Comentarios reales de los incas [1609] [1]

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Comentarios reales de los incas [1609] [1]

Table of contents :
COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS
II
COMMENTARIOS
REALES.
A LA SERENISSIMA PRINCESA
DONA CATALINA
DE PORTUGAL, DUQUEZA DE BRAGANCA,
PROEMIO
ADVERTENCIAS
ACERCA DE LA LENGUA GENERAL DE LOS INDIOS DEL PERÚ
LIBRO PRIMERO
COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS,
CAPÍTULO I
Si hay muchos mundos. Trata de las cinco zonas.
CAPÍTULO II Si hay antípodas.
CAPÍTULO III
Cómo se descubrió el Nuevo Mundo.
CAPÍTULO IV
La dedución del nombre Perú.
CAPÍTULO V
Autoridades en confirmación del nombre Peni.
CAPÍTULO VI
Lo que dize un autor acerca del nombre Perú.
CAPÍTULO VII
De otras deduciones de nombres nuevos.
CAPÍTULO VIII La descripción del Perú.
CAPÍTULO IX
La idolatría y los dioses que adoraran antes de los Incas.
CAPITULO X
De otra gran variedad de dioses que tuvieron.
Matreras de sacrificios que hazían.
CAPÍTULO XII
La vivienda y govierno de los antiguos, y las cosas que comían.
CAPÍTULO XIII
Cómo se vestían en aquella antigüedad.
CAPÍTULO XIV
Diferentes casamientos y diversas lenguas. Usavan de veneno y de hechizos.
CAPÍTULO XV
El origen de los Incas Reyes del Peni.
CAPÍTULO XVI
La fundación del Cozco, ciudad imperial.
CAPÍTULO XVII
Lo que reduxo el primer Inca Manco Cdpac.
CAPÍTULO XVIII
De fábulas historiales del origen de los Incas.
CAPITULO XIX
Protestación del autor sobre la historia.
CAPITULO XX
Los pueblos que mandó poblar el primer Inca.
CAPÍTULO XXI
La enseñanca que el Inca hazía a sus vasallos.
CAPÍTULO XXII
Las insignias favorables que el Inca dió a los suyos.
CAPÍTULO XXIII
Otras insignias mas favorables, coh el nombre Inca.
CAPÍTULO XXIV
Nombres y renombres que los indios pusieron a su Rey.
CAPÍTULO XXV
Testamento y muerte del Inca Manco Cápac.
CAPITULO XXVI
Los nombres reales y la significación dellos.
60 nombre no lo davan a otro alguno de la parentela, ni aun al príncipe
LIBRO SEGUNDO
COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS,
CAPÍTULO I
La idolatría de la segunda edad y su origen.
flojee u Íú> \á r 2 CAPÍTULO II úi 1 C' (T t/ r
-
Rastrearon los Incas al verdadero Dios Nuestro Señor.
66 por hazedor de todas las cosas.
CAPITULO III
Tenían los Incas una en lugar sagrado.
CAPÍTULO IV
De muchos dioses que los historiadores españoles impropriamente aplican a los indios.
CAPÍTULO V
De otras muchas cosas que el nombre Huaca significa.
Lo que un autor dize de los dioses que tenían.
CAPÍTULO VII
Alcancaron la immortalidad del ánima y la resurrección universal
CAPITULO VIII
Las cosas que sacrificavan al Sol
CAPITULO IX
Los sacerdotes, ritos y ceremonias y sus leyes atribuyen al primer Inca.
CAPÍTULO X
Comprueva el autor lo que ha dicho con los historiadores españoles.
CAPITULO XI
Dividieron el Imperio en cuatro districtos. Registraran los vassallos.
Dos oficios que los decuriones tenían.
CAPÍTULO XIII
De algunas leyes que los Incas tuvieron en su govierno.
CAPITULO XIV
Los decuriones davan cuenta de los que nascían y morían.
CAPÍTULO XV
Niegan los indios haver hecho delicto ninguno Inca de la sangre real.
CAPÍTULO XVI
La vida y hechos de Sinchi Roca, segundo Rey de los Incas.
CAPÍTULO XVII
Lloque Yupanqui, Rey tercero, y la significación de su nombre.
CAPITULO XVIII
Dos conquistas que hizo el Inca Hoque Yupanqui.
CAPÍTULO XIX
La conquista de Hatun Colla y los blasones de los Collas.
CAPÍTULO XX
La gran provincia Cbucuitu se reduze de paz. Hazen lo mismo otras muchas provincias.
' CAPÍTULO XXI
Las sciencias que los Incas alcancaron. Trátase primero de la Astrología.
CAPITULO XXII
Alcancaron la cuenta del año y los solsticios y equinocios.
CAPÍTULO XXIII
Tuvieron cuenta con los eclipses del Sol, y lo que hazían con los de la luna.
CAPÍTULO XXIV
La medicina que alcancaron y la manera de curarse.
CAPÍTULO XXV
Las yervas medicinales que alcancaron.
CAPÍTULO XXVI
De la Geométrica, Geografía, Arismética y Música que alcancaron.
La poesía de los Incas amautas, que son filósofos, y barauicus, que son poetas.
CAPÍTULO XXVIII
Los pocos instrumentos que los indios alcanzaron para sus oficios.
LIBRO TERCERO
COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS.
Maita Cápac, cuarto Inca, gana a Tiabuanacu, y los edificios que allí bay.
CAPÍTULO II
Redüzese Hatunpacassa y conquistan a Cac-yauiri
CAPÍTULO III
Perdonan los rendidos y declarase la fábula.
Redúzense tres provincias, conquístame otras, llevan colonias, castigan a los que usan de veneno.
CAPITULO V
Gana el Inca tres provincias, vence una batalla muy reñida.
CAPÍTULO VI
Ríndense los de Huaicbu; perdónanlos afablemente.
CAPITULO VII
Redúzense muchos pueblos; el Inca manda hazer una puente de mimbre.
CAPÍTULO VIII
Con la fama de la puente se reduzen muchas naciones de su grado.
CAPITULO IX
Gana el Inca otras muchas y grandes provincias y muere pacífico.
CAPITULO X
Cápac Yupanqui, Rey quinto, gana muchas provincias en Cuntifuyu.
CAPITULO XI
La conquista de los Aimaras; perdonan a los curacas. Ponen mojoneras en sus términos.
CAPÍTULO XII
Embía el Inca a conquistar los Quechuas. Ellos se reduzen de su grado.
CAPÍTULO XIII
Por la costa de la mar reduzen muchos valles. Castigan los sodomitas.
CAPÍTULO XIV
Dos grandes curacas comprometen sus diferencias en el Inca y se hazen vasallos suyos.
CAPÍTULO XV
Hazen una puente de paja, enea y juncia en el Desaguadero. Redüzese Cbayanta.
CAPÍTULO XVI
Diversos ingenios que tuvieron los indios para passar los ríos y para sus pesquerías.
CAPITULO XVII
De la redución de cinco provincias grandes, sin otras menores.
CAPÍTULO XVIII
El Príncipe Inca Roca reduze muchas y grandes provincias mediterráneas y marítimas.
CAPÍTULO XIX
Sacan indios de la costa para colonias la tierra adentro. Muere el Inca Cápac Yupanqui.
CAPÍTULO XX
La descripción del templo del Sol y sus grandes riquezas.
CAPÍTULO XXI
Del claustro del templo y de los aposentos de la luna y estrellas, trueno y relámpago y arco del cielo.
CAPÍTULO XXII
Nombre del sumo sacerdote, y otras partes de la casa.
176 eran de los mismos pueblos que servían de criados en la casa real, los
CAPÍTULO XXIII
Los sitios para los sacrificios y el término donde se descalcaran para ir al templo. Las fuentes que tenían.
178 las cosas que tenían por sagradas, que pertenescían a la honra y servicio
CAPÍTULO XXIV
Del jardín de oro y otras riquezas del templo, a cuya semejanca havía otros muchos en aquel Imperio.
Del famoso templo de Titicaca y de sus fábulas y alegorías.
LIBRO CUARTO
COMENTARIOS REALES.
CAPÍTULO I
La casa de las vírgines dedicadas al Sol.
CAPÍTULO II
Los estatutos y exercicios de las vírgines escogidas.
CAPITULO III
La veneración en que tenían las cosas que hazían las escogidas, y la ley contra los que las violassen.
CAPÍTULO IV
Que havía otras muchas casas de escogidas. Compruévase la ley rigurosa.
CAPÍTULO V
El servicio y ornamento de las escogidas y que no las davan por mujeres a nadie.
CAPITULO VI
De cuales mujeres hazía merced el Inca.
CAPÍTULO VII
De otras mujeres que guardavan virginidad y de las biudas.
CAPÍTULO VIII
Cómo casavan en común y cómo assentavan la casa.
Casavan al príncipe heredero con su propria hermana, y las razones que para ello davan.
CAPÍTULO X
Diferentes maneras de heredar los estados.
CAPITULO XI
El destetar, tresquilar y poner nombre a los niños.
CAPÍTULO XII
Criavan los hijos sin regalo ninguno.
CAPÍTULO XIII
Vida y exercicio de las mujeres casadas.
CAPÍTULO XIV
Cómo se visitavan las mujeres, cómo tratavan su ropa, y que las havía públicas.
CAPÍTULO XV
Inca Roca, sesto Rey, conquista muchas naciones, y entre ellas los Chancas y Hancohuallu.
CAPÍTULO XVI
El príncipe Yabuarbuácac y la interpretación de su nombre.
CAPÍTULO XVII
Los ídolos de los indios Antis y la conquista de los Charcas.
pósitos por los caminos reales, donde se encerrassen los bastimentos, armas y munición y ropa de vestir para la gente común.
CAPÍTULO XVIII
El razonamiento de los viejos y cómo reciben al Inca.
CAPÍTULO XIX
De algunas leyes que el Rey Inca Roca hizo y las escuelas que fundó en el Cozco, y de algunos dichos que dixo.
Hasta aquí es del Padre Blas Valera.
CAPÍTULO XX
El Inca Llora Sangre, sétimo Rey, y sus miedos y conquistas, y el disfavor del príncipe.
CAPÍTULO XXI
De un aviso que una fantasma dió al príncipe para que lo lleve a su padre.
CAPÍTULO XXII
Las consultas de los Incas sobre el recaudo de la fantasma.
La rebelión de los Chancas y sus antiguas hazañas.
CAPÍTULO XXIV
El Inca desampara la ciudad y el príncipe la socorre.
LIBRO QUINTO
COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS.
CAPÍTULO I
Cómo acrescentavan y repartían las tierras a los vassallos.
CAPÍTULO II
El orden que tenían en labrar las tierras; la fiesta con que labraran las del Inca y las del Sol
CAPÍTULO III
La cantidad de tierra que davan a cada indio, y cómo la beneficiaran.
CAPÍTULO IV
Cómo repartían el agua para regar. Castigavan a los floxos y descuidados.
CAPÍTULO V
El tributo que davan al Inca y la cuenta de los orones.
Hazían de vestir, armas y calcado para la gente de guerra.
CAPÍTULO VII
El oro y plata y otras cosas de estima no era de tributo, sino presentadas.
CAPÍTULO VIII
La guarda y el gasto de los bastimentos.
CAPÍTULO IX
Davan de vestir a los vassallos. No buvo pobres mendigantes.
CAPÍTULO X
El orden y división del ganado, y de los animales estraños.
Las aves, para que se criassen mejor, las tenían fuera de la ciudad, y
Leyes y ordenancas de los Incas para el beneficio de los vassallos.
Cómo conquistaran y domesticaran los nueros rassallos.
CAPÍTULO XIII
Cómo proveían los ministros para todos oficios.
CAPITULO XIV
La razón y cuenta que havía en los bienes comunes y particulares.
CAPÍTULO XV
En qué pagaran el tributo, la cantidad dél y las leyes acerca dél.
CAPITULO XVI
Orden y razón para cobrar los tributos. El Inca hazia merced a los curacas de las cosas presciadas que le presentaran.
CAPÍTULO XVII
El Inca Viracocha tiene nueva de los enemigos y de un socorro que le viene. *
CAPÍTULO XVIII
Batalla muy sangrienta, y el ardid con que se venció.
CAPÍTULO XIX
Generosidades del príncipe Inca Viracocha después de la victoria.
CAPÍTULO XX
íncipe sigue el alcance, buelve al Cozco, véese m su padre, desposséele del Imperio.
CAPÍTULO XXI
Del nombre Viracocha, y por qué se lo dieron a los españoles.
CAPÍTULO XXII
El Inca Viracocha manda labrar un templo en memoria de su tío, la fantasma.
CAPÍTULO XXIII
Pintura famosa, y la gratificación a los del socorro.
CAPÍTULO XXIV
Nuevas provincias que el Inca sujeta, y una acequia para regar los pastos.
CAPÍTULO XXV
El Inca visita su Imperio; vienen embaxadores ofreciendo vassallaje.
CAPÍTULO XXVI
La buida del bravo Hancohuallu del Imperio de los Incas.
CAPÍTULO XXVII
Colonias en las tierras de Hancohuallu; el valle de Y'úcay ilustrado.
CAPÍTULO XXIV
Nuevas provincias que el Inca sujeta, y una acequia para regar los pastos.
CAPÍTULO XXV
El Inca visita su Imperio; vienen embaxadores ofreciendo vassallaje.
CAPÍTULO XXVI
La buida del bravo Hancobuallu del Imperio de los Incas.
CAPÍTULO XXVII
Colonias en las tierras de Hancohuallu; el valle de Y’úcay ilustrado.
Dio nombre al primogénito, hizo pronóstico de la ida de los españoles.
CAPÍTULO XXIX
La muerte del Inca Viracocha. El autor vió su cuerpo.
ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO

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INCA GARCILASO DE LA VEGA

COMEN TARIOS REALES DE LOS INCAS EMECÉ EDITORES S.A^./ BITEN'Off AIRES

INCA GARCILASO DE LA VEGA

COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS EDICIÓN AL CUIDADO DE ANGEL ROSENBLAT DEL INSTITUTO DE FILOLOGIA DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES PRÓLOGO DE RICARDO ROJAS Con un glosario de voces indígenas

TOMO I

EMECÉ EDITORES S.A. / BUENOS AIRES

ESCUDO DE ARMAS DEL INCA GARCILASO

(De la edición príncipe de los Comentarios Reales, Lisboa, 1609)

!>L INVITÁRSEME a prologar este libro del Inca Garcilaso de la Vega, sus editores han querido gentilmente recordar que yo escribí otras veces sobre el mismo asunto y que la presente edición es la primera salida de prensas argentinas. Antes de ahora, en efecto, he hablado de Garcilaso en mi cátedra de la Universidad de Buenos Aires y en el Congreso de Americanistas reunido en Lima en 1939, año del cuarto centenario del Inca; y he escrito sobre su vida y sus obras en mi Historia de la Literahira Argentina (edición de 1918, t. II, pág. 22 y 180-191) ; me he referido a él en Un Titán de los Andes, en Exégesis de Ollántay, en Himnos Quichuas y en Silabario de la Declaración Americana. Llevado por mi devoción, visité su casa en el Cuzco, desde cuyo balcón el joven mestizo podía ver el caserío de la ciudad nativa entre las sierras que circundan el valle, y visité su tumba en la Catedral de Córdoba de España, donde una lápida funeraria resume así su vida: fcivEL INCA GARCILASO DE LA VEGA: VARÓN INSIGNE DIGNO DE PERPETUA MEMORIA: ILUSTRE EN SANGRE: PERITO EN LETRAS: VALIENTE EN ARMAS: HIJO DE GARCILASO DE LA VEGA: DE LAS CASAS DE LOS DUQUES DE FERIA E INFANTADO, Y DE ELIZABETH PALLA: COMENTÓ LA FLORIDA: TRADUJO A LEÓN HEBREO Y COMPUSO LOS COMENTARIOS REALES. VIVIÓ EN CÓRDOBA CON MUCHA RELIGIÓN: MURIÓ EJEMPLAR: DOTÓ ESTA CAPILLA: ENTERRÓSE EN ELLA: VINCULÓ SUS BIENES AL SUFRAGIO DE LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO: SON PATRONES PERPETUOS LOS SEÑORES DEÁN Y CABILDO DE ESTA Sta. IGLESIA. FALLECIÓ EL 22 DE ABRIL DE 1616. RUEGUEN A DIOS POR SU ÁNIMA.

El mérito de la obra, su bibliografía abundante, su fama, que ya cuenta tres siglos, pudiera hacer innecesario mi prólogo; pero al aceptarlo, por los motivos personales ya invocados, comenzaré por asociar la cele­ bridad de este libro a un momento glorioso de nuestra propia historia.

###

*** Vil

I En el invierno de 1814, el entonces coronel José de San Martín ha­ bía renunciado por enfermedad al mando del Ejército del Norte y pasado a convalecer en las sierras de Córdoba, cerca de la ciudad. El futuro Capitán de los Andes aún estaba en vísperas de su gloria; pero el que dos años antes llegó de España a ofrecer su sable a la libertad de América, ya había ganado la victoria de San Lorenzo, y algunos po­ nían esperanzas en él. Doctos patricios de la ciudad vecina venían a visitar al enfermo, en Saldan, el fundo de su residencia serrana, y en aquel retiro preparaba sigilosamente su plan de ir a Chile para atacar por el Pacífico el baluarte realista del Perú. En esos días de 1814, llegó al solitario de Saldan la noticia de que Napoleón había caído en Europa, y comprendió que eso traería la restauración borbónica en el trono de España y que aguerridos ejércitos, allá vacantes, vendrían a atacar la revolución hispanoamericana. Mal momento era ése para las armas pa­ triotas, derrotadas en el Alto Perú y en Venezuela, mientras se anarqui­ zaba la Banda Oriental y Chile veíase a punto de una reconquista española. Pero San Martín no se amilanó ante ese panorama fatídico. Comprendió que había llegado la hora de acrecentar nuestras fuerzas y acelerar nuestra acción. Solicitó entonces el gobierno de Cuyo, para preparar desde Mendoza la expedición que años más tarde llevó triun­ fante hasta la ciudad de Lima. A nadie comunicaba este sueño mien­ tras estuvo en Saldán; pero a los que allá lo visitaban solía retemplarles el ánimo, justificando la causa de nuestra emancipación. Así ocurrió que un día, en tertulia con sus visitantes cordobeses, se habló de la conquista española, del despojo que hicieran a los Incas, y del régimen colonial que los conquistadores fundaron, hasta que en el coloquio se aludió a los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, obra de un americano, mestizo de indio, que describía las bondades del sistema incaico y las arbitrariedades del régimen colonial. Por eso la Corona había mandado recoger tal libro, para borrar la memoria de la América autóctona y de la violencia con que se fundó el sistema nuevo. Propuso entonces San Martín a los presentes en la tertulia serrana que se abriese una subscripción popular a fin de reimprimir el libro del Inca "para que su lectura se hiciese más común y se conservase un do­ cumento que hace tanto honor a los naturales de este país y descubre al mismo tiempo, con una moderación digna de las circunstancias, la tira­ nía, ambición y falso celo de sus conquistadores”. Todos los oyentes acogieron el proyecto y allí mismo se firmó un documento en que cons­ tan las primeras subscripciones, encabezadas por la cuota y la firma autógrafa del propio San Martín, promotor de la idea. El Presbítero Doctor Miguel Calixto del Corro fué inmediatamente VIH designado para redactar un Prospecto, y el Doctor José de Isaza para

recibir las contribuciones, y el Doctor Bernardo de Bustamante para el cotejo y revisión del libro. Todo quedó previsto en el plan editorial, creyendo ya inminente su realización. La obra imprimiríase en Londres, porque la deseaban "con el mayor lujo posible” y no había en nuestro país imprenta "bastantemente dotada” para ello. Y pues la primera edición se hizo in folio, determinóse el formato "en cuarto mayor”, para que "así minorado su volumen fuese más fácil su lectura en cualquier lugar”. Tan claro propósito, sin embargo, no pasó de un de­ vaneo patriótico, acaso porque San Martín trasladóse en seguida a Men­ doza, donde tuvo cosas más urgentes en que ocuparse, y porque dicha empresa editorial no resultaba fácil: aquí, por falta de imprenta "bas­ tantemente dotada”; y en Londres, por su lejanía y su costo, sobre todo cuando a partir de 1815, las escarcelas patriotas debieron oblar sus últi­ mos dineros para costear la guerra de los Andes, en que el propio San Martín anduvo tan empeñado. Autoriza este relato y lo que sigue sobre el mismo tema, una breve noticia publicada en el opúsculo titulado La segtinda imprenta de la Universidad de Córdoba por el Presbítero Don Pablo Cabrera, sobre la imprenta que se adquirió bajo el gobierno del general Bustos (1823). El señor Cabrera, en su introducción, se refiere de paso, y como simple curiosidad, a la reedición de los Comentarios Reales, por tener en su poder los documentos arriba mencionados: el Prospecto y la Subscrip­ ción. Careciendo de fecha esos manuscritos, incurrió en el error de si­ tuarlos en 1816, cuando San Martín vino de Mendoza a Córdoba para conferenciar con Pueyrredón, que bajaba de Tucumán a Buenos Aires para hacerse cargo del Directorio. En mi libro El Santo de la Espada yo doy noticia sobre la demorada residencia de 1814 en Saldán (cap. VIII) y sobre la rápida entrevista de 1816 con Pueyrredón en Córdoba (Cap. X), cuando se concertó la empresa de los Andes. Aquí adopto la fecha de 1814 para el proyecto de editar los Comentarios Reales, por­ que San Martín ese año residió en Saldán y porque hay prueba de las visitas que allá recibía, entre ellas la del entonces Capitán José M;A Paz, que también firma el acta de la subscripción, cuyo facsímil conocemos (op. cit., pág. 126), en tanto que Pueyrredón no firma ese documento, como habría ocurrido en 1816, si tal fuese el año de dicha iniciativa. Hecha esta aclaración cronológica, detengámonos aquí un instante para decir que aquel proyecto de reeditar los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, frustrado en 1814, es el que ciento veintinue­ ve años después se realiza, bajo el signo de Emecé, no en Londres, sino en Buenos Aires mismo, con alarde de nuestra capacidad industrial, fruto de las libertades que San Martín fundara en América; por lo que bien podemos decir que él es el patrono de esta reedición. IX

II Volvamos ahora a considerar la iniciativa sanmartiniana y los con­ ceptos que ella inspiró, a fin de referirnos más directamente al libro de Garcilaso, famoso no solamente en la ciencia y el arte, sino también en la política hispanoamericana. Divídese la obra en dos partes: la una, publicada en 1609, sobre el imperio indígena del Tawantinsuyo; la otra, publicada en 1617, sobre la conquista del Perú por los españoles. En su conjunto, fue traducida a varias lenguas, y reimpresa repetidamente en su texto original. A comienzos del siglo XIX, cuando San Martín patrocinó la reedición, sus ejemplares eran escasos en América, porque la Metrópoli española había prohibido su lectura en estas colonias. Al producirse la rebelión de Túpac Amaru, Comentarios Reales pareció, por su asunto y por el linaje incaico de su autor, un alegato en favor de las razas indígenas, una reivindicación de sus derechos; y al producirse la guerra de nuestra independencia, San Martín ratifica esa condición del libro, al haberse adoptado una teoría de reivindicación nativista que acercaba a los criollos y a los indios para formar un solo frente contra el sistema virreinal. Por estos dos episodios, el libro del Inca Garcilaso tiene en la historia americana una elevada jerarquía política, superior, acaso, a la que le han reconocido eminentes críticos por su valor arqueológico y literario. El prospecto de la edición proyectada en 1814, al resumir la con­ versación de Saldan con que se iniciara dicho proyecto, dice que se hizo "la apología debida al mérito de esta obra”, y que se lamentó "el des­ potismo con que se prohibió la lectura de su primera edición y la escasez de ejemplares nacida de este principio” (op. cit., págs. 7-8). Hay un pequeño error en esta última referencia, o al menos cierta im­ precisión en la cronología bibliográfica. La primera edición no fué prohibida; tampoco las siguientes, y la obra había aparecido con las previas licencias de la censura establecida entonces para toda impresión de libros. La prohibición se dicta siglo y medio después de que Garcilaso había muerto y de que su libro circulaba, y se la dicta sólo para Amé­ rica, porque ante la rebelión de Túpac Amaru, tan cruelmente repri­ mida, se quiso borrar la memoria de los Incas, vedando toda ceremonia, retrato o imagen que los recordara, y con más razón prohibieron ese libro escrito por un Inca que ostentaba su linaje con orgullo y lo evo­ caba con emoción, haciendo de la historia imprecisa de su raza una leyenda cautivadora. El libro de Garcilaso había circulado sin tropiezos durante el siglo XVII y dos tercios del siglo XVIII, a la par de otras historias de Indias, X incluso las que escribían cronistas oficiales de la Corona: la Historia

general y natural de las Indias, por Gonzalo Fernández de Oviedo (Se­ villa, 153 5); las Décadas de Antonio de Herrera (Valladolid, 1601); ' y otras que más concretamente tratan del Perú, tales como las de Zárate, Xerez, Cieza de León, López de Gomara, con noticias sobre los Incas y las guerras civiles de los conquistadores. Sólo en el último tercio del siglo XVIII, España advirtió que crujía su sistema colonial en Amé­ rica, minado por la rivalidad de Inglaterra, por los ejemplos emancipa­ dores de Estados Unidos, por trabajos de zapa de los jesuítas ya expul­ sados, por la penetración del enciclopedismo en la cultura peninsular y por una propaganda escrita que hallaba argumentos contra la Metró­ poli en los libros de sus propios cronistas coloniales. Así se explica que en 1778 se prohibiera la Historia de América por Robertson y la Des­ trucción de las Indias Occidentales por el Padre Las Casas, famosa re­ quisitoria contra los abusos de los primeros conquistadores. Pero fue la rebelión de Túpac Amaru, ocurrida en 1780-1781, lo que alarmó a la Metrópoli al comprobar que la tradición de los Incas aún vivía, llegán­ dose entonces a comprender el peligro de los Comentarios Reales, cuyo espíritu era distinto del de las otras crónicas indianas porque despertaba la conciencia histórica de los pueblos autóctonos. El 21 de abril de 1782 se dictó la Real Cédula por la que los virre­ yes de Lima y Buenos Aires debían recoger sagazmente todos los ejem­ plares que pudiesen hallar del libro del Inca Garcilaso. Quedó entonces dicha obra incluida en el expurgatorio inquisitorial, a la par de los libros heréticos. Por eso en 1814 quedaban tan pocos ejemplares, aunque des­ pués de 1810 pudieron algunos de ellos salir de su escondite. "Por una de aquellas fatalidades debidas sólo a la malaventura —dice el Prospecto de 1814—, estuvo sepultado dicho libro en el eterno olvido, habiéndose conservado uno que otro ejemplar al abrigo del polvo, mer­ ced al celo de algún patriota” (op. cit., págs. 8-9). Y el mismo documen­ to continúa: "Se acabó ya, gracias al Cielo, ese tiempo fatal; la libertad acompañada de la justicia se dejó ver en la América, presidiendo todas sus deliberaciones. La verdad, auxiliada de la libertad, esparce ya sus luces, sin tener que vencer óbvice alguno; los derechos del hombre, bajo de un sistema liberal, hallan en su constitución todo el amparo y protección que dicta la justicia; la tiranía y el despotismo cayeron ya de su trono, y un nuevo gobierno, sancionado por el voto común, autorizado por la voz de la naturaleza, ocupa su lugar. ¡Dichosos los que hemos tocado esta época feliz! Nuestros mayores la desearon vivamente en el secreto de sus corazones, y nuestros descendientes la envidiarán ciertamente, por no ha­ ber tenido parte en nuestra gloria” (op. cit., pág. 9). Nótese que estas cosas ditirámbicas se dicen en plena revolución y a propósito de los Comentarios Reales, "libro de un americano, elogiado, aun en el extranjero”, "por su veracidad y su estilo”, "ventajas que ha­ cen importante y grata su lectura”. Aquel sencillo prospecto editorial, XI

II Volvamos ahora a considerar la iniciativa sanmartiniana y los con­ ceptos que ella inspiró, a fin de referirnos más directamente al libro de Garcilaso, famoso no solamente en la ciencia y el arte, sino también en la política hispanoamericana. Divídese la obra en dos partes: la una, publicada en 1609, sobre el imperio indígena del Tawantinsuyo; la otra, publicada en 1617, sobre la conquista del Perú por los españoles. En su conjunto, fue traducida a varias lenguas, y reimpresa repetidamente en su texto original. A comienzos del siglo XIX, cuando San Martín patrocinó la reedición, sus ejemplares eran escasos en América, porque la Metrópoli española había prohibido su lectura en estas colonias. Al producirse la rebelión de Túpac Amaru, Comentarios Reales pareció, por su asunto y por el linaje incaico de su autor, un alegato en favor de las razas indígenas, una reivindicación de sus derechos; y al producirse la guerra de nuestra independencia, San Martín ratifica esa condición del libro, al haberse adoptado una teoría de reivindicación nativista que acercaba a los criollos y a los indios para formar un solo frente contra el sistema virreinal. Por estos dos episodios, el libro del Inca Garcilaso tiene en la historia americana una elevada jerarquía política, superior, acaso, a la que le han reconocido eminentes críticos por su valor arqueológico y literario. El prospecto de la edición proyectada en 1814, al resumir la con­ versación de Saldan con que se iniciara dicho proyecto, dice que se hizo "la apología debida al mérito de esta obra”, y que se lamentó "el des­ potismo con que se prohibió la lectura de su primera edición y la escasez de ejemplares nacida de este principio” (op. cit., págs. 7-8). Hay un pequeño error en esta última referencia, o al menos cierta im­ precisión en la cronología bibliográfica. La primera edición no fué prohibida; tampoco las siguientes, y la obra había aparecido con las previas licencias de la censura establecida entonces para toda impresión de libros. La prohibición se dicta siglo y medio después de que Garcilaso había muerto y de que su libro circulaba, y se la dicta sólo para Amé­ rica, porque ante la rebelión de Túpac Amaru, tan cruelmente repri­ mida, se quiso borrar la memoria de los Incas, vedando toda ceremonia, retrato o imagen que los recordara, y con más razón prohibieron ese libro escrito por un Inca que ostentaba su linaje con orgullo y lo evo­ caba con emoción, haciendo de la historia imprecisa de su raza una leyenda cautivadora. El libro de Garcilaso había circulado sin tropiezos durante el siglo XVII y dos tercios del siglo XVIII, a la par de otras historias de Indias, X incluso las que escribían cronistas oficiales de la Corona: la Historia

general y natural de las Indias, por Gonzalo Fernández de Oviedo (Se­ villa, 153 5); las Décadas de Antonio de Herrera (Valladolid, 1601); ' y otras que más concretamente tratan del Perú, tales como las de Zárate, Xerez, Cieza de León, López de Gomara, con noticias sobre los Incas y las guerras civiles de los conquistadores. Sólo en el último tercio del siglo XVIII, España advirtió que crujía su sistema colonial en Amé­ rica, minado por la rivalidad de Inglaterra, por los ejemplos emancipa­ dores de Estados Unidos, por trabajos de zapa de los jesuítas ya expul­ sados, por la penetración del enciclopedismo en la cultura peninsular y por una propaganda escrita que hallaba argumentos contra la Metró­ poli en los libros de sus propios cronistas coloniales. Así se explica que en 1778 se prohibiera la Historia de América por Robertson y la Des­ trucción de las Indias Occidentales por el Padre Las Casas, famosa re­ quisitoria contra los abusos de los primeros conquistadores. Pero fué la rebelión de Túpac Amaru, ocurrida en 1780-1781, lo que alarmó a la Metrópoli al comprobar que la tradición de los Incas aún vivía, llegán­ dose entonces a comprender el peligro de los Comentarios Reales, cuyo espíritu era distinto del de las otras crónicas indianas porque despertaba la conciencia histórica de los pueblos autóctonos. El 21 de abril de 1782 se dictó la Real Cédula por la que los virre­ yes de Lima y Buenos Aires debían recoger sagazmente todos los ejem­ plares que pudiesen hallar del libro del Inca Garcilaso. Quedó entonces dicha obra incluida en el expurgatorio inquisitorial, a la par de los libros heréticos. Por eso en 1814 quedaban tan pocos ejemplares, aunque des­ pués de 1810 pudieron algunos de ellos salir de su escondite. "Por una de aquellas fatalidades debidas sólo a la malaventura —dice el Prospecto de 181-4—, estuvo sepultado dicho libro en el eterno olvido, habiéndose conservado uno que otro ejemplar al abrigo del polvo, mer­ ced al celo de algún patriota” (op. cit., págs. 8-9). Y el mismo documen­ to continúa: "Se acabó ya, gracias al Cielo, ese tiempo fatal; la libertad acompañada de la justicia se dejó ver en la América, presidiendo todas sus deliberaciones. La verdad, auxiliada de la libertad, esparce ya sus luces, sin tener que vencer óbvice alguno; los derechos del hombre, bajo de un sistema liberal, hallan en su constitución todo el amparo y protección que dicta la justicia; la tiranía y el despotismo cayeron ya de su trono, y un nuevo gobierno, sancionado por el voto común, autorizado por la voz de la naturaleza, ocupa su lugar. ¡Dichosos los que hemos tocado esta época feliz! Nuestros mayores la desearon vivamente en el secreto de sus corazones, y nuestros descendientes la envidiarán ciertamente, por no ha­ ber tenido parte en nuestra gloria” (op. cit., pág. 9). Nótese que estas cosas ditirámbicas se dicen en plena revolución y a propósito de los Comentarios Reales, "libro de un americano, elogiado, aun en el extranjero”, "por su veracidad y su estilo”, "ventajas que ha­ cen importante y grata su lectura”. Aquel sencillo prospecto editorial, XI

convertido en tribuna revolucionaria, anatematiza a los godos conquis­ tadores, de quienes descendía el redactor, y elogia a los Incas, "de quienes hubiéramos heredado —según lo afirma ingenuamente el redactor— un código compuesto de justas y sabias leyes que nada tienen que envidiar al de las naciones europeas”. "Ningún tiempo como el presente —agre­ ga— para la lectura de esta importante obra. Salgamos de esa ignorancia vergonzosa en que hemos vivido acerca de las costumbres, extensión y riqueza de nuestro suelo . . Jóvenes y niños lo aprendan, junto con la historia de nuestra degradación”. Deseaban los reimpresores esculpir "con letras de oro y en láminas de bronce el nombre del ilustre autor de la historia del mundo peruano”; pero sólo podían pagar con su reedición las fatigas del que la escribió, y para ello pedían "que todo buen patriota ofreciera este pequeño obsequio a su país” (op. cit., págs. 9-10). El libro de Garcilaso era peligroso, precisamente porque creaba tal estado de alma en hijos de españoles, refundiendo a criollos e indios en el crisol de una nueva conciencia histórica, hecha de sentimientos nativistas e ideas liber­ tadoras. Precisamente por eso fue prohibido, y sólo en América, pues en 1801 salió en Madrid una reedición.

III El autor de este libro singular nació en el Cuzco el 12 de abril de 1539, apenas empezada la conquista. Su padre, Garci-Lasso de la Vega, pariente del poeta homónimo, era hombre de noble linaje, uno de los que participa­ ron con Pizarro en la conquista del Perú, en donde murió después de haber guerreado treinta años. Su hijo escribe: "Húvome en una india llamada doña Isabel Chimpu Ocllo; son dos nombres, el cristiano y el gentil, por­ que los indios y las indias en común, principalmente los de sangre real, han hecho costumbre de tomar por sobrenombre, después del bautismo, el nombre propio o apelativo que antes de él tenían”. "Doña Isabel Chim­ pu Ocllo fué hija del Huallpa Túpac Inca, hijo legítimo del Inca Yupanqui y de la colla Mama Ocllo, su legítima mujer, y hermana de Huaina Cápac Inca, último rey que fué de aquel Imperio llamado Perú”. Todo esto nos lo cuenta el propio Garcilaso Inca en su opúsculo titulado Genealogía de Garci-Pérez de Vargas, a la que pertenece su padre, y aun­ que el mestizo se ufana de su linaje español, mayor es el aristocrático orgu­ llo con que se engríe de su prosapia indígena, por ser, ésta, de reyes. Hubo en el Perú varios casos de conquistadores españoles que se unieron con princesas del Sol y engendraron noble progenie. Beatriz Ñusta se casó con Mancio Sierra de Leguizamo; Inés Ñusta tuvo dos hijos X// de Francisco Pizarro; Francisca Ñusta tuvo un hijo con Juan Collantes;

Angelina Ñusta fue madre de Juan de Betanzos, maestro de quichua, cuyo nombre era el de su padre; Luis de Valera engendró, en una mujer de la corte de Atahualpa, a Blas Valera, clérigo e historiador cuyos ma­ nuscritos conoció y aprovechó Garcilaso. Hubo otros escritores mesti­ zos o indios, entre ellos Salcamayhua y Huaman Poma, cuyas obras fueron impresas en nuestro tiempo. Para esa primera generación de mestizos, fundóse en el Cuzco un colegio de indios nobles, en cuyas aulas cursó estudios nuestro Garcilaso, juntamente con sus primos Carlos y Felipe, Incas los tres, bajo el ma­ gisterio del Padre Juan de Cuéllar, con quien estudiaron latín. En esas aulas aristocráticas enseñaban también religión, música, danza y armas. Si hemos de juzgar por actos de tal especie, no fué del todo hostil en sus comienzos la actitud de los reyes de España para con los descendientes de los antiguos reyes del Perú, y aun para con los indios en general, bien que el egoísmo de algunos funcionarios, en América y en la Penín­ sula, malogró a veces aquellos buenos propósitos. Garcilaso mismo pade­ ció de injusticias que lo entristecieron. Muerto su padre, que había for­ mado otra familia con mujer española, su madre decayó en la pobreza, y el 23 de enero de 1360, nuestro Inca Garcilaso, que tenía entonces veintiún años, partió del Cuzco a España para reclamar la restitución del patrimonio familiar, sin que ni el Rey ni el Consejo de Indias accedie­ ran a sus pretensiones. Quedóse a vivir en la Península; hizo llevar los restos de su padre y los enterró en Sevilla; entró en la carrera militar, a las órdenes de don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II; y finalmente entró en religión, decepcionado de la corte y del mundo. Obtuvo protección de algunos parientes, entre ellos el Marqués de Priego y don Alonso de Vargas, en cuya capilla sirvió desde 1587 hasta 1596; pero su vida fué obscura, hasta que se dedicó a las letras, quizá como una evasión en su desencanto. Garcilaso Inca había nacido para escritor. Su larga vida de andanzas parece haber estado preparándolo, a través de sedentarias lecturas y de esfuerzos sin fruto, para las actividades literarias, que fueron las de su vejez. Las dos razas de que provenía, la noble tradición de ambos lina­ jes, su trasplante a España, la nostalgia del Cuzco nativo y el sentido de la gloria propio de un hombre del Renacimiento, dan hondura patética a su conciencia, novedad atractiva a su ingenio y gracia singular a su obra de historiador. Vivió setenta y siete años, y a los últimos de su vida corresponde lo mejor de su producción. Escribió la Genealogía antes citada, valiosa por sus noticias, no exentas de interés autobiográfico, y tradujo del italiano los Diálogos de Amor de León Hebreo, de doctrina platónica, preferen­ cia que descubre la índole de su propio espíritu. Sin embargo, no es a estas obras menores a las que debe su fama, sino a La Florida (1605), crónica de la conquista de esa región hoy perteneciente a los Estados XIII

Unidos, y a la que es su obra maestra, Comentarios Reales, sobre los Incas y la conquista del Perú. En uno y otro de estos libros, el escri­ tor nos da la medida de su capacidad. José de la Riva Agüero halla en La Florida el "candor de un cantar de gesta” y Ventura García Calde­ rón la define como "una Araucana en prosa”. Ambos críticos peruanos aciertan en dichas opiniones; pero con ser ellas tan justas, debo agregar que La Florida, sobre la gesta del Adelantado Hernando de Soto, sólo es un ensayo con relación a Comentarios Reales, donde el autor se muestra en la plenitud de su arte y de su talento, acaso por una recóndita afinidad de su ser con el tema de su obra. Narrar la historia de los Incas y de los conquistadores, de quienes él descendía, era tañer las cuerdas todas de su alma. No podía escribir, sobre este asunto, sin pasión ni emoción. El con­ flicto y la fusión de ambas razas llevábalo en su sangre. Nace de ahí la inspiración de este libro que ha perdurado.

IV

Las cualidades de Garcilaso como escritor han sido alabadas por todos sus críticos. Don Marcelino Menéndez y Pelayo le reconoce maes­ tría en el arte cuando dice: "Uno de los más amenos y floridos narrado­ res que en nuestra lengua pueden contarse”. Y cuando afirma con ro­ tundidad: "Como prosista es el mayor nombre de la literatura colonial. Y con Alarcón [el dramaturgo, el mexicano], los dos verdaderos clá­ sicos nacidos en América”. Ninguna alabanza puede ser en este caso más explícita, y se la valora más cuando se recuerda que el autor de ella juzga con reparos la veracidad de Garcilaso como historiador. Menéndez y Pelayo escribió esos juicios en Orígenes de la novela, y el incluir los Comentarios en un estudio de tal género implicaba de suyo una desautorización del cronista. Desde este otro punto de mira, es categórica su opinión: "historias noveladas —dice—, por la gran mez­ cla de ficción que contienen” (op. cit., pág. cccxci). Y agrega luego: "No es texto histórico, es una novela como la de Tomás Moro, como La Ciudad del Sol de Campanella, como la Océana de Harrington” (op. cit., pág. cccxcn). Con pequeñas variantes de forma, repitió esos juicios en Historia de la poesía hispanoamericana (Madrid, 1913; tomo II, págs. 145-148), obra que a su vez refunde y retoca los prólogos de la Antología de poetas hispanoamericanos, publicada en 1894 (pág. clxh y clxiii). A través de estas sucesivas versiones, atenuó levemente sus censuras cuando José de la Riva Agüero se las contestó desde el Perú; XIV aunque subsistió un cierto desdén incrédulo para con lo incaico, eviden-

temente sugerido por una discreta precaución patriótica. Si todo cuanto se diga en bien del régimen incaico se considera simple fábula o novela, resulta fácil la absolución de aquellos conquistadores del Perú que con Pizarro destruyeron la civilización del Cuzco para entregarse después a una cruenta guerra civil por móviles de codicia. Como se ve, por el ca­ mino, que creyéramos apacible, de la moderna crítica literaria, volvemos al tema inicial de este prólogo, o sea a la contienda apasionada que el libro del Inca promueve aún entre los espíritus más serenos. Garcilaso tiene, a los ojos de ciertos críticos, el pecado de que dió vida y prestigio a la tradición precolonial; necesitan desautorizarlo, rec­ tificándolo en detalles, como a todo historiador puede ocurrirle, pero como es Inca, se lo declara parcial, y como es buen escritor, se lo declara novelista o simple autor de fábulas. Los Comentarios sin duda influyeron en Moro, Campanella, Harrington y aun en la concepción de obras como Los Incas de Marmontel o la Alzira de Voltaire; pero ello no es motivo para igualar esas concep­ ciones imaginativas o trasnochadas con el libro de Garcilaso, en el cual, a cambio de muchos errores, hay una auténtica verdad de fondo que nace del espíritu de su autor y de tradiciones confusas, pero no malicio­ sas ni insostenibles, ante las nuevas investigaciones de la ciencia. También se puede decir que los Comentarios influyeron sobre Rousseau o sobre Fourier, en cuanto nos dan embellecida la vida del hombre natural y en cuanto describen una sociedad comunista, modelo de las utopías pro­ yectadas después de Garcilaso; pero aun siendo ello verdad, los Comen­ tarios son libro de otra especie. Conviene cuidarse de tales analogías si se quiere entender esta obra compleja, profunda y única. Don Marcelino acusó al Inca de haber incluido leyendas increíbles, cosa común en la historia clásica, desde Heródoto hasta el padre Ma­ riana, y acaso achaque inevitable cuando se trata de tradiciones prehis­ tóricas y de fuentes orales. Lo acusó también de haber creído en fábulas, engañándose a sí mismo, o de haber querido engañar a la posteridad; cargos infundados los dos, porque Garcilaso da por fábulas lo fabuloso, y porque un propósito de engaño no se aviene con la actitud señorial del Inca en toda su obra, ni con su cultura renacentista. El censor halla increíbles ciertas cronologías dinásticas, y pueriles las genealogías que se remontaban a animales, por el tótem de las tribus; pero las historias de España, desde la General de don Alfonso el Sabio hasta la de Mariana, incluyen a reyes como Tubal o Hércules, y es sabido que las aristocra­ cias más antiguas conservan en sus blasones figuras de animales herál­ dicos que son reminiscencias de hazañas míticas o de legendarias tra­ diciones totémicas. Por otra parte, si Garcilaso contó las leyendas del Sol en Titicaca o de los hermanos Áyar en Pacaritampu, otros contaron las de la serpiente en el Paraíso, según su propia fe. La religión de un pueblo es parte integrante de su historia, y el Inca habría sido mal his- XV

toriador si por ser católico hubiera omitido las tradiciones religiosas de los indios. Lo más concreto que don Marcelino dice en sus "comenta­ rios”, es que Garcilaso ignoró a Cieza de León, y precisamente lo cita treinta veces, como lo ha comprobado Markham en The Incas of Perú, al establecer las fuentes escritas del historiador cuzqueño. Menéndez y Pelayo sabia muchas cosas, pero se extravió al sostener que la historia de los Incas por el Inca sólo es una novela. Si al menos hubiera dicho que es una epopeya, habría estado más cerca de la verdad. El insigne maestro español carecía de especiales estudios sobre esta materia, como lo reconociera él mismo; pero es tan grande la autoridad de su nombre, que debemos precavernos de ella, puesto que fue ganada en trabajos sobre literatura castellana o cultura europea, y no sobre temas de prehistoria americana o siquiera de la conquista peruana. Sa­ bría de esto lo que un hombre de su vasta erudición podía saber: cosas fragmentarias y de tercera mano. Muy agradecidos le estamos por su Antología de poetas hispanoamericanos, tan certera generalmente en los juicios (aunque suele valerse de lo que investigadores y críticos de nues­ tros países le proporcionaron) ; pero sus opiniones sobre Garcilaso his­ toriador son sin fundamento y caben en dos páginas; nada más escribió sobre él. En este caso la brevedad fué ligereza. Contrasta con esa ligera condenación ex cathedra, el notable y ex­ tenso estudio del peruano don José de la Riva Agüero sobre el Inca y sus obras, capítulo de La historia en el Perú, utilizado luego para pro­ logar una Antología de los Comentarios Reales (Madrid, 1929). Cuando don Marcelino conoció aquel estudio y otros posteriores en que el escri­ tor peruano le replica, no entró en polémica, porque se lo llamaba a un terreno que no era el suyo, y antes bien aceptó con reticente cortesía la posibilidad de su error.

V

La autoridad de Garcilaso como historiador fué universal durante más de doscientos años, pero hacia la mitad del siglo pasado se comenzó a discutirlo como historiador. Se le imputó haberse apropiado del ma­ nuscrito de Blas Valera; pero semejante acusación cayó en el vacío, por­ que carecía de base. No se conoce la obra total de Valera, pero sí los fragmentos de ella que Garcilaso transcribe, a la par de otras fuentes, ya publicadas cuando el Inca escribió, y las citas correspondientes son indicio de honradez en el autor. Por otra parte, no es posible confundir XVI el acento de Garcilaso con el de Valera y demás cronistas coloniales.

Sobre todo en la primera parte de los Comentarios —la de los Incas— hay algo tan personal que sólo al Inca le pertenece; y eso es lo intrans­ ferible del estilo. Desde el siglo pasado, con el descubrimiento de nuevos cronistas para la historia de los Incas y la conquista del Perú, los Comentarios se con­ virtieron en punto de necesaria referencia para la crítica. Los que se aficionaron a Montesinos o a Sarmiento de Gamboa pretendieron al­ zarlos como autoridad mayor, por prurito de novedad en buena parte, y sin advertir que todos trabajaron sobre testimonios orales, no siempre bien interpretados y a veces tendenciosamente utilizados. Si hay en Gar­ cilaso tradiciones confusas y hechos mitológicos y cronologías milena­ rias, también los hay en todos los demás cronistas. Sólo una crítica mi­ nuciosa, de severos métodos científicos, aplicada al conjunto de los textos y a sus detalles, con la ayuda de la arqueología y demás ciencias auxi­ liares, podrá sacar alguna vez la cuestión del terreno sentimental o del propósito ocasional con que aún se la plantea. Al llegar a este punto, debemos distinguir entre la primera y la segunda parte de los Comentarios, su diferente condición como obra histórica. La primera parte, que se refiere a los Incas, carece de fuentes escritas, puesto que los Incas no escribían sus anales, y el autor se atiene a tradiciones orales de sus antepasados o a sus propios recuerdos. En cambio, la segunda parte, por referirse a los conquistadores españoles, invoca documentos o testimonios de actores o de cronistas contemporá­ neos. La crítica debe manejar, para uno u otro período, instrumentos distintos. Para la segunda parte abundan textos escritos; para la primera se necesita el auxilio de arqueólogos, etnógrafos, lingüistas del quichua, del aimara y otras lenguas autóctonas, y aun folkloristas de la tradición actual. Pero esa labor científica requiere que se concluya con el prejuicio de considerar a Garcilaso un novelista porque es buen escritor, o de con­ siderarlo historiador parcial cuando trata de los Incas porque él es Inca, y cuando trata de las guerras civiles de los españoles en el Perú, porque su padre perteneció a uno de los bandos en lucha. Habrá que rectificarlo en lo que haya de rectificable, como a todo historiador puede ocurrirle; pero sin condenarlo de antemano, por simples pasiones personales o por preocupaciones que nacen de algunas tesis preconcebidas. En cuanto se refiere a los Incas y a la parte de Sudamérica que ellos gobernaron, son numerosos los especialistas que en el último siglo han trabajado sin desdeñar a Garcilaso. Ábrase los libros de Wiener, Uhle, Posnansky, Middendorf, Lehmann, D’Harcourt, Markham, Beuchat y tantos americanistas europeos, y se verá que los Comentarios son tenidos en cuenta para muchas investigaciones incaicas. Igual cosa ocurre en los estudios de Pacheco Zegarra, Tello, Valcárcel, Urteaga, Larco, Prado, Cossio, Basadre, Beltroy y otros especialistas peruanos. En nuestro país XVII

utilizaron a Garcilaso nuestros compatriotas Mitre, López, Lafone Quevedo, Ambrosetti, Adán Quiroga, y aunque el progreso de la ciencia pueda hoy rectificarlo en puntos aislados, no ha de ser para levantar sobre él a Montesinos, o a Sarmiento de Gamboa, o a Santa Clara, que tienen los defectos del cuzqueño, sin sus cualidades. Acaso el único de los cronistas españoles que pueda hombrearse con Garcilaso, en cierto sen­ tido, es Cieza de León, quien, por cierto, no es remiso en curiosidad benévola para con las culturas precoloniales. El problema del Tawantinsuyo se ha tornado hoy muy complejo, porque se acepta un periodo preincaico, de civilizaciones locales anti­ quísimas, y se discurre sobre la superposición de varios Cuzcos y el cruce de varias culturas autóctonas en migraciones o diásporas que la antro­ pología y la arqueología están esclareciendo. Descubrimientos como la ciudad de Machupichu y las momias de Paracas; estudios de la lengua quichua restaurados en las universidades del Perú; trabajos sobre el folk­ lore de los actuales pueblos autóctonos; investigaciones sobre la música aborigen, sólo comparable a la arquitectura congénere; excavaciones re­ cientes en Sacsahuaman, en Pachacámac, en Chavín, van paulatina­ mente, si no develando el misterio de la antigua América, al menos encendiendo nuevas luces en su laberinto. En medio de tan admirables hallazgos modernos, el Inca Garcilaso continúa de pie, con su libro en la mano.

VI Para el Cuzco y los cuzqueños actuales, el Inca Garcilaso es el hijo predilecto de la ciudad, su mayor penate; y para los peruanos en gene­ ral, es un genio de la patria, que en la confluencia de las dos razas progenitoras, vivientes aún, alumbra los orígenes de la Nación y los más hondos misterios de su conciencia histórica. Así lo dice Riva Agüero, con ser limeño y de prosapia española: "Y como las esperanzas, para no ser baldías, han de nacer y sustentarse en los recuerdos, saludemos y veneremos, como feliz augurio, la memoria del gran historiador en cuya personalidad se fundieran amorosamente Incas y Conquistadores, que con soberbio ademán abrió las puertas de nuestra nacionalidad” (op. cit., 54). Comparten estos sentimientos casi todos los peruanos que han estudiado la historia, las letras y la psicología de su país. Para ellos, ade­ más, Garcilaso es el más glorioso historiador de los orígenes nacionales. Otros indígenas escribieron sobre el mismo asunto, entre ellos Blas Valera, Huaman Poma, Salcamayhua; pero sus obras permanecieron XVlll inéditas en aquel tiempo. La de Blas Valera se perdió en un asalto de

Cádiz por los ingleses, y sólo partes del manuscrito llegaron a manos de Garcilaso, que confiesa honradamente la transcripción de ellos en pa­ sajes en su historia. La de Huaman Poma fué enviada a Felipe II; pero se extravió en la Corte y no se ^sabe por cuáles vicisitudes fué a parar en la Biblioteca Real de Copenhague, donde su Director la descubrió a fines del siglo XIX, y últimamente en París el voluminoso manuscrito ha sido editado en facsímil con las deliciosas ilustraciones a pluma que el propio autor dibujó para su texto. La de Salcamayhua es de menor extensión, pero contiene interesantes noticias, que no han salido a luz sino en la época actual, como ha ocurrido con otras monografías aná­ logas, publicadas en la Península por Jiménez de la Espada o en el Perú por la Colección de libros y documentos referentes a la historia del Perú, dirigida por Horacio H. Urteaga y Carlos A. Romero, en un ingente esfuerzo editorial. Todas estas nuevas fuentes son hoy aprovechadas por los americanistas; pero durante más de doscientos años yacieron ignoradas, con lo que la obra del Inca resplandeció casi solitaria. Sin embargo, no ha menguado su luz al aparecer tantos nuevos docu­ mentos de escritores mestizos, porque Garcilaso aventaja a sus con­ géneres, en cultura, en alientos, en ingenio; su primacía no se debe sólo a su sentimiento racial, sino a su talento literario. Magistral es, en Comentarios Reales, su arte de la composición, la fluencia melódica del lenguaje, la amenidad del relato anecdótico, la descripción pintoresca, la viviente emoción evocadora; gracias todas de un espíritu excepcional. Envidiable fortuna la del Perú independiente que puede contar en su patrimonio histórico un hombre como Garcilaso y un libro como los Comentarios, cuya raíz ahonda en el Perú colonial y en el Perú abori­ gen; pero en virtud de ello mismo, el ámbito geográfico de tal obra extiéndese más allá de Quito y más acá de Charcas, por donde otras naciones, incluso la Argentina, comparten su posesión. A ese libro de­ bemos la noticia sobre la incorporación del Tucumán al imperio del Tawantinsuyo, durante el reinado del Inca Viracocha. Con su lectura empezó mi devoción personal por Garcilaso, a quien mucho debo en mis estudios indófilos. No hay mejor libro para despertar en los jóvenes la vocación de nuestra América. Ni el de Ercilla, ni el de Ruy Díaz de Guzmán, calan tanto en la conciencia americana, ni abren tan vasto panorama en nuestra génesis racial, ni recrean el alma con tan dulces palabras. Su obra tiene el prestigio mágico de las epopeyas augúrales. Al presentar la primera edición de este libro famoso impresa en nuestro país, complázcome en señalarla como una fuente de unidad continental a los lectores argentinos, y a los lectores peruanos como una ofrenda de nuestra cultura en las aras del Perú legendario.

