Edad Media y literatura contemporánea 9788485762484, 8485762487

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Spanish; Castilian Pages [121] Year 1985

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Edad Media y literatura contemporánea
 9788485762484, 8485762487

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EDAD MEDIA Y LITERATURA CONTEMPORÁNEA

(Ensayos sobre tradici6n y modernidad)

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(TRIESTE Madrld)

BIBLIOTECA

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DE

AUTORES

ESPAÑOLES

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JUAN BENET JAIME

GIL



FERNANDO FERNÁN-GóMEZ

DE BIEDMA



• JUAN GOYTISOLO

• FRANc1sco Rico

EDAD MEDIAY LITERATURA CONTEMPORANEA

~

(TRI

ESTE

Madrid, 198 s)

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{C) JUAN BENET, PERNANDO PDNÁN-GÓMEZ, JAIME GIL DB BIEDMA, JUAN GOYl'ISOLO Y FRANCISCORICO

(C} TRIESTB. e/ VILLANUEVA, 14 -5. 0 B. TPNO. 435 9, 48 28001 MADllID I.S.B.N.: 84-8.5762-48-7 D.L.: M.-18.333- 1985 IMPRESO Y HECHO

BN ESPAÑA

POR PllUDENCIO IBÁÑEZ CAMPOS. C/ CEllO

DBL VISO,

16

TOllllBJÓN DB AIU>OZ(MADllID)

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EDAD

GL

MEDIA Y LITERATURA CONTEMPORÁNEA

37D-t73J SpoV\ 03//3/9~

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AL

cobi¡o del Palacio de La Magdalena, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo acogió en Santander, del 20 al 24 de agosto de 1984, el seminario «Literatura medieval y literatura contemporánea», dirigido por Francisco Rico, con mi participación en calidad de secretario. Los conferenciantes invitados fueron Juan Benet, Diego Catalán (Universidad Autónoma de Madrid), Peter Dronke (Universidad de Cambridge), Fernando Fernán-Gómez, Jaime Gil de Biedma, Juan Goytisolo, Sylvia Roubaud (Universidad de Paris IV - Sorbonne) y Alberto Varvaro (Universidad de Nápoles). Sólo a los autores de obras de creación se les pidió una versión escrita de su intervención (entre otras razones, porque nuestros colegas universitarios tenian el cometido especifico de resumir el estado actual de investigaciones suyas todavía en curso y que se publicarán en forma de libro o monografía extensa: y no hubiera sido ;usto entorpecer esas investigaciones haciéndoles redactar las síntesis que con tanta gentileza nos anticiparon de palabra). Jaime Gil de Biedma ha rehecho y anotado lo que fue su exposición oral, usando como bo"ador una transcripción preparada por mí. Los textos se dan aquí en el mismo orden, casual, en que fueron presentados en Santander. Por su parte, Francisco Rico ha añadido como apéndice el artículo «Literatura e historia de la literatura», aparecido antes en el núm. 127 del Boletín Informativo de la Fundación Juan March. Al disponer los originales para la imprenta, yo me he limitado a unifica, los modos de cita y las referencias bibliográficas. Como secretario, doy fe. FERNANDO VALLS

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PRELIMINAR

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ELseminario veraniego y festivo a cuya sombra nacieron los cuatro textos que siguen no pretendía ilustrar la huella grande o chica que la Edad Media y las letras medievales hayan dejado en la literatura de nuestros días. Tampoco se proponía realzar la vigencia, la actualidad o, para el caso, la inquietante «alteridad» de la prosa y el verso de los siglos oscuros. Menos todavía le importaba celebrar o deplorar la Edad Media a la mode que llena las librerías de bestiarios, materia de Bretaña y novelas entre románicas y g6ticas. Y, en cierto sentido, ni siquiera tenía a la Edad Media por preocupaci6n central. Como no lo serán, Deo volente, el Siglo de Oro y el Romanticismo en las dos pr6ximas convocatorias. A decir verdad, la Edad Media o, en su momento, el Siglo de Oro (español) y el Romanticismo del tal seminario son principalmente puntos de referencia para ordenar y acotar, desde fuera, las reflexiones de algunos escritores de primer rango sobre un asunto mucho más amplio (y presto a ser abordado por ellos mismos desde muchas otras perspectivas): la experiencia creadora -pongámoslo así- de la tradici6n. Hace casi un milenio, Mammata, el sutilísimo doctor sánscrito, explicaba que la poesía logra una manifestaci6n más honda de la realidad porque en ella se hacen presentes los vestigios de pasadas encarnaciones. En la palabra poética, «résurgence d'une trace ancienne», afloran todos los avatares que en multitud de transmigraciones ha conocido el alma del lenguaje. Jorge Luis Borges regaló a un fingido Gaspar Carnerario el dístico más her[ 13 1

