuada. Como hemos visto, un logro fundamental de la teoría de la evolución darwiniana fue precisamente el planteamiento de que las mutaciones que dan lugar a la variación (la “innovación”) de la que se “alimenta” la selección natural son independientes de las posibles funciones adaptativas que puedan tener dichas mutaciones. De hecho, el propio Coseriu es muy consciente de que muchos hablantes pudieron adoptar el cambio por razones puramente sociales de prestigio: Y muchos hablantes, sin percatarse de su peculiaridad expresiva, las habrán adoptado simplemente “para hablar como los otros”, es decir, por una razón cultural “extrínseca” (1973: 177).

Pero esa observación, plenamente oportuna, entra en conflicto con el párrafo antes citado en el que vincula la explicación de la difusión a la necesidad expresiva. Y la razón de esta incoherencia es clara: de otra manera la explicación funcio-

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nal se debilita seriamente, algo que desde nuestro punto de vista es un logro, pero que para Coseriu y otros muchos autores resulta inaceptable. ¿Y por qué para tantos autores, entre ellos Coseriu, es inaceptable una explicación que no esté funcionalmente basada? Ya lo sabemos bien: a causa de la frecuente incapacidad de distinguir netamente entre el lenguaje como un objeto natural y el constructo histórico que halla el lingüista, esto es, entre la lengua natural y la lengua histórica. Para Coseriu, como hemos visto, el lenguaje solo se puede estudiar como fenómeno cultural, esto es, histórico. Pero entonces la idea de que los cambios no están orientados a una finalidad es inconcebible, ya que equipararía el lenguaje a una suerte de objeto natural: En los fenómenos de la naturaleza corresponde, sin duda, buscar una necesidad exterior, o causalidad; en los fenómenos culturales, en cambio, lo que corresponde buscar es una necesidad interior, o finalidad (Coseriu, 1973: 194).

Hemos visto que la concepción del lenguaje como un objeto cultural le lleva a una concepción no causal del cambio, pero solo en apariencia, ya que, como él mismo se encarga de señalar, la finalidad es, en términos de Aristóteles, un tipo de causalidad: Así, pues, la finalidad (causa final) es una causa y, precisamente, una causa que puede darse solo si el “motor próximo” es un ente dotado de libertad e intencionalidad (Coseriu, 1973: 200-201).

Coseriu encuentra ese “motor próximo” en el hablante y en el carácter creativo del lenguaje, lo que le anima a concluir que “lo que puede y debe hacerse, pues, no es buscar “causas” naturales o, de cualquier modo, exteriores a la libertad, sino justificar finalísticamente lo realizado por la libertad en tales y cuales condiciones históricas” (1973: 197-198) y que, por tanto, “la única explicación propiamente ‘causal’ de un hecho lingüístico nuevo es que la libertad lo ha creado con una finalidad” (1973: 202). Para Saussure el hecho evidente de que las lenguas son objetos históricos no ocultaba que una lengua es también un sistema de conocimiento (“depositado en la mente del hablante por la práctica del habla”, decía), y que eso no es en esencia un objeto histórico (aunque tenga historia), sino un objeto mental, un sistema de conocimiento. Pero Coseriu insiste en que lo realmente existente (el “ser de la lengua”) es el objeto histórico, mientras que el estado de lengua es solo una abstracción metodológica. Y, sin embargo, al margen de credos y persuasiones, es un hecho innegable que una lengua, primariamente, es un sistema de conocimiento de la persona que

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la habla, un estado o una propiedad de su mente y su cerebro. Tampoco Coseriu se puede evadir de ese hecho. De ahí que a veces defina el lenguaje como un “saber hacer” (o un “saber técnico”). Pero pese a los giros dialécticos, un “saber”, aunque sea “técnico”, es un saber, un sistema de conocimiento y no un puro objeto histórico. Volvamos a nuestra analogía inspiradora: podemos decir que un caballo es un objeto histórico, pero nunca que solo es un objeto histórico y no natural. Podemos decir que la especie de los caballos existe, pero no que los caballos no existen, o que existen únicamente en tanto en cuanto que son manifestaciones de la especie. Eso carece de sentido en biología y en lingüística. Aunque Saussure no empleó la analogía con las especies naturales, su concepción del cambio como espontáneo y fortuito es análoga a la de la biología evolutiva y, como ha observado Petroff (1995), a la de las teorías sobre el caos y el orden, tal y como se observa en su célebre comparación con el ajedrez, que el propio Coseriu cita parcialmente: No hay más que un punto en el que la comparación falla: el jugador de ajedrez tiene la intención de ejecutar el movimiento y de modificar el sistema, mientras que la legua no premedita nada; sus piezas se desplazan –o mejor se modifican– espontánea y fortuitamente [...] Para que la partida de ajedrez se pareciera en todo a la lengua sería necesario suponer un jugador inconsciente o ininteligente (Saussure, 1916: 161).

Según Coseriu, “con el fin de sostener la exterioridad del cambio, Saussure tuvo que hacer violencia a su propia concepción de la lengua y recurrir a una argumentación viciosa y contradictoria” (1973: 248-249), pero en realidad la argumentación contradictoria aparece en el propio Coseriu cuando intenta cohonestar una concepción no causal del cambio lingüístico con una explicación finalista del mismo. Muy sagazmente observa Coseriu que lo que él considera “graves inconsecuencias” de la concepción del lenguaje de Saussure se deben a que Saussure todavía es un “lingüista naturalista”. Y lo cierto es que no deja de ser curioso que precisamente sea la concepción del cambio de Saussure, y no la de Coseriu, la que mejor entronque con las recientes teorías que se basan precisamente en explotar fructíferamente y sin tentaciones finalistas la analogía entre lenguas, especies y otros sistemas complejos e integrarlas en una teoría unificada de la evolución o cambio de los sistemas complejos. Sin duda que la visión del lenguaje de Coseriu es reveladora en muchos sentidos, por ejemplo, como cuando afirma que “el lenguaje es actividad libre, es decir, creadora” (1973, 270). Pero pese a lo inspirado de la afirmación, no se puede decir que constituya en sí una explicación finalista o teleológica como la que el autor defiende. Solo a duras penas se pueden considerar creaciones los procesos

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comprobados de cambio lingüístico tales como el desarrollo de un sistema de marcas de caso o, más aún, la desaparición del mismo, el cambio de una marcación nomino-acusativa a una ergativo-absolutiva, la mutación de un sistema consonántico o el cambio de orden de palabras. Lo adecuado de esa concepción dinámica del lenguaje de Coseriu también queda reflejado en su confluencia con algunas conclusiones de las modernas teorías del cambio lingüístico. Por ejemplo, si negamos que el cambio esté dirigido a un fin de optimización o de mejoramiento en general, estamos diciendo que todo estado de lengua es adecuado por definición. Y eso se colige también de la concepción de Coseriu del sistema lingüístico como un sistema dinámico, como se puede observar en el siguiente fragmento: El desarrollo de la lengua no es un perpetuo “cambiar”, arbitrario y azaroso, sino una perpetua sistematización. Y cada “estado de lengua” presenta una estructura sistemática precisamente porque es un momento de la sistematización (Coseriu, 1973: 272).

Pero el hecho evidente e interesante de que las lenguas no se “destruyan” ni dejan de ser tales en su odisea histórica de cambios fortuitos no se explica necesariamente porque los cambios sean una perpetua sistematización o porque estos no sean “ciegos” o “azarosos”, sino, de forma algo paradójica, precisamente porque lo son. La estructura y naturaleza de cualquier lengua humana está restringida por la FL característica de la especie. Dentro de esa restricción natural, el cambio puede ser casual y azaroso, precisamente porque no es “sistemático”. De hecho, a causa de esa concepción del cambio como sistematización, Coseriu no puede eludir el prejuicio de que el cambio tiene una misión “profiláctica”, alineándose así, a su pesar, con la concepción teleológica de la Escuela de Praga: Y si entre dos “estados” la lengua cambia sin dejar de ser sistemática, ello significa que el cambio encuentra en el sistema su lugar necesario: que se justifica por una posibilidad o una “insuficiencia” del primer “estado”, con respecto a las nuevas necesidades expresivas de los hablantes (Coseriu, 1973: 117).

La cuestión es que si, como dice Coseriu, el cambio es sistematización, bien se debe partir de lo no sistemático o de lo menos sistemático hacia lo sistemático o hacia lo más sistemático. En caso contrario no cabe hablar de sistematización. Es cierto que todos los estados de lengua son sistemáticos, pero lo son precisamente porque los cambios, como decía Saussure, no son sistemáticos (originados en el sistema y por el sistema) sino que son azarosos y, por tanto, circulares. Son externos al sistema, aunque puedan afectarlo. Lo mismo sucede con las mutaciones genéticas que explican la evolución –el cambio– en los organismos.

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No debe ignorarse que la alusión a “nuevas necesidades expresivas” siempre se hace a posteriori, esto es, se observa un cambio, se asume que responde a una nueva necesidad expresiva y se busca la supuesta nueva necesidad. Esta manera de razonar recuerda los excesos adaptacionistas de los llamados neodarwinistas en teoría evolutiva (véase Gould 2002 para un exhaustivo estado de la cuestión al respecto). En ese modelo, cada rasgo morfológico de un organismo se presume adaptativo, pues únicamente se acepta la selección natural como explicación de su surgimiento, lo que indudablemente es circular y, sobre todo, no explica cómo surgen las mutaciones que luego se habrán de seleccionar. En este sentido es en el que se puede decir que Coseriu acaba planteando una concepción del cambio afín a la defendida, por ejemplo, por Jakobson y su noción teleológica de “sincronía dinámica”. Como ha observado de manera relevante Petroff (1995), la concepción de Jakobson (y de buena parte del funcionalismo) es una concepción determinista, una concepción en la que el sistema es el mismo en distintos cortes sincrónicos y lleva en sí el germen del cambio. Según Petroff, la concepción de Jakobson (y, según hemos visto, la de Coseriu malgré lui), se asocia al modelo científico determinista de Laplace, mientras que la concepción de Saussure se asocia más adecuadamente a las recientes teorías sobre la termodinámica de los estados de desequilibrio desarrolladas en los años setenta del siglo XX por Ilya Prigogine, especialmente a partir del estudio de las llamadas “estructuras disipativas” en las que un nuevo “orden”, un nuevo “sistema” emerge del caos y del desorden. Análogamente, en la concepción de Saussure, cada estado de lengua es un “orden” para quien lo utiliza, pero ese orden está constantemente amenazado por factores externos que generan un “desorden”, mas ese desorden no crece, sino que es el detonante de un “nuevo orden”, de un sistema distinto y que es fortuito y contingente por definición. Como observa Petroff: Entre dos estados consecutivos, Jakobson pretende encontrar relaciones de causa y consecuencia en el interior de un mismo sistema, mientras que para Ferdinand de Saussure esos dos estados son dos sincronías diferentes. La evolución es contingente. La aparición del sistema siguiente se debe a un evento fortuito (Petroff, 1995: 111, traducción nuestra).

Cada vez que una lengua-i se desarrolla en un cerebro a partir del estímulo del entorno y del programa interno de desarrollo emerge un orden generado por los mismos principios que dieron lugar a la lengua-i original. Dentro de los límites especificados, los sistemas emergentes son diversos y, sobre todo, son contingentes. Por ello precisamente el estudio del cambio lingüístico no puede ofrecer predicciones, sino explicaciones retrospectivas. Exactamente igual que sucede en biología evolutiva.

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2.3. ¿Por qué cambian entonces las lenguas? Hasta el momento hemos dedicado buena parte de este largo capítulo sobre las causas de los cambios lingüísticos a descartar las respuestas dadas en la tradición anterior. Hemos rechazado las propuestas basadas en las intenciones, inclinaciones o deseos de los hablantes y, en general, todas las que interpretan los cambios lingüísticos en un sentido funcional, esto es, todas las propuestas que atribuyen a los cambios alguna función, bien sea comunicativa o estructural. Hemos buscado inspiración en la teoría evolutiva y hemos encontrado que la respuesta más coherente y sólida es la que nos dice que las especies cambian porque los organismos se replican de manera imperfecta. Y a esa respuesta nos vamos a atener. Pero aún debemos considerar otros tipos de propuestas formuladas en el pasado y en el presente y, sobre todo, aún debemos describir adecuadamente cómo cambian las lenguas realmente y cuáles son las causas de los cambios lingüísticos concretos. Dedicaremos los capítulos siguientes a la cuestión de cómo cambian las lenguas y analizaremos cómo se producen los cambios en los diversos ámbitos de la estructura de las lenguas (sonidos, palabras, oraciones, etc.). En el presente apartado revisaremos brevemente algunas otras teorías sobre las causas de los cambios, a la vez que formulamos una respuesta más específica a la pregunta de por qué cambian las lenguas. Solo por facilidad de exposición vamos a agrupar, siguiendo a Sihler (2000), las posibles causas en externas o internas, según si los potenciales factores causales son ajenos al propio sistema lingüístico o internos a este.

2.3.1. Posibles causas externas En los albores de la lingüística histórica (principios del siglo XIX) no era extraña la atribución del cambio lingüístico (típicamente el cambio fonético, prácticamente el único tenido en cuenta entonces) a factores climáticos o geográficos. La lógica de estas propuestas (las antiguas y las modernas) es siempre la misma: se establece una correlación entre un rasgo lingüístico y uno no lingüístico (externo) y se infiere que el segundo es la causa del primero. Otro atributo habitual de estas propuestas es que los autores o bien no se molestan en determinar objetivamente una relación causal entre ambos fenómenos, o bien se inventa una conexión débil y ad hoc. Así, por ejemplo, no es infrecuente que se motiven ciertos cambios fonéticos en función de los climas cálidos o fríos (que favorecerían ciertas articulaciones frente a otras) o bien si se trata, por ejemplo, de regiones montañosas o no. Típicamente se tiende a atribuir a los climas cálidos la relajación en la articulación y a los fríos la rigidez en la misma.

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Así, por ejemplo, en 1901 Meyer (véase McMahon, 1994 para referencias) afirmaba que la vida en zonas muy elevadas favorecía la fricativización de los sonidos oclusivos (quizá porque se haría más difícil contener la respiración). Estas explicaciones se basan habitualmente en un reducido número de lenguas y, a poco que se amplíe la muestra, se observa que la correlación no se mantiene. Podría parecer que el reciente desarrollo de las tecnologías de la información y de las bases de datos habrían de mejorar las cosas, pero nada más lejos de la realidad. Así, en 2013 C. Everett publica un artículo en un medio de impacto (aunque no de lingüística) en el que establece una correlación entre la altitud y la aparición de sonidos eyectivos, afirmando que ello prueba la influencia de la geografía en la estructura de los sonidos de las lenguas. Otros artículos recientes similares (véanse las contribuciones de Asya Pereltsvaig en el blog geocurrents.info para referencias y discusión) proponen correlaciones entre la presencia de vocales nasales y los climas húmedos y fríos (lo que supuestamente explicaría por qué las hay en francés y no en español) o, ya saliéndonos del clima o la geografía, entre ciertas mutaciones genéticas y los sistemas tonales, de nuevo sin explicar qué correlación pueda haber entre el alelo en cuestión y el sistema motor que produce los tonos vocálicos. La misma (nula) atención merecen explicaciones más concretas y populares, como la que atribuye la pérdida de la f inicial latina en castellano a la (supuesta) ausencia de incisivos superiores en los primeros hablantes de esa lengua o la que atribuye la r uvular francesa a un problema de dicción del rey Luis XIV. Pero no solo se han establecido correlaciones con aspectos físicos del entorno (o de los hablantes), sino también con el “espíritu de los pueblos”. El padre de la filología germánica, Jacob Grimm, vinculaba el ensordecimiento de las oclusivas sonoras germánicas (uno de los procesos descritos por las famosas leyes que llevan su nombre) al carácter enérgico de los germanos que luchaban por la libertad en los albores de la Edad Media. Y de nuevo las cosas no han mejorado mucho desde 1848, pues recientemente (en 2012 y 2013) se han publicado artículos con gran despliegue estadístico que correlacionan las marcas de género y el poder social de las mujeres, la complejidad de los sistemas de marcación de caso con la complejidad orográfíca del paisaje montañoso, o la expresión del tiempo por medio de afijos verbales con la previsión del futuro y el cuidado de la salud. Detengámonos brevemente en este último, que puede ser representativo de su categoría, esto es, una propuesta no elaborada por un lingüista, publicada en un medio prestigioso, basada en amplios datos estadísticos e infundada. Concretamente se trata de un artículo de un economista de la Universidad de Yale, M. Keith Chen, que propone una correlación entre, de una parte, el grado de gramaticalización en las lenguas de la marcación del tiempo futuro y, de otra, aspectos culturales como el ahorro de dinero, cuánto se fuma o con cuánta precaución se practican las relaciones sexuales. Lo que estipula Chen es que los hablantes de

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

lenguas en las que hay una marcación diferente para el futuro que para el presente (como en español) tenderán a ahorrar menos y a cuidarse menos que los hablantes de lenguas en las que se usan las formas de presente para expresar el futuro (como por ejemplo en finés). La correlación parece basarse en la premisa de que quienes hablan lenguas con morfemas gramaticales para el futuro tienden a darle menos importancia al porvenir, cosa que no harían quienes no disponen de tales morfemas. Dicha propuesta desató la respuesta adversa de no pocos lingüistas, entre ellos la de Östen Dahl (en http://dlc.hypotheses.org/360, donde aparece la referencia al trabajo de Chen), que es relevante porque Dahl es uno de los lingüistas sobre cuyos datos y estudios tipológicos se asienta parte del estudio de Chen. De entre las observaciones muy interesantes que hace Dahl, cabe señalar que la correlación entre la marcación del tiempo y el ahorro de dinero, sin que se establezca una relación causal clara entre una dimensión y otra, es tan relevante como la correlación que hay entre los países en los que se juega al criquet y se conduce por la izquierda. Puede que haya una causa común a ambos rasgos (en este caso el antiguo dominio británico), pero son independientes el uno del otro. Imaginemos además, sugiere Dahl, que la estadística nos llevara en la otra dirección: que los países o regiones en los que se marca el futuro con morfemas expresos fueran aquellos en los que se ahorra más y se fuma menos. En tal caso bien podríamos decir que es la presencia de la marca de futuro la que nos obliga a prestarle más atención al porvenir y, por tanto, a ahorrar más y cuidar la salud. Como discutiremos con más detalle en el capítulo 7, dedicado a las consecuencias del cambio lingüístico, los intentos de establecer correlaciones entre rasgos lingüísticos y aspectos culturales o físicos externos a las lenguas (correlación que sería esperable si los cambios lingüísticos fueran adaptativos en el sentido neodarwinista) se han revelado infructuosos. Pero no todas las llamadas causas externas son tan débiles como explicaciones de los cambios lingüísticos. La más respetable y acreditada es la formulada en principio como teoría del sustrato y que forma parte del fenómeno más amplio del contacto entre lenguas. La lengua de sustrato es la lengua original de una población que por diversas razones aprende una lengua segunda o desarrolla cierta competencia en ella (esta segunda es la lengua de superestrato). El efecto de sustrato se refiere entonces a los efectos de la lengua primera en la segunda. Por ejemplo, el latín vulgar era el superestrato de los hablantes romanizados de la península ibérica, siendo el sustrato las diversas lenguas prerrománicas habladas en el territorio. Así, algunos de los cambios fonéticos efectuados en el sistema latino que da lugar a una lengua romance como el castellano podrían deberse al efecto de sustrato, lo que no implica obviamente que todos puedan o deban explicarse así. Los cambios que son comunes a todas o a muchas lenguas románicas, o que concurren en otras familias lingüísticas, no podrían atribuirse a ese efecto, pero quizá sí los más específicos, 86

Las causas de los cambios lingüísticos

como la mencionada pérdida de la f inicial latina en el dialecto castellano. Por su parte, la sonorización de sonidos oclusivos sordos (p, t, k > b, d, g) común a lenguas como el castellano y el francés, se ha atribuido a un posible sustrato céltico. Sin embargo, a pesar de que se han usado profusamente, las explicaciones basadas en el sustrato (y en general en el contacto de lenguas) suelen ser muy difíciles de documentar empíricamente y a veces llevan a caminos sin salida o se tornan infalsables, deviniendo en falsas explicaciones. Así, no es infrecuente que lenguas que no han estado sometidas a efectos de sustrato a veces desarrollen cambios muy similares a las que sí lo han estado. Por otra parte, si –por ejemplo– postulamos el sustrato celta para explicar la sonorización mencionada, estamos en cierto modo dando a entender que hacen falta causas externas para que se produzca la sonorización, luego supondremos que la sonorización en las lenguas célticas antiguas también fue a su vez un efecto de sustrato, pero lo cierto es que no tenemos constancia de las características de las lenguas que subyacerían a las antiguas lenguas célticas. En general, atribuir efectos de sustrato a lenguas de las que tenemos poca o ninguna noticia es arriesgado y se convierte más en un acto de fe que en una verdadera explicación. Por ejemplo, en el caso del vocalismo castellano tenemos elementos de juicio a favor del efecto de sustrato, ya que el vasco se ha documentado, pero aún así es una teoría dudosa. Ni qué decir tiene que cuando la lengua supuestamente detonante no se conoce, la conclusión es irrelevante. En tal caso estaríamos ante lo que los clásicos resumían como difficile per ignotum explicare: explicar lo que es difícil por medio de lo que es desconocido. El contacto de lenguas es en general un factor relevante en muchos cambios lingüísticos, pero no es tan fácil de establecer como puede parecer en principio y, además, es una tentación fácil cuando no se ocurre otra explicación. A pesar de que la influencia de otras lenguas es un factor frecuente y relevante en la explicación de ciertos cambios, el recurso indiscriminado que se ha hecho de dicho factor hace que muchos autores lo consideren sospechoso e incluso potencialmente peligroso en la tarea de explicar los cambios, ya que podría distraernos de otros factores (por ejemplo estructurales) que podrían enseñarnos más sobre la naturaleza del cambio y sobre la naturaleza del propio lenguaje. Además, incluso en el caso de efectos de contacto sólidamente probados, aún tenemos qué explicar cómo se produce el proceso y, por ejemplo, por qué hay ciertos rasgos que se traspasan de una lengua a otra y otros que no. En los capítulos siguientes, dedicados a estudiar los mecanismos de los cambios lingüísticos, veremos que el contacto de lenguas no se puede considerar una causa de los cambios, por mucho que pueda tener una clara influencia en la ocurrencia de procesos de reanálisis. Otro factor externo (que algunos autores considerarían interno) es el conocido como fenómeno del habla infantil. En este terreno debemos ser muy cautos, ya que, aunque hemos visto que el proceso de adquisición del lenguaje es crucial en 87

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el proceso de extensión del cambio lingüístico, eso no debe implicar que el habla infantil, que en efecto es distinta de la del adulto, deba o pueda ser la causa de cambios fonéticos, morfológicos o sintácticos, como se ha propuesto en ocasiones, especialmente en lo que respecta a los cambios fonéticos. Aunque es cierto que algunas características del habla de los niños coinciden con pautas históricas habituales de cambio fonético (simplificación, alteración posicional de segmentos, analogía, etc.), lo cierto es que no hay total coincidencia. Es más, si eso fuera realmente así, entonces la predicción sería que las lenguas tendrían que cambiar mucho más rápidamente de lo que lo hacen. Además, desde el punto de vista sociolingüístico, los niños pequeños no están en posición de ser muy influyentes a la hora de afectar los patrones de difusión de los cambios. Si se pretende defender la idea de que los niños podrían mantener esas propiedades en la edad adulta, entonces no se podría explicar por qué algunos de los cambios fonéticos más frecuentes, como la sonorización de los segmentos sordos intervocálicos (véase el capítulo 4), no están entre los errores que cometen típicamente los niños. Lo mismo se puede decir de la regularización analógica en morfología, o del reanálisis sintáctico: ambos fenómenos, como veremos, son muy relevantes para explicar el surgimiento de variantes lingüísticas, y ambos fenómenos son estadísticamente más frecuentes en el habla infantil, pero aún quedaría por explicar por qué en algunas ocasiones el habla infantil se preserva en la edad adulta y en otras no.

2.3.2. Posibles causas internas La mayoría de las teorías que proponen causas internas o puramente lingüísticas adolecen de un defecto que ya hemos observado: la confusión entre los posibles efectos o consecuencias de los cambios y las causas de los mismos. Esto es especialmente frecuente en las teorías que defienden que el cambio busca algún tipo de simplificación o de ahorro de esfuerzo. Esta línea de explicación causal es imperante, tanto en el pasado como en el presente, en el ámbito del estudio del cambio fonético. Y es esperable que así sea porque, como veremos con detalle en el capítulo 4, los cambios fonéticos más frecuentes en la historia de las lenguas son aquellos que, en general, se inscriben en el fenómeno de la asimilación (esto es, el cambio que altera algún rasgo de un sonido para asimilarlo a aquel con el que se coarticula). Por supuesto, las reglas asimilatorias son frecuentes en la fonología de las lenguas, de manera que, por ejemplo, la preposición en en español se pronuncia con una nasal alveolar [n] en la secuencia en lata pero con una nasal bilabial [m] en la secuencia en pepitoria. Cuando esos cambios se desvinculan de la variación contextual y se estabilizan, decimos que ha habido un cambio lingüístico asimila-

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torio. Así, el prefijo negativo in- en español se pronuncia (y se escribe) im- cuando va delante de raíces que comienzan con un sonido bilabial, como, por ejemplo, en las palabras impío o imprudente. Podría decirse entonces que la causa de ese cambio fonético ha sido el facilitar la pronunciación, esto es, el ahorro de esfuerzo por parte del hablante. Pero esa es una (extendida) tentación en la que no deberíamos caer, fundamentalmente por dos razones. Por una parte, porque a pesar de la apariencia, no está del todo claro que sea más eficaz pronunciar, por ejemplo, in-pío que im-pío. Si fuera así cabría preguntarse por qué en muchas lenguas no se han producido esas asimilaciones. Por ejemplo, en inglés actual se dice unpardonable (con n) e impossible (con m) y no está claro que los hablantes nativos de esa lengua consideren más torpe o menos eficaz la primera palabra que la segunda. Es cierto que la asimilación parece hacer menos compleja la maniobra articulatoria para pasar de un sonido a otro, pero eso no significa que el ahorro de esfuerzo sea la causa del cambio de, por ejemplo, [np] a [mp]; si acaso, como veremos, el ahorro articulatorio sería un factor que explicaría por qué ciertas variantes son más frecuentes que otras, lo que a su vez explicaría por qué tienen más probabilidades de ser seleccionadas diferencialmente. Por otra parte, aunque admitiéramos el argumento, no dejaría de ser una confusión entre causa y efecto, puesto que si afirmamos que la simplificación es la causa del cambio, entonces tendríamos que atribuir al proceso un propósito, una finalidad. Pero, como hemos visto, en modo alguno podemos decir que los hablantes sean conscientes de que si hacen determinados cambios su lengua será mejor o más económica que antes (entre otras razones porque estaríamos asumiendo que los hablantes pueden imaginar estados futuros de lengua, compararlos con el presente, y actuar en consecuencia, lo que parece implausible). Consideremos, por ejemplo, la evolución del grupo fónico [kt] en latín vulgar, por ejemplo en la palabra octo ‘ocho’. Según la hipótesis de que la causa del cambio puede ser la facilitación de la pronunciación podríamos alegar que la solución del italiano (otto) es la forma óptima, al ser la más claramente asimilatoria, quedando otras formas históricas como intentos fallidos o no completados de dicho proceso, tales como el huit francés, el vuit catalán, el ocho español o el opt rumano. Tampoco sería fácil explicar por qué los romanos y sus ancestros estuvieron pronunciando okt- durante cientos o miles de años, ni por qué una forma de origen común ha evolucionado en griego moderno a okhtó, interponiendo un sonido fricativo velar. Como discutiremos en el capítulo 4, cuando estudiemos el cambio fonético no podemos tener en cuenta únicamente al hablante, sino, esencialmente, también al oyente. Puede que al hablante le interese simplificar la pronunciación, pero los intereses cognitivos del oyente probablemente serán muy diferentes, incluyendo, por ejemplo, el discriminar mejor los sonidos, algo que no se ve ayudado necesariamente por la asimilación.

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Otro tipo de causas internas son las que podríamos llamar causas estructurales. Se habla de causas estructurales o funcionales cuando se atribuye la motivación de un cambio a la función que dicho cambio pueda desempeñar en un determinada parte del sistema lingüístico. Ha sido la tradición del funcionalismo europeo la que más ha desarrollado este tipo de explicaciones, especialmente (aunque no de manera exclusiva) en el ámbito del estudio del cambio fonético. Este tipo de explicaciones se basa en la idea de que las causas de ciertos cambios pueden residir en tendencias inherentes de los sistemas fonológicos a la simetría y la economía. Es importante señalar que las cuestiones de simetría, economía o simplicidad son relevantes para comprender el flujo de los cambios lingüísticos, pero como sucede con toda teoría funcionalista, la idea de que los cambios están dirigidos a un fin debe expurgarse de argumentaciones circulares y de la confusión entre causas y consecuencias. Consideremos un ejemplo. Una manifestación muy frecuente de este tipo de aproximación funcionalista es la que podría denominarse “teoría del relleno de huecos”. Sucede a veces que ciertas lenguas parecen presentar algún hueco o casilla vacía en sus sistemas fonológicos. En el cuadro siguiente tenemos el sistema fonológico de las oclusivas en protocéltico (tomado de Shiler 2000): CUADRO 2.3 Sistema fonológico de las oclusivas en protocéltico Labial Apical Velar Labiovelar Sordo Sonoro

b

t d

k g

kw gw

Cualquier observador puede responder qué es lo que aparentemente falta en el cuadro 2.3. Y, en efecto, algunos cambios fonéticos han dado lugar en algunas lenguas célticas a una p, como en galés: [kw] > [p]. El primer problema evidente que plantea el postular que la finalidad del cambio ha sido rellenar esa casilla es que normalmente han sido otros cambios los que han creado las casillas vacías, por lo que lo que el coste de tener que asumir que hay cambios fonéticos que tienen como finalidad el equilibrar los sistemas no nos ahorra la necesidad de aceptar que también existen cambios que los desequilibran (o que son insensibles a las presiones del sistema). Por otra parte, hay que tener en cuenta que estas explicaciones no se imponen límites de tiempo: el cambio puede tardar treinta años o dos mil en equilibrar el sistema, por lo que la hipótesis de una tendencia en tal dirección se debilita consi-

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Las causas de los cambios lingüísticos

derablemente y, además, la teoría se hace infalsable (así, bastaría con decir que cuando el hueco no se llena, es que no se ha llenado todavía). Además, las teorías funcionalistas tienen serios problemas cuando una situación da resultados distintos. Así, el hueco del protocéltico se rellenó en galés, pero no en antiguo irlandés, en el que el sonido labiovelar sordo se fundió con [k] dejando el hueco vacío. Es cierto que el hueco de p se acabó llenando también en antiguo irlandés, pero no por el mismo proceso que en otras lenguas, que habría quedado misteriosamente en suspenso, sino por medio de préstamos que incluían ese fonema, como peccad ‘pecado’ y no sin resistencia. De hecho, observa Sihler (2000: 66-67) que en los primeros préstamos el primitivo irlandés sustituía la p de los préstamos por kw labiovelar, como atestigua Kwatrikios, que – tomado del latín Patricius– dio en antiguo irlandés Cothrige. Veremos en el capítulo 4 que la estructura de los sistemas fonológicos es un factor muy relevante en la explicación de algunos cambios fonéticos y que, en general, la estructura de los sistemas lingüísticos (y, por supuesto, del organismo que los sustenta) limita y restringe las pautas de cambio que encontramos en las lenguas, pero ello no debería hacernos pensar que es correcta la inferencia de que, dado que cierto cambio establece (o reestablece) cierto equilibro en el sistema, ha sido la tendencia al equilibro del sistema lo que ha causado el cambio, simplemente porque es incorrecta.

2.3.3. Breve anatomía de un cambio lingüístico Sabemos que un logro esencial de la teoría de la evolución formulada por Darwin fue el acertar a distinguir entre, de un lado, las causas de las mutaciones que generan variación entre los individuos de una población y, de otro lado, las causas de por qué ciertas variantes fenotípicas se seleccionan frente a otras, dando lugar a cambios evolutivos. Darwin no llegó a conocer las causas de las variaciones, al no ser bien conocido en su momento el mecanismo bioquímico de la herencia y de la mutación genética, pero sí se pronunció enérgicamente sobre las causas de la selección de ciertas variaciones frente a otras. Un logro similar de la lingüística histórica moderna, muy deudora en este caso de la aportación seminal de Labov, es el haber acertado a determinar que, sea cual sea la causa de las variaciones lingüísticas, la causa de la selección de unas frente a otras no es otra que el prestigio social. El prestigio social es pues, como ya se señalaba en el cuadro 2.2, el equivalente lingüístico de la selección natural. Reincidiendo en ese paralelismo entre la selección natural y la selección social, es tentador afirmar que la isla de Martha’s Vineyard (situada en la costa este de los Estados Unidos de América, concretamente en el estado de Massachusetts) es a la comprensión de las causas de los cambios lingüísticos lo que son las Islas

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Galápagos al desarrollo de la teoría de la evolución de Darwin. Es sabido que el naturalista inglés encontró inspiración para su teoría evolutiva en las poblaciones de pinzones y tortugas diferenciadas y aisladas en las islas exploradas en el célebre viaje del Beagle. De manera muy similar, Labov empleó una población aislada del resto de hablantes del inglés americano continental para realizar su estudio empírico seminal sobre las motivaciones sociales del cambio lingüístico. En 1963 Labov publicó un influyente artículo en el que analizaba un cambio lingüístico reciente. Basándose en materiales recopilados en un atlas lingüístico de 1933, Labov trazó la evolución hasta 1961 de lo que él denomina la “centralización” de la vocal en los diptongos [ai] (como en inglés estándar right) y [aw] (como en inglés estándar out), que en el inglés de la isla se pronuncian más como [ei] y [ew]. Labov analiza con detalle cómo sucedió que un uso residual (procedente de las mutaciones vocálicas del inglés en el pasado) de un pequeño grupo rural de hablantes en 1933 pasara a ser un rasgo característico y saliente del habla de la población nativa de la isla en 1961. Lo primero que observó Labov es que al principio del proceso solo aparecía una ligera variación de [a] en el diptongo [ai] si iba seguida de consonantes sordas, y además, solo se observaba en unos pocos individuos. Dados el tipo de población que ha adoptado el cambio, su edad, su ubicación geográfica en la isla, su ocupación laboral, su actitud hacia la isla, etc., Labov concluye que el proceso debió desarrollarse de la siguiente manera: un rasgo residual conservador de una población de determinada edad y determinada posición social (pescadores tradicionales) presenta una peculiaridad fonética que se convierte en un signo de identidad de una comunidad cohesionada y deseosa de mantener su identidad frente a los habitantes del Massachusetts continental (muchos de ellos visitantes estivales del hermoso paraje) y de otros grupos étnicos y sociales de la isla. Al ser el uso lingüístico de esa comunidad de ciertas familias de pescadores el modelo prestigioso entre los hablantes tradicionales de la isla, el rasgo fonético se difunde (inconsciente e involuntariamente) por el habla de cada vez un mayor número de hablantes, hasta terminar extendiéndose a la mayoría de la población de ese grupo social (prácticamente en todos los hablantes de entre 30 y 60 años entrevistados por Labov). Lo que concluye el estudio seminal de Labov es que la motivación esencial para el cambio fonético (y para el cambio lingüístico en general) es social y no puramente lingüística. Según este punto de vista la estructura general de un proceso de cambio lingüístico sería la siguiente: 1. Diversos factores (externos o internos) generan variación en la realización lingüística (normalmente a través del proceso de reanálisis –véase el capítulo 3–). 2. En un momento determinado, por razones independientes de las que producen las variaciones, alguna variante adquiere significación social.

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Las causas de los cambios lingüísticos

3. A partir de ese momento la variante se extiende a más formas y a más hablantes, lo que con el paso del tiempo constituiría un cambio lingüístico. Esta perspectiva social del cambio permite explicar mejor algunos procesos de cambio que, en primera inspección, inducen a una (inadecuada) solución teleológica. Por ejemplo, si, como veíamos más arriba, se produce una asimilación fonética, la explicación de que la causa ha sido la de facilitar el habla no puede resolver el problema de por qué la asimilación se produce en una dirección y no en otra. Por ejemplo, dada una cadena de sonidos [tm], a priori podemos esperar diversas soluciones convergentes con dicho fin asimilatorio, como [pm], [bm] o [mm], con varios grados de asimilación del primer segmento al segundo, [tn], [td] o [tt], con varios grados de asimilación del segundo al primero, o incluso se podrían modificar los dos, en formas diversas: [tp], [db], [dd], [pp], [bb]. De hecho, si vamos a un ejemplo real (tomado de Hock y Joseph, 1996: 146), hay descendientes tempranos del sánscrito que han convertido [tm] en [tp], pero también en [tt] y también en [pp], de manera que la forma original atman- (‘mismo’) se ha transformado en atpan-, en attan- o en appan-. Lo interesante de esto es que la decisión de cuál ha de ser el resultado del cambio, por así decirlo, no se puede predecir en términos puramente lingüísticos, ni podemos decir que una de las soluciones responda mejor o peor a la supuesta demanda, porque esta no es la causa del cambio. Lo que revela este ejemplo, como el anterior del grupo [kt] latino, es que la suerte de las variantes no depende de su función, sino de cuál se sancione socialmente en un momento dado. Nótese que esta perspectiva nos permite explicar también por qué son tan frecuentes los cambios asimilatorios, algo que sin duda está detrás de las tentadoras explicaciones basadas en la facilitación de la pronunciación como causa del cambio. Es razonable que en el rango natural y esperable de dispersión de las realizaciones fonéticas (que consideraremos con más detalle en el capítulo 4) el mayor porcentaje de las realizaciones de, por ejemplo, el grupo [tm] corresponda a variantes asimilatorias. Supongamos, por poner una cifra arbitraria, que el 80% de las variantes de [tm] en el habla real son asimilaciones y que solo el 20% son disimilatorias. Imaginemos ahora que la selección social procede ciegamente, como si fuera un sorteo, sobre el conjunto de las variantes. Las posibilidades de que se elija una variante asimilatoria son mucho mayores de que se elija una disimilatoria, simplemente porque las primeras son más frecuentes, lo que explicaría por qué los cambios asimilatorios son más frecuentes sin necesidad de acudir a la infecunda explicación funcional que, a diferencia de la ahora ofrecida, no puede explicar ni la disparidad de soluciones, ni que el cambio sea impredecible (o no se produzca), ni que a veces el cambio sea disimilatorio. 93

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Las variantes lingüísticas que resultan triunfadoras en el tiempo y sustituyen a sus “rivales” no deben, pues, su elección a su valor intrínseco, a su mayor funcionalidad o eficacia, ni a cualquier otra ventaja cognitiva o comunicativa que puedan reportar, sino que reúnen como único mérito el haber sido las correspondientes a hablantes a los cuales otros hablantes imitan, por cualesquiera razones que lo hagan. En este sentido, la suerte de las variantes lingüísticas es, desde el punto de vista funcional, aleatoria e imprevisible, por mucho que esté estrechamente canalizada por la Facultad del Lenguaje y cualesquiera otros principios que afecten a los sistemas cognitivos, como tendremos ocasión de comprobar en los capítulos siguientes.

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Los mecanismos de los cambios lingüísticos

Charles Darwin es una de las personas más influyentes en la historia intelectual de nuestra especie porque acertó a formular (en el momento oportuno) una hipótesis sencilla –pero profundamente explicativa– sobre cómo y por qué se produce la evolución de las especies. Pero ello no implica, ni muchísimo menos, que con Darwin se cerrara el desarrollo de la teoría de la evolución o que su modelo resolviera todos los misterios e incógnitas que plantea ese fascinante fenómeno. Más bien al contrario, con Darwin empieza la teoría de la evolución (y, en teoría al menos, acaba la visión acientífica creacionista). La biología evolutiva posterior a Darwin no solo ha buscado explicación fundamentada al modelo formulado por el naturalista inglés, sino que ha descubierto nuevos e inesperados mecanismos y factores que constriñen y guían los mecanismos de la evolución natural. En el capítulo anterior hemos buscado inspiración en la teoría de la evolución para analizar el problema de la explicación de las causas de los cambios lingüísticos. Y hemos concluido, de acuerdo con lo que nos enseña la teoría evolutiva básica, que las lenguas cambian simplemente porque se “reproducen” de manera imperfecta. La reproducción imperfecta, esto es, la aparición de diferencias en las “copias” que los individuos hacen de las lenguas-i usadas en el entorno genera variación. Al igual que no habría evolución natural si no existiera variación en las poblaciones de organismos, no habría cambio lingüístico si los hablantes no presentaran variación en el uso del lenguaje, lo que propicia una transmisión diferencial de los rasgos lingüísticos a las generaciones posteriores. En el presente capítulo y los siguientes examinaremos con más detalle los mecanismos mediante los cuales se producen los cambios lingüísticos y propondremos una versión restrictiva de los mecanismos del cambio, lo que, al igual que sucede con la teoría evolutiva, en modo alguno quiere dar a entender que ya está todo explicado sobre este complejo y apasionante fenómeno. 95

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

3.1. ¿Mecanismos o un único mecanismo?: el concepto de reanálisis Para comprender los mecanismos del cambio exploraremos por separado los diversos niveles o ámbitos estructurales de las lenguas humanas en los que se producen cambios históricos, tales como el nivel fonético-fonológico (capítulo 4), el morfológico y el léxico-semántico (capítulo 5) o el sintáctico (capítulo 6) y atenderemos a los aparentemente peculiares mecanismos de cada ámbito estructural. Sin embargo, este examen relativamente detallado no solo tiene como objetivo presentar al lector una visión comprehensiva de cómo y cuánto puede cambiar la estructura de las lenguas, sino también el mostrarle que, a pesar de la aparente diversidad que presentan entre sí los cambios fonéticos, morfológicos, sintácticos y léxicos, todos ellos se basan en un único e idéntico mecanismo: el reanálisis. Si el lector dirige su mirada al cuadro 2.2 del capítulo 2 en el que se proponían las correlaciones entre los conceptos básicos de la teoría evolutiva y de la lingüística histórica, comprobará que se hacía equivaler el concepto de reanálisis al concepto biológico de mutación genética. Antes de centrarnos en el concepto de reanálisis, es preciso observar que no estamos haciendo un uso preciso y técnico del concepto de mutación genética. Lo único que nos interesa del complejo proceso biológico de mutación genética es que es uno de los mecanismos esenciales por los que se crea variación fenotípica heredable en los organismos naturales, como por ejemplo, en los animales. Una alteración accidental en el proceso de duplicación del ADN puede dar lugar a ciertas diferencias en el fenotipo concreto de un individuo con respecto a otros, produciendo variación en la forma de un individuo con respecto al resto en una población determinada. Dichos rasgos diferenciales de un individuo (por ejemplo en la coloración exterior) pueden ser nocivos, pueden ser irrelevantes, o pueden conferir a tal individuo una mayor tasa de supervivencia en un determinado medio ambiente (por ejemplo, proporcionando un mejor camuflaje frente a los depredadores habituales), lo que podría implicar que ese gen accidentalmente mutado, innovado, se extendiera en la población a costa de los genes no mutados o “antiguos”. Si el individuo portador de ese gen mutado tiene una mayor tasa de supervivencia en comparación con los organismos no mutados, tendrá mayores posibilidades de reproducirse y transmitir dicho gen a sus descendientes que, a su vez, tendrán mayores posibilidades de reproducción, haciendo progresivamente que la población no mutada sea más escasa y llegue incluso a desaparecer, dando lugar a una modificación, a un cambio, en la fisionomía global de la población resultante, esto es, produciendo un cambio evolutivo. La analogía que proponemos entre la mutación genética y el reanálisis se basa en que el reanálisis consiste en una alteración de la relación entre una expresión lingüística y su estructura subyacente. De manera algo simplificada, se podría 96

Los mecanismos de los cambios lingüísticos

decir que para el hablante H1 la expresión E tiene la estructura X, mientras que para el hablante H2 la misma expresión E tiene la estructura Y, esto es, el hablante H2 “reanaliza” la expresión E, le confiere una estructura subyacente diferente (Y) a la del hablante H1 (X). En cierto sentido, pues, la lengua-i del hablante H2 tiene una mutación, en el sentido de que la relación entre los elementos de la expresión E y los elementos de su estructura subyacente es diferente a la que se produce en la lengua-i del hablante H1. Veamos un ejemplo sencillo y algo simplificado para hacer todo esto más concreto, y volveremos a continuación a una definición precisa del concepto de reanálisis y a una discusión de sus implicaciones. Consideremos el español y concretamente la palabra radio en su acepción de “aparato para la recepción de ondas de radio”. En el español estándar es una palabra femenina (a pesar de que acaba en -o), por lo que los hablantes usan expresiones como La radio está estropeada o Me he comprado una radio nueva. Sin embargo, en algunas variantes o registros del español ciertos hablantes han innovado la palabra arradio con el mismo significado, aunque ahora de género masculino. Para estos hablantes son expresiones normales El arradio está estropeado o Me he comprado un arradio nuevo. El origen de esta variante (en este caso poco exitosa socialmente) se puede explicar adecuadamente como un proceso de reanálisis. Para entender más cabalmente cómo se ha podido producir este (o cualquier otro) proceso de reanálisis es muy importante que tengamos en cuenta el modelo de la facultad del lenguaje (FL) presentado en el capítulo 1 (apartado 1.2.3) y la hipótesis (apartados 1.2.5 y 1.2.6) de que la variación en las lenguas se produce en las diferencias que en cada lengua-i se establecen en la conexión entre los sistemas internos (sistema computacional y sistema conceptual-intencional) y el sistema dedicado a la externalización del lenguaje (el sistema sensorio-motor). Recordemos asimismo (véase la figura 1.2) que asumíamos que la interfaz entre los sistemas internos (supuestamente universales) y el sistema sensorio-motor consiste en lo que hemos denominado un léxico-i. El léxico-i es, por expresarlo simplificadamente, un conjunto de exponentes morfológicos (esencialmente palabras) que vinculan en la memoria a largo plazo y de manera estable tres tipos de elementos: un fragmento de estructura sintáctica, una representación semántica (el significado concreto de esa expresión estructurada) y una representación fonológica conectada directamente al sistema sensorio-motor (que será de tipo vocalauditivo en el caso de las lenguas orales y manual/facial-visual en el caso de las lenguas signadas). El uso habitual del lenguaje (véase la figura 3.1) implica la operación interna del sistema computacional que genera una estructura sintáctica combinando entre sí elementos conceptuales con una determinada interpretación semántica y, seguidamente (casi de manera simultánea), la externalización de esa estructura sintáctica interna por medio de los exponentes adecuados del léxico-i, que la

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

materializan en una onda sonora continua y lineal, esto es, como un objeto material que no refleja sino muy pobremente la estructura sintáctica y la representación semántica de dicha expresión. A lo que el oyente (o el niño que está adquiriendo una lengua) tiene acceso inmediato no es pues a la estructura sintáctica o a la representación semántica que subyacen a una expresión dada, sino únicamente a la onda sonora que la materializa en un determinado contexto comunicativo.

A A

B B

W

C C

D

X

Y

W, X, Y

Figura. 3.1. Derivación de una estructura sintáctica, externalización de la misma en una cadena lineal de elementos del léxico-i (X, W, Y) y materialización de estos elementos en una onda sonora.

La tarea del oyente (o la del aprendiente) es la de emplear su lengua-i (incluyendo su propio léxico-i) para descubrir dicha interpretación, analizando en diversos niveles la onda sonora recibida (así como además inferir la intenciones comunicativas del hablante). En el caso ideal, la estructura sintáctico-semántica que el oyente (o aprendiente) obtiene es idéntica a la que tenía en mente el hablante. Cuando esto no es así, podemos decir que se ha producido un reanálisis. Así pues, un reanálisis es básicamente un error de descodificación (o de adquisición) y cuando ese error (esa “mutación”) se estabiliza en la lengua-i del oyente y se extiende a otros hablantes, decimos que se ha producido un cambio lingüís-

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Los mecanismos de los cambios lingüísticos

tico. No en vano Anthony Kroch afirmaba que “el cambio lingüístico es por definición un error en la transmisión de rasgos lingüísticos a lo largo del tiempo” (2000: 699, traducción nuestra). Volvamos a nuestro ejemplo para ilustrar este proceso y para terminar de exponer cómo el fenómeno del reanálisis puede explicar el origen de la variante arradio. Consideremos que la expresión E de nuestra definición anterior es la frase He comprado una radio. Tal frase tendría la siguiente estructura en la mente del emisor del mensaje (en el capítulo 6 se proporciona una justificación de este tipo de representaciones): T

V

T

V

he ccomprado

D

D

N

una

radio

Figura 3.2. Representación sintáctica (simplificada) de He comprado una radio.

En este caso concreto la lengua-i determina que el exponente léxico he materializa la categoría T (compuesta de Tiempo y de rasgos de concordancia de primera persona y singular, que remiten a un sujeto no expreso equivalente a yo), comprado materializa al núcleo V del sintagma verbal, una materializa al determinante D y radio al nombre femenino radio (asumimos ahora sin mayor discusión que N determina los rasgos de número y género de D, de la misma manera que el sujeto no expreso determina los números y persona del auxiliar he). Cuando esos exponentes léxicos se transfieren al sistema motor se genera una onda sonora que podríamos representar como una cadena continua como la siguiente: 99

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

1. /ekompraunarradio/ Tal objeto, como vemos, no refleja la estructura jerárquica binaria con constituyentes anidados típica de la sintaxis humana ni, por supuesto, los rasgos semántico-conceptuales implicados en los diversos nudos de dicha estructura (T, V, D, N). Lo único que refleja es una secuencia lineal continua que el oyente debe procesar. Si el oyente tiene firmemente asentados en su lengua-i los mismos exponentes que el hablante y no media ningún otro factor, es esperable que la segmentación de la onda sonora (en la parte que ahora nos interesa) se produzca como se ilustra en 2, de acuerdo con la estructura de la figura 3.2. 2. unarradio → una | radio = [[una] [radio]] Sin embargo, nótese que esa secuencia se puede segmentar de otras maneras sin excesivo conflicto con el sistema general de la lengua y con las situaciones comunicativas o contextos en los que pueda aparecer esa frase. Podemos suponer ahora que la innovación de la forma léxica inexistente previamente arradio es el resultado de una segmentación diferente de la onda sonora, lo que implica a su vez una diferente asignación de exponentes léxicos en la materialización de la estructura, esto es, un reanálisis de ese material, tal y como se refleja en 3: 3. unarradio → un | arradio = [[un] [arradio]] En este caso, la estructura recuperada es prácticamente idéntica, así como el significado asociado a la misma, pero con la diferencia de que al nombre ‘radio’ se le asigna el género masculino (quizá por efecto de la tendencia general a que los nombres acabados en -o sean masculinos en español) y se reinterpreta el determinante como la forma masculina un, en lugar de la forma una original (un proceso similar estaría detrás de la innovación coloquial amoto en lugar de moto ‘motocicleta’, y el simétrico en el vulgar parato en lugar de aparato). Todo ello implicaría la reconstrucción de la estructura subyacente en los siguientes términos (véase figura 3.3). En este caso la innovación implica únicamente la modificación de la entrada léxica del nombre radio, que en algunos dialectos pasa a ser arradio (y cambia de género), pero no implica lo que habitualmente entendemos por un cambio lingüístico. Si la forma innovada se extendiera por la mayoría de los hablantes del español desplazando a la forma original, o si el proceso de reanálisis que hemos descrito se produjera de forma masiva por nuevas generaciones de hablantes en proceso de adquisición de su lengua, entonces estaríamos delante de un cambio lingüístico, aunque modesto.

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Los mecanismos de los cambios lingüísticos

Como veremos con cierto detalle en los capítulos siguientes, este mismo mecanismo, con las diferencias pertinentes que iremos considerando, es el que subyace a todos los tipos de cambio lingüístico (fonológicos, morfológicos, sintácticos y léxicos) que están detrás de la diversidad de las lenguas que hablan los seres humanos. T

V

T

V

he ccomprado

D

D

N

un

arradio

Figura 3.3. Estructura reanalizada de la secuencia He comprado un arradio.

3.2. Ambigüedad, abducción y aprendizaje abductivo Pero antes de continuar es importante que volvamos a una condición que se ha mencionado arriba (casi de soslayo) para justificar la ocurrencia de un proceso de reanálisis. El lector atento recordará que hemos dado a entender que, de alguna manera, el oyente que efectúa el reanálisis (frente al que no lo produce) no debería tener muy firmemente establecida en su mente la entrada léxica de la palabra ‘radio’. Es fácil aceptar que la probabilidad de que se produzca un reanálisis aumenta en función del grado de inseguridad del oyente con respecto a las propiedades léxicas de los ítems almacenados en su léxico-i. Por ello, los reanálisis son especialmente frecuentes en hablantes maduros que intentan dominar un registro lingüístico o un dialecto que no les es habitual, en los niños que están en proceso de adquisición de la lengua materna (L1) o incluso en los niños o adultos que están en proceso de aprendizaje de una lengua como lengua segunda (L2). No cabe duda entonces de que los individuos más expuestos a la inseguridad o indeterminación de las propiedades concretas de los ítems léxicos de su lengua-i

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

son, por definición, los hablantes que están precisamente en proceso de adquisición y desarrollo de su propia lengua-i. Como hemos visto en el capítulo anterior, es habitual en la bibliografía sobre el cambio lingüístico atribuir este al proceso de adquisición del lenguaje. De hecho, en nuestra analogía entre el cambio lingüístico y la evolución natural (capítulo 2, cuadro 2.2) hemos hecho corresponder el proceso de desarrollo de un organismo (desde la concepción hasta el estado adulto maduro) con el proceso de adquisición del lenguaje (desde los primeros balbuceos –o incluso desde antes del nacimiento– hasta la pubertad). Y, en general, hemos dado a entender conscientemente que al igual que el proceso de evolución natural se produce a través de la reproducción de los organismos, el proceso de cambio lingüístico se produce a través de la transmisión diferencial de la lengua-i a través de las generaciones. Todo ello es adecuado, pero debe tenerse en cuenta que no significa que el origen de todos los cambios lingüísticos esté necesariamente en el habla infantil o impliquen la perpetuación de estados inmaduros del desarrollo en la edad adulta. Muchos cambios lingüísticos pueden tener su origen en reanálisis producidos por adultos maduros. Sin embargo, dado que en última instancia hablamos de un cambio lingüístico cuando las innovaciones respecto a estados anteriores se generalizan en una población y se transmiten a generaciones sucesivas (lo único que nos permite tener una perspectiva histórica adecuada), en la práctica asumiremos que los cambios lingüísticos se producen con la transmisión diferencial de la lengua-i a lo largo de las sucesivas generaciones de hablantes, por mucho que ello no nos autorice a ignorar que los cambios también se deben extender “horizontalmente” en las poblaciones para poder ser operativos como tales en la dimensión histórica. Como hemos señalado, otro punto fértil de nuestra analogía inspiradora radica en que el proceso de replicación biológica es inseguro, ya que depende de un complejo proceso de replicación de la larga cadena de ADN que contiene las instrucciones para generar los tejidos y estructuras que configuran un organismo. Esa posible fluctuación en la codificación es la que puede dar lugar a mutaciones genéticas que, en función de factores externos variables y contingentes, pueden dar lugar a cambios evolutivos en las poblaciones de individuos. Pues bien, el proceso de adquisición del lenguaje es típicamente inseguro y, al igual que el proceso de replicación genética, está claramente expuesto a mutaciones, esto es, en nuestro caso, a procesos de reanálisis. Las razones por las que el procedimiento de adquisición del lenguaje (es decir, de replicación de las lenguas-i a través de las generaciones) es inseguro tienen relación directa con la arquitectura de la FL a la que hemos estado aludiendo. Recuérdese que el único nexo directo que existe entre la lengua-i de un hablante H (asumiendo que H es el ‘progenitor’) y la lengua-i de un oyente O (asumiendo que O es el ‘descendiente’) son las expresiones lingüísticas producidas por H (y, 102

Los mecanismos de los cambios lingüísticos

por supuesto, por el resto de hablantes de la comunidad) cuando materializa su lengua-i. En términos simplificados, aunque suficientemente adecuados, podría decirse que la tarea de O es la de reconstruir en su cerebro el léxico-i de H. Una vez que O tiene un fragmento suficiente del léxico-i en su cerebro, tal léxico-i hace de interfaz entre sus propios sistemas internos (el computacional/sintáctico y el conceptual/semántico) y su sistema sensorio-motor, permitiendo a O exteriorizar la misma lengua-i (en realidad, una muy semejante) que H. En términos aún más simples: O tiene que aprender a externalizar su lenguaje interno de la misma manera en que lo hacen los miembros de su comunidad. En esa prodigiosa tarea O está asistido por su propia naturaleza (en el sentido de que es muy probable que el sistema computacional y el sistema conceptualintencional estén en buena medida determinados biológicamente, como lo está el sistema sensorio-motor), pero aún debe emplear los estímulos del entorno (de dentro y de fuera del organismo) para madurar y precisar esos atributos innatos y, sobre todo, tiene que interiorizar el léxico-i a partir de muestras de materializaciones acústicas de tal léxico-i (muestras que, como hemos visto, son fragmentarias y muy empobrecidas en su estructura). Siguiendo un uso estándar, llamemos corpus al conjunto de expresiones lingüísticas a las que está expuesto O para interiorizar el léxico-i necesario. Aunque la bibliografía sobre la adquisición del lenguaje es vasta y son muchas las teorías y modelos formulados para intentar explicar los mecanismos y fases del proceso de adquisición de la lengua materna, en nuestro interés por comprender el mecanismo del reanálisis lingüístico cobra especial importancia el concepto de aprendizaje abductivo (véase Roberts 2007: 123 y ss.). Fue el filósofo Charles S. Peirce quien introdujo el concepto de abducción como complemento a los conceptos clásicos de deducción e inducción, mientras que Andersen (1973) aplicó por primera vez ese concepto a la explicación del cambio lingüístico. La deducción procede de una ley y un caso dado a un resultado. Por ejemplo, si la ley es ‘Todos los seres humanos son mortales’ y el caso es ‘Sócrates es humano’, se sigue necesariamente el resultado: ‘Sócrates es mortal’. La inducción procede de los casos y resultados a la ley. Así, si un dios del Olimpo observa que los seres humanos (casos) siempre se mueren (resultados), formula la ley ‘Los seres humanos son mortales’. Por su parte, la abducción procede de una ley y un resultado a un caso, lo que hace que la abducción sea considerablemente más débil lógicamente que la inducción y que la deducción, en el sentido de que el caso no se sigue necesariamente, dado que la conexión que se establece entre el caso y el resultado esperado según la ley, podría ser accidental. Así, del resultado ‘x es mortal’ y de la ley ‘Los seres humanos son mortales’ no se sigue necesariamente que ‘x es un ser humano’ (el caso). Nótese que x podría ser un ser mortal pero no humano, como un caballo. Es precisamente el carácter lógicamen103

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

te fallido o débil de la abducción lo que la convierte en un proceso cognitivo interesante para comprender el proceso de reanálisis durante la adquisición del lenguaje (y en cualquier otro contexto, como en el de nuestro ejemplo). Siguiendo a Andersen (1973: 767) y a Roberts (2007: 124) podemos representar un reanálisis lingüístico como parte de un proceso abductivo de la siguiente manera:

Generación 1

G1

Corpus 1

Generación 2

G2

Corpus 2

Figura 3.4. Proceso abductivo. La generación 2 abduce la gramática 2 (G2) a partir del corpus 1 generado por la gramática 1 (G1).

En el esquema de la figura 3.4. la expresión corpus (C) se refiere, como hemos visto, al conjunto de expresiones lingüísticas producidas por una determinada gramática (G). Así, la generación 1 del esquema (‘los procreadores’) tiene la gramática G1 y produce el corpus C1. Por su parte, la generación 2 (‘los descendientes’) produce, a partir del corpus C1 al que está expuesto, la gramática G2. En este punto, señalado por la flecha en el esquema, es donde se produce la abducción. Nótese que en principio la generación 2 podría producir la gramática G1 a partir del corpus C1 (de hecho, sería lo esperable), pero, por así decirlo, comete un error de abducción y produce la gramática G2, que a su vez generará un corpus distinto, C2. Es comparando las diferencias entre C1 y C2 cuando constatamos que ha habido un cambio lingüístico. Se trata de un error abductivo porque en cierto modo la generación 2 está usando el corpus C1 como el resultado y su propia dotación biológica (la parte invariable de la Facultad del Lenguaje, la llamada Gramática Universal, GU) como la ley, y está abduciendo el caso, la gramática G. Hay un error abductivo porque la generación 2 está tomando un caso incorrecto (G2) como si fuera el caso correcto (G1). Tanto la G1 como la G2 siguen la ley (la GU) y son coherentes con el corpus 1 (el resultado), del mismo modo que tanto la afirmación ‘x es un ser humano’ como la afirmación ‘x es un caballo’ son coherentes con el resultado (‘x es mortal’) y con la ley (‘Los seres humanos son mortales’), aunque solo una puede ser adecuada a la naturaleza de x. Si volvemos a nuestro ejemplo concreto, tanto el análisis una radio como el análisis un arradio (casos) son coherentes con la cadena /unarradio/ (el resultado)

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Los mecanismos de los cambios lingüísticos

y los dos siguen la ley (la gramática del español en este caso), aunque solo uno era el pretendido por el hablante. La clave esencial de este modelo del cambio lingüístico por medio de reanálisis es pues la naturaleza abductiva de la adquisición del lenguaje (y, por tanto, de la transmisión de las lenguas), que a su vez es consecuencia de que el único nexo entre G1 y G2 (esto es, entre dos estados históricos distintos de una lengua dada) es el corpus producido por G1. Dado que el oyente (o el aprendiente) no puede tener acceso directo a la gramática mental del hablante (o del modelo lingüístico), tiene que abducir G a partir de C1 y C1 es intrínsecamente ambiguo, en el sentido de que más de una G puede producir C1 respetando las condiciones generales impuestas al proceso (biológicas o de cualquier otro tipo). No es por tanto casualidad que en nuestro ejemplo ilustrativo de reanálisis la fuente de la abducción sea precisamente una secuencia sonora ambigua entre dos análisis sintácticos y morfológicos posibles (una radio / un arradio). Nótese que este modelo del cambio lingüístico basado en un único mecanismo, el reanálisis, establece una predicción que encaja perfectamente con la visión del cambio lingüístico que hemos formulado en los capítulos anteriores, según la cual los cambios lingüísticos están severamente restringidos por la parte históricamente invariable de la facultad del lenguaje (los sistemas internos) y, por tanto, no pueden crear nada nuevo más allá de modificar los exponentes inventariados en el léxico-i característico de cada lengua-i. En otras palabras, los cambios lingüísticos no pueden alterar la sintaxis interna (el sistema computacional), ni el sistema conceptual-intencional, ni –en sí mismo– el sistema sensorio-motor, sino únicamente el sistema de interfaz concreto que externaliza dichos sistemas internos hacia el sistema sensorio-motor (el léxico-i). Por tanto, también se sigue de este modelo basado en el reanálisis la visión no direccional y no teleológica (no funcional) de los cambios lingüísticos que hemos defendido en el capítulo anterior. La hipótesis de que todos los cambios lingüísticos son instancias de procesos de reanálisis tiene como desafío principal mostrar hasta qué punto pueden explicarse todos los cambios lingüísticos como procesos de reanálisis abductivo. Abordaremos este desafío en los capítulos siguientes (4, 5 y 6) dedicados respectivamente a los cambios fonéticos, morfológicos y sintácticos, pero antes merece la pena considerar específicamente uno de los más relevantes y estudiados mecanismos de cambio lingüístico, como es la llamada gramaticalización, el proceso por el que se crean históricamente categorías gramaticales a partir de categorías léxicas. El modelo presentado asume que la gramaticalización también es una instancia del reanálisis. De hecho, tradicionalmente se ha considerado este proceso como un tipo de reanálisis (por ejemplo, en Meillet, 1912) y esa interpretación vamos a mantener en el capítulo 6 (dedicado a los cambios sintácticos).

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

Sin embargo, buena parte de los especialistas en el estudio de los procesos de gramaticalización, especialmente los de persuasión funcionalista, tienden a pensar que la gramaticalización no es un mero proceso de reanálisis, precisamente porque los autores que desarrollan la que se ha dado en llamar teoría de la gramaticalización (TG en lo sucesivo) consideran que esta es un proceso creativo y direccional, un ejemplo de cambio lingüístico que va más allá de alterar el léxico-i y que propiamente crea la gramática de las lenguas, en contra de lo sugerido por la concepción del reanálisis presentada en esta obra, en la que este proceso no crea nuevas categorías, sino que, por así decirlo, solo “cambia las cosas de sitio”.

3.3. El proceso de gramaticalización frente a la teoría de la gramaticalización Antoine Meillet definió el proceso de gramaticalización como “el paso de una palabra autónoma a desempeñar el papel de un elemento gramatical” (1912: 131, traducción nuestra). Se refería el lingüista francés al proceso histórico mediante el cual palabras léxicas mayores, como nombres, verbos o adjetivos se convierten en morfemas gramaticales, bien sean libres (tales como preposiciones, conjunciones, adverbios o auxiliares), bien sean ligados (tales como marcas sufijales de caso, morfemas de concordancia o marcas de flexión temporal). Tal y como está descrito, el proceso se puede subsumir dentro del concepto general de reanálisis, con la precisión de que en este caso el reanálisis implica la reinterpretación del estatus categorial básico de un ítem de naturaleza léxica que pasa a analizarse, por ejemplo, como un un sufijo. Tal es el caso –por ejemplo– del nombre latino mente (forma del ablativo singular de mens, mentis ‘mente’), que pasó de analizarse como un nombre en construcciones absolutas latinas con la estructura alegre mente ‘con el ánimo alegre’ a reanalizarse en muchas lenguas romances como un sufijo que convierte el adjetivo en un adverbio: alegremente ‘con alegría, de manera alegre’ (véase el capítulo 5 para una descripción más detallada de este y otros procesos similares). Asumimos que el proceso de gramaticalización es un caso más de reanálisis porque lo que hace es proporcionar nuevos exponentes a categorías gramaticales que damos por preexistentes, en el sentido de que el reanálisis de un nombre como un afijo adverbializador no implica que en ese proceso se cree el concepto de adverbio aunque, por su puesto, sí se crea algo antes no existente. Nótese que esta afirmación parece contradictoria, pero lo es fundamentalmente por una cuestión terminológica. La cuestión terminológica es, no obstante, muy relevante, ya que en parte está detrás de la discrepancia teórica en torno al concepto de gramaticalización. 106

Los mecanismos de los cambios lingüísticos

Es importante tener en cuenta que en el modelo gramatical generativista que estamos empleando las categorías gramaticales tradicionales (que reciben el nombre de categorías funcionales) son entidades formales abstractas manipuladas por la sintaxis y que determinan la interpretación semántica. La sintaxis o sistema computacional (básicamente un sistema recursivo de combinación binaria y endocéntrica de unidades) emplea esas categorías funcionales, junto con el resto de conceptos humanos, para construir denominaciones, eventos, situaciones y proposiciones. Dichas categorías (cuyo elenco y jerarquía es, por supuesto, objeto de investigación y controversia) se suponen universales y comunes a todos los seres humanos, ya que formarían parte de la FL invariable en tiempo histórico, en el sentido de que emergerían de la conexión entre el sistema computacional y el sistema conceptual. Así, entidades formales (pero interpretables) como ‘singular’, ‘contable’, ‘dirección’, ‘procedencia’, ‘presente’, ‘pasado’, ‘futuro’, ‘negativo’, ‘conocido’, ‘desconocido’, ‘vivo’, ‘muerto’, ‘humano’, etc., se asumen consustanciales al pensamiento humano y deberían ser invariables y uniformes en la especie (véase el capítulo 6 para una formulación más explícita de esta asunción). Las diferencias entre las categorías gramaticales que hallamos en las lenguas, que ciertamente son notorias, dependerían entonces no de la existencia o inexistencia de tales categorías funcionales, sino de cómo estas se externalizan en unidades léxicas del léxico-i (si es que lo hacen). Cuando asumimos que la gramaticalización no crea la gramática, lo que damos a entender es que el proceso lo que hace es crear o modificar exponentes léxicos para las categorías gramaticales subyacentes (las categorías funcionales) o grupos de ellas. En otras palabras, la diferencia tradicional entre categorías léxicas y categorías gramaticales es inadecuada, puesto que las entidades del léxico-i (libro, aquella, destruyó, amar, luna, ayer, desde, entre, transición, etc.) son con frecuencia la externalización de una mezcla de categorías funcionales y elementos conceptuales denotativos. De manera interesante, la aproximación funcional-cognitivista siempre ha defendido que la diferencia entre unas y otras es arbitraria y que en realidad hay una gradualidad desde un extremo puramente denotativo a uno puramente gramatical, una escala por la que, precisamente, avanzaría la gramaticalización. En realidad, pues, si tenemos en cuenta que las diversas tradiciones se están fijando en entidades distintas cuando hablan de “categorías gramaticales”, la discrepancia quizá no sea tan acusada como parece. En esta interpretación, que es la que vamos a defender en estas páginas, la gramaticalización no es entonces más que un caso particular (aunque muy importante en la explicación del cambio morfosintáctico) del fenómeno general de reanálisis y, en ese sentido, no implica que las lenguas sufran o experimenten una deriva o una tendencia de menos gramatical a más gramatical (en contra de lo que, en efecto, sugiere el término).