XIX

VII

Mi concepto sobre lo que pueda haber sido el régimen incaico, lo tengo expuesto en trabajos anteriores. La dinastía de catorce reyes, que terminó en Atahualpa, correspondería a una época de decadencia. Los Incas, herederos de culturas arcaicas, superiores a la suya, habrían sido políticos y guerreros al modo romano; mediante la guerra fundaron su imperio comunista, que aún estaba en expansión cuando llegaron los españoles. Más antiguos que ellos, o extraños a ellos, han sido otras civi­ lizaciones locales descubiertas modernamente por los arqueólogos. Las crónicas recogen, confundidas, tradiciones orales de diferente proceden­ cia. Garcilaso joven las narró en su libro y dice haberlas oído a viejos parientes de su madre que se las referían de continuo, y al concluir el relato de pasados esplendores, bañados en lágrimas exclamaban: "Trocósenos el reinar en vasallaje”. El fondo emocional de los Comentarios Reales halló un eco simpá­ tico en los emancipadores de América, aunque se equivocaron al creer que antes de la conquista española no hubo guerras análogas entre los indios y que los vasallos del Inca conocieron la libertad. Sin embargo, los emancipadores de América acertaron al buscar en el Tawantinsuyo el sentimiento de la tierra nativa y de la continuidad histórica. Por eso evoca a los Incas nuestro Himno Nacional y por eso estamparon el Sol de los Incas en nuestra bandera y por eso proyectaron reeditar el libro del Inca que tan bellamente evoca esas tradiciones. Nuestro Garcilaso despierta la ojeriza de ciertos críticos porque con su arte dió prestigio a la tradición precolonial, que algunos, por razones políticas, quisieran suprimir de la historia. Sus páginas, que se leen con deleite, reviven el Incario ante el deslumbramiento de la posteridad, y ése es su mayor mérito. Es libro único por ello, y nada podrá destruirlo. Podrá la crítica rectificarlo en mil errores y borrar muchas líneas de su texto; pero la obra subsistirá en su conjunto, como el monolito de Chavín, roído por las erosiones del viento y de la lluvia, o la puerta del Sol de Tiahuanaco, partida por el cataclismo, pero enhiesta en su grandeza espiritual ante el cambiante paisaje y elocuente en sus hierogramas aún visibles. Parece cosa de la Providencia que de la raza incaica en agonía na­ ciera un Inca de genio capaz de personificar a su estirpe y contarnos su leyenda. Cuando hoy se lo lee con amor, dijérase que el Sol de los viejos ritos aún baña con su luz la romántica silueta del aeda cuzqueño. Su voz cautivó a muchos grandes espíritus que no fueron indios. Con la autoridad que me confiere mi tragedia Ollántay y mis es­ tudios de Un Titán de los Andes y mi Silabario de la declaración ameXX ricana, yo digo a los jóvenes que en los Comentarios Reales deben empe-

zar sus lecturas incaicas si desean tener amigo confidencial en los primeros pasos de una vocación artística o científica por lo americano. Mi predilección por Garcilaso no proviene de causas meramente afectivas, sino también intelectuales, puesto que no excluyo la crítica en la valoración de esta obra singular; pero, sí, deseo que la crítica no sea tendenciosa ni fragmentaria. Las confrontaciones más serias las es­ pero de la arqueología más que de la paleografía. Este libro requiere el concurso de muchas ciencias para su total dilucidación. Ha habido en torno de Garcilaso resquemores, entre españoles y ame­ ricanos, que deben desaparecer, porque ningún escritor concilia mejor que él a ambas razas, pues fué indio por la sangre y castellano por la lengua en que escribiera con tanta maestría como los clásicos peninsu­ lares de su tiempo. La resonancia de Comentarios Reales excede lo circunscripto de la prehistoria peruana para interesar a economistas y sociólogos, cuando se trata de estudiar el caso de una sociedad sin mendigos, ni rateros, ni falsarios, según el cuadro real o soñado con que se nos pinta aquel Tawantinsuyo comunista y teocrático. Si es alta la jerarquía literaria de los Comentarios Reales, no es menor su importancia en la historia política de América. Para comprobarlo baste decir que el Rey de España necesitó prohibir este libro en sus co­ lonias y que San Martín propuso reeditarlo como estímulo de nuestra emancipación. Ningún otro libro colonial trascendió tanto en los tiem­ pos ni conmovió tan hondamente los espíritus. Ricardo Rojas

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PRIMERA PARTE DELOS

COMMENTARIOS REALES. QVE TRATAN DEL ORIGEN DE LOS YNCAS, REYES QVE FVERON DEL PERV, DE SV IDOLATRIA, LEYES, Y

gouiernoen paz y en guerra:de fus vidas y conquiftas.y de todo lo que fue aquel Imperio y fu República, antes que los Efpañoles paitaran a el. Efcritos por elYnca Garcilaffo de la Vega, natural del Qo^po, } Cal}'C/tn fu

DIRIGIDOS A LA SERENISSIMA PRINcefa Doña Catalina de Portugal,Duqueza de Bargan^a, &c.

Qou licencia de la Sancla Inquijicion, Ordinario,y Vaco,

EN LISBOA: En la ofñcina de Pedro Crasbceck. Ano de M.DCIX.

1 or

ordem do Supremo Conselho Geral

do Santo Officio vi estes Comentarios

Reais dos Incas, Reys que forao do Perú, de sua idolatría, leys e governo na paz e na guerra, etc., convem a saber, sete livros em hum tomo, cujo autor he o Inca Garcilasso

da Veiga, capitao de Sua Magestade, etc., e me pareceo obra muito curiosamente escrita e digno de se imprimir, assim pola variedade de cousas muy dignas de saberem que nelles se relatáo, como po la pouca noticia que ca temos de todas ellas, o que tudo o autor trata com grande diligencia e curiosidade. Em Lisboa em Sao Francisco d’Enxobreguas a 26 de Novembro de 604. Fr. Luis dos Anjos.

LICENQ AS.

Vista

a informagam pódese imprimir este primeiro livro intitulado Comentarijs

Reais dos Incas; e depois dimpresso torne a este Conselho pera se conferir com o original e dar Iicenga para correr, e sem ella nao correrá. Em Lisboa, 4 de Dezcmbro de 604. RUy Pirez da Veiga.

Marcos Teixeira

LICENQA DO ORDINARIO. .

odese

imprimir vista a licenga acima do S. Officio a 2 de Setembro de 1609. Saraiva.

LICENQA DO PACO. Pódese imprimir este livro vista a licenga

que tem do Santo Officio e a screm

vistos na mesa. Em Lisboa a 15 de Margo de 605. Damiam Daguiar

Costa.

A LA SERENISSIMA PRINCESA

DONA CATALINA DE PORTUGAL, DUQUEZA DE BRAGANCA, etc. A COMÚN costumbre de los antiguos y modernos escriptores, que siempre se esfuerzan a dedicar sus obras, premicias de sus ingenios, a generosos monarcas y po­ derosos Reyes y Príncipes, para que con el amparo y protección dellos vivan más favorecidos de los vir­ tuosos y más libres de las calumnias de los maldizientes, me dió ánimo, Sereníssima Princesa, a que yo, imitando el exemplo dellos, me atreviesse a dedicar estos Comentarios a Vuestra Alteza, por ser quien es en sí y por quien es para todos los que de su real protección se amparan. Quién sea Vuestra Alteza en sí por el ser natural sábenlo todos, no sólo en Europa, sino aun en las más remotas partes del Oriente, Poniente, Septentrión y Medio­ día, donde los gloriosos Príncipes progenitores de Vuestra Alteza han fixado el estandarte de nuestra salud y el de su gloria tan a costa de su sangre y vidas como es notorio. Cuán alta sea la generosidad de Vuestra Alteza consta a todos, pues es hija y descendiente de los esclarecidos Reyes y Príncipes de Portugal, que, aunque no es esto de lo que Vuestra Alteza haze mucho caso, cuando sobre el oro de tanta alteza cae el esmalte de tan heroicas virtudes se deve estimar mucho. Pues ya si miramos el ser de la gracia con que Dios Nuestro Señor ha enriquecido el alma de Vuestra Alteza, hallaremos ser mejor que el de la naturaleza (aunque Vuestra Alteza más se encubra), de cuya sanctidad y virtud todo el mundo habla con admiración, y yo dixera algo de lo mucho que hay, sin nota de lisonjero, si Vuestra Alteza no aborresciera tanto sus alabanzas como apetece el silencio dellas. Quién haya sido y sea Vuestra Alteza para todos los que de essc reino y de los estraños se quieren favorecer de su real amparo, tantas lenguas lo publican que ni hay número en ellas ni en los favorecidos de vuestra real mano, de cuya esperiencia afigurado lo espero recebir mayor en estos mis libros, tanto más necessitados de amparo y favor cuanto ellos por sí y yo por mí menos merecemos. Confiesso que mi atrevimiento es grande y el servicio en todo muy pequeño, si no es en la voluntad; la cual junta­ mente ofrezco, prontíssima para servir, si mereciesse servir a Vuestra Alteza, cuya real persona y casa Nuestro Señor guarde y aumente, amén, amén. £/ Garcilasso de la Vega.

PROEMIO AL

LECTOR

ha havido españoles curiosos que han escrito las wJUNQUE repúblicas del Nuevo Mundo, como la de México y la del Perú y las de otros reinos de aquella gentilidad, no ha sido

con la relación entera que dellos se pudiera dar, que lo he notado particularmente en las cosas que del Perú he visto escritas, de las cuales, como natural de la ciudad del Cozco, que fué otra Roma en aquel Imperio, tengo más larga y clara noticia que la que hasta ahora los escritores han dado. Verdad es que tocan muchas cosas de las muy grandes que aquella república tuvo, pero escrívenlas tan corta­ mente que aun las muy notorias para mí (de la manera que las dizen) las entiendo mal. Por lo cual, forgado del amor natural de la patria, me ofrescí al trabajo de escrevir estos Comentarios, donde clara y distin­ tamente se verán las cosas que en aquella república havía antes de los españoles, assí en los ritos de su vana religión como en el govierno que en paz y en guerra sus Reyes tuvieron, y todo lo demás que de aquellos indios se puede dezir, dende lo más ínfimo del exercicio de los vassallos hasta lo más alto de la corona real. Escrivimos solamente del Imperio de los Incas, sin entrar en otras monarquías, porque no tengo la noticia delias que désta. En el discurso de la historia.protestamos la verdad della, y que no diremos cosa grande que no sea autorizándola con los mismos historiadores españoles que la tocaron en parte o en todo; que mi in­ tención no es contradezirles, sino servirles de comento y glosa y de intérprete en muchos vocablos indios, que, como estranjeros en aquella lengua, interpretaron fuera de la propriedad della, según que largamente se verá en el discurso de la historia, la cual ofresco a la piedad del que la leyere, no con pretensión de otro interés más que de servir a la república cristiana, para que se den gracias a Nuestro Señor Jesucristo y a la Virgen María su madre, por cuyos méritos e intercessión se dignó la Eterna Majestad de sacar del abismo de la idolatría tantas y tan grandes nasciones y reduzirlas al gremio de su Iglesia Católica Romana, madre y señora nuestra. Espero que se recibirá con la misma intención que yo la ofresco, porque es la correspondencia que mi voluntad meresce, aunque la obra no la meresca. Otros dos libros se quedan escriviendo de los sucessos que entre los españoles, en aquella mi tierra, passaron hasta el año de 1560 que yo salí della. Desseamos verlos ya acabados para hazer dellos la misma ofrenda que déstos. Nuestro Señor, etc.

ADVERTENCIAS ACERCA DE LA LENGUA GENERAL DE LOS INDIOS DEL PERÚ

?ARA que se entienda mejor lo que con el favor divino hu' viéremos de escrivir en esta historia, porque en ella hemos de dezir muchos nombres de la lengua general de los indios » del Perú, será bien dar algunas advertencias acerca della. > La primera sea que tiene tres maneras diversas para pro­ nunciar algunas sílabas, muy diferentes de como las pronuncia la lengua española, en las cuales pronunciaciones consisten las diferentes significaciones de un mesmo vocablo: que unas sílabas se pronuncian en los labios, otras en el paladar, otras en lo interior de la garganta, como adelante daremos los exemplos donde se ofrecieren. Para acentuar las dicciones se advierta que tienen sus acentos casi siempre en la sílaba penúl­ tima y pocas vezes en la antepenúltima y nunca jamás en la última; esto es no contradiziendo a los que dizen que las dicciones bárbaras se han de acentuar en la última, que lo dizen por no saber el lenguaje. También es de advertir que en aquella lengua general del Cozco (de quien es mi intención hablar, y no de las particulares de cada provincia, que son innumerables) faltan las letras siguientes: b, d, f, g, j jota; l senzilla no la hay, sino // duplicada, y al contrario no hay pronunciación de rr du­ plicada en principio de parte ni en medio de la dicción, sino que siempre se ha de pronunciar senzilla. Tampoco hay x, de manera que del todo faltan seis letras del a.b.c. español o castellano y podremos dezir que faltan ocho con la / senzilla y con la rr duplicada. Los españoles añaden estas letras en perjuizio y corrupción del lenguaje, y, como los indios no las tienen, comúnmente pronuncian mal las dicciones españolas que las tienen. Para atajar esta corrupción me sea lícito, pues soy indio, que en esta historia yo escriva como indio con las mismas letras que aquellas tales dicciones se deven escrevir. Y no se les haga de mal a los que las leyeren ver la novidad presente en contra del mal uso introduzido, que antes deve dar gusto leer aquellos nombres en su propiedad y pureza. Y porque me conviene alegar muchas cosas de las que dizen los historiadores españoles para comprovar las que yo fuere diziendo, y porque las he de sacar a la letra con su corrupción, como ellos las escriven, quiero advertir que no parezca que me contradigo escriviendo las letras (que he dicho) que no tiene aquel lenguaje, que no lo hago sino por sacar fielmente lo que el español escrive. También se deve advertir que no hay número plural en este general lenguaje, aunque hay partículas que significan pluralidad;

sírvense del singular en ambos números. Si algún nombre indio pusiere yo en plural, será por la corrupción española o por el buen adjetivar las dicciones, que sonaria mal si escriviéssemos las dicciones indias en singular y los adjetivos o relativos castellanos en plural. Otras muchas cosas tiene aquella lengua diferentíssimas de la castellana, italiana y latina; las cuales notarán los mestizos y criollos curiosos, pues son de su lenguaje, que yo harto hago en señalarles con el dedo desde España los principios de su lengua para que la sustenten en su pureza, que cierto es lástima que se pierda o corrompa, siendo una lengua tan galana, en la cual han trabajado mucho los Padres de la Sancta Compañía de Jesús (como las demás reli­ giones) para saberla bien hablar, y con su buen exemplo (que es lo que más importa) han aprovechado mucho en la doctrina de los indios. También se advierta que este nombre vezino se entendía en el Perú por los españoles que tenían repartimiento de indios, y en esse sentido lo pondremos siempre que se ofrezca. Assimismo es de advertir que en mis tiempos, que fueron hasta el año de mil y quinientos y sesenta, ni veinte años después, no huvo en mi tierra moneda labrada. En lugar della se entendían los españoles en el comprar y vender pesando la plata y el oro por marcos y on^as, y como en España dizen ducados dezían en el Perú pesos o castellanos. Cada peso de plata o de oro, reduzido a buena ley, valía cuatrocientos y cincuenta maravedís; de manera que reduzidos los pesos a ducados de Castilla, cada cinco pesos son seis ducados. Dezimos esto por que no cause confusión el contar en esta historia por pesos y ducados. De la cantidad del peso de la plata al peso del oro havía mucha diferencia, como en España la hay, mas el valor todo era uno. Al trocar del oro por plata davan su interés de tanto por ciento. También havía interés al trocar de la plata ensayada por la plata que llaman corriente, que era la por ensayar. Este nombre galpón no es de la lengua general del Perú; deve de ser de las islas de Barlovento; los españoles lo han introduzido en su lenguaje con otros muchos que se notarán en la historia. Quiere dezir sala grande; los Reyes Incas las tuvieron tan grandes que servían de pla$a para hazer sus fiestas en ellas cuando el tiempo era llovioso y no dava lugar a que se hiziessen en las placas. Y baste esto de advertencias.

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LIBRO PRIMERO de los

COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS, donde se trata el descubrimiento del Nuevo Mundo, la dedución del nombre Perú, la idolatría y manera de vivir antes de los Reyes Incas, el origen dellos, la vida del primer Inca y lo que hizo con sus primeros vassallos, y la significación de los nombres reales. Contiene veinte y seis capítulos.

CAPÍTULO I

Si hay muchos mundos. Trata de las cinco zonas. r AVIENDO de tratar del Nuevo Mundo o de la mejor y más principal parte suya, que son los reinos y provin­ cias del Imperio llamado Perú, de cuyas antiguallas y origen de sus Reyes pretendemos escrivir, paresce que fuera justo, conforme a la común costumbre de los escriptores, tratar aquí al principio si el mundo es uno solo o si hay muchos mundos; si es llano o redondo, y si también lo es el cielo redondo o llano; si es habitable toda la tierra o no más de las zonas templadas; si hay passo de la una templada a la otra; si hay antípodas y cuáles son de cuáles, y otras cosas semejantes que los antiguos filósofos muy larga y curio­ samente trataron y los modernos no dexan de platicar y escrivir, si­ guiendo cada cual opinión que más le agrada. Mas porque no es aqueste mi principal intento, ni las fuerqas de un indio pueden presumir tanto, II

Inca Garcilaso de la Vega

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y también porque la esperiencia, después que se descubrió lo que llaman Nuevo Mundo, nos ha desengañado de la mayor parte destas dudas, passaremos brevemente por ellas, por ir a otra parte, a cuyos términos finales temo no llegar. Mas confiado en la infinita misericordia, digo que a lo primero se podrá afirmar que no hay más que un mundo, y aunque llamamos Mundo Viejo y Mundo Nuevo, es por haverse descu­ bierto aquél nuevamente para nosotros, y no porque sean dos, sino todo uno. Y a los que todavía imaginaren que hay muchos mundos, no hay para qué responderles, sino que se estén en sus heréticas imaginaciones hasta que en el infierno se desengañen dellas. Y a los que dudan, si hay alguno que lo dude, si es llano o redondo, se podrá satisfazer con el testi­ monio de los que han dado buelta a todo él o a la mayor parte, como los de la nao Victoria y otros que después acá le han rodeado. Y a lo del cielo, si también es llano o redondo, se podrá responder con las palabras del Real Profeta: Extendens caelum sicut pellem, en las cuales nos quiso mostrar la forma y hechura de la obra, dando la una por exemplo de la otra, diziendo: que estendiste el cielo assí como la piel, esto es, cubriendo con el cielo este gran cuerpo de los cuatro elementos en redondo, assí como cubriste con la piel en redondo el cuerpo del animal, no solamente lo principal dél, mas también todas sus partes, por pequeñas que sean. A los que afirman que de las cinco partes del mundo que llaman zonas no son habitables más de las dos templadas, y que la del medio por su [ejccessivo calor y las dos de los cabos por el demasiado frío son in­ habitables, y que de la una zona habitable no se puede passar a la otra habitable por el calor demasiado que hay en medio, puedo afirmar, de­ más de lo que todos saben, que yo nascí en la tórrida zona, que es en el Cozco, y me crié en ella hasta los veinte años, y he estado en la otra zona templada de la otra parte del Trópico de Capricornu, a la parte del sur, en los últimos términos de los Charcas, que son los Chichas, y, para venir a estotra templada de la parte del norte, donde escrivo esto, passé por la tórrida zona y la atravessé toda y estuve tres días naturales debaxo de la línea equinocial, donde dizen que passa perpendicularmente, que es en el cabo de Passau, por todo lo cual digo que es habitable la tórrida también como las templadas. De las zonas frías quisiera poder dezir por vista de ojos, como de las otras tres. Remítome a los que saben dellas más que yo. A lo que dizen que por su mucha frialdad son inhabitables, osaré dezir con los que tienen lo contrario, que también son habitables como las demás, porque en buena consideración no es de imaginar, cuanto más de creer, que partes tan grandes del mundo las hiziesse Dios inútiles, haviéndolo criado todo para que lo habitassen los hombres, y que se engañan los antiguos en lo que dizen de las dos zonas frías, también como se engañaron en lo que dixeron de la tórrida, que era inhabitable por su mucho calor. Antes se deve creer que el Señor, como padre sabio

Libro Primero de los Comentarios Reales de los Incas

y poderoso, y la naturaleza, como madre universal y piadosa, huviessen remediado los inconvenientes de la frialdad con templanza de calor, como remediaron el demasiado calor de la tórrida zona con tantas nieves, fuentes, ríos y lagos como en el Perú se hallan, que la hazen templada de tanta variedad de temples, unas que declinan a calor y a más calor, hasta llegar a regiones tan baxas, y por ende tan calientes, que, por su mucho calor, son casi inhabitables, como dixeron los antiguos della. Otras regiones, que declinan a frío y más frío, hasta subir a partes tan altas que también llegan a ser inhabitables por la mucha frialdad de la nieve perpetua que sobre sí tienen, en contra de lo que desta tórrida zona los filósofos dixeron, que no imaginaron jamás que en ella pudiesse haver nieve, haviéndola perpetua debaxo de la misma línea equinocial, sin men­ guar jamás ni mucho ni poco, a lo menos en la cordillera grande, si no es en las faldas o puertos della. Y es de saber que en la tórrida zona, en lo que della alcanza el Perú, no consiste el calor ni el frío en distancia de regiones, ni en estar más lexos ni más cerca de la equinocial, sino en estar más alto o más baxo en una misma región y en muy poca distancia de tierra, como adelante se dirá más largo. Digo, pues, que a esta seme­ janza se puede creer que también las zonas frías estén templadas y sean habitables, como lo tienen muchos graves autores, aunque no por vista y experiencia; pero basta ha verlo dado a entender assí el mismo Dios, cuando crió al hombre y le dixo: "creced y multiplicad y hinchid la tierra y sojuzgalda”. Por donde se ve que es habitable, porque, si no lo fuera, ni se podía sojuzgar ni llenar de habitaciones. Yo espero en su omnipotencia que a su tiempo descubriera estos secretos (como descu­ brió el Nuevo Mundo) para mayor confusión y afrenta de los atrevidos, que, con sus filosofías naturales y entendimientos humanos, quieren tassar la potencia y sabiduría de Dios, que no pueda hazer sus obras más de como ellos las imaginan, haviendo tanta disparidad del un saber al otro cuanta hay de lo finito a lo infinito. Etc.

CAPÍTULO II

Si hay antípodas. LO que se dize si hay antípodas o no, se podrá dezir que, siendo el mundo redondo (como es notorio), cierto es que las hay. Empero tengo para mí que por no estar este mundo inferior descubierto del todo, no se puede saber de cierto cuáles provincias sean antípodas de cuáles, como algunos lo afirman, lo cual se podrá certificar más aína respecto del cielo que no de la tierra, como los polos el uno del otro y el oriente del poniente, dondequiera que lo es por la equinocial. Por dónde hayan passado aquellas gentes, tantas y de tan diversas lenguas y costumbres como las que en el Nuevo Mundo se han hallado, tampoco se sabe de cierto, porque si dizen por la mar, en navios, nascen inconvenientes acerca de los animales que allá se hallan, sobre dezir cómo o para qué los embarcaron, siendo algunos dellos antes dañosos que provechosos. Pues dezir que pudieron ir por tierra, también nascen otros inconve­ nientes mayores, como es dezir que si llevaron los animales que allá tenían domésticos ¿por qué no llevaron de los que acá quedaron, que se han llevado después acá? Y si fué por no poder llevar tantos ¿cómo no quedaron acá de los que llevaron? Y lo mismo se puede dezir de las mieses, legumbres y frutas, tan diferentes de las de acá, que con razón le llamaron Nuevo Mundo, porque lo es en toda cosa, assí en los ani­ males mansos y bravos como en las comidas, como en los hombres, que generalmente son lampiños, sin barvas. Y porque en cosas tan in­ ciertas es perdido el trabajo que se gasta en quererlas saber, las dexaré, porque tengo menos suficiencia que otro para inquirirlas. Solamente trataré del origen de los Reyes Incas y de la sucessión dellos, sus conquistas, leyes y govierno en paz y en guerra. Y antes que tratemos dellos será bien digamos cómo se descubrió este Nuevo Mundo, y luego trataremos del Perú en particular.

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CAPÍTULO III Cómo se descubrió el Nuevo Mundo. SERCA del año de mil y cuatrocientos y ochenta y cuatro, i uno más o menos, un piloto natural de la villa de Huelva, i en el Condado de Niebla, llamado Alonso Sánchez de Huel¡ va, tenía un navio pequeño, con el cual contratava por > Ja mar, y llevava de España a las Canarias algunas merca­ derías que allí se le vendían bien, y de las Canarias cargava de los frutos de aquellas islas y las llevava a la isla de la Madera, y de allí se bolvía a España cargado de adúcar y conservas. Andando en esta su triangular contratación, atravessando de las Canarias a la isla de la Madera, le dió un temporal tan rezio y tempestuoso que, no pudiendo resistirle, se dexó llevar de la tormenta y corrió veinte y ocho o veinte y nueve días sin saber por dónde ni adonde, porque en todo este tiempo no pudo tomar el altura por el sol ni por el Norte. Padescieron los del navio grandíssimo trabajo en la tormenta, porque ni les dexava comer ni dormir. Al cabo deste largo tiempo se aplacó el viento y se hallaron cerca de una isla; no se sabe de cierto cuál fué, mas de que se sospecha que fué la que ahora llaman Sancto Domingo; y es de mucha consideración que el viento que con tanta violencia y tormenta llevó aquel navio no pudo ser otro sino el solano, que llaman leste, porque la isla de Sancto Domingo está al poniente de las Canarias, el cual viento, en aquel viaje, antes aplaca las tormentas que las levanta. Mas el Señor Todopoderoso, cuando quiere hazer misericordias, saca las más misteriosas y necessarias de causas con­ trarias, como sacó el agua del pedernal y la vista del ciego del lodo que le puso en los ojos, para que notoriamente se muestren ser obras de la miseración y bondad divina, que también usó desta su piedad para embiar su Evangelio y luz verdadera a todo el Nuevo Mundo, que tanta necessidad tenía della, pues vivían, o, por mejor dezir, perescían en las tinie­ blas de la gentilidad e idolatría tan bárbara y bestial como en el discurso de la historia veremos. El piloto saltó en tierra, tomó el altura y escrivió por menudo todo lo que vió y lo que le sucedió por la mar a ida y a buelta, y, haviendo tomado agua y leña, se bolvió a tiento, sin saber el viaje tampoco a la venida como a la ida, por lo cual gastó más tiempo del que le convenía. Y por la dilación del camino les faltó el agua y el bas­ timento, de cuya causa, y por el mucho trabajo que a ida y venida havían padescido, empegaron a enfermar y morir de tal manera que de diez y siete hombres que salieron de España no llegaron a la Tercera más de cinco, y entre ellos el piloto Alonso Sánchez de Huelva. Fueron a parar a casa del famoso Cristóval Colón ginovés, porque supieron que era gran piloto y cosmógrafo y que hazía cartas de marear, el cual los recibió con mucho amor y les hizo todo regalo por saber cosas acaescidas en tan

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estraño y largo naufragio como el que dezían haver padescido. Y como llegaron tan descaecidos del trabajo passado, por mucho que Cristóval Colón les regaló, no pudieron bolver en sí y murieron todos en su casa, dexándole en herencia los trabajos que les causaron la muerte, los cuales aceptó el gran Colón con tanto ánimo y esfuerzo, que, haviendo sufrido otros tan grandes y aun mayores (pues duraron más tiempo), salió con la empresa de dar el Nuevo Mundo y sus riquezas a España, como lo puso por blasón en sus armas, diziendo: “A Castilla y a León, Nuevo Mundo dió Colón’*. Quien quisiere ver las grandes hazañas deste varón, vea la Historia General de las Indias que Francisco López de Gomara escrivió, que allí las hallará, aunque abreviadas, pero lo que más loa y engrandesce a este famoso sobre los famosos es la misma obra desta conquista y descu­ brimiento. Yo quise añadir esto poco que faltó de la relación de aquel antiguo historiador, que, como escrivió lexos de donde acaecieron estas cosas y la relación se la davan yentes y vinientes, le dixeron muchas cosas de las que passaron, pero imperfectas, y yo las oí en mi tierra a mi padre y a sus contemporáneos, que en aquellos tiempos la mayor y más ordinaria conversación que tenían era repetir las cosas más hazañosas y notables que en sus conquistas havían acaescido, donde contavan la que hemos dicho y otras que adelante diremos, que, como alcanzaron a muchofs] de los primeros descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo, huvieron dellos la entera relación de semejantes cosas, y yo, como digo, las oí a mis mayores, aunque (como muchacho) con poca atención, que si enton­ ces la tuviera pudiera ahora escrevir otras muchas cosas de grande admi­ ración, necessarias en esta historia. Diré las que huviere guardado la memoria, con dolor de las que ha perdido. El muy reverendo Padre Joseph de Acosta toca también esta historia del descubrimiento del Nuevo Mundo, con pena de no poderla dar entera, que también faltó a Su Paternidad parte de la relación en este passo, como en otros más modernos, porque se havían acabado ya los conquistadores antiguos cuando Su Paternidad passó a aquellas partes, sobre lo cual dize estas palabras, libro primero, capítulo diez y nueve: "Haviendo mostrado que no lleva camino pensar que los primeros moradores de Indias hayan venido a ellas con navegación hecha para esse fin, bien se sigue que si vinieron por mar haya sido acaso y por fuerga de tormentas el haver llegado a Indias, lo cual, por immenso que sea el Mar Océano, no es cosa increíble. Porque pues assí suscedió en el descubrimiento de nuestros tiempos cuando aquel marinero (cuyo nombre aún no sabemos, para que negocio tan grande no se atribuya a otro autor sino a Dios), haviendo por un terrible e importuno temporal reconoscido el Nuevo Mundo, dexó por paga del buen hospedaje a Cristóval Colón la noticia de cosa tan grande. Assí pudo ser”, etc. Hasta aquí es del Padre Maestro Acosta, sacado a la letra, donde muestra haver hallado Su Paternidad en el Perú parte de nuestra relación, y aunque no

Libro Primero de los Comentarios Reales de los Incas

toda, pero lo más essencial della. Éste fué el primer principio y origen del descubrimiento del Nuevo Mundo, de la cual grandeza podía loarse la pequeña villa de Huelva, que tal hijo crió, de cuya relación, certificado Cristóval Colón, insistió tanto en su demanda, prometiendo cosas nunca vistas ni oídas, guardando como hombre prudente el secreto dellas, aunque debaxo de confianza dió cuenta dellas a algunas personas de mucha auto­ ridad acerca de los Reyes Católicos, que le ayudaron a salir con su empresa, que, si no fuera por esta noticia que Alonso Sánchez de Huelva le dió, no pudiera de sola su imaginación de cosmografía prometer tanto y tan certificado como prometió ni salir tan presto con la empresa del descu­ brimiento, pues, según aquel autor, no tardó Colón más de sesenta y ocho días en el viaje hasta la isla Guanatianico, con detenerse algunos días en la Gomera a tomar refresco, que, si no supiera por la relación de Alonso Sánchez qué rumbos havía de tomar en un mar tan grande, era casi milagro haver ido allá en tan breve tiempo.

CAPÍTULO IV La dedución del nombre Perú. jUES hemos de tratar del Perú, será bien digamos aquí cómo se deduxo este nombre, no lo teniendo los indios en su len­ guaje, para lo cual es de saber que, haviendo descubierto la Mar del Sur Basco Núñez de Balboa, cavallero natural de Xerez de Badajoz, año de mil y quinientos y treze, que fué el primer español que la descubrió y vió, y haviéndole dado los Reyes Católicos título de Adelantado de aquella mar con la conquista y govierno de los reinos que por ella descubriesse, en los pocos años que después desta merced vivió (hasta que su proprio suegro, el governador Pedro Arias de Ávila, en lugar de muchas mercedes que havía merescido y se le devían por sus hazañas, le cortó la cabega) tuvo este cavallero cuida­ do de descubrir y saber qué tierra era y cómo se llamava la que corre de Panamá adelante hazia el sur. Para este efecto hizo tres o cuatro navios, los cuales, mientras él aderegava las cosas necessarias para su descubrimiento y conquista, embiava cada uno de por sí en diversos tiempos del año a descubrir aquella costa. Los navios, haviendo hecho las diligencias que podían, bolvían con la relación de muchas tierras que hay por aquella ribera. Un navio destos subió más que los otros y passó la línea equinocial a la parte del sur, y cerca della, navegando costa a costa, como se navegava entonces por aquel viaje, vió un indio

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que a la boca de un río, de muchos que por toda aquella tierra en­ tran en la mar, estava pescando. Los españoles del navio, con todo el recato' posible, echaron en tierra, lexos de donde el indio estava, cuatro españoles, grandes corredores y nadadores, para que no se les fuesse por tierra ni por agua. Hecha esta diligencia, passaron con el navio por delante del indio, para que pusiesse los ojos en él y se descuidasse de la celada que le dexavan armada. El indio, viendo en la mar una cosa tan estraña, nunca jamás vista en aquella costa, como era navegar un navio a todas velas, se admiró grandemente y quedó pasmado y abobado, imaginando qué pudiesse ser aquello que en la mar veía delante de sí. Y tanto se embeveció y enajenó en este pen­ samiento, que primero lo tuvieron abracado los que le ivan a prender que él los sintiesse llegar, y assí lo llevaron al navio con mucha fiesta y regozijo de todos ellos. Los españoles, haviéndole acariciado por que perdiesse el miedo que de verlos con barvas y en diferente traje que el suyo ha vi a cobrado, le preguntaron por señas y por palabras qué tierra era aquélla y cómo se llamava. El indio, por los ademanes y meneos que con manos y rostro le hazían (como a un mudo) entendía que le preguntavan, mas no entendía lo que le preguntavan, y a lo que entendió qué era el preguntarle, respondió a priessa (antes que le hiziessen algún mal) y nombró su proprio nombre, diziendo Berú, y añidió otro y dixo Pelú. Quiso dezir: “Si me preguntáis cómo me llamo, yo me digo Berú, y si me preguntáis dónde estava, digo que estava en el río”. Porque es de saber que el nombre Pelú en el lenguaje de aquella provincia es nombre apelativo y sinifica río en común, como luego veremos en un autor grave. A otra semejante pregunta res­ pondió el indio de nuestra historia de la Florida con el nombre de su amo, diziendo Breaos y Bredos, libro sesto, capítulo quinze, donde yo havía puesto este passo a propósito del otro; de allí lo quité por ponerlo ahora en su lugar. Los cristianos entendieron conforme a su desseo, imaginando que el indio les havía entendido y respondido a propósito, como si él y ellos huvieran hablado en castellano, y desde aquel tiempo, que fué el año de mil y quinientos y quinze o diez y seis, llamaron Perú aquel riquíssimo y grande Imperio, corrompiendo ambos nombres, como corrompen los españoles casi todos los vocablos que toman del lenguaje de los indios de aquella tierra, porque si toma­ ron el nombre del indio, Berú, trocaron la b por la p, y si el nombre Pelú, que significa río, trocaron la l por la r, y de la una manera o de la otra dixeron Perú. Otros, que presumen de más repulidos y son los más modernos, corrompen dos letras y en sus historias dizen Pirú. Los historiadores más antiguos, como son Pedro de Cieza de León y el contador Agustín de Qárate y Francisco López de Gomara y Diego Fernández, natural de Palencia, y aun el muy reverendo Padre Fray

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Gerónimo Román, con ser de los modernos, todos le llaman Perú y no Pirú. Y como aquel paraje donde esto sucedió acertasse a ser término de la tierra que los Reyes Incas tenían por aquella parte conquistada y subjeta a su Imperio, llamaron después Perú a todo lo que hay desde allí, que es el paraje de Quitu hasta los Charcas, que fué lo más prin­ cipal que ellos señorearon, y son más de setecientas leguas de largo, aunque su Imperio passava hasta Chile, que son otras quinientas leguas más adelante, y es otro muy rico y fertilíssimo reino.

CAPÍTULO V

Autoridades en confirmación del nombre Peni. ISTE es el principio y origen del nombre Perú, tan famoso en el mundo, y con razón famoso, pues a todo él ha llenado de oro y plata, de perlas y piedras preciosas. Y por haver sido assí impuesto acaso, los indios naturales del Perú, aun­ que ha setenta y dos años que se conquistó, no toman este nombre en la boca, como nombre nunca por ellos impuesto, y aunque por la comunicación de los españoles entienden ya lo que quiere dezir, ellos no usan dél porque en su lenguaje no tuvieron nombre genérico para nombrar en junto los reinos y provincias que sus Reyes naturales señorearon, como dezir España, Italia o Francia, que contiene en sí mu­ chas provincias. Supieron nombrar cada provincia por su proprio nom­ bre, como se verá largamente en el discurso de la historia, empero nombre proprio que significasse todo el reino junto no lo tuvieron. Llamávanle Tauantinsuyu, que quiere dezir las cuatro partes del mundo. El nombre Berú, como se ha visto, fué nombre proprio de un indio y es nombre de los que usavan entre los indios yuncas de los llanos y costa de la mar, y no en los de la sierra ni del general lenguaje, que, como en España hay nombres y apellidos que ellos mismos dizen de qué provincia son, assí los havía entre los indios del Perú. Que haya sido nombre impuesto por los españoles y que no lo tenían los indios en su lenguaje común, lo da a entender Pedro de Ciega de León en tres partes. En el capítulo tercero, hablando de la isla llamada Gorgona, dize: “Aquí estuvo el Marqués Don Francisco Pigarro con treze cris­ tianos españoles, compañeros suyos, que fueron los descubridores desta tierra que llamamos Perú”, etc. En el capítulo treze dize: “Por lo cual será necessario que desde el Quito, que es donde verdaderamente comienga lo que llamamos Perú”, etc. Capítulo diez y ocho dize:

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"Por las relaciones que los indios del Cuzco nos dan, se colije que havía antiguamente gran desorden en todas las provincias de este reino que nosotros llamamos Perú”, etc. Dezirlo tantas vezes por este mismo término llamamos es dar a entender que los españoles se lo llaman, por­ que lo dize hablando con ellos, y que los indios no tenían tal dicción en su general lenguaje, de lo cual yo, como indio Inca, doy fe dello. Lo mismo y mucho más dize el Padre Maestro Acosta en el libro pri­ mero de la Historia Natural de Indias, capítulo treze, donde, hablando en el mismo propósito, dize: "Ha sido costumbre muy ordinaria en estos descubrimientos del Nuevo Mundo poner nombres a las tierras y puertos de la ocasión que se les ofrescía, y assí se entiende haver pa­ ssado en nombrar a este reino Pirú, Acá es opinión que de un río en que a los principios dieron los españoles, llamado por los naturales Pirú, intitularon toda esta tierra Perú; y es argumento desto, que los indios naturales del Pirú ni usan ni saben tal nombre de su tierra”, etc. Bastará la auctoridad de tal varón para confundir las novedades que después acá se han inventado sobre este nombre, que adelante tocare­ mos algunas. Y porque el río que los españoles llaman Perú está en el mismo paraje y muy cerca de la equinocial, osaría afirmar que el hecho de prender al indio huviesse sido en él, y que también el río como la tierra huviesse participado del nombre proprio del indio Berú o que el nombre Pelú apelativo, que era común de todos los ríos, se le convirtiesse en nombre proprio particular con el cual le nombran después acá los españoles, dándoselo en particular a él solo, diziendo el río Perú. Francisco López de Gomara, en su Historia General de las Indias, hablando del descubrimiento de Yucatán, capítulo cincuenta y dos, pone dos deduciones de nombres muy semejantes a la que hemos dicho del Perú, y por serlo tanto los saqué aquí como él lo dize, que es lo que se sigue: "Partióse, pues, Francisco Hernández de Córdova, y, con tiempo que no le dexó ir a otro cabo o con voluntad que llevava a descubrir, fué a dar consigo en tierra no sabida ni hollada de los nues­ tros, do hay unas salinas en una punta que llamó de las mujeres, por haver allí torres de piedras con gradas y capillas cubiertas de madera y paja, en que por gentil orden estavan puestos muchos ídolos que parecían mujeres. Maravilláronse los españoles de ver edificio de piedra que hasta entonces no se havía visto, y que la gente vistiesse tan rica y luzidamente, ca tenían camisetas y mantas de algodón blancas y de colores, plumajes, cercillos, bronchas y joyas de oro y plata, y las mu­ jeres cubiertas pecho y cabega. No paró allí, sino fuése a otra punta que llamó de Cotoche, donde andavan unos pescadores que de miedo o espanto se retiraron en tierra y que respondían cotohe, cotohe, que quiere dezir casa, pensando que les preguntavan por el lugar para ir allá. De aquí se le quedó este nombre al cabo de aquella tierra. Un

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poco más adelante hallaron ciertos hombres que, preguntados cómo se llamava un gran pueblo allí cerca, dixeron tectetán, tectetán, que vale por no te entiendo. Pensaron los españoles que se llamava assí, y co­ rrompiendo el vocablo, llamaron siempre Yucatán, y nunca se le caerá tal nombradla”. Hasta aquí es de Francisco López de Gomara, sacado a la letra, de manera que en otras muchas partes de las Indias ha acaescido lo que en el Perú, que han dado por nombres a las tierras que des­ cubrían los primeros vocablos que oían a los indios cuando les hablavan y preguntavan por los nombres de las tales tierras, no entendiendo la significación de los vocablos, sino imaginando que el indio respondía a propósito de lo que le preguntavan, como si todos hablaran un mismo lenguaje. Y este yerro huvo en otras muchas cosas de aquel Nuevo Mundo, y en particular en nuestro Imperio del Perú, como se podrá notar en muchos passos de la historia.

CAPÍTULO VI Lo que dize un autor acerca del nombre Perú.

IN LO que Pedro de Ciega y el Padre Joseph de Acosta y Go­ mara dizen acerca del nombre Perú, se me ofresce la autori­ dad de otro insigne varón, religioso de la Sancta Compañía de Jesús, llamado el Padre Blas Valera, que escrivía la historia de aquel Imperio en elegantíssimo latín, y pudiera escrevirla en muchas lenguas, porque tuvo don dellas; mas por la desdicha d aquella mi tierra, que no meresció que su república quedara escrita de tal mano, se perdieron sus papeles en la ruina y saco de Cáliz, que los in­ gleses hizieron año de mil y quinientos y noventa y seis, y él murió poco después. Yo huve del saco las reliquias que de sus papeles quedaron, para mayor dolor y lástima de los que se perdieron, que se sacan por los que se hallaron; quedaron tan destrocados que falta lo más y mejor. Hízome merced dellos el Padre Maestro Pedro Maldonado de Saavedra, natural de Sevilla, de la misma religión, que en este año de mil y seis­ cientos lee Escritura en esta ciudad de Córdova. El Padre Valera, en la denominación del nombre Perú, dize, en su galano latín, lo que se sigue, que yo como indio traduxe en mi tosco romance: "El Reino del Perú, ilustre y famoso y muy grande, donde hay mucha cantidad de oro y plata y otros metales ricos, de cuya abundancia nasció el refrán que, para dezir que un hombre es rico, dizen possee el Perú; este nom­ bre fué nuevamente impuesto por los españoles a aquel Imperio de los 21

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Incas, nombre puesto acaso y no proprio, y por tanto de los indios no conoscido, antes, por ser bárbaro, tan aborrescido que ninguno dellos lo quiere usar; solamente lo usan los españoles. La nueva imposición dél no significa riquezas ni otra cosa grande, y como la impusición del vocablo fué nueva, assí también lo fué la significación de las riquezas, porque procedieron de la felicidad de los sucessos. Este nombre Pelú, entre los indios bárbaros que habitan entre Panamá y Huayaquil es nombre apelativo que significa río; también es nombre proprio de cierta isla que se llama Pelua o Pelu. Pues como los primeros conquis­ tadores españoles, navegando desde Panamá, llegassen a aquellos luga­ res primero que a otros, les agradó tanto aquel nombre Perú o Pelua, que, como si significara alguna cosa grande y señalada, lo abracaron para nombrar con él cualquiera otra cosa que hallassen, como lo hizieron en llamar Perú a todo el Imperio de los Incas. Muchos huvo que no se agradaron del nombre Perú, y por ende le llamaron la Nueva Castilla. Estos dos nombres impusieron a aquel gran reino, y los usan de ordinario los escrivanos reales y notarios eclesiásticos, aunque en Eu­ ropa y en otros reinos anteponen el nombre Perú al otro. También afir­ man muchos que se deduxo deste nombre pinta, que es vocablo del Cozco, de los quechuas: significa orón en que encierran los fructos. La sentencia déstos apruevo de muy buena gana, porque en aquel reino tienen los indios gran número de orones para guardar sus cosechas. Por esta causa fué a los españoles fácil usar de aquel nombre ajeno y dezir Pirú, quitándole la última vocal y passando el acento a la última sílaba. Este nombre, dos vezes apelativo, pusieron los primeros conquis­ tadores por nombre proprio al Imperio que conquistaron; e yo usaré dél sin ninguna diferencia, diziendo Perú e Pirú. La introdución deste vocablo nuevo no se deve repudiar, por dezir que lo usurparon fal­ samente y sin acuerdo, que los españoles no hallaron otro nombre ge­ nérico y proprio que imponer a toda aquella región, porque antes del reinado de los Incas cada provincia tenía su proprio nombre, como Charca, Colla, Cozco, Rímac, Quitu y otras muchas, sin atención ni respecto a las otras regiones, mas después que los Incas sojuzgaron todo aquel reino a su Imperio, le fueron llamando conforme al orden de las conquistas y al sujetarse y rendirse los vasallos, y al cabo le llamaron Tahuantinsuyu, esto es, las cuatro partes del Reino, o Incap Runam, que es vasallos del Inca. Los españoles, advirtiendo la variedad y confusión destos nombres, le llamaron prudente y discretamente Perú o la Nueva Castilla”. Etc. Hasta [a]quí es del Padre Blas Valera, el cual también, como el Padre Acosta, dize haver sido nombre impuesto por los españoles y que no lo tenían los indios en su lenguaje. Declarando yo lo que el Padre Blas Valera dize, digo que es más verisímil que la impusición del nombre Perú nasciesse del nombre proprio Berú o del

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apelativo Pelú, que en el lenguaje de aquella provincia sinifica río, que no del nombre Birua, que sinifica orón, porque, como se ha dicho, lo impusieron los de Vasco Núñez de Balboa, que no entraron la tierra adentro para tener noticia del nombre Pirua, y no los conquistadores del Perú, porque quinze años antes que ellos fueran a la conquista llamavan Perú los españoles que vivían en Panamá a toda aquella tierra que corre desde la equinocial al mediodía, lo cual también lo certifica Francisco López de Gomara en la Historia de las Indias, capítulo ciento y diez, donde dize estas palabras: "Algunos dizen que Balboa tuvo relación de cómo aquella tierra del Perú tenía oro y esmeraldas; sea assí o no sea, es cierto que havía en Panamá gran fama del Perú cuando Pigarro y Almagro armaron para ir allá”. Etc. Hasta aquí es de Go­ mara, de donde consta claro que la imposición del nombre Perú fué mucho antes que la ida de los conquistadores que ganaron aquel Imperio.

CAPÍTULO VII De otras deduciones de nombres nuevos.

OR QUE la dedución del nombre Perú no quede sola, diga­ mos de otras semejantes que se hizieron antes y después désta, que, aunque las anticipemos, no estará mal que estén di­ chas para cuando lleguemos a sus lugares. Y sea la primera la de Puerto Viejo, porque fué cerca de donde se hizo la del Perú. Para lo cual es de saber que desde Panamá a la Ciudad de los Reye se navegava con grande trabajo, por las muchas corrientes de la mar y por el viento Sur que corre siempre en aquella costa, por lo cual los navios, en aquel viaje, eran forgados a salir del puerto con un bordo de treinta o cuarenta leguas a la mar y bolver con otro a tierra, y desta manera ivan subiendo la costa arriba, navegando siempre a la bolina. Y acaecía muchas vezes, cuando el navio no era buen velero de la bo­ lina, caer más atrás de donde havía salido, hasta que Francisco Drac, inglés, entrando por el Estrecho de Magallanes, año de mil y quinientos y setenta y nueve, enseñó mejor manera de navegar, alargándose con los bordos dozientas y trezientas leguas la mar adentro, lo cual antes no osavan hazer los pilotos, porque sin saber de qué ni de quién, sino de sus imaginaciones, estavan persuadidos y temerosos que, apartados de tierra cien leguas, havía en la mar grandíssimas calmas, y por no caer en ellas no osavan engolfarse mucho adentro, por el cual miedo se huviera de 23

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perder nuestro navio cuando yo vine a España, porque con una brisa decayó hasta la isla llamada Gorgona, donde temimos perecer sin poder salir de aquel mal seno. Navegando, pues, un navio, de la manera que hemos dicho, a los principios de la conquista del Perú, y haviendo salido de aquel puerto a la mar con los bordos seis o siete vezes, y bolviendo siempre al mismo puerto porque no podia arribar en su navegación, uno de los que en él ivan, enfadado de que no passassen adelante, dixo: "Ya este puerto es viejo para nosotros”, y de aqui se llamó Puerto Viejo. Y la punta de Sancta Elena que está cerca de aquel puerto se nombró assí porque la vieron en su dia. Otra impusición de nombre passó mucho antes que las que hemos dicho, semejante a ellas. Y fué que el año de mil y quinientos, navegando un navio que no se sabe cúyo era, si de Vicente Yáñez Pintón o de Juan de Solis, dos capitanes ventu­ rosos en descubrir nuevas tierras, yendo el navio en demanda de nuevas regiones (que entonces no entendían los españoles en otra cosa), y desseando hallar tierra firme, porque la que hasta allí havían descu­ bierto eran todas islas que hoy llaman de Barlovento, un marinero que iva en la gavia, haviendo visto el cerro alto llamado Capira, que está sobre la ciudad del Nombre de Dios, dixo (pidiendo albricias a los del navio) : "En nombre de Dios sea, compañeros, que veo tierra firme”, y assí se llamó después Nombre de Dios la ciudad que allí se fundó, y Tierra Firme su costa, y no llaman Tierra Firme a otra alguna, aun­ que lo sea, sino a aquel sitio del Nombre de Dios, y se le ha quedado por nombre proprio. Diez años después llamaron Castilla de Oro a aquella provincia, por el mucho oro que en ella hallaron y por un cas­ tillo que en ella hizo Diego de Nicuessa, año de mil y quinientos y diez. La isla que ha por nombre la Trinidad, que está en el Mar Dulce, se llamó assí porque la descubrieron día de la Sanctíssima Trinidad. La ciudad de Cartagena llamaron assí por su buen puerto, que, por seme­ jarse mucho al de Cartagena de España, dixeron los que primero lo vieron: "Este puerto es tan bueno como el de Cartagena”. La isla Serra­ na, que está en el viaje de Cartagena a la Havana, se llamó assí por un español llamado Pedro Serrano, cuyo navio se perdió cerca della, y él solo escapó nadando, que era grandíssimo nadador, y llegó [a] aquella isla, que es despoblada, inhabitable, sin agua ni leña, donde vivió siete años con industria y buena maña que tuvo para tener leña y agua y sacar fuego (es un caso historial de grande admiración, quigá lo diremos en otra parte), de cuyo nombre llamaron la Serrana aquella isla y Serra­ nilla a otra que está cerca della, por diferenciar la una de la otra. La ciudad de Sancto Domingo, por quien toda la isla se llamó del mismo nombre, se fundó y nombró, como lo dize Gomara, capítulo treinta y cinco, por estas palabras que son sacadas a la letra: "El pueblo más ennoblescido es Sancto Domingo, que fundó Bartolomé Colón a la ribera

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del río Ozama. Púsole aquel nombre porque llegó allí un domingo, fiesta de Sancto Domingo, y porque su padre se llamava Domingo. Assí que concurrieron tres causas para llamarlo assí”, etc. Hasta aquí es de Gomara. Semejantemente son impuestos todos los más nombres de puer­ tos famosos y ríos grandes y provincias y reinos que en el Nuevo Mundo se han descubierto, poniéndoles el nombre del sancto o sancta en cuyo día se descubrieron o el nombre del capitán, soldado, piloto o marinero que lo descubrió, como diximos algo desto en la historia de la Florida, cuando tratamos de la descripción della y de los que a ella han ido; y en el libro sesto, después del capítulo quinze, a propósito de lo que allí se cuenta, havía puesto estas deduciones de nombres juntamente con la del nombre Perú, temiendo me faltara la vida antes de llegar aquí. Mas pues Dios, por su misericordia, la ha alargado, me paresció qui­ tarlas de allí y ponerlas en su lugar. Lo que ahora temo es no me las haya hurtado algún historiador, porque aquel libro, por mi ocupación, fué sin mí a pedir su calificación, y sé que anduvo por muchas ma­ nos. Y sin esto me han preguntado muchos si sabía la dedución del nombre Perú, y, aunque he querido guardarla, no me ha sido possible negarla a algunos señores míos.