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moso del Renacimiento neolatino, bajo el epígrafe de - Le regret de Héraclite: Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach. A la luz de Mammata, ese Heráclito con acentos de tango podría muy bien entenderse como un emblema de la literatura. Pues a uno y a otra el recuerdo de quién sabe cuántas existencias anteriores les agrava la melancolía de no haber tenido y el deseo de tener aún una vida nueva, de poseer una belleza no conquistada. Por ~icn vías se comprueba la medida decisiva en que la literatura es tradici6n: memoria, historia, que la alimenta y la empuja hacia adelante. Se comprueba por la imposibilidad de apreciar un libro sin vincularlo previamente a una determinada categoría o contracategoría literaria: Alonso Quijano enloqueci6 por un matiz en el deslinde de géneros cercanos, porque hacia 1600 la idea de 'ficción' no era de recibo para los relatos en prosa. Se comprueba por la perentoriedad con que no pocas obras exigen ser descifradas y saboreadas al hilo de otras obras, y por la pertinacia de bastantes en tomar a la literatura como argumento o hasta en contarse a sí mismas como historia de la literatura. (Esos caminos tantea el ensayuelo mío que va anejo; se había publicado en una revista no venal y escasamente frecuentada: reimpreso aquí, puede sugerir varios aspectos comunes a los cuatro textos que justifican el presente volumen.) Se comprueba por el fervor de todas las vanguardias tanto en denostar a los maestros inmediatos cuanto en rastrear precurso[ 141

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res que las amparen. Pero ninguna comprobaci6n preferible al testimonio expreso del escritor sobre los modos en que la literatura antigua revive, se hace problema o se integra en su propia experiencia creadora: la confesi6n de parte nos revela la fuerza de la tradici6n mejor que cualquier discurso sobre la «modelización del sistema secundario de modelizaci6n» o el «mecanismo semi6tico de la cultura». En otros dos sentidos diría yo particularmente valioso, ahora, el testimonio en cuesti6n: con vistas a enriquecer la crítica de la literatura de ayer y como guía entre las perplejidades del arte de hoy. Apenas hará falta subrayar por qué. El creador no está dotado de infalibilidad crítica (no, cuando menos, a parte obiecti), pero, si de veras lo es, necesariamente ofrece al crítico dimensiones inéditas, lo desafía con respuestas que piden nuevas preguntas. García Lorca ley6 mal el verso 235 del Cantar del Cid: «Apriessa cantan los gallos e quieren quebrar albores». Pens6 que el sujeto de quieren era gallos y no albores (nos hallamos ante una perífrasis equivalente al cliché «comienza a despuntar el alba»). No se equivoc6, sin embargo, en la imitación: «Las piquetas de los gallos / cavan buscando la aurora». Y nosotros no s6lo no sabemos repetir ese verso 235 sin acordarnos de Lorca, sino que, al hacerlo, nos descubrimos con una percepci6n más intensa del Cantar, obligados a explorarlo con ojos más abiertos. Por ahí, pronto nos encontramos con tonos y maneras inequívocamente 'lorquianos' en la poesía medieval (por ejemplo, en las endechas a Guillén Peraza: [ 151