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

Sin embargo, como se señalaba, en los últimos cuarenta años se ha desarrollado un movimiento muy relevante en el ámbito de la lingüística histórica y tipológica que considera la gramaticalización como algo más profundo, en el sentido de que se interpretan los procesos de gramaticalización como un verdadero proceso de creación de gramática (véase Hopper y Traugott, 2003 para una introducción detallada y, en esta misma colección, Elvira (2015) para una completa y esmerada presentación en español). Por supuesto, no hay duda de que la gramaticalización crea gramática; lo controvertido es, como hemos visto, qué se entiende por gramática en esa expresión. Según la hipótesis de que la gramaticalización es un caso particular de reanálisis, lo que se crea en el proceso de gramaticalización no es más gramática en sentido estricto, sino nuevos exponentes de categorías funcionales. En este sentido, el proceso de gramaticalización no implica que una lengua sea “menos gramatical” antes de sufrirlo que después, sino que simplemente su gramática ha cambiado. Por el contrario, la tradición referida, la teoría de la gramaticalización (TG), postula que una lengua es “menos gramatical” antes que después del proceso o, en otros términos, postula que la gramática de las lenguas se crea ex nihilo en el proceso de gramaticalización de las unidades puramente léxicas. La TG (cuya culminación teórica pueden ser las obras de Givón, 2009 o Heine y Kuteva, 2007) combina un análisis empírico detallado de estos tipos de cambios en todas las familias lingüísticas (y en todas las épocas disponibles) con la confusión, deliberada, entre la evolución del lenguaje como facultad humana y el cambio histórico en las lenguas. Así, en contra de la separación que hemos establecido en el apartado 2.1.3 entre la evolución del lenguaje como un fenómeno biológico (en el que se produce la FL) y el cambio en las lenguas como un fenómeno histórico (en el que se modifican las lenguas-i), en la TG ambos procesos se solapan o mezclan, de manera que se atribuyen las posibles diferencias entre el pre-lenguaje (entendiendo este término como el estado del lenguaje humano en fases anteriores de la evolución humana) y el lenguaje moderno a un proceso histórico de cambio de las lenguas, dentro del cual la gramaticalización debería entenderse como un proceso histórico que produciría “lenguas gramaticales” (esto es, lenguas modernas como las habladas por la especie humana) a partir de lenguas pre-gramaticales o no gramaticales. Es un hecho que en todas las lenguas humanas conocidas existen categorías gramaticales, mientras que no se ha detectado nada parecido a las preposiciones, conjunciones, marcadores de tiempo y aspecto, pronombres personales, pronombres relativos o artículos definidos en sistemas de comunicación de otras especies. Dado, por otra parte, que es muy plausible que las formas ancestrales del lenguaje humano en nuestros ascendientes evolutivos fueran esencialmente léxicas, pero sin la complejidad sintáctica y morfológica de las lenguas modernas (véase, por ejemplo, Bickerton, 1990 para una influyente propuesta en esa dirección), se esti108

Los mecanismos de los cambios lingüísticos

pula que el mecanismo por el que surgió el lenguaje moderno es el mismo exactamente por el que un nombre o un verbo se reanalizan como una preposición o un sufijo en las lenguas humanas modernas. Esto es, se implica que el problema del origen de la complejidad estructural del lenguaje humano se resume en el problema del cambio lingüístico. Desde esta perspectiva, el cambio lingüístico (y concretamente la gramaticalización) sería entonces el causante de la propia evolución del lenguaje humano. Consideraremos con más detalle las dificultades teóricas y empíricas de este planteamiento en el capítulo 7, dedicado precisamente a las posibles consecuencias de los cambios lingüísticos, y nos centraremos ahora en mostrar que es plausible defender que la gramaticalización no es sino un caso más de reanálisis. En todo caso, es evidente que la TG tiene un indudable atractivo, y ello explica lo fecundo de su tradición reciente y su amplia influencia en la lingüística histórica contemporánea, especialmente en el ámbito funcionalista y de la llamada lingüística cognitiva. Tres son al menos las razones de tal éxito. En primer lugar está el hecho claramente establecido por la lingüística histórica de que las formas gramaticales (afijos, conjunciones, auxiliares, etc.) tienden a proceder históricamente (etimológicamente) de categorías léxicas (nombres y verbos esencialmente) (véase Heine y Kuteva, 2002 para una recopilación de unos 400 procesos de gramaticalización en más de 500 lenguas). En segundo lugar, la tendencia anterior parece encajar adecuadamente en la idea intuitiva habitual (tanto en el ámbito funcionalista como generativista) de que en la evolución del lenguaje humano como facultad las unidades léxicas sustantivas (nombres, verbos, adjetivos) debieron preceder evolutivamente a los operadores (preposiciones, conjunciones, determinantes, cuantificadores, etc.) que empleamos para unir entre sí e interpretar las entidades conceptuales designadas por las unidades léxicas mayores (objetos, animales, eventos, etc.). Según esa visión, las categorías gramaticales procederían evolutivamente de un proceso de abstracción –de sublimación, por así decirlo– de los significados más concretos y tangibles de las palabras léxicas. En tercer lugar, es también evidente que los procesos de gramaticalización parecen ir más allá del reanálisis clásico, en el sentido de que muchos de ellos crean nuevas categorías gramaticales que no existían previamente en el estado lingüístico anterior. Tal es el caso, por ejemplo, del surgimiento de los artículos (por ejemplo el, la en español) a partir de los demostrativos, innovando una categoría que era desconocida en la lengua latina. Consideraremos estos argumentos en el apartado siguiente, pero frente a ellos cabe señalar, ya que este modelo se enfrenta a dos dificultades serias, una empírica y otra teórica: por una parte (a) no hay evidencia de que las lenguas más antiguas a las que tenemos acceso sean “menos gramaticales” que las lenguas más recientes, ni de que existan hoy categorías gramaticales que no existieron en el 109

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

pasado, y por otra parte (b) la explicación de cómo surge un formante para una determinada categoría gramatical (funcional) no explica necesariamente cómo surge esa categoría en la mente de las personas, ni explica las propiedades semánticas y formales que tiene. Respecto de (a) cabría decir que los partidarios de la TG hacen un razonamiento similar al de los cosmólogos: puesto que detectamos que los cuerpos celestes se están alejando entre sí (esto es, que el universo se expande), podemos deducir que en el pasado estaba menos expandido y, dado un tiempo retrospectivo suficiente, postular que en realidad toda la materia estaba condensada en un punto a partir del cual empieza a expandirse. Se trata, como el lector sabe bien, de la teoría del big bang, la explicación generalmente admitida sobre el origen del universo tal y como lo conocemos. Muchas otras razones, entre ellas la detección de la llamada radiación de fondo (que habría sido emitida en el momento de la explosión inicial y que aún podemos captar con la misma intensidad en todos los rincones del universo) o la segunda ley de la termodinámica (que estipula que la entropía crece) confirman que la hipótesis es razonablemente correcta. Podría decirse que los partidarios de la TG hacen un razonamiento similar: puesto que observamos que históricamente las lenguas se están gramaticalizando, podemos postular que las lenguas más antiguas serían menos gramaticales y, dado un tiempo suficiente, que encontraríamos lenguas sin gramática de ningún tipo (las lenguas primitivas, quizá). Sin embargo, no hay nada parecido a la detección de la radiación de fondo en la evolución de las lenguas. Ciertamente, ese no sería el mayor problema para la propuesta de la TG, ya que no podemos pedir a todas las teorías el mismo grado y tipo de confirmación empírica. El mayor problema para esta visión es que tampoco hay evidencia empírica alguna de que realmente las lenguas actuales sean más gramaticales que las lenguas más antiguas, es decir, no tenemos razones para pensar que las lenguas se gramaticalicen en el tiempo (esto es, que “el universo se expanda”). Así lo ha señalado Nichols como conclusión a su examen comparativo de la diversidad de las lenguas en el pasado y en el presente: Esta investigación no ha revelado ninguna evidencia de que el lenguaje humano en general haya cambiado desde los estados más antiguos recuperables empleando el método aquí usado. Simplemente, hay diversidad, distribuida geográficamente. Lo único que podemos demostrar que ha cambiado desde los albores de la humanidad es la distribución geográfica de la diversidad (Nichols, 1992: 277, traducción nuestra).

Para salvar ese serio obstáculo, los partidarios de la TG (véase en particular Heine y Kuteva, 2007) postulan la existencia del lenguaje antiguo (early language), un supuesto estado ancestral de las lenguas humanas, muy anterior a los lími-

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Los mecanismos de los cambios lingüísticos

tes más antiguos a los que alcanza la documentación histórica y la reconstrucción científica de las lenguas, que carecería de gramática (esto es, de morfología y de sintaxis). Pero nótese que entonces, dado que el early language está postulado, el razonamiento es circular y la teoría, por tanto, carente de sustento empírico alguno. Volviendo a nuestra analogía, sería como si demostráramos que el universo en realidad no se expande (esto es, que las galaxias no se alejan entre sí) y careciéramos de la radiación de fondo y de la segunda ley de la termodinámica: no quedaría ninguna razón para seguir apoyando la teoría del big bang. Por supuesto, la teoría del big bang hace impresionantes predicciones sobre el comportamiento y propiedades del universo y por ello se mantiene como la explicación más adecuada de entre las disponibles. No es el caso de la TG. Dicha teoría hace predicciones como las siguientes, que en modo alguno se confirman empíricamente: 1. Las lenguas más recientes deberían tener categorías gramaticales inexistentes en las lenguas antiguas (en las que no habría habido tiempo suficiente para su evolución). 2. Las lenguas antiguas deberían tener menor número y un tipo menos variado de categorías gramaticales. 3. Las lenguas criollas no deberían desarrollar categorías gramaticales en tan poco tiempo, dado que tienen una historia muy reciente. 4. No deberían existir tipos comunes de categorías gramaticales interlingüísticamente, sino que cada lengua o familia debería tener tipos peculiares. Las predicciones 1 y 2 son claramente falsas (salvo que recurramos a un “lenguaje antiguo” postulado). La predicción 3 es muy interesante. Es cierto que en términos generales las llamadas lenguas criollas tienen un menor número de las tradicionales categorías gramaticales que las lenguas que no tienen ese origen, esencialmente debido a que típicamente son lenguas con una morfología menos compleja. Pero, a diferencia de las lenguas de contacto o pidgins de las que (supuestamente) derivan, las lenguas criollas, muchas de ellas de menos de doscientos años de antigüedad, presentan categorías gramaticales (conjunciones, pronombres, marcadores de tiempo, modo y aspecto) usualmente derivadas del reanálisis de categorías léxicas de las lenguas de superestrato que, supuestamente, deberían tardar muchos más años en evolucionar si el procedimiento fuera el mismo que observamos en las lenguas con historia documentada de miles de años, con cambios mucho más graduales y sutiles en la evolución de sus formas gramaticales. Las lenguas criollas son, pues, ellas mismas argumentos directos en contra de que la creación de categorías gra-

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maticales (categorías funcionales para nosotros) se pueda explicar como un proceso histórico de cambio gradual. Pero hay otra lección importante de las lenguas criollas: lo que no suelen tener. En esta categoría se incluyen de manera significativa (a) la flexión verbal (el tiempo y el aspecto se marcan sistemáticamente con morfemas independientes); (b) los sistemas de concordancia (y, como consecuencia, los sujetos nulos); (c) las construcciones pasivas (aunque hay excepciones); (d) alternancias de marcación ergativas; o (e) variación en el orden básico de palabras (todas son típicamente SVO). Todas estas carencias, que comparten muchas lenguas que no son criollas (lo que impide que consideremos las lenguas criollas como un tipo excepcional), apuntan claramente al tipo de fenómenos que son realmente el resultado de la gramaticalización: no las categorías funcionales en sí, sino la creación de exponentes gramaticales que generan ese tipo de complejidad morfológica que solo la historia puede proporcionar. Volveremos al origen de todos esos rasgos ausentes en las lenguas “sin historia” en el capítulo siguiente, empleando la interpretación de la gramaticalización (y de la morfologización) como reanálisis. La predicción 4 es más compleja de evaluar, puesto que depende de la noción de categoría gramatical que se emplee. Muchos autores (p. ej., Haspelmath, 2007) consideran que cada lengua tiene sus propias categorías gramaticales y que, por tanto, nociones como ‘caso acusativo’ o ‘marcador de pasado’ no son aplicables a dos lenguas diferentes. Este punto de vista relativista (que puede estar justificado si hablamos de exponentes de categorías gramaticales más que de las categorías en sí), no puede cuestionar que, en general, los tipos de categorías gramaticales que descubrimos en el estudio de un determinado tipo de lenguas (nombres, verbos, conjunciones, preposiciones –y posposiciones–, auxiliares, afijos, etc.) recurran y sean aplicables, en general, a lenguas de otros tipos. La historia es testigo de ello. Así, aunque es evidente que los lingüistas occidentales prejuzgaban con lentes indoeuropeas las lenguas de África y de América cuando empezaron a analizarlas (como hicieron antes con el latín y el griego respecto a las lenguas vernáculas de Europa), también lo es que las nociones de gramática tradicional (basadas en la gramática griega y latina) no eran inaplicables a dichas lenguas o inútiles para su estudio. Si la configuración de las categorías gramaticales fuera puramente histórica, como lo es, por ejemplo, la relación entre sonido y significado, deberíamos esperar que al igual que un diccionario de turco no nos es muy útil para entender el quechua, una gramática del turco no nos sirviera para analizar esa lengua, pero no es el caso. Respecto al problema (b) que señalábamos, de naturaleza teórica, afirmábamos que la explicación de cómo se produce una nueva categoría gramatical, en realidad es una explicación de cómo se obtiene un exponente para dicha categoría y no una auténtica explicación del origen último de la misma. Ilustraremos este

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Los mecanismos de los cambios lingüísticos

punto con la discusión de un caso concreto que nos permitirá, además, mostrar que los argumentos que parecen sustentar la TG no son tales en realidad.

3.4. La gramaticalización como reanálisis: evolución del artículo en español Como hemos visto, la principal objeción que hacen los partidarios de la TG a la interpretación de la gramaticalización como un proceso de reanálisis es que se asume que la gramaticalización, a diferencia del reanálisis, es un proceso creativo, esto es, capaz de crear reglas, unidades o categorías previamente inexistentes en la lengua objeto de análisis. Ya hemos visto también que una interpretación aún más radical de este punto de vista postula incluso que la gramaticalización es el proceso por el que se crea la gramática (la sintaxis y la morfología) de las lenguas. Por su parte, el punto de vista que aquí defendemos es el de que lo que crea la gramaticalización (como otros procesos de reanálisis) no es una nueva categoría gramatical inexistente previamente, sino una nueva forma, un nuevo exponente léxico para las categorías funcionales inherentes a todo sistema lingüístico humano. Consideraremos un caso típico de lo que algunos autores han llamado gramaticalización pura (la creación de una categoría inexistente en la lengua) para intentar mostrar cómo, partiendo de una visión de la FL como la esbozada en el capítulo 1, no hay en realidad problema alguno en considerar la gramaticalización como un caso de reanálisis (y, por tanto, que la TG es incorrecta). Concretamente emplearemos la completa revisión de la evolución de los artículos definidos en español (el, la, los, las) que hace Elvira (2015), en su caso, para argumentar el punto de vista contrario. Como señala Elvira, la función del artículo es la de indicar que el referente de una expresión nominal es accesible al oyente a través de los datos del contexto o del conocimiento compartido, lo que permite restringir el conjunto de posibles referentes de dicha expresión (así, cuando decimos He visto al profesor asumimos que todo el mundo sabe a qué profesor nos referimos, asunción que no haremos necesariamente ante He visto a un profesor). La lengua latina carecía de artículo, lo que no significa que no pudiera construir expresiones definidas de este tipo. De hecho, como también señala Elvira, otras unidades gramaticales pueden desempeñar eventualmente el papel de determinantes, aunque tienen esencialmente otras funciones. Así, tanto los demostrativos (que señalan y sitúan en el contexto espacial o comunicativo los referentes) como los posesivos pueden dar lugar a expresiones definidas. Lo especial del artículo sería entonces que tendría la función de determinación como tarea primordial y exclusiva. Pero en tal caso, si en latín clásico y en otras muchas lenguas, antiguas y modernas, en las que no hay artículos también se pueden obtener expre113

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siones definidas, cabe sospechar que la categoría de ‘definitud’ (llamémosla D) también existe en la mente de los hablantes de esas lenguas, aunque no tenga un exponente específico. De hecho, como mostraremos en el capítulo 6, el estado natural de una categoría funcional es el de no tener ningún exponente fonológico. Nótese, por ejemplo, que los nombres propios son expresiones definidas por antonomasia. En español y en otras muchas lenguas (como, por supuesto, en latín) los nombres propios se interpretan como definidos y no requieren artículo (aunque en algunas variantes del español sí lo hacen, así como sucede normalmente en otras lenguas, como el catalán). Comparemos las representaciones siguientes para las expresiones definidas el profesor y Elisa:

D

D

D

N

D

N

el

profesor

Elisa

Elisa

Figura 3.5. Representación sintáctica de los sintagmas El profesor y Elisa.

La parte izquierda de la figura 3.5 representa un SD (sintagma determinante) según el uso estándar de la gramática generativa. En ella vemos que el determinante toma como complemento un SN cuyo núcleo es materializado por profesor. Por su parte, D es materializado por el. En la parte derecha observamos que Elisa, el nombre propio, materializa tanto a N como a D. (En algunos modelos teóricos de la gramática generativa se asume que N se mueve a D y en otros que el nombre propio materializa toda la secuencia. Para los efectos de nuestra discusión la diferencia entre los dos modelos es irrelevante, así que asumiremos la más extendida y conocida de que N, si es un nombre propio, se ve atraído a D, tal y como representa la flecha; también empleamos la convención de representar tachado el término desplazado para facilitar la lectura). Nótese que el profesor y Elisa tienen la misma distribución sintáctica, lo que sugiere que son de la misma categoría (SSDD los dos). Un nombre desnudo como profesor o señora no pueden ocupar las mismas posiciones sintácticas, precisamente porque no son SSDD (cfr., *Profesor habla o *Señora es muy trabajadora). Lo único que se pretendía mostrar este ejemplo es que no hace falta un exponente específico para asumir que en

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Los mecanismos de los cambios lingüísticos

una determinada expresión hay una categoría funcional subyacente presente e interpretable (como sucede con D en la expresión Elisa es muy trabajadora, que se interpreta, aunque no está presente como un artículo). Por tanto, estamos en disposición de considerar que en latín clásico, a pesar de no haber determinantes del tipo de los artículos definidos, sí podía existir la categoría D, lo que precisamente explicaría que expresiones latinas como Arma virumque cano se interpretaban como ‘canto a las armas y al hombre’ y así se traducen al español, con artículos definidos y no con nombres desnudos. El propio Elvira menciona en su revisión del proceso de gramaticalización del artículo (que procede, como es sabido, del demostrativo latino ille ‘este’) que su aparición en las lenguas romances es sensible a la pérdida de los casos morfológicos. De hecho, también se hace eco el autor de la correlación tipológica que suele haber entre la ausencia de artículos y la presencia de morfología rica de caso y asume que la ausencia de caso morfológico sería una de las condiciones que favorece el desarrollo del artículo en las lenguas romances. La pérdida de los casos morfológicos del latín (una consecuencia colateral de cambios fonéticos regulares, véase el capítulo 5) dio lugar a la sustitución de estos por preposiciones para introducir los argumentos verbales. Así, por ejemplo, la expresión latina filius Caesaris pasó a ser hijo de César, donde vemos que la preposición de sustituye al sufijo de caso genitivo con en el que se declinaba el nombre del gran hombre. Es muy plausible que fueran los morfemas de caso latinos los que materializaran (junto con otras) la categoría D en esta lengua. De hecho, no son pocas las lenguas en las que el caso solo se muestra en los determinantes y no en los nombres, o en las que solo los nombres definidos llevan caso marcado y no los indefinidos, o lenguas en las que el caso de un determinado complemento varía en función del grado de especificidad de este (por ejemplo en finés). Si las marcas de caso sufijadas en los nombres latinos materializaban los rasgos de D, es esperable que la pérdida de los casos morfológicos abriera un camino para el reanálisis de otros elementos (por ejemplo demostrativos) como instancias de D. De hecho, al igual que hemos asumido que una expresión como el profesor es un SD, también deberíamos asumir que por encima de la posición de D hay una posición para el caso, que en esta ocasión es en español donde no tiene expresión morfológica, especialmente en el sujeto, dominio del antiguo nominativo. Haciendo ahora abstracción del orden básico de palabras (sobre el que volveremos en el capítulo 6) y simplificando mucho la “cartografía” funcional del sintagma nominal usada en la gramática generativa actual, podríamos representar un sintagma nominal latino y uno español con una estructura subyacente muy similar, tal como la de la figura 3.6.

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

La representación de la figura 3.6 muestra que un argumento de un verbo es, normalmente, un SK, donde K representa la categoría funcional de caso (el uso de K en lugar de C deriva de la necesidad de usar C para otra categoría funcional muy estudiada en la sintaxis generativa, el complementante o subordinante). La idea básica es que el caso es un concepto universal que tiene expresión morfológica en algunas lenguas (entonces se llama caso) y en otras no (y entonces se suele llamar Caso o caso abstracto; la generalización podría ser que en todas las lenguas hay Caso y que en algunas tiene reflejo morfológico). SK

(K)

K

SD

D

SN

Figura 3.6. Estructura básica de un argumento nominal introducido por un caso abstracto.

Dejando aparte los llamados casos estructurales (nominativo y acusativo, que no tienen interpretación fija, sino que dependen de la posición estructural de un determinado argumento), el resto de casos son inherentes, en el sentido de que tienen una interpretación semántica, normalmente seleccionada por el predicado rector. Vistas así las cosas, muchas preposiciones (o posposiciones) son en realidad realizaciones de casos inherentes (no en vano, los estudios de gramaticalización han puesto de manifiesto que las marcas de caso con frecuencia derivan históricamente de pre/pos-posiciones, y estas, a su vez, de verbos). Así, el esquema de la figura 3.6 representa la estructura simplificada de un argumento nominal dependiente de un verbo. Consta de un caso K (que grosso modo captura la relación entre el predicado y el argumento), de un determinante D (que restringe su referencia) y de un SN (un nombre, N, más sus posibles modificadores). Haciendo abstracción de momento del orden lineal, podríamos usar esa misma representación para dar cuenta de la estructura del mismo tipo de argumento en una lengua con marca de caso y sin determinante, como el latín, y en una lengua sin marca de caso y con determinante, como el español.

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Los mecanismos de los cambios lingüísticos

Consideremos la expresión latina homini (tomada de la famosa frase homo homini lupus “el hombre es un lobo para el hombre”) y su traducción al español para el hombre. Nótese en el siguiente esquema que lo que diferencia esencialmente a ambas expresiones no es tanto qué categorías gramaticales las constituyen, sino cómo se expresan morfológicamente. Así (como se observa en la primera línea), homini materializa en latín clásico tanto a N (‘hombre’) como a D (‘definido’) como a K (‘dativo’). Por su parte, en la segunda línea se observa que cada una de las categorías tiene una expresión propia en español, asumiendo que la preposición para materializa a K:

SK

SD

K homini para

D

N

homini

homini

el

hombre

Figura 3.7. Representación sintáctica (ignorando el orden de palabras) de las expresiones homini en latín clásico y para el hombre en español.

Según esta representación, en latín clásico se podría estipular que la morfología de caso (-ni) realiza simultáneamente a K y a D, mientras que la raíz representa a N. Una vez que el caso desaparece (y eventualmente es reemplazado por un marcador preposicional) la categoría D quedaría sin exponente, lo que podría facilitar el reanálisis de otros tipos de elementos adnominales, como los demostrativos, como exponentes de D y, perdido su valor deíctico, quedar como exponentes ‘puros’ de D. Nótese que, al margen ahora de los detalles (difíciles y relevantes) del proceso, se abre un camino para mostrar que la creación de un nuevo formante gramatical (el artículo definido a partir de un demostrativo) no implica necesariamente la creación de una nueva categoría gramatical, a no ser, claro está, que definamos categoría gramatical como “exponente morfológico de una categoría funcional”.

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

Podemos concluir, por tanto, que no es inadecuado concebir la gramaticalización como un proceso concreto de reanálisis, tal y como lo hemos definido. Sin embargo, aún tenemos que considerar, aunque sea brevemente, los otros dos argumentos que parecían apoyar la visión más radical de la TG: (a) que las categorías gramaticales proceden etimológicamente de unidades léxicas mayores (típicamente nombres y verbos) y (b) que esto parece encajar en la idea de que el lenguaje “primitivo” debió de consistir en unidades léxicas sin gramática y que el lenguaje “moderno” deriva de éste a través de la gramaticalización. Sin embargo, debe notarse que, incluso aunque se pudiera sostener alguna visión de que el ancestro evolutivo de nuestro lenguaje (digamos, por ejemplo, el lenguaje de nuestros ancestros de hace 500.000 años, previos a la especie Homo sapiens), consistía en algún tipo de unidades léxicas denotativas, en modo alguno sería aceptable la idea de que el proceso histórico de gramaticalización podría ser la explicación de la evolución del lenguaje en nuestra especie. Sin duda, haría falta “algo más”, dado que, de lo contrario, no habría manera de explicar por qué el lenguaje tal y como hoy lo tenemos, no evolucionó hace, digamos, 300.000 años (cuando sabemos por las lenguas criollas que la gramaticalización puede ser muy rápida en ocasiones). Trataremos con más detalle este y otros posibles escenarios en el capítulo 7, pero baste observar, de momento, que las unidades léxicas mayores (nombres y verbos) que típicamente se aducen como “fuentes” de las categorías gramaticales son en sí mismas, también, categorías gramaticales, no puros conceptos unidos a sonidos. Por supuesto, no tenemos ni idea de cómo eran las lenguas que hablaban los homínidos de hace 500.000 o 300.000 años, si es que hablaban, pero en modo alguno tiene sentido decir que tendrían un lenguaje como el nuestro (con nombres y verbos, por ejemplo) pero sin categorías gramaticales, puesto que las propias nociones de nombre y verbo ya implican gramática (y sintaxis) en sí mismas. Consideremos las palabras españolas dolor y doler (por tomar un ejemplo ya discutido por los gramáticos especulativos de la Edad Media). Es posible que las dos compartan un núcleo conceptual, que equivaldría a lo expresado por la raíz (digamos dol-), pero en modo alguno podemos decir que solo constan de ese significado conceptual, pues en caso contrario las dos serían idénticas. Para imaginar un lenguaje “primitivo” sin gramática no habría que partir de nombres y verbos (entidades ya gramaticales) sino de esa especie de raíces sin categoría gramatical. Después habría que postular que otras raíces sin categoría, por ejemplo las correspondientes a ‘objeto’ o a ‘evento’, o a ‘estado’, etc., se adjuntaron a estas y al final se convirtieron ellos mismos en asignadores de categoría (N, V, etc.), y que a partir de un momento dado, todos los conceptos se iban asociando a una categoría de ese tipo y, combinándose entre sí y gramaticalizándose, iban dando lugar a otras categorías gramaticales, como pronombres, determinantes, etc. Pero este modelo (entre otras deficiencias) está asumiendo sin

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Los mecanismos de los cambios lingüísticos

mayor justificación que, por ejemplo, el concepto de ‘piedra’ es previo al concepto de ‘objeto’, o que el concepto de ‘dolor’ es previo al concepto de ‘sensación’, etc. Ahora bien, qué podrían significar ‘piedra’ o ‘dolor’ para un organismo incapaz de manejar el concepto de ‘objeto’ o de ‘sensación’, queda sin explicación. Si el concepto de ‘piedra’ (el concepto, no la imagen de una piedra en la retina) no puede ser anterior al concepto de ‘objeto’, entonces carece de sentido asumir que las categorías léxicas denotativas preceden necesariamente a las categorías funcionales. Para que exista un tipo de pensamiento como el humano no hacen falta solo conceptos “léxicos” como ‘piedra’, ‘mano’, ‘hambre’ o ‘anochecer’, sino también conceptos más abstractos (los que corresponden a las categorías funcionales) que permitan la denotación, la referencia, la predicación, etc., esto es, la conexión composicional entre ellos. Si el pensamiento precedió a la externalización de las lenguas (cosa segura pues no hacen falta lenguas a los que no tienen nada que decir), no tiene sentido pensar que el origen de la sintaxis (que es la que permite el pensamiento) esté en la gramaticalización histórica de las unidades léxicas denotativas. Por otra parte, es importante tener en cuenta que el hecho de que los formantes que expresan las categorías funcionales en las lenguas humanas procedan históricamente de categorías léxicas no solo no implica que las primeras procedan de las segundas históricamente, sino que es lo predicho por el modelo de la FL bosquejado en el capítulo 1. Ello es así porque, como hemos visto, el sistema computacional, la sintaxis en sentido estricto, tiene una relación asimétrica con los sistemas conceptual-intencional y sensorio-motor en favor del primero. Si el sistema computacional, que opera esencialmente con categorías funcionales (véase el capítulo 6 para una explicación más detallada de esta afirmación), está optimizado para su interacción con el sistema conceptual-intencional (junto con el que forma el lenguaje interno, universal e invariable históricamente), siendo la conexión con el sistema sensorio-motor secundaria o ancilar, es esperable que las propias categorías funcionales no tengan necesariamente una representación fonológica. De hecho, vamos a argumentar (apartado 6.3) que la principal fuente de variación en la sintaxis en las lenguas humanas procede precisamente de este hecho, esto es, de que las categorías funcionales tienen una representación fonológica deficiente (véase al respecto Roberts y Roussou, 2003). Esta representación fonológica deficiente es precisamente el resultado del reanálisis de los formantes de las unidades léxicas como incluyendo también categorías funcionales o, directamente, del reanálisis de formantes de categorías léxicas como si fueran formantes de categorías funcionales (que es a lo que se refiere precisamente la llamada gramaticalización). En otras palabras, podría decirse que una diferencia crucial entre las categorías funcionales y las categorías léxicas es que solo las segundas deben necesa-

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

riamente tener representación fonológica, luego es esperable que cuando las categorías funcionales, por efecto del reanálisis histórico, adquieren formantes específicos, lo hagan a partir de los de las categorías léxicas tales como nombres, verbos o adjetivos. En conclusión, desde el punto de vista que defendemos (véase el capítulo 1), lo que singulariza al lenguaje humano es la sintaxis (el sistema computacional recursivo que subyace al pensamiento y al lenguaje) y, por tanto, la idea de que esta sea el resultado del cambio histórico en las lenguas carece de todo sentido. Es bien cierto que en este modelo el origen evolutivo de las categorías funcionales (los rasgos formales que manipula el sistema computacional y que resultan externalizados por las categorías gramaticales tradicionales) queda inexplicado (véanse Chomsky, 2007 y Sigurdsson, 2011 para sugerentes especulaciones al respecto), pero en todo caso, creemos haber mostrado que la explicación basada en la TG es inadecuada. En los siguientes capítulos (4, 5 y 6) abordaremos los distintos tipos de cambio lingüístico (fonético, morfológico, léxico y sintáctico) con el desafío de mostrar que todos ellos se basan en el modelo de reanálisis presentado en el presente capítulo.

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Mecanismos del cambio fonético

Uno de los más influyentes teóricos del cambio fonético, John Ohala, ha afirmado que la relación entre la variación sincrónica en la articulación de los sonidos y el cambio fonético es como la relación entre los océanos y una gota de agua (Ohala, 2012: 24). En efecto, la variación en la manera en que producimos los sonidos de nuestra lengua es inmensa, no solo si comparamos cómo hablan distintos hablantes de distintas regiones, sino incluso si comparamos cómo una misma persona dice la misma palabra (los “mismos sonidos”) en diversas ocasiones, incluso en el mismo día. Y, sin embargo, los cambios fonéticos, aunque nos puedan parecer muy radicales cuando los estudiamos, son extraordinariamente raros y muy conservadores. Comparemos, siguiendo también a Ohala, la palabra española pez con la palabra inglesa fish. A primera vista son palabras totalmente distintas, aunque en realidad sabemos que las dos son términos cognados, esto es, términos que proceden históricamente de una misma forma, al igual que un Homo sapiens y un chimpancé proceden de un ancestro común de hace unos seis millones de años. El ancestro común de pez y fish data de hace más de 3.000 años, cuando se separaron la familia germánica y la románica a partir del tronco común indoeuropeo (y en última instancia derivó de la forma proto-indoeuropea reconstruida como *piscus). Y a pesar de esos miles de años transcurridos y de una vida paralela y aislada, las dos palabras son extraordinariamente semejantes: ambas comienzan con una consonante labial sorda ([p], [f]), tienen una vocal anterior ([e], [i]) y una fricativa apical sorda al final ([θ], [∫]). Que las dos palabras hayan permanecido tan semejantes después de más 3.000 años de uso constante (y que la [p] inicial de pez haya durado más de 8.000 años sin cambios notables), dada la gran variación que se implica en la producción de sonidos, sugiere claramente que el cambio fonético es un fenómeno raro y que tiene fuertes presiones para no producirse. Otro hecho relevante que observamos en este sencillo ejemplo es que el cambio fonético, además de raro, es sorprendentemente regular. Como hemos visto, la

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p inicial de *piscus se mantiene como oclusiva sorda en español (y, por supuesto, en latín, además de en griego y en sánscrito) y se hace fricativa (f) en inglés (y en gótico y en alemán). Lo interesante es que esa misma relación proporcional la hallaremos en cuantas palabras hayan tenido la misma trayectoria histórica. Así, al español pie le corresponde el inglés foot y a padre le corresponde father. Nótese que podríamos representar la evolución de ese sonido en inglés (en realidad en todas las lenguas germánicas) como una especie de regla de correspondencia: [p] > [f]. Una regla así vendría a decir que toda palabra que tuviera un sonido [p] en protoindoeuropeo tendrá, ceteris paribus, un sonido [f] en su descendiente en inglés (e igualmente podríamos hacerlo con el resto de lenguas indoeuropeas). A leyes de este tipo se las conoce como leyes fonéticas. Como veremos más adelante con cierto detalle (apartado 4.3), el descubrimiento de las leyes fonéticas fue un hito crucial en el desarrollo de la lingüística histórica y está en la base del método comparativo, el procedimiento esencial en la reconstrucción de la historia y evolución de las lenguas. Pero a la propia formulación del concepto de ley fonética subyace otro descubrimiento esencial, el de la regularidad de los cambios fonéticos, un fenómeno que se suele conocer como la hipótesis neogramática. La hipótesis neogramática (así llamada por el nombre de la escuela lingüística que la formuló) es una hipótesis sobre la naturaleza de los cambios fonéticos que afirma que, a pesar de la evidencia a veces contraria, estos son siempre regulares. La regularidad de los cambios fonéticos es un hecho controvertido y que ha generado una ingente cantidad de investigación y de debate, aunque (hechas ciertas precisiones) no parece cuestionable. Lo que nos interesará especialmente de la hipótesis neogramática es que la misma se sigue directamente si los cambios fonéticos (como los que llevan en la familia germánica de [p] a [f] en ciertos contextos fonéticos) son interpretados como procesos de reanálisis. Así, la idea esencial que vamos a desarrollar en este capítulo es que, conforme a la visión general del cambio lingüístico presentada en los capítulos precedentes, los cambios fonéticos no son ni direccionales, ni teleológicos, ni funcionales, sino que son consecuencia de procesos de reanálisis, esto es, son el resultado de errores en la interpretación de la relación entre una expresión lingüística (sonidos) y su representación estructural (fonológica en este caso). La apariencia que, como vamos a ver, tienen muchos cambios fonéticos de estar “guiados” a un fin (típicamente el simplificar la pronunciación) es, en realidad, consecuencia también de la naturaleza “reanalítica” de los cambios en la pronunciación. Consideraremos en primer lugar qué tipos de cambios fonéticos ocurren habitualmente en las lenguas (4.1), abordaremos a continuación el análisis de los cambios fonéticos como procesos de reanálisis (4.2) y volveremos después sobre las leyes fonéticas y la hipótesis neogramática (4.3) para concluir considerando los efectos del cambio lingüístico en el sistema fonológico de las lenguas (4.4).

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Mecanismos del cambio fonético

4.1. Tipología de los cambios fonéticos Hay diversas posibilidades para clasificar los cambios fonéticos que se producen en las lenguas. Siguiendo a Hock y Joseph (1996) vamos a agruparlos en cambios que parecen simplificar la pronunciación, frente a cambios que parecen complicarla: CUADRO 4.1 Clasificación de los cambios fonéticos Facilitan la pronunciación

Complican la pronunciación

Asimilación Lenición Pérdida

Disimilación Fortición Epéntesis

La idea de que el cambio es una tendencia a la simplificación está muy extendida tanto entre los científicos como en general. Se suele pensar que el motor fundamental del cambio en la pronunciación es la búsqueda de la facilidad en la articulación, y, en efecto, muchos procesos de los más frecuentes y regulares van en esa dirección, tales como la asimilación, la lenición (o debilitamiento) y la pérdida de sonidos. Sin embargo, es obvio que esa tendencia no puede ser la única (ni, por supuesto, como hemos argumentado, la explicación final del cambio fonético). Si siempre hubiera una tendencia a la simplificación no habría manera de explicar que las palabras no tendieran a ser todas una especie de /a/ media y que se hubieran perdido todos los sonidos consonánticos, empezando por los oclusivos sordos, los más tensos (y costosos de producir) desde el punto de vista articulatorio. Parece, pues, que en el flujo del cambio fonético coexistirían dos tendencias, según los diferentes intereses cognitivos del hablante y del oyente: la simplificación, que pretendería facilitar la pronunciación y evitar el esfuerzo del hablante (expresada en la asimilación, la lenición y la pérdida de sonidos) y la complicación, que pretendería que podamos distinguir claramente los sonidos y que nos permitan designar muchas nociones distintas (expresada por los procesos contrarios de disimilación, fortición –o fortalecimiento– y epéntesis –o adición de sonidos–). Así, el primer grupo facilitaría la articulación de los sonidos (especialmente los que están en contacto en la cadena fónica) y el segundo facilitaría la comprensión, aunque dificulte la pronunciación. Si todas las lenguas son el resultado de esas tendencias contrapuestas, no tiene sentido hablar de lenguas más o menos fáciles de pronunciar.

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Además, como observa Sihler (2000: 19-20), esta visión, aunque es muy antigua y está muy asentada, no deja de ser una confusión entre los posibles efectos del cambio (la simplificación, por así decirlo) y sus causas. Consideremos algunos ejemplos de cada uno de estos procesos reflejados en el cuadro anterior (salvo indicación contraria, los ejemplos mencionados proceden de Hock y Joseph, 1996). La asimilación, como sugiere su propia denominación, consiste en hacer la pronunciación de un determinado sonido “más similar” a la de otro sonido cercano y así simplificar los gestos articulatorios requeridos para pronunciar la palabra o cadena de sonidos. Un ejemplo notable (un metaejemplo) es la propia expresión latina ad similis, que produce ya en latín assimilare, proceso en el que la asimilación es tan perfecta que produce un sonido idéntico, que en español, además, se simplifica. Un caso particular de asimilación, muy frecuente en las lenguas germánicas, es el llamado proceso de Umlaut (metafonía o inflexión vocálica). Básicamente consiste en que la vocal de una raíz se asimila parcialmente a la de un sufijo ([u] pasa a [ü] por efecto de [i]), tal y como tenemos en el estado II del ejemplo del cuadro 4.2 respecto del estado de I, sin Umlaut: CUADRO 4.2 Umlaut en inglés antiguo Estado I ku-z ku-iz

Estado II

Estado III (inglés antiguo)

ku-z kü-iz

cu [ku] cy [kü]

Glosa “vaca” “vacas”

Nótese que, como se muestra en el estado III, la posterior pérdida del sufijo hace que se morfologice el cambio, siendo la inflexión la que representa la oposición morfológica entre singular y plural. En nuestro ejemplo se ha perdido el plural etimológico en el inglés actual, derivándose un plural analógico (cow, cows), pero aún quedan ejemplos en esta lengua en los pares del tipo de foot/feet, mouse/mice, man/men, woman/women, tooth/teeth, etc. Como señalan Hock y Joseph, también se ha detectado asimilación en las lenguas de signos, algo que los especialistas suelen denominar simetría (por ejemplo el signo para ‘final’ en la lengua de signos americana consistía en el índice de una mano señalando el meñique de la otra, pero se ha asimilado señalándose un meñique con el otro). Siguiendo esa imagen de fuerzas en contraposición se podría suponer que si la asimilación funcionara de manera irrestricta, habría un colapso de todos los sonidos, reduciendo las posibilidades distintivas. La tendencia opuesta es, por

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Mecanismos del cambio fonético

tanto, la disimilación. No obstante, es importante notar que así como la asimilación es generalmente regular, la disimilación, salvo excepciones (véase Hock y Joseph, 1996: 141-142) suele ser esporádica. La disimilación consiste, pues, en hacer que dos sonidos que son iguales o muy parecidos se hagan diferentes o menos parecidos. Algunos autores argumentan que la asimilación, frente a la disimilación, es un proceso natural desde el punto de vista articulatorio, pero también lo es la disimilación, como sugiere lo que Trask (1996) denomina el efecto de trabalenguas: un trabalenguas es difícil de pronunciar precisamente porque obliga a repetir seguidamente el mismo sonido o sonidos muy similares. Ejemplos típicos de disimilación son lat. arbor > esp. árbol, o el italiano colonello que da en español coronel. Curiosamente, en inglés se escribe como en italiano (colonel) pero se pronuncia como en español: [ˈkəәrnl]. El latín anima ha dado alma (o arma) en español, y en vasco arima, con disimilación aún a pesar de la vocal interpuesta. El segundo proceso que hemos mencionado como una tendencia a la simplificación es la lenición (o debilitamiento). La lenición resulta de la relajación, reducción o incluso de la pérdida de algún gesto articulatorio de los requeridos para pronunciar un sonido. Como veremos más adelante al considerar las famosas leyes de Grimm, la lenición suele suceder a los sonidos consonánticos en un entorno intervocálico y básicamente consiste en la sonorización y fricativización de sonidos oclusivos sordos intervocálicos. Este proceso es bien significativo en la evolución del latín al español, como se aprecia en los ejemplos de 1, donde observamos que los sonidos [p, t, k] se hacen aproximantes sonoros o incluso desaparecen: 1. Sonorización y relajación intervocálica en español latín español lupus lobo status estado locus luego habere haber videre ve(e)r legere le(e)r En cierto modo se puede decir que la lenición es un subtipo de la asimilación, ya que se podría argumentar que los sonidos oclusivos sordos se sonorizan por efecto del contacto con las vocales, en el sentido de que se implica no tener que interrumpir la sonoridad. En realidad el término lenición es bastante difuso, ya que se aplica hoy en día a diversos criterios según los cuales se puede decir que una consonante es más o menos fuerte que otra. Por ejemplo, como se muestra en 2, se

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puede decir que A es más fuerte que B (teniendo en cuenta que el signo > significa ‘más fuerte’) en sentidos algo distintos: 2. Escalas de lenición (Trask, 1996: 56) a) geminado > simple b) oclusivo > fricativo > aproximante c) oclusivo > líquido d) oclusivo oral > oclusivo glotal e) no nasal > nasal f) sordo > sonoro Las primero cuatro escalas (2a-d) tienen que ver con diferentes grados de obstrucción a la salida del aire por la boca, la quinta (2e) con la obstrucción a la salida del aire por la nariz, y la última (2f) refleja que antes del proceso de ensordecimiento hay más diferencia con las vocales y mayor tensión de los órganos fonadores, para que no vibren las cuerdas vocales. En este sentido, una consonante más débil es la que implica menos esfuerzo articulatorio que su correspondiente más fuerte, o en otras palabras, que la débil es “más vocálica” que la fuerte. No por casualidad la lenición sucede primordialmente entre vocales, ya que el paso de una vocal a una consonante fuerte implica más esfuerzo, más trabajo que el paso a una consonante débil. Es por eso por lo que, como adelantábamos, la lenición se puede considerar un tipo de asimilación. Trask (1996: 56 y ss.) ofrece ejemplos de las seis escalas en diversas lenguas, tal y como se muestra en 3: 3. a) Latín > castellano (degeminación) cuppa > copa gutta > gota siccu > seco flamma > llama b) Latín > italiano (fricativización) habebat > aveva ‘había’ faba > fava ‘haba’ c) Inglés británico > inglés americano (“t-tapping”, rotacismo) wa[t]er > wa[r]er ‘agua’ d) Inglés standard > cockney (Londres) y Glasgow (debucalización) wa[t]er > wa[?]er ‘agua’ e) Latín > vasco (nasalización) sabanu > *zabanu > zamau ‘mantel’ f) Latín > español (sonorización) Véanse los tres primeros ejemplos de 1.

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Mecanismos del cambio fonético

Cabe observar, además, que la lenición puede avanzar dos o más pasos en el mismo contexto. Si reconsideramos los ejemplos de 1 observaremos que en la evolución lupus > lobo, status > estado y locus > luego no solo ha habido una sonorización de [p], [t] y [k], sino también una fricativización que alcanza al estado de aproximante. En habere > haber solo hay una fricativización, ya que el origen ya era sonoro, y en videre > ve(e)r y legere > le(e)r ya hemos alcanzado el estado máximo de lenición, que es la desaparición de sonidos. De hecho, el verbo haber también ha sufrido ese proceso en la conjugación de algunas personas del auxiliar (he, has, ha, hemos, han) y totalmente en la forma reanalizada como afijo verbal, tanto en presente (futuros del tipo de amaré, amaremos) como en pasado (condicionales del tipo de amarías, amaríamos). No es infrecuente que la lenición lleve a la pérdida de sonidos en una lengua, aunque tampoco es raro que dichos sonidos vuelvan a introducirse en la misma en momentos posteriores. Un sonido especialmente interesante a este respecto es la aspiración glotal [h] (vulgarmente llamada “hache aspirada”). De hecho, se podría decir que [h] es el mínimo sonido consonante posible (por lo que también se suele considerar una especie de “vocal sorda”). Lo normal es que desaparezca fácilmente, ya que el mínimo ahorro de esfuerzo con él implica que no queda nada más. Por ejemplo, en latín era un sonido frecuente (cfr.: habere, homo, honor, hora, hortus, nihil, mihi), pero en ninguna de las lenguas romances se pronuncia. En español muchas de ellas se siguen escribiendo, pero no se han pronunciado desde hace más de 2.000 años. Por su parte, tanto en francés como en español han aparecido nuevos sonidos [h], que también se han perdido. En el caso del francés entraron a través de préstamos germánicos como hibou ([ibú] “búho”) que hasta el siglo dieciséis se pronunciaron, pero que volvieron a perderse. El español desarrolló otro sonido aspirado [h] a partir precisamente de la lenición de la f inicial latina, de manera que palabras de latín vulgar como ficu, filiu, farina o facere dieron lugar a higo, hijo, harina o hacer, que se pronunciaban aspiradas y que hoy solo llevan “haches mudas”. Y aún hoy, en amplios dialectos del español, hay una tercera generación de [h] derivada de la lenición del sonido velar fricativo sordo [x]. Parece claro que si la lenición no tuviera algún tipo de contrapeso, las lenguas solo deberían tener vocales, algo bastante incómodo para la comunicación. Así, como hemos visto, un sonido consonántico que se ha perdido vuelve a entrar en la lengua, por la evolución de otros sonidos o por medio del préstamo. Ya hemos visto que eso sucedió en francés, y lo mismo sucedió en el caso del vasco, en el que la lenición llevó a la desaparición total de [n] entre vocales, pero que después ha tomado miles de préstamos del latín, del español y del francés que han repuesto ese sonido. En inglés desaparecieron todos los sonidos [k] por lenición para hacerse [x] y luego [h] (que hoy se está perdiendo), pero se reintrodujeron nuevos sonidos [k] por el ensordecimiento de [g] y también por medio de préstamos co-

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

mo sky o skin del antiguo noruego, carry, carrot o picture del francés normando, kinetic del griego, actor del latín o kayak del esquimal. Por otra parte, en español no debería haber sonidos oclusivos intervocálicos, pero hay muchos, como en gato, rato, meter, pipa o saco. Muchos de estos sonidos oclusivos son simplificaciones de geminadas y otros se han introducido en la lengua como cultismos o como préstamos en etapas posteriores a la de actuación del proceso fonético. Del mismo modo, no debería haber f iniciales pero las hay, por las mismas razones: fin, falta, fiador, fábrica o funeral. Desde el punto de vista fonético, los seis tipos de lenición que hemos visto en 2 tienen su contrapartida en los procesos de fortalecimiento o fortición, tal y como vemos en los ejemplos (también tomados de Trask 1996) de 4: 4. a) Latín > italiano (geminación) sapiat > sappia ‘sepa’ aqua > acqua ‘agua’ b) Latín > italiano (africación) maiu > maggio ‘mayo’ c) Vasco arcaico > vasco occidental *erur > edur ‘nieve’ d) No hay ejemplos conocidos de una oclusiva glotal que se haga oral e) Vasco > vasco (denasalización) musti (tomado del occitano) > busti ‘húmedo’ f) antiguo alemán > alemán (ensordecimiento) Tag > [tak] (escrito Tag) ‘día’ (pero sonora en el plural Tage ‘días’). Por último, vamos a considerar la pérdida de sonidos. Este proceso es extraordinariamente frecuente en las posiciones finales de palabra, por efecto de la entonación. Con frecuencia estas pérdidas afectan profundamente a los sistemas morfológicos de caso o de conjugación verbal. Así, por ejemplo, el inglés perdió las terminaciones de nominativo, dativo o acusativo, al igual que el español. Hay varios términos específicos empleados habitualmente para casos de pérdida de sonidos: síncope (pérdida de vocales medias: lat. calidus > esp. caldo), apócope (pérdida del sonido final, como en lat. lupum < esp. lobo), aféresis (pérdida del sonido inicial, como en lat. historia > it. storia) y haplología (pérdida de una sílaba repetida o muy similar), como en el neologismo morfofonología > morfonología o en el griego clásico eidolo latreía ‘ídolo-veneración’ > idolatría. En español también se suele explicar así la forma aquel, del complejo latino-vulgar atque ec(cum) ille, que habría producido la secuencia [akekel], o el nombre England del antiguo inglés engla land ‘tierra de los anglos’. En ocasiones, la pérdida de un sonido se ve compensada por un alargamiento de una vocal, probablemente por la tendencia a mantener la estructura rítmica

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Mecanismos del cambio fonético

de la palabra. Así, por ejemplo, el étimo del inglés five es *finf con una vocal breve (compárese con el alemán fünf). Pero la n se perdió pronto, lo que supuso el alargamiento de la vocal. En francés antiguo beste, feste o maistre se pronunciaban como se escribían, pero luego la s final de sílaba dejó de pronunciarse y pasaron a escribirse bête [be:t], fête [fe:t] y maître [me:tr]. El acento circunflejo indicaba la cantidad vocálica alargada, pero lo cierto es que en la actualidad tienden a acortarse, de manera que maître se pronuncia como mettre ‘poner’, por lo que la academia francesa recomienda que se elimine esa marca de la escritura. Pero el alargamiento vocálico no es la manera más frecuente de compensar la tendencia a la eliminación de sonidos en las lenguas. Otro mecanismo típico es lo que se denomina epéntesis, que consiste básicamente en la inserción de sonidos que antes no estaban. Un tipo muy común de epéntesis es la inserción de un sonido al principio de una palabra, lo que se denomina prótesis. Por ejemplo, en castellano o en francés se inserta una e delante de palabras latinas como spata (cfr. esp. espada o fr. épée, con la esperable pérdida posterior en francés de la s final de sílaba). Pero también se insertan consonantes, normalmente en medio de una palabra y especialmente entre sonidos nasales seguidos de sonidos líquidos como [r] o [l]. Así, en español hombre parece haber tenido esa evolución partiendo del latín hominem. La caída de la vocal postónica y otras pérdidas regulares darían lugar a omne (que ha dado soluciones de asimilación total como el medieval ome, u home en catalán), pero que ha podido derivar también en una disimilación del tipo de omre, que luego habría introducido la b epentética. Un proceso similar, avalando la idea de la disimilación, ha sucedido en el antiguo inglés, que tenía una forma zunrian ‘tronar’ que dio lugar al antiguo inglés thundrian (inglés moderno thunder). Es posible argumentar (véase Sihler 2000: 132-133) que estos procesos son consecuencia de un problema de timing en la maniobra de pasar de un sonido nasal a un sonido líquido no nasal. Los sonidos nasales [m] o [n] se pronuncian como los oclusivos sonoros, pero dejando salir el aire por la nariz. El paso de un sonido oclusivo nasal (como [m] o [n]) a un sonido líquido (como [r] o [l]) tiene que producirse exactamente al mismo tiempo en el que se interrumpe la salida del aire por la nariz, de manera que los labios deben abrirse a la vez que se interrumpe la salida del aire por la cavidad nasal y se activa la lengua para articular [r] o [l] siguientes. La epéntesis sería el resultado si esta transición se hace a destiempo, ya que si se interrumpe la salida del aire por la nariz antes de separar los labios, lo que aparece, antes del segmento siguiente, es una versión no nasal del sonido oclusivo, esto es, [b] en el caso de [m] o [d] en el caso de [n]. En esquema sería algo así: [mr] > [mbr] para el caso de hombre o [nr] > [ndr] en el caso de zundrian (cfr. el español marginal Endrique por Enrique).

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

Algo parecido, esto es, un problema de timing o sincronización puede ser el origen de la extendida aspiración entre una oclusiva sorda y una vocal, como en inglés, lengua en la que los sonidos oclusivos sordos iniciales de sílaba se aspiran (time, paper o come se articulan con [th], [ph] y [kh], respectivamente). Si el tránsito de una oclusión sorda a una abertura sonora no se hace exactamente, queda una aspiración sorda entre la explosión de la oclusión y el ataque de la vocal. Aunque los casos de epéntesis que acabamos de describir no son ni tan frecuentes ni tan regulares como lo son en general los procesos de asimilación, lenición y pérdida, nos hemos detenido con más detalle fonético en ellos porque nos ponen claramente sobre la pista de cuál es el mecanismo básico de los cambios fonéticos en general. Hemos adelantado la hipótesis de que todos los cambios fonéticos son el resultado de la extensión y consolidación de procesos de reanálisis. Los ejemplos comentados de epéntesis se prestan especialmente bien a esta explicación. Nótese que en un cambio del tipo [mr] > [mbr] lo que estamos asumiendo es que el hablante quiere pronunciar [mr], pero, por diversas razones (en este caso consustanciales a los mecanismos articulatorios implicados) acaba pronunciando algo diferente, más parecido a [mbr]. El oyente percibe, por tanto, [mbr] y reanaliza la secuencia original [mr] como [mbr]. Asumamos momentáneamente que la estructura subyacente a lo que el hablante quiere pronunciar es /mr/ (nótese que ahora estamos empleando la convención habitual de usar // para las representaciones fonológicas frente a [] para las representaciones fonéticas). El oyente no tiene acceso directo a /mr/ (que solo existe en la mente del hablante) y, por tanto, se tiene que basar en la expresión fonética del hablante (en lo que pronuncia) para descubrir esa estructura subyacente. Es muy probable que el hablante que quiere emitir la estructura fonológica /mr/ produzca habitualmente la forma fonética [mr], pero dadas las circunstancias descritas en estos casos particulares, es también esperable que en ocasiones (en discurso más veloz, en circunstancias de apremio o despiste, etc.) el hablante produzca también instancias de [mbr] mezcladas con las más esmeradas o fieles. Lo relevante es que el cambio sucederá cuando el oyente empiece a dar más peso a las secuencias [mbr] que a las secuencias [mr]. Si esto sucede (y nótese de nuevo que aquí entran en juego factores de grado de pericia y confianza en la norma lingüística del oyente), es cuando el oyente reanalizará la forma /mr/ como /mbr/. Partiendo de /mbr/ el oyente (que a su vez es también hablante) producirá las secuencias [mbr] de manera mucho más frecuente, lo que llevará, dadas las circunstancias externas adecuadas (relacionadas habitualmente, como vimos, con el prestigio social) a que se consolide el reanálisis de /mr/ como /mbr/ de manera colectiva, dando lugar a lo que habitualmente llamamos un cambio fonético. Nótese que estamos aplicando exactamente el mismo mecanismo de reanálisis que usamos en el capítulo anterior (3.1) para explicar el paso de radio a arradio,

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Mecanismos del cambio fonético

con la única diferencia de que en este caso la estructura subyacente no es una estructura morfosintáctica, sino una representación fonológica. En el apartado siguiente revisaremos una teoría más refinada de cómo se producen los cambios fonéticos, una teoría que sitúa al oyente como la fuente del cambio lingüístico y que nos permitirá mostrar que no solo la epéntesis, sino todos los cambios fonéticos mencionados en este apartado son en última instancia procesos de reanálisis.

4.2. El oyente como fuente de los cambios fonéticos La versión moderna de la hipótesis de que el oyente es la fuente de los cambios fonéticos se debe a John Ohala, que en un influyente artículo de 1981 (actualizado como Ohala 2012, versión por la que citamos) formuló un modelo simple del cambio fonético que nos puede permitir tanto mostrar que el mecanismo del cambio fonético es el reanálisis como comprender más adecuadamente el por qué de la habitual regularidad de los mismos. Ohala parte de estudios experimentales sobre la variación en las propiedades acústicas de los sonidos como consecuencia de su coarticulación con otros en diferentes ratios de habla (esto es, número de sonidos pronunciados por segundo). Lo que muestran estos estudios (véanse las referencias y gráficos en Ohala 2012: 26) es que los formantes de las vocales se modifican acercándose a los de las consonantes que las flanquean en ratios de habla elevadas. Así, la secuencia /ut/ es articulada normalmente como [ut], pero tiende a ser [yt] (esto es, con una vocal anterior redondeada, en vez de posterior) en ratios de habla elevadas. Según Ohala, lo que esto sugiere es (a) que la variación en la pronunciación es potencialmente infinita y continua y que está causada mecánicamente, (b) que la variación contextualmente modificada observada en el experimento se atestigua en cambios fonéticos reales (así, informa Ohala de que en tibetano las formas antiguas con [ut] se han convertido en [y]) y (c), que la variación en sí misma no es equivalente al cambio fonético (recuérdese el océano y la gota de agua). De hecho, lo que impide que la variación habitual y consustancial a la actuación lingüística se convierta en un cambio fonético constante es la capacidad del oyente para normalizar tal variación. Lo que esto significa es que normalmente cuando detectamos una variación contextual reponemos el sonido original basándonos en nuestro conocimiento de la forma y en nuestra apreciación de las circunstancias concretas de habla (por ejemplo, la ejecución apresurada). Así, al igual que cuando vemos un dibujo plano podemos restituir una tercera dimensión y percibir un cubo, cuando percibimos un sonido distorsionado (como la vocal [y] en lugar de [u] en el ejemplo) lo corregimos o normalizamos. El esquema (véase figura 4.1), adaptado de Ohala (2012: 27), representa esta situación “normal”.

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

El esquema refleja que el hablante tiene en mente pronunciar la secuencia /ut/, aunque por las razones explicadas acaba pronunciando algo como [yt], que como tal secuencia es oída por el oyente. Sin embargo, el oyente, sabedor del entorno consonántico de la vocal y de la ratio de producción y de las consecuencias de la misma, reconstruye la secuencia /ut/ pretendida. Este tipo de operación es habitual en el procesamiento lingüístico cotidiano, aunque no somos normalmente conscientes de ello. Lo que observamos en este proceso de normalización (que Ohala denominó corrección) es que el oyente preserva la lengua del cambio lingüístico sobreponiéndose a la variación natural en la articulación y coarticulación de sonidos. Más técnicamente, podríamos decir que el oyente, aunque percibe un sonido que sería alófono del fonema /y/ (y no del fonema /u/ pretendido por el hablante) es capaz de interpretarlo (“normalizarlo”) como un alófono del fonema /u/. Hablante /ut/

Oyente /ut/

distorsionado por el tracto vocálico como

[yt]

oído como

reconstruido como

[yt]

Figura 4.1. Corrección del oyente de la distorsión contextual.

La pregunta que se hace Ohala es la siguiente: ¿qué sucede si el oyente no detecta el contexto que causa la variación o si no tiene la experiencia o capacidad suficientes para realizar la corrección? En esta circunstancia el escenario al que nos enfrentaríamos sería el del esquema siguiente (figura 4.2) en el que, de nuevo, el hablante pretende decir /ut/ y produce algo como [yt] por el efecto de la frecuencia de la consonante [t]. Imaginemos que ahora el oyente percibe [yt], pero no es capaz de detectar que el formante de la vocal [y] se ha aproximado al de la consonante y, por tanto, que es una “deformación” de la vocal [u] (por ejemplo, porque no detecta la ratio elevada de habla, porque no conoce bien la lengua o porque no detecta bien la [t] o la confunde con la vocal, etc.). En tal caso, el oyente interpretará 132

Mecanismos del cambio fonético

que el formante vocálico “deformado” es una propiedad inherente de la vocal, por lo que la “construirá” (la analizará) como /y/ (esto es, como una vocal anterior redondeada) y no como /u/. Como también se muestra en el esquema de la figura 4.2, cuando el oyente se convierte en hablante, producirá normalmente ese sonido como [y]. Si este rasgo se extiende a un número elevado de hablantes, estaremos ante un cambio fonético de [u] a [y]. Este segundo escenario es el que Ohala denominó gráficamente como el de hipocorrección y estaría en la base de todos los cambios asimilatorios que hemos explorado en el apartado anterior. Hablante /ut/

Oyente /yt/

distorsionado por el tracto vocálico como

[yt]

oído como

interpretado como

[yt]

Oyente como hablante

producido como

[yt]

Figura 4.2. Hipocorrección del hablante de la distorsión contextual.

Pero aún quedaría por explicar cómo se producen los cambios complementarios, esto es, los disimilatorios. El propio Ohala propuso que estos se podrían producir si el oyente, en lugar de hacer una hipocorrección aplica el procedimiento de normalización o corrección, pero lo hace de una manera inadecuada, esto es, produciendo una hipercorrección. Si, como hemos visto, la normalización del oyente consiste en eliminar las distorsiones que los factores contextuales producen en los segmentos fonéticos, cuando dos sonidos contiguos o cercanos son voluntariamente similares o iguales, ¿no podría el hablante deducir erróneamente (esto es, abducir) que uno de ellos no se pretendía tan similar al otro? Esta circunstancia queda representada en el esquema de la figura 4.3, que refleja el proceso de hipercorrección. Como se observa en el esquema de la figura 4.3, el hablante produce una vocal aguda [y] junto con [t]. Como tal es oída la secuencia por el oyente, que en este caso

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

aplica la corrección asumiendo (reanalizando) que la alta frecuencia del formante vocálico no es inherente a la vocal sino que es una deformación contextual del contacto con la consonante [t], por lo que “construye” la vocal como [u] y no como la pretendida [y]. A partir de ese momento, el oyente, cuando es hablante, tiende a pronunciar la secuencia [ut], por lo que estaríamos, en las circunstancias externas adecuadas, ante un cambio de [y] a [u], esto es, ante un cambio disimilatorio. Hablante /yt/

Oyente /ut/

producido como

[yt]

oído como

Oyente como hablante

reconstruido como

producido como

[yt]

[ut]

Figura 4.3. Hipercorrección: el hablante atribuye la alta frecuencia de la vocal a la consonante dental y la elimina de la vocal.

En los años posteriores a la publicación del trabajo original de 1981, Ohala presentó evidencia experimental y de otros tipos que pone de manifiesto que este modelo es coherente con lo que se sabe de cómo se producen los cambios fonéticos disimilatorios. Así, este tipo de cambios tiende a modificar el primer elemento y no el segundo (más como sucede en el ejemplo de coronel o de alma en español que en el de árbol). Según Ohala esto sucede porque el comportamiento asimilatorio es típicamente regresivo y menos frecuentemente progresivo, esto es, cuando se produce una asimilación, es normalmente el primer elemento el que se asimila al segundo y no al revés (por ejemplo de ad similis > assimilare y no *addimilare). Por tanto, si el oyente siente que tiene que corregir algo que parece no estar bien, tenderá a modificar el primer elemento y no el segundo, como es el caso estadísticamente. Es importante señalar que esta teoría del cambio fonético como originado en el oyente más que en el hablante (y más en quienes aprenden o adquieren la lengua que en quienes la usan) encaja adecuadamente en el contexto general que hemos planteado del cambio lingüístico como un proceso de reanálisis y, más en general

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Mecanismos del cambio fonético

aún, como un proceso no guiado a un fin determinado. Pero ello no significa que no puedan explicarse también las asimetrías en los cambios fonéticos que hemos observado en el apartado anterior y que han inspirado (e inspiran) visiones direccionales de los cambios. Recuérdese que hemos señalado que los cambios asimilatorios (incluyendo la lenición) son típicamente más regulares y frecuentes que los disimilatorios. Ello se explica fácilmente con este modelo sin tener que asumir que la motivación de los cambios es facilitar o simplificar la pronunciación (ni el lenguaje en general), asunción que, como hemos visto con detalle en el capítulo anterior, nos lleva a caminos sin salida. Consideremos, por ejemplo, el hecho empírico de que es más probable que una secuencia [ke] se convierta en [te] que al contrario. La explicación tradicional es que la vocal anterior produce el adelantamiento del punto de articulación de la consonante velar. Esto se manifiesta claramente en la asimetría de evolución del sonido [k] latino ante las vocales anteriores y posteriores en español (y en el resto de lenguas romances). Así, las secuencias [ko], [ku] tienden a conservar el punto de articulación posterior, como en computare > contar o cupa > cuba, mientras que las secuencias [ke], [ki] producen adelantamiento de la articulación de la consonante, como en certus > cierto, cinque > cinco. Nótese que en castellano (o en francés) la evolución es en estos casos [k] > [s] en los dialectos seseantes y [k] > [θ] en el resto, pero en ambos casos se adelanta el punto de articulación. La solución del italiano (certo, cinque) con un sonido palatal [t∫] es también concurrente con la asimilación. Lo interesante es que en condiciones de laboratorio también es mucho más probable que los sujetos confundan [ke] con [te] que [te] con [ke] (véase Ohala 2012: 30 para discusión y referencias). Ello es así porque la secuencia [ke] tiene rasgos acústicos adicionales que, si son perdidos por el oyente, pueden dar lugar a “reconstruir” la secuencia [te], siendo mucho menos probable que el oyente introduzca rasgos que no estaban en la secuencia original, la única manera posible de que se produzca un cambio, un reanálisis, de [te] a [ke]. Así pues, la conclusión de este apartado no puede ser otra que las palabras con las que concluye Ohala su revisión de la teoría de los cambios fonéticos: La variación se produce en el habla debido a lo que hace el hablante, pero se necesita que el oyente malinterprete o analice erróneamente los elementos de la pronunciación para que se produzca un cambio fonético (Ohala, 2012: 31, traducción nuestra).

4.3. Las “leyes fonéticas” y la hipótesis neogramática Hemos visto hasta el momento que es posible entender los cambios fonéticos como procesos de reanálisis y, por tanto, que encajan adecuadamente en la con-

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

cepción del cambio lingüístico formulada en los capítulos anteriores y en la visión de que el mecanismo esencial de los mismos es el reanálisis, tal y como se proponía en el capítulo anterior. Sin embargo, una discusión de los cambios fonéticos que no aborde el problema de la regularidad de los mismos es necesariamente incompleta. Nuestro objetivo ahora es, pues, considerar el problema de la regularidad y, especialmente, considerar si el mecanismo de reanálisis que produce los cambios es una explicación del tipo de regularidad que muestran. La primera observación importante que hay que hacer es que, a pesar de su denominación, las llamadas leyes fonéticas no son leyes naturales, esto es, no tienen relación con tendencias naturales de los sonidos ni con metáforas como la erosión de los sonidos por el uso (como si fueran monedas metálicas) y otras similares que eran habituales antes de la aportación de los neogramáticos (los integrantes de la escuela lingüística que mejor desarrolló este concepto a finales del siglo XIX). Ciertamente aún hoy algunos autores caen en la tentación de relacionar las leyes fonéticas y los procesos llamados naturales, pero no guardan relación alguna: las leyes fonéticas son leyes históricas, esto es, son generalizaciones descriptivas sobre sucesos de cambio que tienen una determinada fase de actuación en el tiempo y que cesan en un momento dado. Por ejemplo, podemos hablar de una ley fonética que dice (simplificando mucho) que el grupo [kt] latino da [t∫] en español (octo > ocho) y, en efecto, veremos que siempre que en latín se daba esa secuencia, se ha aplicado en la evolución del español (noctem > noche, lactem > leche, pectum > pecho, factum > hecho, etc.), pero esa ley no es natural, en el sentido de que en épocas posteriores se pueden introducir en la lengua (por ejemplo como cultismos o como préstamos) palabras que no la siguen (acto, dialecto, dilecto, intacto, etc.) y no se percibe ninguna tendencia a aplicar la ley a esos términos. Digamos que el cambio [kt] > [t∫] (en realidad una sucesión de cambios, con al menos una fase intermedia [it]) se produjo cuando ciertas generaciones de oyentes “reanalizaron” esa secuencia y, por circunstancias externas determinadas, se extendió a todos los hablantes de esa variedad. Ese fue un momento (o periodo) histórico concreto, que después simplemente finalizó. Eso no significa que muchas leyes fonéticas de las descritas en la bibliografía no se superpongan frecuentemente con procesos de lenición o de asimilación, pues en efecto lo hacen. Lo que sucede en realidad es que esos procesos solo se dan cuando, por así decirlo, “opera una ley fonética”, esto es, cuando los procesos de reanálisis (más o menos esperables según la naturaleza acústica del sonido lingüístico) se producen en las circunstancias adecuadas para producir un cambio estable en la lengua. De hecho, es importante notar (como se ha discutido en el apartado 2.3.2) que ese cambio tuvo direcciones distintas en otras lenguas romances (y, por tanto, una dirección u otra no es más o menos natural) y que, de hecho, no fue realizado por numerosas generaciones que usaron la secuencia [kt] durante cientos de años, 136

Mecanismos del cambio fonético

en latín (y, por tanto, tampoco es natural que el cambio se produzca). Así, si en español de octo tenemos ocho, en italiano tenemos otto, en francés huit y en rumano tenemos opt, en todos los casos con la misma regularidad. Es precisamente esa “proporcionalidad” la que está en la base de la reconstrucción histórica, en la base de la noción de ley fonética, y en la de la propia hipótesis de la regularidad. Así, las correspondencias regulares de este tipo nos permiten hacer ciertas predicciones, algo solo posible si los cambios son regulares. Dados los ejemplos vistos, podemos asumir las siguientes leyes fonéticas (muy simplificadas) para las lenguas citadas: 1. Latín [kt] > español [t∫] 2. Latín [kt] > francés [it] 3. Latín [kt] > italiano [tt] 4. Latín [kt] > rumano [pt] Aplicando esas leyes, y conocidas las palabras latinas correspondientes, podemos predecir el resultado en cada lengua. Así, si averiguamos que en latín vulgar ‘noche’ se dice nocte, podemos deducir (siendo ahora relevantes solo los sonidos considerados) que en español se dirá noche, que en italiano se dirá notte, que en francés se dirá nuit y que en rumano se dirá noapte. En todos los casos estamos en lo cierto, aunque en esta ocasión no hacía falta deducir nada, ya que tanto la forma original como las derivadas están documentadas. Imaginemos ahora que tenemos una laguna en la documentación histórica de la protolengua (el latín en este caso), pero que sabemos que ‘leche’ se dice leche en español, latte en italiano, lait en francés y lapte en rumano. ¿Podríamos reconstruir la forma latina para designar ese producto? Sin duda: nos saldría algo muy parecido a lacte, la forma correcta. De nuevo es un ejercicio de predicción innecesario, pero no por ello menos relevante. Si situamos estos términos en el típico árbol evolutivo (otra afortunada analogía con la evolución natural, en este caso debida, fundamentalmente, a Schleicher), estaremos ante un ejemplo sencillo pero claro del modelo de reconstrucción de las protolenguas desarrollado por los lingüistas durante el siglo XIX: lacte

leche

latte

lait

lapte

Figura 4.4. Relación genealógica de cognados romances con su protoforma en latín vulgar.