CAPÍTULO VIII La descripción del Perú. OS cuatro términos que el Imperio de los Incas tenía cuando los españoles entraron en él son los siguientes. Al norte 11cgava hasta el río Ancasmayu, que corre entre los confines de Quitu y Pastu; quiere dezir, en la lengua general del Perú, río azul; está debaxo de la línea equinocial, casi perpendicular­ mente. Al mediodía tenía por término al río llamado Mauli, que corre lesre hueste passado el reino de Chili, antes de llegar a los araucos, el cual está más de cuarenta grados de la equinocial al sur. Entre estos dos ríos ponen pocos menos de mil y trezientas leguas de largo por tierra. Lo que llaman Perú tiene setecientas y cincuenta leguas de largo por tierra desde el río Ancasmayu hasta los Chichas, que es la última provincia de los Charcas, norte sur; y lo que llaman reino de Chile contiene cerca de quinientas y cincuenta leguas, también norte sur, contando desde lo último de la provincia de los Chichas hasta el río Maulli. Al levante tiene por término aquella nunca jamás pisada de hombres ni de animales ni de aves, inaccessible cordillera de nieves que corre desde

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Sancta Marta hasta el Estrecho de Magallanes, que los indios llaman Ritisuyu, que es vanda de nieves. Al poniente confina con la Mar del Sur, que corre por toda su costa de largo a largo; empieza el término del Im­ perio por la costa desde el cabo de Passau, por do passa la línea equino­ cial, hasta el dicho río Maulli, que también entra en la Mar del Sur. Del levante al poniente es angosto todo aquel reino. Por lo más ancho, que es atravesando desde la provincia Muyupampa por los Chachapuyas, hasta la ciudad de Trujillo, que está a la costa de la mar, tiene ciento y veinte leguas de ancho, y por lo más angosto, que es desde el puerto de Arica a la provincia llamada Llaricassa, tiene setenta leguas de ancho. Estos son los cuatro términos de lo que señorearon los Reyes Incas, cuya historia pretendemos escrevir mediante el favor divino. Será bien, antes que passemos adelante, digamos aquí el sucesso de Pedro Serrano, que atrás propusimos, por que no esté lexos de su lugar y también por que este capítulo no sea tan corto. Pedro Serrano salió a nado a aquella isla desierta que antes dél no tenía nombre, la cual, como él dezía, temía dos leguas en contorno; casi lo mismo dize la carta de marear, porque pinta tres islas muy pequeñas, con muchos vaxíos a la redonda, y la misma figura le da a la que llaman Serranilla, que son cinco isletas pequeñas con muchos más baxíos que la Serrana, y en todo aquel paraje los hay, por lo cual huyen los navios dellos, por no caer en peligro. A Pedro Serrano le cupo en suerte perderse en ellos y llegar na­ dando a la isla, donde se halló desconsoladíssimo, porque no halló en ella agua ni leña ni aun yerva que poder pascer, ni otra cosa alguna con que entretener la vida mientras passasse algún navio que de allí lo sacasse, para que no peresciesse de hambre y de sed, que le parescía muerte más cruel que haver muerto ahogado, porque es más breve. Assí passó la primera noche llorando su desventura, tan afligido como se puede imaginar que estaría un hombre puesto en tal estremo. Luego que amanesció, bolvió a passear la isla; halló algún marisco que salía de la mar, como son cangrejos, camarones y otras savandijas, de las cuales cogió las que pudo y se las comió crudas, porque no havía candela donde assarlas o cozerlas. Assí se entretuvo hasta que vió salir tortugas; viéndolas lexos de la mar, arremetió con una dellas y la bolvió de espaldas; lo mismo hizo de todas las que pudo, que para bolverse a enderezar son torpes, y sacando un cuchillo que de ordinario solía traer en la cinta, que fué el medio para escapar de la muerte, la degolló y bevió la sangre en lugar de agua; lo mismü hizo de las demás; la carne puso al sol para comerla hecha tassajos y para desem­ barazar las conchas, para coger agua en ellas de la llovediza, porque toda aquella región, como es notorio, es muy lloviosa. Desta manera se sustentó los primeros días con matar todas las tortugas que podía,

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y algunas havía tan grandes y mayores que las mayores adargas, y otras como rodelas y como broqueles, de manera que las havía de todos tamaños. Con las muy grandes no se podía valer para volverlas de espaldas, porque le vencían de fuergas, y aunque subía sobre ellas para cansarlas y sujetarlas, no le aprovechava nada, porque con él a cuestas se ivan a la mar, de manera que la esperiencia le dezía a cuáles tortugas havía de acometer y a cuáles se havía de rendir. En las con­ chas recogió mucha agua, porque algunas havía que cabían a dos arrovas y de allí abaxo. Viéndose Pedro Serrano con bastante recaudo para comer y bever, le paresció que si pudiesse sacar fuego para siquie­ ra assar la comida y para hazer ahumadas cuando viesse passar algún navio, que no le faltaría nada. Con esta imaginación, como hombre que havía andado por la mar, que cierto los tales en cualquiera trabaxo hazen mucha ventaja a los demás, dio en buscar un par de guijarros que le sirviessen de pedernal, porque del cuchillo pensava hazer eslavón, para lo cual, no hallándolos en la isla, porque toda ella estava cubierta de arena muerta, entrava en la mar nadando y se gabullía, y en el suelo, con gran diligencia, buscava, ya en unas partes, ya en otras, lo que pretendía, y tanto porfió en su trabajo, que halló guijarros y sacó los que pudo, y dellos escogió los mejores, y quebrando los unos con los otros, para que tuviessen esquinas donde dar con el cuchillo, tentó su artificio, y, viendo que sacava fuego, hizo hilas de un pedago de la camisa, muy desmenuzadas, que parescían algodón carmenado, que le sirvieron de yesca, y, con su industria y buena maña, haviéndolo por­ fiado muchas vezes, sacó fuego. Cuando se vio con él, se dió por bienandante, y, para sustentarlo, recogió las horruras que la mar echava en tierra, y por horas las recogía, donde hallava mucha yerva que lla­ man ovas marinas y madera de navios que por la mar se perdían y con­ chas y huessos de pescados y otras cosas con que alimenta va el fuego. Y para que los aguaceros no se lo apagassen, hizo una choga de las ma­ yores conchas que tenía de las tortugas que havía muerto, y con grandíssima vigilancia cevava el fuego por que no se le fuesse de las manos. Dentro de dos meses, y aun antes, se vió como nasció, porque, con las muchas aguas, calor y humidad de la región, se le pudrió la poca ropa que tenía. El sol, con su gran calor, le fatigava mucho, porque ni tenía ropa con que defenderse ni havía sombra a que ponerse; cuando se veía muy fatigado se entrava en el agua para cubrirse con ella. Con este trabajo y cuidado vivió tres años, y en este tiempo vió passar algu­ nos navios, mas aunque él hazía su ahumada, que en la mar es señal de gente perdida, no echavan de ver en ella, o por el temor de los baxíos no osavan llegar donde él estava y se passavan de largo, de lo cual Pedro Serrano quedava tan desconsolado que tomara por partido el morirse y acabar ya. Con las inclemencias del cielo le cresció el vello de

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todo el cuerpo tan eccesivamente que parescía pellejo de animal, y no cualquiera, sino el de un javali; el cabello y la barva le passava de la cinta. Al cabo de los tres años, una tarde, sin pensarlo, vió Pedro Serrano un hombre en su isla, que la noche antes se havía perdido en los baxíos della y se havía sustentado en una tabla del navio y, como luego que amanesció, viesse el humo del fuego de Pedro Serrano, sospechando lo que fué, se havía ido a él, ayudado de la tabla y de su buen nadar. Cuando se vieron ambos, no se puede certificar cuál quedó más asom­ brado de cuál. Serrano imaginó que era el demonio que venía en figura de hombre para tentarle en alguna desesperación. El huésped entendió que Serrano era el demonio en su propria figura, según lo vió cubierto de cabellos, barvas y pelaje. Cada uno huyó del otro, y Pedro Serrano fué diziendo: "¡Jesús, Jesús, líbrame, Señor, del demonio!” Oyendo esto se asseguró el otro, y, bolviendo a él, le dixo: "No huyáis, herma­ no. de mí, que soy cristiano como vos”, y para que se certificasse, por­ que todavía huía, dixo a vozes el Credo, lo cual, oído por Pedro Se­ rrano, bolvió a él, y se abracaron con grandíssima ternura y muchas lágrimas y gemidos, viéndose ambos en una misma desventura, sin esperanza de salir della. Cada uno dellos brevemente contó al otro su vida passada. Pedro Serrano, sospechando la necesidad del huésped, le dió de comer y de bever de lo que tenía, con que quedó algún tanto consolado, y hablaron de nuevo en su desventura. Acomodaron su vida como mejor supieron, repartiendo las horas del día y de la noche en sus menesteres de buscar marisco para comer y ovas y leña y huessos de pescado y cualquiera otra cosa que la mar echasse para sustentar el fuego, y sobre todo la perpetua vigilia que sobre él havían de tener, velando por horas, por que no se les apagasse. Assí vivieron algunos días, mas no passaron muchos que no riñeron, y de manera que apar­ taron rancho, que no faltó sino llegar a las manos (por que se vea cuán grande es la miseria de nuestras passiones). La causa de la pen­ dencia fué dezir el uno al otro que no cuidava como convenía de lo que era menester; y este enojo y las palabras que con él se dixeron los descompusieron y apartaron. Mas ellos mismos, cayendo en su dispa­ rate, se pidieron perdón y se hizieron amigos y bolvieron a su com­ pañía, y en ella vivieron otros cuatro años. En este tiempo vieron passar algunos navios y hazían sus ahumadas, mas no les aprovechava, de que ellos quedavan tan desconsolados que no les faltava sino morir. Al cabo deste largo tiempo, acertó a passar un navio tan cerca dellos que vió la ahumada y les echó el batel para recogerlos. Pedro Serrano y su compañero, que se havía puesto de su mismo pelaje, viendo el batel cerca, por que los marineros que ivan por ellos no entendiessen que eran demonios y huyessen dellos, dieron en dezir el Credo y llamar

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el nombre de Nuestro Redentor a vozes, y valióles el aviso, que de otra manera sin duda huyeran los marineros, porque no tenían figura de hombres humanos. Assí los llevaron al navio, donde admiraron a cuan­ tos los vieron y oyeron sus trabajos passados. El compañero murió en la mar viniendo a España. Pedro Serrano llegó acá y passó a Alemaña, donde el Emperador estava entonces: llevó su pelaje como lo traía, para que fuesse prueva de su naufragio y de lo que en él havía passado. Por todos los pueblos que passava a la ida (si quisiera mostrarse) ganara muchos dineros. Algunos señores y cavalleros principales, que gustaron de ver su figura, le dieron ayudas de costa para el camino, y la Majestad Im­ perial, haviéndole visto y oído, le hizo merced de cuatro mil pesos de renta, que son cuatro mil y ochocientos ducados en el Perú. Yendo a gozarlos, murió en Panamá, que no llegó a verlos. Todo este cuento, como se ha dicho, contava un cavallero que se dezía Garci Sánchez de Figueroa, a quien yo se lo oí, que conosció a Pedro Serrano y certificava que se lo havía oído a él mismo, y que después de haver visto al Emperador se havía quitado el cabello y la barva y dexádola poco más corta que hasta la cinta, y para dormir de noche se la entrengava, porque, no entrenzándola, se tendía por toda la cama y le estorvava el sueño.

CAPÍTULO IX

La idolatría y los dioses que adoraran antes de los Incas. 5ARA que se entienda mejor la idolatría, vida y costumbres de los indios del Perú, será necessario dividamos aquellos siglos en dos edades: diremos cómo vivían antes de los Incas y luego diremos cómo governaron aquellos Reyes, para que no se confunda lo uno con lo otro ni se atribuyan las cos­ tumbres ni los dioses de los unos a los otros. Para lo cual es de saber que en aquella primera edad y antiga gentilidad unos indios havía poco me­ jores que bestias mansas y otros mucho peores que fieras bravas. Y prin­ cipiando de sus dioses, dezimos que los tuvieron conforme a las demás simplicidades y torpezas que usaron, assí en la muchedumbre dellos como en la vileza y baxeza de las cosas que adoravan, porque es assí que cada provincia, cada nación, cada pueblo, cada barrio, cada li­ naje y cada casa tenía dioses diferentes unos de otros, porque les pá­ resela que el dios ajeno, ocupado con otro, no podía ayudarles, sino el suyo proprio. Y assí vinieron a tener tanta variedad de dioses y

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tantos, que fueron sin número, y porque no supieron, como los gen­ tiles romanos, hazer dioses imaginados como la Esperanza, la Victoria, la Paz y otros semejantes, porque no levantaron los pensamientos a cosas invisibles, adoravan lo que veían, unos a diferencia de otros, sin consideración de las cosas que adoravan, si merescían ser adorados, ni respecto de sí proprios, para no adorar cosas inferiores a ellos: sólo atendían a diferenciarse estos de aquellos y cada uno de todos. Y assí adoravan yervas, plantas, flores, árboles de todas suertes, cerros altos, grandes peñas y los resquicios dellas, cuevas hondas, guijarros y pedrecitas, las que en los ríos y arroyos hallavan, de diversas colores, como el jaspe. Adoravan la piedra esmeralda, particularmente en una provincia que hoy llaman Puerto Viejo; no adoravan diamantes ni rubíes porque no los huvo en aquella tierra. En lugar dellos adoraron diversos ani­ males, a unos por su fiereza, como al tigre, león y osso, y, por esta causa, teniéndolos por dioses, si acaso los topavan, no huían dellos, sino que se ochavan en el suelo a adorarles y se dexavan matar y comer sin huir ni hazer defensa alguna. También adoravan a otros animales por su astucia, como a la zorra y a las monas. Adoravan al perro por su lealtad y nobleza, y al gato cerval por su ligereza. Al ave que ellos llaman cúntur por su grandeza, y a las águilas adoravan ciertas naciones porque se precian desccndir dellas y también del cúntur. Otras naciones adoraron los halcones, por su ligereza y buena industria de haver por sus manos lo que han de comer; adoravan al buho por la hermosura de sus ojos y cabega, y al murciégalo por la sutileza de su vista, que les causava mucha admiración que viesse de noche. Y otras muchas aves adoravan como se les antojava. A las culebras grandes por su monstruo­ sidad y fiereza, que las hay en los Antis de a veinticinco y de a treinta pies, y más y menos, de largo y gruesas muchas más quel muslo. También tenían por dioses a otras culebras menores, donde no las havía tan grandes como en los Antis; a las lagartijas, sapos y escuerzos adoravan. En fin, no havía animal tan vil ni suzio que no lo tuviessen por dios, sólo por diferenciarse unos de otros en sus dioses, sin acatar en ellos deidad alguna ni provecho que dellos pudiessen esperar. Estos fueron simplicíssimos en toda cosa, a semejanza de ovejas sin pastor. Mas no hay que admirarnos que gente tan sin letras ni enseñanza alguna cayessen en tan grandes simplezas, pues es notorio que los griegos y los romanos, que tanto presumían de sus ciencias, tuvieron, cuando más florecían en su Imperio, treinta mil dioses.

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CAPITULO X

De otra gran variedad de dioses que tuvieron. $TROS muchos indios huvo de diversas naciones, en aquella ?primera edad, que escogieron sus dioses con alguna más con­ sideración que los passados, porque adoravan algunas cosas *de las cuales recebían algún provecho, como los que adoraivan las fuentes caudalosas y ríos grandes, por dezir que les davan agua para regar sus sementeras. Otros adoravan la tierra y le llamavan Madre, porque les dava sus frutos; otros al aire por el respirar, porque dezían que mediante él vivían los hombres; otros al fuego porque los calentava y porque guisavan de comer con él; otros adoravan a un carnero por el mucho ganado que en sus tierras se criava; otros a la cordillera grande de la Sierra Nevada, por su altura y admirable grandeza y por los muchos ríos que salen della para los riegos; otros al maíz o gara, como ellos le llaman, porque era el pan común dellos; otros a otras miesses y legumbres, según que más abundantemente se davan en sus provincias. Los de la costa de la mar, demás de otra infinidad de dioses que tuvieron, o quigá los mismos que hemos dicho, adoravan en común a la mar y le llamavan Mamacocha, que quiere dezir Madre Mar, dando a entender que con ellos hazía oficio de madre en sustentarles con su pescado. Adoravan también generalmente a la vallena por su grandeza y monstruosidad. Sin esta común adoración que hazían en toda la costa, adoravan en diversas provincias y regiones al pescado que en más abun­ dancia matavan en aquella tal región, porque dezían que el primer pescado que estava en el mundo alto (que assí llaman al cielo), del cual procedía todo el demás pescado de aquella especie de que se sustentavan, tenía cuidado de embiarles a sus tiempos abundancia de sus hijos para sustento de aquella tal nasción; y por esta razón en unas provincias adoravan la sardina, porque matavan más cantidad della que de otro pescado, en otras la liga, en otras al tollo, en otras por su hermosura al dorado, en otras al cangrejo y al demás marisco, por la falta de otro mejor pescado, porque no lo havía en aquella mar o porque no lo sabían pescar y matar. En suma, adoravan y tenían por dios cualquiera otro pescado que les era de más provecho que los otros. De manera que tenían por dioses no solamente los cuatro elementos, cada uno de por sí, mas también todos los compuestos y formados dellos, por viles e inmundos que fuessen. Otras nasciones huvo, como son los chirihuanas y los del cabo de Passau (que de setentrión a mediodía son estas dos provincias los términos del Perú), que no tuvieron ni tienen inclinación de adorar

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cosa alguna baxa ni alta, ni por el interés ni por miedo, sino que en todo vivían y viven hoy como bestias y peores, porque no llegó a ellos la doctrina y enseñanza de los Reyes Incas.

CAPÍTULO XI

Matreras de sacrificios que hazían. ONFORME a la vileza y baxeza de sus dioses era también la crueldad y barbariedad de los sacrificios de aquella antigua idolatría, pues sin las demás cosas comunes, como animales y miesses, sacrificavan hombres y mujeres de todas edades, de los que cautivavan en las guerras que unos a otros se hazían. Y en algunas naciones fué tan inhumana esta crueldad, eccedió a la de las fieras, porque llegó a no contentarse con sacrificar los enemigos cautivos, sino sus proprios hijos en tales o tales necessidades. La manera deste sacrificio de hombres y mujeres, muchachos y niños, era que vivos les abrían por los pechos y sacavan el corazón con los pul­ mones, y con la sangre dellos, antes que se enfriasse, rociavan el ídolo que tal sacrificio mandava hazer, y luego, en los mismos pulmones y coracón, miravan sus agüeros para ver si el sacrificio havía sido acepto o no, y, que lo huviesse sido o no, quemavan, en ofrenda para el ídolo, el coragón y los pulmones hasta consumirlos, y comían al indio sacrifi­ cado con grandíssimo gusto y sabor y no menos fiesta y regozijo, aun­ que fuesse su proprio hijo. El Padre Blas Valera, según que en muchas partes de sus papeles rotos paresce, llevava la misma intención que nosotros, en muchas cosas de las que escrivía, que era dividir los tiempos, las edades y las provincias para que se entendieran mejor las costumbres que cada nación tenía, y assí, en uno de sus cuadernos destrocados dize lo que se sigue, y habla de presente, porque entre aquellas gentes se usa hoy aquella inhumanidad: "Los que viven en los Antis comen carne humana, son más fieros que tigres, no tienen dios ni ley, ni saben qué cosa es virtud; tampoco tienen ídolos ni semejanza dellos; adoran al demonio cuando se les representa en figura de algún animal o de alguna serpiente y les habla. Si cautivan alguno en la guerra o de cualquiera otra suerte^ sa­ biendo que es hombre plebeyo y baxo, lo hazen cuartos y se los dan a sus amigos y criados para que se los coman o los vendan en la carnecería. Pero si es hombre noble, se juntan los más principales con sus mujeres y hijos, y, como ministros del diablo, le desnudan, y vivo le atan a un

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palo, y, con cuchillos y navajas de pedernal, le cortan a pedamos, no desmembrándole, sino quitándole la carne de las partes donde hay más cantidad della, de las pantorrillas, muslos y assentaderas y molledos de los bragos, y con la sangre se rocian los varones y las mujeres y hijos, y entre todos comen la carne muy apriessa, sin dexarla bien cozer ni assar ni aún mascar; trágansela a bocados, de manera que el pobre paciente se vee vivo comido de otros y enterrado en sus vientres. Las mujeres (más crueles que los varones) untan los pegones de sus pechos con la sangre del desdichado para que sus hijuelos la mamen y bevan en la leche. Todo esto hazen en lugar de sacrificio con gran regozijo y alegría, hasta que el hombre acaba de morir. Entonces acaban de comer sus carnes con todo lo de dentro, ya no por vía de fiesta ni deleite, como hasta allí, sino por cosa de grandíssima deidad, porque de allí adelante las tienen en suma veneración, y assí las comen por cosa sagrada. Si al tiempo que atormentavan al triste hizo alguna señal de sentimiento con el rostro o con el cuerpo o dió algún gemido o suspiro, hazen pedagos sus huessos después de haverle comido las carnes, assadura y tripas, y con mucho menosprecio los echan en el campo o en el río. Pero si en los tormentos se mostró fuerte, constante y feroz, haviéndole comido las carnes con todo lo interior, secan los huessos con sus niervos al sol y los ponen en lo alto de los cerros y los tienen y adoran por dioses y les ofriescen sacrificios. Estos son los ídolos de aquellas fieras, porque no llegó el Imperio de los Incas a ellos ni hasta ahora ha llegado el de los españoles, y assí están hoy día. Esta generación de hombres tan terribes y crueles salió de la región mexicana y pobló la de Panamá y la del Darién y todas aquellas grandes montañas que van hasta el Nuevo Reino de Granada, y por la otra parte hasta Sancta Marta”. Todo esto es del Padre Blas Valera, el cual, contando diabluras y con mayor encarescimiento, nos ayuda a dezir lo que entonces havía en aquella primera edad y al presente hay. Otros indios huvo no tan crueles en sus sacrificios, que, aunque en ellos mezclavan sangre humana, no era con muerte de alguno, sino sa­ cada por sangría de bragos o piernas, según la solenidad del sacrificio, y para los más solenes la sacavan del nacimiento de las narizes a la junta de las cejas, y esta sangría fué ordinaria entre los indios del Perú, aun después de los Incas, assí para sus sacrificios (particularmente uno, como adelante diremos), como para sus enfermedades cuando eran con mucho dolor de cabega. Otros sacrificios tuvieron los indios todos en común, que los que arriba hemos dicho se usavan en unas provincias y naciones y en otras no, mas los que usaron en general fueron de anima­ les, como carneros, ovejas, corderos, conejos, perdizes y otras aves sebo, y la yerva que tanto estiman, llamada etica, el maíz y otras semillas y legumbres y madera olorosa y cosas semejantes, según las tenían de

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cosecha y según que cada nación entendía que sería sacrificio más agra­ dable a sus dioses conforme a la naturaleza dellos, principalmente si sus dioses eran aves o animales, carniceros o no, que a cada uno dellos ofrecían lo que les veían comer más ordinario y lo que parescía les era más sabroso al gusto. Y esto baste para lo que en materia de sacrificios se puede dezir de aquella antigua gentilidad.

CAPÍTULO XII La vivienda y govierno de los antiguos, y las cosas que comían.

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• N LA manera de sus habitaciones y pueblos tenían aquellos gentiles la misma barbariedad que en sus dioses y sacrificios. Los más políticos tenían sus pueblos poblados sin plaga ni orden de calles ni de casas, sino como un recogedero de bestias. Otros, por causa de las guerras que unos a otros se hazían, poblavan en riscos y peñas altas, a manera de fortaleza, donde fuessen menos ofendidos de sus enemigos. Otros en chogas derramadas por los campos, valles y quebradas, cada uno como acertava a tener la comodidad de su comida y morada. Otros vivían en cuevas debaxo de tierra, en resquicios de peñas, en huecos de árboles, cada uno como acer­ tava a hallar hecha la casa, porque ellos no fueron para hazerla. Y destos hay todavía algunos, como son los del cabo de Passau y los chirihuanas y otras naciones que no conquistaron los Reyes Incas, los cuales se están hoy en aquella rusticidad antigua, y estos tales son los peores de reduzir, assí al servicio de los españoles como a la religión cristiana, que, como jamás tuvieron dotrina, son irracionales y apenas tienen lengua para entenderse unos con otros dentro en su misma nación, y assí viven como animales de diferentes especies, sin juntarse ni comunicarse ni tratarse sino a sus solas. En aquellos pueblos y habitaciones governava el que se atrevía y tenía ánimo para mandar a los demás, y luego que señoreava tratava los vasallos con tiranía y crueldad, sirviéndose dellos como de esclavos, usando de sus mujeres y hijas a toda su voluntad, haziéndose guerra unos a otros. En unas provincias desollavan los cautivos, y con los pellejos cubrían sus caxas de atambor para amedrentar sus enemigos, porque dezían que, en oyendo los pellejos de sus parientes, luego huían. Vivían en latrocinios, robos, muertes, incendios de pueblos, y desta manera se fueron haziendo muchos señores y reyezillos, entre los cuales huvo

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algunos buenos que tratavan bien a los suyos y los mantenían en paz y justicia. A estos tales, por su bondad y nobleza, los indios con simpli­ cidad los adoraron por dioses, viendo que eran diferentes y contrarios de la otra multitud de tiranos. En otras partes vivían sin señores que los mandassen ni governassen, ni ellos supieron hazer república de suyo para dar orden y concierto en su vivir: vivían como ovejas en toda simplicidad, sin hazerse mal ni bien, y esto era más por inorancia y falta de malicia que por sobra de virtud. En la manera de vestirse y cubrir sus carnes fueron en muchas provincias los indios tan simples y torpes que causa risa el traje dellos. En otras fueron en su comer y manjares tan fieros y bárbaros que pone admiración tanta fiereza, y en otras muchas regiones muy largas tuvie­ ron lo uno y lo otro juntamente. En las tierras calientes, por ser más fértiles, sembravan poco o nada, manteníanse de yervas y raízes y fruta silvestre y otras legumbres que la tierra dava de suyo o con poco beneficio de los naturales, que, como todos ellos no pretendían más que el sustento de la vida natural, se contentavan con poco. En muchas provincias fueron amicíssimos de carne humana, y tan golosos que antes que acabasse de morir el indio que matavan le bevían la sangre por la herida que le havían dado, y lo mismo hazían cuando lo ivan descuar­ tizando, que chupavan la sangre y se lamían las manos por que no se perdiesse gota della. Tuvieron carnecerías públicas de carne humana; de las tripas hazían morcillas y longanizas, hinchándolas de carne por no perderlas. Pedro de Ciega, capítulo veinte y seis, dize lo mismo y lo vió por sus ojos. Cresció tanto esta passión que llegó a no perdonar los hijos proprios havidos en mujeres estranjeras, de las que cautivavan y prendían en las guerras, las cuales tomavan por mancebas, y los hijos que en ellas havían los criavan con mucho regalo hasta los doze o treze años, y luego se los comían, y a las madres tras ellos cuando ya no eran para parir. Hazían más, que a muchos indios de los que cautivavan les reservavan la vida y les davan mujeres de su nación, quiero dezir de la nación de los vencedores, y los hijos que havían los criavan como a los suyos y, viéndolos ya moguelos, se los comían, de manera que hazían seminario de muchachos para comérselos, y no los perdonavan ni por el parentesco ni por la crianga, que aun en diversos y contrarios ani­ males suele causar amor, como podríamos dezir de algunos que hemos visto y de otros que hemos oído. Pues en aquellos bárbaros no bastava lo uno ni lo otro, sino que matavan los hijos que havían engendrado y los parientes que havían criado a trueque de comérselos, y lo mismo hazían de los padres, cuando ya no estavan para engendrar, que tampoco les valía el parentesco de afinidad. Huvo nación tan estraña en esta golosina de comer carne humana, que enterravan sus difuntos en sus estómagos, que luego que espiraba el difunto se juntava 1% parentela y

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se lo comían cozido o assado, según le havían quedado las carnes, muchas o pocas: si pocas, cozido; si muchas, assado. Y después juntavan los hucssos por sus coyunturas y les hazían las obsequias con gran llanto; enterrávanlos en resquicios de peñas y en huecos de árboles. No tuvieron dioses ni supieron qué cosa era adorar, y hoy se están en lo mismo. Esto de comer carne humana más lo usaron los indios de tierras calientes que los de tierras frías. En las tierras estériles y frías, donde no dava la tierra de suyo frutas, raízes y yervas, sembravan el maíz y otras legumbres, forjados de la necesidad, y esto hazían sin tiempo ni sazón. Aprovechávanse de la caga y de la pesca con la misma rusticidad que en las demás cosas tenían.

CAPÍTULO XIII

Cómo se vestían en aquella antigüedad.

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L VESTIR, por su indecencia, era más para callar y encu­ brir que para lo dezir y mostrar pintado, mas porque la hisT^ toria me fuerga a que la saque entera y con verdad, suplicaré a los oídos honestos se cierren por no oírme en esta parte y me castiguen con este disfavor, que yo lo doy por bien em­ pleado. Vestíanse los indios en aquella primera edad como animales, porque no traían más ropa que la piel que la naturaleza les dió. Muchos dellos, por curiosidad o gala, traían ceñido al cuerpo un hilo gruesso, y les parescía que bastava para vestidura. Y no passemos adelante, que no es lícito. El año de mil y quinientos y sesenta, viniendo a España, topé en una calle, de las de Cartagena, cinco indios sin ropa alguna, y no ivan todos juntos, sino uno en pos de otro como grullas, con haver tantos años que tratavan con españoles. Las mujeres andavan al mismo traje, en cueros; las casadas traían un hilo ceñido al cuerpo, del cual traían colgando, como delantal, un trapillo de algodón de una vara en cuadro, y donde no sabían o no querían texer ni hilar, lo traían de cortezas de árboles o de sus hojas, el cual servía de cobertura por la honestidad. Las donzellas traían también por la pretina ceñido un hilo sobre sus carnes, y en lugar de delantal y en señal de que eran donzellas traían otra cosa diferente. Y porque es razón guardar el respecto que se deve a los oyentes, será bien que callemos lo que aquí havía que dezir: baste que éste era el traje y vestidos en las tierras calientes, de manera que en la honestidad

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semejavan a las bestias irracionales, de donde por sola esta bestialidad que en el ornato de sus personas usavan, se puede colegir cuán brutales serían en todo lo demás los indios de aquella gentilidad antes del Imperio de los Incas. En las tierras frías andavan más honestamente cubiertos, no por guardar honestidad, sino por la necesidad que el frío les causava: cu­ bríanse con pieles de animales y maneras de cubixas que hazían del cáñamo silvestre y de una paxa blanda, larga y suave, que se cría en los campos. Con estas invenciones cubrían sus carnes como mejor podían. En otras naciones huvo alguna más policía, que traían mantas mal hechas, mal hiladas y peor texidas, de lana o del cáñamo silvestre que llaman chahuar; traíanlas prendidas al cuello y ceñidas al cuerpo, con las cuales andavan cubiertos bastantemente. Estos trajes se usavan en aque­ lla primera edad, y los que diximos que se usavan en las tierras calientes, que era andar en cueros, digo que los españoles los hallaron en muy muchas provincias que los Reyes Incas aún no havían conquistado, y hoy se usan en muchas tierras ya conquistadas por los españoles, donde los indios son tan brutos que no quieren vestirse, sino los que tratan muy familiarmente con los españoles dentro en sus casas, y se visten más por importunidad dellos que por gusto y honestidad propria, y tanto lo rehúsan las mujeres como los hombres, a las cuales, moteján­ dolas de malas hilanderas y de muy deshonestas, les preguntan los españoles si por no vestirse no querían hilar o si por no hilar no querían vestirse.

CAPÍTULO XIV Diferentes casamientos y diversas lenguas. Usavan de veneno y de hechizos. N LAS demás costumbres, como el casar y el juntarse, no fueron mejores los indios de aquella gentilidad que en su vestir y comer, porque muchas naciones se juntavan al coito como bestias, sin conocer mujer propria, sino como acertavan a toparse, y otras se casavan como se les antojava, sin eceptar hermanas, hijas ni madres. En otras guardavan las madres y no más; en otras provincias era lícito y aun loable ser las mogas cuan desho­ nestas y perdidas quisiessen, y las más dissolutas tenían más cierto su ca­ samiento, que el haverlo sido se tenía entre ellos por mayor calidad; a lo menos las mogas de aquella suerte eran tenidas por hazendosas, y de

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las honestas dezían que por floxas no las havía querido nadie. En otras provincias usavan lo contrario, que las madres guardavan las hijas con gran recato, y cuando concertavan de las casar las sacavan en público, y en presencia de los parientes que se havían hallado al otorgo, con sus proprias manos las desfloravan, mostrando a todos el testimonio de su buena guarda. En otras provincias corrompían la virgen que se havía de casar los parientes más cercanos del novio y sus mayores amigos, y con esta con­ dición concertavan el casamiento y assí la recebía después el marido. Pedro de Ciega, capítulo veinte y cuatro, dize lo mismo. Huvo sodo­ mitas en algunas provincias, aunque no muy al descubierto ni toda la nación en común, sino algunos particulares y en secreto. En algunas partes los tuvieron en sus templos porque les persuadía el demonio que sus dioses recebían mucho contento con ellos, y haríalo el traidor por quitar el velo de la vergüenza que aquellos gentiles tenían del delicto y por que lo usaran todos en público y en común. También huvo hombres y mujeres que davan pongoña, assí para matar con ella de presto o de espacio como para sacar de juizio y atontar [a] los que querían y para los afear en sus rostros y cuerpos, que los dexavan remendados de blanco y negro y alvarazados y tullidos de sus miembros. Cada provincia, cada nación, y en muchas partes cada pueblo, tenía su lengua por sí, diferente de sus vezinos. Los que se entendían en un lenguaje se tenían por parientes, y assí eran amigos y confederados. Los que no se enten­ dían, por la variedad de las lenguas, se tenían por enemigos y contrarios, y se hazían cruel guerra, hasta comerse unos a otros como si fueran brutos de diversas especies. Huvo también hechizeros y hechizeras, y este oficio, más ordinario lo usavan las indias que los indios: muchos lo exercitavan solamente para tratar con el demonio en particular, para ganar reputación con la gente, dando y tomando respuestas de las cosas por venir, haziéndose grandes sacerdotes y sacerdotisas. Otras mujeres lo usaron para enhechizar más a hombres que a mu­ jeres, o por embidia o por otra malquerencia, y hazían con los hechizos los mismos efectos que con el veneno. Y esto baste para lo que por ahora se puede dezir de los indios de aquella edad primera y gentilidad anti­ gua, remitiéndome, en lo que no se ha dicho tan cumplidamente como ello fué, a lo que cada uno quisiere imaginar y añadir a las cosas dichas, que, por mucho que alargue su imaginación, no llegará a imaginar cuán grandes fueron las torpezas de aquella gentilidad, en fin, como de gente que no tuvo otra guía ni maestro sino al demonio. Y assí unos fueron en su vida, costumbres, dioses y sacrificios, barbaríssimos fuera de todo encarecimiento. Otros huvo simplicíssimos en toda cosa, como animales mansos y aun más simples. Otros participaron del un estremo y del otro,

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como los veremos adelante en el discurso de nuestra historia, donde en particular diremos lo que en cada provincia y en cada nación havía de las bestialidades arriba dichas.

CAPÍTULO XV El origen de los Incas Reyes del Peni. VIVIENDO o muriendo aquellas gentes de la manera que he­ mos visto, permitió Dios Nuestro Señor que dellos mismos saliesse un luzero del alva que en aquellas escuríssimas tinie­ blas les diesse alguna noticia de la ley natural y de la urba­ nidad y respetos que los hombres devían tenerse unos a otros, y que los descendientes de aquél, procediendo de bien en mejor, cultivassen aquellas fieras y las convirtiessen en hombres, haziéndoles capaces de razón y de cualquiera buena dotrina, para que cuando esse mismo Dios, sol de justicia, tuviesse por bien de embiar la luz de sus divinos rayos a aquellos idólatras, los hallasse, no tan salvajes, sino más dóciles para recebir la fe católica y la enseñanza y doctrina de nuestra Sancta Madre Iglesia Romana, como después acá lo han recebido, según se verá lo uno y lo otro en el discurso desta historia; que por esperiencia muy clara se ha notado cuánto más promptos y ágiles estavan para recebir el Evangelio los indios que los Reyes Incas sujetaron, governaron y enseñaron, que no las demás naciones comarcanas, donde aún no havía llegado la enseñanza de los Incas, muchas de las cuales se están hoy tan bárbaras y brutas como antes se estavan, con haver setenta y un años que los españoles entraron en el Perú. Y pues estamos a la puerta deste gran labirinto, será bien passemos adelante a dar noticia de lo que en él havía. Después de haver dado muchas trabas y tomado muchos caminos para entrar a dar cuenta del origen y principio de los Incas Reyes naturales que fueron del Perú, me paresció que la mejor traga y el camino más fácil y llano era contar lo que en mis niñezes oí muchas vezes a mi madre y a sus hermanos y tíos y a otros sus mayores acerca deste origen y principio, porque todo lo que por otras vías se dize dél viene a reduzirse en lo mismo que nosotros diremos, y será mejor que se sepa por las proprias palabras que los Incas lo cuentan que no por las de otros autores estraños. Es assí que, residiendo mi madre en el Cozco, su patria, venían a visitarla casi cada semana los pocos parientes y parientas que de las crueldades y tiranías de Atauhuallpa (como en su vida contaremos) escaparon, en las cuales visitas siempre sus más ordi-

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narias pláticas eran tratar del origen de sus Reyes, de la majestad dellos, de la grandeza de su Imperio, de sus conquistas y hazañas, del govierno que en paz y en guerra tenían, de las leyes que tan en provecho y favor de sus vasallos ordenavan. En suma, no dexavau cosa de las prósperas que entre ellos huviesse acaescido que no la truxessen a cuenta. De las grandezas y prosperidades passadas venían a las cosas presentes, lloravan sus Reyes muertos, enajenado su Imperio y acabada su repú­ blica. Etc. Estas y otras semejantes pláticas tenían los Incas y Pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido siempre acabavan su conversación en lágrimas y llanto, diziendo: "Trocósenos el reinar en vassallaje”. Etc. En estas pláticas yo, como muchacho, entrava y salía muchas vezes donde ellos estavan, y me holgava de las oír, como huelgan los tales de oír fábulas. Passando pues días, meses y años, siendo ya yo de diez y seis o diez y siete años, acaesció que, estando mis parientes un día en esta su conversación hablando de sus Reyes y antiguallas, al más anciano dellos, que era el que dava cuenta dellas, le dixe: —Inca, tío, pues no hay escritura entre vosotros, que es la que guarda la memoria de las cosas passadas ¿qué noticia tenéis del origen y principio de nuestros Reyes? Porque allá los españoles y las otras na­ ciones, sus comarcanas, como tienen historias divinas y humanas, saben por ellas cuándo empegaron a reinar sus Reyes y los ajenos y el trocarse unos imperios en otros, hasta saber cuántos mil años ha que Dios crió el cielo y la tierra, que todo esto y mucho más saben por sus libros. Empero vosotros, que carecéis dellos ¿qué memoria tenéis de vuestras antiguallas?, ¿quién fué el primero de nuestros Incas?, ¿cómo se llamó?, ¿qué origen tuvo su linaje?, ¿de qué manera empegó a reinar?, ¿con qué gente y armas conquistó este grande Imperio?, ¿qué origen tuvieron nuestras hazañas? El Inca, como que holgándose de haver oído las preguntas, por el gusto que recebía de dar cuenta dellas, se bolvió a mí (que ya otras muchas vezes le havía oído, mas ninguna con la atención que entonces) y me dixo: —Sobrino, yo te las diré de muy buena gana; a ti te conviene oírlas y guardarlas en el coragón (es frasis dellos por dezir en la memoria). Sabrás que en los siglos antiguos toda esta región de tierra que vees eran unos grandes montes y breñales, y las gentes en aquellos tiempos vivían como fieras y animales brutos, sin religión ni policía, sin pueblo ni casa, sin cultivar ni sembrar la tierra, sin vestir ni cubrir sus carnes, porque no sabían labrar algodón ni lana para hazer de vestir; vivían de dos en dos y de tres en tres, como acertavan a juntarse en las cuevas y resquicios de peñas y cavernas de la tierra. Comían, como bestias, yervas del campo y raízes de árboles y la fruta inculta que ellos davan de suyo y carne humana. Cubrían sus carnes con hojas y cortezas de árboles

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y pieles de animales; otros andavan en cueros. En suma, vivían como venados y salvajinas, y aun en las mujeres se havían como los brutos, porque no supieron tenerlas propias y conoscidas. Adviértase, porque no enfade el repetir tantas vezes estas palabras "Nuestro Padre el Sol”, que era lenguaje de los Incas y manera de veneración y acatamiento dezirlas siempre que nombravan al Sol, por­ que se preciavan descendir dél, y al que no era Inca no le era lícito tomarlas en la boca, que fuera blasfemia y lo apedrearan. Dixo el Inca: —Nuestro Padre el Sol, viendo los hombres tales como te he dicho, se apiadó y huvo lástima dellos y embió del cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos para que los doctrinassen en el conoscimiento de Nuestro Padre el Sol, para que lo adorassen y tuviessen por su Dios y para que les diessen preceptos y leyes en que viviessen como hombres en razón y urbanidad, para que habitassen en casas y pueblos poblados, supiessen labrar las tierras, cultivar las plantas y miesses, criar los gana­ dos y gozar dellos y de los frutos de la tierra como hombres racionales y no como bestias. Con esta orden y mandato puso Nuestro Padre el Sol estos dos hijos suyos en la laguna Titicaca, que está ochenta leguas de aquí, y les dixo que fuessen por do quisiessen y, doquiera que parassen a comer o a dormir, procurassen hincar en el suelo una barrilla de oro de media vara en largo y dos dedos en gruesso que les dió para señal y muestra, que, donde aquella barra se les hudiesse con solo un golpe que con ella diessen en tierra, allí quería el Sol Nuestro Padre que parassen y hiziessen su assiento y corte. A lo último les dixo: "Cuando hayáis reduzido essas gentes a nuestro servicio, los mantendréis en razón y justicia, con piedad, clemencia y mansedumbre, haziendo, en todo, oficio de padre piadoso para con sus hijos tiernos y amados, a imitación y semejanza mía, que a todo el mundo hago bien, que les doy mi luz y claridad para que vean y hagan sus haziendas y les caliento cuando han frío y crío sus pastos y sementeras, hago frutificar sus árboles y multiplico sus ganados, lluevo y sereno a sus tiempos y tengo cuidado de dar una buelta cada día al mundo por ver las necessidades que en la tierra se ofrescen, para las proveer y socorrer como sustentador y bien­ hechor de las gentes. Quiero que vosotros imitéis este exemplo como hijos míos, embiados a la tierra sólo para la doctrina y beneficio de essos hombres, que viven como bestias. Y desde luego os constituyo y nombro por Reyes y señores de todas las gentes que assí dotrináredes con vuestras buenas razones, obras y govierno”. Haviendo declarado su voluntad Nuestro Padre el Sol a sus dos hijos, los despidió de sí. Ellos salieron de Titicaca y caminaron al sententrión, y por todo el camino, doquiera que, paravan, tentavan hincar la barra de oro y nunca se les hundió. Assí entraron en una venta o dormitorio pequeño, que está siete o ocho leguas al mediodía desta ciudad, que hoy llaman Pacárec Tampu, que 41

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quiere dezir venta o dormida que amanezce. Púsole este nombre el Inca porque salió de aquella dormida al tiempo que amanescía. Es uno de los pueblos que este Príncipe mandó poblar después, y sus moradores se jatan hoy grandemente del nombre, porque lo impuso nuestro Inca. De allí llegaron él y su mujer, nuestra Reina, a este valle del Cozco, que entonces todo él estava hecho montaña brava.

CAPÍTULO XVI

La fundación del Cozco, ciudad imperial. U

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A PRIMERA parada que en este valle hizieron —dixo el Inca— fué en el cerro llamado Huanacauri, al mediodía desta ciudad. Allí procuró hincar en tierra la barra de oro, la cual con mucha facilidad se les hundió al primer golpe que dieron con ella, que no la vieron más. Entonces dixo nuestro Inca a su hermana y mujer: "En este valle manda Nuestro Padre el Sol que paremos y hagamos nuestro assiento y morada para cumplir su voluntad. Por tanto, Reina y hermana, conviene que cada uno por su parte vamos a convocar y atraher esta gente, para los dotrinar y hazer el bien que Nuestro Padre el Sol nos manda”. Del cerro Huanacauri salieron nuestros primeros Reyes, cada uno por su parte, a convocar las gentes, y por ser aquel lugar el primero de que tenemos noticia que huviessen hollado con sus pies, y por haver salido de allí a bien hazer a los hombres, teníamos hecho en él, como es notorio, un templo para adorar a Nuestro Padre el Sol, en memoria desta merced y beneficio que hizo al mundo. El príncipe fué al setentrión y la princesa al mediodía. A todos los hom­ bres y mujeres que hallavan por aquellos breñales les hablavan y dezían cómo su padre el Sol los havía embiado del cielo para que fuessen maes­ tros y bienhechores de los moradores de toda aquella tierra, sacándoles de la vida ferina que tenían y mostrándoles a bivir como hombres, y que en cumplimiento de lo que el Sol, su padre, les havía mandado, ivan a los convocar y sacar de aquellos montes y malezas y reduzirlos a morar en pueblos poblados y a darles para comer manjares de hom­ bres y no de bestias. Estas cosas y otras semejantes dixeron nuestros Reyes a los primeros salvajes que por estas sierras y montes hallaron, los cuales, viendo aquellas dos personas vestidas y adornadas con los ornamentos que Nuestro Padre el Sol les havía dado (hábito muy dife­ rente del que ellos traían) y las orejas horadadas y tan abiertas como

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sus descendientes las traemos, y que en sus palabras y rostro mostravan ser hijos del Sol y que venían a los hombres para darles pueblos en que viviessen y mantenimientos que comiessen, maravillados por una parte de lo que veían y por otra aficionados de las promesas que les hazían, les dieron entero crédito a todo lo que les dixeron y los adoraron y reverenciaron como a hijos del Sol y obedecieron como a Reyes. Y convocándose los mismos salvajes unos a otros y refiriendo las mara­ villas que havían visto y oído, se juntaron en gran número hombres y mujeres y salieron con nuestros Reyes para los seguir donde ellos quisiessen llevarlos. "Nuestros príncipes, viendo la mucha gente que se les allegava, die­ ron orden que unos se ocupassen en proveer de su comida campestre para todos, por que la hambre no los bolviesse a derramar por los montes; mandó que otros trabajassen en hazer chogas y casas, dando el Inca la traga cómo las havían de hazer. Desta manera se principió a poblar esta nuestra imperial ciudad, dividida en dos medios que llamaron Hanan Cozco, que, como sabes, quiere decir Cozco el alto, y Hurin Cozco, que es Cozco el baxo. Los que atraxo el Rey quiso que poblassen a Hanan Cozco, y por esto le llamaron el alto, y los que convocó la Reina que poblassen a Hurin Cozco, y por esso le llamaron el baxo. Esta división de ciudad no fué para que los de la una mitad se aventajassen de la otra mitad en essenciones y preminencias, sino que todos fuessen iguales como hermanos, hijos de un padre y de una madre. Sólo quiso el Inca que huviesse esta división de pueblo y dife­ rencia de nombres alto y baxo para que quedasse perpetua memoria de que a los unos havía convocado el Rey y a los otros la Reina. Y mandó que entre ellos huviesse sola una diferencia y reconoscimiento de superioridad: que los del Cozco alto fuessen respetados y tenidos como primogénitos, hermanos mayores, y los del baxo fuessen como hijos segundos; y, en suma, fuessen como el brago derecho y el izquierdo en cualquiera preminencia de lugar y oficio, por haver sido los del alto atraídos por el varón y los del baxo por la hembra. A semejanga desto huvo después esta misma división en todos los pueblos grandes o chicos de nuestro Imperio, que los dividieron por barrios o por linajes, diziendo Hanan aillu y Hurin aillu, que es el linaje alto y el baxo; Hanan suyu y Hurin suyu, que es el distrito alto y el baxo. "Juntamente, poblando la ciudad, enseñava nuestro Inca a los indios varones los oficios pertenescientes a varón, como romper y cultivar la tierra y sembrar las miesses, semillas y legumbres que les mostró que eran de comer y provechosas, para lo cual les enseñó a hazer arados y los demás instrumentos necessarios y les dió orden y manera como sacassen acequias de los arroyos que corren por este valle del Cozco, hasta enseñarles a hazer el calgado que traemos. Por otra parte la Reina

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industriava a las indias en los oficios mujeriles, a hilar y texer algodón y lana y hazer de vestir para sí y para sus maridos y hijos: dezíales cómo havían de hazer los demás oficios del servicio de casa. En suma, ninguna cosa de las que pertenescen a la vida humana dexaron nuestros príncipes de enseñar a sus primeros vasallos, haziéndose el Inca Rey maestro de los varones y la Coya Reina maestra de las mujeres”.

CAPÍTULO XVII Lo que reduxo el primer Inca Manco Cdpac.

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¡OS mismos indios nuevamente assí reduzidos, viéndose ya otros y reconosciendo los beneficios que havían recebido, con gran contento y regozijo entravan por las sierras, montes y bre­ ñales a buscar los indios y les davan nuevas de aquellos hijos del Sol y les dezían que para bien de todos ellos se havían aparescido en su tierra, y les contavan los muchos beneficios que les ha­ vían hecho. Y para ser creídos les mostravan los nuevos vestidos y las nuevas comidas que comían y vestían, y que vivían en casas y pueblos. Las cuales cosas, oídas por los hombres silvestres, acudían en gran número a ver las maravillas que de nuestros primeros padres, Reyes y señores, se dezían y publicavan. Y haviéndose certificado dellas por vista de ojos, se quedavan a los servir y obedescer. Y desta manera, llamándose unos a otros y passando la palabra destos a aquéllos, se juntó en pocos años mucha gente, tanta que, passados los primeros seis o siete años, el Inca tenía gente de guerra armada e industriada para se defender de quien quisiesse ofenderle, y aun para traer por fuerga los que no quisiessen venir de grado. Enseñóles hazer armas ofensivas, como arcos y flechas, langas y porras y otras que se usan agora. "Y para abreviar las hazañas de nuestro primer Inca, te digo que hazia el levante reduxo hasta el río llamado Paucartampu y al poniente conquistó ocho leguas hasta el gran río llamado Apurímac y al medio­ día atraxo nueve leguas hasta Quequesana. En este distrito mandó poblar nuestro Inca más de cien pueblos, los mayores de a cien casas y otros de a menos, según la capacidad de los sitios. Éstos fueron los primeros principios que esta nuestra ciudad tuvo para haverse fun­ dado y poblado como la vees. Éstos mismos fueron los que tuvo este nuestro grande, rico y famoso Imperio, que tu padre y sus compañe­ ros nos quitaron. Éstos fueron nuestros primeros Incas y Reyes, que

Libro Primero de los Comentarios Reales de los Incas

vinieron en los primeros siglos del mundo, de los cuales descienden los demás Reyes que hemos tenido, y destos mesmos descendemos todos nosotros. Cuántos años ha que el Sol Nuestro Padre embió estos sus primeros hijos, no te lo sabré dezir precisamente, que son tantos que no los ha podido guardar la memoria; tenemos que son más de cuatro­ cientos. Nuestro Inca se llamó Manco Cápac y nuestra Coya Mama Ocllo Huaco. Fueron, como te he dicho, hermanos, hijos del Sol y de la Luna, nuestros padres. Creo que te he dado larga cuenta de lo que me la pediste y respondido a tus preguntas, y por no hazerte llorar no he recitado esta historia con lágrimas de sangre, derramadas por los ojos, como las derramo en el corazón, del dolor que siento de ver nuestros Incas acabados y nuestro Imperio perdido”. Esta larga relación del origen de sus Reyes me dió aquel Inca, tío de mi madre, a quien yo se la pedí, la cual yo he procurado traduzir fielmente de mi lengua materna, que es la del Inca, en la ajena, que es la castellana, aunque no la he escrito con la majestad de palabras que el Inca habló ni con toda la significación que las de aquel lenguaje tiene, que, por ser tan significativo, pudiera haverse estendido mucho más de lo que se ha hecho. Antes la he acortado, quitando algunas cosas que pudieran hazerla odiosa. Empero, bastará haver sacado el verdadero sentido dellas, que es lo que conviene a nuestra historia. Otras cosas semejantes, aunque pocas, me dixo este Inca en las visitas y pláticas que en casa de mi madre se hazían, las cuales pondré adelante en sus lugares, citando el autor, y pésame de no haverle preguntado otras muchas para tener ahora la noticia dellas, sacadas de tan buen archivo, para escrevirlas aquí.

CAPÍTULO XVIII De fábulas historiales del origen de los Incas. 2TRA fábula cuenta la gente común del Perú del origen de sus Reyes Incas, y son los indios que caen al mediodía del Cozco, que llaman Collasuyu, y los del poniente, que llaman Cuntisuyu. Dizen que passado el diluvio, del cual no saben dar más razón de dezir que lo huvo, ni se entiende si fué el ge­ neral del tiempo de Noé o alguno otro particular, por lo cual dexaremos de dezir lo que cuentan dél y de otras cosas semejantes, que de la manera que las dizen más parescen sueños o fábulas mal ordenadas que sucessos historiales; dizen, pues, que, cessadas las aguas, se aparesció un

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CAPITULO XIX

Protestación del autor sobre la historia.