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«No eres palma, eres retama, / eres ciprés de triste rama... ») y aprendemos a revisar la literatura de antaño según patrones introducidos por Federico. Sin anacronismos, pero con perspectivas y horizontes más anchos, dispuestos a no desperdiciar ninguna posibilidad de lectura, oyendo al par las voces y los ecos. La rutina de la scholarship más al uso todo lo iguala y -como el albatros del admirable Moñino- todo se lo traga. Los métodos de análisis de última hora tienden a quedarse en metaproyectos de unas doctrinas de aplicación hipotética y, antes de iluminar las obras, bastante hacen con intentar iluminarse a sí mismos. Los historiadores, por otra parte, estamos tocados de un relativismo peligroso, porque nuestra tarea consiste en disponer en un diseño inteligible valores intemporales y rasgos persistentes junto a elementos efímeros, no literarios o literariamente despreciables. Pues bien, a quienes practican la actividad crítica, sea en la escuela, desde una escolástica o como herramienta de la historia, d gran escritor contemporáneo les brinda unos criterios de segura pertinencia: en especial, adiestrándolos a rehuir los filtros de la convención inerte, a evitar la especulación que no desemboca en la vivencia del texto y a advertir cuándo se impone tomar partido. El debate explícito del creador y la tradición, el espectáculo de la tensión con que la escudriña para definirse en ella o frente a ella, de las estrategias con que la recibe o la elige, enseñan una lección de libertad, concreción y exigencia de significado que no puede desaprovecharse. No, sobre todo, contra la inercia del elogio indiscrimina[ 16 J

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do y contra la tentación de la novedad a ciegas. Lo esencial es no mezclar berzas con capachos y aclarar en nombre de qué se habla. Pues que un libro lleve unos siglos a cuestas y merezca ser estudiado y hasta editado no lo convierte ya en un capolavoro. O que un artefacto teórico sea digno de consideración nada garantiza sobre las virtudes del sujeto que con él se quisiera examinar. Pero, si se trata de dar estimaciones críticas --es decir, de señalar las calidades del texto que perduran más allá de su contexto, identificando los factores internos que menos cambian con las circunstancias externas-, es obvio que no puede hablarse sino en nombre de la estética de nuestros días. Y es aquí, por supuesto, donde el escritor interviene de forma insustituible: primero, en la medida en que su obra de creación reordena la totalidad del espacio literario y quizá le marca nuevas fronteras (lo recalcó T. S. Eliot: abajo se verá citado); luego, como en una pedagogía de urgencia, con sus aportaciones críticas, y, en ese marco, especialmente con el relato directo de su cuerpo a cuerpo con la tradición. Con razón se insistirá en que nuestro tiempo no tiene estética, ni aun estéticas, a fuerza de transigir con todas y verlas nacer y morir en un pestañeo. «En el hormiguero se anulan las diferencias», advertía Octavio Paz en 1972; e iba ya derecho al grano: «No digo que vivimos el fin del arte: vivimos el fin de la idea de 'arte moderno'». Doce años después, todavía es más patente que la «posmodernidad» (con perdón) anda sin idea de sí misma ni normas con que juzgarse. Han pasado las vanguardias. Las consignas han sido olvidadas. Tal cual preceptiva que

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aspiraba a reemplazarlas ha resultado tan estéril y fugaz como otras incontables modas. Queda, eso sí, el logro singular de cada obra, con la aventura personal del escritor y del lector. Pero ¿quién se atreve hoy a alzar bandera para generalizar unas convicciones que cada vez se sienten más en tanto individuales? Cuando el presente es incierto y se contempla «el ocaso del futuro» (el diagn6stico sigue siendo de Octavio Paz), la tradici6n se nos ofrece como una óptima carta de marear. Ahora podemos darle la vuelta al planteo de hace un momento: las calidades del texto moderno capaces de perdurar más allá del contexto pr6ximo nos las mostrará la tradición, en cuya pluralidad contrastaremos nuestras estéticas. Y si, precisamente porque nos importan en tanto individuales, no queremos generalizar opiniones e impresiones, agradeceremos que el cotejo con la tradición se nos proponga como testimonio de una experiencia personal. No hemos de temer que de ah{ se origine ningún neoclasicismo, sino confiar en que se dibujarán unas coordenadas donde libremente aprenderemos a situarnos y reconocemos. Pocas opciones mejores: si difícilmente es posible el entusiasmo de la innovación, que nos sirva de guía la lucidez de la conciencia hist6rica, en el diálogo de tradición y modernidad. FRANCISCO RICO

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JUAN GOYTISOLO

EL ARCIPRESTEDE HITA Y NOSOTROS

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ENel idiolecto

de algunos profesores y reseñadores literarios abunda desde hace años una terminología de origen militar que ha tenido y tiene la virtud de poner tiesas mis púas: vocablos como vanguardia, retaguardia o ese inefable de chef de file con que se llenan la boca nuestros vecinos me parecen no sólo grotescos, sino también redundantes y absurdos. Hablar de «vanguardia» -