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

El árbol se puede leer en dos direcciones: de arriba abajo nos dice que el latín es la protolengua de la que derivan históricamente las lenguas romances, y de abajo a arriba nos dice que, conocidas las formas de las lenguas descendientes, es posible, con mucha precisión, reconstruir la forma de la protolengua. En el caso que hemos visto, la segunda opción es innecesaria (en general, aunque no son pocas las voces latinas no documentadas que se han reconstruido por este método, pues debemos recordar que las lenguas romances no derivan exactamente del latín clásico documentado, sino de sus dialectos hablados), pero es crucial en el caso de las protolenguas no documentadas históricamente. Consideremos otra familia de términos cognados romances, tales como los siguientes: padre (español), pare (catalán), père (francés) y pai (portugués). En este caso sería relativamente sencillo construir un árbol como el de la figura 4.4 y no necesitaríamos reconstruir la forma original, sabedores de que es la palabra latina pater:

pater

padre

pare

père

pai

Figura 4.5. Relación genealógica de cognados romances con su protoforma en latín vulgar.

Tomemos ahora la siguiente familia: father (inglés), Vater (alemán), fader (danés) y vader (holandés). El árbol sería el de la figura 4.6:

?

father

Vater

fader

vader

Figura 4.6. Relación genealógica de cognados germánicos asumiendo una protoforma común, pero desconocida (no documentada).

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Mecanismos del cambio fonético

Esta nueva familia de cognados es distinta de la anterior, pero no demasiado distinta. Por tanto, podemos asumir que son de grupos distintos, pero que el nudo del que proceden las voces romances (llamado protorromance, por no ser exactamente la misma lengua que el latín clásico) y el nudo del que proceden las voces germánicas (el protogermánico) son a su vez hijos de un nudo superior, el protoindoeuropeo, todo ello simplificando (pues ya sabemos que entre los descendientes protorromance y protogermánico y el ancestro protoindoeuropeo hay otras ramas intermedias): Protoindoeuropeo (*pH₂tér-)

Protorromance (pater)

padre

pare

père

pai

Protogermánico (?)

father

Vater

fader

vader

Figura 4.7. Representación arbórea de las familias germánica y romance como descendientes del protoindouropeo

Es bien cierto que el protogermánico no está documentado (de ahí el interrogante en el árbol de su grupo), luego la práctica habitual es reconstruir la forma de la que habrían derivado esos términos (como se representa para el protoindoeuropeo, por tener una reconstrucción consensuada). Sin entrar en demasiados detalles, nótese que la consonante inicial de todas las lenguas germánicas es un sonido labial fricativo (f, v), mientras que en las romances era un sonido labial oclusivo (p). Esto nos permite establecer que la palabra para decir ‘padre’ en protogermánico había sufrido un cambio de p por f, que es precisamente lo que afirma una de las famosas leyes de Grimm, a la que en seguida volveremos con más detalle. Claro que se podría preguntar cómo sabemos que fue el protogermánico el que pasó de p- a f- y no al revés, esto es, por qué no fue el latín el que habría pasado de un supuesto sonido fricativo labial inicial del protoindoeuropeo a uno oclusivo y que el protogermánico fue el que lo conservó. Un indicio importante tiene que ver con

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

el hecho de que otras lenguas derivadas del protoindoeuropeo mantienen p- inicial (así, en griego se dice patér y en sánscrito pitár), a lo que se debe añadir que se sabe –por otros indicios– que tanto el latín como el griego y el sánscrito son más conservadores con respecto al consonantismo protoindoeuropeo que el germánico. Por ello, la mencionada ley de Grimm fue formulada básicamente como “una oclusiva en protoindoeuropeo que se conserva en latín y en sánscrito y se hace fricativa en germánico”. Por otra parte, también sabemos que, en general, el cambio de [p] a [f] es más frecuente que el contrario, por razones puramente fonotácticas (véase el apartado anterior). Lo relevante ahora de esta discusión es que todo el edificio de la reconstrucción se basa precisamente en la hipótesis de la regularidad de los cambios fonéticos, por mucho que la metodología de la reconstrucción sea muy anterior a la formulación de la hipótesis neogramática y por mucho que, como en seguida comprobaremos, hay cambios fonéticos que no siguen el modelo neogramático. Como ha afirmado Mark Hale (2012: 236), si alguien le proporciona diez palabras (de su elección) de una lengua oceánica previamente indocumentada, él será capaz de proporcionar con extraordinaria exactitud los sonidos iniciales de otras diez palabras de esa lengua (también de su elección). Esto es así porque en realidad sabemos cómo era la forma de esas veinte palabras en protooceánico y a partir de ese conocimiento, Hale puede deducir la forma de diez palabras conociendo cómo han evolucionado otras diez. Como señala Hale, o bien hay algo esencialmente cierto en la hipótesis neogramática, o bien él es un adivino especialmente dotado (pero con habilidades adivinatorias que se restringen al conocimiento de unidades léxicas en lenguas oceánicas). Así, o bien admitimos la existencia de poderes adivinatorios, poderes que además se circunscribirían a la adivinación del grupo de palabras de lenguas oceánicas cuyas protoformas han sido exitosamente reconstruidas, o bien existe realmente el cambio fonético neogramático, esto es, regular. Como concluye Hale, al igual que los efectos de la ley de la gravedad se pueden ver oscurecidos por fenómenos como la fricción, los efectos de los cambios fonéticos neogramáticos se pueden ver oscurecidos por la sustitución léxica o la analogía, “pero el mejor modelo del mundo debe asumir su existencia” (Hale 2012: 237, traducción nuestra). Para comprender la trascendencia de la hipótesis neogramática es importante situarse en el contexto en el que surge. La fundación de la lingüística histórica y del llamado método histórico-comparado se produjo a principios del siglo XIX y se asienta en la conjunción de diversos factores propios de ese tiempo, tales como el desarrollo de una perspectiva histórica de la humanidad, la seducción por lo oriental (y por el pasado) típica del romanticismo, el “redescubrimiento” del sánscrito como lengua clásica de la India y el desarrollo de una filología meticulosa. Rasmus Rask, Franz Bopp y Jacob Grimm son los primeros grandes

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Mecanismos del cambio fonético

comparatistas, que publicaron impresionantes gramáticas históricas comparadas de las principales lenguas que hoy conocemos como indoeuropeas en el primer cuarto de siglo. August Schleicher se suele considerar el representante de la madurez de esta tradición, que culmina precisamente con las aportaciones de los llamados neogramáticos (Junggrammatiker, ‘los jóvenes gramáticos’, una expresión al parecer despectiva en origen), un grupo de lingüistas alemanes de finales del siglo XIX que desarrolló su actividad en torno a la universidad de Leipzig. Entre ellos cabe mencionar a Hermann Paul, Hermann Osthoff o Karl Brugmann. Se suele situar el origen de este paradigma lingüístico en las observaciones sobre el sánscrito y algunas lenguas europeas recogidas en un texto no académico de un funcionario inglés destacado en la India a finales del siglo XVIII, y que merece la pena recordar: La lengua sánscrita, sea cual fuere su antigüedad, posee una estructura admirable. Es más perfecta que el griego, más rica que el latín y más refinadamente exquisita que ambas. Con ellas tiene una afinidad tal, tanto en lo que se refiere a las raíces verbales como por lo que atañe a las formas gramaticales, que no ha podido originarse accidentalmente. Hasta tal punto es fuerte la afinidad, que ningún filólogo podría examinar las tres lenguas sin pensar que procedan de una fuente común que, acaso, ya no existe. Hay, además, una razón semejante, aunque no tan concluyente, para suponer que tanto el gótico como el céltico, mezclados con otra lengua muy distinta, tienen el mismo origen que el sánscrito. También el antiguo persa podría ser asociado a la misma familia (William Jones, 1786, apud Arens, 1969: 221).

No hay razones para pensar que estas observaciones, bien poco científicas, fueran el detonante de este movimiento, especialmente teniendo en cuenta que ya en el siglo XV se había señalado la semejanza de esa lengua de la India con el griego y el latín, pero sigue siendo una buena descripción del núcleo de interés de esta escuela (cuya culminación son los neogramáticos) y un buen ejemplo de cómo el triunfo de una hipótesis científica debe tanto a su contenido como al ambiente intelectual en el que se formula. Los neogramáticos representan, pues, la maduración del modelo históricocomparativo del siglo XIX y el verdadero surgimiento de la lingüística moderna. Saussure, aunque es revolucionario en muchos sentidos y es el artífice de un cambio radical en el paradigma científico de la lingüística, es realmente un neogramático más. Los neogramáticos no “inventaron” las leyes fonéticas, ni aportaron ningún descubrimiento excepcional con respecto a la generación anterior en lo que respecta a la reconstrucción, pero sí formularon la hipótesis que aún hoy se sigue discutiendo: la hipótesis de la regularidad del cambio fonético o, para ser más precisos, la hipótesis de que las leyes fonéticas no tienen excepciones. El

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llamado “manifiesto neogramático” formula la hipótesis con la radicalidad (y petulancia) esperable en los “jóvenes gramáticos”: Solo el que se atiene estrictamente a la ley fonética, pilar fundamental de toda nuestra ciencia, pisa terreno firme en su investigación. Por el contrario, el que […] admite excepciones […] o piensa que una transformación fonética se presenta esporádicamente solo en formas determinadas o, finalmente, que el mismo sonido, en circunstancias completamente idénticas, ha evolucionado en unas palabras en esta dirección y en otras en dirección distinta […] incurre necesariamente en subjetivismo y arbitrariedad […] y, en consecuencia, no debe quejarse si se le opone la fría negativa (Brugmann y Osthoff, 1878, apud Arens, 1969: 457-58).

Claro que las leyes fonéticas presentan con frecuencia excepciones; lo que los neogramáticos afirman es que las excepciones siempre son aparentes y se deben o bien a que la ley no está bien formulada (enseguida veremos un célebre ejemplo) o bien a que ha intervenido el proceso de analogía, que era el otro pilar de su teoría. La analogía, fenómeno relevante que abordaremos con más detalle en el capítulo 5 (donde analizaremos su estatus de mecanismo de cambio lingüístico), se suele expresar como una relación proporcional entre formas lingüísticas. Consideremos de nuevo el ejemplo mencionado en 4.1 en relación con la inflexión vocálica. Veíamos que en inglés antiguo la palabra para ‘vaca’ era cu [ku] y la palabra para ‘vacas’ era cy [kü]. En inglés moderno el descendiente de cu es cow, pero el plural de esa forma no es el etimológico (kine, derivado de cy), sino analógico, según el siguiente modelo: A stone B cow

– –

A’ stones B’ cows

Las analogías de este tipo (llamadas por ello analogías a cuatro partes) deben leerse así: B es a B’ como A es a A’. En dicha formulación se establece que a partir de la forma B se obtiene una forma nueva, B’, sobre la base del modelo ofrecido por la relación entre A y A’. Lo relevante de la analogía en este momento es que introduce una forma lingüística que rompe la cadena histórica. Por tanto, razonaban los neogramáticos, una excepción a una ley fonética provocada por la analogía no es tal, puesto que la forma etimológica ha sido reemplazada por la creación analógica. Saussure usó un ejemplo especialmente claro para explicarlo a sus estudiantes al abordar el cambio inesperado del latín antiguo honos al clásico honor: A oratorem – B honorem –

A’ orator B’ honor 142

Mecanismos del cambio fonético

En este caso la forma nueva (B’) es honor, que según las leyes fonéticas, debería ser honos. Nótese que en origen el nominativo era honos y el acusativo honosem. Posteriormente hubo un cambio fonético (un rotacismo) que sustituyó la s intervocálica latina por r. La forma honosem fue sometida al proceso de rotacismo general dando honorem, pero la s de honos no debía cambiar, al no ser intervocálica. Lo hizo (honor es la palabra que encontramos en latín clásico), pero no como una excepción a la ley fonética, sino como consecuencia de un proceso analógico, esto es, de la regularización de un paradigma. Siguiendo la tendencia habitual en los manuales de lingüística histórica, examinaremos la cuestión de la regularidad de los cambios fonéticos usando como ejemplo las célebres “leyes de Grimm”. Los primeros comparatistas habían observado que ciertas pautas de diferencia entre lenguas como el latín, el griego, el sánscrito y el gótico y otras lenguas germánicas eran muy regulares, de manera que un sonido determinado en un grupo de lenguas tendía a corresponderse con otros sonidos en las otras. Así, Rasmus Rask fue el primero que en 1814 formuló lo que después se conocería como las leyes de Grimm. Se denominan leyes de Grimm porque este también las descubrió (independientemente) y, aunque su gramática se publicó más tarde (1816), tuvo más éxito, al ser más divulgada y ser Grimm alemán (Rask era danés) y fundador de la filología germánica. Si volvemos al párrafo de William Jones citado arriba veremos que presentaba ciertas dudas sobre el germánico (o gótico) y precisamente Rask y Grimm, entre otros, empezaron a prestar mucha atención a esas diferencias entre el grupo germánico y las lenguas indoeuropeas clásicas y observaron que el sonido reconstruido para el protoindoeuropeo (PIE) se mantenía en griego y seguía ciertos cambios en el gótico (una lengua germánica antigua). Su objetivo era dilucidar más claramente la relación entre el germánico y las lenguas clásicas como el griego, el latín o el sánscrito, además de demostrar que el germánico era, en efecto, un grupo indoeuropeo. En términos simplificados y actualizados, las leyes de Grimm dicen lo que tenemos en 1. 1. Leyes de Grimm: a) El sonido oclusivo sordo en PIE se hace fricativo sordo en gótico. b) El sonido oclusivo sonoro en PIE se hace oclusivo sordo en gótico. c) El sonido aspirado sonoro en PIE se hace oclusivo o fricativo sonoro en gótico (según el contexto en que aparezca). Veamos algunos ejemplos, tomados de Hock y Joseph (1996: 115), en los que se emplean las tres lenguas clásicas indoeuropeas y dos lenguas germánicas, el gótico y el antiguo inglés: 143

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

2.

Griego a) patér treis b) déka c) phéro

Latín pater tres decem fero

Sánscrito pitá trayas dása bharami

Gótico fadar θ reis taihum baira

Antiguo inglés faeder θ ri teon beoru

Glosa ‘padre’ ‘tres’ ‘diez’ ‘llevo’

Nótese que en 2c observamos que también el griego y el latín han cambiado con respecto al sánscrito en no presentar un sonido aspirado sonoro, pero las diferencias en las lenguas germánicas son más claras. Según Rask y Grimm las leyes de 1, que solo se denominaron como tales más tarde, eran relevantes porque son muy regulares y afectan a cientos de palabras, esto es, prácticamente a todos los sonidos oclusivos. Sin embargo, estos pioneros no creían aún en la hipótesis de la regularidad, ya que no era difícil encontrar excepciones a esos procesos. Además, tampoco creían que esas leyes se aplicaran a todas las palabras, como postularán los neogramáticos. Por ejemplo, una correspondencia entre el latín dies y el inglés day (sin ensordecimiento del sonido dental inicial) parecía indicar que la mutación consonántica no se había operado totalmente. En 3 podemos ver algunos contraejemplos típicos (también tomados de Hock y Joseph): 3. Latín captus piscis spuo sto

Antiguo inglés

Glosa

haeft fisc spiwan standan

‘prisionero’ ‘pez’ ‘vomitar’ ‘estar de pie’

En 3 observamos que en antiguo inglés no se han aplicado todos los cambios esperables respecto del latín según la primera ley de Grimm. Tienen interés especial los casos de captus y piscis [‘piskis], ya que en ellos vemos que en antiguo inglés se ha aplicado la ley de Grimm a [k] y a [p] iniciales, pero no a los sonidos oclusivos marcados en negrita. Los sonidos oclusivos iniciales se han hecho fricativos ([h] y [f] respectivamente), pero [t] en haeft y [k] en pisc permanecen igual. Podría suponerse quizá que la ley solo se aplica una sola vez por palabra (como si los hablantes del antiguo inglés se ‘saturaran’ de aplicar el cambio), pero lo cierto es que eso no sucede así habitualmente (un cambio se aplica a todos los sonidos relevantes de una palabra y no solo a uno de ellos) y, además, los otros dos ejemplos (spiwam y standan) muestran que [p] y [t], que no están precedidos por otros sonidos oclusivos que hayan cambiado, tampoco se fricativizan, lo que invalida el argumento. Nótese que tampoco se puede alegar que términos como haeft o pisc son préstamos posteriores, puesto que en ellos está presente (aunque de manera

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Mecanismos del cambio fonético

incompleta) el cambio descrito por la ley de Grimm. Las excepciones parecían ser aleatorias. Para complicar más las cosas, había otras palabras en las que sí se operaban cambios, pero con resultados distintos a los predichos por la ley de Grimm: así, en ciertas palabras, como las que tenemos en 4a, los sonidos oclusivos sordos protoindoeuropeos, en vez de hacerse fricativos sordos, se hacían oclusivos sonoros, esto es, se sonorizaban, tal y como se observa comparando en 4a los sonidos en negrita del latín y el sánscrito con los equivalentes del gótico y del antiguo inglés: 4.

Latín a) pater mater b) frater

Sáncrito pitá matá bhráta

Gótico fadar broθ ar

Antiguo inglés faeder modor broθ ar

Glosa ‘padre’ ‘madre’ ‘hermano’

Nótese la diferencia entre los sonidos oclusivos iniciales de los ejemplos de 4a y los señalados en negrita: los primeros siguen la ley de Grimm, y de hecho son los ejemplos clásicos de la aplicación de la ley, tal y como hemos visto en 2a, pero los segundos no lo hacen. No se puede alegar que son casos especiales porque, por ejemplo, designan a parientes cercanos, ya que la palabra de 4b pertenece al mismo paradigma y sí presenta la fricativización sorda, de manera regular. De hecho, estos términos familiares tenían especial relevancia en la reconstrucción por ser, en el ámbito de las lenguas indoeuropeas, típicamente resistentes al préstamo. Más adelante, ya en tiempo de los neogramáticos, se empezó a descubrir que las aparentes excepciones no lo eran en realidad. Uno de los esfuerzos que impulsó la hipótesis de la regularidad fue el examen más minucioso de las fuentes y un mayor rigor filológico en la datación de los textos. Así se descubrió que la correspondencia del tipo de dies/day que hemos mencionado era realmente accidental (esto es, que no son términos cognados). El verdadero cognado del dies latino en inglés no es day, que es una adición posterior, sino, en última instancia, el primer elemento de la palabra tuesday ‘jueves’. Partiendo de un protoindoeuropeo *dy(e)u, dies es la derivación latina normal y también lo es la t de tuesday, tal y como predice la ley de Grimm (veáse Hock y Joseph, 1996: 119). Por otra parte (como también señalan estos autores), se descubrió que muchas aparentes excepciones eran realmente préstamos. Por ejemplo, en latín tenemos la palabra pondus ‘peso’ que se parece en su pronunciación a la palabra inglesa pound ‘libra’. Obviamente, si las dos derivaban de una raíz protoindoeuropea, entonces el término inglés no cumplía la ley de Grimm (por doble partida, ya que ni la oclusiva sorda ni la sonora habrían cambiado). Sin embargo, lo que sucede es que el inglés pound es un préstamo muy temprano del latín en el tronco germánico, que se remonta a la época en la que los romanos empezaron a invadir los territorios ger145

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

mánicos, exactamente igual que el inglés actual street (del latín strata, ‘camino empedrado’). Esos términos se introdujeron en el tronco germánico una vez que había pasado el tiempo de acción de la ley fonética, al igual que hemos visto que sucede con cultismos del español que preservan la f- inicial perdida en castellano. El progresivo reconocimiento de los errores y los préstamos antiguos contribuyó a reforzar la idea de que los procesos descritos por Rask y Grimm eran realmente leyes. Más tarde se descubrió también que excepciones recalcitrantes, como las que hemos visto en 3, no eran realmente aleatorias, sino que eran ellas mismas regulares y, por tanto, parte de la propia ley. Así, en 1862 Lottner observó que los sonidos oclusivos sordos sin cambiar de los ejemplos de 3 siempre aparecen detrás de un sonido fricativo sordo, bien sea indoeuropeo, como en standan, bien sea germánico (precisamente como resultado de la ley de Grimm), como en haeft (de pt). Por tanto, bastaba una simple corrección de la primera ley de Grimm especificando que los sonidos oclusivos sordos están exentos del cambio si aparecen después de uno fricativo sordo, germánico u original. Pero aún quedaban los ejemplos del tipo de los de 4, que no eran tan fáciles de explicar sin cambiar drásticamente la formulación de la ley. De hecho, la solución no apareció hasta 1877, cuando el lingüista danés Karl Verner encontró la manera de tratar esos casos como instancias regulares de cambio. La solución fue más complicada porque no se podía arreglar cambiando o adaptando las leyes de Grimm, sino que había que formular otra ley regular independiente y hasta entonces desconocida (oculta). Además, la formulación de la nueva ley requería de la especificación de condiciones que no se podían encontrar si no se consideraba, además de las lenguas germánicas en las que aparecían esos sonidos sonoros excepcionales, la propia evolución de otras lenguas, especialmente del griego y del sánscrito. Y además Verner tuvo que recurrir a otro factor que aparentemente no tenía nada que ver con la sonoridad, como era la posición del acento en las fuentes indoeuropeas. Una vez que se juntaron todos esos factores resultó una solución tan limpia y clara que mereció el nombre de ley de Verner, y así se sigue conociendo en nuestros días. La ley de Verner es la siguiente: Los sonidos fricativos protogermánicos (incluyendo /s/) se hacen sonoros si se dan las siguientes tres condiciones: que no sean iniciales, que lo que los preceda y anteceda sea sonoro, y que el acento en PIE no esté en la sílaba inmediatamente precedente. (Adaptada de Hock y Joseph, 1996: 121).

Como vemos, la ley de Verner describe un cambio regular de sonorización de los sonidos fricativos que se produjo de manera posterior a la aplicación de la ley de Grimm (ya que afecta a los sonidos fricativos derivados de la aplicación de la misma) y anterior al cambio acentual. La formulación de esta ley requirió, pues, del descubrimiento de que posteriormente a su aplicación se había producido otro

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Mecanismos del cambio fonético

cambio: el acento se había desplazado a la sílaba radical de la palabra, que normalmente era la primera. Fue este cambio el que había oscurecido la condición acentual de la ley Verner y la había hecho tan difícil de reconocer. Así pues, para explicar cómo, por ejemplo, faeder en antiguo inglés presenta un sonido oclusivo sonoro [d] y no un sonido fricativo sordo [θ] (que es lo que debería tener como evolución regular de la [t] original, según la primera ley de Grimm), mientras que un término de la misma familia léxica, broθor, sí presenta el sonido fricativo esperado (cfr. el latín frater), sin admitir que era una excepción aleatoria, había que asumir que se habían producido tres cambios fonéticos regulares: la ley de Grimm (LG), la ley de Verner (LV) y la modificación acentual (MA). En el siguiente cuadro se muestra la evolución paralela de esas dos palabras del inglés antiguo (IA): CUADRO 4.3 Aplicación de LG > LV > MA PIE LG LV MA IA

‘padre’

‘hermano’

patér faθér fadér fáder faeder

bhráter bróθer inaplicable bróθer bróθ θ or

Como puede apreciarse en el cuadro 4.3 las formas obtenidas en inglés antiguo son las correctas. Así, la palabra patér del PIE primero sufre de manera regular el cambio descrito por la primera ley de Grimm [t] > [θ] (y deja de ser una excepción) y después refleja el cambio descrito por la ley de Verner (el sonido fricativo sordo se sonoriza al no ser inicial, estar flanqueado por vocales y no estar el acento en la sílaba precedente, según el preciso contexto fonético recogido en el enunciado de la ley) y después refleja el cambio de acento a la primera sílaba. Por su parte, la palabra del PIE bhráter igualmente refleja en primer lugar la acción de la ley de Grimm (se hace fricativo el sonido oclusivo sordo [t]). Pero no es objeto de la ley de Verner, ya que incumple una de las condiciones contextuales, al llevar el acento en la sílaba anterior al sonido fricativo sordo, ni refleja el cambio acentual, al ser ya una palabra acentuada en la sílaba radical. Por tanto, faeder, a pesar de las apariencias, no es una excepción, sino una confirmación de la ley.

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

Su aparente excepcionalidad solo se debía al enmascaramiento producido por un cambio posterior que no se aplica a bróθor por la diferente posición original del acento, lo que contribuye a oscurecer el proceso y hacerlo parecer una tendencia y no una ley. Nótese además que solo el orden de los cambios LG > LV > MA representado en el cuadro 4.3 proporciona el resultado correcto, esto es, las formas realmente atestiguadas en inglés antiguo. En el cuadro 4.4 se representa una cronología relativa distinta, como si se hubiera aplicado primero el cambio descrito por LV, después la ley de Grimm, que convertiría los oclusivos en fricativos y después la modificación acentual. El resultado sería correcto para bróθor, pero no para fáθer (una forma incorrecta, marcada como *): CUADRO 4.4 Aplicación de LV > LG > MA PIE LV LG MA IA

‘padre’

‘hermano’

patér inaplicable faθér fáθer *faeθ θ er

bhráter inaplicable bróθer bróθer bróθ θ or

Y lo mismo sucede, como se muestra el siguiente cuadro, si se aplica la modificación acentual antes de la ley de Verner, ya que esta no es aplicable, lo que impediría la sonorización de [θ] en fáθer, dando de nuevo la forma incorrecta: CUADRO 4.5 Aplicación de MA > LG > LV PIE MA LG LV IA

‘padre’

‘hermano’

patér páter fáθer inaplicable *faeθ θ er

bhráter bhráter bróθer inaplicable bróθ θ or

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Mecanismos del cambio fonético

Es relevante observar que no solo se han eliminado las (aparentes) excepciones que antes tenían las leyes de Grimm, sino que además se ha establecido indirectamente una cronología relativa de los cambios, aunque no tengamos una información sobre la cronología real, esto es, sobre en qué momentos históricos concretos tuvieron lugar dichos cambios. La formulación de la ley de Verner tuvo un profunda influencia en la lingüística histórica, fundamentalmente por dos razones: primero, porque ponía de manifiesto que había que hacer un análisis fonético muy minucioso, ya que factores como el acento o la cantidad vocálica podían tener influencias insospechadas en los procesos de cambio fonético, y segundo, y de manera más relevante, porque sirvió de argumento contundente a favor de la hipótesis de los neogramáticos sobre la regularidad de los cambios fonéticos. Pero la hipótesis de la regularidad encontró desde su formulación objeciones que en algunos ámbitos llegan hasta nuestros días. No es este el momento de hacer una revisión detallada de esta controversia (el lector encontrará un largo informe al respecto en Labov 1994), aunque sí le prestaremos atención para mostrar que el mecanismo esencial del cambio fonético es el “cambio neogramático”, cuya base está en el reanálisis tal y como lo hemos presentado en el subapartado anterior usando el modelo de Ohala. La oposición esencial a los neogramáticos procedía de los estudios dialectales y de geografía lingüística y afirmaba que, frente a la visión neogramática de que un sonido cambiaba bruscamente dentro de una lengua (esto es, que si, por ejemplo, kt cambiaba a it lo hacía en todas las instancias de kt en tal lengua), en realidad los cambios se difundían por el léxico gradualmente, de manera que primero cambiaba una palabra que llevaba la secuencia kt y después, esa palabra efectuaba una presión analógica sobre el resto, que posteriormente iban cambiando. A esta hipótesis se la denominó hipótesis de la difusión léxica y se cifra en la máxima de que “cada palabra tiene su propia historia”. En términos más modernos, diríamos que la hipótesis neogramática sostiene que lo que cambian son los fonemas y las reglas fonológicas (y, por tanto, lo hacen en todas las palabras a la vez), mientras que la hipótesis de la difusión léxica sostiene que lo que cambian son las palabras. Por ponerlo en términos de quien más profundamente ha contribuido a la discusión, la pregunta es: “¿hace evolucionar el cambio fónico una única palabra en cierto momento o cambia fonemas en conjunto?” (Labov 1994: 769). Nótese que para los efectos de nuestra discusión, centrada en el mecanismo del cambio, es hasta cierto punto irrelevante cómo se difunden los cambios (si lo hacen bruscamente o si lo hacen gradualmente), ya que ambos casos se pueden explicar como procesos de reanálisis según los mecanismos expuestos en 3.2.3. Sin embargo, ya sabemos que un cambio lingüístico no es tal si la innovación o variación no se difunde sobre un conjunto suficiente de hablantes. La controver-

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sia en este caso parece haberse resuelto a favor de los neogramáticos, en el sentido de que, aunque es cierto que existen evidencias de que ciertos cambios fonéticos se implementan según el modelo de la difusión léxica, ello no implica que no existan cambios neogramáticos (esto es, regulares y bruscos) y que, de hecho, estos sean los más frecuentes y significativos. La conclusión del largo, detallado y equilibrado informe de Labov es clara al respecto: No hay pruebas aquí de que la difusión léxica sea el mecanismo fundamental del cambio fonético. Aunque algunas palabras pueden tener su propia historia, no toda palabra tiene su propia historia (Labov, 1994: 766).

Esta conclusión es relevante pues procede de quien más vigorosamente ha empleado la estrategia adecuada para dirimir la cuestión: el estudio del cambio en marcha. Nótese que vistos en retrospectiva, cuando los cambios fonéticos ya se han completado, tenemos evidencia muy indirecta (y en general no conclusiva) sobre si se implementaron gradualmente o si lo hicieron de manera repentina, tanto en los propios hablantes como en el léxico sujeto a las condiciones de los cambios en cuestión. El análisis de los cambios fonéticos mientras se están produciendo es la estrategia de investigación que mejor puede determinar si, como predecían los neogramáticos (y ha comprobado Ohala), los cambios en un sonido son esencialmente consecuencia del contexto fonético, esto es, son cambios fonéticamente condicionados que implican en realidad un cambio en una regla fonológica y, por tanto, se producen de forma abrupta (en los hablantes y en el léxico de una lengua). La propuesta de Labov (en un influyente artículo de 1981 titulado significativamente “Resolviendo la controversia neogramática”) es que en realidad existen los dos tipos de cambios fonéticos: los “cambios neogramáticos” y los “cambios léxicos”. De hecho, la cuestión abierta –aún hoy– es si, en realidad, existen los dos tipos o solo el tipo “neogramático”. Dado que nadie plantea que todos los cambios sean del tipo “léxico”, podría decirse que, más de cien años después, los neogramáticos han ganado la partida. Sin embargo, queda por resolver por qué existirían esos dos tipos de (difusión de los) cambios y qué implicaciones tiene ese hecho. No parece que haya respuestas definitivas al respecto, pero es interesante considerar que los intentos por explicar la existencia de cambios “léxicos” recuerdan los esfuerzos desarrollados por los neogramáticos por mostrar que las excepciones a la hipótesis de la regularidad eran aparentes y no verdaderas. Veamos en qué medida se puede reducir el ámbito de la excepcionalidad e irregularidad en este dominio. Para ello, consideremos, siguiendo a Labov (1981), qué condiciones se dan en cada uno de los tipos de difusión del cambio fonético (véase cuadro 4.6).

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Mecanismos del cambio fonético

La primera propiedad, el carácter discreto, merece un comentario. Los neogramáticos asumían que todo cambio fonético es gradual, pero en realidad, por razones puramente físicas, eso es imposible. Así, un cambio en la abertura de un sonido o en el punto de articulación puede ser gradual, pero no un cambio, por ejemplo, en la sonoridad o en la obstrucción, puesto que un sonido tiene que ser sordo o sonoro, oclusivo o no oclusivo. Confrontados con este hecho, probablemente los neogramáticos hubieran dicho que ser referían a que el cambio es típicamente sutil e imperceptible, y no tanto a que se deba distinguir entre una modificación de un parámetro de un sonido y a la sustitución de uno por otro, como parecería ser el caso de un cambio no discreto. Lo relevante para los neogramáticos no era tanto si el cambio se puede categorizar como discreto o continuo en términos acústicos, sino si es producto de la influencia de unos sonidos sobre otros. A eso se refiere precisamente el parámetro de condicionamiento fonético que aparece en el cuadro. Nótese que el cambio “léxico” es (aparentemente) independiente del condicionamiento fonético, frente al cambio “neogramático”. La situación contraria se da respecto del condicionamiento gramatical. Ahí observamos que los cambios “léxicos” presentan frecuentemente ese condicionamiento, a diferencia de los cambios “neogramáticos”. Esto, como en seguida veremos, es muy relevante. Además, de manera esperable, los cambios “léxicos” son irregulares (tienen poca predictibilidad y presentan excepciones léxicas), lo que sugiere difusión léxica (gradual), mientras que los cambios “neogramáticos” son regulares (son predecibles y no tienen excepciones), síntoma de que no proceden por difusión léxica. CUADRO 4.6 Dos tipos de cambios fonéticos (adaptado de Labov, 1981) Discreto Condicionamiento fonético Excepciones léxicas Condicionamiento gramatical Predictibilidad Difusión léxica

“Cambio léxico”

“Cambio neogramático”

sí poco sí sí no sí

no mucho no no sí no

La clave de (al menos parte de) la respuesta está en la relación complementaria entre el condicionamiento gramatical y el condicionamiento fonético. Según la hipótesis defendida por Paul Kiparsky (1988), el hecho de que los llamados cam-

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

bios “léxicos” presenten irregularidad fonética (en el sentido de que un sonido cambia en una palabra pero no en otra en la que aparece en el mismo contexto fónico) se debería a que los cambios “léxicos” serían consecuencia de cambios en un tipo especial de reglas fonológicas, las reglas léxicas. Por ponerlo en palabras del propio autor: Saco la conclusión, por tanto, de que la existencia de los dos tipos de cambio fónico, la difusión léxica y el cambio “neogramático”, es consecuencia de la existencia de dos tipos de reglas fonológicas, reglas léxicas y reglas postléxicas (Kiparsky, 1988: 463).

Para comprender la relevancia en este contexto de la existencia de esos tipos de reglas fonológicas, es preciso tener en cuenta que en fonología generativa las palabras tienen una representación fonológica subyacente (representada como una cadena de fonemas) que luego es modificada por una serie de reglas fonológicas que generan una forma fonética (representada como una cadena de sonidos o alófonos), que a su vez, sería un conjunto de instrucciones para los órganos fonadores. Consideremos el esquema de la figura 4.8, en el que se presenta la estructura general del conocimiento fonológico y un ejemplo paralelo del español para la palabra bobo:

Representación fonológica

/bobo/

Reglas fonológicas

/b/ → [β] / V_V …

Representación fonética

[´boβo]

Figura 4.8. Estructura del componente fonológico y ejemplo del español.

En lugar de asumir que el hablante del español tiene memorizado el significante [´boβo] para la palabra bobo (con el segundo fonema /b/ realizado como no oclusivo), es más razonable suponer que conoce la regla de que todo fonema /b/

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Mecanismos del cambio fonético

entre vocales (simplificando) se realiza normalmente como aproximante o fricativo, y no como oclusivo (tal y como se representa en la figura superior). Nótese que en caso contrario no podríamos explicar que leyendo palabras inventadas, como por ejemplo bubi, los hablantes sistemáticamente pronuncien [buβi] y no [bubi], cuando no han podido en ese caso acceder a la representación fonética memorizada, al no existir por definición. Las reglas fonológicas son parte del conocimiento fonológico del hablante y, de acuerdo con lo que hemos visto, son cambios en las reglas los que explicarían la regularidad de los cambios fonéticos típicos. No es casualidad entonces que las llamadas “leyes fonéticas” habitualmente tengan expresión de un preciso condicionamiento fonético, como hemos visto en los ejemplos de las leyes de Grimm y Verner. La distinción entre dos tipos de reglas fonológicas, las léxicas y las postléxicas, que menciona Kiparsky es consecuencia del desarrollo de la llamada fonología léxica, esto es, el estudio de las reglas fonológicas (o morfonológicas, según la expresión más tradicional) que son sensibles a la estructura morfológica interna de la palabra. La intuición subyacente es que hay ciertas reglas fonológicas que afectan a las palabras, por así decirlo, antes de que se combinen en la sintaxis, mientras que las reglas postléxicas serían las reglas fonológicas que se aplican a las cadenas de palabras una vez construidas sintácticamente y para las que las fronteras morfológicas y léxicas son irrelevantes. Consideremos, por ejemplo, la regla que determina la articulación de /n/ en español en posición final de sílaba. El fonema /n/ en español tiene distintos alófonos en función del punto de articulación del sonido consonántico siguiente, de manera que /n/ es dental en la secuencia andar, labial en enfermo o palatal en ancho. Esta regla es postléxica en el sentido de que se aplica tanto si la secuencia en cuestión (por ejemplo nd) se produce dentro de una palabra (como en condado) como si se produce entre dos palabras distintas (como en la secuencia con dado, indistinguible de la anterior en la pronunciación). Sin embargo, si consideramos una palabra en español como presidente y observamos cómo se comporta en procesos derivativos como presidencia o presidencial, observamos que la secuencia nt de la base (presidente) ha pasado a nc ([nθ] en la norma del español central), de manera que tenemos una alternancia sincrónica obligatoria de la forma presidential > presidencial (que encontramos siempre que se da la misma estructura derivativa, como en las secuencias regente > regencia, residente > residencia, demente > demencia, dependiente > dependencia, etc.). Pero nótese que la regla del tipo de /t/ > /θ/ no se limita a un contexto fonético para su aplicación, sino que exige que se trate de un determinado tipo de proceso derivativo. Así, aunque esta palabra en origen es similar, no se aplica a manantial, ni a antiamericano, ni a secuencias “postléxicas” de idéntico contexto fonético, como la frase con tiara, etc.). La regla que determina la realización de /n/ en final de sílaba es una regla fonológica postléxica, mientras que la regla que determina la 153

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

realización de la /t/ de presidente en presidencia o presidencial es una regla fonológica léxica. La generalización interesante es entonces que, por lo general, el cambio fonético es un cambio en una regla fonológica como producto de un reanálisis (por hipercorrección o por hipocorrección). Cuando la regla fonológica que cambia es “postléxica”, entonces estamos ante un cambio “neogramático” (esto es, regular, simultáneo y condicionado fonéticamente). Cuando la regla que cambia es una regla fonológica “léxica”, entonces tendríamos un cambio fonético “léxico” (esto es, menos general, condicionado morfológicamente, más sujeto a excepciones y más susceptible de expandirse por extensión analógica). Es bien cierto que esto no explica todos los llamados cambios “léxicos” descritos en la abundante bibliografía (descrita con detalle en Labov 1994), pero sí nos sitúa en una perspectiva que nos resultará familiar después de haber revisado la historia de la noción de ley fonética: que ante las aparentes excepciones es siempre más productivo intentar buscar explicaciones subyacentes. En el caso de los cambios “léxicos” o irregulares, es muy posible que existan sutiles condicionamientos gramaticales o morfológicos que, de no ser detectados, nos lleven a la sensación de que el cambio es irregular y caprichoso, algo que a partir de la discusión anterior deberíamos considerar, por defecto, como excepcional.

4.4. Reanálisis y reglas fonológicas: el cambio fonológico En una interesante reflexión Hale (2012) plantea que aunque parece claro que tanto la hipótesis neogramática como la hipótesis foneticista de Ohala son esencialmente correctas, aún queda por explicar cómo se sigue la una de la otra, esto es, aún queda por determinar si la concepción de los cambios fonéticos de Ohala explica la regularidad de los mismos. Hale concluye su reflexión afirmando que únicamente apelando al papel de la fonología (la estructura subyacente de los sonidos de las lenguas) se podrían unificar ambas hipótesis. Y acabamos de ver que, en efecto, Hale parece tener razón. El mecanismo del cambio (el reanálisis) no explica en sí mismo la regularidad de los cambios, salvo si tenemos en cuenta que el reanálisis no es estrictamente fonético, sino fonológico. Cuando el oyente reanaliza una secuencia fonética lo que está haciendo es cambiar la estructura fonológica que subyace a esa secuencia, exactamente igual que sucede, como vimos, con el reanálisis sintáctico en nuestro ejemplo de arradio (recordemos que la secuencia unarradio en realidad no es modificada por el hablante, sino solamente su estructura subyacente, de una/radio a un/arradio). Así, pues, como hemos visto en el apartado anterior, en realidad los cambios fonéticos son el resultado de cambios en las reglas fonológicas que regulan la relación entre los fonemas que forman la representación subyacente y los alófonos

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Mecanismos del cambio fonético

que los realizan en el habla. Todo cambio fonético implica, en realidad, un cambio fonológico. O en términos más precisos, los cambios fonéticos son en realidad cambios fonológicos. Podría argumentarse, por el contrario, que los cambios fonéticos no condicionados, esto es, los cambios que suceden en todas las instancias de un sonido, independientemente del contexto en el que aparecen (sea por contacto lingüístico o cualquier otro factor), no tienen efectos en los sistemas fonológicos. Por ejemplo, si en un dialecto de una lengua se sustituye una s apicoalveolar por una s dorsal, entonces siempre que aparezca una s será dorsal, lo que no afectaría al elenco de fonemas ni a su organización (sus oposiciones internas). En efecto, desde una perspectiva tradicional de la fonología, en tal caso no estaríamos ante un cambio en el sistema fonológico, ya que el sistema fonológico, en dicha concepción, solo consta de oposiciones fonológicas, que no habrían cambiado. Así, si el cambio no da lugar a nuevas oposiciones fonológicas o no cambia ninguna de las existentes, no hay tal cambio en el sistema. No obstante, aún podríamos decir que ha habido un proceso de refonologización (una reorganización del sistema fonológico consistente en cambios en algunos alófonos de ciertos fonemas). Además, por lo general, los cambios no condicionados suelen afectar el sistema fonológico incluso en sentido tradicional. Por ejemplo, en el español actual se ha perdido el sonido labial sonoro [v] realización del fonema /v/, lo que ha hecho que se amplíe la distribución del fonema /b/ a su costa, de manera que la pérdida de un alófono implica que se hayan “fundido” dos fonemas y la lengua ha perdido uno. Lo mismo sucede en los dialectos en los que se pierde la aspiración de h inicial: al desaparecer el sonido, desaparece también el fonema y todas las oposiciones en las que entraba. En todo caso, la fuente habitual de cambios fonológicos son los cambios fonéticos condicionados, esto es, cuando un cambio fonético afecta a algún alófono de un fonema y después ese alófono se convierte a su vez en un fonema propio. Un ejemplo típico en muchas lenguas es el cambio fónico producido por asimilación del sonido velar oclusivo sordo [k] a la vocal siguiente. Por ejemplo, en el inglés primitivo (ejemplo tomado de Trask 1996: 78) había un fonema /k/ que tenía dos alófonos: una versión posterior ante vocal posterior y una versión más anterior ante vocal anterior, exactamente igual que en español actual los sonidos oclusivos de las secuencias [ke] y [ku] tienen normalmente distinto punto de articulación. En el inglés primitivo, como en las lenguas romances, el sonido [k] ante vocales anteriores o ante el diptongo [ea] y [eo] se palatalizó como un sonido africado [t∫]. En principio, eso solo significa que el fonema /k/ tenía dos alomorfos, según el contexto fónico. Pero más adelante, como se muestra en el cuadro siguiente, el primer elemento de los diptongos /ea/ y /eo/ se perdió por un cambio fonético independiente, por lo que el sonido africado, que solo aparecía ante voca-

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

les anteriores, empezó a aparecer también ante vocales posteriores, facilitando la oposición entre /k/ y /t∫/ y, por tanto, el surgimiento de un nuevo fonema. CUADRO 4.7 Partición de /k/ en inglés antiguo (de Trask, 1996: 78)

Estado I Estado II Estado III

‘gato’ (cat)

‘barcia’ (chaff)

‘barba’ (chin)

[katt] /katt/ [katt] /katt/ [katt] /katt/

[keaff] /keaff/ [t∫eaff] /keaff/ [t∫aff] /t∫aff/

[kinn] /kinn/ [t∫inn] /kinn/ [t∫inn] /t∫inn/

Es relevante considerar en el cuadro 4.7 las diferencias en las transcripciones fonéticas y las fonológicas. En el estado I solo hay un fonema /k/ y un alófono [k], independientemente del contexto. En el estado II, como resultado del cambio asimilatorio, el fonema /k/ se pronuncia con dos alófonos distintos, pero sigue habiendo un solo fonema, /k/. Podría decirse que se ha añadido una regla fonológica que regula la realización de /k/ en ciertos contextos. Por su parte, en el estado III, se ha perdido la vocal anterior que provocaba la aplicación de la regla y se ha reanalizado el alófono [t∫] como realización directa del nuevo fonema /t∫/. A estos procesos, por razones obvias, se los denomina particiones fonológicas, que es el proceso contrario a la fusión. Más concretamente, a este fenómeno reflejado simplificadamente en el cuadro de 4.7, se le llama partición secundaria, denominación que sugiere que también hay procesos de partición primaria. En efecto, tal es el caso. Se habla de partición primaria cuando un fonema se divide, en el sentido de que parte de sus alófonos se reanalizan como realización de un fonema diferente al original. La diferencia con respecto al caso anterior es que en esta modalidad no se crea un nuevo fonema, sino que los alomorfos escindidos del fonema original se atribuyen a otro fonema preexistente. Por así decirlo, la partición primaria implica una redistribución de alófonos entre fonemas. Puede servirnos de ejemplo el fenómeno de rotacismo mencionado en el apartado anterior en relación con la analogía morfológica. En el latín preclásico había un fonema /s/ y un fonema /r/. En un momento dado, un cambio fonético llevó a la sonorización de [s] intervocálica ([s] > [z]). Este cambio asimilatorio es muy común y tiene como consecuencia que se amplía el número de alófonos de /s/.

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Mecanismos del cambio fonético

En un momento posterior, otra ley fonética convirtió todos los sonidos [z] en [ɾ]. Al suceder eso, los sonidos [ɾ] intervocálicos se identificaron con los que ya existían en la lengua y no procedían de [s]. Una representación esquemática de ambos procesos de partición puede permitir apreciar mejor la diferencia entre ellos:

A. Partición primaria (latín) /s/

/s/

/r/

/r/

B. Partición secundaria (antiguo inglés) /k/ /k/

/t∫/ Figura 4.9. Representación esquemática de los procesos de partición fonológica.

El esquema A muestra cómo el rotacismo latino no genera un nuevo fonema, sino que implica la identificación de algunos de sus alófonos con los del fonema /r/, mientras que en B se observa la creación de un nuevo fonema al deshacerse la distribución complementaria entre los antiguos alófonos del fonema /k/. Hasta ahora hemos asumido que los cambios se inician en el plano fonético y que, al consistir en reanálisis de reglas fonológicas (o en su creación o elimina-

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

ción), tienen siempre consecuencias en el sistema fonológico de las lenguas. La tradición de la fonología estructural (basada esencialmente en Trubetzkoy, 1939) ha propuesto que algunos cambios fonéticos podrían tener una causa estructural, esto es, fonológica. Hemos discutido brevemente este asunto en el capítulo 2, dedicado precisamente a analizar las posibles causas de los cambios lingüísticos en relación con la “presión” del sistema para “rellenar casillas”. Como allí concluimos, son varias las dificultades empíricas y teóricas para aceptar tal explicación. Sin embargo, es interesante que consideremos ahora en ese contexto un fenómeno de cambio fonético que ha sido especialmente vinculado a las causas estructurales de los cambios fonéticos, como es el caso de los llamados cambios en cadena. No vamos a encontrar argumentos para cambiar las conclusiones mencionadas, pero sí veremos que se trata de un fenómeno que muestra que, aunque el sistema fonológico no puede causar cambios fonéticos, sí puede restringir y canalizar el flujo de ciertos cambios. Ello es, sin duda, consecuencia de la propia estructura del conocimiento fonológico de los hablantes. Por una parte, por supuesto, los cambios fonéticos están restringidos por lo que podemos hacer con la lengua, los labios y otros órganos vocales y por nuestra capacidad para discriminar diferencias acústicas. No encontraremos sonidos impronunciables ni contrastes fónicos inaudibles, aunque al oído no entrenado a veces se lo parezca. Además de esos factores fisiológicos, también la forma en que la mente organiza y memoriza los fonemas puede ser un factor relevante en la determinación de qué cambios tienen más o menos posibilidades de suceder en un sistema lingüístico dado. Por ejemplo, el número de fonemas, aunque variado en las lenguas del mundo, está claramente condicionado en este sentido. Imaginemos una lengua con dos vocales y dos consonantes. Aún tendríamos decenas de sílabas diferentes, pero para formar un lexicón de treinta o cuarenta mil palabras estas tendrían que ser enormemente largas y, por tanto, difíciles de recordar y de distinguir entre sí. Otra constricción fonológica consiste en la preferencia por sistemas en los que los sonidos no son muy diferentes entre sí, sino que se organizan en grupos que comparten parte de sus rasgos fonéticos. Los fonetistas han denominado a este fenómeno como el de la “economía gestual”, en el sentido de que la producción de un sonido es al fin y al cabo algo muy parecido a hacer un gesto. Así, si una lengua tiene un sonido que implica el gesto de juntar los dos labios (por ejemplo para hacer [p]), es muy probable que tenga también [b] y [m]. Y si una lengua tiene [p], [b] y [m] y además tiene [t], es muy probable que también tenga [d] y [n]. Nótese que estos dos “haces” de sonidos tienen una organización proporcional; también tenemos la serie de gestos semejantes [t], [p], la serie [d], [b] y la serie [n], [m], según el conocido esquema de correlaciones planteado por Trubetzkoy:

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Mecanismos del cambio fonético

p

b

t

m

n

d

Figura 4.10. Correlaciones fonológicas (órdenes labial y dental).

Los sonidos de una lengua están organizados fonológicamente y cuando cambian ejercen una presión en esos principios de organización que algunos autores interpretan como cambios en cadena (Martinet, 1955 es todavía la obra de referencia en ese ámbito). Consideremos un ejemplo que ya no es familiar, la mutación consonántica germánica descrita en las leyes de Grimm. Si consideramos los cambios descritos por las leyes de Grimm y los disponemos de la manera que se presenta en la figura 4.11, estaremos en mejor disposición de apreciar la estructura fonológica subyacente al proceso de cambio:

Fricativo sordo Oclusivo sordo Oclusivo sonoro Oclusivo aspirado sonoro

f ↑ p ↑ d ↑ bh

θ ↑ t ↑ d ↑ dh

x ↑ 1 k ↑ 2 g ↑ 3 gh

Figura 4.11. Las leyes de Grimm como cambios en cadena.

Una posible interpretación, siguiendo el espíritu de las tempranas observaciones de Grimm o Rask, es que los sonidos oclusivos sordos se fricativizaron (en realidad, primero se hicieron aspirados, luego africados y, por fin, fricativos), lo que estaría representado por la flecha vertical 1. Una vez que hubiera sucedido esto, la ‘posición’ de los fonemas oclusivos sordos habría quedado vacía, por lo que los fonemas oclusivos sonoros podrían empezar a ocupar ese espacio estructural (flecha vertical 2), lo que a su vez dejaría vacante ese hueco, que podría ser

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

repoblado por los fonemas oclusivos sonoros aspirados al perder la aspiración. A esta cadena, como en los automóviles de tracción delantera, se la suele llamar cadena de tracción, en el sentido de que, por así decirlo, los huecos estructurales “tiran” de la cadena, frente a las llamadas cadenas de propulsión, en la que unos elementos “empujan” a otros. Según la lectura de propulsión, el cambio inicial habría sido el de 3 (pérdida de la aspiración), luego el de 2 (ensordecimiento) y, por fin, el de 1 (fricativización). Por supuesto, los datos documentales son los relevantes a la hora de establecer las cronologías relativas de los cambios, pero comparando las dos interpretaciones de los cambios reflejados en la figura 4.11 es factible, incluso en ausencia de datos documentales, argumentar por la mayor plausibilidad de la cadena de tracción que de la de propulsión. Nótese que en la interpretación de la cadena de tracción lo que encontramos es lo que esperamos según la teoría del cambio desarrollada en estas páginas: un cambio accidental (la pérdida de la oclusión descrita por 1) que, colateralmente, puede facilitar, por la estructura del sistema fonológico, otros cambios, aunque no causarlos. Así, al quedar liberado el espacio fónico que ocupaban los fonemas oclusivos sordos, es más plausible que ciertos hablantes reanalicen realizaciones sordas o ensordecidas de los oclusivos sonoros como inherentes, lo que podría dar lugar al cambio descrito por 2, que, a su vez, ampliaría el espacio fónico en la realización de los fonemas aspirados sonoros, facilitando, aunque no causando, el reanálisis de realizaciones no aspiradas como inherentes, dando lugar al cambio descrito por la flecha 3. Por el contrario, el modelo de cadena de propulsión nos obliga a asumir que un cambio fonético accidental (en este caso el descrito por 3), de alguna manera empuja o provoca el cambio siguiente. Pero esta asunción tiene serios problemas teóricos y empíricos. Así, tendríamos que asumir que los cambios 3 y 2, por ejemplo, se producen simultáneamente, de manera que a la vez que los fonemas oclusivos sonoros aspirados pierden la aspiración, para no fundirse con los oclusivos sonoros originales, empujarían a estos hacia el ensordecimiento que, a su vez, haría que los oclusivos sordos se diferenciaran para no colisionar. Pero los fonemas no son fichas de dominó ni bolas de billar. No se pueden empujar. De hecho, es perfectamente habitual que un cambio fonético lleve a la fusión de fonemas. Ante la explicación de que en tal caso se reduciría drásticamente el número de fonemas (de oposiciones fonológicas), habría que responder entonces que la reacción normal sería la de bloquear el cambio original. Nótese que si asumimos que la conciencia de los hablantes o “el sistema” es capaz de prever la colisión, también debería ser capaz de frenar el cambio inicial, tan desestabilizador. Ya hemos discutido con detalle en el capítulo 2 este tipo de explicaciones teleológicas y las hemos descartado. Nótese que la perspectiva de la cadena de propulsión no tiene estas implicaciones negativas; no hay relación causal

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Mecanismos del cambio fonético

alguna entre los cambios encadenados, sino simplemente la constatación de que la generación de huecos estructurales amplía el espacio de dispersión de los alófonos de fonemas cercanos, lo que hace esperable que algunas de esas variantes puedan, a su vez, ser sancionadas socialmente y prosperar como cambios consolidados. La confirmación de que los razonamientos anteriores son correctos puede proceder de procesos similares pero con mayor documentación histórica. Tal es el caso de la mutación consonántica del español a partir del latín, que también se puede describir como un conjunto de cambios en cadena. Considérense los ejemplos del cuadro siguiente: CUADRO 4.8 Mutación consonántica del español (Alarcos, 1965) Cambio fonético latín > español

pp > p p>b b> β β>∅

Ejemplo latín > español

cuppa > copa cupa > cuba habere > haber habeo > he (p. ej. he venido)

Lo que observamos esencialmente es que parece haber una correlación entre tres cambios esenciales: la simplificación de geminados (pp > p), sonorización de oclusivos sordos (p > b) y fricativización de oclusivos sonoros (b > β), que ocasionalmente pueden desaparecer. ¿Cuál es la conexión, si es que existe alguna, entre estos cambios? En principio caben dos posibilidades, como sabemos. La explicación basada en la cadena de propulsión comenzaría de arriba a abajo, en el sentido de que la simplificación de geminadas produciría un fonema /p/ que se confundiría con /p/, lo que habría llevado a los hablantes a cambiar /p/ por /b/ (nótese que así explicaríamos que la oposición entre cuppa/cupa –vocalismo al margen– se mantuviera en el tránsito de un sistema a otro, aunque con otros rasgos copa/cuba), que a su vez habría llevado a los hablantes a modificar la /b/ para no confundirla con la procedente de /p/. Pero tal explicación carece de sentido. De hecho, en el español actual el fonema /b/ incluye tanto sonidos procedentes de /p/ latina (como en cuba), como de /b/ latina (como en amaba), como de /u/ latina (como en vivir). La opción del modelo de cadena de tracción es más plausible. En tal caso, se empezaría la cadena de abajo a arriba, de manera que la fricativización de los

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

sonidos oclusivos sonoros quizá facilitó la sonorización de los oclusivos sordos que, a su vez, amplió el espacio de dispersión de los geminados, facilitando su lenición. Además, al parecer, es la que mejor encajaría con los datos documentales: Desde los siglos imperiales hasta los inicios románicos se producen tres fenómenos fonéticos, caracterizados por el debilitamiento de estas consonantes en posición intervocálica: 1) fricación de algunas oclusivas sonoras […], 2) sonorización de sordas; 3) simplificación de geminadas. La documentación a mano presenta en ese orden los procesos. Pero hay que tener en cuenta la lentitud en la generalización de los cambios fonéticos y la relación sistemática de estos fenómenos. Es decir, que los tres fenómenos están en relación, unos arrastran a los otros: el fenómeno de la sonorización, típico del occidente, ha triunfado porque había geminadas que tendían a simplificarse, o bien las geminadas se simplificaron porque previamente las simples sordas se modificaron, empujando a (o arrastradas por) las sonoras oclusivas que se debilitaban (Alarcos, 1965: 242-243).

Es sintomático observar cómo un autor de persuasión funcionalista, incluso teniendo a mano datos documentales que sugieren la mayor plausibilidad histórica de la explicación teórica más razonable (la de cadena de tracción) prefiere jugar con la indefinición o la ambigüedad para no descartar la explicación más claramente teleológica, aquella que de alguna manera “anima” al sistema fonológico dotándolo de finalidades, objetivos o intenciones que, obviamente, no puede tener. Sin embargo, la conclusión esencial de este viaje por los cambios fonéticos y fonológicos es que, aunque los cambios fonéticos son, como predice nuestro modelo, accidentales y no dirigidos, las constricciones que determinan qué es una lengua humana posible (entre ellas cómo almacena el cerebro la información) también delimitan los derroteros que los sistemas fonológicos pueden tomar. Veremos en los capítulos siguientes que lo mismo se aplica al resto de dimensiones estructurales de las lenguas humanas.

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

Según el modelo de la Facultad del Lenguaje esbozado en el capítulo 1, la morfología (el ámbito de la estructura gramatical de la palabra) es donde aparece esencialmente la diversidad estructural de las lenguas. Junto con la fonología, la morfología forma el componente de interfaz entre el sistema computacional y el sistema sensorio-motor que materializa las derivaciones sintácticas, el que hemos denominado léxico interiorizado o léxico-i (véase la figura 1.2). Si retomamos la sencilla figura 3.1, que repetimos aquí por comodidad como figura 5.1, observaremos que las derivaciones sintácticas se externalizan por medio de palabras (W, X, Y en el esquema) y que estas son las que se conectan, a través de su representación fonológica subyacente, con el sistema sensorio-motor (representado por la onda sonora en el esquema). Como puede observarse, la palabra W en la derivación abstracta realiza dos elementos sintácticos distintos (A y B): estamos, pues, ante una palabra compleja. Tal y como hemos discutido en 3.1, la tarea de adquisición (y de procesamiento) del lenguaje consiste (en parte al menos) en determinar las relaciones entre las palabras segmentadas en la onda sonora y la representación sintáctica subyacente. Es oportuno recordar ahora también que el fenómeno de reanálisis se produce precisamente cuando la vinculación original entre los elementos de la serie W, X, Y y los de la serie A, B, C, no se construye de la misma manera por parte del oyente/aprendiente debido a procesos abductivos. La estabilización de esos reanálisis es lo que llamamos cambio lingüístico. Cuando el reanálisis tiene como consecuencia la creación de una palabra compleja o la alteración de la estructura interna de una palabra, entonces estamos ante un cambio morfológico. Además, otros factores como la analogía y el préstamo pueden alterar la forma de las palabras, lo que consideremos como cambios léxicos. Como comprobaremos en las páginas siguientes, los cambios morfológicos son en muchas ocasiones conse163

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

cuencia (efectos colaterales) de los cambios fonéticos que alteran la estructura fonológica de una lengua y, a su vez, son con frecuencia los detonantes de los cambios sintácticos, de los que nos ocuparemos en el siguiente capítulo.

A A

B B

W

C C

D

X

Y

W, X, Y

Figura 5.1. Derivación de una estructura sintáctica, externalización de la misma en una cadena lineal de elementos del léxico-i (x, w, y) y materialización de estos elementos en una onda sonora.

Desde este punto de vista, el léxico-i (fonología y morfología) es lo que singulariza a cada lengua humana, precisamente porque su naturaleza es histórica. De hecho, la propia existencia de palabras complejas (palabras con estructura interna) es, básicamente, una consecuencia del cambio lingüístico, esto es, del reanálisis. La hipótesis con la que vamos a operar es que las palabras complejas (tanto los compuestos como las resultantes de los procesos derivativos y flexivos) son fragmentos de estructura sintáctica que se externalizan a través de un ítem (una palabra) del léxico-i. El origen de estas palabras complejas es, pues, una muestra directa de la operación del cambio lingüístico y, concretamente, del reanálisis. En el capítulo 3 hemos definido el concepto de reanálisis (el equivalente de la mutación genética en nuestra comparación entre lenguas y especies) y hemos formulado la hipótesis de que es el mecanismo esencial del cambio lingüístico. En

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

el capítulo 4 hemos examinado con detalle los cambios fonéticos y hemos podido comprobar que su mecanismo central es, en efecto, el reanálisis. Veremos en el presente capítulo que, aunque en un nivel de estructuración diferente, el cambio morfológico también se sigue, en lo esencial, del mecanismo de reanálisis. Así, en el primer apartado (5.1) abordaremos el fenómeno conocido como morfologización (la creación de morfemas ligados) y su influencia en la tipología de las lenguas. La morfologización, como veremos, no es sino un tipo especial de reanálisis que, con frecuencia, también opera en los procesos de gramaticalización (que ya abordamos en el capítulo 3 con cierto detalle y que retomamos en el capítulo 6). Una posible excepción a la afirmación de que el reanálisis es el mecanismo único del cambio lingüístico es el fenómeno de la analogía, que también hemos encontrado ya, al discutir la hipótesis neogramática. En el segundo apartado (5.2) consideraremos con más detalle el concepto de analogía y de cambio analógico y abordaremos el problema de si se puede considerar o no un mecanismo de cambio diferente del reanálisis y qué influencia tiene tanto en el cambio morfológico como en el léxico. En 5.3 revisaremos los mecanismos esenciales de cambio en la forma de las unidades léxicas y en 5.4 las pautas generales del cambio del significado de las palabras.

5.1. Morfologización y tipos morfológicos Hemos definido la morfologización como la creación de un morfema ligado. Un morfema ligado es un morfema (un signo lingüístico inanalizable) que no puede aparecer solo, esto es, que no puede formar una palabra fonológica por sí mismo, sino que requiere la presencia de otro (u otros) morfema(s), a los que va ligado. Los ejemplos típicos son los afijos (tales como los sufijos -ción, -eza, al, etc. del español), aunque también encajan en esa definición los clíticos (como por ejemplo los pronombres átonos del español, lo, le, se, etc.), por mucho que estos últimos tengan más libertad posicional (menor grado de integración morfológica). No deben identificarse los morfemas ligados con los morfemas gramaticales, ya que también puede haber morfemas ligados léxicos (o lexemas ligados, por ejemplo la raíz léxica cant- del verbo cantar en español) y puede haber morfemas gramaticales que son morfemas libres, es decir, no ligados, tales como las conjunciones, los verbos auxiliares o las preposiciones (como entre o para en español). Por supuesto, también puede haber morfemas léxicos libres (como la palabra sol en español). Así, aunque el proceso de gramaticalización (la conversión de un morfema léxico en un morfema gramatical) suele implicar también la morfologización, son dos procesos diferentes. La figura 5.2 pretender reflejar esa diferencia.

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Dado que es frecuente que los morfemas gramaticales sean también ligados, hay cierta tendencia a confundir los dos tipos de procesos: la gramaticalización, que implica el reanálisis de un morfema léxico como gramatical (flecha vertical en el esquema) y la morfologización, que implica el reanálisis de un morfema libre como un morfema ligado (flecha horizontal en el esquema de la figura 5.2), pero nótese que puede haber tanto morfologización sin gramaticalización (como cuando un verbo auxiliar se convierte en un sufijo verbal, caso del paso en español del futuro analítico cantar he al futuro sintético cantaré), como gramaticalización sin morfologización (como cuando un verbo léxico se convierte en un auxiliar, caso del paso del verbo léxico latino habere ‘poseer’ al auxiliar he del ejemplo anterior).

Figura 5.2. Ejemplos de morfema léxico libre, morfema léxico ligado, morfema gramatical libre y morfema gramatical ligado. Las flechas muestran la dirección de cada uno de los dos procesos de reanálisis: la gramaticalización (reanálisis de morfema léxico a morfema gramatical) y la morfologización (reanálisis de morfema libre a morfema ligado).

Hecha esta puntualización, es necesario observar que con mucha frecuencia los dos procesos suelen encadenarse. Para comprobarlo con un ejemplo, volvamos al caso ya discutido para ilustrar el proceso de gramaticalización (apartado 3.1), el reanálisis del nombre latino mens ‘mente’ (mente en caso ablativo singular) como un sufijo para formar adverbios. El nombre mente ya se empezó a usar en latín acompañando a un adjetivo para expresar la actitud o el estado mental con el que se realizaba una acción. El adjetivo tenía que concordar en género, número y caso con el nombre, de manera que encontramos ejemplos latinos como devota mente ‘con una mente devota’ o clara mente ‘con una mente clara’. En la fase previa al proceso de reanálisis la construcción se limitaba a adjetivos que se pudieran predicar de la mente o de la actitud, de manera que no se documentan expresiones 166

Mecanismos del cambio morfológico y léxico

como igual mente, nueva mente u obvia mente. La ulterior aparición de estas expresiones revela que el reanálisis se ha producido: mente ya no se interpreta como un nombre, sino como un afijo que expresa la función adverbial del adjetivo, y se ha pasado de un análisis de una construcción de ablativo a la de un adverbio (construcciones que en un nivel abstracto probablemente sean similares). En todo caso, normalmente su interpretación es composicional y en español (a diferencia de lo que sucede, por ejemplo, en francés) aún presenta evidencias de una estructura interna subyacente, de manera que podemos decir clara y llanamente, (con elisión del afijo en el primer elemento, claramente). Esto implicaría que el proceso de gramaticalización se ha completado del todo, pero que no es así en el caso de la morfologización, algo que en español también sucede con muchos prefijos. Por supuesto, la morfologización no solo produce afijos derivativos, sino que también está detrás del surgimiento de morfemas flexivos. La flexión tiene una conexión más directa con la sintaxis que la derivación, lo que implica que los procesos de cambio morfológico que afectan a la flexión suelen tener mucha más repercusión en la sintaxis de una lengua y en su propia tipología que los cambios en la derivación. Como ejemplo del desarrollo de la flexión nominal consideremos el desarrollo de una marca de caso a partir de un nombre (ejemplo tomado de Trask 1996: 115-116). En vasco existió un nombre, reconstruido como kide, con un significado similar a ‘compañía’ o ‘asociación’. De hecho, la palabra todavía existe, pero solo con el sentido ‘colega, amigo’. Este nombre se empezó a usar con mucha frecuencia en frases nominales con genitivo para expresar la noción ‘en compañía de’: así, con el pronombre gu ‘nosotros’ en forma genitiva (gure ‘nuestro, de nosotros’), más el artículo definido a, más la terminación locativa -n, podía formar expresiones como gure kidean ‘en (la) nuestra compañía’ (como en gure etxean ‘en nuestra casa’, de exte ‘casa’). Tal frase debió extenderse como la forma habitual de expresar compañía, y la forma (r)e kidean se reanalizó como una terminación gramatical única que, con los consiguientes cambios fonéticos, aparece en el vasco actual con la forma -(r)ekin, que es la marca de caso comitativo, como se ve en los ejemplos de 1: 1. Caso comitativo en vasco: gurekin ‘con nosotros’ nirekin ‘conmigo’ neskarekin ‘con la chica’ Este ejemplo ilustra un patrón muy frecuente en la formación histórica de nuevas terminaciones de caso: un nombre o una frase pospuesta al nombre se reduce fonéticamente, se gramaticaliza y se morfologiza como un morfema ligado. De hecho, la mayoría de las marcas de caso en las lenguas han seguido esa

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

trayectoria: verbos o nombres se hicieron posposiciones (gramaticalización) y después se convirtieron en marcas de caso (morfologización). Si atendemos a la flexión verbal podemos considerar un fenómeno muy frecuente de morfologización, que se ha dado en numerosas lenguas y que es muy relevante, como veremos en el capítulo siguiente, a la hora de explicar cambios en la tipología sintáctica de las lenguas. Se trata de la conversión de pronombres (normalmente a través del estado intermedio de clíticos) en marcadores de concordancia de persona del verbo. También siguiendo a Trask (1996) podemos ilustrar el proceso con la lengua vasca, ya que ofrece una solución histórica muy transparente, en el sentido de que aún se aprecian en esta lengua claramente las semejanzas entre los afijos de concordancia y lo pronombres personales de los que derivan históricamente. Así, en el cuadro siguiente se puede apreciar la semejanza entre los prefijos de concordancia del verbo joan ‘ir’ y los pronombres personales de la columna de la derecha (se representan solo las formas de primera y segunda persona): CUADRO 5.1 Conjugación del verbo joan y pronombres personales del vasco actual Conjugacion de joan ‘ir’ Pronombres personales noa ‘voy’ hoa ‘vas’ goaz ‘vamos’ zoaz ‘vais’

ni ‘yo’ hi ‘tú’ gu ‘nosotros’ zu ‘vosotros’

La morfologización es, pues, el mecanismo esencial para crear la morfología (entendida esta como la estructura segmental de las palabras del léxico-i) y, por tanto, es el mecanismo esencial para entender la tipología morfológica de las lenguas del mundo. La clasificación de las lenguas por el tipo morfológico es, de hecho, la de más tradición dentro de la tipología lingüística moderna (y se remonta, al menos, a Humboldt y Schlegel en la primera mitad del siglo XIX). Tradicionalmente se han clasificado las lenguas desde el punto de vista de la estructura morfológica de la palabra en tres grandes grupos o tipos: aislantes, aglutinantes y flexivas. Las lenguas aislantes son lenguas en las que las palabras y morfemas son invariables, de manera que no hay flexión y tiende a haber una relación miembro a miembro entre palabras, morfemas y morfos (el morfo es la realización fonológica concreta de un morfema). Véase el esquema 5.3, que representa esa relación.

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

En las lenguas aislantes las relaciones gramaticales tienden a marcarse por el orden de palabras y ciertos marcadores autónomos. Ejemplos típicos mencionados en la literatura son el chino y el vitenamita. El siguiente ejemplo, tomado de Trask (1996) lo muestra claramente: 2. Vietnamita (se omiten acentos y marcadores suprasegmentales) khi toi den nha ban toi, chung toi bat dau lam bai cuando yo venir casa amigo yo, (plural) yo comenzar (plural) hacer lecciones ‘Cuando llegué a casa de mi amigo comenzamos a hacer lecciones’ Nótese que en 2 cada palabra corresponde a un morfema: no hay sufijos ni prefijos.

palabra

palabra

palabra

morfema

morfema

morfema

morfo

morfo

morfo

Figura 5.3. Las lenguas aislantes: a cada palabra le corresponde un único morfema que es realizado por su propio morfo.