A QUE hemos puesto la primera piedra de nuestro edificio, aunque fabulosa, en el origen de los Incas Reyes del Perú, será razón passemos adelante en la conquista y redución de los indios, estendiendo algo más la relación sumaria que me dió aquel Inca con la relación de otros muchos Incas e indios naturales de los pueblos que este primer Inca Manco Cápac mandó blar y reduxo a su Imperio, con los cuales me crié y comuniqué hasta los veinte años. En este tiempo tuve noticia de todo lo que vamos escriviendo, porque en mis niñezes me contavan sus historias como se cuen­ tan las fábulas a los niños. Después, en edad más crescida, me dieron larga noticia de sus leyes y govierno, cotejando el nuevo govierno_.de los españoles con el de los Incas, dividiendo en particular los delitos y las penas y el rigor dellas. Dezíanme cómo procedían sus Reyes en paz y en guerra, de qué manera tratavan a sus vassallos y cómo eran servi­ dos dellos. Demás desto, me contavan, como a proprio hijo, toda su idolatría, sus ritos, cerimonias y sacrificios, sus fiestas principales y no principales, y cómo las celebravan. Dezíanme sus abusos y supers­ ticiones, sus agüeros malos y buenos, assí los que miravan en sus sacri­ ficios como fuera dellos. En suma, digo que me dieron noticia de todo lo que tuvieron en su república, que, si entonces lo escriviera, fuera más copiosa esta historia. Demás de havérmelo dicho los indios, alcancé y vi por mis ojos mucha parte de aquella idolatría, sus fiestas y supers­ ticiones, que aun en mis tiempos, hasta los doze o treze años de mi edad, no se havían acabado del todo. Yo nascí ocho años después que los españoles ganaron mi tierra y, como lo he dicho, me crié en ella hasta los veinte años, y assí vi muchas cosas de las que hazían los indios en aquella su gentilidad, las cuales contaré diziendo que las vi. Sin la relación que mis parientes me dieron de las cosas dichas y sin lo que yo vi, he havido otras muchas relaciones de las conquistas y’hechos de aquellos Reyes. Porque luego que propuse escrevir esta historia, escreví a los condiscípulos de escuela y gramática, encargándoles que cada uno me ayudasse con la relación que pudiesse haver de las> particulares con­ quistas que los Incas hizieron de las provincias de sus madres, porque cada provincia tiene sus cuentas y ñudos con sus historias anales y la tradición dellas, y por esto retiene mejor lo que en ella passó que lo que passó en la ajena. Los condiscípulos, tomando de veras lo que les pedí, cada cual dellos dió cuenta de mi intención a su madre y parien­ tes, los cuales, sabiendo que un indio, hijo de su tierra, quería escrevir los sucessos della, sacaron de sus archivos las relaciones que tenían de sus historias y me las embiaron, y assí tuve la noticia de los hechos y

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conquistas de cada Inca, que es la misma que los historiadores españoles tuvieron, sino que ésta será más larga, como lo advertiremos en muchas partes della. Y por que todos los hechos deste primer Inca son princi­ pios y fundamento de la historia que hemos de escrevir, nos valdrá mucho dezirlos aquí, a lo menos los más importantes, por que no los repitamos adelante en las vidas y hechos de cada uno de los Incas, sus descendientes, porque todos ellos generalmente, assí los Reyes como los no Reyes, se preciaron de imitar en todo y por todo la condición, obras y costumbres deste primer príncipe Manco Cápac. Y dichas sus cosas, havremos dicho las de todos ellos. Iremos con atención de dezir las hazañas más historiales, dexando otras muchas por impertinentes y prolixas, y aunque algunas cosas de las dichas y otras que se dirán parezcan fabulosas, me paresció no dexar de escrevirlas por no quitar los fundamentos sobre que los indios se fundan para las cosas mayores y mejores que de su Imperio cuentan. Porque, en fin fin, destos princi­ pios fabulosos procedieron las grandezas que en realidad de verdad possee hoy España, por lo cual se me permitirá dezir lo que conviniere para la mejor noticia que se pueda dar de los principios, medios y fines de aquella monarquía, que yo protesto dezir llanamente la relación que mamé en la leche y la que después acá he havido, pedida a los proprios míos, y prometo que la afición dellos no sea parte para dexar de dezir la verdad del hecho, sin quitar de lo malo ni añadir a lo bueno que tuvieron, que bien sé que la gentilidad es un mar de errores, y no escriviré novedades que no se hayan oído, sino las mismas cosas que los historiadores españoles han escrito de aquella tierra y de los Reyes della y alegaré las mismas palabras dellos donde conviniere, para que se vea que no finjo ficciones en favor de mis parientes, sino que digo lo mismo que los españoles dixeron. Sólo serviré de comento para declarar y ampliar muchas cosas que ellos asomaron a dezir y las dexaron imperfectas por haverles faltado relación entera. Otras muchas se añadirán que faltan de sus historias y passaron en hecho de verdad, y algunas se quitarán que sobran, por falsa relación que tuvieron, por no saberla pedir el español con distincción de tiempos y edades y divi­ sión de provincias y nasciones, o por no entender al indio que se la dava o por no entenderse el uno al otro, por la dificultad del lenguaje. Que el español que piensa que sabe más dél, iñora de diez partes las nueve, por las muchas cosas que un mismo vocablo significa y por las diferentes pronunciaciones que una misma dicción tiene para muy dife­ rentes significaciones, como se verá adelante en algunos vocablos, que será forgoso traerlos a cuenta. Demás desto, en todo lo que desta república, antes destruida que conoscida, dixere, será contando llanamente lo que en su antigüedad tuvo de su idolatría, ritos, sacrificios y ceremonias, y en su govierno,

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leyes y costumbres, en paz y en guerra, sin comparar cosa alguna déstas a otras semejantes que en las historias divinas y humanas se hallan, ni al govierno de nuestros tiempos, porque toda comparación es odiosa. El que las leyere podrá cotejarlas a su gusto, que muchas hallará seme­ jantes a las antiguas, assi de la Sancta Escritura como de las profanas y fábulas de la gentilidad antigua. Muchas leyes y costumbres verá que parescen a las de nuestro siglo, otras muchas oirá en todo contrarias. De mi parte he hecho lo que he podido, no haviendo podido lo que he desseado. Al discreto lector suplico reciba mi ánimo, que es de darle gusto y contento, aunque las fuerzas ni el habilidad de un indio nascido entre los indios y criado entre armas y cavallos no puedan llegar allá.

CAPITULO XX

Los pueblos que mandó poblar el primer Inca.

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JOL VIENDO al Inca Manco Cápac, dezimos que después de haver fundado la ciudad del Cozco, en las dos parcialidades que atrás quedan dichas, mandó fundar otros muchos pue­ blos. Y es assí que al oriente de la ciudad, de la gente que por aquella vanda atraxo, en el espacio que hay hasta el río lla­ mado Paucartampu, mandó poblar, a una y a otra vanda del camino real de Antisuyu, treze pueblos, y no los nombramos por escusar prolixidad: casi todos o todos son de la nasción llamada Poques. Al poniente de la ciudad, en espacio de ocho leguas de largo y nueve o diez de ancho, mandó poblar treinta pueblos que se derraman a una mano y otra del camino real de Cuntisuyu. Fueron estos pueblos de tres nasciones de diferentes apellidos, conviene a saber: Masca, Chillqui, Pap’ri. Al norte de la ciudad se poblaron veinte pueblos, de cuatro apellidos que son: Mayu, Qancu, Chinchapucyu, Rimactampu. Los más destos pueblos es­ tán en el hermoso valle de Sacsahuana, donde fué la batalla y prisión de Gongalo Pigarro. El pueblo más alexado destos está a siete leguas de la ciudad, y los demás se derraman a una mano y a otra del camino real de Chinchasuyu. Al mediodía de la ciudad se poblaron treinta y ocho o cuarenta pueblos, los diez y ocho de la nasción Ayarmaca, los cuales se derramavan a una mano y a otra del camino real de Collasuyu por espacio de tres leguas de largo, empegando del paraje de las Salinas, que están una legua pequeña de la ciudad, donde fué la batalla lamentable de Don Diego de Almagro el Viejo y Hernando

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Pigarro. Los demás pueblos son de gentes de cinco o seis apellidos, que son: Quespicancha, Muina, Urcos, Quéhuar, Huáruc, Cauiña. Esta nasción Cauiña se preciava, en su vana creencia, que sus primeros padres havían salido de una laguna, adonde dezían que bolvían las ánimas de los que morían, y que de allí bolvían a salir y entravan en los cuer­ pos de los que nascían. Tuvieron un ídolo de espantable figura a quien hazían sacrificios muy bárbaros. El Inca Manco Cápac les quitó los sacrificios y el ídolo, y les mandó adorar al Sol, como a los demás sus vassallos. Estos pueblos, que fueron más de ciento, en aquellos principios fueron pequeños, que los mayores no passavan de cien casas y los meno­ res eran de a veinte y cinco y treinta. Después, por los favores y previlegios que el mismo Manco Cápac les dió, como luego diremos, crescieron en gran número, que muchos dellos llegaron a tener mil vezinos y los menores a trezientos y a cuatrocientos. Después, mucho más ade­ lante, por los mismos previlegios y favores que el primer Inca y sus descendientes les havían hecho, los destruyó el gran tirano Atauhuallpa, a unos más y a otros menos, y a muchos dellos asoló del todo. Ahora, en nuestros tiempos, de poco más de veinte años a esta parte, aquellos pueblos que el Inca Manco Cápac mandó poblar, y casi todos los demás que en el Perú havía, no están en sus sitios antiguos, sino en otros muy diferentes, porque un visorrey, como se dirá en su lugar, los hizo redu­ zir a pueblos grandes, juntando cinco y seis en uno y siete y ocho en otro, y más y menos, como acertavan a ser los poblezuelos que se reduzían, de lo cual resultaron muchos inconvenientes, que por ser odiosos se dexan de dezir.

CAPÍTULO XXI La enseñanca que el Inca hazía a sus vasallos. jL INCA Manco Cápac, yendo poblando sus pueblos junta­ mente con enseñar a cultivar la tierra a sus vasallos y labrar las casas y sacar acequias y hazer las demás cosas necessarias para la vida humana, les iva instruyendo en la urbanidad, compañía y hermandad que unos a otros se havían de hazer, lo que la razón y ley natural les enseñava, persuadiéndoles con mucha eficacia que, para que entre ellos huviesse perpetua paz y concordia y no nasciessen enojos y passiones, hiziessen con todos lo que quisieran que todos hizieran con ellos, porque no se permitía querer una

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ley para sí y otra para los otros. Particularmente les mandó que se respectassen unos a otros en las mujeres y hijas, porque esto de las mujeres andava entre ellos más bárbaro que otro vicio alguno. Puso pena de muerte a los adúlteros y a los homicidas y ladrones. Mandóles que no tu­ viessen más de una mujer y que se casassen dentro en su parentela por que no se confundiessen los linajes, y que se casassen de veinte años arriba, por que pudiessen governar sus casas y trabajar en sus haziendas. Mandó recoger el ganado manso que andava por el campo sin dueño, de cuya lana los vistió a todos mediante la industria y enseñanza que la Reina Mama Ocllo Huaco havía dado a las indias en hilar y texer. Enseñóles a hazer el calcado que hoy traen, llamado usuta. Para cada pueblo o nasción de las que reduxo eligió un curaca, que es lo mismo que caci­ que en la lengua de Cuba y Sancto Domingo, que quiere dezir señor de vassallos. Eligiólos por sus méritos, los que havían trabajado más en la redución de los indios, mostrándose más afables, mansos y pia­ dosos, más amigos del bien común, a los cuales constituyó por señores de los demás, para que los doctrinassen como padres a hijos. A los indios mandó que los obedesciessen como hijos a padres. Mandó que los frutos que en cada pueblo se cogían se guardassen en junto para dar a cada uno lo que huviesse menester, hasta que huviesse dispusición de dar tierras a cada indio en particular. Juntamente con estos preceptos y ordenanzas, les enseñava el culto divino de su ido­ latría. Señaló sitio para hazer templo al Sol, donde le sacrificassen, persuadiéndoles que lo tuviessen por principal Dios, a quien adorassen y rindiessen las gracias de los beneficios naturales que les hazia con su luz y calor, pues veían que les produzía sus campos y multiplicava sus ganados, con las demás mercedes que cada día recibían. Y que parti­ cularmente devían adoración y servicio al Sol y a la Luna, por haverles embiado dos hijos suyos, que, sacándolos de la vida ferina que hasta entonces havían tenido, los huviessen reduzido a la humana que al pre­ sente tenían. Mandó que hiziessen casa de mujeres para el Sol, cuando huviesse bastante número de mujeres de la sangre real para poblar la casa. Todo lo cual les mandó que guardassen y cumpliessen como gente agradescida a los beneficios que havían recebido, pues no los podían negar. Y que de parte de su padre el Sol les prometía otros muchos bie­ nes si assí lo hiziessen, y que tuviessen por muy cierto que no dezía él aquellas cosas de suyo, sino que el Sol se las revelava y mandava que de su parte las dixesse a los indios, el cual, como padre, le guiava y adestrava en todos sus hechos y dichos. Los indios, con la simplicidad que entonces y siempre tuvieron hasta nuestros tiempos, creyeron todo lo que el Inca les dixo, principalmente el dezirles que era hijo del Sol, porque también entre ellos hay nasciones que se jatan descendir de semejantes fábulas, como adelante diremos, aunque no supieron escoger tan

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bien como el Inca porque se precian de animales y cosas baxas y terres­ tres. Cotejando los indios entonces y después sus descendencias con la del Inca, y viendo que los beneficios que les havía hecho lo tes tífica van, creyeron firmíssimamente que era hijo del Sol, y le prometieron guar­ dar y cumplir lo que les mandava, y en suma le adoraron por hijo del Sol, confessando que ningún hombre humano pudiera haver hecho con ellos lo que él, y que assí creían que era hombre divino, venido del cielo.

CAPÍTULO XXII

Las insignias favorables que el Inca dió a los suyos. |N LAS cosas dichas y otras semejantes se ocupó muchos años el Inca Manco Cápac, en el beneficio de sus vassallos, y ha­ viendo esperimentado la fidelidad dellos, el amor y respecto con que le servían, la adoración que le hazían, quiso, por obligarles más, ennoblecerlos con nombres e insignias de las que el Inca traía en su cabera, y esto fué después de haverles persua­ dido que era hijo del Sol, para que las tuviessen en más. Para lo cual es de saber que el Inca Manco Cápac, y después sus descendientes, a imitación suya, andavan tresquilados y no traían más de un dedo de cabello. Tresquilávanse con navajas de pedernal, rogando el cabello hazia abajo, y lo dexavan del altor que se ha dicho . Usavan de las navajas de pedernal porque no hallaron la invención de las tiseras. Trasquilávanse con mucho trabajo, como cada uno puede imaginar, por lo cual, viendo después la facilidad y suavidad del cortar de las tiseras, dixo un Inca a un condiscípulo nuestro del leer y escrevir: "Si los españoles, vuestros padres, no huvieran hecho más de traernos tiseras, espejos y peines, les huviéramos dado cuanto oro y plata teníamos en nuestra tierra”. Demás de andar tresquilados, traían las orejas horadadas, por donde común­ mente las horadan las mujeres para los garcillos, empero hazían crescer el horado con artificio (como más largo en su lugar diremos) en estraña grandeza, increíble a quien no la huviere visto, porque paresce impossible que tan poca carne como la que hay debaxo de la oreja venga a crecer tanto que sea capaz de recebir una orejera del tamaño y forma de una rodaja de cántaro, que semejantes a rodajas eran las orejeras que ponían en aquellos lazos que de sus orejas hazían, los cuales lazos, si acertavan romperlos, quedavan de una gran cuarta de vara de medir

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en largo, y de grueso como la mitad de un dedo. Y porque los indios las traían de la manera que hemos dicho, les llamaron Orejones los españoles. Traían los Incas en la cabera, por tocado, una trenca que llaman llautti. Hazíanla de muchas colores y del ancho de un dedo, y poco menos gruessa. Esta trenca rodeavan a la cabega y davan cuatro o cinco bueltas y quedava como una guirnalda. Estas tres divisas, que son el llautu y el trasquilarse y traer las orejas horadadas, eran las principales que el Inca Manco Cápac traía, sin otras que adelante diremos, que eran insignias de la personal real, y no las podía traer otro. El primer privi­ legio que el Inca dió a sus vassallos fué mandarles que a imitación suya truxessen todos en común la trenga en la cabega, empero que no fuesse de todas colores, como la que el Inca traía, sino de un color solo y que fuesse negro. Haviendo passado algún tiempo en medio, les hizo gracia de la otra divisa, que ellos tuvieron por más favorable, y fué mandarles que anduviessen tresquilados, empero con diferencia de unos vasallos a otros y de todos ellos al Inca, por que no huviesse confusión en la división que mandava hazer de cada provincia y de cada nasción, ni se semejassen tanto al Inca que no huviesse mucha disparidad de él a ellos, y assí mandó que unos truxessen una coleta de la manera de un bonete de orejas, esto es, abierta por la frente hasta las sienes, y que por los lados llegasse el cabello hasta lo último de las orejas. A otros mandó que truxessen la coleta a media oreja y otros más corta, empero que nadie llegasse a traer el cabello tan corto como el Inca. Y es de adyertir que todos estos indios, principalmente los Incas, tenían cuidado de no dexar crecer el cabello, sino que lo traían siempre en un largo, por no parescer unos días de una divisa y otros días de otra. Tan nivelados como esto andavan todos ellos en lo que tocava a las divisas y diferencias de las cabegas, porque cada nasción se preciava de la suya, y más déstas que fueron dadas por la mano del Inca.

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CAPÍTULO XXIII

Otras insignias mas favorables, coh el nombre Inca.

1 ALGUNA mujer que no fuesse Palla, aunque fuesse mujer . de curaca, que es señor de vassallos, iva a visitar a la Palla de la sangre real, no llevava hazienda suya que hazer; mas luego, passadas las primeras palabras de la visita o de la adoración, que más era adorarla, pedía que le diessen qué hazer, dando a entender que no iva a visitar, por no ser igual, sino a servir como inferior a superior. La Palla, por gran favor, correspondía a esta demanda con darle algo de lo que ella misma hazía o alguna de sus hijas, por no la igualar con las criadas si mandasse darle de lo que ellas hazían. El cual favor era todo lo que podía desear la que visitava, por ha verse humanado la Palla a igualarla consigo o con sus hijas. Con semejante correspondencia de afabilidad a humildad, que en toda cosa mostravan, se tratavan las mujeres y los hombres en aquella repú­ blica, estudiando los inferiores cómo servir y agradar a los superiores, y los superiores cómo regalar y favorescer a los inferiores, desde el Inca, que es el Rey, hasta el más triste llainamíchec, que es pastor. La buena costumbre de visitarse las indias unas a otras, llevando sus labores consigo, la imitaron las españolas en el Cozco y la guardaron con mucha loa dellas hasta la tiranía y guerra de Francisco Hernández Gi-

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rón, la cual destruyó esta virtud, como suele destruir todas las que halla en su juridición tiránica y cruel. Olvidado se me havía dezir cómo remienda la gente común su ropa, que es de notar. Si la ropa de su vestir o cualquiera otra de su servicio se le rompe, no por vejez sino por accidente, que se la rompa algún garrancho o se la queme alguna centella de fuego o otra desgracia semejante, la toman, y con una aguja hecha de una espina (que no supieron hazerlas de metal) y una hebra de hilo del mismo color y del mismo gruesso de la ropa, la buelven a texer, passando primero los hilos de la urdiembre por los mismos hilos rotos, y bolviendo por los de la trama quinze o veinte hilos a una parte y a otra más adelante de lo roto, donde los cortavan, y bolvían con el mismo hilo, cruzando y texiendo siempre la trama con la urdiembre y la urdiembre con la trama, de manera que, hecho el remiendo, parescía no haver sido roto. Y aunque fuesse la rotura como la palma de la mano y mayor, la remendavan como se ha dicho, sirviéndose de bastidor de la bo­ ca de una olla o de una calabaza partida por medio, para que la tela estuviesse tirante y pareja. Reíanse del remendar de los españoles; verdad sea que es diferente texido el de los indios, y la ropa española no sufre aquella manera de remendar. También es de notar que el hogar que en sus casas tenían para guisar de comer eran hornillos hechos de barro, grandes o chicos, conforme a la possibilidad de sus dueños. El fuego les davan por la boca, y por lo alto les hazían un agujero o dos o tres, según los platos que comían, donde ponían las ollas que guisavan. Esta curiosidad tenían como gente aplicada, por que no se desperdiciasse el fuego ni se gastasse más leña de la que fuesse menester; admirávanse del desperdicio que los españoles hazían della. Resta dezir de las mujeres públicas, las cuales permitieron los Incas por evitar mayores daños. Vivían en los campos, en una malas chocas, cada una de por sí y no juntas. No podían entrar en los pueblos por que no comunicassen con las otras mujeres. Llámanles pampairuna, nombre que significa la morada y el oficio, porque es compuesto de pampa, que es plaga o campo llano (que ambas significaciones contie­ ne), y de runa, que en singular quiere dezir persona, hombre o mujer, y en plural quiere dezir gente. Juntas ambas dicciones, si las toman en la significación del campo, pampairuna quiere dezir gente que vive en el campo, esto es por su mal oficio; y si las toman en la significación de plaga, quiere dezir persona o mujer de plaga, dando a entender que, como la plaga es pública y está dispuesta para recebir a cuantos quieren ir a ella, assí lo están ellas y son públicas para todo el mundo. En suma, quiere dezir mujer pública. Los hombres las tratavan con grandíssimo menosprecio. Las mujeres no hablavan con ellas, so pena de haver el mismo nombre y ser tres-

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quitadas en público y dadas por infames y ser repudiadas de los maridos, si eran casadas. No tas llamavan por su nombre proprio, sino pampairuna, que es ramera.

CAPÍTULO XV

Inca Roca, sesto Rey, conquista muchas naciones, y entre ellas los Chancas y Hancohuallu. ¡L REY Inca Roca, cuyo nombre, según atrás queda dicho por el Maestro Blas Valera, significa príncipe prudente y maduro, muerto su padre tomó la borla colorada, y, havien­ do cumplido con las solenidades del entierro, visitó su reino: gastó en la visita los primeros tres años de su reinado. Lue­ go mandó apercebir gente de guerra para passar adelante en su con­ quista por la vanda de Chinchasuyu, que es al setentrión del Cozco. Man­ dó que se hiziesse una puente en el río Apurímac, que es la que está en el camino real del Cozco a la Ciudad de los Reyes, porque le paresció cosa indigna, que, siendo ya Rey, passasse su exército aquel río en balsas, como lo passó cuando era príncipe. Entonces no la mandó hazer el Inca passado porque no tenía sujetas las provincias de la comarca, como al presente lo estavan. Hecha la puente, salió el Inca del Cozco con veinte mil hombres de guerra y cuatro maesses de campo. Mandó que el exército passasse la nueva puente en escuadrón formado de tres hombres por fila, para perpetua memoria de su estrena. Llegó al valle Amáncay, que quiere dezir agucena, por la infinidad que dellas se cría en aquel valle. Aquella flor es diferente en forma y olor de la de España, porque la flor aman­ cay es de forma de una campana y el tallo verde, liso, sin hojas y sin olor ninguno. Solamente porque se paresce a la azucena en las colores blanca y verde, la llamaron assí los españoles. De Amáncay echó a mano derecha del camino hazia la gran cordillera de la Sierra Nevada, y entre la cor­ dillera y el camino halló pocos pueblos, y éssos reduxo a su Imperio. Llámanse estas naciones Tacmara y Quiñualla. De allí passó a Cocha­ cassa, donde mandó hazer un gran pósito. De allí fué a Curampa, y con gran facilidad reduxo aquellos pueblos, porque son de poca gente. De Curampa fué a la gran provincia llamada Antahuailla, cuyos mora­ dores se estienden a una mano y a otra del camino real, por espacio de diez y seis o diez y siete leguas. Es gente rica y muy belicosa. Esta nación se llama Chanca; jáctanse descendir de un león, y assí lo tenían y adora-

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van por dios, y en sus grandes fiestas, antes y después de ser conquistados por los Reyes Incas, sacavan dos dozenas de indios de la misma manera que pintan a Hércules, cubierto con el pellejo del león, y la cabera del indio metida en la cabega del león. Yo las vi assi en las fiestas del Sanctissimo Sacramento, en el Cozco. Debaxo deste apellido Chanca se encierran otras muchas naciones, como son Hancohuallu, Utunsulla, Uramarca, Uillca y otras, las cua­ les se jactan descendir de diversos padres, unas de una fuente, otras de una laguna, otras de un collado muy alto; y cada nación tenia por dios a lo que tenía por padre, y le ofrescía sacrificios. Los antepassados de aquellas naciones vinieron de lexos tierras y conquistaron muchas provincias, hasta llegar donde entonces estavan, que es la provincia Antahuailla, la cual ganaron por fuerga de armas, y echaron sus antiguos moradores fuera della y arrinconaron y estrecharon a los indios Quechuas en sus provincias, ganándoles muchas tierras; sujetáronles a que les diessen tributo; tratávanlos con tirania; hizieron otras cosas famosas de que hoy se precian sus descendientes. De todo lo cual iva bien informado el Rey Inca Roca, y assí, llegando a los términos de la provincia Anta­ huailla, embió a los Chancas los requirimientos acostumbrados, que se sometiessen a los hijos del Sol o se apercibiessen a las armas. Aquellas naciones se juntaron para responder al requirimiento, y tuvieron diver­ sos pareceres, porque se dividieron en dos parcialidades. Los unos dezían que era muy justo recibiessen al Inca por señor, que era hijo del Sol. Los otros dezían en contrario (y éstos eran los descendientes del león), que no era justo reconoscer señorío ajeno, siendo señores de tantos vassa­ llos y descendientes de un león; que su descendencia sabían, y no querían creer que el Inca fuesse hijo del Sol; que, conforme al blasón dellos y a las hazañas de los Chancas, sus passados, más honroso les era presumir sujetar otras naciones a su imperio, que no hazerse súbditos del Inca sin haver hecho la última prueva del valor de sus bragos, por lo cual era mejor resistir al Inca y no obedescerle con tanta vileza de ánimo que al primer recaudo se le rindiessen sin desplegar sus vanderas ni haver sacado sus armas al campo. En estas diferencias estuvieron muchos días los Chancas, ya resuel­ tos de recebirle, ya determinados de resistir, sin concordarse. Lo cual, sabido por el Inca, determinó entrar por la provincia para amedrentar­ los, por que no tomassen ánimo y osadía viendo su mansedumbre y blan­ dura; y también porque, confiados en sus muchas victorias passadas, no se desvergongassen a hazer algún desacato a su persona con que le forgassen a les hazer cruel guerra y castigo riguroso. Mandó a sus maesses de campo que entrassen en la provincia Antahuailla, y juntamente em­ bió un mensajero a los Chancas diziéndoles que lo recibiessen por señor o apercibiessen las gargantas, que los havía de passar todos a cuchillo,

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porque ya no se podía sufrir la pertinacia y rebeldía que hasta allí havían tenido. Los Chancas, viendo la determinación del Inca, y sabiendo que venían en su exército muchos Quechuas y otras naciones que de tiempos passados tenían ofendidas, baxaron la sobervia y recibieron el yugo de los Incas, más por temor de sus armas y por que no se vengassen sus enemigos que no por amor de sus leyes y govierno. Y assí le embiaron a dezir que llanamente le obedecían por señor y se sometían a sus leyes y ordenanzas. Mas el rancor del coragon no lo perdieron, como adelante veremos. El Inca, haviendo dexado los ministros necessarios, passó adelante en su conquista a otra provincia que llaman Uramarca, que también es del apellido Chanca, pequeña de términos, aunque muy poblada de gente brava y guerrera, la cual se reduxo con algún desabrimiento y resisten­ cia. Y si al ánimo gallardo y belicoso igualaran las fuergas, resistieran de veras, que ya por este paraje no se mostravan los indios tan blandos y amorosos para con los Incas como se mostraron los de Contisuyu y Colla­ suyu; mas al fin, aunque con señal de disgusto, se rindieron los de Uramarca. De allí passó el Inca a la provincia y nación llamada Hancohuallu y Uillca, que los españoles llaman Vilcas, y con la misma pesa­ dumbre se sujetaron a su imperio, porque estas naciones, que también son Chancas, eran señores de otras provincias que havían sujetado con las armas, y de día en día ivan ganando con mucha ambición y tratavan los nuevamente ganados con sobervia y tiranía; la cual reprimió el Rey Inca Roca con sujetarlos a su obediencia, de que todos ellos quedaron muy lastimados y guardaron el rancor en su$ ánimos. En ambas estas provincias sacrificavan niños a sus dioses en sus fiestas principales. Lo cual, sabido por el Inca, les hizo una plática persuadiéndoles adorassen al Sol y quitassen aquella crueldad de entre ellos; y por que no la usassen de allí adelante, les puso ley, pronunciándola por su propria boca, por que fuesse más respetada, y les dixo que por un niño que sacrificassen los passaría todos a cuchillo y poblaría sus tierras de otras naciones que amassen a sus hijos y no los matassen. Lo cual sintieron aquellas provin­ cias gravíssimamente, porque estavan persuadidos de los demonios, sus dioses, que era el sacrificio más agradable que les hazían. De Uillca torció el camino a mano izquierda al poniente, que es hazia la costa de la mar, y llegó a una de dos provincias muy grandes, ambas de un mismo nombre, Sulla, aunque para diferenciar la una de la otra llaman la una dellas Utumsulla. Estas dos provincias abragan entre sí muchas naciones de diversos nombres, unas de mucha gente y otras de poca, que, por excusar hastío, no se refieren, mas de que passavan de cuarenta mil vezinos, con los cuales gastó el Inca muchos meses (y aun dizen los naturales que tres años) por no romper y llegar a las armas, sino atraherlos por caricias y regalos. Mas aquellos indios, viéndose tantos

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en número, y ellos de suyo belicosos y rústicos, estuvieron muchas vezes a punto de romper la guerra. Empero, la buena maña del Inca y su mucha afabilidad pudieron tanto que al fin de aquel largo tiempo se reduxeron a su servicio y abracaron sus leyes y admitieron los governadores y minis­ tros que el Inca les dixo. El cual se bolvió al Cozco con esta victoria. En las dos últimas provincias que conquistó este Inca, llamadas Sulla y Utunsulla, se han descubierto de treinta y dos años a esta parte algunas minas de plata y otras de azogue, que son riquíssimas y de grande importancia para fundir el metal de plata.

CAPÍTULO XVI

El príncipe Yabuarbuácac y la interpretación de su nombre.

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?ASSADOS algunos años, que el Rey Inca Roca gastó en paz ¡ y quietud en el govierno de sus reinos, le paresció embiar al príncipe heredero, llamado Yáhuar Huácac, su hijo, a ' la conquista de Antisuyu, que es al levante del Cozco y 1 cerca de la ciudad; porque por aquella vanda no se havía alargado su Imperio más de lo que el primer Inca Manco Cápac dexó ganado, hasta el río Paucartampu. Antes que passemos adelante, será bien declaremos la significación del nombre Yáhuar Huácac y la causa por que se lo dieron a este príncipe. Dizen los indios que cuando niño, de tres o cuatro años, lloró sangre. Si fué sola una vez o muchas, no lo saben dezir; debió ser que tuviesse algún mal de ojos, y que el mal causasse alguna sangre en ellos. Otros dizen que nasció llorando sangre, y esto tienen por más cierto. También pudo ser que sacasse en los ojos algunas gotas de sangre de la madre, y como tan agoreros y supersticiosos dixeron que eran lágrimas del niño. Como quiera que haya sido, certifican que lloró sangre, y como los indios fueron tan dados a hechizerías, haviendo sucedido el agüero en el príncipe heredero miraron más en ello y tuviéronlo por agüero y pronóstico in­ felice, y temieron en su príncipe alguna gran desdicha o maldición de su padre, el Sol, como ellos dezían. Ésta es la dedución del nombre Yá­ huar Huácac, y quiere dezir el que llora sangre, y no lloro de sangre, como algunos interpretan; y el llorar fué cuando niño y no cuando hombre, ni por verse vencido y preso, como otros dizen, que nunca lo fué Inca ninguno hasta el desdichado Huáscar, que lo prendió el traidor de Atahuallpa, su hermano bastardo, como diremos en su lugar

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si el Sumo Dios nos dexa llegar allá. Tampoco lo hurtaron cuando niño, como otro historiador dize, que son cosas muy ajenas de la veneración en que los indios tenían a sus Incas, ni en los ayos y criados diputados para el servicio y guarda del príncipe havía tanto descuido que lo dexa­ ron hurtar, ni indio tan atrevido que lo hiziera aunque pudiera; antes, si tal imaginara, entendiera que, sin ponerlo por obra, sólo por haverlo imaginado se havía de abrir la tierra y tragárselo a él y a toda su paren­ tela, pueblo y provincia, porque, como otras vezes lo hemos dicho, ado­ ravan a sus Reyes por dioses, hijos de su Dios el Sol, y los tenían en suma veneración, más que cualquiera otra gentilidad a sus dioses. A semejanza y en confirmación del agüero del llorar sangre se me ofrece otra superstición que los indios catavan en los ojos, en el palpitar de los párpados altos y baxos, que por ser en los ojos no saldremos del propósito, para que se vea y sepa que los Incas y todos sus vassallos tu­ vieron por agüero bueno o malo, según el párpado que palpitava. Era buen agüero palpitar el párpado alto del ojo izquierdo: dezían que havían de ver cosas de contento y alegría. Pero con grandes ventajas era mejor agüero palpitar el párpado derecho, porque les prometía que verían cosas felicíssimas y prosperidades de grandes bienes, de mucho plazer y descanso, fuera de todo encarecimiento. Y al contrario eran los párpados baxos, porque el derecho pronosticava llanto, que havían de ver cosas que les darían pena y dolor, mas no con encarescimiento. Empero, palpitar el párpado baxo izquierdo ya era estremo de males, porque les amenazava infinidad de lágrimas y que verían las cosas más tristes y desdichadas que pudiessen imaginar. Y tenían tanto crédito en estos sus agüeros que, con este postrer agüero, se ponían a llorar tan tiernamente como si estuvieran ya en medio de cuantos males podían temer, y, para no perecer llorando los males que aún no havían visto, tenían por remedio otra superstición tan ridiculosa como la del mal agüero; y era que tomavan una punta de paxa, y, mojándola con la saliva, la pegavan en el mismo párpado baxo, y dezían consolándose que aquella paxa atravesada atajava que no corriessen las lágrimas que te­ mían derramar y que deshazla el mal pronóstico de la palpitación. Casi lo mismo tuvieron del zumbar de los oídos, que lo dexo por no ser tan a propósito como lo dicho de los ojos, y lo uno y lo otro doy fe que lo vi. El Rey Inca Roca (como dezíamos) determinó embiar a la conquista de Antisuyu a su hijo, para lo cual mandó apercebir quinze mil hombres de guerra y tres maesses de campo, que le dió por acompañados y con­ sejeros. Embiólo bien industriado de lo que havía de hazer. El príncipe fué con buen successo hasta el río Paucartampu, y passó adelante a Challapampa y reduxo los pocos indios que por aquella región halló. De allí passó a Pillcupata, donde mandó poblar cuatro pueblos de gente adve­ nediza. De Pillcupata passó a Hauisca y a Tunu, que son las primeras

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chac-ras de cuca que los Incas tuvieron, que es aquella yerva que los indios tanto estiman. La heredad llamada Hauisca fué después de Garci­ lasso de la Vega, mi señor, de la cual me hizo merced por donación en vida, y yo la perdí por venirme a España. Para entrar a estos valles donde se cría la cuca se passa una cuesta llamada Cañac-huay, que tiene cinco leguas de baxada casi perpendicular, que pone grima y espanto sólo el mirarla, cuanto más subir y baxar por ella, porque por toda ella sube el camino en forma de culebra, dando bueltas a una mano y a otra.

CAPÍTULO XVII

Los ídolos de los indios Antis y la conquista de los Charcas.

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|N ESTAS provincias de los Antis comúnmente adoravan por dios a los tigres y a las culebras grandes que llaman amaru: son mucho más gruessas que el muslo de un hombre y largas de veinticinco y de treinta pies; otras hay meno­ res. Todas las adoravan aquellos indios por su grandeza y monstruosidad. Son bovas y no hazen mal; dizen que una maga las encan­ tó para que no hiziessen mal, y que antes eran ferocíssimas. Al tigre ado­ ravan por su ferocidad y braveza; dezían que las culebras y los tigres eran naturales de aquella tierra, y, como señores della, merescían ser adorados, y que ellos eran advenedizos y estranjeros. Adoravan tam­ bién la yerva llamada cuca, o coca, como dizen los españoles. En esta jor­ nada aumentó el príncipe Yáhuar Huácac casi treinta leguas de tierra a su Imperio, aunque de poca gente y mal poblada; y no passó adelante por la mucha maleza de montes, ciénegas y pantanos que hay en aquella región, donde confina la provincia que propriamente se llama Anti, por quien toda aquella vanda se llama Antisuyu. Hecha la conquista, se bolvió el príncipe al Cozco. El Rey, su padre, por entonces dexó de hazer nuevas conquistas porque por Antisuyu, que es al levante, ya no havía qué conquistar, y al poniente, que es lo que llaman Cuntisuyu, tampoco havía qué reduzir, porque por aquella vanda llegava ya el término de su Imperio a la Mar del Sur. De manera que de oriente al poniente tenían por el paraje del Cozco más de cien leguas de tierra, y de setentrión a mediodía tenían más de dozientas leguas. En todo este espacio entendían los indios en edificios de casas reales, jardines, baños y casas de plazer para el Inca; y también labravan

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pósitos por los caminos reales, donde se encerrassen los bastimentos, ar­ mas y munición y ropa de vestir para la gente común. Passados algunos años que el Rey Inca Roca se huvo exercitado en la paz, determinó hazer una jornada famosa, por su persona, e ir a acabar de ganar las grandes provincias llamadas Charcas, que su padre, el Inca Cápac Yupanqui, dexó empegadas a conquistar en el distrito Collasuyu. Mandó apercebir treinta mil hombres de guerra, exército que hasta entonces no lo havía levantado ninguno de sus passados. Nombró seis maesses de campo, sin los demás capitanes y ministros de menor cuenta; mandó que el príncipe Yáhuar Huácac quedasse para el govierno del reino con otros cuatro Incas que fuessen sus consejeros. Salió el Inca del Cozco por el camino real de Collasuyu; fué reco­ giendo la gente de guerra que por todas aquellas provincias estava apercebida; llegó a los confines de las provincias Chuncuri, Pucuna y Muyumuyu, que eran las más cercanas a su reino. Embióles mensajeros, avi­ sándoles cómo iva a reduzir aquellas naciones para que viviessen debaxo de las leyes de su padre el Sol y le reconociessen por Dios y dexassen sus ídolos, hechos de piedra y de madera, y muchos malos abusos que contra la ley natural y vida humana tenían. Los naturales se alteraron grande­ mente, y los capitanes, mo$os y belicosos, tomaron las armas con mucho furor, diziendo que era cosa muy rigurosa y estraña negar sus dioses na­ turales y adorar al ajeno, repudiar sus leyes y costumbres y sujetarse a las del Inca, que quitava las tierras a los vassallos y les imponía pechos y tributos, hasta servirse dellos como de esclavos, lo cual no era de sufrir ni se devía recebir en ninguna manera, sino morir todos defendiendo sus dioses, su patria y libertad.

CAPÍTULO XVIII

El razonamiento de los viejos y cómo reciben al Inca. JOS MÁS ancianos y mejor considerados dixeron que mirassen que, por la vezindad que con los vassallos del Inca tenían, sabían años havía que sus leyes eran buenas y su govierno muy suave; que a los vassallos tratavan como a proprios hijos, y no como a súbditos; que las tierras que tomavan no eran las que los indios havían menester, sino las que les sobravan, que no podían labrar, y que la cosecha de las tierras que a su costa hazía labrar era el tributo que llevaba y no la hazienda de los indios, antes les dava el Inca de la suya toda la que sobrava del gasto de sus exércitos y 211

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corte; y que en prueva de lo que havían dicho no querían traer otras razones, mas de que mirassen desapassionadamente cuán mejorados esta­ van al presente los vassallos del Inca que antes que lo fueran, cuánto más ricos y prósperos, más quietos, pacíficos y urbanos; cómo havían cessado las dissenciones y pendencias que por causas muy livianas solía haver entre ellos, cuánto más guardadas sus haziendas de ladrones, cuánto más seguras sus mujeres y hijas de fornicarios y adúlteros; y, en suma, cuán certificada toda la república de que ni el rico ni el pobre, ni el grande ni el chico, havía de recebir agravio. Que advirtiessen que muchas provincias circunvezinas a las del Inca era notorio que, haviéndose certificado de estos bienes, se havían ofreci­ do y sometido voluntariamente a su imperio y señorío, por gozar de la suavidad de su govierno. Y que pues a ellos les constava todo esto, sería bien hiziessen lo mismo, porque era mejor y más seguro aplacar al Inca otorgando su demanda, que provocarlo a ira y enojo negándosela; que si después se havían de rendir y obedecer por fuerga de armas y perder la gracia del Inca, cuánto mejor era cobrarla ahora, obedesciendo por vía de amor. Mirassen que este camino era más seguro, que les assegurava sus vidas y haziendas, mujeres y hijos; y que en lo de sus dioses, sin que el Inca lo mandasse, les dezía la razón que el Sol merescía ser adorado mejor que sus ídolos. Por tanto, que se allanassen y recibiessen al Inca por señor y al Sol por su Dios, pues en lo uno y en lo otro ganavan honra y provecho. Con estas razones y otras semejantes aplacaron los viejos a los mogos de tal manera que de común consentimiento fueron los unos y los otros a recebir al Inca; los mogos con las armas en las manos y los viejos con dádivas y presentes de lo que en su tierra havía, diziendo que le llevavan los frutos de su tierra en señal de que se la entregavan por suya. Los mogos dixeron que llevavan sus armas para con ellas ser­ virle en- su exército como leales vassallos y ayudar a ganar otras nuevas provincias. El Inca les recibió con mucha afabilidad; mandó que a los viejos les diessen ropa de vestir; a los más principales, por mayor favor, de la que el Inca vestía, y a los demás de la otra ropa común. A los capitanes y soldados mogos, por condescender con el buen ánimo que mostravan, les hizo merced que recibiessen por soldados quinientos de­ llos, no escogiéndolos ni nombrándolos por favor, por que no se afrentassen los desechados, sino que fuessen por suerte, y para satisfazer a los demás les dixeron que no los recibían todos por que su tierra no quedasse desamparada, sin gente. Con las mercedes y favores que­ daron los indios viejos y mogos tan ufanos y contentos, que todos a una empegaron a dar grandes aclamaciones, diziendo: "Bien paresces hijo del Sol; tú solo meresces el nombre de Rey; con mucha razón te llaman amador de pobres, pues apenas fuimos tus vassallos cuando nos

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colmaste de mercedes y favores. Bendígate el Sol, tu padre, y las gen­ tes de todas las cuatro partes del mundo te obedezcan y sirvan, porque meresces el nombre Capa Inca, que es solo Señor”. Con estas bendi­ ciones y otras semejantes fué adorado el Rey Inca Roca de sus nuevos vassallos. El cual, haviendo proveído los ministros necessarios, ?passó adelante a reduzir las demás provincias cercanas, que son Misqui, Sacaca, Machaca, Caracara y otras que hay hasta Chuquisaca, que es la que ahora llaman la Ciudad de la Plata. Todas son del apellido Charca, aunque de diferentes naciones y diferentes lenguajes. Todas las reduxo el Rey Inca Roca a su obediencia, con la misma facilidad que las passadas. En esta jornada estendió su Imperio más de cincuenta leguas de largo norte sur y otras tantas de ancho leste hueste. Y dexando en ellas, según la costumbre antigua, los ministros necessarios para la doctrina de su idolatría y administración de su hazienda, se bolvió al Cozco. Fué despidiendo los soldados por sus provincias, como los havía ido recogiendo. A los capitanes hizo mercedes y favores. Hecho esto, le paresció descansar de las conquistas y atender a la quietud y govierno de su reino, en lo cual gastó los años que le que­ davan de vida, que no sabemos dezir cuántos fueron. Falleció no ha­ viendo degenerado nada de la bondad de sus passados, antes haviéndoles imitado en todo lo que le fué possible, assí en aumentar su Imperio como en regalar y hazer bien a sus vassallos. Fundó escuelas donde enseñassen los amautas las ciencias que alcangavan; hizo cerca dellas su casa real, como veremos en su lugar; instituyó leyes, dixo senten­ cias graves, y porque el padre Blas Valera las escrivía en particular, diré luego las que Su Paternidad tenía escritas, que cierto son de notar. Fué llorado universalmente de todos los suyos y embalsamado según la costumbre de los Reyes. Dexó por heredero a Yáhuar Huácac, su hijo y de su ligí tima mujer y hermana Mama Mí cay; dexó otros muchos hijos ligí timos y bastardos.

CAPÍTULO XIX

De algunas leyes que el Rey Inca Roca hizo y las escuelas que fundó en el Cozco, y de algunos dichos que dixo. O QUE el Padre Blas Valera, como gran escudriñador que fué de las cosas de los Incas, dize deste Rey, es que reinó casi cincuenta años y que establesció muchas leyes, entre las cuales dize por más principales las que se siguen. Que convenía que los hijos de la gente común no aprendiessen las sciencias, las cuales pertenescían solamente a los nobles, por que no se ensoberveciessen y amenguassen la república. Que les ense­ ñassen los oficios de sus padres, que les bastavan. Que al ladrón y al homicida, al adúltero y al incendiario, ahorcassen sin remissión alguna. Que los hijos sirviessen a sus padres hasta los veinticinco años, y de allí adelante se ocupassen en el servicio de la república. Dize que fué el primero que puso escuelas en la real ciudad del Cozco, para que los amautas enseñassen las sciencias que alcangavan a los príncipes Incas y a los de su sangre real y a los nobles de su Imperio, no por enseñanza de letras, que no las tuvieron, sino por prática y por uso cotidiano y por experiencia, para que supiessen los ritos, preceptos y ceremonias de su falsa religión y para que entendiessen la razón y fundamento de sus leyes y fueros y el número dellos y su verdadera interpretación; para que alcangassen el don de saber governar y se hiziessen más urba­ nos y fuessen de mayor industria para el arte militar; para conocer los tiempos y los años y saber por los ñudos las historias y dar cuenta dellas; para que supiessen hablar con ornamento y elegancia y supie­ ssen criar sus hijos, governar sus casas. Enseñávanles poesía, música, filosofía y astrología, esso poco que de cada sciencia alcanzaron. A los maestros llamavan amantas, que es tanto como filósofos y sabios, los cuales eran tenidos en suma veneración. Todas estas cosas dize el Padre Blas Valera que instituyó por ley este Príncipe Inca Roca, y que después las favoresció, declaró y amplió muy largamente el Inca Pachacútec, su visnieto, y que añadió otras muchas leyes. También dize deste Rey Inca Roca, que, considerando la grandeza del cielo, su resplandor y hermosura, dezía muchas vezes que se podía concluir que el Pachacamác (que es Dios) era poderosíssimo Rey en el cielo, pues tenía tal y tan hermosa morada. Assimismo dezía: "Si yo huviesse de ado­ rar alguna cosa de las de acá abaxo, cierto yo adorara al hombre sabio y discreto, porque haze ventaja a todas las cosas de la tierra. Empero, el que nasce niño y cresce y al fin muere; el que ayer tuvo principio y hoy tiene fin; el que no puede librarse de la muerte, ni cobrar la vida que la muerte le quita, no deve ser adorado”.

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Hasta aquí es del Padre Blas Valera.

CAPÍTULO XX El Inca Llora Sangre, sétimo Rey, y sus miedos y conquistas, y el disfavor del príncipe. |UERTO el Rey Inca Roca, su hijo Yáhuar Huácac tomó la corona del reino; governólo con justicia, piedad y man­ sedumbre, acariciando sus vassallos, haziéndoles todo el bien que podía. Desseó sustentarse en la prosperidad que sus padres y abuelos le dexaron, sin pretender conquistas ni pendencia con nadie, porque, con el mal agüero de su nombre y los pronósticos que cada día echavan sobre él, estava temeroso de algún mal successo y no osava tentar la fortuna por no irritar la ira de su padre el Sol, no le embiasse algún grave castigo, como ellos dezían. Con este miedo vivió algunos años, desseando paz y quietud para sí y para todos sus vezinos; y por no estar ocioso visitó sus reinos una y dos y tres vezes. Procurava ilustrarlos con edificios magnífi­ cos; regalava los vassallos en común y en particular; tratávalos con mayor afición y ternura que mostraron sus antepassados, que eran mues­ tras y efectos del temor; en lo cual gastó nueve o diez años. Empero, por no mostrarse tan pusilánimo que entre todos los Incas fuesse nota­ do de covarde por no haver aumentado su Imperio, acordó embiar un exército de veinte mil hombres de guerra al sudueste del Cozco, la costa adelante de Arequepa, donde sus passados havíim dexado por ganar una larga punta de tierra, aunque de poca poblazón. Eligió por capitán general a su hermano Inca Maita, que desde aquella jornada, por haver sido general en ella, se llamó siempre Apu Maita, que quie­ re dezir el capitán general Maita. Nombró cuatro Incas experimen­ tados para maesses de campo. No se atrevió el. Inca a hazer la con­ quista por su persona, aunque lo desseó mucho, mas nunca se deter­ minó a ir, porque su mal agüero (en las cosas de la guerra) lo traía sobre olas tan dudosas y tempestuosas, que de donde le arrojavan las del desseo lo retiravan las del temor. Por estos miedos nombró al her­ mano y a sus ministros, los cuales hizieron su conquista con breve­ dad y buena dicha, y reduxeron al Imperio de los Incas todo lo que hay desde Arequepa hasta Tacama, que llaman Collisuyu, que es el fin y término por la costa de lo que hoy llaman Perú. La cual tierra es larga y angosta y mal poblada, y assí se detuvieron y gastaron más tiempo los Incas en caminar por ella que en reduzirla a su señorío. Acabada esta conquista, se bolvieron al Cozco y dieron cuenta al Inca Yáhuar Huácac de lo que havían hecho. El cual, cobrando nuevo ánimo con el buen successo de la jornada passada, acordó hazer otra conquista de más honra y fama, que era reduzir a su imperio unas grandes provincias que havían quedado por ganar en el distrito de

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Collasuyu, llamadas Caranca, Ullaca, Llipi, Chicha, Ampara. Las cua­ les, demás de ser grandes, eran pobladas de mucha gente valiente y belicosa, por los cuales inconvenientes los Incas passados no havían hecho aquella conquista por fuerza de armas, por no destruir aquellas naciones bárbaras e indómitas, sino que de suyo se fuessen domesti­ cando y cultivando poco a poco y aficionándose al imperio y señorío de los Incas, viéndolo en sus comarcanos tan suave, tan piadoso, tan en provecho de los vassallos como lo experimentavan todos ellos. En los cuidados de la conquista de aquellas provincias andava el Inca Yáhuar Huácac muy congojado, metido entre miedos y esperanzas, que unas vezes se prometía buenos successos, conforme a la jornada que su hermano Apumaita havía hecho; otras vezes desconfiava dellos por su mal agüero, por el cual no osava acometer ninguna empresa de guerra, por los peligros della. Andando, pues, rodeado destas passiones y congojas, bolvió los ojos a otros cuidados domésticos que dentro, en su casa, se criavan, que días havía le davan pena y dolor, que fué la condición áspera de su hijo, el primogénito, heredero que havía de ser de sus reinos; el cual desde niño se havía mostrado mal acondicio­ nado, porque maltratava los muchachos que de su edad con él andavan y mostrava indicios de aspereza y crueldad, y aunque el Inca hazia diligencias para corregirle y esperava que con la edad, cobrando más juizio, iría perdiendo la braveza de su mala condición, parescía salirle vana esta confianza, porque con la edad antes crescía que menguava la ferocidad de su ánimo. Lo cual para el Inca su padre era de gran­ díssimo tormento, porque, como todos sus passados se huviessen presciado tanto de la afabilidad y mansedumbre, érale de suma pena ver al príncipe de contraria condición. Procuró remediarla con persua­ siones y con exemplos de sus mayores, trayéndoselos a la memoria para aficionarle a ellos, y también con reprehensiones y disfavores que le hazia; mas todo le aprovechava poco o nada, porque la mala incli­ nación en el grande y poderoso pocas vezes o nunca suele admitir corrección. Assí le acaeció a este príncipe que cuanta triaca le aplicavan a su mala inclinación, toda la convertía en la misma ponzoña. Lo cual viendo el Inca su padre, acordó desfavorecerlo del todo y apartarlo de sí, con propósito, si no aprovechava el remedio del disfavor para en­ mendar la condición, desheredarlo y elegir otro de sus hijos para here­ dero, que fuesse de la condición de sus mayores. Pensava hazer esto imitando la costumbre de algunas provincias de su Imperio, dónde heredavan los hijos más bienquistos. La cual ley quería el Inca guar­ dar con su hijo, no haviéndose hecho tal entre los Reyes Incas. Con este prosupuesto, mandó echarlo de su casa y de la corte, siendo ya el príncipe de diez y nueve años, y que lo llevassen poco más de una

Libro Cuarto de los Comentarios Reales de los Incas

legua al levante de la ciudad, a unas grandes y hermosas dehesas que llaman Chita, donde yo estuve muchas vezes. Allí havía mucho ganado del Sol; mandó que lo apascentasse con los pastores que tenían aquel cuidado. El príncipe, no pudiendo hazer otra cosa, aceptó el destierro y el disfavor que le davan en castigo de su ánimo bravo y belicoso; y llanamente se puso a hazer el oficio de pastor con los demás ganaderos, y guardó el ganado del Sol, que ser del Sol era consuelo para el triste Inca. Este oficio hizo aquel desfavorecido príncipe por espacio de tres años y más, donde lo dexaremos hasta su tiempo, que él nos dará bien que dezir, si lo acertássemos a dezir bien.

CAPÍTULO XXI

De un aviso que una fantasma dió al príncipe para que lo lleve a su padre. HAVIENDO desterrado el Inca Yáhuar Huácac a su hijo primogénito (cuyo nombre no se sabe cuál era mientras fué príncipe, porque lo borró totalmente el que adelante le dieron, que, como no tuvieron letras, se les olvidava para siempre todo lo que por su tradición dexavan de enco­ la memoria), le pareció dexar del todo las guerras y con­ quistas de nuevas provincias y atender solamente al govierno y quie­ tud de su reino, y no perder el hijo de vista, alexándolo de sí, sino tenerlo a la mira y procurar la mejora de su condición, y, no pudiendo haverla, buscar otros remedios, aunque todos los que se le ofrecían, como ponerle en perpetua prisión o desheredarle y elegir otro en su lugar, le parecían violentos y mal seguros, por la novedad y grande­ za del caso, que era deshazer la deidad de los Incas, que eran tenidos por divinos hijos del Sol, y que los vassallos no consentirían aquel castigo ni cualquiera otro que quisiesse hazer en el príncipe. Con esta congoja y cuidado, que le quitava todo descanso y reposo, anduvo el Inca más de tres años sin que en ellos se ofresciesse cosa digna de memoria. En este tiempo embió dos vezes a visitar el reino a cuatro parientes suyos, repartiendo a cada uno las provincias que havían de visitar; mandóles que hiziessen las obras que conviniessen al honor del Inca y al beneficio común de los vassallos, como era sacar nuevas acequias, hazer pósitos y casas reales y fuentes y puentes y calcadas y otras obras semejantes; mas él no osó salir de la corte, donde entendía en celebrar las fiestas del Sol y las otras que se hazían entre

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año, y en hazer justicia a sus vasallos. Al fin de aquel largo tiempo, un día, poco después de medio día, entró el príncipe en la casa de su padre, donde menos le esperavan, solo y sin compañía, como hombre desfavorecido del Rey. Al cual embió a dezir que estava allí y que tenía necessidad de darle cierta embaxada. El Inca respondió con mu­ cho enojo que se fuesse luego donde le havía mandado residir, si no quería que lo castigasse con pena de muerte por inobediente al man­ dato real, pues sabía que a nadie era lícito quebrantarlo, por muy liviano que fuesse el caso que se le mandasse. El príncipe respondió diziendo que él no havía venido allí por quebrantar su mandamiento, sino por obedecer a otro tan gran Inca como él. El cual le embiava a dezir ciertas cosas, que le importava mucho saberlas; que si las quería oír le diesse licencia para que entrasse a dezírselas; y si no, que con bolver al que le havía embiado y darle cuenta de lo que havía respon­ dido, havría cumplido con él. El Inca, oyendo dezir otro tan gran señor como él, mandó que entrasse por ver qué disparates eran aquéllos, y saber quién le embiava recaudos con el hijo desterrado y privado de su gracia; quiso averiguar qué novedades eran aquéllas para castigarlas. El príncipe, puesto ante su padre, le dixo: —Solo Señor, sabrás que, estando yo recostado hoy a medio día (no sabré certificarte si despierto o dormido) debaxo de una gran peña de las que hay en los pastos de Chita, donde por tu mandado apaciento las ovejas de Nuestro Padre el Sol, se me puso delante un hombre estraño en hábito, y en figura diferente de la nuestra, porque tenía barbas en la cara de más de un palmo y el vestido largo y suelto que le cubría hasta los pies. Traía atado por el pescuezo un animal no conoscido. El cual me dixo: "Sobrino, yo soy hijo del Sol y hermano del Inca Manco Cápac y de la Coya Mama Ocllo Huaco, su mujer y hermana, los primeros de tus antepassados; por lo cual soy hermano de tu padre y de todos vosotros. Llámome Viracocha Inca; vengo de parte del Sol, Nuestro Padre, a darte aviso para que se lo des al Inca, mi hermano, cómo toda la mayor parte de las provincias de Chinchasuyu sujetas a su imperio, y otras de las no sujetas, están rebeladas y juntan mucha gente para venir con poderoso exército a derribarle de su trono y destruir nuestra imperial ciudad del Cozco. Por tanto vé al Inca, mi hermano, y dile de mi parte que se aperciba y prevenga y mire por lo que le conviene acerca deste caso. Y en par­ ticular te digo a ti que en cualquiera adversidad que te succeda no temas que yo te falte, que en todas ellas te socorreré como a mi carne y sangre. Por tanto no dexes de acometer cualquiera hazaña, por grande que sea, que convenga a la majestad de tu sangre y a la grandeza de tu Imperio, que yo seré siempre en tu favor y amparo y te buscaré

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los socorros que huvieres menester”. Dichas estas palabras (dixo el príncipe) se me desapareció el Inca Viracocha, que no le vi más. Y yo tomé luego el camino para darte cuenta de lo que me mandó te dixesse.