Por su parte, las lenguas aglutinantes son las lenguas en las que las palabras están formadas por diversos morfemas, pero en las que cada morfema está representado por un morfo independiente, tal y como se muestra en la figura 5.4. Ejemplos típicos son el turco, el finés o el swahili. El siguiente ejemplo, también tomado de Trask, es del turco (PART: participio; OBJ: objeto; GER: gerundio; T: tiempo): 3. Turco (transcripción simplificada, guiones añadidos) yap-tig-im hata-yi memleket-i tani-ma-ma-m-a ver-ebil-ir-siniz hacer-[PART]-mi error-[OBJ]país-[OBJ]saber-no-[GER]-mi-a dar-puedes-[T]-tú ‘Puedes atribuir el error que hice a mi falta de conocimiento del país’ 169

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Nótese que si solo existieran lenguas aislantes (y si las lenguas aislantes fueran puramente aislantes, cosa que no sucede) no haría falta distinguir entre palabras y morfemas, ni entre morfemas y morfos. Dadas las lenguas aglutinantes se explica la necesidad de distinguir entre palabras y morfemas, pero no entre morfemas y morfos. La diferencia entre morfemas y morfos se hace evidente si consideramos el último tipo de la clasificación tradicional, el de las lenguas flexivas. palabra

morfema

morfema

morfema

morfo

morfo

morfo

Figura 5.4. Las lenguas aglutinantes: a una palabra le pueden corresponder varios morfemas, que son realizados por su propio morfo.

Las lenguas flexivas se caracterizan porque pueden tener palabras complejas, pero a diferencia de lo que sucede (típicamente) en las lenguas aglutinantes, en las flexivas varios morfemas pueden estar realizados por un único morfo, esto es, no existe correspondencia miembro a miembro entre morfemas y morfos, tal y como se refleja en el esquema correspondiente: palabra

morfema

morfema

morfo

morfema

morfo

Figura 5.5. Las lenguas flexivas: a una palabra le pueden corresponder varios morfemas, que pueden ser realizados por un solo morfo. 170

Mecanismos del cambio morfológico y léxico

De nuevo, el verso inicial de la Eneida puede servir como ejemplo típico de estructura flexiva, en la que la -o de cano ‘canto’ es un morfo que fusiona diversos morfemas (esto es, en este uso, ‘signos mínimos’): 4. arm-a uir-um-que can-o arma-Neut/Pl/Ac hombre-Mas/Sg/Ac-y cant-1.ª/Sg/Pres/Ind/Act ‘canto a las armas y al hombre’ En realidad, en el uso clásico de la tipología, la auténtica flexión no se refiere específicamente a este tipo de estructura, sino a aquella en la que aún hay más imbricación formal entre los morfemas gramaticales y los léxicos, como en el caso ya comentado (en relación con los procesos de inflexión vocálica) de oposiciones morfológicas expresadas en la raíz, como en inglés foot/feet (‘pie’/’pies’) o en formas supletivas, como en español soy/eres, etc. A pesar de lo que da a entender la tipología clásica, las lenguas del mundo no encajan de manera perfecta en los tipos definidos, puesto que, en realidad, en muchas lenguas se pueden encontrar procedimientos que revelan estructuraciones acordes a más de un tipo. Así, uno de los más influyentes tipólogos, Edward Sapir (1921: cap. 6), afirmaba que las lenguas en su totalidad no se pueden encasillar limpiamente en una clase dada, y que se trata más bien de tendencias. Serían las características más persistentes las que determinarían el tipo básico de una lengua. Reflejando esta asunción, Sapir acomoda las caracterizaciones graduales de los tipos lingüísticos a lo largo del “grado de fusión”, considerando las lenguas como “débilmente aglutinante”, “ligeramente aglutino-fusionante”, etc. Lo relevante en el contexto de nuestra discusión es que la mayor o menor proximidad de una lengua dada a uno de los tres prototipos ideales esbozados depende esencialmente del cambio lingüístico, y no de la visión del mundo, de la cultura o del grado de desarrollo tecnológico o social de un pueblo, como se sugería en el pasado y como aún hoy, de vez en cuando, aventuran algunos autores (véase el capítulo 2 para algunas referencias al respecto y, más adelante, el capítulo 7, en el que trataremos con más detalle la direccionalidad de los cambios lingüísticos). De hecho, aunque en un sentido diferente al que propuso en su momento August Schleicher, los tres tipos morfológicos son en realidad diferentes estados posibles en un círculo histórico que pivota precisamente sobre el proceso de morfologización. Nótese que esta explicación puramente histórica (y puramente accidental) es la única que encaja adecuadamente con el hecho de que las lenguas “puras” son infrecuentes, mientras que eso sería lo predicho por cualquier modelo que equipare los tipos lingüísticos a estados dados de desarrollo de un pueblo, a cosmovisiones o culturas determinadas, etc.

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

En realidad, Schleicher consideraba (a mediados del siglo XIX) que la tipología morfológica revelaba un proceso evolutivo direccional, de manera que las lenguas aislantes serían las más antiguas y primitivas, luego vendrían las lenguas aglutinantes y, por último, las lenguas flexivas. Desde el punto de vista romántico de Schleicher, las lenguas flexivas serían las de mayor perfección y coincidirían en el tiempo con el final de la prehistoria y el esplendor de la antigüedad, momento a partir del cual las lenguas entraban en un proceso de degeneración. Ya en el siglo XX, aún Menéndez Pidal consideraba que este tipo de evolución era lineal, aunque en un sentido opuesto al de Schleicher, ya que para el filólogo español la evolución desde la antigüedad hasta nuestros días reflejaba el progreso intelectual de la humanidad con respecto al “hombre primitivo”: La primitiva abundancia de casos y números en la declinación, o de modos y aspectos verbales en la conjugación, respondía a la agudeza de observación casuística y pormenorizada del hombre primitivo, falto de fuerza generalizadora. La simplificación propia de las lenguas modernas no es, una ruina, sino una reconstrucción intencionada, obra de hablantes dotados de un mayor poder de abstracción que les lleva a eliminar particularidades excesivas (Menéndez Pidal, 1939: 10-11).

Pero, por lo que sabemos del cambio lingüístico (entendido como un proceso accidental y no teleológico) y por la distribución de las lenguas en el tiempo y en el espacio, ninguna de esas dos opiniones tiene sentido. Las lenguas, en efecto, se mueven en la historia según la secuencia aislante > aglutinante > flexiva (algo que requiere explicación), pero esta evolución no es direccional, sino circular. Esto es, las lenguas flexivas siguen, por así decirlo, dando vueltas al círculo y se convierten en aislantes de nuevo (aunque no iguales a como eran), lo que implica automáticamente que no hay ninguna relación entre el tipo morfológico preferente de una lengua y aspectos sociales o culturales externos. Ni si quiera hay una correlación entre el grado de complejidad morfológica (mínima en el extremo aislante y máxima en el extremo flexivo) y la “antigüedad” de las lenguas, dado que las decenas o cientos de miles de años que llevan cambiando han oscurecido totalmente la posible relación entre ambos parámetros. Dixon ha usado una metáfora afortunada al respecto colocando los tipos lingüísticos en la esfera de un reloj y describiendo los lugares relativos en los que se encuentran las lenguas: Si situamos en la esfera de un reloj el tipo aislante en la posición de las cuatro en punto, el tipo aglutinante en las ocho en punto y el tipo flexivo en las doce en punto, es posible describir movimientos recientes en varias familias lingüísticas (Dixon, 1997: 41, traducción nuestra).

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

La figura 5.6 emplea esa convención para ilustrar visualmente lo que plantea el autor citado. (Quizá el lector se pregunte por qué habría de estar el tipo flexivo en las doce en punto, y quizá la respuesta sea que, a pesar de que pretende argumentar lo contrario, el tópico tradicional flexión = perfección también afecta a este autor). Según observa Dixon, el protoindoeuropeo estaba sobre las doce, pero las ramas modernas de la familia se han desplazado, a ritmos diferentes, hacia una posición más aislante (algunas hacia la una o las dos en punto, algunas hasta las tres, cerca del polo aislante). A continuación observamos que el chino antiguo se supone situado sobre las tres en punto; el chino clásico era un tipo puramente aislante, en las cuatro en punto, mientras que las modernas lenguas chinas están adquiriendo una estructura medianamente aglutinante, hacia las cinco en punto. Yendo hacia el polo aglutinante, el protodrávida se ha reconstruido como una lengua en el lado aislante del tipo aglutinante, sobre las siete, y las modernas lenguas drávidas se han movido por el círculo hasta las nueve. A su vez, el protofinoúgrico puede haber estado situado sobre las nueve y las lenguas modernas se hallarían entre las diez y las once. Aún señala Dixon, aunque no lo hemos reflejado en el reloj de la figura 5.6, que el egipcio, que tiene una larga historia de documentación, puede considerarse que ha recorrido todo el periplo, desde un estado flexivo hasta otro de nuevo flexivo durante un periodo de unos 3000 años. La figura 5.6 ofrece al menos cuatro lecciones importantes: en primer lugar, los tipos lingüísticos no son clases estancas ni homogéneas; las lenguas no están en uno u otro grupo, sino que se muestran más o menos cercanas a los tipos puros o prototipos en función del grado de homogeneidad interna que tengan. En segundo lugar, los tipos lingüísticos no son focos de atracción ni puntos de destino fijos de las lenguas en su devenir histórico. Las lenguas no son más o menos fáciles de aprender o de usar, más o menos estables o más o menos perfectas en función de si están en las doce en punto, en las cuatro, en las ocho o en cualquier otro lugar del círculo. Además, véase que las lenguas no tienden a apareder “amontonadas” en esas “horas”, sino que se distribuyen de manera más o menos uniforme por todo el “espacio de diseño”. En tercer lugar, las lenguas no “van a ninguna parte”, porque no pueden escapar del círculo. Los cambios lingüísticos implicados en los tránsitos de un tipo a otro (básicamente la morfologización y el cambio fonético) se limitan a construir, modificar o destruir los morfos que realizan a las palabras. Por ello, el hecho de que una lengua sea predominantemente aislante, aglutinante o flexiva (o cualquier mezcla entre esos tipos) no nos informa directamente de la antigüedad de tal lengua (ni, por supuesto, de su grado de desarrollo). En cuarto lugar, el cambio tipológico considerado, aunque no es direccional en términos absolutos, sí lo es en términos relativos. Las lenguas no puden “girar”

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

en el sentido contrario a las agujas del reloj, sino que siempre encontramos el mismo sentido de deriva: aislante > aglutinante > flexivo > aislante. Este último hecho requiere de explicación y debería seguirse esencialmente del mecanismo único de cambio morfológico que hemos considerado (dejando al margen de momento el fenómeno de la analogía, que retomamos en el apartado siguiente): la morfologización.

Figura 5.6. El “reloj tipológico” de Dixon. Las lenguas giran en el sentido de las agujas del reloj a través de los cambios lingüísticos que alteran su perfil morfológico.

Y en efecto, tal es el caso. Pero antes de considerar esto con más detalle, es importante reflexionar brevemente sobre la manera en que hemos represendado la deriva histórica de las lenguas: aislante > aglutinante > flexivo > aislante. Nótese que hemos situado en primer lugar el tipo aislante (así como en el último, simplemente para capturar la circularidad del proceso). Podría pensarse que estamos incurriendo en el mismo error en el que cayeron los lingüistas del pasado cuando identificaban las lenguas aislantes con las lenguas primitivas. De hecho,

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

esta reflexión está estrechamente conectada con la que desarrollamos en el capítulo 3 en relación con la teoría de la gramaticalización (TG). Allí rechazamos el punto de vista de esta teoría según el cual el cambio lingüístico (más concretamente la gramaticalización) era el mecanismo que explicaba el surgimiento del lenguaje humano moderno (el de nuestra especie, Homo sapiens), esto es, la hipótesis de que los procesos de gramaticalización que observamos en las lenguas sean la manera en que surgieron las categorías funcionales y la sintaxis del lenguaje humano actual. La razón de tal rechazo, recuérdese, era que la asunción de que las categorías funcionales son fenómenos históricos sigue sin explicar el origen evolutivo del lenguaje humano moderno (frente al de nuestros ancestros), mientras que, en realidad, lo que explica es cómo se obtienen los exponentes léxicos y morfológicos de tales categorías funcionales. Pero de eso se trata en nuestra discusión actual, de la creación de exponentes, no de categorías. La existencia de morfología aglutinante y flexiva (especialmente de la segunda) es, según nuestra concepción del lenguaje, una consecuencia de que se han producido procesos de morfologización, luego la existencia de morfología es una prueba de que antes ha habido cambios lingüísticos. Es cierto que la existencia de una lengua aislante no implica que antes no haya habido historia (al contrario, como veíamos, una de las lecciones de nuestro esquema es que una lengua aislante como el chino clásico procede de una lengua que había sido flexiva), pero, indudablemente, si tuviéramos que apostar sobre a qué tipo morfológico perteneció la primera lengua hablada por un ser humano moderno, probablemente tendríamos que decir que era aislante, esto es, una lengua sin historia previa. Por supuesto que se trata de un escenario altamente especulativo y fuera del alcance de los métodos científicos de reconstrucción lingüística. De hecho, es imposible saber si las mutaciones o procesos evolutivos que dieron lugar a la moderna facultad del lenguaje se produjeron en el momento en el que ya se usaban “pre-lenguas” de algún tipo (orales o visuales) o no. Por tanto, lo más que podríamos decir es que si hubo una única lengua primera en nuestra estirpe, muy probablemente, por la pura lógica del argumento, era una lengua aislante, ya que carecía de historia. Si volvemos a las lenguas criollas discutidas también en el capítulo 3, recordaremos que algo de lo que tienden a carecer esas lenguas, justamente porque son lenguas en las que ha habido un serio quebranto de la transmisión tradicional (de la historia), es precisamente de morfología flexiva y (en menor medida) aglutinante. En todo caso, cabe insistir, en que es únicamente una especulación para justificar el punto de inicio teórico del círculo evolutivo de la tipología morfológica y en modo alguno presupone, como hemos advertido, que el predominio de morfología aislante en una lengua implique nada relevante sobre su antigüedad como tal o su grado de desarrollo (un concepto irrelevante). En el capítulo 7 consideraremos con más detalle este tipo de especulaciones. 175

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Hechas estas precisiones, nótese que es entonces relativamente simple explicar el sentido único de este tipo de cambio. Si partimos de una estructura ideal aislante, el cambio a una morfología aglutinante implica que se han producido procesos de morfologización, esto es, que ciertas generaciones de hablantes han reanalizado secuencias de dos palabras que externalizaban dos morfemas como una secuencia de una palabra que externaliza dos morfemas. La morfologización implica entonces la creación de un morfema ligado. A partir de ese momento la forma reanalizada será la externalización de más de un nudo sintáctico, según hemos visto en el esquema de la figura 5.1. El paso de una configuración aglutinante a una flexiva ya no implica necesariamente el proceso de morfologización, sino únicamente el reanálisis de un morfo como la externalización de (al menos) dos morfemas. Esto, frecuentemente, es consecuencia de cambios fonéticos que, al eliminar o asimilar sonidos, difuminan las fronteras entre morfos. El siguiente esquema pretende reflejar esos procesos:

Aislante

A–B–C

Aglutinante

A – BC

Flexivo

A–D

Figura 5.7. Cambio de tipo morfológico. El tipo aislante consta de tres palabras (A - B - C). Un proceso de morfologización reanaliza al menos una de ellas como un morfema ligado y produce una palabra compleja (BC). Después, un cambio fonético elimina la segmentación entre BC, dando lugar a un morfema fusionante (D).

Veamos algunos ejemplos reales (que, salvo indicación contraria, proceden de Trask, 1996). El paso de una configuración flexiva a una aislante, la que cierra el círculo tipológico, muy frecuentemente es consecuencia de cambios fonéticos. Un caso muy estudiado es la desaparición de las flexiones de caso en lenguas como el inglés con respecto al inglés antiguo o de las lenguas romances como el español, el catalán, el francés o el italiano con respecto al latín. Un factor común y real-

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

mente crucial en ambos procesos fueron los cambios fonéticos sistemáticos que afectaron a la pronunciación al final de sílaba y, especialmente, al final de palabra. Como tanto en inglés antiguo como en latín las marcas de caso eran sufijos, se vieron claramente afectados por esos cambios fonéticos. Consideremos el caso del inglés, más sencillo de representar (al tener menos casos y menos declinaciones que el latín): 5. Sistema casual del inglés antiguo Sg. Pl. Nom. stan stanas Ac. stan stanas Dat. stane stanum Gen. stanes stana(na)

Inglés actual Sg. Pl. stone

stones ‘piedra(s)’

stone’s stones’

En 5 tenemos la declinación para stan ‘piedra’ en inglés antiguo, y a la derecha el resultado del inglés actual. Como puede apreciarse, solamente ha quedado el caso genitivo, aunque ahora tiene una naturaleza distinta (nótese que en inglés actual la marca de genitivo es de frase y no de palabra: la secuencia actual The present Queen of England’s castle ‘el castillo de la presente reina de Inglaterra’ en el pasado era equivalente a The present Queen’s of England castle). Dejando esa complicación adicional al margen, se hace evidente que se ha pasado de un sistema flexivo a uno prácticamente aislante, en el que las funciones no se marcan con la flexión, sino con la posición. Nótese que, de hecho, el cambio fonético que afectó a las vocales y a las nasales finales de palabra debería haber dado un sistema como el que tenemos en 6 y no el de 5): 6. Sistema casual esperado en inglés moderno Sg. Pl. Nom. stone stones Ac. stone stones Dat. stone stone Gen. stone’s stone En efecto, si solo hubiera actuado el cambio fonético se habrían igualado el nominativo y el acusativo en singular y plural, pero el dativo plural sería stone, al igual que el genitivo plural. Fue entonces el efecto de un proceso de analogía de nivelación (véase, más adelante, el apartado 5.2) el que produjo el resultado final, de manera que la identidad entre el nominativo, acusativo y dativo del singular se extendió al plural (haciendo stones para todos), mientras que el genitivo plural se igualó con el singular, haciendo stone’s/stones’ (ambos se pronuncian igual y se 177

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

distinguen solo por la escritura por la posición de la tilde). Aunque esta es solo una visión muy parcial de una lengua (y no sería sensato afirmar que el inglés sea una lengua aislante), lo cierto es que es el mismo mecanismo el que ha llevado a lenguas flexivas a ser lenguas aislantes: cambios fonéticos y cambios analógicos de nivelación paradigmática. No siempre es el cambio fonético el que accidentalmente produce este tipo de cambio tipológico. En muchas ocasiones, bien estudiadas, ha sido el contacto de lenguas el que ha desencadenado esos cambios. Por ejemplo, el vietnamita ha perdido todo su complejo sistema flexivo por siglos de contacto con el chino (véase Trask, 1996). De hecho, el propio chino, que se suele emplear como ejemplo típico de lengua aislante, no lo es en realidad. Es su ancestro, el chino clásico, el que era una lengua casi puramente aislante que, a su vez, procede de una lengua anterior que se podría reconstruir como flexiva. Así, en 7 se presenta la flexión parcial de caso, tal y como se ha reconstruido para el protochino: 7. Flexión casual pronominal en protochino Nom. *ng-o ‘yo’ Ac. *ng-â ‘me’ Observamos que la diferencia entre nominativo y acusativo se hace con la diferencia ente las vocales, lo que sugiere una diferencia derivada de afijos que se habrían perdido. Considérese a este respecto la semejanza con los procesos de Umlaut que revisamos en el capítulo 4 y lo que sucede en el sistema flexivo pronominal del birmano que tenemos en 8, donde se aprecia que la diferencia entre nominativo y oblicuo se basa en el diferente tono de las vocales (los superíndices representan distintos tonos vocálicos): 8. Flexión casual pronominal en birmano ‘yo’ Nom. na1 ‘me’ Obl. na2 Por fin, en 9 vemos cómo la pérdida de un afijo en protochino se refleja en chino actual por medio de una diferencia de tono en la vocal /i/ (además de otras diferencias): 9. Morfema derivativo *-s en proto-chino *kit *kits

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chino actual jié jì

glosa ‘atar’ ‘nudo’

Mecanismos del cambio morfológico y léxico

Este tipo de datos parece indicar pues que el chino clásico llegó a ser una lengua aislante como el resultado de ciertos cambios fonéticos (y del efecto de la analogía). Prestemos ahora atención al paso inicial de la tipología clásica: el paso de aislante a aglutinante. En estas ocasiones el cambio fonético también es importante, aunque no es suficiente. El requisito es que haya un proceso de reanálisis (morfologización), aunque el cambio fonético es con muchísima frecuencia un importante coadyuvante en estos procesos. En efecto, un factor que parece estar en la base de un proceso de morfologización es la pérdida de “substancia fónica” de los exponentes de ciertas categorías gramaticales, que propiciaría su ulterior reanálisis como morfemas ligados, en muchas ocasiones a través de un proceso de clitización (como hemos visto al considerar el desarrollo de los sistemas de concordancia a partir de pronombres). Los siguientes ejemplos del chino actual muestran que esta lengua no es realmente aislante, sino que en realidad ese es un prejuicio derivado de su escritura (véase Moreno Cabrera 2014 para una formulación explícita de esa hipótesis y una discusión al respecto). La evidencia procede de ejemplos como los reflejados en (10), donde se aprecia que en chino actual existen palabras complejas: 10.

Palabras complejas en chino actual (tonos vocálicos omitidos) -men + wo ‘yo’: women ‘nosotros’ -men (sufijo de pluralidad) + ta ‘él, ella’: tamen ‘ellos, ellas’ -le (sufijo aspectual) + qu ‘voy’: qule ‘fui’ -li (sufijo derivativo ‘poder’) + yan ‘ojo’: yanli ‘visión’ huo ‘fuego’ + che ‘vehículo’: huoche ‘tren’

Estos ejemplos, nada rebuscados, muestran claramente que el chino ha rebasado la posición de las cuatro en punto (aislante) y avanza hacia la posición aglutinante, aunque aún le faltaría mucho para parecerse al swahili o al turco. Tal lengua se haría flexiva cuando las fronteras entre los morfos se empezaran a difuminar, esto es, cuando el análisis empezara a dejar de ser transparente, esencialmente a causa del cambio fonético y la analogía de nivelación, y se produjeran reanálisis que crearan morfemas fusionantes. Una lengua flexiva es, pues, aquella en la que el cambio fonético ha oscurecido la identidad fonológica de los morfos que forman una palabra compleja en una lengua aglutinante, que a su vez es una lengua en la que el cambio fonético ha permitido que palabras independientes se hagan clíticos y, finalmente, afijos ligados. Por supuesto, al igual que hemos visto con respecto al cambio fonético, este no solo no es predecible, sino que perfectamente puede no suceder. Una lengua puede ser muy compleja flexivamente durante miles de años. Por ejemplo, las lenguas atabascanas del noroeste americano como el navajo o el apache han man179

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

tenido durante miles de años complejas estructuras flexivas. Ha habido cambios fonéticos que han cambiado el aspecto de los morfemas, pero no se han eliminado los afijos. Del mismo modo, el turco parece haber sido, hasta donde se ha podido reconstruir, siempre aglutinante. Como en todo cambio lingüístico, no hay ninguna obligación de que suceda, porque no hay una motivación más allá de los azarosos cambios accidentales para que ocurra, y si esos accidentes no se producen, simplemente la morfología, la estructura morfológica, no cambia.

5.2. El concepto de analogía. Analogía regular Ya sabemos que la analogía era muy importante para los neogramáticos. Les permitía explicar cambios fonéticos que parecían irregulares y que aparentemente violaban su teoría de la regularidad de los cambios fonéticos (recuérdese el cambio honos > honor en latín mencionado por Saussure). De hecho, fueron también los neogramáticos quienes primero se tomaron en serio la analogía (especialmente su teórico más destacado, Hermann Paul). Hasta entonces se empleaba el término en el sentido de la tradición gramatical griega, esto es, para designar la regularidad del lenguaje y, sobre todo, la proporcionalidad de los paradigmas flexivos. No en vano desde la época de la gramática alejandrina en muchas gramáticas tradicionales (griegas, latinas y de lenguas vernáculas) se denominaba analogía a lo que hoy consideramos morfología: la exposición de los paradigmas formales de la declinación y conjugación de las palabras. Para los griegos y sus sucesores, curiosamente, lo que hoy en día llamamos analogía no era sino falsa analogía; falsa en el sentido normativo en el que hoy consideraríamos ‘falsa’ (esto es, errónea) la palabra analógica tenió (porque esta palabra analógica propiciaría a una palabra desviarse de su forma ‘verdadera’, esto es, tuvo). Fue a partir de los neogramáticos cuando se empezó a llamar analogía a lo que hasta entonces era falsa analogía. Por supuesto, también fueron ellos quienes acabaron con la errónea (pero extendida) creencia de que las lenguas en las que había “falsas analogías” eran lenguas decadentes o inferiores. De hecho, esa sensación de que la sustitución de formas etimológicas (o simplemente validadas normativamente) por formas analógicas es síntoma de ‘degeneración’ es todavía hoy habitual en los comentarios que suscitan en los vigilantes de la norma lingüística sustituciones analógicas del español del tipo de las de los pares frito / freído o impreso / imprimido, o de las cada vez más habituales andé o andamos por anduve o anduvimos. Hemos sostenido hasta el momento que el mecanismo esencial del cambio lingüístico es el reanálisis y hemos comprobado, considerando los cambios fonéticos y la morfologización, que tal propuesta es razonable. Los procesos analógicos referidos podrían considerarse una excepción a dicha generalización, en el

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

sentido de que la creación de formas nuevas (no etimológicas) como freído en español o cows en inglés (por ceñirnos a ejemplos que ya hemos mencionado) no se pueden considerar procesos de reanálisis. De hecho, las relaciones entre los procesos de reanálisis y de analogía son complejas y confusas, de manera que hay autores que sostienen que el reanálisis es un tipo de analogía, autores que sostienen que la analogía es un tipo de reanálisis y autores que sostienen que son procesos independientes y complementarios (véase Fertig, 2013 para referencias y una extensa discusión al respecto). Tal disparidad de opiniones solo puede basarse en que se opera con diferentes definiciones o concepciones de esos procesos. En efecto, el término analogía se ha usado en la bibliografía para cubrir un amplio rango de fenómenos que, aunque tienen aspectos en común, no son homogéneos. Así, por una parte, se habla de analogía regular, que incluiría los procesos de analogía a cuatro partes o proporcional que ya nos son familiares y los procesos de nivelación paradigmática (cuyos efectos hemos visto en el ejemplo de 5 del apartado anterior) y, por otra parte, se habla de analogía irregular, que incluiría fenómenos como el cruce, la contaminación, la “etimología popular” y otros que tienen como factor común el hecho de que una palabra cambia por efecto analógico con otra, como es el caso, por ejemplo, de la palabra española siniestro, que por evolución regular debería ser sinistro (cfr. latín sinistrum), pero que parece haber adoptado el diptongo de su par natural diestro. Siguiendo el espíritu de la inspiración neogramática, no consideraremos un cambio del tipo de sinistro > siniestro ni como un cambio fonético (puesto que no es el resultado del cambio de una regla fonológica) ni un cambio morfológico (puesto que no altera la aplicación de una “regla morfológica”), sino un cambio léxico, esto es, un cambio en la forma léxica de esa palabra. En lo que respecta al reanálisis, en el capítulo 3 lo hemos definido como el proceso en el que el oyente le asigna a una expresión lingüística una estructura subyacente diferente a la original (la asignada por el hablante). En el caso de las innovaciones analógicas regulares no parece que esté operando el reanálisis, puesto que el hablante introduce la nueva forma (por ejemplo tenió o andé) sin que medie una ambigüedad estructural ni una corrección, esto es, no se reanaliza una forma, sino que se introduce una nueva. Sin embargo, aún es posible sostener que el mecanismo esencial del cambio lingüístico, también en el seno del léxico, es el reanálisis, por dos razones: primero, porque los procesos de analogía regular no son en realidad mecanismos de cambio lingüístico y, segundo, porque los procesos de analogía irregular sí son en realidad instancias de procesos de reanálisis. Evaluemos primero la afirmación de que la analogía regular no es un mecanismo de cambio y después (apartado 5.3) abordaremos la interpretación de los procesos de analogía irregular como casos de reanálisis. 181

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Consideremos de nuevo el esquema clásico de la analogía proporcional (o analogía por antonomasia, ya que analogía en griego significa precisamente ‘proporción’) con una variante notacional que facilita la referencia a las formas implicadas: A – A’ B – X (= B’) Recordemos que el esquema se lee como las “reglas de tres”: B es a B’ como A es a A’. La forma X es la forma histórica o etimológica sustituida por la forma B’, la analógica. Es un proceso extraordinariamente frecuente en el ámbito de la morfología flexiva y se puede ilustrar con los siguientes ejemplos de formación de plurales: 11.

Plural analógico en español hombre – hombre-s leño – leña (= leño-s)

12.

Plural analógico en inglés stone – stone-s cow – kine (= cow-s)

Algunos autores señalan que en realidad la introducción de leños o de cows no es un cambio lingüístico, sino simplemente la extensión del alcance de una regla productiva. De hecho, podría decirse que las formas X sustituidas (leña, procedente del plural neutro latino ligna o kine) actuaban bloqueando la aplicación de la regla de formación de plural por defecto, de manera que el verdadero cambio lingüístico sería o bien la eliminación o abandono de la forma histórica (como en el caso de kine, en desuso) o bien la especialización, por medio también del reanálisis, de dicha forma (como en el caso de leña, reanalizado como nombre colectivo singular). Vemos, pues, que en realidad, la analogía regular no es sino una muestra del carácter esencialmente regular y sistemático del lenguaje humano y que el reanálisis también está implicado en estos procesos. Nótese que la representación tradicional de la analogía a cuatro partes no hace sino describir, en el caso de nuestros ejemplos, un proceso de aplicación de una regla morfológica de creación de plurales. El uso de una pareja ejemplar en la regla no presupone, obviamente, que sea esa pareja concreta la que sirve de modelo, sino que simplemente ejemplifica la forma de la regla. La aplicación de la misma se ve suspendida cuando se interpone la forma X, que la bloquea. Diversas razones como la impericia, el error, la inseguridad en ciertas situaciones de habla o cualesquiera otras, pueden causar que la forma predicha por la regla (B’) entre en conflicto con la forma X histórica, en ocasiones imponiéndose en el grueso de la población hablante y consumando, como es habitual, un cambio retrospectivo. 182

Mecanismos del cambio morfológico y léxico

La otra variante de la analogía regular es la nivelación que, como su nombre sugiere, conduce a introducir regularidad en los paradigmas formales. Como vemos, la expresión analogía regular no debería interpretarse en el sentido (más propio del sintagma) de que la propia analogía es regular, sino en el sentido de que la analogía es un mecanismo de regularidad, esto es, que extiende la regularidad del sistema, en este caso del morfológico. De hecho, la propia analogía regular es considerada en sí misma irregular. Tal es lo que expresa la famosa y acertada “paradoja de Sturtevant” (en honor al lingüista que la formuló hace casi un siglo, en 1917): el cambio fonético, aunque es inherentemente regular, crea irregularidades en la morfología, mientras que la analogía, que es inherentemente irregular, hace la morfología más regular. Como ha señalado con acierto Fertig (2013), en realidad, no hay nada de paradójico en que el cambio fonético, siendo regular, cree irregularidad morfológica y que la analogía, aún siendo irregular, cree regularidad morfológica, pero es cierto que la relación está formulada con la redondez de los juegos de palabras clásicos que expresaban paradojas auténticas. Una formulación más prosaica, traduciendo la de Fertig, describe mejor la relación entre la analogía regular y las leyes fonéticas, pero no es tan notable como eslogan: El cambio fonético, siendo que está fonética/fonológicamente motivado, tiende a mantener la regularidad fonológica y a producir irregularidad morfológica. La creación analógica, siendo que está morfológicamente motivada, tiende a producir irregularidad fonológica y regularidad morfológica. Incidentalmente, la primera tiende a proceder “regularmente” (esto es, sin excepciones léxicas) mientras que la segunda es más susceptible de proceder “irregularmente” (esto es, palabra por palabra) (Fertig, 2013: 98, traducción nuestra).

Sin duda, la formulación de Fertig es más informativa y esclarece mejor la relación entre la innovación resultante del cambio (el reanálisis) y el carácter conservador de la analogía. Vemos, pues, que la analogía, más que un mecanismo de cambio, es una tendencia a mantener la regularidad en las formas que integran los paradigmas en los que se organiza el léxico en la mente humana, como un mecanismo de optimización de la memoria y de los recursos de procesamiento, exactamente igual que vimos que sucede con la organización fonológica. El tipo regular de analogía que inspiró la máxima (más que auténtica paradoja) de Sturtevant fue la analogía de nivelación. Consideremos el siguiente ejemplo del antiguo inglés (cuadro 5.2), tomado, como los siguientes, de Trask (1996). Podemos observar que en antiguo inglés, por razones que ahora no vienen al caso (pero que tienen que ver con la ley de Verner), el verbo ‘elegir’ tenía r en algunas formas que luego se eliminaron, identificándose con s en el inglés moderno.

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Nótese que en este caso los cambios del inglés antiguo al actual no son resultado de una ley fonética regular, sino de la extensión de la forma de unos ítems sobre el resto, lo que genera regularidad morfológica, incluso aun a costa de ‘violentar’ las leyes fonéticas, aunque en un sentido irrelevante. CUADRO 5.2 Nivelación en inglés moderno Presente Pasado singular Pasado plural Participio pasado

Inglés antiguo

Inglés actual

ceosan ceas curon (ge)coren

choose chose chose chosen

Que la analogía es irregular se muestra en el hecho claro de que puede perfectamente no suceder, en función de factores externos. Así, por ejemplo, en español tenemos el paradigma irregular del verbo tener (columna primera del cuadro 5.3) en el que no se ha nivelado la primera persona del singular (con un sonido velar epentético) ni el acento en la segunda sílaba de las formas de primera y segunda personas del plural. Del mismo modo, en francés antiguo (tercera columna) no se niveló el efecto de diptongación en la vocal radical por efecto de la posición del acento latino (columna segunda), como se observa en las formas discrepantes subrayadas, aunque sí se ha nivelado analógicamente en el francés moderno, como se observa en la cuarta columna. CUADRO 5.3 Falta de nivelación en español actual y en francés antiguo Español

Latín

Francés antiguo

Francés actual

tengo tienes tiene tenemos tenéis tienen

amo amas amat amamus amatis amant

aim aimes aimet amons amez aiment

aime aimes aime aimons aimez aiment

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Es obvio que la nivelación está limitada por la eliminación de información distintiva relevante, pero ello no explica que en ocasiones no se produzca, por ejemplo con el verbo ser (soy, eres, es, etc.) por lo que algunos autores aducen también efectos derivados de la frecuencia relativa de uso de las formas, que las preservaría de la nivelación. Otro rasgo de irregularidad de la analogía es que se puede producir en direcciones diferentes partiendo de circunstancias similares. Así, como vemos en los ejemplos del cuadro siguiente, el antiguo alto alemán presentaba un paradigma similar al del inglés antiguo del verbo ‘elegir’ (también resultado de la ley de Verner, véase el cuadro 5.2), pero se ha nivelado en la otra dirección, esto es, hacia r y no hacia s: CUADRO 5.4 Nivelación en alemán actual Antiguo alto alemán Presente Pasado singular Pasado plural Participio pasado

kiosan kos kurun (gi)koren

Alemán actual (anticuado) küren kor koren gekoren

De hecho, vemos que la analogía regular de nivelación es en realidad un subtipo de analogía proporcional en el que además interviene el reanálisis, en el sentido de que algunas formas del paradigma son reanalizadas como irregulares y se reconstruyen aplicando una nueva regla abducida de las formas consideradas regulares. Por ello, una posible generalización respecto de la relación entre reanálisis y analogía es la que proponen Hopper y Traugott (2003) cuando sugieren que el reanálisis implica la introducción de una innovación lingüística, mientras que la analogía implica la extensión de dicho cambio: en este caso el reanálisis implica la creación de una “regla morfológica” para derivar los miembros del paradigma concreto y la analogía es el efecto de la aplicación de dicha regla. Un ejemplo especialmente ilustrativo al respecto lo tenemos en el cuadro 5.5, en el que observamos que la marcación del plural morfologizada de la inflexión vocálica en alemán (oposición Gast/Gäste) se extiende analógicamente a un par en el que no hay inflexión (boum/bouma), contribuyendo a la nivelación de la marcación del plural en una parcela del léxico nominal del alemán actual:

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

CUADRO 5.5 Nivelación y analogía proporcional Antiguo alto alemán singular gast boum

plural gest-i bouma

Alemán actual singular Gast Baum

plural Gäste Bäume

glosa ‘huésped’ ‘árbol’

Nótese que la forma Gäste (plural de Gast) es etimológica, mientras que la forma Bäume (pronúnciese más o menos [‘boima]) es analógica (a imitación precisamente del paradigma de Gast/Gäste). Vemos, pues, que la analogía regular es precisamente eso, el efecto o consecuencia de la aplicación de una regla: si la regla ya existía, el cambio consiste en la eliminación del término de bloqueo (analogía proporcional), si la regla no existía (o era diferente) el cambio consiste en la modificación o introducción de la regla (analogía de nivelación). Por tanto, más que decir que la analogía regular es en sí misma irregular (como indicaba la formulación de Sturtevant), lo que habría que decir es que la aplicación de reglas en el ámbito del léxico es típicamente menos regular que la aplicación de reglas fonológicas postléxicas. Aunque, según lo argumentado, no consideramos la analogía como un mecanismo de cambio, sino como el efecto de la aplicación de reglas lingüísticas, es interesante considerar los intentos de explicar o predecir la actuación de la analogía (como si fuera un proceso en sí mismo), ya que de esos esfuerzos de síntesis podemos aprender mucho sobre los factores que restringen o condicionan los cambios en las reglas morfológicas. Quizá la propuesta más atractiva e influyente en esta dirección son las llamadas leyes de Kurylowicz formuladas en Kurylowicz (1949) y matizadas después por el también lingüista polaco Manczak (1958). Es importante observar primero que, aunque Kurylowicz las denomina leyes, en modo alguno pretendía que pudieran predecir los cambios analógicos. Él mismo empleó una comparación relevante usando el símil de las predicciones meteorológicas (mucho menos precisas a mediados del siglo XX que en la actualidad): en efecto, no podemos saber cuándo va a llover o si va a hacerlo, pero sí podemos predecir por dónde irá el agua y cómo se comportará cuando llueva (ya que tiende a caer por los canales, desagües y tuberías, etc.). En otras palabras: no podemos predecir si el fenómeno se va a producir, pero sí podemos predecir, hasta cierto punto, cómo se comportará el fenómeno si sucede. Del mismo modo, decía Kurylowicz, no podemos saber con certeza si algo detonará o no un cambio analógico, pero sí podemos saber qué tendencia tendrá el cambio

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cuando suceda. Y eso es lo que pretenden capturar sus célebres leyes (que exponemos en el cuadro 5.6 y ejemplificamos siguiendo el orden y algunos ejemplos que propone Trask, 1996 en su discusión). CUADRO 5.6 Leyes de la analogía de Kurylowicz Ley Primera ley Segunda ley Tercera ley Cuarta ley Quinta ley Sexta ley

Texto Una marcación compleja sustituye a una simple. El cambio analógico se realiza de una forma básica o simple a una forma derivada. Una forma transparente que consista en una raíz más un afijo sirve como modelo para rehacer formas relacionadas en las que la estructura raíz + afijo es opaca. Cuando una forma sufre un proceso analógico, la nueva forma es la principal y la antigua desempeña una función marginal. Cuando hay que restablecer una distinción relevante, se abandona una distinción menos relevante. Una forma nativa puede rehacerse analógicamente por la influencia de una forma no nativa, si la forma no nativa es más prestigiosa.

La primera ley establece que una marcación compleja sustituye a una simple y la hemos visto reflejada en el ejemplo del cuadro 5.5, donde apreciamos que se añade una marcación de inflexión vocálica no etimológica a la forma plural Bäume, que no la tenía etimológicamente, de manera que la doble marcación de plural de Gäste (inflexión y afijo) se sobrepone a una palabra que solo tenía una (el afijo etimológico). Algunos autores han cuestionado esta formulación, ya que parece antieconómica al favorecer lo complejo sobre lo simple, pero ya sabemos que las motivaciones de los cambios y su interacción con los sistemas de paradigmas son lo suficientemente complejas y enrevesadas como para desconfiar de explicaciones simplistas. No obstante, es cierto que hay una tendencia general, no recogida explícitamente por Kurylowicz, según la cual es más frecuente que se eliminen las alternancias en la raíz que se introduzcan (esta es la segunda tendencia de Manczak, que reelabora las propuesta de Kurylowicz), lo que iría en contra de esa ley. Hock (1986) observa que en realidad Kurylowicz tenía razón, aunque podría decirse que más en el espíritu que en la letra, en el sentido de que no se trata tanto de que las formas complejas reemplacen a las simples, sino que se prefiere la marcación más explícita sobre la menos explícita (de nuevo parece que el oyente es la fuente de esos cambios). Así, también deberíamos incluir aquí todos los 187

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frecuentes casos en los que la marcación implícita se sustituye por un afijo, como por ejemplo el popular viruses en español o las -s añadidas al plural del inglés antiguo sin ellas, como en words (en antiguo inglés word era la forma tanto del singular como del plural), así como las analogía regulares que hemos considerado, en las que la nueva forma es más transparente que la antigua (cfr. ceñido con cinto, como participio de ceñir). La segunda ley, según la cual el cambio analógico se realiza de una forma básica o simple a una forma derivada, se ilustra perfectamente con la analogía proporcional que acabamos de mencionar. En todos los casos que hemos visto, de una forma simple (cow) deriva una forma compleja (cows), pero lo cierto es que no siempre es aplicable, en el sentido de que no podemos decir que en los casos de nivelación una forma sea más simple que otra (por ejemplo, ello nos obligaría a decir que las formas con s del cuadro 5.2 eran más simples que las formas con r en inglés antiguo, pero que eso era al revés en antiguo alto alemán, como se ve en el cuadro 5.3). La tercera ley especifica que una forma transparente que consista en una raíz más un afijo sirve como modelo para rehacer formas relacionadas en las que la estructura raíz-afijo es opaca, lo que nos introduce de lleno en el ámbito del reanálisis morfológico y léxico, así como en el de la llamada analogía irregular (que revisamos con más detalle en el apartado siguiente). Sirva como ejemplo el reanálisis del nombre simple bikini como compuesto del prefijo bi- (que encontramos en bilateral o bianual) y que da lugar a ulteriores formaciones como monoquini o triquini. La cuarta ley se refiere a las consecuencias que pude tener la formación analógica en los términos a los que sustituye, en el sentido de que establece que cuando una forma sufre un proceso analógico, la nueva forma es la principal y la antigua desempeña una función marginal (se implica que la forma subsiste en la lengua, lo que no siempre sucede). Trask ofrece el ejemplo del término inglés brothers ‘hermanos’, plural analógico de brother, que ha desplazado al plural etimológico brethren, que solo se usa en ciertos contextos litúrgicos. Algo parecido podemos decir que sucede en español con los dobletes creados por la introducción de participios analógicos como freído o imprimido, que han desplazado –o están desplazando– a frito o impreso al ámbito nominal, como sucedió con torso o tinto respecto a torcido o teñido (que son términos que los hablantes no relacionan con los participios ni con los verbos de los que derivan). Otro ejemplo muy popular del inglés: el compuesto antiguo de hus ‘casa’ y wif ‘mujer’ (‘ama de casa’) derivó por cambio fonético regular en hussy, pero luego se reintrodujo el analógico housewife ‘ama de casa’ que ha desplazado a hussy a un ámbito peyorativo (‘pícara, desvergonzada’). En todo caso, también es posible que primero haya un reanálisis de la forma histórica que la haga candidata a ser sustituida por una forma analógica (véase 5.3).

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La quinta ley afirma que el establecimiento de una distinción relevante se impone a una distinción menos relevante, lo que introduce la necesidad de medir o evaluar la relevancia de las oposiciones, algo no siempre claro. Lo que implica esta ley es que en ocasiones un tipo de distinción morfológica se privilegia sobre otra. Trask (1996) propone un ejemplo bastante claro del francés antiguo (véase el cuadro 5.7): CUADRO 5.7 Evolución de la declinación de murus en francés Caso Nominativo Acusativo

Latín clásico Singular murus murum

Plural muri muros

Francés antiguo Singular murs mur

Plural mur murs

Francés actual Singular mur mur

Plural murs murs

A causa de los cambios fonéticos regulares, los casos del latín clásico de la primera columna quedaron en francés antiguo como tenemos en la columna central, donde vemos que la forma con s puede ser nominativo singular o acusativo plural, mientras que la forma sin s puede ser tanto acusativo singular como nominativo plural. Puede aventurarse que en este caso se privilegió la marca de número sobre la de caso imponiéndose las formas del acusativo como las formas por defecto en el francés actual (columna de la derecha). La sexta ley afirma que una forma nativa puede rehacerse analógicamente por la influencia de una forma no nativa, si la forma no nativa (un préstamo) es más prestigiosa. Siguiendo de nuevo a Trask, podemos ilustrar el caso con un ejemplo del vasco. En esta lengua existe el sufijo -tasun para derivar nombres abstractos: así de bakar ‘solo’ se deriva bakartasun ‘soledad’, de eder ‘bello’ se deriva edertasun ‘belleza’ y de bat ‘uno’ se deriva batasun ‘unidad’. Sin embargo, muchos hablantes, dado que el vasco ha incorporado como préstamos numerosos términos abstractos con los sufijos romances -dad y -dura, emplean palabras como bakardade ‘soledad’ o ederdura ‘belleza’, reemplazando el afijo nativo -tasun. Un fenómeno análogo, aunque no idéntico, serían formaciones en español como puenting. Como vemos, estas leyes no son tales en realidad, sino interesantes generalizaciones descriptivas que nos permiten comprender mejor en qué sentido la analogía (de cualquier tipo) es un fenómeno típicamente irregular que genera regularidad. Las leyes muestran que hay una clara conexión entre los cambios analógicos y la tendencia de los paradigmas formales a la simplicidad (‘es mejor aprender una sola forma y una regla que el doble de formas’) o a la iconicidad (que establece

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la tendencia a ‘una forma, un significado’). Sin embargo, al igual que hemos visto al discutir el cambio fonético, es muy fácil caer en la tentación de confundir gravemente las causas con las consecuencias. El cambio analógico, como todo cambio, es un accidente en las lenguas, no una tendencia guiada por los deseos o necesidades de los hablantes, aunque es evidente que el hecho de que se produzca es un indicio de que tendemos a organizar mentalmente los paradigmas formales de una determinada manera. La fuente de su irregularidad es precisamente que no se basa en el reanálisis de reglas muy generales, como las reglas fonológicas, sino en el reanálisis de reglas de mucho menor alcance e impacto en el léxico de una lengua o incluso en el de palabras aisladas, como vamos a ver a continuación.

5.3. Cambios en la forma de las palabras. Analogía irregular Aunque la analogía regular, tal y como la hemos definido, no es en sí misma un mecanismo de cambio lingüístico (sino el reflejo de la aplicación de reglas morfológicas), sus efectos tienen como consecuencia evidente la modificación de palabras existentes o la creación de palabras que no existían en el léxico de los hablantes en un estado anterior de la lengua. Esto es especialmente evidente en el caso de la llamada analogía irregular, es decir, el mecanismo de extensión (o de creación) de reglas en dominios más limitados aún que el de los paradigmas flexivos que hemos considerado en el apartado anterior. En estos casos, típicamente más esporádicos (y sujetos a procesos de ‘difusión léxica’, véase 4.3.), la acción del proceso de reanálisis es notoria, de acuerdo con la predicción establecida en el capítulo 4 de que este es el mecanismo esencial del cambio lingüístico. La interacción entre el proceso de reanálisis y la analogía se hace manifiesta si empleamos el esquema típico de la analogía proporcional para clasificar los diversos tipos de reanálisis léxicos que subyacen a la creación de nuevas formas léxicas. Así, siguiendo a Fertig (2013) podemos hablar de cuatro tipos de reanálisis léxico, según si afectan a cualquiera de los cuatro elementos de nuestra proporción, según el esquema de la figura 5.8. El reanálisis-X responde pues al reanálisis de la forma etimológica e irregular. Por una parte, se puede reanalizar la forma X de manera que ya no se percibe como relacionada con B, o al menos no de la misma manera que A’ se relaciona con A. Así, posiblemente algunos participios fuertes en español como tinto, cinto, torso, etc. (o más recientemente frito o impreso) empiezan a reanalizarse como adjetivos o como nombres y posibilitan la aplicación de la analogía regular y la introducción de la forma B’ como un participio regular (teñido, ceñido, torcido, freído o imprimido). Señala Fertig (2013) que este es un proceso muy frecuente en las lenguas germánicas en el caso de participios pasados irre-

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gulares que se reanalizan como adjetivos y se dejan de percibir como relacionados con los verbos, provocando la aparición de participios analógicos, como straight (de stretch ‘estirar’, hoy stretched) o wrought (de work ‘trabajar’, hoy worked).

Reanálisis-A

Reanálisis-A’

A

A’

B

X

Reanálisis-B

Reanálisis-X

Figura 5.8. Tipos de reanálisis léxico.

Por otra parte, otra modalidad de reanálisis-X es lo que Fertig denomina (con otra notación) reanálisis X → B, según el cual una forma que era el resultado de la aplicación de una regla determinada se reanaliza como candidato de entrada para la misma regla. Ello implica, obviamente, que la forma X termina doblemente marcada. Fertig menciona ejemplos del inglés como bestest o worstest (en las que la regla de formación del superlativo, que añade -est, se ha aplicado dos veces y que recuerdan a expresiones del español como más mejor). Un proceso similar parece ser el que subyace a formas españolas como conmigo, en las que el obscurecimiento del elemento comitativo original (me cum ‘mí con’) se compensa con una nueva aplicación del proceso: con + [mi + go (< con)]. Un ejemplo que recapitula ambos tipos de reanáliss-X es el inglés near ‘cerca’ (véase Fertig, 2013: 28), que era originalmente una forma comparativa. Un reanálisis X → B desmotivó su estructura comparativa y propició la nueva forma regular comparativa nearer, mientras que el reanálisis-X del superlativo irregular next abrió la puerta para el nuevo superlativo regular nearest. Además, como también señala Fertig, el surgimiento de los paradigmas supletivos se puede concebir básicamente como un reanálisis-X inverso, de manera que una forma que originalmente no estaba relacionada con la forma B se reanaliza como parte de su paradigma. Así, por ejemplo, en el paradigma de presente del verbo ser en castellano se reanalizó como segunda persona del singular eres, que era en latín una forma del futuro (esto es, eris; la correspondiente al presente era es).

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Vayamos ahora con el segundo tipo, el reanálisis-B. Los ejemplos típicos de este caso son los de retroformación, esto es, aquellos casos en los que se reanaliza una forma simple (la forma B) como si fuera compleja y se obtiene a partir de ella la forma B’. Sirva como ejemplo el nombre propio (coloquial) del español Concha. En realidad ese nombre es una retroformación de Conchita, que se reanaliza como un diminutivo, aunque en realidad es un préstamo del italiano Concetta (del latín concepta ‘concebida’), que no es diminutivo en realidad. El siguiente esquema lo representa con más claridad: (A) casita → (A’) casa (B) Conchita → (B’) Concha Ejemplos similares son, por ejemplo, los verbos ingleses sculpt ‘esculpir’ y edit ‘editar’, que –según Trask (1996)– son retroformaciones de los nombres sculptor y editor, préstamos latinos que luego se han reanalizado como si estuvieran formados en inglés por el sufijo agentivo que hallamos en writer ‘escritor’, de idéntica pronunciación. El tercer tipo de reanálisis léxico según el esquema de la figura 5.8 es el reanálisis-A’, esto es, el reanálisis de la forma derivada o compleja del modelo ideal de la relación a cuatro partes. En este caso se reanaliza la estructura morfológica de la forma A’ y también se reanaliza su relación con la forma A. Puede suceder entonces que emerja una nueva regla morfológica (o un nuevo afijo) de donde no había tal, en el sentido de que una coincidencia de forma se reanaliza como una estructura derivada de una regla. Los casos de nueva creación de procesos morfológicos (nuevas reglas) son esporádicos y se documentan sobre todo en el lenguaje infantil y en los juegos de palabras, normalmente de vida efímera. Fertig (2013) ilustra este caso con el esquema que tenemos en la figura 5.9:

four

for-mation

two

two-mation

Figura 5.9. Reanálisis del elemento A’ y extensión de la nueva regla al par B-B’.

En este juego de palabras se reanaliza el nombre formation con una estructura distinta a la original (derivado de form ‘formar’) por la coincidencia fonética con four ‘cuatro’ y se extiende la regla a una base de la misma clase (two ‘dos’) para crear analógicamente twomation.

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De hecho, el reanálisis de la forma A’ es un tipo de etimología popular, expresión que los lingüistas del siglo XIX acuñaron para procesos en los que los hablantes atribuyen un análisis falso a una palabra por asimilación con palabras más conocidas o por semejanzas semánticas y fonéticas detectadas. Merece la pena leer la definición del fenómeno que ofrece Menéndez Pidal, dado que no es fácil mejorarla y además conserva el sabor de la lingüística histórica tradicional: Las palabras más usuales y corrientes de la lengua las pronuncia el que habla viendo en ellas íntimamente encarnada su significación; así que al pronunciar una palabra no tan corriente, sobre todo si tiene una apariencia rara, bien sea por su configuración o agrupación poco común de sonidos, bien sea por su grande extensión, le produce una sensación de extrañeza, y queriendo descubrir en ese vocablo la transparencia significativa que halla en los familiares, propende voluntaria o involuntariamente a asociar la voz oscura a otra de las más comunes y conocidas, con la cual advierte alguna semejanza de sonidos, y siente la necesidad de hacer esa semejanza mayor de lo que en realidad es. La etimología popular es, pues, como un cruce de palabras procedente de un error de interpretación de una de ellas; el que habla cree equivocadamente que entre ellas hay una conexión etimológica. (Menéndez Pidal, 1904: 190-101).

En español son ejemplos típicos vagamundo por vagabundo, o altozano por *antozano (documentado antuzano). La palabra altozano designa en primera acepción un monte bajo en un terreno llano y en segunda el atrio de una iglesia, que es su sentido etimológico, dado que procede del latín vulgar ante ostianum ‘delante de la puerta’. Según Menéndez Pidal (1904) la palabra original cambió de sentido por encontrarse las iglesias con atrio normalmente en elevaciones y entonces se cruzó con alto, ganando una motivación que no tenía originalmente. Trask (1996) refiere un caso especialmente afortunado de etimología popular al describir la adaptación al vasco del término castellano zanahoria (a su vez un préstamo del árabe). Los vascos dicen zainhoria porque en vasco esa nueva palabra significa literalmente ‘la raíz amarilla’ (zain ‘raíz’ y hori ‘amarillo’, más el artículo afijal -a). También se puede considerar parte del reanálisis-A’ la creación de nuevos afijos a partir de reanálisis de formas originalmente no complejas o con otra estructura. Así, en inglés hamburger (una palabra en última instancia relacionada con la ciudad de Hamburgo) se ha reanalizado como formada sobre ham (‘jamón’), lo que produce un formante burger que se reutiliza en, por ejemplo, cheeseburger (‘hamburgesa de queso’) o en chickenburger (‘hamburgesa de pollo’). Aunque puede parecer que este tipo de reanálisis tiene una relevancia menor en la evolución histórica de una lengua, en realidad son precisamente estos reajustes en el análisis de las unidades léxicas los que explican en última instancia la existencia y evolución de los afijos derivativos y de no pocos tipos de

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compuestos, lo que es especialmente relevante si tenemos en cuenta que la derivación y la composición son recursos habituales en muchísimas lenguas para formar nuevas palabras. El último tipo de reanálisis, el reanálisis-A, no crea nuevas reglas que usar en la creación o modificación de la forma de las palabras, pero sí tiene el efecto de modificar el dominio de aplicación de las mismas. Un ejemplo célebre de reanálisis-A, ya expuesto por autores como Osthoff o Saussure, es el de los compuestos del antiguo alto alemán del tipo de beta-hûs (‘casa de oración’). Esta palabra es un compuesto de nombre + nombre, como evidencia la presencia en el primer elemento de la terminación nominal -a. Un ulterior cambio fonético regular eliminó ese sonido a produciendo bet-hûs y más tarde bethaus. Pero entonces bethaus podría analizarse también como formado por la raíz verbal de beten ‘rezar’. Y, de hecho, se reanalizó como tal, dado que este tipo de compuestos son el origen de un nuevo esquema de composición en lenguas como el alemán actual, tal y como se observa en ejemplos como Esszimmer ‘comedor’, Fahrschule ‘autoescuela’ o Schreibtisch ‘escritorio’, todas ellas con raíces claramente verbales. Los ejemplos de reanálisis-A proceden en su mayoría de la morfología derivativa. Así, afijos que seleccionaban una base nominal en un momento histórico luego pasan a reanalizarse como aplicables a bases verbales cuando las bases nominales originales se reanalizan como verbos. Un ejemplo claro es el del sufijo inglés que antes hemos encontrado, -er. Originalmente -er (y sus variantes germánicas) se aplicaba a bases nominales para formar derivados con el sentido ‘persona relacionada con X’ (siendo X el nombre del derivado) y se usaba profusamente para formar nombres de oficios y profesiones. Eso mismo implica que con frecuencia existían también verbos denominales derivados de las bases. Así, por ejemplo, en gótico (ejemplo de Fertig, 2013: 35) el término dômareis ‘juzgador, juez’ estaba formado sobre el nombre dôm ‘juicio’, pero se reanalizó como formado sobre el verbo denominal dômjan, dando lugar a un nuevo patrón de derivados (A – A’), ahora aplicados a verbos, como en el caso de writer ‘escritor’ antes mencionado (la forma no estándar escribidor en español sería un ejemplo del mismo proceso). Esta manera de clasificar los reanálisis léxicos en términos del esquema básico de la analogía subraya precisamente los distintos tipos de relación que puede haber entre los cambios producidos por el reanálisis (que normalmente son imperceptibles para el observador externo) y los procesos analógicos que los extienden y los hacen notorios, pues, como señalan Hopper y Traugott, “la analogía hace observables los cambios inobservables que causa el reanálisis” (2003: 68, traducción nuestra). En resumen, tal y como señala Fertig (2013: 36), el reanálisis léxico puede (a) dar paso a una innovación analógica afectando a una forma tradicional que 194

Mecanismos del cambio morfológico y léxico

bloqueaba a la forma analógica (reanálisis-X); (b) transformar formas no candidatas a una regla en formas candidatas (reanálisis-B); (c) crear una regla donde previamente no había ninguna o sustituir una por otra reanalizando la relación entre los eductos y sus correspondiente aductos (reanálisis-A’); o (d) modificar una propiedad de los aductos con el resultado de un cambio en las condiciones en las que se aplica una regla (reanálisis-A).

5.4. Cambios en el significado de las palabras Hemos visto que la alteración en la forma de las palabras (el cambio en el significante, por usar la célebre terminología de Saussure) va a veces acompañado de un cambio en el significado. De hecho, en muchas ocasiones, el cambio en la forma viene provocado por un cambio previo en el significado (como parece que sucedió en el caso de altozano). Nos centraremos ahora en los cambios semánticos que no son consecuencia directa del reanálisis de la estructura de las palabras. El cambio semántico es un fenómeno complejo, motivado por muy diferentes razones y difícil de sistematizar y –mucho más– de predecir. Además, es constante, progresivo y nunca se detiene. Aunque tendemos a pensar que las palabras de nuestra lengua tienen un significado fijo y constante, lo cierto es que este siempre fluctúa y está lleno de matices no siempre objetivables. Y esto es así por la propia naturaleza del léxico de las lenguas humanas. Para empezar, las unidades léxicas, las palabras, son esencialmente polisémicas. Fuera de los inventarios cerrados y artificiales de terminologías específicas (las nomenclaturas en la terminología de Saussure), todas las palabras tienen diversos significados. Esta flexibilidad, que es esencial para el propio funcionamiento del lenguaje, es la que hace posible que una palabra pueda, por ejemplo, adquirir un nuevo sentido sin perder el antiguo. Aunque es posible que la gran mayoría de palabras tengan un significado central o prototípico, todas tienen significados más o menos metafóricos, figurados o connotativos que en un momento dado pueden desplazar al significado nuclear (haciéndolo marginal o eliminándolo). Es entonces cuando decimos que ha sucedido un cambio semántico. Nótese que el cambio semántico es en realidad un ejemplo prototípico de reanálisis. Recuérdese, una vez más, que hemos definido el reanálisis como un proceso en el que el oyente asigna a una expresión lingüística una representación subyacente diferente a la original. Cuando un hablante del español emplea, por ejemplo, la palabra lívido para señalar que alguien está ‘amoratado’ (que es el sentido etimológico) y alguien interpreta que la persona referida está ‘pálida’ (que es el sentido que tiene la palabra lívido para la inmensa mayoría de los hablantes que usan ese término), lo que se ha producido es un reanálisis de esa forma, en el

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sentido simple de que al significante lívido se le ha atribuido el significado ‘pálido’ en lugar de ‘amoratado’. Para comprender cómo es esto posible, esto es, cómo es posible que las lenguas puedan seguir funcionando cuando el significado de las unidades léxicas es variado y fluctuante, es necesario tener presente cuál es en realidad la naturaleza de la relación entre significado y significante. Se suele atribuir a la teoría del signo lingüístico de Saussure el haber establecido que la relación entre significado y significante es arbitraria. En efecto, ese es un principio esencial de dicha teoría, pero el principio de arbitrariedad no se limita a decir que no hay una relación natural o necesaria entre sonidos y significados (arbitrariedad ‘vertical’), sino que también y fundamentalmente estipula que los significados se definen por oposición entre ellos mismos y que los significantes se definen por oposición entre ellos mismos (arbitrariedad ‘horizontal’) (véase la figura 5.9):

significado

significado

significante

significante

Figura 5.9. La doble arbitrariedad del signo según Saussure (1916). La flecha vertical indica que la relación entre significados y significantes es arbitraria, mientras que las flechas horizontales representan que la identidad de los significados y de los significantes depende de oposiciones entre ellos y no de la realidad externa al lenguaje.

Lo que esto implica (y es la aportación esencial de Saussure a la lingüística moderna) es que el léxico de una lengua está estructurado, esto es, forma una estructura, en el sentido estricto de que la identidad de sus unidades no procede de la relación con elementos ajenos al sistema (sean sonidos –en el plano del significante– o conceptos u objetos de la realidad –en el plano del significado–), sino de un recíproco delimitarse entre sí de las propias unidades lingüísticas. Lo que esto representa en el plano del significante tiene mucho que ver con el surgimiento de la fonología como disciplina y no nos concierne ahora. Lo que esta visión representa respecto de los significados es que estos no están determi-

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

nados, definidos, por los conceptos o los referentes externos que en última instancia los substancian, sino que deben su identidad lingüística a su posición en el sistema, esto es, que los significados (como los significantes) se definen negativamente y no positivamente. Consideremos un ejemplo sencillo adaptado del de Saussure, que se refleja en la figura 5.10:

pez fish pescado

inglés

español

Figura 5.10. Partición desigual del mismo espacio conceptual en español y en inglés.

Como puede observarse, el valor semántico de la palabra pez en español es diferente al de la palabra fish en inglés, por mucho que sean sinónimas en muchos contextos y por mucho que, como vimos, sean cognados históricos. La cuestión relevante es que no siempre que aparece la palabra fish en un texto en inglés podremos traducirla con la palabra pez, puesto que en español ciertos usos que emplean fish en inglés seleccionan otro término, pescado (esencialmente cuando el pez está muerto y dispuesto para ser comida, de manera que decimos Voy a comprar pescado o Ayer cenamos pescado y no Voy a comprar pez o Ayer cenamos pez, como se diría en inglés). Lo relevante ahora es que el significado del signo pez no depende en realidad de su relación con el espacio conceptual del ‘pez-pescado’ (idéntico en ambas lenguas, representado por los rectángulos verticales del esquema para cada una), sino de su relación con otros signos del mismo sistema. El significado de pez, pues, no está solo determinado por su relación con el concepto de ‘pez’, sino también por su relación (oposición) con otros signos del sistema del que forma parte. O en otras palabras, que el significado de pez y el de fish son en parte distintos porque pez compite con pescado y fish no. Podemos interpretar esto ahora como una manifestación clara de la “arbitrariedad horizontal” a la que antes nos referíamos, cuya consecuencia más notable 197

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

es que el valor de un elemento (en este caso un significado léxico) depende de su relación con otros elementos del sistema. Por decirlo en términos saussureanos, los significados (y los significantes) no son substanciales, sino formales. Por tanto, un cambio en un elemento del sistema normalmente tendrá repercusiones en los valores de otros elementos, ya que según este punto de vista una unidad lingüística (un significado) es simplemente lo que los otros no son. Saussure empleaba una afortunada metáfora, la de la hoja de papel, para explicar esto (véase la figura 5.11). Imagínese que la cara de una hoja de papel es la substancia del contenido (la realidad expresable semánticamente) y la otra cara es la substancia de la expresión (los sonidos del lenguaje, en el caso habitual). Una lengua (en realidad, el léxico de una lengua) sería simplemente una particular manera de rasgar esa hoja en diversos trozos, de manera que cada trozo sería un signo lingüístico, con el significado en una cara y el significante en la otra. Nótese que, cuando rasgamos la hoja en pedacitos de papel, la forma (la identidad de cada pedazo) depende esencialmente no del propio papel, sino de la forma del resto de trozos.

Lengua B

Lengua A

Figura 5.11. Dos lenguas representadas como fragmentaciones arbitrarias de hojas de papel que representan en la cara visible la “substancia del contenido”. Cada trozo de papel debe su valor a la relación con el resto de trozos. Los trozos no coinciden por tanto en los dos “sistemas”, aunque puedan ser similares.

Como se muestra en la figura 5.11, la arbitrariedad del léxico de las lenguas se manifiesta en que las fronteras entre las unidades de cada sistema (de cada

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

lengua) son diferentes, ya que no se rasgan por lugares predeterminados naturalmente (aunque pueda haber ciertas tendencias y restricciones), sino accidentales (esto es, históricamente condicionados). Como antes se señalaba, es muy frecuente que los cambios semánticos representen en realidad no tanto la sustitución de un significado por otro (aunque esto también sucede), sino el desplazamiento de significados más o menos centrales a significados marginales, en diversos sentidos. Este desplazamiento puede suceder por muchas razones, y una de ellas es la introducción de un préstamo, que con frecuencia tiende a reubicar los significados de términos cercanos, precisamente por la naturaleza opositiva de los valores lingüísticos. Consideremos los siguientes ejemplos del inglés (cuadro 5.8), lengua que a partir de la invasión normanda presenció la entrada de numerosos préstamos léxicos del francés. Estos términos desplazaron a usos más estrechos o marginales los equivalentes germánicos, cuando estos perduraron en la lengua (ejemplo tomados de McMahon, 1994: 177). CUADRO 5.8 Préstamos léxicos en el inglés y sus efectos Palabra inglesa medieval deor wyrm wamb fugol steorfan

Significado de la palabra inglesa medieval ‘animal’ ‘dragón’ ‘estómago’ ‘ave’ ‘morir’

Palabra inglesa Evolución de la actual procedente palabra inglesa de préstamo léxico original animal deer dragon worm stomach womb bird fowl die starve

Significado de la palabra inglesa actual ‘ciervo’ ‘gusano’ ‘matriz’ ‘gallina’ ‘morir de hambre’

La primera columna muestra el término del inglés antiguo y la siguiente columna el significado que tenía originalmente. La tercera columna refleja la palabra del inglés actual derivada del préstamo introducido en el antiguo inglés (por así decirlo, en competencia con la anterior) y que acaba teniendo su significado. La siguiente columna muestra la palabra inglesa actual derivada de la palabra original de la primera columna, pero con su nuevo significado (reflejado en la columna de la derecha) modificado (‘desplazado’, podría decirse) por la presencia del nuevo término. Así observamos que, por ejemplo, el término del inglés antiguo deor significaba ‘animal’ (cfr. alemán actual Tier ‘animal’). Cuando se introdujo el préstamo de origen romance animal este, por así decirlo, retuvo el significado principal, relegando al descendiente del primero, deer, a una clase de animales, los ciervos. Por supuesto, cuando se producen préstamos léxicos, no solo pueden producirse cambios de significado en los términos preexistentes en el sistema, sino que

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el propio préstamo, típicamente, también adapta su valor semántico a la nueva situación. Así, frente a casos como canoa o yogur (préstamos del taíno y del turco en español que han mantenido básicamente su significado original, estrechamente ligado a objetos concretos), es frecuente que las palabras prestadas (copiadas sería la expresión más adecuada) alteren esencialmente su valor semántico, como es el caso del término ruso voksal (ejemplo tomado de Trask, 1996), que se emplea para designar una estación de ferrocarril o metro de cierta importancia, cuando en realidad el ruso tomó el término del nombre propio de una estación londinense que hace años era muy importante (Vauxhall Station). Algo similar sucede con el término canguro, que en yimidiro (lengua de Australia) designa únicamente a una especie de lo que llamamos canguros (el canguro gigante negro), pero que los primeros invasores ingleses, que nunca habían visto un canguro, aplicaron a todas las especies. Por su parte, en inglés británico el término cafetería, tomado del español, no designa la tienda de café (su sentido original), ni el establecimiento en el que se sirve café, sino a cualquier restaurante de autoservicio, un valor que no existe en español. Como puede apreciarse, el léxico estructurado de una lengua es como una especie de puzzle y cuando entra una nueva pieza, se ha de reajustar el tamaño de las demás, o el suyo propio, para que encaje adecuadamente. Pero estos movimientos no se producen únicamente por la importación de palabras de otras lenguas, sino que los propios cambios semánticos internos pueden tener efectos similares. Así, de la misma manera que vimos que los cambios fonológicos pueden ocurrir en cadena (apartado 4.4), no es infrecuente que esto suceda, sobre todo en ciertos ámbitos muy específicos del léxico (especialmente en terminologías). Considérese el siguiente ejemplo de terminología legal del latín tardío (tomado de McMahon, 1994: 186): ‘confianza’

‘daño’

‘culpa’

‘negligencia’

‘oportunidad’

damnum

noxia

culpa

casus

fortuna

Figura 5.12. Cambio semántico en cadena. La línea continua vertical indica el significado del término en latín clásico y la línea discontinua oblicua el significado del mismo término en latín tardío.

Como se indica en la figura 5.12, la línea vertical continua señala la relación entre la palabra y su significado en latín clásico, mientras que la línea oblicua discontinua indica el desplazamiento semántico en cadena en latín tardío. Así, 200

Mecanismos del cambio morfológico y léxico

damnum pasa de significar ‘confianza’ a significar ‘daño’ en latín tardío, lo que se correlaciona con que noxia pasa a significar ‘culpa’, mientras que culpa pasa a significar ‘negligencia’ (un sentido que se mantiene en el español jurídico, en el que un delito culposo es un delito por negligencia), y así sucesivamente. Ya desde los trabajos seminales de Michel Bréal, de finales del siglo XIX, se han producido intentos de clasificar y sistematizar adecuadamente las diversas tendencias del cambio en el significado léxico. De hecho, fue Bréal quien acuñó el término semántica (sémantique) y lo hizo precisamente como sinónimo de ‘semántica histórica’. La primera pauta de cambio semántico que señalaba este autor era la extensión o restricción, en el sentido de que el cambio semántico bien puede ampliar o estrechar el significado de un término. La restricción, como hemos visto, puede estar provocada por la introducción de un nuevo término. Si se reconsidera el cuadro 5.8, se puede apreciar (última línea) que el verbo del inglés antiguo steorfan ha pasado de significar ‘morir en general’ (como revela su cognado del alemán actual sterben ‘morir’) a significar algo más específico, ‘morir de hambre’, lo que puede considerarse un caso de restricción, también llamada por eso especialización. Otro ejemplo puede ser el del nombre latino cibus ‘alimento en general’, que en español actual ha quedado como ‘comida para animales (especialmente en trampas)’. Tampoco es difícil encontrar en cualquier lengua procesos contrarios de extensión. Por ejemplo en latín vulgar *arripare (de ad + ripa, ‘orilla’) ha dado en francés arriver (y en inglés arrive) ‘llegar’, que no se usa solo cuando se alcanza una orilla, sino siempre que se llega, mientras que en español arribar suele usarse preferentemente en sentido etimológico, esto es, para ‘llegar el barco’. Por otra parte, en latín las casae eran las chozas de los pobres, pero en español casa designa a todas las viviendas, sean pobres o suntuosas. Otro tipo de pauta para clasificar el cambio semántico que señalaba Bréal tendría relación con las actitudes de los hablantes hacia las palabras, de manera que habría cambios meliorativos y cambios peyorativos. En español caballero antes designaba al que cuidaba los caballos, pero como el montar a caballo o poseer uno era síntoma de rango elevado, caballero pasó a significar algo parecido a ‘noble’. Hoy tiene el doble uso de ‘noble’ y de ‘hombre’, en un registro educado (aunque hoy casi relegado a los rótulos de los lavabos públicos). Lo relevante, en todo caso, es que independientemente de cómo se clasifiquen los cambios semánticos, su explicación se sigue adecuadamente al mecanismo de reanálisis. De hecho, es en este ámbito en el que el reanálisis es profuso, por cuanto el uso de los términos en contexto (su uso habitual) propicia constantemente ‘desplazamientos’ de significado que en un momento dado pueden ser reanalizados como centrales o nucleares por ciertas generaciones de hablantes. Aunque ya se puede considerar una aportación clásica y ha habido posteriormente muchas otras propuestas, la clasificación de los cambios semánticos de Ullmann 201

El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

(1962) es especialmente adecuada para visualizar los cambios en el significado léxico como procesos de reanálsis. Ello es así porque la estrategia de Ullmann consiste en combinar los parámetros de semejanza y contigüidad (lo paradigmático y lo sintagmático) con los de forma y sentido (significante y significado) para proponer una clasificación cruzada en los siguiente términos: CUADRO 5.9 Clasificación de los cambios semánticos de Ullmann (1962) Semejanza

Contigüidad

Sentido

Metáfora

Metonimia

Forma

Etimología popular

Elipsis

Como puede verse en el cuadro 5.9, Ullmann plantea que la semejanza de sentidos entre dos palabras lleva a la metáfora, mientras que la contigüidad de sentidos, daría lugar a la metonimia. Y en efecto, metáfora y metonimia son los fenómenos esenciales de desplazamiento de los significados que, una vez reanalizados, dan lugar a cambios semánticos. Así, el cambio metafórico (el más frecuente y productivo) se basa en que si se establece un vínculo entre dos conceptos, se autoriza el uso de la etiqueta de uno para nombrar el otro. Por ejemplo, el término precoz en su significado latino se refiere a la fruta que madura temprano, mientras que en español se usa sobre todo para niños que se desarrollan antes de tiempo. En la metonimia el vínculo no es imaginado, sino real, por ejemplo si se designa el todo por la parte o la parte por el todo, como cuando se emplea el término corona para designar al rey. De nuevo, cuando esos usos dejan de ser ocasionales y se estabilizan, decimos que ha habido un cambio semántico. Por su parte, la semejanza de forma, como hemos visto en el apartado anterior, daría lugar a la analogía irregular (que Ullmann identifica inadecuadamente con la etimología popular), mientras que la contigüidad de forma se substanciaría en cambios semánticos por elipsis. En efecto, la semejanza de forma puede dar lugar a cambios de significado (vayan o no acompañados de cambio en la propia forma), como sucede con el adjetivo español nimio, procedente del adjetivo latino nimius ‘excesivo’ que, por probable influencia de mínimo o de minucia, se ha reanalizado como de sentido contrario (‘insignificante’). Sin embargo, como hemos visto en el apartado anterior, la semejanza de forma no necesariamente cambia el significado. Retomemos el caso del español siniestro, que aunque por evolución regular debería haber dado *sinistro (lat. sinistrum), dio siniestro por 202

Mecanismos del cambio morfológico y léxico

analogía con diestro (dexterum). Pero siniestro, aunque ha cambiado de forma, no ha cambiado de significado. Lo mismo pasa con el inglés female ‘hembra’, que ha modificado su forma (pues procede del francés femelle) por contaminación o cruce con male ‘macho’, pero female significa lo mismo que hubiera significado femelle. Por último, lo que Ullmann considera cambios por contigüidad de forma y que substancia en la elipsis, merece aclararse. Ullmann se refiere a los procesos en los que términos que aparecen habitualmente juntos (y que adquieren cierto grado de valor denotativo unitario) tienden a lexicalizarse y, en ocasiones, uno de ellos se “incorpora” al otro, tomando el remanente el significado del compuesto que formaban. Por ejemplo, la expresión máquina lavadora se convierte en lavadora, que incorporaría a su significado el de máquina, o móvil con respecto a teléfono móvil. Ejemplos típicos más antiguos son el nombre música, procedente del adjetivo del sintagma ars musica (‘el arte de las musas’) o el nombre pánico, procedente del adjetivo de la secuencia miedo pánico (derivado en última instancia del dios griego Pan). De hecho, este último ejemplo revela claramente el trayecto de este tipo de cambios. Primero se produce una especialización, esto es, más técnicamente, una colocación, que implica que el adjetivo que modifica a un nombre se especializa para ese nombre, de manera que no hace mucho en español (así se recoge por ejemplo en el Diccionario de Autoridades) la palabra pánico era un adjetivo que se predicaba solo del miedo (o de nombres afines), hasta que se nominaliza definitivamente “incorporando” a su sentido, por así decirlo, el del nombre elidido (miedo). Algo similar está sucediendo, por ejemplo, en secuencias del español actual como incendio pavoroso (en el sentido de que pavoroso ya casi no se usa más que para modificar a incendio) o con el adjetivo aguileña que prácticamente solo se usa con nariz (y si acaso, con rostro). En todo caso, lo relevante ahora es que esta clasificación de los cambios semánticos establece que hay cuatro mecanismos (metáfora, metonimia, analogía y elipsis), pero en realidad es fácil observar que son simplemente cuatro tipos distintos del mismo mecanismo: el reanálisis. Antes de concluir esta breve aproximación al cambio léxico-semántico es necesario considerar otras líneas de investigación del cambio semántico más recientes que, de forma paralela a lo que sucede en el estudio de la gramaticalización, no contradicen la hipótesis de que todo cambio surge del reanálisis, pero que sugieren que en el cambio semántico se pueden distinguir ciertas tendencias direccionales que, como tales, irían en contra del modelo del cambio desarrollado en esta obra. Consideremos, por ejemplo, la propuesta de Traugott (1989, 2003) según la cual los cambios semánticos parecen estar dirigidos a (o tienen como consecuencia) la subjetivización. Según esta autora existe una tendencia universal que se

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podría representar como no subjetivo > subjetivo. Así, ciertas unidades léxicas son primero elementos internos a la oración (esto es, refieren a la proposición), luego adquieren valor textual (por ejemplo, porque sirven para vincular oraciones) y después se hacen expresivas. Traugott (1989) estudia el término while en inglés, pero su análisis se puede ilustrar con su equivalente en español, mientras. Consideremos las siguientes tres expresiones de 13: 13.

a) Los viste mientras caminabas b) No me apetece venir, mientras que a Pedro sí c) Mientras que me atraes, me repeles (Cfr. el inglés: While I like to see her, she tires me out)

Según Traugott, el ejemplo 13a es proposicional, ya que se refiere a una delimitación temporal dentro de una oración. El segundo, 13b es “textual” en el sentido de que sirve para vincular dos proposiciones distintas, mientras que el tercero, 13c expresa la actitud subjetiva del hablante. Traugott muestra que el uso más antiguo de while en la historia del inglés es el equivalente de 13a, que más tarde aparece el uso de 13b y después, solo ya en inglés moderno, aparece el uso de 13c. Del análisis histórico de estos y otros elementos similares deduce Traugott las siguientes tendencias, supuestamente universales: CUADRO 5.10 Tendencias del cambio semántico, según Tragott (1989) Tendencia I Tendencia II Tendencia III

Significados basados en la situación descrita externa > significados basados en la situación descrita interna (evaluativa/perceptiva /cognitiva). Significados basados en la situación descrita externa o interna > significados basados en la situación textual o metalingüística. Los significados tienden a basarse crecientemente en las creencias subjetivas y actitudes del hablante.

Según Traugott estas tendencias se suceden linealmente, de manera que la tendencia II actúa sobre el resultado de la primera y la tendencia III sobre el resultado de la segunda. Ve esta autora en ello una tendencia general del cambio semántico hacia la subjetivización o hacia la descripción de las creencias y actitudes de los hablantes. De acuerdo con esta autora, esta tendencia es lo suficientemente regular como para permitir incluso que se hagan predicciones sobre los caminos

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

del cambio semántico o sobre las restricciones de la direccionalidad del cambio semántico. Se apoya para ello en procesos frecuentes en diversas lenguas que se pueden relacionar con las tendencias citadas. Por ejemplo, es relativamente común que verbos como sentir amplíen su significado de un sentido más físico (de hecho en español aún se usa en muchas variantes como sinónimo de oír) a uno más subjetivo. Algo similar ha sucedido en inglés con feel, puesto que ese verbo en inglés antiguo solo se refería al contacto directo de tocar y ahora también se emplea para emociones y sentimientos. La tendencia II se observaría en cambios de significado del tipo del operado en observar, que pasa de significar percibir, como en Observo que llevas ropa nueva a algo similar a ‘advertir’, como en Tengo que hacerte algunas observaciones. Por su parte, la tendencia III, además de cubrir cambios como el ilustrado en el desarrollo del mientras concesivo, estaría implicado en cambios cruciales en muchas lenguas que implican que ciertos verbos léxicos, como por ejemplo ir, se convierten marcadores de futuro, como en Te voy a romper la cara, que también expresan las actitudes e intenciones de los hablantes. También entraría en esta categoría el cambio de adverbios como aparentemente o probablemente, que significan en principio ‘en apariencia’ o ‘que es probable’, pero que después acaban expresando las actitudes o creencias de los hablantes. Traugott (2003: 126) afirma que la historia de in fact ‘de hecho’ en inglés es una muestra del carácter unidireccional del cambio semántico significado no subjetivo > significado subjetivo. Así, in fact habría tenido la siguiente evolución: adverbio de manera > adverbio adversativo (que expresa el contraste con la proposición anterior, del hablante o de otros individuos) > marcador del discurso (que indica que lo que viene después es un argumento más fuerte que lo que antecede, con respecto al punto de vista del hablante). Sin duda son datos interesantes y el hecho de que este tipo de procesos se produzcan en multitud de lenguas diferentes y no relacionadas requiere de una explicación. La propia Traugott ha estudiado con detalle algunos procesos que implican en realidad la “lexicalización” de implicaturas conversacionales, lo cual en realidad nos pone sobre la pista de una posible explicación en términos de reanálisis histórico. El problema que tienen este y otros planteamientos semejantes es precisamente lo que tienen en común con la teoría de la gramaticalización que hemos considerando en el capítulo 3: el uso del concepto de direccionalidad. Nótese que al postular que hay una deriva en el sentido no subjetivo > subjetivo se está dando a entender que el cambio lingüístico incrementa la subjetividad en el lenguaje, que es lo mismo que decir que a mayor antigüedad de una lengua, menor subjetividad. Sin embargo, no existe ninguna prueba de que las lenguas de hace dos o tres mil años (más atrás apenas alcanza la documentación para poder opinar con criterios 205

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objetivos) fueran menos aptas o adecuadas para expresar los estados internos y las opiniones del hablante (del yo enunciador) con respecto a la situación comunicativa o al resto de interlocutores. Retomemos el ejemplo de while mencionado. Aunque es posible admitir que en inglés antiguo while no tenía el sentido subjetivo que tiene en la actualidad (lo que representa una observación descriptiva meritoria e interesante), sería muy arriesgado afirmar que el inglés antiguo era una lengua menos apta para expresar la subjetividad que el inglés actual. En la medida en que se afirme eso, la alusión a direccionalidad del cambio semántico entra en conflicto con la hipótesis defendida en esta obra de que todo cambio es accidental (esto es, un reanálisis). Nótese que aquí, como en otros muchos estudios de este tipo, se establece una especie fragmentación arbitraria de la realidad histórica que distorsiona nuestras conclusiones. Al comenzar la descripción en el antiguo inglés y acabarla en el inglés actual estamos dando a entender (erróneamente) que antes del inglés antiguo no ha habido un tiempo igual de largo que el transcurrido desde la Edad Media hasta ahora, lo cual es obviamente falso. Si los efectos de la subjetivización en las lenguas se pueden mostrar empíricamente analizando los cambios semánticos ocurridos desde el siglo XI hasta ahora (y si eso no depende de aspectos sociales o culturales externos sino que son pautas naturales del cambio semántico), entonces tenemos que admitir que en los miles de años transcurridos antes de llegar al estado que encontramos en el inglés antiguo (supuestamente hablado entre los siglos V y XI) esas mismas fuerzas subjetivizadoras han tenido que estar actuando exactamente igual que desde entonces hasta ahora (véase el capítulo 7 para una discusión del principio uniformitario que estamos empleando). Por tanto, hablar de direccionalidad es inadecuado, salvo que se matice adecuadamente, por ejemplo, en el sentido de que en realidad estamos hablando de cómo ciertas unidades lingüísticas pueden adquirir sentidos subjetivos que antes no tenían y de que las lenguas nos muestran que es más habitual o frecuente el cambio no subjetivo > subjetivo que el inverso, algo que, sin duda, requiere de explicación, pero que no implica que los cambios semánticos sean direccionales en sentido estricto. De hecho, para explicar por qué ese tipo de cambio es direccional (en el sentido débil especificado) la teoría del reanálisis puede ser perfectamente apta y, de hecho, con predicciones más acordes a lo que encontramos en las lenguas. Así, en los ejemplos revisados, la subjetivización típicamente afecta a adverbios que pasan de tener una significación interna al enunciado a tener una significación que refiere a la enunciación, por usar la célebre distinción de Benveniste entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación. La subjetividad en el lenguaje se refiere a la manera en que las lenguas permiten la expresión de las actitudes y creencias del sujeto de la enunciación. El uso de while en 13c, o el uso de fran-

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

camente en una oración como Francamente, no creo que te puedas aprender todo eso, revela las actitudes y creencias del enunciador, aunque ambos términos quizá no las tenían en sus usos originales. Los mecanismos por los que esto sucede son, sin duda, complejos, ya que pueden implicar la lexicalización de implicaturas conversacionales y otros procesos, de manera que unidades léxicas se pueden convertir en unidades ‘procedimentales’, pero en última instancia, se sujetan al mecanismo general del reanálisis. Veamos cómo puede suceder esto, aunque solo sea esquemáticamente (en la siguiente explicación se van a introducir principios de análisis sintáctico que serán relevantes también en el capítulo siguiente, en el que se exponen detalladamente). En la teoría sintáctica moderna ha prevalecido una aproximación “cartográfica” (Cinque, 1999) según la cual las oraciones (las derivaciones sintácticas producidas por el sistema computacional) están constituidas por jerarquías binarias y endocéntricas de categorías funcionales que definen diversos dominios sintácticos. Hemos visto (apartado 3.4) que, por ejemplo, D define el dominio de las expresiones referenciales (SD), que típicamente son los argumentos de los predicados. En la estructura oracional completa se pueden postular tres niveles o capas de estructura que vienen a corresponder básicamente con tres ámbitos semánticos específicos: los eventos, las situaciones y las proposiciones (este enfoque de la tripartición de la oración procede de Ramchand y Svenonius 2014 y se justificará más ampliamente en el capítulo siguiente). Un evento es básicamente una relación entre un predicado y sus argumentos. Por supuesto, un evento puede ser relativamente simple (Juan llega) o complejo (Juan mató a Pedro), en cuyo caso se puede considerar formado de subeventos. Desde el punto de vista sintáctico, un evento es un sintagma verbal, SV (un verbo con los argumentos a los que asigna papeles semánticos del tipo de agente, paciente, etc.). Por su parte, una situación es una elaboración sobre un evento, ya que añade una acotación modal-temporal-aspectual a un evento y selecciona típicamente un argumento como tópico del evento (un sujeto). Representaremos las situaciones como un sintagma tiempo, ST (siendo T una categoría de tiempo que selecciona un SV). Y por encima de la situación está la proposición, que es una elaboración de esta. La proposición, a diferencia de la situación, está anclada al contexto del enunciado y es en ese nivel en el que aparecerían los parámetros asociados al hablante. Siguiendo la tradición de la sintaxis generativa, se representa una proposición como un sintagma complementante, SC, siendo C (tradicionalmente referido al complementante o subordinante) una abreviatura para diversas categorías de la llamada “periferia izquierda” de la oración (Rizzi, 1997). Según esta visión, totalmente independiente de los trabajos de Traugott mencionados, una proposición (SC) es una relación entre una situación y un enunciador y contiene por tanto información sobre el hablante y sus actitudes, así como sobre la familiaridad y novedad de la información con respecto a los miembros de

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

la situación de enunciación (participantes en el acto de habla). Los llamados marcadores evidenciales y epistémicos también aparecen en ese ámbito (o en la parte alta de ST según algunos autores). El esquema resultante (simplificado a los efectos que ahora nos conciernen) sería el siguiente:

SC C’ C

ST

T’ T

SV V’

V Figura 5.13. La estructura básica de una oración. Se sigue la convención de la ‘teoría de la X-barra’ según la cual cada categoría (X) proyecta un nivel de complemento (X’) y, junto con su especificador, una proyección máxima (SX). Las posiciones de complemento de V y los especificadores de V, T y C se representan vacíos en el esquema y serían ocupados por los argumentos (típicamente SSDD) de los predicados. El complemento de C es ST y el complemento de T es SV.

Nótese que un adverbio que modifique a un elemento dentro de SV tendrá ámbito únicamente en tal proyección, de manera que en Juan habló a María sinceramente representaríamos el adverbio como adjuntado al SV encabezado por el

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

verbo que define el evento, tal y como se muestra en la figura 5.14. Esta representación muestra que sinceramente modifica al evento de ‘hablar a María’ y, por tanto, no expresa actitudes del enunciador:

SC C’ C

ST

T’ T

SV V’

SD Juan V’

SAdv sinceramente

V

SD

habló

A María

Figura 5.14. Representación simplificada de la oración Juan habló a María sinceramente. Se omite ahora por conveniencia el desplazamiento de V a T, propio del español, así como el desplazamiento del SD sujeto al especificador de T. (Véase el apartado 6.1 para una explicación de estos procesos).

Si tal adverbio modifica su posición y se adelanta, por ejemplo por razones expresivas (discutiremos ejemplos de movimientos de este tipo en el capítulo siguiente) obtendremos algo como Sinceramente, Juan habló a María. En estas cir-

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El cambio lingüístico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

cunstancias es posible que se reanalice sinceramente como un adverbio perteneciente a un nivel superior, por ejemplo el del SC (si es ahí donde se interpreta la modalidad epistémica, como trataremos en el capítulo siguiente), interpretándose entonces como una cualificación de la actitud del emisor de la proposición y no como una cualificación de la actitud de uno de los participantes del evento (Juan) cuando habla al otro participante (María), tal y como se representa en la figura 5.15.

SC C’ C’

SAdv sinceramente C

ST

T’ T

SV SD

V’

Juan V habló

SD A María

Figura 5.15. Representación simplificada de la oración Sinceramente, Juan habló a María. Se omite ahora por conveniencia el desplazamiento de V a T, propio del español, así como el desplazamiento del SD sujeto al especificador de T. (Véase el apartado 6.1 para una explicación de estos procesos).

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Mecanismos del cambio morfológico y léxico

En esta representación se observa que sinceramente no modifica al SV, sino que modifica a toda la proposición, posibilitando la lectura según la cual se afirma sinceramente que ‘Juan habló a María’. Vemos, pues, que el reanálisis puede explicar de manera relativamente sencilla cómo un elemento (en este caso un adverbio) que tiene un sentido ‘objetivo’ (pues pertenece al SV) puede adquirir un sentido ‘subjetivo’ (al reanalizarse como perteneciente al SC). A su vez, el hecho de que el ámbito de la dislocación expresiva, el ámbito de la topicalización y focalización, esté típicamente situado a la izquierda (dentro del SC), explica la posible confusión del usuario de la lengua y también por qué es más sistemático y frecuente el paso de no subjetivo a subjetivo que de subjetivo a no subjetivo. Además, esta explicación no impide que en lenguas todo lo antiguas que podamos imaginar hubiera un SC en el que expresar la subjetividad, conforme a lo que revela lo que conocemos de lenguas de hace cientos o incluso miles de años (como el sánscrito, el griego clásico o latín), en las que, sin duda, también existía la expresión de las actitudes del enunciador. Acabamos de ver que no es infrecuente que lo que para algunos autores es un cambio semántico puede interpretarse también como un cambio sintáctico. Y, de hecho, el estudio de la naturaleza del cambio sintáctico es el objetivo del capítulo 6, al que esta breve incursión en la estructura oracional puede servir como introducción.

211

6

Mecanismos del cambio sintáctico

Este libro no debería tener un capítulo dedicado al cambio sintáctico, dado que hemos partido de una concepción de la Facultad del Lenguaje en la que la sintaxis es interna, universal y, por tanto, insensible al cambio histórico (véase el apartado 1.2). Pero es evidente, incluso en una primera aproximación superficial, que las lenguas no solo difieren (y cambian) en su estructura fonológica y en su morfología, sino también en su sintaxis. El contraste entre las dos oraciones siguientes, del español y del vasco, es ilustrativo: 1. El hombre se ha comido el pastel 2. Gizon-a-k gozoki-a jan hombre-el-erg pastel-el comido

du ha

Aunque la comparación es favorable, pues se trata de dos oraciones con el mismo significado y de estructura sencilla (en el sentido de que no se trata de construcciones típicamente más complejas como las interrogativas, negativas, pasivas, topicalizaciones o estructuras subordinadas, mucho más variables aún entre las lenguas), se hace evidente que hay diferencias entre 1 y 2 que no parecen obviamente atribuibles a la morfología y a la fonología (ignorando ahora posibles diferencias léxico-semánticas). Así, observamos entre 1 y 2 divergencias notables en el orden de palabras (artículo-nombre en español, nombre-artículo en vasco; verbo-objeto en español, objeto-verbo en vasco; auxiliar-verbo en español, verbo-auxiliar en vasco), en la marcación gramatical de los argumentos (caso ergativo en el sujeto del vasco y absolutivo en el objeto, que veríamos como nominativo y acusativo en español si los argumentos fueran pronominales) y en los procesos de concordancia (el auxiliar en español concuerda con el sujeto, mientras que en vasco concuerda tanto con el sujeto como con el objeto).

213

El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Por supuesto, la afirmación de que la sintaxis es común a las lenguas e invariable históricamente es una hipótesis, no es un hecho contrastado. De hecho, lo que parecen sugerir estos datos empíricos básicos es que la hipótesis es demasiado restrictiva, esto es, que es falsa. Y, en efecto, es una hipótesis controvertida incluso entre los autores que se desenvuelven en el ámbito generativista, normalmente más proclives a conceder relevancia a factores restrictivos en el desarrollo del lenguaje que quienes consideran esperable que las lenguas difieran profundamente también en el ámbito sintáctico. Sin embargo, como se ha discutido en el capítulo 1, tenemos razones teóricas y empíricas para considerarla una buena estrategia y adoptarla como una hipótesis nula e intentar derivar las diferencias sintácticas que apreciamos en las lenguas de las diferentes posibilidades, estas sí históricamente condicionadas, de externalización del lenguaje. En este sentido, el estudio de la variación sintáctica y de los mecanismos del cambio sintáctico es, de hecho, una herramienta de primer orden para avanzar en la falsación empírica de dicha hipótesis y del modelo de la facultad del lenguaje del que deriva. No obstante, y siguiendo la convención terminológica que sugerimos en 1.2.6, emplearemos a partir de ahora la expresión sistema computacional para designar al componente central de la facultad del lenguaje (supuestamente universal e invariable), mientras que, para no contradecir demasiado el uso tradicional, usaremos el término sintaxis para el ámbito habitual del estudio de la estructura de las oraciones en las lenguas humanas, sin prejuzgar su universalidad y capacidad de cambio. En todo caso, la idea esencial sigue siendo que aunque la sintaxis de las lenguas presenta una notable diversidad aparente, ella misma está basada en un único sistema computacional y su diversidad (y, por tanto, su capacidad de cambio) se sigue de las propiedades de las unidades del léxico-i, que tienen como misión la externalización de las derivaciones sintácticas y su conexión con el sistema sensorio-motor y que están expuestas al aprendizaje y a la variación. Nuestro objetivo central en este capítulo será, pues, examinar hasta qué punto los cambios sintácticos se pueden explicar con el modelo de cambio lingüístico desarrollado en el capítulo 3 (y aplicado a los ámbitos fonético, morfológico y léxico-semántico en los capítulos 4 y 5). En la medida en que el mecanismo del reanálisis se muestre adecuado para explicar los cambios sintácticos, tendremos ciertos indicios de que la hipótesis de que a la sintaxis de todas las lenguas subyace un único sistema computacional es razonablemente correcta. Se explica, quizá por eso, el hecho más bien paradójico de que en una obra que niega que existan cambios sintácticos en sentido estricto, el capítulo sobre los mecanismos del cambio sintáctico sea el más extenso. Sirva también como justificación de ello que para esclarecer la naturaleza del cambio sintáctico se presentará primero en el apartado 6.1 una propuesta, tomada de la investigación sintáctica actual, sobre cuál es la estructura básica de las oraciones en las lenguas naturales. 214

Mecanismos del cambio sintáctico

En este mismo apartado se presentará también una muy elemental introducción a la teoría sintáctica generativista contemporánea, mas sin la pretensión de que dicha introducción pueda sustituir un cierto conocimiento previo de la teoría sintáctica, que se presupone y que el lector puede adquirir en manuales muy divulgados, como Carnie (2002) o, más recientemente, van Gelderen (2013). Una vez equipados con un modelo esquemático sobre cuál es la estructura básica de las derivaciones sintácticas en el lenguaje humano, presentaremos en 6.2 una visión de la tipología sintáctica en las lenguas del mundo y sus desafíos para la teoría paramétrica. En 6.3 se propondrá un modelo explícito de la variación interlingüística en la realización de las categorías funcionales. Y en los apartados siguientes (6.4-6.7) consideraremos algunos ejemplos concretos de cambios sintácticos con el objetivo de mostrar que el mecanismo de reanálisis es capaz de explicar los diversos parámetros de variación de las lenguas a partir de una estructura común e invariable históricamente.

6.1. Un modelo básico de la estructura oracional De acuerdo con la investigación sintáctica minimalista actual el sistema computacional humano se basa en la operación esencial de ensamble (merge) que toma dos objetos sintácticos y forma uno nuevo, cuyo núcleo es uno de los dos. Se trata, pues, de un mecanismo binario y endocéntrico. La llamada teoría de la X-barra refleja esto precisamente, de manera que en el esquema siguiente (figura 6.1) observamos que X es el núcleo (luego Y es el complemento) y la unión de X e Y forma una proyección X’ que, una vez ensamblado el especificador Z, proporciona un SX, esto es, un “sintagma X”, siendo X cualquier categoría, sea léxica o sea funcional (así, tendremos tanto “sintagmas nominales” como “sintagmas tiempo”). A su vez, por supuesto, tanto Y como Z pueden ser (suelen ser, de hecho) proyecciones del tipo SY o SZ, lo que no reflejamos en el esquema para mayor claridad, pero que pone de manifiesto otra cualidad central del sistema computacional, la recursividad. Si sustituyéramos en el esquema de la figura 6.1 el símbolo Y por SY y lo desarrolláramos, apreciaremos el carácter recursivo del sistema (esto es, que, por ejemplo, una oración puede contener a otra oración que a su vez puede incluir a otra, o que un sintagma nominal puede contener a otro y así sucesivamente). Las categorías que el sistema computacional ensambla son las llamadas categorías funcionales. Algunas categorías funcionales seleccionan categorías léxicas mayores, tales como N, V y A (nombres, verbos y adjetivos), que se asocian a inventarios abiertos de elementos. De hecho, también vamos a considerar N, V y A como categorías funcionales que, a su vez, serían las que seleccionan e introducen en la derivación elementos conceptuales, esto es, el significado léxico de pa-

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

labras como libro, comprar o verde. Siguiendo el uso común, denominaremos a N, V y A categorías léxicas, pero teniendo en cuenta que nos referimos no a la unidad entera (por ejemplo la palabra libro), sino solo a su categoría sintáctica (N en este caso). Si esto es así, en realidad tenemos un solo tipo de categorías para la sintaxis, las categorías sintácticas, que pueden ser de dos tipos: funcionales y léxicas (hay numerosas propuestas que analizan N, V y A en diversas subcategorías, como género, número, grado, etc., pero las ignoraremos en lo sucesivo en beneficio de la claridad). Como hemos adelantado en el capítulo 3 (apartado 3.4), una diferencia crucial entre las llamadas categorías funcionales y las léxicas es que las segundas se asocian sistemáticamente a representaciones fonológicas (palabras), mientras que las segundas no lo hacen de manera sistemática, lo que constituye una de las claves de la diversidad lingüística.

SX Z

X’

X

Y

Figura 6.1. Representación de la proyección del núcleo X de acuerdo a la teoría de la X-barra.

Asumamos, pues, que la sintaxis opera únicamente con categorías sintácticas. Las categorías sintácticas léxicas (N, V, A) siempre tienen asociada una palabra del léxico-i que las externaliza, pero el resto de categorías funcionales pueden no tenerla o, lo que es muy común, pueden tenerla en forma de un morfema ligado a una de las categorías léxicas o a otras categorías funcionales. También, por supuesto, pueden tener exponentes léxicos individuales, aunque estos suelen ser fonológicamente deficientes. De hecho, como hemos visto en el capítulo anterior, la tipología morfológica de las lenguas se refiere precisamente a este hecho: al grado en el que las categorías funcionales tienen exponentes léxicos específicos (en alto grado en el extremo aislante y en bajo grado en el extremo flexivo). Como mostraremos con más detalle en el apartado 6.3, esta diferencia entre las categorías léxicas y las funcionales (y que, como hemos visto en el apartado 3.4, se seguiría de la relación asimétrica entre el sistema computacional y los sistemas

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Mecanismos del cambio sintáctico

conceptual-intencional y sensorio-motor) es crucial para explicar el cambio sintáctico y, en particular el proceso de gramaticalización. Es oportuno ahora que retomemos el esquema oracional propuesto al final del capítulo anterior, ya que constituye el esqueleto esencial de cualquier oración:

SC C’ C

ST

T’ T

SV V’

V Figura 6.2. Representación abreviada de la oración en la que se reconocen tres grandes componentes (SC, ST y SV) como proyecciones, según la teoría de la X-barra, de las categorías C (complementante), T (tiempo) y V (verbo).

Tanto en lo que respecta al esquema de la figura 6.2, como en lo que respecta al análisis de estos tres componentes esenciales que vamos a proponer a continuación, hay que tener en cuenta que se trata de propuestas fundamentadas en la investigación en teoría sintáctica de los últimos veinte años (tanto en el ámbito minimalista como en el “cartográfico”) y que se presentan solo aquellas propuestas que cuentan con un alto grado de consenso en la bibliografía actual, aunque evidentemente están sujetas a constante revisión y discusión. Las presentaremos sin una justificación detallada, que excedería los límites de una obra de este tipo.

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

El lector dispone de una excelente introducción con abundante información bibliográfica, clásica y actualizada, en van Gelderen (2013). Es importante señalar también que estas propuestas sobre la arquitectura básica de la oración se han diseñado como modelos teóricos sobre la estructura sintáctica de las lenguas naturales y no están, por tanto, orientadas al estudio o la explicación de los cambios lingüísticos. Recordemos ahora que la proyección SC se puede identificar con una proposición que incluye una situación (ST) que, a su vez, es una elaboración de un evento (SV). Hay, pues, una motivación semántica o conceptual detrás de esas categorías sintácticas, como la hay detrás de cada una de las categorías funcionales que vamos a considerar, pues todas ellas son interpretables por el componente conceptual-intencional de la FL (con la diferencia, como hemos señalado, de que muchas de las funcionales no tienen interpretación en el componente sensoriomotor). Lo que añade la sintaxis no es pues contenido sustantivo, sino complejos composicionales de elementos más básicos. De hecho, la idea crucial es que tanto las proposiciones como las situaciones y los eventos son en realidad constructos sintácticos, esto es, son el producto de la operación del sistema computacional combinando entre sí los conceptos y categorías funcionales reclutados del sistema conceptual-intencional. Aunque es común encontrar en la bibliografía actual representaciones como la de la figura de 6.2, en las que las categorías esenciales son C, T y V (y aunque las seguiremos usando por razones prácticas), lo cierto es que tanto la identificación de esos tres niveles de estructura con proposiciones, situaciones y eventos, como el análisis detallado de la estructura de las lenguas, han motivado una progresiva descomposición de las mismas en categorías funcionales independientes, de manera que en la actualidad, C, T y V se consideran abreviaturas de secuencias de diversas categorías funcionales. Considérese, por ejemplo, C. Históricamente se refiere solo al complementante (a la conjunción subordinante, como que en español). Posteriormente se empezó a atribuir a C un papel importante en la codificación de la modalidad de la oración principal, de manera que C también marcaba, por ejemplo, si una oración era interrogativa o exclamativa. También se pensó en C como el destino del verbo en procesos de inversión sujeto-verbo en interrogativas, del tipo de ¿Qué quería Luis?, en la que observamos que, partiendo de una forma básica Luis quería qué (cfr. Luis quería café) percibimos que el sujeto Luis aparece detrás del verbo quería y que el objeto interrogativo aparece al principio de la oración (lo que se interpreta como un movimiento de qué al especificador de C). De hecho, el comportamiento de estos argumentos interrogativos y exclamativos se asemeja al de ciertos procesos de topicalización y focalización, en los que observamos una alteración semejante (así, partiendo de Luis empujó a su vecino tendríamos, en un contexto dado, por ejemplo contrastivo, A su vecino, empujó 218

Mecanismos del cambio sintáctico

Luis, donde observamos de nuevo que empujó parece estar en C y a su vecino en su especificador). Tal acumulación de usos de C, junto con la tendencia general a considerar cada categoría (y hasta cada rasgo gramatical) como una proyección independiente, llevó a la fragmentación de C en diversas categorías, dando al árbol una mayor complejidad, pero propiciando la aparición de nuevos huecos estructurales para ciertos constituyentes, lo que a su vez contribuye a hacer más uniforme la correlación entre elementos interpretables y categorías sintácticas. Una influyente propuesta en esta dirección es la llamada aproximación cartográfica de Cinque (1999), quien empleando como criterio la distribución de adverbios de diferentes tipos, propone una estructura de más de 30 núcleos diferentes en sustitución de C y T, algunos de los cuales, junto con los adverbios que los modifican (por mayor claridad), se muestran en el siguiente cuadro (6.1.). CUADRO 6.1 Muestra parcial de la jerarquía universal de categorías funcionales oracionales (Cinque, 1999: 106) Categoría funcional

Adverbio

Modo-acto de habla Modo-evaluativo Modo-evidencial Modo-epistémico T-pasado T-futuro Modo-irrealis ASP-habitual ASP-frecuentativo ASP-proximativo ASP-durativo Asp-prospectivo Asp-completivo Asp-repetitivo

francamente afortunadamente supuestamente probablemente ayer entonces quizá usualmente a menudo pronto brevemente casi totalmente de nuevo

Capa de estructura SC SC SC ST ST ST ST ST ST ST ST SV SV SV

Nota: se usa la convención de abreviar tiempo con T, el aspecto gramatical como ASP y el aspecto léxico como Asp.

Nótese que en la columna de la derecha se indica a cuál de esas tres grandes capas de estructura pertenecería originalmente cada una de las categorías funcionales postuladas por Cinque. La selección propuesta permite hacerse una idea del

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

grado de detalle en la descripción. Aunque la ordenación de algunas categorías podría ser discutible, lo cierto es que se asienta en una base empírica de unas 500 lenguas distintas. En cualquier caso, para los efectos de nuestra discusión posterior operaremos con una representación menos detallada. Seguiremos en parte a van Gelderen (2013), quien emplea una estrategia diferente a la basada en la correlación con entidades como los eventos, las situaciones y las proposiciones de Ramchand y Svenonius (2014) para justificar la tripartición de la oración representada en 6.2. Aunque menos rigurosa formalmente (y aunque, como la propia autora reconoce, es una simplificación), su caracterización se basa en el tipo de información que aparece en cada nivel. Así, identifica el ámbito del SV con el de la información léxica, pues en el SV extendido se asignan los papeles semánticos a los argumentos y se configura la estructura aspectual básica del evento (la Aktionsart o modo de acción de la tradición gramatical). El nivel del ST sería un nivel más puramente gramatical, pues, como veremos, en él se marcan las funciones gramaticales de los argumentos (sistemas de caso y concordancia) y se configura la estructura esencial del modo, tiempo y aspecto de la oración. Por su parte, el nivel superior, SC, sería el nivel pragmático, en el que se establece la modalidad oracional, se focalizan o topicalizan los argumentos y se relaciona la proposición contenida en el resto de la oración con el contexto enunciativo y las actitudes del locutor. Comenzando por el nivel léxico o inferior, emplearemos la “expansión” del SV tradicional que puede verse en la figura 6.3. De hecho, v se podría entender como un verbo abstracto que significa ‘hacer’ o ‘causar’. En muchas lenguas v se representa como morfología causativa fusionada al verbo léxico (por ejemplo, en sánscrito el sufijo -ay convierte el verbo khad- ‘comer’ en el verbo khad-ay- ‘hacer comer’) o con auxiliares causativos del tipo de ‘hacer’. La representación de 6.3 permite hacer explícita esa estructura interpretada en el componente conceptual-intencional, por mucho que se “aplane” en la realización en el componente sensorio-motor. Dada además la estrecha correlación que hay en muchas lenguas entre la definitud del objeto directo, el carácter télico o delimitado de los eventos con objetos definidos, el caso morfológico, la concordancia y la posición sintáctica del objeto directo, asumiremos también que la posición de especificador de Asp es la posición en la que se asigna Caso acusativo al objeto directo (siempre que esté presente o activo el nudo v). En cierto modo, el objeto directo expresa en Asp su relación con el evento en el que está involucrado (su grado de afección, por ejemplo). Nótese, además, que si v no está activo (o simplemente no está), el verbo es intransitivo (inacusativo) y su objeto se convierte en sujeto (se pasiviza), como en el caso mencionado de La puerta se abrió. Los verbos intransitivos puros (los que tienen un único argumento pero agentivo o externo, como en Juan

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Mecanismos del cambio sintáctico

camina) sí tienen v, aunque normalmente no asignan caso acusativo al carecer de objeto (o tenerlo incorporado al propio V). Sobre la naturaleza de los movimientos sintácticos (tanto de núcleos como de sintagmas) volveremos al tratar la estructura del ST.

Sv v’ v

SAsp

Asp’ Asp

SV V’

V Figura 6.3. Representación expandida del SV. Se incluyen las categorías V (que representa al verbo), Asp (que representa el aspecto léxico o Aktionsart) y v (que representa un verbo funcional que introduce un argumento externo).

Aunque la estructura propuesta para el “nivel léxico” o del evento (figura 6.3) está simplificada (Cinque incluye al menos nueve categorías en ese nivel en su propuesta, sin contar V), es relativamente simple en comparación con las propuestas estándar para el “nivel gramatical” o de la situación, correspondiente al tradicional ST (también conocido durante mucho tiempo como SF, sintagma flexión). El modelo que vamos a manejar (aunque lo representaremos simplemente como ST cuando convenga) es el que tenemos en la figura 6.4. Este esquema representa

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

las categorías tradicionales de la oración, tales como el modo, el tiempo y el aspecto. Nótese que un ST (que incluya un Sv como complemento de SASP) no es en sí una oración completa (finita), ya que para ello será necesaria la tercera capa, correspondiente a SC, aún por desarrollar. El modo representado en el esquema de la figura 6.4 no es pues la modalidad principal de la oración (indicativo, interrogativo, etc., que denominamos Fuerza y situaremos en el SC), sino el llamado modo epistémico (la mayor o menor probabilidad de que suceda un evento).

SModo Modo’ Modo

ST

T’ T

SASP ASP’ ASP

Figura 6.4. Representación de la expansión del ST en capas funcionales correspondientes al modo, al tiempo (T) y al aspecto gramatical (ASP).

Así, en la oración Sinceramente, Juan seguramente estará llegando, el adverbio sinceramente modificaría a Fuerza (dentro del SC), mientras que seguramente modificaría a Modo. En dicha oración estará realiza a T (futuro) y llegando realiza a ASP (en realidad el sufijo, puesto que el verbo léxico, la raíz del verbo llegar, correspondería a V en el SV inferior). Por su parte, el Modo también se puede realizar léxicamente: Juan podría estar llegando.

222

Mecanismos del cambio sintáctico

Recuérdese ahora que al considerar antes la estructura del Sv hemos sugerido que en la oración Juan subió las maletas el verbo subió se había movido de V a v (en realidad, de V a Asp y de Asp a v). Este tipo de movimiento de núcleo a núcleo (como hemos visto en 3.4) pretende reflejar intuitivamente que el verbo subió no sólo materializa a V (donde se ensambla en la derivación), sino también al nudo Asp y al operador agentivo v. De hecho, puesto que subió también realiza los rasgos de tiempo (T), también postularemos que subió se mueve a T, según el siguiente esquema abreviado:

ST SD

T’

Juan T

Sv

subió v’ v

SV

subió V’

V subió

SD las maletas

Figura 6.5. Representación parcial de la oración Juan subió las maletas en la que se muestra el movimiento de V a v y de v a T o, alternativamente, que la palabra subió materializa a tres nudos sintácticos distintos.

En el esquema hemos representado subió tres veces, aunque solo aparece sin tachar en la superior, que es en la que se pronuncia. La idea clave es que en reali-

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

dad un núcleo (como subió) que incluye un cierto número de categorías “pertenece” a todas ellas, pero en la externalización, probablemente por razones de economía, solo se materializa (se pronuncia) en la superior. Así, aunque en nuestro esquema subió acaba en T, en realidad también se interpreta (composicionalmente) en v y en V (de hecho, en varios nudos más, en función de lo detallado que hagamos el análisis). Una potencial fuente de variación sintáctica reside, pues, en las diferencias interlingüísticas sobre este tipo de movimientos. Así, por ejemplo, en inglés se asume que v no se mueve a T, lo que explicaría diferencias de orden como la que hay entre el inglés y el francés (cfr. I often eat apples vs. Je mange souvent des pommes ‘frecuentemente como manzanas’), tal y como se refleja en el siguiente cuadro: CUADRO 6.2 Diferencia de orden de palabras como consecuencia del movimiento de V a T. En inglés el adverbio se sitúa entre el sujeto y el verbo, mientras que en francés puede aparecer entre el verbo y el objeto directo Lengua Inglés Francés

Sujeto (espec-ST)

T

Adverbio

Sv

I je

– mange

often souvent

eat apples - des pommes

Como se observa en el cuadro 6.2, asumiendo una posición fija del adverbio (a la izquierda del Sv) la diferencia en el orden de palabras entre estas dos lenguas se seguiría de que en inglés (de morfología verbal más bien pobre) el verbo no materializa a T, por lo que no se mueve a esa posición, mientras que en francés (como el español, de morfología verbal más rica) sí lo hace, apareciendo antes del adverbio, en la posición que corresponde a T y fuera del Sv. Nótese además que en la figura 6.5 hemos representado el sujeto (Juan) en el especificador de ST, siguiendo el análisis convencional de que en esa posición es donde el sujeto de la oración recibe el caso nominativo y establece la concordancia con T (como se discutirá con más detalle más adelante). Si hacemos que la oración sea interrogativa, como en ¿Subió Juan las maletas?, observaremos que el verbo ha ascendido aún más, dejando el sujeto detrás, tal y como se muestra en el esquema de la figura 6.6. Según esta representación subió realiza en español, en este ejemplo (al menos) cuatro categorías funcionales de la oración: V, v, T y C. Tendremos ocasión de comprobar que una fuente importantísima de (aparente) diversidad sintáctica

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Mecanismos del cambio sintáctico

tiene que ver con las diferencias que hay en las lenguas en el número y tipo de categorías que una palabra determinada puede materializar, lo que se puede reflejar no solo en la morfología, sino también en la sintaxis superficial (orden de palabras). Así, como hemos visto, en inglés el verbo no se desplaza a T, por lo que en las interrogativas observamos que es un auxiliar con tiempo el que se antepone al sujeto, como en Did John lift the suitcases? Nótese que la representación de esta oración inglesa (figura 6.7) es idéntica a la del español de la figura 6.6, con la única diferencia, puramente léxico-morfológica, de que en inglés el verbo no sube a T y C (no materializa a T y C) y se inserta un auxiliar en su lugar.

S C S

C subió SD

T

Juan T

S

subió v v

S

subió V V subió

S las maletas

Figura 6.6. Representación parcial de la oración ¿Subió Juan las maletas? en la que se muestra el movimiento de V a v, a T y a C o, alternativamente, que la palabra subió materializa a cuatro nudos sintácticos distintos (V, v, T y C).

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Si retomamos ahora la oración Juan seguramente estará llegando podemos decir que llegando está en la posición de ASP en el esquema de la figura 6.3, pero porque ha llegado ahí desde el SV inferior (no representado). En este caso, dada la morfología del español, el tiempo lo expresará un auxiliar (estará).

SC C’ ST

C did SD

T’

John T

Sv

v’ v

SV V’

V lift

SD the suitcases

Figura 6.7. Representación parcial de la oración Did John lift the suitcases?

Se decía arriba que el nivel del ST representado expandido en la figura 6.3 corresponde, de alguna manera, al ámbito más gramatical de la oración (frente al

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Mecanismos del cambio sintáctico

carácter más léxico del nivel del SV y al más pragmático del nivel del SC). Esta atribución no se debe solo a que en esta parte de la estructura oracional se configure el tiempo, el modo y el aspecto, sino también a que en muchas lenguas es en este ámbito donde se establecen las relaciones de caso y concordancia entre los argumentos y el verbo, especialmente del sujeto. Centrémonos, de momento, en el español. Sabemos que el sujeto concuerda en número y persona con el verbo. En realidad, ahora podemos decir con más propiedad que con quien concuerda el sujeto es con T, puesto que cuando encontramos un tiempo verbal expresado por un auxiliar y una forma léxica (por ejemplo el perfecto compuesto del tipo he amado) el sujeto concuerda con el auxiliar y no con el verbo léxico. Por supuesto, cuando el verbo es simple (como en amé) decimos que el sujeto concuerda con el verbo, pero en este caso ya sabemos que, en realidad, amé es tanto V como T. Aunque el asunto es extraordinariamente controvertido en la teoría sintáctica actual, asumiremos, sin mayor discusión, que el mecanismo de concordancia es una expresión morfológica de la relación sintáctica entre T y uno de los argumentos del verbo (véase más adelante el apartado 6.6 para una visión más detallada). Por tanto, la motivación para el desplazamiento del sujeto desde el Sv hasta el especificador de T tiene que ver con una expresión redundante de dicha relación, que técnicamente se ha venido denominado en la bibliografía como asignación de caso nominativo. Otra manera de verlo es asumir que T (marcado para concordancia en español) requiere tener acceso a su especificador para obtener los rasgos de concordancia adecuados (si el argumento es primera, segunda o tercera persona, si es singular o plural) y que en ciertas lenguas el propio argumento se debe desplazar a dicha posición para establecer una relación local con T. Es interesante observar que, normalmente, en las lenguas en las que la concordancia es obligatoria y muy especificada morfológicamente, es menos frecuente que el sujeto se deba desplazar al especificador de ST. Asimismo, asumiremos que la marcación morfológica de caso es también una expresión de la relación sintáctica entre el verbo y sus argumentos (de hecho, ya hemos estipulado que la marca de caso acusativo expresa la relación entre el objeto directo y el nudo Asp, parte de la estructura del Sv). El resto de casos (dativo, genitivo, etc.) normalmente tienen una interpretación semántica estable, lo que sugiere que vienen regidos por el significado del verbo o de la preposición de que dependen. Por ello, el nominativo y el acusativo se suelen considerar casos estructurales (pues dependen más de su relación estructural con sus rectores), mientras que los demás casos se suelen considerar inherentes, pues dependen más claramente de los papeles semánticos que desempeñan). Está fuera del alcance de esta obra abordar una explicación más profunda del origen de esos sistemas de marcación en el lenguaje humano, pero veremos al 227

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discutir algunos cambios sintácticos en los apartados siguientes, que es muy probable que el origen de todos esos sistemas de marcación de caso y concordancia (extraordinariamente variables en las lenguas, aunque sujetos a principios generales) tengan un origen puramente histórico y no formen parte de la llamada Gramática Universal. Ello explicaría perfectamente por qué las lenguas varían tanto en el uso de los sistemas de marcación en el núcleo (concordancia) o en el dependiente (caso), llegando a no presentar ninguno de los dos. Nótese, sin embargo, que podemos representar dos lenguas con sintaxis distinta usando la misma representación sintáctica subyacente, como se comprueba comparando los esquemas de las figuras 6.6 y 6.7. Queda pendiente para completar esta breve descripción de la oración el ámbito superior (el SC), también conocido como la “periferia izquierda” de la oración (Rizzi, 1997) y que se ha definido como el ámbito pragmático de la oración. El esquema más extendido en la bibliografía actual es el relativamente simplificado de la figura 6.8. Esta zona estructural, que normalmente emplearemos compilada en SC (por facilitar la lectura de los esquemas y porque normalmente no será relevante cuál de los nudos concretos que lo componen es el relevante), se podría decir que “mira fuera de la oración” (van Gelderen, 2013: 150). Así, el SC de una oración principal marca el modo (indicativo, subjuntivo; declarativo, interrogativo, etc.), acoge a los posibles tópicos (información vieja) y focos (información nueva) de la estructura informativa del enunciado y también expresa la finitud. Si la oración es subordinada, (su uso original, como se ha señalado ya) entonces expresa la relación con la oración principal y en tales casos, normalmente, está menos expandido, aunque en ello también hay mucha diversidad entre las lenguas. Como hemos observado, además de proporcionar una posición para el complementante (la conjunción subordinante), C y su proyección se han utilizado con mucho éxito para modelizar estructuralmente procesos de extracción de sintagmas interrogativos, procesos de topicalización y focalización, y también para explicar el orden de palabras en las llamadas lenguas V2 (las más analizadas son las germánicas) en las que el orden de palabras difiere en las oraciones principales y en las subordinadas. Considérense, por ejemplo, los siguientes casos del alemán: 3. a) Hans liest den Roman Hans lee la novela b) Hans hat den Roman gelesen Hans ha la novela leído Nótese que en 3a el orden de palabras que encontramos es SVO, lo que nos llevaría a un análisis similar al del español o del inglés, en el que asumimos que el sujeto está en el especificador de T y que el verbo flexivo está en T o en el Sv,

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Mecanismos del cambio sintáctico

delante del objeto directo, complemento de V. Sin embargo, si el tiempo verbal es compuesto, observamos que el auxiliar va detrás del sujeto, pero que el participio (el verbo principal) va detrás del objeto, lo que sugeriría un orden básico OV y no VO. Pero, cuando la oración es subordinada, como en los ejemplos de 4, observamos que el orden de palabras es diferente. En 4a se aprecia que en comparación con 3a el sujeto Hans sigue en primer lugar, pero el objeto (den Roman) va delante del verbo. Nótese en 4b que el orden SVO es agramatical. Algo similar se aprecia comparando 3b con 4c: en 4c el auxiliar (supuestamente en T) va al final, mientras que el orden de 3b mantenido en 4d resulta agramatical. 4. a) Er sagt, daβ Hans den Roman liest Él dice que Hans la novela lee b) *Er sagt, daβ Hans liest den Roman Él dice que Hans lee la novela c) Er sagt, daβ Hans den Roman gelesen hat Él dice que Hans la novela leído ha d) *Er sagt, daβ Hans hat den Roman gelesen Él dice que Hans ha la novela leído La conclusión que parecen sugerir los ejemplos es que en alemán el orden de palabras básico es diferente si la oración es principal o subordinada, de manera que sería SVO en el primer caso y SOV (esto es, con el núcleo a la derecha) en el segundo. Pero ello no termina de resolver por qué en 3b tenemos den Roman gelesen y no gelesen den Roman. Una posible explicación propuesta para resolver este pequeño rompecabezas es asumir que en alemán el orden de palabras es SOV (esto es, de núcleo a la derecha, a diferencia del español y el inglés) y que el verbo flexionado (T) siempre se mueve a C (esto es precisamente lo que captura la etiqueta de lenguas V2, verbo siempre en segunda posición). Nótese que ello explicaría bien por qué 3a parece tener orden SVO, puesto que el verbo (T en realidad) se habría movido a C (de manera análoga a como hemos visto que sucede en las interrogativas en inglés y en español) y también por qué en 3b tenemos el auxiliar en segunda posición y el participio detrás del verbo, puesto que el orden típico de las lenguas SOV es S-O-V-Aux (recuérdese el ejemplo vasco de 2), pero Aux habría subido a C, dando S-Aux-O-V). Tal hipótesis resulta apoyada por los hechos revisados en 4, puesto que al estar C ocupado por la conjunción subordinante (daβ), el elemento en T (sea el auxiliar hat o el verbo conjugado liest) quedaría “atrapado” en T, revelando el orden subyacente previo al ascenso de T a C en las oraciones principales. Nos hemos extendido en este ejemplo no solo porque proporciona un buen argumento para confiar en la relevancia del nudo C, sino, sobre todo, porque

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

revela claramente la operación del mecanismo de reanálisis en el cambio sintáctico. Así, podemos suponer que la llamada sintaxis V2 (esto es, la tendencia a que T se mueva a C) es el resultado de haberse reanalizado una construcción marcada como si fuera una construcción no marcada, un fenómeno de capital importancia en la explicación de la diversidad sintáctica, como veremos. Así, si la posición de un elemento en una construcción marcada (por ejemplo una interrogativa) se reanaliza como una posición “normal” de una estructura no marcada (por ejemplo declarativa), el resultado puede ser el cambio de la sintaxis “normal”. De esta manera, aunque las oraciones principales en alemán y otras lenguas germánicas tienen el aspecto superficial de oraciones interrogativas (al estar T en C, lo que es frecuente en construcciones interrogativas), son, por supuesto, oraciones declarativas. Veremos en varios de los casos de cambio sintáctico que vamos a revisar con cierto detalle en las secciones siguientes que el reanálisis de construcciones marcadas (interrogativas, topicalizaciones, pasivas, etc.) como si fueran construcciones no marcadas, es un mecanismo muy frecuente del cambio sintáctico, algo que en la mayoría de las ocasiones afecta al ámbito estructural del SC. En lo que respecta al análisis concreto de C en el esquema de la figura 6.8, cabe señalar que la separación entre Tópico y Foco se debe a que ambos elementos tienen propiedades distintas y en muchas lenguas se pueden simultanear ambos procesos, como en el siguiente ejemplo del turco (tomado de van Gelderen, 2013: 153; análisis de Juan Carlos Moreno, comunicación personal): 5. János Marival vesz-ett össze János Marival peleó ‘János, con Marival fue con quien peleó’ En esta oración el tópico (de quien se habla) es János y el foco es Marival, con quien János se peleó. Tenemos, pues, evidencia de que esas dos posiciones son distintas y además, de que Tópico está por encima de Foco. En lo que respecta a los otros dos nudos, Fuerza, por así decirlo, “mira” fuera de la oración (al contexto de enunciación) e indica la modalidad, mientras que Fin (finitud) se relaciona con T y determina el tiempo de la proposición. Esta posición se identifica, pues, con lo que convierte a una predicación en una oración finita. Ya hemos visto que el modo interrogativo determina en muchas lenguas el movimiento de T a C. Así, en una oración como ¿A quién empujó María? observamos que a quién se ha movido de su posición de objeto (como revela la a de los objetos directos de persona) al especificador de C (según el análisis estándar) y que el verbo, T, ha subido a C, dejando el sujeto detrás. En un esquema como el de la figura 6.8 probablemente diríamos que a quién está en el especificador de

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Mecanismos del cambio sintáctico

Fuerza y que T (empujó) estaría en Fuerza. Cierta evidencia de ello procede de lenguas en las que existen complementantes interrogativos en oraciones principales que hacen que T quede in situ, como en el siguiente ejemplo del hindi (tomado de van Gelderen 2013): 6. Kya ram jata he? C ram yendo es ‘¿Está yendo Ram?’

SFuerza Fuerza’ Fuerza

STópico

Tópico’ Tópico

SFoco Foco’ Foco

SFin Fin’ Fin

Figura 6.8. Análisis en capas de categorías funcionales del SC. Se representan los nudos Fuerza (modalidad), Tópico, Foco y Fin (finitud).

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Por su parte, el ejemplo de lengua V2 (el alemán) considerado sería factible analizarlo como de movimiento de T a Fin, dado que el elemento que en estas lenguas precede al verbo en esa posición no está necesariamente topicalizado ni focalizado, ni afecta a la modalidad general de la oración. En ese caso diríamos que el reanálisis ha sido de Fuerza (o de Tópico o Foco) a Fin, en función de cuál fuera el tipo de estructura marcada que fue objeto de reanálisis. En todo caso, dado que normalmente son los complementantes los que expresan el modo, la finitud y algunas distinciones temporales, normalmente emplearemos C para representar toda esta parte de la oración, con la excepción de las ocasiones en las que sea necesario distinguir entre diferentes categorías o posiciones dentro de ese ámbito. Para concluir esta breve introducción a la estructura oracional desde el punto de vista generativista contemporáneo, vamos a considerar el análisis de una oración del español que nos permita recapitular los puntos esenciales de la discusión en este apartado y nos sirva, además, de pretexto para unificar los diferentes niveles de estructura en una sola representación. Observará el lector que no se propone una simple fusión de los tres esquemas propuestos para cada nivel (esto es, los de las figuras 6.3 para Sv, 6.4 para ST y 6.8 para SC), sino que se propone una versión más compacta sin desarrollo de SC y ST. Ello es así tanto por razones prácticas (el árbol sería demasiado largo a efectos gráficos), como porque serán esencialmente las categorías implicadas en esta representación las que nos bastarán para analizar en los apartados siguientes los cambios sintácticos más representativos. La oración propuesta, la interrogativa ¿A quiénes asesinó el mayordomo? (figura 6.9), nos permite ver en funcionamiento los tres niveles fundamentales, así como los mecanismos propuestos para la asignación de papeles semánticos, marcación de caso y concordancia y promoción de sintagmas nominales a la periferia izquierda (topicalización y focalización). Nótese que se mantiene la convención de representar los elementos “movidos” con ejemplares tachados en los lugares de origen y que se introducen indicaciones adicionales de qué tipo de relaciones se establecen en cada nivel (papeles semánticos, casos o papeles pragmáticos). Por supuesto, al fusionar entre sí los niveles según la estrategia “cartográfica” se pone de manifiesto que los tres niveles forman una continuidad estrechamente intercomunicada. Si comenzamos la derivación de abajo a arriba, observamos que el verbo léxico asesinar le asigna el papel semántico de tema (‘ente asesinado’) a su complemento. El complemento (a quiénes) es un SD que incluye un operador interrogativo y que, como cualquier otro SD, requiere de caso (para los efectos de nuestra discusión, asumiremos que realmente es un SD, en el sentido de que los pronombres tienen la distribución de SSDD). Posteriormente se ensambla Asp, que codifica el proceso del evento y en cuyo especificador (por estipulación) recibe caso acusativo el objeto directo. La motivación de dicha estipulación se basa en que en esa posición es donde el objeto puede delimitar el evento (si es télico). Por la misma razón, en dicha posición se produce también la concordancia de objeto, en

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Mecanismos del cambio sintáctico

el caso de que exista en la lengua. Una vez se ha ensamblado v, que introduce en su especificador el argumento externo, al que le asigna papel semántico de agente (‘ente que asesina’), se produce la asignación de caso acusativo (que en español se refleja morfológicamente en la preposición a en ciertas ocasiones). El mecanismo preciso de este proceso se desconoce, pero intuitivamente tiene su origen en el hecho de que el marcado de caso del objeto directo solo es necesario si hay otro argumento superior. Nótese que en caso contrario (un verbo inacusativo o pasivo) el caso acusativo no se asignaría y el objeto se codificará como un sujeto. SC a quiénes C asesinó

Papel pragmático: foco

C’ ST

T’ el mayordomo T

Modo interrogativo Caso nominativo

T Sv asesinó el mayordomo vv’ v asesinó

SAsp

a quiénes

Papel semántico: agente

Asp asesinó

Asp’ SV V’

Caso acusativo

V asesinó

SD a quiénes

Papel semántico: tema

Figura 6.9. Representación de la oración ¿A quiénes asesinó el mayordomo? con indicación de los lugares estructurales de asignación de papeles semánticos, papeles pragmáticos y casos estructurales.

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

En este punto de la derivación se ha construido el evento (en este caso una realización) y se ensambla T. Este nudo codifica el tiempo de la oración (además del aspecto gramatical, no representado) y es también el responsable de la concordancia con el sujeto y la asignación de caso nominativo (dos procesos que bien pudieran ser el mismo en lenguas como el español). Así, T atrae a v (que a su vez había atraído a Asp, que a su vez había atraído a V) y su especificador atrae al sujeto, con el que establece la concordancia. Nótese la interesante simetría entre la relación de los argumentos y sus categorías rectoras: el objeto es introducido por un V que le asigna papel semántico (tema) y el sujeto es introducido por un v que también le asigna papel semántico (agente). A su vez, una categoría funcional Asp establece una relación con el objeto y otra categoría funcional T establece una relación con el sujeto. De hecho, en cierto modo se podría decir que el objeto directo es el ‘sujeto’ de Asp y que quedará como tal por la introducción del argumento agentivo superior. En este punto de la derivación obtenemos una situación, esto es, un evento localizado en el tiempo y con una determinada estructura aspectual. Recuérdese que Comrie define precisamente el aspecto como “diferentes maneras de ver la consistencia temporal interna de una situación” (Comrie, 1976: 3, traducción nuestra). El resto de la derivación se produce con el ensamble de C, que determina la modalidad de la oración, como hemos visto, y convierte la situación en una proposición anclada en el contexto de enunciación. En este caso C es interrogativo, lo que implica la focalización del objeto interrogativo a su especificador y el ascenso del verbo (ya en T) a C. La relación en este caso entre C y el SD en su especificador (a quiénes) es análoga a la que hemos visto en T con respecto al sujeto y a la que hemos visto en Asp con respecto al objeto. Sin embargo, en este caso no se trata de codificar funciones gramaticales (sujeto y objeto), sino de asignar a uno de los argumentos un rol pragmático, el de foco. La sucinta descripción de la derivación sintáctica de esta oración del español representa una mezcla no fácilmente desentrañable de aspectos universales y de aspectos específicos del tipo lingüístico al que pertenece esta lengua. Para dar sentido a la afirmación de que la sintaxis (en el sentido de sistema computacional) es universal e invariable deberíamos asumir que la arquitectura esencial reflejada en el esquema de la figura 6.9 es universal, esto es, invariable en el tiempo (diacronía) y en el espacio (sincronía) y que las diferencias sintácticas (que no son sino resultado de los cambios lingüísticos) son consecuencia de diferencias en la manera en que las categorías funcionales que estructuran la oración se realizan morfológica y fonológicamente. Esa es la hipótesis de partida, que ahora tiene una forma más explícita y que vamos a concretar más aún en el apartado 6.3, en el que vamos a plantear una propuesta más concreta sobre cómo se producen estas diferencias en la externalización de las derivaciones sintácticas a través del léxico-i de cada lengua. 234

Mecanismos del cambio sintáctico

Sin embargo, antes es preciso que consideremos una visión global de la tipología sintáctica en las lenguas y su relación con el concepto central de parámetro en la teoría sintáctica actual.

6.2. Tipología sintáctica y teoría paramétrica En el capítulo 1 hemos presentado el modelo general de la Facultad del Lenguaje del que se sigue la propuesta de que el único ámbito de variación entre las lenguas es el de la llamada externalización, esto es, el proceso de conexión entre las representaciones sintácticas formadas por el sistema computacional y el componente sensorio-motor. Ello implicaba que todas las lenguas tendrían la misma sintaxis (en sentido estricto) y el mismo componente conceptual-intencional, de manera que los cambios lingüísticos estarían restringidos al ámbito de lo que tradicionalmente se considera como fonología y como morfología. Lo que, en otras palabras, se estaba dando a entender es que la influencia del entorno lingüístico únicamente es relevante en la manera en que se produce el desarrollo en cada individuo del componente responsable de la externalización y materialización de las expresiones lingüísticas, el léxico-i. Hemos asumido que el esquema de la figura 6.9, prescindiendo ahora de las palabras que lo materializan, es universal. Esa es una hipótesis mucho más radical que la que subyace a la teoría paramétrica clásica de la gramática generativa. Desde el punto de vista de la teoría paramétrica clásica, el esquema de 6.9 sería ya la aplicación de opciones paramétricas, por lo que no sería universal. Hemos revisado ya (capítulo 2) los problemas empíricos y teóricos de la teoría paramétrica clásica, que se formuló como un modelo en el que los patrones de variación lingüística estructural (los tipos lingüísticos estructurales) dependen de opciones de realización de los principios fijos de la Gramática Universal (GU). Pero es evidente que si, gracias al impulso minimalista, la GU se vacía de principios específicos más allá de aspectos muy abstractos de diseño, la posibilidad de explicar los tipos lingüísticos como opciones paramétricas sobre principios sintácticos específicos se diluye. Por ello, buena parte de los desarrollos modernos de la teoría paramétrica han optado por eliminar paulatinamente la noción estándar de parámetro y la han sustituido por la hipótesis (la llamada conjetura Borer-Chomsky) de que los principios de variación se sustentan en propiedades del léxico (del léxico-i en nuestra formulación). Aunque, como hemos visto repetidamente, el modelo general de FL que hemos planteado en esta obra es coherente con esa visión, es importante notar ahora que sería un error concluir que la teoría paramétrica debería descartarse. La teoría paramétrica tiene el atractivo de que relaciona la adquisición del lenguaje y la variación o tipología sintáctica, por lo que merece la pena mantener la intuición

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

básica que subyace a la misma, por mucho que no podamos mantener el concepto clásico de los parámetros como opciones predefinidas en los principios de la GU, lo que hemos visto que es insostenible (incluso desde el punto de vista más favorable a la existencia de una GU). La noción matemática de parámetro tiene que ver, básicamente, con la de un valor que determina el comportamiento de un sistema. Ese es el uso original en la formulación de Chomsky y el que debería conservarse. Un parámetro no es, pues, una opción entre las diversas ya previstas para cada principio, sino que debe interpretarse simplemente como una diferencia gramatical entre dos lenguas que tiene repercusión sistemática en otras diferencias gramaticales. La tarea relevante, una vez descrita la correlación (como hemos mostrado con el ejemplo del sujeto nulo en 2.1.3), es encontrar la propiedad de la que dependen las demás, una tarea muy semejante a la explicación de las diferencias fenotípicas en función de las diferencias genéticas. Desde este punto de vista, la única manera de convertir la noción de parámetro en prescindible es la de demostrar que en realidad no existen correlaciones entre las propiedades gramaticales, pero entonces también toda la tipología clásica y la funcionalista actual estarían en entredicho. La misión de la teoría paramétrica es, entonces, la de intentar explicar diferencias aparentemente independientes por medio de opciones más simples, una tarea a todas luces acorde con la práctica científica habitual y que es relativamente independiente de las convicciones que se puedan tener respecto de la GU y la FL. Si volvemos a la noción de GU discutida en el capítulo 1, podemos asumir que la GU guía la construcción de una lengua-i y la fuerza a una determinada arquitectura, que debe satisfacerse. Es lícito suponer que esa arquitectura puede satisfacerse de diversas maneras, esto es, que el sistema de interfaz entre las partes invariables de la FL puede encontrar diversas soluciones al problema planteado, dados los datos disponibles. Lo que sugiere la lógica profunda de la teoría paramétrica es que las agrupaciones paramétricas son una consecuencia de que también hay ciertas restricciones a cómo se pueden satisfacer esas condiciones, por ejemplo, como efecto de que ciertas opciones sobre cómo se satisface un requisito ya condicionarán cómo se desarrolla el resto del sistema, o ciertas partes del mismo, lo que hará emerger los tipos, esto es, las agrupaciones paramétricas de alto nivel. Explotando la analogía ilustrativa que establece entre los átomos y los parámetros, Mark Baker (2001: 45) observa que si la teoría atómica de la química hizo la sorprendente afirmación de que la enorme diversidad de substancias que tenemos ante nosotros se pueden caracterizar como diferentes disposiciones de un número mucho menor de elementos discretos, la teoría paramétrica plantea un panorama similar al sugerir que los diversos tipos de lenguas que podemos observar se pueden caracterizar como diferentes disposiciones de un número mucho

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menor de parámetros discretos. A este autor se debe el desarrollo más completo y ambicioso de esta concepción del parámetro, la jerarquía de parámetros (JP). La JP, como su denominación indica, es una aplicación rigurosa de la lógica que subyace a la propia noción de parámetro que hemos examinado, en el sentido de que es una especie de “parámetro de parámetros”, o si se prefiere, una propuesta empíricamente basada de cómo se correlacionan entre sí los parámetros. La hipótesis de Baker sugiere que buena parte de las agrupaciones tipológicas que desde siempre han cautivado a los comparatistas son el resultado no solo de las correlaciones paramétricas de las propiedades de algunas construcciones de las lenguas, que hemos visto que justifican la noción de parámetro, sino que emergen como un efecto de la propia interacción entre los diversos parámetros. En otras palabras, que los parámetros no son una lista inordenada de la que cada lengua escoge unas determinadas opciones de manera independiente (como vendría a sugerir el modelo clásico), sino que los propios parámetros están ordenados jerárquicamente, de manera que en función de qué opciones tome una lengua, habrá parámetros que ya no le serán aplicables (o lo que es lo mismo, habrá propiedades que ya no serán accesibles), mientras que podrá variar (tendrá que variar, de hecho) con respecto a los parámetros inferiores en la jerarquía, tal y como se muestra en el esquema de la figura 6.10, adaptado de Baker (2001: 183). Lo que nos interesa especialmente de la JP es que se puede interpretar como una especie de “diagrama de flujo” de la construcción de la gramática de una lengua. Nótese que esta concepción encaja adecuadamente en el bosquejo general de la forma de la teoría paramétrica según el cual los parámetros (equivalentes de los genes en nuestra analogía) producen variación en la construcción ontogenética del sistema de interfaz entre los componentes de la FL producidas por procesos de reanálisis. El punto de partida de una jerarquía de parámetros es, obviamente, una lista de parámetros, esto es, una lista de opciones estructurales en las lenguas que se correlacionan con otras construcciones. El esquema de la figura 6.10 sitúa en la parte superior el parámetro de mayor rango (en un sentido a definir) y después va situando los parámetros según afectan a las opciones escogidas por los anteriores. En cada línea descendente se indica cuál es el valor del parámetro seleccionado (normalmente sí o no, aunque eso depende de la formulación, que es muy informal). Cuando ya no hay más parámetros (de la lista necesariamente incompleta que maneja Baker, en este caso de 11 parámetros) aparece un símbolo terminal (*) y debajo de este ejemplos de lenguas que cumplen esas propiedades o que se caracterizan en el tipo definido. Es importante observar que en el momento en el que dejamos de considerar los parámetros como opciones sobre principios de la GU, ellos mismos pasan de ser explicaciones de la tipología sintáctica a ser explananda.