CAPÍTULO XXII Las consultas de los Incas sobre el recaudo de la fantasma. fyL INCA Yáhuar Huácac, con la passión y enojo que contra su hijo tenía, no quiso creerle; antes le dixo que era un loco sobervio, que los disparates que andava imaginando venía a dezir que eran revelaciones de su padre el Sol; que se fuesse luego a Chita y no saliesse de allí jamás, so pena de su ira. Con esto se bolvió el príncipe a guardar sus ovejas, más desfavorecido de su padre que antes lo estava. Los Incas más allegados al Rey, como eran sus hermanos y tíos, que asistían a su presencia, como fuessen tan agoreros y supersticiosos, principalmen­ te en cosas de sueños, tomaron de otra manera lo que el príncipe dixo, y dixeron al Inca que no era de menospreciar el mensaje y aviso del Inca Viracocha, su hermano, haviendo dicho que era hijo del Sol y que venía de su parte. Ni era de creer que el príncipe fingiesse aquellas razones en desacato del Sol, que fuera sacrilegio el imaginarlas, cuanto más dezirlas delante del Rey, su padre. Por tanto sería bien se examinassen una a una las palabras del príncipe, y sobre ellas se hizie­ ssen sacrificios al Sol y tomassen sus agüeros, para ver si les pronosticavan bien o mal, y se hiziessen las diligencias necessarias a negocio tan grave; porque dexarlo assí desamparado, no solamente era hazer en su daño, mas también parescía menospreciar al Sol, padre común, que embiava aquel aviso, y al Inca Viracocha, su hijo, que lo havía traído, y era amontonar para adelante errores sobre errores. El Inca, con el odio que a la mala condición de su hijo tenía, no quiso admitir los consejos que sus parientes le davan; antes dixo que no se havía de hazer caso del dicho de un loco furioso, que en lugar de enmendar y corregir la aspereza de su mala condición para merescer la gracia de su padre, venía con nuevos disparates, por los cuales y por su estrañeza merescía que lo depusieran y privaran del princi­ pado y herencia del reino, como lo pensava hazer muy presto, y elegir uno de sus hermanos que imitasse a sus passados, el cual, por su cle­ mencia, piedad y mansedumbre, mereciesse el nombre de hijo del Sol,

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porque no era razón que un loco, por ser iracundo y vengativo, destruyesse con el cuchillo de la crueldad lo que todos los Incas passados, con la mansedumbre y beneficios, havían reduzido a su imperio; que mirassen que aquello era de más importancia, para prevenir y tratar de su remedio, que no las palabras desatinadas de un furioso, que ellas mismas dezían cúyas eran; que si no autorizara su atrevimiento con dezir que la embaxada era de un hijo del Sol, mandara le cortaran la cabega por haver quebrantado el destierro que le havía dado. Por tanto les mandava que no tratassen de aquel caso, sino que se le pusiesse perpetuo silencio, porque le causava mucho enojo traerle a la memo­ ria cosa alguna del príncipe, que ya él sabía lo que havía de hazer dél. . Por el mandato del Rey callaron los Incas, y no hablaron más en ello, aunque en sus ánimos no dexaron de temer algún mal successo, porque estos indios, como toda la demás gentilidad, fueron muy ago­ reros. y particularmente miraron mucho en sueños, y más si los sueños acertavan a ser del Rey o del príncipe heredero o del sumo sacerdote, que éstos eran tenidos entre ellos por dioses y oráculos mayores, a los cuales pedían cuenta de sus sueños los adevinos y hechizeros, para los interpretar y declarar, cuando los mismos Incas no dezían lo que havían soñado.

CAPÍTULO XXIII

La rebelión de los Chancas y sus antiguas hazañas.

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RES meses después del sueño del príncipe Viracocha Inca (que assí le llaman los suyos de aquí adelante, por la fantasma que vió), vino nueva, aunque incierta, del levantamiento de las provincias de Chinchasuyu, desde Atahualla ade­ lante, la cual está cerca de cuarenta leguas del Cozco, al norte. Esta nueva vino sin autor, mas de que la fama la truxo con­ fusa y oculta, como ella suele hablar siempre en casos semejantes. Y assí, aunque el príncipe Viracocha lo había soñado y conformava la nueva con el sueño, no hizo el Rey caso della, porque le pare­ ció que eran hablillas de camino y un recordar el sueño passado, que parescía estava ya olvidado. Pocos días después se bolvió a refres­ car la misma nueva, aunque todavía incierta y dudosa, porque los ene­ migos havían cerrado los caminos con grandíssima diligencia, para que el levantamiento dellos no se supiesse, sino que primero los viessen en el Cozco que supiessen de su ida. La tercera nueva llegó ya muy cer-

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tificada, diziendo que las naciones llamadas Chanca, Uramarca, Uillca, Utusulla, Hancohuallu y otras circumvezinas a ellas se havían rebe­ lado y muerto los governadores y ministros regios, y que venían con­ tra la ciudad con exército de más de cuarenta mil hombres de guerra. Estas naciones son las que diximos haverse reduzido al imperio del Rey Inca Roca, más por el terror de sus armas que por el amor de su govierno y, como lo notamos entonces, quedaron con rancor y odio de los Incas para mostrarlo cuando se les ofreciesse ocasión. Viendo, pues, al Inca Yáhuar Huácac tan poco belicoso, antes acovardado con el mal agüero de su nombre y escandalizado y embarazado con la aspe­ reza de la condición de su hijo, el príncipe Inca Viracocha, y havién­ dose divulgado entre estos indios algo del nuevo enojo que el Rey havía tenido con su hijo, aunque no se dixo la causa, y los grandes disfavores que le hazia, les paresció bastante ocasión para mostrar el mal ánimo que al Inca tenían y el odio que havían a su imperio y dominio. Y assí, con la mayor brevedad y secreto que pudieron, se convocaron unos a otros y llamaron sus comarcanos, y entre todos ellos levantaron un poderoso exército de más de treinta mil hombres de guerra y caminaron en demanda de la imperial ciudad del Cozco. Los autores des te levantamiento y los que incitaron a los demás señores de vassallos fueron tres indios principales, curacas de tres grandes pro­ vincias de la nación Chanca (debaxo deste nombre se incluyen otras mu­ chas naciones); el uno se llamó Hancohuallu, mozo de veintiséis años, y el otro Túmay Huaraca y el tercero Astu Huaraca; estos dos últimos eran hermanos y deudos de Hancohuallu. Los antepassados destos tres reyezillos tuvieron guerra perpetua, antes de los Incas, con las nacio­ nes comarcanas a sus provincias, particularmente con la nación llamada Quechua, que debaxo deste apellido entran cinco provincias grandes. A éstas y a otras sus vezinas tuvieron muy rendidas, y se huvieron con ellas áspera y tiránicamente, por lo cual holgaron los Quechuas y sus vezinos de ser vasallos de los Incas y se dieron con facilidad y amor, como en su lugar vimos, por librarse de las insolencias de los Chancas. A los cuales, por el contrario, pesó mucho de que el Inca atajasse sus buenas andanzas, y de señores de vassallos los hiziesse tribu­ tarios; de cuya causa, guardando el odio antiguo que de sus padres havían heredado, hizieron el levantamiento presente, paresciéndoles que con facilidad vencerían al Inca por la presteza con que pensavan aco­ meterle y por el descuido con que imaginavan hallarle, desapercebido de gente de guerra, y que con sola una victoria serían señores, no sola­ mente de sus enemigos antiguos, mas también de todo e! Imperio de los Incas. Con esta esperanza convocaron sus vezinos, assí de los sujetos al Inca como de los no sujetos, prometiéndoles grande parte de la ganan-

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cia; los cuales fueron fáciles de persuadir, tanto por el gran premio que se prometían como por la antigua opinión de los Chancas, que eran valientes guerreros. Eligieron por capitán general a Hancohuallu, que era un valeroso indio, y por maesses de campo a los dos hermanos, y los demás curacas fueron caudillos y capitanes de sus gentes, y a toda diligencia fueron en demanda del Cozco.

CAPÍTULO XXIV El Inca desampara la ciudad y el príncipe la socorre.

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L INCA Yáhuar Huácac se halló confuso con la certificación de la venida de los enemigos, porque nunca havía creído que tal pudiera ser, por la gran experiencia que tenían de que no se havía rebelado provincia alguna de cuantas se havían conquistado y reduzido a su Imperio, desde el primer Inca Manco Cápac hasta el presente. Por esta seguridad y por el odio que al príncipe, su hijo, tenía, que dió el pronóstico de aquella rebelión, no havía querido darle crédito ni tomar los consejos de sus parientes, porque la passión le cegava el entendimiento. Viéndose, pues, ahora anegado porque no tenía tiempo para convocar gente con que salir al encuentro a los enemigos, ni presidio en la ciu­ dad para (mientras le viniesse el socorro) defenderse dellos, le paresció dar lugar a la furia de los tiranos y retirarse hazia Collasuyu, donde se prometía estar seguro de la vida por la nobleza y lealtad de los vassallos. Con esta determinación se retiró con los pocos Incas que pudieron seguirle, y fué hasta la angostura que llaman de Muina, que está cinco leguas al sur de la ciudad, donde hizo alto para certificarse de lo que hazían los enemigos por los caminos y dónde llegavan ya. La ciudad del Cozco, con la ausencia de su Rey, quedó desampa­ rada, sin capitán ni caudillo que osasse hablar, cuanto más pensar defen­ derla, sino que todos procuravan huir; y assí se fueron los que pudie­ ron por diversas partes, donde entendían poder mejor salvar las vidas. Algunos de los que ivan huyendo fueron a toparse con el príncipe Viracocha Inca y le dieron nueva de la rebelión de Chinchasuyu y cómo el Inca, su padre, se havía retirado hazia Collasuyu, por parecerle que no tenía possibilidad para resistir a los enemigos, por el repen­ tino assalto con que le acometían. El príncipe sintió grandemente saber que su padre se huviesse reti­ rado y desamparado la ciudad. Mandó a los que le havían dado la

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nueva y a algunos de los pastores que consigo tenía, que fuessen a la ciudad, y a los indios que topassen por los caminos y a los que halla­ ssen en ella les dixessen de su parte que todos los que pudiessen procurassen ir en pos del Inca su señor, con las armas que tuviessen, por­ que él pensava hazer lo mismo, y que passassen la palabra deste man­ dato de unos en otros. Dada esta orden, salió el príncipe Viracocha Inca en seguimiento de su padre por unos atajos, sin querer entrar en la ciudad, y con la priessa que se dió lo alcangó en la angostura de Muina, que aún no havía salido de aquel puesto. Y lleno de polvo y sudor, con una langa en la mano, que havía llevado por el camino, se puso delante del Rey y con semblante triste y grave le dixo: —Inca ¿cómo se permite que por una nueva, falsa o verdadera, de unos pocos de vassallos rebelados, desampares tu casa y corte y buelvas las espaldas a los enemigos aún no vistos? ¿Cómo se sufre que dexes entregada la casa del Sol, tu padre, para que los enemigos la huellen con sus pies calgados y hagan en ella las abominaciones que tus antepassados les quitaron, de sacrificios de hombres, mujeres y ni­ ños, y otras grandes bestialidades y sacrilegios? ¿Qué cuenta daremos de las vírgines que están dedicadas para mujeres del Sol, con obser­ vancia de perpetua virginidad, si las dexamos desamparadas para que los enemigos brutos y bestiales hagan dellas lo que quisieren? ¿Qué honra havremos ganado de haver permitido estas maldades por salvar la vida? Yo no la quiero, y assí buelvo a ponerme delante de los ene­ migos para que me la quiten antes que entren en el Cozco, porque no quiero ver las abominaciones que los bárbaros harán en aquella imperial y sagrada ciudad, que el Sol y sus hijos fundaron. Los que me quisieren seguir vengan en pos de mí, que yo les mostraré a trocar vida vergongosa por muerte honrada. Haviendo dicho con gran dolor y sentimiento estas razones, bolvió su camino hazia la ciudad, sin querer tomar refresco alguno de comi­ da ni bevida. Los Incas de la sangre real, que havían salido con el Rey, entre ellos hermanos suyos y muchos sobrinos y primos hermanos y otra mucha parentela, que serían más de cuatro mil hombres, se bolvieron todos con el príncipe, que no quedaron con su padre sino los viejos inútiles. Por el camino y fuera dél toparon mucha gente que salía huyendo de la ciudad. Apellidáronles que se bolviessen; diéronles nueva, para que se esforgassen, cómo el príncipe Inca Viracocha bolvía a defender su ciudad y la casa de su padre el Sol. Con esta nueva se animaron los indios tanto, que bolvieron todos los que huían, prin­ cipalmente los que eran de provecho, y unos a otros se apellidavan por los campos, passando la palabra de mano en mano, cómo el prín­ cipe bolvía a la defensa de la ciudad, la cual hazaña les era tan agra­ dable que, con grandíssimo consuelo, bolvían a morir con el prínci-

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pe. El cual mostrava tanto ánimo y esfuergo que lo ponía a todos los suyos. Desta manera entró en la ciudad y mandó que la gente que se recogía le siguiesse luego, y él passó adelante y tomó el camino de Chinchasuyu, por donde los enemigos venían, para ponerse entre ellos y la ciudad, porque su intención no era de resistirles, que bien enten­ día que no tendría fuergas para contra ellos, sino de morir peleando, antes que los contrarios entrassen en la ciudad y la hollassen como bár­ baros y enemigos victoriosos, sin respectar al Sol, que era lo que más sentía. Y porque el Inca Yáhuar Huácac, cuya vida escrivimos, no reinó más de hasta aquí, como adelante veremos, me paresció cortar el hilo desta historia para dividir sus hechos de los de su hijo, Inca Vira­ cocha, y entremeter otras cosas del govierno de aquel Imperio y variar los cuentos, por que no sean todos de un propósito. Hecho esto, bolveremos a las hazañas del príncipe Viracocha, que fueron muy grandes.

FIN DEL LIBRO CUARTO

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^OTSWSSSSSÍS’OTSmSWSSIiSma!

LIBRO QUINTO de los

COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS. Dize cómo se repartían y labraran las tierras, el tributo que davan al Inca, la provisión de armas y bastimentos qtie tenían para la guerra; que davan de vestir a los vassallos; que no tuvieron mendigantes; las leyes y ordenanzas en favor de los súbditos, con otras cosas notables. Las victorias y generosidades del príncipe Inca Viracocha, octavo Rey; su padre, privado del Imperio; la huida de un gran señor; el pronóstico de la ida de los españoles. Contiene veinte y nueve capítulos.

CAPÍTULO I

Cómo acrescentavan y repartían las tierras a los vassallos. ^AVIENDO conquistado el Inca cualquiera reino o pro­ vincia y dado assiento en el govierno de los pueblos y vivienda de los moradores, conforme a su idolatría y leyes, mandava que se aumentassen las tierras de la­ bor, que se entiende las que llevavan maíz, para lo cual mandava traer los ingenieros de acequias de agua, que los huvo famosíssimos, como lo muestran hoy sus obras, assí las que se han destruido, cuyos rastros se veen todavía, como las que viven. Los maestros sacavan las acequias necessarias, conforme a las tierras que havía de provecho, porque es de saber que por la mayor parte toda aquella tierra es pobre de tierras de pan, y por esto procu­ ravan aumentarlas todo lo que les era possible. Y porque por ser debaxo de la tórrida zona tienen necessidad de riego, se lo davan con gran curiosidad, y no sembravan grano de maíz sin agua de riego. También abrían acequias para regar las dehesas, cuando el otoño detenía sus

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aguas, que también quisieron assegurar los pastos como los sembrados, porque tuvieron infinito ganado. Estas acequias para las dehesas se per­ dieron luego que los españoles entraron en la tierra, pero viven hoy los rastros dellas. Sacadas las acequias, allanavan los campos y los ponían de cuadrado para que gozassen bien del riego. En los cerros y laderas que eran de buena tierra hazían andenes para allanarlas, como hoy se veen en el Cozco y en todo el Perú. Para hazer estos andenes echavan tres muros de cantería fuerte, uno por delante y dos por los lados, algo pendientes adentro (como son todas las paredes que labran), para que puedan su­ frir el peso de la tierra que les arriman hasta emparejar con lo alto de las paredes. Passado el primer andén, hazían luego otro menor, y ade­ lante de aquél otro más chico. Y assí ivan ganando todo el cerro poco a poco, allanándolo por sus andenes a manera de escalera, gozando de toda la tierra que era buena para sembrar y que se podía regar. Donde havía peñascales quitavan las peñas y llevavan tierra de otra parte para hazer andenes y aprovechar aquel sitio, por que no se perdiesse. Los an­ denes primeros eran grandes, conforme a la disposición del sitio, anchos y largos de ciento y de dozientas y trezientas, más y menos, hanegas de sembradura, y los segundos eran menores, y assí ivan diminuyéndose como ivan subiendo hasta los postreros, que venían a ser de dos o tres hiladas de maíz. Tan aplicados como esto fueron los Incas en lo que era aumentar tierras para sembrar el maíz. En muchas partes llevaron quinze y veinte leguas una acequia de agua para regar muy pocas hane­ gas de tierra de pan, por que no se perdiessen. Haviendo aumentado las tierras, medían todas las que havía en toda la provincia, cada pueblo de por sí, y las repartían en tres partes: la una para el Sol y la otra para el Rey y la otra para los naturales. Estas partes se dividían siempre con atención que los naturales tuviessen bas­ tantemente en qué sembrar, que antes les sobrasse que les faltasse. Y cuando la gente del pueblo o provincia crescía en número, quitavan de la parte del Sol y de la parte del Inca para los vassallos; de manera que no tomava el Rey para sí ni para el Sol sino las tierras que havían de quedar desiertas, sin dueño. Los andenes por la mayor parte se aplicavan al Sol y al Inca, porque los havía él mandado hazer. Sin las tierras del maíz que se regava, repartían otras que no alcanyavan riego, en las cuales sembravan de sequero otras semillas y legumbres que son de mucha im­ portancia, como es la que llaman papa y oca y añus, las cuales tierras también se repartían por su cuenta y razón, tercia parte a los vassallos, como al Sol y al Inca, y, porque eran estériles por falta de riego, no las sembravan más de un año o dos, y luego repartían otras y otras, por que descansassen las primeras; desta manera traían en concierto sus 226 tierras flacas, para que siempre les fuessen abundantes.

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Las tierras del maíz las sembravan cada año, porque, como las beneficiavan con agua y estiércol como una huerta, les hazían llevar siem­ pre fructo. Con el maíz sembravan una semilla que es casi como arroz, que llaman quinua, la cual también se da en las tierras frías.

CAPÍTULO II

El orden que tenían en labrar las tierras; la fiesta con que labraran las del Inca y las del Sol |N EL labrar y cultivar las tierras también havía orden y con­ cierto. Labravan primero las del Sol, luego las de las biudas y huérfanos y de los impedidos por vejez o por enfermedad: todos éstos eran tenidos por pobres, y por tanto mandava el Inca que les labrassen las tierras, Havía en cada pueblo, barrio, si el pueblo era grande, hombres diputados sola­ mente para hazer beneficiar las tierras de los que llamamos pobres. A estos diputados llamavan llactacamayu, que es regidor del pueblo. Tenían cuidado, al tiempo del barbechar, sembrar y coger los fructos, subirse de noche en atalayas o torres que para este efecto havía hechas, y tocavan una trompeta o caracol para pedir atención, y a grandes vozes dezían: "Tal día se labran las tierras de los impedidos; acuda cada uno a su pertinencia”. Los vezinos de cada colación ya sabían, por el padrón que estava hecho, a cuáles tierras havían de acudir, que eran las de sus parientes o vezinos más cercanos. Era obligado cada uno a llevar de comer para sí lo que havía de comer en su casa, por que los impedidos no tuviessen cuidado de buscarles la comida. Dezían que a los viejos, enfermos, biudas y huérfanos les bastava su miseria, sin cuidar de la ajena. Si los impedidos no tenían semilla, se la davan de los pósitos, de los cuales diremos adelante. Las tierras de los soldados que andavan ocu­ pados en la guerra también se labravan por concejo, como las tierras de las biudas, huérfanos y pobres, que mientras los maridos servían en la milicia las mujeres entravan en la cuenta y lista de las biudas, por el ausencia dellos. Y assí se les hazía este beneficio como a gente necessitada. Con los hijos de los que morían en la guerra tenían gran cuidado en la crianza dellos, hasta que los casavan. Labradas las tierras de los pobres, labrava cada uno las suyas, ayu­ dándose unos a otros, como dizen, a tornapeón. Luego labravan las del curaca, las cuales havían de ser las postreras que en cada pueblo o pro-

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vincia se labrassen. En tiempo de Huaina Cápac, en un pueblo de los Chachapuyas, porque un indio regidor antepuso las tierras del curaca, que era su pariente, a las de una biuda, lo ahorcaron, por quebrantador del orden que el Inca tenia dado en el labrar de las tierras, y pusieron la horca en la misma tierra del curaca. Mandava el Inca que las tierras de los vassallos fuessen preferidas a las suyas, porque dezían que de la prosperidad de los súbditos redundava el buen servicio para el Rey; que estando pobres y necessitados, mal podían servir en la guerra ni en la paz. Las últimas que labravan eran las del Rey: beneficiávanlas en co­ mún; ivan a ellas y a las del Sol todos los indios, generalmente con gran­ díssimo contento y regozijo, vestidos de las vestiduras y galas que para sus mayores fiestas tenían guardadas, llenas de chapería de oro y plata y con grandes plumajes en las caberas. Cuando barbechavan (que en­ tonces era el trabajo de mayor contento), dezían muchos cantares que componían en loor de sus Incas; trocavan el trabajo en fiesta y regozijo, porque era en servicio de su Dios y de sus Reyes. Dentro, en la ciudad del Cozco, a las faldas del cerro donde está la fortaleza, havía un andén grande de muchas hanegas de tierra, y hoy estará vivo si no lo han cubierto de casas: llámase Collcampata. El ba­ rrio donde está tomó el nombre proprio del andén, el cual era particular y principal joya del Sol, porque fué la primera que en todo el Imperio de los Incas le dedicaron. Este andén labravan y beneficiavan los de la sangre real, y no podían trabajar otros en él sino los Incas y Pallas. Ha zíase con grandíssima fiesta, principalmente el barbechar: ivan los Incas con todas sus mayores galas y arreos. Los cantares que dezían en loor del Sol y de sus Reyes, todos eran compuestos sobre la significación desta palabra hailli, que en la lengua general del Perú quiere dezir triunfo, como que triunfavan de la tierra, barbechándola y desentrañándola para que diesse fructo. En estos cantares entremetían dichos graciosos, de enamorados discretos y de soldados valientes, todo a propósito de triun­ far de la tierra que labravan; y assí el retruécano de todas sus coplas era la palabra hailli, repetida muchas vezes, cuantas eran menester para cumplir el compás que los indios traen en un cierto contrapasso que hazen, barbechando la tierra con entradas y salidas que hazen para to­ mar buelo y romperla mejor. Traen por arado un palo de una braga en largo; es llano por delante y rollizo por detrás; tiene cuatro dedos de ancho; házenle una punta para que entre en la tierra; media vara de la punta hazen un estribo de dos palos atados fuertemente al palo principal, donde el indio pone el pie de salto, y con la fuerga hinca el arado hasta el estribo. Andan en cuadrillas de siete en siete y de ocho en ocho, más y menos, como es la parentela o camarada, y, apalancando todos juntos a una, levantan grandíssimos céspedes, increíbles a quien no los ha visto. Y es admiración

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

ver que con tan flacos instrumentos hagan obra tan grande, y la hazen con grandíssima facilidad, sin perder el compás del canto. Las mujeres andan contrapuestas a los varones, para ayudar con las manos a levantar los céspedes y bolear las raízes de las yervas hazia arriba, para que se sequen y mueran y haya menos que escardar. Ayudan también a cantar a sus maridos, particularmente con el retruécano hailli. Paresciendo bien estos cantares de los indios y el tono dellos al maes­ tro de capilla de aquella iglesia catredal, compuso el año de cincuenta y uno, o el de cincuenta y dos, una changoneta en canto de órgano, para la fiesta del Sanctíssimo Sacramento, contrahecha muy al natural al canto de los Incas. Salieron ocho muchachos mestizos, de mis con­ discípulos, vestidos como indios, con sendos arados en las manos, con que representaron en la processión el cantar y el hailli de los indios, ayudándoles toda la capilla al retruécano de las coplas, con gran con­ tento de los españoles y suma alegría de los indios, de ver que con sus cantos y bailes solenizassen los españoles la fiesta del Señor Dios nuestro, al cual ellos llaman Pachacámac, que quiere dezir el que da vida al universo. He referido la fiesta particular que los Incas hazían cuando barbechavan aquel andén dedicado al Sol, que lo vi en mis niñezes dos o tres años, para que por ella se saquen las demás fiestas que en todo el Perú se hazían cuando barbechavan las tierras del Sol y las del Inca; aunque aquella fiesta que yo vi, en comparación de las que hazían en tiempo de sus Incas, era sombra de las passadas, según lo encarecían los indios.

CAPÍTULO III La cantidad de tierra que davan a cada indio, y cómo la beneficiaran. > AVAN a cada indio un tupu, que es una hanega de tierra, para sembrar maíz; empero, tiene por hanega y media de las de España. También llaman tupu a una legua de ca­ mino, y lo hazen verbo y significa medir, y llaman tupti a cualquiera medida de agua o de vino o de cualquiera otro licor, y a los alfileres grandes con que las mujeres prenden sus ropas cuando se visten. La medida de las semillas tiene otro nombre, que es poccha'. quiere dezir hanega. Era bastante un tupu de tierra para el sustento de un plebeyo casado

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y sin hijos. Luego que los tenía le davan para cada hijo varón otro tupu, y para las hijas a medio. Cuando el hijo varón se casava le dava el padre la hanega de tierra que para su alimento havía recebido, porque echán­ dolo de su casa no podía quedarse con ella. Las hijas no sacavan sus partes cuando se casavan, porque no se las havían dado para dote, sino para alimentos, que haviendo de dar tierras a sus maridos no las podían ellas llevar, porque no hazían cuenta de las mujeres después de casadas, sino mientras no tenían quien las sustentasse, como era antes de casadas y después de biudas. Los padres se que­ davan con las tierras si las havían menester; y si no, las bolvían al con­ cejo, porque nadie las podía vender ni comprar. Al respecto de las tierras que davan para sembrar el maíz, repartían las que davan para sembrar las demás legumbres que no se regavan. A la gente noble, como eran los curacas, señores de vassallos, les davan las tierras conforme a la familia que tenían de mujeres y hijos y concubinas, criados y criadas. A los Incas, que son los de la sangre real, davan al mismo respecto, dondequiera que vivían, de lo mejor de la tierra; y esto era sin la parte común que todos ellos tenían en la ha­ zienda del Rey y en la del Sol, como hijos déste y hermanos de aquél. Estercolavan las tierras para fertilizarlas, y es de notar que en todo el valle del Cozco, y casi en toda la serranía, echavan al maíz estiércol de gente, porque dizen que es el mejor. Procúranlo haver con gran cuidado y diligencia, y lo tienen enxuto y hecho polvo para cuando hayan de sembrar el maíz. En todo el Collao, en más de ciento y cin­ cuenta leguas de largo, donde por ser tierra muy fría no se da el maíz, echan, en las sementeras de las papas y las demás legumbres, estiércol de ganado; dizen que es de más provecho que otro alguno. En la costa de la mar, desde más abaxo de Arequepa hasta Tarapaca, que son más de dozientas leguas de costa, no echan otro estiércol sino el de los páxaros marinos, que los hay en toda la costa del Perú grandes y chicos, y andan en vandas tan grandes que son increíbles si no se veen. Crían en unos islotes despoblados que hay por aquella costa, y es tanto el estiércol que en ellos dexan, que también es increíble: de lexos pare­ cen los montones del estiércol puntas de alguna sierra nevada. En tiempo de los Reyes Incas havía tanta vigilancia en guardar aquellas aves, que al tiempo de la cría a nadie era lícito entrar en las islas, so pena de la vida, por que no las assombrassen y echassen de sus nidos. Tampoco era lícito matarlas en ningún tiempo, dentro ni fuera de las islas, so la misma pena. Cada isla estava, por orden del Inca, señalada para tal o tal provin­ cia, y si la isla era grande, la davan a dos o tres provincias. Poníanles mojones por que los de la una provincia no se entrassen en el distrito de la otra; y repartiéndola más en particular, davan con el mismo límite

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a cada pueblo su parte y a cada vezino la suya, tanteando la cantidad de estiércol que havía menester, y, so pena de muerte, no podía el ve­ zino de un pueblo tomar estiércol del término ajeno, porque era hurto, ni de su mismo término podía sacar más de la cantidad que le estava tassada conforme a sus tierras, que le era bastante, y la demasía le castigavan por el desacato. Ahora, en estos tiempos, se gasta de otra ma­ nera, Es aquel estiércol de los páxaros de mucha fertilidad. En otras partes de la misma costa, como en las hoyas de Atica, Ati­ quipa, Uillacori, Malla y Chillca y otros valles, estercolan con caberas de sardinas, y no con otro estiércol. Los naturales destas partes que hemos nombrado y de otras semejantes viven con mucho trabajo, por­ que no tienen riego de agua, de pie ni llovediza, porque, como es notorio, en más de setecientas leguas de largo de aquella costa no llueve jamás, ni passan ríos por aquellas regiones que hemos dicho. La tierra es muy caliente y toda arenales; por lo cual los naturales, buscando humidad suficiente para sembrar el maíz, acercan sus pueblos lo más que pueden a la mar, y apartan la arena superficial que está sobre la haz de la tierra, y ahondan en partes un estado y en partes dos, y más y menos, hasta llegar al peso del agua de la mar, Y por esto las llamaron hoyas los espa­ ñoles: unas son grandes y otras chicas; las menores tendrán a media hanega de sembradura, y las mayores a tres y a cuatro hanegas. No las barbechan ni cosechan, porque no lo han menester. Siémbranlas con es­ tacas gruessas a compás y medida, haziendo hoyos, en los cuales entierran las caberas de las sardinas, con dos o tres granos de maíz dentro dellas. Éste es el estiércol que usan echar en las sementeras de las hoyas, y otro cualquiera dizen que antes daña que aprovecha. Y la providencia divina, que en toda cosa abunda, provee a los indios y a las aves de aquella costa con que la mar, a sus tiempos, eche de sí tanta cantidad de sardina viva, que haya para comer y estercolar sus tierras y para cargar muchos na­ vios si fuessen a cogerla. Algunos dizen que las sardinas salen huyendo de las ligas y de otros pescados mayores que se las comen; que sea de la una manera o de la otra, es provecho de los indios, para que tengan estiércol. Quién haya sido el inventor destas hoyas, no lo saben dezir los indios; deviólo de ser la necessidad, que aviva los entendimientos, que, como hemos dicho, en todo el Perú hay gran falta de tierras de pan; puédese creer que harían las hoyas como hizieron los andenes. De ma­ nera que todos universalmente sembravan lo que havían menester para sustentar sus casas, y assí no tenían necessidad de vender los basti­ mentos ni de encarecerlos, ni sabían qué cosa era carestía.

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CAPÍTULO IV

Cómo repartían el agua para regar. Castigavan a los floxos y descuidados. |N LAS tierras donde alcangavan poca aguapara regar, la da­ van por su orden y medida (como todas las demás cosas que se repartían), por que entre los indios no huviesse ren» zilla sobre el tomarla. Y esto se hazia en los años escasos de lluvias, cuando la necessidad era mayor. Medían el agua, y por experiencia sabían qué espacio de tiempo era menester para re­ gar una hanega de tierra, y por esta cuenta davan a cada indio las horas que conforme a sus tierras havía menester holgadamente. El tomar el agua era por su vez, como ivan sucediendo las hagas, una en pos de otra. No era preferido el más rico ni el más noble, ni el privado o pariente del curaca, ni el mismo curaca, ni el ministro o governador del Rey. Al que se descuidava de regar su tierra en el espacio de tiempo que le tocava, lo castigavan afrentosamente: dávanle en público tres o cuatro golpes en las espaldas con una piedra, o le agotavan los bragos y piernas con varas de mimbre por holgazán y floxo, que entre ellos fué muy vituperado; a los cuales llamavan mizquitullu, que quiere dezir huessos dulces, compuesto de mizqui, que es dulce, y de tullu, que es huesso.

CAPÍTULO V

El tributo que davan al Inca y la cuenta de los orones. 93¡E33»53§A QUE se ha dicho de qué manera repartíanlos Incas las

¿►VSaJTÍÚÉF tierras y de qué manera las beneficiavan sus vassallos, será

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bicn Que digamos el tributo que davan a sus Reyes. Es assí que principal tributo era el labrar y beneficiar las tierras del Sol y del Inca y coger los fructos, cualesquiera que fuessen, y encerrarlos en sus orones y ponerlos en los pósitos reales que havía en cada pueblo para recoger los fructos. Y uno de los principales fructos era el tichu, que los españoles llaman axí y por otro nombre pimiento. A los orones llaman pirucr. son hechos de barro pisado, con mucha paxa. En tiempo de sus Reyes los hazían con mucha curiosidad: eran largos, más o menos, conforme al altor de las paredes del aposento donde los ponían; eran angostos y cuadrados y enterizos, que los devían de ha-

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zer con molde y de diferentes tamaños. Hazíanlos por cuenta y medida, unos mayores que otros, de a treinta hanegas, de a cincuenta y de a ciento y de a dozientas, más y menos, como convenía hazerlos. Cada tamaño de orones estava en su aposento de por sí, porque se havían hecho a medida dél; poníanlos arrimados a todas cuatro paredes y por medio del aposento; por sus hiladas dexavan calles entre unos y otros, para henchirlos y vaziarlos a sus tiempos. No los mudavan de donde una vez los ponían. Para vaziar el orón hazían por la delantera dél unas ventanillas de una ochava en cuadro, abiertas por su cuenta y medida, para saber por ellas las hanegas que se havían sacado y las que quedavan sin haverlas medido. De manera que por el tamaño de los orones sabían con mucha facilidad el maíz que en cada aposento y en cada pósito havía, y por las ventanillas sabían lo que havían sacado y lo que quedava en cada orón. Yo vi algunos destos orones que quedaron del tiempo de los Incas, y eran de los más aventajados, porque estavan en la casa de las vírgines escogidas, mujeres del Sol, y eran hechos para el servicio de aquellas mujeres. Cuando los vi, era la casa de los hijos de Pedro del Barco, que fueron mis condiscípulos. La cosecha del Sol y la del Inca se encerrava cada una de por sí aparte, aunque en unos mismos pósitos. La semilla para sembrarla dava el dueño de la tierra, que es el Sol o el Rey; y lo mismo era el sustento de los indios que trabajavan, porque los mantenían de la hazienda de cada uno dellos, cuando labravan y beneficiavan sus tierras; de manera que los indios no ponían más del trabajo personal. De la cosecha de sus tierras particulares no pagavan los vassallos cosa alguna al Inca. El Padre Maestro Acosta dize lo mismo en el libro sesto, capítulo quinze, por estas palabras: "La tercera parte de tierras dava el Inca para la co­ munidad. No se ha averiguado qué tanta fuesse esta parte, si mayor o menor que la del Inga y guacas, pero es cierto que se tenía atención a que bastasse a sustentar el pueblo. Desta tercera parte ningún particular posseía cosa propria, ni jamás posseyeron los indios cosa propria, si no era por merced especial del Inga, y aquello no se podía enajenar ni aun dividir entre los herederos. Estas tierras de comunidad se repartían cada año, y a cada uno se le señalava el pedazo que havía menester para sus­ tentar su persona y la de su mujer y hijos; y assí era unos años más y otros menos, según era la familia, para lo cual havía ya sus medidas determinadas. De esto que a cada uno se le repartía no dava jamás tri­ buto, porque todo su tributo era labrar y beneficiar las tierras del Inga y de las guacas y ponerles en sus depósitos los frutos”, etc. Hasta aquí es del Padre Acosta. Llama tierras de las guacas a las del Sol, porque eran de lo sagrado. En toda la provincia llamada Colla, en más de ciento y cincuenta leguas de largo, por ser la tierra muy fría, no se da el maíz; cógese

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mucha quinua, que es como arroz, y otras semillas y legumbres que frutificavan debaxo de tierra, y entre ellas hay una que llaman papa: es redonda y muy húmida, y, por su mucha humidad, dispuesta a corrom­ perse presto. Para preservarla de corrupción la echan en el suelo sobre paxa, que la hay en aquellos campos muy buena. Déxanla muchas no­ ches al yelo, que en todo el año yela en aquella provincia rigurosamente, y después que el yelo la tiene passada, como si la cozieran, la cubren con paxa y la pisan con tiento y blandura, para que despiche la acuosidad que de suyo tiene la papa y la que el yelo le ha causado; y después de haverla bien exprimido, la ponen al sol y la guardan del sereno hasta que está del todo enxuta. Desta manera preparada, se conserva la papa mucho tiempo y trueca su nombre y se llama chume. Assí -passavan toda la que se cogía en las tierras del Sol y del Inca, y la guardavan en los pósitos con las demás legumbres y semillas.

CAPÍTULO VI

Hazían de vestir, armas y calcado para la gente de guerra. ^U0&&^Au0lN EL tributo principal, que era sembrar las tierras, coger y beneficiar los fructos del Sol y del Inca, davan otro segundo tributo, que era hazer de vestir y de calcar y armas para el gasto de la guerra y para la gente pobre, que eran los que no podían trabajar por vejez o por enfermedad. En repartir y dar este segundo tributo havía la misma orden y concierto que en todas las demás cosas. La ropa, en toda la serra­ nía, la hazían de la lana que el Inca les dava de sus ganados y del Sol, que era inumerable. En los llanos, que es la costa de la mar, donde por ser la tierra caliente no visten lana, hazían ropa de algodón de la cosecha de las tierras del Sol y del Inca, que los indios no ponían más de la obra de sus manos. Hazían tres suertes de ropa de lana. La más baxa, que llaman añasca, era para la gente común. Otra hazían más fina, que lla­ man compi; désta vestía la gente noble, como eran capitanes y curacas y otros ministros: hazíanla de todas colores, y lavores con peine, como se hazen los paños de Flandes; era a dos haces. Otra ropa hazían finíssima, del mismo nombre compi: ésta era para los de la sangre real, assí capitanes como soldados y ministros regios, en la guerra y en la paz. Hazían la ropa fina en las provincias donde los naturales tenían más 234 habilidad y maña para la hazer, y la no fina en otras, donde no havía

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tan buena dispusición. La lana para toda esta ropa hilavan las mujeres, y texían la ropa basta, que llaman auasca; la fina texían los hombres, por­ que la texen en pie, y la una y la otra labravan los vassallos y no los Incas, ni aun para su vestir. Digo esto porque hay quien diga que hilavan los Incas. Adelante, cuando tratemos de cómo los armavan cava­ lleros, diremos cómo y para qué era el hilar que dizen de los Incas. El calgado hazían las provincias que tenían más abundancia de cáñamo, que se haze de las pencas del árbol llamado maguey. Las armas se hazían en las tierras que tenían abundancia de materiales para ellas. En unas hazían arcos y flechas, en otras langas y dardos, en otras porras y hachas y en otras hazían hondas y sogas de cargar, en otras paveses y rodelas. No supieron hazer otras armas defensivas. En suma, cada provincia y nación dava de lo que tenía de su cosecha, sin ir a buscar a tierra ajena lo que en la suya no havía, que no le obligavan a más. En fin, pagavan su tributo sin salir de sus casas, que era ley universal para todo el Im­ perio que ningún indio saliesse fuera de su tierra a buscar lo que hu­ viesse de dar en tributo, porque dezían los Incas que no era justo pedir a los vasallos lo que no tenían de cosecha, y que era abrirles la puerta para que en achaque del tributo anduviessen vagando de tierra en tierra, hechos holgazanes. De manera que eran cuatro las cosas que de obliga­ ción davan al Inca, que eran: bastimentos de las proprias tierras del Rey, ropa de lana de su ganado real, armas y calgado de lo que havía en cada provincia. Repartían estas cosas por gran orden y concierto: las provin­ cias que en el repartimiento cargavan de ropa, por el buen aliño que en ellas havía para hazerla, descargavan de las armas y del calgado, y, por el semejante, a las que davan más de una cosa, descargavan de otra; y en toda cosa de contribución havía el mismo respecto, de manera que ni en común ni en particular nadie se diesse por agraviado. Por esta suavidad que en sus leyes havía, acudían los vassallos a servir al Inca con tanta prontitud y contento, que, hablando en el mismo propósito, dize un famoso historiador español estas palabras: "Pero la mayor ri­ queza de aquellos bárbaros Reyes era ser sus esclavos todos sus vassallos, de cuyo trabajo gozavan a su contento, y, lo que pone admiración, ser­ víanse dellos por tal orden y por tal govierno que no se les hazía servi­ dumbre, sino vida muy dichosa”. Hasta aquí es ajeno, y holgué ponerlo aquí, como pondré en sus lugares otras cosas de este muy venerable autor, que es el Padre Joseph de Acosta, de la Compañía de Jesús, de cuya autoridad y de los demás historiadores españoles me quiero valer en se­ mejantes passos contra los maldizientes, por que no digan que finxo fá­ bulas en favor de la patria y de los parientes. Éste era el tributo que entonces pagavan a los Reyes idólatras. Otra manera de tributo davan los impedidos que llamamos pobres, y era que de tantos a tantos días eran obligados a dar a los governadores

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de sus pueblos ciertos cañutos de piojos. Dizen que los Incas pedían aquel tributo por que nadie (fuera de los libres de tributo) se asentasse de pagar pecho, por pobre que fuesse, y que a éstos se lo pedían de piojos, porque, como pobres impedidos, no podían hazer servicio personal, que era el tributo que todos pagavan. Pero también dezían que la principal inten­ ción de los Incas para pedir aquel tributo era zelo amoroso de los pobres impedidos, por obligarles a que se despiojassen y limpiassen, porque, como gente desastrada, no pereciessen comidos de piojos. Por este zelo que en toda cosa tenían los Reyes, les llamavan amadores de pobres. Los decuriones de a diez (que en su lugar diximos) tenían cargo de hazer pagar este tributo. Eran libres de los tributos que hemos dicho todos los de la sangre real y los sacerdotes y ministros de los templos y los curacas, que eran los señores de vassallos, y todos los maesses de campo y capitanes de mayor nombre, hasta los centuriones, aunque no fuessen de la sangre real, y todos los governadores, juezes y ministros regios mientras les duravan los oficios que administravan; todos los soldados que actualmente es­ tavan ocupados en la guerra, y los mogos que no llegavan a veinticinco años, porque hasta entonces ayudavan a servir a sus padres y no podían casarse, y después de casados, por el primer año eran libres de cualquier tributo. Assimismo eran libres los viejos, de cincuenta años arriba, y las mujeres, assí donzellas como biudas y casadas, aunque muchos es­ pañoles quieren porfiar en dezir que pagavan tributo, porque dizen que todos trabajavan. Y engáñanse, que cuando ellas trabajavan era por su voluntad, por ayudar a sus padres, maridos o parientes, para que acabassen más aína sus tareas, y no por obligación de tributo. Los enfermos eran libres hasta que cobravan entera salud, y los ciegos, cojos, mancos y lisiados. Por el contrario, los sordos y mudos no eran libres, porque po­ dían trabajar, de manera que, bien mirado, el trabajo personal era el tributo que cada uno pagava. Lo mismo dize el Padre Blas Valera, como adelante veremos, tan al proprio, que paresce lo uno sacado de lo otro, y la misma conformidad se hallará en todo lo que tratamos de tributos.

CAPÍTULO VII

El oro y plata y otras cosas de estima no era de tributo, sino presentadas. ¡ L ORO y plata y las piedras preciosas que los Reyes Incas tu­ vieron en tanta cantidad, como es notorio, no era del tributo [Jé? obligatorio, que fuessen los indios obligados a darlo, ni los Reyes lo pedían, porque no lo tuvieron por cosa necessaria para la guerra ni para la paz, y todo esto no estimaron por hazienda ni tesoro, porque, como se sabe, no vendían ni compravan cosa alguna por plata ni por oro, ni eon ello pagavan la gente de guerra ni lo gastavan en socorro de alguna necessidad que se les ofre­ ciesse, y por tanto lo tenían por cosa superflua, porque ni era de comer ni para comprar de comer. Solamente lo estimavan por su hermosura y resplandor, para ornato y servicio de las casas reales y templos del Sol y casas de las vírgines, como en sus lugares hemos visto y veremos ade­ lante. Alcanzaron los Incas el azogue, mas no usaron dél, porque no le hallaron de ningún provecho; antes, sintiéndole dañoso, prohibieron el sacarlo; y adelante, en su lugar, daremos más larga cuenta dét Dezimos, pues, que el oro y plata que davan al Rey era presentado, y no de tributo forzoso, porqué aquellos indios (como hoy lo usan) no supieron jamás visitar al superior sin llevar algún presente, y cuando no tenían otra cosa, llevavan una cestica de fruta verde o seca. Pues como los curacas, señores de vassallos, visitassen al Inca en las fiestas principales del año, particularmente en la principalíssima que hazían al Sol, llamada Raimi, y en los triunfos que se celebravan por sus grandes victorias y en el tresquilar y poner nombre al príncipe heredero y en otras muchas ocasiones que entre año se ofrecían, cuando hablavan al Rey en sus negocios particulares o en los de sus tierras o cuando los Reyes visitavan el reino, en todas estas visitas jamás le besavan las manos sin llevarle todo el oro y plata y piedras preciosas que sus indios sacavan cuando estavan ociosos, porque, como no era cosa necessaria para la vida humana, no los ocupavan en sacarlo cuando havía otra cosa en qué en­ tender. Empero, como veían que lo empleavan en adornar las casas reales y los templos (cosas que ellos tanto estimavan), gastavan el tiempo que les sobrava buscando oro y plata y piedras preciosas, para tener qué presentar al Inca y al Sol, que eran sus dioses. Sin estas riquezas, presentavan los curacas al Rey madera preciada, de muchas maneras, para los edificios de sus casas; presentávanle tam­ bién los hombres que en cualquiera oficio salían excelentes oficiales, como plateros, pintores, canteros, carpinteros y albañíes, que de todos estos oficios tenían los Incas grandes maestros, que, por ser dignos de su servicio, se los presentavan los curacas. La gente común no los havía

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menester, porque cada uno sabía lo necessario para su casa, como hazer de vestir y de calcar y una pobre choza en que vivir, aunque entonces se la dava hecha el Consejo, y ahora la haze cada uno para sí, con ayuda de sus parientes o amigos. Y assí los oficiales de cualquier oficio eran impertinentes para los pobres, porque no pretendían más de passar y sustentar la vida natural, sin la superfluidad de tantas cosas como son menester para los poderosos. Demás de los grandes oficiales, presentavan al Inca animales fieros, tigres, leones y osos; y otros no fieros, micos y monos y gatos cervales, papagayos y guacamayas, y otras aves mayores, que son abestruzes, y el ave que llaman cúntur, grandíssima sobre todas las aves que hay allá ni acá. También le presentavan culebras grandes y chicas, de las que se crían en los Antis: las mayores, que llaman amaru, son de a veinti­ cinco y de a treinta pies y más de largo. Llevávanle grandes sapos y es­ cuerzos y lagartos fieros. Los de la costa le presentavan lobos marinos y los lagartos que llaman caimanes, que también los hay de a veinticinco y de a treinta pies de largo. En suma, no hallavan cosa notable en fero­ cidad o en grandeza o en lindeza que no se la llevassen a presentar, jun­ tamente con el oro y la plata, para dezirle que era señor de todas aquellas cosas y de los que se las llevavan, y para mos­ trarle el amor con que le servían.

CAPÍTULO VIII

La guarda y el gasto de los bastimentos. ^ERÁ bien digamos cómo se guardava y en qué se gastava este tributo. Es de saber que por todo el reino havía tres maneras de pósitos donde encerravan las cosechas y tribu­ tos. En cada pueblo, grande o chico, havía dos pósitos: en el uno se encerrava el mantenimiento que se guardava para socorrer naturales en años estériles; en el otro pósito se guardavan las cosechas del Sol y del Inca. Otros pósitos havía por los caminos reales, de tres a tres leguas, que ahora sirven a los españoles de ventas y

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La cosecha del Sol y del Inca, de cincuenta leguas al derredor de la ciudad del Cozco, llevavan a ella, para el sustento de la corte, para que el Inca tuviesse a mano bastimento de qué hazer merced a los capitanes y curacas que a ella fuessen. De la renta del Sol dexavan en cada pueblo

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

de aquellas cincuenta leguas cierta parte, para el pósito común de los vassallos. La cosecha de los demás pueblos, fuera del distrito de la corte, guar­ davan en los pósitos reales que en ellos havía, y de allí la llevavan por su cuenta y razón a los pósitos que estavan en los caminos donde encerravan bastimento, armas, ropa de vestir y calcado para los exércitos que por ellos caminavan a las cuatro partes del mundo, que llamaron Tauantinsuyu. Destas cuatro cosas tenían tan bastecidos los pósitos de los caminos, que, aunque passassen por ellos muchas compañías o tercios de gente de guerra, havía bastante recaudo para todos. No permitían que los soldados se alojassen por los pueblos, a costa de los vassallos. De­ zían los Incas que ya havía pagado cada pueblo el tributo que le cabía, que no era justicia hazerle más vexación, y de aquí nascía la ley que mandava dar pena de muerte a cualquier soldado que tomasse cosa al­ guna a los vassallos, por poca que fuesse. Pedro de Ciega de León, ha­ blando de los caminos, lo refiere, capítulo sesenta, y dize estas palabras: "Havía para los Incas aposentos grandes y muy principales, y depósitos para proveimientos de la gente de guerra; porque fueron tan temidos, que no osavan dexar de tener gran proveimiento, y si faltava alguna cosa se hazia castigo grande, y por el consiguiente, si alguno de los que con él ivan de una parte a otra era osado de entrar en las sementeras o casas de los indios, aunque el daño que hiziesse no fuesse mucho, man­ dava que fuesse muerto”. Hasta aquí es de Pedro de Ciega. Dezían los indios que, para prohibir a los soldados el hazer agravio a nadie en campos ni poblados, y para castigarles con justicia, les davan todo lo necessario. Assí como la gente de guerra iva gastando lo que havía en los pósitos de los caminos, assí ivan llevando de los pósitos de los pueblos, por tanta cuenta y razón, que jamás huvo falta en ellos. Agustín de Qárate, haviendo hablado de la grandeza de los caminos reales (que en su lugar diremos), dize lo que se sigue, libro primero, capí­ tulo catorze: "Demás de la obra y gasto destos caminos, mandó Guainacava que en el de la sierra, de jomada a jornada, se hiziessen unos palacios de muy grandes anchuras, y aposentos donde pudiesse caber su persona y casa, con todo su exército. Y en el de los llanos otros semejantes, aunque no se podían hazer tan menudos y espessos como los de la sierra, sino a la orilla de los ríos, que, como tenemos dicho, están apartados ocho o diez leguas, y en partes quinze y veinte. Estos aposentos se llaman tambos, donde los indios, en cuya juridición caían, tenían hecha provisión y depósito de todas las cosas que él se havía menester para proveimiento de su exército, no solamente de mantenimientos, mas aun de armas y vestidos y todas las otras cosas necessarias; tanto, que si en cada uno destos tambos quería renovar de armas y vestidos a veinte o treinta mil hombres de su campo, lo podía hazer sin salir de casa.

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"Traía consigo gran número de gente de guerra, con picas y ala­ bardas y porras y hachas de armas de plata y cobre, y algunas de oro, y con hondas y tiraderas de palma, tostadas las puntas”, etc. Hasta aquí es de Agustín de Qárate, acerca de la provisión que en los caminos aquellos Reyes tenían para sus exércitos. Si por ser los gastos excessivos de la guerra, no alcangavan las rentas del Rey, entonces se valía de la hazienda del Sol, como hijo legítimo y universal heredero que dezía ser suyo. Los bastimentos que sobravan de los gastos de la guerra y de la corte se guardavan en las tres maneras de pósitos que hemos dicho, para repartirlos en años de necessidad a los vassallos, en cuyo beneficio se empleava el principal cuidado de los Incas. De la hazienda del Sol mantenían en todo el reino a los sacerdotes y ministros de su idolatría mientras asistían en los templos, porque ser­ vían a semanas por su rueda. Mas cuando estavan en sus casas comían a su costa, que también les davan a ellos tierras para sembrar como a toda la demás gente común; y con todo esso era poco el gasto que havía en la hazienda del Sol, según la cantidad de la renta, y assí so­ brava mucha para socorrer al Inca en sus necessidades.