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Figura 6.10. La Jerarquía de Parámetros de Baker (2001: 183).

Veamos brevemente cómo define Baker cada parámetro y la justificación de su situación en el árbol, y después consideraremos en qué medida un modelo de

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Mecanismos del cambio sintáctico

variación lingüística restringido al léxico-i y una teoría del cambio sintáctico limitada al reanálisis son adecuadas para explicarlos: 1. Parámetro polisintético: Los verbos deben incluir una expresión de todos los participantes principales en el evento descrito por el verbo, o no. Con este parámetro Baker caracteriza a aquellas lenguas, como el mohaqués, en las que todos los participantes tienen marcas de concordancia con el verbo (o se incorporan en él) de manera que los SSNN plenos se comportan como adjuntos y en las que, por tanto, el orden de palabras se suele caracterizar como libre (ello es así porque Baker asume que en estas lenguas los elementos pronominales incluidos en el verbo son los auténticos argumentos sintácticos de los verbos). Las lenguas que tienen la opción “no” en el parámetro son aquellas en las que algún argumento, al menos, no tiene por qué estar morfológicamente expresado en el verbo, como el inglés o el español. El parámetro de la polisíntesis está por encima del de la posición del núcleo porque las lenguas con la opción sí del primero no son sensibles a las opciones inferiores, en este caso porque los argumentos de los verbos (que son opcionales) están necesariamente dislocados de la frase que contiene el predicado y el resultado es el orden libre. La idea general es que una opción del primer parámetro hace irrelevantes los de debajo de la jerarquía asociados a la otra opción. La regla general es esta: El parámetro X tiene rango sobre el parámetro Y si y solo si Y produce una diferencia en un tipo de lengua definido por X y no en el otro (adaptado de Baker, 2001: 163).

Cuando dos parámetros no interactúan se ponen juntos y generan cuatro opciones posibles, como en el caso de los parámetros 2 y 7. 2. Parámetro de la direccionalidad del núcleo: El núcleo precede al complemento (núcleo a la izquierda) o el núcleo sigue al complemento (núcleo a la derecha). Este parámetro es uno de los más comunes y estudiados en la bibliografía tipológica contemporánea y pretende reflejar la tendencia interlingüística (y transcategorial) a que los núcleos antecedan o precedan a los sintagmas que los complementan (o en términos más informales, determina si las palabras se añaden a la frases a la izquierda o a la derecha de las mismas). Las opciones posibles son dos, (núcleo a la izquierda o a la derecha) según se aprecia en el cuadro 6.3, adaptado de Baker (2001: 60), en el que se muestran esas correlaciones en lenguas relativamente homogéneas como el inglés y el japonés (véase cuadro 6.3).

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

CUADRO 6.3 Relaciones de orden núcleo-complemento en inglés y japonés (Baker, 2001: 60) Elemento A

Elemento B

Inglés

Japonés

Verbo Verbo Verbo Pre-/posposición Nombre Complementante Auxiliar

Objeto directo SP Oción subordinada SN SP Oración subordinada Verbo principal

A precede a B A precede a B A precede a B A precede a B A precede a B A precede a B A precede a B

A sigue a B A sigue a B A sigue a B A sigue a B A sigue a B A sigue a B A sigue a B

Así, de los seis órdenes posibles de elementos principales de la oración (S, V y O), la opción de núcleo a la izquierda generaría, en principio, los órdenes SVO, VSO y VOS, mientras que la opción de núcleo a la derecha generaría los órdenes SOV, OVS y OSV. Dejando aparte, de momento, aquellas lenguas en las que el sujeto parece intervenir entre el verbo y el objeto (o entre el objeto y el verbo, esto es, los tipos VSO y OSV), la formulación de un parámetro sobre la posición del sujeto (que tiene que ser independiente del anterior porque los sujetos no son núcleos) como el siguiente podría completar la tipología: 3. Parámetro del orden del sujeto: el sujeto va al principio o al final de la oración. La formulación de este parámetro es deliberadamente vaga (deberíamos especificar si el sujeto va delante o detrás del SV), ya que, como veremos, su papel en la explicación de la tipología gramatical va a ser más bien modesto. En todo caso, en principio, la elección de este parámetro nos permitiría agrupar, de un lado lenguas SVO y SOV, y de otro, las lenguas VOS y OVS. CUADRO 6.4 Combinación del parámetro de la dirección del núcleo y de la posición del sujeto Núcleo a la izquierda Sujeto delante Sujeto detrás

SVO VOS

Núcleo a la derecha SOV OVS

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El anterior cuadro resumiría los cuatro tipos como combinación pura de dos parámetros (aunque esto se revisará más adelante). La caracterización paramétrica de las lenguas en las que el sujeto aparece entre el verbo y el objeto (tipos VSO y OSV), que en principio no se seguirían de ninguna opción paramétrica de las mencionadas hasta ahora, es más compleja e interesante. Para ello Baker invocará un parámetro algo diferente a los anteriores: 4. Parámetro de la altura del sujeto: el sujeto de una oración se adjunta al SV o se adjunta al ST. Este parámetro, muy informalmente formulado, tendría que ver con una diferencia en la “altura” en la que se introduce el sujeto en las derivaciones y, como hemos visto en el apartado anterior, se implementa como el resultado del movimiento del sujeto fuera del Sv/SV, hacia el ST. Así, se asume que el sujeto de una oración se puede encontrar en el Sv/SV (por debajo, por tanto, del ST) o que el sujeto se puede adjuntar más “arriba”, en T (o se desplaza a esa posición), según el esquema de la figura 6.11, en el que además se muestra (simplificadamente) cómo se daría cuenta de la diferencia de orden de palabras en una oración con auxiliar en inglés (típicamente SVO) y en galés (típicamente VSO). Sin dejar el galés, es importante observar que esta lengua forma parte del tipo básico VSO, orden de palabras que el esquema de la figura 6.11 no predice cuando no hay verbo auxiliar, como puede comprobarse si intentamos representar una oración galesa típica como Bryn-odd y dyn gar (literalmente ‘compró el hombre un coche’), con el verbo delante del sujeto. Precisamente para dar cuenta de esa construcción va a emplear Baker un nuevo parámetro, cuyo mecanismo ya nos es familiar: 5. Parámetro del movimiento del verbo: o bien T atrae a v/V o bien v/V expresa los rasgos de T. Como hemos visto en 6.1, en este caso se trata de una propiedad (el movimiento de v/V a T) que suele correlacionarse con la riqueza de la morfología verbal. Este parámetro serviría para diferenciar las lenguas en las que el verbo parece quedarse en su posición original dentro del Sv frente a las lenguas en las que el verbo se mueve a una posición superior. Nótese que en las lenguas en las que el sujeto se representa en el ST, este parámetro no tiene efecto apreciable en el orden de palabras, ya que el sujeto siempre irá delante del verbo, tanto si este se mueve como si no (tal es el caso, respectivamente, del francés y del inglés, lenguas ambas de orden típico SVO, aunque diferentes por este parámetro si consideramos la posición de los adverbios, como hemos visto en el cuadro 6.2). Sin embargo, en lenguas en las que el sujeto no sale del Sv y v/V se mueve a T, el efecto esperable es que el verbo flexionado siempre vaya delante del sujeto, como es el caso de los dos ejemplos del galés vistos. Nótese que lo que Baker está proponiendo entonces es que el

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orden VSO típico de las lenguas célticas (y de hasta un 9% de las lenguas del mundo) es el resultado de la combinación de tres parámetros concretos: (a) el núcleo a la izquierda, (b) el sujeto permanece en Sv y (c) v/V se mueve a T. Por tanto, Baker va a sugerir que dado que la aparición de un comportamiento VSO como el del galés implica necesariamente esas tres opciones, mientras que el comportamiento del inglés (o del francés) como lengua SVO solo implica la selección de uno de ellos (el del núcleo), entonces se puede concluir que la obtención de una lengua VSO es menos probable que la de una lengua SVO o de una lengua SOV (que implica igualmente solo la opción del parámetro del núcleo, la contraria en este caso), lo que efectivamente es el caso, como se muestra en el cuadro de la figura 6.5.

Inglés

Galés

S

S

S

T

T

T

S V

the man el hombre

will fut

S

S S

V

V

buy a car comprar un coche

‘El hombre comprará un coche’

Naeth pas

S

y dyn gar brynu eel hombre comprarr coche

‘El hombre compró un coche’

Figura 6.11. Representación comparada de la posición del sujeto en inglés y en galés.

Aunque las implicaciones de esta particular propuesta son controvertidas (y las consideraremos detalladamente después), es importante notar

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Mecanismos del cambio sintáctico

que la JP es la única teoría paramétrica capaz de hacer alguna predicción de esta naturaleza. Esto es así porque la JP permite, en cierto modo, cuantificar la complejidad morfosintáctica de las lenguas sin necesidad de postular que haya lenguas más o menos evolucionadas o desarrolladas, una consecuencia indeseable, como hemos visto, de las aproximaciones que se basan en aspectos como el procesamiento o la iconicidad forma-sentido para dar cuenta de la diferente distribución cuantitativa de los tipos lingüísticos. CUADRO 6.5 Porcentaje de lenguas en relación con el orden básico de palabras, adaptado de Baker (2001) y basado en datos de Tomlin (1986) Orden de palabras Porcentaje de lenguas SVO SOV VSO VOS OVS OSV

42 45 9 3 1 0

Ejemplos inglés, edo, indonesio japonés, turco, quechua zapoteco, galés, niveano zozil, malgache hixcariana (warao)

También es importante observar que los parámetros considerados hasta ahora deberían predecir que si el “galés” (por simplificar) es una variante del “inglés” (esto es, que una lengua VSO es una variante de SVO con “ascenso del verbo” y “sujeto bajo”), entonces también debería existir una variante equivalente en el modelo simétrico del inglés (SVO), esto es, del japonés (SOV). Sin embargo, de acuerdo con Baker, no se da el caso. La razón queda clara si lo representamos esquemáticamente, como en el esquema de la figura 6.12. A la derecha del esquema de la figura 6.12 tenemos una lengua de núcleo a la derecha (SOV) con la opción “baja” del parámetro de la altura del sujeto y a la izquierda lo mismo con la opción “alta”. En cualquiera de los dos casos el sujeto va a la izquierda, y aunque el verbo se mueva a T o no, el orden final no cambia, por lo que Baker va a asumir que los dos últimos parámetros descritos sólo son relevantes para una de las opciones del parámetro del núcleo, esto es, para aquellas que tienen el núcleo a la izquierda.

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

ST

SD

ST

T

SV

SD

SV

T

V’

SD

SD

V

T

V

Figura 6.12. La “altura” del sujeto en lenguas de núcleo a la derecha y el efecto del movimiento de V.

Como se ha señalado, este es el núcleo esencial de la JP y lo que le da un atractivo teórico innegable: según qué opciones escoja una lengua, habrá luego caminos abiertos y caminos cerrados. Este es un punto de partida promisorio para que la teoría paramétrica realmente dé cuenta de cómo se correlacionan las estructuras sintácticas de las lenguas y sus propiedades morfológicas. Baker (2001: 137), explotando su penetrante analogía con la química, sugiere que el “galés” se podría considerar una aleación del “inglés”, esto es, como el resultado de añadir un poco de carbono al hierro (para obtener acero, por ejemplo). La ausencia de aleaciones semejantes del “japonés” sería como el resultado de la adición de esa misma porción de carbono a un metal diferente que no diera como resultado una aleación utilizable, precisamente a causa de las propiedades inherentes de los átomos (= parámetros) empleados. Si volvemos a la tabla de la figura 6.10 observaremos que la elección de un único parámetro de orden, el de la direccionalidad del núcleo (y asumiendo, de momento que el sujeto inicial es obligatorio) nos da dos tipos de lenguas: SVO y SOV. Esas lenguas se reparten entorno al 87% de las lenguas del mundo y tienen, más o menos, la misma probabilidad de aparecer, con una ligera ventaja del tipo SOV. El tercer tipo VSO (una aleación de SVO) acapara en torno al 9%, y hemos visto que se puede concebir como el resultado de añadir más parámetros al de la direccionalidad del núcleo.

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Mecanismos del cambio sintáctico

Pero la parte de debajo de la tabla es más enigmática para cualquier teoría paramétrica no jerárquica. Nótese que las lenguas con sujeto final son realmente escasas: en torno al 3% las lenguas con núcleo a la izquierda (VOS, como el zozil) y tan sólo un 1% de lenguas con el núcleo a la derecha (OVS, como el hixcariana). Siguiendo la lógica de la argumentación anterior podríamos asumir que la escasez de lenguas con el sujeto a la derecha sería el resultado de que el parámetro sobre la posición del sujeto sería una opción que las lenguas tienen que tomar en dependencia de otras opciones previas, esto es, que ese parámetro estaría muy abajo en la jerarquía (y así lo representa Baker). De nuevo esto es coherente con la hipótesis formulada de que ciertas propiedades sintácticas solo emergerán si antes ha habido ciertos cambios lingüísticos, supuestamente morfológicos. Se acaba de sugerir que el sujeto a la izquierda es obligatorio (y volveremos sobre esa asunción, explícita en nuestro árbol de la figura 6.9), pero esto no puede ser correcto sin más explicación, puesto que hay lenguas que tienen el sujeto consistentemente a la derecha, como el zozil y el malgache de la tabla (para el orden VOS) y el hixcariana (para el orden OVS). La explicación de Baker para la existencia de estas lenguas es proponer la existencia del parámetro del orden del sujeto, como hemos visto, mientras que la explicación de su carácter marginal se basa en asumir que ese parámetro depende de la selección de parámetros superiores. Nótese que si, como hemos dado a entender incorrectamente en el cuadro 6.4, los dos parámetros implicados estuvieran en pie de igualdad, lo esperado sería que hubiera más o menos el mismo número de lenguas de los cuatro tipos (un 25% cada uno), lo que es manifiestamente falso. Como puede apreciarse en la representación de la JP de la figura 6.10, la solución de Baker es proponer que el parámetro de la posición del sujeto solo es relevante para las lenguas que hayan tomado la opción de núcleo a la izquierda (y la opción negativa del parámetro de la polisíntesis opcional, que luego consideraremos brevemente). Así las cosas, si la elección del parámetro del núcleo es la de núcleo a la izquierda, nos quedaríamos con las lenguas SVO y VOS. De entre ellas el parámetro de la posición del sujeto nos permitiría distinguir unas de otras (SVO las lenguas que tomen el valor del sujeto a la izquierda y VOS las que escojan la opción del sujeto a la derecha). El problema es que esa propuesta predice que no habrá lenguas que simultáneamente puedan tomar la opción de núcleo a la derecha y sujeto a la derecha. En otras palabras, el modelo predice que no existirán lenguas OVS como el hixcariana, lo cual nos deja con una opción sorprendente: o la teoría está mal o el hixcariana está mal. Lógicamente, la lengua no puede estar mal. Pero hay otra alternativa antes de descartar la teoría: que la lengua no esté bien ana245

El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

lizada. Es importante observar que la teoría predice que habrá muchas menos lenguas del tipo VOS que del tipo SVO y SOV, lo que se cumple. También predice que no habrá lenguas OVS y esto casi se cumple, puesto que no llegan al 1%. Pero esto implica una cuestión importante: asumiendo que hay un 1% de lenguas del tipo OVS, ¿cuál es más correcta, la teoría que predice que habrá un 25% o la que predice que habrá un 0%? Está claro que, a pesar de que los números nos indican que la segunda teoría se acerca más a la realidad, la frontera entre un 0% y un 1% no es puramente cuantitativa. Como la lingüística es una ciencia empírica, no puede dejar de lado ese 1%. Pero como los datos no son tan objetivos ni claros como nos gustaría, es lícito preguntarse hasta qué punto merece la pena conservar la teoría y el conjunto de predicciones correctas y examinar con más rigor los datos “díscolos”. Es decir, lo que cabe preguntarse es si realmente el hixcariana (y el resto de lenguas caribe que se han descrito con ese orden) realmente es una lengua OVS. Así, Baker observa que en hixcariana el objeto indirecto va típicamente después del sujeto, según el esquema OD-V-S-OI. Pero eso no es lo que esperaríamos de una lengua de núcleo a la derecha, en las que, como en japonés o en vasco, el OI va a la izquierda del verbo. Basándose en el influyente análisis de Kayne (1994), (sobre el que volveremos en 6.3) afirma Baker que el orden OVS de esas lenguas es el resultado de un movimiento posterior del SV (esto es, de la secuencia OV) partir de un esquema básico SOV. Sobre el último tipo potencialmente posible, esto es, lenguas con el orden OSV, el modelo de Baker predice que no existirán como tipos básicos, ya que para ello haría falta que el parámetro del orden del sujeto también se pudiera aplicar a lenguas de núcleo a la derecha y que luego se pudiera aplicar el parámetro de la altura del sujeto o el del movimiento del verbo. De hecho, el tipólogo Bernard Comrie, todavía en 1981, afirmaba que encontrar ejemplos de esas lenguas “quizá sólo sea cuestión de tiempo” (1981: 129), aunque posteriormente se ha propuesto que unas pocas lenguas, como el warao (hablado en Venezuela) tienen ese orden. La conclusión de Baker es que según su modelo si existieran lenguas de ese tipo tendrían que ser extremadamente infrecuentes: tales lenguas podrían no ser imposibles, pero serían lo más raro entre lo raro, surgiendo únicamente cuando cada parámetro está fijado justo de la manera adecuada” (Baker, 2001: 139, traducción nuestra).

En otras palabras, que una lengua del tipo OSV, de existir como tal, no emergería de la combinación pura de dos parámetros al mismo nivel,

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Mecanismos del cambio sintáctico

sino como el resultado de algún tipo de movimiento en lenguas de otro tipo básico. Hemos visto que el parámetro del movimiento de v/V tiene efectos más bien modestos (en amplitud de lenguas), en el sentido de que al estar muy bajo en la jerarquía, sus efectos son necesariamente más limitados. Concretamente, como se ve en el esquema, solo se aplica a las lenguas que tienen la opción núcleo a la izquierda y, entre estas, solo a las que tienen el sujeto al principio (esto es, elevado). La metáfora que emplea Baker a este respecto es muy ilustrativa: al estar jerárquicamente ordenados, los parámetros, aunque formalmente equivalentes, tienen distinto efecto, exactamente igual que las piedras que están en la parte de abajo de un montón tienen más posibilidades de causar una avalancha si se mueven que las que están en la parte de arriba, incluso aunque las piedras sean idénticas. Si miramos hacia nuestra analogía entre lenguas y especies y, más concretamente, entre parámetros y genes (capítulo 2), nótese que exactamente lo mismo sucede en el caso de los genes. De manera relevante, los genes también se agrupan jerárquicamente (y actúan “en cascada”), de manera que algunos, los genes reguladores, tienen mayor efecto al expresarse que otros y, precisamente, regulan cómo aquellos lo hacen. Pero, en ocasiones, un parámetro que está bajo en la jerarquía y tiene un efecto limitado, puede tener efectos indirectos, por ejemplo inhibiendo otras propiedades. Tal es el caso, según Baker, de este parámetro del movimiento de v/V en relación con el que denomina parámetro del verbo serial: 6. Parámetro del verbo serial: se plantea aquí si sólo puede haber un verbo o más de uno en el SV. Según Baker, la opción de tener verbos seriales (esto es, varios verbos léxicos que comparten el mismo sujeto más un auxiliar que lleva los rasgos de flexión) solo estará disponible para lenguas en las que no haya atracción del verbo a T (y en consecuencia lo sitúa en la opción no de parámetro del movimiento del verbo). La idea básica es que la atracción del verbo se correlaciona con el hecho de que los verbos expresan con afijos los rasgos de T, pero aunque pueda haber más de un verbo, no puede haber más de una flexión (T): Como resultado, las construcciones de verbos seriales solo aparecen en lenguas que, o bien no tienen marcación de tiempo en absoluto o que expresan el tiempo como una palabra independiente (Baker, 2001: 142, traducción nuestra).

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Nótese que esto permite predecir que no habrá lenguas con verbos seriales del tipo VSO (ya que hemos asumido que este orden se forma por movimiento del verbo sobre el sujeto “bajo”), lo que según Baker (2001: 143) se cumple de forma estricta. En un salto cualitativo de la teoría, Baker también estipula que la JP puede explicar la existencia de lenguas que tradicionalmente se han descrito como “mezclas” de otros tipos. Con ello, se refiere, por ejemplo, al chichewa (de la familia bantú). Lo característico de esta lengua es que comparte propiedades de las lenguas polisintéticas y de las que no lo son, poniendo en cuestión la cima la propuesta de Baker. En chichewa (siempre según Baker) los sujetos concuerdan siempre con los verbos y los objetos también pueden hacerlo, aunque no obligatoriamente. Según la teoría polisintética del propio Baker ello implica que cuando concuerda, el argumento expreso (el SN/SD) es un adjunto que no ocupa la posición argumental (que en cierto modo está bloqueada por el afijo concordante en el verbo). Dado que en esta lengua la concordancia con el objeto es opcional (con efectos semánticos que ahora no son relevantes), se puede decir que cuando concuerda, el objeto se comporta como en mohaqués (de manera que se puede omitir y tiene orden libre), mientras que cuando no concuerda se comporta como en inglés (de manera que no se puede omitir y tiene orden rígido). Este tipo de lenguas (que Baker identifica en su metáfora química con los compuestos) son relativamente frecuentes y se dan tanto en lenguas del tipo VO (con núcleo a la izquierda) como en lenguas del tipo OV (con núcleo a la derecha), lo que parece indicar que la posición del parámetro que las posibilita debería ser alta en la jerarquía. El parámetro en cuestión es el que, simplificando algo la exposición de Baker, podría denominarse parámetro de la polisíntesis opcional. La idea es que si una lengua tiene la opción no en el parámetro de la polisíntesis (el primero) aún puede tener un sí en el parámetro de la polisíntesis opcional, según esta formulación: 7. Parámetro de la polisíntesis opcional: en este parámetro, el verbo puede o no corcordar con el objeto. La opción sí daría lugar a lenguas como el chichewa o el slave (una lengua análoga al chichewa pero de orden SOV) y la opción no a lenguas como el inglés o el japonés. Lo relevante de este parámetro en lo que ahora nos interesa es que se aplica tanto a la opción de núcleo a la derecha como a la izquierda (ya que cuando el objeto no concuerda su orden es fijado por el parámetro del núcleo). Pero como además depende del valor no del parámetro superior de polisíntesis, Baker lo sitúa en paralelo con el parámetro de la dirección del núcleo, como se observa en el esquema de la figura 6.10, para lo que em-

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Mecanismos del cambio sintáctico

plea la convención de separar los parámetros con un guión y ponerlos en el mismo nivel de la jerarquía, lo que da lugar a cuatro opciones, según las combinaciones binarias de ambos parámetros. Cualquier lector familiarizado con el español habrá notado que esta lengua tiene propiedades semejantes a las de las descritas por la opción positiva del parámetro de polísintesis opcional, algo que también Baker plantea. Siguiendo a este autor asumiremos que la omisión del sujeto (descrita por el célebre parámetro del sujeto nulo), típica de lenguas como el español, es un fenómeno de grado distinto al de lenguas como el chichewa, por lo que consideraremos el parámetro del sujeto nulo como uno independiente y relativamente modesto, al estar confinado al final de la tabla. Su formulación ya nos es familiar desde el capítulo 2. 8. Parámetro del sujeto nulo: en algunas lenguas toda oración flexiva debe tener un sujeto explícito y en otras no. Nótese que en el esquema de la JP el parámetro del sujeto nulo está confinado a ser relevante únicamente para lenguas con núcleo a la izquierda, sujeto a la izquierda, movimiento del verbo y sujeto en el ST, esto es, básicamente lenguas del tipo de las romances. Pero (al margen ahora de la posible relación de ese parámetro con el de polisíntesis opcional) es notable observar, algo que no hace Baker explícitamente, que, por ejemplo, el parámetro no tendría alcance sobre, por ejemplo, el inglés o el japonés, lenguas que en realidad sí se comportan como si tuvieran la opción de sí en ese parámetro (esto es, que requieren sujetos explícitos). La única manera de interpretar eso sin alterar el esquema es suponer que todas las lenguas que tengan marcada la opción no en el parámetro de polisíntesis opcional por defecto tendrán la obligatoriedad del sujeto como una propiedad, estando exentas de ella únicamente las que tengan el parámetro del sujeto nulo marcado negativamente, un extremo que no estamos en condiciones de confirmar empíricamente. Si nos centramos, para terminar, en la parte derecha del árbol (figura 6.10), observaremos que está menos poblada. Baker no da relevancia teórica especial a este hecho, sino que sugiere que podría ser simplemente consecuencia de un deficiente análisis de las lenguas polisintéticas, aunque ya hemos visto que la asimetría en lo que respecta a las lenguas de sujeto a la izquierda y a la derecha sí parece motivada. Nótese a este respecto, en paralelo a lo que se comentaba del sujeto nulo, que según el esquema de Baker, la opción de posición del sujeto no está disponible para lenguas de núcleo a la derecha, pero está claro que en lenguas como el japonés, muy frecuentes, el sujeto aparece a la izquierda, por lo que de nuevo tendremos que asumir (aunque Baker guarda silencio al respecto) que la posición del sujeto a la izquierda es así por defecto salvo para len-

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guas con núcleo a la izquierda y opción no del parámetro polisintético opcional que tengan marcada la opción final en dicho parámetro, algo que tampoco podemos confirmar, pero que sí encaja con la baja frecuencia estadística de este tipo de lenguas. Como puede verse en la parte derecha, Baker adopta una hipótesis paramétrica de la ergatividad (parámetro 9) situándola como una opción sobre la existencia de caso ergativo (el caso marcado de los sujetos de oraciones transitivas), únicamente disponible para las lenguas de núcleo a la derecha y opción no en la polisíntesis opcional. Esta predicción es demasiado potente, aunque es cierto que responde a una correlación tipológica muy robusta según la cual la existencia de sistemas de marcas de caso (un prerrequisito para la ergatividad expresada en el caso, la única que Baker contempla) es mucho más frecuente en las lenguas del tipo SOV que en las lenguas del tipo SVO. De hecho, según Baker la inmensa mayoría de lenguas con núcleo a la derecha tienen sistemas de marcas de caso (esta generalización la expresó Greenberg como su universal n.º 41), otra conexión entre variación morfológica y sintáctica coherente con el modelo propuesto (véase el apartado 6.5 para un análisis más detallado de la ergatividad). Otra propiedad típica de las lenguas de núcleo a la derecha (con excepciones notables como el chino mandarín) es la posibilidad de tener tópicos distintos de los argumentos del verbo en oraciones no marcadas (parámetro 10; véase después el apartado 6.6 para una discusión más detallada de este tipo de lenguas), por lo que Baker sitúa ese parámetro bajo la opción de lenguas acusativas (según Baker, esta decisión se basa únicamente en el hecho de que ninguna de las lenguas de tópico descritas en la literatura es ergativa). Así pues, parece haber una correlación relevante en este sentido: los sistemas caso son más frecuentes en las lenguas de núcleo a la derecha y solo las lenguas con expresión de caso pueden ser ergativas. Pero ambas correlaciones son solo tendencias, ya que existen muchas lenguas de núcleo a la izquierda que tienen marcas de caso explícitas y existen lenguas que expresan la ergatividad en los sistemas de concordancia y no en el caso morfológico. Por último, el parámetro de la neutralización del adjetivo (parámetro 11) es el único propio de las lenguas polisintéticas y, según Baker, sería la base de la distinción entre dos tipos de lenguas polisintéticas, aquellas que tratan los adjetivos (semánticos) como nombres y aquellas que los tratan como verbos.

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Mecanismos del cambio sintáctico

6.3. Variación en las categorías funcionales y reanálisis Hemos visto que los parámetros no son opciones preestablecidas de los principios de la GU, sino que son agrupaciones sistemáticas de propiedades gramaticales diferenciales y, además, que dichos parámetros es muy posible que estén agrupados jerárquicamente. Uno de los problemas empíricos más serios de la teoría paramétrica clásica es que parecía revivir los errores de la tipología holística tradicional (esto es, la que establecía que las lenguas pertenecen completamente a los tipos definidos), algo que, como hemos visto con detalle al considerar la tipología morfológica (apartado 5.1), es inadecuado. Sabemos que una lengua no pertenece realmente a un tipo, sino que habitualmente presenta rasgos mezclados, con diversa intensidad, de mas de uno. Como hemos visto, la conjetura Borer-Chomsky viene a plantear que los valores de los parámetros no se asocian con lenguas o con gramáticas, sino con ítems léxicos particulares. Así, desde Borer (1984) se plantean dos aspectos que, aunque independientes en principio, van a resultar determinantes en el desarrollo de la teoría paramétrica posterior: (a) por una parte, desde el punto de vista estrictamente gramatical, se observa que buena parte de la diversidad tipológica de las lenguas podía representarse en términos de diversidad en la morfología flexiva; (b) por otra parte, esta propuesta se enlaza con el problema de la evidencia positiva que el entorno lingüístico del niño debe proporcionar para explicar la “selección de parámetros”. Al asociarse la selección paramétrica a las unidades léxicas (que indudablemente deben aprenderse del entorno) se permite que una misma lengua tenga diversas “opciones paramétricas”, esto es, que una misma lengua pueda tener propiedades tipológicas compartidas, lo cual está de acuerdo con el hecho evidente de que no hay tipos puros de lenguas. Pero entonces, si los parámetros no son “de toda la lengua”, como en la formulación clásica, se predice que el cambio sintáctico no operará como un cambio absoluto en los valores paramétricos (que es la explicación “clásica” en el ámbito generativista), sino que procederá afectando a los grupos de propiedades correlacionados, tal y como sugiere, de hecho, la organización jerárquica de los mismos. Así pues, el desafío que queda por delante es motivar la JP en las propiedades morfológicas de los ítems del léxico-i y, según el modelo asociado a la conjetura Borer-Chomsky, más concretamente al reanálisis de los exponentes de las categorías funcionales con las que opera el sistema computacional. La formulación de Chomsky es explícita al respecto: Parece que la mayor parte de la variación de las lenguas se puede reducir a propiedades de los sistemas flexivos. Si esto es correcto, la variación lingüística está confinada en una pequeña parte del léxico. (Chomsky, 2004: 198, traducción nuestra).

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Debe observarse que cuando Chomsky estipula que la diferencia entre las lenguas se reduce a un “rincón del léxico” está descontando las diferencias fonológicas y la “arbitrariedad saussureana”. La hipótesis que subyace a esa afirmación es que las diferencias estructurales entre las lenguas serán consecuencia de diferencias en la correspondencia entre los rasgos y propiedades de las categorías funcionales y su expresión morfológica. Así, por ejemplo, en el modelo desarrollado extensamente por Borer (2005), las categorías funcionales se conciben como variables a las que se debe asignar rango en la derivación. El comportamiento sintáctico de una lengua dependerá en buena medida de la disponibilidad en dicha lengua de asignadores de rango a las variables, o de determinadas realizaciones fonológicas de combinaciones de núcleos y asignadores de rango. Dicho en términos más simples, que las diferencias sintácticas dependerán directamente de las propiedades morfológicas y fonológicas de los formantes gramaticales. Lo relevante desde nuestro punto de vista es que las diferencias que presentan las lenguas en sus propiedades morfológicas y fonológicas, como hemos visto en los dos capítulos anteriores, son el resultado del cambio lingüístico, lo que refuerza la idea central que inspira este libro de que la diversidad de las lenguas en todos los ámbitos no es sino el resultado del cambio lingüístico y que este solo afecta al léxico-i. La tarea pendiente es la de correlacionar sistemáticamente la variación sintáctica descrita en la figura 6.10 con las propiedades morfológicas de las categorías funcionales universales reflejadas en la figura 6.9. Una contribución relevante en esta dirección fue el desarrollo de la sintaxis minimalista (Chomsky, 1995), en la que el desplazamiento o movimiento sintáctico, uno de los fenómenos que parece estar detrás de los principales patrones de variación sintáctica entre las lenguas, se sigue de las operaciones del sistema computacional para eliminar morfología “no interpretable” de las derivaciones, lo que Piatelli-Palmarini y Uriagereka (2004) caracterizan como una especie de “inmunización” contra el “virus morfológico” que entra en las derivaciones a través del léxico aprendido de las lenguas y, centralmente para nuestra aproximación, resultante de los procesos de reanálisis. Piatelli-Palmarini y Uriagereka (2004: 362) estipulan que el establecimiento de un parámetro morfosintáctico sería el equivalente de la inmunización, esto es, del proceso por el que el sistema inmune memoriza los antígenos contra los que ha tenido que actuar ofreciendo al organismo protección de por vida. Nótese que este sugestivo planteamiento (sistematización de las secuencias anteriores) encaja perfectamente en el modelo presentado al basar la selección de parámetros en la consecuencia del proceso de adquisición, esto es, de establecimiento del interfaz (el léxico-i) en función de los datos del entorno. Siguiendo una línea de argumentación desarrollada en Mendívil (2009), de donde se ha adaptado esta exposición de la teoría paramétrica, podríamos sugerir 252

Mecanismos del cambio sintáctico

que la JP es una consecuencia de la estructura morfológica que en cada lengua tienen las categorías funcionales. En cierto modo podría decirse, dejando de momento de lado nuestra identificación de los parámetros con los genes y empleando la metáfora química de Baker, que los parámetros que Baker identifica con los átomos, más bien serían el equivalente de los cuatro elementos de los griegos. La intuición era buena y la lógica la misma que la de la teoría atómica, pero los elementos básicos (agua, aire, tierra y fuego) eran demasiado complejos (o de otra manera: los parámetros de Baker serían los átomos, pero aún tendríamos que descubrir el complejo mundo de las partículas subatómicas). Nótese que, salvo los que se refieren a orden lineal, los parámetros que emplea Baker en su JP parecen tener una base en la morfología (tal es el caso de los parámetros 1, 5, 6, 7, 8, 9, 10 y 11 enumerados en el apartado anterior). Lo relevante es que los parámetros que se refieren expresamente al orden de palabras (2, 3 y 4) también podrían concebirse como consecuencia de la morfología (de forma evidente en el que se refiere al movimiento de V a T y de manera más indirecta en los que se refieren al orden del núcleo y del sujeto). La propia ordenación jerárquica de los parámetros sería entonces una consecuencia de las diversas “decisiones” morfológicas que van “tomando” las lenguas a lo largo de su deriva histórica y de los múltiples procesos de reanálisis que la caracterizan. Así, el parámetro superior de Baker, el de la polisíntesis, depende crucialmente de la morfología verbal, en el sentido de que los afijos que contienen rasgos nominales forman parte obligatoria de los paradigmas verbales y son el resultado, como hemos visto, del reanálisis de elementos pronominales como afijos verbales. Una lengua con esa estructura morfológica, por así decirlo, está condicionada a tener determinadas propiedades formales y, a la vez, está exenta de otros tipos de variación (o, si se prefiere, no puede acceder a otras propiedades gramaticales), esto es, está exenta de tener que “decidir” sobre los parámetros que se ramifican a partir de la opción no del esquema. Según este planteamiento, la unidad de selección paramétrica no será un principio abstracto ni, por supuesto, una lengua entera o una gramática entera (como en la tipología holística), sino un reducido grupo de categorías funcionales que se han de “traducir” en morfemas gramaticales. En cada lengua el “código” de esa traducción puede ser algo distinto dando lugar, en ocasiones, a una explosión exponencial de diferencia gramatical, exactamente igual que sucede con las mutaciones genéticas. Lo que esto implica, entonces, es que una teoría paramétrica que realmente quiera serlo tiene que ser compatible tanto con la conjetura BorerChomsky como con la JP de Baker, esto es, debe integrarlas sistemáticamente. El modelo que vamos a presentar implica, con la mencionada conjetura, que la selección paramétrica es local (léxica en el sentido especificado y, por tanto, sujeta a procesos de reanálisis histórico), pero en el que la diferenciación provocada por esa selección es sistemática y restringida. La JP, entonces, no es un pri253

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mitivo (como viene a sugerir Baker), sino que es el resultado de procesos de condicionamiento gramatical, más concretamente, morfológico. Consideremos un ejemplo muy simplificado para introducir un modelo general de conexión entre la conjetura Borer-Chomsky y la JP. Asumamos, retomando el modelo presentado en la figura 6.9, que la categoría T es la responsable de la asignación de caso al sujeto de la oración y de reflejar la concordancia con este, mientras que la categoría Asp es la responsable de asignar caso al objeto y de reflejar la concordancia con este. Pero esas propiedades no tienen por qué ser uniformes interlingüísticamente. Siguiendo la tipología estudiada por Nichols (1986), podemos distinguir entre la marcación en el núcleo (concordancia) y la marcación en el dependiente (caso). Un tipo lingüístico dado sería aquel en el que todos los verbos marcan su relación con sus argumentos por marcación en el núcleo (como en el chichewa), otro sería el que marca los argumentos de las dos maneras (como el valpriri, otra lengua polisintética con un rico sistema de casos), otro tipo sería el que no marca ninguno (como el chino) y por fin tendríamos el que solo marca el dependiente (como el japonés). Pero sabemos que hay lenguas en las que se combinan los sistemas de otras maneras: por ejemplo en latín se marcaba el sujeto por concordancia y el objeto con caso, y en español se marca el sujeto por concordancia y el objeto (salvo excepciones) sin caso ni concordancia. Una manera de aproximarse al problema sería considerar si ese comportamiento especial, por ejemplo, del latín (y de tantas lenguas de todas las partes del mundo) no se puede deber simplemente a las diferentes propiedades morfológicas de las categorías funcionales responsables de esos sistemas. En este sentido se podría decir que la categoría T y la categoría Asp en latín pertenecen a distintos tipos, en el sentido de que T se comporta como un marcador en el núcleo y Asp como un marcador en el dependiente. La teoría del cambio lingüístico desarrollada en los primeros tres capítulos implica que los cambios lingüísticos son esencialmente procesos de reanálisis de las expresiones lingüísticas que se extienden y generalizan en ciertas generaciones de hablantes. Esta visión entronca con la aproximación tradicional en gramática generativa de que una parte relevante de la adquisición del lenguaje consiste en la fijación de los valores paramétricos y de que el cambio sintáctico equivale al cambio en la “opción paramétrica” elegida por una determinada generación de hablantes (véase Lightfoot 1991). Sin embargo, la revisión del concepto de parámetro que hemos planteado (apartado 6.2) parece poner en cuestión dicha visión. De hecho, el modelo propuesto, de acuerdo con la conjetura Borer-Chomsky, obscurece la noción de “fijación de un parámetro” en general y también como posible locus de los cambios sintácticos. A pesar de ello, seguimos necesitando explicar la tipología sintáctica y, como veremos con más detalle en los apartados siguientes, los cambios históricos en la tipología sintáctica de las lenguas.

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Mecanismos del cambio sintáctico

Gracias a la JP de Baker y a la interpretación que estamos haciendo de la misma en términos de lo que se dio en llamar la “parametrización léxica”, podemos aspirar a construir un modelo en el que pequeños cambios “locales”, esto es, procesos de reanálisis sintácticos ocasionales, tengan efectos de mayor alcance en la tipología estructural de una lengua. Aunque no deje de ser una metáfora, la adquisición de la lengua habría de entenderse como una secuencia de opciones condicionadas entre sí y, primariamente, por los datos del entorno. Nótese que no se trata ahora ya de una teoría paramétrica puramente abstracta, sino de una hipótesis empírica sobre cómo ciertas configuraciones de rasgos abren y cierran caminos en el proceso de construcción de la FL de cada persona (de su léxico-i más concretamente). Consideremos, por ejemplo, el controvertido asunto de los parámetros de orden. En una obra muy influyente, Richard Kayne (1994) plantea la hipótesis de que no existen parámetros sobre la dirección del núcleo (entre otros). La hipótesis de Kayne es que la sintaxis es asimétrica y que todas las lenguas son en un nivel profundo del tipo SVO (más específicamente plantea que el orden entre especificador, núcleo y complemento es siempre el mismo: E-N-C, según el esquema de la teoría de la X-barra de la figura 6.1, que repetimos a la izquierda de la figura 6.13). La base de esa propuesta es el axioma de correspondencia lineal que dice, informalmente, que la estructura determina completamente el orden lineal, de manera que si, por ejemplo, un nudo A “manda-c” asimétricamente a un nudo B, entonces A precede a B. La relación de mando-c es la que se establece entre un nudo y los descendientes de su ‘hermano’, de manera que, por ejemplo, tomando el árbol de la izquierda de la figura 6.13, podemos decir que Z manda-c asimétricamente a X e Y (porque X y Y no mandan-c a Z, dado que son ‘sobrinos’ de Z y no ‘hermanos’). Si esto fuera así, la razón por la que Z precede a X e Y en el orden lineal es puramente estructural.

SX Z

SX X’

X

X’

Y

Y

Z

X

Figura 6.13. Representación especular (simétrica) de la teoría de la X-barra. En el esquema de la izquierda el especificador y el núcleo están a la izquierda, mientras que en el de la derecha el especificador y núcleo están a la derecha.

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Nótese que aunque representáramos el árbol simétricamente, como en la figura alternativa de la derecha de la figura de 6.13, el orden lineal sería el mismo (Z precedería a X e Y), dado que viene determinado por la relación jerárquica estructural (nótese que el axioma de correspondencia lineal no podría alinear los elementos X-Y de los esquemas, ya que se mandan-c mutuamente; la resolución habría de esperar al desarrollo de uno de ellos como una proyección compleja con ramificación del que no sea el núcleo, que entonces sí tendrá una relación de mando-c asimétrico con sus ‘sobrinos’ y los precederá). Es evidente que la sugerencia de que todas las lenguas tienen la estructura básica del esquema izquierdo de la figura 6.13 (con el especificador a la izquierda y el núcleo a la izquierda) entra en aparente conflicto con la tendencia de muchas lenguas a ordenar el núcleo después del complemento y, por supuesto, con la propuesta de Baker (que no hace sino seguir una larga tradición) de justificar esa diferencia tipológica en términos de opciones paramétricas sobre la direccionalidad del núcleo. Pero obsérvese que solo hay contradicción si interpretamos los parámetros como opciones de principios de la GU, esto es, si caemos en el error de interpretar una metáfora literalmente. Aunque la propuesta de Kayne es muy controvertida, presenta argumentos sólidos, especialmente los derivados de la persistencia de procesos asimétricos en la sintaxis de las lenguas. No es este el momento de entrar en detalle en un asunto tan complejo, pero sí puede ser interesante considerar que el modelo de teoría paramétrica que hemos planteado podría resolver esta aparente contradicción. Asumamos, sin más argumentación, que la hipótesis de Kayne es correcta. Lo que esto significaría es que, de no mediar ningún otro factor, todas las lenguas tendrían que ser del tipo SVO. Pero si ignoramos de momento el problema de los especificadores (esto es, si en lo que nos interesa ahora, ignoramos el sujeto) tenemos que, prácticamente el 50% de las lenguas del mundo son del tipo VO y el resto del tipo OV. No se puede imaginar un caso que sea mejor candidato para un parámetro de estilo clásico y menos proclive a un tratamiento universal. Pero volvamos ahora a la JP de Baker. Como hemos visto en el esquema de la figura 6.10, según la hipótesis de Baker el parámetro del orden solo es relevante para las lenguas no polisintéticas, luego podemos suponer que las lenguas polisintéticas tendrán como orden básico SVO pero que, simplemente, ello no es relevante en su gramática (porque las posiciones argumentales están saturadas morfológicamente y el orden es relativamente libre). Si nos centramos en el propio parámetro del orden del núcleo, veremos que la JP estipula que en las lenguas no polisintéticas (incluidas las que son solo parcialmente polisintéticas) tendrá que determinarse un orden básico para el objeto directo. La opción esperable dado el axioma de Kayne sería que este fuera VO universalmente, pero no es el caso. Kayne, que obviamente es muy consciente de que hay muchas lenguas OV, estipula

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Mecanismos del cambio sintáctico

que ese orden es el resultado del movimiento obligatorio del objeto a un especificador superior a V, desde donde lo manda-c y, por tanto, lo precede. ¿Cuál podría ser la razón por la que el objeto directo se mueve a una posición en la que manda-c asimétricamente al verbo? Es bien sabido desde los estudios pioneros de Greenberg que las lenguas del tipo OV son las que más frecuentemente presentan sistemas de marcación de caso y de concordancia de objeto. Por otra parte, también hemos visto que los procesos de movimiento están motivados por procesos de cotejo o eliminación de rasgos formales, entre ellos, crucialmente, los flexivos. Por tanto, es plausible pensar que el parámetro de Baker describe, precisamente, aquellas lenguas en las que su morfología determina un ascenso obligatorio del objeto por encima de V. Por supuesto, debemos seguir tratando la correlación como paramétrica, en el sentido central de que los parámetros, como hemos visto, no son propiedades de las lenguas (ni opciones sobre principios), sino de las construcciones gramaticales. Por decirlo en otros términos: es la historia gramatical de cada lengua, su historia morfológica (su “genoma” como registro histórico), la que determinará qué opciones paramétricas selecciona. Puede ser ilustrativo verlo en términos de diagrama de flujo. Supongamos, partiendo de la cima de la JP (figura 6.10), que el input es SVO. Si vamos hacia la derecha ya no hay caso, pues el orden es irrelevante, por condicionamiento puramente morfológico. Si vamos a la izquierda SVO permanecerá como tal en dos opciones y cambiará a SOV en otras dos. Si ha ido hacia cualquiera de las dos ramas de la derecha, el orden básico ya no cambiará (tendremos siempre lenguas del tipo SOV, que serán parcialmente polisintéticas o no, de tópico o de sujeto, ergativas o acusativas). En estos casos hará falta un condicionamiento morfológico especial que mueva el objeto delante del verbo (lo que se correlacionaría con la típica riqueza morfológica casual y de concordancia de objeto de esas lenguas). Si va por la segunda rama de la izquierda tendremos una lengua SVO de polisíntesis opcional. Y si va por la primera rama de la izquierda, entonces pueden pasar dos cosas: (a) si va por la rama de la derecha, entonces el orden cambiará a VOS (en este caso el condicionamiento morfológico es menos claro, aunque una manera de justificar el parámetro del orden del sujeto sería asumir, en la línea del estilo de argumentación de Kayne, que es el SV completo el que asciende sobre el sujeto); (b) si tomamos el camino de la izquierda pueden pasar de nuevo dos cosas: (b-1) si hay atracción del verbo tendremos VSO; en caso contrario, (b-2) el orden permanecerá como SVO (para, ulteriormente, derivar lenguas con o sin verbos seriales). Nótese que la opción VSO de nuevo conlleva condicionamiento morfológico (en este caso del verbo). Si partimos de ese nudo, tendremos un sujeto bajo o un sujeto alto. Ello implica, en realidad, que si vamos a la izquierda seguiremos teniendo VSO (porque nada haría salir al sujeto del SV), mientras que si vamos a la derecha, un movimiento del sujeto repondrá el orden SVO, con lo

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

que tendríamos la situación llamativa de que lenguas como el francés o el español tienen un orden SVO “menos básico” que lenguas como el inglés o el edo. Pero no hay nada de extraño en ello, porque en todos los casos se trata de orden básico para las lenguas (aunque no lo sea para los lingüistas). Tenemos, pues, un modelo general de la estructura sintáctica de la oración (apartado 6.1), una visión global de la diversidad sintáctica de las lenguas (apartado 6.2) y una hipótesis explícita sobre cuál es el mecanismo de dicha variedad: las diferentes propiedades morfológicas de las categorías funcionales que procesa el sistema computacional. Veamos ahora con más detalle cómo se puede hacer esta hipótesis más explícita, y en los apartados siguientes aplicaremos ese modelo a la explicación de cambios sintácticos concretos. Siguiendo a Roberts y Roussou (2003) y el modelo de la FL presentado con anterioridad, asumiremos que las unidades con las que opera el sistema computacional están sujetas a interpretabilidad en los interfaces, esto es, que se interpretan en el interfaz conceptual-intencional (CI) y en el interfaz sensorio-motor (SM). La palabra sol en español, por tomar un ejemplo sencillo, tiene rasgos semánticos que se interpretan en CI (su significado) y tiene rasgos fonológicos que se interpretan en SM (su pronunciación). Marcaremos la propiedad de un nudo sintáctico que tiene interpretación semántica como + CI y la propiedad de un nudo sintáctico que tiene interpretación fonológica como + SM. Así, podemos decir que sol tiene la especificación [+ CI, + SM]. De hecho, como hemos visto, podemos decir que todas las categorías sintácticas léxicas (nombres, verbos y adjetivos) tienen la especificación [+ CI, + SM]. Si en lugar de una unidad léxica como sol consideramos una categoría funcional como por ejemplo C, podremos decir que tiene especificación [+ CI], ya que es interpretable semánticamente (marca la modalidad oracional, como hemos visto), pero no que en español tenga necesariamente especificación [+ SM], puesto que en las oraciones declarativas C no requiere de realización fonológica, a diferencia de lo que, como hemos visto en los ejemplos de 3, sucede con el alemán, que exige la realización fonética de esa categoría (provocando el fenómeno de V2 mencionado). Por tanto, podríamos decir que en español el C declarativo está especificado como [+ CI] [– SM]. O recordemos el caso de la categoría D (determinante) en latín en comparación con el español que hemos revisado en el apartado 3.4. En ambos ejemplos parece que podemos esperar que las categorías funcionales pueden ser [– SM], a diferencia de las léxicas. Así, una posible manera de definir las categorías funcionales sería precisamente la de que permiten una especificación [– SM], esto es, que las categorías léxicas son siempre [+ CI, + SM] y las funcionales son [+ CI, +, – SM]. De hecho, como sugerimos al discutir el concepto de gramaticalización (apartados 3.4 y 3.5), es precisamente el hecho de que las categorías funcionales no tengan una representación léxica obligatoria lo que explicaría que con frecuencia se reanalicen exponentes de categorías léxicas como exponentes de categorías funcionales.

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Mecanismos del cambio sintáctico

Señalan Roberts y Roussou (2003: 29) que las categorías funcionales se caracterizan globalmente por tener menos contenido de interfaz (con CI y SM) que las categorías léxicas. Así, aunque una categoría funcional siempre tiene contenido semántico (siempre es + CI) este siempre es más pobre o menos específico que el de las categorías léxicas. Si nos fijamos, por ejemplo, en entidades verbales como los verbos auxiliares o modales, observamos que, frente a los verbos léxicos normales, carecen de estructura temática o argumental. Y si consideramos su relación con SM, observamos que incluso las categorías funcionales que tienen realización fonológica (esto es, que son + SM) la suelen tener interlingüísticamente muy debilitada: típicamente carecen de acento e, incluso pueden tener una representación fonológica por debajo de los criterios fonológicos mínimos que se aplican a la palabra en una lengua (por ejemplo, en español solo las “palabras funcionales” pueden ser monomoraicas y átonas). Esta pobreza de información de interfaz típica de las categorías funcionales sería precisamente la causa del frecuente reanálisis de las mismas y la fuente última de la variación en la organización gramatical de las lenguas. Siguiendo también el modelo de Roberts y Roussou (2003) vamos a notar una categoría funcional (F) que es [+ SM] como F*. La “parametrización” de las categorías funcionales se podría entonces entender como la asignación arbitraria de * a las categorías universales F; así, cuando en el léxico-i de una lengua se asigna * a una categoría funcional dando F*, ello implica que F* debe tener una realización fonológica en el léxico-i que materializa cualquier derivación sintáctica que incluya a F*. Podríamos entonces asumir que el léxico-i de una lengua cualquiera contiene mínimamente los siguientes elementos: 1. Categorías léxicas especificadas como N, V o A con propiedades [+ CI, + SM]. 2. Categorías léxicas funcionales universales (F = C, T, v, Asp, D, etc.) 3. * Asignado a F arbitrariamente. Nótese que en 3 decimos “arbitrariamente” en el sentido de que esa asignación puede variar en cada lengua en función de aspectos históricos, no que sea una cuestión puramente aleatoria. La hipótesis crucial es que la asignación de * a F depende exclusivamente de procesos históricos de reanálisis en los que se analizan ciertas secuencias morfológicas y fonológicas como exponentes de F. Así, el diacrítico * es la expresión de una relación entre F (la categoría funcional del árbol sintáctico) y las matrices morfofonológicas almacenadas en el léxico-i de una lengua concreta. ¿Cómo se puede producir la relación entre F* y los exponentes del léxico-i? En principio, caben dos únicas posibilidades (descartada ya que sea F, en cuyo caso no tiene realización morfofonológica): por ensamble o por movimiento.

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La materialización por ensamble implica que el léxico-i incluye un exponente específico para F*, de manera que dicho exponente se ensambla en el lugar adecuado del árbol. Así, si en una lengua existe un ítem que realiza a T [futuro], este se ensamblará al introducir T en la derivación, como sucede en inglés: I will go ‘iré’. Pero aún puede ser el caso de que T sea F* y que la lengua no contenga un exponente específico para T, en cuyo caso, si T es F*, se realizará por movimiento, esto es, por medio de un ítem del léxico-i que esté especificado para T [futuro]. Así, en español es la morfología verbal de la conjugación de futuro la que realiza a T en ese caso, de acuerdo con el esquema simplificado de la figura 6.14, en el que se comparan en paralelo las dos opciones. En trabajos recientes Chomsky ha propuesto unificar ensamble y movimiento asumiendo que el movimiento es un tipo de ensamble interno (esto es, un elemento ya introducido en la derivación se vuelve a ensamblar en la misma, un proceso que se repetiría hasta que “coteje” todos sus rasgos con las categorías adecuadas). Por evitar la confusión seguiremos operando con la diferencia entre ensamble y movimiento. Véase que en la representación de 6.14 también descartamos la opción tradicional de situar, en el caso de lenguas como el español, los afijos en T y la raíz en V, ya que ello implicaría que el movimiento de V a T es un proceso morfológico de formación de palabras. T’ T will

T’ SV

T iré

SV

V iré

V go

Figura 6.14. Derivación del futuro analítico (inglés) y del futuro sintético (español) por ensamble de will en T en el primer caso y por movimiento de V (iré) a T en el segundo.

Intuitivamente, es claro que en el caso del futuro sintético español son los afijos segmentables del infinitivo (-é) los que representan a T, precisamente porque, como es sabido, esos afijos proceden del reanálisis histórico del verbo auxiliar ‘haber’ (véase más adelante el apartado 6.4 para una discusión de estos procesos). Sin embargo, en muchas ocasiones la fusión de formantes hace poco recomendable esa derivación “por morfemas” y lo mismo sucede cuando la flexión emplea

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formas supletivas en las que la correspondencia entre morfos y categorías subyacentes es aún más oscura. En general, asumimos que el movimiento es una metáfora intuitiva de que ciertos ítems del léxico-i se ensamblan en diversos nudos (bajo todos aquellos de los que sea realización) y que dichos ítems forman parte del léxico-i desarrollado durante el proceso de adquisición del lenguaje, proceso que incluye centralmente el desarrollo de los paradigmas flexivos (y en los que hemos visto que la analogía, sincrónicamente, tiene un papel central). En todo caso, es importante notar que, en realidad, la diferencia tipológica representada en la figura 6.14 es también interpretable (por supuesto con otro material léxico) en términos históricos, de manera que la representación de la izquierda serviría como la representación histórica de la construcción de futuro de la derecha previa al proceso de reanálisis que convirtió el futuro perifrástico romance (ir he) en sintético (iré). Así, de la misma manera que observamos que las diferencias sintácticas entre el ejemplo inglés y el español son en realidad diferencias superficiales (no sintácticas, en realidad), lo mismo se puede afirmar de las diferencias entre estados históricos diferentes de la misma lengua, entre los cuales los cambios no afectan a la sintaxis, que permanece invariable, sino a la externalización de las derivaciones. La opción de satisfacer F* por ensamble o movimiento (o por ensamble externo o interno) depende de los formantes disponibles en el léxico-i. Roberts y Roussou argumentan que, en principio, el ensamble es menos costoso (más económico) que el movimiento y que, en general, se prefiere siempre la opción más económica, esto es, el ensamble. Así, si una F* tiene en el léxico-i un formante adecuado, se preferirá el ensamble y, solo si dicho formante no está disponible, se podrá producir un movimiento que satisfaga F*. Como veremos, esta asunción es muy relevante a la hora de explicar los procesos de reanálisis sintáctico que representan gramaticalizaciones. Dado que únicamente hay dos maneras de satisfacer F*, Roberts y Roussou proponen representar un parámetro (en el sentido que hemos especificado con detalle en el apartado anterior) en los siguientes términos: Estructura de un parámetro sintáctico 1. ¿Es F del tipo F*? Sí / No 2. Si F*, ¿se realiza por ensamble o por movimiento? Así, en cada lengua y para cada categoría funcional, el léxico-i especifica si cada F es F o F* y, si es F*, si se realiza por ensamble o por movimiento. Si partimos de la asunción de que el caso marcado o más costoso es el movimiento, se implica entonces que el movimiento requerirá una evidencia más robusta en los datos del entorno para quienes están adquiriendo una lengua, y que el ensamble será el caso por defecto.

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Hemos visto un ejemplo muy simplificado de un parámetro de este tipo en los esquemas de la figura 6.13. En tal caso, T [futuro] puede satisfacerse (en el caso de que sea F*) por ensamble, como en el caso del inglés, o por movimiento, como en el caso del español. De hecho, otras diferencias interlingüísticas que hemos visto en los apartados anteriores son fácilmente explicables en los términos propuestos. Consideremos, por ejemplo, las interrogativas del tipo sí-no en las que hemos postulado que C atrae a T (véanse las figuras 6.6 y 6.7). Si asumimos que un C [interrogativo] es F, esperaríamos que C permanezca vacío y que no haya alteración de la sintaxis de la oración (aunque sí la haya en la entonación). Si asumimos que C [interrogativo] es F*, entonces pueden pasar dos cosas: o bien F* se realiza por medio del ensamble de un ítem léxico específico, o bien otro ítem se desplaza a dicha posición. En los siguientes ejemplos (tomados de Roberts y Roussou 2003: 30) observamos las tres posibilidades en tres lenguas distintas: 1. a) Jean a vue Marie? (francés coloquial: F) ‘¿Ha visto Jean a Marie? b) A welodd John Mary? (galés: F* y ensamble) ‘¿Vio John a Mary?’ c) Did John see Mary? (inglés: F* y movimiento) ‘¿Vio John a Mary?’ Así, en francés coloquial (aunque no en todas las variantes) asumiríamos que C [interrogativo] es F, mientras que es F* en los otros dos casos. En galés 1b existe una partícula de categoría C y con sentido interrogativo, por lo que se ensambla en C y se bloquea el movimiento. Por su parte, en inglés 1c, dado que C [interrogativo] es F* y que no hay una conjunción con tales rasgos, se fuerza el movimiento de T a C. Aunque estamos lejos de haber mostrado que toda la diversidad sintáctica de las lenguas se puede justificar mediante parámetros con estructura como la descrita, tenemos indicios razonables de que buena parte de los parámetros tradicionales analizados en el apartado 6.2 sí se acomodan a esa notación en términos de las propiedades de las categorías funcionales. Si ello es así, entonces los cambios sintácticos (que son los que dan lugar a la diversidad tipológica observada) deberían poder explicarse como procesos de reanálisis que cambian las respuestas que cada lengua da a las preguntas 1 y 2 de cada parámetro (esto es, de cada categoría funcional). En los apartados siguientes examinaremos con cierto detalle algunos procesos de cambio sintáctico que dan lugar a diferencias tipológicas con el objetivo de mostrar que los procesos accidentales de reanálisis son la causa del cambio en las respuestas que cada lengua ofrece a cada una de las preguntas 1 y 2 en el proceso de construcción del léxico-i.

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6.4. Una nueva visita a la gramaticalización: la evolución del perfecto compuesto (he venido) en español Ya hemos formulado en el capítulo 3 una crítica a la llamada teoría de la gramaticalización (apartado 3.4) y hemos avanzado una visión de la gramaticalización como un proceso de reanálisis (apartado 3.5). Es ahora el momento de relacionar esa visión con el modelo explícito de la estructura oracional que hemos presentado (apartado 6.1) y con la teoría paramétrica esbozada en el apartado anterior, según la cual la variación sintáctica es consecuencia de las diferencias en la realización de las categorías funcionales. La idea esencial es que siempre que hay un proceso de gramaticalización se ha reanalizado alguna categoría funcional, de tal manera que se crea un nuevo exponente para la misma en el léxico-i. Lo más típico es que, usando la notación del apartado anterior, se pase de F a F* o de F*(movimiento) a F*(ensamble). En todo caso, lo más relevante es que, como se ha argumentado en 3.4, a diferencia de lo que asume la teoría de la gramaticalización, el proceso de gramaticalización no implica una creación de categorías funcionales ni de nueva estructura sintáctica: la estructura funcional está presente antes y después del proceso, siendo la realización de la misma lo único que resulta afectado. En el apartado 3.5 hemos usado como ejemplo una versión excesivamente simplificada de la innovación de artículos definidos (que ahora podemos formular como un cambio del tipo D > D* en el que un demostrativo se reanaliza como exponente de la categoría D). Abordaremos ahora un análisis más detallado de un proceso de gramaticalización muy estudiado y documentado, como es el caso del desarrollo de perfectos compuestos en las lenguas romances y más concretamente en español. Consideremos las expresiones como las de 1 a 3, en las que, como en los siguientes ejemplos, se destacan en negrita los elementos relevantes: 1. In ea provincia pecunias magnas collocatas habent 2. Tienen muchos dineros invertidos en esa provincia 3. Han invertido muchos dineros en esa provincia Si nos centramos de momento en 1 y en 3 observamos el punto de partida y el de destino del proceso que nos ocupa. En 1 tenemos un fragmento de Cicerón (citado por Vincent, 1982: 82) en el que observamos que el participio pasado collocatas concuerda en género, número y caso con el SN pecunias magnas. El verbo habere es un verbo de sentido posesivo, esto es, es un verbo léxico con su sujeto (‘ellos’, no explícito) y su complemento pecunias magnas collocatas en acusativo. Si traducimos la expresión de 1 con la de 2 obtendremos una traducción más adecuada que si empleamos como traducción la expresión de 3. Lo que de momento nos interesa de 2 no es que sea o no una traducción adecuada de 1, sino 263

El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

que el verbo tener en español, un verbo posesivo al igual que habent, no puede considerarse un auxiliar desprovisto de significado léxico, que es precisamente la caracterización que haríamos de han en 3. En el ejemplo de 1 podemos estipular una estructura como la siguiente (se cambia el orden para mayor claridad): 4. habent SN[N’ [pecunias magnas] SA [collocatas]] Lo que se pretende representar en 4 es que nos hallamos ante un verbo con un complemento al que le asigna caso acusativo, esto es, básicamente, un verbo léxico con un objeto directo (pecunias magnas collocatas), como en habent domum ‘tienen una casa’. Dentro del complemento del verbo hay además un predicado secundario (collocatas) que modifica a la secuencia pecunias magnas. Véase la figura 6.15. ST T’ T

SV

habent V’ V

SN

habent SADJ

N

collocatas N

SADJ

pecunias

magnas

Figura 6.15. Representación simplificada de la oración de 1, con alteración del orden para mayor claridad. Nótese que se analiza el participio como un adjetivo. que modifica al constituyente nominal pecunias magnas y que todo el SN es el complemento del verbo habent.

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Mecanismos del cambio sintáctico

Es relevante observar, como muestra Pinkster (1987), que en una primera fase del proceso de gramaticalización el verbo principal se construye con predicados secundarios que son omisibles. Así, collocatas en 4 podría faltar y la secuencia habent pecunias magnas sería perfectamente gramatical y las partes conservadas tendrían el mismo sentido que en 1 (y por ello hemos representado collocatas como un adjetivo). Sin embargo, no está claro que el análisis de 4 o su equivalente más explícito de la figura 6.15 sirviera para ejemplos contemporáneos al de 1, como el siguiente, también tomado de Cicerón (en este caso procedente de Pinkster 1987): 5. cum cognitum habeas quod sit summi rectoris numen . ‘Cuando sepas (tengas conocido) cuál sea el deseo del señor supremo’. Es interesante observar la diferencia entre el verbo habere de 1 y el de 5: en 1 habere se puede analizar como un verbo léxico con dos argumentos: el sujeto (omitido) y el objeto directo pecunias magnas collocatas. Sin embargo, en 5 la frase subordinada quod sit summi rectoris numen no parece un complemento o argumento de habeas, sino que parece más bien un argumento del participio cognitum, dado que la estructura argumental de cognoscere ‘saber’ requiere la presencia de un argumento proposicional. Es importante observar además que no se trata ya de una relación de posesión literal: lo que tenemos es una especie de “posesión intelectual”. Como observa Olbertz (1993), el hecho de que en estas construcciones no haya un objeto poseído implica que el significado léxico del verbo habere ya ha sufrido un cambio. Así, según esta misma autora, habere no sería ya una expresión de posesión, sino un “indicador de la disponibilidad” del conocimiento especificado por el argumento del participio cognitum. En otros términos: lo que debería ser un objeto de habere (esto es, la subordinada de quod) puede interpretarse como un objeto del participio. Así, la estructura ya es muy distinta: en la lectura de posesión literal de 1 el participio collocatas se podía interpretar como un predicado desvinculado del predicado principal y, por tanto, omisible, pero en 5 el participio ya es parte esencial de la predicación. De alguna forma podríamos decir que el ejemplo de 5 está a medio camino entre el de 1 y el de 3 en español. Es más, el ejemplo de 5 se parece mucho en su estructura al ejemplo español de 2. Podemos considerar entonces que el ejemplo de 5 o el ejemplo de 2 representan una especie de “estado intermedio” entre el punto de partida 1 y el de destino 3 de este proceso. Esto queda evidenciado si observamos que el verbo habere de 5 no se ha transformado todavía en el auxiliar que encontramos en español. Esto se sigue de que el verbo habere de 5 no se combina aún más que con verbos de dos argumentos y que indican algún tipo de posesión, como es el caso de cognoscere en el sentido metafórico de ‘tener conocimiento’. Este habere no se combinaría enton265

El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

ces con verbos como perdere o dare, precisamente porque retiene parte de su significado posesivo, aunque sea metafórico. De hecho, este habere de 5 es incompatible con verbos intransitivos como venir (datos de Olbertz 1993 y Pinkster 1987). Lo importante del ejemplo del título de este apartado, he venido, es precisamente que muestra un grado máximo de gramaticalización del verbo haber, puesto que no hay posible objeto del que el participio pudiera ser un complemento predicativo, ni es posible emplear un verbo que signifique posesión sin complemento directo. De hecho, en algunas lenguas aún hoy se emplea el verbo ser en vez de haber para formar el perfecto de verbos inacusativos, como en italiano sono venuto ‘he venido’.

ST T’ T

SV

habeas V’ V

SV

habeas V

SC

cognitum

quod sit summi rectoris numen

Figura 6.16. Representación muy simplificada de la oración de (5) en la que se representa el complemento del verbo habeas como un SV formado por un verbo no finito que expresa resultado (el participio) y un argumento de dicho predicado (realizado por una oración subordinada). Se altera el orden para mayor claridad.

266

Mecanismos del cambio sintáctico

Aunque la sintaxis de las construcciones de predicación secundaria es controvertida, propondremos un análisis muy simplificado (véase la figura 6.16) pero intentando captar la intuición de que en 5 la subordinada de quod es un argumento del predicado cognitum y que habere, sin ser un verbo de posesión, tampoco es un auxiliar. Asumiremos para ello que en este caso el complemento de habere no es un sintagma nominal, sino una predicación (una especie de “cláusula reducida” según el análisis generativista tradicional) cuyo predicado es cognitum (un verbo que expresa un estado resultativo) y su argumento es la oración quod sit summi rectoris numen. Por ello representaremos el verbo principal habeas como un V que selecciona como complemento una predicación representada con otro SV cuyo argumento es la oración subordinada y cuyo predicado (representado ahora como un V) es el participio (véase figura 6.16). Para comprender cabalmente la diferencia entre el caso de 1 y el de 5 (o entre los esquemas de las figuras 6.15 y 6.16) podemos considerar la diferencia entre los dos siguientes ejemplos españoles trasladados al verbo tener (heredero en la codificación de la posesión del habere latino y sujeto de nuevo a un proceso similar): 6. a) Tengo un coche veloz (Cfr.: *Tengo veloz un coche) b) Tengo los ojos abiertos (Cfr.: Tengo abiertos los ojos) Parece claro que la oración Tengo un coche es aceptable y tiene el mismo sentido que en (6a) (y tendría un análisis análogo al de la figura 6.15), mientras que no lo es Tengo los ojos. Ello indica que en (6b), como en (5), el verbo no selecciona un objeto poseído (un SN), sino que selecciona una predicación, en el sentido de que el objeto del verbo tener en (6b) o habere en (5) no es un SN sino una secuencia predicativa que incluye su propio argumento, según el esquema de 6.16. Podría considerarse pues que la creación de este tipo de estructuras de predicación secundaria, plenamente productivas (como en el caso de (6b) en español) es el resultado de reanalizar adjetivos o verbos resultativos (como el participio pasado) como predicados subordinados de un verbo que cambia su significado y deja de interpretarse como un verbo de posesión. El proceso de formación histórica de una forma perifrástica de perfecto se culminaría entonces cuando una construcción como la de la figura 6.16 se reanalice de la siguiente manera: el verbo subordinado (cognitum) se reanaliza como si fuera el verbo principal (sustituyendo a habeas en V, su lugar de generación), mientras que el verbo principal (habeas), ya semánticamente debilitado en las construcciones de predicación secundaria, se reanaliza como si fuera un exponente de T, esto es, se interpreta que no realiza a T por movimiento (como en 6.16), sino por ensamble (se gramaticaliza).

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

El resultado de dicho reanálisis se representaría como en la figura 6.17, en la que empleamos la traducción al español del ejemplo de (5), puesto que en latín no se produjo realmente dicho proceso:

ST T’ T

SV

hayas V’ V

SC

conocido

cuál sea el deseo del señor supremo

Figura 6.17. Representación simplificada de la oración Hayas conocido cuál sea el deseo del señor supremo. Nótese que el equivalente de cognitum en la figura 6.16 (conocido) ocupa ahora el lugar del verbo principal y no del subordinado (que ya no aparece en la estructura) y que el equivalente de habeas (hayas) se interpreta como un auxiliar en T y no como un verbo principal que se ha desplazado a T. A su vez, la oración (SC) se reanaliza como el complemento directo del nuevo verbo principal.

En efecto, Pinkster (1987) y Olbertz (1993) observan que el latín clásico no pasó del grado incipiente de gramaticalización que aparece en las construcciones predicativas como las de 5 o en la interpretación del mismo tipo, también posible, del ejemplo de 1. En lo que respecta al castellano, en el Poema de mío Cid ya encontramos una frecuente presencia de formas en las no hay interpretación posesiva. Así, haber aparece combinado con verbos incompatibles semánticamente con el sentido posesivo de haber. Consideremos por ejemplo los casos de 7:

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Mecanismos del cambio sintáctico

7. a) dexado ha heredades e casas (Cid, 115). b) por el agua á passado (Cid, 150). En ambos ejemplos la interpretación posesiva no es posible y en ambos casos el participio no concuerda con el objeto (un síntoma de que no se analiza como un participio o adjetivo en función de predicado secundario). Nótese que en 7a el significado del verbo (dejar) es incluso contrario al de haber. En 7b encontramos un verbo intransitivo (pasar), por lo que obviamente no hay ningún objeto que poseer. En lo que respecta a estos ejemplos, pues, podemos decir que el proceso de evolución se ha culminado. No obstante, también podemos encontrar en la misma fuente algunos ejemplos concordados: 8. yo treinta he ganados (Cid, 207). El sentido de posesión es claro en 8, lo que quizá explique la concordancia. En este caso no podemos decir que se trate de una forma de perfecto, aunque, por supuesto, se expresa aspecto perfectivo por la propia naturaleza resultativa del participio. Lo interesante del ejemplo de 8 y otros similares es que hay una clara correlación entre la posibilidad de concordancia entre el objeto del verbo y el participio y la interpretación posesiva. Ello indicaría que se emplea una perífrasis semejante a la de 5, esto es, que en ese momento histórico (circa 1200) las dos construcciones alternan, del mismo modo que en latín clásico alternaban la posesiva de 1 y la predicación secundaria de 5, y del mismo modo que en castellano actual coexisten las dos interpretaciones de tener reflejadas en 6. Esta tendencia en el Cid se aprecia claramente si atendemos a los diversos criterios que podemos usar para evaluar las formas medievales y de épocas posteriores como perífrasis posesivas del tipo de la de 5, o como formas verbales del tipo de la de 3, tales como las siguientes: (a) la ausencia de concordancia, (b) el orden canónico entre auxiliar y participio fijado, (c) la contigüidad entre el auxiliar y el participio, (d) la incompatibilidad semántica entre el verbo haber y el participio y (e) el grado en el que se expresa la posesión con el verbo tener. El cuadro 6.6 muestra la evolución temporal de esos criterios en las formas relevantes en la historia del español. Debe observarse en dicho cuadro que la no concordancia incluye los casos en los que se necesita una forma que no sea -o en el participio. En lo que respecta a la posibilidad de interposición entre verbo y participio (contigüidad), la mayoría de los casos en los que no hay contigüidad son ejemplos de clíticos, lo cual es significativo. Por su parte, el porcentaje de incompatibilidad no puede ser tan alto como los otros criterios porque, obviamente, cuando hay compatibilidad también se produce el cambio, como, por ejemplo, en he tenido. Además, la correlación del uso de tener es relevante, porque indica que el verbo haber va perdiendo el uso posesivo.

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

CUADRO 6.6 Evolución temporal en español de las propiedades de las construcciones de perfecto, indicado en porcentajes. Adaptado de Olbertz (1993: 256) Lengua No concordancia Orden Aux-V Contigüidad Incompatibilidad Uso de tener

CID 14 77 77 27 20

MIL 13 95 59 23 19

LBA 29 75 73 14 44

RIM 29 95 91 27 47

TAL 88 90 91 27 78

CAR CEL

LOZ TER

100 100 91 41 95

100 100 95 55 97

100 95 91 55 88

100 100 95 59 89

En el cuadro 6.6, las siglas se refieren a las siguientes obras: (CID) Poema de mío Cid (1140-1180); (MIL) Milagros de Nuestra Señora (1252?) de Berceo; (LBA) Libro de buen amor (1343) del Arcipreste de Hita; (RIM) Rimado de palacio (1386) de López de Ayala; (TAL) Arcipreste de Talavera o Corbacho (1438) de Martínez de Toledo; (CAR) Cárcel de amor (1492) de Diego de San Pedro; (CEL) Celestina (1599) de Rojas; (LOZ) La lozana andaluza (1528) de Francisco Delicado; (TER) Epistolario (1562) de Teresa de Jesús. El proceso descrito suscita dos preguntas: primero, por qué en la creación histórica de un perfecto perifrástico se ha de emplear una forma posesiva y una predicación secundaria con participio resultativo y, segundo, por qué, en última instancia, hacía falta crear otra forma de expresar el perfecto, dado que el latín (y la mayoría de las lenguas en las que un proceso similar sucede) ya tenía una forma sintética para expresar el pasado perfecto. En primer lugar, hay que tener en cuenta que estructuras con verbos poco ricos léxicamente como haber, tener, hacer, tomar, etc., no son solo el origen de las perífrasis españolas y románicas en general, sino que este es un hecho habitual en todas las lenguas del mundo. De hecho, Pinkster observa que el origen de he visto y de veré en las lenguas romances es similar en las primeras fases y que ambos se basan en un esquema paralelo (la forma para el futuro es un gerundivo pasivo futuro que después fue sustituido por el infinitivo activo), de acuerdo con el siguiente esquema: Perfecto: Futuro:

HABERE + OBJETO + PREDICATIVO habeo cibum coctum ‘tengo alimento que ha sido cocido’ habeo cibum coquendum ‘tengo alimento que ha de ser cocido’

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Mecanismos del cambio sintáctico

En el caso del perfecto compuesto observamos el verbo posesivo (habeo), el objeto (cibum) y un “complemento predicativo” (coctum) que es un participio pasivo. Este participio pasivo, como se ha señalado, indica una propiedad del objeto que es resultante de una acción anterior a la señalada por habeo, acción en la que el objeto estuvo implicado. Este es el origen del valor perfectivo y tiempo pasado que encontramos en el español he cocido frente a –por ejemplo– cocía, de aspecto imperfectivo. Si la cuestión es formar un nuevo tiempo perfecto, entonces es posible decir que el uso de un participio pasado es razonable. Esto nos permite enlazar con la otra pregunta. Así, aunque admitamos que si, en efecto, hay que crear un perfecto, entonces el empleo de una predicación secundaria participial y pasiva (esto es, resultativa) es el camino más adecuado, podemos preguntarnos no obstante por qué se hacía necesario desarrollar una forma de perfecto cuando ya existía en latín una forma para el perfecto como amavi. La respuesta, en el contexto del modelo del cambio sintáctico desarrollado hasta ahora, es que, en efecto, no existía tal necesidad. Pinkster argumenta que la confusión en latín entre los fonemas /b/ y /v/ implicaba la confusión entre amavit (amó) y amabit (amará). Sin embargo, esta explicación resulta insuficiente como una causa, por mucho que el hecho fonético puede haber reforzado el proceso. Un dato esencial a la hora de rechazar la confusión fonética como causa del proceso es precisamente que la formación de expresiones como la de 5 en latín clásico es anterior a la confusión fonética mencionada. Por otra parte, es importante considerar que no se puede aducir que en latín hubiera un “hueco” que había que rellenar. No se puede argumentar que sea imprescindible para una lengua humana que haya una oposición entre ví y he visto. Muchas lenguas carecen de ese tipo de oposición. Es más, los hablantes de algunos dialectos del español no hacen uso de esa oposición y, sin embargo, no cabe decir (salvo desde la ignorancia) que hablen un español imperfecto o incompleto. Tampoco sirve la explicación frecuente en la bibliografía de que el tránsito del latín al romance implica un tránsito de la sinteticidad a la analiticidad: en español y en otras lenguas románicas, la forma sintética amé coexiste con la perifrástica he amado, por mucho que se haya alterado el valor de la primera con la aparición de la segunda. Por otra parte, la forma amaré, a pesar de tener un origen analítico, es hoy una forma sintética en español (recuérdese ahora la discusión respecto del futuro romance y la explicación de las causas de su formación en el apartado 2.2.4). La conclusión a la que llegamos, entonces, es que, al menos parcialmente, las preguntas están mal planteadas. Consideremos de nuevo nuestra analogía con la evolución natural. Si descartamos –como hace la biología evolutiva moderna– que la motivación de toda la evolución natural es el desarrollo de la especie humana, estaremos en mejor disposición de comprender este proceso cabalmente. Así, podemos decir que las bolsas natatorias no estaban destinadas a convertirse en pul-

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

mones, aunque lo hicieron. Por ello no podremos decir en ningún caso que la aparición de bolsas natatorias en los peces se explica porque estas habrían de evolucionar en pulmones. Sencillamente, dado un contexto ambiental determinado, las bolsas natatorias sufrieron este proceso accidentalmente. Así es como han sucedido siempre las cosas en la evolución. Por supuesto, y esto tiene que ver con la presencia del participio pasado en la evolución de los perfectos compuestos, no es accidental la semejanza funcional y anatómica entre bolsas natatorias y pulmones. Es obvio que los pulmones modernos no pudieron evolucionar con la misma rapidez y eficacia partiendo de un hueso maxilar o de una aleta, y también que muchos mamíferos usan también los pulmones como bolsas natatorias. En realidad, lo mismo podemos decir de los perfectos compuestos derivados de una perífrasis con un verbo posesivo y un participio pasado. Como veremos en el apartado siguiente, en algunas lenguas, como el hindi, los perfectos compuestos parecen haberse derivado del reanálisis de antiguas pasivas perifrásticas, un proceso semejante al que nos ocupa. Aunque por distintos caminos, podría decirse que en ambos casos se trata de formar un perfecto complejo, pero en realidad no “se trata” de formar un perfecto complejo, lo que sucede es que en ambos casos el resultado de una serie de reanálisis históricos es una construcción que llamamos perfecto complejo. Carecería de sentido decir que la pasiva perifrástica se desarrolló para que luego, a partir de ella, se formara un tiempo compuesto de perfecto. Del mismo modo, carece de sentido afirmar que las perífrasis latinas y romances posesivas y de predicación secundaria se formaran para dar lugar a las formas verbales actuales, ni que estaban necesariamente abocadas a ello. Tanto a las pasivas del hindi y de otras muchas lenguas, como a las perífrasis posesivas latinas les sucedió lo mismo: se reanalizaron accidentalmente para dar lugar a un tiempo compuesto de perfecto porque reunían los ingredientes necesarios, esto es, un verbo debilitado semánticamente y un participio pasado con valor resultativo. Consideremos el contraste entre los ejemplos de 9, tomados de Pinkster (1987): 9. a) habeo cibum coctum ‘tengo el alimento cocido’. b) coxi cibum ‘cocí el alimento’. Según Pinkster, la expresión de 9a contiene los mismos elementos de tiempo y aspecto que la de 9b, aunque organizados de otra forma. Además, en ciertas circunstancias –observa el mismo autor–, coxi cibum, dado que es perfectivo, implica, además de ‘cocí el alimento’, que ‘como consecuencia de ello el alimento resultó cocido’. Observa Pinkster que estas perífrasis resultativas empezaron a aparecer en contextos habituales del perfecto simple y que el perfecto simple em272

Mecanismos del cambio sintáctico

pezó a desplazarse al uso narrativo. Esto es, de alguna forma, una expresión de posesión con predicación secundaria comienza a tener el mismo valor en ciertos contextos que el perfecto simple. Este es sin duda un contexto coadyuvante para que la estructura de 9a sufra un reanálisis sintáctico que dé lugar a una estructura como la española actual He cocido el alimento. Este contexto, propiciado tanto por las propiedades semánticas y formales de la expresión como del contexto de uso, es el equivalente a las condiciones ambientales del entorno en la explicación de la selección natural.

6.5. Sobre el origen de la ergatividad Hemos visto en la jerarquía de parámetros de Baker (figura 6.10) que uno de los parámetros que la integran se refiere a la existencia de lenguas ergativas. Aunque no podremos entrar en muchos detalles de este complejo fenómeno, mostraremos en este apartado que la existencia de lenguas ergativas (más adecuadamente, la existencia de estructuras ergativas) podría explicarse también como el resultado de un proceso de reanálisis sintáctico y que, por tanto, también la tipología tradicional en términos de “organización gramatical” es consecuencia de cambios lingüísticos accidentales y está desconectada de procesos direccionales de evolución o de aspectos culturales o cognitivos ajenos a la propia estructura gramatical. En términos simplificados (pero suficientes para nuestros propósitos), una lengua ergativa es la que trata de la misma forma al objeto directo de un verbo transitivo y al sujeto de un verbo intransitivo, considerándose marcado el sujeto del verbo transitivo. Por el contrario, una lengua acusativa es aquella que trata de igual forma al sujeto de un verbo intransitivo y al sujeto de un verbo transitivo, considerando al objeto del verbo transitivo como marcado. Si, por ejemplo, consideramos la concordancia, en una lengua acusativa la concordancia se establece siempre con el sujeto, bien sea este agente o paciente, bien se trate de un verbo transitivo o de un verbo intransitivo. Así, en español, la concordancia siempre se produce con el sujeto sintáctico, mientras que no hay concordancia con el objeto: Los niños empujaron al profesor (sujeto agente, verbo transitivo). Los niños sufren (sujeto paciente, verbo intransitivo). Nótese, además, que en este caso el argumento que lleva una marca explícita de caso es el objeto directo (asumiendo ahora sin mayor discusión que la preposición a que encabeza el sintagma al profesor es una marca acusativa en un patrón de marcado diferencial de objeto).

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

En una lengua ergativa, como el vasco, la marca de caso nos permite observar el patrón ergativo. Así, en esta lengua el sujeto de un verbo intransitivo (gizona) no lleva marca de caso (o lleva el caso no marcado, llamado absolutivo en estas lenguas): Gizona etorri da el hombre llegado es ‘el hombre ha llegado’ Sin embargo, cuando el verbo es transitivo, el objeto directo gozokia no lleva marca de caso acusativo y sí va marcado el sujeto, gizonak (que va en caso ergativo): Gizona-k gozokia jan du el hombre-erg pastel comer ha ‘el hombre se ha comido el pastel’ El siguiente esquema (adaptado de Moreno, 1991: 422, al igual que los anteriores ejemplos del vasco) resume la distinción desde el punto de vista de la marca de caso:

1 2 3

Sistema ergativo-absolutivo A-0 A-M P-0 P-0

1 2 3

Sistema nominativo-acusativo A-0 A-0 P-M P-0

Figura 6.18. Representación esquemática de los distintos patrones de marcación gramatical de los argumentos oracionales fundamentales.

La primera línea 1 de cada esquema de la figura 6.18 representa los verbos intransitivos (esto es, de un solo argumento) cuyo sujeto es agente (A). La línea 2 representa los verbos transitivos de dos argumentos con el sujeto agente y el objeto paciente (P) y la línea 3 representa los verbos intransitivos cuyo argumento

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Mecanismos del cambio sintáctico

sujeto es paciente (los llamados verbos inacusativos). Por otra parte, la indicación M significa “marcado”, esto es, que si existe un caso marcado y otro no marcado, el caso marcado irá con el argumento que lleva M y el no marcado con el argumento que lleva 0. En las lenguas nominativo-acusativas el caso no marcado es el nominativo y el caso marcado el acusativo. En las lenguas ergativas el caso marcado es el ergativo y el no marcado el absolutivo. De este modo, como puede observarse en los esquemas, en el sistema ergativoabsolutivo el sujeto agentivo de un verbo intransitivo (1) va sin marca de caso o con el caso no marcado o “por defecto” (el absolutivo). Si se tratara de concordancia, entonces el verbo concordaría con el sujeto. En el caso de un verbo transitivo (2), el sujeto agentivo lleva marca de caso ergativo (A-M) y el objeto paciente va sin marca de caso o lleva el caso no marcado (absolutivo). Nótese que en el sistema nominativo-acusativo es al revés: el sujeto no llevaría marca de caso o llevaría el caso no marcado (nominativo) y el objeto llevaría marca de caso (acusativo). En lo que respecta a los llamados verbos inacusativos de la línea 3, observamos que tanto en un sistema como en otro no hay marca de caso o se usa el caso no marcado (absolutivo-nominativo). La concordancia es, en términos generales, simétrica con respecto a la marca de caso. Si en lugar de marcas de caso consideráramos la concordancia, entonces observaríamos que el sistema ergativo privilegia la concordancia con el sujeto intransitivo (1 y 3) y la concordancia con el objeto en el verbo transitivo (2) (lo que no impide que el sujeto también pueda concordar, aunque típicamente con una morfología diferente). En las lenguas nominativo-acusativas la concordancia siempre es con el sujeto, ya sea el verbo transitivo o intransitivo (y ya sea este inacusativo o no). Así, cuando se dice que una lengua “trata” de una u otra forma al sujeto o al objeto, en general se está hablando del tratamiento que de los argumentos sintácticos se hace con respecto a ciertos aspectos gramaticales de expresión morfológica, como la marca de caso o la concordancia con el verbo. Por ello, precisamente, es difícil hablar en realidad de tipos puros de ergatividad o acusatividad. Un aspecto relevante en lo que ahora nos ocupa es que, en efecto, como señala Dixon (1994: 224), no hay lenguas totalmente ergativas, esto es, que en todas las lenguas ergativas hay siempre algún ámbito en el que se refleja la estructura nominativoacusativa, bien sea en el marcado gramatical de los argumentos o en las propiedades sintácticas de los mismos a efectos de coordinación o subordinación. En este sentido, podríamos decir que todas las lenguas ergativas (y muchas de las acusativas) presentan en realidad algún tipo de “ergatividad parcial” (split ergativity). Uno de los casos más llamativos de ergatividad parcial es el de lenguas australianas como el dyirbal, del norte de Queensland (según el análisis de Dixon 1994). Esta lengua tiene un sistema partido en la marcación de caso: así, los pronombres de primera y segunda persona se flexionan en un sistema casual típi-

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

camente acusativo, esto es, un sistema en el que el sujeto será el no marcado (nominativo) y el objeto será el marcado (acusativo), mientras que los pronombres de tercera persona y los nombres, incluidos los nombres propios, activan un marcado típicamente ergativo, esto es, el sujeto transitivo con caso ergativo y el sujeto intransitivo y el objeto directo sin marca. Dixon sugiere que los criterios que condicionan los sistemas de ergatividad parcial se asientan frecuentemente en el hecho de que un SN que se refiere a un agente implica a un participante que inicia o controla la acción, mientras que el SN paciente se refiere a un participante que no controla la acción. Por su parte, parece claro que el argumento único de un verbo intransitivo puede o no ser controlador de la acción. El sistema acusativo parecería “insistir” en que el sujeto intransitivo a veces es agente y lo marca –por tanto– como al agente, mientras que el sistema ergativo parecería “insistir” en que el sujeto intransitivo a veces es paciente, y lo trata como al objeto. Por ello, algunos autores sugieren que las lenguas ergativas son lenguas orientadas al paciente, mientras que las lenguas acusativas son lenguas orientadas al agente. Esta noción es la que subyace, por ejemplo, al tratamiento en ciertas tradiciones en términos del concepto de pivote sintáctico y de la asunción de que la jerarquía de marcado de argumentos en las lenguas acusativas es agente > paciente y en las ergativas es paciente > agente. Esta caracterización parece descriptivamente correcta y podría sugerir que el criterio fundamental en la orientación tipológica de las lenguas es de base cognitiva, semántica o hasta cultural, lo que implicaría una colisión directa con la hipótesis defendida en esta obra de que la diversidad tipológica es más superficial (esto es, confinada a la externalización de estructuras homogéneas, como hemos visto). Sin embargo, el mero hecho de que la ergatividad sea un fenómeno típicamente parcial sugiere en realidad que una aproximación puramente cognitivosemántica, aunque necesaria y relevante para explicar aspectos del uso del lenguaje, es insuficiente para explicar el surgimiento y la naturaleza de lo que denominamos ergatividad. Como observa Dixon, en algunas lenguas, como el guaraní, la ergatividad parcial puede basarse en la estructura interna del verbo: es lo que Dixon denomina “sujeto intransitivo partido”, de modo que un verbo intransitivo cuyo argumento sea paciente será tratado como en un sistema ergativo, y un verbo cuyo argumento sea agente será tratado como en un sistema acusativo. Como hemos visto respecto de ciertas lenguas australianas, según el mismo autor, otro factor que condiciona la ergatividad parcial es el tipo “semántico” de argumento. Así, las lenguas parecen sensibles, aunque en distinta medida, al grado de capacidad de ser controlador del argumento: los pronombres y los nombres con referentes humanos y animados son los más propensos a mostrar una gramática acusativa, mientras que los menos propensos, como los no humanos o los inanimados, tienden a forzar una estructura ergativa. Sin embargo, como en el caso de los pro-

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Mecanismos del cambio sintáctico

nombres personales antes mencionado, el condicionamiento para el hablante de una lengua con este tipo de ergatividad parcial se basará necesariamente en el aprendizaje de la morfología: ciertos nombres y ciertos pronombres de declinan como ergativos; y ciertos nombres y ciertos pronombres no lo hacen. Uno de los factores más relevantes en la ergatividad parcial –y en el que nos centraremos en lo sucesivo– es el que se basa en el sistema de tiempo, modo y aspecto. Así, partiendo del hecho de que el papel del controlador se concibe como más relevante para una acción en progreso o futura que para una acción acabada, Dixon y otros autores pretenden justificar así el hecho empírico de que en lenguas con este tipo de partición suele aparecer morfología acusativa en presente o en futuro, mientras que tanto el pasado como el aspecto perfectivo tienden a reflejar la organización ergativa. Consideremos un ejemplo especialmente claro del hindi, tomado en este caso de Mahajan (1989: 220). 1. a) raam rotii khaataa thaa Ram (m) pan (f) comer (part. imp. m) ser (pas.m) ‘Ram comía pan (habitualmente)’ b) m ne rotii khaayii thii Ram (m) erg. pan(f) comer (part. perf. f.) ser (pas. f) ‘Ram había comido pan’ El hindi es una lengua acusativa que muestra ergatividad parcial asociada al aspecto. En el ejemplo de 1a se aprecia que tanto el verbo principal (el verbo ‘comer’ en participio imperfectivo) como el auxiliar (el verbo ‘ser’ en pasado) concuerdan en género masculino con el sujeto Ram. Por su parte, el sujeto no lleva marca de caso, por lo que se trata de un esquema nominativo-acusativo. Sin embargo, en 1b (aunque desde el punto de vista de la interpretación la única diferencia parece estribar en el aspecto) la organización gramatical es muy distinta. En este caso el verbo es un participio perfectivo y el auxiliar sigue en pasado. El sujeto lleva una posposición ergativa (ne), es masculino y no concuerda con el verbo, mientras que sí lo hace el objeto rotii que es femenino y, a su vez, carece de marca de caso. Este es un esquema típicamente ergativo-absolutivo. Recordemos que lo que nos interesa dilucidar es cuál es la realmente la naturaleza de la relación entre el aspecto (perfectivo) y la ergatividad. En relación con esto, Anderson (1977) observa que, como los participios son generalmente de naturaleza pasiva, y como la pérdida de flexión en las lenguas propicia la introducción de formas perifrásticas, las formas perifrásticas para el tiempo pasado y el aspecto perfectivo basadas en una pasiva perifrástica son frecuentemente el origen de un sistema de ergatividad parcial. Parece, pues, que en el centro de la explicación de la relación entre aspecto perfectivo y ergatividad están las cons-

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trucciones pasivas y su reanálisis como activas. Es importante observar que la correlación general entre, de una parte, el aspecto perfectivo y el tiempo pasado y, de otra, el “menor control” de la acción por parte del agente, puede tener una motivación semántica o cognitiva, pero no puede explicar de por sí el mecanismo del cambio, ni la dimensión real de la parcialidad ergativa en las lenguas. Así, en el ejemplo considerado, la ergatividad se asocia al aspecto perfectivo, pero no necesariamente al pasado, como puede verse en 1a. Por su parte, Moreno Cabrera (1991: 437) ofrece un ejemplo del georgiano en el que la morfología ergativa se impone cuando hay pasado, como puede observarse en 2: 2. a) Student-i ceril-s cers estudiante-nom carta-ac escribir-presente ‘el estudiante escribe una carta’ b) Student-ma ceril-i dacera estudiante-erg carta-abs escribir-pasado ‘el estudiante escribió una carta’ Así, en 2a, en presente, observamos una morfología acusativa: el sujeto va en nominativo y el objeto directo en acusativo, mientras que en 2b, con tiempo pasado, el mismo sujeto lleva caso ergativo y el objeto caso absolutivo, una configuración típicamente ergativa. La explicación que ofrece Moreno Cabrera se basa en la correlación general observada en la bibliografía entre tiempo pasado y control de la acción, pero es fácil observar que, aunque correcta, no es una explicación aplicable, sin más, al hindi: El pasado relata hechos ya ocurridos que no se pueden, por tanto, modificar; en este sentido el agente tiene menos poder sobre los acontecimientos pasados visto desde el presente (que es donde se realiza el acto enunciativo). Esta perspectiva hace que se elija el pasado como tiempo propicio para utilizar la construcción ergativa: al quitar al sintagma nominal agente la propiedad de pivote, se queda este como un agente menos natural y menos “controlador” de la situación, en consonancia (Moreno Cabrera, 1991: 437).

A pesar de lo ajustado de esta consideración a este ejemplo, parece claro que, en todo caso, es imprescindible la mediación del aprendizaje de que en una lengua concreta la morfología flexiva de pasado se asocia a un tipo de estructuras y la de presente a otro distinto. De lo contrario no serían explicables, al menos, dos hechos: primero, que en otras lenguas los tiempos pasados y el aspecto perfectivo induzcan a una morfología acusativa (como de hecho sucede habitualmente en las lenguas acusativas) y, segundo, que en otras lenguas con ergatividad parcial, como en el caso de 1, no se emplee la morfología ergativa en el pasado, sino solo en el aspecto perfectivo.

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Es más, tal y como propuso Anderson (1977), el georgiano se podría considerar una lengua ergativa que presenta un esquema acusativo solo cuando la acción es imperfectiva. Como observa Anderson, esta es una situación simétrica al caso del hindi, pero hasta cierto punto independiente. Así, observa este mismo autor que el origen de las estructuras ergativas en hindi radica en un reanálisis de estructuras pasivas como activas, mientras que el origen de las estructuras acusativas en georgiano deriva del reanálisis de estructuras antipasivas. Una estructura antipasiva es, en cierto modo, el equivalente en una lengua ergativa de la pasiva en una lengua acusativa. Lo característico de la antipasiva es que marca oblicuamente el objeto directo, lo cual, de nuevo, tiene una clara relación con el aspecto interno: la marcación del objeto directo oblicuamente implica, en cierto modo, la “no consecución” de la acción y, paralelamente, un cierto grado de intransitivización, como puede verse en la oposición entre, por ejemplo, Disparó a su vecino y Disparó contra su vecino. Según Anderson, el reanálisis de las antipasivas (esto es, expresiones con democión de objeto) como activas dio lugar a una identificación del sujeto de estas “semitranstivas” con el sujeto de las intransitivas y, por tanto, a una nueva forma de marcar el presente y el imperfectivo asociada a la morfología acusativa. Parece, pues, que en este caso la ergatividad de 1b, más que una consecuencia de la perfectividad y la relevancia cognitiva del paciente o del agente, es una consecuencia formal derivada de las propiedades gramaticales del participio pasado, heredadas a su vez de un antiguo uso pasivo. De ahí precisamente la concordancia de objeto, dado que es esta la que relaciona a V y a su complemento. Es importante destacar en este punto la importancia de la concepción de la ergatividad o la acusatividad como la respuesta automática a propiedades formales del léxico funcional aprendido y no tanto a la prominencia del agente o del paciente, precisamente porque nos permitirá evitar que se asocie la ergatividad a una forma de concebir el mundo distinta a la que subyace a las lenguas acusativas. Cuando se ponen en conexión estructuras gramaticales y percepción de la realidad se abre la puerta a un mundo de apreciaciones poco científicas. Así, Seely (1977) observa que muchos autores, especialmente a principios del siglo XX, pensaron que las lenguas ergativas (supuestamente “orientadas al paciente”) reflejaban la mentalidad primitiva de los pueblos que las hablaban. Observa este autor que expresiones como las siguientes, aplicadas a hablantes de lenguas ergativas, eran tristemente frecuentes: “el agente es para ellos un poder aún oculto” o “los hombres salvajes aparentemente creen que los eventos no se deben a su propia voluntad” o, por último, “lo que para nosotros es una causa, para los hombres primitivos solo implica la operación de fuerzas míticas” (textos tomados y traducidos de Seely 1977). Nótese que la lingüística del siglo XIX era fundamentalmente una lingüística indoeuropeista y, en general, acostumbrada al esquema nominativoacusativo. Las lenguas ergativas (incluido el vasco) se empezaron a estudiar en un

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contexto de exotismo y, en general, en sociedades consideradas de poca evolución social y tecnológica, debido a que se hablaban predominantemente en América del sur y Oceanía. Dixon (1994), por su parte, observa sagazmente que de ser al revés, los hablantes de lenguas ergativas podrían haber hecho afirmaciones similares, ya que ellos marcan realmente el agente, lo que implicaría que quienes no lo hacen no distinguen entre la acción voluntaria y lo que a uno le sucede. De hecho, Dixon concluye tras su exhaustivo estudio que “no hay una correspondencia directa entre los recursos de marcación gramatical y la visión del mundo” (Dixon, 1994: 214, traducción nuestra). También observa este autor que una lengua puede evolucionar de un sistema ergativo a uno acusativo (por ejemplo, las lenguas tibetanas) o al revés (como por ejemplo algunas lenguas modernas de la India) sin que se produzca un cambio de cosmovisión o una revolución cultural paralela. Estas consideraciones apoyan la idea de que la diferencia tipológica entre una lengua ergativa y una lengua acusativa es, en el fondo, bastante más superficial de lo que puede parecer en principio y que tiene un origen puramente histórico. En este sentido, Comrie (1976: 84 y ss.) observa que en ruso o en irlandés la única forma de expresar el perfecto sin ambigüedad con el pasado simple es empleando formas pasivas. Igualmente afirma que en las lenguas indoiranias no se conservan los perfectos simples indoeuropeos, sino que tienden ya desde el principio a formar nuevos tiempos compuestos partiendo del participio pasado pasivo, basándose en las pasivas del sánscrito del tipo de las del ejemplo de 3: 3. tenedam uktan (tena + idam) por él + esto dicho (part. pas. pasivo neutro) ‘Esto fue dicho por él’ Como, según Comrie, las lenguas indoiranias apenas conservan el pasado perfectivo simple, suelen tender a dos derivaciones: o bien presentan perfectos perifrásticos basados en el participio, o bien reanalizan la construcción pasiva indoeuropea del tipo de 3 como una construcción activa, de modo que, según afirma el mismo autor, “lo que era originalmente el sujeto de una construcción pasiva se reinterpreta como el objeto directo de una construcción activa, y el antiguo agente de la pasiva se reinterpreta como el sujeto de una construcción activa” (Comrie 1976: 85, traducción nuestra), dando lugar, pues, a un esquema ergativo. La motivación más antigua al respecto la ofrece ya Kurylowicz (1964), quien observa que el perfecto relaciona una acción pasada con un estado presente, esto es, puede expresar un estado presente como siendo el resultado de una acción pasada. Así, cuando una acción implica a un agente y un objeto, el cambio resultante en el estado suele ser más aparente en el objeto que en el agente, y la pasiva 280

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es, precisamente, la forma que predica un cambio de estado del objeto de una acción. Por otra parte, como hemos visto en el apartado anterior, los perfectos basados en verbos posesivos como haber o tener también tienen una clara relación con el aspecto, en este caso no a través de la pasividad, sino de la posesión y de los participios como predicados secundarios. Así, cuando Benveniste (1952) considera que es muy frecuente en las lenguas emplear un verbo de posesión para crear una forma de perfecto, observa que, por ejemplo en bretón (donde se emplea una forma perifrástica para denotar la posesión), una expresión con la forma ‘para mí es el problema resuelto’ tiene una interpretación del tipo ‘tengo el problema resuelto’ y de ahí, ‘he resuelto el problema’. Lo relevante del caso es que, de forma distinta, nos lleva también a las construcciones ergativas. Una expresión como para mí es el problema resuelto es en realidad muy semejante a una expresión ergativa: el “sujeto lógico” aparece de forma oblicua y el “objeto” en nominativo y concordando con el verbo. Es, pues, exactamente el mismo caso que el de una pasiva reanalizada como activa. De hecho, Benveniste argumenta que este sistema de posesión es el origen del sistema casual ergativo de los perfectos innovados del persa antiguo, del armenio clásico y del egipcio, entre otras lenguas. Como ya se ha mencionado, Anderson (1977 y 1988) observa que la forma más habitual de que una lengua acusativa desarrolle un sistema de ergatividad parcial es a través de la reinterpretación de una pasiva para la creación de una forma de perfecto y, de forma semejante, la forma más habitual de que una lengua ergativa desarrolle una acusatividad parcial es a través de las construcciones antipasivas como base para la creación histórica de formas imperfectivas. Hemos visto que, para Dixon y otros muchos autores, la motivación que subyace a que las construcciones pasivas sean la fuente principal de ergatividad en las lenguas acusativas radica en la sintonía que se establece entre el aspecto perfectivo y el esquema ergativo de organización de participantes, ya que, parafraseando a Dixon, se puede decir que tanto el pasado como el aspecto perfectivo tienden a centrarse en lo que le pasó al objeto, más que en lo que hizo el agente. También observa Anderson (1977) que las construcciones pasivas son semánticamente cercanas al perfecto porque normalmente presentan un estado como el resultado de una acción completada. Sin embargo, el mismo Anderson (en 1988), insiste en un aspecto realmente crucial cuando consideramos la explicación de estos hechos, como es la delimitación de cuál es la exacta naturaleza de la relación tantas veces observada entre perfectividad y ergatividad. Así, observa lo siguiente: Podríamos afirmar que la búsqueda de esa conexión está basada en una incomprensión fundamental de la naturaleza de la correlación que hay que explicar (Anderson, 1988: 398).

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De hecho, esta es precisamente la sensación que surge de las generalizaciones que hemos revisado anteriormente, a pesar de su plausibilidad. Como se ha sugerido, en el caso que nos ocupa la relación entre perfectividad y ergatividad no parece en realidad una relación directa, sino una relación mediatizada más o menos accidentalmente por la estructura pasiva, tal y como concluye Anderson: La cuestión importante es que no hay conexión directa e intrínseca entre la ergatividad y el aspecto perfectivo [...] Ocurre, simplemente, que ambos son aspectos de la pasiva y, cuando esta es el origen de un perfecto innovado, trae consigo sus características morfológicas como legado más o menos incidental (Anderson, 1988: 400).

En el contexto de nuestra discusión en este capítulo, nos interesa la consideración de las características morfológicas como un “legado más o menos incidental”, precisamente porque esa es la predicción que se obtiene desde el modelo de la diversidad lingüística y del cambio sintáctico defendido en los apartados precedentes. Como sucedía en el caso analizado en el apartado anterior, la explicación del surgimiento de la morfología ergativa como un “legado incidental” de un proceso de reanálisis histórico de estructuras pasivas (en lenguas acusativas) como activas (en lenguas ergativas) requiere dos condiciones: (a) que sea plausible estructuralmente, de manera que el mecanismo del reanálisis sea aplicable en los términos especificados, y (b) que se justifiquen las condiciones contextuales o de uso del lenguaje que hagan dicha propuesta razonable y no ad hoc. Comenzando con la segunda condición, es cierto que, en principio, hay una gran diferencia entre una estructura pasiva en una lengua acusativa y una estructura activa transitiva en una lengua ergativa, y el tránsito de una a otra, históricamente, implica cambios no siempre fáciles de explicar ni, por supuesto, de documentar. En términos esquemáticos se debe explicar el siguiente proceso histórico:

Pasiva (con esquema acusativo)

Activa (con esquema ergativo)

Simplificando la descripción que hacen Estival y Myhill (1988), este proceso se podría interpretar en los siguientes términos: primero se debería implicar que en las pasivas siempre apareciera el sujeto temático, esto es, el agente o controlador en su posición oblicua (por ejemplo, por la policía en Los ladrones fueron arrestados por la policía). Por otra parte, el uso de la construcción pasiva debería

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extenderse a nuevos contextos en los que el uso de la pasiva no estaba justificado a priori. Este tránsito implica que la pasiva debió considerarse en un cierto momento como una expresión básica y no derivada. Este, como comprobaremos también en el apartado siguiente, es un paso crucial en la explicación de muchos procesos de cambio sintáctico: al percibirse una construcción marcada o derivada como si fuera una construcción no marcada o no derivada, las estructuras subyacentes se hacen susceptibles de reanálisis, dado que los hablantes analizan la secuencia sin el condicionamiento contextual que normalmente justifica las construcciones marcadas o derivadas. Este fenómeno de reanálisis de la marcación es muy relevante en la explicación de los cambios en el orden básico de palabras y en cierto modo es análogo a las hipercorrecciones e hipocorrecciones que hemos visto en la explicación de los cambios fonéticos (véase 4.2). Por su parte, el objeto promocionado (los ladrones) deberá recibir el mismo tratamiento morfológico que un sujeto intransitivo pleno y el marcador oblicuo del agente (por) deberá interpretarse como un marcador ergativo de sujeto sintáctico. Ello daría por fin lugar a una construcción en la que el “pivote sintáctico” sería el “objeto lógico” y antiguo sujeto de la pasiva (esto es, los ladrones). Para que se aprecie mejor la semejanza superficial entre una estructura pasiva de una lengua acusativa y una estructura activa de una lengua ergativa puede ser útil comparar el ejemplo español de 4a, como muestra de una estructura pasiva en una lengua acusativa, y el ejemplo hindi ergativo, que repetimos como 4b, como muestra de una estructura activa transitiva con una marcación ergativa: 4. a) Los ladrones fueron arrestados por la policía b) raam ne rotii khaayii thii comer (part. perf. f.) ser (pas. f) Ram (m) erg. pan(f) 'Ram había comido pan' Nótese que en el ejemplo español el “objeto semántico”, esto es, el paciente los ladrones tiene el mismo caso (o la ausencia de él) que los sujetos de los verbos intransitivos (por ejemplo en Los ladrones huyeron), y lo mismo sucede con el objeto paciente del ejemplo hindi rotii, que es el objeto de la oración, pero no lleva marca de caso y concuerda con el verbo y el auxiliar (si los ladrones fuera el objeto de un verbo transitivo llevaría la marca a: La policía detuvo a los ladrones). Además, el “sujeto semántico”, esto es, el agente la policía tiene un “caso” especial (esto es, la preposición por), y lo mismo sucede con el sujeto semántico (y sintáctico) de 4b Ram, con la posposción ergativa ne. En tercer lugar, tanto en 4a como en 4b la concordancia del verbo se establece con el paciente y no con el agente. Y en cuarto lugar, en ambas expresiones el verbo está “partido” en un

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participio que concuerda con el paciente y un auxiliar ser que igualmente concuerda con el paciente. En realidad, pues, 4a y 4b son muy parecidas superficialmente, a pesar de que una es una pasiva en una lengua acusativa y la otra es una activa transitiva en un esquema ergativo. El contexto óptimo para el reanálisis (o sea, la confusión) sería el proporcionado cuando una construcción en hindi análoga al ejemplo español de 2a se dejara de considerar una estructura derivada de una activa y se reanalizara como un activa ella misma, esto es, se interpretara por la policía como el sujeto sintáctico (con una marca de caso ergativo como un “legado incidental”) y los ladrones se interpretara como el objeto directo (con la codificación típica del sujeto para el objeto como otro legado incidental). Como observa Anderson: En esencia, esto es exactamente lo que ha ocurrido en varias familias de lenguas no relacionadas: construcciones originariamente pasivas han perdido su relación con las presuntas formas activas subyacentes y, como resultado, se ha reanalizado su forma superficial como morfología ergativa, en lugar de como pasiva sintáctica (1988: 396).

En términos estructurales podríamos concebir el proceso de la siguiente manera: un participio de una pasiva perifrástica se reanaliza como un verbo activo, con lo que el antiguo sujeto derivado (aunque “objeto semántico”) se reanaliza como objeto directo y el auxiliar de la pasiva perifrástica se reanaliza como el auxiliar del nuevo perfecto analítico. Al reanalizarse el verbo pasivo como activo, el agente oblicuo queda reanalizado como un sujeto marcado con caso, el caso ergativo (que en la tradición también se denominó, precisamente, caso agentivo). Para explicar este proceso dentro del modelo de la oración desarrollado en los apartados anteriores necesitamos primero representar una oración pasiva de una lengua acusativa, como en el caso de nuestro ejemplo de 4a, que se presenta en la figura 6.19. Como puede apreciarse en el esquema, asumimos que en una construcción pasiva (análoga a la de los verbos inacusativos) la categoría v, por definición, está inactiva (lo que se representa con el símbolo ). Al no estar activo v, no se ensambla el argumento externo (que se adjuntará opcionalmente con una preposición agentiva por) y se suspende la asignación de caso acusativo. En consecuencia, el objeto los ladrones, que requiere caso, se desplaza al especificador de T para recibir caso nominativo y establecer la concordancia de número y persona con T (ignoramos ahora el proceso de concordancia en número y género del participio con el objeto directo que, en todo caso, se establece en la parte inferior de la estructura).

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El objeto queda marcado entonces como un sujeto tradicional (con el caso no marcado o por defecto, el nominativo). Dado que el participio es una forma no finita, no asciende a T, siendo ensamblado en su lugar un auxiliar, fueron, que expresa el tiempo y la concordancia con el sujeto.

ST los ladrones T

T’ Sv

fueron v’ v

SV

 V’

V detenidos

SD los ladrones

Figura 6.19. Representación simplificada de Los ladrones fueron detenidos. La categoría v está inactiva (o ausente) por definición en las construcciones pasivas, de manera que el objeto directo no recibe caso acusativo y se desplaza al especificador de T para recibir caso nominativo por medio de la concordancia. A su vez, el verbo detenidos (no finito) no está marcado para tiempo, por lo que el auxiliar se ensambla en T para materializar esa categoría.

El reanálisis relevante en nuestro contexto sería el que implicaría que si imponemos una lectura activa a la estructura pasiva Los ladrones fueron detenidos por la policía, esto es, si se pierde la noción de que es una estructura pasiva y se

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reanaliza como si fuera activa (como si fuera una manera normal de decir ‘la policía detuvo a los ladrones’), entonces se implicaría que detenidos se analizaría como situado en v (que estaría disponible al considerarse la expresión no derivada, esto es, activa) y, por tanto, su objeto directo estaría marcado como si fuera un sujeto (esto es, con el caso por defecto y con concordancia con el auxiliar y con el verbo), que es exactamente lo que define a las construcciones ergativas, como hemos visto. Adicionalmente, el adjunto agentivo preposicional (por la policía) quedaría reanalizado como un sujeto marcado con caso oblicuo, el otro ingrediente esencial de la marcación ergativa. Es relevante tener en cuenta ahora que ya Chung (1978) estableció de forma concluyente (basándose en evidencia etimológica) que la estructura ergativa del tongano (una lengua polinesia) deriva del reanálisis de pasivas como activas del maorí. Chung describe este desarrollo en un contexto en el que el uso de pasivas está ya muy extendido. Así, observa que en maorí las oraciones pasivas se emplean con mucha más profusión que en inglés (y, por tanto, con mucha más que en español); además, observa esta autora que la construcción pasiva es obligatoria en algunos contextos, como las expresiones imperativas, y que se emplea habitualmente en esta lengua para marcar el objeto afectado de un verbo transitivo. Debemos entonces asumir que esta preferencia por resaltar el objeto afectado por la acción empleando pasivas (esto es, construcciones en las que el objeto afectado aparece como sujeto sintáctico) se hizo obligatoria en muchos contextos en el tongano, aumentando el riesgo de reanálisis en la dirección que hemos descrito. La vinculación que se ha señalado en la bibliografía entre la perfectividad, la perspectiva del objeto o paciente, la información nueva frente a la vieja, etc., puede, quizá, explicar por qué el uso de la pasiva se hizo profuso en ciertos contextos, e incluso se podría decir que explica por qué la pasiva dio lugar a formas de perfecto y no, por ejemplo, de futuro, pero no explica cómo sucede esto ni, por supuesto, por qué. De hecho, como hemos argumentado, realmente no hay un porqué, dado que los cambios sintácticos (y los cambios lingüísticos en general) no son necesarios para mejorar la capacidad lingüística o cognitiva de los hablantes, sino que son accidentes evolutivos en el discurrir histórico del componente de externalización de las lenguas humanas.

6.6. Lenguas de tópico, lenguas de sujeto y el origen de la concordancia Hemos visto en el apartado anterior que las diferencias tipológicas en la organización gramatical se pueden concebir como el resultado de procesos de reanálisis históricos que, por así decirlo, dejan intacta la sintaxis subyacente y alteran la manera en que en cada lengua-i se externalizan las derivaciones sintácticas. En el caso revisado hemos atendido a cambios en la codificación gramatical de los ar-

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gumentos esenciales de la oración, el sujeto y el objeto. Consideraremos ahora una diferencia tipológica en las lenguas que parece radicar en una variación sintáctica aún más profunda, dado que, tal y como fue formulada originalmente (Li y Thompson, 1976) reflejaría una oposición entre lenguas de tópico y lenguas de sujeto. Según Li y Thompson, en muchas lenguas el papel prominente en la oración lo tiene el sujeto sintáctico, mientras que en otras lenguas es el tópico (y no necesariamente el sujeto) el que asume dicho papel. Esta tipología se basa en el análisis tradicional de la estructura del enunciado en dos grandes partes, el tópico o tema (información vieja) y el comentario o rema (información nueva) y en el hecho de que en algunas lenguas esta estructuración sería más básica que la tradicional de sujeto-predicado. Según Li y Thompson (1976) tendríamos a este respecto cuatro tipos de lenguas: 1. a) Lenguas de sujeto prominente. b) Lenguas de tópico prominente. c) Lenguas de sujeto y tópico prominentes. d) Lenguas en las que no son prominentes ni el sujeto ni el tópico. Li y Thompson (1976: 460) consideran que en el tipo 1a se encuentran buena parte de las lenguas indoeuropeas, las níger-cordofanas, las fino-úgricas o las semíticas; en 1b mencionan el chino, en 1c el japonés y el coreano y en 1d el tagalo y el ilocano. Según estos autores, que una lengua pertenezca al grupo 1b no implica que no conozca la noción de sujeto, sino que su estructura favorece un análisis en términos de tópico-comentario más que en términos de sujeto-predicado, esto es, que en esas lenguas la configuración tópico-comentario parece ser más básica que la configuración sujeto-predicado. En realidad, pues, no se trata tanto de lenguas que pertenezcan a un grupo o a otro en términos categóricos, sino de lenguas que se describen mejor en términos de sujeto-predicado, lenguas que se describen mejor en términos de tópico-comentario, lenguas que requieren los dos sistemas y lenguas que no los distinguen. Para comprender el alcance de esta tipología es importante entender adecuadamente qué propiedades diferencian los elementos sintácticos que tradicionalmente se denominan tópicos de los elementos sintácticos que tradicionalmente se denominan sujetos. Siguiendo la exposición de Li y Thompson podríamos señalar en primer lugar el asunto de la definitiud. Los tópicos deben ser definidos (de acuerdo con la noción de definitud tradicional, esto es, “si el oyente puede identificar y ya conoce el referente en particular que tiene en mente el hablante”), mientras que los sujetos no deben serlo necesariamente (como en el ejemplo español Alguien me dijo

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que viniera). En todo caso, es relevante recordar que la definitud es una propiedad típica de los sujetos en muchas lenguas, en comparación con los objetos. Otra diferencia importante entre la noción de tópico y la de sujeto es que el sujeto debe ser un argumento seleccionado semánticamente por el verbo o el predicado, mientras que el tópico no tiene por qué serlo. Esto se aprecia en el siguiente ejemplo del chino (tomado de Li y Thompson, 1976: 462) en el que, como en los siguientes, se subraya el tópico para mayor claridad: 2. neì-xie shùmu shù-shen dà esos árbol árbol-tronco grande ‘Esos árboles, los troncos son grandes’ El tópico “esos árboles” no es un argumento del predicado principal de la oración, aunque la oración de 2 es una oración normal en esta lengua, esto es, no es una oración marcada como lo sería su equivalente en español: Respecto de esos árboles, los troncos son gordos. De forma semejante, en Japonés (de nuevo ejemplo de Li y Thompson) las construcciones de tópico (que llevan un marcador especial wa, distinto del marcador del sujeto, que es ga) implican un constituyente que no es necesariamente un argumento seleccionado por el verbo: 3. gakko-wa boku-ga isogasi-kat-ta escuela-top yo-suj ocupado-era Lit. ‘Escuela, yo estaba ocupado’ ‘Estaba ocupado mientras estaba en la escuela’ De acuerdo con Li y Thompson, como consecuencia de lo anterior, los tópicos no muestran concordancia, mientras que los sujetos lo hacen frecuentemente (aunque esta afirmación es controvertida, cfr. Givón 1976). Una propiedad asociada también a la anterior es que el sujeto normalmente es predecible respecto de un verbo (esto es, que si un verbo tiene un argumento paciente y otro agente, el segundo será sujeto, o si tiene un causador y un causado, el primero será el sujeto, y no el causado), mientras que no sucede así con el tópico, que puede tener cualquier papel semántico, o ninguno en absoluto (lo que se explica porque puede no ser un argumento del verbo). Li y Thompson, siguiendo la caracterización tradicional, observan que la función del tópico siempre es la misma: limitar la aplicabilidad de la predicación principal a un cierto dominio restringido. El tópico, afirman, es el centro de atención, anuncia de qué se va a hablar, cuál es el tema del discurso, por lo que es explicable que no pueda ser indefinido. Ello explicaría también que en lenguas con sujetos claramente marcados, como el español, también pueda haber tópicos diferentes del sujeto sintáctico.

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Otra diferencia relevante entre el tópico y el sujeto tiene que ver con el orden. El tópico, a diferencia del sujeto, siempre tiene que estar en posición inicial. De hecho, a pesar de que en muchas lenguas del tipo de 1b los tópicos se marcan con morfemas especiales (como wa en japonés) aún deben permanecer en esa posición, con lo que parece que la marca es redundante. En todo caso, las marcas de tópico no siempre aparecen y lo que caracteriza siempre a los tópicos es la posición inicial. Por supuesto, como hemos visto, interlingüísticamente los sujetos tienden a estar en posición inicial, pero no es extraño encontrar lenguas en las que los sujetos van uniformemente detrás del verbo. Li y Thompson consideran que esa preferencia por la posición inicial de los tópicos tiene clara relación con las estrategias discursivas. No en vano el análisis tradicional en términos de tópico-comentario no es una alternativa al análisis sujeto-predicado, sino una superposición derivada de un punto de vista distinto en el análisis: la llamada estructura informativa del enunciado. Si consideramos una estructura como un enunciado más que como una oración, entonces es claro que el discurso, el habla, impone una serialización, una linealidad de la información que se va a comunicar, con lo que es esperable que el tópico, el que determina de qué se va a hablar, o que se refiere a la información vieja o conocida, vaya en primer lugar. Es importante señalar ahora que en los términos de nuestra aproximación a la estructura oracional (apartado 6.1) la diferencia entre tópicos y sujetos tiene relación en realidad con la “altura” en la que se interpreta un determinado constituyente, de manera que los tópicos lo son porque ocupan una posición determinada en el ámbito del SC, mientras que los sujetos se analizan típicamente como argumentos situados en el ámbito del ST (o en cualquier caso, en una posición inferior a la del tópico, véase la figura 6.9). Veremos en seguida que cualquier análisis que pretenda relacionar históricamente los tópicos y los sujetos se hace mucho más plausible con esta visión “continua” de la derivación sintáctica que con una visión más tradicional que opone sendos conceptos en función de distintos niveles de análisis (por ejemplo, gramatical vs. pragmático). De hecho, esta breve caracterización de las propiedades de tópicos y sujetos pone claramente de manifiesto que hay una estrecha relación entre el tópico y el sujeto, aunque sean nociones distintas. El hecho de que los sujetos sean tan frecuentemente iniciales y definidos, y el hecho de que, en los casos no marcados, el sujeto sea normalmente el tópico en las lenguas del tipo de 1a y 1d, sugiere que hay una estrecha relación entre ambas nociones. Una posible manera de comprender esta relación (sin descartar las diferencias), que es la que emerge del modelo oracional propuesto en el apartado 6.1, sería la de considerar que todas las lenguas son de sujeto-predicado (con una escala de grado de marcación gramatical del sujeto), y que en todas las lenguas se da la estructuración del enunciado en tópico-comentario, por lo que las diferencias que dan lugar a la tipología de Li y 289

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Thompson tendrían que ver con el grado en que en las lenguas se marca gramaticalmente el sujeto y con el grado en que esa marcación afecta a la posición sintáctica de los sujetos. Li y Thompson ofrecen ejemplos y argumentos para justificar su afirmación de que el análisis en términos de tópico-comentario es más básico que el análisis en términos de sujeto-predicado en las lenguas de tipo 1b. Los ejemplos más interesantes provienen del lisú (lengua tibetana hablada en China por medio millón de personas), una de las pocas lenguas de tipo tópico prominente en las que no hay ningún tipo de marca para el sujeto. Veamos solo un ejemplo (tomado de Li y Thompson, 1976: 474): 4. làthyu nya áyà ami khwa-a mua gente top búfalo campo cavar ver a) ‘gente, ellos vieron a los búfalos cavando la tierra’ b) ‘gente, los búfalos la vieron cavando la tierra’ 5. áyà nya làthyu ami khwa-a mua búfalo top gente campo cavar ver a) ‘Los búfalos, ellos vieron a la gente cavando la tierra’ b) ‘Los búfalos, la gente los vio cavando la tierra’ Como puede apreciarse en los ejemplos de 4 y 5, ninguno de los SSNN (‘gente’, ‘búfalos’) está marcado como sujeto en ninguno de los dos ejemplos. En 4 tenemos una lectura ambigua, pues aunque ‘gente’ está marcado como tópico, se puede interpretar como sujeto 4a y como objeto 4b, y lo mismo sucede con 5, donde lo marcado como tópico es ‘búfalo’, pero también puede interpretarse como sujeto 5a o como objeto 5b. En estos casos se observa, pues, que el tópico no selecciona ninguna función gramatical, sino que solo señala el tema, el asunto del que se habla (los búfalos o las personas), independientemente de si se habla de tales SSNN como objetos de un proceso o como sujetos del mismo. Desde este punto de vista, la noción de sujeto tradicional sería irrelevante en dicha lengua. Sin embargo, en términos del análisis oracional propuesto en la figura 6.9 (y asumiendo simplificadamente que el tópico está en el especificador de C y el sujeto en el especificador de v), las diferencias entre las cuatro interpretaciones de 4 y 5 se seguirían de la combinatoria natural entre posibles ubicaciones de los dos argumentos en las dos posiciones: si ‘gente’ está en ESP-C y en ESP-v tenemos 4a, si ‘gente’ está en ESP-C y ‘búfalos’ en ESP-v tenemos 4b, si ‘búfalos’ está en ESP-C y en ESP-v tenemos 5a y si ‘búfalos’ está en ESP-C y ‘gente’ en ESP-v, entonces tenemos 5b. En tal caso, la noción de sujeto, entendida no como un primitivo de la teoría sintáctica, sino como una etiqueta para denominar al argumento que ocupa posiciones superiores al objeto en el ámbito de la oración (pero infe-

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riores al tópico), sigue siendo aplicable a esa lengua. La diferencia con respecto a una lengua como el español radicaría entonces en que los sujetos en español (y en el resto de lenguas de su tipo) tienen en realidad propiedades de tópicos o, en otras palabras, que mientras que en las lenguas del tipo del lisú los sujetos son totalmente independientes de los tópicos, no es el caso en las lenguas de sujeto prominente. De manera interesante, Li y Thompson proponen que su tipología se puede representar con el siguiente esquema (adaptado de Li y Thompson, 1976: 483):

japonés, coreano

Sujeto prominente

Tópico prominente lisú

chino

tagalo

inglés

español

Figura 6.20. Representación de la tipología de Li y Thompson, como una continuidad en torno a dos vértices inferiores con los tipos tópico prominente y sujeto prominente en los extremos y el tipo de ambos prominentes en el vértice superior. El tipo en el que no son prominentes ni el tópico ni el sujeto quedaría en la zona intermedia de la base del triángulo.

En el vértice izquierdo del triángulo tenemos lenguas en las que el tópico juega un papel prominente, y en el otro extremo de la base, las lenguas en las que los sujetos son los que lo juegan, dentro de una continuidad. En el vértice superior se representan las lenguas en las que ambas nociones son prominentes, en el sentido de que ambas nociones (sujeto y tópico) tienen su marca morfológica específica, y en la zona intermedia de la base del triángulo habrían de situarse las lenguas que, de acuerdo con la caracterización de Li y Thompson no son ni de tópico ni de sujeto prominente (esto es, que no permiten una distinción clara entre ambos). De manera interesante para lo que nos afecta, Li y Thompson sugieren que los sujetos tradicionales (como los del español) se podrían considerar tópicos gramaticalizados históricamente. De ahí derivaría entonces el hecho de que sujetos y tópicos compartan algunas propiedades en estas lenguas. Esto explicaría también que en estas lenguas los sujetos normalmente son los tópicos. Según este planteamiento, en el momento en el que en una lengua empiezan a codificarse los

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

sujetos, esto es, empiezan a marcarse los argumentos más definidos y agentivos con concordancia o con un caso especial (tomado frecuentemente del marcador de tópico cuando lo hay), entonces los tópicos empiezan a ser secundarios (esto es, empiezan a marcarse perifrásticamente, como en español: En lo que respecta a la fiebre, Pepe se encuentra bien). Lo relevante ahora es que una lengua puede moverse de un lado a otro de la tipología por medio del cambio lingüístico, lo que, dado el modelo del cambio y de la gramaticalización que hemos desarrollado, hace plausible pensar que en realidad la propia tipología no refleja una diferencia sintáctica profunda. Li y Thompson asumen que la noción de tópico es universal y que se refleja en las lenguas con diferente intensidad: mientras que en algunas lenguas, como el lisú o el chino, los tópicos están codificados claramente con sus propios marcadores y parece que la estructura tópico-comentario es la básica, en otras, como el español, los sujetos tienen parte de las propiedades de los tópicos y la expresión del tópico diferente del sujeto emplea recursos perifrásticos o derivados (del tipo de respecto de, etc.). Así, proponen una evolución circular como la siguiente: 1. Lenguas de tipo 1b: la estructuración básica es la de tópico. 2. Las lenguas de tipo 1b se acercan al tipo 1d, en el que el tópico se empieza a integrar en la estructura de la oración. 3. El tipo 1d se acerca al tipo 1a: en este momento el tópico se ha integrado dentro de los argumentos del verbo (se ha convertido en sujeto); el sujeto y el tópico suelen ser lo mismo (como en Juan ha comprado esas tierras) y la marca de un tópico distinto del sujeto obliga a una perífrasis o una construcción especial (En cuanto a las tierras, Juan las ha comprado). 4. El tipo 1a se acerca al tipo 1c: las oraciones topicalizadas empiezan a ser menos marcadas, más frecuentes. El orden expresado 1 > 2 > 3 > 4 no es lineal, sino circular. Del estado 4, que corresponde al tipo 1c de la clasificación, se pasaría de nuevo al estado 1 (lo que implicaría la aparición de un tópico con marcas específicas en una lengua del tipo sujeto-prominente, como el español). Como en el caso de la tipología morfológica, encontramos de nuevo una estructura cíclica, lo que, como hemos argumentado entonces (apartado 5.1), evidencia que el cambio no está orientado a un fin, ni se correlaciona con fases culturales o actitudes vitales, sino que sigue tendencias independientes basadas en los procesos contingentes de reanálisis. De ahí lo acertado de la consideración circular del proceso (1 > 4 > 1) por parte de Li y Thompson: si todas las lenguas tienen ambos niveles de estructuración, en lo que se diferencian es en el grado en el que se acercan a uno de los extremos (el tipo 1a o el tipo 1b de la tipología).

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Mecanismos del cambio sintáctico

Y del mismo modo que argumentamos al considerar los llamados tipos morfológicos, el hecho de que sea posible estipular que el “punto de partida” lógico sea el de lenguas de tópico (ya que para que haya “lenguas de sujeto” se requiere morfología específica), no significa en absoluto que las lenguas de tópico sean más antiguas o más “primitivas”, ni que las lenguas de sujeto sean mejores, más modernas o más avanzadas. Dado el carácter circular del proceso y las decenas de miles de años durante los cuales las lenguas han podido estar cambiando, esas consideraciones carecen de sentido. El cambio sintáctico relevante en este proceso es, por tanto, el del propio origen de la marcación gramatical del sujeto y, especialmente, de la concordancia, uno de los rasgos esenciales de este concepto sintáctico tradicional y uno de los factores que parece ser crucial en la tipología que estamos considerando. Para entender adecuadamente este proceso vamos a seguir el modelo basado en la teoría de la gramaticalización propuesto por Givón (1976), aunque concibiendo la gramaticalización como un caso más de reanálisis. Cabe recordar ahora que Givón, como buena parte de los autores funcionalistas de su órbita, tiende a no distinguir claramente entre el proceso evolutivo de la facultad del lenguaje en la especie y el proceso histórico por el que las lenguas cambian en el tiempo. Es cierto que el proceso de gramaticalización del que nos ocupamos parecería reproducir en cierto modo el proceso evolutivo (si es que se pudiera defender que la “pragmática” es anterior evolutivamente en la especie a la “gramática”), un poco de la misma forma que el crecimiento de un embrión a veces parece reproducir el trayecto evolutivo de esa especie (es sabido que los naturalistas del pasado asumían que la ontogenia recapitula la filogenia, algo que se ha revelado infértil como programa de investigación). Mas por mucho que las semejanzas sean estimulantes, dado que la ontogenia nos puede dar pistas interesantes sobre la filogenia, no cabe identificar ambos procesos (véase el capítulo 7). De manera relevante para nuestra discusión, la propuesta de Givón sugiere que los propios sistemas de concordancia que marcan el sujeto en las lenguas derivan del reanálisis de pronombres que sustituyen a tópicos extraídos del sintagma verbal. Ya hemos visto que incluso en algunas lenguas (apartado 5.1, cuadro 5.1) esta relación es evidente a primera vista. Lo que nos interesa ahora es considerar con más detalle cómo un pronombre puede dar lugar a morfología de concordancia y qué efectos implica ello en la sintaxis de una lengua. Siguiendo la argumentación de Givón, imaginemos una lengua en la que no hubiera concordancia. Para hacerlo más inteligible, usaremos el español, pero representando el verbo principal con el infinitivo para simular una lengua sin concordancia de sujeto. En tal lengua el esquema básico de una oración finita afirmativa simple podría ser el siguiente:

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

6. Luis comprar las manzanas (‘Luis compra las manzanas’) Si en 6 topicalizamos el sujeto, este deberá ascender al ámbito del SC, lo que no tendría un reflejo evidente. Supongamos además que, como es frecuente en las lenguas, el sujeto extraído se duplica con un pronombre: 7. Luis, comprar-él las manzanas Nótese que en esta configuración el sujeto de comprar es el pronombre, que asumimos que ya se ha convertido en un clítico (esto es, sin acento propio), como es frecuente, mientras que Luis es un tópico situado en el ámbito del SC, que es además el antecedente del pronombre. Según el modelo de Givón, si por alguna causa externa la oración de 7 empieza a percibirse como una oración declarativa normal, esto es, deja de percibirse como una topicalización de 6, entonces el constituyente Luis (un tópico) se reanalizaría como el auténtico sujeto sintáctico, quedando entonces el antiguo sujeto pronominal como una marca de concordancia asociada al verbo. En el modelo “creativo” de la gramaticalización de Givón este sería el origen de una nueva categoría gramatical, la concordancia y, en cierto modo, del concepto de sujeto mismo. De manera interesante, Givón plantea que el marco en el que esto podría suceder sería aquel en el que se empleara un sujeto topicalizado en un contexto discursivo en el que no fuera precisa esa estrategia, lo que propiciaría el escenario ideal para un reanálisis de la sintaxis “marcada” como sintaxis “normal”, proceso que ya nos resulta familiar. Givón sugiere, pues, que en el origen de la concordancia de sujeto está el reanálisis causado por el uso de una estrategia discursiva fuera de contexto, según un ejemplo como el siguiente (adaptado de Givón 1976): Contexto 1: Estrategia 1: Estrategia 2:

Había una vez un brujo. Este vivía en África. ??Respecto al brujo, este vivía en África.

Contexto 2:

Había una vez un brujo. Era muy listo y muy anciano. Tenía tres hijos, uno que vivía con él y quería aprender sus trucos, otro que había muerto hacía mucho tiempo, y otro que se había convertido es su peor enemigo al haber sido seducido por las fuerzas del bien. ??Éste vivía en África. Respecto al brujo, éste vivía en África.

Estrategia 1: Estrategia 2:

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Mecanismos del cambio sintáctico

Parece claro que la estrategia 1 (pronominalización) funciona bastante bien en el contexto 1, y que la estrategia 2 (topicalización) en dicho contexto es redundante y extraña. Sin embargo, las cosas son diferentes en el contexto 2. Como hay posibilidad de error en la identificación del referente, se impone en el contexto 2 una estrategia de tópico desplazado (estrategia 2). Según Givón, el uso (abusivo, inadecuado) de la estrategia 2 en contextos como 1 sería el origen de la concordancia de sujeto, ya que el hablante percibiría claramente que la estrategia 2, de ser una expresión de “tópico desplazado”, sería una redundancia innecesaria, por lo que se sentiría autorizado a interpretarlo como “sintaxis natural” (esto es, como si hubiésemos dicho El brujo vivía en África). En forma de esquema, lo que propone Givón para el origen histórico de la concordancia de sujeto es un cambio que podemos representar en los siguientes términos:

El hombre, él venir TD oración Expresión marcada

El hombre venir-él oración Expresión no marcada

Figura 6.21. Esquematización del origen de la morfología de concordancia de acuerdo con el modelo de Givón (1976).

Al margen de los detalles, se observa en el recuadro izquierdo de la figura 6.21 que se parte de una estructura compleja, formada por un tópico desplazado (TD en el esquema) y una oración completa (con sujeto pronominal y verbo no concordante), lo que conforma una construcción marcada (esto es, aceptable solo en ciertos contextos), mientras que el reanálisis produce una expresión no marcada, simple (en el sentido de que ya no hay un tópico desplazado) y en la que el verbo ya no tiene un sujeto pronominal y está marcado para concordancia con el sujeto. Según el modelo de Givón, y de acuerdo con la teoría de la gramaticalización, con este proceso se ha creado morfología de concordancia. Observa Givón que ese esquema teórico de la figura 6.21 se puede encontrar con relativa frecuencia en las lenguas criollas, especialmente en las que parten de lenguas de sujeto obligatorio (como el inglés o el francés). El ejemplo de 8 está tomado del tok pisin (lengua criolla de Nueva Guinea de base inglesa): 8. ol i sindaun todos él sentarse ‘ellos se sentaron’

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El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

Se observa en 8 que el pronombre i, derivado del inglés he, se ha convertido en la marca invariable de concordancia de sujeto, haciendo prácticamente en una generación lo que en las lenguas “históricas” ha llevado cientos, cuando no miles, de años. Sin embargo, a pesar de que todo lo anterior parece razonablemente correcto, aún tenemos que explicar por qué un proceso de reanálisis que genera morfología de concordancia tendría que tener tanta repercusión en la sintaxis de las lenguas, dando lugar a la tipología de Li y Thompson. De hecho, tal y como está formulado, el cambio esquematizado en la figura 6.21 no predice las propiedades de los sujetos en las lenguas del tipo 1b, como el español, ni las diferencias con respecto al lisú. El proceso descrito da cuenta de la aparición de la morfología de concordancia en las lenguas, pero no de los efectos de dicha aparición en su sintaxis. El análisis de la sintaxis de los sujetos es un asunto lo suficientemente complejo (y controvertido) como para dar lugar a una monografía como la presente. Un tratamiento detallado y riguroso queda, pues, fuera del alcance de esta. Baste considerar muy simplificadamente que el hecho de que los sujetos en lenguas del tipo 1b compartan propiedades con los tópicos (tales como la tendencia a la definitud, a la posición inicial o a codificar información conocida) es, en efecto, consecuencia del reanálisis de los pronombres clíticos como morfología de concordancia. Pero desde el punto de vista sintáctico la concordancia no solo implica que el verbo varía su forma en función de los rasgos del sujeto (este es de hecho el efecto morfológico, no sintáctico). Lo que realmente implica la concordancia es que la forma verbal incluye obligatoriamente al sujeto, esto es, que el verbo conjugado (por ejemplo compraron en Los niños compraron caramelos) no solo materializa, como hemos visto, los nudos “léxicos” inferiores (V, Asp, v) y el nudo T, sino también el sujeto pronominal. Por tanto, el sintagma los niños no ocupa en realidad la misma posición que ocuparía un sujeto en una lengua sin concordancia (pues estaría ya saturada por el elemento nominal de la flexión verbal), sino probablemente una posición superior (en el ámbito C), que es lo que confiere al sujeto de lenguas como el español los rasgos “pragmáticos” típicos de los tópicos en las lenguas de tópico prominente. Nótese que, desde este punto de vista, la gramaticalización no crea una nueva categoría sintáctica (la “concordancia” o el “sujeto gramatical”, como en el modelo de Givón), sino que crea una nueva expresión morfológica (que llamamos concordancia) de una posición sintáctica preexistente, la del sujeto de la oración. El reanálisis del sujeto pronominal como parte de la flexión del verbo, por así decirlo, “condena” a las lenguas que lo han sufrido a analizar los sujetos sintácticos como elementos topicalizados, incluso en el uso no marcado de la sintaxis enunciativa, a diferencia de lo que sucede en las llamadas lenguas de tópico.