CAPÍTULO IX

Davan de vestir a los vassallos. No buvo pobres mendigantes.

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JSSÍ como havía orden y govierno para que huviesse ropa de vestir en abundancia para la gente de guerra, assí también lo havía para dar lana de dos a dos años a todos los vassallos y a los curacas en general, para que hiziessen de vestir para sí y para sus mujeres y hijos; y los decuriones tenían cui­ dado de mirar si se vestían. Los indios en común fueron pobres de ganado, que aun los curacas tenían apenas para sí y para su familia, y, por el contrario, el Sol y el Inca tenían tanto, que era innume­ rable. Dezían los indios que, cuando los españoles entraron en aquella tierra, ya no tenían dónde apacentar sus ganados. Y también lo oí a mi padre y a sus contemporáneos, que contavan grandes eccesos y desper­ dicios que algunos españoles havían hecho en el ganado, que quigá los contaremos en su lugar. En las tierras calientes davan algodón de las rentas reales, para que los indios hiziessen de vestir para sí y para toda su casa. De manera que lo necessario para la vida humana, de comer y vestir y calgar, lo tenían todos, que nadie podía llamarse pobre ni pedir

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

limosna; porque lo uno y lo otro tenían bastantemente, como si fueran ricos; y para las demasías eran pobríssimos, que nada les sobrava; tanto que el Padre Maestro Acosta, hablando del Perú, breve y compendiosa mente dize lo mismo que nosotros con tanta prolixidad hemos dicho. Al fin del capítulo quinze, libro sesto, dize estas palabras: "Tresquilávase a su tiempo el ganado, y davan a cada uno a hilar y texer su ropa para hijos y mujer, y havía visita si lo cumplían, y castigavan al negli­ gente. La lana que sobrava poníase en sus depósitos; y assí los hallaron, muy llenos de éstas y de todas las otras cosas necessarias a la vida hu­ mana, los españoles, cuando en ella entraron. Ningún hombre de con­ sideración havrá que no se admire de tan noble y próvido govierno, pues, sin ser religiosos ni cristianos los indios, en su manera guardavan aquella tan alta perfección de no tener cosa propria y proveer a todo lo necessa rio y sustentar tan copiosamente las cosas de la religión y las de su Rey y señor”. Con esto acaba aquel capítulo décimo quinto, que intitula: "La hazienda del Inca y tributo”. En el capítulo siguiente, hablando de los oficios de los indios, donde toca muchas cosas de las que hemos dicho y adelante diremos, dize lo que se sigue, sacado a la letra: "Otro primor tuvieron también los indios del Perú, que es enseñarse cada uno desde muchacho en todos los oficios que ha menester un hombre para la vida humana. Porque entre ellos no havía oficiales señalados, como entre nosotros, de sastres y zapateros y texedores, sino que todo cuanto en sus personas y casa havían menester lo aprendían todos y se proveían a sí mismos. Todos sabían texer y hazer sus ropas; y assí el Inca, con proverles de lana, los dava por ves­ tidos. Todos sabían labrar la tierra y beneficiarla, sin alquilar otros obreros. Todos se hazían sus casas, y las mujeres eran las que más sabían, de todo, sin criarse en regalo, sino con mucho cuidado, sirviendo a sus maridos. Otros oficios que no son para cosas comunes y ordinarias de la vida humana tenían sus proprios y especiales oficiales, como eran plateros y pintores y holleros y barqueros y contadores y tañedores, y en los mismos oficios de texer y labrar o edificar havía maestros para obra prima y de quien se servían los señores. Pero el vulgo común, como está dicho, cada uno acudía a lo que havía menester en su casa, sin que uno pagasse a otro para esto, y hoy día es assí, de manera que ninguno ha menester a otro para las cosas de su casa y persona, como es calcar y vestir y hazer una casa y sembrar y coger y hazer los aparejos y he­ rramientas necessarias para ello. Y casi en esto imitan los indios a los institutos de los monjes antiguos, que refieren las vidas de los Padres. A la verdad, ellos son gente poco codiciosa ni regalada, y assí se con­ tentan con passar bien moderadamente; que cierto, si su linaje de vida se tomara por eleción y no por costumbre y naturaleza, dixéramos que era vida de gran perfeción, y no dexa de tener harto aparejo para re -

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ccbir la doctrina del Sancto Evangelio, que tan enemiga es de la sobervia y codicia y regalo. Pero los predicadores no todas vezes se conforman con el exemplo que dan, con la doctrina que predican a los indios”. Poco más abaxo dize: "Era ley inviolable no mudar cada uno el traje y há­ bito de su provincia, aunque se mudasse a otra, y para el buen govierno lo tenía el Inca por muy importante, y lo es hoy día, aunque no hay tanto cuidado como solía”. Hasta aquí es del Padre Maestro Acosta. Los indios se admiran mucho de ver mudar traje a los españoles cada año. y lo atribuían a sobervia, presunción y perdición. La costumbre de no pedir nadie limosna todavía se guardava en mis tiempos, que hasta el año de mil y quinientos y sesenta, que salí del Perú, por todo lo que por él anduve no vi indio ni india que la pidiesse; sola una vieja conoscí en el Cozco, que se dezía Isabel, que la pedía, y más era por andarse chocarreando de casa en casa, como las gitanas, que no por necesidad que huviesse. Los indios e indias se lo reñían, y riñéndole escupían en el suelo, que es señal de vituperio y abomina­ ción; y, por ende, no pedía la vieja a los indios, sino a los españoles; y como entonces aún no havía en mi tierra moneda labrada, le davan maíz en limosna, que era lo que ella pedía, y si sentía que se lo davan de buena gana, pedía un poco de carne; y si se la davan, pedía un poco del brevaje que beven, y luego, con sus chocarrerías, haziéndose truhana, pedía un poco de cuca, que es la yerva preciada que los indios traen en la boca, y desta manera andava en su vida holgazana y viciosa. Los Incas, en su república, tampoco se olvidaron de los caminantes, que en todos los caminos reales y comunes mandaron hazer casas de hospedería, que llamaron corpahuaci, donde les davan de comer y todo lo necessario para su camino, de los pósitos reales que en cada pueblo havía; y si enfermavan, los curavan con grandíssimo cuidado y regalo, de manera que no echassen menos sus casas, sino que antes les sobrasse de lo que en ellas podían tener. Verdad es que no caminavan por su gusto y con­ tento ni por negocios proprios de granjerias o otras cosas semejantes, porque no las tenían particulares, sino por orden del Rey o de los cu­ racas, que los embiavan de unas partes a otras, o de los capitanes y mi­ nistros de la guerra o de la paz. A estos tales caminantes davan bastante recaudo; y a los demás, que caminavan sin causa justa, los castigavan por vagamundos.

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CAPÍTULO X

El orden y división del ganado, y de los animales estraños. ? ARA poder tener cuenta con tanta multitud de ganado co¡ mo tuvieron los Incas, lo tenían dividido por sus colores, que , aquel ganado es de muchas y diversas colores, como los ca► vallos de España, y tienen sus nombres para nombrar cada * color. A los muy pintados, de dos colores, llaman murumuru, y los españoles dizen moromoro. Si algún cordero nascí a de diferente color que sus padres, luego que se havía criado lo passavan con los de su color; y desta manera con mucha facilidad davan cuenta y ra­ zón de aquel su ganado, por sus ñudos, porque los hilos eran de las mismas colores del ganado. Las recuas para llevar los bastimentos a todas partes las hazían deste ganado que los españoles llaman carneros, teniendo más semejanza de camellos (quitada la corcoba) que de carneros; y aunque el cargarse los indios era común costumbre entre ellos, el Inca no lo permitía en su servicio, sino era a necessidad. Mandava que fuessen reservados de todo el trabajo que se les pudiesse escusar, porque dezía que lo quería guardar para emplearlo en otras obras, en las cuales no se podía escusar y se empleava mejor, como en labrar fortalezas y casas reales, hazer puentes y caminos, andenes y acequias y otras obras de provecho co­ mún, en que los indios andavan siempre ocupados. Del oro y plata que los vassallos presentavan al Inca, diximos atrás en qué y cómo se empleava, en el ornato de los templos del Sol; y de las casas reales y de las escogidas, diremos cuando tratemos dellas. Las aves estrañas y los animales fieros y las culebras grandes y chicas, con todas las demás savandijas malas y buenas que presentavan los cura­ cas, las sustentavan en algunas provincias, que hoy retienen los nombres dellas, y también las tenían en la corte, assí para grandeza della como para dar a entender a los vassallos que las havían traído que, pues el In­ ca las mandava guardar y sustentar en su corte, le havía sido agradable el servicio que con ellas le havían hecho, lo cual era de sumo contento para los indios. De los barrios donde tenían estos animales, havía alguna memoria cuando yo salí del Cozco: llamavan Amarucancha (que quiere dezir barrio de amarus, que son las culebras muy grandes) al barrio donde ahora es la casa de los Padres de la Compañía de Jesús; assimismo llamavan Pumacurcu y Pumapchupan a los barrios donde tenían los leones, tigres y ossos, dándoles el nombre del león, que llaman puma. El uno dellos está a las faldas del cerro de la fortaleza; el otro barrio está a las espaldas del monasterio de Sancto Domingo.

Las aves, para que se criassen mejor, las tenían fuera de la ciudad, y 245

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de aquí se llamó Surihualla, que es prado de abestruzes, un heredamiento que está cerca de una legua del Cozco, al mediodía, que fué de mi ayo Juan de Alcoba^a, y lo heredó su hijo Diego de Alcoba^a, presbítero, mi condiscípulo. Los animales fieros, como tigres y leones, culebras y sapos y escuerzos (demás de la grandeza de la corte), los mantenían para castigo de los malhechores, como en otra parte diremos, donde se tratará de las leyes que tuvieron para tales o tales delincuentes. Esto es lo que hay que dezir acerca de los tributos que davan a los Reyes Incas, y cómo lo gastavan ellos. De los papeles escritos de mano del curioso y muy docto Padre Maestro Blas Valera saqué lo que se sigue, para que se vea la conformidad de lo que él iva diziendo con todo lo que de los principios, costumbres, leyes y govierno de aquella república hemos dicho. Su Paternidad lo escrivía por mejor orden, más breve y con mucha gala y hermosura, lo cual me movió a sacarlo aquí, también como la conformidad de la historia, para hermosear la mía y suplir las faltas della con trabajos ajenos.

CAPÍTULO XI

Leyes y ordenancas de los Incas para el beneficio de los vassallos.

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L PADRE Blas Valera dize del govierno de los Incas lo que se sigue, que, por ser tan conforme a lo que hemos dicho y por valerme de su autoridad, lo saqué a la letra de su galaníssimo latín: "Los indios del Perú comentaron a tener alguna manera de república desde el tiempo del Inca Manco Cápac y del Rey Inca Roca, que fué uno de sus Reyes. Hasta entonces, en muchos siglos atrás, havían vivido en mucha torpeza y barbariedad, sin ninguna enseñanza de leyes ni otra alguna policía. Desde aquel tiempo criaron sus hijos con doctrina, comunicáronse unos con otros, hizieron de vestir para sí, no sólo con honestidad, mas también con algún atavío y ornato; cultivaron los campos con industria y en compañía unos de otros; dieron en tener juezes, hablaron cortesanamente, edificaron casas, assí particu­ lares como públicas y comunes; hizieron otras muchas cosas deste jaez, dignas de loor. Abracaron muy de buena gana las leyes que sus Príncipes, enseñados con la lumbre natural, ordenaron, y las guardaron muy cumplidamente. En lo cual tengo para mí que estos Incas del Perú deben ser

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

preferidos, no sólo a los chinos y japones y a los indios orientales, mas también a los gentiles naturales de Asia y de Grecia. Porque, bien mi­ rado, no es tanto de estimar lo que Numa Pompilio padesció y trabajó en hazer leyes para los romanos, y Solón para los atenienses y Licurgo para los lacedemonios, porque supieron letras y ciencias humanas, las cuales enseñan a tragar y componer leyes y costumbres buenas, que dexaron escritas para los hombres de sus tiempos y de los venideros. Pero es de grande admiración que estos indios, del todo desamparados destos socorros y ayudas de costa, alcangassen a fabricar de tal manera sus leyes (sacadas las que pertenescen a su idolatría y errores); innumerables dellas vemos que guardan hoy los indios fieles, todas puestas en razón y muy conformes a las leyes de los muy grandes letrados; las cuales escrivieron y encomendaron distintamente a los ñudos de los hilos de diversas colores que para sus cuentas tenían, y las enseñaron a sus hijos y descendientes, de tal manera que las que sus primeros Reyes establescieron, de seiscientos años a esta parte, tienen hoy tan en la memoria como si ahora de nuevo se huvieran promulgado. Tuvieron la ley munici­ pal, que hablava acerca de los particulares provechos que cada nación o pueblo tenía dentro de su juridición. Y la ley agraria, que tratava del dividir y medir las tierras y repartirlas por los vezinos de cada pueblo; la cual se cumplía con grandíssima diligencia y rectitud, que los medi­ dores medían las tierras con sus cordeles por hanegas, que llaman tupti, y las repartían por los vezinos, señalando a cada uno su parte. Llamavan ley común a la que mandava que los indios acudiessen en común (sacan­ do los viejos, muchachos y enfermos) a hazer y trabajar en las cosas de la república, como era edificar los templos y las casas de los Reyes o de los señores, y labrar sus tierras, hazer puentes, aderegar los caminos y otras cosas semejantes. Llamavan ley de hermandad a la que mandava que todos los vezinos de cada pueblo se ayudassen unos a otros a bar­ bechar y a sembrar y a coger sus cosechas y a labrar sus casas y otras cosas desta suerte, y que fuesse sin llevar paga ninguna. La ley que lla­ mavan Mitachanácuy, que es mudarse a vezes por su rueda o por linajes, la cual mandava que en todas las obras y fábricas de trabajo que se hazían y acabavan con el trabajo común huviesse la misma cuenta, me­ dida y repartimiento que havía en las tierras, para que cada provincia, cada pueblo, cada linaje, cada persona, trabajasse lo que le pertenescía y no más, y aquel trabajo fuesse remudándose a vezes, por que fuessen trabajando y descansando. Tuvieron ley sobre el gasto ordinario, que les prohibía el fausto en los vestidos ordinarios y las cosas preciosas, como el oro y la plata y piedras finas, y totalmente quitava la superflui­ dad en los banquetes y comidas; y mandava que dos o tres vezes al mes comiessen juntos los vezinos de cada pueblo, delante de sus curacas, y se exercitassen en juegos militares o populares para que se reconciliassen

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los ánimos y guardassen perpetua paz, y para que los ganaderos y otros trabajadores del campo se alentassen y regozijassen. La ley en favor de los que llamavan pobres, la cual mandava que los ciegos, mudos y coxos, los tullidos, los viejos y viejas decrépitos, los enfermos de larga enferme­ dad y otros impedidos que no podían labrar sus tierras, para vestir y comer por sus manos y trabajo, los alimentassen de los pósitos públicos. También tenían ley que mandava que de los mismos pósitos públicos proveyessen los huéspedes que recibiessen, los estranjeros y peregrinos y los caminantes, para todos los cuales tenían casas públicas, que llaman corpahuaci, que es casa de hospedería, donde les davan de gracia y de balde todo lo necessario. Demás desto mandava la misma ley que dos o tres vezes al mes llamassen a los necesitados, que arriba nombramos, a los combites y comidas públicas, para que con el regocijo común desechassen parte de su miseria. Otra ley llamavan casera. Contenía dos cosas: la primera, que ninguno estuviesse ocioso, por lo cual, como atrás diximos, aun los niños de cinco años ocupavan en cosas muy livianas, conforme a su edad; los ciegos, coxos y mudos, si no tenían otras en­ fermedades, también les hazían trabajar en diversas cosas; la demás gente, mientras tenía salud, se ocupava cada uno en su oficio y beneficio, y era entre ellos cosa de mucha infamia y deshonra castigar en público a alguno por ocioso. Después desto, mandava la misma ley que los indios comiessen y cenassen las puertas abiertas para que los ministros de los jue­ zes pudiessen entrar más libremente a visitarles. Porque havía ciertos juezes que tenían cargo de visitar los templos, los lugares y edificios públicos y las casas particulares: llamávanse llactacamayu. Éstos, por sí o por sus ministros, visitavan a menudo las casas para ver el cuidado y diligencia que assí el varón como la mujer tenía acerca de su casa y familia, y la obediencia, solicitud y ocupación de los hijos. Coligían y sacavan la diligencia dellos del ornamento, atavío y limpieza y buen aliño de su casa, de sus alhajas, vestidos, hasta los vasos y todas las demás cosas caseras. Y a los que hallavan aliñosos premiavan con loarlos en público, y a los desaliñados castigavan con agotes en bragos y piernas o con otras penas que la ley mandava. De cuya causa havía tanta abun­ dancia de las cosas necessarias para la vida humana, que casi se davan de balde, y aun las que hoy tanto estiman. Las demás leyes y ordenangas morales, que en común y en particular todos guardavan, tan allegadas a razón, se podrán colegir y sacar de lo que diremos de la vida y costum­ bres dellos. También diremos largamente en el capítulo octavo y noveno la causa por que se han perdido estas leyes y derechos, o la mayor parte dellos, y el govierno de los Incas, tan político y tan digno de loor; y cómo es mayor la barbariedad que ahora tienen los indios para las cosas ciudadanas y mayor falta y carestía de las cosas necessarias para la vida humana, que no la que tuvieron los de aquellos tiempos”.

CAPÍTULO XII

Cómo conquistaran y domesticaran los nueros rassallos. |A ORDEN y manera que los Incas tenían de conquistar las tierras y el camino que tomavan para enseñar las gentes a la vida política y ciudadana, cierto no es de olvidar ni de me­ nospreciar; porque desde los primeros Reyes, a los cuales imi­ taron los sucessores, nunca hizieron guerra sino movidos por alguna razón que les parescía bastante, como era la necesidad que los bárbaros tenían de que los reduxessen a vida humana y política, o por injurias y molestias que los comarcanos hazían a sus vassallos, y antes que moviessen la guerra, requerían a los enemigos una y dos y tres vezes. Después de sujetada la provincia, lo primero que el Inca hazía era que, como en rehenes, tomava el ídolo principal que aquella tal provincia tenía y lo llevava al Cozco; mandava que se pusiesse en un templo hasta que el cacique, y sus indios se desengañassen de la burlería de sus vanos dioses y se aficionassen a la idolatría de los Incas, que adoravan al Sol. No echavan por tierra los dioses ajenos luego que conquistavan la provincia, por la honra della, porque los naturales no se desdeñassen del menosprecio de sus dioses hasta que los tenían cultivados en su vana religión. También llevavan al Cozco al cacique principal y a todos sus hijos, para los acariciar y regalar, y para que ellos, frecuentando la corte, aprendiessen, no solamente las leyes y cos­ tumbres y la propriedad de la lengua, mas también sus ritos, ceremonias y supersticiones; lo cual hecho, restituía al curaca en su antigua dignidad y señorío, y, como Rey, mandava a los vassallos le sirviessen y obedesciessen como a señor natural. Y para que los soldados vencedores y ven­ cidos se reconciliassen y tuviessen perpetua paz y amistad y se perdiesse y olvidasse cualquiera enojo o rancor que durante la guerra hu­ viesse nascido, mandava que entre ellos celebrassen grandes vanquetes, abundantes de todo regalo, y que se hallassen a ellos los ciegos, cojos y mudos y los demás pobres impedidos, para que gozassen de la liberali­ dad real. En aquellas fiestas havía dangas de donzellas, juegos y regozijos de mo^os, exercicios militares de hombres maduros. Demás desto les davan muchas dádivas de oro y plata y plumas para adornar los vesti­ dos y arreos de las fiestas principales. Sin esto les hazían otras mercedes de ropa de vestir y otras preseas, que entre ellos eran muy estimadas. Con estos regalos y otros semejantes, regalava el Inca los indios nueva­ mente conquistados, de tal manera que, por bárbaros y brutos que fue­ ssen, se sujetavan y unían a su amor y servicio con tal vínculo que nunca jamás provincia alguna imaginó rebelarse. Y por que se quitassen del todo las ocasiones de producir quexas, y de las quexas se causassen rebelio­ nes, confirmava y de nuevo (por que fuessen más estimadas y acatadas)

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promulgava todas las leyes, fueros y estatutos antiguos, sin tocar en cosa alguna dellos, si no eran los contrarios a la idolatría y leyes del Im­ perio. Mudava, cuando era menester, los habitadores de una provincia a otra; proveíanles de heredades, casas, criados y ganados, en abundan­ cia bastante; y en lugar de aquellos llevavan ciudadanos del Cozco o de otras provincias fieles, para que, haziendo oficio de soldados en pre­ sidio, enseñassen a los comarcanos las leyes, ritos y ceremonias y la len­ gua general del reino. "Lo restante del govierno suave que los Reyes Incas tuvieron, en que hizieron ventaja a todos los demás Reyes y naciones del Nuevo Mundo, consta claro, no solamente por las cuentas y ñudos anales de los indios, mas también por los cuadernos fidedignos, escritos de mano, que el visorrey Don Francisco de Toledo mandó a sus visitadores y juezes y a sus escrivanos que escriviessen, haviéndose informado largamente de los indios de cada provincia, los cuales papeles están hoy en los archivos públicos, donde se ve claro cuán benignamente trataron los Incas Reyes del Perú a los suyos. Porque, como ya se ha dicho, sacadas algunas cosas que convenían para la seguridad de todo el Imperio, todo lo demás de leyes y derechos de los vassallos se conservavan sin tocarles en nada. Las haziendas y patrimonios, assí comunes como particulares, mandavan los Incas que se sustentassen libres y enteras, sin diminuirles parte alguna. Nunca permitieron que sus soldados robassen ni saqueassen las provin­ cias y reinos que por armas sujetavan y rendían; y a los rendidos, natu­ rales dellas, en breve tiempo les proveían en goviernos de paz y en cargos de la guerra, como si los unos fueran soldados viejos del Inca, de mucho tiempo atrás, y los otros fueran criados fidelíssimos. "La carga de los tributos que a sus vassallos imponían aquellos Reyes era tan liviana que parescerá cosa de burla lo que adelante diremos, a los que lo leyeren. Empero, los Incas, no contentos ni satisfechos con todas estas cosas, distribuían con grandíssima largueza las cosas necessa­ rias para el comer y el vestir, sin otros muchos dones, no solamente a los señores y a los nobles, mas también a los pecheros y a los pobres, de tal manera que con más razón se podrían llamar diligentes padres de familias o cuidadosos mayordomos, que no Reyes, de donde nació el renombre Cápac Titu con que los indios les solían llamar: Cápac, lo mismo es que Príncipe poderoso en riquezas y grandezas, y Titu significa Príncipe liberal, magnánimo, medio Dios, augusto. De aquí también nasció que aquellos Reyes del Perú, por haver sido tales, fuessen tan amados y queridos de sus vassallos que hoy los indios, con ser ya cristia­ nos, no pueden olvidarlos, antes en sus trabajos y necessidades, con llantos y gemidos, a vozes y alaridos los llaman uno a uno por sus nombresj porque no se lee que ninguno de los Reyes antiguos de Asia, África y Europa haya sido para sus naturales vassallos tan cuidadoso, tan apazible,

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tan provechoso, franco y liberal, como lo fueron los Reyes Incas para con los suyos. Destas cosas que historialmente escrivimos y adelante escriviremos podrá el que las leyere colegir y sacar las antiguas leyes y dere­ chos de los indios del Perú, las costumbres dellos, sus estatutos, sus oficios y manera de vivir, tan allegada a razón, las cuales cosas también se pu­ dieran guardar y conservar para reduzirlos a la religión cristiana con más suavidad y comodidad”.

CAPÍTULO XIII

Cómo proveían los ministros para todos oficios. L PADRE Blas Valera, procediendo en lo que escrivía, pone este título a lo que se sigue: "Cómo proveían los Incas los governadores y ministros para paz; cómo repartían los maes­ tros de las obras y los trabajadores; cómo disponían los bienes comunes y particulares y cómo se imponían los tributos”. "Haviendo sujetado el Inca cualquiera nueva provincia y mandado llevar al Cozco el ídolo principal della, y haviendo apaziguado los ánimos de los señores y de los vassallos, mandava que todos los indios, assí sacerdotes y adevinos como la demás gente común, adorassen al Dios Ticci Viracocha, por otro nombre llamado Pachacámac, como a Dios poderosíssimo, triunfador de todos los demás dioses. Luego mandava que tuviessen al Inca por Rey y supremo señor, para le servir y obedescer; y que los caciques, por su rueda, fuessen a la corte cada año o cada dos años, según la distancia de las provincias, de lo cual se causava que aquella ciudad era una de las más frecuentadas y pobladas que huvo en el Nuevo Mundo. Demás desto mandava que todos los naturales y mo­ radores de la tal provincia se contassen y empadronassen, hasta los niños, por sus edades y linajes, oficios, haziendas, familias, artes y costumbres; que todo se notasse y assentasse como por escrito, en los hilos de diversas colores, para que después, conforme a aquellas condiciones, se les impusiesse la carga del tributo y las demás obligaciones que a las cosas y obras públicas tenían. Nombrava diversos ministros para la guerra, como generales, maeses de campo, capitanes mayores y menores, alférezes, sar­ gentos y cabos de escuadra. Unos eran de a diez soldados y otros de a cincuenta. Los capitanes menores eran de a cien soldados, otros de a quinientos, otros de a mil. Los maesses de campo eran de a tres, cuatro, cinco mil hombres de guerra. Los generales eran de diez mil arriba: llamávanles Hatun Apu, que es gran capitán. A los señores de vassallos,

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como duques, condes y marqueses, llamavan curaca, los cuales, como verdaderos y naturales señores, presidían en paz y en guerra a los suyos: tenían potestad de hazer leyes particulares y de repartir los tributos y de proveer a su familia y a todos sus vassallos en tiempo de necessidad, conforme a las ordenangas y estatutos del Inca. Los capitanes ma­ yores y menores, aunque no tenían autoridad de hazer leyes ni declarar derechos, también sucedían por herencia en los oficios, y en la paz nunca pagavan tributo, antes eran tenidos por libres de pecho, y en sus necessidades les proveían de los pósitos reales y no de los comu­ nes. Los demás, inferiores a los capitanes, como son los cabos de escuadra de a diez y de a cincuenta, no eran libres de tributo, porque no eran de claro linaje. Podían los generales y los maesses de campo elegir los cabos de escuadra; empero, una vez elegidos, no podían quitar­ les los oficios: eran perpetuos. El tributo que pagavan era el ocuparse en sus oficios de decuriones; los cuales también tenían cuidado de mirar y visitar los campos y heredades, las casas reales y el vestir y los alimentos de la gente común. Otros governadores y ministros nombrava el Inca, subordenados de menores a mayores, para todas las cosas del govierno y tributos del Imperio, para que, por su cuenta y razón, las tuviessen de manifiesto, para que ninguno pudiesse ser engañado. Tenían pastores mayores y menores, a los cuales entregavan todo el ganado real y común, y lo guardavan con distinción y gran fidelidad, de manera que no faltava una oveja, porque tenían cuidado de ahuyentar las fieras, y no tenían ladrones, porque no los havía, y assí todos dormían seguros. Havía guar­ das y veedores mayores y menores, de los campos y heredades. Havía mayordomos y administradores, y juezes, visitadores. El oficio de todos ellos era que a su pueblo, en común ni en particular, no faltasse cosa alguna de lo necessario, y haviendo necessidad (de cualquiera cosa que fuesse), luego, al punto, davan cuenta della a los governadores y a los curacas y al mismo Rey, para que la proveyessen, lo cual ellos hazían maravillosamente, principalmente el Inca, que en este particular en nin­ guna manera quería que los suyos lo tuviessen por Rey, sino por padre de familias y tutor muy diligente. Los juezes y visitadores tenían cuidado y diligencia que todos los varones se ocupassen en sus oficios y de ninguna manera estuviessen ociosos; que las mujeres cuidassen de aliñar sus casas, sus aposentos, sus vestidos y comida, de criar sus hijos; finalmente, de hilar y texer para su casa; que las mogas obedesciessen bien a sus madres, a sus amas; que siempre estuviessen ocupadas en los oficios caseros y mujeriles; que los viejos y viejas y los impedidos para los trabajos ma­ yores se ocupassen en algún exercicio provechoso para ellos, siquiera en coger seroxa y paxa, y en despiojarse, y que llevassen los piojos a sus decuriones o cabos de escuadra. El oficio proprio de los ciegos era limpiar el algodón de la semilla o granillos que tiene dentro en sí, y desgranar el

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maíz de las majorcas en que se cría. Havía oficiales de diversos ofi­ cios, los cuales reconoscían y tenían sus maestros mayores, como plateros de oro y plata y de cobre y latón, carpinteros, albañíes, canteros, lapida­ rios de piedras preciosas, sin los demás oficiales necessarios para la repú­ blica; cuyos hijos, si exercitaran hoy aquellos oficios por el orden y con­ cierto que los Incas lo tenían establescido, y después por el Emperador Carlos Quinto Máximo confirmado, quigá la república de los indios estuviera ahora más florescida y más abundante de las cosas pertenescientes al comer y vestir, como antes lo estava, y para la predicación del Evangelio muy acomodada. Empero, que estos daños hayan nascido de nuestro descuido y negligencia, y cómo los curacas y los indios que ahora son superiores murmuran y mofan muchas vezes en sus juntas y conversaciones del govierno presente, comparando estos nuestros tiem­ pos con los de los Incas, lo diremos adelante, en el libro segundo, capí­ tulo nueve, número cincuenta y cinco”. Hasta aquí es del Padre Blas Valera. Lo que promete se perdió. Passando Su Paternidad adelante en el mismo propósito, dize lo que se sigue: "Demás de lo dicho, havía ministros oficiales labradores para visitar los campos; havía caladores de aves y pescadores, assí de ríos como de la mar; texedores, zapateros de aquel su calgado; havía hombres que cortavan la madera para las casas reales y edificios públicos, y herreros que hazían de cobre las herramientas para sus menesteres. Sin estos, havía otros muchos oficiales mecánicos, y, aunque eran innu­ merables, todos ellos acudían con gran cuidado y diligencia a sus oficios y obras de sus manos. Pero ahora, en nuestros tiempos, es cosa de grande admiración ver cuán olvidados tienen los indios el orden antiquíssimo destos oficios públicos y cuán porfiadamente procuran guardar los demás usos y costumbres que tenían, y cuán pesadamente lo llevan si nuestros governadores les quitan algo dellas”.

CAPITULO XIV

La razón y cuenta que havía en los bienes comunes y particulares.

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L AVIENDO ganado el Inca la provincia y mandado empa­ dronar los naturales della, y habiéndoles dado governadores y maestros para su idolatría, procurava componer y dar or­ den en las cosas de aquella región, para lo cual mandava que se assentassen y pusiessen en sus ñudos y cuentas las dehesas, los montes altos y baxos, las tierras de labor, las heredades, las minas de los metales, las salinas, fuentes, lagos y ríos, los algodonares y los árboles frutíferos nascidos de suyo, los ganados mayores y menores de lana y sin ella. Todas estas cosas y otras muchas mandava que se contassen y midiessen y se assentassen por memoria, cada una de por sí, primeramente las de toda la provincia, luego las de cada pueblo y a lo último las de cada vezino; midiessen lo ancho y largo de las tierras de labor y provecho y de los campos, y que, sabiéndolo muy en particular, le diessen relación muy clara de todo ello, lo cual mandava, no para aplicar para sí ni para su tesoro cosa alguna de las que tan por entero y tan por menudo pedía la noticia y razón dellas, sino para que, sabida muy bien la fertilidad y abundancia o la esterilidad y pobreza de aquella región y de sus pueblos, se proveyesse lo que havía de contribuir y lo que havían de trabajar los naturales, y para que se viesse con tiempo el socorro de bastimento o de ropa o de cualquiera otra cosa que huviessen menester en tiempos de hambre o de peste o de guerra; finalmente man­ dava que fuesse público y notorio a los indios cualquiera cosa que hu­ viessen de hazer en servicio del Inca o de los curacas o de la república. Desta manera, ni los vassallos podían diminuir cosa alguna de lo que estavan obligados a hazer, ni los curacas ni los ministros regios les podían molestar ni agraviar. Demás desto mandava que, conforme a la cuenta y medida que se havía hecho de la provincia, le pusiessen sus mojoneras y linderos, para que estuviesse dividida de sus comarcanas. Y por que en los tiempos venideros no se causasse alguna confusión, ponía nombres proprios y nuevos a los montes y collados, campos, prados y fuentes, y a los demás lugares, cada uno de por sí, y si de antes tenían nombres, se los confirmava, añadiéndoles alguna cosa nueva que significasse la dis­ tinción de las otras regiones, lo cual es muy mucho de notar para que adelante veamos de dónde nasció la veneración y respeto que aun hoy día tienen los indios a aquellos semejantes lugares, como adelante diremos. Después desto repartían las tierras, a cada pueblo de la provincia lo que le pertenecía, para que lo tuviesse por territorio suyo particular; y prohibía que estos campos y sitios universales, señalados y medidos den­ tro de los términos de cada pueblo, en ninguna manera se confundie-

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ssen; ni los pastos y montes ni las demás cosas las tuviessen por comunes sino entre los naturales de la tal provincia o entre los vezinos del tal pueblo. Las minas de oro y plata antiguas, o halladas de nuevo, con­ cedía a los curacas y a sus parientes y vasallos que tomassen lo que bien les estuviesse, no para tesoros (que antes los menospreciaron), sino para adornar los vestidos y arreos con que celebravan sus fiestas princi­ pales y para algunos vasos en que beviesse el cacique, y esto último con limitación; lo cual proveído, no hazían caso de las minas, antes parece que las olvidavan y dexavan perder, y ésta era la causa que huviesse tan pocos mineros que sacassen y fundiessen los metales, aunque de los demás oficios y artes havía inumerables oficiales. Los mineros y fundidores de los metales y los demás ministros que andavan ocupados en aquel oficio no pagavan otro tributo sino el de su trabajo y ocupación. Las herramientas y los instrumentos y el comer y vestir y cualquiera otra cosa que huviessen menester, se les proveía largamente de la hazienda del Rey o del señor de vassallos, si andavan en su servicio. Eran obliga­ dos a trabajar dos meses, y no más, y con ellos cumplían su tributo; el demás tiempo del año lo gastavan en lo que bien les estava. No trabajavan todos los indios de la provincia en este ministerio, sino los que lo tenían por oficio particular y sabían el arte, que eran llamados metaleros. Del cobre, que ellos llaman anta, se servían en lugar de hierro, del cual hazían los hierros para las armas, los cuchillos para cortar y los pocos instrumentos que tenían para la carpintería, los alfi­ leres grandes que las mujeres tenían para, prender sus ropas, los espejos en que se miravan, las azadillas con que escardavan sus sementeras y los martillos para los plateros; por lo cual estimavan mucho este metal, porque para todos era de más provecho que no la plata ni el oro, y assí sacavan más cantidad dél que de estotros. "La sal que se hazía, assí de las fuentes salobres como del agua marina, y el pescado de los ríos, arroyos y lagos, y el fruto de los árboles nascidos de suyo, el algodón y el cáñamo, mandava el Inca que fuesse común para todos los naturales de la provincia donde havía aquellas cosas, y que nadie en particular las aplicasse para sí, sino que todos cogiessen lo que huviessen menester, y no más. Permitía que cada uno en sus tierras plantasse los árboles frutales que quisiesse y gozasse dellos a su voluntad. "Las tierras de pan y las que no eran de pan, sino de otros frutos y legumbres que los indios sembravan, repartía el Inca en tres partes: la primera para el Sol y sus templos, sacerdotes y ministros; la segunda para el patrimonio real, de cuyos frutos sustentavan a los governado­ res y ministros regios, que andavan fuera de sus patrias, de donde tam­ bién se sacava su parte para los pósitos comunes; la otra tercera parte para los naturales de la provincia y moradores de cada pueblo. Davan

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a cada vezino su parte, la cual bastava a sustentar su casa. Este repar­ timiento hazia el Inca en todas las provincias de su Imperio, para que en ningún tiempo pidiessen a los indios tributo alguno de sus bienes y hazienda, ni ellos fuessen obligados a darlo a nadie, ni a sus caciques ni a los pósitos comunes de sus pueblos ni a los governadores del Rey ni al mismo Rey ni a los templos ni a los sacerdotes, ni aun para los sacrificios que hazían al Sol; ni nadie pudiesse apremiarles a que lo pagassen, porque ya estava hecho el repartimiento para cada cosa. Los frutos que sobravan de la parte que al Rey le cabía se aplicavan a los pósitos comunes de cada pueblo. Los que sobravan de las tierras del Sol también se aplicavan a los pobres, que eran los inútiles, coxos y mancos, ciegos y tullidos y otros semejantes. Y esto era después de haver cumplido muy largamente con los sacrificios que hazían, que eran muchos, y con el sustento de los sacerdotes y ministros de los templos, que eran innumerables”.

CAPÍTULO XV

En qué pagaran el tributo, la cantidad dél y las leyes acerca dél.

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jjINIENDO a los tributos que los Incas Reyes del Perú im­ ponían y cobravan de sus vassallos, eran tan moderados que, si se consideran las cosas que eran y la cantidad dellas, se podrá afirmar con verdad que ninguno de todos los Reyes antiguos, ni los grandes Césares que se llamaron Augustos y Píos, se pueden comparar con los Reyes Incas. Porque cierto, bien mirado, paresce que no recebían pechos ni tributos de sus vassallos, sino que ellos los pagavan a los vassallos o los imponían para el provecho de los mismos vassallos, según los gastavan en el beneficio dellos mismos. La cantidad del tributo, considerándolo conforme a la cuenta y razón de aquellos tiempos y al jornal de los trabajadores y al valor de las cosas y a los gastos de los Incas, era tan poca que muchos indios apenas pagavan el valor de cuatro reales de los de ahora; y aunque no dexava de haver algunas molestias por causa del tributo o del servicio del Rey o de los curacas, las llevavan con gusto y contento, assí por la pequeña cantidad del tributo y por las ayudas de costa que tenían, como por los muchos provechos que de aquellas pequeñas ocupaciones se les seguían. Los fueros y leyes que havía en favor de los tributarios, que inviolable­ mente se guardavan (de tal manera), que ni los juezes ni los governado-

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res ni los capitanes generales ni el mismo Inca podía corromperlas en perjuizio de los vassallos, eran las que se siguen. La primera y principal era que a cualquiera que fuesse libre de tributo, en ningún tiempo ni por causa alguna le obligassen a pagarlo. Eran libres todos los de la san­ gre real, todos los capitanes generales y los capitanes menores, hasta los centuriones y sus hijos y nietos, todos los curacas y su parentela; los ministros regios en oficios menores (si eran de la gente común) no pagavan tributo durante el oficio, ni los soldados que andavan ocupados en las guerras y conquistas ni los mogos hasta los veinticinco años, por­ que hasta aquella edad eran obligados a servir a sus padres. Los viejos de cincuenta años arriba eran libres de tributo, y todas las mujeres, assí las donzellas, solteras y biudas como las casadas; y los enfermos hasta que cobravan entera salud; y todos los inútiles, como ciegos, coxos y mancos y otros impedidos de sus miembros, aunque los mudos y sordos se ocupavan en las cosas donde no havía necessidad de oír ni hablar. La segunda ley era que todos los demás indios, sacados los que se han dicho, eran pecheros obligados a pagar tributo, si no eran sacerdotes o ministros de los templos del Sol o de las vírgines escogidas. La tercera ley era que por ninguna causa ni razón indio alguno era obligado a pagar de su hazienda cosa alguna en lugar de tributo, sino que solamente lo pagava con su trabajo o con su oficio o con el tiempo que se ocupava en el servicio del Rey o de su república; y en esta parte eran iguales el pobre y el rico, porque ni éste pagava más ni aquél menos. Llamávase rico el que tenía hijos y familia, que le ayudavan a trabajar para acabar más aína el trabajo tributario que le cabía; y el que no la tenía, aunque fuesse rico de otras cosas, era pobre. La cuarta ley era que a ninguno podían compeler a que trabajasse ni se ocupasse en otro oficio sino en el suyo, si no era en el labrar de las tierras y en la milicia, que en estas dos cosas eran todos comunes. La quinta ley era que cada uno pagava su tributo en aquello que en su provincia podía haver, sin salir a la ajena a buscar las cosas que en su tierra no havía, porque le parescía al Inca mucho agravio pedir al vassallo el fruto que su tierra no dava. La sesta ley mandava que a cada uno de los maestros y oficiales que trabajavan en servicio del Inca o de sus curacas se les proveyesse de todo lo que havían menester para trabajar en sus oficios y artes; esto es, que al platero le diessen oro o plata o cobre en que trabajasse y al texedor lana o algodón y al pintor colores, y todas las demás cosas en cada oficio necessarias, de manera que el maestro no pusiesse más de su trabajo y el tiempo que estava obligado a trabajar, que eran dos meses, y, cuando mucho, tres; los cuales cumplidos, no era obligado a trabajar más. Empero, si en la obra que hazía quedava algo por acabar, y él, por su gusto y voluntad, quería trabajar más y acabarlo, se lo recebían en descuento del tributo del año venidero, y assí lo ponían por memoria

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en sus ñudos y cuentas. La séptima ley mandava que a todos los maestres y oficiales, de cualquiera oficio y arte que trabajavan, en lugar de tributo se les proveyesse todo lo necessario de comida y vestido y regalos y medi­ cinas, si enfermassen; para él solo, si trabajava solo, y para sus hijos y mujeres, si los llevava para que le ayudassen a acabar más aína su tarea. Y en estos repartimientos de las obras por tarea, no tenían cuenta con el tiempo, sino que se acabasse la obra. De manera que, si con el ayuda de los suyos acabava en una semana lo que havía de trabajar en dos meses, cumplía y largamente satisfazla con la obligación de aquel año, de suerte que no podían apremiarle con otro tributo alguno. Esta razón bastará para responder y contradezir a los que dizen que antigua­ mente pagavan tributo los hijos y las hijas y las madres, cualesquiera que fuessen; lo cual es falso, porque todos éstos trabajavan, no por obligación de tributo que se les impusiesse, sino por ayudar a sus pa­ dres y maridos o a sus amos, porque si el varón no quería ocupar a los suyos en su obra y trabajo, sino trabajarlo él solo, quedavan libres sus hijos y mujer para o’cuparse en las cosas de su casa, y no podían los juezes y decuriones forjarlos a cosa alguna más de que no estuviessen ociosos en sus haziendas. Por esta causa, en tiempo de los Incas eran esti­ mados y tenidos por hombres ricos los que tenían muchos hijos y fa­ milia; porque los que no los tenían, muchos dellos enfermavan por el largo tiempo que se ocupavan en el trabajo hasta cumplir con su tributo. Para remedio desto también havía ley, que los ricos de fami­ lia, y los demás que huviessen acabado sus partes, les ayudassen un día o dos, lo cual era muy agradable a todos los indios”.

CAPITULO XVI Orden y razón para cobrar los tributos. El Inca hazia merced a los curacas de las cosas presciadas que le presentaran.

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A OTAVA ley era acerca del cobrar los tributos, los cuales se cobravan como se dirá, por que en todo huviesse cuenta, orden y razón. A cierto tiempo señalado se juntavan en el pueblo principal de cada provincia los juezes cobradores y los contadores o escrivanos que tenían los ñudos y cuen­ tas de los tributos, y delante del curaca y del governador Inca hazían las cuentas y particiones por los ñudos de sus hilos y con piedrezuelas, conforme al número de los vezinos de la tal provincia, y las sacavan tan

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ajustadas y verdaderas, que en esta parte yo no sé a quién se pueda atri­ buir mayor alabanza, si a los contadores, que, sin cifras de guarismos, hazían sus cuentas y particiones tan ajustadas de cosas tan menudas, cosa que nuestros arisméticos suelen hazer con mucha dificultad, o al governador y ministros regios, que con tanta facilidad entendían la cuen­ ta y razón que de todas ellas les davan. "Por los ñudos se veía lo que cada indio havía trabajado, los ofi­ cios que havía hecho, los caminos que havía andado por mandado de sus príncipes y superiores, y cualquiera otra ocupación en que le ha­ vían ocupado, todo lo cual se le descontava del tributo que le perte­ necía dar. Luego mostravan a los juezes cobradores y al governador cada cosa de por sí, de las que havía encerradas en los pósitos reales, que eran los bastimentos, el pimiento, los vestidos, el calcado, las armas y todas las demás cosas que los indios davan de tributo, hasta la plata y el oro y las piedras preciosas y el cobre que havía del Rey y del Sol, cada parte dividida por sí. También davan cuenta de lo que havía en los pósitos de cada pueblo. De todas las cuales cosas mandava la ley que el Inca governador de la provincia tuviesse un traslado de las cuentas en su poder, para que ni de parte de los indios tributarios ni de parte de los ministros cobradores huviesse falsedad alguna. La no­ vena ley era que todo lo que destos tributos sobrava del gasto real se aplicava al bien común y se ponía en los pósitos comunes para los tiem­ pos de necessidad. De las cosas preciosas, como oro y plata y piedras finas, plumería de diversas aves, los colores para las pinturas y tinturas, el cobre y otras muchas cosas que cada año o a cada vista presentavan al Inca los curacas, mandava el Rey que tomassen para su casa y ser­ vicio, y para los de la sangre real, lo que fuesse menester, y de lo que sobrava hazia gracia y merced a los capitanes y a los señores de vassa­ llos que havían traído aquellas cosas; que, aunque las tenían en sus tierras, no podían servirse dellas, si no era con privilegio y merced hecha por el Inca. De todo lo dicho se concluye que los Reyes Incas tomavan para sí la menor parte de los tributos que les davan, y más se convertía en provecho de los mismos vassallos. La décima ley era la que declara va las diversas ocupaciones en que los indios se havían de ocupar, assí en servicio del Rey como en provecho de sus pueblos y república, las cuales cosas se les imponía en lugar de tributo, que las havían de hazer en compañía y en común, y éstas eran: allanar los caminos y empedrarlos; aderegar y reparar o hazer de nuevo los templos del Sol y los demás santuarios de su idolatría, y hazer cual­ quiera otra cosa perteneciente a los templos. Eran obligados a hazer las casas públicas, como pósitos y casas para los juezes y governado­ res; aderegar las puentes, ser correos que llaman chasqui, labrar las tierras, encerrar los frutos, apacentar los ganados; guardar las hereda-

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des, los sembrados y cualesquiera otros bienes públicos; hazer casas de hospedería para aposentar los caminantes, y asistir en ellas, para provecerles de la hazienda real lo que huviessen menester. Sin lo dicho, eran obligados a hazer cualquiera otra cosa que fuesse en provecho común dellos o de sus curacas o en servicio del Rey; mas como en aquellos tiempos havía tanta multitud de indios, cabía a cada uno dellos tan poca parte de todas estas cosas que no sentían el trabajo dellas; porque servían por su rueda, en común, con gran rectitud de no cargar más a unos que a otros. También declarava esta ley que una vez al año se aderegassen los caminos y sus pretiles; se renovassen las puentes; se limpiassen las acequias de las aguas, para regar las tierras; todo lo cual mandava la ley que lo hiziessen de balde, porque era en pro­ vecho común de cada reino y provincia y de todo el Imperio. "Otras leyes más menudas se dexan, por no cansar con ellas; las dichas eran las principales para en negocio de tributos”. Hasta aquí es del Padre Blas Valera. Holgara preguntar en este passo a un histo­ riador, que dize que los Incas hazían fueros dissolutos para que los vassallos les pagassen grandes subsidios y tributos, que me dixera cuáles destas leyes eran las dissolutas; porque éstas, y otras que adelante dire­ mos, las confirmaron muy de grado los Reyes de España, de gloriosa memoria, como lo dize el mismo Padre Blas Valera, y con esto será razón volvamos al príncipe Viracocha, que lo dexamos metido en gran­ des afanes por defender la majestad de la honra de sus passados y de la suya.

CAPÍTULO XVII

El Inca Viracocha tiene nueva de los enemigos y de un socorro que le viene. *

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¡JAS GRANDES hazañas del Inca Viracocha nos obligan y fuerzan a que, dexadas otras cosas, tratemos dellas. Diximos al fin de la historia de su padre cómo, dexándolo en Mui­ na, se bolvió al Cozco, apellidando la gente que andava derramada por los campos, y cómo salió de la ciudad a recebir los enemigos, para morir peleando con ellos, antes que ver las insolencias y torpezas que havían de hazer en las casas y templo del Sol y en el convento de las vírgines escogidas y en toda aquella ciudad que tenían por sagrada. Ahora es de saber que poco más de media legua de la ciudad, al norte, está un llano grande; allí paró

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el príncipe Inca Viracocha a esperar la gente que en pos dél salía del Cozco y a recoger los que havían huido por los campos. De los unos y de los otros y de los que truxo consigo, juntó más de ocho mil hombres de guerra, todos Incas, determinados de morir delante de su príncipe. En aquel puesto le llegó aviso que los enemigos que­ davan nueve o diez leguas de la ciudad, y que passavan ya el gran río Apurímac. Otro día después desta mala nueva, llegó otra buena en favor de los Incas, y vino de la parte de Contisuyu, de un socorro de casi veinte mil hombres de guerra, que venía pocas leguas de allí, en servicio de su príncipe, de las nasciones Quechua, Cotapampa y Cotanera y Aimara y otras que por aquellas partes confinan con las pro­ vincias rebeladas. Los Quechuas, por mucho que hizieron los enemigos por encubrir su traición, la supieron; porque confinan con tierras de los Chancas; y por parecerles el tiempo corto, no quisieron avisar al Inca, por no esperar su mandado, sino que levantaron toda la demás gente que pu­ dieron, con la presteza que la necessidad pedía, y con ella caminaron hazia la ciudad del Cozco, para socorrerla, si pudiessen, o morir en servicio de su Rey; porque estas nasciones eran las que se reduxeron de su voluntad al imperio del Inca Cápac Yupanqui, como diximos en su tiempo, y, por mostrar aquel amor, vinieron con este socorro. Tam­ bién lo hizieron por su proprio interés, por el odio y enemistad antigua que siempre huvo entre Chancas y Quechuas, de muchos años atrás; y por no bolver a las tiranías de los Chancas (si por alguna vía venciessen) llevaron aquel socorro. Y por que los enemigos no entrassen primero que ellos en la ciudad, fueron atajando para salir al norte della a encontrarse con los rebelados. Y assí llegaron casi a un tiempo amigos y enemigos. El príncipe Inca Viracocha y todos los suyos se esforzaron mucho de saber que les venía tan gran socorro en tiempo de tanta necessidad, y lo atribuyeron a la promessa que su tío, la fantasma Viracocha Inca, le havía hecho cuando le apareció en sueños y le dixo que en todas sus necessidades le favorecería como a su carne y sangre, y buscaría los socorros que huviesse menester; de las cuales palabras se acordó el príncipe viendo el socorro tan a tiempo, y las bolvió a referir muchas vezes, certificando a los suyos que tenían el favo/ de su dios Viraco­ cha, pues veían cumplida su promessa; con lo cual cobraron los Incas tanto ánimo, que certificavan por suya la victoria, y, aunque havían determinado de ir a recebir los enemigos y pelear con ellos en las cuestas y malos passos que hay desde el río Apurímac hasta lo alto de Uillacunca (que por tenerlo alto les tenían ventaja), sabiendo la ve­ nida del socorro, acordaron estarse quedos hasta que llegassen los ami­ gos para que descansassen y tomassen algún refresco, entretanto que

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llegavan los enemigos. También le pareció al Inca Viracocha y a sus parientes, los consejeros, que ya que se aumentavan sus fuergas, no se alexassen de la ciudad, por tener cerca los bastimentos y lo demás nece­ ssario para la gente de guerra y para socorrer la ciudad con presteza, si se le ofreciesse algún peligro. Con este acuerdo estuvo el príncipe Inca Viracocha en aquel llano, hasta que llegó el socorro, que fué de doze mil hombres de guerra. El príncipe los recibió con mucho agradeci­ miento del amor que a su Inca tenían, hizo grandes favores y regalos a los curacas de cada nasción y a todos los demás capitanes y soldados, loando su lealtad y ofreciendo para adelante el galardón de aquel ser­ vicio tan señalado. Los curacas, después de haver adorado a su Inca Viracocha, le dixeron cómo dos jornadas atrás venían otros cinco mil hombres de guerra, que ellos, por venir apriessa con el socorro, no los havían esperado. El príncipe les agradesció de nuevo la venida de los unos y de los otros, y, haviéndolo consultado con íos parientes, mandó a los curacas que embiassen aviso a los que venían de lo que passava, y cómo el príncipe quedava en aquel llano con su exército; que se diessen priessa hasta llegar a unos cerrillos y quebradas que allí cerca havía, y que en ellos se emboscassen y estuviessen encubiertos hasta ver qué hazían los enemigos de sí. Porque si quisiessen pelear entra­ rían en el mayor hervor de la batalla y darían en los contrarios por un lado para vencerlos con más facilidad; y si no quisiessen pelear, havrían hecho como buenos soldados. Dos días después que llegó el socorro al Inca, assomó por lo alto de la cuesta de Rimactampu la vanguardia de los enemigos; los cuales, sabiendo que el Inca Viracocha estava cinco leguas de allí, fueron haziendo pausas y passaron la pala­ bra atrás para que la batalla y retaguardia se diessen priessa a caminar y se juntassen con la vanguardia. Desta manera caminaron aquel día, y llegaron todos juntos a Sacsahuana, tres leguas y media de donde estava el príncipe Viracocha, y donde fué después la batalla de Gongalo Pigarro y el de la Gasea.

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CAPÍTULO XVIII

Batalla muy sangrienta, y el ardid con que se venció. i SACSAHUANA embió mensajeros el Inca Viracocha a los enemigos, con requerimientos de paz y amistad y perdón de lo passado. Mas los Chancas, haviendo sabido que el Inca Yáhuar Huácac se havía retirado y desamparado la ciudad, aunque supieron que el príncipe, su hijo, estava determinado defenderla, y que aquel mensaje era suyo, no lo qui­ sieron escuchar, por parecerles (conforme a la sobervia que traían) que, haviendo huido el padre, no havía por qué temer al hijo, y que la victoria era dellos. Con estas esperangas despidieron los mensaje­ ros, sin les oír. Otro día, bien de mañana, salieron de Sacsahuana y caminaron hazia el Cozco, y, por priessa que se dieron, haviendo de caminar en escuadrón formado, según orden de guerra, no pudieron llegar antes de la noche a donde el príncipe estava; pararon un cuarto de legua en medio. El Inca Viracocha embió nuevos mensajeros, y al camino se los havía embiado muy a menudo con el mismo ofreci­ miento de amistad y perdón de la rebelión. Los Chancas no los havían querido oír; solamente oyeron los postreros, que era cuando estavan ya alojados, a los cuales, por vía de desprecio, dixeron: "Mañana se verá quién merece ser Rey y quién puede perdonar”. Con esta mala respuesta, estuvieron los unos y los otros bien a recaudo toda la noche, con sus centinelas puestas, y luego, en siendo de día, armaron sus escuadrones, y con grandíssima grita y bozería y sonido de trompetas y atabales, bozinas y caracoles, caminaron los unos contra los otros. El Inca Viracocha quiso ir delante de todos los suyos, y fué el primero que tiró a los enemigos el arma que llevava; luego se travo una bravíssima pelea. Los Chancas, por salir con la vic­ toria que se havían prometido, pelearon obstinadamente. Los Incas hizieron lo mismo, por librar a su príncipe de muerte o de afrenta. En esta pelea anduvieron todos con grandíssimo coraje hasta medio día, matándose unos a otros cruelmente, sin reconocerse ventaja de alguna de las partes. A esta hora assomaron los cinco mil indios que havían estado emboscados, y, con mucho denuedo y grande alarido, dieron en los enemigos por el lado derecho de su escuadrón. Y como llegassen de refresco y arremetiessen con gran ímpetu, hizieron mu­ cho daño en los Chancas y los retiraron muchos passos atrás. Mas ellos, esforzándose unos a otros, bolvieron a cobrar lo perdido y pelearon con grandíssimo enojo que de sí mismos tenían, de ver que estuvie­ ssen tanto tiempo sin ganar la victoria, que tan prometida se tenían. Después desta segunda arremetida, pelearon más de dos horas lar­ gas, sin que se reconociesse ventaja alguna; mas de allí adelante em-

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pegaron a afloxar los Chancas, porque a todas horas sentían entrar nueva gente en la batalla. Y fué que los que se ivan huyendo de la ciudad y los vezinos de los pueblos comarcanos a ella, sabiendo que el príncipe Viracocha Inca havía buelto a la defensa de la casa del Sol, juntándose de cincuenta en cincuenta y de ciento en ciento, y más y menos, como acertavan a hallarse, ivan a morir con el príncipe, y viendo la pelea travada, entravan en ella dando grandíssimos alaridos, haziendo más ruido de lo que era la gente. Por estos nuevos socorros desconfiaron los Chancas de la victoria, entendiendo que eran de mucha más gente, y assí pelearon de allí adelante más por morir que por vencer. Los Incas, como gente que estava hecha a engrandescer sus hechos con fábulas y testimonios falsos que levantavan al Sol, viendo tantos socorros, aunque tan pequeños, quisieron no perder esta ocasión, sino valerse della con la buena industria que para semejantes cosas tenían. Dieron grandes vozes, diziendo que las piedras y las matas de aquellos campos se con­ vertían en hombres y venían a pelear en servicio del príncipe, porque el Sol y el Dios Viracocha lo mandavan assí. Los Chancas, como gente creedera de fábulas, desmayaron mucho con esta novela, y ella se im­ primió entonces y después, en la gente común y simple de todo aquel reino, con tanta credulidad dellos, como lo dize el Padre Fray Jeró­ nimo Román, en el libro segundo de la República de las Indias Occi­ dentales, capítulo onze, hablando desta batalla, que es lo que se sigue, sacado a la letra: "De manera que el campo quedó por el Inga; dizen hasta hoy todos los indios, cuando se habla de aquella valerosa batalla, que todas las piedras que havía en aquel campo se tornaron hombres, para pelear por ellos, y que todo aquello hizo el Sol para cumplir la palabra que dió al valeroso Pachacuti Inga Yupangui, que ansí se lla­ mava también este mogo valeroso”. Hasta aquí es de aquel curioso inquiridor de repúblicas, el cual, en el capítulo alegado y en el siguiente, toca brevemente muchas cosas de las que hemos dicho y diremos de los Reyes del Perú. También escrive el Padre Maestro Acosta la fan­ tasma Viracocha, aunque trocados los nombres de los Reyes de aquel tiempo, y dize la batalla de los Chancas y otras cosas de las que diremos deste príncipe, aunque abreviada y confusamente, como son casi todas las relaciones que los indios dan a los españoles, por las dificultades del lenguaje y porque tienen ya perdidos los memoriales de las tradicio­ nes de sus historias. Dizen en confuso la sustancia dellas, sin guardar orden ni tiempo. Pero, como quiera que la haya escrito, huelgo mu­ cho poner aquí lo que dize, para que se vea que no finxo fábulas, sino que mis parientes las fingieron, y que también las alcangaron los españoles, mas no en las mantillas ni en la leche, como yo. Dize, pues, Su Paternidad lo que se sigue, que es sacado a la letra, libro sesto, capítulo veintiuno: "Pachacuti Inga Yupanqui reinó sesenta

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años y conquistó mucho. El principio de sus victorias fué que un her­ mano mayor suyo, que tenía el señorío en vida de su padre y con su voluntad administrava la guerra, fué desbaratado en una batalla que tuvo con los Changas, que es la nasción que posseía el valle de Andaguailas, que está obra de treinta leguas del Cuzco, camino de Lima; y assí desbaratado, se retiró con poca gente. Visto esto, el hermano menor, Inga Yupanqui, para hazerse señor, inventó y dixo que, estando él solo y muy congoxado, le havía hablado el Viracocha criador, y quexándosele que siendo el señor universal y criador de todo, y haviendo él hecho el cielo y el Sol y el mundo y los hombres, y estando todo debaxo de su poder, no le davan la obediencia devida, antes hazían veneración igual al Sol y al trueno y a la tierra y otras cosas, no teniendo ellas ninguna virtud más de la que les dava; y que le hazia saber que en el cielo, donde estava, le llamavan Viracocha Pachayacháchic, que significa criador uni­ versal. Y que para que creyessen que esto era verdad, que, aunque estava solo, no dudasse de hazer gente con este título, que aunque los Changas eran tantos y estavan victoriosos, que él le daría victoria contra ellos y le haría señor, porque le embiaría gente, que, sin que fuesse vista, le ayudasse. Y fué assí que con este apellido comentó a hazer gente, y juntó mucha cantidad y alcangó la victoria y se hizo señor y quitó a su padre y a su hermano el señorío. Y desde aquella victoria estatuyó que el Vi­ racocha fuesse tenido por señor universal y que las estatuas del Sol y del trueno le hiziessen reverencia y acatamiento. Y desde aquel tiempo se puso la estatua del Viracocha más alta que la del Sol y del trueno y de las demás guacas. Y aunque este Inca Yupanqui señaló chac-ras y tierras y ganado al Sol y al trueno y a otros guacas, no señaló cosa ninguna al Viracocha, dando por razón que, siendo señor universal y criador, no lo havía menester. "Havida, pues, la victoria de los Changas, declaró a sus soldados que no havían sido ellos los que havían vencido, sino ciertos hombres bar­ budos que el Viracocha le havía embiado, y que nadie pudo verlos sino él, y que éstos se havían después convertido en piedras, y convenía bus­ carlos, que él los conocería. Y assí juntó de los montes gran suma de piedras, que él escogió y puso por guacas, y las adoravan y hazían sa­ crificios, y essas llamavan los pururaucas, las cuales llevavan a la guerra con grande devoción, teniendo por cierta la victoria con su ayuda, y pudo esta imaginación y ficción de aquel Inga tanto, que con ella al­ canzó victorias muy notables”, etc. Hasta aquí es del Maestro Acosta, y según lo que Su Paternidad dize, la fábula es toda una. Dezir que pusieron la estatua de la Viracocha más alta que la del Sol es invención nueva de los indios, por adular a los españoles, por dezir que les dieron el nombre del Dios más alto y más estimado que tuvieron, no siendo assí,

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porque no tuvieron más de dos dioses, que fueron el Pachacámac, no visto ni conoscido, y el Sol, visible y notorio. Al Viracocha y a los demás Incas tuvieron por hijos del Sol.

CAPÍTULO XIX

Generosidades del príncipe Inca Viracocha después de la victoria.

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?OS INCAS, viendo enflaquescer los enemigos, apellidando to­ dos el nombre de su tío, la fantasma Inca Viracocha, porque assí lo mandó el príncipe, cerraron con ellos con gran ím­ petu y los llevaron de arrancada. Mataron gran número de­ llos, y los pocos que quedaron bolvieron las espaldas, huyendo a más no poder. El príncipe, haviendo seguido un rato el alcance, mandó tocar a recoger, por que no matassen ni hiriessen más enemigos, pues se davan ya por vencidos; y él, por su persona, corrió todo el campo do havía sido la batalla y mandó recoger los heridos para que los curassen y los muertos para que los enterrassen. Mandó soltar los presos, que se fuessen libremente a sus tierras, diziéndoles que los perdonava a todos. La batalla, haviendo sido tan reñida que duró más de ocho horas, fué muy sangrienta; tanto, que dizen los indios, que, demás de la que se derramó por el campo, corrió sangre por un arroyo seco que passa por aquel llano, por lo cual le llamaron de allí adelante Yáhuar Pampa, que quiere dezir campo de sangre. Murieron más de treinta mil indios; los ocho fueron de la parte del Inca Viracocha, y los demás de las nascio­ nes Chanca, Hancohuallu, Uramarca, Uillca y Untunsulla y otras. Quedaron presos los dos maesses de campo y el general Hancohuallu; al cual mandó curar el príncipe con mucho cuidado, que salió herido, aunque poco, y a todos tres los retuvo para el triunfo que pensava hazer adelante. Un tío del príncipe, pocos días después de la batalla, les dió una grave reprehensión, por haverse atrevido a los hijos del Sol, diziendo que eran invencibles, en cuyo favor y servicio peleaban las piedras y los árboles, convirtiéndose en hombres, porque assí lo mandava su padre el Sol, como en la batalla passada lo havían visto y lo verían todas las vezes que lo quisiessen experimentar. Dixo otras fábulas en favor de los Incas, y a lo último les dixo que rindiessen las gracias al Sol, que man­ dava a sus hijos tratassen con misericordia y clemencia a los indios; que por esta razón el príncipe les perdonava las vidas y les hazia nueva mer­ ced de sus estados, y a todos los demás curacas que con ellos se havían

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

rebelado, aunque merecían cruel muerte; y que de allí adelante fuessen buenos vassallos, si no querían que el Sol los castigasse con mandar a la tierra que se los tragasse vivos. Los curacas, con mucha humildad, rindie­ ron las gracias de la merced que les hazia y prometieron ser leales criados. Havida tan gran victoria, el Inca Viracocha hizo luego tres mensa­ jeros. El uno embió a la casa del Sol a hazerle saber la victoria que me­ diante su favor y socorro havía alcanzado, como si él no la huviera visto; porque es assí que estos Incas, aunque tenían al Sol por Dios, le tratavan tan corporalmente como si fuera un hombre como ellos; porque, entre otras cosas que con él hazían a semejanza de hombre, era brindarle, y lo que el Sol havía de bever lo echavan en un medio tinajón de oro, que ponían en la plaga donde hazían sus fiestas o en su templo, y la tenían al Sol y dezían que lo que de allí faltava lo bevía el Sol; y no dezían mal, porque su calor lo consumía. También le ponían platos de vianda que comiesse. Y cuando havía sucedido alguna cosa grande, como la victoria passada, le hazían mensajero particular, para hazerle saber lo que passava y rendirle las gracias dello. Guardando esta costum­ bre antiga, el príncipe Viracocha Inca embió su mensajero al Sol con la nueva de la victoria, y embió a mandar a los sacerdotes (que recogién­ dose los que dellos havían huido) le diessen las gracias y le hiziessen nue­ vos sacrificios. Otro mensajero embió a las vírgines dedicadas para mu­ jeres del Sol, que llamamos escogidas, con la nueva de la victoria, como que, por sus oraciones y méritos se la huviesse dado el Sol. Otro correo, que llaman chasqui, embió al Inca, su padre, dándole cuenta de todo lo que hasta aquella hora havía passado y suplicándole, que, hasta que él bolviesse, no se moviesse de donde estava.

CAPÍTULO XX

íncipe sigue el alcance, buelve al Cozco, véese El princ\ m jsu padre, desposséele del Imperio. con ESPACHADOS los mensajeros, mandó elegir seis mil hom­ bres de guerra que fuessen con él, en seguimiento del alcan­ ce, y a la demás gente despidió, que se bolviessen a sus casas, con promesa que hizo a los curacas de gratificarles a su tiempo aquel servicio. Nombró dos tíos suyos por maesses de fuessen con él, y dos días después de la batalla salió con su campo, que iuessei guimiento de los enemigos; no para maltratarlos, sino para gente en seguimier temor que podían llevar de su delicio. Y assí, los que asegurarlos del ten

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por el camino alcanzó, heridos y no heridos, los mandó regalar y curar, y de los mismos indios rendidos embió mensajeros que fuessen a sus pro­ vincias y pueblos y les dixessen cómo el Inca iva a perdonarlos y con­ solarlos, y que no huviessen miedo. Con estas prevenciones hechas, ca­ minó apriessa, y, cuando llegó a la provincia Antahuailla, que es la de los Chancas, salieron las mujeres y niños que pudieron juntarse, con ramos verdes en las manos, aclamando y diziendo: "Solo Señor, hijo del Sol, amador de pobres, haved lástima de nosotros y perdonadnos”. El principe los recibió con mucha mansedumbre y les mandó dezir que de la desgracia recebida havían tenido la culpa sus padres y maridos, y que a todos los que se havían rebelado los tenía perdonados, y que venía a visitarlos por su persona, para que, oyendo el perdón de su propria boca, quedassen más satisfechos y perdiessen de todo el temor que podían tener de su delicio. Mandó que les diessen lo que huviessen menester y los tratassen con todo amor y caridad y tuviessen gran cuenta con el alimento de las biudas y huérfanos, hijos de los que havían muerto en la batalla de Yahuarpampa. Corrió en muy breve tiempo todas las provincias que se havían rebelado, y, dexando en ellas governadores con bastante gente, se bolvió a la ciudad y entró en ella en espacio de una luna (como dizen los indios) que havían salido della; porque cuentan los meses por lunas. Los indios, assí los leales como los que se havían rebelado, quedaron admirados de ver la piedad y mansedumbre del príncipe, que no lo esperavan de la aspereza de su condición; antes havían temido que, passada la victoria, havía de hazer alguna grande carnicería. Empero dezían que su Dios el Sol le havía mandado que mudasse de condición y semejasse a sus passados. Mas lo cierto es que el desseo de la honra y fama puede tanto en los ánimos generosos, que les haze fuerza a que truequen la brava condición y cualquiera otra mala inclinación en la contraria, como lo hizo este príncipe, para dexar el buen nombre que dexó entre los suyos. El Inca Viracocha entró en el Cozco a pie, por mostrarse soldado más que no Rey; decendió por la cuesta abaxo de Carmenca, rodeado de su gente de guerra, en medio de sus dos tíos, los maesses de campo, y los prisioneros en pos dellos. Fué recebido con grandíssima alegría y muchas aclamaciones de la multitud del pueblo. Los Incas viejos salieron a recebirle y adorarle por hijo del Sol; y, después de haverle hecho el acatamiento devido, se metieron entre sus soldados, para participar del triunfo de aquella victoria. Davan a entender que desseavan ser mogos para militar debaxo de tal capitán. Su madre, la Coya Mama Chic’ya, y las mujeres más cercanas en sangre al príncipe, como hermanas, tías y primas hermanas y segundas, con otra gran multitud de Pallas, salieron por otra parte a recebirle con cantares de fiesta y regozijo. Unas le abra266 gavan, otras le enxugavan el sudor de la cara, otras le quitavan el polvo

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que traía, otras le echavan flores y yervas olorosas. Desta manera fué el príncipe hasta la casa del Sol, donde entró descaigo, según la costumbre dellos, a rendirle las gracias de la victoria que le havía dado. Luego fué a visitar las vírgines, mujeres del Sol, y haviendo hecho estas dos visitas, salió de la ciudad a ver a su padre, que todavía se estava en el angostura de Muina, donde lo havía dexado. El Inca Yáhuar Huácac recibió al príncipe, su hijo, no con el regozijo, alegría y contento que se esperava de hazaña tan grande y victoria tan desconfiada, sino con un semblante grave y melancólico, que antes mos­ trava pesar que plazer. O que fuesse de embidia de la famosa victoria del hijo o de vergüenza de su pusilanimidad passada o de temor que el príncipe le quitasse el reino, por haver desamparado la casa del Sol y las vírgines, sus mujeres, y la ciudad imperial: no se sabe cuál destas tres cosas causasse su pena, o si todas tres juntas. En aquel auto público passaron entre ellos pocas palabras, mas des­ pués, en secreto, hablaron muy largo. Sobre qué fuesse la plática no lo saben dezir los indios, mas de que por conjecturas se entiende que devió de ser acerca de cuál dellos havía de reinar, si el padre o el hijo, porque de la plática secreta salió resuelto el príncipe que su padre no bolviesse al Cozco, por haverla desamparado. Y como la ambición y deseo de rei­ nar, en los príncipes, esté tan dispuesta a abragar cualquier aparente color, bastó sólo esto para quitar el reino a su padre. El cual dió lugar a la determinación del hijo, porque sintió inclinada a su desseo toda la corte, que era la cabega del reino, y por evitar escándalos y guerras civiles, y particularmente porque no pudo más, consintió en todo lo que el príncipe quiso hazer dél. Con este acuerdo tragaron luego una casa real, entre el angostura de Muina y Quespicancha, en un sitio ameno (que todo aquel valle lo es), con todo el regalo y delicias que se pudieron imaginar de huertas y jardines y otros entretenimientos reales de caga y pesquería; que al levante de la casa passa cerca della el río de Y’úcay y muchos arroyos que entran en él. Dada la traga de la casa, cuyas reliquias y cimientos hoy viven, se bolvió el príncipe Viracocha Inca a la ciudad, y dexó la borla amarilla y tomó la colorada. Mas, aunque él la traía, nunca consintió que su padre se quitasse la suya; que de las insignias se haze poco caudal, como falte la realidad del imperio y dominio. Acabada de labrar la casa, le puso todos los criados y el demás servicio necessario; tan cumplido, que si no era el govierno del reino, no le faltó al Inca Yáhuar Huácac otra cosa. En esta vida solitaria vivió este pobre Rey lo que de la vida le quedó, des­ poseído del reino por su proprio hijo y desterrado en el campo a hazer vida con las bestias, como poco antes tuvo él al mismo hijo. Esta desdicha dezían los indios que havía pronosticado el mal agüero de haver llorado sangre en su niñez. Dezían también, razonando unos

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con otros, bolviendo a la memoria las cosas passadas, que si este Inca, cuando temía la mala condición del hijo y procurava remediarla, cayera en darle un poco de tósigo (según la costumbre de los tiranos, y como lo hazían los hechizeros de algunas provincias de su Imperio), quigá no se viera desposeído dél. Otros, que hablavan en favor del príncipe, no negando lo mal que lo havía hecho con su padre, dezían que también pudiera suceder peor al padre si cayera en poder de los enemigos, pues les havía buelto ya las espaldas y desamparado la ciudad; que le quitaran la vida y el reino, la sucessión de los hijos, de manera que perecieran del todo, y que el príncipe lo havía remediado con su buen ánimo y valor. Otros, hablando en alabanza común de sus Reyes, dezían que aquel mal­ hadado Inca no havía caído en el remedio del veneno, porque todos antes cuidavan en quitarlo del mundo que en usar dél. Otros, que se tenían por religiosos, encareciendo más la nobleza y generosidad de sus Incas, dezían que, aunque le advirtieran del remedio del veneno, no usara dél, porque era cosa indigna de Incas, hijos del Sol, usar con sus hijos lo que a los vassallos prohibían usar con los estraños. Desta suerte dezían otras muchas cosas en sus pláticas, como a cada uno le parecía que era más a propósito. Y con esto dexaremos al Inca Llora Sangre, para no hablar más dél.

CAPÍTULO XXI Del nombre Viracocha, y por qué se lo dieron a los españoles.

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{OLVIENDO al Príncipe, es de saber que por el sueño passado le llamaron Viracocha Inca o Inca Viracocha, que todo es uno, porque el nombre Inca no significa más antepuesto que pospuesto. Diéronle el nombre de la fantasma que se le aparesció, la cual dixo llamarse assí. Y porque el Príncipe dixo que tenía barvas en la cara, a diferencia de los indios, que generalmente son lampiños, y que traía el vestido hasta los pies, diferente hábito del que los indios traen, que no les llega más de hasta la rodilla, de aquí nasció que llamaron Viracocha a los primeros españoles que entraron en el Perú, porque les vieron barvas y todo el cuerpo vestido. Y porque luego que entraron los españoles prendieron a Atahuallpa, Rey tirano, y lo mataron, el cual poco antes havía muerto a Huáscar Inca, legítimo heredero, y havía hecho en los de la sangre real (sin respectar sexo ni edad) las cruel­ dades que en su lugar diremos, confirmaron de veras el nombre Viracocha

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a los españoles, diziendo que eran hijos de su dios Viracocha, que los embió del cielo para que sacassen a los Incas y librassen la ciudad del Cozco y todo su Imperio de las tiranías y crueldades de Atahuallpa, como el mismo Viracocha lo havía hecho otra vez, manifestándose al príncipe Inca Vira­ cocha para librarle de la rebelión de los Chancas. Y dixeron que los españoles havían muerto al tirano en castigo y venganza de los Incas, por havérselo mandado assí el dios Viracocha, padre de los españoles, y ésta es la razón por la cual llamaron Viracocha a los primeros españoles. Y porque creyeron que eran hijos de su dios, los respectaron tanto que los adoraron y les hizieron tan poca defensa, como se verá en la conquista del reino, pues seis españoles solos (Hernando de Soto y Pedro del Barco, entre ellos) se atrevieron a ir desde Cassamarca al Cozco y a otras partes, dozientas y trezientas leguas de camino, a ver las riquezas de aquella ciudad y de otras, y los llevaron en andas, por que fuessen más regalados. Tam­ bién les llamaron Incas, hijos del Sol, como a sus Reyes. Si a esta vana creencia de los indios correspondieran los españoles con dezirles que el verdadero Dios los havía embiado para sacarlos de las tiranías del demonio, que eran mayores que las de Atahuallpa, y les predicaran el Sancto Evan­ gelio con el exemplo que la doctrina pide, no hay duda sino que hizieran grandíssimo fruto. Pero passó todo tan diferente, como sus mismas histo­ rias lo cuentan, a que me remito, que a mí no me es lícito dezirlo: dirán que, por ser indio, hablo apassionadamente. Aunque es verdad que no se deven culpar todos, que los más hizieron oficio de buenos cristianos; pero entre gente tan simple como eran aquellos gentiles, destruía más un malo que edificavan cien buenos. Los historiadores españoles, y aun todos ellos, dizen que los indios llamaron assí a los españoles porque passaron allá por la mar. Y dizen que el nombre Viracocha significa grosura de la mar, haziendo composición de uira, que dizen que es grosura, y cocha, que es mar. En la composición se engañan, también como en la significación, porque conforme a la com­ posición que los españoles hazen, querrá dezir mar de sebo, porque uira, en propria significación, quiere dezir sebo, y con el nombre cocha, que es mar, dize mar de sebo; porque en semejantes composiciones de nomi­ nativo y genitivo, siempre ponen los indios el genitivo delante. De don­ de consta claro no ser nombre compuesto, sino proprio de aquella fan­ tasma que dixo llamarse Viracocha y que era hijo del Sol. Esto puse aquí para los curiosos que holgaran de ver la interpretación deste nombre tan común, y cuánto se engañan en declarar el lenguaje del Perú los que no lo mamaron en la leche de la misma ciudad del Cozco, aunque sean indios, porque los no naturales della también son estranjeros y bárbaros en la len­ gua, como los castellanos. Sin la razón dicha, para llamar Viracocha a los españoles diremos adelante otra que no fué menos principal, que fué la artillería y arcabuzería que llevaron. El Padre Blas Valera, interpretando

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la significación deste nombre, lo declara por esta dicción numen, que es voluntad y poderío de Dios: dízelo, no porque signifique esto el nombre Viracocha, sino por la deidad en que los indios tuvieron a la fantasma, que después del Sol le adoraron por dios y le dieron el segundo lugar, y en pos dél adoraron a sus Incas y Reyes, y no tuvieron más dioses. El Inca Viracocha quedó con tanta reputación acerca de sus parientes y vassallos, assí por el sueño como por la victoria, que en vida le adoraron por nuevo dios, embiado por el Sol para reparo de los de su sangre, por que no se perdiesse, y para remedio de la imperial ciudad y casa del Sol y de sus vírgines, que no la destruyessen los enemigos. Y assí le hazían la veneración y acatamiento con nuevas y mayores ostentaciones de adora­ ción que a sus passados, como que en él huviesse nueva y mayor deidad que en ellos, pues havían sucedido por él cosas tan estrañas y admirables. Y aunque el Inca quiso prohibir a los indios que no le adorassen, sino a su tío, el que se le havía aparecido, no pudo acabarlo con ellos. Empero, quedó acordado que los adorassen ambos igualmente, y que, nombrando a cualquiera dellos, pues tenían un mismo nombre, se entendiesse que los nombravan a ambos. Y el Inca Viracocha, para mayor honra y fama de su tío, la fantasma, y de sí proprio, edificó un templo, como poco adelante diremos. El sueño puédese creer que el demonio, como tan gran maestre de maldades, lo causasse durmiendo el príncipe, o que velando se le representasse en aquella figura, que no se sabe de cierto si dormía o velava; y los indios antes se inclinavan a afirmar que no dormía, sino que velava, re­ costado debaxo de aquella peña. Y pudo hazer esto el enemigo del género humano por aumentar crédito y reputación a la idolatría de los Incas, porque, como viesse que el reino dellos se iva estableciendo y que los Incas havían de ser los legisladores de las supersticiones de su gentilidad y vana ley, para que fuessen creídos y tenidos por dioses y obedescidos por tales, haría aquella representación y otras que los indios cuentan, aunque ninguna para ellos de tanta admiración como la del Viracocha In­ ca, porque la fantasma vino diziendo que era hijo del Sol y hermano de los Incas; y como sucedió después el levantamiento de los Chancas y la victoria contra ellos, quedó el Inca en grandíssima autoridad y crédito, hecho un oráculo, para lo que de allí adelante quisiesse ordenar y mandar a los indios. Este es el dios fantástico Viracocha que algunos historiadores dizen que los indios tuvieron por principal dios y en mayor veneración que al Sol, siendo falsa relación y adulación que los indios les hazen, por lisonjearlos, diziendo que les dieron el nombre de su más principal dios. Lo cierto es que no tuvieron dios más principal que el Sol (si no fué Pacha­ cámac, dios no conocido), antes, por dar deidad a los españoles, dezían a los principios que eran hijos del Sol, como lo dixeron de la fantasma Viracocha.

CAPÍTULO XXII El Inca Viracocha manda labrar un templo en memoria de su tío, la fantasma.

ARA mayor estima de su sueño y para perpetuarlo en la me­ moria de las gentes, mandó el Inca Viracocha hazer, en un pueblo llamado Cacha, que está diez y seis leguas al sur de la ciudad del Cozco, un templo a honor y reverencia de su tío, la fantasma que se le apareció. Mandó que la hechura del templo imitasse, todo lo que fuesse possible, al lugar donde se le apareció que fuesse (como el campo) descubierto, sin techo; que le hiziessen una capilla pequeña, cubierta de piedra, que semejasse al cóncavo de la peña donde estuvo recostado; que tuviesse un soberado, alto del suelo; traga y obra diferente de toda cuanta aquellos indios, antes ni después, hizie­ ron, porque nunca hizieron casa ni piega con soberado. El templo tenía ciento y veinte pies de hueco en largo y ochenta en ancho. Era de cantería pulida, de piedra hermosamente labrada, como es toda la que labran aquellos indios. Tenía cuatro puertas, a las cuatro partes principales del cielo; las tres estavan cerradas, que no eran sino portadas para ornamento de las paredes. La puerta que mirava al oriente servía de entrada y salida del templo; estava en medio del hastial, y porque no supieron aquellos indios hazer bóveda para hazer soberado encima della, hizieron paredes de la misma cantería, que sirviessen de vigas, por que durassen más que si fueran de madera. Pusiéronlas a trechos, dexando siete pies de hueco entre pared y pared, y las paredes tenían tres pies de macigo; eran doze los callejones que estas paredes hazían. Cerráronlos por lo alto, en lugar de tablas, con losas de a diez pies en largo y media vara de alto, labradas a todas seis hazes. Entrando por la puerta del templo, bolvían a mano derecha por el primer callejón, hasta llegar a la pared de la mano derecha del templo; luego bolvían a mano izquierda por el segundo callejón, hasta la otra pared. De allí bolvían otra vez sobre mano derecha por el tercer callejón, y desta manera (como van los espacios de los renglones desta plana) ivan ganando todo el hueco del templo, de calle­ jón en callejón, hasta el postrero, que era el dozeno, donde havía una escalera para subir al soberado del templo. De frente de cada callejón, a una mano y a otra, havía ventanas como saeteras, que bastantemente davan luz a los callejones; debaxo de cada ventana havía un vazío hecho en la pared, donde estava un portero sentado, sin ocupar el passo del callejón. La escalera estava hecha a dos aguas, que podían subir y baxar por la una vanda o por la otra; venía a salir lo alto della de frente del altar mayor. El suelo del soberado estava enlosado de unas losas negras muy lustrosas, que parescían de azavache, traídas de muy lexos tierras. En lugar de altar 271

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mayor havía una capilla de doze pies de hueco en cuadro, cubierta de las mismas losas negras, encaxadas unas en otras, levantadas en forma de chapitel de cuatro aguas: era lo más admirable de toda la obra. Dentro de la capilla, en el gruesso de la pared del templo, havía un tabernáculo, donde tenían puesta la imagen de la fantasma Viracocha; a un lado y a otro de la capilla havía otros dos tabernáculos, mas no havía nada en ellos; solamente servían de ornamento y de acompañar la capilla prin­ cipal. Las paredes del templo, encima del soberado, subían tres varas en alto, sin ventana ninguna; tenían su cornija de piedra, labrada adentro y afuera, por todos cuatro lientos. En el tabernáculo que estava dentro de la capilla havía una vassa grande; sobre ella pusieron una estatua de piedra, que mandó hazer el Inca Viracocha, de la misma figura que dixo havérsele aparecido la fantasma. Era un hombre de buena estatura, con una barba larga de más de un palmo; los vestidos, largos y anchos como túnica o sotana, llegavan hasta los pies. Tenía un estraño animal, de figura no conoscida, con garras de león, atado por el pescuezo con una cadena, y el ramal della en la una mano de la estatua. Todo esto estava contrahecho de piedra, y porque los oficiales, por no haver visto la figura ni su retrato, no atinavan a esculpirla como les dezía el Inca, se puso él mismo muchas vezes en el hábito y figura que dixo haverla visto. Y no consintió que otro alguno se pusiesse en ella, porque no pareciesse desacatar y menos­ preciar la imagen de su dios Viracocha, permitiendo que la representasse otro que el mismo Rey: en tanto como esto estimavan sus vanos dioses. La estatua semejava a las imágenes de nuestros bienaventurados após­ toles, y más propriamente a la del señor San Bartolomé, porque le pin­ tan con el demonio atado a sus pies, como estava la figura dél Inca Viracocha con su animal no conoscido. Los españoles, haviendo visto este templo y la estatua de la forma que se ha dicho, han querido de­ zir que pudo ser que el apóstol San Bartolomé llegasse hasta el Perú a predicar a aquellos gentiles, y que en memoria suya hoviessen hecho los indios la estatua y el templo. Y los mestizos naturales del Cozco, de trein­ ta años a esta parte, en una cofradía que hizieron de ellos solos, que no quisieron que entrassen españoles en ella, la cual solenizan con grandes gastos, tomaron por abogado a este bienaventurado apóstol, diziendo que, ya que con ficción o sin ella se havía dicho que havía predicado en el Perú, lo querían por su patrón, aunque algunos españoles maldizientes, viendo los arreos y galas que aquel día sacan, han dicho que no lo hazen por el apóstol, sino por el Inca Viracocha. Qué motivo tuviesse el Inca Viracocha y a qué propósito huviesse mandado hazer aquel templo en Cacha y no en Chita, donde la fantas­ ma se le apareció, o en Yahuarpampa, donde huvo la victoria de los 272 Chancas, siendo cualquiera de aquellos dos puestos más a propósito

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que el de Cacha, no lo saben dezir los indios, mas de que fué voluntad del Inca; y no es de creer sino que tuvo alguna causa oculta. Con ser el templo de tan estraña labor, como se ha dicho, lo han destruido los españoles, como han hecho otras muchas obras famosas que hallaron en el Perú, deviéndolas sustentar ellos mismos, a su costa, para que en siglos venideros vieran las gentes las grandezas que con sus bracos y buena fortuna havían ganado. Mas parece que a sabiendas, como embidiosos de sí proprios, las han derribado por el suelo, de tal manera que el día de hoy apenas quedan los cimientos desta obra, ni de otras semejantes que havía, cosa que a los discretos ha lastimado mucho. La principal causa que les movió a destruir esta obra, y todas las que han derribado, fué dezir que no era possible sino que havía mucho tesoro debaxo della. Lo primero que derribaron fué la estatua, porque dixeron que debaxo de sus pies havía mucho oro enterrado. El templo fueron cavando a tiento, ya aquí, ya allí, hasta los cimientos; y desta manera lo han derribado todo. La estatua de piedra vivía pocos años ha, aunque toda desfigurada, a poder de pedradas que le tiravan.

CAPÍTULO XXIII

Pintura famosa, y la gratificación a los del socorro. ABLANDO del Inca Viracocha, es de saber que quedó tan ufano y glorioso de sus hazañas y de la nueva adoración que los indios le hazían, que, no contento con la obra famosa del templo, hizo otra galana y vistosa, aunque no menos mordaz contra su padre que aguda en su favor, aunque dizen los indios que no la hizo hasta que su padre fué muerto. Y fué que en una peña altíssima, que entre otras muchas hay en el paraje donde su padre paró cuando salió del Cozco, retirándose de los Chancas, mandó pintar dos aves que los indios llaman cúntwr, que son tan grandes que muchas se han visto tener cinco varas de medir, de punta a punta de las alas. Son aves de rapiña y ferocíssimas, aunque la naturaleza, madre común, por templarles la ferocidad les quitó las garras; tienen las manos como pies de gallina, pero el pico tan feroz y fuerte, que de una herronada rompen el cuero a una vaca; que dos aves de aquéllas la acometen y matan, como si fueran lobos. Son prietas y blancas, a remiendos, como las urracas. Dos aves destas mandó pintar. La una con las alas cerradas y la cabega baxa y encogida, como se ponen las aves, por fieras que sean, cuando se quieren esconder; tenía el rostro hazia Collasuyu y las espaldas

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al Cozco. La otra mandó pintar en contrario, el rostro buelto a la ciudad y feroz, con las alas abiertas, como que iva bolando a hazer alguna presa. Dezían los indios que el un cúntur figurava a su padre, que havía salido huyendo del Cozco e iva a esconderse en el Collao, y el otro representava al Inca Viracocha, que havía buelto bolando a defender la ciudad y todo su Imperio. Esta pintura vivía en todo su buen ser el año de mil y quinientos y ochenta; y el de noventa y cinco pregunté a un sacerdote criollo, que vino del Perú a España, si la havía visto y cómo estava. Díxome que esta­ va muy gastada, que casi no se divisava nada della, porque el tiempo con sus aguas, y el descuido de la perpetuidad de aquella y otras semejantes antiguallas, la havían arruinado. Como el Inca Viracocha quedasse absoluto señor de todo su Imperio, tan amado y acatado de los suyos, como se ha dicho, y adorado por Dios, procuró al principio de su reinado establecer su reino y atender al sosiego y quietud dél y al buen govierno y beneficio de sus vassallos. Lo primero que hizo fué gratificar con favores y mercedes a los que le havían dado el socorro en el levantamiento passado, particular­ mente a los Quechuas de los apellidos Cotapampa y Cotanera, que, por haver sido los principales autores del socorro, les mandó que truxessen las caberas tresquiladas y el llautu por tocado y las orejas horadadas como los Incas, aunque el tamaño del horado fué limitado, como lo dió el primer Inca Manco Cápac a sus primeros vassallos. A las demás nasciones dió otros privilegios de grandes favores, con que todos quedaron muy contentos y satisfechos. Visitó sus reinos por que se favoresciessen con verle, que, por las maravillas que dél se contavan, era desseado por todos ellos. Y haviendo gastado algunos años en la visita, se bolvió al Cozco, donde, con el parecer de los de su Consejo, determinó conquistar aquellas grandes provincias que llaman Caranca, Ullaca, Llipi, Chicha, las cuales su padre dexó de conquistar por acudir al remedio de la mala condición del hijo, como en su lugar diximos. Para lo cual mandó el Inca Viracocha que en Collasuyu y Cuntisuyu se apercibiessen treinta mil hombres de guerra para el verano siguiente. Eligió por capitán general uno de sus hermanos, llamado Páhuac Maita Inca, que quiere dezir el que buela Maita Inca, que fué ligeríssimo sobre todos los de su tiempo, y el don natural le pusieron por sobrenombre. Eligió cuatro Incas por consejeros del hermano y maesses de campo; salieron del Cozco y recogieron de camino la gente levantada. Fueron a las provincias dichas; las dos dellas, que son Chicha y Ampara, ado­ ravan la gran cordillera de la Sierra Nevada, por su grandeza y hermosu­ ra y por los ríos que della salen, con que riegan sus campos. Tuvieron algunos recuentros y batallas, aunque de poco momento; porque más fué querer los enemigos, como belicosos, tentar sus fuergas que hazer

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guerra descubierta a los Incas, cuya potencia era ya tanta, y más con la nueva reputación de las hazañas del Inca Viracocha, que los enemigos no se hallavan poderosos para los resistir. Por estas causas se reduxeron aquellas grandes provincias al Imperio de los Incas con más facilidad y menos peligros y muertes de las que al principio se havían temido, porque son belicosas y pobladas de mucha gente; aunque todavía se gastaron más de tres años en la redución y conquista dellas.

CAPÍTULO XXIV

Nuevas provincias que el Inca sujeta, y una acequia para regar los pastos. |L INCA Páhuac Maita y sus tíos, haviendo dado fin a su jor­ nada y dexado los governadores y ministros necessarios para instruir los nuevos vassallos, se bolvieron al Cozco, donde fueron rescebidos del Inca con muchas fiestas y grandes favores y mercedes, cuales convenían a tan gran conquista como la que hizieron; con la cual acrecentó el Inca Viracocha su Imperio hasta los términos posibles, porque al oriente llegava hasta el pie de la gran cordillera y sierra nevada, y al poniente hasta la mar, y al mediodía hasta la última provincia de los Charcas, más de dozientas leguas de la ciudad. Y por estas tres partes ya no havía qué conquistar, porque por la una parte le atajava la mar y por la otra las nieves y grandes montañas de los Antis y al sur le atajavan los desiertos que hay entre el Perú y el reino de Chili. Mas con todo esso, como el reinar sea insaciable, le nascieron nuevos cuidados, de la parte de Chinchasuyu, que es al norte: desseó aumentar su Imperio lo que pudiesse por aquella vanda, y haviéndolo comunicado con los de su Consejo, mandó levantar treinta mil hombres de guerra y eligió seis Incas, de los más esperimentados, que fuessen con él. Proveído todo lo necessario, salió con su exército por el camino de Chinchasuyu, dexando por governador de la ciudad a su hermano, el Inca Páhuac Maita. Llegó a la provincia Antahuailla, que es de la nasción Chanca, la cual, por la traición que hizieron al Inca Yáhuar Huácac en rebelarse contra él, fué llamada traidora por sobrenombre, y dura este apellido entre los indios hasta hoy, que jamás dizen Chanca que no añidan Auca, que quiere dezir traidor. También significa tirano, alevoso, fementido y todo lo demás que puede pertenecer a la tiranía y alevosía: todo lo contiene este adjectivo atica. También significa guerrear y dar

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batalla, por que se vea cuánto comprehende el lenguaje común del Perú con una palabra sola. Con la fiesta y regozijo que, como gente afligida, pudieron hazer los Chancas, fué recebido el Inca Viracocha. El cual se mostró muy afable con todos ellos, y a los más principales regaló, assí con palabras como con dádivas; que les dió de vestidos y otras preseas, por que perdiessen el temor del delicto passado, que, como no havía sido el castigo conforme a la maldad, temían si havía de llegar entonces o después. El Inca, demás del común favor que a todos hizo, visitó las provincias todas; proveyó en ellas lo que le pareció convenir. Hecho esto, recogió el exército, que estava aloxado en diversas provincias; caminó a las que estavan por sujetar. La más cercana, llamada Huaitara, grande y muy poblada de gente rica y belicosa, y que havían sido del vando de los rebelados; la cual se rindió luego que el Inca Viracocha embió sus mensajeros mandándoles que le obedeciessen, y assí salieron, con mucha humildad, a recebirle por señor, porque estavan escarmentados de la batalla de Yahuarpampa. El Inca los recibió con mucha afabilidad y les mandó dezir que viviessen quietos y pacíficos, que era lo que más les convenía. De allí passó a otra provincia, llamada Poc’ra, por otro nombre Huamanca, y a otras que se dizen Asancaru, Parco, Pícuy y Acos, las cuales todas se dieron con mucha facilidad y holgaron ser de su Imperio; porque el Inca Viracocha era desseado en todas partes, por las maravillas que havía hecho. Haviéndolas ganado, despidió el exército; ordenó lo que al beneficio común de los vassallos convenía, y, entre otras cosas que man­ dó hazer, fué sacar una acequia de agua de más de doze pies de hueco, que corría más de ciento y veinte leguas de largo; empegava de lo alto de las sierras que hay entre Parcu y Pícuy, de unas hermosas fuentes que allí nascen, que parecen caudalosos ríos. Y corría el acequia hazia los Rucanas; servía de regar los pastos que hay por aquellos des­ poblados, que tienen diez y ocho leguas de travessía y de largo toman casi todo el Perú. Otra acequia semejante atraviessa casi todo Contisuyu, y corre del sur al norte más de ciento y cincuenta leguas por lo alto de las sierras más altas que hay en aquellas provincias, y sale a los Quechuas, y sirve o servía solamente para regar los pastos cuando el otoño detenía sus aguas. Destas acequias para regar los pastos hay muchas en todo el Imperio que los Incas governaron; es obra digna de la grandeza y govierno de tales príncipes. Puédense igualar estas acequias a las mayores obras que en el mundo ha havido, y darles el primer lugar, consideradas las sierras altíssimas por donde las llevavan, las peñas grandíssimas que rompían sin instrumentos de azero ni hierro, sino que, con unas piedras quebrantavan otras, a pura fuerga de bracos, y que no supieron hazer zimbras para sobre ellas armar arcos de puentes con que atajar las que-

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

bradas y los arroyos. Si algún arroyo hondo se le atravessava. ivan a descabezarlo hasta su nascimiento, rodeando las sierras todas que se le ofrecían por delante. Las acequias eran de diez, doce pies de hueco, por la parte de la sierra a que ivan arrimadas; rompían la misma sierra para el passo del agua, y por la parte de afuera les ponían grandes losas de piedras labradas por todas sus seis partes, de vara y media y de dos varas de largo, y más de vara de alto, las cuales ivan puestas a la hila, pegadas unas a otras y fortaleszidas por la parte de afuera con grandes céspedes y mucha tierra arrimada a las losas, para que el ganado que atravesasse de una parte a otra no desportillasse la acequia. Ésta, que viene atravesando todo el distrito llamado Cuntisuyu, vide en la provincia llamada Quechua, que es al fin del mismo districto, y tiene todo lo que he dicho, y la miré con mucha atención. Y cierto son obras tan grandes y admirables que ecceden a toda pintura y enca­ recimiento que dellas se pueda hazer. Los españoles, como estranjeros, no han hecho caso de semejantes grandezas, ni para sustentarlas ni para estimarlas, ni aun para haver hecho mención dellas en sus historias; antes parece que a sabiendas, o con sobra de descuido, que es lo más cierto, han permitido que se pierdan todas. Lo mismo ha sido de las acequias que los indios tenían sacadas para regar las tierras de pan, que han dexado perder las dos tercias partes; que hoy, y muchos años atrás, no sirven ya sino las acequias que no pueden dexar de sustentar, por la necessidad que tienen dellas. De las que se han perdido, grandes y chicas, viven todavía los rastros y señales.

CAPÍTULO XXV

El Inca visita su Imperio; vienen embaxadores ofreciendo vassallaje. ^AVIÉNDOSE dado la traza y proveído lo necessario para sacar la acequia grande para regar los pastos, el Inca Vira­ cocha passó de la provincia de Chinchasuyo a las de Cuntisuyo, con propósito de visitar todos sus reinos de aquel viaje. Las primeras provincias que visitó fueron las que llaman Quechua, que, entre otras que hay deste nombre, las más principales son dos, la una llamada Cotapampa y la otra Cotanera; las cuales regaló con particulares mercedes y favores, por el gran servicio que le hizieron en el socorro contra los Chancas. Luego passó a visitar todas las demás provincias de Cuntisuyu, y no se contentó con visitar las de 277

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la sierra, sino también los valles de los llanos y costa de la mar, por que no quedasse alguna provincia desfavorecida de que el Inca no la huviesse visto, según era desseado de todas. Hizo gran pesquisa para saber si los governadores y ministros regios hazen el dever, cada cual en su ministerio. Mandava castigar severíssimamente al que havía hecho mal su oficio: decía que estos tales merecían más pena y castigo que los salteadores de caminos, porque, con la potestad real que les davan para hazer justicia y beneficio a los vassallos, los fatigavan con molestias y agravios, contra la voluntad del Inca, menospreciando sus leyes y ordenanzas. Hecha la visita de Cuntisuyu, entró en las provincias de Collasuyu, las cuales anduvo una por una, visitando los pueblos más principales, donde, como en las pasadas, hizo muchas mercedes y favores, assí a los indios en común como a sus curacas en particular. Visitó aquella costa de la mar hasta Tarapaca. Estando el Inca en la provincia Charca, vinieron embaxadores del reino llamado Tucma, que los españoles llaman Tucumán, que está dozientas leguas de los Charcas, al sueste, y, puestos ante él, le dixeron: "Capa Inca Viracocha, la fama de las hazañas de los Incas, tus proge­ nitores, la rectitud e igualdad de su justicia, la bondad de sus leyes, el govierno tan en favor y beneficio de los súbditos, la excelencia de su religión, la piedad, clemencia y mansedumbre de la real condición de todos vosotros y las grandes maravillas que tu padre el Sol nuevamente ha hecho por ti, han penetrado hasta los últimos fines de nuestra tierra, y aun passan adelante. De las cuales grandezas, aficionados los cura­ cas de todo el reino Tucma, embían a suplicarte hayas por bien de recebirlos debaxo de tu Imperio, y permitas que se llamen tus vassallos, para que gozen de tus beneficios, y te dignes de darnos Incas de tu sangre real que vayan con nosotros a sacarnos de nuestras bárbaras leyes y costumbres y a enseñarnos la religión que devemos tener y los fueros que devemos guardar. Para lo cual, en nombre de todo nuestro reino, te adoramos por hijo del Sol y te recebimos por Rey y señor nuestro, en testimonio de lo cual te oferecemos nuestras personas y los frutos de nuestra tierra, para que sea señal y muestra de que somos tuyos”. Diziendo esto, descubrieron mucha ropa de algodón, mucha miel muy buena, gara y otras miesses y legumbres de aquella tierra, que de todas ellas truxeron parte, para que en todas se tomasse la possessión. No truxeron oro ni plata, porque no la tenían los indios, ni hasta ahora, por mucha que ha sido la diligencia de los que la han buscado, ha podido descubrirla. Hecho el presente, los embaxadores se pusieron de rodillas a la usanza dellos, delante del Inca, y le adoraron como a su Dios y como a su Rey. El cual los recibió con mucha afabilidad, y después de haver

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

recebido el presente, en señal de possessión de todo aquel reino, mandó a sus parientes que los brindassen, para hazerles el favor que entre ellos era tenido por inestimable. Hecha la bevida, mandó dezirles que el Inca holgava mucho huviessen venido de su grado a la obediencia y señorío de los Incas, que serían tanto más regalados y bien tratados que los demás cuanto su amor y buena voluntad lo merecía mejor que los que venían por fuerza. Mandó que les diessen mucha ropa de lana para sus curacas, de la muy fina, que se hazia para el Inca, y otras preseas de la misma persona real, hechas de mano de las vírgines escogidas, que eran tenidas por cosas divinas y sagradas, y a los emba­ xadores dieron muchas dádivas. Mandó que fuessen Incas, parientes suyos, a instruir aquellos indios en su idolatría y que les quitassen los abusos y torpezas que tuviessen y enseñassen las leyes y ordenangas de los Incas, para que las guardassen. Mandó que fuessen ministros que entendiessen en sacar acequias y cultivar la tierra, para acrecen­ tar la hazienda del Sol y la del Rey. Los embaxadores, haviendo asistido algunos días a la presencia del Inca, muy contentos de su condición y admirados de las buenas leyes y costumbres de la corte, y ha viéndolas cotejado con las que ellos tenían, dezían que aquéllas eran leyes de hombres, hijos del Sol, y las suyas de bestias sin entendimiento. Y movidos de buen zelo, dixe­ ron a su partida al Inca: "Solo Señor, por que no quede nadie en el mundo que no goze de tu religión, leyes y govierno, te hazemos saber que, lexos de nuestra tierra, entre el' sur y el poniente, está un gran reino llamado Chili, poblado de mucha gente, con los cuales no tene­ mos comercio alguno, por una gran cordillera de sierra nevada que hay entre ellos y nosotros, mas la relación tenérnosla de nuestros padres abuelos; y pareciónos dártela para que hayas por bien de conquistar aquella tierra y reduzirla a tu Imperio, para que sepan tu religión y adoren al Sol y gozen de tus beneficios”. El Inca mandó tomar por memoria aquella relación y dió licencia a los embaxadores para que se bolviessen a sus tierras. El Inca Viracocha passó adelante en su visita, como ívamos di­ ziendo, y visitó las provincias todas de Collasuyu, haziendo siempre mercedes y favores a los curacas y capitanes de guerra y a los conce­ jos y gente común; de manera que todos, en general, quedaron con nuevo contento y nueva satisfación de su Inca. Recebíanle por todas aquellas provincias con grandíssima fiesta y regozijo y aclamaciones hasta entonces nunca oídas; porque, como muchas vezes se nos ofresce dezir, el sueño y la gran victoria de Yahuarpampa havían causado en los indios tanta veneración y respecto para con el Inca, que le adoravan por nuevo dios; y hoy día tienen en gran veneración la peña donde dizen que estuvo recostado cuando se le apareció la fantasma. Y no

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lo hazen por idolatrar, que, por la misericordia de Dios, bien desen­ gañados están ya de la que tuvieron, sino por memoria de su Rey, que tan bueno les fué en paz y en guerra. Acabada la visita de Collasuyu, entró en Antisuyu, donde, aunque fué recebido con menos fausto y pompa, por ser los pueblos menores que los passados, no dexaron de hazerle toda la fiesta y aparato possi­ ble. Hizieron por los caminos arcos triunfales de madera, cubiertos de juncia y flores, cosa muy usada entre los indios para grandes recebimientos; cubrieron los caminos con flores y juncia, por do passava el Inca. En suma, hazían todas las ostentaciones que podían para dar a entender la vana adoración que desseavan hazerle. En la visita des­ tas tres partes de su Imperio, gastó el Inca Viracocha tres años, en las cuales no dexava de hazer las fiestas del Sol, que llamavan Raimi, y la que llaman Citua, donde le hallava el tiempo de las fiestas, aun­ que era con menos solenidad que en el Cozco; mas como podían la solenizavan, por cumplir con su vana religión. Acabada la visita, se bolvió a su imperial ciudad, donde fué tan bien recebido como havía sido desseado, porque, como a nuevo fundador, defensor y amparo que havía sido della, salieron todos sus cortesanos a recebirle con mu­ chas fiestas y nuevos cantares, compuestos en loor de sus grandezas.

CAPÍTULO XXVI

La buida del bravo Hancohuallu del Imperio de los Incas.

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LA manera que se ha dicho visitó este Inca otras dos vezes todos sus reinos y provincias. En la segunda visita sucedió 31®^ que, andando en la provincia de los Chichas, que es lo ú del Perú hazia el mediodía, le llevaron nuevas de un caso estraño, que le causó mucha pena y dolor, y fué que el bravo Hancbravo Hancohuallu, qu>e diximos fué Rey de los Chancas, au bavía gozad»havía gozado nueve o diez años del suave govierno de los Inc de sus estados y juridición no le havían quitado nada, aunque de aunque s que se era tíque se era tan gran señor como antes, y el Inca le havía hecho el regalo y el1 regalo y buen tratamiento possible, con todo esso, no pudien ánimo altivoánimo altivo y generoso sufrir ser súbdito y vassallo de otro, hav sido absolutcsido absoluto señor de tantos vassallos como tenía, y que sus p y abuelos y280 y abuelos y antepassados havían conquistado y sujetado m

Libro Quinto, de los Comentarios Reales de los Incas

ciones a su estado y señorío, particularmente los Quechuas, que fueron los primeros que dieron el socorro al Inca Viracocha, para que él no alcangasse la victoria que esperava, y que al presente se veía igual a todos los que havía tenido por inferiores, y le parescía, según su ima­ ginación y conforme a buena razón, que por aquel servicio que sus enemigos hizieron al Inca eran más queridos y estimados que no él, y que él havía de ser cada día menos y menos, desdeñado destas ima­ ginaciones, que a todas horas se le representavan en la fantasía, aun­ que por otra parte veía que el govierno de los Incas era para some­ terse a él de su voluntad todos los potentados y señoríos libres, quiso más procurar su libertad, desechando cuanto poseía, que sin ella gozar de otros mayores estados. Para lo cual habló a algunos indios de los suyos y les descubrió su pecho, diziendo cómo desseava desamparar su tierra natural y señorío proprio y salir del vassallaje de los Incas y de todo su Imperio y buscar nuevas tierras donde poblar y ser señor absoluto o morir en la demanda; que para conseguir este desseo se hablassen unos a otros, y que lo más dissimuladamente que pudiessen se fuessen saliendo poco a poco de la juridición del Inca, con sus mujeres y hijos, y como mejor pudiessen, que él les daría pasaportes para que no les pidiessen cuenta de su camino, y que le esperassen en las tierras ajenas comarcanas, porque todos juntos no podrían salir sin que el Inca lo supiesse y estorvasse, y que él saldría en pos dellos lo más presto que pudiesse, y que aquel camino era el más seguro para conseguir la libertad perdida, porque tratar de nuevo levantamiento era locura y disparate, porque no eran poderosos para resistir al Inca, y, aunque lo fueran, dixo que no lo hiziera por no mostrarse ingrato y desconocido a quien tantas mercedes le havía hecho, ni traidor a quien tan magnánimo le havía sido; que él se contentava con buscar su liber­ tad con la menos ofensa que pudiesse hazer a un Príncipe tan bueno como el Inca Viracocha.