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Mecanismos del cambio sintáctico

6.7. El cambio de orden de palabras como consecuencia Nuestra última (y ya breve) incursión en los procesos de cambio sintáctico se referirá al asunto más controvertido y estudiado en este ámbito: el cambio en el orden básico de palabras. En realidad ya hemos dedicado mucha atención a la tipología del orden de palabras (apartados 6.2 y 6.3) y hemos asumido el modelo basado en el axioma de correspondencia lineal (ACL) de Kayne (1994), según el cual el orden de palabras no es una propiedad básica de una lengua, sino que es un efecto de la “linearización” para la externalización de las estructuras sintácticas jerárquicas. El ACL viene a decir, recordemos, que lo que determina qué elemento se pronuncia antes depende de la “altura” estructural de dicho elemento, de manera que un especificador siempre precederá a su “especificado” y un núcleo siempre precederá a su complemento. Las evidentes (y frecuentes) excepciones a esa predicción deberían explicarse entonces como el resultado de procesos de reanálisis que tienen efectos sobre la configuración estructural de las derivaciones sintácticas. Así, si, por ejemplo, un proceso de reanálisis morfológico hace que una determinada categoría funcional tenga que ser realizada por movimiento, dichos movimientos resultan visibles cuando se aplica el ACL en la transferencia de una estructura jerárquica a una secuencia lineal. Nótese que este modelo implica, de manera coherente con la perspectiva defendida en los capítulos anteriores, que la diversidad del orden básico de palabras es consecuencia exclusiva del proceso de externalización de la sintaxis. Según este planteamiento, los cambios en el orden básico de palabras no son en realidad cambios en el orden de palabras en sí mismos, sino que son síntomas de cambios en la configuración estructural de ciertas construcciones. Por ello se ha intentado mostrar en los apartados 6.2 y 6.3 que los llamados tradicionalmente “parámetros de orden de palabras” no son tales en realidad, sino que son, en última instancia, consecuencia de las diferentes propiedades morfológicas de las categorías funcionales. En este sentido, el orden de palabras en sí mismo no puede cambiar, puesto que en la gramática de las lenguas no hay reglas o principios que se refieran al orden de palabras más allá del (supuestamente universal) ACL. Por tanto, todo cambio en una lengua en lo que respecta al orden de palabras será subsidiario de otros procesos de cambio, típicamente morfológico, que alteran la “altura estructural” de determinados constituyentes. También hemos observado que, frecuentemente, los cambios de orden básico son el resultado del reanálisis de construcciones o expresiones marcadas como construcciones no marcadas. En el modelo desarrollado en los apartados anteriores ello implica frecuentemente que se ha producido un reanálisis de la posición estructural en la que se sitúa un determinado constituyente, de manera que lo que era una posición sintáctica motivada por un tipo de construcción especial (una 297

El cambio sintáctico. Sus causas, mecanismos y consecuencias

interrogativa, una topicalización o una pasiva) pasa a analizarse como una posición “de base”. Así, un elemento topicalizado pasa a analizarse como un sujeto, un sujeto derivado pasa a reanalizarse como un objeto directo o un complementante interrogativo pasa a reanalizarse como parte de la flexión verbal. Siguiendo de nuevo a Givón (1977), consideraremos como caso ilustrativo el cambio de orden VSO a SVO en el hebreo bíblico. Aunque el análisis de Givón es complejo, la línea esencial de su argumentación establece que ese cambio de orden básico en el hebreo bíblico es consecuencia de cambios en la distribución de dos tipos de formas verbales. Así, el hebreo bíblico antiguo tenía dos conjuntos de formas verbales, conocidas como las de perfecto y las de imperfecto (el análisis de Givón también incluye las que denomina formas participiales, que no nos conciernen ahora). Las llamadas formas imperfectas eran las más frecuentes y las que más se empleaban en casi todos los contextos. Por razones diversas, relacionadas con el uso discursivo de esas formas (en general podría decirse que esas formas tienden a mantener el tópico o tema del discurso), el orden de palabras que aparece típicamente con el imperfecto es VSO, mientras que las llamadas formas de perfecto, habitualmente empleadas para introducir un cambio de tópico, inducían el orden SVO y podrían considerarse las formas marcadas. En 1 se pude observar un ejemplo del imperfecto y en 2 del perfecto, ambos tomados por Givón del Génesis. Nótese el orden de palabras diferente: 1. 2.

va-yiqra? ?elohim la-yabasha? erec y-llamó (imperf.) dios a-lo-seco tierra “Y Dios llamó ‘tierra’ a la parte seca” ve-ha-?adam yada’ ?et hava ?ishto y-el-hombre conoció (perf.) Eva mujer-suya ‘Y Adán conoció a Eva, su mujer’

(VSO) (SVO)

Sin embargo, con el paso del tiempo, la forma marcada con el orden SVO comenzó a usarse más frecuentemente y en más contextos diferentes (incluyendo los de mantenimiento del tópico del discurso), mientras que el imperfecto, con el orden no marcado VSO empezó a ser reemplazado por el perfecto, especialmente en las oraciones principales (y se acabó especializando para la expresión de los modos irrealis). Conforme las formas marcadas (al ser reanalizadas como no marcadas) se hacen cada vez más frecuentes a expensas de las formas de imperfecto, la frecuencia de oraciones principales con el orden SVO se incrementa, hasta producir un cambio en el llamado “orden básico de palabras”. Esta tendencia se puede documentar claramente en los diversos libros bíblicos. En el cuadro 6.6 se presenta una tabla, adaptada de Givón (1977), en la que se observa cómo en seis de los libros de la Biblia, ordenados cronológicamente, 298

Mecanismos del cambio sintáctico

se van incrementado las apariciones del orden SV en las oraciones principales y va decreciendo el uso del orden VS: CUADRO 6.6 Orden de palabras en hebreo bíblico (adaptado de Givón 1977: 234) Libro

VS

SV

Total

Génesis Reyes II Esther Lamentaciones Eclesiastés Cantar

169 174 99 36 11 2

25 53 36 36 41 26

194 227 135 72 52 28

% de SV 12,9 23,2 26,7 50,0 79,0 92,0

Se aprecia claramente que cuando se escribió el Génesis el hebreo tenía claramente el orden básico VSO, mientras que cuando se escribió el Cantar de los Cantares, siglos después, se había convertido en una lengua SVO. Lo interesante de este proceso es que la razón del cambio no fue específica del orden básico de constituyentes, sino que en este caso el cambio fue unido a un cambio en la frecuencia de uso de un tipo de construcción que, por razones independientes (morfológicas en última instancia), imponía un determinado orden de palabras. Se aprecia, pues, que el cambio en el orden de palabras es esencialmente el efecto colateral de otros tipos de cambios, tal y como predice el modelo desarrollado. De hecho, Givón establece una interesante metáfora relacionando los factores pragmáticos, los relacionados con el sistema de tiempo y aspecto en el hebreo bíblico y el cambio del orden VS a SV que bien puede servir como conclusión a este largo capítulo: La compleja interacción investigada se puede relacionar con un viaje en el que el cambio de VS a SV es la carga, los principios pragmáticos de topicalidad discursiva son el conductor, y el cambio en el sistema de tiempo/aspecto es el vehículo (Givón, 1977: 187, traducción nuestra).

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7

Las consecuencias de los cambios lingüísticos

La visión del cambio lingüístico que ha inspirado esta larga exposición sobre sus causas y mecanismos deja, en realidad, muy poco espacio para la discusión de sus consecuencias, ya que estas se limitan a un único fenómeno (la diversidad de las lenguas) y excluye otros muchos, tales como el mejoramiento, el refinamiento o la transformación cualitativa de las lenguas y del propio lenguaje. Por supuesto, la diversidad de las lenguas es un hecho de importancia trascendental para los seres humanos, pero en sí misma no es el objetivo o finalidad de proceso alguno, sino un efecto colateral del mecanismo de transmisión de estas a través de las generaciones, incapaz de prevenir los procesos de reanálisis que, como hemos argumentado, subyacen a los cambios lingüísticos. Aun en este punto, nuestra analogía con la teoría evolutiva se mantiene estrechamente, puesto que la diversidad de las especies no es sino es una consecuencia de la evolución natural. Es cierto que gracias a la evolución natural nuestra orgullosa especie ocupa ahora una pequeña punta de una pequeña rama del frondoso y complejo árbol de la vida terrestre, pero no deberíamos sentirnos inclinados a pensar que el objetivo o finalidad de la evolución fue que, de entre la prolija descendencia de los primeros organismos vivos, emergiera nuestra especie (o cualquier otra) a través de lluvias radiactivas, glaciaciones, erupciones volcánicas e impactos de meteoritos. Ciertamente, cuando comparamos una humilde bacteria con un almendro, cuando comparamos un almendro con un lagarto, un lagarto con un chimpancé, o un chimpancé con un ser humano, nos sentimos obligados a interpretar que la evolución implica un incremento de la complejidad, de la sofisticación, incluso de la libertad. Pero esa es una sensación sesgada y subjetiva. Al fin y al cabo, somos seres vivos y somos humanos. Si pudiéramos adoptar el punto de vista de las leyes fundamentales del Universo en el nivel de la mecánica cuántica, todo eso 301

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

carecería de sentido. Pero, probablemente, ese punto de vista nos está vedado, por nuestra propia naturaleza. Afortunadamente, el mundo de las lenguas no obliga a semejante ejercicio de enajenación. Las lenguas son parte de nuestro mundo, de nuestra naturaleza, y podemos examinarlas, investigarlas y contrastar empíricamente nuestras teorías acerca de su naturaleza, de su complejidad, de su grado de evolución. A pesar de ello, en modo alguno hay consenso entre los científicos del lenguaje sobre el sentido profundo de la afirmación de que la consecuencia esencial del cambio lingüístico es la diversidad de las lenguas, ya que en función de la concepción del cambio lingüístico con que se opere, la concepción del grado de profundidad de la diversidad de las lenguas también será diferente. Así, si identificamos las lenguas con las expresiones que empleamos para externalizar el lenguaje (como sucede en ciertas tradiciones), el referido punto de vista de Martin Joos según el cual “las lenguas difieren entre sí sin límite y de manera impredecible” sería adecuado, ya que, en efecto, los cambios lingüísticos pueden afectar profundamente los componentes variables (aunque superficiales) de las lenguas. Pero si las concebimos como un lenguaje interno al que se añade en cada persona un interfaz léxico históricamente condicionado, entonces sería adecuada la también famosa afirmación de Chomsky de que, hecha abstracción de ese componente externo, “todos los humanos hablamos la misma lengua” (véase el capítulo 1). La determinación del grado de diversidad de las lenguas también es, como vemos, un asunto subjetivo que depende, en realidad, del punto de vista, esto es, del conjunto de entidades cognitivas que uno decida denominar lengua. El objetivo de este último capítulo de conclusión será contrastar las predicciones sobre las posibles consecuencias del cambio lingüístico que emanan de la concepción del cambio lingüístico desarrollada en este libro (según la cual el cambio lingüístico se limita al componente de externalización de las lenguas) con las que surgen de la concepción alternativa (de acuerdo con la cual el cambio lingüístico modifica profundamente la estructura de las lenguas), con el fin de mostrar que lo que encontramos en las lenguas actuales es más coherente con la primera opción que con la segunda. Pero antes de ello deberemos considerar con más detenimiento la pregunta central de toda disciplina histórica: ¿qué es lo que pueden cambiar en realidad los cambios? Así, en el apartado 7.1 consideraremos el problema del principio uniformitario que subyace a todas las ciencias históricas; en el apartado 7.2 pondremos en relación el principio uniformitario con la llamada hipótesis uniformitaria de las lenguas y con el problema de identificar el cambio lingüístico con la evolución del lenguaje; en el apartado 7.3 evaluaremos las posibles consecuencias de los cambios lingüísticos en la vida intelectual de los usuarios de las lenguas y, para finalizar, en el apartado 7.4 presentaremos las conclusiones finales.

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Las consecuencias de los cambios lingüísticos

7.1. ¿Cuánto cambian los cambios? El principio uniformitario Como ha quedado señalado, el uso de la analogía con la evolución natural puede resultar confuso. Es notorio que hay una gran diferencia entre la estructura y forma de vida de, en un extremo, un organismo unicelular y, en el otro, un ser humano con un cerebro formado por unos cien mil millones (1011) de neuronas, algo que nos podría sugerir la tentación de equiparar los organismos más sencillos con, por ejemplo, una lengua amazónica sin escritura hablada por trescientas personas y los mamíferos superiores con, por ejemplo, el francés. Pero es importante tener en cuenta que, aunque las formas de vida son extraordinariamente variadas desde el punto de vista fenotípico, no es menos cierto que todas las formas de vida emplean exactamente los mismos procesos químicos y los mismos mecanismos biológicos para desarrollarse, metabolizarse, reproducirse y morir. Comparadas con los objetos inorgánicos, las formas de vida son acusadamente semejantes. Incluso, recientemente, el bioquímico Michael Sherman (2007) ha sugerido que desde un punto de vista lo suficientemente abstracto solo existiría un organismo pluricelular con patrones superficiales de variación, lo que recuerda claramente a la afirmación de Chomsky mencionada. Si queremos usar el argumento de que la analogía entre evolución biológica y cambio lingüístico nos sitúa en un escenario contrario al que hemos defendido (el de la uniformidad de las lenguas a lo largo del tiempo), deberemos tener en cuenta previamente que en realidad la evolución biológica no produce comportamientos, mentes, consciencia, técnicas de caza, ideas, novelas, cultura, tecnología, ciencia, poseía, belleza, gramáticas normativas, argumentos filosóficos o conceptos matemáticos. Los cambios evolutivos producen reorganización de estructuras biológicas, de moléculas, proteínas y tejidos. Por supuesto, los atributos de la cognición humana, incluidos el pensamiento y el lenguaje, emergen de los tejidos construidos por la evolución (más concretamente del cerebro), pero no son en sí mismos parte de ella, de la misma manera que, por ejemplo, la estructura morfológica y fonológica de las lenguas no determina lo que las personas sueñan, lo quieren decir o de qué asuntos prefieren hablar. Una vez situados en este punto de vista, no hay ninguna contradicción en sostener que el cambio lingüístico tiene la misma estructura formal que el cambio evolutivo (como hemos defendido en el capítulo 2) y sostener a la vez que ello no implica en absoluto que del cambio lingüístico debamos esperar una transformación cualitativa y direccional de las lenguas. Al definir una lengua como un órgano mental históricamente modificado, estamos asumiendo que la causa esencial de la diversidad lingüística radica en el cambio lingüístico, una conclusión idéntica a la de Darwin cuando contestó que la existencia de diversas especies se explicaba simplemente porque no eran inmuta303

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

bles. Por tanto, la cuestión de la amplitud o profundidad de la diversidad de las lenguas se reduce en realidad a la potencia, a la capacidad transformadora del proceso de cambio. Cabe entonces plantearse la siguiente pregunta: ¿puede el proceso de cambio lingüístico producir algo que no sea una lengua? La respuesta, a la vista de lo que podemos observar, parece ser claramente no. Pero entonces también es lítica la siguiente pregunta: ¿puede el cambio lingüístico producir una lengua a partir de algo que no es una lengua? La respuesta que hemos obtenido al estudiar las causas y mecanismos de los cambios lingüísticos es, de nuevo, un claro no. Pero, como hemos visto, esta no es una respuesta universalmente admitida. En este punto, de nuevo puede surgir la confusión al examinar la teoría evolutiva. La pregunta análoga sería la siguiente: ¿puede la evolución natural crear vida a partir de lo que no está vivo? Esta compleja pregunta (más competencia del biólogo que del lingüista) depende, en realidad, de qué entendamos por vida y por evolución natural y se puede reformular en los siguientes términos, más concretos: ¿fue el origen de la vida, comoquiera que sucediera, parte del proceso de la evolución natural? Nótese que si definimos la evolución natural como el proceso de modificación de las formas vivas, entonces la respuesta, en términos puramente lógicos, solo puede ser negativa: si el origen de la vida (como sugieren los biólogos) es de algún modo el resultado termodinámico del acoplamiento de diferentes átomos en un medio que fomentó la aparición de moléculas más complejas, entonces ciertos procesos químicos (prebiológicos) produjeron la primera forma de vida y solo a partir de entonces aparece la propia noción de evolución natural. El mismo escenario vamos a defender para el lenguaje: ciertos procesos evolutivos (de los que no se ocupa la lingüística histórica, sino la biología evolutiva) produjeron cerebros humanos capaces de desarrollar el lenguaje humano moderno (lo que hemos llamado la Facultad del Lenguaje, FL). A partir de ese momento, las lenguas humanas están expuestas a cambios históricos, pero dentro de los límites biológicos impuestos por la FL. Por supuesto, a la respuesta anterior se podría objetar una concepción gradual entre lo vivo y lo no vivo, lo que obviamente imposibilitaría dar una respuesta clara a la pregunta de si el origen de la vida es parte de la evolución biológica. Y veremos que la misma actitud parece estar detrás de la concepción de la relación entre la evolución del lenguaje y el cambio en las lenguas en algunas tradiciones. Sin embargo, hay razones poderosas para atenerse a esta línea de respuesta. Consideremos el caso de las propias leyes físicas que rigen el Universo tal y como lo conocemos. Los físicos operan con el supuesto de que estas son las mismas siempre y rechazarían explicaciones en las que haya que postular que las leyes básicas eran distintas en el pasado (por ejemplo que la ecuación de Einstein E = mc2 solo es aplicable en ciertos momentos).

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Las consecuencias de los cambios lingüísticos

Es posible concebir que las propias leyes físicas tengan un origen o incluso que procedan de otras diferentes, pero entonces se tiene que asumir una discontinuidad (una singularidad), como por ejemplo, el momento anterior al big bang. Lo mismo cabe aplicar en biología, como hemos visto, de manera que los cambios evolutivos se producen entre formas de vida, y lo mismo debe aplicarse en lingüística histórica. El origen de la biología (y de la biología evolutiva) estaría en el momento en el que surgió la vida, y el origen de la lingüística (y de la lingüística histórica) estaría en el momento en el que surgió el lenguaje humano. El principio aplicado en los tres ámbitos es el llamado principio uniformitario, un principio metodológico general de toda ciencia histórica (sea lingüística, biológica o física). Se suele atribuir su formulación al gran geólogo Charles Lyell, que ya hemos encontrado en el capítulo 2. El subtítulo de sus célebres Principios de Geología (de 1830-1833) es una expresión clara del mismo: “Un intento de explicar los primeros cambios de la superficie de la tierra por medio de causas hoy en funcionamiento”. El mérito de la obra de Lyell radica precisamente en que intentaba explicar la estructura de la superficie terrestre acudiendo a mecanismos de cambio verificables en la actualidad (movimientos de placas, erupciones, etc.) y no postulando mecanismos inexistentes hoy. La idea general es que los principios que rigen el mundo (esto es, el dominio de investigación de una disciplina) son hoy los mismos que en el pasado. Roger Lass propone la siguiente formulación en el ámbito de la lingüística histórica: Ningún estado de cosas lingüístico (estructura, inventario, proceso, etc.) puede haber existido solo en el pasado (Lass, 1997: 28, traducción nuestra).

Debemos, pues, operar con la máxima de que nada que hoy sea imposible fue, en principio, posible en el pasado, por lo que deberíamos descartar propuestas de reconstrucción que impliquen estados o procesos hoy imposibles. Lass proporciona un ejemplo sencillo: puesto que todas las lenguas conocidas tienen consonantes, se rechazaría por ese principio una reconstrucción que proyectara una protolengua sin consonantes. El lector recordará que fue precisamente este argumento el que opusimos a la llamada Teoría de la Gramaticalización en el capítulo 3 (apartado 3.3), ya que este modelo recurre a los estados de lengua ancestrales (early language), estados de lengua que en la actualidad no existen, para argumentar que la evolución del lenguaje se produce por medio del cambio lingüístico direccional. Es ahora el momento de considerar por qué esa práctica es inadecuada en el ámbito de la lingüística histórica.

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

7.2. La evolución de las lenguas y la evolución del lenguaje La confusión entre el proceso de evolución de las lenguas (el cambio lingüístico) y el proceso de evolución de la Facultad del Lenguaje (como capacidad humana inexistente en otros organismos) es natural en aquellas aproximaciones externalistas que conciben las lenguas como objetos sociales y culturales. Desde esta perspectiva la evolución del lenguaje humano (en contraste con el lenguaje de nuestros ancestros evolutivos) sería, en realidad, un efecto o consecuencia del cambio lingüístico, esto es, de los cambios históricos sucedidos en las lenguas. Frente a esa visión, la concepción (defendida en esta obra) de las lenguas como externalizaciones de un sistema de conocimiento uniforme en la especie implica que los cambios lingüísticos se restringen a esos patrones de externalización y, por tanto, no pueden tener ningún efecto en los aspectos biológicamente determinados de la Facultad del Lenguaje y, como consecuencia, la evolución del lenguaje, comoquiera que sucediera, es independiente del cambio lingüístico. El siguiente esquema, inspirado en Hurford (1992), pretende mostrar la diferencia entre estas dos grandes maneras de abordar la relación entre la evolución del lenguaje y la evolución de las lenguas:

FLx

Lx1

Lx2

FLy

Lx3

?

Ly1

Ly2

Ly3

Figura 7.1. Representación esquemática de la vinculación evolutiva entre dos Facultades del Lenguaje y de la vinculación histórica entre las lenguas producidas por sendas Facultades del Lenguaje.

En el esquema de la figura 7.1 se representa en la línea superior la evolución biológica entre dos facultades del lenguaje FLx y FLy. Asumamos, por ejemplo, que FLx representa la capacidad del lenguaje análoga a la de la especie Homo erectus y que FLy representa la capacidad del lenguaje del Homo sapiens (asumiendo simplificadamente que el primero es un ancestro del segundo). Se representan igualmente las “lenguas” concretas que emergerían de cada una de las

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Las consecuencias de los cambios lingüísticos

Facultades del Lenguaje y la evolución histórica entre ellas. Así, en el esquema se da a entender que la FLx daría lugar a la lengua Lx1 (entre otras muchas posibles) que, debido al cambio histórico, podría producir otras lenguas descendientes, como Lx2, Lx3, y así sucesivamente a lo largo de decenas de miles de años. Se asume en el esquema (y en la presente aproximación) que todas las lenguas del tipo Lx, independientemente de su antigüedad en el tiempo, serían coherentes con la FLx y, a la vez, estarían confinadas a ese “tipo biológico” de lenguas. Una vez que ciertos cambios evolutivos, presumiblemente en la organización o en la arquitectura del cerebro, dieran lugar a una nueva FLy (por ejemplo, la nuestra), todas las lenguas resultantes de esa nueva capacidad tendrán propiedades comunes diferentes de las anteriores y, de nuevo, asumimos que los cambios históricos que den lugar a sucesivos linajes de lenguas (Ly1 > Ly2 > Ly3, etc.) no pueden alterar la propia FLy. Desde este punto de vista, la cuestión de hasta qué punto hay una continuidad histórica entre las lenguas Lx y las lenguas Ly (indicada por la flecha discontinua y el interrogante en el esquema), aun siendo fascinante, es hasta cierto punto irrelevante, puesto que lo que explicaría la idiosincrasia de ese nuevo “tipo biológico” de lenguas no sería esa posible conexión histórica, sino la innovación evolutiva subyacente. Por otra parte, rastrear esa conexión histórica se torna en realidad imposible, dado que las lenguas no fosilizan y que estaríamos hablando de unos sucesos de cambio lingüístico acaecidos hace unos 100.000 años (la fecha aproximada de aparición del Homo sapiens anatómicamente moderno). Algunos autores (por ejemplo Bickerton 1990) han sugerido que esa posible transición habría sido, en parte, similar a lo que sucede cuando las llamadas lenguas pidgin se criollizan, esto es, cuando se “naturalizan” al ser adquiridas por niños como lenguas primeras. Si este escenario especulativo tuviera alguna plausibilidad, observaríamos, en todo caso, que en el curso de una generación las nuevas lenguas tipo Ly, acuñadas históricamente sobre las procedentes de la FL precedente (FLx) adquirirían propiedades nuevas obtenidas, por así decirlo, de “dentro del organismo” (de la FLy) y no de cambios históricos direccionales. Como hemos señalado en diversos lugares de esta obra (apartados 3.3, 5.1 y 6.6), en ese momento habría sido posible, quizá, observar estados de lengua con “bajo grado de gramaticalización”, asumiendo que las categorías gramaticales son exponentes de realización de categorías funcionales históricamente configurados. Sin embargo, desde el punto de vista externalista que minimiza el condicionamiento biológico para el lenguaje, la aparición de lenguas modernas (en contraste con las supuestas lenguas primitivas de nuestros ancestros) se habría producido precisamente a través de esa conexión histórica señalada con la flecha discontinua en la segunda línea del esquema. Incluso, para muchos autores (los partidarios de la teoría de la coevolución entre las lenguas y el cerebro de Dea-

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

con, 1997) habría sido el cambio histórico el responsable de los posibles cambios biológicos producidos en el cerebro humano como “adaptación” al nuevo tipo de lenguas, que se habría originado por medio de cambios históricos. Según la argumentación del apartado precedente, las familias de lenguas Lx (Lx1, Lx2, Lx3, Lxn) y Ly (Ly1, Ly2, Ly3, Lyn) de nuestro esquema estarían afectadas por el principio uniformitario, en el sentido de que serían secuencias de eventos desconectados de una continuidad. La novedad evolutiva que separa FLx de FLy (aunque sea continua en términos estrictamente biológicos) representa para las lenguas una discontinuidad, lo que justifica la aplicación del principio uniformitario. Si, por el contrario, consideramos que la evolución del lenguaje es el resultado del cambio en las lenguas, entonces no se justifica dicho principio, emergiendo una concepción direccional, creativa, del cambio lingüístico. Sin embargo, es importante observar que, independientemente de la persuasión teórica de los autores o de su concepción del lenguaje y de las lenguas, en la lingüística moderna hay un fuerte consenso en torno a lo que podríamos denominar la hipótesis de la uniformidad de las lenguas (HUL en lo sucesivo). Así, Moreno Cabrera, por ejemplo, presenta una variante central de dicha hipótesis (la de que no existen lenguas primitivas) como un logro de la lingüística contemporánea, sin especificar escuelas o tendencias concretas: Puede afirmarse que una de las aportaciones fundamentales de la lingüística actual es haber puesto de manifiesto que no existen lenguas primitivas (Moreno Cabrera, 2000: 12).

Aunque es posible que en ocasiones se trate de una compensación por las denigratorias afirmaciones del pasado, lo cierto es que la HUL es moneda común en la divulgación lingüística y prácticamente todo manual de lingüística, independientemente de su orientación teórica, incluye una formulación de la misma. La HUL que se encuentra en tales obras suele estar formada por diversos componentes, tales como los siguientes: − − − − − −

No existen lenguas primitivas. Todas las lenguas tienen el mismo grado de complejidad global. Todas las lenguas pueden cumplir las mismas funciones. Todas las lenguas tienen en un nivel abstracto la misma estructura. Todas las lenguas tienen los mismos componentes básicos. Todas las lenguas ofrecen el mismo grado de dificultad para su adquisición como lenguas maternas.

Aunque algunas de esas afirmaciones podrían ser verdaderas o falsas, independientemente de si lo son las otras, podemos operar con la versión más exten-

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Las consecuencias de los cambios lingüísticos

dida de la HUL que viene a compilarlas todas en la afirmación de que todas las lenguas actuales tienen el mismo grado de evolución, esto es, que no existen lenguas que representen un estado anterior o menos desarrollado del lenguaje humano. A diferencia del principio uniformitario, la HUL no es un principio metodológico, sino una hipótesis basada en la realidad empírica, por lo que plantea básicamente dos tipos de problemas: si es correcta y, si lo es, cuál es la razón. Dado que la inmensa mayoría de los lingüistas dan por sentado que la HUL es correcta empíricamente, cabe pensar que es razonablemente adecuada, por lo que nos centraremos en la segunda cuestión: ¿por qué no existen lenguas primitivas? Nótese que las dos aproximaciones al cambio lingüístico esbozadas pueden ser compatibles con el hecho de que no existan lenguas primitivas. Sin embargo, la HUL no resulta predicha por ambas: solo se deduce de la primera aproximación. Así, si se preguntara a los numerosos defensores de la HUL por qué no existen lenguas primitivas cabrían esencialmente dos tipos de respuestas: 1. Todas las lenguas actuales y las documentadas históricamente son el resultado de una única FL, que es consecuencia de la evolución natural en la especie. Por tanto, toda lengua natural hablada por un ser humano está restringida o condicionada por dicha FL y no puede ser primitiva. Las lenguas primitivas desaparecieron al desaparecer las especies que tenían facultades del lenguaje primitivas. 2. Todas las lenguas actuales y las documentadas históricamente han estado evolucionando durante decenas de miles de años constreñidas por los sistemas de procesamiento y adquisición humanos y por las funciones cognitivas y comunicativas que deben satisfacer, por lo que en dicho tiempo, o bien han causado la desaparición de las lenguas primitivas (insuficientes estructural y funcionalmente para el ser humano moderno) o bien estas se han convertido en aquellas. Es fácil reconocer en la respuesta del tipo de 1 una concepción como la defendida en esta obra, mientras que la respuesta del tipo de 2 sería la ofrecida desde el punto de vista externalista. Esta segunda aproximación incluiría buena parte del funcionalismo lingüístico en sentido amplio (incluyendo autores de la relevancia de Givón, Comrie o Hawkins) y otras escuelas más recientes (como el modelo deaconiano desarrollado por autores como Hurford o Kirby, y los propios Evans y Levinson en su influyente artículo sobre el “mito de los universales del lenguaje”, de 2009). La respuesta de tipo 1 se puede considerar homológica, no en el sentido de que se afirme que todas las lenguas proceden históricamente de la misma, sino en 309

El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

el sentido de que se afirma que todas las lenguas humanas, antiguas y modernas, son variantes de una misma facultad cognitiva, que limita su rango de dispersión. Las respuestas de tipo 2 se pueden considerar teorías analógicas de la uniformidad, en el sentido de que sería la evolución histórica convergente de cada lengua la que explicaría la uniformidad alcanzada. Como hemos visto, una diferencia crucial y no siempre señalada entre las dos aproximaciones en lo que respecta a la HUL es la relevancia que se le concede al cambio lingüístico en el proceso de la evolución del lenguaje. Para las teorías “homológicas”, el cambio lingüístico no tiene efectos positivos ni negativos funcionalmente y es totalmente independiente del fenómeno de la evolución del lenguaje, que es un asunto relativo a la evolución biológica de la especie. Sin embargo, para las teorías “analógicas” el cambio lingüístico es típicamente sensible a esos factores externos y, aunque no se suele reconocer explícitamente, no se concibe como algo independiente del fenómeno de la evolución del lenguaje. De hecho, es fácil observar la ambigüedad con la que en la bibliografía en inglés se emplea la expresión language evolution, en el sentido de que se utiliza tanto para designar el cambio histórico de las lenguas como para mencionar la propia evolución en la especie de la capacidad o facultad para el lenguaje. En efecto, en inglés se emplea el mismo término language para designar el fenómeno del lenguaje y para designar las lenguas, pero no es en realidad esa “desafortunada ambigüedad” (en palabras de Hurford, 1992: 273) la única causa de la frecuente indefinición en el uso de expresiones como language evolution o language development, sino que realmente para muchos autores hay una auténtica indistinción entre el fenómeno de la evolución del lenguaje y el fenómeno de la evolución de las lenguas, lo que tiene una importancia capital a la hora de predecir o no la HUL. Desde este punto de vista indefinido, el lenguaje evoluciona a través de la evolución de las lenguas (según la línea inferior del esquema de la figura 7.1) que, a su vez, se ven afectadas por la evolución cultural, mientras que para los “homologistas” las lenguas no evolucionan en absoluto, simplemente cambian. Considérese, por ejemplo, el siguiente fragmento de Comrie (que no traducimos por la necesidad de considerar la formulación literal del autor): As a result of the historical linguistics it internal reconstruction potheses concerning 2003: 249).

recent development of grammaticalisation as a tool in has been possible to develop a more general variant of […] that does enable us to come up with plausible hyearlier states of language development (Comrie,

¿A qué se refiere el célebre lingüista con language development, al cambio lingüístico o a la evolución del lenguaje?

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Las consecuencias de los cambios lingüísticos

En principio, el breve fragmento proporcionado, que incluye una referencia al método de reconstrucción interna en lingüística histórica y otra al concepto de gramaticalización, podría hacer pensar que se refiere al cambio lingüístico en tiempo histórico, pero no es así. En realidad se refiere a los dos, sencillamente porque en una concepción puramente histórica de las lenguas no hay manera precisa de diferenciarlos, algo que implica un debilitamiento notable de la HUL. Así, más adelante se confirma la sospecha: We can take grammaticalisation and base on it a kind of generalised internal reconstruction that gives us access to hypotheses concerning earlier stages of the language in question and by generalising our conclusions to earlier stages of language in general (Comrie, 2003: 249, cursiva añadida).

La referencia a “anteriores estados del lenguaje en general” únicamente tiene sentido como una alusión al desarrollo de la facultad del lenguaje en la especie. Pero nótese que entonces se está admitiendo que el cambio lingüístico es direccional y capaz de modificar la facultad del lenguaje. Además, dado que distintas lenguas cambian a ritmos distintos y en sentidos distintos, entonces tendríamos que admitir que la facultad del lenguaje no es uniforme en la especie y que, de hecho, sigue evolucionando en distintos grupos. La siguientes representaciones esquemáticas podrían ayudar a precisar el sentido de esta afirmación. La figura 7.2 presenta el escenario evolutivo que subyace a la “hipótesis homológica”:

Prelenguaje (prelenguas)

FL

100.000 años AP (aprox.)

Lenguaje (lenguas) Presente Figura 7.2. Representación esquemática de la evolución del lenguaje en el modelo “homológico”. Cada línea descendente es un linaje lingüístico a través del tiempo.

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

En el esquema de la figura 7.2 se señala con FL el momento (dentro de la elipse) en el que supuestamente emergió la facultad del lenguaje moderna como resultado de un cambio evolutivo en el cerebro de la especie humana. A partir de ese momento las lenguas siguen teniendo cambios lingüísticos dentro del margen permitido por la FL. Todas las lenguas que han llegado al presente son “modernas”. Todas las que no pasaron por la elipse, son “primitivas”, aunque están extintas. Se pretende mostrar, además, la emergencia evolutiva de la FL como una singularidad evolutiva (un “cuello de botella”) a partir de la cual las lenguas desarrolladas sobre ella (líneas descendentes en el esquema) serán uniformes (dentro de los márgenes de diversidad del cambio lingüístico, lo que se representa con la ramificación arbórea típica). Las llamadas “prelenguas” serían los sistemas lingüísticos de comunicación de los ancestros humanos aún no dotados de la FL moderna, esto es, serían las únicas posibles lenguas primitivas. Nótese que, a pesar de lo que puede sugerir el esquema y la denominación de “modelo homológico”, no se pretende representar una posible teoría del origen monogenético de todas las lenguas (teóricamente posible), sino únicamente que todas las lenguas habladas por seres humanos modernos (situados convencionalmente en los 100.000 años de antigüedad) serían lenguas constreñidas por la nueva FL. A la derecha se pretende representar el proceso en especies diferentes, por ejemplo, las “lenguas” de los neandertales, que no dieron, supuestamente, el salto al lenguaje moderno y se extinguieron con ellos hace unos 30.000 años). Por debajo de la singularidad marcada por la elipse, todas las lenguas, antiguas o modernas, documentadas o no documentadas, e independientemente de su complejidad morfológica o fonológica y de su perfil gramatical o tipológico, serán lenguas modernas expuestas únicamente a cambios “superficiales”. Por su parte, el que hemos denominado “escenario analógico” se representa en el esquema de la figura 7.3. Se trata de un escenario en el que la evolución biológica del ser humano es una condición para el desarrollo del lenguaje (por ejemplo la capacidad para procesar un determinado tipo de lenguas más complejas o exigentes computacionalmente que las primitivas), pero no especifica las propiedades estructurales de las lenguas y, por tanto, no hay un “cuello de botella”. Las lenguas, una vez rebasada esa frontera de evolución biológica humana, evolucionan sometidas a las presiones funcionales y van adquiriendo en ese proceso la complejidad estructural que las caracteriza (por ejemplo, a través de una gramaticalización direccional). Lo más relevante para lo que ahora nos interesa, es que la línea horizontal que separa los humanos cognitivamente modernos de sus ancestros no coincide en el tiempo con la línea que separa las lenguas primitivas de las lenguas modernas, representada con la curva irregular descendente en el esquema. Lo que quiere representar esta curva es el momento histórico a partir del cual cada linaje lingüístico alcanza, por efecto del cambio lingüístico, su estatus

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Las consecuencias de los cambios lingüísticos

de lengua no primitiva (un momento histórico que podría ser diferente para cada linaje lingüístico). Nótese que el esquema incluye la posibilidad de que ciertas lenguas humanas (extintas y no documentadas) no alcanzasen esa frontera (concretamente las tres líneas de la derecha del esquema). La línea irregular descendente indica en qué momento, a partir de la configuración evolutiva del Homo sapiens anatómicamente moderno, cada linaje lingüístico alcanza el grado de evolución suficiente para dejar de ser primitivo. Ninguna lengua primitiva llega hasta el presente.

Pre-lenguaje (prelenguas) 100.000 años AP (aprox.) Lenguaje (lenguas) Presente Figura 7.3. Representación esquemática de la evolución del lenguaje en el modelo “analógico”. Cada línea descendente es un linaje lingüístico a través del tiempo.

Es importante observar que la HUL también se puede seguir desde este escenario, pero de una manera muy diferente. En esta visión es concebible que algunas lenguas, aunque sean habladas por seres humanos anatómicamente modernos, sigan siendo lenguas primitivas. De hecho, este modelo predice que es muy probable que durante largos periodos de tiempo algunos grupos humanos hablaran lenguas primitivas y otros lenguas modernas. Según este modelo, si no existen hoy lenguas primitivas es, como se decía antes, bien porque se han extinguido, bien porque han evolucionado históricamente hacia el estatus moderno. En otras palabras, según el escenario “analógico” la HUL es, aunque probable, contingente. Quizá ahora se entienda mejor por qué Comrie propone que los modernos estudios de gramaticalización, que lo postulan como un proceso direccional, pueden darnos pistas sobre estados anteriores del lenguaje humano, o por qué propone

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

relativizar el principio uniformitario excluyendo del mismo los estados de lengua ancestrales (véase Comrie, 2003). En esta concepción, el tránsito entre lenguas modernas y primitivas es gradual y meramente histórico. La evolución del lenguaje (más allá de la capacitación biológica general) se limita a la evolución de las lenguas, luego la reconstrucción del pasado de las lenguas sería la reconstrucción del lenguaje primitivo. Este escenario analógico presenta algunos problemas de los que está exento el homológico: (a) predice inadecuadamente que el cambio lingüístico es direccional y progresivo, (b) debilita el principio uniformitario de la lingüística histórica, (c) no predice la HUL, sino que solo la hace probable, lo que abre por tanto la puerta a la posibilidad (que empíricamente no parece atestiguada) de que existan lenguas primitivas o menos desarrolladas y, por ello mismo, (d) dificulta la explicación de la evolución del lenguaje. La alusión a que así se dificulta la explicación de la evolución del lenguaje se refiere especialmente a las teorías (como la de Deacon mencionada) que operan con alguna noción de coevolución entre el cerebro y las lenguas. Bajo el supuesto de la coevolución, en realidad no es que haya vaguedad en la interpretación de expresiones como language evolution, sino que se trata de una mezcla deliberada, puesto que eso es precisamente lo que implica la coevolución. Según este modelo, la propia evolución histórica (cultural) de las lenguas habría sido un factor en la evolución biológica (adaptativa) del cerebro humano, por lo que, aunque se habla de coevolución, se está asumiendo en realidad que son las lenguas las que evolucionan para poder ser aprendidas y usadas por cerebros humanos, limitándose el cerebro a una capacitación general. Así lo afirma expresamente el propio Deacon: El cerebro ha coevolucionado con respecto al lenguaje, pero las lenguas han hecho la mayor parte de la adaptación (Deacon, 1997: 122, traducción nuestra).

Nótese que si asumimos este escenario necesitamos asumir que todas las lenguas humanas en un momento dado han alcanzado la complejidad suficiente como para afectar a los cerebros de sus hablantes. Pero entonces el modelo predice que es posible que haya grupos humanos con capacidades cognitivas prehumanas, esto es, aquellos grupos cuyas lenguas no habrían evolucionado de la manera esperable. No parece que nadie haya afirmado eso expresamente, pero en realidad es una conclusión inevitable para esa perspectiva. Si fuera cierto, como parece ser el caso, que cualquier bebé humano puede aprender cualquier lengua humana, independientemente de su etnia u origen genético, la teoría de la coevolución quedaría seriamente debilitada. El modelo “analógico” se caracteriza, frente al “homológico”, por carecer de la acotación que al segundo le proporciona la asunción de un salto cualitativo

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Las consecuencias de los cambios lingüísticos

entre distintas clases de lenguas. La postulación de un evento evolutivo que dé lugar a una FL moderna permite establecer una discontinuidad histórica entre las clases de lenguas generadas por facultades del lenguaje evolutivamente diferenciadas (de acuerdo con el esquema de la figura 7.1). La ausencia de esa acotación del modelo “analógico” hace atribuir la HUL a la hipótesis de que las lenguas han confluido en un estado uniforme por efecto del paso del tiempo y las presiones externas. Pero obsérvese que la HUL no resulta predicha (es una posibilidad, no una necesidad) y, por tanto, se abre la posibilidad teórica de que dicha confluencia pueda no haberse producido. Y así parecen asumirlo explícitamente algunos autores. Por ejemplo, Manjón y Luque: A favor de la diferencia de las lenguas existen intuiciones, la posibilidad de evidencias empíricas y el simple razonamiento lógico que nos dice que las lenguas son un producto evolutivo y, como tal, no nacieron a la completa perfección en un día, sino que forzosamente han tenido que pasar por desarrollos estadiales, razón por la que quizás no todas las lenguas vivas que existen en el mundo hoy día se hallen en el mismo estadio evolutivo (Manjón y Luque 1997: 218).

Otros autores han pasado de la posibilidad teórica a la presunción de haber descubierto lenguas primitivas, esto es, lenguas que por diversos avatares históricos no habrían alcanzado esa frontera. Es especialmente notoria la propuesta de Everett (2005) respecto de la lengua amazónica pirahã, que según este autor carecería de una de las propiedades centrales de las lenguas humanas: la recursividad. El argumento de Everett, entre otros, es que en dicha lengua no hay oraciones subordinadas, lo cual él interpreta como resultado de una restricción cultural a la gramática y la cognición y lo presenta como un argumento empírico a favor del relativismo y en contra de una FL naturalmente determinada. Nevins et al., (2007) rebaten contundentemente ese análisis. En su respuesta, Everett (2007) admite que no está dando a entender que la mente de los pirahã esté limitada para usar lenguas recursivas, lo que nos sitúa de nuevo en el escenario analógico: lo que estaría proponiendo Everett es en realidad que algunas de las lenguas del esquema anterior no se habrían extinguido, sino que llegarían al momento actual, esto es, una negación de la HUL, tal y como se representa en la figura 7.4. Como puede apreciarse, el esquema de la figura 7.4 es el mismo de la figura 7.3, pero con la variación que implicaría que una lengua que no haya rebasado el límite de las lenguas de estructura primitiva (por carecer, por ejemplo, de recursividad) hubiera alcanzado el tiempo presente. Al margen ahora del análisis del pirahã, que es controvertido, lo relevante es que la diferencia entre la negación de la HUL y su sustento en una teoría “analó-

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

gica” es puramente accidental. Es cierto que el modelo “homológico” tiene apariencia de circularidad, ya que define las lenguas modernas como las lenguas habladas por los humanos modernos. Pero en realidad, no puede ser de otra manera, pues ese es el fondo de la cuestión que nos ocupa: ¿es el límite entre el prelenguaje y el lenguaje un límite biológico o es únicamente histórico, cultural? Responder que ambos (como en las variantes de la coevolución) es tanto como afirmar que es histórico, puesto que si el proceso histórico no se produce, entonces no se daría el salto cualitativo desde el punto de vista biológico.

Pre-lenguaje (prelenguas) 100.000 años AP (aprox.) Lenguaje (lenguas) Presente Figura 7.4. Escenario “analógico” en el que una lengua (destacada en negrita) alcanza el tiempo presente sin cruzar la frontera que separa las lenguas humanas modernas de las lenguas primitivas.

Pero entonces, como se señalaba antes, estaríamos asumiendo que teóricamente (o incluso realmente) habría seres humanos modernos que, sin embargo, hablan lenguas primitivas, esto es, clases de lenguas resultantes de capacidades del lenguaje anteriores en la especie que, por razones contingentes (sociales o culturales) no han tenido tiempo de evolucionar en la línea esperada. Este es, como puede apreciarse, el resquicio por el que se filtra el nuevo y radical relativismo que cultivan Everett y otros autores. De hecho, el propio Comrie, cuando sugiere distinguir entre el potencial para el lenguaje y la realización de ese potencial hablando de la evolución de las lenguas (2003: 250) está introduciendo de soslayo un principio antiuniformitario. No niega Comrie que el ser humano siempre haya tenido ese potencial, pero sugiere

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Las consecuencias de los cambios lingüísticos

que la realización del potencial puede ser diferente en las lenguas, lo que solapadamente también niega la HUL. En este sentido, parece que se puede concluir que la robustez empírica de la HUL se puede considerar como un argumento más a favor del escenario descrito por la teoría “homológica” de la uniformidad de las lenguas, precisamente porque la predice. Hemos visto que una concepción direccional del cambio lingüístico, junto con una visión del mismo como un proceso que puede alterar profundamente la estructura de las lenguas (hasta el punto de hacer evolucionar el lenguaje), predice además un grado profundo de diversidad estructural entre las lenguas, lo que implicaría entonces que los cambios lingüísticos pueden afectar a la mentalidad y a la capacidad cognitiva de las personas que las hablan. Sin llegar al extremo de contemplar la existencia de lenguas primitivas, algunos autores han propuesto recientemente revitalizar el relativismo lingüístico. A esas otras posibles consecuencias del cambio lingüístico dedicaremos el próximo apartado.

7.3. Cambio lingüístico y concepción del mundo Como hemos visto a lo largo de este obra, las afirmaciones del pasado según las cuales serían los aspectos culturales, sociales o políticos los que explicarían la tipología de las lenguas no han soportado el paso del tiempo y son incompatibles con el carácter circular que frecuentemente tienen los cambios que dan lugar a las tipologías estructurales y con la propia naturaleza accidental de los cambios lingüísticos. Sin embargo, preguntas como hasta qué punto las lenguas que hablamos determinan cómo vemos el mundo, cómo pensamos y cómo vivimos la vida han sido siempre objeto de fascinación y han sido abordadas por multitud de filósofos, antropólogos, lingüistas y, con mucho más afán recientemente, por psicólogos y psicolingüistas. Precisamente por la mucha atención que ha recibido desde diversos ámbitos, no es fácil definir el llamado relativismo lingüístico. Valga como caracterización de su encarnación moderna la siguiente afirmación de la prestigiosa psicóloga experimental Lera Boroditsky: Los procesos lingüísticos están presentes en la mayoría de los dominios fundamentales del pensamiento y sin que seamos conscientes de ello nos configuran, desde los aspectos prácticos de la cognición y la percepción, hasta nuestras ideas abstractas más nobles y las decisiones más importantes que tomamos en la vida. El lenguaje es fundamental para nuestra experiencia de ser humanos, y las lenguas que hablamos moldean profundamente nuestra forma de pensar, de ver el mundo y de vivir la vida (Boroditsky, 2009: 129).

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El cambio lingüístico. Sus cambios, mecanismos y consecuencias

Esta contundente declaración relativista se sostiene en tres supuestos, todos ellos problemáticos: (a) si el lenguaje influye al pensamiento, entonces el lenguaje es distinto del pensamiento; (b) son las lenguas las que influyen en nuestra manera de ver el mundo, y no nuestra manera de ver el mundo la que influye en las lenguas; y (c) hay evidencia empírica que confirma las dos primeras afirmaciones. Con respecto a la primera implicación, nótese que el mero planteamiento de la pregunta sobre qué relación de influencia o de determinación hay entre lenguaje y pensamiento debería implicar necesariamente definiciones previas de qué es el leguaje y de qué es el pensamiento, pero no se suelen ofrecer. Por supuesto, es perfectamente posible que el lenguaje no solo influya al pensamiento, sino que incluso forme parte del mismo (como hemos sostenido), pero aún en ese caso la hipótesis relativista no se seguiría necesariamente, sino únicamente en el caso en el que se identifiquen las lenguas con la parte variable de las mismas. Así, desde un punto de vista según el cual la diversidad entre las lenguas es relativamente superficial, (por ejemplo confinada a la manera en que se materializan procesos computacionales homogéneos) el descubrimiento de que el pensamiento humano hace uso extensivo del lenguaje no llevaría en modo alguno a la conclusión de que el pensamiento humano se fragmenta en grupos coincidentes con las lenguas, sino que, al contrario, apoyaría la hipótesis de que el pensamiento humano es esencialmente homogéneo en la especie. De hecho, cualquier modelo teórico que acepte cierto grado de sesgo natural en la especie hacia la adquisición del lenguaje debería rechazar directamente la hipótesis relativista de Boroditsky. Únicamente una concepción radicalmente empiricista de la mente y del cerebro humano podría aceptar que objetos culturales externos (las lenguas humanas en el modelo externalista) “moldean profundamente nuestra forma de pensar, de ver el mundo y de vivir la vida”. Es posible aventurar que Boroditsky (2009) o Deutscher (2010), por citar únicamente obras recientes de gran repercusión, aceptan que las lenguas influyen en el pensamiento porque en realidad operan con una noción vaga o indefinida de pensamiento y, obviamente, porque consideran que el grado de diversidad de las lenguas es muy profundo. En una reseña de Deutscher (2010), Derek Bickerton (New York Times del 5 de septiembre de 2010) señalaba que los aspectos del lenguaje que trata Deutscher “no implican ‘aspectos fundamentales de nuestro pensamiento’, como él pretende, sino algunos relativamente menores” (traducción nuestra). Así, señala Bickerton que asuntos como la locación, los colores o el género gramatical (que son también los principales asuntos abordados experimentalmente por Boroditsky para dar sustento a su propuesta) probablemente apenas condicionan nuestro pensamiento en el manejo diario de nuestras vidas, pero mucho menos aún cuando desarrollamos pensamiento político, científico o filosófico.

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Las consecuencias de los cambios lingüísticos

Esto guarda relación con la segunda y la tercera implicaciones de la hipótesis relativista mencionada: que son las lenguas las que determinan nuestra forma de ver el mundo, y no nuestra forma de ver el mundo lo que afecta a las lenguas, y que disponemos de evidencia empírica para ello. En efecto, Boroditsky señala que, frente a las discusiones acerca de las relaciones entre lenguaje y pensamiento del pasado, ahora se está desarrollando trabajo empírico que podría resolver esas antiguas controversias. Concretamente señala que las investigaciones desarrolladas en sus laboratorios de Stanford y del MIT han reunido datos de todo el mundo (China, Grecia, Chile, Indonesia, Rusia y la Australia aborigen) y concluye lo siguiente: Lo que hemos descubierto es que las personas que hablan lenguas distintas piensan, en efecto, de manera diferente, y que incluso pequeñas peculiaridades gramaticales pueden afectar profundamente nuestro modo de ver el mundo (Boroditsky, 2009: 118).

Consideremos, aunque sea brevemente, qué tipo de evidencia experimental presumiblemente sustenta la afirmación de que pequeñas peculiaridades gramaticales pueden “afectar profundamente nuestro modo de ver el mundo”. Boroditsky (2009: 127) se plantea si el hecho de que en la gramática rusa ‘silla’ sea una palabra masculina y ‘cama’ sea femenina hace que quienes hablan ruso piensen que en algún sentido las sillas son más como los hombres y las camas como las mujeres. Su conclusión es que sí. Para dar soporte empírico a esta cuestión Boroditsky y colaboradores pidieron a hablantes de español y de alemán que describieran en inglés objetos de género opuesto en estas dos lenguas, por ejemplo ‘llave’, que es femenina en español (la llave) y masculina en alemán (der Schlüssel). Así, los hablantes del español eran más propensos a emplear palabras como dorada, complicada, pequeña, bonita, brillante o muy pequeña, mientras que los alemanes tendían a utilizar más palabras como duro, pesado, irregular, dentado o útil. Nótese, de paso, que otro de los ejemplos que emplean los autores es puente (masculino en español estándar), frente a Brücke (femenino en alemán), con resultados similares. Pero, curiosamente, puente es una palabra de género variable en español, siendo femenina en algunos dialectos, aunque no consta que haya una escisión entre los hablantes del español en la manera de concebir los puentes. Al margen ahora de los detalles del experimento y de los criterios para determinar qué términos son más propios de hombres y de mujeres en ciertas sociedades, no se sigue de estos resultados que la lengua que uno habla determine “profundamente” su visión del mundo y condicione las decisiones más importantes de la vida, sino que únicamente sugiere que los hablantes de lenguas con marca de género masculino y femenino pueden ser propensos a extender los estereotipos

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sexuales a los objetos asexuados en función de la analogía de género gramatical, una analogía que no estará disponible en hablantes del inglés. No se sigue de ahí que un hablante del español conciba los puentes o las llaves de manera “profundamente” distinta a un hablante del alemán (o del inglés), o al menos no parece que haya diferencias sistemáticas en cómo se construyen y diseñan los puentes (o las llaves) en Alemania o en España (o en el resto de países del mundo), tareas en las que entran en juego aspectos de física, ingeniería, resistencia de materiales, economía y, por supuesto, estética, que no parecen agruparse lingüísticamente. Por supuesto que es indudable que las lenguas interactúan con la cultura y que, en buena medida, son parte de ella. Otro de los ejemplos analizados por Boroditsky y sus colaboradores es el de la expresión del espacio en las lenguas. De acuerdo con Boroditsky, los hablantes de Kuuk Thaayorre, de la comunidad de Pormpuraaw (Australia), no expresan el espacio en referencia a un observador (izquierda, derecha, delante, detrás), sino que recurren a los puntos cardinales (norte, sur, este, oeste). Desde luego, parece indudable que el tener que hablar una lengua en la que en lugar de decir “me duele la pierna derecha” hay que decir “me duele la pierna del oeste” hace imprescindible saber en todo momento dónde está el oeste. La valoración de ello que hace Boroditsky es la siguiente: La consecuencia es una profunda diferencia entre la capacidad de navegación y el conocimiento del espacio de los hablantes de lenguas que se basan primordialmente en marcos de referencia absolutos y los hablantes de lenguas que se basan en marcos de referencia relativos. Los hablantes de lenguas como el Kuuk Thaayorre se orientan y recuerdan sus sucesivas ubicaciones mucho mejor que quienes hablan inglés, incluso en parajes desconocidos. Lo que les permite hacerlo –en realidad, lo que les fuerza a hacerlo– es su lengua (Boroditsky, 2009: 141)

Pero si la causante es la lengua, entonces cabría preguntarse cuál fue la causa de que en algunas lenguas se extendiera el uso de ‘izquierda’, ‘derecha’, ‘delante’ o ‘detrás’ y en otras su lugar fuera ocupado por ‘este’, ‘oeste’, ‘norte’ o ‘sur’. Parece claro que la respuesta no puede ser otra que que los hablantes del segundo grupo le prestaban mucha atención a los puntos cardinales (algo entendible en habitantes del desierto), por lo que el argumento es circular. En algún momento, ciertos aspectos de la cultura o de la forma de vida de las personas fueron las que dieron lugar a esas elecciones, por lo que no queda claro cómo se puede concluir que es la lengua la que influye en la visión del mundo y no la visión del mundo la que influye en las lenguas. Las lenguas, especialmente en su léxico, tienen una dimensión sensible a la cultura y la forma de vida de las personas y, en efecto, transmiten la cultura y la visión de la vida. Un pueblo que adora las setas como fuente de alimento probablemente tendrá términos para designar numerosas variedades de setas y hongos, frente a las lenguas habladas por quienes viven en 320

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desiertos, pero sería arriesgado decir que el tener muchos términos para variedades distintas de setas causa un mayor aprecio por tal alimento, o que tener muchos términos para designar especies de hongos determina profundamente la capacidad cognitiva de esas personas. Cuando Deutscher o Boroditsky (siguiendo a numerosos autores) afirman que las lenguas determinan o condicionan la visión del mundo, en realidad lo que están diciendo es que las partes de las lenguas sensibles a la cultura determinan o condicionan la cultura, algo que no se puede discutir. Boroditsky (2009: 144) también se pregunta cómo sabemos que es la lengua en sí misma la que crea esas diferencias y no otros aspectos de la cultura. Su respuesta se basa en experimentos en los que se adiestra a hablantes de inglés para expresar, por ejemplo, el tiempo como hablantes de griego. Una vez que están adiestrados, se revela que su actuación cognitiva empieza a parecerse a la de los hablantes del griego, lo que de acuerdo con la autora sugiere que “los patrones de una lengua pueden desempeñar un papel causal en la construcción de la forma que tenemos de pensar” (2009: 145). Pero nótese que asumir que esos sujetos han cambiado su ‘manera de pensar’ implica una definición muy vaga e imprecisa de ‘pensar’ (que excluye, por ejemplo, el juicio lógico). Igualmente se podría argumentar que cuando se adiestra a los sujetos se les está proporcionando una nueva ‘cultura’ que está detrás de su actuación. Boroditsky más bien interpreta que “cuando aprendemos una lengua nueva, no solo aprendemos una nueva forma de hablar, sino que, sin darnos cuenta, aprendemos una nueva forma de pensar” (2009: 145), pero eso no es muy diferente de afirmar que se está aprendiendo una nueva forma de cultura, que puede afectar nuestra conducta. Parece que identificar ‘manera de pensar’ con ‘cultura’ debilita seriamente la pretensión de que la lengua que uno habla condiciona o determina su estructura cognitiva. Es indudable que el orientarse en el espacio es parte de la cultura, de la forma de vida de los hablantes de Kuuk Thaayorre. También es indudable que esa cultura ha hecho que su lengua, como la de muchos aborígenes australianos, exprese de esa manera la localización espacial y, por analogía, la temporal, como se demuestra en los experimentos que revisa Boroditsky (2009) en los que se pidió a hablantes de dicha lengua ordenar temporalmente unos dibujos y, en lugar de hacerlo de izquierda a derecha, como hacen los hablantes del inglés, lo hacían siempre de este a oeste. Pero lo que muestra realmente el experimento no es que la lengua determine el pensamiento, sino que los hablantes de Kuuk Thaayorre son sensibles a su cultura tanto cuando hablan como cuando realizan experimentos. Boroditsky formula la pregunta fundamental en los siguientes términos: ¿Son las lenguas simples herramientas para expresar nuestros pensamientos, o realmente los configuran? (Borodotsky, 2009: 138).

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Pero nótese que la disyuntiva que ofrece es demasiado estrecha y bloquea una buena cantidad de opciones posibles que se descartan sin consideración. De hecho, como hemos visto, tenemos muchas razones para pensar que las lenguas no son instrumentos para expresar pensamientos ni dan forma a nuestros pensamientos. Cabe la opción de que las lenguas sean distintas materializaciones, variables e históricamente condicionadas, de un mismo sistema de conocimiento. Y, por supuesto, sería sorprendente que el sistema computacional que permite crear nuevas expresiones sin límite teórico y sin restricción de ámbito ni condicionamiento de estímulo, y que está en el centro de toda lengua humana, no estuviera también implicado en la manera en que los seres humanos piensan sobre el mundo e intentan comprenderlo con un estilo específicamente humano, por encima de evidentes y apasionantes diferencias culturales. En el modelo del lenguaje que hemos presentado, aquellos aspectos que están sujetos a variación histórica y que, por tanto, son los únicos que diferencian las lenguas entre sí, son aspectos superficiales (integrados en el interfaz léxico interiorizado del entorno para la externalización del lenguaje) que difícilmente podrían afectar a los procesos de pensamiento y de conceptualización de la realidad. Si el sistema conceptual y el sistema computacional son insensibles al cambio lingüístico, es poco esperable que los cambios en las lenguas se correlacionen con cambios en la concepción de la realidad, como parece ser el caso.

7.4. Las verdaderas consecuencias del cambio lingüístico En las páginas de introducción a este volumen se anunciaba la presentación de una concepción del cambio lingüístico según la cual este no está orientado a un fin determinado, ni está guiado por fuerzas o tendencias ajenas a los sistemas lingüísticos, ni tampoco es consecuencia de tendencias inherentes a las propias lenguas humanas. Por el contrario, buscando inspiración en la teoría evolutiva, se ha mostrado con detalle que los cambios lingüísticos son fenómenos accidentales y contingentes, procesos resultantes de la trasmisión de las lenguas de generación en generación por medio de procedimientos de replicación imperfectos. En efecto, el uso normal del lenguaje, por su propia naturaleza, contempla la ocurrencia de procesos de reanálisis que producen desajustes en el análisis de las expresiones lingüísticas entre diversos hablantes. En la medida en que dichos reanálisis se extienden por los hablantes a través del tiempo, hablamos de un cambio lingüístico. Pero los procesos de reanálisis, por su propia naturaleza, no tienen capacidad de alterar la estructura abstracta computacional de las lenguas, sino únicamente la de alterar la relación entre esta y sus medios de externalización.

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Esta visión de los cambios es coherente con una concepción “biolingüística” del lenguaje humano, una concepción que considera las lenguas (las lenguas-i) como sistemas de conocimiento de las personas y cuyo diseño esencial es común a todas ellas, en la medida en que está condicionado por la propia estructura del cerebro humano y, plausiblemente, por principios generales de diseño eficiente. Una vez que hemos descartado que los cambios lingüísticos tengan como consecuencia la mejora y evolución de las lenguas y del lenguaje o que afecten a la manera de comprender el mundo y vivir la vida de las personas, cabe preguntarse qué efectos tienen realmente los cambios lingüísticos y por qué merece la pena estudiarlos. Como se ha señalado al inicio de este capítulo de conclusión, la consecuencia más evidente de los cambios lingüísticos es la diversidad de las lenguas. Dada la noción de cambio lingüístico analizada, es posible precisar mejor qué se entiende por diversidad de las lenguas: se trata de diversidad superficial, de diversidad en los componentes de externalización que cada individuo internaliza del medio lingüístico en el que se desarrolla. Pero si hablamos de diversidad superficial lo hacemos únicamente como contraste a las visiones de las lenguas como objetos puramente históricos, no porque la diversidad de las lenguas, así entendida, sea irrelevante o secundaria para la ciencia del lenguaje en general. Al contrario, se puede decir que el estudio del cambio lingüístico, junto con el estudio de la diversidad lingüística (del que es consecuencia), es una de las dimensiones primordiales de investigación de la facultad humana del lenguaje. Hemos visto a lo largo de esta obra que la relación entre el lenguaje y las lenguas es comparable a la relación entre la vida y los organismos vivos. Por ello mismo se puede afirmar que Evans y Levinson, aunque adoptan una perspectiva contraria a la desarrollada en esta obra, tienen razón cuando comparan la importancia que tiene la diversidad de las especies para comprender la vida con la importancia que tiene la diversidad de las lenguas para comprender el lenguaje: En todos esos campos la variación es la palanca usada para descubrir los sistemas subyacentes: no se puede encontrar un gen sin variación fenotípica y no se puede encontrar un bloque constructivo del lenguaje sin comparar las lenguas” (Evans y Levinson, 2010: 2735, traducción nuestra).

La FL es un atributo de la especie humana en la misma medida en que lo son, por ejemplo, la capacidad de visión o la memoria. Pero hay una diferencia relevante: la capacidad de visión de una persona, con sus inevitables peculiaridades, es esencialmente la misma en las demás, tanto en las próximas socialmente como en las más remotas. Sin embargo, la FL de una persona que habla español es en parte diferente de la de una persona que habla ruso. Desde este punto de vista, lo más importante que nos dice el cambio y la resultante diversidad de las lenguas acerca

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de la FL es precisamente que el órgano del lenguaje de las personas, aun siendo un órgano mental como cualquier otro, es peculiar en un sentido crucial: es un órgano mental que está profundamente influenciado por la cultura y por la historia. Así, aunque la visión, la memoria o la capacidad de reconocer rostros son órganos mentales como el lenguaje (todos ellos resultantes de la interacción de la naturaleza con el entorno), la FL de cada persona depende en su estructura y propiedades, no solo del condicionamiento natural, sino también de aspectos históricos que no parecen tener relevancia en otros órganos mentales o físicos. Como han observado Longobardi y Roberts, la memoria o la visión parecen carecer de una historia cultural relevante y, a diferencia del lenguaje, no permiten un estudio comparativo como el que brindan las lenguas: “no tiene sentido hablar de la memoria moderna española o de la visión medieval rusa” (Longobardi y Roberts 2010: 2702, traducción nuestra). El verdadero valor del cambio lingüístico para la ciencia cognitiva reside pues en que brinda una oportunidad probablemente única en el ámbito de la ciencia cognitiva de abordar una misma facultad desde diversas soluciones históricas restringidas por los mismos principios. Como hemos visto en el capítulo anterior, la aproximación paramétrica al cambio y variación estructural de las lenguas ha hecho logros que pueden ser claramente beneficiosos para la ciencia cognitiva del futuro. Por una parte, siguiendo la estela de la tipología lingüística de la segunda mitad del siglo XX, ha permitido acumular una gran cantidad de información sobre regiones acotadas de la gramática de las lenguas, permitiendo un mayor control de las muchas variables que pueden afectar a la comparación interlingüística. Por otra parte, la concepción minimalista de la GU ha permitido acotar aún más los ámbitos de la diversidad estructural de las lenguas, formulando la hipótesis de que la variación estructural se restringe a la externalización de las computaciones sintácticas en sistemas sensibles a la información del entorno y, por tanto, productos históricos en sí mismos. Como indican Longobardi y Roberts, “esto sugiere que el análisis paramétrico refleja procesos reales de historia cognitiva, explicando la distribución presente de las propiedades sintácticas basándose en su pasado” (Longobardi y Roberts, 2010: 2702). Cada vez que un ser humano construye a partir de los datos del entorno el interfaz léxico entre el sistema computacional y el sistema sensorio-motor está incorporando a su FL un registro histórico de cómo se constituyeron los interfaces en las generaciones anteriores. En el descubrimiento de las regularidades y las agrupaciones sistemáticas de esos procesos, la lingüística histórica y comparada tiene un papel relevante que aportar a la investigación de la naturaleza última de los principios que caracterizan a la facultad humana para el lenguaje. Hemos desarrollado en los capítulos precedentes una visión de las lenguas humanas como objetos naturales históricamente modificados, a imagen y seme-

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janza de los organismos biológicos. Respecto de estos, el célebre biólogo evolucionista George Williams (1992) planteaba que la versión neodarwinista de la teoría evolutiva los concibe como artefactos (moldeados por la adaptación), mientras que la biología formalista los concibe como cristales (con su confianza en las leyes generales de la naturaleza para condicionar la estructura de los seres vivos). De manera que ya no debería sorprendernos. Estos puntos de vista enfrentados de la teoría evolutiva, en parte, coinciden con los dos grandes polos de la teoría lingüística actual, de manera que los autores funcionalistas tienden a concebir las lenguas como instrumentos de comunicación afinados por el cambio lingüístico para esa función, mientras que los formalistas chomskianos insisten en los rasgos de diseño derivados de principios generales y, en todo caso, en las constricciones naturales para su desarrollo. Pero Williams añade, además, una tercera concepción del organismo, la del organismo-como-documento. La visión del organismo como un documento no es incompatible con ninguna de las otras dos y tiene que ver con la naturaleza histórica de los seres vivos. Así, el propio Williams, un férreo adaptacionista, recuerda, precisamente, que con frecuencia muchos rasgos de los seres vivos no son especialmente funcionales e incluso no son adaptativos. Menciona concretamente el hecho de que todos los vertebrados estén expuestos al ahogamiento por el hecho de que los sistemas respiratorio y digestivo se cruzan en la garganta (un rasgo acentuado especialmente en los humanos por la posible adaptación para el lenguaje representada por el descenso de la laringe). Dicha propiedad solo tiene sentido desde el punto de vista del organismo como un documento, esto es, como un legado histórico recogido por el organismo como herencia de un antepasado en el que la parte anterior del tracto alimenticio se modificó para formar un sistema respiratorio antes innecesario. Pues bien, como hemos visto con cierto detalle en los capítulos anteriores, buena parte de la comprensión de las propiedades formales de las lenguas y, singularmente de aquellas que las diferencian, solo puede alcanzarse desde el punto de vista de las lenguas como documentos. La existencia de morfemas de concordancia, de afijos derivativos, de marcas de caso y, en general, de todos aquellos rasgos fonológicos, morfológicos o sintácticos que empleamos para caracterizar y clasificar las lenguas son esencialmente el resultado de procesos históricos de cambio lingüístico (de procesos de reanálisis si nuestra interpretación es correcta) cuyo estudio deberá arrojar luz sobre nuestra misteriosa capacidad para crear expresiones referenciales, formar proposiciones con valor de verdad y verter todo ello en incesantes cadenas continuas de sonido o en signos visuales. Por supuesto, las lenguas revelan en su estructura aspectos de elegancia formal (tal y como pone de manifiesto la investigación minimalista) y aspectos de eficiencia funcional (tal y como pone de manifiesto el hecho obvio de que son utilizables para el pensamiento y la comunicación), pero no parece que tengamos 325

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argumentos para afirmar que esos aspectos se manifiestan más o menos intensamente en unas lenguas que en otras. Más bien al contrario, la uniformidad de las lenguas sugiere precisamente lo contrario. Si esto es así, entonces los aspectos formales y funcionales son propios de lo que es común a las lenguas, precisamente porque son los que han moldeado evolutivamente la GU, la arquitectura común a todas las lenguas humanas. Las partes variables, por tanto, son reflejo de la naturaleza esencialmente histórica de nuestros órganos del lenguaje. Podría pensarse que este punto de vista trivializa el campo de estudio del cambio lingüístico, pero en modo alguno eso es así. Más bien al contrario, la posibilidad única del lenguaje de ofrecer una perspectiva comparada de numerosas configuraciones históricas del mismo órgano mental convierte a la perspectiva comparada, sincrónica y diacrónicamente, en un ámbito central en la comprensión de la naturaleza esencial del lenguaje, que es el objetivo central de los lingüistas.

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