Con estas palabras persuadió el bravo y generoso Ancohuallu a los primeros que se las oyeron, y aquéllos a los segundos y terceros, y assí de mano en mano; y desta manera, por el amor entrañable que en común los indios a su señor natural tienen, fueron fáciles los Chancas de persuadirse unos a otros, y en breve espacio salieron de su tierra más de ocho mil indios de guerra de provecho, sin la demás gente común y menuda de mujeres y niños, con los cuales se fué el altivo Ancohuallu haziendo camino por tierras ajenas con el terror de sus armas y con el nombre Chanca, cuya ferocidad y valentía era temida por todas aquellas nasciones de su comarca. Con el mismo asombro se hizo proveer de mantenimientos hasta llegar a las provincias de Tarma y Pumpu, que están sesenta leguas de su tierra, donde tuvo algunos recuentros; y aunque pudiera con facilidad sujetar aquellas 281

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nasciones y poblar en ellas, no quiso, por parecerle que estavan cerca del Imperio del Inca, cuya ambición le parescía tanta que tardaría poco en llegar a sujetar aquellas tierras, y caería en la misma sujeción y desventura que Havía huido. Por lo cual le paresció passar adelante y alexarse donde el Inca no llegasse tan presto, siquiera mientras él viviesse. Con este acuerdo caminó, arrimándose a mano derecha de como iva, llegándose hazia las grandes montañas de los Antis, con propó­ sito de entrarse por ellas y poblar donde hallasse buena dispusición. Y assí dizen los de su nación que lo hizo, haviéndose alexado casi dozien­ tas leguas de su tierra; mas por dónde entró y dónde pobló, no lo saben dezir, mas de que entraron por un gran río abaxo y poblaron en las riberas de unos grandes y hermosos lagos, donde dizen que hizieron tan grandes hazañas que más parecen fábulas compuestas en loor de sus parientes, los Chancas, que historia verdadera, aunque del ánimo y valor del gran Hancohuallu se pueden creer muy grandes cosas, las cuales dexaremos de contar porque no son de nuestra historia. Baste haver dicho lo que a ella pertenesce.

CAPÍTULO XXVII

Colonias en las tierras de Hancohuallu; el valle de Y'úcay ilustrado.

L INCA Viracocha recibió mucha pena de la huida de Han­ cohuallu, y quisiera haver podido estorvarla, mas ya que no le fué possible, se consoló con que no havía sido por su causa, y, mirándolo más en su particular, dezían los indios se havía holgado de que se huviesse ido, por la natural con­ dición de los señores, que sufren mal los vassallos de semejante á y valor, porque les son formidables. Informóse muy por menudo de la huida de Hancohuallu, y de qué manera quedavan aquellas pro­ vincias, y haviendo sabido que no havía alteración alguna, embió a mandar (por no dexar de hazer su visita) que su hermano Páhuac Maita, que havía quedado en el Cozco por governador, y otros dos de su Consejo, fuessen con buena guarda de gente y visitassen los pueblos de ios Chancas y con blandura y mansedumbre aquietassen los ánimos que huviesse alterados por la ida de Hancohuallu. Los Incas fueron y visitaron aquellos pueblos y las provincias circunvezinas, y lo mejor que pudieron las dexaron quietas y pacíficas. Visitaron assimismo dos famosas fortalezas, que eran de la antigüedad

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guerra descubierta a los Incas, cuya potencia era ya tanta, y más con la nueva reputación de las hazañas del Inca Viracocha, que los enemigos no se hallavan poderosos para los resistir. Por estas causas se reduxeron aquellas grandes provincias al Imperio de los Incas con más facilidad y menos peligros y muertes de las que al principio se havían temido, porque son belicosas y pobladas de mucha gente; aunque todavía se gastaron más de tres años en la redución y conquista dellas.

CAPÍTULO XXIV

Nuevas provincias que el Inca sujeta, y una acequia para regar los pastos. |L INCA Páhuac Maita y sus tíos, haviendo dado fin a su jor­ nada y dexado los governadores y ministros necessarios para instruir los nuevos vassallos, se bolvieron al Cozco, donde fueron rescebidos del Inca con muchas fiestas y grandes favores y mercedes, cuales convenían a tan gran conquista como la que hizieron; con la cual acrecentó el Inca Viracocha su Imperio hasta los términos posibles, porque al oriente llegava hasta el pie de la gran cordillera y sierra nevada, y al poniente hasta la mar, y al mediodía hasta la última provincia de los Charcas, más de dozientas leguas de la ciudad. Y por estas tres partes ya no havía qué conquistar, porque por la una parte le atajava la mar y por la otra las nieves y grandes montañas de los Antis y al sur le atajavan los desiertos que hay entre el Perú y el reino de Chili. Mas con todo esso, como el reinar sea insaciable, le nascieron nuevos cuidados, de la parte de Chinchasuyu, que es al norte: desseó aumentar su Imperio lo que pudiesse por aquella vanda, y haviéndolo comunicado con los de su Consejo, mandó levantar treinta mil hombres de guerra y eligió seis Incas, de los más esperimentados, que fuessen con él. Proveído todo lo necessario, salió con su exército por el camino de Chinchasuyu, dexando por governador de la ciudad a su hermano, el Inca Páhuac Maita. Llegó a la provincia Antahuailla, que es de la nasción Chanca, la cual, por la traición que hizieron al Inca Yáhuar Huácac en rebelarse contra él, fué llamada traidora por sobrenombre, y dura este apellido entre los indios hasta hoy, que jamás dizen Chanca que no añidan Auca, que quiere dezir traidor. También significa tirano, alevoso, fementido y todo lo demás que puede pertenecer a la tiranía y alevosía: todo lo contiene este adjectivo auca. También significa guerrear y dar

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batalla, por que se vea cuánto comprehende el lenguaje común del Perú con una palabra sola. Con la fiesta y regozijo que, como gente afligida, pudieron hazer los Chancas, fué recebido el Inca Viracocha. El cual se mostró muy afable con todos ellos, y a los más principales regaló, assí con palabras como con dádivas; que les dió de vestidos y otras preseas, por que perdiessen el temor del delicio passado, que, como no havía sido el castigo conforme a la maldad, temían si havía de llegar entonces o después. El Inca, demás del común favor que a todos hizo, visitó las provincias todas; proveyó en ellas lo que le pareció convenir. Hecho esto, recogió el exército, que estava aloxado en diversas provincias; caminó a las que estavan por sujetar. La más cercana, llamada Huaitara, grande y muy poblada de gente rica y belicosa, y que havían sido del vando de los rebelados; la cual se rindió luego que el Inca Viracocha embió sus mensajeros mandándoles que le obedeciessen, y assí salieron, con mucha humildad, a recebirle por señor, porque estavan escarmentados de la batalla de Yahuarpampa. El Inca los recibió con mucha afabilidad y les mandó dezir que viviessen quietos y pacíficos, que era lo que más les convenía. De allí passó a otra provincia, llamada Poc’ra, por otro nombre Huamanca, y a otras que se dizen Asancaru, Parco, Pícuy y Acos, las cuales todas se dieron con mucha facilidad y holgaron ser de su Imperio; porque el Inca Viracocha era desseado en todas partes, por las maravillas que havía hecho. Haviéndolas ganado, despidió el exército; ordenó lo que al beneficio común de los vassallos convenía, y, entre otras cosas que man­ dó hazer, fué sacar una acequia de agua de más de doze pies de hueco, que corría más de ciento y veinte leguas de largo; empegava de lo alto de las sierras que hay entre Parcu y Pícuy, de unas hermosas fuentes que allí nascen, que parecen caudalosos ríos. Y corría el acequia hazia los Rucanas; servía de regar los pastos que hay por aquellos des­ poblados, que tienen diez y ocho leguas de travessía y de largo toman casi todo el Perú. Otra acequia semejante atraviessa casi todo Contisuyu, y corre del sur al norte más de ciento y cincuenta leguas por lo alto de las sierras más altas que hay en aquellas provincias, y sale a los Quechuas, y sirve o servía solamente para regar los pastos cuando el otoño detenía sus aguas. Destas acequias para regar los pastos hay muchas en todo el Imperio que los Incas governaron; es obra digna de la grandeza y govierno de tales príncipes. Puédense igualar estas acequias a las mayores obras que en el mundo ha havido, y darles el primer lugar, consideradas las sierras altíssimas por donde las llevavan, las peñas grandíssimas que rompían sin instrumentos de azero ni hierro, sino que, con unas piedras quebrantavan otras, a pura fuerga de bragos, y que no supieron hazer zimbras para sobre ellas armar arcos de puentes con que atajar las que-

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bradas y los arroyos. Si algún arroyo hondo se le atravessava, ivan a descabezarlo hasta su nascimiento, rodeando las sierras todas que se le ofrecían por delante. Las acequias eran de diez, doce pies de hueco, por la parte de la sierra a que ivan arrimadas; rompían la misma sierra para el passo del agua, y por la parte de afuera les ponían grandes losas de piedras labradas por todas sus seis partes, de vara y media y de dos varas de largo, y más de vara de alto, las cuales ivan puestas a la hila, pegadas unas a otras y fortaleszidas por la parte de afuera con grandes céspedes y mucha tierra arrimada a las losas, para que el ganado que atravesasse de una parte a otra no desportillasse la acequia. Ésta, que viene atravesando todo el distrito llamado Cuntisuyu, vide en la provincia llamada Quechua, que es al fin del mismo districto, y tiene todo lo que he dicho, y la miré con mucha atención. Y cierto son obras tan grandes y admirables que ecceden a toda pintura y enca­ recimiento que dellas se pueda hazer. Los españoles, como estranjeros, no han hecho caso de semejantes grandezas, ni para sustentarlas ni para estimarlas, ni aun para haver hecho mención dellas en sus historias; antes parece que a sabiendas, o con sobra de descuido, que es lo más cierto, han permitido que se pierdan todas. Lo mismo ha sido de las acequias que los indios tenían sacadas para regar las tierras de pan, que han dexado perder las dos tercias partes; que hoy, y muchos años atrás, no sirven ya sino las acequias que no pueden dexar de sustentar, por la necessidad que tienen dellas. De las que se han perdido, grandes y chicas, viven todavía los rastros y señales.

CAPÍTULO XXV

El Inca visita su Imperio; vienen embaxadores ofreciendo vassallaje. ^AVIÉNDOSE dado la traga y proveído lo necessario para sacar la acequia grande para regar los pastos, el Inca Vira­ cocha passó de la provincia de Chinchasuyo a las de Cuntisuyo, con propósito de visitar todos sus reinos de aquel viaje. EOlíD Las primeras provincias que visitó fueron las que llaman Quechua, que, entre otras que hay deste nombre, las más principales son dos, la una llamada Cotapampa y la otra Cotanera; las cuales regaló con particulares mercedes y favores, por el gran servicio que le hizieron en el socorro contra los Chancas. Luego passó a visitar todas las demás provincias de Cuntisuyu, y no se contentó con visitar las de 277

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la sierra, sino también los valles de los llanos y costa de la mar, por que no quedasse alguna provincia desfavorecida de que el Inca no la huviesse visto, según era desseado de todas. Hizo gran pesquisa para saber si los governadores y ministros regios hazen el dever, cada cual en su ministerio. Mandava castigar severíssimamente al que havía hecho mal su oficio: decía que estos tales merecían más pena y castigo que los salteadores de caminos, porque, con la potestad real que les davan para hazer justicia y beneficio a los vassallos, los fatigavan con molestias y agravios, contra la voluntad del Inca, menospreciando sus leyes y ordenanzas. Hecha la visita de Cuntisuyu, entró en las provincias de Collasuyu, las cuales anduvo una por una, visitando los pueblos más principales, donde, como en las pasadas, hizo muchas mercedes y favores, assí a los indios en común como a sus curacas en particular. Visitó aquella costa de la mar hasta Tarapaca. Estando el Inca en la provincia Charca, vinieron embaxadores del reino llamado Tucma, que los españoles llaman Tucumán, que está dozientas leguas de los Charcas, al sueste, y, puestos ante él, le dixeron: "Capa Inca Viracocha, la fama de las hazañas de los Incas, tus proge­ nitores, la rectitud e igualdad de su justicia, la bondad de sus leyes, el govierno tan en favor y beneficio de los súbditos, la excelencia de su religión, la piedad, clemencia y mansedumbre de la real condición de todos vosotros y las grandes maravillas que tu padre el Sol nuevamente ha hecho por ti, han penetrado hasta los últimos fines de nuestra tierra, y aun passan adelante. De las cuales grandezas, aficionados los cura­ cas de todo el reino Tucma, embían a suplicarte hayas por bien de recebirlos debaxo de tu Imperio, y permitas que se llamen tus vassallos, para que gozen de tus beneficios, y te dignes de darnos Incas de tu sangre real que vayan con nosotros a sacarnos de nuestras bárbaras leyes y costumbres y a enseñarnos la religión que devemos tener y los fueros que devemos guardar. Para lo cual, en nombre de todo nuestro reino, te adoramos por hijo del Sol y te recebimos por Rey y señor nuestro, en testimonio de lo cual te oferecemos nuestras personas y los frutos de nuestra tierra, para que sea señal y muestra de que somos tuyos”. Diziendo esto, descubrieron mucha ropa de algodón, mucha miel muy buena, gara y otras miesses y legumbres de aquella tierra, que de todas ellas truxeron parte, para que en todas se tomasse la possessión. No truxeron oro ni plata, porque no la tenían los indios, ni hasta ahora, por mucha que ha sido la diligencia de los que la han buscado, ha podido descubrirla. Hecho el presente, los embaxadores se pusieron de rodillas a la usanza dellos, delante del Inca, y le adoraron como a su Dios y como a su Rey. El cual los recibió con mucha afabilidad, y después de haver

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

recebido el presente, en señal de possessión de todo aquel reino, mandó

a sus parientes que los brindassen, para hazerles el favor que entre ellos era tenido por inestimable. Hecha la bevida, mandó dezirles que el Inca holgava mucho huviessen venido de su grado a la obediencia y señorío de los Incas, que serían tanto más regalados y bien tratados que los demás cuanto su amor y buena voluntad lo merecía mejor que los que venían por fuerga. Mandó que les diessen mucha ropa de lana para sus curacas, de la muy fina, que se hazia para el Inca, y otras preseas de la misma persona real, hechas de mano de las vírgines escogidas, que eran tenidas por cosas divinas y sagradas, y a los embaxadores dieron muchas dádivas. Mandó que fuessen Incas, parientes suyos, a instruir aquellos indios en su idolatría y que les quitassen los abusos y torpezas que tuviessen y enseñassen las leyes y ordenanzas de los Incas, para que las guardassen. Mandó que fuessen ministros que entendiessen en sacar acequias y cultivar la tierra, para acrecen­ tar la hazienda del Sol y la del Rey. Los embaxadores, haviendo asistido algunos días a la presencia del Inca, muy contentos de su condición y admirados de las buenas leyes y costumbres de la corte, y ha viéndolas cotejado con las que ellos tenían, dezían que aquéllas eran leyes de hombres, hijos del Sol, y las suyas de bestias sin entendimiento. Y movidos de buen zelo, dixe­ ron a su partida al Inca: "Solo Señor, por que no quede nadie en el mundo que no goze de tu religión, leyes y govierno, te hazemos saber que, lexos de nuestra tierra, entre el sur y el poniente, está un gran reino llamado Chili, poblado de mucha gente, con los cuales no tene­ mos comercio alguno, por una gran cordillera de sierra nevada que hay entre ellos y nosotros, mas la relación tenérnosla de nuestros padres abuelos; y pareciónos dártela para que hayas por bien de conquistar aquella tierra y reduzirla a tu Imperio, para que sepan tu religión y adoren al Sol y gozen de tus beneficios”. El Inca mandó tomar por memoria aquella relación y dió licencia a los embaxadores para que se bolviessen a sus tierras. El Inca Viracocha passó adelante en su visita, como ívamos di­ ziendo, y visitó las provincias todas de Collasuyu, haziendo siempre mercedes y favores a los curacas y capitanes de guerra y a los conce­ jos y gente común; de manera que todos, en general, quedaron con nuevo contento y nueva satisfación de su Inca. Recebíanle por todas aquellas provincias con grandíssima fiesta y regozijo y aclamaciones hasta entonces nunca oídas; porque, como muchas vezes se nos ofresce dezir, el sueño y la gran victoria de Yahuarpampa havían causado en los indios tanta veneración y respecto para con el Inca, que le adoravan por nuevo dios; y hoy día tienen en gran veneración la peña donde dizen que estuvo recostado cuando se le apareció la fantasma. Y no

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lo hazen por idolatrar, que, por la misericordia de Dios, bien desen­ gañados están ya de la que tuvieron, sino por memoria de su Rey, que tan bueno les fué en paz y en guerra. Acabada la visita de Collasuyu, entró en Antisuyu, donde, aunque fué recebido con menos fausto y pompa, por ser los pueblos menores que los passados, no dexaron de hazerle toda la fiesta y aparato possible. Hizieron por los caminos arcos triunfales de madera, cubiertos de juncia y flores, cosa muy usada entre los indios para grandes recebimientos; cubrieron los caminos con flores y juncia, por do passava el Inca. En suma, hazían todas las ostentaciones que podían para dar a entender la vana adoración que desseavan hazerle. En la visita des­ tas tres partes de su Imperio, gastó el Inca Viracocha tres años, en las cuales no dexava de hazer las fiestas del Sol, que llamavan Raimi, y la que llaman Citua, donde le hallava el tiempo de las fiestas, aun­ que era con menos solenidad que en el Cozco; mas como podían la solenizavan, por cumplir con su vana religión. Acabada la visita, se bolvió a su imperial ciudad, donde fué tan bien recebido como havía sido desseado, porque, como a nuevo fundador, defensor y amparo que havía sido della, salieron todos sus cortesanos a recebirle con mu­ chas fiestas y nuevos cantares, compuestos en loor de sus grandezas.

CAPÍTULO XXVI La buida del bravo Hancobuallu del Imperio de los Incas.

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LA manera que se ha dicho visitó este Inca otras dos vezes tod°s sus reinos y provincias. En la segunda visita sucedió Ib que, andando en la provincia de los Chichas, que es lo último del Perú hazia el mediodía, le llevaron nuevas de un caso estraño, que le causó mucha pena y dolor, y fué que el bravo Hancohuallu, que diximos fué Rey de los Chancas, aunque havía gozado nueve o diez años del suave govierno de los Incas, y aunque de sus estados y juridición no le havían quitado nada, sino que se era tan gran señor como antes, y el Inca le havía hecho todo el regalo y buen tratamiento possible, con todo esso, no pudiendo su ánimo altivo y generoso sufrir ser súbdito y vassallo de otro, haviendo sido absoluto señor de tantos vassallos como tenía, y que sus padres y abuelos y antepassados havían conquistado y sujetado muchas ñas-

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ciones a su estado y señorío, particularmente los Quechuas, que fueron los primeros que dieron el socorro al Inca Viracocha, para que él no alcan^asse la victoria que esperava, y que al presente se veía igual a todos los que havía tenido por inferiores, y le parescía, según su ima­ ginación y conforme a buena razón, que por aquel servicio que sus enemigos hizieron al Inca eran más queridos y estimados que no él, y que él havía de ser cada día menos y menos, desdeñado destas ima­ ginaciones, que a todas horas se le representavan en la fantasía, aun­ que por otra parte veía que el govierno de los Incas era para some­ terse a él de su voluntad todos los potentados y señoríos libres, quiso más procurar su libertad, desechando cuanto poseía, que sin ella gozar de otros mayores estados. Para lo cual habló a algunos indios de los suyos y les descubrió su pecho, diziendo cómo desseava desamparar su tierra natural y señorío proprio y salir del vassallaje de los Incas y de todo su Imperio y buscar nuevas tierras donde poblar y ser señor absoluto o morir en la demanda; que para conseguir este desseo se hablassen unos a otros, y que lo más dissimuladamente que pudiessen se fuessen saliendo poco a poco de la juridición del Inca, con sus mujeres y hijos, y como mejor pudiessen, que él les daría pasaportes para que no les pidiessen cuenta de su camino, y que le esperassen en las tierras ajenas comarcanas, porque todos juntos no podrían salir sin que el Inca lo supiesse y estorvasse, y que él saldría en pos dellos lo más presto que pudiesse, y que aquel camino era el más seguro para conseguir la libertad perdida, porque tratar de nuevo levantamiento era locura y disparate, porque no eran poderosos para resistir al Inca, y, aunque lo fueran, dixo que no lo hiziera por no mostrarse ingrato y desconocido a quien tantas mercedes le havía hecho, ni traidor a quien tan magnánimo le havía sido; que él se contentava con buscar su liber­ tad con la menos ofensa que pudiesse hazer a un Príncipe tan bueno como el Inca Viracocha. Con estas palabras persuadió el bravo y generoso Ancohuallu a los primeros que se las oyeron, y aquéllos a los segundos y terceros, y assí de mano en mano; y desta manera, por el amor entrañable que en común los indios a su señor natural tienen, fueron fáciles los Chancas de persuadirse unos a otros, y en breve espacio salieron de su tierra más de ocho mil indios de guerra de provecho, sin la demás gente común y menuda de mujeres y niños, con los cuales se fué el altivo Ancohuallu haziendo camino por tierras ajenas con el terror de sus armas y con el nombre Chanca, cuya ferocidad y valentía era temida por todas aquellas nasciones de su comarca. Con el mismo asombro se hizo proveer de mantenimientos hasta llegar a las provincias de Tarma y Pumpu, que están sesenta leguas de su tierra, donde tuvo algunos recuentros; y aunque pudiera con facilidad sujetar aquellas

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nasciones y poblar en ellas, no quiso, por parecerle que estavan cerca del Imperio del Inca, cuya ambición le parescía tanta que tardaría poco en llegar a sujetar aquellas tierras, y caería en la misma sujeción y desventura que havía huido. Por lo cual le paresció passar adelante y alexarse donde el Inca no llegasse tan presto, siquiera mientras él viviesse. Con este acuerdo caminó, arrimándose a mano derecha de como iva, llegándose hazia las grandes montañas de los Antis, con propó­ sito de entrarse por ellas y poblar donde hallasse buena dispusición. Y assí dizen los de su nación que lo hizo, haviéndose alexado casi dozien­ tas leguas de su tierra; mas por dónde entró y dónde pobló, no lo saben dezir, mas de que entraron por un gran río abaxo y poblaron en las riberas de unos grandes y hermosos lagos, donde dizen que hizieron tan grandes hazañas que más parecen fábulas compuestas en loor de sus parientes, los Chancas, que historia verdadera, aunque del ánimo y valor del gran Hancohuallu se pueden creer muy grandes cosas, las cuales dexaremos de contar porque no son de nuestra historia. Baste haver dicho lo que a ella pertenesce.

CAPÍTULO XXVII

Colonias en las tierras de Hancohuallu; el valle de Y’úcay ilustrado.

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L INCA Viracocha recibió mucha pena de la huida de Han­ cohuallu, y quisiera haver podido estorvarla, mas ya que no le fué possible, se consoló con que no havía sido por su causa, y, mirándolo más en su particular, dezían los indios se havía holgado de que se huviesse ido, por la natural con­ dición de los señores, que sufren mal los vassallos de semejante ánimo y valor, porque les son formidables. Informóse muy por menudo de la huida de Hancohuallu, y de qué manera quedavan aquellas pro­ vincias, y haviendo sabido que no havía alteración alguna, embio a mandar (por no dexar de hazer su visita) que su hermano Páhuac Maita, que havía quedado en el Cozco por governador, y otros dos de su Consejo, fuessen con buena guarda de gente y visitassen los pueblos de ios Chancas y con blandura y mansedumbre aquietassen los ánimos que huviesse alterados por la ida de Hancohuallu. Los Incas fueron y visitaron aquellos pueblos y las provincias circunvezinas, y lo mejor que pudieron las dexaron quietas y pacíficas. Visitaron assimismo dos famosas fortalezas, que eran de la antigüedad

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

de los antecessores de Hancohuallu, llamadas Challcumarca y Suramarca. Marca, en la lengua de aquellas provincias, quiere dezir for­ taleza. En ellas estuvo el desterrado Hancohuallu los postreros días que estuvo en su señorío, como despidiéndose dellas, las cuales, según dizen sus indios, sintió más dexar que todo su estado. Sossegado el alboroto que causó la huida de Hancohuallu y acabada la visita que el Inca hazia de su Imperio, se bolvió al Cozco, con determinación de hazer asiento por algunos años en su corte y ocuparse en el govierno y beneficio de sus reinos, hasta que se olvidasse este segundo motín de los Chancas. Lo primero que hizo fué promulgar algunas leyes que parecieron convenir para atajar que no sucediessen otros levantamientos como los passados. Embió a las provincias chancas gente, de la que llamavan advenediza, en cantidad de diez mil vezinos, que pobíassen y restaurassen la falta de los que murieron en la batalla de Yahuarpampa y de los que se fueron con Hancohuallu. Dióles por caudillos Incas de los del privilegio, los cuales ocuparon los vazíos que en aquellas provincias havía. Concluido lo que se ha dicho, mandó hazer grandes y sumptuosos edificios por todo su Imperio, particularmente en el valle Y’úcay, y más abaxo, en Tampu. Aquel valle se aventaja en excelencias a todos los que hay en el Perú, por lo cual todos los Reyes Incas, desde Manco Cápac, que fué el primero, hasta el último, lo tuvie­ ron por jardín y lugar de sus deleites y recreación, donde ivan a alen­ tarse de la carga y pesadumbre que el reinar tiene consigo, con los negocios de paz y de guerra que perpetuamente se ofrecen. Está cuatro leguas pequeñas al nordeste de la ciudad; el sitio es ameníssimo, de aires frescos y suaves, de lindas aguas, de perpetua templanza, de tiempo sin frío ni calor, sin moscas ni mosquitos ni otras savandijas penosas. Está entre dos sierras grandes; la que tiene al levante es la gran cordi­ llera de la Sierra Nevada, que con una de sus bueltas llega hasta allí. Lo alto de aquella sierra es de perpetua nieve, de la cual decienden al valle muchos arroyos de agua, de que sacan acequias para regar los campos. Lo medio de la sierra es de bravíssimas montañas; la falda della es de ricos y abundantes pastos, llenos de venados, corgos, gamos, huanacus y vicuñas y perdizes, y otras muchas aves, aunque el desper­ dicio de los españoles tiene ya destruido todo lo que es cacería- Lo llano del valle es de fertilíssimas heredades, llenas de viñas y árboles frutales y cañaverales de agúcar que los españoles han puesto. La otra sierra que tiene al poniente es baxa, aunque tiene más de una legua de subida; al pie della corre el caudaloso río de Y’úcay, con suave y mansa corriente, con mucha pesquería y abundancia de gargas, ánades y otras aves de agua. Por las cuales cosas se van a convalecer a aquel valle todos los enfermos del Cozco que pueden ir a él, porque la ciudad, por ser de temple más frío, no es buena para convalecientes.

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El día de hoy no se tiene por bienandante el español morador del Cozco si no tiene parte en aquel valle. Este Inca Viracocha fué particular­ mente aficionado a aquel sitio, y assí mandó hazer en él muchos edifi­ cios, unos para recreación y otros para mostrar majestad y grandeza: yo alcancé alguna parte dellos. Amplió la casa del Sol, assí en riquezas como en edificios y gente de servicio, conforme a su magnanimidad y conforme a la veneración y acatamiento que todos los Incas tuvieron [a] aquella casa, y particu­ larmente el Inca Viracocha, por el mensaje que le embió con la fantasma.

CAPÍTULO XXVIII

Dio nombre al primogénito, hizo pronóstico de la ida de los españoles.

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N LAS cosas referidas se exercitó el Inca Viracocha algunos años, con suma tranquilidad y paz de todo su Imperio, por el buen govierno que en él havía. Al primer hijo que le nasció de la Coya Mama Runtu, su legítima mujer y her­ mana, mandó en su testamento que se llamase Pachacútec (llamándose antes Titu Manco Cápac): es participio de presente; quiere dezir el que buelve o el que trastorna o trueca el mundo; dizen por vía de refrán pácham cutin; quiere dezir el mundo se trueca, y por la mayor parte lo dizen cuando las cosas grandes se truecan de bien en mal, y raras vezes lo dizen cuando se truecan de mal en bien; porque dizen que más cierto es trocarse de bien en mal que de mal en bien. Conforme al refrán, el Inca Viracocha se havía de llamar Pachacútec, porque tuvo en pie su Imperio y lo trocó de mal en bien, que por la rebelión de los Chancas y por la huida de su padre se trocava de bien en mal. Empero, porque no le fué possible llamarse assí, porque todos sus reinos le llama­ ron Viracocha desde que se le aparesció la fantasma, por esto dió al príncipe, su heredero, el nombre Pachacútec, que él havía de tener, por que se conservasse en el hijo la memoria de la hazaña del padre. El Maestro Acosta, libro sesto, capítulo veinte, dize: "A este Inca le tuvieron a mal que se intitulasse Viracocha, que es el nombre de Dios, y, para escusarse, dixo que el mismo Viracocha, en sueños, le havía parescido y mandado que tomasse su nombre. A este sucedió Pachacuti Inga Yupanqui, que fué muy valeroso conquistador y gran republicano e inventor de la mayor parte de los ritos ^ supersticiones de su idolatría,

Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

como luego diré”. Con esto acaba aquel capítulo. Yo alego en mi favor el havérsele aparescido en sueños la fantasma y haver tomado su nombre, y la sucessión del hijo llamado Pachacútec. Lo que Su Paternidad dize en el capítulo veintiuno, que el Pachacútec quitó el reino a su padre, es lo que hemos dicho que el Inca Viracocha se lo quitó a su padre Yahuarhuácac, y no Pachacútec a Viracocha, su padre, que atrasaron una generación la relación que a Su Paternidad dieron. Y aunque sea assí, huelgo que se la hayan dado, por favorescerme della. El nombre de la Reina, mujer del Inca Viracocha, fué Mama Runtu: quiere dezir madre huevo; llamáronla assí porque esta Coya fué más blanca de color que lo son en común todas las indias, y por vía de com­ paración la llamaron madre huevo, que es gala y manera de hablar de aquel lenguaje; quisieron dezir madre blanca como el huevo. Los curio­ sos en lenguas holgarán de oír estas y otras semejantes prolixidades, que para ellos no lo serán. Los no curiosos me las perdonen. A este Inca Viracocha dan los suyos el origen del pronóstico que los Reyes del Perú tuvieron, que después que huviesse reinado cierto número dellos havía de ir a aquella tierra gente nunca jamás vista y les havía de quitar la idolatría y el Imperio. Esto contenía el pronóstico en suma, dicho en palabras confusas, de dos sentidos, que no se dexavan entender. Dizen los indios que como este Inca, después del sueño de la fantasma, quedasse hecho oráculo dellos. los amautas, que eran los filó­ sofos, y el sumo sacerdote, con los sacerdotes más antiguos del templo del Sol, que eran los adivinos, le preguntavan a sus tiempos lo que havía soñado, y que de los sueños y de las cometas del cielo y de los agüerols de la tierra, que catavan en aves y animales, y de las supersticiones y anuncios que de sus sacrificios sacavan, consultándolo todo con los suyos, salió el Inca Viracocha con el pronóstico referido, haziéndose adivino mayor, y mandó que se guardasse por tradición en la memoria de los Reyes y que no se divulgasse entre la gente común, porque no era lícito profanar lo que tenían por revelación divina, ni era bien que se supiesse ni se dixesse que en algún tiempo havían de perder los Incas su idolatría y su Imperio, que caerían de la alteza y divinidad en que los tenían. Por esto no se habló más deste pronóstico hasta el Inca Huaina Cápac, que lo declaró muy al descubierto, poco antes de su muerte, como en su lugar diremos. Algunos historiadores tocan brevemente en lo que hemos dicho: dizen que dió el pronóstico un dios que los indios tenían, llamado Ticci Viracocha. Lo que yo digo lo oí al Inca viejo, que contava las antigüedades y fábulas de sus Reyes en presencia de mi madre. Por haver dado este pronóstico el Inca Virachocha y por haverse cumplido con la ida de los españoles al Perú y haverlo ganado ellos y quitado la idolatría de los Incas y predicado la fe católica de nuestra Sancta Madre Iglesia Romana, dieron los indios el nombre Viracocha

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a los españoles, y fué la segunda razón que tuvieron para dárselo, jun­ tándola con la primera, que fué dezir que eran hijos del dios fantástico Viracocha, embiados por él (como atrás diximos) para remedio de los Incas y castigo del tirano. Hemos antepuesto este passo de su lugar por dar cuenta deste maravilloso pronóstico, que tantos años antes lo tuvieron los Reyes Incas: cumplióse en los tiempo de Huáscar y Atahuallpa, que fueron chosnos deste Inca Viracocha.

CAPÍTULO XXIX

La muerte del Inca Viracocha. El autor vió su cuerpo.

URIÓ el Inca Viracocha en la majestad y alteza de que se ha referido; fué llorado universalmente de tod Imperio, adorado por Dios, hijo del Sol, a quien ofreci muchos sacrificios. Dexó por heredero a Pachacútec y a otros muchos hijos y hijas, ligitimos en sangre real ligítimos; ga ligítimos; ganó onze provincias, las cuatro al mediodía siete al setenl siete al setentrión. No se sabe de cierto qué años vivió ni cuántos mas de que mas i de que comúnmente se tiene que fueron más de cincuenta l su reinado; su 3 reinado; y assí lo mostrava su cuerpo cuando yo lo vi en el C al principioal principio del año de mil y quinientos y sesenta, que, haviend venirme a venirme E a España, fui a la posada del licenciado Polo Ondeg natural de natural S de Salamanca, que era corregidor de aquella ciudad, a b las manos ylas manos y despedirme dél para mi viaje. El cual, entre otros fa que me hizo,que me hizo, me dixo: “Pues que vais a España, entrad en esse aposs veréis alguno veréis algunos de los vuestros que he sacado a luz, para que llevéi contar por al contar por allá”. En el apossento hallé cinco cuerpos de los Reyes tres de varón y dos de mujer. El uno dellos dezían los indios qu tres de varór este Inca Viracocha; mostrava bien su larga edad; tenía la cabega b este Inca Vir; como la nievcomo la nieve. El segundo, dezían que era el gran Túpac Inca Yu qui, que fuequi, que fué visnieto de Viracocha Inca. El tercero era Huaina C hijo de Túpahijo de Túpac Inca Yupanqui y tataranieto del Inca Viracocha. Lo no mostravan haver vivido tanto, que, aunque tenían c últimos no últimos r menos que las del Viracocha. La una de las mujeres era la eran menos eran c Mama Runtu, mujer deste Inca Viracocha. La otra era la Coya M Mama Runti Ocllo, madre de Huaina Cápac, y es verisímile que los indios lo Ocllo, madre viessen juntos después de muertos, marido y mujer, como viviero viessen junto vida. Los cuerpos estavan tan enteros que no les faltava cabello, c vida. Los cue 286 pestaña. Estavan con sus vestiduras, como andavan en vida pestaña. Esta



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Libro Quinto de los Comentarios Reales de los Incas

en las caberas, sin más ornamento ni insignia de las reales. Estavan assentados, como suelen sentarse los indios y las indias: las manos tenían cruzadas sobre el pecho, la derecha sobre la izquierda; los ojos baxos, como que miravan al suelo. El Padre Maestro Acosta, hablando de uno destos cuerpos, que también los alcanzó Su Paternidad, dize, libro sesto, capítulo veintiuno: "Estava el cuerpo tan entero y bien aderezado con cierto betún, que parescía vivo. Los ojos tenía hechos de una telilla de oro; tan bien puestos, que no le hazían falta los naturales”, etc. Yo confiesso mi descuido, que no los miré tanto, y fué porque no pensava escrivir dellos; que, si lo pensara, mirara más por entero cómo estavan y supiera cómo y con qué los embalsamavan, que a mí, por ser hijo natural, no me lo negaran, como lo han negado a los españoles, que, por diligencias que han hecho, no ha sido possible sacarlo de los indios: deve de ser porque les falta ya la tradición desto, como de otras cosas que hemos dicho y diremos. Tampoco eché de ver el betún, porque estavan tan enteros que parecían estar vivos, como Su Paternidad dize. Y es de creer que lo tenían, porque cuerpos muertos de tantos años y estar tan enteros y llenos de sus carnes como lo parescían, no es possible sino que les ponían algo; pero era tan dissimulado que no se descubría. El mismo autor, hablando destos cuerpos, libro quinto, capítulo sesto, dize lo que se sigue: "Primeramente los cuerpos de los Reyes y señores procuravan conservarlos, y permanecían enteros, sin oler mal ni corrom­ perse, más de dozientos años. Desta manera estavan los Reyes Ingas en el Cozco, cada uno en su capilla y adoratorio, de los cuales el visorrey Marqués de Cañete (por estirpar la idolatría) hizo sacar y traer a la Ciudad de los Reyes tres o cuatro dellos, que causó admiración ver cuer­ pos humanos de tantos años, con tan linda tez y tan enteros”, etc. Hasta aquí es del Padre Maestro, y es de advertir que la Ciudad de los Reyes (donde havía casi veinte años que los cuerpos estavan cuando Su Pater­ nidad los vió) es tierra muy caliente y húmida, y por ende muy corro­ siva, particularmente de carnes, que no se pueden guardar de un día para otro; con todo esso, dize que causava admiración ver cuerpos muer­ tos de tantos años, con tan linda tez y tan enteros. Pues cuánto mejor estarían veinte años antes y en el Cozco, donde, por ser tierra fría y seca, se conserva la carne sin corromperse hasta secarse como un palo. Tengo para mí que la principal y mejor diligencia que harían para em­ balsamarlos sería llevarlos cerca de las nieves y tenerlos allí hasta que se secassen las carnes, y después les pondrían el betún que el Padre Maestro dize, para llenar y suplir las carnes que se havían secado, que los cuerpos estavan tan enteros en todo como si estuvieran vivos, sanos y buenos, que, como dizen, no les faltava sino hablar. Násceme esta conjectura de ver que el tassajo que los indios hazen en todas las tierras frías lo hazen solamente con poner la carne al aire, hasta que ha perdido

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toda la humidad que tenía, y no le echan sal ni otro preservativo, y assí seca la guardan todo el tiempo que quieren. Y desta manera se hazía todo el carnaje en tiempo de los Incas para bastimento de la gente de guerra. Acuerdóme que llegué a tocar un dedo de la mano de Huaina Cá­ pac; parescía que era de una estatua de palo, según estava duro y fuerte. Los cuerpos pesavan tan poco que cualquiera indio los llevava en bra­ cos o en los hombros, de casa en casa de los cavalleros que los pedían para verlos. Llevávanlos cubiertos con sávanas blancas; por las calles y plagas se arrodillavan los indios, haziéndoles reverencia, con lágrimas y gemidos; y muchos españoles les quitavan la gorra, porque eran cuer­ pos de Reyes, de lo cual quedavan los indios tan agradescidos que no sabían cómo dezirlo. Esto es lo que se pudo haver de las hazañas del Inca Viracocha; las demás cosas más menudas de hechos y dichos deste famoso Rey no se saben en particular, por lo cual es lástima que, por falta de letras, muriessen y se enterrassen con ellos mismos las hazañas de hombres tan valerosos. El Padre Blas Valera refiere sólo un dicho deste Inca Viracocha; dize que lo repetía muchas vezes, y que tres Incas (que nombra) le dieron la tradición dél y de otros dichos, que adelante veremos, de otros Reyes Incas. Es acerca del criar los hijos, que, como este Inca se crió con tanta aspereza y disfavor de su padre, acordándose de lo que havía passado advertía a los suyos de qué manera devían criar sus hijos para que saliessen bien doctrinados. Dezía: "Los padres muchas vezes son causa de que los hijos se pierdan o corrompan, con las malas costumbres que les dexan tomar en la niñez; porque algunos los crían con sobra de regalos y demasiada blandura, y, como encantados con la hermosura y ternura de los niños, los dexan ir a toda su voluntad, sin cuidar de lo que adelante, cuando sean hombres, les ha de suceder. Otros hay que los crían con demasiada aspereza y castigo, que también los destruyen; porque con el demasiado regalo se debilitan y apocan las fuergas del cuerpo y del ánimo, y con el mucho castigo desmayan y desfallecen los ingenios de tal manera que pierden la esperanga de aprender y aborrescen la doctrina, y los que lo temen todo no pueden esforgarse a hazer cosa digna de hombres. El orden que se deve guardar es que los críen en un medio, de manera que salgan fuertes y animosos para la guerra y sabios y discretos para la paz”. Con este dicho acaba el Padre Blas Valera la vida deste Inca Viracocha.

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FIN DEL LIBRO QUINTO

ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO

Prólogo de Ricardo Rojas......................................................................................... Portada de la edición de 1609 ..................................................................................... Escudo de armas del Inca Garcilaso........................................................................... Aprobación y licencias.................................................................................................. A la Sereníssima Princesa Doña Catalina de Portugal . . Proemio al lector........................................................................................................... Advertencias acerca de la lengua general de los indios del Perú..........................

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*** TABLA DE LOS CAPITULOS QUE SE CONTIENEN EN ESTOS NUEVE LIBROS DE LOS COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS REYES DEL PERU

LOS DEL PRIMER LIBRO SON LOS QUE SE SIGUEN:

I. Si hay muchos mundos. Trata de las cinco zonas.................................. II. Si hay antípodas......................................... III. Cómo se descubrió el Nuevo Mundo . . . . IV. La dedución del nombre Perú.................................................................. V. Autoridades en confirmación del nombre Perú....................................... VI. Lo que dize un autor acerca del nombre Perú................................... VII. De otras deduciones de nombres nuevos . . VIII. La descripción del Perú........................................................................... IX. La idolatría y los dioses que adoravan antes delos Incas .... X. De otra gran variedad de dioses que tuvieron . . XI. Maneras de sacrificios que hazían............................................................ XII. La vivienda y govierno de los antiguos, y las cosas que comían . . XIII. Cómo se vestían en aqziella antigüedad.............................................. XIV. Diferentes casamientos y diversas lenguas. Usavan de veneno y de hechizos........................................................................ ......................... Capítulo XV. El origen de los Incas Reyes del Peni..................... ..................... Capítulo XVI. La fundación del Cozco, ciudad imperial . . . . Capítulo XVII. Lo que reduxo el primer Inca Manco Cápac . Capítulo XVIII. De fábulas historiales del origen de los Incas Capítulo XIX. Protestación del autor sobre la historia............... Capítulo XX. Los pueblos que mandó poblar el primer Inca............... Capítulo XXI. La enseñanza que el Inca hazia a sus vasallos .... Capítulo XXII. Las insignias favorables que el Inca dió a los suyos..................... Capítulo XXIII. Otras insignias más favorables, con el nombre Inca.....................

Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo

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Capítulo XXIV. Nombres y renombres que los indios pusieron a su Rey.............. Capítulo XXV. Testamento y muerte del Inca Manco Cápac................................. Capítulo XXVI. Los nombres reales y la significación dellos.................................

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*** LOS CAPÍTULOS DEL LIBRO SEGUNDO:

~ Capítulo I. La idolatría de la segunda edad y su origen........................................ - Capítulo II. Rastrearon los Incas al verdadero Dios Nuestro Señor..................... Capítulo III. Tenían los Incas una t en lugar sagrado............................................. Capítulo IV. De muchos dioses que los historiadores españoles impropriamente

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aplican a los indios............................................................................................. V. De otras muchas cosas que el nombre huaca significa..................... VI. Lo que un autor dize de los dioses que tenían.................................. VII. Alcanzaron la immortalidad del ánima y la resurrección universal VIII. Las cosas que sacrificavan al Sol......................................................... IX. Los sacerdotes, ritos y ceremonias y sus leyes atribuyen al primer Inca X. Comprueba el autor lo que ha dicho con los historiadores españoles XI. Dividieron el Imperio en cuatro districtos. Registravan los vassallos XII. Dos oficios que los decuriones tenían................................................... XIII. De algunas leyes que los Incas tuvieron en su govierno............... XIV. Los decuriones davan cuenta de los que nascían y morían . . . . XV. Niegan los indios haver hecho delicto ninguno Inca de la sangre real XVI. La vida y hechos de Sinchi Roca, segundo Rey de los Incas .... XVII. Lloque Yupanqui, Rey tercero, y la significación de su nombre XVIII. Dos conquistas que hizo el Inca Lloque Yupanqui..................... XIX. La conquista de Hatun Colla y los blasones de los Collas . . . . XX. La gran provincia Chucuitu se reduze de paz. Hazen lo mismo otras muchas provincias.............................................................................................. XXI. Las sciencias que los Incas alcanzaron. Trátase primero de la Astrología............................................................................................................. XXII. Alcanzaron la cuenta del año y los solsticios y equinocios . . . . XXIII. Tuvieron cuenta con los eclipses del Sol, y lo que hazían con los de la luna.............................................................................................................. XXIV. La medicina que alcanzaron y la manera de curarse............... XXV. Las yervas medicinales que alcanzaron.......................................... XXVI. De la Geométrica, Geografía, Arismética y Músiqt que al­ canzaron ................................................................................................................ XXVII. La poesía de los Incas amautas, que son filósofos, y harauicus, que son poetas..................................................................................................... XXVIII. Los pocos instrumentos que los indios alcanzaron para sus oficios..................... .................................................................

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Capítulo Capítulo - Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo

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LOS CAPÍTULOS DEL LIBRO TERCERO SON LOS QUE SE SIGUEN:

Capítulo I. Maita Cápac, cuarto Inca, gana a Tiahuanacu, y los edificios que allí hay..................................................................................................................

Capítulo II. Redúzese Hatunpacasa y conquistan a Cac-yauiri............................. Capítulo III. Perdonan los rendidos y declárase la fábula........................................

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Capítulo IV. Redúzense tres provincias, conquístanse otras, llevan colonias, cas­ tigan a los que usan de veneno........................................................................ Capítulo V. Gana el Inca tres provincias, vence una batalla muy reñida . . . . Capítulo VI. Ríndense los de Huaichu; perdónanlos afablemente........................... Capítulo VII. Redúzense muchos pueblos; el Inca manda hazer una puente de mimbre..................................................................................................................... Capítulo VIII. Con la fama de la puente se reduzen muchas naciones de su grado Capítulo IX. Gana el Inca otras muchas y grandes provincias y muere pacífico Capítulo X. Cápac Yupanqui, Rey quinto, gana muchas provincias en Cuntisuyu Capítulo XI. La conquista de los Aimaras; perdonan a los curacas. Ponen mojo­ neras en sus términos........................................................................................... Capítulo XII. Embía el Inca a conquistar los Quechuas. Ellos se reduzen de su grado......................................................................................................................... Capítulo XIII. Por la costa de la mar reduzen muchos valles. Castigan los sodomitas................................................................................................................. Capítulo XIV. Dos grandes curacas comprometen sus diferencias en el Inca y se hazen vasallos suyos.............................................................................................. Capítulo XV. Hazen una puente de paja, enea y juncia en el Desaguadero. Redúzese Chayanta................................................................................................. Capítulo XVI. Diversos ingenios que tuvieron los indios para passar los ríos y para sus pesquerías................................................................................................ Capítulo XVII. De la redución de cinco provincias grandes, sin otras menores . . Capítulo XVIII. El Príncipe Inca Roca reduze muchas y grandes provincias mediterráneas y marítimas................................................................................. Capítulo XIX. Sacan indios de la costa para colonias la tierra adentro. Muere el Inca Cápac Yupanqui.................................................................................... Capítulo XX. La descripción del templo del Sol y sus grandes riquezas............... Capítulo XXI. Del claustro del templo y de los aposentos de la luna y estrellas, trueno y relámpago y arco del cielo................................................................. Capítulo XXII. Hombre del sumo sacerdote, y otras partes de la casa..................... Capítulo XXIII. Los sitios pgra los sacrificios y el término donde se descalgavan para ir al templo. Las fuentes que tenían..................................................... Capítulo XXIV. Del jardín de oro y otras riquezas del templo, a cuya semejanza havía otros muchos en aquel Imperio............................................................. Capítulo XXV. Del famoso templo de Titicaca y de sus fábulas y alegorías . . . .

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### LOS CAPÍTULOS DEL LIBRO CUARTO:

Capítulo I. La casa de las vírgines dedicadas al Sol................................................. Capítulo II. Los estatutos y exercicios de las vírgines escogidas............................. Capítulo III. La veneración en que tenían las cosas que hazían las escogidas, y la ley contra los que las violassen...................................................................... Capítulo IV. Que havía otras muchas casas de escogidas. Compruébase la ley rigurosa..................................................................................................................... Capítulo V. El servicio y ornamento de las escogidas y que no las daban por mujeres a nadie...................................................................................................... Capítulo VI. De cuáles mujeres hazia merced el Inca............................................... Capítulo VII. De otras mujeres que guardavan virginidad y de las biudas . . . . Capítulo VIII. Cómo casavan en común y cómo assentavan la casa.....................

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Capítulo IX. Casavan al príncipe heredero con su propria hermana, y las razones que para ello davan............................................................................................ X. Diferentes maneras de heredar los estados............................................. XI. El destetar, tresquilar y poner nombre a los niños........................... XII. Criavan los hijos sin regalo ninguno................................................... XIII. Vida y exercicio de las mujeres casadas............................................. XIV. Cómo se visitavan las mujeres, cómo tratavan su ropa, y que las havía públicas..................................................................................................... Capítulo XV. Inca Roca, sesto Rey, conquista muchas naciones, y entre ellas los Chancas y Hancohuallu................................................................................... Capítulo XVI. El príncipe Yahuarhuácac y la interpretación de su nombre . . . . Capítulo XVII. Los ídolos de los indios Antis y la conquista de los Charcas . . . . Capítulo XVIII. El razonamiento de los viejos y cómo reciben al Inca............... Capítulo XIX. De algunas leyes que el Rey Inca Roca hizo y las escuelas que fundó en el Cozco, y de algtmos dichos que dixo....................................... Capítulo XX. El Inca Llora Sangre, sétimo Rey, y sus miedos y conquistas, y el disfavor del príncipe......................................................................................... Capítulo XXI. De un aviso que una fantasma dió al príncipe para que lo lleve a su padre............................................................................................................. Capítulo XXII. Las consultas de los Incas sobre el recaudo de la fantasma . . . . Capítulo XXIII. La rebelión de los Chancas y sus antiguas hazañas..................... Capítulo XXIV. El Inca desampara la ciudad y el príncipe la socorre...............

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LOS CAPÍTULOS DEL LIBRO QUINTO:

Capítulo I. Cómo acrescentavan y repartían las tierras a los vassallos............... Capítulo II. El orden que tenían en labrar las tierras; la fiesta con que labravan

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las del Inca y las del Sol...................................................................................

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Capítulo III. La cantidad de tierra que davan a cada indio y cómo la beneficiavan Capítulo IV. Cómo repartían el agua para regar. Castigavan a los floxos y des­

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cuidados ................................................................................................................ 232 Capítulo V. El tributo que davan al Inca y la cuenta de los orortts..................... 232 Capítulo VI. Hazían de vestir, armas y calcado para la gente de guerra.............. 234 Capítulo VII. El oro y plata y otras cosas de estima no era de tributo, sino presentadas........................................................................................................... 237 Capítulo VIII. La guarda y el gasto de los bastimentos............................................. 238 Capítulo IX. Davan de vestir a los vassallos. No huvo pobres mendigantes . . . . 240 Capítulo X. El orden y división del ganado, y de los animales estraños............... 243 Capítulo XI. Leyes y ordenanzas de los Incas para el beneficio de los vassallos . . 244 Capítulo XII. Cómo conquistavan y domesticavan los nuevos vassallos............... 247 Capítulo XIII. Cómo proveían los ministros para todos oficios................................ 249 Capítulo XIV. La razón y cuenta que havía en los bienes comunes y particulares 252 Capítulo XV. En qué pagavan el tributo, la cantidad dél y las leyes acerca dél . . 254 Capítulo XVI. Orden y razón para cobrar los tributos. El Inca hazia merced a los curacas de las cosas presciadas que le presentavan.................................

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Capítulo XVII. El Inca Viracocha tiene nueva de los enemigos y de un socorro que le viene.......................................................................................................... 2*8 Capítulo XVIII. Batalla muy sangrienta, y el ardid con que se venció............... 261 Capítulo XIX. Generosidades del príncipe Inca Viracocha después de la victoria 264

Capítulo XX. El principe sigue el alcance, buelve al Cozco, véese con su padre, desposséele del Imperio........................................................................................ Capítulo XXI. Del nombre Viracocha, y por qué se lo dieron a los españoles . . Capítulo XXII. El Inca Viracocha manda labrar un templo en memoria de su tío, la fantasma..................................................................................................... Capítulo XXIII. Pintura famosa, y la gratificación a los del socorro..................... Capítulo XXIV. Nuevas provincias que el Inca sujeta, y una acequia para regar los pastos.................................................................................................................. Capítulo XXV. El Inca visita su Imperio; vienen embaxadores ofreciendo vassallaje Capítulo XXVI. La huida del bravo Hancohuallu del Imperio de los Incas .... Capítulo XXVII. Colonias en las tierras de Hancohuallu; el valle de Y’úcay ilustrado................................................................................................................... Capítulo XXVIII. Dió nombre al primogénito, hizo pronóstico de la ida de los españoles................................................................................................................... Capítulo XXIX. La muerte del Inca Viracocha. El autor vió su cuerpo...............

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CUBIERTA E INDICACIONES GRÁFICAS DE J. HERMELIN

Comentarios Reales de los Incas, Inca Garcilaso de la Vega. Se acabó de imprimir en dos volú­ menes, para Emecé Editores, S. A., EL DÍA 15 DE MAYO DE 1943, EN LA IM­ PRENTA López, Perú 666, Buenos Aires. Las reproducciones en intaglio fue­ ron hechas por Luis L. Gotelli, Azopardo 1071, Buenos Aires. El

por el

TEXTO DE ESTA EDICIÓN REPRODUCE EL

de la

Edición Príncipe, Lisboa 1609, Y SE UTILIZARON LOS ELEMENTOS XILOGRAFICOS

DE LA EDICIÓN DE MADRID, 172 3. Se hicieron 17 ejemplares en papel Whatman numerados I a XVII y 48 EJEMPLARES EN PAPEL LIVERPOOL NUMERADOS 1 A 48.

Queda hecho el depósito que dispone la ley 11.723 Copyright by EMECÉ Editores, S. A., Buenos Aires.